CAPÍTULO 11
Samuel ha
vuelto a salir por varias horas esta noche. Siempre ha sido un hombre ocupado,
pero desde la caída de la humanidad sus ocupaciones rara vez lo sacan de su
despacho: es suficientemente poderoso para no tener que hacer trabajos físicos,
sino más bien pasar su tiempo gestionando el trabajo que otros vampiros
inferiores hacen, realizando llamadas amedrentantes a aquellos que no cumplen
su rol y, muy eventualmente, sí que debe salir para proporcionar a algún
desertor un castigo ejemplar o, en ocasiones, para darle caza y muerte.
Sin embargo,
desde que ha obtenido una nueva mascota humana, sale de casa más de lo que le
gustaría y es que en un inicio habría pensado que nada lograría hacerlo pisar
el exterior en meses, pues estaría demasiado ocupado gozando día y noche de su
juguete nuevo y por estrenar, pero algo extraño sucede.
Aaron le gusta
mucho más de lo que imaginó; es más, le fascina, pero también le hace sentir
confundido, con su mente embotada por una densa niebla que no le deja pensar
con claridad. A menudo, se halla a sí mismo yéndose a dar un largo paseo
nocturno para alejarse de la dulzura de su aroma y, oh, sobre todo del brillo
inocente y hermoso de sus ojos, esos ojos que tanto le recuerdan al cielo que
dejó atrás cuando se tornó un ser de la noche. Visita locales de sangre a
menudo y disfruta tomando una copa insulsa y fría mientras ve a otros vampiros
jugar con muchachos y muchachas de corazón acelerado en sus regazos, aunque él
jamás se siente capaz de pagar por un sorbo caliente, como antaño lo habría
hecho.
La única
sangre que desea es la de Aaron, pero el chico, así como lo atrae, lo repele:
algo en él despierta sus más crueles instintos, esos que le piden que desgarre
carne tierna y forme una deliciosa orquesta con sus gritos y lloros por piedad.
Pero algo más es activado en su interior con la presencia de Aaron: algo que
empuja lejos al chico, que le pide que tenga paciencia. Una voz que suena muy
similar a la suya, pero más suave, más humana. La voz de alguien que murió hace
mucho tiempo.
<<Ya
no soy ese Samuel. No soy una criatura débil y patética. ¿Por qué debería
contenerme?>>
La ira lo
inunda cuando se da cuenta de que Aaron está ejerciendo una magia seductora e
influyente sobre él; está convenciéndolo, de algún modo, para que acceda a
ponerle un bozal a sus instintos, a saciar su sed con cuentagotas. <<¿Quién
se ha creído que es? ¿Por qué él debería decidir qué deseos sacio o cuáles
padezco con frustración?>>
Para cuando
Samuel llega a casa, sus pasos se han vuelto pesadas zancadas y azota la puerta
tras él nada más entrar. Acto seguido, unos pasos nerviosos y descalzos
repiquetean sobre él y corren a su encuentro. Aaron aparece justo enfrente
suyo, oliendo a piel recién enjabonada y ropa limpia, con un largo camisón
blanco casi traslúcido separándolo de la desnudez y algunas gotitas de agua
todavía corriendo por sus piernas. Tiene el cabello negro alborotado y húmedo.
La ira de
Samuel se aplaca un poco cuando el deseo crece en su interior.
—B-bienvenido,
amo. —lo saluda Aaron con una voz dulce y jugando con sus manos, pues no sabe
bien cómo debe recibir al vampiro.
Samuel sonríe
ladinamente y su lengua acaricia el filo de uno de sus colmillos.
—Has hecho un
excelente trabajo poniéndote bonito para mí… —lo halaga tomándolo de la
barbilla y alzándosela para contemplar su adorable rostro.
La ceja rota
de Aaron ha sanado bastante bien, dejando en su lugar una cicatriz rosada que
no estropea sus facciones en absoluto. Samuel le hace voltear su cara a un lado
y luego al otro, examinándolo despacio.
—Sígueme.
A Aaron le
extraña ser llevado a la cocina y no puede contener más su inquietud, así que
pregunta:
—M-mi señor,
cuando hoy salga el sol, ¿podré comer y beber de nuevo, por favor? Me encuentro
muy mal y estoy muy débil y…
Samuel lo toma
por la cintura, sorprendiéndolo y encajando sus dedos ahí donde ayer encajó sus
garras hasta hacerlo sangrar. Aaron ahoga un grito. Es subido al mármol de la
cocina, donde el vampiro lo sienta y se empuja entre sus piernas para luego
inclinarse hacia su cuello, su voz sonando como un susurro seductor.
—¿Crees que
mereces que termine tu castigo, cosita dulce?
Aaron está
entre la espada y la pared, quiere liberarse de su cruel privación, pero ¿no
sería eso contradecir al vampiro? Teme demasiado enfadarlo, sobre todo ahora
que se acerca a él con ese ímpetu que no sabe identificar. Sus manos lo agarran
duro por la cintura y amasan su carne, como explorando sus contornos con una
violencia no tan lejana a la de la ira, pero más lenta, más espeluznante.
Aaron no lo
entiende. Si Samuel no está enfadado con él, ¿por qué lo toca así, con ese
ansia?
—N-no lo sé,
señor, pero he aprendido la lección y…
—¿Has sido
obediente para mí, humano? —la voz corta al chico, es dura, ronca y demandante.
La siente atravesando su cuello como un rayo que lo clava en el lugar y le
tensa. Siente hormigueos hasta en la punta de sus dedos.
Samuel se
inclina más hacia el chico, lo toma fuerte por su cintura para acercarlo más a
su cuerpo, hasta que tiene la garganta de Liu, tibia, dulce y suave, contra la
frialdad de sus labios. Cuando Liu habla, puede notar contra su boca cómo la
vibran las cuerdas vocales o cómo traga saliva. Puede saborear sus titubeos,
sus carraspeos, sus jadeos acallados. Puede saborear su miedo.
—L-lo he
intentado, lo siento si no he…
Samuel lo
abofetea. Rápido como un aguijonazo que lo deja aturdido y con el sabor de la
sangre en su boca. Se ha mordido la lengua sin querer.
Samuel vuelve
a tomar al chico por la cintura con el candor y la lentitud de un amante
repasando con sus manos el cuerpo que adora. Vuelve a inclinarse, su boca en el
delgado y cálido cuello. Vuelve a hablar con calma, incluso si sus palabras
tienen en ellas un mordisco cruel.
—¿Lo has
intentado? ¿Crees que eso me vale? ¿Crees que me vas a dar lástima porque estás
esforzándote y que te diré que eres un buen chico por ello? No seas ridículo.
Siento que estoy yendo demasiado despacio contigo, siendo demasiado suave, solo
porque pareces dócil, pero la realidad es que no has hecho grandes cosas para
complacerme a pesar de que esa es la única razón por la que te dejo vivir.
Samuel toma al
chico por la argolla de su collar metálico, que le ha dejado moratones casi
permanentes en sus clavículas y su cuello, y tira de él con dureza, haciendo
que el chico se arquee hasta que los labios del vampiro ya no están sobre su
garganta, sino prácticamente sobre su boca.
Sus narices se
rozan, sus ojos están los unos frente a los ojos, de modo que Aaron baja su
mirada sumisamente y Samuel inspecciona el gesto muy de cerca, contemplando con
placer cómo los ojillos azules se anegan en vergüenza y temor.
—¿Qué crees
que deberías ofrecerme para que siga dejándote vivir, para que te ganes la
comida y el agua que hoy voy a ser tan misericordioso de dejarte tomar?
—pregunta muy, muy lento. Su aliento frío se derrama sobre los labios
del chico, obligándolo a respirar sus palabras.
Aaron tiene
miedo de hablar, por si sus labios rozan los de Samuel al hacerlo.
<<Está
tan cerca, tan cerca, tan cerca…>>
—N-no lo sé,
lo que usted desee, mi señor, haré l-
Lo abofetea de
nuevo.
A Aaron se le
saltan las lágrimas que llevaba todo este rato conteniendo y cuando Samuel le
reprende, violento, gutural, con una voz tan llena de ira que pareciera que sus
palabras le muerden la boca cuando la realidad es que es el mismo Aaron quien,
preocupado, se mordisquea sus propios labios mientras trata de aclarar su
cabeza y entender qué debe hacer.
—¿No lo sabes?
De veras, ¿no tienes ni la más mínima idea de lo que un ser como yo podría
desear de una cosita patética y dulce como tú? ¿Te dejé estúpido con la paliza
que te di hace unos días? ¿Necesitas otra para dejar de comportarte como una
mierda descerebrada, humano?
Cuando el
vampiro alza no ya su mano extendida, sino su puño, Aaron siente su
estómago retorciéndose por dentro como si esa mano enorme estuviese en sus
entrañas, apretándolas, aplastando sus órganos dentro de su cuerpo hasta
matarlo. Recuerda la paliza. El dolor. Lo indefenso y humillado que se sintió.
Por un
instante, cree que nada es real, que estos últimos días han sido su imaginación
y que él sigue en el suelo, arrastrándose entre sangre y vómito, porque, ¿cómo
si no puede el dolor sentirse tan vívido, tan real?
—¡No! —grita
desesperado, cubriéndose, y es al mover los brazos y cerciorarse de que no
tiene los huesos rotos que la lucidez vuelve a él: Samuel lo curó. No está
herido ahora, pero tiene que asegurarse de no obtener otra paliza. Aaron baja
sus brazos de pronto y se corrige a sí mismo, queriendo sonar tan dócil como le
sea posible:— N-no, señor. Lo siento. Puedo ofrecerle mi sangre, mi señor.
—Ah, eso está
mejor, chico listo. —susurra Samuel, su voz suavizándose, una ligera sonrisa
formándose en sus labios y estos, de pronto, dejando de acechar los de Aaron
para volver a acariciar sutilmente su cuello, delineando la bonita curva donde
más adelante dejará su marca.
Aaron se
estremece. No entiende cómo Samuel ha podido pasar de provocarle tal terror y
tal dolor con solo alzar su puño y su voz a, ahora, causarle bonitos
cosquilleos en todo el cuerpo y un vergonzoso calor en sus mejillas por
llamarlo chico listo de esa manera tan halagadora.
Aaron solo
quiere rogarle que, por favor, sea así siempre. Que le dé más de esas escasas
gotas de dulzura que parece necesitar más que el agua.
<<Agua…>>
Un flechazo de
pánico lo atraviesa.
—¿Debo hacerlo
hoy, señor?
—Mi placer no
es algo que jamás deba esperar, humano.
Sus labios
contra su piel. La vibración de sus palabras en el cuello. El frío de los
filosos colmillos lamiendo la ternura de su piel.
Aaron necesita
tomar aire y tranquilizarse para responder, para luchar un poquito por su
supervivencia, como tan acostumbrado está desde hace años.
—M-mi señor,
si llevo varios días sin comer y sin beber y usted bebe de mí hoy, creo que
moriré —musita, rezando por ser oído, por ser considerado, pero el
vampiro no parece atento a sus palabras; sencillamente está demasiado
entretenido deslizando sus labios y su nariz por el cuello del humano,
inhalando la dulzura que su miedo desprende. Aaron, creyendo que quizá la culpa
es suya por hablar demasiado bajo, añade con algo más de firmeza:—. Estoy muy
seguro de que moriré si me muerde hoy, señor.
Esta vez
Samuel sí lo escucha, lo sabe por la risa grave y sardónica que vibra en su
garganta. El vampiro lo toma del cabello con firmeza, echándole la cabeza hacia
atrás e inmovilizándolo en esa posición tan vulnerable. Samuel se alza sobre
él, tan grande y tiránico, y lo mira sonriente mientras habla.
—Ven aquí,
dulzura —se acerca de nuevo a él, a su rostro, de ese modo que parece el
anticipo de un violento beso, de esa forma que hace a Aaron apartar sus ojos
con temor y vergüenza, pero le obliga a notar su aliento frío y cruel—. ¿Crees
que me importa?
Aaron vuelve a
sucumbir a la tentación de llorar. Por años, lo único que le ha importado era
la supervivencia, tener el estómago lleno, un techo bajo el que dormir y un
huequito en la tierra donde esconderse por si era rastreado. Ha tenido que ser
así, porque de pensar en cualquier otra cosa que no fuese vivir, Aaron habría
quizá pensado en lo que vivió, en lo que nunca vivirá y, quizá, se habría dado
cuenta, como muchos otros mortales, de que sobrevivir no suena tan bien.
Pero aun así,
el humano se ha esforzado durante años por ignorar la oscuridad de esos
pensamientos, en centrarse en despertar cada mañana y ahora Samuel se lo
arrebata de una manera sobrecogedora. Siente su esfuerzo derrumbándose, toda
esa fortaleza que ha tardado la vida entera en construir quebrándose bajo el
implacable poder de unas meras palabras.
Samuel lo
abofetea de nuevo. Su pregunta ha hecho llorar al chico y puede ver en sus ojos
que está lejos de ahí, reviviendo cosas horribles, pero a Samuel no le importa
cuántas excusas tenga el chico. Él quiere una respuesta y el silencio no lo es.
—He hecho una
pregunta.
Aaron solloza;
su naricita enrojecida por el llanto y los golpes luce como la de un ratoncito
olisqueando el aire y sus ojos grandes y brillosos lucen también como los de
una presa recién atrapada.
—N-no, señor.
—Haz una frase
más larga, no seas inútil. Dilo, di que tu vida no importa. Que la sacrificarás
para mi placer si yo lo ordeno.
Aaron intenta
negar, pero la mano que lo toma por el cabello es firme y lo fuerza a seguir
con la incómoda posición: su cuello arqueado, su rostro hacia arriba, mirando
con horror a su amo como una especie de Dios que, incluso si promete no ser
jamás misericordioso, reclama ruegos por que lo sea.
—Por favor…
m-mi señor…
Otro golpe.
Aaron tiembla, incapaz de soportar el dolor. Sus dos mejillas están empezando a
amoratarse e hincharse, la boca le sabe a sangre y cada vez que habla puede
notar latigazos de dolor en su palpitante rostro; incluso puede sentir sus
encías ardiendo cada vez que aprieta los dientes.
—M-mi vida no
importa —solloza y un sonido desgarrador y triste brota de su garganta antes de
que pueda seguir—, l-la sacrificaré para usted si lo ordena, señor.
Tal y como si
hubiese pronunciado unas palabras mágicas, el doloroso agarre en el cabello de
Aaron desaparece, aunque el chico no se atreve a moverse hasta que una mano
grande y gentil se pone en su mejilla, ayudándolo a bajar su cabeza de nuevo.
Aaron cierra los ojos y se inclina hacia la mano, sin saber cuándo volverá a
obtener algo así.
—Buen chico.
—lo halaga Samuel y de pronto Aaron empieza a llorar de nuevo.
Esta vez el
humano llora en silencio, pues no es el miedo o la desesperación lo que le
arranca las lágrimas.
Es la
vergüenza.
No quiere
morir. No quiere entregar su vida a Samuel. No quiere volverse un sacrificio
solo para contentamiento de alguien que solo lo ve como mera comida, una
mascota a lo sumo, pero oh, cómo quiere oír esas dos palabras de
nuevo.
Se alegra
tanto de ser llamado bueno, que casi olvida que está vendiendo su alma a
cambio.
Samuel habla
de nuevo, arrancándolo de su dilema:
—No soy
compasivo, humano, tu vida es solo un juguete para mí. Pero sí soy un hombre
racional y puedo esperar a mañana para morderte si me ofreces a cambio algo que
me complazca. Ya te lo dije, bocadito, castigo a mis mascotas desobedientes,
pero premio a las devotas, incluso si nadie ha tenido nunca ese honor. ¿Quieres
ser tú el primero?
Aaron jadea:
¿Desde cuándo la voz de Samuel es tan apremiante, tan atractiva? Dulce y
pesada, miel en sus labios. Tan grave y masculina, tan reconfortante como una
manta cálida manteniéndolo en la cama.
Aaron siente
que es transparente y que el vampiro logra ver sus estúpidos deseos, la manera
en la que anhela gustarle, hacerle sentir orgulloso y ganarse su cariño.
Incluso puede esmerarse en olvidar los amargos insultos, si con eso los halagos
van a sonar aún más dulces.
—S-sí, amo,
quiero hacerle sentir orgulloso. Quiero que sea amable conmigo, por favor, yo
seré muy amable con usted, haré lo que me diga y le ayudaré en todo, limpiaré
la casa mejor y-
Un chasqueo de
lengua irritado lo interrumpe y Aaron siente su corazón dar un vuelco en su
pecho. No entiende qué está haciendo mal. No entiende cómo hacer nada bien ya.
—¿Limpiar la
casa? Vamos, sé un poco más inteligente, ¿qué tienes para ofrecerme además de
tu sangre? ¿Qué crees que deseo de ti? ¿Qué tomaré por la fuerza si no me lo
das tú cuando llegue el momento?
—N-no lo sé…
lo siento, estoy intentando pensar, pero estoy tan nervioso. Hace años que no
tengo dinero y…
Samuel se ríe
y Aarón sonríe medio nervioso, medio orgulloso, porque aunque no entiende por
qué el otro se carcajea así, ha logrado resultarle gracioso y eso es algo
bueno.
Samuel suspira
y su posición cambia. Es algo sutil, pero Aaron juraría que incluso el
ambiente, el mismo aire que respira, tiene ahora un peso distinto. Samuel
desabotona muy poco a poco los últimos botones de la camisa que Aaron usa como
vestido y que le cubre hasta medio muslo. Una mano enorme rodea su rodilla
derecha y asciende despacio, muy despacio, cada vez empujando más y más la
holgada tela que le cubría la desnudez segundos atrás. La otra mano lo ase de
la cintura, como antes, pero esta vez bajo la ropa.
Su piel está
tan fría, su palma es tan grande y la manera en que lo acerca a su cuerpo tan
exigente… Aaron jadea y parpadea despacio, confundido, agobiado por lo denso
que se ha vuelto el aire de pronto. Samuel respira despacio sobre su cuello,
ahora rodeándole la cintura con su brazo, que se desliza como una serpiente
estrechando a su presa. Su otra mano está peligrosamente cerca de su intimidad,
el pulgar acariciando la cara interna de su muslo.
—Puedo esperar
hasta mañana para beber tu sangre —promete Samuel en su oído y suena tan gentil
y masculino a la vez que Aaron solo asiente con su cabeza como un títere—, pero
entonces quiero tu cuerpo a cambio. Quiero que seas obediente, que hagas cada cosa
vergonzosa y sucia que te ordene. Puedo tomar a la fuerza lo que desee, cosa
bonita, no lo olvides, hacerte mío hasta que no quede ni un solo rincón de tu
cuerpo que mis manos y mis colmillos no hagan marcado. Pero mañana, a cambio de
la paciencia que te estoy regalando hoy, quiero tu sumisión. ¿Queda claro? O
empezaré a educarte solo con castigos, sin ningún premio más.
Aaron sabe que
algo no va bien, que las palabras de Samuel ocultan más de lo que dicen y que
hay significados escalofriantes que él no sabe leer entre líneas. No lo
entiende. ¿Por qué Samuel sería tan paciente con él a cambio de tocar su cuerpo
cuando ya lo está haciendo? Quizá, piensa Aaron, el vampiro desea
tocarlo en zonas más humillantes, como cuando la noche anterior cerró en su
puño su pequeña virilidad y Aaron se sintió tan agobiado que le costaba
respirar.
Aunque la idea
le aterra, piensa que es un intercambio justo. Ventajoso para él, incluso. Va a
lograr conservar su vida a cambio de varios minutos de Samuel rozando su piel
con las manos y, quizá cuando toque lugares prohibidos, se sienta raro, pero no
puede ser peor que el otro día, ¿cierto? Aaron puede con un poco de
incomodidad. Ha superado cosas peores.
—S-sí, señor.
Le ofreceré mi cuerpo.
Samuel sonríe
contra su piel. Aaron puede sentir los labios separándose en ese gesto afilado
y taimado, puede sentir la frialdad de los colmillos contra la piel. Sabe que
ha hecho lo correcto, pero ¿por qué siente que ha cometido un error?
CAPÍTULO
12
Aaron siempre
ha adorado los amaneceres: la cálida luz del sol bañando un mundo frío y azul,
como atrapado en hielo, y tornándolo todo de repente habitable, cándido y
feliz. Siempre ha pensado en el sol como un tazón humeante de la sopita que le
hacían sus padres cuando estaba enfermo y que siempre lograba que, tras unos
sorbos, todo se sintiese más colorido y mejor.
Desde que los
vampiros reclamaron el mundo como su lugar para reinar y dominar, Aaron empezó
no solo a ver el sol como algo agradable, sino a agradecer su luz como a un
Dios. Lo veía salir cada mañana como un guerrero dispuesto a custodiar a sus
hijos tras una noche de descanso y abandono.
Hoy el sol es,
además, una bendición: el amanecer indica que su castigo ha acabado.
El chico corre
a la cocina tan pronto como los primeros rayos áureos le besan el rostro y
coloca su boca justo debajo del chorro de agua fría que el grifo le regala.
Bebe como si no necesitase respirar entre sorbo y sorbo y luego, cuando sus
labios se sienten frescos y su boca no es ya un saco de arena donde su lengua
se reseca, examina con el estómago rugiéndole la alacena del vampiro. No tiene
gran cosa y muchos de los alimentos disponibles están echados a perder.
Un escalofrío
lo recorre cuando cae en la cuenta de que Samuel no es quien repone la comida
que hay allí, sino sus humanos. Sus antiguos humanos. Posiblemente Aaron
esté mirando ahora las comidas que esos pobres mortales obtuvieron para un
futuro del que no tuvieron la suerte de formar parte.
Aaron niega
con la cabeza y respira hondo, tratando de tranquilizarse. <<No me
matará. Estoy siendo bueno. Estoy haciendo las cosas bien>> se repite
como un mantra, pero, de nuevo, se pregunta si acaso todos los humanos que hubo
antes de él no fueron buenos también. Piensa que si Samuel hubiese estado de un
peor humor cuando le dio la paliza, la comida que él ahora se sirve en un plato
estaría pudriéndose, como su cuerpo muerto en la habitación del vampiro.
<<Todo
estará bien>> se dice otra vez, odiando no poder parar de pensar en cosas tan
terribles.
Aaron come
varias rebanadas de pan duro y un poco de varios embutidos que ha encontrado
hasta que se siente mejor y su estómago está por fin caliente y lleno. Hacía
solo días que no comía, pero hacía ya años que no se sentía tan saciado.
Un escalofrío
lo recorre cuando recuerda que es su deber saciar al vampiro esa próxima noche.
Se siente demasiado nervioso ante la idea de ser mordido e inquieto también por
la de ser tocado. Sabe que los vampiros son crueles cuando toman a sus
presas, que hunden los colmillos profundo y chupan ávidamente la sangre, sin
pausas para que sus víctimas puedan asimilar poco a poco el dolor, sin
gentileza alguna, pues no hay amabilidad posible en el acto de devorar a otro
ser. Pero al menos, del mordisco sabe qué esperar: sabe que dolerá, que Samuel
romperá su piel, que beberá de sus heridas hasta dejarlo mareado y débil. Pero
aunque sabe cómo el vampiro tomará su sangre, no tiene ni idea de qué hará para
tomar su cuerpo.
<<Quizá
sean solo caricias. Quizá le gusta que mi piel esté suave. Si es así, me gustan
mucho las caricias, me gusta sentirme mimado.>> intenta animarse Aaron,
pero tiene una sensación extraña en el fondo de su estómago, como una piedra
incómoda y pesada que no le permite relajarse.
Intenta
ignorarla y toma un largo baño, dejando su piel limpia y agradable para el
vampiro y haciendo lo mismo con su cabello pomposo y azabache. Después se
acurruca en un ovillo a los pies del sofá del salón y trata de dormir un poco
mientras la luz del mediodía lo arropa con un haz de luz tan brillante como el
cielo.
CAPÍTULO
13
Aaron
despierta de un sobresalto.
Por un
momento, piensa que el suelo retumba, que el mundo ha vuelto a caer en pedazos
y que todo se desmorona. Alza su cabeza, desorientado por los estruendos Y el
temblor; busca frenéticamente con la mirada cualquier firmeza a la que pueda
aferrarse, cualquier explicación.
Y de pronto lo
entiende todo: la noche ha caído y no es el fin lo que sacude la tierra, sino
las fuertes pisadas de su amo acercándose a él con ojos de cazador y una
sonrisa hambrienta en el rostro.
—B-buenas
noches, mi señor… —susurra, tratando de regularizar su respiración y bajando
sumisamente la mirada. Aaron todavía está medio recostado en el suelo, sus
piernas demasiado débiles para ayudarlo a alzarse.
De todos
modos, a Samuel no parece importarle, pues se acerca a él y se deja caer sobre
el sofá cómodamente, con Aaron a sus pies. El vampiro lo observa en silencio
unos segundos, como saboreando el nerviosismo de su pequeña presa.
Samuel palmea
su regazo y Aaron corre a obedecerle incluso si ninguna orden ha sido
pronunciada. Necesita hacer las cosas bien, no, excelentemente. Sabe que si
comete aunque sea un pequeño error ahora, cuando el vampiro está hambriento y
ya ha sido más paciente con él de lo que nunca parece haber intentado ser con
otro humano, su castigo será peor que varios días de hambre y sed.
Samuel parece
bastante complacido cuando el humano se sienta en su regazo de cara a él, con
sus piernas temblorosas abiertas y su cuerpo suave y limpio a su alcance. Puede
oler el champú de su cabello, dulce y suave, como fresas con nata, y la crema
hidratante de coco que ha extendido sobre sus piernas y sus brazos para
hacerlos más agradables al tacto. Le gusta demasiado saber que el chico
se ha tomado esas molestias por él. Demasiado para el bien de Aaron.
Lo toma por la
parte más delgada de su espalda, su mano reposando allí donde bajo la ropa su
columna acaba y dos bonitos hoyuelos decoran su piel, y tira del muchacho para
acercarlo más a él. Inhala profundo; la dulzura de la cremosa piel de Aaron se
mezcla con la azucarada esencia de su temor.
El chico le
parece hoy más irresistible que anoche y Samuel teme que cada noche su deseo
hacia el muchacho crezca con la misma hambre, inflamándose e inflamándose hasta
que el muchacho sea incapaz de soportar el peso de su pasión. Ya está al borde
de las lágrimas, casi quebrado en llanto, y eso que no le ha puesto siquiera
una mano encima todavía. No como le gustaría.
Aaron respira
errático y su corazón bombea rápido mientras en su cabeza está siendo mordido
de una y mil formas, el dolor acrecentando en cada una de ellas. Pero sus
lágrimas no llevan en ellas solo el miedo al dolor que se avecina, sino la
vergüenza en que consiste que, tras tantos años de fortaleza y ojos llenos de
esperanza, ahora esté en el regazo de un vampiro, entregándole su alma porque
es tan débil que no puede hacer nada.
Samuel aparta
los cabellos azabaches del muchacho de su cuello con una delicada caricia,
poniéndolos tras su oído y luego busca algo en su bolsillo. Lo toma del pelo
con una mano, suavemente, y le hace ladearse, mostrando el lado derecho de su
garganta. Con la otra mano alcanza un cigarro y lo pone entre sus labios.
—Enciéndelo
—le ordena al humano, tirándole el pequeño mechero metálico contra el pecho.
Aaron da un
repullo y corre a tomar el objeto. Se siente desesperado cuando descubre que
sus manos tiemblan tan bruscamente que no puede siquiera quitarle la tapa al
mechero. Cuanto más falla, más se angustia y peor es su pulso. No quiere
enfadar a Samuel, quiere obedecerle, pero…
El mechero se
le cae al regazo de Samuel y cuando el vampiro alza la mano, Aaron se cubre y
jadea.
—¡Lo siento!
—chilla suplicante, pero Samuel no lo golpea, sino que toma el mechero, le
quita él mismo la tapa y se lo da de vuelta al chico, quien lo toma como quien
sostiene entre sus manos un preciado tesoro.
El gesto se le
antoja amable, hasta que el vampiro abre la boca de nuevo.
—Si se te
vuelve a caer, empezaré a romperte los dedos. No hagas que pierda mi puto
tiempo.
Aaron traga
grueso y aprieta tan fuerte el mechero que la punta de sus dedos se torna
blanca como el papel. Chasquea su pulgar contra la rueda del aparato y el gesto
es torpe, tanto que no logra producir ni una chispa.
El chico lo
intenta de nuevo y de nuevo, frenéticamente, sus manos sacudiéndose con tal
violencia que ya apenas puede ver si lo hace bien o no; solo escucha un
chasquido y no nota ninguna llama cerca de sus dedos, magullados de tantos
intentos por encender el maldito aparato.
Aaron empieza
a llorar de frustración. No lleva siquiera un minuto entero intentándolo, pero
cada segundo se le hace eterno y está seguro de que para el vampiro también es
así y se impacientará y se enfadará y…
—¡Ah! —exclama
Aaron, entre la sorpresa y el alivio, cuando una pequeña llama emerge de la
boquilla de metal.
Se está
quemando los dedos, pero muerde su labio para ignorar el dolor y acerca muy
cuidadosamente el mechero a la boca del hombre. Al cabo de unos segundos, el
extremo exterior del cigarro prende y el vampiro da una larga calada que
enciende las ascuas.
De un rápido
movimiento de mano, el vampiro le quita el mechero a Aaron y luego sopla
despacio el humo en su rostro.
—Lento, torpe
y patético. —dice, cada palabra pronunciada con lentitud y desprecio, como si
el chico fuese demasiado estúpido para entenderlas. Lo mira fijamente mientras
lo insulta; sus ojos no tienen emoción alguna y su expresión es altiva.
Aaron se
siente diminuto bajo esa mirada, como una motita de polvo que desaparecerá si
Samuel sopla un poco.
—L-lo sie-
—¿Vas a ser
así de inútil cuando me ofrezcas tu sangre, humano? —Aaron niega
frenéticamente, incluso si la mera mención del acto le eriza la piel y le hace
desear huir—. Vas a ser mucho más complaciente cuando me ofrezcas tu cuerpo,
¿verdad que sí? —el tono cambia sutilmente, es aún cruel, pero ya no se siente
como un ladrido brusco, sino como el siseo de una serpiente.
—Lo haré
mejor, señor —asegura Aaron, aunque no tiene claro qué debe hacer exactamente—.
Si lo hago muy bien, ¿dejará de insultarme? Por favor.
—Si lo haces muy
bien, seguiré haciendo lo que me dé la puta gana contigo. Eres mío, voy a
joderte como desee, cuando desee. ¿Entendido?
Aaron cierra
los ojos con temor y hace un pequeño ruidito afirmativo mientras asiente con la
cabeza. En ese momento, Samuel alza una ceja y ríe.
—¿Qué?
¿Quieres que te dé halagos por servirme bien? ¿Que te llame buen chico, como a
un jodido perro? —Aaron traga saliva y desvía su mirada más aún. Su rostro, sin
embargo, lo delata poniéndose tan rojo que lo siente arder. Odia ser tan
transparente. Tan estúpido como para que el hombre cuya voz se siente como un
premio ahora esté riéndose y burlándose de él por eso mismo, tentándolo con
palabras bonitas y un tono grave y lento que sabe que no es más que una
farsa—Bien. Eso es bueno, humano, estás aprendiendo rápido cuál es tu lugar.
Aaron quiere
replicar algo, pero solo un grito ahogado sale de su garganta. Samuel ha
retirado el cigarro a medio fumar y aprieta la candente colilla contra su
hombro. Aaron se retuerce por el dolor que le provoca ese aguijonazo del
infierno, pero se fuerza a sí mismo a estar quieto en su sitio.
—Ah… —Samuel
exhala y de entre sus labios el humo se escapa, no como si fuese mero tabaco,
sino como el aliento de fuego de alguna criatura demasiado poderosa como para
ver al mortal en su regazo como algo más que mera comida.— Ladea la cabeza otra
vez. Apártate el pelo del cuello.
Aaron hace
exactamente lo que el otro le pide y se deja hacer cuando Samuel lo toma por la
cintura y lo acerca tanto que Aaron puede sentir su pecho duro y la firme
hilera de abdominales contra la suavidad y la delgadez de su figura.
—¿Dolerá
mucho, amo? —pregunta con una voz pequeñita y los ojos anegados de nuevo.
El momento se
aproxima y sabe que es inevitable, pero una pequeña parte de él conservaba la
esperanza de que de algún modo se libraría y no tendría que pasar por tan
terrible tortura y, ahora, esa parte de él está desolada.
—Tanto como a
mí me apetezca —responde el vampiro con una sonrisa triunfal en su rostro.
Algo en Aaron
busca su consuelo, su validación, sus halagos incluso; es adictivo.
Sentirse temido y respetado es lo que Samuel espera de cualquier humano y lo
que lleva experimentando desde que es lo que es: el aroma del miedo, de la
confusión y la incertidumbre cuando sus presas descubren su naturaleza y sus
pobres mentes apenas pueden comprender qué les depara es algo delicioso. El
terror que inspira la violencia que tan naturalmente mancha sus manos de sangre
es su aroma favorito y la mejor herramienta para obtener la sumisión de
criaturas inferiores, nacidas para adorarlo y servirlo.
Pero que
alguien le necesite de ese modo… esa sensación es nueva para Samuel. No,
no nueva. Es tan antigua, de hecho, que ya la había olvidado.
Pero debe
admitir que se siente bien, que podría acostumbrarse a ello.
Samuel se dice
que no se trata del deseo propio de los débiles de ser queridos, sino de una
prueba más de su grandeza: Aaron lo necesita porque es lo único que tiene. Él
es su Dios y su diablo. Su cielo y su infierno.
Y hoy no le
apetece ser misericordioso.
Así que se
inclina sobre el chico y coloca una de sus manos en su cintura y la otra en su
nuca, obligándolo a arquearse hacia él, a ladear su cabeza y revelar la frágil
fuente de su pulso, esa deliciosa curva de su garganta que recorre primero con
su nariz fría y después con la caliente punta de su lengua. Saborea cómo su
presa se estremece bajo esa pequeña probada.
Y luego,
aunque lo nota jadear y temblar, aunque el chico está luchando por contener las
lágrimas y se está portando tan bien que merece un par de minutos más de calma
para poder prepararse, Samuel lo muerde de repente.
Sus labios
besan su piel casi con gentileza un instante antes de que los colmillos se
hundan en ella como el filo de un cuchillo enterrándose en suave mantequilla
templada. Tan pronto desgarran esa piel nívea y virgen, su ternura los envuelve
y el calor explota entre sus fauces; la sangre, dulce y adictiva, mana tan
copiosa y deliciosamente que se le escurre entre las comisuras y gotea entre
sus cuerpos antes de que pueda salir de su estupor y tragar con el hambre de un
neófito que prueba el elixir de la vida por primera vez.
El humano es
atravesado por un dolor que jamás imaginó. Puede sentir su carne siendo
profanada de una forma tan violenta, tan voraz, que no es como si estuviesen
acuchillándolo dos dagas filosas, sino como si un animal, salvaje, despiadado y
frío le desgarrase con sus mandíbulas. Los implacables colmillos atraviesan
piel y músculo tan rápido que al inicio el chico no chilla, solo se queda
quieto y callado, sus ojos azules bien abiertos.
Un segundo
después explota en gritos de horror.
—¡Por favor,
por favor, duele mucho! ¡Para, mierda, para! ¡Me muero, ayuda! ¡Me muero! ¡Haz
que pare, Dios!
Su garganta se
deshace en súplicas agudas que poco a poco pierden el sentido hasta que ya no
dicen nada, ya no piden nada, solo son voz y desesperación, quejidos propios de
un animal enloquecido.
Para Samuel,
sus gritos son jodida música. Su voz es hermosa y su sufrimiento, aun más; la
manera en que se rompe cuando chilla, en que solloza, se ahoga, en que ya no
sabe ni hablar apenas. Incluso se permite no castigarlo por ahora por el
hecho de que el chico esté empujándolo, pateándolo y arañándolo. Su resistencia
es fútil, poco más molesta que el zumbido de una mosca, pero lo que el chico le
está dando a cambio a Samuel es un regalo que no va a desperdiciar.
Aaron es más
delicioso que nada que haya probado nunca en el mundo. Más delicioso que su
primera víctima, su último amor, su más perfecta venganza. Más dulce que
cualquier fantasía que ha imaginado jamás. Más dulce de lo que sus sentidos
casi divinos pensaron poder probar jamás.
Cálido, como
beber los rayos del sol a mediodía, su energía fundiéndose en tu boca como
miel, su calor derramándose despacio con un suave beso en los labios, una
caricia lasciva lengua abajo, una plenitud insaciable en el estómago.
Suave, como la
seda, una tela color vino acariciando todo el cuerpo de Samuel, desde dentro,
desde fuera, en su cuello, sus comisuras, lazos de satín carmesí rodeando sus
colmillos, deslizándose por sus labios como una alfombra roja.
Dulce, como
azúcar fundiéndose en la lengua, nata deshaciéndose contra el hambre de un
muerdo, sirope denso glaseando los labios que lo besan. Una chispa especiada,
canela ardiente que une lo calmante y puro de aquello acaramelado con la chispa
del picante más tentador y pecaminoso.
Morder a
Aaron, piensa Samuel, es como hundir los colmillos en la perfección. Beber un
néctar tan puro que no puede sino estar reservado para los ángeles y que, entre
sus colmillos afilados como cuernos de diablo, sabe aún mejor, pues se torna
pecado.
Samuel no ha
creído nunca en Dios, pese a considerarse un diablo, pero una nueva, retorcida
fe empieza a formarse en su interior mientras sonríe con la boca llena de
sangre y piensa: <<Retuércete de ira, Dios, pues soy intocable y estoy
destrozando a uno de tus más bonitos ángeles>>.
CAPÍTULO
14
Aaron jadea
con fuerza. Por más que respire, siente que no entra aire en sus pulmones, solo
dolor. No puede respirar, no puede hablar, no puede siquiera llorar.
Está reclinado sobre el vampiro como un muñequito sin vida teñido de carmesí,
con sus brazos colgados a los lados de su cuerpo y las piernas a ambos lados
del regazo de su amo, totalmente inertes. Nota los dedos fríos y húmedos y su
cuerpo tan pesado que no puede moverlo, como si su piel fuese de metal y sus
huesos de un alambre muy finito que no soportará la carga.
El vampiro ha
desencajado sus colmillos de la herida que ha dejado en su cuello, pero todavía
tiene el rostro hundido en esa curva ahora mutilada. Lame sin parar la poca
sangre que brota, queriendo cerrar la herida, pues ha tomado más de lo que
pretendía, y a la par deseando probar más y más del delicioso humano que tiene
encima.
Aaron usa esos
minutos en que el vampiro simplemente lo lame como un gato para intentar
recuperar el control de sus pensamientos. Para respirar despacio y profundo y
decirse a sí mismo que no está muriéndose, aunque se sienta exactamente así.
Al final,
cuando logra recuperar su cordura, Aaron rompe en lágrimas, pues sabe que el
destino que le depara es, con suerte, ser una bolsa de sangre personal para su
amo, incapaz de liberarse de la horrible tortura que supone ser mordido y
alimentar a uno de esos seres.
Tal vez, si es
obediente en extremo, consiga librarse de las palizas y los insultos, de las
noches sin comer ni beber y de los toques extraños que lo incomodan, pero el
único motivo por el que el vampiro lo deja vivir es por su sangre. Y eso es lo
que más aterra a Aaron. Siempre supo que dolería, que sería aterrador, pero
pensó que podría soportarlo, que sería un amargo trago para luego saborear la
dulce victoria de sobrevivir una noche más.
Es peor de lo
que jamás esperó.
Mucho peor.
Sentir como
otra criatura más poderosa que tú te atrapa, te caza, como bebe tu
sangre llenándote las venas de puro fuego, arrancándote poco a poco la vida.
Aaron recuerda la sensación del latido de su corazón ralentizándose poco a poco
sin que él pudiese hacer nada, su cuerpo quedándose frío, sus manos tornándose
torpes y sus pensamientos tan lentos y simples…
Detesta esa
sensación de que alguien más tiene su frágil corazón entre los dientes.
Samuel lo
aparta de golpe de él, despegándose de su herida y mirándolo con los ojos tan
oscuros que bien podrían ser completamente negros y los labios pintados de
carmesí. Las puntas de su cabello dorado están también manchadas, goteando la
sangre que le pertenece a Aaron.
El aire se
siente pesado entre ellos y el tiempo lento, pegajoso.
—Eres
delicioso… —murmura Samuel, relamiéndose, mirándose los dedos enguantados en
brillante sangre con fascinación antes de lamerlos despacio, sin querer
desperdiciar ni una sola gota—. Tan dulce, pero con un toque… ah, tan perfecto,
como fuego… ah, joder… —el vampiro habla como entre susurros, su voz suena
distante, distraída y Aaron es la primera vez que lo ve tan extrañamente
vulnerable, aunque apenas puede atender, pues siente que el mundo a su
alrededor se atenúa poco a poco—. Quiero más… quiero probar cuán dulce será tu
muerte… pero no quiero quedarme sin tal dulzura aún…
Samuel lo
atrae hacia él y el chico se derrumba en su pecho sin poder sostenerse solo. El
vampiro lo agarra del pelo y lo mueve a su antojo, alzándole la cabeza para
lamer la sangre en su barbilla, en su cuello… Le abre la camisa con brusquedad,
tirando de ella hasta que se saltan los botones, y lame también las gotitas que
delinean sus clavículas. Aaron se queja bajito, sus ojos cerrados porque apenas
puede mantenerlos ya abiertos y miles de escalofríos extraños recorriéndolo
cada vez que nota la sedosa y húmeda lengua acariciar su piel con ansia.
Samuel empuja
a Aaron a un lado, derrumbándolo sobre el sofá como un títere sin hilos y luego
tira de su muñeca para lograr que el chico esté boca arriba, disponible para
sus deseos.
Aaron
entreabre los ojos, observando entre sus pestañas perladas en lágrimas de
agotamiento como el vampiro le desgarra la ropa. Ve la preciosa seda hacerse
jirones contra su piel, dejándola llena de arañazos rojos y ardientes, pero no
es sino unos minutos más tarde, mientras el vampiro está sobre él lamiendo su
cuello, sus hombros, sus clavículas y su pecho como un animal famélico, que el
chico comprende la situación.
Sus ojos
captan imágenes sueltas, pero su cabeza, toda emborronada por el cansancio,
apenas puede concederles un significado: su cuerpo desnudo, la lengua larga,
las manos que lo palpan como si buscasen tomar algo de él. Su suavidad, su
dulzura, su inocencia.
Aaron no tiene
ni idea de cómo alguien podría arrancarle cualquiera de esas cosas sin
romperlo, como quien estrella contra el suelo su hucha de porcelana para
obtener el valor que dentro guardaba.
—A…amo, me
siento muy raro… —dice el chico, apenas sin voz— mareado y… r-raro… duele…
Samuel lo toma
por la cintura y se separa de su cuerpo, aunque sigue sentado sobre las piernas
del humano, inmovilizándolo bajo su figura. El vampiro tiene ahora solo leves
borrones de sangre en su mandíbula y sus labios, como pintalabios que alguien
ha intentado borrar en vano, y se relame los labios y los colmillos una y otra
vez, desesperado por no perder el nuevo sabor que acaba de descubrir. Sus ojos,
sin embargo, no están tan negros y sumidos en el abismo como antes, sino que la
enorme pupila es contenida por un anillito de fuego que parece separar al
vampiro del frenesí, aunque por poco.
—No te
desmayes —ordena el vampiro, pero su voz exigente no es tan firme como siempre,
suena desesperada, tan ansiosa…— ¡Eh! —grita cuando el humano entrecierra los
ojos, rendido ante el cansancio— Aún no he acabado.
Esta vez su
voz sí suena como antes, como la del hombre que le dio una brutal paliza, la
del hombre cuya expresión se mantiene ecuánime y sus ojos fríos mientras lo
destroza y lo amenaza con arrebatarle la vida. Samuel luce como un tirano, pero
Aaron sabe que esta vez no podrá obedecer. ¿Cómo va a mantenerse consciente? Ya
siente sus brazos hasta los codos y sus piernas hasta las rodillas hundidas en
el frío lago de la inconsciencia. No puede mover ni su cabeza de un lado a otro
y no puede permitirse hacer el esfuerzo de respirar y mantener los ojos
abiertos al mismo tiempo.
Los
entrecierra de nuevo.
Samuel lo
abofetea, solo que más fuerte que otras veces. Le da con la encallecida palma
de la mano y luego hace el movimiento contrario, cruzándole la cara con el
revés, los nudillos abriéndole el pómulo. Aaron desearía notar el rostro como
una carcasa de plástico, al igual que empieza a sentir el resto de su cuerpo,
pero la suerte vuelve a no sonreírle y lo nota todo.
Nota el
latigazo terrible de la mano, el martilleo de los nudillos en el viaje de
vuelta. Su cara se gira bruscamente dos veces, a merced de los golpes, y el
cuello le tira y le duele por culpa de ese movimiento. Las heridas en su
garganta se reabren, la nueva en su pómulo sangra y puede sentir algo pequeño y
duro como una perlita flotando en la sangre que se le empieza a acumular en la
boca.
Aaron respira
lento y doloroso; siente algo al final de su boca doler tanto que palpita como
un corazón entre sus dientes. Desliza la lengua por sus muelas, buscando
acariciar el origen de ese dolor, calmarlo, y encuentra sangre y una hondonada
suave y sensible.
No tiene
fuerzas para escupir la sangre que tiene en la boca, así que la traga y, con
ella, el diente que Samuel le ha soltado con sus golpes.
Aaron cierra
los ojos, su boca sabe solo a metal y dolor, sus oídos se llenan de un pitido
horrible y, ni aun así, puede evitar escuchar las últimas palabras del vampiro
mientras lo sacude como a un muñeco.
—Desmáyate y
te haré desear no haber despertado jamás.
Aaron ya desea
no volver a abrir los ojos.
CAPÍTULO 15
Aaron
despierta solo, dolorido y tan hambriento y sediento como si su horrible
castigo sin agua ni comida no hubiese terminado.
<<Mi
castigo…>> recuerda haberlo podido acabar sin ser mordido. Recuerda lo que
dio a cambio: <<Debía darle mi sangre y mi cuerpo>>.
El muchacho
parpadea varias veces, tratando de descifrar dónde está. Todo es tan blanco que
le deslumbra al inicio, pero acierta cuando presupone que está en el baño. Su
cuello duele terriblemente, tanto que ni siquiera puede salir impune de la
simple acción de tragar saliva, pero cuando hace una pequeña mueca de dolor,
nota que el mordisco en su garganta no es lo único que debería preocuparle:
todo su rostro está hinchado, la piel tirante y morada, el músculo resentido
por el terrible maltrato de esos dos bofetones. Aaron desliza su lengua por el
interior de su boca hasta que lo halla: el hueco. Ha perdido realmente un
diente al ser golpeado y ahora la herida expuesta duele y sangra, aunque el
resto de dolores de su cuerpo hacen que ese pase un poco más desapercibido.
Intenta
levantarse, aunque todavía está muy mareado, y al hacerlo nota que hay un
rastro de sangre que va desde la puerta hasta su posición, al lado de la
bañera. Samuel lo ha arrastrado hasta allí.
<<Samuel…>>
Aaron jadea y
sus rodillas le fallan, tirándolo al suelo de nuevo, cuando recuerda la
imponente voz de su amo prometiéndole que sería castigado si se desmayaba.
<<Mierda,
mierda, mierda. ¡¿Por qué no he podido intentar aguantar más?! Soy débil e
inútil. Lo he hecho mal. Me dije que sería bueno. Me dije que lo haría todo
bien. ¿Por qué no puedo hacer nada bien?>>
Aaron se hace
un ovillo en el suelo, temblando y sollozando, agarrándose los cabellos
azabaches mientras no puede siquiera imaginar cómo será el castigo que su amo
le propinará. Le duele tantísimo la cara y el cuello, no se siente capaz de
aguantar más ahora; si el vampiro le da aunque sea un pequeño golpe, Aaron está
seguro de que colapsará, de que volverá a desmayarse y sangrará y se romperá y <<moriré,
voy a morir,
voyamorirvoyamorirnoquieronoquieronoquieromorirmamáporfavorpapánecesitoayudanomequieromorirporfavorporfavordiosnoquieronoquieronoquieromorirasí>>
Un estruendo
lo saca de sus pensamientos y, por un instante, Aaron es capaz de arrancarse el
pánico y pensar fríamente: se pone de pie, sale corriendo del baño y comprueba
a través de la ventana que, efectivamente, es todavía de noche y aún tiene
tiempo para enmendar su error y ser bueno. Reconoce el ruido que ha escuchado
como la puerta de entrada, así que Samuel debe estar por llegar hacia él o,
mínimo, hacia el segundo piso, donde él ahora se halla, así que se pone manos a
la obra y trata de ser productivo, realmente productivo, durante dos minutos.
Tres, si tiene suerte y Samuel anda lento y confianzudo, sabiendo que no tiene
razones para perseguir a una presa que jamás podría escapar de él.
No se mete en
la bañera, pues eso le tomaría demasiado rato, pero moja una toalla con agua y
algo de jabón para limpiar y desinfectar sus heridas. Limpia la de su cuello
sin mirar, pues tan pronto ve toda esa carne roja y abierta en el espejo le da
una arcada, y luego limpia su ceja y pómulo partidos, se limpia los labios
llenos de sangre seca y se enjuga la boca hasta que ya no le huele a óxido. Se
pone una enorme blusa blanca y se arrodilla en el suelo, empezando a limpiar el
rastro de sangre que su cuerpo ha dejado cuando era arrastrado.
Cuando Samuel
abre la puerta del baño, lo hace de forma brusca, pero al ver al humano
habiendo ya limpiado casi toda la sangre de la estancia, se relaja un poco,
complacido por lo servicial que está siendo el chico. Aun así, no le habla con
la más mínima dulzura.
—Limpiarás eso
luego —espeta y Aaron asiente rápido y sin voz, dejando el trapo ordenadamente
en una esquina y corriendo a arrodillarse al lado del vampiro con la cabeza
bajada. Samuel lo mira con curiosidad y su voz se suaviza un poco—. Veo que
todavía tienes bastante energía, quizá te he juzgado mal y me he contenido
demasiado bebiendo de ti —una risa corta y despectiva sale de sus labios—,
incluso he tenido que ir a un jodido local de sangre para quitarme el hambre
que me has despertado porque temía matarte si seguía bebiendo de ti. Te has
desmayado tan dramáticamente, incluso si te he advertido que habría
consecuencias si lo hacías… —su tono es oscuro, siseante. Si la serpiente que
ofreció la manzana a Eva le legó su voz a alguien, Aaron está seguro de que ese
es Samuel. Su tono, sin embargo, se torna un poco más animado, menos amenazante
cuando sigue:—, pero mírate ahora. Tienes más aguante del que creí y yo todavía
tengo ganas de jugar contigo, quizá es hora de una segunda ronda.
Su tono se ha
tornado oscuro, su voz, deseosa. El vampiro se agacha y toma la barbilla de
Aaron, alzándole el rostro para examinar cómo está su presa. Aaron luce
terriblemente pálido, lo cual hace resaltar más los moratones de sus mejillas:
uno grande y violáceo, el otro amarillento, con cuatro puntos negruzcos ahí
donde sus nudillos han machacado la piel. Sus labios, siempre rosas, ahora
tienen un color apagado y lucen secos.
Sus ojos
azules y preciosos miran a un lado, evitando su mirada como si quemase.
—M-mi señor,
me siento muy débil y mareado. N-no creo que pueda beber más de mí, no tengo
energía, lo prometo, s-solo estoy… me estoy esforzando por…
Samuel le
regala a Aaron el divino sonido de su risa grave.
—¿Estás
trabajando duro para ser un buen chico? —le pregunta en ese tono entre la
dulzura y la más amarga burla, pero a Aaron no le importa la ironía en sus
palabras, ni la humillación, solo le importa el hecho de que está acariciándole
la barbilla con el pulgar de forma suave y que eso lo relaja por primera vez en
toda la noche.
Sin apenas
voz, Aaron responde con un adorable "Mhm".
—Entonces,
humano, recordarás que esta noche no solo quiero tu sangre. ¿Qué más quiero de
ti? Vamos, dilo.
—M-mi cuerpo,
señor.
Samuel retira
su mano despacio, gentilmente, y le da la espalda al chico para andar de vuelta
al dormitorio y fuera del baño. No es hasta unos segundos más tarde que Aaron
entiende que la orden de que debe seguirle está implícita en sus movimientos.
Al levantarse de pronto, el chico se cae al suelo, raspándose un poco las
rodillas, pero el vampiro decide ser magnánimo y no castigarlo por su torpeza,
pues le resulta casi tierna esa forma de andar que tiene, mezcla de su
debilidad y su nerviosismo.
Samuel se
queda parado frente a la enorme cama que preside su estancia. Corre el dosel
blanco como un vaporoso manto de niebla que disipa con su mano, abriendo así
una entrada al enorme valle de sábanas rojas y lisas que se extienden frente a
él, como un mar de sangre.
Aun así, el
vampiro no se tumba en la cama ni se sienta en ella, solo permanece frente a
esta y lleva sus manos a su corbata, desatándola despacio. Mira por encima de
su hombro hacia atrás, su mirada roja y cruel deslizándose sobre la temblorosa
figura que espera a su espalda, y baja la vista con prisas.
—¿A qué
esperas?
Samuel está
impaciente y eso desespera a Aaron. Siente la necesidad de complacerlo quemando
bajo su piel, la urgencia de solucionar un error que pronto vendrá a morderlo
duro y profundo y a dejar marcas que no podrá olvidar. Pero no sabe qué debe
hacer, así que mordisquea su labio y juega con sus manos y dice:
—¿C-cómo debo
ofrecerle mi cuerpo, señor?
Samuel se
voltea hacia el chico y lo mira con una ceja arqueada. Al girarse, revela ante
Aaron no solo que su corbata está desatada y colgando a los lados de su ancho
cuello, sino que los primeros botones de su camisa también lo están,
regalándole al chico un vistazo de su pálido y perfecto cuerpo.
Tiene las
clavículas hermosamente marcadas y el pecho fuerte y robusto, haciendo que el
próximo botón que debe ser desabrochado se halle tenso sobre esos músculos
abultados que debe cubrir.
Quizá Aaron se
centra demasiado en admirar la anatomía de su amo, pues no se da cuenta
de que se ha acercado con la mano alzada hasta que es demasiado tarde y el
terror lo paraliza, haciéndole abrir sus ojos grande, como un conejito ante los
faros de un coche.
Samuel lo toma
bruscamente por la garganta, su mano enorme y fuerte apretando tan delgada
zona, los dedos rozando el frío collar y la caliente herida con desgaire,
tratando piel lacerada y metal con la misma indiferencia. De un violento
movimiento, Samuel lanza al chico a la cama.
El corazón de
Aaron martillea rápido y cuando traga saliva, jura poder seguir sintiendo la
enorme mano todavía oprimiendo su garganta. Samuel quita otro botón de su
camisa, dejando al descubierto anchos pectorales, y se acerca un paso,
remangándose. Aaron mira a su alrededor, asustado, confuso, y se pone como loco
a intentar alisar con las manos las sábanas de seda carmesí que ha arrugado con
su cuerpo.
Pero la mano
vuelve a su cuello.
Samuel está
ahora en la cama, sobre él. Ha gateado hacia su posición silenciosa
elegantemente, como un depredador de pelaje negro y brillante como el traje que
lleva. Lo acorrala fácilmente contra el cabecero y aprieta su mano,
divirtiéndose al sentir el pulso de su asustada presa acelerarse; lo empuja
duro contra el colchón, haciéndole sentir pequeño bajo su cuerpo. Lo mira con
curiosidad, de arriba abajo.
—¿Eres virgen?
—pregunta, su tono es ecuánime, pero la pregunta escapa de sus labios como un
flechazo que alcanza de lleno a Aaron y le hace jadear.
El vampiro
todavía envuelve su cuello con un firme agarre, así que Aaron no se puede
concentrar apenas en responder; está demasiado nervioso pensando que va a ser
estrangulado y demasiado enfocado en la tarea de mantener sus manos quietas en
vez de llevarlas instintivamente a las del vampiro, pues sabe que eso lo
enfurecería.
—S-sí, señor
—logra decir el chico, aunque su voz tiembla y sale tan bajita de sus labios
que apenas suena como un quejidito patético. Acto seguido, añade:—. Lo siento,
señor…
Samuel alza
una de sus cejas con diversión y arquea otra inquisitivamente. Una media
sonrisa burlona atraviesa el carmesí de sus labios y deja entrever uno de sus
colmillos. Aaron siente un escalofrío en su nuca.
—¿Por qué te
disculpas?
Samuel se
apoya en un codo, pero deja que sus piernas y parte de su torso estén
cómodamente estirados sobre la delgada anatomía de Aaron, clavándolo contra el
colchón. El chico está visiblemente agitado por ello y se remueve, como un
ratoncito que trata de escapar cuando le pisas la cola.
—No lo sé…
—responde con la cara toda roja y mordisqueándose tanto su labio que está a
punto de hacerse sangre en él.
Samuel alarga
la mano con la que no está atrapando la garganta del menor y roza con sus dedos
sus pálidos labios, abriéndoselos con delicadeza para que deje de morderlos.
Aaron respira muy agitado, pero intenta contener el aliento, como si exhalar y
dejar que el aire de sus pulmones rozase los dedos del vampiro fuese un
terrible pecado.
—Sigue
hablando. —ordena el vampiro con voz dura, pero dedos suaves recorriendo con la
delicadeza de una pluma los belfos del humano cautivo bajo su cuerpo.
—N-no sé por
qué me he disculpado —vuelve a explicar y ahora que el vampiro toca sus labios,
el chico habla y respira con mucha más dificultad, tan nervioso que le cuesta
ordenar las ideas en su cabeza—, e-es solo… me he sentido avergonzado y pensé
que estaba haciendo algo mal…
A medida que
habla, el vampiro se aventura más y más a explorar la hermosa boca del chico
con sus dígitos. Primero, solo los ha usado para repasar una y otra vez sus
labios, probando su ternura, su suavidad, trazando el bonito arco de cupido del
chico y empujando un poquito su labio inferior hacia afuera, como queriendo
abrirle ligeramente la boca. Ahora, sus dedos empujan un poco más hondo, hasta
que las uñas como de cristal del vampiro tocan los dientes del chico. Aaron da
un repullo y jadea, pero la mano en su cuello lo mantiene en su lugar y la de
su boca se sitúa entre sus dientes y empuja un poco.
Aaron quiere
ser bueno y complaciente, ofrecerse, así que abre dócilmente su boca. De
todos modos, Samuel no está haciendo nada tan malo, ¿cierto? Solo desliza sus
dedos dentro de su boca, sobre su lengua, acercándose peligrosamente al final,
aunque se siente algo sofocado y como que podría ahogarse, por no hablar de que
está demasiado nervioso. Pero Samuel no le está haciendo daño y él agradece
eso, así que quiere ser agradecido.
Samuel parece
disfrutar de tocarlo de ese modo, empujando sus dedos adelante y atrás en su
lengua, jugando con la viscosidad de su saliva, testeando los límites del chico
al ir más y más profundo. Aaron tose y se remueve, incómodo, cuando los dedos
de Samuel llegan a su garganta, pero la mano en torno a ella aprieta como una
advertencia y, aunque se le llenan los ojos de lágrimas, logra quedarse
quietecito hasta que Samuel retira sus dedos.
Aaron lo mira
extrañado y algo abochornado al ver el lío húmedo que ha formado en los dedos
de ambos. Ambas largas falanges están cubiertas por una brillante capa de su
saliva que gotea como miel hacia los nudillos. Aaron quiere pedirle a Samuel
que le deje limpiar el estropicio que ha hecho para así evitar cualquier tipo
de castigo que eso pueda procurarle, pero las palabras se le atoran en la
garganta cuando el vampiro lleva sus elegantes dedos a los propios labios y de
ellos emerge su lengua larga y roja y los recorre con lentitud y suavidad, una
pincelada precisa, probando así la saliva de Aaron hasta no dejar
desperdiciarse ni una sola gota.
Aaron se queda
anonadado y demasiado confundido. Probar la saliva de otro es algo tan íntimo…
¿Por qué lo haría el vampiro? Además, ¿puede siquiera hallar goce en consumir
algo más que sangre? Aaron no tiene tiempo de pensar mucho más en ello, pues la
voz ronca de Samuel sigue interrogándolo como si nada.
—Tampoco has
practicado sexo oral, asumo. —una risa acompaña sus palabras.
Aaron se
siente incómodo y algo humillado, como cuando aún iba a la escuela y los chicos
más populares, altos y fuertes que él alardeaban de haber tenido ya novias y de
tomarles de las manos en sus primeras citas mientras él, sonrojado, debía
reconocer que todavía no se había atrevido a tomar de la mano a nadie más que
sus padres.
Esto, sin
embargo, es mucho, mucho peor.
—No, señor.
—¿Has sido
besado, siquiera? —la mirada azul de Aaron se agua un poco y se desvía hacia
una esquina con vergüenza.
Samuel, sin
embargo, no espera una respuesta, pues la manera en que el chico se mordisquea
el labio es suficientemente explicativa. Se inclina un poco más hacia su
rostro, haciendo que la distancia entre sus bocas se sienta peligrosamente
pequeña. Empuja suavemente sus caderas contra las de él y susurra en su oído:
—¿Te has
masturbado alguna vez, cosa inocente?
Aaron se
muerde muy duro la lengua porque necesita, debe parar ese sonido extraño
y obsceno que nace en su garganta cuando el vampiro empuja y empuja y empuja
otra maldita vez su entrepierna contra la de él; Aaron puede notar que el
vampiro está duro, sorprendentemente duro, y que su longitud impresionante y latente
se pega como una barra de acero caliente a su propia entrepierna, causándole
sensaciones que conoce, pero que está acostumbrado a vivir con los ojos
cerrados, demasiado abochornado como para él mismo ser testigo de los apetitos
más lúbricos de su cuerpo.
La forma en
que el otro habla, susurrándole al oído como si su voz misma fuese un secreto
impúdico, tentador, ronco y suave; la manera en que muele sus caderas despacio,
rodando su cuerpo sobre el del pequeño cuando sabe que no tiene escapatoria,
sus movimientos repetitivos, demasiado sexuales… todo eso indica a Aaron que
Samuel habla fluidamente la enrevesada lengua de aquello que a él le avergüenza
haber balbuceado alguna vez. Samuel es antiguo y poderoso y Aaron sabe que
también es malditamente hermoso, es obvio que es un experto en todo lo que
pertenece a la seducción, el placer y lo prohibido.
Él, sin
embargo, solo sabe de ese mundo que algunas noches el norte de su cuerpo arde y
que su mano debe acariciarlo para apaciguar esa sensación. Siempre pensó que
sería su secreto, pero Samuel sabe más que él y parece leer en su rostro mismo
la respuesta, la vergüenza que ella conlleva.
Aaron se
siente aturdido, sucio. Se siente atrapado con las manos en la masa cuando
responde:
—S-sí, señor,
me he masturbado… ha sido muy poco, s-solo cuando lo necesitaba —se excusa,
como si acaso el diablo que empuja su enorme erección contra su suave miembro
fuese a reprenderle por su comportamiento obsceno.
A Samuel le
parecen divertidísimas las palabras de Aaron, pues ríe a carcajadas cuando su
voz empapada de inocencia hace la pequeña confesión en voz baja. Ríe como un
diablo regocijándose en la ingenuidad de la pobre alma que ha caído entre sus
garras y cuya mente casta y protegida por la pureza de lo divino no ha sido,
hasta ahora, capaz siquiera de concebir las torturas que le aguardan.
—Oh, qué chico
tan bueno, ¿no es así? Pecando solo esporádicamente —se burla el hombre y su
mano alrededor del cuello de Aaron lo suelta de pronto.
El chico toma
desesperadas bocanadas de aire, pero vuelve a quedarse paralizado y sin
respirar cuando esa mano experta comienza a jugar con los botones del camisón
que lo separa de la desnudez. Abre el primero y retira la tela como quien
desenvuelve un delicado regalo. Sus nudillos acarician las clavículas del
humano con fascinación y casi reverencia. Quizá lo hacen del mismo modo
en que un dios desliza sus manos sobre el sacrificio tembloroso cuya vida
arrebatará, deslumbrado ante aquello que es capaz de destruir con su poder.
—¿Crees que
irás al cielo, humanito, que contenerte y hacer solo cosas sucias cuando lo
necesitas mucho mucho hace que tu alma sea más pura? —esta vez su voz no
es totalmente burlona, en ella hay un deje de reproche, de ira.
—No sé si creo
en el cielo o el infierno, nunca he creído en Dios —confiesa con las palabras
saliendo como balbuceos de sus labios mientras el vampiro desabrocha otro botón
de su camisón. Y otro. Ahora su pecho llano y suave está al descubierto, sus
pezones erizados sobre la cremosa piel blanca como frutillas tentadoras sobre
helado de vainilla—. Es solo… no lo sé, señor, se sentía extraño cuando lo
hacía. Casi como algo malo, p-porque era algo que no había sentido jamás, por
eso evito hacerlo.
—Aquí, humano,
no tienes el poder de decidir si quieres evitar hacerlo o si quieres
hacerlo. —susurra Samuel en su oído y su mano derecha acaricia la llanura
lampiña del pecho de Aaron.
Su piel es
increíblemente agradable al tacto y su calidez le causa hormigueos en la palma.
La manera en que el chico se remueve bajo su cuerpo lo alienta a ser un poquito
más malo, a ponerlo un poquito más nervioso, así que toma uno de sus pezones
entre el índice y el pulgar y lo aprieta suavemente a la par que tira de la
piel sonrosada y elástica. Aaron jadea y gimotea, pero hace su mejor intento
por ser dócil y no escapar del tacto tortuoso de su amo. Samuel tira hasta que
el pezón se le escurre de los dedos y luego vuelve a empezar. Pasa un buen rato
pellizcando el sensible pezón del humano y tirando de él hasta que escapa de
sus dedos solo para volverlo a atrapar de nuevo y estimularlo de la misma forma
cruel. Mientras lo hace, habla con calma, mirando al chico a los ojos con
intensidad.
—Aquí eres mi
juguete, humano, mi bolsa de sangre personal para cuando tenga hambre, sí, pero
también mi puta para cuando me apetezca follar.
Aaron se
retuerce de veras esta vez. El vampiro ha apretado duro su sensible piel y sus
palabras, así como sus dedos, lo han atacado con una dureza desalmada. La
palabra puta se siente como un bofetón en toda la cara que lo despierta
de su cómoda ignorancia: sabía que debía entregarle su cuerpo a Samuel y sabía
que había algo extraño, algo siniestro en la petición, pero jamás llegó a
pensar que el vampiro haría algo más que deleitarse acariciando su piel o,
quizá, en los días donde estuviese más monstruoso, hiriéndola con sus garras.
Aaron sabe
algo sobre sexo, lo suficiente como para que su nuevo destino le resulte
humillante y aterrador.
Sabe que la
primera vez tiene que ser con alguien especial, una entrega hermosa donde dos
almas ansían tanto abrazarse que dos seres humanos pegan sus cuerpos como si
buscasen que sus corazones se tocasen a través de la piel. Cada cálido y
desenfrenado latido, un beso.
Eso es para
Aaron el sexo, algo relacionado con el amor y la intimidad, con la cercanía.
Por eso cuando se tocaba en el pasado solo podía pensar en caricias y besos
bonitos, toques colmados de un cariño que le daba ganas de llorar.
Lo que Samuel
sugiere, sin embargo, es muy distinto.
No hay amor en
sus palabras, solo deseo. Un deseo obsceno y oscuro, a la par con sus instintos
y quizá no tan distinto a su desalmada sed de sangre.
—A partir de
ahora, humano, no vas a tocarte. Te tocaré yo mismo. No vas a buscar tu placer,
sino a hacer lo que sea por el mío. Vas a ser usado. Si te ordeno que te
arrodilles y abras la boca, lo harás sin una sola queja. Si te ordeno que abras
las piernas y me entregues tu virginidad, vas a rogarme ser follado incluso
entre lágrimas de dolor, ¿entiendes? Eso es lo que quiero cuando te ordeno que
me entregues tu cuerpo. Vas a ser tan mío, humano, que cuando esté poseyéndote,
tu lengua va a olvidar cómo pronunciar cualquier otra cosa que no sea "Sí,
señor". ¿Queda claro?
Aaron tiembla
en su lugar, las caderas de Samuel están tan duramente apretadas contra las
suyas que ya no puede ignorar más la enorme erección que se empuja contra su
delgada anatomía. Ahora, la excitación del vampiro le parece amenazante, un
augurio de un horrible dolor. No entiende todavía cómo funciona la intimidad
entre dos hombres, pero Samuel es brusco y demandante y sabe que no se
esforzará en hacer las cosas agradables para él.
Y, aun así, su
estúpido cuerpo responde a las atenciones recibidas, demasiado sediento de
tacto como para distinguir el cariño de la violencia. Aaron nota su entrepierna
apretada e incómoda.
Se siente
sucio.
—S-sí, señor…
—musita, ahora con lágrimas corriendo por sus mejillas. No se ha dado cuenta de
que había empezado a llorar, hasta ahora, cuando pronuncia sus palabras y la
salada tristeza se le cuela entre los labios, dándole a probar el amargo sabor
de ser despojado de uno mismo.
Samuel maldice
internamente.
Aaron está
siendo bueno para él, increíblemente receptivo ante ideas que sabe que le están
rompiendo el corazón y pisoteando sus pobres pedacitos, y usualmente estaría
jubiloso de tener un esclavo humano así, aprovecharía su docilidad para tomarlo
aquí mismo, sobre las sábanas, para teñirlas todavía más de rojo, tomando
brutalmente la castidad de ese ser que es suyo para corromper. Suyo para poseer
y destruir.
Pero no puede.
Su deseo todavía le recorre el cuerpo como un hormigueo insaciable e incitador,
pero algo lo detiene.
Aaron no se ha
atrevido a mirarlo a los ojos hoy, pero él sigue mirando a los ojos al chico,
sigue hundiéndose en esos preciosos lagos de aguas pacíficas, dulces y cálidas,
esos iris tan bonitos y brillantes que bien podrían ser un pedacito del paraíso
escondido en la mirada de un mortal que ignora el poder que lleva dentro.
Y verlos así,
tan destrozados, tan anegados en oscuridad y tristeza y desvaídos de toda
esperanza, lo hace sentir débil. Samuel quiere ordenarle al chico que pare de
lucir tan miserable, incluso si él mismo lo ha hecho así, quiere decirle que no
tiene derecho a dañarlo con su dolor, a apuñalarlo con su tristeza, ¿pero no
sería eso admitir que es débil? ¿No sería confesar que su mirada inocente le
hace temblar las piernas y su dulce voz le deja sin aliento, como si cada
mirada que le regala fuera un golpe que lo desestabiliza, cada suspiro una
palabra que ha robado de su cruel y mezquina boca para tornarla aire vaporoso y
cálido como un abrazo?
Samuel se
siente enfadado con ese muchacho, incluso si sabe que no es su culpa causar
semejantes reacciones en él, pero ¿qué más le da a él la culpa? Se supone que
él no debería sentir culpabilidad, así que tampoco debería entenderla,
no debería preocuparse por si los humanos a los que hiere son culpables o no,
¿cierto? Al fin y al cabo, él no es justiciero, él es un vampiro.
Aaron grita
corta y altamente cuando un bofetón interrumpe su primer sollozo y le expulsa
hasta la última lágrima de sus mejillas.
—Deja de
llorar.
Samuel sale de
encima del chico y el muchacho toma una bocanada grande de aire. Pensaba que se
había acostumbrado al titánico peso de ese cuerpo trabajado y alto como un
gigante sobre él, pero descubre que simplemente ha estado conformándose con
apenas respirar. Se siente ligero y mareado.
El mundo le da
vueltas cuando Samuel lo toma de un brazo y lo incorpora de golpe, haciéndolo
quedar sentado en medio de la cama, junto a él. El chico traga saliva e intenta
no mirar al vampiro, no mirar su cuerpo, que tan fácilmente podría someterlo,
no mirar el magno deseo que crece bajo sus pantalones de una manera tan obvia
como aterradora. Sus propias ropas le quedan holgadas y con los primeros
botones de la camisa desabrochados.
El chico toma
la tela disimuladamente para tratar de cubrirse un poco y que esta no revele su
intimidad. Samuel espera a que haga ese gesto tan pudoroso para sonreír y dar
su siguiente orden:
—Desnúdate.
Aaron muerde
su labio y baja la cabeza. Se desabotona un par de botones más de la camisa,
pero sus manos tiemblan tanto que el tercero se le escurre entre los dedos y su
torpeza no hace más que empeorar la situación.
Samuel da un
bufido frustrado y le arranca la ropa al chico con sus garras. Pasa en un solo
instante: sus ojos se tornan más oscuros, sus colmillos más largos y sus uñas,
así como la punta de sus dedos, afiladas, azabaches y brillantes; con ellas
desgarra la ropa tan fácilmente como si estuviese hecha de papel y sabe, tan
pronto oye el jadeo dolorido de Aaron, que también ha lacerado su piel.
Tres largas
pinceladas rojas recorren el vientre de Aaron, tal y como si un gran león le
hubiese dado un zarpazo al jugar con él demasiado descuidadamente. Unas gotitas
rojas descienden por su piel y Samuel admira la forma en que el atractivo rojo
se hunde en la hondonada de la delgadez del chico y luego recorre con lúbrica
lentitud su vientre bajo, su pubis y, finalmente, dos gotitas rojas enmarcan la
deliciosa zona prohibida desde la cual el pene del chico nace suave y rosado
como un pétalo de flor.
Samuel mira la
intimidad de Aaron con descaro, haciendo que el chico agarre con fuerza las
sábanas rojas para reprimir el impulso de taparse. No recuerda nadie que no
fuese su doctor viéndolo sin ropa e incluso entonces, no se sentía tan desnudo,
pues ahora no solo siente que ha sido despojado de su ropa, sino de su voz, de
su persona, del poder de parar el tiempo y las manos ajenas con un simple, pero
poderoso no. Ahora pareciera que yace en la mesa fría de un científico
que lo ata de manos y pies, dispuesto a retirarle la piel y dejarlo sensible,
exponiendo las fibras más frágiles de su alma.
—¿No te gustan
los hombres? —pregunta el vampiro, curioso, acercando su mano de peligrosas
garras al sexo de Aaron.
El chico se
muerde duro el labio mientras ve las garras que han marcado con violencia su
tripa tomar con delicadeza su miembro flácido y situarlo en la palma como un
juguetito.
—Uhm, n-no lo
sé, señor, estoy nervioso —confiesa, como excusándose por que su miembro sea un
pedazo de carne adorable y manso en la mano del otro, por tener un cuerpo
tembloroso y no obsceno, por no sentir más que puro terror—. ¿Va a… a
castigarme por haberme desmayado antes?
La boca de
Aaron se seca tan pronto como oye su pregunta. No está preparado para la
respuesta, pero no puede esperar más.
—¿Acaso buscas
tentarme con la idea de hacerte daño, humano, mientras tengo tan a mi
disposición tus lugares más sensibles? No pensé que fueses masoquista. —se
burla el otro, cerrando su puño en torno al pequeño pene del chico solo para
verlo abrir los ojos grande con preocupación y deshacerse en temblores entre
sus manos.
—No lo soy, mi
amo, se lo aseguro, e-es solo que estoy muy preocupado…
Los ojos de
Aaron están clavados en su entrepierna, observando con extrema atención la
manera en que Samuel aprieta su mano y la mueve ligeramente, primero arriba y
luego abajo, apretando duro su puño cuando este encierra la sensible cabeza
rosada de su pene.
Aaron jadea
cuando el vampiro lo estimula de ese modo y, pese a la lentitud, tan tortuosa
como deliberada, el sexo de Aaron es incapaz de ignorar el tacto que lo
provoca.
Samuel sonríe
cuando nota que el chico está empezando a endurecer en su mano. Le gusta poder
invocar su deseo incluso cuando el chico está llorando de terror, negando con
la cabeza. Es tan suyo que es dueño de las reacciones de su cuerpo, un
titiritero que jala de los hilos que le place pese a que su muñequito de madera
se retuerce por dentro en protesta.
—Veamos…
debería —su tono es oscuro, amenazante y cuando nota que la idea de un castigo
asusta más al menor, empieza a masturbarlo más rápido, sintiendo como si su
hombría se envara en la palma de su mano, creciendo apenas un par de
centímetros—. Has sido tan desobediente al perder el conocimiento cuando tus
gritos y lloros estaban siendo un delicioso espectáculo para mí, me pregunto si
debería hacerte algo malo. Realmente malo, para escuchar más de esos bonitos
sonidos que haces cuando te hiero.
Samuel aumenta
la velocidad y ahora los toques del vampiro no son ya como aquellos lujuriosos
movimientos que él hacía en sus noches más vergonzosas, sino que son peores: el
vampiro lo masturba con una maestría que arranca de él gritos, jadeos y gemidos
tan enloquecidos que apenas puede reconocer su voz. Las sensaciones no son
hormigueos agradables, como cuando él sofocaba sus excitaciones hasta notar el
calor derramándose en su palma, sino que son latigazos de placer que lo
recorren tan despiadadamente que se siente descarnado, tan sensible que no sabe
ya si eso que le hace retorcerse y cerrar los puños es placer o dolor.
El vampiro lo
masturba rápido, aunque luce implacable, como realizando cualquier otra
sencilla tarea. Aprieta más cuando llega a la base y a la punta, logrando que
los lugares más receptivos del chico se sientan intensamente estimulados.
Incluso puede notar en la palma de su mano el dulce néctar que el chico empieza
a producir, su sexo desesperado por hallar ya la liberación.
De pronto, el
vampiro se detiene. Ahora lo masturba tan despacio que cada centímetro de piel
que mueve se siente ardiente como el infierno, pero al menos Aaron puede
recuperar su aliento y suspirar de alivio porque su clímax, tan cercano hace
nada, ahora se disuelve como azúcar en su piel bañada de sudor.
—Pero me ha
complacido verte limpiando tan pronto has despertado y estás comportándote
bastante tranquilo, para un novato, no estoy siquiera teniendo que ser violento
contigo para tocarte.
Aaron se pone
alerta de pronto al escuchar esa palabra que tanto lo alarma.
—N-no hace
falta que lo sea, señor, no sea violento, por favor. Me da mucho miedo cuando
lo es.
Samuel sonríe
de la forma en que solo un diablo puede sonreír. Luego atrapa la garganta de
Liu entre su mano libre y se asegura de hundir bien profundo sus garras en el
mordisco todavía rojo y pulsante.
Una mano
penetra la rojez de su herida, haciéndola derramar más gotitas carmesí,
arrancando al chico más lágrimas; la otra muele su sexo como buscando robarle
un orgasmo y el chico se retuerce en sus manos, los ojos virando hacia las
cuencas, la espalda arqueada mientras sensaciones poderosas como un rayo lo
atraviesan.
El dolor del
mordisco es tan terrible, tan primitivo: la sensación de un depredador rasgando
tu carne con los dientes hasta convertirte en mero alimento. Pero ama el placer
de ser tocado, por fin, tras tanto tiempo, de ser tocado con urgencia, con un
pulso firme, una mano grande y llena de un calor robado, una mano dominante que
dicta el ritmo de sus gemidos.
Aaron nota la
contradicción partirlo en dos; mientras, Samuel habla implacable:
—Oh, tú no me
dices qué hacer, cosita, así que cierra tu jodida boca si no es para gemir o
gritar, así, como lo haces ahora. Tan obediente... Seré violento contigo cuando
te use, pues eso me divierte y si ahora estoy siendo suave no es porque estés
asustado, no es porque me causes compasión o me preocupe romperte —el vampiro
suelta al chico de pronto, una mano manchada de sangre, la otra de brillante
placer líquido. El vampiro lame sus dedos con lascivia, sonriendo mientras mira
el lío lloroso y húmedo que se encoge y solloza sobre las sábanas, esa cosita
patética y bella a la que tiene el placer de llamar suya. Se inclina sobre el
chico, quien se encoge, y susurra las siguientes palabras, dejando que las
asimile:—, es solo porque morderte me ha saciado lo suficiente como para
permitirme explorar tu bonito cuerpo con cierta paciencia.
<<Mentiroso>> sisea algo dentro de
Samuel. Aaron ha calmado su sed de sangre, sí, pero ha avivado algo grande e
insaciable en su interior, algo que toma las cosas con agresividad, algo que
ahora afila sus colmillos y garras porque precisamente quiere usarlos. Pero también
parece haber despertado algo que lleva siglos dormitando, algo antiguo,
polvoriento, obsoleto para un ser poderoso como Samuel.
<<No
seas estúpido, Samuel, la compasión y la culpa no son más que palabras cuyo
significado he olvidado. Lo que siento ahora, este… desconfort con su
sufrimiento no es más que un eco estúpido de una vida que hace mucho que
enterré. No son emociones reales, solo meros recuerdos. Si tan solo no tuviese
una mirada tan bonita.>>
Samuel se
traiciona a sí mismo atisbando esos orbes hermosos una vez más. Dos reflejos de
un cielo que jamás podrá ganarse, de un cielo al que renunció hace mucho, no
cuando fue convertido por otro, sino cuando se convirtió a sí mismo en un
asesino.
<<Si
tan solo él
no la hubiera tenido.>>
Samuel se
voltea, dejando de mirar al pequeño muchacho que trata de hacer un ovillo en la
cama y cubrir las partes de su cuerpo que lo traicionan y lo humillan, pero sus
siguientes palabras hacen que un escalofrío lo recorra de arriba abajo:
—Dejémonos de
juegos. Vas a complacerme ahora, humano, y si eres castigado o no depende de
qué tan bien lo hagas.
El tono duro y
frío de Samuel es como un balde de agua sobre el rostro de Aaron, que se fuerza
a empujar a un lado toda su incomodidad y su miedo y se yergue un poco, enjuga
sus lágrimas y dice, con voz muy temblorosa:
—¿Qué debería
hacer? M-me quiero esforzar, señor, es… es solo… ¿Puede darme instrucciones,
por favor? ¿Puede seguir dándome órdenes? No quiero hacerlo mal, no quiero que
me pegue.
—Mírame.
—comanda el hombre; su voz es tan ruda que Aaron la obedece sin siquiera
pensarlo, su cuerpo siguiendo sus instrucciones con más devoción que con la que
sigue las del propio Aaron.
El vampiro,
entonces, retira su propia camisa. No lo hace de forma ceremoniosa, pero
tampoco arranca la prenda como lo ha hecho para acceder al cuerpo de Aaron. Se
quita los botones, uno a uno, hasta dejar a la vista su pecho fornido y fibroso
que siempre blande hacia adelante con orgullo y grandiosidad y, bajo este,
revela también el montañoso camino de sus abdominales. Cuando el vampiro retira
las mangas de su camisa, Aaron traga saliva al ver sus antebrazos más anchos
que sus propios muslos y fijarse en lo marcados y gruesos que son sus bíceps.
Los hombros son redondos e incluso mirando al vampiro desde el frente puede ver
la hipertrofia de los músculos de su espalda: los trapecios abultando a los
lados de su ancho cuello y, más abajo, los dorsales acentuando la estilosa
delgadez de su cintura, donde nacen dos profundas muescas en forma de uve que
apuntan al norte de su cuerpo, el lugar de su anatomía reservado única y
exclusivamente para el pecado.
Aaron observa
su cuerpo primero con la admiración propia de quien ve algo tan perfecto que no
puede sino ser más que humano, pero luego tiembla atemorizado,
recordando que cada detalle de esa anatomía ha sido diseñado para que hacerle
polvo le resulte una tarea sencilla.
—T-tiene usted
un cuerpo muy hermoso, mi señor, me da envidia. —susurra, casi sin darse cuenta
de que las palabras han abandonado su boca.
Samuel alza
sus cejas con grata sorpresa y una sonrisa fanfarrona se forma en sus labios.
—No seas
zalamero, pequeño. ¿Intentas que sea suave regalándome tan bonitas palabras a
cambio? Porque siento decepcionarte, pero mi deseo no conoce la dulzura.
—responde despacio, ronco y mirándolo fijamente. Después, sus manos toman la
hebilla de su cinturón.
Aaron debe
desviar su mirada y su rostro arde como una cerilla encendida.
—Si… si lo
hago bien, ¿podría tener… como el otro día, c-caricias?
Aaron escucha
la hebilla del cinturón tintinear, soltándose.
—¿Las que te
di para burlarme de ti?
El cuero del
cinturón se desliza a través de los pantalones del vampiro, haciendo un
siseante sonido de fricción. Aaron enrojece hasta sentir las orejas calientes.
—Mhm…
Tela contra
piel. Aaron retiene la respiración, sabe que el vampiro está bajándose la ropa,
quedando prácticamente desnudo. No puede mirar.
Una risa suave
y confianzuda lo sobrecoge.
—Eres
patético.
—Perd-
Samuel lo toma
por la argolla de su collar metálico, usando su dedo índice para engancharse al
objeto y hacer al chico voltearse de pronto e inclinarse.
Aaron quiere
chillar cuando la realidad le golpea prácticamente en el rostro: Samuel está
completamente desnudo y su enorme virilidad está casi rozando sus labios
entreabiertos por la sorpresa. Si el hombre tira del collar, Aaron será forzado
a probar su virilidad.
Al inicio, el
chico cierra los ojos, queriendo obviar que ha visto algo, pero la imagen se le
clava en las pupilas. Además, puede sentir la cercanía del vampiro: el
candor robado que emana, la mano firme que lo sostiene en su lugar y el aroma
almizclado, dulce y picante, como la canela, que envuelve ese lugar de su
cuerpo que Aaron no se atreve ni a nombrar, mucho menos mirar.
—Abre los
ojos, quiero que veas bien con qué voy a follar tu bonita boca.
Aaron jadea.
Sabe lo que es el sexo oral, pero jamás lo ha pensado demasiado, siquiera lo ha
imaginado.
Que el vampiro
hable de profanar así sus labios lo altera de un modo que le hace sentir que se
ahoga, que no puede respirar, pero cuanto más jadea sobre la virilidad del
otro, más endurece y se alza hacia sus labios con orgullo y exigencia.
El chico se ve
obligado a obedecer y contempla con ojos desorbitados el deseo de su amo.
CAPÍTULO
16
Samuel es
grande, enorme. Aaron ya lo había sospechado, pero no había sido capaz de
anticipar cuánto. Incluso para una bestia de sus proporciones, su hombría es
impresionante y hace que la boca de Aarón se seque con nerviosismo.
Su punta
rojiza reposa a solo un par de centímetros de los labios suaves y puros del
humano. Es grande y redondeada, brillante con un par de gotas de presemen que
se perlan en su punto más álgido. Tras esta, sigue un tronco, ancho hasta el
punto de que Aaron no está seguro de poder rodearlo con una de sus manos, y
terriblemente largo, su suave superficie es recorrida por violáceas venas que
pulsan de deseo, reclamando atención. Hacia la base, el ya grueso miembro del
vampiro se torna todavía más robusto, uniéndose con su pubis sobre un manto de
suaves y cortos vellos rubios, como si su piel hubiese sido espolvoreada con
virutas de oro. Más abajo, sus testículos cuelgan, grandes y pesados, tanto
como el pedazo de carne erecta sobre ellos, que todavía sigue creciendo a
medida que la excitación del vampiro aumenta, pues el rostro impresionado y
lleno de pánico del humano es toda una delicia que lo incita más y más a ser un
diablo.
Samuel suelta
el collar del chico solo para agarrarlo ahora del cabello, su puño apretado
contra las hebras azabache, manteniendo su rostro alzado, justo un poco más
abajo del enorme miembro que le hace sombra.
Con su otra
mano, el vampiro rodea su propia virilidad y Aaron no puede evitar fijarse en
lo largos que son sus dedos, en los anillos que los abarrotan, las venas
descollantes y tendones que se tensan cuando Samuel aprieta su puño ligeramente
y se masturba despacio mientras lo mira a los ojos.
—Abre la boca.
Aaron jadea
tan pronto escucha la orden.
Hasta hace
solo unos segundos no había entendido qué significaba realmente entregarle su
cuerpo al vampiro, incluso si la noche anterior había accedido a hacerlo, y
está dispuesto a obedecer y ser bueno, pues no quiere enfadar a Samuel, pero
siente que todo está pasando demasiado rápido. Necesita un poco más de tiempo
para hacerse a la idea. Necesita aprender a suavizar los latidos desbocados que
le retumban en el pecho o a domar las lágrimas que amenazan con desbordar sus
ojos.
—A-amo, ¿no
puedo hacer otra cosa? Por favor…
La mano en su
cabeza aprieta más, estirando de sus cabellos tan fuerte que se siente como si
le clavasen mil agujas en el cuero cabelludo. Aaron gimotea, realmente asustado
cuando la inevitabilidad de lo que va a suceder empieza a calar en él y, tan
pronto Samuel abre la boca, el chico lo interrumpe al borde de la histeria.
—¡P-puedo
darle mi sangre de nuevo, de veras, me siento con más energía ahora! —miente el
humano, tratando de sonar animado pese a que ve borroso, la cabeza le da
vueltas y nota el cuerpo pesado como si sus huesos fueran de metal—. Puedo, por
favor, puedo dejar que me golpees si eso… si sacia tus… sus instintos, señor.
Usted me lo explicó, q-que no es solo sed de sangre, sino la necesidad de ser
cruel, ¿v-verdad? ¿No puede serlo de otro modo? Pue-
Samuel lo ha
estado observando bajo una máscara de seriedad hasta el momento, pero ha tenido
suficiente: resquebraja su fachada con un ceño fruncido lleno de ira y, así
como el chico lo ha interrumpido cuando iba a hablar, Samuel corta sus palabras
desesperadas tirando del cabello del chico con brutalidad y brusquedad.
Arroja a Aaron
de la cama al suelo y el fuerte golpe resuena por toda la estancia junto a un
grito ahogado. El humano ha caído de lado, golpeándose su hombro y notando un
flechazo de rojo dolor recorrer toda su extremidad. No puede moverla, de hecho,
pero no tiene tiempo a preocuparse por ello.
Tan pronto
Samuel lo destierra de la comodidad de la cama, el hombre se abalanza sobre él
con la precisión y la voracidad de un depredador. Aaron grita aterrorizado,
sabiendo que ha cometido un error, que ha sido, no solo desobediente o
demasiado poco complaciente, sino directamente rebelde.
Va a ser
castigado.
Una mano
grande y poderosa atrapa sus dos muñecas y las clava sobre su cabeza con una
firmeza que hace al muchacho llorar por piedad, pensando que los frágiles
huesos de sus extremidades serán quebrados si el vampiro pierde aunque sea un
poco más el control. Pero sabe que no le importa.
Lo ve en su
mirada tan oscura que bien parece negra, el rojo brillando alrededor como
llamas que anuncian la profundidad del abismo, su rostro deformado en una mueca
de rabia tan grande que Aaron cae en la gravedad de su ofensa.
<<Me
matará. Voy a morir hoy mismo.>>
El chico se
queda sin palabra alguna y el vampiro, sobre su cuerpo, inmovilizándolo contra
el suelo, vuelve a hundirse en su cuello, solo que ahora en el lado contrario.
Aparta el collar metálico, haciéndose hueco para que sus labios hallen la
tierna y pulcra piel y cuando prueban su dulzura, el tacto de esta erizada por
el miedo y endulzada por esa misma emoción, temblorosa y decorada por un pulso
rápido como el de un colibrí. Samuel cierra sus labios alrededor de ese
exquisito pedacito del humano y entonces, sin piedad alguna, hunde sus
colmillos.
Esta vez ni
siquiera chupa ávidamente para beber su sangre, pues sabe que se ha sobrepasado
antes y no pretende regalarle al chico la tranquilidad de otro desmayo. Solo lo
apuñala con sus afilados dientes para sentir su boca llenándose de deliciosa
calidez y notar el cuerpecito patético bajo el suyo retorciéndose.
Samuel retira
sus dientes y se alza, mirando al chico desde arriba con la boca salpicada de
rojo, gotas carmesí corriendo por su garganta ancha y delineando los contornos
de su fuerte torso. Aaron lo mira con sus ojitos hechos agua, apenas pudiendo
respirar entre sus lamentos de dolor.
Samuel aprieta
más el agarre con el que le aprisiona las muñecas, forzándolo a que le preste
atención.
—Tomaré de ti
lo que me plazca, humano. Cuando quiera. Como quiera. Tú no negocias conmigo,
solo me escuchas y me obedeces. ¿Has entendido?
Aaron asiente,
incluso si mover así su cabeza hace que su cuello duela horrores. Para Samuel,
esa respuesta no es suficiente y aprovecha que tiene las piernas del chico bajo
su peso y sus brazos anclados sobre su cabeza para abofetearlo duro. No lo hace
una vez, ni dos, sino que lo golpea tres veces.
Cada una de
ellas lo hace despacio, deliberado, alzando su mano para que Aaron sepa lo que
se viene y esperando entre golpe y golpe unos segundos para que el chico pueda
darse cuenta de que no ha terminado aún. Le gusta ver el pánico apoderarse de
él, pero tenerlo tan vulnerable que no puede sino esperar dócilmente los demás
golpes.
Para cuando ha
terminado, Aaron está balbuceando disculpas y tiene las mejillas ya amoratadas
y el labio inferior sangrándole.
—¿Has
entendido o no? Usa tu puta boca para responderme, porque ahora la vas a usar
para servirme.
—S-sí, señor…
—responde el chico con un hilillo de voz y eso parece apaciguar un poco a
Samuel, que suelta al muchacho y se levanta del suelo para volver a sentarse en
el borde de la cama.
Aaron se queda
tendido sobre las losas frías y el charquito de lágrimas y sangre que se ha
convertido en su almohada, demasiado aterrorizado como para mover un solo pelo
sin que se le ordene.
—Ponte de pie,
jodido inútil.
Aaron jadea y
se esmera muchísimo en cumplir la orden, pues tan pronto se levanta, todo su
cuerpo se resiente: su espalda y su brazo, antes golpeados contra el suelo, su
cuello todavía sangrante, su rostro amoratado y, sobre todo, su cabeza, que
hace que el mundo gire cuando se mueve de golpe.
Tan pronto
como el chico está en pie, el vampiro se levanta también y anda a su alrededor
con las manos en la espalda, examinándolo, sopesando qué debería hacer con él
al igual que hizo cuando lo capturó unos días atrás.
Aaron solloza
en silencio e intenta esperar el veredicto de su amo sin enfadarlo más aún,
pero sus nervios lo hacen jugar con sus manitas y sentirse inestable y
sensible.
Samuel
desaparece un segundo y Aaron se queda quieto y muy atento, escuchando como
abre unos cajones y saca de ellos algo. Pese a que quiere mirar para
prepararse hacia lo que esté por venir, el chico logra mantener sus ojos en el
suelo.
Una mano
gentil y demasiado grande se coloca en su espalda baja, justo donde tiene sus
hoyuelitos.
—Enderézate
—le ordena el vampiro, susurrando en su oído, y el chico se envara rápido como
un resorte, pese a que todo su cuerpo tiembla—. Bien.
La palabra no
relaja a Aaron, no como lo haría un <<Buen chico>>. No sabe qué
tiene esa expresión, pero necesita oírla, necesita asegurarse de que está
haciendo un buen trabajo y que Samuel ya no está enojado con él.
—Las manos a
la espalda.
Aaron las
lleva hacia el lugar muy, muy despacio, pues su hombro se nota frágil y teme
que un movimiento brusco vaya a desencajarlo. Samuel toma sus muñecas con
impaciencia, juntándolas en su espalda y haciendo que Aaron grite de
dolor.
Su respiración
se acelera cuando el tacto áspero de una cuerda le roza las muñecas, dando una,
dos y tres vueltas antes de que un nudo lo amarre tan duro que puede sentir su
piel latir bajo la cuerda. Pero Aaron intenta no quejarse.
Samuel aparece
ahora delante de él, solo que sostiene algo extraño entre sus manos que hace a
Aaron estremecerse. El extraño instrumento se asemeja a un collar de cuero con
cierre metálico, solo que en la parte delantera hay una extraña pieza de acero:
se trata de un aro en forma de O con la parte de arriba y de abajo de la
circunferencia ligeramente aplanada. De ambos lados de esa pieza emergen dos
delgadas varas de metal, como los extremos de una cruz tumbada.
Aaron observa
mientras el vampiro abre el cierre despacio y luego sostiene el objeto frente a
su rostro, esperando una respuesta. Como el muchacho no se la da, recibe una
mano fuertemente apretada en su cuello y un latigazo de dolor cuando los dedos
del vampiro se hunden en sus dos heridas.
Aaron chilla
y, tan pronto abre la boca, descubre cómo funciona el objeto: el vampiro encaja
el aro metálico entre sus labios, las partes llanas de este siendo los lugares
donde el chico reposa sus dientes superiores e inferiores mientras es forzado a
mantener su boca vergonzosamente abierta.
Sin darse
cuenta, Aaron forcejea con las ataduras de sus muñecas hasta que siente que se
ha hecho sangre, pero Samuel lo ignora, suelta su cuello por fin y le amarra
esa extraña mordaza, dejándola fija en su rostro. Mientras el vampiro lo
prepara, Aaron no puede evitar fijarse en que su polla está todavía más dura y
goteante que antes. Además, ahora que están de pie y esta casi se prensa contra
su abdomen, puede observar con temor que la hombría del vampiro, cuando está al
lado de la suya, la hace quedar ridícula. El miembro erecto de Samuel le llega
más allá del ombligo a Aaron.
Empieza a
respirar deprisa y abrumado. La idea de servir al vampiro con su boca lo
asustaba, pero hacerlo sin poder usar sus manos y sin poder sellar sus labios
le aterroriza demasiado, no se siente capaz de soportarlo, pero soportar
es su única opción.
Samuel lo mira
satisfecho: Aaron es realmente hermoso cuando tiembla y aun así obedece.
Además, sus labios rosados abiertos por el aro de metal lucen fantásticos,
blanditos y tiernos, tanto que desearía mordisqueárselos, el inferior teñido
muy levemente de sangre.
Además, su
boca es maravillosa, pequeña y atractiva, con dientes que le recuerdan un poco
a los de un adorable conejito y una lengua rosa y cortita que ahora no puede
evitar gotear saliva, la cual baña el brillante metal del aro y resbala por el
mentón del chico.
Samuel se
sienta en la orilla de la cama de nuevo y abre sus piernas, dejando entre ellas
un pequeño hueco para Aaron.
—De rodillas.
—indica y el chico gimotea y corre a ocupar su lugar.
Ahora que el
mortal no puede siquiera hablar o usar sus manos para pedir piedad, sabe que
debe ser complaciente, hacer todo lo que se le dice y esmerarse por apaciguar
la ira y la lascivia que ha despertado en su amo.
Samuel lo toma
de la barbilla y le hace alzar el rostro mientras masajea su propio miembro a
meros milímetros de la boca abierta del pequeño.
—La lengua
fuera.
Aaron obedece,
dejando que su lengüita rosada cuelgue entre sus labios, brillante por la
humedad que gotea de ella. Samuel sonríe con deseo.
—Así de
obediente te quiero siempre, humano. Cada jodida vez que me provoques, vas a
encargarte de ello. Vas a arrodillarte como si fuese tu dios y adorarme con tu
preciosa boca y, si estoy de un jodido buen humor y si tú has sido una buena
puta para mí, quizá me porto bien contigo y no te hago demasiado daño. Ahora,
cosita dulce, vas a dejarme usarte por horas o empezaré a usar otro agujero.
¿Quieres eso, humano, quieres que folle de verdad en vez de complacerme solo
tomando tu boca?
Las palabras
de Samuel aturden a Aaron tanto como un golpe. Si hace unos días le hubiesen
preguntado cómo es posible que dos hombres pudiesen tener sexo, Aaron habría
tenido que pensar un largo rato para hallar la respuesta, pero ahora Samuel se
la entrega en bandeja de plata, no como un erótico ofrecimiento, sino como una
amenaza que le cala en los huesos. Aaron niega frenéticamente y todavía con su
bonita lengua fuera, demasiado asustado para siquiera imaginar al vampiro
rompiéndolo de ese modo.
Samuel alarga
su mano hacia su cabecita y, aunque el humano se encoge, él le revuelve los
cabellos por unos instantes. Podría lucir amable, si no se estuviese burlando
de él.
—¿Vas a ser un
buen chico ahora?
Aaron asiente
con devoción, esas dos malditas palabras causando en él un efecto que detesta,
pero ¿cómo evitarlo? Son la única calma a la que ahora puede aferrarse. El
vampiro ríe al verlo tan desesperado y lo toma del cabello nuevamente, aunque
ahora su agarre es más gentil. Lo guía en vez de sencillamente jalonear de aquí
para allá.
Samuel toma la
base de su hombría con su mano libre y la masajea unos segundos, dejando que un
par de gotas de presemen caigan despacio sobre el anillo metálico de Aaron y,
poco a poco, goteen sobre su lengua. El sabor de su amo no es desagradable,
sino más bien un poco salado y untuoso, pero Aaron todavía se siente nervioso
por tan íntimo acto.
Es la primera
vez que prueba a otro hombre.
Después de
eso, el vampiro toma su miembro y golpea con él la lengua del chico varias
veces, dejándolo sentir su tamaño, su peso sobre los labios. Lo deja reposando
ahí y Aaron gimotea al sentir la virilidad de otro hombre en su boca, tan
grande que, pese al anillo metálico, sus labios casi tocan la dura piel, tan
pesada que puede notar sobre su lengua su impresionante tamaño.
El vampiro
exhala de gusto, sintiendo el tacto sedoso, húmedo y cálido de la lengua de
Aaron en la sensible cabeza de su miembro, pues todavía no ha empujado más
entre sus labios. Aun así, Aaron siente la boca sofocantemente llena.
Samuel no
espera a que se acostumbre, en su lugar, afirma la mano en el cabello del chico
y empieza a deslizarse sobre su lengua, centímetro a centímetro, estableciendo
un vaivén lento que permite a Aaron saborear el sexo del otro y tomar de poco
en poco su intimidante envergadura.
La sensación
es tan nueva, extraña y abrumadora que Aaron debe concentrarse mucho para
respirar despacio y no sofocarse. El vampiro lo mira con superioridad mientras
bombea dentro de su boca, follándolo como a un mero juguete sin derecho a
protestar. Pese a que el chico está lloriqueando de lo vulnerable y pequeño que
se siente, agradece que al menos no sea un proceso doloroso.
Nota su tamaño
deslizándose en su cálida cavidad, el contorno de las venas pulsantes del
vampiro sobre su lengua, la húmeda, suave cabeza rozándole las mejillas a veces
o el cielo de la boca, impregnándolo de su posesivo sabor, pues no tiene en
ella más espacio para acoger el sexo del otro.
Hasta que el
vampiro se empuja casi a la mitad y la ancha punta de su erección invade
la garganta de Aaron.
El chico se
revuelve e intenta alejarse, notando una arcada arquearle la espalda y
sintiendo como de pronto ya no puede seguir respirando, pero Samuel lo agarra
del pelo con brutalidad y lo mantiene en la exacta posición de la que intentaba
huir, su polla empezando a forzarse en la garganta del chico, ahogándolo, la
anchura de su miembro partiendo sus labios rosados como desflorándolo con
crueldad.
—Nada de
moverse —le reprende el vampiro con voz firme y empuja un poco más hondo,
viendo los ojos de su sumiso humano llenarse de lágrimas y temor—. Vas a
ahogarte con mi polla tanto como yo lo desee, así que no vuelvas a intentar
huir mientras te follo la boca.
Aaron se queda
quieto y dócil, sabiendo que resistirse solo le serviría para ganarse una
terrible reprimenda, pero realmente quiere parar. Quiere poder tener el
privilegio de decir una palabra o hacer un gesto o lo que sea y que se le
permita aunque sea un descanso de ese sofocante infierno.
Pero Samuel no
va a ser tan gentil con él. En su lugar toma la cabeza del chico y empuja más y
más, con una lentitud estremecedora, y es que quiere que Aaron saboree bien y
sienta cada detalle de cada centímetro que chupa de él. El chico así lo hace,
nota cómo paulatinamente ese amplio miembro se desliza sobre la humedad de su
lengua, cómo la saliva empieza a empaparlo, a gotear ya no solo por su
barbilla, sino también por la longitud de Samuel, gotitas relucientes como
néctar delineando los centímetros que a Aaron le quedan por tomar, goteando por
sus testículos y cayendo al suelo junto al charquito que Aaron está haciendo
sin querer. Nota cómo el enorme miembro reposa, pesado, sobre su lengua, cómo
amplía su garganta a medida que la folla despacio y despiadado. Puede sentir la
manera en que Samuel penetra poco a poco su cavidad y cómo esta se torna más
ancha para abarcarlo. El vampiro mismo, desde su posición, puede ver cómo se
hace un bultito en la garganta del chico, mostrando lo profundamente que lo está
poseyendo.
La misma clase
de bultito que se formará en su vientre cuando lo folle de verdad y se hunda
hasta el fondo de su virgen cuerpo.
Aaron no sabe
cuánto rato está transcurriendo, pero sabe que se ahoga, que necesita aire y
está gastando toda su energía en combatir las arcadas. Para cuando cree que va
a desmayarse, el vampiro empuja tanto su cabeza que la naricita respingona del
chico se hunde en los vellos áureos del vampiro, el aroma almizclado y dulzón
flotando alrededor de su nariz mientras su boca es un lío de saliva y jadeos
siendo ahogados por una enorme erección.
El vampiro lo
mantiene en esa posición, hundido hasta el fondo y mirando como el chico se
desespera y le suplica con la mirada, pero aun así obedece. Aaron hace un par
de sonidos quejumbrosos sin apenas fuerza, empieza a ver negro y teme que algo
malo le suceda si no puede respirar pronto. Necesita la compasión de Samuel,
aunque sea solo unas gotas de ello, pero no la obtiene como esperaba.
La mano en su
cabeza deja de agarrarlo, tentándolo con la promesa de la libertad, pero
entonces lo acaricia, oh, tan tiernamente, y Aaron juraría que se puede
deshacer de placer ahí mismo.
—Sé un buen
chico, quédate quieto —ordena la voz del vampiro, imponente como siempre, pero
dulce y bonita, tan apremiante.
Aaron mentiría
si dijese que prefería la mano que lo forzaba a ahogarse con la virilidad del
vampiro, pues sus mimos y sus halagos son cosas con las que ha soñado, por las
que ha rezado durante años, pero es tan humillante… Es vergonzoso saber
que ahora nadie le obliga a seguir ahí, a mantenerse incómodo y sin siquiera
poder respirar, pero que él igualmente se comporta como un obediente esclavo,
dispuesto a vender su alma por unas migajas de afecto.
Odia ser tan
sumiso cuando el vampiro es dulce con él, pero cuando este sonríe y lo mira
complacido y le vuelve a decir que es un buen chico, Aaron lloriquea pidiendo
por más. Jamás escogería ser abusado, pero si va a tener que soportarlo de
todos modos, ¿es tan malo que sea dócil y obediente de mientras para al menos
obtener un poco de consuelo? Se dice que no, pero, Dios, se siente tan sucio
cuando nota el mareo del desmayo envolverlo y ni siquiera entonces deja de
chupar la polla de Samuel porque quiere hacerlo sentir orgulloso.
La vergüenza
le torna el rostro escarlata: no está siquiera vendiéndose por libertad o por
poder. Está vendiendo lo único que le queda de él, su cuerpo, su vida, por
consuelo.
De hecho, es
el vampiro quien le tira del pelo un poco, retirándolo suavemente de su miembro
para evitar que su diversión acabe tan deprisa. Samuel ríe, gratamente
sorprendido, y Aaron jadea y respira como un loco, tomando tantas bocanadas de
aire como se le permite, gruesos hilos de saliva uniendo todavía su boca y el
miembro brillante de saliva.
—Ah, no está
nada mal —lo recompensa el vampiro y se masturba despacio unos segundos,
sintiendo su virilidad lúbrica por la saliva del otro—, ¿Vas a ser bueno y
seguir tú solo?
Aaron asiente
con su cabeza mareada, bamboleándose graciosamente adelante y atrás. Chupar la
polla de Samuel le hace sentir usado, incómodo en su propia piel y desearía
poder recogerse en un rincón oscuro de su interior donde ya nadie más pudiese
encontrarlo, pero necesita esa dulzura que ha tenido antes, incluso si es una
farsa.
Necesitas
manos suaves tocándolo, palabras amables. Lo necesita más que al oxígeno.
Así que el
chico se posiciona esta vez solo y empuja su cabeza hacia abajo en el miembro
de Samuel. Su boca pronto se llena y se siente abrumado por la enormidad del
sexo ajeno, pero aun así intenta moverse de arriba abajo, dándole una buena
mamada a su amo, goteando hasta que su miembro está totalmente cubierto en su
saliva y a sus pies hay un pequeño charco de placer líquido; cierra sus labios
en torno al pene del otro, succionando un poco, y como cuando se mueve él solo
no logra siquiera tragar la mitad de la hombría de Samuel, trata de compensarlo
lamiendo muy agradablemente su glande y poniendo ojos de cachorrito, esperando
que sus esfuerzos lo vayan a complacer de todos modos.
—Más al fondo.
—ordena el hombre, su tono es rudo de nuevo y Aaron se altera.
<<No
lo estoy haciendo suficientemente bien>> piensa, casi histérico, y
tiene ganas de llorar. Intenta obligarse a llenar su garganta con el falo de su
amo, pero es incapaz de hacerlo solo. Tan pronto las arcadas lo atraviesan, se
retira tosiendo, jadeando y con los ojos picándole por las amargas lágrimas.
Cuando falla
por tercera vez, el vampiro lo golpea en el rostro con un bofetón rápido. Es
doloroso y lo aturde, pero no es tan malo como los demás. Es una advertencia.
—Tendré que
entrenarte más duro, todavía no sabes cómo complacerme bien.
Aaron niega y
lloriquea. Quiere decirle que no necesita más mano dura, sino más caricias o
quizá ni siquiera eso, sino solo un poquitín de paciencia, y volverá a
intentarlo y qué quizá le cuesta, pero le promete que se esforzará mucho y lo
hará bien. Pero la maldita mordaza no le deja más que balbucear
incoherentemente y a Samuel no le interesa escucharlo de todos modos.
El vampiro le
toma la cabeza con ambas manos ahora y, harto de ir lento y tratar de educar al
chico paso a paso, decide hacer lo que habría hecho desde el inicio con
cualquier otra mascota humana: usarla sin preocuparse más que por su placer.
Empuja su
miembro rudamente entre los labios del pequeño, escuchándolo suplicar, y acalla
cualquier queja, cualquier resistencia, empezando a bombear dentro y fuera de
su boca con una brutalidad que hace a Aaron temblar. La forma en que lo folla
no es nada comparado a como antes se ha deslizado despacio hasta hundir su
carita en su pubis. No, ahora lo jode con un deseo animal y descontrolado, su
enorme hombría entrando y saliendo de su boca por completo en cada embestida,
forzando violentamente su garganta a tomarla una y otra y otra vez, jodiéndola
hasta el fondo.
Sus embates
son poderosos, dejan los labios del chico todavía más rojos e hinchados, tan
besables que el vampiro tiene que morderse la lengua duro para no pensar en
ello porque besar es de humanos. Besar es un gesto bonito y tierno y que
no sirve más que para expresar sentimientos, sentimientos que a él le fueron
extirpados cuando vendió su alma por poder.
Samuel mira el
cuerpo del chico, su mullido cabello, sus muñecas descarnadas de tanto luchar
contra la cuerda, cualquier lugar menos esa preciosa carita donde dos ojos de
ángel lo esperan. Así, se permite usar al chico de forma cruel y tortuosa,
follando su deliciosa cavidad por horas y gozando sin pausa de ese caliente
espacio que invade como si le perteneciese.
Lo penetra con
estocadas largas y rítmicas, sacando su polla hasta que son visibles los hilos
de densa saliva que unen la cabeza de su miembro con la abusada lengüita del
chico y luego se hunde de nuevo hasta que, cuando rodea el cuello malherido del
humano, puede notar su grosor abultando ahí monstruosamente. Lo hace hasta que
se siente cerca del orgasmo, deliciosas sensaciones arremolinándose en todo su
cuerpo como un huracán de placer y, con él, sus crueles instintos susurrando
que sea más rudo, más malo, más violento. Que rompa a Aaron.
Cuando eso
sucede, se permite ir más rápido y entonces ya no saca y mete su miembro por
completo, sino que el rango de sus embates es más pequeño, se mantiene en la
garganta del chico todo el rato, jugando únicamente con la profundidad mientras
el humano no puede respirar y empapa su polla ahora también de lágrimas.
El chico
aprieta su garganta exquisitamente cuando el pánico lo llena, sintiéndose que
realmente se sofoca y morirá así, y el vampiro, evitando correrse, se empuja al
fondo de todo y se mantiene quieto en esa posición, disfrutando de la agradable
estrechez del chico hasta que el placer se disipa.
Entonces
vuelve a empujar, jugando con su humano hasta que Aaron está al borde del
desmayo y abusando de su modesta boquita en un ciclo sin fin que al chico se le
hace eterno. El cansancio lo golpea, haciendo que cada vez llore más bajito y
apenas pueda mantener sus ojos abiertos y su vista centrada.
Samuel lo
maneja como un muñequito de trapo y le resulta maravillosa esa docilidad, pero
sabe que Aaron no aguantará mucho más, incluso si para él la diversión está
solo empezando, así que decide recompensar al humano con un poco de piedad y no
prolongar más su tortura.
Sucumbe a la
tentación y se empuja rápido y duro al final de su garganta, jadeando de placer
con su voz masculina y viendo como la manzana de Adán del humano se mueve
mientras traga su abundante orgasmo.
Cuando el
chico ha bebido su semen hasta no desperdiciar ni una gota, Samuel lo libera de
su agarre.
Aaron cae al
suelo, agotado y roto, y se hace un ovillo mientras solloza porque todo su
cuerpo duele y toda su alma se siente sucia e impregnada de la semilla del
vampiro que acaba de tragar. Siente veneno bajo la piel, impureza manchándolo
como tinta que se expande por su ser.
Samuel va
despreocupadamente a darse una ducha y al salir ve al chico inconsciente en el
suelo, todavía atado y con su boca incómodamente abierta por la mordaza, pero
decide que se ocupará mañana y duerme plácidamente mientras Aaron llora en
sueños.
CAPÍTULO 17
Cuando Aaron
despierta, tiene las manos libres y la mordaza en forma de aro desabrochada y a
unos centímetros de su boca, sobre un brilloso charquito de saliva. Aun así, su
mandíbula duele horriblemente y apenas puede abrirla y cerrarla sin hacer una
mueca, pero pronto olvida ese dolor, pues el resto de su cuerpo está muchísimo
peor.
Su rostro está
amoratado, su brazo duele incluso cuando solo lo tensa, sin siquiera moverlo, y
su cuello, oh, su pobre cuello… Aaron siente que su cabeza pende de un
hilillo, que Samuel lo ha devorado como un lobo hambriento y le ha arrancado
pedazos de la sensible carne de su garganta, si no, ¿cómo podría dolerle
tantísimo?
Dos mordidas.
Una a cada lado, ambas rojas como las sábanas de esa cama donde Samuel le
prometió acabar con su pureza por siempre. Ambas tan inflamadas, tan profundas
a la vez… Los orificios que los filos del vampiro han hecho lucen negros como
el abismo, emponzoñados, y Aaron necesita casi una hora para darles toquecitos
muy suaves con una toalla húmeda una vez que llega al baño, pues cada nimio
roce lo hace caer de rodillas con sus piernas temblando y el dolor apretándole
tan fuerte en su puño que el chico jadea, solloza y siente ganas de vomitar.
Las arcadas
son casi peores que el dolor. Le hacen sentir lleno de veneno, de podredumbre,
de algo tan asqueroso y vulgar que su sistema necesita expulsarlo y por eso se
retuerce y se dobla mientras abre la boca como en un grito silencioso,
moviéndose violentamente cual hombre poseído que trata de exorcizar sus
demonios. Pero no lo logra. Lo que sea que Samuel ha cultivado en él, esa
terrible semilla de corrupción, ha echado ya raíces dentro suyo.
Ahora no es
algo que le han hecho, ahora es algo que él es.
Con cada
arcada revive de nuevo el momento en que el vampiro profanó su boca y su cuerpo
se rebeló solo para ser rápidamente acallado y sometido.
<<Soy
eso. Soy un cuerpo derrotado. Soy una tierra conquistada. Soy algo que me han
quitado a mí mismo.>>
Contradictoriamente,
también se halla muy hambriento y sediento, pero teme ser castigado si come
antes de ponerse bonito, incluso si cree que Samuel no está y seguramente no
fuese a darse ni cuenta. Aun así, primero se baña, venda sus heridas y hace
gárgaras para desinfectar el huequito del diente que perdió, se pone un enorme
camisón a modo de vestido, y aplica una pomada calmante sobre los violáceos
hematomas de su carita, así como sobre la herida de su labio y aquella que ya
empieza a desaparecer sin dejar cicatriz en su ceja.
Solo tras eso,
se atreve a bajar muy despacito las escaleras, picotear un poco de pan duro y
beber un par de tragos de agua.
Samuel, sin
embargo, ha salido y no planea volver hasta dentro de mucho rato. El vampiro
recorre las calles de su lujoso barrio, en dirección a uno que se halla un
poquito más a la periferia.
Sin embargo,
al final no es necesario que el vampiro se aleje tanto, pues encuentra justo a
quien estaba buscando en la misma calle que él, saludándolo con un gesto de
manos amistoso.
—Samuel, justo
iba a buscarte. Me han comentado que fuiste a uno de mis locales hace pocas
noches sin avisarme. Sabes que me gusta que mis siervos humanos te den un trato
especial, pero no puedo poner a los más deliciosos a tu disposición si no me
dices nada antes —se queja el vampiro, llevándose una mano al pecho casi con
ofensa—. Aun así, ¿estuvieron bien mis empleados? ¿Fueron suficientemente
deliciosos para tu paladar? —sus preguntas se tornan un poco más necesitadas
ahora, casi ansiosas.
Samuel hace un
gesto de manos, como restándole importancia.
El
interlocutor de Hass es un hombre corpulento y grande, aunque no tanto
como él. Es alto, de espalda ancha y brazos fuertes, con un porte elegante y
algo más delgado que el de su superior, pero aun así intimidante y muy
masculino. Tiene manos grandes y suaves con dedos largos y delgados, nudillos
marcados y venas violáceas decorando su dorso.
—Fueron
atentos, Jason, no te preocupes. La sangre no estaba mal, aunque he obtenido
una mucho mejor que cualquier exquisitez que puedas ofrecerme —explica con una
sonrisa triunfal en sus labios.
Jason lo mira
con curiosidad. Su rostro es algo más jovial que el de Samuel, pero autoritario
de todos modos, tiene facciones duras y hermosas, un mentón y pómulos marcados,
una nariz recta y señorial, ojos astutos como los de un zorro y una boca de
labios alargados y juguetones que siempre sonríe como si guardase un secreto
travieso.
Tiene el
cabello liso, fino y hasta los hombros, elegantemente engominado hacia atrás,
lo cual hace brillar las vetas rojas como si fuesen un pequeño fuego
crepitante.
La hermosura
de Samuel es una reverencial, la de un ser tan grande que invita a ser mirado
tanto como fuerza a bajar los ojos y la cabeza con respeto y temor. Jason, pese
a tener un aura poderosa, tiene una belleza más pilla y tentadora, la de un
diablillo que te ofrece un contrato atractivo donde la letra pequeña es demasiado
pequeña.
—¿Nueva presa?
—pregunta el pelirrojo, sonriendo con lascivia. Samuel asiente con orgullo— Has
sido rápido reemplazando a la última bolsa de sangre. Aunque es una lástima,
era un mortal encantador, si solo supieses entrenarlos sin romperlos… —comenta
Jason, sus ojos rojos rodando en sus cuencas mientras lanza la no muy sutil
indirecta que Samuel esquiva con elegancia.
—Fui suertudo,
ni siquiera tuve que comprarlo, lo encontré por ahí, un muchacho salvaje por
estrenar que se había metido donde no le tocaba durante un eclipse solar. Ah,
fue tan delicioso hallarlo desprevenido, puede que incluso vuelva a dedicar
parte de mis noches solo a saborear de nuevo la emoción de la caza y, si mis
presas no me agradan lo suficiente para jugar con ellas, te las puedo regalar
incluso. Al fin y al cabo, tú siempre me das tragos gratis y… una compañía muy
agradable.
Jason abre la
boca. Él, como muchos otros vampiros, obtiene a sus humanos prácticamente
adiestrados, comprándolos a buen precio a otros hombres menos amables que se
decidan a capturar y enderezar a sus presas. Por lo usual, es extraño hallar un
mortal libre, sobre todo cerca de las ciudades.
Cuando el
joven vampiro pelirrojo acaba de procesar todo lo que su superior le dice, una
sonrisa traviesa cruza su rostro.
—Oh, siempre
es deleitoso recibir una visita tuya, pero si además vienes con presas recién
cazadas y listas para que ambos les demos sus primeras marcas juntos… ah, se me
eriza la piel de deseo solo de pensarlo, así que no me hagas darle más vueltas
a la idea o me crecerán los colmillos —Jason bromea, haciendo a Samuel reír de
una forma baja e insinuante. Al rubio siempre le entretiene ver como un
cachorrito como Jason se deleita en los placeres de la sangre bajo su
instrucción, diciéndole cuando parar y cuando seguir para alargar el éxtasis lo
máximo posible y retardar la dulce muerte—. Pero no dejes que me vaya del tema,
¡tu nuevo humano! Qué maravilla… Aunque aún debes adiestrarlo, ¿no es así?
¿Está siendo muy engorroso?
Samuel
pretende responder que sí, pero luego cierra la boca al instante. Aaron es tan
ingenuo que no sabe cumplir bien muchas de sus órdenes, pero su problema es la
inocencia y el paralizante temor que siente al ser el primer vampiro que lo
reclama como suyo, no la desobediencia. De hecho, el chico es tan sumiso y
complaciente a veces que incluso logra aplacar esos instintos a los que tan
acostumbrado está y que siempre le dictan las formas más crueles y desalmadas
de castigar a los pobres humanos que tienen el infortunio de caer en sus
garras.
—No tanto como
pensaba, es casi divertido, incluso si debo ser duro de vez en cuando. Es como
un cachorrito desorientado —bromea y se siente extraño porque al pensar en el
humano una sonrisa acude a sus labios, pero no una lasciva o diablesca, sino
una prácticamente tierna. Samuel se pone serio de pronto, expulsando de su
interior cualquier idea tonta y extraña—. ¿Tienes fuego?
Jason asiente
y enciende con presteza el cigarro que Samuel se coloca entre los labios,
prendiendo luego él otro y dando una calada lenta mientras examina al rubio.
Conoce a
Samuel desde hace cientos de años, el mismo tiempo exacto que lleva admirando
su porte serio y su expresión siempre imperturbable. Por eso hoy no debe
fijarse demasiado para notar que el vampiro luce… extraño. Distraído de algún
modo.
Y sospecha que
su nueva mascota humana tiene algo que ver, incluso si jamás ha visto a Samuel
darle a un humano más importancia que la que le daría a cualquier otro objeto
de usar y tirar.
—¿Cómo es?
Conozco tus gustos y tu exigencia y me sorprende que lo hayas llamado… exquisito.
Creo que nunca te he escuchado hablar así de un humano, has despertado mi
interés. Y quizá mi apetito.
Samuel lo mira
con ojos fríos. No necesita hablar para que el otro entienda que su última
sugerencia no le ha hecho gracia, incluso si usualmente la idea de compartir
presas es algo que los llena de complicidad y ansia.
Jason traga
saliva.
Samuel lo
ignora y decide responder su pregunta:
—Dudo que las
palabras logren hacer justicia al pequeño tentempié que he obtenido, es tan
delicioso... Estoy deseando pasearlo un poco delante de los demás, que la boca
se les haga agua del hambre y las manos puños de la envidia. Tú incluido,
aunque quizá te dejo probar un poco si logro entrenarlo bien y si lo pides muy,
muy educadamente, Jason —el nombrado intenta disimular un escalofrío. Esa es
la forma en que Samuel habla a sus víctimas, esa característica suavidad que
solo oculta el fino filo de una daga dispuesta a mancharse de sangre. Esa calma
de su voz que solo denota que la tormenta está cerca. Cuando Samuel le habla
así, sabe que debe ser precavido y esta vez eso significa no tratar al humano
de su superior como una mera presa más que puedan compartir y sustituir. —. Verás,
es tan jodidamente deseable como inexperto y, oh, es deliciosamente asustadizo,
aunque eso me frustra a veces un poco.
<<Tan
frágil, con su piel perfecta, suave y pálida que se pinta de morado cuando a mí
me apetece poner mis manos encima de ella y dejar marcas de propiedad. Tan
inocente, no ha sido tocado antes, por nadie. Tiene un cuerpo delgado,
elegante, una cintura pequeña que encaja perfectamente entre mis manos y
piernas finas de muñequito. Su cara es la mejor parte, si cabe tal perfección.
Mejillas suaves y apretables, una nariz respingona y con una curva preciosa de
perfil, labios pequeños y color melocotón, pestañas largas y adorables donde se
perlan las lágrimas cuando le hago llorar, un cabello negro y levemente
ondulado tan suave que es todo un deleite hundir los dedos en él y tirar
cruelmente.
<<Y sus
ojos…
<<Por
Drácula, sus ojos enormes e inocentes, tan jodidamente adorables y siempre
mirándome desde abajo con temor y esa chispita del extraño deseo de
complacerme. Nunca había visto una sumisión tan natural, es todavía un diamante
en bruto, pero lo voy a pulir. Ah, esos ojos del azul más bonito que he visto
nunca. No creí echar de menos el cielo diurno hasta que los vi y fue como
recuperar un pedacito de la belleza que nuestro don nos pidió como sacrificio.
Lo verás, Jason, que cuando mi bonita presa te mire, sentirás como si fueses
capaz de matarme por solo respirar cerca de su delicioso cuello.
<<Por si
acaso, te lo recuerdo: no serías capaz de matarme. Nunca. Me daría un festín
contigo y lo sabes.>>
Jason traga
saliva y siente un temblor lleno de emoción recorrer su cuerpo entero. Sabe que
la amenaza de Samuel es cierta, pues así como él lo ha creado, podría
destruirlo cuando; a veces, cada segundo de su eternidad se siente prestado,
una deuda que jamás le podrá devolver al vampiro ni aunque vuelque toda su
devoción en él. Por eso mismo Jason jamás permitiría que se le pasase por la
cabeza la mera idea de robarle algo al otro vampiro, mucho menos una presa. Tan
siquiera se permitiría fantasear con ello y él sabe que Samuel también está
seguro de ello. Por eso le impacta tanto su amenaza, la seriedad en ella
contenida como un gruñido bajo que hace que le vibre el pecho. ¿Tan hermoso y
dulce es ese humano salido de la nada, como un regalo caído del cielo, que hace
a Samuel sentir, por primera vez, posesivo y que teme que haga a su más leal
amigo sentirse tentado por la idea de traicionarlo por el mero placer de
deleitarse con unas gotitas de su sangre?
El humano de
Samuel debe ser una verdadera rareza, un manjar, como para que le haga hablar
de ese modo. Y Jason, incluso si no planea robarlo, está deseando al menos
deleitarse con su imagen, su aroma y, si tiene suerte, el sonido de su temerosa
voz.
Trabaja
prácticamente coleccionando humanos, escogiendo a mano solo a los más jugosos,
dulces y tiernos como fruta madura tomada del árbol, así que su curiosidad por
las rarezas lo vuelve loco en ese mismo instante.
—No soy un
neófito incapaz de controlar sus impulsos, Samuel, no creo que sea necesario
que derrames mi sangre. —añade, su tono educado un poco juguetón, un poco
preocupado.
Su piel se
eriza sin poder evitarlo, un eco de sus temores humanos cuando recuerda el
momento en que su corazón aún latía y se aceleró al sentir los poderosos filos
sobre su garganta. Todavía no ha podido olvidar cuán inerme, cuán pequeño se
sintió entonces. Teme que ni en cien años más ese recuerdo vaya a disolverse.
—¿No eres un
neófito? Jason, eres solo un cachorrito que aún no sabe morder. Yo podría
enseñarte cómo… —su voz se torna un susurro, su sonrisa cómplice es ahora
altiva, diablesca, llena del orgullo que le provoca saber que incluso entre los
suyos él es un cazador y los demás, en general, meras presas a sus pies. Se
acerca un poco a su joven amigo, inclinándose hacia su oído, dejando que los
rizos rubios acaricien la frialdad de su cuello y añade:— Aunque si no quieres
averiguarlo, espero que sepas mantener tus deseos alejados de mi nuevo juguete.
Al menos hasta que te dé permiso para probarlo.
—Todo tuyo
—responde Jason con una risa corta y aduladora. Samuel se aleja de él,
satisfecho y le sonríe ahora con camaradería, como olvidando que apenas unos
segundos atrás estaba tirando duro de los hilos de Jason, recordándole que tras
su agradable amistad, hay un peligroso juego de poder cuyo ganador es
indisputable—. Ah, pero estoy deseando verlo. Los instintos posesivos de un
vampiro tan puro como tú no estarían tan a flor de piel si ese humano no te
resultase impresionantemente deleitoso. ¿Qué tal si lo traes para poder lucirlo
en mi próxima fiesta? Dentro de un par de lunas. Tengo un nuevo cargamento de
mortales para abrir un local de sangre cerca del centro y estoy seguro de que
tu humano llamaría mucho la atención en la inauguración. Además, Lottie va a
venir y seguro que amará verte, ya sabes, no siempre la dejan pasar a las zonas
centrales sin una invitación formal.
—Es una muy
buena idea —comenta el vampiro rubio pensativamente—. Será la primera vez que
lo saque de casa desde que lo obtuve, si se porta mal, le daré un escarmiento
público en tu evento. Espero que no te importe que te robe el protagonismo así.
—Oh, uno
siempre agradece un espectáculo —Jason le responde de modo jovial, guiñándole
un ojo y relamiéndose al recordar como ya ha pasado varias veces que sus
eventos se ven decorados por la hermosa escena de un vampiro aplicando
disciplina en su humano. Unos cuantos azotes públicos, una mordida tentadora y
abierta a compartir su fruto o quizá un mortal teniendo que andar a cuatro
patas, maniatado o amordazado por ahí son algunas de las cosas que Jason
recuerda haber visto y disfrutado durante esas noches. Aun así, su ceño se
frunce levemente y añade, con un tono algo más serio que antes:—, solo que… ya
sabes, no seas tan duro como acostumbras a ser con tus otras mascotas.
Hay ciertos castigos que a los vampiros menos puros nos parecen excesivos. Como
lo de tu antigua mascota. No me habría gustado estar presente mientras lo
despedazabas vivo. Además… si es un humano salvaje, va a necesitar
paciencia.
El tono de
Jason es suave, cuidadoso, como el de aquel que se aproxima a un animal
salvaje.
Samuel arquea
una ceja y alza la otra.
—Me hablas
como si no supiese qué es eso.
—Creo que
sabes mucho, mucho mejor qué es la crueldad.
El comentario
de Jason cae en gracia, pues Samuel sonríe tal y como si hubiese sido halagado
y es que es algo de esperar: su naturaleza le llena de orgullo. No se trata de
ser únicamente un vampiro, un depredador frente a un mundo hecho única y
exclusivamente de presas que ni armadas hasta los dientes podrían darle caza.
Se trata de ser un vampiro puro. O, al menos, de una pureza realmente
elevada, incluso si no es uno de los fundadores de la sangre inmortal.
Su categoría no solo le hace pertenecer a un estatus social más alto, sino que
le confiere más dones de la noche a cambio de sacrificar más de la humanidad
que dejó morir una vez. Es más rápido, más fuerte y hábil y, a cambio, es menos
sensible que un mortal, lo cual para él siempre ha sido un premio doble. Una
criatura con la fortaleza para cometer atrocidades y la sensibilidad de
contenerse siempre le ha parecido un signo de debilidad.
<<La
debilidad del espíritu, hijo, es mucho peor que la del cuerpo. Un hombre débil
entrena. Un hombre sensible solo sabe llorar: es un desperdicio de
carne.>>
Una sonrisa
amarga le cruza el rostro al recordar a su padre. Cómo se opuso a él. Cómo le
odia, incluso si ahora le entiende.
<<Un
cordero hablando la lengua de los lobos. Sus palabras, tan certeras como
hipócritas.>>
Parpadea
rápido y centra sus ojos escarlata en Jason. Se ha abstraído de la conversación
quizá solo dos segundos, puede que menos incluso, pero no le pasaba desde que
era neófito y no entendía todavía que el pasado no es un fantasma que te
atormenta, sino un mero cadáver que más vale enterrar y olvidar.
—Estoy
conteniéndome —explica mientras repasa mentalmente los castigos que le ha
propinado a su humano de ojitos preciosos. Comparándolos con sus antiguas
mascotas, Aaron está recibiendo un trato envidiable—. Por ahora. No quiero
romperlo sin haberlo usado hasta la saciedad.
—Entonces no
lo rompas en mi fiesta tampoco. —reclama Jason alzando un dedo acusatoriamente.
—¿Y tener que
escuchar los gritos de la niña? —se queja Samuel, rodando los ojos.
Jason hace una
mueca ofendida y golpea amistosamente el amplio pecho de su superior.
—No llames
niña a Lottie. Ya tiene varios cientos de años, no está nada mal.
—Todo un bebé,
como tú.
Jason ríe
suavemente mientras niega con la cabeza. Sus cabellos lacios y rojos como el
fuego se desordenan un poco, algunos mechones cayéndole frente al rostro. Los
peina hacia atrás elegantemente con su mano y mira a Samuel con los ojos
entrecerrados mientras susurra:
—Qué malo eres
a veces.
El rubio le
sigue el juego, acercándose un poco más y mirándolo desde arriba con actitud
altiva. Jason retiene el aliento, pues, a veces, Samuel luce como un auténtico
rey.
<<Lo
lleva en la sangre>>.
—Oh, sabes que
puedo ser mucho peor.
Jason se aleja
riendo y negando nuevamente, lo cual rompe la tensión. Mira su reloj de muñeca
y se despide con un amable gesto de manos mientras dice:
—En dos
noches. No te olvides.
Samuel asiente
con la cabeza y, antes de marcharse de vuelta a su morada, le responde:
—¿Alguna vez
lo hago?
CAPÍTULO 18
Cuando Samuel
llega a casa, su humano no viene a recibirlo y eso le hace fruncir el ceño y
buscar alrededor con la mirada. Ha mordido al chico dos veces, lo ha golpeado
varias y ha empezado a enseñarle a complacerlo y el humano, dentro de lo que
cabe, ha tomado todo muy bien, así que decide que su castigo por no darle una
bienvenida deliciosa con su presencia no será gran cosa: lo azotará con un
látigo y, después, lo azotará un poco más con sus manos desnudas.
Asume que el
chico, después de lo que pasó la noche anterior, debe estar escondido en alguna
de las habitaciones más recónditas, hecho un ovillo con la esperanza de no ser
encontrado.
<<Se
acostumbrará a ello. Es su única opción.>>
No obstante,
los planes del vampiro se desmoronan y sus sentimientos se vuelven un poco más
confusos cuando lo encuentra en medio del pasillo principal tendido en el suelo
como un perrito abandonado. En una mano tiene un trapo húmedo y algo sucio de
polvo y a su derecha hay un cubo con agua jabonosa.
Imagina al
chico tratando de ser obediente pese a la pérdida de sangre, tambaleándose de
aquí para allí, chocándose con los muebles y limpiándolos con torpeza hasta que
finalmente el mareo lo ha vencido. El chico está totalmente inconsciente y su
respiración es lenta y pausada.
Algo en esa
imagen del chico le causa una ternura extraña a Samuel. Habría pateado fuera
del camino a sus antiguas mascotas, pero Aaron le hace detenerse y le incita a
mirar, como cuando uno deja de pasear para admirar las flores que crecen a un
lado de la acera.
Las vendas
ensangrentadas, el humillante collar de perro, las mejillas empapadas en
lágrimas que el chico llora incluso cuando duerme… Samuel se siente
irremediablemente atraído hacia esa bella, delicada imagen, y termina
arrodillado al lado del chico, observándolo con atención y queriendo detener el
tiempo para pintar en su memoria cada detalle, la posición exacta de cada
mechón de pelo, la manera concreta en que cada una de sus largas pestañas
refleja la luz de alrededor.
Algo en la
indefensión de Aaron parece contagioso, pues Samuel se siente de pronto
desarmado y débil, sucumbiendo tan rápido a deseos que para su especie están
prohibidos.
Toma al chico
entre sus brazos, con cuidado de no despertarlo, y lo lleva en volandas hasta
la primera alcoba que puede hallar. Pese a que nadie más que ellos dos habita
ese enorme palacio, Samuel cierra la puerta de la habitación tras de sí, como
queriendo resguardarse de ojos curiosos o quizá porque sabe que la ternura con
la que toca al humano, la delicadeza con la que se sienta en la cama y lo
coloca, poco a poco, sobre su regazo, es un pecado para alguien de su especie.
Sus manos no
deberían conocer la suavidad. Y, sin embargo, le acaricia las mejillas al chico
con suavidad, le retira las lágrimas, le recoge mechones de su agradable
cabello tras el oído y delinea el cartílago con la tierna yema del índice.
Su boca no
debería saber más que consumir y destruir aquello que es hermoso. Sin embargo,
Samuel se inclina y sus labios besan la frente del humano con tantísimo cuidado
que uno dudaría de si tras ellos hay o no colmillos y sed de sangre.
Se siente tan
inadecuado, tan estúpido por estar haciendo estas cosas. Tan incorrecto, que
solo se lo permite porque ni siquiera el humano será consciente de la ternura
con la que sus manos lo han tomado por unos minutos.
El vampiro
toma una de las muñecas del chico como si fuese de juguete y hace que Aaron
ponga su mano sobre la palma del vampiro. Es tan pequeña, suave y cálida.
Samuel cierra su mano, tomando la del menor, y se siente como si en ella
hubiese atrapado un colibrí, todo plumas suavecitas, calor y latidos
acelerados.
<<¿Qué
estoy haciendo? ¿Por qué estoy recordando sus manos, sus besos? Ya no necesito
nada de eso. ¡Ya no quiero nada de eso!>>
Samuel se
sacude todos esos sentimientos tiernos y olvidados de encima: toma al chico sin
cuidado y empieza a jalonear las vendas que protegen su maltrecho cuello hasta
que se las ha quitado del todo, dejando sus heridas a la vista.
Durante el
proceso, Aaron sigue dormido, aunque su ceño se frunce, el corazón se le
acelera y hace pequeños ruiditos de desagrado, gruñendo y refunfuñando en
sueños.
Samuel
contempla la maravillosa obra de arte que ha hecho: dos heridas gemelas en el
delicado cuello del menor, mordiscos tan grandes y voraces que la rojez de
ambos se toca y se funde y se confunde en lo que pareciera una sola, enorme
herida, como si en vez de ser mordido dos veces, Aaron hubiese estado atrapado
una sola vez entre las mandíbulas de un enorme monstruo.
El color rojo
y violeta, tan precioso y vibrante sobre su piel pálida, le rodea el cuello
como un precioso collar y, más abajo, su collar metálico brilla con orgullo.
Samuel se
hunde en el cuello del chico, aspirando con vehemencia la dulzura de su aroma y
sintiendo sus colmillos crecer. <<Esto es mucho mejor que cualquier
sentimiento humano. Este hambre, esta saciedad. Este placer>>.
Aaron
despierta jadeando cuando la larga y carnosa lengua del vampiro besa su herida,
la afilada punta de esta presionando las hendiduras dolorosamente hasta que la
carne viva pasa de rosada a roja y unas gotas más de su deliciosa esencia
sangran hacia sus labios.
El muchacho
gimotea de dolor y, con el mareo todavía sacudiéndole todos los contenidos
mentales, no puede sino reaccionar instintivamente, empujando a Samuel con las
pocas fuerzas que tiene. El vampiro no se molesta siquiera en fingir que su
resistencia puede distraerlo, sino que atrapa las dos muñecas del chico detrás
de él con una sola mano.
Aaron recuerda
la última vez que fue atado. La horrible forma en que fue utilizado.
<<No…
no. Otra vez no. No tan pronto, por favor>> suplica en su cabeza,
removiéndose cada vez más, asustado de que a partir de ahora los únicos
momentos en que pueda disfrutar de la paz de no ser abusado sea cuando abandone
su propio cuerpo y se entregue al mar de la inconsciencia.
—E-espere, por
favor, a-amo, duele, ah… por… por favor, ugh… —el chico suplica, sorbiendo su
voz y sus lágrimas, interrumpiéndose cada vez que la lengua del vampiro se
empuja en sus heridas y parece penetrar en ellas como un cruel colmillo que no
tiene fuerza para romper la piel sana, pero sí tiene la suficiente maldad para
deshacer cualquier intento del cuerpo de Aaron por curarse.
—Estate
quieto, joder. —ruge Samuel en su oído, los labios llenos de sangre, su mano
apretando tan fuerte las muñecas del pequeño que el chico chilla y se queda
paralizado.
Intenta seguir
disfrutando de su pequeño tentempié, pero la amarga desesperación del humano
parece estropear el delicioso momento, así que el vampiro cede e intenta
tranquilizarlo un poco.
—No voy a
morderte de nuevo, solo quiero probar tu sangre un poco más. Deja de lloriquear
y resistirte.
Samuel nota
que el chico intenta hacerle caso, pues hunde su rostro en el hueco entre su
musculoso cuello y su hombro y aprieta su carita ahí, tensando su cuerpo para
intentar dejarlo quieto mientras el vampiro lame sus heridas, sediento por unas
gotitas más de dolor. Aun así, Aaron no puede evitar estremecerse y removerse
un poco sobre el regazo de su amo y cuando este se harta, gruñe en su oído,
irritado, y mordisquea con cuidado los alrededores de su herida, haciendo al
muchachito jadear. No usa sus colmillos, pero aun así sus mordiscos se hunden
un poco en la carne tierna y demasiado sensible del chico, que rompe a llorar.
—L-lo siento,
amo, sigo… sigo mareado y confundido y me duele mucho. ¿Puedo tener mis manos,
por favor? —pregunta apretando sus puños e intentando estar realmente quieto.
No sabe siquiera si el vampiro lo está escuchando, pues no obtiene respuesta
tras unos segundos más que la lengua recorriendo sus laceraciones ávidamente.—
Prometo que no me resistiré, es solo… por favor, necesito mis manos.
Samuel suspira
sobre la herida del chico, cansado de escuchar sus quejas, pero ablandado por
ellas. Aaron no está intentando escapar ni defenderse y duda mucho que, si
suelta sus manos, el chico vaya a lograr detenerlo mientras se divierte, así
que, ¿por qué no? Al menos de ese modo logrará sosegarlo un poco y obtendrá un
poco más de deliciosa obediencia por su parte.
Sin mediar
palabra, el vampiro suelta las muñecas del chico y usa sus manos ahora para
rodear su cintura por completo: sus dedos cruzados en la parte pequeñita y con
hoyuelos de la espalda del chico, sus pulgares sobre el vientre delgado y
pálido de este, acariciándolo un poco bajo la ropa porque su piel es tan suave
y agradable como su sabor.
—Gracias, amo.
—suspira el chico, su voz llena de alivio y una pizca de dolor.
El vampiro
cierra los ojos y sigue probándolo. Cierra sus labios en torno a la herida,
como besándola, y succiona un poco la tierna piel, obteniendo unas gotas más de
sangre.
El dolor
fustiga a Aaron como un latigazo desde la base de la nuca hasta la rabadilla y
hunde sus dedos en la fuerte espalda del vampiro, abrazándolo con todas sus
fuerzas para intentar pasar mejor el dolor.
Samuel se
despega de su cuello y roza con labios tibios de sangre el lóbulo de su oído.
—No me toques.
—ordena y cuando el chico lo libera de su temeroso abrazo, vuelve a su tarea de
degustar al chico.
Aaron no sabe
bien qué hacer con sus manos y desea tanto, tantísimo obtener un abrazo que le
ayude a sobrellevar el mal trago, que decide cruzar sus brazos sobre su pecho y
apretar fuerte, abrazándose a sí mismo. Cierra los ojos y se achucha todavía
más cuando el dolor aumenta, imaginándose que es el vampiro quien lo estrecha
de ese modo protector.
<<Dulce.
Tan dulce. Demasiado dulce. Eres demasiado dulce para tu propio bien, humano.
No deberías ser tan frágil delante de alguien que solo desea romper cosas
bonitas, en vez de cuidarlas. Algo en mí se siente mal. ¿Pero acaso es culpa
mía que mi naturaleza me dé este apetito por la inocencia y el poder suficiente
para saciarlo una y otra vez?>>
Cuando el
vampiro deja de ultrajar una y otra vez sus heridas, Aaron puede contener su
llanto mejor y poco a poco los altos sollozos e hipo se van tornando más suaves
hasta que finalmente solo llora un poquito y en silencio. Mientras lo hace, el
vampiro lame la sangre alrededor de sus heridas, sin penetrar en ellas. Desliza
su lengua corta, agradablemente, como un gatito limpiando su bandeja de comida
hasta dejarla reluciente.
La lengua del
vampiro no es afilada o insidiosa ahora, sino suave, cálida y tierna. Aaron
tiene un escalofrío placentero, pues los lengüetazos se sienten como caricias,
y se acuerda de cuando, de camino a la escuela, siempre encontraba a un par de
gatitos callejeros que se inclinaban contra sus piernas con sus suaves cuerpos,
rizando sus colas alrededor de sus tobillos, maullando tan alto y claro que era
inconfundible lo que querían. Aaron siempre se detenía para rascarles detrás de
las orejas y en la tripa cuando se dejaban y a cambio obtenía esas lengüitas
rosas lamiéndole la mano en señal de agradecimiento. Su madre jamás le dejó
traer a los animalitos a casa, así que usaba su paga para comprarles pienso y
salía antes de casa siempre para reservar al menos un cuarto de hora solo para
esa pareja de gatitos mimosos.
La lengua de
Samuel se siente un poco parecida ahora. Más grande, larga y áspera, como si
hubiese pasado de ser acicalado por unos mininos callejeros a ser lamido por un
enorme tigre suficientemente saciado como para no comérselo.
Sin darse
cuenta, Aaron cambia su posición: ya no está encorvado hacia delante, tenso y
con la cara hundida en el cuello del vampiro para sofocar sus lloros, sino que
ahora tiene la espalda erguida, ligeramente arqueada hacia atrás, como
entregándose a las manos del vampiro que lo rodean, y con la cabeza ladeada
para hacerle sitio a la lengua del vampiro en su cuello, ofreciéndose mientras
hace pequeños ruiditos de placer.
<<¿Cómo
puedes llorar y suplicar por no ser mi presa cuando tu propio cuerpo responde
como tal, cuando está en tu naturaleza ser sumiso o rendirte ante aquellos que
son superiores? ¿Cómo puedo sentir culpa por cazarte cuando cada gesto que
haces, cada temblor, cada ruido, cada lágrima… me invita a ello de una forma
tan descarada? Me haces sentir tan confundido…>>
Samuel se
separa del chico, no porque esté saciado, sino porque cada vez que se empapa de
él su sed no parece curarse, al contrario, sino hacerse un océano más basto, un
abismo insalvable que ya no reclama la sangre de una presa, sino que pide por
él, solo por él.
Ha estado
insaciablemente sediento antes. Sediento de sangre.
Pero es la
primera vez que está sediento de alguien, de Aaron. De su sangre, sí, pero
también de su voz, su tacto, su respiración… Así que debe parar hasta que su
paladar se acostumbre al extraño sabor de su compañía y lo reclame más y más.
No puede
dejarse dominar por algo tan extraño, tan inadecuado, que no es siquiera un
instinto natural, puro, propio de su naturaleza de depredador, sino más bien
una perversión de esta.
Aaron abre
poco a poco sus ojos y su vista se mantiene dócil y baja. Los iris son tan
bonitos, la pupila tan oscura y con ese brillito que parece azúcar espolvoreado
sobre chocolate amargo. Cada parpadeo del chico se siente como un amanecer.
—Enciéndeme un
cigarro.
Ordena el
vampiro y Aaron se sobresalta por la forma en que su voz rompe la extraña
burbuja en la que parecían flotar hace un segundo.
Al chico le
tiemblan mucho las manos porque debe buscar en los bolsillos del vampiro su
mechero y la cajetilla y el gesto de tocarlo él primero se siente intrusivo,
prohibido.
Al final los
encuentra y con mucho cuidado saca un cigarro y lo enciende, aunque le cuesta
un par de intentos. Luego lo coloca en los labios del vampiro, con cuidado de
que sus dedos no lo rocen, pues siente que su piel es tierra sagrada y él un
mero sacrificio que no tiene el honor de tocar a su dios más que cuando este
esté reclamando su carne y sangre.
Samuel da una
larga calada que consume casi la mitad del cigarro. Cierra los ojos mientras lo
hace, dejando el humo barrer fuera de su boca el exquisito sabor de Aaron. Es
una lástima, pero es necesario. Teme volverse adicto a él.
Teme volverse
débil por él. Para él.
Aaron se
siente incómodo por el silencio, inseguro. Quiere hablar él mismo y llenarlo,
pero teme romper algo que el vampiro está intentando conservar, así que en
lugar de eso solo sube su mirada de forma tentativa, queriendo comprobar si el
hombre luce enfadado con él o complacido.
Tan pronto los
ojitos azules de Aaron se encuentran con los del vampiro, estos parecen brillar
como ascuas siendo avivadas. El rojo arde, hierro, antes frío e imperturbable,
ahora al rojo vivo, listo para marcar de por vida a Aaron, listo para no
dejarlo olvidar.
<<Olvidar…
quiero olvidar este dolor. Quiero olvidar sus ojos.>>
El vampiro
exhala la densa nube de humo sobre el rostro del chico, haciendo que frunza sus
labios rosados y tosa un poco, intentando respirar. Luego se adentra en la
bruma negra y acerca su rostro tanto al del menor que bien podría besarlo si
acaso su naturaleza le permitiese desearlo con tal delicadeza. Pero en lugar de
eso, Samuel lo mira con una fijeza inquietante y su voz se torna oscura,
peligrosa como el humo que los envuelve:
—Jamás vuelvas
a mirarme a los ojos.
El tono es
demasiado severo como para ser una advertencia: Aaron sabe que será castigado.
Quiere disculparse, pero la mirada del otro hombre pesa sobre él como una losa
de piedra que le oprime el pecho, cortándole la respiración. Samuel da otra
larga calada al cigarro, terminándolo, y hace que el humo se derrame poco a
poco sobre una de las heridas del cuello del chico mientras la mira con ojos
indescifrables, quizá pensativos. Luego lleva el cigarrillo hacia ese lugar,
penetrando a través del dosel de humo y, luego, a través de la piel.
Al humano se
le saltan las lágrimas y se le rompe el labio entre los dientes mientras lo
muerde, ahogando un grito: Samuel ha empujado la colilla todavía caliente
dentro de una de las profundas heridas que sus colmillos tallaron la noche
anterior.
Samuel
retuerce el cigarro, apagándolo contra la laceración abierta, hundiéndolo más
en ella.
Cuando el
vampiro termina, Aaron está inquieto y sus ojos brillosos se mantienen en el
suelo firmemente. Intentar contar cuántas tachuelas hay en el suelo para así
asegurarse de no desviar nunca su vista de ahí.
Samuel lo
observa en silencio. Aaron tiembla tantísimo sobre su regazo que todos los
castigos que empezaban a formarse en su mente empiezan a desdibujarse, como si
el chico tirase de un fino hilo con delicadeza, desenvolviendo sus pensamientos
crueles y viles y de tal naturaleza que nadie debería ser capaz de tocarlos.
Pero Aaron
puede, de algún modo.
Incluso si sus
manos se mantienen cerradas en puños en su regazo porque el vampiro le ha
ordenado que no lo toque. Incluso si Aaron no tiene la creatividad de sus
anteriores mascotas, que han hecho de cualquier cosa una estaca y han estado
cerca de atravesarle la piel en alguna ocasión. Incluso si no tiene el valor y
la rabia de otros, que le han clavado las uñas, los dientes, los huesos incluso
con tal de romper su armazón y llegar a su núcleo, con tal de romperlo del todo
y aniquilarlo.
Aun así, Aaron
parece tener, además de sus suaves manos hechas de carne y hueso, dos manos
igual de gentiles, pero fantasmagóricas: invisibles e intocables. Y esas manos,
cada vez que está cerca, atraviesan su coraza como si de mera bruma se tratase.
Tocan de algún modo las zonas más tiernas de él, aquello que es débil y frágil
en su interior. Pero no lo tocan como si fuesen capaces de romperlo, sino solo
sostenerlo, acariciarlo quizá.
Hacen
hormiguear su debilidad, como recordándole al vampiro que tiene una.
—Mañana
pretendo sacarte de aquí un rato, pasear a mi nueva mascota para que todos
halaguen mi buen gusto —dice el hombre con tono duro e impasible— y prefiero
presumir de un humano bonito y obediente que de uno al que he castigado tanto
que no se le puede ver la cara bajo tantas vendas y cardenales, así que no te
castigaré, por ahora. Pero la próxima vez que me mires a los ojos —el vampiro
se inclina, despacio, sus labios rozan el oído de Aaron y su corazón se encoge
de tal manera que juraría que Samuel le ha abierto el pecho con las manos y le
estruja el corazón—, te haré algo tan horrible que no podrás volver a levantar
tu vista. Te enseñaré tu lugar de maneras que jamás vas a poder olvidar
mientras vivas. Ahora, lárgate.
Aaron no tiene
tiempo siquiera de cumplir la orden, Samuel hace él mismo la faena, empujando
al chico tan fuerte que lo tira al suelo, haciendo que se golpee su espalda y
la parte posterior de la cabeza.
El mareo le
llena el cráneo a Aaron, pero su cuerpo está también rebosando de miedo, así
que logra salir de ahí medio gateando, medio arrastrándose entre quejidos.
Solo conoce el
camino hacia la habitación principal, así que sigue instintivamente ese camino
y acaba encerrándose en el baño, echando el pestillo aunque sabe que con una
sola orden el vampiro puede hacer que el chico lo remueva: no necesita siquiera
usar la violencia, solo un tono rudo y palabras demandantes y Aaron obedecerá.
Por suerte, el
vampiro no lo sigue hasta el lugar y Aaron puede tranquilizarse tras un largo
rato que pasa en el suelo, llorando, temblando y mirando la puerta como si
acaso sus ojos sobre el pomo fuesen guardianes que realmente pueden custodiarlo
y mantenerlo seguro.
No entiende
por qué no está contento si ha logrado que el vampiro finalmente no le castigue
más que con esa asquerosa quemadura en su herida. Solo sabe que esa amenaza
-una amenaza vaga, indefinida, una amenaza que podría significar cualquier cosa
y que, por eso mismo, ahora no significa nada en absoluto-— le ha causado un
pavor incomprensible.
Cuando las
piernas del chico dejan de sentirse como gelatina y deciden cooperar un poco,
Aaron se da el lujo de ponerse de pie y dar la espalda a la puerta para encarar
un espejo y la pica del baño.
En ella se
obliga a sí mismo a mirar las horribles heridas de su cuello y curarlas de
nuevo. Otra vez la sola imagen de los profundos agujeros negruzcos y la
brillante e inflamada piel roja alrededor le causa mareos y otra vez tiene que
hacer mil y una pausas porque cada vez que se toca las laceraciones con una
gasa llena de yodo, un flechazo de dolor lo recorre de pies a cabeza.
Aun así, al
final acaba con una venda limpia alrededor de sus heridas y sintiéndose algo
mejor.
Aaron se mira
al espejo, directamente a los ojos. Esos ojos azules y hermosos como dos
pedacitos de cielo y que heredó de personas a las que no ha podido ni agradecer
por darle la vida llorando en sus tumbas, pues no tienen sepultura.
Ve algo
distinto en su mirada. Su color sigue vibrante y hermoso como siempre, tal es
su brillo que pareciera que uno ha encapsulado en sus iris el cielo
reflejándose en suaves olas que mecen el océano algunos días de verano. Lo que
ha cambiado no es algo tan evidente como su tono o su intensidad, ha cambiado
su forma de mirar: más temeroso, más asustado.
En sus ojos se
puede ver ahora el impulso casi irresistible de mirar al suelo y bajar la
cabeza con sumisión.
Aun así, Aaron
mantiene la vista alta, se mira directamente a los ojos y le susurra a su
reflejo:
—Tienes que
ser fuerte. Tienes que seguir siendo fuerte. Esto no durará para siempre, no,
no puede ser así. Relájate, haz lo que S… lo que tu amo te diga y procura
evitarlo el resto del tiempo. Si no le doy razones para herirme, el sufrimiento
tendrá que acabar en algún momento. Si lo complazco mucho quizá me deje
recuperar pedacitos de mi libertad y algún día juntaré todas las piezas y mi
libertad estará entera e intacta y quizá yo también me sienta entero e intacto
y… yo… no estoy roto… no estoy roto para siempre… puedo recuperarme de esto…
puede olvidar cómo se sienten sus manos sobre mí, cómo se siente…
Aaron tiene
que dejar de hablar. Sus palabras hacen que todo lo malo suene demasiado real y
todo lo bueno demasiado ingenuo. Jadea, bajando la vista al mismo tiempo.
Agarra con
fuerza el salpicadero e hiperventila un buen rato. Casi ha logrado domar su
respiración cuando escucha pasos acercándose al baño, pasos que no podría
confundir con los de ningún otro ser: Samuel viene a por él.
Aaron corre
como un loco hacia la puerta, debe descorrer el cierre antes de que Samuel
llegue o sabe que se meterá en problemas. El vampiro no le ha prohibido
explícitamente usar pestillo en el baño, pero tampoco le ha dado permiso y,
además, si no se le permite mantener su nombre, su dignidad o siquiera la
opción de escoger sobre su cuerpo, ¿qué le hace pensar que tiene todavía
derecho a la intimidad?
Los dedos
torpones de Aaron fallan la primera vez que trata de quitar el pestillo y este
tintinea metálicamente entre sus dedos temblorosos. Si Samuel lo oye, quizá
piense que precisamente está intentando encerrarse y, si piensa eso, Aaron no
tendrá siquiera un segundo para explicarse, será castigado. ¡No puede permitir
que eso pase! No cuando Samuel ya le ha perdonado un castigo y seguramente sea
doblemente duro si debe proporcionarle uno al final, así que tiene que quitar
el cierre, pero sus manos están malditamente sudorosas y los pasos
peligrosamente cerca y el pestillo se resbala y lo intenta una y otra vez y una
y otra vez hasta…
Aaron logra
quitar el pestillo justo cuando el pomo tiembla en las manos de su amo.
Samuel abre la
puerta y ve que frente a él tiene a Aaron ya arrodillado a sus pies,
esperándolo y temblando como una hoja en un vendaval.
—Ven, debo
explicarte algo.
Aaron asiente
y se levanta, siguiendo al vampiro que se sienta en la orilla de su cama. Él se
pone delicadamente sobre su regazo y trata de no pensar en lo cómoda que luce
la cama y cómo su espalda duele demasiado por dormir en el suelo.
—¿Qué debe
explicarme, amo? —pregunta el chico con voz suave, impacientándose ante la
incertidumbre que empieza a preocuparlo.
—Antes he
dicho que mañana te sacaré. ¿Recuerdas?
—Mhm. —Aaron
asiente y Samuel lo toma de la cintura con una mano para acercarlo más a su
cuerpo. Aaron baja aún más su mirada y tanto es su miedo a mirar los ojos del
vampiro por error que acaba cerrando los suyos con fuerza.
—Voy a
llevarte a un evento importante, de un buen amigo mío. —Aaron asiente y la
palabra amigo se le clava como una flecha en el pecho.
¿Cuánto hace
que olvidó cómo se siente tener uno? ¿Cómo era aquel dolor agradable que le
daba en su pancita cada vez que iba con sus amigos de la escuela a la
biblioteca a hacer un trabajo y acababa riendo y riendo sin poder parar ni a
tomar aire, la felicidad siendo más importante incluso que el oxígeno? Piensa
que, quizá, si en esa fiesta hay otros vampiros, puede haber otros mortales.
Quizá puede hacer un amigo
—Y voy a
llevarte para presumirte —esta vez, el vampiro baja su voz, haciéndola más
ronca y cálida, ronroneante casi, y Aaron se pone un poco rojo. La mano grande
del vampiro se aleja de su cintura y le recoge un mechón de cabello azabache
tras la oreja—. Quiero que todos vean lo hermoso que eres, pero —y aquí su tono
se torna severo, la mano en su cabello tomándolo en un agarre firme que es casi
doloroso— también quiero que vean lo obediente que eres. Así que no solo te
pondrás bonito mañana, sino que vas a comportarte muy muy bien.
<<Vas a
bajar la cabeza con respeto ante todos los demás vampiros, así como lo haces
conmigo. Pero no cumplirás las órdenes de nadie más que las mías. No
responderás, siquiera, cuando los demás te hablen, no si yo no te doy permiso
para hablar. No te alejarás de mí en ningún momento. No me contradecirás, ni me
replicas. Y si haces algo de ello, voy a hacer de tu castigo un jodido
espectáculo para los demás vampiros, que estarán ansiosos por verme derramar tu
sangre. ¿Has entendido?>>
Aaron tiembla
en su sitio. Las pequeñas ilusiones de hallar a otro confidente humano que
habían nacido apenas minutos atrás mueren de forma prematura, dejando en su
lugar un espacio vacío que pronto ocupa la preocupación.
Si la
presencia de Samuel se siente como una aplastante bota sobre su pecho, no
quiere siquiera imaginar cómo se sentirá cuando sea exhibido frente a decenas,
puede que cientos de otras criaturas que lo miren con más hambre que compasión.
—S-sí, amo
—dice con una voz muy débil y acto seguido suspira y añade con temor:— ¿Iré… me
llevará usted a más reuniones de vampiros de ese tipo?
Samuel alza
las cejas con cierta sorpresa y, al ver que el chico parece haber interiorizado
sus instrucciones, suelta su pelo y, casi sin darse cuenta, se pone a
acariciárselo distraídamente.
—Por supuesto.
Es un signo de estatus ir acompañado de la mascota humana más hermosa del
lugar.
Aaron frunce
el ceño y piensa un poco en las palabras del vampiro, tratando de ignorar el
rubor que se forma en sus mejillas por haber sido llamado hermoso tantas veces
esta noche. No sabe del todo cómo funciona la sociedad que los vampiros han
reconstruido sobre las ruinas de la suya, así que decide preguntar un poco. Su
voz suena dubitativa, pero sus ganas de conversar le pueden al miedo:
—¿Si un
vampiro pierde a su humano, entonces tiene menos estatus y poder, amo?
Samuel ríe
levemente por la pregunta. No tanto porque sea una pregunta estúpida, aunque
así se lo parezca, sino por lo inocente que suena el chico haciéndosela.
—Claro que no,
no sois tan importantes, solo juguetes y comida, y es obvio que aquellos que
son más poderosos pueden permitirse los… productos de mayor calidad. Si un
hombre puede permitirse una mansión y criados, es símbolo de que es poderoso,
pero si su mansión se incendia y sus criados mueren entre las llamas, no va a
perder por ello su poder; al contrario, tiene suficiente como para restablecer
lo que ha perdido —la manera de explicarse de Samuel relaja a Aaron. Suena
culto y elocuente, su voz sedosa, sus palabras sabias y su tono casi paciente.
Le gusta cuando le explica cosas en vez de exigírselas. Le recuerda a sus
mejores maestros o a sus amigos a los que admiraba por hablar de forma fluida y
elegante sin apenas esforzarse—. La mayoría de vampiros no cazan a sus
humanos como yo hice contigo, pequeño —Aaron deja de pensar por un momento en
la grandilocuencia de las palabras del otro y su línea de pensamiento se
convierte en un nudo enmarañado. Escuchar ese apodo venir de los labios del
vampiro, no, de su seductora sonrisa y esa voz tan sedosa, le hace
sentir que algo hace cortocircuito dentro de su cabeza. Se pone tan rojo que a
Samuel le resulta adorable y ríe. Sigue jugando con su cabello oscuro y suave—,
sino que los compramos a otros vampiros cuyo trabajo es precisamente pasar sus
días rastreando las zonas que no habitamos y capturándoos y educándoos para que
aprendáis a servir. Cuanto más hermoso un mortal, más aumenta su precio y, si
no te hubiese encontrado yo mismo, tendría que haberme hecho daño en los
bolsillos para conseguir una cosa tan preciosa y apetecible como tú.
—G-gracias,
señor. Me… me abruma un poco recibir esta clase de extraños halagos, aunque es…
se siente bien. Me gusta cuando me dice cosas agradables.
Samuel siente
algo extraño. Una inusual necesidad no de golpear al chico en la boca por
haberlo interrumpido, sino de acariciarlo bonito y bañarlo en palabras
brillantes y suaves sobre su perfección y su dulzura y sobre cómo adora
su actitud dócil e ingenua. Quiere ver más de esa sonrisita preciosa que el
chico tiene en sus labios ahora. Quiere que se los mordisquee más con ese
nerviosismo inocente y coqueto que trata de ocultar.
<<Quiero
besarlos>>
Samuel se
muerde la lengua. Duro. Lo hace hasta que se le llena la boca de su propia
sangre y de dolor y luego traga, el amargo sabor inundando su mente y
limpiándolo de pensamientos demasiado dulces como para venir de él mismo.
—Estoy
hablando —sisea, intentando sonar enfadado, y el brillito en los ojos de Aaron
se apaga, al igual que su sonrisa. El chico se torna cabizbajo y guarda
silencio respetuosamente —. Lo que te decía, ignorante humano, es que nuestro
estatus no se mide por los humanos que podemos conseguir, sino que eso suele
ser un… síntoma de ello. Nuestro estatus depende única y exclusivamente de
nuestro poder. Aquellos que somos más poderosos vivimos más cerca del centro de
nuestras zonas habitables, poseemos más riquezas, más opciones, más decisión
política, más libertad. Aquellos vampiros que son más jóvenes y débiles nos
sirven. Al fin y al cabo, nuestra sociedad se erigió cuando decidimos que la
ley de la supervivencia del más fuerte debía afectaros también a los humanos,
sería terriblemente hipócrita si nuestra sociedad no se rigiese por los mismos
principios. Nuestro poder depende de la facilidad con la que podríamos matar a
aquellos que están por debajo de nosotros.
Aaron traga
saliva. Él ya sabía que no todos los vampiros eran igual de fuertes, pero
siempre pensó que entre ellos habría algo así como un aire de camaradería
similar al que imaginaba que él formaría si hallase a otros supervivientes,
pero le impacta escuchar que los vampiros se dominan entre ellos con mano de
hierro. Que aquellos más poderosos hablan de someter a sus inferiores de una
forma no tan distinta a la que hablan de educar y reprender con vileza a sus
siervos humanos.
—Esta zona
está casi en el núcleo de la… ciudad —dice el chico con algo de vacilación, no
sabiendo si los vampiros siguen usando términos tan humanos, tan pertenecientes
a un mundo que destruyeron sin miramientos. Después el chico traga saliva,
palidece y añade:—. Usted debe ser muy poderoso, de los más poderosos.
Samuel sonríe
altivo, sus labios alargados con socarronería, sus colmillos afilados asomando
sin pudor alguno. El orgullo llena su rostro mientras responde, con ojos
fulgurantes:
—Hay apenas un
puñado de vampiros más poderosos que yo en el mundo, humanito, soy de los más
puros que existen.
Nada debería
cambiar para Aaron. Un vampiro es un vampiro e incluso el más débil de ellos
podría destruirlo con la sencillez con la que un humano barre una mota de polvo
fuera de su vista con su mano o de un simple soplo. Aun así, un escalofrío lo
recorre y puede sentir el sudor frío y pegajoso en las palmas de sus manos.
Poco antes de
la noche en que la humanidad perdió su lugar en el trono, se oían cosas.
Rumores sobre la insurrección vampira y, también, sobre la naturaleza de estos.
No es la
primera vez que escucha la palabra puro.
—Es… —Aaron
traga saliva cuando se atraganta con sus propias palabras. Le cuesta hablar y
es que unas palabras muy lejanas le rondan la cabeza.
<<Si
un vampiro es el término medio entre un humano y un diablo, los comunes son un
poco de cada cosa, pero aquellos que son puros solo tienen de humanos la
apariencia y de demoníacos todo el resto. Es lo más parecido a un diablo que
podría existir sobre la tierra>>
—¿Es cierto
que los… vampiros puros no tenéis ya nada de humanos, amo?
La pregunta
sale tan débil, tan baja de sus labios que Aaron no está seguro de si realmente
la ha pronunciado. Hasta que el vampiro le responde:
—Totalmente
cierto. Los vampiros de alta pureza, como yo, somos aquellos bendecidos por
sangre vampírica apenas tocada por la sangre débil, enfermiza y patética propia
de la humanidad. Y en consecuencia, extraemos de ella todo su potencial.
<<Cuando
uno está tan lleno de poder, es necesario que no quede ya espacio en él para
dar cabida a todo lo inútil, a todos los lastres propios de lo humano, como las
emociones, los vínculos, toda esa sarta de tonterías que tan importantes son
para vosotros.
<<Pero
no somos fríos como el hielo, lo habrás notado, seguimos siendo criaturas…
apasionadas, solo que ahora nuestros deseos toman una forma totalmente nueva,
una forma cruel y despiadada tan deliciosa que el paladar humano jamás podría
comprender.
<<Por
eso te conviene ser realmente obediente, al fin y al cabo, si tu sangre no me
sacia por completo, tus gritos por clemencia serán un exquisito sustituto.>>
Al humano se
le eriza la piel al escuchar al vampiro hablar así, reír así. Cada
palabra llena de regocijo, de un júbilo que hasta podría parecer inocente, cada
letra pronunciada con confianza de tal forma que sus palabras parecen
extenderse y alargarse y ocupar la habitación entera como aquel que se deja
caer sobre un trono y no deja en él más espacio, pues solo hay en el palacio un
rey y sabe que es él mismo, nadie más merece usurpar su lugar.
Aaron
comprende, pues, que la pureza de un vampiro es realmente corrupción.
Un vampiro
puro es aquel cuya alma está completamente envenenada por esta maldición que
los torna seres de la noche, criaturas desalmadas y voraces cazadores. Cuando
un vampiro convierte a otro, su progenie obtiene una gotita de ese poder, que
queda diluida en su sangre y su alma mortales, ahogada en su esencia humana. Su
poder, así como sus deseos vampíricos, serán tenues. Si ese vampiro convierte a
otro, le dará unas gotitas de su sangre apenas manchada por el don oscuro y,
así, ese otro vampiro será más débil, su corazón más humano, su alma más
brillante.
Aquellos que
solo tienen oscuridad y maldad en su interior son aquellos llamados vampiros puros.
Pero lo que de verdad quiere decir eso es que tienen el alma más corrupta de
todos, los deseos más monstruosos y los instintos más poderosos. Lo que quiere
decir es que no hay siquiera un poco de humanidad manchando su perfecta maldad.
Y Aaron acaba
de caer en la cuenta, de que su amo es precisamente uno de esos seres donde las
tinieblas opacan la luz hasta extinguirla.
Pero también
es cierto que a veces su amo le acaricia de forma bonita y que le habla, como
ahora, dándole una conversación que lo hace sentir de nuevo humano y se
pregunta si acaso no hay todavía un pedacito de humanidad en Samuel y si acaso
él conecta con esa parte perdida y diminuta del vampiro aunque sea a veces.
—¿Por qué me
preguntas sobre esto, humano?
—Siento
curiosidad sobre el mundo y, uhm, sobre usted, señor. Y me gusta hablar. Me
agrada mucho cuando me habla.
El vampiro
deja ir una risa corta, entre sorprendida y despectiva.
—Es la primera
vez que converso con una de mis mascotas humanas, debo admitir. Los otros eran
más peleones y cuando dejaban de serlo… los había disciplinado con tanta dureza
que los dejaba prácticamente vacíos. Aunque tampoco me quejo, tu voz es
agradable, quizá podría usarte para hacer ruido cuando me aburra, si no me
apetece divertirme contigo de otro modo.
La insinuación
pasa totalmente inadvertida para Aaron, que solo oye una única cosa:
—¿Podremos
conversar más veces, amo?
El vampiro
aprieta sus dientes. El tono de Aaron es tan emocionado y enérgico que le
sorprende, casi siente que debería castigar al chico por ello, que su repentina
alegría es un peligro, pero está siendo tan respetuoso y suave que lo deja
pasar. Otra vez.
—Puedo
permitirlo, de vez en cuando —responde sin demasiado interés, pero el chico
parece tan contento que no puede esconder una pequeña sonrisa—. ¿No te resulta
estúpido y temerario de tu parte querer hablarme? A una presa tan deliciosa
como tú jamás le conviene querer acercarse a su depredador.
Aaron baja la
cabeza un poco avergonzado. Ha estado años curtiendo sus habilidades de
supervivencia, aprendiendo a ocultarse y huir, a ser tan silencioso como una
brizna de hierba, tan pequeño como una piedrecita en el camino y ahora Samuel
tiene razón: parece que haya olvidado todo eso. Que su tan duro esfuerzo se
haya desmoronado ante cuatro palabras amables y unas caricias, pero ¿acaso es
su culpa? Su naturaleza es sobrevivir, sí, pero también está en su naturaleza
desear vivir. Y para él una vida que merezca ser vivida no es solitaria.
Se siente algo
molesto por las palabras de su amo, algo confundido también, quizá por eso
replica con más perspicacia de la que le conviene:
—¿Y qué
sentido tiene para usted hablarme, si soy solo comida? —al instante el chico
palidece. Puede ver la sorpresa en la cara del vampiro, pero no aún la ira, así
que se aferra a la posibilidad de que el daño sea aún reversible y agrega con
histeria:—¡Perdón, amo! Lo siento, no quería ser impertinente, solo es
curiosidad y…
Pero Samuel no
está irritado. Está realmente afectado, sacudido desde sus más sólidos
cimientos, no porque no esperaba esa pregunta, sino porque no sabe cómo
responderla.
No tiene
sentido que le hable. No tiene sentido que le acaricie a veces. Que le diga
cumplidos. Que lo quiera ver sonrojado. Sonriendo. Que le perdone los castigos.
Que sus lágrimas le resulten tan pesadas como dulces.
No tiene
ningún sentido y eso asusta a Samuel, porque en su vida no ha dudado nunca de
nada. No desde que es poderoso.
<<Hasta
ahora>>
—Tu
charlatanería ha dejado de divertirme. Lárgate antes de que te arranque la
lengua con mis dientes para que tu boca solo sirva para gritar de dolor y
complacerme. —espeta y Aaron desaparece de su vista corriendo tan rápido como
puede, pero la jodida pregunta sigue clavada bien hondo en su mente.
Una astilla
molesta que no logra tocar y la cual se hunde más y más en él cuando más trata
de arrancarla.
Durante el
día, Samuel vuelve a tener pesadillas. Esa molesta astilla clavada en su
cerebro parece remover algo en él, desenterrar cosas que había empujado muy,
muy al fondo de su psique y que pensó que jamás volvería a necesitar.
CAPÍTULO 19
Ha llegado la
noche. Más concretamente, el momento en el que Samuel y Aaron deben prepararse
para salir y asistir al evento de inauguración de uno de los locales de sangre
de Jason.
Samuel no ha
molestado a Aaron desde que se ha despertado, sino que se ha dedicado durante
las primeras horas de su rutina a trabajar con mucha concentración en su
estudio para que así pueda tomarse el resto de la noche libre. El papeleo que
inundaba su mesa hace unas horas como un tsunami de hojas bien repletas de
textos obscuros y números mareantes es ahora una pila pulcramente ordenada en
una de las esquinas de su escritorio. Ha revisado, firmado, aceptado y denegado
todo cuanto le pertocaba y ahora está listo para desestresarse del trabajo con
una noche de ocio.
Aaron, por su
lado, ha limpiado las habitaciones en las cuales pude ingresar, pues el vampiro
le ha dado su permiso. Ha cenado un poco, aunque los nervios le han quitado
casi toda el hambre, y luego se ha esmerado mucho en arreglarse para dar una
buena imagen. Sabe que hoy su aspecto es más importante que nunca, así que seca
su pelo con mucho cuidado para que quede todo liso y suave al tacto, sin
taparle los ojos, pero cayendo como un pequeño flequillo cerca de estos. Limpia
hasta la más pequeña zona de su cuerpo y se aplica una crema que huele a fresas
con nata por todo el cuerpo, dejando su piel sedosa y radiante.
Se mira al
espejo, nervioso e inseguro, temiendo no ser suficiente, y repara en que sus
mejillas están totalmente arreboladas y sus labios han adquirido el color
intenso de las cerezas de tanto mordérselos. Decide que al vampiro posiblemente
le gustarán esos detalles, así que trata de no agobiarse pensando más en ellos.
Samuel entra
en el baño cuando el chico está todavía desnudo y parado frente al espejo. Al
oír el estrépito de la puerta, Aaron corre a cubrirse, pero de nada sirve, pues
una fuerte mano lo toma por el brazo y tira de él ignorando su desnudez.
El vampiro lo
arrastra hasta su habitación y ahí el chico se relaja un poco al ver que hay un
montoncito de prendas para él dobladas sobre la cama.
Se tensa al
advertir la corbata a un lado.
No puede
fijarse mucho en si es la misma de aquella vez u otra similar, pues dos grandes
y frías manos se posan en sus hombros y los aprietan suavemente, como probando
la ternura de su piel. Aaron da un repullo, pero se deja hacer mientras una de
las manos le baja por la espalda, siguiendo la curva tenue de su columna hasta
que sus largos dedos reposan sobre los hoyuelos que Aaron tiene en la parte
baja de su espalda, enmarcando encantadoramente su trasero.
El aliento del
vampiro se derrama sobre su espalda.
—Un cuerpo tan
delicioso… es una lástima cubrirlo de prendas si pretendo lucirte. —A Aaron lo
recorre un escalofrío violento como un latigazo.
La voz de
Samuel deja claro que no está solo fantaseando, sino planteándolo, y al humano
le horroriza la idea de mostrarse tan vulnerable frente a más de esos ojos
rojos. Aaron quiere rogarle que no lo obligue a despojarse de la poca intimidad
de la que le proveen sus telas y lo arroje, desnudo y sensible, a los demás
depredadores que desean devorarlo con miradas lacerantes, pero en lugar de eso
bate sus pestañas inocentemente y habla de una forma suave que sabe que va a
ganarse la atención de su amo:
—M-mi señor,
¿no se supone que mi cuerpo es únicamente para usted? Si es así, solo debería
ser para sus ojos.
Samuel se
siente tan sorprendido. Gratamente sorprendido, cabe añadir. Y es que,
aunque Aaron sea una criaturita inocente y frágil, también es un superviviente
y antaño lograba continuar gracias a que aprendió a cazar y cultivar, pero
ahora… ahora está aprendiendo a usar otras herramientas que le permiten
cosechar el agrado de su amo.
Samuel ríe,
voltea al chico para que queden cara a cara y le toma por la barbilla con su
gran mano, acariciándola y luego acariciándole los labios con su pulgar.
—Nada mal. No
está nada mal, cosita convincente —lo halaga y no sabe qué le ha gustado más,
si el hecho de que Aaron lo haya intentado seducir para manipularlo un poco o
si el hecho de que estaba tan nervioso al hacerlo que le tiemblan los labios y
la respiración—. De todos modos, no iba a llevarte desnudo a la fiesta, no aún,
al menos. Me gusta cuando estás nervioso, pero no quiero que lo estés tanto que
tu obediencia vaya a verse afectada. Anda, vístete antes de que tu desnudez me
tiente a llegar tarde a la fiesta.
Aaron asiente
con alivio y corre a tomar la pila de ropajes que le pertenecen mientras Samuel
se cambia de ropa a su lado. Aaron le da la espalda, fingiendo que los separa
una pared como de un vestidor para ignorar que, si cualquiera de los dos desvía
un poco su mirada, ambos se hallarán desnudos el uno frente al otro.
La ropa de
Aaron luce fresca, bonita y elegante: una camisa blanca y holgada de satín
brillante y de una suavidad espectacular; además, tiene volantes en los puños
de las mangas, lo cual las hace lucir pomposas y oculta las manitas de Aaron
como hundidas de pétalos bordados; el cuello de la camisa tiene un escote en
forma de uve muy prominente y a los lados de este, más bonitos volantes que
abultan sobre el llano pecho del humano. Tras ponerse la camisa, Aaron repara
en que no tiene ropa interior, solo un par de pantalones caqui que le llegan
hasta las rodillas y que son atravesados por un cinturón de cuero oscuro. La
hebilla plateada combina con el collar de hierro que pesa sobre su cuello. Tras
los pantalones, Aaron se coloca dos calcetines cortitos y blancos que en los
lados llevan dos pequeños lazos de seda y, después de estos, se pone unos
zapatos de charol brillantes.
Se siente
vestido como todo un muñequito y hasta se divierte moviendo sus brazos y viendo
los volantes agitarse hasta que mira la cama y ve la corbata. La toma con
inseguridad y se voltea precavido hacia el vampiro.
Por suerte,
Samuel ya se ha vestido y está totalmente listo: lleva una camisa también
blanca y brillante, pero mucho más sencilla, pues no tiene volantes ni detalles
bordados y, además, esta se le ajusta al cuerpo haciéndole lucir fuerte y
poderoso, en contraste a la manera en que Aaron luce como una criaturita etérea
que podría ponerse a flotar en cualquier instante. Los pantalones del vampiro
son de mezclilla, largos, azabaches como el cabello de Aaron y ajustados solo
en las zonas necesarias. Sus zapatos son elegantes y lustrosos y, sobre toda su
ropa, lleva una larga gabardina de cuero que le da un aire todavía más
misterioso y oscuro.
Cuando el
vampiro lleva su vista a la corbata entre las manos de Aaron, a este le da un
vuelco el corazón, pero por suerte Samuel no luce enfadado.
Por un buen
rato, Samuel se dedica en silencio a asegurarse de que Aaron va bien arreglado.
Lo toma por la cintura y lo sienta en la cama, como a un muñequito, para luego
situarse delante y examinarlo con la mirada fija y el ceño fruncido.
Sus manos
trabajan rápidas y van de aquí para allá, peinando a Aaron con los dedos para
que sus cabellos estén hacia atrás elegantemente en vez de en un flequillo
revuelto y adorable, ajustándole las mangas, abotonándole la camisa varias
veces porque los botones lucen mal o muy tensos o muy holgados, alisándole las
arrugas con las manos y también retocándole la corbata para que le quede bien
en el centro y sin estar demasiado suelta ni estrecha, cayendo justo en el
centro del pecho casi desnudo de Aaron y con el aro oculto tras el collar de
metal y sobre las vendas que salvaguardan las heridas del humano.
Aaron cierra
sus ojos, encantado, y no se da ni cuenta de que está sonriendo bobamente. Por
un lado, los toques del vampiro son, realmente, retoques, cada uno de ellos un
recordatorio de que ha hecho algo mal, de que no sabe ni vestirse bien, de que
es un inútil.
Pero, por otro
lado, los toques son simplemente toques. Y Aaron los ama tanto que a veces se
mueve un poquito para que se le arrugue la camisa y que así Samuel tenga que
tocarlo un poco más de esa forma cuidadosa, incluso si eso le irrita un poco.
Le gusta como
pasa sus manos sobre su pecho y su abdomen para allanar la tela, pues se siente
como caricias; o también le gusta mucho como le recoge el pelo hacia atrás una
y otra vez, como mimándolo con ternura, y ama demasiado que cada vez que
recoloque su corbata y le roce el cuello, le haga cosquillitas sin querer.
De hecho,
Samuel sin querer desliza sus dedos por una zona sensible de su nuca y el chico
suelta una risa llena de dulzura por la que luego se pone todo rojo.
—P-perdón, es
que tengo cosquillas.
—¿Aquí?
—pregunta Samuel, no muy seguro de qué diantres está haciendo ni por qué está
obedeciendo a impulsos nuevos y extraños que no implican someter ni herir al
humano, sino que le hacen pasar sus dedos de nuevo por la zona, causándole al
chico otra oleada de risas.
Aaron se
retuerce porque el vampiro está rascándolo en esa zona como si fuese una
mascota con la que trata de jugar y ser agradable y se siente bien, pero tan
extraño.
Cuando el
vampiro para, Aaron podría jurar que las mejillas de este tienen un puntito más
de color que hace un segundo. Samuel luce extraño, apartando la vista y
frunciendo el ceño de pronto.
—No te muevas
tanto, arrugarás más tu ropa.
—Perdón…
<<No
lo digas, ni se te ocurra de->>
—Tu risa es
bonita. —Samuel grita por dentro, desesperado como un loco por comprender por
qué está comportándose de una forma tan ridícula.
No está
acostumbrado a tener filtro ni a controlar sus impulsos y eso nunca le ha
resultado problemático: sus instintos le piden que domine y sea temible, cosas
que precisamente le vienen como anillo al dedo. Es la primera vez que siente
deseos de ser tan… tan pueril e inofensivo.
—Gracias,
señor, la suya es bonita también —responde el chico con dulzura, pero luego
recapacita un poco y agrega: —, aunque a veces da miedo.
—¿Solo a
veces? —inquiere el hombre, ahora pasando sus dedos por el vendaje del chico.
—B-bueno, me
refiero, usted siempre es intimidante y cuando ríe puedo ver sus colmillos y me
hacen tener escalofríos, pero a veces suena menos… menos cruel que otras y esas
risas me gustan más o me asustan menos o no sé cómo decirlo. No quiero
ofenderle.
Samuel tiene
que retocar un poco más al chico, sobre todo porque se ha puesto tan nervioso
parloteando que ha arrugado su ropa un poco.
—Estás
charlatán hoy.
—¿Le molesta?
—la pregunta del chico sale disparada de entre sus labios con urgencia.
—Tu voz es
agradable —halaga y luego se aleja un poco de él para observarlo como uno
contemplaría una obra que quiere dar por acabada—, aunque supongo que recuerdas
que ese bonito sonido me pertenece solo a mí, ¿verdad?
—S-sí, señor.
El vampiro le
hace un gesto con la mano al humano, indicándole que lo siga, así que Aaron
salta de la cama y anda unos pasos por detrás de él mientras este le habla.
—En la fiesta,
habrá muchos otros vampiros y vas a llamar la atención. Mucho. Se te acercarán
otros y tratarán de hablarte y seducirte; puede que alguno intente robarte. Y,
créeme, voy a matar a quien ponga una sola mano sobre mi dulce humano, pero
también te mataré a ti si te atreves a regalarle el bonito sonido de tu voz a
alguien más. Yo soy tu amo, solo me escuchas a mí. Solo me respondes a mí.
Las puertas
hacia el exterior se abren para Aaron por primera vez desde que cayó en las
garras de Samuel Hass y un escalofrío que le deja los huesos como hechos
gelatina lo recorre entero, aunque no está seguro de si es por el muerdo de
libertad que está obteniendo al ver el exterior o por las palabras del vampiro.
Samuel está
amenazándolo, no hay duda, pero algo en sus palabras se siente protector. Aaron
no puede evitar hallar confort en ellas.
—Mhm…
G-gracias por decir que no dejará que nadie me haga nada. Estoy muy nervioso.
Ambos salen a
las calles que Aaron recorrió una vez sin saber que lo llevarían a su
perdición. La noche las hace lucir distintas, más amenazantes, más frías. El
humano se pega a su amo.
—Eres mío.
¿Crees que acaso dejo a otros tocar lo que me pertenece? —de nuevo, Aaron no
quiere hallar comodidad en el hecho de que el vampiro sea posesivo con él, pues
sabe que solo lo es del mismo modo en que un perro gruñe y muerde cuando otros
se acercan a su comida. No le quiere, solo planea usarlo y no podrá si
otros se lo quitan.
Aun así, una
sensación cálida, extraña y tensa se forma en su bajo vientre cuando vampiro
habla de ese modo.
—No, señor,
pero temía que… que me… que fuese a dejar a otros…
—¿Temes que te
comparta? Quizá lo haga, en un futuro, cuando estés mucho mejor entrenado y
sepas cómo complacerme a mí tan bien que piense que puedes tomar a dos de los
míos. Pero incluso entonces, nadie pondrá un dedo sobre ti si no es siguiendo
mis órdenes. Serás tocado solo como yo lo desee, como yo lo ordene. Eres mío,
no te dejaré olvidar eso nunca.
Desde lejos
podría parecer que ambos pasean mientras charlan amenamente de cualquier cosa,
pues el rostro del vampiro se mantiene sereno a la par que pronuncia tan
terribles palabras. Pero Aaron no está tan tranquilo. La idea de ser
compartido, incluso si es lejana, le causa tanto pavor que casi se
siente agradecido de haber sido atrapado por Samuel en vez de por un grupo de
criaturas como él.
—Lo sé, amo.
Es solo… prefiero ser solo suyo. No quiero que un desconocido me toque,
estoy muy nervioso. Usted es el único vampiro al que he visto en persona y la
fiesta estará llena de otros y…
Samuel no lo
entiende: esas malditas ganas de consolarlo. De calmar el parloteo nervioso de
Aaron, de estabilizar su respiración acelerada con sus labios, besándolo suave
y lento como para darle a su aliento una forma más regular y sosegada, llena de
paz.
Se dice que
sucumbirá solo un poco a ese extraño deseo. Que tranquilizará al chico, no
porque él esté volviéndose blando, sino porque un humano nervioso es más
proclive a cometer errores y él no quiere eso.
—Respira —le
dice, su voz suave, instruyéndole de ese modo tan dulce y amigable. Entonces
pasa uno de sus pesados, grandes y protectores brazos por los hombros del
humano, atrayéndolo cerca—. No te separes de mí en la fiesta. Nadie te hará
nada mientras estén conmigo. No lo permitiré.
CAPÍTULO
20
Cuando Aaron y
Samuel llegan a su destino, el lugar luce tan mágico que por un momento Aaron
deja de estar nervioso y está solo fascinado.
Ante sus ojos
se extiende una enorme propiedad separada del resto de la calle por una enorme
verja negra que se eleva bien alto hacia el cielo. Tras ella se halla un jardín
inmenso, con todo tipo de plantas enormes dejando sus ramas llenas de hojas y
flores y frutos derramándose sobre alguna de las mesas, sobre el suelo, sobre
las verjas mismas, a las cuales se abrazan y trepan como si las plantas fuesen
pulpos cubiertos de vegetación falsa. Además, el lugar está decorado con
exquisitas mesas y bancos de cristal luminoso que proyectan suaves luces de
colores (magenta, azul, moradas…) y hacen que el lugar luzca bioluminiscente.
Hay incluso zonas con piscinas que pretenden imitar lagos irregulares donde,
bajo el agua, las luces hacen que esta resplandezca y que aquellos que flotan
parezcan volar por el aire.
Y, más allá de
esa zona que bien pareciera un bosque de fantasía, se halla la entrada a un
edificio de una sola planta, sus paredes crema todas cubiertas por la
asalvajada vegetación y su interior misterioso y seductor. Sobre la puerta de
pomos dorados hay un cartel que dice "Jardín del Edén".
El nerviosismo
vuelve a Aaron cuando nota que el bullicio de la fiesta no es el que él
recordaba de eventos escolares o fiestas de amigos: las criaturas que ocupan la
mayoría del espacio de ese lugar son seres altos, pálidos y de ojos rojos,
sosteniendo copas granate en sus manos y con los labios pintados de ese color
cual carmín.
También hay
humanos ahí, algunos tímidamente arrodillados junto a sus amos, otros
trajeados, todos de la misma forma y andando con porte elegante mientras llevan
bandejas repletas de copas de aquí para allá.
El corazón del
chico retumba cuando intenta contar a los invitados y repara en que ahí debe
haber cientos de vampiros.
Tan pronto
como Samuel se acerca a la verja, un siervo alto y delgado corre a abrirle la
puerta y hacer una reverencia frente a él.
—Señor Hass,
es un honor. —balbucea el humano antes de salir corriendo, posiblemente a
avisar a su atareado amo.
Aaron nota de
inmediato las miradas furtivas y las no tan disimuladas sobre él. Vampiros de
rostros serios y malvados y vampiresas de coquetas y diablescas sonrisas lo
observan con deseo, inspiran profundo, captando su aroma, y se relamen o se
acercan un poco o cuchichean con otros de su especie entre risas que no pueden
significar nada bueno.
Aaron se pega
más a Samuel, aprovechando que sigue todavía bajo su brazo protector, y siente
la tentación de abrazarlo y colocarse bajo su gabardina, escondido como un
pajarito en su nido.
Una voz
masculina y emocionada se acerca a ellos:
—¡Samuel, por
fin llegas!
Aaron se
voltea, encontrándose con el siervo que hace apenas unos segundos había
desaparecido y, junto a él, viene ahora un vampiro enorme y sonriente, con
cabellos de fuego y un rostro de diablillo que le hace lucir amable, pero a la
vez peligroso.
Cuando Aaron
ve las finas ropas con las que está vestido y la manera en la que, con un
chasquido de dedos, hace que los siervos que lo rodean se dispersen como humo,
entiende que él es su amo y el propietario de ese hermoso lugar que esta noche
se inaugura.
—Espero que mi
tardanza no te haya roto el corazón, Jason, aunque deberías saber pasar diez
minutos sin mí, puesto que pasaste años sin saber siquiera mi nombre.
El vampiro
pelirrojo, Jasón, ríe con ganas ante el comentario de su amigo. Aaron no lo
entiende del todo y una enorme curiosidad respecto a la relación de ambos lo
inunda. Aun así, no se atreve a hablar.
—Uno no anhela
algo hasta que lo ha probado, ¿no es así? Y hablando de probar… —sus ojos se
dirigen de Samuel a Aaron y el chico baja su cabeza al suelo con pánico y se
acurruca más contra el brazo de su amo, deseando hacerse chiquitito hasta ser
invisible—. Tu pequeño acompañante me ha abierto el apetito. Tenías tanta
razón, es precioso. Ven, acércate, deja que te vea mejor.
Samuel retira
su brazo de los hombros del humano, que quiere lloriquear hasta que se lo
devuelva, y pone una mano en la espalda baja del chico, empujándolo hasta que
está parado entre los magnos cuerpos de ambos vampiros. Los dos lo examinan
profundamente con su mirada y Aaron no entiende qué hacer, así que solo intenta
quedarse quieto.
El pelirrojo
ríe de forma suave y amigable.
—Uno tímido,
por lo que veo. ¿Todavía estás educándolo?
—Sí, solo
estoy empezando con él, pero por ahora es un buen chico.
Aaron suspira
y se relaja al oír esa expresión. Le tranquiliza demasiado saber que el vampiro
está contento con él; le preocupa más de lo que debería, por su bien.
—No lo dudo,
aunque tiene algún moratón y, auch ¿Eso son dos mordiscos bajo las
vendas? ¡Si apenas hace solo unos días que lo tienes! Me parece que juegas
demasiado rudo con algo tan frágil. —comenta Jason amenamente, negando con la
cabeza.
Conoce a
Samuel suficiente como para comprender sus diferencias. Él es un vampiro
antiguo y poderoso, sí, pero es ordinario en contraste con el purasangre con el
que habla, así que jamás entenderá sus necesidades, sus instintos, la oscuridad
de sus deseos. De todos modos, le apena ver al muchachito tan cubierto de
heridas y hematomas cuando está seguro de que él no necesitaría dejar marcas
para obtener un chico obediente.
—Resiste más
de lo que parece —le resta importancia Samuel y luego, en tono sombrío,
añade:—, además, si me paso y se me acaba muriendo, ¿no es para eso para lo que
están los humanos? ¿Para que los matemos, ya sea rápido o poco a poco? Su
propia naturaleza los define como presas, como seres finitos nacidos para
morir.
Jason asiente
pensativo mientras Aaron tiene un escalofrío tras otro, no queriendo pensar en
su amo asesinándolo, no como castigo, sino porque no le preocupa lo suficiente
como para cuidarlo incluso cuando está siendo un buen chico para él.
—Lo sé, lo sé,
pero si te aburres de él, te lo ruego, no lo mates. Estaría dispuesto a pagarte
tantísimo dinero por uno así. Piénsatelo, ¿sí?
Samuel lo mira
serio, demasiado serio, y luego tira de la anilla del collar del chico,
acercándoselo a Jason y haciendo que el humano tenga que ponerse de puntillas
para que Samuel no lo suspenda sobre el suelo con su fuerza.
—Lee.
—Propiedad de
Samuel H… —Jason ríe, algo decepcionado, y niega con suavidad.—Vale, vale, lo
pillo. Te pertenece su vida y también su muerte. Ah, qué desperdicio…
Justo cuando
Samuel va a responder algo, una muchacha de mirada perdida y corta falda negra
se acerca con una bandeja de plata, ofreciéndole a los presentes lo que parecen
copas de vino. Samuel y Jason toman una cada uno y cuando la muchacha baja la
altura de la bandeja para ofrecerle una a Aaron, este la toma por compromiso.
Se lleva la
copa a los labios, pues empieza a tener sed, pero Samuel se la retira
suavemente de las manos con una sonrisa socarrona.
—Bobo, eso no
es para humanos. —de un solo trago, el vampiro apura la copa de Aaron, dejando
en sus labios un color rojo que hace al humano entender que, obviamente, no es
vino lo que en esa fiesta se sirve.
De pronto, un
grito agudo como una aguja traspasa el aire y Aaron se voltea alertado hacia su
origen:
—¡Samu, cuánto
tiempo!
La criatura
que chilla de esa forma resulta ser una muchacha alta y delgada, con una
cabellera de rizos tan pomposos que ocupan más que su estilizada figura. Aaron
se fija en que su cabello es del mismo exacto tono que el de Jason, quien
sonríe cuando la vampiresa se lanza hacia Samuel y lo abraza tan fuerte que lo
alza del suelo a pesar de que este es mucho más grande que ella.
Cuando la
chica vuelve a dejar al poderoso vampiro de vuelta en su lugar, este le
revuelve los cabellos con cierta dulzura y la mira de una forma que hace el
corazón de Aarón saltarse un latido.
<<Tan
humano. Luce tan humano.>>
—Charlotte,
qué dramática. Nos vimos el mes pasado. ¿Tan pequeña eres que todavía percibes
el paso del tiempo como una humana impaciente? —se burla Samuel, haciendo a
Jason reír y a la chica fruncir el ceño y cruzarse de brazos.
—Ah, había
olvidado tu mal genio. Creo que por eso te echo de menos; cuando paso tiempo
sin ti, tiendo a olvidar que tienes una personalidad horrible. —le responde
ella, retadora, pero apenas puede contener una sonrisita que delata que solo
bromea y que moría de ganas de volver a ver a su amigo.
—¿Mal genio?
Mi amabilidad es el único motivo por el que sigues con v-
Charlotte
interrumpe al vampiro con otro grito chillón capaz de partir el cielo mientras
se lleva las manos a la cabeza:
—¡Por Drácula!
Pero qué monada. ¿Es tuyo? —pregunta, sus ojos rubí totalmente abiertos y su
cuerpo largo y alto encorvándose para mirar a Aaron bien de cerca, como si no
se creyese lo que ve.
Aaron se
encoge en su lugar y juguetea con sus manos. La muchacha, así como Jason,
parece amable, pero le pone los pelos de punta ser el centro de atención de
tantas miradas carmesí y estar en boca de tantos seres colmilludos.
—Por supuesto.
¿Crees que acaso dejaría vivir a alguien que pasease frente a mí una bolsa de
sangre tan encantadora? —ríe Samuel, regodeándose en el hecho de que Aaron está
recibiendo tanta atención y halagos.
Le exaspera un
poco sentir que su humano está siendo absorbido por Jason y Charlotte, que lo
alejan sin querer de él para mirarlo de arriba abajo con reverencia, así que
coloca una mano en el hombro de su propiedad humana y lo atrae hacia él. Cuando
la espalda de Aaron choca con el firme pecho de Samuel, este se apoya en los
hombros del humano con sus antebrazos, casi abrazándolo.
Aaron se
tambalea por el peso de los brazos del vampiro sobre sus hombros.
—Pero qué
envidia que me estás dando, si parece hecho de cerámica con esa piel tan
bonita… como si fuese para coleccionar. Qué bonito. ¿Cómo te llamas,
preciosura?
—No tiene
permitido decir su nombre; de hecho, no debería ser siquiera capaz de pensarlo.
Él es mío, nada más que eso. —interviene Samuel, lanzándole a Aaron una
mirada furtiva de advertencia, como si pudiese leer el pensamiento del humano y
le reprendiese silenciosamente por haber formado en su cabeza una respuesta a
la pregunta de la vampiresa.
La vampiresa
de cabello rojo y pomposo bufa y se cruza de brazos, claramente disgustada por
las normas que su amigo impone a su mascota.
—¿Y cuántos
años tienes? ¿Eso sí me lo puedes decir? —se agacha para preguntar a Aaron esas
cosas, dulcificando su voz y su mirada, sonriendo con sus colmillitos
mostrándose de tal forma que a Aaron le hace pensar en la cara de un gato.
—Tiene-
—Le he
preguntado a él, no a ti —salta la chica, cortando a Samuel y poniendo sus
manos en sus caderas, con sus brazos en jarra. Luego se vuelve hacia el humano
de nuevo y repite:—. Perdona, preciosura, tu amo es un pesado y un controlador.
¿Cuántos años dices que tienes?
Aaron se pone
demasiado nervioso bajo la mirada de la chica. No quiere ser descortés con
ella, pero ante todo, no quiere desobedecer a Samuel.
Se voltea
tímidamente hacia su amo, tirando de las mangas de su camisa.
—Uh, amo,
¿p-puedo…?
—Sí, puedes
responderle. —responde el otro, rápido y cortante, como un chasquido. Pese a
que le ha dado permiso, suena algo irritado.
—No estoy del
todo seguro, pero tengo entre dieciocho y diecinueve —explica y, mientras
habla, la chica le sostiene el mentón con sus delgados dedos para mover su
rostro un poco, alzarlo, voltearlo, y así examinar mejor sus facciones—. Es…
Era difícil llevar la cuenta del tiempo ahí afuera…
—¿Afuera? ¡No
me digas! Samuel, ¿lo has cazado tú mismo? —el nombrado asiente con orgullo y
una sonrisa arrogante decora su rostro— Ah, yo también quiero uno así. Ni
siquiera se nota que es uno salvaje, es muy servicial, muy tranquilo… —comenta
y, mientras habla, la chica decide probar la finura y la suavidad de la piel
del humano: le acaricia la mejilla con cuidado, primero con la yema de los
dedos, luego con el roce liviano de sus nudillos pequeños.
Aaron disfruta
tanto del tacto que apenas puede ocultarlo. Se inclina un poco hacia la mano de
la chica y su corazón y respiración se aceleran cuando esas manos avainilladas
lo tratan con esa delicadeza casi maternal. Piensa en su familia y debe
parpadear rápido para que los ojos no se le llenen de lágrimas.
De pronto,
Samuel lo vuelve a tomar por los hombros y tira bruscamente de él para
recuperarlo.
—No me lo
toques tanto, además, ¿tú no tenías ya una humana que adorabas? ¿Qué ha pasado
con esa?
Charlotte
tuerce su boca y niega, como demasiado triste para poder convertir ese
sentimiento en palabras. Después de unos segundos, sin embargo, alza su mirada
con resolución y su voz se siente firme cuando habla:
—Tuvimos
nuestras diferencias. La atrapé intentando escapar y estaba dispuesta a
perdonarla, pero debió entrar en pánico. Partió la pata de una mesa y pretendía
usarla de estaca. Fue un desperdicio, pero tuve que matarla ahí mismo. Estaba
tan furiosa… la destripé y dejé el comedor hecho un asco, tuve q- ¡Oh! Pero qué
insensible, mira lo pálido que estás. ¿Te he angustiado, pequeñín?
Aaron niega,
aunque Charlotte tiene razón: el chico está temblando y tan blanco que su piel
bien podría pasar por la de un bebedor de sangre que no ha visto el sol en
años. Aaron intenta calmarse, pero el contraste entre la actitud maternal y
cariñosa de esa chica con la despreocupación con la que explica cómo ha asesinado
a alguien le revuelve las tripas.
—E-está bien,
perdón…
—No te he
dicho que puedas hablar. —la voz de Samuel es tan afilada que Aaron puede
sentirla cortando el aire y clavándosele en el pecho cual puñal.
Jadea,
aterrado por haber cometido tan pronto un error, por el hecho de que será
castigado aquí y ahora. No puede permitir que eso pase.
—¡L-lo siento,
amo! Lo siento mucho, pensé que como antes habías dicho que sí podía yo… lo
siento, no volverá a pasar, lo juro, no me castigue. Me portaré bien.
Para el alivio
de Aaron, la expresión dura y dominante de Samuel se rompe tan pronto el hombre
empieza a reír con ganas, burlándose de su desesperación. Luego Samuel mira a
Charlotte con superioridad y señala a su aterrorizado humano, extendiendo sus
palmas hacia él.
—¿Ves? —le
pregunta, enarcando una ceja— Por eso tu humana te faltó así al respeto. Eres
demasiado permisiva y sin disciplina no hay obediencia. Deben tenerte miedo, no
confianza. Mira qué bien reacciona el mío y todo porque sabe que cada pequeño
error suyo es un gran castigo de mi parte.
Charlotte
asiente como una niña pequeña siendo aleccionada por un maestro, pero, aun así,
mira a Aaron con ojitos compasivos y juega con sus dedos para resistir el
impulso de acariciar al muchachito para hacerlo respirar más tranquilo.
—Sí, tus
métodos dan resultado, pero ¿a qué precio? —pregunta con un suspiro y lanza una
mirada de soslayo al aterrorizado chico de ojos azules que todavía hiperventila
al lado de su amo, temiendo ser castigado— No soy apenas pura, no como tú,
todavía siento lástima y cariño por los mortales. Hay cierto umbral de crueldad
que no soy capaz de traspasar. Tampoco querría, si pudiese… me gusta ser algo
humana todavía.
Jason se
coloca a su lado, escuchándola con atención y asintiendo con una mezcla entre
respeto y admiración por sus palabras.
Samuel solo
rueda los ojos y hace un ademán despectivo con su mano antes de decir:
—Tonterías.
La muchacha de
pomposo cabello cobrizo chasquea la lengua, pero ni ella ni Jason parecen
dispuestos a discutirle nada a Samuel. Saben que no tendría sentido. ¿Cómo
podrían hacerle entenderlos cuando él es algo distinto, algo superior, más allá
del bien y el mal que ellos tan fácilmente reconocen?
Para cambiar
de tema, la jovencita dice:
—Anda, vamos a
sentarnos. Hay algunas cosas de las que tendríamos que hablar.
Jason asiente
con seriedad, pero pronto un atareado siervo se le acerca por detrás y susurra
algo en su oído, lo que hace a Jason mirar su reloj y morderse el labio.
—Lottie, me
tengo que ir, me reclaman en…
—Ve, ve, está
bien —lo calma la chica, haciendo un gesto con su mano. Luego mira a Samuel y
añade, un poco más insegura: —. Se lo cuento yo.
—Perfecto.
Luego hablamos entonces, Sam. —se despide Jason; el cariñoso mote que le ha
puesto al vampiro más poderoso hace que este niegue con incredulidad, pero a
Aaron le resulta entrañable la forma llena de cariño y cuidado en que el otro
lo pronuncia.
El muchachito
humano se pregunta cómo es posible que ese monstruo sin corazón que es su
propietario haya podido ganarse semejante cercanía, semejante cariño de unos
vampiros como Jason y Charlotte, que, pese a sus colmillos y ojos rojos,
parecen tener todavía un alma humana.
—¿A qué viene
tanto secretismo? —pregunta Samuel mientras sigue a Charlotte camino a los
bancos de piedra que hay cerca de la piscina principal.
Aaron los
sigue situándose un poco más atrás de su amo e, incapaz de calmar sus nervios,
tira de la manga de la chaqueta de este como un pequeño niño y susurra:
—Amo…
—No, no voy a
castigarte. Deja de molestar.
La respuesta
de Samuel es cortante y dolorosa, pero a Aaron no le importa. Lo único que le
importa es saber que no va a ser reprendido por su error y eso es suficiente
para relajarlo.
—Uhm, verás,
como Jason hace a veces ventas a los vampiros de círculos incluso más altos que
en el que vives tú, pues resulta que la semana pasada hizo una transacción en
el núcleo de la ciudad. Con… —la chica traga saliva, un escalofrío le eriza la
piel solo de pensar en las palabras que está a punto de decir, no, de susurrar:
—con uno de los originales.
Samuel asiente
solemnemente. Los vampiros impuros hablan de los puros, como él, con voces
quedas y temblorosas, del mismo modo en que los humanos hablaban antes de las
leyendas de vampiros: susurran historias sobre criaturas poderosas y míticas
que parecerían no poder existir, seres que te hacen sentir tan pequeño que
debes no creer en ellos para conservar la cordura.
Samuel está
acostumbrado a que mortales y vampiros de baja casta hablen de él de ese modo.
Pero eso no significa que él no hable así, a su vez, de otra clase de vampiros.
Unos cuya pureza es tal que son el origen de todo don oscuro. Por ello son
llamados los originales.
Rara vez ha
estado en presencia de uno. Y esas veces prefiere mantenerlas en el olvido.
—Sigue.
—ordena Samuel y su voz no disimula en modo alguno que él conoce su
superioridad sobre Charlotte, pues le habla prácticamente como cuando lo hace
con Aaron.
Charlotte se
toma unos segundos antes de seguir y decide sentarse en uno de los bancos de
piedra a los que por fin han llegado. La piscina está a solo meros metros de
ellos y las luces turquesas que del agua emergen crean reflejos hermosos en el
rostro preocupado de Charlotte y el inescrutable de Samuel.
El rubio se
sienta junto a su amiga en el banco, expectante, y luego ve a Aaron de pie,
inseguro.
—Al suelo. De
rodillas. —ordena Samuel con rapidez, chasqueando sus dedos para captar la
atención del chico.
Aaron se
arrodilla frente a su amo de inmediato y tiembla un poco porque no entiende la
conversación que esos dos vampiros están teniendo, pero puede sentir la tensión
que se ha formado en el ambiente.
—Bueno, ya
sabes cómo es Jason. Tiene mucha labia y, mientras él y el original hacían
negocios, se ve que le comentó algunas cosas. Uno de los originales de nuestro
núcleo ha… dejado de existir —Samuel alza una ceja, interesado, y se inclina
hacia la chica. Aaron traga saliva al escuchar eso. Sabe que solo un vampiro es
capaz de matar a otro y, si los líderes mismos de esa raza están ahora
masacrándose como hicieron con su raza, ¿qué destino le depara ahora más que
uno todavía más lleno de caos y desesperanza?—. Tocó a una presa que no le
pertenecía y el otro era posesivo. Más que tú, incluso —ríe la chica y Samuel
le sonríe de vuelta—. Mató al original que le había robado y al humano, porque
ya estaba usado. Y claro, cuando un original muere, deja un puesto que debe ser
ocupado por otro y se ha corrido la voz entre los altos círculos de otras
ciudades, así que hay… hay ya un original que va a venir aquí. A ocupar su
puesto en el núcleo.
Por unos
momentos hay un silencio hasta tranquilo y Aaron cree que lo que Charlotte
tenía que decir ya está dicho, pero entonces se fija en los puños fuertemente
cerrados de su amo y en su mandíbula tan marcada de apretarla duro. Sus ojos
brillan con un fulgor peligroso.
Samuel luce
como si estuviese a punto de atacar, hasta que suelta una risa incrédula,
despectiva, y se cubre el rostro con una mano.
—No me lo
creo. No puedo creer que estés tratando de decir esto. Vamos, dime que me
equivoco.
Charlotte
niega con su cabeza, apenada, y con voz chiquitita dice:
—Ivthan es su
nombre. Jason me dijo que quizá era otro con el mismo nombre, pero ¿qué
posibilidad hay de eso?
Samuel se echa
a reír, pero eso no hace más que aumentar la tensión del ambiente. No es una
risa agradable, ni siquiera divertida, es una risa llena de frustración, de
ira. La risa de alguien que siente que se vuelve loco.
—Oh, es él, te
lo aseguro. No lo digo siquiera por su nombre, incluso si no supieses el nombre
del original que ha escogido venir aquí, lo sabría. Ese hijo de puta no
ha tenido suficiente de mí evitándolo, supongo, así que quiere estar más cerca,
hacerse más y más difícil de ignorar.
—Lo siento,
Sam-
—Nada de lo
siento —la corta moviendo su mano frente a su rostro—, no te atrevas a
sentir lástima por mí, bonita, o tomaré el ofrecimiento que me hiciste cuando
te conocí como humana y me alimentaré de ti hasta haberme bebido tu vida
entera.
—Vale, vale
—la chica sube las manos, como en señal de paz, y sonríe un poco al ver que
Samuel es el mismo de siempre, que la noticia no le ha golpeado tan duro como
ella podría haber temido que lo hiciese—. Es solo, sé que lo detestas y no es
agradable vivir tan cerca de alguien que detestas.
—Esos capullos
del núcleo rara vez salen de su nidito de privilegio. Vivirá cerca de mí, sí,
pero estoy bastante seguro de que no me lo toparé demasiado —hace un ademán y
habla despreocupadamente, como restándole importancia al asunto. Charlotte
asiente ante sus palabras, totalmente convencida—. Simplemente quiere la
satisfacción de gobernar aquí para poder decir que me tiene todavía bajo su
control. Dormirá más tranquilo si puede ver mis movimientos y decirse, en su
cabeza desquiciada, que su creación está bajo su yugo. Aunque la realidad es
que soy tan libre como siempre, esté o no bajo su mirada.
—Le gusta el
poder o la… ilusión de tener poder —explica la bella pelirroja, aunque su voz
suena pensativa y distante, como si simplemente reflexionase en voz alta para
sí misma. Luego sus ojos se dirigen al muchachito de ojos azules a sus pies y
se fija en cómo su fino rostro está lleno de moratones y heridas a medio
desvanecer. Le lanza una mirada de reproche a Samuel, mientras agrega:—. Aunque
no puedes culparle por ello, ¿no? Como puro, tú también tienes un… apetito
insaciable de poder y control.
—Culparle, no.
Pero sí que puedo odiarle.
Por un momento
el silencio entre ambos se siente como piedra: tan sólido e impenetrable. Algo
se oculta detrás, algo que Aaron muere por saber, pero jamás sería capaz de
romper el muro que su amo es. Se pregunta quién es ese vampiro del que hablan.
Ivthan.
Su nombre
suena extraño y misterioso, poderoso también. Como el nombre de un antiguo
dragón que solo con pronunciarlo puede ser invocado.
Se pregunta
cuán maligna debe ser una criatura para despertar en Samuel odio y no solo
rabia o enfado. Samuel se enoja por él cuando le desobedece, pero no lo odia.
La ira está para aquellos que son inferiores y merecen ser fustigados por sus
faltas, el odio, sin embargo, es una emoción demasiado poderosa.
Solo se la
ganan aquellos que te pueden mirar a los ojos sin temer las represalias.
Aquellos que te observan desde arriba,
—¿Qué tal si
nos damos un baño? —la muchacha se levanta de pronto y, sin esperar siquiera
respuesta, empieza a quitarse sus brillantes zapatos de tacón negro. Incluso
sin ellos luce inalcanzable como la torre más alta de un castillo— Esta
conversación me ha acalorado, tan dramática… Quiero un poco de agua fresquita.
—Sí, se
sentiría bien. Vamos. —concede Samuel y se pone de pie junto a ella.
Aaron sigue de
rodillas, esperando órdenes, y sus ojos viajan por curiosidad por la escena. Su
amo se quita la gabardina negra y luego, sin pudor alguno, desvela la
perfección de su cuerpo arrojándole a Aaron su camisa y sus pantalones.
El chico se
pone rojo ante la vista del cuerpo esculpido y musculoso de su amo, un cuerpo
tan grande que bien podría ser el de una bestia vistiendo pieles humanas, así
que sencillamente aparta la mirada con las mejillas todas arreboladas y se pone
a doblar la ropa de su propietario con esmero, dejándola a un lado.
—¿Me
desabrochas el vestido? —pide Charlotte, cuyos ojos comparten el destino de los
Aaron, pero no su pudor: mira al rubio de arriba abajo, la lascivia ocupando el
lugar que el disimulo debería. Cuando se voltea y unas grandes manos bajan su
cremallera, empezando a desnudarla, suspira con pesar— Ah… una lástima que no
te gusten las mujeres.
Samuel ríe
dulce y suave en su oído. Provocativo, no porque le guste Charlotte, sino
porque le gusta saber el efecto que tiene en ella, y cuando la muchacha se
voltea, con solo la ropa interior cubriendo su figura delgada y elegante, puede
notar que la chica ya no le mira con la valentía de antes.
Samuel se
acerca un par de pasos a ella, acechante, haciendo que luzca como una pequeña
niña tímida bajo su enorme figura, y le sonríe con maldad mientras habla.
—¿Te me
insinúas de nuevo, Lottie? La última vez no te salió muy bien…
Charlotte se
pone más roja de lo que Aaron jamás pensó que un vampiro podría y acto seguido
chilla de frustración y se lanza de cabeza a la piscina. Cuando su cabeza
emerge de nuevo, luce furiosa.
—¡Era una
estúpida niña humana! —le chilla a Samuel— No me recuerdes más eso, qué
vergüenza.
—Sigues siendo
apenas una niña.
—Solo porque
tú eres demasiado viejo —con actitud pueril, la chica le saca la lengua a
Samuel y luego nada lejos de él, dejándolo solo en el borde. Desde el centro de
la piscina luminosa, le dice:—, toda una reliquia del pasado.
Samuel ríe y
se dispone a ir a por ella, pero antes de eso se voltea con una expresión dura
que hace a Aaron jadear y preguntarse a dónde han ido las sonrisas pillas, las
palabras juguetonas y las miradas amables que el hombre usaba con naturalidad
solo segundos atrás.
—Sigue siendo
un buen chico y no te muevas de aquí. ¿Entendido?
Aaron siente
un escalofrío cuando es llamado un buen chico después de tanto tiempo
sin oír esas palabras. Algo en su interior aletea y revolotea tontamente,
dándole una sonrisa leve en su cara y un tartamudeo adorable al hablar:
—S-sí, amo. Le
espero aquí.
Su corazón se
salta un latido. Aaron no está seguro, pero ¿es posible que Samuel le haya
sonreído? Ha sido tan leve y solo un instante antes de darle la espalda y
zambullirse en la enorme piscina. Podrían haber sido imaginaciones suyas, pero
¿Y si no?
Aaron mira
desde lejos cómo Samuel y Charlotte nadan a lo lejos, flotando el uno cerca del
otro como planetas orbitando sin llegar a chocar nunca. A veces Samuel y
Charlotte no lucen como dos bebedores de sangre con cientos de años a sus
espaldas, no cuando están tan lejos que sus colmillos y sus ojos son apenas un
borrón, no cuando ríen y chapotean y se divierten jugando a lanzarse agua.
Aaron no puede
evitarlo, pero al ver la escena recuerda los veranos con sus amigos y su
familia y se imagina a él con su amo y la vampiresa de cabello de fuego,
también conversando y salpicando agua y siendo víctima de ahogadillas y
cosquillas submarinas. Una sonrisa demasiado esperanzada se pinta en su rostro.
Al cabo de un
rato, ambos vampiros están tan lejos que Aaron ya no los ve y esa zona de la
fiesta se ha quedado desierta. Se siente solo junto a ese lago luminiscente que
parece llamarlo y el chico, no queriendo ser desobediente, pero muriendo de
ganas de darse un chapuzón, se acerca un poco a la orilla y mira el agua con
ojos grandes y brillantes. La luz casi hipnótica que ese lugar emite es casi
tan hermosa como la de su mirada y, al verse reflejado, el chico decide
contemplarse un rato.
<<Luzco
bonito>>, piensa, algo agobiado por si está siendo demasiado vanidoso.
Pero, por otro lado, eso lo relaja. A Samuel le gustan las cosas bonitas y él
realmente quiere gustarle a Samuel. Quiere ganarse más palabras suaves y
agradables y azucaradas como ese "buen chico" que ha oído antes, y
quiere ganarse halagos y mimos y quizá algún día algo tan atrevido como un
abrazo o que le tome de la mano y le haga sentir apreciado o…
<<Querido>>
Aaron niega
con la cabeza y se siente profundamente deprimido de pronto. Samuel es un
vampiro, uno puro. No hay en él lugar para sentimientos que no sirvan a
su hambre.
Aaron alarga
una mano y la hunde en la piscina, primero mojándose solo los dedos, luego la
palma. Mueve su mano, distorsionando su reflejo hasta hacerlo desaparecer,
acaricia el agua temblada creando diminutas ondas. El agua lo acaricia de
vuelta con su presencia envolvente y cándida.
Entonces Aaron
nota un reflejo más grande en el agua, tanto que su mano no lo perturba: hay
alguien de pie tras él.
Se voltea de
pronto, arrancando su mano de la piscina y con los ojos bien grandes y el
corazón encogido en su pecho.
El mismo
vampiro de antes, aquel muchacho alto y fuerte de cabello carmesí y sonrisa
bonita, pero peligrosa, lo mira con diversión. Se agacha a su lado y tuerce la
cabeza, mirándolo con curiosidad y una risita divertida en sus labios.
—No pretendía
asustarte, pequeño.
Aaron intenta
tragar saliva, pero nota su garganta de repente seca. No le gusta estar a solas
con otro vampiro, incluso si le parece amable. No le gusta su cercanía. No le
gusta que le hable. No le gusta no saber si tiene prohibido responder o si su
silencio será una falta de respeto que pagará gravemente.
—¿Sabes dónde
está tu amo? No lo encuentro por ningún lado.
Aaron lame sus
labios y luego se traga sus palabras. Con un dedo señala la piscina y espera
que ese hombre no le pregunte nada más, que no lo fuerce a tomar una decisión
difícil.
—Oh, ya veo,
en un rato iré con él, entonces. ¿Tú no vas a bañarte con tu amo? —Jason se
sienta en el suelo poco a poco, con sus piernas cruzadas en una pose relajada y
amistosa.
Aun así, Aaron
sigue de rodillas, la espalda recta y tensa y sus manos hechas puños en su
regazo.
Niega con la
cabeza a modo de respuesta.
—Hm, ¿no te
aburres aquí solo? —Aaron niega de nuevo, pero siente lágrimas en sus ojos. Una
conversación. Ese vampiro le ofrece una desinteresada, tranquila conversación.
No puede creer que esté desperdiciando esa oportunidad, luchando por que le sea
retirada— Puedo mandar a algunos de mis trabajadores a que vengan aquí a
hacerte compañía, a mis trabajadores humanos, digo. Eres nuevo en todo este
mundo, no te vendrían mal un par de amiguitos que te ayuden a entender todo
mejor, ¿no?
Aaron cierra
sus ojos fuertes como si hubiese visto un horrible monstruo y niega
frenéticamente. Si Jason le trae a otro humano, Aaron va a romperse, va a
empezar a llorar y a llorar y no parará hasta que la piscina se desborde y los
ahogue a todos. Si le tienta un poco más con darle una probada de aquello que
lleva años buscando, no podrá soportarlo.
Jason pone una
mano en el hombro del chico y le da un apretón amable y corto.
—De acuerdo,
no traeré a nadie. Tranquilo, tranquilo…
—Qu-querría…
—murmura Aaron y se muerde duro el labio porque no debería estar hablando, pero
no puede evitarlo.
—¿Qué dices,
pequeño?
—Querría
conocer a otros humanos, señor, mu-muchas gracias. Pero no quiero enfadar a mi
amo. Y también creo que n-no debería seguir hablando con ust-
—¿Qué mierda
crees que estás haciendo? —la voz de Samuel suena enfadada, como un rugido. Y
cerca. Tan cerca.
Comentarios
Publicar un comentario
Comenta: