Capítulo 1: Crisantemo blanco

 

Kei está preparando una bolsa de viaje, aunque es innecesario: va a morir cuando llegue a su destino.

En ella pone todas las cosas que podría considerar suyas: sus únicos pantalones sin agujeros; una lágrima rueda por su mejilla y cae dentro de la bolsa; dobla e introduce también una camisa blanca, fina y con la tela casi desgastada, pues es la única sin manchas que le queda; otra lágrima cae; agrega su cuadernito, el cual logró salvar de su antiguo hogar y por eso está manchado de ceniza y quemado por un borde, pero no le importa; otra lágrima; luego pone…

Traga saliva al darse cuenta de que eso es todo lo que posee en el mundo: un poco de basura sin valor que él considera especial y su dolor.

Mira a su alrededor y se da cuenta de que todo de lo que ha disfrutado estos meses (cepillos de pelo suave, prendas cálidas, zapatos…) no es siquiera suyo, es de Daren y no va a abusar más de su generosidad llevándose sus regalos a un viaje que solo es de ida.

Siendo realistas, no debería llevar nada porque de todos modos no tendrá tiempo de usarlo. Pero no está siendo realista, no puede permitirse ese dolor ahora. Necesita un poco de esperanza y, de hecho, su mayor esperanza entra ahora por la puerta.

—Daren… —susurra Kei, aunque su voz sale tan deprimida que no tiene fuerzas para alzarse.

El nombrado es un hombre mayor que él, castaño, de cabello corto, ojos oscuros y cansados y que tiene un rostro redondo y un cuerpo alto y fornido, a diferencia de Kei, que parece un diminuto ovillo ahora en la cama. Se voltea, mirando a su amante de ojos tristes y voz endeble.

Cuando lo ve en un mar de lágrimas, alza las cejas con sorpresa y luego un pequeño bufido escapa de su boca. Kei es un chico maravillosamente sensible, fácil de enamorar y de tener en casa esperándote como un cachorrito ansioso cada día, pero eso también significa que es de esos que hacen berrinche por todo.

Daren deja su maletín a un lado y se asegura de tener todos los documentos de la transacción comercial que acaba de hacer bien guardados y ordenados y luego se acerca a su chico, que llora y balbucea, y se sienta con él en la cama.

—Venga, va, ¿qué sucede? —le pregunta, dándole una palmadita en la espalda.

El chico se deshace en lágrimas tan pronto su novio lo toca y se lanza a sus brazos, llorando desconsolado y farfullando cosas que Daren no tiene la habilidad ni la paciencia para entender. Discierne palabras como “carta” o “elegido”, pero no comprende nada.

Sus ojos buscan perezosamente alguna pista y ve su bolsa de viaje casi hecha.

—¿Te largas? Ni siquiera me habías avisado —pregunta Daren y su voz se siente más férrea ahora, porque está molesto—. Venga, Kei, deja de llorar y respóndeme. Está todo bien, no seas dramático.

—No, mi amor, no lo está. Nada estará bien… —logra responder con su voz interrumpida por pequeños hipos y alzando sus ojos hacia su chico; su color esmeralda luce apagado.

—¿Has tenido otra pesadilla? —pregunta Daren con voz monótona. No puede evitar rodar sus ojos.

—No es eso… 

—Entonces, ¿qué? —exige empezando a perder los nervios. Kei, en lugar de apaciguarle, como usualmente, se echa a llorar de nuevo porque le ha alzado un poco la voz y Daren aprieta los dientes de la frustración—. No entiendo nada, habla de una vez. No tengo toda la noche y estoy jodidamente cansado d-

—No había criminales esta noche… —responde el chico de ojos verdes con una voz chiquitita, tímida.

Por un momento, Daren está a punto de gritarle porque, a su parecer, no hace más que decir mierda sin sentido. Pero entonces cae en la cuenta.

No hay criminales. Esta noche.

Daren recuerda en qué noche están.

Traga saliva.

Es luna llena.

«No hay criminales». Piensa de nuevo y su corazón late fuerte en su pecho. «¿Entonces quién?». Se gira poco a poco hacia Kei y le retira paulatinamente el brazo de los hombros. Se abraza a sí mismo mientras un escalofrío lo recorre.

«¿Quién?».

Kei estalla en un sollozo.

«Yo no. Por favor, Dios Hambriento, dime que no soy yo».

—K-Kei, cariño, ¿qué quieres decir? —pregunta en un tono suave y conciliador, como si apaciguando al muchacho pudiese lograr que las terribles noticias cambiasen porque, hasta que no salgan de sus labios, no son reales. No aún.

—Este mes… este mes ya no hay criminales en las celdas, han dicho que el sacrificio sería un ciudadano común. Ha llegado u-una carta y… y…

Todos los músculos del cuerpo de Daren se crispan. La mano con la que le daba palmaditas a su pareja en la espalda está agarrotada, clavándole las uñas en la piel dolorosamente, pero Kei no se queja.

—Soy yo, Daren, me han elegido a mí. Voy a ser sacrificado.

