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Tomás mejora poco a poco, en unas semanas ha logrado ganar peso y mucha movilidad, aunque todavía se resiente a veces al andar e incluso al mover sus brazos cocinando. Muchas de sus lesiones se curan a paso seguro, pero lento, y las heridas más visibles empiezan a desvanecerse de su piel poco a poco dejando pequeñas manchas oscuras.

Su espalda está mucho mejor, la piel se ha restaurado casi por completo y aunque las letras de su amo ya no son visibles en ella más que si uno las recuerda, la cicatriz enorme que la cubre le hace lucir todavía más lastimoso. Pero Tomás no se siente así de ningún modo y aunque Desmond se sorprende a sí mismo observando al chico por detrás y pensando en la pena que da, se reprende al instante cuando eso sucede. Se repite que Tomás, antes que ser una presa, es un hombre fuerte, uno que ha atravesado el infierno y ha salido de él no solo vivo, sino aún capaz de sonreír. Y eso es algo que él no pudo hacer en su día.

Desmond piensa eso ahora mientras ve al chico a lo lejos; él está bajando por las escaleras tras un arduo día de trabajo, tiene mucho que organizar siendo ahora líder y rey no de uno, sino de varios distritos y clanes. Vlad resultó no solo tener su enorme territorio bajo su mandato, sino muchos otros, tanto lejanos como cercanos, que había conquistado sin decírselo a Desmond y que ahora son de este. Con lo que tiene, Desmond podría compararse a los grandes emperadores vampiros con los que pocas veces tiene el honor de hacer tratos o siquiera hablar, eminentes hombres y mujeres cuyo poder abarca más de diez clanes cada uno.

Desmond traga saliva, él ahora gobierna ocho.

Está feliz de tener todo ese poder, pero gestionarlo de golpe le ha agobiado un poco, así que ha decidido salir de su despacho a por un respiro tras estar encerrado en él largas horas.

Desde las escaleras ve la cocina y en ella una manchita blanca que salta de encimera en encimera cocinando ávidamente. Sonríe, Tom parece un copito de nieve. Cuanto más se acerca más se ve embelesado por el aroma afrutado de su humano, este se camufla entre los olores picantes del plato que prepara, pero pese a ello es inconfundible. Atraído por su hechizante aura, Desmond anda con pies ligeros hasta él, moviéndose como una sombra.

Tomás tararea el estribillo de una canción que le gusta, pero cuya letra no recuerda, y mientras saltea la carne de cerdo con verduras que ha picado hace un rato. Añade cebolla y ajo a la sartén y un chorro de aceite que salta tan pronto toca la superficie caliente. Él se aleja un poco asustado, solo lo cubre uno de los típicos pijamas de satín y aunque ahora está abotonado de arriba abajo el delgado tejido no lo protegerá del aceite caliente si le salpica.

Al recular un par de pasos se topa con lo que creería que es una pared, pero antes de que pueda preguntarse cómo es posible que la habitación se haya achicado, la supuesta pared saca dos grandes brazos y lo rodea desde atrás. Reconoce a su amo cuando este le besa el cuello y sus labios forman una sonrisa antes de despegarse.

—¿Necesitas ayuda? —le pregunta y guarda silencio después, tratando de escuchar el corazón del chico por encima del borboteo del aceite.

Tomás es fuerte, pero no implacable y por ello su estadía con Vlad, así como su pasado con Desmond, le han dejado secuelas que todavía son demasiado recientes para empezar a cicatrizar. La cercanía con su amo, así como el contacto físico, suelen ahuyentarlo y llevarlo a tener ataques de ansiedad, por eso Desmond es cuidadoso cada vez que lo toca y siempre escucha su pequeño corazón. Busca en los latidos la advertencia de que debería soltarlo o la aprobación para seguir tocándolo.

Se dispara en un momento, justo cuando lo abraza. Tomás se queda petrificado e incapaz de responder, la cuchara de madera se le cae de las manos y Desmond la atrapa antes de que caiga. Entonces espera. Tomás siempre se paraliza cuando algo le roza la piel, su cuerpo deja de funcionar unos instantes y su cabeza reproduce una y otra vez tactos que no fueron tan gentiles. Pero siempre vuelve en sí y cada vez más rápido.

