Capítulos 101-110

 

Capítulo 101

 

—Haremos algo divertido, no seas tozudo.

Xander descruza sus brazos y suaviza su expresión. Las cosas entre Mörblut y él terminaron algo tensas la última vez que se vieron y pese a que la situación lo ha molestado como una picazón al fondo de su cerebro que no puede rascar, no ha logrado reunir la energía para disculparse con el otro por lo extraño que está últimamente, así que aprecia que sea Mörblut mismo quien se presente ante él con una sonrisa amable y planes diseñados para distraerlo un rato. No quiere ser descortés, así que suspira y finalmente cede, siguiendo al pelirrojo.

—Quieres cazar, supongo.

—Oh, sí, pero es algo un poco distinto a lo de los otros días. Empiezas a aborrecer las cacerías que antes disfrutabas, así que he decidido cambiar un poco las cosas.

Xander tuerce la boca. No tiene fuerzas suficientes como para aguantar la posible decepción de una novedad desagradable, pero aun así la sigue la corriente a su amigo.

Poco a poco se da cuenta de que el camino que el otro está trazando le resulta vagamente familiar. El centro de la ciudad les queda lejos y cuanto más se adentran en las callejuelas sucias y olvidadas de la periferia, más vívidamente recuerda el rubio aquella noche que, desesperado por la lentitud con la que tenía que tomar las cosas con Liu, salió en busca de una sumisión que pudiese pagar con dinero a falta de paciencia.

Se pregunta cómo es posible que el otro sepa en qué barrio conoció él a Jeremy o por qué siquiera tendría interés en hacerlo volver ahí, pero sus dudas se disipan cuando a lo lejos una cabeza blanca como un copito de nieve en medio de la noche le llama la atención. Mörblut se voltea a ver a Xander con una enorme sonrisa antes de detenerse, observando desde la distancia como el chico se abraza a sí mismo por el frío mientras habla con un cliente.

—¿Jeremy? —pregunta, confundido el vampiro más joven.

Mörblut alza una ceja.

—¿Así se llama ese tierno pedazo de carne? —pregunta con una voz susurrante y tentadora. Xander asiente y vuelve a ver al muchacho.

Escucha con un poco de atención como el chico regatea por algo de dinero mientras el hombre, envarado en una gran figura que hace sombra al prostituto, niega con semblante serio. <<¿Por qué Aidan la ha abandonado de vuelta a esta horrible vida? Puedo oír sus dientes castañear, su estómago rugir ¿Realmente piensa que esto es mejor que estar a su lado?>>

—¿Qué hacemos aquí?

—Cazar —dice el otro riendo, como si fuese la cosa más obvia del mundo. —los hombros de Xander se tensan y Mörblut es capaz de ver el músculo de su marcada mandíbula descollar.

No vamos a cazar al humano de Aidan. Olvídate.

El tono de Xander es serio y ronco, uno que acostumbra a usar cuando quiere ser escuchado y obedecido. Usualmente funciona, pero Mörblut lo llena de frustración cada vez que lo encuentra gracioso cuando debería sentirlo amenazante.

—Relájate. Vamos a seguirle, quiero comerme a su cliente.

Xander accede a regañadientes, atraído por la curiosidad que le causa preguntarse cómo y por qué Aidan ha sido capaz de dejar a su pequeño humano desamparado, teniendo que volver a ganarse la vida vendiendo su cuerpo en lugares donde podrían robárselo.

Ambos vampiros siguen al chico y al hombre trajeado hacia un motel cercano. Los escuchan pedir una habitación para la noche y Xander aprieta los dientes cuando el hombre le susurra a Jeremy al oído que le descontará de su pago el precio de la habitación.

Xander y Mörblut suben al ático, donde ambos humanos planean llevar a cabo el intercambio, y sentados en el techo del edificio, a pocos metros de la ventana que da a la habitación de Jeremy y su cliente, Xander toma del brazo a Mörblut y lo hace encararlo.

—¿Qué planeas hacer?

—Te lo he dicho, quiero comerme al cliente.

—Pero buscabas a Jeremy. ¿Qué planeas hacer con él?

Mörblut rueda los ojos y ríe con voz grave ante el rostro consternado de su amigo.

—¿Acaso no puedo hacer lo que guste? Ya no es el humano de Aidan ¿No es así?

Xander aprieta los dientes cuando reconoce que el otro tiene razón. El pelinegro tan siquiera ha tenido el sentido común de dejar su mordisco en el cuello del otro a modo de marca de propiedad y Xander sabe que un humano sin marcas en el cuello y sin manos alrededor de su cintura es barra libre para cualquier bebedor de sangre.

—¿Por qué él? La ciudad está llena de humanos, Mörblut, no necesitas beber la sangre de uno que sabes q-

—¿Que qué? ¿Qué sé que es importante para Aidan? No pienso respetar sentimientos tan patéticos, Xander, de nadie. Respeto muy pocas cosas, como debe ser, como tú también haces, y una de ellas es la regla de no tocar las posesiones de otros vampiros. Ese mortal no es de nadie, así que puedo hacer con él lo que mis deseos me dicten —Mörblut se relame. En su gran boca Xander puede distinguir que sus colmillos ya han crecido, acuciados por el hambre y la cercanía de una presa y eso le hace tragar saliva. No puede decir nada que haga a Mörblut perder de vista a su objetivo, pero debe hacer algo. Lo que sea. —Y respecto a por qué él… ¿Acaso tú no lo probaste también? —el vampiro ríe algo y da una palmada, haciendo tensarse a Xander y arrugar su nariz —No seas hipócrita.

—Lo probé antes de que fuese de Aidan —responde el rubio entre dientes.

—Y yo después —sonríe malicioso —. Quiero ver qué tienen estos humanos que tanto revuelo han causado, si es que acaso son adictivos o terriblemente dulces. Y he decidido venir a probar este porque he supuesto que te gustaría más esa idea que no que visitase a cierto humano pecoso que ya no tiene dueño ¿No es así?

Los ojos de Xander se encienden de ira al escuchar al otro hablar de Liu. Su iris resplandece en la noche como ascuas siendo avivadas, pero el otro coloca una mano en su hombro amistosamente.

—Ah, esa reacción me lo dice todo. Ven, bajemos a por nuestra cena.

Mörblut da un paso hacia el vacío, pero Xander lo toma por el antebrazo y tira de él hacia atrás, impidiendo que se deje caer por el borde del edificio y, en el acto, se cuele por la ventana del motel como un habilidoso ladrón.

—¿Solo quieres probarlo?

—Eso es lo que pretendo, sí.

—Lo dejarás con vida.

Mörblut sonríe amplio y sus ojos resplandecen reflejando la frialdad de la luna.

—Como tu desees, Alexander.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 102

 

Jeremy hiperventila mientras su espalda se pega a las frías baldosas de la pared del baño. Ha cerrado con pestillo tan pronto ha empezado a escuchar los gritos aterrorizados del hombre que se suponía que debía esperarle en la cama, pero sabe que ese pequeño cierre no aguantará por mucho rato y que él necesita huir antes de que lo que quiera que sea que le espera al otro lado de la puerta lo encuentre.

Primero piensa en esconderse y vacía todos los armarios y cajones de toallas, jabones y lociones, pero pronto averigua que no cabe en ellos. Luego intenta buscar lo que sea, la más pequeña y diminuta ventana que dé al exterior, incluso si está en el noveno piso, pero sus esfuerzos vuelven a no dar frutos. Al final, cuando los chillidos por auxilio del hombre al otro lado de la puerta se convierten en ahogados y gorgoteantes sonidos de dolor, Jeremy se deja llevar por el pánico y rompe todas y cada una de sus uñas intentando arrancar las baldosas de la pared y construir él mismo una vía de escape.

De pronto escucha un golpe sordo, el sonido inolvidable de un cuerpo muerto siendo arrojado al suelo. Un silencio lo delata amplificando su respiración jadeante y errática. Jeremy se sienta en una esquina y se cubre la boca con ambas manos deseando no hacer ruido, deseando hacerse chiquitito hasta poder esconderse en una de las hendiduras entre las baldosas.

Siente el frío en su cuerpo, la tensión en sus músculos y el corazón latiéndole tan fuerte en la garganta que piensa que si retira sus manos lo escupirá. Le recuerda a cuando se sentía desorientado y vulnerable en aquel lugar horrible donde despertó después de que lo abriesen y le robasen parte de sus órganos.

Recuerda a Aidan rescatándolo.

Y sabe que no volverá a pasar, pero reza por estar equivocado.

Un chillidito escapa de su boca cuando de un solo golpe, la puerta es arrancada de las bisagras de cuajo y comprende que esa fuerza no pertenece a un ser humano. En su interior el indescriptible pavor a volver a ser presa de una de esas criaturas se une con la más ínfima esperanza de volver a ver a Aidan. Su corazón escapa un latido mientras sus ojos emborronados por las lágrimas intentan discernir la fornida silueta frente a él.

Las fornidas siluetas.

Siente un escalofrío cuando reconoce a Xander y, detrás de él, al sonriente pelirrojo.

—¿A-Alexander? ¿Qu-qué? —Jeremy mira a todos lados estresado y confundido, empequeñeciendo cuando el pelirrojo empieza a avanzar hacia él con los colmillos sobresaliendo de su sádica sonrisa y una mano extendida hacia él.

Jeremy cierra los ojos y grita cuando el otro lo agarra del pelo con violencia, patalea cuando es sacado a rastras del baño, chillando y suplicando, su voz histérica opacando la pequeña discusión que ambos vampiros tienen cuando Xander le gruñe a Mörblut que no tiene por qué ser tan brusco y el otro solo le rebate diciéndole que así es más divertido.

El muchacho es arrojado a la cama. Los dos demonios vociferantes a los pies de esta lucen tan grandes y aterradores que el chico apenas puede distinguir sus cuerpos a través de la vista emborronada por las lágrimas ni identificar una sola palabra de esas poderosas bocas. Para él Xander y Mörblut son un enorme amasijo de muerte y voces graves.

Una bestia de la cual solo puede distinguir una sola cosa: los colmillos.

<<Para, Aidan ¡Aidan!>>

—No vas a tener sexo con él.

Mörblut se cruza de brazos y alza una ceja en una mueca entre la broma y el desafío.

—¿Acaso no es prostituto?

Xander se muerde el labio. Sabe muy bien que al pelirrojo poco o nada le importa si el otro ofrecería su cuerpo a cambio de dinero o, más posiblemente, de su vida, que toma lo que quiere y que él siempre quiere humillar a los mortales de ese modo, pero esta vez no puede permitírselo. Si le deja ir tomando más y más de Jeremy, sabe que el hombre tratará de empujar los límites que él impone lentamente hasta terminar matando al pobre muchacho de cabellos blancos, y eso solo si no se descontrola y lo asesina sin previo aviso antes.

—No uno muy bueno —bufa el rubio, tratando de sonar desinteresado mientras escanea con la mirada al muchacho en la cama. Sus ojos están enormemente abiertos y fijos en ambos vampiros, en sus fauces, saltando de una a otra cada vez que hablan como si persiguiese con sus pupilas el sonido de esas terribles voces —, cuando lo follé terminé insatisfecho y no pienso perder mi tiempo en verte joderlo para que luego te frustres y estés irritable.

Mörblut aprieta sus labios y asiente en silencio, como sopesando las palabras de Xander, quien se destensa cuando el más alto pone una mano en su hombro y dice amistosamente:

—Gracias por el consejo. En ese caso, solo probaré su sangre. Veamos, ven aquí.

No le da tiempo al pobre mortal a que obedezca su orden: tan pronto la dice, envuelve su muñeca alrededor del tobillo del chico y lo arrastra en la cama hasta tenerlo a su disposición antes de subir a horcajadas sobre él.

Jeremy patea inútilmente en la orilla de la cama, haciendo un lío con las mantas y las sábanas salpicadas de sangre que tira al suelo y que se le enredan en las piernas. Xander tuerce la boca, disgustado por primera vez al ver la futilidad de la resistencia de una presa. Siempre le ha parecido divertido ver cómo luchan, dejar que la desesperación cale en ellos para, una vez se ha asegurado de que han hecho acopio de todas sus fuerzas, reducirlos a nada con apenas una pequeña fracción de su poder. Ver el horror en sus rostros, la inevitable consciencia de que nada puede salvarlos excepto la misericordia de un ser que ha cambiado su humanidad por sed.

Esta vez, sin embargo, Xander siente la necesidad de apartar la vista cuando Mörblut toma las dos muñecas de Jeremy en una de sus manos, deshaciéndose de sus patéticos intentos de cubrirse el rostro y el cuello, y luego lo abofetea fuerte, primero en la mejilla derecha con la palma de su mano y luego en la izquierda con el dorso, dejándole la cara roja y el cuerpo flácido del mareo. Pero se obliga a clavar sus ojos en la escena. Se lo debe a Aidan. A Jeremy incluso.

Le debe no dejarle solo en medio de esa calamidad a la que él mismo ha guiado hasta él.

—Por favor… por favor… —lloriquea el chico en la cama, alarga las vocales y le cuesta pronunciar con las mejillas hinchadas por los golpes.

Xander se encoge y se tensa cuando escucha como resuena el siguiente por toda la habitación. A Jeremy le sangra la nariz y le cuesta mantener los ojos abiertos.

—Cállate de una vez, puta, vas a servirme y lo harás en silencio ¿Entendido?

—Por favor… A-ai-

Xander quiere suplicarle a Jeremy que se calle, que, por dios, no enfade más a Mörblut, pero para el quinto golpe es evidente que el chico ni siquiera sabe dónde está o que está pasando. Suplica únicamente por acto reflejo, porque incluso si él no entiende la situación, su cuerpo sabe que mostrarse vulnerable puede granjearle algo de piedad.

—los colmillos no… duele mucho… es como… como si me fuese a morir… por favor.

—Dios ¿Es siempre tan ruidoso? Si le pego más voy a joderle la cara y quiero morderle mientras es bonito ¿Debería romperle algo? Un dedo, quizá, así se callará ¿No?

Xander avanza un paso de pronto, su cuerpo entero ordenándole con vehemencia que se interponga, que proteja a Jeremy, su sentido común deteniéndolo antes de que su gesto luzca sospechoso, haciéndole lucir como si solo se acercase a la escena por curiosidad, quizá hasta deleite.

Observa el rostro amoratado y ensangrentado de Jeremy, sus ojos idos rodando atrás en sus cuencas, su boca de labios rotos lentamente pronunciando súplicas que sorbe junto a sus lágrimas, e intenta hacer su mejor esfuerzo por no lucir afectado por esa terrible imagen de un muchacho que sabe que no es solo dulce y fuerte y alguien que merece algo más que esa terrible humillación, sino que además es el tesoro más preciado del único amigo que ha tenido jamás.

—Está medio inconsciente, por eso no se calla. No debe estar ni escuchándote. Apenas puede hablar, no molesta mucho, déjalo que suplique y ya. Solo muérdelo y vámonos a por otros, tengo hambre todavía y la sangre de Je…, de este humano, no me gusta del todo.

Mörblut calla a Xander con un vulgar gesto de manos, como diciéndole que se vaya, y mira el rostro de Jeremy con la más perversa de las sonrisas mientras libera las muñecas del muchacho, seguro de que no podrá siquiera mover sus brazos lo suficiente para alzarlos del colchón.

—No seas aguafiestas, deja que me tome mi tiempo.

Xander gruñe algo en respuesta que tan siquiera es oído o tomado en cuenta y es forzado a ver como Mörblut toma del cuello al chico y aprieta con fuerza unos segundos, sonriendo más amplio cuando empieza a quedarse sin aire y está verdaderamente al borde de perder el conocimiento.

—Hemos dicho que no lo mataríamos —espeta el otro, cruzado de brazos.

El pelirrojo rueda los ojos con hastío y, tomando al muchacho aún del cuello, lo mueve de un lado para otro como meneando un inútil muñeco.

—Solo estoy jugando, relájate, lo dejaré vivo. Quería ver si podía tenerlo consciente del todo mientras lo mordía, pero parece… ido —suspira lo último con tristeza, palmeando suavemente las mejillas de Jeremy y luego jaloneándole del pelo para comprobar que el chico realmente no reacciona a sus violentos toques.

El muchacho sigue temblando, llorando y balbuceando atropelladas súplicas, pero su voz no se agudiza suavemente cuando el otro lo daña y su cuerpo no se tensa más cuando va a poner sus manos sobre él. Sea lo que sea que sucede a su alrededor, Jeremy está atrapado en su cabeza, en la escena horrenda que reproduce una y otra vez y de la cual solo transpira al exterior su pavor.

Xander quiere asomarse a la mente del chico, ver qué lo tiene tan mal, si es que no es capaz siquiera de verle a él y Mörblut y reaccionar a sus actos, pero comprende de inmediato qué sucede dentro de su pobre cabecita cuando el vampiro se inclina para morder su cuello y Jeremy reacciona a eso.

—¡NO, AIDAN, NO, OTRA VEZ, NO, POR FAVOR!

Xander se muerde el labio y traga sangre cuando ve como Jeremy recupera esas pocas fuerzas que solo le sirven para irritar a su captor: patea inútilmente las sábanas, manotea al vampiro con torpeza en un intento ridículo de quitárselo de encima y se revuelve como una alimaña para escapar de debajo del peso implacable de Mörblut.

