Capítulo 2: Cempasúchil

 

Alguien llama a la puerta y Kei quiere pensar que es Daren, que ha vuelto para disculparse y decirle que le ama, pero no le queda ya inocencia como para creer algo así.

Es medianoche.

Es el momento.

Los golpes en la puerta se intensifican, incluso si Kei solo lleva un par de segundos paralizado, preparándose para abrir. Ahora los porrazos son tan fuertes que Kei puede ver un poco de polvo caer desde el techo y una grieta formándose en la puerta de madera maciza.

Si antes le quedaba alguna mínima duda sobre quién había al otro lado, ahora ya tiene más que claro que no es Daren.

—¡A-ahora mismo abro, solo necesito un segundo, por favor! —grita Kei y su voz sale más temblorosa y a trompicones de lo que habría querido, pero logra lo que deseaba: los golpes se detienen y al otro lado de la puerta se escucha una especie de gruñido molesto.

Kei toma su bolsa de viaje, se la cuelga sobre un hombro y se apoya en el buró al lado de la cama para ponerse en pie. Las piernas le tiemblan tantísimo que se siente como si sus huesos fuesen de gelatina, así que le toma un buen rato obtener suficiente equilibrio como para quedarse de pie sin apoyarse en nada.

Anda hacia la puerta con pasos pequeñitos y cautelosos y una mano sobre su corazón.

—Cálmate, cálmate. —susurra, acariciándose el lado izquierdo del pecho con pequeños círculos, imitando el mismo gesto con el que su madre lo mimaba en las noches en que más berrinches tenía.

Cuando Kei toma el pomo de la puerta y la abre de golpe, un jadeo escapa de sus labios y todos sus esfuerzos se van al traste: se cae al suelo de culo y su corazón late desbocado, como un pajarito aterrorizado revoloteando hasta darse contra los barrotes de su jaula.

Kei sabía que no iba a hallar a ningún humano detrás de la puerta, pero aun así, la visión de los dos esbirros lo deja helado: ambos hijos del diablo son varones, unos muy grandes, más que cualquier hombre que Kei haya visto; son bestias que rozan los dos metros, con una piel tan blanca que parece resplandecer en la oscuridad como la luz de la luna, los ojos completamente negros, las bocas llenas de dientes serrados como los de un tiburón y las puntas de los dedos ennegrecidas allí donde estos se transforman en garras como los picos de los cuervos. Ambos seres son delgados, pero sus cuerpos no lucen en absoluto débiles, sino que son pura musculatura y una muy desarrollada. A través de la piel, Kei puede ver sus fibras musculares temblando y tensándose cuando lo ven e inhalan, sus feromonas asustadas empapando el aire; puede ver sus venas descollando, violetas, sobre la piel color nieve y, en algunos momentos, estas parecen volverse negras, como si transportasen veneno en ellas.

Uno de los esbirros tiene el cabello corto y negro, ojos pequeños e insidiosos y la nariz recta de un aristócrata, mientras que el otro va rapado a cepillo y su rostro está lleno de marcas y cicatrices; particularidades que le recuerdan a Kei que esos seres debieron lucir como personas normales cuando aún eran humanos, en lugares de cadáveres andantes.

Aun así, Kei sabe que esas escalofriantes criaturas serán lo más cercano a otro humano que va a ver de ahora en adelante, hasta el momento en que muera.

—Levántate. —ordena el de pelo corto, con la voz como un trueno.

Se estremece al oírla y su corazón da un vuelco. Ambos hombres, ante su miedo, tiemblan de deseo: el músculo de la mandíbula se le marca a uno mientras la aprieta, pero el otro la relaja, abriendo la boca y lamiéndose la hilera de dientes afilados con una lengua negra y brillante como el alquitrán.

Kei se alerta viendo esa reacción y trata de tapar su cuello sutilmente con una mano mientras usa la otra para apoyarse y levantarse. Ha oído hablar de eso: los humanos desprenden feromonas que solo las criaturas del infierno pueden oler y, hasta ahora, no había reparado en lo aterrador que le resulta que puedan sentir su pavor.

Kei se pone en pie y se muestra cabizbajo, manso. No quiere enfadarlos.

