Ángel vuelve a la cocina completamente limpio, vistiendo una camisa marrón nueva, pantalones caqui y botas de montaña. Tiene el pelo un poco húmedo, así que cuando se pasa los dedos por él para apartarlo de su frente se le queda para atrás, como engominado. Su rostro descubierto se acerca al mío y nuestras narices se rozan. Olfateo un poco y el rostro le huele a jabón y calidez, aunque cuanto más me acerco a sus labios, más noto ese toque metálico.
Mordisqueo su labio inferior un poco y él chupa aire cuando mis dientes tocan su herida fresca. Envuelve firmes dedos en mi cuello, presionando mi nuca y haciéndome abrir la boca por el dolor.
—No seas malo... —murmura, lamiéndose la herida ahora abierta.
Se lanza a corresponderme el beso y me alivia que sepa a su sangre. Él también debe tener la lengua embotada de ese sabor, demasiado como para apreciar ningún otro. Cuando rompe el beso decide tomarse su vaso de agua de un largo sorbo para eliminar ese sabor y poder probar la cena.
Se sienta en frente mío, mirándome mientras agarra sus cubiertos despacio.
—¿Cómo te sientes? —pregunta con voz dulce, temiendo asustarme.
—Solo tengo ganas de que todo esto pase. Ha sido tan aterrador, tan... tan loco. —digo tapándome el rostro con ambas manos. Tengo ganas de llorar, pero no lo hago.
Debo ser fuerte, seguir adelante para enterrar esos cadáveres en el bosque y luego... luego detener esta locura antes de que alguien más salga herido.
Ambos cenamos en un silencio extraño, medio cómplice. Yo remuevo la comida de mi plato con el tenedor y él come la suya con gran apetito. Cuando veo la carne ceder bajo sus dientes tengo que apartar la mirada, no sé si por remordimientos o mero asco. Pero al menos él me toma de la mano debajo de la mesa, un gesto clandestino, como escondido a los ojos de Dios, y me acaricia los nudillos mientas devora con ansia el plato frente a él.
Tiene sentido que coma tanto, necesita mucha energía para poder cavar tantísimas sepulturas.
Un nudo se forma en mi estómago al pensarlo y cuando termina y lleva nuestros platos a la pica, sé que no puedo retardar más el momento. Me mira de pie, al lado de la puerta del garaje, y yo me levanto con las piernas más temblorosas que un venado recién nacido.
—Todo va a salir bien —me susurra mientras me toma de la mano y me ayuda a andar.
Me lleva hasta el coche y me deja sentadito en el lugar del copiloto, mientras, él va entrando y saliendo, cargando el maletero y los asientos traseros cubiertos de plástico con demasiadas bolsas de basura de pequeño tamaño. No soy capaz ni de atisbarlas por el retrovisor, pero sé que están ahí por el ruido húmedo de la carne recién cortada contra el plástico.
Entonces Ángel entra en el coche, arranca el motor y pone una gran, protectora mano en mi muslo.
—Estoy contigo —me dice, pero sus bonitas palabras de ánimo no logran templar mis nervios. —, siempre lo estaré.
Yo le sonrío y cierro los ojos, intentando imaginar que estoy en otro lugar. En el mismo coche, sí, pero yéndome con Ángel de vacaciones o a comprar o a cualquier otro sitio. Sin nadie desperdigado por los asientos y el maletero.
Él aprieta sus dedos alrededor de mi pierna y se siente bien. Respiro muy despacio y me doy cuenta de que hoy el motor parece rugir un poco más bajo, como echándonos una mano. El coche empieza a traquetearse cuando Ángel se sale del caminito de tierra, internándose en la zona más salvaje del bosque, y mi estómago da un vuelco cuando escucho el sonido húmedo y blando de las bolsas de basura caer del asiento al suelo.
Ángel aprieta más su mano.
—Ya está, ya está —me consuela y se toma unos segundos para inclinarse y besar mi sudorosa frente.
Después de un rato el coche se detiene y él sale.
—Descansa y relájate, mi amor, yo haré el trabajo —dice con voz dulce, acariciándome el cabello con una mano enguantada mientras en otra sostiene una pala.
Yo quiero ayudarle, pero apenas puedo contener mis ganas de vomitar, así que asiento mudamente y apoyo mi frente en la ventanilla.
