Capítulo 21
Liu despierta mucho antes que
Alexander, no porque su agotamiento no sea rival para con el del vampiro, sino
porque su dolor lo arranca cruelmente de sus tranquilos sueños y lo devuelve a
la pesadilla de su realidad.
El muchacho despierta entre
sudores, jadeando y revolviéndose contra la enorme y pétrea figura de su
captor. Por un segundo, antes de abrir de sus ojos, está convencido de que
Alexander está rudamente violentándolo, de que está golpeándolo y poseyéndolo,
cortándolo, mordiéndolo… y cuando se levanta de la cama y abre sus ojos para
observar su cuerpo siendo solo abrazado por el vampiro, comprende que su dolor
es solo un eco de tan horribles experiencias.
<<La pastilla ha dejado de
hacer efecto>> se
lamenta, pero no puede pedir ayuda a Alexander. Su sueño parece no solamente
profundo, sino imperturbable. Y aunque pudiese despertarlo, el riesgo de
enfadarlo y llevarse una reprimenda sería mucho, mucho peor que la recompensa.
Tampoco puede dormir o yacer en la cama y esperar, no mientras sus brazos
cortados escuecen y sus caderas laten de dolor, no mientras su nariz, que
juraría que está rota, pulsa y sus rodillas raspadas punzan.
El muchacho logra forcejear fuera
del abrazo de Alexander y una vez libre de este sale también de la cama y al
pasillo. Recuerda que Alexander no necesitó subir a la segunda planta, donde
ahora se hallan ambos, para obtener las pastillas, lo que significa que Liu
debe bajar para encontrarlas.
Cuando se asoma a las escaleras
de caracol de marea. Cada escalón, una oportunidad de que le fallen las piernas
y caiga rodando hacia abajo. Quizá se parte el cuello. <<No suena tan
mal. Quizá es lo justo. Lo merezco ¿no es así? Porque yo estoy vivo y ellos no.
Porque debería haber muerto con todos mis seres queridos. O debería ir al
infierno. Si es así, quizá ya lo estoy. Quizá no tengo derecho a intentar escapar
de él. Aun así…>>
Liu logra superar el primer
escalón, aunque se agarra a la barandilla hasta que sus nudillos se ponen
pálidos y aunque se mueve despacio, desconfiando ante un cuerpo que habita,
pero que no le pertenece y que parece obedecer, mientras su amo duerme, solo a
la debilidad y al dolor. Cinco minutos más tarde, el segundo y el tercer
escalón quedan a espaldas de Liu y el muchacho tiene la vertiginosa certeza de
que es demasiado tarde para echarse atrás.
Media hora más tarde, el muchacho
está por fin en la planta de abajo y la casa, silenciosa y en unas extrañas
tinieblas que le recuerdan que las habitaciones no tienen ventanas y que las
del piso inferior son pequeñas y están tapadas en su mayoría, se siente como
una trampa. Como una tentación. La luz del ocaso se escurre por las rendijas
del exterior, naranja, cálida y dulce como sirope. Reconfortante, pues le
recuerda que aún es de día y los días son lo único que es verdaderamente suyo.
El silencio le recuerda que podría estar solo, eso es si huyese, claro. Pero la
puerta frente a él, magna como si se tratase más que de una salida, de un
imponente guardián, parece reírse de él, de su incapacidad para empujarla y
simplemente irse.
<<Alexander volvería a por
mí de todos modos. Volvería a castigarme>> piensa, angustiado y rendido, así que ignora la puerta y merodea
por el lugar en busca de las pastillas para el dolor.
Intenta ir al lugar donde
Alexander se ausentó la noche anterior, pero todo es tan grande, nuevo y
laberíntico que teme perderse. Su agotamiento le impide intentarlo, siquiera,
así que Liu vuelve al sofá color vino, el único rincón de ese lugar que conoce,
y se enrolla en la cálida manta para dormir un poco más. Se dice que volverá a
subir las escaleras cuando haya ganado algo de fuerzas, antes de que Alexander
despierte.
—Pero ¿Qué tenemos aquí?
La voz suena dulce y burlona.
Familiar, pero no del todo, así que Liu se levanta confundido y mareado, con
los ojos llenos de borrones y el dolor regresando, pulsante, a su cuerpo. Se
pregunta dónde está, si está en su sueño. Si es una pesadilla.
Hasta que la voz toma forma y ve
al vampiro de la noche anterior, el hombre alto y estilizado, de hombros anchos
y cintura estrecha, de rostro amenazante y bello y de cabellos negros como la
noche, sentarse a su lado en el sofá. En su cara ya no se discierne la ira
demoníaca de la noche anterior, sino una juguetona diversión que deja ver sus
colmillos con una sonrisa.
Liu se hace un ovillo en el sofá,
aferrándose con fuerza a la manta, recordando como Aidan lo despojó de ella,
así como de su ropa, la noche anterior.
—L-lo siento… —murmura casi por
instinto. como si su cuerpo estuviese aprendiendo a reaccionar ante ojos rojos
y colmillos empequeñeciendo y haciéndose dócil y complaciente.
—¿Hm? ¿Qué es eso? No te oigo
bien, cosa humana, habla más alto —ordena el vampiro y Liu no sabe si debería o
no cumplir sus peticiones, porque Alexander no le ha dicho nada, pero Alexander
no está ahí, así que su miedo responde por él.
—Lo siento —dice ahora, más
rápido y fuerte —, p-por lo de ayer. Siento haberte golpeado, e-estaba muy
asustado. No quería faltarte al respeto. Lo siento.
Aidan se queda embelesado unos
segundos en la forma tierna y chiquitita con la que el otro se expresa. Tan
ansioso se ser bueno, tan apresurado y con sus manos pequeñas y pálidas
arrugando la manta. Aidan se siente incapaz de seguir enfadado cuando está
siendo entretenido de una forma tan deleitosa.
—Oh, no te apures, cosita. Estás
perdonado ¿Qué más puedo esperar de una presa, si no que luche por escapar y
defenderse cuando está siendo cazada? —pregunta jovial y, sin esperar una
respuesta, añade —No he venido a hablarte por eso. Me sorprende verte aquí,
durmiendo en el sofá como un invitado ¿Acaso tu amo no disfruta ya de la
compañía de su juguetito nuevo?
Liu traga saliva. El tono que el
vampiro usa para hablarle es aterciopelado y amable. Quizá demasiado,
prácticamente es la clase de tono que uno usaría para hablarle a un niño o a un
animal asustadizo. Le hace sentir humillado, pero algo en su suavidad también
lo tranquiliza.
—Él… estaba durmiendo con él,
pero bajé a por… n-necesitaba algo para el dolor, pero no lo encontré y estaba
muy cansado, así que me he quedado dormid-
—Oh —el tono de Aidan ensombrece,
así como su rostro, que ya no se halla risueño, sino lleno de sorpresa. Liu se
preocupa de repente y las palabras del vampiro lo dejan pálido y reteniendo su
aliento —, pobre de ti, entonces, cuando Alexander vea que lo has desobedecido
y te has ido de su lado mientras dormía. Espero que encuentres esas pastillas
para el dolor —comenta, su sonrisa diablesca volviendo a su rostro —, las
necesitarás.
Liu se levanta de pronto del
sofá, la manta cayéndole a los pies y todo su cuerpo temblando de hambre, de
flaqueza, de dolor, pero sobre todo, de pánico.
—No se lo digas —Liu susurra, su
voz un mero hilillo —, n-no le digas que me he ido de la cama. Por favor.
—No planeaba hacerlo —Aidan
responde, alzando sus manos en son de paz —, pero debe estar a punto de
despertarse. Date prisa, cosa humana.
Y Liu quiere agradecer y correr,
pero no puede hacer ninguna de esas dos cosas. Tan pronto se voltea y ve las
escaleras, recuerda cómo ha tardado media hora en bajarlas, como tardará por lo
menos una en subirlas. Y no puede permitirse una hora.
Aidan ladea su cabeza con
curiosidad, observando al muchachito congelado en el lugar.
—¿No me has oído? Date prisa —lo
incita, y una sonrisa más grande aún se dibuja en su rostro cuando obtiene la
respuesta que esperaba.
—N-no puedo —admite el humano y
aunque le está dando la espalda, Aidan sabe que está al borde de las lágrimas
por la forma deliciosa en que su tono se rompe —, m-me duele mucho todo. No
puedo subir las escaleras.
Liu siente una mano enorme y
pesada en su hombro y quiere alejarse, lo necesita, pero tan pronto como su
cuerpo da un tirón en dirección contraria a Aidan, el vampiro lo agarra con una
fuerza brutal y lo sostiene entre sus brazos, haciendo a Liu enrojecer y
cubrirse.
—Te ayudaré. —susurra dulcemente
el vampiro.
—G-gracias —murmura Liu,
suspirando de alivio cuando el vampiro sube los primeros escalones en apenas
segundos.
Cuando están por la mitad, sin
embargo, Aidan relaja su ritmo y la mano que sostiene la espalda de Liu se
mueve ligeramente, tirando de la tela de su camiseta, revelando un poco su
cuello lleno de moratones y las heridas de los mordiscos. El muchacho ruega por
alejarse de la ardiente mirada del vampiro sobre sus marcas, pero no tiene más
opción que apretarse cerca de Aidan y dejarse hacer.
Por esa razón, cuando Aidan se
inclina hacia su cuello y empuja, con su cabeza, la de Liu, forzándolo a
desvelar su cuello y ofrecérselo, el chico no lucha, ni resiste, pero logra
reunir el coraje para susurrar.
—S-soy de Alexander, no
puedes…
Pero la lengua de Aidan lo
interrumpe. El vampiro lame lento y pausado el cuello del chico, su lengua
llana y húmeda deslizándose desde el inicio de su clavícula, pasando por la
curva de su cuello y llegando, finalmente, al lugar blando y delicioso donde el
oído de Liu se une con su mandíbula. El humano jadea y tiembla en sus brazos,
su cabeza quieta, su cuello disponible y su cuerpo completamente indefenso ante
las intenciones de Aidan.
El vampiro sigue subiendo las
escaleras.
—No puedo morderte, no aún —se
burla Aidan —, pero vas a guardarme el secreto de que te he probado, igual que
yo voy a guardar el secreto de tu pequeña escapada nocturna.
Liu asiente, sabe que no necesita
más que ese pequeño gesto, quizá ni eso, para que Aidan sepa que lo tiene bajo
su control. Cuando el vampiro lo baja, al final de las escaleras, Liu murmura
otro agradecimiento que parece no querer salir de su garganta y, con pasos
temblorosos, vuelve a la habitación.
Su corazón se da el lujo de latir
lento y tranquilo cuando Liu comprueba que Alexander sigue en la cama, en la
misma exacta pose que cuando se fue, así que el chico escala el colchón con
delicadeza y mientras intenta colarse de nuevo entre las sábanas, Alexander se
mueve y aún con los ojos cerrados atrapa a Liu con una de sus enormes manos
alrededor de su cintura y lo atrae contra su pecho usando únicamente una fuerza
vaga, aún adormilada.
Alexander prensa su rostro grande
e intimidante, pero de expresión aún apacible y ojos aún cerrados, contra la
curva de la garganta de Liu. Olfatea, como un gran felino haría tras cazar una
presa, y luego lame las heridas de Liu igual que Aidan hace unos minutos, solo
que Alexander se da el placer de mover su lengua despacio y saborearlo sin
prisas y aunque Liu sigue alterado y su cuerpo conoce a Alexander solo a través
del miedo, se siente un poco más tranquilo, pues sabe que ha hecho un trato con
él, sabe que incluso si Alexander va a seguir rompiéndolo, habrá un poco de
gentileza de su parte mientras lo haga. A cambio, él aceptará sumisamente todo
lo que le suceda.
Alexander mordisquea la sensible
piel de Liu, cerca de la rosada, aún hinchada y mullida zona alrededor de las
incisiones, y aunque los mordiscos son suaves y pequeños y los colmillos aún no
han rozado su piel, el gesto es suficiente para arrancar un jadeo de la boca de
la boca de Liu.
—Por favor —es lo único que dice,
su tono lleno de desesperación y pánico.
Alexander besa entonces la tierna
piel que mordisqueaba solo hace unos segundos.
—Cállate —su voz es ronca y
gruñona pues acaba de despertar, pero un poco más amodorrada de lo común
también —, no voy a morderte cuando tu patético cuerpo se ha quedado sin apenas
sangre porque lo probé un poco. Así que reserva las súplicas para más adelante.
Liu hace lo que se le dice y
asiente en silencio, el alivio pintado en su rostro.
Alexander desliza la anchura de
su lengua llana por las heridas de Liu, cada vez más lento, y al final de cada
lametón besa la magullada zona: sus labios blandos y carnosos posándose en la
piel erizada, succionando solo un poco para no causar demasiado dolor, la
lengua fría y húmeda jugueteando con las heridas de una forma casi calmante.
Alexander entreabre sus ojos y
toma a Liu firmemente por la cintura. Lo mueve en la cama como si fuese un
muñeco, volteándolo para obligarlo a ponerse de cara a él y subiendo un poco su
cuerpo para poder alcanzar mejor su cuello cuando vuelve a hundirse en él. Liu
siente una mano fría deslizarse de su cintura a su cadera y luego de vuelta a
la cintura, solo que ahora por debajo de la ropa. Los dedos grandes, cada uno
suficientemente fuerte para empujar una costilla y quebrarla, pero gentiles, lo
suficiente como para acariciar la piel que podrían desgarrar.
Los besos de Alexander suben poco
a poco por el cuello del chico y pronto el vampiro tiene su boca sobre el suave
mentón de Liu, sobre su mejilla, su comisura…
El humano cierra los ojos y abre
la boca, obediente. La lengua de Alexander lo invade rápido y sin miramientos,
lame sus labios, humecta su boca y prueba una y otra vez su rosada, tímida
lengua. Sus labios son besados, chupados, mordisqueados de vez en cuando, y él
solo recibe todo sin rechistar más que con sonidos que Alexander aprecia más
que aborrece.
Liu, sin embargo, debe admitir
que más allá del miedo, hay otra razón por la que le es tan sencillo rendirse a
los besos de su captor: son deliciosos. Liu no ha probado nunca la dulzura de
otra boca, no hasta ahora, pero las grandes fauces de ese monstruo tienen en
ellas todo lo que jamás imaginó y más. Tienen hambre, pero suavidad, tienen
calidez y gentileza, pero también son exigentes y lo dominan de una forma que
deja su mente vacía y libre de preocupaciones, siendo ahora un lío lleno de la
humedad del beso, de su calor que lo hace sentir como si se derritiese, del
chicloso sonido de una boca buscando otra, separándose para respirar y
buscándola cuando la bocanada de aire está a medio tomar.
Odia disfrutar sus besos, pero
tiene más elección.
Alexander se separa de él
despacio, notando al chico ya mareado por la falta de aire. Sus mejillas rojas,
sus ojos entrecerrados y los labios abiertos para jadear. Sonríe.
—Podría acostumbrarme a esto.
Tener una bonita boca esperando por mí cada anochecer, lista para que la bese
siempre que me aburra. Un bonito cuerpo, para jugar con él cuando el deseo sea
demasiado... —habla sobre el rostro del chico, su aliento ardiente y dulzón lo
marea como un delicioso veneno.
Su mano grande lo mantiene dócil y quieto
mientras la otra sube la camiseta acariciando desde su vientre hasta su pecho,
donde hábiles dedos atrapan uno de los pezones del muchacho y tiran de él
suavemente una y otra vez, haciendo a Liu gimotear, incapaz de distinguir
cuando la línea del dolor está siendo cruzada.
—Una bonita presa a la que
devorar poco a poco, un sorbo de vez en cuando, para no quitarte ese bonito
color rojo en tus mejillas. —ríe Alexander, inclinándose un poco para lamer las
arreboladas y tórridas mejillas del chico en un gesto juguetón mientras sus
dedos siguen jugando con el pecho del chico, apretando la rosada y sensible
protuberancia, ahora sin tirar de ella, sino únicamente pellizcándola entre el
índice y el pulgar, aumentando la presión cuando desea ver en el rostro de Liu
la antesala del pánico—Podría realmente acostumbrarme, Liu, a tenerte solo para
mí.
El muchacho se queda sin
respiración por un segundo. No es la primera vez que Alexander ha afirmado que
es suyo, sin embargo, algo extraño se siente en sus palabras, como si revelasen
algo más, algo nuevo
—Ya entiendo porque los humanos
os obsesionáis tanto por emparejaros y tener a alguien a quien llamar vuestro,
aunque supongo que entre humanos las cosas funcionan distinto ¿No es así? —su
tono cambia de pronto, mostrándose curioso. Y al parecer sus deseos por obtener
una respuesta son fuertes, pues aleja su mano del pectoral del chico, dejando
tranquilo el botón ahora enrojecido y erecto, y lleva sus dedos al cuello de
Liu para sostenerlo con delicadeza y hacer que el muchacho lo mire a los ojos
—Dime ¿Tus noviecitos mortales te hicieron sentir alguna vez tan suyos como
ahora te sientes mío?
—Nunca tuve pareja—admite y la
vergüenza le enrojece el rostro cuando escucha a Alexander reír, lleno de
incredulidad.
—El otro día pensaste en un ex
novio tuyo ¿No es así?, el muchacho muerto.
