Epílogo

 La sangre feliz sabe mejor. Puede sonar extraño, pero lo que importa es que es convincente. Ese es el lema del nuevo programa político que mi amo, Desmond Gaard, ha aprobado sobre todos los distritos que gobierna. Y no solo eso, ha convencido a sus aliados para aplicarlo también e incluso intenta que otros reyes más reacios a pensar en nuevas medidas se lo planteen.

El programa sangre feliz se basa en un conjunto de leyes que buscan protegernos a nosotros, los humanos, para que los vampiros puedan tener una relación más simbiótica de depredación con los humanos. Por ahora no es más que un puñado de imperativos por definir, pero es más de lo que jamás pensé que lograría nadie y mucho menos un insignificante humano como yo.

Sé que no vivo en un mundo de color rosa, sino en uno lleno de esclavos con correas y la piel roja de recibir zurras diarias, pero al menos el oscuro mundo que la guerra dejó tras de sí no es ya tan negro, sino de un gris más claro que el de las paredes de la casa de crianza. Ese no es mi objetivo, pero es un principio y es por ahí por donde uno empieza para alcanzar los sueños. Ninguna legislación abolirá los instintos de los bebedores de sangre, la realidad es cruel y no soy ya tan ingenuo como para pensar en manipularla como si fuese su juguete, pero sé que con paciencia y el tacto firme de las manos de mi amo puedo moldear a vampiros más compasivos, más amables.

Desmond... No ha cambiado el mundo, pero ha cambiado cosas muy pequeñas y de pequeños gestos se hace el mundo. Me siento tan orgulloso de él, también de Brandon, que nos apoya desde territorios extranjeros, y de Víctor, que lucha con y por nuestro reino cuando en los debates políticos con otros líderes se esgrimen más que argumentos.

Por lo que respecta al mundo de puertas para adentro estoy también está feliz y orgulloso, Desmond ha cambiado mucho y para mejor, como líder, como amo y como amante. Nunca podrá borrar la cicatriz deformada de mi espalda o los recuerdos que algunos días me hacen levantarme bañado en sudor y lágrimas, no puede corregir el tic nervioso en que me llevo las uñas a las muñecas, pero esos tiempos que a veces me atormentan han quedado suficientemente lejos como para que los olvide la mayor parte del tiempo.

A veces recuerdo cómo empezó todo, sobre todo el día que fui comprado y las tortuosas horas de después siendo golpeado, quemado, forzado a limpiar aquella dantesca escena del crimen. Y los recuerdos aún guardan poder para revolverme el estómago, pero no más que una fotografía grotesca de algún escenario donde no he estado nunca. Así se sienten: ajenos. Los llevo dentro siempre, pero no siento que sean ya míos o de Desmond. El fuego se enfría y la horrible llama se apaga poco a poco, deja una oscuridad apacible. Una noche. Y las noches las paso con Desmond, las paso riendo, leyendo, estudiando o simplemente descansando, las paso cocinando las recetas que Brandon no quiere que sean olvidadas o ejerciendo como médico en la consulta de Víctor cuando necesita un ayudante.

Paso el tiempo haciendo cosas, sintiendo cosas. Estoy vivo.

Y parece tonto decirlo ¿Verdad? Cualquiera, si puede enunciar algo, es que está vivo, pero es que hubo un tiempo en que lo estuve. El gris ataúd de la casa de crianza, las frías noches con mi amo, las insensibles heridas que Vlad me hizo... todo eso pasó cuando estaba muerto, porque ningún ser vivo lo habría podido soportar. Y Desmond me ha resucitado, me ha dado su aliento, sus latidos olvidados, los primeros besos, los últimos... Él es culpable de mi muerte, también de mi vida. Y yo, yo podría quitarle la suya cuando quisiera.

Estamos en paz.

Suspiro y lo hago tan enamoradizamente que podría jurar que mi aliento es dulce. Pero sé que no es así, tengo un sabor amargo en la boca propio de los nervios. Acabo de pasar un mal trago, pero ha merecido la pena.

—¡Bien! Ya puedes ir a casa ¿Te duele mucho? Si es así puedo darte pastillas —la chica que tengo delante, de unos muy bien llevado treinta años, me sonríe con timidez y aparta la mirada. —¿Sucede algo?

—Ugh, es incómodo... —me dice riéndose, de un segundo a otro se pone roja como un tomate. Quizá deba tomarle la temperatura ¿Dónde diantres ha puesto Víctor el termómetro? ¡Su enfermería es una ruina! —es extraño estar en presencia de alguien importante como usted.

—No me llames usted, es rarísimo —le respondo riendo con suavidad y acariciando su hombro. Parece que el gesto la hace sentir más cercana a mí y por eso logra mirarme a los ojos.

Desde que la coronación soy tratado con un respeto que me gusta, pero que a veces me apabulla. Amo salir a la calle con total tranquilidad, pero cuando la gente se voltea para hacerme reverencias como si yo fuese el mismo rey me pongo rojo como un tomate y me entran unos nervios que me dan ganas de ocultarme bajo una piedra ¡Pero mejor esto que nada!

—Disculpa —dice ella con voz fina y rostro de muñeca. Se toca el hombro que hace unos minutos estaba dislocado y me sonríe amablemente, espero habérselo recolocado tan bien como Víctor me enseñó. —, gracias por todo, no duele así que prefiero no tomar pastillas.

—De acuerdo, te acompaño a la salida.

Ella asiente de nuevo y la tomo del brazo para andar hacia la sala principal. La casa de Víctor es espaciosa, así que el camino es tranquilo y ella puede calmarse. Cuando abro la puerta un vampiro con cara de pocos amigos me mira, fuerza una reverencia que le causa un tic en el párpado y se lleva a la chica sin mediar palabra. Su amo, aunque seguramente cruel, está obligado por la ley a traer a una vez al mes a su humana a un centro médico cercano y agradezco que sea el de Víctor. Dos lesiones más de gravedad en un plazo de dos meses y podré ordenar a los soldados de Desmond que requisen a su humana y lo amonesten.

—¿Cansado?

Me sobresalto al escuchar una voz tintineante como un cascabel en el mi oído. Al voltearme veo que es Gris y me llevo una mano al pecho, notando las palpitaciones. Abro la boca en un gigantesco bostezo y creo que eso le vale de respuesta.

—Siento que tengas que trabajar por Víctor hoy, pero tenía realmente un asunto importante.

—No te disculpes, soy su aprendiz así que mi objetivo es acabar trabajando por él mucho más. —le respondo animadamente y con una gran sonrisa.

Gris la mira sobresaltado, después lo piensa un poco y la imita. Le cuesta expresar felicidad, pero poco a poco aprende y cada vez veo más brillo en su mirada.

—¿Te quedas? —pregunta tímidamente. —Son las tres de la mañana —añade al verme rastrear las paredes con la mirada en busca de un reloj.

—Claro, hasta que salga el sol tengo tiempo. ¿Qué quieres hacer?

Se lleva un dedo a la boca y presiona los labios inflados, pensando. Da un saltito y sale corriendo para aparecer pocos segundos después tendiéndome el mando de su consola.

—¿Víctor te ha comprado más juegos? —pregunto sabiendo que posiblemente me diga que sí. Gris no es pedigüeño, pero antes de que pueda desear algo Víctor está siempre cubriéndolo de tantos regalos que la mitad tienen que acabar regalándomelos a mí o donándolos a las casas de crianza. —¿O quieres que te de una paliza en los mismos de siempre?

Gris retira prestamente el mando cuando lo voy a coger y me sonríe pícaramente.

—Esta vez voy a ganarte, ya verás. —me amenaza, después ríe y me entrega el objeto. —He estado practicando —explica mientras nos dirigimos al salón.

Al llegar él se acerca a la televisión para prender la videoconsola y yo me dejo caer sobre el sofá. Me hundo cómodamente en él y algunos huesos me crujen casi imperceptiblemente. Noto el estrés abandonando mi cuerpo como un alma que se me escapa por la boca y cierro los ojos unos segundos.

Adoro ser médico, pero sin Víctor a mi lado para darme indicaciones y prevenirme de errores fatales tengo que tensarme tanto para que no me tiemblen las manos que me duele toda la espalda. Espero poder mejorar en eso.

Abro los ojos, encontrándome a Gris sentado no a mi lado entre cojines verdes sino en el suelo, agazapado sobre el controlador del videojuego y listo para atacar y vencer.

—Ponte en el sofá, tontorrón. —le recuerdo dejando el mando a un lado y frotando su cabeza como si le enjabonase.