Jeremy chilla e hiperventila, cada palabra cortada por una rápida y dolorosa bocanada de aire que toma como si se ahogase en un mar tormentoso. 

Chilla las mismas cosas que pensó la noche que Aidan lo mataba.

Le pregunta qué ha hecho mal.

Le suplica que lo perdone.

Le ruega que le de otra oportunidad.

Le implora que pare.

Y la única respuesta que obtiene es a Mörblut quedándose perplejo los primeros segundos y luego estallando de la risa.

—¿Se piensa que soy Aidan? Este maldito idiota sí que es entretenido…

—Está teniendo un ataque, quizá deberías esperar antes de mor-

Xander se calla de pronto cuando ve a Mörblut hacer algo que jamás lo ha visto hacer antes: besar a un humano. Un beso lento y suave que calma los gritos de Jeremy los convierte en lloriqueos suaves y pequeñitos. Incluso deja que el mortal lo abrace y él mismo le acaricia el pelo al chico, pero cuando se separa de su beso y el chico hipea y solloza en sus labios, en los del vampiro permanece esa cruel, vil sonrisa que tenía en ellos antes de besarlo.

—Aidan… Aidan… —sorbe el chico, alargando sus manitas pálidas para abrazar fuerte al vampiro, para hallar en él la firmeza que no encuentra ahora que todo él se siente como lágrimas, para encontrar cobijo donde hace poco sintió que solo hallaría sepultura.

—Shhh, shhh, estoy aquí.

Xander frunce el ceño y los labios con horror ante el dantesco espectáculo, ante esa perversión, esa abominación que consiste en el pelirrojo imitando la voz de Aidan para engañar al pobre chico y hacerle llorar ahora lágrimas de alegría.

—¿Qué mierda estás hac-

Mörblut alza un solo dedo y lo empuja hacia los labios de Xander, callándolo de inmediato y sonriéndole pillamente como pidiendo que mire y se deleite con el espectáculo que va a darle.

Jeremy, con el rostro hinchado y amoratado por tantos golpes, la nariz y la boca llenas de sangre y los ojos anegados en lágrimas, no puede siquiera ver con claridad, pero sí escucha y siente y recuerda. Su mente mezclando el pasado y el presente, la visión de colmillos llevándolo siempre al mismo momento, al mismo lugar en el que los de Aidan no fueron ya un accesorio que hacía peligrosos sus besos, sino el arma con el que lo apuñaló a traición antes de abandonarlo a su suerte. No sabe qué día es o dónde está, no sabe que han pasado dos años desde esa noche, pues el recuerdo es doloroso y el dolor es tan vivo que bien podría tener el cuello ahora mismo abierto y la boca de Aidan sobre él, por eso, cuando Mörblut habla, Jeremy solo escucha a Aidan:

—Estoy aquí, cariño. Y he venido para matarte.

El horror inunda a Jeremy. Ha pasado años preguntándose si Aidan cometió un error o si el error fue dejarlo con vida. Si esa noche su sed de sangre fue más grande de lo que podía controlar o si, por el contrario, el vampiro lo besó, lo acarició y le dio ese tan dulce placer a modo de despedida, pues tenía ya planeado usarlo por última vez y luego desecharlo, aburrido de sus miedos e inseguridades y no hallando en sus encantos nada que no estuviese ya desvaído. Se pregunta si Aidan deseaba matarlo y si simplemente fue una flaqueza de su maldad, un pequeño momento en que su compasión pesó más de que lo usualmente lo hace en la balanza de su corazón, lo que le salvó la vida.

Y ahora, con Mörblut hundiéndose en los recuerdos de esa noche y tomando la máscara de Aidan para jugar su papel, los peores pensamientos de Jeremy se vuelven ciertos. Sus miedos e inseguridades, las preguntas que lo han tenido despierto noche tras noche por años, reciben ahora la más ominosa respuesta.

—No, A-Aidan,por favor ,Ai-

—Cierra la boca —gruñe el otro cruelmente, la sonrisa en su cara está tan llena de gusto, de satisfacción, y sus ojos brillan de tal manera al comprobar que está rompiéndose un corazón que tan siquiera ha hecho el esfuerzo de ganarse, que Xander se queda ahí de pie, petrificado de sorpresa y horror —, solo me interesa tu sangre. Es lo único que jamás me ha interesado. Ahora, la voy a tomar toda, así que sé bueno y muérete en silencio.

Xander siente la quietud de la noche atravesándose el pecho como una daga. Jeremy obedece la orden con el corazón roto y las manos temblando. Ladea la cabeza y ofrece su cuello, no porque quiera morir, sino porque, por encima de todo, quiere mantener contento a Aidan. Quiere hacerle sentir orgulloso, ser bueno para él.

Quiere devolverle un poquito de esa calidez en el pecho que él le ha regalado con sus dulces palabras y sus caricias, con ese amor que parecía tan genuino y que es el único y el último que el muchacho pensó que jamás experimentaría, incluso si la única forma que tiene de retornar ese candor es mediante su sangre. Toda ella.

Y lo único que obtiene en respuesta a su desesperado, profundamente roto gesto, es una risa de Mörblut, que encuentra divertido lo patético que es Jeremy ofreciendo su vida a cambio de un poquito de aprobación y afecto.

—Ya está —brama Xander de golpe y esta vez pone su mano encima de Mörblut. Interviene tomándolo con fuerza por el hombro y tirando de él para atrás tan repentinamente que casi lo arroja al suelo —. Ya te has divertido suficiente, déjalo en paz.

Mörblut lo observa entre confundido y ofendido y vuelve a tomar al chico del cuello, ahora levantándolo de la cama como a un muñeco y apretando duro su mano para hacerlo chillar y lograr arrancar de Xander una reacción.

—¡Yo decidiré cuando he tenido suficiente! —grita con autoridad, lanzando a un lloroso y desesperado Jeremy de vuelta a la cama y tomando con ambas manos las solapas de la camisa de Xander para acercárselo y mirarlo desde arriba con ojos ardientes —no me trates como un niño, Alexander, soy mayor que tú. Soy tu maestro. Puedo hacer lo que desee, haré lo que desee. Este humano no es de nadie, puedo matarlo s-

—Es mío. —gruñe de pronto Xander y empuja a Mörblut hasta que lo suelta y la distancia entre ambos deja pasar una ventisca fría que separa sus cuerpos.

Jeremy, en la cama, sigue confundido y atrapado en aquella dolorosamente noche donde aprendió que Aidan no lo amaba y que, si alguna vez lo había hecho, él jamás fue suficiente como para merecer ese amor por más unos pocos meses.

—¿Qué? —Mörblut exclama a punto de reír, como si acabase de escuchar algo ridículo.

—He decidido que es mío ahora. Soy el primero de los tres que lo probó, así que ahora lo quiero de vuelta. Y quiero tus manos fuera de él.

Mörblut ríe pese a la seriedad de Xander. La situación le parece demasiado estúpida como para no hacerlo: dos vampiros peleando por un patético humano que se revuelve en la cama pidiendo perdón a alguien que lo abandonó tiempo atrás, un muerdo en el suelo con su sangre poco a poco cubriendo todo el piso como si de una lujosa alfombra roja se tratase y, ahora, el mismo hombre que dijo que de Jeremy no le interesaba su cuerpo ni su sangre, reclamándolo única y exclusivamente para que no pueda ser de nadie más.

Xander espera con los puños cerrados mientras aquel a quien llamó maestro ríe demencialmente en medio de la habitación, su espalda doblándose escabrosamente por las carcajadas de tal manera que pareciera que en cualquier momento sus huesos fuesen a partirse y de ellos fuesen a brotar enormes alas de murciélago. Poco a poco, el rubio anda hacia la cama sin quitarle el ojo de encima a Mörblut y pone su mano cerca de Jeremy. Su palma reconoce la suavidad de sus cabellos y los acaricia un poco, logrando que el chico deje de hablar por fin y convirtiendo el ruidito que viene de su garganta en pequeños lloros que puede tolerar mejor.

Mörblut deja de ir poco a poco y se voltea hacia ambos, mirándolos con una ironía cargada de veneno. Sonríe y dice con una voz vil, cargada de repugnancia:

—Te estás comportando como un imbécil, Alexander ¿Y todo por qué? ¿Por proteger a un humano porque el idiota del neófito al que llamas amigo tiene sentimientos de mortal? ¿Por qué tu empiezas a ser igual de patético que él y a sentirte así por culpa de un jodido humano? Xander, eres mi creación, mi creación más perfecta. Deja de arruinarte así.

Las palabras duelen como dardos certeros clavándose una tras otra en el pecho de Xander. Incluso si el vampiro es incapaz de comprender la desesperación de Jeremy por ser querido, por sentirse como si fuese querido, aunque solo sea en sus últimos momentos, aunque de una vida entera a cambio de esos instantes, en ese momento Xander sí puede entender su necesidad por aprobación, porque alguien más grande y más poderoso que él le diga que lo está haciendo bien, sea lo que sea lo que haga.

Xander lleva siglos fantaseando no con creador, sino con el orgullo que sentiría al verle. Y ahora tiene que soportar una mirada cargada de vergüenza y decepción y se siente como si todos esos años hubieran sido en valde, no, peor, como si sus esfuerzos pudiesen dar sus frutos y, sin embargo, él los dejase pudrirse por nada.

<<No. No es por nada.>>

Xander intenta recomponerse y mira a Mörblut a los ojos con una frialdad que no es rival para la de su creador. Con la voz ronca y sosegada, le responde:

—No soy nada tuyo. Ya no. Ahora lárgate, Mörblut. Ya no eres bienvenido en nuestro territorio.

El otro ríe de nuevo del mismo modo en que reía ante el patetismo de Jeremy. Mira a Xander del mismo exacto modo: como a algo sumamente inferior a él.

—Pensé que había creado una criatura fuerte por una vez. Pero eres como los demás… incluso aunque tu debilidad se halle en tu alma, en vez de tu cuerpo. Eres demasiado cobarde para ser un vampiro de verdad y estás demasiado podrido para ser como un humano. No eres nada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 103

 

Xander se siente como hundiéndose en un vasto y gélido mar, cada vez más lejos de la luz y el calor, su cuerpo inmóvil, sus sentidos inútiles. No hay nada que ver u oír. Nada que decir. Las oleadas de decepción y tristeza lo arrastran al fondo, pero halla algo extraño en ese deprimente sentimiento: calma. Se siente tan tranquilo ahora que Mörblut no está. Tan aliviado. Incluso si también se siente vacío.

—Por favor, por favor, por favor, Aidan, para, para, para…

La voz de Jeremy logra sacarlo a flote de nuevo. El conflicto se ha acabado, su creado se ha marchado para siempre y, con él lo más similar que ha tenido nunca en siglos a un objetivo en la vida, pero la noche está lejos de terminar. Todavía necesita hacer algo con el pobre Jeremy.

Mira al muchacho unos minutos, recordándolo cuando se abrazaba con Aidan en el sofá del salón o cuando los hallaba besándose con harina en las mejillas y una espátula todavía en la mano. Sonríe con melancolía acariciándole el pelo a ese tierno humano, su sonrisa deshaciéndose cuando nota en qué ha cambiado: su cuerpo más delgado y maltratado, con una palidez propia de él o de otros vampiros, no de un humano al que se supone que el sol es capaz de bendecir, sus ojeras casi moradas, sus labios todos cortados, las piel alrededor de sus uñas, toda arrancada en tiras que imagina que Jeremy debe estirar y retorcer entre sus dedos cuando está nervioso, su cabello ahora sin brillo, pasando de un blanco lustroso y suave a un gris ceniza incapaz de reflejar nada, sus ojos, todavía azules, pero sin brillo, como una noche de cielo claro, pero frío y muerto.

Xander se pregunta cómo habrá cambiado Liu durante esos dos años, pero cierra los ojos y se clava las uñas en las palmas de las manos hasta que siente la sangre correr por ellas. Respira hondo, centrándose en el dolor de su carne siendo abierta, y expulsando de su cabeza el pensamiento de Liu.

Necesita dejarlo en paz, incluso en su mente, o sabe que pronto sus cavilaciones inofensivas se volverán deseos. Y no puede hacer sufrir a Liu de nuevo por culpa de sus deseos.

—Aidan ¿Qué he hecho mal? Lo siento, lo siento mucho, haré lo que sea, haré que me quieras, haré lo que sea necesario, no me mates, no me odies, por favor…

La voz de Jeremy saca a Xander de su estupor de nuevo. Necesita lidiar con el chico, con el hecho de que su cuerpo está ahí, llorando y retorciéndose en las sábanas húmedas de sangre, pero su cabeza está atrapada en el recuerdo que más eco hace en su memoria. 

Xander suspira, toma a Jeremy por los hombros y lo empuja contra la cama, dejándolo quieto para él y obedientemente mirando al frente. Xander encaja su mirada con la del chico e intenta algo que Mörblut le explicó.

El simple recuerdo de pelirrojo le hace escocer el corazón y aparta la mirada sin querer, teniendo que volver a empezar. Trata de evocar en su mente las palabras de su maestro desnudándolas de su voz, de sus labios, del dolor que su recuerdo supone.

<<Ya sabes que los vampiros podemos meternos en la cabeza de los mortales, pero no solo podemos hacerlo como observadores. Podemos… alterar cosas ahí dentro. Incluso algunos vampiros muy viejos y muy poderosos pueden hacerlo con la mente de vampiros más jóvenes. No es hipnosis, no a menos que un humano se halle muy débil o alterado mentalmente y sea fácil entrar en su cabeza, es más como… empujar unas emociones o ideas hacia el frente y ahogar otras, avivar ciertos sentimientos y apagar los que no nos interesan. Es una manipulación sutil, pero poderosa.>>

Jeremy está mal, muy mal. Y aunque eso es algo horrible, Xander se dice que quizá es de su beneficio. Que quizá su mente ahora está suficientemente expuesta y blandita como para que él la moldee a placer.

Lo mira a los ojos con decisión y con la oscuridad de su pupila devorando la del otro, habla bajo y grave, le susurra a su alma.

—Aidan no te hará daño, él jamás te lo haría.

Pero Jeremy parpadea, el hechizo de Xander perdiendo su agarre en él porque pese a que el vampiro es poderoso, su magia se ha topado con una idea más firme, más grande, más poderosa que él en el interior de Jeremy.

—Aidan me odia, quiere matarme, deshacerse de mí. Me odia porque no soy suficiente. Me odia porque no merezco que me quiera. Aidan me matará, me matará, Aidan va a volver ¡ha vuelto! ¡Ha vuelto para matarme! ¡Aidan, no, lo siento, lo siento!

Xander nota el pulso acelerado del chico y ve sus ojos moviéndose rápido, observando con pánico quimeras que solo están en su retina, que viven en el reverso de sus párpados y están hechas de sus peores pesadillas. El muchacho empieza a escurrirse poco a poco fuera de su control hacia el huracán del pánico y el dolor, pero el vampiro lo zarandea, distrayéndolo de los escenarios que su cabeza crea para torturarlo, centrándolo de nuevo en su hipnótica mirada.

—Aidan no está aquí, Jeremy —asevera y esta vez eso es más verosímil para la pobre cabeza de Jeremy, que mira alrededor y asiente sosegado —. Nadie te hará daño. Toda esta noche ha sido una pesadilla. Un mal sueño ¿De acuerdo?

Los ojos cansados del chico se cierran despacio y se abren. Él asiente con la cabeza y con voz soñolienta pregunta:

—¿Otro más? ¿Cuánto más tendré pesadillas con Aidan? ¿Cuánto más hasta que deje de pensar que volverá para empezar lo que terminó?

Xander sonríe con tristeza y acaricia las mejillas del chico. No necesita inmovilizarlo ahora, así que usa sus manos para darle un poco de confort y al sentir la calidez de su piel el vampiro quiere llorar, porque es lo más cercano a Liu ha sentido en mucho tiempo. Porque sabe que jamás fue así de suave con él cuando tuvo la oportunidad.

—Está será la última ¿De acuerdo? La última pesadilla —susurra cerca de sus labios. Su voz es dulce y densa, como la miel, y el chico asiente dócilmente mientras los párpados se le cierran y el pecho le sube y baja despacio. Xander no sabe si funcionará o si su poder irá perdiendo poco a poco su influencia sobre Jeremy, logrando resguardarlo de las pesadillas solo unas noches, pero necesita intentarlo.

—Una pesadilla solo… la última… —murmura el muchacho medio adormilado, como hablando en sueños.

—Así es. Ahora, sé bueno y duérmete. Duerme muy profundo.

Jeremy y asiente y se duerme, porque su pobre corazón está confundido y no entiende qué pasa o dónde está o quién le habla, pero sí sabe que quiere ser bueno. 

Serlo le obtiene una hermosa recompensa esta vez: despierta entre las sábanas limpias y cálidas de un hotel cercano con la noche anterior tan borrosa que no podría reconocer a su cliente ni aunque lo tuviese en frente, su cuerpo sintiéndose como nuevo y un enormísimo fajo de billetes sobre la mesilla de noche. Le preocupa un poco que su cliente le haya drogado, eso explicaría todas sus lagunas respecto al día anterior y el porqué de que haya cobrado más hoy que en varias semanas, pero intenta no apurarse mucho. Al fin y al cabo, se siente bien, más descansado que en meses, lleno de energía. 