Daren se queda pálido y callado, pero no horrorizado. Como si acabase de tener una experiencia cercana a la muerte y quisiera sentir alivio por haberse salvado por los pelos, pero estuviese todavía demasiado alterado por lo cerca que ha pasado la guadaña de la parca de su preciado cuello.

Durante unos largos minutos, mientras su cuerpo parece desinflarse, lo único que puede pensar es: «Gracias, Dios Hambriento. No soy yo».

Y durante esos mismos minutos, lo único que puede pensar Kei es: «¿Por qué ya no me dice que todo estará bien? ¿Por qué no me dice que no me va a abandonar? ¿Por qué no me dice que no me dejará morir?».

Kei casi se siente indignado, pero el miedo lo deja demasiado vulnerable como para sentir ira, así que sencillamente se abraza a Daren y llora desconsolado, buscando en él un poco de apoyo.

Pero se siente como llorar contra el pecho frío de una estatua. Daren ni siquiera le acaricia el cabello o lo estrecha cerca, simplemente permanece ahí, petrificado, preguntándose si, de no existir Kei, esa carta le habría llegado a él.

—¿Qué haremos? —pregunta Kei, desesperado, rompiendo el silencio.

Daren, que tenía la vista fija en el suelo, gira la cabeza hacia Kei con rapidez, mirándolo con un ceño fruncido muy severo y relámpagos en los ojos. Es la mirada de la decisión y Kei, por un instante, piensa que Daren está decidido a salvarlo.

Luego llegan sus palabras:

—Lo que hay que hacer. No hay opción, Kei. 

Cuando escucha esas palabras, Kei se rompe por segunda vez esta noche: la primera ha sido por el miedo y ahora es por la decepción.

—¿Planeas entregarme sin más? —pregunta una voz diminuta, apenas audible.

Daren lo mira: Kei es hermoso; incluso llorando y destrozado, puede que incluso precisamente porque luce tan patético e indefenso es que luce tan bonito, como un ángel recién caído del cielo, con sus ojos esmeralda rasgados y expresivos brillando de emociones vivas, descarnadas, sus largas pestañas cubriendo su mirada como un suave velo, su cabello de fuego cayendo en hermosas ondas alrededor de su rostro. Su tez candorosa y salpicada de pecas, su pequeña nariz, su boca modesta y ruborizada.

Suspira. Kei es una gran pérdida, sí, pero…

—¿Acaso tengo otra opción?

Kei jadea de la impresión: la voz de su amante es como el filo de una espada incrustándose en su pecho.

—¡No vas a intentar siquiera huir o esconderme o pagar para que vuelvan a hacer el sorteo! Eres rico, te he visto sobornar a gente para amañar otras cosas…

Mientras grita, Kei sabe que no está pidiéndole a Daren que solucione su problema, no realmente. Si Daren ahora mismo le dijese que puede hacer que el sorteo se repita, Kei se negaría rotundamente a condenar a otra pobre persona a un destino que no merece, incluso si él tampoco lo hace. Pero le hiere profundamente que Daren ni siquiera lo intente. 

Es como si se hubiese entregado a la idea de perderle sin siquiera ofrecer un poquito de resistencia.

«¿Tan prescindible soy? ¿Tan fácil de dejar ir sin siquiera arrancarte una sola lágrima?».

Pero la tristeza de Kei se ve rápidamente sustituida por una punzada de miedo cuando Daren lo toma con violencia por los hombros, clavándole los dedos y zarandeándolo mientras las venas de la frente le descollan y su voz resuena como un rugido furioso:

—Si hacemos eso seremos criminales los dos. ¡Los dos! Sabes lo que eso significa, yo sería ofrecido como sacrificio al mes siguiente. ¿No me amas? ¿Quieres que dé mi vida por tu libertad incluso si seguramente acabemos muertos ambos? Si me amases, harías esto por mí. Harías esto feliz de saber que vas a ayudar a mantener al pueblo seguro, a mí a salvo.

—Claro que te amo —susurra Kei con los ojos anegados en lágrimas y estas perlándole en sus pestañas, con el corazón encogido y un dolor tan grande que cree que podría morir de él—, voy a morir y me dices eso, ¿cómo puedes ser tan cruel? No te importa que vaya a morir.

Kei solloza de nuevo y sabe que a Daren le molesta que sea tan llorón. Lleva un largo tiempo esforzándose por controlar sus lágrimas por él, pero esta noche está inconsolable. Tapa su rostro con sus manos, avergonzado, mientras ahoga sollozo tras sollozo.

Daren le frota la espalda con una mano y Kei se siente un poco cálido. Se aferra a esa muestra de cariño y se dice a sí mismo que Daren también le ama, que le ama igual que él ama a Daren.

—No seas así. No es mi culpa, ha sido mala suerte y…

—¿Mala suerte? Como cuando se rompe el jarrón que te gusta. ¡Eso es mala suerte! Esto es… es… Me van a matar. Me va a matar un demonio. ¿Has oído siquiera la clase de cosas que hace a sus sacrificios? Me va a torturar, me humillará y me destrozará y me va a… me siento enfermo. Voy a vomitar. Necesito vomitar.

