Capítulos 11-20

 

Capítulo 11

 

Liu despierta justo tras la salida del sol, cuando varios rayos se cuelan por los huecos de su persiana y le apuntan directo al rostro. Tiempo atrás los haces de luz le habrían molestado, pero ahora se siente incapaz de quejarse de la luz, no cuando significa paz y seguridad.

Este sábado por la mañana se encuentra de un inusual buen humor, y es que puede descansar por fin tras una noche sin sentirse perseguido y cazado. Incluso es capaz de albergar la esperanza de que Alexander se haya cansado de él por fin, dejándolo atrás para siempre.

El muchacho logra aprovechar su mañana. Tiene que aprovecharla. Tiempo atrás amaba holgazanear los fines de semana y dejar el tiempo correr incluso si eso significaba pasarlo en su cuarto a solas con sus ideas. Ahora no soporta quedarse solo, no con sus pensamientos, con sus recuerdos, con su culpa. Así que mantenerse distraído le ayuda, le obliga a seguir adelante. Por esa razón Liu decide limpiar la casa, estudiar y salir a comprar hasta llenar su nevera. No le resulta difícil hacerlo pues cuando sus padres murieron, dejaron tras de sí dinero suficiente como para que él no tuviese que preocuparse por trabajar nunca. Aun así, quiere hacerlo. Sus padres jamás vivieron un estilo de vida lujoso, trabajaron duro siempre y aunque ahorraban, la mayoría de su fortuna les cayó del cielo cuando el abuelo de Liu, comprador compulsivo de boletos, tuvo la suerte de ganar la lotería y la desgracia de morir una semana después de una sobredosis.

Algunos en su escuela aman chismear sobre como Liu es triplemente suertudo. <<Suertudo una vez porque el viejo ganó la lotería>> suelen decir <<Dos veces porque el viejo la palmó y le dejó el dinero a la madre. Y tres veces porque la madre ha muerto y le ha dejado el dinero a él>>, pero Liu no se siente afortunado por ello, porque la fortuna que tiene entre manos no es ni de lejos la que él desea. Sabe que es privilegiado, que otros son dejados sin nada para sobrevivir cuando el mundo les arrebata a sus seres queridos y que, en ese sentido, sí que ha tenido suerte, pero cambiaría una y mil veces todo su dinero por tener de vuelta a sus seres queridos ni que fuera un día. Tan siquiera está interesado en gastarlo en lujos, lo usa para vivir y sueña con poder ganarse él mismo la vida. Con dejar el dinero de sus padres en el banco y olvidarlo, no seguir dependiendo más de su muerte, no seguir sintiéndose tan terriblemente culpable, como una sanguijuela que chupa y chupa de la desgracia que terminó con sus vidas para poder seguir él con la suya.

Cuando el muchacho termina de cuidar de su casa, limpiando, ordenando y abasteciendo su hambrienta despensa, es su turno de cuidar de él mismo. Esa es la parte del día que más se le hace cuesta arriba. Mantener todo impoluto y cómodo le gusta, le hace tener una sensación en su interior como si esperase visita, como si en cualquier momento fuese a oír las llaves en la puerta de entrada o la forma especial en que Matheo picaba al timbre, imitando melodías de canciones.

Pero cuidarse a sí mismo le recuerda que no tiene a nadie más para hacerlo. Aun así, se esfuerza en ello, porque sabe que, si se obliga a salir adelante, algún día hallará un motivo para no tener que sentirse tan culpable por ello. Liu se cocina una nutritiva comida y guarda la crema de verduras sobrantes para el siguiente día mientras deja su plato humeante enfriarse en la mesa.

Estudia un rato antes de comerlo y para cuando ha terminado sabe que tiene que darse una ducha. Arrastra los pies hasta el baño y cuando entra intenta evitar lo máximo posible su reflejo, pero al final cede. Necesita verse a sí mismo para curar las heridas que lleva días desatendiendo, fingiendo que si las ignoraba quizá habrían desaparecido.

Poco a poco, Liu pela las capas de ropa de su cuerpo, separándolas despacio cuando el dolor de la tela pegada a su cuerpo por la sangre seca le hace sentir como si arrancase la costra de sus heridas. Cuando se mira en el espejo sobre su pica, con el torso desnudo y las heridas abiertas, el chico casi da un grito.

Su piel está enfermizamente pálida, destacando en ella ya no solo sus pecas que parecen graciosas salpicaduras de tinta en sus mejillas, nariz, hombros, caderas y la tierna punta de los dedos, sino que ahora colores más violentos toman el foco: el carmesí de la sangre seca en su cuello y sus muñecas, el ocre de los moratones en los brazos y la cintura y el color violáceo de las ojeras bajo sus ojos café. Tiene también la nariz y los pómulos sonrosados de tanto llorar y los labios destrozados por la violencia de los besos del vampiro.

Incapaz de seguirse viendo por un segundo más, Liu se hunde en su bañera llena de agua caliente, dejando que esta se ensombrezca y oscurezca, como tomando lo pecaminoso de su cuerpo y limpiándolo de ello, purificándolo. Liu frota con cuidado su garganta y cuando es el turno de sus muñecas quiere llorar al ver los cortes que le ha hecho el vampiro, más profundos, más largos, más desgarrados que los que él acostumbra a hacerse a sí mismo.

No puede evitar echarse a llorar cuando piensa en ello, en que ahora la pequeña cosa sobre la que tenía el control -su dolor- se le ha arrebatado. En que ahora, cuando se despierte después de una horrible pesadilla o cuando escuche la canción favorita de Matheo o cuando vea fotografías de los lugares donde sus padres siempre quisieron y no pudieron ir de viaje, él ya no tendrá el consuelo de que si el dolor es demasiado, si su corazón y sus venas se llenan de veneno, siempre puede contar con la cuchilla, que cuando abre su piel parece liberar no solo su sangre, sino una presión que lleva dentro y que lo hace sentir a punto de reventar en cada momento.

Ese pequeño dolor, un dolor contradictorio, calmante un dolor físico por el que podía cambiar la desesperación de su corazón, ya no le pertenece. El dolor de su cuerpo tiene otro dueño ahora y su función no es sanar su alma a cambio de unas rayas en la piel, su función es destrozarlo tanto por fuera que siente que, si las almas pudiesen sangrar, la suya lo haría cada vez que Alexander clava sus colmillos profundamente en su ser.

Piensa en él, en Alexander, mientras venda su cuello y muñecas. Primero imagina que la noche anterior es el modelo de todas sus noches futuras: una donde puede dormir sin terribles monstruos colándose por su ventana. Y luego recuerda, sabe, que no será así. Necesita un plan ‘’¿Pero qué puedo hacer yo? No he podido hacer nada en esta vida. No he salvado ni a mis seres más queridos ¿Cómo podría siquiera salvarme a mí mismo? Más aún de una amenaza como él’’.

Atosigado, Liu intenta salir de paseo un rato. Necesita el sol en su piel y música bien alta en sus audífonos, necesita su cuerpo moviéndose, alejándose de esa casa. Y mientras anda, su vista se topa con algo: una biblioteca. Normalmente, sus ojos vagarían por el escaparate de esta, leyendo rápidamente algunos títulos y apuntando mentalmente los interesantes, pero hoy uno lo atrae suficientemente como para hacerlo pararse en seco: <<Guía de supervivencia para la vida cotidiana: lo que un ciudadano promedio necesita saber sobre los depredadores de la ciudad>>.

El título está sobre un fondo negro, acompañado únicamente de dos triángulos blancos invertidos que buscan ser la versión minimalista de un par de colmillos. Varios libros han salido en los últimos años escritos por expertos investigadores del mundo de los vampiros, incluso alguna autobiografía de esos mismos seres y novelas escritos por ellos, comparadas constantemente con las obras de Marqués de Sade por los críticos. Liu, sin embargo, ha evitado todo lo que ha podido esa clase de literatura, hasta ahora.

El muchacho entra en la biblioteca discretamente y toma un ejemplar del libro que ha visto expuesto en el exterior. Lo lleva bajo su brazo, casi escondiéndolo, y surfea entre las mesas llenas de agobiados estudiantes en época de exámenes y empedernidos amantes de la lectura que se zambullen en sus obras favoritas hasta llegar a una pequeña y solitaria mesa al fondo de toco. Se sienta en ella y solo cuando ha comprobado que nadie alrededor suya le presta atención, abre el libro y empieza a leer diagonalmente, buscando cualquier migaja de información que pueda resultarle útil.

<<Las películas, libros, series y otras obras sobre vampiros nos han informado de una característica que los define tanto en la ficción como en la realidad: su sed de sangre. Sin embargo, aunque todas esas producciones hayan sido capaces de señalar este rasgo distintivo, han olvidado otros que son igual, sino más importantes que este. El vampiro se diferencia psicológicamente del humano no de forma exclusiva por su sed de sangre (que no puede ser comparada a la sed humana, sino a una mezcla entre el hambre extrema del ser humano, por ser una necesidad natural, y el ansia de consumir sustancias altamente adictivas, por ser un deseo con características muy comunes al que los adictos experimentan), sino que además de esto, el vampiro tiene una aterradora necesidad de crueldad. Como depredador, no solo ansía el alimento del que le proveen sus víctimas, sino, además, la constatación de que él está por encima de sus presas: el vampiro, por naturaleza, busca dominar a sus inferiores y cazarlos, con todo el daño físico y mental que esto inflige en las víctimas. De ese modo, el deseo que un vampiro siente por sus víctimas es multidimensional, atravesando el deseo de alimentarse, pero también el deseo de depredar y/o dominar, así como un deseo sádico de crear sufrimiento y, en muchas ocasiones, estos deseos se expresan en el plano sexual, pues la lujuria es también una característica distintiva de estas criaturas (se especula, de hecho, que el folklore que rodea a los súcubos e íncubos podría provenir de personas que han tenido experiencia sexuales con vampiros y las han malinterpretado).>>

Liu traga saliva leyendo el pasaje, comprendiendo de pronto que quizá la maldad de Alexander no es algo que pueda elegir y, por tanto, contra lo cual pueda negociar, sino la inevitable marca de su destino. Comprendiendo también la magnitud de su deseo y preguntándose cómo siquiera logrará manejarlo.

<<Recientes estudios empíricos muestran también el motivo por el que ninguna guerra contra estas criaturas ha sido librada: la que se creía el arma más poderosa de los humanos, es decir, el sol, no es más que un simple inhibidor. Y lo mismo sucede con otras armas como estacas, rosarios, agua bendita… La mayoría de estas cosas son o bien inútiles o bien, a lo sumo, molestas para un vampiro.

Pero todas comparten algo: son insuficientes para erradicarlo. Por el momento, la única cosa que se sabe que puede acabar con la vida de un inmortal es otro inmortal. Por suerte, los números de población vampira son tan reducidos que incluso si representan una amenaza aterradora, lo más posible es que la mayoría de los ciudadanos no lleguen siquiera a cruzarse con un vampiro en toda su vida.>>

Liu deja el libro al lado, descorazonado. Incluso si ya sabía de antemano que los inmortales eran llamados así por una razón, aún albergaba una pequeña esperanza de poder defenderse de Alexander de alguna manera. Ahora, sin embargo, la mejor opción parece resignarse y entregarse a él, tal y como ha prometido. Intentando indagar más a fondo, quizá para comprender un poco más la naturaleza de su diablo personal, Liu decide seguir leyendo.

<<Las razones por las que la población vampira es tan reducida pese a que es imposible exterminarlos con herramientas humanas son varias. En primer lugar, la gran mayoría de vampiros no consta del poder de transformar a un ser humano en uno de los suyos, sino que poseen una habilidad que les es mucho más útil y les ha permitido sobrevivir durante los siglos: el poder de eternizar o vincular a un humano congelando su envejecimiento e impidiendo que muera por causas naturales.

Esta técnica ha sido históricamente usada por los vampiros en tiempos de escasez de alimento para procurarse esclavos humanos que pudieran abastecerlos durante largos años; el mecanismo por el que esta habilidad funciona es desconocido para las autoridades humanas y el público general.

Otra de las razones para la escasez de vampiros es el hecho de que incluso los vampiros con el don de la conversión no tienen razones de peso para reproducirse, pues rara vez sienten vínculos afectivos similares a los de los humanos con sus familiares; además, suelen ser solitarios y muy competitivos y posesivos respecto a sus áreas de caza. En algunas ocasiones, se han dado instancias de vampiros que conviven y cazan colaborativamente en sus respectivos ‘’nidos’’ o ‘’aquelarres’’, pero suelen disolverse por conflictos internos. >>

Liu cierra el libro unos segundos, intentando procesar toda la nueva información que se le ofrece ¿Por qué jamás había oído hablar de nada de eso? Cuando lo piensa bien, se da cuenta de que en ningún momento le ha estado vetada esa información, pero rara vez ha tenido oportunidades para hacerse preguntas al respecto. En general, no suele pensar mucho en los vampiros o, mejor dicho, no solía hacerlo: aunque son parte de la vida cotidiana de las personas, no aparecen apenas en series de televisión, ni novelas y sorprendentemente tampoco en los noticieros. Hay libros, como ese, que tienen el fin de informar, pero jamás son best sellers y esta es la primera vez que halla uno en escaparate. Incluso las tiendas de disfraces, en Halloween, han dejado de vender capas y colmillos de juguete. Liu se pregunta si el mundo entero, como él hasta hace unas semanas, se ha horrorizado tanto ante el hecho de tener un depredador invencible que solo ha sabido buscar refugio en una cómoda ignorancia. En un vivir como si nada pasase.

Liu sabe que para él ya no hay vuelta atrás, es demasiado tarde como para seguir fingiendo y necesita armarse con todo lo que pueda para manejar la situación. Incluso si sus únicas armas son el conocimiento. Pone el libro bajo su brazo y se dirige hacia la recepción de la biblioteca, intuyendo por las mesas vacías que ya debe ser oscuro. Cuando sale a la calle, llevando consigo su libro, confirma su hipótesis: es de noche.

Esta vez, sin embargo, no teme la noche como la temía antes, pues sabe que su cazador no es un ‘’Y si…’’, sino una certeza, y sabe que no le espera a la vuelta de la esquina, sino cómodamente sentado en su casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 12

 

Cuando el joven de pelo castaño llega a casa, no hace nada más que esperar a lo inevitable. Pasa un cuarto de hora y luego una hora completa. Dos. Tres. Y por fin su cuerpo empieza a relajarse, permitiéndose pensamientos como que quizá Alexander no va a volver, como que su tortura ha, por fin, acabado.

Tras tantísimo rato en tensión, nota su cuello tirante y doloroso y se atreve a volver a mirarse al espejo, en su baño. Se quita lentamente la sudadera y la camisa de cuello alto, revelando primero sus caderas delgadas y poco a poco la suave curva que atraviesa su cintura; luego su pecho raso, sus hombros menuditos, las clavículas marcadas y, finalmente, el cuello.

Despega el vendaje con cuidado y no puede sino hace una mueca al ver el estado de la herida. Esta roja y oscura, tan profunda, y la piel de alrededor amoratada por la fuerza con que el vampiro había clavado las mandíbulas en su carne, como queriendo arrancar un pedazo. Al menos retirarse las vendas de la muñeca es un poco mejor. Ahí los arañazos no tienen tan mala pinta, aunque sanarán más lento y peor que sus cortes de siempre, pues no son heridas limpias trazadas por la precisión quirúrgica de una cuchilla.

<<Una cuchilla>>

Liu mira a su alrededor. Solo. Está solo. Eso le da suficiente confianza como para llenar la tina de agua caliente, desnudarse y hundirse en ella. Con una cuchilla en la mano. Toma una bocanada de aire profunda y al exhalar su labio inferior tiembla. Nunca puede distinguir si es por el ansia o por el miedo. <<Alexander no volverá>> se repite en su cabeza, como un mantra, y poco a poco acerca la cuchilla a su brazo, un poco por debajo de los profundos cortes que el vampiro le hizo dos noches atrás <<Es mi cuerpo. Puedo hacerlo si quiero. Es mío.>>

Y entonces desliza la hoja. Al principio mira fijamente, casi hipnotizado por el proceso: le maravilla ver sus ojos oscuros abiertos con pueril atención reflejados en el metal de la cuchilla, le fascina la forma en que un toque suave, una caricia, puede hacer que piel se abra de forma tan sencilla, tan limpia… como si estuviese tirando de la cremallera de un disfraz y su verdadero él fuese a emerger de dentro, le obsesiona la forma pulcra en que la sangre no hace un lío, sino que baja despacio, en gotas ordenadas una tras otra, de elegante color carmesí. Antes de que la primera caiga al agua, tiñéndola, el chico tira su cabeza hacia atrás en la tina y se corta de nuevo, ciegamente esta vez.

La sensación es la misma de siempre: una familiar calma lo inunda cuando su cuerpo entero se centra en el dolor de esa zona. Un dolor estúpido, casi sin importancia, el simple dolor de una herida donde puede ponerse una simple tirita. Y acercarse a ese dolor tanto, su ser se olvida por unos segundos de un dolor mucho más grande, uno que no puede parchear con una bandita, un dolor ominoso que lleva la cara de sus padres y de su mejor amigo y, ahora, también la de Alexander.

Después de esos deliciosos segundos de paz donde Liu se sumerge en una ignorancia donde el mayor de sus problemas parece solo un cortecito en la piel, el dolor se atenúa y el resto de sentimientos de los que había logrado liberarse vuelven a caer encima suyo como un avalancha, ahora acompañados de vergüenza. Se siente tan patético, teniendo que herirse para continuar, teniendo que dosificar y planear su dolor porque solo eso le hace sentir que tiene el control, teniendo que cortarse pequeñito cada poco porque siente que si aguanta demasiado se abrirá los brazos de par en par hasta vaciarse por dentro.

Siente que el resto del mundo está hecho de personas de una sola pieza y que él, sin embargo, es un lío de trocitos sueltos que se desmorona.

El muchacho tira la cuchilla lejos. Se tapa las heridas con la mano y hunde el brazo en el agua, como si esta pudiera borrar, además de la sangre, la herida. Agobiado, se frota la incisión con jabón y se lava el resto del cuerpo con prisas, llorando.

—Teníamos un trato, humano ¿No es así?

Liu se voltea con horror al escuchar esa conocida y ronca voz. 

Alexander está parado en medio de su baño, sus puños cerrados con fuerza a los lados de su cuerpo, con los nudillos blancos y las venas sobre los tendones descollando. En su rostro no se atisba su típica sonrisa maliciosa, sino que tiene los labios prensados en una intimidante expresión de enfado. Su mandíbula apretada, su ceño fruncido y los temibles ojos rojos ensombrecidos.

El muchacho se queda congelado ante esa imagen los primeros segundos, sintiendo que las pupilas del vampiro son grandes alfileres que lo diseccionan, que lo atraviesan y lo mantienen clavado en el lugar. Luego cae en que esos ojos lo están viendo desnudo y le pánico y el pudor lo inundan, haciéndolo abrazarse a sí mismo con vergüenza y hundirse de nuevo en el agua, buscando algo que proteja su desnudez de esa inquisitiva mirada.

—¿Q-qué estás haciendo aquí? —pregunta el chico con su voz temblorosa.

Alexander da un paso adelante, cruzando con él el diminuto baño del chico, erigiéndose con su gran altura sobre la bañera donde el otro se agazapa. El vampiro se acuclilla delante de esta, conservando su rostro furioso y poniéndolo, ahora, a la misma altura que la carita de su presa, que se echa hacia atrás temerosamente.

—Oh, no te presto atención por un ratito y ya piensas que eres libre ¿Es así como funciona, Liu? ¿Necesitas que te tenga encadenado y que te esté torturándote cada segundo de tu puta existencia para recordar que eres mío? ¿Para recordar que, a cambio de que sea paciente y no te rompa, has prometido entregarte a mí? ¿Entregarte por completo? —su voz es un susurro, pero uno que le cala a Liu hasta el tuétano de los huesos.

—¡No! No, n-no necesito eso, por favor, s-soy tuyo si lo deseas, pe-

Liu interrumpe sus propias palabras por un grito de dolor cuando el vampiro lo toma del pelo con rudeza y se incorpora, levantando al chico consigo hasta sacarlo de la bañera, sosteniéndolo en el aire mientras sus pies mojados buscan desesperadamente el suelo. Liu lucha contra el dolor, pero su cuero cabelludo se siente como atravesado por cientos de alfileres al rojo vivo ahí donde el vampiro está jaloneándolo del pelo; el muchacho gimotea y berrea de dolor, dirigiendo sus manos a la enorme del vampiro, que lo sostiene estoicamente sin dejarlo llegar al suelo.

—¿No? ¿No necesitas recordar que eres mío? —pregunta, su tono cruel y lleno de sarcasmo —Entonces, Liu ¿Por qué intentas cubrir un cuerpo que me pertenece? ¿Por qué tienes la jodida osadía de volver a herirte cuando te dejé claro que yo soy el único que puede?

Alexander examina el rostro de Liu como en busca de una respuesta, pero solo se halla con la carita pecosa del muchacho empapada en lágrimas y agua, contraída por el dolor y con unos delgados labios que únicamente lloriquean un destrozado <<Lo siento>> una y otra vez. Iracundo, el vampiro arroja al chico con violencia, haciendo que su cuerpo se golpee contra el espejo donde minutos antes se miraba para sanar sus heridas con cuidado.

Liu chilla agudamente cuando el cristal se rompe contra su espalda, fragmentos pequeños y grandes del punzante material enterrándose en su piel; cae de lleno al suelo, resbalándose con el agua que gotea desde su cuerpo y con la sangre que empieza a manar de sus heridas, golpeándose el rostro contra las baldosas y llenándose las palmas de las manos y las rodillas de trocitos de cristal.

Liu mira hacia arriba con horror y la nariz sangrándole cuando escucha los pasos de Alexander aproximarse de nuevo. Intenta retroceder, arrastrando la mezcla de agua, sangre y cristal con su malherido cuerpo, pero el vampiro lo alcanza y lo toma con fuerza por el brazo izquierdo, donde hunde sus afiladas garras en los cortes nuevos.

Liu chilla de dolor y está seguro de que el hombre está hundiendo tan profundo sus uñas y monstruosas que si empujase solo un poco más, el filo saldría por el lado contrario.

—A-alexander, por favor, p-por favor, espera… —suplica el chico sin apenas poder pronunciar bien sus palabras, su legua paralizada por una mezcla entre terror y ganas de chillar como un animal enloquecido.

—Me parece, bolsa de sangre… —las uñas se clavan más hondo, la mano de Alexander aprieta más y más, sangre escurriéndose entre sus dedos. Sin miramientos, empieza a arrastrar al empapado y ensangrentado chico fuera del baño. Hacia el dormitorio —que necesitas un recordatorio de que eres mío. 

La cabeza de Liu se queda totalmente en blanco cuando es arrojado de nuevo por el vampiro y esta vez cae sobre la cama. Alexander está encima suyo y aunque Liu quiere suplicar o pedirle al vampiro que se lo piense detenidamente, aunque quiere buscar una razón convincente para detenerlo, el chico no dice nada.

Sabe que lo que va a pasar es inevitable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 13

 

Liu se queda estático mientras ve las cosas pasar delante de sus ojos como a cámara lenta. Siente que <<esto no puede ser real>> mientras ve a Alexander desabrocharse el cinturón y arrojarlo a un lado con desprecio, mientras escucha su bragueta bajar y lo siguiente que ve es su enorme y poderoso cuerpo prácticamente desnudo, con solo la ropa interior entre ambos. Cuando ve los musculosos brazos del vampiro dirigirse a su cuerpo, uno tomándolo de la cintura para voltearlo bocabajo en la cama, la otra mano tomándolo de ambas muñecas y clavándolas en el colchón por encima de su cabeza. No puede creer, no puede soportar la idea de que eso sea real, incluso mientras las poderosas piernas de Alexander se sitúan entre las suyas y las abren de un rápido movimiento, dejándolo vulnerable y a su completa disposición.

<<No es real, no es real>>

Pero el peso de la realidad cae sobre Liu cuando un terrible dolor lo atraviesa. Alexander lo penetra con un largo dedo, forzándose en su interior una y otra vez, abriéndolo para que pueda aceptar su tamaño. Y el flechazo de dolor es suficiente para que Liu reaccione.

—¡No! ¡No, no! —chilla desesperado y aunque sabe que su cuerpo delgado y mortal no tiene nada que hacer contra la bestia que pretende poseerlo, Liu lucha y forcejea con todas su fuerzas, tirando de sus brazos, pataleando y moviendo su cuerpo entero de un lado a otro en un intento de girarse que, por lo menos, logra que Alexander retire su dedo de su interior. —¡Por favor! L-lo siento, no volveré a-

Liu vuelve a ser interrumpido por un profundo dolor. Esta vez, sin embargo, no es en su sexo profanado, sino en la única parte de su cuello que se había librado del tacto violento de Alexander; el vampiro hunde profundo sus colmillos en él y aprieta con fuerza las mandíbulas y Liu pronto deja de luchar. No porque no quiera seguir haciéndolo, sino porque no puede.

Los colmillos del hombre se hunden en su piel como el filo de una hoja en mantequilla caliente y el resto de dientes aprietan y aprietan hasta que la piel se desgarra también bajo su hambre, sangrando más de lo que Liu ha sangrado jamás. El dolor es indescriptible y mientras Liu lo siente es como si no solo su piel se desgarrase, sino su alma entera lo hiciera, siendo tirada por poderosos dientes que la arrancan de su cuerpo. Sus ojos giran hacia atrás en sus cuencas, su boca se abre, incapaz de gritar, escurriendo saliva por las comisuras, y sus dedos se rizan por el dolor. Cuando Alexander tiene la boca llena de sangre y da el primer trago, Liu siente que podría morirse. Desea morirse en ese instante.

Su cuerpo a veces ha sido su aliado y otras su enemigo, pero siempre su hogar. Ahora, sin embargo, su cuerpo le falla, le desobedece: cuando el corazón quiere latir rápido por el miedo, Alexander succiona su sangre, haciendo que esta recule en las venas agónicamente, como papel de lija dentro de su cuerpo, moviéndose despacio hacia la herida, ralentizando su ritmo cardíaco. Liu siente su cuerpo empapado en algo más que agua, pues sudores fríos lo cubren. Un frío repulsivo, blando.

El frío que imagina que tienen en su cuerpo los cadáveres. Sus manos y sus pies se sienten especialmente gélidos y el sentimiento se extiende al resto de su cuerpo. Y con el calor, también se van sus fuerzas, pues no puede mover ya sus piernas, ni sus brazos y su cabeza solo se mantiene alzada porque el vampiro ha dejado de agarrarle las muñecas una vez se han quedado inertes y lo toma del pelo, manteniendo su cuello ladeado, disponible para él.

Alexander se aparta de su herida, extasiado, los labios rojos de sangre y los ojos carentes de cualquier atisbo de un brillo humano que Liu pudiese hablar hallado en ellos. Suelta la cabeza del chico, que cae contra la almohada como parte de un muñeco sin vida.

El vampiro se permite unos segundos para observar el cuerpo inerte de su joven víctima. Liu está consciente, lo sabe por los pequeños ruidos que salen su boca, entre el quejido y la súplica, pero no durará mucho tiempo así. De todos modos, no puede moverse, así que Alexander se toma las cosas con calma. No necesita tener prisas para disfrutar de su caza y quiere que Liu sienta cada lento, agónico segundo. Quiere grabar en él ese sentimiento de indefensión que lo asola ahora, quiere que no olvide el hecho de que su destino le pertenece a él y solo a él.

