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—Me estoy aburriendo. —reclama Vlad, tumbado en su cama con una túnica dorada sobre su cuerpo.

En el suelo el chico peliblanco y su nuevo esclavo castaño se besan fingiendo pasión y se tocan según sus órdenes. A veces hace a Tomás cortar la piel del peliblanco y darle la sangre de beber a él con besos enrojecidos, a veces obliga al muchachito callado a jugar con los genitales del castaño en sus manos o su boca, pero ni aunque siguen sus órdenes sin rechistar logra divertirse.

—Tú, en cuatro —ordena a su más antigua mascota, que fácilmente aleja sus manos del trasero de Tomás y se pone en la posición deseada. —, tú —llama ahora al otro, apenas señalándolo con la cabeza. — fóllatelo. Vamos. —insiste, viendo que el muchacho se queda en shock.

Tomás se muerde el labio hasta que cuando traga nota la espesura y el sabor metálico propios de su sangre. Vlad alarga la mano hasta él y el chico no procesa el gesto hasta que su amo lo tira al suelo de un bofetón.

—¿Estás sordo o qué? —insiste, chasqueando los dedos.

El chico castaño se da prisa en obedecerlo, sabe que cuando Vlad pide algo no es indulgente ante excusas, sean las que sean y sabe que con qué clase de castigos se las va a tener que ver si se niega a esto también. Un escalofrío lo recorre entero y se aprieta el dedo meñique, roto por cortesía de su amo la noche anterior cuando lo rozó un poco al hacerle una felación. Fue solo un toque de atención, así que no quiere ganarse una verdadera reprimenda ahora.

Hinca sus rodillas en el suelo, notando el frío subirle por las piernas de forma desagradable, después pone sus manos en las caderas del muchacho con el que tantos dolores ha compartido y lo mira a los ojos. Los suyos están llenos de lágrimas y de disculpas que no tiene permiso para pronunciar, los de su víctima están en blanco, como siempre. Ojos de muñeco.

Se le pone la piel de punta y simplemente traga saliva, aparta la mirada y se dispone a hacer algo tan horrible que él trató de quitarse la vida cuando se lo hicieron. Y no puede: se rodea el blando eje con la mano y su miembro, sin excitación alguna, se presta inútilmente a la tarea.

Tom sabe que no lo logrará, aun así, finge que lo intenta con todas sus fuerzas e incluso se esmera en preparar a su amigo con uno de sus dedos, procrastinando para que nunca llegue la hora de la verdad. Oculta su intimidad blanda avanzando una pierna, pero Vlad lo ve y chasquea la lengua.

Se pone en pie, lo que hace a Tomás arrojarse al suelo hecho un ovillo; cierra los ojos y la boca y se cubre la cabeza con las manos. El primer golpe que recibe es también el último: una patada en el estómago que lo manda unos metros más allá, raspándole el costado contra el suelo.

—De pie, jodido inútil. —masculla, cruzándose brazos.

Tomás hace lo dicho, aunque le tiemblen las piernas y se apoya con sus manos en la pared para no caer. Vlad, cosa rara, no le riñe por ello, sino que se aproxima a él y lo empuja más contra la pared. El chico se cubre la boca cuando se da de lleno contra el muro, no ha perdido ningún diente, pero se ha roto el labio y sangra copiosamente. El vampiro lo ignora y pone una tela negra contra los ojos del muchacho, apretándola con fuerza; el chico siente sus ojos pulsar a través de los párpados y el nudo apretarle en la nuca, pero no dice nada, solo lloriquea.

El peliblanco, todavía posando como un can en el suelo, alza la vista para contemplar la escena con la frialdad con la que ha visto ya cosas peores. El vampiro se voltea hacia él y lo patea también en el estómago.

—Imbécil, no sirves ni siquiera para excitar a otro hombre. Das asco. —lo riñe antes de volver a darle la espalda, ocupándose de nuevo de su recién estrenado humano.

El más mayor acepta las palabras con un asentimiento leve y dócil y se queda sentado en el suelo mientras su amo no le ordena nada.

Afirma mejor el nudo de la venda de Tomás, haciéndolo gritar. Tan pronto lo oye le golpea la cabeza contra la pared de nuevo, rompiéndole de nuevo el labio y haciendo que el muchacho solo sorba y se queje en voz baja.

—Sígueme. —dice de mala gana.

