Capítulos 1-10

 

 

Liu pasea con desgana por las calles más recónditas de su ciudad. No se fija mucho en sus alrededores, su vista está clavada en el suelo grisáceo y su mente está muy lejos de ahí, hundida e pensamientos lúgubres sobre el día que acaba de tener. 

Había empezado todo a las cuatro de la mañana, cortesía de su insomnio, y la pesadilla había seguido en el instituto: olvidar sus deberes le había ganado una larga y tediosa bronca donde se le recordó delante de la clase entera cuántas veces había repetido curso. Liu no puede dejar de escuchar las risillas burlonas de sus compañeros haciendo eco en su cabeza.

Pero eso no tuvo comparación al momento en que los tres matones del instituto, corpulentos como bestias y viles como víboras, le habían acorralado entre empujones, golpes y palabras que dolían incluso más que los puños de esos tipos. Liu jamás se defendía, pero siempre terminaba mal y esta mañana no ha sido la excepción: le tiraron del pelo tan fuerte que el cuerpo cabelludo le ardía incluso horas después, escupieron en su cara y desgarraron la tela de su vieja mochila al intentar quitársela. Sus ojos se llenaron tanto de lágrimas al ver la mochila escolar rota que apenas pudo ver con claridad las expresiones crueles mientras se hinchan a reír por ello.

<<Matheo y yo fuimos a comprarla juntos. Él se compró una igual>>

Para culminar había vuelto a su casa, ese lugar que hace tantísimo dejó de sentirse un hogar, y había sido azotado por la misma ola de depresión y desasosiego que le recibía cada vez que abría la puerta.

Su casa es grande, pero desde hace ya varios años se le antoja diminuta: se siente encerrado entre paredes gélidas que lo abrazaban con fuerza y le oprimen el pecho. Quizá por eso le gusta salir a pasear y andar lejos de ese lugar que le recuerda que sus buenos recuerdos son solo eso: recuerdos.

Liu anduvo sin rumbo con su cuerpo encogido y sus oídos llenos de la música de sus auriculares. Le gusta cualquier tipo de ruido, menos el de su cabeza. Y ahora, tras largas horas vagando como un alma en pena y metido en su pequeña y triste burbuja la batería de su teléfono se agota y la música en sus oídos se calla de repente. Eso lo devuelve al mundo como un bofetón y tan pronto está de vuelta nota algo: ha perdido la noción del tiempo.

Y es de noche.

Observa sus alrededores como un ratoncillo asustado. Está tan oscuro que apenas puede ver el final de la calle. Acelera el paso. La luz de las farolas no penetra del todo en la niebla densa que cubre el exterior como un manto sobre la oscuridad. 

Se apresura más aún, casi corriendo.

Tiene que huir de la noche, pues esta no es suya. No. Es el terreno que solo transitan seres cuya mención solo existe en susurros temerosos. Cuyos ojos penetran en la oscuridad como una daga en la piel tierna de sus víctimas, pero que se cierran con molestia ante el sol.

Enemigos tan poderosos que una vez si existencia salió a la luz, los mortales no pudieron combatirles, solo bajar la cabeza y vivir con la consciencia de que todos y cada uno de los segundos de sus existencias son prestados y que en cualquier momento sus verdaderos propietarios podrían venir a arrancárselos de las manos.

<<Vampiros>> Solo de pensar en el nombre de esos seres, la piel de Liu se eriza y sus pasos se vuelven más frenéticos, como los latidos de su corazón.

<<Esto es un suicidio>> piensa, preocupado.

Él no suele meterse en problemas y reza porque su primera vez haciéndolo no sea de la mano de uno de esos demonios; si su sed de sangre fuese todo, Liu quizá no tendría tanto miedo, pues la muerte no le asusta como solía hacerlo. Pero no es solo muerte lo que los vampiros traen.

Lo ha oído en noticieros, en leyendas, en testimonios anónimos. Historias atroces capaces de helarle la sangre a cualquiera, relatos de cómo la sed de sangre viene siempre junto a una sed de crueldad que hace que las víctimas no solo mueran, sino que antes sean usadas en macabros juegos.

Liu niega con la cabeza. Debe volver a casa de inmediato, pero…

 <<Mierda, este es un día de mierda ¿Se puede saber cómo he llegado aquí? ¿Por qué camino se vuelve a la calle principal?>> piensa volteándose alterado ante a cada pequeño sonido a su alrededor.

Cada crujir de una hoja seca suena como un paso discreto. Cada susurro del viento como una voz que lo llama.

Sin embargo, el pobre mundano no es consciente de que está siendo observado por unos ojos que lo analizan con maestría a través de la noche. Un vampiro lo sigue tranquilamente, pensando en cómo se sentirá su cálida sangre sobre la lengua. Sonríe mostrando sus colmillos, imaginando ahora cosas mucho peores que matarlo. 

<<Debo tener paciencia>> se dice <<por una vez en la eternidad, al menos.>>

Él siempre se apresura, presa del incontrolable frenesí que lo posee cuando tiene algo bonito y sangrante entre sus manos. Pero su vida ha sido larga y tras cientos de años, incluso el asesino se aburre de la matanza. 

Se ha propuesto, pues, probar un juego nuevo: quiere acercarse a ese mortal que tanto ha llamado su atención y esta vez hacer todo con calma. Quiere conocerlo y atormentarlo; convertirse en su demonio personal. No quiere matarlo, no tan pronto como para pensar en ello ahora. Quiere beber su sangre, probar su cuerpo, marcar su piel a voluntad y verlo poco a poco enloquecer. Piensa en lágrimas y huesos rotos. Piensa en fuego y sangre. En terror y agonía. Manos rezándole como a un dios. Cada cosa vil y repugnante que se le ocurre hace que su boca salive más y más.

Liu aprieta el paso cuando nota sus pies arrastrándose sobre el suelo. El cansancio empieza a apoderarse de él, pero no puede permitirse ser torpe ahora.

El vampiro se relame ante la vista del joven muchacho y se pregunta qué hará al verlo. El ser luce joven, de no más de veinticinco años, pues es la edad a la que fue convertido y la cual lleva arrastrando un largo tiempo. Su aspecto es a la vez sincero y engañoso. Engañoso por el cabello largo, ondulado y áureo como el de un querubín que enmarca su rostro; sincero, porque tiene pintada en su pálida y bella cara la sonrisa más malvada sobre la faz de la tierra

Está recostado en una robusta rama de árbol. Camuflado entre el follaje, su enorme cuerpo tiene una habilidad sorprendente para pasar desapercibido cuando lo desea y su rostro varonil, de facciones duras y piel de porcelana, se ocultaba en las sombras como hecho de carbón.

El inmortal se deja caer al suelo desde el árbol con precisión felina y silenciosamente se acerca por detrás a su presa

Liu siente que su corazón se para cuando unos musculosos brazos rodean sus hombros, impidiéndole seguir. Su atacante es suficientemente compasivo como para no asfixiarlo. Su agarre es más bien como un abrazo firme.

—¿Qué hace un humano paseándose por calles tan solitarias a esta hora, además de buscar la compañía de uno de los de mi especie? — pregunta recostando su barbilla en la cabeza del chico; este no puede verlo, pero solo con oír que se refería a él como humano sabe lo que el otro es de inmediato.

Abre la boca incapaz de hablar y el vampiro ríe cruelmente, escuchando con deleite la sangre del muchacho correr hacia el corazón.

—¿Cómo te llamas, delicia? Me presentaré yo primero, para no ser descortés: mi nombre es Alexander. Sería muy amable de tu parte que no te olvidases, odio repetir las cosas. —desliza la fría punta de su nariz por el terso cuello del chico. Inhalando. —Y si eres amable conmigo, quizá yo decida serlo contigo…

—Liu… — alcanza a responder con un hilillo de voz, notando como Alexander lo rodea ahora con un solo brazo para apartar con el otro el cuello de su camisa—, p-por favor, no quiero salir herido. Haré lo que digas, pero no quiero que me hagas daño. —pide estremeciéndose ante el frío contacto de la mano del otro contra su cuello. 

Se sobresalta al notar que algo húmedo trazando la curva de su garganta. casual comprender que se trata de la lengua de la criatura.

—Bonito nombre, Liu— susurra en su oído antes de morder su lóbulo— te agradezco que no hayas gritado, eso lo hace todo más sencillo.

<<Voy a morir, voy a morir siendo la patética cena de un vampiro. Voy a morir>> piensa el azorado mortal y Alexander ríe al entrar en su mente y escuchar tales palabras.

—No temas por ello, esta noche estoy más que saciado. —responde haciendo a Liu dar un repullo y preguntarse si acaso había pensado en voz alta, producto de los nervios. 

A los segundos cae en la cuenta de que entra sus muchas habilidades, el vampiro posee el poder de leer su mente.

— ¿Entonces… me dejarás marchar? — pregunta con un ápice de esperanza, pero el vampiro niega burlonamente—Si no vas a… —Liu traga saliva, notando la voz temblorosa —¿Q-qué es lo que quieres de mí?

—Me has llamado la atención y me gusta conocer en profundidad las cosas que me llaman la atención. Solo pretendía acercarme un poco, charlar quizá, —dice con un tono afable, relajando el agarre —pero no pareces interesado en eso, tu cabeza solo da vueltas alrededor de la idea de que voy a morderte ¿Acaso buscas que lo haga? Será un placer, entonces, probarte—sonrie ladeando la cabeza hacia el cuello del chico.

— ¡NO! N-no, por favor...— pide Liu antes de oír la estridente carcajada de su captor. 

Entonces, Alexander le libera del agarre retirando el brazo con el que lo aprisionaba. 

Liu echa a correr como si sus piernas no conociesen el cansancio, tratando de despistar al vampiro. Por unos minutos solo existen dos cosas en el mundo: sus zapatos golpeando el suelo y su corazón golpeando su pecho. 

En pocos minutos el subidón de adrenalina se agota y lo deja respirando con dificultad y recostado contra una pared para no caerse al suelo.

<<Lo he conseguido. He escapado>> piensa incrédulo e ingenuo al mismo tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

—¿Escapar? Humano, tendrás que esforzarte mucho más que eso si pretendes librarte de mí— la voz del vampiro es ronca y cruel cuando susurra en su oído. El chico se tensa, su cuerpo listo para correr, pero antes de que pueda hacer nada Alexander lo empuja tomándolo por los hombros y golpeándolo contra una pared cercana —. Que descortés de tu parte, huir de un vampiro que solo quiere usar su boca para hablar en vez de para abrirte el cuello 

—¿P-por qué querrías hablar con un humano? —pregunta Liu extrañado y receloso.

—Mis motivos no te conciernen, humano. No estás en posición de hacerme preguntas, muchos menos de exigir respuestas. Lo que harás, bolsa de sangre, es quedarte quieto y responder muy bien a todo lo que yo te diga ¿O acaso prefieres seguir corriendo y que esta vez sí te dé caza? —pregunta Alexander con un tono ronco y lleno de deseo, pasando uno de sus dedos largos y fríos por el perfil de la respingona nariz del chico hasta llegar a sus labios temblorosos.