Lo miro desde lejos, observo como cava un profundísimo hueco en la tierra. Casi media hora de palazos enérgicos e incesantes para una bolsa de basura del tamaño de un gato. Cuando la arroja al hueco y lo cubre con tierra y hierbajos, me siento un poco más relajado. Como si acabase de soltar un lastre.
Luego recuerdo que me quedan muchos más.
Y la noche sigue del mismo modo: el coche vuelve a estar en marcha, se tambalea un poco por el terreno difícil de transitar, se para, Ángel sale, cava durante un largo rato, arroja una bolsa y cubre la zona como si no hubiese pasado nada.
Poco a poco esa acción repetitiva me ayuda a relajarme, hay cierta comodidad en la rutina y debo reconocer que me hipnotiza ver la fuerte espalda de Ángel moviéndose mientras da palazo tras palazo. La camisa se le pega por el sudor a cada uno de sus músculos y los faros del coche, enfocados hacia otra dirección, dejan que una luz débil lo alcance y resalte su figura de forma un poco fantasmagórica.
Ángel luce hermoso y las bolsas de basura apenas son visibles en la noche, así que solo me enfoco en él.
La última bolsa es la que más rato requiere, no porque sea más grande o porque su tumba sea más honda, sino porque el cuerpo de Ángel se mueve lento, como oxidado, y cada palazo viene acompañado de un gruñido de esfuerzo.
Al llegar Ángel me sonríe, orgulloso, pero también totalmente agotado.
—Lo hemos logrado, mi amor —me dice entre respiraciones sonoras, luego mira al reloj del coche —seis horas —dice con sorpresa, riendo un poco después, arrancándome una risa incrédula. Seis horas cavando, que barbaridad —, pero lo hemos logrado.
Me inclino, sacando medio cuerpo por la ventanilla y dándole un beso en los labios.
—Lo has logrado —le corrijo, acariciándole un poco la cara.
Él cierra los ojos del gusto y lo siguiente que sé es que su cuerpo se tambalea hacia un lado como un tronco recién talado.
—¡Ángel! —advierto, agarrando su camiseta cuando veo que está a punto de caer.
Él abre los ojos de repente y logra agarrarse al coche antes de acabar en el suelo.
—Perdona —me dice, respirando agitadamente —, estoy tan cansado... —murmura, rebuscando en su bolsillo. Entonces me mira con un brillo lleno de felicidad y de confianza en y dice algo que me hace sentir tan dichoso y culpable a la vez...: —¿Te importaría conducir tú a la vuelta?
Escucho un tintineo metálico y lo veo tenderme las llaves del coche a través de la ventanilla.
Quiero llorar, quiero llorar tantísimo. Quiero agradecer y... pedir perdón. En vez de eso solo susurro:
—Claro que sí, cariño.
Y salgo del coche para cederle mi asiento.
Yo ocupo el suyo y la sensación es tan emocionante como extraña. El volante contra mis manos y la resistencia de los pedales cuando piso se siente genial y vertiginoso, se siente como la libertad. Pero no piso el acelerador, no corro, no huyo. Solo conduzco despacio, siguiendo el camino de vuelta a casa, mientras veo a Ángel cabecear en su asiento como un niñito adormilado.
Entro despacio en el garaje, el motor ronroneando y Ángel acurrucado en el asiento de copiloto con el cinturón de seguridad manteniendo su enorme cuerpo para que no se derrumbe sobre el salpicadero como un gigante dormido. Su respiración es suave y huele dulce, llena el coche de calor y empaña un poquito las frías ventanillas, como si buscase crear un ambiente íntimo.
Le doy al botón del mando que tiene en las llaves, haciendo que la persiana del garaje se baje mecánicamente, cerrando nuestro contacto con el exterior. Luego apago las luces delanteras y traseras y el garaje se queda en la penumbra.
Por un momento podría recordarme a mi temible habitación, oscura y silenciosa, pero no lo hace. No lo hace porque todavía están las leves luces de las ruedecitas del coche que indican el nivel de combustible y la velocidad y otras cosas que no me importan. No lo hace porque el rugido del motor, la respiración suave de Ángel y el sonido de mi cinturón deslizándose sobre mi camiseta interrumpen al silencio.
