Kei
no logra escuchar la puerta abriéndose, ni cerrándose: el demonio es silencioso
como una sombra. Pero puede escuchar sus pasos lentos y deliberados y Kei sabe
que si lo hace es porque el demonio quiere ser escuchado, quiere verlo
tensándose y retorciéndose de temor desnudo, atado y vulnerable sobre su cama.
Los
pasos rodean el lecho, dando vueltas alrededor de este como un depredador que
sabe que tiene todo el tiempo del mundo para devorar a su presa y, por ello, se
toma unos largos minutos para examinarla. La mirada del demonio es tan ardiente
que, aunque Kei no pueda ver nada a través de la suave venda, puede sentirla
clavándose en su cuerpo, ardiendo sobre su piel expuesta: alfileres al rojo
vivo que lo atraviesan e inmovilizan como si fuese una mariposa siendo
viviseccionada.
Entonces
los pasos se detienen y el silencio se carga de tensión.
No
se atreve siquiera a respirar.
Jadea
cuando nota la cama hundirse bajo un peso que no puede sino pertenecer a una
criatura descomunalmente grande, mucho más que los gigantescos esbirros, y
comprende que el demonio se ha impacientado y ahora está gateando hacia él.
Se
queda tan quieto como puede, todos sus músculos rígidos como el alambre y el
corazón latiéndole en el pecho como un pajarito enloquecido que revolotea hasta
destrozarse las alas contra los barrotes de su jaula.
Siente
una enorme sombra engullir su cuerpo, un aliento ardiente derramándose sobre su
desnudez, erizándole la piel.
Y
luego la voz.
Oh, esa voz.
Tan
masculina, baja y ronca como el rugido de un animal hambriento o de la tormenta
que se aproxima. Una voz llena de fuerza y poder, tanto, que sin siquiera
alzarse atraviesa el cuerpo de Kei como una descarga eléctrica y lo hace
arquearse y jadear. Una voz como un latigazo, primero lame, suave, seductora,
hermosa, luego chasquea, sometiendo al chico con unas pocas palabras duras:
—Bienvenido
a tu fin, mi delicioso sacrificio. Creo que sabes lo que te depara, pero aun
así, déjame explicártelo y recrearme en cómo tu venda se empapa de lágrimas
mientras escuchas tu destino:
«Voy a enseñarte
lo que es la agonía, voy a romper de ti cualquier parte que piense que te hará
gritar agradablemente una y otra y otra y otra vez… Voy a arrebatarte todo lo
que uses para intentar resistirte y huir: te arrancaré las uñas, los dientes…
La lengua, si tratas de ser manipulador. Si no eres agradable para mi vista, te
desollaré la cara por hacerme perder mi tiempo mirándote; aunque creo que no
será necesario contigo.»
Una
risa juguetona escapa de la garganta del demonio y el sonido hace que Kei se
estremezca entero, sus muñecas y sus tobillos sangrando de tanto apretarse
contra las cuerdas. Cuando la criatura ríe, su voz es caliente y cruel.
Demasiado.
Antes
de seguir hablando, el ser acaricia el rostro de Kei y este queda paralizado.
Siente el dedo de su verdugo rozándole nimiamente la mejilla, como queriendo
ser delicado para no romperlo demasiado temprano, y solo puede pensar en una
sola cosa: «Es tan grande… tan grande…».
El
ser se mueve en la cama; Kei siente el peso cambiar un poco, el ambiente
tornarse más opresivo. De pronto, el aliento cálido y dulce de la bestia está
tan cerca de su rostro que se siente como una llama lamiéndoselo y él, en
respuesta, ladea su cara, ofreciéndose dócilmente porque está demasiado
aterrado.
«Está
tan cerca. Demasiado cerca. Demasiado grande. Demasiado peligroso».
Suaves
tiras del largo pelo caen rozando sus temblorosos hombros y una de sus
mejillas.
El
ser inhala cerca de su cuello, todavía acariciándole una mejilla de forma
juguetona, burlona, y prosigue:
—Voy
a enseñarte cómo se siente ser una presa, una cosa tan inferior que cabe entre
mis mandíbulas y está hecha solo para quebrarse entre ellas. ¿Imaginas cómo se
siente, insignificante humano, tú que comes carne y ni siquiera piensas en los
animales de corral muriendo para alimentarte? ¿Puedes imaginar lo desesperante
que va a sentirse cuando seas tú quien es consumido como nada más que un tierno
pedazo de carne?
«Te haré sentir
un miedo tan primitivo y atroz que serás reducido a un animal aterrado más. Voy
a ultrajarte de formas tan horribles, tan violentas, humillantes, íntimas… que
para cuando me haya aburrido de jugar con el cascarón vacío que tu cuerpo se
tornará y sea hora de hartarme de tu sangre y carne, me suplicarás que te mate.
La muerte no será ya una condena, sino piedad, pero yo… yo no soy
piadoso.
«Beberé de tu
sangre y devoraré tu carne mientras aún vives, tomando bocado a bocado, sorbo a
sorbo, despacio, para que puedas sentirlo todo. Te daré muerte, pero lo haré
tan despacio que la agonía extenderá tus últimos minutos hasta que se sientan
eternos.
«Eso es el
infierno. Y yo voy a dártelo esta noche.»