Tomás tiene claro que obedecerá, pero resulta que Vlad tampoco le da otra opción: lo coge fuerte del cuello, guiándolo por un camino que no ve. Tom no ha pasado demasiado tiempo en la enorme morada de Vlad, pero sí el suficiente como para distinguir la diferencia entre el suelo de madera de la casa y el de piedra árida de las mazmorras. Se araña las plantas de los pies transitando por los pasillos que conoce demasiado, bajando hacia una de las celdas donde presupone que Vlad lo hará azotar y violar nuevamente. No quiere que nada de eso suceda, pero ya no es como con Desmond. Su mente ya no puede ser débil e inocente y rezar por que un milagro lo salve. Ahora, ante el horror, solo baja la cabeza y acepta el golpe.

Ha madurado, si es que eso significa perder toda esperanza pueril por un futuro mejor.

Se siente confundido cuando el vampiro lo hace andar más de la cuenta, sobre todo cuando lo hace bajar una hilera de escalones que le parece interminable. Le da miedo caerse, presa del agotamiento, pues no ha comido en varios días, aunque bebió ayer. Quiere preguntar a dónde van o cuánto falta, pero está demasiado asustado para ello, por lo que sigue deseando que cada paso sea el último.

El chico toma una bocana de aire cuando nota la estabilidad de dar dos pasos seguidos sin buscar a tientas otro escalón. Anda en línea recta, dirigiéndose hacia un lugar que desconoce y entonces el vampiro le oprime más fuerte el cuello y lo suelta de repente.

—Espera aquí.

Escucha los pasos de Vlad adelantarlo, alejarse y finalmente desvanecerse y se queda en silencio aguardando.

El vampiro mira atrás, distinguiendo la silueta del chico en la penumbra, y se adentra en la amplia habitación hasta llegar a su final. Pega las manos a los barrotes y después la cara, viendo esa figura informe que está arrojada al suelo como un animal moribundo.

—Debes aburrirte aquí... —susurra Vlad, logrando que la gran sombra se yerga de repente.

Los ojos de Desmond lo miran llenos de odio y aunque trastabilla, se acerca sin detenerse hacia él. Hasta que lo hace: las cadenas lo obligan a quedarse a unos metros de los barrotes, viendo con impotencia la sonrisa de su captor y antiguo maestro. Desmond abre su boca, dispuesto a rugir mil improperios.

—Ni un solo sonido —dice entonces el otro, hablando con voz baja, pero teniendo la suficiente autoridad como para mantener la voz del otro atrapada en su garganta. —, ahora voy a darte un divertido espectáculo, pero si te atreves a abrir la boca nuestro actor principal va a morir igual que Martha ¿De acuerdo?

Desmond está listo para replicar que le importa una mierda cualquier vida, pero su interlocutor desaparece.

—Avanza. —lo escucha a ordenar desde el fondo de la sala, demasiado lejos para que pueda ver bien a quien.

Escucha entonces sus pasos felinos y pausados y otros descalzos, más torpes. Cuando su pequeña mascota humana aparece frente a sus ojos, con los suyos vendados, la boca chorreando sangre y el delgado cuerpecito sin una pieza de ropa, cae sobre sus rodillas.

Le duele el pecho y le cuesta respirar, la alegría que siente por ver a Tomás vivo de nuevo intenta salir en forma de sonrisa, pero no puede: solo llora y llora a mares al ver todas sus heridas, sus marcas y su obediencia ciega. Llora tapándose la boca cuando el muchacho es forzado a agarrarse a los barrotes con las manos, a inclinarse hacia delante, separar las piernas y quedarse quieto.

Llora tapándose la cara cuando Vlad se desnuda despacio, se acerca sin prisas a su mascota y la penetra sin preparación alguna, tomándola frente a los ojos de su antiguo amo.

Y en algún momento sus manos caen y las lágrimas dejan de hacerlo, observa con ojos inocentes y fríos como su Tomás es desgarrado con crueldad por Vlad, como lo hace moverse adelante y atrás con cada embate, como le sostiene la cabeza por los cabellos y lo hace golpearse una y otra vez contra los barrotes mientras sus caderas lo empujan sin piedad. Observa, ya no con pena, sino con hambre, los hilos de sangre que caen por el rostro de su anterior mascota, por sus muslos, como hilos de seda tejiendo un manto que quiere acariciar y poseer.

Observa con ira como, bajo las órdenes de su cruel torturador, Tomás enmascara el dolor y gime pidiendo por más.

Y de un momento a otro no siente nada, nada más que odio.

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Fin del cap ¿Os ha gustado?


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