Esta no es una habitación solitaria de la que quiero salir. Es mi pequeño nido de amor o al menos así se siente cuando me muevo de mi asiento al de Ángel y le abrazo cerca y fuerte. Es un lugar donde el tiempo no se ralentiza ni se detiene, sino que deja de existir. Donde el espacio no es agobiante y claustrofóbico, pese a que me esté clavando la palanca de cambios en la cadera y mi cuerpo y el de Ángel se aprieten contra la puerta.
Es un lugar suspendido fuera del tiempo, un momento bonito, suave y lento, donde solo existe mi cuerpo caliente contra el de Ángel, la leve vibración del coche, la forma constante y estable en que el pecho de mi amante sube y baja y sus labios se separan para exhalar un aliento dulce. Cada vez más pequeño. Me inclino un poco, cruzando el cuerpo de Ángel, y oprimo el botón de las ventanillas, bajándolas.
El hombre en el asiento se remueve un poco y yo me inclino hacia él para devolverle toda mi atención. Le beso la frente, los párpados, la punta de la nariz. Le beso la boca, suave, lento, perezoso. Como si me fuese a quedar dormido en medio del beso.
Él, por lo menos, sé que no va a despertarse.
Su sueño no acostumbra a ser ligero y tampoco pesado, lo normal sería que abriese los ojos ahora que me estoy moviendo tanto, sentándome a horcajadas sobre él, que se desperezase, se frotase los párpados y al ver que seguimos en el coche me regañase diciéndome algo sobre que si no apago el motor el garaje va a llenarse de monóxido de carbono y vamos a asfixiarnos.
Pero no pasará, porque Ángel se despertaría un día normal, pero hoy no es un día normal.
Normalmente él no tiene que descuartizar tres cadáveres. Normalmente no va al bosque a enterrar restos separados por kilómetros de distancia. Normalmente no confía tanto en mí como para darme las llaves, mucho menos para quedarse dormido en el asiento de copiloto. Y normalmente yo no tomo una pastilla efervescente y la pongo en su vaso de agua, en vez del mío.
Pero hoy sí.
Hoy es un día especial.
Inspiro profundamente, el aire lleno de humo no parece enrarecido, si acaso un poco dulce, como la locura de Ángel: tan dañina y tóxica, pero a la par tan empalagosa. Lo miro con detenimiento, las diminutas luces del salpicadero convirtiendo su rostro en poco más que contornos y gestos. Veo su frente perlada en sudor, cabellos desordenados sobre ella, y tomo algunos mechones con mis dedos para colocarlos tras su oreja.
Sus párpados se arrugan un poco, como su ceño, cuando las yemas de mis dedos cosquillean sobre su piel, pero luego le beso las mejillas y hago que nuestras narices frías se rocen y cara vuelve a relajarse tanto. Parece que está en un sueño apacible, flotando entre nubes y recuerdos bonitos. Me pregunto si piensa en sí, si su mundo onírico es solo un reflejo de esa realidad que él espera que empiece mañana: una vida juntos sin más crímenes, ni traiciones ni dolor.
Si es así, debe ser lindo que esa sea la última cosa en tu mente antes de que se borre todo. Yo, por mi lado, sé que es imposible. Que la vida juntos que le prometí, esa vida de ensueño no es más que una mentira imposible. Ya es muy tarde para amarnos de forma bonita, yo estoy demasiado roto y a él lo rompí hace demasiado como para que podamos repararnos con besos y abrazos; nuestro tacto siempre será violento y hasta en las más suaves caricias los pedazos de nuestros corazones rotos serán cortantes.
No podemos amarnos sin sangrar, sin dañar.
Y ya he hecho demasiado daño en este mundo. Callé cuando papá golpeaba a mamá y mentí a la policía cuando ella lo enterró en el bosque mágico. Le hice daño a Ángel cuando era una cosa inocente, bonita y buena y lo arruiné. Hui de mis actos, en vez de entregarme y ayudarle, y ahora él es un monstruo como yo. Le dejé volverse lo que es, matar a sus padres, secuestrarme. Le dejé dejarme matar a mamá. He dejado que esto vaya demasiado lejos.