Kei
no puede hacer más que sollozar de puro terror y su demonio ríe, deleitado con
su sufrimiento. Cualquier súplica que hubiese imaginado, cualquier ingenioso
argumento que lleva horas pensando para convencer a la terrible bestia de que
le dé una muerte apacible… ahora no están. Han sido completamente borrados de
su cabeza y se ha quedado en blanco, pues en ella solo caben las ominosas
palabras del demonio.
El
demonio no parece querer decir ya nada más, así que empieza su diversión: toca
a Kei.
Son
solo las yemas de sus dedos y las puntas de sus afiladas garras y sencillamente
lo recorren de pies a cabeza con la delicadeza de una suave brisa, pero Kei
sabe que ese contacto poco tiene que ver con una caricia: es una amenaza.
La
mano del demonio empieza en su tobillo pequeño y delicado, causándole un leve
cosquilleo, y sigue, recorriendo sus delgadas piernas, arañando suavemente sus
tiernos muslos y perfilando su ingle. Kei tiene claro algo en ese momento: la
mano del demonio es tan grande que podría rodearle fácilmente un muslo. Quizá
dos.
Le
duelen las mandíbulas de tanto apretar la mordaza entre sus dientes. Le duele
el corazón de tan acelerado que late.
El
demonio sigue: ahora desliza sus yemas y sus uñas por sus lugares más íntimos.
Suelta un suspiro de pura satisfacción cuando sus manos gigantescas rozan los
testículos tiernos y el pene sonrosado del chico, hallando esa parte de su
presa increíblemente deliciosa y tentadora, especialmente cuando Kei enrojece y
se retuerce de incomodidad.
Pero
no se entretiene: sus dedos suben por su vientre delgado y levemente marcado y,
después, por su pecho raso y sus pezones sensibles y erectos, del mismo color
floral exquisito que destaca en sus genitales y contrasta con su piel nívea
como una cucharada de nata.
Su
garganta se mueve arriba y abajo cuando traga saliva y las garras acompañan el
movimiento acariciando su nuez. Luego su barbilla; se clavan un poco en esta,
obligándolo a subirla, a ponerse de cara al demonio que no puede ver y mostrar
su rostro claramente.
Sus
garras se quedan un segundo sobre su garganta, acariciando, jugando con la
tentación. Kei intenta respirar despacio, pero solo logra hiperventilar e
hipear.
Cada
lugar que esas manos tocan es un lugar que podrían hacer sangrar.
Las
garras del demonio delinean sus suaves labios enrojecidos por la mordaza y
empapados de saliva, recorren la curvita de su nariz respingona y siguen hasta
tocar la venda húmeda de lágrimas.
Mientras
su índice acaricia la venda, rozándole los párpados y el puente de la nariz,
dos manos lo estrechan con fuerza de la cintura, rodeándola tan fácilmente como
si fuese de juguete.
«¿Dos
manos más?», piensa Kei, terriblemente confundido.
Una
de las garras presiona con gran precisión: no lastima la piel de Kei, pero
corta fácilmente su venda, dejándole ver a su ángel de la muerte.
Kei
siente que su corazón se ha detenido un segundo.
Nunca
había visto o siquiera osado imaginar algo ni tan aterrador.
Ni
tan hermoso.
El
demonio no es solo grande: es enorme. Ocupa la cama cuán larga es y Kei está
seguro de que supera fácilmente la marca de los tres metros y su cuerpo… traga
saliva. Su cuerpo es inhumanamente fuerte, pero hay un detalle que destaca
sobre todos los demás: sus brazos. No se trata del hecho de que cada uno es tan
ancho y musculoso que es más grueso que el cuerpo mismo de Kei, sino del hecho
de que tiene cuatro brazos.
Con
una mano se apoya en la cama, con dos rodea su cintura diminuta hasta hacerla
desaparecer y con la otra sostiene los restos de la venda que acaba de romper
entre sus uñas afiladas y negras como sus cuernos.
Kei
sabe, al instante, que no podrá escapar jamás de esas manos que ahora lo
atrapan fácilmente.
El
demonio posee un cuerpo extremadamente musculoso, pero a diferencia de los
esbirros, no parece una criatura hecha de músculo y una fina capa de piel
encima, sino que tiene algo de grasa además y eso le da un aspecto pesado,
todavía más contundente: sus hombros son más redondos, sus bíceps más
sustanciales, los enormes pectorales sobresalen de manera sorprendente y en su
vientre no hay abdominales marcados, pero se puede ver una línea que divide
suavemente su barriga, así como su enorme espalda, tan amplia que los dorsales
se aprecian incluso si está de frente. Sus piernas son también impresionantes:
fibrosas, gruesas y cada una de ellas mucho más grande que Kei enterito.
Incapaz
de seguir observando esa magna anatomía hecha para vestir el alma de un cazador
insaciable, sube la vista buscando en su rostro algo menos feroz, más humano.
Ecos de una compasión que pueda despertar.
El
ser tiene la tez blanca como el mármol y un rostro que parece tallado por manos
llenas de talento y amor: una cara masculina, de mandíbula fuerte y mentón
afilado, con una sonrisa larga y roja como las cerezas y unos dientes rectos y
perfectos hasta que… Oh… el demonio amplía su sonrisa y Kei puede
observar dos particularidades: tiene hoyuelos. Y también tiene colmillos. Unos
colmillos tan largos como el índice de Kei y tan malditamente afilados; pero no
solo sus caninos son filosos: los dientes contiguos, pese a que no son largos,
también son puntiagudos y, en su mandíbula inferior, los caninos también acaban
en punta. Dientes hechos para desgarrar carne y romper huesos.
Kei
no puede seguir mirándolos, no sin imaginarlos destrozándolo.
Sube
su vista, hallando una nariz recta y aristocrática y luego sus ojos. Ojos
largos y rasgados, tan seductores como peligrosos, con el iris carmesí y la
pupila de gato, un arañazo negro y oscuro que, cuando conecta con la mirada de
Kei, tan llena de terror, se expande hasta casi ocupar todo el iris, pues el
demonio está realmente deleitado con la reacción de su presa, que tiembla bajo
él, inmóvil, y lo examina lentamente, porque necesita tomar la información poco
a poco para comprender la existencia de una criatura tan magnífica.
Kei
alza la vista, queriendo evitar esos ojos que parecen las puertas del infierno,
y entonces ve dos cejas finas y expresivas y lo que corona tan arrebatadora
visión: dos cuernos color ónix que se alzan orgullosos, cada uno rodeado por
una fina cadena de oro incrustada en diamantes y rubíes. La cadena queda
suelta, perdiéndose en la melena azabache de la criatura, de tal espesura y
longitud que lo cubre como una capa.
Kei
jadea y aparta la vista de inmediato, sabiendo que es una osadía imperdonable
mirar al demonio directamente, y al otro parece gustarle. Sonríe y sus orejas
largas y llenas de joyas se alzan con sorpresa, causando un tintineo.
—Bajando
la vista ante la presencia de tu amo. Tan obediente, pequeño sacrificio, sabes
perfectamente lo que te conviene. Pero eso no te salvará de mis peores
apetitos: amo atormentar a los que ya conocen su lugar.
Kei
apenas puede concentrarse en sus palabras, piensa en las garras, los cuernos,
los colmillos, las cuatro manos enormes, la mirada vulpina e incandescente.
El
demonio se apoya con otra de sus manos en la cama, sosteniendo la cintura de su
sacrificio ahora con una sola. La aprieta y lo atrae hacia él, levantándolo sin
dificultad para hundir su rostro en la finura del cuello que se le ofrece.
—Tu
miedo es delicioso…
Cuando
separa un poco su cara, mira al chico tan de cerca que su nariz roza la de Kei
y este no puede contenerse más: rompe a llorar, desesperado.
El
demonio lame una de sus mejillas, probando sus lágrimas. Su lengua es del color
de la brea y sus movimientos y longitud recuerdan a una serpiente, cuando toca
la piel de Kei, el pobre se deshace en violentos escalofríos.
—¿Ahora
te lamentas, criatura hipócrita? Si eres mi sacrificio, es porque has cometido
crímenes tan horribles como las penurias a las que te someteré esta noche.
¿Acaso no es lo justo que sufras en tus propias carnes lo que has provocado? La
única diferencia entre tú y yo, patético mortal, es que tú has elegido hacer el
mal y yo… yo no puedo escoger la naturaleza de mis deseos. Así que no deseo oír
quejas. Ahora tu boca solo me va a decir exactamente lo que quiero oír;
de lo contrario, te arrancaré la lengua de un bocado y será el primer pedazo de
ti que devore.
La
amenaza cala tan hondo en Kei que cuando el demonio lleva sus garras a su
mordaza, desea por un momento que no se la quite, pues teme desvariar del
miedo, perder el control de sus labios y su lengua y ponerse a suplicar
molestamente. No quiere enfadar al demonio, pero no puede pensar con claridad.
Aun
así, el ser desliza su larga uña y la tela se desgarra fácilmente. Luego, pinza
el pañuelo entre el índice y el pulgar y lo retira con delicadeza, desnudando y
liberando la boquita modesta de su presa: Kei tiene labios pequeños, en forma
de corazón y con el color del pétalo de una flor.
Con
sus afiladas garras, el demonio alcanza dentro de la boca de su presa y retira
poco a poco el pañuelo empapado de saliva de dentro mientras el humano mantiene
sus labios separados y sus súplicas sofocadas.
Se
le escapan los sollozos.
—Ahora
dime, sacrificio, ¿cuál es el crimen por el que te han traído a la boca del
lobo? —el ser utiliza un tono dulzón, lleno de burla y de travesura, pues solo
está jugando con su comida y no quiere asustarla demasiado poniéndose firme de
pronto.
—M-mi
señor, n-no he hecho nad-
Kei
no logra acabar de hablar; algo le rodea la garganta firmemente, pero las manos
del demonio no se han movido. Entonces lo ve: el demonio tiene una larga cola
escamosa, como el cuerpo de una oronda serpiente de varios metros y, ahora,
esta se enrosca alrededor de su garganta firmemente. Aun así, no aprieta
demasiado, no fuera a ser que rompiese el delicado cuellito de cisne de un
juguete tan hermoso demasiado pronto.
Entonces,
el demonio alza una de sus enormes manos y lo abofetea dos veces. Una con la
palma, la otra con el dorso. El movimiento es rápido y grácil, indicando que no
ha hecho uso ni de un poco de fuerza; más bien han sido unos golpecitos de
advertencia que ha dado dejando caer el mero peso de su mano.
Aun
así, en la cara del chico se sienten dos duros impactos y hasta se marea y
tiene sangre en los labios de morderse las mejillas.
—Ah,
ah, ah. Nada de tratar de embaucarme. Te lo había advertido. ¿Acaso no lo he
hecho? Una lástima, parecías obediente, pero ahora tengo que aleccionarte
cuando podrías sencillamente haber sido sincero desde el inicio.
El
chico nota la cola con más fuerza en su cuello y la hermosa mano que lo ha
golpeado cambia de repente, sus venas más marcadas, sus uñas más largas, los
músculos creciendo.
Algo
terrible está por pasar, así que Kei se permite hacer algo arriesgado:
—¡M-Mi
señor, no sería tan estúpido de mentirle! Estoy esmerándome en no resistirme
para no despertar su ira; si sé controlar mi cuerpo, ¿por qué dejaría que mi
lengua cometiese la imprudencia de intentar engañar a una criatura mil veces
más astuta que yo? Por favor, te-tenga piedad. Óigame.
Kei
jadea desesperadamente después de lanzar su ruego al aire y la bestia lo mira
impasible, con ojos carmesí tan fríos y hambrientos que podrían destrozarlo. Un
sonido entre un suspiro y un gruñido bajo escapa de su garganta y el demonio
baja su mano, que ahora luce menos monstruosa.
—Te
daré una oportunidad para explicarte.
Kei
se siente afortunado, incluso si está en el infierno: jamás, en toda su
vida ha escuchado de un solo demonio con suficiente misericordia como para ser
paciente y escuchar a un humano.
Esto
es un maldito milagro y no piensa desperdiciarlo, así que, aunque muere de
nervios, trata de explicarse lo mejor que puede:
—M-Mi
señor, verá, n-no quedaban criminales pa-para su sacrificio en la ciudad, a-así
que han escogido a un… a mí, a u-un ciudadano inocente al azar, p-por favor, si
le pregunta al alcalde, él lo-lo confirmará, pensé que usted lo sabría, q-que…
El
demonio alza una de sus grandes manos de pronto, exigiendo silencio, y Kei baja
su cabeza dócilmente, mordisqueándose los labios.
El
ser lleva haciendo esto muchos años: escuchando los latidos de los humanos para
averiguar si son honestos o mentirosos y, esta noche, el corazón de su
sacrificio no suena engañoso en absoluto.
Suena,
tal como el chico ha dicho, inocente.
«Oh,
no, pobre de ti…».
Sus
instintos se avivan, la boca salivando ante la vista de un bocado tan dulce,
sus colmillos duelen por hundirse en carne tan suave y su alma corrupta exige,
por fin, su alimento favorito, el que fue creada para consumir: un
sacrificio inocente.
Pero
aunque su apetito abra las fauces enormemente, su corazón (monstruoso, pero aun
así un corazón) se ablanda.
«Es
inocente».
Su
cola se desliza suavemente fuera del cuello del chico, que respira dando
grandes bocanadas de aire, agradeciendo entre jadeos en cada una. Le ha dejado
el patrón de sus escamas impreso en la garganta.
«Es
inocente y por ello más delicioso, pero menos merecedor de mis horribles
apetitos. Este vil hambre que he heredado de un monstruo al que me niego a
parecerme».
El
monstruo lo mira con ojos ardientes, pues una batalla sangrienta se libra en
ellos.
Quiere
hacerle sufrir tanto como sabe que no debería. Nunca ha negado sus monstruosos
apetitos, al contrario, los complace cada luna llena, mimándolos como si fueran
simples cachorros famélicos, dándoles todo cuanto desean sin importar lo atroz
que sean sus demandas. Pero siempre los sacia bajo una condición: que
sea con el sufrimiento de humanos con almas más atroces que la suya.
Y
ese chico es inocente. Debe ser fuerte, resistir su hambre, luchar contra la
tentación. O no será ni un poquito mejor que las escorias que mueren entre sus
fauces bajo el nombre de la justicia.
—Un
inocente… —susurra fascinado y mirándolo con grandes ojos, pero en su voz
también hay cierta aflicción.
Como
si fuese la primera vez que encuentra a una criatura como Kei y pensase que
puede haber peligro en ello. Suspira, pesaroso, pero lleno de una extraña
emoción que revolotea en su estómago vacío y que quiere ser llenado de carne
humana.
El
demonio se acomoda en la cama, tumbándose sobre el chico para inmovilizarlo
bajo el peso de su cuerpo y mirándolo con curiosidad. Se apoya en la cama con
dos brazos, con otro se rasca la sien, pensativo, y con el último toma mechones
del cabello rojizo del humano para juguetear con ellos.
—¿Qué
debería hacer contigo, eh, pequeña presa que no he pedido? Soy un demonio, sí,
pero hallo placer en ser uno… castigador. Y tú no has cometido un crimen que te
merezca tal castigo. —su voz sigue siendo terriblemente viril e intimidante,
pero ahora el demonio suena más tranquilo, algo decepcionado.
Eso
permite que el humano bajo él se relaje un poco. Aún le arden las mejillas por
el bofetón y el cuello le pulsa de dolor, pero el ser no parece ya dispuesto a
colmar sus sádicos deseos con él, más bien parece curioso. Una curiosidad
inocente: como la de un gato que ve a una mariposa por primera vez y sin querer
la deshace entre sus zarpas.
—Aun
así, no está en mi naturaleza ser compasivo y menos cuando estoy hambriento
—continúa, oscureciendo su tono y mirando a Kei con ojos infernales—. Eres mi
sacrificio, así que hoy vas a perecer entre mis garras, la pregunta es ¿cómo?
Kei
tiembla de nuevo y no se atreve a suplicar por una muerte rápida. Sabe que ha
sido afortunado antes al hablar sin permiso y no ser despedazado, así que no
piensa tentar a la suerte de nuevo. Solo cierra sus ojos y reza en su fuero
interno, aunque no le reza a Dios, pues abandonó a la humanidad hace mucho,
sino que le reza al demonio que tiene delante.
—Lo
haré sin hacerte sufrir demasiado —dice finalmente con tono solemne—. Deseo
saborearte despacio, pequeño, pero también deseo ser justo. Te devoraré, al fin
y al cabo, eres mi sacrificio, pero lo haré rápido, al fin y al cabo, mereces
una muerte humana.
Por
un momento, Kei piensa que ese demonio solo está jugando con él, mintiéndole
para luego poder romper sus ilusiones y deleitarse con el sabor de la
desesperación, pero entonces nota en el rostro del otro molestia. Tiene el ceño
fruncido, los dientes apretados. Realmente está frustrado porque no va a
torturarlo como había planeado.
Kei
está atónito por ver lo que creyó y siempre se le dijo que era imposible: un
demonio luchando contra sus deseos. Conteniéndose. No porque los demonios no
puedan, sino porque no quieren. ¿Para qué detenerse cuando se alimentan
si los gritos de agonía y el sufrimiento de los humanos no les causan lástima,
sino excitación? Su inocencia debería ser un incentivo para que el demonio lo
desgarrase con los dientes, no un impedimento.
No
entiende nada.
Hasta
que recuerda que además de los demonios forjados por las mismísimas llamas del
infierno, existen también aquellos que una vez fueron mortales.
De
esos se dice que conservan su humanidad, pero por poco tiempo, pues pronto la
ahogan en placeres y se rinden al éxtasis con el que su sangre demoníaca los
embriaga y soborna. Si el poder corrompe el alma humana, la inmortalidad la
pudre hasta la irreconocibilidad.
«Esta
es la máxima suerte que podría haber tenido en una situación tan desdichada: un
demonio joven que aún conserva su humanidad. La perderá pronto, pero rezo
porque no esta noche. Así quizá tengo una muerte rápida.»
—Gracias,
oh, mi señor, g-gracias, muchas gracias por su compasión, d-de verdad… —Kei
sabe que debería guardar silencio, pero está tan aliviado que sus labios se
mueven solos.
Ha
sido una noche tan dura: ser condenado, ser rechazado y abandonado por su
amante y, ahora, en el momento en que debería hallar tortura, solo halla
consuelo. Una misericordia que nadie ha tenido con él en años.
El
demonio recoge un mechón de sus desordenados cabellos tras su oído con una
tierna caricia y se acerca a este para susurrarle:
—La
noche es larga y yo acabaré contigo deprisa, tienes permitido llorar un poco
antes de que te devore, si lo necesitas.
Kei
se deshace en lágrimas de alivio y terror al mismo tiempo. No puede creer que
vaya a morir hoy y no puede creer, tampoco, que la muerte sea tan gentil.
—Muchas
gracias, mi señor, muchas gracias… N-necesito unos minutos, estoy tan asustado,
n-no quiero morir, sé que lo haré, que es mi destino, ja-jamás se me ocurriría
tratar de defenderme, jamás le haría enfurecer, es solo… —un sollozo se quiebra
en su garganta y su voz sale tan débil, tan rota y ahogada, que el demonio
decide dejarlo hablar, pues realmente parece necesitarlo—. S-sé que me estoy
sacrificando para mantener al pueblo seguro y q-que estoy muriendo por un bien
mayor y debería sentirme honrado de que mi vida por fin sirva para algo, pero…
aun así, estoy aterrado. T-tengo miedo, sobre todo de que duela, gracias por
asegurarme que será rápido. M-me ha dado piedad, mi señor, y aun así estoy tan
asustado, mil disculpas, no quiero ser desagradecido.
El
demonio coloca una garra en la barbilla del chico, haciéndole alzar el rostro.
Como Kei sabe que no debe mirarle a los ojos, mira su boca en su lugar y siente
escalofríos observando los enormes y afilados dientes mientras habla y se
relame:
—No
hay vergüenza alguna en temerme. Es lo que debe hacer cualquier hombre que no
sea un necio. Además, tu miedo tiene un aroma dulce que me complace más que la
sangre de muchos sacrificios anteriores, tan mediocres e insulsos. Tú, en
comparación, eres un manjar.
Mientras
habla, el vampiro le acaricia la mejilla con otra mano, secando sus lágrimas.
La garra que lo hace mirar hacia arriba se clava en su carne de manera cruel,
dominante, pero la mano en su mejilla y la otra, la que juega con su pelo
creando pequeñas ondas, son tan tiernas… Kei se siente confundido y débil.
Y
quizá es por culpa de esos amables gestos que el chico se siente
suficientemente confiado como para hablar de más.
—M-mi
señor, no querría ser pedigüeño, pero ¿c-cree que podría pedir una última cosa
más? ¿Una pequeña?
El
demonio frunce el ceño y sus ojos brillan, pero de pronto su expresión llena de
ira se suaviza y de pronto luce más bien curioso.
—Habla.
—ordena y Kei obedece al instante:
—¿Cree
que p-podría ser desatado, por favor?
Una
carcajada cruel es su respuesta y el chico se encoge al ver al ser abrir su
boca para reír. Sus caninos afilados relucen y su lengua oscura le hace
estremecer.