Solo tiene un sabor metálico desagradable en la boca, pero con un gran vaso de agua se va por completo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 104

 

Tan pronto como Xander entra en casa, nota dos cosas. La más sutil y agradable: aquel gatito al rescató hace tiempo refregándose cariñosamente contra sus piernas mientras ronronea. 

La segunda y más evidente: a Aidan empujándolo contra la puerta con violencia hasta cerrarla de golpe, olisqueando como un perro emocionado por el regreso de su amo.

—Jeremy —gruñe y le brillan los ojos como no lo han hecho en años —. Por qué. Hueles. A. Jeremy.

—Tranquilo. Cachorrito, respira. Jeremy está bien, deja que te lo cuente todo.

Aidan lo mira con un nudo en la garganta y los ojos llenándosele de lágrimas. No comprende por qué su amigo ha traído a casa esa dulzura atrapante y melancólica que lleva años tratando de evitar, por qué, siquiera, Xander la ha buscado ¿Quiere apropiarse de lo que una vez le perteneció? ¿Hallar en Jeremy la sumisión que en Liu no encontró? ¿Quiere torturarlo, burlarse de él? ¿Es esto una venganza por el día en que él cruzó límites con Liu?

Xander pone sus manos en las caderas de Aidan, alejándolo suavemente de él, y el vampiro más joven responde a su toque arrancándose de la corriente de pensamientos paranoicos y alarmistas que se lo estaba por tragar. Respira más hondo, aunque todavía consternado, y deja que Xander lo guíe hasta el sofá y se sienten el uno frente al otro para hablar.

—Mörblut quería probar a Jeremy ¡No lo ha hecho! —corre Xander a aclarar alzando sus manos en son de paz tan pronto ve el cuerpo de Aidan tensándose, listo para levantarse como un resorte y salir corriendo en busca de un enemigo que lo haría picadillo en cuestión de segundos —He protegido a Jeremy antes de que él pudiese hacerle algo grave, Mörblut se ha marchado ahora, Jeremy no está en peligro, lo aseguro. Él solo… no le interesa, lo sé, solo ha fingido que sí para ponerme a prueba, para ver si sería capaz de… de mirar mientras él lo mataba. De participar.

Aidan toma aire muy profundo. Xander puede ver cómo tras la apariencia de tranquilidad, el otro arde por dentro, consumido por una ira y una impotencia que conoce demasiado bien. Ve las aletas de su nariz dilatarse, su pupila empequeñecer en un mar de fuego, sus rodillos quedándose blancos, las venas de sus manos, antebrazo y cuello resaltando como serpientes cargadas de veneno bajo la piel, el músculo de su mandíbula marcándose, sus dientes apretándose tanto que están a punto de rechinar.

—¿Mörblut se ha ido? —pregunta, escéptico.

—Nos hemos peleado y le he dicho que no es bienvenido aquí.

La explicación logra tranquilizar lo suficiente a Aidan como para que esté exhale con alivio y su posición sobre el sofá se vuelva un poco más cómoda, más natural.

—Está… ¿Está bien Jeremy? ¿Cómo lo habéis encontrado?

—Donde le conocí, sigue tomando clientes en el mism-

—¿Clientes?

Xander frunce el ceño y tuerce la cabeza. Le desconcierta el tono en el que le habla el otro, como si se hubiese expresado en una lengua alienígena.

—Sí, clientes —repite despacio, preguntándose si acaso es posible que el otro, con sus afilados sentidos, le haya oído mal.

—¿De qué estás hablando?

—Es… lo que siempre ha hecho. Ya era prostituto cuando lo conociste. Por eso mismo lo conocí yo ¿Qué te pasa? ¿Te falla la memoria?

Aidan jadea en ese momento y Xander se levanta de golpe poniendo sus manos sobre él, sosteniéndolo cuando luce como que va a caer al suelo.

—Le di suficiente dinero como para que no tuviese que molestarse en trabajar nunca más. Mucho menos en un empleo tan horrible. Incluso ha retirado dinero de la cuenta, muchísimo. —explica Aidan alarmado, con palabras atropelladas y los engranajes de su cerebro girando.

Xander frunce el ceño más incluso que antes y ambos se miran confundidos.

—Lucía como si hubiese pasado hambre durante un largo tiempo, Aidan. —explica e intenta que su voz sea suave y reconfortante pese al duro mensaje — Lucía enfermo. Y te aseguro que no estaba tomando clientes por diversión.

—¿Dónde está?

Aidan se levanta de golpe y Xander lo mira con los ojos increíblemente abiertos por unos segundos, como si fuese un espejismo. Una parte de él está demasiado sorprendida como para responder al inicio, y otra está tan, pero tan aliviada de que Aidan por fin vaya a volver a ser el mismo hombre feliz y tierno que era hace unos años, que se apresura a contestar con una sonrisa boba en su rostro.

—En el hotel de cuatro estrellas frente a la plaza. Oh, Aidan, se va a poner tan contento cuando vuelva a verte, me alegro de que por fin p-

—No. No voy a verle. No necesito que me vea para poder darle una ayuda.

Sus palabras suenan duras, cargadas de una profunda decepción que incluso sobrepasa la que Xander está sintiendo en ese momento. El rubio pone una mano en su hombro y pronto convierte ese gesto en un abrazo fuerte y largo cuando atrae a su amigo a su pecho y lo aprieta bien cerca de él.

No sabe qué decir. No hay nada que pueda decir, de hecho, para convencerlo de que por favor se presente ante Jeremy, de que intente reparar lo que volvió y reunir los pedazos de su hermosa relación para formar algo al menos similar, porque incluso una millonésima parte de esa ternura y ese candor serían suficientes para hacer de Aidan un hombre mejor, más feliz.

Y no puede convencerlo porque sabe que Aidan piensa que está protegiendo a Jeremy nada será jamás más importante que eso, no algo que Xander pueda ordenarle con su imponente voz de mando, no algo que pueda pedirle, ni siquiera algo que pueda suplicarle porque el rubio sabe que en el fondo su amigo se equivoca.

Cuando Aidan se marcha dispuesto a ser el invisible ángel guardián de Jeremy, Xander se queda en medio del salón. En silencio. Rodeado de una soledad tentadora, pues sabe con quién puede llenarla.

Ya pasó una vez: rastreó a su pequeña obsesión, se la echó al hombro y la trajo con él como si de un obsequio se tratase y, por Drácula, fue tan malditamente fácil y la recompensa tan deliciosa (ver a Liu al despertar, abrazarse a su calor al dormir, pasar la noche entera molestándolo y jugando con él, observándolo desde las sombras o alejándose pero sabiendo que al regresar él siempre le esperaría con una paciencia que solo lo que es suyo puede tener) que ahora tiene que ponerse obstáculos él mismo para detenerse.

Y los obstáculos que su mente erige contra ese deseo que pugna por volverse acción tienen la forma de recuerdos. Uno de ellos, alto como una montaña, es el momento en que Liu le dijo que pensaba en él, en cuando lo violó, mientras se autolesionaba, coqueteando con la muerte porque dejar de existir parecía que mejor que hacerlo por, para él; otro obstáculo, este con la forma de un hondo foso que devora a cualquiera que intente saltar por encima y que termine hundiéndose en sus aguas negras y glotonas, es una unión de muchos recuerdos, así como el lago es, en su esencia, un montón de gotas de agua, y esos recuerdos son cada pequeño gesto, cada corto pensamiento, en que Liu se odió a si mismo en vez de odiar a Xander, en que rehuía su imagen del espejo, sintiéndose sucio, sintiéndose culpable por ser el objeto de unos deseos que él jamás pidió.

Xander se estruja la cabeza intentando escrutar todos y cada uno de los rincones y recovecos de sus memorias en busca de pruebas y más pruebas de que no, no puede volver a por Liu pese a que los recuerdos de su risa o de las conversaciones que tuvieron o de la dulzura de sus besos y el candor de sus caricias son el tesoro más preciado que jamás ha tenido. No puede recuperarlo, porque tomar esas cosas significa obtenerlas como pequeñas estrellas que brillan, pero rodeadas de una oscuridad eterna. Y él no puede ser la oscura perdición de Liu, no de nuevo.

Sin Mörblut para acudir a él en busca de una noche donde solo tenga que relegar las decisiones a alguien más poderoso que él, más despiadado de él, el peso de sus acciones se siente insoportable en los hombros de Xander.

Cuando escogió a Mörblut, lo hizo porque no podía permitirse admitir lo que empezaba a sentir por Liu, pero ahora que la magnitud de esa maraña de emociones y contradicciones es innegable y ahora que ha dejado que sus debilidades humanas alejen a su creador, Xander siente que no tiene más remedio que hacer lo que, pese a ser inevitables, lleva años retrasando: aceptar en lo que Liu lo ha convertido.

No puede volver a su antiguo yo. No cuando ha preferido a Jeremy, un simple mortal, antes que a su creador. No cuando se ha acostumbrado a la sangre de los criminales y la de los inocentes, pese a llenarle la boca de dulzura, le mancha el alma de amargura ¿Cómo va a fingir ser una criatura despiadada y malvada cuando cada noche se levanta un poco antes para dejar una latita de atún en el suelo para que el gato perdido que entra y sale de su casa a placer coma? ¿Cómo va a fingir que no hay ternura o afecto en su interior cuando ha usado sus caras sábanas de seda para hacerle al minino un nidito cómodo y caliente donde duerme cada noche mientras Xander se topa con un lecho frío?

¿Cómo va a negar que Liu le ha cambiado mientras ahora se sienta en el sofá con el gato en su regazo, ronroneando cada vez que le pasa la palma grande por el lomo, y se echa a llorar cuando ve los ojos del minino y en el tono café cree reconocer un atisbo de la mirada de Liu?

<<No debo dejarme llevar por mis deseos de nuevo. Pero este deseo, esta fuerza que tira de mí hacia él como si tuviese un cordel atado con fuerza a su mi corazón del que el suyo estira y estira con cada latido, esta necesidad de acercarme poco a poco, de fundirme con él ¿Es acaso deseo? Debe serlo, porque nada se ha sentido nunca tan intenso, tan como una necesidad sin la cual siento que me falta el aire y el alimento, pero es un deseo distinto a los que antes he sentido. Se entremezcla con mi deseo de sangre y placer, sin duda alguna, pero es superior, es más puro, más vaporoso y difícil de atrapar, de saciar. Lo que me pide no es alimento para mis gustos o mis apetitos, es pábulo para mi alma, si es que resulta que tengo alguna ¿Cómo? ¿Cómo voy a resistirme a algo que mi ser me pide con esta insistencia, con esta pasión?>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 105

 

Liu sonríe mientras pasa el trapo húmedo por la mesa, recogiendo las migajas de una magdalena que parece haber sido comida más por una paloma que por una persona. Ríe para sus adentro cuando se recuerda a sí mismo sentado en esa mesa años atrás, troceando el bollito que había pedido de merienda entre sus dedos nerviosos mientras la ominosa presencia sentada delante suyo le hablaba con voz grave e intenciones viles.

Al inició odió trabajar en uno de los primeros lugares donde Xander y él se empezaron a conocer o, mejor dicho, donde el demonio empezó a obsesionarse con acecharlo, pero ahora le hace feliz haber llenado ese espacio familiar con otros recuerdos. Algunos aburridos, como los que pasa esperando la llegada de nuevos clientes, otros estresantes, como cuando derramó un café en el trabajo de final de grado recién imprimido de un cliente que estaba estudiando, otros divertidos, esos en los que Dave hace el idiota o discute con clientes que no saben leer los precios y reclaman descuentos inexistentes. Sea como sea, todos los recuerdos son mejores que aquellos oscuros y llenos de terror que pertenecen a una época de su vida a la que le gustaría llamar pasada, pero que desgraciadamente está más presente de lo que jamás querría en su vida.

—¡Auch! —exclama Liu dando un bote cuando siente que alguien lo azota por detrás con otro trapo de limpiar el polvo. Se voltea frotándose la zona adolorida mientras fulmina a Dave con la mirada. Acto seguido ondea su propio trapo lleno de migas en el aire —Prepárate para la venganza…

—No nos pagan para pelear —advierte el otro en tono sabihondo, alzando un dedo diplomáticamente. Liu le da en toda la mano con el trapo sucio.

—¡Tú has empezado! —rebate y el siguiente golpe da de lleno en una de las mejillas de Dave, quien se pasa la mano asqueado por la zona.

—¡Serás guarro, que el trapo está sucio! ¡Te vas a enterar!

Ambos muchachos se persiguen por el local como dos chiquillos jugueteando en una tarde ociosa, pero Liu no puede llevarle la ventaja a su compañero por mucho tiempo, no cuando él es un muchacho de piernas cortas y su oponente un joven atlético que parece haber dado el estirón tres veces seguidas en su pubertad.

Dave atrapa a Liu por detrás e intenta arrebatarle la peligrosa arma que constituye un trapo deshilachado y lleno de migajas y el otro se revuelve intentando que no le arrebaten su preciosa espada de tela. Ambos ríen y por unos momentos el único sonido que rebota entre las paredes del local son cálidas carcajadas, respiraciones aceleradas y el sonido de la tela ordenándose en el aire antes de darle en la cara o en el brazo a uno de los dos.

Acostumbrado a ganar siempre, Dave empuja a Liu contra una mesa e intenta empujar su pecho contra esta para mantenerlo quieto mientras alarga el brazo y le quita de las manos el trapo, pero la risa de Liu se detiene de pronto, su cuerpo se tensa bajo sus dedos y su respiración se acelera demasiado como para que sea solo efecto de su pequeña trifulca.

—D-Dave, aparta, ayúdame, bájame de…

Las demandas de Liu son ahogadas e incoherentes y su amigo, más alto y fuerte que él, se da cuenta de que la ha cagado tan pronto ve el pánico enloquecedor que asoma en los iris café de Liu. Ese pánico que le indica que no es a él a quien está viendo, sino sus manos grandes y su cuerpo fuerte entremezclándose con otros más rudos, pero no tan agradables de sus recuerdos.

Dave se aleja de inmediato de Liu y le ayuda a bajar de la mesa, posándolo gentilmente contra esta para que no caiga ahora que sus piernas tiemblan, pero dándole suficiente espacio como para que no se sienta acorralado.

—¿Estás bien? —pregunta haciendo el amago de alargar la mano para tocar su hombro. La retira de inmediato al ver al otro encogerse.

—Sí… solo… aire, necesito aire. respirar. —explica entrecortado, con una mano en su pecho y la espalda encorvada mientras jadea.

Liu cierra sus ojos y se fuerza a respirar de forma lenta y controlada, repitiendo su mantra dentro de su cabeza <<Estoy a salvo. Estoy bien. No iba a hacerme daño. Nadie me hará daño>>. Lo repite cinco veces con el mismo ritmo, acompasando sus palabras tranquilizadoras con sus respiraciones. A la quinta, se encuentra mucho mejor, el color ha vuelto a su rostro y puede mirar a Dave y ver simplemente a un amigo, no a un demonio.

Al fin y al cabo, no es la primera vez que necesita calmarse a sí mismo, así que ha tenido que aprender a hacerlo eficientemente.

—Lo siento mucho —murmura el otro mordisqueándose el labio —, lo siento, no quería recordarte a ese hijo de puta, yo nunca-

—Ya lo sé que tú no lo harías, pero algunas cosas son difíciles de desaprender y aún estoy en ello —suspira pesarosamente <<¿Es una mentira piadosa decir que ‘’aun estoy en ello’’ cuando sé que es un camino que voy a transitar toda mi vida sin llegar a mi objetivo? No sé si pretendo engañarle a él o a mí>>

—Perdón de todos modos ¿Quieres que te ayude en algo?

Liu hace un ademán y recoge su trapo, pues se le ha caído al suelo por culpa del temblor de sus manos. Lo pliega pulcramente y anda poco a poco hacia el almacén para guardarlo junto a su feo delantal de uniforme, pues su turno ha terminado.

—¿Necesitas que me quede esta noche contigo de nuevo? —Dave alza la voz para hacer esa pregunta para que Liu pueda escucharla bien pese a estar en la salita de almacenaje. Su tono es confiado, pero engañoso, pues intenta no revelar que sus mejillas están rojas ante la idea.

Dave debe admitir que él siempre ha sido un chico muy popular con amigos por todos lados, pero Liu y él son más cercanos de lo que jamás lo ha sido con alguien. Nunca, excepto tras pasar una noche lujuriosa con una muchacha bonita, se ha quedado en la cama de alguien por días, abrazándolo, acariciándolo mientras duerme para que deje de sollozar en sueños, obligándolo a volver a la cama porque no es sano revisar las puertas y ventanas veinte veces cada noche. 

Sabe que no hay nada inadecuado en su relación con Liu, aunque sea extravagante, pero todavía se siente vergonzoso al pensar en la intimidad y la ternura que comparten.

—¿Liu? —pregunta dando un grito cuando no obtiene respuesta.

—Perdón, estaba ordenando esto, bueno, estoy. Es un lío —dice a través de la puerta y Dave no necesita ver para creer, pues puede oír los golpes contra las paredes, posiblemente a causa de que la montaña de cajas de la habitación esté causando una avalancha de objetos mal ordenados encima de su pecoso compañero —. No hace falta que vengas, hoy, gracias, estoy intentando aprender a estar tranquilo solo, muchas gracias —Dave siente un escalofrío. La forma en que Liu agradece con esa voz tan llena de dolor y soledad es algo a lo que nunca podrá acostumbrarse —Pero ¿Podrías acompañarme hasta la puerta de casa?

—Claro, te espero aquí mientras acabas. Oye, había pensado que podríamos ir a bolera, una amiga me invitó y tenía una entrada más para su novio, pero han roto así que me ha dicho que se la d… —un suave tintineo lo interrumpe y él rueda los ojos al reconocer el ruido— Disculpa, está cerrado —el tono de Dave cambia de pronto como si alguien hubiese tocado un interruptor dentro de él. Pasa de sonar jovial y amistoso a terriblemente irritado.

Él rara vez suena tan desagradable, pero está cansado después de una larga mañana en la universidad y una más larga tarde aún en el trabajo, así que no quiere tener que lidiar con otro de los muchos clientes que parece ser incapaz de leer el cartel de ‘’cerrado’’ en letras bien grandes y rojas que cuelga de la puerta de entrada. Las esperanzas de que su primer comentario logre disuadir a quien sea que haya entrado se esfuman cuando escucha unos pasos firmes y tranquilos avanzar por el local. Dave se levanta y decide ir hacia el insistente cliente.

—Disculpa, el local es-

Dave olvida como respirar durante unos segundos. Siendo un chico joven, atlético, alto y atractivo, pocas veces se siente intimidado ante otro hombre. También resulta que nunca ha estado delante de uno que no sea humano.

Xander mira al humano de arriba abajo y este puede sentir esa mirada carmesí atravesando su piel bronceada, clavándolo en el lugar. Por un momento el tiempo parece detenerse. Dave no dice nada, no se mueve, tan siquiera respira; sus ojos verdes están clavados en el vampiro que tiene en frente y su cabeza intenta recordar las distintas vías de escape por las que puede salir del local y llevarse a Liu consigo. Xander, por su parte, tampoco hace más que observar al muchacho con desinterés, como esperando a que el otro le ofrezca algo.

El vampiro avanza un paso y Dave retrocede dos. Mira alrededor, ignorando al muchacho de cabello café y puntiagudo que tiene en frente y que no le quita los ojos de encima. Luego toma una profunda bocanada de aire y cierra los ojos, disfrutando de una dulzura que conoce muy bien que está cerca. Muy cerca.

—¿Dónde está Liu? —pregunta. Su voz es profunda, tranquila, pero aun así Dave siente un escalofrío azotarlo cuando la escucha.

Flaquea por un instante y está a punto de lloriquear una obediente respuesta, pero entonces cae en la cuenta de quién es ese vampiro. De qué es.

<<El demonio de Liu>>

—Lárgate de aquí.

Xander arquea una ceja con confusión y sorpresa mientras vuelve a regalar al chico un poco de su tiempo y atención. No puede evitar que se le escape una risa despectiva al ver que tan duras palabras han salido de labios que se hallan ahora temblorosos por el miedo.

—He hecho una pregunta. —su tono se ensombrece y su cuerpo entero parece crecer como una sombra en el anochecer a medida que se acerca más y más a Dave.

El humano fija sus ojos esmeralda en los del vampiro en un gesto que trata de ser desafiante, pero Xander ríe de nuevo cuando acorrala al chico y, al notar que tiene tras él la firmeza de la barra donde atiende a clientes, Dave suelta un ruido angustiado, como el de un animalito siendo atrapado. Xander se inclina un poco hacia su rostro, la sonrisa todavía en sus labios, revelando su crueldad y sus colmillos, y habla ahora en un tono dulzón.

—Sé bueno y respóndeme, no tengo por qué hacerte daño. No me enfades.

—No, claro… Para qué ibas a hacerme daño a mí si puedes hacérselo a Liu ¿Verdad? —escupe el muchacho con la voz temblándole no ya solo de nerviosismo, sino de rabia. Sus palabras salpican veneno y Xander hace una mueca de incomodidad al oírlas.

Muchas cosas en ellas le enfadan: la osadía con la que un mero mortal las ha pronunciado, que alguien que no sea él sea tan cercano a Liu como para conocer sus terribles secretos, que se atreva a reprocharle las cosas de las que tanto se avergüenza y por las que tanto se odia, pero, sobre todo, le molesta que esas palabras sean verdad.

Cuando Xander quiere darse cuenta, su mano está envuelta alrededor de la garganta del humano, que jadea desesperado por el miedo, pero se rehúsa de todos modos a responderle o a siquiera intentar huir, dejándolo solo con la presa que sí ha venido a buscar.

Xander debe controlarse para no apretar sus dedos y aplastar la garganta del joven en ese mismo instante. Al fin y al cabo, se dice, ese humano está intentando proteger a Liu y él puede respetar eso.

—¿Por qué mierda haces esto? ¿No has tenido suficiente ya? Déjale en paz, por favor.

Xander se siente débil al escuchar la voz de Dave quebrarse en una súplica. El muchacho atisba sin querer una sala tras la barra, a la derecha, y los ojos de Xander se sitúan en la puerta cerrada tras esta. 

—¡Ahora salgo! Que se me habían caído las cajas de arriba de todo —dice la cantarina e ingenua voz de Liu.

Xander siente que el corazón le da un tumbo al oírla. Es tan preciosa, tan llena de luz y de vida y tan jodidamente perfecta. No le importa no ser capaz de ver el amanecer, no mientras pueda escuchar la voz de Liu al menos una sola vez más por toda la eternidad, pues es más cálida que el abrazo del sol en una mañana de verano y tiene en ella una nota musical y fascinante que solo ha logrado hallar en el sonido de los pajaritos cantando de buena mañana.

La mano de Xander se desliza fuera del cuello del humano y su cuerpo entero se mueve hacia la puerta como llamado por la melodía de una sirena.

—¡No! ¡Liu no salgas, espera, Liu, quédate dentro! —chilla Dave entrando en pánico.

—¿Dave? ¿Qué pasa? —pregunta el muchachito al otro lado, el pomo de la puerta tiembla, pero Liu es incapaz de abrirla cuando su amigo le ha pedido con tanta insistencia que no lo haga. La preocupación le carcome por dentro, pero confía en él.

Xander nota un patético tirón en su brazo derecho cuando está intentando alcanzar la puerta y se voltea, molesto, para ver al muchacho moreno rodeándole el antebrazo a duras penas con sus dos manos y tirando de él con toda la fuerza que su cuerpo puede proporcionarle.

—Espera, por favor, espera, escúchame —demanda el chico con voz ansiosa, hablando de tal forma que cada palabra parece pisoteada por la siguiente —¿Qué es lo que quieres de él? ¿Sangre, sexo? Puedo darte eso, puedo dártelo, pero déjale en paz. Está recuperándose de todo lo que le hici… de lo que pasó, por favor, no le hagas daño de nuevo.

Xander mira al humano fijamente a los ojos después de escuchar su desesperada petición. Una larga, afilada lanza parece clavarse en su corazón con esas palabras.

Se siente tan herido, tan vulnerable, cuando Dave prácticamente le ruega que no vuelva a romper a Liu, porque eso evidencia que pese a lo muy distinto que quiera ser ahora, es imposible borrar el pasado. Sus manos siempre estarán manchadas de sangre y el alma de Liu conserva las improntas de sus dedos tocan allí donde desean, corrompiendo, usurpando y ultrajando su pureza solo porque es divertido arruinar algo hermoso.

Xander se siente furioso consigo mismo por haber sido así y con Dave por recordárselo, por tratarlo como si siempre fuese a ser el monstruo que pasó años pensando que era su destino, así que se zafa de su débil agarre empujándolo al suelo.

Tan pronto se escucha el golpe, Liu chilla agobiado desde el otro lado de la puerta.

—¡¿Dave?! ¿Estás bien? Voy a llamar a la policía, dime si es-

Xander abre la puerta de la pequeña sala y Liu mira hacia adelante, aliviado, pensando que es su amigo quien ha venido a abrir, a decirle que no se preocupe y contarle como un cliente estúpido ha intentando darle problemas pero él ha pateado su culo de vuelta en la calle.

En lugar de eso, el pobre humano se encuentra cara a cara con su peor pesadilla y toda la alegría y la calma de su rostro se deshacen, como máscaras de cera, dejando tras de ellas una expresión de puro terror que parecía subyacerlas, como si, en el fondo, ese fuera el verdadero rostro de Liu.

Como si cada bajo sonrisa o mueca boba, siempre estuviese alerta, asustado, mirando de un lado a otro para asegurarse de que nada malo está sucediendo.

Solo que ahora lo está.

—¿Xander? —pregunta con un hilillo de voz, incapaz de creer lo que sus ojos ven.

Se ve tentado a alargar la mano, a posarla sobre ese cuerpo grande y peligroso que sabe que existe solo para causar dolor y atravesarlo como si fuese humo, comprobando que solo está viendo cosas, que está teniendo alucinaciones por el estrés otra vez.

Pero le da tanto miedo que sus dedos se topen con la contundente solidez de un peligro real y no con la vaporosidad de un recuerdo que no es capaz de avanzar hacia el vampiro, al contrario, da un paso atrás y otro, hasta que las cajas que acababa de ordenar se le caen por encima y dejan todo hecho un lío. Esta vez, sin embargo, no le importa hacer un desastre, solo alejarse un poco más de Xander, seguir conservando la ilusión de que todo se trate de una broma de mal gusto de su cerebro.

 

 

 

 

 

Capítulo 106

 

—No, n-no puede… esto, no… no puede estar pasando —Lui susurra enloquecido de miedo. Intenta alejarse más y más de Xander, sintiéndose claustrofóbico en esa estrecha habitación cuya salida es opacada por la envergadura de su peor pesadilla.

Mientras retrocede, Liu hace cada vez un lío más grande tirando cajas y objetos que estaban torpemente dispuestos en hacinas contra la pared. Xander trata de alcanzarlo cuando Liu tropieza, cayendo sobre el montón de objetos desordenados tras él, pero el chico profiere un horrible chillido de angustia tan pronto la piel del otro lo roza, haciéndolo recular al pensar, por un instante, que su contacto ha quemado a Liu por la forma en la que ha gritado.

Los ojos del chico se llenan de lágrimas y su pecho sube y baja rápidamente.

—No puede estar pasando, no puede ser, es solo otra pesadilla, no es real, no es real —sigue murmurándose a sí mismo y aunque Xander desea marcharse en ese momento, huir del dolor que le ha causado a Liu y sigue grabado en su carita y esconderse de las consecuencias de sus actos, no logra alejarse.

No cuando ve al chico con su mano derecha sobre su muñeca izquierda, pinzando y arañando y clavándose en la tierna piel. No cuando huele la sangre y comprende que Liu está reabriendo por acto reflejo heridas no tan antiguas que posiblemente le adornan ambos brazos de arriba abajo. Xander actúa en un instante, atrapando ambas muñecas del chico en una sola de sus manos con tal de que no pueda seguir haciéndose daño a sí mismo.

Tiene sangre manchándole la manga izquierda de su camiseta rosa con un estampado de fresas y las uñas rojas de tanto hurgar, él solo quiere que se detenga, explicarse y tranquilizar a Liu antes de que el chico logre empeorar sus heridas, pero tan pronto lo inmoviliza de ese modo que antes usó para ultrajar al chico, Liu entra en pánico gritando y pataleando, tirando con fuerza de sus brazos incluso cuando se hace daño en el acto, desesperado por escapar de las garras del monstruo que lo mantienen prisionero.

—No, Liu, tranquilízate, no voy a hacerte daño. Por favor, solo necesito que te calmes…

Las palabras de Xander parecen caer sobre oídos sordos, pues Liu, si acaso, solo escucha su voz sin entender su mensaje. Esa voz que le dio humillantes órdenes, esa voz con la que selló un pacto para salvar su vida a cambio de su alma, esa voz que le dijo que merecía todo su dolor, que le instó a decirlo él mismo, a suplicar clemencia mientras admitía que no era digno de ella. Y tan pronto escucha el tono grave y ronco, su resistencia se vuelve más violenta. Liu araña, muerde y patea a Xander tan fuerte como puede y aunque el vampiro trata de mantener la calma, la gota que colma el vaso es el chasquido de la madera y un ligero dolor latiendo en su espalda.

Puede tolerar a Liu hiriéndolo, pues ni en un millón de años el muchacho lograría lacerar como él merece, y puede entender que Dave solo trata de ayudar a su amigo, pero todavía no ha entrenado suficiente su paciencia como para soportar la falta de respeto y el exceso de temeridad que supone que un humano, que un insignificante don nadie como Dave, le ataque por la espalda y le rompa una jodida silla contra la columna.

Xander suelta a Liu y se voltea hacia Dave totalmente cegado por la rabia. El pequeño y pecoso muchacho se hace un ovillo y lloriquea mientras sigue negando, aunque su voz es cada vez más frágil, sus palabras se rompen y, por las grietas, cala poco a poco la ominosa consciencia de que todo eso es real.

Dave intenta correr cuando ve a Xander ir a por él, pero tan pronto se voltea, choca contra la firmeza del cuerpo de su perseguidor y es salvado de caer al suelo solo por una condena peor: la mano de Xander tomándolo por la garganta con firmeza y empujándolo hacia la pared para mantenerlo quieto contra esta.

—Quién mierda crees qu-

—¿Qué es lo que quieres de mí?

La voz de Liu cae como un balde de agua helada sobre Xander. El muchacho ha logrado controlar su ataque de nervios lo suficiente como para pararse frente a Xander, para mirarlo a los ojos con un fuego que parece impropio de sus hermosos zafiros y preguntarle esa tan difícil y acusatoria cuestión con una voz temblorosa, pero terriblemente fría.

Perplejo, Xander afloja un poco sus dedos sobre el cuello de Dave, que tose y jadea.

—¿Vienes a torturarme más? ¿A joderme la vida de nuevo? ¿Has… —Liu lo mira de un modo que le hace doler el corazón, lo mira con un asco, con un odio que tan siquiera las palabras pueden expresar.

Lo mira con desprecio que le hace detenerse a media frase, como si necesitase vomitar para soportar estar en la presencia de alguien con un alma tan podrida.

—¿Has esperado estos años para que mejorase, para ver si podía tener un poquito de puta felicidad y venir a quitármela de nuevo? ¿Has esperado a que haga un maldito amigo para poder matarlo? —escupe con incredulidad, sus ojos vidriosos viajando al rostro de Dave antes de volver a clavarse con aspereza en el del vampiro —¿Quieres que me sienta como con Matheo? No lo entiendo, no lo entiendo —se queja, rompiendo a llorar y cayendo de rodillas en el suelo.

Su cuerpo entero tiembla de frustración y temor y su corazón late rápido y doloroso, cada latido retumbando contra los oídos de Xander, lanzando acusaciones y reproches que solo en esa lengua pueden ser transmitidos.

—¿Por qué no me matas de una vez? ¿O pretendes arruinarme la vida hasta que me suicide? ¿Por qué has tenido que volver? Te odio, te odio tanto… Me usaste, me abandonaste y ahora… ¿Ahora quieres empezar de nuevo? No puedo soportar esto, Xander, no puedo hacer esto una sola noche más. Prefiero enfadarte y que me mates aquí mismo. Ahora mismo.

—¿Qué? No, Liu, no voy a… —su voz halla un obstáculo y sale entrecortada. Xander había olvidado cómo era que una idea tan banal como la muerte le provocase un nudo en la garganta —no pienso matarte —agrega, su voz ahora más baja, más suave, así como la expresión apenada de su rostro y como su mano, que ya no se envuelve con dureza entorno al cuello de Dave; el chico moreno y musculoso cae al suelo tosiendo y jadeando con desespero —. No iba a matarle a él tampoco. No quiero hacerte daño, solo-

—Hacerme daño es lo único que quieres —rebate Liu de un grito cargado de ira, pero pronto la dureza y la aspereza de su voz se rompen dejando fluir palabras empapadas de lágrimas —. Es lo único que sabes hacer conmigo. Incluso fingiste ¿El qué? ¿Sentir algo por mí? —pregunta con una ironía dolorosa.

Tras cada pregunta suelta una risa sarcástica y llena de bilis y, con ella, Liu se pone rojo al pensar en cuán humillante debió ser a ojos de Xander que su idiota presa de veras le creyese.

—Fingiste tener esos momentos tiernos y esas conversaciones bonitas conmigo y fingiste decirme sinceramente cosas que me animaban y fingiste que te preocupa a que me autolesionarse y fingiste que querías que, de algún modo, yo no estuviese mal y fingiste… todo… fingiste todo eso, toda esa jodida mierda para que luego me doliese más darme cuenta que era solo un trozo de carne para ti. Fuiste capaz de comportarte como si me quisieras, aunque sea con tu podrida y retorcida versión del amor, solo para hacerme daño ¿Y esperas que crea que no vienes a hacer eso de nuevo?

La voz de Liu vuelve a fluctuar, la blandura del llanto se solidifica en un tono cruel, mordaz, con el que escupe esa pregunta y, la siguiente, sale con la urgencia y el desgarramiento de la desesperación: su voz está rota, pero ya no quedan lágrimas suficientes en sus ojos, solo la súplica con la que mira al otro mientras espera una respuesta que sabe que no puede obtener.

—¿Cuál es tu objetivo entonces? ¿Qué es lo que quieres? ¡Vamos! —chilla de pronto, sus nervios crispados y su puño golpeando tembloroso golpeando la mesa como un rayo —Me muero por oírlo.

Xander traga saliva. No se atreve a acercarse, pese a lo mucho que ha anhelado la cercanía de Liu, no es capaz de dar un paso hacia la figura menuda que tiene en frente, ese contorno delgado que tanto aman sus manos, pero que ahora tiembla con una mezcla de miedo y frustración que parece repelerlo como pura electricidad deseando arder en sus manos hasta castigarlas por el más pequeño roce.

—Es… Liu… —dice el vampiro dudoso, mira a otro lado, avergonzado, hablando con una voz pequeñita e impropia de él —te quiero a ti. Llevo años sin poderte sacar de mi cabeza y-

—Y yo también -espeta sarcástico el joven pecoso, sus palabras siendo un reflejo macabro y ácido de la dulce confesión de Xander, uno lleno de reproche, pues Liu es el recuerdo más cálido de Xander y Xander la cicatriz más ardiente de Liu.

Ambos se miran durante un rato que parece fuera del tiempo: tan largo que ni la eternidad de Xander podría transitarlo, pero tan breve que parece imposible que ambos sientan tanto el odio de uno y el arrepentimiento del otro con semejante profundidad. 

Xander se acerca un paso. Lento. Cauteloso. Y tan pronto su enorme sombra devora la figura de Liu, todo el valor que el chico había podido reunir, toda la fiereza con la que hace minutos le ladraba sus sentimientos rabiosamente, toda la ira y el rencor y la frustración y todas las demás emociones que se sienten más como fuego y electricidad que como agua, son inundadas por un frío mar de terror que hace que a Liu le suden las palmas de las manos y que un escalofrío le recorra el espinazo.

El chico se desmorona. Cae al suelo hecho lágrimas y agarra la orilla de los pantalones de Xander como un niñito mientras llora, berrea y solloza que, por favor, por favor, no le haga daño de nuevo. A Xander se le parte el corazón al ver lo roto y desesperado que ha dejado al chico, incapaz de sostenerse en pie pese a su ira cuando él está cerca, pues el pavor que causa es mucho mayor. Dave, todavía sosteniéndose la garganta y tosiendo, intenta acercarse, pero Xander se voltea rápido y lo mira de un modo tan intenso y frío que se queda clavado en el lugar.

Solo puede observar mientras el vampiro se arrodilla frente a Liu, tapándolo con su enorme figura como un ángel oscuro que extiende sus monstruosas alas y bajo ellas oculta a la inocencia en persona. Ve como Xander pone una mano cuidadosamente en la mejilla derecha de Liu, intentando borrar en vano las lágrimas que ahora se dibujan más copiosamente, y pone otra mano en su espalda, acercándoselo poco a poco.

Un segundo después Dave parpadea y la figura monstruosa ha desaparecido. Y se ha llevado a Liu consigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 107

 

Liu no quiere abrir los ojos. Cuando siente la mareante velocidad de Xander detenerse y sabe que han llegado a su destino, el muchacho solo puede apretar más fuerte los párpados y maldecir porque en ellos no encuentra el reconfortante vacío de la oscuridad, sino el detallado recuerdo de cómo lucía el salón de Xander. Las escaleras. Su habitación.

Tiene demasiado miedo de que abrir los ojos le revele la exactitud con la que su memoria tiene grabado ese infierno. Pero de pronto nota algo: huele a leche de avellanas y a pan con mermelada. Así que poco a poco abre los ojos y se da cuenta de que está en su cama y, en la mesilla de noche de al lado, está la merienda a medio comer que tomó antes de salir a trabajar. Se siente confundido, pero aliviado, y empieza a pensar que todo ha sido una pesadilla, que simplemente se ha quedado dormido en vez de ir al trabajo hoy, hasta que nota la ominosa y enorme presencia a su lado. En la cama. La mano grande sobre su pierna derecha. Acariciando.

Mira los dedos de Xander, lo fácilmente que podrían rodear su muslo y manejar su cuerpo como un juguete. Sabe que de primera mano cómo se siente cuando lo hace y lo que más odia es la manera en su cuerpo reacciona a ese tacto. Puede notar el calor en su bajo vientre, la tensión en su ingle y sus piernas, el hormigueo recorriendo su sexo, empezando a despertarlo.

Odia que Xander haya entrenado su cuerpo de ese modo perverso. Odia que no se haya contentado con provocarle dolor y haya tenido que secuestrar su placer también. Se odia al recordar que, durante dos años, solo ha podido masturbarse y llegar al orgasmo si cerraba los ojos y se imaginaba a la persona a la que más detesta en el mundo.

—Liu, está bien —susurra su voz con dulzura y Liu detesta que Xander suene tan amable, que su mano, en vez de tocar y romper y ultrajar, solo esté acariciándole con cariño la pierna, como buscando calmarle.

Odia que Xander finja de nuevo. Odia que funcione, porque, de pronto, su respiración se vuelve más lenta y solo tiene ganas de un abrazo y de llorar.

—Puedes llorar, Liu. Está bien, no te haré daño.

El chico aprieta sus dientes y definitivamente odia que su demonio pueda leerle el pensamiento. Se le empiezan a escapar las lágrimas de nuevo tan pronto el vampiro le dice eso y no puede evitar hallar confort en los brazos grandes y amables que lo rodean y lo suben poco a poco a su regazo. Liu se recuesta en el pecho de Xander y respira hondo. De algún modo, había extrañado su aroma masculino y agradable que le recuerda a la madera, al bosque, al olor de una tormenta. También descubre lo mucho que había extrañado a ese horrible ser cuando le acaricia la cabeza con dulzura, deslizando sus dedos por sus hebras chocolate y avellana, y cuando la otra mano le recorre la espalda de arriba abajo de una forma que le hace sentir como si se derritiese.

<<Cada vez que es agradable luego es un monstruo en compensación. Y ahora está siendo tan bueno que no puedo siquiera imaginar lo malo que será más tarde, no quiero, solo quiero disfrutar de esto sin que haya consecuencias. Incluso si es una mentira, porque aunque Xander finja esta ternura, lo que yo siento es real. Esta calma, esta calidez… eso son cosas reales >>

—Jamás he fingido contigo, Liu —susurra Xander en su oído y aprieta al chico con más fuerza contra él. Hunde su rostro en el cuello de Liu, quien se queda paralizado al inicio, e inhala la deliciosa esencia de su piel.

Liu ha cambiado durante esos dos años, pero su dulzura se mantiene intacta. Es un poco más alto, quizá tres centímetros a lo sumo, y ha ganado un poco de peso, lo cual se nota en sus brazos, que son algo más musculosos, aunque siguen pareciendo delgados y frágiles, y en sus mejillitas de ardilla que tanto hacen a Xander querer apretujarle toda la cara.

Sus pecas siguen formando una hermosa constelación en su dermis, solo que ahora Xander sabe que pese a que borró muchas de sus cicatrices, otras forman parte de su piel: puede sentir el relieve de las cortadas en sus dos muñecas cuando se las acaricia y Liu se deja hacer, rendido ante lo que el otro desee de él, y puede notar, cuando desliza sus labios y su nariz sobre la delgadez de su cuello, la impronta de la última vez que lo probó y no tuvo siquiera la decencia de curarlo antes de marcharse y dejarlo roto y solo.

También tiene el cabello un poco más largo. Cuando lo conoció, su pelo le rozaba la nuca y su flequillo ladeado le caía a veces sobre un ojo y se lo tenía que apartar poniéndolo tras su oído. Ahora su cabello le roza los hombros, por eso lo lleva recogido en una diminuta y graciosa colita baja y su flequillo desordenado le roza la nariz a veces y, si no, Xander puede ver en el cabello del chico y un par de pinzas rosadas con el que asume que se lo recoge.

El muchacho se aparta un poco de él para mirarlo con escepticismo. Sus ojos siguen igual de hermosos, con ese color cálido y oscuro y las larguísimas pestañas que lo hacen lucir un angelito, pero ahora con ojeras un poco menos pronunciadas.

—Yo no necesito leerte el pensamiento para saber que eso es mentira —comenta con suavidad. Parecería que Liu no tiene miedo al acusar a Xander de embustero con esa tranquilidad y eso es, de hecho, lo primero que Xander piensa, pero luego penetra bajo su armazón de calma y puede sentir sus latidos acelerados, leer sus pensamientos frenéticamente preguntándose cuando recibirá un castigo por la osadía de sus palabras y si, por fin, va a ser asesinado.

—Digo la verdad, Liu. Jamás he fingido contigo, no en los momentos en los que hablábamos con tranquilidad o en los que te acariciaba o te besaba despacio. Jamás te he mentido cuando te he dicho que eras especial o que no… que no quería herirte como hiero a mis presas.

El chico ríe con amargura y aparta su mirada anegada en lágrimas. Xander quiere tomarlo del rostro y forzarlo a volverse hacia él, pero lo deja estar y sigue acariciando su espalda, sus tensos hombros, sus brazos. Le punza el corazón cuando sus dedos escalan las montañas de cicatrices de las muñecas de Liu. Y le punza de nuevo cuando el chico se estremece y hace el amago de esconderse, asustado por su será golpeado o herido por haberse hecho esas cosas a sí mismo.

—No tiene sentido —rebate suavemente, su voz parece llena de una tristeza melancólica —¿No fingías cuando parecía que me… que podías apreciarme de algún modo? ¿No fingías tampoco cuando me tratabas como si me despreciases? No puedes decir que sientes algo por alguien y luego hacerle esos horrores y pretender que ambas cosas pueden ser verdaderas al mismo tiempo. No puedes —añade, sus ojos están llenos de súplica y los oculta tras sus manos cuando se las lleva al rostro, tratando de calmar su llanto. Suspira entrecortada y es capaz de tomar una respiración honda y seguir hablando solo cuando Xander pone una de sus grandes manos en su nuca y lo acaricia trazando espirales en ella —. No puedes tratarme con amor un día y con asco otro y hacerme creer que tiene sentido. Y no puedes intentar convencerme de que ahora no me harás daño —añade desvelando su oscura mirada de tras el telón de sus manos. Ve a Xander a los ojos, con los suyos anegados en lágrimas y el pesar impreso en el rostro, un pesar cansado y derrotado: la tristeza de quien asume la inevitabilidad de su desgracia —. No deberías hacerlo, no quiero decepcionarme de nuevo. Solo toma lo que quieres, de verdad —insiste con algo más de emoción en su voz. Aparta la mirada y, con manos temblorosas, empieza a desabotonar su camisa rosada —, estoy demasiado cansado para luchar, solo úsame, pero no intentes convencerme de que no pasará. Es innecesariamente cruel, aunque —el chico sonríe con amargura, los botones que dejan al descubierto su pecho ya han sido abiertos y ahora el chico desliza sus dedos hacia los que cubren su vientre —supongo que tú también lo eres.

Xander lo contempla desolado por unos segundos. La manera en que se desviste dócilmente, trazando cada botón con forma de fresa con sus dedos con una delicadeza que teme no obtener del vampiro, consolándose a sí mismo mientras se entrega al infierno. Desliza cada manga de su camisa fuera de sus brazos y cuando se halla desnudo de cintura para arriba sobre Xander hesita y finalmente no tiene el valor de desabotonarse también el cinturón. Se pasa una mano por el cuello, por la cicatriz de la mordida de Xander que jamás le curó.

Xander lleva una mano a la misma zona, sustituyendo lentamente la del menor, y acaricia con mimo infinito cada hendidura y cada valle, cada fibra de piel rosácea y sensible, más fina que la que una vez se halló allí.

—Soy una criatura contradictoria, Liu —dice mientras cierra los ojos y deja que sus dedos memoricen la marca de su hambre. Reconoce en los lugares que más doloroso se le hace tocar la profundidad de sus colmillos. Recuerda lo delicioso que fue ese momento e intenta bañar ese recuerdo en la amargura que ahora siente —. Te he herido porque es lo que mis instintos desean. Pero también he sido suave contigo, porque no quiero herirte aunque lo desee, porque te quiero. Y ambas cosas son ciertas, aunque la verdad sea confusa.

Liu tuerce su boca y asiente.

—¿Entonces eso es lo que me espera? Vas a seguir en mi vida, porque te gusto de algún modo, y algunas noches cuando tenga mucha suerte serás amable y será como tener a un amigo y otras simplemente harás que desee estar muerto.

Xander se siente destrozado por el cansancio con el que Liu dice eso, por la forma en que no se queja ni lucha ni suplica, solo lo admite en alto, como para poder procesarlo mejor, y asiente como un autómata.

Xander pone sus dos manos en el rostro del chico, chafándolo un poco hasta que sus mejillas parecen cojincitos y sus labios parecen de pez, y lo obliga a mirarlo a los ojos.

—No, Liu, no es eso lo que trato de decirte. Voy a cambiar —asegura y lo hace con tal convicción que ve en la mirada de Liu una lucecita de esperanza brillar —. Mis deseos no pueden ser borrados, pero pueden ser controlados, redirigidos. Puedo alejar esa parte de mí de ti, porque quiero ser bueno contigo, quiero cuidarte, protegerte de mí mismo, quiero puedas sentirte cómodo conmigo, que hablemos como lo hicimos la noche antes de que me fuese, quiero… quiero tenerte. Que seas mío. No como antes, yo, solo… te quiero. Liu, te quiero y no sé qué hacer con este sentimiento.

Poco a poco, suelta al chico. Su primer instinto es apretar fuerte su rostro entre sus manos y darle un profundo, lento beso, pero sabe que no merece los labios del chico y que algo así le asustaría: le ha enseñado en el pasado que los besos no son tiernos, no son un gesto de amor o un pequeño y adorable regalo, son la chispa que enciende un fuego del que Liu siempre es víctima.

El muchacho mira al vampiro con recelo. Luce extrañado y confundido, su ceño se frunce casi con ofensa cuando dice:

—¿Entonces por qué te fuiste?

—Por qué pensé que eso solucionaría todo.

Liu tuerce la cabeza hacia el otro lado, todavía incapaz de pensar con claridad.

—¿Entonces por qué has vuelto?

Xander sonríe un poco, lo suficiente para que se formen hoyuelos en sus mejillas pero los colmillos permanezcan ocultos.

—Porque lo que siento por ti debe no ser un problema, ya que he descubierto que no tiene solución.

Liu asiente, pero el gesto se siente más mecánico que comprensivo. Alza su mirada castaña y brillosa hacia el demonio que pese a atormentarlo en el pasado ahora le acaricia como si buscase darle paz en vez de robársela, y dice:

—¿Qué sucederá ahora? Estoy confundido…

—Lo que tú quieras que suceda, Liu —le acaricia la mejilla con su dulzura y sus ojos, así como sus dedos, bajan a la cicatriz que el chico debe tapar con un pañuelo o cuello alto incluso en días calurosos —. No voy a volver a beber de ti a la fuerza, no volveré a tratar tu cuerpo como si fuese un juguete. Haré lo que desees.

—¿Y si te pido que me dejes libre? —inquiere el muchacho, pero ambos saben la respuesta pues Xander puede ver en los ojos del mortal que, por la razón que sea, su pregunta no es seria, solo curiosa.

—Eso es algo que no puedo hacer, Liu, eres mío y lo serás hasta el día en que uno de los dos perezca. Cuando decidiste hacer aquel trato conmigo, cuando me mostraste tu alma y yo la mía, siento que ambas se fundieron juntas, quizá solo un poco, quizá se anudaron y el lío puede ser deshecho, pero… no soy yo quien puede desenmarañarlo. Y tampoco quiero. Voy a ser tu sombra, Liu, no voy a dejarte escapar, pero no te cazaré tampoco. No te pido tu sumisión y no te ofrezco compasión, porque esta vez yo soy tuyo también. Puedes pedirme lo que desees y puedes negar mis deseos. La única cosa que no puedes hacer es liberarte de mí, del mismo modo en que yo tampoco soy capaz de liberarme de ti.

 

 

Capítulo 108

 

Liu pasó dos largos años pensando en Xander. Temiendo, cada noche, que apareciese por su puerta, pero también esperándolo. Por un largo tiempo, el vampiro significó tanto tortura como compañía, así que no era de extrañar que ambos conceptos se tornasen sinónimos para el muchacho, que a veces sentía que sería capaz de ofrecer una parte de su alma y de su cuerpo a cambio de ser acompañado de nuevo por esa criatura que a veces sabía mejor que nadie aplacar las ansiedades de su espíritu. Quizá Xander sabía tan bien como hacerle sentir mejor como consecuencia de que sabía, con la misma exactitud, cómo destrozarlo.

Fuese como fuese, Liu recuerda las vergonzosas noches en que Dave lo arropaba y lo abrazaba en la cama mientras lloraba. Recuerda la forma en que el otro siempre le respondía con palabras de apoyo y dejaba que su presencia borrase poco a poco los horribles recuerdos que esas sábanas tenían entretejidos en ellas, hasta que Liu siempre decía la misma cosa. A medianoche, en su momento más frágil, cuando no sabía si hablaba despierto o dormido y cuando su corazón no podía soportar más ese pesar, Liu confesaba lo inconfesable, ese sentimiento incomprensible que lo hacía sentir avergonzado, esa extraña emoción que parecía negar todas las demás, por la cual se sentía que no tenía el derecho de llamarse víctima.