—Uh, sí, un poco. —Y ahí está, su voz suena algo trémula, pero saludable, sus ojos recuperan el brillo y el corazón se le empieza a calmar. Desmond se siente harto feliz al saber que puede seguir abrazándolo, desde que el hombre despertó hacía ya dos días que no podía tocarlo sin causar una mala reacción. —¿Me bajas el fuego?

Desmond asiente, se acerca sin temor a las gotas de aceite que vuelan hacia su brazo y gira la ruedecita para aminorar la intensidad de las llamas. El aceite deja de saltar furiosamente y Tomás se acerca de nuevo a la comida, removiéndola con la cuchara que su amo acaba de darle.

—Hasta huele rico y todo —se mofa Desmond mirando por encima del hombro del chico. La sartén está llena de una colorida mezcla de alimentos que, aunque no le parecen apetecibles sí que le resultan un poco estéticos. —, has aprendido a cocinar mucho mejor que antes.

—Claro —responde el otro entre risillas. —, si tengo que dejar mi comida en tus manos puedo estar seguro de que moriré intoxicado.

Desmond finge enfadarse haciendo un visaje monstruoso y atacando después el cuello del castaño, donde resulta hacer una sonora pedorreta. Tomás se encoge y ríe mientras lo aparta para que las cosquillas cesen y el vampiro se hecha a un lado después de darle un poco de guerra.

—¿Cómo te encuentras? ¿Estás mejor hoy?

Tomás se lo piensa mientras apaga el fuego y se sirve en un plato.

—Bueno... —murmura llevándolo hasta la mesa. —sí, la verdad es que sí, aunque sigo teniendo pesadillas. Supongo que lo habrás notado.

—Sí, me has pateado mientras dormías...

—Perdón... —murmura Tomás sentándose frente a la mesa y bajando la mirada. Desmond se le sienta al lado y le alza el rostro con la mano, dejando después un levísimo beso en sus labios.

—No pidas perdón tonto, no pasa nada.

Él asiente, aunque no parece muy convencido. Segundos atrás se relamía cocinando, ahora solo lleva la comida de un lado a otro del plato con el tenedor sin probar un solo bocado, está repentinamente decaído.

—¿Qué te sucede? —insiste Desmond viendo el humor del chico. Este niega intentando restarle importancia y se fuerza a comer; la carne salteada está deliciosa y eso le hace lucir un poco mejor, pero sigue siendo evidente que algo malo le ronda la cabeza. —Tomás ¿Qué sucede?

—Solo... —dice mientras mastica. Hace una pausa, traga y sigue hablando —me preguntaba si sigues queriendo que sea tuyo ahora que estoy usado, si no te avergüenzo, te doy asco o te parezco patético y solo me conservas porque te doy lástima o porque te sientes culpable por lo que me hiciste, en vez de porque me quieras.

Desmond golpea la mesa con el puño, levantándose de golpe y Tomás da un repullo. Por instinto, el humano se cubre temblando y el vampiro, lleno de ira, lo mira con ojos ardientes.

—No consiento que hables de ti como algo usado, no eres una cosa. —gruñe con firmeza.

Tomás traga saliva y halla el coraje suficiente para deshacer la defensa que ha formado con los brazos y mirar al inmortal de vuelta. Frunce su ceño con coraje y dice:

—Tú fuiste quien me enseño que los humanos solo servíamos para ser usados. —exhala con fuerza por su nariz, tiene el corazón a cien y aunque la voz le tiembla no es capaz de quedarse callado, no más. —No tienes derecho a enfadarte.

La mueca de ira de Desmond se deshace dejándolo en medio de un sentimiento desconcertante entre el bochorno y la culpa. El vampiro vuelve a su sitio despacio, suspira y responde:

—Tienes razón, pero yo ya no pienso eso. Por favor, no quiero que lo pienses tú. —Suaviza su tono y su expresión, ladea la cabeza y baja la mirada con una docilidad que a Tomás le sorprende y acalora el corazón. —No eres nada usado, sino herido y no me avergüenzo de ti, sino de mí por dejar que esto suceda. No estás para ser usado, ni por mi ni por Vlad ni por nadie. Y aunque seas mi mascota y vaya a follarte y morderte no significa que lo haga cuando me plazca, mi amor, iremos despacio y no tenemos por qué hacer cosas que te asusten ahora si no quieres, no voy a usarte.