—Podrías
luchar con todas tus fuerzas, humano, y yo podría someterte con una sola mano
—habla despacio, explicándoselo como si fuese un niño pequeño que necesita
entender, y al mismo tiempo que habla con cuidado y que mima su cabello, el
demonio le rodea el cuello con una sola mano, como queriendo hacerle una
demostración. No aprieta, pero su agarre firme es suficiente para que Kei quede
totalmente dócil y maleable—. No te servirá de nada, más que para ser
consciente de lo indefenso que estás. No te hará ningún bien.
El
demonio retira su mano, volviendo a apoyarla en la cama, y Kei, que no entiende
de dónde ha sacado tanto valor esta noche, le responde con un tono quedo y muy
respetuoso.
—L-Le
prometo que no soy tan estúpido como otros de sus sacrificios deben haber sido,
soy consciente de que no tengo ninguna oportunidad contra usted, es solo…
duelen… las cuerdas y me hacen sentir aún más nervioso. P-por eso lo decía.
N-no quiero que piense que insulto su inteligencia pretendiendo engañarlo o
algo así.
El
demonio alza sus cejas y Kei escucha el tintineo que las cadenitas y los aros
de oro hacen cuando las orejas puntiagudas del demonio se levantan con
sorpresa. Su respuesta parece haber agradado al ser, pues se separa de su
cuerpo poco a poco, quedando arrodillado en la cama frente a él y dice:
—Te
has ganado que sea compasivo contigo, pues has sido obediente hasta ahora, pero
espero que tu docilidad continúe. Si no, puede que no seas un criminal, pero te
torturaré como a uno: no admito ni la más mínima muestra de desobediencia.
Puedo hacerte pagar el más pequeño error con la más horrible de las agonías,
¿entiendes?
El
ser luce enorme e intimidante de rodillas en medio de la cama, con sus cuatro
brazos cruzados, unos sobre su abultado e irreal pecho, los otros un poco más
abajo, en la parte alta de su abdomen.
—S-sí,
señor. Gracias, señor. —responde el chico, complaciente.
Luego
tiene que cerrar los ojos porque le aterra demasiado ver cómo el demonio rodea
sus dos tobillos con una sola mano y corta la cuerda con rápido movimiento de
muñeca, deslizando una de sus garras con precisión quirúrgica. Hace lo mismo en
sus muñecas y, para cuando ha terminado, Kei está tan nervioso que solo logra
agradecer muy bajito, casi sin aliento.
Su
corazón va muy rápido y se lleva las manos a las muñecas y a los tobillos,
rozándose la piel tierna y enrojecida de esos lugares. Se incorpora un poco,
sentándose en la cama, aunque lo hace despacio en extremo, porque no está
seguro de si tiene permiso para cambiar de posición.
El
demonio no le dice nada, solo lo observa mientras él se toca las zonas heridas
de su cuerpo y sutilmente cubre sus genitales desnudos con un poco de las
sábanas brillantes.
—Dame
una de tus manos. —ordena el demonio, extendiendo la suya con la palma hacia
arriba.
El
gesto le parece tan caballeroso a Kei que, incluso si sabe que posiblemente
vaya a ser herido, enrojece un poco mientras obedece. Extiende su mano
bocabajo, posando sus dedos sobre la palma del demonio y, al hacerlo, la
diferencia entre sus tamaños se hace tan evidente… Kei apenas podría rodear un
par de dedos del ser con toda su mano.
La
criatura toma la mano de Kei como un hombre lo haría con la mano de una dama
antes de besarle el dorso. De hecho, parece que el demonio va a hacer eso, pues
acerca los nudillos del chico hacia sus labios y Kei mira la escena
hipnotizado, con el rostro ardiéndole.
Baja
sus ojos de inmediato cuando estos coinciden con los rubíes de su amo. Luego,
nota los labios gruesos, ardientes y tiernos del devorador de hombres sobre sus
nudillos, rozándolos en un tacto deliciosamente gentil.
El
demonio habla, moviendo su boca contra la piel de Kei y el chico tiene serios
problemas para escucharlo, pues se siente abrumado por la sensación de los
húmedos labios abriéndose y cerrándose sobre sus nudillos, ardientes como el
infierno, pero interrumpidos por un pinchazo de frío cuando su dermis es rozada
ocasionalmente por los afilados dientes.
—Voy
a probar tu sangre antes de matarte. Si me complace su sabor, te morderé y la
beberé hasta que pierdas el conocimiento. Te comeré entonces, mientras tu carne
sigue caliente, pero tú ya no puedes sentir dolor. Ahora, sé obediente y no te
muevas.
Kei
siente un terrible nudo en el estómago.
La
voz del demonio es suave.
Los
labios del demonio son suaves.
Pero
sus palabras son tan espantosas… Una pesadilla envuelta en seda. El demonio
habla de comérselo y Kei lo sabe desde que ha sido seleccionado como
sacrificio, que no va a tener un final bonito, que será nada más que un cordero
despedazado entre las mandíbulas de un lobo.
Pero
aunque ya lo sabía, imaginarse su cuerpo hecho girones, esa boca grande y
sensual llena de sus vísceras y su carne, le hace jadear de temor.
Y,
luego, jadea de impresión: los labios del demonio se deslizan por todos sus
nudillos, desde el que pertenece al índice hasta el meñique, y luego descienden
delicadamente por el lateral de su mano.