—Matheo —lo corrige rápidamente
Liu y, aunque no quiere, su tono suena más ofendido de lo que le habría gustado
—No llegamos a… no era mi novio. S-solo… estaba enamorado de él.
El vampiro suelta de pronto su
cuello y Liu se acomoda en la cama, observando de refilón la reacción de
Alexander a cada uno de sus movimientos, temiendo enfadarle. Para su sorpresa,
el vampiro luce pensativo, extrañamente melancólico, y no agarra a Liu por la
cintura para acercárselo cuando el chico busca un poco de distancia y se tumba
bocarriba. Sin embargo, el vampiro alza de nuevo la camisa de su humano,
descubriendo sus muslos, su ropa interior y su delgado abdomen, por donde ahora
el vampiro para las manos, acariciándolo.
—Una emoción tan extraña.
—suspira finalmente y añade, divertido: —Los humanos nunca entenderéis nuestra
hambre y nosotros nunca entenderemos vuestro ‘’amor’’.
—No te has… ¿No has querido a
nadie? —Liu abre enormemente sus ojos y hasta se incorpora ligeramente en la
cama, apoyándose en el cabecero <<Tantos años y tan poco cariño.>>.
—Los vampiros, Liu, no somos
capaces de amar ni nacemos para ser amados. —responde Alexander suavemente con
sus ojos clavados en la tripa del muchacho, en la forma en que desliza las
yemas de sus dedos arriba y abajo de esta, siguiendo los contornos de su
cuerpo.
—Lo siento —susurra Liu,
apartando también la mirada, y Alexander no necesita leerle la mente para saber
que su tono es sincero.
Tampoco puede evitar estallar en
una enorme carcajada.
—¿Lo sientes, tú? —dice con las
cejas alzadas, demasiado sorprendido como para prestar atención al sentimiento
de ofensa que se ha creado en su interior. De pronto se mueve y su cuerpo
grande y poderoso termina sobre el de Liu, dispuesto como una presa a punto de
ser tomada por su depredador. Liu aparta la mirada y Alexander ríe complacido
observando su miedo; alarga una mano, apartando los cabellos castaños del chico
de su rostro, desvelando su bonita expresión —Sois criaturas verdaderamente bobas
¿Qué deberías sentir, cuando eres tú la cosa patética que ha terminado en mis
manos y cuando soy yo quien es poderoso? Tú eres el único que inspira, lástima,
Liu ¿Qué es lo que podrías sentir?
—Que no pueda enamorarse
—confiesa, su voz un mero hilillo y sus manos situándose frente a su rostro por
el miedo a ser golpeado por su sinceridad —, e-es un sentimiento bonito.
—No me interesan los sentimientos
bonitos —Alexander ríe y entonces se inclina sobre el oído de Liu. Su voz,
antes poderosa y alta, susurra en su oído con un tono ronco y lleno de deseo —,
me interesan las cosas bonitas y el placer que puedo obtener de ellas.
<<¿Cómo no ha podido sentir
nunca amor?>> Liu se atrapa a sí mismo pensando
en cosas que no le convienen y mucho menos cuando está tan asustado, pero no
tiene forma de parar a su estúpida voz interior, que pronto salta de la palabra
amor a lo que él siempre ha considerado un sinónimo: <<Matheo.
Oh, lo siento tanto, lo siento tantísimo… Quizá merezco lo que él vaya a
hacerme ¿Crees que lo merezco?>>.
Algo hierve en el interior del
vampiro al ver a su presa tan preocupada, tan distraída, su mente secuestrada
por pensamientos que no le pertenecen a él, incluso si él es amo y señor de
Liu.
Y luego, cuando más escucha sus
pensamientos, su pena, su frenética añoranza, su profunda pena… la ira de
Alexander se disuelve en algo más inocuo, pero extraño: lástima. Al inicio, se sorprende a sí mismo con ese
sentimiento en el pecho, pero después se pregunta si acaso no es coherente que
él, que ha dicho a Liu que es el único que inspira lástima ahí, sienta eso
mismo como si buscase demostrar la veracidad de sus palabras.
Alexander aprieta sus labios,
como queriendo contener algo tras ellos, pero luego las palabras brotan sin que
él las piense siquiera antes.
—¿Cuándo murió?
—¿Matheo? —sabe que el vampiro se
refiere a él, no necesita una respuesta, pero la pregunta es tan inesperada que
piensa que la ha malentendido, que se ha equivocado. Alexander asiente —Hace
dos años. En verano. —<<En mi cumpleaños>>— A veces se
siente como si hubiese sido hace un día, como si todo el tiempo que ha pasado
no hubiese sanado nada.
—Dos años no es más que una
diminuta fracción de la eternidad —Liu sonríe un poco, melancólico. La sonrisa
es agridulce y no quiere preguntarse por las intenciones de Alexander al decir
eso, para no hacerla solo agria, pero cuando oye tales palabras, no puede
evitar sentirse consolado. Como si Alexander le concediese su tristeza, como si
le dijesen, por fin, que tiene derecho a no haber olvidado. A no haber
perdonado. —¿Cómo?
Liu se tensa en la cama. La
pregunta es sencilla, pero tan aterradora. Sus labios no dicen nada, pero su
mente responde con vívidos detalles. Las risas. El pastel escondido en el fondo
de la nevera. El sol en el cielo. El olor a fuego y ceniza. A pelo quemado. A
carne quemada.
Una náusea asalta repentinamente
a Liu y por segunda vez en el día se marcha de la cama sin pedir permiso, escurriéndose
bajo el cuerpo de Alexander para escapar. Liu corre hacia el baño que hay tras
la puertita caoba de la habitación y tan pronto identifica el retrete, tira de
la tapa hacia arriba y se vacía hasta que su vómito es solo bilis y le arden
las entrañas. Siente que no es comida lo que echa, sino recuerdos. Que cada vez
que los piensa, su cabeza masticando algo demasiado duro de roer, su consciencia
tragando pedazos de un dolor inconmensurable, se ahoga, se envenena, y su
cuerpo tiene que expulsarlo, que purgarlo de algún modo.
Una mano enorme se coloca sobre
su hombro y cuando Liu se voltea, asustado por haber desobedecido, un terrible
dolor le cruza la mejilla. Siente la mitad de la cara palpitándole, un ojo
lloroso y la nariz sangrándole de nuevo. Cuando el mareo remite es capaz de
entender que Alexander le he abofeteado. Flojo.
—Me da igual que estés enfermo
—dice con voz firme, aterradora. Su rostro, que parecía casi compasivo hace
unos segundos, vuelve a ser una máscara de piedra —, no vas a ir a ningún lado
sin pedirme permiso ¿Está claro?
—S-sí —<<Que no se
entere de lo de esta mañana. Que Aidan no diga nada>> piensa Liu,
teniendo la suerte de que el vampiro no trastea con su mente en ese preciso
instante.
—Acicálate un poco ahora y luego
baja, iré a por tus libros y luego pensaré en cómo puedes ganarte el derecho de
usarlos de nuevo.
Liu traga saliva y asiente.
Quiere agradecer, pero sabe que Alexander le dirá exactamente cómo hacerlo, así
que permanece en silencio y ve como su torturador se marcha.
Capítulo 22
Liu sabe que cuando Alexander
vuelva va a exigir algo de él. Sabe que posiblemente tenga que entregar su
cuerpo y respirar hondo mientras el otro rompe alguna parte de él, esforzándose
duro para no llorar ni suplicar que se detenga. Y aun así, no puede evitar
adorar el momento en que está. Un momento tranquilo, íntimo, como si el tiempo
se detuviese y todos esos pronósticos sobre lo que hará el vampiro cuando
vuelva fuesen solo macabras imaginaciones suyas.
Liu se halla en la ducha,
asegurándose de estar limpio y agradable para su amo, como este le ha exigido,
pero incluso si frota su cuerpo con jabón y lo baña en agua cálida para el
placer de otro, el momento de siente suyo. Y eso es reparador.
Se siente bien estar a solas con
uno mismo y dedicar el momento a cuidarse. A frotarse el pelo despacio y pasar
las lábiles y jabonosas palmas de las manos por las zonas mas sensibles de su
cuerpo, como si tallase mármol y con cada movimiento eliminase capas y capas de
burdo dolor.
Se siente más limpio, más puro,
aunque piensa que ya nunca lo será del todo. Cuando esa idea lo acosa vienen
con ella las terribles ganas de cortarse.
Ahora que está solo en el baño
piensa que no sería tan difícil buscar un objeto afilado y deslizarlo sobre la
nívea piel, ver el rojo oscuro brotar, las perfectas perlas carmesí creciendo
hasta que se derraman por sus brazos, la piel pulcra, casi quirúrgicamente
separada y su interior derramándose, como tinta que le sale del cuerpo y que
deja de mancharlo para gotear afuera.
Posiblemente Alexander no se
daría cuenta, pues su cuerpo está lleno de heridas. Podría cortase en las
rodillas, donde tiene mil rasguños por culpa del cristal roto de su casa.
Pero recuerda las consecuencias.
Liu sale del baño con una toalla
color crema envuelta a su alrededor a modo de túnica, tapándolo entero a
excepción de su cuello y rostro. En el baño no encuentra prendas que pueda
vestir y las que se ha quitado ya no están ahí ¿Ha llegado ya Alexander y las
ha retirado? tras debatirse por un rato, Liu sale a la habitación, todavía con
solo la toalla separándolo de su desnudez, y mira alrededor.
Alexander no está en la
habitación y no hay ropa para él, podría rebuscar en los cajones del hombre y
tomar prestada una camiseta, pero… <<Si tengo que ganarme algo que
antes era mío, como los libros de clase, estoy seguro de que no tengo derecho a
tomar algo que es suyo. No sin permiso. No sin consecuencias>>
Inseguro, Liu arrastra los pies
por el pasillo, dirigiéndose a las escaleras. Aprieta con fuerza su toalla,
para asegurarse de que no la dejará caer en un descuido, y entonces intenta
bajar escalón a escalón. Su cuerpo aún duele y sus nervios se crispan,
suplicándole huir a un lugar que le sea más familiar, más seguro, pero no es
una opción. Alexander le ha ordenado que baje cuando termine de arreglarse, así
que teme que al quedarse en el piso de arriba esperando, haga al vampiro
impacientarse. No quiere darle motivos para tomar por la fuerza lo que quiera.
—¿Alexander? —pregunta Liu
tímidamente una vez llega, por fin, al piso de abajo.
Asoma su cabeza mientras se apoya
con fuerza en la barandilla y una ola de nervios se forma en su interior cuando
empieza a escuchar pasos. Y la ola se vuelve inundación cuando Liu ve a Aidan
salir de la cocina con una enorme y afilada sonrisa en sus labios, tarareando
alegremente mientras se acerca a él.
—No está. —responde con burla y
Liu lo sabe y sabe que Aidan es consciente de ello, pero le gusta decirlo, ver
el miedo en el rostro del humano cuando su situación se hace más real.
Liu aprieta su toalla e intenta
dar un paso atrás, tropezándose con el último escalón y cayendo de culo sobre
otro de ellos, quedando sentado en la escalera.
—Con cuidado —se burla Aidan,
riendo sin poder evitarlo, y luego le tiende una mano a Liu para ayudarlo a
levantarse. El muchacho la mira con recelo, encogiéndose un poco. Aidan empuja
su mano un poco más cerca —. Cógela. —dice y aunque sonríe y su tono es
seductor y suave, Liu sabe que no es un ofrecimiento, es una orden.
Liu sabe, también, que solo debe
obedecer órdenes de Alexander, pero él no está ahí y complacer a Aidan parece
lo más sensato ahora, así que le tiende su pequeña mano y deja que el vampiro
lo levante de un rápido tirón, haciendo alarde de su fuerza.
Liu agradece bajo su aliento y se
aleja de Aidan un paso, ahora cuidado de no toparse con ningún escalón, pero el
vampiro da un paso por cada uno que Liu retrocede y los pasos de Aidan son más
grandes que los de Liu, por lo que pronto la espalda del muchacho se topa con
una pared y Aidan lo aprisiona con la magnitud de su cuerpo, sin tocarlo
todavía.
Aidan mueve su cabeza de un lado
a otro, observando sin disimulo la pequeña parte del cuello de Liu que queda al
descubierto.
—No tienes marcas nuevas en el
cuello—murmura, pensativo y luego alza su mano con un movimiento muy lento y
suave, como el que uno haría para acariciar a un animal salvaje con tal de no
asustarlo. —, déjame ver dónde te ha marcado Xander hoy… —Los dedos de Aidan
toman uno de los extremos de la toalla y tiran de ella.
—¡No! —chilla Liu, tirando de su
toalla en dirección contraria y envolviéndose más prietamente en ella
—A-Alexander no me ha marcado hoy, no hay nada que ver. —farfulla como puede.
Aidan ríe.
—Lo dudo —responde Aidan negando
con incredulidad. —, pero de todos modos, quiero ver el nuevo juguete de
Xander. Desnúdate. —su tono, ronco, bajo, retador, hace a Liu flaquear.
Una parte de él quiere obedecer,
la parte que Alexander ha vuelto mansa y complaciente, pero otra le dice que no
es buena idea, que debe protegerse.
Aidan alza su mano de nuevo y Liu
se encoge con temor, esperando a ser herido.
—No voy a golpearte —su voz suena
aterciopelada, casi reconfortante, pero Liu sabe que es un engaño, la delata la
cruel sonrisa en sus labios —, pero Xander si lo hará cuando al volver le
cuente como te he encontrado esta mañana durmiendo en el sofá para no estar
cerca suyo, como él ha ordenado. —<<Si antes me ha abofeteado
por ir al baño a vomitar, cuando sepa esto…>> .
Aidan sonríe con más malicia aún,
su mano toma con delicadeza el pico de la toalla que rodea a Liu y tira
despacio, como desenvolviendo un preciado regalo. Liu no tira de la toalla,
pero tampoco la suelta para que el vampiro lo desnude
—Oh, ¿Solo un bofetón? Xander
hará algo peor cuando sepa lo que has hecho. Me pregunto… —Aidan se inclina
sobre el cuello de Liu, su voz, como el miedo, es espesa, aplastante —si esta
vez te romperá algo para que no puedas huir de nuevo. Si será el tobillo o una
pierna o quizá ambas. A veces Xander y yo obligamos a nuestras presas a
cortarse sus propios talones de Aquiles antes de darles una última y patética
oportunidad de huir, quizá te haga eso, pero no podrías volver a caminar bien
nunca más, pero ¿Para qué ibas a caminar? Tú propósito puede cumplirse
fácilmente mientras estás encadenado a una bonita cam-
—No se lo digas —suplica, pero
tan pronto como escucha la risa traviesa del otro sabe que su desesperación no
alimenta la compasión de Aidan, sino al contrario —, p-por favor.
Pero Liu sabe que sus palabras no
significan nada, así que, con los dedos temblorosos, deshace su agarre sobre la
toalla y Aidan se relame mientras sus manos deshacen poco a poco las capas con
las que Liu se ha rodeado para sentirse seguro.
Aidan lo desvela poco a poco,
saboreando el momento: primero su cuello amoratado y marcado, luego sus hombros
delgados, las clavículas, el raso pecho donde sus dos sonrosados pezones se le
ofrecen de una forma tentadora, su cintura delgada, su vientre llano y suave,
sus caderas, estrechas, el hueso levemente marcado y la zona donde protubera
amoratada, pues Xander adora agarrarla con fuerza, su entrepierna, flácida y de
un bonito color arrebol, como si incluso el órgano con el que se peca fuese, en
Liu, una parte inocente y pura, sus muslos, salpicados de pecas como su rostro,
sus piernas delgadas y estilizadas y, finalmente, el chico queda tan desnudo
que hasta sus pies están totalmente descalzos sobre el suelo, haciéndole
temblar de frío además de temor.
—Entiendo mejor por qué Xander te
conserva —susurra, su voz cortada por la admiración, por el deseo que
siente al ver el menudo cuerpo frente a él. Liu tiene una belleza prácticamente
angelical, de esas que los demás no osan tocar y que las criaturas como Aidan
aman corromper. Desliza sus nudillos sobre la hondonada del estómago del
muchacho, observando como esta se hace más profunda por la impresión —, tan
suave. —murmura mientras acaricia su vientre moviéndose de arriba abajo una y
otra vez. De pronto, su insidiosa caricia se detiene —Xander está por llegar
—comenta distraído, como si su mente se hallase en otro lugar. Liu hace el
amago de tomar su toalla de nuevo, pero Aidan lo detiene tomándolo de la
muñeca— si él te ha comandado que te ofrezcas desnudo, hazlo. De hecho, voy a
ayudarte a ser realmente bueno y obediente para él. Ven aquí.
Liu no tiene opción, Aidan tira
de él tomándolo por su muñeca y lo arrastra mientras anda vigorosamente hacia
la puerta de entrada. El humano no se resiste, pero siente su corazón
enloquecer en su pecho, desesperado por que sabe que algo malo sucederá: si no
es Aidan quien lo hiere, será Alexander cuando lo vea desnudo en manos del
otro. Y si no, quizá ambos hallan placer en jugar juntos con él, como dos
hienas despiadadas destripando a una pobre presa.
Aidan empuja los hombros de Liu
hacia abajo cuando el muchacho está frente a la puerta, obligándolo a
arrodillarse en el frío suelo.
—Las manos a la espalda —comanda
y se aleja del muchacho unos pasos.
Liu lo escucha bajar las
escaleras de caracol hacia el sótano de la casa pero aunque el vampiro no está
delante, no se atreve a obedecer. Piensa en qué dirá Alexander al verle así, en
qué hará. <<Si se enfada, me hará daño. Y si esto le
agrada…>>
Traga saliva. Los pasos de Aidan
vuelven a acercarse y antes de que pueda reaccionar el vampiro se arrodilla
tras él y siente como las grandes y expertas manos de este afirman una áspera
cuerda alrededor de sus muñecas, dejando sus brazos inmóviles tras su espalda.
Liu tira de sus ataduras y la
dura cuerda arde sobre su piel, apretándose más y más.
—Por favor —suplica y para cuando
lo hace su voz ya está rota y tiene las mejillas tan llenas de lágrimas como de
pecas. —, Alexander va a enfadarse mucho, se enfadará tanto…
Liu mira al suelo, ahora húmedo
por sus lágrimas. Mira sus rodillas llenas de raspaduras contra este, mira sus
muslos, llenos de moratones, mira su entrepierna, desnuda y vergonzosamente a
la vista del hombre que ahora lo humilla. Intenta cerrar sus piernas y encorvar
un poco su torso, tapándose, cerrándose en sí mismo, pero Aidan toma sus
cabellos en un puño y tira con firmeza, obligándole a envarar la espalda y
sacar pecho, mostrando su lampiño y liso torso, ofreciendo sus rosados botones,
su vientre blanquecino, su sexo, sus piernas…
—S-siento mucho lo que hice ayer
y… —hipea, incapaz de terminar la frase cuando el vampiro pelinegro estalla en
carcajadas.
—No hay nada que sentir. Las
presas no pueden evitar intentar defenderse, pero entenderás, Liu, que los
cazadores no podemos evitar nuestros deseos tampoco ¿No?
La sonrisa de Aidan es enorme,
retorcida, y sus colmillos que empezaban a asomar por las comisuras ahora
crecen como mostrando su filo con orgullo. Liu no sabe qué responder, pero
tampoco tiene ninguna oportunidad para hacerlo:
La puerta se abre.
Lenta, tortuosamente.
Y cuando Alexander pone sus rojos
ojos sobre él, Liu se siente incapaz de respirar.
Capítulo 23
El vampiro se queda unos segundos
inmóvil, su vista fría y enigmática clavada en el pequeño humano que tiene a
sus pies. Arrodillado. Atado. Desnudo.
Y al lado de un sonriente y
orgulloso Aidan.
Liu no es capaz de descifrar la
reacción del vampiro; su quietud no alberga sorpresa alguna o, al menos, su
rostro no la muestra, sino que mantiene esa estoica máscara que siempre lleva
cuando sus ojos rojos analizan todo con soberbia y su boca es una seria línea.
<<¿Se ha enfadado? No luce
feliz, no luce feliz en lo más mínimo… pero él nunca lo hace, siempre luce
amenazante y aterrador ¿Y si no se ha enfadado? ¿Le ha gustado? Si le ha
gustado ¿Que va a hacer? ¿Qué van a hacer conmigo?>>
Alexander cierra la puerta con
tranquilidad, despegando sus ojos del lloroso muchacho que tiene enfrente,
incapaz de articular una sola palabra en su presencia. Deja una pequeña bolsa
que traía en su mano en el suelo, apoyada contra la puerta.
—De nada —murmura Aidan, risueño,
y entonces la vista de Alexander se clava en él y Liu juraría que puede ver su
máscara caer por un segundo.
Lo que hay tras ella es
aterrador. Una ira tan grande que el pánico hace que deje de llorar, de
balbucear, de respirar incluso. Por un segundo, está seguro de que ahí, ahora,
es cuando va a morir.
—Aidan —dice el vampiro
suavemente, acercándose un paso al otro de su misma especie.
Lo siguiente que Liu sabe es que
la sonrisa en el rostro el vampiro azabache se borra de pronto. Y se borra
porque Alexander lo toma con fuerza del cuello y, con una sola mano, lo golpea
tan fuerte contra el suelo que la madera se rompe y el rostro de Aidan queda
hundido unos centímetros bajo el piso.
Todo sucede tan rápido que Liu no
puede siquiera moverse. Se queda estático en su lugar, desnudo, ofreciéndose
dócilmente a su peligroso captor mientras el estruendo de los tablones del
suelo reventando y soltándose se junta en sus oídos con el latido desbocado de
su corazón y mientras se le graba a fuego en las pupilas la imagen de la mano
de Alexander tan grande y venosa, con los tendones descollando y los nudillos
blancos de la presión, rodeada alrededor del cuello de otro vampiro con un
agarre tan apretado que Liu puede oír el crujido del cuello de Aidan cuando se
rompe.
Alexander se inclina ligeramente
sobre el boquete donde aún mantiene a su amigo presionado y susurra: —¿Qué te
había dicho sobre tocar mis cosas?
El otro vampiro tarda unos
segundos en reaccionar y su voz suena miserable y entrecortada.
—N-no lo he… l-lo siento, Xander…
no pensé… no lo he tocado —responde Aidan y su tono, entre la súplica y la
desesperación aterra a Liu hasta el tuétano de sus huesos. Si Alexander es
capaz de causar ese temor en un ser como Aidan, entonces él no tiene escapatoria
de entre sus garras.
Entonces, como si Alexander
hubiese interceptado ese temeroso pensamiento de Liu, alza su vista y lo mira
directo a los ojos. Liu quiere disculparse, pero su boca está seca y su
garganta oprimida por la mano de Alexander que imagina que la romperá.
—Sube de nuevo a la habitación,
Liu.
El chico asiente muy despacio. No
se atreve a preguntar a Alexander si puede vestirse, mucho menos a pedirle que
desate sus manos, así que se alza sobre sus dos piernas con la misma torpeza
que un venado recién nacido y se marcha corriendo escaleras arriba,
levantándose con urgencia cada vez que tropieza con un escalón y cae de boca
contra el siguiente.
Alexander afloja la presión en su
agarre y se acuclilla frente al cuerpo de su amigo, parcialmente hundido en el
suelo, escrutándolo.
—Habla —ordena, la orden tan
cruda y directa que suena como un rugido —, no me hagas perder el tiempo.
—No lo he tocado —asevera Aidan,
alzándose un poco para sacar su cabeza de entre los escombros, pero sin
atreverse a ponerse de pie, no cuando Alexander lo mira de ese modo desde
arriba —, él bajó aquí, buscándote, sin nada más que una toalla alrededor del
cuerpo, así que pensé que quería que él se te ofreciese desnudo y yo
simplemente me presté a ayudarlo. Pensé que sería una grata sorpresa para ti,
no quería…
Alexander se levanta de pronto y
su mano grande vuelve a dirigirse hacia Aidan, que se encoge y luego se pone de
pie cuando fuertes dedos se enrollan en su cabello y tiran de él hacia arriba.
Alexander mantiene su mano hundida en la melena de Aidan y, con ella, lo dirige
suavemente mientras habla hasta ponerlo contra la puerta, acorralándolo con su
propio cuerpo.
—¿No has pensado, cachorrito de
vampiro, que si quisiera a Liu desnudo esperándome arrodillado en la puerta de
entrada, sabría haberle dado la puta orden desde el principio? ¿No has pensado
que si quiero sus manos atadas, lo haré yo mismo y que si quisiera que
lo hicieses tú, te lo habría ordenado?
Aidan jadea. La voz de Alexander,
ruda y ronca, lo atraviesa como una alabarda y su mirada de intenso rojo
carmesí lo quema. Aidan mira al suelo, sintiéndose pronto pequeño y ridículo, y
asiente con un movimiento discreto de cabeza. Cuando Alexander sube su mano él
no se aparta ni se defiende, pero toda su piel se eriza y cierra los ojos,
esperando. Por suerte para él, Alexander solo lo toma gentilmente de la
barbilla, haciéndole alzar su cabeza para mirarlo a los ojos.
Aidan abre los suyos y aunque lo
llena el impulso de apartar la vista, se fuerza a mantenerla en la del otro
vampiro, porque sabe que es eso lo que quiere se él.
—Lo siento —murmura y parpadea
despacio. —, pensé que podríamos divertirnos juntos con él. Lo siento, no sabía
que no tenía permiso para….
—Oh y quizá podremos hacerlo —ríe
el rubio; la mano con la que sostenía el mentón de Aidan sube un poco, hacia
sus labios y desliza el pulgar por el inferior de Aidan, haciéndole abrir un
poco la boca —, pero eso será cuando yo lo decida. Liu no es nuestra presa,
Aidan, como para que juegues con él cuando te venga en gana. Él es mío y si
quieres que lo comparta, vas a ser bueno y paciente ¿Cierto? Y vas a esperar
por ello. Porque si te veo con tus manos sobre él de nuevo, va a haber
consecuencias. Dilo.
Aidan traga saliva, su cabeza
inundada de sensaciones familiares. La voz de Alexander baja y firme,
ordenando, instruyendo, adiestrando. Sus dedos pasando suavemente por su
cuello, su mentón, su boca. Y luego golpeando, agarrando, arañando. Aidan
cierra los ojos y respira hondo.
<<Solo recuerdos>> se dice <Son solo recuerdos>>
—No volveré a tocarlo. Es tu
presa. —murmura, muy despacio y claro y Alexander sonríe complacido por la
forma en que su compañero se esmera en sonar sincero e inofensivo.
Se inclina hacia él bajando su
mano y acariciando con el índice la curva de su cuello.
—Bien —ronronea, no solo porque
le han gustado las palabras del otro, sino porque le gusta como su cuerpo se
mantiene en el lugar, pegado a la pared porque quiere huir, porque recuerda
de qué quiso huir una vez, pero rígido, porque sabe que correr es solo
desafiar a Xander a que lo cace. —, disculpa lo de antes, sabes que soy
temperamental, Aidan… ¿Está tu garganta bien?
El vampiro más joven carraspea,
mirando a otro lado.
—Los huesos del cuello se me
están curando ahora. Duele, pero sé que puedes causar mucho más dolor. Tomaré
que solo me hayas hecho esto como un cumplido —comenta, riendo un poco al final
incluso si más que seductora y segura, su risa suena nerviosa.
—Deberías —Alexander se aleja
unos pasos de él y puede ver la postura de su pupilo relajarse, sus hombros
bajando, su pecho moviéndose de nuevo cuando se atreve a respirar —, he matado
a muchos por menos.
—Soy afortunado, entonces. Por
conocerte y por haber sobrevivido a ello.
La broma de Aidan es ahora más
confianzuda y ambos ríen por ella relajadamente.
—Si me disculpas —Alexander corta
sus carcajadas, señalando las escaleras de caracol —, voy a disfrutar de mi
presa ahora. Quizá incluso aprovecho que le has atado las manos, pero no
vuelvas a hacerlo sin mi permiso.
Aidan asiente respetuosamente,
viendo a su amigo marchar.
Cuando se queda a solas en el
enorme salón, una sensación de alivio lo invade, pero una ola de vergüenza
inunda su tranquilidad poco después. Su corazón se debate entre la admiración y
la envidia y aunque él sabe que Xander es su superior, que precisamente se
conocieron porque él necesitó que alguien le enseñase su lugar, a postrarse, a
mirar al suelo y, más adelante, a erguirse, a mirar por encima, a enseñar a los
humanos cuál es su lugar, no puede evitar que pugne en su interior el deseo de
desafiar a Alexander.
<<No, no de desafiarlo, de
vencerlo>>
La ira hierve en su interior, una
ira que lo quema a él, porque a él está dirigida: Aidan ama la mirada dócil y
asustada de sus presas cuando atisban sus colmillos, pero se odia cuando
aprende a imitar esas dulces miradas, esos suaves gestos, bajo las manos de un
ser superior. Quiere odiar a Xander por ello, pero no puede por mucho que
insista y que lo intente, por mucho que intente redirigir esa víbora venenosa
en su interior hacia otro cuello que morder.
Porque, en el fondo, Aidan sabe
que no quiere destruir a Xander. Al contrario, quiere ser justamente como
él.
Quiere su fuerza y su velocidad,
sí, pero también su experiencia y la sabiduría que el vampiro ha tallado en
esta. Quiere su ingenio y su carisma, quiere esa cosa sin nombre que flota a su
alrededor, un aura indefinible que hace que incluso otros vampiros se alejen o
se postren. La presencia de un tirano. Quiere obtener las cosas que Alexander
tiene, quiere gozar las que él disfruta, probar las que saborea.
Y, por supuesto, ahora que Xander
lo ha tentado con ello, quiere aprender a ganarse la sumisión de Liu. Y quiere
hacerlo más rápido y mejor que él.
Quiere superarlo, incluso si es
en la carrera por algo tan ridículo como la obediencia de ese pecoso mortal.
Capítulo 24
Las sábanas rojas de Alexander se
extienden sobre la cama lisa y pulcramente, a excepción de un pequeño ovillo
bajo ellas que se estremece y solloza. Liu, incapaz de desatarse las manos o de
lograr colocarse algo de ropa en ese estado, solo ha podido trepar a la cama de
Alexander y escurrirse bajo las mantas, lloriqueando al imaginar qué le espera.
<<Enfadado… está tan
enfadado…>> se repite en su mente y las
palabras no pueden articular la magnitud de esa idea, no con la misma potencia
que el recuerdo de Alexander tomando a otro vampiro por el cuello, empujándolo
contra el suelo hasta convertirlo en escombros, rompiéndole el cuello con solo
la presión de su agarre.
Se pregunta si el destino será
tan grácil con él, permitiéndole una muerte rápida como el crujido de un cuello
roto o si Alexander tiene planes más macabros para su final.
La puerta se abre y Liu enmudece
bajo las sábanas, como cuando era pequeño y pensaba que si se cubría entero y
no hacía ningún ruido, pasaría desapercibido ante los monstruos que moraban en
la oscuridad. Solo que entonces tenía a su padre y a su madre para mirar bajo
la cama y en el armario antes de dormir cada noche y tenía también su teléfono
oculto con él bajo las mantas con su mejor amigo y confidente al otro lado de
la línea y, afuera de la habitación, se oían las patitas de Pelota patrullando
por la casa.
Ahora, sin embargo, Liu no tiene
más que la certeza de que algo malo sucederá y nadie va a ayudarlo. Alexander
retira la sábana que lo cubre con un movimiento rápido, desechándola a un lado
y mirando a Liu desde arriba con soberbia.
—L-lo siento mucho, lo siento, lo
siento —murmura el chico, negando con la cabeza y dejando que sus palabras
tropiecen entre ellas, formando un balbuceo —, yo no quería, l-le dije que era
mala idea, pero…
Alexander, en vez de avanzar con
prisas hacia su presa para atormentarla, se pasea tranquilamente por la
habitación mientras esta suplica y lloriquea excusas. Su vista vaga por la
estancia y sus manos están cómodamente tras su espalda, como imitando burlonamente
la posición en la que Liu está atado; en un momento, de hecho, Alexander se
voltea mientras Liu habla, dándole la espalda para encarar su bruñida vitrina
llena de objetos en los que Liu no quiere tener que pensar ahora.
—Sabes que solo debes obedecerme
a mí, Liu. Aun así, te has dejado desnudar y atar por Aidan. Te has arrodillado
ante él, como si fueses suyo y no mío —sus manos acarician el cristal prístino
tras el que reposan aquellos instrumentos que Liu no puede concebir sino como
de tortura —. Creo tengo que recordarte de quién eres otra vez, Liu. —sus dedos
bordean el filo del expositor y entonces presionan, abriéndolo.
El muchacho se siente mareado
cuando Alexander se voltea, sosteniendo entre sus manos una larga fusta de
cuero. Envuelve la mano derecha alrededor del mango del objeto y, con la
izquierda, acaricia la longitud de la fina y flexible barra que forma el cuerpo
del flagelo hasta llegar a la punta, un pequeño rectángulo que parece hecho de
cuero firme doblado sobre sí mismo. Alexander desliza la punta de cuero sobre
la palma de su mano, creando un suave sonido de caricia, y luego la testea azotando
la piel que acaba de acariciar una sola vez.
Liu quiere gritar, incluso si él
no ha recibido el golpe y Alexander, que sí lo ha hecho, luce imperturbable. La
fusta se ha agitado tan violenta y rápidamente al azota que ha hecho un
ruido al cortar el aire y el cuero ha chasqueado ensordecedoramente contra la
piel, incluso si Alexander no ha golpeado duro, sino que más bien ha hecho un
leve movimiento de muñeca.
El vampiro se acerca con pasos
felinos a la cama y el muchacho la cama como puede, sus muñecas ardiendo
mientras las roza una y otra vez contra la cuerda con la esperanza de
aflojarla.
—Ponte de rodillas —instruye el
hombre haciendo un ademán y usando la fusta como si de una baqueta se tratase.
Liu traga saliva, pero sabe que su mejor opción es obedecer, así que lo hace,
postrándose justo en la orilla de la cama.—. Acércate. —la voz de Alexander
suena venenosa, impaciente. Y Liu se acerca andando sobre sus rodillas,
moviéndose de un modo humillante que le hace parecer un pingüino. Alexander ríe
mientras el chico solo baja la cabeza, oprobioso al quedar desnudo, atado y
arrodillado en el centro de la cama de su diablo.
Alexander extiende su mano
acercando despacio la fusta al cuerpo de Liu; Liu no pierde de vista la lengua
de cuero, tan pequeña, pero dolorosa y rápida como un aguijonazo, sigue con los
ojos como esa pieza de cuero negro se desliza por las sábanas hacia él, como
una serpiente reptando, y como luego toca su rodilla y asciende por su pierna,
acariciando.
Liu jadea, el cuero está frío y
firme, su tacto es ligeramente áspero, pero el vampiro mueve el látigo con
tanta delicadeza que Liu siente escalofríos agradables por la caricia.
Escalofríos que pronto se vuelven de preocupación cuando el cuero pasa de lamer
su cuádriceps a deslizarse hacia la cara interna de su muslo. Intenta cerrar
las piernas de pronto, pero el vampiro realiza un rápido movimiento y la
caricia se convierte en un latigazo. Liu sisea de dolor y se arquea mientras su
muslo pica y luego arde como cubierto de aceite ardiente. Cuando Alexander
desliza la lengua de cuero, Liu puede ver como bajo ella ha quedado una rojez
que delinea su forma al milímetro.
—Quieto. —ordena el vampiro, pero
Liu no lo necesita, pues el cuero ahora se desliza por su ingle, tan próximo a
su sensible sexo que solo la idea de ser golpeado ahí por cerrar las piernas lo
marea.
Aun inmóvil no puede evitar
temblar como una hoja, pero le alivia ver, por la sonrisa ladina en la cara del
vampiro, que Alexander no va a castigarle por ello: lo está disfrutando
demasiado.
La caricia de cuero se desliza
desde su ingle hacia sus genitales y Liu casi hace un amago de apartarse.
Alexander hace un suave movimiento de muñeca, dando golpecitos en los
testículos de Liu tan gentilmente que apenas duelen, pero logran que el muchacho
jadee pensando que quizá el siguiente golpe no será tan amable.
—Debería hacerte daño, Liu
—murmura el vampiro y los golpecitos se vuelven un poco más fuertes. No
dolorosos, aún, pero se sienten como toques que tratan de llamar su atención.
—, mucho, mucho daño. Pero debo admitir que tu trato es… ingenioso. Si ahora te
rompo, no vas a ser capaz de entregarme tu sumisión, no como yo quiero ¿Cierto?
—Liu balbucea, incapaz de responder mientras los golpes se vuelven más rápidos,
más duros. Un pequeño dolor empieza a acumularse en sus testículos, creciendo
con cada toque, interrumpiendo cada respiración que intenta tomar —¡Respóndeme!
Liu escucha el cuero cortar el
aire y lo sabe. Sabe que va a ser golpeado. Cierra los ojos para no tener que
verlo, pero el dolor es terriblemente descriptivo: un argentine aguijonazo se
hunde en su entrepierna y el dolor recorre su cuerpo como si fuese fuego
líquido invadiendo sus venas, puede sentir, puede ver el dolor ramificándose
por cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo como si las iluminase
con un intenso color rojo, sintiéndolo en el fondo de su garganta, en la
coronilla de su cabeza, las yemas de sus dedos, ahora rizados por la sensación.
Liu abre los ojos, el rostro
empapado en sudor y lágrimas, y al mirar abajo ve que Alexander tan siquiera le
ha golpeado en su entrepierna, sino en su ingle. Se siente tan mareado, tan
desconcertado y fuera de control.
Alexander desliza la lengüeta de
nuevo sobre sus testículos.
—Responde o voy a golpear aquí,
Liu.
—¡N-no sé cuál era la pregunta!
Espera ¡Por favor! N-no sé, no me acuerdo, no sé…
Alexander suspira y la lengua de
cuero asciende ahora por la suave longitud de su miembro, por su pubis, su
blanquecino estómago donde tan bien se verían las marcas rojas que ese objeto
puede pintar en la piel, por su pecho y su garganta y, finalmente, Alexander
prensa la punta del látigo contra la barbilla del chico, obligándolo a subirla
y a mirarlo con ojos llorosos.
—Si ahora mismo te jodo a golpes,
Liu ¿Vas a ser capaz de entregarte a mí o vas a estar demasiado asustado para
darme ese placer?
Liu traga saliva. Sabe cuál es la
respuesta real, pero se pregunta si esa es la que debería decir, lo que
Alexander querría oír.
—N-no podré, yo… por favor,
Alexander, no fue mi culpa, Aidan me obligó a-
—¿Te amenazó Aidan con herirte?
Liu se queda paralizado. <<Me
amenazó con contarte algo por lo que me castigarías si lo supieras, pero no
puedo decirte eso. Tampoco puedo mentirte diciéndote que me amenazó con hacerme
daño ¿Verdad? Lo sabrás, lo sabrás y entonces leerás mi mente en busca de la
verdad y estaré tan perdido como si hubiese desobedecido a Aidan en primer
lugar>>
—N-no —confiesa Liu, su voz
temblorosa, insegura —, pero estaba muy asustado y…
—Deberías temerme más a mí que a
él.
<<Lo hago ¡Lo hago! Por eso
no quería que él te dijese…>>
—¡L-Lo sé pero-
Las palabras de Liu son cortadas
junto al aire cuando Alexander azota de nuevo. Esta vez el rápido latiguillo de
cuero cruza la cara de Liu, dejando sobre su mejilla una pincelada roja y un
dolor ardiente y pulsante. El pecoso muchacho jadea y llora, pero se siente
aliviado por no haber sido golpeado en otros lugares.
—¿Lo sabes, bolsa de sangre? ¿Por
qué no me mejor cierras tu estúpida boca y dejas de cabrearme mientras pienso
que voy a hacer contigo? Te aseguro, Liu, que si no dices más estupideces quizá
no te hago demasiado daño.
Liu asiente y se muerde el labio
con fuerza. Unos días atrás, cuando gozaba de la tranquila soledad en su hogar,
al menos por las mañanas e incluso algunas noches, había visto a Alexander como
un demonio imprevisible que, de vez en cuando, venía a romper un cachito de su
alma, pero también se había visto capaz de sobrevivir a él, de aguantar, de
sanarte en el tiempo entre visita y visita que el monstruo dejase. Ahora Liu ya
no tiene una visión tan optimista, no cuando su primera noche en esa casa se ha
convertido también en su primera pesadilla.
Alexander se acerca un poco más a
Liu. Su cuerpo hermoso y magullado le advierte de algo: su juguete es frágil y
si quiere divertirse con él un largo tiempo, quizá deba renunciar a los juegos
rudos ahora. Quiere castigarlo, desde luego, pero sabe que el humano no ha
pasado un segundo en su presencia sin llorar, así que ¿Qué posibilidades tiene
de lograr que el muchacho se entregue a él de esa forma deliciosa que tanto
ansía y, ahora, su mera cercanía lo lleva a la histeria? ¿Qué posibilidades
quedarán si lo apaliza tanto como desea?
Alexander suspira frustrado.
Posiblemente necesite mucha suavidad y paciencia solo para recuperar esos
deliciosos besos que Liu le entregaba y todo por culpa de Aidan, así que será
lo mejor para él no arruinar más al muchacho.
—Voy a darte una oportunidad para
demostrar que sabes cumplir órdenes, Liu. Una sola. —dice lento y pausado.
El muchacho alza su vista con un
brillo lleno de esperanza en sus ojos.
—Gracias. —expira aliviado.
Su cuerpo se destensa tan pronto
ve al vampiro voltearse y guardar la fusta. Tiene todos los músculos doloridos
por la rigidez y cuando Alexander lo desata nota que también sus muñecas han
sufrido bastante: están rojas, con la piel arañada y ensangrentada.
Alexander desaparece unos
momentos de la habitación, apareciendo a los segundos con la bolsa que había
dejado en la entrada. La vacía sobre la cama, mostrando los libros de estudio
de Liu, algunas de sus libretas con apuntes y ejercicios, el libro sobre vampiros
que tomó prestado en la biblioteca y algunas de sus prendas.
—Todavía no te has ganado nada de
esto —advierte el vampiro cuando ve al chico mirando con los ojos abiertos y
una sombra de sonrisa la pila de libros sobre la cama. —, pero necesitas ropa
para lo que vamos a hacer ahora.
Así, el vampiro le arroja unos
pantalones holgados y una sudadera junto a unas bambas. Aunque Liu no tiene
calcetines ni ropa interior, se siente mucho mejor cuando se pone sus prendas y
siente su cuerpo de nuevo cálido, de nuevo oculto. Casi como si fuese suyo.
—Sígueme —ordena Alexander con
molestia, borrado del rostro del chico la alegría que parecía venir pegada a
sus prendas. El vampiro sigue enfadado y Liu sabe que debe ser cuidadoso.
Capítulo 25
Un paseo.
No es que Liu no agradezca salir
a andar y tomar el aire durante la quietud de la noche, al contrario, la
experiencia es gratificante y le hace sentir casi como una persona normal de
nuevo, pero no puede evitar sentirse desconcertado. Alexander estaba hirviendo
de ira minutos atrás, cuando golpeó a Aidan tan fuerte que rompió el suelo con
su cráneo y cuando planeaba golpearle a él hasta dejarlo hecho un lío de lloros
y jadeos y, sin embargo ¿Ha decidido cambiar su castigo por un agradable paseo
nocturno?
Liu sabe que no tiene sentido,
pero no puede entender por qué Alexander lleva andando un cuarto de hora a su
lado en silencio hasta que se para en una calle, inspira profundamente con los
ojos cerrados y por fin habla:
—La calle de la derecha —dice con
voz ronca y monótona, Liu mira hacia ella viendo solo una profunda oscuridad —.
Hay un chico ahí, perdido, frustrado y que no sabe dónde ir. Vas a entrar en
esa calle, vas a hablarle despacio, tranquilo y muy amigable. Y vas a traerlo
hacia mí ¿Queda claro?
—¿P-por qué?
Alexander rompe su inexpresiva
máscara por un momento, su rostro se llena de ira y sus ojos parecer reflejar
la luna cuando brillan con el color de la sangre. Liu se arrepiente de haber
pronunciado esa pregunta tan pronto una enorme mano se envuelve en su garganta
y lo alza del suelo con facilidad, ahogándolo.
—Por que voy a matarlo delante
tuyo, Liu, porque quiero que veas lo que puedo hacer, lo que deberías temer.
Por que voy a enseñarte a obedecerme, incluso si eso significa que me ayudes a
quitarle la vida a otra presa. Ahora, deja de creer que estás en posición de
hacer preguntas, cierra tu estúpida boca antes de que le dé un mejor uso, y
lárgate de aquí.
Liu jadea en el suelo cuando
Alexander suelta su cuello. Sus brazos y piernas adormecidos por la falta de
oxígeno y sus pulmones tan doloridos que con cada bocanada que Liu toma el aire
se siente como afilado hielo entrando en ellos. El vampiro se cruza de brazos,
observando a Liu, y este no se atreve a suplicar, solo a levantarse e ir hacia
la calle de la derecha con pasos diminutos, como buscando alargar el tiempo y
volver ese inevitable momento, algo demasiado lejano como para alcanzarlo.
<<No quiero que mate a
nadie, no quiero que mate a nadie, no quiero que mate a nadie, no puedo
ayudarlo a matar a nade…>>
Mientras se adentra en el oscuro
callejón, Liu escucha una delgada voz murmurar y maldecir por lo bajo.
—¡Mierda, mierda, joder! —chilla
y patea una piedra en el suelo tan fuerte que Liu tiene que cubrirse para no
ser golpeado en la cara.
—¡Ah! —jadea Liu, sorprendido por
el golpe.
—¡¿Quién mierda hay ahí?!
—pregunta la voz del muchacho. Liu no puede verlo aún, pues la calle está
oscura, pero su voz suena tan juvenil y nerviosa por mucho que intente ser
ruda.
—Tranquilo —dice Liu afablemente
—, tranquilo, solo estoy… —se muerde el labio <<estoy ayudado a tu
futuro asesino>> piensa culpable. La idea le revuelve las tripas,
pero se dice que encontrará una manera de solucionar eso. Quizá si le dice al
muchacho que huya, si le explica la situación muy rápido o en voz muy baja…
—¿Qué haces afuera a estas horas? ¿Estás bien?
—¿A ti qué te importa? —responde
el otro rudamente, su voz sonando como un ladrido iracundo y su cuerpo, que
emerge de las sombras, contradiciendo toda la dureza de esa voz.
Liu siente algo quebrarse en su
interior cuando descubre que la persona frente a él no es más que un niño. Una
figura pequeña vestida con ropas rotas y demasiado delgadas para el frío de esa
noche, con las manos en los bolsillos y una postura encorvada que solo busca
asemejarse a un caparazón protector.
—¿Cuantos años tienes? —pregunta
Liu con voz dulce.
—Trece… —responde el chico, su
voz suena más domada ahora y aparta la vista hacia un lado mientras patea una
piedrita. —Sabes… ¿Sabes de un hotel aquí cerca o algo así?
—Uhm, sí —miente Liu, pero sabe
que incluso si envía al chico a una dirección falsa y este se siente fastidiado
y como si le hubiesen tomado el pelo, será mil veces mejor que si le insta a ir
con él y lo conduce lentamente hacia su tumba —, tú, eh, sigue por donde
estabas yendo, todo recto, gira a la derecha dos veces y por esa zona debería
haber un hotel. Deberías darte prisa, creo que el recep-
—¿Tienes… tienes algo de dinero
que dejarme? —pregunta sorbiendo con su nariz y frunciendo el ceño, como si la
pregunta le hubiese sido arrancada a regañadientes. —No tengo nada ahora mismo
—explica, tirando con sus manos de sus bolsillos hasta volverlos del revés.
Liu traga saliva.
—No llevo nada. Oye ¿Por qué no
vuelves a tu casa? La noche es muy peligrosa. —Liu se muerde el labio después
de decir eso. Duro. Sabe que Alexander está escuchando, acechando. Y que no
está satisfecho.
—Ya lo sé, pero es que no puedo
volver me han echado y… y no tengo y…
El pecoso joven siente el mundo
caérsele a los pies cuando el muchachito delante suyo es incapaz de mantener su
fachada ni un poco más y rompe a llorar, ocultando su rostro con las mangas de
su sudadera y luciendo como un pobre animalillo abandonado.
—Oye, oye, tranquilo. Respira
¿Qué sucede? —pregunta, acercándose un par de pasos muy despacio. Por un
segundo, se dice, necesita olvidarse de Alexander y consolar a ese chico, luego
ya pensará en cómo solucionar todo ese lío.
—E-es que mi padrastro me ha
echado de casa y no sé qué hacer, mamá no volverá hasta dentro de días y él se
pone tan imbécil cuando está borracho, me da miedo volver y que me rompa una
botella en la cabeza, le hizo eso a mi perro, él lo… —el chico se deshace en
lágrimas de nuevo y un sonido ahogado y desgarrador sale de su garganta
mientras se lanza a abrazar a Liu con todas su fuerzas. El muchacho de cabellos
castaños es incapaz de alejar al pequeño de él y pasa suavemente una mano por
sus cabellos y otra por su espalda. —P-por favor, déjame pasar la noche en tu
casa. Soy bueno limpiando y haré recados si hace falta para compensarlo. Solo
esta noche. Por favor.
Liu traga saliva. El chico le
está sirviendo en bandeja de plata la excusa perfecta para guiarlo hacia su fin
y, ante eso, Liu no puede hacer nada, no puede fingir que no ha sabido
engatusarlo, que la situación es demasiado difícil y él demasiado torpe. Pero
tampoco puede hacer eso, hacerle eso a ese pobre crío que solo quiere un
lugar seguro.
—Sígueme… —dice Liu bajo su
aliento y cuando el chico asiente y prácticamente estalla de alegría, Liu lo
toma por los brazos y lo aprieta fuerte contra su cuerpo.
El pecoso mantiene el abrazo que
tiene sobre el chico mientras andan, como temiendo que se esfume si lo suelta.
Lo guía arrastrando los pies pesarosamente hacia Alexander, que espera con una
gran sonrisa en su rostro. El muchacho no se da cuenta de lo que sucede hasta
que Liu se detiene, mira hacia arriba, hacia el rostro de la figura que tiene
delante, y luego lo abraza con todas sus fuerzas.
El pequeño humano, incapaz de
gritar o moverse siquiera, se pega a Liu con fuerza y palidece, mirando también
al vampiro.
—Me has traído una bolsita de
sangre encantadora, Liu, te felicito.
—¿Qué? —pregunta, volteándose aterrorizado
hacia quien creía su salvador.
El chico intenta zafarse del
abrazo de Liu, pero tan pronto Alexander extiende su mano, pidiendo a su presa
que le entregue al humano, Liu aprieta al chico con más fuerza contra él.
—Por favor —suplica y bate sus
pestañas de la forma más adorable y vulnerable que puede, su hermosa cara
salpicada de pecas luciendo inocente y sus ojillos oscuros brillando con la luz
de la luna —, Alexander, por favor. Es solo un crío, no tiene a dónde ir. T-te
ayudaré a cazar a otro, a una mala persona, te ayudaré a escogerlo y a… a todo.
Por favor, haré lo que quieras.