—¿Y si sí que quiero?

Desmond se hecha para atrás en su asiento por la audacia del menor y debe parpadear un par de veces para asegurarse de que la cara enrojecida y tierna que tiene delante es real y no espectro que le dice boberías. El chico lo mira con el ceño fruncido y sin una pizca de coquetería en él, sino más bien ira.

—¿Tomás? —pregunta totalmente desconcertado.

El chico toma aire, pero no dice nada, solo le voltea el rostro y trata de normalizar su respiración y sus latidos. Tiene hasta las orejas rojas y todo su cuerpo tirita de los nervios.

—Este es mi cuerpo ¿No? Y debería poder tener sexo, debería poder hacer todas esas cosas placenteras y divertirme con ello y todo eso. Y siento que tú y Vlad me lo habéis robado, me habéis robado la oportunidad de hacer tantas cosas y esta es solo una de ellas y, no lo sé... quizá una, la única, que puedo recuperar. Quiero dejar de estar aterrorizado cada vez que me tocas, quiero poder disfrutar y mirarme al espejo y ver algo más que un, un puto juguete sexual—confiesa entre lágrimas.

Desmond se le acerca, comprensivo, y enjuaga sus mejillas con las grandes manos. Le sonríe tiernamente y besa su frente mientras el chico trata de tranquilizarse.

—¿Quieres que alguna vez intentemos hacer alguna cosa que te guste? Puedo darte placer y hacer que olvides lo mal que se sintió las otras veces.

—Quiero que lo intentemos ahora. —dice totalmente serio y asintiendo con convicción.

Desmond lo mira con los ojos desorbitados. Entiende el deseo del castaño por recuperar su propia piel y reclamar los placeres que le pertenecen, pero le asusta que eso sea demasiado para alguien que todavía está sanando.

—Oh... —responde, tragando saliva. No tiene palabras para la inesperada propuesta y la verdad es que pese a que muere de ganas de tomar al pequeño de todas las formas que pueda imaginar le asusta la magnitud de su pasión. No quiere perder el control. —¿Quieres... ir ahora al dormitorio? —pregunta sin terminar de creérselo.

Tomás asiente y baja de su silla, dejando el plato de carne con verduras casi intacto en la mesa. Desmond lo toma de la mano y ambos suben las escaleras. Por primera vez el chico se le adelanta y aunque Desmond se está controlando para no cargarlo y llevarlo en un parpadeo a la cama, nota también que las piernas de su amante tiemblan, acaso de nervios o de emoción, pero sea cual sea lo percibe como una mala señal.

Entran al cuarto de Desmond juntos, cierran la puerta y empiezan a besarse justo después. Es Tomás quien se lanza, más ansioso que deseoso. Desmond lo nota, así que lo toma por la cintura y lo hace estar quieto mientras aminora un poco el beso. Tomás le sigue el ritmo cuando este lo marca, sintiéndose más tranquilo, y nota como poco a poco el otro lo empuja hasta que sus corvas se doblan contra el filo de la cama y ambos caen sobre ella.

—Hazlo, hazlo, hazlo, solo hazlo ya, quiero quitarme todas estas cosas horribles de la cabeza. —le pide rompiendo el beso, sus ojos color miel se derraman en sus mejillas y luce más roto que nunca. —Amo, por favor, tómeme y hágame olvidar las otras veces.

Fin del cap owo

¿Os ha gustado?

¿Qué os parece la relación actual entre los personajes?

¿Realmente creéis que Tom está preparado para lo que pide?

¿Qué pensáis que pasará más adelante?

Porrrr cierto, tengo una noticia que daros: mi nueva historia ("El niñero") ya está en Amazon y empezaré a publicarla aquí en Wattpad el viernes de esta semana hehe Será una historia larga, unas 200.000 palabras de descenso a la locura, algún que otro misterio y mucha angustia que vais a pasar por nuestro pobre protagonista secuestrado 3:)


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