Kei
gira su rostro para no mirar y sus lágrimas caen poco a poco sobre las sábanas.
Está haciendo su mejor esfuerzo por quedarse quieto, arrodillado en la cama
frente a su amo, con sus piernas cerradas con fuerza y su puño izquierdo sobre
su regazo cerrado con gran fuerza. El brazo derecho lo extiende hacia el
hambriento monstruo y no lo mueve ni un pelo, pero está tan nervioso que no
para de temblar exageradamente.
El
demonio se ocupa de eso: mientras le sostiene la mano con una de las suyas, usa
otra para rodear el bíceps del muchacho con pasmosa facilidad y apaciguar sus
temblores. Con otra mano se apoya en la cama, cerca de las piernas desnudas del
chico, casi rozándolas y, la última mano, la coloca en la espalda baja del
chico. No lo atrae hacia él, pero le ayuda a mantenerse firme, con su espalda
arqueada de forma bonita.
Sus
labios bajan y bajan, hasta llegar a la zona que la cuerda ha descarnado en las
muñecas de Kei. Ahí coloca sus labios y Kei se remueve un poco por el dolor,
pero no se aparta. Luego siente algo enorme, largo y húmedo rodear su muñeca y
mira de reojo, aunque se ha dicho a sí mismo que no iba a hacerlo.
La
lengua negra del monstruo es tan larga que le rodea la muñeca por completo como
una gruesa cuerda empapada en saliva. Su tacto viscoso y musculoso, sin
embargo, no duele, es… relajante. Balsámico incluso.
Kei
siente un leve ardor en la zona, pero el dolor remite mientras el demonio
desliza su lengua, liberando su muñeca y probando su sangre.
Kei
no baja su mano hasta que el ser lo suelta y, cuando lo hace, no puede evitar
mirar la manera en que la lengua del ser se desliza de vuelta en su amplia
boca, dejando sus labios sonrojados brillosos.
Cuando
el demonio lo pilla mirando, le sonríe con grandes colmillos y el chico baja la
vista, temblando.
—Mmmm…
—ronronea el ser, un sonido gustoso y ronco que retumba desde su garganta.
De
pronto, las cuatro manos de la criatura están sobre él: dos tomándolo de la
cintura y levantándolo, una sosteniendo sus brazos para que no se asuste y
se defienda por error y otra abriéndole los muslos delicadamente. Así, Kei es
sentado sobre el regazo del demonio, que discretamente usa su cola de reptil
para tomar la manta sobre la cama y echarla sobre el chico, ayudándolo así a
cubrir de nuevo sus genitales.
Kei,
sin embargo, se fija en el gesto y lo agradece infinitamente por dentro, pues
no le sale la voz. ¿Cómo podría hablar? El demonio se reclina en la cama,
sentándose cómodamente contra el cabecero con las piernas extendidas, y él, el
humano que hoy pensó que moriría cruelmente entre sus manos, se queda
dócilmente sentado sobre su regazo, sin atreverse a poner sus manos sobre su
abdomen fuerte y abultado para buscar estabilidad, pero sin poder evitar sentir
las piernas gruesas y musculosas bajo sus muslos desnudos y, sobre todo, sin
poder evitar sentir, bajo su trasero desnudo, una erección tan grande que se
marea con solo imaginarla.
El
demonio ríe. Su risa es grave, lenta, cruel. La risa de un depredador que
piensa que su presa es tan tierna que merece la pena jugar un poco con la
comida antes de saciar su hambre.
—Eres
tan buen chico —murmura, aun riendo entretenido, mientras con una mano le
retira un mechón del rostro y se lo pone tras la oreja—. Ah, no me importaría
en absoluto disfrutarte despacio toda la noche, si vas a seguir siendo igual de
obediente para mí, pequeño sacrificio.
La
mano que juega con su cabello toma uno de sus mechones y empieza a girarlos
alrededor de su dedo mientras otra mano lo toma por la cintura y lo atrae más
hacia él. Kei se tensa.
—Mi
señor, se lo ruego, deseo una muerte rápida. No quiero ser torturado toda la
noche, por favor.
Una
risa grave y más alta que antes llena la estancia de nuevo.
—Humano
bobo, estaba halagándote. Eres una delicia.
La
forma en que susurra esas últimas palabras hace a Kei arquearse con un
escalofrío recorriendo su cuerpo.
—Oh,
g-gracias, señor. Supongo.
Un
extraño silencio se forma entre ambos y Kei no puede evitar sentirse ansioso
porque nota que lo llena con sus respiraciones rápidas y superfluas y con sus
latidos acelerados. Al demonio, sin embargo, no parece molestarle: el
monstruoso hombre parece más que entretenido mirándolo y jugando con sus
cabellos cobrizos.
De
hecho, su cola de reptil, que queda a un lado de la cama, se mueve
perezosamente de un lado a otro y a Kei le recuerda a las colas de los perros
cuando toman el sol y están felices y amodorrados.
Se
pregunta si el demonio está ahora tranquilo y satisfecho.
Y
se pregunta otra cosa también, así que se atreve a romper el silencio, porque
realmente necesita saber la respuesta.
—M-mi
señor, ¿puedo elegir dónde seré enterrado? Hay un lugar que siempre he pensado…
aunque está en otra ciudad.
—No
serás enterrado —le responde el demonio, frío, pero no excesivamente cruel.
