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—Dame un libro. —ordena el vampiro sonando más calmado que antes.

El chico se levanta corriendo y se dirige hacia la estantería, cientos de lomos inundan su campo visual, así que se queda embobado viendo la infinidad de títulos y grosores y dice:

—¿Cuál?

—No importa, escoge uno por mí.

Tomás sonríe, es la primera decisión que tiene el honor de tomar, así que no la tirará la por la borda. Repasa sus labios con la lengua mientras mira cuidadosamente, en busca de algo conocido o interesante, entonces su ojos se topan con un gran lomo azulado de letras blancas, un poco hundidas en el papel como el mordisco de un autor furioso con demasiado que decir.

—Déjame entrar... —murmura, poniéndose de puntillas para alcanzar el libro.

Apenas llega, pero arañando con la uña la esquina de la cubierta logra hacer sobresalir la obra y así la toma entre sus manos y la baja, acaricia la portada en tapa dura con admiración, quitando el polvo con la palma de la mano y sintiendo la emocionante textura suave de la cubierta. Quiere abrirlo y leerlo de nuevo.

Se gira y se lo extiende al vampiro, que nada más tomarlo suelta una pequeña risa y lo mira mientras pasa las primeas páginas para saltarse el índice y la dedicatoria.

—De vampiros ¿Eh? —pregunta risueño.

El chico ríe algo abochornado y responde:

—No ha sido a propósito, es uno de los primeros libros que leí. Para hacer un trabajo para la escuela. También hice uno sobre Fahrenheit 451, pero no lo he visto en la estantería...

—Oh, ambos son muy buenos, no mis favoritos, pero... no sé, tienen un lugar espacial en mi corazón.

—¿Los ha leído, amo? —pregunta parpadeando con incredulidad. El vampiro mira sus ojos caramelo llenos de curiosidad y se queda sin aliento, debe respirar hondo antes de proseguir.

—Claro, niño, tengo cientos de años ¿En qué crees que empleo el tiempo? ¿En dormir?

—¿Y los va a volver a leer? —pregunta enarcando una ceja y llevándose un dedo a los labios, extrañado.

—Claro, siempre disfruto leyendo las cosas de nuevo, te hace darte cuenta de detalles que no pudiste ver la primera vez, además... leer un libro es como vivir, siempre hay una misma historia que se repite de nuevo, es inevitable, aunque tome distintas formas.

El chico parpadea con incredulidad, no ha entendido lo último que el hombre ha parecido insinuar, pero ha disfrutado escuchándolo, su tono es tan suave ahora, casi poético. Las palabras fluyen tranquilamente como una melodía cantada entre ambos, no hay ya golpes de voz acompañados de dolor, solo notas tranquilas que lo embelesan.

—¿Y qué libros le gustan más que este? ¿Este no le gusta tanto porque no retrata a los vampiros fielmente?

—No, no es eso... los retrata bastante bien de hecho, mucho mejor que otros libros que he leído. —explica apoyándose en su mano y suspirando mientras mira la primera página, todavía sin leerla.

—Pero en este libro no hay puros ni semi puros y Eli es algo débil y...

—No se trata de eso... —le interrumpe el hombre, después lo mira a los ojos y susurra, casi sin darse cuenta: —se trata de la desesperación de esa pobre niña, no hay nada más propio de nosotros que eso. Estar perdidos, sin hogar... Ah ¿Qué estoy diciendo siquiera? El trabajo ya me afecta, debería dejar de decir sandeces. Dime ¿Qué libros crees que me gustan más que este? —pregunta en tono jocoso, dejando atrás sus oscuras palabras y distrayendo al chiquillo.

Tom lo mira sorprendido, parpadeando rápido como para comprobar que no duerme y sonriendo grande ¿Desmond le está pidiendo que adivine sus gustos? Es casi como... un diálogo entre amigos. Se siente emocionado y tan a gusto que quiere saltar de alegría y besar la mejilla del gran hombre.

<<Si solo fuese así siempre...>>

—Hmmm... Pues, creo que... —el chico pasa la vista por la estancia, pero hay tanto material que enloquecerá si pretende leer todos los títulos, así que solo cierra los ojos con fuerza y trata de pensar qué sería más acertado.