—¿Y esto? —pregunta uno de los esbirros, el que se relamía y tiene el pelo negro, tirando un poco de su bolsa de viaje como si fuese un juguete.

Kei tiene que centrarse mucho para hablar sin que le salga un sollozo.

—S-son mis pertenencias, p-puedo llevarlas, ¿verdad? Es poca cosa.

El esbirro ríe como si acabase de decir la cosa más divertida del mundo y Kei se encoge un poco más. A su lado, esos hombres parecen enormes torres que le hacen sombra.

—¿Pertenencias? Cuando llegues a las manos de nuestro amo no tendrás siquiera la ropa que llevas puesta. Pero, de acuerdo, trae lo que quieras. Así podremos divertirnos repartiendo tus cosas cuando el amo haya acabado contigo.

Kei traga saliva y tiene la vista borrosa. Varias lágrimas le caen sobre los zapatos y no puede dejar de temblar y jadear del puro terror. Le ha quedado claro que esas criaturas son crueles como el infierno mismo, no habría esperanza alguna aunque les rogase que lo dejasen marchar, así que, como no tiene ya nada que perder, saca coraje de donde no lo había y se aventura a hacer una pregunta:

—D-disculpen, no quiero ser molesto y juro que no pretendo oponer resistencia. A-Acepto mi destino, lo prometo, pero ¿podemos esperar solo unos minutos? Necesito despedirme de alguien. Por favor.

Kei se siente estúpido. Daren sabe que es medianoche, que ahora se lo están llevando, si no vuelve a despedirse de él, es porque no quiere, pero aun así Kei se dice que ¿Y si Daren está intentando volver para darle un último adiós y sencillamente llega un minuto o dos tarde porque algo ha pasado? Necesita creer que esa es la verdad.

Los esbirros, sin embargo, no ríen ante su adorable e ingenua petición. Lo miran serios y el del cabello corto lo agarra del brazo tan fuerte que Kei grita y si no cae al suelo de nuevo no es porque las piernas no le hayan fallado, sino porque el monstruo es tan fuerte que podría alzarlo con una sola mano.

—¿La comida de nuestro amo quiere hacerle esperar? Parece que está rogando por una muerte horrible. —gruñe el que lo ha atrapado y sus dedos se clavan de una manera tan agónica que Kei no puede ni suplicar.

El chico solo abre la boca y los ojos tan grande como puede, sintiendo que su brazo está a punto de partirse, pero el otro monstruo le tapa la boca con su enorme mano, ahogando sus gritos.

El rostro del esbirro está tan cerca del suyo que puede ver pequeñas venas negras alrededor de sus ojos hinchándose cuando se enfada.

—Quizá eres masoquista, humano, pero nosotros no, así que no vamos a hacer esperar al amo. Ahora vas a seguirnos, a montarte en el caballo y a portarte bien durante todo el viaje. Asiente si lo has entendido.

Kei asiente como puede, temblando como una hoja en un huracán y empapando de lágrimas la mano de ese ser. El otro esbirro lo suelta y este se aleja, dándole las espaldas. Ambos se voltean hacia dos corceles negros, espectacularmente grandes y de brillante pelaje, con los ojos rojos y aterradores.

Kei respira apresurado y se seca las lágrimas de los ojos con un brazo. El otro no puede moverlo, le duele demasiado y alrededor de su bíceps tiene ya un moratón profundamente oscuro, con la forma exacta de los dedos de ese esbirro.

Si hubiese tardado un solo segundo más en obedecer, su hueso estaría roto.

Se acerca cautelosa y dócilmente a los dos esbirros y ambos ríen por lo bajo, pudiendo oler su profundo miedo. El corcel negro es tan grande que Kei no puede subirse a él porque no es capaz de saltar suficientemente alto y cuando Kei empieza a desesperarse, uno de los monstruos lo toma con desgaire y lo arroja encima del caballo. Kei debe clavar sus uñas en la piel dura del animal para no caerse de bruces al suelo. 

Una vez montado, se sube uno de los esbirros, el que se ha relamido antes y le ha agarrado el brazo con demasiada dureza. El otro, el callado, se sube al segundo caballo.

—Estate quieto. —le ordena el esbirro con el que comparte caballo y entonces se resitúa.