De repente, Kei se pone frío como si su cuerpo anticipase su propia muerte y tiene las manos empapadas de sudor helado. Su cuerpo recorrido por escalofríos insidiosos como culebras bajo la piel y temblores que parecen convulsiones.

El chico sale corriendo y cae de rodillas ante el retrete mientras las arcadas lo doblan una y otra vez hasta que de sus labios solo sale bilis.

Luego se pone a llorar, abrazando al inodoro.

Durante varias horas, Kei es incapaz de salir del baño. No puede enfrentarse a la realidad: a que va a ser sacrificado al Dios Hambriento, a un demonio; a que sufrirá terriblemente antes de morir; a que Daren no puede ser cálido ni en su último puto día en la tierra.

Las manos de Daren han sido tan esquivas. Como si darle caricias le doliese. Al pensar en ello, Kei imagina las manos del demonio, pues ha oído cómo son: tan grandes que con una sola puede rodear el torso de un humano adulto, fuertes como un oso cada una y coronadas por una garra negra y afilada en cada dedo, hechas para separar la carne humana del hueso con facilidad.

Pero antes de romperle con sus manos, Kei sabe que el demonio lo tocará de otras formas.

«Me siento sucio y ni siquiera me ha tocado aún. Me siento sucio porque sé las cosas que me hará. Lo he visto. He pasado mi vida entera huyendo de un destino así, pero me ha encontrado. ¿Tenían razón? ¿Nací para esto, para ser usado y desechado?».

Kei se da una larga ducha, la necesita y, además, siente que la merece: un pequeño lujo antes de morir.

Cuando se siente algo más sosegado y está preparado para ello, sale del baño y se asoma a la habitación. Ve a Daren en la cama, aún sentado y con la cabeza entre las manos, parece agobiado y Kei se compadece, no debe estar siendo fácil para él tampoco. Así que se acerca, se sienta a su lado, perdonándole todo, y le pone una mano en la rodilla, empezando a acariciarle la pierna de forma relajante.

—Siento haberte gritado antes y haberte puesto nervioso. No quiero que nuestra última noche juntos sea así, que el último recuerdo que tengas mío sea enfadado, no quiero enfadarme contigo. Te quiero mucho, Daren, y lo entiendo. No puedo pedirte cosas imposibles. Es solo… estoy tan asustado.

Kei desliza su mano, poniéndola encima de la mano de Daren. Este la retira para buscar su pipa en el bolsillo.

Kei odia que fume, pero lo entiende, Daren está agobiado.

—¿Cuándo pasará?

La pregunta hace a Kei estremecerse, pues lleva horas tratando de ignorar la respuesta.

—Hoy —responde apenas sin voz— a medianoche. Podemos aprovechar el tiempo que me queda todavía.

—Hm… 

Kei tuerce la boca como si hubiese lamido algo realmente amargo y es que entiende que Daren está dolido también, entiende que sus sentimientos son todo un lío, pero, joder, necesita que Daren sea cálido y cercano, que le abrace y le diga que todo estará bien incluso si sabe que es mentira. Necesita un poco de consuelo, el que sea.

Pero Daren solo mira a otro lado, cavilando algo.

Kei decide seguir hablando:

—Sé lo que me pasará cuando sea entregado al Dios Hambriento. He oído lo que hace con sus víctimas cuando son jóvenes y atractivas. —al decir eso último, Kei se sonroja un poco, incluso si no es momento para ello.

Él jamás ha querido ser vanidoso, pero sabe que es bonito, lo sabe porque tuvo que aprender desde bien joven la clase de deseos aberrantes que despierta en los hombres todo aquello que es hermoso y frágil.

—No quiero que sea así, mi primera vez, digo, así que, e-es algo apresurado, lo sé, pero… ¿Podemos hacerlo? ¿Puedes tomarme antes de que muera? Quiero estar unido a ti, de algún modo. Quiero poder recordar el tacto de tus manos y tus besos en mi cuerpo mientras él me… quiero poder pensar en eso, en ti, quizá así es más soportable.

El corazón de Kei martillea rápido y fuerte en su pecho. Él jamás ha sido atrevido, es más, fue Daren quien le propuso salir juntos, quien le dio el primer beso, quien lo tocó lujuriosamente primero. Kei solo se aventuró a ser el primero que lo tomó de la mano, así que esto es un salto muy grande. Él siempre ha sido de tomar las cosas con calma, de ir despacio y sobre seguro y de esperar al momento indicado.

Ya no hay momentos indicados, solo este: su último momento juntos.

Por eso le destroza tanto cuando Daren se aparta de él, como si su tacto le diese asco, y se levanta de la cama, dirigiéndose a la puerta de entrada.

—Yo… no puedo. No puedo siquiera mirarte. Esto es muy difícil para mí, por favor, entiéndelo. —es lo último que Daren susurra antes de marcharse azotando la puerta.

Kei sabe que esta será su última conversación con su amor y, aunque al menos él le ha dicho que le ama, a Daren se le ha olvidado.

Los ojos de Kei vuelven a llenarse de lágrimas mientras se siente terriblemente solo. Solo en una habitación que no le pertenece. 

Solo, abrazándose a su bolsita de recuerdos y lágrimas.


 

 

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