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 Él se acerca a mí murmurando incoherencias de las que entiendo solo palabras sueltas. Verano. Egoísta. Yo. Se acerca con pasos adormilados, pero fuertes, y esgrime en su mano la llave de mi grillete. Yo cierro la mía, escondiendo la cuchilla en mi puño. No tengo tiempo de rajar el colchón y meterla ahí sin que se dé cuenta.

—¿Ángel qué sucede? —pregunto, esta vez más convencido.

Los ojos rojos, el rostro empapado de sudor y los cabellos pegados a la frente. Frunce su ceño sin responderme y me libera más prestamente de lo que habría esperado de él, entonces me agarra de la muñeca izquierda y tira de mí hacia las escaleras.

—¡Espera! —chillo aterrado, cierro con fuerza el puño derecho, la cuchilla todavía contra mi piel

¿Debería tirarla por ahí y rezar porque no la encuentre?

—¡Espera! —insisto, pero él me jalonea, arrastrándome por el suelo hacia las escaleras.

¿Debería guardarla en mi mano y buscar otro lugar donde esconderla cuando él no esté delante?

—¡Espera! —lágrimas de terror corren por mis mejillas, esto no se siente como una liberación ¿A qué ha venido? ¿A terminar lo que empezó?

La idea me hace encogerme y casi tener una arcada. Lo imagino sosteniéndome con manos fuertes y furiosas, su cuerpo chocando contra el mío y los gruñidos brotando de su garganta como una tormenta que silenciaría mis sollozos, mis manos atadas, mi boca llena de sábanas ensalivadas.

Y la idea no me hace sentir como en la ducha, para nada. No hay cando bajando por mi cuerpo, ni cosquillas, ni una bandada de mariposas que revolotean hacia mi pelvis. Solo hay sudor frío y mi cuerpo atenazado, como un cadáver antes de tiempo.

No quiero que esto suceda, no así.

—¡Ángel! —sube el primer escalón. — ¡Espera! —el segundo. ¿Debería...

¿Debería usarla para defenderme?

Un espacio en blanco, como cuando ves una película y resulta que faltan unos minutos, quizá solo segundos, de una escena importante. No es una cosa muy horrible, puedes seguir la trama a la perfección, unir las piezas y saber lo que ha sucedido, incluso si no lo has visto. Pero es inquietante y te hace sentir como si hubieses perdido el control.

Así me siento yo ahora: fuera de control. Con una cuchilla en la mano y sangre derramándose sobre mis pies descalzos.

Un Ángel en shock, mirándome con los ojos abiertos como un buho y el antebrazo rajado, goteando.

Dios santísimo ¿Qué he hecho?

Lo miro de nuevo, el dolor empezando a retorcerle el rostro y su mano buena tratando de detener el sangrado. La cuchilla sigue en mi mano y un charco rojo me empapa las plantas de los pies. Él está empezando a reaccionar y yo debería hacer lo mismo, pero...

¿Por qué lo he hecho? ¿Y por qué lo he olvidado?

Mi cabeza duele como si la martilleasen y el penetrante grito de Ángel la atraviesa con contundencia. No es un grito de dolor, no solo de dolor: es rabia. Me mira con los ojos inyectados en sangre y el brazo goteándola, un largo chorro bajando los escalones.

Y sé que debo hacer algo, porque si me atrapa me matará. Y esta vez actúo sabiendo que no olvidaré mis decisiones, actúo arrepintiéndome de todos y cada uno de mis pequeños gestos, pero ¿Acaso tengo opción?

Corro hacia la salida ahora que Ángel me ha soltado y cierro la trampilla tras de mí. Ángel, unos escalones más abajo, intenta seguirme mientras yo tanteo el suelo tratando de tomar la llame que se me escurre de los dedos. Lo oigo caerse por las escaleras, cada golpe una puñalada en mi corazón. Atrapo por fin la llave, apretándola entre mis dedos sudorosos hasta dejármela marcada en la piel. Escucho un gruñido, luego el crujir de los escalones, lento. Meto la llave en la cerradura. Los pasos se aceleran, madera vieja y pies húmedos de sangre. Un hombre hecho de ira y rencor aporrea la trampilla.

Click.

El sonido metálico llega solo unos segundos antes que su golpe, unos segundos que significan la diferencia entre mi vida y mi muerte. Ángel aporrea más la trampilla y luego se detiene unos segundos, haciéndose consciente de que la he cerrado con llave.

Yo también tomo esos instantes de silencio para que la idea vaya calando en mí. He herido a Ángel y lo he encerrado. Lo he vuelto a traicionar y esta vez es irremediable.

¿Y ahora qué?

Los golpes vuelven de nuevo, tan fuertes, tan iracundos, que estoy seguro de que la madera y la cerradura de metal van a estallar en pedazos. Pero no lo hacen.