<<Dave… a veces echo de menos a Xander>>

Usualmente esa línea era recibida con un humillante silencio. Dave jamás pretendió hacerle sentir perverso, extraño o repugnante, pero es así como Liu se sentía cuando su amigo más fiel era incapaz de darle una respuesta, solo de escucharle, pues no podía comprender pensamientos tan retorcidos.

—¿Liu?

El chico sale de su ensimismamiento de golpe viendo que quien está ahora en la cama, junto a él, no es el gigante amable y de pelo castaño y tez dorada por el sol que lo suele acompañar en sus noches más penosas, sino precisamente el motivo de que esas noches lo sean. Por un segundo, todos los recuerdos que se ha esmerado en borrar, todas esas memorias fundidas en esa cama que ha inundado en lejía y ha querido esterilizar, vuelven en cascada a su mente, tan dolorosas como en su día. Pero luego Xander se inclina y besa las lágrimas de su mejilla.

El gesto es tan nimio, tan tierno, que Liu recuerda por qué Xander está ahí esa noche.

<<Para que sea distinta de todas las demás>>

—¿Eh? —pregunta el chico, desconcertado.

—Te he preguntado qué deseas hacer. Quiero pasar la noche contigo, pero quiero que tú decidas cómo.

Las palabras de Xander suenan encantadoras, irreales. Todas y cada una de las noches en que el vampiro ha decidido ensombrecer sus horas con su presencia, Liu ha rogado internamente por tener algo de control sobre la situación y ahora le resulta tan inconcebible obtenerlo que se queda anonadado largos minutos, incapaz de responder.

Xander no lo apresura, solo espera en silencio, acariciando la espalda desnuda del muchacho. Puede ver su pecho ligeramente más musculoso y una línea encantadora marcándose en el centro de su vientre, como apuntando a su ombligo y, después, más abajo. 

—¿Puedo volver a vestirme? —pregunta de pronto. Su voz suena tímida, vacilante.

—Claro —Xander alcanza la camiseta rosa del chico y se la tiende con delicadeza -, has sido tú mismo quien se ha desvestido.

Liu toma la prenda entre sus manos. Fuerte al inicio, aferrándose a ella como si creyese que Xander se la arrebatará para demostrarle que todo era otro cruel juego confeccionado para crear y romper sus ilusiones.

Pero Xander pone sus manos sobre las de él, su calor fundiendo la rigidez de sus deditos, y le ayuda a tomar la prensa y ponérsela poco a poco. Una vez puestas las mangas, Xander se ocupa de cerrar poco a poco sus botones mientras sus nudillos rozan de vez en cuando la suavidad del cuerpo de Liu.

—Prefiero quitarme la ropa a que tú me la rompas —repone el chico y Xander ríe incluso si el comentario es un poco un reproche.

—Prefiero romperla solo cuando tú desees que lo haga —le dice carismático, sonriendo pero ahora de un modo que sí muestra sus colmillos.

Liu se estremece.

—No… no aún… por favor.

—Lo sé, Liu. Está bien. —repone, de nuevo usando esa suavidad que hace su voz parecer una larga sábana de terciopelo que se desliza por el cuerpo de Liu.

Cada vez que habla con esa calma, con esa amabilidad, nota la caricia gentil de su lengua recorriéndolo entero, cubriéndolo en una crisálida de seguridad. Y odia caer tan rápido por los encantos del vampiro, odia confiar en sus palabras tras tantas traiciones pues incluso él mismo sabe que debe lucir estúpido e ingenuo, pero esa es la única opción que le queda si no quiere perder toda esperanza.

—¿Qué quieres hacer ahora?

Sus dedos acarician la clavícula del pecoso, las yemas rozando la constelación en su dermis como si quisieran memorizar donde se halla cada diminuta marca. De repente, Liu toma la enorme mano de Xander entre dos de las suyas, más morenas y pasmosamente más delicadas, y se lleva el dorso de la del otro a una de sus mejillas, prensándolo contra esta como para sentir algo.

—Estas caliente —constata, aunque su voz es más acusatoria y triste, que neutral —¿Has matado antes de venir aquí? ¿Así es como… como vas a lograr que la maldad de tus instintos no se vuelva contra mí? ¿Pasándole el mal a otro?

—¿Preferirías ser tú quien se encuentre con mi peor lado cada noche?

Liu traga saliva. Le preocupan los demás, por supuesto, pero no puede soportar la idea de una noche más siendo un mártir con tal de salvar a otros, ni siquiera aunque piense que lo merece. Que es lo justo después de…

—Ya no cazo tan cruelmente como antes de conocerte Liu, aunque hay veces en que… tengo que ofrecer un sacrificio a mis peores deseos, para calmarlos. De todos modos, busco a víctimas que disten mucho de ser inocentes. Hoy he matado a una chica que no merecía vivir, que en otros países sería a condenada a muerte. Y sé que soy peor, pero es lo mejor que puedo hacer.

Liu traga saliva y asiente. Le gustaría poder borrar de Xander su maldad, pero sabe que no es una consecuencia o un efecto secundario de su naturaleza, sino la esencia misma de esta. Quizá no puede quitarle los dientes al lobo sin que deje de ser lobo, pero un bozal suena bien por ahora. Suena mejor que sentir su mordida cruel hundiéndose en su carne.

—Has cambiado durante estos dos años…

Su mirada se alza de nuevo, como si quisiera contemplar a Xander por primera vez. Sabe que los vampiros son una imagen bella y congelada en el tiempo, pero podría jurar que algo sí ha cambiado: su cabello se siente más áureo, su bonito rostro más dulce, sus labios más rojos, sus ojos más cálidos que ardientes. El hombre sigue siendo corpulento, de proporciones toscas y rasgos brutos, pero hay algo que se ha suavizado en él.

-Tú también —comenta el vampiro y no puede evitar juguetear con la coletita que Liu lleva en su nuca para recoger su cabello un poco más largo—. Me gustaría que me contases qué has hecho este tiempo. Me gustaría haberte visto en tu graduación.

-No fui.

Xander aprieta los labios. No necesita preguntar por qué y la amargura en la voz de Liu indica que él tampoco quiere explicar más. El chico hace un gesto de manos, como restándole importancia, y añade:

—Estaba llena de gente con la que no me hablo, de todos modos. Y habría sido duro ver ahí a tantos desconocidos y no a… a Matheo.

Liu dice su nombre bajito, con tristeza, pero sobre todo con cuidado. Mientras lo pronuncia mira a Xander de reojo, como si temiese sus reacciones, y el vampiro se siente dolido al comprobar una vez más hasta cuánto le cortó las alas al chico.

—Puedes hablarme de él, si lo deseas. —murmura Xander, y acaricia la mejilla de Liu por donde empieza a bajar una lágrimas solitaria. Él mismo ha sufrido inconmensurablemente por su separación voluntaria y temporal de Liu, así que no imagina el dolor de su muchachito cuando fue arrancado definitiva e irreversiblemente de los brazos de la criatura a al que amó.

Liu niega con la cabeza y se muerde el labio.

—Estaba enamorado de él, te enfadarás si hablo de eso.

—¿Estabas? —pregunta Xander apenado, ignorando el resto de la frase.

—Está muerto. Lo sabes.

—Pero tus sentimientos por él no tienen por qué morir. Puedes amar a alguien que no está. —Liu siente ganas de reír y a Xander no le extraña. Fue él mismo quien le dijo que los vampiros eran incapaces de amar y de ser amados y aunque muchas cosas han cambiado, Xander sigue creyendo que por lo menos la mitad de eso es cierto, así que se siente ridículo cuando alecciona al otro sobre ese sentimiento que sabe que no es digno de merecer.

—Pero ya no siento eso —acaba replicando alicaído—. Me siento triste y culpable, lo echo de menos y lo aprecio, pero creo que ya no puedo quererle.

Xander suspira y se acerca un poco a él. Le ahueca el rostro con sus dos manos y sus pulgares acarician las mejillas llevándose todas las lágrimas que ahora no pueden parar de caer.

—Quizá estás sanando, quizá tu corazón está dejando hueco para alguien nuevo ¿Te gusta ese chico del trabajo, Dave?

La mención de su nombre hace reaccionar a Liu de pronto: se envara y se tensa como si sus huesos fuesen de puro metal y mira a Xander con horror en sus ojos bien abiertos.

—¡No! ¡Por favor, no le hagas daño! —chilla agarrándose a la camisa del vampiro con desespero. Cuando escucha la estridencia de su propia voz y sabe lo mucho que esta parece confesar sentimientos que él no tiene, hace su mejor esfuerzo por tranquilizarse y suplicar en voz baja: —Te prometo que no me gusta, por favor, déjalo en paz.

Xander asiente comprensivo, pero su mirada es triste. Le apena tanto ver la forma en la que el chico no puede hablar de casi nada a su alrededor, la manera en que sortea las cosas que más le importan como si se hallase en un campo de minas donde la palabra, no, el pensamiento más inocuo podría hacerlo estallar.

—Está bien, Liu, si te enamoras de alguien no estaré contento, pero no voy a matarlo. Si algo es importante para ti, entonces lo es para mí.

Liu parpadea un par de veces mientras sobre y olfatea como un animalillo asustado, pensando que esas palabras son demasiado buenas para ser reales. Pero dos años han pasado y aunque Xander le dijo que los vampiros no eran capaces de cambiar, el quiere, necesita creer que eso es mentira.

—Él es importante para mí, es mi amigo. No me gusta de ese modo, pero le aprecio mucho. Solo intenta protegerme, no le hagas daño.

Xander tuerce la boca y frunce su ceño, pero asiente. No está acostumbrado a recibir órdenes de humanos, ni siquiera a considerar sus patéticas peticiones y mucho menos cuando estas implican ser gentil con un mortal lo suficientemente temerario como para atacarle del modo que ha hecho hoy, pero Liu luce tan tierno con su miradita de cachorro y el leve puchero en sus labios que Xander suspira y no puede resistirse.

—No le haré más del que pueda soportar, pero recomiéndale que no vuelva a golpearme con una silla. —Liu sonríe de alivio e incluso una pequeña risa escapa de sus labios cuando bromea:

—Dudo que te haya dolido.

Xander le devuelve la sonrisa pilla y se lleva una mano al pecho dramáticamente.

—Ha herido mis sentimientos.

—¿Tú tienes? —Xander alza las cejas con genuina sorpresa ante el atrevimiento del chico, pero le es imposible enfadarse con él cuando escucha su risa.

—Auch —responde, siguiéndole el juego, y ambos ríen como si fuesen buenos amigos.

Xander intenta no hacerlo muy fuerte, no quiere que su voz opaque la de su humano favorito en el mundo. No quiere que nada estropee ese momento, porque es lo más bonito que ha visto nunca y mientras pueda escuchar al otro reír y ver la forma adorable en que sus dientes parecen de conejito mientras se ríe, no le importa no ser capaz de ver el amanecer nunca más o no ser capaz de ser amado.

Poco a poco, la risa de ambos se va disolviendo en el silencio de la noche y el ambiente que queda, aunque callado, no es tenso. Liu se recuesta contra el pecho de Xander, agotado por una larga tarde de trabajo y por las intensas emociones de las últimas horas. Suspira y empieza a explicarle a Xander sus dos años sin él:

—Cuando terminé mis estudios pensé en eso que me dijiste de que no tenía que seguir adelante inmediatamente, que podía darme un tiempo para pensar. No sabía a qué universidad ir ni qué carrera estudiar, así que decidí que no tenía que elegir con prisas.

<<Quería esperar, pero estar en casa solo me deprimía y necesitaba salir así que envié un currículum en el bar de abajo ¿Sabes que se quedaron sin camareros que quisieran trabajar ahí desde que tú fuiste? Casi arruinas el negocio, por eso me acabaron cogiendo incluso si no tengo experiencia. Ahí conocí a Dave.

<<Él estudia por las mañanas para ser profesor de educación física. Me cuenta cosas de la uni y me anima a ir. Es mi primer amigo de verdad desde… desde Matheo. Me ha llevado con su grupo de amigos, aunque no encajo mucho, pero me lo paso bien. Una amiga suya me dijo que siendo tan reservado seguro que escribía un diario o algo y no lo hacía antes, pero lo hago ahora y es… se siente bien.

<<Me gusta eso. Escribir y leer. He pensado en estudiar literatura. O en lo que sea que los editores estudian porque a veces me gusta mucho leer historias horribles y pensar en cómo podría corregirlas, porque puedo ser creativo e imaginar, como cuando escribo, pero la historia y los personajes y el guion general ya me lo ha dado otro y eso hace que pueda relajarme un poco y que no todo recaiga sobre mí, como cuando leo. No sé si estudiaré eso, al final, es… es solo una idea>>

Xander no puede dejar de sonreír mientras escucha al chico charlar sin parar no de todas las cosas que ha hecho, sino sobre todo de las que planea hacer. Le gusta saber que no cortó por completo su espíritu cuando lo tocó con manos antaño afiladas e hirientes, le hace feliz saber que Liu sigue siendo capaz de crecer y de florecer en algo cada vez más hermoso.

Xander no puede evitar extender sus brazos hacia el chico sobre su pecho y apretarlo fuerte contra él. Aunque Liu se asusta un poco al inicio, sintiéndose apresado y vulnerable, pronto se funde en el abrazo que su demonio le regala y se relaja entre sus manos, suplicando en su alma que por favor no le hieran de nuevo.

—Me alegra mucho saber que has estado mejor Liu. Me alegra mucho saber que has hecho amigos y que estás cuidando de ti y pensando en tu futuro.

Liu sonríe y agradece bajito, pero entonces la angustia le atraviesa el alma. Piensa en Xander enfadado, en que, aunque ahora sea más amable, sigue siendo temperamental, grande y fuerte. Una mala combinación para Liu. Piensa en cómo ha estado cerca de matar a Dave porque eso es lo que le instinto le dicta y él está acostumbrado a seguirlo. Así que hace una pregunta:

—Voy a… a seguir teniendo futuro ¿Verdad?

Xander lo achucha más fuerte.

—Claro que sí, dulzura. Y me comeré a los rectores de las universidades que te rechacen o a los profesores que te suspendan, para que tengas el mejor de los futuros.

Liu sonríe cuando escucha lo que es la primera amenaza de Xander que podría considerarse tierna y hunde el rostro en su pecho.

—Me gustaría un futuro donde no te los comes. —comenta con voz soñolienta.

—Entonces saca buenas notas y no hagas que te suspendan.

—Me esforzaré. —asegura el chico con una risilla.

—De nada por motivarte —bromea Xander de vuelta. Pasan unos minutos mientras el vampiro acaricia la espalda del muchacho sobre él y lo nota relajarse más y más. El silencio de esa noche es tranquilo y suave y las respiraciones de Liu lo ocupan como una niebla dulzona —Me gustaría leer lo que escribes, algún día. 

Liu parece despertarse un poco más cuando Xander dice eso, pues sus músculos se tensan y abre los ojos, desviándolos luego con preocupación.

—A veces escribo sobre ti o sobre mi familia o Matheo. Escribo para no hacerme daño muchas veces, así que digo cosas desagradables… —confiesa con un suspiro.

—Pero sigues haciéndotelo. —rebate Xander y su mano derecha toma el brazo de Liu, baja la manga muy despacio y luego acaricia las cicatrices, algunas antiguas, de una blancura nacarada, y otras tan recientes que Xander debe evitar la piel enrojecida e inflamada alrededor. Liu tiembla al recordar las uñas de Xander tornándose garras y las garras hundiéndose en su piel, abriendo heridas que creyó sanadas y creando nuevas que no le pertenecían.

—S-solo lo hago cuando estoy muy nervioso.

Xander asiente en silencio. Algunas heridas son pequeñas como la marca de una uña, y superfluas. Otras son largas, hondas. Y verticales. Xander traga saliva al pasar al dedo cerca de una cortada que recorre la mitad del antebrazo del chico y que se curva al final, como si el muchacho se hubiese resbalado porque su mano perdió las fuerzas.

—Este es reciente ¿Qué pasó?

—Me sentía culpable.

—¿Por lo que le pasó a tus seres queridos?

Liu niega y los ojos se le cubren de una película de lágrimas.

—Por pensar en ti cuando me siento solo.

Xander cierra los ojos cuando escucha el hilillo de voz de Liu soportar el peso de tanto dolor. Un dolor que rompería a cualquiera, que resquebraja sus murallas ahora, haciéndolo sentir como el monstruo que verdaderamente fue.

—Te confundí, Liu. Fue injusto para ti.

Pero el chico ignora sus palabras y niega, dejando que las suyas broten frenética, urgentemente de sus labios como si se tratasen de veneno que debe expulsar:

—A veces me siento culpable porque echo de menos tus besos. Los bonitos, no en los que me hacías cortarme con tus colmillos. Y a veces echo de menos los otros, en los que sangraba para ti, y me siento culpable porque a veces me gustaban y porque quiero darte mi sangre de nuevo y mi sumisión, aunque no la hayas pedido. Me siento culpable por sentirme bien. Siento que no tengo derecho a quejarme de las veces que me forzaste cuando yo ahora te quiero besar, siento que soy estúpido e inútil y merezco todo el daño que-

Xander no sabe qué más hacer, aparte de besarlo. Y Liu no sabe qué más hacer, aparte de corresponder.

La boca de Xander es cálida y suave y sus movimientos son como olas en el mar, lentos y repetitivos al inicio: sus dos belfos atrapan los del menor con cuidado y lo arrastran hacia su humedad para luego dejarlos ir. El ritmo es suficientemente constante para que Liu sepa que esperar, para que se sienta confianzudo, tranquilo y empiece él a mover también su boca, atrapando en su boca delgada y color melocotón los carnosos labios del otro, lamiendo el color cereza y jadeando cuando la lengua del vampiro lame su dulzura como instándolo a abrirse para él. 

Tiene que admitir que en ese instante no hay lugar para la culpa o la confusión. Los sentimientos encontrados deberán venir luego, porque lo único que siente ahora es placer y dulzura. Siente las manos grandes, fuertes y cálidas del vampiro rodearle una la cintura y la otra la nuca, atrayéndolo despacio y algo demandante hacia su boca hambrienta de sus besos y suspiros. Siente sus labios moviéndose gentiles para humectar los suyos y probarlos en pequeños bocados. Siente su lengua larga y lasciva siendo ahora tan amable al danzar con la suya que podría derretirse por la sensación. Siente los colmillos cuando él mismo se atreve a probar la boca del vampiro y siente un pinchazo doloroso cuando desliza la lengua por uno de ellos, queriendo ofrecerle a Xander un sacrificio pequeño a cambio de que todo lo que se ha dicho esa noche sea cierto.

Xander jadea al notar el leve sabor de la sangre en su boca y chupa la lengua herida del muchacho. Muerde sus labios, lo besa con más fiereza, dejando que sus deseos marquen un compás mucho más hambriento que el de los lentos, cálidos besos de antes. Xander se gira de pronto en la cama y su humano se halla bajo el peso de su cuerpo, siendo aplastado contra el colchón mientras la boca de su demonio devora sus gemidos, jadeos y suspiros.

Su corazón se acelera y Xander puede notarlo. Nota la resistencia que sus instintos oponen al cuidado y al cariño con el que trata a su humano. Nota la tentación de dejarse llevar, así que se separa de Liu. De sus labios. De su sangre.

Xander se muerde el labio hasta que logra hacer brotar de él una oscura gota carmesí.

—Abre la boca —ordena a Liu y el chico siente un pinchazo delicioso recorrerlo cuando esa voz masculina y familiar le dice qué hacer.

Odia admitirlo, pero hay algo maravilloso en el acto de dejar la mente en blanco y sencillamente acatar ordenes. Eso es lo que hace ahora, separa sus labios, saca su lengua, deja la sangre de Xander gotear sobre ella y cuando el otro asiente con la cabeza, traga ese mágico líquido.

Un hormigueo lo recorre por dentro y la lengua deja de escocerle. No necesita pasarse los dedos por el cuello o mirarse los brazos para saber que ahí sus heridas y marcas también han desaparecido.

—No lo harás de nuevo. —susurra Xander y, extrañamente, esta vez la firmeza de su voz no suena como una orden, sino como una promesa.

Liu solo asiente y deja que sus ojos se cierren. Está demasiado cansado.

 

 

 

 

Capítulo 109

 

Aidan se ha alimentado bien esta noche. Ha bebido la sangre joven y vigorosa de un grupo de maleantes que ha acechado y cazado a las afueras de la ciudad y debería sentirse en la cima del mundo por ello, lleno de energía que fluye como electricidad por todo su cuerpo y listo para desplegar todas sus fortalezas. En lugar de eso, le flaquean las rodillas y le tiemblan las manos.

Está frente a la habitación de hotel donde Xander le indicó que había dejado a Jeremy ileso, aunque algo confundido respecto a la visita que Xander y Mörblut le prestaron; no necesita abrir la puerta para cerciorarse de que el muchachito se halla ahí esa noche, no cuando puede sentir su familiar aroma a pesar del humo del aire del hotel y el olor a caoba de la puerta; no cuando puede reconocer a la perfección esa hermosa, melódica voz cantando una alegre melodía bajo el sonido de la ducha.

Aidan se dice a sí mismo que tiene que ser rápido y discreto. Que no puede entretenerse en disfrutar de esa envolvente atmósfera llena de dulzura y música que se asemeja a un abrazo. Que debe alejarse dolorosamente rápido, si es que con eso le evita a Jeremy más sufrimiento.

Entra a la habitación con la presteza y la quietud de un ladrón y, una vez en ella, deposita sobre la cama del muchacho un sobre pulcramente cerrado sin remitente. En él solo hay el nombre de Jeremy escrito en letra cursiva y prístina en una esquina. Dentro del sobre hay cinco mil euros en billetes de quinientos, más que de sobra para pasar ese mes y el siguiente, pero Aidan desea que Jeremy tenga una vida lujosa, pues se la merece, así que al mes siguiente le dejará otro sobre exactamente igual sobre la almohada.

<<Ya está. He hecho lo que venía a hacer. Me tengo que ir. Ya>> Los pensamientos de Aidan tiran de él hacia la puerta, hacia la soledad de la calle, la oscuridad de la noche. Pero su corazón lo empuja a la cama de Jeremy.

<<Solo será un segundo>> se dice y se permite tumbarse en ella un momento, apartando el sobre con dinero a un lado para no arrugarlo, posándose tan delicadamente como puede para que no haya en las sábanas ni una arruga que pueda delatar su presencia.

Cierra los ojos cuando se tumba sobre el lugar donde Jeremy ha pasado la noche y siente todavía su calor, como cuando uno tiene pan recién horneado entre las manos. Inhala profundo y durante largos segundos, sintiendo el aroma de su humano enroscado entre las sábanas.

Las acaricia y entonces quiere reír bobamente porque el tacto de estas le resulta familiar y cae en el por qué: ese es el mismo hotel donde llevó a Jeremy la primera vez. Piensa que el destino es cruel y que, si no está tratando de gastarle una broma, está mandándole un mensaje. Y si es así, el destino se equivoca. <<No puedo empezar de nuevo. No después del daño que le hice>>

Es cierto que la piel de Jeremy ya no conserva la marca de su pecado, pero Aidan jamás olvidará el sabor de la muerte en su lengua y sabe que el alma de Jeremy jamás podrá desprenderse nunca de la amargura de la traición.

Debe irse. Lo sabe, pero su cerebro le ruega por cinco minutitos más en esa cómoda y cálida cama, como suele sucederles a los mortales, y Aidan es un esclavo de sus deseos a veces. Esta es una de las veces.

<<No pasará nada>> se consuela a sí mismo, pero está demasiado metido en su propia cabeza para darse cuenta de que sí ha pasado algo: el agua se ha detenido. La puerta del baño ha crujido.

—¿Aidan?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 110

 

El vampiro se yergue de pronto y mira con sorpresa a Jeremy. Los primeros segundos que sus miradas chocan todo es tan inesperado que el tiempo parece suspenderse y Aidan no alcanza a colocar sobre él un velo de dureza e indiferencia, sino que se muestra vulnerable, con todas sus emociones brillando en su rostro: alivio, anhelo, angustia. Amor.

Pero en un abrir y cerrar de ojos la expresión del vampiro se endurece y su rostro parece una máscara de piedra tal frialdad que el confuso humano duda de si es siquiera real lo que ha creído ver unos segundos atrás.

Jeremy juega con sus manos nerviosamente y se mordisquea el labio, inseguro sobre qué hacer frente. Inseguro sobre si Aidan es real, o si se trata de otra horrible pesadilla en que un visitante colmilludo hecho de pesadillas toma la forma de Aidan y confirma sus peores miedos.

El vampiro da un paso, no hacia el chico siquiera, sino hacia la puerta, pero ese movimiento es suficiente como para hacer al muchachito encogerse y retroceder, como si esperase que el vampiro fuese a atacarlo ahí mismo. Aidan abre sus ojos con sorpresa ante la reacción y frunce el ceño. Quiere reclamar, preguntarle cómo es posible que piense que él le haría algún daño. Pero luego recuerdo por qué han acabado en esa situación y se muerde la lengua.

—¿A qué has venido? —pregunta el humano con un hilillo de voz.

Su tono es tan bajito y temeroso que Aidan tiene problemas para distinguir si esas palabras han salido de sus labios o si las ha leído en su mente.

El vampiro es incapaz de hablar todavía pues teme que cuando rompa el sello de sus labios todos sus sentimientos salgan desbordados de ellos como una inundación, así que se limita a mover su cabeza en un gesto sencillo que señala el sobre encima de la almohada.

Jeremy lo mira con el ceño fruncido, más confuso aún que antes, y se acerca poco a poco este sin quitarle los ojos de encima a Aidan. El vampiro sabe que debería irse. Ya le ha dado el dinero a Jeremy, incluso se ha asegurado de que lo ha encontrado ¿Qué más podría hacer si se quedase a parte de estropearlo todo de nuevo?

Pero aun así se queda, quizá porque desea ver a Jeremy unos segundos más, grabar su imagen en su retina, asegurarse de que el recuerdo se siente tan vivo que no pueda echarlo en falta por lo menor por unos años más. 

O quizá porque necesita que el chico abra el envoltorio y vea la pequeña fortuna que le ha dejado. Necesita verlo contento o satisfecho o por lo menos aliviado o cualquier otra cosa que quite de su rostro esa expresión tan dura, tan llena de odio y rencor con que lo mira.

Aidan siente su pecho tenso como si estuviese atravesado por cuerdas a punto de romperse cuando Jeremy abre el sobre ¿Será ilusión lo que vea encenderse en su carita, como sucede con la de los niños abriendo regalos de navidad? ¿Será ternura lo que ablande su dura mueca, pues el chico deberá darse cuenta de que Aidan se preocupa innegablemente por él? ¿Será calidez lo que derretirá su fría expresión? Pero es confusión lo que Aidan ve en el rostro del chico y, consiguientemente, lo que él siente.

Jeremy examina los billetes en sus manos con el ceño increíblemente fruncido y luego los avienta a la cama como si quemasen en sus manos. Mira a Aidan con puro pánico en sus ojos y vuelve a retroceder unos pasos.

—¿Q-quieres contratar mis servicios? —pregunta, pero no lo hace como quien espera una respuesta, sino como quien la conoce y aun así se halla incrédulo —¿Qué es esto? ¿Estás burlándote de mí? Jamás te creí tan cruel.

—¿Qué?

Aidan rompe su silencio y tan pronto lo hace se da cuenta de su error. Su voz ha salido demasiado llena de emociones contenidas, demasiado enfadada. Jeremy da un repullo y pude ver las lágrimas de temor formándose en sus ojos; la culpa de arremolina en su interior, no quería sonar tan brusco, pero ¿Cómo no ofenderse por unas acusaciones así?

—Jeremy… —dice con una voz más suave, acercándose poco a poco a su antiguo amante.

 El chico mira hacia otro lado, dolorido, como si la mención de su nombre en los labios del otro hubiese tirado de una fibra sensible en su interior. Pero se apartar y retrocede como un animalito asustado ante los avances de Aidan.

—No estoy burlándome, no entiendo por qué pensarías eso. Es solo dinero, para que puedas vivir bien ¿Por qué no usaste el que te di antes? ¿Por qué sigues prostituyéndose si lo odias? ¿Tanto me detestas que no querrías ni usar el dinero que te doy?

Aidan se siente mareado. Siente que sus palabras son lógicas, que se ha expresado bien. Comprensible, al menos. Pero aun así Jeremy lo mira del mismo modo que ha mirado el sobre lleno de dinero antes, con esa mirada tan confusa que le hace preguntarse a Aidan si acaso está hablando el mismo idioma que el muchacho o si se ha confundido y ha decidido hablar alguna lengua muerta que aprendió hace siglos.

—¿Qué dinero? ¿De qué hablas? —jadea el chico exasperado y aunque aprieta sus dientes y sus puños con fuerza, su cuerpo no puede seguir conteniendo las lágrimas que empiezan a derramarse por sus mejillas mientras su voz rota sigue hablando apenas en un susurro: —No te odio, Aidan, s-solo te tengo miedo. No quiero que me mates, no sé qué he hecho para ofenderte o enfadarte de nuevo, no sé qué hice la primera vez, per-

—¿Qué estás diciendo? —de nuevo, Aidan se reclama a sí mismo mentalmente por sonar tan irritado, tan impaciente, tan agresivo, pues el chico responde a su golpe de voz cubriéndose como si acaso esperase uno de verdad.

Aidan se detiene cuando se da cuenta de que ha acorralado a Jeremy contra una de las esquinas de la habitación de hotel y el chico apenas puede mantenerse de pie. Sus piernas temblando como las de un venado recién nacido, su cara palideciendo, su corazón acelerándose como el de un colibrí. Y todo solo por su cercanía.

—Jeremy ¿De qué me estás hablando? —repite, pero ahora con una voz más suave. Una que muestra desesperación, en vez de ira. El chico no se tranquiliza todavía, pero al menos ha logrado que deje de achicarse ante su voz —Me refiero al dinero que te dejé cuando despertaste del hospital ¿Por qué no lo usas? —Jeremy examina sus palabras cuidadosamente, por lo que se ve en su rostro, y antes de que pueda darle una respuesta al vampiro, este puede leerla en su rostro —¿No te dio el doctor el dinero?

El chico niega despacio.

—El doctor que me salvó dimitió al amanecer y se marchó antes siquiera de yo despertase, me lo dijeron las enfermeras. N-no dijo que nadie me hubiese dejado nada.

Aidan aprieta los puños. <<Ese hijo de perra…>>

Toma una bocanada profunda de aire. No puede permitirse enfadarse ahora, no delante de Jeremy, no cuando está tan asustado. Ahora necesita aclarar las cosas y tranquilizar al chico, luego ya tendrá tiempo para rastrear y asesinar sangrientamente al maldito bastardo que creyó que podía robarle algo a la criatura más preciada de la vida de Aidan y salir ileso o siquiera vivo.

—Jeremy… —pronuncia su nombre lenta, deleitosamente de nuevo.

Esta vez lo hace a propósito y logra la reacción que esperaba: un escalofrío. No uno de miedo, sino uno lleno de recuerdos. Recuerdos que hacen que la piel del chico se erice cuando piensa en esos labios, esa boca, esa lengua envolviéndose alrededor de los deliciosos sonidos de su nombre, de él.

Eso parece tranquilizar al chico, pues sube la mirada y se atreve a volver a verlo a los ojos.

 —¿Por qué has dicho antes que crees que estoy enfadado u ofendido? ¿Por qué me tienes miedo?

Aidan alza una de sus grandes manos hacia el chico y aunque este no se mueve, aparta los ojos de nuevo y retiene la respiración. No suspira con calma hasta que los hábiles dedos del otro peinan algunos de sus mechones angelicales tras su oído y eso le da la certeza de que el vampiro no busca hacerle daño.

—Intentaste matarme cuando te cansé, p-pensé que habías venido a terminar el trabajo.

Las suaves, acolchadas palabras de Jeremy se transforman en una hoja afilada tan pronto salen de sus labios y se clavan profundo en el pecho de Aidan. Cuando el muchachito alza sus hermosos ojos azules y el vampiro imagina cómo han llorado cada noche de esos dos largos años pensando que no era amado, es como si una mano tan invisible como implacable tomase el mango del puñal que le perfora el pecho y lo retorciese lento y cruel hasta desgarrarle el alma.

Jeremy abre sus ojos grande cuando ve las lágrimas del vampiro. No sabía siquiera que podían llorar y no imaginaba que, cuando lo hiciesen, llorarían sangre.

—¿Piensas que te quería matar? —pregunta Aidan deshaciéndose en lágrimas escarlatas cuando la cabecita blanca frente a él asiente con un pequeño movimiento. 

No puede evitarlo cuando envuelve al chico entre sus brazos y lo estrecha fuerte contra él queriendo que toda esa tristeza, todo ese dolor, esa traición que ha plantado en Jeremy como una semillita que ha crecido durante años se vierta ahora en su interior. Lo necesita, quitarle sus penas, sufrirlas él por haberle dejado pensar durante tantas lunas que no era digno de ser amado cuando la realidad es que era demasiado precioso como para ser condenado.

Jeremy se congela entre sus brazos, pero poco a poco es incapaz de resistir el deseo de abrazar a Aidan de vuelta, de tomar aunque sea una gotita de ese tierno cariño por el que lleva años sediento.

—Jamás te haría eso, jamás te mataría. Fue un error, no controlé bien mis deseos, no sé qué me poseyó esa noche, pero no era yo, aunque sea parte de mí. Me arrepentiré toda la eternidad, Jeremy, te lo suplico, no pienses nunca más que lo que hice esa noche es algo distinto al mayor error de mi vida.

Con esas palabras es Jeremy quien se rompe y se desmorona en brazos de Aidan. Hasta ahora su cuerpo tenso se había sentido como un pesado, firme témpano de hielo y de pronto el chico no es más que una cosita pequeña que tiembla, solloza y se deshace en dulces lágrimas mientras restriega su rostro contra su pecho como un animal falto de atención y mimos. Aidan halla su reacción devastadora, casi tanto como tierna, y no puede evitar tomar al chico entre sus brazos con un poco más de fuerzas para alzarlo del suelo y sentarlo sobre sus piernas, al borde de la cama, mientras le acaricia despacio, ayudándole a calmarse.

Cuando los jadeos y los hipeos del muchacho de piel ardiente y cabello ártico le dejan hablar un poco, logra armar una pregunta que hace a Aidan sentir como, de nuevo, la mano invisible de algún dios justiciero retuerce el puñal en su corazón:

—¿Por qué me abandonaste entonces?

