Kei
está preparando una bolsa de viaje, aunque es innecesario: va a morir cuando
llegue a su destino.
En
ella pone todas las cosas que podría considerar suyas: sus únicos pantalones
sin agujeros; una lágrima rueda por su mejilla y cae dentro de la bolsa; dobla
e introduce también una camisa blanca, fina y con la tela casi desgastada, pues
es la única sin manchas que le queda; otra lágrima cae; agrega su cuadernito,
el cual logró salvar de su antiguo hogar y por eso está manchado de ceniza y
quemado por un borde, pero no le importa; otra lágrima; luego pone…
Traga
saliva al darse cuenta de que eso es todo lo que posee en el mundo: un poco de
basura sin valor que él considera especial y su dolor.
Mira
a su alrededor y se da cuenta de que todo de lo que ha disfrutado estos meses
(cepillos de pelo suave, prendas cálidas, zapatos…) no es siquiera suyo, es de
Daren y no va a abusar más de su generosidad llevándose sus regalos a un viaje
que solo es de ida.
Siendo
realistas, no debería llevar nada porque de todos modos no tendrá tiempo de
usarlo. Pero no está siendo realista, no puede permitirse ese dolor ahora.
Necesita un poco de esperanza y, de hecho, su mayor esperanza entra ahora por
la puerta.
—Daren…
—susurra Kei, aunque su voz sale tan deprimida que no tiene fuerzas para
alzarse.
El
nombrado es un hombre mayor que él, castaño, de cabello corto, ojos oscuros y
cansados y que tiene un rostro redondo y un cuerpo alto y fornido, a diferencia
de Kei, que parece un diminuto ovillo ahora en la cama. Se voltea, mirando a su
amante de ojos tristes y voz endeble.
Cuando
lo ve en un mar de lágrimas, alza las cejas con sorpresa y luego un pequeño
bufido escapa de su boca. Kei es un chico maravillosamente sensible, fácil de
enamorar y de tener en casa esperándote como un cachorrito ansioso cada día,
pero eso también significa que es de esos que hacen berrinche por todo.
Daren
deja su maletín a un lado y se asegura de tener todos los documentos de la
transacción comercial que acaba de hacer bien guardados y ordenados y luego se
acerca a su chico, que llora y balbucea, y se sienta con él en la cama.
—Venga,
va, ¿qué sucede? —le pregunta, dándole una palmadita en la espalda.
El
chico se deshace en lágrimas tan pronto su novio lo toca y se lanza a sus
brazos, llorando desconsolado y farfullando cosas que Daren no tiene la
habilidad ni la paciencia para entender. Discierne palabras como “carta” o
“elegido”, pero no comprende nada.
Sus
ojos buscan perezosamente alguna pista y ve su bolsa de viaje casi hecha.
—¿Te
largas? Ni siquiera me habías avisado —pregunta Daren y su voz se siente más
férrea ahora, porque está molesto—. Venga, Kei, deja de llorar y respóndeme.
Está todo bien, no seas dramático.
—No,
mi amor, no lo está. Nada estará bien… —logra responder con su voz interrumpida
por pequeños hipos y alzando sus ojos hacia su chico; su color esmeralda luce
apagado.
—¿Has
tenido otra pesadilla? —pregunta Daren con voz monótona. No puede evitar rodar
sus ojos.
—No
es eso…
—Entonces,
¿qué? —exige empezando a perder los nervios. Kei, en lugar de apaciguarle, como
usualmente, se echa a llorar de nuevo porque le ha alzado un poco la voz y
Daren aprieta los dientes de la frustración—. No entiendo nada, habla de una
vez. No tengo toda la noche y estoy jodidamente cansado d-
—No
había criminales esta noche… —responde el chico de ojos verdes con una voz
chiquitita, tímida.
Por
un momento, Daren está a punto de gritarle porque, a su parecer, no hace más
que decir mierda sin sentido. Pero entonces cae en la cuenta.
No
hay criminales. Esta noche.
Daren
recuerda en qué noche están.
Traga
saliva.
Es
luna llena.
«No
hay criminales». Piensa de nuevo y su corazón late fuerte en su pecho. «¿Entonces
quién?». Se gira poco a poco hacia Kei y le retira paulatinamente el brazo
de los hombros. Se abraza a sí mismo mientras un escalofrío lo recorre.
«¿Quién?».
Kei
estalla en un sollozo.
«Yo
no. Por favor, Dios Hambriento, dime que no soy yo».
—K-Kei,
cariño, ¿qué quieres decir? —pregunta en un tono suave y conciliador, como si
apaciguando al muchacho pudiese lograr que las terribles noticias cambiasen
porque, hasta que no salgan de sus labios, no son reales. No aún.
—Este
mes… este mes ya no hay criminales en las celdas, han dicho que el sacrificio
sería un ciudadano común. Ha llegado u-una carta y… y…
Todos
los músculos del cuerpo de Daren se crispan. La mano con la que le daba
palmaditas a su pareja en la espalda está agarrotada, clavándole las uñas en la
piel dolorosamente, pero Kei no se queja.
—Soy
yo, Daren, me han elegido a mí. Voy a ser sacrificado.
Daren
se queda pálido y callado, pero no horrorizado. Como si acabase de tener una
experiencia cercana a la muerte y quisiera sentir alivio por haberse salvado
por los pelos, pero estuviese todavía demasiado alterado por lo cerca que ha
pasado la guadaña de la parca de su preciado cuello.
Durante
unos largos minutos, mientras su cuerpo parece desinflarse, lo único que puede
pensar es: «Gracias, Dios Hambriento. No soy yo».
Y
durante esos mismos minutos, lo único que puede pensar Kei es: «¿Por qué ya
no me dice que todo estará bien? ¿Por qué no me dice que no me va a abandonar?
¿Por qué no me dice que no me dejará morir?».
Kei
casi se siente indignado, pero el miedo lo deja demasiado vulnerable como para
sentir ira, así que sencillamente se abraza a Daren y llora desconsolado,
buscando en él un poco de apoyo.
Pero
se siente como llorar contra el pecho frío de una estatua. Daren ni siquiera le
acaricia el cabello o lo estrecha cerca, simplemente permanece ahí,
petrificado, preguntándose si, de no existir Kei, esa carta le habría llegado a
él.
—¿Qué
haremos? —pregunta Kei, desesperado, rompiendo el silencio.
Daren,
que tenía la vista fija en el suelo, gira la cabeza hacia Kei con rapidez,
mirándolo con un ceño fruncido muy severo y relámpagos en los ojos. Es la
mirada de la decisión y Kei, por un instante, piensa que Daren está decidido a
salvarlo.
Luego
llegan sus palabras:
—Lo
que hay que hacer. No hay opción, Kei.
Cuando
escucha esas palabras, Kei se rompe por segunda vez esta noche: la primera ha
sido por el miedo y ahora es por la decepción.
—¿Planeas
entregarme sin más? —pregunta una voz diminuta, apenas audible.
Daren
lo mira: Kei es hermoso; incluso llorando y destrozado, puede que incluso
precisamente porque luce tan patético e indefenso es que luce tan bonito, como
un ángel recién caído del cielo, con sus ojos esmeralda rasgados y expresivos
brillando de emociones vivas, descarnadas, sus largas pestañas cubriendo su
mirada como un suave velo, su cabello de fuego cayendo en hermosas ondas
alrededor de su rostro. Su tez candorosa y salpicada de pecas, su pequeña
nariz, su boca modesta y ruborizada.
Suspira.
Kei es una gran pérdida, sí, pero…
—¿Acaso
tengo otra opción?
Kei
jadea de la impresión: la voz de su amante es como el filo de una espada
incrustándose en su pecho.
—¡No
vas a intentar siquiera huir o esconderme o pagar para que vuelvan a hacer el
sorteo! Eres rico, te he visto sobornar a gente para amañar otras cosas…
Mientras
grita, Kei sabe que no está pidiéndole a Daren que solucione su problema, no
realmente. Si Daren ahora mismo le dijese que puede hacer que el sorteo se
repita, Kei se negaría rotundamente a condenar a otra pobre persona a un
destino que no merece, incluso si él tampoco lo hace. Pero le hiere
profundamente que Daren ni siquiera lo intente.
Es
como si se hubiese entregado a la idea de perderle sin siquiera ofrecer un
poquito de resistencia.
«¿Tan
prescindible soy? ¿Tan fácil de dejar ir sin siquiera arrancarte una sola
lágrima?».
Pero
la tristeza de Kei se ve rápidamente sustituida por una punzada de miedo cuando
Daren lo toma con violencia por los hombros, clavándole los dedos y
zarandeándolo mientras las venas de la frente le descollan y su voz resuena
como un rugido furioso:
—Si
hacemos eso seremos criminales los dos. ¡Los dos! Sabes lo que eso significa,
yo sería ofrecido como sacrificio al mes siguiente. ¿No me amas? ¿Quieres que
dé mi vida por tu libertad incluso si seguramente acabemos muertos ambos? Si me
amases, harías esto por mí. Harías esto feliz de saber que vas a ayudar
a mantener al pueblo seguro, a mí a salvo.
—Claro
que te amo —susurra Kei con los ojos anegados en lágrimas y estas perlándole en
sus pestañas, con el corazón encogido y un dolor tan grande que cree que podría
morir de él—, voy a morir y me dices eso, ¿cómo puedes ser tan cruel? No te
importa que vaya a morir.
Kei
solloza de nuevo y sabe que a Daren le molesta que sea tan llorón. Lleva un
largo tiempo esforzándose por controlar sus lágrimas por él, pero esta noche
está inconsolable. Tapa su rostro con sus manos, avergonzado, mientras ahoga
sollozo tras sollozo.
Daren
le frota la espalda con una mano y Kei se siente un poco cálido. Se aferra a
esa muestra de cariño y se dice a sí mismo que Daren también le ama, que le ama
igual que él ama a Daren.
—No
seas así. No es mi culpa, ha sido mala suerte y…
—¿Mala
suerte? Como cuando se rompe el jarrón que te gusta. ¡Eso es mala suerte! Esto
es… es… Me van a matar. Me va a matar un demonio. ¿Has oído siquiera la
clase de cosas que hace a sus sacrificios? Me va a torturar, me humillará y me
destrozará y me va a… me siento enfermo. Voy a vomitar. Necesito vomitar.
De
repente, Kei se pone frío como si su cuerpo anticipase su propia muerte y tiene
las manos empapadas de sudor helado. Su cuerpo recorrido por escalofríos
insidiosos como culebras bajo la piel y temblores que parecen convulsiones.
El
chico sale corriendo y cae de rodillas ante el retrete mientras las arcadas lo
doblan una y otra vez hasta que de sus labios solo sale bilis.
Luego
se pone a llorar, abrazando al inodoro.
Durante
varias horas, Kei es incapaz de salir del baño. No puede enfrentarse a la
realidad: a que va a ser sacrificado al Dios Hambriento, a un demonio; a
que sufrirá terriblemente antes de morir; a que Daren no puede ser cálido ni en
su último puto día en la tierra.
Las
manos de Daren han sido tan esquivas. Como si darle caricias le doliese. Al
pensar en ello, Kei imagina las manos del demonio, pues ha oído cómo son: tan
grandes que con una sola puede rodear el torso de un humano adulto, fuertes
como un oso cada una y coronadas por una garra negra y afilada en cada dedo,
hechas para separar la carne humana del hueso con facilidad.
Pero
antes de romperle con sus manos, Kei sabe que el demonio lo tocará de otras
formas.
«Me
siento sucio y ni siquiera me ha tocado aún. Me siento sucio porque sé las
cosas que me hará. Lo he visto. He pasado mi vida entera huyendo de un destino
así, pero me ha encontrado. ¿Tenían razón? ¿Nací para esto, para ser usado y
desechado?».
Kei
se da una larga ducha, la necesita y, además, siente que la merece: un pequeño
lujo antes de morir.
Cuando
se siente algo más sosegado y está preparado para ello, sale del baño y se
asoma a la habitación. Ve a Daren en la cama, aún sentado y con la cabeza entre
las manos, parece agobiado y Kei se compadece, no debe estar siendo fácil para
él tampoco. Así que se acerca, se sienta a su lado, perdonándole todo, y le
pone una mano en la rodilla, empezando a acariciarle la pierna de forma
relajante.
—Siento
haberte gritado antes y haberte puesto nervioso. No quiero que nuestra última
noche juntos sea así, que el último recuerdo que tengas mío sea enfadado, no
quiero enfadarme contigo. Te quiero mucho, Daren, y lo entiendo. No puedo
pedirte cosas imposibles. Es solo… estoy tan asustado.
Kei
desliza su mano, poniéndola encima de la mano de Daren. Este la retira para
buscar su pipa en el bolsillo.
Kei
odia que fume, pero lo entiende, Daren está agobiado.
—¿Cuándo
pasará?
La
pregunta hace a Kei estremecerse, pues lleva horas tratando de ignorar la
respuesta.
—Hoy
—responde apenas sin voz— a medianoche. Podemos aprovechar el tiempo que me
queda todavía.
—Hm…
Kei
tuerce la boca como si hubiese lamido algo realmente amargo y es que
entiende que Daren está dolido también, entiende que sus sentimientos son todo
un lío, pero, joder, necesita que Daren sea cálido y cercano, que le abrace y
le diga que todo estará bien incluso si sabe que es mentira. Necesita un poco
de consuelo, el que sea.
Pero
Daren solo mira a otro lado, cavilando algo.
Kei
decide seguir hablando:
—Sé
lo que me pasará cuando sea entregado al Dios Hambriento. He oído lo que hace
con sus víctimas cuando son jóvenes y atractivas. —al decir eso último, Kei se
sonroja un poco, incluso si no es momento para ello.
Él
jamás ha querido ser vanidoso, pero sabe que es bonito, lo sabe porque tuvo que
aprender desde bien joven la clase de deseos aberrantes que despierta en los
hombres todo aquello que es hermoso y frágil.
—No
quiero que sea así, mi primera vez, digo, así que, e-es algo apresurado, lo sé,
pero… ¿Podemos hacerlo? ¿Puedes tomarme antes de que muera? Quiero estar unido
a ti, de algún modo. Quiero poder recordar el tacto de tus manos y tus besos en
mi cuerpo mientras él me… quiero poder pensar en eso, en ti, quizá así es más
soportable.
El
corazón de Kei martillea rápido y fuerte en su pecho. Él jamás ha sido
atrevido, es más, fue Daren quien le propuso salir juntos, quien le dio el
primer beso, quien lo tocó lujuriosamente primero. Kei solo se aventuró a ser
el primero que lo tomó de la mano, así que esto es un salto muy grande. Él
siempre ha sido de tomar las cosas con calma, de ir despacio y sobre seguro y
de esperar al momento indicado.
Ya
no hay momentos indicados, solo este: su último momento juntos.
Por
eso le destroza tanto cuando Daren se aparta de él, como si su tacto le diese
asco, y se levanta de la cama, dirigiéndose a la puerta de entrada.
—Yo…
no puedo. No puedo siquiera mirarte. Esto es muy difícil para mí, por favor,
entiéndelo. —es lo último que Daren susurra antes de marcharse azotando la
puerta.
Kei
sabe que esta será su última conversación con su amor y, aunque al menos él le
ha dicho que le ama, a Daren se le ha olvidado.
Los
ojos de Kei vuelven a llenarse de lágrimas mientras se siente terriblemente
solo. Solo en una habitación que no le pertenece.
Solo,
abrazándose a su bolsita de recuerdos y lágrimas.
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