No sucede nada en absoluto, porque él está ahí abajo y yo aquí arriba. Porque soy yo quien debe tomar una decisión.

Y me siento tan terriblemente perdido, como un cachorrito doméstico en medio del bosque, extrañando a su amo y la comodidad de su conocido hogar. Me siento pequeño, estúpido y vulnerable. Necesito un abrazo, una voz dulce e instrucciones, necesito órdenes, una mano que me señale que hacer, necesito ser arropado por una manta y hacerme un fuerte dentro de ella. Hace frío, como en el bosque; de hecho, la casa sin Ángel empieza a sentirse cada vez más y más como el bosque cuando me dejó solo: un lugar inhóspito y desconocido, un lugar con demasiada libertad en la que ahogarme o perderme recorriendo sus senderos, un lugar sofocante, eterno, aplastante.

Quiero a Ángel, necesito a Ángel, nec- ¡No!

Mierda, joder, Tyler, piensa ¡Piensa como un jodido hombre cuerdo! Esto es lo que quería, lo que siempre he querido desde que ese bastardo me metió en su puto coche: una oportunidad de huir. Puedo tomar el coche y largarme, como en mi plan inicial, ese al que creí haber renunciado.

Pero entonces ¿Qué pasa con él? Me siento mal, terriblemente mal por haberle traicionado, pero él iba a violarme ¿Cierto? ¡Yo tenía que defenderme! Él vino tan enfadado... enfadado por cómo le traté antes, porque le pateé y... le pateé y él solo me encerró. En el pasado él me ha hecho mucho más daño por menos y ahora estaba siendo compasivo y yo le he hecho esto y... y... y encima le pateé porque me había escondido esa estúpida cuchilla ¡Jamás debería haber hecho eso! Él estaba tratándome bonito, incluso mi cuerpo reaccionaba bien y... y...

¡No Tyler! Céntrate. Escapar. Escapar.

Tengo que escapar. Eso haré y luego, cuando esté en mi casa, sano y salvo, me ocuparé de que alguien rescate a Ángel, puedo llamar a alguien ¿A la policía? No, le prometí que no involucraría a la policía, que le ayudará a ser mejor, a sanarse. Y se lo prometí en serio, quiero cumplir eso, ya que no puedo quedarme a su lado.

No puedo seguir aquí, pensando y pensando y dejando a Ángel golpear la trampilla cada vez más cerca de romperla.

—¡Tyler! —llama mi nombre; una mezcla extraña entre ira y miedo en su voz. —¡Abre la jodida puerta, Tyler!

Tengo que irme, ponerme a salvo; luego pensaré como ponerlo a salvo a él.

Me levanto del suelo con el cuerpo sintiéndose dolorido y ajeno, como si llevase mil años paralizado frente a ese extraño sótano, y corro hacia la entrada. Sin embargo, cuanto más me acerco más aminoro la marcha, no queriendo creerme lo que mis ojos ven: el cuenco del recibidor... vació.

¿Ha dejado en otro lugar las llaves del coche? ¿Ha tenido que ser justamente hoy?

Pero entonces un detalle me golpea: Ángel ha bajado a buscarme en pijama y zapatos. Ha hecho una salida nocturna con el coche y no sé a dónde ni por qué, pero no me importa una mierda, lo único que importa es el hecho de que posiblemente aún lleve las llaves encima.

Miro la trampilla con hesitación, volteándome despacio como si de pronto él fuese a hallarse justo en mi espalda, y veo la madera del suelo saltando y estremeciéndose bajo sus poderosos puños. Definitivamente volver ahí abajo para recuperar las llaves no es una opción, pero no tengo ningún otro medio de transporte y andar en el bosque, solo y de noche sería un suicidio.

Quizá morir desorientado y hambriento en medio de la nada sería mejor que lo que quiera que me espere cuando la tapa de la trampilla no aguante más, pero por alguna razón morir a manos de Ángel me hace sentir más... reconfortado.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando la palabra se formula en mi mente macabra y eso me reactiva un poco y me devuelve a la realidad. La madera sigue gimiendo bajo sus manos, el cierre metálico tintineando por cada golpe como ese pequeño sonidito mágico que sonaba al abrir la tienda de Oliver.

Miro a mi alrededor, tratando de barajar mis posibilidades si es que tengo alguna. Y entonces la única posible zumba en el sofá; me acerco, atraído por un sonido de vibración familiar y ¡Bingo! Hay un teléfono móvil sobre los cojines del sofá; un aviso de batería baja brilla en la pantalla con un fondo azul llano.

Lo agarro con las manos temblorosas, como temiendo arruinar mi única vía de escape, y observo la pantalla brillante. La hora indica las tres de la mañana y no hay ninguna notificación de llamadas o aplicaciones o alarmas. Toco la pantalla con mi dedo, el corazón a mil y mil pensamientos horribles pasándome por la cabeza. Todo se queda en blanco cuando el móvil se desbloquea sin siquiera pedirme una contraseña.