Somos como dos perros rabiosos que necesitan ser sacrificados antes de que muerdan a alguien más. No puedo arriesgarme, incluso si nuestros corazones de cachorrito solo desean una mano firme que nos acaricie y nos quiera, no puedo arriesgarme.
Incluso si amo a Ángel más que a nada en la vida y él me quiere del mismo modo, no puedo arriesgarme a que nuestra vida feliz sea el infierno de alguien más. A que haya un desliz, otra noche de motosierra y pala, otra mentira a un hombre vestido de azul...
Lágrimas cálidas caen por mis mejillas y desearía despertar a mi amante, pedirle que, por favor, me abrace fuerte, me cante esa bonita canción que yo le enseñé y me lama las mejillas hasta que solo quede en ellas la humedad de sus besos, pero no puedo. No puedo despertarle y hacerle saber lo que planeo, él lucharía, intentaría mantenerse, manteneros con vida. Y no quiero que él pelee y sufra más, no quiero romper esa burbuja segura en la que parece flotar lejos, no quiero volver a quitarle esa expresión inocente del rostro.
Quiero que descanse en paz, se lo merece tanto.
Mis párpados pesan un poco y mis pensamientos viran lentos y agradables en mi cabeza como nubes danzarinas o algodón de azúcar o... Me toco las mejillas, estoy llorando ¿Ya me había dado cuenta? Ideas vaporosas me cruzan la mente y se pierden al poco, pensamientos desordenados, perezosos. El monóxido de carbono invadiendo mis pulmones, llenándomela cabeza con una nube confusa.
Tengo tanto sueño ¿Cuánto hace que no duermo bien? Necesito un descanso.
Miro a Ángel. Su cara bonita, su pelo suave. Le paso los dedos por la cabeza y él se acurruca un poco contra mí, apoyando la cabeza en el hueco entre mi hombro y mi cabeza. Me olfatea el cuello y yo rozo el espacio cálido bajo su oreja con la nariz. Huele a jabón y tierra mojada, tan reconfortante.
Ya no recuerdo por qué estaba llorando ¿Tengo miedo a morir? Creo que no, la muerte se siente bien, si es que esto es muerte, es tan tranquila, como quedarte dormido en los brazos de su ser más amado o como ser un niño pequeño que se envuelve en mantas y más mantas cuando está calentito y seguro cae rendido al maravilloso mundo de los sueños.
No, definitivamente no es la muerte lo que me asusta, más bien me calma.
Me da miedo que Ángel crea que lo he traicionado de nuevo. Que he roto nuestra promesa.
Con los ojos cerrándoseme inevitablemente tomó su gran mano, cerrada en un puño sobre su regazo, y levanto su dedo meñique, entrelazándose con el mío.
—Te prometí que haría nuestra vida de ensueño realidad —murmuro con un hilillo de voz. —, perdóname, perdóname por no conocer otra forma de cumplir nuestros sueños.
Beso sus mejillas de nuevo, cada vez huelen más dulces, y poco a poco bajo a su boca. No llego a besarle, pero me basta con saber que mi último aliento le pertenece a sus labios.
---------------FIN---------------
AAAAH me hacía mucha ilusión subir el último capítulo de esta historia, pero también me daba pena y algo de agobio ¿Qué os ha parecido? ¿Qué final pensabais que iba a tener? ¿Pensábais que sucedería así?
Al final han terminado juntos ¿No? :D así que podría considerarse un final feliz YEY
(Bajad las antorchas por favor D:)
¿Os ha gustado la historia? Espero que sí uwu
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Últimamente no estoy recibiendo mucho apoyo en algunos de mis proyectos o, al menos, no tanto como el que solía recibir hace unos meses, aunque el odio que a veces recibo es mucho mayor que antes, así que de verdad que espero que esta historia sí os haya gustado y haya sido una experiencia súper chula para vosotros<3
Me ha encantado leer vuestros comentarios y gracias de corazón a los que habéis seguido todos los caps hasta el final, ojalá os haya dejado con ganas de más hasta el punto de que queráis releer la historia o leerlos otras mías :)
Ahora mismo estoy subiendo otro romance oscuro con vampiros y 200capítulos ;) (oscura Perdición) Ojalá os animéis a darle una oportunidad.
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Mil gracias por acompañarme durante toda esta historia
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