—No eres nada puro, pequeño Tyler, eres la misma mierda que yo. Puedes hacer las mismas atrocidades que yo. Recuerda: tú me enseñaste a ser así.
Y ella me enseñó a mí.
Ángel me abraza por detrás, me besa el cuello dejando que los escalofríos me relajen y poco a poco entrelaza sus dedos con los míos, ambos sosteniendo firmemente la navaja.
Y cada vez que me tiembla el pulso, recibo un beso y unas manos firmes guiando las mías.
Y cada vez que dudo, él me susurra palabras de afirmación en el oído.
Y cada vez que temo, tengo la certeza de que ya no estoy solo.
—No tenía a nadie, mamá —le digo con voz tranquila, mirándola a los ojos —, papá era un cerdo horrible, asqueroso y cuando murió pensé que seríamos felices. Ya no había nadie para dañarnos, ya no tenía que temerle y confíe en ti. —mi voz flaquea un segundo y al avanzar un paso me quedo congelado, mis manos y rodillas débiles, pero Ángel me sostiene contra su cuerpo y me besa la mejilla y avanza un paso, empujándome a seguir adelante. —Me sentía tan solo y tú siempre me habías protegido así que pensé... pensé que jamás serías capaz de hacer algo malo.
—¡No puedes hacer esto, no puedes, soy tu madre! —chilla ella, su voz estridente me daña los oídos y reculo un paso. Me volteo un poco, queriendo esconderme en el pecho de Ángel y huir de la situación.
—Ven, amor, no te preocupes —susurra él dulcemente en mi oído, antes de alejarse con una leve caricia.
Me quedo temblando en mi lugar, sollozando un poco mientras él se arrodilla ante mi madre y le tira el pelo para mantener su boca abierta y llenarla de nuevo con la tela ensalivada y sucia que había servido de mordaza. Hace un nudo nuevo, afirmándola hasta que las comisuras gotean sangre, y luego la arrastra el pelo hasta la columna de donde la cadena.
Ella se revuelve y lucha y de repente ya no parece un animal arrinconado listo para morder, solo un... gusano. Una cosa estúpida que se retuerce y poco más.
Ángel envuelve la cadena a su alrededor, dejándola atada a la columna de cemento. Me recuerda a aquellas brujas que eran quemadas en la hoguera siglos atrás, solo que aquí sí será una muerte justa.
Ángel vuelve conmigo y me abraza desde detrás justo como antes: su boca entre mi oído mi cuello, para dar besos y palabras de confort tan pronto como lo necesite, su pecho contra mi espalda, dándome seguridad cuando siento sus latidos calmados, y sus manos sobre las mías, no apresándolas, sino dándoles la firmeza que necesito.
Me acerco a ella, nos acercamos, paso a paso. Primero uno, luego otro... y entre nosotros la distancia parece eterna, cada paso no salva más que un milímetro insignificante, pero antes de que pueda darme cuenta estoy ahí. Delante de él, con el filo contra la sucia tela de su vestido.
Ella me mira a los ojos y yo la miro de vuelta mientras doy otro paso al frente.
Pensé que deslizar el cuchillo en ella sería como con el conejo al que maté. Tenía miedo de sentir la misma apatía por matar a un animal cualquiera que por asesinar a mi propia madre, a quien tanto he querido, a quien aún creo que quiero un poco, porque pese al recuerdo de su lengua y sus manos, todavía siento sus gritos cuando papá la golpeaba en vez de a mí y se me rompe el corazón.
Pero no es así, no siento frío, ni quietud. Cuando degollé al conejo mi corazón se volvió de piedra.
Hoy, ahora, late rápido. Furioso.
Ángel me sostiene por detrás, su cuerpo grande y duro afirma el mío, evita que caiga en este vacío vertiginoso que me retuerce el estómago. Me sostiene los brazos con los suyos, tan grandes, pero gentiles, fuertes guías de intenciones que son solo mías. Me besa el cuello, pequeños toques con sus labios, grandes descargas me recorren el cuerpo. El cuchillo se hunde con más facilidad de la que jamás pensé, como cortando mantequilla caliente. La fuerza de los brazos de Ángel ayuda a que mis manos temblorosas sientan que todo es fácil, oh, tan fácil... que la apuñaló más de una vez.
La sangre mana deprisa, me cubre las manos. Es cálida, como un abrazo. El abrazo más sincero y menos venenoso que esa asquerosa arpía me ha dado en su puta vida.
El olor a óxido, sus besos, las manos de mamá quedando tan rígidas que no volverán a alcanzarme y tocarme nunca más, su boca abierta, la mandíbula desencajada con la lengua graciosamente colgando bajo la mordaza, los ojos sin brillo, hundidos, levemente nublados, como los de un pescado muerto. Tiene un aspecto tan estúpido que hasta es divertido. Noto una carcajada borbotear en el fondo de mi estómago.
El calor en mis manos, goteando sobre mis pies, los dulces labios de Ángel, oh, sus labios, buscando mi boca. Los rizos claros me rozan la nariz y hace cosquillas. Me río inocentemente mientras mamá se desangra. Lo beso y ella abre más aún los ojos y la boca, tratando de gritar por ayuda.
No se oye ni un alma. La suya la abandona. La mía siente un extraño confort.