Lo primero que puedo pensar es gracias.

Lo segundo... ¿Y ahora qué?

De nuevo me siento pequeño, desvalido e inútil. E inconscientemente deseo los fuertes brazos de Ángel guiándome, pesadas manos sobre mi cuello, cadenas en mis tobillos y una voz calmada y gruesa que a veces y solo a veces me dice cosas tan bonitas que me hace sentir querido por primera vez en mi triste vida.

Me pregunto si realmente quiero irme, alejarme de Ángel. Me pregunto si realmente quiero recuperar mi vida gris y aburrida. Pero eso no importa, porque incluso si hubiese perdido la cordura hasta tal punto, esa ya no es una decisión que pueda tomar. No hay lugar para mí aquí, Ángel me quiere muerto y me lo ha ganado.

Lo he vuelto a arruinar todo de nuevo, como cuando me fui de casa de mamá. Joder ¿Por qué mierda hice eso? Me siento igual, tan asqueroso, tan desagradecido, tan culpable.

El aviso de batería baja parpadea de nuevo cuando el porcentaje baja de veinte a dieciocho y eso es suficiente para arrancarme de mis pensamientos y darme prisa. Abro el marcador, pero entonces me quedo congelado. No puedo llamar a la policía, eso ya lo he decidido antes, pero ¿A quién debo llamar sino? Pienso en mi casero u Oliver, pero jamás me molesté en aprenderme sus teléfonos.

Entonces algo llama la atención de mi vista, algo pequeño, que prácticamente solo atisba desde la parte más baja de la pantalla. Bajo el espacio en blanco para los números y el botón verde de llamada hay un listado de contactos y el último nombre que veo, medio cortado y casi ilegible, despierta en mí una extraña curiosidad.

Voy más abajo en la pantalla revelando el nombre completo.

El nombre completo de mi madre.

Una tórrida sensación eclosiona en mi pecho. Brazos cálidos y delgados. Pelo haciéndome cosquillas en las mejillas y besitos por mis párpados. Mamá. Recuerdo a mamá. Sus palabras de ánimo, sus sonrisas pese a los ojos morados, sus dulces caricias con tiritas en los dedos. Mamá, mi ángel, mi salvadora, la única persona que ha estado ahí para sostenerme sin dañarme. Y una más a la que he traicionado, pero ahora tengo la oportunidad de pedir que vuelva, de llamarla, llorar, rogar porque me acoja de nuevo en su casa. Quizá... quizá escapar de los brazos de Ángel no significa volver a un mundo frío, quizá significa ir a otros brazos más suaves y amables y llenos de bondad.

Luego viene a mí el desconcierto y un extraño mal presentimiento. El móvil de mamá en el móvil de Ángel es mi salvación, la luz de un faro que alumbra a un marinero a la deriva. Pero también es extraño. Quizá es de cuando éramos vecinos, parece un modelo de móvil antiguo, pero no recuerdo al pequeño Ángel teniendo un teléfono.

Lo dejo pasar, mi memoria no es la fuente de información más confiable y sea como sea, los detalles no importan ahora.

Mi dedo oprime el botón verde al lado del bonito nombre. Escucho los pitidos.

Uno.

No pasa nada, ella aún no debe haberlo oído.

Dos.

Estará yendo al por el móvil, jamás ha sido muy rápida con la tecnología.

Tres.

Son las tres de la mañana, nadie responde una llamada a estas horas.

Cuatro.

Debe estar durmiendo, con el teléfono en silencio.

Cinco.

Soy idiota ¿Cómo he pensado que esto podría funcionar? Estoy perdido, est-

Entonces el sexto pitido se interrumpe, oído a alguien descolgar y un suspiro adormilado.

—¡Mamá, mamá tienes que ayudarme! ¡Ángel me ha tenido encerrado en ese horrible sótano! Él... él...

Balbuceo, mis palabras perdiendo fuerza, convirtiéndose en sollozos descontrolados. Se escucha un silencio sepulcral al otro lado de la línea, como si estuviese conteniendo la respiración, y luego un muy suave:

—¿Tyler?

Y su voz, dulce como la recordaba cuando era niño, ya no me trae más calidez.

Solo sudores fríos.

Y arcadas.

Y recuerdos.

Chan Chan chaaaaan ¿Os ha gustado el capítulo?

¿Qué teorías tenéis sobre los recuerdos que Tyler va a recuperar ahora?

¿Qué os ha parecido que Ty use la cuchilla para defenderse? ¿Os lo esperábais?

¿Qué os ha parecido que no llame a la policía?

¿Creéis que Ángel logrará salir?

Si así es ¿Qué hará cuando sea libre?

Gracias por leer <3 No olvides dejar y a estrellita si te está gustando la historia y comentar un corazoncito si quieres abrazar a Ty (o un cuchillo si quieres abrazar a Ángel xddd)


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