Capítulos 111-120

 

Capítulo 111

 

Jeremy despierta agitado, la realidad y los sueños entremezclándose en su confundida cabecita y haciéndole dudar ¿Ha sido real la visita de Aidan? ¿Y su pesadilla con Xander y Mörblut? Le duele la cabeza y el cuerpo se le resiente como si le hubiesen apalizado. Con la vista todavía borrosa, se lleva la mano al cuello, inspeccionando en busca de marcas de mordiscos y topándose solo con la humedad del sudor frío que le recorre la nuca. No ve bien a su alrededor pues la habitación está oscura. Respira agitado, desliza sus manos por las sábanas. La cama no se siente familiar, pero ninguna lo hace desde hace dos años. Va de hotel en hotel, a veces a las casas de sus clientes y otras se resguarda en lugares recónditos de las calles que se sienten mínimamente seguros. Aunque estas sábanas se sienten muy, muy suaves ¿Está en un hotel caro? Intenta recordar a su último cliente, pero su cabeza todavía le da vueltas y, entonces, una enorme mano tibia se pone sobre su pecho y lo empuja de nuevo a la cama.

Alguien gruñe en su oído y ese sonido malhumorado como el de un perro sí se le hace familiar, al igual que el tamaño, el peso y la aspereza de la enorme mano que ahora sube por sus clavículas y rodea su cuello para mantenerlo en el lugar.

—Vuelve a dormir, ha sido solo una pesadilla.

Jeremy siente ganas de llorar de alegría cuando escucha la voz de Aidan, pero cuando su mano se desliza fuera de su garganta le entra el pánico ¿Y si está soñando ahora? Necesita encender la luz y ver que, aunque no lo oiga ni lo toque, Aidan sigue ahí, necesita corroborar que es real, así que se inclina hacia la orilla de la cama y palpa la pared en busca del interruptor. La mano ahora está en su cintura y con autoridad de él hasta que choca con su cuerpo.

Jeremy sigue queriendo que sus ojos certifiquen lo que sus otros sentidos le indican, pero decide estarse quieto y tranquilo porque Aidan rodeándole la cintura y apretándolo contra la firmeza de su cuerpo se siente demasiado bien. Incluso si no es real, le gustaría disfrutar de ese sueño un poquito más.

—No estás soñando, tontito, te dormiste de camino aquí y por eso te he dejado descansar un poco más.

Jeremy suspira de alivio. La voz de Aidan es tan melódica y cuidadosa que siente que nada de lo que le puede decir sea una mentira y, si lo es, es una que creerá con gusto.

—Deberías dormir un poco más, estás tan agotado…

—Si solo me dejarás pasar una noche más contigo, quiero estar despierto —rebate el muchacho, pero ambos saben que no es eso lo que ha querido decir. Que su afirmación es más bien como una tentativa y disimulada pregunta.

Aidan suspira agridulcemente y besa la nuca del chico.

—Ambos sabemos que voy a lograr sacarte de aquí ni a patadas ¿No es cierto?

La confirmación de Aidan es suficiente para que Jeremy se relaje totalmente entre sus brazos y deje ir una risilla agradable que pareciera iluminar el cuarto. Aidan sonríe también y aunque sus labios dibujan esa agradable mueca, también revelan el origen de la preocupación que subyace a su felicidad: sus colmillos.

—Si me alejas de tu lado de nuevo creo que iré a buscar al hombre más malo y más peligroso de toda la ciudad y me meteré en la cama con él, para que tengas que venir a salvarme.

Aidan ríe con voz grave y cavernosa por la insinuación del chico y rueda perezosamente en la cama hasta terminar encima de él. Jeremy no puede verlo, pero siente el colchón hundirse a su alrededor por el peso de su amante y nota el calor de su cercanía: sus manos apoyadas a los lados de su cabeza y sus rodillas hincadas a los lados de sus piernas.

Siente mechones de cabello color brea rozarle el rostro, como si alguien le diese juguetonas pinceladas en las mejillas. Y siente su aliento frío y agradable cerca de sus labios.

—Ya estás en su cama —responde Aidan y el muchachito ríe, pero es un sonido corto, nervioso, porque no advierte diversión en el tono ronco del otro, sino amenaza. Siente hasta la fibra más delgada de su ser estremecerse cuando esa poderosa voz lo atraviesa y manda a través de él el mensaje de que está enfadado. De que sus desafíos y su rebeldía van a tener consecuencias.

Jeremy se muerde los labios y se queda en silencio unos segundos que se le antojan eternos. Buscando calmarse, atrapa alguno de los mechones azabache de Aidan entre sus dedos y juega con ellos.

—Siento haber intentado ponerte celoso, siento haberte gritado antes también…

Aidan ríe, de nuevo, un sonido más amenazante, más hambriento que divertido. Puesto que Jeremy no puede ver sus labios curvados en una cruel sonrisa, piensa que el sonido podría haber sido perfectamente un rugido bajo.

—No, no lo sientes. Pero lo sentirás. —susurra Aidan y su aliento se vuelve más cercano, su voz más profunda.

—¿Vas a matar a los hombres con los que coqueteé? No es su culpa, empecé yo para obtener una reacción de ti y-

—Y la vas a obtener —lo corta Aidan. Su voz calmada y fría contrasta con la nerviosa palabrería de Jeremy. El muchachito de cabello del color de las nubes suspira y siente la respiración de Aidan. Lenta. Pausada. Lamiendo sus labios. —, voy a matarlos igual que mataré a cualquier hombre o mujer que lleve tu aroma en sus manos, en su boca, en su piel. No quiero oírte replicar una sola cosa, Jeremy ¿Querías ser mío? Esto es ser mío. 

El chico calla y asiente. La voz de Aidan no es como hace unas horas cuando intentaba ser amable y correcto, pero frío y tampoco está exaltada ni suena violenta, como cuando lo enfureció. De la primera forma, la voz de ahora toma la templanza con la que habla, de la segunda, conserva ese tono ronco y peligroso que deja saber a Jeremy que Aidan está enfadado, que necesita desfogarse y que él luce como una deliciosa opción para descargar sus frustraciones.

—Algunos de mis clientes eran buenas personas. Muy pocos, pero eran muy buenos.

—¿Intentas ponerme más celoso? ¿Ganarte un castigo más cruel del que ya tengo pensado?

Jeremy se muerde el labio y jadea. Aidan confirma sus preocupaciones, pero algo en su interior se remueve con deseo ante la autoridad con la que el vampiro habla de castigarlo.

—I-intento que no los mates. No a esos.

—Pides mucho —reprende Aidan dejando que su tono se altere un poco, que sus palabras suenen como un chasquido, como una dentellada al aire. 

Jeremy se encoge en su lugar y responde, con voz tímida:

—Puedo ofrecer mucho.

Aidan sabe que Jeremy no le ve a él, pero parece que el muchacho ha averiguado que sus ojos rojos y omnipotentes sí disciernen todos sus bonitos contornos aunque estén bañados de oscuridad. Y lo sabe porque el chico bate sus pestañas de ese modo que le hace lucir tan inocente y bonito y luego toma los primeros botones de su pequeña camisa de pijama y empieza a desabotonarlos uno a uno. Invitándolo.

Y Aidan toma esa invitación sin vacilaciones.

Jeremy jadea cuando una mano grande e impaciente arranca su camiseta tirando de ella contra su piel hasta romperla, haciendo que los botones repiqueteen contra el suelo al salir disparados.

—Dejaré vivir a quien me pidas, pero me conducirás a todos y cada uno de los hombres y mujeres que han puesto sus manos en ti de forma desagradable, a todos los que te han herido, a los que te han hecho sentirte sucio, los que han marcado tu piel, los que han hecho que temas, ni aunque sea un poco, los que te han hecho derramar tus preciosas lágrimas. Y entonces los mataré a todos. Uno a uno. Y les dejaré saber cuál es su error, por qué mueren. Me aseguraré de que sepan a quién pertenecen antes de que sus vidas y sus muertes me pertenezcan también —Jeremy asiente, aunque Aidan no pregunta. 

Su voz es poderosa como el trueno, pero sus manos se esmeran en ser menos violentas: mientras habla, el vampiro le retira poco a poco la ropa, deslizando sus pantalones por sus piernas con una delicadeza que parece impropia del mismo ser que habla de asesinar no ya con frialdad, sino con deseo, con impaciencia. Una vez desnudo su amante, Aidan se inclina para besar la comisura de su boca y dice en un susurro: 

—Vas a hacer todo lo que te diga esta noche, Jeremy. Llevo mucho tiempo sediento de ti y vas a complacerme.

El nombrado asiente, sin aliento. Incluso si la luz está apagada sus manos viajan a su intimidad para tapar el vergonzoso deseo que ha envarado su sexo sin necesidad de ser tocado. Y es que le abochorna que su cuerpo admita sin pudor alguno que las posesivas palabras de Aidan, tan aterradoras o incluso repugnantes para otro, le encienden inevitablemente. Aidan observa el gesto en la oscuridad y ríe para sí por lo tierno que el muchachito puede llegar a ser, pero advierte también el dulzón aroma del miedo mezclando con el de la excitación en el aire.

No ha usado la palabra sediento sin querer, sino que el vampiro buscaba, con ella, advertir las reacciones de su humano y las que ha obtenido hasta ahora no son solo placenteras. Jeremy le teme, más que antes incluso, y la sola alusión a su sed de sangre es suficiente para erizarle el vello de la piel y hacer a su cuerpo recordar con angustia el momento en que casi se pierde a sí mismo.

Aidan también se paraliza cuando su mente escupe ese recuerdo de nuevo, así que sabe que debe ser cuidadoso incluso si desea ser malo. Quizá ambas cosas no son incompatibles.

De pronto, el vampiro parece esfumarse. Jeremy no siente su respiración ni su peso en la cama y tampoco sus cabellos rozándole el rostro como pétalos de flor. Mira alrededor, todavía incapaz de adaptar sus ojos a la completa oscuridad que lo rodea, y entonces la voz del vampiro, que parece provenir de las paredes mismas de la estancia, resuena alrededor de Jeremy.

—Vuelve a tumbarte, no hagas nada que no te ordene. Y deja de tapar tu cuerpo.

El muchacho enrojece tanto que teme que sus mejillas empiecen a brillar en la oscuridad como dos luces de neón, pero hace exactamente lo que se le ha pedido. Se tumba boca arriba y pone sus manos a los lados de su cuerpo, alejadas de la erección que gotea entre sus piernas.

Escucha a Aidan alrededor suyo, aunque no le ve. Escucha sus pasos lentos, premeditados, rodeando la cama de una forma que lo impacienta. Escucha el sonido del roce de la ropa contra la piel y luego el de está cayendo al suelo. Intenta contar las prendas… una. Dos. Tres ¿llevaba chaqueta el vampiro cuando lo visitó unas horas atrás? Cuatro. ¿Está completamente desnudo ya? Luego escucha cajones, el cierre de un baúl que el otro parece arrastrar desde debajo de la cama abriéndose. Manos rebuscando entre objetos que no puede identificar solo con el sonido. Trata de discernir los materiales. Madre, tela ¿Metal? ¿Cristal? Algo le dice que no va a averiguarlo hasta que los sienta sobre la piel.

Jeremy jadea cuando una enorme mano envuelve su intimidad con delicadeza. Sus dedos son tan firmes, su palma tan caliente… se le acumulan lágrimas en los ojos por la frustración de que el vampiro no esté apretando su sexo, moliéndolo deliciosamente en su puño hasta ocultar su punta rosada y dejarla salir cada vez que baja su mano. Pero sabe que no puede pedir nada, no esa noche. No cuando ha desafiado a Aidan y además ha logrado acabar saliéndose con la suya.

La mano que sujeta su pene se convierte solo en dos dedos: el índice y el pulgar, ambos situados en su punta y dirigiendo su eje hasta que el pene del chico queda no ya reposando sobre su vientre delgado, sino erguido y apuntando al cielo como un mástil.

—¡Ah!

Jeremy arquea su espalda y jadea cuando algo toca la enrojecida punta de su pene y se siente caliente y frío a la vez. Un pinchazo eléctrico.

—Relájate —ordena con su caliente voz y el objeto vuelve a posarse sobre su intimidad.

Jeremy siente la necesidad de retorcerse de nuevo, de huir del desconocido objeto que pretende herirlo allí donde es más sensible, pero la voz de Aidan lo mantiene quieto y obediente y cuando logra superar la sorpresa inicial, su mente empieza a diseccionar la sensación. Algo circular rodea la punta de su pene, no muy estrechamente, pero tampoco de forma holgada. Es algo duro y liso; también muy frío, lo cual hace que se siente contradictoriamente ardiente y hasta doloroso.

<<Definitivamente metal>> se dice, asintiendo para sí mismo mientras trata de formar una imagen del objeto en el reverso de sus párpados, usando la oscuridad de lienzo. Cuando Aidan empuja ese objeto y hace que pase de coronar la punta de su pene a abrazar esta, Jeremy está seguro de que se trata de un anillo metálico. No tan grande como para colgar de su pene, pero lo suficientemente como para deslizarse alrededor de su grosor si el vampiro aporta algo de lubricación extra. Y eso hace: Jeremy no ha oído al vampiro destapar ninguna botellita, pero siente algo viscoso y cálido derramándose por su intimidad e inmediatamente sabe que es su saliva.

Imagina su boca abierta, sus labios brillosos y rojos, esa larga, larga lengua. 

Los ojos de Jeremy ruedan atrás en sus cuencas y entonces el anillo metálico se desliza hasta la base de su pene. Lento, pero sin una sola pausa a pesar de que el muchacho se estremece, a pesar de que aprieta los puños y se le rizan los dedos de las manos y los pies porque el frío le duele y porque la estrechez del objeto se siente peligrosa.

Cuando está ajustado en la base de su pene, Jeremy puede sentir las venas que atraviesan el tronco de este pulsando, la sangre llenando su sexo. Jadea y lloriquea un poco porque está mucho más sensible que antes y aunque no puede ver, sabe que Aidan debe estar sonriendo.

Al menos su voz suena como si lo estuviese:

—Aún no he decidido si vas a poder correrte esta noche.

Mientras habla, bordea con su dedo índice la curva del anillo metálico alrededor de la excitación del chico que, tan pronto oye las crueles noticias, empieza a gotear más de su néctar lleno de éxtasis y anticipación.

Jeremy se revuelve en la cama.

—Haré lo que quiera contigo —susurra y su voz es como la mano que envuelve su intimidad. Tan suave, pero tan firme. La amabilidad siendo un manto agradable que cubre una dura crueldad. Aidan sube y baja su mano, no habla mientras lo hace, pues quiere escuchar los desesperados ruiditos de placer que Jeremy trata de contener tapándose la boca y mordisqueándose los labios. Se mueve lento, tortuoso, casi como si se burlase del chico al masturbarlo distraída, perezosamente, dándole a entender que esa tarea no le interesa demasiado. Deja de mover su mano cuando empieza a mover sus labios: —. Dices que quieres volver a mi vida, no, que yo vuelva a la tuya. Que quieres ser mío por todo el tiempo que estés en este mundo, incluso si eso significa ofrecerme tu vida ¿Eres capaz de dejarte completamente en mis manos, Jeremy? ¿Confías lo suficiente en mí, incluso después de lo que te hice?

El chico quiere responder, pero tan pronto Aidan deja morir la pregunta, su mano vuelve a moler su erección. Jeremy puede sentir la sangre acumulándose en el norte de su cuerpo, en ese eje duro y pulsante que empieza a sentirse como un nervio expuesto cada vez que los dedos viscosos de saliva y grandes lo recorren de arriba abajo.

Aidan lo masturba un rato y debe aminorar el ritmo para que el chico sea capaz de responder, por fin, con algo más que balbuceos incoherentes.

—Quiero estar contigo, quiero hacer lo que sea necesario, quiero complacerte y que estés orgulloso de mí y que no quieras abandonarme nunca y-y q-que…

Aidan lo corta con una suave risa. Hay algo triste en la desesperación del muchacho por ser mantenido, como un cachorrito que agita su cola y lloriquea para que la primera persona que lo ha acariciado decida mantenerlo, pero también es cierto que su anticipación es adorable.

Solo por eso, Aidan deja de torturar la intimidad de Jeremy y sube su mano para acariciarle el rostro con los nudillos.

—Nunca querría abandonarte —le susurra y Jeremy siente que sus palabras son tanto una promesa para el futuro como un consuelo por todo el dolor que ha tenido que llevar a cuestas por dos años. 

Las caricias en su mejilla desaparecen y de pronto siente la cama hundiéndose. Aidan está cerca, pero no tiene claro si a su lado o sobre su cuerpo. La incertidumbre lo hace sentir nervios cosquilleándole por dentro, pero también emoción. Aidan lo toma por sus muslos y lo abre con delicadeza. Coloca sus manos en las corvas del chico flexionándole las piernas hacia atrás, como si pretendiese que el muchacho llevase sus rodillas a los lados de su rostro y, de hecho, logra ese objetivo incluso si Jeremy se queja un poco porque sus músculos se sienten tirantes y doloridos.

—Quédate así —le ordena y Jeremy se agarra sus propias piernas para exponer mejor su intimidad.

El corazón le bombea rápido y siente un segundo, pequeño corazón en su entrepierna, pues esta late con intensidad también. Jeremy teme desmayarse en cualquier momento por el deseo y el nerviosismo; cuando Aidan no lo toca y solo tiene el tacto de su propia piel, Jeremy se pregunta si no está flotando en su propia mente, hundido en la soledad de la inconsciencia.

Entonces, una sensación que conoce ya bien lo saca de su burbuja de una punzada. Es el frío del metal contra su piel. Aidan pone el objeto contra su pene y todo su cuerpo se estremece por ese agarre de hielo. Escalofríos violentos como latigazos lo recorren desde el calor que choca con el frío en su entrepierna hasta las puntas de sus dedos y pese a que el muchacho quiere alejarse, aprieta más fuerte sus manos alrededor de sus piernas y mantiene la sumisa posición como un buen chico.

El objeto parece ser algo alargado, no tanto como su pene, pues nota el frío desde la base hasta, quizá, un poco más de la mitad, pero definitivamente es más ancho. Y macizo. Aunque Aidan no haya dejado caer el juguete sobre la erección de su humano, sí que lo ha inclinado para que se pegue a su piel y en consecuencia Jeremy puede sentir parte de su peso inclinándose sobre él.

Un par de gotas de sudor escurren por la frente morena del humano. Si el anillo, pequeño como es, ya le parece insoportable, pesado y prieto contra su pene, una presencia fría y dura incapaz de ignorar, no puede imaginar qué será ese objeto o cómo se sentirá.

Aidan desliza el objeto frío y pesado por la longitud de la excitación de Jeremy y luego por sus testículos. Jeremy da un repullo pues se halla sensible, pero a medida que el otro arrastra despacio el juguete por sus genitales empieza a sentir algo más que frío y pesadez y es capaz de descifrar algo de su forma: parece algo abombado, con forma de lágrima, pero con la punta estrecha más redondeada, pues Aidan la usa para perfilar el centro de su pene y de sus testículos como si fuese un pincel, y con una base plana en el extremo grueso, lugar por el cual Aidan debe estar tomando el objeto.

Cuando la parte estrecha del juguete se desliza hasta su expuesto trasero y se desliza entre sus nalgas como un lametón frío, Jeremy tiembla y jadea, sabiendo ya que el objeto es un plug anal. Los ha usado antes, pero rara vez tan grandes <<Y nunca de metal>>

La parte redondeada y más estrecha se detiene sobre su entrada y Jeremy puede sentir la suave, fría, pesada superficie del plug apretando ligeramente, con la intención de abrirlo.

Jeremy aprieta sus manos y trata de quedarse quieto, aunque inevitablemente se remueve en su sitio cuando siente otra vez el caliente y viscoso líquido derramándose en su piel, ahora entre su intimidad rosada y el impasible juguete. En esta ocasión, Aidan no solo deja caer su saliva para lubricar al chico, sino que su lengua recorre con detenimiento y bordea la zona donde se unen piel y metal y Jeremy siente que podría desmayarse de placer.

Antes de que el vampiro haya terminado su erótico, lento lametón, el juguete empieza a empujarse dentro de Jeremy y este gime alto y agudo. Cada centímetro que entra en su interior es exponencialmente más ancho que el anterior y Jeremy se siente expuesto y vulnerable mientras su amante empuja dentro de él el pesado, frío juguete sin detenerse ni un segundo.

Entre jadeos, Jeremy suelta sus piernas y dirige sus manos a la muñeca de Aidan para rodeársela y pedirle clemencia. Está siendo dilatado demasiado rápido, demasiado despiadadamente y es cierto que Aidan es más grande que ese juguete, pero también es cierto que ha pasado años sin tener sexo con él y su cuerpo necesita ser enseñado de nuevo a cómo tomar el sexo de una criatura de su tamaño.

Aidan se detiene cuando el chico lo toma por la muñeca, más a como de súplica que realmente intentando pararlo, y le permite unos segundos para respirar hondo y jadear mientras él mira la bonita obra de arte que está creando: los cabellos blancos de Jeremy todos revueltos y desordenados sobre la almohada como un lecho de plumas de ángel, su espalda arqueándose hermosamente, sus piernas tratando de cerrarse porque no puede soportar la intensidad de sus juegos, pero en vez de eso solo temblando porque él las toma con su mano libre y las fuerza a separarse, su pene goteando y estremeciéndose, haciendo un vergonzoso charquito en el vientre del chico, el juguete entre sus piernas siendo acogido por su entrada, ahora roja por la intromisión, pero abriéndose para acomodarse a sus deseos.

El frío del objeto hace a Jeremy tensarse y dificulta la penetración, pero Aidan, tras darle un breve descanso, empuja contra la tensa apertura del chico hasta forzarla a abrirse para él, a obedecer. Cuando Jeremy llega a la parte más gruesa del juguete, no puede parar de lloriquear por las sensaciones, por cómo se siente lleno y abrumado y cómo esa sensación que podría resultarle un poco familiar le es ahora totalmente desconocida porque no siente el calor del sexo en sus entrañas, sino el frío del metal, que le hace removerse incómodo, apretar y ser demasiado consciente de la parte de su cuerpo que está siendo usada por su amante ahora. Y además del frío, está el peso. Jeremy recuerda lo intenso que se sentía el pesado miembro de Aidan dentro de su agujero, pero este juguete es de metal macizo y se siente tan distinto, tan sólido.

Aidan empuja los últimos centímetros hasta que el anillo muscular del chico se cierra entorno a la fina vara que une el plug con su base y Jeremy siente que el objeto va a destrozarle los adentros cuando Aidan lo suelta y él tiene que sostener todo su peso con su interior. Es consciente entonces de cuán húmedo, suave y blandito debe ser su sexo por dentro, de cuan tierna es su carne y cuan frágil su interior, pues se siente de gelatina mientras que el metal tiene una dureza y una firmeza aterradora. Tiene que apretar con sus entrañas para que no se siente como que el objeto va a deslizarse fuera de él por el propio peso de la gravedad, pero cuando lo hace sus adentros se transforman en un débil puño que se envuelve alrededor de una frialdad insoportable que manda descargas a todo su cuerpo. Escalofríos, piel erizada y oleadas de mareo lo recorren entero de un modo que le hace creer que desfallecerá y, mientras piensa eso, se da cuenta de lo mucho que su pene palpita y se alza, suplicando correrse porque halla demasiado caliente la idea de Aidan haciéndolo tomar cosas que no cree que pueda soportar.

—A-Aidan, con calma, hace mucho que no…

Pero el vampiro ignora sus palabras. Suelta sus piernas solo para volverlo a tomar, ahora de la cintura, y hacerlo girar en la cama con su rostro contra la almohada y su pene prensado contra las sábanas mientras el anillo sigue constriñéndolo y él forma un charco de placer y desesperación.

Una vez en esa posición Aidan abre las piernas del chico y se sitúa entre ellas, observando lo bonito que luce su trasero pequeño y redondo y la forma en la que la base del plug anal se halla entre sus nalgas como invitándolo a empujarlo más hondo. Y eso hace.

Aidan pone una mano en la espalda del chico, justo en el espacio entre sus omóplatos, y con esta lo mantiene quieto mientras su otra mano toma la base del juguete y empieza a moverlo afuera y adentro en pequeños, pero despiadados embates. Jeremy gime contra la almohada y se retuerce al ser follado con el enorme, pesado objeto que ahora por lo menos ha absorbido su calor y ya no lo hace sentir un electrizante frío en su interior. 

Las estocadas de Aidan son desesperantemente certeras, cada una de ellas es dolorosa y deliciosa al mismo tiempo, un embate cruel que le fuerza a abrirse y a anticipar el grosor de la pasión que tomará más adelante en la noche, pero también un movimiento preciso y calculado que hace que la parte más ancha del plug presione sin piedad su próstata, haciendo que su polla se estremezca y que endurezca más y más contra la incomodidad del anillo que la abraza.

Aidan decide entretenerse un buen rato así, sin quiera contar el tiempo: solo mantiene a su humano clavado contra la cama como un objeto para su disposición, un banquete con el que pretende saciar hasta el más perverso de sus apetitos, y usa su mano diestra para torturar el punto más sensible de su anatomía hasta que lo escucha sollozar y sorber contra la almohada, necesitando un orgasmo que antes solo deseaba.

—No he empezado apenas a tocarte y estás ya siendo patético y ruidoso ¿Tan jodidamente mal te han follado los hombres con los que has estado estos dos años que has olvidado cómo servirme sin que te tiemblen las piernas?

La pregunta es humillante y el tono de Aidan tan burlón, tan lleno de una superioridad sin escrúpulos que Jeremy no puede evitar lloriquear un poco más, sobre todo porque toda la crueldad de su voz se dispara directamente a su entrepierna y le hace querer correrse más que nunca. Hay algo demasiado caliente en la crueldad de Aidan, en la forma en que está a cargo de todo porque es superior y lo sabe, en la certeza que tiene de que puede dejarse en sus manos, incluso si esta se asemejan a garras.

—Q-quizá recordaría cómo hacerlo si me hubieses visitado alguna vez durante este tiempo… —responde y suena retador, más de lo que había anticipado.

Una chispa de enfado cruza los ojos de Aidan y Jeremy, que no puede ver en la oscuridad, puede sentirla de todos modos porque el aire parece de pronto frío y afilado. El silencio es denso.

Aidan se levanta de la cama y cuando deja de sentir la presión sobre el colchón, Jeremy vuelve a perder la noción de dónde está el otro y dónde se encuentra él. Todo es ingravidez y vacío, hasta que las manos fuertes de Aidan lo toman por las caderas con rudeza y, manteniendo su cara contra la almohada, lo hacen hincar las rodillas y elevar su trasero. En esa posición la gravedad conspira en su contra y el plug se desliza más hondo con una suave y lenta moción que hace al chico gemir largamente, hasta que siente la frialdad de la base del juguete pegada a su sexo. Además, expuesto de ese modo, Jeremy puede sentir su pene colgando entre sus piernas y sabe que Aidan puede ver el largo hilo de presemen que cae de este y que gotea hacia las sábanas.

Jeremy se estremece cuando una sensación inesperada lo saca de sus pensamientos llenos de vergüenza y pudor. Se trata de algo suave, fresco, pero no de una forma punzante como el metal. Es algún tipo de material duro, elástico y se siente casi como piel cuando roza la suya.

La caricia inicia en la base de su cuello, en la nuca, y para cuando la sensación baja hasta la mitad de su espalda, recorriendo su columna, Jeremy siente su piel erizarse, pues se ha dado cuenta de que la agradable sensación se le provoca una fusta; más precisamente, se la provoca el pequeño rectángulo de cuero en la punta de la fusta, el mismo que sabe que puede dolerle como un puñal si el vampiro decide azotar duro en ese momento.

—Eres tan bonito estremeciéndote bajo cada caricia… —comenta el vampiro, pero el halago tiene algo de malicia en el tono, así que el chico se mantiene tenso y alerta mientras la fusta le llega a la espalda baja y el pedacito de firme cuero pasa a acariciarle la nalga derecha.

Traza círculos en ella y es agradable, pero de pronto se detiene en el centro de la nalga y se levanta. Jeremy puede oír la vara de la fusta silbar en el aire y tan pronto desaparece la caricia jadea anticipando el azote. El azote que no llega; no todavía.

—Me enfurece tanto imaginar a otro disfrutando de esta belleza —ahora sí, Jeremy está seguro de que el hombre va a marcar su cuerpo, pero de pronto siente el cuero posándose delicadamente en el centro de su otra nalga y volver a trazar agradables círculos que hacen que se relaje incluso si sabe que no es buena idea —. Pero no pasa nada ¿Cierto? Porque voy a poner en su maldita tumba a todos los que hayan probado tu bonita piel. Y porque no vas a ofrecerte a nadie más durante la eternidad. Porque eres mío. Dilo, Jeremy, quiero oírte.

Mientras Aidan habla, la lengua de cuero hace gimotear a Jeremy de temor. Cuando termina de acariciar la segunda nalga, se coloca sobre la plana base del plug situada entre ambas mejillas de su trasero y le da un par de toquecitos a esta, golpes suaves que empujan el objeto un poco más hondo en él. No tanto como para que sienta que está siendo follado de nuevo, lo suficiente como para recordarle su posición y para que su sensibilidad le haga gotear un poco más.

Luego, la lengua se desliza por uno de sus muslos, lamiendo la cara interior de este y bajando hasta la rodilla, donde desaparece y luego aparece en la pierna contraria. Mientras la caricia asciende, Jeremy intenta responder.

—C-claro que soy tuyo, Aidan. D-de veras, siento haber coqueteado hoy co-

El azote llega, por fin. Aidan mueve la fusta tan rápido que Jeremy no puede ni escucharla silbar en el aire antes de que el cuerpo chasquee dolorosamente contra la cara interior de su muslo. El chico grita y las piernas le flaquean mientras siente descargas de dolor recorriendo todo su cuerpo como electricidad. Siente el ardor en su pierna, en esa zona tan íntima y delicada, tan cercana a sus genitales que hace que sus testículos se contraigan, que llora de preocupación pensando en el dolor que habría sentido si el vampiro hubiese golpeado sin querer su escroto.

Su cuerpo se tensa y aprieta más el plug dentro suyo, su zona golpeada, antes suave y de piel delicada, palpita y arde bajo el toque del cuero ahora. Cuando Aidan desliza la lengua de la fusta sobre la rojez, como buscando aliviar el mal que él mismo ha causado, escucha al chico chupar aire pues incluso una nimia caricia le produce escozor.

Sonríe con colmillos. Le gusta saber que un leve movimiento de su muñeca en el que ha puesto habilidad, pero no fuerza, es capaz de causar tanto en su pequeña presa.

—Te he dicho que respondas a mi puta pregunta, Jeremy —le indica, y aunque sus palabras son groseras, su voz suena satisfecha y complacida —, no que te disculpes. No aún.

—P-perdón, Aidan, n-

El chico vuelve a gritar. Ahora, la marca de su primer azote tiene una gemela en el otro muslo y las piernas de Jeremy no pueden parar de temblar ni aunque Aidan deje pasar cinco minutos enteros después del golpe solo acariciándolo con la fusta.

De hecho, el chico tiembla aún más, cuando el tacto del cuero desaparece y la caricia de la fusta vuelve a posarse sobre su cuerpo porque esta vez no lo hace sobre sus piernas o sobre sus nalgas. Esta vez la lengua de la fusta acaricia los testículos de Jeremy.

El chico quiere suplicarle que no lo golpee ahí, pero ha aprendido de sus otros azotes: no debe decir lo que no se le pide.

—Si eres mío, Jeremy, vas a cerrar tu bonita boca y abrirla solo cuando se te pida.

Jeremy asiente cuando escucha eso, aunque su cuerpo entero protesta ante la idea y la humedad que se desliza desde la enrojecida punta de su pene hasta las empapadas sábanas delata que teme a su cazador tanto como lo desea.

Aidan sonríe orgulloso y da un par de toquecitos a los sensibles testículos del chico con la fusta. De nuevo, no son azotes, sino suaves y amistosos movimientos que, aun así, hacen a Jeremy temblar por la anticipación y ser recorrido por un ligero dolor.

Aidan ama la forma de estremecerse del chico, pero no por eso deja pasar su osadía cuando cierra un poco las piernas.

La fusta silva en el aire, Jeremy muerde el cojín. Y al segundo siguiente el muchacho tiene un grito de dolor y plumas entre los dientes porque ha roto la almohada con sus dientes. No es de extrañar que lo haga, pues Aidan lo ha golpeado débil, pero impasiblemente, en sus testículos y el dolo que le recorre el cuerpo lo deja tan tenso que llega a pensar que él mismo se ha vuelto de metal como el objeto que lo penetra o el que le amordaza los orgasmos.

—Abre las piernas —ordena impasible el vampiro, pese a que el chico llora y solloza sin consuelo contra la almohada —, oh, dulzura ¿Te duele mucho? —pregunta con voz melosa y quizá demasiado exagerada como para que Jeremy le crea. Mientras lo hace, usa la misma lengua de cuero que lo ha torturado para acariciar sus sensibles, enrojecidas bolas. —¿Mhm? —pregunta imitando el sonido ahogado de confirmación de su humano —Pero no parece que eso te disguste demasiado ¿No es así?

El tono de Aidan cambia radicalmente. Su densa capa de compasión se desliza dejando desnudo un tono sádico que hace a Jeremy temblar. La fusta se desliza y el chico siente ganas de desmayarse cuando, de sus testículos, el cuero viaja hasta su polla. Acaricia su longitud primero, arriba y abajo, siguiendo el contorno de sus venas.

—Mira lo duro que estás —susurra malicioso —, lo mucho que estás arruinando mis sábanas —añade con tono burlón y una risa cruel.

Al mismo tiempo, la fusta se desliza desde la base hasta la punta. El tacto frío y firme del cuero trazando círculos de la humedad de la punta de su polla le hace excitarse más y más aún, empapando el objeto que sabe que acabará golpeándolo en esa zona.

Jeremy escupe las plumas que le quedan entre los dientes, voltea la almohada y vuelve a morder duro, incapaz de contener sus lágrimas de temor y excitación.

—Te gusta cuando te hago daño, Jeremy ¿No es así? Respóndeme.

El chico jadea cuando se le da de nuevo permiso para hablar. Una oleada de alivio lo recorre al inicio, pero el temor de responder inadecuadamente y ganarse una reprimenda lo hace hablar entre titubeos.

—M-me gusta que seas fuerte, m-me gusta s-saber que puedes hacerme daño, saber que… q-que podrías hacerme más, p-pero que tienes cuidado por mi.

La respuesta parece complacer suficiente a Aidan, pues el chico se gana un ruido bajo y grave, un ‘’hmmm’’ que suena casi como un ronroneo, y un par de toquecitos en la húmeda punta de su pene, que son a la vez un premio por su buen comportamiento y una advertencia que le hace temblar y casi cerrar las piernas de nuevo.

La lengua de cuero sigue trazando círculos sobre la redondez de su prepucio enrojecido mientras Aidan habla y Jeremy se siente tan mareado que tiene que esforzarse por entender sus palabras.

—Entonces, Jeremy ¿Vas a ser capaz de aceptar mi naturaleza? ¿De aceptar que no todos mis impulsos son dulces y gentiles, de aceptar que a veces querré verte llorando, temblando… sangrando?

—S-sabes que sí —responde de pronto, casi ofendido. Teme haberse ganado un azote, pero Aidan se arrodilla tras él y con una mano envuelve sus testículos. Los dedos fuertes y suaves masajean la zona sensible por el azote, dándole un alivio cálido, pero todavía algo doloroso.

—¿Serás capaz de ser mordido de nuevo?

Jeremy no responde inmediatamente a esa pregunta. Se tensa e incluso Aidan parece nervioso también, pues su mano y la fusta dejan de moverse. Ambos se quedan estáticos por unos segundos, congelados en el tiempo, hasta que Aidan prosigue:

—No ahora, no hoy, Jeremy. Y no lo haré nunca más de nuevo, si me respondes que no, pero necesito saber…

—Quiero ser mordido —rebate Jeremy negando contra la almohada —, quiero complacerte de ese modo también. Es solo… no sé cómo aprender a soportarlo de nuevo. No sé cómo olvidar el miedo que siento ahora.

Aidan aprieta la mandíbula y su puño alrededor del mango de la fusta cuando ve a su chico romperse de ese modo. Su voz suena delgadita y las lágrimas que corren por sus mejillas, pese a la oscuridad, son tan obvias como cargadas de dolor. Aidan se inclina levemente sobre el chico y lleva su mano libre a su cuello. Lo rodea por detrás, con cuidado, y tira de él como si sus dedos se tratasen de una firme correa para incorporar al muchacho hasta que su fina espalda se topa con el duro contorno de sus abdominales y su cabeza reposa contra la blandura de su abultado pecho.

En esa posición las caderas de Aidan empujan la base del plug creando una penetración más honda, constante y enloquecedora, su brazo derecho pasa por el costado del chico, sosteniendo aún la fusta, y hace que la lengua de cuero siga lamiéndole la cabeza enrojecida de su sexo; la mano izquierda le rodea el cuello y hace al chico arquearse deliciosamente para después deslizarse despacio a su cabello, agarrarlo y voltearle el rostro para que deje su garganta expuesta y su cabeza echada hacia atrás con un gesto colmado de placer. Jeremy no ve a Aidan, pero siente sus musculosas piernas tras la delgadez de las propias, siente su gran cuerpo pegado a él, sus brazos rodeándolo, sosteniéndolo y, después, su cabello rozándole las clavículas cuando agacha la cabeza para acercarse más a la suya.

Jeremy espera un beso, pero sus labios entreabiertos terminan por soltar un gemido preocupado cuando la boca del otro se posa no en sus belfos rosados, sino en la piel erizada de su cuello. El contacto es gentil y suave, pero su piel chispea y manda descargas de peligro a todo su cuerpo, recuerdos desagradables recorriéndolo como electricidad que lo deja tenso y tembloroso.

Piensa en los labios de Aidan empapados de su sangre, en cómo se pegaron a su caliente cuello y chuparon con avidez, llevándose con ellos su calor, sus fuerzas, su vida. Recuerda el dolor agónico que se esconde tras ellos en forma de dos pequeñas dagas color hueso. 

La larga lengua del vampiro se desliza por su cuello. Húmeda. Caliente. <<Demasiado ¿Es sangre? ¿Esta humedad es sangre? ¿Este calor es sangre? ¿Me desangro de nuevo? ¿Cuándo me ha mordido? ¿Qué está pasan-

Jeremy no tiene tiempo a caer en la espiral de locura que empieza a hilarse en su mente, una sensación cortante corta sus malos pensamientos de raíz y el chico no entiende el dolor que lo recorre y lo hace doblarse y jadear hasta que es consciente de donde viene: del centro mismo de su erección. 

Aidan ha golpeado la punta de su pene con el látigo y ahora esta pulsa y palpita como un segundo corazón a flor de piel.

Gotea sin parar, la idea de ser herido en un lugar tan sensible excitando más de lo que debería y convirtiendo el prospecto de dolor que hace un segundo tanto temía en algo que anticipa. Que desea.

—No voy a morderte ahora —dice el otro, sosteniéndolo muy firmemente del pelo para mantenerlo quieto y disponible para él —, así que no vas a volver a hacer eso. No vas a intentar huir de nuevo. No a menos que quieras otro azote. Y en el próximo no pienso ser tan blando.

Jeremy jadea y asiente, el dolor todavía vibra por cada centímetro de su excitación y, junto a él, la sensación de estar a punto de estallar por culpa del anillo que oprime sus dedos le hacen creer que su entrepierna se ha transformado no en algo hecho de carne, sino en una barra de hierro caliente, al rojo vivo. Su deseo es pesado, insoportable.

Aidan vuelve a besar su cuello. La blandura y el grosor de sus labios se sienten bien contra su piel y ahora que está atento y concentrado en no moverse, Jeremy logra distraerse de los recuerdos que lo atormentan.

<<Son solo labios>> se dice a sí mismo mientras el hombre adora su piel con pequeños ósculos que suben y bajan por la curva de su cuello, siguiendo el camino de esa deliciosa vena que lo atraviesa mientras nota el pulso besarlo de vuelta débil, tímidamente. <<Solo labios y besos>>

De pronto, no solo hay labios en su cuello, sino también una lengua. Larga, sedosa, húmeda. Aidan pone su rosado órgano llano, de forma que con él envuelve casi la mitad del cuello del chico, y sube en un lametón lento y erótico que deja al muchacho húmedo de nuevo. Tanto en la piel de su cuello, como en la rosada cabeza de su sexo. La lengua de cuero lo lame abajo. Traza círculos en la punta de su pene cuanto más gotea y luego se separa un poco, dejando que hilillos de ese denso néctar se formen entre la carne goteante y la negrura de la fusta. Luego da un toquecito húmedo a la sensible punta de nuevo, un ligero sonido de chapoteo hace a Jeremy avergonzarse de lo sincero que es su cuerpo a veces.

Aidan chupa su cuello con la intención de dejar marca. El aguijonazo de dolor es leve, pero aún así tiene a Jeremy jadeando. Esta vez no es capaz de resistirse a los recuerdos y estos vienen a él como un enjambre que le llena la cabeza entera. 

Durante años ha tenido sueños que empezaban siendo húmedos, llenos de caricias y besos, de un placer tal que Jeremy no podía creer, al despertar, que eso no fuese real, pero que poco a poco se torcían y oscurecían hasta volverse pesadillas donde Aidan volvía a por él para devorarlo entero. En estos momentos se pregunta si acaso no eran una premonición para este momento.

Si acaso sus labios, su lengua, sus manos… no se sentían en sus sueños exactamente cómo se sienten ahora y si eso no indica entonces qué lo que pasará ahora es aquello que ya ha vivido tantas veces en las zonas más oscuras de su mundo onírico: que Aidan lo besará con más y más pasión y que pronto esta se volverá hambre y el hambre voracidad. Que pronto el vampiro perderá el control o, peor, que no hallará motivos suficientes para controlarse, porque Jeremy es más valioso como un divertimento de una noche, lo que siempre ha sido toda su vida, que como un compañero al que conservar a su lado por siempre.

El miedo y la inseguridad empiezan a apoderarse de él y Aidan lo nota: las respiraciones se aceleran, su cuerpo se tensa y la cabeza del chico tira contra el agarre de su pelo como queriendo dejar de exponer su cuello y cubrirse.

Aidan actúa sin miramientos. Alza la fusta bien alto, para que el sonido de la caña cortando el aire alerte a Jeremy y lo arranque de sus pensamientos para arrastrarlo hasta el presente. Parece funcionar, pues el chico se tensa de un modo distinto, no como si estuviese resistiéndose contra su fuerza, sino quedándose totalmente quieto para él. Aidan sonríe al ver su docilidad.

Deja la fusta unos largos segundos en el aire mientras el muchacho, incapaz de que su vista penetre en la amenazante oscuridad, mueve sus ojos de lado a lado buscando alguna pista que le ayude a saber cuándo debe esperar el golpe. Aidan azota con todas sus fuerzas y Jeremy chilla, su cuerpo se tensa tanto y su corazón late tan fuerte contra su pecho que no es hasta que pasan unos segundos y respira muy hondo cuando se da cuenta de que nada le duele. Aidan ha azotado las sábanas frente a ambos. 

Jeremy suspira de alivio. Es entonces cuando el latiguillo corta el aire tan rápido que es incluso silencioso y cuando la lengua de cuero chasquea dura y castigadora contra la punta de su pene.

El muchacho se retuerce de dolor e intenta cerrar sus piernas con la expectativa de situar su dolorido pene entre ellas y frotar los blandos muslos contra él en busca de alivio, pero Aidan coloca una de sus grandes piernas entre las del chico, empujando más duro el plug, forzándolo a seguir abierto, con su erección meciéndose en el aire por la fuerza del impacto, una larga cadena de presemen colgando de la punta perlada y esta luciendo ya no arrebolada, con el típico sonrojo de un novicio avergonzado, sino roja, con el color de la pasión, el dolor y la sangre.

Aidan se compadece de su sensible cosita humana y suelta su cuello, permitiéndole al chico doblarse sobre sí mismo, como si quisiera convertirse en una bolita. Lo escucha jadear y lloriquear en esa posición y aunque ansía ver su rostro ahora, sus ojos empapados en lágrimas, sus labios mordisqueados… se contiene, pues sabe que el chico necesita unos segundos de descanso. Poco a poco sus sonidos angustiados se van calmando y Aidan alarga su mano para volver a tomarlo del cuello, hacer que se yerga, que curve su espalda entregándole su cuello y su trasero y que deje su pene nuevamente expuesto a la caricia del cuero.

—No he acabado todavía —susurra en su oído con voz grave, la fusta acariciando su sensible humedad en pequeños círculos, haciéndolo estremecerse por el ardor que le provoca el contacto y la imposibilidad de desenmarañar cuánto de ese es dolor y cuánto placer.

Aidan vuelve a besar y chupar el cuello de Jeremy, insistiendo en esa zona donde ha pintado la forma de su boca con un hermoso morado. El chico se mantiene quieto, pero su cuerpo se tensa como dispuesto a huir cuando Aidan empieza a mordisquear su piel.

Lo hace con un cuidado extremo, dejando que sean solo sus dientes más humanos los que atrapen la tierna piel, sin probar a usar sus colmillos aún. Jeremy se siente de pronto mareado. Respira rápido y dificultoso y una de sus manos se aferra a la de Aidan que el sostiene el cuello mientras la otra lo hace en el antebrazo de la mano que sostiene la fusta.

Clava sus uñas con la suficiente fuerza como para sacarle sangre a Aidan, pero este no lo para, solo suelta su atormentada piel y lame allí donde han estado sus dientes, como un cachorrillo curándole una herida a otro.

<<Será suficiente por hoy>> se dice a sí mismo con el corazón encogido en el pecho. Sabe que hasta ahora ha estado jugueteando con Jeremy, usando el dolor y el placer para distraerlo de recuerdos que amenazaban con iluminar la habitación con el destello de un pasado ignominioso, pero ahora es distinto. Si va un paso más allá, si sigue coqueteando con la idea de romper su piel con los dientes o si deja que sus colmillos rocen la vulnerabilidad de su dermis Aidan sabe que no podrá rescatar a Jeremy de la profunda laguna de temor que él mismo se encargó de llenar con su sangre.

No está listo para eso. No todavía.

Así que suelta su cabello y aunque las encías le pican y la boca le saliva, se muerde su propia lengua y traga sangre en vez de hacerlo con el chico. 

Deja la fusta a un lado también y coloca una mano en la base de la espalda de Jeremy.

Empuja suavemente, haciéndolo inclinarse hacia adelante; la mano asciende por la deliciosa curva de su columna mientras lo pone contra el colchón como antes, con las caderas alzadas y la cabeza hundida en la almohada. Al llegar a su nuca, se la rodea unos instantes y la aprieta haciéndolo gimotear. 

Con la otra mano agarra la base del plug y el chico puede sentir la firmeza de sus dedos recorriendo el juguete, haciéndole sentir mariposas en su interior y hormigueos en lugares que cree que ya no soportarán más sensaciones.

—Respira —lo instruye Aidan riendo con ternura cuando ve que el chico ha hundido su cara entera en la almohada para amortiguar sus vergonzosos ruidos.

En lugar de dejarle seguir siendo vergonzoso, Aidan lo toma de pelo, alza su rostro y con la otra mano empieza a retirar el plug. La forma en que Jeremy gime es realmente hermosa, una mezcla entre el placer de su próstata siendo estimulada, la desesperación de su orgasmo siendo un rehén del frío, pesado anillo de metal en su pene y una pizca de pánico cuando el plug llega a la mitad y la parte más ancha mantiene su rosado anillo muscular dilatado alrededor de una forma impresionante que le hace creer que va a romperse.

Aidan se asegura de mantenerlo en ese lugar por un largo rato dejando que el chico se acostumbre a la sensación de ser abierto, pues su anchura es más exigente que la del juguete. Sus sonidos se mezclan con la deliciosa melodía de un lloriqueo y viendo lo agotado que está el chico, Aidan decide soltar su cabello y ayudarlo a mantenerse recto en vez de caer mientras él juega con su intimidad.

Lo sostiene poniendo su mano en una de sus piernas y Jeremy maldice por dentro, pues una oleada de placer lo recorre cuando nota la facilidad con la que el otro envuelve sus dedos gruesos y largos alrededor de su pierna como si fuese de juguete.

—No… —jadea el chico sin aliento cuando Aidan vuelve a empujar el plug dentro suyo, la parte ancha torturando un poco más su próstata, el tamaño y el peso del objeto haciéndole sentir lleno.

La mano en su pierna viaja ahora al espacio entre estas, primero acaricia los muslos, mientras el plug es retirado lentamente, y luego atrapa sus testículos. Todavía están sensibles por el golpe y por la frustración de no poder descargar el placer líquido que llevan dentro, así que Aidan se asegura de masajearlos con gentileza mientras vuelve a forzar al chico a tener el plug hasta a la mitad, la parte ancha abriéndolo de nuevo. 

Aidan mueve su mano alrededor del saco del chico dando apretujones muy leves y, sobre todo, dejando que su calor cree una agradable burbuja alrededor de los testículos de su chico. Luego su mano asciende y rodea su pene. Los dedos grandes del vampiro cubren desde la punta enrojecida hasta la base rodeada por el anillo metálico.

No lo masturba, solo lo sujeta muy, muy firme, apretando a medida que el plug empieza a salir de su interior, la parte más angosta deslizándose fuera de su elástico sexo mientras dedos fuertes parecen desear exprimir hasta la última gota del líquido cristalino y dulce que su pene gotea.

—Buen chico —susurra en su oído cuando logra sacar el juguete por completo de su interior y, como premio, muele un poco su mano en su entrepierna masturbándolo despacio.

Jeremy gime como loco y sus caderas actúan solas, empujándose para embestir el puño del vampiro y buscar desesperadamente un alivio que no hallará entre la firmeza de sus dedos. Aidan siente que debería regañarlo por su osado comportamiento, quizá hacerlo tomar el plug un rato más y follarlo con él hasta que solloce unas deliciosas disculpas, pero decide ser permisivo, pues Jeremy luce encantador intentando follar su mano como un animalito en celo e incapaz de hallar consuelo a su desesperación.

Mientras Jeremy mueve sus caderas con desespero en mociones torpes y mecánicas, Aidan le aprieta una nalga con la mano libre, usa el pulgar para abrirla y revelar su entrada ahora algo más dilatada gracias al plug, brillante de la saliva que ha usado para lubricarlo y de un hermoso color coral.

El chico detiene su patético intento por llegar al clímax cuando la mano del vampiro desaparece de su necesitada erección. Al cabo de unos segundos Jeremy escucha el sonido de una cremallera seguido del deslizarse de la ropa sobre la piel. Nota movimiento en la cama y sabe que Aidan se está desnudando, así que solo espera pacientemente mientras sus respiraciones se aceleran.

Del sexo con Aidan recuerda que es inimaginablemente intenso, una sensación placentera que no ha sido capaz de emular en años y que uno podría pensar que tiene que ver con alguna especie de magia seductora propia de las criaturas de la noche, pero que Jeremy sabe que es, si bien quizá una pizca de eso, producto de la habilidad de Aidan en su mayor parte. Pero también recuerda que la experiencia de yacer con Aidan es abrumadora e intimidante e imagina que lo es sobre todo cuando Aidan lleva hambriento de él durante dos años.

—Aidan —murmura con una vocecita suplicante —, ves despacio, hace mucho que no…

El vampiro le responde azotando su culo con fuerza. Su nalga se siente cálida y el dolor le hace mordisquear la almohada de nuevo.

—No te he pedido que hables, Jeremy, mucho menos que me des órdenes. Eres mío y sé cómo cuidar de mis cosas ¿O acaso no estoy tratándote amablemente ahora? 

Su voz es un suave ronroneo en su oído y Jeremy quiere deshacerse cuando la profunda, grave pregunta viene seguida de una lengua que rodea el cartílago de su oído y una deliciosa, ardiente presión empujándose entre sus nalgas.

Los ojos de Jeremy ruedan atrás en su cabeza y tiene que recordarse a sí mismo que debe respirar.

—S-sí lo haces, lo siento… —murmura el chico y sabe que la pregunta era, en el fondo, una amenaza: ‘’Sigue pidiéndome que sea bueno contigo y te demostraré cuán malo puedo ser. Cuán gentil soy ahora en comparación’’ —es solo, e-estoy nervioso. Quiero hacerlo bien, quiero…

Aidan deja ir una suave risa que hace a Jeremy temblar entero. Siente besos siendo depositados en su nuca con cariño y entre ellos un halago pronunciado con voz ronca y atractiva:

—Estás siendo tan bueno para mí, Jeremy, lo estás haciendo genial. No tienes que estar nervioso, solo sigue mis órdenes —el chico asiente con la cabeza bamboleándosele sobre los hombros.

La voz de Aidan es tan convincente. Densa como miel que alguien derrama dentro de su cerebro y que lo llena todo, que embota sus sentidos, que hace girar más lentas los engranajes de su raciocinio, que deja todas sus preocupaciones y miedos quietos, como suspendidos en ámbar.

Aidan presiona de nuevo contra su entrada. Todavía no lo penetra, pero Jeremy puede sentir el peso de su enorme miembro y su cuerpo entero se contrae involuntariamente por el pensamiento, su interior sintiéndose vacío de pronto, su pene pulsando y chorreando sin vergüenza alguna. Algo más se humedece de pronto en él. Siente la viscosidad, el calor goteando como lava entre sus nalgas y, nuevamente, puede imaginar la larga lengua del vampiro dejando la saliva resbalar por ella hasta que termina lubricando su sexo de nuevo.

Aidan presiona un poco más, sosteniendo al chico de las caderas, y deja ir un gemido grave y bajo cuando ve la punta de su impresionante erección desaparecer entre las nalgas del chico. Jeremy aprieta y la sensación de succión es maravillosa, pero sabe que debe controlarse y esperar, darle a su humano unos segundos para que su angosto espacio se acomoda a su robusta excitación.

Tomar las cosas con calma siempre le ha parecido a Aidan un fastidio, una oportunidad desperdiciada para obtener más placer. Aunque ama que los humano sean criaturas pequeñas que parecen de juguete en sus manos, aborrece que se rompan pronto o tener que actuar delicado si no quiere eso. Con Jeremy, sin embargo, disfruta de tomarse su tiempo, de saborearlo despacio y registrar cada detalle de cada segundo que pasa con él en su cerebro para no olvidarlo jamás.

Ahora mismo el vampiro goza de lo adorable que es ver al chico esforzarse por respirar, por mantenerse quieto y por dejar de temblar y todo solo porque ha empezado a follarlo sin siquiera hacerlo de veras. El vampiro retira su excitación de la estrechez de Jeremy este chupa aire con fuerza haciendo un sonido angustioso.

Después de eso Aidan coloca su enorme erección entre las nalgas del chico y la desliza arriba y abajo, frotándose contra su intimidad como con la intención de hacerle sentir la longitud que pronto abarcará en su interior. Jeremy se retuerce bajo él y su necesitada erección confiesa lo mucho que le gusta sentir el intimidante tamaño de su amante antes de ser follado con él.

Aidan toma su miembro y lo golpea un par de veces contra la húmeda entrada del chico, dejándole sentir su peso y magnitud, ganándose un gemido que se alarga cuando alinea la punta de su miembro y vuelve a penetrarlo con ella, esta vez yendo unos centímetros más allá.

Aidan vuelve a detenerse y ahora maneja la espera acariciando la cintura del humano, su cabello, su espalda. El chico se relaja en sus manos, abriéndose para él, y Aidan no pierde el tiempo: empuja a un ritmo cuidadoso pero constante en el interior de Jeremy. Cuando el chico parece querer huir, incapaz de tomar tanto como ha pedido, él se asegura de tomarlo fuerte por su cintura y mantenerlo sumiso mientras lo penetra hasta que la mitad de su hombría lo ha ensanchado y pulsa, caliente y deseosa, contra el angosto espacio que la acoge.

Jeremy no puede mantenerse callado. Su boca es todo un concierto de gemidos, jadeos, bufidos y lloriqueos que complacen a Aidan cada vez más. El vampiro se toma unos segundos para escucharlos con atención y para sentir la forma en que Jeremy se adapta deliciosamente a su tamaño, el calor de su suave interior estrechándose a su alrededor, amoldándose a cada detalle de su virilidad para hacerle sentir acogido, colmado de placer, y el anillo muscular prietamente envuelto contra su carne como si le pidiese más. Jeremy se relaja cuando Aidan se inclina hacia él y lame su cuello. A diferencia de antes, no hay recuerdos malos esta vez, solo el placer extático de una lengua larga y húmeda contra su piel.

Además de eso, el vampiro toma el pene del chico en su mano y aprieta firmemente, apenas moviéndose. Entonces empuja sus caderas.

Jeremy se siente tan vulnerable y tan lleno. Es algo abrumador, pues piensa que en cualquier momento podría romperse o que el dolor de ser dilatado se convertirá de pronto en agonía, pero también es maravilloso, pues por cada centímetro más del otro que toma, más hormigueos agradables lo recorren, disparándose directos hacia su pene. Además, el tamaño de Aidan es suficiente como para presionar de forma constante su próstata, haciéndolo arquearse bonito para él y querer suplicarle que lo folle duro y rápido.

Aun así, Jeremy sabe que no debe hablar, que su boca no tiene permiso más que para emitir bonitos sonidos de placer y dolor, así que eso hace mientras el dominante hombre detrás suyo se empuja hasta que sus pesados testículos chocan contra los del chico y su pubis se prensa contra sus nalgas, mostrándole que está en su interior hasta la empuñadura.

Pero Jeremy no necesita demostraciones, puede sentir al vampiro llenándolo por completo e incluso lleva su mano a esa zona situada entre sus genitales y su bajo vientre, notando en ella la protuberancia de su amante empujando la suave carne de su cuerpo. Es consciente de que esa profundidad es peligrosa, de que Aidan es demasiado grande, pero aunque tema romperse, sabe que el vampiro no lo haría.

Confía en él lo suficiente como para poder olvidar el pánico y centrarse en lo deliciosamente erótica que es la idea de un amante poderoso e impresionante como el que tiene. Aidan también lleva su mano a la tripa del chico para deslizarla y sentir su propia polla empujar algo dentro de él, haciendo que un pequeño bultito se forme cuando lo penetra hasta el final.

Disfruta de sentirlo desaparecer cuando retira su pene unos centímetros y luego lo empuja duro hasta que derrumba a Jeremy en la cama.

Con un gemido alto y agudo, el pobre humano no puede mantener ya sus caderas alzadas, la estocada de Aidan lo hace quedar tumbado bocabajo como un muñeco inerte, pero Aidan no tiene problema alguno en seguir disfrutando de él pese a que la debilidad y el deseo le hacen hecho incapaz de controlar su cuerpo: se sitúa entre sus piernas y las abre con las suyas para luego empezar a empujar dentro y fuera de él.

Jeremy siente sus ojos rodar atrás en sus cuencas cuando Aidan comienza a follarlo de ese modo, embistiendo duro, pero todavía lento, retirando la mitad de su venosa, gruesa erección, para luego hundirla del todo mientras la punta rosada arremete contra su punto dulce una y otra vez. El dolor no ha desaparecido, no del todo, pero Jeremy endurece cada vez que su dulce placer se mezcla con esa picante sensación haciéndola más intensa aún.

Todo esa noche se siente como un sueño, uno dulce y picante a la vez, uno húmedo, caluroso como el aliento que exhala Jeremy en sus jadeos. La oscuridad lo envuelve opresivamente y, como de negrura estuviesen hechos, los brazos del vampiro también lo rodean. Sus manos le empujan la cabeza, le tiran del pelo, lo asen por la cintura y lo jalan por la cadera, golpean su trasero, muelen su pene… sus antebrazos le rodean el pecho y luego la cintura y… oh, Jeremy siente como si Aidan fuese un monstruo con mil brazos y mil lenguas, con mil formas de tomarlo sin darle ni un poquito de tregua.

Esta vez rodea con su musculoso y titánico brazo el cuello del chico, dejando su bonita, frágil garganta en el espacio entre su antebrazo y su bíceps. Jeremy sabe que si el vampiro apretase solo un poco los músculos duros a los lados de su garganta, su mundo se volvería borroso y quedaría inconsciente, si no peor, pero el peligro no hace más que encenderlo, pues siente la vibración de un orgasmo que suplica por salir recorriendo su hombría y volviendo como una frustrante descarga hacia su cuerpo.

En ese momento Aidan se regodea en su desesperación empujándose duro contra él, hundiéndose de un modo violento y animal que hace que el chasquido de sus carnes chocando resuene por la estancia de forma obscena. Jeremy intenta no pensar en los sonidos, en las sensaciones, pero Aidan mueve un poco sus caderas, empujándose más aún aunque sus testículos y los huesos de su pelvis ya están apretándose contra el culo enrojecido de Jeremy, y con sus movimientos lo hace sentirlo tan hondo dentro suyo que el chico se hace consciente de nuevas partes de su cuerpo.

Lame su cara cuando lo ve lloriquear porque está demasiado sobreestimulado, luego aprieta su brazo viendo como los ojillos del chico están a punto de ponerse en blanco y lo suelta instantes antes de que pueda escapar de su cuerpo mediante la inconsciencia. Pone una mano en su espalda, la otra en su cadera, alzándola, y continúa penetrándolo rápido y profundo.

Jeremy cree que no podrá soportarlo: la forma en que Aidan alterna entre joderlo suave y lento y en que de pronto algo cambia, como si alguien pulsase un interruptor en su interior, y de pronto las embestidas se tornan salvajes como las de un animal.

El sonido de sus suaves gemidos combinado con los guturales jadeos de placer del hombre que está encima suyo, la deliciosa presión que ese cuerpo sólido, intimidante y gigantesco ejerce cuando se deja caer sobre su pequeña figura, el sonido de su piel rosada chasqueando cada vez que Aidan la azota con sus manos, con su pelvis en violentas embestidas, con sus testículos que chocan contra la ternura de sus muslos…

El orgasmo que se construye en su interior cada vez más grande, más electrizante y delicioso y jodidamente perfecto… antes de derrumbarse y dejarlo hecho una masa temblorosa y suplicante. Aidan ama que Jeremy esté tan al límite y eso mismo es lo que le hace sentir hormigueos placenteros recorriéndolo de un modo exquisito que solo puede anunciar que pronto terminará. Le gustaría divertirse con su humano por unas horas más esa noche, pero Jeremy está demasiado cansado y él demasiado deseoso como para aguantar, así que aumenta el ritmo y se prepara para derramarse en su interior.

Jeremy gime más fuerte, pero también más ahogado, cuando nota el ritmo errático y la fuerza creciente de las embestidas de Aidan. La manera brutal en que lo clavan en la cama y hacen que el cabecero retumbe tan fuerte contra la pared que la pintura ha empezado a agrietarse. El vampiro lo penetra despiadadamente, retirando su pene por completo en un rápido, cruel movimiento de caderas que deja la punta de su húmeda excitación besando el anillo muscular del chico y, acto seguido, antes de que Jeremy pueda acabar de jadear por la incómoda sensación de vacío, se hunde por completo en él dilatándolo desde el inicio una y otra vez, forzándolo a acoger su enormidad y llenándolo tanto que siente que estallará, torturando, con cada estocada, el sensible punto en su interior que lo tiene lloroso y desesperado, incapaz de articular una sola palabra incluso cuando pretende suplicar.

Aidan se inclina hacia el cuello de Jeremy mientras lo folla de esa forma llena de necesidad y violencia, deja su aliento caliente derramarse sobre su nuca y cuando ve sus vellos erizándose cierra su boca alrededor de la tierna piel.

Chupa hasta sentir la sangre acumulándose casi deseosa de besar su lengua, de entregarse a él. Aidan rueda su lengua sobre la piel, esa fina y suave capa que lo separa del manjar rojo, siente su calidez a través del telón, como si le tentase. Casi puede saborearla.

Se empuja hasta el fondo del chico con una última, poderosa estocada, y lame su bonito cuello imaginándose la delicia que será romperlo con sus dientes mientras se corre. El placer lo atraviesa como un sinfín de oleadas y Aidan se tensa por todas y cada una de ellas. Hundido en éxtasis y todavía expulsando tiras y tiras de blanco placer en el interior de su pequeña presa, decide ir un paso más allá. Empuja sus colmillos contra la tierna piel que ha amoratado en los últimos minutos.

No rompe, desgarra, ni aprieta. Pero sí deja que los filos de su hambre prueben la ternura de esa anhelada piel, que se sitúen a un mero milímetro del manjar que están diseñados para obtener y, simplemente, se recreen en lo fácil que sería conseguirlo, incluso si no lo harán. No hoy.

Al sentir los colmillos en el cuello, una punzada de pánico se abre paso entre el cansancio, el calor y la excitación de Jeremy, pero las manos de Aidan son más rápidas que el terror del chico y antes de que pueda ponerse realmente nervioso, dos se de sus dedos deslizan el anillo en su polla y pronto toda ansiedad, toda preocupación o angustia se derriten en un mar de placer.

Jeremy lloriquea, sus piernas tiemblan y todo su cuerpo se tensa bajo el de Aidan. Llora de una manera deliciosa mientras su excitación se ve atravesada por todos los orgasmos que antes se le han sido negados y hace un estropicio en las sábanas bajo él, corriéndose una y otra vez mientras siente a Aidan hacer lo mismo tan hondo en él como puede. En esos momentos se siente descarnado, tan sensible que todo quedará grabado en él a fuego: la sensación del tamaño de Aidan destrozando su sexo, su calor derramándose en su vientre y llenándolo, el filo de sus colmillos contra su cuello como la hoja de la parca amenazándolo y, por último, la deliciosa debilidad que sobreviene a sus miembros cuando ha terminado de correrse y se siente vacío, roto y tan, tan relajado que podría derretirse en ese mismo instante.

Aidan se retira de su interior con delicadeza y Jeremy está demasiado mareado para moverse, así que se queda tendido bocabajo en la cama, sobre el charco de placer que ha formado en las sábanas y notando como su trasero arde por la fogosidad del sexo que acaba de tener y como parte de ese calor empieza a derramarse entre sus muslos, dejándolos vergonzosamente pegajosos. Solo logra obtener fuerzas suficientes para pasarse una de sus manos por la nuca: nota la piel pulsante allí donde Aidan ha hecho un chupetón, el dolor cuando aprieta un poco y la humedad de la saliva, pero no hay herida alguna, así que suspira de alivio. 

Las mismas manos que minutos atrás estaban usándolo como un juguete ahora lo toman con gentileza y lo voltean en la cama. Jeremy está demasiado agotado para abrir sus ojos, pero siente la frescura de un paño húmedo limpiando su cuerpo y, después, cuando está aseado, sexo y mucho menos acalorado, siente fuertes brazos rodeándolo y un beso en su cuello. Un beso que termina con dulces palabras:

—No volveré a dejarte escapar, Jeremy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 112

 

Liu no recuerda haber dormido tan bien en mucho tiempo.

Las noches que Dave ha dormido con él siempre ha terminado despertándolo por culpa de sus terrores nocturnos, aunque su amigo siempre ha estado ahí con palabras amables y una manta para envolverlo cual burrito y mandarlo de vuelta a dormir. Las noches que ha pasado solo han sido iguales, solo que rara vez logra dormir tras despertar, demasiado paranoico con la idea de que sus pesadillas podrían ser no el producto de sus peores recuerdos, sino una advertencia de lo que el destino le depara.

Hoy, no se ha levantado ni una sola vez. Sabe que Xander ha traído con él una extraña calma que se siente culpable por experimentar, pero también ha arrastrado de vuelta a la vida de Liu temores, ansiedades y recuerdos que creyó estar dejando atrás, así que sabe que su noche de largo e ininterrumpido sueño posiblemente se debe al agotamiento.

Y es que Liu está demasiado cansado para gestionar todo lo que está sucediendo, lo que está por suceder. Incluso un minuto después de despertarse el muchachito ya siente que está al borde del colapso y que necesita dormir por lo menos veinte horas.

Cuando abre sus ojos, de hecho, lo primero que nota no es la tranquilizadora luz del sol, sino el color sangre en el cielo.

<<El anochecer… ¿He dormido todo el día?>>

Después de la desorientación le golpean el hambre y la sed y, finalmente, la consciencia de que no está solo, pues cuando va a levantarse el peso de un brazo que lo rodea por la cintura lo mantiene encadenado a la cama.

El chico intenta respirar hondo y tranquilizarse. Cuando se voltea ve que Xander todavía está dormido, con su rubia melena desparramándose por la blancura de sus almohadas como hilos de oro, sus ojos cerrados, largas, doradas pestañas brillante ante el ocaso de una forma preciosa y casi angelical y una expresión apacible.

Lo más seguro, piensa, es que Xander esté reteniéndolo en la cama sin malas intenciones, como un niño que se aferra a su osito de peluche mientras duerme.

Liu se deja achuchar contra el cuerpo fuerte en su lecho y respira muy lento y muy profundo, intentando que la noción de que nada malo pasará cale en él y temple sus nervios. Para intentar distraerse, alarga su mano hacia la mesilla de noche y alcanza su teléfono móvil.

Nada más abrirlo ve cientos de mensajes de Dave y una cantidad de llamadas perdidas que le hacen jadear. Las horas le revelan que su amigo ha pasado la noche entera en vela intentando encontrarlo. Justo cuando el chico está leyendo sus mensajes cargados de preocupación, la pantalla del móvil se ilumina con una nueva llamada de Dave.

Liu la responde sin pensárselo dos veces, pero la voz de Dave le rompe el corazón:

—¿Liu? —la pregunta suena tan chiquitita, tan vulnerable. Igual a la voz de un niño confundido que no encuentra a su mamá, una criatura asustada y sin esperanza.

Liu no sabe cómo responder. Ha preocupado tanto a su amigo que se siente avergonzado de lo maravillosamente bien que ha dormido mientras Dave estaba histérico y llorando pensando en que había muerto. Se siente tan culpable que quiere colgar, pero no puede prolongar más el sufrimiento de su mejor y único amigo.

—Dave, est-

—¡¿LIU?! —Pregunta ahora con una voz rebosante de energía e incredulidad, como si esperase cualquier respuesta como la que tantísimo ha deseado por horas —¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¿Necesitas que llame una ambulancia? ¿Qué llame a la policía? Pásame la ubicación, estoy saliendo del bar y tengo el coche aquí delante, no tardaré ni un mi-

—¡Dave, Dave! Calma, déjame hablar —lo apacigua Liu, aunque no puede evitar sentirse conmovido por la manera en que el otro reacciona. Intenta no hablar muy alto, pues nota a Xander moverse un poco y apretarlo más fuerte contra él mientras duerme. —, estoy bien, estoy en mi casa. No es necesario que vengas, iba a ir a trabajar ahora, sé que voy tarde, lo siento, estaba tan agotado… te lo explicaré todo, lo prometo, solo quiero que estés tranquilo.

—¿En tu casa? ¿Cómo has logrado escapar de ese monstruo?

Liu titubea cuando antes de que pueda responder una mano gigantesca que antes estaba en su cintura le arrebata el teléfono de entre las suyas. El chico intenta recuperarlo, pero Xander lo rodea con su otro brazo, inmovilizándolo sin esfuerzo alguno mientras él mismo responde a Dave con su rasposa y profunda voz.

—Ese monstruo tiene un nombre, Dave. Y agradecería que te lo aprendieses después de que yo haya hecho el esfuerzo de aprenderme el tuyo.

Xander sonríe con suficiencia cuando se crea un silencio al otro lado de la línea y en él prácticamente puede oír la confusión, la frustración y, finalmente, la ira.

—Eres la peor escoria que jamás he tenido la mala suerte de cruzarme —masculla Dave al otro lado de la línea, su voz chisporroteando de ira. Xander alza sus cejas y mira a Liu, que le entrega una expresión suplicante y articula con los labios un ‘’no se lo tengas en cuenta’’ —¿Has obligado tú a decir a Liu que está bien? ¿Dónde lo tienes? ¿Qué le has hecho? Te juro por Dios qu-

—Hazme un favor y deja de ladrar por un momento, nunca me han gustado esos perritos pequeños y rabiosos y tú suenas horrorosamente similar a uno ahora mismo —Xander ríe al escuchar, al otro lado de la línea, cómo Dave rechina sus dientes, pero aun así lo obedece y calla —. No le he hecho ningún daño a Liu y no pretendo hacérselo, pero él es mío y espero que pronto aceptes eso. No quiero tener que convencerte por las malas, Liu me ha pedido muy adorablemente que no te haga daño, así que sé bueno y no me obligues a hacértelo.

—¡Xander! Por favor, dame el teléfono.

El rubio rueda los ojos ante la insistencia de su humano, que se revuelve entre sus brazos y parece realmente desesperado por retomar el control de la conversación. No quiere agobiarlo de más, así que lo libera y le devuelve el aparato.

Liu se integra en la conversación de nuevo, solo para escuchar a su amigo soltar una retahíla de amenazas e insultos que sabe que no van dirigidos a él.

—Dave, tranquilo. He hablado con él, eso hicimos anoche, solo hablar. No me ha herido. Él no va a marcharse, no es algo de lo que lo pueda convencer, así que solo estoy haciendo lo más sensato. Todo saldrá bien, te lo prometo, estoy a salvo.

Un bufido extraño se escucha al otro lado de la línea y después de eso la voz de Dave estalla con incredulidad.

—¿A salvo? Liu, necesitas ayuda. Necesitas un maldito psicólogo y un jodido cuartel militar para protegerte y hasta creo que podrías necesitar maldita ayuda divina porque te aseguro que no. estás. putamente. a salvo. Él te uso durante meses, te hizo cosas horribles que no quiero ni nombrar, por él pensaste en suicidarte, Liu, querías morir por su culpa. Decías cosas como que no tenías ningún valor, él, fue él quien te hizo creer esas cosas. Te convirtió en un maldito objeto para su diversión. La gente así jamás cambia, no estarás seguro con él nunca, Liu, por favor, por favor

Liu aprieta sus labios y baja la mirada. Al otro lado de la línea Dave sigue suplicando, su voz desdibujándose mientras cala en él la consciencia de que hay forma de que Liu vaya a tener jamás una vida normal. Una muerte normal.

Xander mira a Liu con la culpa atravesándolo el rostro. Luce tan destrozado por las palabras de su amigo, tan a punto de quebrarse con esa carita pálida, esos puños cerrados y esos labios temblorosos incapaces de articular respuesta alguna.

Una parte de Xander, una primitiva y terrenal, quiere correr hacia Dave y traerle a Liu su lengua cortada, una prueba de que no dejará que le diga jamás palabras que puedan herirlo así, pero Xander sabe que es inútil. No son sus palabras lo que se le clava a Liu en el pecho, es el hecho de que sean verdad.

Y él es el único culpable de ello ¿Qué debería hacer entonces para compensarlo? ¿Arrancar sus propios colmillos, cortarse las manos, porque con ellas lo tocó, arrancarse los ojos, la boca y la hombría? Incluso así, su cuerpo sanaría más rápido de lo que el alma de Liu jamás podrá.

—Dave, está bien. Hablamos en el trabajo. —suspira el chico y cuelga.

Se limpia la cara con las sábanas, tratando de darse prisa para que Xander no vea que ha llorado, pero el vampiro lo hace de todos modos. Quiere abrazarlo, pero sabe que sus manos traen más malos recuerdos que paz, así que se queda en silencio sobre la cama mientras ve al chico vestirse y prepararse para el trabajo, dándole la espalda todo el rato.

Liu se detiene ante la puerta de la habitación, una mano en el marco, como si temiese caerse, y uno de sus pies dando golpecitos en el suelo nerviosamente.

—P-puedo ir al trabajo ¿Verdad?

A Xander se le parte el corazón al escuchar su pequeña voz pidiéndole permiso antes de cruzar el umbral.

—Claro que sí —responde el otro con dulzura mientras se mueve hacia la orilla de la cama.

Liu escucha el crujido del colchón y tan pronto como tiene la bendición de su captor, escapa hacia el exterior antes de que Xander pueda atraparlo.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 113

 

Liu abre la puerta de la cafetería con mucho cuidado, tratando de que sus movimientos no hagan sonar el atrapasueños de cobre que avisa de la llegada de nuevos clientes. Le gustaría ser invisible, al menos hasta que esté más tranquilo.

Cierra con la misma delicadeza, mira alrededor, topándose con solo tres clientes que ya se marchan pues ha empezado a oscurecer, y va hacia el almacén a por su uniforme. La noche anterior tropezó al ver a Xander e hizo un lío tirando caja sobre caja en esa pequeña sala, así que ahora debe ordenar el montón de basura que hay tras la puerta antes de encontrar su uniforme verde. 

La tarea de poner cada cosa en su sitio, de aliviar el caos con sus manos y con paciencia, le tranquiliza y lo distrae. Tanto, de hecho, que empieza a tararear con su dulce voz y tan pronto ese sonido llega a todos los rincones de la vacía cafetería, unos pasos acelerados marchan hacia él.

Liu no tiene tiempo ni de verle el pelo a Dave antes de que sus dos grandes y musculosos brazos lo estén apretando fuerte y hundiéndolo en su pecho como si quisiera sofocarlo.

—¡Liu! Estaba tan preocupado, he pasado toda la noche creyendo que estabas muerto, estaba incluso empezando a pensar que la llamada de teléfono era una alucinación mía. Estoy tan contento de que estés aquí. De que estés bien.

Liu ríe enternecido por lo amable que puede llegar a ser Dave y le da un par de palmaditas en la espalda.

—Si me sigues achuchando así, no estaré bien por mucho tiempo —le advierte, quedándose sin aire por ese abrazo en el que, sin darse cuenta, Dave lo alzado hasta que sus pies se han separado del suelo.

Dave enrojece al instante y lo deja ir, algo avergonzado, pero antes de que ninguna disculpa pueda salir de su boca, su rostro se ilumina con inteligencia y preocupación y empuja a Liu contra la puerta de la sala. El muchacho se sorprende por la brusquedad del otro y abre sus ojos enormemente cuando Dave empieza a tirar de su ropa, revisando su cuello, sus muñecas, incluso alza su camiseta para ver su torso desnudo.

—¡Pero ¿qué haces?! —chilla el chico manoteándolo. Sus esfuerzos no son nada contra la fuerza de su amigo, pero Dave se detiene al verlo tan alterado.

—P-perdón, quería comprobar que no tuvieses marcas y ha sido impulsivo. Lo siento, no quería asustarte —niega con la cabeza mientras se muerde el labio, decepcionado consigo mismo —. Es solo… Liu ¿Te ha hecho algo?

El muchachito niega y ve, al instante, como los ojos de Dave revisan cada centímetro de su piel al descubierto buscando algo que desmienta su respuesta.

—Está bien, Dave, de verdad que no.

El otro frunce el ceño. Conoce ese tono de la boca de Liu, esa suavidad, esa dulzura que no puede obtenerse sino de las más honestas y preciosas palabras… pero no puede creerle. Quiere, le encantaría poder quedarse tranquilo gracias a la idea de que Xander no le hará ningún daño a Liu, pero ¿Qué sentido tendría eso?

—Si no te lo ha hecho, te lo hará —sentencia al final y Liu frunce el ceño y luce terriblemente agotado por un momento. No quiere discutir, solo quiere a un amigo. Compañía, comprensión, algo de diversión quizá y Dave sabe que Liu quiere eso, pero también sabe que necesita ayuda —. Puedo ayudarte a salir del país si lo necesitas, puede ser durante el día, puedes mudarte a algún sitio con muchas horas de sol o quizá…

—Dave —murmura con tono serio, pero comprensivo. Toma las manos grandes y temblorosas de su amigo entre las suyas y lo mira a los ojos —, no voy a ir a ningún lado. Esto no es algo de lo que pueda huir y quizá… no será algo tan malo. Ha cambiado. Eso parece, al menos.

—¿Cómo es posible siquiera? —el tono de Dave destila rabia, asco, negación. Aun así, Liu lo toma de una mano gentilmente y lo hace salir, junto a él, de la sala de almacenaje.

El ambiente es opresivo ahí, oscuro. Se siente como respirar humo, como estar acorralado y tener que luchar. Y él no quiere pelear con Dave y mucho menos cuando su amigo solo intenta protegerle y él intenta demostrarle que quizá es eso es imposible, así que lo lleva a una de las mesas del desértico café y se sienta frente a él. Dave suspira, ahora más calmado, y Liu puede ver sus hombros caer. Luce tan cansado y confundido.

—Cuando Xander me sacó de aquí, me llevó a mi casa. Pensé que sería como antes, que me sentiría horrible, que me haría daño, pero fue una de las noches buenas. Te lo he contado antes y sé que te incomoda, como a veces Xander no era un demonio. Como a veces se sentía como… como un amigo. Como un amante incluso. Y la noche pasada fue como esas veces, mejor incluso. Eso no borra el mal que ha hecho, pero si voy a obtener su yo más amable aceptando quedarme con él y su yo más rudo si trato de huir ¿Qué opción te suena más inteligente, Dave? —Liu mira a su amigo a los ojos, los suyos oscuros y brillantes, venitas rojas rodeando el color caoba que parece a punto de ser engullido por la enormidad de su pupila.

Su vista luce llena de lágrimas y del dolor de haber llorado hasta secarse tiempo atrás, pero también luce cansada. Y relajada, quizá por el agotamiento de llevar demasiado tiempo huyendo, quizá por la aceptación de que no hay nada más que hacer una vez uno está en las fauces de su cazador.

—No te mentiré, no te diré que no hay noches en que he deseado que vuelva, en que soñado con que pasaba… con que pasaba lo que pasó ayer. Estoy, no lo sé, feliz en cierto modo. Pero también hay noches en que lo he odiado y ahora y ayer y todos los días de mi vida voy a temerle. Estoy muy asustado también, así que, por favor, Dave, no me dejes solo. No me abandones solo porque no puedo seguir tus consejos y no puedo aceptar tu ayuda.

Dave no responde a Liu. No hay palabras que puedan comunicar la forma en que su corazón se rompe cuando el chico le suplica que se quede cuando él jamás pensó en irse. En lugar de eso se levanta de su silla y abraza a su pequeño amigo, lo abrazaba suave, cálido y silencioso, durante tanto rato como su amigo necesita. Lo abraza de una forma que le dice que no importa qué decida, él seguirá ahí, a su lado, firme como sus brazos alrededor de su cintura, suave como los dedos que lo acarician mientras él intenta no derramar lágrimas.

Un rato después, cuando Liu se separa de su amigo y lleva en sus mejillas el tono arrebolado que indica que siente vergüenza, Dave le revuelve el pelo y le dice que su cabeza, cuando tiene las mejillas pecosas de ese color sonrojado, parece una fresa mutante con gigantismo. La broma hace reír a Liu, lo hace olvidarse de los amargos momentos de esa noche y hace que el chico pecoso tome la fregona empapada de agua sucia y migas medio desechas y persiga a Dave por todo el local durante un largo tiempo.

La noche pasa tranquila. Ambos se dedican a ordenar y limpiar, Liu mientras tararea, Dave mientras disfruta de la melodía. Como es de noche, tienen solo tres o cuatro clientes y todos vienen a tomar algo para despertarse de golpe e irse tan pronto como puedan.

En algunos momentos los muchachos bromean y en otros hablan más seriamente. Dave le explica a Liu el trabajo que está haciendo para su máster y la ilusión que le hace empezar las prácticas dentro de poco. Liu, después, le dice que está pensando en estudiar en la universidad también.

—Literatura —responde con la boca llena de un gran bocado de muffin de limón cuando Dave le pregunta el qué.

—Oh ¿También para ser profesor?

Liu ríe y niega.

—Si tuviese que pisar el instituto por el resto de mi vida preferiría combustir espontáneamente aquí y ahora —declara con seriedad, aunque Dave suelta una risilla —. Sería para trabajar en una editorial o algo así. Espero que en la sección de ficción, pasarme el día corrigiendo y editando autobiografías de famosos que no las han ni escrito ellos mismo sería aún peor que corregir trabajos de adolescentes que no saben cómo ocultar que han hecho un copia-pega en sus trabajos finales.

—Entonces ¿Lo tienes decidido?

Liu bufa.

—Aún no sé, tendría que estudiar para el examen de acceso a la universidad y ya casi he olvidado todo lo que di en bachillerato. No quiero hacerme ilusiones y luego fallar.

—Liu, eres la cosita más inteligente que conozco, claro que lo conseguirás.

Ambos humanos se ponen rígidos al escuchar la aduladora y dulce frase de una voz no tan suave. Se voltean hacia la entrada, donde la enorme figura del rubio avanza hacia su humano. Dave puede sentir los vellos de su nuca erizándose cuando Xander lo mira a los ojos, sonríe con grandes colmillos y lo saluda ondeando su mano.

—Oh, no sabía que ibas a venir a buscarme… —comenta Liu ruborizado cuando las manos del vampiro se posan sobre su cintura y se inclina para obtener un beso. Para la fortuna del nervioso Liu, Xander solo besa su comisura, pero Liu desliza sus ojos hacia Dave y puede verlo apretar los puños.

—No voy a dejarte ir solo cuando está oscuro, Liu, es peligroso. —le reprende el vampiro con amabilidad. Liu asiente pues sabe que al fin y al cabo todo empezó por ese mismo error.

—¿Qué más da? Lo peor que podría pasarle eres tú, de todos modos. —escupe Dave con desdén y Liu siente la sangre abandonar su rostro tan pronto como los puños del vampiro se cierran con fuerza.

Cuando Xander avanza un paso hacia Dave, Liu lo toma por el brazo suavemente.

—X-Xander, solo vámonos y-

—Entonces, Dave, eso significa que lo peor que podría pasarte a ti también soy yo, así que te recomiendo mantener tu boca cerrada. Especialmente si te vas solo a casa cada noche.

El tono de Xander es grave y ronco, su voz reverbera por el interior de Dave como miedo líquido, pero aprieta sus dientes y sus puños e intenta no temblar mientras habla.

—Usualmente voy acompañado —dice con una sonrisa maliciosa en su rostro —, pero no voy a mi casa. —su sonrisa se amplía y el pecoso muchacho lo mira con los ojos abiertos de pánico —Suelo pasar la noche en la de Liu.

Xander está a punto de reír por el patético intento de Dave de ponerlo celoso, hasta que ya no le parece tan patético. Los latidos de Dave delatan que sus palabras son confianzudas, veraces. Y el dulce terror de Liu, expandiéndose como una nube de azúcar por toda la sala, solo logra clavar el puñal que Dave ha lanzado más hondo en él.

Los imagina. Juntos. En su casa. En su cama. En la oscuridad de la noche, el silencio interrumpido por el chicloso ruido de los besos. Por gemidos ahogados y el obsceno sonido de la carne chocando contra la carne.

Xander se dijo que no sería posesivo con Liu, no si el chico hallaba la felicidad en otro hombre, pero la ira lo sobreviene como un huracán que lo aspira y del que no puede salir.

Cuando el vampiro quiere darse cuenta, Liu está chillando y la garganta de Dave está en su mano derecha. Con la izquierda sujeta las muñecas de Liu más fuerte de lo que es necesario.

Ha empujado al moreno humano contra una de las mesas del local tan duro que ha partido la madera y ahora el chico patalea sobre la mesa rota, su cara roja como el fuego y su resistencia volviéndose más débil cada segundo que pasa sin aire.

Xander lo suelta de pronto y el chico cae jadeando y salivando al suelo. Se lleva una mano a su garganta, aún incapaz de hablar, y puede sentir en ella un dolor que le hace temer que su cuello esté roto. Para su suerte, no lo está, pero en su piel empieza a tintarse la silueta del agarre de Xander en un hermoso color morado.

—¡Dave! —Liu chilla una vez Xander lo suelta a él también.

El muchachito corre al rescate de su amigo y lo ayuda a levantarse del suelo mientras los ojos del nombrado no se separan ni un minuto de Xander, totalmente alerta, examinándolo con una mezcla de odio y temor. Xander se mira las palmas de las manos y ve como le tiemblan, siente la picazón bajo la piel, la forma en que el impulso de matar le acuchilla desde dentro con pequeños aguijones pidiendo salir. Cierra los puños, respira hondo.

<<He cambiado. He cambiado. He cambiado>> se dice, como un mantra, y avanza un paso hacia los dos humanos. Liu se envara de pronto y se interpone entre Xander y Dave.

—Espera, por favor, me prometis-

—No voy a hacerle daño —declara, pero sus ojos lucen fríos y asesinos y su voz monótona contiene una calma que Liu sabe que solo existe como el preludio de una destructiva tormenta. Alarga su mano y toma a Liu de la muñeca con suavidad. —, vámonos, Liu. —ordena tirando un poco de él hacia la salida.

Liu mira nervioso hacia Dave, pero lo ve ya capaz de ponerse en pie él solo y le alivia saber que estará bien. Xander se detiene frente a la puerta y se voltea hacia el humano, sus ojos rojos lo perforan con maldad.

—Y Dave, estoy esmerándome en romper nada que sea valioso para Liu. Esfuérzate tú también un poco en no provocarme.

Liu se siente todavía nervioso cuando salen del local. Xander parecía tan dulce los primeros minutos cuando lo fue a buscar, irrumpiendo en la escena con una alentadora y encantadora frase que le hizo sentir un pinchazo de esperanza respecto a sus estudios, rodeándole la cintura tan gentilmente, besándole la comisura con un gesto tierno, casi tentador.

Y ahora el vampiro parece no prestarle apenas atención, lo toma de la muñeca cada vez más fuerte y tira y tira de él hasta que el chico tropieza con sus propios pies para seguirle el ritmo. Sabe que Dave no lo ha pretendido así, pero se pregunta si esta será una de las temidas noches malas por culpa de su amigo no ha podido mantener la boca cerrada y a Xander complacido.

—Entra en el coche. —espeta Xander todavía tirándole del brazo. Esta apretando duro su mandíbula y empuja a Liu contra un elegante sedán negro con toques metalizados en las llantas, alrededor de las ventanas y en la parte baja de las puertas.

—¿Es… —susurra el chico, impresionado, pero todavía nervioso.

Xander tan siquiera le deja acabar la frase, solo abre la puerta y lo lanza dentro, al asiento del copiloto. El chico se acomoda, encogido sobre el gran asiento de tapicería. Ve a Xander rodear el coche, abrir su puerta, sentarse en el asiento del conductor y luego cerrarla de un portazo. Liu da un repullo.

—No sabía que tenías coche. —comenta nervioso, pero Xander parece demasiado metido en su propia cabeza como para responderle. 

Enciende el coche y pone una mano en el volante. Sus nudillos son blancos, las venas se le notan de un modo atractivo e intimidante y, entre sus enormes dedos, el volante casi parece un juguete.

Pone su otra mano encima de la pierna de Liu, en su muslo, lo rodea posesivamente y este también parece un juguete entre sus dedos.

El motor ruge, Xander mira al frente con ojos fríos y un ceño perpetuamente fruncido. Los músculos de su mandíbula siguen tensos y Liu se siente incómodo cuando el vampiro hunde el pie en el acelerador y aprieta la mano contra el volante. Sobre todo porque la mano de su muslo también se aprieta.

 —¿A-a dónde vamos? —pregunta con un hilillo de voz. Xander ignora su pregunta.

—Me dijiste que no había sucedido nada entre tú y Dave. —dice de pronto. Su tono es acusador, enfadado.

Liu tiembla porque los dedos en su muslo empiezan a apretar más y más, porque la mirada de Xander parece echar chispas y porque su pie se hunde en el acelerador de forma cada vez más peligrosa.

Liu alza sus manos en un intento de parecer inerme, desesperado y frágil. De mostrarle al vampiro que se rinde.

—Y no ha sucedido nada, Xander, te lo juro. —su tono es suplicante, pero cuando lo oye la expresión de Xander no se suaviza. Al contrario.

La mano en su muslo aprieta más aún. Xander le está clavando los dedos en la ternura de su carne y no puede evitar recordar como sus garras se le hundieron en las cicatrices de sus brazos tiempo atrás, como Xander le dijo que no merecía estar puro, sin marcas. Como usó sus manos para abrirle las piernas antes de violarlo.

—Odio que me mientan, Liu. —el tono de Xander suena tranquilo, contenido, pero Liu conoce ese tono, conoce la quietud de la ira de Xander antes de que estalle. Conoce el dolor y la humillación cuando estalla.

Así que estalla él primero.

—¡Es la verdad! ¡Es verdad, te lo juro, te lo prometo¡, ¡Es verdad, es verdad, es verdad! —Liu chilla y berrea como si fuese un pequeño niño teniendo una rabieta. Sus brazos manotean inútilmente y sus piernas no paran de patear el salpicadero.

Se retuerce en su asiento, intentando liberarse de la mano de Xander y de la presión del cinturón de seguridad sobre su pecho. Xander lo mira de pronto sorprendido, como si realmente no hubiese esperado que Liu fuese a romperse, a ponerse a llorar y a suplicar de esa manera. Aparta su mano con rapidez del muslo del chico, percatándose solo entonces de la fuerza con la que la estaba atenazando sobre su piel, de la dureza con la que ha hablado, de la amenaza implícita en su voz.

El rubio actúa rápido y se aparta a un lado de la solitaria carretera, parando el coche en medio de la oscuridad. Liu, cuando deja de escuchar el ruido de las ruedas contra el asfalto y del motor quejándose por el ímpetu de los acelerones, abre la puerta del copiloto y se lanza del coche al suelo. El coche tan siquiera se ha parado del todo, solo está desacelerando, así que el pobre muchacho rueda sobre la gravilla mientras se llena el rostro y las extremidades de arañazos.

<<No mereces morir puro. No mereces morir sin marcas>>

Rueda solo por un par de segundos antes de que Xander lo alcance y lo pare. Cuando lo hace, el chico abre los ojos y mira alrededor. Ve la negrura de la noche, ve a Xander, sus manos grandes sobre su cuerpo y se echa a llorar inevitablemente. Él y Dave no han hecho nada, lo sabe, pero tiene tanto miedo que no puede siquiera hablar o darle una explicación y por culpa de eso, piensa, ahora será doblado sobre el capó del coche y violado. Será mordido, cortado. Asesinado.

—Liu —lo llama Xander, pero la mención de su nombre hace que Liu chille más alto, niegue y llore. Como cuando tiene pesadillas y Dave le despierta susurrándole esas tres letras con la máxima delicadeza posible —, Liu, lo siento, está bien. No quería asustarte. Por favor.

Pero nada sirve, las palabras de Xander no son más fuertes que los gritos del muchacho y el vampiro sabe que incluso si alzase la voz su tono asustaría tanto al muchacho que no podría entender nada. Se siente como un absoluto monstruo en ese instante y piensa, por unos momentos, que le gustaría estar muerto. Que le gustaría que su creador lo hubiese matado, en vez de convertirlo, que Liu no hubiese tenido que sufrir así por su culpa.

Xander se muerde el labio al pensar en Mörblut y recuerda cómo le enseño no solo a adentrarse en las mentes de los mortales, sino a tirar de sus hilos, a manipularlos ligeramente. Es la única opción que le queda, así que levanta a Liu del suelo, quien ahora es solo un ovillo sollozante, y lo pone contra una de las puertas del coche. Le alza el rostro con un dedo y lo mira a los ojos aunque el chico niegue e hipee- 

—No te haré daño, Liu —susurra y sabe que el chico no está convencido de eso. Podría manipularlo para que lo estuviese, pero no desea forzar a su cerebro a creer nada, no de nuevo, así que usa su poder solo para hacerlo un poco más susceptible a sus palabras. Para que las escuche al menos —. Está bien, Liu, estoy enfadado porque me hayas mentido, pero está bien. Lo entiendo. No iba a hacerte daño, no te lo haré.

El chico lo mira fijamente unos segundos, su pecho sube y baja deprisa y luego mira a su alrededor, como desorientado.

—¿N-no vas a… —pero antes de que termine la frase, Xander le acaricia la mejilla y niega con la cabeza.

—Siento haberte asustado —murmura Xander; aparta la vista, demasiado avergonzado —, no sé cómo ser amable. Lo siento. Lo estoy intentando, lo haré mejor. No debería haberme enfadado, tiene sentido que me mientas, tenías miedo y-

—¡No he mentido! N-no he mentido, Xander, por favor —ahí está de nuevo, el pánico en sus ojos.

Por un segundo Liu olvida todo lo que el vampiro le está diciendo sobre aprender a ser gentil, sobre no querer herirlo jamás, y solo escucha esa palabra <<Mentir>>. Él sabe que hay consecuencias por mentir.

—D-Dave ha pasado noches conmigo porque tenía ataques de pánico, no hicimos nada, no fue romántico o sexual, s-solo era un amigo haciéndome compañía. Si no fuese por él yo no sé qué habría pasado, que habría hecho. Te juro que no te miento, p-por favor, por favor.

Xander suspira y siente el pecho pesado. Es obvio que Dave solo trataba de molestarlo, ese chico lo odia con razón, así que haría lo que fuese por asestarle una puñalada en el pecho como esa. Por un momento Xander quiere culpar a Dave de todo eso, de su ira, del terror de Liu, pero sabe que no puede.

—Vamos a volver al coche. —susurra Xander y Liu abre los ojos enormemente.

—¿Por qué? —pregunta como una súplica, tan lleno de desesperación —N-no necesitas llevarme a ningún sitio para hacerme daño, no es mentira. Puedes leerme el pensamiento, no es mentira, de veras.

Xander se muerde el labio. Liu suena tan asustado y confundido. Se acerca un poco a él, asustándolo al inicio, pero Liu se relaja cuando los dos brazos de Xander lo rodean protectoramente, empujándolo hacia su pecho y luego acariciándole la espalda con movimientos suaves que siente que podrían derretirlo.

—Iba a llevarte a una cita. Por eso el coche, pensé que te haría sentir… normal. No lo sé.

Liu suspira. Sus hombros bajan y su pecho se deshincha, Xander puede sentir toda la tensión y las respiraciones retenidas del chico saliendo de él como si fuesen alguna especie de demonio que lo ha estado poseyendo hasta ahora. Luego siente las cálidas lágrimas de Liu derramándose y sus manos apretándolo fuerte.

—G-gracias, siento haber perdido lo nervios, n-no sabía…

—Está bien —Xander lo aprieta más fuerte contra él.

Sigue siendo la misma criatura que lleva siglos siendo e incluso si una parte primitiva en él se regodea al verlo tan roto, su corazón duele por esas vistas y solo quiere salvarlo, curarlo, quiere darle algo, del mismo modo en que es capaz de darle su sangre, algo que cierre las heridas de su alma, que haga que sus ojos dejen de sangrar esas cristalinas gotas. Pero sabe que no puede.

Otra parte de él quiere alejarse, apartar la mirada ante el horror que ha cometido. Pero no debe. Tiene que mirar, que lidiar con las consecuencias de lo que ha hecho. Si ha roto a Liu, lo abrazará por siempre cortándose con sus pedazos, dejando que todos los filos se hundan más y más en él y que sus heridas nunca se curen.

—Vamos a volver al coche ¿De acuerdo? —Liu asiente esta vez, apenas llora, solo olfatea su nariz y el ataque de pánico se le pasa lentamente.

Cuando vuelven a entrar, Xander cierra las puertas con cuidado, intentando no sobresaltar al chico. Vuelve a sentarse a su lado y vuelve a colocar su mano en la pierna del chico, solo que esta vez lo acaricia con dulzura.

—No pasará nada malo. Nunca más. —le asegura, pero no se atreve a mirarlo a los ojos.

Liu se queda un largo rato en silencio, disfrutando de esas caricias. Intentando no pensar en lo culpable que es de haberlas echado en falta por años. Al cabo de un rato, pregunta:

—¿Nunca más?

Y Xander asiente antes de inclinarse para darle un beso en la mejilla. Liu se estremece, ruborizado por la ternura de ese gesto, y se lleva los dedos a la zona que el vampiro ha besado, incapaz de creer el hormigueo agradable que han dejado esos labios en su piel.

—¿Y te disculparás con Dave? Le has asustado mucho también.

—Lo haré si tú quieres, Liu. —admite el hombre, teniendo que morderse duro la cara interior de la mejilla porque la idea le resulta casi insoportable.

—¿Dónde es la cita? —pregunta el muchachito mirando por la ventana. Incluso si la oscuridad a su alrededor no le deja ver más allá de dos palmos de su nariz, conoce esa carretera, sus padres rara vez transitaban por ahí —No hay nada en esta zona. 

—Es un sitio al que me gusta ir para aclarar la cabeza. Un sitio tranquilo ¿Quieres que vuelva a la carretera?

Liu siente una ola de torridez inundarle el pecho cuando Xander pregunta. Si dice que no, ambos esperarán ahí hasta que él esté preparado. Sabe que no es la gran cosa para muchos, pero su vida no le ha otorgado esa gentileza, así que lo aprecia mucho, aprecia esa sensación de poder parar el tiempo por él, de bajar el ritmo. Xander jamás había hecho nada así y la vida, desde luego, tampoco le ha dado muchas treguas.

—De acuerdo.

 

 

 

 

 

Capítulo 114

 

Una parte del trayecto en coche es silenciosa. El primer cuarto de hora, quizá. Xander no quiere agobiar o presionar al chico, así que solo le acaricia la rodilla y sube y baja por su pierna con dedos cuidadosos y agradables, hasta que Liu le coge el índice con una de sus manos y lo aprieta, como buscando confort. Xander se tensa, no sabe, no entiende qué hacer.

Él manipula constantemente los cuerpos de los mortales a placer, pero nunca antes un humano se había aventurado a tocarlo así, así que decide quedarse quieto y siente como Liu le gira la mano, poniéndole la palma hacia arriba, con el dorso reposando sobre su pierna. Se la antoja pueril el gesto, como si Liu fuese un ingenuo muchachito jugando con algo grande y misterioso que ha hallado. Es enternecedor.

Liu pone su palma contra la del vampiro, como comparando tamaños, y luego lo acaricia con la yema de su índice, resiguiendo las líneas de su palma, subiendo y bajando por la longitud de sus dedos. Xander no recuerda nada en su vida que se haya sentido tan bien como esa caricia.

Algo en la situación lo impulsa a hablar.

—Te oí hablar sobre ir a la universidad.

—No estoy seguro, aún. No sé si aprobaré el examen de acceso.

—Oh, vamos, te graduaste, seguro que aún recuerdas algo. Seguro que también terminaste el curso con buenas notas y todo.

Liu suelta una risa corta, radiante, y mira a Xander alzando una ceja con escepticismo.

—Amenazaste al director, Xander, es obvio que nadie iba a suspenderme.

—Lo amenacé para que no te expulsaran solo —puntualiza Xander, pero ambos ríen por lo ridículo que suena —. De todos modos, eres un chico inteligente. Sé que puedes hacerlo.

—¿Con mi demonio de vuelta haciéndome pasar las noches en vela? No creo que pueda concentrarme mucho en estudiar —replica y Xander sabe que en cierto modo el chico se lo está echando en cara, pero la realidad es que el tono es juguetón y que adora escuchar a Liu bromeando así, siendo confianzudo.

—No te molestaré, seré bueno está vez. puedo ayudarte a estudiar si quieres —ofrece, pero Liu no puede evitarlo antes de romper a reír —¿Qué es tan gracioso?

—Quizá sí me puedes ayudar con historia, con tu edad de momia…

Xander alza ambas cejas con sorpresa por la osadía del chico. Le arrancaría la cabeza a otro por llamarlo viejo, pero ama tanto ver que Liu se siente mejor ahora, que entra un poco en confianza.

—Con biología sería mejor que no me ayudases, me harías suspender.

—Oye, sé cosas sobre la vida.

—¿A parte de cómo arrebatarla? —inquiere Liu burlón, pero al segundo se tapa la boca, nervioso, pensando que quizá ha ido un poco lejos. 

Se relaja cuando escucha a Xander reír un poco. Tras un rato, el vampiro sigue la conversación.

—Entonces ¿Has pensado en aquello de ser editor? ¿Al final te has decidido?

Liu asiente.

—Me gustaría mucho hacerlo, suena como un buen trabajo, pasar el día leyendo.

—Oh, no, el infierno —responde Xander dramáticamente.

—¿No te gusta leer? No sé qué te gusta hacer, realmente. Además de atormentarme.

Xander finge que piensa durante un rato poniendo su mano en su barbilla con gesto solemne y, al cabo de un rato, alza el índice como si se le hubiese iluminado una bombilla en la cabeza.

—Atormentar a otros mortales.

—Vamos —Liu hace un puchero y sigue acariciando la palma de la mano del vampiro —, hablo en serio.

—Yo también. No es común para los vampiros hacer cosas consideradas humanas, como tener trabajos o hobbies o similar. Aunque me gustaría.

Liu alza la cabeza al oír eso, completamente atento, y una suave sonrisa se dibuja en su rostro mientras dice:

—Quizá podríamos leer juntos. O podría, no sé, dejarte leer lo que escribo. Aunque son cosas malas. —el coche va cada vez más despacio.

Liu mira por la ventana para asegurarse de que están deteniendo y dónde, pero solo logra vez un montón de árboles tapando incluso la luz de la luna.

—Eso sería genial —murmura Xander, su tono de voz tan amable y agradecido que Liu siente que podría derretirse. De hecho, cree que lo hace cuando el vampiro se inclina y le da un beso en la mejilla.

—Podrías escribir tú también. —Xander sonríe por la sugerencia. Su voz sale dulce y aterciopelada cuando le responde, tanto que Liu la liente como la suavidad de una caricia recorriéndole el cuerpo entero.

—Sobre ti. —Liu ríe, nervioso, al escuchar eso.

Siente un hormigueo bajo su piel, la voz de Xander todavía causándole escalofríos. La forma en que luna brilla y la carretera está solitaria le hace sentir extraño, incapaz de ignorar la intimidad del momento.

—Deberías buscar otra afición. —bromea para romper la tensión, después suspira. Juega un poco por su cabello y añade: —Aunque suena agradable que alguien escriba sobre mí. Me pongo rojo de pensarlo.

—¿Por qué? —Xander desliza una de sus grandes manos por el volante, acariciando el cuero mientras traza una pronunciada curva.

Liu se siente empujado a un lado por lo fuerte que es el giro y cuando se cuerpo se desliza en el asiento la mano libre del vampiro no puede evitar el gesto protector: se pone sobre su pierna, sosteniéndolo cerca. Seguro. Liu traga saliva e intenta mirar por la ventana, pegar la frente al fresco cristal para combatir el calor que empieza a formarse dentro suyo.

—Las personas escriben sobre gente importante o interesante. Yo nunca me he considerado nada de eso. 

Hay un pequeño silencio antes de que Xander responda, uno que hace a Liu sentirse avergonzado y patético, que le confirma que evidentemente Xander jamás vio nada en él. Que solo lo ve como a sangre y sexo y que podría obtener esas cosas de cualquier otro, pero él estaba en el sitio equivocado, en el momento equivocado.

Entonces, Xander aprieta un poco su mano sobre la pierna del chico y con el pulgar lo acaricia de una manera que hace a Liu no poder seguir mirando por la ventanilla. Clava sus ojos en esa mano grande y venosa, en el diminuto, pero infinitamente agradable gesto. La mano de Xander, su piel ardiente, lo pequeño que luce a su lado, pero lo seguro que le puede hacer sentir cuando lo desea. Se siente abrumado.

—Eres la criatura más hermosa y dulce que conozco. —dice Xander por fin.

Su voz sigue siendo amable y hermosa, con ese tono ronco que parece el inicio de un rugido y que le da un tono viril a lo que sea que diga, pero con una melódica, calmada manera de articular sus palabras. Habla con seriedad, pero no por ello con frialdad.

—Eres complejo y sufres, pero sigues siendo amable e inteligente y sigues haciendo las cosas con lentitud y con delicadeza, tratas a los demás, incluso tratas las cosas con una gentileza que yo desconozco. Cuando te atormento eres un pecado delicioso, pero cuando eres feliz y cuando ríes llenas tu alrededor de calidez. Tienes intereses adorables y sencillos y aspiraciones que me parecen encantadoras. A mí sí me pareces interesante. Y eres importante, muy, muy importante para mí.

Liu quiere responder. De veras que quiere. Pero también quiere llorar y sabe que, si una sola palabra sale de sus labios, va a quebrarse y convertirse en un lío bobo de lágrimas y sollozos en el asiento.  La forma en que Xander ha hablado de él es algo que no ha oído jamás.

Soñaba con que Matheo pensase así de él incluso si sabía que su aprecio jamás sería tan grande como para recibir el nombre de amor, esperaba que sus padres lo pensasen como alguien importante también y aunque eran amables con él y le sonreían a menudo, jamás sintió que estuviesen orgullosos, que viesen en él algo que los hiciera anunciar con honor que ellos le habían traído al mundo. Con pelotita sí podía percibir admiración en sus ojos y un incondicional amor, pero siempre se preguntó si acaso ese adorable perrito no sentiría lo mismo por cualquier otra persona dispuesta a colarle un trozo de bacón bajo la mesa. Después de que todos ellos se fuesen, Liu no recuerda haber recibido nada, ni el más mínimo atisbo de una dulzura, de una amabilidad similar. Lo más cercano fue la pena que inspiraba en algunos profesores y compañeros y pronto esta se volvió molestia e irritación o apatía y se sintió tan mediocre, tan fácil de olvidar, que temía mirarse un día al espejo y hallarlo vacío.

Y él, desde luego, jamás ha sido capaz de pensar de ese modo, no de sí mismo. Lo intentó en el pasado, pero después de que sus padres, su mejor amigo canino y el amor de su vida murieran, no creyó que mereciese la pena esforzarse por reparar algo tan roto. 

Por eso se siente irreal cuando Xander pronuncia esas palabras. Cuando lo hace con esa lengua que antaño le escupió veneno, que esgrimía las frases más dolorosas que él intentó conservar solo en su cabeza, con esos labios que han sonreído solo tras probar sus lágrimas y su sangre, con esos colmillos que tienen hambre no de él, sino de matarlo.

—Hemos llegado. —advierte Xander mientras el ronroneo del coche muere lentamente.

Su tono es muy cuidadoso, y es que se ha dado cuenta de que el silencio de Liu estaba cargado de dolor. Ahora, cuando le llama la atención, finge no ver como el chico se enjuga los ojos con las mangas de la chaqueta.

El chico mira de nuevo por la ventanilla y frunce el ceño.

—Uh, ¿Un bosque?

Pero antes de que Liu pueda voltearse hacia Xander, el vampiro ya ha desaparecido de su asiento y se halla frente a la puerta de suado, abriéndola e inclinándose dentro.

Su cabello rubio brilla con un color ceniza bajo la luz de la luna y sus ojos, en la oscuridad rodeada de árboles parecen casi violáceos.

Xander alarga su mano para desabrochar el cinturón de su humano y este se pega al asiento cuando siente los largos dedos cruzar por delante de su pecho para quitárselo. El contacto con Xander todavía lo asusta, pero cuando el vampiro baja la mano despacio y la coloca sobre su corazón, se relaja en el asiento. Nota calidez en su palma, como la de un abrazo.

—¿Qué le sucede a este corazoncito nervioso? —pregunta el vampiro con dulzura y con su índice y su pulgar toma la barbilla del chico y se la alza para hacerlo mirarle.

Liu desvía la mirada y se muerde los labios.

Es tan bonito cuando está nervioso que Xander tiene la tentación de meterse un poco con él, de quizá afirmar su agarre o inclinarse más cerca, sonreír con sus colmillos bien grandes y visibles, solo para obtener una reacción adorable.

Pero se contiene y Liu se siente suficientemente seguro como para responder, aunque sea con un hilillo de voz.

—C-cuando te has inclinado, parecía que ibas a besarme.

La respuesta es tan tierna que Xander siente que podría derretirse ahí mismo. Se apoya en el marco de la puerta del coche con una mano mientras con la otra sostiene a Liu quieto, mirándolo, y se inclina lentamente hacia él. Sus ojos examinan los de Liu, la forma en la que luna brilla en ellos cuando los mueve para mirar su boca roja, grande y peligrosa.

—¿Tú corazón se ha acelerado porque tienes miedo, Liu —susurra casi sobre sus labios. El aliento caliente se los roza y casi por instinto Liu entreabre su boca y entrecierra sus ojos —, o porque deseas ser besado?

El chico se remueve en su asiento, intenta apartar la cabeza con vergüenza, pero Xander lo sostiene quieto y disponible para sus deseos. Luego lo acaricia un poco, recompensándolo por obedecer y dejar de intentar retirarse. Liu respira hondo y cuando pasan unos segundos está seguro de que Xander no hará nada, solo desea una respuesta. Una sincera.

El chico traga saliva otra vez.

—No lo sé… —dice titubeando, luego suspira, sus mejillas se ponen tan rojas que las pecas parecen desaparecer y añade: —A-ambos.

Xander sonríe por la respuesta y se acerca solo un poco más. Su nariz larga y aristocrática roza con la del chico y sus pestañas parecen querer rozar las del menor. Los ojos rojos lo escrutan con deseo y paciencia, incapaz de discernir si los deliciosos nervios en la mirada huidiza y los labios mordisqueados del otro son más temor o mariposas en el estómago.

—A mí también me gustaría besarte, Liu —susurra.

Su voz ronca y la cercanía hace de ella un secreto, una intimidad. Algo pequeño y prohibido que solo existe en el nimio espacio entre sus dos bocas entreabiertas. Xander sonríe. Liu lo mira de reojo, asustado por los dos grandes filos que sabe que hallará entre los labios gruesos y color cereza que parecen invitarlo a tomar un muerdo, pero para su sorpresa Xander ha hecho sus colmillos excepcionalmente pequeños, tanto que apenas puede ver las puntitas de estos sobresalir un poquitín bajo el labio. En comparación a los enormes caninos que está acostumbrado a ver, se le antojan los dientes de un cachorrito de vampiro. Son tiernos, incluso.

Así que Liu ladea un poco su cabeza y la mano que antes la sostenía quieta no solo le permite ese seductor movimiento, sino que lo incita: tira un poco de él, acercándolo a los labios del vampiro. Liu puede ver lo rojos y hermosos que son antes de cerrar los ojos y sentirlos prensarse contra sus belfos. 

El beso es lento, inocente al inicio. Xander mueve sus labios despacio sobre los del chico, los abre y los cierra sobre la ternura de su labio inferior, como si lo probase. Con su mano no le sostiene ya la barbilla, sino que esta baja poco a poco por su cuello, su hombro. Lo sostiene de la cintura. El beso se vuelve un poco más exigente, pero todavía lento: Xander chupa el labio de Liu, tirando de él de vez en cuando, haciéndole sentir la deliciosa presión de su succión antes de lamer la zona que ha dejado sonrosada por su hambrienta probada. Sus lamidas no rebasan sus labios, solo los delinean como carmín dejándolos húmedos y suaves. Entonces el vampiro le muerde el labio inferior y Liu puede sentir la punzada de los colmillos. Dos manos lo sostienen por la cintura.

De pronto se siente ingrávido y el agarre se atenaza sobre su piel. Está confundido, hasta que entiende que Xander lo ha alzado y sacado del coche con la facilidad con la que uno movería un muñeco de trapo.

El vampiro tira de su labio, las mordidas son solo dolorosas un segundo y, después, lo deliciosa que se siente la lengua húmeda de Xander rodando sobre la sensible zona lo compensa, así que Liu se deja hacer.

Nota la frialdad y la firmeza en su espalda cuando Xander lo pone contra la puerta del coche, nota el estruendo cuando lo empuja tan fuerte que la puerta se cierra de pronto y nota entonces, cuando el vampiro se pega a él, otro tipo de firmeza. Liu le rodea la cintura a Xander con las piernas temiendo caer si no lo hace y se siente diminuto entre el coche y el magno cuerpo que lo sostiene en el aire mientras lo devora.

Los besos de Xander son voraces ahora. Él domina el beso y Liu no se queja. La forma en que el otro muerde sus labios es demasiado buena, tanto que le hace gimotear y jadear y cuando abre la boca el vampiro traga todos esos hermosos sonidos y empuja entre sus labios la suavidad de su lengua. La siente recorrer su boca, chupar la suya propia e incitarlo a que él también se atreva a cruzar la barrera de los labios ajenos. Cuando lo hace, Xander muerde su lengua, juguetón, y el chico se arquea. Sus bocas se separan y se unen, un sonido chicloso y húmedo se forma cuando su carne y su calor vuelven a reunirse con la misma desesperación con la que se habían separado, necesitando aire, así como necesitan más besos.

Liu nota al vampiro empujándose rítmicamente contra su cuerpo, sus caderas rodando de una manera sensual, lenta. Nota su erección fregarse contra su entrepierna de una manera que hace que su vientre arda y que el deseo se derrame por todo su ser como lava caliente. Pero tan pronto como lo hace, el pánico apaga cualquier llama en su interior.

Sabe que el deseo es peligroso: el de Xander, pues es deseo de su dolor, y el propio, porque no le obedece a él, sino a las órdenes del vampiro.

—X-Xander, espera… —murmura el chico separándose del beso. Su voz sin aliento es hermosa para el vampiro y solo quiere robárselo más. Se inclina hacia él, listo para otro beso, pero Liu aparta el rostro ruborizado —espera, espera…

Cuando el vampiro lo mira a los ojos entendiendo sus intenciones, Liu podría jurar que un haz de ira cruza esa mirada roja, incluso si después se suaviza. Xander espera su respuesta, pero Liu se siente paralizado, incapaz de hablar mientras las manos del otro sigan en su cintura y su cuerpo lo clave contra el coche de esa forma tan posesiva.

—Está bien —le dice Xander con delicadeza —, solo besos.

Y con eso vuelve a inclinarse hacia la boca del chico. Liu se alarma, pero esta vez el beso es tan gentil que pronto una oleada de calma lo inunda: son solo los labios del vampiro prensándose contra los suyos. Mientras lo hace, Xander se aleja un poco, dejando que el chico vuelve a poner los pies en el suelo, y aunque le rodea la cadera con las manos, ya no lo sostiene con suficiente fuerza para alzarlo del suelo.

Cuando el vampiro rompe el beso, Liu mira alrededor, su confusión volviendo a él.

—¿Qué hacemos en un bosque? Pensé que esto era una cita.

Xander ríe, medio avergonzado, y abre la puerta del coche para tenderle a Liu una pequeña mochila con agua y bocadillos envueltos con cariño. El chico se enternece al imaginar al vampiro preparándole la comida y baja un poco sus defensas.

—Quería llevarte a un sitio especial —le explica el hombre —, come por el camino. La próxima vez te prometo que será un restaurante.

Liu ríe por el comentario y anda tras Xander. El silencio que se forma entre ambos durante el camino es cómodo, Liu puede escuchar las hojas y las ramas crujir bajo sus pies y eso le agrada, además está ocupado comiendo lo que el vampiro le ha preparado para la excusión como para hablar. Para su sorpresa, Xander es un buen cocinero, detallista incluso, el pan de ambos bocadillos está ligeramente tostado con mantequilla en la sartén, lleva aceite de oliva, no demasiado, sal y tomate.

La lechuga está fresca y crujiente, la mayonesa está tan rica y cremosa que parece casera, el queso está perfectamente fundido y los filetitos de pollo están crujientes por fuera y jugosos por dentro. Liu cocina bien y aun así sabe que tendría que haberse esforzado un largo rato para hacerse un aperitivo tan sabroso.

 

 

 

 

 

 

Capítulo 115

 

Después de andar un buen rato, Liu descubre que han llegado a una zona donde los árboles clarean y la luz de la luna los alcanza como un foco, en vez de como finos hilos que se cuelan entre las hojas de los árboles. El lugar es diminuto y desde ahí Liu no puede ver cómo sigue el camino. Al dar dos pasos, se da cuenta de por qué: es un acantilado.

Desde él puede seguir viendo el resto del bosque más abajo, todo frondoso como una manta y tan oscuro que todos los árboles parecen formar parte de una masa de alquitrán. Cuando se acerca un poquitín más, logra ver en medio del manto del bosque, un claro hermoso donde la luz de la luna se derrama iluminando la tierra desnuda. Desde esa altura, el claro parece del tamaño de una moneda y Liu querría verlo mejor, pero prefiere alejarse lo máximo posible del borde del precipicio. 

Xander lo mira con una ceja alzada, todavía no está ni a cinco metros del borde.

—Acércate un poco más ¿Qué sucede?

—M-me dan algo de miedo las alturas ¡No te rías!

Chilla, rojo de pies a cabeza cuando el vampiro se lleva la mano a la boca para disimular una risa burlona que le burbujea en la garganta.

—Disculpa, disculpa, solo me parece adorable —se excusa todavía sonriendo y todavía haciendo sentir a Liu tan avergonzado por su bobo miedo que el chico se cruza de brazos y hace un tierno mohín.

Xander se acerca a Liu con cuidado y sitúa su mano en su espalda baja, empujándolo suavemente, guiándolo hacia el precipicio mientras sus pasos temblorosos y rígidos parecen no querer avanzar más.

—Tranquilo ¿Confías en mí? —le pregunta y Liu tiene que concentrarse para entender lo que está diciendo, porque su mente es un concierto de gritos desesperados advirtiéndole que se va a caer.

Cuanto más se acerca al precipicio, y ahora sí está realmente cerca, más siente sus piernas volviéndose gelatina. Siente que cualquier brisa podría empujarlo con fuerza hacia el abismo o que el suelo cederá, blando como una montaña de arena, o que simplemente el hecho de tener la vista clavada en ese lugar bajo el precipicio que tan lejos le queda hará que se maree y caiga él solito dando tumbos.

—Eh, u-uhm… —Liu intenta responder, pero siente la boca seca. Xander lo arrastra más y más hacia el sitio y se detiene en el punto en el que si Liu diese un par de pasos, conocería su fin. Lo rodea por la cintura, no con sus manos, sino con su brazo ahora, y Liu se aprieta contra él buscando la firmeza que le falta —C-confío en que no me vas a empujar, pero…

—Oh, pero si ese es precisamente el plan.

Liu alza una ceja, extrañado porque pese a que Xander sonríe no detecta el más mínimo atisbo de humor en su voz

—Muy gracioso —comenta con retintín, pero el otro solo ríe y responde con un tono inquietante.

—No estoy bromeando, Liu.

Su voz es tan seria, sus ojos miran al abismo no contemplando sino… calculando. Liu entra en pánico y se zarandea, tratando de zafarse del abrazo protector de Xander que ahora se siente más bien como una cárcel, pero el otro lo achucha fuerte hasta que sus pies se alzan del suelo y le besuquea el cuello juguetonamente mientras él patalea en el aire.

—Calma, calma, no estoy planeando ningún asesinato. No va a pasar nada.

El vampiro da un paso hacia delante. Uno grande. Las botas de Xander rozan el precipicio de tal manera que unos centímetros de la punta de esta no toca el suelo, sino que se hallan suspendidos. Liu no tiene suelo al que bajar sus piernas.

— Xander, e-espera, espera no hagas nada. Es una caída muy grande para un humano, quizá tú no lo entiendes o has perdido la capacidad de valorar estas cosas, pero yo moriré si me lanzas —Liu habla atropelladamente y su cara, antes rojita como un tomate, está ahora totalmente drenada de color. 

Está bastante seguro de que vomitará los deliciosos bocadillos que acaba de comer.

—No seas bobo, Liu. Vamos a bajar juntos y te mantendré seguro. Vamos, cierra los ojos. —el chico quiere chillarle que no lo mantendrá seguro y que no piensa cerrar los ojos, pero tan pronto el vampiro extiende un pie hacia la nada y Liu siente la vertiginosa sensación de estar cayendo haciéndole un hoyo en el vientre, cierra los ojos de pronto y se aferra fuerte a Xander.

Está tan seguro de que morirá que ni le sale un grito de la garganta. Tampoco es capaz de ver su vida pasar frente a sus ojos, el pánico lo deja en blanco, paralizado. Siente el viento cortando contra su piel, la velocidad lamiéndole el rostro, azotándole el pelo y aproximándolo a un impacto que significa la muerte segura hasta que… hay una suave parada, como si hubiese aterrizado sobre algo blando y agradable o como si se hubiese detenido en el aire.

Abre poco a poco los ojos, dándose cuenta de que Xander está agachado con él en brazos mientras una nube de polvo los envuelve. Ha parado la caída grácilmente con sus piernas y luce una sonrisa arrogante en su rostro porque sabe que Liu está impresionado.

—¿Ves? Te dije que estarías bien.

Liu frunce el ceño, no puede negar que la experiencia le ha llenado el cuerpo de una adrenalina que le hace sentir capaz de volar ahora mismo, pero tampoco va a obviar que hace un segundo estaba aterrado creyendo que iba a ser puré contra el suelo.

—¿Y el infarto que está a punto de darme? —pregunta golpeando al otro con el puño en el pecho, medio enfadado, medio en broma.

Xander ríe y niega con incredulidad, dejándolo poco a poco en el suelo, pero todavía sosteniendo su cintura porque sus piernas siguen tan inestables como las de un venado recién nacido.

Cuando respira el aire fresco y limpio Liu se siente mucho mejor, lleno de energía y fuerzas, las suficientes como para darle al vampiro un larguísimo sermón sobre cómo casi lo mata del susto, pero no dice nada.

 

 

 

 

Capítulo 116

 

Liu observa su alrededor boquiabierto y mudo de asombro. Lo primero que le llama la atención son los árboles que rodean ese claro, las ramas retorcidas, largas y afiladas como garras cerniéndose hacia él como si quisieran atraparlo, pero paralizadas en el tiempo, suspendidas en el aire e incapaces de tocar ese lugar sin hojas donde la luz de la luna se derrama como una cascada de agua vaporosa e ingrávida, como si ella brillase en el cielo no a los ojos del mundo entero, sino solo para ser vista desde ese lugar, para regalarle a ese diminuto pedacito de mundo toda su luz y toda su dulzura.

Las ramas que tratan en vano de formar una cúpula alrededor del claro de bosque no son ya tan tenebrosas cuando Liu las recorre con la vista despacio, minuciosamente: tienen en ellas tan hermosos detalles que bien podría parecer que una criaturilla del bosque, un hada aburrida o un elfo cantarín, ha dedicado sus días a pasearse por ahí y decorarlas con hojas verdes y hermosas y otras amarillas y crujientes que dejan pasar la luz a través de ellas como si estuviesen hechas de ambas, con flores de todos los tamaños y colores, enredaderas que cuelgas como cortinas de blando musgo e insectos grandes, pero sorprendentemente nada amenazantes, que solo aprovechan el silencio y la tenue luz de la luna para limpiar con sus gráciles patas la longitud de unas alas llenas de color.

Más allá de las puntas de los árboles que se retuercen hacia el centro del claro, Liu observa sus troncos grandes y robustos, unos tan pegados a otros que daría la sensación de que se trata no de un bosque frondoso, sino de un impenetrable muro de corteza. Piensa, en ese momento, que posiblemente no haya forma de entrar en ese mágico lugar desde dentro del bosque mismo, sino solo saltando desde el precipicio. Imagina el claro como una sirena que con su hermoso canto atrae a pobres muchachos y muchachas confusos que andan hacia ella, hacia su luz y su belleza, y caen a una muerte segura.

Pero no es hermoso solo lo que rodea el claro, sino que este es también de una belleza magnífica. En él, nada descolla sobre la altura de Liu, mucho menos la de Xander, pero el suelo está cubierto de una homogénea capa de hierba verde salpicada por flores de todos los colores. El aire huele a miel y néctar. Y a frescura, así que Liu repasa mejor el lugar con la vista, hallando entonces el origen de ese olor suave y natural: un pequeño lago justo en el centro de todo: sus aguas son una mezcla hermosa entre azules pálidos y verdes oscuros, entre el reflejo de la luna, tan clara como una moneda de plata, y los opacos nenúfares o el musgo flotante que oculta el croar de tímidas ranas. Liu puede ver pequeñas ondas en las aguas tranquilas y se asoma un poco, con curiosidad, topándose con el aletazo de un pez que nada más verlo corre a las profundidades de ese pequeño mundo a ocultarse. Los ojos de Liu se iluminan contemplando el color blanco y las rayas de brillante naranja en el lomo del enorme animal.

—Esto es precioso… —suspira Liu y se agacha a los pies del lago, asomándose como un niño pequeño a la espera de cualquier alimaña misteriosa salga a su encuentro. Ve su propio reflejo, la luz de la luna perfila la suavidad de sus facciones, la redondez de sus mejillas cuando sonríe, la silueta de su nariz respingona. 

Tras él ve el brillo curvo que delinea los colmillos de Xander y por un instante teme, pero pronto se da cuenta de que solo puede verlos porque el vampiro sonríe enormemente al verlo tan feliz. Liu se agacha un poco más y hunde su mano en el agua, notando que es sorprendentemente cálida y relajante.

—Vengo aquí cuando quiero estar solo. Cuando necesito pensar. —explica Xander sentándose junto a él a orillas del lago. 

Imita al chico hundiendo su mano en el agua y, a diferencia del humano, Xander puede percibir las pequeñas vibraciones en el agua, ondas tan minúsculas que Liu sería incapaz de reconocer, y que le indican cada pequeño movimiento de los pececillos que habitan ese terreno. Se imagina sus aletas suaves barriendo contra el agua, sus ojillos bobos y graciosos. Se pregunta por qué nunca había hecho eso antes, si ha venido tantas veces a ese mismo lago. 

—No lo hacía antes. —añade y en su voz hay un deje de vergüenza que confunde a Liu.

—¿Venir aquí?

—No, pensar en las cosas. Reflexionar. Calmarme. —explica y con cada palabra que sale de su boca se siente más y más ridículo.

Durante su eternidad le ha gustado pensarse a sí mismo como un Dios, pero cuanto más y más le da vueltas, más se da cuenta de que es más bien como un animal salvaje. Una cosa estúpida hecha de garras, dientes y furia, solo que con más fuerza de la que merece y más tiempo en el mundo del que jamás podría aprovechar.

—Siempre me he quitado los problemas de la cabeza haciendo cosas horribles, tan horribles que no me permitan tan siquiera pensar. Ahora a veces disfruto del silencio, de pensar un rato. De ser una persona en vez de una bestia.

Liu aprieta sus labios mientras escucha al vampiro. Mueve su mano bajo el agua y el otro hace lo mismo, los dos sienten las ondas acariciarlos, como si estuviesen intercambiando cariño sin siquiera tocarse.

Xander suena triste y a Liu no le gusta escucharle así, no le gusta saber que nadie está mal, pero nota un estúpido pinchazo venenoso en su interior por la compasión que no puede quitarse de dentro <<¿Te compadeces de quien te ha hecho tanto daño? ¿Es porque sabes que en el fondo mereces todo ese dolor y que él te ha hecho un favor al dártelo o porque eres patético y estúpido simplemente? Sea como sea, al final es culpa tuya>>

—¿Cómo descubriste este sitio? —Xander sonríe y niega con la cabeza.

Liu juraría que el vampiro está ligeramente rojo, pero la luz de la luna y el reflejo del agua lo cubren todo de un tinto frío y plateado, así que no está seguro.

—Es algo ridículo —admite y ríe de nuevo —, perseguía a un ciervo.

Liu enarca una ceja.

—¿Comes animales?

—No debería, no, los de mi especie no comemos animales, pero tenía ganas de matar y… y hace tiempo que intento no hacerlo tanto. No si solo hay buenas personas alrededor, así que vine al bosque y… digamos que el ciervo cayó por el acantilado antes de que lo pudiese atrapar.  Ahí fue cuando vi este lugar.

Liu no puede evitar reír un poco cuando forma esa imagen en su cabeza. Xander, la criatura a la que está seguro de que todos en la ciudad temen, teniendo que salir corriendo para perseguir a animales del bosque. Se lo imagina con un conejo entre sus fauces, meneándolo de lado a lado como hacen los perros con sus juguetes chillones. Liu estalla de risa.

—¡Oye, que puedo leerte el pensamiento! —reacciona Xander, rojo de vergüenza por esa imagen que ha visto en la cabeza de Liu y agarrándolo por el cogote mientras lo regaña.

Liu no puede parar de reír incluso cuando Xander lo zarandea fuerte y sin querer lo tira sobre el pasto tras ellos.

—¡Perdón! ¡Perdón! —se disculpa el chico, todavía riendo un poco, y decide quedarse tumbado en la hierba mientras mira a la luna y la hermosura del cielo estrellado. Xander se tumba a su lado con las manos tras la cabeza. Liu suspira cuando ya no puede seguir riendo y su voz se torna más seria cuando dice —Has cambiado. Me gusta más así. Me gustaría que hubiese sido así desde el inicio.

Xander se muerde el labio, culpable. Si tan solo hubiese cambiado unos años antes, Liu podría ser suyo ahora de una forma en que jamás pensó desear que alguien fuese suyo, podría ser parte de su alma y de su corazón, podría darle su calor en besos en vez de sangre, su vida en palabras hermosas, su piel en caricias. Pero Xander sabe que no ha cambiado porque el tiempo lo haya erosionado, que el resultado habría sido el mismo de conocer a Liu más tarde o más temprano, porque ha sido el chico quien lo ha cambiado. Y él, a su vez, también ha cambiado a Liu.

Se voltea hacia el muchacho ligeramente y le toma del brazo, acariciando la piel suave y lampiña, recordando los cortes, las heridas que él le hizo directa o indirectamente. Siente ganas de llorar cuando recuerda que, hace años, no las sintió al descubrirlo. Sintió solo rabia. Solo irritación porque alguien estropease lo que era suyo.

—¿Sois todos así? Todos los vampiros, quiero decir ¿Sois todos por naturaleza…

—¿Unos seres viles, retorcidos y con una moral monstruosa? —pregunta Xander con una sonrisa agridulce en el rostro.

Liu se tensa bajo las caricias del vampiro y su voz titubea.

—N-no he dicho eso.

—Pero es lo que quieres decir. Y tienes razón. Sí, Liu, por naturaleza somos todos seres deleznables. Olvidar nuestra humanidad no es solo perder nuestros recuerdos, es olvidar la empatía, la compasión, olvidar todo atisbo de moral que hayamos podido aprender durante nuestra vida humana, olvidar qué se siente al formar lazos, qué significa amar a una familia, apreciar a los amigos… y aprender el hambre, el placer. Lo primero que sabemos de los humanos es que nos hacéis sentir bien cuando os hacemos el mal y esa enseñanza es algo que jamás se nos olvidará. —Liu traga saliva, alterado por sus palabras.

Sabe que es cierto, pero a la vez le aterra: si Xander no tiene culpa de su crueldad, entonces esta tampoco tiene remedio. Entonces su dulzura no es más que una cobertura para el amargo destino que le depara. Xander se acerca más a él, tomándolo de la cintura, haciéndolo girar sobre el pasto para que lo mire a los ojos, una mejilla reposando sobre la tierra húmeda, la otra bañada por la luz de la luna

—Pero aunque no podamos recuperar nuestros recuerdos ni deshacernos de nuestros deseos, he aprendido que sí que podemos recordar como… como sentir del modo en que los humanos lo hacéis. Como ser dulces, compasivos. Como querer. —Xander traga saliva y mira a la luna de soslayo, como si fuese una cómplice, un confidente. Luego mira los labios entreabiertos de Liu y susurra —Aquí fue cuando me di cuenta de que estaba enamorado de ti, Liu. Fue donde realmente lo admití para mí mismo. Siento que es especial desde entonces, por eso quería traerte.

Liu lo mira en silencio y por un momento solo se escuchan las hojas crujientes rozando las unas contra las otras en la brisa, el agua oscilando, el viento susurrando. Y la respiración de Liu, acelerada, profunda. El muchacho hace un puchero y siente que sus ojos se aguan de nuevo.

Si Xander le hubiese dicho que no es digno de amor, ni de respeto, que volverá a usarlo y a romperlo y que eso es lo que merece, Liu sabe que suspiraría con pesar y asentiría, porque le es más fácil aceptar eso, que la idea de que alguien puede amarlo de nuevo. De que merezca ningún tipo de amor, aunque sea uno retorcido y sangriento. 

Las palabras de Xander son tan dulces, tan delicadas. No sabe qué hacer con ellas. Ha preparado a su corazón para el filo de una daga hundiéndose, conoce el dolor y lo acepta, incluso cuando su cuerpo lo rehúye, pero la dulzura gotea sobre su armazón sin que se dé cuenta, se filtra por las grietas de su roto pecho y cae sobre su sensible corazón. Lo conmueve de una forma agridulce que no puede explicar.

Las lágrimas ruedan por sus mejillas mientras hace un puchero e intenta no llorar, sin éxito alguno.

—¿Crees que se puede desaprender a amar, igual que tú has aprendido a hacerlo? ¿Qué alguien puede olvidar cómo querer porque no se merece experimentar ese sentimiento?

Xander frunce su ceño, extrañado. Sabía que traer a Liu ahí y decirle tales cosas podía salir mal y ya había aceptado que el chico le chillaría cosas horribles, pero esto… esto es algo que no puede descifrar.

—Liu, Liu ¿Qué dices?

El muchacho niega, confuso y llora más fuerte cuando Xander lleva sus manos a su rostro y le limpia las lágrimas con suma delicadeza. Antes de que pueda darse cuenta de lo que sucede, Liu se inclina hacia él manchándose la mejilla y el cabello de tierra y lo besa. Se paraliza tan pronto sus labios se conectan, pero Xander toma el control.

Coge a Liu de la cintura y lo hace girar, poniéndolo a horcajadas sobre él. Una mano ahí, sosteniéndolo quieto y dócil, la otra en su nuca, apretando hacia abajo para que no rompa el beso. Es lento y dulce, más que antes, porque mientras lo besa puede sentir la amargura de las lágrimas del chico en sus labios. Pero poco a poco se detienen, Liu deja de llorar cuando Xander lo besa lento y superfluo incluso cuando él se ha quedado quieto, dándole pequeños besitos en sus labios, en las comisuras de su boca y en la punta de su nariz.

—Gracias por traerme aquí —susurra Liu entre hipidos —, hacía mucho tiempo que nadie hacía algo bonito por mí. Nunca pensé que lo harías tú —comenta riendo entre lágrimas.

Xander le regala una sonrisa dolida, pero amable, y le besa en la boca una vez más.

—Es tarde, necesitas descansar. Te llevaré a casa ¿De acuerdo?

Liu asiente, lo abraza fuerte cierra los ojos y no los vuelve a abrir hasta que siente el aroma particular de su hogar. Esa mezcla de canela y naranjas que tanto le gusta.

Cuando llegan, Xander le limpia la tierra del cuerpo con un paño húmedo, le llena la bañera de agua caliente y espera en su habitación mientras el chico se relaja en la ducha, a solas. Cuando Liu vuelve a su cama, Xander ya se ha ido, pero el chico sigue notando los besos en sus labios y está confuso, oh, tan confuso, porque no quiere dormirse y despertar a la mañana siguiente, descubriendo que ha olvidado la sensación de esos ósculos.

Se pasa los dedos por los labios. Se pregunta si él sigue siendo capaz de amar. Y se pregunta si sería un error amar a alguien que debería odiar y si es un error ¿Por qué no cometerlo? <<No me merezco hacer las cosas bien. No después del error que ya cometí>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 117

 

Jeremy despierta con una enorme sonrisa cuando nota una ligera presión sobre su regazo y antes de abrir los ojos ya puede oler el pan con tomate y aceite, el jamón braseado y los huevos pochados. El hambre se apodera de tal modo de él que Aidan, entre risas, debe ayudarlo a recostarse para que no tire la bandeja con el desayuno por toda la cama.

—Muchas gracias —murmura el chico todavía amodorrado, remangándose antes de tomar los cubiertos y cortar un gran pedazo de su tostada con carne y huevo. 

Cuando se lo lleva a la boca, no puede evitar hacer un sonido casi obsceno. No recuerda la última vez que comió tan bien. Podría pensar que fue una de esas veces en que sus clientes más ricos y pedigüeños decidieron compensarlo por haber sobrepasado sus límites pidiendo algo sabroso para él al servicio de habitaciones, pero se equivocaría, porque, aunque la comida era buena, no recuerda haberla disfrutado. Recuerda comerla todavía sollozando, rozándose las marcas de quemaduras de cigarro en sus pobres muñecas o lamentándose porque su cuello dolía al tragar por haber sido apretado sin compasión por horas, la marca de la cuerda trenzada todavía impresa en su piel.

—Debo alimentarte bien si quiero comer yo bien —bromea Aidan y Jeremy siente un escalofrío cuando el vampiro desliza un dedo por la curva de su cuello.

—No seas cruel —le replica Jeremy con un tono quejica y haciendo un puchero.

Aidan se inclina con una sonrisa en la cara, limpia las migas que tiene el chico en la mejilla y besa su comisura con dulzura.

—Dos años sin ti me han vuelto frío —otro beso en la comisura. Lento. Delicado. Sus ojos se clavan en los de Jeremy el chico pierde el aliento, el rojo luce tan infernal, tan inhumano. Es la hermosura propia de una serpiente —, tendré que robar tu calor unas cuantas noches más… —ahora el beso ya no tiene la inocencia y la sencillez de sus predecesores.

Es lento también, pero cargado, voraz. Jeremy deja que Aidan pruebe su boca con esmero, que recorra cada curva, cada textura y sabor, que recuerde como se siente pasar la lengua por sus labios entreabiertos, por el cielo sensible de su boca, por la rosada encía. Lo deja recordar cómo besarlo sin herirlo y agradece infinitamente el contacto, la forma en la que el otro lo toca y lo prueba como si quisiera memorizarlo.

Aidan le quita la bandeja medio vacía del regazo y la deja sobre el buró. Ahora es él quien está sobre el muchacho, su enorme sombra engulléndolo, sus manos tomándolo de la cintura para acercarlo a él.

—No seas lujurioso, Aidan —le pide Jeremy entre beso y beso —, ayer fuiste duro conmigo, estoy dolorido —admite con vergüenza. El otro lo mira entre divertido, porque es una confesión bochornosa, y sorprendido, porque no puede tener nunca suficiente de Jeremy y ahora mismo quiere más y más de él —. Oh, no pongas esa cara. Es el precio de no haberte probado yo tampoco en dos años.

—Pero has seguido intimando, aunque sea con otros —admite intentando no sonar tan enfadado como sus ojos y el erizarse de sus labios delatan —, pensé que estarías acostumbrado.

—A otros, sí. Pero tú eres otro mundo—una risilla abandona sus labios cuando agrega: —un mundo donde los hombres son demasiado grandes y posesivos, al parecer, donde os hacen tan bonitos como peligrosos —Aidan no puede ocultar su sonrisa cuando Jeremy le dice y es, en cierta parte, un halago: Jeremy jamás ha sentido lo que siente con alguien que no sea su querido demonio, pero es también cierto que Aidan no solo a quien más desea, sino quien más puedo romperlo bajo el peso de su deseo —. Tú, Aidan, has… en este tiempo ¿Has estado con otros?

Aidan frunce el ceño y suelta un bufido.

—¿A qué viene esa pregunta?

Un segundo más tarde, rueda hacia un lado, saliendo de encima de su presa y prácticamente dándole la espalda. Jeremy lo mira anonadado, antes de empezar a irritarse.

—Tú sabes con quien he estado yo ¡Incluso me dijiste que matarías a mis clientes! ¿Y yo no puedo ni preguntar?

Aidan aprieta los puños. Jeremy tiene razón, pero la pregunta le ofende de todos modos porque no suena inocente, curiosa, sino que tiene el mismo sabor amargo que una acusación. Y Aidan ha hecho muchas cosas malas en su vida, cosas deleznables de las que desearía poder arrepentirse, pero esta no es una de ellas. 

—No habría podido ni aunque lo desease, Jeremy —le replica, su tono es hosco, duro y Jeremy aparta la vista con vergüenza.

<<Y yo no lo he hecho porque lo desease, Aidan>>

De pronto, el pelinegro se siente como un absoluto patán. Conoció a Jeremy porque su deseo lo desbordaba, es lógico que el chico se pregunte que ha hecho con esa gran bestia hambrienta de él por años. Y Aidan, de hecho, pensó en otros chicos. Deseó pensar en ellos de ese modo. Cuando dejó a Jeremy atrás estaba convencido de que no se permitiría a sí mismo verlo de nuevo y una eternidad reprimiendo sus ansias habría sido insostenible, pero descubrió que cada vez que ponía sus manos, su boca e incluso sus ojos sobre un mortal hermoso, la culpa le agriaba la sangre y la pena apagaba su deseo. Durante dos años, no fue capaz de saciar más que su sed de sangre con otros humanos y sus deseos más carnales…

Enrojece cuando lo recuerda. Xander fue de gran ayuda con ello.

Recuerda cuando el rubio, harto de su humor de perros, lo tomó por el pescuezo y lo arrojó al sótano bajo la casa. Lo encerró ahí unas horas, como a un chucho rabioso que necesitase calmarse, y luego entró él con su víctima. Un mortal de rostro angelical y alma de demonio, no tan diferente a ellos en ese sentido, salvo que sin la excusa de un instinto corrupto y una fuerza que hacía demasiado fácil obtener lo que uno quería.

Recuerda a Xander torturando por horas al hombre, tendiéndolo sobre la mesa de piedra empapada de su sangre mientras lo gozaba despacio, sádicamente. En ese momento, cuando Xander le ordenó desabrochar su cinturón y aliviarse a sí mismo, le fue tan fácil seguir las ordenes como si sus manos no fuesen suyas. Jamás tocó a uno de los mortales que Xander tomaba para su diversión, pero ver al rubio disfrutar con el sufrimiento de aquellas pobres almas daba pábulo a su deseo sin tener que mancharse las manos de un tacto que no fuese de Jeremy, así que solo miraba mientras ahogaba sus deseos hasta encontrar una pequeña y deleitosa paz.

Cuando Aidan sale de sus recuerdos ve a Jeremy mirándolo alicaído y no puede sino abrazarlo.

—Perdona —susurra mientras lo envuelve y lo estrecha hacia él —, tienes derecho a preguntar, a saberlo. Siento que hayas tenido que hacer cosas que no querías durante este tiempo, lo siento mucho. No quiero que vuelvas a sentirte forzado a hacer nada nunca más, Jeremy. Nada.

Aidan pronuncia esa última palabra con un tono cargado, mirando intensamente a los ojos de Jeremy. El chico le entiende de inmediato, reconoce la oscuridad en su mirada, los recuerdos a los que pertenece.

—Aidan, te dije anoche que quería seguir dándote todo de mí y lo sigo diciendo ahora. No estás obligándome a nada. Solo necesito…—sus ojos viajan distraídos por el rostro de Aidan y hasta sus colmillos. Traga saliva — acostumbrarme a la idea de nuevo.

El vampiro suspira. Una parte de él se alegra infinitamente de que Jeremy se ofrezca a él de nuevo, pues su sangre es el néctar más delicioso que jamás ha probado y no puede concebir una eternidad sin una sola gota más de él. Pero precisamente por ello, otra parte de él se asusta: le teme a lo mucho que desea beber de Jeremy, pues sabe perfectamente lo fácil que es que tanto deseo lo desborde. Y lo sabe porque tan pronto Jeremy baja despacio el cuello de su pijama y susurra que confía en él, se le hace la boca agua imaginándose al chico bajo él quedándose sin fuerzas mientras lo vacía sorbo a sorbo.

<<No. No otra jodida vez. Respira, Aidan. Cierra los ojos>>

El vampiro sigue sus propias instrucciones. Acaricia con la punta de sus dedos la curva del cuello del chico, ese delicado y tentador lugar que todavía no se atreve a recorrer con los ojos. Suspira lento y profundo.

—¿Quieres que hagamos como ayer? —pregunta inclinándose. Cuando sus lisos mechones rozan el hombro del chico, lo siente temblar y estremecerse. Se tensa cuando es la frialdad de su nariz lo que toca su piel —¿Quieres que siga preparándote para cuando vuelvas a ser mi presa?

Jeremy tiembla otra vez, no por el contacto con Aidan, sino por sus palabras, su elocuencia, su seriedad. Por la forma en que hay algo en la idea de ser la presa de Aidan que le hace sentir un peligroso calor en el norte de su anatomía y a la vez un temor profundo, animal. Un temor que invoca en él los recuerdos de la noche en que Aidan casi lo mató (la indefensión, la traición) y de la noche en que mató delante de él, por él (el sadismo, la frialdad).

—¿P-preparándome? —pregunta el muchacho, algo confuso. Recuerda la noche pasada como un torbellino confuso de placer, dolor y anhelo, de un dolor en su corazón delicioso y a la par amargo. Recuerda la alegría de reencontrarse con Aidan, el miedo a perderlo, a perderse, lo bien que se sentían sus manos, sus besos… lo mucho que supo que los extrañaría si desaparecían de nuevo. Recuerda su boca. Sus labios. 

Sus colmillos.

—Mhm —Aidan hace un leve ruido de asentimiento. Abre sus ojos y suspira sobre la piel ya eriza del chico. Sus labios se posan en el hueco entre su cuello y su hombro y mientras con una mano empuja su espalda hacia él para mantenerlo dócil y expuesto, con la otra baja despacio la manga de su pijama, revelando más que su cuello y su hombro —, ayer no te mordí, no lo suficiente para que sangrases, pero besé tu cuello, te hice sentir dolor, justo aquí —susurra y lame los chupones ahora morados y sensibles que hacen al chico retorcerse —, te dejé sentir mis colmillos contra tu piel. No te morderé hasta que estés listo, Jeremy, y creo que para que estés listo para ello lo mejor sería ir… escalando despacio. Enseñándote poco a poco a volver a acostumbrarte al dolor, a la sensación de indefensión, de debilidad… Recrear cómo se siente ser mordido sin los riesgos que eso entraña.

El chico suspira, aliviado, y debe reconocer que la idea no solo le gusta, sino que le parece la única vía posible. Aidan no ha empezado a prepararlo aún, solo ha besado levemente y ha lamido su cuello, pero aun así su cuerpo es un lío de nervios y no puede imaginar cómo sería capaz de dejarse ser devorado de nuevo.

—Suena bien, me hace sentir seguro —susurra en respuesta Jeremy pues siente que su voz es solo un hilillo y porque entre él y el vampiro se ha creado una pequeña y cálida atmósfera que se siente demasiado íntima como para dejar que su voz escape de ella —¿Qué debo hacer?

—Solo seguir mis órdenes, Jeremy, y ambos sabemos lo muy bien que eso se te da —lo halaga Aidan y al hacerlo acaricia la espalda del chico trazando la columna con sus dedos. Arriba y abajo. La sensación es tan reconfortante que el chico se siente adormilado.

—Solo cuando quiero —responde él con una risilla traviesa que hace a Aidan sonreír con suficiencia, como si viese en la adorable rebeldía del chico un reto que adorará tomar.

Se inclina sobre su oído y su voz se vuelve puros escalofríos tan pronto Jeremy lo escucha:

—Después del castigo que te espera si desobedeces, vas a querer ser bueno para mí.

El muchacho tiembla y asiente, gimoteante. Su tono es rudo y suave al mismo tiempo, una dulce promesa de que será amable siempre que Jeremy lo sea de vuelta, pero una firme advertencia de que, si ambos deciden jugar sucio, Jeremy jamás tendrá la oportunidad de ganar.

Aidan se separa del chico de golpe y de pronto la habitación se siente demasiado grande, demasiado fría.

—Espera ahí —ordena Aidan con una sonrisa confianzuda en su rostro.

Jeremy asiente y ve al hombre rebuscar algo en los cajones del gran mueble oscuro que tiene justo frente a la cama. Se toma su tiempo, como si disfrutase del nerviosismo del chico que llena el aire con el dulzón aroma del miedo y la anticipación.

—Cierra los ojos.

Jeremy asiente y aunque la tentación de desobedecer y entreabrir sus párpados para curiosear es fuerte, el miedo a un castigo lo es más aún. Cierra sus ojos y sin siquiera oír los pasos acercándose hacia él, siente la suavidad de una venda deslizándose sobre sus párpados y acto seguido afirmándose en la parte trasera de su cabeza con un prieto nudo.

Aidan acaricia su mejilla con amabilidad, haciéndole saber que sigue ahí. Nota la respiración del muchacho acelerarse y escucha su ritmo cardíaco hacer lo mismo.

Jeremy ha tenido vendas en sus ojos antes, lo sabe, pero esta vez es diferente. Esta vez no hay un humano deseoso al otro lado de la oscuridad, sino una criatura más fuerte, más grande, con deseos más aterradores. Una criatura que le acaricia las mejillas con manos que conocen mejor la calidez de la sangre que la del afecto. Una criatura que ahora se desliza en la cama y se sitúa detrás de él, que lo abraza y posa sus labios sobre el lugar que una vez fue una herida abierta y roja.

—Las manos en tu espalda —ordena. Su voz tan firme y tan rasposa que la piel de Jeremy se eriza como acariciada por una cuchilla.

Tan pronto lleva sus temblorosos brazos a su espalda, Aidan rodea sus muñecas con fuerza manteniéndolas juntas. Pronto su mano es sustituida por el áspero tacto de una cuerda. Jeremy jadea. Sabe que ser atado no cambia nada, que para Aidan él podría ser un mero juguete e incluso con sus brazos libres estaría irremediablemente a su merced, pero la presión rodeando sus muñecas, la cuerda dejando su piel roja, mordiéndola con aspereza como castigo por cada intento de moverse y la frustración de no poder siquiera cubrirse, le recuerdan a Jeremy esa vulnerabilidad, esa indefensión que a veces puede olvidar porque Aidan es amable con él. Las cuerdas le recuerdan su lugar.

—¿Está bien apretado así? —pregunta el vampiro en su oído y siente el tirón del nudo cerrándose definitivamente alrededor de sus articulaciones. La restricción lo hace envararse, alerta, y un pequeño quejido sale de su boca antes de responder.

—E-está bien, duele un poco, p-pero…

Jeremy se queda sin habla cuando el vampiro, tan pronto lo oye, aprieta más la cuerda alrededor de su piel. Puede sentir el calor de la rojez que se forma bajo sus ataduras ahora dolorosas, la sangre pulsando bajo ellas. No puede ver al pelinegro, pero Jeremy juraría que el hombre sonríe maldad al ver lo mucho que su pequeña diablura lo ha descolocado.

Vuelve a escuchar al vampiro moverse por la cama y, como siente el colchón hundirse, ahora adivina que el hombre debe estar delante suyo. Lo que no espera que es que la profunda, gutural voz suene a meros milímetro de sus labios.

—Estira las piernas.

El chico se estremece, pero hace lo que se le ha dicho y Aidan toma con delicadeza sus dos finos tobillos para juntárselos. Jeremy sabe lo que viene después.

Lo que no espera es que el vampiro lo ate con tanto esmero ahora, deslizando lentamente la cuerda desde sus tobillos hasta casi la altura de sus rodillas, envolviendo la mitad de sus piernas en ese tacto violento, rasposo y autoritario que lo mantiene quieto. Jeremy se ha sentido increíblemente vulnerable y chiquitito desde que Aidan ha atado sus tobillos juntos, pero eso su incomodidad y su nerviosismo no hacen más que crecer mientras el hombre sigue rodeándole las piernas, la cuerda zigzagueando y formando lo que está seguro de que es un bonito patrón sobre la piel enrojecida y apretada. Se siente como si el hombre lo estuviese decorando, admitiendo así con ese gesto que las cuerdas no son más que un bonito complemento, pero que no logran nada que Aidan, con su fuerza y su autoridad, no tuviese ya.

Cuando Jeremy está envuelto en las cuerdas y terminado de atar, Aidan lo empuja contra la cama haciéndolo quedar tumbado bocarriba. Sus piernas bien juntas y sus manos tras su espalda, forzándolo a arquearse de una forma deliciosa que parece ofrecerle su pecho a medio desnudar. Aidan se relame: ha bajado la camiseta de pijama de su humano por su hombro, dejando una manga holgada y las clavículas y el cuello al descubierto, pero quiere ver más de él. Lleva sus manos a la prenda casi delicadamente y sabe que no puede quitársela con normalidad por culpa de las ataduras. 

Así que sonríe. Sonríe y rompe la tela contra el cuerpo de su chico con facilidad. Jeremy se remueve nervioso e incómodo por la violencia con la que el vampiro lo jalonea y lo empuja, tirando de su ropa hasta que la tela se rasga contra su piel dejando la huella de rojos arañazos. Siente el hambre del vampiro en esos gestos, la forma en que lo desenvuelve como un regalo que ansía saborear cuanto antes posible. Hay algo en su facilidad para romper sus prendas que le hace recordar la sencillez con la que también puede romper su piel.

Una vez sin camiseta, Jeremy se halla tumbado en la cama con sus cabellos todos desordenados sobre el cojín como hebras de plata y su pecho blanco y delgado subiendo y bajando rápidamente. Aidan lo observa unos segundos, deleitado. Recorre su pecho y su estómago con los nudillos, notando la suavidad de la piel bajo su tacto.

Aidan cierra los ojos e inhala la empalagosa dulzura en el aire, flotando a su alrededor como pétalos de la más delicada flor.

—Puedo oler tu miedo, Jeremy —susurra despacio, al mismo tiempo que sus nudillos suben por el torso del chico. Por su vientre hundido por la impresión, por su pecho, por uno de sus pezones, que dos de los dedos pellizcan momentáneamente solo para verlo saltar, por sus clavículas. Por su cuello. —¿Qué es lo que tanto temes ahora?

El chico tiene dificultades para formar sus palabras. Aidan se siente como algo más que una presencia física a su lado, se siente como la habitación entera, como alguna especie de poder que ha infectado el aire, que habla dentro de su cabeza, que lo toca desde bajo su piel. La mano que lo acaricia le alza la barbilla con cuidado y le ladea el rostro, haciéndole exponer su garganta. 

—M-me asusta pensar que aprovecharás que no puedo defenderme para morderme —confiesa y tan pronto sus palabras salen de su boca, la idea se vuelve tan real que el chico jadea de la impresión. Su cabeza evoca vívidas imágenes de lo sencillo que sería para Aidan, no tendría siquiera que molestarse en apartar sus débiles, patéticas manos o en sentarse sobre sus piernas para detener su resistencia. Aidan lo mantiene con la cabeza ladeada y, ahora, Jeremy puede sentir una respiración en su cuello —, m-me asusta pensar que sentiré tus labios… y luego tu lengua y luego, l-luego los colmillos y el dolor y… y la debilidad y que no podré moverme n-ni gritar y… y…

—Shhh —Aidan lo arrulla, su voz es una caricia gélida en su cuello y su mano derecha roza la mejilla del muchacho con una dulzura que lo arranca de golpe del oscuro abismo al que sus pensamientos le han arrojado.

El chico solloza y trata de regularizar su respiración de nuevo mientras Aidan lo acaricia. Su venda está húmeda y no se ha dado cuenta de cuándo ha empezado a llorar del mismo modo en que tampoco se da cuenta de cuándo ha parado. Solo sabe que Aidan lo toca de una forma reconfortante y que sus respiraciones suaves en su cuello le hacen sentir extrañamente bien.

—Lo estás haciendo bien, Jeremy, muy bien. Pero aún estamos empezando. No puedes romperte tan rápido, vas a aguantar más para mí ¿Verdad que sí?

Jeremy asiente con la cabeza y hace un pequeño ruidito afirmativo. Sorbe como un animalito olfateando sus alrededores y Aidan lo acaricia ahora en el cabello deslizando sus dedos por las suaves hebras, que hacen que hasta la palidez de su manos luzca oscura en comparación.

—Ahora, voy a poner mis labios en tu cuello, Jeremy, tal y como temías. Sentirás dolor. —el chico se revuelve, incómodo, y unos murmullos de temor abandonan sus labios. Quiere decirle a Aidan que está yendo demasiado lejos, avanzando demasiado deprisa, pero el vampiro lo corta con su voz ronca —Voy a marcar tu bonito cuello y no podrás moverte para defenderte. Pero no te haré sangrar y podrás hablar, pedirme que pare si es demasiado ¿Crees que puedes con eso?

Un suspiro hace el pecho de Jeremy hundirse, como si se desinflarse.

—S-sí ¿Cómo me harás las marcas? Si siento tus colmillos y me duele quizá no puedo…

Aidan lo calla con un casto beso en los labios y el chico se remueve bajo él, incómodo por la forma en que el calor viaja por su cuerpo y él no puede siquiera poner una pierna sobre la otra o las manos sobre su regazo, protegiendo su decoro.

Aidan lame los labios del chico y mira su boca abierta y húmeda con deseo.

—No voy a morderte hoy, solo —de pronto la mano en su cabello se desliza hacia su nuca, Jeremy siente los firmes dedos sosteniéndola, el cuello en su palma, disponible para que el vampiro se lo lleve a la boca como una jugosa manzana y de un muerdo. El pulgar se desliza por la curva de su garganta y presiona en el chupetón que le hizo anoche, logrando que Jeremy se estremezca por el ardor —haré esto de nuevo. Voy a marcarte así una y otra vez, hasta que esté satisfecho. Y tú vas a contar cuantas marcas te hago. Si pierdes la cuenta o si dejas de contar —el dedo se hunde más en el moratón y Jeremy sofoca un grito de dolor. Aidan se relame sintiendo el puso enloquecido del chico bajo su pulgar —voy a dedicar el resto de la noche a castigarte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 118

 

Jeremy siente que el ser al otro lado de la venda no se halla Aidan, sino dos de él: una parte dulce, protectora que se esmera en darle caricias suaves y palabras bonitas cuando se siente inseguro y luego su versión son sonrisa de diablo e ideas maliciosas que le hormiguean en la punta de los dedos. Ahora mismo, el diablo le amenaza con castigarlo toda la noche mientras lo tiene a su merced, cegado por el satín sobre sus ojos y atado de piernas y brazos. Acto seguido, toma el control aquel Aidan amable que hace poco le acariciaba la carita.

Ahora el hombre lo toma con delicadeza entre sus brazos para alzarlo. Lo sienta en una de las orillas de la cama, encarando la puerta de entrada, y él se sienta justo detrás con sus grandes y musculosas piernas abiertas, abrazando las suyas y manteniéndolas cerradas. Su pecho abultado y sus abdominales se prensan contra la espalda del chico y sus manos atadas en el final de esta pueden sentir la firmeza bajo los pantalones de Aidan y como endurece más y más cuando él envara su espalda, obediente y hermosamente asustado.

Aidan lo toma por el cuello de nuevo, su mano envolviéndolo con facilidad, y le hace arquear su columna, atrayendo la nuca del chico hasta que reposa sobre sus fornidos hombros y su garganta queda disponible para su placer.

Empieza a acariciar su tripa trazando leves círculos. La otra mano no es tan gentil, le agarra la cara y se la voltea hacia un lado. El tendón de su cuello resalta deliciosamente y Aidan se inclina hacia él, perfilándolo luego con la lengua. Jeremy jadea y su cuerpo se mueve por puro instinto intentando liberarse, encorvarse, alcanzar una posición que no le haga sentir expuesto y vulnerable, pero Aidan lo fuerza mantenerse quieto para él y da otro largo, lento lametón.

Luego cierra sus labios entorno al cuello del chico y Jeremy siente sus ojos rodar bajo sus párpados tan pronto el primer flechazo de dolor lo alcanza. Siente que su cuerpo se reduce a calor, latidos, dolor; a la sangre que acude a la llamada de los labios de Aidan, acumulándose amoratada bajo la piel a la espera de ser rota. Siente que su ser entero existe solo cuando Aidan lo toca: el placer que sus manos le traen, el hormigueo que su lengua provoca, el dolor que su boca le regala. Aidan se separa de él. La piel de esa zona pulsa y arde y Jeremy ha vuelto a empapar el satín.

—Cuenta las marcas, Jeremy, hazlo en voz alta.

—U-una —titubea el chico, su voz se torna más débil cuando el vampiro cierra sus labios ahora en el hueco entre su cuello y su hombro derecho, esa zona tensa, deliciosamente sensible.

—Buen chico —lo halaga y junto al halago llega un beso en su piel y luego labios que intentan tomar su carne, como midiendo un bocado, y luego succionan dolosamente.

De nuevo, el calor inunda a Jeremy y trata de moverse, pero sus ataduras y, más aún, las manos de Aidan, son implacables y dejan su piel enrojecida en represalia. 

—D-do… dos… —lloriquea el muchacho cuando Aidan se separa de su piel maltratada y la lame, el frescor de su saliva aliviando un poco la ardiente marca que sus labios han dejado.

Aidan sonríe. Jeremy está tan cerca de ser incapaz de contar que casi le da pena. Casi, porque le gusta la idea de que falle incluso si quiere ser obediente. De que se gane un injusto, pero deleitoso castigo.

Durante los próximos minutos, Aidan mismo es quien pierde la cuenta. Está tan centrado en disfrutar de la piel de Jeremy, pero en no hacerlo demasiado que se fía de los números temblorosos que salen de la boca color cereza de su amante. Se centra en saborear la dulzura de su piel, la ternura de su carne y la diversión que le provoca su miedo, así como en esperar y acariciar, darle al muchachito tiempo y espacio para su miedo lo vuelve más sensible, más no desconfiado, para que el dolor remita solo un poco y él pueda permitirse probarlo de nuevo sin cruzar sus límites.

—D-doce… —murmura Jeremy sin apenas voz.

Aidan lame duodécima marca, esta vez en su clavícula, dolorosamente encima del hueso, pero tan bonita destacando en esa zona que ama recorrer con su lengua y dedos. El pelinegro se dispone a ir por el siguiente número, esta vez en la otra clavícula para hacerle a Jeremy dos marcas gemelas en la zona más prominente de esos bonitos huesos, pero algo los interrumpe.

Jeremy se estremece al escuchar los suaves toques en la puerta. Puede imaginar a qué manos pertenecen.

—Adelante.

Jeremy se tensa en sus brazos y su postura se vuelve retraída de nuevo, como intentando convertirse en un ovillo, pero mientras Xander abre la puerta, Aidan lo toma por el cuello y la cintura y lo fuerza a volver a arquearse y echar la cabeza hacia atrás, regalándole al rubio vampiro una deliciosa vista de su cuerpo semidesnudo y del collar de hematomas que adornan su cuello, hombros y clavículas.

Xander sonríe enormemente y se relame, sus ojos recorriendo con descaro el cremoso, blanquecino cuerpo que se le ofrece como un banquete y deslizándose después hacia el rostro extasiado de su mejor amigo.

—Ah, es una alegría verte de nuevo tan… deleitado, Aidan —una sonrisa burlona se pinta en su rostro mientras le hace al humano una reverencia que el pobre es incapaz de ver —Jeremy, es una alegría también verte, en buenas manos esta vez.

—Supongo que no has venido solo a felicitarnos por haber retomado nuestra relación. —replica Aidan con acierto, pero sin molestia alguna en su voz. Mientras habla, acaricia distraídamente el vientre del chico en relajantes círculos y su cuello, pasando sus pulgar arriba y abajo de la sensible y maltratada piel.

—Supones bien —dice el rubio con una gran, colmilluda sonrisa arrogante en su rostro. 

No continúa su frase, solo mira a Aidan con suficiencia y pasea su vista descaradamente sobre el indefenso mortal en sus manos antes de voltearse para cerrar la puerta, con pestillo. Se acerca a la cama, parándose a meros centímetros de la orilla, su altura descollando sobre la de la pareja en las sábanas,

—Supongo, entonces, que te debo un espectáculo, por todos los que me has dado este tiempo.

—De nuevo, supones bien —Xander se sienta en la cama y se inclina hacia los cuerpos semidesnudos de los dos hombres. Apoya una mano en la cama, cerca de Jeremy, su brazo rozando su cintura. El chico se estremece y tiembla, preguntándose si ahora que Xander está en la escena, seguirá teniendo el derecho a detener lo que quiera que sea que sucederá.

—Me gustaría entretenerte, Xander, amaría follar y morder a mi humano ahora mismo. —susurra sobre el cuello de su pobre presa. Un largo silencio le sigue a su propuesta, uno en el que ambos vampiros ríen por las enternecedoras reacciones de Jeremy, que friega sus muñecas y tobillos contra las ataduras, su cuerpo rogándole que escape de esa situación que no podrá tomar. Aidan se compadece al final, añadiendo: —Pero eso no sucederá esta noche.

—¿No? —Xander alza una ceja, divertido, y se inclina más hacia su antiguo pupilo. Su rostro está ahora a meros centímetros del de Aidan y al hablar su aliento frío se derrama sobre el desnudo cuerpo del humano —¿Y qué tal si te lo ordeno? —la voz de Xander es desafiante y segura de sí. Sonríe cuando ve la nuez de Aidan moverse al tragar saliva.

—Vamos —responde el pelinegro nervioso, Xander lo toma de la nuca desde atrás, acercándolo más a su rostro. Le gusta ver bien de cerca la forma en que los ojos del otro vampiro danzan entre los suyos cuando está pidiendo —, no me obligues a ser desobediente, justo estoy tratando de enseñarle a mi precioso humano lo contrario.

—¿Y qué mejor forma de enseñarle a someterse que con sexo y sangre, cachorrito? ¿Acaso has olvidado lo divertido que es tomar esas cosas de los mortales? —mientras habla, los ojos de Xander no abandonan ni por un solo momento los de Aidan, pero los de este sí lo hacen: baja su vista hacia el largo, pálido dedo de Xander, pues lo posa sobre el pecho del chico y lo desliza despacio todo el camino por su abdomen y hasta la orilla de sus pantalones de pijama, empezando a bajarlos hasta descubrir los huesos de su cadera.

—Xander —es un susurro, pero tiene la vibración, la ira de un rugido. Xander se detiene, no porque la advertencia lo apoque, ya que sigue teniendo su sonrisa altanera en su rostro, sino porque respeta a su amigo, aunque no retira el dedo hasta que Aidan baja la vista con docilidad y añade: —, por favor. No hoy.

—De acuerdo, pero quiero saber por qué —ordena, su voz amable, pero su mirada aun firme, diligente.

—No tomaré su cuerpo hoy, porque lo hice ayer y todavía necesita descansar. Y no tomaré su sangre aún, porque mi error le ha dejado secuelas y eso es precisamente lo que intento sanar ahora mismo.

—Oh, como una… terapia de exposición. —Aidan asiente, agradeciendo que su amigo lo comprenda. Le preocupa cuando el otro sonríe grande, sus caninos e incisivos realmente largos y afilados —, entonces ¿Qué forma más útil de acostumbrarlo a los colmillos que exponiéndolo a dos pares, en vez de a uno? —Xander ríe con malicia al ver el nerviosismo en los ojos de Aidan, pero le da una reconfortante palmada en el hombro cuando ha terminado de burlarse —No necesitas mirarme así, bromeo. No pondré mis colmillos en tu presa, no a menos que me lo permitas. Aun así, quiero ese espectáculo que me debes y no me iría nada mal verte ser suave y moderado con tu humano, pues quiero aprender esa misma delicadeza ahora que Liu vuelve a ser mío.

Xander libera la nuca de Aidan y se apoya un poco en el cabecero de la cama, reclinándose hacia atrás para observar y darle más espacio a sus dos títeres. Aidan, ahora más tranquilo, sonríe con lascivia y besa despacio el cuello de su humano antes de susurrar en su oído:

—En ese caso ¿Qué me dices, Jeremy, vas a enseñarle a Xander lo bueno y obediente que eres para mi aunque estés asustado? ¿Vas a hacerme sentir orgulloso?

Aidan encuentra divertida la manera en que su humano se sonroja y asiente porque la vergüenza no le deja siquiera usar su voz. Después de todo, sabe que Xander lo folló en el pasado y, aun así, se muestra pudoroso y su corazón da un vuelco. Le gusta la idea de que lo que tienen es tan íntimo y especial que el muchachito se sonroja al pensar en mostrarlo ante un público.

Xander entonces se aleja del rostro de su amigo y le da algo de espacio para operar con su presa. Por lo que ve, la camisa del chico yace rasgada a un lado y su cuello, enrojecido y húmedo, lleva un buen rato siendo el objeto de fijación de Aidan.

Ahora sus manos pálidas y expertas se dirigen al elástico del pantalón que impedido a Xander tocar. Alza una rubia ceja cuando lo ve deslizándolo hasta revelar que el chico no lleva ropa interior. Puede ver su pubis lampiño, con apenas algo de vello blanquecino, y el inicio de su ahora suave y tranquila virilidad.

—Pensaba que no ibas a follarlo. —dice con todo divertido, una nota de interés resalta en su voz.

—No lo haré, pero la obediencia debe ser recompensada.

Y con esa frase, Aidan baja por completo los pantalones de Jeremy y revela su intimidad, flácida por los nervios. Aunque piensa cambiar eso.

—Explícale a Xander lo que estaba haciendo hace unos minutos, antes de que él llegase. —ordena el vampiro más joven, sus largos dedos acarician la ingle del chico y su hombría se estremece, empezando a despertar.

—E-estabas… estabas marcándome. Y-yo tengo que contar las marcas. —admite Jeremy con un hilillo de voz.

—¿Qué castigo te daré si te descuentas?

—N-no lo sé. 

—¿Alguna sugerencia? —ahora Aidan mira a Xander, que le corresponde con una mirada donde algo lascivo e insaciable relampaguea.

—¿Crees que tu bonita presa puede tomarnos a los dos a la vez?

Aidan ríe y niega pensando en la idea. En cuán imposible le parece, pero también cuan deliciosa: imagina la estrechez de Jeremy, los bonitos, desesperados sonidos que saldrían de su boca, la forma en que notaría contra su hombría la de Xander, su firmeza deslizándose a un ritmo brutal y cruel, sus manos fuertes, una sosteniendo a Jeremy quieto, la otra posiblemente dedicada a dirigir sus movimientos y su voz, oh, su voz ordenándole como follar a su humano. Exigiéndole ir más deprisa cuando ambos se hayan corrido y estén agotados y sobreestimulados, ordenándole ir más despacio cuando el orgasmo esté cerca y la frustración sea una deliciosa tortura.

Aidan traga saliva y niega.

—Aún está reacostumbrándose a tomarme a mí, aunque en el futuro, con el entrenamiento adecuado… ¿Qué me dices, Jeremy? ¿Te gustaría algún día demostrar lo bueno que eres sirviéndome a mí y entreteniendo también a Xander con tu cuerpo?

La oferta alarma al chico, ambos pueden percibirlo en sus latidos enloquecidos. Recuerda cuando Xander lo tomó aquella noche, tiempo atrás, con la misma violencia y desdén con la que más adelante pretendió matarlo. La idea le hace sentir pequeño e indefenso, como las cuerdas alrededor de su cuerpo, como la boca de Aidan contra su cuello, pero reconoce que Xander luce más amable ahora. Más doméstico, si es que una bestia como él puede ser algo más que un salvaje.

—U-uh, no lo sé, suena como demasiado, e-es demasiado para mí, creo, q-quizá podrá…

—No hace falta que te decidas hoy, cosita. Lo estamos asustando Xander, creo que será mejor volver a lo de antes ¿Por dónde íbamos, mi bonita presa?

—D-doce mar¡ah!

Los ojos de Xander se abren con interés cuando Aidan no deja al pobre humano ni terminar su frase. Pega sus labios a una zona ya amoratada y húmeda de saliva de su cuello y chupa ávidamente, torturándolo sobre su piel sensible y ardiente y que parece a punto de sangrar.

A Jeremy le cuesta respirar mientras Aidan succiona cruelmente su tierna carne, pero el vampiro es tan malo como amable, así que le acaricia con delicadeza el vientre y las caderas y su mano lo ayuda a relajarse en sus brazos y tomar pequeñas bocanas de aire entre los gimoteos de dolor.

Aidan se separa de su cuello, la zona está tan púrpura que casi parece negra.

—Tre…ce… —solloza Jeremy y Xander está disfrutando enormemente del sufrimiento del chico a la vez que se pregunta si su sensible amigo no siente pena por él, hasta que descubre que la entrepierna de Jeremy está ya dura y roja en la punta, empapada de placer.

Se pregunta si Jeremy siempre fue masoquista o si Aidan le ha enseñado a ser así. Si él podría despertar las mismas cosas en Liu, con la delicadeza necesaria.

—Estás llevando la cuenta tan bien, siendo tan bueno… ¿Estás cerca de tu límite, Jeremy? —la pregunta es tan amable, tan dulce, que Jeremy no espera que el vampiro le impida responder.

Y sobre todo no espera que lo haga envolviendo su pene en su puño y masturbándolo firme, lento y tortuoso.

—Te he hecho una puta pregunta, Jeremy —el tono de Aidan cambia. Impaciente. Enfadado. Puede sentir la oscuridad en su voz, la amenaza vibrando bajo ella.

Aidan detiene su puño en la entrepierna de Jeremy, dejando su cabeza rosada y húmeda sobresalir de este y traza círculos en ella con el pulgar.

El chico se retuerce, su sensibilidad siendo  tocada de ese modo apenas le deja responder, pero sabe que debe hacerlo.

—Mhm… —gime, incapaz de darle una sola palabra a Aidan, pero el vampiro es exigente, así que su dedo, tan grácilmente acariciando la sensible punta de su eje, es ahora cruel: sigue su movimiento, apretando dolorosamente contra esa carne húmeda y arrebolada. La yema del pulgar se desliza por la hendidura de la cabeza de su miembro, recogiendo el líquido cristalino y pegajoso, empujándose un poco, presionando esa delicada apertura hasta que Jeremy casi grita y sus piernas se sienten de gelatina.

—Háblame con palabras, no con putos ruidos. Hazlo bien.

—S-sí… Ai…Aidan, estoy cerca de mi límite, por favor, no sé cuánto más podré…

—¿Duele mucho? —pregunta lamiendo su cuello, su larga, carnosa lengua presionando intencionalmente contra todas las marcas violáceas con la que sus labios han marcado su piel.

—Sí… duele… Aidan, por favor…

—Pobre cosita —murmura con fingida pena, su tono burlón es humillante, pero el dolor de su lengua recorriendo sus moradas clavículas y de su puño subiendo y bajando despacio en su entrepierna son demasiado buenos. Jeremy empieza a sentirse cerca de algo más que el límite de su umbral de dolor. —, entonces te daré tu recompensa por haber sido obediente. Pero no podemos parar hasta que hayas obtenido tu premio, Jeremy, así que voy a seguir jugando contigo hasta que termines. Si duele mucho, si no puedes más y necesitas que deje de hacerte daño, entonces sé bueno y córrete.

Jeremy no tiene tiempo a replicar, a escupirle a Aidan cuan malo e insidioso es por decirle que él puede detener todo eso cuando la realidad es que el poder está en sus manos, en su mano derecha, para ser precisos, que se mueve agónicamente despacio cuando Aidan lo vuelve a marcar, impidiendo que la intensidad del dolor y el placer se fundan y que Jeremy se corra. Su mano aprieta la base del pene del chico cuando lo siente estremecerse y el orgasmo se siente cerca pero tan imposible que Jeremy no puede sino lloriquear de desesperación.

Aidan se aleja de la piel del chico cuando Xander se inclina sobre el cuerpecillo blanquecino. Jeremy susurra un <<catorce>> que ambos ignoran mientras sus miradas chocan.

—Se lo está dejando demasiado fácil —lo regaña Xander y Jeremy lloriquea porque no, no es malditamente fácil contar todas y cada una de las ardientes, lacerantes marcas que su amante le hace cuando está prácticamente luchando para mantenerse consciente, para no dejarse hundir en la negrura, en la paz del mar de la inconsciencia, que lo alejará con sus suaves olas de ese mareante vaivén de dolor y placer.

Xander abre su boca grande y saca su lengua empapada en saliva. Jeremy no puede verlo, pero lo sabe cuándo la caliente, viscosa saliva de Xander se derrama justo sobre el puño de Aidan que tiene su pene atrapado y por cada movimiento su eje se llena más y más de esa humedad enloquecedora que hace que la fricción sea deliciosa y que los dedos de Aidan se deslicen por su hombría a placer. 

Aidan contempla maravillado los labios rojos y húmedos de Xander, su larga lengua y sus colmillos, más grandes que los propios. Traga saliva cuando su maestro cierra la boca en una pilla sonrisa y se relame. Después se inclina hacia el pecho del muchacho y besa su piel, todavía intacta y del color del suave y dulce praliné.

—Será más divertido hacerle contar varias marcas a la vez.

Aidan asiente convencido por el tono autoritario y hosco de su maestro y por los deliciosos lloriqueos que emite su presa al escuchar la idea. Lo siguiente que Jeremy sabe es que no nota ya una, sino dos bocas probando la ternura de su piel. Una en el maltrecho y delgado cuello, otra en su pecho, peligrosamente cerca de su pezón.

Aidan y Xander pasan varios minutos chupando ávidamente el cuerpo del muchacho, llenándolo de marcas como si el objetivo fuese no dejar ni un centímetro de su piel conservar su casto color original.

Jeremy, para cuando Xander ha dejado ya tres marcas y Aidan sigue por la segunda, he perdido tanto la cuenta como la capacidad de que sus labios emitan algo más coherente que un agudo, desesperado gemido. A ningún vampiro le importa, ambos se divierten alimentándose del dolor de ese pobre masoquista que se arquea y se retuerce contra sus ataduras cada vez que siente el orgasmo cerca y acto seguido la presión y la firmeza de los dedos de Aidan impidiéndole llegar al clímax, prolongando su tortura.

—Suéltalo —ordena Xander de pronto y su mano envuelve la muñeca de Aidan, con la que masturba a Jeremy rápido cuando quiere darle esperanzas y escuchar su voz alta y aguda y lento cuando desea oírlo llorar y rogar. Aidan mira a Xander extrañado, sus labios todavía pegados a un punto dulce del hombro del humano, su lengua pasando una y otra vez por el hematoma que acaba de formar —, va a correrse sin ser tocado. Solo por el dolor de que su amo lo marque.

Jeremy jadea y empuja sus caderas hacia arriba, excitado y aterrado a partes iguales por la idea. Aidan sonríe y Jeremy puede sentir el gesto sobre su piel, la despiadada forma en que los labios del otro se curvan. Aidan suelta su pene, que se agita en el aire, duro y suplicando por atención. La punta está roja de tanto ser fregada para arrancarle sonidos incoherentes y las venas alrededor de su eje se han hinchado por cada cruel apretón que Aidan le daba para arrebatarle su merecido clímax.

—Márcalo otra vez —ordena Xander, su voz terriblemente grave y dominante, su mano envolviéndose en los cabellos azabache de su pupilo, empujando su cabeza contra el cuello del muchachito en el lugar exacto donde el vampiro hundió sus colmillos la noche que casi le arrebata la vida —, fuerte. Haz que duela de veras.

—Tan cruel… —sisea Aidan, pero en su voz Jeremy no halla compasión alguna a la que agarrarse, solo una fría complicidad, un hambre de dolor abrumadora.

Aidan mira a Xander a los ojos con agradecimiento, destellea en el rojo infierno de su iris el mismo brillo diablesco que cuando cruzan miradas mientras se bañan en la sangre y los lloros de sus víctimas. Ahora, sin embargo, no dejan que esa chispa arda consumiéndolo todo. La llama los hace sentir calientes, vigorosos, pero deben controlarla si no quieren reducir a cenizas al pobre mortal entre sus manos.

Aidan cierra su boca alrededor del lugar donde la marca de sus colmillos estuvo algún día. Jeremy siente los labios, la lengua. Y después la terrible presión que le hace creer que mil agujas penetran la blandura de su piel. Se muerde el labio intentando no gritar y los tobillos se le descarnan por su vano intento de fregar sus piernas y hallar algo de alivio para su polla, que se balancea desatendida en el norte de su cuerpo.

Xander empuja sus gruesos dedos dentro de la boca de Jeremy, abriéndosela de pronto, dejando escapar de ella los desesperados, crecientes sonidos agudos y llorosos que emite por cada segundo que Aidan chupa más y más su piel, torturando su anatomía, mandando descargas de dolor por todo su cuerpo.

—Sé bueno, humano, deja que Aidan escuche tu patética voz mientras te corres pensando en ser mordido por él.

La idea hace gemir a Jeremy de una forma tan vergonzosa y alta que siente que se pondría totalmente rojo si todo el calor de su cuerpo no estuviese ya acumulado entre su hormigueante erección y el pedacito de él que Aidan chupa y lame con crueldad.

El chico se siente atravesado por una descarga de placer o de dolor, es incapaz de distinguirlo, pero sabe que es algo rápido, devastador y que deja a su cuerpo demasiado sensible, tanto que gime sintiendo las respiraciones de Xander contra su cuello, el cabello de Aidan rozando uno de sus hombros, la cuerda hincándose en los huecos de sus huesudas y enrojecidas articulaciones. Tiembla sin control, su cuerpo recorrido por pura electricidad, la presión formándose en su vientre, bajando por su pelvis, tornándose tan insoportable en sus caderas, sus ingles, en su ardiente centro, en…

Jeremy no puede más. Gime y se estremece mientras nota su pene escupir descarga tras descarga de placer, mientras siente los labios de Aidan apretados contra él, su lengua lamiendo el caliente, latiente dolor de su cuello. Mientras imagina los colmillos, los labios teñidos de sangre de Aidan, su engreída, atractiva sonrisa. 

Cuando Aidan se separa de su piel, susurrándole en el oído algo que no escucha bien porque es como si tuviese algodón en los oídos, pero que va por la línea de que es un buen chico, de que lo ha hecho genial y es delicioso, Jeremy se siente derretirse. Piensa que escapará de sus ataduras porque ahora no es ya carne y hueso, sino un charquito de lágrimas, sangre, sudor y placer líquido. Pero Aidan lo toma entre sus brazos, recordándole su firmeza, la existencia de su cuerpo y lo sensible que está, pues sus manos se sienten como hierro caliente y la cama sobre la que lo deja, como espinas.

Una mano grande y fuerte recorre su abdomen, recogiendo todas las deliciosas gotas de su placer blanco y no puede verlo, pero es la mano de Xander, que empuja con sus dedos empapados del viscoso líquido los labios de Aidan. El pelinegro abre su boca y deja que Xander empuje sus dedos empapados de su orgasmo hasta su garganta, con su otra mano le sostiene la nuca de su pupilo, lo mantiene en el lugar mientras nota su lengua dócilmente limpiando sus dígitos. Cuando los retira, ahora empapados de la saliva de Aidan, Xander lo mira complacido.

—Tú y tu humano sois un pasatiempo delicioso —lo halaga y mira al muchacho que yace en la cama, todavía temblando, jadeando, recuperándose del devastador orgasmo mientras las manos de Aidan alternan entre deshacer los nudos de las prietas cuerdas y mimarlo para que se tranquilice y no se ahoga con su propia saliva —, os dejaré solos ahora, no querría entrometerme en un momento íntimo.

Aidan le sonríe y niega con la cabeza. Xander es dominante y siempre obtiene lo que desea, pero aprecia que conozca algunos límites, que reconozca que Jeremy necesita un descanso y que una vez la venda desaparezca de sus ojos, es a Aidan y solo a Aidan a quien necesita ver.

El pelinegro retira todas las ataduras de su pobre chico, mostrando como estas han dejado sus muñecas y tobillos enrojecidos, en sus gemelos y sus pantorrillas Aidan todavía puede ver el patrón trenzado de la cuerda. Le retira poco a poco el satín de los ojos a Jeremy, revelando sus pestañitas perladas en lágrimas y sus iris azules todos aguados.

Aidan se inclina para abrazarlo y besarlo suavemente en la boca.

 

 

 

Capítulo 119

 

—¿Cómo te sientes? ¿Ha sido demasiado?

Jeremy necesita unos minutos y unas agradables caricias en su cabello antes de responder.

—Ha… ha sido intenso, Xander me ha preocupado al inicio, pero ha… me ha gustado —reconoce el chico, todavía avergonzado y confundido por la forma en que su cuerpo reacciona al dolor, aceptándolo con los brazos abiertos incluso cuando lo deja lloriqueando y hecho un lío —. Me he sentido seguro en tus manos, me siento mejor r-respecto a ser mordido… en el futuro.

Aidan estrecha al humano contra él con fuerza y le besa la frente.

—Ahora ¿Qué tal si dedico el resto de la noche a tratarte como una cosita frágil y preciosa, ya que he sido rudo todo este rato?

Jeremy asiente de buena gana, jamás desperdiciaría una oportunidad de ser consentido. Y Aidan se dedica el resto de la noche a bañarlo en afecto y delicadeza. Primero se dan un baño juntos. Aidan lo hace salir de la bañera y lo aguanta de pie rodeando con un brazo su cintura para ponerlo frente al espejo mientras lo enjabona. Limpia todas y cada una de sus marcas de propiedad tallándolas con esmero, como si buscase pulir el jazmín de su piel, y obliga a Jeremy a contarlas de nuevo una y otra vez mientras las limpia, mientras las aclara y, luego, mientras les aplica una crema de aloe vera que refresca su acalorada piel.

Luego lo tumba en la cama y unta pomada en las rozaduras que la cuerda ha dejado en su piel. Tiene cuidado de no herirlo de nuevo, así que pasa sus dedos por todos sus contornos con sumo mimo y, al final, desliza unas bonitas prendas por el cuerpo recién lavado y secado de su humano: unos deliciosos pantalones tejanos cortitos que se ajustan a su cintura y una camisa blanca de manga corta a la que no solo le desabotona los primeros botones, sino que los arranca mientras mira a Jeremy intensamente y dice:

—Jamás voy a dejar que te cubras mis marcas. Que ocultes que eres mío.

El chico se estremece y el vampiro luego lo ayuda a ponerse calcetines y unos zapatos deportivos antes de bajar y sentarlo en su regazo mientras lo alimenta con un bocadillo de pavo y un zumo de naranja que exprime él mismo, para que Jeremy lo beba fresco. El muchacho no puede evitar fijarse en cómo el cuchillo luce de juguete en las enormes manos de Aidan y en cómo cuando aprieta las mitades de naranja contra el exprimidor para sacarles el jugo, los tendones y las venas de sus hermosas manos descollan. Aidan lo atrapa mirándolo y le rodea el cuello con una de sus manos, firme, pero sin apretar. Empuja el vaso contra sus labios y nota en la mano que le rodea el cuello como la nuez del chico se mueve mientras bebe, como le late el corazón también.

Cuando han comido y reposado viendo una película, Aidan toma al chico de la cintura, lo levanta del sofá en volandas y le informa de que darán un paso.

—Estoy cansado, más que eso, agotado —se queja el chico y acto seguido finge dormirse en los brazos del vampiro, con ronquidos incluidos.

—Tienes que salir, es bueno para ti. —rebate con dulzura —Además, quiero que luzcas las bonitas marcas que te he hecho.

—La gente me mirará raro. —se queja Jeremy, pero sus manos pasean por el collar violáceo que lleva impreso en la piel. La sensibilidad de su dermis le hace tener un escalofrío, recordar la boca de Aidan contra su fragilidad, su lengua, sus colmillos. No puede evitar ponerse un poco rojo.

—Les arrancaré los ojos entonces. —responde Aidan felizmente. Sostiene al chico con una mano ahora, pues la otra la usa para empujar la maciza puerta.

—¡Basta ya! -lo regaña y le tira del pelo como reprimenda, pues sabe que eso le dolerá más al vampiro que si golpea su pecho o su brazo con el puño —Sé amable por un minuto, no mutiles a nadie. No es tan difícil.

—Oh, llevo siéndolo unas horas —bufa Aidan. El vampiro cierra la puerta tras de sí y deja delicadamente al chico de vuelta sobre tierra firme —¿Quieres que pare y te de caza por toda la ciudad?

Jeremy se lleva dramáticamente una mano a la frente, pone los ojos en blanco y saca la lengua mientras finge desmayase.

—Me rindo. —dice agitando una banderita blanca imaginaria en su mano después de que Aidan lo acune entre sus brazos para evitar que caiga.

El vampiro toma una de las mejillas del chico y se la estira con fuerza, hasta que se queja y reacciona, poniéndose de pie por fin él solito. Jeremy refunfuña algo mientras mira a Aidan con cara de pocos amigos y se soba la mejilla pellizcada.

—Que poco instinto de supervivencia —se burla Aidan, riendo un poco y negando con su cabeza con sus manos en sus caderas —. No sobrevivirías ni un minuto si fueses el protagonista de la película que acabamos de ver —se echa a andar, Jeremy le sigue, todavía enfurruñado y dando pisotones sonoros como un niño —y eso que te has pasado las dos horas chillándole que era idiota y que se iba a morir por ello.

Jeremy abre su boca en una gran O de incredulidad y se señala a sí mismo, como ofendido porque el vampiro le diga esas cosas.

—Si fuese el protagonista la película habría durado dos minutos, tengo más instinto de supervivencia que tú. Si te volvieses humano y ambos fuésemos parte de esa película estoy bastante seguro de que tú morirías primero —le replica con ganas, empezando a pasear a su lado ya sin rastros de su enfado (aunque con la mejilla aún un poco colorada) y tan sumido en su parloteo que no se da cuenta de que las pocas personas que hay en la calle le miran con cara de espanto, como él mismo había predicho —Además, ahí el asesino era humano. Una cosa es huir de ti, pero a un asesino de mí mismo tipo estoy bastante seguro de que podría ganarle. 

—Un humano con una motosierra —corrige Aidan alzando una ceja.

Jeremy rueda sus ojos y hace un gesto con la mano, como restándole importancia.

—Yo también puedo comprarme una.

Aidan no puede evitar esbozar una sonrisa y lamerse los labios para intentar disimular lo divertida que se le hace la idea de Jeremy intentando usar una bestia de metal sin antes provocar algún tipo de accidente.

—Te cortarías una pierna intentando usarla.

—Pues compraré otra pierna. —Jeremy se encoge de hombros.

—Acabarías sin dinero. Y sin extremidades. Dudo que eso hable bien de tu instinto de supervivencia.

—¡Exacto! —dice Jeremy de pronto, casi cortando al vampiro. Alza su dedo índice como listo para exigir silencio y hacer espacio a una explicación magistral y sus ojos se iluminan como si alguien acabase de iluminar una diminuta bombilla dentro. —Me quedaría sin dinero, así que mis deudas me llevarían a defraudar a hacienda y me llevarían a la cárcel y ¡boom! esa es mi estrategia. El asesino de la motosierra jamás vendría a por mi a la cárcel, sería demasiado arriesgado y lo pillarían.

Aidan ríe suavemente y rodea la cintura del chico con su brazo derecho. Él también está centrado en la conversación que ha dejado de atender al hecho de que están pasando por una calle iluminada por decenas de bares y que, en ellos, los comensales los miran con ojos y bocas bien abiertas, cuchicheando entre ellos, incluso señalando con el dedo.

Al inicio Aidan estaba escuchando alguno de esos bisbiseos, distinguiendo en ellos plegarias apenadas por Jeremy, a quien muchos creían una víctima que había caído entre sus redes, pero también insultos que decían que ese pobre muchacho lo merecía, por juntarse con quien no debía, por andar buscando precisamente lo que acabaría encontrándose si seguía hundiéndose más y más en la boca de lobo.

Pero Aidan acaricia la cintura de su chico y le mira a los ojos. El mundo parece callarse a su alrededor, y solo se centra en pensar una respuesta ingeniosa, porque Jeremy merece toda su atención, no ese rebaño de humanos charlatanes que se atreven a poner sus ojos sobre su chico y hablar de ese modo de él. No, ahora no tiene tiempo para atenderlos. Quizá otra noche en la que tenga unos minutos extra. Un poco más de hambre.

—Quizá es parte de su plan: que lo encarcelen contigo para así poder matarte. En vez de cortarte con su motosierra, quiere darte caza y disfruta de perseguirte, así que te deja acabar entre rejas unos meses a solas, para que te confíes, y luego comete un crimen menor para acabar en una celda cercana a la tuya y acabar contigo.

Jeremy tuerce la boca y entrecierra los ojos dejando ir un pequeño ‘’hmmm’’ pensativo.

—En la cárcel no tendría su motosierra. Estaríamos en igualdad de condiciones. —responde triunfal.

Aidan le sonríe con malicia:

—A menos que alguien se la envíe.

—No la podrían disimular.

—Quizá si la ponen en una tarta…

Jeremy chasquea la lengua y niega su cabeza con fuerza, descartando la idea de inmediato como si la situación requiriese de una respuesta verdaderamente seria:

—Tendría que ser una tarta gigante, como una tarta de bodas ¿Por qué enviarían eso?

Aidan piensa por unos segundos más, hasta que él también es capaz de responder con algo medio estúpido y medio ingenioso a la par:

—El asesino se casaría contigo para poder obtener esa tarta con motosierra que un cómplice le enviaría desde fuera. Como tú solo cometiste un crimen para ir a la cárcel y escapar de él tendrías un buen comportamiento y como él fingiría haberse enamorado de ti y finalmente haberse redimido, él también tendría un comportamiento ejemplar. Los guardias pensarían que vuestra relación es algo bueno, que el amor os ha reformado y ya no sois tan criminales, así que harían la vista gorda y os dejarían tener una tarta de bodas gigante. Pero todo sería parte de su plan, para obtener de nuevo la motosierra y luego matarte. Una historia llena de redención, traición y giros de guion inesperados.

Jeremy mira a Aidan impresionado, con sus labios rosados abiertos en un adorable círculos y parpadeando lento, como si le costase procesar toda esa información. Después de un ratito, Aidan empuja la mandíbula del chico para que cierre su boca y ambos ríen por lo ridícula que es su conversación y Jeremy alza sus manos en son de paz.

—Me rindo, pero es una buena idea. Paténtala antes de que alguien te la robe, yo vería esa película.

Aidan niega y se inclina para darle a Jeremy un beso en la mejilla. Algunos curiosos siguen mirando, ahora mucho más confundidos que antes. Ver a un vampiro paseando con un humano no es algo tan inesperado, mucho menos si el humano está lleno de marcas de violencia alrededor de su pobre cuello, al fin y al cabo, algunos vampiros conducen a sus víctimas a patita al matadero en vez de echárselos al hombro y llevarlos atados y amordazados. Pero lo que sí es inusual es ver a un vampiro acariciar así la cintura de un humano, estrecharlo cerca y darle un sin fin de pequeños besos en su mejilla hasta hacer al chico enrojecer y reír porque su cabello le hace cosquillas.

—Tú serías el único que iría a verla. Tienes un mal gusto imposible de replicar.

Jeremy se molesta un poco por el comentario, así que pone la palma de su mano en la frente del otro e intenta empujar su cabeza, librándose de los besos que el otro deposita en su mejilla, pero Aidan lo atrapa con más fuerza y lo alza del suelo para besuquear ahora también su nariz, su frente, sus párpados… mientras el chico patalea.

—Habló el vampiro al que le gusta jugar con su comida en la cama en vez de comérsela. —rebate el muchacho, usando sus palabras ya que ha visto que su fuerza no es más que un ligero incordio para Aidan.

El vampiro frunce el ceño y lo deja en el suelo por fin, no sin antes darle un toquecito en la nariz y decir con voz severa:

—No seas prejuicioso.

—Has empezado tú. —bromea Jeremy ahora que se ha zafado del abrazo de Aidan que más bien se sentía como una camisa de fuerza, aprovecha para huir de él mientras le saca la lengua puerilmente.

—¡Serás! Ven aquí. —grita Aidan entretenido y persigue al chico mientras todo el mundo alrededor empieza a preguntarse si es un vampiro de verdad o no.

Porque piensan que un vampiro de verdad usaría su velocidad para atrapar a Jeremy antes que pudiese dar siquiera un paso y, sin embargo, ese alto pelinegro corre tras el chico como un hombre normal, desacelerando un poco incluso cuando va a pillarlo, para que el muchacho tenga algo más de ventaja y ambos se diviertan en la persecución que toma lugar alrededor de la fuente que hay en el parque de enfrente.

Las dudas sobre la naturaleza de Aidan se disipan tan pronto el vampiro desaparece de la vista de todos, incluido de Jeremy, que mira de un lado para otro, confundido, para luego aparecer justo detrás del mortal, abalanzándose hacia él hasta que ambos caen dentro de la fuente y terminan empapados.

Aidan sabe que el sonido de los chapoteos en el agua y de las carcajadas se ha vuelto algo que jamás podrá olvidar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 120

 

—¿Tú eres consciente de que podrías ir a la cárcel por ello?

—¿Ti iris cinsciinti di qii pidri-

—¡Dave! —Liu exclama, iracundo, dándole al nombrado en toda la cara con un trapo de la limpieza que ha hecho un guiñapo en su puño y que ha usado a modo de proyectil.

El más mayor se quita el polvoriento trapo del rostro con cara de asco y mira a Liu rodando los ojos por lo que debe ser la millonésima vez esa noche.

—Vamos, tranquilo, es solo saliva.

—Es un escupitajo. —le rebate Liu intentando ponerse serio mientras su amigo asiente y se muerde los labios para no reírse. De veras no quiere burlarse de la preocupación de Liu pero recordar la escena le parece demasiado hilarante —En el café de una señora. Una señora mayor.

—Una vieja bruja, querrás decir —le corrige Dave con una impecable sonrisa en su rostro y Liu tiene que apretar los labios y los puños porque está enfadado por la temeridad de su amigo, pero también está muy cerca de reírse porque tiene toda la razón —. Te llamó inútil tres veces y te hizo rehacer el café porque ‘’la leche de soja no sabe así, te has equivocado ¡estos niñatos de hoy en día!’’ —exclama Dave imitando a la mujer con un tono agudo y molesto como arañar una pizarra —. Se merecía ese escupitajo ¡Incluso parecía contenta cuando se lo bebió! A lo mejor mi saliva es leche vegetal de alta calidad ¿Lo has pensado? Yo solo le di el mejor producto.

Liu deja su máscara resbalarse demasiado porque en ese momento niega y ríe y sabe, por el brillo en los ojos de Dave, que se lo ha tomado como una muestra de aprobación, así que se esmera por ponerse serio de nuevo.

—Sería leche animal si viene de ti, bobo —le replica al inicio, lo cual solo hace que Dave se ría más alto aún. —. Y, enserio, si la señora se entera o se pone enferma o algo podría denunciarte por saltarte el código sanitario, perderías el trabajo y quizá hasta irías a la cárcel por atentar contra su salud y…

Dave rueda los ojos otra vez y alza su mano derecha, la cual abre y cierra imitando con ella una marioneta parlanchina.

—Deberías estudiar derecho, por dios.

—Y tú estudiar cómo limar barrotes de celdas carcelarias.

Dicho eso, ninguno de los dos puede mantener ya su fachada de seriedad y ambos se ponen a reír juntos. Dave baja del taburete donde lleva sentado desde que Liu ha empezado a aleccionarlo y pone su mano en el hombro del chico con ternura.

—En serio, no pasa nada, puedes dejar se preocuparte ¿Si?

Liu suspira y asiente. Se da cuenta de que sus dedos duelen y cuando baja la vista percibe que como ha estado jugando con ellos en su regazo, sin siquiera pensarlo conscientemente, ha estado arrancándose nerviosamente las pielecitas de al lado de las uñas y ahora tiene las puntas de sus dedos todas rojas y doloridas. Él sabe que Dave tiene razón, que la señora posiblemente estará bien y si le sienta mal algo no se pondrá a buscar pruebas de ADN en la taza en la que Dave le ha servido el café con leche y que él solo está exagerando.

Pero no puede evitarlo. Siente que cada vez es más nervioso, más miedoso. Le gustaría poder relajarse un poco.

Piensa en la noche anterior, en el lago y el claro de bosque. Le gustaría poder bajar ahí solo, poder dejar sus hombros destensarse y sus pulmones llenarse de aire limpio cada noche.

—De acuerdo —le dice finalmente a su amigo —, pero que sea la última vez que escupes en la comida de un cliente.

—Será la última —le promete Dave con una exagerada reverencia que hace que quien ruede ahora los ojos sea Liu. Luego el chico se alza y con una sonrisa pilla añade: —, pero que sepas que no ha sido la primera.

—¡Dave!

—Solo le doy algo de justicia kármica a los clientes que nos tratan mal sin razón, no me culpes por hacer el trabajo que el universo me ha encomendado.

Liu ríe un poco incluso si le parece mal que Dave vaya por ahí babeando la comida que sirven ¿Qué será lo próximo? ¿Poner mocos en vez de pepinillos? ¿Tirarse un pedo en las bebidas carbonatadas de las que los clientes tiquismiquis se quejan de que no tienen suficientes burbujas?

De pronto el tintineo de la puerta los alerta a ambos y aunque saben que a esas horas no debería haber clientes, saben también que quien acaba de llegar no es un cliente.

Ninguno de los dos humanos va a acostumbrarse jamás a ver aparecer la impresionante figura de Xander. Su altura colosal, la fuerza inscrita en su cuerpo, la dureza de su rostro, de su mirada roja como el infierno, el cabello largo como un marco de oro alrededor de su presencia oscura mortífera.

Dave se queda paralizado mirándolo, como las noches anteriores, y sale de su estupor cuando Liu anda hacia el vampiro. Xander le rodea la cintura y se inclina hacia él y, a su vez, el pecoso muchacho se pone de puntillas para darle un corto beso a Xander en los labios. Dave aprieta los puños y lo odia, lo odia verdaderamente en ese instante, pero toda su ira se diluye cuando ve en la mirada de Liu esa calma, ese suave afecto, esa casi adoración con la que no lo ha visto nunca mirar a nadie.

Liu saluda a Xander y él le pregunta qué tal ha ido su día. El chico le explica el incidente con aquella señora horrible y Dave, que no los está ni escuchando, interrumpe con un:

—¿Podemos hablar un momento a solas?

—Claro, ¿Qué suc-

—Me refería a Xander.

Liu traga saliva y lleva su mirada muy lentamente hacia el vampiro. Sus preocupados ojos examinan como su demonio alza las cejas con sorpresa al inicio y luego esboza una sonrisa confianzuda y burlona que conoce muy bien.

—Dave, no creo… —pero la vocecita de Liu se corta cuando una mano grande y pálida se posa con firmeza en su hombro.

—No pasa nada —le asegura Xander, pero sus ojos no se despegan de Dave y en ellos Liu ve una curiosidad peligrosa.

Finalmente, Liu le lanza una mirada acusadora a Dave, como diciéndole que ya está bien de tomar tan malas decisiones seguidas en un día, y se da la vuelta.

—Esperaré fuera. —su voz es delicada, pero se torna firme y casi como una regañina cuando añade: —Comportaos.

Liu se dirige hacia la puerta y ambos escuchan el tintineo que esta hace al cerrarse. Xander se aproxima al muchacho alto y esbelto que hay apoyado en la barra, interesado en lo que sea que vaya a pasar ahí incluso si sabe que no puede jugar verdaderamente con esa presa para no molestar a Liu. Se para cerca de Dave, no tanto como le gustaría, pero lo suficiente como para que el chico se eche para atrás sin querer, delatando su nerviosismo.

—¿Qué querías? —pregunta el vampiro, su voz baja y profunda.

Dave traga saliva y mira a otro lado mientras dice:

—No sé lo que estás haciendo. No sé si solo finges ser amable o si realmente estás intentándolo, pero no vuelvas a ser como antes, por favor. Si por mi fuera, te eliminaría de la faz de la tierra, pero Liu ya me ha dicho que es imposible y que no vas a dejarle, así que si no hay otra opción, de acuerdo, puedo aceptar que no le dejes en paz. Pero al menos sigue haciendo esto, lo de… Liu me contó que lo llevaste a un sitio hermoso, sigue haciendo esas cosas con él. Merece ser feliz ¿Sabes? Ha tenido que pasar por mucha mierda y tú eres la mitad de ella. Merece a alguien mejor que tú, pero si no vas a permitir eso, al menos sé tan bueno como tu naturaleza de mierda te deje ser. Él merece una buena vida.

Xander aprieta sus labios y escucha. No porque respete a Dave lo suficiente como para tragar sus insultos sin reaccionar, sino porque todas y cada una de las cosas que dice son verdad y tratar de silenciarlo ahora solo significaría que no ha cambiado. Xander sabe que no lo ha hecho del todo, que sigue habiendo en él más veneno que bondad, pero piensa también que tiene tiempo. Todo el tiempo del mundo como para intentar inclinar la balanza un poco, no ser bueno, pero al menos ser mejor.

—Lo sé —es lo único que le responde el vampiro, su rostro es estoico y sus palabras frías. Dave toma aire, listo para rebatir y discutir, pero cuando se da cuenta de que el vampiro no ha intentado negarle nada, se queda de piedra —. Liu quería que me disculpase por lo del otro día —añade y pone una de sus grandes manos en el hombro de Dave. El muchacho se remueve incómodo notando el peso de esta, la forma en que lo abarca tan fácilmente, en que podría inmovilizarlo. Xander mentiría si dijese que no se regodea en el miedo de ese mortal —, así que lo siento. No siento haberte hecho daño, de hecho, eres afortunado de seguir con vida después de hablarme de la forma en que te atreves a hablarme, pero siento haber dañado algo importante para Liu.

Dave arruga su nariz con desagrado ante las disculpas de Xander, sobre todo por la sonrisa arrogante que le encantaría quitarle del rostro a golpes, pero debe conformarse con mirarlo mal y mantener la boca cerrada si no quiere meterse en problemas de los que está bastante seguro de los que no será capaz de salir intacto.

Xander examina su rostro y, de paso, su mente. Dave tiene un vocabulario muy sucio ahí adentro, sobre todo cuando va dirigido hacia él, es una molestia, pero no le será un problema. El chico le tiene miedo. No va a interponerse entre él y Liu y eso le alivia. Odia a Dave, pero es bueno para Liu y lo sabe, no querría tener que matarlo.

Desliza su mano fuera del hombro del moreno muchacho y puede verlo soltar una respiración que estaba conteniendo y relajar su postura. Se despide ondeando su gran mano antes de darle la espalda y salir a ver a Liu. El muchacho lo espera apoyado contra el cristal del local, mirando algo en su teléfono móvil.

—¿Está todo bien? —pregunta preocupado, alzando sus ojos oscuros y grandes hacia Xander tan pronto lo ve salir.

—Sí, solo hemos hablado —frunce el ceño, fijándose en Liu —¿Estás bien tú? Tiemblas y puedo oír tu corazón ir muy rápido.

—Sí, sí, es solo… —Liu niega con la cabeza —No sé, nada, quizá estoy imaginando cosas, poniéndome paranoico. E-estoy muy nervioso últimamente, soy muy ansioso y desde que volviste yo… eh…

Xander tuerce su boca. Recuerda cuando vi a Liu el primer día después de esos dos años, tan hermoso y radiante, con sus ojos llenos de vida y manos inquietas, con sus sonrisas de labios rosados y la forma adorable que tiene de tocarse su colita de pelo castaño cuando se pone nervioso. Ahora luce realmente estresado y sabe que él ha causado eso.

El vampiro se agacha un poco, poniéndose a su altura, y lo envuelve entre sus brazos muy despacio, prensándolo contra la firmeza de su cuerpo hasta que siente al chico ceder y relajarse.

—Está bien, es normal que estés asustado, Liu, voy a trabajar en ser mejor para ti, en hacer que no necesites tener miedo ¿Puedes decirme qué ha pasado? 

El chico suspira y niega con la cabeza.

—Es una tontería, seguramente me lo esté imaginando. —susurra, restándole importancia y Xander se siente tentado de dejar ahí la conversación, pues el chico cierra los ojos y hunde el rostro en su pecho. Le gusta tanto verlo tan cómodo acurrucándose contra él que no quiere interrumpirlo, pero sabe que debe.

—Liu —lo llama con voz dulce, acariciando su cabeza mientras lo hace. El chico mira hacia arriba, a sus ojos, mordiéndose el labio —, dime qué ha sucedido.

—Juraría que había un tipo al otro lado de la calle. Mirándome fijamente todo el rato. Ya no está y antes sí estaba, pero no estoy seguro de si era una sombra rara y ya porque está muy oscuro así que no le he visto la cara, además era demasiado grande y no lo he visto moverse tampoco, pero, no lo sé, se sentía como alguien ahí de pie. Me sentía observado. —mientras el chico recuenta los hechos, puede sentir como la voz del humano tiembla, como su corazón bombea en su pecho y sus ojos inintencionalmente escrutan su alrededor, asegurándose que la amenaza no ha aprovechado que ha bajado la guardia para aproximarse.

Xander frunce el ceño y respira muy profundo.

—No huelo a nadie más cerca y cuando hablaba con Dave no he escuchado tampoco ningún corazón latiendo en estas calles. —dice con voz tranquilizadora, acunando la mejilla de Liu en su mano —Estás muy agobiado, Liu, debe ser eso. Y si hubiese alguien que quisiera hacerte daño, no dejaría que eso sucediese ¿De acuerdo?

Liu asiente y se muerde el labio para que la pregunta en su cabeza no se dispare hacia su boca. <<¿Quién te impedirá a ti hacerme daño?>>

Xander se inclina para dejar un tierno beso en su frente y luego le toma de la mano mientras ambos andan a casa en silencio. Liu está demasiado preocupado mirando a su alrededor y Xander solo lo mira con lástima. Sabe que posiblemente Liu no haya visto nada, que sea solo su cerebro jugándole una mala pasada, tratando de transmitirle el mensaje de que está en peligro por estar a su lado de nuevo. Y quiere contradecirle, pero las pruebas no están a su favor.

Cuando abren la puerta de casa, el silencio del paseo, que había sido cómodo, se torna un poco tenso y Xander decide romperlo.

—¿Querrías ver una película? —pregunta casi tímido y Liu, que ya iba por la mitad del pasillo hacia la habitación, se voltea con los ojos llenos de curiosidad e interés, demasiado anonadado por una propuesta tan normal como para decir nada —Es, no sé mucho de qué se hace cuando se tiene una relación normal con un mortal, pero Aidan lo hace con Jeremy, así que he supuesto que…

—Me gustaría mucho ver algo —le responde Liu con una sonrisa emocionada pintándose en su cara y de pronto deja su mochila del trabajo en medio del pasillo para correr al comedor, encender el televisor y buscar su lista de favoritos para enseñárselas a Xander. Mientras toquetea el mando, el chico se voltea hacia el vampiro, que se ha quedado parado y mirando al suelo con una sonrisa enternecedora en su rostro y dice —¿C-cómo está Aidan? Sé que no nos… llegamos a llevar bien, pero al final pareció ser algo amable conmigo así que me da curiosidad y ¿Quién es Jeremy? No sabía que había tantos vampiros en la ciudad.

Xander sonríe mientras se acerca al chico, que está hecho una bolita en uno de los extremos del sofá, y se sienta a su lado, rodeándolo con su brazo y acurrucándose con esa bolita adorable. Le recuerda un poco al gato de colita rota que de vez en cuando se cuela en casa (¿Puede realmente llamarlo colarse cuando es Xander mismo quien deja la puerta entreabierta?) para maullar hasta que le da atún y hacerse un ovillo en su regazo, ronroneando como loco cuando le acaricia la cabeza y las orejas.

—Oh, Aidan está bien, mejor que nunca ahora. Jeremy es su humano.

Liu hace un sonido cuando Xander dice eso, una mezcla entre una carcajada burlona y una exclamación de sorpresa. Deja el mando un momento, cuando la lista de sus películas favoritas ya está puesta, y se voltea hacia Xander.

—¿E-es así como los vampiros os referís a nosotros? A los humanos con los que mantenéis relaciones… románticas, supongo. ¿No habláis de pareja o de novios o de amantes? ¿Es su humano, como si fuese su propietario?

Xander deja ir una risa de suficiencia. La ingenuidad de Liu es algo adorable, sin duda, aunque no le gusta la mueca tristona que pone luego, como si fuera a hacer un puchero.

—¿Te entristece eso? Liu, los vampiros somos posesivos y los humanos, en su mayor parte, sois nuestros. Nuestras presas, nuestros juguetes, nuestro entretenimiento. Por eso no tenemos términos para definir más relaciones con vosotros que las de depredación y posesión, no es algo que haya visto suceder antes. Pero si lo deseas, Liu, puedo hablar de nosotros de ese modo. Puedo llamarte mi amante o mi novio o simplemente la cosa más bella y brillante de mis noches. Lo que tú quieras.

Xander se inclina hacia el oído del chico para susurrar esas últimas frases. Su voz es tan melosa, tan suave, pero masculina a la vez. Cuando Xander se comporta de ese modo Liu no puede evitar sentir que se está traicionando a sí mismo, a esa parte de él que juró odiarlo hasta el fin de sus días, pues es seductor y agradable, pues lo hace sentir como si se derritiese desde dentro con un candor maravilloso. Pues le hace sentir menos solo que antes y es una compañía agradable incluso. Más que agradable.

La mano de Xander se desliza sobre la pierna del chico. Su muslo luce pequeño cuando lo rodean dedos tan grandes. Liu toma la mano del vampiro y la pone entre las suyas. Acaricia su palma, juguetea con sus dedos mientras habla, nervioso:

—N-no lo sé. Me gusta más eso a que me llames simplemente tu humano o tu presa. Pero no sé qué clase de relación tenemos, es extraño. Además, quizá sería hipócrita pedirte que no pienses en mí como tu humano, a veces, cuando pienso en ti, en mi cabeza te llamo…

Liu se echa a reír nerviosamente. Se tapa la cara con una de sus manos, como intentando disimular lo muy rojo que está poniéndose, y es incapaz de confesar algo tan vergonzoso. Pero Xander ya lo sabe, lo ha oído en su cabeza miles de veces y, ahora, lo cita en voz alta:

Mi demonio.

Liu lo mira sorprendido al inicio, como si estuviese viendo un impresionante truco de magia, y luego ríe y niega, sintiéndose un bobo por haber olvidado que el vampiro puede leerle la mente. Xander le toma por la barbilla y se la alza antes de inclinarse despacio hacia su boca. Se acerca lo suficiente como para besarlo, pero no lo hace, solo habla cerca de sus labios.

—Me gusta. —susurra en estos y luego vuelve a alejarse, dejando al chico acalorado y hecho un lío que estruja la mano grande entre las suyas como un peluche casi sin darse cuenta de lo mucho que está apretando.

Para cuando se percata ya ha dejado marcas en forma de medias lunas con sus uñas y tan pronto va a disculparse, Xander lo corta con un gesto de manos y riendo enternecido.

—En ese caso, podría llamar a Jeremy la pareja de Aidan —explica y Liu asiente, atento —. Él también tuvo que separarse de su humano, de su novio —se corrige —por un desliz que tuvo. Le daba miedo hacerle daño. Pero ahora vuelven a estar juntos. Debo admitir que Aidan sabe mejor que yo cómo tratar con humanos, es gentil con Jeremy, es cariñoso de un modo que envidio. Quiero ser como él contigo.

Liu traga saliva y asiente.

—Has cambiado. Eres mejor ahora —explica el chico, intentando sonar halagador, pero Xander niega.

—Soy más blando. —le rebate y aunque nunca dice que sea algo malo, a Liu le preocupa que lo piense. Que eche de menos ser como antes aunque sea un poco. —Pero hay que ser suave cuando uno quiere sostener en sus manos algo delicado sin romperlo.

Liu suelta un suspiro de alivio y mira  a Xander por unos segundos, pensando a la par que examina lo bonito que es su perfil cuando se voltea hacia la televisión. Sus facciones son preciosas, de una armonía envidiable, su mandíbula cincelada, sus cabellos resplandecientes como oro, sus músculos tallados con perfección.

Se pregunta si bajo ese envoltorio de perfección Xander ocultará, igual que ocultaba maldad y más tarde dulzura, algún tipo de dolor.

—Me gustaría conocerlo, a Jeremy. —añade y luego se intenta hacer chiquitito en el sofá porque no sabe por qué ha dicho eso y ahora piensa que luce ridículo, además ¿Para qué quiere conocerlo con lo que le cuesta hacer amigos? Quizá Jeremy se burla de él o lo mira con superioridad o…

—Eso sería perfecto —de pronto, la voz animada de Xander parece disipar todas sus dudas y Liu se siente buen de nuevo. Sonríe, tan contento que sabe si fuese un perrito su cola se movería de un lado a otro dando porrazos sobre el sofá —, la próxima noche, si lo deseas, puedo llevarte a mi casa y podrás conocerlo.

—¿Vive ahí? —Xander asiente. Liu muerde su labio y mira a otro lado —Podré volver a mi casa ¿Verdad? Me da miedo que vuelvas a retenerme. L-lo siento.

Xander asiente, sus ojos atravesados por un flechazo de dolor.

—Claro que sí, dulzura, yo mismo te traeré de vuelta. Te llevarás bien con Jeremy, es un muchacho muy amable también. Me cae mejor que Dave, eso seguro.

Liu alza una ceja.

—A ver si dices lo mismo cuando nos hagamos amigos y vuelvas a ponerte posesivo.

Xander ríe y rueda los ojos.

—No soy tan celoso, estoy controlándome mucho ¿Has visto cómo Dave sigue con la cabeza pegada al resto del cuerpo? Es una enorme cortesía de mi parte, debes admitirlo.

Liu abre la boca, sorprendido y ofendido a la par. Luego le da un puñetazo a Xander en el hombro que posiblemente le hace más daño a él en los nudillos.

—¿Qué no eres tan celoso? Si hubiese otro vampiro en la ciudad posiblemente lo matarías solo por haber olido mi sangre.

Xander empuja a Liu juguetonamente también y luego lo atrae hacia él. Con el movimiento, Liu termina hecho un ovillo entre las piernas de Xander, con su espalda pegada a su pecho mientras ambos encaran la televisión a la cual aún no le han prestado nada de atención.

—Había uno más, de hecho… —comenta distraídamente. Una mano suya está en la pierna de Liu de nuevo, la otra juguetea con su cabello distraídamente.

—¿Y lo mataste? —pregunta Liu tapándose la boca entre impresionado y escandalizado.

—No, se… marchó. Tuvimos nuestras diferencias —explica y de pronto se siente inseguro en su habla, oxidado, como si las palabras saliesen de él a regañadientes, girando lentas y chirriantes contra unos engranajes que se resisten a seguir dejando que su voz fluya. Xander toma una enorme bocanada de aire y suspira. Liu juraría que jamás le ha parecido tan terriblemente humano como en ese momento, cuando aparta la vista de la suya y dice, casi con una voz pequeñita —. Era mi creador.

Liu abre los tantísimo que hasta le duelen y se voltea hacia el vampiro, lleno de preguntas listas para salir de él como el contenido de una lata de cola bien agitada.

—¿Tu creador? ¿Él te… él te convirtió? ¿Lo habías visto antes o lo conociste aquí mismo? ¿Qué pasó, os enfadasteis o…

Xander lo corta alzando la palma de su mano y sobándose las sienes. Las preguntas de Liu lo agotan de repente, no ellas, sino la idea de responderlas. De pensar en Mörblut de nuevo.

—Sí, él me hizo como soy ahora. No lo había visto antes, pero él me encontró. Me estuvo buscando un largo tiempo y yo le había estado buscando un largo tiempo también, pero no le interesaba que lo encontrase, no hasta ahora. Creo que se sentía solo, que quería que una de sus creaciones fuese su compañero ideal, pero no —Xander aprieta los dientes. Podría decir algo distinto, mentir o simplemente dejar que Liu intuyese el evidente final de esa confesión. Pero decide que necesita decirlo. En alto —... no estuve a la altura de sus expectativas, supongo.

En ese momento Liu ve a Xander a los ojos y le parece que están un poco húmedos. Cubiertos por una película brillante de tristeza que refleja algo que él ha visto en el espejo tantísimas veces: el miedo a decepcionar, a no ser demasiado bueno para aquellos que te rodean y que desesperadamente buscas conservar. Liu se ha sentido asqueado de sí mismo por años y cuando Xander le aparta la mirada, lleno de vergüenza, ve en ese gesto la misma sensación de indignidad, de imperfección. De saber que uno debe escoger entre ser uno mismo o ser suficiente.

Le rompe el corazón ver esa mirada en un lugar que no sea su espejo. Y sabe que Xander dista mucho de la perfección, que debería regodearse en verlo sentirse inferior y lleno de arrepentimiento, pero en su interior no halla jubilo alguno. Solo compasión.

Así que se inclina hacia él un poco y lo abraza. Xander ni siquiera lo abraza de vuelta, solo lo mira, estático, como si estuviese viendo algo que definitivamente no puede ser real.

—Es muy doloroso cuando alguien a quien consideras importante, alguien que es casi todo tu mundo te ve como… como una pieza desechable del suyo. Como algo que no encaja. —Liu susurra y piensa en Xander, claro, pero también en él mismo. 

En cómo le brillaban los ojos cuando veía a Matheo y este solo lo miraba contento, entretenido incluso, pero jamás tan lleno de amor. En cómo después de su partida, intentó juntarse con otros, hacer amigos, construir relaciones que le permitiesen mantenerse a flote, pero parecía chocar desastrosamente con todos los demás, incapaz de hallar en esas otras piezas de puzle un solo huequito con la forma de su corazón, una esquina cómoda y cálida, un lugar con su nombre. Pero, piensa, él se lo merece. Él merece no encajar. Merece la soledad y el dolor. Merece ser una decepción, pues decepcionó a quienes más quería de la peor forma. Pero no cree que con Xander sea así, incluso si el vampiro es un monstruo para los humanos, él entiende que entre los suyos es uno más, incluso un buen espécimen de su raza, así que no comprende por qué su maestro lo rechazaría. Por qué lo hizo en primer lugar cuando lo creó y lo abandonó. 

—Lo siento. —musita el mortal pecoso y en ese instante siente por fin los brazos de Xander rodeándole.

—Es mi culpa que sea doloroso —dice el vampiro con una sonrisa ácida —, me dejó tan pronto me creó, no sé por qué he soñado con el día en que lo conocería, como si fuese a hallar aceptación en alguien que ni siquiera se quedó a mi lado mis primeras horas de esta nueva vida.

Liu niega y mira a Xander con el ceño fruncido.

—No creo que lo sea. Es normal, al menos yo pienso que es normal querer ser aceptados por los demás, por personas que nos resultan importantes. Él te dio la inmortalidad ¿Cómo no iba a resultarte importante? Y tú deberías haber sido importante para él, lo suficiente para quedarse. Siento que no haya sido así. —Xander no responde nada, no puede. Tampoco puede creer las palabras de Liu, la delicadeza, la empatía en que están bañadas. No puede creer cuanto le ayudan y lo poco que jamás habría pensado en buscar un consuelo tan delicioso entre los labios de un mortal —¿Te sentías solo? El tiempo que dijiste que estuviste esperándolo o buscándolo ¿Te sentías solo?

Xander baja la vista. Los ojos de Liu son dos grandes, hermosos abismos sin estrellas, al contrario de sus pálidas mejillas, donde una constelación de pecas hermosas las decora. Su pupila es grande como la de un cachorrito, brillante, y su iris es un anillo avellana que podría confundirse con ese color noche que contiene con su abrazo. En ese abismo, Xander se ve un poco a sí mismo. 

Ve oscuridad. 

Soledad.

Dolor.

Ve perdición.

Y ve el profundo deseo de encontrar, en medio del espacio vacío y azabache en el que ambos flotan, como rocas en el espacio, un compañero que le tienda la mano, que le abrace y le diga que no está solo. 

—Mucho. —responde y no necesita que Liu le diga que lo comprende, pues puede verlo en su mirada, que parece más vieja y sabia que el universo mismo.

Una mirada que desaparece poco a poco cuando Liu entrecierra sus ojos. Pero no importa, porque Xander entrecierra los suyos también. Y sus narices se rozan en un lento beso de esquimal, para que luego lo hagan sus bocas. En un beso lento, suave, colmado de sentimiento.

Xander sostiene a Liu en su regazo mientras sus labios atrapan los otros, los saborean, los liberan y les dan nuevamente caza. Liu se inclina hacia el vampiro, sus piernas abiertas sobre las de él, su cuerpo arqueado para que la mano en su espalda repose sobre una bella curva y para que su boca conecte directamente con esa otra, que tiene colmillos y palabras venenosas en la punta de la lengua, pero que esta noche solo sabe a dulzura.

Cuando se separan, Liu se siente borracho de algo más fuerte que el alcohol. Mareado, hundiéndose en un denso sentimiento del que no sabe si podrá escapar.

Xander lo besa de nuevo, en los labios. Corto. Casto. Pero el beso sabe a néctar y Liu teme volverse adicto. Y lo besa otra vez. Y otra.

Liu suspira, su respiración se entrecorta. Se aparta antes de que el próximo beso llegue, así que termina aterrizando en su mejilla.

—Perdón —se disculpa sin aliento —, perdón. Me estoy poniendo nervioso. Me agobio mucho cuando… cuando me besas o cuando pienso en ello o cuando pienso en tus manos tocándome o cuando lo hago yo mismo o cuando…

Xander lo detiene sosteniendo su rostro con sus dos manos, acunando despacio esa boca que parlotea sin parar, sin respiro.

—Está bien. Respira, está bien —le dice mientras le acaricia las mejillas y forma un halagador <<buen chico>> en sus labios cuando el otro toma bocanadas muy profundas y las expira despacio —. Siento todo el dolor que te he causado y todo el que yo no he causado, pero tampoco he ayudado a reparar.

<<Quiero ayudar ahora. Quiero que tengas una buena vida. Me alegro tanto de que tengas amigos y un trabajo. Me hace feliz que quieras conocer a Jeremy. Me gustaría que fueses a la universidad, al final. Me gustaría ayudarte con eso, a pagarlo si lo necesitas.

<<Y me gustaría que mejorases, en todo. Me gustaría que fueses al médico o a un psicólogo o… me gustaría que alguien que sabe más que yo te ayudase a no sentirte triste tan a menudo. Puedo secar tus lágrimas, lo haré siempre, Liu, pero no quiero que tengas que llorar. Puedo impedir que te cortes de nuevo y sanar cada una de tus heridas, pero no quiero que sangres en primer lugar>>

El chico lo mira con la expresión en blanco por unos segundos, incapaz de absorber ni una sola de esas palabras. Son tan dulces, tan llenas de ternura y cariño y de una preocupación que hace que la voz antes firme de Xander suene como un castillito de arena desmoronándose que apenas puede creer que él haya dicho realmente eso. Pero lo ha hecho y esa verdad empieza a calar en Liu. Sus ojos de abren mucho y brillan de un modo extraño antes de que hunda su rostro en el pecho de Xander, hablando bajito y amortiguado por la tela.

—Pero si a ti te gusta cuando sangro… —dice al inicio, bromeando, pero su voz no logra salir del todo animada.

Xander puede notar como el chico respira rápido, como intenta esconder sus primeros, pequeños sollozos. Le acaricia la cabeza.

—Hablo en serio, Liu. Quiero que tengas ayuda.

Un suspiro se escucha amortiguado en su pecho.

—Dave también me dijo que fuese a terapia…

—Por una vez, coincidimos en algo. Deberías hacerlo ¿No quieres?

Liu encoge de hombros, pero Xander puede sentir que su postura no es tan desenfada como pretende: sus hombros están tensos, su mandíbula apretada y sus puños cerrados.

—Me da cosa —murmura y Xander no dice nada, solo le deja espacio al chico mientras sigue acariciándolo y escuchándolo, cuando se siente listo para hablar de nuevo —, me da miedo que no sirva de nada y que resulte que estoy roto para siempre y si funciona… ¿Me merezco estar mejor? A veces me digo que no es así, pero en el fondo yo sé que todas las cosas malas que me han sucedido son culpa mía.

Xander sostiene con firmeza la nuca de Liu en una de sus manos y lo obliga a separarse de su pecho, descubriendo su cara llorosa y avergonzada. Liu respira rápido y nervioso por la mano que envuelve su cuello y Xander, pese a que no aprieta, se mantiene firme y lo sostiene quieto para poder mirarle a los ojos mientras habla.

—Liu, sabes que no es así. Sabes que nada de esto es tu culpa. No sé qué pasó con tus familiares y Matheo, pero-

—Exacto —responde Liu entre dientes, sus palabras son daros venenosos, lanzados con ponzoña, con una rabia que el vampiro debe aprender a perdonar si no quiere apretar aterradoramente su mano alrededor del cuello de su humano —, no lo sabes. No puedes decir si fue mi culpa o no. Si me lo merecía o no. Si merecía sobrevivir solo yo o…

Xander lo corta, su voz es suave y Liu se calma al escucharlo.

—Entonces no hablaré de eso, no hasta que no me lo cuentes. Pero sí conozco el daño que yo te hice y sé porque lo hice. Y no fue por nada que tú hubieses hecho. Fue porque yo quería. Y porque podía. Y porque nunca hasta ahora me ha importado nada más que satisfacer mis deseos.

Liu desvía su mirada, receloso. En sus ojos Xander puede ver dinamismo: el chico realmente está pensando en lo que le ha dicho, considerándolo. Pero entonces cierra fuerte sus ojos y vuelve a responder con veneno en los labios.

—No es verdad —le dice con tono duro, como una recriminación —, tú mismo me lo dijiste. Fue mi culpa que me encontrases aquella noche porque fui descuidado y acabé solo y por la noche en la calle, fue tan irresponsable, casi como si pidiese a gritos que me sucediese algo malo… Fue mi culpa que me tratases mal porque te desobedecía, porque me corté cuando me lo prohibiste, porque no te di mi sumisión porque soy inútil y no sé hacer nada bien y…

—Te dije esas cosas para hacerte daño, Liu —lo frena Xander, de nuevo con voz serena y los ojos de Liu se alzan hacia él con una pureza más dolorosa que cualquier palabra infecta, cualquier acusación, insulto o reproche que el chico pudiese haberle lanzado. Su mirada oscura y brillante parece preguntar un pequeño y casi pueril "¿Por qué?" Y a Xander se le hunde esa pregunta en el pecho cual puñal —. Lo hice porque era cruel. Pero no es verdad, nada de lo que dije. Tú jamás has tenido la culpa de que esa noche tu suerte fuese mala y la mía… demasiado buena. No estabas pidiendo nada, Liu, eres vulnerable y estabas en lugar peligroso sin saberlo y yo me aproveché de ello. Yo lo hice, no tú. La única culpa la tengo yo ¿Lo sabes, cierto?

Liu asiente en silencio. Luce herido, pensativo, pero sobre todo confundido. Y Xander no quiere causarle más problemas esa noche, así que lo abraza muy, muy fuerte y besa su frente a yes de decirle:

—¿Quieres hablar de otra cosa? No quería hacerte llorar…

Los ojos de Liu se dirigen de inmediato al televisor donde la lista de sus películas favoritas sigue brillando. El recuerdo de Xander diciéndole de ver algo juntos le resulta demasiado lejano de pronto, así que decide acercarlo un poco.

—U-uhm, te había dicho que te enseñaría alguna de mis películas favoritas. —murmura todavía sorbiendo con su nariz y limpiándose las lágrimas con las mangas de su camisa. Se siente algo más animado después de cambiar de tema, pero algo incómodo por la brusquedad con que lo han hecho.

Xander mira hacia la pantalla.

—No conozco ninguna de ellas ¿Cuál es la mejor?

Liu abre los ojos como platos y luego un brillo emocionado los cruza como una estrella fugaz.

—¿No conoces nada de nada del cine? —pregunta como si la respuesta no fuese obvia. Xander niega. La última vez que estuvo delante de una pantalla fue cuando tiempo atrás se coló en unos cines y devoró a toda la sala mientras los gritos cubrían el sonido del guion. Planeaba marcharse de la zona, así que decidió que ese sería su banquete de despedida.

 —Mira, esta es de mis favoritas. Es súper poco conocida, pero es genial. Se llama ‘’Coherence’’ y se siente muy real incluso si el tema es sobrenatural. La premisa es que unos amigos se reúnen en una cena el mismo día que un cometa sobrevolará la zona y cuando eso sucede empiezan a suceder cosas extrañas y los personajes descubren que quizá se han topado con realidades alternativas y que cada vez que intentan deshacer todo ese lío solo están enredando más y más esas realidades.

<<Me gustas muchísimo la sutileza que tiene en los detalles y lo aterradora que es, no porque haya monstruos o dé miedo, sino por la incertidumbre de no saber cuál es la verdadera identidad de los personajes. Hay muchas películas que emulan ese efecto con la idea de los clones, pero lo bueno de esta es que como todas las realidades alternativas son válidas, no hay un "original" y luego "copias".

<<Cada personaje y sus versiones alternativas son igual de importantes y reales y eso los hace… reemplazables. Es realmente aterradora esa sensación de pequeñez que da… casi como en ‘’Soma’’ ¿Conoces ‘’Soma’’? Es un videojuego, no una película, pero es genial por su historia. Tiene que ver con la idea de traspasar tu consciencia a otro cuerpo, pero no moviéndola sino clonándola. Solo que en este juego ya no hay un "original" y el jugador va cambiando de punto de vista, en realidad, y hace que esas otras copias descartadas se sientan como la muerte real del protagonista porque en cierto modo lo son y…>>

Liu para de golpe y mira a Xander, que lo está observando con la más grande y boba de las sonrisas en su cara. Querría no hacerlo, porque resulta que eso hace a Liu ponerse rojo y tímido de repente, pero no puede evitar sonreír cuando el chico está parloteando de esa forma tan ilusionada. No entiende la mitad de lo que dice, pero podría escucharlo hablar así por horas, incluso si lo hiciese en chino, solo porque le gusta como suena su voz cuando está feliz.

—Pe-perdón, me he dejado llevar. No quiero ser pesado.

—No lo eres —responde Xander acercándose al chico un poco y acariciándole la mejilla mientras lo mira a los ojos —¿De qué trata esa otra?

—O-oh, esa va de un tornado lleno de tiburones que se comen a gente.

Xander arquea una ceja y mira a la pantalla. Suena ridículo pero el título y la carátula no parecen mentir.

—Eso es inesperadamente estúpido considerado lo muy profunda que sonaba la otra película. —se burla un poco el rubio, su caricia ahora bajando de la mejilla al cuello de Liu.

—Me gusta ver películas malas a veces, consumir cosas sin sustancia y sin mensajes profundos. A veces veo películas porque quiero que me hagan pensar y otras veces quiero darme un descanso y solo entretenerme y reír. 

Xander asiente reflexivo y le acaricia el cuello al chico mientras piensa. Liu tiene un escalofrío y de entre sus labios florece un sonido entre el gemido y el quejido, que le hace apartar la vista al instante y tragar saliva.

—¿Hoy cuál de las dos te apetece?

Su mano derecha sigue haciéndole arrumacos al chico en su cuello, los dedos danzando sobre la nuca, enrollándose en sus mechones avellana que suele llevar sujetos por una graciosa coletita cuando trabaja. Con su otra mano traza círculos en su tripa, por encima de la ropa y el chico al instante es incapaz de disimular que le pesan los párpados.

—No me apetece pensar… —dice en un gran bostezo— pondré una película tonta, una sobre castores que se vuelven zombis. Ya verás, es muy graciosa, aunque cuando la vi estuve un tiempo mirando a Pelotita con escepticismo, pensé que se volvería un perrito zombi porque comía demasiado, pero resultó que solo era un perro gordito.

Xander ríe y deja que el chico se acurruque en sus brazos mientras pulsa las teclas del mando buscando la película.

—Lo echo de menos, me gustaría tener una mascota de nuevo, despertarme con patitas en la cara —comenta con una risa perezosa, melancólica —, pero no sé cómo cuidaría de un animal si apenas puedo cuidar de mí.

El chico suspira y le da play a la película. Xander observa con atención la pantalla, es la primera vez en su eternidad que va a invertir el tiempo en algo más que ser una marioneta de sus deseos. En algo humano.

Besa la coronilla de Liu y susurra:

—No tienes que preocuparte, yo cuidare de ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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