La sonrisa en el rostro del
vampiro pronto desaparece, formando de nuevo la dura e imperturbable expresión
que Liu es incapaz de leer y que sabe que oculta su ira a veces y sus ardientes
deseos otras.
—Esto es lo que te he
ordenado que hagas. Esto es lo que quiero. Ahora, dámelo.
Pero ante la negativa de Liu, que
achucha al humano contra sí como su más preciado tesoro, el vampiro lo arranca
de entre sus brazos con una facilidad desalentadora, tomando al pobre crío por
el cuello y alzándolo hasta tenerlo a la altura de su rostro como si de un
simple muñeco se tratase.
Liu jadea al ver como el muchacho
patalea enloquecido en busca del suelo, como sus manos osan arañar la que lo
tiene prisionero por la garganta, como su rostro, antes blanquecino como la
cal, empieza a enrojecer y amoratarse cuanto más le falta el aire.
—¡No, Alexander, por favor!
—chilla Liu, sus instintos actúan por él y agarra a Alexander por el brazo,
tirando de él para intentar obligarlo a bajar al muchacho.
En su lugar, el vampiro levanta
más aún su brazo, elevando al humano al que ahoga y haciendo que Liu, que se
abraza a su bíceps, deje de tocar el suelo también. Con un violento movimiento,
Alexander se sacude a Liu del brazo como si fuese una alimaña, y este cae al
suelo con violencia.
—¡Por favor! —suplica mientras se
levanta, mareado por el golpe. Y acto seguido, se deja caer sobre sus rodillas
delante del vampiro y tira del cuello de su camisa, ladeando dócilmente la
cabeza. Sus próximas palabras ya no son un grito desesperado, sino una delicada
confesión: —t-te entregaré mi sangre esta noche. Te la entregaré como tú deseas
que lo haga. Por favor, déjale vivir.
Alexander voltea rápidamente su
cabeza y Liu siente el alivio de haber captado su atención, pero todavía no
puede respirar tranquilo: durante los larguísimos segundos en que el vampiro lo
observa y delibera la idea, Liu puede ver como el humano entre sus garras deja
de patalear y resistirse, sus miembros cayendo flácidos a los lados de su
cuerpo, su cara del color de un hematoma y sus ojos en blanco.
<<¿He llegado demasiado
tarde? ¿Tengo otra…>> Liu traga
saliva, le tiemblan las manos <<¿Otra muerte sobre mi
consciencia?>>
Liu cierra los ojos, angustiado.
Y entonces escucha el blando sonido de la carne golpeando el suelo. Los pasos
de Alexander acercándose a él. Y luego un jadeo, tos. El chiquillo luchando por
aire. Cuando el humano abre los ojos, Alexander está postrado en el suelo,
delante suyo, mirándolo directamente a los ojos con sus intensos y
profundos rubíes rojos.
—Eso suena mucho más tentador,
dulce humano —murmura Alexander, su voz aterciopelada y seductora ahora —.
Cuéntame ¿Cómo vas a ofrecerme tu sangre? —de pronto, el rostro calmado de
Alexander se enciende en un visaje de ira y se voltea hacia el otro humano, que
intenta arrastrarse lejos de ahí —¡Quién mierda te ha dado permiso para irte!
Quédate donde estás, escoria, o voy a romper todos tus putos huesos hasta que
no tengas más opción que esperar a que te mate.
Liu traga saliva.
<<Tengo… tengo que ser apetecible o sino matará a ese pobre niño>>
—T-te ofreceré mi cuerpo,
desnudo, sobre tu cama, para que muerdas donde desees —dice de pronto Liu, las
palabras salen de su boca sin haber pasado por su cerebro antes y tan pronto
las pronuncia se muere de la vergüenza y el arrepentimiento. Pero al menos han
funcionado: la atención del vampiro vuelve a ser suya y su rostro se ha
dulcificado —, no voy a resistirme, no te pediré que pares. V-voy a dejar que
bebas de mí hasta que estés saciado solo… por favor, no mates a ese niño.
Alexander sonríe a Liu con
complicidad y se levanta del suelo. Vuelve a dirigirse al otro muchacho y
aunque su tono es brusco, ya no tiene la misma violencia que antes:
—¿Llevas encima un teléfono?
—pregunta y el chico niega, sollozando.
Alexander chasquea su lengua con
fastidio y saca el suyo del bolsillo. Liu observa desconcertado como teclea y
espera a que alguien lo coja.
—Calle Ribes, 16, hay un chico
joven desangrándose en el suelo. La ambulancia tiene que llegar en diez
minutos. Máximo.
Acto seguido Alexander cuelga y
antes de que Liu pueda detenerlo, el vampiro ya está hundido en el cuello de su
pobre, joven víctima, y de su garganta no logra salir grito alguno, solo un
triste y patético gorgoteo que se va apagando con cada sorbo que su depredador
bebe.
Liu observa con horror lo frágil
y pequeño que parece el cuerpecillo del niño en manos de Alexander, el
desprecio con el que lo aprieta mientras bebe de él y la sangre chorrea hasta
el suelo y con el que luego lo aparta a un lado como basura mientras el chico
tiembla y convulsiona con su cuello abierto y un enorme charco rojo formándose
a sus pies.
Liu corre hacia el chico
quitándose la sudadera pese al frío y apretando la tela contra la herida del
muchacho.
—¡Mierda! ¡Mierda! No te
preocupes, estarás b-
Alexander lo toma por el brazo y
tira fuerte, alejándolo del muchacho e impidiendo que pueda seguir prensando su
herida.
—No va a morirse. Oigo la
ambulancia, llegarán a tiempo. Ahora vámonos.
Liu quiere rechistar, pero sabe
que pese a lo horrible y larga que se le ha hecho esa noche, ese es, de todos,
el mejor resultado que podría haber obtenido: Alexander no va a castigarlo
duramente por haber obedecido a Aidan, Aidan no revelará su secreto y ese pobre
chico inocente va a vivir. Es lo mejor, incluso si ahora, mientras se aleja a
paso ligero y al voltear la cabeza lo ve ahí tirado, en el suelo y sobre un
charco de su propia sangre, Liu no se siente más que como un traidor.
<<Otra vez>>
Capítulo 26
Alexander tan siquiera se esperó
a que la puerta de su casa se cerrase. Tan pronto estuvo dentro, empujó al
chico contra esta y se hundió en sus labios, besándolo fuerte, fervoroso,
hambriento. Y fue la presión de su cuerpo empujándose contra el del mortal lo
que hizo cerrarse el enorme pórtico.
Liu se remueve, incómodo y
abrumado, y de sus labios salen pequeñas quejas cuando el vampiro lo deja
libres por un segundo, dispuesto a probarlos al siguiente. Alexander no le ha
besado nunca así, tan ansioso, tan animal. Y Liu no sabe si es capaz de soportarlo,
de soportar el sabor de la sangre ajena invadiendo su boca, la brusquedad con
la que Alexander se separa y une de su boca, con la que cierra la suya
alrededor de la de él y chupa ávidamente sus labios, su lengua, la crueldad con
la que muerde, como dándole una probada del destino que está por llegarle.
Alexander lo toma por la cintura
con sus grandes manos, alzándolo con pasmosa facilidad y haciendo que Liu deba
rodearle la cintura con las piernas y el cuello con los brazos para no caer.
—Esp… espera —Liu pide, jadeando
entre beso y beso, y sorprendentemente el vampiro obedece, pegando su frente a
la de Liu y dándole pequeños besos sobre los labios y en las comisuras, pero
dejando que el chico respire tranquilo.
—No me gusta esperar, Liu
—susurra sobre sus labios, su tono es cavernoso y ronco, su voz ronroneando la
suave advertencia contra la boca recién besada del mortal. Liu suspira y se
encoge —¿Qué quieres? —pregunta molesto y mientras no besa al chico, una de sus
manos se mantiene firme en la cintura de Liu, para que no caiga, y la otra
explora bajo su ropa, haciendo amagos de empezarlo a desnudar ya.
—Más despacio, por favor —le
tiemblan los labios cuando habla y al acabar ni él mismo está seguro de qué
está pidiendo: ¿que los besos sean más lentos? ¿que lo sean las manos de Xander
sobre su cuerpo? ¿O que sea el tiempo mismo quien pase más poco a poco? Que ese
instante extraño y tenso se alargue por la eternidad, que él y su captor no
logren nunca subir las escaleras, cruzar el pasillo, tenderse en la cama.
Que no llegue nunca el momento de
ser desnudado por Alexander de nuevo, porque cuando lo haga, Liu no podrá
seguir fingiendo que lo de hace dos noches no pasó. No podrá seguir empujando y
empujando al fondo de su cerebro, en baúl que no planea abrir nunca más y donde
confesiones pecaminosas se esconden, el recuerdo de Alexander tomando de él lo
poco que le quedaba. No su cuerpo, no solo su cuerpo, sino algo más.
Tomando algo que no sabe qué es y
que Liu no sabía que lo tenía hasta que ahora se lo han arrebatado y siente un
vacío en el pecho, siente suciedad bajo la piel cuando algo la roza y es
consciente de ella y agujas bajo los párpados cuando intenta dormir, siente que
es un puzle sin una pieza y que hay algo desencajado y faltante en su alma, que
cada gesto, cada paso, cada palabra, cada pensamiento suyo son incorrectos, que
están casi bien pero tienen un no se qué que no puede señalar que hace
que estén demasiado mal, insoportablemente mal, como cuando uno prepara una
deliciosa sopa y le echa sal de más y de pronto todo el esfuerzo y el tiempo y
el delicioso sabor son tirados por la borda y el plato está arruinado para
siempre.
Liu se siente eternamente amargo,
demasiado lleno de alquitrán y barro como para que nunca pueda saborear sus
propias palabras o su propia lengua sin sentir asco nunca más, siente que tiene
que ser desechado, que nada estará bien nunca más.
<<Arruinado, estoy
arruinado, arruinado, podrido, roto, estoy sucio, estoy…>>
—Alexander —murmura y cuando
pronuncia su nombre Liu vuelve en sí desde ese oscuro mundo del pensamiento y
se da cuenta de que están ya subiendo las escaleras. El vampiro no hace nada al
respecto, pero él sabe que lo escucha —¿Qué debo hacer… qué debo hacer para que
me dejes cortarme de nuevo?
Tan pronto la pregunta abandona
sus labios se siente patético. Sin embargo, no tanto como esperaba. Le habría
gustado sentir más humillación, más vergüenza, porque eso significaría que aún
es sensato, que aún puede ver cómo autolesionarse está mal y no debería
hacerlo, pero en vez de eso Liu siente que ese bochorno es una llamita muy
pequeña en su interior, sobre todo comparada con el intenso, ardiente alivio
que se prende cuando Alexander no niega en rotundo, sino que le responde:
—Luego hablaremos, Liu. Ahora
quiero lo que me has prometido.
El muchacho vuelve a
sorprenderse, pues cuando Alexander habla lo devuelve al mundo real y lo
arranca del de sus pensamientos, y resulta que ya está en la habitación. La
puerta está cerrada y Liu… oh.
Liu jadea cuando es arrojado a la
cama y su corazón podría detenerse un segundo solo con contemplar la
intimidante imagen de Alexander mirándolo desde arriba al pie de la cama. Su
enorme figura, sus ojos rojos, los lustrosos colmillos creciendo más, recordando
a Liu el dolor de sentir cada milímetro afilado bajo la piel. Las grandes manos
de Alexander.
<<Cuando me tocó. Cuando me
quitó la ropa. Cuando me mantuvo quieto mientras me…>>
No es su intención, pero no puede
evitarlo: Liu se echa a llorar de pronto. Un llanto que llevaba guardando en su
interior desde hacía varias noches y que aunque dormitaba tranquilo bajo un
velo de ignorancia, parece haber crecido más y más con el tiempo, alimentándose
de cada lágrimas que Liu guardaba para después, para un momento donde se
sintiese seguro para ser suave y vulnerable, para ser líquido y convertirse en
lágrimas. Liu no sabe por qué llora ahora, si reservaba todo ese dolor para un
momento seguro, pero se pregunta, en el fondo, si acaso su cuerpo no ha
admitido antes que él que ese momento no llegará jamás.
Alexander lo mira impaciente.
Irritado.
Aprieta el puño.
Liu siente el pánico apoderarse
de su cuerpo como una corriente eléctrica y mueve sus manos sin pensarlo,
obedeciendo: empieza a deshacerse de su camisa, revelando el pálido vientre, la
estrecha cintura, el liso pecho que Alexander tocaba ansioso minutos atrás.
<<Haz lo que diga, haz lo
que él quiera. Dale lo que desee o lo va a tomar él. Dáselo, Liu, dáselo,
dáselo o lo tomará a la fuerza. Y no quiero que eso pase, no otra vez, no, no,
no, no…>>
Alexander se inclina con una
lentitud acechante sobre la cama y gatea hacia el humano. Lee sus pensamientos,
confundido por el abrupto mar de lágrimas y la sumisión de después y se topa
con acelerados y temerosos balbuceos, la pobre cabecita de Liu escupiendo
escenas que él protagoniza como si fuesen parte de una pesadilla aterradora.
De pronto, el temor de su presa
no le antoja ya delicioso o divertido. Cuando Liu le entregó sus besos y, poco
a poco, aprendió a besar despacio y a causar en el humano sensaciones
contradictorias, Alexander sintió deseo y por primera vez no solo el suyo.
Sintió a Liu desear más de su contacto, más de su gentileza, más de sus
labios.
Ahora Liu no desea nada de él,
más que ser dejado tranquilo una vez acabe. Y Alexander lo odia, odia
sentir que la entrega de Liu no es una entrega, sino un tomar a la fuerza
ligeramente más sutil al que está acostumbrado.
Él no quiere eso. Por primera
vez, realmente no quiere eso.
Se detiene a centímetros de la
boca del chico, ahora descamisado y de manos temblorosas sobre sus pantalones.
Alexander alcanza con una mano grande y firme las del chico y lejos de guiarlas
para ayudarle a bajarse esa prenda, las mantiene quietas e impide que se
desnude.
—¿Quieres cortarte ahora?
—pregunta y Liu no responde, porque no piensa que esas palabras sean reales al
principio.
Alexander espera lo más paciente
que puede, respirando ansioso sobre los labios de Liu, cerrando fuerte sus
puños porque no quiere que sus manos alcancen a Liu y tomen lo que deseen por
la fuerza otra vez. Espera mientras piensa en lo que acaba de hacer, en lo
extrañas, lo ridículas que suenan sus palabras: solo está sugiriéndole a Liu
cambiar dolor por más dolor, pero… eso es lo que él quiere ¿no? Hace poco,
quería cortarse tantísimo que lo hizo incluso cuando Alexander se lo prohibió,
así que, si le da permiso para hacerlo ahora, si le da esa pequeña porción de
libertad, quizá logre reparar un poco del daño que ha hecho ¿No?
Alexander piensa que tiene
sentido, suena como si lo tuviese, pero algo sigue sintiéndose más incluso
cuando Liu alza su rostro hermoso lleno de pecas y lágrimas y lo mira con los
ojitos brillantes más bonitos que ha visto nunca en un humano.
—¿P-puedo hacer eso en vez… en
vez de…? —Liu titubea torpemente, incapaz de formular una pregunta que su mente
no se atreve siquiera a pensar.
—Puedes —Alexander carraspea,
incómodo. Sus labios no acostumbran a decir cosas amables a sus presas humanas
y, al hacerlo, se su vez se le antoja áspera y oxidada, como cuando despierta
tras un largo sueño—, puedes, pero hay condiciones para ello —dice lo último
con más seguridad, por fin sintiéndose de pronto en una situación familiar
donde él tiene el control.
Liu traga saliva y asiente,
atento a las palabras de su demonio.
—Debes pedirme permiso cada vez y
no dejarás que se desperdicie ni una sola gota de tu sangre ¿Queda claro?
El muchacho escucha pesaroso sus
palabras, porque, aunque son una oportunidad de que se le devuelva algo de su
normalidad -algo doloroso y enfermizo, pero, al fin y al cabo, algo de su vida
cotidiana-, también son una humillación: debe admitir, en voz alta, que quiere
cortarse, decir lo que hasta ahora ha hecho solo en silencio, escondido en un
rincón de su baño y arropado por el confort de que nadie más que él conoce su
oscuro y perverso secreto. Y no solo debe rogar porque el otro le deje
autolesionarse, debe cosechar el fruto de su dolor, debe hacer de su tortura
algo útil, consumible, para Alexander.
Se siente patético, pero sabe que
eso es mejor que nada, que lo que estaba por hacer.
—D-de acuerdo —murmura Liu con
timidez y Alexander se desliza lejos de él, fuera de la cama, y le tiende
amablemente su mano para ayudarlo a levantarse.
Liu, extrañado, la toma, y el
vampiro tira suavemente de él hasta tenerlo de pie en frente suyo. Coloca su
enorme mano en la parte más delgada de la espalda de Liu y lo empuja muy suave
hacia el baño.
Es extraño para él seguir su
ritual, cuyos pasos tan bien conoce, con una presencia extraña examinándolo,
como cuando uno se baña y todo es familiar -la cortina, el olor del jabón, las
manos recorriendo el cuerpo propio en un orden específico, los minutos exactos
que el agua tarda en calentarse…- pero de pronto algo ajeno parece penetrar en
esa calma, la sensación de que alguien te observa, de un cuerpo que no has
visto antes está parado al otro lado de la cortina, de que, si cierras los ojos
mientras te enjabonas el pelo, al abrirlos el mundo a tu alrededor será uno de
pesadilla.
Liu cierra la puerta del baño él
mismo y Alexander se sitúa delante de ella, como custodiándola, mientras pone
cómodamente sus manos en su espalda y deja su mirada fija sobre el menudo
humano que busca en su baño.
Liu primero busca lo que
necesitará al acabar: jabón, alcohol, yodo y una pequeña gasa con esparadrapo.
Luego busca las cuchillas y encuentra un bote pequeño con ellas, sin usar. Un
escalofrío lo recorre cuando cae en que Alexander, con su eterno e invariante
cuerpo, posiblemente no necesite afeitarse. Y obviamente no necesita gasas, ni
desinfectante, así que…
<<¿De quién son, entonces,
todas estas cosas? ¿Vivía alguien aquí? ¿Voy a cortarme con las cosas de un
muerto? Es irónico, no, es… es hipócrita. Hacerme este daño, acercarme a la
muerte de esta forma sin planear suicidarme mientras la persona a la que
pertenecen estas cosas ha sido robada de su vida. Siento que tonteo con la
muerte cuando otros darían todo por despistarla, siento que me aprovecho, que
soy patético ¿Por qué no me muero y ya está? ¿Me da miedo? Me da miedo ¿Y si no
me diese miedo? Entonces, no sé si merecería el descanso de morir. Merecía
haber muerto entonces, en lugar de ellos, pero ahora… ahora ¿De qué sirve la
muerte si no puede traer a la vida a nadie? Si solo hubiese hecho las cosas
diferente, si solo no fuese un idiota, un inútil, un jodido pedazo de mierda
que no merece haber nacido, si solo…>>
Los ojos de Alexander se abren
con impresión cuando ve la sangre. El corte es largo, horizontal, profundo. Sus
colmillos crecen, el filo asomando ya sobre sus labios. Sus ojos resplandecen
como lunas de sangre. Liu suspira, pero no de dolor, sino de alivio.
El vampiro tuerce la cabeza,
curioso mientras observa al muchacho deslizar la cuchilla una segunda vez sobre
su brazo, dándole a su dolorosa herida una hermana gemela que, como la primera,
luce blanca nacarada durante los escasísimos primeros instantes de su creación
y luego se llena del oscuro rojo que brota, dejando el centro de la violenta
pincelada ahora tan opaco que bien podría ser negro. Las gotas color vino
desbordan las grietas de las que manan y empiezan a deslizarse por el brazo del
chico.
Alexander se acerca lento, pero
no acechante, sino solo cuidadoso. Se acuclilla en el suelo, mirando a su presa
humana con suma curiosidad, y decide asomarse a su cabeza, queriendo dar
respuesta a las preguntas que se plantea.
<<Dueledueledueledueledebedolerestábienqueduelatienequedolerdueleparaquenoduelanotrascosasdueleporquemerezcodolordueleporquecuradueleporqueestoyvivoestoyvivoporquénoloentiendosoloquieroquenoduela>>
Arruga la nariz y hace un ademán
de alejarse. La mente de Liu, así como sus palabras a veces, es un lío
desordenado donde cientos de voces hablan y susurran y tartamudean porque las
emociones son demasiadas, porque desbordan al muchacho.
Quizá, piensa Alexander, tenga
sentido que Liu quiera abrirse de ese modo, como buscando dejar salir de él
todos esos pensamientos embotellados que hacen crecer y crecer la presión y que
se sienten como el susurrar del viento antes de una terrible explosión.
Alexander toma con delicadeza el
brazo de Liu, agarrándolo por la cara opuesta a donde los cortes se hallan y
alzando la piel recién herida un poco a su rostro. Liu tiembla por el gesto y
hace un pequeño amago de apartarse.
—¿Qué diferencia hay? —pregunta
Alexander y se inclina para lamer las heridas de Liu.
Su lengua es grande, así que
cuando la pasa llana sobre el antebrazo del chico abarca toda la anchura de
este y de un solo lametón seca ambos cortes antes de que vuelvan a gotear
sangre unos segundos después. Liu jadea por el dolor y esta vez sí que tira de
su brazo inconscientemente. Sus esfuerzos, sin embargo, son vanos, ya que el
vampiro lo sostiene por la muñeca con firmeza.
—Que lama tus heridas te duele,
que te muerda y me alimente de ti te duele, que tome tu cuerpo por la fuerza
para mi placer te duele y cortarte te duele ¿Qué diferencia hay entonces? ¿Por
qué me suplicas tanto que no te hiera y luego eres capaz de rogar porque te dé
permiso para rajarte las muñecas?
Liu traga saliva y aparta la
vista. Sin esperar respuesta alguna, el hombre vuelve a inclinarse sobre su
piel y la limpia de color carmesí con un largo y lento lengüetazo. Luego posa
sus labios sobre uno de los cortes, el primero, el más profundo, tal como si
fuese a besarlo. Y succiona con cuidado.
Liu chupa aire por la punzada de
dolor que lo atraviesa y aunque quiere apartar la mirada de la escena, no es
capaz. Hay algo tan cruel en la forma en que Xander cierra plácidamente sus
ojos, en la forma en que recoge su cabello dorado tras su oído cuando se
inclina, como para no mancharlo de sangre, en la forma en la que bebe chupando
ávidamente, como exigiendo al cuerpo de Liu que le deje arrancar su dolor más
rápido, más fuerte, más profundo.
—P-porque esto me lo hago yo,
porque lo decido yo. —responde con voz cansada.
Alexander levanta la vista, aún
con sus gruesos labios empapados en líquido carmesí y la boca pegada a la
herida de Liu. Sus pupilas se le antojan a Liu abismales: dos profundas
galaxias sin luz que se expanden más y más, consumiendo el anillo de fuego fulgurante
que las rodea. No puede apartar la vista de él. No puede dejar de sentirse
contradictoriamente asqueado al saber que ese ser halla alimento en el veneno
de su sangre que Liu siente que tan metódicamente debe expulsar, limpiar y
purgar, y fascinado por la manera en que el rostro de Alexander se llena de
éxtasis y se vacía de humanidad cuando bebe de él.
—Ah —exhala el vampiro
despegándose de su enrojecido y tembloroso brazo. Las heridas, aún rojas, han
dejado de sangrar, y cuando el vampiro suelta la muñeca de Liu, su extremidad
cae al suelo sin fuerzas como un juguete descartado. Alexander se lame la sangre
de los labios, aunque no alcanza la gota que va de su comisura a su mentón, y
dice: —¿Y por qué decidirías hacer esto?
Liu traga saliva. Su mente es
capaz de evocar miles de razones en forma de recuerdos fragmentados en pequeños
trozos de cristal que se le hunden en el pecho, clavados en lo más profundo de
su ser, pero no es capaz de articular el dolor de ninguno de ellos. No es capaz
de hallar palabras que puedan responder a esa pregunta, incluso si sabe que
tiene una respuesta en su interior, una de certeza aplastante.
—Lo necesito —murmura el chico
encogiéndose de hombros —, simplemente siento eso. Me ayuda. Me hace sentir
mejor. A veces peor, cuando necesito sentirme peor. No lo sé, solo
siento que quiero, debo hacerlo. Y lo hago.
—Oh —las cejas rubias de
Alexander se elevan con sorpresa y luego una sonrisa maliciosa y burlona se
pinta en su rostro mientras dice: —Entonces, Liu, tú y yo tenemos mucho en
común ¿No es así? A veces siento que quiero causar dolor, mucho dolor, que me
haría sentir mejor, que quiero hacerlo. Y simplemente lo hago.
Al terminar, el vampiro ríe con
voz grave y vil. Liu no puede evitar apartar la mirada con repentinas ganas de
llorar acuciándole.
<<Tenemos mucho en
común>> la frase resuena en su cerebro,
su voz mezclándose con la del vampiro, su estómago revolviéndose de pronto <<Jodido
asesino>>
—E-entonces —Liu escupe de
pronto, su boca hablando sin el permiso de su cerebro porque, precisamente,
necesita hacer ruido suficiente como para distraerse de sus pensamiento —¿Es
cierto? Que los vampiros no solo tenéis sed de sangre, sino que… que sois crueles
por naturaleza. Que no buscáis solo sangre, sino también dolor.
—¿Has leído eso en tu librito
sobre vampiros? —Liu alza la cabeza, sorprendido por la mención de su última
lectura, y el vampiro sale del baño para volver con la obra mencionada entre
las manos. Vuelve a acuclillarse junto al chico y se lo tiende —Te has ganado
leer un poco más. Ahora, si quieres que te dé los libros de clase, el móvil y
permiso para salir por el día al instituto, vas a tener que ser bueno mañana
también ¿Has entendido?
Liu asiente enmudecido, tomando
con una mano temblorosa el libro solo para que el vampiro se lo arranque de las
manos de nuevo.
—Vas a mancharlo de sangre —se
queja y vuelve a marcharse para depositarlo sobre la cama y, con las manos
ahora vacías, tomar al humano y hacerlo erguirse. —, tenemos que curar tus
heridas primero.
Liu suspira y nota que los
párpados le pesan cuando se relaja. No quiere sentirse maleable entre las
garras del vampiro, pero el repentino trato gentil que este le da y el mareo
que siente por la pérdida de sangre y el cansancio lo traicionan y el chico se
desliza suavemente hacia donde Alexander desea. El vampiro lo alza del suelo
tomándolo por la cintura y con las manos todavía rodeando su delgado vientre y
espalda, el vampiro lo hace reclinarse sobre el lavamanos. Lo sostiene de la
cintura ahora rodeándosela con un brazo en un agarre firme, pero cuidadoso, y
con la otra mano extiende el brazo de Liu en la pica, con las heridas boca
arriba, mientras el chico cabecea.
—Mi naturaleza me hace desear
herirte —explica el vampiro, su voz es suave, como si le contase a Liu una
historia para dormir pese al tenebroso significado de sus palabras —, pero en
la tuya no hay nada que te lleve a hacerte sangrar de este modo. —abre la llave
del agua y esta sale cálida, derramándose sobre la herida de Liu.
Alexander mantiene el brazo bajo
el chorro de agua cuando el muchachito hace un esfuerzo por apartarlo y cuando
el humano se rinde, toma un poco de jabón, cierra el grifo, y masajea
suavemente la piel herida con su mano enjabonada.
—No creo que sea normal que
tengas dentro tuyo cosas tan hirientes como para querer hacerte esto, Liu.
Alexander se sorprende dos veces.
La primera, por lo llenas de dulzura que suenan sus palabras. Tan suaves y
preocupadas, tan delicadamente pronunciadas, como si quisiera que el chico las
recibiese como un consejo valioso. La segunda, porque es la primera vez que Liu
tiene la osadía de reír burlonamente por algo que él ha dicho.
Quizá el mareo por la pérdida de
sangre le dé, como a un ebrio, el coraje que usualmente le falta.
—¿Qué más te da? —pregunta, su
tono balanceándose entre la diversión y la ofensa. Luego, con la voz débil,
añade: —Pienso en cuando me violaste cuando me corto.
Cuando Liu queda inerte en los
brazos de Alexander, el vampiro se congela en el lugar. Sus dedos jabonosos
sobre la hondonada roja de la piel de Liu. Su brazo izquierdo contra su
abdomen, sintiendo los latidos justo sobre su antebrazo. La cabecita de suaves
mechones chocolate echada hacia delante y abajo, su cara escondida incluso para
el espejo.
Alexander se pregunta, en ese
momento, por qué cura las heridas de su presa. Por qué las frota con dedos
lentos y cuidadosos, como queriendo tener magia en sus yemas, el tipo de magia
no que rasga o consume, sino que cura y calma.
Por qué le duele tanto, por
primera vez, darse cuenta del dolor que ha causado.
Capítulo 27
Alexander siempre pensó en sí
mismo como un depredador ingenioso e inventivo. A diferencia de otros vampiros
que se comportaban como animales metódicos, cazando siempre al mismo tipo de
presa, del mismo modo, con la misma frecuencia, por los mismos motivos…
Alexander prefería divertirse de diversas maneras con los humanos que perseguía
y consumía: a veces soltaba a sus presas en rocambolescas casas abandonadas y
les daba un margen para ocultarse, como queriendo jugar a las escondidas con
ellos, otras los perseguía por horas, deteniéndose para verlos tropezar y
levantarse y eventualmente desfallecer, otras veces los hacía servirlo de modo
distintos a cambio de conservar la vida, trato que nunca se cumplía, otras
veces quería arrancar de sus presas la mínima esperanza de poder huir y les
dejaba claro que no tenían oportunidades contra él, a veces les hacía cavar sus
tumbas o confesar sus pecados, a veces los hacía ver como mataba a otros
delante de ellos o les explicaba detalladamente el modo en que iba a acabar con
ellos; Alexander se jactaba siempre de cómo, ante la amenaza del aburrimiento
que la eternidad siempre ponía ante él, su crueldad sería capaz de tomar
millares de formas y mantenerlo entretenido todos los siglos que fuese
necesario.
Sin embargo, ahora se da cuenta
de que en sus actos siempre ha habido un patrón: jamás ha dejado vivir a sus
presas más de una noche. Si se hubiese dado cuenta antes, el vampiro no le
habría dado mucha importancia a ese hecho, pues siempre le ha parecido un
asunto pragmático: al terminar la noche, un vampiro no puede seguir jugando con
su víctima así que ¿Qué sentido tendría dejarla vivir?
Liu le ofreció una respuesta a
esa pregunta: podía prestarle un tiempo más de vida a su presa a cambio de su
sumisión. Y la idea parecía tan deliciosa al inicio, se lo sigue pareciendo, de
hecho, pero ha descubierto que es problemática también. Es sencillo ver a los
humanos como juguetes cuando son de usar y tirar, pero ahora que Xander ha
conservado a Liu por un tiempo sus ojos ven en él algo más.
Y a Alexander no le gusta tener
la visión emborronada de ese modo. Siente que algo en él se entumece, se
embota, algo primordial y salvaje, algo en el mismísimo centro de su naturaleza
¿Quizá es la consecuencia de no dar rienda suelta a sus deseos en tan largo
tiempo? Contenerse ha debido pasarle factura ¿Cómo no? Si mantiene a su deseo
encadenado, es normal que en él aparezcan llagas y rozaduras de tanto luchar
contra las cadenas.
Necesita darle una noche de
libertad, permitirle estirar sus patas, morder carne fresca. Así que eso hará.
El vampiro abandona la casa
después de dejar a Liu en el lecho, con su brazo desinfectado y vendado y su
libro sobre criaturas de la noche al lado suyo, sobre el buró. Y esa noche,
mientras vaga por las calles sin más rumbo que allá donde lo lleve su sed de
sangre, se halla perdido y desconcertado por primera vez en muchos años, pues
no hay presa alguna que le resulte suficientemente apetecible.
Solo tiene a Liu en la cabeza.
Liu admitiendo que se corta por él. Liu admitiendo que cortarse es un dolor
soportable, porque él lo elige. Liu admitiendo que Alexander es un dolor
insoportable, un dolor que jamás escogería. Liu prometiéndole su sumisión. Liu
mirándolo con miedo, huyendo de él, suplicando ser dejado en paz. Liu perdiendo
el conocimiento la primera vez que lo tomó, como si resbalase fuera de su
cuerpo y huyese su alma, asqueada de la piel que habita solo porque ahora tiene
las marcas de las manos y la boca de Alexander.
El deseo arde en su interior,
pero ahora también lo hacen la ira, la frustración, la vergüenza. Quiere tomar
a Liu de nuevo, tomarlo de un modo en que él no puede. No sabe.
Quiere tomarlo como se toman
entre ellos los amantes. Pero él no sabe nada de amor.
Capítulo 28
Finalmente, el vampiro encuentra
lo más cercano a lo que había estado buscando: alguien que puede lograr que se
entregue a él, aunque sea solo en cierta medida. Una imitación burda de lo que
le prometida entrega de Liu sería.
Mientras transita el barrio en el
que se halla, un lugar donde la pobreza y la miseria roen cada esquina,
Alexander puede ver a los demás huyendo de él. Traficantes que se marchan sin
el dinero que sus clientes les debían, pandilleros que abandonan las peleas que
habían iniciado solo por no buscar problemas con un pez más gordo que ellos,
prostitutas que por primera vez en años sienten su piel erizarse de tal modo
que hace que merezca la pena rechazar a un cliente.
Y, en una solitaria callejuela
del barrio, Alexander ve a la presa perfecta para esa noche: pelo corto y liso
de un tono blanquecino que le hace resplandecer como una luna llena en un cielo
sin estrellas, unos enormes y desvaídos ojos azules que miran de un lado a otro
con timidez e inexperiencia, un cuerpo más bien frágil, quizá un poco más alto
que Liu, pero mucho más fino, con muñecas y tobillos que parecen de cristal y
piernas de bailarín, con la tez deliciosamente besada por el sol. Sus labios
acorazonados sueltan una exclamación al ver al hombre que se aparece a su lado
e, ingenuo, no logra deducir, del impresionante tamaño de ese desconocido, que
su naturaleza no es humana.
—¿Cuánto por noche? —pregunta
Alexander, incapaz de esperar a que el tímido novicio se atreva a hablarle
primero. Se fija mejor en el rostro del muchacho al acercarse y advierte que
tiene facciones finas como las de un muñeco y que su bonito rostro se le antoja
juvenil.
<<Debe tener la edad de
Liu>>
El chico se sorprende por la
brusquedad del cliente, pero Alexander se siente aliviado al ver que la
sorpresa del joven es grata <<¡Un cliente! Por fin, podré comer mañana
si lo hago bien ¡Tengo que hacerlo bien! Vamos, vamos Jer, cálmate. Es
atractivo, ni siquiera tendré que fingir con él, será fácil. Puedo
hacerlo>>.
—S-son cien por noche en
principio. El precio asciende si quieres que cumpla alguna… fantasía inusual o
s¡Ah!
El chico exclama cuando su
cliente lo toma bruscamente por el brazo y tira de él, recorriendo
apresuradamente las calles. Jeremy traga saliva. No le gustan los clientes
bruscos y la fuerza con la que el hombre lo está tomando deja muy claro que no
puede zafarse de él <<Solo está ansioso por hacerlo. No pasa nada, le
pediré que sea cuidadoso>>.
Tan pronto doblan la esquina un
motel se aparece ante ambos con un luminoso y llamativo cartel y Alexander,
tras mirarlo un par de segundos, decide que esa es una mejor decisión que no
llevar al muchacho a su casa.
Alexander entra rápidamente al
motel y el muchachito, del que tira violentamente como si fuese un muñeco,
empieza a sentirse inquieto cuando ve al recepcionista temblar y dejar sobre el
mostrador, unas llaves a una habitación sin siquiera pedir un pago. Alexander
las toma casi de un zarpazo y llega rápidamente a la habitación jaloneando al
chico escaleras arriba para obligarlo a seguir su ritmo.
—¡E-espera, espera! —farfulla el
humano de cabello canoso intentando librarse del firme agarre que lo arrastra
solo para ser empujado dentro de una habitación.
El chico cae al suelo una vez los
férreos dedos lo liberan y, al golpearse la cabeza con la caída, tarda varios
segundos en dejar pasar su aturdimiento y levantarse. Para cuando lo hace puede
ver a su enorme cliente cerrando la puerta con llave y guardando está en su
bolsillo.
—Tenemos toda la noche —murmura
el muchacho con voz ahogada, asustado por la urgencia de su cliente. —, podemos
hablar unos minutos antes de que empiece mi, eh, mi servicio. Puedes contarme
qué te gusta, que deseas que hagamos —su tono poco a poco se torna seductor y
su corazón late ahora aliviado y lento al ver al cliente mirarlo mientras
habla, por fin esperando en vez de actuar rudamente. —y puedo darte a conocer
mis condiciones. Podemos presentarnos, si te parece agradable. Mi nombre es
Jeremy.
—Tus condiciones. Dilas rápido
—responde el otro, su tono es frio y tajante y Jeremy se siente incómodo.
Ha tenido clientes más ansioso
que otros, algunos experimentados, de esos que dedican la mitad del tiempo en
construir unos deliciosos preliminares que más adelanto los llevarán al clímax,
y otros que, como animales en celo, se han lanzado a su cuerpo queriendo
obtener puro placer desde el primer minuto. Pero todo han sido cálidos y
gentiles de un modo u otro cuando los compara con ese hombre de hombros anchos
y mirada seria y oscura que tiene delante.
—Uhm, pues mis condiciones —el
chico titubea, distraído al ver al otro empezar a desabotonar su camisa <<¿Me
está escuchando siquiera?>> —... C-como he dicho, son cien por noche,
y ahí viene incluida la masturbación, el oral y sexo anal. Necesito que lleves
protección y si no quieres llevarla necesito un certificado médico de que estás
limpio. Cobro extra si quieres terminar dentro y… —Jeremy traga saliva de
nuevo, sus mejillas enrojeciendo y su boca trabándose al ver al hombre tirar su
camisa al suelo y aproximarse a él con su torso desnudo.
Por un segundo no está seguro de
estar observando a una persona real, el cuerpo de su cliente, de duros y
pálidos músculos tallados en una piel sin mácula alguna, parece de una
exquisitez que solo las antiguas esculturas pueden evocar. —por hacer ciertas
fantasías. Y tengo algunos límites duros que no puedes franquear ni con dinero.
Por ejemplo, eh —de nuevo Jeremy siente la boca seca cuando Alexander se acerca
a él y lo toma por un brazo como un muñeco, ahora empujándolo a la cama y
una vez frente a él, empezando a desabrocharse el cinturón.
—Sigue. No pierda más mi tiempo.
—instruye el hombre con voz dura, deslizando el cinturón fuera de sus
pantalones y lanzándolo sobre la cama. Sus grandes y hábiles manos empiezan a
desabrochar la bragueta.
A Jeremy le cuesta formar
palabras.
—No hago nada que vaya a
provocarme dolor o causar heridas visibles. Nada de sexo grupal. Nada de
ahogarme. Y no tomo a clientes que sean menores de edad, mayores de sesenta o
que estén involucrados con nada peligroso. Ha habido muchas peleas de bandas últimamente
y no quiero asociarme con eso ¿Sabes? Tampoco hago tratos con, no sé,
fugitivos, exconvictos por delitos violentos o de naturaleza sexual… Bueno,
gente peligrosa, ya me entiendes.
Alexander se detiene, mirándolo
por encima con una mirada divertida y una media sonrisa maquiavélica. En ese
momento deja caer sus pantalones ya desabrochados y el prostituto no puede
evitar deslizar sus ojos por las piernas esculpidas y musculosas que se le
presentaban, tan largas que hacen al hombre parecer un gigante y tan pálidas
que, como su abultado pecho o su musculoso abdomen, parecen talladas en piedra.
Sus ojos se detienen sobre la entrepierna del hombre, aún tapada por su ropa
interior negra que tan apretada parece intentando esconder su excitación.
Jeremy jadea viendo el enorme bulto en la tela y sus ojos se dirigen entonces
hacia arriba con un gesto suplicante.
—Tienes un problema, entonces
—susurra Alexander con tono malicioso y Jeremy tiembla sabiendo que su cliente
ha llegado demasiado lejos como para dejarlo ir ahora.
<<Con ese cuerpo tan grande
y fuerte debería haber advertido que era miembro de algún grupo peligroso. Todo
el mundo parecía aterrorizado por su presencia. Dios santo ¿Dónde me he metido?
¿Irá armado?>>
—Soy algo más peligroso que lo
que estás imaginando, humano.
El muchacho abre la boca para
preguntar de qué se trata entonces, pero se queda sin voz. Un escalofrío lo
recorre cuando comprende su situación.
Alexander puede oír cómo se le
disparaba el pulso.
El chico intenta huir
retrocediendo rápidamente en la cama, pero Alexander lo toma por el tobillo con
fuerza y tira de él hasta tenerlo bajo su poderoso cuerpo. Jeremy chilla y se
cubre cuando está a merced de su cliente, pero, para su suerte, Alexander no lo
ataca.
—Quítate la ropa —ordena en un
gruñido bajo.
—Por favor… —susurra con ojos de
cachorrito y una tierna voz implorante —, n-no puedo, no doy mis servicios a
vampiros. Es por mi seguridad.
—Sé un poco más listo,
muchacho—se burla Alexander riendo unos segundos después. El sonido grave y
demoníaco de su risa eriza el vello albino del muchacho —¿No crees que es más
seguro para ti darme lo que deseo que retarme de este modo? Actúa como si fuese
un cliente más, compláceme y no tendrás que temer por tu vida ¿De acuerdo?
Jeremy trata de calmarse y
respirar hondo. Sabe que las palabras del vampiro, pese a su fama de
embaucadores, son ciertas en esta ocasión. <<Él tiene razón. Es un
cliente más. Un cliente hermoso. No debería ser tan difícil ¿No?>> Traga
saliva <<Un cliente tan poderoso. Tan peligroso>>
—Está bien —musita y Alexander se
aleja de él, soltando el tobillo que había asido con tanta fuerza que ahora tiene
una impronta roja de su mano —¿C-cómo querrías empezar? —pregunta tímidamente,
sintiéndose un novicio pese a que su experiencia rebasaba la de muchos chicos
de su edad.
Alexander parece más calmado
cuando lo ve acceder a sus deseos y eso alivia al chico. El gran hombre se sienta
en la cama y abre sus piernas, dándole a su erección más espacio para erguirse,
y luego baja su ropa interior.
Jeremy se queda perplejo al ver
el miembro erguido del vampiro saltar fuera de sus ropajes. Su erección es tan
enorme y ancha que no se siente comparable al resto de otras intimidades que ha
complacido en el pasado con la suavidad de sus manos, la humedad de su boca o
la estrechez de su sexo. La excitación de Alexander se eleva hasta que la
cabeza ligeramente rosada roza la parte baja del ombligo del hombre cuando se sienta
y, por si su longitud no fuese suficientemente llamativa, la amplitud de su eje
venoso hace a Jeremy sentir las piernas débiles con solo imaginarse siendo
abierto para tomarlo. Alexander se deshace de su ropa interior con prisas y
gestos bruscos, revelando la base de su miembro, más grande aún que el resto de
su tronco, y sus pesados y grandes testículos.
Alexander chasquea los dedos.
—Desnúdate —ordena y Jeremy no puede
sino obedecer silenciosamente.
Ante ese impresionante cuerpo, el
muchacho se siente algo avergonzado por revelar el suyo. No menos hermoso, pero
sí mucho menos varonil. Jeremy se retira la ropa despacio y suavemente, como
desenvolviendo un regalo para otro. Empieza por subirse la camisa, mostrando un
vientre moreno y hundido por el hambre y un pecho raso donde sus dos bonitos
pezones, oscuros como chocolate, brillan por los aros dorados que los
atravesaban. Alexander se relame ante el detalle y la idea de atravesar con
bonito metal la piel de Liu para marcarlo le ronda la cabeza. Imagina el cuerpo
del muchacho lleno no solo de las violáceas improntas de sus manos y las
profundas huellas de sus colmillos, sino también de piercings hechos para
decorarlo, como un juguetito siendo pulido, y para que él pudiese jugar con
ellos, torturando su sensible piel.
Niega con la cabeza. No, no
está con Liu ahora, no debe pensar en Liu. Sonríe, complacido cuando el
chico se baja los pantalones y la ropa interior a la vez, mostrando un pequeño,
pero ya erecto miembro sonrosado, y unas piernas delgadas y morenas que no
llegan a tocarse entre ellas cuando junta los tobillos. Su presa se le antoja
deliciosa, aunque, en la parte de atrás de su cabeza un pensamiento zumba,
molesto, como un picor que no alcanza a rascar. <<Tan distinto a Liu.
No es Liu. No es Liu. No puedes tener a Liu>>
De pronto la urgencia y deseo de
Alexander parecen arder más fuerte, más desagradablemente, y se convierten poco
a poco en impaciencia e ira. En una sensación de enfado que le burbujea en el
estómago y le sube como magma por la garganta mientras le habla al chico con
desprecio.
—De rodillas. Pon las manos a la
espalda, voy a atarte.
Capítulo 29
Jeremy exhala un pequeño ruido de
temor al escuchar la orden. Ya se siente suficientemente vulnerable sabiendo
que su cliente puede acabar con su vida sin remordimiento ni consecuencias y
que posiblemente lo hará si no logra darle tanto placer como él busca, pero
tener las manos atadas lo dejará total y completamente a su merced.
—C-cobro extra por eso —susurra
en un intento de disuadirlo, pero Alexander no parece escucharle, pues se
inclina hacia la delgada espalda del chico y ata firmemente sus manos con el
cinturón que se había quitado minutos atrás.
Pese al dulce temor que Alexander
puede oler en el muchacho, se siente intrigado al ver que su cuerpo sigue
respondiendo con excitación a sus órdenes. Cada vez que usa su voz con firmeza
o que dirige sus rudas y grandes manos a su cuerpo, el chico tiembla, sí, pero
su pene también parece endurecer y perlarse con deseo líquido.
El vampiro observa la excitación
del muchacho un rato, fascinado por tan contradictoria reacción, deseoso cuando
imagina a Liu respondiendo tan receptivo a sus toques.
—¿Q-qué deseas que haga ahora?
—pregunta dócilmente, pero Alexander no puede sino sentir rabia por escuchar su
voz, esa voz tan distinta a la de Liu irrumpiendo en sus fantasías y
desgarrándolas.
El vampiro toma al chico por sus
blancos cabellos con una mano, enterrando los dedos en su nuca, y con la otra
rodea la base de su miembro y lo empuña en dirección a los labios del chico,
que abra la boca complacientemente y lame la cabeza rosada del miembro de
Xander. Pero el vampiro no desea sus sutilezas, así que empuja al chico contra
su miembro haciéndolo tragarlo entero hasta que su nariz termina tocando los
vellos rubios y almizclados de su pubis.
Jeremy no tiene tiempo a tomar
aire antes de la brusca intromisión y se siente ahogarse con el enorme miembro
atravesándole la garganta, así que trata de liberarse, pero su lucha contra el
cinturón que amarra sus manos es inútil y más lo es aún su intento de
retirarse, pues la mano del vampiro empuja su nuca con fuerza y lo mantiene
firme él lloriqueaba y se queda sin aire.
Alexander cierra los ojos unos
segundos, respirando despacio mientras se deleita por la estrechez y la humedad
del angosto cuello de su víctima, así como de los deliciosos ruidos de
desesperación que emite mientras se ahogaba con su hombría. Espera un poco más,
imaginando que es Liu quien lo sirve, quien se empuja, sin intromisión de sus
manos, para chuparlo entero y complacerlo lo máximo que puede, y luego, cuando siente
el corazón de Jeremy ir más despacio, anunciando un desmayo, lo deja ir.
El peliblanco cae al suelo con
las mejillas empapadas en lágrimas y saliva cayéndose desde las comisuras hasta
el mentón mientras tose y lucha por aire. Le da medio minuto para recuperarse. Luego
lo toma del pelo de nuevo.
—Esp-
Alexander hace oídos sordos a las
agotadas peticiones del muchacho peliblanco, tomándolo de nuevo con rudeza por
sus cabellos y empujándolo hondamente contra su miembro.
Esta vez usa su garganta para
algo más que calentar y lubricar su entrepierna, empezando también a follarla
con movimientos rápidos y duros. Jeremy siente como el vampiro invade la
totalidad de su cuello deslizándose sobre su lengua y chocando brutalmente
contra su campanilla, haciendo que su cuerpo se retuerza por las náuseas, para
luego sacar su miembro de golpe por un segundo, dejándole tomar un breve
respiro mientras sus labios siguen conectados a su miembro por hilillos de
saliva y, sin apenas darle un descanso, volver a asaltar su boca.
El vaivén dura por lo menos quince
minutos que, aunque para el inmortal son unos simples preliminares que lo
ayudan a endurecer su miembro y distraer su mente de preocupaciones, para
Jeremy se tornan una agotadora eternidad.
El vampiro toma al chico por la
cintura y lo alza para lanzarlo sobre la cama mientras aún lucha por recuperar
su aliento, respirando errático y tosiendo mientras la saliva le escurría por
los labios. Lo coloca bocarriba, sus manos atadas quedando bajo el peso de su
cuerpo, más inmóviles todavía, y sus piernas abiertas, los tobillos apoyados en
los hombros de Xander mientras este se posiciona para tomarlo de veras.
—Despacio, por favor —murmura el humano
de cabellos de nieve y aunque su tono es suplicante, Alexander se siente
furioso al escuchar al humano diciéndole qué hacer.
Solo Liu ha sido capaz de ponerle
límites. Solo a Liu se lo va a permitir ¿Por qué cree esa estúpida presa que puede
ganarse el honor de ser tratado bien por Alexander cuando ya está teniendo la
suerte de no ser asesinado por él?
Alexander toma el cuello del
muchacho en una mano, apretando con dureza y su cintura con la otra,
manteniéndolo quieto y disponible con sus piernas forzosamente abiertas, alinea
la húmeda y ancha punta de su miembro con la estrechez de Jeremy y se empuja
contra la resistencia de su cuerpo tan duro que logra hundirse hasta la
empuñadura en una sola estocada.
Ve el rostro de Jeremy
descomponerse por el dolor, su boca abriéndose como queriendo gritar y su cara
poniéndose roja cuando le aprieta el cuello para no dejar salir de su garganta
ni un solo sonido, sus ojos rodando en sus cuencas, casi quedando en blanco, la
saliva y las lágrimas manchando la cara del muchacho. Su dolor le resulta
reconfortante, pero también confuso.
¿Acaso no ha buscado a un
prostituto para poder tener esa noche lo más cercano a esa sumisión, a esa
rendición, esa entrega que Liu le había prometido?
¿Por qué es incapaz de tomar a
humanos sin buscar en ellos dolor y desesperación cuando estos son
incompatibles con esa gustosa entrega que anhela?
¿Por qué Jeremy, cuando era
cooperativo y complaciente, le hacía sentir rabia, asco, traición… como si
estuviese ocupando un lugar que no había sido reservado para él?
Alexander gruñe de frustración,
su mente arremolinándose con cientos y cientos de molestas preguntas que no hacen
sino restarle exquisitez al momento, así que decide dejar de pensar, ceder el
control a sus ansias, y su cuerpo actúa por sí solo como la bestia que es.
El vampiro empieza a tomar al
muchacho bajo él, soltándole ahora el cuello y arrancando de él gemidos y
jadeos de dolor por cada violento embate con el que arremete en su interior,
hundiéndose en la pequeñez de su sexo sin preparar y abriéndolo para forzarlo a
amoldarse a su tamaño, a su violencia.
Jeremy se retuerce bajo el gran
cuerpo, sintiéndose una mera marioneta bajo las expertas y fuertes manos del
vampiro, que lo toma del cuello para sofocarlo cuando grita más de lo que a él
le gusta y lo folla con más rabia, como castigándolo por sus quejas,
mostrándole un verdadero motivo para chillar; el hombre también lo abofetea en
el rostro cuando se atreve a balbucear los primeros amagos de una súplica y,
tras mirar sus ojos azules y anegados en lágrimas, sale de su interior dejando
que una horrible sensación de vacío le punce por dentro. Lo voltea en la cama
empujando su cabeza contra el colchón y lo penetra de nuevo para seguir
follándolo cruelmente.
Jeremy pierde la noción del
tiempo en manos de Alexander. Al inicio no puede sino preguntarse cuánto durará
el hombre violentándolo de ese modo, luego comprende que el vampiro realmente
pretende usarlo por toda la noche y eso parece estar consiguiendo. Ahoga sus
gritos contra la almohada y, cuando las manos de Alexander presionan mucho y no
le dejan salir a tomar aire, Jeremy se mece entre la consciencia y la
consciencia, su cuerpo relajándose de pronto y tensándose luego, cuando vuelve a
ser consciente de la situación.
Alexander jadea de frustración al
ver, por la ventana, como la noche parece anunciar su fin mientras él está
todavía muy lejos de terminar. Imposiblemente lejos. No es capaz de comprender
por qué, pese a que su presa es hermosa y su cuerpo se siente cálido y
acogedor, su sexo se niega a darle la liberación que tanto anda buscando.
Al final, ante la salida del sol,
el vampiro no puede más que caer rendido como un gigante de piedra sobre el
cuerpo del muchacho, su erección todavía abriéndolo y su enorme peso aplastando
el cuerpo menudo bajo él.
Jeremy se queja y se estremece,
pero pese a la incomodidad de un cuerpo enorme sobre él, del miembro del
vampiro, todavía insaciable y duro, dentro suyo y pese al dolor de sus manos
fuertemente atadas, acaba por rendirse. La noche lo ha dejado exhausto y el
hambre, que lleva acumulándose ya días, es el empujón que necesita para
quedarse sin energías y cerrar los ojos.
El día pasa poco a poco, como si
tuviese la misma poca prisa y consideración que Xander para darle al humano de
cabellos claritos y piel oscura un pequeño respiro. Pero, pese a la lentitud,
el sol acaba hundiéndose tras el horizonte y la oscuridad poco a poco baña la
estancia de nuevo.
Jeremy despierta incómodo y
desconcertado, sintiendo como el vampiro sobre él se levanta y retiraba
bruscamente su hombría de su interior. El chico jadea por el violento tirón en
sus entrañas y mira a Alexander suplicante <<No puedo más, pero él no
se ha corrido ¿Y si quiere otra noche? Es mucho dinero, pero no puedo, de
verdad que no puedo.>>
El rubio se viste sin decir nada,
ignorando al muchacho sobre la cama que forcejea de nuevo con sus ataduras e
intenta levantarse pese al dolor que atenaza todos sus músculos.
Cuando el vampiro recoge sus
largos mechones dorados en una coleta, se coloca su chaqueta y se dirige a la
puerta, todas las alarmas saltan dentro de Jeremy.
—¡Eh! No me has pagado, tampoco
me has desatado… Ayer —traga saliva —me hiciste daño, fuiste demasiado brusco.
Vas a tener que pagar más de los cien que habíamos acordado.
Alexander se detiene ante la
entrada. Jeremy traga saliva tras unos inquietantes y silenciosos segundos en
que el vampiro ni dice ni hace nada. Así, dándole la espalda, no puede advertir
si luce pensativo, como considerando sus palabras, o enfadado.
Descubre que era la segunda
opción cuando el hombre lo toma del cuello tan rápido y que tan siquiera lo ve
girarse para cuando nota los férreos dedos aplastarle la garganta. Los ojos de
Alexander lo miran ardientes y poderosos y el muchacho tiene la certeza, por
unos segundos, de que el magma de sus iris se derrama sobre él, quemando su
piel, fundiendo el hueso y dejando el alma desnuda y vulnerable.
—Estás recibiendo el pago más
generoso que jamás le he dado a un humano incapaz de complacerme: el dejar que
sigas vivo una patética noche más. Ahora —aprieta fuerte con sus dedos,
descuidado hasta el punto de que se pregunta si le había roto el cuello al
chico cuando este se queda inmóvil y con los ojos exorbitados —, arrodíllate y
agradéceme. O cambiaré de idea.
Cuando su férreo agarre libera la
garganta del muchacho, el vampiro descubre que no lo había matado, pues Jeremy
tose y jadea mientras cae de la cama al suelo y con sus temblorosas piernas
trata de postrarse ante él balbuceando agradecimientos y súplicas apenas
comprensibles.
Alexander, aburrido por ese espectáculo,
pero algo más calmado, decide marcharse tan rápido que no es hasta que el chico
reúne el valor de alzar la vista que se topa con una habitación vacía y una
puerta abierta.
Capítulo 30
Liu despierta lentamente y estira
su cuerpo desperezándose sobre el frío y vacío espacio en las sábanas. <<Vacío>>
jadea al advertir que está solo <<¿He vuelto a irme de la cama? ¿He
vuelto a desobedecer y no lo recuerdo?>>.
El muchacho salta del lecho y en
la oscuridad choca con el buró y escucha algo caer al suelo. Respira hondo <<La
mesita de noche… Sigo en la habitación. No me he ido, ha sido Alexander. He
sido bueno, he sido bueno…>> repite en su fuero interno como un
mantra; por cada vez que lo dice se permite inhalar profundo y exhalar
paulatinamente. Cuando logra estabilizarse, tantea en la pared en busca del
interruptor y enciende la luz.
Cegado al inicio, baja la vista,
topándose con lo que ha caído el suelo: un libro abierto, uno cuya caligrafía
se le hace familiar. Lo alza y lee las páginas que el azar le ha regalado.
<<Otra criatura
sobrenatural que atribuimos meramente al mundo de la ficción parece ser también
derivada de experiencias y testimonios reales sobre vampiros. Los zombis,
ghouls o como se les llame en diversas culturas son conocidos por ser
no-muertos devoradores de hombres y aunque el vampiro común se caracteriza por
su consumo de sangre, la evidencia (actual e histórica) demuestra que los
vampiros pueden alimentarse de igual modo de la carne de sus víctimas, solo que
a cambio de un menor valor nutricional. En el pasado esa técnica fue usada en
épocas de escasez de alimento o como método para deshacerse de numerosos
cadáveres. En otras muchas ocasiones parecería que el consumo del cuerpo de sus
presas se debe no a la necesidad o a la conveniencia, sino al deseo de comer
carne humana>>
El libro casi le cae de las
manos. Liu siente sus rodillas débiles y se deja caer sobre la orilla de la
cama. Exhala un aliento que no era consciente de estar conteniendo y juraría que,
junto a ese tenso aire, su alma también escapa de su cuerpo.
Se imagina a sí mismo. Muerto. Siendo
comido por Alexander como un mero pedazo de carne, reducido a la nada para que
ni sus pobres restos hallen, en la sepultura, una tierra común donde reunirse
con los de su familia, con los de Matheo.
<<¿Acaso no tiene eso más
sentido? No merezco ir al mismo sitio que ellos igual que ellos no merecían
morir mientras yo sobrevivía. No merezco su compañía de nuevo, ni después de
muerto. No merezco nada. Alexander tiene razón, no merezco…>>
La puerta se abre con un largo
gemido de las bisagras y el muchacho se voltea asustado, tapándose con la manta
en un gesto pueril. Su miedo, sin embargo, no se disipa cuando el vampiro entra
y cierra la puerta.
—¿No ha llegado aún Alexander?
—pregunta el pelinegro.
Liu niega con la cabeza. Mudo. Pálido. Se
tapa un poco más, cubriéndose hasta el cuello, y se aprieta contra el cabecero.
—Ah, una lástima, odio la
soledad, aunque parezca extraño en una criatura como yo —comenta melancólico.
Liu asiente, para no ser
descortés, con sus ojos fijos en la mano de Aidan, que todavía sostenía el pomo
de la puerta. Espera ver sus dedos afirmándose, girando el pomo, abriendo… pero
solo se deslizan fuera y luego Aidan anda hacia la cama.
Liu se encoge en su lugar y, en
el silencio de la habitación, solo se escucha la tensión haciéndose presente:
los lentos, pesados pasos del vampiro, como un goteo tortuoso, uno después de
otro, uno después de otro… la cama crujiendo cuando Aidan se sienta en la
orilla, el roce de las sábanas cuando se desliza sobre ellas, acercándose a
Liu. Finalmente, la respiración errática del humano.
—No te importa que te haga
compañía un rato ¿Cierto? —pregunta con una sonrisa grande y colmilluda
mientras mira al chico de lado, conociendo de antemano la respuesta.
—E-es tu casa, puedes hacer lo
que desees.
Aidan ríe. Un sonido corto,
grave. Ácido.
—Es la de Alexander, realmente
—lo corrige, su tono ronco oscilando entre las diversión y el reproche —, pero
es un hombre amable, al menos conmigo, así que me deja usar sus… cosas de
vez en cuando —su tono se dulcifica y su vista recorre el rostro de Liu,
primero clavándose en sus oscuros ojos y luego bajando por la fina nariz hasta
sus labios.
—No todas —replica Liu y aunque
su intento es desesperado, su voz sale más dura y tajante de lo que había
imaginado. Se tapa la boca con ambas manos al darse cuenta, pero se muerde la
lengua para no disculparse.
Había logrado ser firma, no podía
echarse atrás.
—Oh, pero yo no necesito que
Xander me deje usarte… —susurra, inclinándose hacia el oído de Liu, tomando muy
despacio la manta para empezar a deslizarla fuera de su cuerpo.
La suave tela se aleja con una
caricia y queda al descubierto su malherido cuello. Aunque el resto de su
cuerpo está cubierto por ropa, recordar lo fácilmente que Aidan sabe
desgarrarla con las manos le hace sentir prácticamente desnudo
—Solo que tú me lo permitas ¿No
es así?
Liu traga saliva y niega, pero no
tiene valor para llevar sus manos a la de Aidan y detenerla ni cuando esta pinza
la orilla de su camiseta y la sube, revelando su vientre pálido y terso y
empezando a acariciarlo. El chico se sobresalta por el frío contacto, sus
entrañas son un huracán de temor y nervios, pero no puede evitar advertir cuán
gentil es el toque del vampiro, cuan agradable. Si cierra los ojos, puede
volver a momentos exactos de su infancia en que le dolía su pancita y alguien
se la acariciaba en círculos para calmarlo, igual que hace Aidan ahora mismo.
Liu frunce el ceño. No puede
dejarse llegar por ese aterciopelado toque, pues no hay gentileza alguna en los
vampiros, no como algo distinto a una ilusión carismática o un ardid.
—Si desobedezco a Alexander él no
cumplirá su parte del trato, é-él… me va a… —siente una arcada cerrándole la
garganta.
Sus vívidas imaginaciones
vuelven: sus ojos sin vida <<Tan parecidos a los de mamá>>,
sus vísceras fuera, sanguinolentas, húmedas y haciendo sonidos chiclosos
mientras Alexander las mastica y devora, tan, tan rojas <<como el
fuego, como el fuego aquella tarde>>, su piel un mero trapo
retorcido, arrancado de su músculo, despellejado del hueso.
—Es cierto, tu pequeño ‘’pacto’’
con el diablo —comenta risueño, su mano sigue acariciando el abdomen del chico,
las yemas deslizándose tan suavemente por su lampiña piel que se sienten no
como un contacto, sino como ese electrizante segundo previo a que tu piel roce
la de otro.
Ahora, sin embargo, el vampiro
parece haber subido un poco la mano y mima a Liu entre el pecho y el abdomen.
Con el otro brazo le rodeó los hombros y usa su mano libre para juguetear con
los cabellos del chico, tomando mechones entre sus dedos para rizarlos o
estirarlos.
—¿En qué consiste, exactamente?
—E-en entregarle a Xander mi
obediencia siempre que él… n-no me dañe demasiado.
Los ojos rojos se deslizan ahora
de su boca a su cuello, analizando deleitosamente las marcas rojas y moradas en
este.
—Pero él te tomó y mordió a la
fuerza ¿No es así?
Liu jadea. La pregunta de Aidan
es un puñal en el corazón y su tono, tan casual y desenfadado, casi aburrido,
es una mano tomando el puñal por el mango y retorciéndolo.
—Sí… —admite con un hilillo de
voz.
El vampiro se inclina más hacia
él. La mano que jugaba con su cabello ahora lo toma, firme pero no doloroso,
forzándolo a mostrar su cuello, y la mano que acariciaba su tripa ahora sube un
poco, posándose sobre su pecho como para tomar en su palma los nerviosos
latidos de su corazón.
—¿No es difícil, Liu, ser
obediente cuando tienes un amo tan descontrolado? ¿No es difícil entregarte a
alguien que no cumple su palabra de no tomar lo que quiere de ti por la fuerza?
El muchacho tensa sus músculos.
Aidan suena seductor y sus manos se mueven despacio sobre su cuerpo,
acariciando la suavidad de su piel tentativamente, como tratando de averiguar
hasta dónde pueden llevar. El muchacho intenta apartarse un poco, pero en brazo
que le rodea los hombros lo estrecha cerca.
—N-no tengo elección —susurra, su
voz temblorosa, asustada. Sabe desde el primer momento que satisfacer a Xander,
incluso si es con cuentagotas, es su única opción, pero, Dios, suena tan
desesperante admitirlo. Decir en voz alta no hay escapatoria. Que no hay
esperanza —, tan siquiera sé… tan siquiera sé si me dejará vivir una vez se
aburra de mí. —admite y quiere echarse a llorar, pero tiene que morder duro su
labio y tragar sus lágrimas porque sabe que Aidan, así como cualquiera de los
de su raza, hacen un festín de su miseria y vulnerabilidad. No puede permitirse
lucir frágil ahora.
—Si fueses mío, Liu —el timbre
con el que dice su nombre le hace sentirse tan débil, es un tono musical,
agradable. Un tono que aún le hace sentir alguien en vez de algo —, no
tendrías tantas preocupaciones en la cabeza. Podrías seguir tu vida y solo deberías
preocuparte por complacerme por las noches y, oh, te aseguro que sería mucho
más deseable que aterrador. No es necesario que tiembles, Liu, no voy a hacerte
nada, pero te aseguro que si tú me lo permitieses… que si tú me entregases tu
sumisión, te daría algo más que mera compasión, te daría placer, protección. Te
daría cualquier cosa que un mortal pueda desear de alguien como yo.
Liu traga saliva de nuevo y
siente ganas de ceder. Sabe lo que es Aidan, de qué es capaz, pero incluso si
miente ¿Sería peor él que Xander? Al menos con el pelinegro tiene la esperanza
de sus promesas sean ciertas, pero…
El recuerdo de Aidan siendo
aplastado contra el suelo por la brutal fuerza de Xander lo golpea. Lo
aturde.
De pronto, siente pánico por
haber estado tan cerca de caer en los zalameros engaños de Aidan, tan cerca de
desobedecer a Xander. Incluso si Aidan sería un demonio más gentil ¿De qué le
serviría una vez Alexander lo hiciese pedazos y luego buscase vengarse de él,
castigarlo? La idea le hiela los huesos, así que alza su vista y, sosteniéndole
como puede la mirada a Aidan, dice:
—Te lo he dicho: no tengo
elección.
Aidan se inclina hacia su rostro,
sus ojos entrecerrándose mientras la roja pupila se desliza por los labios de
Liu, su cara hermosa y medio angelical, medio diablesca, ladeándose como para
buscar el ángulo perfecto para que encaje con la faz sonrojada de Liu, su
aliento frío como una caricia de hielo rozándole los belfos como un anticipo de
beso.
Liu se queda paralizado,
preguntándose si Aidan tomará también un muerdo de sus labios o si solo busca
tentarlo, quizá susurrar palabras delicadas sobre ellos, palabras que lo hagan
desear haber caído en manos de un inmortal más gentil.
Pero jamás llega a averiguar las
intenciones de Aidan, pues esta se aleja de pronto, así como retira la mano con
la que le acariciaba el pecho, dejando solo la que juguetea con su pelo. Liu
entiende por qué lo ha hecho cuando la puerta de la habitación se abre por
segunda vez esa noche, revelando a Alexander.
Aidan lo saluda con un gesto de
cabeza. Mantiene su pose relajada, en la que rodea los hombros de Liu en un
abrazo inocuo, pero el mortal juraría que puede sentir el brazo del pelinegro
tensarse cuando el otro vampiro entra en la habitación.
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