Él hace lo típico, murmulla entre risas y me manotea porque odia que lo despeine así y luego sube al sofá con un leve sonrojo. Todavía no está acostumbrado a su nueva y cómoda vida y las rutinas que Vlad le enseñó por siglos siguen haciendo eco en su comportamiento. Me apena mucho ver la enorme huella que ese hombre dejó en Gris, pero prefiero no sacar el tema porque sé que le abochorna y que es más fácil reconvenirle como ahora. Cuando se sienta a mi lado se queda de nuevo en esa posición doblada, como si buscase ahorrar espacio y después se mueve acercándose más a mí.

Gris es como un perro callejero: no sabe responder al calor humano, pero lo ansía. Con una sonrisa candorosa y el poco disimulo que sé que tengo paso una mano por sus hombros y lo estrecho contra mí. Pellizco su mejilla y digo:

—Ya verás, solo necesito una mano para ganar la partida.

—No seas fanfarrón. —me dice mordiéndome el índice cuando tiro y tiro de la carne pinzada para hacerle poner muecas graciosas.

Y aunque actúa hostil soltando improperios y amenazas mientras en la pantallita su personaje va de un lado a otro y golpea todo, menos al mío, se acurruca contra mi brazo y se le eriza la piel cuando a veces le acaricio el hombro. Me gusta agasajar a Gris, es como un hermano pequeño peleón pero amoroso al que no puede uno no cogerle cariño, pero pese a lo mucho que me gusta cuidarlo y consentirlo ¡No va a ganarme! Y no solo porque yo juego en serio, sino porque el pobre juega fatal.

Ambos nos quedamos absortos en la caja luminosa frente al sofá, aporreamos las teclas y botones, agitamos los mandos y nos inclinamos hacia la pantalla como girasoles estirándose hacia el alba, chillamos, vitoreamos a nuestro personaje, exigimos una revancha tras otra y acabamos, tras horas de juego y diversión, dejando los mandos a un lado y pasando la pelea de la televisión, al sofá.

—¡Seguro que haces trampas! —me acusa, apuntándome con el dedo y después esgrimiéndolo para apuñalarme los costados y causarme un ataque de risa.

Le agarro las muñecas para defenderme y forcejeo con él, tratando de quitármelo de encima.

—¡Pero si es tu consola, es imposible! —arguyo, empujándome hasta caer sobre él.

Es hora de mi venganza. Gris estalla en carcajadas tan pronto le toqueteo los costados y me pide que me detenga de forma entrecortada, riéndose como un adorable cerdito todo el rato hasta que saca su arma secreta. Caigo hacia atrás cuando una almohada me golpe con la suficiente fuerza para aplanarme la cara.

—¡Con que esas tenemos! —digo alzando el puño y saltando del sofá al suelo, listo para iniciar toda una pelea de cojines una vez le robe el que tiene en la mano.

Gris me sonríe, toma otra almohada con discreción y me la arroja. Y Gris no es solo malo en los videojuegos, sino también en temas de puntería porque el objeto pasa volando por mi derecha sin que necesite esquivarlo. Voy a reírme de él hasta que oigo un crujido y después lo veo pálido y tembloroso. Me volteo hacia el sonido. Veo el cojín sobre los pedazos del jarrón que parece haber golpeado y me encojo de hombros. Era un jarrón muy feo, debo decir.

—No pasa nada, ahora te ayudo a barrer. —le digo, pero no parece calmarse.

Él luce totalmente enloquecido, empieza a llorar y se cae al suelo porque le fallan las piernas. Alarmado, corro hacia él y lo atrapo para que no vuelva a ponerse en pie y caer. Me siento a su lado en el suelo, sosteniéndolo por si acaso.

—¿Qué pasa? ¿Qué está mal? —me giro rápido antes de seguir atendiéndole. Veo atrás mío la enfermería y calculo que puedo llevarlo en brazos en diez o quince segundos, así que podré atenderlo a tiempo si algo horrible le está sucediendo.

—Se va a enfadar, se va a enfadar, se va a enfadar... —murmura repetidamente llevándose las manos a la cabeza y meciéndose adelante y atrás.

Mi corazón se rompe, está teniendo una crisis como las que yo he tenido y a veces tengo también. Tiene los dedos llenos de cabellos blanquecinos que está arrancándose, las uñas clavas en el cuero cabelludo y los ojos anegados en lágrimas y hundidos en algún lugar donde no llega la luz.

—Se va a enfadar, Vlad se va a enfadar, se va a enfadar.

Lo abrazo, muy despacio, pero muy fuerte.

—Vlad no está —susurro en su oído —y Víctor no se va a enfadar.

Él me mira, casi sin verme. El chico risueño que me picaba las costillas se ha desvanecido del mundo y la persona que tengo delante es un extraño, incluso para sí. Un hombrecillo que vive tan a la sombra del miedo que jamás ha visto su rostro. Lo sigo abrazando, paso mis dedos por su espalda, por sus hombros y por sus mejillas, sosteniéndolas después. Me inclino y beso su frente igual que Brandon hace conmigo a veces.

Ojalá hacerle sentir igual.

—Todo estará bien, te acompañaré a la cama y vas a dormir hasta que Víctor llegue ¿Si?

Asiente sin voz, me toma con fuerza de la mano y me sigue tímidamente mientras lo llevo a su dormitorio. No dice palabra alguna en el camino, tampoco mientras lo meto en el lecho o mientras lo arropo. Apago la luz en total silencio, sabiendo que se ha quedado con los ojos igualmente abiertos, mirando algún punto fijo del techo, pensando que colgarse de él es mejor que esperar el castigo de Vlad.

Pero Vlad ya no está vivo, Desmond ha cambiado y las leyes protegen a los humanos más que explotarlos. El mundo cambia y debemos hacerlo también nosotros. Para Gris será difícil, pero le acompañaré en cada paso que haga falta.

Vuelvo a examinar el salón con la mirada, sin rastros de ningún reloj, pero tampoco importa mucho: tengo la certeza, desde hace rato además, de que llego tarde. No obstante, no puedo marcharme sin más ¿Y si Gris se levanta para recoger los trozos de cerámica y hace una tontería? ¿Y si Víctor lo halla, pregunta a Gris y este tiene un ataque? No, lo mejor será recoger las almohadas del comedor y barrer un poco.

No me leva más de media hora terminar con el suelo impoluto y los restos de ese jarrón antiestético en la basura y, para cuando lo he logrado, la puerta principal se abre dejando ver a un agotado Víctor que llega resoplando y chocándose con sus propios muebles.

—Ugh, asumo que tu noche ha ido mejor que la mía —me burlo al ver las ropas rotas y manchadas de sangre. Su cuerpo ya está curado, pero asumo que ha tenido que pelear de nuevo por Desmond y contra aquellos conservadores que quieren destituirlo del poder.

El pelinegro da un repullo al oírme y cae de culo, rematando con su mala racha.

—¡Que susto! —me gruñe frunciendo el ceño y arrugando la cicatriz que le atraviesa la cara. —¿No debías ir con Desmond antes del amanecer?

Le tiendo una mano para ayudarle a levantarse, pero prácticamente me lanza a mí al suelo cuando, supongo que sin querer, pone un poco de su peso en mí.

—Sí, me he quedado porque Gris ha roto un jarrón sin querer y se ha puesto nervioso. Ahora está durmiendo, ni se te ocurra reñirle. —le advierto en tono severo.

Él me responde con una sonrisa comprensiva y un asentimiento. Puedo ver su expresión cuán agradecido está de que me haya quedado con Gris y eso me alegra porque sé que he actuado bien.

—Le dejaré dormir hasta mañana —me informa. —¿Ha sido muy difícil atender la consulta tú solo?

—Bueno... —me llevo una mano a la nuca y me río con algo de vergüenza. Antes de que Víctor se fuese estuve pavoneándome en su cara de que acabaría robándole el negocio. —te he echado de menos, es más difícil de lo que parece hacer cosas si no estás ayudándome.

Víctor toca mi hombro con amabilidad y da un pequeño apretón.

—Estás mejorando mucho, pronto ya no me echarás de menos. Quizá hasta es cierto que me robas el negocio.

Niego con una sonrisa en la cara, prefiero estar acompañado y más por su presencia tan tranquilizadora y a la vez enorme, como un guardián.

—Debería irme.

Él asiente.

—Desmond debe estar que se sube por la paredes.

Me despido de él lanzándole un beso y viendo como el pelinegro finge atraparlo y lanzarlo lejos. Me río por sus gestos bobos y salgo al jardín exterior, el aire fresco inunda mis pulmones y el sol me da de lleno en el rostro.

Ah, que buen día, uno perfecto para cabrear a Desmond llegando tarde. Y puestos a llegar tarde ¿Qué más da una hora que una hora y media? De camino a casa me paseo dando innecesarias vueltas por el jardín y arrancando las flores que más vistosas me parecen. Rojas, amarillas, azules, violetas... las tomo de una en una y me lleno el puño de los colores del arcoíris y, cuando ya no tengo sitio en las manos, tomo una última y me la coloco tras la oreja.

Esquivo la puerta principal, silbando una cancioncilla, y me escabullo al jardín trasero que solía conectar con la casa de Vlad, la cual ahora es una casa de crianza, o, mejor dicho, un hogar de crianza. Desmond no solo ha cambiado el nombre, también la estructura: son sitios más grandes llenos de ventanas, zonas comunes y sometidos a constantes revisiones llevadas a cabo por profesionales en salud humana. Pero no es ahí a donde me dirijo, sino al pequeño tramo verde y llano que une ese lugar con mi hogar mismo: mi pequeño cementerio.

Con una sonrisa agridulce me acerco a la lápida de Todd, acaricio las letras hundidas en la piedra y me arrodillo, dejando las tan hermosas flores. No digo nada, no tengo nada que decir. Solo miro la piedra y, después la forma en que el sol la ilumina, la llena de calor y amabilidad. A veces me gusta imaginar que su tumba es una especie de puerta por la que se asoma al mundo de los vivos, una pequeña apertura desde donde puede verme llevando la vida que soñé y, al otro lado, ver una casa de crianza como las que él soñó.

Me levanto, alejándome antes de ponerme melancólico de nuevo, y esta vez sí que me dirijo hacia la entrada. Me pregunto si Desmond me estará esperando en el marco de la puerta, respirando fuego, o si estará en la habitación trepando por las cortinas como un animal enloquecido. Quizá se ha ido a dormir y mañana al despertarse se olvida de que he llegado tarde.

Me río tan fuerte como mis pulmones me lo permiten. Desmond es demasiado protector como para pegar ojo si no está abrazándome, además, no va a olvidar una falta, no si es la excusa perfecta para darme uno de esos castigos que tanto le gustan, pero que tan poco admite amar. Ah, ya tengo la puerta delante ¿Debería llamar o entrar directamente? Supongo que llamaré, un poco de cortesía quizá me salva. Alzo el puño y roto la muñeca, pero mis nudillos nunca alcanzan la madera. La puerta se abre un poco, Desmond me agarra con fuerza por el cuello y me mete de un tirón. La cierra de nuevo empujándome contra ella y usando su peso y fuerza para atraparme.

Me besa. Necesitado, violento, pero con suficiente cuidado como para no morder mis labios más que para dejarlos rojos, mas no sangrantes. Cuando se separa me falta el aliento, pero le sonrío pícaramente.

—Dos horas tarde —murmura con voz ronca, examinándome de cerca como en busca de pruebas o quizá se remordimiento. Yo amplío mi sonrisa, él se aferra a mi pequeño cuerpo con fuerza y dedos que se hunden en la carne. —¿En serio? —pregunta frunciendo el ceño.

Pero sé que tras esa cara enfadada de ojos rojos, voz aguardentosa y colmillos intimidantes hay un hombrecillo incapaz de enfadarse del todo conmigo, así que solo me inclino y rozo mi nariz con la suya en un pequeño beso de esquimal.

—No me había dado cuenta —me encojo de hombros.

Él sabe que le estoy tomando el pelo e incluso le divierte porque una pequeña sonrisa confiada empieza a formarme en su boca.

—Ya, claro —dice con ironía. Una de sus manos me suelta y extraño la dominante presión dejándome marcada. Dirige prestamente los dedos libres a mi camisa y desabotona despacio su cierre. —el sol no brillaba suficiente ¿No? Quizá brille más después de unos azotes ¿No crees?

—Oh no... —digo con fingida pena, haciendo mi mejor cara de cachorrito y temblando en sus manos. Mis expresiones de inocencia y preocupación son mayormente fingidas, pero el temblor, cuando él empieza a besarme el cuello, es tan real como el placer que me hace sentir. —¿Qué voy a hacer? —me pregunto después en alto, llevándome dramáticamente una mano a la frente. Desmond sonríe mientras me besa. —No quiero ser castigado ¿Tengo pedir ser perdonado? ¿Tengo que hacerlo de rodillas?