— No, no. Ha-hablaré. Lo siento.

—Buen chico ¿Ves? No va a sucederte nada malo si eres obediente. No hay nada de malo en un humano y un vampiro tratando de ser más… cercanos ¿Verdad?

—N-no, no lo hay —responde el humano tratando de no ser demasiado transparente al mentir; quizá es ingenuo, pero no estúpido: cualquiera sabría que solo hay una cosa por la que un vampiro se siente atraído hacia un humano —Entonces… ¿Me dejarás volver a mi casa si simplemente hablamos?

—Claro— dice como si fuese totalmente obvio— de hecho, te acompañaré a tu casa mientras lo hacemos —añade mientras se aleja del chico para dejar de acorralarlo intimidantemente contra la pared para pasar uno de sus brazos sobre sus hombros, estrechándolo en un aparente gesto amistoso.

—¡No! No hace falta… g-gracias, pero…—Liu suaviza su tono temiendo haber ofendido al ser al gritar. Por suerte para Liu, atisba por el rabillo del ojo la entrada de un parque que se encuentra a un par de minutos de su casa y le permite orientarse. Conoce bien ese lugar.

<<Es donde papá y mamá paseaban a Pelota>> piensa con melancolía, imágenes dulces de su gordo perrito revolcándose en la arena del parque y ladrándole a los niños que jugaban en ella lo inundan, pero tiene que alejarse rápidamente de ese lugar en su mente <<¡Céntrate! Tengo que librarme del vampiro, no puedo dejar que me siga hasta casa>>

—Puedo leerte la mente cuando quiera y averiguar tu dirección —se burla, reprimiendo una carcajada y disfrutando del rostro lleno de horror de su víctima.

Liu hace acopio de toda su voluntad para no pensar en su dirección y añade con toda la amabilidad que puede:

—Lo sé, pero no querría ha-hacerte perder el tiempo, puedo ir yo solo.

—Puedes ir tú solo, cosita dulce—le responde Alexander hablando suave y amable, entonces se inclina en su oído y susurra—, pero no llegarás con vida. Ahora mismo lo único que te está separando de ser asesinado por otros vampiros que están cerca es mi presencia. Te recomendaría que no tratases de librarte de ella.

 

 

—Están… ¿Ellos están muy cerca? Si me doy prisa quizá…

El vampiro interrumpe a Liu poniendo el índice sobre sus labios y negando mientras rodea sus hombros con sus brazos, atrayéndolo a él y haciendo que ambos miren a la inhóspita oscuridad que los rodea.

—Son tres más —miente con naturalidad escaneando el lugar con una mirada seria que parece ver algo que Liu ignora —, dos están detrás nuestro, cazando juntos, el tercero, a la derecha, esperando su oportunidad también. Los tres pueden verte a la perfección, pero tú a ellos no, pues se esconden. Se esconden de mí, pero tan pronto desaparezca, van a pelear por ver quién destroza tu bonito cuello primero.

<<No tengo elección ¿Es peor él o… ellos?>> piensa sin responder todavía a Alexander. Cierra los ojos con fuerza y se pregunta si quizá ha llegado su momento de dejar este mundo solitario y cruel y volver a ver a su familia. Sin embargo, incluso si hubiese querido morir, Liu sabe que de todas las formas posibles, ser asesinado por un vampiro es de las más ominosas <<¿No puedo tener una muerte tranquila después de tener una vida tan de mierda? ¿Por qué me pasa esto a mí?>>.

—Porque estás en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Nosotros no podemos evitar nuestra sed de sangre y tú no puedes evitar la dulzura de la tuya, pero podrías evitar haber venido aquí a estas horas y no lo has hecho. Lo pones demasiado fácil, Liu. Tanto, que tan siquiera siento lástima por ti. Solo hambre.

— ¿Me… estás leyendo el pensamiento todo el rato? —pregunta asustado, sabe que se dice de los vampiros que pueden captar una cosa o dos extendiendo sus invisibles garras en la mente de sus víctimas, pero <<¿Me lee como un libro abierto? ¿Y si pienso algo de él que no le gusta?>> Liu traga saliva, una cosa es mantener su boca a raya y otra acallar su mente nerviosa.

—No todo el rato, es agotador hacerlo —dice percatándose de que Liu tiene grandes bolsas bajo los ojos y los párpados se le caen como si empezasen a pesarle —, tú también pareces agotado ¿Acaso no quieres volver a casa y dormir un poco? Te acompañaré, Liu, y no es una sugerencia. Ahora, empieza andar.

—De acuerdo… —suspira el muchacho, cediendo ante la insistencia de la criatura. 

Liu empieza a andar con timidez, marcando el camino hacia su casa mientras el vampiro anda a su lado con su brazo rodeando orgullosamente sus tensos hombros.

—Dime, dulce humano, ¿Cuántos años tienes? —pregunta, deseoso de saber a qué edad morirá el pobre iluso entre sus redes. Ama oír los números, ama oír el hilillo de voz con que los jóvenes confiesan su corta estadía en el mundo, el número junto al que adultos y ancianos carraspean siempre una súplica en vano. Alexander se considera un amante del matar, sea cual sea la edad de la víctima, pero debe reconocer que tiene un punto débil por los jóvenes. 

—C-cumpliré veinte este año…— confiesa con una voz fina, como avergonzado. Decir su edad en alto le parece humillante desde hace unos años. Es dos o incluso tres años mayor que sus compañeros de clase y aunque algunos alumnos repiten un curso, él es el único que ha repetido varias veces. 

Sus notas antaño le resultaban una gran fuente de orgullo. Ahora las clases y los exámenes son solo palabras y números sin sentido ¿Cómo centrarse en ellos cuando su cabeza da vueltas constantemente?

—Una deliciosa edad, deliciosa para mí, claro —se burla el vampiro, acercándose más a su víctima, relamiéndose al sentir el corazón acelerado.

A los pocos pasos nota que el muchacho se quedaba pálido y aminora el paso.

—Es aquí —Liu rebusca en su bolsillo hasta sacar de él unas llaves que tintinean por el temblor de sus manos. Mirando al vampiro entierra las llaves en la cerradura, pero no las mueve —, gracias por acompañarme… —dice tímidamente a modo de despedida, pero la presencia sigue ahí y la forma en que el brazo sobre sus hombros se aprieta, estrechándolos juntos más y más, indica que el vampiro no planea ir a ninguna parte.

—¿No me vas a invitar a entrar? —pregunta en un tono que alarma a Liu. No sabe que es exactamente, si la voz ronca o algo ominoso que se oculta tras ella, el ruido de una voz que no es humana, el ruido de un demonio susurrándote al oído, pero sea lo que sea todo su cuerpo reconoce el peligro.

—N-no creo que… sea buena idea —dice mientras toma el pomo de la puerta entre sus manos, no quiere abrirla, pero desea entrar y encerrarse.

Alexander desliza su brazo despacio y luego sus manos, ambas tomando al muchacho por detrás desde su cintura, ambas empujándolo levemente contra la puerta y cada vez más y más cerca de su enorme cuerpo. Se prensa contra él, una risa cruel tronando en su oído.

—Creo, Liu, que obedecerme es siempre una buena idea. Una mejor que desobedecerme, al menos. 

Liu se deja hacer bajo las manos del vampiro que, frías y firmes, lo tomaban por la estrechez de su cintura bajo la ropa. El vampiro lo fuerza a voltearse despacio, su espalda endeble y temblorosa apoyada contra la firmeza de la puerta y su cuerpo entero opacado por la gran figura del vampiro. Alexander lo sostiene ahora solo con una mano, usando la otra para acariciar juguetonamente la sutil curva del costado del chico, desde sus costillas hasta su cadera.

La piel de Liu hormiguea bajo el tacto del extraño, su cuerpo comienza a temblar y cierra sus ojos notando como el ser se inclina hacia su cuello. <<Va a morderme.>> Deja caer cálidas lágrimas, <<Voy a morir>>. Ahoga sus sollozos. El vampiro lame su cuello erizando la piel a su paso, la larga lengua deslizándose, hambrienta, sobre la curva de su garganta. El vampiro se detiene justo frente a su rostro y mira con detalle cada centímetro de su cara. Sus cabellos color chocolate, las oscuras, largas pestañas, la constelación de pecas sobre las arreboladas mejillas y la respingona nariz, los labios rosados, rotos de tanto mordisquearlos. Liu siente el aliento frío sobre ellos.

—Abre los ojos— ordena, peligrosamente cerca. 

Él obedece lentamente topándose con la imagen de un rostro cuya hermosura queda opacada por los largos colmillos, los ojos color infierno y esa sonrisa que deja entrever viles intenciones.

—Me matarás ¿Verdad? —pregunta, desesperado.

 Siente su corazón explotar cuando el vampiro se acerca más a él, abriendo la boca como si fuese a engullirlo. Alexander roza los diminutos labios del joven con los suyos, apenas una caricia que hace que Liu se estremezca por el frío de los colmillos. El indicio de un beso robado, un beso del que Alexander despojará a Liu cruelmente, hiriéndole incluso si no le muerde. Tomando de él algo que no tiene derecho a tomar.

Liu solloza, pero el beso no llega nunca, solo un susurro sobre sus labios, más aterrador que la boca del vampiro sobre la suya.

—No ahora, pero no serás libre de mi hasta el día de tu muerte. Tu vida me pertenece, mi dulce víctima.

El vampiro se relame y deja que su lengua humecte por un segundo los labios del otro hombre, que se echa para atrás angustiado, con los ojos llorosos.  Piensa que lo peor se avecinaba, pero en un parpadeo Alexander ya no está, pese a que todavía siente náuseas por los nervios y esa desagradable sensación del vampiro robándole el espacio, el aire. Amenazando con hacer lo mismo con su vida.

Tiembla de miedo mientras entra a la casa y se encierra en la habitación. Esta noche no pega ojo; se mantiene en un rincón de la habitación abrazado a sus rodillas y oculto entre mantas, temiendo que ese ser llegue de nuevo a apoderarse de él. La angustia parece alargar la noche durante una eternidad, pero el sol sale y con él algo de calma regresa al corazón de Liu. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Liu prepara su mochila para ir a clase, notando que aún le tiemblan las manos por lo que le sucedió la noche anterior, y pasa en la escuela las horas más aburridas de su día a día. Maldice su suerte cuando los tres matones de siempre le ponen la zancadilla y se burlan de su tropiezo, aunque no es nada comparado al acoso que otras veces había llegado a sufrir.

Esta vez solo se ha dado un golpe en el brazo, suficiente fuerte como para que le salga un morado al poco, pero soportable. De hecho, Liu siente que incluso si los bravucones lo atormentaran más que ningún otro día, también sería soportable en comparación al horror que vivió la noche pasada.

Regresa a casa e intenta evadirse. Mirar la televisión y distraerse con su teléfono es imposible, desde hace tiempo sus programas favoritos han perdido el brillo y la gracia, así que solo logra dejar su mente en paz cuando se sume por completo en los trabajos de la escuela. Además, quiere, necesita tener una buena nota.

Frustrado con un ejercicio, aleja el libro y al alzar la vista su corazón se encoje. La oscuridad al otro lado de la ventana le recuerda a Alexander y la forma en que su cercanía le hizo sentir indefenso y enfermo, pero Liu trata de decirse que el vampiro solo estaba molestándolo para divertirse anoche, como los matones de su escuela, y que hay realmente pocas posibilidades de que vuelva a encontrarse con él. Sin darse cuenta, el joven empieza a llorar recordando el miedo que pasó, pero se enjuga las lágrimas y se dice que debía ser fuerte y centrarse en esos dichosos deberes. 

Tiene dinero suficiente para pasar la vida en su cada sin hacer nada, pudriéndose entre cuatro paredes mientras recuerda el día en que fue incapaz de… Pero sus padres no habrían querido eso, su mejor amigo no habría querido eso, tan siquiera su perrito lo habría querido. Y Liu no lo quiere, no siempre. Quiere salir de esa burbuja oscuro y decadente que le roba color al mundo, avanzar, salir a flote, hacer algo. Y quizá terminar el bachillerato no es gran cosa para muchos, menos aún a su edad, pero es el primer paso y si logra darlo podrá dar el siguiente.

Así que hinca los codos y hace su mejor esfuerzo por concentrarse.

Estudia y resuelve algunos ejercicios, pero la somnolencia empieza a vencerlo. Siempre es lo mismo: se siente cansado como si no hubiese dormido en siglos, pero cuando se mete en la cama es incapaz de dormir. Se frota los ojos, maldiciendo por lo bajo. Decide que necesita despejarse, pero esta vez sin paseos nocturnos. Le recorre un escalofrío. Lo mejor sería ir al bar de al lado de su casa, esta prácticamente a diez pasos y nada puede pasarle en ese escueto camino, además, necesita un café urgentemente.

Dicho y hecho. Toma algo de calderilla y su libreta con ejercicios y en cinco minutos ya está en la mesa del local removiendo una taza humeante y mirando una magdalena reseca que ha pedido para acompañar. Da el primer sorbo, fijándose en los transeúntes que se atreven a cruzar las oscuras calles. Entonces una mirada intercepta la suya.

<<Ojos rojos>>

Liu se queda paralizado mientras ve a Alexander sonreírle y andar hacia él, entrar por la puerta de la cafetería y dirigirse directo a su mesa. Liu se levanta de golpe de su silla, pensando en huir y nota que todas las miradas del lugar se desvían hacia el inmortal con una mezcla entre incredulidad, curiosidad y, sobre todo, puro terror.

Con prisas, Liu tira unos billetes sobre la mesa, baja su cabeza esperando que el flequillo le cubra los ojos y se precipita hacia la salida sin siquiera tomar su libreta, pero el vampiro le agarra el brazo con tanta fuerza que está cerca de gritar.

—No armes una escena y me hagas matar a todos los imbéciles que se pongan a chillar cuando insinúes que soy peligroso ¿De acuerdo? —dice con un tono bajo y algo molesto. Liu asiente con docilidad. —Bien, ahora siéntate de nuevo—ríe bajito, atraído por la actitud complaciente de su presa. 

Liu mira hacia la puerta, muerto de envidia al ver como poco a poco todos los clientes dejan el local.

—¿Prefieres que me siente a tu lado o delante de ti? —pregunta con amabilidad, pues no sería bueno que el chico se asustase demasiado en un lugar público e hiciese alguna estupidez que terminase con un idiota tratando de hacerse el héroe y dándole quizá no problemas, pero sí algún molesto inconveniente a Alexander.

<<Preferiría que te sentases en otra mesa. De otra cafetería. De otro país.>>. El corazón de Liu se acelera cuando el vampiro se sienta a lado y lo toma por la barbilla obligándolo a mirarle.

—Cuidado con lo que piensas, humano— reprocha con superioridad, escupiendo con desprecio lo última palabra.

—Lo siento, no pretendía enfadarte— dice Liu girándose bruscamente hacia la mezquina cara de su verdugo. —, e-estoy nervioso, eso es todo.

—No estoy enfadado —responde mirando al humano con una seriedad inquietante—, el día que lo esté lo sabrás perfectamente.

 <<Menos mal que estamos en un sitio público… solo debo esperar a que se vaya, por favor, por favor, que lo haga pronto. No quiero volver a estar a solas con él, como ayer, como cuando…>>  

—No tengo intención de irme— le susurra y sonríe enternecido al ver que el chico coloca sus manos sobre la cabeza.

—¡Deja de leer lo que pienso!

—¿Por qué? Tú mente visitaba un recuerdo muy entretenido —el vampiro apoya su barbilla en su mano mientras mira el sonrojo de la cara de Liu sin disimulo—Anoche tan solo me acerqué un poco a tu rostro y rocé tu cuello, apenas tus labios y tu corazón casi no podía soportar los nervios. Eres una presa inocente ¿Has saciado alguna vez los deseos de alguien? ¿De una criatura como yo? —por cada palabra su tono suena más y más macabro y su rostro hermoso luce más sombrío, enloquecido, los ojos más rojos, los colmillos más largos.

— No… —confiesa avergonzado, incluso si complacer a un vampiro es una idea que lo horroriza, le hace sentir patético el no haber complacido nunca a nadie de su propia especie. Piensa en su mejor amigo, en sus labios bonitos y rosados, en cómo a veces el muchacho se inclinaba hacia él para susurrarle un secreto o contarle una broma que Liu ni podía escuchar, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, el deseo chispeando entre ambos. Y él jamás fue capaz de cumplir uno solo de sus deseos y regalarle su primer beso. A veces piensa que debería haberlo hecho, otras siente que jamás merecería ese honor.

Alexander sonríe maravillado. Ama corromper lo puro y Liu, tan candoroso, tan gentil… quiere romper todo lo bello en él hasta que solo quede una carcasa.

Se relame observando la belleza que va a corromper. Los ojos, las mejillas, los dientes en forma de paleta entre labios pequeños como pétalos de flor. Entonces su vista baja más allá de su cara de muñequito o de su cuello tentador.

 

— ¿Cómo te has hecho esto? —pregunta agarrando por el brazo a Liu al ver el moratón que mancha su piel pálida.

—No es nada, es solo… unos chicos estúpidos de mi… de clase. —dice como si no fuese la gran cosa, aunque el rencor se puede leer fácilmente en su rostro.

No entiende por qué es tan divertido verlo hundido y llorando. No entiende cómo, cuando supieron que en su clase habría una silla vacía hasta final de curso, rieron y rieron, preguntándole a Liu dónde estaba ahora su amiguito que tanto lo defendía, como si el chico se hubiese marchado o lo hubiese traicionado. Como si hablasen de una niñería estúpida, no de la muerte de alguien. 

Alexander siente una repentina ira. Es impensable para él que otros pongan sus manos sobre un cuerpo que ya ha reclamado como el de su víctima.

La piel de Liu es solo de él para llenarla de heridas y pintarla de rojo y violeta, para romperla, morderla, dejarla fría y muerta… No de unos entrometidos. El dulce sufrimiento de Liu es de su propiedad.

—Una lástima, tu piel es realmente hermosa… —susurra, acariciando la marca del moratón y logrando que el humano se queje por el leve contacto. —debo admitir que el tono purpúreo es precioso en ella, aunque preferiría que fuese… de otra autoría. Pero no es el momento de hablar de ello, no ahora… Dime ¿Por qué no nos vamos? Es evidente que has perdido el apetito.

—No te irás hasta que salga de aquí ¿Verdad? —pregunta Liu derrotado, sabiendo que no podrá esperar en el bar hasta el amanecer. Alexander asiente, sonriéndole con falsa dulzura. Liu mira alrededor en busca de ayuda, pero sabe que cualquier intento sería en vano cuando ve a la recepcionista y las camareras escondidas tras el mostrador, atisbando tímidamente para esperar a que el vampiro y su presa se marchen —Lo que sea que quieres de mí ¿Por qué no lo tomas ya? Venir a hablar, esperar a que salga solo de aquí, acompañarme a mi casa… solo estás… retrasándolo ¿Por qué?

Alexander lo ve con diversión, mordiéndose el labio, y se encoje de hombros inocentemente.

—Es divertido.

Un reloj de cuco suena, sobresaltando a Liu. El bar cerrará en media hora.

—¿Lo suficiente divertido para que te contentes con seguirme y asustarme? O tú… —Liu traga saliva, negando con la cabeza —No quiero morir ¿Qué tengo que hacer para que te aburras de mí y me dejes?

Alex solo sonríe tiernamente, pero no responde. Liu recoge el dinero que antes había lanzado en la mesa torpemente, contándolo para ver cuánto debe dejar, pero Alexander se le adelanta soltando un billete de cincuenta sobre la mesa y diciendo a la camarera escondida:

—Quédate con el cambio.

Liu se levanta con las rodillas temblorosas y la mano del asesino se pone en su espalda baja, guiándolo con diligencia fuera del bar. Los dos andan en silencio hasta llegar al frente de la casa de Liu, allí Xander lo toma con fuerza y lo arroja contra la puerta antes de acorralarlo. Ama ver la sorpresa en su rostro y notar cómo con simples, juguetones, empujones ya lo ha herido y golpeado el aire fuera de sus pulmones.

Liu jadea, recuperando el aliento y preparándose para gritar por ayuda, pero una fría mano cubre su boca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 5

 

—Deberías ver lo hermosa que es tu cara cuando tienes miedo ¿Tienes la misma expresión cuando ruegas por tu vida? —pregunta con malicia.

—¿Qué es todo esto? —farfulla, desesperado. Sus días son una tortura y sus noches habían sido lo más cercano a la paz que conocía y ahora poco a poco se tornan en un horrible infierno.  —¿Q-qué quieres? ¿Qué puedo darte para que no sigas haciéndome esto?

—Solo estoy haciendo algo que mi madre siempre debió prohibirme de pequeño —sonríe acercándose a su oído y susurrando: —, jugar con la comida.

Liu grita cuando Alexander clava sus colmillos justo después. La piel cediendo como mantequilla, la sangre brotando a borbotones, siendo succionada por el ansioso monstruo. El dolor lo recorre entero como un relámpago, dejando sus músculos rígidos, sus cuerdas vocales tensadas y su voz sosteniendo un horripilante grito. 

El vampiro se separa de su cuello con la boca llena de sangre y sus enormes colmillos más afilados que nunca. La sed de sangre exacerba todos sus horribles deseos, todas sus sensaciones y emociones. La ira por escuchar al muchacho chillar, la lujuria que le provocaba su presa y la posesividad que sintió en el bar al saber que otros le habían herido forman una vorágine en su interior que inhibe cualquier compasión. 

Sujetando a Liu por los hombros, lo besa. Un beso profundo, animal y demandante, un beso lleno de sangre y gritos ahogados, de recuerdos rojos que Liu jamás podrá olvidar. El vampiro le aprieta los hombros, lo empuja contra su puerta y mueve sus gruesos labios sobre los del muchacho hasta lograr acceso a su boca, explorando la cálida cavidad con su lengua, dejando en ella el amargo sabor de la sangre.

Liu llora, tratando en vano de resistirse, odiando cada segundo de su primer beso. De cómo se siente no como algo que le dan, sino como que le están quitando.

El vampiro se separa de su boca y vuelve al cuello, succionando sin compasión, dejando al muchacho llorando en silencio, sin fuerzas para defenderse o gritar. Liu se siente ingrávido, confundido por el mareo, tanto, que para cuando quiere darse cuenta el vampiro ya no está.

Corre a su cuarto y llora toda la noche, incapaz de librarse del horrible rastro de dolor que el vampiro ha dejado en su cuello y sus labios. Se siente tan humillado, tan sucio. Grita hasta desgarrarse la garganta y cuando sale el sol de nuevo llama a la escuela fingiendo estar enfermo. No le es difícil sonar creíble, pues arrastra las palabras con pesar y su nariz, taponada de tanto llorar, le hace sonar miserable.

Se queda todo el día en la cama, viendo con terror como las horas se deslizaban lenta e inevitablemente hasta la noche. Desea tantísimo volver a su vida de siempre, cuando las noches eran el único momento de algo similar a la tranquilidad que tenía y ahora lo poco en su vida que le hace querer seguir viviendo ha sido destruido. 

A las cinco Liu ve que comienza a oscurecer y hace acopio de todas sus fuerzas para salir de la cama, cerrar con pestillo puertas y ventanas y vendar su herida. Se encierra en su cuarto con la luz prendida y se entierra entre las mantas de su lecho pidiendo a todos los dioses quedarse dormido y despertar en un radiante día nuevo.

Alexander, para su suerte, tiene unos planes distintos hoy, así que, en vez de dirigirse a la casa de su víctima, rastrea el olor que el otro día llevaba encima. Era un aroma indistinguible, propio de muchachos jóvenes, vigorosos y con las hormonas revueltas; él sabe que pertenece a esos abusones que habían tenido la osadía de tocar a Liu, así que piensa hacer algo al respecto.

Los halla bebiendo en un parque y charlando amenamente sobre chicas y deporte. Le llama la atención la forma en la que lucen, él lleva mucho tiempo sin visitar una universidad, pero supondría que sus estudiantes lucirían y se expresarían de una manera más… sobria. Lo deja pasar y escucha un rato. No hablan de nada interesante, hasta que mencionan cierto nombrecillo.

—El maricón de Liu no ha venido hoy ¿Vosotros creéis que se ha matado para hacerle compañía al otro?

—Puede, pero no va a saber ni cortarse bien las venas. Si lo ha intentado y le ha salido mal ¿Le quitamos las vendas de las muñecas? Yo quiero ver la herida.

Todos son grandulones y se ríen de una forma simiesca que hace al vampiro aborrecerlos.

—Mientras pueda darle una paliza luego, haz lo que te apetezca.

Xander los mira frunciendo el ceño. La crueldad no lo espanta, pero esas criaturas que osan hablar así no son bestias de instintos tormentosos como los suyos, sino meros, patéticos humanos. Humanos que han tenido la osadía de tocar lo que no les pertenece. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 6

 

Alexander aparece tras uno de los chicos, el cual estaba dando una descripción burlona de lo que le haría a Liu cuando volviese a la escuela, pavoneándose de su fuerza y burlándose de la dulce debilidad de Liu. De pronto sus dos amigos dejan de reír y animarle, sus rostros contorsionándose en un visaje de horror mientras sus caras palidecen. El matón deja de hablar y se gira muy despacio.

Alexander lo toma violentamente por el cabello, tirándole de la cabeza hacia atrás y haciéndolo caer al suelo de rodillas. Los dos amigos del chico se quedan congelados por el miedo, observando como su amigo es reducido fácilmente.

—Parece que tenemos gustos similares —comenta divertido, con un tono dulzón que contradice su férreo agarre en el cabello del mortal —. El dolor y el miedo siempre me han fascinado, es exquisito ver a alguien tan roto, tan despojado de esperanzas que incluso la muerte le parece una mejor alternativa. Supongo que en esos deseos nos parecemos ¿Sabéis otra cosa que tenemos en común?

Sacude un poco al humano para obtener una respuesta de él pues el enorme bravucón parece congelado e incapaz de moverse excepto por el temblor que recorre su cuerpo.

—N-no, señor… —musita, tragando saliva.

Sonríe mostrando sus colmillos, y se inclina para hablar tan cerca de su rostro que el matón solo puede cerrar los ojos y rezar silenciosamente.

—Que tenemos la misma presa y quizá vosotros compartís, pero yo… Yo no dejo que nadie más toque mis cosas y salga impune ¿Pueden vuestros patéticos cerebros mortales entender lo que insinúo o necesitáis que os amenace más claramente? Puedo empezar a romper un poco a este si eso os hará entender mejor —ofrece el vampiro con voz cruel, zarandeado de nuevo al chico arrodillado frente a él.

El muchacho empieza llorar y a negar bajo, suplicando con palabras sorbidas entre sollozos y una voz rota. Uno de los otros chicos niega con la cabeza e intenta hablar con toda la firmeza de la que puede hacer acopio.

—L-lo hemos entendido perfectamente. Por favor, no es necesario que…

Con un rápido movimiento, Alexander empuja al muchacho al que tiene bajo su agarre al suelo y mientras pisa su espalda con fuerza, manteniéndolo abajo, con una mano toma el brazo derecho del muchacho y tira hasta que se escucha un crujido húmedo y, un segundo después, un largo grito de agonía.

Yo decido lo que es necesario —sentencia el vampiro rubio dejando caer el brazo del chico al suelo como un juguete roto. El muchacho se aprieta su hombro dislocado y gimotea de dolor, intentando acallar sus gritos para no enfadar más al ser. Los demás se mantienen congelados en su lugar, ahora incapaces de hablar. —Vais a dejar en paz a Liu ¿No es así? —todos mueven al unísono sus cabezas en un dócil asentimiento— Bien. No quiero que le digáis una sola palabra de esto, que le habléis siquiera—todos asienten de nuevo y tan pronto el vampiro desaparece en un parpadeo, todos salen corriendo.

Alexander los observa con apatía desde lejos, molesto por haber tenido que lidiar con criaturas tan bajas y poco apetecibles, pero su ánimo mejora al recordar que aún tenía suficiente tiempo como para visitar a Liu.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7

 

Liu empieza a tranquilizarse, ya ha pasado el anochecer y no hay rastro del vampiro. Lleva todo el día sin comer ni beber, así que se confía lo suficiente como para ir a la cocina a ver si lograba encontrar algo de picar. Suspira al ver su nevera casi vacía y piensa en pedir comida a domicilio, pero jamás llega a pulsar el primer número. Su móvil cae al suelo cuando se voltea y encuentra a Alexander sentado cómodamente en su sillón, leyendo uno de los libros de clase que tenía sobre la mesa.

—¿Qué haces aquí? —Liu quiere gritar, pero solo un susurro sale de su garganta anudada.

Alexander cierra el libro de golpe, haciendo al chico dar un repullo.

—Tan siquiera un saludo. Recuerda, Liu, solo seré amable contigo si tú lo eres conmigo.

—Fui amable contigo y aun así m-me mordiste y me… me besaste a la fuerza— Liu se tapa la boca al instante dándose cuenta del tono que acababa de usar.

—Imagina entonces lo que haré cuando no esté esforzándome por ser amable —dice con burla, levantándose de la silla y acercándose al chico.

Liu se cubre cuando el hombre está cerca, totalmente convencido de que en cualquier momento algo doloroso llegará, pero los dedos de Alexander se enroscan sutilmente alrededor de su muñeca y tira de él suave, conduciéndolo por el pasillo a su habitación. Lui lo sigue, dócil.

Alexander abre la puerta del dormitorio como si se tratase del suyo y suelta a Liu, yéndose a sentar sobre la cama del muchacho.

—Siéntate —ordena dando suaves palmadas en sus piernas.

Liu trata de ignorar el gesto sin ser demasiado obvio y se sienta a su lado sintiendo la descomunal diferencia de alturas hacer que su estómago se hunda por el miedo.

—El otro día dijiste que querías… solo conocerme y hablar ¿No es así? —Alexander lo mira con curiosidad y las cejas alzadas por la sorpresa de ver al humano tomar la iniciativa.  Asiente sonriendo al notar como el chico juega con sus manos sobre su regazo— Entonces conversaré contigo, si es lo que quieres. Puedo, uhm ¿empezar preguntando algo?

—Adelante.

—¿Cuántos años tienes realmente?

—Hagámoslo más divertido. Tienes tres intentos para adivinarlo, si fallas… no me contentaré con conversar hoy y quizá… —Liu traga saliva y el vampiro deja morir el tono en sus labios a la par que deslizaba una mano por el brazo del chico, lentamente subiendo hasta su hombro y terminando sobre el grueso y alto cuello de su camisa.

Alexander tira de él, revelando una venda blanca manchada de sangre en los lugares exactos donde el día anterior dejó su marca de propiedad.

—Quizá, si fallas, vuelva a jugar contigo como ayer. Quizá sea más rudo —su tono es  más bajo, sus palabras más roncas, su mano tirando más y más del elástico cuello de la camisa y su rostro más cerca del sensible lugar donde una noche atrás probó el dolor del chico —, por lo maleducado que has sido antes. Así que ahora sé obediente, ponte en mi puto regazo en vez de hacerte el idiota, y desperdicia tu primer intento de averiguar mi edad.

Liu jadea ante el imponente tono del vampiro y se pone de pie. Sus piernas, temblorosas como las de un venado recién traído al mundo, amenazan con fallarle, por lo que Alexander lo toma por la cintura y lo conduce poco a poco sobre su regazo, sintiendo al muchacho tensarse tan pronto su pequeña figura queda pegada a la firmeza de su cuerpo. Liu ladea dócilmente la cabeza cuando su diablo empuja su rostro contra su piel, haciéndose un cómodo hueco en la unión entre su cuello y su hombro. El vampiro apoya su mentón justo sobre la venda manchada de sangre y, poco a poco, la presión reabrió la herida y la tela de la camisa de Liu se empieza a teñir de rojo.

—C-cien años… —solloza Liu.

Las manos del vampiro, hasta ahora posadas sobre la cintura del chico, se deslizan despacio hacia abajo y nuevamente hacia arriba, ahora por debajo de la ropa, a la par que el hombre niega con la cabeza. Lui tiembla sintiendo las frías, grandes palmas recorriendo su abdomen firme por la tensión y ascendiendo hacia su pecho. Una mano se queda sobre el pectoral derecho, acariciando suave e insinuante, los dedos deslizándose una y otra vez por encima de la tierna protuberancia de su pezón. La otra mano sube su camisa, revelando la pálida piel que acaba de ser tocada. Poco a poco, Alexander despoja al chico de su camisa, dejando su torso desnudo y la deliciosa piel erizada a la vista. 

Liu traga saliva.

—¿Doscientos? —pregunta con un hilillo de voz y supo por la grave risa en su oído que había vuelto a fallar.

—Me insultas, cosita, creyendo que soy solo un cachorrillo con un par de centenares de años —susurra el hombre en su oído, su tono oscuro, pero burlón, indica al humano que al menos no había enfadado al vampiro.

<<Solo me queda una oportunidad. Si fallo, él…>> Pero los pensamientos de Liu se ven interrumpidos por las manos de Alexander, que gentilmente toman los extremos de su vendaje manchado de sangre y lo retiran poco a poco, como quien desenvuelve con cariño un regalo.

Liu siente su herida punzar y doler por cada capa de gasa que se le retira y, finalmente, nota el gélido aliento del vampiro sobre su herida abierta y enrojecida, como el anticipo de un horrible dolor.

—Mil… mil años. —sentencia finalmente el chico, su voz suena llena de convicción y una parte de él está realmente segura de que no puede fallar, quizá porque es incapaz de imaginar cómo soportará lo que le espera si lo hace.

Alexander no responde a su intento de acertar, haciendo al chico enloquecer mientras siente una larga y húmeda lengua deslizarse por el lado de su cuello que todavía no ha sido mordido. <<No me está atacando ¿Eso es que he acertado? ¿O está preparándose para volver a herirme porque he fallado? ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué no hace nada?>>

—Porque quiero disfrutar de las cosas despacio ¿Por qué me apresuraría? Tengo todo el tiempo del mundo para esto —murmura y entonces Liu siente la lengua del hombre en su nuca y, luego, gruesos y deleitosos labios prensándose en húmedos besos en el lugar, poco a poco viajando hasta llegar a la zona herida de su cuello. Alexander la lame superficialmente y el chico no puede evitar gimotear y retorcerse de dolor—. Y de toda la eternidad que tengo en mis manos, he vivido solo mil seiscientos sesenta y seis años.

Liu exhala de la impresión. No solo porque jamás ha oído de un inmortal con tanta historia a sus espaldas, sino porque esa intimidante cifra significa que ha fallado.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunta, su voz resquebrajándose al final y lágrimas brotando inevitablemente de sus ojos, empapando sus mejillas.

La boca del vampiro le responde sin necesidad de hablar: los gruesos labios se pegan a la herida que el hombre le había hecho la noche anterior y donde uno puede identificar las dos profundísimas incisiones de los colmillos y, alrededor de estos, la piel desgarrada por la fuerza con la que los demás dientes se clavaron, como buscando arrancar y devorar su carne. Liu grita cuando el vampiro chupa ávidamente, arrancando de su sensible carne más de ese precioso líquido rojo. Una de las manos del monstruo sube hasta la cabeza del chico, tirándole de los cabellos para forzarlo a ladearla y mostrar su cuello, dejándolo disponible y vulnerable. El otro brazo rodea al chico por la cintura con fuerza, manteniéndolo quieto y fijo sobre su regazo.

Liu forcejea solo al principio, clavando inútilmente sus uñas en el brazo del vampiro y tirando de su cabeza en dirección opuesta a la que el vampiro le jalonear, pero cuando Alexander toma un par más de sorbos de su sangre, Liu pierde sus fuerzas y sus esperanzas y queda flácido en sus brazos. Incluso sus lamentos pierden fuerza: antes eran gritos de dolor y, ahora, solo sollozos y gemidos ahogados.

Cuando el vampiro se separa de su herida y suelta su cabeza, esta cae hacia delante como si se tratase de un muñeco sin vida. Pero Liu no obtiene tregua: Alexander toma sus cabellos color chocolate en su puño de nuevo y tira, pero esta vez en dirección opuesta. Cuando Liu siente los labios calientes de sangre posarse sobre la piel todavía sana de su cuello, su corazón da un vuelco.

—E-espera, por favor… —dice con un hilillo de voz —No puedo, n-no puedo más.

—Todavía puedo beber de ti sin matarte. Voy a conservarte con vida por ahora.

Liu niega con la cabeza, horrorizado y llorando.

—Duele demasiado, por favor —suplica de nuevo y siente los húmedos labios de nuevo sobre su garganta, la sangre de su herida resbalando por su cuello, por sus clavículas y derramándose por su pecho, su vientre, empapando sus sábanas —¿H-hay algo que pueda hacer par…. para que t-te detengas? L-lo que sea, por favor.

Alexander ríe en su oído con un siseo cruel, su lengua repasando los colmillos salpicados de sangre y los labios rojos y húmedos antes de hablar.

—¿Y qué podrías hacer tú por mí, dulce presa? ¿Qué podrías ofrecerme que no pueda tomar yo de ti por la fuerza? —pregunta, burlón.

Liu se muerde el labio con fuerza, frustrado, aterrado ante la inevitabilidad de su destino. <<No quiero más dolor, no quiero más dolor, por favor. Sé que lo merezco, pero no quiero más>>

—Algo extraño para alguien como tú suplicar por que deje de herirte —el brazo que los sostenía quieto y dócil por la cintura se afloja ahora, dejándolo ir, y tanto esa como la otra mano del vampiro se posan sobre los hombros del débil muchacho y descendieron hasta llegar a sus antebrazos. —, habría jurado que disfrutas del dolor. —murmura, tomándolo por las muñecas y girándolas, revelando la pálida piel del chico pintada con cientos de cicatrices rosáceas.

Liu mira sus cortes con vergüenza. Algo en esa vista se le hace insoportable, pero también obligatorio, como si mereciese el asco que siente por sí mismo, el revolvérsele del estómago que siente cada vez que acerca su cuchilla a una cicatriz sanada y pálida y la abre de nuevo, como para recordar cómo estaba antes, cómo debe permanecer.

—No me gusta el dolor —confiesa forcejeando un poco con el vampiro con la intención de esconder sus brazos llenos de lesiones fibrosas —, no lo hago por eso —continua, sollozando cuando se da cuenta de cuán inútil es su lucha y se resigna a tener que mostrar una parte tan íntima, tan vulnerable de él a la bestia más cruel que jamás ha conocido.

—¿Qué otra razón tendrías para hacer sangrar así tu bonita piel? —pregunta el hombre, su tono dulce en apariencia, pero tan terriblemente perverso. Liu odia lo seductor que suena, lo suave, como si ese hombre supiese que no necesita gritar o amenazar para arrancar de él cualquier verdad.

—N-no lo sé, me hace… cuando siento que no puedo continuar, cuando creo que me muero… me hace sentir mejor, me ayuda a seguir adelante, cuando me siento culpable… —<<Me da el castigo que siento que necesito. Al menos una parte de él. Me hace recordar que no merezco una vida sin dolor, quizá no merezco una vida en absoluto>> los ojos de Liu se llenan más aún de lágrimas y sorbe, sintiéndose tan terriblemente humillado cuando cae en la cuenta de que incluso si se rehúsa a pronunciar esas palabras y admitirlo delante de nadie, el vampiro puede aún penetrar en la intimidad de sus pensamientos. Saquearlos y llevarse sus más oscuros secretos —¿Qué más te da, de todos modos? Si tanto te gusta verme herido, esto debe alegrarte.

—Oh, me malentiendes, humanito —espeta Alexander ofendido, su tono sonando fingidamente triste —, no disfruto de verte herido, disfruto de herirte. Yo. —murmura en su oído con un tono ominoso y aterrador, Liu se estremece. Alexander toma las muñecas del chico ahora con una sola de sus enormes manos mientras que con la otra acaricia los relieves de las cicatrices del muchacho, pasando las yemas de sus dedos por la tierna y rosada piel. Y luego pasando sus largas, afiladas uñas —Me perteneces, Liu, así que ya no tienes derecho a hacer sangrar tu piel si no es por orden mía ¿Está claro?

El muchacho aprieta sus dientes, lágrimas de rabia goteando sobre el suelo y sus nudillos palideciendo por la fuerza con la que cierra sus puños. Quiere gritar, pelear, recriminarle a Alexander y al universo mismo que no es justo que le arrebaten tanto: a su familia, a su mejor amigo, a su amor, su inocencia, su sangre y, ahora, su cuerpo mismo. Su voluntad.

—¡Ah! —Liu sale de su cabeza inundada por la rabia cuando nota un pinchazo en su antebrazo y ve, con pánico, una de las negras garras del vampiro se hunde en su piel y se arrastra por ella, siguiendo una de las líneas de sus cicatrices, abriéndola hasta que la sangre gotea en el suelo y sus brazos tiemblan por el dolor.

—¿Debería hacer esto con cada uno de tus cortes, Liu? ¿Debería reabrirlos con mis propias manos hasta que todas las marcas de tu cuerpo me pertenezcan?

El chico niega con la cabeza frenéticamente.

—Lo que sea —farfulla con pánico —, haré lo que sea. Pero, por favor, deja de herirme.

Las garras de Alexander vuelven a punzar su piel, haciendo brotar varias gotas de sangre. Esta vez usa su dedo índice y el corazón y, mientras los arrastra lentamente, abriendo la piel de su inmóvil presa, dice:

—Te pregunto, de nuevo ¿Qué puedes ofrecerme de ti que no pueda quitarte cuando me venga en gana?

Liu grita y su cabeza se empuja para atrás, incapaz de seguir viendo como el monstruo desgarra y rasga poco a poco su piel.

—P-puedo… puedo —balbucea, incapaz de pensar nada. Su cabeza en blanco, no, en rojo, parece un abismo sin fondo por el que cae, cada vez más y más hondo, más y más irremediable. Hasta que encuentra algo a lo que aferrarse —puedo ofrecerte a mí mismo, ofrecerte… mi sumisión.

—¿Tu sumisión? —pregunta el vampiro alzando una ceja y tan burlón que apenas puede contener una carcajada. La idea, sin embargo, lo sorprende lo suficiente como para dejar de arañar los brazos de su presa y permitirle explicarse mejor.

—Puedes… p-puedes tomar lo que quieras de mí por la fuerza, eres una criatura… poderosa, un ser que inspira terror en los demás, que hace que todos huyan de ti ¿N-no es así? ¿No has sentido nunca el placer de que un humano se… se entregue a ti sin que tengas que tomarlo por la fuerza? P-puedo darte eso, si no me hieres de este modo.

Alexander quiere reír por la sola mención de esa idea ¿El placer de que un humano le de lo que él puede tomar mediante una divertida cacería? ¿Acaso tomar las cosas por la fuerza no es la gracia? ¿Pelear y ganar, infligir dolor y ver el horror en la cara de sus víctimas? Liu no parece ofrecerle un divertido juego, sino más bien una victoria aburrida.

Alexander vuelve a presionar sus garras contra las muñecas de Liu, esta vez las cinco, y este chilla con terror, removiéndose entre sus brazos.

Pero antes de que pueda empezar a romper su piel, Alexander se queda congelado en su lugar, dándole un segundo pensamiento a esa idea que había considerado tan ridícula que no era merecedora siquiera de un primer pensamiento.

Él siempre ha volcado todo su deseo en frágiles receptáculos humanos que se han roto bajo su magnitud, pero jamás ha experimentado el dulce roce de un amante, el toque de un mortal que, con manos cálidas, desea a la par que es deseado. ¿Acaso no empezó a atormentar a Liu por la misma razón, por sentir algo nuevo, por divertirse de un modo distinto pues sus cacerías empezaban a aburrirlo?

De pronto, Liu es liberado y las manos del vampiro, lejos de seguir reabriendo viejas heridas, lo toman por la cintura gentilmente, alzándolo de encima de su regazo y tumbándolo en la cama. 

Los ojos de Liu se abren con sorpresa viendo al hombre que segundos atrás lo torturaba, gateando sobre él despacio, como un amante listo para besar apasionadamente a quien llama suyo. Liu se congela sobre su lecho sintiendo su cuerpo estremecerse por la cercanía de la peligrosa criatura y por el dolor en su brazo y su maltrecho cuello. 

Alexander lo mira desde arriba, sus ojos rojos llenos de altanería y los cabellos áureos cayendo alrededor de sus rostros, como un dosel. Una de sus poderosas manos se dirige al chico, que se cubre con temor, pero Alexander se deshace de su resistencia y lo toma del cuello con firmeza, acercándose el rostro del chico al suyo.

—Si vas a ofrecerte a mí, entonces empieza. Muéstrame si vale la pena de verdad.

Liu traga saliva, dudoso sobre qué debe hacer, incapaz de bastarse de ninguna experiencia previa. Así que simplemente hace lo que él había repetido en su mente una y otra vez durante el verano de tres años atrás, solo que esta vez, cuando cierra los ojos e imagina la cara de su primer amor, sabe que lo que de verdad le aguarda era el hermoso rostro de un asesino.

Se inclina hacia delante dudoso y entreabre los labios para posarlos sobre los ajenos en un tierno y casto beso. El inocente gesto dura apenas unos segundos antes de que Liu se aleje poco a poco del hombre tras haberle entregado el primer beso que él ha dado jamás, pero Alexander aprieta su cuello demandantemente y tira de él, haciendo que sus bocas vuelvan a chocar.

Liu no se resiste esta vez, incluso si cada fibra de su ser le advierte de un peligro que ha tenido la desgracia de probar en carnes propias. En lugar de eso, inclina la cabeza, dócil, y abre la boca. El vampiro toma su ofrecimiento con gusto, besando sus labios de un modo ansioso, pero menos salvaje que las otras veces, donde buscaba solo morder sus belfos y profanar su boca.

Lo besa profundo, despacio, disfrutando de las cosas que puede permitirse hacer ahora que la boca que se le ofrece no intenta gritar por ayuda y suplicarle en vano que parase. Toma los labios de Liu entre los suyos, apretándolos despacio, saboreándolos y tirando de ellos levemente, chupándolos hasta hacer que sus bocas se separen con un sonido húmedo y chicloso. Y luego vuelve a hundirse en el beso del otro, esta vez lamiendo con su larga y afilada lengua la sangre del muchacho que él mismo ha dejado en sus labios y adentrándose después.

Liu se queja con un dulce ruido al notar el metálico sabor inundar su boca, pero trata de ignorarlo cuando se percata de que aunque el beso es más largo ahora, no es tortuoso: Alexander acaricia su lengua con la propia y prueba sus labios profundamente, pero no hay dolor, y su toque es ciertamente suave incluso si su voracidad es demasiado para que el chico le siga el ritmo. De todos modos, es lo máximo que Liu podía obtener.

De pronto, la mano de su cuello tira de él en dirección opuesta, arrancándolo tan violentamente del beso que los colmillos del vampiro le rasgan el labio inferior y el chico jadea de dolor. Asustado, se cubre esperando ser reprimendado por no habar complacido a su dueño, pero cuando retira poco a poco sus manos se encuentra totalmente solo en la habitación.

Alexander, durante la noche, se roza los labios con los dedos una y otra vez, buscando en ellos ese hormigueo agradable que ha sentido. No el de robar un beso, sino el de recibir uno. El de ser ofrecido, regalado, sacrificado algo con total devoción.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 8

 

Al día siguiente Liu sí que va a clase. Le cuesta horas mentalizarse para salir de la cama y cuando se ha acabado de arreglar siente que nadie ha hecho en el mundo esfuerzo más grande para una tarea tan cotidiana. Aun así, lo logra y desayuna un poco de leche, así como se baña y venda su cuello. Se arrastra de habitación en habitación y luego va a clase con su mochila llena de libros, prácticamente arrastrándose hacia el instituto.

El día pasa lento y deprimente, pero en la tristeza y el cansando de Liu, el muchacho halla una extraña paz: nadie lo está molestando hoy, es como un fantasma en pena flotando por los pasillos, invisible a los ojos de los matones que antes lo habían martirizado tan pronto lo atisbaban. Uno de ellos lleva el brazo vendado y Liu piensa que desquitará su frustración y dolor en él cuando sus ojos se cruzan, pero el muchacho simplemente mira atrás de Liu, como si viese a través de él, y se marcha puntualmente hacia su pupitre.

Prestar atención es una batalla perdida. Liu ha logrado ir a clase, pero su cuerpo es lo único presente en el aula, pues su mente viaja todo el rato o al pasado, reviviendo la terrorífica noche anterior, o al futuro, preguntándose ansiosamente ¿Y ahora qué? Liu sabe que ofrecerle al vampiro un beso ha logrado comprarle algo de tiempo, pero también es consciente de que tiene una, dos noches a lo sumo, antes de que el ser empiece a pedir más.

Cuando el muchacho llega a casa tras las clases el paso del tiempo se le antoja tan inevitable como atroz. Quiere hacer deberes o estudiar, seguir con su sueño de lograr ir a la universidad y avanzar con su vida, pero sus ojos se quedan clavados con horror en la forma en que el sol lentamente se pone, como recreándose en el horrible destino que le depara.

Una parte de él, pequeña, soñadora e infantil, le asegura que esto es todo. Que ha pagado ya por sus pecados y que no merece más sufrimiento, que Alexander se ha saciado con su beso y que jamás lo atormentará de nuevo.

Y esa parte de él se quiebra cuando escucha pesados pasos detrás de él junto a una voz ronca y desgraciadamente familiar.

—Buenas noches, mi presa.

Liu se tensa en su silla y pronto dos grandes manos cubrieron sus hombros, masajeándolos juguetonamente al principio y luego apretándolos para empezar a manejar al chico como un títere. Alexander hace al chico levantarse de su silla y voltearse, encarándolo. Liu jadea al verlo, su apuesto y masculino rostro pálido y sin mácula alguna sería tan deslumbrante, con el mentón y los pómulos marcados, con esos carnosos labios color melocotón y la aristocrática nariz recta, con esas pestañas largas y esos ojos felinos y seductores… de no ser por los iris rojo sangre y los grandes colmillos que sobresalen de la boca del mientras le sonríe con malicia.

Alexander desliza sus manos lentamente por los brazos del chico y hasta llegar a su cintura, avanza hacia él hasta que la espalda baja del muchacho choca contra el borde de la mesa donde sus libros están esparcidos y luego lo alza, haciéndole sentarse sobre esta, y se aproxima hasta quedar entre sus piernas.

Liu sabe lo que el hombre desea tan pronto lo ve mirarle los labios e inclinarse hacia su rostro, así que exhala, tratando de relajarse, y entreabre su boca, invitando al inmortal a robarle un beso más. Alexander se hunde en sus belfos sin vacilación alguna, primero amasándolos despacio con los suyos y luego volviéndose más ansioso por sus besos y su cercanía, mordiendo, chupando los labios del muchacho humano hasta dejarlos rojos y arrancarle pequeños sonidos que traga a placer, apretando con fuerza sus manos en los costados del mortal, atrayéndolo hacia su enorme cuerpo y presionándolo contra este para poder sentir cada centímetro de su figura temblando y estremeciéndose por su tacto, mas no osándose a huir.

Liu abre su boca más cuando la del vampiro lo exige con sus movimientos bruscos y demandantes y la lengua larga y húmeda de su demonio personal se adentra entre la suavidad y el sonrojo de sus labios, acariciando su pequeña y tímida lengua. Sin el sabor de la sangre de por medio, Liu siente ese beso distinto de el de la noche anterior. Igual de abrumador, pues los labios que lo besan son los mismos que bien podrían devorarlo, pero quizá un poco más dulce. Quizá ligeramente agradable, pues un leve cosquilleo nace en su bajo vientre cuando intenta mover su pequeña lengua y nota la humedad de la del otro, ambas moviéndose juntas y la suya siendo instruida por una con más experiencia, siendo chupada, mordida de forma juguetona o quizá amenazante que le acelera el corazón.

Alexander se separa de su boca cuando siente al muchacho jadear por aire y se relame los labios observando lo brillosos y arrebolados que lucen los de humano después de haberlos probado.

—Tu boca es tan dulce como tu sangre —sisea el hombre maliciosamente, su aliento frío erizándole la piel al chico y lamiéndole la humecta boca —. Tienes suerte de que sea así, bolsa de sangre, porque si no ahora no estaríamos teniendo un momento tan… agradable para ti —Liu tiembla al oír eso y su imaginación le traiciona, mostrándole horribles imágenes de lo que el vampiro podría haber hecho con él de quererlo. —He pensado en el trato que me ofreciste ayer. Tu sumisión a cambio de mi… ¿Cómo llamarlo? De mi consideración. De mi paciencia y mi suavidad.

Alexander pronuncia esas palabras con una musicalidad divertida, como si encontrase graciosa la idea o, quizá, el hecho de que algo salido de la joven cabeza de un mortal pueda gustarle tanto. La noche anterior habría reído a carcajadas ante la idea de aceptar un trato similar, pero después de dejar al humano tentarlo con ese dulce beso, se vio incapaz de vivir sin ello.

El placer de tomar lo que uno desea por la fuerza siempre le fascinó, le hizo sentir poderoso y le obtuvo el terror y adoración de humanos que incluso lo comparaban con dios y el diablo. Sin embargo, el placer de que un humano le entregue lo que desea es simplemente exquisito y le hace sentir igual sino más poderoso, sabiendo que puede obtener lo que desee del muchacho sin siquiera usar su poder, simplemente dando una calmada orden, lanzándole una mirada cargada de deseo.

La noche anterior, de hecho, tuvo que empujar al chico lejos y marcharse como huyendo de su propio placer con tal de conservar su autocontrol. Jamás ha deseado controlarse, pero esta es la primera vez que no puede. La docilidad del chico abriendo su boca para él, besándolo de vuelta e incluso tratando de mover su lengua lo enloquecieron. El candor de sus gestos, la suavidad con la que, en vez de forcejear, el cuerpo de Liu solo temblaba y se dejaba hacer.

Jamás había sentido tanto que un humano era suyo. Y jamás había querido tantísimo romper algo que poseía, así que se marchó antes de hacerlo. Ahora, mientras dice esas palabras y siente el beso aún latiéndole en los labios, se pregunta cómo va a soportar sin dejar que sus deseos tomen el control y que él tome a Liu como siempre lo ha hecho con las cosas que ha querido.

—Entonces ¿Te parece bien? —pregunta el muchacho con voz fina, colmada de preocupación.

El vampiro sale de su ensimismamiento y se inclina para dejar un leve beso sobre su boca.

—Por ahora, pero no abuses de mi paciencia, Liu. Voy a ir despacio contigo, pero eres mío y voy a obtener lo que desee de ti ¿Queda claro?

Liu siente las manos del hombre presionando fuerte en su cintura, el duro, musculoso cuerpo apretándose contra su pequeña figura. El chico palidece, incapaz de pensar en cómo salir de esa situación, y finalmente se rinde.

—S-sí. —tras un suspiro, el muchacho se arma de valor y pregunta —¿Puedo bajar? E-estoy arrugando los libros.

El vampiro mira por encima del hombro del chico, viendo que lo ha sentado sobre algunos cuadernos y libros de estudios, así que lo baja de la mesa alzándolo como si fuese un muñeco sin peso y luego toma uno de los libros de la mesa, alisando la página arrugada con sus manos.

—Oh, cierto, dijiste que estudiabas… ¿Vas a la universidad?

Liu tuerce su boca en un gesto de desagrado y niega.

—Aún no —confiesa incómodo y mirando al suelo, sus mejillas volviéndose rojas por el bochorno —, he… repetido varios años y estoy intentando acabar bachiller ahora.

Alexander enarca una ceja leyendo por encima los contenidos del libro que tiene en sus manos, todos se le antojan básicos y simples, así que deja el libro sobre la mesa con desdén.

—¿Cómo es posible? —pregunta tomando al chico por la barbilla para hacerle alzar el rostro y mirarlo —¿Acaso no eres un chico listo? Lo suficiente como para que hayas logrado que te conserve con vida por más tiempo que a ninguna de mis anteriores presas.

Liu traga saliva <<¿Y por cuanto más viviré? Si todas sus presas han terminado muriendo, nada me hace distinto. No estoy ganándome mi libertad a largo plazo a cambio de mi esclavitud a corto plazo, estoy solo… entreteniéndolo para alargar mi vida unas semanas más. Voy a morir si me desea demasiado. Voy a morir si le aburro. No me libraré de él ¿Cierto? Es inútil seguir estudiando para ir a la universidad, seguir pensando en un futuro, fantaseando con conocer a alguien y volver a enamorarme como me enamoré de Matheo, es inútil…>>

—¿Quién es Matheo? —pregunta de pronto Alexander, su expresión se ensombrece y su tono, minutos atrás juguetón y travieso, entona ahora una seriedad amenazante. 

—No es nadie —responde Liu con urgencia, su corazón acelerándose y sus ojos traicionándolo al llenarse de lágrimas. —, él no… no está aquí, no te enfades, no es nadie de quien debas preocuparte, y-

—¿Dónde está, entonces, ese muchacho? Si no debo preocuparme, entonces él no tiene nada que temer ¿Cierto? —Alexander avanza hacia el chico de nuevo, su mano envolviéndose alrededor de su cuello, apretando la enrojecida herida hasta que puede sentir el calor de la sangre manando de nuevo —Y tú tampoco, porque a menos que me mientas, a menos que entregues tu cuerpo, tu sangre, tu vida, a otro que no soy yo, no tienes por qué temer.

—No tiene nada de qué preocuparse, él… Matheo murió hace tiempo.

—Bien, así no tendré que matarlo yo mismo.

Liu siente su corazón desgarrarse tan pronto las palabras salen de su boca, sin siquiera escuchar las del vampiro más que como un eco distante. Hace años que lo sabe, que ha leído obsesivamente sobre la noticia en periódicos, que ha repasado mentalmente sus recuerdos una y otra vez, como buscando en el pasado un vacío, una pequeña laguna que le permita, de algún modo, cambiar la realidad y buscar un modo de hacer lo que podría haber hecho y no hizo, de salvarlo a él o a su padre o a su madre o siquiera a su dulce perrito que movía la cola tan feliz cada vez que lo veía. Liu desperdicia su vida pensando en sus muertes y deseando que de algún modo el pasado fuese maleable y que, si lo desea suficientemente fuerte, si se arrepiente suficientemente fuerte y sufre suficientemente fuerte toda esa fuerza pueda rescatar al menos una pequeña parte de todo lo que perdió.

Y aunque sus muertes giran en torno a su cabeza una y otra vez, cuando lo dice, cuando pone en palabras lo que son hechos, la realidad se hace absoluta, pesada, metálica. Siente que al decirlo sella el pasado y emite una sentencia. Que ahora que ha dicho las palabras ya no hay vuelta atrás. Que lo ha hecho todo demasiado real.

Y rompe a llorar.

Un llanto crudo y desgarrador que Alexander ha oído pocas veces en su existencia. No de las bocas de sus víctimas, que saben que la muerte se acerca, sino de las de sus seres queridos, que saben que tendrán que vivir con ello para siempre.

Y para Alexander sus víctimas y sus familias nunca han sido más que muñecos de carne y sangre. Sus súplicas mero ruido. Sus vidas, su alimento y sus muertes: su saciedad.

Pero Liu, incluso si es una víctima más y no puede sino verle desde los ojos de un cazador, se siente un poco distinto. Liu tiene un nombre para él, tiene algo que lo distingue ligeramente de los demás pedazos de carne donde ha hundido sus dientes. Liu le ha besado de esa forma que sabe que ahora anhelará por siempre. 

Alex siente una incomodidad en el pecho y, con ello, descubre que el trato del muchacho tiene truco: conservarlo y saborearlo despacio es delicioso, pero también peligroso, pues cuanto más tiempo pasa con él, más se acerca al humano como humano, más recuerda su nombre, sus ojos, el timbre de su voz, y más descubre por qué los humanos, si ven a los animales como alimento del mismo modo en que Alexander los ve a ellos, a veces aman tanto tener mascotas a su lado, cuidarlas, conservarlas.

Así que Alexander suelta el cuello del chico, su mano aún reposando sobre su garganta, y deja que sus dedos se paseen agradablemente por la nuca del chico, jugando con sus ondas de cabello chocolate y acariciándolo como ha visto a humanos mimar a sus perros o gatos.

—No gastes mi tiempo con tus lágrimas, humano. Tranquilízate —murmura, acercando al chico hasta apretarlo contra su pecho y subiendo sus dedos por el cuero cabelludo de ese, todavía acariciando y peinando los mechones con cuidado. Su otra mano reposa en la espalda baja del mortal, manteniéndolo cerca mientras lo siente hipear y sollozar contra su pecho —, tranquilo. No voy a hacerte nada, pero debes saber, Liu, que no tienes permiso para buscar enamorarte de alguien. Eres mío, por completo.

Liu solloza profundamente en su pecho, un sonido extraño entre un quejido y un grito queda atrapado en su garganta y luego sorbe, intentando detener su llanto.

—P-perdón, lo siento, no te enfades, es solo… He perdido a Matheo y perdí a mi familia y me siento tan… —Liu solloza de nuevo —, no sé qué hacer. 

Una parte de Alexander se alegra. Sin amigos, amantes o familiares que se entrometan, puede hacer a Liu desaparecer sin problema alguno, puede arrancarlo de su vida y hundirlo en el infierno de la suya sin que nadie haga impertinentes preguntas, sin que nadie busque a Liu o llore su muerte. Sin embargo, el tono angustiado del menor lo hace sentir mal y eso lo irrita, robándole cualquier felicidad que habría podido sentir.

—E-es por eso que repetí… no… no soy estúpido. Sé que no lo soy, es solo… me cuesta tanto concentrarme desde entonces… Intento lidiar con todo el dolor y con la ansiedad y con el miedo hacia el futuro y es tan difícil y ahora… ahora esto, ahora tú. No sé qué voy a hacer, no puedo hacer nada ¿Cierto? Incluso si soy obediente, incluso si cumplo todos tus deseos, voy a morir ¿Verdad? Voy a… tirar todo el esfuerzo que he hecho estos años por la borda y moriré solo.

<<Quizá me lo merezco. Quizá me lo han enviado ellos desde el más allá, a este demonio, para castigarme por sobrevivir cuando ellos lo perdieron todo. Porque nada me hace especial, nada me hace mejor que ellos y, aun así, ellos estaban en el lugar equivocado cuando yo no lo estuve>>

Alexander aprieta sus labios. Las lágrimas de Liu son amargas. Las palabras de Liu son amargas. Los pensamientos de Liu son amargos. Y él planea decirle la amarga verdad: que ninguna de sus víctimas ha sobrevivido nunca y que no planea cambiar ese hecho. Pero si lo hace ¿No estará a cambio arruinando esa dulzura propia del muchacho que tanto ansía? Así que el hombre abre su boca cautelosamente y dice:

—No sé qué haré contigo, humano. Ahora —Alexander se separa de él, se dirige a la mesa y toma uno de los libros de esta antes de entregárselo al muchacho —continúa estudiando. Si mañana me obedeces tan bien como hoy, si sigues haciéndolo todos los días… quizá te dejo vivir hasta que vayas a la universidad. Si me complaces, Liu, quizá puedes acabarla. 

Liu traga saliva, incapaz de discernir si las palabras del vampiro suenan más como una oportunidad o como una amenaza. En un parpadeo, el muchacho se encuentra solo, con un libro en la mano y la extraña pero reconfortante certeza de que tendrá una noche en paz.

 

Capítulo 9

 

A la mañana siguiente Liu encuentra motivos suficientes para sonreír por unos instantes.   Por fin es viernes y podrá pasar todo el fin de semana lejos de sus aborrecibles compañeros de clase. A decir verdad, no los odia a todos, pero detesta demasiado estar entre ellos. Odia mirar a su alrededor, en esa clase donde estuvo dos años atrás, y no ver el perfil de Matheo, no oír su risa en medio del sermón del profesor, no recibir su incesante bombardeo de notitas de papel. Odia sentirse avergonzado y raro por ser demasiado mayor, alienado de sus compañeros. Odia intentar hablar con algunos de ellos y sentirlos demasiado pequeños, más cercanos a la niñez que a la adultez; tampoco es culpa de ellos comportarse como es propio de su edad, ni es culpa de Liu que en pocos años el mundo le haya forzado a madurar a base de dolor y soledad. Odia que los únicos que tienen casi su edad sean más grandes que él en tamaño, pero más pequeños en corazón, personas horribles que más que avergonzarse por seguir en la escuela, se sienten tiránicos y poderosos por el miedo que inspiran en sus compañeros apenas adolescentes. Odia sentir que su vida se había paralizado y no saber si podrá avanzar.

No obstante, el día va sorprendentemente bien. Nada sucede y es eso lo que hace su día tan bueno: no hay empujones ni insultos, tan siquiera malas miradas.

La herida del cuello de Liu comienza a sanar poco a poco y también se siente más esperanzado respecto a Alexander. Si un beso ha bastado para contentarlo por dos noches ¿Por qué no por tres y cuatro y cinco? Quizá, se dice a sí mismo, solo tiene que besar a ese extraño vampiro cada noche y eso será todo. Liu puede con eso.

También puede con las clases. Mientras escucha a su profesor explicar la mitosis y la meiosis, el chico suspira aliviado. Ahora que extrañas preocupaciones no le nublan tanto el juicio, las clases se le antojan tan sencillas que incluso se permite distraerse mirando por la ventana, viendo a los pájaros posarse sobre las ramas y picotear migajas de pan en el suelo. Se pregunta cómo serán sus vidas, si un ave puede sufrir como él sufre y si quizá la ignorancia que hay en esas cabecitas plumosas es una maldición o una bendición. Piensa que le gustaría ser un gorrión y no saber nada más que picotear y volar. Volar bien alto, bien lejos.

Cuando Liu vuelve a casa estudia con esmero y descubre que sus deberes son más fáciles de lo que había creído días atrás. Come un poco y se envuelve en una cálida y cómoda manta para ver la televisión mientras espera el anochecer. Incluso si intenta distraerse con una película, la inevitable llegada de la noche lo pone cada vez más y más nervioso hasta que cuando todo esta oscuro, Liu mira a todos lados, temiendo ver a Alexander, esperándolo.

El hombre parece hacerse de esperar y con cada minuto más allá del anochecer el humano se llena de esperanza y preocupación a partes iguales <<¿No va a venir? ¿Va a venir ya? ¿Cuándo vendrá? ¿Es ahora? ¿Está aquí? ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Es él?>> hasta que el cansancio lo vence y se queda dormido abrazándose con fuerza a un cojín.

 

 

 

 

Capítulo 10

 

La respiración de Alexander está agitada. Quiere ver a Liu, necesita ver a Liu, pero su deseo lo asusta. Siempre ha sentido la implacable fuerza de su sed de sangre, esa fuerza que tira de él como con una correa de hierro, pero su sed siempre ha sido eso, de sangre. Y la sangre no tiene nombre, no tiene rostro, ni manos, ni voz. Sin embargo, la sed que Alexander siente ahora si lo tiene. No tiene sed de sangre, no solo de ella al menos, sino de Liu. Tiene sed de su cara, su tacto, sus palabras.

Y le asusta apegarse tanto a algo tan efímero, a algo que quiere destruir y consumir. Así que necesita aclararse, saciar su sed que le nubla el juicio y recordarse que la sangre es solo sangre, venga de quien venga.

El vampiro se queda estático en medio de la calle. Los ojos cerrados y las aletas de la nariz abiertas mientras inhala profundamente. Su alrededor es una vorágine de aromas: polen y comida, tabaco y pequeños animales, perfumes y sudor, césped recién cortado y jabón, libros nuevos y plástico quemado… pero los descarta rápidamente, toda su atención fija en uno concreto: sangre.

Sangre andando hacia él. Alex, entonces, decide andar hacia la sangre. Rebuscar en sus pensamientos: <<Más vale que esta vez logre ligar con alguien. Estoy tan jodidamente harto del trabajo, necesito un polvo, aunque sea con una->>

—¡Mira por dónde mierda vas! —grita el hombre cuando choca contra lo que habría jurado que era un muro de hormigón.

Al subir su vista con ira hacia el rostro del corpulento incordio, el corazón del hombre da un vuelco. <<Ojos rojos>> piensa y traga saliva <<Colmillos>>.

—P-perdón —se corrige de inmediato, su cuerpo musculoso achicándose de golpe y su tono sonando pequeño y gentil cuando hace unos segundos ladraba cual perro rabioso —, no vi, no sabía que usted era…

—Oh, tranquilo, simplemente estás estresado por el trabajo ¿No es así? —pregunta Alexander, su voz llena de fingida amabilidad.

El hombre luce sorprendido unos segundos y, acto seguido, relaja sus hombros y habla con más soltura. 

—Así es, perdone, no quería ser grosero. Justo ahora iba a desinhibirme un poco, creo que me sentará bien —comenta, riendo amablemente.

Alexander ríe con él, solo que su tono es más oscuro y eso hace al hombre inquietarse y tratar de seguir su camino. Una mano grande y pesada se coloca en su hombro.

—A mí también me sentaría bien destensarme—el vampiro se acerca por detrás al hombre y la mano que había colocado en su hombro de forma discreta se desliza hasta que su brazo entero rodea el cuello de este —, creo que podrías ayudarme con eso ¿No es así?

—Por favor —murmura el hombre, incapaz de pensar en una súplica mejor, incapaz de hablar incluso si en su cabeza tuviese la idea perfecta para detener al vampiro.

Alexander, sin embargo, ni siquiera escucha el desesperado susurro. Se hunde en el cuello de su víctima sin miramiento alguno y disfruta de destrozar la piel de su presa como no puede hacerlo con la de Liu. Clava los colmillos una y otra vez, los arrastra, arrancando pedazos de carne y rígido músculo mientras el hombre en sus brazos grita y suplica, retorciéndose entre sus garras como una bestia salvaje en busca de libertad.

Disfruta de arruinar su cuello hasta que toda la piel en este está teñida de sangre y esta se le escapaba a borbotones de la boca cuando intenta beber. Cuando el hombre está demasiado aturdido por la pérdida de sangre como para mantenerse en pie, el vampiro lo recuesta delicadamente sobre un banco y se acuclilla delante, quedando a la altura del rostro del tipo. Lo ve poner sus ojos en blanco, la cabeza bamboleándose tan violentamente que parece que va a despegarse del deshilachado cuello en cualquier momento, y entonces Alexander le golpea tan fuerte en la mejilla que escucha el repiqueteo de un par de dientes cayendo al suelo.

—No te desmayes, no he acabado —advierte con voz severa y el hombre frente a él lloriquea de dolor.

Alexander lo examina unos segundos. Su víctima se halla mareada y dolorida, seguramente dócil a cualesquiera que sean las demandas de su verdugo. Así que el vampiro lo toma fuerte por las mejillas, clavando sus garras hasta sentir la sangre empapando la punta de sus dedos, y lo besa. Lo besa salvaje, como un animal hambriento incapaz de contenerse, lo besa rompiendo la tierna piel de sus labios, probando la sangre y la saliva que chorrea por su lengua.

Con su mano libre le desgarra la camisa de un simple tirón y palpa su cuerpo. El tipo es algo más mayor de lo que él era antes de ser convertido, posiblemente de treinta años, y tiene una complexión atlética pero delgada, atractiva y agradable al tacto. Pero incluso si su presa es apetecible y no se resiste a sus toques, en ellos solo hay el calor de la sangre, no el candor que hallaba en los besos de Liu.

Alexander lo besa más duro, más profundo, y sus manos exploran el cuerpo del hombre dejando que la lujuria que lleva embotellada en su interior estalle: araña su abdomen y aprieta su cintura, tira de sus pezones y pronto desabrocha su cinturón, arrancando después sus pantalones, su ropa interior también. Pero no halla nada en la intimidad de ese humano que logre saciarlo, sino al contrario. Por cada toque indecente, por cada vez que aprieta en sus manos esa tierna carne que se dispone ante él para que se deje un banquete de sangre y sexo, más crece su frustración y su impaciencia. Más crece su deseo y más se aleja de ser cumplido.

—¡Jodido inútil! —escupe Alexander separándose de pronto del cuerpo brilloso de su víctima, empapado de sudor y sangre. El hombre, que apenas puede respirar, cierra los ojos con fuerza, esperando su final.

Pero Alexander se siente de pronto repugnado por lo que tiene delante. No le gusta el sabor de esa sangre ni el tacto de su desnudez, no le gusta el tono de sus lloros ni la quietud de su obediencia. Y no le gustan porque no son las de Liu.

De ese hombre puede tomar lo que quiera y la idea, que siempre le ha resultado atractiva y que le llena el cuerpo de seguridad y poder, ahora le aburre.

<<Te ofrezco mi sumisión. Mi entrega>>

Así que se marcha, frustrado, dejando al hombre morir lentamente mientras sabe que nadie se atreverá a ayudar a quien lleve en su cuerpo la marca de un demonio como él.

Y esa noche, más humanos serían marcados, pues Alexander no iba a rendirse tan fácilmente en su intento de saciar su sed. Si un hombre maduro no le valía, buscaría a un joven universitario de la edad de Liu y si eso tampoco le servía, revolvería las calles concretas hasta dar con alguien tan similar, que su apetito salivase por él.

Liu yace en su sofá sin apenas ocupar espacio. Su cuerpo acurrucado en una esquina, enterrado en una montaña de calentitas mantas y protegido por un pueril fuerte de cojines; Liu incluso está abrazando su almohada con fuerza, apretando su dulce rostro contra esta y dejando sus bonitos mechones chocolate desperdigados sobre el blanco lienzo, luciendo alborotados y suaves. Sus ojos cerrados con calma, delineados solo por las largas y oscuras pestañas y su boca entreabierta, dejando entrever la lengua rosada en ella.

Alexander se acerca al muchacho sin hacer ruido alguno con sus pasos y lo observa por un rato con cuidado de que la sangre que llena el rostro y manos no gotee sobre el suelo y deje pruebas de su visita. No planea despertar a Liu, no ahora que sabe que luce tan condenadamente hermoso cuando duerme.

Alexander pasa una de sus manos por la tela oscura de su gabardina, enjugando así la sangre que mancha sus palmas, y no puede evitar acariciar la cabeza de su presa como lo hizo la noche anterior cuando rompió a llorar. Liu hace un adorable ruido en sueños y empuja su cabeza contra la palma del vampiro, exigiendo desvergonzadamente más mimos y respirando profundo y tranquilo cuando lo hace.

Luego sostiene su cabeza por sus cabellos, con firmeza, pero cautela para no despertarlo, y se inclina hasta que sus labios rozaron los de pequeño humano.

Liu jadea con disgusto, reconociendo el metálico aroma que viene de la boca del otro, y Alexander se retira de inmediato, aturdido por la naturaleza de sus propios actos. El vampiro se siente de pronto extraño. Inadecuado. Para cuando Liu despierta en medio de la noche, producto de una pesadilla de sangre y colmillos, está solo en su casa, como cuando cayó dormido.

 

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