Kei está sentado delante del esbirro y su pequeña espalda choca contra su torso hecho de puro músculo. Siente que lo atrapa con su cuerpo y eso lo atemoriza y sabe que él lo nota, pues se inclina sobre su cuello, oliendo sus dulces feromonas, mientras susurra en su oído:

—Pon las manos detrás de la espalda o te rompo los brazos.

La amenaza es exagerada e innecesaria, sobre todo porque Kei está tan asustado que jamás se le ocurriría desobedecer, pero sabe que el esbirro sencillamente está siendo malo con él porque le gusta atormentarlo.

Mientras el esbirro ata sus manos a su espalda con demasiada fuerza, Kei se pregunta cómo será el Dios Hambriento si de él se dice que incluso sus esbirros lo temen por su poder y crueldad.

Cuando los poderosos corceles negros empiezan a galopar lejos del pueblo, en dirección a la alta colina donde el castillo del Dios Hambriento lo espera, Kei tiene miedo del silencio de la noche; lo teme, pues no quiere quedarse a solas con sus pensamientos y con su imaginación, pero cuando los esbirros empiezan a conversar, Kei reza porque el silencio vuelva.

—Qué bello es el camino cuando está despejado. Ni una sola sombra al acecho.

Kei tiene escalofríos. Las sombras son la razón por la que rara vez un humano sale de noche y por la que todos los pueblos que deseen sobrevivir necesitan un demonio poderoso que los proteja de los otros hijos del infierno que salen de noche y gustan de la carne humana. Las sombras emergen por la noche, en la oscuridad del bosque, y son seres de puro instinto, con solo la suficiente astucia para cazar de forma efectiva; no tienen la mente refinada y superior de un demonio, por eso no se puede razonar con ellos y también por eso, a pesar de que los demonios son más temibles y sus apetitos más sádicos y retorcidos, los mortales buscan en ellos cobijo a cambio de sacrificios.

Hasta ahora, Kei ha hallado esos tratos razonables, pero esta noche le parecen inhumanamente injustos.

—Nuestro señor ha hecho un trabajo impecable. ¿Le has visto luchar hoy? Yo sí he tenido ese placer y me he quedado paralizado, como un simple mortal, viendo lo letal que puede ser. Ha partido por la mitad a cinco sombras de las bien desarrolladas con un solo zarpazo y ha hecho estallar el cráneo de otra solo con la fuerza de sus mandíbulas. Me pregunto cómo ha podido lucir tan hermoso y elegante peleando con semejante brutalidad. Es admirable. 

El esbirro que habla es el mismo con el que Kei va a caballo y pese a que lo que describe le pone los pelos de punta, Kei no puede evitar sorprenderse porque el esbirro habla ahora con una calma que parece casi humana. Parece que de veras adora a su amo y lo describe con palabras llenas de afecto, casi como un mortal enamorado haría.

—Debe estar extenuado. —responde el otro, lacónico.

—Rara vez lo veo agotado después de luchar, a decir verdad, pero siempre, siempre, siempre está hambriento. —esas últimas palabras las sisea ominosamente acercándose al oído de Kei hasta que sus labios fríos le rozan el cartílago y el chico intenta no moverse y ser bueno, pero se le escapa un ruidito de angustia de la garganta.

Ya no queda, en la voz de ese ser, ni un atisbo de la humanidad que Kei había logrado vislumbrar unos instantes atrás. El otro esbirro, el que parecía más calmado y menos cruel, hace un gesto con su cabeza para señalar a Kei y con una sonrisa pícara en sus labios dice:

—¿Quieres apostar sobre cuánto le dura este criminal de poca monta?

Kei se encoge, no solo por la vileza de la pregunta, sino porque él no es un criminal, como los otros sacrificios, pero no tiene suficientes agallas para intentar defender su honor. De todos modos, para cuando la noche toque su fin, quedará tan mancillado como si lo hubiesen arrastrado por el barro.

—¿Qué nos apostamos? ¿La comida de hoy?

—Media ración solo.

—Hecho.

La sonrisa del otro se amplía enormemente y sus dientes serrados hacen a Kei bajar la cabeza con extrema docilidad mientras tiembla. Oír cómo apuestan sobre su muerte como si no fuese la gran cosa está empezando a marearlo, pero se esmera por no llorar ni vomitar.

—Es delgadito, débil y bajo. No tiene mucha sangre en el cuerpo ni mucha carne sobre el hueso, pero es obediente. Dos horas máximo.

Kei jadea del espanto. 

«Dos horas», piensa con ganas de gritar, por un lado, porque es muy poco tiempo, porque no está listo para morir; por otro lado, porque es demasiado tiempo para estar en manos de un demonio. Dos horas de tortura deben sentirse como una eternidad.

El demonio más cruel chasquea su lengua.

—Subestimas al amo. Su hambre de crueldad es más grande que su apetito por la carne y la sangre y, además, él es hábil y preciso. No se descontrola fácilmente y sabe cómo torturar a alguien por semanas sin que se muera. ¡Que se lo digan al último esbirro que le plantó cara! —espeta y ambos ríen fuerte y con ganas; Kei cree que va a desmayarse—. Este sacrificio es bonito, así que va a querer que le dure un buen tiempo. El último que le gustó aguantó seis noches.

Kei se estremece. Sin querer, sus manos luchan contra sus ataduras en acto reflejo, una pulsión primitiva que debe venir de la presa en su interior reconociendo la boca del lobo, pero solo logra hacerse daño en las muñecas y ponerse a llorar nerviosamente, jadeando como si se ahogase. 

«Seis días. Seis días de pura tortura. No puedo imaginarlo, no puedo experimentarlo. No quiero durar tanto, por favor».

Los esbirros lo ignoran.

—Sí, duró casi una semana… Pero era un hombre muy robusto, ¿recuerdas? Me llegaba por la nariz, debía medir un metro ochenta y cinco por lo menos. Ese era un plato completo, este —se voltea para echarle una mirada despectiva a Kei— apenas llega a aperitivo.

—Tienes razón. Entonces, yo digo que cinco horas. Es un muy buen tiempo para una bolsa de sangre de su tamaño.

—Sí, además el amo estará ansioso. Se rumorea que este es especial, ¿no lo sabías? Este es un inocente. —el esbirro de cabello negro se jacta al decir eso, riendo con ganas. El otro se queda extrañamente pensativo, con una mueca indescifrable surcándole el rostro.

Antes de subir al corcel, Kei había pasado la noche llorando y temblando de miedo al saber que esta será su última noche con vida. Ahora descubre que podría no serlo y que eso es mucho, mucho peor.

«Siempre he sabido que hay destinos peores que la muerte».

Y su destino se cierne sobre él con la forma de un enorme castillo de piedra, el mismo que desde toda la ciudad se puede ver perfectamente, alzándose orgulloso sobre la cima de la colina más alta y perforando las nubes y el cielo como si conquistar la tierra no fuese suficiente honor para el rey demonio.

Kei quiere chillar cuando tiene el castillo tan cerca que, al alzar la vista, no ve más que los colosales pórticos de entrada.

Los esbirros hacen a sus caballos ralentizar el paso y llegan a las grandes puertas trotando suavemente; los corceles negros se detienen, cada uno a un lado de la entrada, y los esbirros bajan de su lomo. El que está sentado junto a Kei lo empuja cruelmente para que el chico se caiga de bruces al suelo, sin poder prepararse para el impacto, pues tiene las manos atadas. Luego ríe y baja del corcel de un ágil salto, toma a Kei del brazo, poniendo sus dedos en el mismo lugar exacto donde le ha dejado un terrible hematoma y lo alza de un tirón violento, haciendo al chico retorcerse por el innecesario y cruel dolor.

—Avanza. —le ordena con un grito y cara de pocos amigos.

Kei realmente intenta hacerlo, pero sus piernas son de gelatina y todo su cuerpo está paralizado por el temor, así que el hombre lo conduce hacia la entrada a base de jalones que le dejan el brazo aún más amoratado.

La puerta que da acceso al castillo es alta como cinco esbirros uno encima de otro y tan robusta y maciza que Kei se pregunta con qué mecanismo pueden mover semejante mole. Se sorprende mucho al ver al esbirro del rostro lleno de cicatrices poner la mano en la puerta y abrirla empujando. Ni siquiera parece que esté esforzándose demasiado.

El chico tiembla ahora que es más consciente de lo que los dedos alrededor de su bíceps serían capaces de hacerle si lo enfadase de veras y, nuevamente, se pregunta: si un esbirro es tan ridículamente poderoso, ¿cómo de aterradora debe ser la criatura que lo ha creado?

Cuando entran en el palaciego salón, Kei no puede siquiera apreciar cómo luce el interior del castillo porque un enjambre de esbirros corretea hacia él, acelerados y atareados, murmurando mil cosas y ladrándose órdenes los unos a los otros.

El frenesí es tal que le arrancan a Kei de las manos al esbirro que lo ha traído y lo empujan afuera.

—¡Llegas tarde, patán, el amo estará furioso si nos retrasamos! —los escucha sisear.

—¡Ha sido un minuto como máximo! —responde el del rostro cicatrizado, cruzándose de brazos.

—¡Silencio, tenemos una faena que hacer!

Kei solo logra ver un suelo de piedra clara tan bruñido que brilla como el marfil y un techo altísimo del que pende una lámpara de araña que brilla como si bañase la habitación en oro. El resto de cosas son figuras imprecisas, y es que Kei se siente mareado mientras los esbirros se lo pasan, aún atado, de mano en mano mientras hablan con presteza o lo tocan, quitándole su bolsa de viaje (por lo que no tiene tiempo a protestar), retirándole su chaqueta y cortando delicadamente con garras afiladas su camisa hasta dejarle el torso desnudo. El esbirro del rostro repleto de cicatrices parece supervisar el proceso y dar alguna que otra orden.

—¡Es precioso! Le va a encantar. —dice una voz.

—Y lampiño, nos ahorramos tiempo si no tenemos que afeitarlo. Vamos bien. 

—Huele como recién bañado, eso nos ahorra más trabajo aún. Qué sacrificio tan complaciente. Mereces la piedad del amo, humano, si tuviese alguna.

Kei tiembla al escuchar esas palabras ronroneadas en su oído. Decenas de manos enormes, frías y fuertes como la del esbirro de antes lo tocan, lo acomodan en distintas posiciones y lo examinan como a un animal de corral. Puede sentir los ojos negros de las criaturas escrutarlo y la forma en que lo zarandean o lo empujan de aquí para allá, en que le agarran los brazos, el cuello, en que le tiran del pelo, lo estresa demasiado.

Quiere decirles que será bueno y obediente, pero que, por favor, sean gentiles con él.

—Esp-

Por desgracia, tan pronto como abre la boca, un esbirro empuja un pañuelo de seda roja dentro de sus labios; el chico intenta empujarlo fuera con su lengua, pero dos dedos grandes presionan hondo en su boca y Kei teme ser ahogado, así que se deja hacer y luego otras manos ponen otro pañuelo alrededor de su boca, amordazándolo y ahogando sus gritos y súplicas.

Kei siente el pañuelo de fuera rozando las comisuras de su boca tensamente hasta dejárselas rojas y el pañuelo de dentro de su boca ahogándolo. Debe hacer un esfuerzo muy consciente por respirar por la nariz, despacio, y por convencerse de que no está muriendo sofocado.

El esbirro de las cicatrices le pone otro pañuelo más, esta vez alrededor de los ojos. Por suerte, no aprieta demasiado.

Kei se siente tan indefenso y asustado que deja siquiera de ser capaz de sostenerse en pie y finalmente se rinde; a los esbirros eso parece resultarles muy conveniente, pues lo cargan y lo mueven como a un muñeco.

Kei nota que suben unas escaleras y luego, aunque no ve nada y le cuesta escuchar a los demás, pues su corazón le late fuerte en los oídos, logra entender lo que está pasando: lo están preparando ya para el Dios Hambriento.

Primero, lo desnudan sin siquiera detenerse a quitarle la ropa como es debido. Desgarran sus prendas usando las uñas mientras una mujer de voz fuerte e imponente les da regaños.

—¡Un solo arañazo y el amo os abrirá en canal! Id deprisa, pero sin descuidos.