Debería preocuparme más lo bien que se ha sentido matarla. Lo fácil. Lo adictivo. Si pudiese traerla a la vida, volvería a hacerlo. Y es horrible, porque estoy suficientemente loco como para no arrepentirme ni un poco y regocijarme en este orgullo escarlata, pero no tanto como para olvidar que esto está mal. Muy mal.
—Mi amor, mi dulce amor. —jadea Ángel, sus besos escalando por mi cuello hasta mi boca, la navaja resbalando de nuestras manos y nuestros cuerpos prensados contra el pilar y el cadáver que aún conserva un poco de su calor —Estamos los dos manchados de sangre ¿No es bonito? Este nuestro lazo, nuestra unión, un amor manchado ¿No es hermoso? Ahora, mi amor, somos los dos criminales. Si corrieses hacia la policía, si buscases ayuda, lo primero que descubrirían de mí es que yo soy cómplice y tu asesino.
—Todo esto... —murmuro, mirando con una sonrisa incrédula la sangre que poco a poco cubre el suelo, las sucias paredes del sótano y la puerta que jamás abrió —¿Para retenerme a tu lado?
Me da un corto beso en los labios.
—Y haré lo que sea necesario si es que acaso no es suficiente. —gruñe, empujándome más contra el blando cuerpo, respirando agitadamente sobre mis labios. —Eres mío y solo mío, si alguien intenta arrancarte de mi lado o tenerte de alguna forma en que yo te tengo, si alguien intenta tocar tu corazón o tu piel o siquiera si se atreve a mirarte con ojos bonitos, si alguien se mete en mi camino de alguna forma, Tyler, haré lo que sea necesario. Por ti, por nosotros. Si tienen que morir inocentes, Tyler, yo...
—Me quedaré, Ángel. —exhalo rápido para calmarlo. Sus ojos brillan un poco y me sonríe, un gesto tan inocente en apariencia... Acuno su rostro cálido entre mis manos, mimando las mejillas con los pulgares, y él deja caer el peso de su cabeza en mis palmas mientras cierra los ojos, luce tan agotado... —No debes hacer nada malo, ya no más ¿De acuerdo? Soy tuyo. Lo has hecho, me has abierto, me has sacado los miedos más profundos, mis deseos más retorcidos. Me has roto y ahora tiene todos los pedazos de mí en tus manos.
Ángel abre sus ojos, deleitado por mi voz temblorosa, a punto de romper en llanto, y restriega su rostro contra mis manos, buscando las palmas para besarlas gentilmente.
—Oh, mi pequeño Tyler —jadea, su voz rompiéndose, sus ojos aguados, su sonrisa hecha añicos, la barbilla temblando, las manos alcanzándome temblorosas, inseguras —, estoy tan feliz. —solloza, antes de lanzarse a mis labios.
Es un beso amargo, por la sangre, por las lágrimas, por la larga espera. Ángel solloza mientras mueve sus labios contra los míos y prácticamente puedo sentir su dolor ¿Cuánto ha debido esperar el pobre para este momento, para que yo sea por fin suyo? ¿Cuánto ha debido de sufrir?
Sus manos bajan de mi cintura al borde de mi camisa, se infiltran por debajo, palpando mi abdomen, mi pecho. Y luego bajan a mis pantalones, tirando del elástico.
—Espera... —suplico, tirando de mis pantalones hacia arriba antes de que me lo baje —Quiero quitarme la sangre, Ángel. —él detiene sus manos, pero no las aparta de mi ropa. Agarra con fuerza, no está dispuesto a soltar a una presa a la que lleva tanto tiempo acechando —Por favor. —insisto, con lágrimas corriendo por mis mejillas mientras las de las suyas se secan —Te lo suplico, al menos déjame...
Un brillo cruza su mirada y relaja el agarre. Me da un corto beso en la boca y dice:
—Iremos a la ducha, voy a frotar tu cuerpo, a lamerlo hasta que te sientas limpio, suave y feliz.
Yo asiento aliviado y me despego del blando, templado cuerpo a mi espalda, incapaz de mirar atrás mientras subo las escaleras, pero mientras nos dirigimos al baño una idea me ronda la cabeza: Estas manos. Estas manchas. Esta sangre. Mi piel no es un guante que me pueda quitar, este color sangre... oscuro, podrido, es mi verdadera naturaleza. ¿Qué he hecho? ¿Y por qué mis remordimientos solo vienen acompañados de oleadas de placer?
Fin del cap ¿Qué os ha parecido?
¿Os ha gustado?
¿Esperábais que Ty lo hiciese? ¿Qué habríais hecho vosotros?
Cuando empezásteis a leer la historia ¿Esperábais que se retorciese tanto? ¿Qué pensáis de tooodas las cosas que han pasado?
Ya estamos rozando el final de este libro y estoy super orgullosa de haberlo escrito. Me ha costado mucho hacerlo, ya no soy de escribir thrillers, ni giros de guión ni forshadowing, pero me he esmerado mucho por poner elementos similares aquí, ojalá que haya quedado bien ¿A vosotros/as qué os ha parecido?
¿Qué pensáis que pasará al final?
Gracias por leer <3 Si te ha gustado mi historia, deja un voto, comenta un corazoncito y me resultaría un favor enorme si me ayudases a hacerle publicidad en mis redes sociales (por ejemplo, comentando o compartiendo mis tiktoks en la cuenta "di0ther") <3
Nos leemos pronto 3:)
Comentarios
Publicar un comentario
Comenta: