CAPÍTULOS 11-20

 CAPÍTULO 11

Samuel ha vuelto a salir por varias horas esta noche. Siempre ha sido un hombre ocupado, pero desde la caída de la humanidad sus ocupaciones rara vez lo sacan de su despacho: es suficientemente poderoso para no tener que hacer trabajos físicos, sino más bien pasar su tiempo gestionando el trabajo que otros vampiros inferiores hacen, realizando llamadas amedrentantes a aquellos que no cumplen su rol y, muy eventualmente, sí que debe salir para proporcionar a algún desertor un castigo ejemplar o, en ocasiones, para darle caza y muerte.

Sin embargo, desde que ha obtenido una nueva mascota humana, sale de casa más de lo que le gustaría y es que en un inicio habría pensado que nada lograría hacerlo pisar el exterior en meses, pues estaría demasiado ocupado gozando día y noche de su juguete nuevo y por estrenar, pero algo extraño sucede.

Aaron le gusta mucho más de lo que imaginó; es más, le fascina, pero también le hace sentir confundido, con su mente embotada por una densa niebla que no le deja pensar con claridad. A menudo, se halla a sí mismo yéndose a dar un largo paseo nocturno para alejarse de la dulzura de su aroma y, oh, sobre todo del brillo inocente y hermoso de sus ojos, esos ojos que tanto le recuerdan al cielo que dejó atrás cuando se tornó un ser de la noche. Visita locales de sangre a menudo y disfruta tomando una copa insulsa y fría mientras ve a otros vampiros jugar con muchachos y muchachas de corazón acelerado en sus regazos, aunque él jamás se siente capaz de pagar por un sorbo caliente, como antaño lo habría hecho.

La única sangre que desea es la de Aaron, pero el chico, así como lo atrae, lo repele: algo en él despierta sus más crueles instintos, esos que le piden que desgarre carne tierna y forme una deliciosa orquesta con sus gritos y lloros por piedad. Pero algo más es activado en su interior con la presencia de Aaron: algo que empuja lejos al chico, que le pide que tenga paciencia. Una voz que suena muy similar a la suya, pero más suave, más humana. La voz de alguien que murió hace mucho tiempo.

<<Ya no soy ese Samuel. No soy una criatura débil y patética. ¿Por qué debería contenerme?>>

La ira lo inunda cuando se da cuenta de que Aaron está ejerciendo una magia seductora e influyente sobre él; está convenciéndolo, de algún modo, para que acceda a ponerle un bozal a sus instintos, a saciar su sed con cuentagotas. <<¿Quién se ha creído que es? ¿Por qué él debería decidir qué deseos sacio o cuáles padezco con frustración?>>

Para cuando Samuel llega a casa, sus pasos se han vuelto pesadas zancadas y azota la puerta tras él nada más entrar. Acto seguido, unos pasos nerviosos y descalzos repiquetean sobre él y corren a su encuentro. Aaron aparece justo enfrente suyo, oliendo a piel recién enjabonada y ropa limpia, con un largo camisón blanco casi traslúcido separándolo de la desnudez y algunas gotitas de agua todavía corriendo por sus piernas. Tiene el cabello negro alborotado y húmedo.

La ira de Samuel se aplaca un poco cuando el deseo crece en su interior.

—B-bienvenido, amo. —lo saluda Aaron con una voz dulce y jugando con sus manos, pues no sabe bien cómo debe recibir al vampiro.

Samuel sonríe ladinamente y su lengua acaricia el filo de uno de sus colmillos.

—Has hecho un excelente trabajo poniéndote bonito para mí… —lo halaga tomándolo de la barbilla y alzándosela para contemplar su adorable rostro.

La ceja rota de Aaron ha sanado bastante bien, dejando en su lugar una cicatriz rosada que no estropea sus facciones en absoluto. Samuel le hace voltear su cara a un lado y luego al otro, examinándolo despacio.

—Sígueme. 

A Aaron le extraña ser llevado a la cocina y no puede contener más su inquietud, así que pregunta:

—M-mi señor, cuando hoy salga el sol, ¿podré comer y beber de nuevo, por favor? Me encuentro muy mal y estoy muy débil y…

Samuel lo toma por la cintura, sorprendiéndolo y encajando sus dedos ahí donde ayer encajó sus garras hasta hacerlo sangrar. Aaron ahoga un grito. Es subido al mármol de la cocina, donde el vampiro lo sienta y se empuja entre sus piernas para luego inclinarse hacia su cuello, su voz sonando como un susurro seductor.

—¿Crees que mereces que termine tu castigo, cosita dulce?

Aaron está entre la espada y la pared, quiere liberarse de su cruel privación, pero ¿no sería eso contradecir al vampiro? Teme demasiado enfadarlo, sobre todo ahora que se acerca a él con ese ímpetu que no sabe identificar. Sus manos lo agarran duro por la cintura y amasan su carne, como explorando sus contornos con una violencia no tan lejana a la de la ira, pero más lenta, más espeluznante.

Aaron no lo entiende. Si Samuel no está enfadado con él, ¿por qué lo toca así, con ese ansia?

—N-no lo sé, señor, pero he aprendido la lección y…

—¿Has sido obediente para mí, humano? —la voz corta al chico, es dura, ronca y demandante. La siente atravesando su cuello como un rayo que lo clava en el lugar y le tensa. Siente hormigueos hasta en la punta de sus dedos.

Samuel se inclina más hacia el chico, lo toma fuerte por su cintura para acercarlo más a su cuerpo, hasta que tiene la garganta de Liu, tibia, dulce y suave, contra la frialdad de sus labios. Cuando Liu habla, puede notar contra su boca cómo la vibran las cuerdas vocales o cómo traga saliva. Puede saborear sus titubeos, sus carraspeos, sus jadeos acallados. Puede saborear su miedo.

—L-lo he intentado, lo siento si no he…

Samuel lo abofetea. Rápido como un aguijonazo que lo deja aturdido y con el sabor de la sangre en su boca. Se ha mordido la lengua sin querer.

Samuel vuelve a tomar al chico por la cintura con el candor y la lentitud de un amante repasando con sus manos el cuerpo que adora. Vuelve a inclinarse, su boca en el delgado y cálido cuello. Vuelve a hablar con calma, incluso si sus palabras tienen en ellas un mordisco cruel.

—¿Lo has intentado? ¿Crees que eso me vale? ¿Crees que me vas a dar lástima porque estás esforzándote y que te diré que eres un buen chico por ello? No seas ridículo. Siento que estoy yendo demasiado despacio contigo, siendo demasiado suave, solo porque pareces dócil, pero la realidad es que no has hecho grandes cosas para complacerme a pesar de que esa es la única razón por la que te dejo vivir.

Samuel toma al chico por la argolla de su collar metálico, que le ha dejado moratones casi permanentes en sus clavículas y su cuello, y tira de él con dureza, haciendo que el chico se arquee hasta que los labios del vampiro ya no están sobre su garganta, sino prácticamente sobre su boca.

Sus narices se rozan, sus ojos están los unos frente a los ojos, de modo que Aaron baja su mirada sumisamente y Samuel inspecciona el gesto muy de cerca, contemplando con placer cómo los ojillos azules se anegan en vergüenza y temor.

—¿Qué crees que deberías ofrecerme para que siga dejándote vivir, para que te ganes la comida y el agua que hoy voy a ser tan misericordioso de dejarte tomar? —pregunta muy, muy lento. Su aliento frío se derrama sobre los labios del chico, obligándolo a respirar sus palabras. 

Aaron tiene miedo de hablar, por si sus labios rozan los de Samuel al hacerlo.

<<Está tan cerca, tan cerca, tan cerca…>>

—N-no lo sé, lo que usted desee, mi señor, haré l-

Lo abofetea de nuevo.

A Aaron se le saltan las lágrimas que llevaba todo este rato conteniendo y cuando Samuel le reprende, violento, gutural, con una voz tan llena de ira que pareciera que sus palabras le muerden la boca cuando la realidad es que es el mismo Aaron quien, preocupado, se mordisquea sus propios labios mientras trata de aclarar su cabeza y entender qué debe hacer.

—¿No lo sabes? De veras, ¿no tienes ni la más mínima idea de lo que un ser como yo podría desear de una cosita patética y dulce como tú? ¿Te dejé estúpido con la paliza que te di hace unos días? ¿Necesitas otra para dejar de comportarte como una mierda descerebrada, humano?

Cuando el vampiro alza no ya su mano extendida, sino su puño, Aaron siente su estómago retorciéndose por dentro como si esa mano enorme estuviese en sus entrañas, apretándolas, aplastando sus órganos dentro de su cuerpo hasta matarlo. Recuerda la paliza. El dolor. Lo indefenso y humillado que se sintió.

Por un instante, cree que nada es real, que estos últimos días han sido su imaginación y que él sigue en el suelo, arrastrándose entre sangre y vómito, porque, ¿cómo si no puede el dolor sentirse tan vívido, tan real?

—¡No! —grita desesperado, cubriéndose, y es al mover los brazos y cerciorarse de que no tiene los huesos rotos que la lucidez vuelve a él: Samuel lo curó. No está herido ahora, pero tiene que asegurarse de no obtener otra paliza. Aaron baja sus brazos de pronto y se corrige a sí mismo, queriendo sonar tan dócil como le sea posible:— N-no, señor. Lo siento. Puedo ofrecerle mi sangre, mi señor.

—Ah, eso está mejor, chico listo. —susurra Samuel, su voz suavizándose, una ligera sonrisa formándose en sus labios y estos, de pronto, dejando de acechar los de Aaron para volver a acariciar sutilmente su cuello, delineando la bonita curva donde más adelante dejará su marca.

Aaron se estremece. No entiende cómo Samuel ha podido pasar de provocarle tal terror y tal dolor con solo alzar su puño y su voz a, ahora, causarle bonitos cosquilleos en todo el cuerpo y un vergonzoso calor en sus mejillas por llamarlo chico listo de esa manera tan halagadora.

Aaron solo quiere rogarle que, por favor, sea así siempre. Que le dé más de esas escasas gotas de dulzura que parece necesitar más que el agua.

<<Agua…>>

Un flechazo de pánico lo atraviesa.

—¿Debo hacerlo hoy, señor?

—Mi placer no es algo que jamás deba esperar, humano. 

Sus labios contra su piel. La vibración de sus palabras en el cuello. El frío de los filosos colmillos lamiendo la ternura de su piel.

Aaron necesita tomar aire y tranquilizarse para responder, para luchar un poquito por su supervivencia, como tan acostumbrado está desde hace años.

—M-mi señor, si llevo varios días sin comer y sin beber y usted bebe de mí hoy, creo que moriré —musita, rezando por ser oído, por ser considerado, pero el vampiro no parece atento a sus palabras; sencillamente está demasiado entretenido deslizando sus labios y su nariz por el cuello del humano, inhalando la dulzura que su miedo desprende. Aaron, creyendo que quizá la culpa es suya por hablar demasiado bajo, añade con algo más de firmeza:—. Estoy muy seguro de que moriré si me muerde hoy, señor.

Esta vez Samuel sí lo escucha, lo sabe por la risa grave y sardónica que vibra en su garganta. El vampiro lo toma del cabello con firmeza, echándole la cabeza hacia atrás e inmovilizándolo en esa posición tan vulnerable. Samuel se alza sobre él, tan grande y tiránico, y lo mira sonriente mientras habla.

—Ven aquí, dulzura —se acerca de nuevo a él, a su rostro, de ese modo que parece el anticipo de un violento beso, de esa forma que hace a Aaron apartar sus ojos con temor y vergüenza, pero le obliga a notar su aliento frío y cruel—. ¿Crees que me importa? 

Aaron vuelve a sucumbir a la tentación de llorar. Por años, lo único que le ha importado era la supervivencia, tener el estómago lleno, un techo bajo el que dormir y un huequito en la tierra donde esconderse por si era rastreado. Ha tenido que ser así, porque de pensar en cualquier otra cosa que no fuese vivir, Aaron habría quizá pensado en lo que vivió, en lo que nunca vivirá y, quizá, se habría dado cuenta, como muchos otros mortales, de que sobrevivir no suena tan bien.

Pero aun así, el humano se ha esforzado durante años por ignorar la oscuridad de esos pensamientos, en centrarse en despertar cada mañana y ahora Samuel se lo arrebata de una manera sobrecogedora. Siente su esfuerzo derrumbándose, toda esa fortaleza que ha tardado la vida entera en construir quebrándose bajo el implacable poder de unas meras palabras.

Samuel lo abofetea de nuevo. Su pregunta ha hecho llorar al chico y puede ver en sus ojos que está lejos de ahí, reviviendo cosas horribles, pero a Samuel no le importa cuántas excusas tenga el chico. Él quiere una respuesta y el silencio no lo es.

—He hecho una pregunta.

Aaron solloza; su naricita enrojecida por el llanto y los golpes luce como la de un ratoncito olisqueando el aire y sus ojos grandes y brillosos lucen también como los de una presa recién atrapada.

—N-no, señor.

—Haz una frase más larga, no seas inútil. Dilo, di que tu vida no importa. Que la sacrificarás para mi placer si yo lo ordeno.

Aaron intenta negar, pero la mano que lo toma por el cabello es firme y lo fuerza a seguir con la incómoda posición: su cuello arqueado, su rostro hacia arriba, mirando con horror a su amo como una especie de Dios que, incluso si promete no ser jamás misericordioso, reclama ruegos por que lo sea.

—Por favor… m-mi señor…

Otro golpe. Aaron tiembla, incapaz de soportar el dolor. Sus dos mejillas están empezando a amoratarse e hincharse, la boca le sabe a sangre y cada vez que habla puede notar latigazos de dolor en su palpitante rostro; incluso puede sentir sus encías ardiendo cada vez que aprieta los dientes.

—M-mi vida no importa —solloza y un sonido desgarrador y triste brota de su garganta antes de que pueda seguir—, l-la sacrificaré para usted si lo ordena, señor.

Tal y como si hubiese pronunciado unas palabras mágicas, el doloroso agarre en el cabello de Aaron desaparece, aunque el chico no se atreve a moverse hasta que una mano grande y gentil se pone en su mejilla, ayudándolo a bajar su cabeza de nuevo. Aaron cierra los ojos y se inclina hacia la mano, sin saber cuándo volverá a obtener algo así.

—Buen chico. —lo halaga Samuel y de pronto Aaron empieza a llorar de nuevo.

Esta vez el humano llora en silencio, pues no es el miedo o la desesperación lo que le arranca las lágrimas. 

Es la vergüenza.

No quiere morir. No quiere entregar su vida a Samuel. No quiere volverse un sacrificio solo para contentamiento de alguien que solo lo ve como mera comida, una mascota a lo sumo, pero oh, cómo quiere oír esas dos palabras de nuevo. 

Se alegra tanto de ser llamado bueno, que casi olvida que está vendiendo su alma a cambio.

Samuel habla de nuevo, arrancándolo de su dilema:

—No soy compasivo, humano, tu vida es solo un juguete para mí. Pero sí soy un hombre racional y puedo esperar a mañana para morderte si me ofreces a cambio algo que me complazca. Ya te lo dije, bocadito, castigo a mis mascotas desobedientes, pero premio a las devotas, incluso si nadie ha tenido nunca ese honor. ¿Quieres ser tú el primero?

Aaron jadea: ¿Desde cuándo la voz de Samuel es tan apremiante, tan atractiva? Dulce y pesada, miel en sus labios. Tan grave y masculina, tan reconfortante como una manta cálida manteniéndolo en la cama.

Aaron siente que es transparente y que el vampiro logra ver sus estúpidos deseos, la manera en la que anhela gustarle, hacerle sentir orgulloso y ganarse su cariño. Incluso puede esmerarse en olvidar los amargos insultos, si con eso los halagos van a sonar aún más dulces.

—S-sí, amo, quiero hacerle sentir orgulloso. Quiero que sea amable conmigo, por favor, yo seré muy amable con usted, haré lo que me diga y le ayudaré en todo, limpiaré la casa mejor y-

Un chasqueo de lengua irritado lo interrumpe y Aaron siente su corazón dar un vuelco en su pecho. No entiende qué está haciendo mal. No entiende cómo hacer nada bien ya.

—¿Limpiar la casa? Vamos, sé un poco más inteligente, ¿qué tienes para ofrecerme además de tu sangre? ¿Qué crees que deseo de ti? ¿Qué tomaré por la fuerza si no me lo das tú cuando llegue el momento?

—N-no lo sé… lo siento, estoy intentando pensar, pero estoy tan nervioso. Hace años que no tengo dinero y…

Samuel se ríe y Aarón sonríe medio nervioso, medio orgulloso, porque aunque no entiende por qué el otro se carcajea así, ha logrado resultarle gracioso y eso es algo bueno. 

Samuel suspira y su posición cambia. Es algo sutil, pero Aaron juraría que incluso el ambiente, el mismo aire que respira, tiene ahora un peso distinto. Samuel desabotona muy poco a poco los últimos botones de la camisa que Aaron usa como vestido y que le cubre hasta medio muslo. Una mano enorme rodea su rodilla derecha y asciende despacio, muy despacio, cada vez empujando más y más la holgada tela que le cubría la desnudez segundos atrás. La otra mano lo ase de la cintura, como antes, pero esta vez bajo la ropa.

Su piel está tan fría, su palma es tan grande y la manera en que lo acerca a su cuerpo tan exigente… Aaron jadea y parpadea despacio, confundido, agobiado por lo denso que se ha vuelto el aire de pronto. Samuel respira despacio sobre su cuello, ahora rodeándole la cintura con su brazo, que se desliza como una serpiente estrechando a su presa. Su otra mano está peligrosamente cerca de su intimidad, el pulgar acariciando la cara interna de su muslo.

—Puedo esperar hasta mañana para beber tu sangre —promete Samuel en su oído y suena tan gentil y masculino a la vez que Aaron solo asiente con su cabeza como un títere—, pero entonces quiero tu cuerpo a cambio. Quiero que seas obediente, que hagas cada cosa vergonzosa y sucia que te ordene. Puedo tomar a la fuerza lo que desee, cosa bonita, no lo olvides, hacerte mío hasta que no quede ni un solo rincón de tu cuerpo que mis manos y mis colmillos no hagan marcado. Pero mañana, a cambio de la paciencia que te estoy regalando hoy, quiero tu sumisión. ¿Queda claro? O empezaré a educarte solo con castigos, sin ningún premio más.

Aaron sabe que algo no va bien, que las palabras de Samuel ocultan más de lo que dicen y que hay significados escalofriantes que él no sabe leer entre líneas. No lo entiende. ¿Por qué Samuel sería tan paciente con él a cambio de tocar su cuerpo cuando ya lo está haciendo? Quizá, piensa Aaron, el vampiro desea tocarlo en zonas más humillantes, como cuando la noche anterior cerró en su puño su pequeña virilidad y Aaron se sintió tan agobiado que le costaba respirar. 

Aunque la idea le aterra, piensa que es un intercambio justo. Ventajoso para él, incluso. Va a lograr conservar su vida a cambio de varios minutos de Samuel rozando su piel con las manos y, quizá cuando toque lugares prohibidos, se sienta raro, pero no puede ser peor que el otro día, ¿cierto? Aaron puede con un poco de incomodidad. Ha superado cosas peores.

—S-sí, señor. Le ofreceré mi cuerpo.

Samuel sonríe contra su piel. Aaron puede sentir los labios separándose en ese gesto afilado y taimado, puede sentir la frialdad de los colmillos contra la piel. Sabe que ha hecho lo correcto, pero ¿por qué siente que ha cometido un error?


 

CAPÍTULO 12

Aaron siempre ha adorado los amaneceres: la cálida luz del sol bañando un mundo frío y azul, como atrapado en hielo, y tornándolo todo de repente habitable, cándido y feliz. Siempre ha pensado en el sol como un tazón humeante de la sopita que le hacían sus padres cuando estaba enfermo y que siempre lograba que, tras unos sorbos, todo se sintiese más colorido y mejor.

Desde que los vampiros reclamaron el mundo como su lugar para reinar y dominar, Aaron empezó no solo a ver el sol como algo agradable, sino a agradecer su luz como a un Dios. Lo veía salir cada mañana como un guerrero dispuesto a custodiar a sus hijos tras una noche de descanso y abandono.

Hoy el sol es, además, una bendición: el amanecer indica que su castigo ha acabado.

El chico corre a la cocina tan pronto como los primeros rayos áureos le besan el rostro y coloca su boca justo debajo del chorro de agua fría que el grifo le regala. Bebe como si no necesitase respirar entre sorbo y sorbo y luego, cuando sus labios se sienten frescos y su boca no es ya un saco de arena donde su lengua se reseca, examina con el estómago rugiéndole la alacena del vampiro. No tiene gran cosa y muchos de los alimentos disponibles están echados a perder.

Un escalofrío lo recorre cuando cae en la cuenta de que Samuel no es quien repone la comida que hay allí, sino sus humanos. Sus antiguos humanos. Posiblemente Aaron esté mirando ahora las comidas que esos pobres mortales obtuvieron para un futuro del que no tuvieron la suerte de formar parte. 

Aaron niega con la cabeza y respira hondo, tratando de tranquilizarse. <<No me matará. Estoy siendo bueno. Estoy haciendo las cosas bien>> se repite como un mantra, pero, de nuevo, se pregunta si acaso todos los humanos que hubo antes de él no fueron buenos también. Piensa que si Samuel hubiese estado de un peor humor cuando le dio la paliza, la comida que él ahora se sirve en un plato estaría pudriéndose, como su cuerpo muerto en la habitación del vampiro.

<<Todo estará bien>> se dice otra vez, odiando no poder parar de pensar en cosas tan terribles.

Aaron come varias rebanadas de pan duro y un poco de varios embutidos que ha encontrado hasta que se siente mejor y su estómago está por fin caliente y lleno. Hacía solo días que no comía, pero hacía ya años que no se sentía tan saciado.

Un escalofrío lo recorre cuando recuerda que es su deber saciar al vampiro esa próxima noche. Se siente demasiado nervioso ante la idea de ser mordido e inquieto también por la de ser tocado. Sabe que los vampiros son crueles cuando toman a sus presas, que hunden los colmillos profundo y chupan ávidamente la sangre, sin pausas para que sus víctimas puedan asimilar poco a poco el dolor, sin gentileza alguna, pues no hay amabilidad posible en el acto de devorar a otro ser. Pero al menos, del mordisco sabe qué esperar: sabe que dolerá, que Samuel romperá su piel, que beberá de sus heridas hasta dejarlo mareado y débil. Pero aunque sabe cómo el vampiro tomará su sangre, no tiene ni idea de qué hará para tomar su cuerpo.

<<Quizá sean solo caricias. Quizá le gusta que mi piel esté suave. Si es así, me gustan mucho las caricias, me gusta sentirme mimado.>> intenta animarse Aaron, pero tiene una sensación extraña en el fondo de su estómago, como una piedra incómoda y pesada que no le permite relajarse.

Intenta ignorarla y toma un largo baño, dejando su piel limpia y agradable para el vampiro y haciendo lo mismo con su cabello pomposo y azabache. Después se acurruca en un ovillo a los pies del sofá del salón y trata de dormir un poco mientras la luz del mediodía lo arropa con un haz de luz tan brillante como el cielo.


 

CAPÍTULO 13

Aaron despierta de un sobresalto.

Por un momento, piensa que el suelo retumba, que el mundo ha vuelto a caer en pedazos y que todo se desmorona. Alza su cabeza, desorientado por los estruendos Y el temblor; busca frenéticamente con la mirada cualquier firmeza a la que pueda aferrarse, cualquier explicación.

Y de pronto lo entiende todo: la noche ha caído y no es el fin lo que sacude la tierra, sino las fuertes pisadas de su amo acercándose a él con ojos de cazador y una sonrisa hambrienta en el rostro.

—B-buenas noches, mi señor… —susurra, tratando de regularizar su respiración y bajando sumisamente la mirada. Aaron todavía está medio recostado en el suelo, sus piernas demasiado débiles para ayudarlo a alzarse.

De todos modos, a Samuel no parece importarle, pues se acerca a él y se deja caer sobre el sofá cómodamente, con Aaron a sus pies. El vampiro lo observa en silencio unos segundos, como saboreando el nerviosismo de su pequeña presa.

Samuel palmea su regazo y Aaron corre a obedecerle incluso si ninguna orden ha sido pronunciada. Necesita hacer las cosas bien, no, excelentemente. Sabe que si comete aunque sea un pequeño error ahora, cuando el vampiro está hambriento y ya ha sido más paciente con él de lo que nunca parece haber intentado ser con otro humano, su castigo será peor que varios días de hambre y sed.

Samuel parece bastante complacido cuando el humano se sienta en su regazo de cara a él, con sus piernas temblorosas abiertas y su cuerpo suave y limpio a su alcance. Puede oler el champú de su cabello, dulce y suave, como fresas con nata, y la crema hidratante de coco que ha extendido sobre sus piernas y sus brazos para hacerlos más agradables al tacto. Le gusta demasiado saber que el chico se ha tomado esas molestias por él. Demasiado para el bien de Aaron.

Lo toma por la parte más delgada de su espalda, su mano reposando allí donde bajo la ropa su columna acaba y dos bonitos hoyuelos decoran su piel, y tira del muchacho para acercarlo más a él. Inhala profundo; la dulzura de la cremosa piel de Aaron se mezcla con la azucarada esencia de su temor.

El chico le parece hoy más irresistible que anoche y Samuel teme que cada noche su deseo hacia el muchacho crezca con la misma hambre, inflamándose e inflamándose hasta que el muchacho sea incapaz de soportar el peso de su pasión. Ya está al borde de las lágrimas, casi quebrado en llanto, y eso que no le ha puesto siquiera una mano encima todavía. No como le gustaría.

Aaron respira errático y su corazón bombea rápido mientras en su cabeza está siendo mordido de una y mil formas, el dolor acrecentando en cada una de ellas. Pero sus lágrimas no llevan en ellas solo el miedo al dolor que se avecina, sino la vergüenza en que consiste que, tras tantos años de fortaleza y ojos llenos de esperanza, ahora esté en el regazo de un vampiro, entregándole su alma porque es tan débil que no puede hacer nada.

Samuel aparta los cabellos azabaches del muchacho de su cuello con una delicada caricia, poniéndolos tras su oído y luego busca algo en su bolsillo. Lo toma del pelo con una mano, suavemente, y le hace ladearse, mostrando el lado derecho de su garganta. Con la otra mano alcanza un cigarro y lo pone entre sus labios.

—Enciéndelo —le ordena al humano, tirándole el pequeño mechero metálico contra el pecho.

Aaron da un repullo y corre a tomar el objeto. Se siente desesperado cuando descubre que sus manos tiemblan tan bruscamente que no puede siquiera quitarle la tapa al mechero. Cuanto más falla, más se angustia y peor es su pulso. No quiere enfadar a Samuel, quiere obedecerle, pero…

El mechero se le cae al regazo de Samuel y cuando el vampiro alza la mano, Aaron se cubre y jadea.

—¡Lo siento! —chilla suplicante, pero Samuel no lo golpea, sino que toma el mechero, le quita él mismo la tapa y se lo da de vuelta al chico, quien lo toma como quien sostiene entre sus manos un preciado tesoro.

El gesto se le antoja amable, hasta que el vampiro abre la boca de nuevo.

—Si se te vuelve a caer, empezaré a romperte los dedos. No hagas que pierda mi puto tiempo.

Aaron traga grueso y aprieta tan fuerte el mechero que la punta de sus dedos se torna blanca como el papel. Chasquea su pulgar contra la rueda del aparato y el gesto es torpe, tanto que no logra producir ni una chispa.

El chico lo intenta de nuevo y de nuevo, frenéticamente, sus manos sacudiéndose con tal violencia que ya apenas puede ver si lo hace bien o no; solo escucha un chasquido y no nota ninguna llama cerca de sus dedos, magullados de tantos intentos por encender el maldito aparato.

Aaron empieza a llorar de frustración. No lleva siquiera un minuto entero intentándolo, pero cada segundo se le hace eterno y está seguro de que para el vampiro también es así y se impacientará y se enfadará y…

—¡Ah! —exclama Aaron, entre la sorpresa y el alivio, cuando una pequeña llama emerge de la boquilla de metal.

Se está quemando los dedos, pero muerde su labio para ignorar el dolor y acerca muy cuidadosamente el mechero a la boca del hombre. Al cabo de unos segundos, el extremo exterior del cigarro prende y el vampiro da una larga calada que enciende las ascuas.

De un rápido movimiento de mano, el vampiro le quita el mechero a Aaron y luego sopla despacio el humo en su rostro.

—Lento, torpe y patético. —dice, cada palabra pronunciada con lentitud y desprecio, como si el chico fuese demasiado estúpido para entenderlas. Lo mira fijamente mientras lo insulta; sus ojos no tienen emoción alguna y su expresión es altiva.

Aaron se siente diminuto bajo esa mirada, como una motita de polvo que desaparecerá si Samuel sopla un poco.

—L-lo sie-

—¿Vas a ser así de inútil cuando me ofrezcas tu sangre, humano? —Aaron niega frenéticamente, incluso si la mera mención del acto le eriza la piel y le hace desear huir—. Vas a ser mucho más complaciente cuando me ofrezcas tu cuerpo, ¿verdad que sí? —el tono cambia sutilmente, es aún cruel, pero ya no se siente como un ladrido brusco, sino como el siseo de una serpiente.

—Lo haré mejor, señor —asegura Aaron, aunque no tiene claro qué debe hacer exactamente—. Si lo hago muy bien, ¿dejará de insultarme? Por favor.

—Si lo haces muy bien, seguiré haciendo lo que me dé la puta gana contigo. Eres mío, voy a joderte como desee, cuando desee. ¿Entendido?

Aaron cierra los ojos con temor y hace un pequeño ruidito afirmativo mientras asiente con la cabeza. En ese momento, Samuel alza una ceja y ríe.

—¿Qué? ¿Quieres que te dé halagos por servirme bien? ¿Que te llame buen chico, como a un jodido perro? —Aaron traga saliva y desvía su mirada más aún. Su rostro, sin embargo, lo delata poniéndose tan rojo que lo siente arder. Odia ser tan transparente. Tan estúpido como para que el hombre cuya voz se siente como un premio ahora esté riéndose y burlándose de él por eso mismo, tentándolo con palabras bonitas y un tono grave y lento que sabe que no es más que una farsa—Bien. Eso es bueno, humano, estás aprendiendo rápido cuál es tu lugar.

Aaron quiere replicar algo, pero solo un grito ahogado sale de su garganta. Samuel ha retirado el cigarro a medio fumar y aprieta la candente colilla contra su hombro. Aaron se retuerce por el dolor que le provoca ese aguijonazo del infierno, pero se fuerza a sí mismo a estar quieto en su sitio.

—Ah… —Samuel exhala y de entre sus labios el humo se escapa, no como si fuese mero tabaco, sino como el aliento de fuego de alguna criatura demasiado poderosa como para ver al mortal en su regazo como algo más que mera comida.— Ladea la cabeza otra vez. Apártate el pelo del cuello.

Aaron hace exactamente lo que el otro le pide y se deja hacer cuando Samuel lo toma por la cintura y lo acerca tanto que Aaron puede sentir su pecho duro y la firme hilera de abdominales contra la suavidad y la delgadez de su figura.

—¿Dolerá mucho, amo? —pregunta con una voz pequeñita y los ojos anegados de nuevo. 

El momento se aproxima y sabe que es inevitable, pero una pequeña parte de él conservaba la esperanza de que de algún modo se libraría y no tendría que pasar por tan terrible tortura y, ahora, esa parte de él está desolada.

—Tanto como a mí me apetezca —responde el vampiro con una sonrisa triunfal en su rostro.

Algo en Aaron busca su consuelo, su validación, sus halagos incluso; es adictivo. Sentirse temido y respetado es lo que Samuel espera de cualquier humano y lo que lleva experimentando desde que es lo que es: el aroma del miedo, de la confusión y la incertidumbre cuando sus presas descubren su naturaleza y sus pobres mentes apenas pueden comprender qué les depara es algo delicioso. El terror que inspira la violencia que tan naturalmente mancha sus manos de sangre es su aroma favorito y la mejor herramienta para obtener la sumisión de criaturas inferiores, nacidas para adorarlo y servirlo.

Pero que alguien le necesite de ese modo… esa sensación es nueva para Samuel. No, no nueva. Es tan antigua, de hecho, que ya la había olvidado.

Pero debe admitir que se siente bien, que podría acostumbrarse a ello.

Samuel se dice que no se trata del deseo propio de los débiles de ser queridos, sino de una prueba más de su grandeza: Aaron lo necesita porque es lo único que tiene. Él es su Dios y su diablo. Su cielo y su infierno.

Y hoy no le apetece ser misericordioso.

Así que se inclina sobre el chico y coloca una de sus manos en su cintura y la otra en su nuca, obligándolo a arquearse hacia él, a ladear su cabeza y revelar la frágil fuente de su pulso, esa deliciosa curva de su garganta que recorre primero con su nariz fría y después con la caliente punta de su lengua. Saborea cómo su presa se estremece bajo esa pequeña probada.

Y luego, aunque lo nota jadear y temblar, aunque el chico está luchando por contener las lágrimas y se está portando tan bien que merece un par de minutos más de calma para poder prepararse, Samuel lo muerde de repente.

Sus labios besan su piel casi con gentileza un instante antes de que los colmillos se hundan en ella como el filo de un cuchillo enterrándose en suave mantequilla templada. Tan pronto desgarran esa piel nívea y virgen, su ternura los envuelve y el calor explota entre sus fauces; la sangre, dulce y adictiva, mana tan copiosa y deliciosamente que se le escurre entre las comisuras y gotea entre sus cuerpos antes de que pueda salir de su estupor y tragar con el hambre de un neófito que prueba el elixir de la vida por primera vez.

El humano es atravesado por un dolor que jamás imaginó. Puede sentir su carne siendo profanada de una forma tan violenta, tan voraz, que no es como si estuviesen acuchillándolo dos dagas filosas, sino como si un animal, salvaje, despiadado y frío le desgarrase con sus mandíbulas. Los implacables colmillos atraviesan piel y músculo tan rápido que al inicio el chico no chilla, solo se queda quieto y callado, sus ojos azules bien abiertos.

Un segundo después explota en gritos de horror. 

—¡Por favor, por favor, duele mucho! ¡Para, mierda, para! ¡Me muero, ayuda! ¡Me muero! ¡Haz que pare, Dios!

Su garganta se deshace en súplicas agudas que poco a poco pierden el sentido hasta que ya no dicen nada, ya no piden nada, solo son voz y desesperación, quejidos propios de un animal enloquecido.

Para Samuel, sus gritos son jodida música. Su voz es hermosa y su sufrimiento, aun más; la manera en que se rompe cuando chilla, en que solloza, se ahoga, en que ya no sabe ni hablar apenas. Incluso se permite no castigarlo por ahora por el hecho de que el chico esté empujándolo, pateándolo y arañándolo. Su resistencia es fútil, poco más molesta que el zumbido de una mosca, pero lo que el chico le está dando a cambio a Samuel es un regalo que no va a desperdiciar.

Aaron es más delicioso que nada que haya probado nunca en el mundo. Más delicioso que su primera víctima, su último amor, su más perfecta venganza. Más dulce que cualquier fantasía que ha imaginado jamás. Más dulce de lo que sus sentidos casi divinos pensaron poder probar jamás.

Cálido, como beber los rayos del sol a mediodía, su energía fundiéndose en tu boca como miel, su calor derramándose despacio con un suave beso en los labios, una caricia lasciva lengua abajo, una plenitud insaciable en el estómago. 

Suave, como la seda, una tela color vino acariciando todo el cuerpo de Samuel, desde dentro, desde fuera, en su cuello, sus comisuras, lazos de satín carmesí rodeando sus colmillos, deslizándose por sus labios como una alfombra roja. 

Dulce, como azúcar fundiéndose en la lengua, nata deshaciéndose contra el hambre de un muerdo, sirope denso glaseando los labios que lo besan. Una chispa especiada, canela ardiente que une lo calmante y puro de aquello acaramelado con la chispa del picante más tentador y pecaminoso.

Morder a Aaron, piensa Samuel, es como hundir los colmillos en la perfección. Beber un néctar tan puro que no puede sino estar reservado para los ángeles y que, entre sus colmillos afilados como cuernos de diablo, sabe aún mejor, pues se torna pecado. 

Samuel no ha creído nunca en Dios, pese a considerarse un diablo, pero una nueva, retorcida fe empieza a formarse en su interior mientras sonríe con la boca llena de sangre y piensa: <<Retuércete de ira, Dios, pues soy intocable y estoy destrozando a uno de tus más bonitos ángeles>>.


 

CAPÍTULO 14

Aaron jadea con fuerza. Por más que respire, siente que no entra aire en sus pulmones, solo dolor. No puede respirar, no puede hablar, no puede siquiera llorar. Está reclinado sobre el vampiro como un muñequito sin vida teñido de carmesí, con sus brazos colgados a los lados de su cuerpo y las piernas a ambos lados del regazo de su amo, totalmente inertes. Nota los dedos fríos y húmedos y su cuerpo tan pesado que no puede moverlo, como si su piel fuese de metal y sus huesos de un alambre muy finito que no soportará la carga.

El vampiro ha desencajado sus colmillos de la herida que ha dejado en su cuello, pero todavía tiene el rostro hundido en esa curva ahora mutilada. Lame sin parar la poca sangre que brota, queriendo cerrar la herida, pues ha tomado más de lo que pretendía, y a la par deseando probar más y más del delicioso humano que tiene encima.

Aaron usa esos minutos en que el vampiro simplemente lo lame como un gato para intentar recuperar el control de sus pensamientos. Para respirar despacio y profundo y decirse a sí mismo que no está muriéndose, aunque se sienta exactamente así.

Al final, cuando logra recuperar su cordura, Aaron rompe en lágrimas, pues sabe que el destino que le depara es, con suerte, ser una bolsa de sangre personal para su amo, incapaz de liberarse de la horrible tortura que supone ser mordido y alimentar a uno de esos seres.

Tal vez, si es obediente en extremo, consiga librarse de las palizas y los insultos, de las noches sin comer ni beber y de los toques extraños que lo incomodan, pero el único motivo por el que el vampiro lo deja vivir es por su sangre. Y eso es lo que más aterra a Aaron. Siempre supo que dolería, que sería aterrador, pero pensó que podría soportarlo, que sería un amargo trago para luego saborear la dulce victoria de sobrevivir una noche más.

Es peor de lo que jamás esperó.

Mucho peor.

Sentir como otra criatura más poderosa que tú te atrapa, te caza, como bebe tu sangre llenándote las venas de puro fuego, arrancándote poco a poco la vida. Aaron recuerda la sensación del latido de su corazón ralentizándose poco a poco sin que él pudiese hacer nada, su cuerpo quedándose frío, sus manos tornándose torpes y sus pensamientos tan lentos y simples…

Detesta esa sensación de que alguien más tiene su frágil corazón entre los dientes.

Samuel lo aparta de golpe de él, despegándose de su herida y mirándolo con los ojos tan oscuros que bien podrían ser completamente negros y los labios pintados de carmesí. Las puntas de su cabello dorado están también manchadas, goteando la sangre que le pertenece a Aaron.

El aire se siente pesado entre ellos y el tiempo lento, pegajoso.

—Eres delicioso… —murmura Samuel, relamiéndose, mirándose los dedos enguantados en brillante sangre con fascinación antes de lamerlos despacio, sin querer desperdiciar ni una sola gota—. Tan dulce, pero con un toque… ah, tan perfecto, como fuego… ah, joder… —el vampiro habla como entre susurros, su voz suena distante, distraída y Aaron es la primera vez que lo ve tan extrañamente vulnerable, aunque apenas puede atender, pues siente que el mundo a su alrededor se atenúa poco a poco—. Quiero más… quiero probar cuán dulce será tu muerte… pero no quiero quedarme sin tal dulzura aún…

Samuel lo atrae hacia él y el chico se derrumba en su pecho sin poder sostenerse solo. El vampiro lo agarra del pelo y lo mueve a su antojo, alzándole la cabeza para lamer la sangre en su barbilla, en su cuello… Le abre la camisa con brusquedad, tirando de ella hasta que se saltan los botones, y lame también las gotitas que delinean sus clavículas. Aaron se queja bajito, sus ojos cerrados porque apenas puede mantenerlos ya abiertos y miles de escalofríos extraños recorriéndolo cada vez que nota la sedosa y húmeda lengua acariciar su piel con ansia.

Samuel empuja a Aaron a un lado, derrumbándolo sobre el sofá como un títere sin hilos y luego tira de su muñeca para lograr que el chico esté boca arriba, disponible para sus deseos.

Aaron entreabre los ojos, observando entre sus pestañas perladas en lágrimas de agotamiento como el vampiro le desgarra la ropa. Ve la preciosa seda hacerse jirones contra su piel, dejándola llena de arañazos rojos y ardientes, pero no es sino unos minutos más tarde, mientras el vampiro está sobre él lamiendo su cuello, sus hombros, sus clavículas y su pecho como un animal famélico, que el chico comprende la situación.

Sus ojos captan imágenes sueltas, pero su cabeza, toda emborronada por el cansancio, apenas puede concederles un significado: su cuerpo desnudo, la lengua larga, las manos que lo palpan como si buscasen tomar algo de él. Su suavidad, su dulzura, su inocencia. 

Aaron no tiene ni idea de cómo alguien podría arrancarle cualquiera de esas cosas sin romperlo, como quien estrella contra el suelo su hucha de porcelana para obtener el valor que dentro guardaba.

—A…amo, me siento muy raro… —dice el chico, apenas sin voz— mareado y… r-raro… duele…

Samuel lo toma por la cintura y se separa de su cuerpo, aunque sigue sentado sobre las piernas del humano, inmovilizándolo bajo su figura. El vampiro tiene ahora solo leves borrones de sangre en su mandíbula y sus labios, como pintalabios que alguien ha intentado borrar en vano, y se relame los labios y los colmillos una y otra vez, desesperado por no perder el nuevo sabor que acaba de descubrir. Sus ojos, sin embargo, no están tan negros y sumidos en el abismo como antes, sino que la enorme pupila es contenida por un anillito de fuego que parece separar al vampiro del frenesí, aunque por poco.

—No te desmayes —ordena el vampiro, pero su voz exigente no es tan firme como siempre, suena desesperada, tan ansiosa…— ¡Eh! —grita cuando el humano entrecierra los ojos, rendido ante el cansancio— Aún no he acabado.

Esta vez su voz sí suena como antes, como la del hombre que le dio una brutal paliza, la del hombre cuya expresión se mantiene ecuánime y sus ojos fríos mientras lo destroza y lo amenaza con arrebatarle la vida. Samuel luce como un tirano, pero Aaron sabe que esta vez no podrá obedecer. ¿Cómo va a mantenerse consciente? Ya siente sus brazos hasta los codos y sus piernas hasta las rodillas hundidas en el frío lago de la inconsciencia. No puede mover ni su cabeza de un lado a otro y no puede permitirse hacer el esfuerzo de respirar y mantener los ojos abiertos al mismo tiempo.

Los entrecierra de nuevo.

Samuel lo abofetea, solo que más fuerte que otras veces. Le da con la encallecida palma de la mano y luego hace el movimiento contrario, cruzándole la cara con el revés, los nudillos abriéndole el pómulo. Aaron desearía notar el rostro como una carcasa de plástico, al igual que empieza a sentir el resto de su cuerpo, pero la suerte vuelve a no sonreírle y lo nota todo.

Nota el latigazo terrible de la mano, el martilleo de los nudillos en el viaje de vuelta. Su cara se gira bruscamente dos veces, a merced de los golpes, y el cuello le tira y le duele por culpa de ese movimiento. Las heridas en su garganta se reabren, la nueva en su pómulo sangra y puede sentir algo pequeño y duro como una perlita flotando en la sangre que se le empieza a acumular en la boca.

Aaron respira lento y doloroso; siente algo al final de su boca doler tanto que palpita como un corazón entre sus dientes. Desliza la lengua por sus muelas, buscando acariciar el origen de ese dolor, calmarlo, y encuentra sangre y una hondonada suave y sensible.

No tiene fuerzas para escupir la sangre que tiene en la boca, así que la traga y, con ella, el diente que Samuel le ha soltado con sus golpes.

Aaron cierra los ojos, su boca sabe solo a metal y dolor, sus oídos se llenan de un pitido horrible y, ni aun así, puede evitar escuchar las últimas palabras del vampiro mientras lo sacude como a un muñeco.

—Desmáyate y te haré desear no haber despertado jamás.

Aaron ya desea no volver a abrir los ojos.


CAPÍTULO 15

Aaron despierta solo, dolorido y tan hambriento y sediento como si su horrible castigo sin agua ni comida no hubiese terminado.

<<Mi castigo…>> recuerda haberlo podido acabar sin ser mordido. Recuerda lo que dio a cambio: <<Debía darle mi sangre y mi cuerpo>>.

El muchacho parpadea varias veces, tratando de descifrar dónde está. Todo es tan blanco que le deslumbra al inicio, pero acierta cuando presupone que está en el baño. Su cuello duele terriblemente, tanto que ni siquiera puede salir impune de la simple acción de tragar saliva, pero cuando hace una pequeña mueca de dolor, nota que el mordisco en su garganta no es lo único que debería preocuparle: todo su rostro está hinchado, la piel tirante y morada, el músculo resentido por el terrible maltrato de esos dos bofetones. Aaron desliza su lengua por el interior de su boca hasta que lo halla: el hueco. Ha perdido realmente un diente al ser golpeado y ahora la herida expuesta duele y sangra, aunque el resto de dolores de su cuerpo hacen que ese pase un poco más desapercibido.

Intenta levantarse, aunque todavía está muy mareado, y al hacerlo nota que hay un rastro de sangre que va desde la puerta hasta su posición, al lado de la bañera. Samuel lo ha arrastrado hasta allí.

<<Samuel…>>

Aaron jadea y sus rodillas le fallan, tirándolo al suelo de nuevo, cuando recuerda la imponente voz de su amo prometiéndole que sería castigado si se desmayaba.

<<Mierda, mierda, mierda. ¡¿Por qué no he podido intentar aguantar más?! Soy débil e inútil. Lo he hecho mal. Me dije que sería bueno. Me dije que lo haría todo bien. ¿Por qué no puedo hacer nada bien?>>

Aaron se hace un ovillo en el suelo, temblando y sollozando, agarrándose los cabellos azabaches mientras no puede siquiera imaginar cómo será el castigo que su amo le propinará. Le duele tantísimo la cara y el cuello, no se siente capaz de aguantar más ahora; si el vampiro le da aunque sea un pequeño golpe, Aaron está seguro de que colapsará, de que volverá a desmayarse y sangrará y se romperá y <<moriré, voy a morir, voyamorirvoyamorirnoquieronoquieronoquieromorirmamáporfavorpapánecesitoayudanomequieromorirporfavorporfavordiosnoquieronoquieronoquieromorirasí>>

Un estruendo lo saca de sus pensamientos y, por un instante, Aaron es capaz de arrancarse el pánico y pensar fríamente: se pone de pie, sale corriendo del baño y comprueba a través de la ventana que, efectivamente, es todavía de noche y aún tiene tiempo para enmendar su error y ser bueno. Reconoce el ruido que ha escuchado como la puerta de entrada, así que Samuel debe estar por llegar hacia él o, mínimo, hacia el segundo piso, donde él ahora se halla, así que se pone manos a la obra y trata de ser productivo, realmente productivo, durante dos minutos. Tres, si tiene suerte y Samuel anda lento y confianzudo, sabiendo que no tiene razones para perseguir a una presa que jamás podría escapar de él.

No se mete en la bañera, pues eso le tomaría demasiado rato, pero moja una toalla con agua y algo de jabón para limpiar y desinfectar sus heridas. Limpia la de su cuello sin mirar, pues tan pronto ve toda esa carne roja y abierta en el espejo le da una arcada, y luego limpia su ceja y pómulo partidos, se limpia los labios llenos de sangre seca y se enjuga la boca hasta que ya no le huele a óxido. Se pone una enorme blusa blanca y se arrodilla en el suelo, empezando a limpiar el rastro de sangre que su cuerpo ha dejado cuando era arrastrado.

Cuando Samuel abre la puerta del baño, lo hace de forma brusca, pero al ver al humano habiendo ya limpiado casi toda la sangre de la estancia, se relaja un poco, complacido por lo servicial que está siendo el chico. Aun así, no le habla con la más mínima dulzura.

—Limpiarás eso luego —espeta y Aaron asiente rápido y sin voz, dejando el trapo ordenadamente en una esquina y corriendo a arrodillarse al lado del vampiro con la cabeza bajada. Samuel lo mira con curiosidad y su voz se suaviza un poco—. Veo que todavía tienes bastante energía, quizá te he juzgado mal y me he contenido demasiado bebiendo de ti —una risa corta y despectiva sale de sus labios—, incluso he tenido que ir a un jodido local de sangre para quitarme el hambre que me has despertado porque temía matarte si seguía bebiendo de ti. Te has desmayado tan dramáticamente, incluso si te he advertido que habría consecuencias si lo hacías… —su tono es oscuro, siseante. Si la serpiente que ofreció la manzana a Eva le legó su voz a alguien, Aaron está seguro de que ese es Samuel. Su tono, sin embargo, se torna un poco más animado, menos amenazante cuando sigue:—, pero mírate ahora. Tienes más aguante del que creí y yo todavía tengo ganas de jugar contigo, quizá es hora de una segunda ronda.

Su tono se ha tornado oscuro, su voz, deseosa. El vampiro se agacha y toma la barbilla de Aaron, alzándole el rostro para examinar cómo está su presa. Aaron luce terriblemente pálido, lo cual hace resaltar más los moratones de sus mejillas: uno grande y violáceo, el otro amarillento, con cuatro puntos negruzcos ahí donde sus nudillos han machacado la piel. Sus labios, siempre rosas, ahora tienen un color apagado y lucen secos. 

Sus ojos azules y preciosos miran a un lado, evitando su mirada como si quemase.

—M-mi señor, me siento muy débil y mareado. N-no creo que pueda beber más de mí, no tengo energía, lo prometo, s-solo estoy… me estoy esforzando por…

Samuel le regala a Aaron el divino sonido de su risa grave.

—¿Estás trabajando duro para ser un buen chico? —le pregunta en ese tono entre la dulzura y la más amarga burla, pero a Aaron no le importa la ironía en sus palabras, ni la humillación, solo le importa el hecho de que está acariciándole la barbilla con el pulgar de forma suave y que eso lo relaja por primera vez en toda la noche.

Sin apenas voz, Aaron responde con un adorable "Mhm".

—Entonces, humano, recordarás que esta noche no solo quiero tu sangre. ¿Qué más quiero de ti? Vamos, dilo.

—M-mi cuerpo, señor.

Samuel retira su mano despacio, gentilmente, y le da la espalda al chico para andar de vuelta al dormitorio y fuera del baño. No es hasta unos segundos más tarde que Aaron entiende que la orden de que debe seguirle está implícita en sus movimientos. Al levantarse de pronto, el chico se cae al suelo, raspándose un poco las rodillas, pero el vampiro decide ser magnánimo y no castigarlo por su torpeza, pues le resulta casi tierna esa forma de andar que tiene, mezcla de su debilidad y su nerviosismo.

Samuel se queda parado frente a la enorme cama que preside su estancia. Corre el dosel blanco como un vaporoso manto de niebla que disipa con su mano, abriendo así una entrada al enorme valle de sábanas rojas y lisas que se extienden frente a él, como un mar de sangre.

Aun así, el vampiro no se tumba en la cama ni se sienta en ella, solo permanece frente a esta y lleva sus manos a su corbata, desatándola despacio. Mira por encima de su hombro hacia atrás, su mirada roja y cruel deslizándose sobre la temblorosa figura que espera a su espalda, y baja la vista con prisas.

—¿A qué esperas?

Samuel está impaciente y eso desespera a Aaron. Siente la necesidad de complacerlo quemando bajo su piel, la urgencia de solucionar un error que pronto vendrá a morderlo duro y profundo y a dejar marcas que no podrá olvidar. Pero no sabe qué debe hacer, así que mordisquea su labio y juega con sus manos y dice:

—¿C-cómo debo ofrecerle mi cuerpo, señor?

Samuel se voltea hacia el chico y lo mira con una ceja arqueada. Al girarse, revela ante Aaron no solo que su corbata está desatada y colgando a los lados de su ancho cuello, sino que los primeros botones de su camisa también lo están, regalándole al chico un vistazo de su pálido y perfecto cuerpo.

Tiene las clavículas hermosamente marcadas y el pecho fuerte y robusto, haciendo que el próximo botón que debe ser desabrochado se halle tenso sobre esos músculos abultados que debe cubrir.

Quizá Aaron se centra demasiado en admirar la anatomía de su amo, pues no se da cuenta de que se ha acercado con la mano alzada hasta que es demasiado tarde y el terror lo paraliza, haciéndole abrir sus ojos grande, como un conejito ante los faros de un coche.

Samuel lo toma bruscamente por la garganta, su mano enorme y fuerte apretando tan delgada zona, los dedos rozando el frío collar y la caliente herida con desgaire, tratando piel lacerada y metal con la misma indiferencia. De un violento movimiento, Samuel lanza al chico a la cama.

El corazón de Aaron martillea rápido y cuando traga saliva, jura poder seguir sintiendo la enorme mano todavía oprimiendo su garganta. Samuel quita otro botón de su camisa, dejando al descubierto anchos pectorales, y se acerca un paso, remangándose. Aaron mira a su alrededor, asustado, confuso, y se pone como loco a intentar alisar con las manos las sábanas de seda carmesí que ha arrugado con su cuerpo. 

Pero la mano vuelve a su cuello.

Samuel está ahora en la cama, sobre él. Ha gateado hacia su posición silenciosa elegantemente, como un depredador de pelaje negro y brillante como el traje que lleva. Lo acorrala fácilmente contra el cabecero y aprieta su mano, divirtiéndose al sentir el pulso de su asustada presa acelerarse; lo empuja duro contra el colchón, haciéndole sentir pequeño bajo su cuerpo. Lo mira con curiosidad, de arriba abajo.

—¿Eres virgen? —pregunta, su tono es ecuánime, pero la pregunta escapa de sus labios como un flechazo que alcanza de lleno a Aaron y le hace jadear.

El vampiro todavía envuelve su cuello con un firme agarre, así que Aaron no se puede concentrar apenas en responder; está demasiado nervioso pensando que va a ser estrangulado y demasiado enfocado en la tarea de mantener sus manos quietas en vez de llevarlas instintivamente a las del vampiro, pues sabe que eso lo enfurecería.

—S-sí, señor —logra decir el chico, aunque su voz tiembla y sale tan bajita de sus labios que apenas suena como un quejidito patético. Acto seguido, añade:—. Lo siento, señor…

Samuel alza una de sus cejas con diversión y arquea otra inquisitivamente. Una media sonrisa burlona atraviesa el carmesí de sus labios y deja entrever uno de sus colmillos. Aaron siente un escalofrío en su nuca.

—¿Por qué te disculpas?

Samuel se apoya en un codo, pero deja que sus piernas y parte de su torso estén cómodamente estirados sobre la delgada anatomía de Aaron, clavándolo contra el colchón. El chico está visiblemente agitado por ello y se remueve, como un ratoncito que trata de escapar cuando le pisas la cola.

—No lo sé… —responde con la cara toda roja y mordisqueándose tanto su labio que está a punto de hacerse sangre en él.

Samuel alarga la mano con la que no está atrapando la garganta del menor y roza con sus dedos sus pálidos labios, abriéndoselos con delicadeza para que deje de morderlos. Aaron respira muy agitado, pero intenta contener el aliento, como si exhalar y dejar que el aire de sus pulmones rozase los dedos del vampiro fuese un terrible pecado.

—Sigue hablando. —ordena el vampiro con voz dura, pero dedos suaves recorriendo con la delicadeza de una pluma los belfos del humano cautivo bajo su cuerpo.

—N-no sé por qué me he disculpado —vuelve a explicar y ahora que el vampiro toca sus labios, el chico habla y respira con mucha más dificultad, tan nervioso que le cuesta ordenar las ideas en su cabeza—, e-es solo… me he sentido avergonzado y pensé que estaba haciendo algo mal…

A medida que habla, el vampiro se aventura más y más a explorar la hermosa boca del chico con sus dígitos. Primero, solo los ha usado para repasar una y otra vez sus labios, probando su ternura, su suavidad, trazando el bonito arco de cupido del chico y empujando un poquito su labio inferior hacia afuera, como queriendo abrirle ligeramente la boca. Ahora, sus dedos empujan un poco más hondo, hasta que las uñas como de cristal del vampiro tocan los dientes del chico. Aaron da un repullo y jadea, pero la mano en su cuello lo mantiene en su lugar y la de su boca se sitúa entre sus dientes y empuja un poco.

Aaron quiere ser bueno y complaciente, ofrecerse, así que abre dócilmente su boca. De todos modos, Samuel no está haciendo nada tan malo, ¿cierto? Solo desliza sus dedos dentro de su boca, sobre su lengua, acercándose peligrosamente al final, aunque se siente algo sofocado y como que podría ahogarse, por no hablar de que está demasiado nervioso. Pero Samuel no le está haciendo daño y él agradece eso, así que quiere ser agradecido.

Samuel parece disfrutar de tocarlo de ese modo, empujando sus dedos adelante y atrás en su lengua, jugando con la viscosidad de su saliva, testeando los límites del chico al ir más y más profundo. Aaron tose y se remueve, incómodo, cuando los dedos de Samuel llegan a su garganta, pero la mano en torno a ella aprieta como una advertencia y, aunque se le llenan los ojos de lágrimas, logra quedarse quietecito hasta que Samuel retira sus dedos.

Aaron lo mira extrañado y algo abochornado al ver el lío húmedo que ha formado en los dedos de ambos. Ambas largas falanges están cubiertas por una brillante capa de su saliva que gotea como miel hacia los nudillos. Aaron quiere pedirle a Samuel que le deje limpiar el estropicio que ha hecho para así evitar cualquier tipo de castigo que eso pueda procurarle, pero las palabras se le atoran en la garganta cuando el vampiro lleva sus elegantes dedos a los propios labios y de ellos emerge su lengua larga y roja y los recorre con lentitud y suavidad, una pincelada precisa, probando así la saliva de Aaron hasta no dejar desperdiciarse ni una sola gota.

Aaron se queda anonadado y demasiado confundido. Probar la saliva de otro es algo tan íntimo… ¿Por qué lo haría el vampiro? Además, ¿puede siquiera hallar goce en consumir algo más que sangre? Aaron no tiene tiempo de pensar mucho más en ello, pues la voz ronca de Samuel sigue interrogándolo como si nada.

—Tampoco has practicado sexo oral, asumo. —una risa acompaña sus palabras.

Aaron se siente incómodo y algo humillado, como cuando aún iba a la escuela y los chicos más populares, altos y fuertes que él alardeaban de haber tenido ya novias y de tomarles de las manos en sus primeras citas mientras él, sonrojado, debía reconocer que todavía no se había atrevido a tomar de la mano a nadie más que sus padres.

Esto, sin embargo, es mucho, mucho peor.

—No, señor.

—¿Has sido besado, siquiera? —la mirada azul de Aaron se agua un poco y se desvía hacia una esquina con vergüenza.

Samuel, sin embargo, no espera una respuesta, pues la manera en que el chico se mordisquea el labio es suficientemente explicativa. Se inclina un poco más hacia su rostro, haciendo que la distancia entre sus bocas se sienta peligrosamente pequeña. Empuja suavemente sus caderas contra las de él y susurra en su oído:

—¿Te has masturbado alguna vez, cosa inocente?

Aaron se muerde muy duro la lengua porque necesita, debe parar ese sonido extraño y obsceno que nace en su garganta cuando el vampiro empuja y empuja y empuja otra maldita vez su entrepierna contra la de él; Aaron puede notar que el vampiro está duro, sorprendentemente duro, y que su longitud impresionante y latente se pega como una barra de acero caliente a su propia entrepierna, causándole sensaciones que conoce, pero que está acostumbrado a vivir con los ojos cerrados, demasiado abochornado como para él mismo ser testigo de los apetitos más lúbricos de su cuerpo.

La forma en que el otro habla, susurrándole al oído como si su voz misma fuese un secreto impúdico, tentador, ronco y suave; la manera en que muele sus caderas despacio, rodando su cuerpo sobre el del pequeño cuando sabe que no tiene escapatoria, sus movimientos repetitivos, demasiado sexuales… todo eso indica a Aaron que Samuel habla fluidamente la enrevesada lengua de aquello que a él le avergüenza haber balbuceado alguna vez. Samuel es antiguo y poderoso y Aaron sabe que también es malditamente hermoso, es obvio que es un experto en todo lo que pertenece a la seducción, el placer y lo prohibido.

Él, sin embargo, solo sabe de ese mundo que algunas noches el norte de su cuerpo arde y que su mano debe acariciarlo para apaciguar esa sensación. Siempre pensó que sería su secreto, pero Samuel sabe más que él y parece leer en su rostro mismo la respuesta, la vergüenza que ella conlleva.

Aaron se siente aturdido, sucio. Se siente atrapado con las manos en la masa cuando responde:

—S-sí, señor, me he masturbado… ha sido muy poco, s-solo cuando lo necesitaba —se excusa, como si acaso el diablo que empuja su enorme erección contra su suave miembro fuese a reprenderle por su comportamiento obsceno.

A Samuel le parecen divertidísimas las palabras de Aaron, pues ríe a carcajadas cuando su voz empapada de inocencia hace la pequeña confesión en voz baja. Ríe como un diablo regocijándose en la ingenuidad de la pobre alma que ha caído entre sus garras y cuya mente casta y protegida por la pureza de lo divino no ha sido, hasta ahora, capaz siquiera de concebir las torturas que le aguardan.

—Oh, qué chico tan bueno, ¿no es así? Pecando solo esporádicamente —se burla el hombre y su mano alrededor del cuello de Aaron lo suelta de pronto. 

El chico toma desesperadas bocanadas de aire, pero vuelve a quedarse paralizado y sin respirar cuando esa mano experta comienza a jugar con los botones del camisón que lo separa de la desnudez. Abre el primero y retira la tela como quien desenvuelve un delicado regalo. Sus nudillos acarician las clavículas del humano con fascinación y casi reverencia. Quizá lo hacen del mismo modo en que un dios desliza sus manos sobre el sacrificio tembloroso cuya vida arrebatará, deslumbrado ante aquello que es capaz de destruir con su poder.

—¿Crees que irás al cielo, humanito, que contenerte y hacer solo cosas sucias cuando lo necesitas mucho mucho hace que tu alma sea más pura? —esta vez su voz no es totalmente burlona, en ella hay un deje de reproche, de ira.

—No sé si creo en el cielo o el infierno, nunca he creído en Dios —confiesa con las palabras saliendo como balbuceos de sus labios mientras el vampiro desabrocha otro botón de su camisón. Y otro. Ahora su pecho llano y suave está al descubierto, sus pezones erizados sobre la cremosa piel blanca como frutillas tentadoras sobre helado de vainilla—. Es solo… no lo sé, señor, se sentía extraño cuando lo hacía. Casi como algo malo, p-porque era algo que no había sentido jamás, por eso evito hacerlo.

—Aquí, humano, no tienes el poder de decidir si quieres evitar hacerlo o si quieres hacerlo. —susurra Samuel en su oído y su mano derecha acaricia la llanura lampiña del pecho de Aaron.

Su piel es increíblemente agradable al tacto y su calidez le causa hormigueos en la palma. La manera en que el chico se remueve bajo su cuerpo lo alienta a ser un poquito más malo, a ponerlo un poquito más nervioso, así que toma uno de sus pezones entre el índice y el pulgar y lo aprieta suavemente a la par que tira de la piel sonrosada y elástica. Aaron jadea y gimotea, pero hace su mejor intento por ser dócil y no escapar del tacto tortuoso de su amo. Samuel tira hasta que el pezón se le escurre de los dedos y luego vuelve a empezar. Pasa un buen rato pellizcando el sensible pezón del humano y tirando de él hasta que escapa de sus dedos solo para volverlo a atrapar de nuevo y estimularlo de la misma forma cruel. Mientras lo hace, habla con calma, mirando al chico a los ojos con intensidad.

—Aquí eres mi juguete, humano, mi bolsa de sangre personal para cuando tenga hambre, sí, pero también mi puta para cuando me apetezca follar.

Aaron se retuerce de veras esta vez. El vampiro ha apretado duro su sensible piel y sus palabras, así como sus dedos, lo han atacado con una dureza desalmada. La palabra puta se siente como un bofetón en toda la cara que lo despierta de su cómoda ignorancia: sabía que debía entregarle su cuerpo a Samuel y sabía que había algo extraño, algo siniestro en la petición, pero jamás llegó a pensar que el vampiro haría algo más que deleitarse acariciando su piel o, quizá, en los días donde estuviese más monstruoso, hiriéndola con sus garras.

Aaron sabe algo sobre sexo, lo suficiente como para que su nuevo destino le resulte humillante y aterrador.

Sabe que la primera vez tiene que ser con alguien especial, una entrega hermosa donde dos almas ansían tanto abrazarse que dos seres humanos pegan sus cuerpos como si buscasen que sus corazones se tocasen a través de la piel. Cada cálido y desenfrenado latido, un beso. 

Eso es para Aaron el sexo, algo relacionado con el amor y la intimidad, con la cercanía. Por eso cuando se tocaba en el pasado solo podía pensar en caricias y besos bonitos, toques colmados de un cariño que le daba ganas de llorar.

Lo que Samuel sugiere, sin embargo, es muy distinto.

No hay amor en sus palabras, solo deseo. Un deseo obsceno y oscuro, a la par con sus instintos y quizá no tan distinto a su desalmada sed de sangre.

—A partir de ahora, humano, no vas a tocarte. Te tocaré yo mismo. No vas a buscar tu placer, sino a hacer lo que sea por el mío. Vas a ser usado. Si te ordeno que te arrodilles y abras la boca, lo harás sin una sola queja. Si te ordeno que abras las piernas y me entregues tu virginidad, vas a rogarme ser follado incluso entre lágrimas de dolor, ¿entiendes? Eso es lo que quiero cuando te ordeno que me entregues tu cuerpo. Vas a ser tan mío, humano, que cuando esté poseyéndote, tu lengua va a olvidar cómo pronunciar cualquier otra cosa que no sea "Sí, señor". ¿Queda claro?

Aaron tiembla en su lugar, las caderas de Samuel están tan duramente apretadas contra las suyas que ya no puede ignorar más la enorme erección que se empuja contra su delgada anatomía. Ahora, la excitación del vampiro le parece amenazante, un augurio de un horrible dolor. No entiende todavía cómo funciona la intimidad entre dos hombres, pero Samuel es brusco y demandante y sabe que no se esforzará en hacer las cosas agradables para él.

Y, aun así, su estúpido cuerpo responde a las atenciones recibidas, demasiado sediento de tacto como para distinguir el cariño de la violencia. Aaron nota su entrepierna apretada e incómoda. 

Se siente sucio.

—S-sí, señor… —musita, ahora con lágrimas corriendo por sus mejillas. No se ha dado cuenta de que había empezado a llorar, hasta ahora, cuando pronuncia sus palabras y la salada tristeza se le cuela entre los labios, dándole a probar el amargo sabor de ser despojado de uno mismo.

Samuel maldice internamente.

Aaron está siendo bueno para él, increíblemente receptivo ante ideas que sabe que le están rompiendo el corazón y pisoteando sus pobres pedacitos, y usualmente estaría jubiloso de tener un esclavo humano así, aprovecharía su docilidad para tomarlo aquí mismo, sobre las sábanas, para teñirlas todavía más de rojo, tomando brutalmente la castidad de ese ser que es suyo para corromper. Suyo para poseer y destruir.

Pero no puede. Su deseo todavía le recorre el cuerpo como un hormigueo insaciable e incitador, pero algo lo detiene.

Aaron no se ha atrevido a mirarlo a los ojos hoy, pero él sigue mirando a los ojos al chico, sigue hundiéndose en esos preciosos lagos de aguas pacíficas, dulces y cálidas, esos iris tan bonitos y brillantes que bien podrían ser un pedacito del paraíso escondido en la mirada de un mortal que ignora el poder que lleva dentro. 

Y verlos así, tan destrozados, tan anegados en oscuridad y tristeza y desvaídos de toda esperanza, lo hace sentir débil. Samuel quiere ordenarle al chico que pare de lucir tan miserable, incluso si él mismo lo ha hecho así, quiere decirle que no tiene derecho a dañarlo con su dolor, a apuñalarlo con su tristeza, ¿pero no sería eso admitir que es débil? ¿No sería confesar que su mirada inocente le hace temblar las piernas y su dulce voz le deja sin aliento, como si cada mirada que le regala fuera un golpe que lo desestabiliza, cada suspiro una palabra que ha robado de su cruel y mezquina boca para tornarla aire vaporoso y cálido como un abrazo?

Samuel se siente enfadado con ese muchacho, incluso si sabe que no es su culpa causar semejantes reacciones en él, pero ¿qué más le da a él la culpa? Se supone que él no debería sentir culpabilidad, así que tampoco debería entenderla, no debería preocuparse por si los humanos a los que hiere son culpables o no, ¿cierto? Al fin y al cabo, él no es justiciero, él es un vampiro.

Aaron grita corta y altamente cuando un bofetón interrumpe su primer sollozo y le expulsa hasta la última lágrima de sus mejillas.

—Deja de llorar. 

Samuel sale de encima del chico y el muchacho toma una bocanada grande de aire. Pensaba que se había acostumbrado al titánico peso de ese cuerpo trabajado y alto como un gigante sobre él, pero descubre que simplemente ha estado conformándose con apenas respirar. Se siente ligero y mareado.

El mundo le da vueltas cuando Samuel lo toma de un brazo y lo incorpora de golpe, haciéndolo quedar sentado en medio de la cama, junto a él. El chico traga saliva e intenta no mirar al vampiro, no mirar su cuerpo, que tan fácilmente podría someterlo, no mirar el magno deseo que crece bajo sus pantalones de una manera tan obvia como aterradora. Sus propias ropas le quedan holgadas y con los primeros botones de la camisa desabrochados.

El chico toma la tela disimuladamente para tratar de cubrirse un poco y que esta no revele su intimidad. Samuel espera a que haga ese gesto tan pudoroso para sonreír y dar su siguiente orden:

—Desnúdate.

Aaron muerde su labio y baja la cabeza. Se desabotona un par de botones más de la camisa, pero sus manos tiemblan tanto que el tercero se le escurre entre los dedos y su torpeza no hace más que empeorar la situación.

Samuel da un bufido frustrado y le arranca la ropa al chico con sus garras. Pasa en un solo instante: sus ojos se tornan más oscuros, sus colmillos más largos y sus uñas, así como la punta de sus dedos, afiladas, azabaches y brillantes; con ellas desgarra la ropa tan fácilmente como si estuviese hecha de papel y sabe, tan pronto oye el jadeo dolorido de Aaron, que también ha lacerado su piel.

Tres largas pinceladas rojas recorren el vientre de Aaron, tal y como si un gran león le hubiese dado un zarpazo al jugar con él demasiado descuidadamente. Unas gotitas rojas descienden por su piel y Samuel admira la forma en que el atractivo rojo se hunde en la hondonada de la delgadez del chico y luego recorre con lúbrica lentitud su vientre bajo, su pubis y, finalmente, dos gotitas rojas enmarcan la deliciosa zona prohibida desde la cual el pene del chico nace suave y rosado como un pétalo de flor.

Samuel mira la intimidad de Aaron con descaro, haciendo que el chico agarre con fuerza las sábanas rojas para reprimir el impulso de taparse. No recuerda nadie que no fuese su doctor viéndolo sin ropa e incluso entonces, no se sentía tan desnudo, pues ahora no solo siente que ha sido despojado de su ropa, sino de su voz, de su persona, del poder de parar el tiempo y las manos ajenas con un simple, pero poderoso no. Ahora pareciera que yace en la mesa fría de un científico que lo ata de manos y pies, dispuesto a retirarle la piel y dejarlo sensible, exponiendo las fibras más frágiles de su alma.

—¿No te gustan los hombres? —pregunta el vampiro, curioso, acercando su mano de peligrosas garras al sexo de Aaron.

El chico se muerde duro el labio mientras ve las garras que han marcado con violencia su tripa tomar con delicadeza su miembro flácido y situarlo en la palma como un juguetito.

—Uhm, n-no lo sé, señor, estoy nervioso —confiesa, como excusándose por que su miembro sea un pedazo de carne adorable y manso en la mano del otro, por tener un cuerpo tembloroso y no obsceno, por no sentir más que puro terror—. ¿Va a… a castigarme por haberme desmayado antes? 

La boca de Aaron se seca tan pronto como oye su pregunta. No está preparado para la respuesta, pero no puede esperar más.

—¿Acaso buscas tentarme con la idea de hacerte daño, humano, mientras tengo tan a mi disposición tus lugares más sensibles? No pensé que fueses masoquista. —se burla el otro, cerrando su puño en torno al pequeño pene del chico solo para verlo abrir los ojos grande con preocupación y deshacerse en temblores entre sus manos.

—No lo soy, mi amo, se lo aseguro, e-es solo que estoy muy preocupado…

Los ojos de Aaron están clavados en su entrepierna, observando con extrema atención la manera en que Samuel aprieta su mano y la mueve ligeramente, primero arriba y luego abajo, apretando duro su puño cuando este encierra la sensible cabeza rosada de su pene.

Aaron jadea cuando el vampiro lo estimula de ese modo y, pese a la lentitud, tan tortuosa como deliberada, el sexo de Aaron es incapaz de ignorar el tacto que lo provoca.

Samuel sonríe cuando nota que el chico está empezando a endurecer en su mano. Le gusta poder invocar su deseo incluso cuando el chico está llorando de terror, negando con la cabeza. Es tan suyo que es dueño de las reacciones de su cuerpo, un titiritero que jala de los hilos que le place pese a que su muñequito de madera se retuerce por dentro en protesta.

—Veamos… debería —su tono es oscuro, amenazante y cuando nota que la idea de un castigo asusta más al menor, empieza a masturbarlo más rápido, sintiendo como si su hombría se envara en la palma de su mano, creciendo apenas un par de centímetros—. Has sido tan desobediente al perder el conocimiento cuando tus gritos y lloros estaban siendo un delicioso espectáculo para mí, me pregunto si debería hacerte algo malo. Realmente malo, para escuchar más de esos bonitos sonidos que haces cuando te hiero. 

Samuel aumenta la velocidad y ahora los toques del vampiro no son ya como aquellos lujuriosos movimientos que él hacía en sus noches más vergonzosas, sino que son peores: el vampiro lo masturba con una maestría que arranca de él gritos, jadeos y gemidos tan enloquecidos que apenas puede reconocer su voz. Las sensaciones no son hormigueos agradables, como cuando él sofocaba sus excitaciones hasta notar el calor derramándose en su palma, sino que son latigazos de placer que lo recorren tan despiadadamente que se siente descarnado, tan sensible que no sabe ya si eso que le hace retorcerse y cerrar los puños es placer o dolor.

El vampiro lo masturba rápido, aunque luce implacable, como realizando cualquier otra sencilla tarea. Aprieta más cuando llega a la base y a la punta, logrando que los lugares más receptivos del chico se sientan intensamente estimulados. Incluso puede notar en la palma de su mano el dulce néctar que el chico empieza a producir, su sexo desesperado por hallar ya la liberación.

De pronto, el vampiro se detiene. Ahora lo masturba tan despacio que cada centímetro de piel que mueve se siente ardiente como el infierno, pero al menos Aaron puede recuperar su aliento y suspirar de alivio porque su clímax, tan cercano hace nada, ahora se disuelve como azúcar en su piel bañada de sudor.

—Pero me ha complacido verte limpiando tan pronto has despertado y estás comportándote bastante tranquilo, para un novato, no estoy siquiera teniendo que ser violento contigo para tocarte.

Aaron se pone alerta de pronto al escuchar esa palabra que tanto lo alarma.

—N-no hace falta que lo sea, señor, no sea violento, por favor. Me da mucho miedo cuando lo es.

Samuel sonríe de la forma en que solo un diablo puede sonreír. Luego atrapa la garganta de Liu entre su mano libre y se asegura de hundir bien profundo sus garras en el mordisco todavía rojo y pulsante. 

Una mano penetra la rojez de su herida, haciéndola derramar más gotitas carmesí, arrancando al chico más lágrimas; la otra muele su sexo como buscando robarle un orgasmo y el chico se retuerce en sus manos, los ojos virando hacia las cuencas, la espalda arqueada mientras sensaciones poderosas como un rayo lo atraviesan.

El dolor del mordisco es tan terrible, tan primitivo: la sensación de un depredador rasgando tu carne con los dientes hasta convertirte en mero alimento. Pero ama el placer de ser tocado, por fin, tras tanto tiempo, de ser tocado con urgencia, con un pulso firme, una mano grande y llena de un calor robado, una mano dominante que dicta el ritmo de sus gemidos.

Aaron nota la contradicción partirlo en dos; mientras, Samuel habla implacable:

—Oh, tú no me dices qué hacer, cosita, así que cierra tu jodida boca si no es para gemir o gritar, así, como lo haces ahora. Tan obediente... Seré violento contigo cuando te use, pues eso me divierte y si ahora estoy siendo suave no es porque estés asustado, no es porque me causes compasión o me preocupe romperte —el vampiro suelta al chico de pronto, una mano manchada de sangre, la otra de brillante placer líquido. El vampiro lame sus dedos con lascivia, sonriendo mientras mira el lío lloroso y húmedo que se encoge y solloza sobre las sábanas, esa cosita patética y bella a la que tiene el placer de llamar suya. Se inclina sobre el chico, quien se encoge, y susurra las siguientes palabras, dejando que las asimile:—, es solo porque morderte me ha saciado lo suficiente como para permitirme explorar tu bonito cuerpo con cierta paciencia.

<<Mentiroso>> sisea algo dentro de Samuel. Aaron ha calmado su sed de sangre, sí, pero ha avivado algo grande e insaciable en su interior, algo que toma las cosas con agresividad, algo que ahora afila sus colmillos y garras porque precisamente quiere usarlos. Pero también parece haber despertado algo que lleva siglos dormitando, algo antiguo, polvoriento, obsoleto para un ser poderoso como Samuel.

<<No seas estúpido, Samuel, la compasión y la culpa no son más que palabras cuyo significado he olvidado. Lo que siento ahora, este… desconfort con su sufrimiento no es más que un eco estúpido de una vida que hace mucho que enterré. No son emociones reales, solo meros recuerdos. Si tan solo no tuviese una mirada tan bonita.>>

Samuel se traiciona a sí mismo atisbando esos orbes hermosos una vez más. Dos reflejos de un cielo que jamás podrá ganarse, de un cielo al que renunció hace mucho, no cuando fue convertido por otro, sino cuando se convirtió a sí mismo en un asesino.

<<Si tan solo él no la hubiera tenido.>>

Samuel se voltea, dejando de mirar al pequeño muchacho que trata de hacer un ovillo en la cama y cubrir las partes de su cuerpo que lo traicionan y lo humillan, pero sus siguientes palabras hacen que un escalofrío lo recorra de arriba abajo:

—Dejémonos de juegos. Vas a complacerme ahora, humano, y si eres castigado o no depende de qué tan bien lo hagas.

El tono duro y frío de Samuel es como un balde de agua sobre el rostro de Aaron, que se fuerza a empujar a un lado toda su incomodidad y su miedo y se yergue un poco, enjuga sus lágrimas y dice, con voz muy temblorosa:

—¿Qué debería hacer? M-me quiero esforzar, señor, es… es solo… ¿Puede darme instrucciones, por favor? ¿Puede seguir dándome órdenes? No quiero hacerlo mal, no quiero que me pegue.

—Mírame. —comanda el hombre; su voz es tan ruda que Aaron la obedece sin siquiera pensarlo, su cuerpo siguiendo sus instrucciones con más devoción que con la que sigue las del propio Aaron.

El vampiro, entonces, retira su propia camisa. No lo hace de forma ceremoniosa, pero tampoco arranca la prenda como lo ha hecho para acceder al cuerpo de Aaron. Se quita los botones, uno a uno, hasta dejar a la vista su pecho fornido y fibroso que siempre blande hacia adelante con orgullo y grandiosidad y, bajo este, revela también el montañoso camino de sus abdominales. Cuando el vampiro retira las mangas de su camisa, Aaron traga saliva al ver sus antebrazos más anchos que sus propios muslos y fijarse en lo marcados y gruesos que son sus bíceps. Los hombros son redondos e incluso mirando al vampiro desde el frente puede ver la hipertrofia de los músculos de su espalda: los trapecios abultando a los lados de su ancho cuello y, más abajo, los dorsales acentuando la estilosa delgadez de su cintura, donde nacen dos profundas muescas en forma de uve que apuntan al norte de su cuerpo, el lugar de su anatomía reservado única y exclusivamente para el pecado.

Aaron observa su cuerpo primero con la admiración propia de quien ve algo tan perfecto que no puede sino ser más que humano, pero luego tiembla atemorizado, recordando que cada detalle de esa anatomía ha sido diseñado para que hacerle polvo le resulte una tarea sencilla.

—T-tiene usted un cuerpo muy hermoso, mi señor, me da envidia. —susurra, casi sin darse cuenta de que las palabras han abandonado su boca.

Samuel alza sus cejas con grata sorpresa y una sonrisa fanfarrona se forma en sus labios.

—No seas zalamero, pequeño. ¿Intentas que sea suave regalándome tan bonitas palabras a cambio? Porque siento decepcionarte, pero mi deseo no conoce la dulzura. —responde despacio, ronco y mirándolo fijamente. Después, sus manos toman la hebilla de su cinturón.

Aaron debe desviar su mirada y su rostro arde como una cerilla encendida.

—Si… si lo hago bien, ¿podría tener… como el otro día, c-caricias?

Aaron escucha la hebilla del cinturón tintinear, soltándose.

—¿Las que te di para burlarme de ti? 

El cuero del cinturón se desliza a través de los pantalones del vampiro, haciendo un siseante sonido de fricción. Aaron enrojece hasta sentir las orejas calientes.

—Mhm…

Tela contra piel. Aaron retiene la respiración, sabe que el vampiro está bajándose la ropa, quedando prácticamente desnudo. No puede mirar.

Una risa suave y confianzuda lo sobrecoge.

—Eres patético.

—Perd-

Samuel lo toma por la argolla de su collar metálico, usando su dedo índice para engancharse al objeto y hacer al chico voltearse de pronto e inclinarse.

Aaron quiere chillar cuando la realidad le golpea prácticamente en el rostro: Samuel está completamente desnudo y su enorme virilidad está casi rozando sus labios entreabiertos por la sorpresa. Si el hombre tira del collar, Aaron será forzado a probar su virilidad.

Al inicio, el chico cierra los ojos, queriendo obviar que ha visto algo, pero la imagen se le clava en las pupilas. Además, puede sentir la cercanía del vampiro: el candor robado que emana, la mano firme que lo sostiene en su lugar y el aroma almizclado, dulce y picante, como la canela, que envuelve ese lugar de su cuerpo que Aaron no se atreve ni a nombrar, mucho menos mirar.

—Abre los ojos, quiero que veas bien con qué voy a follar tu bonita boca.

Aaron jadea. Sabe lo que es el sexo oral, pero jamás lo ha pensado demasiado, siquiera lo ha imaginado.

Que el vampiro hable de profanar así sus labios lo altera de un modo que le hace sentir que se ahoga, que no puede respirar, pero cuanto más jadea sobre la virilidad del otro, más endurece y se alza hacia sus labios con orgullo y exigencia.

El chico se ve obligado a obedecer y contempla con ojos desorbitados el deseo de su amo.


 

CAPÍTULO 16

Samuel es grande, enorme. Aaron ya lo había sospechado, pero no había sido capaz de anticipar cuánto. Incluso para una bestia de sus proporciones, su hombría es impresionante y hace que la boca de Aarón se seque con nerviosismo.

Su punta rojiza reposa a solo un par de centímetros de los labios suaves y puros del humano. Es grande y redondeada, brillante con un par de gotas de presemen que se perlan en su punto más álgido. Tras esta, sigue un tronco, ancho hasta el punto de que Aaron no está seguro de poder rodearlo con una de sus manos, y terriblemente largo, su suave superficie es recorrida por violáceas venas que pulsan de deseo, reclamando atención. Hacia la base, el ya grueso miembro del vampiro se torna todavía más robusto, uniéndose con su pubis sobre un manto de suaves y cortos vellos rubios, como si su piel hubiese sido espolvoreada con virutas de oro. Más abajo, sus testículos cuelgan, grandes y pesados, tanto como el pedazo de carne erecta sobre ellos, que todavía sigue creciendo a medida que la excitación del vampiro aumenta, pues el rostro impresionado y lleno de pánico del humano es toda una delicia que lo incita más y más a ser un diablo.

Samuel suelta el collar del chico solo para agarrarlo ahora del cabello, su puño apretado contra las hebras azabache, manteniendo su rostro alzado, justo un poco más abajo del enorme miembro que le hace sombra.

Con su otra mano, el vampiro rodea su propia virilidad y Aaron no puede evitar fijarse en lo largos que son sus dedos, en los anillos que los abarrotan, las venas descollantes y tendones que se tensan cuando Samuel aprieta su puño ligeramente y se masturba despacio mientras lo mira a los ojos.

—Abre la boca.

Aaron jadea tan pronto escucha la orden.

Hasta hace solo unos segundos no había entendido qué significaba realmente entregarle su cuerpo al vampiro, incluso si la noche anterior había accedido a hacerlo, y está dispuesto a obedecer y ser bueno, pues no quiere enfadar a Samuel, pero siente que todo está pasando demasiado rápido. Necesita un poco más de tiempo para hacerse a la idea. Necesita aprender a suavizar los latidos desbocados que le retumban en el pecho o a domar las lágrimas que amenazan con desbordar sus ojos.

—A-amo, ¿no puedo hacer otra cosa? Por favor…

La mano en su cabeza aprieta más, estirando de sus cabellos tan fuerte que se siente como si le clavasen mil agujas en el cuero cabelludo. Aaron gimotea, realmente asustado cuando la inevitabilidad de lo que va a suceder empieza a calar en él y, tan pronto Samuel abre la boca, el chico lo interrumpe al borde de la histeria.

—¡P-puedo darle mi sangre de nuevo, de veras, me siento con más energía ahora! —miente el humano, tratando de sonar animado pese a que ve borroso, la cabeza le da vueltas y nota el cuerpo pesado como si sus huesos fueran de metal—. Puedo, por favor, puedo dejar que me golpees si eso… si sacia tus… sus instintos, señor. Usted me lo explicó, q-que no es solo sed de sangre, sino la necesidad de ser cruel, ¿v-verdad? ¿No puede serlo de otro modo? Pue-

Samuel lo ha estado observando bajo una máscara de seriedad hasta el momento, pero ha tenido suficiente: resquebraja su fachada con un ceño fruncido lleno de ira y, así como el chico lo ha interrumpido cuando iba a hablar, Samuel corta sus palabras desesperadas tirando del cabello del chico con brutalidad y brusquedad.

Arroja a Aaron de la cama al suelo y el fuerte golpe resuena por toda la estancia junto a un grito ahogado. El humano ha caído de lado, golpeándose su hombro y notando un flechazo de rojo dolor recorrer toda su extremidad. No puede moverla, de hecho, pero no tiene tiempo a preocuparse por ello.

Tan pronto Samuel lo destierra de la comodidad de la cama, el hombre se abalanza sobre él con la precisión y la voracidad de un depredador. Aaron grita aterrorizado, sabiendo que ha cometido un error, que ha sido, no solo desobediente o demasiado poco complaciente, sino directamente rebelde.

Va a ser castigado.

Una mano grande y poderosa atrapa sus dos muñecas y las clava sobre su cabeza con una firmeza que hace al muchacho llorar por piedad, pensando que los frágiles huesos de sus extremidades serán quebrados si el vampiro pierde aunque sea un poco más el control. Pero sabe que no le importa.

Lo ve en su mirada tan oscura que bien parece negra, el rojo brillando alrededor como llamas que anuncian la profundidad del abismo, su rostro deformado en una mueca de rabia tan grande que Aaron cae en la gravedad de su ofensa.

<<Me matará. Voy a morir hoy mismo.>>

El chico se queda sin palabra alguna y el vampiro, sobre su cuerpo, inmovilizándolo contra el suelo, vuelve a hundirse en su cuello, solo que ahora en el lado contrario. Aparta el collar metálico, haciéndose hueco para que sus labios hallen la tierna y pulcra piel y cuando prueban su dulzura, el tacto de esta erizada por el miedo y endulzada por esa misma emoción, temblorosa y decorada por un pulso rápido como el de un colibrí. Samuel cierra sus labios alrededor de ese exquisito pedacito del humano y entonces, sin piedad alguna, hunde sus colmillos.

Esta vez ni siquiera chupa ávidamente para beber su sangre, pues sabe que se ha sobrepasado antes y no pretende regalarle al chico la tranquilidad de otro desmayo. Solo lo apuñala con sus afilados dientes para sentir su boca llenándose de deliciosa calidez y notar el cuerpecito patético bajo el suyo retorciéndose.

Samuel retira sus dientes y se alza, mirando al chico desde arriba con la boca salpicada de rojo, gotas carmesí corriendo por su garganta ancha y delineando los contornos de su fuerte torso. Aaron lo mira con sus ojitos hechos agua, apenas pudiendo respirar entre sus lamentos de dolor.

Samuel aprieta más el agarre con el que le aprisiona las muñecas, forzándolo a que le preste atención.

—Tomaré de ti lo que me plazca, humano. Cuando quiera. Como quiera. Tú no negocias conmigo, solo me escuchas y me obedeces. ¿Has entendido?

Aaron asiente, incluso si mover así su cabeza hace que su cuello duela horrores. Para Samuel, esa respuesta no es suficiente y aprovecha que tiene las piernas del chico bajo su peso y sus brazos anclados sobre su cabeza para abofetearlo duro. No lo hace una vez, ni dos, sino que lo golpea tres veces. 

Cada una de ellas lo hace despacio, deliberado, alzando su mano para que Aaron sepa lo que se viene y esperando entre golpe y golpe unos segundos para que el chico pueda darse cuenta de que no ha terminado aún. Le gusta ver el pánico apoderarse de él, pero tenerlo tan vulnerable que no puede sino esperar dócilmente los demás golpes.

Para cuando ha terminado, Aaron está balbuceando disculpas y tiene las mejillas ya amoratadas y el labio inferior sangrándole.

—¿Has entendido o no? Usa tu puta boca para responderme, porque ahora la vas a usar para servirme.

—S-sí, señor… —responde el chico con un hilillo de voz y eso parece apaciguar un poco a Samuel, que suelta al muchacho y se levanta del suelo para volver a sentarse en el borde de la cama.

Aaron se queda tendido sobre las losas frías y el charquito de lágrimas y sangre que se ha convertido en su almohada, demasiado aterrorizado como para mover un solo pelo sin que se le ordene.

—Ponte de pie, jodido inútil.

Aaron jadea y se esmera muchísimo en cumplir la orden, pues tan pronto se levanta, todo su cuerpo se resiente: su espalda y su brazo, antes golpeados contra el suelo, su cuello todavía sangrante, su rostro amoratado y, sobre todo, su cabeza, que hace que el mundo gire cuando se mueve de golpe.

Tan pronto como el chico está en pie, el vampiro se levanta también y anda a su alrededor con las manos en la espalda, examinándolo, sopesando qué debería hacer con él al igual que hizo cuando lo capturó unos días atrás.

Aaron solloza en silencio e intenta esperar el veredicto de su amo sin enfadarlo más aún, pero sus nervios lo hacen jugar con sus manitas y sentirse inestable y sensible. 

Samuel desaparece un segundo y Aaron se queda quieto y muy atento, escuchando como abre unos cajones y saca de ellos algo. Pese a que quiere mirar para prepararse hacia lo que esté por venir, el chico logra mantener sus ojos en el suelo.

Una mano gentil y demasiado grande se coloca en su espalda baja, justo donde tiene sus hoyuelitos.

—Enderézate —le ordena el vampiro, susurrando en su oído, y el chico se envara rápido como un resorte, pese a que todo su cuerpo tiembla—. Bien.

La palabra no relaja a Aaron, no como lo haría un <<Buen chico>>. No sabe qué tiene esa expresión, pero necesita oírla, necesita asegurarse de que está haciendo un buen trabajo y que Samuel ya no está enojado con él.

—Las manos a la espalda.

Aaron las lleva hacia el lugar muy, muy despacio, pues su hombro se nota frágil y teme que un movimiento brusco vaya a desencajarlo. Samuel toma sus muñecas con impaciencia, juntándolas en su espalda y haciendo que Aaron grite de dolor. 

Su respiración se acelera cuando el tacto áspero de una cuerda le roza las muñecas, dando una, dos y tres vueltas antes de que un nudo lo amarre tan duro que puede sentir su piel latir bajo la cuerda. Pero Aaron intenta no quejarse.

Samuel aparece ahora delante de él, solo que sostiene algo extraño entre sus manos que hace a Aaron estremecerse. El extraño instrumento se asemeja a un collar de cuero con cierre metálico, solo que en la parte delantera hay una extraña pieza de acero: se trata de un aro en forma de O con la parte de arriba y de abajo de la circunferencia ligeramente aplanada. De ambos lados de esa pieza emergen dos delgadas varas de metal, como los extremos de una cruz tumbada.

Aaron observa mientras el vampiro abre el cierre despacio y luego sostiene el objeto frente a su rostro, esperando una respuesta. Como el muchacho no se la da, recibe una mano fuertemente apretada en su cuello y un latigazo de dolor cuando los dedos del vampiro se hunden en sus dos heridas.

Aaron chilla y, tan pronto abre la boca, descubre cómo funciona el objeto: el vampiro encaja el aro metálico entre sus labios, las partes llanas de este siendo los lugares donde el chico reposa sus dientes superiores e inferiores mientras es forzado a mantener su boca vergonzosamente abierta.

Sin darse cuenta, Aaron forcejea con las ataduras de sus muñecas hasta que siente que se ha hecho sangre, pero Samuel lo ignora, suelta su cuello por fin y le amarra esa extraña mordaza, dejándola fija en su rostro. Mientras el vampiro lo prepara, Aaron no puede evitar fijarse en que su polla está todavía más dura y goteante que antes. Además, ahora que están de pie y esta casi se prensa contra su abdomen, puede observar con temor que la hombría del vampiro, cuando está al lado de la suya, la hace quedar ridícula. El miembro erecto de Samuel le llega más allá del ombligo a Aaron.

Empieza a respirar deprisa y abrumado. La idea de servir al vampiro con su boca lo asustaba, pero hacerlo sin poder usar sus manos y sin poder sellar sus labios le aterroriza demasiado, no se siente capaz de soportarlo, pero soportar es su única opción.

Samuel lo mira satisfecho: Aaron es realmente hermoso cuando tiembla y aun así obedece. Además, sus labios rosados abiertos por el aro de metal lucen fantásticos, blanditos y tiernos, tanto que desearía mordisqueárselos, el inferior teñido muy levemente de sangre.

Además, su boca es maravillosa, pequeña y atractiva, con dientes que le recuerdan un poco a los de un adorable conejito y una lengua rosa y cortita que ahora no puede evitar gotear saliva, la cual baña el brillante metal del aro y resbala por el mentón del chico.

Samuel se sienta en la orilla de la cama de nuevo y abre sus piernas, dejando entre ellas un pequeño hueco para Aaron.

—De rodillas. —indica y el chico gimotea y corre a ocupar su lugar.

Ahora que el mortal no puede siquiera hablar o usar sus manos para pedir piedad, sabe que debe ser complaciente, hacer todo lo que se le dice y esmerarse por apaciguar la ira y la lascivia que ha despertado en su amo.

Samuel lo toma de la barbilla y le hace alzar el rostro mientras masajea su propio miembro a meros milímetros de la boca abierta del pequeño.

—La lengua fuera.

Aaron obedece, dejando que su lengüita rosada cuelgue entre sus labios, brillante por la humedad que gotea de ella. Samuel sonríe con deseo.

—Así de obediente te quiero siempre, humano. Cada jodida vez que me provoques, vas a encargarte de ello. Vas a arrodillarte como si fuese tu dios y adorarme con tu preciosa boca y, si estoy de un jodido buen humor y si tú has sido una buena puta para mí, quizá me porto bien contigo y no te hago demasiado daño. Ahora, cosita dulce, vas a dejarme usarte por horas o empezaré a usar otro agujero. ¿Quieres eso, humano, quieres que folle de verdad en vez de complacerme solo tomando tu boca?

Las palabras de Samuel aturden a Aaron tanto como un golpe. Si hace unos días le hubiesen preguntado cómo es posible que dos hombres pudiesen tener sexo, Aaron habría tenido que pensar un largo rato para hallar la respuesta, pero ahora Samuel se la entrega en bandeja de plata, no como un erótico ofrecimiento, sino como una amenaza que le cala en los huesos. Aaron niega frenéticamente y todavía con su bonita lengua fuera, demasiado asustado para siquiera imaginar al vampiro rompiéndolo de ese modo.

Samuel alarga su mano hacia su cabecita y, aunque el humano se encoge, él le revuelve los cabellos por unos instantes. Podría lucir amable, si no se estuviese burlando de él.

—¿Vas a ser un buen chico ahora?

Aaron asiente con devoción, esas dos malditas palabras causando en él un efecto que detesta, pero ¿cómo evitarlo? Son la única calma a la que ahora puede aferrarse. El vampiro ríe al verlo tan desesperado y lo toma del cabello nuevamente, aunque ahora su agarre es más gentil. Lo guía en vez de sencillamente jalonear de aquí para allá.

Samuel toma la base de su hombría con su mano libre y la masajea unos segundos, dejando que un par de gotas de presemen caigan despacio sobre el anillo metálico de Aaron y, poco a poco, goteen sobre su lengua. El sabor de su amo no es desagradable, sino más bien un poco salado y untuoso, pero Aaron todavía se siente nervioso por tan íntimo acto. 

Es la primera vez que prueba a otro hombre.

Después de eso, el vampiro toma su miembro y golpea con él la lengua del chico varias veces, dejándolo sentir su tamaño, su peso sobre los labios. Lo deja reposando ahí y Aaron gimotea al sentir la virilidad de otro hombre en su boca, tan grande que, pese al anillo metálico, sus labios casi tocan la dura piel, tan pesada que puede notar sobre su lengua su impresionante tamaño.

El vampiro exhala de gusto, sintiendo el tacto sedoso, húmedo y cálido de la lengua de Aaron en la sensible cabeza de su miembro, pues todavía no ha empujado más entre sus labios. Aun así, Aaron siente la boca sofocantemente llena.

Samuel no espera a que se acostumbre, en su lugar, afirma la mano en el cabello del chico y empieza a deslizarse sobre su lengua, centímetro a centímetro, estableciendo un vaivén lento que permite a Aaron saborear el sexo del otro y tomar de poco en poco su intimidante envergadura.

La sensación es tan nueva, extraña y abrumadora que Aaron debe concentrarse mucho para respirar despacio y no sofocarse. El vampiro lo mira con superioridad mientras bombea dentro de su boca, follándolo como a un mero juguete sin derecho a protestar. Pese a que el chico está lloriqueando de lo vulnerable y pequeño que se siente, agradece que al menos no sea un proceso doloroso.

Nota su tamaño deslizándose en su cálida cavidad, el contorno de las venas pulsantes del vampiro sobre su lengua, la húmeda, suave cabeza rozándole las mejillas a veces o el cielo de la boca, impregnándolo de su posesivo sabor, pues no tiene en ella más espacio para acoger el sexo del otro. 

Hasta que el vampiro se empuja casi a la mitad y la ancha punta de su erección invade la garganta de Aaron.

El chico se revuelve e intenta alejarse, notando una arcada arquearle la espalda y sintiendo como de pronto ya no puede seguir respirando, pero Samuel lo agarra del pelo con brutalidad y lo mantiene en la exacta posición de la que intentaba huir, su polla empezando a forzarse en la garganta del chico, ahogándolo, la anchura de su miembro partiendo sus labios rosados como desflorándolo con crueldad.

—Nada de moverse —le reprende el vampiro con voz firme y empuja un poco más hondo, viendo los ojos de su sumiso humano llenarse de lágrimas y temor—. Vas a ahogarte con mi polla tanto como yo lo desee, así que no vuelvas a intentar huir mientras te follo la boca.

Aaron se queda quieto y dócil, sabiendo que resistirse solo le serviría para ganarse una terrible reprimenda, pero realmente quiere parar. Quiere poder tener el privilegio de decir una palabra o hacer un gesto o lo que sea y que se le permita aunque sea un descanso de ese sofocante infierno.

Pero Samuel no va a ser tan gentil con él. En su lugar toma la cabeza del chico y empuja más y más, con una lentitud estremecedora, y es que quiere que Aaron saboree bien y sienta cada detalle de cada centímetro que chupa de él. El chico así lo hace, nota cómo paulatinamente ese amplio miembro se desliza sobre la humedad de su lengua, cómo la saliva empieza a empaparlo, a gotear ya no solo por su barbilla, sino también por la longitud de Samuel, gotitas relucientes como néctar delineando los centímetros que a Aaron le quedan por tomar, goteando por sus testículos y cayendo al suelo junto al charquito que Aaron está haciendo sin querer. Nota cómo el enorme miembro reposa, pesado, sobre su lengua, cómo amplía su garganta a medida que la folla despacio y despiadado. Puede sentir la manera en que Samuel penetra poco a poco su cavidad y cómo esta se torna más ancha para abarcarlo. El vampiro mismo, desde su posición, puede ver cómo se hace un bultito en la garganta del chico, mostrando lo profundamente que lo está poseyendo.

La misma clase de bultito que se formará en su vientre cuando lo folle de verdad y se hunda hasta el fondo de su virgen cuerpo.

Aaron no sabe cuánto rato está transcurriendo, pero sabe que se ahoga, que necesita aire y está gastando toda su energía en combatir las arcadas. Para cuando cree que va a desmayarse, el vampiro empuja tanto su cabeza que la naricita respingona del chico se hunde en los vellos áureos del vampiro, el aroma almizclado y dulzón flotando alrededor de su nariz mientras su boca es un lío de saliva y jadeos siendo ahogados por una enorme erección.

El vampiro lo mantiene en esa posición, hundido hasta el fondo y mirando como el chico se desespera y le suplica con la mirada, pero aun así obedece. Aaron hace un par de sonidos quejumbrosos sin apenas fuerza, empieza a ver negro y teme que algo malo le suceda si no puede respirar pronto. Necesita la compasión de Samuel, aunque sea solo unas gotas de ello, pero no la obtiene como esperaba.

La mano en su cabeza deja de agarrarlo, tentándolo con la promesa de la libertad, pero entonces lo acaricia, oh, tan tiernamente, y Aaron juraría que se puede deshacer de placer ahí mismo.

—Sé un buen chico, quédate quieto —ordena la voz del vampiro, imponente como siempre, pero dulce y bonita, tan apremiante.

Aaron mentiría si dijese que prefería la mano que lo forzaba a ahogarse con la virilidad del vampiro, pues sus mimos y sus halagos son cosas con las que ha soñado, por las que ha rezado durante años, pero es tan humillante… Es vergonzoso saber que ahora nadie le obliga a seguir ahí, a mantenerse incómodo y sin siquiera poder respirar, pero que él igualmente se comporta como un obediente esclavo, dispuesto a vender su alma por unas migajas de afecto.

Odia ser tan sumiso cuando el vampiro es dulce con él, pero cuando este sonríe y lo mira complacido y le vuelve a decir que es un buen chico, Aaron lloriquea pidiendo por más. Jamás escogería ser abusado, pero si va a tener que soportarlo de todos modos, ¿es tan malo que sea dócil y obediente de mientras para al menos obtener un poco de consuelo? Se dice que no, pero, Dios, se siente tan sucio cuando nota el mareo del desmayo envolverlo y ni siquiera entonces deja de chupar la polla de Samuel porque quiere hacerlo sentir orgulloso.

La vergüenza le torna el rostro escarlata: no está siquiera vendiéndose por libertad o por poder. Está vendiendo lo único que le queda de él, su cuerpo, su vida, por consuelo.

De hecho, es el vampiro quien le tira del pelo un poco, retirándolo suavemente de su miembro para evitar que su diversión acabe tan deprisa. Samuel ríe, gratamente sorprendido, y Aaron jadea y respira como un loco, tomando tantas bocanadas de aire como se le permite, gruesos hilos de saliva uniendo todavía su boca y el miembro brillante de saliva.

—Ah, no está nada mal —lo recompensa el vampiro y se masturba despacio unos segundos, sintiendo su virilidad lúbrica por la saliva del otro—, ¿Vas a ser bueno y seguir tú solo?

Aaron asiente con su cabeza mareada, bamboleándose graciosamente adelante y atrás. Chupar la polla de Samuel le hace sentir usado, incómodo en su propia piel y desearía poder recogerse en un rincón oscuro de su interior donde ya nadie más pudiese encontrarlo, pero necesita esa dulzura que ha tenido antes, incluso si es una farsa.

Necesitas manos suaves tocándolo, palabras amables. Lo necesita más que al oxígeno.

Así que el chico se posiciona esta vez solo y empuja su cabeza hacia abajo en el miembro de Samuel. Su boca pronto se llena y se siente abrumado por la enormidad del sexo ajeno, pero aun así intenta moverse de arriba abajo, dándole una buena mamada a su amo, goteando hasta que su miembro está totalmente cubierto en su saliva y a sus pies hay un pequeño charco de placer líquido; cierra sus labios en torno al pene del otro, succionando un poco, y como cuando se mueve él solo no logra siquiera tragar la mitad de la hombría de Samuel, trata de compensarlo lamiendo muy agradablemente su glande y poniendo ojos de cachorrito, esperando que sus esfuerzos lo vayan a complacer de todos modos.

—Más al fondo. —ordena el hombre, su tono es rudo de nuevo y Aaron se altera.

<<No lo estoy haciendo suficientemente bien>> piensa, casi histérico, y tiene ganas de llorar. Intenta obligarse a llenar su garganta con el falo de su amo, pero es incapaz de hacerlo solo. Tan pronto las arcadas lo atraviesan, se retira tosiendo, jadeando y con los ojos picándole por las amargas lágrimas.

Cuando falla por tercera vez, el vampiro lo golpea en el rostro con un bofetón rápido. Es doloroso y lo aturde, pero no es tan malo como los demás. Es una advertencia.

—Tendré que entrenarte más duro, todavía no sabes cómo complacerme bien.

Aaron niega y lloriquea. Quiere decirle que no necesita más mano dura, sino más caricias o quizá ni siquiera eso, sino solo un poquitín de paciencia, y volverá a intentarlo y qué quizá le cuesta, pero le promete que se esforzará mucho y lo hará bien. Pero la maldita mordaza no le deja más que balbucear incoherentemente y a Samuel no le interesa escucharlo de todos modos.

El vampiro le toma la cabeza con ambas manos ahora y, harto de ir lento y tratar de educar al chico paso a paso, decide hacer lo que habría hecho desde el inicio con cualquier otra mascota humana: usarla sin preocuparse más que por su placer.

Empuja su miembro rudamente entre los labios del pequeño, escuchándolo suplicar, y acalla cualquier queja, cualquier resistencia, empezando a bombear dentro y fuera de su boca con una brutalidad que hace a Aaron temblar. La forma en que lo folla no es nada comparado a como antes se ha deslizado despacio hasta hundir su carita en su pubis. No, ahora lo jode con un deseo animal y descontrolado, su enorme hombría entrando y saliendo de su boca por completo en cada embestida, forzando violentamente su garganta a tomarla una y otra y otra vez, jodiéndola hasta el fondo.

Sus embates son poderosos, dejan los labios del chico todavía más rojos e hinchados, tan besables que el vampiro tiene que morderse la lengua duro para no pensar en ello porque besar es de humanos. Besar es un gesto bonito y tierno y que no sirve más que para expresar sentimientos, sentimientos que a él le fueron extirpados cuando vendió su alma por poder.

Samuel mira el cuerpo del chico, su mullido cabello, sus muñecas descarnadas de tanto luchar contra la cuerda, cualquier lugar menos esa preciosa carita donde dos ojos de ángel lo esperan. Así, se permite usar al chico de forma cruel y tortuosa, follando su deliciosa cavidad por horas y gozando sin pausa de ese caliente espacio que invade como si le perteneciese.

Lo penetra con estocadas largas y rítmicas, sacando su polla hasta que son visibles los hilos de densa saliva que unen la cabeza de su miembro con la abusada lengüita del chico y luego se hunde de nuevo hasta que, cuando rodea el cuello malherido del humano, puede notar su grosor abultando ahí monstruosamente. Lo hace hasta que se siente cerca del orgasmo, deliciosas sensaciones arremolinándose en todo su cuerpo como un huracán de placer y, con él, sus crueles instintos susurrando que sea más rudo, más malo, más violento. Que rompa a Aaron. 

Cuando eso sucede, se permite ir más rápido y entonces ya no saca y mete su miembro por completo, sino que el rango de sus embates es más pequeño, se mantiene en la garganta del chico todo el rato, jugando únicamente con la profundidad mientras el humano no puede respirar y empapa su polla ahora también de lágrimas. 

El chico aprieta su garganta exquisitamente cuando el pánico lo llena, sintiéndose que realmente se sofoca y morirá así, y el vampiro, evitando correrse, se empuja al fondo de todo y se mantiene quieto en esa posición, disfrutando de la agradable estrechez del chico hasta que el placer se disipa. 

Entonces vuelve a empujar, jugando con su humano hasta que Aaron está al borde del desmayo y abusando de su modesta boquita en un ciclo sin fin que al chico se le hace eterno. El cansancio lo golpea, haciendo que cada vez llore más bajito y apenas pueda mantener sus ojos abiertos y su vista centrada.

Samuel lo maneja como un muñequito de trapo y le resulta maravillosa esa docilidad, pero sabe que Aaron no aguantará mucho más, incluso si para él la diversión está solo empezando, así que decide recompensar al humano con un poco de piedad y no prolongar más su tortura.

Sucumbe a la tentación y se empuja rápido y duro al final de su garganta, jadeando de placer con su voz masculina y viendo como la manzana de Adán del humano se mueve mientras traga su abundante orgasmo.

Cuando el chico ha bebido su semen hasta no desperdiciar ni una gota, Samuel lo libera de su agarre.

Aaron cae al suelo, agotado y roto, y se hace un ovillo mientras solloza porque todo su cuerpo duele y toda su alma se siente sucia e impregnada de la semilla del vampiro que acaba de tragar. Siente veneno bajo la piel, impureza manchándolo como tinta que se expande por su ser.

Samuel va despreocupadamente a darse una ducha y al salir ve al chico inconsciente en el suelo, todavía atado y con su boca incómodamente abierta por la mordaza, pero decide que se ocupará mañana y duerme plácidamente mientras Aaron llora en sueños.


 

CAPÍTULO 17

Cuando Aaron despierta, tiene las manos libres y la mordaza en forma de aro desabrochada y a unos centímetros de su boca, sobre un brilloso charquito de saliva. Aun así, su mandíbula duele horriblemente y apenas puede abrirla y cerrarla sin hacer una mueca, pero pronto olvida ese dolor, pues el resto de su cuerpo está muchísimo peor.

Su rostro está amoratado, su brazo duele incluso cuando solo lo tensa, sin siquiera moverlo, y su cuello, oh, su pobre cuello… Aaron siente que su cabeza pende de un hilillo, que Samuel lo ha devorado como un lobo hambriento y le ha arrancado pedazos de la sensible carne de su garganta, si no, ¿cómo podría dolerle tantísimo?

Dos mordidas. Una a cada lado, ambas rojas como las sábanas de esa cama donde Samuel le prometió acabar con su pureza por siempre. Ambas tan inflamadas, tan profundas a la vez… Los orificios que los filos del vampiro han hecho lucen negros como el abismo, emponzoñados, y Aaron necesita casi una hora para darles toquecitos muy suaves con una toalla húmeda una vez que llega al baño, pues cada nimio roce lo hace caer de rodillas con sus piernas temblando y el dolor apretándole tan fuerte en su puño que el chico jadea, solloza y siente ganas de vomitar.

Las arcadas son casi peores que el dolor. Le hacen sentir lleno de veneno, de podredumbre, de algo tan asqueroso y vulgar que su sistema necesita expulsarlo y por eso se retuerce y se dobla mientras abre la boca como en un grito silencioso, moviéndose violentamente cual hombre poseído que trata de exorcizar sus demonios. Pero no lo logra. Lo que sea que Samuel ha cultivado en él, esa terrible semilla de corrupción, ha echado ya raíces dentro suyo.

Ahora no es algo que le han hecho, ahora es algo que él es.

Con cada arcada revive de nuevo el momento en que el vampiro profanó su boca y su cuerpo se rebeló solo para ser rápidamente acallado y sometido.

<<Soy eso. Soy un cuerpo derrotado. Soy una tierra conquistada. Soy algo que me han quitado a mí mismo.>>

Contradictoriamente, también se halla muy hambriento y sediento, pero teme ser castigado si come antes de ponerse bonito, incluso si cree que Samuel no está y seguramente no fuese a darse ni cuenta. Aun así, primero se baña, venda sus heridas y hace gárgaras para desinfectar el huequito del diente que perdió, se pone un enorme camisón a modo de vestido, y aplica una pomada calmante sobre los violáceos hematomas de su carita, así como sobre la herida de su labio y aquella que ya empieza a desaparecer sin dejar cicatriz en su ceja.

Solo tras eso, se atreve a bajar muy despacito las escaleras, picotear un poco de pan duro y beber un par de tragos de agua.

Samuel, sin embargo, ha salido y no planea volver hasta dentro de mucho rato. El vampiro recorre las calles de su lujoso barrio, en dirección a uno que se halla un poquito más a la periferia.

Sin embargo, al final no es necesario que el vampiro se aleje tanto, pues encuentra justo a quien estaba buscando en la misma calle que él, saludándolo con un gesto de manos amistoso.

—Samuel, justo iba a buscarte. Me han comentado que fuiste a uno de mis locales hace pocas noches sin avisarme. Sabes que me gusta que mis siervos humanos te den un trato especial, pero no puedo poner a los más deliciosos a tu disposición si no me dices nada antes —se queja el vampiro, llevándose una mano al pecho casi con ofensa—. Aun así, ¿estuvieron bien mis empleados? ¿Fueron suficientemente deliciosos para tu paladar? —sus preguntas se tornan un poco más necesitadas ahora, casi ansiosas.

Samuel hace un gesto de manos, como restándole importancia.

El interlocutor de Hass es un hombre corpulento y grande, aunque no tanto como él. Es alto, de espalda ancha y brazos fuertes, con un porte elegante y algo más delgado que el de su superior, pero aun así intimidante y muy masculino. Tiene manos grandes y suaves con dedos largos y delgados, nudillos marcados y venas violáceas decorando su dorso.

—Fueron atentos, Jason, no te preocupes. La sangre no estaba mal, aunque he obtenido una mucho mejor que cualquier exquisitez que puedas ofrecerme —explica con una sonrisa triunfal en sus labios.

Jason lo mira con curiosidad. Su rostro es algo más jovial que el de Samuel, pero autoritario de todos modos, tiene facciones duras y hermosas, un mentón y pómulos marcados, una nariz recta y señorial, ojos astutos como los de un zorro y una boca de labios alargados y juguetones que siempre sonríe como si guardase un secreto travieso.

Tiene el cabello liso, fino y hasta los hombros, elegantemente engominado hacia atrás, lo cual hace brillar las vetas rojas como si fuesen un pequeño fuego crepitante.

La hermosura de Samuel es una reverencial, la de un ser tan grande que invita a ser mirado tanto como fuerza a bajar los ojos y la cabeza con respeto y temor. Jason, pese a tener un aura poderosa, tiene una belleza más pilla y tentadora, la de un diablillo que te ofrece un contrato atractivo donde la letra pequeña es demasiado pequeña.

—¿Nueva presa? —pregunta el pelirrojo, sonriendo con lascivia. Samuel asiente con orgullo— Has sido rápido reemplazando a la última bolsa de sangre. Aunque es una lástima, era un mortal encantador, si solo supieses entrenarlos sin romperlos… —comenta Jason, sus ojos rojos rodando en sus cuencas mientras lanza la no muy sutil indirecta que Samuel esquiva con elegancia.

—Fui suertudo, ni siquiera tuve que comprarlo, lo encontré por ahí, un muchacho salvaje por estrenar que se había metido donde no le tocaba durante un eclipse solar. Ah, fue tan delicioso hallarlo desprevenido, puede que incluso vuelva a dedicar parte de mis noches solo a saborear de nuevo la emoción de la caza y, si mis presas no me agradan lo suficiente para jugar con ellas, te las puedo regalar incluso. Al fin y al cabo, tú siempre me das tragos gratis y… una compañía muy agradable.

Jason abre la boca. Él, como muchos otros vampiros, obtiene a sus humanos prácticamente adiestrados, comprándolos a buen precio a otros hombres menos amables que se decidan a capturar y enderezar a sus presas. Por lo usual, es extraño hallar un mortal libre, sobre todo cerca de las ciudades.

Cuando el joven vampiro pelirrojo acaba de procesar todo lo que su superior le dice, una sonrisa traviesa cruza su rostro.

—Oh, siempre es deleitoso recibir una visita tuya, pero si además vienes con presas recién cazadas y listas para que ambos les demos sus primeras marcas juntos… ah, se me eriza la piel de deseo solo de pensarlo, así que no me hagas darle más vueltas a la idea o me crecerán los colmillos —Jason bromea, haciendo a Samuel reír de una forma baja e insinuante. Al rubio siempre le entretiene ver como un cachorrito como Jason se deleita en los placeres de la sangre bajo su instrucción, diciéndole cuando parar y cuando seguir para alargar el éxtasis lo máximo posible y retardar la dulce muerte—. Pero no dejes que me vaya del tema, ¡tu nuevo humano! Qué maravilla… Aunque aún debes adiestrarlo, ¿no es así? ¿Está siendo muy engorroso?

Samuel pretende responder que sí, pero luego cierra la boca al instante. Aaron es tan ingenuo que no sabe cumplir bien muchas de sus órdenes, pero su problema es la inocencia y el paralizante temor que siente al ser el primer vampiro que lo reclama como suyo, no la desobediencia. De hecho, el chico es tan sumiso y complaciente a veces que incluso logra aplacar esos instintos a los que tan acostumbrado está y que siempre le dictan las formas más crueles y desalmadas de castigar a los pobres humanos que tienen el infortunio de caer en sus garras.

—No tanto como pensaba, es casi divertido, incluso si debo ser duro de vez en cuando. Es como un cachorrito desorientado —bromea y se siente extraño porque al pensar en el humano una sonrisa acude a sus labios, pero no una lasciva o diablesca, sino una prácticamente tierna. Samuel se pone serio de pronto, expulsando de su interior cualquier idea tonta y extraña—. ¿Tienes fuego?

Jason asiente y enciende con presteza el cigarro que Samuel se coloca entre los labios, prendiendo luego él otro y dando una calada lenta mientras examina al rubio.

Conoce a Samuel desde hace cientos de años, el mismo tiempo exacto que lleva admirando su porte serio y su expresión siempre imperturbable. Por eso hoy no debe fijarse demasiado para notar que el vampiro luce… extraño. Distraído de algún modo.

Y sospecha que su nueva mascota humana tiene algo que ver, incluso si jamás ha visto a Samuel darle a un humano más importancia que la que le daría a cualquier otro objeto de usar y tirar.

—¿Cómo es? Conozco tus gustos y tu exigencia y me sorprende que lo hayas llamado… exquisito. Creo que nunca te he escuchado hablar así de un humano, has despertado mi interés. Y quizá mi apetito.

Samuel lo mira con ojos fríos. No necesita hablar para que el otro entienda que su última sugerencia no le ha hecho gracia, incluso si usualmente la idea de compartir presas es algo que los llena de complicidad y ansia.

Jason traga saliva.

Samuel lo ignora y decide responder su pregunta:

—Dudo que las palabras logren hacer justicia al pequeño tentempié que he obtenido, es tan delicioso... Estoy deseando pasearlo un poco delante de los demás, que la boca se les haga agua del hambre y las manos puños de la envidia. Tú incluido, aunque quizá te dejo probar un poco si logro entrenarlo bien y si lo pides muy, muy educadamente, Jason —el nombrado intenta disimular un escalofrío. Esa es la forma en que Samuel habla a sus víctimas, esa característica suavidad que solo oculta el fino filo de una daga dispuesta a mancharse de sangre. Esa calma de su voz que solo denota que la tormenta está cerca. Cuando Samuel le habla así, sabe que debe ser precavido y esta vez eso significa no tratar al humano de su superior como una mera presa más que puedan compartir y sustituir. —. Verás, es tan jodidamente deseable como inexperto y, oh, es deliciosamente asustadizo, aunque eso me frustra a veces un poco.

<<Tan frágil, con su piel perfecta, suave y pálida que se pinta de morado cuando a mí me apetece poner mis manos encima de ella y dejar marcas de propiedad. Tan inocente, no ha sido tocado antes, por nadie. Tiene un cuerpo delgado, elegante, una cintura pequeña que encaja perfectamente entre mis manos y piernas finas de muñequito. Su cara es la mejor parte, si cabe tal perfección. Mejillas suaves y apretables, una nariz respingona y con una curva preciosa de perfil, labios pequeños y color melocotón, pestañas largas y adorables donde se perlan las lágrimas cuando le hago llorar, un cabello negro y levemente ondulado tan suave que es todo un deleite hundir los dedos en él y tirar cruelmente. 

<<Y sus ojos…

<<Por Drácula, sus ojos enormes e inocentes, tan jodidamente adorables y siempre mirándome desde abajo con temor y esa chispita del extraño deseo de complacerme. Nunca había visto una sumisión tan natural, es todavía un diamante en bruto, pero lo voy a pulir. Ah, esos ojos del azul más bonito que he visto nunca. No creí echar de menos el cielo diurno hasta que los vi y fue como recuperar un pedacito de la belleza que nuestro don nos pidió como sacrificio. Lo verás, Jason, que cuando mi bonita presa te mire, sentirás como si fueses capaz de matarme por solo respirar cerca de su delicioso cuello.

<<Por si acaso, te lo recuerdo: no serías capaz de matarme. Nunca. Me daría un festín contigo y lo sabes.>>

Jason traga saliva y siente un temblor lleno de emoción recorrer su cuerpo entero. Sabe que la amenaza de Samuel es cierta, pues así como él lo ha creado, podría destruirlo cuando; a veces, cada segundo de su eternidad se siente prestado, una deuda que jamás le podrá devolver al vampiro ni aunque vuelque toda su devoción en él. Por eso mismo Jason jamás permitiría que se le pasase por la cabeza la mera idea de robarle algo al otro vampiro, mucho menos una presa. Tan siquiera se permitiría fantasear con ello y él sabe que Samuel también está seguro de ello. Por eso le impacta tanto su amenaza, la seriedad en ella contenida como un gruñido bajo que hace que le vibre el pecho. ¿Tan hermoso y dulce es ese humano salido de la nada, como un regalo caído del cielo, que hace a Samuel sentir, por primera vez, posesivo y que teme que haga a su más leal amigo sentirse tentado por la idea de traicionarlo por el mero placer de deleitarse con unas gotitas de su sangre?

El humano de Samuel debe ser una verdadera rareza, un manjar, como para que le haga hablar de ese modo. Y Jason, incluso si no planea robarlo, está deseando al menos deleitarse con su imagen, su aroma y, si tiene suerte, el sonido de su temerosa voz.

Trabaja prácticamente coleccionando humanos, escogiendo a mano solo a los más jugosos, dulces y tiernos como fruta madura tomada del árbol, así que su curiosidad por las rarezas lo vuelve loco en ese mismo instante.

—No soy un neófito incapaz de controlar sus impulsos, Samuel, no creo que sea necesario que derrames mi sangre. —añade, su tono educado un poco juguetón, un poco preocupado.

Su piel se eriza sin poder evitarlo, un eco de sus temores humanos cuando recuerda el momento en que su corazón aún latía y se aceleró al sentir los poderosos filos sobre su garganta. Todavía no ha podido olvidar cuán inerme, cuán pequeño se sintió entonces. Teme que ni en cien años más ese recuerdo vaya a disolverse.

—¿No eres un neófito? Jason, eres solo un cachorrito que aún no sabe morder. Yo podría enseñarte cómo… —su voz se torna un susurro, su sonrisa cómplice es ahora altiva, diablesca, llena del orgullo que le provoca saber que incluso entre los suyos él es un cazador y los demás, en general, meras presas a sus pies. Se acerca un poco a su joven amigo, inclinándose hacia su oído, dejando que los rizos rubios acaricien la frialdad de su cuello y añade:— Aunque si no quieres averiguarlo, espero que sepas mantener tus deseos alejados de mi nuevo juguete. Al menos hasta que te dé permiso para probarlo.

—Todo tuyo —responde Jason con una risa corta y aduladora. Samuel se aleja de él, satisfecho y le sonríe ahora con camaradería, como olvidando que apenas unos segundos atrás estaba tirando duro de los hilos de Jason, recordándole que tras su agradable amistad, hay un peligroso juego de poder cuyo ganador es indisputable—. Ah, pero estoy deseando verlo. Los instintos posesivos de un vampiro tan puro como tú no estarían tan a flor de piel si ese humano no te resultase impresionantemente deleitoso. ¿Qué tal si lo traes para poder lucirlo en mi próxima fiesta? Dentro de un par de lunas. Tengo un nuevo cargamento de mortales para abrir un local de sangre cerca del centro y estoy seguro de que tu humano llamaría mucho la atención en la inauguración. Además, Lottie va a venir y seguro que amará verte, ya sabes, no siempre la dejan pasar a las zonas centrales sin una invitación formal.

—Es una muy buena idea —comenta el vampiro rubio pensativamente—. Será la primera vez que lo saque de casa desde que lo obtuve, si se porta mal, le daré un escarmiento público en tu evento. Espero que no te importe que te robe el protagonismo así.

—Oh, uno siempre agradece un espectáculo —Jason le responde de modo jovial, guiñándole un ojo y relamiéndose al recordar como ya ha pasado varias veces que sus eventos se ven decorados por la hermosa escena de un vampiro aplicando disciplina en su humano. Unos cuantos azotes públicos, una mordida tentadora y abierta a compartir su fruto o quizá un mortal teniendo que andar a cuatro patas, maniatado o amordazado por ahí son algunas de las cosas que Jason recuerda haber visto y disfrutado durante esas noches. Aun así, su ceño se frunce levemente y añade, con un tono algo más serio que antes:—, solo que… ya sabes, no seas tan duro como acostumbras a ser con tus otras mascotas.  Hay ciertos castigos que a los vampiros menos puros nos parecen excesivos. Como lo de tu antigua mascota. No me habría gustado estar presente mientras lo despedazabas vivo. Además… si es un humano salvaje, va a necesitar paciencia. 

El tono de Jason es suave, cuidadoso, como el de aquel que se aproxima a un animal salvaje.

Samuel arquea una ceja y alza la otra.

—Me hablas como si no supiese qué es eso.

—Creo que sabes mucho, mucho mejor qué es la crueldad.

El comentario de Jason cae en gracia, pues Samuel sonríe tal y como si hubiese sido halagado y es que es algo de esperar: su naturaleza le llena de orgullo. No se trata de ser únicamente un vampiro, un depredador frente a un mundo hecho única y exclusivamente de presas que ni armadas hasta los dientes podrían darle caza. Se trata de ser un vampiro puro. O, al menos, de una pureza realmente elevada, incluso si no es uno de los fundadores de la sangre inmortal. Su categoría no solo le hace pertenecer a un estatus social más alto, sino que le confiere más dones de la noche a cambio de sacrificar más de la humanidad que dejó morir una vez. Es más rápido, más fuerte y hábil y, a cambio, es menos sensible que un mortal, lo cual para él siempre ha sido un premio doble. Una criatura con la fortaleza para cometer atrocidades y la sensibilidad de contenerse siempre le ha parecido un signo de debilidad.

<<La debilidad del espíritu, hijo, es mucho peor que la del cuerpo. Un hombre débil entrena. Un hombre sensible solo sabe llorar: es un desperdicio de carne.>> 

Una sonrisa amarga le cruza el rostro al recordar a su padre. Cómo se opuso a él. Cómo le odia, incluso si ahora le entiende.

<<Un cordero hablando la lengua de los lobos. Sus palabras, tan certeras como hipócritas.>>

Parpadea rápido y centra sus ojos escarlata en Jason. Se ha abstraído de la conversación quizá solo dos segundos, puede que menos incluso, pero no le pasaba desde que era neófito y no entendía todavía que el pasado no es un fantasma que te atormenta, sino un mero cadáver que más vale enterrar y olvidar.

—Estoy conteniéndome —explica mientras repasa mentalmente los castigos que le ha propinado a su humano de ojitos preciosos. Comparándolos con sus antiguas mascotas, Aaron está recibiendo un trato envidiable—. Por ahora. No quiero romperlo sin haberlo usado hasta la saciedad. 

—Entonces no lo rompas en mi fiesta tampoco. —reclama Jason alzando un dedo acusatoriamente.

—¿Y tener que escuchar los gritos de la niña? —se queja Samuel, rodando los ojos.

Jason hace una mueca ofendida y golpea amistosamente el amplio pecho de su superior.

—No llames niña a Lottie. Ya tiene varios cientos de años, no está nada mal.

—Todo un bebé, como tú.

Jason ríe suavemente mientras niega con la cabeza. Sus cabellos lacios y rojos como el fuego se desordenan un poco, algunos mechones cayéndole frente al rostro. Los peina hacia atrás elegantemente con su mano y mira a Samuel con los ojos entrecerrados mientras susurra:

—Qué malo eres a veces.

El rubio le sigue el juego, acercándose un poco más y mirándolo desde arriba con actitud altiva. Jason retiene el aliento, pues, a veces, Samuel luce como un auténtico rey.

<<Lo lleva en la sangre>>.

—Oh, sabes que puedo ser mucho peor.

Jason se aleja riendo y negando nuevamente, lo cual rompe la tensión. Mira su reloj de muñeca y se despide con un amable gesto de manos mientras dice:

—En dos noches. No te olvides.

Samuel asiente con la cabeza y, antes de marcharse de vuelta a su morada, le responde:

—¿Alguna vez lo hago?


 

CAPÍTULO 18

Cuando Samuel llega a casa, su humano no viene a recibirlo y eso le hace fruncir el ceño y buscar alrededor con la mirada. Ha mordido al chico dos veces, lo ha golpeado varias y ha empezado a enseñarle a complacerlo y el humano, dentro de lo que cabe, ha tomado todo muy bien, así que decide que su castigo por no darle una bienvenida deliciosa con su presencia no será gran cosa: lo azotará con un látigo y, después, lo azotará un poco más con sus manos desnudas.

Asume que el chico, después de lo que pasó la noche anterior, debe estar escondido en alguna de las habitaciones más recónditas, hecho un ovillo con la esperanza de no ser encontrado.

<<Se acostumbrará a ello. Es su única opción.>>

No obstante, los planes del vampiro se desmoronan y sus sentimientos se vuelven un poco más confusos cuando lo encuentra en medio del pasillo principal tendido en el suelo como un perrito abandonado. En una mano tiene un trapo húmedo y algo sucio de polvo y a su derecha hay un cubo con agua jabonosa.

Imagina al chico tratando de ser obediente pese a la pérdida de sangre, tambaleándose de aquí para allí, chocándose con los muebles y limpiándolos con torpeza hasta que finalmente el mareo lo ha vencido. El chico está totalmente inconsciente y su respiración es lenta y pausada.

Algo en esa imagen del chico le causa una ternura extraña a Samuel. Habría pateado fuera del camino a sus antiguas mascotas, pero Aaron le hace detenerse y le incita a mirar, como cuando uno deja de pasear para admirar las flores que crecen a un lado de la acera.

Las vendas ensangrentadas, el humillante collar de perro, las mejillas empapadas en lágrimas que el chico llora incluso cuando duerme… Samuel se siente irremediablemente atraído hacia esa bella, delicada imagen, y termina arrodillado al lado del chico, observándolo con atención y queriendo detener el tiempo para pintar en su memoria cada detalle, la posición exacta de cada mechón de pelo, la manera concreta en que cada una de sus largas pestañas refleja la luz de alrededor.

Algo en la indefensión de Aaron parece contagioso, pues Samuel se siente de pronto desarmado y débil, sucumbiendo tan rápido a deseos que para su especie están prohibidos.

Toma al chico entre sus brazos, con cuidado de no despertarlo, y lo lleva en volandas hasta la primera alcoba que puede hallar. Pese a que nadie más que ellos dos habita ese enorme palacio, Samuel cierra la puerta de la habitación tras de sí, como queriendo resguardarse de ojos curiosos o quizá porque sabe que la ternura con la que toca al humano, la delicadeza con la que se sienta en la cama y lo coloca, poco a poco, sobre su regazo, es un pecado para alguien de su especie.

Sus manos no deberían conocer la suavidad. Y, sin embargo, le acaricia las mejillas al chico con suavidad, le retira las lágrimas, le recoge mechones de su agradable cabello tras el oído y delinea el cartílago con la tierna yema del índice.

Su boca no debería saber más que consumir y destruir aquello que es hermoso. Sin embargo, Samuel se inclina y sus labios besan la frente del humano con tantísimo cuidado que uno dudaría de si tras ellos hay o no colmillos y sed de sangre.

Se siente tan inadecuado, tan estúpido por estar haciendo estas cosas. Tan incorrecto, que solo se lo permite porque ni siquiera el humano será consciente de la ternura con la que sus manos lo han tomado por unos minutos.

El vampiro toma una de las muñecas del chico como si fuese de juguete y hace que Aaron ponga su mano sobre la palma del vampiro. Es tan pequeña, suave y cálida. Samuel cierra su mano, tomando la del menor, y se siente como si en ella hubiese atrapado un colibrí, todo plumas suavecitas, calor y latidos acelerados.

<<¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué estoy recordando sus manos, sus besos? Ya no necesito nada de eso. ¡Ya no quiero nada de eso!>>

Samuel se sacude todos esos sentimientos tiernos y olvidados de encima: toma al chico sin cuidado y empieza a jalonear las vendas que protegen su maltrecho cuello hasta que se las ha quitado del todo, dejando sus heridas a la vista.

Durante el proceso, Aaron sigue dormido, aunque su ceño se frunce, el corazón se le acelera y hace pequeños ruiditos de desagrado, gruñendo y refunfuñando en sueños. 

Samuel contempla la maravillosa obra de arte que ha hecho: dos heridas gemelas en el delicado cuello del menor, mordiscos tan grandes y voraces que la rojez de ambos se toca y se funde y se confunde en lo que pareciera una sola, enorme herida, como si en vez de ser mordido dos veces, Aaron hubiese estado atrapado una sola vez entre las mandíbulas de un enorme monstruo.

El color rojo y violeta, tan precioso y vibrante sobre su piel pálida, le rodea el cuello como un precioso collar y, más abajo, su collar metálico brilla con orgullo.

Samuel se hunde en el cuello del chico, aspirando con vehemencia la dulzura de su aroma y sintiendo sus colmillos crecer. <<Esto es mucho mejor que cualquier sentimiento humano. Este hambre, esta saciedad. Este placer>>.

Aaron despierta jadeando cuando la larga y carnosa lengua del vampiro besa su herida, la afilada punta de esta presionando las hendiduras dolorosamente hasta que la carne viva pasa de rosada a roja y unas gotas más de su deliciosa esencia sangran hacia sus labios.

El muchacho gimotea de dolor y, con el mareo todavía sacudiéndole todos los contenidos mentales, no puede sino reaccionar instintivamente, empujando a Samuel con las pocas fuerzas que tiene. El vampiro no se molesta siquiera en fingir que su resistencia puede distraerlo, sino que atrapa las dos muñecas del chico detrás de él con una sola mano.

Aaron recuerda la última vez que fue atado. La horrible forma en que fue utilizado.

<<No… no. Otra vez no. No tan pronto, por favor>> suplica en su cabeza, removiéndose cada vez más, asustado de que a partir de ahora los únicos momentos en que pueda disfrutar de la paz de no ser abusado sea cuando abandone su propio cuerpo y se entregue al mar de la inconsciencia.

—E-espere, por favor, a-amo, duele, ah… por… por favor, ugh… —el chico suplica, sorbiendo su voz y sus lágrimas, interrumpiéndose cada vez que la lengua del vampiro se empuja en sus heridas y parece penetrar en ellas como un cruel colmillo que no tiene fuerza para romper la piel sana, pero sí tiene la suficiente maldad para deshacer cualquier intento del cuerpo de Aaron por curarse.

—Estate quieto, joder. —ruge Samuel en su oído, los labios llenos de sangre, su mano apretando tan fuerte las muñecas del pequeño que el chico chilla y se queda paralizado. 

Intenta seguir disfrutando de su pequeño tentempié, pero la amarga desesperación del humano parece estropear el delicioso momento, así que el vampiro cede e intenta tranquilizarlo un poco.

—No voy a morderte de nuevo, solo quiero probar tu sangre un poco más. Deja de lloriquear y resistirte.

Samuel nota que el chico intenta hacerle caso, pues hunde su rostro en el hueco entre su musculoso cuello y su hombro y aprieta su carita ahí, tensando su cuerpo para intentar dejarlo quieto mientras el vampiro lame sus heridas, sediento por unas gotitas más de dolor. Aun así, Aaron no puede evitar estremecerse y removerse un poco sobre el regazo de su amo y cuando este se harta, gruñe en su oído, irritado, y mordisquea con cuidado los alrededores de su herida, haciendo al muchachito jadear. No usa sus colmillos, pero aun así sus mordiscos se hunden un poco en la carne tierna y demasiado sensible del chico, que rompe a llorar.

—L-lo siento, amo, sigo… sigo mareado y confundido y me duele mucho. ¿Puedo tener mis manos, por favor? —pregunta apretando sus puños e intentando estar realmente quieto. No sabe siquiera si el vampiro lo está escuchando, pues no obtiene respuesta tras unos segundos más que la lengua recorriendo sus laceraciones ávidamente.— Prometo que no me resistiré, es solo… por favor, necesito mis manos.

Samuel suspira sobre la herida del chico, cansado de escuchar sus quejas, pero ablandado por ellas. Aaron no está intentando escapar ni defenderse y duda mucho que, si suelta sus manos, el chico vaya a lograr detenerlo mientras se divierte, así que, ¿por qué no? Al menos de ese modo logrará sosegarlo un poco y obtendrá un poco más de deliciosa obediencia por su parte.

Sin mediar palabra, el vampiro suelta las muñecas del chico y usa sus manos ahora para rodear su cintura por completo: sus dedos cruzados en la parte pequeñita y con hoyuelos de la espalda del chico, sus pulgares sobre el vientre delgado y pálido de este, acariciándolo un poco bajo la ropa porque su piel es tan suave y agradable como su sabor.

—Gracias, amo. —suspira el chico, su voz llena de alivio y una pizca de dolor.

El vampiro cierra los ojos y sigue probándolo. Cierra sus labios en torno a la herida, como besándola, y succiona un poco la tierna piel, obteniendo unas gotas más de sangre.

El dolor fustiga a Aaron como un latigazo desde la base de la nuca hasta la rabadilla y hunde sus dedos en la fuerte espalda del vampiro, abrazándolo con todas sus fuerzas para intentar pasar mejor el dolor.

Samuel se despega de su cuello y roza con labios tibios de sangre el lóbulo de su oído.

—No me toques. —ordena y cuando el chico lo libera de su temeroso abrazo, vuelve a su tarea de degustar al chico.

Aaron no sabe bien qué hacer con sus manos y desea tanto, tantísimo obtener un abrazo que le ayude a sobrellevar el mal trago, que decide cruzar sus brazos sobre su pecho y apretar fuerte, abrazándose a sí mismo. Cierra los ojos y se achucha todavía más cuando el dolor aumenta, imaginándose que es el vampiro quien lo estrecha de ese modo protector.

<<Dulce. Tan dulce. Demasiado dulce. Eres demasiado dulce para tu propio bien, humano. No deberías ser tan frágil delante de alguien que solo desea romper cosas bonitas, en vez de cuidarlas. Algo en mí se siente mal. ¿Pero acaso es culpa mía que mi naturaleza me dé este apetito por la inocencia y el poder suficiente para saciarlo una y otra vez?>>

Cuando el vampiro deja de ultrajar una y otra vez sus heridas, Aaron puede contener su llanto mejor y poco a poco los altos sollozos e hipo se van tornando más suaves hasta que finalmente solo llora un poquito y en silencio. Mientras lo hace, el vampiro lame la sangre alrededor de sus heridas, sin penetrar en ellas. Desliza su lengua corta, agradablemente, como un gatito limpiando su bandeja de comida hasta dejarla reluciente. 

La lengua del vampiro no es afilada o insidiosa ahora, sino suave, cálida y tierna. Aaron tiene un escalofrío placentero, pues los lengüetazos se sienten como caricias, y se acuerda de cuando, de camino a la escuela, siempre encontraba a un par de gatitos callejeros que se inclinaban contra sus piernas con sus suaves cuerpos, rizando sus colas alrededor de sus tobillos, maullando tan alto y claro que era inconfundible lo que querían. Aaron siempre se detenía para rascarles detrás de las orejas y en la tripa cuando se dejaban y a cambio obtenía esas lengüitas rosas lamiéndole la mano en señal de agradecimiento. Su madre jamás le dejó traer a los animalitos a casa, así que usaba su paga para comprarles pienso y salía antes de casa siempre para reservar al menos un cuarto de hora solo para esa pareja de gatitos mimosos.

La lengua de Samuel se siente un poco parecida ahora. Más grande, larga y áspera, como si hubiese pasado de ser acicalado por unos mininos callejeros a ser lamido por un enorme tigre suficientemente saciado como para no comérselo.

Sin darse cuenta, Aaron cambia su posición: ya no está encorvado hacia delante, tenso y con la cara hundida en el cuello del vampiro para sofocar sus lloros, sino que ahora tiene la espalda erguida, ligeramente arqueada hacia atrás, como entregándose a las manos del vampiro que lo rodean, y con la cabeza ladeada para hacerle sitio a la lengua del vampiro en su cuello, ofreciéndose mientras hace pequeños ruiditos de placer.

<<¿Cómo puedes llorar y suplicar por no ser mi presa cuando tu propio cuerpo responde como tal, cuando está en tu naturaleza ser sumiso o rendirte ante aquellos que son superiores? ¿Cómo puedo sentir culpa por cazarte cuando cada gesto que haces, cada temblor, cada ruido, cada lágrima… me invita a ello de una forma tan descarada? Me haces sentir tan confundido…>>

Samuel se separa del chico, no porque esté saciado, sino porque cada vez que se empapa de él su sed no parece curarse, al contrario, sino hacerse un océano más basto, un abismo insalvable que ya no reclama la sangre de una presa, sino que pide por él, solo por él. 

Ha estado insaciablemente sediento antes. Sediento de sangre.

Pero es la primera vez que está sediento de alguien, de Aaron. De su sangre, sí, pero también de su voz, su tacto, su respiración… Así que debe parar hasta que su paladar se acostumbre al extraño sabor de su compañía y lo reclame más y más.

No puede dejarse dominar por algo tan extraño, tan inadecuado, que no es siquiera un instinto natural, puro, propio de su naturaleza de depredador, sino más bien una perversión de esta.

Aaron abre poco a poco sus ojos y su vista se mantiene dócil y baja. Los iris son tan bonitos, la pupila tan oscura y con ese brillito que parece azúcar espolvoreado sobre chocolate amargo. Cada parpadeo del chico se siente como un amanecer.

—Enciéndeme un cigarro.

Ordena el vampiro y Aaron se sobresalta por la forma en que su voz rompe la extraña burbuja en la que parecían flotar hace un segundo.

Al chico le tiemblan mucho las manos porque debe buscar en los bolsillos del vampiro su mechero y la cajetilla y el gesto de tocarlo él primero se siente intrusivo, prohibido.

Al final los encuentra y con mucho cuidado saca un cigarro y lo enciende, aunque le cuesta un par de intentos. Luego lo coloca en los labios del vampiro, con cuidado de que sus dedos no lo rocen, pues siente que su piel es tierra sagrada y él un mero sacrificio que no tiene el honor de tocar a su dios más que cuando este esté reclamando su carne y sangre.

Samuel da una larga calada que consume casi la mitad del cigarro. Cierra los ojos mientras lo hace, dejando el humo barrer fuera de su boca el exquisito sabor de Aaron. Es una lástima, pero es necesario. Teme volverse adicto a él. 

Teme volverse débil por él. Para él.

Aaron se siente incómodo por el silencio, inseguro. Quiere hablar él mismo y llenarlo, pero teme romper algo que el vampiro está intentando conservar, así que en lugar de eso solo sube su mirada de forma tentativa, queriendo comprobar si el hombre luce enfadado con él o complacido.

Tan pronto los ojitos azules de Aaron se encuentran con los del vampiro, estos parecen brillar como ascuas siendo avivadas. El rojo arde, hierro, antes frío e imperturbable, ahora al rojo vivo, listo para marcar de por vida a Aaron, listo para no dejarlo olvidar.

<<Olvidar… quiero olvidar este dolor. Quiero olvidar sus ojos.>>

El vampiro exhala la densa nube de humo sobre el rostro del chico, haciendo que frunza sus labios rosados y tosa un poco, intentando respirar. Luego se adentra en la bruma negra y acerca su rostro tanto al del menor que bien podría besarlo si acaso su naturaleza le permitiese desearlo con tal delicadeza. Pero en lugar de eso, Samuel lo mira con una fijeza inquietante y su voz se torna oscura, peligrosa como el humo que los envuelve:

—Jamás vuelvas a mirarme a los ojos.

El tono es demasiado severo como para ser una advertencia: Aaron sabe que será castigado. Quiere disculparse, pero la mirada del otro hombre pesa sobre él como una losa de piedra que le oprime el pecho, cortándole la respiración. Samuel da otra larga calada al cigarro, terminándolo, y hace que el humo se derrame poco a poco sobre una de las heridas del cuello del chico mientras la mira con ojos indescifrables, quizá pensativos. Luego lleva el cigarrillo hacia ese lugar, penetrando a través del dosel de humo y, luego, a través de la piel.

Al humano se le saltan las lágrimas y se le rompe el labio entre los dientes mientras lo muerde, ahogando un grito: Samuel ha empujado la colilla todavía caliente dentro de una de las profundas heridas que sus colmillos tallaron la noche anterior.

Samuel retuerce el cigarro, apagándolo contra la laceración abierta, hundiéndolo más en ella.

Cuando el vampiro termina, Aaron está inquieto y sus ojos brillosos se mantienen en el suelo firmemente. Intentar contar cuántas tachuelas hay en el suelo para así asegurarse de no desviar nunca su vista de ahí.

Samuel lo observa en silencio. Aaron tiembla tantísimo sobre su regazo que todos los castigos que empezaban a formarse en su mente empiezan a desdibujarse, como si el chico tirase de un fino hilo con delicadeza, desenvolviendo sus pensamientos crueles y viles y de tal naturaleza que nadie debería ser capaz de tocarlos.

Pero Aaron puede, de algún modo. 

Incluso si sus manos se mantienen cerradas en puños en su regazo porque el vampiro le ha ordenado que no lo toque. Incluso si Aaron no tiene la creatividad de sus anteriores mascotas, que han hecho de cualquier cosa una estaca y han estado cerca de atravesarle la piel en alguna ocasión. Incluso si no tiene el valor y la rabia de otros, que le han clavado las uñas, los dientes, los huesos incluso con tal de romper su armazón y llegar a su núcleo, con tal de romperlo del todo y aniquilarlo.

Aun así, Aaron parece tener, además de sus suaves manos hechas de carne y hueso, dos manos igual de gentiles, pero fantasmagóricas: invisibles e intocables. Y esas manos, cada vez que está cerca, atraviesan su coraza como si de mera bruma se tratase. Tocan de algún modo las zonas más tiernas de él, aquello que es débil y frágil en su interior. Pero no lo tocan como si fuesen capaces de romperlo, sino solo sostenerlo, acariciarlo quizá.

Hacen hormiguear su debilidad, como recordándole al vampiro que tiene una.

—Mañana pretendo sacarte de aquí un rato, pasear a mi nueva mascota para que todos halaguen mi buen gusto —dice el hombre con tono duro e impasible— y prefiero presumir de un humano bonito y obediente que de uno al que he castigado tanto que no se le puede ver la cara bajo tantas vendas y cardenales, así que no te castigaré, por ahora. Pero la próxima vez que me mires a los ojos —el vampiro se inclina, despacio, sus labios rozan el oído de Aaron y su corazón se encoge de tal manera que juraría que Samuel le ha abierto el pecho con las manos y le estruja el corazón—, te haré algo tan horrible que no podrás volver a levantar tu vista. Te enseñaré tu lugar de maneras que jamás vas a poder olvidar mientras vivas. Ahora, lárgate.

Aaron no tiene tiempo siquiera de cumplir la orden, Samuel hace él mismo la faena, empujando al chico tan fuerte que lo tira al suelo, haciendo que se golpee su espalda y la parte posterior de la cabeza.

El mareo le llena el cráneo a Aaron, pero su cuerpo está también rebosando de miedo, así que logra salir de ahí medio gateando, medio arrastrándose entre quejidos.

Solo conoce el camino hacia la habitación principal, así que sigue instintivamente ese camino y acaba encerrándose en el baño, echando el pestillo aunque sabe que con una sola orden el vampiro puede hacer que el chico lo remueva: no necesita siquiera usar la violencia, solo un tono rudo y palabras demandantes y Aaron obedecerá.

Por suerte, el vampiro no lo sigue hasta el lugar y Aaron puede tranquilizarse tras un largo rato que pasa en el suelo, llorando, temblando y mirando la puerta como si acaso sus ojos sobre el pomo fuesen guardianes que realmente pueden custodiarlo y mantenerlo seguro.

No entiende por qué no está contento si ha logrado que el vampiro finalmente no le castigue más que con esa asquerosa quemadura en su herida. Solo sabe que esa amenaza -una amenaza vaga, indefinida, una amenaza que podría significar cualquier cosa y que, por eso mismo, ahora no significa nada en absoluto-— le ha causado un pavor incomprensible.

Cuando las piernas del chico dejan de sentirse como gelatina y deciden cooperar un poco, Aaron se da el lujo de ponerse de pie y dar la espalda a la puerta para encarar un espejo y la pica del baño.

En ella se obliga a sí mismo a mirar las horribles heridas de su cuello y curarlas de nuevo. Otra vez la sola imagen de los profundos agujeros negruzcos y la brillante e inflamada piel roja alrededor le causa mareos y otra vez tiene que hacer mil y una pausas porque cada vez que se toca las laceraciones con una gasa llena de yodo, un flechazo de dolor lo recorre de pies a cabeza.

Aun así, al final acaba con una venda limpia alrededor de sus heridas y sintiéndose algo mejor.

Aaron se mira al espejo, directamente a los ojos. Esos ojos azules y hermosos como dos pedacitos de cielo y que heredó de personas a las que no ha podido ni agradecer por darle la vida llorando en sus tumbas, pues no tienen sepultura.

Ve algo distinto en su mirada. Su color sigue vibrante y hermoso como siempre, tal es su brillo que pareciera que uno ha encapsulado en sus iris el cielo reflejándose en suaves olas que mecen el océano algunos días de verano. Lo que ha cambiado no es algo tan evidente como su tono o su intensidad, ha cambiado su forma de mirar: más temeroso, más asustado. 

En sus ojos se puede ver ahora el impulso casi irresistible de mirar al suelo y bajar la cabeza con sumisión.

Aun así, Aaron mantiene la vista alta, se mira directamente a los ojos y le susurra a su reflejo:

—Tienes que ser fuerte. Tienes que seguir siendo fuerte. Esto no durará para siempre, no, no puede ser así. Relájate, haz lo que S… lo que tu amo te diga y procura evitarlo el resto del tiempo. Si no le doy razones para herirme, el sufrimiento tendrá que acabar en algún momento. Si lo complazco mucho quizá me deje recuperar pedacitos de mi libertad y algún día juntaré todas las piezas y mi libertad estará entera e intacta y quizá yo también me sienta entero e intacto y… yo… no estoy roto… no estoy roto para siempre… puedo recuperarme de esto… puede olvidar cómo se sienten sus manos sobre mí, cómo se siente…

Aaron tiene que dejar de hablar. Sus palabras hacen que todo lo malo suene demasiado real y todo lo bueno demasiado ingenuo. Jadea, bajando la vista al mismo tiempo.

Agarra con fuerza el salpicadero e hiperventila un buen rato. Casi ha logrado domar su respiración cuando escucha pasos acercándose al baño, pasos que no podría confundir con los de ningún otro ser: Samuel viene a por él.

Aaron corre como un loco hacia la puerta, debe descorrer el cierre antes de que Samuel llegue o sabe que se meterá en problemas. El vampiro no le ha prohibido explícitamente usar pestillo en el baño, pero tampoco le ha dado permiso y, además, si no se le permite mantener su nombre, su dignidad o siquiera la opción de escoger sobre su cuerpo, ¿qué le hace pensar que tiene todavía derecho a la intimidad?

Los dedos torpones de Aaron fallan la primera vez que trata de quitar el pestillo y este tintinea metálicamente entre sus dedos temblorosos. Si Samuel lo oye, quizá piense que precisamente está intentando encerrarse y, si piensa eso, Aaron no tendrá siquiera un segundo para explicarse, será castigado. ¡No puede permitir que eso pase! No cuando Samuel ya le ha perdonado un castigo y seguramente sea doblemente duro si debe proporcionarle uno al final, así que tiene que quitar el cierre, pero sus manos están malditamente sudorosas y los pasos peligrosamente cerca y el pestillo se resbala y lo intenta una y otra vez y una y otra vez hasta…

Aaron logra quitar el pestillo justo cuando el pomo tiembla en las manos de su amo.

Samuel abre la puerta y ve que frente a él tiene a Aaron ya arrodillado a sus pies, esperándolo y temblando como una hoja en un vendaval.

—Ven, debo explicarte algo.

Aaron asiente y se levanta, siguiendo al vampiro que se sienta en la orilla de su cama. Él se pone delicadamente sobre su regazo y trata de no pensar en lo cómoda que luce la cama y cómo su espalda duele demasiado por dormir en el suelo.

—¿Qué debe explicarme, amo? —pregunta el chico con voz suave, impacientándose ante la incertidumbre que empieza a preocuparlo.

—Antes he dicho que mañana te sacaré. ¿Recuerdas?

—Mhm. —Aaron asiente y Samuel lo toma de la cintura con una mano para acercarlo más a su cuerpo. Aaron baja aún más su mirada y tanto es su miedo a mirar los ojos del vampiro por error que acaba cerrando los suyos con fuerza.

—Voy a llevarte a un evento importante, de un buen amigo mío. —Aaron asiente y la palabra amigo se le clava como una flecha en el pecho.

¿Cuánto hace que olvidó cómo se siente tener uno? ¿Cómo era aquel dolor agradable que le daba en su pancita cada vez que iba con sus amigos de la escuela a la biblioteca a hacer un trabajo y acababa riendo y riendo sin poder parar ni a tomar aire, la felicidad siendo más importante incluso que el oxígeno? Piensa que, quizá, si en esa fiesta hay otros vampiros, puede haber otros mortales. Quizá puede hacer un amigo

—Y voy a llevarte para presumirte —esta vez, el vampiro baja su voz, haciéndola más ronca y cálida, ronroneante casi, y Aaron se pone un poco rojo. La mano grande del vampiro se aleja de su cintura y le recoge un mechón de cabello azabache tras la oreja—. Quiero que todos vean lo hermoso que eres, pero —y aquí su tono se torna severo, la mano en su cabello tomándolo en un agarre firme que es casi doloroso— también quiero que vean lo obediente que eres. Así que no solo te pondrás bonito mañana, sino que vas a comportarte muy muy bien.

<<Vas a bajar la cabeza con respeto ante todos los demás vampiros, así como lo haces conmigo. Pero no cumplirás las órdenes de nadie más que las mías. No responderás, siquiera, cuando los demás te hablen, no si yo no te doy permiso para hablar. No te alejarás de mí en ningún momento. No me contradecirás, ni me replicas. Y si haces algo de ello, voy a hacer de tu castigo un jodido espectáculo para los demás vampiros, que estarán ansiosos por verme derramar tu sangre. ¿Has entendido?>>

Aaron tiembla en su sitio. Las pequeñas ilusiones de hallar a otro confidente humano que habían nacido apenas minutos atrás mueren de forma prematura, dejando en su lugar un espacio vacío que pronto ocupa la preocupación.

Si la presencia de Samuel se siente como una aplastante bota sobre su pecho, no quiere siquiera imaginar cómo se sentirá cuando sea exhibido frente a decenas, puede que cientos de otras criaturas que lo miren con más hambre que compasión.

—S-sí, amo —dice con una voz muy débil y acto seguido suspira y añade con temor:— ¿Iré… me llevará usted a más reuniones de vampiros de ese tipo?

Samuel alza las cejas con cierta sorpresa y, al ver que el chico parece haber interiorizado sus instrucciones, suelta su pelo y, casi sin darse cuenta, se pone a acariciárselo distraídamente.

—Por supuesto. Es un signo de estatus ir acompañado de la mascota humana más hermosa del lugar. 

Aaron frunce el ceño y piensa un poco en las palabras del vampiro, tratando de ignorar el rubor que se forma en sus mejillas por haber sido llamado hermoso tantas veces esta noche. No sabe del todo cómo funciona la sociedad que los vampiros han reconstruido sobre las ruinas de la suya, así que decide preguntar un poco. Su voz suena dubitativa, pero sus ganas de conversar le pueden al miedo:

—¿Si un vampiro pierde a su humano, entonces tiene menos estatus y poder, amo?

Samuel ríe levemente por la pregunta. No tanto porque sea una pregunta estúpida, aunque así se lo parezca, sino por lo inocente que suena el chico haciéndosela.

—Claro que no, no sois tan importantes, solo juguetes y comida, y es obvio que aquellos que son más poderosos pueden permitirse los… productos de mayor calidad. Si un hombre puede permitirse una mansión y criados, es símbolo de que es poderoso, pero si su mansión se incendia y sus criados mueren entre las llamas, no va a perder por ello su poder; al contrario, tiene suficiente como para restablecer lo que ha perdido —la manera de explicarse de Samuel relaja a Aaron. Suena culto y elocuente, su voz sedosa, sus palabras sabias y su tono casi paciente. Le gusta cuando le explica cosas en vez de exigírselas. Le recuerda a sus mejores maestros o a sus amigos a los que admiraba por hablar de forma fluida y elegante sin apenas esforzarse—. La mayoría de vampiros no cazan a sus humanos como yo hice contigo, pequeño —Aaron deja de pensar por un momento en la grandilocuencia de las palabras del otro y su línea de pensamiento se convierte en un nudo enmarañado. Escuchar ese apodo venir de los labios del vampiro, no, de su seductora sonrisa y esa voz tan sedosa, le hace sentir que algo hace cortocircuito dentro de su cabeza. Se pone tan rojo que a Samuel le resulta adorable y ríe. Sigue jugando con su cabello oscuro y suave—, sino que los compramos a otros vampiros cuyo trabajo es precisamente pasar sus días rastreando las zonas que no habitamos y capturándoos y educándoos para que aprendáis a servir. Cuanto más hermoso un mortal, más aumenta su precio y, si no te hubiese encontrado yo mismo, tendría que haberme hecho daño en los bolsillos para conseguir una cosa tan preciosa y apetecible como tú.

—G-gracias, señor. Me… me abruma un poco recibir esta clase de extraños halagos, aunque es… se siente bien. Me gusta cuando me dice cosas agradables.

Samuel siente algo extraño. Una inusual necesidad no de golpear al chico en la boca por haberlo interrumpido, sino de acariciarlo bonito y bañarlo en palabras brillantes y suaves sobre su perfección  y su dulzura y sobre cómo adora su actitud dócil e ingenua. Quiere ver más de esa sonrisita preciosa que el chico tiene en sus labios ahora. Quiere que se los mordisquee más con ese nerviosismo inocente y coqueto que trata de ocultar. 

<<Quiero besarlos>>

Samuel se muerde la lengua. Duro. Lo hace hasta que se le llena la boca de su propia sangre y de dolor y luego traga, el amargo sabor inundando su mente y limpiándolo de pensamientos demasiado dulces como para venir de él mismo.

—Estoy hablando —sisea, intentando sonar enfadado, y el brillito en los ojos de Aaron se apaga, al igual que su sonrisa. El chico se torna cabizbajo y guarda silencio respetuosamente —. Lo que te decía, ignorante humano, es que nuestro estatus no se mide por los humanos que podemos conseguir, sino que eso suele ser un… síntoma de ello. Nuestro estatus depende única y exclusivamente de nuestro poder. Aquellos que somos más poderosos vivimos más cerca del centro de nuestras zonas habitables, poseemos más riquezas, más opciones, más decisión política, más libertad. Aquellos vampiros que son más jóvenes y débiles nos sirven. Al fin y al cabo, nuestra sociedad se erigió cuando decidimos que la ley de la supervivencia del más fuerte debía afectaros también a los humanos, sería terriblemente hipócrita si nuestra sociedad no se rigiese por los mismos principios. Nuestro poder depende de la facilidad con la que podríamos matar a aquellos que están por debajo de nosotros.

Aaron traga saliva. Él ya sabía que no todos los vampiros eran igual de fuertes, pero siempre pensó que entre ellos habría algo así como un aire de camaradería similar al que imaginaba que él formaría si hallase a otros supervivientes, pero le impacta escuchar que los vampiros se dominan entre ellos con mano de hierro. Que aquellos más poderosos hablan de someter a sus inferiores de una forma no tan distinta a la que hablan de educar y reprender con vileza a sus siervos humanos.

—Esta zona está casi en el núcleo de la… ciudad —dice el chico con algo de vacilación, no sabiendo si los vampiros siguen usando términos tan humanos, tan pertenecientes a un mundo que destruyeron sin miramientos. Después el chico traga saliva, palidece y añade:—. Usted debe ser muy poderoso, de los más poderosos.

Samuel sonríe altivo, sus labios alargados con socarronería, sus colmillos afilados asomando sin pudor alguno. El orgullo llena su rostro mientras responde, con ojos fulgurantes:

—Hay apenas un puñado de vampiros más poderosos que yo en el mundo, humanito, soy de los más puros que existen.

Nada debería cambiar para Aaron. Un vampiro es un vampiro e incluso el más débil de ellos podría destruirlo con la sencillez con la que un humano barre una mota de polvo fuera de su vista con su mano o de un simple soplo. Aun así, un escalofrío lo recorre y puede sentir el sudor frío y pegajoso en las palmas de sus manos.

Poco antes de la noche en que la humanidad perdió su lugar en el trono, se oían cosas. Rumores sobre la insurrección vampira y, también, sobre la naturaleza de estos.

No es la primera vez que escucha la palabra puro.

—Es… —Aaron traga saliva cuando se atraganta con sus propias palabras. Le cuesta hablar y es que unas palabras muy lejanas le rondan la cabeza.

<<Si un vampiro es el término medio entre un humano y un diablo, los comunes son un poco de cada cosa, pero aquellos que son puros solo tienen de humanos la apariencia y de demoníacos todo el resto. Es lo más parecido a un diablo que podría existir sobre la tierra>>

—¿Es cierto que los… vampiros puros no tenéis ya nada de humanos, amo?

La pregunta sale tan débil, tan baja de sus labios que Aaron no está seguro de si realmente la ha pronunciado. Hasta que el vampiro le responde:

—Totalmente cierto. Los vampiros de alta pureza, como yo, somos aquellos bendecidos por sangre vampírica apenas tocada por la sangre débil, enfermiza y patética propia de la humanidad. Y en consecuencia, extraemos de ella todo su potencial.

<<Cuando uno está tan lleno de poder, es necesario que no quede ya espacio en él para dar cabida a todo lo inútil, a todos los lastres propios de lo humano, como las emociones, los vínculos, toda esa sarta de tonterías que tan importantes son para vosotros.

<<Pero no somos fríos como el hielo, lo habrás notado, seguimos siendo criaturas… apasionadas, solo que ahora nuestros deseos toman una forma totalmente nueva, una forma cruel y despiadada tan deliciosa que el paladar humano jamás podría comprender.

<<Por eso te conviene ser realmente obediente, al fin y al cabo, si tu sangre no me sacia por completo, tus gritos por clemencia serán un exquisito sustituto.>>

Al humano se le eriza la piel al escuchar al vampiro hablar así, reír así. Cada palabra llena de regocijo, de un júbilo que hasta podría parecer inocente, cada letra pronunciada con confianza de tal forma que sus palabras parecen extenderse y alargarse y ocupar la habitación entera como aquel que se deja caer sobre un trono y no deja en él más espacio, pues solo hay en el palacio un rey y sabe que es él mismo, nadie más merece usurpar su lugar.

Aaron comprende, pues, que la pureza de un vampiro es realmente corrupción. 

Un vampiro puro es aquel cuya alma está completamente envenenada por esta maldición que los torna seres de la noche, criaturas desalmadas y voraces cazadores. Cuando un vampiro convierte a otro, su progenie obtiene una gotita de ese poder, que queda diluida en su sangre y su alma mortales, ahogada en su esencia humana. Su poder, así como sus deseos vampíricos, serán tenues. Si ese vampiro convierte a otro, le dará unas gotitas de su sangre apenas manchada por el don oscuro y, así, ese otro vampiro será más débil, su corazón más humano, su alma más brillante. 

Aquellos que solo tienen oscuridad y maldad en su interior son aquellos llamados vampiros puros. Pero lo que de verdad quiere decir eso es que tienen el alma más corrupta de todos, los deseos más monstruosos y los instintos más poderosos. Lo que quiere decir es que no hay siquiera un poco de humanidad manchando su perfecta maldad.

Y Aaron acaba de caer en la cuenta, de que su amo es precisamente uno de esos seres donde las tinieblas opacan la luz hasta extinguirla.

Pero también es cierto que a veces su amo le acaricia de forma bonita y que le habla, como ahora, dándole una conversación que lo hace sentir de nuevo humano y se pregunta si acaso no hay todavía un pedacito de humanidad en Samuel y si acaso él conecta con esa parte perdida y diminuta del vampiro aunque sea a veces.

—¿Por qué me preguntas sobre esto, humano?

—Siento curiosidad sobre el mundo y, uhm, sobre usted, señor. Y me gusta hablar. Me agrada mucho cuando me habla. 

El vampiro deja ir una risa corta, entre sorprendida y despectiva.

—Es la primera vez que converso con una de mis mascotas humanas, debo admitir. Los otros eran más peleones y cuando dejaban de serlo… los había disciplinado con tanta dureza que los dejaba prácticamente vacíos. Aunque tampoco me quejo, tu voz es agradable, quizá podría usarte para hacer ruido cuando me aburra, si no me apetece divertirme contigo de otro modo.

La insinuación pasa totalmente inadvertida para Aaron, que solo oye una única cosa:

—¿Podremos conversar más veces, amo?

El vampiro aprieta sus dientes. El tono de Aaron es tan emocionado y enérgico que le sorprende, casi siente que debería castigar al chico por ello, que su repentina alegría es un peligro, pero está siendo tan respetuoso y suave que lo deja pasar. Otra vez.

—Puedo permitirlo, de vez en cuando —responde sin demasiado interés, pero el chico parece tan contento que no puede esconder una pequeña sonrisa—. ¿No te resulta estúpido y temerario de tu parte querer hablarme? A una presa tan deliciosa como tú jamás le conviene querer acercarse a su depredador.

Aaron baja la cabeza un poco avergonzado. Ha estado años curtiendo sus habilidades de supervivencia, aprendiendo a ocultarse y huir, a ser tan silencioso como una brizna de hierba, tan pequeño como una piedrecita en el camino y ahora Samuel tiene razón: parece que haya olvidado todo eso. Que su tan duro esfuerzo se haya desmoronado ante cuatro palabras amables y unas caricias, pero ¿acaso es su culpa? Su naturaleza es sobrevivir, sí, pero también está en su naturaleza desear vivir. Y para él una vida que merezca ser vivida no es solitaria.

Se siente algo molesto por las palabras de su amo, algo confundido también, quizá por eso replica con más perspicacia de la que le conviene:

—¿Y qué sentido tiene para usted hablarme, si soy solo comida? —al instante el chico palidece. Puede ver la sorpresa en la cara del vampiro, pero no aún la ira, así que se aferra a la posibilidad de que el daño sea aún reversible y agrega con histeria:—¡Perdón, amo! Lo siento, no quería ser impertinente, solo es curiosidad y…

Pero Samuel no está irritado. Está realmente afectado, sacudido desde sus más sólidos cimientos, no porque no esperaba esa pregunta, sino porque no sabe cómo responderla.

No tiene sentido que le hable. No tiene sentido que le acaricie a veces. Que le diga cumplidos. Que lo quiera ver sonrojado. Sonriendo. Que le perdone los castigos. Que sus lágrimas le resulten tan pesadas como dulces.

No tiene ningún sentido y eso asusta a Samuel, porque en su vida no ha dudado nunca de nada. No desde que es poderoso.

<<Hasta ahora>>

—Tu charlatanería ha dejado de divertirme. Lárgate antes de que te arranque la lengua con mis dientes para que tu boca solo sirva para gritar de dolor y complacerme. —espeta y Aaron desaparece de su vista corriendo tan rápido como puede, pero la jodida pregunta sigue clavada bien hondo en su mente.

Una astilla molesta que no logra tocar y la cual se hunde más y más en él cuando más trata de arrancarla.

Durante el día, Samuel vuelve a tener pesadillas. Esa molesta astilla clavada en su cerebro parece remover algo en él, desenterrar cosas que había empujado muy, muy al fondo de su psique y que pensó que jamás volvería a necesitar.


 

CAPÍTULO 19

Ha llegado la noche. Más concretamente, el momento en el que Samuel y Aaron deben prepararse para salir y asistir al evento de inauguración de uno de los locales de sangre de Jason.

Samuel no ha molestado a Aaron desde que se ha despertado, sino que se ha dedicado durante las primeras horas de su rutina a trabajar con mucha concentración en su estudio para que así pueda tomarse el resto de la noche libre. El papeleo que inundaba su mesa hace unas horas como un tsunami de hojas bien repletas de textos obscuros y números mareantes es ahora una pila pulcramente ordenada en una de las esquinas de su escritorio. Ha revisado, firmado, aceptado y denegado todo cuanto le pertocaba y ahora está listo para desestresarse del trabajo con una noche de ocio.

Aaron, por su lado, ha limpiado las habitaciones en las cuales pude ingresar, pues el vampiro le ha dado su permiso. Ha cenado un poco, aunque los nervios le han quitado casi toda el hambre, y luego se ha esmerado mucho en arreglarse para dar una buena imagen. Sabe que hoy su aspecto es más importante que nunca, así que seca su pelo con mucho cuidado para que quede todo liso y suave al tacto, sin taparle los ojos, pero cayendo como un pequeño flequillo cerca de estos. Limpia hasta la más pequeña zona de su cuerpo y se aplica una crema que huele a fresas con nata por todo el cuerpo, dejando su piel sedosa y radiante.

Se mira al espejo, nervioso e inseguro, temiendo no ser suficiente, y repara en que sus mejillas están totalmente arreboladas y sus labios han adquirido el color intenso de las cerezas de tanto mordérselos. Decide que al vampiro posiblemente le gustarán esos detalles, así que trata de no agobiarse pensando más en ellos.

Samuel entra en el baño cuando el chico está todavía desnudo y parado frente al espejo. Al oír el estrépito de la puerta, Aaron corre a cubrirse, pero de nada sirve, pues una fuerte mano lo toma por el brazo y tira de él ignorando su desnudez.

El vampiro lo arrastra hasta su habitación y ahí el chico se relaja un poco al ver que hay un montoncito de prendas para él dobladas sobre la cama.

Se tensa al advertir la corbata a un lado.

No puede fijarse mucho en si es la misma de aquella vez u otra similar, pues dos grandes y frías manos se posan en sus hombros y los aprietan suavemente, como probando la ternura de su piel. Aaron da un repullo, pero se deja hacer mientras una de las manos le baja por la espalda, siguiendo la curva tenue de su columna hasta que sus largos dedos reposan sobre los hoyuelos que Aaron tiene en la parte baja de su espalda, enmarcando encantadoramente su trasero.

El aliento del vampiro se derrama sobre su espalda.

—Un cuerpo tan delicioso… es una lástima cubrirlo de prendas si pretendo lucirte. —A Aaron lo recorre un escalofrío violento como un latigazo.

La voz de Samuel deja claro que no está solo fantaseando, sino planteándolo, y al humano le horroriza la idea de mostrarse tan vulnerable frente a más de esos ojos rojos. Aaron quiere rogarle que no lo obligue a despojarse de la poca intimidad de la que le proveen sus telas y lo arroje, desnudo y sensible, a los demás depredadores que desean devorarlo con miradas lacerantes, pero en lugar de eso bate sus pestañas inocentemente y habla de una forma suave que sabe que va a ganarse la atención de su amo:

—M-mi señor, ¿no se supone que mi cuerpo es únicamente para usted? Si es así, solo debería ser para sus ojos.

Samuel se siente tan sorprendido. Gratamente sorprendido, cabe añadir. Y es que, aunque Aaron sea una criaturita inocente y frágil, también es un superviviente y antaño lograba continuar gracias a que aprendió a cazar y cultivar, pero ahora… ahora está aprendiendo a usar otras herramientas que le permiten cosechar el agrado de su amo.

Samuel ríe, voltea al chico para que queden cara a cara y le toma por la barbilla con su gran mano, acariciándola y luego acariciándole los labios con su pulgar.

—Nada mal. No está nada mal, cosita convincente —lo halaga y no sabe qué le ha gustado más, si el hecho de que Aaron lo haya intentado seducir para manipularlo un poco o si el hecho de que estaba tan nervioso al hacerlo que le tiemblan los labios y la respiración—. De todos modos, no iba a llevarte desnudo a la fiesta, no aún, al menos. Me gusta cuando estás nervioso, pero no quiero que lo estés tanto que tu obediencia vaya a verse afectada. Anda, vístete antes de que tu desnudez me tiente a llegar tarde a la fiesta.

Aaron asiente con alivio y corre a tomar la pila de ropajes que le pertenecen mientras Samuel se cambia de ropa a su lado. Aaron le da la espalda, fingiendo que los separa una pared como de un vestidor para ignorar que, si cualquiera de los dos desvía un poco su mirada, ambos se hallarán desnudos el uno frente al otro.

La ropa de Aaron luce fresca, bonita y elegante: una camisa blanca y holgada de satín brillante y de una suavidad espectacular; además, tiene volantes en los puños de las mangas, lo cual las hace lucir pomposas y oculta las manitas de Aaron como hundidas de pétalos bordados; el cuello de la camisa tiene un escote en forma de uve muy prominente y a los lados de este, más bonitos volantes que abultan sobre el llano pecho del humano. Tras ponerse la camisa, Aaron repara en que no tiene ropa interior, solo un par de pantalones caqui que le llegan hasta las rodillas y que son atravesados por un cinturón de cuero oscuro. La hebilla plateada combina con el collar de hierro que pesa sobre su cuello. Tras los pantalones, Aaron se coloca dos calcetines cortitos y blancos que en los lados llevan dos pequeños lazos de seda y, después de estos, se pone unos zapatos de charol brillantes.

Se siente vestido como todo un muñequito y hasta se divierte moviendo sus brazos y viendo los volantes agitarse hasta que mira la cama y ve la corbata. La toma con inseguridad y se voltea precavido hacia el vampiro.

Por suerte, Samuel ya se ha vestido y está totalmente listo: lleva una camisa también blanca y brillante, pero mucho más sencilla, pues no tiene volantes ni detalles bordados y, además, esta se le ajusta al cuerpo haciéndole lucir fuerte y poderoso, en contraste a la manera en que Aaron luce como una criaturita etérea que podría ponerse a flotar en cualquier instante. Los pantalones del vampiro son de mezclilla, largos, azabaches como el cabello de Aaron y ajustados solo en las zonas necesarias. Sus zapatos son elegantes y lustrosos y, sobre toda su ropa, lleva una larga gabardina de cuero que le da un aire todavía más misterioso y oscuro.

Cuando el vampiro lleva su vista a la corbata entre las manos de Aaron, a este le da un vuelco el corazón, pero por suerte Samuel no luce enfadado.

Por un buen rato, Samuel se dedica en silencio a asegurarse de que Aaron va bien arreglado. Lo toma por la cintura y lo sienta en la cama, como a un muñequito, para luego situarse delante y examinarlo con la mirada fija y el ceño fruncido.

Sus manos trabajan rápidas y van de aquí para allá, peinando a Aaron con los dedos para que sus cabellos estén hacia atrás elegantemente en vez de en un flequillo revuelto y adorable, ajustándole las mangas, abotonándole la camisa varias veces porque los botones lucen mal o muy tensos o muy holgados, alisándole las arrugas con las manos y también retocándole la corbata para que le quede bien en el centro y sin estar demasiado suelta ni estrecha, cayendo justo en el centro del pecho casi desnudo de Aaron y con el aro oculto tras el collar de metal y sobre las vendas que salvaguardan las heridas del humano.

Aaron cierra sus ojos, encantado, y no se da ni cuenta de que está sonriendo bobamente. Por un lado, los toques del vampiro son, realmente, retoques, cada uno de ellos un recordatorio de que ha hecho algo mal, de que no sabe ni vestirse bien, de que es un inútil. 

Pero, por otro lado, los toques son simplemente toques. Y Aaron los ama tanto que a veces se mueve un poquito para que se le arrugue la camisa y que así Samuel tenga que tocarlo un poco más de esa forma cuidadosa, incluso si eso le irrita un poco.

Le gusta como pasa sus manos sobre su pecho y su abdomen para allanar la tela, pues se siente como caricias; o también le gusta mucho como le recoge el pelo hacia atrás una y otra vez, como mimándolo con ternura, y ama demasiado que cada vez que recoloque su corbata y le roce el cuello, le haga cosquillitas sin querer.

De hecho, Samuel sin querer desliza sus dedos por una zona sensible de su nuca y el chico suelta una risa llena de dulzura por la que luego se pone todo rojo.

—P-perdón, es que tengo cosquillas.

—¿Aquí? —pregunta Samuel, no muy seguro de qué diantres está haciendo ni por qué está obedeciendo a impulsos nuevos y extraños que no implican someter ni herir al humano, sino que le hacen pasar sus dedos de nuevo por la zona, causándole al chico otra oleada de risas.

Aaron se retuerce porque el vampiro está rascándolo en esa zona como si fuese una mascota con la que trata de jugar y ser agradable y se siente bien, pero tan extraño. 

Cuando el vampiro para, Aaron podría jurar que las mejillas de este tienen un puntito más de color que hace un segundo. Samuel luce extraño, apartando la vista y frunciendo el ceño de pronto.

—No te muevas tanto, arrugarás más tu ropa.

—Perdón…

<<No lo digas, ni se te ocurra de->>

—Tu risa es bonita. —Samuel grita por dentro, desesperado como un loco por comprender por qué está comportándose de una forma tan ridícula. 

No está acostumbrado a tener filtro ni a controlar sus impulsos y eso nunca le ha resultado problemático: sus instintos le piden que domine y sea temible, cosas que precisamente le vienen como anillo al dedo. Es la primera vez que siente deseos de ser tan… tan pueril e inofensivo.

—Gracias, señor, la suya es bonita también —responde el chico con dulzura, pero luego recapacita un poco y agrega: —, aunque a veces da miedo.

—¿Solo a veces? —inquiere el hombre, ahora pasando sus dedos por el vendaje del chico.

—B-bueno, me refiero, usted siempre es intimidante y cuando ríe puedo ver sus colmillos y me hacen tener escalofríos, pero a veces suena menos… menos cruel que otras y esas risas me gustan más o me asustan menos o no sé cómo decirlo. No quiero ofenderle. 

Samuel tiene que retocar un poco más al chico, sobre todo porque se ha puesto tan nervioso parloteando que ha arrugado su ropa un poco.

—Estás charlatán hoy.

—¿Le molesta? —la pregunta del chico sale disparada de entre sus labios con urgencia.

—Tu voz es agradable —halaga y luego se aleja un poco de él para observarlo como uno contemplaría una obra que quiere dar por acabada—, aunque supongo que recuerdas que ese bonito sonido me pertenece solo a mí, ¿verdad? 

—S-sí, señor.

El vampiro le hace un gesto con la mano al humano, indicándole que lo siga, así que Aaron salta de la cama y anda unos pasos por detrás de él mientras este le habla.

—En la fiesta, habrá muchos otros vampiros y vas a llamar la atención. Mucho. Se te acercarán otros y tratarán de hablarte y seducirte; puede que alguno intente robarte. Y, créeme, voy a matar a quien ponga una sola mano sobre mi dulce humano, pero también te mataré a ti si te atreves a regalarle el bonito sonido de tu voz a alguien más. Yo soy tu amo, solo me escuchas a mí. Solo me respondes a mí.

Las puertas hacia el exterior se abren para Aaron por primera vez desde que cayó en las garras de Samuel Hass y un escalofrío que le deja los huesos como hechos gelatina lo recorre entero, aunque no está seguro de si es por el muerdo de libertad que está obteniendo al ver el exterior o por las palabras del vampiro.

Samuel está amenazándolo, no hay duda, pero algo en sus palabras se siente protector. Aaron no puede evitar hallar confort en ellas.

—Mhm… G-gracias por decir que no dejará que nadie me haga nada. Estoy muy nervioso.

Ambos salen a las calles que Aaron recorrió una vez sin saber que lo llevarían a su perdición. La noche las hace lucir distintas, más amenazantes, más frías. El humano se pega a su amo.

—Eres mío. ¿Crees que acaso dejo a otros tocar lo que me pertenece? —de nuevo, Aaron no quiere hallar comodidad en el hecho de que el vampiro sea posesivo con él, pues sabe que solo lo es del mismo modo en que un perro gruñe y muerde cuando otros se acercan a su comida. No le quiere, solo planea usarlo y no podrá si otros se lo quitan.

Aun así, una sensación cálida, extraña y tensa se forma en su bajo vientre cuando vampiro habla de ese modo. 

—No, señor, pero temía que… que me… que fuese a dejar a otros…

—¿Temes que te comparta? Quizá lo haga, en un futuro, cuando estés mucho mejor entrenado y sepas cómo complacerme a mí tan bien que piense que puedes tomar a dos de los míos. Pero incluso entonces, nadie pondrá un dedo sobre ti si no es siguiendo mis órdenes. Serás tocado solo como yo lo desee, como yo lo ordene. Eres mío, no te dejaré olvidar eso nunca.

Desde lejos podría parecer que ambos pasean mientras charlan amenamente de cualquier cosa, pues el rostro del vampiro se mantiene sereno a la par que pronuncia tan terribles palabras. Pero Aaron no está tan tranquilo. La idea de ser compartido, incluso si es lejana, le causa tanto pavor que casi se siente agradecido de haber sido atrapado por Samuel en vez de por un grupo de criaturas como él.

—Lo sé, amo. Es solo… prefiero ser solo suyo. No quiero que un desconocido me toque, estoy muy nervioso. Usted es el único vampiro al que he visto en persona y la fiesta estará llena de otros y…

Samuel no lo entiende: esas malditas ganas de consolarlo. De calmar el parloteo nervioso de Aaron, de estabilizar su respiración acelerada con sus labios, besándolo suave y lento como para darle a su aliento una forma más regular y sosegada, llena de paz.

Se dice que sucumbirá solo un poco a ese extraño deseo. Que tranquilizará al chico, no porque él esté volviéndose blando, sino porque un humano nervioso es más proclive a cometer errores y él no quiere eso.

—Respira —le dice, su voz suave, instruyéndole de ese modo tan dulce y amigable. Entonces pasa uno de sus pesados, grandes y protectores brazos por los hombros del humano, atrayéndolo cerca—. No te separes de mí en la fiesta. Nadie te hará nada mientras estén conmigo. No lo permitiré.


 

CAPÍTULO 20

Cuando Aaron y Samuel llegan a su destino, el lugar luce tan mágico que por un momento Aaron deja de estar nervioso y está solo fascinado.

Ante sus ojos se extiende una enorme propiedad separada del resto de la calle por una enorme verja negra que se eleva bien alto hacia el cielo. Tras ella se halla un jardín inmenso, con todo tipo de plantas enormes dejando sus ramas llenas de hojas y flores y frutos derramándose sobre alguna de las mesas, sobre el suelo, sobre las verjas mismas, a las cuales se abrazan y trepan como si las plantas fuesen pulpos cubiertos de vegetación falsa. Además, el lugar está decorado con exquisitas mesas y bancos de cristal luminoso que proyectan suaves luces de colores (magenta, azul, moradas…) y hacen que el lugar luzca bioluminiscente. Hay incluso zonas con piscinas que pretenden imitar lagos irregulares donde, bajo el agua, las luces hacen que esta resplandezca y que aquellos que flotan parezcan volar por el aire.

Y, más allá de esa zona que bien pareciera un bosque de fantasía, se halla la entrada a un edificio de una sola planta, sus paredes crema todas cubiertas por la asalvajada vegetación y su interior misterioso y seductor. Sobre la puerta de pomos dorados hay un cartel que dice "Jardín del Edén".

El nerviosismo vuelve a Aaron cuando nota que el bullicio de la fiesta no es el que él recordaba de eventos escolares o fiestas de amigos: las criaturas que ocupan la mayoría del espacio de ese lugar son seres altos, pálidos y de ojos rojos, sosteniendo copas granate en sus manos y con los labios pintados de ese color cual carmín.

También hay humanos ahí, algunos tímidamente arrodillados junto a sus amos, otros trajeados, todos de la misma forma y andando con porte elegante mientras llevan bandejas repletas de copas de aquí para allá.

El corazón del chico retumba cuando intenta contar a los invitados y repara en que ahí debe haber cientos de vampiros.

Tan pronto como Samuel se acerca a la verja, un siervo alto y delgado corre a abrirle la puerta y hacer una reverencia frente a él.

—Señor Hass, es un honor. —balbucea el humano antes de salir corriendo, posiblemente a avisar a su atareado amo.

Aaron nota de inmediato las miradas furtivas y las no tan disimuladas sobre él. Vampiros de rostros serios y malvados y vampiresas de coquetas y diablescas sonrisas lo observan con deseo, inspiran profundo, captando su aroma, y se relamen o se acercan un poco o cuchichean con otros de su especie entre risas que no pueden significar nada bueno.

Aaron se pega más a Samuel, aprovechando que sigue todavía bajo su brazo protector, y siente la tentación de abrazarlo y colocarse bajo su gabardina, escondido como un pajarito en su nido.

Una voz masculina y emocionada se acerca a ellos:

—¡Samuel, por fin llegas!

Aaron se voltea, encontrándose con el siervo que hace apenas unos segundos había desaparecido y, junto a él, viene ahora un vampiro enorme y sonriente, con cabellos de fuego y un rostro de diablillo que le hace lucir amable, pero a la vez peligroso.

Cuando Aaron ve las finas ropas con las que está vestido y la manera en la que, con un chasquido de dedos, hace que los siervos que lo rodean se dispersen como humo, entiende que él es su amo y el propietario de ese hermoso lugar que esta noche se inaugura.

—Espero que mi tardanza no te haya roto el corazón, Jason, aunque deberías saber pasar diez minutos sin mí, puesto que pasaste años sin saber siquiera mi nombre.

El vampiro pelirrojo, Jasón, ríe con ganas ante el comentario de su amigo. Aaron no lo entiende del todo y una enorme curiosidad respecto a la relación de ambos lo inunda. Aun así, no se atreve a hablar.

—Uno no anhela algo hasta que lo ha probado, ¿no es así? Y hablando de probar… —sus ojos se dirigen de Samuel a Aaron y el chico baja su cabeza al suelo con pánico y se acurruca más contra el brazo de su amo, deseando hacerse chiquitito hasta ser invisible—. Tu pequeño acompañante me ha abierto el apetito. Tenías tanta razón, es precioso. Ven, acércate, deja que te vea mejor.

Samuel retira su brazo de los hombros del humano, que quiere lloriquear hasta que se lo devuelva, y pone una mano en la espalda baja del chico, empujándolo hasta que está parado entre los magnos cuerpos de ambos vampiros. Los dos lo examinan profundamente con su mirada y Aaron no entiende qué hacer, así que solo intenta quedarse quieto.

El pelirrojo ríe de forma suave y amigable.

—Uno tímido, por lo que veo. ¿Todavía estás educándolo?

—Sí, solo estoy empezando con él, pero por ahora es un buen chico.

Aaron suspira y se relaja al oír esa expresión. Le tranquiliza demasiado saber que el vampiro está contento con él; le preocupa más de lo que debería, por su bien.

—No lo dudo, aunque tiene algún moratón y, auch ¿Eso son dos mordiscos bajo las vendas? ¡Si apenas hace solo unos días que lo tienes! Me parece que juegas demasiado rudo con algo tan frágil. —comenta Jason amenamente, negando con la cabeza.

Conoce a Samuel suficiente como para comprender sus diferencias. Él es un vampiro antiguo y poderoso, sí, pero es ordinario en contraste con el purasangre con el que habla, así que jamás entenderá sus necesidades, sus instintos, la oscuridad de sus deseos. De todos modos, le apena ver al muchachito tan cubierto de heridas y hematomas cuando está seguro de que él no necesitaría dejar marcas para obtener un chico obediente.

—Resiste más de lo que parece —le resta importancia Samuel y luego, en tono sombrío, añade:—, además, si me paso y se me acaba muriendo, ¿no es para eso para lo que están los humanos? ¿Para que los matemos, ya sea rápido o poco a poco? Su propia naturaleza los define como presas, como seres finitos nacidos para morir.