Kei sabe que decenas de extraños están viéndolo desnudo y puede sentir sus manos sobre todo su cuerpo, ardiendo como si la humillación fuese un hierro caliente que lo marca por doquier. Intenta hacerse bolita para resguardarse un poco, pero un esbirro le tira del pelo y otro de las piernas para abrirlo a ellos, y la fuerza que aplican es tal que con eso basta para que Kei se entregue absolutamente y no luche ni una sola vez más.

El chico no protesta siquiera mientras lo untan con una deliciosa crema hidratante, solo llora desconsolado mientras siente las manos en sus hombros y en sus brazos, en su pecho, su vientre delgado, en sus piernas, en sus muslos, en su trasero, en su sexo… Kei siente risas burlonas cuando una mano untuosa le aprieta los testículos para hacerlo encogerse de miedo y otra más se desliza sobre la entrada entre sus nalgas, causando que el chico se arquee intentando huir de ese tacto.

Luego escucha un golpe, carne contra carne, y un fuerte estruendo.

—Basta de juegos, ¿me habéis oído? —es el esbirro de las cicatrices y Kei sabe que no está ahí para protegerlo, sino para asegurarse de que su amo recibe un sacrificio agradable, pero le agradece demasiado lo que acaba de hacer por él.

Unas manos agradables aplican un suave aceite en su cabello y lo peinan hasta que no quedan enredos, otras cortan sus uñas muy cortitas, pero sin hacerle daño, y le atan después los tobillos bien juntos para que no pueda hacer más que retorcerse.

—Está demasiado pálido. —dice una mujer, preocupada.

Kei suele tener en su cuerpo varias zonas teñidas por un sano color sonrosado y tildado de delicioso por cualquiera que tenga el placer de verlo desnudo, pero hoy el miedo le ha hecho quedarse blanco como el papel.

Los esbirros, sin embargo, fuerzan ese tono de vuelta en su cuerpo pellizcándole suavemente las mejillas hasta que enrojecen un poco bajo sus dedos. Luego, nota unas manos firmes pero cuidadosas sobre su cintura y cómo estas lo alzan y lo echan sobre un hombro.

A juzgar por el silencio que se forma, los preparativos han terminado y Kei está a punto de ser entregado. Por un instante, el chico echa en falta esas manos oprobiosas que lo tocaban, pues al menos sabe que ellas no tenían permitido excederse, pero las próximas manos que se posen sobre su piel tienen total derecho a destrozarlo.

El esbirro que lo lleva a cuestas anda de pronto con pasos cautelosos y su aliento se entrecorta mientras se detiene un segundo frente a los aposentos de su amo. Kei no puede ver nada, pero siente la tensión en el cuerpo musculoso de la criatura, así que entiende que está cada vez más cerca del altar en el que será sacrificado. 

Solo que no es ningún altar.

La habitación del demonio es enorme y, en medio de esta, como una isla nevada, destaca una enorme cama redonda de sábanas blancas de seda donde podrían dormir cómodamente diez humanos, rodeada por un dosel blanco y bordado que parece una cortina de nubes.

Kei no comprende dónde está hasta que es dejado sobre la superficie suave y mullida de las sábanas. Cuando cae en la cuenta de que está sobre una cama, sobre la cama de su Dios Hambriento, desnudo, atado, amordazado y con una venda sobre sus ojos, traga saliva.

El esbirro que lo ha dejado ahí alisa las arrugas de la cama después de depositarlo sobre esta y luego, con delicadeza, se inclina hacia el oído del chico y susurra:

—Si quieres que sea un poco menos despiadado de lo que podría ser, no te muevas y no grites. No hasta que él te lo ordene. No eres malvado, no mereces esta clase de muerte. Sé obediente y será mejor, lo prometo.

Kei reconoce esa voz, pero le cuesta un buen rato hacerlo: es el esbirro de las cicatrices, le ha costado identificar su voz pues ahora ya no es firme y marcial como la de un comandante. Le habla suave, compasivamente.

Luego se marcha con pisadas tan rápidas que da la sensación de que huye despavorido.

Al principio, la espera se le hace eterna a Kei, cada segundo alargándose inacabablemente mientras se pregunta cuándo pasará.

Cuando su destino lo alcanza finalmente, la espera le antoja entonces demasiado corta y daría lo que fuese por unos segundos más de soledad.

 


 

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