Realmente quiere dar en el clavo, no sabe por qué, pero imagina que si lo hace quizá Desmond se alegre ¡Incluso podría halagarlo! Y, quien sabe, si lo pone de buen humor pueden seguir conversando de ese modo tan ameno. Tomás piensa y piensa, llevando la punta de su lengua al labio superior. El vampiro la ve, lúbrica y rosada, y tiene ganas de llevar sus manos a la boca del chico para pellizcar los labios hasta dejarlos rojos y sensibles para luego...

<<Besarlos ¿Qué? ¡¿En que cosas pienso?! Ah, el hambre me afecta.>>

—¡Ya sé! Marqués de Sade.

El vampiro ríe alto por la propuesta del chico y este, sorprendido y feliz al mismo tiempo, espera su respuesta con una enorme sonrisa en la cara. Ama hacer a los demás reír, él jamás ha sido muy cómico, pero siempre se ha esforzado por ser amable; pensó que con la guerra sus pretensiones habían terminado, pero entonces Todd llegó y cuando se fue estuvo tan cerca de perder la esperanza. Ahora es irónico pensar que Desmond la reaviva.

—Tendría sentido, después de la forma en que te castigo debe ser fácil para ti pensar eso, pero no, el Marqués no está entre mis preferidos.

—¿No? Pero... ¿No te... es decir, no son acaso esas cosas las que disfruta, señor? Es decir, si su instinto le pide ser cruel... —Tomás niega y cierra los ojos, no puede seguir con esa frase sin recordar las locuras que alguna vez leyó en Justine o Saló cuando empezó a interesarse por la controversia que generó ese autor en un debate de clase.

Recuerda chillar escandalizado, llorar lleno de empatía y finalmente guardar el libro inacabo en su estantería con el corazón demasiado disgustado como para seguir leyendo.

—Sí, lo son, y mi apetito me pide cosas peores, pero... Ah ¿Cómo decirlo? El Marqués me parece algo insolente, tratando de justificar las conductas de los hombres más allá del bien y el mal ¡¿Quién se ha creído?! —exclama levantando las manos, gesticulando con su rostro, primero abre sus ojos infernales con exorbitada sorpresa, después su rostro se frunce en una mueca enfadada que logra achantar un poco a su mascota. Entonces prosigue, hablando fervorosamente: —Los hombres crearon el bien y el mal, están condenados a vivir bajo ellos, sus instintos no les son excusa alguna, la flojera de la moral no es de ninguna forma la fortaleza ¡Y menos aún la necesidad! de la naturaleza. Habla como si él no fuese humano ¡Como si la mitad de los humanos, como si los libertinos, no fuesen humanos! —niega suavemente con la cabeza, moviendo las hebras rubias de su cabello que se han desbaratado de su peinado y cuelgan ahora graciosamente sobre la frente, dándole un aspecto feroz, pero no menos elegante. Entonces, su voz se calma un poco y mira a Tomás con cierta amabilidad. — Y la verdad es que si lo hubiese escrito un vampiro me despertaría simpatía, pero él... él simplemente me parece un cordero que se creyó lobo cuando decía todas esas cosas. Dime ¿Qué te parece a ti?

—¿A mí? —pregunta al principio totalmente boquiabierto, señalándose a sí.

—Pues claro —dice el vampiro riéndose de él y logrando que sus mofletes se pongan colorados. —, por cierto ¿Qué hace una cosa inocente como tú leyendo Sade?

—No lo leí realmente, aguanté como veinte páginas en total y estuve llorando todo el rato —confiesa sin pudor, haciendo que Desmond vuelva a morderse el labio en un intento por detener una exclamación que quiere salírsele del pecho. —, pero lo poco que leí, me pareció... monstruoso. No hay nada de mentira en que los buenos son más desafortunados, pensé que Justine era solo una descripción de los hechos, pero cuando los justifica es cuando peor me hizo sentir... No sé como se sentirá usted, señor, siendo un vampiro, si para usted es inevitable matar, herir y cazar, pero yo sé, como humano, que nosotros podemos resistirnos a ello y cuando Marqués trató de decir lo contrarió fue... fue como si él no tuviese corazón. Y no hay un solo hombre en este mundo que no lo tenga. Incluso... incluso los vampiros lo tienen, yo lo sé.

Aprieta sus puños mientras desafía al vampiro con sus palabras, esperando que lo peor suceda, pero solo se lleva una risa sarcástica y al hombre dándole la espalda.

—Pobre iluso... Ahora sigue limpiando y déjame leer, me distraes.

—D-de acuerdo, m-mi señor... —dice el chico con la voz temblorosa, estallando en llanto un segundo después.

El rubio se voltea extrañado y observa cómo se deshace en lágrimas incontrolables, hipea de la tristeza y trata de tapar su boca para no ser ruidoso.

—¿Por qué lloras ahora? —pregunta con tono demandante.

El humano hace su mejor esfuerzo por limpiar las lágrimas de su rostro con las manos y sorbe con fuerza. Balbucea un poco, volviendo a caer en su lloriqueo un par de veces, pero se fuerza a recomponerse tanto como puede y responde:

—Perdone, amo, es que hacía años que no hablaba así con nadie... ¿Podríamos conversar otras veces, por favor, por favor?

Tomás reza en su mente por escuchar un sí, pero sabe que una respuesta tan dulce es casi imposible y él es ingenuo, pero no estúpido, quizá por eso su corazón duele, pero su mente lo espera, cuando el vampiro simplemente responde:

—Tú no estás en posición de hacer peticiones aquí, mascota. Ahora ve a seguir limpiando, todavía tienes trabajo que hacer, cuando termines vuelve aquí y espérame de rodillas frente a los asientos.

El chico asiente cabizbajo y se va sin decir palabra. Realmente ya ha terminado de limpiar, pero prefiere no decírselo al vampiro y salir de esa habitación para correr al baño a llorar tranquilamente.

Así pues, se encierra en él y se abraza a sí mismo frente al espejo, mordiéndose los labios para no chillar de desespero cuando toda la tristeza le cae de golpe y sus ojos no son suficiente para escupirla. Mira su reflejo a través de las lágrimas que hacen que todo sea borroso y onírico, se acerca gateando, dolorido por el arduo trabajo y las constantes palizas, y pone una mano sobre el clon de su rostro. Frío, el cristal es frío y raso, para nada como si piel, pero pese al extraño tacto sus ojos llorosos siguen siendo igual de humanos y eso le hace preguntarse si acariciar al vampiro será mismo: tocar hielo, pero ver un alma candorosa.

Suspira, reprendiéndose mentalmente por hacerse preguntas tan estúpidas ¿Por qué iba a tocar al vampiro? La única que vez que lo hace es siempre para detener en vano sus golpes, así que prefiere que no se repita, además, él es un pedazo de basura para su amo, sabe que jamás le concedería el honor de venerar su piel con las yemas de los dedos ni aunque suplicase por ello. Y tampoco es que tenga especial interés por el vampiro, su presencia le repele con horribles recuerdos de su crueldad, pero otra pequeña parte de él, una estúpida e inocente como el niño que se quedó horas junto al cadáver de su madre en medio de una guerra, como la que juró confiar en los vampiros cuando uno le salvó, quiere buscar cobijo en los brazos de Desmond. Al fin y al cabo ¿Conoce algo más que él? Solo paredes grises.

Su llanto se apaga poco a poco, pasa de la histeria que amenaza con rasgarle las comisuras a un tranquilo fluir desde de sus ojos. Llora sin darse cuenta, siente que su cuerpo descansa inmóvil y su mente orbita en piloto automático entorno a las mismas ideas horribles y contradictorias ¿Él? Él está alejado, desconectado, no puede sentir más que el punzante dolor de su pecho.

Sus latidos estables lo arrullan, se siente adormilado después del horrible esfuerzo que ha hecho, no solo con sus tareas de cada noche, sino al intentar comprender a alguien que es un libro cerrado, al intentar imaginarse que podría llevarse bien con él. Seca sus lágrimas y escucha atentamente cuando algo repiquetea en las escaleras. Alguien las baja y como no hay nadie más en la casa, sabe quién es.

Aprovechando la ausencia de Desmond en el piso de arriba sale del baño y comprueba que no haya nadie rondando por ahí, entonces corretea hacia la biblioteca, en búsqueda de esa medicina hecha palabras, oculta en un cajón que tiene prohibido tocar. Y sabe que es arriesgado leer el diario de su anónimo y muerto amigo dos veces en una misma noche, pero lo necesita.

Al sostener la cubierta de piel raída en sus manos le tiembla el pulso y el corazón se le acelera, está emocionado. Abre el libro tomando una enorme bocanada de aire, listo para sumergirse en los recuerdos del autor, entonces surca el mar de páginas en blanco, deja atrás las dos ya leídas y encuentra la tercera entrada.

No sabe cuántas más quedan.

No quiere saberlo.

<<Ah, odio las mordidas ¿Tú no? Este hombre está obsesionado con clavarme los dientes en todos los lugares y mientras hace todo tipo de obscenidades, ahora mismo escribo esto sentado de forma extraña porque tengo las piernas, sobre todo los muslos, muertos de dolor por culpa de esos estúpidos colmillos.

Pero, dejemos eso ¡Vengo a decirte algo nuevo sobre mi... sobre nuestro amo! Algo que yo ya intuía. Lo dije en el otro texto ¿No? Que tenían sentimientos ¡Pues tenía razón! Y no sé si eso es algo bueno o malo, sinceramente. Me he ganado una buena golpiza y que me cuelguen del techo por horas mientras me intentan desangrar sus súbditos a mordiscos, pero ha valido la pena ver lo que he visto.

Le he visto llorando, murmurando un nombre, tirándose del cabello. Enloquecido como solo un loco de amor puede enloquecer.

Tienen corazón, sienten.

Y eso me hace preguntarme demasiadas cosas, pero me hace albergar esperanzas. Quizá un día saldré de aquí, el día que lo conmueva y me deje ir.

Entonces buscaré una vida que me llene... la vida aquí es aburrida: limpiar, comer a veces y ser dañado de formas que... ugh, no quiero pensar en ello ¡Pero no importa! Aguantaré y seguiré adelante, total, tengo un cuerpo muy fuerte así que ya me estoy acostumbrando a sus golpes.

Si alguna vez flaqueas piensa que tu puedes, amigo. ¡Sigue adelante, sobrevive, arrástrate si hace falta! Pero no te rindas nunca, lo único que puede pasar si lo intentas y fallas es que mueras, pero al menos morirás habiendo luchado tanto por tu vida como se merece.

Tu vida vale mucho, tú vales mucho. No dejes que otro te diga qué eres o quién eres, pueden quitarte tu nombre, tu ropa, tu sangre, tu libertad y tu orgullo, tu felicidad, tu placer, a tu misma familia y a tu patria, pueden quitarte todo, pero jamás van a quitarte tu propia vida. Será siempre tuya y cuando mueras, si es que te matan, ellos no te están robando nada: has sido tú y solo tú quien ha vivido hasta el último segundo de tu vida, ellos no podrán robarte eso, así que lucha por ello, por lo único que tenemos y por lo único que ellos no pueden tener de vuelta.>>

Tomás cierra el libro con el corazón agitado por tan inflamado discurso y se siente vigoroso incluso con su cuerpo enclenque y herido, se siente vivo y entonces lo entiende. No hay forma alguna de alinear la vida, de someterla. Puedes terminarla, pero entonces solo significa que se escapa.

Tom aprieta sus puños y frunce el ceño, lo ha decidido, luchará, se esforzará como hasta ahora y más por sobrevivir, ya nunca más esperará en el jardín a que el frío lo mate, nunca más suplicará a su estómago rugiente que se calle y le dé la paz de la tumba. Él vivirá, aunque duela cada maldito segundo porque ese dolor es suyo.

Halla fuerza en las palabras de ese chico y lo agradece tanto. Después se pregunta si Todd hallará fuerza en las suyas y quiere imaginar que sí; cuando pueda volverá a escribirle, le contará todo, le animará con palabras que ha heredado de ese hermoso diario.

Tras dejar el diario de vuelta en su lugar, camina hacia los asientos color verde oscuro que están cerca de la mesa de lectura y se arrodilla a la espera de Desmond, como este mismo le ha ordenado que haga. No pasan ni cinco minutos hasta que este entra por la puerta y lo busca con la mirada, encontrándolo casi al instante y sonriendo con satisfacción. Se dirige hacia el asiento que el muchacho encara con la vista bajada e inhala profundamente para sentir la dulzura de la sangre y el miedo. Una vez se acomoda en su asiento mira al muchacho con algo detenimiento y después dice:

—Sube a mi regazo, tengo hambre.



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