Capítulos 141-150

 

Capítulo 141

 

—¡Deja de llorar!

Liu lo intenta, pues sabe que podría irle la vida en ello, pero precisamente por ese hecho, sus lágrimas se vuelven ríos cada vez más anchos por sus mejillas y su rostro se contrae con disgusto y terror cada vez que un hipeo o sollozo interrumpe el silencio que sus labios intentan imponerse.

El grito de Mörblut resuena por toda la estancia, el eco trayéndolo de vuelta, repitiéndole a Liu la orden como si fuese demasiado estúpido para comprenderla por primera vez. Como si su desobediencia fuese una cuestión de rebeldía, no de imposibilidad. Teme que Mörblut así lo piense. Que le castigue por ello. 

Se pregunta cómo lo hará, no porque desee saber la respuesta (ruega por no descubrirla jamás) sino porque siente que debe prepararse para ella. Hacerse fuerte, recubrir su corazón de una coraza que no lo deje tan expuesto como Xander lo había hecho estar últimamente, retirando de forma delicada capas y capas de costa endurecida que las laceraciones pasadas dejaron, haciendo de su relación un nido suave, cálido y cómodo donde seguir llevando una armadura habría sido una molestia, no una necesidad.

Necesita volver a cavar un hoyo en su cerebro, una fosa para sus sentimientos. Bien honda y oscura, pues Liu sabe que va a tener que arrojar en ella grandes, terribles emociones. Recuerdos que se clavan como espinas.

Sabe que se viene algo malo.

Mira a su alrededor, el enorme salón principal, como el de un palacio, está vacío salvo por dos cosas: el trono al fondo, alto, reluciente, señorial. Y la cadena del medio. Una cadena alta que cuelga desde el techo como un candelabro y que termina en dos romos grilletes, los mismos que Liu siente ahora clavándosele en los huesos de las muñecas, los mismos que lo sostienen a meros centímetros del suelo, su cuerpo estirado incómodamente, sus hombros amenazando con salir de su lugar y sus manos latiendo por la presión.

Mörblut da vueltas a su alrededor, como un tiburón hambriento, y Liu no sabe qué es peor: cuando el vampiro desaparece de su campo de visión y su mente estalla en mil escenarios posibles, a cada cual más aterrador, o cuando vuelve a pasearse frente a él, recordándole que todo esto es real.

—Agotas mi paciencia y haces que desee arrancar tu asquerosa lengua, pero la necesito ahí, al menos por ahora. —Mörblut sonríe cuando Liu traga saliva y baja la vista al suelo, el chico imagina sin querer la sensación de su lengua siendo estirada hasta que se desgarre, el sabor de su sangre chorreando por sus labios.

Piensa en los besos con Xander en que se cortaba la lengua con sus colmillos, en cómo ese trocito insignificante de dolor ya le hacía recular a veces y temblar.

—Necesito que puedas hablar, si no, será menos divertido. Menos retador para él y las lecciones que mejor se aprenden son las que son difíciles de asimilar —Mörblut se acerca un paso al muchacho, su rostro ecuánime, pero sus ojos fijos en su cuerpo delgado.

Puede sentir la mirada en los huesos de sus caderas, los cuales están expuestos porque su camiseta se ha alzado más de la cuenta cuando le han levantado los brazos para encadenarlo al techo. El pánico inunda la mirada de Liu cuando la del vampiro baja por su cuerpo.

—Oh, no me mires con ese rostro ¿Crees que soy como Alexander? ¿Qué me he obsesionado contigo, con tu cuerpo, tu sangre? —se cubre la boca para ocultar una carcajada que erupciona de sus labios de forma inesperada, casi pueril —¿Ves? Ese es el problema de Alexander, le presta un poco de atención extra a una bolsa de sangre como tú y ya te crees especial —vuelve a recorrer su cuerpo con la mirada, pero ahora su boca se curva con ligero disgusto —. Eres una cosa insulsa, no voy a mancharme las manos tocando a una presa tan mediocre como tú… pero no seas ingenuo. No creas que has despertado compasión en mí, no soy tan débil como Alexander para dejarme corromper por tan débiles emociones, aunque supongo que la culpa es mía ¿No? He sido un mal creador, le he abandonado a su suerte y no he estado ahí para enderezarlo, para educarlo correctamente —dice esas últimas palabras con una mirada que parece pasar a través de Liu, como si el sonido de sus palabras estuviese ahí con él, pero su cabeza flotase lejos. Luce distraído, casi preocupado, pero pronto la dureza vuelve a su mirada y la firmeza a su voz: —, pero he venido a enmendar mi error. Voy a enseñarle a ser tan perfecto como su naturaleza le exige. Así que no, no pienso beber tu sangre ni matarte… porque tengo esos placeres reservados para Alexander. 

Un enorme vacío se abre dentro de Liu. No sabe qué sentir con esas palabras, porque piensa que debería sentirse aliviado: Mörblut no le matará, solo espera que Xander lo haga y él jamás haría eso <<¿Verdad?>>.

Pero algo insidioso dentro de su cabeza se ríe. Algo que halla divertido que Liu haya sido tan ingenuo, que tenga esperanza en que Xander no le mataría, cuando el vampiro ya le ha demostrado que es capaz de darle cosas peores, mucho peores que la muerte.

—Tampoco voy a ignorarte —Mörblut interrumpe sus pensamientos. Por mucho que ame la desesperación que empieza a sangrar fuera de Liu a través de sus muecas, sus ojos anegados y la tensión en su cuerpo, no quiere otra molesta cacofonía de sollozos —. Alexander ha olvidado su lugar en el mundo y se lo voy a enseñar, pero tú también los has olvidado, así que ¿No es acaso lo mínimo que te muestre para qué están hechos los humanos? Voy a enseñarte la única cosa valiosa que uno de los de tu especie debería saber, así que quiero que observes con atención, mortal, que captes cada detalle. Este es tu propósito. Para esto estás vivo. Para nada más.

Liu no sabe a qué se refiere exactamente, no entiende qué debe observar, especialmente cuando Mörblut se marcha dejándolo solo en esa palaciega habitación. Pasa el rato preguntándoselo, la orden rondándole la cabeza como una mosca molesta.

 

 

 

 

 

 

Capítulo 142

 

Cuando Xander logra ponerse en pie, las piernas le tiemblan y la espalda se le arquea hacia delante como si su cuerpo fuese de un material blando y moldeable fundiéndose al sol. Apenas puede andar y por cada pequeño paso que da, el olor de Liu se aleja más y más, pero nunca desaparece.

Mörblut sabe cómo ocultarlo, podría hacer que Liu fuese indetectable si así lo desease, del mismo modo en que cubrió su presencia cautelosamente la primera vez que pisó la ciudad. Xander lo sabe, entonces: Mörblut no se oculta, le espera.

Un impulso primitivo, violento, dentro de Xander le empuja a seguir el rastro de la dulzura de su humano, a recuperar lo que es suyo, pero sabe que sería una estupidez. No sabe con qué fin Mörblut le ha dejado saber dónde se hallan él y su humano, pero sabe que su creador jamás le devolverá a Liu vivo y que él no puede luchar para recuperarlo. No en este estado y, se teme, no cuando se haya recuperado tampoco.

Xander se siente tan desorientado, tan confundido. Conoce las calles de ese lugar a la perfección -y pensar en ello despierta el recuerdo de la primera vez que vio a Liu, perdido, tratando de huir de la noche que se cernía sobre él-, pero siente que no tiene lugar al que volver. El único sitio en el que desea estar es junto a Liu y sabe que tan pronto cruce ese umbral, lo que se sentía como un hogar se hundirá en pedazos.

<<Arderá>>

Sus pensamientos se entremezclan con aquello que ha robado de Liu. Ve a través de sus ojos, siente a través de su corazón: el dolor de la pérdida. Ve a Matheo, a sus padres, al adorable perrito ser engullidos en las llamas y luego, a través de sus ojos y su pánico, ve a Liu serle arrebatado también. 

Liu debe ser más fuerte que él, piensa Xander, porque él no podrá soportar el dolor de perderlo.

<<¿Qué hago ahora? ¿Qué puedo hacer?>>

Aidan es el único de su especie en quien confía, pero ¿De qué serviría pedir su ayuda? En comparación a él, Aidan es todavía un pequeño neófito que pese a aterrorizar humanos con sus poderes e intimidantes fortalezas no se le antoja a Xander como una mayor amenaza que un pequeño cachorrillo gruñón. Además, Aidan posiblemente se retirará de la situación, necesita proteger a Jeremy y aunque Mörblut no tiene ningún interés en él, sí lo tiene en hacerle daño a aquellos cercanos a Xander ¿No sería, pues, una buena forma de dejar al vampiro roto y vulnerable el arrebatarle no solo a su mortal favorito, sino a su mejor amigo y pupilo y al humano que este atesora y que Xander ha aprendido a apreciar?

Debe advertir a Aidan, lo sabe, pero primero necesita buscar ayuda.

Se tambalea por las calles con el cuerpo inclinado hacia las paredes, arrastrando el hombro por ellas, dejando su peso contra la árida superficie porque sino cree que caerá. Piensa que deambula sin rumbo, hasta que se percata de que ha estado siguiendo inconscientemente un rastro conocido.

Dave rebusca en su bolsillo frente a la puerta de su apartamento, las llaves tintineando en sus dedos mientras el muchacho las lleva a la cerradura.

La llave entra, su muñeca gira y con un chasquido el muchacho abre la puerta. Y una enorme mano se coloca sobre ella, cerrándola de golpe. Dave puede sentir la respiración en su nuca, la sombra de la enorme criatura tras él engullirlo.

Los vellos de todo su cuerpo se erizan y mientras se voltea siente que su cuerpo está congelado, que cada movimiento, agónicamente lento, hace que sus huesos de metal roído se deslicen dolorosamente el uno sobre el otro.

Los ojos de Dave brillan con reconocimiento cuando ve a Xander, pero la tensión de su cuerpo desvela que no deja de estar alerta por ello, solo un poco confundido y una pizca más aliviado que antes. El miedo, sin embargo, hace que se le traben las palabras.

—¿Q-Qué quieres de mí, Xander?

El vampiro lo mira con ojos tormentosos y Dave, ahora que puede verlo con más detenimiento, se da cuenta de sus ropas rasgadas y empapadas en sangre oscura. Incluso su cabello está húmedo, aun goteando.

—Quiero ayuda —le responde, la voz lenta, ronca, como si le costase arrancar de su garganta esas palabras —. Mi creador tiene a Liu. Solo quiero recuperarlo.

Dave parpadea un par de veces, atónito y luego un chispazo de furia cruza sus ojos y se refleja en su rostro y voz:

—¡¿Qué?! Lo único bueno ¡Lo único! de que Liu esté con una jodida abominación como tú es que puedes protegerlo ¡Y ni eso has hecho! ¡¿Cómo mierda has podido dejar que algo así suc-

La ira se evapora rápido de su mirada, dejando dos grandes, asustados ojillos cuando Xander lo toma de la garganta y lo empuja contra la puerta. Sus pies a casi medio metro del suelo. Su cara a la altura de la del vampiro.

—No pongas a prueba mi paciencia, porque me queda poca hoy, humano —advierte Xander con voz ronca, tratando de forzarse a sí mismo a que la vida de Dave le importe incluso si Liu no está ahí y no sabe si alguna vez volverá —, quiero a Liu sano y salvo, incluso si eso significa colaborar contigo. Así que mantén tu boca cerrada y ayúdame a recuperarlo, por si no lo hago te aseguro, Dave, que vas a perder mucho más que a un amigo.

El humano tose y jadea cuando el vampiro finalmente lo suelta. Dave intenta mirarlo con ojos cargados de desdén y acusaciones, pero el vampiro simplemente lo ignora tomando las llaves de la casa de sus manos y entrando sin permiso.

Dave lo sigue, sus manos todavía acariciando la dolorida silueta violácea que ha quedado en su cuello y su voz aún atrapada dentro de ese anillo de hematomas. Al cabo de unos minutos logra decir, aunque con voz rasposa y dolorosa:

—¿Qué es… lo que ha sucedido?

Xander suspira con pesar y se deja caer en el sofá del salón de Dave. Solo recordar la desastrosa noche que acaba de empezar le hace sentir una oleada de cansancio engullirlo, tan grande y profunda como cuando los rayos del sol lo arropan en un sueño irresistible.

—Mi creador desea que sea como antes. No le gusta que esté comportándome tan… delicadamente con humanos, especialmente con Liu. Así que ha decidido arrebatármelo.

Dave traga saliva. Una vez enciende las luces de la salita, el demacrado aspecto del vampiro se hace todavía más evidente. No solo se trata de su ropa rasgada y la sangre que le permite imaginar de qué tipo de heridas está recuperándose, sino que luce más… frágil. Más humano, incluso si sigue siendo una criatura de magníficas proporciones. Luce ojeroso, cansado, su piel ya no tiene ese brillo plateado tan elegante, sino que se le antoja apagada como un montón de ceniza. Sus ojos tan oscuros que apenas puede distinguir el color vino, como si curarse hubiese consumido esa magia que usualmente lo hace lucir como hecho de un material distinto al resto de criaturas del mundo, algo caro, inaccesible, brillante.

Si el creador de Xander ha podido dejarlo en ese estado, Dave no tiene duda alguna sobre que podría asesinarlo si desease.

—¿Va a… a matar a Liu?

Xander alza su mirada y luego la baja al suelo. Mira un punto fijamente mientras su boca se mueve sin que él quiera escuchar las palabras que salen de ella.

—No lo sé.

El silencio se expande entre ambos. Xander se hunde en el sofá, encorvado, tratando de no llorar, y Dave se queda de pie en el umbral de la puerta como un niño desorientado en medio de la noche.

Tras un largo rato, Xander dice.

—Si solo quisiera matarlo, podría haberlo hecho ya. Y no lo ha hecho. Quizá busca hacerlo delante de mí, por eso… por eso necesito pensar algo. Porque sé dónde están ambos, pero también sé que, si voy a por Liu y no mato a Mörblut en ese momento, Liu no sobrevivirá.

Ambos vuelven a hundirse en un silencio tenso. La falta de respuestas se siente como alquitrán goteando entre ambos, ahogándolos, pero ninguno sabe qué decir, Dave porque apenas puede procesar las palabras del vampiro, pues una pequeña parte de su cerebro le dice que Xander solo está siendo un imbécil sádico y gastándole una broma de mal gusto y el vampiro porque aunque sí puede pensar con claridad, le da miedo seguir haciendo girar los engranajes de su cabeza, seguir avanzando para hallarse, como se teme, al fondo de un callejón sin salida.

—¡Di algo, maldita sea! —brama finalmente Xander, levantándose del asiento que había tomado. Su cuerpo se siente por fin curado y el vigor lo atraviesa al mismo tiempo que lo hace la ira. Los humanos siempre le han sido útiles para calmar sus deseos y Dave, si no va a serlo para calmar sus ansiedades, le vale lo mismo que un muerto —He venido a pedirte ayuda, así que haz algo en vez de perder el tiempo y q-

—¡Vete a la mierda! —Dave cruza el umbral de su sala de estar, dirigiéndose a Xander con un dedo acusador y el rostro contorsionado con rabia —¡Liu está metido en toda esta mierda por tu jodida culpa ¿y pretendes que sea yo quien lo solucione?! ¿Qué quieres que haya, eh? ¿Voy a buscar a tu creador e intento clavarle una puta estaca? ¿Quieres que ingenie un plan maestro para ser más jodidamente ingenioso que un monstruo taimado que lleva cientos de años sobre la tierra haciendo esta mierda una y otra vez? Solo soy… solo soy un humano y Liu también ¡No es justo! No es justo que nos metáis en vuestras mierdas, que le hicieses lo que le hiciste y ahora… ahora esto. —Dave suena más débil ahora, deprimido, desesperado.

Se lleva las manos a los cabellos castaños y cortitos, desordenándolos. Los labios le tiemblan como si fuese a llorar, pero su boca se frunce con disgusto, casi con asco, cada vez que le dice algo nuevo al vampiro.

—¿No eres acaso más fuerte que yo? ¿Más listo? O eso esperaría de alguien que lleva tanto tiempo vivo. Haz algo tú, esto es tu culpa. Tú le has arruinado la vida a Liu y si jamás te hubiese conocido o si te hubieses muerto cuando aún no habíamos metido a tu creador en todo esto quizá ahora Liu podría ser f-

Dave tan siquiera lo ve. Xander es suficientemente rápido como para tomar al chico por el cuello y empujarlo contra la puerta de vidrio de su comedor antes de que el muchacho pueda percibirlo. Para cuando el humano es consciente de que algo está pasando, el chico está en el suelo sobre una lluvia de cristales rotos, la espalda de su camiseta empapada en sangre y sus omóplatos ardiendo por los terribles pinchazos que amenazan con picotear su espalda hasta llegar al hueso.

Dave mira con horror la enorme figura que se alza en el hueco creado por los cristales. Ese monstruo de ojos rojos que avanza hacia él, los pedazos vidrio rotos crujiendo bajos sus zapatos como Dave imagina que harán sus huesos dentro de poco. El pánico lo inunda y su voz sale ahogada, temblorosa, pero todavía llena de ira.

—A-así es, entonces —dice mirándolo con repugnancia, con decepción, como si cualquiera que hubiesen sido las esperanzas que el muchacho tenía sobre Xander, fuesen menos bajas de lo que esa criatura realmente es —, me vas a matar porque estás f-frustrado por tus errores. Me matarás porque es lo único que sabes hacer. P-porque tengo razón, pero a ti no te importa la verdad, ni lo correcto, ni hacer algo bien. Te importas s-solo tú. Ni siquiera te importó nunca Liu.

Xander se agacha a la altura del chico, que intenta arrastrarse lejos de él sobre el suelo lleno de cristales y sangre. Dave no le quita el ojo de encima y aunque hay desafío en su mirada, también hay terror. Xander se pregunta si realmente iba a matarlo. Ha actuado por impulso, sus emociones manejando su fuerza cual marioneta, y ahora debe admitir que desearía mucho asesinar a Dave, no porque haya hecho algo malo, sino porque sus palabras son demasiado acertadas. Y precisamente porque son certeras, duelen. 

Pero ver al chico así, en el suelo, ensangrentado, rodeado de cristales rotos. Xander cierra los ojos y suspira. Le recuerda a Liu. A la noche en que se lo arrebató todo, le recuerda el hecho de que si lo mata, no estará un paso más cerca de salvar a su humano favorito, solo de convertirse en la clase de monstruo que ha hecho posible esta pesadilla.

Xander le tiende su mano a Dave, despacio, y este se aparta jadeando de miedo y dolor. Su respiración es errática, su cara está cubierta por el sudor y ya apenas puede disimular que el dolor lo ha dejado realmente indefenso.

—Te ayudaré. —le dice el vampiro extendiendo un poco más su mano y tomando el hombro del mortal.

Dave hace una mueca asustada por el contacto y gimotea de dolor cuando el vampiro lo obliga a inclinarse hacia delante para mostrar su espalda herida. La mayoría de los cortes son superfluos, pero hay dos o tres realmente profundos que no paran de sangrar.

—Puedo usar mi sangre para curarte. —ofrece y se tiene que morder la lengua hasta que prueba la suya corriendo por su garganta para no retirar la oferta. Su sangre es sagrada y Dave un mero mortal que debería sacrificarse para complacerlo, pero… pero es importante para Liu y le ha herido. Tiene que reparar el daño hecho.

—N-no quiero tu sangre —espeta el otro, desconfiado. Sus labios lucen pálidos y sus ojos empiezan a entrecerrársele. No ha perdido tanta sangre, no realmente, pero el dolor empieza a marearlo. —. T-tienes que… que quitarme los cristales y limpiar las heridas. Ne-necesito vendarlas… las que están sangrando.

Xander asiente y Dave lo mira todavía confundido y escéptico cuando el vampiro se levanta y lo toma por debajo de las axilas para echárselo al hombro. La brusquedad con la que el otro lo trata le deja sin aliento, pero no se atreve a quejarse, no cuando Xander está siendo lo más cercano a dócil que ha visto jamás.

El vampiro recorre el pasillo de su apartamento y lo deja en su habitación mientras entra en el baño, donde afortunadamente encuentra el kit de primeros auxilios del humano. Dave espera sobre su cama, tendido bocabajo y centrándose en respirar. Hace un buen trabajo, hasta que Xander entra de nuevo en la habitación. 

Su presencia intimidante, su aura oscura, sus manos grandes.

Dave no está seguro de sus intenciones. La cama se hunde a su lado cuando este se sienta en el filo y luego, con manos fuertes y precisas, Xander desgarra la camisa de Dave hasta dejar su espalda al descubierto. Observa al chico sin compasión al inicio, dejando que su mirada de cazador analice el valor de la presa: Dave tiene un cuerpo atlético y delgado, su espalda es larguirucha, morena, musculosa, pero no es tosca. Su figura es esbelta, su cintura estrecha. Las heridas en ella lo hacen lucir más apetitoso y la sangre huele rica, un toque salado y delicioso emanando de ella.

—¿Q-qué haces? —pregunta Dave, preocupado, cuando siente las yemas de los dedos de Xander trazar peligrosamente cerca de una de las heridas más grande, como acariciando con reverencia el rosado y doloroso contorno de la apertura.

—Tienes razón —Xander ignora la pregunta de Dave. Su tono es sombrío, duro, así como el agarre que ahora sus dedos ejercen sobre la pieza de cristal que el humano tiene encajada en su espalda. Un ala transparente brotando del omóplato derecho. Dave se mueve, incómodo, bajo el vampiro y nota los dedos de este tirar suave, lentamente del cristal, que se remueve en su herida abierta. Dave jadea de dolor, pero Xander sigue hablando —, todo esto es mi culpa. Yo he metido a Liu en esto. He hecho de su vida un infierno.

Dave no sabe si el vampiro está dándole la razón desinteresadamente o vengándose, porque por cada palabra nota un tirón más en su herida, la hoja roma y perforante del cristal desgarrando su piel a medida que sale. Poco a poco. Quizá Xander quiere hacerle experimentar un poco de dolor, porque sus palabras han sido también dolorosas. 

Dave tiembla, sintiéndose vulnerable bajo el toque del vampiro, y suspira de puro alivio cuando nota el cristal salir por fin, la sangre manando de la herida más copiosamente ahora.

Los dedos de Xander se afirman a otro de los pedazos grandes de cristal y un sudor frío recorre la frente de Dave.

—E-espera —dice de pronto y suena tan suplicante que se odia a sí mismo —, duele. Déjame descansar solo un par de minutos, por favor.

Xander suelta el cristal y lo mira con una expresión misteriosa en sus ojos.

—Realmente me importa Liu, ¿Lo sabes?

Dave gira un poco su cabeza para mirarlo, todavía mareado y con esa chispa belicosa en su mirada. Pero se apaga al ver a Xander. Sus ojos quizá no son humanos, pero en ellos reconoce un dolor que sí lo es y eso hace su determinación dudar.

—Entonces tienes que salvarlo. Es lo mínimo que puedes hacer.

Los dedos de Xander se afirman sobre otro pedazo de cristal y Dave hunde la cara en la almohada, temiendo gritar si no lo hace.

—Lo sé —dice Xander y mueve el cristal de lado a lado, ensanchando ligeramente la herida, aflojando el agarre que la carne de Dave parece tener contra ese fragmento de cristal incrustado en ella —, es solo que no sé cómo.

Dave grita cuando el cristal se desprende de su carne y Xander lo mira ecuánime. En un momento menos triste, habría disfrutado de ese sonido, pues Dave trata de aparentar ser tosco, pero sus gritos son realmente dulces. Pasa al tercer pedazo grande de cristal y lo saca paulatinamente mientras habla.

—Nunca, en toda mi eternidad, he tenido que resolver un problema así. Nunca he tenido problemas, de hecho, más bien molestias o inconvenientes. Siempre he sido la criatura más poderosa allá a donde he ido, así que mi ingenio lo he pulido siempre para aprovecharme de los débiles, pero nunca al revés. Mi maestro es lo que yo he sido por siglos y no sé cómo lidiar con eso. Es más antiguo que yo, más poderoso, más cruel. Y tiene ventajas, porque tiene a Liu. No puedo matarle, si solo me enfrento a él con lo que hasta ahora me ha servido para no perder nunca.

Dave respira hondo, el dolor remitiendo poco a poco en él. Xander se centra ahora en quitar los trozos medianos y pequeños de cristal que apenas han ahondado un par de centímetros en su piel. Cierra los ojos y estabiliza su aliento a medida que va oyendo el repiqueteo de los cristales empapados en sangre caer al suelo.

—¿N-no hay algo que puedas hacer para ser más fuerte que él?  Si bebes más sangre que él, quizá… O el otro vampiro, Liu me dijo que había otro, un amigo tuyo ¿No podréis entre dos?

Xander niega suavemente.

—Beberé sangre para fortalecerme y poder pelear con Mörblut si al final resulta necesario, pero como mucho podré entretenerlo mientras Liu escapa, no vencerlo. Y Aidan… no, no le pediré ayuda. Él es mucho más débil que yo, solo estorbaría en una pelea, moriría al cabo de meros segundos y si lo involucro Mörblut tendrá un arma más para hacerme daño.

—Entonces ¿No hay nada que hacer?

Xander lleva sus ojos a la luna llena, que brilla como una moneda de plata en el cielo. Su resplandor es leve, pero dulce.

—Hay… hay algo que podría intentar.

 

 

Capítulo 143

 

Liu no puede resistir más, pero así es como se sentía hace unas horas ¿O era hace unos días? Ha perdido el paso del tiempo y sin ventanas, ni relojes, ni la suficiente claridad de mente para contar más allá de siete segundos, el chico no distingue un minuto de una eternidad. Lleva sintiendo que ese es el fin, que se muere, mucho, muchísimo tiempo, pero el alivio jamás viene. La oscuridad, cuando engulle su mundo y le hace sentir abrazado por el acolchado nido de la inconsciencia, se disipa rápido: Mörblut lo arrastra de vuelta a la consciencia con un ramalazo de dolor.

A veces le azota en su delgado y blando vientre o en su huesuda espalda con un látigo espinoso, otras lo golpea si más, su puño férreo encajado en su mandíbula, en su delicado pecho o incluso en su entrepierna y otras veces desliza sus uñas largas afiladas por su piel hasta que abre los ojos.

Lo hace todas y cada una de las veces que los cierra y lo hace hasta que lo tiene como quiere: atento y observando mientras él mata y tortura a pobres mortales frente a sus ojos.

Ve tan borroso por el hambre, el dolor y el mareo que no puede distinguir los rostros y se imagina a él y a Xander cada vez, como Mörblut le ha ordenado que haga. No quería obedecerlo, pero su voz se le ha metido en la cabeza y parece que su mente es tan esclava como su cuerpo encadenado.

Cuando Mörblut termina de divertirse, deja dormir a Liu durante el día, si es que lo logra. El chico se queda balanceándose en las cadenas que lo mantienen preso, al inicio porque luchaba contra ellas, ahora por el momentum de los golpes que Mörblut le da como castigo por no atender a sus crudas lecciones. Cuando los grilletes dejan de ondear y los eslabones de metal dejan de tintinear, el silencio inunda la sala y Liu trata de dormir, pero es tan, oh, tan difícil.

Los hombros le duelen demasiado, incluso más que sus heridas ardientes y chorreantes de sangre. Nota el líquido caliente escurriéndole por el cuerpo, goteando en un charco bajo su extenuada figura. Siente las gotas atravesarle la espalda, el pecho, las piernas. Las nota en los brazos también, dejó de forcejear contra los grilletes cuando se dio cuenta de lo mucho que le dañaban, pero eso no ha impedido que la presión sobre sus muñecas tras colgar de ellas por días haya arrancado la piel de ellas, dejándolas en carne viva, escurriéndose entre los agarres de metal como si su piel fuese un guante que poco a poco empieza a desprenderse. Primero la muñeca y ahora ya siente su piel levantándose en el dorso y la palma de las manos. Se pregunta si cuando Mörblut se la arranque de los dedos, le quedarán las uñas o también tendrá que sentirlas salir.

El dolor, aun así, lo agota tanto que Liu creyó que eso incluso lo ayudaría a dormir, pero el hambre y la sed no le dejan. Ha rogado a Mörblut por agua varias veces, pero el vampiro ignora su voz con la misma facilidad que el zumbido de una mosca. A veces, cuando Liu siente su garganta hecha de papel arrugado y frágil, lame la sangre que le gotea por los brazos y pese al sabor, se siente algo mejor.

Pensó que, si se volvían demasiado severos, el hambre y la sed quizá no le ayudarían a dormir, pero sí le harían desmayarse de inanición. Tampoco ha sido así, pues Mörblut conserva las luces siempre abiertas.

Y no es que a Liu le moleste un poco de luz, no tras el infierno que está pasando, es más bien lo que la luz le hace ver.

Mörblut no limpia sus comidas hasta la noche siguiente, así que Liu se queda a solas en esa sala con el cuerpo de la anterior víctima o lo que quede de su cuerpo. Liu quiere apartar los ojos, cerrarlos bien fuertes y no ver como a los cadáveres se les secan los ojos o se les agarrotan las manos, como los intestinos sobre el suelo pasan de un color brillante y húmedo a mate mientras las moscas revolotean alrededor y el olor a podredumbre le sube por la nariz, pero no puede.

Mörblut habla en su cabeza.

<<Mira>> le dice. Y mirar es lo que hace.

A veces el pelirrojo deja a sus víctimas solo medio muertas. Lo suficientemente vivas como para que se muevan un poco y hagan ruidos o lloren, incluso para que emitan alguna palabra y Liu sea incapaz de ignorarlas, de ignorar su sufrimiento. Pero lo suficientemente destrozadas como para que no haya esperanza.

Así que Liu mira. Y las ve morir.

Cuando cae la noche, Mörblut se lleva los cadáveres, limpia la sangre hasta dejar el suelo prístino y cuando brilla tanto que refleja la cara pecosa de Liu, el muchacho quiere vomitar porque sabe que es hora de empezar de cero.

Mörblut no deja el suelo brillante porque aprecie la pulcritud. No, el único atractivo de la pureza, para él, es mancharla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 144

 

Aidan no entiende por qué la gente relaciona el color blanco con la pureza cuando ese tono es precisamente el lienzo donde más hermosas se ven las manchas de sangre. Ahora mismo, por ejemplo, el cuello pálido de Jeremy tiene un tono como el de la inocente nieve, pero en él no hay inocencia alguna, no mientras lo recorra una gruesa gota de sangre que brota de sus labios mordisqueados durante horas porque horas es el rato que el vampiro lleva torturando a su bonito humano, haciéndole rozar sus límites, tentado con la idea de romperlos.

Jeremy está atado al cabecero de la cama, sentado con la espalda pegada a este (¿Como no? Si prietas cuerdas unen su cintura con la robusta madera de la estructura) y las manos abiertas, como crucificado, una en cada extremo del cabecero. Sus piernas están estiradas sobre las sábanas. Abiertas.

Entre ellas, Aidan se asegura de convertir el cuerpo de su pequeño humano en el divertimento de cualquier sádico: Jeremy tiene sus bonitos ojos vendados y la venda está ya empapada de lágrimas de placer y agonía, sus hermosos pezones, frutillas de carne rosada erectas en la planicie de su pecho, son apretados hasta enrojecer por dos pinzas de presión muy precisas a las que Aidan les da un par de vueltas más para que estrujen más duro esa carne tierna y sensible; su vientre se hunde con cada caricia del vampiro, pues Jeremy no sabe si el próximo contacto será un mimo o un azote y sus piernas demuestran que ha tenido muchos de esos; sus muslos están atravesados por marcas rojas, largas y vibrantes, pinceladas de un látigo que ha chasqueado el aire y ha lamido su piel más de una docena de veces para arrancarle hermosos gritos. La zona entre sus muslos, para su suerte, ha sido inexplorada por el látigo, pero no por ello es menos víctima de las perversiones de Aidan: su pene tiene un apretado anillo en la base que le roba todos y cada uno de sus orgasmos y hace que el chico gotee hasta empapar las sábanas más aún de lo que ha empapado la venda; además, su trasero acoge un juguete grande y texturizado que parece hacer vibrar hasta su estómago. Jeremy tiembla cada vez que Aidan aumenta la potencia de las vibraciones y lo recoloca, aplastando la cabeza gruesa y suave del objeto contra su próstata y haciendo que hilillos de saliva y sangre le escurran por las comisuras.

Jeremy puede apenas hablar, pero Aidan está bastante contento con los resultados. Jeremy tiembla igual ante sus caricias y azotes como ante la sensación de sus dientes contra la piel y eso es un importante avance.

—Buen chico, tan buen chico —murmura el vampiro antes de agacharse para engullir del sexo de Jeremy hasta el fondo. Su boca grande y cálida se aprieta contra la sensible erección y Jeremy lloriquea de frustración cuando siente su orgasmo crecer y crecer, enquistado en su interior. La lengua suave como la seda de Aidan lame los testículos del chico, acompañándolos dentro de su boca y Jeremy siente sus genitales succionados tan agradablemente que su espalda se arquea y un jadeo abandona su boca. 

Aidan deja salir sus testículos y su pene de su boca con obsceno y húmedo sonido de succión y cuando luego pone sus labios alrededor de los lacerados muslos del joven y muerde duro, el chico también hace ruiditos desesperados y chupa aire por el dolor, pero su reacción es menos violenta.

—A-Aidan… no pu…edo más, p-por favor —suplica, sus dientes castañeando, todo su pequeño cuerpo temblando.

Aidan le sonríe con satisfacción, aunque el chico no pueda verlo, y sube la intensidad del juguete de su interior al máximo mientras lo agarra con una mano. Lo empuja dentro y fuera, follándolo con la parte más ancha y presionando su sensible próstata. Muerde su cuello empapado de la sangre que le resbala por el labio y el mentón y Jeremy solo patalea inútilmente, llorando porque no puede correrse.

Cuando Aidan arranca el juguete de su interior lentamente, no sabe si el gruñido del chico ha sido de alivio o de frustración. El vampiro rodea el anillo muscular con los dedos, disfrutando de lo enrojecido y abierto que está. Ha dilatado al chico por horas, aun así, sabe que se sentirá estrecho alrededor de su tamaño y eso le hace relamerse.

—Estás siendo tan complaciente hoy, dejando que ponga mis colmillos en tu bonita piel, quejándote tan poco por ello ¿Quieres que te recompense? ¿Que te deje tener el orgasmo por el que llevas horas suplicando como una cosita patética e indefensa?