Necesita que Liu sienta a Alexander clavándosele profundamente (con sus manos, con sus dientes, con su sexo) hasta que no quede un solo rincón de su ser sin marcas. Necesita enseñarle a Liu que él es su propiedad y no al revés. Alexander siente ira cuando piensa en cómo Liu lo ha estado haciendo sentir esos días. Con ese beso extraño que le dio le demostró que hay una cosa que él puede desear, pero no tomar a la fuerza: su sumisión, su entrega, su deseo. Y a Alexander le aterra pensar que hay algo de Liu que no es suyo, le aterra tanto que necesita demostrar lo contrario.

Incluso si eso implica romper a Liu por completo.

Alexander arranca la almohada de debajo de la cabeza del chico y su rostro cae sobre el colchón en su lugar. Luego, con una mano, alza la cadera de Liu y coloca el cojín doblado bajo esta, elevando un poco su trasero y dejándolo más accesible para su uso. Liu, inmóvil, intenta quejarse, pero de sus labios solo salen palabras enredadas y apenas comprensibles. Alexander toma al chico por sus cabellos chocolate y aprieta su cara contra el colchón, silenciándolo.

Aun así, se escuchan sus gritos ahogados cuando siente al hombre preparándose para penetrarlo. Nota la caliente cabeza de la erección del vampiro sobre su culo, la forma en que la firme excitación ajena se empuja entre sus nalgas, bajando por la hendidura entre ellas hasta encontrar su virginidad; nota como se detiene sobre esta y cómo espera unos segundos, como queriendo que Liu se haga consciente de su aterrador tamaño, de su dureza, del hecho de que va a ser tomado a la fuerza sin preparación, sin protección, sin lubricante siquiera. Liu se intenta remover, el aire escaseando en sus pulmones y su cabeza convirtiéndose en un lío de pensamientos llenos de pánico, llenos de la terrible inevitabilidad de lo que va a pasar.

<<Si no me hubiera cortado… si no me hubiera cortado… si no me hubiera cortado…>>

Liu rompe en un llanto histérico cuando Alexander empuja un poco. La presión aumentando ligera y lentamente y su pequeño cuerpo no pudiendo hacer nada más que soportar y someterse a la tortura.

Liu intenta chillar una disculpa, pero la mano de Alexander lo aprieta más y más contra el colchón, hundiendo su cara e impidiendo que después de cada desesperado grito logre tomar el aire que se le escapa. El chico se siente tan estúpido, tan culpable. Siente que su vida es solo una larga cadena causal donde él comete errores y, después, viene un sufrimiento que no podrá soportar. Primero perdió a sus seres queridos. Ahora le toca perderse a sí mismo.

Alexander azota el trasero del chico con una fuerza temible. El golpe resuena por toda la habitación y Liu aúlla de dolor como puede, ahogándose al hacerlo. 

—Abre más las piernas —ordena el vampiro, viendo como el contorno de su enorme mano empieza a brotar en un brillante color rojo sobre la maltratada nalga del menor. El chico solloza, incapaz de moverse, y Alexander golpea de nuevo en el mismo lugar. Más fuerte esta vez. Con su duro, grueso eje todavía empujándose despacio contra la cerrada intimidad de su humano.

Liu obedece esta vez, separando sus muslos tanto como puede, aunque note los músculos tensos y dolorosamente tirantes y aunque no le quede apenas fuerza en el cuerpo como para moverse.

Alexander se empuja más duro y Liu siente un dolor terrible creciendo y creciendo en su trasero. Quiere luchar, pero su cuerpo está vacío de fuerzas y voluntad. Quiere gritar, pero sus pulmones están vacíos de aire. Intenta inspirar, pero contra su nariz y boca solo está la terrible solidez del colchón. Le duele el pecho. Le duele su intimidad. Liu cree que morirá cuando empieza a marearse y estrellitas aparecen ante sus ojos, pero sabe que la muerte no le concederá un descanso tan pronto cuando siente, con agónico, terrible detalle como Alexander logra penetrarlo con la cabeza de su miembro; tan despacio, pero tan doloroso, cada centímetro de su hombría empujándose implacablemente contra su temeroso y vulnerable cuerpo, cada centímetro de su dura excitación abriendo el apretado anillo muscular sin preparación. Liu siente su intimidad siendo forzada con violenta paciencia, abriéndose poco a poco, pues no le queda más opción, para acoger el monstruoso tamaño de su nuevo propietario. Mientras es dilatado, Liu cree que estar siendo roto por la mitad, como si Alexander lo tomase con una mano por cada tobillo y tirase en direcciones opuestas hasta desgarrar su pobre cuerpo en dos.

Liu se estremece por el dolor, su cuerpo temblando casi convulsivamente mientras es forzado, intentando escapar del dolor, pero la mano firme de Alexander tomándolo por las caderas, manteniéndolo quieto y obediente mientras la otra lo sofoca contra el colchón para poder penetrarlo cruelmente.

La mano sobre su cabeza lo libera, dejándolo respirar, pero Liu es incapaz de hacerlo bien incluso cuando no tiene el colchón llenándole la boca. El chico jadea y tose, ahogándose con su dolor, la saliva escurriéndole por el mentón, las palabras desordenadas escapando entre respiros agitados, intentando suplicar por clemencia.

—Solo estoy empezando contigo, Liu —advierte el vampiro con un tono oscuro que hace la piel del muchacho ponerse de punta. Y como para demostrar la veracidad de sus palabras, Alexander se empuja unos centímetros pasada la punta de su miembro y Liu grita desgarradoramente, su pecho subiendo y bajado deprisa mientras la estrechez en su interior intenta acomodarse a la violenta, gruesa erección que se abre paso en ella sin compasión —, así que deja de llorar. Esto te lo has ganado tú.

—Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, p-por favor, no ma¡Ah! ¡Ah!

Liu jadea desesperado cuando Alexander da un pequeño embate, penetrándolo más hondo y dilatando su angosto interior con violencia. Liu no es capaz de voltearse y atisbar el tamaño del ser, no cuando sabe que todavía queda mucha de su excitación por romperlo y que cada vez que se empuja más y más y se acerca a la base, su hombría se ensancha.

—No hablarás hasta que te hable —comanda Alexander y empuja sus caderas muy lentamente, penetrando a Liu ahora despacio, pero sin ningún tipo de pausa. —¿Has entendido?

Liu asiente como puede, las lágrimas escapando de sus ojos y sus puños cerrados entorno a las sábanas, incapaz de moverse o hablar mientras está siendo roto.

—Buen chico —murmura, su voz inesperadamente dulce, así como la caricia que da a Liu en su cabeza, quien se encoge esperando lo peor. Sus dedos, tras pasar por los cabellos castaños, se reúne con la otra: ambas toman a Liu por la estrechez de su cintura, las manos tan enormes que la rodean por completo como si el muchacho se tratase de un mero juguetito. —Ahora, Liu, quiero que me digas por qué estoy haciendo esto.

El muchacho intenta hablar, pero no puede. La voz ronca y demandante del vampiro lo ahoga, la sensación de ser abierto, roto, llenado lentamente lo ahoga, los jadeos y lloros lo ahogan. Pero Alexander quiere una respuesta y Liu no quiere que la tome por la fuera, así que entre balbuceos, logra pronunciar:

—P-por que… t…e, te des¡Ah! te de-desobedecí…

Alexander hace un ruido de afirmación, pero su tono es neutral. Liu sabe que no está satisfecho y entra en pánico cuando nota al vampiro empujarse más rápido en su interior. El chico chilla y se marea ¿Cuan grande es el vampiro? ¿Cuánto más puede quedar de esa tortura? Liu siente que no hay espacio en su interior para acoger la hombría de Alexander, que su cuerpo se romperá y el daño será irreversible, pero también sabe que a Alexander no le importa. Que no será gentil si no le da una respuesta que lo complazca, así que intenta seguir.

—Ha… ha sido mi culpa, lo siento tanto, no volveré a d-desobedecer, he sido estúpido, soy estúpido, s-soy un inútil, no valgo para nada, lo siento, lo siento, lo siento…

Alexander sonríe con orgullo cuando el muchacho se derrumba entre sollozos sobre la cama, quedándose quieto mientras él atrae su débil cuerpo hacia su eje, follándolo despacio por primera vez. Un cálido sentimiento de propiedad crece en su interior: ha roto a Liu incluso cuando solo está jugando un poco con él, no disfrutando en serio de su cuerpo. Solo ha necesitado un poco de mano firme y ya lo tiene llorando, susurrando sobre cuán patética criatura es, sobre cómo se merece ser ultrajado de ese modo por ser desobediente.

Ama romper así a sus víctimas. Ama sentir como la desesperación empapa sus palabras y les haré el cerebro papilla hasta que solo queda una masa dócil capaz de decir cualquier cosa con tal de complacerlo.

—Eso es, Liu —responde, su tono dulce, tan lleno de complacencia. Y se da el lujo de penetrarlo más despacio ahora que casi llega al final, como recompensando al chico por sus palabras llenas de odio y desprecio hacia sí mismo. 

Alexander ve con deleite el cuerpo que está poseyendo. Su piel blanca y perfecta, con pequeñas pinceladas de rojo y morado allí donde él ha herido al chico (en su cuello, por el mordisco, en su nariz, por el golpe, en su brazos, por los cortes y arañados, en su cintura y su trasero, por apretarlos y azotarlos violentamente, en sus manos y sus piernas, por los cortes contra el cristal), su tamaño tan manejable y tierno, la cabecita de revueltos cabellos oscuros, la carita fina y hermosa, salpicada de pecas, donde sus cejas oscuras se juntan en un gesto patético y sus ojillos de cachorro pierden poco a poco el brillo y se anegan. Alex ama la delgada espalda del chico, la bonita curva de la cintura donde sus manos encajan, las piernas delgadas, el lechoso y redondo trasero del muchacho. Lleva una de sus manos a ese lugar, pues solo necesita una para sostener su cintura y moverlo a su antojo, y con la mano libre separa una de las enrojecidas nalgas del menor para tener una vista perfecta de su virginidad siendo jodida por primera vez. Su intimidad es lampiña y, ahora, por causa de su violenta intromisión, el pequeño anillo muscular está tan enrojecido como los labios mordisqueados del chico, y sorprendentemente dilatado, forzado a tomar poco a poco todo su impresionante tamaño.

Alexander mira, totalmente excitado, como la base de su pene es empujada dentro del delgado muchacho, su cuerpo incapaz de huir, obligado a tomarlo hasta que su pelvis choca contra las nalgas del humano y su pesados y grandes testículos golpean los del muchacho. Liu lloriquea, ahogándose, tan lleno que cree que perderá el conocimiento.

Se marea aún más cuando Alexander desliza una de sus grandes manos de su cintura a su vientre y baja por él. Al principio Liu cree que el vampiro busca su pene y, aterrado, niega ante la idea, pero la realidad es mucho peor: Alexander palpa, orgulloso y con una sonrisa llena de malicia en el rostro, el vientre bajo del humano, notando en él como protubera su enorme tamaño, como si su erección fuese a romper al chico desde dentro.

Liu gimotea en su lugar, temblando, y sus labios no pueden más que obedecer los deseos del vampiro en busca de una gota de compasión:

—P-por favor, por favor, Alexander, he sido estúpido, he sido un inútil, p-por favor, he sido desobediente, p-pero he aprendido la lección, p-por favor, no más, no puedo más, vas a romperme, por favor, haré lo que sea, lo qu-que sea, por favor, perdóname, soy tan patético y tan estúpido que no pude obedecerte bien, pero l-lo haré a partir de ahora, por favor… por favor, te lo ruego.

Alexander se relame, recreándose en el maravilloso sentimiento de poder. Liu, el mismo muchacho humano que días atrás negociaba con él, que le obligaba saciar su sed con cuentagotas y lo hacía ir despacio, ahora no es nada bajo su poder.

Alexander deja caer su peso sobre el chico, aplastándolo contra la cama y enterrándose todavía más hondo en su interior, acercando su boca al cuello del chico. Lame la herida abierta y luego, susurra con labios ensangrentados en el oído de Liu:

—¿Quieres que pare?

El chico asiente vigorosamente y apenas puede respirar mientras Alexander sale poco a poco de su interior, su miembro húmedo deslizándose por su estrechez hasta salir del todo, dejándolo vacío y abierto. Liu puede sentir su entrada luchando por cerrarse y su canal dilatado por el temible tamaño del otro, por eso se tensa cuando nota a Alexander volver a alinear su miembro con su intimidad maltratada.

—¿Crees que te lo mereces, Liu? —pregunta, su voz insidiosa, taimada, le eriza los vellos de todo el cuerpo. Liu llora desesperadamente, notando la presión sobre su entrada volver.

—N-no, por favor, otra vez no…

—Vamos, Liu. Sabes la respuesta ¿Crees que te lo mereces, que te mereces que pare, que te mereces mi compasión? Si respondes bien, quizá te dejo inconsciente antes de joderte de veras, para que no sientas el dolor.

Liu solloza <<Me merezco sufrir, me merezco sufrir, me merezco sufrir>> y Alexander sonríe triunfalmente incluso antes de que el chico pronuncie sus palabras, porque sabe que, al menos por esa noche, Liu no es nada. Nada más que suyo.

—N-no me merezco que me p-perdone… —murmura.

—Eso es, buen chico, tan bueno… —susurra en su oído, besándolo con dulzura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 14

 

Una mano empuja la cabeza de Liu contra el colchón de nuevo, la otra lo sostiene de la cintura y esta vez Alexander entra de una sola embestida. La cama de Liu se mueve violentamente por la fuerza del hombre y aunque la madera del cabecero gime, resentida, Liu no puede hacer ni un solo sonido: Alexander empieza a follarlo brutalmente y el muchacho no tiene tiempo a coger aire para gritar siquiera.

Alexander establece un ritmo brutal que solo su fuerza y su velocidad le permiten y que el cuerpo de Liu no puede aguantar. Marca un ritmo estable con sus caderas, entrando de lleno en el cuerpo de su víctima antes de salir por completo y volverse a hundir sin compasión. Por cada violenta estocada, la mano que empuja a Liu contra el colchón lo toma con más fuerza, lo empuja más duro, casi tanto como es la dureza con la que las caderas del vampiro martillean su cuerpo contra el colchón.

Liu se siente fuera de sí, tan desesperado que a la descarga de dolor que atormenta todo su cuerpo, le sigue una de energía. El chico vuelve a resistirse, ahora pataleando mientras las gruesas piernas del vampiro mantienen las suyas abiertas y arañando con ansia el cabecero hasta que siente que las uñas de sus manos se rompen y quiebran.

Alexander se siente retado por la resistencia del humano y gruñe, saliendo de él de pronto y soltando su cabeza y cintura. Liu gimotea y llora a mares, dándose un respiro ahora que cree que todo ha terminado, pero el horror vuelve a poseerlo cuando nota que Alexander no se ha ido: el vampiro junta las piernas de Liu, tanto como este había intentado hacer, y se siente sobre ellas, atrapándolas bajo su peso para dejarlas estrechamente juntas e inmóviles. Y entonces vuelve a penetrar a Liu.

El chico grita desgarradoramente, notando que en esa posición Alexander lo invade más profundo, más doloroso: su virginidad, abierta y arruinada por el tamaño del otro, se siente de nuevo estrecha cuando el vampiro le junta las piernas, así que cuando vuelve a follarlo, se siente tan terrible como la primera vez. Solo que ahora, además, Alexander aumente el ritmo y toma al muchacho por sus muñecas.

Liu se resiste como puede, entre jadeos y lloros, sintiendo el dolor del mordisco latiéndole en la garganta, sintiendo el peso de Alexander sobre él, el dolor de las heridas, los cortes y los hematomas, sintiendo la debilidad por la pérdida de sangre, sintiendo su angosta entrada ser profanada una y otra vez por una violenta y gran excitación. Liu se abruma, incapaz de gestionar tantas sensaciones enloquecedoras a la vez, y se rinde cuando siente al vampiro atarle las muñecas a su espalda con las mismas sábanas a las que el chico se abrazaba en busca de consuelo.

Liu queda inerte y dócil, cerrando con fuerza los ojos mientras espera a que todo pase, pero incapaz de huir del momento. Todo a su alrededor lo arrastra de vuelta a la terrible realidad, incluso si tiene los ojos cerrados e intenta perderse en la negrura de sus párpados: el sonido húmedo que hace su piel al chocar contra la de Alexander en cada embate, el olor a sangre, sudor y sexo que envuelve la habitación, la presión que envuelve sus muñecas y sus muslos, manteniéndolos estrechamente juntos y, cómo no, el terrible dolor que lo atraviesa y lo vacía una y otra vez a un ritmo lleno de ansia y crueldad.

Alexander jadea gustosamente, su voz masculina colmada de placer por lo que a Liu le parece una tortura.

Para Alexander, esa es una noche deleitosa, así como es deleitoso el pequeño cuerpo bajo él, la forma en que ya no lucha, la forma en la que aún sangra un poco, permitiéndole lamer la herida y deleitarse con su sabor, la forma en que su trasero lo aprieta deliciosamente, abriéndose para su placer y cerrándose entorno a su tamaño con un caliente y húmedo abrazo que se adapta a cada parte de su excitación y que la aprieta de un modo maravilloso cada vez que azota al chico o que se hunde tan hondo en su cuerpo que el dolor le arranca un grito.

Alexander acelera su ritmo, incapaz de resistirse mucho más al delicado cuerpo que violenta con sus deseos. Liu lloriquea en silencio, sabiendo lo que está por venir cuando las embestidas se vuelven más rápidas y profundas, esta vez sin que Alexander salga de su interior en todo el vaivén.

Pronto, Liu siente la inconfundible calidez de su propia sangre escurrir entre sus muslos y, tan pronto Alexander nota que ha roto de veras al chico, se clava hondo en sus entrañas y Liu siente un calor nuevo, pero que no puede evitar comprender. Alexander reposa sobre el humano unos segundos, ahogándolo con su peso, empujándose por cada chorro de blanco placer que su hombría escupe dentro de Liu. El muchacho no puede más que quedase quieto y llorando mientras siente como su demonio se corre en abundancia en lo más profundo de su ser, impregnándolo de su placer como si buscase marcar su cuerpo por todos los lugares posibles.

Cuando Alexander por fin sale de él, la sensación de vacío es insoportable. Liu gimotea sintiendo su trasero húmedo y dolorido, la sangre y el semen escurriendo por su abierto agujero hasta empapar las sábanas, que ya estaban rojas de antes.

Alexander se levanta sin decir nada, su respiración tranquila, sin muestra alguna de la agitación que tenía minutos atrás, y lo oye ir a su cuarto de baño y activar el agua de la ducha, tal como si estuviese en su casa.

Liu intenta moverse, pero su cuerpo lo traiciona con un dolor insoportable y sus manos siguen atadas. El pánico lo invade. Sabe que si sigue inmovilizado es porque Alexander volverá a por una segunda ronda cuando salga de la ducha.

Por suerte para Liu, la herida de su cuello le regala un tranquilizador desmayo.

Alexander maldice al salir del baño con el pelo húmedo y su cuerpo desnudo. Su hombría vuelve a estar erecta, deseosa de jugar un largo rato más con su nueva presa, pero Liu ya ha perdido el conocimiento. Se sienta en la cama, al lado del muchacho, y lo mueve ligeramente intentando despertarlo. Sabe que no funcionaría cuando ve la palidez en su rostro: la pérdida de sangre lo tendrá inconsciente por lo menos un día y él no podía esperar tanto.

Piensa en seguir de todos modos y lo intenta. Alexander bombea dentro y fuera del cuerpo inerte de Liu y, ahora, con sus músculos relajados por la inconsciencia y su entrada humedecida como resultado de su anterior follada, el vampiro halla que jugar con Liu es más sencillo. Aun así, se siente insatisfecho. Realmente insatisfecho.

Alexander sale del cuerpo inmóvil del chico tras unos minutos, dejándolo un poco más maltratado por su forma brusca de tocarlo y se sienta a su lado en la cama, frustrado. El sexo con Liu ha sido bueno. Más que bueno, le ha hecho sentir grandioso poseer, por fin, bajo sus propios términos, a la primera presa que jamás se ha mostrado suficientemente arrogante como para exigir de él paciencia y gentileza a cambio de entregarse. Sin embargo, la idea de Liu entregándose le revolotea aún por la cabeza.

Aquel beso que le dio le sigue torturando. Lo cálido que se sintió. Lo especial, lo mágico. Un revoloteo se erige en su interior al recordarlo y Alexander no puede sino preguntarse cómo debe sentirse que un humano, que Liu, se entregue a él, no solo ofreciéndole un beso, sino su cuerpo entero, su alma… pero para eso Alexander debería esperar, debería respetar los deseos de Liu, complacerlo siendo bueno y amable, debería renunciar a ser lo que siempre ha sido y lo asusta.

Tomar a Liu por la fuerza ha sido placentero, tanto o quizá más como cuando ha tomado a otras presas de cuerpos deliciosos y delicados, pero mientras que siempre ha matado a esas presas tras usarlas, Alexander se siente incapaz de hacer lo mismo con Liu. No cuando se pregunta cómo se sentiría que el muchacho se entregase a él, no cuando sabe que, si lo mata, estará silenciando por siempre cualquier respuesta.

Pero Alexander se pregunta si no ha arruinado ya esa oportunidad, si no ha roto a Liu demasiado o si, quizá, romperlo era justo lo que necesitaba. Si ahora que el chico comprende, claro y alto, a quien le pertenece, se entregará a su amo cuando este lo exija. Alexander mira por la ventana, frustrado al ver los tonos del amanecer, y decide que su respuesta tendrá que esperar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 15

 

Liu despierta el Domingo a media tarde y lo primero que siente es la tórrida luz solar que entra por la ventana y baña la estancia entera, cubriéndolo como un manto protector. Agradece demasiado la sensación, pues es casi como una caricia tranquilizadora, y sabe que es la única agradable que le espera de ahí en adelante.

Tan pronto intenta moverse, su cuerpo se resiente. Le duele todo lo que imaginó que podría dolerle y más aún y su interior sigue húmedo con la semilla del vampiro, así como las sábanas con su sangre. Cuando Liu trata de dirigir sus manos a su intimidad, nota que el vampiro no se ha molestado en desatarlas. Le lleva cuarenta minutos de forcejeo liberarse de sus ataduras. Cuarenta minutos donde llora de frustración y piensa en rendirse, quedándose vulnerable porque <<¿Qué más da? Cuando llegue la noche volverá a tomarme y a atarme las manos si le viene en gana…>>. Cuarenta minutos que culminan con sus muñecas rojas e irritadas, pero por fin libres.

Liu no es siquiera capaz de ponerse de pie, sus caderas y su cintura duelen terriblemente cuando intenta encomendarles la tarea de sostener su cuerpo derecho, así que cae de rodillas al suelo, sintiendo cómo de su interior escurre la semilla del vampiro. Liu lloriquea, el líquido, aún templado, se derrama entre sus piernas y no puede sino sentirse sucio, asqueroso, usado. Gatea hasta el baño y en sus manos y sus rodillas se reabren nuevos cortes, pues el suelo sigue lleno de cristales. Deja que el agua caliente de la bañera le caiga encima, llevándose toda la sangre. Tras una hora su cuerpo empapado solo deja correr por él agua cristalina, pero Liu sigue sintiéndose sucio. Siente su cuerpo manchado por todos lados, lleno de basura, quiere abrirse de arriba abajo y vaciar todo el veneno que siente que lo emponzoña.

Toma un cristal del suelo. Quiere abrirse. <<De arriba abajo…>>.

Quiere cortarse. <<De arriba abajo esta vez. No de lado a lado…>>.

Se mira las muñecas y le tiembla la mano. Se le cae el cristal al suelo porque tiene miedo, no de suicidarse, sino del castigo que le espera si lo intenta pero no lo logra.

<<Mamá, papá, Pelotita, Matheo ¿Me merezco esto? Fue mi culpa. Es mi culpa. Me lo merezco, ¿Verdad? Tan egoísta… teniendo sueños e ilusiones, teniendo planes para una vida feliz cuando vosotros no tenéis vida alguna. He sido arrogante creyendo que yo merecía continuar. No debería haber sobrevivido. No me merezco esta vida. No me merezco una vida feliz. Merezco esto. Merezco a Alexander. Merezco a Alexander y, aun así, rezo porque no vuelva esta noche>>

Liu logra arrastrarse de la ducha de vuelta a su habitación, aún desnudo y mojado, e intenta hacerse un ovillo en el rincón de su cama que no está teñido de rojo. Toma unas prendas de su buró y, muy lentamente, cubre su cuerpo con una camisa de manga corta y un pantalón de pijama. Incluso si no son prendas demasiado cómodas, se siente mucho mejor así, pues ocultan su cuerpo y, con él, las terribles marcas que anuncian que éste le pertenecía a otro.

Liu mira por la ventana con horror, mientras su única salvación se esconde tras el horizonte. Cierra los ojos cuando cae la noche y se tapa con las sábanas, justo como cuando era pequeño y acababa de ver una película de terror con sus padres. Solo que entonces todo su mundo era mejor: podía hacerse un fuerte de cojines y mantas y Pelotita se escabullía con él moviendo la cola alegremente y lamiéndole las mejillas hasta que sonreía y olvidaba a qué le temía tanto.

Ahora, sin embargo, Liu está solo. Solo, pero junto al ruido de pasos pesados que avanzan por su pasillo. Su corazón estalla enloquecidamente y Liu se pregunta si acaso no ha oído sus latidos y los ha confundido con pisadas, pero la verdad toma las sábanas a las que se aferra y se las arranca de un tirón.

Liu se encoge en su cama, incapaz de gritar, de moverse, de respirar siquiera, ante la imponente figura del vampiro. Espera, observando con atención cada uno de los pequeños movimientos del depredador. Viendo lo que hace. Anticipando lo que le hará.

Alexander se sienta a su lado en la cama y el chico se encoge temerosamente. El vampiro sigue en silencio, observándolo con esa calma que solo puede poseer un depredador cuando juega con su presa. Liu estalla ante el sofocante silencio:

—Haré lo que sea —dice de pronto, su tono suplicante —, ha-haré todo lo que des-

Alexander lo calla siseando y acercándose despacio a su rostro. Liu cierra los ojos, temeroso, cuando la mirada carmesí del otro se posa sobre la suya. Luego Alexander roza con sus labios los del humano y el chico, sabiendo lo que el otro quiere, abre sumisamente la boca y se queda quieto mientras el vampiro saboreaba la victoria en sus labios, lamiéndolos, chupándolos y mordiéndolos antes de adentrar su lengua la húmeda cavidad que también le pertenece.

—Ya sé qué harás lo que desee, Liu —responde burlón, rompiendo el beso, y entonces toma al chico de la barbilla con su pulgar e índice, como pellizcándola en una caricia —. Te castigué ayer y aprendiste de tu error ¿No es así? —el muchacho se apresura a asentir vigorosamente, como un cachorrito queriendo presumir de su obediencia —No volverás a desobedecerme, no volverás a olvidar que eres mío —y Liu niega, de nuevo, con un energético desespero, como si solo eso pudiese salvarlo de ser tomado de nuevo por su demonio personal —Entonces, Liu, podemos volver a nuestro trato de antes: tu sumisión a cambio de mi compasión. Y si vuelves, como ayer, a olvidar qué eres mío, yo volveré a olvidar que no debo romperte ¿Queda claro? —de nuevo, un asentimiento rápido y tan lleno de convicción que Liu se le llenan los ojos de lágrimas porque necesita con desespero ser creído y teme que Alexander no vaya a hacerlo —¿Mhm? Entonces dilo.

—S-sí, soy tuyo —murmura rápidamente, sus ojos castaños, casi negros, clavados en las aterradoras pupilas rojas del otro. <<Suyo, suyo, suyo…>> Alexander sonríe y desliza una de sus manos alrededor de la cintura de Liu.

—Por favor —suplica el muchacho, poniendo una de sus temblorosas manos sobre la de Alexander, no intentando detenerlo, sino más bien intentando ablandarlo —, p-por favor, no estoy mintiendo, s-soy tuyo, he aprendido la lección y…

Alexander se inclina de nuevo sobre sus labios, ahora callándolo con un corto y casto beso.

—Lo sé —murmura sobre la boca del muchacho —, no voy a herirte ahora. Respira —instruye y se sorprende a sí mismo por lo tranquilizador que suena su tono —, no protestes más.

Y Liu trata de no hacerlo incluso si Alexander lo toma en brazos presionando, quizá sin querer, zonas de su cuerpo que duelen y sangran aún. Incluso si Alexander no lo lleva ni al salón ni a la entrada, sino que rebasa esos dos lugares, gira el pomo de la puerta de entrada y lo saca de su casa. El muchacho se siente vulnerable. El exterior está oscuro, pues es de noche, y en consecuencias las calles están vacías, pero aun así siente una fría brisa contra su piel y se recuerda que sigue en pijama, con el cuerpo sangrando y los ojos rojos de tanto llorar. Azorado, se esconde en el pecho del hombre que le ha causado todo ese daño y pregunta ahogadamente:

—¿Podemos entrar de nuevo, p-por favor?

Alexander ríe de una forma cruel que le eriza los vellos a Liu. <<No voy a volver a entrar en casa. No volveré, va a… va a matarme y deshacerse de mi cadáver>>

—No voy a matarte esta noche, Liu —responde el vampiro, su voz a la par tranquilizadora, por el significado de sus palabras, e inquietante, pues es un constante recordatorio para Liu de que sus pensamientos tampoco son suyos. —, pero tienes razón: no vas a volver a tu casa. 

—¿A-a dónde…

—A la mía —lo corta Alexander y le asesta una roja e imponente mirada que hace al muchacho incapaz de replicar nada —. Si te entregas a mí, Liu, entonces ya no tienes nada tuyo ¿Por qué ibas a conservar un hogar? 

Liu asiente, dócil e incapaz de tentar más a su suerte, pero cuando Alexander empieza a andar, alejándose poco a poco de su casa, dejando que la realización de que no volverá nunca más ahí empape a Liu, un terrible miedo lo invade <<¿Significa esto también que abandonaré mi vida entera? ¿Mi normalidad por la que he luchado tanto?>>

—¿Podré… podré ir a buscar mis libros y mi móvil y…

Otra risa lo corta y el tono, aún cruel y lleno de burla, hacen que el muchacho se encoja más entre los brazos que lo sostienen.

—Tendrás que ganarte esos privilegios, humano. Te he dejado vivir una vida por tu cuenta, seguir con tus clases, seguir en tu casa, te he dejado salir, comer y hacer lo que quieras cuando no estaba yo para vigilarte… y me has desobedecido. Si quieres recuperar esas cosas, tendrás que demostrarme que entiendes que nada es tuyo, sino algo que yo te presto, que te dejo hacer.

Liu asiente en silencio. No hay nada más que pueda o quiera decir. Lo único a lo que puede limitarse es a aprovechar ese camino lleno de silencio y soledad para respirar hondo y tranquilizarse mientras acepta poco a poco el destino que le es impuesto. Quizá, se dice, no sea tan malo como imagina <<como la noche de ayer>>. Los recuerdos le dan náuseas y hacen su piel picar, siente suciedad en cada poro, insectos deslizándose bajo la dermis con sus pequeñas, numerosas patas. Pero quizá, si juega sus cartas bien, si aprende a complacer sin ser violentado, puede hallar una salida a todo eso. Quizá puede lograr obtener pequeños cachitos de su libertad hasta que un día tenta tanta de ella que Alexander vea más rentable dejarlo vivir como hasta ahora que matarlo si es que se aburre de él.

Sabe que la idea es ridícula, pero el propio vampiro ha admitido dejarlo vivir más que a ninguna de sus anteriores víctimas, así que quizá, si es convincente, si es complaciente, si apaga su cerebro y convierte su cuerpo en un juguete que el otro pueda usar a placer, algún día obtendrá el resultado que anda buscando. 

Por ahora, sin embargo, Liu tiene que concentrarse en objetivos menos ambiciosos: <<necesito algo para el dolor, comida, agua, ropa caliente y lograr que deje mi cuerpo descansar unas noches más>>.

Liu sale de su ensimismamiento cuando Alexander se detiene. Al alzar la vista, el muchacho no tiene ni una duda de que están frente a la casa del vampiro, pues el edificio está envuelto por un aura de grandiosidad que también acompaña a Alexander allí donde va.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 16

 

Rodeada por una alta y afilada verja metálica y al final de un camino de piedras que atraviesa un jardín frondoso, se erige una mansión de piedra oscura y tejados tan negros que hacen que el edificio, en su altura, parezca fundirse con la noche. Varios grandes edificios que terminan en puntas afiladas como enormes colmillos rodean una zona central, donde una gran puerta de madera gris ceniza atrae toda la atención de Liu. La puerta se halla bajo un arco de piedra tallada con esmero para crear detalles pequeños que no distingue en la distancia y otros enormes, como dos gárgolas que parecen guardar la entrada, que ve a la perfección y le erizan en el vello del cuerpo. Es tan enorme, piensa Liu, que cuando el vampiro abre la verja metálica y empieza avanzar por las losas de piedra, la puerta no parece ganar proporciones con más sentido ¿Quién tendría, en la entrada de su casa, lugar donde uno debe ser invitado a entrar, una puerta tan grande que luce inamovible?

Pero Liu obtiene rápidamente su respuesta cuando Alexander, usando una sola mano, empuja los metros y metros de madera maciza como si se tratasen de simple papel. No es una puerta para evitar que su dueño entre, es una puerta para evitar que los humanos que son traídos a dentro logren escapar.

Liu mira hacia arriba antes de entrar, dándose cuenta de que la mayoría, sino todos los ventanales de cristal oscuro, están tapados por cortinas rojas como la sangre desde dentro.

<<¿Cuánto dinero ha debido costar esto? ¿Cómo ha podido permitírselo? ¿Los vampiros siquiera trabajan?>>

Alexander ríe, enternecido por las preguntas que acosan la curiosa mente de su presa, y las responde mientras el otro enrojece y se lleva las manos a la cabeza en un inocente gesto.

—Tú mismo lo dijiste, Liu, puedo tomar lo que quiera por la fuerza. Eso incluye dinero, y aunque es muy conveniente, no es de las cosas que logran saciar mis deseos.

Liu asiente en silencio. Piensa en sus padres, en cómo, antes de que su abuelo ganase la lotería, habían trabajado duro para amasar sus pequeñas fortunas y en cómo ni todo el dinero de ambos habría podido comprar la casa de Alexander.

Cuando se adentran, el chico se siente todavía más impresionado por el interior del lugar que por el exterior. Las paredes eran de delicados tonos crema, pero uno apenas podía ver la pintura en ellas, pues estaban decoradas, cerca de la entrada, por enormes cuadros que Liu habría jurado que debían pertenecer a algún museo y, unos pasos más allá de la entrada, adentrándose en el extenso salón, la mayoría de las paredes están forradas por enormes estanterías caoba ataviadas de libros, algunos con los lomos maltrechos, como si fueran increíblemente viejos, y otros lustrosos, como el bruñido suelo de madera oscura de la sala.

Los muebles son también una chocante, pero hermosa mezcla entre el pasado y el presente: un sofá victoriano de tapicería gótica sobre detalladas patas de metal negro frente a una delgada televisión de plasma, una moderna mesa de cristal y, sobre esta, vajilla de porcelana que parece haber sido pintada a mano mucho tiempo atrás, un tocadiscos con su caja de madera bien conservada y la bocina áurea brillando, colocado sobre un buró junto a un pequeño equipo estéreo.

A la derecha y a la izquierda se hallan aperturas que llevaban una a la enorme cocina moderna del lugar, posiblemente en desuso, y la otra al ala este de los edificios y, al fondo de todo, frente a varios pasillos repletos de puertas cerradas unas al lado de otros, se hallan unas escaleras de caracol que ascendían hacia la segunda y tercera planta y que descienden discretamente hacia un lugar que Liu no está seguro de querer descubrir.

Por un momento, el muchacho se permite perderse en la belleza y el lujo del lugar que deberá convertirse en su infierno, incluso aunque lo explora solo con su vista pues su cuerpo se halla indispuesto.

—Estás temblando —comenta Alexander, su tono era ronco, más no preocupado.

Alexander avanza hacia el sofá rojo y deposita al muchacho sobre este con cuidado, tendiéndole después una manta gris que se encontraba apartada a un lado. Liu lo mira desconfiado, incapaz de saber si ese pequeño gesto tendrá un gran precio más adelante, pero incapaz también de seguir ignorado su frío: toma la manta y se enrolla haciéndose un ovillo.

—G-gracias… —murmura con una voz pequeña y triste.

Alexander lo observa por largos segundos. Liu es solo una patética criatura temblando y enroscándose sobre sí mismo en su sofá, como un animal abandonado, y aunque usualmente una imagen tan vulnerable habría sido suficiente para tenerlo abalanzándose sobre él, decide esperar. Aguantar.  <<Mi compasión a cambio de su sumisión>> se repite, recordando el bonito cosquilleo en sus labios cuando Liu lo besó, tentándose a sí mismo al preguntarse cómo se sentirá cuando Liu se entregue a él no solo con un beso, sino con algo más.

—Traeré algo para el dolor.

Liu agradece de nuevo con un hilillo de voz y se hace más pequeño en su esquina del sofá. Escucha los pasos de Alexander alejarse y, casi tan pronto como se desvanecen, vuelen, sin otorgarle un solo segundo de paz. Suspira, abrumado, pero no le sorprende que el vampiro haya vuelto tan rápido dadas sus habilidades. Lo que sí que le sorprende es oír una risa a sus espaldas.

Una risa que no se le hace familiar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 17

 

Se voltea de pronto, asustado, y aunque se encuentra con una sonrisa de grandes colmillos y dos hambrientos ojos rojos, esta vez están en el rostro de un extraño. El nuevo vampiro es alto y corpulento, no tan exageradamente como Alexander, pero tiene intimidantes proporciones de todos modos, con sus manos grandes, su espalda ancha y su cintura estrecha que luego sigue en dos fuertes piernas que poco a poco avanzan hacia Liu. Este hombre tiene, así como Alexander, un rostro masculino: facciones marcadas y rudas, pero, a diferencia del otro vampiro, tiene en su tez un toque de androginia, quizá por sus ojos, contradictoriamente dulces en su forma almendrada y en sus largas pestañas, quizá por su nariz fina y elegante o por sus labios, gruesos y del color del sonrojo o quizá por su mentón afilado. Tiene el cabello negro, largo y liso, cayendo como una cascada por sus hombros, brillante, que le hacía parecer una pantera moviéndose despacio en medio de la noche.

—Que considerado por parte de Alexander, traerme una bonita presa esta noche. —dice el hombre, su tono es burlón, lento. Se recrea en el temor de Liu y su incapacidad para huir.

Liu traga saliva y se aferra con más fuerza a la manta.

—No soy…

Pero el muchacho es incapaz de terminar la frase que ha empezado. El vampiro le arranca del cuerpo su cobija con un cruel tirón que hace al chico caer al suelo y, antes de que pueda recuperar el aliento, el hombre jalonea con violencia su camisa de pijama, rompiéndola en girones.

—¡No! —grita, alarmado; recuerdos de la noche anterior inundan su cabeza. Intenta taparse con las manos como puede pero el vampiro lo maneja con facilidad a su antojo, lanzándolo sobre el sofá, expuesto ante su mirada depredadora.

Liu sabe lo que pasa cuando uno de eso seres lo despoja de su ropa. Conoce la inevitabilidad. El dolor. La humillación.

—¡No, por favor, Alexander no…

Pero, nuevamente, el vampiro ignora sus palabras como si fuesen meros sonidos sin sentido y lo toma de sus muñecas, apartando las manos con las que el chico trata de cubrirse y revelando su cuerpo lleno de mordidas, moratones y cortes. El vampiro tuerce la boca en un gesto de desagradado y aunque Liu se siente asqueroso y humillado porque sabe que luce como se siente -sucio, usado, roto-, también se alivia porque quizá eso lo salva.

—Ah, qué cruel… probarte él solo y darme las sobras. Estás todo usado y mordisqueado, pero me servirás de todos modos…

Liu entra en pánico cuando el vampiro se inclina lentamente sobre su cuello. Todo su cuerpo se llena de una energía que se siente como magma viajando por sus venas y por unos segundos siente que su cerebro se ha apagado, cediéndole el control a algo impulsivo y animal dentro de él. Para cuando su raciocinio se ha vuelto a encender Liu abre los ojos con horror, viendo lo que acaba de hacer: ha pateado a ese vampiro en la cara. No hay dolor en su rostro, pero sí ira.

Los labios de Liu tiemblan cuando este intenta expirar una inaudible disculpa, pero ningún sonido coherente llega a salir de su boca: el vampiro lo abofetea primero. Y aunque Liu ha recibido tortazos antes, incluso puñetazos, a manos de los abusones de su escuela, el golpe que ese ser le propina está a otro nivel. Liu siente su cráneo entero doler y aunque cierra los ojos cada pequeña terminación de cada diente parece encenderse en rojo bajo la encía, brillando de dolor.