Jason asiente pensativo mientras Aaron tiene un escalofrío tras otro, no queriendo pensar en su amo asesinándolo, no como castigo, sino porque no le preocupa lo suficiente como para cuidarlo incluso cuando está siendo un buen chico para él.

—Lo sé, lo sé, pero si te aburres de él, te lo ruego, no lo mates. Estaría dispuesto a pagarte tantísimo dinero por uno así. Piénsatelo, ¿sí?

Samuel lo mira serio, demasiado serio, y luego tira de la anilla del collar del chico, acercándoselo a Jason y haciendo que el humano tenga que ponerse de puntillas para que Samuel no lo suspenda sobre el suelo con su fuerza.

—Lee.

—Propiedad de Samuel H… —Jason ríe, algo decepcionado, y niega con suavidad.—Vale, vale, lo pillo. Te pertenece su vida y también su muerte. Ah, qué desperdicio…

Justo cuando Samuel va a responder algo, una muchacha de mirada perdida y corta falda negra se acerca con una bandeja de plata, ofreciéndole a los presentes lo que parecen copas de vino. Samuel y Jason toman una cada uno y cuando la muchacha baja la altura de la bandeja para ofrecerle una a Aaron, este la toma por compromiso.

Se lleva la copa a los labios, pues empieza a tener sed, pero Samuel se la retira suavemente de las manos con una sonrisa socarrona.

—Bobo, eso no es para humanos. —de un solo trago, el vampiro apura la copa de Aaron, dejando en sus labios un color rojo que hace al humano entender que, obviamente, no es vino lo que en esa fiesta se sirve.

De pronto, un grito agudo como una aguja traspasa el aire y Aaron se voltea alertado hacia su origen:

—¡Samu, cuánto tiempo!

La criatura que chilla de esa forma resulta ser una muchacha alta y delgada, con una cabellera de rizos tan pomposos que ocupan más que su estilizada figura. Aaron se fija en que su cabello es del mismo exacto tono que el de Jason, quien sonríe cuando la vampiresa se lanza hacia Samuel y lo abraza tan fuerte que lo alza del suelo a pesar de que este es mucho más grande que ella.

Cuando la chica vuelve a dejar al poderoso vampiro de vuelta en su lugar, este le revuelve los cabellos con cierta dulzura y la mira de una forma que hace el corazón de Aarón saltarse un latido.

<<Tan humano. Luce tan humano.>>

—Charlotte, qué dramática. Nos vimos el mes pasado. ¿Tan pequeña eres que todavía percibes el paso del tiempo como una humana impaciente? —se burla Samuel, haciendo a Jason reír y a la chica fruncir el ceño y cruzarse de brazos.

—Ah, había olvidado tu mal genio. Creo que por eso te echo de menos; cuando paso tiempo sin ti, tiendo a olvidar que tienes una personalidad horrible. —le responde ella, retadora, pero apenas puede contener una sonrisita que delata que solo bromea y que moría de ganas de volver a ver a su amigo.

—¿Mal genio? Mi amabilidad es el único motivo por el que sigues con v-

Charlotte interrumpe al vampiro con otro grito chillón capaz de partir el cielo mientras se lleva las manos a la cabeza:

—¡Por Drácula! Pero qué monada. ¿Es tuyo? —pregunta, sus ojos rubí totalmente abiertos y su cuerpo largo y alto encorvándose para mirar a Aaron bien de cerca, como si no se creyese lo que ve.

Aaron se encoge en su lugar y juguetea con sus manos. La muchacha, así como Jason, parece amable, pero le pone los pelos de punta ser el centro de atención de tantas miradas carmesí y estar en boca de tantos seres colmilludos.

—Por supuesto. ¿Crees que acaso dejaría vivir a alguien que pasease frente a mí una bolsa de sangre tan encantadora? —ríe Samuel, regodeándose en el hecho de que Aaron está recibiendo tanta atención y halagos.

Le exaspera un poco sentir que su humano está siendo absorbido por Jason y Charlotte, que lo alejan sin querer de él para mirarlo de arriba abajo con reverencia, así que coloca una mano en el hombro de su propiedad humana y lo atrae hacia él. Cuando la espalda de Aaron choca con el firme pecho de Samuel, este se apoya en los hombros del humano con sus antebrazos, casi abrazándolo. 

Aaron se tambalea por el peso de los brazos del vampiro sobre sus hombros.

—Pero qué envidia que me estás dando, si parece hecho de cerámica con esa piel tan bonita… como si fuese para coleccionar. Qué bonito. ¿Cómo te llamas, preciosura?

—No tiene permitido decir su nombre; de hecho, no debería ser siquiera capaz de pensarlo. Él es mío, nada más que eso. —interviene Samuel, lanzándole a Aaron una mirada furtiva de advertencia, como si pudiese leer el pensamiento del humano y le reprendiese silenciosamente por haber formado en su cabeza una respuesta a la pregunta de la vampiresa.

La vampiresa de cabello rojo y pomposo bufa y se cruza de brazos, claramente disgustada por las normas que su amigo impone a su mascota.

—¿Y cuántos años tienes? ¿Eso sí me lo puedes decir? —se agacha para preguntar a Aaron esas cosas, dulcificando su voz y su mirada, sonriendo con sus colmillitos mostrándose de tal forma que a Aaron le hace pensar en la cara de un gato.

—Tiene-

—Le he preguntado a él, no a ti —salta la chica, cortando a Samuel y poniendo sus manos en sus caderas, con sus brazos en jarra. Luego se vuelve hacia el humano de nuevo y repite:—. Perdona, preciosura, tu amo es un pesado y un controlador. ¿Cuántos años dices que tienes?

Aaron se pone demasiado nervioso bajo la mirada de la chica. No quiere ser descortés con ella, pero ante todo, no quiere desobedecer a Samuel.

Se voltea tímidamente hacia su amo, tirando de las mangas de su camisa.

—Uh, amo, ¿p-puedo…?

—Sí, puedes responderle. —responde el otro, rápido y cortante, como un chasquido. Pese a que le ha dado permiso, suena algo irritado.

—No estoy del todo seguro, pero tengo entre dieciocho y diecinueve —explica y, mientras habla, la chica le sostiene el mentón con sus delgados dedos para mover su rostro un poco, alzarlo, voltearlo, y así examinar mejor sus facciones—. Es… Era difícil llevar la cuenta del tiempo ahí afuera…

—¿Afuera? ¡No me digas! Samuel, ¿lo has cazado tú mismo? —el nombrado asiente con orgullo y una sonrisa arrogante decora su rostro— Ah, yo también quiero uno así. Ni siquiera se nota que es uno salvaje, es muy servicial, muy tranquilo… —comenta y, mientras habla, la chica decide probar la finura y la suavidad de la piel del humano: le acaricia la mejilla con cuidado, primero con la yema de los dedos, luego con el roce liviano de sus nudillos pequeños.

Aaron disfruta tanto del tacto que apenas puede ocultarlo. Se inclina un poco hacia la mano de la chica y su corazón y respiración se aceleran cuando esas manos avainilladas lo tratan con esa delicadeza casi maternal. Piensa en su familia y debe parpadear rápido para que los ojos no se le llenen de lágrimas.

De pronto, Samuel lo vuelve a tomar por los hombros y tira bruscamente de él para recuperarlo.

—No me lo toques tanto, además, ¿tú no tenías ya una humana que adorabas? ¿Qué ha pasado con esa?

Charlotte tuerce su boca y niega, como demasiado triste para poder convertir ese sentimiento en palabras. Después de unos segundos, sin embargo, alza su mirada con resolución y su voz se siente firme cuando habla:

—Tuvimos nuestras diferencias. La atrapé intentando escapar y estaba dispuesta a perdonarla, pero debió entrar en pánico. Partió la pata de una mesa y pretendía usarla de estaca. Fue un desperdicio, pero tuve que matarla ahí mismo. Estaba tan furiosa… la destripé y dejé el comedor hecho un asco, tuve q- ¡Oh! Pero qué insensible, mira lo pálido que estás. ¿Te he angustiado, pequeñín?

Aaron niega, aunque Charlotte tiene razón: el chico está temblando y tan blanco que su piel bien podría pasar por la de un bebedor de sangre que no ha visto el sol en años. Aaron intenta calmarse, pero el contraste entre la actitud maternal y cariñosa de esa chica con la despreocupación con la que explica cómo ha asesinado a alguien le revuelve las tripas.

—E-está bien, perdón…

—No te he dicho que puedas hablar. —la voz de Samuel es tan afilada que Aaron puede sentirla cortando el aire y clavándosele en el pecho cual puñal.

Jadea, aterrado por haber cometido tan pronto un error, por el hecho de que será castigado aquí y ahora. No puede permitir que eso pase.

—¡L-lo siento, amo! Lo siento mucho, pensé que como antes habías dicho que sí podía yo… lo siento, no volverá a pasar, lo juro, no me castigue. Me portaré bien.

Para el alivio de Aaron, la expresión dura y dominante de Samuel se rompe tan pronto el hombre empieza a reír con ganas, burlándose de su desesperación. Luego Samuel mira a Charlotte con superioridad y señala a su aterrorizado humano, extendiendo sus palmas hacia él.

—¿Ves? —le pregunta, enarcando una ceja— Por eso tu humana te faltó así al respeto. Eres demasiado permisiva y sin disciplina no hay obediencia. Deben tenerte miedo, no confianza. Mira qué bien reacciona el mío y todo porque sabe que cada pequeño error suyo es un gran castigo de mi parte.

Charlotte asiente como una niña pequeña siendo aleccionada por un maestro, pero, aun así, mira a Aaron con ojitos compasivos y juega con sus dedos para resistir el impulso de acariciar al muchachito para hacerlo respirar más tranquilo.

—Sí, tus métodos dan resultado, pero ¿a qué precio? —pregunta con un suspiro y lanza una mirada de soslayo al aterrorizado chico de ojos azules que todavía hiperventila al lado de su amo, temiendo ser castigado— No soy apenas pura, no como tú, todavía siento lástima y cariño por los mortales. Hay cierto umbral de crueldad que no soy capaz de traspasar. Tampoco querría, si pudiese… me gusta ser algo humana todavía.

Jason se coloca a su lado, escuchándola con atención y asintiendo con una mezcla entre respeto y admiración por sus palabras.

Samuel solo rueda los ojos y hace un ademán despectivo con su mano antes de decir:

—Tonterías.

La muchacha de pomposo cabello cobrizo chasquea la lengua, pero ni ella ni Jason parecen dispuestos a discutirle nada a Samuel. Saben que no tendría sentido. ¿Cómo podrían hacerle entenderlos cuando él es algo distinto, algo superior, más allá del bien y el mal que ellos tan fácilmente reconocen?

Para cambiar de tema, la jovencita dice:

—Anda, vamos a sentarnos. Hay algunas cosas de las que tendríamos que hablar.

Jason asiente con seriedad, pero pronto un atareado siervo se le acerca por detrás y susurra algo en su oído, lo que hace a Jason mirar su reloj y morderse el labio.

—Lottie, me tengo que ir, me reclaman en…

—Ve, ve, está bien —lo calma la chica, haciendo un gesto con su mano. Luego mira a Samuel y añade, un poco más insegura: —. Se lo cuento yo.

—Perfecto. Luego hablamos entonces, Sam. —se despide Jason; el cariñoso mote que le ha puesto al vampiro más poderoso hace que este niegue con incredulidad, pero a Aaron le resulta entrañable la forma llena de cariño y cuidado en que el otro lo pronuncia.

El muchachito humano se pregunta cómo es posible que ese monstruo sin corazón que es su propietario haya podido ganarse semejante cercanía, semejante cariño de unos vampiros como Jason y Charlotte, que, pese a sus colmillos y ojos rojos, parecen tener todavía un alma humana.

—¿A qué viene tanto secretismo? —pregunta Samuel mientras sigue a Charlotte camino a los bancos de piedra que hay cerca de la piscina principal.

Aaron los sigue situándose un poco más atrás de su amo e, incapaz de calmar sus nervios, tira de la manga de la chaqueta de este como un pequeño niño y susurra:

—Amo…

—No, no voy a castigarte. Deja de molestar.

La respuesta de Samuel es cortante y dolorosa, pero a Aaron no le importa. Lo único que le importa es saber que no va a ser reprendido por su error y eso es suficiente para relajarlo.

—Uhm, verás, como Jason hace a veces ventas a los vampiros de círculos incluso más altos que en el que vives tú, pues resulta que la semana pasada hizo una transacción en el núcleo de la ciudad. Con… —la chica traga saliva, un escalofrío le eriza la piel solo de pensar en las palabras que está a punto de decir, no, de susurrar: —con uno de los originales.

Samuel asiente solemnemente. Los vampiros impuros hablan de los puros, como él, con voces quedas y temblorosas, del mismo modo en que los humanos hablaban antes de las leyendas de vampiros: susurran historias sobre criaturas poderosas y míticas que parecerían no poder existir, seres que te hacen sentir tan pequeño que debes no creer en ellos para conservar la cordura.

Samuel está acostumbrado a que mortales y vampiros de baja casta hablen de él de ese modo. Pero eso no significa que él no hable así, a su vez, de otra clase de vampiros. Unos cuya pureza es tal que son el origen de todo don oscuro. Por ello son llamados los originales.

Rara vez ha estado en presencia de uno. Y esas veces prefiere mantenerlas en el olvido.

—Sigue. —ordena Samuel y su voz no disimula en modo alguno que él conoce su superioridad sobre Charlotte, pues le habla prácticamente como cuando lo hace con Aaron.

Charlotte se toma unos segundos antes de seguir y decide sentarse en uno de los bancos de piedra a los que por fin han llegado. La piscina está a solo meros metros de ellos y las luces turquesas que del agua emergen crean reflejos hermosos en el rostro preocupado de Charlotte y el inescrutable de Samuel.

El rubio se sienta junto a su amiga en el banco, expectante, y luego ve a Aaron de pie, inseguro.

—Al suelo. De rodillas. —ordena Samuel con rapidez, chasqueando sus dedos para captar la atención del chico.

Aaron se arrodilla frente a su amo de inmediato y tiembla un poco porque no entiende la conversación que esos dos vampiros están teniendo, pero puede sentir la tensión que se ha formado en el ambiente.

—Bueno, ya sabes cómo es Jason. Tiene mucha labia y, mientras él y el original hacían negocios, se ve que le comentó algunas cosas. Uno de los originales de nuestro núcleo ha… dejado de existir —Samuel alza una ceja, interesado, y se inclina hacia la chica. Aaron traga saliva al escuchar eso. Sabe que solo un vampiro es capaz de matar a otro y, si los líderes mismos de esa raza están ahora masacrándose como hicieron con su raza, ¿qué destino le depara ahora más que uno todavía más lleno de caos y desesperanza?—. Tocó a una presa que no le pertenecía y el otro era posesivo. Más que tú, incluso —ríe la chica y Samuel le sonríe de vuelta—. Mató al original que le había robado y al humano, porque ya estaba usado. Y claro, cuando un original muere, deja un puesto que debe ser ocupado por otro y se ha corrido la voz entre los altos círculos de otras ciudades, así que hay… hay ya un original que va a venir aquí. A ocupar su puesto en el núcleo.

Por unos momentos hay un silencio hasta tranquilo y Aaron cree que lo que Charlotte tenía que decir ya está dicho, pero entonces se fija en los puños fuertemente cerrados de su amo y en su mandíbula tan marcada de apretarla duro. Sus ojos brillan con un fulgor peligroso.

Samuel luce como si estuviese a punto de atacar, hasta que suelta una risa incrédula, despectiva, y se cubre el rostro con una mano.

—No me lo creo. No puedo creer que estés tratando de decir esto. Vamos, dime que me equivoco.

Charlotte niega con su cabeza, apenada, y con voz chiquitita dice:

—Ivthan es su nombre. Jason me dijo que quizá era otro con el mismo nombre, pero ¿qué posibilidad hay de eso?

Samuel se echa a reír, pero eso no hace más que aumentar la tensión del ambiente. No es una risa agradable, ni siquiera divertida, es una risa llena de frustración, de ira. La risa de alguien que siente que se vuelve loco.

—Oh, es él, te lo aseguro. No lo digo siquiera por su nombre, incluso si no supieses el nombre del original que ha escogido venir aquí, lo sabría. Ese hijo de puta no ha tenido suficiente de mí evitándolo, supongo, así que quiere estar más cerca, hacerse más y más difícil de ignorar.

—Lo siento, Sam-

—Nada de lo siento —la corta moviendo su mano frente a su rostro—, no te atrevas a sentir lástima por mí, bonita, o tomaré el ofrecimiento que me hiciste cuando te conocí como humana y me alimentaré de ti hasta haberme bebido tu vida entera. 

—Vale, vale —la chica sube las manos, como en señal de paz, y sonríe un poco al ver que Samuel es el mismo de siempre, que la noticia no le ha golpeado tan duro como ella podría haber temido que lo hiciese—. Es solo, sé que lo detestas y no es agradable vivir tan cerca de alguien que detestas.

—Esos capullos del núcleo rara vez salen de su nidito de privilegio. Vivirá cerca de mí, sí, pero estoy bastante seguro de que no me lo toparé demasiado —hace un ademán y habla despreocupadamente, como restándole importancia al asunto. Charlotte asiente ante sus palabras, totalmente convencida—. Simplemente quiere la satisfacción de gobernar aquí para poder decir que me tiene todavía bajo su control. Dormirá más tranquilo si puede ver mis movimientos y decirse, en su cabeza desquiciada, que su creación está bajo su yugo. Aunque la realidad es que soy tan libre como siempre, esté o no bajo su mirada.

—Le gusta el poder o la… ilusión de tener poder —explica la bella pelirroja, aunque su voz suena pensativa y distante, como si simplemente reflexionase en voz alta para sí misma. Luego sus ojos se dirigen al muchachito de ojos azules a sus pies y se fija en cómo su fino rostro está lleno de moratones y heridas a medio desvanecer. Le lanza una mirada de reproche a Samuel, mientras agrega:—. Aunque no puedes culparle por ello, ¿no? Como puro, tú también tienes un… apetito insaciable de poder y control.

—Culparle, no. Pero sí que puedo odiarle. 

Por un momento el silencio entre ambos se siente como piedra: tan sólido e impenetrable. Algo se oculta detrás, algo que Aaron muere por saber, pero jamás sería capaz de romper el muro que su amo es. Se pregunta quién es ese vampiro del que hablan. Ivthan.

Su nombre suena extraño y misterioso, poderoso también. Como el nombre de un antiguo dragón que solo con pronunciarlo puede ser invocado.

Se pregunta cuán maligna debe ser una criatura para despertar en Samuel odio y no solo rabia o enfado. Samuel se enoja por él cuando le desobedece, pero no lo odia. La ira está para aquellos que son inferiores y merecen ser fustigados por sus faltas, el odio, sin embargo, es una emoción demasiado poderosa.

Solo se la ganan aquellos que te pueden mirar a los ojos sin temer las represalias. Aquellos que te observan desde arriba,

—¿Qué tal si nos damos un baño? —la muchacha se levanta de pronto y, sin esperar siquiera respuesta, empieza a quitarse sus brillantes zapatos de tacón negro. Incluso sin ellos luce inalcanzable como la torre más alta de un castillo— Esta conversación me ha acalorado, tan dramática… Quiero un poco de agua fresquita.

—Sí, se sentiría bien. Vamos. —concede Samuel y se pone de pie junto a ella.

Aaron sigue de rodillas, esperando órdenes, y sus ojos viajan por curiosidad por la escena. Su amo se quita la gabardina negra y luego, sin pudor alguno, desvela la perfección de su cuerpo arrojándole a Aaron su camisa y sus pantalones.

El chico se pone rojo ante la vista del cuerpo esculpido y musculoso de su amo, un cuerpo tan grande que bien podría ser el de una bestia vistiendo pieles humanas, así que sencillamente aparta la mirada con las mejillas todas arreboladas y se pone a doblar la ropa de su propietario con esmero, dejándola a un lado.

—¿Me desabrochas el vestido? —pide Charlotte, cuyos ojos comparten el destino de los Aaron, pero no su pudor: mira al rubio de arriba abajo, la lascivia ocupando el lugar que el disimulo debería. Cuando se voltea y unas grandes manos bajan su cremallera, empezando a desnudarla, suspira con pesar— Ah… una lástima que no te gusten las mujeres.

Samuel ríe dulce y suave en su oído. Provocativo, no porque le guste Charlotte, sino porque le gusta saber el efecto que tiene en ella, y cuando la muchacha se voltea, con solo la ropa interior cubriendo su figura delgada y elegante, puede notar que la chica ya no le mira con la valentía de antes.

Samuel se acerca un par de pasos a ella, acechante, haciendo que luzca como una pequeña niña tímida bajo su enorme figura, y le sonríe con maldad mientras habla.

—¿Te me insinúas de nuevo, Lottie? La última vez no te salió muy bien…

Charlotte se pone más roja de lo que Aaron jamás pensó que un vampiro podría y acto seguido chilla de frustración y se lanza de cabeza a la piscina. Cuando su cabeza emerge de nuevo, luce furiosa.

—¡Era una estúpida niña humana! —le chilla a Samuel— No me recuerdes más eso, qué vergüenza.

—Sigues siendo apenas una niña.

—Solo porque tú eres demasiado viejo —con actitud pueril, la chica le saca la lengua a Samuel y luego nada lejos de él, dejándolo solo en el borde. Desde el centro de la piscina luminosa, le dice:—, toda una reliquia del pasado.

Samuel ríe y se dispone a ir a por ella, pero antes de eso se voltea con una expresión dura que hace a Aaron jadear y preguntarse a dónde han ido las sonrisas pillas, las palabras juguetonas y las miradas amables que el hombre usaba con naturalidad solo segundos atrás.

—Sigue siendo un buen chico y no te muevas de aquí. ¿Entendido?

Aaron siente un escalofrío cuando es llamado un buen chico después de tanto tiempo sin oír esas palabras. Algo en su interior aletea y revolotea tontamente, dándole una sonrisa leve en su cara y un tartamudeo adorable al hablar:

—S-sí, amo. Le espero aquí.

Su corazón se salta un latido. Aaron no está seguro, pero ¿es posible que Samuel le haya sonreído? Ha sido tan leve y solo un instante antes de darle la espalda y zambullirse en la enorme piscina. Podrían haber sido imaginaciones suyas, pero ¿Y si no?

Aaron mira desde lejos cómo Samuel y Charlotte nadan a lo lejos, flotando el uno cerca del otro como planetas orbitando sin llegar a chocar nunca. A veces Samuel y Charlotte no lucen como dos bebedores de sangre con cientos de años a sus espaldas, no cuando están tan lejos que sus colmillos y sus ojos son apenas un borrón, no cuando ríen y chapotean y se divierten jugando a lanzarse agua.

Aaron no puede evitarlo, pero al ver la escena recuerda los veranos con sus amigos y su familia y se imagina a él con su amo y la vampiresa de cabello de fuego, también conversando y salpicando agua y siendo víctima de ahogadillas y cosquillas submarinas. Una sonrisa demasiado esperanzada se pinta en su rostro.

Al cabo de un rato, ambos vampiros están tan lejos que Aaron ya no los ve y esa zona de la fiesta se ha quedado desierta. Se siente solo junto a ese lago luminiscente que parece llamarlo y el chico, no queriendo ser desobediente, pero muriendo de ganas de darse un chapuzón, se acerca un poco a la orilla y mira el agua con ojos grandes y brillantes. La luz casi hipnótica que ese lugar emite es casi tan hermosa como la de su mirada y, al verse reflejado, el chico decide contemplarse un rato.

<<Luzco bonito>>, piensa, algo agobiado por si está siendo demasiado vanidoso. Pero, por otro lado, eso lo relaja. A Samuel le gustan las cosas bonitas y él realmente quiere gustarle a Samuel. Quiere ganarse más palabras suaves y agradables y azucaradas como ese "buen chico" que ha oído antes, y quiere ganarse halagos y mimos y quizá algún día algo tan atrevido como un abrazo o que le tome de la mano y le haga sentir apreciado o…

<<Querido>>

Aaron niega con la cabeza y se siente profundamente deprimido de pronto. Samuel es un vampiro, uno puro. No hay en él lugar para sentimientos que no sirvan a su hambre.

Aaron alarga una mano y la hunde en la piscina, primero mojándose solo los dedos, luego la palma. Mueve su mano, distorsionando su reflejo hasta hacerlo desaparecer, acaricia el agua temblada creando diminutas ondas. El agua lo acaricia de vuelta con su presencia envolvente y cándida.

Entonces Aaron nota un reflejo más grande en el agua, tanto que su mano no lo perturba: hay alguien de pie tras él.

Se voltea de pronto, arrancando su mano de la piscina y con los ojos bien grandes y el corazón encogido en su pecho.

El mismo vampiro de antes, aquel muchacho alto y fuerte de cabello carmesí y sonrisa bonita, pero peligrosa, lo mira con diversión. Se agacha a su lado y tuerce la cabeza, mirándolo con curiosidad y una risita divertida en sus labios.

—No pretendía asustarte, pequeño.

Aaron intenta tragar saliva, pero nota su garganta de repente seca. No le gusta estar a solas con otro vampiro, incluso si le parece amable. No le gusta su cercanía. No le gusta que le hable. No le gusta no saber si tiene prohibido responder o si su silencio será una falta de respeto que pagará gravemente.

—¿Sabes dónde está tu amo? No lo encuentro por ningún lado.

Aaron lame sus labios y luego se traga sus palabras. Con un dedo señala la piscina y espera que ese hombre no le pregunte nada más, que no lo fuerce a tomar una decisión difícil.

—Oh, ya veo, en un rato iré con él, entonces. ¿Tú no vas a bañarte con tu amo? —Jason se sienta en el suelo poco a poco, con sus piernas cruzadas en una pose relajada y amistosa. 

Aun así, Aaron sigue de rodillas, la espalda recta y tensa y sus manos hechas puños en su regazo.

Niega con la cabeza a modo de respuesta.

—Hm, ¿no te aburres aquí solo? —Aaron niega de nuevo, pero siente lágrimas en sus ojos. Una conversación. Ese vampiro le ofrece una desinteresada, tranquila conversación. No puede creer que esté desperdiciando esa oportunidad, luchando por que le sea retirada— Puedo mandar a algunos de mis trabajadores a que vengan aquí a hacerte compañía, a mis trabajadores humanos, digo. Eres nuevo en todo este mundo, no te vendrían mal un par de amiguitos que te ayuden a entender todo mejor, ¿no?

Aaron cierra sus ojos fuertes como si hubiese visto un horrible monstruo y niega frenéticamente. Si Jason le trae a otro humano, Aaron va a romperse, va a empezar a llorar y a llorar y no parará hasta que la piscina se desborde y los ahogue a todos. Si le tienta un poco más con darle una probada de aquello que lleva años buscando, no podrá soportarlo.

Jason pone una mano en el hombro del chico y le da un apretón amable y corto.

—De acuerdo, no traeré a nadie. Tranquilo, tranquilo…

—Qu-querría… —murmura Aaron y se muerde duro el labio porque no debería estar hablando, pero no puede evitarlo.

—¿Qué dices, pequeño?

—Querría conocer a otros humanos, señor, mu-muchas gracias. Pero no quiero enfadar a mi amo. Y también creo que n-no debería seguir hablando con ust-

—¿Qué mierda crees que estás haciendo? —la voz de Samuel suena enfadada, como un rugido. Y cerca. Tan cerca.


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