Jeremy asiente, sollozando. No quiere correrse, lo necesita o si no su cuerpo va a fallar. El placer lo recorre como electricidad que se dispara por toda su carne, por sus huesos, una descarga que lo hace temblar y paralizarse y que necesita una vía de escape antes de freírle el jodido cerebro.

—Pero por muy bueno que seas aquí hay normas, Jeremy ¿Cuál es la norma? —pregunta en su oído y el chico hace un ruidito agudo y agónico, porque sabe perfectamente de qué se trata. Aun así, Aidan lo dice por él: —No puedes correrte hasta que yo lo haga.

Jeremy se siente tan jodidamente mareado. Sus muñecas duelen, su columna se siente amoratada de tanto arquearla contra el cabecero, su cintura está siendo marcada por el patrón trenzado de la cuerda que lo ata, sus piernas acalambradas, su sexo ardiente y dolorido como bañado en magma y su trasero demasiado sensible, abierto por la rudeza de un juguete que ha dejado su interior extraño y su cabeza confundida.

—Haremos un trato, solo porque estás muy desesperado hoy y yo suficientemente amable como para hacer una excepción.

El chico se calla de pronto, incluso si le cuesta horrores. Sabe que no soportará ser follado por Aidan hasta que este se corra, posiblemente dentro de una hora de martillear su pobre trasero, así que es todo oídos.

Siente como el vampiro empieza a desatar sus muñecas y luego su cintura, aunque Jeremy queda quieto como un muñeco, esperando órdenes.

—Te dejaré correrte mientras te follo, aunque yo todavía no lo haya hecho, pero hay dos condiciones: —Jeremy asiente con efusividad. Haría lo que fuese, lo que fuese —no vas a tocarte, quiero verte teniendo un orgasmo solo por sentirme dentro tuyo. Y vas a correrte solo si mis colmillos rompen tu piel lo suficiente como para hacerte sangrar.

Jeremy traga saliva y de pronto todo su delicioso mareo parece esfumarse, se siente sobrio de placer, demasiado preocupado como para que la calentura le nuble el juicio. Aidan se ha estado esmerando con él cada noche por hacerlo más receptivo a la idea de ser mordido y aunque ha funcionado, se ha tratado siempre de morderlo sin romper su piel e ir aumentando su nivel de comodidad. Ahora, sin embargo, han llegado a un umbral y es momento de cruzarlo, solo que Jeremy no está seguro de si puede.

La negrura que sus ojos cerrados le proporcionan se torna de pronto en el escenario perfecto para que su cabeza reinterprete de nuevo aquella noche en que Aidan dejó de su sed fuese más voraz que su amor. La noche en que pensó no solo que moriría, sino que sería asesinado. Sabe que Aidan jamás querría matarlo, pero tampoco quiso hacerlo entonces y la muerte estuvo tan cerca de él aun así que su cuerpo quedó frío, su corazón vacío apenas por unas tristes gotas y nada de esperanza.

—N-no lo sé, Aidan —murmura el muchacho, su voz está llena de zozobra y el vampiro nota que la habitación ha pasado de ser un templo del erotismo a un baúl de malos recuerdos.

Mueve al chico en la cama, haciéndolo quedar bajos su cuerpo, tendido sobre su espalda, separa sus piernas llenas de los lengüetazos rojos del látigo y pone sus tobillos en sus hombros. Jeremy parece olvidar un poco su miedo cuando nota la húmeda y ancha cabeza del miembro de Aidan trazando círculos en la apertura de su entrada. Muerde su labio de nuevo y gime mientras tira la cabeza hacia atrás.

—No voy a hundir mis colmillos muy profundo, solo un poquito, para hacerte sangrar —explica el vampiro, su voz es ronca, tentador, y mientras habla de clavar sus afilados dientes en la ternura del humano, su miembro se empuja y Jeremy puede sentir la cabeza abriéndolo. Gime mientras el otro empieza a follarlo despacio, solo con la punta de su miembro por ahora —. Seré cuidadoso, pararé si te angustias y —el vampiro ríe, una risa corta, pero atractiva que brota justo cuando el muchachito gime porque el otro ha empezado a mover sus caderas adelante y atrás, sacando y metiendo la cabeza de su miembro de una forma que hace las piernas de Jeremy temblar—te aseguro que no podrás pensar mucho en ello, no mientras estoy follándote realmente profundo y tú estás corriéndote por ello.

Jeremy lloriquea, Aidan lo tienta con un par de centímetro más, empujándose superfluamente en su interior. El muchacho se siente abierto, dolorido, pero es una sensación demasiado deliciosa como para que resista a ella, así que solo gimotea un asentimiento y ladea su cabeza mostrándole su cuello a Aidan.

El vampiro lo recompensa con un ronco <<Buen chico>> y retira el anillo de su pene prestamente. Al mismo tiempo empuja su cuerpo contra el de Jeremy: su pecho grande y duro contra el del menor, sus abdominales contra el vientre suave del chico y, sobre todo, sus caderas anchas entre el hueco entre sus piernas, su polla larga y ancha hundiéndose centímetro a centímetro en el interior del dócil humano. Entierra su rostro en su cuello, inhalando su delicioso aroma a excitación y temor, esa mezcla adictiva que no había conocido antes y que ahora lo enloquece. Entonces descubre sus colmillos y los conecta con la piel del chico. Aprieta despacio al mismo tiempo que hace lo mismo con sus caderas, su polla presionando duro la próstata del chico y este poniendo los ojos en blanco del placer puro y crudo que recorre su cuerpo entero.

Aidan clava sus colmillos en el mismo instante en que siente el cuerpo del muchachito convulsionar debajo suyo, el orgasmo, caliente y pegajoso, estallando entre el inexistente hueco entre sus cuerpos. Siente la ternura de su piel rendirse ante el filo de sus colmillos, la sangre en su lengua, los gemidos del humano llenándole los oídos con algo tan jodidamente perfecto como el sabor de su sangre.

Así que decide ser amable con él y follarlo rudo y fuerte mientras el chico se corre, dándole más placer aún que el de su miembro estático enterrado en su interior podía procurarle. Lo jode con estocadas salvajes en las que retira su miembro hasta casi su totalidad y lo hunde de nuevo haciendo la cama temblar y arrancando gritos hermosos de su garganta.

Por cada embate, una nueva tira de blanco semen es escupida por el sexo de Jeremy, hasta que se queda sin y su orgasmo reside solo en la forma en la que gimotea bajo él y en que sus piernas tiemblan exageradamente.

Durante una hora más, Aidan se dedica a ser más amable de lo que jamás es con los mortales: se empuja en el interior de Jeremy hasta la empuñadura, sintiendo sus testículos contra las nalgas del chico, y lo folla cálida, lentamente.

 Durante esa hora Jeremy no sabe si está en el cielo o el infierno, pues Aidan está siendo bueno con él, oh, tan bueno, moviendo sus caderas unos pocos centímetros, metiéndola muy despacio en vez de asaltar su pobre, sobreestimulado cuerpo con embates poderosos que hacen crujir la cama, pero precisamente porque el otro está poseyéndolo con esa calidez, el chico siente un placer más intenso del que el vibrador le había forzado a sentir.

Cada vez que el otro lo penetra de nuevo siente que podría correrse otra vez. La sensación es tan buena… por no hablar de la manera en que el vampiro lo sostiene cerca y le acaricia la cabeza, la forma en que lame la heridita que le ha hecho en el cuello con los colmillos, calmando sus dolores y temores y mandando oleadas de confort por todo su cuerpo.

Para cuando Aidan se ha saciado con su cuerpo y empuja en un última, profunda embestida, Jeremy está corriéndose de nuevo. El calor del orgasmo derramándose en su vientre mientras siente ese mismo calor llenarlo por dentro.

Aidan sale de su interior despacio y el chico gimotea avergonzado por los sonidos húmedos y de succión que su agujero hace mientras el impresionante tamaño de su amante lo abandona. Puede sentir su trasero abierto, pulsando, chorreando el placer blanco que el otro ha derramado en él. Aidan lo acompaña al baño y se sienta con él en la enorme bañera, acariciándolo mientras ambos están cubiertos por agua tan cálida y agradable que se siente como las mantas de su cama por la mañana.

—Lo has hecho tan bien hoy —lo halaga Aidan restregando sus labios contra su nuca, el chico se estremece por la sensación —, cada vez estás más cerca de poder volver a complacerme como una bonita presa.

Jeremy asiente, orgulloso, pero cansado, y traga saliva.

—Y si… ¿Y si nunca puedo? Hoy ha sido tan agradable… pero a veces avanzo un paso y retrocedo dos o siento que me estanco. Me da miedo no ser capaz de ser mordido de nuevo —murmura el chico de pronto apocado.

<<Me da miedo no darte lo que quieres>>

Aidan tuerce la boca, pero intenta disimular el gesto besuqueando la nuca del chico y trazando suaves círculos en su abdomen por debajo del agua.

—No me alimentaré de ti por mucho que lo desee si no eres capaz de soportarlo, Jeremy, igual que tampoco tendría sexo contigo nunca más si fuese traumático para ti. Eres más que las cosas de ti que despiertan mi deseo. Te quiero, Jeremy. A ti.

El muchacho lo escucha en silencio, dejando que las palabras goteen poco a poco a través de las grietas de la coraza que hace mucho tiempo tuvo que esculpir alrededor de su corazón. Le teme a no poder alimentar a Aidan más de lo que le teme a morir intentándolo, porque incluso si el vampiro lo mata porque pierde el control, significará que lo desea, que lo desea demasiado. Y Jeremy siempre pensó que ser deseado era lo más cerca que estaría jamás de ser querido. Quizá por eso la sed de sangre de Aidan le resultaba a par intimidante y cómoda, su posesividad tranquilizadora y su lascivia una garantía de su compañía.

Ser querido, sin embargo, fue algo que jamás se planteó. Jamás se preguntó si Aidan lo amaba, pues jamás se consideró digno de tales sentimientos, así que oír la confesión de los labios del vampiro, tan natural y delicada a la vez, tan hermosa, sincera, inesperada, le hace romper en llanto y voltearse para abrazarlo con todas sus fuerzas. No le salen las palabras, pero no es necesario. Aidan puede leer en su enredada cabecita que el chico le ama del mismo modo. Le acaricia el cabello con ternura, pero un preocupante suspiro escapa de sus labios.

—Aun así, Jeremy, me gustaría poder morderte de verdad una vez más. Solo una, si es que no quieres hacerlo nunca jamás. No para saciar mis deseos, sino por… porque hay algo que querría hacer contigo. Algo que necesito hacer.

El muchacho levanta la cabeza de su pecho, aun olfateando el aire con una naricilla enrojecida, y lo mira con curiosidad.

—¿Algo como… como tener sexo mientras me muerdes por última vez? —pregunta preocupado. Sabe que Aidan ama probar su sangre al mismo tiempo que reclama su cuerpo y no quiere quitarle ese placer, jamás, pero la idea de sentirse obligado a hacerlo, incluso si es una vez y no más, le oprime el pecho.

Aidan ríe, incrédulo.

—No, tontito —le dice, picándole la nariz—. ¿Sabes? Los vampiros tenemos la capacidad de extender nuestros poderes. Algunos vampiros, muy pocos, muy afortunados, pueden ceder el don del vampirismo a un humano. Convertirlo. Pero la mayoría tenemos algo distinto, no tan poderoso, pero igual de útil: podemos vincular a un mortal a nosotros. Eso significa darle a ese humano partes de nuestro vampirismo, no nuestra fuerza ni nuestra velocidad, no nuestra capacidad para leer mentes ni nuestra sed de sangre, pero sí nuestra eternidad. Vincular a un mortal significa volverlo intocable para el tiempo o la enfermedad, no inmortal, pero sí eterno si se lo cuida como es debido.

Los ojos del muchacho se abren de par en par, impresionado en la misma medida por aprender sobre semejante magia y por comprender que Aidan quiere compartirla con él.

Jeremy traga saliva cuando la mirada de Aidan se endurece.

—Para vincularte, Jeremy, tengo que morderte. —el chico palidece y el vampiro puede sentir su corazón latir rápido.

Sabe que Jeremy se siente halagado, más que eso, extasiado, porque él quiere volverlo su amante para siempre, pero sabe también que volver el mordisco algo tan importante, obligatorio, pone sobre sus hombros un peso sofocante.

—Es… ¿Q-qué hay que hacer, exactamente?

Aidan niega con la cabeza y acerca al chico más a él.

—Más adelante te explicaré los detalles. Tenemos mucho tiempo aún, Jeremy. Vamos a hacer algo más agradable esta noche ¿De acuerdo?

Capítulo 145

 

Aidan y Jeremy pasean tomados de la mano. Hace un rato charlaban animadamente, pero Xander ha llamado a su amigo y desde que el pelinegro está con el oído pegado el teléfono, asintiendo seriamente y respondiendo con escuetas palabras, Jeremy ha estado metido en sus propios pensamientos, tratando de decidir si la idea de ser vinculado lo emociona más que lo aterroriza o al revés.

—De acuerdo, estaremos atentos. Estamos en la calle ahora, no lo siento cerca. Huir sería arriesgado, evidente. Intentaría cazarnos.

Aidan suena tenso y aunque Jeremy no distingue las palabras de Xander al otro lado de la línea su tono suena más duro de lo usual. La preocupación que se enmaraña en su interior crece más y más.

—¿Lo tienes localizado? Bien ¿Y no se ha movido de ahí más que para cazar? —la mano de Aidan aprieta la de Jeremy más fuerte que antes —No. No parece que me tenga en su punto de mira. —sus ojos de desvían hacia Jeremy, llenos de algo ardiente ay aterrador que le pone al humano los pelos de punta —No, a él tampoco.

Aidan escucha por un rato largo y asiente.

—Aun así, Xander, si puedo ayudar de otro modo, házmelo saber. Lo sé, por precaución. Pero mantenme informado —escucha un rato, sus ojos se desvían a Jeremy arquea una ceja —. Un momento. —Se aparta el teléfono del oído y mira a su humano —Mi cosita dulce ¿Cuándo empezabas a trabajar en la cafetería?

—El primero del mes que viene ¿Qué sucede?

Aidan asiente, serio, y luego vuelve a la conversación dejando la pregunta de Jeremy en el aire y su ceño fruncido en confusión.

—Ya lo has oído. ¿Dave está al tanto? Perfecto, le pediré que informe a Jeremy. Lo iré a buscar cada noche, por si acaso. Esperemos que se haya resuelto para entonces.

Jeremy abre la boca cuando Aidan cuelga su teléfono, dispuesto a bombardearlo con una retahíla de preguntas, pero el vampiro se le adelanta.

—El creador de Xander ha vuelto. Tiene a Liu.

El corazón de Jeremy parece detenerse un segundo para luego dispararse de golpe. Habría esperado que Aidan terminase la tensa llamada telefónica sonriéndole con dulzura y dándole una explicación que aliviase todas sus ansiedades, pero sus palabras son directas y duras como un bofetón en el rostro. Le hace sentir descolocado que las diga con tan aparente calma, mientas siguen paseando tomados de la mano.

—¿Qué? ¿Pero qué ha sucedido? ¿Liu estará bien? ¿Es por eso que Xander lleva un par de días sin pasarse por casa? ¿Cuánto tiempo hace que su cr-

—Jeremy —lo interrumpe con un tono demandante, pero tranquilizador. El vampiro acaricia sus nudillos con cuidado, pasando el pulgar por cada protuberancia suave y blanquecina —, no sé exactamente qué ha sucedido. Nadie sabe si Liu estará bien. Xander no me ha dado muchos detalles, no quiere mi ayuda, no le sería útil. —dice eso último sin poder evitar apretar su boca con desaprobación.

Él sabe que su superior está tomando la decisión acertada, pero le duele tener que darle la razón, admitir su inutilidad frente a una amenaza que aterra a Xander de ese modo.

—Me ha llamado para advertirme, para advertirnos. Mörblut no está interesado en mi ni en ti, no mientras tenga a Liu para hacerle daño a Xander. Pero tenemos que tener cuidado y no actuar de forma sospechosa, no podemos perder los nervios y tratar de huir. Tenemos que seguir actuando con normalidad y confiar en Xander, pero si él falla, entonces tendremos que ser rápidos y desaparecer de aquí.

Jeremy traga saliva.

Desaparecer es algo que se le da bien, pero que no le gusta. Lleva toda su vida sintiéndose como una rata que tiene que meterse por las grietas y los huecos de las paredes para hacer su presencia invisible, para huir de todo lo que le acecha. Huía de su madre y sus clientes cuando era pequeño, se ocultaba de los malhechores que acuciaban a su hermana cuando apenas era un poquito más grande y lleva toda la vida, desde entonces, escapando de su pasado y aprendiendo a escurrirse entre las manos de hombres que quieren apretarlo demasiado fuerte entre sus dedos, clavarlo a una cama con dedos como clavos y pasar la noche dándole martirios que el dinero jamás podría pagar.

La perspectiva de seguir huyendo, incluso si es con Aidan a su lado esta vez, lo marea. Le hace sentir que su destino es inevitable y que por más que busque seguridad en el mundo, este siempre le devolverá el golpe con un enemigo más grande, más temible, más peligroso.

Había logrado algo aquí, había logrado sentirse en casa entre las paredes de la mansión de Xander, incluso el vampiro rubio empezaba a agradarle y había hecho amigos, Dave, Liu, sobre todo el pobre Liu, e incluso había encontrado un empleo que se sentía emocionado por empezar.

Jeremy intenta hacer de su corazón una coraza y aceptar su destino, pero su mirada luce terriblemente triste mientras dice:

—De acuerdo…

Aidan se detiene y lo abraza por detrás, su cuerpo grande y cálido envolviéndolo suavemente, su aliento en su nuca, sus manos en su cintura. Jeremy se relaja incluso si sabe que no debería.

—Todo saldrá bien, Jeremy. Pase lo que pase, me aseguraré de que estés a salvo. Esta noche, quiero que te olvides de eso, quiero que lo pases bien, que dejes tu cabeza en blanco y sin ninguna preocupación ¿De acuerdo? 

El chico asiente, aunque no sabe si podrá lograrlo. Lleva la vida entera preocupándose, así que ahora pensar demasiado las cosas se siente natural, instintivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 146

 

Huele a alcohol dulce, una mezcla extraña de perfumes y colonias y a la tenue y única esencia de los cientos de cuerpos humanos que danzan sobre un suelo brillante que refleja las luces de colores de la pista de baile. Aidan siempre ha hallado divertido ir a los lugares donde los humanos se entretienen y se ponen ebrios hasta desinhibirse de sus más íntimas angustias, aunque rara vez ha participado.

Desde la época en que esos lugares eran tabernas hasta el momento en que se han vuelto discotecas, Aidan siempre ha preferido quedarse oculto y aislado en una esquina, observando la forma en que los humanos se tornan más vulnerables y torpes aun cuando beben para ahogar sus penas o su vergüenza. Siempre ha disfrutado seleccionando a mortales no demasiado borrachos, pero más que simplemente achispados, para llevárselos hacia el frío del exterior y cazarlos. Verlos tropezar al intentar escapar, desesperarlos porque sus mentes se pones sobrias del susto, pero su cuerpo sigue descoordinado, más listo para bailar que para sobrevivir.

Hoy, sin embargo, solo tiene ojos para una presa particular.

Jeremy luce tan bonito mientras empuja su cuerpo delgado contra otros, sus brazos alzados hacia el cielo moviéndose en ondulaciones hipnóticas, sus caderas haciendo movimientos suaves y fluidos un momento y luego otros afilados, repentinos, sus pies moviéndose torpes, pero creando un ritmo que su cuerpo viste de una forma más que bella. Quizá no elegante, pero adorablemente patoso.

Ha sido difícil convencerlo de que lo pase bien, sobre todo después de darle las noticias que Alexander le ha comunicado al teléfono, pero un par de bebidas alcohólicas color rosa y con azúcar en los bordes del vaso han hecho maravillas. Jeremy se acerca a la barra, donde Aidan se sienta solo, pues nadie más se atreve a acercarse, y se empuja contra su regazo.

—Baila conmigo… —le pide haciendo un puchero y apoyando su cabeza en el cuerpo del vampiro mientras este le mima la cabeza.

—Me gusta verte desde aquí.

—Por favor —le pide alargando las vocales y poniendo sus mejores ojos de cachorrito. Aidan niega, su boca vistiendo una sonrisa hermosa y colmilluda —¿Por qué? —inquiere, ahora luciendo irritado e infantil por la forma en que frunce el ceño.

Aidan suspira y niega, agachándose para susurrar en su oído.

—No te rías —le advierte y solo con decirlo, el chico pude sentir ya la risa nerviosa burbujeándole en la garganta —: no sé bailar.

Jeremy estalla en carcajadas y Aidan piensa que es furia lo que le calienta el rostro, hasta que se da cuenta de que se ha sonrojado.

—¡Basta ya! —lo regaña Aidan tomando al chico de sus cabellos para alzarle el rostro y hacer que le mire a los ojos.

Jeremy ve su expresión furibunda que antes le habría resultado aterradora, pero el alcohol en sus venas lo convierte en algo hilarante, así que solo ríe de forma coqueta, unos hipidos interrumpiendo el hermoso sonido.

Jeremy toma una de las manos de Aidan e intenta arrastrarlo hacia la pista de baile. Aidan se deja hacer un poco, levantándose de su taburete y siguiendo al chico a regañadientes.

—Te ensueño.

—Enseño —le corrige Aidan, incapaz de aguantar más sus ganas de sonreír enternecido.

Jeremy y él se cuelan en la pista de baile sin problemas, pues los cuerpos de su alrededor se disipan tan pronto la altura de Aidan delata su naturaleza.

Aun así, algunos chicos y chicas borrachas chocan contra el vampiro sin percatarse de la situación y este debe hacer acopio de todas sus fuerzas por no matarlos ahí mismo. No quiere arruinarle la noche a Jeremy.

El chico no le enseña a bailar en absoluto, pero baila contra su cuerpo por un buen rato y Aidan ama ver el espectáculo en primera línea, poner sus manos sobre el cuerpo se desliza y se muele contra su figura, recorrer cada curva con las palmas, tomar entre las yemas de sus dedos el cabello desordenado del chico y ponérselo tras la oreja o trazar la curva de su columna.

—¿Crees que Liu estará bien? —pregunta Jeremy, agotado, dejándose caer contra el cuerpo de Aidan.

Este lo atrapa entre sus brazos y se aleja poco a poco del ruido y la muchedumbre. Aidan quiere responderle que sí, pero no quiere mentir. Además, la pregunta le perturba de un modo que no es capaz de expresar, que no se atreve a hacer real con palabras, pues si duda de que Xander pueda salvar a Liu, entonces él y Jeremy no tienes más esperanzas que las bobamente decida conservar para poder seguir disfrutando de los instantes que les queden.

Aidan se inclina hacia el chico y lo besa en lugar de responder. Jeremy corresponde y siente el mundo a su alrededor silenciarse, volverse más frío y luego cálido de nuevo, familiar.

Cuando abre los ojos una vez el beso ha terminado, se maravilla comprobando que están de vuelta a casa, Aidan depositándolo gentilmente sobre la cama que han compartido solo horas atrás.

—¿Vas a follarme? —pregunta el chico, acomodándose entre las sábanas. Su voz tiembla, llena de nervios y expectación, y Aidan ríe porque es demasiado adorable como el muchacho todavía se comporta como una cosita inexperta cuando son sus manos las que recorren su cuerpo.

—Estás demasiado borracho —reprende el otro, negando con la cabeza y arropando al chico. Jeremy sonríe, cansado en parte, aliviado en cierto modo. Su cuerpo entero duele y se resiente por haber pasado una noche tan activa, así que las sábanas se sienten como un bálsamo milagroso sobre la herida que es su existencia —. Ven, tienes que dormir un poco, mi cosita dulce.

 

 

 

 

 

Capítulo 147

 

—Despierta ya, joder. —las rudas palabras vienen acompañadas de una mano grande y una fuerza excesiva que lo empujan hasta que se cae de la cama.

—Mierda —masculla Dave, medio adormilado, mientras trata de levantarse del suelo.

Una vez está en pie, se voltea con los ojos echando chispas hacia el vampiro, pero este le desconcierta sosteniendo su teléfono en una mano y mostrándoselo. Dave debe parpadear rápido para que sus ojos se acostumbren a la luz de la pantalla y puedan leer las letras, pero cuando lo hace, siente un puñal en el corazón.

—¿Una llamada de Liu? —pregunta, más escéptico que esperanzado. Por la forma en que el otro asiente, serio y sin atisbo de ilusión, sabe que su desconfianza es compartida.

—Está impacientándose. Tenemos que actuar. Tengo que actuar.

Dave traga saliva. Ha estado un par de días hablando con Xander de qué línea de acción tomar y el vampiro tiene una opción. Una última, desesperada, arriesgada opción. Pero también es la única. 

Necesitan más tiempo para pensar.

—Deberías responder.

Xander traga saliva y mira el teléfono con nerviosismo.

—¿Y jugar a su juego?

—Si no respondes, quizá intenta llamar tu atención de otro modo. Prefiero recibir una llamada de Liu que un jodido pedazo de él. Responde.

Xander odia que le den órdenes, especialmente humano, especialmente ese. Pero debe admitir que tiene razón.

Pulsa el botón verde, atendiendo a la llamada.

—Odio que me hagan esperar, Alexander —es lo primero que dice Mörblut y su tono suena irritado, amenazante— y ya he esperado suficiente tiempo por ti.

El vampiro rubio traga saliva, dubitativo sobre qué responder. No quiere sonar complaciente o Mörblut será demasiado consciente de que tiene el control, pero tampoco quiere sonar desobediente, pues Mörblut realmente tiene el control.

—¿Por qué has llamado? —su voz suena más nerviosa que curiosa.

—Te lo acabo de decir: estoy harto de esperar. Te daré algo de tiempo, porque soy indulgente contigo por ser mi creación favorita: Tienes tres noches para venir a mí. Cuando lo hagas, vas a matar a Liu. Despacio. Si no, te arrastraré yo aquí, lo mataré delante tuyo y si derramas una sola lágrima, acabaré contigo también.

El silencio se forma al otro lado de la línea. Xander y Dave se miran fijamente con espanto en sus ojos, sí, pero también con un brillo peculiar: ese horror que Mörblut les propone es la oportunidad perfecta para que el único y desesperado plan que ambos han ideado tenga siquiera una pequeña posibilidad de ser exitoso. Y un minúsculo quizá no es gran cosa, pero es mucho más prometedor que la sentencia de muerte que su creador le ofrece en su lugar.

—¿Y bien? —la voz del vampiro suena más impaciente y, de fondo, Xander puede escuchar un gimoteo lastimero. La voz dulce de Liu lloriqueando sin fuerzas de ese modo tan específico en que lo hace cuando alguien desliza afiladas uñas por su carne —¿Vas a deshacerte de él o lo haré yo?

Xander se muerde la lengua y tiene que aguantar las lágrimas, porque escucha unas respiraciones aceleradas y erráticas al teléfono y sabe que Mörblut lo ha puesto en el oído de Liu para que escuche sus siguientes palabras:

—Lo mataré yo mismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 148

 

—¿Qué sucede? 

Jeremy abraza a Aidan por detrás en la cama cuando se percata de que está despierto. Él sigue adormilado, pues acaba de levantarse al sentir la ausencia y la frialdad a su lado, pero su amante, que está sentado en la orilla de la cama, luce alerta, preocupado. Sostiene su teléfono móvil entre sus manos, jugueteando con él mientras su vista está perdida en algún punto impreciso del suelo.

Aidan aprieta la boca. No quiere mentirle a Jeremy, pero tampoco quiere hacerle sufrir y la verdad, ahora, solo lograría crisparle los nervios. Para su desgracia, el muchacho es suficientemente astuto para no requerir de su respuesta.

—Ha llamado Xander ¿Verdad? —pregunta en voz baja, como temiendo que alguien los escuche. Sabe que es una idea ridícula, que Mörblut no los está espiando, pero mentiría si negase que durante meses ha sentido un frío repentino calarle en los huesos en noches donde, de algún modo, estaba seguro de unos ojos distantes lo miraban con odio. Aidan traga saliva. Asiente —¿Liu… Liu está…

Las palabras no le salen de la boca. Conoce poco al muchachito, pero comparte mucho con él. Liu es un alma dulce y delicada y quizá por culpa de eso ha sido herida tantas veces. Reconoce en él una inocencia que tiempo atrás perdió y un dolor del que no ha logrado liberarse aún. También ve en él algo que no había podido reconocer en ningún lado: Liu es su primer amigo. Gracias a él tendrá un trabajo y más amigos aún. Aidan le da protección, seguridad y amor, pero Liu le da normalidad, algo que un vampiro jamás podría ofrecerle, y por ello le estará agradecido hasta el día en que uno de los dos muera.

Solo que jamás pensó que ese día pudiese llegar tan pronto.

Un nudo de angustia de afirma en su garganta, sofocándolo, haciéndole sentir las lágrimas en sus ojos ardiendo como pimienta.

—No, no ha muerto. —lo tranquiliza Aidan, pero la forma en que ha tardado en soltar esas palabras revela a Jeremy que la vida de su amigo no está asegurada, no al menos por mucho tiempo —Pero Mörblut quiere matarlo en unos días, Xander va a tratar de evitarlo aunque…

Jeremy asiente, comprensivo. Una parte de él quiere acosar a Aidan a preguntas, agobiarlo con todas sus preocupaciones hasta que el vampiro se vea obligado a decirle, algo, lo que sea, que pueda tranquilizarlo, pero se muerde la lengua.

Incluso si él teme por Liu y por sí mismo, sabe que Aidan no puede ser su pilar firme en esta situación. Algunas noches en las que el vampiro se sentía suficientemente nostálgico y vulnerable, le ha confesado la naturaleza de su relación con Xander, le ha confesado como pese al rencor jamás pudo dejar de verlo como un maestro.

Le ha confesado que su íntima amistad no siempre fue agradable y suave como ahora, sino que tuvo que pasar por terrenos difíciles, por peleas, sangre y odio, que Aidan a veces no abandonó a Xander porque lo temía o porque lo admiraba. O simplemente porque era su amante, el único que pensó que jamás sería capaz de tocarlo y hacerlo sentir débil de nuevo, hacerlo sentir humano cuando creyó haber perdido todo de esa vida que dejó atrás.

Si su corazón se encoge ante el pronóstico de perder a Liu, no imagina cómo Aidan debe estar revolviéndose por dentro, temeroso de perder a quien antaño fue su amante y su enemigo, ahora el único amigo y maestro que ha tenido durante su corta eternidad.

Jeremy lo abraza con fuerza, respira despacio mientras los cabellos azabaches y lacios del otro le hacen cosquillas en la cara. Le gusta como huele Aidan, picante y dulce a la vez, un tenue perfume a canela que siempre asociará con el hogar y la tranquilidad. Le recuerda a su hermana, a cuando echaba esa especia en la leche aguada que le daba para desayunar, intentando que el chico no se diese cuenta de que no tenías apenas más comida.

—¿No podemos ayudar de algún modo?

Aidan niega. Xander solo le ha pedido una única cosa: si no respondo cuando el tiempo haya pasado, huye. Ves lo más lejos posible mientras él está distraído conmigo.

—¿Y arriesgarme a perderte? —pregunta Aidan volteándose hacia el chico y tomándolo de la cintura para acercarlo más a él, para tumbarlo sobre su regazo —No me lo perdonaría si te sucediese algo.

Jeremy se encoge de hombros. 

—No me importaría morir ahora —dice el chico con una voz suave, triste —. Llevo mucho tiempo pensando que me da miedo la muerte, como a cualquiera. Cuando mi hermana murió y descubrí su cuerpo recuerdo haber pensado que no podía morirme ahora, que quizá si me hubiese muerto unos minutos antes de verlo, cuando pensaba que ella seguía viva, estaría bien, pero no podía morir después de verla.

<<Desde entonces, muchos clientes me han hecho temer por mi vida. Algunos han sujetado navajas contra mi cuello para conseguir servicios gratis, otros me han golpeado porque no logré satisfacerles y otros simplemente estaban locos. Pensaba mucho en morirme, en aquel entonces, pensaba en la calma de irme a dormir en sábanas calientes y no despertar, pero cuando estaba en las camas de moteles con tipos desconocidos, rabiosos, pensando que iba a morir ahí, de repente me asaltaba el pánico. Lo mismo cuando me… cuando aquellos hombres me secuestraron y me drogaron para vender mis órganos. Y contigo… al inicio, cada vez que teníamos un encuentro, incluso si era placentero, temblaba de miedo pensando que me matarías después de usarme. También temí aquella noche, cuando pensé que deseabas quitarme la vida.

<<Ahora, sin embargo, pienso en morirme y no causa ese pánico que tenía antes y me parece extraño ¿No? Ahora tengo mucho más que perder ¿Por qué no iba a darme miedo morir? Pero por fin lo he entendido. Todo ese tiempo, no me daba miedo la muerte, me daba miedo pensar que eso sería todo, que mi vida terminaría sin haber podido experimentar la felicidad o el amor o la tranquilidad de un hogar al que volver, de conocer a alguien a quien poder llamar mi amigo. Me daba miedo morir porque eso significaría que toda mi vida, todo ese sufrimiento, habría sido inútil, todos mis sacrificios, mi esperanza… todo desperdiciado.

Pero ya tengo lo que quería. Tengo una vida sencilla y tranquila, te tengo a ti, tengo amigos. Soy feliz y prefiero morir feliz, que vivir un largo tiempo, suficiente como para que alguien me arrebate lo que tengo.>>

Aidan suspira pesaroso. La forma en que Jeremy habla le rompe el corazón, incluso si sus palabras están colmadas de sosiego, de agradecimiento, de amor.

Él no le ha dado toda su ternura al muchacho como un regalo de despedida, no le ama para que pueda morir siendo querido, le ama con la intención de hacerlo cada día, cada noche, hasta que le eternidad los engulla. Es doloroso ver la aceptación que tiene Jeremy de su finitud, no solo eso, su anhelo por morir, por morir pronto, para que el mundo no tenga tiempo de quitarle el cómodo lecho de afectos y adoración que se ha creado para yacer en él por última vez.

—Jeremy, no tienes que elegir entre morir feliz o vivir mucho. Quizá eso era antes, cuando las cosas buenas que te sucedían eran pequeñas e inestables, milagros que solo duraban unas horas y que querías que fuesen tus últimos recuerdos. Pero no ahora.

<<Quiero que seas mío por todo lo que mi eternidad dure y mientras seas mío, haré que te sientas querido. Por eso, Jeremy, antes de que todo esto suceda, antes de que descubramos si Xander es capaz de liberarnos de su creador o no, quiero vincularte. Quiero asegurarme de que te hago un poco más resistente, de que te doy al menos esa protección, de que incluso si nos separamos para escapar de él, te puedo regalar aún muchos años.

Muchos más años de los que un humano es obsequiado usualmente durante toda una vida, para que tu puedas empezar de nuevo siempre que quieras.>>

Jeremy traga saliva. Los ojos se le llenan de lágrimas y quiere decirle a Aidan que le quiere, que le quiere tantísimo, pero sus labios solo se fruncen cuando empieza a llorar, incapaz de saborear esas palabras que jamás pensó hechas para su paladar.

Aidan, aun así, puede leer esa hermosa declaración en su cabeza y sonríe por ello.

—Yo también te quiero, Jeremy —le responde, inclinándose para besarlo.

Nota en sus labios temblorosos, en su lengua titubeante y en la timidez de su ósculo que el muchacho está nervioso. Quizá Jeremy no le teme a la muerte, pero le teme a la noche en la que estuvo a punto de hacerlo en sus manos, le teme a la amargura de ese recuerdo, a la sensación que sus labios y dientes invocan sobre su piel al posarse en ella, la sensación de que Aidan miente cuando le dice que le ama. Le teme al rechazo que sintió esa noche, a la desgarradora consciencia de que solo puede experimentar el amor como una mentira, como una cruel burla.

—Podemos… p-puedes intentar vincularme —suspira el chico, las palabras mismas que pronuncia dejándolo sin aliento —, quizá no esta noche, pero cuando… cuando Xander vaya a…

Piensa en los colmillos hundiéndose en la carne. El dolor disparándose como un flechazo por todo su cuerpo, recorriendo sus extremidades, quemando en la punta de sus dedos antes de dejarlos fríos e inertes. Solo un beso de Aidan logra sacarlo de sus recuerdos.

—Gracias.

<<Gracias por querer estar a mi lado. Por confiar en mí de nuevo. Por regalarme tu vida sin saber si yo te devolveré eternidad… o muerte>>

 

 

 

 

 

Capítulo 149

 

Alzándose siempre varios centímetros sobre la altura de incluso los humanos más altos que ha conocido, Xander rara vez se siente pequeño. Pero lo hace ahora.

Aprieta los dientes mientras mira la forma en que la enorme casa de Mörblut, una antigua mansión que había pertenecido a un hombre rico, posiblemente ahora enterrado en su propio jardín, se alza hacia el cielo nublado, las últimas plantas perdiéndose entre las nubes, creando la ilusión de que, quizá, el edificio se yergue interminablemente hacia el cielo.

Xander sabe que estando ahí, a meros centímetro de la verja, Mörblut puede sentir su presencia del mismo modo en que él siente la de su creador, basta como el edifico mismo, y la de Liu, reducida al tenue aroma de su sangre derramada.

Avanza saltando la verja, pues no quiere sentir la humillación de tener que llamar al timbre, de escuchar la voz de Mörblut al otro lado del interfono, risueña, mientras juega con él y lo retiene en la entrada hablando sobre cómo Liu morirá esta noche. Xander tiene que actuar rápido o su fachada se desmoronará.

Pero tampoco puede apresurarse, ser transparente.

Por eso cruza el camino de losas de piedra hacia la puerta de entrada despacio. Un paso de elegante tras otro.

<<Deja de apretar los puños. Destensa la mandíbula. No frunzas el ceño.>>

Repasa mentalmente las instrucciones que Dave le ha dado antes de salir.

<<Tienes que lucir hambriento. No enfadado>>

Así que Xander usa su furia y la disfraza de ansia: deja que sus colmillos crezcan largos y afilados, más amenazantes de lo que nunca ha tenido que hacerlos lucir, y sus ojos resplandecen con un fulgor infernal.

Pica a la puerta, sus nudillos golpeando fuerte. Ansiosos.

Xander escucha los pasos de adentro y el sonido le permite ver en su mente los andares aristocráticos de Mörblut, la forma en que se acerca despacio a la puerta, saboreando el momento, luciendo imponente.

Cuando esta se abre, el vampiro pelirrojo lo recibe con una enorme, colmilluda sonrisa, mirándolo desde arriba. Xander se siente pequeño de nuevo y su confianza se tambalea. Es una sensación tan nueva, tan extraña para él, le hace estar incómodo en su propia piel y por un momento su mente parece quedarse en blanco. Hasta que Mörblut le tiende la mano y Xander se la estrecha.

El apretón del otro es fuerte, vigoroso. Dominante. Xander se centra en que el suyo sea firme, en opacar al del pelirrojo, por temor a enfadarlo.

—Me alegra tanto que hayas venido —dice el hombre apartándose a un lado cortésmente, invitándolo a pasar.

La vista que desvela al salir del camino deja a Xander congelado unos segundos: Liu colgando del techo con gruesas cadenas, su cuerpo famélico, lacerado, cubierto en sangre y sudor. Sus ojos apenas abiertos, opacos. Sus costillas marcadas. Su pelo enmarañado y desvaído. Sus muslos llenos de arañazos.

Xander trata de recomponerse sin que su consternación se note y se adentra unos pasos en la morada de Mörblut. La sala principal es enorme, así como también está totalmente vacía e impecable, a excepción del charquito de sangre bajo los pies colgantes de Liu. El goteo es lento, pero constante. La sangre se desliza desde sus muñecas abiertas por la dureza de los grilletes hasta el extremo opuesto de su cuerpo. Xander debe apartar la mirada así que la clava en Mörblut.

Su creador lo mira con una especie de mezcla entre alivio y orgullo y Xander se odia por sentirse tan bien, tan aceptado, ahora que su creador lo ve de ese modo, como un pequeño niño siendo alabado por su ídolo.

—Sabía que entrarías en razón, Alexander, querido. Sabía que algo de mi creación no podía ser tan necio, tan débil de dejarte asesinar por un mero mortal. Aunque reconozco —una risilla escapa de sus labios, aunque un amago de taparse la boca con la mano e impedir que el sonido, mitad diabólico, mitad pueril, escape —que ahora siempre me quedará la curiosidad por saber qué clase de carita pones mientras te das cuenta de que por primera vez eres tú la presa, no el cazador.

Mörblut se inclina hacia Xander para decir esa última frase, la susurra con una dulzura podrida en su oído, con lascivia en sus palabras y una amenaza subyaciéndolas. Si Xander fuese mortal, sabe que corazón latiría ahora deprisa.

—Pero dejémonos de cavilaciones —Mörblut hace un gesto con sus manos, restando importancia a sus anteriores palabras, y cierra de un portazo. Liu, al otro lado de la sala, despierta de lo que parecía ser un estado transitorio entre la consciencia y la inconsciencia. Sus cadenas se agitan un poco mientras alza la vista e intenta distinguir las figuras en la lejanía —, estás aquí para algo y estoy ansioso por que suceda de una vez ¿No lo estás tu también?

Xander lo mira con ojos fríos y en su boca dibuja una gran sonrisa que refleja la de su creador. Los labios curvados con malas intenciones y la diversión que estas le provocan a la criatura. Sus colmillos tan largos que Mörblut se siente excitado con solo verlos y pensar en el placer de Xander hundiéndose en su antiguo humano hasta destrozarlo.

—Estoy hambriento. —responde el otro, su tono también burlón.

—¡Perfecto!

Mörblut extiende sus brazos en una expresión de júbilo. Está tan contento que Xander se permite relajarse por un segundo, bajas sus defensas y echar un vistazo a Liu mientras se aproximan poco a poco a él. Se le rompe el corazón al verlo ahí colgado, desnudo, ensangrentado. Sus ojitos vacíos alzándose con confusión mientras trata de distinguirlo.

Hasta que lo reconoce.

Sus ojos se abren grande.

<<¿Xander? ¿Xander ha venido a salvarme?>>

El vampiro tiene que obligarse a sí mismo a dejar de escuchar sus pensamientos, la ilusión en su voz. Le aparta la mirada justo cuando Liu busca la suya, lleno de ilusión. La sonrisa que iba a formarse en su rostro se marchita rápido, malograda, cuando nota a Xander andar al lado de Mörblut, cuando ve sus rostros sonriendo y los oye charlar amenamente mientras se aproximan.

—Me gustaría que su sangre fuese de más calidad, ya sabes, para que acompañase la grandeza del momento, pero no me he molestado en alimentarlo ni darle bebida, así que posiblemente su sabor sea mediocre a lo sumo. Después de matarlo, podemos ir a cazar un par de presas que compensen este entrante.

Xander asiente, estoico, mientras su maestro toma a Liu de sus ataduras rompiendo la cadena con el mismo gesto con el que uno arrancaría una jugosa uva del racimo. El chico cae exhausto al suelo con un sonido sordo, su cabeza golpeando la Pristina superficie de mármol, haciéndolo sentirse todavía más mareado y confundido que antes.

Y es que Liu no puede entenderlo. No puede comprender cómo Xander dijo aquello por teléfono días atrás. Ha estado todo este tiempo tratando de convencerse a sí mismo de que no fue real, de que era una pesadilla e incluso cuando Mörblut lo referenciaba, se decía a sí mismo que no era más que un truco sucio de ese vampiro, que quizá él había implantado en su cerebro tales recuerdos, tales ideas, y ahora jugaba con sus pocas esperanzas para hacerle creer que eran reales.

Pero esto… Xander, de carne y hueso, frente a él, hablando amenamente sobre matarle. Esto no puede ser una ilusión o un engaño. Es real.

Se siente tan estúpido de pronto. Estúpido por haber confiado en el hombre que le arruinó la vida. Por haber tenido la esperanza de que había vuelto a él para rescatarlo en vez de para terminar de romperlo de una buena vez. Estúpido por haberle confesado su más oscuro secreto a un ser que lo único que halla de valor en él es su sangre y su cuerpo, no su voz, ni la intimidad que sus palabras susurrantes envuelven.

Se siente estúpido por haber pensado, en cualquier maldito punto de su vida desde el accidente, que podría merecer o siquiera alcanzar algún tipo de felicidad, de paz, más allá de su muerte.

Pero está demasiado cansado para reprenderse mentalmente por ello, para fustigarse más de lo que Mörblut ya ha hecho, así que solo dejará que pasé lo que desde el inicio estaba destinado a suceder: dejará que su demonio de lo lleve por fin al infierno.

Mörblut agarra a Liu del cabello, alzando su cuerpo inerte del suelo y zarandeándolo de un lado para otro como un juguetito frente a los ojos de Xander.

—Todo tuyo, Alexander.

El vampiro lo toma entre sus brazos, con más cuidado del que debería tener frente a su maestro, pero incapaz de ser rudo cuando su humano favorito en el mundo se le antoja tan frágil como ahora.

Liu lo mira, sus ojos llenos de una triste, taciturna aceptación. Llora, desesperado, humillado, y mueve sus labios rotos una última vez.

—Por favor… —suplica con voz débil.

Xander muere por escuchar al chico, por dejarlo hablar, averiguar si está suplicando por ser perdonado o por ser ejecutado rápido. Muere por consolarlo, abrazarlo, besarlo de nuevo.

Pero en vez de eso lo mira con superioridad y voltea su rostro a un lado con un par de dedos, revelando su cuello. No puede soportar escuchar más de sus súplicas.

—Cállate. —ordena, su voz ronca erizando la piel del chico, causando un estremecimiento familiar en su cuerpo.

Xander aparta cuidadosamente los cabellos del cuello del chico, dejando su garganta expuesta. Ve en ella las marcas que dejó en el pasado cubiertas de sangre fresca, cicatrices curadas brillando con la intensidad del nuevo dolor.

En ese momento, quiere voltearse y asesinar a Mörblut, dejar que sus instintos lo guíen, pero recuerda su conversación con Dave, recuerda qué tiene que hacer.