El golpe es tan grande que Liu es arrojado a la otra punta del sofá y aunque el vampiro le está diciendo algo no logra escuchar las palabras bajo el pitido que tiene en la oreja el latido doloroso de su mejilla.

—Pedazo de mierda —las palabras le atraviesan el oído cuando el vampiro lo toma con fuerza por el pelo, echando su cabeza hacia atrás violentamente y empezando a arrastrarlo por el suelo hacia las escaleras de caracol. —, no entiendo cómo tienes cojones de hacerme eso después de haber pasado un rato con Xander, pero te lo aseguro, puto humano, que pronto se te van a quitar todas las ganas de intentar resistirte. Vas a suplicarme que te mate.

—¡No! ¡N-no, espera, Alexand-

Como si de un reclamo se tratase, el grito desesperado de Liu hace que el vampiro aparezca en medio de la sala, con su largo cabello rubio recogido en una cola y su típica expresión de pocos amigos pintada en el rostro, pero desapareciendo poco a poco mientras ve al otro.

—Aidan, déjalo —murmura haciendo un vago gesto de manos, como si la situación no fuese la gran cosa.

Liu gime de dolor e hiperventila, grita cuando Aidan da otro jalón a su pelo para forzarlo a levantarse incluso si las piernas le tiemblan y el cuerpo entero le duele hasta rabiar.

—¿Que lo deje? La cena de hoy me ha dado una patada. En la cara.

Alexander ríe y mira a Liu con las cejas alzadas en una grata sorpresa.

—Vaya, conmigo no eres tan peleón, muchachito —comenta, aún riendo y acercándose a ambos —. Le daré una reprimenda luego, Aidan, pero suéltalo. Es mío.

El vampiro azabache mira a Liu como si se plantease despedazarlo ahí mismo, pero termina accediendo a regañadientes, empujando al humano contra Alexander. Liu grita y aterriza contra el pecho fuerte de su demonio personal, que lo aprisiona fácilmente con un brazo y sonríe.

—No me mires así, Aidan, todavía puedes ir a cazar algo por ahí —replica de forma socarrona contra la mirada llena de desdén de su amigo.

—Oh, claro que puedo, pero no esperaba que no fueses a compartir ¿Desde cuando eres posesivo con la comida? —inquiere, arqueando una ceja y acercándose un paso al más alto. 

Liu se encoge con temor, apretándose más contra el cuerpo frío de Alexander, incluso si de ambos, él es a quien más debería temer.

—No lo soy —responde Alexander con una risa aterciopelada y seductora que eriza la piel de Liu. El vampiro más grande se acerca a Aidan y, colocando una amistosa mano en su hombro, continúa: —, quizá podemos jugar ambos con mi nuevo humano, Aidan, pero vas a tener que esperar. No quiero romperlo, no aún, así que tú tampoco vas a hacerlo ¿Entendido?

Aidan lo mira en silencio unos segundos. Seriamente.  Liu podría jurar que el vampiro azabache está tratando de descifrar algo, quizá en la expresión o quizá en el tono de Alexander, pero, sea lo que sea, el vampiro parece algo desconfiado.

Finalmente, Aidan arquea una ceja y asiente.

—Como digas, Xander —responde, su tono es bajo y ronco, extrañamente dócil —, pero si no me vas a dejar cazar a tu humano, te recomendaría no dejarlo tan fácilmente a mi alcance.

Alexander frunce el ceño cuando el otro le sonríe pícaramente.

—Contrólate, ya no eres un neófito —le responde y Liu se aleja unos pasos, de ambos esta vez, porque reconoce en el calmado tono de Alexander la misma severidad con que le habló la noche anterior antes de tomarlo sin compasión alguna. Reconoce el tono contenido, la ira, dormitando, aguardando, tras cada palabra, como lista para saltarle a alguien al cuello. Aidan va a decir algo y, a juzgar por la expresión de su rostro, Liu diría que será burlón e irrespetuoso, pero sus palabras se cortan cuando Alexander avanza un paso hacia él y habla tranquilo, con una malévola media sonrisa, sobre su oído —Y no querrás que te castigue como cuando lo eras ¿Cierto?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 18

 

—Siempre sacando ese tema —gruñe Aidan y le da un puñetazo juguetón al otro en el pecho, alejándolo un poco. Ambos ríen y Liu se siente confundido de pronto ¿A dónde ha ido toda la tensión que podía sentir en el ambiente? —, no seas capullo, Xander. Me iré a cazar por mi cuenta ¿Satisfecho?

—Bastante.

Liu observa con recelo como el nuevo vampiro tiene prácticamente la misma facilidad que Alexander para empujar el pórtico de madera maciza que a él se le haría una muralla inamovible en las manos. Alexander chasquea los dedos haciendo que Liu de un repullo y vuelva su vista de la puerta a él y, entonces, hace un gesto con su índice para ordenar al humano que se acerque. Liu lo hace andando tímidamente mientras se abrazaba a sí mismo, intentando cubrir su torso ahora desnudo por culpa de Aidan.

El vampiro le tiende una píldora blanca.

—Para el dolor —se explica al ver a Liu examinar el medicamento con desconfianza. El chico tiende su mano para tomar la pastilla, pero Alexander retira su mano antes de que pueda tomarlo —, deberías agradecer, Liu —susurra mientras se inclinaba hacia su presa.

Liu sabe que ese tono es de advertencia y se encoge de inmediato al oírlo, cerrando fuerte sus ojos y abrazándose con fuerza. Respira hondo una, dos veces, y poco a poco abre sus ojos. Coloca sus manos en las solapas de la chaqueta de cuero de Alexander y cuando el vampiro sonríe, entre burlón y complacido, por el gesto sabe que está dándole justo lo que quiere. Se acerca un poco más, ahora que está cogido a las ropas de su torturador, e intenta besar a Alexander, pero este se yergue un poco, su boca solo unos centímetros más allá del alcance de Liu.

—Vamos —instruye, su tono dulce y juguetón. Su sonrisa se hace más grande y el chico jadea al ver los colmillos, sintiendo en su cuello espinazos de dolor —, no me hagas esperar.

Liu se siente humillado al hacerlo, pero aun así se pone de puntillas y estira de las solapas de la chaqueta de Alexander, como si fuese él quien ansía el beso. Como si rogase por él en vez de entregarlo. Alexander se inclina complacido y mientras Liu mueve tímidamente sus labios sobre los del vampiro, puede saborear en estos una cruel sonrisa que pronto se deshace para convertirse en la voracidad de uno de sus besos.

Alexander toma a Liu por la cintura con fuerza, sus grandes y fuertes dedos hundiéndose en la ternura de la piel de su presa, tan cálida por la sangre corriendo temerosamente bajo ella, tan suave, tan sensible por los cientos de marcas que él mismo ha pintado en ella. Lo acerca a él y profundiza el beso con rapidez, su lengua penetrando en la boca de Liu y recorriéndola por todos los lugares, instigando a la corta y rosada lengua de Liu a tratar de seguir la habilidad y rapidez de sus movimientos. 

Liu trata de relajarse cuando el beso parece volverse inacabable. Por cada pequeño amago que hace de separarse para tomar aire, Alexander lo estrecha más cerca y fuerte y su boca lo mordisquea, chupa y lame más duro o más profundo, así que deja de resistirse: su cabeza deliciosamente mareada y su boca abierta, moviéndose si acaso de forma tímida y quedándose estática cuando la lengua de Liu se topa con los colmillos de Alexander. El beso, debe reconocer, es hambriento y algo aterrador, pero no doloroso, no del todo: los labios de Alexander son grandes y suaves y la forma en que se deslizan sobre los suyos gracias a la labilidad de sus salivas se siente agradable, casi como una caricia. <<Si hubiese tenido el valor de besar a Matheo ¿Se abría sentido así de bien?>>.

Pero Liu no puede pensar en una respuesta, Alexander lo levanta con una sola mano y el chico, asustado ante la idea de caer, se aferra al cuello del vampiro con sus brazos y a su cintura con las piernas. Alexander anda con él a cuestas mientras lo besa, ahora en un frenesí que agobia a Liu: el vampiro le muerde los labios con fuerza, casi queriendo romperlos, y tira de ellos chupando ávidamente, como quien quiere dejar la piel morada.

El chico se queja, su voz pequeña y dolorida entre beso y beso, y Alexander lo deposita sobre la repisa de la cocina, empujándose entre sus piernas y rompiendo el beso.

—No vas a pensar en otro hombre mientras me besas, Liu ¿Verdad que no? —pregunta el vampiro juntando su frente a la del chico y clavando sus dedos en su delgada cintura.

—N-no, lo siento… —se disculpa Liu, lágrimas acudiendo a sus ojos cuando se da cuenta de que Alexander ha espiado un pensamiento tan íntimo como ese. De que será castigado por simplemente desear haber tenido la oportunidad de probar los labios de su primer amor.

—¿Qué va a pasar la próxima vez que lo hagas, Liu? Dímelo.

Pero el chico es incapaz de responder más que sollozando. No sabe qué pasará, pero sabe que nada bueno. Su cabeza se llena con horribles imágenes de la noche anterior y su cuerpo, todavía incapaz de hallar una tregua en ese horrible infierno, duele como si hiciera eco de todo el sufrimiento que aún llevaba escrito en la piel. Alexander sonríe.

—N-no lo sé, no lo sé… —murmura el chico azorado, llevándose las manos a la cara mientras niega entre lágrimas.

—Y no quieres averiguarlo ¿Cierto? —Liu niega con terror, sus movimientos prestos y frenéticos —Buen chico. Ahora —dice el vampiro, sosteniendo de nuevo la pastilla entre su índice y su pulgar —, quiero que me beses de nuevo. —entreabre los labios, sacando la lengua y colocando sobre esta la pastilla.

Liu se lanza con sus labios entreabiertos hacia la lengua de Alexander, que vuelve a meterla en su boca. El muchacho no tiene más opción que cerrar sus ojos y entregar otro beso. Esta vez Alexander es más dulce, sus movimientos más pausados, suaves. Permisivos. El vampiro abre la boca, invitando a Liu a entrar, y el chico tiene que atreverse a lamer los labios de Alexander, a acariciar su lengua y recorrerla entera en busca del antídoto de su dolor. 

Cuando lo halla y lo tiene por fin sobre su lengua, hesitó unos momentos. Rompe el beso y mira a Alexander con ojos de cachorro mientras saca la lengua y muestra la pastilla que ha obtenido, como preguntándole si puede tragar su premio o no. El vampiro se siente enloquecido por tan sumiso gesto y su interior arde al ver a Liu esperando tan pacientemente por una respuesta, su lengua rosada goteando saliva mientras él decide si aliviar o no el dolor de su presa.

—Traga —ordena Alexander y se siente profundamente complacido al ver al humano obedecer, incluso si es lo que él mismo deseaba hacer. El vampiro sonríe de nuevo y aprieta las mejillas de Liu, abriéndole la boca a la fuerza —, muéstrame tu lengua de nuevo —ordena y el chico hace lo indicado al instante, apartando su vista con timidez —, quiero que la pases por mis colmillos.

—Están afilados —dice el muchacho con tono tristón, sus ojos subiendo del suelo a la boca sonriente de Alexander, observando con terror las dos armas de marfil que sobresalen de su boca —, me da miedo hacerme daño…

—Pasa tu lengua por el filo —ordena Alexander, su voz ahora no es juguetona ni tentativa, la orden tiene una firmeza aterradora, una urgencia que hace saber a Liu que, si no obedece de inmediato, será castigado —, quiero que te cortes con él.

Liu jadea por la orden y tiembla en el lugar, incapaz de obedecer. Piensa en ello, en la ridiculez de su miedo ¿Acaso Alexander no le ha hecho cosas mil veces peores y más dolorosas? Y, sin embargo, cuando el vampiro le ordena a él mismo que sea su propio verdugo, Liu se siente inmóvil como la piedra. Hasta que Alexander habla.

—Hazlo, Liu, o no voy a cumplir mi promesa.

El chico entra en pánico al oír la amenaza y se arroja a la boca del vampiro. Se detiene cuando está a un mero milímetro de ella y necesita respirar profundo un par de veces antes de atreverse a sacar su lengua. Primero, lame el colmillo por delante, en vez de por abajo, pasando su lengua llana por la superficie como de cristal del diente.

Alexander exhala lleno de placer. Nunca, en sus más de mil años de existencia, ha tenido a un humano de ese modo. Nunca ha sido besado, en vez de besar, y mucho menos nunca un humano ha tenido el valor de besar, lamer y probar sus colmillos. Con ellos roba vidas, por lo que es normal que los humanos huyan despavoridos ante la simple vista de los dos filos blancos. Causar temor con ellos siempre le ha procurado un enorme placer, pero solo ahora se da cuenta de cuán placentero es también que otro los deguste, los acaricie, los adore casi con deseo.

Liu por fin se atreve y desliza su lengua bajo la punta del colmillo derecho de Alexander. No entera, pues el dolor lo hace gimotear y apartarse, pero sí lo suficiente como para que rasgue la rosa y tierna carne y para que cuando Liu termine su lengua arrebolada se tiña poco a poco de rojo hasta gotear.

Alexander se inclina y lame con su larga lengua la de Liu, llevándose el bonito color rojo que él mismo ha hecho brotar.

—Bien hecho. —halaga y pasa una de sus manos por el cabello del chico a modo de recompensa.

Liu no confía en el tacto de Alexander, no después de aprender por las malas que las manos del vampiro son mucho más habilidosas dañando que sanando, pero su cuerpo no puede evitar ceder ante la única sensación reconfortante que ha tenido en mucho tiempo y se empuja contra la mano que acaricia sus cabellos, buscando más de esa sensación agradable, aunque sus mejillas se tiñan de rojo por el bochorno y la humillación.