Solo habla con objetividad, mientras todavía mueve su cola y le riza el cabello
entre sus dedos—. Cuando termine contigo, no quedarán siquiera tus huesos. Eres
un sacrificio exquisito, no querría desperdiciarte.
Kei
traga grueso.
«No
quedará nada de mí, nada a lo que dar sepultura. No tendré tumba. Incluso mamá
tuvo tumba, aunque la cavase con mis manos»
—Estás
más sosegado ahora, ¿no es así? Has dejado de llorar y tiemblas menos.
—Mhm,
muchas gracias, señor, por dejar que me tranquilice —tan pronto el chico lo
dice, su corazón se dispara de nuevo y puede sentir el nerviosismo inundarlo.
Aun así, intenta tragarse su miedo y cierra muy fuerte las manos para que no se
le note tanto que tiembla como un poseso—. Ha s-sido muy paciente conmigo, Dios
Hambriento, supongo que ahora querrá…
—Así
es, deseo comerte ahora. —comenta con voz ronca, pero suave, ladeando la cabeza
con curiosidad para observar la reacción de su bonita presa.
Kei
se encoge con temor y un sollozo escapa de su garganta. Todo su cuerpo está
tenso y hasta está conteniendo su respiración, pero pronto suelta su aliento en
un gran jadeo cuando el ser lo toma por su cintura y lo derrumba a un lado de
la cama, girando él también para invertir sus posiciones.
En
un instante, el chico ha pasado de estar sobre el regazo del gran demonio como
una mascota mimada a terminar desnudo bajo su magno cuerpo, como la presa que
no puede evitar ser. Ahora solo le queda ser devorado.
Dos
manos lo toman por la cintura, empujándolo en el lugar con firmeza para que se
quede quieto y sea dócil, otra se apoya en la cama y la última lo toma por el
rostro con delicadeza y le hace volearlo a un lado, exponiendo su cuello.
—No
te muevas. —ordena y, cuando retira su mano, el chico se queda deliciosamente
quieto.
Está
hiperventilando, temblando y su cuerpo se sacude de puro terror, pero incluso
cuando libera su minúscula cintura del firme agarre, el chico no trata de huir
o de defenderse, solo le hace caso, quedándose inmóvil mientras espera su
destino.
Al
demonio se le hace irresistible esa extraña sumisión. La boca le saliva, las
encías le arden y le pican, exigiendo que las hunda en carne tierna y sangre
ardiente. Las garras le crecen, impacientándose ante la deliciosa sensación de
desgarrar un cuerpo inocente.
El
demonio se muerde el labio hasta casi hacerse sangre y se obliga a sí mismo a
centrarse. A bajar muy despacio al cuello del chico, en lugar de abalanzarse; a
poner sus labios sobre la piel dulcemente, en lugar de romperla sin dilación; a
hablar de forma tranquilizadora, en lugar de decir algo sádico y cruel para
hacer al chico desesperarse.
—Cierra
los ojos. Así, muy bien. Todo acabará pronto. No te haré sufrir.
Pero
su amabilidad se agota y su hambre aflora. El demonio no puede esconder más su
naturaleza y, en un instante, sus mandíbulas atrapan el endeble cuello del
inocente bajo él y los cuatro largos colmillos se hunden en su piel como
cuchillos enterrándose en suave mantequilla caliente.
Kei
grita de dolor y su cuerpo se retuerce. Cuando sus manos se mueven, el demonio
sabe que ese ya no es el chico, sino sus instintos más primitivos, y que va a
intentar luchar, así que deberá inmovilizarlo para que no estorbe.
Pero
en lugar de eso, se aferra a él como buscando consuelo.
«Como
si lo único que me pidiese antes de morir no fuese que no lo mate, sino que le
sostenga entre mis brazos en sus últimos momentos»
Nunca
antes una presa le había pedido no piedad, sino consuelo. Nunca antes un humano
se había aferrado a él así.
Las
manos del chico abrazándolo, sus uñas clavándose en su nívea, amplia espalda…
El demonio siente rabia porque no es justo. No es malditamente justo.
«No
es justo que una criatura tan llena de gentileza y bondad vaya a morir, no es
justo que sea un ángel lo que tengo entre mis dientes»
Pero
¿qué puede hacer él al respecto? Su instinto exige crueldad y, cuando lo
alimenta, este le recompensa gratamente borrando cualquier rastro de culpa en
él.
Es
tan placentero llenarse de sangre caliente y abandonar toda humanidad.
Solo
que esta vez no funciona. Algo en él se ha estropeado, no su sed de sangre, no
su maldad, pero sí esa nube que envuelve su juicio cuando siente placer, esa
maravillosa niebla que hace que cualquier atisbo de compasión sea tan fácil de
ignorar como una voz que uno no entiende si no se esmera muchísimo en oír.
Ahora,
tras morder al chico, tras oírlo lloriquear y hablarle con esa vocecita tan
apagada que le busca y le pide ayuda… algo malo sucede en él. Algo que amarga
su placer y que lo disuelve, algo que no logra disipar bien la culpa.
No
entiende por qué está sucediendo eso, por qué ahora, por qué con él.
Por
qué, si su sangre es tan dulce, la culpa es tan malditamente amarga.
El
demonio gruñe con la boca llena de la más exquisita sangre que jamás ha probado
y el corazón henchido del veneno del arrepentimiento.
Y
Kei cierra sus ojos. Sus gritos muriendo en sus labios, su dolor hundiéndose en
una calmada oscuridad.
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