<<¿No hay ninguna debilidad que él tenga?>>

<<Tiene mis mismas debilidades, Dave, y muchas más fortalezas que yo>>

<<Entonces es el fin ¿No? No puedes ganarle>>

<<No si peleamos, pero hay un momento en el cual todo vampiro está vulnerable como un neófito. Demasiado embelesado como para distinguir una amenaza y defenderse a tiempo>>

<<¿Cuándo?>>

Xander cierra los ojos. Liu hace cuando los colmillos desgarran su piel y el dolor lo atraviesa, tan enorme, repentino, como un golpe de gracia. El cuerpo entre sus manos no resiste, es todo temblor y debilidad, sangre escurridiza y caliente y brazos y piernas que se quedan fríos a los pocos sorbos.

<<Cuando está matando>>

Xander se deja perderse a sí mismo en el placer. Deja la dulzura roja le inunde la boca, el corazón, la cabeza, que borre sus arrepentimientos, que inunde su angustia, incluso si sabe que no merece descanso de este tormento, lo necesita.

Y cuando lo obtiene, cuando por fin es obsequiado con unos segundos de maravillosa embriaguez, se fuerza a sí mismo a arrancarse de ese reino de ensueño y volver a la realidad. El dolor lo alcanza de golpe, desconcertante, y logra alejarse de Liu incluso si es arrancando la carne de su garganta entre sus dientes.

Mörblut lo mira extasiado: su boca roja, el néctar carmesí chorreando por su cuello hacia su camisa, sus manos bañadas en sangre, el mortal con el cuello destrozado entre ellas. Frunce el ceño.

—No está muerto aún. —reclama, desconfiado.

Xander se arrodilla frente a él como un súbdito lo haría ante su rey. Baja la cabeza, dócil y complaciente, y le entrega a su amo y maestro las últimas gotas de vida que quedan en su más preciado tesoro.

—Lo sé —responde Xander, su voz suave y agradable como terciopelo, tan complaciente que Mörblut no puede sino relamerse ante el feroz súbdito que tiene, que tan fácilmente se transforma en una sumisa criatura ante sus deseos —, pero eres tú quien me ha devuelto a camino correcto. Tú eres mi maestro, quien me ha guiado cuando me he desviado de mi propia naturaleza. Y por ello te estoy agradecido, pero no tengo más ofrecimientos para mostrar mi gratitud que esto: toma tú la vida de este mortal que antes me importaba. Destrúyela ante mis ojos, porque solo tú decides mi destino.

Mörblut se inclina hacia Xander, sus ojos brillando de emoción, su rostro rebasando el cuerpecillo de Liu para acercarse al de su pupilo, con los labios entreabiertos, tan cercanos a los del otro. Cuando habla, la nula distancia hace que la boca de Mörblut roce la de Xander, manchándose los labios de carmín en lo que parece ser la promesa de un beso de sangre.

—Son tan acertadas tus palabras, Alexander. Lamento haberte dejado atrás tanto tiempo, lamento no haber sabido ver el maravilloso pupilo que he creado —algo débil, huidizo, cruza la mirada de Xander mientras recibe las palabras con la que no se ha atrevido siquiera a soñar. Culpa, quizá —Eres el compañero de eternidad más perfecto que jamás habría podido imaginar, ahora, deja que elimine esta pequeña molestia y te prometo que voy a compensarte por todo el tiempo perdido lejos de ti.

Mörblut coloca sus dedos en la barbilla de Xander y lo hace alzarse hasta su altura, Liu aún entre sus brazos, su vida apagándose poco a poco. El vampiro se inclina hacia la débil presa y Xander sostiene a Liu con una mano firme mientras con la otra rodea a Mörblut, lo aproxima a sí con un abrazo suave y lleno de ternura.

Hasta que Mörblut hunde sus colmillos en Liu y se pierde ante el placer de la caza, demasiado extasiado como para percatarse de que el afectuoso abrazo de su pupilo se ha convertido en algo más.

Mörblut se arranca de su presa cuando nota el dolor atravesarlo, el calor derramándose por su pecho, el vacío que se ha abierto desde su espalda hasta su esternón. Gruñe, mareado, notando sus miembros quemándose por dentro como devorados por fuego, y mira al frente.

Xander lo observa con odio en sus ojos y, en su mano derecha, su corazón negro y recién arrancado.

Mörblut lleva sus manos a su propio pecho hallando en el lugar donde ese órgano antes estaba un agujero viscoso y sanguinolento del que emana un líquido como el alquitrán. Abre sus labios ensangrentados, pero Xander lo hace antes con los suyos: besa su corazón sangrante y bebe de él hasta que el suave órgano se vuelve ceniza contra sus labios y el vampiro frente a él polvo, deshaciéndose sin haber podido siquiera pronunciar sus últimas palabras.

Con Mörblut por fin muerto, Xander debe apresurarse, el tiempo no está de su lado, pero se permite tener esperanzas. Lleva sus colmillos manchados de la sangre inocente de Liu y de la sangre corrupta de Mörblut a su propia muñeca y la desgarra, arrancando un pedazo de carne tan grande como la mitad de la anchura de su articulación. La sangre mana a borbotones y Xander conecta su herida con la boca de Liu, sellando con sus pequeños, preciosos labios, el lugar por donde su veneno sangre afuera.

El vampiro observa en silencio, desesperado, esperando. Pues es lo único que puede hacer. Espera a que Liu trague su sangre.

Cierra los ojos, recordando, de nuevo, su conversación con Dave, cuando las palabras eran solo palabras y las posibilidades, esperanza.

<<Pero ¿Si Mörblut lo desangra por completo, podrás curarlo?>>

<<No. No puedo curarlo, pero puedo intentar algo. Cuando su cuerpo se halle vacío de sangre mortal, unos instantes antes de que pierda la vida, puedo darle todo de mí: llenarlo de nuevo con mi sangre inmortal. Puedo intentar vincularlo.>>

<<Entonces ¿Eso funcionará? ¿Liu se curará si estará bien?>>

<<No lo sé, pero si eso no lo hace, nada más lo hará>>

Unas gotitas transparentes caen sobre la cara de Liu, inerte, plácida. Xander tarda un poco en darse cuenta de que son sus lágrimas, de que está llorando porque Liu no se mueve y la sangre que él le da se le escurre por las comisuras y chorrea en el suelo.

Su herida está a punto de cerrarse.

Las de Liu no se curan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 150

 

Jeremy juguetea nerviosamente con la cubertería de plata. Tanto el cuchillo como el tenedor son largos y elegantes, recubiertos de hermosas figuras en forma de enredaderas llenas de flores que los convierten en algo más cercano a obras de arte en miniatura que a utensilios hechos para acabar manchados de salsa; además, el filete de salmón es jugoso y tierno, la piel crujiente y la salsa de limón y pimienta es tan deliciosa que solo su aroma es mejor que el sabor de muchos otros platillos.

Aun así, Jeremy no puede acabar de concentrarse en el lujoso restaurante ni en esa comida divina por la que habría tenía que trabajar semanas antaño para permitirse. Le está muy agradecido a Aidan por haber querido hacer de esa noche una especial, por haberse puesto tan guapo, con sus pantalones negros de traje, el cinturón del mismo color, pero brillante y esa hermosa camisa de satín blanco que lleva un par de botones desabrochados y su cabello negro azabache trenzado cayendo a un lado; le quiere agradecer también por la forma en que lo ha despertado llenándolo de besos, asegurándole que todo saldrá bien, susurrándole que hoy no es una noche para el temor, sino un motivo de celebración.

Aun así, Jeremy está nervioso. El cuello de su camisa celeste se siente opresivo contra su cuello, cada roce de la fina tela sintiéndose como un adelanto del momento en que el vampiro posará ahí sus labios y, luego, los traicioneros filos que tras ellos esconde.

—¿Cómo… cómo funciona exactamente la vinculación?

Llevan un rato en silencio. Aidan ha hecho sus mejores intentos por distraer al chico y este por seguirle la amena conversación, pero pronto sus respuestas se han vuelto más cortas, lentas, estúpidas. Y es que no puede pensar en frases coherentes que decir cuando su mente está llena de gritos de preocupación. Aidan lo mira en silencio, examinándolo, y le sirve una copa de vino poco a poco, asegurándose de que el líquido rojo llena el vaso.

Jeremy entiende la insinuación, no, la orden, y da un largo trago dejando sus labios tintados del mismo color que el destino le depara a los de su amante.

—No tienes por qué saberlo, si eso te angustia.

Jeremy ríe, sarcástico.

—Vas a hundir tus colmillos en mi cuello y no sé siquiera si será una muerte lenta o rápida, en caso de que algo salga mal. Eso sí que me apura.

Aidan le sonríe de vuelta, entretenido por el valor con el que el muchacho le reprende.

—Para vincular a un humano, este debe asimilar como suya la sangre de un vampiro. Para ello, Jeremy, tengo que hacer un intercambio: eliminar de tu cuerpo cuanta sangre tuya pueda y llenarte de inmediato con la mía. Beber insuficientemente de ti puede hacer que tu sangre rechace la mía, que enfermes y la vinculación no funcione, por eso cuanto más te vacíe, mejor. Pero vaciar a un humano es usualmente… matarlo.

Jeremy traga saliva y baja sus ojos, antes retadores, al plato. Mueve un poco la comida en este, como si no se le hubiese cerrado por completo el apetito y deliberase si tomar o no un poco más de salmón.

Se obliga a sí mismo a llevarse un suave pedazo a la boca, necesita fuerzas para lo que está por venir y, afortunadamente, el sabor del pescado y su textura mantequillosa y suave le ayuda a ganar un poco el apetito, aunque sigue perturbándole la idea de ser drenado. Y la forma en que Aidan describe el proceso con deleite, incapaz de ocultar la forma en que su lengua traza sus colmillos cuando imagina el momento de morderlo, hace que la piel en su nuca se erice. 

—Para vaciarme —Jeremy traga el pedazo de pescado sin siquiera masticar. Agradece que no tuviese raspas —¿Debes beber tanto de mí como el día en que casi morí?

<<En que casi lo maté>> se recuerda Aidan a sí mismo, sus palabras como una laceración de fuera dejando huella en su memoria, en su corazón. No puede permitirse olvidarlo, no hoy, de entre todas las noches.

Lo mira con seriedad mientras dice:

—Más.

Jeremy guarda silencio unos momentos, como reconsiderándolo, pero ambos son conscientes que la opción de echarse atrás ha sido descartada hace mucho. Ahora solo queda la de hacerse a la idea.

—¿Dolerá más, entonces? —pregunta el muchacho, que ya ha dejado sus cubiertos a un lado y se ha rendido con su comida. Ha tomado la mitad de ella, así que se siente orgulloso por eso.

—Oh, Jeremy… —dice con una sonrisa pícara en sus labios y extiende su mano sobre la mesa, sus dedos grandes, venosos y blancos destacando sobre el color vino del mantel. Toma los de Jeremy, pequeños y suaves en comparación, y lo acaricia mientras dice: —si temes que esta pueda ser tu última noche en el mundo, voy a hacer que sea una llena de placer. No te preocupes por el dolor ¿Entendido?

Le gusta la forma en que lo hace sonrojar. La forma en que hace que se atragante con el sorbo de vino hasta que termina tosiendo, gotitas rojas manchando el hermoso celeste de su camisa. No importa, él planea pintarla de rojo en unas horas.

—¿Quieres tomar un postre antes de irnos? —ofrece, como si sus palabras no acabasen de ser sucias y de poner a Jeremy tan nervioso que por poco se echa su copa encima. Luego, con voz susurrante y ronca agrega: —¿O prefieres marcharte para que yo pueda saborear el mío lo más pronto posible?

 

 

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