Desmond se aleja deteniendo la hábil forma en que sus dedos se deslizan en una caricia lenta por mi pecho que, así como me toca, me descubre desabotonándome. Me mira desde una pequeña distancia que se siente tan fría, tan lejana, que quiero lanzarme a ese vacío para alcanzarlo. Sonríe viéndome de arriba abajo. Quizá pensando en cuanto he cambiado, en cuanto ha cambiado él. En cuanto nosotros hemos cambiado. Pasamos de ser el cruel amo y el asustado, tímido esclavo, a un hombre de belleza salvaje paralizado como novicio mientras su novio se le acerca, quitándose él mismo la camisa sin vergüenza alguna. Quizá miento, sigo siendo pudoroso y aunque actúo atrevido mi bobo cuerpo enrojece, tiembla y se oculta cuando trato de ser sensual. Me siento nervioso, Desmond dice que es porque siempre seré un poco inocente y me enorgullezco cuando después dice que eso le vuelve loco.

—No juegues sucio.

Su voz viaja por todo mi cuerpo como un escalofrío que me azota hasta dejar mis sentidos embotados. Firme como el cuero, susurrante como el látigo cortando el aire en dos y ruda como el impacto demoledor con la piel. Es una mezcla entre una orden y una amenaza y ahora que sé que en sus brazos estoy seguro eso me prende demasiado. Puedo dar un muerdo a Desmond, probar todas las provocaciones que el infierno tiene para mí y, tras calentarme en sus llamas, salir ileso. Desmond puede condenarme y salvarme de sí mismo y sé que lo hará siempre.

Le sonrío con una complicidad tácita y me acerco con pasos felinos, cruzando mis piernas, contoneando mi figura solo un poco. No quiero ser explícito, quiero dejarlo con ganas de más y hacer que él mismo venga a tomar aquello que tanto desea.

—No es jugar sucio —rebato rápido, me lamo los labios, muerdo mi propia lengua y sonrío de nuevo. El silencio lo desquicia, lo veo en su mirada llena de emociones contenidas, en sus puños apretados y la forma en que la quijada se marca en una dura línea. Entonces añado: —, es jugar para ganar.

—Oh, y ahora me llamas perdedor —exclama alzando las cejas y dejando ir una risa incrédula. Pone las manos en sus caderas, me mira mordiéndose el labio mientras pierde la diversión en su rostro, sustituyéndola por lujuria.

Está pensando en cómo triplicar mi castigo y yo, si me quiero librar, estoy pensando en cómo ser tres veces más complaciente con mi amo y salir tres veces más complacido que se costumbre.

—Solo si es contra mí.

Mi pequeña burla es la gota que colma el vaso. Sus ojos chispean, su cuerpo desaparece y de un segundo a otro está detrás de mí, tomándome con manos rudas, pero cuidadosas. Amo tanto su forma de ser, tan animal y tan humana a la vez. Tan enamorado.

Oh, Desmond, haz lo que desees. Álzame en tus brazos como ahora haces, llévame al dormitorio y desnúdate sin quitarse esa sonrisa desvergonzada, triunfadora. Poséeme con la misma pasión con la que me miras lleno de fuego, castígame, dime que soy tuyo. Conquístame. Intenta convencerme, muéstrame todo ese poder que me entregaste una vez. Sé tan malo como quieras esta y todas nuestras noches.

Haz lo que te plazca porque yo ya no estoy perdido y tú... tú en el fondo sabes que eres todo mío.

FIN


SE ACABÓ AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA El corazón me da tumbos cuando pienso en que he terminado ya de publicar esta historia, me hace mucha ilusión, también siento pena, pero no puedo parar de pensar, ahora que hecho la vista atrás, en cosas que he mejorado y cosas que podría haber mejorado, en cosas que haré mejor en futuras historias, y eso me hace feliz. 

Ahora, por culpa de mi máster, no tengo apenas tiempo libre, pero voy escribiendo poco a poquito, leyendo en el transporte público y pensando en muchísimas ideas. Tengo ganas de seguir escribiendo, de no acabar nunca y de terminar muchas historias más.

Ojalá el libro os deje sentimientos muy bonitos. Dejadme aquí la palabras que queráis sobre cómo habéis vivido este viaje con Tomás y Desmond, con Víctor, Gris, Martha, Brandon e incluso Vlad. 

Si tenéis críticas constructivas, por favor, dejádmelas también, pero siempre con respeto.

Muchas gracias por acompañarme durante toda esta historia <3


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