—No quería arriesgarme a herirte de nuevo —explica con suavidad, sintiéndose tan idiota por no haber pensado que quizá debió decirle eso al chico, por no haberse preguntado qué pensaría Jeremy cuando se despertase solo y a medio morir en una cama de hospital sin el calor de a quien llamó amante, pero estuvo más cerca de convertirse en su asesino, que de amarlo como es debido —... pensé que podrías tener una buena vida si tomabas el dinero y si yo me mantenía alejado. Quería protegerte.

Jeremy niega y llora más fuerte. La ausencia de Aidan no es ninguna cura, al contrario, la distancia que los ha separado ha sido un lacerante látigo que, por años, lo ha fustigado durante cada silencio. Ha sido un cruel castigo, jamás algo que pudiese plantearse como un acto de bondad, como Aidan buscando ayudarlo, en vez de desecharlo.

Jeremy echa la vista atrás y llora con fuerza al pensar en lo inútil, lo indeseable que se sintió todas aquellas noches en que dejaba a clientes apretar duro su garganta o poner cuchillos y fuego cerca de su piel solo para castigarse por no ser suficientemente bueno. Para sentirse solo un poco deseado, usado, pues pensó que es lo más cerca que estaría nunca del inalcanzable amor que Aidan le dio a probar para luego arrebatárselo de los labios junto al calor de su los suyos.

Llora de alivio, porque ya no tendrá que volver a irse a la cama comprobando que todas sus ventanas y puertas están cerradas porque teme que su amante eternamente cruel venga a asesinarlo. Llora de alivio, porque por fin podrá parar de preguntarse por qué, si tiene miedo a morir, una parte de él se regocijaba ante la idea de que Aidan podría entrar igualmente y matarlo, pues quizá, si le dejaba tomar todo de él, incluso su vida, el vampiro estaría satisfecho por fin. Por fin, de algún modo, lo amaría. O amaría un pedacito de él, quizá el sabor de su sangre, la calidez de su último suspiro, la apariencia de muñequito de su cuerpo sin vida. Lo que sea.

—¿Qué haces? —pregunta el muchacho casi en un chillido cuando Aidan empieza a separarse de él. Como si estuviesen imantados, Jeremy se aferra con todas sus fuerzas al musculoso torso del otro.

—Mi amor, debo irme —dice en un tono sensible, cuidadoso, y no puede soportar el dolor y la angustia en esos hermosos ojos que le prometen el cielo si se queda —. Te lo he dicho, mi cercanía solo te pone en peligro, casi te mato una vez ¿Quién te asegura que no lo haré dos?

—Aidan, por favor, por favor… no te vayas.

—Jeremy, es como debe ser —le reprende con suavidad, pero no logra reunir el valor para separar al muchacho de él, para deshacer ese abrazo apretado y tembloroso con el que envuelve la fragilidad de sus brazos alrededor de su torso firme como aferrándose al único pilar que lo mantiene a flote en una marea de desgracias.

—¿Por qué? ¿Porque podrías matarme? Una maceta cayendo en mi cabeza podría matarme, un resbalón bajando por las escaleras podría matarme, ahogarme comiendo podría matarme, un coche atropellándome podría matarme, una enfermedad podría hacerlo también. Vivir es exponerse a poder morir en cada segundo. Y hay algunos riesgos que no vale la pena correr, pero otros sí. Por favor, Aidan.

El nombrado tuerce la boca. Le destroza escuchar a Jeremy pidiendo de ese modo, sollozando y moqueando hasta que su cara es un lío rojo y húmedo y su cabello un desorden hermoso. No le gusta haber llevado al chico a suplicar como los perros callejeros suplican con sus aullidos y sus quejidos que alguien les dé no comida o un techo, sino un hogar, la compañía de una mano siempre dispuesta acariciarlos, la familiaridad de un olor al que siempre volver y un regazo donde acurrucarse.

Odia ver a Jeremy rogando por un amor que él morirá por darle, pero por el que no puede arriesgarse a matarlo.

—Una vida a mi lado es demasiado arriesgada.  Jeremy, no importa cuánto llores, prefiero tu seguridad a evitar que hagas pucheros.

—Es mi vida y soy suficientemente adulto como para tomar decisiones sobre ella y sobre los riesgos a los que me quiero exponer o no. —reclama el otro, su voz suena endurecida, enfadada, y su abrazo alrededor de la cintura de Aidan se aprieta como si buscase castigarlo con el dolor de ser constreñido por brazos como sogas.

—Y también es mi vida y mi decisión y yo decido no exponerme al riesgo de asesinar a mi humano favorito. —dice Aidan, pero él responde con paciencia y delicadeza e incluso le acaricia la cabeza al chico.

El gesto logra deshacer la dura capa exterior que Jeremy había formado, erosiona su enfado y deja solo la blanda tristeza que habita en su núcleo, como un nervio expuesto. Con un hilillo de voz, pregunta:

—¿Vas a abandonarme de nuevo?

Aidan tuerce la boca de nuevo y frunce el ceño porque, maldita sea, odia esa palabra. Abandonar. El conoce el sabor de la crueldad, su tono dulzón y ácido a la vez, como si te mordiese la lengua de vuelta cuando la pruebas, conoce su tacto entre sus manos, su sensación tensa flotando el aire. Y sabe, así tan bien como sabe ser cruel, que él no está abandonando a Jeremy, que él jamás haría algo tan cruel con él.

Que está dejándolo ir. 

No, que algo superior a él, algo contra lo que no puede luchar porque está dentro suyo y el tejido del que su alma está compuesto, le está arrancando a Jeremy de las manos.

—¿Crees que a mí no me duele? —espeta, de nuevo su voz suena ácida, como un mordisco y Jeremy endurece su rostro tan pronto el vampiro hace lo mismo con su tono.

El muchacho le suelta, como castigándolo con la tortura de no darle ni un segundo más del regalo de su tacto, y lo mira con un cruel sarcasmo en los ojos.

—No lo suficiente si serías capaz de hacerlo dos veces ¿Para qué has venido siquiera si vas a largarte de todos modos?

Aidan da un paso atrás aturdido por la labilidad de las emociones de Jeremy, que fácilmente pasan de la blandura y la liquidez de una tristeza lacrimógena a la dureza y punzante superficie de los dientes del lobo de la ira. Siente que el chico es un cambia cuerpos que no se decide entre el can hambriento de venganza y el corderito desvalido en busca de un hogar. Aidan no sabe si debe consolarlo… o contraatacar.

Aprieta los puños. Respira hondo. Y trata de sonar neutral:

—Necesitabas el dinero y no quería que siguieras haciendo cosas peligrosas como prostituirte. No tenía intención de… de esto. 

Jeremy suelta una risa corta y cruel, como un chasquido. El corto sonido logra comunicar a Aidan una desconfianza respecto a sus palabras que lo incomoda tanto que desearía desaparecer en ese momento, pero todo empeora cuando el muchacho anda hacia la cama con sonoros y enfadados pasos, toma el sobre lleno de dinero, abre la ventana y lo arroja por esta.

Aidan quiere replicarle algo, quizá preguntar si se ha vuelto completamente loco, pero el chico vuelve la cabeza hacia él como un latigazo y lo mira con severidad.

—Seguiré haciéndolo —se pavonea y en su tono hay algo increíblemente infantil, un desafío y una rebeldía que hacen a Aidan sentir que trata con un crío descabellado, pero algo increíblemente peligroso también, pues no deja de ser una amenaza. Y Jeremy no amenaza a Aidan, sino a alguien que sí es frágil: a sí mismo —. Si cada vez que haga una idiotez vas a venir, entonces seré un completo idiota.

Aidan riza su labio superior en un faunesco gesto de fastidio.

—Lo estás siendo ahora definitiv- ¿A dónde vas? —pregunta, anonadado cuando el chico solo ignora su tono grave y dominante y abre la puerta del hotel, todavía vestido en un diminuto pijama que prácticamente trasparente todas sus intimidades.

Jeremy le mira malicioso y astuto como un zorro, le guiña un ojo y responde:

—A buscar más clientes. Sal de la cama —y hace un gesto con su mano, como espantando a un animal —, voy a necesitarla.

Aidan lleva un buen rato haciendo increíbles esfuerzos por no ceder ante las provocaciones de su taimado humano y, hasta ahora, él cree haberlo hecho bastante bien, así que se dice que solo debe aguantar un poco más y que seguro que puede hacerlo si cierra los ojos, respira hondo e imagina cosas bonitas como gatitos o perritos en vez de a él encadenando a Jeremy a su jodida cama mientras lo fuerza a ver cómo le arranca la piel del cuerpo a todos y cada uno de los hombres a los que ha dejado tocarlo de formas que solo él debería tener reservadas.

Pero la paciencia de Aidan tiene un límite.

Y Jeremy no solo cruza, sino que escupe en ese jodido límite cuando, tras cerrar sus ojos y respirar hondo por varios minutos, oye a Jeremy, ya en la calle, siendo piropeado por dos hombres que se acercan a él con cosas en su cabeza por las que Aidan quiere asesinarlos. El vampiro mira por la ventana y ve al chico en sus diminutas prendas que resaltan en su piel morena y parecen hacer juego a su cabello y sus ojitos angelicales. Ve como contonea sus caderas y parpadea coquetamente mientas uno de los hombres le toma de la cintura y el otro le acaricia el cabello como a un muñequito.

Ve como Jeremy se voltea hacia la ventana y sonríe al comprobar que él lo está mirando. Y que lo está mirando de ese modo.

En un parpadeo, el vampiro desaparece de la ventana. Por un segundo Jeremy teme no volver a verlo, pero cuando nota la rigidez en las manos extrañas que antes paseaban suavemente por su cuerpo sabe lo que ha causado esa tensión. Y sabe que eso mismo está imponentemente parado frente a esos dos hombres, mirándolos con ojos rojos y voraces colmillos asomando entre sus fauces.

—Espero que te hayas divertido con tus pequeños juegos, Jeremy, porque voy a matar a estos hombres. Tú decides si será delante tuyo o si vas a portarte bien y no tengo que obligarte a ver de lo que soy capaz.

La sonrisa pilla de Jeremy desaparece junto a las manos en el cuerpo del muchacho. Los dos tipos se quedan pálidos como la cal y alzan sus manos mostrando sus palmas como queriendo demostrar su inocencia.

—N-no queríamos molestarle, no sabíamos q-

Aidan aparta sus intensos ojos rojos, hasta ahora clavados en Jeremy, y mira a los dos hombres a la cara. Primero a uno, con una expresión fría y calculadora, y luego al otro, sonriendo con una locura y un sadismo que logra hacer que ambos sean incapaces de hablar y que les cueste un arduo trabajo no desplomarse ahí mismo.

—Empezad a correr. Quizá si llegáis lejos, vivís unos minutos más. Quizá si me entretenéis con una persecución divertida sea más compasivo cuando termine vuestras patéticas vidas. 

Tan pronto lo ordena, los hombres siguen su consejo. Uno corre en cabeza y toma la manga de su amigo, que parece paralizado, obligándolo a seguir su marcha hasta que ambos se pierden al fondo del callejón. El resto de gente que había por los alrededores se disipan sin disimulo, murmurando sobre la presencia de Aidan y apresurándose a cerrar sus puertas y ventanas tan pronto se meten en sus casas.

Los ojos de Aidan brillan en la oscuridad como lunas de sangre y sus colmillos blancos y largos destacan en la negrura de la noche, haciéndole lucir como una enorme sombra de fauces monstruosas y mirada infernal.

Mira a Jeremy otra vez.

—No harás eso de nuevo. —dice con firmeza y el chico parece por fin reconocer el poder de su voz, pues se estremece bajo este y se encoge un poco, como haciéndose pequeñito ante la grandeza.

Jeremy quiere solo lloriquear y asentir, pedirle a Aidan que deje de estar enfadado, decirle que da mucho miedo cuando lo está. Pero en vez de eso solo susurra: 

—Entonces no me abandones.

<<Esa maldita palabra de nuevo. Esa palabra que me hace sentir culpable por irme incluso si me sentiría todavía más culpable por quedarme sabiendo lo que eso implica. Esa palabra que me hace sentir como si incluso mis más buenas decisiones estuviesen teñidas de dolor y sangre. Como si estuviese destinado a dañar todo lo que amo. Al fin y al cabo, todos los humanos a los que he besado han acabado con marcas de colmillos>>

—Estoy protegiéndote —explica desesperado. Aidan sigue teniendo las mejillas ensangrentadas por las lágrimas escarlata que ha derramado y pese a que la sangre se ha secado, teme bañarla con una cascada fresca otra vez. Romperse —. Casi te maté ¿Y si sucede de nuevo?

—¿Y si no? Y si pasa otra vez, está bien, casi me mataste, pero no lo hiciste. Puedes controlarte, sabes hacerlo, solo necesitas práctica ¿No es así? ¿O acaso es más fácil dejarme atrás que intentar trabajar duro para mantenerme a tu lado?

Aidan cierra los ojos despacio, sin resistirse a la sensación de sus lágrimas cayendo por las mejillas ni avergonzarse de ella tampoco. Irónicamente, se pregunta cuánto de Jeremy hay en esas lágrimas, se pregunta si llora ahora la sangre que le robó aquella noche, como si tratase de compensar la herida abierta que dejó en su cuello con la de su alma.

Le duele de una forma espantosa su pregunta, no porque le acuse de hallar más fácil alejarse que tratar de buscar una forma de que su cercanía no signifique muerte, sino porque sabe que, en el fondo, Jeremy no pregunta nada de eso.

Lo pregunta es si merece ser amado. Si merece el trabajo duro que supone querer a alguien frágil y que ya ha sido roto. Si puede ser querido a pesar de.

Y Aidan no puede sino llorar porque para él huir de Jeremy es su mayor muestra de amor, de que estaría dispuesto a renunciar al sentimiento más bonito que jamás ha experimentado solo para no romper la belleza, la delicadeza de su recipiente humano; pero para Jeremy la ausencia de Aidan es solo un doloroso silencio frente a la pregunta sobre si le quiere o no, sobre si alguien podría quererle algún día.

Así que Aidan intenta responder, incluso si sabe que sus palabras son más cortas que ese vasto silencio al que pretende condenar a su amante:

—Es mil veces más duro alejarme de ti, Jeremy, que ponerle un bozal a mis instintos, pero sería millones de veces más duro perderte para siempre. Te amo tanto, Jeremy, que por ti renunciaría a lo más preciado que tengo.

Jeremy se rompe igual que Aidan, solo que sus lágrimas no tienen ninguna clase de oscuridad, no manchan sus mejillas, no dejan tras de sí un camino de sangre, sino que se perlan en sus pestañas y en la piel enrojecida de su carita como gotitas de cristal, pequeños pedacitos de un cielo hecho añicos que se espolvorea sobre el rostro perfecto de sus tristes ángeles.

Jeremy vuelve a abrazar a Aidan, ahora no apretándolo como para impedir que se vaya, sino con una ternura que lo invita a quedarse.

—Entonces haz lo que te pido, por favor, por favor…

Aidan suspira y acaricia su cabeza. Sus mechones blancos se deslizan por sus dedos como la tela más fina y suave que sus manos han tocado nunca y la forma en que el chico apoya su rostro cálido contra su pecho le hace sentir que cuando él no está ahí, con él, encajando de ese modo tan perfecto y precioso, tiene un hueco en el pecho con la forma de Jeremy, un hueco abierto y vacío y sangrante. Un hueco sin corazón.

Se fija en cada pequeño detalle de su ángel como si se tratase de una visión que debe grabar en sus retinas porque su memoria o es suficientemente poderosa para conservar su belleza. Se fija en los ojitos brillantes de cachorro, en la forma en que la luna llena se refleja como una moneda de plata en la oscuridad de su pupila grande, contenida por el hermoso anillo aguamarina del iris, se fija en que alguna de sus pestañas es blanca y otras más bien grises, se fija en cómo sus labios rojos empiezan a verse un poco morados mientras de ellos sale vaho blanco como un humo dulce, demasiado cálido para mezclarse con la frialdad cortante del aire de esa noche. Se fija en la manera en que tiembla y en el leve sonido del castañeo de sus dientes, en el color rosado de sus uñas, de la piel bajo estas, en que está un poco menos moreno que de costumbre, casi pálido.

—Hace mucho frío para que estés afuera así —comenta distraídamente, incapaz de pensar en qué hacer con ese chico —. Vamos, te acompañaré de vuelta al hotel.

Jeremy refunfuña como un niño y restriega su carita llorosa contra la camisa del vampiro en una negación.

—No me gusta ¿Puedo volver a tu habitación, a tu cama? Solo por una noche, por favor. —dice eso último con voz soñadora, somnolienta. Sus ojeras son tan grandes y violáceas… los moratones que una vida dura le ha dejado tras asestarle varios golpes. Su cuerpo empieza a apoyarse en el suyo tantísimo… Jeremy está agotado y Aidan se siente incapaz de decirle que no, de despertarlo de la calma de su necesitado sueño.

Así que lo alza entre sus brazos, acunándolo con dulzura. Besa su frente y responde:

—Solo por esta noche.

Piensa que se arrepentirá profundamente de sus palabras, pero tan pronto Jeremy le responde con la más dulce de sus sonrisas, Aidan sabe que se arrepiente tanto como se alegra. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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