Alexander se siente en una encrucijada también: ama mucho causar dolor en Liu, pero ahora, viéndolo tan pequeño y vulnerable, inclinándose necesitadamente hacia sus mimos, algo cálido se funde en su interior y de ahí brotan unas extrañas ganas de recoger al muchacho entre sus brazos y hacerle sentir bien. 

Se pregunta cómo se sentirá, no ya que un humano le entregue su sangre, su cuerpo, que le obedezca y en sus ojos vea quizá hasta una chispa de deseo, se pregunta, ahora, cómo se sentirá que un humano se abrace a él como si fuese, lejos de un demonio, un ángel que le hace sentir seguro.

Y tan pronto se pregunta eso, Alexander se asusta de sí mismo y se aleja bruscamente de Liu, dejándolo confundido.

—Puedes comer hoy, si lo deseas —indica Alexander, su voz suena apresurada —, hay alimentos suficientes para días en la cocina, usa los que necesites y limpia al acabar. Vendré a por ti en un rato, no te muevas de aquí.

Liu se siente extrañado cuando el vampiro se marcha repentinamente de la cocina, pero también profundamente aliviado. Por fin solo y con el medicamento para el dolor empezando a hacer efecto, Liu es capaz de moverse por la cocina lo suficiente para hacerse un bocadillo y una pequeña ensalada. Come ambos platos en la mesa de madera de la cocina, escuchando ligeramente la conversación que se da en la sala cuando Aidan regresa de su cacería.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 19

 

Aidan regresa con una expresión de satisfacción en su rostro y los labios rojos de sangre, algunos hilillos de esta escurriéndole de las comisuras hasta el mentón, desde donde se deslizan por su cuello y hasta bajo su ropa.

—Una buena cena, parece —comenta Alexander risueño, viendo como su amigo, tras pasar por la puerta, se lame las yemas ensangrentadas de los dedos. —¿No has traído nada para mí? —pregunta, alzando una ceja con indiscreción.

—¿Acaso tu juguetito no tiene sangre en las venas, Xander? ¿O es que compensa su horrible sabor con su apetecible aspecto? —ríe Aidan, acercándose a Alexander con burla para mirarle fijamente a los ojos mientras da un largo lametón desde la palma de su mano hasta la yema de su dedo corazón, recogiendo la última gota de sangre fresca que quedaba en sus manos.

Alexander ríe, mordiéndose maliciosamente la lengua, y se acerca al vampiro más joven para tomarlo autoritariamente del cuello con una sola mano. Aidan jadea y se queda quieto para Xander, pero mantiene en su rostro la expresión rebelde.

El vampiro rubio se inclina sobre el rostro del pelinegro, sus peligrosos ojos rojos chocando con la mirada de Aidan, que comparte el color, pero no la aterradora intensidad. Finalmente, Aidan aparta la mirada y de deja hacer mientras Alexander lame la sangre que aún gotea en su cuello. El vampiro más poderoso desliza su lengua sobre la nuez de la del menor, sintiéndola subir y bajar con nerviosismo cuando este traga saliva, y lame el recorrido entero de la boca, deslizándose sobre el mentón de Aidan y hasta llegar a su comisura.

Aidan entreabre su boca cuando Alexander da un último lametón a su comisura, todavía sosteniéndolo fuerte del cuello y queriendo limpiar de los labios del otro el delicioso color rojo.

—Te traeré algo la próxima vez, disculpa —murmura Aidan, su voz es ronca, pero ligeramente temblorosa.

—Muchas gracias —susurra Alexander con un tono dulce casi sobre los labios del otro. Poco a poco libera su cuello y se separa de él —, y yo te dejaré jugar con mi bonita presa cuando esté seguro de que está lista para ello. Verás, Aidan, como Liu sí que tiene sangre en las venas y una tan apetecible como su aspecto.

Aidan sonríe malicioso y es ahora él quien se acerca al mayor.

—¿Entonces ese chico es él? ¿El humano del que me hablaste? —pregunta con impaciencia, como un chiquillo antes de abrir sus preciados regalos de navidad. Alexander asiente y Aidan exhala con gusto —¿Por qué no destrozarlo, entonces? Me dijiste que una presa deliciosa y la has traído aquí. Pensé que querrías jugar con ella, como siempre.

Alexander ríe y niega, casi fascinado por la ingenuidad de Aidan.

—Cachorrito —le responde y el tono es tan burlón como lleno de afecto —, cuando yo tenía tu edad, tan solo un puñado de cientos de años, también pensaba que no había nada mejor que lo inmediato. Cazar, usar y matar a los humanos que me encontraba. Pero han pasado muchos años ya, Aidan, y los juegos de siempre empiezan a saber todos a los mismo. Quiero probar cosas nuevas y Liu me ha ofrecido algo deleitoso: su sumisión a cambio de mi compasión. Por eso me estoy tomando las cosas despacio con él, para saborearlo mejor.

Aidan asiente en silencio, escuchando atentamente la idea de su amigo. Por un momento, se siente terriblemente avergonzado: como un perro salvaje e ignorante que lleva toda su vida creyendo que el mayor placer es cazar y comer animales crudos y que ahora se topa con un cazador más experto y sabio que él que le muestra con condescendencia que a los animales se les puede criar, engordar para que estén más sabrosos, matar y cocinar para que sus sabores sean de una exquisitez que un perro con la boca llena de sangre jamás podría haber imaginado.

Envidia profundamente a Alexander por estar disponiendo de un placer así, por haberlo obtenido antes siquiera de que él haya podido pensarlo. Siempre ha sabido que Alexander es el más veloz, el más fuerte y el más experimentado de ambos ¿Es también el más ingenioso?

Aidan quiere decirle, decirse que no, que él puede obtener lo mismo que su amigo si se lo propone, puede ser merecedor de los mismos placeres, pero decide permanecer en silencio y marcharse, pensativo, cuando Alexander se despide de él y se dirige a la cocina.

Liu traga grueso el último bocado de su comida. Aunque hace unos minutos se sentía tan hambriento que habría sido capaz de devorar un caballo, los trozos de conversación que ha oído entre Alexander y Aidan le han quitado por completo el apetito.

Aidan estaba dispuesto a asesinarlo de forma dolorosa tal cual lo vio ¿Cómo va a sobrevivir entregándose a Alexander si este pretende compartirlo con su amigo?

—¿Has terminado? —la voz de su demonio lo alerta y hace a Liu saltar en el lugar.

El muchacho asiente en silencio, poniendo todo su esfuerzo en no pensar en la conversación que acaba de espiar mientras va a dejar los platos a la pica y luego acude al llamado de Alexander. El vampiro, agotado por haber pasado largo rato antes husmeando en la mente del menor, lo deja pasar por el momento y simplemente lo examina por fuera. Liu sigue sin su camiseta, exponiendo a su deleitada vista su delgado y pálido torso lleno de marcas, heridas y profundos mordiscos. Las heridas lucen dolorosas y hermosas, de un rojo chillón similar al de la mirada de Xander y rodeadas de pétalos violáceos. Y el cuerpo entero de Liu está marcado por su temblor lleno de temor y la forma en que parece que apenas puede sostenerse de pie.

Sin mediar palabra, Alexander toma al humano por la cintura y se lo arroja al hombro como si fuera un mero saco de plumas que puede cargar de un lugar a otro sin dificultad. Liu chilla por lo repentino del gesto y su grito se interrumpe cuando su estómago choca contra el hombro del vampiro, que lo vacía por completo de aire.

—D-disculpa ¿A dónde me llevas? —pregunta manteniendo su voz baja y llena de reverencia, pero incapaz de aguantar la incertidumbre.

Alexander empieza a ascender por la escalera de caracol, dejando atisbar a Liu el lugar al que esos mismos escalones descienden: un oscuro sótano con el suelo y las paredes de piedra gris.

—A mi dormitorio. —explica Alexander sin más.

Un escalofrío recorre a Liu mientras se pregunta si acaso va a tener la suerte de ganarse un descanso o si Alexander lo arrojará sobre la cama y exigirá de él más que un beso. Mucho más.

El vampiro se hunde en el largo pasillo central de la planta superior, dirigiéndose a la gran puerta que puede observarse en el fondo. Liu se encoge cuando el vampiro la alcanza y gira el enorme pomo de oro en su mano, adentrándose en el lugar.

Los primeros segundos son de absoluta oscuridad, hasta que el vampiro pulsa el interruptor de la luz y una enormísima estancia se desvela ante los ojos de Liu. El lugar es posiblemente tan grande como su salón, con grandes armarios caoba que llegan al techo, una puerta de hermosas decoraciones doradas que posiblemente dé a un baño de igual lujo, un par de escritorios de madera gruesa donde Alexander tiene caros ordenadores, las sillas que los encaran también luciendo modernas y tapizadas en cuero, estanterías llenas de libros enormes, los lomos de estos robustos y con decorados que dejan ver que se trata de ediciones que uno no podría encontrar en muchos más lugares, y, en el otro extremo de la habitación, un hermosísimo expositor de cristal y titanio dentro del cual, sobre cojines de cuero y pañuelos de satén rojo reposan artículos que erizan la piel de Liu: cuerdas de cerdas firmes y brillosas dobladas pulcramente, cadenas de grandes eslabones bruñidos hasta la perfección, mordazas, vendas, esposas y grilletes de acero, látigos y objetos que Liu no logra entender, pero que sabe, nada más verlos, que debe temer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 20

 

Traga saliva al deslizar sus ojos por la enorme exposición de lo que, a sus ojos, son aparatos de tortura, y luego se fija en punto central de la habitación: una enormísima cama de sábanas de satén rojo oculta tras un dosel blanquecino y traslúcido que Alexander echa a un lado con una mano mientras sube al lecho y arroja ahí a Liu. Recula en la cama hasta chocar con el cabecero y se acurruca en ese lugar mientras Alexander gatea hacia él.

—E-es un lugar muy hermoso —susurra, intentando ser zalamero, pero Alexander solo ríe en respuesta —, dónde… ¿D-Dónde pasaré yo los días? 

—Aquí —responde Alexander como si fuese la cosa más obvia del mundo. El vampiro llega a la altura de Liu y se inclina levemente, dando un lento beso en sus labios. 

Nota, por la forma en que Liu vacila al abrir su boca y en que se estremece cuando chupa y lame su lengua, que la herida que ha abierto antes en la boca del muchacho sigue torturándolo, así que lo besa despacio, superficial, probando únicamente sus labios, juntándolos y separándolos para escuchar el delicioso sonido chicloso que sus bocas hacen al chocar. Finalmente, el vampiro captura el labio inferior del chico entre sus afilados dientes y tira de él, como si desease devorarlo.

—Dormirás conmigo, por el día ¿Alguna objeción? —Liu, dolorido, niega de forma suave con su cabeza y el vampiro suelta su maltratado belfo. —Buen chico —susurra y vuelve a besarlo.

Lo besa de esa forma lenta y cuidadosa que confunde demasiado a Liu. Incluso si Alexander es el rey de sus pesadillas y el amo de su infierno en la tierra, no puede evitar sentir la dulzura en el ese gesto. El calor. Cuando Alexander amasa tiernamente su boca con movimientos suaves como si quisiera amoldarla a placer, cuando lame con su lengua experta, sus labios y luego el interior tras abrirlos, Liu siente que se podría derretir.

Liu siente que, si no ha tenido tiempo de desear antes por culpa de su tragedia, Alexander está listo para arrancar de él todo ese deseo, para exigírselo y apropiárselo. 

Un gemido abandona su boca cuando las grandes manos del otro le acarician una el pecho, raso y suave, y la otra el hundido vientre, bajando poco a poco hasta que llegan al elástico del pantalón. Alexander tira de él y empieza a bajarlo.

—No, espera, a-aún no, por favor —suplica colocando sus manos sobre el pecho firme del vampiro. Liu no se atreve a empujar, pero el gesto parece suficiente para detener al ser.

—Solo quiero ver cómo está tu cuerpo —explica Alexander, su voz es ronca y baja. Liu sabe que es una advertencia, que Alexander no se está explicando, solo dándole una oportunidad para que no se gane un castigo. Poco a poco, Liu retira sus manos del cuerpo del otro y Alexander baja de un solo movimiento los pantalones y la ropa interior de su humano. —. No vuelvas a decirme que no ¿Entendido?

—S-sí —responde dócilmente Liu, jugueteando con sus manos nerviosamente. La mirada de Alexander lo examina de una forma que se siente como fuego sobre la piel, por lo que Liu no puede siquiera pensar y simplemente añade: —, l-lo siento. Lo siento mucho.

La respuesta satisface finalmente a Alexander, que tira de la ropa de Liu hasta desenvolverlo por completo, teniéndolo desnudo sobre su cama. Liu aparta la mirada e intenta pensar que está en cualquier otro sitio. Cuando el vampiro lo toma por las caderas y tira hacia abajo, tendiéndolo por completo en la cama, Liu imagina que son las manos de Matheo las que lo asen con fuerza.

<<No, no, no. No pienses en Matheo, se va a enfadar. No pienses en nada más que no sea él>>  Y es así como Liu se fuerza a sí mismo a no escapar del momento, a vivirlo por completo por mucho que su alma parece arañar su piel desde dentro, buscando una vía de escape.

Por suerte, Alexander pasea solo la vista por su magullada figura, queriendo grabar cada detalle en su memoria: el revuelto y blandito pelo café, los asustadizos ojos azules, las bonitas pecas de la cara ocultas tras los moratones, la nariz del muchacho aún algo inflamada, los cortes en los labios, los mordiscos en el cuello, las autolesiones en sus brazos, viejas y nuevas, sobreescritas por los profundos arañazos del vampiro, los moratones con forma de duro agarre en su cintura, en sus caderas, en sus bonitos y pálidos muslos, los arañados hechos por pedazos de cristal en las palmas de sus manos, en las rodillas y el empeine de sus pies.

Alexander toma con sus manos los muslos de Liu y los abre despacio, su toque firme, hecho para ser obedecido. Liu aparta la mirada mientras sabe que la del vampiro recorre su sexo con descaro. Se pasea por él como si fuese un lugar suyo, un pequeño rincón en el que puede quedarse cuanto rato desee.

Los ojos carmesí reparan en el pene flácido de Liu. Pequeño, suave, con la cabeza ligeramente rosada. Se pregunta cómo se sentirá tocarlo hasta que endurezca. Cómo será darle placer a un humano, en vez de robárselo. Sus ojos bajan poco a poco, de sus genitales a su trasero, donde puede ver claramente la entrada del chico enrojecida por la violencia con que la invadió la noche anterior sin siquiera molestarse en preparar o lubricar a su amante.

Liu cierra los ojos. Las manos de Alexander se hallan cerca, tan cerca… 

—¿Q-quién era el hombre de antes? —pregunta de pronto Liu, su boca actuando por cuenta propia, tratando de distraerlo, de distraer a Alexander si es que tiene mucha suerte. —A-Aidan, me refiero, el otro vampiro ¿Quién era?

Alexander suelta los muslos del chico, pero antes de que esta pueda suspirar con alivio, el vampiro atrapa su pequeño pene con su mano derecha, sosteniéndolo con una firmeza que Liu teme que se convierta en un doloroso apretón.

Liu se tensa <<¿He hecho algo malo al preguntar? ¿Qué ha sido? ¿Qué he hecho mal? ¿Hablar sin permiso? ¿Hablar de otro hombre mientras él…>>

—No deberías haberle faltado al respeto a Aidan antes ¿Patearle en la cara? Solo un idiota suicida haría eso. Y mucho menos deberías interesarte en ser la presa de otro vampiro, Liu, no cuando apenas puedes con uno solo —advierte Alexander y, como Liu temía, la enorme mano del vampiro se cierra con un poco más de fuerza sobre su intimidad. El dolor es ligero, soportable, pero Liu se pregunta por cuánto más lo será. Y, entonces, Alexander empieza a moler muy despacio su mano arriba y abajo. Un hormigueo recorre Liu y el chico se marea ante la terrible idea de su cuerpo traicionándolo, reaccionando en formas que su mente no querría siquiera imaginar —, pero si estás tan ansioso, pequeño, puedo llamar a Aidan ahora y dejar que te pruebe, que te rompa un poco más, que parece interesarte —susurra eso último en el oído de Liu, su mano yendo más rápido, despertando la humillante excitación de Liu.

El muchacho jadea y niega con su cabeza, la mano en su entrepierna jugando con él a placer, obligándolo a ponerse duro mientras amenazas aterradoras son susurradas en su oído tal y como si se tratasen de palabras sucias.

—P-por favor —Liu suplica, porque sabe que tiene que empezar de ese modo, porque sabe que debe mostrarse patético y desesperado y culpable para que Alexander considere siquiera escuchar cualquiera de las palabras que vengan después de su ruego —, n-no quería, no quiero faltarle al respeto. N-no estoy interés…. No estoy interesado en él, l-lo juro, solo te obedeceré a ti, s-solo me entregaré a ti, Alexander, lo prometo, ha sido estúpido de mi parte me-mencionar a Aidan, solo tenía curiosidad, lo siento tanto, no quería golpearle, m-me asusté, lo siento, lo siento por ser desobediente, l-lo siento…

Alexander sonríe complacido cuando el muchacho, por fin erecto, se deshace en lágrimas de temor y humillación y, aun así, no tiene el valor para apartar su mano, para pedirle siquiera que lo haga, porque Liu sabe a quién pertenece su cuerpo.

—No obedecerás a nadie, no hablarás a nadie y no complacerás a nadie más que a mí a menos que yo lo ordene —sentencia Alexander, su voz es ruda, terriblemente masculina y una pizca de monstruosa, con un rugido gutural que la subyace, como si bajo la voz del hombre un demonio sisease esas mismas palabras cual maldición.

Y mientras las pronuncia y Liu asiente con docilidad, el ritmo de su mano aumenta y Liu cierra con fuerza sus piernas porque quiere detener algo que sabe que no puede: su cuerpo reaccionando a lo que su cuerpo recibe.

Liu puede odiar y temer a su verdugo infinitamente, pues en su alma hay lugar suficiente para todo el dolor del mundo, sin embargo, su alma sigue en su cuerpo: residiendo en él, prisionera de él. Y su cuerpo, por desgracia, no tiene la libertad de elegir lo que siente. Si Alexander lo golpea, sentirá dolor. Sin embargo, si envuelve su lugar más sensible con una mano firme, grande y cálida y si muele deliciosamente ese lugar, aumentando el ritmo poco a poco, sintiendo como el corazón de Liu enloquece y como su pequeño cuerpo se contrae y se remueve, intentando huir de la presteza de su mano, Liu no tiene más remedio que sentir placer.

Así que lo siente. Y mira con horror como del puño del vampiro, en cada vaivén de su poderoso agarre, emerge la punta rubicunda de su miembro, ahora un poco brillosa por el presemen que brota de ella. Liu respira agitado y recuerda las noches que se tocaba en la soledad de su habitación: su excitación en una mano y la otra en su boca, siendo mordida para acallar los gemidos y el nombre de Mateo.

Es la primera vez que alguien más le toca y se siente tan distinto a cuando él mismo lo hacía: todo es más intenso, más vulnerable, más sensible. Lo peor de todo, más placentero.

—A-alexander, no quiero… no quiero… —murmura, incapaz de decir la palabra, incapaz de pronunciarla entre tan obscenos, sinceros jadeos.

Alexander aumenta el ritmo, su puño aprieta un poco más la intimidad de Liu, castigándola con un delicioso dolor que no puede sino arrancarle un grito, y sigue moliéndola sin compasión. Su otra mano agarra al chico por la garganta y lo clava en la cama, donde Liu no puede evitar frotar sus piernas, buscando cerrarse al placer que Alexander fuerza en él, y donde sus manos arañan las sábanas sin control.

—Pero yo sí —responde el vampiro, su voz cruel, su mano rápida y hábil y <<tan malditamente apretada y placentera y caliente y oh, Dios, oh…>> —, y voy a enseñar a tu cuerpo a reaccionar cuando yo lo desee, no cuando tú lo hagas ¿Ha quedado claro?

—S-sí, señor —responde Liu, su rostro enrojeciendo cuando siente que sus palabras salen como un balbuceo derretido por el placer de su boca y cuando, a su vez, se percata de cómo ha llamado a Alexander con tantísima sumisión.

El vampiro sonríe complacido.

—Voy a hacer que te corras, Liu —anuncia el hombre y aunque sus palabras no dicen si no lo evidente, hay algo que altera en demasía a Liu cuando lo oye. El pronóstico de que el primer ser en desposeerlo de su cuerpo y su libertad, el mismo ser horrible que ha tomado por la fuerza su sangre su virginidad, va a quitarle también su primer orgasmo a manos de otro, va a robarle cualquier bonita experiencia y va a convertirla en una tortura. Y todo únicamente porque le entretiene — ¿Qué voy a hacer Liu? —pregunta, su tono dulce y burlón.

—V-vas a hacer que me corra a-aunque no quiera —responde el chico, la mano de Alexander parando de golpe y el cuerpo de Liu sintiendo a la vez alivio y desespero al mismo tiempo: contradictorio, sensible, irracional. Liu se siente hecho un lío, se siente incapaz de comprender nada, de luchar contra lo que quiera que sea que el otro decida para él.

—Dame las gracias por ello. —ordena Alexander y desliza la enorme yema de su pulgar por la húmeda y sensible cabeza del miembro de Liu, presionando en las zonas sensibles, deteniéndose un momento sobre la frágil y mojada hendidura de su miembro para frotarla, arrancando de Liu un exquisito temblor y un sonido que resulta de la mezcla entre sus lloros y un gemido.

—G-gracias por hacer que me… que me corra —murmura el chico, apartando su mirada, oprobiado, mientras el vampiro lo masturba más rápido y lo acerca de pronto a su clímax.

Los ojos de Liu giran en sus cuencas hasta quedase en blanco cuando siente la presión creciendo y creciendo en su cuerpo, la deliciosa tensión en sus muslos, en su bajo vientre y, finalmente, en sus testículos. Un hormigueo recorre su cuerpo, como una flecha de placer a punto de ser disparada, y Liu gime agudamente mientras lágrimas escurren por sus ojos. 

Sabe que va a correrse.

—Córrete y agradéceme por disciplinarte, por follarte, anoche.

Liu niega, pero su cuerpo no es ya suyo y decide obedecer a su amo, apaciguarlo antes de que lo siga torturando.

Liu se corre con largas tiras de placer blanco sobre su vientre y, mientras lo hace, lloriquea y sorbe sus palabras:

—Gra… gracias por castigarme… gracias… gracias…

Cuando termina, el muchacho es un lío tembloroso y húmedo en la cama. Su cuerpo, incapaz de recuperarse de la intensidad del orgasmo, se hace un ovillo sobre las sábanas y tirita con fuerza. El chico llora, sintiendo las descargas de cosquilleante placer recorriendo su cuerpo, sintiéndose sucio y humillado por las manos que le han traído ese placer, por las patéticas palabras que ha pronunciado mientras este abandonaba su cuerpo.

Alexander alcanza una toalla de su buró y la pasa por el pecho del chico, limpiando los rastros de su semen como si lo que acaba de pasar no fuese la gran cosa. Liu alza sus ojos enrojecidos hacia el vampiro, encontrándose con una sonrisa llena de satisfacción.

—Puedes vestirte —concede el hombre y Liu lo siente más como una burla que como un favor ¿De qué sirve tapar su cuerpo con ropas si Alexander puede despojarlo de ellas en cualquier momento?

Aun así, Liu acepta una camisa de Alexander cuando este se la entrega y se la coloca, agradecido por el hecho de que incluso si no lleva ropa interior, la prenda le tapa de las clavículas hasta las rodillas.

Liu reposa en la cama de Alexander, solo y pensando en lo que ha sucedido minutos atrás. El vampiro, sin mediar palabra, ha ido al baño a darse una ducha y él ha sido dejado atrás, incluso si se siente capaz de suplicar por un poco de jabón y la posibilidad de frotarse tan fuerte con él que se arranque la piel y las venas y la suciedad que parece instalada en lo más profundo de su ser.

En vez de eso, Liu simplemente espera en la cama y cuando Alexander aparece cierra los ojos con fuerza.

<<Déjame dormir, solo déjame dormir, por favor. No más por hoy. No puedo soportarlo, no puedo pensar>>

—Sé que estás despierto —comenta el vampiro con tranquilidad, sentándose a su lado y acariciando su cabello con una dulzura que Liu no quiere apreciar, pero aprecia. 

El chico no puede resistirse al único toque amable y puro que ha recibido en mucho, muchísimo tiempo, así que se acurruca contra la mano de Alexander como una mascota mientras este le mima la cabeza.

—No haré nada más hoy, casi amanece y yo también necesito descansar —explica, haciendo que Liu suspire de puro alivio —. La próxima vez que quieras preguntarme por otro, Liu, cuida el momento de tus palabras ¿De acuerdo? Aidan es… un viejo amigo mío. No me importa compartir mis presas, Liu, pero eso es una decisión que tomo yo, no ellas ¿Queda claro?

Liu asiente con afabilidad.

—Yo no quiero ser compartido —susurra, bajando la mirada.

—Pero eso no es decisión tuya —replica el otro, su tono lleno de una terrible crueldad.

Liu asiente, resignándose, e intenta alejarse de esa oscura conversación por una mejor.

—P-pensé que él era tu… ¿Hijo? No sé cómo lo llamáis los vampiros. Pensé que lo habías convertido tú, por eso tenía curiosidad. —explica el muchacho, su voz baja y complaciente.

—Oh, no, yo no tengo esa… capacidad —responde Alexander, solo que esta vez parece divagar silenciosamente tras hablar, hasta que añade: —. Aidan y yo fuimos convertidos y abandonados, como la mayoría de los nuestros, así que, sin un maestro que le guiase, yo acabé… educándolo. Él vino a mí, en realidad. —ríe por algo que Liu no termina de comprender.

<<Entonces él debe tener el don de la vinculación>>. Alexander alza una ceja.

—¿Cómo sabes eso?

—Oh —Liu da un repullo —, he… empecé un libro sobre vampiros hace poco. Quería, saber más sobre el tema.

Alexander sonríe con incredulidad y se inclina hacia el muchacho.

—¿Sabes más sobre cómo… matarnos? Si es así, Liu, creo que pronto aprenderás que te será mucho más beneficioso aprender cómo complacernos. 

El chico aprieta sus labios, habiendo ya hecho ese deprimente descubrimiento. 

—No importa ya, no es como si pudiera seguir leyendo ese libro. Tampoco podré seguir con los del insti o… volver a clase ¿Verdad? —Liu traga saliva y alza despacio la vista consciente del atrevimiento de su pregunta.

Alexander mira al chico en silencio por unos segundos. Su respuesta inicial es tan clara como contundente ¿Por qué iba a darle libertades a Liu si puede desposeerlo de todo cuanto lo hace humano y volverlo su bonito, obediente esclavo personal? Sin embargo, algo en la chispa de esperanza de sus ojos mientras hace esa pregunta le hace flaquear y sus labios dan una respuesta que él mismo se sorprende de oír.

—Mañana quizá puedo traer algunos de tus libros —murmura. Aparta la vista y añade: —, si eres obediente, te dejaré salir de casa por el día, volver a tus actividades normales.

Liu, no tiene tiempo de agradecer. Alexander lo apresa en un repentino abrazo y le farfulla que haga silencio, pues quiere dormir, y tan pronto como sale el sol toda la vida parece drenada del cuerpo de Alexander, dejando únicamente una pesada estatua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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