CAPÍTULOS 21-30

 CAPÍTULO 21

Parece que Jason va a decir algo para excusar a su pequeño interlocutor, pero sus palabras nunca llegan a abandonar sus labios. Samuel emerge de la piscina con su cuerpo pálido y poderoso brillando por el agua que lo empapa, el cabello ahora algo más oscuro, liso, largo y pegado a su rostro y cuerpo como un pesado manto. Sus puños están apretados, tanto que sus venas se marcan y tiene los nudillos blancos como el papel.

Antes de que Jason le pueda tranquilizar, Samuel golpea a Aaron tan duro que lo lanza contra uno de los bancos de madera, su espalda impactando dolorosamente contra este mientras su rostro se hincha y palpita porque el puñetazo le ha dado de lleno en medio de la cara.

Jason se yergue de pronto, como un gato asustado, y Charlotte corre hacia la escena. Cerca de ellos, otros vampiros curiosean con la mirada y murmuran, divertidos, sobre el espectáculo que se les ofrece y cómo este es quizá hasta tan deleitoso como las copas de sangre que el anfitrión les ha ofrecido.

—¿Tengo que cortarte la lengua para que aprendas a no hablar sin permiso? ¿Tengo que arrancarte los dientes aquí, ahora mismo, para que te duela pronunciar una sola puta palabra de aquí en adelante? —Samuel amenaza al chico en siseos bajos y aterradores y Aaron, que apenas puede sentir sus piernas y empieza a ver borroso por el golpe, se arrastra por el suelo jadeando y gimoteando de temor, incapaz de ofrecerle una buena respuesta a su amo.

—Samuel —la voz de Jason intenta simular tranquilidad, aunque algo tiembla en ella un poco. Le pone una mano en el hombro a su amigo, más para sosegarlo que para detenerlo, sabe que no saldría bien parado de intentarlo, además, no lograría salvar a ese humano ni aunque emplease todas sus fuerzas contra el poderoso puro—, ha sido mi culpa. Le he insistido, no sabía qu-

—¡Samuel! —esta vez es la voz de la pelirroja la que irrumpe la escena. De pronto, el cuerpo empapado y frágil de la chica le tapa la vista al nombrado, pues se ha interpuesto entre él y el asustado mortal que no hace más que intentar arrastrarse lejos— Ya está, ya le has castigado. Ha aprendido la lección, míralo, está aterrorizado.

Con un gruñido irritado, Samuel manotea la mano de su amigo fuera de su hombro y avanza hacia su presa, empujando a Charlotte a un lado con sus amplios hombros.

—No os metáis. No quiero las opiniones de seres tan blandos como vosotros cuando se trata de disciplinar a una bolsa de sangre desobediente.

Jason y Charlotte se miran entre ellos. Las palabras de su superior son venenosas y duras, dolorosas también, como una dentellada en sus pieles expuestas. Miran al humano de ojitos de cristal en el suelo y se muerden el labio con frustración y un poco de vergüenza, pues les gustaría salvarlo, pero conocen a Samuel lo suficiente como para saber que no deben insistir después de que les dé una advertencia, no si quieren que al menos el humano tenga la posibilidad de sobrevivir a su castigo.

Cuando Samuel empieza a andar de nuevo y Aaron siente la inevitabilidad de lo que está por suceder, se cubre como puede con sus manos y chilla:

—¡Por favor, por favor, mi amo, él me habló primero y me daba mucho miedo enfadarlo si era descortés! ¡No quería desobedecer, no sucederá nunca más, lo prometo! ¡No ha sido mi culpa, no sabía qué hacer, e-estaba justo diciéndole que no debería habl-

A Aaron no le es concedido el privilegio de terminar su súplica y tampoco de ser escuchado. Samuel le tira del cabello y lo tira hacia atrás, arrancándolo de la esquinita donde estaba haciéndose un ovillo, y luego lo patea en el estómago con tanta fuerza que el chico acaba cayendo dentro de la piscina de Jason.

Su carita destrozada por el golpe sangra por la nariz y el labio y varios vampiros ríen complacidos cuando el agua, ya agradable desde antes, está ahora aderezada con el dulce aroma de la sangre.

Aaron se hunde sin poder respirar, pero tampoco nadar hacia la superficie. El dolor irradia desde su rostro y desde su abdomen como si tuviese en esos dos lugares metal fundido adherido a su piel, pequeñas gotas extendiéndose por el resto de su cuerpo como ramificaciones que lo dejan rígido y dolorido más allá de la comprensión. Ve la superficie flotando lejos y, a través de ella, la figura implacable de su amo mirando desde el borde de la pequeña laguna artificial con sus brazos cruzados mientras él está seguro de que se ahogará.

Para cuando toca el fondo de la piscina con su maltrecha espalda, sus pulmones arden tanto que casi puede olvidar el resto del dolor que asedia su cuerpo. Arden con urgencia, demandantes, y cada vez la tentación de tomar una bocanada llena de agua que lo mataría es más y más irresistible.

Aaron entra en pánico. Samuel no está castigándolo, está desechándolo. Planea dejarlo morir ahí porque ya no le interesa, porque no es suficientemente obediente y saltar a la piscina para rescatarlo sería fácil, pero es más sencillo no hacerlo y él no merece el esfuerzo.

Desesperado, Aaron empieza a intentar impulsarse con sus pies hacia la superficie y luego trata de nadar hacia arriba con sus cansados y doloridos brazos, pero la ropa empapada que lleva pesa mucho y su collar de metal aún más. El chico abre la boca en un grito que se convierte en quietud y burbujas y empieza a pelearse con sus propias prendas, quitándose al final solo la camiseta y luego logrando ascender un poco.

Pero parece que queda todavía un trecho tan grande y necesita aire ya.

Al final, Aaron logra salir del agua y chapotea como loco espantado ante la idea de hundirse, grita y jadea y llora alto y berreante tan pronto se da cuenta de que ha sobrevivido y de que pensaba no ser capaz de hacerlo.

Entonces Samuel se agacha en el borde de la piscina, mirándolo muy de cerca con una expresión indescifrable.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento tanto, lo siento, mi amo, lo siento! —chilla el chico, todavía luchando por recuperar el aliento pero priorizando complacer a su propietario.

Samuel alarga una de sus manos hacia el chico. Despacio. 

—Lo siento, lo siento tanto… —Aaron rompe en llanto, su voz bajita y rota ahora que está aliviado porque Samuel ha decidido perdonarlo, tenderle su mano y sacarlo de ahí.

Solo que el vampiro lo toma por el cabello de nuevo.

Y luego lo hunde en el agua.

Charlotte tiene que apartar la mirada porque realmente no sabe si Samuel solo está torturando al chico o si en pocos minutos dejará de oír todo ese chapoteo y esos jadeos y todo habrá acabado. 

Samuel espera a que las fuerzas del chico se agoten, a que sus brazos dejen de moverse para solo flotar en el agua y a que el cuerpo del humano convulsione un poco, a punto de rendirse al impulso de abrir la boca y tragar tanta agua que haga de sus pulmones dos empapadas bolsas.

Y es entonces, un segundo antes de que sea demasiado tarde, cuando permite a Aaron tomar aire otra vez.

—Tres segundos —le dice, con el rostro serio e imperturbable. Toma su pelo con más rudeza, las venas en su mano descollando violáceas y furiosas—. Uno… —Aaron lo mira desesperado, confundido—. Dos… —su agarre se afirma, el humano lo mira con pánico. No ha podido tomar aire apenas todavía—. Tres.

Aaron traga agua esta vez mientras es hundido y, si Samuel lo había mantenido bajo el agua hasta casi matarlo antes, ahora juega con la tentación de ahogarlo de veras, pues lo saca cuando ha dejado de moverse por completo.

Aaron vomita agua y está ya tan agotado que no tiene fuerzas para jadear. Respira débilmente, su mirada perdida y sus labios temblando.

Cuando vuelve a hundirlo, Charlotte jadea horrorizada.

—Samuel —Jason habla apretando los dientes, mirando con preocupación el rostro ecuánime de su tan querido amigo y tratando de recordar que no es el monstruo que ahora parece, no siempre —. Recuerda lo que me prometiste. Sobre usar castigos demasiado duros en la inauguración…

Jason reza por dentro para que funcione, pero Samuel lo mira desafiante, retador. Ambos saben que la petición era eso: una mera petición, una sugerencia. Samuel no recibe órdenes de nadie, mucho menos de un inferior, así que fácilmente puede decidir no ser amable con su amigo y hacer lo que le venga en gana.

Pero al final gruñe y saca la mano del agua. Tira del cabello de Aaron con fuerza, arrancándolo de la piscina y poniéndolo a su lado, donde el chico tose y jadea de nuevo.

—Bien. Entonces lo haré afuera.

Jason muerde su labio y sabe que Samuel ha ganado. Tampoco puede objetar nada: ningún vampiro tiene jurisdicción sobre lo que otro hace con sus humanos, del mismo modo en que no lo tienen sobre cómo uno decide decorar su hogar. Aun así, se le rompe el corazón cuando ve a Samuel arrastrar al humano fuera de la verja que delimita su propiedad y, en la oscuridad de la calle, escucha cómo lo sigue martirizando.


 

CAPÍTULO 22

Después de apenas un par de golpes, Aaron ya no se levanta del suelo, así que su amo se sube a horcajadas sobre él, dispuesto a no darle un solo segundo de paz.

Se asegura de inmovilizar bien los brazos del chico bajo sus rodillas. Todo su peso está sobre el torso de su presa, así que Aaron apenas puede respirar y ya no trata ni de liberar sus manos, están siendo aplastadas bajo la magnitud de Samuel y contra el suelo de piedrecitas afiladas.

Lo toma del cabello con la zurda y le hace dejar su cabeza quieta y pegada al suelo, su rostro mirando hacia el cielo. Totalmente descubierto.

Entonces alza su puño derecho.

Aaron lo sabe en ese momento: Samuel solo ha dejado de pegarle para poder quitarle sus manos y su libertad de movimiento, para que el chico no tenga ni siquiera el pequeño consuelo que le da el hecho de poder cubrirse con sus manos y brazos o hacerse un ovillo mientras intenta resistir los golpes.

Ahora está totalmente vulnerable y a su merced. Y Samuel va a destrozar su bonito rostro hasta pintarse los nudillos de rojo.

Solo que no lo hace.

Aaron se atreve a mirarlo a los ojos, suplicante, sollozando y eso que tiempo atrás habría supuesto un arranque de ira del vampiro, ahora lo desarma por completo.

Samuel suelta su cabello y baja el puño.

<<No puedo matarlo. No otra vez.>>

Su corazón duele como atravesado por una fina espina que no puede arrancarse. La mirada de Aaron es así, es algo que luce hermoso e inofensivo, como un bonito alfiler que la usa para bordar flores en trapos de tela, pero que luego se hunde en la carne profundo y certero, cual lanza, y alcanza con su filo el alma.

La herida no es grande, ni sangrienta. Pero es tan, tan profunda.

—G-gracias, amo… —murmura el muchacho, entendiendo que ha sido perdonado, pero temblando de pavor bajo su demonio igualmente. Sabe que Samuel podría haber seguido, haberle hecho vivir un infierno y que habría sido no solo fácil para él, sino gustoso. Así que quiere demostrarle lo mucho que aprecia su misericordia— Gracias, gracias, gracias… haré lo que sea, lo que sea…

La daga en el corazón de Samuel se retuerce y la sangre se derrama hasta que solo puede ver rojo. Aaron agradeciéndole le duele tanto, tantísimo… que Samuel ya no se siente atacado por la espalda y derribado en combate, se siente emboscado. Apuñalado una y otra y otra vez. Aaron ya le ha asestado un terrible golpe. ¿Por qué sigue ahora con su terriblemente tierna voz? ¿Quién se ha creído para enseñarse con él? ¿Para rematarlo de este modo?

Es humillante.

Humillante.

Como un hombre grande y fuerte en medio de un círculo de soldados que han ganado hace ya horas, pero que golpean y golpean no para vencer, sino para disfrutar. Para regodearse en su debilidad.

Solo que ahora Samuel ya no es débil. Puede contraatacar y sabe cómo.

Aaron pronto deja de pedir perdón y pide piedad, pero Samuel no puede oírlo igual que no puede verlo. Tiene rojo en los ojos, en los oídos, en la piel: solo siente la ira guiando su mano, corriendo por su cuerpo como pura electricidad.

Para cuando termina, casi ha pasado una hora entera y lo primero que el vampiro ve es que lleva puestos guantes rojos hasta los codos. Luego parpadea un par de veces más y reconoce que no lleva guantes, que es sangre. Sangre empapando sus brazos y manos, sangre salpicando su ropa, goteando por su pelo, corriendo por sus labios. ¿Ha mordido a Aaron?

No sabría decirlo.

El chico yace en el suelo, inconsciente, tan destrozado que uno no podría distinguir dónde acaba una herida de dónde empieza la otra. Samuel no puede apuntar que está rojo porque sangra o porque es piel abierta, mostrando el húmedo y ensangrentado interior del humano. No sabe qué bultos son hematomas inflamados allí donde ha martilleado con sus puños o huesos abruptamente rotos que parecen querer perforar la piel desde dentro con sus astillas para conocer la libertad.

La cara del humano está tan hinchada a golpes que Samuel no puede ni ver dónde están sus ojos o sus labios y la humedad que lo cubre, esa roja, deliciosa humedad, disimula sus lágrimas.

Hay un charco de sangre bajo Aaron, también hay vómito y parece que el chico se ha orinado encima en medio de la paliza. 

Samuel arruga su nariz, disgustado, y vuelve a casa con calma.

No se molesta en llevarse a Aaron consigo, pues sabe que no irá a ninguna otra parte tampoco.

El chico despierta por la mañana, todo sufrimiento y pánico. No sabe si está siendo apaleado todavía ni cuánto rato ha pasado porque todo duele tantísimo que bien podría estar ardiendo entero dentro de una hoguera, su piel fundiéndose, sus huesos ennegreciéndose, retorciéndose. Además, no es capaz de ver y sus oídos están únicamente llenos de un horroroso pitido.

Lo único que siente es una leve brisa sobre sus heridas expuestas. Una brisa suave y gentil, y aun así le hace gemir de dolor hasta que vuelve a perder el conocimiento.

La próxima vez que despierta, ha sido arrastrado dentro de la morada de Samuel de nuevo. Y sabe que lo ha arrastrado en vez de cargarlo porque siente el tobillo entumecido, allí donde el vampiro lo ha agarrado, y toda su espalda está en carne viva, la ropa rasgada, la piel desgarrada de rozar constantemente contra el suelo de afiladas piedras. 

Pero el dolor que lo enloquece ahora no es ese, sino uno distinto, uno que los seres humanos jamás fueron creados para conocer. 

Samuel lo ha aventado a la bañera con ropa y todo y ha esperado a que despierte para morder su propio dedo y obligar al chico a beber unas gotas de su sangre inmortal.

Ahí está de nuevo esa sensación sucia, agónica. No como si estuviese siendo poseído por un diablo, sino por el infierno mismo, toda su sangre magma, toda su piel fuego y sus gritos humo.

La sangre de un vampiro es capaz de curar a un mortal, eso es innegable, pero el precio es altísimo y, desde luego, Aaron no se siente sanado. No es como si se le aplicase una venda o una pomada o uno de esos líquidos desinfectantes que tanto escuecen sobre las heridas, pues ese ardor es un ardor bueno de algún modo, pero la quemazón y el sufrimiento que Samuel le hace sentir con su sangre es uno que le recuerda a Aaron solo que el fuego quema, pero no que cauteriza.

No es como si borrasen de él los golpes y lesiones y los huesos rotos, sino como si le hiciesen revivir el proceso de nuevo en reversa, rebobinando la paliza, forzando a su cuerpo a soportar lo insoportable una vez más.

Cuando todo acaba, Aaron está hecho un lío de lágrimas y espasmos, acurrucado en una esquinita de la bañera y con sus ropas sucias y hechas jirones pegándosele al cuerpo, una capa de sudor brillante cubriéndolo como si fuese barniz.

Samuel se acerca un paso y el sonido de su zapato contra el suelo, tan liviano, hace que Aaron se tense terriblemente y clave sus ojos en el suelo, pues sabe que la paliza ha sido su castigo por hablar anoche sin permiso, pero se teme que el vampiro vaya a castigarlo ahora por haber tenido la osadía de mirarlo a los ojos mientras estaba siendo aleccionado.

¿Habrá pensado Samuel que era un gesto de rebelde desobediencia o solo un mero error por el temor del momento? No importa, se dice Aaron, porque Samuel seguramente lo castigará por ello.

—Si-siento mucho haberle desobedecido ayer, señor, fue sin, él me habló, fue sin querer y é-él me habló y, y, y no sabía qué hacer y lu-luego cuando le miré no pretendía, no quería… No esté enfadado, por favor, no fue… Lo hi-hice sin querer y si me perdona lo haré todo mejor a partir de ahora y seré perfecto y seré bueno y no haré nada más así de mal, por favor, por favor, porfavorporfavorporf-

—Cállate.

Aaron se silencia a sí mismo tras un chillido agudo y angustioso, similar al que los cachorritos hacen cuando uno pisa sus patitas sin querer y no entienden por qué están siendo heridos por la mano que les da de comer.

Aaron se aferra a los bordes de la bañera cuando se acerca Samuel. Se siente tan mareado y débil, tan poca cosa, incluso si su cuerpo ahora está curado y no hay ya dolor en él, pues tampoco hay fuerzas o esperanza.

El vampiro se acerca más a la tina. Despacio. Deleitándose en el nerviosismo que causa en ese chico, en cómo cada paso le destroza más los nervios y cada centímetro más de cercanía lo hace no poder respirar bien, no poder pensar, pues es estando así, roto y aterrado hasta ser más un animal acorralado que un humano, cuanto más podrá moldearlo a su gusto. Es, estando así, cuando más logrará que el chico mire hacia abajo y no se atreva nunca más a alzar sus ojos llenos de recuerdos y de una dulzura que Samuel sabe que se torna amarga una vez uno la tiene en los labios.

<<No pienses en ello. Solo limítate a disciplinar al humano, Samuel. Este humano no es él.>>

Se dice el vampiro, pero es difícil no pensar en el pasado cuando se le hace tan presente. Esta misma mañana, mientras dormía, horas y horas de sueños sobre personas a quienes debería haber olvidado lo han perseguido como hienas hambrientas y, por desgracia, en sus sueños no es poderoso, no es un vampiro.

Samuel se acuclilla frente a la tina, teniendo a Aaron justo delante.

—Estás asqueroso, todo hecho un lío. Así que para cuando vuelva quiero que luzcas apetecible, bolsa de sangre, y quiero que limpies todo el desastre que has formado. Hazlo bien, no te conviene enfadarme de nuevo cuando aún estoy pensando en cómo voy a castigarte por haberme mirado a los ojos ayer. 

—S-sí, amo… —responde el humano con un hilillo de voz y Samuel se acerca más a él.

Aaron baja la vista más y más y termina por cerrar sus ojos para no volver a cometer el mismo error. 

Eso parece complacer a Samuel, pues cuando el humano abre los ojos, está completamente solo.


CAPÍTULO 23

Aaron primero limpia el rastro de sangre, tierra y otros tipos de suciedad que el vampiro dejó la noche anterior al arrastrarlo de vuelta a casa mientras estaba inconsciente y herido. Trabaja rápido y duro, limpiando incluso las juntas de las baldosas, pues quiere mantenerse en el lado bueno de Samuel. No solo en el que no le castiga, sino en el que le dice halagos y le acaricia.

Aaron sabe que es peligroso, pero se halla a sí mismo obedeciendo no solo por pura supervivencia, sino para ser premiado por ello. Obedece, en parte, porque quiere agradar a Samuel y quiere ser tratado bonito, porque incluso si es su amo, no puede evitar verlo como compañía. Y lleva demasiados años sintiéndose solo como para no amar cuando el hombre lo trata con algo de suavidad.

Después de dejar el suelo tan brillante que se ve reflejado en él, Aaron desecha sus ropas destrozadas y su vendaje. El mordisco bajo él se ha curado de todos modos, su piel quedando lisa y blanca, sin cicatrices, como una perfecta capa de nieve donde nadie se ha atrevido aún a dejar huella.

El proceso de ser curado es agónico, pero los resultados le fascinan. Pasa su mano una y otra vez por su piel que ayer estaba desgarrada. No entiende cómo es posible que todo ese dolor, que fue real y que le resulta insoportablemente inolvidable, haya desaparecido del mundo, aunque no de su memoria. ¿Cómo es posible eliminar las pruebas de algo que debería dejar huella?

Aaron se obliga a salir de sus cavilaciones: debe darse prisa.

Llena la bañera de agua caliente porque sabe que tiene todavía bastante tiempo, si es que el vampiro no se apresura más que en sus otras salidas, y decide darse un baño caliente y relajante porque lo necesita. Necesita unos minutos de paz y de tranquilidad, una burbujita segura donde pueda permitirse ser vulnerable e imperfecto y llorar por un largo rato mientras frota un cuerpo que nunca se siente limpio del todo.

Al acabar, Aaron hidrata todo su cuerpo con una crema, seca su cabello para que quede blandito y suave y luego busca algo que ponerse para agradar a Samuel.

Solo que los cajones están vacíos.

Podría ir a otros baños de la enorme mansión, pero le apura la idea de salir de la intimidad del baño para pasearse por la casa totalmente desnudo. ¿Y si Samuel llega mientras él está en ese estado o si trae consigo a otros vampiros? 

Por suerte, el chico encuentra una pequeña toalla blanca, posiblemente destinada a que el vampiro se seque las manos después de lavárselas, pero aun así Aaron se enrolla en ella tan bien como puede. La toalla cubre su pecho, su abdomen y sus piernas a duras penas.

Aun así, le agobia la idea de salir y es tanto el tiempo que pasa debatiéndose sobre qué hacer que de pronto escucha la puerta de entrada abrirse y cerrarse y se queda paralizado en el lugar. Piensa que debería ir a recibir al vampiro, pero es demasiado tarde, pues ya puede escuchar sus pasos aproximándose y luego deteniéndose delante de la puerta, la mano en el pomo, girando despacio, y las bisagras quejándose y…

Samuel entra en el baño. Mira a Aaron y alza una ceja.

—¿Qué haces con eso? —pregunta con desdén, señalando su toalla.

—N-no había ropa aquí y…

—¿Te he dado la orden de vestirte, acaso? —Aaron traga saliva, niega silenciosamente con la cabeza y entiende a la perfección la humillación que Samuel le propone. El chico se deshace de su toalla con dificultad y muy despacio, intentando retardar el momento en que la deja doblada sobre el tocador y su cuerpo entero se ofrece a los ojos rojos del vampiro. Sonríe y dice: —Mejor, mucho mejor. Ahora…

Aaron se fuerza a sí mismo a quedarse quieto cuando el vampiro se acerca a él con pasos decididos e impacientes. Pronto lo tiene a solo centímetros de su piel y puede sentir el aliento frío rozando su dermis desnuda y sin cicatrices.

La mano de Samuel envuelve su cuello, posesiva, pero sin apretar todavía.

—¿Cómo voy a castigarte?

Unos segundos de agónico silencio pasan y en cada uno de ellos la imaginación de Aaron estalla creando terribles escenarios donde el vampiro lo golpea y lo tortura y lo hiere una vez tras otra, su sangre curándolo cada vez que está al borde de la muerte y obligándolo a soportar tanto dolor que el chico sabe que debería haber muerto por ello.

—A-amo, no puedo… no puedo soportar algo como lo de ayer, n-no puedo soportar más dolor, por favor —suplica y su voz suena patética y desesperada, pero prefiere eso a sonar demandante, pues sabe que el vampiro odia que otros le exijan cosas—, ha-haré lo que sea, pero no quiero más palizas, por favor…

—¿Lo que sea? —pregunta el otro, juguetón incluso, y aprieta su mano en el cuello del mortal. La otra la encaja en su cintura y lo acerca hacia él, dejándole sentir su duro cuerpo.

Aaron asiente despacio, batiendo sus pestañas como alas de mariposa.

Algo se enciende en el rostro de Samuel cuando Aaron promete someterse a cualesquiera que sean sus deseos. El humano puede verlo: esa leve sonrisa de diablo, el lento pasar de la lengua por los labios, como una serpiente que ha olido una presa, el brillo carmesí de sus ojos lleno de lujuria.

Sabe exactamente lo que su amo quiere; entonces, ¿por qué no se lo ordena?

El trato es sencillo, piensa Aaron: Samuel accederá a no golpearle si él vuelve a humillarse como lo hizo unas noches atrás, de rodillas y con su boca siendo usada para complacer en vez de suplicar.

Pero, ¿por qué su amo no le dice simplemente que lo haga?

Aaron sube su mirada tímidamente, dubitativo. Ve los ojos del vampiro solo de soslayo y ahí halla una cruel diversión, junto a su respuesta: Samuel no va a ordenarle que sea su juguete porque quiere que el chico lo haga él solo. Que se arrodille sin que se lo ordenen, que abra su boca sin que deba usar la mordaza, que se ofrezca como sacrificio y luego no pueda llorar diciendo que ha sido forzado porque, ¿lo ha sido, realmente? Al fin y al cabo, siempre podría elegir revelarse contra los deseos de Samuel y sencillamente recibir la paliza.

<<No>> se dice Aaron en su interior, con decisión <<, quiere hacerme pensar que yo estoy eligiendo esto. Que es mi culpa. Pero no es la verdad. Me está obligando. ¿Qué otra opción me queda? ¿El dolor? Es demasiado insoportable, no es una opción siquiera. No quiero esto, no quiero sentirme usado y sucio, pero… pero es lo único que puedo hacer.>>

Así que Aaron cierra los ojos y respira hondo para evitar derramar sus lágrimas y entonces se arrodilla frente al vampiro, totalmente derrotado.

<<Yo no quiero esto. No quiero esto>> se dice por dentro, porque es verdad y porque le ayuda a no sentirse tan impuro y asqueroso. Él no está eligiendo prostituirse para saciar a Samuel; él está eligiendo sobrevivir.

Pero cuando el vampiro le acaricia los cabellos y tuerce su cabeza un poco y sonríe de ese modo y habla de ese modo…

—Buen chico. —le dice.

Y tan pronto lo dice, tan dulce y como si fuese no su terrible amo, sino un amo gentil, y Aaron solo un cachorrito inocente que no será dañado nunca más. Entonces Aaron lloriquea porque ya no puede decirse que odia eso o que lo hace por sobrevivir.

Porque a partir de este momento, cuando Aaron sube sus manos hacia el pantalón del vampiro para quitárselo, ya no está pensando en la paliza o en evitar el dolor, sino en obtener más caricias y más palabras bonitas.

No está pensando en protegerse a sí mismo, sino en sentirse lo más cercano a querido que pueda con Samuel. Y quizá lo más cercano es usado.

Se siente tan, tan confundido. Se siente sucio y erróneo e impuro. Siente que no tiene derecho a llamarse víctima, incluso si eso es lo único que podría ser en manos de un depredador.

Siente que ya no quiere pensar más, solo sentirse bien. ¿Por qué el precio por ello debe ser tan alto?

Samuel le aparta las manos de su bragueta suavemente y toma al chico del pelo con firmeza, haciéndolo levantarse.

—Sígueme. 

Lo hace sin rechistar.

Samuel sale del baño y ambos van al salón, donde el vampiro se deja caer sobre los cojines color vino y espera, con sus piernas abiertas y su posición relajada, a que el chico continúe. Aaron se arrodilla entre sus piernas. Su cabeza está baja y sus manos tiemblan terriblemente mientras se dirigen de nuevo a la entrepierna de su amo, pues está nervioso y teme que la experiencia sea violenta y agobiante, como la última vez, que también fue su primera.

—A-amo… —lo llama y sus dedos delgados y temerosos ya rozan el frío metal de la hebilla del vampiro. Empieza a quitarle el cinturón muy despacio, queriendo tener tiempo para prepararse— Si lo hago bien, entonces no me pegará, ¿verdad? ¿Me lo promete?

Samuel ríe por la pueril petición de su humano.

Hay algo en él tan adorable, tan gentil y suave y fácil de romper que lo desespera, pero también lo adora, así que, como las palabras del chico lo han entretenido y le hacen sentir cosas extrañas, no se enfada porque esté pidiéndole algo, solo ríe de ese modo enternecido, pero burlón, y luego acaricia con sus manos los mechones azabaches del chico.

Juguetea con su pelo mientras Aaron le quita el cinturón poco a poco.

—Si logras complacerme, voy a hacer que tu castigo sea más suave, sí. —responde despreocupado.

Su cinturón ya está abierto y, aunque el chico se ha detenido, no se queja por su lentitud: le gusta mucho la manera en que Aaron tiene los ojos clavados en su entrepierna, examinando con sorpresa lo grande que es la excitación que abulta bajo su ropa, respirando rápido y nervioso porque sabe que debe tomarla ahora.

Cuando Samuel detiene sus caricias, Aaron sale de su estupor y lleva sus manos hacia el cierre del pantalón del vampiro, desesperado por ganar unas gotitas más de afecto.

—U-uhm, va a… ¿Va a castigarme igualmente?

Samuel puede ver las ganas de llorar en la cara de su sumiso humano tan pronto la pregunta abandona sus labios.

—No soy estúpido, dulce humanito. Si te dejo desobedecer sin consecuencias, vas a hacerlo constantemente porque puedes librarte de las reprimendas sirviéndome, como ahora. Pero las cosas no funcionan así. Vas a servirme siempre que yo quiera, chico, pero las veces que lo hagas sin que yo lo ordene siquiera… quizá logras mejorar mi humor y, si estoy enfadado y a punto de darte un castigo cruel… puedes hacer que sea más suave contigo. Así que deja de usar tu boca para hacer preguntas inútiles y compláceme; de ello depende que no rompa tu preciosa carita de nuevo.

Aaron no se atreve a decir nada más y se empuja a sí mismo a bajar la bragueta del vampiro. Le sorprende ver que no lleva ropa interior y que su necesitada y larga erección salta de sus pantalones tan pronto la libera de su opresión.

La boca de Aaron está seca tan pronto ve de nuevo ese miembro grueso y carnoso frente a su rostro y recuerda la sensación de ahogarse en él. Además, se siente de pronto avergonzado, pues él está desnudo ahora mismo y su pobre y confundido sexo se estremece visiblemente cada vez que Samuel lo acaricia en su cabeza, en su nuca, sus mejillas, resiguiendo el cartílago de sus orejas.

Aaron toma el caliente miembro entre sus dos manos y lo muele arriba y abajo con lentitud. Puede sentir el peso de la enorme hombría en sus palmas, el contorno de sus henchidas venas, la forma en que se estremece cuando lo toca adecuadamente.

Samuel suspira de gusto cuando su humano empieza a masturbarlo despacio, pero eso no es lo que quería y no va a dejar que Aaron trate de escaquearse de ser usado como debe:

—Usa tu boca. Hazlo hasta el fondo.

El chico asiente, agobiado por la rapidez y la dureza con la que la orden llega y parte sus labios rosados y brillantes para acoger la punta del miembro del vampiro. Primero la besa de una forma casi tierna, como un chico besaría a otro que le gusta, con sus labios apretándose suavemente y la lengua apareciendo con mucha timidez.

Aaron se está esforzando y Samuel disfruta de su torpeza inicial, así que no va a ordenarle nada más por ahora. Le gusta ver cómo el chico sigue masturbándolo con ambas manos mientras cierra sus ojos y besa y lame su glande, la lengua rosadita pasando por su sensible frenillo y por la apertura de la punta que gotea presemen con devoción, queriendo realmente tocarlo en lugares que vayan a darle placer.

Aaron no solo está cumpliendo órdenes: se está esmerando por ser recompensado.

Así que, ¿por qué no? Samuel toma ahora la cabeza del chico con dos manos, pero no bruscamente. Lo acerca un poco más a él y con una mano sostiene y acaricia su nuca, mientras que con la otra le hace mimos en su mejilla y le limpia las lágrimas que a veces caen.

—Eso es, estás haciendo un buen trabajo. —le halaga y su sorpresa es tan grata al ver que la polla de Aaron se endurece por su voz sedosa que siente el impulso de follarlo aquí, ahora mismo.

Podría hacerlo y no sería la primera vez que actúa tal y como sus impulsos le dictan, sin importar si romperá a un humano. Pero sí es la primera vez que se resiste a ello. Aprieta sus labios, sus dientes. Gruñe bajo su aliento y Aaron tiembla al oírlo, porque no sabe qué ha hecho mal.

Sitúa sus dos manos en la ancha base de esa hombría, haciendo que quede recta y alzada con orgullo frente a su rostro, su longitud burlándose de la pequeña cara de Aaron y de su delgado cuello.

Aaron traga saliva, se siente tan impuro, pero las caricias y los halagos son deliciosos y Samuel no está empujando su cabeza ni atando sus manos ni forzando sus mandíbulas a abrirse con aquella extraña mordaza, así que no puede evitar sentir los hormigueos cálidos que esas manos y esa voz le provocan.

Lo siente en el norte de su cuerpo, en esa zona que ahora exhibe por culpa de su desnudez, pero que siempre oculta porque sabe que es el lugar por el que se peca. Lo siente perfectamente: el calor derramándose desde su bajo vientre hacia su pubis, recorriendo su pequeño miembro. Lo siente convirtiéndole las piernas en gelatina, el aliento en jadeos.

Está excitado. Y se siente tan culpable como caliente.

—Más al fondo. —exige Samuel y su tono sigue siendo paciente, pero ahora es un poco menos dulce, como amenazándolo con retirarle esa delicadeza con la que le obsequia a cambio de que lo obedezca con absoluta sumisión.

Aaron se asusta al oírlo y, sosteniendo bien la polla de Samuel, empuja su cabeza contra esta. Solo llega a la mitad de su enorme falo antes de escupirlo con los ojos llenos de lágrimas y tosiendo por aire. 

Antes de que el vampiro pueda decirle nada, sin embargo, vuelve a intentarlo. Esta vez no puede llegar al fondo tampoco, pero logra quedarse quieto con la mitad de la polla de su amo entre sus labios, la punta rosada y lúbrica por la saliva, ampliando su garganta y haciendo que un pequeño bulto en ella sea visible desde afuera.

Aaron mira hacia arriba mientras sostiene su respiración y lucha contra las arcadas y Samuel le peina delicadamente con sus dedos para despejar su rostro, echando los mechoncitos oscuros a los lados.

El humano tiene un aspecto delicioso arrodillado a sus pies, completamente desnudo y sosteniendo con manos temblorosas su polla mientras esta está enterrada entre sus labios. Labios preciosos, brillantes de saliva, abiertos alrededor de su tamaño en una gran O para intentar acogerlo, enrojecidos e inflamados por la succión constante y goteando dulce saliva como si fuese miel. Sus mejillas algo húmedas de lágrimas, sus ojitos cansados, perlados de lagrimitas y mirando a un lado porque sabe que no tiene derecho a verlo directo a los ojos.

Samuel pone su mano en la nuca del chico y lo empuja más y más hacia él, sintiendo como su polla se desliza sobre la lengua del mortal, como la estrechez de su garganta es forzada a tomar la amplitud de su tamaño poco a poco. Su virilidad desapareciendo entre esos labios centímetro a centímetro mientras los ojitos de Aaron se tornan borrosos por el mareo y pequeños jadeos mueren ahogados en su boca llena de él.

Por un segundo Samuel se siente irrefrenablemente posesivo. Quiere llenar al chico de él por completo, tomar su virginidad ahora mismo, cubrir su piel de las marcas de sus colmillos y su interior de su semilla. Quiere llenarle la cabeza de su voz y, oh, esos precisos labios, quiere… quiere…

<<Llenar su boca de besos>>

Samuel se siente sorprendido por el pensamiento, como cuando uno va a tocar una hermosa flor y de pronto una espina le pincha.

Los besos, como el amor, son cosas humanas. Los vampiros no besan, muerden.

—Estás siendo tan bueno —dice el vampiro de una forma embriagante, intoxicante, mientras sigue empujando a Aaron contra su polla y hasta que el chico tiene la nariz hundida en sus vellos rubios y suaves, los testículos del vampiro chocando ligeramente contra la barbilla del muchacho—, voy a castigarte muy suavemente luego, si sigues así. Tan obediente…

Samuel no puede evitar gemir de placer. Un ruido ronco y hermoso, pero vulnerable. Un ruido que atraviesa a Aaron como un rayo y le hace gemir a él también, frotando sus piernas contra su erección goteante.

No puede pensar en nada más que en que necesita aire y complacer a Samuel y aire y hacer a Samuel sentir orgulloso y aire y darle placer a Samuel y…

De pronto el vampiro tira del cuello del muchachito, anclando un dedo en su collar, y libera su boca de la pesada presencia de su miembro. Aaron puede respirar y aprovecha la oportunidad tomando grandes bocanadas de aire mientras se acostumbra a la sensación de tener la garganta vacía y la mandíbula dolorida.

Samuel lo consuela trazando círculos en su nuca con la yema de sus dedos y se dice a sí mismo que solo lo hace porque, con esa mascota humana, los castigos son útiles para aterrorizarlo y que cumpla sus órdenes, pero darle premios a ese humano le recompensa con una obediencia absolutamente exquisita. 

Y los premios favoritos de Aaron parecen ser esa clase de atención, cosas estúpidas e irrelevantes, pero que los humanos buscan con desesperación: compañía, contacto, conversación…

Conexión.

—Tus manos a la espalda.

Samuel sonríe. No necesita siquiera atar a Aaron, sino que su voz, cuando es firme y cruel, es suficiente como para que el humanito se desespere y ponga sus manos en su espalda baja, cada una apretando tan fuerte la muñeca de la contraria que ni una cuerda bien afirmada podría haberlo retenido así de bien.

—La boca abierta.

De nuevo, Aaron cumple la orden casi sin pensar, como si hubiese sido diseñado para ello, y lloriquea, porque está siendo bueno, pero Samuel no le está dando caricias ni palabras bonitas ni nada dulce que le ayude a pasar ese mal trago. Pero no se resiste, porque incluso si el vampiro no le premia, tampoco quiere que le castigue.

—Ahora, bocadito, vas a empujar tú solo tu cabeza hasta que tengas mi polla al fondo de tu garganta y luego vas a quedarte quieto para mí mientras follo tu boca, ¿Mhm? —Aaron asiente, sus labios abiertos, la saliva conectándolos con su hombría—. Porque si no lo haces, volveré a atar tus manos y a mantener tu boca abierta con la mordaza y luego te castigaré como mereces y no deseas eso, ¿verdad que no? —Aaron niega, sus cejitas frunciéndose con preocupación y un sonido angustiado saliendo de su garganta—. Entonces empieza.

Samuel se echa para atrás en el sofá, sus brazos apoyados cómodamente en el respaldo. Aaron está a sus pies, arrodillado y tratando de dirigir su enorme polla a sus labios sin hacer uso de sus manos, como si estuviese desesperado por chuparla. El espectáculo es realmente entretenido y, mientras el chico sigue intentando tomar su virilidad con su boca abierta, Samuel enciende un cigarro y empieza a fumarlo despacio, disfrutando la sensación.

Aaron atrapa la cabeza del miembro de Samuel entre sus labios y succiona con fuerza, queriendo complacerlo. Luego su cabeza sube y baja poco a poco, la moción cada vez tomando un poco más de la polla del vampiro, pues Aaron sabe que debe tomarla toda, pero está todavía inseguro y asustado y cree que es mejor idea si va trabajándose su camino paulatinamente.

El vampiro tiene el ceño fruncido en una mueca de concentración y placer. Exhala humo y roncos sonidos de placer de vez en cuando y observa con enorme orgullo cómo su pequeña mascota humana ha aprendido en apenas días a complacerlo de un modo que ningún otro mortal ha hecho jamás. La cabeza de Aaron sube y baja y el chico tose y lloriquea porque cada vez que el miembro del vampiro toca su garganta siente arcadas y su cuerpo se dobla en rechazo, pero él se obliga a sí mismo a seguir, a ganarse unas horas, incluso días de la amabilidad del vampiro y a atenuar cualquiera que sea su castigo.

Empuja y empuja aunque sus ojos se llenan de lágrimas y su pecho se vacía de aire y llega, tras un largo y sufrido rato, hasta el final. La polla de Samuel abulta en su garganta y sus pulmones piden por aire, pero entonces una mano grande y amable le acaricia el pelo y las mejillas y de pronto ya no le importa tanto su incomodidad.

Samuel da una larga calada al cigarro.

—Tan buena puta… —murmura sonriendo, el humo que sale de sus labios tan venenoso como las oprobiosas palabras.

Aaron lloriquea, pero eso solo hace la polla en su boca endurecer, las venas que siente contra la lengua pulsando llenas de placer.

Samuel tira el cigarro a un lado y con su mano libre, y la que antes lo acariciaba, lo toma de la cabeza con firmeza. 

Entonces, empieza a follar su boca.

Aaron cierra los ojos e intenta relajarse, pero le es imposible: Samuel mueve sus caderas con ferocidad, dando embate tras embate y follando sus maltratados labios con un ritmo frenético. Nota la polla deslizándose por su lengua, pesada y hambrienta y ansiosa de placer, su garganta siendo ampliada con brutalidad, ultrajada de una forma que le recuerda que todo el cariño de Samuel es solo un paripé, un pequeño premio que le da para que sea un buen juguete y no se queje demasiado mientras está utilizándolo como a un objeto sin sentimientos.

Porque eso es: nada más que una cosa.

<<Propiedad de Samuel Hass>>

Aaron gimotea y llora y sus ruiditos no hacen más que colmar de placer al vampiro que folla su boca, haciendo que de su garganta emerjan sonidos viscosos y obscenos que le hacen avergonzar. 

Aaron siente que se ahoga, pero Samuel no ha terminado con él, así que sabe que nada puede hacer al respecto. Aprieta sus manos fuerte en su espalda y espera a que todo acabe mientras cada vez ve más y más borroso.

Al final, Samuel se hunde en él hasta la empuñadura con un gruñido de placer y Aaron traga y traga los chorros de su placer que brotan contra su garganta y sobre su lengua. Respira profundo y cansado cuando Samuel retira su miembro de sus labios y se queda en el suelo un rato, solo recuperando el aliento, sintiéndose sencillamente sucio y utilizado.

También avergonzado, por haber pensado que unas caricias y palabras bonitas pero falsas iban a hacerle sentir mejor cuando la realidad es que siente mucho, mucho peor.

Si solo Samuel pudiese darle esas cosas sin exigir su cuerpo y su alma y su dignidad a cambio. Si solo el mundo fuese un poquito como antes y pudiese tener sobre él a alguien que le quiere y le aprecia y le trata agradablemente por el simple hecho de ser él y no para suavizarlo y hacerlo menos quejumbroso antes de jugar rudamente con él.

—Espera aquí. —la voz es ronca y demandante. Samuel no ha olvidado el placer que su esclavo le ha otorgado obedientemente hace unos segundos, pero tampoco ha olvidado que iba a castigarlo justo después de esto.

Y Aaron no ha olvidado cómo la noche anterior aprendió cuán dolorosos pueden ser los castigos de su cruel amo.

El vampiro se levanta, su pene todavía erecto y brillando por la saliva del chico, que lo cubre desde la base hasta la rubicunda punta. El vampiro se aleja con andares seguros de sí del chico mientras vuelve a vestirse sin torpeza alguna y el humano se pregunta cómo lo hace, cómo es capaz de sentirse tan cómodo con su cuerpo cuando para él su desnudez es pura vulnerabilidad.

Pero la respuesta es tan sencilla como desgarradora.

<<Porque el cuerpo de Samuel es un arma y el mío una herida>>

Cuando escucha los pasos del vampiro volver, se le erizan los vellos de la nuca, totalmente gélida por el contacto con su collar de hierro, y no puede sino preguntarse qué horrible castigo le aguarda.

—Sobre mi regazo.

Samuel se ha dejado caer cómodamente sobre el sofá, así que el chico hace lo que se le ordena y, aunque muere de vergüenza por ello, se levanta, completamente desnudo, y abre sus piernas para posarse sobre los gruesos muslos de su propietario.

En esa posición, su intimidad queda tan convenientemente a mano para Samuel que casi luce natural cuando el vampiro hace un rápido gesto de mano y atrapa el pene de Aaron en su puño. No aprieta demasiado, pero Aaron siente la presión y el contacto de repente y gime, arqueándose hacia adelante con el reflejo de querer cubrirse.

—Por favor, s-señor, no me haga daño ahí. He… le he servido bien, ¿verdad? ¿Lo he hecho bien?

Samuel ríe por la inseguridad en la voz de su pequeño humano. Algo cambia a medida que ríe: su tono se torna más cruel, más rasposo, como si de su voz hiciese piedras afiladas, y sus ojos se vuelven más rojos, sus colmillos más largos y afilados y, de pronto, en las puntas de sus dedos ya no tiene uñas, sino largas y arqueadas garras negras que fácilmente abren la piel humana.

Aaron siente que podría desmayarse cuando mira hacia abajo y ve que la mano que aprisiona sus partes privadas tiene también peligrosas garras. Samuel la muele despacio, haciendo que Aaron deba apartar los ojos y que una oleada de calor lo recorra, forzándose a través de él aunque cierra los ojos y trata de pelear por dentro, de resistirse a ese placer tan extraño e inadecuado. Tan culposo.

Cuando él se masturbaba, se sentía mal por ello, como si hubiese cometido una travesura, pero cuando el vampiro lo hace, se siente como puro pecado.

—Oh, lo has hecho deliciosamente, pero a pesar de que eres tú quien debería complacerme a mí, no puedo evitar fijarme en que tú también pareces… disfrutar de servirme, ¿no es así? —pregunta, su tono juguetón, insidioso, burlón de una forma tan humillante que Aaron no puede evitarlo y se pone a llorar.

No quiere tener que arrodillarse y servir con sus sedosos labios al diablo que lo mantiene prisionero. No quiere tener que ser obediente y esforzarse por hacer un buen trabajo, rogar con su boca y su húmeda lengua por obtener el orgasmo de su torturador, pero ¿qué opción le queda más que complacerlo? No quiere, sobre todo, ponerse duro mientras lo hace, no quiere sentir placer, no quiere ese hormigueo agradable que le hace encoger su vientre y cerrar fuerte las piernas, pero hace tanto tiempo que no está cerca de otro hombre, hace tanto que no es acariciado y halagado y hace tanto que… no, es la primera vez que alguien le desea así.

Y no quiere, realmente no quiere responder a ese retorcido deseo con su dulce anhelo, pero su cuerpo parece tener vida propia y responder no a su voluntad, sino a los gustos y juegos perversos de su amo.

—¿Acaso no estabas poniéndote duro mientras follaba tu boca, tu polla goteando patéticamente en mi suelo mientras te tragabas mi semen apenas hace unos segundos? —Aaron aparta el rostro y clava los ojos en el suelo, en un punto aleatorio. Intenta centrarse en eso, pensar en cualquier cosa menos en las palabras del vampiro y en cuán certeras son— Vamos, vamos, no puedes negar que la sumisión parece agradarle a cierta… parte de ti, aunque luego tu boquita haga pucheros y me diga lo mucho que odia que te haya sometido y arrebatado la libertad.

—No es… señor, n-no es lo que piensa —reprende con educación el chico, sus palabras suaves y complacientes, incluso si en las hay rebeldía—. No me gusta esto, es solo que usted me ha acariciado y me ha hablado de ese modo y mi cuerpo está confundido y…

Una mano grande y cálida pasa por su cabello, los dedos peinando las suaves ondas azabache hacia atrás, yemas trazando agradables caminos por su cuero cabelludo. 

La otra mano es más dura: envuelve su pene con un agarre férreo y ardiente, lo muele arriba y abajo como exigiendo del chico que jadee y gima.

—¿Cómo te he hablado, mi cosita humana y patética? ¿Te refieres a cuando te digo que haces un buen trabajo, cuando te halago por ser un juguete obediente y sencillo de usar? —su mano es más rápida ahora y demasiado hábil; sube y baja de forma que la punta rosada de Aaron emerge y se hunde en su puño cada pocos segundos, los dedos apretándole un poco más cuando esta está estrechada y escondida en la palma, exprimiendo gotitas de su deseo— Mírate, a punto de correrte porque tu amo te recuerde que no eres nada más que un objeto de usar y tirar. Podría tomar tu virginidad ahora, chico-

—No, por fav-

El pánico alarma a Aaron, lo saca de su trance de obediencia que le tiene deshaciéndose en las manos del dominante vampiro, pero tan pronto como interrumpe a su amo, este lo abofetea rápido y duro en su mejilla, haciéndolo gimotear y volver a dejarse hacer entre sus manos.

—Podría romperte tan dolorosamente que llorarías y sangrarías y tu cuerpo solo podría notar dolor y dolor y más dolor y aun así, si me acerco a tu oído y te digo que estás siendo deliciosamente bueno para mí y te acaricio como a un cachorrito obediente, te correrías mientras sufres, ¿no es así?

Samuel no se detiene. Al contrario, su mano va más y más rápido y mientras masturba al chico, le da una ayuda a su imaginación y susurra en su oído cuán buen chico es, cómo de patético y adorable luce para él, cómo sus gemidos lo deleitan, y con la otra mano le acaricia el costadito con tanto cariño que es insoportable.

Aaron no puede más. No lo soporta. Llora sin parar porque las palabras del vampiro le hacen imaginar ese momento horroroso e inevitable en que será violado, despojado completamente de su cuerpo y su voluntad, y aun a pesar del miedo y el amargo odio que siente, el vampiro entremezcla con esos sentimientos sus palabras suaves, sus sedosas caricias, y empuja a Aaron al límite hasta que siente ese chispazo de puro éxtasis inconfundible.

Aaron se tapa la cara con ambas manos, llorando fuerte y desesperado cuando comprende que va a correrse mientras piensa en el vampiro ultrajándolo de la peor forma, pero entonces el pulgar del vampiro se desliza sobre la cabeza rosada y sensible de su miembro.

La mano lo muele más rápido y tortuosamente placentero y la huella del pulgar pulsa contra la apertura en la cabeza del miembro de Aaron hasta que…

Nada.

Ningún orgasmo logra escapar de su cuerpo; al contrario, el calor y el placer suben por su eje y entonces el dedo en su punta impide que estalle en la liberación absoluta: su orgasmo vuelve hacia adentro en su cuerpo y lo que antes era gusto ahora es dolor, desesperación.

Aaron aprende, así, que el vampiro puede obligarlo a correrse cuando quiera, pero que también puede arrebatarle sus orgasmos, forzarlos a que vuelvan a su interior con una flecha que se le clava en la entrepierna, como un deseo que se enquista en su interior y se torna veneno, volviéndolo un desesperado.

Aaron está jadeando, llorando, casi rogando para que el vampiro aparte de ahí su dedo y lo deje por fin liberarse de su frustración, pero el vampiro sonríe orgulloso y saca algo de su bolsillo, mostrándoselo al chico.

Aaron no lo entiende: <<¿Un anillo?>> pero es demasiado grande para sus dedos, demasiado pequeño para su muñeca.

—Tu bonito cuello tiene un collar porque me pertenece. He pensado que tu adorable polla merece otro.

Aaron traga saliva. Se siente confundido, pero asustado también, pues aunque no entiende bien cómo ese pequeño aro de metal puede ser más que inofensivo, la sonrisa diablesca en el rostro del vampiro le indica que hay algo malo en ello. Muy malo.

Aaron ve cómo el otro lleva el anillo a su pene con delicadeza, sosteniéndolo entre sus garras azabache y afiladas, y el chico tiene que cerrar los ojos porque no puede mirar. No soporta ver cómo Samuel manipula sus partes más sensibles como un mero juguetito para su entretenimiento. A pesar de sus ojos cerrados, puede sentir demasiado bien todo.

La frialdad del anillo de metal besándole el glande, la suavidad del liso material deslizándose hacia abajo con dificultad, la presión. <<Es demasiado pequeño>> piensa Aaron, pues nota en sus genitales como el complemento se siente prieto y rígido a su alrededor, incómodo, y eso que apenas ha pasado el glande. El pánico lo inunda de pronto. ¿Y si esa es la intención: cortar su flujo sanguíneo a esa zona hasta dañarla? ¿Y si Samuel pretende calentar el hierro una vez esté abrazando su pene hasta dejar el acero al rojo vivo y hacerle un daño irreparable? ¿Y si el extraño anillo lleva dentro pinchos o cuchillas o cualquier terrible cosa que lo convierta en un instrumento de tortura capaz de mutilar su hombría de formas inimaginables?

Aaron escucha algo húmedo y, medio mareado de miedo y horror, abre sus ojos para toparse con la imagen de Samuel ensalivando sus propios dedos para luego llevarlos a su pene y cubrirlo de la cristalina sustancia, lubricándolo para luego empujar más el anillo a través de su longitud.

Con su erección ahora húmeda, Aaron puede sentir como Samuel desliza suavemente el anillo metálico hasta que queda fijado en la base de su pene, donde aprieta tanto que puede sentir su sexo pulsar.

Samuel desliza la yema del índice alrededor del frío aro metálico, notando una diminuta inscripción que conoce perfectamente: Propiedad de Samuel Hass.

—Deja de llorar, este es un castigo tan suave… Deberías estar agradecido. —lo regaña, pero por fortuna para Aaron el vampiro no suena realmente molesto, solo entretenido.

—N-no sé qué es esto, amo, me asusta.

Samuel ríe y ladea su cabeza, observando a Aaron como una cosita extraña y realmente divertida de la que no podría cansarse nunca.

—Esto —le explica y para señalar el objeto vuelve a envolver la polla de Aaron en su poderosa mano, haciéndole sentir la presión de sus dedos sobre su erección y, ahora, la frialdad del estrecho anillo contra la base de su sexo— es un anillo para el pene. Mientras lo lleves, no podrás correrte —le explica amenamente, con un tono instructivo que no va acorde con el hecho de que empieza a moler su mano, masturbando al chico hasta tenerlo gimiendo y balbuceando en pocos segundos, apenas pudiéndole prestarle atención—. Y cada vez que quieras hacerlo, mi humano, vas a tener que suplicarme que te lo quite yo mismo.

Aaron se siente horrorizado y horror es lo único que quiere sentir ahora, pero Samuel lo toca de forma tan experta, dura y rápida, exprimiendo de él cada gotita de placer que tiene en su interior, obligándolo a respirar rápido y trabajoso, a arquear su espalda de éxtasis, a rizar sus dedos, perlar sus pestañas con lágrimas y juntar sus piernas en busca de la liberación.

Aaron llora desesperado porque no quiere que sea así. No quiere perder tanto el control de su cuerpo que solo puede pecar corriéndose entre las manos de su cruel amo. Ya le ha entregado su sangre y su dolor; no puede arrebatarle también su placer, ¿cierto? Solo que sí que puede.

Samuel vuelve a obligarlo a alcanzar ese deliciosísimo e insoportable punto de no retorno en el que Aaron siente los temblores azotando su cuerpo, el placer tensándose en sus músculos y luego disparándose directo a su norte. Y cuando está por fin a punto de terminar, el anillo en su pene parece ahogar sus deseos con la fuerza de una serpiente y su placer se torna amargo y se le clava en el interior como una espina honda que, cuanto más quiere arrancar, más se hunde en él.

Su polla está tan dura y roja, húmeda y pulsante y estremeciéndose como una cosa sensible y desesperada en la mano de Samuel, suplicando esos dos orgasmos que ya le han sido arrebatados.

Samuel suelta su pene, pero luego, con la yema suave de su índice, recoge una de las pegajosas gotitas de presemen y empieza a trazar con el lúbrico dígito círculos alrededor del sensible glande del menor. Aumenta más la presión cuando habla, escuchando a Aaron gemir vergonzosamente.

—¿Y bien, mi humanito? ¿Vas a rogarme que te deje correrte ahora o vas a esperar, porque todavía eres orgulloso y crees que puedes conservar tu dignidad un poquito más?

El dedo de Samuel se desliza tan cuidadoso sobre su piel rosada que bien podría ser el leve roce de sábanas de seda contra la piel, pero Aaron está tan terriblemente sensible que para él ese toque lleno de delicadeza ya no es placentero, sino doloroso. El equivalente a garras sobre piel descarnada.

Aun así, Aaron es bueno y jamás lleva sus manos a las del vampiro, intentando detenerlo. En vez de eso se las lleva a su propio rostro, tapándose con bochorno y pudor o limpiándose las cascadas de lágrimas que caen por sus mejillas, y dice, con voz rota y agotada:

—N-no quiero, señor, no quiero correrme, por favor.

Samuel sonríe y se detiene, no porque Aaron tenga el poder de pararlo si le suplica que no haga algo, sino porque le divierte esperar, por ahora, y ver cuánto tardará el humano en darse cuenta de que el vampiro no necesita arrebatarle a la fuerza su dignidad, sino que él mismo será quien se arrastre y se arrodille a sus pies, pidiéndole poder ser liberado.

—Bien, entonces —dice el vampiro en su oído. Su voz suave, su lengua lamiendo el lóbulo. Una afilada garra negra se desliza entonces por la longitud del miembro de Aaron, amenazando con cortar su sensible piel—, pero si te quitas el anillo sin mi permiso, si buscas placer si no es bajo mi comando —la filosa garra llega a la parte más sensible de la intimidad de Aaron, la cúspide de su sexo. La garra se desliza con mucho cuidado sobre la delgada tela de su frenillo, haciéndolo temblar, y luego sobre la lúbrica superficie de su glande. Aaron teme tantísimo sangrar que cierra los ojos, incapaz de soportarlo si ve rojo en este momento—, te haré arrepentirte por toda la vida. ¿Entendido?

—S-sí, amo…

Aaron suspira de alivio cuando logra, por fin, quitarse las manos de Samuel de encima suyo. Pero hay otra sensación más en su interior, una calma no solo de esas que consuelan, sino triste y deprimente; le lleva a Aaron horas darse cuenta de que una parte de él está decepcionada, frustrada, porque las manos de Samuel se sienten incorrectas sobre él, sí, pero también bien.

Porque cuando ese diablo le toca, sus manos arden y le hieren, pero el fuego cauteriza e incluso el contacto más vil de ese hombre se acerca más a una caricia llena de amor que a la soledad en la que lleva hundido años.


 

CAPÍTULO 24

Una noche ha pasado desde que Samuel ha puesto en Aaron su segundo adorno metálico y, aunque este no es tan pesado ni doloroso como el collar que se le clava en las clavículas y las cervicales al chico, Aaron lo nota mucho más. Le resulta incómodo hasta caminar con él, siempre sintiendo su firme agarre como una promesa del placer que precisamente le niega y siempre sintiendo su frialdad, casi empujándolo a buscar el calor de manos que solo saben tentarlo cruelmente o herirlo.

Aaron se ha dado hoy una ducha de agua fría, pues desde que tiene ese maldito anillo su cuerpo es más desobediente que nunca y ha despertado con una persistente erección de la cual no tiene medios para deshacerse. Se dice a sí mismo que no pasa nada, que podrá aguantar y se entregará a su peligroso amo, pues ya ha dado bastante de sí por meras caricias y palabras alentadoras, así que no puede imaginar qué clase de cosa el vampiro le exigirá a cambio de placer.

Le dan escalofríos solo de pensarlo.

Aunque también sabe que no podrá evitarlo por siempre. Allí afuera, cuando estaba solo, evitaba tocarse tanto como podía, pues el acto se sentía extraño y desconocido en él, pecaminoso, pero siempre acababa haciéndose menester atender a sus deseos una vez cada cierto tiempo. Aaron sabe que si uno ignora esa parte de sí, pronto se vuelve molesta, dolorosa. Solo es cuestión de tiempo que el anillo le lleve al límite y le haga sentirse desesperado por un desahogo.

No quiere ni pensar qué hará entonces, cuando el deseo no sea deseo, sino un dolor insoportable para el que necesita cura.

Mientras tomaba su ducha de agua fría, no ha podido evitar pensar en la noche anterior, en las manos de Samuel moviéndose con maestría sobre su sexo, como conociendo de antemano el ritmo exacto con el que al chico le gusta satisfacerse. Esos pensamientos le han hecho sentir tan sucio, tan mal… y ha tenido que lavarse los dientes tres veces al recordar su boca siendo usada.

<<Nada más que un juguete usado>> piensa mientras se mira en el espejo y tiene que cerrar los ojos y disculparse consigo mismo por pensar de ese modo tan pronto se pilla hablándose así, como el vampiro le hablaría si se hubiese infiltrado en su cabeza.

—Puedes con esto —se dice, usando ahora su voz exterior. Mira al espejo con decisión, pero rehúye su propia mirada, demasiado abochornado—, tienes que ser fuerte. Tengo que ser fuerte. Esto no es mi culpa. Nunca he pedido esto. Encontraré la forma d-

El sonido de la puerta de entrada lo corta y sabe, pues Samuel no ha salido hoy, que eso solo puede significar que hay más vampiros en la casa. Con prisas, Aaron se viste con una camisa blanca y holgada y un pantalón negro ceñido que le llega hasta las rodillas y sale de pronto del baño.

Debe encontrar a Samuel, quedarse a su lado antes de que el otro vampiro lo vea y le haga algo malo o le hable -como en la fiesta-   y él se ponga nervioso -como en la fiesta- y haga algo estúpido -como en la fiesta- como responderle -como en la fiesta- y entonces <<me dé una paliza como en la fiesta, me pegue de un modo tan horrible, me ahogue, me mate, como en la fiesta, como en esa fiesta, como en la horrible fiesta, no quiero que vuelva a pasar lo de la fiesta>>

Aaron corre como loco hacia la entrada y se encuentra a Samuel abriendo la puerta, su voz grave atravesando la sala mientras charla con alguien a quien Aaron no alcanza a ver.

De pronto, Samuel siente una presencia escondida y temblorosa tras su espalda y se voltea para ver a su pequeño humano mirándolo con ojos como platos y el cabello aún húmedo y revuelto de haberse dado un baño.

—Oh, hablando de él, aquí lo tienes. —dice Samuel, divertido, señalando al preocupado Aaron.

El humano entonces se da cuenta de que su interlocutor y visitante es el vampiro de cabellos de fuego y rostro refinado y bonito: Jason. El susodicho analiza con su mirada al humano de pies a cabeza y luego suelta un suspiro ligeramente aliviado.

—Supongo que lo has curado con tu sangre —murmura y luego sus ojos acusadores se clavan en Samuel—. Te oí afuera, ¿sabes? Le diste una paliza durante casi una hora. Lottie estaba histérica, se pensaba que lo habías matado y no nos has dicho nada en unas noches; tenía que venir a comprobarlo. Ella habría venido, pero ya sabes, son estrictos con vampiros inferiores pasando a las zonas centrales.

—Tanta preocupación por una bolsa de sangre. Jason, me avergüenzas.

—Sabes que sigo conservando una parte de mi humanidad. Una que aprecio muchísimo. No me gusta avergonzarte, pero prefiero enorgullecerme de quien soy. Y soy, en parte, aún humano.

Samuel rueda los ojos. Las palabras de su amigo son pronunciadas con seriedad y solemnidad, pero tiene que esforzarse por no reír de lo ridículas que le antojan.

—Y tú sabes perfectamente que yo no —sisea en un tono burlón y cruel, un tono que Jason odia escuchar en Samuel, pues no le recuerda al amigo al que tiene aprecio, sino al vampiro que sabe que tuvo la suerte de no conocer aquella noche hace muchos, muchos años—. Bueno, ahora ya lo has visto —vuelve a señalar a Aaron—, vivito y coleando, aunque, debo admitir, estaba pensando en matarlo, pero resulta que su boca es hábil no solo para hablar y desobedecerme, sino también para convencerme de que quizá es muy agradable quedármelo un tiempo más —el muchacho baja la cabeza avergonzado, demasiado sorprendido también por el hecho de que el vampiro hable tan fácilmente de algo que no puede siquiera recordar sin que le tiemblen los labios—.  Además, es fácil de educar: míralo, ni una palabra ha dicho esta vez.

Jason mira a Aaron con atención. Ve su cuerpo perfectamente sano y sin un solo rasguño, pero también escucha su corazón, más que alterado, y esa respiración ansiosa que llena el aire de nerviosismo.

—Sam, ¿puedo pasar? 

—Estás invitado, pero solo porque estoy de buen humor —le advierte el rubio, alejándose de la puerta e invitándolo a entrar. Su tono oscila tentativamente entre la broma y la seriedad—. ¿Algo especial de lo que quieras hablar? Tú —su tono se endurece de pronto cuando se dirige a su humano—, ves a limpiar arriba. No estorbes.

Aaron corre escaleras arriba al instante y Samuel y Jason andan en un extraño silencio hacia el sofá color vino. Samuel es el primero en sentarse y luego Jason se coloca a su lado delicadamente, con sus piernas cruzadas y su boca torcida en un gesto de preocupación.

—No eres un original. —dice de pronto y el otro frunce el ceño ante esa obviedad.

—Lo sé, Jason, conozco a la perfección mi naturaleza.

—Entonces sabes que lo que dices no es cierto. Lo de que no queda humanidad en ti. Si no quedase, Lottie y yo te veríamos como un monstruo. Los originales son pura maldad y los puros sois… casi eso. Pero no solo eso.

La postura de Samuel, antes relajada y hundida en el sofá, cambia de pronto. Samuel se inclina hacia delante, escuchando a Jason con atención. Su espalda recta, su rostro ecuánime, pero sus ojos sagaces.

—¿A dónde quieres llegar?

El tono de Samuel es monótono y Jason sabe que debe tener cuidado: bajo lo inexpresivo, sabe que ese vampiro acostumbra a enterrar fuertes sentimientos que podrían estallarle en la cara si se acerca con poco tacto a ellos.

—Siempre has tratado mal a tus otros humanos, pero este… hay algo más. La forma en que lo miras, en que hablas de él. Pareces… obsesionado y nunca te has obsesionado con ninguno, los ves como prescindibles. A él no lo castigaste como a un humano al que reprendes porque es inútil, estabas tan enfadado, como si su desobediencia fuese una… no sé, una traición. Como si te importara. Antes no tenías reparo en matar y sustituir a tus otros humanos, pero con este… lo conservas, pero te ensañas. Estás prácticamente torturándolo.

Jason traga saliva. Se ha ido de la lengua y lo sabe, pero lleva días pensando en ello, hablándolo con Charlotte y necesitaba sacar todo eso de su pecho. Samuel es impredecible, así que Jason se mantiene atento a su reacción, listo para apaciguar al vampiro, pero no espera que este rompa en carcajadas.

—Oh, vamos, estás exagerando —le dice el rubio poniendo una mano en su hombro con un tono amistoso—. ¿Ves? Por eso cuando nos alimentamos juntos, termino yo solo con mi presa, no estás listo para la brutalidad de la que los puros somos capaces e intentas leer en ella cosas que no son. Estás dándole demasiadas vueltas. Le castigué duro porque me gusta herir profundamente a los humanos. Soy cruel y malo y no necesito motivos para ello porque es parte de mi naturaleza, fin de la historia. 

Samuel habla con tal tranquilidad, con tanta naturalidad que a Jason se le remueve algo dentro.  Sabe que su maestro es una criatura vil por naturaleza, pero también sabe que hay bondad en él. Se niega a creer que lleva teniendo una impresión de él equivocada durante cientos de años.

—Creo que el chico te importa y creo que no sabes cómo lidiar con ello —cuando habla, lo hace despacio y en un tono muy, muy amable, pero eso no evita que el otro vampiro frunza el ceño, que le reluzcan los ojos de forma espeluznante o que algo en el aire se sienta de pronto peligroso, tenso, como si una tormenta se acercase—. Me preocupa eso. Me preocupa por lo que puedas hacerle y por cómo te sentirás después.

—Puedo hacerle cosas horribles y después me sentiré saciado, posiblemente. ¿Algo más que te preocupe? —el tono de Samuel es severo y duro. Un muro de hormigón hecho de palabras.

Jason traga saliva, inseguro sobre si desistir y marcharse o seguir empujando un poco más, probando suerte para ver si logra que Samuel se sincere, no quizá con él, pero sí consigo mismo.

—Esto es por Ivthan, ¿verdad? Tenerlo cerca de nuevo te recuerda a cuando eras humano y te está haciendo intentar eludir esos sentimientos de formas q-

—Cierra la boca, Jason. Es el primer y único aviso que voy a darte, porque te aprecio lo suficiente como para advertirte, pero no tanto como para dejarte seguir hablando de cosas de las que no tienes derecho a hablar sin arrancar tu puta lengua y hacer que te la tragues, junto a todos tus dientes.

—Sa-

—Deberías irte. Ya viste el otro día lo que sucede cuando una criatura inferior abre demasiado su boca en mi presencia, ¿no es así?

Jason conoce suficiente a Samuel como para haber podido tener el privilegio de ver su parte más dulce, graciosa y hogareña, por eso lo adora. Pero eso también significa que sabe que lo que otros llaman su crueldad o su poder no son más que la punta del iceberg y que él puede ser mucho, mucho peor de lo que la mayoría imagina. Por eso lo teme.

Así que el pelirrojo se levanta despacio y traga saliva mientras mira a su amigo. Sus labios están apretados, obligándose a sí mismo a sellarlos y no decir una palabra más, ni siquiera un adiós.

No ha ofendido a Samuel, ha ofendido a su creador, a su maestro, a quien tiene tanto poder como para darle la inmortalidad, pero también para arrebatársela.

Jason se marcha en silencio.


 

CAPÍTULO 25

Samuel intenta trabajar, pero todo el papeleo delante de él luce como garabatos incomprensibles y lo único que hay claro en su despacho son las palabras que resuenan una y otra vez en su cabeza.

Las palabras de Jason.

Quiere sentirse molesto por ellas y definitivamente lo está, pues fantasea con hacerle daño a Jason de formas en que sabe que jamás debería sacar de su imaginación y llevar a sus manos, pero el problema es que más que enfadarlo, las palabras de su amigo lo atormentan. Algo en ellas hace que ronden una y otra vez en su cabeza como exigiendo ser reconsideradas, como riéndose de él porque, haga lo que haga, ya las ha oído y no podrá olvidarlas, así como no podrá olvidar el pinchazo de angustia que ha sentido cuando Jason le ha dicho que Aaron parece que le importa y esa horrible idea ha conectado con algo dentro suyo.

Algo en su pecho ha reconocido el concepto de que un humano le importe.

Obsesionado. Jason le ha dicho que parece obsesionado con Aaron, que habla de él más que de sus otras mascotas y que lo mira de forma distinta, pero Samuel se intenta convencer de que son tonterías. No le está dando un trato especial, solo está fardando más de su nueva adquisición porque es de mayor calidad que las anteriores, pero eso no hace que deje de ver a Aaron como lo que es: propiedad, comida, un mero objeto. Solo que uno que gusta más de usar que los anteriores.

Además, Jason mismo ha dicho que está castigando al chico con muchísima más severidad que a sus otras mascotas ¿Acaso no es eso prueba de que Aaron no es para él nada importante? No tiene miramientos antes de romperlo e incluso ha considerado matarlo y nadie se desharía con tanta facilidad de algo que ama.

<<Excepto cuando él quiso deshacerse de mí por una estúpida promesa. Excepto cuando yo me deshice de él a cambio.>>

Samuel niega con la cabeza. Las palabras de Jason, se dice, son incoherentes y estúpidas. No deberían siquiera alterarlo un poco y no hay en ellas nada que pueda herirle porque no podrían ser ciertas ni en un millón de años. Sí, eso es: Jason está confundido y ya está.

Pero Samuel sigue sin poder concentrarse en el trabajo. Gruñe y deja sus informes, peticiones y permisos sobre la mesa, todos desordenados y arrugados, y decide que se ocupará de ellos mañana, pues su toda su atención está en algo distinto ahora.

Sale de su despacho y va directo a buscar a Aaron. Lo encuentra fácilmente, pues lo escucha tararear débilmente mientras limpia los suelos de las habitaciones del segundo piso, aunque su voz se torna silencio tan pronto como Samuel abre de golpe la puerta de la sala donde está, igual que un pajarito que deja de piar si alguien lo asusta aferrándose a los barrotes de su jaula.

Aaron alza su cabeza, alerta y sorprendido, y mira a Samuel con ojos de cachorrito al darse cuenta de que pese a que está haciendo exactamente lo que el vampiro le ha ordenado, este igualmente luce terriblemente enfadado. Puede que no esté enfadado con él, pero sabe que él lo va a pagar.

—Hola, amo —lo saluda el muchachito respetuosamente y el vampiro ignora sus palabras mientras se dirige a él. Aaron se pone de pie de inmediato y se alarma, aunque la cercanía del vampiro le permite ver que su ceño fruncido no luce tan enfadado como pensaba, sino más bien… angustiado —¿E-está bien?

Samuel se queda paralizado por la pregunta. Nunca un humano le ha preguntado por él, nunca ha escuchado de las voces de sus víctimas una preocupación tan genuina, tan adorable, tan peligrosamente ingenua.

Le pilla tan por sorpresa que antes de que pueda darse cuenta, está respondiéndole al chico.

—Estoy… frustrado —se acerca unos pasos a Aaron, despacio, viendo como el chico aguarda su cercanía con la espalda muy recta, los ojos en el suelo y jugando nerviosamente con sus dedos. Cuando está justo delante del chico, se inclina hacia él, su nariz y sus labios rozando los suaves cabellos negros. Inhala su aroma limpio y calmante y se siente un poco menos enfadado —. Me está resultando imposible concentrarme en el trabajo esta noche.

Samuel toma a Aaron por la cintura, pero lo hace con cierta delicadeza, como no queriendo romper con sus deseosos gestos el ambiente confianzudo y extraño que se ha formado entre ambos. Lo acerca a su cuerpo y se inclina más hacia el muchacho, su nariz ahora trazado la curva de su cuello, inhalando despacio.

Aaron tiene un aroma tenue y delicado hoy, similar a la fragancia de una flor de primavera. Olerlo abre su apetito y despierta en él cosas horrible, indecibles, pero también le tranquiliza de un modo que lo asusta, lo serena como manos suaves cual pétalos acariciándole las mejillas, los hombros, la espalda…

—Oh… ¿Puedo ayudarle de algún modo, señor? —el ofrecimiento de Aaron es sincero y lleno de una amabilidad que dejó atrás hace mucho tiempo, de una bondad que se dijo que era inútil y estúpida y que ahora tira de él como si tuviese una cuerda amarrada en su pecho. La pregunta de Aaron se siente como un bonito regalo que él quiere desenvolver sin destrozar el papel, pero sus dedos son garras —No sé muy bien cómo, yo nunca trabajé cuando… antes de todo esto, ya sabe. Pero a veces me costaba concentrarme mucho para estudiar antes de un examen importante o para hacer trabajos difíciles y siempre me ayudaba mucho despejar la mente un rato con alguien más.

<<Despejarme…>> piensa Samuel con una pizca de ironía <<Sí, eso es lo que he venido a hacer aquí. A sacarme de la cabeza ideas estúpidas sobre que tú puedes importarme>>

—Sígueme.

—Sí, amo.

El tono cortante de Samuel hace a Aaron sentirse algo apocado. Cuando el vampiro ha entrado en la sala con cara de pocos amigos y los puños apretados, el humano ha estado seguro de que estaba iracundo y él iba a pagar por ello, pero luego solo ha tenido que tratarlo con un poco de amabilidad y Samuel ha parecido ablandarse, volverse alguien cercano y agradable, así que no sabe qué ha hecho mal como para que parezca que, de nuevo, hay una coraza impenetrable entre ambos.

Agobiado, el muchacho intenta continuar la conversación, comprobar si Samuel se ha enfadado con él:

—¿En qué consiste su trabajo exactamente, señor? Sé que usted es un puro, así que debe tener un puesto importante, pero no tengo ni idea de qué hace en realidad…

Samuel nota la orden <<Cállate>> mordiéndole los labios, pugnando por salir y recordar a Aaron su lugar. Pero su voz es bonita y su interés por Samuel hace que este sienta algo revoloteando en su estómago, algo agradable y que le hace sentir importante y eso siempre le ha gustado.

Así que ¿Qué daño puede hacerle responder? No está conversando con Aaron porque el chico le importe o porque lo vea como una persona en vez de como una cosa, se dice, sino porque le apetece a hablar y ese humano existe solo para complacerlo, así que si le apetece morderlo, lo morderá, si le apetece follarlo, lo follará, y si le apetece hablarlo, le hablará.

No están conversando, se dice de nuevo, solo lo está usando.

—Realmente hago un poco de todo. Tengo que autorizar decisiones políticas importantes, por ejemplo, sobre quién entra y sale de los círculos exteriores del territorio. Gestiono el uso que se hace de los terrenos para la producción de alimentos y productos para humanos y también tengo que regular la compraventa de humanos o la construcción de negocios, como el de Jason, aunque a él siempre lo favorezco un poco, al fin y al cabo, el poder está para usarlo y los mejores usos son los que no vienen de la imparcialidad. Regulo el cobro de impuestos cuando hay… anomalías. También debo resolver conflictos internos en las zonas inferiores, no siempre con papeleos y multas u ordenes, sino que hay días que salgo para ir a… encargarme yo mismo del asunto. Usualmente solo es intimidación lo que se necesita, pero también tengo que hacer ejecuciones de vez en cuando.

Aaron traga saliva y asiente, pálido. Samuel habla de su trabajo con una profesionalidad impecable, estéril y fría como un bisturí quirúrgico. Aun así, está hablando de ejecutar y no ya de terminar con la vida de seres humanos, que para él son no ya su pasado y su origen, sino su alimento, sino que habla de ejecutar a aquellos que comparten con él el don de la noche. Está hablando de matar a los suyos sin escrúpulos. 

Aaron ya sabe que Samuel es un ser monstruoso, pero siempre pensó que incluso los vampiros tenían alguna especie de límite, al menos con los suyos.

—Se… ¿Se siente mal, amo, cuando debe… ejecutar a otro vampiro?

Samuel lo mira con frialdad y piensa en la última vez que matar le hizo sentir mal. Sonríe levemente, pues también fue la primera vez que matar le hizo sentir bien.

Fue la primera vez que mató.

—Solo me siento aburrido si no me dan suficiente pelea.

Aaron asiente en silencio y mantiene los labios sellados el resto del camino.


 

CAPÍTULO 26

Samuel encaja la llave de su despacho en la preciosa puerta tras la cual está. Es una puerta de madera oscura y maciza. Más alta aún que Samuel mismo y con un arco en la parte de arriba, el cual tiene robustos bordes de madera, pero en su interior el material es mucho más etéreo que eso: posee una ventanita en forma de medialuna hecha de delgado cristal tintado. La luz que sale de dentro de la sala pasa por el cristal de colores, evocando una danza de luces preciosas sobre la madera oscura de la puerta.

A Aaron le recuerda a los ventanales de las iglesias y piensa que eso le da al despacho del vampiro un aura sagrada. Además, es un lugar guardado bajo llave, así que ni siquiera cuando limpia puede entrar, por lo que el secretismo le suma todavía más a esa imagen de un espacio inviolable, casi de culto.

Cuando el vampiro abre la puerta y entra, Aaron le sigue con ojos grandes y brillantes, observando fascinado alrededor.

El resto de esa mansión es precioso, sin duda, pero de Samuel las demás habitaciones solo dicen que es poderoso y rico, que le gusta el lujo, los colores oscuros y las cosas bellas. Su despacho, sin embargo, tiene mucha más personalidad y Aaron siente que es como asomarse dentro de la cabeza del vampiro y mirar con un par de binoculares ciertas partes de él que usualmente no están a la vista.

La pared del fondo, alta como el cielo e increíblemente larga, es el lugar donde se asienta una librería enorme y, en cada estantería, tantos tomos, viejos y nuevos, grandes y pequeños, con las portadas brillantes o las hojas tan amarillentas que están dentro de una protectora bolsita de plástico, que unos se arriman a los otros estrechamente como si sus lomos tuviesen frío y buscasen el calor del otro. No hay un solo espacio desnudo de libros ni un solo libro que no haya sido depositado con cuidado, introducido en su respectivo hueco con mimo y esmero y mucha atención para que ni una sola hoja se doble.

De las paredes de los lados cuelgan enormes y preciosos cuadros que Aaron sabe, tan pronto los ve, que son los originales. Los colores son vibrantes, las imágenes perfectas e inimitables y los marcos dorados están tras un grueso cristal que no impide verlos en todo su esplendor, pero no deja ni una mota de polvo rozar los ya agrietados o desvaídos lienzos que, a diferencia de Samuel, sí sufren con los años.

Aaron puede observar obras que conoce: "El nacimiento de Venus", con la hermosa mujer de curvas rellenas de pálida y perfecta carne posando sobre una concha abierta cual perla brillante; "El pescador y la sirena", con la piel morena del hombre siendo acariciada por las hambrientas olas del mar y el cuerpo suave y tentador de la joven criatura marina; "Los amantes", con sus bocas buscándose la una a la otra y encontrando solo el anonimato de un velo blanco y húmedo, luego lo asalta la terrible imagen pintada de Saturno con sus ojos enloquecidos y la boca ensangrentada, su hijo a medio devorar entre sus garras, lo impacta la contraposición de "Los saltimbanquis", los padres todavía con animados atuendos circenses sosteniendo a su hijo moribundo en sus brazos, llorando no su pérdida sino la inminente inevitabilidad de esta, luego la enormidad de "El jardín de las delicias", con su perfecto Edén degradándose en los más profundos círculos del infierno. Y más cuadros, algunos tan pequeños que apenas los ve desde la entrada, otros titánicos, cubren la enormidad de esa pared y hacen a Aaron desear conocer sus nombres, sus historias, los motivos tras cada desgarradora pincelada.

Hay otro cuadro más, pero este no está colgado en la pared: se halla en el suelo, es una esquina y dándole la espalda al mundo. Se pregunta qué hay en él ¿Una obra estropeada? ¿Quizá inacabada?

Aaron se adentra un poco más en ese pedacito de Samuel que parece un museo de las lascas de la historia del arte que más atesora y entonces se da la vuelta, cayendo en la cuenta de que la pared a la que le ha dado la espalda hasta ahora, donde está la puerta, también sirve de expositor para extrañas e incontables curiosidades. Aaron halla, ahora, diversas vitrinas empotradas contra la pared, cada una de ellas conteniendo un objeto diferente y que hace emerger en él mil preguntas: instrumentos tan hermosos que está seguro que produjeron una vez sonidos irrepetibles, pero tan deteriorados que ahora solo pueden exigir la atención de la vista de uno, no del oído, antiguas monedas cubiertas de óxido, cartas escritas a mano con una caligrafía cursiva y diminuta que pareciera querer ser un código secreto, anillos, no, alianzas, todas ellas distintas, pero preciosas, dispuestas la una al lado de la otra, pero jamás tocándose y luego, de repente, la calavera diminuta de algún animal que no pudo ocupar más que la palma de una mano en vida, un puñado de dientes pequeñitos pero humanos y mil cosas más, cada una infinitamente curiosa.

Hasta ahora, Aaron ha visto a Samuel como un vampiro y para él un vampiro no es tan diferente a un animal: una criatura con apetitos y la astucia y la fuerza necesarias para saciarlos. Lo ha visto como algo hambriento y cruel, poco más.

Ahora, al ver esa habitación, ya no es capaz de seguir negándose, de seguir dudando sobre si es o no una persona.

Piensa en él mismo, de pequeño, coleccionando cromos cuando los otros niños lo hacían, u obsesionándose con las figuras del belén y queriendo tener todas las posibles, piensa en el berrinche que tuvo cuando le dejó su libro favorito a un amigo y se lo devolvió con la portada doblada y piensa en su madre y su padre haciendo un álbum de sus dibujos cuando era pequeñito como si fuesen obras de arte que merecen enmarcarse y colgarse, quizá no en un museo, pero sí al menos en la puerta de la nevera.

Le parece tan humano el impulso de conservar, de cuidar. Y Aaron se pregunta si acaso una criatura capaz de ello no es también una capaz de amar.

Pero niega con su cabeza, diciéndose que está siendo iluso, que simplemente está buscando razones para leer en las caricias del vampiro algo más que manipulación, en su relación algo más que depredación. Lleva años solo y, debe aceptar, Samuel no puede curar su soledad.

Aaron siente lágrimas acumulándose en sus ojos mientras mira alrededor y ve pedacitos de la vida de otros.

Y en el centro exacto del lugar, encarando la puerta y rodeada de todas esas magníficas exposiciones, se halla una mesa larga, oscura y llena de papeles y una silla de cuero rojo para Samuel: su pequeño santuario donde puede sentarse y, mire donde mire, ver cosas que le gustan: <<Mis libros, mis cuadros, mis reliquias y curiosidades…>>. Sus ojos se desvían hacia la puerta del lugar y se da cuenta de que ha traído otro precioso tesoro al lugar donde le gusta conservar aquello que aprecia: <<Aaron…>>.

—Es precioso, amo… —murmura, todavía fascinado, dando vueltas sobre sí mismo para no perderse el espectáculo de las cosas que están en la periferia de su visión.

Samuel, cómodamente sentado en su sillón rojo, pone las manos en la mesa y le ordena al chico que se acerque con un gesto.

—No sabía que le gustaba el arte —comenta el muchacho, todavía demasiado sorprendido como para que la inseguridad y el miedo le impidan hablar—. ¿Puedo ver sus libros, señor?

—En mi regazo, ahora.

El tono de Samuel es como un rugido. Es una advertencia del peligro que el chico corre si sigue siendo tan descuidado y funciona a la perfección, pues la piel de Aaron se eriza y su corazón palpita rápido y fuerte cuando vuelve a ser consciente de su situación. Corre hacia el vampiro y se siente obedientemente sobre sus piernas, su pequeña espalda pegada al pecho del vampiro y su cabeza ladeada para hacerle a este un hueco en su cuello, pues Samuel vuelve a respirar profundo mientras delinea con la fría punta de su nariz la curva que conecta su garganta con su hombro.

—Me gustan las cosas hermosas, creía que ya sabías eso.

Aaron enrojece de pronto, pues no está seguro de si esas palabras son o no un halago. Dos manos fuertes rodean su cintura con facilidad, de modo que los dedos del vampiro están entrecruzados sobre su tripita llana y sus pulgares se hallan en su espalda baja, acariciando la curvita de su columna y los bonitos hoyuelos que tiene justo en esa zona.

—L-lo sabía, pero no sabía que le gustaba el arte específicamente, pensé que se refería a…

—¿A mis presas? —Samuel dice con facilidad la palabra que a Aaron se le queda atrapada en la garganta, es más, la dice con diversión, con una ligera sonrisa en sus labios y los colmillos brillando en un guiño travieso.

Aaron asiente y luego añade:

—¿P-por qué ha escogido esos cuadros? Es decir, supongo que ha podido tener muchos otros, pero esos deben ser sus favoritos por alguna razón, ¿no, amo?

Samuel alza una ceja con incredulidad. Aaron está realmente hablador y sabe que suele parlotear de ese modo rápido, atropellado y curioso cuando por dentro es todo un nudo de nervios, así que se dice que, como el chico está temeroso, no hay nada malo en conversar con él. Aaron sigue sabiendo cuál es su lugar y él solo está usándolo para entretenerse.

<<No es como si me gustase hablar con él. No es como si le estuviese dejando conocerme>>

—Me gustan mucho las pinturas que intentan retratar el amor, sobre todo las que lo hacen con un tinte trágico. Siempre me ha fascinado lo que no puedo entender y ese… ese sentimiento humano es estúpido e inútil —espeta con una risa rápida y despectiva, aunque luego suspira débilmente—, pero es incomprensible, así que no puedo negar que me llama la atención. Me gustaría saber por qué algo tan fútil suele pareceros tan importante a los humanos, sobre todo cuando vuestras vidas son tan cortas y patéticas y esa pérdida de tiempo hecha sentimiento suele parecer más bien un atajo a vuestra propia destrucción.

Aaron frunce el ceño. Durante muchos años ha pensado así, al inicio, sobre todo, cuando estaba herido por haber perdido todo cuanto amaba en el mundo, resentido con sus padres, sus amigos, con sus compañeros del parque o sus profesores favoritos, con las vecinas que lo saludaban siempre o las chicas preciosas que le sonreían en el tren.

<<¿Cómo se atreven?>> pensaba con los puños apretados y el corazón tan roto que pensó que si no podía encontrar una cura, al menos debería poder hallar un culpable. <<¿Cómo se atreven a mostrarme lo bonito que puede sentirse querer a alguien y ser querido para luego morirse? ¿Cómo se atreven a darme un regalo tan precioso y quitármelo? Yo estoy vivo. Yo me he mantenido vivo. ¿Por qué ellos no? ¿Por qué merecen el descanso de la muerte y solo una vida tan solitaria que ya no le encuentro el sentido?>>

Pasó meses detestando a las personas a las que amaba por no estar ahí hasta que pudo comprender que realmente no las odiaba y que no se arrepentía de haberlas amado, sino que su dolor era tan grande que habría preferido sentir cualquier otra cosa antes que eso. Incluso odio.

En esos momentos pensaba que el amor era un sentimiento inútil. Uno no ama nunca cosas eternas, solo finitas, y eso es lo que lo hace trágico, que amar siempre es perder, siempre sufrir. Pensó en ese sentimiento como una tortura, una condena, una trampa donde había caído de lleno. El odio, en contraste, era tan sencillo.

Pero eso fue solo al principio, cuando estaba tan herido que no podía pensar con claridad, que no quería aceptar la realidad y tener que vivir siempre con los huecos que había hecho en su corazón para esas personas especiales, ahora vacíos, incapaces de ser ocupados por nadie más.

Más tarde entendió que la pérdida era insoportable, cierto, pero que se alegraba de haber amado a todas esas personas. Que la belleza de ese sentimiento era tal que hacía que su inevitable y trágico final valiese la pena, así que deseo amar de nuevo, deseo encontrar a otro humano, una criatura solitaria como él, alguien sediento de compañía y calor, y obtener por fin a un compañero de penas y de sonrisas, a alguien en quien volcar el amor que aún quedaba en su corazón y pedir, a cambio, unas gotas del ajeno.

Ahora, mientras piensa en una respuesta para Samuel, piensa que el vampiro tiene una visión muy errónea de ese sentimiento y eso le pone triste por él.

—No es un sentimiento inútil, señor, no pienso eso —le responde bajito, tentativamente. Espera unos segundos para observar su reacción y cuando nota que el otro le está escuchando con atención, continúa—, es la manera en que conectamos los unos con los otros, la manera en que nos volvemos importantes para los demás y en que conseguimos encontrar a personas que son importantes para nosotros. De forma aislada, ¿de qué vale una persona? No, de forma aislada no existe una persona. Todo lo que somos, nuestras emociones, nuestros gustos, opiniones, pensamientos, nuestra moral, incluso nuestra personalidad… todo son pedacitos de los demás que vamos tomando prestados de aquellos a quienes amamos. No me parece un sentimiento inútil, señor, para nada, me parece de lo más importante que puede existir. No puedo concebir cómo podría encontrarle un sentido a la vida si fuese una vida totalmente solitaria.

Por un momento Aaron siente el silencio tan punzante, tan lleno de un significado que desconoce, que alza su mirada con valentía. Se da cuenta de que Samuel no está mirándolo, sino que tiene sus ojos clavados en sus cuadros, en las pinceladas que dibujan a dos amantes con el rostro cubierto por un manto blanco, besándose sin que sus labios lleguen a tocarse nunca. Observa la obra mientras las palabras de Aaron flotan en su cabeza y en sus ojos el chico ve más que el mejor rojo del pecado, más que las llamas deseosas y crueles del infierno: ve urgencia, desesperación, una necesidad por entender, por recuperar algo que ha perdido.

Entonces Samuel vuelve su vista hacia él, tan fría y calculadora como siempre, y Aaron baja su cabeza con docilidad.

—Ah, una visión tan limitada e infantil… pero no puedo culparte por tu ignorancia, al fin y al cabo eres solo un tonto cachorrito humano. ¿De qué sirve esa conexión, si no es para perder el norte, para volverse uno vulnerable y facilitar que los puñales traidores penetren más fácil la carne? Amar es volverse débil, esclavo de alguien. Amar es renunciar a uno mismo y a lo que uno es capaz de lograr, es renunciar al placer y al poder, a la grandeza.

—¿De qué sirve el poder frente a la soledad? —reprende Aaron suavemente, pero lo hace tan rápido que casi corta al vampiro.

Samuel lo mira duramente, pensando durante varios segundos. No entiende la insistencia del chico en defender un sentimiento que ya no tiene permitido experimentar, no entiende por qué defendería así algo que ya no le pertenece. Le enfada, en cierto modo, que se apegue a esa estupidez con tal cabezonería. Le recuerda a sí mismo.

—¿Y de qué sirve amar si vas a ser destruido por ello? Es ridículo regodearse en el amor, tanto como deleitarse por la dulzura que provoca un veneno en el paladar antes de tragarlo.

Aaron aprieta sus labios. Cuando Samuel le dice eso, no escucha su voz ruda, no ve sus labios carnosos ni sus colmillos, solo puede escucharse a sí mismo años atrás, solo, desesperado, rogándole a Dios olvidar lo mucho que le importaban las personas a las que había amado, sintiendo que todo su cariño se le enquistaba dentro, la azucarada sensación pudriéndose, emponzoñándolo e infectándolo entero.

—Señor, ¿usted se enamoró cuando era humano?

Una risa grave, lenta y escalofriante sale de los labios del vampiro. Por un momento sus ojos lucen desquiciados, dos rubíes brillando de locura. Luego vuelven a ser fríos como una piedra y el hombre responde con sorna:

—¿Piensas que solo creo que es un sentimiento despreciable porque no lo he experimentado nunca, que si fuese capaz de sentirlo, me curaría de mi maldad? He amado, humano, y solo soy lo que soy, solo soy poderoso y eterno, porque acabé con mi amor antes de que él lo hiciese conmigo.

—Lo siento, señor.

—¿Lo sientes? —Samuel vuelve a reír de nuevo, ahora lleno de sorpresa y genuina diversión— Nada en mí debería producirte lástima: yo soy tu amo, humano, soy intocable y tú, sin embargo, solo estás aquí para sangrar y sufrir por mí. Eres débil y patético, solo existes para ser usado. ¿No crees que deberías ser tú quien inspira lástima?

—Me refiero a que no sé qué le pasó, pero si le hicieron daño o le traicionaron, lo siento.

Aaron suena tan dulce, tan bueno, tan malditamente sincero con su tono compasivo que Samuel siente asco y odio corriéndole por las venas, pues la compasión es solo para los débiles y él sabe que ya no queda nada de ese hombre patético que se dejó herir dentro de él. Él mismo se aseguró de matar hasta el último resquicio de humanidad en él, destruyó cualquier cosa que hubiese sido en su vida pasada hasta que quedó de él solo el nombre.

—Qué sabrás tú de la traición.

—Nada. Las personas que me amaron ni siquiera tuvieron la oportunidad de traicionarme, me las arrebatasteis antes vosotros, mi señor.

Las palabras de Aaron burbujean en sus labios como metal fundido y caliente, le estallan en la boca con mordiscos ácidos y ardientes y aun así las escupe a pesar de que queman, quizá precisamente porque queman en la lengua. Las entrega a Samuel con la delicadeza de una ofrenda y el filo propio de una daga.

El vampiro sabe que el chico está reprochándole y sabe también que podría romper todos sus huesos en ese mismo momento, forzarlo a rogar clemencia y retirar todas y cada una de sus palabras, pero entonces algo le viene a la mente y prefiere hacerle daño con sus palabras. 

Es una venganza adecuada, se dice, pues Aaron lo está hiriendo con las suyas, aunque no sabe por qué.

—¿Y qué hay de tu grupo? ¿Acaso vas a negar que te han traicionado? Si tanto te aman, ¿por qué no arriesgan sus vidas para venir a rescatarte de mis garras? Te han abandonado, muchacho, te han traicionado porque son más inteligentes que tú y saben que tu vida no tiene importancia, no la suficiente como para intentar salvarla.

—¿De qué grupo habla, amo? —pregunta, totalmente desconcertado.

Hace un rato se sentía enfadado, combativo, pero ahora la confusión ha dispersado esas burbujeantes emociones.

—No intentes protegerlos. Todos los humanos salvajes sobrevivís en pequeños grupos. Uno sale a cazar, buscar provisiones o explorar mientras los demás esperan en el refugio y es entonces cuando nosotros cazamos a la pobre alma que se ha desviado del grupo, como yo hice contigo. Es solo cuestión de tiempo antes de que encontremos al resto, de hecho, es posible que otros vampiros ya los hayan devorado.

Aaron se muerde el labio y lucha por retener las lágrimas que se forman en sus ojos. Desearía haber tenido un grupo que le traicionase, lo desearía por la misma razón por la que sabe que Samuel es su verdugo y aun así ansía sus manos en sus mejillas y sus dedos en su cabello: porque está tan sediento de la sensación de ser querido, apreciado, de ser considerado mínimamente importante para alguien que tomaría tragos y tragos de veneno si este tuviese el mismo sabor que esa dulzura que tanto anhela.

—No tenía ningún grupo —dice con la voz temblándole, el corazón resquebrajándosele en el pecho—. Sobreviví solo todos estos años, amo.

Samuel frunce sus labios, dispuesto a reprenderlo por mentir y amenazarlo hasta que confiese, pero entonces lo nota: el corazón de Aaron late estable y lento. 

—No… no estás mintiendo… —murmura, impresionado y pensativo.

—¿Por qué lo haría? Es la verdad, llevo años solo.

<<Quizá por eso me parece tan importante el amor. Porque necesito que alguien me diga que todavía soy humano, soy digno de ser amado, soy capaz de amar y reír y de querer algo en la vida de nuevo, aparte de conservarla. Porque es el único y más valioso pedacito de mi viejo mundo que podría jamás recuperar>>

Samuel aprieta los labios y piensa en el palacio, en todos los demás bajando la vista cuando querían girarla. Piensa en los soldados, en sus risas y cómo a veces, en el suelo, sangrando y dolorido, él reía solo para sentirse incluido.

Recuerda la soledad.

Recuerda la cura de su soledad, como era dulce y suave y lo mejor que le había pasado en la vida, hasta que se tornó veneno. Recuerda su dolor, su anhelo, su miedo.

Y entonces Aaron rompe a llorar, porque para él la soledad y sus horrores no son un fantasma del pasado, sino el manto pesado y deprimente con el que se despierta cada día sobre el rostro, haciéndole que respirar sea difícil, que abrir los ojos apenas valga la pena.

Samuel lo observa varios minutos en silencio, fascinado por cómo Aaron se deshace en lágrimas en su regazo. El pobre humano intenta controlar su tristeza, pero fluye fuera de él como si sus ojos fueran brechas en un dique que lleva soportando peso demasiado tiempo y al que ahora solo le queda derrumbarse y dejar que esa profunda pena lo inunde todo. Se tapa la cara con las manos, muerto de vergüenza por ser incapaz de parar, pero se siente tan bien poder desahogarse por fin con alguien que lo escucha. Incluso si a Samuel no le importan sus lágrimas o si le ordena que se calle o se ríe de su debilidad.

Pero Samuel no hace nada de eso. Se queda callado, escuchándolo lamentarse y piensa en lo sola que debe sentirse esa delicada criaturita, lanzada a un mundo cruel y hambriento sin más compañía que su miedo y su esperanza. Cada día la llama de una se aviva más y la de la otra se atenúa, consumiéndose fútilmente.

Piensa en cómo el chico debe añorar a sus seres queridos, cómo debe pensar en ellos, recordarlos, imaginarlos a su lado o incluso <<Soñar con ellos, como yo sueño con->>

De pronto el ceño de Samuel se frunce y es como si su piel se tornase una armadura de metal blindado: las lágrimas de Aaron ya no lo mellan y no puede sentir nada más que una frialdad que lo recorre entero.

Aaron no tiene derecho a recordarle cuán patético fue siéndolo ahora él. No tiene derecho a encarnar su debilidad, a ser su debilidad.

—No te he traído aquí para hablar. Te he traído aquí para entretenerme un rato antes de seguir trabajando. —sentencia de forma dura, con un golpe de voz que urge a Aaron a salir de su trance.

El humano se fuerza a tomar una bocanada de aire muy profundo y, mientras lo hace, se muerde la cara interna de las mejillas hasta que nota sangre en la boca. El dolor que sus dientes provocan clavándose en la tierna carne logra distraerlo de sus otros sufrimientos, no opacándolos, pero sí haciéndole mirar hacia otro lado, como el inesperado pinchacito de una espina.

Aaron se enjuga la cara y dice con voz débil:

—Oh, pensé que quería entretenerse conversando, s-siento haber arruin-

—No me interesan tus palabras, eres solo un pedazo de carne —reprende el vampiro y su tono es duro como un mordisco, así que Aaron se achicha. No entiende qué sucede, pues al ver al chico acobardarse no se siente grandioso, sino desdichado. ¿Por qué se siente mejor conversar con esa criatura inferior en vez de recordarle su lugar? <<Las cosas no deberían ser así. Hay algo incorrecto aquí. Algo anda muy mal>> —. Ahora, cállate y desnúdate.

Aaron abre los ojos como platos ante esa petición, pero luego baja la cabeza, aprieta los labios y murmura un dócil:

—Sí, amo…

Samuel aleja un poco la silla de su escritorio y baja al chico de su regazo, colocando las manos en su cintura. Aaron queda de pie entre la alta mesa que le llega a las caderas y el vampiro, que aún sentado rebasa su altura con creces y que ahora tiene sus ojos infernales a la altura de su cuerpo.

Aaron lleva hoy una camisa blanca y pequeña que le cubre solo hasta un poco más arriba del ombligo y unos shorts del mismo tono, pues el vampiro solo le ofrece ropas de tonos claros o cremosos. Al fin y al cabo, el blanco es el más hermoso lienzo cuando se trata de retratar sangre derramada.

El muchacho retira primero su blusa, dejando al descubierto una piel lechosa y fina. Sus hombros estrechos están tan tensos que Samuel quiere poner sus manos sobre ellos, masajear despacio, sentir el chico derretirse a gusto entre sus manos e inclinarse sobre labios entreabiertos para probar sus suspiros, sus b…

<<Basta>>

Samuel frunce el ceño todavía más y lleva sus dedos a sus sienes, frotándolas como si los extraños deseos que echan raíces en él no fuesen distintos a un dolor de cabeza persistente que lo acosa.

—No me hagas perder el tiempo. Quítate los pantalones.

Aaron asiente y se inclina para deslizar su última prenda fuera de sus piernas. Samuel sonríe al ver que el chico las cruza o mantiene sus manos cerca de su entrepierna en un intento tímido y avergonzado de ocultar su intimidad y el aro metálico que la decora.

El deseo arde en el vampiro tan pronto ve a su esclavo desnudo ante él, los ojos llorosos e inocentes, la piel perfecta, suave, blanca como el algodón e inmaculada dispuesta para él cual sacrificio, su naricita roja y sus mejillas arreboladas de tanto haber llorado, dándole el aspecto de una presa que inevitablemente hace de su sufrimiento un apetecible espectáculo, su cuello suave, con esa preciosa curva que adora, su cintura con la misma silueta, sus piernas delgadas y gráciles y, oh, la guinda del pastel son esos dos complementos metálicos: el collar pesado y grueso en su cuello, con una argolla dispuesta para que Samuel pasee de aquí para allá a su dócil adquisición; y luego la anilla dura e incómoda que abraza su intimidad como cerrando con candado las partes más íntimas del muchacho, recordándole al mundo que Aaron le pertenece, pues solo él puede morderlo y solo él puede tocarlo, que le pertenece, pues es suyo para herirlo, suyo para tomarlo. Su dolor y su placer, su vida y su muerte. 

No hay una sola gota de ese ángel que Dios pueda reclamar de vuelta, pues todo Aaron lleva en él el sello de Samuel.

Y aun así, quiere más. Lo imagina con más metal en su cuerpo: grilletes adornando sus finas muñecas y tobillos. Con más marcas: arañazos, moratones, mordiscos profundos que dejen en su piel cicatrices eternas.

Samuel toma al chico por la cintura y aparta varios papeles de su mesa, echándolos a un lado con desgaire. Luego alza al humano y lo sienta sobre la madera barnizada, como una figurita que expone ante él tras haberla comprado para poder examinarla sin prisas. Aaron junta sus manos en su regazo, jugando con ellas y cubriéndose disimuladamente. Su vista se clava en el suelo y sus pies se balancean sobre este.

—Quita las manos —Aaron traga saliva y obedece el comando con las manos temblorosas, poniéndolas sobre sus piernas, pero revelando su pene suave y rosado y, en la base de este, el anillo que lo rodea perfectamente—. No lo has tocado, ¿verdad?

—N-no, señor, le prometo que no. —explica con urgencia y se calma un poco al ver la sonrisa cruel de Samuel. No le gusta que su miedo lo entretenga, pero es mejor eso a que le enfade.

Piensa en el anillo con bochorno. Es cierto que no lo ha retirado, pero varias veces sus manos han estado cerca de traicionarlo, movidas no por su voluntad, sino por un titiritero hecho de un deseo invisible e incomprensible.

 A veces, cuando se baña o cuando acaba de despertar o incluso cuando sueña despierto con las caricias y palabras amables de Samuel, siente sus dedos hormigueando con anhelo y tratando de alcanzar su pecado, que está vergonzosamente duro, la punta brillante y enrojecida como una manzana tentándolo. Siempre se siente nervioso cuando su cuerpo se revela así, pero logra controlarlo distrayéndose con cualquier otra cosa o haciendo de su baño caliente uno gélido.

—Tan buen chico —susurra, acercándose más a él, borracho de poder y de placer al ver a ese humano, hace nada salvaje, ahora totalmente doblado ante su voluntad. Alarga una mano y con ella toma una de las rodillas de Aaron, moviéndola despacio para separarle las piernas. Aaron cierra los ojos y reza porque su cuerpo no le traicione de nuevo—. ¿A quién le perteneces, cosita dulce? Vamos, no hagas un puchero y usa tu bonita voz.

Aaron jadea, rendido. No puedes desobedecer al vampiro, no cuando su ira le infunde un terrible terror, no cuando está hablándole dulce y suave y él haría lo que fuese por obtener un poco de esa delicadeza.

—S-Soy suyo, amo…

Samuel sonríe, complacido, y peina uno de los mechones azabaches del chico tras su oreja, descubriendo su rostro todo sonrojado que antes cubría con su flequillo desordenado. Sus labios son delgados y color cereza ahora, quizá de tanto morderlos, y a Samuel le recuerdan a un beso de sangre.

—Claro que lo eres, cada parte de ti, cada centímetro de tu cuerpo, incluso tu alma, si existe tal cosa, es mía para toda la eternidad. Pero si es así, ¿qué hay en ti que lo demuestre? El metal es solo metal, cualquiera podría retirar tu anillo —y mientras dice eso desliza su dedo por la longitud del suave miembro del chico, causando una deliciosa descarga de placer que se entremezcla con la preocupación y el miedo de Aaron, confundiéndolo terriblemente— o romper tu collar y entonces tu cuerpo seguiría luciendo tan puro, como si yo no lo hubiese probado nunca. Entonces, ¿acaso eres verdaderamente mío?

El tono de Samuel cambia paulatinamente mientras habla, empieza seductor, empalagoso, y poco a poco su suavidad deja de ser la de la seda y se torna la de un cuchillo deslizándose por tierna piel: sus palabras peligrosas, afiladas. Aaron siente esa caricia letal en su voz, esa advertencia de que si no usa las palabras adecuadas, si no responde dócil y sumiso y muy muy complaciente, algo malo se avecina.

—L-lo soy, señor, por favor. Soy suyo. L-le dejo hacer lo que desee conmigo, le dejo beber mi sangre y tocar mi cuerpo y-

—¿Qué lugar de tu cuerpo demuestra que me perteneces? —pregunta el vampiro interrumpiéndolo con vileza.

Los ojos del vampiro resplandecen como iluminados por la luna llena, sus colmillos se tornan más largos y afilados y las manos que mantenían las piernas de Aaron separadas ya no son manos grandes e intimidantes, sino garras, las uñas largas y arqueadas, las puntas de los dedos negras como empapadas en tinta y veneno, dispuestas a escribir en el cuerpo de Aaron una maldición de la que no puede huir.

—Y-yo sé que le pertenezco, señor, no me haga daño…

—¿No debería marcarte, para que todos lo sepan? ¿No debería escribir mi nombre en tu bonita piel con mis colmillos? Quiero dejar una marca en cada parte de ti. Voy a empezar con tu bonito cuello. Voy a morderte —una de sus enormes manos se alza y Aaron jadea cuando esta le cruza el rostro con un bofetón rápido y ardiente—. Deja de llorar y escucha. Voy a morderte y a beber tu sangre y no voy a darte una sola gota de mi sangre hasta que mi mordida haya sanado por su cuenta. Quiero que deje cicatriz. Así que compórtate, no me hagas romperte ahora, porque sabes que no voy a tomarme la molestia de sanarte.

El corazón de Aaron se encoge. No solo por el mordisco, no solo por la crueldad de que su cuerpo va a ser irremediablemente alterado, una marca de dolor y sangre persiguiéndolo por siempre, enunciando su identidad antes de que sus palabras puedan hacerlo, sino porque sabe lo que significa tener la marca de un vampiro. Sabe que no es solo carne desgarrada y piel cicatrizada.

Sus ojos se abren enormemente, su corazón late rápido en su pecho.

—Oh, ¿qué es esa carita? —pregunta Samuel con sorna. Sus cejas se alzan con sorpresa y una enorme sonrisa maquiavélica se pinta en su rostro.— ¿Acaso sabes más de lo que deberías, humanito entrometido?

El corazón de Aaron da un vuelco.

<<Es verdad. Las cosas que oí son verdad. La vinculación es real>>

Cierra los ojos con fuerza, la cabeza martilleándole dolorosamente, cada golpe en sus sienes una palabra de las que escuchó entre susurros aquella primera noche cuando escapó y otros supervivientes, ahora posiblemente muertos, le dijeron que había un destino peor que la muerte cuando uno era atrapado entre los colmillos de una de esas bestias desalmadas.

—¿E-entonces es cierto, amo? 

—¿El qué es cierto? —le pregunta burlón y con falsa inocencia, jugando con él un poco más— Vamos, dime lo que sabes y veamos si tienes idea siquiera de lo que planeo hacer contigo.

Aaron exhala casi quedándose sin aire. La idea de hablar ahora y tener que esculpir él mismo las palabras que describen su terrible destino le parece impensable: está desnudo y vulnerable, sobre la mesa del hombre que lo capturó y lo mantiene con vida solo para su diversión, sus piernas abiertas para él y su cintura atrapada por las enormes manos que ya lo han roto antes y no dudarán en hacerlo de nuevo. Dos cárceles de metal rodean su cuello, recordándole que su vida no es suya, y su sexo, recordándole que su cuerpo no le pertenece. ¿Por qué debe también ser él quien enuncie las humillaciones que le esperan? Apenas puede tomarlas, pero ¿proclamarlas orgullosamente como un mártir que se vanagloria en el hecho de recibir sus castigos con máxima devoción?

Y, aun así, Aaron lo hace. Habla alto y tan claro como puede:

—Oí decir… cuando, antes de los vampiros atacaseis, c-cuando empezó a sospecharse que erais reales, oí decir que si un vampiro cura tus mordiscos nada cambia, pe-pero que si un vampiro deja su marca en ti hasta que se forma una cicatriz, entonces hay… algo cambia en ti y entonces perteneces a ese vampiro po-porque… porque…

Aaron baja su cabeza, sollozando, y Samuel pone un dedo en la barbilla del humano, obligándolo a alzar su cara y mirándolo bien de cerca mientras le ordena seguir hablando entre lágrimas.

—Continúa. —el aliento de Samuel se siente cálido y ciertamente dulce sobre los labios de Aaron, una dulzura intoxicante, mareante, venenosa.

Aaron abre sus ojos y no quiere mirar a los del vampiro, pero están tan cerca, sus rostros a meros milímetros… así que mira abajo: a la boca de Samuel. 

Mientras habla, puede observar con precisión cómo las comisuras del vampiro se curvan con sádico placer y cómo sus colmillos crecen buscando más de su dolor.

—Porque entonces tu vida está vinculada con la de ese vampiro.

Samuel exhala con gusto sobre la boca de Aaron, como si el único aire que el chico tiene permitido respirar fuese aquel que proviene de los labios ajenos.

—¿Y sabes en qué consiste eso? —Aaron cierra sus ojos porque el vampiro está ahora demasiado cerca, su voz casi besándole la piel, su nariz rozando su pómulo como la punta de un cuchillo amenazándolo con hacerlo sangrar, sus pestañas largas y áureas barriendo su piel. El chico asiente despacio— Habla, entonces.

—Sé q-que un humano vinculado a un vampiro queda… congelado en el tiempo y no envejece ni muere de forma natural hasta q-que el vampiro lo haga.

Aaron solloza después de decirlo, pues ser eterno quizá le habría podido resultar un regalo antes, cuando la eternidad significaba eternas sonrisas, eterna diversión, eterno tiempo para seguir creciendo y aprendiendo y conociendo el mundo a su alrededor. Ahora la eternidad significa solo eterna esclavitud.

—Oh, pero no es solo eso —cuando el vampiro lo corrige con ese tono malicioso y divertido, la boca recorriendo el cartílago de su oreja, sus manos tomándolo de la cintura con fuerza, como anticipando que querrá escapar en poco, a Aaron se le remueve todo lo que tiene dentro: su corazón da tumbos, su estómago se hunde, el nudo en su garganta se aprieta y todos sus huesos parecen tornarse agua—. Cuando un vampiro vincula a un humano, es imposible para el humano escapar: somos capaces de rastrear a nuestras presas vinculadas donde sea, cuando sea. También se os hace imposible mentirnos, pues podemos conocer vuestros sentimientos si lo deseamos y captar en ellos cualquier muestra de nerviosismo, de deshonestidad. Y lo más delicioso y divertido de todo: un humano vinculado es incapaz de desobedecer a su amo si este usa su… su voz de una forma concreta. Podría ordenarte, Aaron, que matases a tus seres más queridos, podría ordenarte que torturases a una criatura inocente o que tomases un cuchillo y te abrieses las venas lentamente hasta desangrarte y tú no podrías más que suplicar mientras tu cuerpo obedece como un esclavo perfecto.

Aaron se siente completamente roto por la revelación. Ya se siente como una marioneta, pero convertirse realmente en una le parece una pesadilla: ser solo pasajero de tu cuerpo mientras obedece estúpidamente a una voluntad externa, sufrir y padecer, pero no decidir. Existir sin vivir.

—Señor, por favor, p-por favor, seré completamente obediente, pero no me haga esto. No quiero, no puedo…

Samuel se aleja de su oído de pronto y con un rápido bofetón silencia al chico. Lo mira de forma severa y dice:

—Podrás, porque no tienes más opción que hacer lo que te diga y ahora, bonita bolsa de sangre, vas a ser marcado y vinculado —Aaron lloriquea, pero asiente, y su docilidad parece ablandar al vampiro, pues este pone una mano en la mejilla roja y amoratada del humano y la acaricia suavemente, su voz tornándose tan gentil como el gesto—. Pero no temas, si eres un buen chico, no tendré que usar mi voz en ti. Te dejaré elegir obedecerme y te premiaré si eres un buen chico, como hago ahora. ¿O acaso no soy bueno contigo cuando tú eres bueno para mí?

Aaron quiere dudar antes de responder, quiere mostrarle al vampiro que la respuesta no es tan clara como él cree, pero tan pronto como el vampiro termina su pregunta, la mano en su mejilla deja de acariciar agradablemente la piel recién golpeada del chico. La desesperación del humano se torna insoportable casi al instante, quiere sus caricias de vuelta, las necesita, así que responde con urgencia:

—S-sí, amo, lo es, lo es…

Y como recompensa por su servidumbre, el hombre lo acaricia un poco más mientras le repite que hoy será mordido y marcado.

Vinculado.

Aaron solo asiente y cierra los ojos, queriendo perderse en esas caricias e ignorar la inevitabilidad de todo lo demás.


 

CAPÍTULO 27

Aaron anda detrás de Samuel con la cabeza gacha y los pies descalzos haciendo un leve sonido sobre el suelo que horas antes ha limpiado hasta dejar impecable. Se dirigen a la alcoba principal del vampiro, en la cual Aaron, también hace unas horas, ha puesto sábanas y cubre almohadas limpias de un precioso color crema y ha allanado cualquier arruga con la palma de sus manos y un montón de paciencia.

Tan pronto entran en la habitación, el vampiro lo empuja a la cama bruscamente, desordenándola, y el chico se distrae a sí mismo alisando las nuevas arrugas con sus manos como queriendo dejarlo todo perfecto. Piensa en lo bonita que sería la superficie pálida de la cama si luciese lisa como el papel jamás arrugado o la nieve virgen, valles blancos e inocentes todavía no conquistados.

Se detiene a mitad de tarea.

<<¿Qué más da? Tendré que ponerlas a lavar hoy mismo. Cuando Samuel haya acabado conmigo hoy, estará todo empapado de sangre.>>

Aaron traga saliva y mira hacia arriba con ojos de cachorrito y un nerviosismo que espera que no se confunda con impaciencia: encuentra a Samuel quitándose la chaqueta de tu traje y dejándola elegantemente sobre el buró. Se desabrocha los dos primeros botones de su camisa mientras se acerca a la cama, los ojos clavados en Aaron, en su delicado y perfecto cuello, en lo suave y perfecta que luce esa piel virgen que va a arruinar en solo minutos. La idea hace que la excitación burbujee dentro de él y es que le llena de orgullo saber que será él el primero en reclamar a esa bella criatura, él el autor de la enorme marca que descollará sobre su garganta como un collar de propiedad que el chico jamás podría quitarse. Ha sido él el primero en morder a Aaron, en escuchar y quedarse para sí los hermosos ruidos que el chico hace al ser herido de esa forma y ahora será él también el primero en morderlo para dejar en él el sello de su hambre y la promesa de que con él y solo él la saciará hasta el fin de la eternidad.

Un sentimiento de posesividad hambriento, grande y rugiente despierta en su interior, haciendo resonar algo peligroso en cada rincón de su cuerpo. Se siente celoso de todos los que han puesto sus manos sobre Aaron antes, ya sea dándole unas palmaditas en el hombro o revolviéndole el pelo o sosteniendo su carita para verla mejor o…

Samuel debe detenerse. Necesita parar la maquinaria de su cerebro para no seguir dándole pábulo a la ira que se enciende en su interior, así que sube a la cama despacio y respira muy hondo y despacio mientras gatea sobre Aaron, quien le evita la mirada.

—E-es muy cómoda, amo… —murmura amablemente, prensando sus manos contra el mullido lecho y disfrutando de la sensación que el frío suelo donde duerme jamás podrá darle.

Samuel suelta una risa irónica. No entiende cómo el chico puede ser tan adorable en un momento como ese, pero, para su desgracia, eso lo hace lucir más apetecible para Samuel. Aunque su ternura despierta algo distinto en el vampiro, algo nuevo, algo molesto: junto a las ganas de hundir garras y dientes en algo tierno y dulce, un chispazo de lástima quema a Samuel, como advirtiéndole que se aleje de Aaron, que no le ponga las manos encima. 

Una parte de él quiere protegerlo, pero ese nuevo sentimiento florece desde el mismo suelo que el deseo de romperlo y marcarlo: de la deliciosa consciencia de que el muchacho es suyo.

—Amo, cuando acabe, ¿podría, por favor, tomar algo para el do-

Su respuesta es tan clara que no necesita palabras: un bofetón en medio del rostro es suficiente negativa como para que Aaron no pregunte de nuevo.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras intenta ignorar el dolor y, sobre todo, no pensar en que el dolor que está por venir es mil veces peor.

—Cierra la boca. —ordena el vampiro y suspira de alivio al ver que el chico ha dejado de parlotear torpemente, pues necesita con desesperación que Aaron se calle, que deje de sonar tan bonito y vulnerable, porque si lo hace de nuevo, esa parte infecta y podrida de su interior va a despertar de nuevo.

Esa lástima o ese cariño o esa compasión. No, no les llamará de esas formas: esos son nombres que los seres humanos le han dado a esas emociones para ensalzarse, pero para él todas son lo mismo.

Son una enfermedad. Un cáncer que ha aparecido desafortunadamente en su alma poderosa, fuerte y perfecta y que hace metástasis cada vez que Aaron usa sus ojos o su voz o sus estúpidas lágrimas, como nutrido por la debilidad misma del chico y, en consecuencia, mina poco a poco las fortalezas del vampiro, como queriendo romperlo, doblegarlo. Reducirlo a la patética existencia que era antes, cuando tenía el cuerpo de un guerrero y el corazón de un corderito.

Por suerte, Samuel sabe que la cura de su enfermedad está en él mismo: si la humanidad de Aaron mina su crueldad, él la ejercerá una y otra y otra vez, fortaleciéndola hasta tornarla irrompible.

—¿A-amo? —pregunta Aaron con una mezcla de terror y confusión.

Mientras Samuel andaba perdido en sus cavilaciones, ha tomado el cuello del muchacho con una poderosa mano y lo ha mantenido en su lugar, clavado contra la cama y disponible bajo su magno cuerpo, pero no ha hecho nada más que mirarlo en silencio. Un brillo peligroso cruzando sus ojos mientras estos viajan desde sus mejillas brillantes por las lágrimas y hasta sus clavículas marcadas y desnudas.

—Cuando un vampiro hace una marca en un humano, se forma un vínculo —explica el hombre, aunque Aaron ya lo sabía, por lo que tuerce su cabeza con aún más confusión. Samuel baja poco a poco hasta que su cuerpo roza el del chico casi imperceptiblemente y sus labios están contra el cartílago de su oído. Puede ver su piel erizándose cuando le susurra—. Cuando hace otra marca, el vínculo se torna más fuerte. Cuando hace una tercera, el vínculo es sofocante para el humano. Cuando se hace una cuarta, una quina, una sexta marca… eventualmente el humano se queda vacío. Su mente y su voluntad rotas. Solo sirve para obedecer. Me pregunto cuántas marcas te tomará a ti volverte solo una marioneta de carne y hueso. Con qué marca olvidarás todos tus recuerdos felices, con cuál empezarás a obedecer descerebradamente incluso si no uso mi voz, con cuál olvidarás cómo hablar. Con cuál serás incapaz de pensar a menos que te llene tu estúpida cabecita con mis órdenes.

Aaron rompe a llorar, pero sabe que debe ser bueno, que debe contentar a Samuel o estará ganándose el terrible destino que este le susurra en su oído como queriendo envenenar su esperanza. Así que muerde su labio fuerte, tanto que la boca entera le sabe a metal, y hace su mejor esfuerzo por ahogar sus sollozos y jadeos, su mejor esfuerzo por quedarse muy quietecito y arrugar las sábanas en sus puños en vez de hacer un ovillo y cubrirse la cara para fingir que todavía es un niño pequeño y que si se cubre entero con sus manos, la manta y unos cojines, ningún monstruo podrá penetrar su fortaleza, ningún mal podrá tocarle.

Samuel espera unos segundos, en silencio, disfrutando de cómo el humano da lo mejor de sí por ahogar su horror. Está temblando entero, su pecho subiendo y bajando tan rápido que pareciera que pretende agotar todo el aire de la habitación en minutos.

Aaron piensa en todos los humanos que han sufrido ese destino y se pregunta si hubo un punto, en medio del pesadillesco proceso, un punto en que ya tenían varias marcas pero no las suficientes como para acabar como meros zombis; un punto donde esos humanos podían saborear en la punta de la lengua su nombre, pero luego no lograban pronunciarlo, un punto donde sus recuerdos tenían un aura, un color borroso que podían invocar en sus mentes, pero luego tenían ejes desdibujados, detalles emborronados, un punto en que eran suficientemente conscientes para saber que se estaban perdiendo a sí mismos, pero demasiado idos como para poder volver atrás, recuperar todos los pedazos que se les habían arrebatado.

No se imagina nada más desesperante.

—Si eres bueno para mí, dulzura, solo te haré un par o tres marcas —el estómago de Aaron se hunde como si se hubiese tragado una enorme piedra. <<¿Ese es el mejor de los casos?>>—, pero si eres menos que un esclavo perfecto, voy a asegurarme de que no haya ni una sola parte de ti que no te haya destruido. Te convertiré en algo aún más inferior que un simple humano. Te haré un esclavo incapaz de pensar. ¿Queda claro?

—S-sí, señor.

—Bien.

—Samuel sonríe complacido; Aaron puede notar los labios curvándose contra la delgada piel de su garganta y justo cuando cree que será mordido y marcado, Samuel se aleja de pronto, quitándose de encima suyo—. Entonces, muéstrame lo obediente que estás dispuesto a ser.

Aaron no entiende del todo la orden y eso lo agobia de inmediato. Samuel sale de la cama entonces y los exorbitados ojos azules del chico lo siguen mientras se pasea por la habitación hasta llegar a un armario de puertas altas, lisas y oscuras. Lo abre y de él saca algunos objetos que Aaron no alcanza a ver bien hasta que el vampiro los arroja sobre la cama.

Cuerda.

Una mordaza.

Un cuchillo.

Aaron siente su estómago hundirse por millonésima vez esta noche, como si el vampiro, con solo palabras, ya le hubiese arrebatado una parte irrecuperable de él y en su vientre no puede haber nunca jamás calidez o plenitud, solo un enorme, abismal vacío.

—Vas a prepararte tú solito para que te marque. —explica el vampiro y poco a poco se acerca a la cama de nuevo.

Esta vez no gatea hasta quedar sobre Aaron de nuevo, sino que se sienta en la orilla, cómoda, expectante, y observa a Aaron, que está hecho una bolita entre las almohadas, como un animal que asoma temerosamente la cabeza desde su madriguera y olfatea el aire, sus ojos desconfiados clavados en los objetos.

—¿Qué debo hacer, amo? —su voz es un mero hilillo.

Hace unos minutos ambos estaban en el despacho de Samuel, rodeados de antigüedades y belleza, conversando como dos amigos. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo se han torcido así las cosas?

Aaron siente que ha hecho algo mal; si no, ¿de dónde viene la culpa que se le hunde en el pecho?

Samuel toma los objetos y los observa con reverencia mientras explica.

—Primero —sonríe, toma la mordaza pinzando la correa de cuero entre el índice y el pulgar de su mano derecha y hace que el objeto oscile como un péndulo mientras se lo enseña a Aaron—, vas a asegurarte de que tu boca deje de incordiarme con estúpidas súplicas —dicho eso, le lanza la mordaza a Aaron, quien la toma al vuelo como quien coge una bomba a punto de estallar —. Póntela.

El chico mira el objeto unos segundos: se trata de una correa de cuero negro con un cierre metálico al final. En medio de esta hay una pelotita de goma de color rojo chillón, bastante firme, pero lo suficientemente flexible como para que pueda morderla sin romperse los dientes.

Aaron abre su boca y, con las manos temblorosas, empuja la bola roja entre sus labios. La muerde para mantenerla en el lugar y nota cómo hace que sus mandíbulas se resientan y cómo torna la acción de respirar algo dificultoso. Con la boca tan abierta e invadida por el objeto de goma, tampoco puede tragar saliva, así que para cuando está apretando el cierre en la parte posterior de su cabeza, puede notar un fino hilo de saliva cayendo por su comisura y escurriendo hacia su mentón.

—Más apretado. —ordena Samuel, aunque Aaron ha puesto su mordaza adecuadamente.

Cuando la aprieta un poco más, nota las correas de cuero rozándole dolorosamente las comisuras de la boca. Aun así, no se queja y afirma la mordaza.

Cuando acaba, está jugando con sus manos porque los nervios lo empiezan a dominar. Sabe que es lo mismo estar amordazado que no estarlo porque sus palabras jamás detendrían a un vampiro hambriento, pero aun así le angustia sobremanera saber que ha perdido la habilidad de suplicar por clemencia.

—Ahora vas a atar tus tobillos. Aprieta bien la cuerda, quiero que no puedas moverte.

Aaron nunca ha atado nada y la angustia de hacerlo mal sin querer y ser castigado es tal que intenta decirle al vampiro que, por favor, le instruya sobre cómo debe hacerlo porque quiere ser bueno, pero la mordaza hace que sus palabras se tornen meros ruidos ahogados y Samuel sonríe deleitado por ello.

La desesperación en los ojos de Aaron es tan deliciosa que prácticamente le ayuda a olvidar el pinchazo de compasión que esos orbes azules le causan cada vez que los mira.

—No me hagas esperar.

Aaron toma las cuerdas entre sus manos con tanto nerviosismo que no puede siquiera hacer un simple nudo cuando logra rodear ambos tobillos. Se le deshace una y otra vez y su vista borrosa por las lágrimas no ayuda a que su trabajo se torne más presto, solo a que el nudo de su garganta se apriete más y más y más como si se hubiese tragado la cuerda y estuviese amarrándosela al cuello.

Aaron jadea e intenta continuar a pesar del nerviosismo. Logra, al final, atar sus dos tobillos tan fuerte y tan estrechamente que siente hueso contra hueso y la piel bajo la cuerda palpitándole como si tuviese un segundo corazón ahí.

Samuel sabe que Aaron se ha atado mal, demasiado fuerte, demasiado torpe, y que cuando el chico haga fuerza para liberarse de sus ataduras, estas solo se harán más apretadas, cortándole peligrosamente la circulación. No le importa demasiado; al fin y al cabo, él mismo ha atado así a sus anteriores humanos solo con el propósito de castigarlos.

Aaron se ha portado bien y está obedeciendo cuando pensó que iba a protestar, así que le dará un pequeño premio.

—Junta las muñecas.

Aaron asiente y le ofrece al vampiro sus muñecas pálidas como la nieve, sus manos unidas, con dedos entrelazados como en una plegaria. Samuel se siente grandioso cuando ve al chico bajar la cabeza mientras se entrega, un sacrificio y un devoto al mismo tiempo.

Samuel da vueltas con la cuerda hasta que los brazos de Aaron están cubiertos desde la muñeca hasta prácticamente el codo, haciendo que el chico esté efectivamente inmóvil, pero atado de una forma que no restringirá su circulación sanguínea.

Al final, cuando ha terminado de atarlo, hace un pequeño lazo con la cuerda sobrante, como si el muchacho se tratase de un regalo por desenvolver.

Aaron empieza a respirar pesadamente, cada vez cayendo más y más en la consciencia de que no puede moverse, no puede gritar ni luchar. Y, pronto, solo podrá sangrar.

Samuel toma al muchacho por la cintura con brusquedad y, sentándose él en la cama, con su espalda cómodamente apoyada contra el cabecero y sus largas piernas extendidas sobre la longitud impresionante de la cama, el vampiro coloca al muchacho sobre su regazo, sentado de lado, pues no puede abrir sus piernas, y con su torso apoyado en su fornido pecho.

Una de las manos del vampiro suelta la cintura de Aaron y, cuando vuelve a aparecer, al humano se le desboca el corazón: ahora blande el cuchillo.

Aaron había asumido que el vampiro lo usaría para cortar sus cuerdas cuando todo hubiese terminado, pero ahora ya no está tan seguro y las posibilidades lo aterran sobremanera. Solo quiere que todo pase pronto, que Samuel le muerda y le marque y que, aunque eso le condene para siempre, el proceso ya se haya acabado. Tanto miedo y dolor e incertidumbre… todas esas cosas dejadas atrás, al menos por un rato.

Samuel pone el cuchillo entre las manos de Aaron, antes unidas como si rezase, ahora forzadas a empuñar el arma.

—Ofréceme tu sangre…

Aaron jadea al escuchar la orden. Las manos del vampiro lo controlan como a un muñeco: una en su cintura, con las negras y afiladas garras clavadas en la ternura de su piel, manteniéndolo quieto y disponible para su amo; la otra en las cuerdas que cubren sus muñecas, dirigiendo sus manos y, a la vez, el cuchillo, hacia el cuello del muchacho.

El vampiro se detiene justo cuando Aaron está apretando el filo contra su garganta, gotitas de sudor bajando despacio por su cuello y deslizándose por la brillante hoja como tentándola antes de darle la sangre que le pertenece.

—Córtate —le ordena con voz dura y seria y tan afilada que Aaron podría jurar que la orden misma ya le ha abierto la piel y le hace ahora sangrar lágrimas por todas sus mejillas. El hombre se inclina suavemente, rozando su oído con los labios con una levedad que le hace acordarse del tacto de una pluma. Con su mano sigue manteniendo los brazos de Aaron en la posición exacta para que el chico no pueda siquiera tragar saliva sin que su carne se hunda en el filo del cuchillo y, con una voz suave como seda, le susurra:—, o voy a poner dos marcas en tu cuello hoy, en vez de una.

Aaron protesta, aterrado, pero la mordaza se encarga de hacer sonar todos sus ruidos como agradables gemidos sofocados por un cojín.

El miedo es suficiente como para que el chico se incline hacia el filo que lame su cuello, entregándose al dolor, teniendo que ser él quien mueve su cuerpo y nota el frío metal penetrar en su carne, romperla despacio. Quiere echarse atrás, pero deja que los ojos se le llenen de lágrimas y la garganta de súplicas.

Entonces, llena la hoja de sangre. Largas gotas caen por ella hasta llegar al mango, el rojo carmesí empapa los dedos de Aaron y luego tiñe la cuerda color crema que está dejando sus muñecas amoratadas.

Samuel sonríe, no con maldad esta vez, sino con nada más que pura fascinación y éxtasis en su rostro.

La primera vez que bebió sangre, aprendió que su dulzura podía borrar, al menos por unos breves, maravillosos instantes, cualquier sabor amargo de su boca. Cada vez que muerde a Aaron, recuerda esa primera vez, inigualable, exquisita. Recuerda el dolor y la agonía de antes, cuando decidió acabar con su humanidad, ahogarla en carmesí, y odia a Aaron por ello, pero también recuerda ese delicioso descubrimiento: el de que el pecado sabe tan bien que ni siquiera el perdón puede igualarlo. Tan bien que ahoga el arrepentimiento. 

Tan bien que ahora mismo ignora lo mucho que Aaron llora y tiembla y lo mira a los ojos sin querer y le arrebata el cuchillo de las manos, lanzándolo con ira a un lado, pues envidia el filo que ha probado la sangre de su presa antes que él, y entonces se hunde en su cuello, su lengua tiñéndose de rojo lo primero, luego sus labios, sus colmillos…

Aaron se revuelve contra sus ataduras porque sabe lo que viene y, aunque se dice a sí mismo que debe estar tranquilo, que necesita la compasión de Samuel tanto como este desea su sangre, algo primitivo, animal, antiguo, en él lucha por escapar de la boca del lobo.

Las ataduras de sus tobillos ya no duelen, de hecho, apenas siente esa parte de su cuerpo, pero las de sus muñecas arden y aprietan y la mordaza hace que sus pobres comisuras estén ahora en carne viva, tan rojas como si él también se hubiese llevado un enorme trago de sangre a la boca.

Pronto, sin embargo, esas pequeñas molestias pasan a segundo plano. 

Samuel abre su boca contra el cuello de Aaron, echando el collar a un lado con su rostro, y coloca casi con delicadeza sus colmillos donde morderá en unos segundos. Aaron tiene la sensación de que Samuel actúa con deliberada lentitud, domando su hambre solo con el propósito de planear con exactitud milimétrica dónde y cómo dejará su marca, pues quiere que sea perfecta. Al fin y al cabo, recuerda Aaron con angustia, será irreversible.

Entonces el vampiro hunde sus colmillos.

El dolor es tan desgarrador que Aaron empieza un grito que no logra siquiera acabar, pues a mitad de este su cuerpo se rinde y termina flácido entre los brazos del vampiro, con su cabeza echada hacia atrás en lo que parece un acto de máxima ofrenda y los ojos cerrados. 

Solo hay negrura y paz tras sus párpados.

Tanta paz que lo primero que piensa Aaron al despertar de nuevo es que, por favor, quiere volver. Quiere hallar el lago de la inconsciencia de nuevo y hundirse en sus tranquilas aguas. Lo necesita.

Sobre todo porque el pobre muchacho pierde el conocimiento y vuelve a ganarlo varias veces mientras está siendo mordido, despertando una y otra vez en medio de la agonía, sintiendo cómo sus fuerzas se agotan poco a poco y cómo su cuerpo deja de ser suyo.

Al final, el destino parece tener más compasión que el vampiro, pues Aaron se desmaya por un largo rato mientras Samuel clava hondo sus colmillos para asegurarse de que su marca será grandiosa y evidente, una marca de propiedad que nadie podría ignorar siquiera en la oscuridad, pues al trazar la piel de Aaron con los dedos, incluso el hombre más torpe aprendería a leer en su piel el nombre de su verdadero amo.

Para cuando despierta de nuevo, todo ha terminado.


 

CAPÍTULO 28

Aaron despierta solo, frío y con su cuerpo hecho no de carne y hueso, sino de temblores y dolor. Se derrumba sobre el suelo la primera vez que trata de alzar la cabeza, ganando como resultado un chichón en su frente y un aturdimiento que lo deja gimoteando varios minutos con sus ojos cerrados, como queriendo invocar de nuevo otro desmayo que lo acune por unos minutos y lo vuelva a dejar en el mundo real cuando esté listo para afrontarlo.

Sin embargo, nadie viene a ayudarlo.

Aaron debe forzarse, poco a poco, a abrir sus ojos, a respirar despacio, a apretar los dientes, soportar el dolor y pensar (oh, cómo le duele pensar) sobre qué ha pasado y dónde está ahora. Su mandíbula y sus labios duelen terriblemente, como si se los hubiesen arrancado y recolocado, pero, por fortuna, la mordaza no está ahí. Sus brazos están todos amoratados y en ellos se lee con extrema claridad el patrón trenzado de la cuerda. Sus tobillos no han corrido la misma suerte: no solo tienen hematomas y la silueta de la atadura aún hundida en la carne, sino que en muchos lugares el roce de la cuerda árida le ha quemado la piel o se la ha arrancado, dejándole pedazos en carne viva. Además, sus pies están morados también y aunque puede moverlos, no puede sentirlos y eso hace que no pueda ponerse de pie.

Tampoco cree que sea capaz de intentar ponerse de pie.

Lo más obvio de todo es lo que más le tortura: la mordedura en su cuello. Samuel no se ha conformado con clavar sus colmillos y los dientes ligeramente afilados contiguos a estos, ha usado sus otros dientes, aquellos que son como los de un humano normal, aunque bastante más grande, y ha torturado con ellos también su piel, sino dejándola tan morada que parece negra, rasgándola, hundiéndola hasta dejar marcas que horrendas que nada tienen que ver con la limpia incisión de un colmillo.

No solo tiene un lado del cuello total y completamente mutilado, sino que ha perdido más sangre que las veces anteriores, lo puede sentir a la perfección porque nunca moverse había sido tan difícil. Su cuerpo pesa tantísimo que Aaron se siente como un muñequito de alambres intentando levantar un caparazón de piedra, con cada movimiento algo en su espíritu se dobla más, algo se retuerce, se aplasta, se ahoga hasta quedar irreconocible.

Pero lo peor no es el dolor o la debilidad, pues sabe que sus heridas se curarán, dejen o no cicatriz (aunque sabe que lo harán), y que el dolor pasará. Lo peor es que ha perdido un trocito de su alma, que ahora tiene una cuerda que nunca va a poder desnudarse, una atada a su corazón y cuyo otro extremo está alrededor de los nudillos de Samuel. 

Con solo unos tirones, el vampiro puede apretar y exprimir su corazón, hacerlo sangrar y escupir cualquier intimidad o secreto que él desee.

Con solo su voz puede arrebatarle su libertad si esta fuese algo tan frágil y efímero como el silencio.

El vínculo aún no está formado, se dice Aaron, pero cualquier esperanza de que el vampiro lo cure, lo salve de sí mismo, es tan inútil como el peso muerto de su cuerpo ahora.


 

CAPÍTULO 29

Una semana ha pasado desde que Aaron recibió su marca. Su herida está todavía lejos de curarse, pero la piel ya no está tan roja e inflamada alrededor y cada anochecer, cuando se cambia las vendas, nota que su laceración ya no es carne abierta, húmeda y supurante, sino que poco a poco se está formando una costra y, en las orillas de esta, una fina, rosada y débil piel que intenta cerrar los agujeros que el vampiro impuso en su piel con sus colmillos.

El chico sabe que su cuerpo está haciendo el mejor esfuerzo posible para curarlo y mantenerlo a salvo de infecciones o de más pérdidas de sangre, pero en parte se odia. Odia su anatomía, la forma en que la carne no entiende lo que el corazón quiere.

Cada noche se para frente al espejo y examina los avances de la curación de su herida.

<<PARA>> le ordena a su cuerpo y este le responde con silencio y confusión. <<No te cures. No cicatrices. No me hagas esto. Prefiero el dolor, por favor, no vendas mi alma por paz. No me hagas esto, no me traiciones. Sé que intentas ayudar. Sé que intentas proteger. Pero prefiero sufrir a…>>

Siempre rompe a llorar, pues no puede siquiera poner palabras al horror en que su destino se convertirá una vez su amo y él estén unidos por un vínculo que ni la distancia puede afinar.

Durante esta larga semana, Samuel se ha mostrado más frío, más distante, y Aaron se dice que debe agradecer eso, pues teme muchísimo cuando el vampiro es inestable, pero también en esos momentos en que puede ser impredeciblemente violento cuando también es, a veces, impredeciblemente dulce. Y se pregunta si no prefiere recibir algún que otro golpe de vez en cuando a cambio de curarse de esa espantosa soledad que lo acecha cada noche, como una sombra inmensa que más crece cuanto más se consume el chico: el humo negro y asfixiante alzándose mientras él se reduce a cenizas.

Samuel no ha vuelto a morderlo en esas siete noches y rara vez se dirige a él si no es para ordenarle que limpie mejor, que se largue o que le sirva de entretenimiento por un rato.

Cuando lo último sucede, Aaron casi siempre sigue la misma rutina: Samuel le comanda que se siente en su regazo, se arrodille ante él o se siente sobre la mesa que se halla frente al cómodo asiento del vampiro. Luego le retira la ropa despacio a Aaron y este cierra los ojos con fuerza, hasta que el vampiro le ordena con voz ruda que los abra, que mire sus manos mientras tocan lo que es suyo.

Para suerte de Aaron, Samuel no parece interesado en más que acariciar levemente la piel del chico, pues casi siempre se aburre tras unos minutos deslizando sus dedos por su vientre, su pecho, por el interior de sus muslos y la curva de su cintura, y le ordena marcharse de forma brusca, casi irritada. Durante los minutos que dura ese extraño contacto, el vampiro a veces usa las yemas de sus dedos y otras el filo de sus garras, pero siempre acaricia la piel del humano hasta que la ve erizarse y percibe en esos ojitos azules como lagunas de inocencia el brillo del miedo. Le gusta la expectación del chico, la forma en que, si lo toca lento y pausado, no necesita torturarlo para que Aaron rellene el siguiente minuto o segundo con imágenes aterradoras de esas garras abriéndole la piel y, así, el muchacho se ponga totalmente nervioso y aterrorizado incluso cuando el vampiro apenas lo ha tocado. Casi siempre ignora ese lugar íntimo y especial que ha decorado con acero, pero al final de sus caricias lo menciona.

<<¿Quieres que te quite el anillo, humanito?>> le dice siempre y con esa voz tan dulce y seductora que hace a Aaron olvidar que él es un esclavo y el dueño de esas palabras su cruel amo.

Aaron gimotea y niega, incapaz de usar su voz. Aun así, si para entonces su cuerpo no le había traicionado, siempre lo termina haciendo en ese momento: toda la sangre viaja de sus arreboladas mejillas a su necesitado sexo y este se yergue como respondiendo la pregunta del vampiro y contradiciendo las palabras del humano.

Samuel siempre sonríe lascivo y hace caso a las palabras de Aaron, no porque respete su negativa, sino porque quiere que el momento en que le dé placer sea un momento de rendición, de entrega, de Aaron teniendo que admitir, con sus propios labios y su propia lengua, que nada en él le pertenece.

Aaron siempre es firme diciendo que no, resistiéndose a ese destino, pero su erección necesitada se lo pone tan difícil…

Esa es otra razón por la que se resiente contra su cuerpo: no le basta solo con huir del dolor incluso a costa de su libertad, sino que también busca el placer con desespero, incluso si es en las manos erradas.

Hoy Aaron se da un baño con agua gélida. No le gusta, pero le gusta mucho menos el calor con el que su cuerpo tiende a despertarse después de una noche llena de sueños que no recuerda y el eco de las caricias del vampiro recorriendo cada centímetro de su anatomía en forma de traviesos hormigueos.

Después venda su herida y limpia por un buen rato. Como las siete últimas noches, no se encuentra con Samuel durante horas y, aunque eso le da paz, también le decepciona de un modo retorcido. El único indicio de que alguien más vive ahí son los pasos que escucha desde el piso de arriba, el sonido de puertas abriéndose y cerrándose y la voz grave y cavernosa que escucha cuando alguien llama por teléfono su amo responde. Esas pequeñas cosas le hacen suspirar, aliviado, pero también le hacen sentir un poco patético.

Una vez en la cocina, Aaron se hace un bocadillo con pan de molde, una loncha de queso, una de jamón y un poco de lechuga, tomate y cebolla. Sin embargo, no se lo come, sino que lo pone en un platito pulcramente y lo guarda en la nevera, para cuando recupere su apetito.

Lo guarda junto a otros cinco bocadillos ya rancios. Sabe que debería habérselos comido, pero aunque ya apenas le queda energía, tampoco tiene ganas. Cuando come algo, casi siempre piensa en cómo esos nutrientes irán directos a la labor de ayudar al mordisco cicatrizar y sellar el vínculo y entonces siente tantas náuseas que casi siempre acaba vomitando todo y teniendo que limpiar de más, así que ¿para qué molestarse en comer?

Solo que hoy, después de dejar su bocadillo en la nevera, se voltea y choca con algo grande y duro que antaño habría confundido con un muro y que ahora ya sabe por experiencia que es su amo.

Baja la vista de inmediato y se masajea la nariz por el dolor del golpe. 

—Hola, amo. —dice con voz delgada y temblorosa, medio emocionado, medio asustado por la repentina aparición de su demonio.

—¿Sabes cuánto cuesta un mortal como tú?

La pregunta toma a Aaron desprevenido, de modo que el chico, en vez de responder, se queda en silencio por varios segundos intentando entenderla. Por demasiados segundos.

Un bofetón rápido chasquea contra su mejilla, dejándosela roja y dolorida y recordándole que el silencio no es una respuesta aceptable. Los ojos de Aaron se llenan de lágrimas, pero se esmera en no llorar: debe agradecer que Samuel no le ha golpeado fuerte de verdad.

—N-no tengo ni idea, mi señor.

—Déjame ilustrarte con un ejemplo y quizá así tu diminuto cerebro humano es capaz de comprenderlo: podrías trabajar todas las noches de tu vida desde la puesta del sol hasta su salida, sin un solo minuto de descanso, cobrando por hora lo mismo que los vampiros inferiores cobran y, aun así, no podrías permitirte después de cien malditos años pagar la mitad de lo que cuesta un esclavo como tú. Yo, sin embargo, podría permitirme a varios más como tú, podría permitirme sustituirte con facilidad, pero ¿es esa razón suficiente como para que te creas con derecho a desperdiciar mi dinero, humano?

Aaron niega y traga saliva. Samuel suena tan enfadado que quiere llorar, sobre todo porque hacía ya días que no escuchaba en su voz más que una apática monotonía y ahora se pregunta por qué ha tenido que romperla con ira en vez de con ternura.

—N-no querría nunca desperdiciar su dinero, señor, no entiendo cómo lo he hecho…

Samuel lo agarra por la cintura de pronto, sus dedos clavándose como dagas a través de la delgada tela y presionando dolorosamente las costillas de Aaron.

—Puedo sentir tus huesos bajo mis manos cada vez que te toco —le reclama, su voz rugiente—, puedo sentir mejor que antes tus frágiles costillas —una de sus manos se mantiene ahí, dejando al chico clavado contra la pared, quieto y dócil mientras la otra lo recorre a medida que habla, primero acariciando su brazo hasta terminar atenazada dolorosamente contra la muñeca como una mordedura roma. Aaron jadea—, tus delgadas muñecas…

La mano asciende, pasa de nuevo por su abdomen hundido, por su pecho raso y suave y finalmente rodea con facilidad la garganta del pequeño humano que parece hecho de cristal que tiembla por cada nota grave en su voz. Cuando Aaron traga saliva, Samuel puede sentir ese nudo de nerviosismo subir y bajar por su cuello y contra su mano, así como nota su pulso tornándose frenético.

—Tu cuello… ¿Por qué estás dejando de comer de este modo, humano, como si quisieras hacerte pequeño hasta desaparecer? ¿Crees que puedes huir así de mí, matándote de hambre hasta que la muerte te arranque de mis garras?

—No, señor…

Una risa escalofriante emerge de la garganta de Samuel y Aaron sabe que si las carcajadas tuviesen rostro, esa tendría uno sombrío e insoportable, con largos dientes afilados y ojos que podrían atormentar al mismo demonio.

Su piel se eriza y algo más antiguo que su ser, algo primitivo y animal, le dice que corre peligro.

—Estúpido humano, tan bobo que no te has dado cuenta de que la muerte no podrá salvarte jamás. Yo soy la muerte y me gusta trabajar despacio, tortuosamente. Si quisiera matarte de hambre, te habría ordenado dejar de comer, como los primeros días que estuviste bajo mi poder, pero créeme, cosita estúpida y deliciosa, tengo cosas más divertidas pensadas para cuando me aburra de ti.

Aaron cierra los ojos con fuerza y se imagina que jamás ha oído esas últimas palabras. Se imagina que su muerte no está ya escrita, su sentencia elaborada con fino detalle en los deseos de la criatura más cruel que jamás se ha cruzado en su camino. La forma en que Samuel lo dice lo hace ver tan… inevitable. Y Aaron se angustia, pues no sabe si es peor imaginar una vida en que es un eterno esclavo de la muerte o una donde, no importa cuán buen chico sea, jamás es suficiente como para no ser desechado.

—N-no pretendía morir, mi amo, e-es solo que no tengo apetito estos días, estoy muy nervioso y muy estresado y creo que m-

—Bien —sonríe el hombre, de oreja a oreja, con los labios curvados con crueldad y los colmillos creciendo ante su sufrimiento. Luego lo suelta y Aaron cree que se marchará, hasta que lo ve abriendo la nevera y sacando uno de los platos que lleva ahí un par de días—. Ahora, vas a comer y a mantenerte saludable para mí.

El vampiro vuelve a acorralar al chico, ahora contra la mesa central de la cocina, y Aaron puede sentir el extremo de esta clavándole en la espalda baja cuando intenta escapar de la cercanía de Xander. Si Aaron osase respirar ahora mismo, comprobaría que su pecho, al henchirse de aire, choca directamente contra el duro abdomen del vampiro que se empuja contra su débil anatomía.

—Se-señor, le juro que comeré esta noche, pero ahora mismo no me siento capaz, estoy realmente asust-

Aaron vuelve a ser silenciado con violencia. Su tono, tan educado y suave como terciopelo, se interrumpe tan pronto Samuel lo abofetea en la misma mejilla que antes, ahora dejando su marca más roja y un dolor más duro hormigueando en su piel.

Aaron jadea y guarda silencio.

—Me da igual que si quieres comer o no. Vas a hacerlo y punto, yo me aseguraré de ello. Ahora, abre la boca.

Aaron obedece con labios temblorosos y nota el pan frío y rígido de un sándwich que preparó hará media semana en su boca. No se atreve a quejarse, así que toma ese primer bocado, lo mastica despacio, pues siente su garganta tan cerrada, tan obstruida por un nudo gigante que solo hace que crecer y crecer, que teme ahogarse cuando trague. Y finalmente traga esa masa seca y rancia antes de que el vampiro alce la mano de nuevo, obteniendo justo lo que quería: que Aaron abra su boca obedientemente, sin tener que esperar a la orden.

Aaron come despacio y en varias ocasiones no abre la boca a tiempo porque siente que se ahoga o porque tiene la descabellada idea de tratar de pedirle a su amo un respiro o, al menos, un traguito de agua que le ayude a bajar su comida, pero las palabras no logran abandonar su boca jamás. Samuel le pega con la palma de la mano y luego, si el chico no ha obedecido un segundo después, lo golpea con el revés en la mejilla opuesta. Una y otra y otra vez hasta que Aaron abre la boca y se traga sus palabras.

En una ocasión el chico siente tales nervios que juraría que sus últimos bocados suben por su esófago, ácidos y asquerosos, pero sabe que Samuel lo mataría de vomitarle encima, así que, de algún modo, logra tragar sus arcadas y seguir comiendo para que Samuel quede satisfecho con él.

Una hora más tarde, Aaron ha consumido dos de sus bocadillos y Samuel parece suficientemente complacido, pues se va sin mediar palabra. Aaron queda hecho un ovillo en el suelo, todo temblores y sollozos, con las mejillas ya inflamadas y amoratadas y un hilito de sangre cayéndole desde la nariz.

El chico sabe que no será curado por esas heridas: él mismo se las ha ganado, se dice, al creerse que podía decidir y, además, su amo jamás interrumpiría la vinculación para salvarlo de unas heridas tan inocuas. 

Por esa misma razón, Aaron va al baño y se aplica toallas empapadas con agua gélida sobre los lados de su maltratada carita hasta que la inflamación se marcha y solo queda, como prueba de la pequeña golpiza a la que ha sido sometido, el color violáceo de su rostro.

Samuel pasa varias horas encerrado en su despacho, así que Aaron se siente aliviado de que lo peor de la noche ya haya ocurrido, hasta que el rubio sale de esa habitación con el ceño fruncido en frustración y agobio y, al cruzar miradas con Aaron en el pasillo, su expresión se suaviza, pero no a una de calma, sino de deseo.

Aaron mira al suelo de inmediato y se queda paralizado hasta que escucha la orden:

—Ven aquí, estoy estresado por el trabajo, vas a complacerme un rato si no quieres que me quite el agobio usándote de saco de boxeo.

El vampiro lo amenaza con un tono burlón, como si bromease, pero Aaron sabe que sus palabras no son en vano, simplemente se trata de que halla divertida la idea de molerlo a golpes. Así que el chico anda rápido y decidido hacia el vampiro y lo sigue hasta el interior de su despacho.

Aaron vuelve a suspirar al entrar en esa mágica burbuja llena de piezas de arte y misteriosas curiosidades que hacen sus ojos brillar como los de un niño que ha encontrado un penique en la calle. Le gustaría parar el tiempo, por lo menos diez minutos, dar vueltas por la habitación con pasos jubilosos e ingrávidos como los de un hada flotando en su mundo de fantasía, pasar sus dedos por los delicados contornos de tan viejos objetos y, finalmente, escoger uno: una de las monedas tras vitrinas de cristal, uno de los cuadros cuyo nombre no conoce, una herramienta cuyo uso no podría adivinar ni en cien años, y dedicarle toda su atención por el tiempo que le queda. Analizar y memorizar cada pequeño detalle, apreciar cada pequeña abolladura en el metal, cada pincelada, cada mancha y respirar de ese objeto el espíritu del pasado que lo envuelve, como un aura hecha de historias que ya terminaron hace tiempo y que no tienen voz para ser contadas, pero que si uno sabe leer las pequeñas muescas y matices, puede reconstruir con mimo y cuidado.

Pero Samuel no le da ese placer: chasquea los dedos y apunta al suelo, al hueco entre la silla donde está ahora y el escritorio de madera maciza.

Aaron sabe qué debe hacer, así que se arrodilla frente a los pies del vampiro y traga saliva. No es la primera vez que lo hace y no será la última, así que debería estar acostumbrado, pero de un modo u otro, cada vez que lo hace se siente peor, como si el vampiro empujase sus garras en una herida que no ha tenido tiempo a curarse, cada vez tornándola más profunda.

Samuel lo agarra del cabello y empuja al chico contra su entrepierna, sus mejillas suaves y tiernas se empujan contra el pantalón de cuero y Aaron puede sentir la erección bajo este.

—No me hagas esperar.

Aaron lleva sus manos hacia la bragueta y empieza a bajarla mientras su respiración se vuelve más rápida y errática. Quiere apartar la vista y centrarse en uno de los cuadros, contar las pinceladas mientras todo se acaba, pero no puede: cada vez que sus ojos se separan del sexo de Samuel, puede sentir su mirada roja y ardiente perforándolo, castigándolo.

Así que mantiene sus ojos en el pecado del otro mientras baja su pantalón un poco y mientras su enorme hombría es liberada, alzándose larga e increíblemente gruesa frente al rostro sorprendido de Aaron. Siente su garganta seca por la impresión, así que empieza con sus manos, no queriendo impacientar a su amo. Muele la polla de Samuel de arriba abajo despacio, apretando ligeramente y sintiendo la suave piel y las venas pulsando contra sus palmas.

Se siente mareado cuando es consciente de lo pesado que es ese lascivo pedazo de carne entre sus dedos, de lo grande e intimidante que el vampiro es incluso en una parte tan íntima de él, una parte que, a Aaron, le hace sentir vulnerable que otros vean. Samuel, sin embargo, parece orgulloso.

El chico sabe que no puede hacer esperar más a su amo, así que acerca su rostro al sexo del contrario, dispuesto a servirlo.

Un sollozo lo interrumpe.

No entiende por qué tiene que sentirse así. Es solo un ratito, unos minutos y ni siquiera es algo doloroso: solo abrir su boca y cerrar sus ojos. Llenar su cuerpo, vaciar su mente. 

Por qué, entonces, siente que algo se rompe irreparablemente dentro de él, algo que no sangra, ni duele, ni luce infectado, pero, por lo tanto, algo que no se cura, ni cicatriza, algo tan invisible como irreversible. Su cuerpo está intacto, pero su humanidad se siente como una herida siempre abierta.

—Joder… —Samuel masculla molesto, su voz ronca y enfadada.

Aaron entra en pánico pensando que es él la causa de que el vampiro maldiga, pero entonces escucha el teléfono del hombre y suspira de alivio. No sabe si debería chupar el sexo de Samuel mientras este habla con alguien más, pues el vampiro ya está descolgando la llamada y no le ha dado órdenes, así que decide seguir masturbándolo despacio y besando la base de su pene con labios tiernos.

—¿Quién mierda es? —Samuel prácticamente ladra la pregunta.

Aaron no escucha en la respuesta más que un leve eco de una voz gruesa, pero suave y, entonces, Samuel lo empuja bruscamente, pateándolo lejos para alejarlo de su miembro.

Aaron se da un coscorrón contra el suelo y, al levantarse, ve al vampiro colocándose de nuevo los pantalones. Aaron espera que la llamada haya enfadado al vampiro lo suficiente como para que ni siquiera quiera una mamada, pero cuando alza su vista un segundo, no halla ira en su rostro, sino algo muy distinto.

Samuel está más pálido de lo habitual y su expresión se esmera por ser una máscara de indiferencia, pero sus labios están apretados, sus ojos un poco más abiertos de lo normal, sus cejas temblando levísimamente, como resistiendo el impulso de arquearse con preocupación.

Luce asustado.

—¿Qué quieres? —el tono de Samuel sigue intentando sonar irritado, pero es ahora mucho, mucho más suave que antes—. ¿Y por qué tendría que darte la bienvenida y soportar tu odiosa voz en persona cuando ya me estás torturando con ella por teléfono? Por el diablo, ya había olvidado lo arrogante y resentido que sonabas. ¿Por qué debería recordarlo? Además, cuando te instales por completo en tu palacio del núcleo se hará un evento en tu honor. Sí, lo he oído. ¿Por qué debería, entonces, ir ahora? No hay ninguna razón que me haga querer pasar un solo minuto a tu lado, ya no.

Una sonrisa presumida y altiva se forma en los labios de Samuel, como si este acabase de salir airoso de una batalla que pensó que perdería, pero entonces se forma un silencio tan intenso que incluso Aaron es capaz de escuchar las próximas palabras que provienen del otro lado de la línea. Y las últimas antes de que el extraño interlocutor cuelgue:

—Porque es una orden.

Ahora Samuel sí que está enfadado, tanto aplasta el teléfono móvil en su mano derecha y el reposabrazos de su silla en la izquierda, destrozando ambos sin siquiera darse cuenta. Samuel se alza de su silla, el reposabrazos izquierdo convertido en una pila de astillas y el móvil hecho un montón de pedazos chiquititos como polvo de metal y plástico que el vampiro sacude fuera de su mano.

Cuando anda, pareciera que romperá el suelo con sus pisotones y Aaron, aterrado, se hace un ovillo y chilla cuando cree que irá a por él.

En lugar de eso, Samuel pasa de largo como si ni siquiera pudiese fijarse en una criatura tan insignificante y apenas unos segundos después se escucha cómo azota la puerta de salida con tal fuerza que la mansión entera se estremece.

Aaron se queda completamente solo en el despacho de Samuel y necesita unos minutos para regularizar su respiración y comprender que el peligro ya ha pasado. Después, limpia las pequeñas montañas de escombros que antes eran la silla y el móvil del vampiro y, mientras barre y friega el suelo de su despacho, aprovecha esos minutos en que se le permite estar ahí para observar las obras de arte y curiosidades que lo rodean.

Se da cuenta de que hay un cuadro pequeño en el suelo, apoyado contra la pared como si a alguien se le hubiese olvidado colgarlo o lo hubiese dejado para más adelante. Sin embargo, el cuadro está al revés, con el lienzo oculto contra la pared, como alguien tímido que trata de ocultar una sonrisa hermosa e inusual. Aaron piensa que el hecho de que el cuadro oculte su lienzo no puede ser coincidencia y muere por saber qué hay en él, pero es demasiado cauto como para poner un solo dedo en él. Se acerca, pensando que quizá puede asomarse al huequito entre el lienzo y la pared contra la que está apoyado, pero pareciera estar colocado de un modo calculado y meticuloso para que nadie lo viese del todo, aunque, Aaron se pregunta, si es así, ¿por qué no destruir el cuadro? ¿Por qué dejarlo en esa hermosa habitación que está hecha para exponer, mostrar, recordar y admirar?

Imagina que quizá es un cuadro que Samuel antes adoraba, uno que admiraba con ojos pensativos y un suspiro en los labios y que, una noche, de repente, lo odió con todas sus fuerzas o quizá se cansó de él poco a poco y decidió quitarlo de su vista, pero su melancolía le hizo imposible deshacerse de él.

Aaron desearía ser como ese cuadro, le gustaría que Samuel le tuviese el suficiente cariño como para no destruirlo cuando se canse de mirar su rostro lloroso.

Aun así, no se hace esperanzas y simplemente se marcha del despacho de Samuel. Sabe que no debería estar ahí sin permiso y sin una excusa.


 

CAPÍTULO 30

Samuel regresa a su casa apenas una hora después de haberse marchado. Una hora que ha pasado en el lujoso núcleo de la ciudad, el lugar elegante, exclusivo y hermoso donde los originales viven como dioses y gozan como pecadores. Un lugar que usualmente es descrito por los vampiros mediocres que tienen la suerte de ser invitados como una mezcla entre la más pura hermosura y la más depravada lascivia.

Samuel, sin embargo, no ha podido ver nada de eso; sus ojos han sido incapaces de detenerse en los hermosos y salvajes jardines, incapaces de apreciar la exquisita arquitectura; ha sido incapaz de ver al original al que venía buscando como a una criatura digna de admiración.

Samuel siente que ha viajado no al cielo o al infierno, sino a un lugar que cree mucho más irreal, peor: a su pasado, su maldita mortalidad, a esa ingenuidad que le hizo, cuando era un inocente corderito, creer que podría engatusar a la muerte y que le llevó a convertirse en ella.

Cada sonrisa burlona, cada gesto grandilocuente, cada palabra suave de Ivthan han sido para Samuel un souvenir de un pasado que necesita dejar atrás.

Las mil conversaciones que ha tenido con el original se sienten como hilos de seda en su cabeza, una aguja tras otra penetrando en su mente, atándolo, hilo sobre hilo entrecruzándose, entretejiéndose en una telaraña de la que no puede salir. Cada palabra aterciopelada de esa boca cuyo sabor conoce demasiado bien mareándolo como magia o vino o su primer maldito trago de sangre y venganza y pérdida.

<<Acabemos con esto. ¿Qué quieres?>>

<<Solo charlar, Sami. ¿Tanto te molesta?>>

El vampiro aprieta los dientes y gruñe, golpeando la puerta con sus puños desnudos hasta que las astillas se le clavan en los nudillos y la madera maciza, gruesa y tan pesada que ni diez hombres la podrían mover, está destrozada como bajo las garras de una titánica bestia. El ruido de sus golpes ayuda, pero no ahoga el eco en su cabeza.

Sami, sami, sami, sami, sami, sami…

—¡Cállate ya, basta!

Cuando abre sus ojos, ha golpeado ahora el suelo. Su brazo hundido hasta el codo, el cemento cediendo bajo su fuerza como barro húmedo.

Necesita sacar ese nombre de su cabeza, ese apodo. Ese maldito apodo.

Sami. Sami. Sami.

Lo que más le molesta es que cuanto más lo repite en su cabeza, menos lo hace con la voz de Ivthan. Por eso mismo le ha llamado así, porque el vampiro jamás le llamó así antes, pero él sí. Ivthan debió oírle a él llamar a Samuel de ese modo (“Sami, ¿qué haremos ahora?”, “Sami, ¿cómo nos salvaremos?”, “Sami, ¿estás vivo?”) y se lo ha callado todos estos años solo para hacer esto; Samuel lo sabe. Lo supo cuando vio la sonrisa triunfal y jodidamente cruel de Ivthan al pronunciar esa palabra maldita, al usar la lengua y el tono y la dulzura de un muerto, como reviviendo sus peores recuerdos y usándolos de marioneta para sus juegos.

<<¿Qué si me molesta?>> intentó responderle Samuel al vampiro, arrogante e iracundo y demasiado emocional como para ocultar que hay heridas que finge sanadas pero que aún sangran si las manos adecuadas las acarician <<Te odio. Odio tu voz, tu presencia, tus palabras. Odio tu cercanía. Odio que sigas vivo>>. Samuel pronunció estas palabras hace una hora, cuando fue a ver a Ivthan, pero todavía le arden en los labios.

La forma en que Ivthan río cuando Samuel respondió así. Río porque esa era justo la respuesta que deseaba, que esperaba.

<<¿Aún me odias por aquello? Pensé que ya no te dolía. Que ya no te importaba. Sigues siendo aquel estúpido y débil crío humano, entonces>>

<<¡No! No te odio por aquello, no podría importarme menos. El ganado es ganado, la comida es comida, ¿por qué te odiaría por alimentarme? No… No te odio por eso. Pero te odio igualmente, te odio, porque me has hecho libre y aun así te niegas a darme libertad. Me persigues de aquí para allá, tan insistente. Te odio porque tu desesperación me aburre y odio todo lo que no existe para entretenerme.>>

Samuel se da cuenta de que ha destrozado más cosas a su alrededor, aunque le da igual. Sin embargo, recordar ese pedazo de la conversación le calma. Puso especial sorna y veneno en la palabra desesperación antes de pronunciarla y, al igual que Sam, esta se transformó en un puñal que Samuel sabe que Ivthan no pudo esquivar.

Lo vio en su rostro: la ira, el dolor. No eres el único que sabe jugar a esto, Ivthan.

<<¿Desesperación, lo llamas? Oh, ¿acaso quizá sigues pensando que soy el mismo neófito al que conociste hace cientos de años, ese tonto vampirito con colmillos de leche que buscaba compañía? A diferencia de ti, Sami, yo no vivo en el pasado. Ya no soy aquel vampiro torpe al que creíste engañar. No te busco porque desee un compañero, te busco porque eres mi creación. Y me gusta saber dónde y cómo están mis cosas. Igual que me gusta destruirlas si ya no me entretienen>>

<<¿Eso vas a hacer? Entonces hazlo, pero no me tortures más con tu aburrida palabrería. Creo que la muerte sería un destino mucho más dulce que tener que escucharte un solo segundo más.>>

<<No, mi Sami. Tú aún me diviertes, procura que siga así>>

<<Una lástima que no pueda decirte lo mismo. Me cansaste desde la primera semana, incluso cuando era un mortal>>

<<Entonces, ¿por qué sigues recordándome tanto?>>

<<No es a ti a quien recuerdo.>>

La calma de Samuel se esfuma y maldice. No entiende por qué ha dicho eso, por qué ha mentido así. ¿O acaso es una sincera confesión? El vampiro gruñe y de nuevo destroza algo más bajo sus manos, sin mirar siquiera qué es, sin importarle. Solo ve rojo.

No puede permitirse otra conversación más con ese monstruo que lo atormenta como un espíritu del pasado. No puede seguir bajo su vigilancia, pero entonces, ¿qué? ¿Debe huir? No va a comportarse como una presa, no cuando lo ha dado todo para ser el cazador.

Pero si no es ya una cosa débil y hecha para ser cazada y adiestrada, ¿por qué tiene que volver a estar bajo la autoridad de alguien que le dice qué hacer y qué no? ¿Alguien que le recuerda que le ha creado y que le destruirá si lo desea?

<<Padre…>>

Samuel cierra los ojos y niega con la cabeza.

<<No, él no está aquí. Ivthan, es Ivthan.>>

Se pregunta si acaso no ha cambiado suficiente como para librarse de su padre, si acaso sigue siendo blando y por eso el destino insiste en endurecerlo con las mismas lecciones, solo que con distinta voz.

<<¿Cuándo será suficiente? ¿Cuándo parará? ¿Cuándo…?>>

—Amo… Amo, ¿qué sucede?

Esa voz fina como una aguja lo saca de su ensimismamiento, lo atraviesa y le hace dar un bote, como si le arrancasen del pasado y lo arrojasen al presente donde ahora se halla, en medio del salón, arrasado por la furia de sus garras.

Sus ojos se clavan en la cabecita de cabellos azabaches y pomposos que se asoma desde una esquina, como un ratoncito asustado y actúa tan rápido que juraría que es puro instinto: toma al chico entre sus manos, agarrándolo fuerte hasta que chilla y sonríe por su dolor.

<<Él es otro… otro maldito diablillo con cara de ángel enviado por el destino para reírse de mí, para restregarme el pasado en las narices, para hacerme sentir confundido y débil y estúpido y… humano>>

Mira a su alrededor y encuentra uno de los objetos que, por fortuna, se ha salvado de conocer la destrucción de las que sus manos son capaces: el sofá. Samuel arroja ahí al chico y se abalanza encima como un animal hambriento, sus manos hechas garras negras y afiladas y su boca colmillos tan largos que se sienten incómodos contra sus labios. Saliva ante la idea de lo que le va a hacer a Aaron, ante la forma en que hundirá sus dientes como lanzas en la tierna piel y ni siquiera beberá, solo querrá que del chico manen gritos y súplicas a borbotones. Va a emborracharse con su sufrimiento y su miedo, al diablo la sangre.

Las muñecas del chico están todas llenas de cortes y arañazos sangrantes por la manera en que Samuel lo inmoviliza contra el sofá, pese a que el chico no puede defenderse, y lo escucha sollozar. Su sangre, sus lágrimas. Una delicia, pero ¿por qué no es suficiente?

Aaron mantiene su vista dócilmente baja, temiendo mirar al vampiro a los ojos o temiendo, siquiera atisbar una expresión tan salvaje y hambrienta que en ella no pueda reconocer al hombre que sabe que su amo es, más allá de sus instintos. 

Entonces algo sorprende a Aaron. Unas gotitas cálidas y rojas que caen sobre sus mejillas. Al inicio piensa que es sangre común y corriente, pero Samuel no le ha mordido aún. Luego una de sus gotas se desliza hasta la comisura de su boca y el sabor le es familiar al instante.

Lágrimas.

Solo que esta vez no caen de los ojos de Aaron.

—Amo, ¿está bien? —pregunta con delicadeza.

Su voz es dulce y amable como la caricia de una pluma. Samuel sabe cómo soportar golpes y laceraciones, sabe cómo respirar para que ni cien puntapiés en el rostro le hagan gritar, sabe defenderse de los puños férreos de un adversario digno, esquivar una espada, aguantar la punzada de una lanza probando la carne de su pecho.

Pero no sabe defenderse de las caricias. No cuando ya fueron su perdición una vez.

—Cierra la boca. —masculla Samuel y su tono es todavía imponente y masculino, pero ha perdido la fuerza de la rabia.

Antes sonaba solo hiriente y ahora, sin embargo, suena profundamente herido.

Las garras del vampiro liberan las maltrechas muñecas de Aaron y acto seguido rasgan la camisa blanca que cubría su torso hasta hacía unos segundos. Aaron se asusta por ello y cree que el vampiro va a castigarlo por insinuar que es débil, pero en su lugar Samuel le venda los ojos rápidamente con los girones de su ropa, lo agarra por la cintura con cierto cuidado y cambia sus posiciones, situando ahora a Aaron sobre su regazo.

A pesar de que sabe que hay muchos motivos viles y aterradores por los que el vampiro querría vendarle los ojos, una oleada de alivio y compasión lo invade cuando comprende por qué el vampiro lo ha hecho.

<<Pero ya he visto sus lágrimas…>> se replica en su fuero interno y sabe, por su bien, que no debería jamás decirlo en voz alta.

Un buen rato pasa y ninguno de los dos pronuncia palabra alguna. El único sonido que se escucha en la enormidad del salón medio destrozado son las respiraciones rápidas y nerviosas de Aaron y los suspiros de Samuel. Rodeados de ese vaporoso silencio, ambos se mantienen en la íntima posición: Aaron, sentado dócilmente sobre el regazo de su amo, y este acariciándolo con un desespero extraño. Llenándose las manos y los labios de Aaron, apretando su piel, recorriendo la curva de su cuello con la boca, inhalando su aroma desde su cuello hasta su pecho, las manos recorriéndolo como buscando memorizar cada detalle.

Aaron trata de ser bueno, pese a su extrañez y sus nervios. Ladea el cuello cuando el vampiro lo recorre con los labios o los dedos, dándole más espacio, entregándole su carne sin marcar, en un lado, y aquella donde la marca aún está por curarse, en el otro.

Samuel lo aprieta fuerte a veces, pero Aaron gimotea y no se resiste. Lo toma de las manos con delicadeza y lame los profundos arañados que le ha hecho en ambas muñecas, como si hubiese sido atado brutalmente usando alambre de espino que le muerde la piel.

—Amo, no quiero ser molesto —advierte el chico. Su tono es cauto y educado—, pero ¿qué me va a hacer?

Samuel toma su cabello en un puño y tira suavemente, haciendo a Aaron echar su cabeza hacia atrás y sentir como la larga lengua del vampiro recorre desde el hueco entre sus dos clavículas hasta su barbilla, pasando por la nuez que sube y baja cuando él traga saliva.

—Solo quiero sentirte. Tu aroma, tu tacto, tu sabor…

Samuel sigue tocándolo como si ya hubiese decidido dedicar su eternidad entera a eso y Aaron no puede evitar relajarse entre sus manos. Está sediento de afecto y la manera en que Samuel lo necesita ahora se siente tan bien…

No entiende cómo ni por qué ha pasado, pero sabe que el vampiro estaba hecho una furia hace apenas una hora y que su cercanía le ha calmado. Tiembla por la idea de ser tan importante como para que él mismo sea suficiente para apaciguar a una criatura como Samuel y, de hecho, se negaría a creerlo si cada caricia y cada beso de su amo no fuesen pruebas innegables.

Le besa las clavículas y luego las lame. Besa su pecho desnudo y llano y chupa con avidez, queriendo dejar pequeñas flores moradas en su piel con la forma de sus labios. Le aprieta la cintura y le acaricia las piernas de una manera demasiado buena para ser cierta.

Pasado un rato que se siente a la par eterno y efímero, Aaron obtiene suficiente valentía para no solo disfrutar del extraño afecto que recibe por parte del vampiro, sino intentar devolverle a su amo un poquito del que lleva tanto tiempo guardando en su interior, esperando un compañero con el que compartirlo.

Pone sus manos en los hombros del vampiro, primero, con dedos tan temblorosos que Samuel se reiría si estuviesen en cualquier otro escenario. Aaron aprieta un poco sus manos sobre los duros músculos del vampiro e intenta acariciarlo, actuando con una torpeza que le hace acabar rojo como un tomate. Luego lleva sus manos al ancho cuello del vampiro y asciende lentamente en una caricia. 

Sus manos están a punto de rozar las mejillas empapadas del vampiro, pero entonces Samuel agarra sus muñecas con firmeza y Aaron jadea de dolor.

—No. —gruñe, soltando al chico con brusquedad.

—Vale, perdón —Aaron baja sus manos, que se sacuden ahora más que antes—. No me pegue, amo, por favor.

—Debería hacerlo.

Aaron se tensa de pronto. Ahí está de nuevo el tono cruel y duro que el vampiro usa con él siempre, ese bajo el cual no parece ocultarse la voz dolida que antes ha salido de sus labios.

—A-amo, solo estoy preocupado.

Samuel ríe. Una risa corta, afilada, irónica.

—Deberías preocuparte por ti, en ese caso.

La respuesta de Samuel es fría, pero Aaron puede notar que su voz se ha suavizado. Algo en el vampiro no es como siempre; esta noche se halla extraño e inestable y quizá mil veces más honesto que nunca. 

—¿Qué ha sucedido, amo?

Samuel se muerde el labio hasta que puede probar su propia sangre. No recuerda la última vez que un humano le habló tan… tan humanamente. Se dice que no le gusta, que Aaron debe ser un idiota temerario como para estar tratándolo de amiguito en vez de como a su maldito amo, que es lo que es, pero antes de que pueda articular una orden dura y ruda que le deje claro al humano que no puede volver a dirigirse a él de ese modo, algo dentro de él ya ha tomado el control de su lengua y sus labios y le hace hablar con una voz suave como el terciopelo y demasiada verdad en sus palabras.

Mi creador ha sucedido. —responde con sarcasmo.

Aaron asiente y frunce un poco su ceño bajo la venda improvisada, pensando en las palabras de Samuel.

—¿Es el hombre que Charlotte mencionó en… —su voz se achica y sacude sus hombros en un escalofrío— En aquella fiesta?

Samuel alza las cejas, sorprendido, y observa a Aaron por unos segundos. Hace nada estaba imaginándose destrozándolo y, de hecho, habría arrancado su carne bocado a bocado hasta matarlo para desfogarse de no ser por su vocecita interrumpiendo la oscuridad de sus deseos.

Se siente aliviado de no haber sucumbido a sus instintos; un pánico terrible lo embarga segundos después porque se da cuenta de la facilidad con la que puede jugar demasiado torpe y bruscamente con la vida de ese humano y pasarse de la raya.

<<No me importa, me buscaría otro.>> se dice mientras poco a poco una de sus manos se hunde en el cabello de Aaron. Le fuerza a ladear su cabeza, recordándole su autoridad, pero luego le acaricia el cabello hasta que lo siente estremecerse bajo sus dedos.

—Hm, muy observador y… quizá demasiado entrometido para tu bien.

La voz de Samuel es como un ronroneo, Aaron puede oír la sonrisa pilla y juguetona que se forma en sus labios mientras pronuncia esas palabras. Despacio.

Un escalofrío lo hace jadear.

—¿V-voy a ser castigado por ello, amo?

Samuel ríe. En su oído. Aaron da un pequeño repullo en el regazo del vampiro al advertir esa peligrosa cercanía de la que no tenía ni idea y, después, un diminuto beso es depositado bajo el lóbulo de su oreja, en el lugar tierno y sensible donde esta se une con la mandíbula.

El gesto es tan gentil que la venda de Aaron se humedece.

—No, estás siendo bueno. Mi buen chico —su voz, sus palabras, sus manos jugando con su pelo, la otra en su cintura, acercándolo a él. Aaron podría derretirse—. Y sí, es ese hombre. Ivthan. —dice su nombre como si estuviese escupiendo veneno.

—¿También los creó a ellos? A Charlotte y Jason quiero decir, amo.

—¡No! —estalla Samuel, alzando tanto su voz horrorizada que Aaron se encoge creyendo que un golpe se avecina. Samuel le mima el pelo, queriendo calmarlo— Por el diablo, yo los creé a ellos. Bueno, solo creé directamente a Jason y luego él le dio el don de la noche a su hermanita. Estuve tentado de convertirla a ella, de hecho, pero me parecía demasiado… fiera para mi bien. Nadie quiere un neófito desafiante.

Aaron se siente muy sorprendido, no solo por la nueva información, sino por la forma calmada y agradable en la que ambos están conversando.

De no ser por la venda sobre sus ojos, la ropa arrancada ferozmente de su torso y el hecho de que Samuel lo obligue a mantenerse quieto para él en su regazo, Aaron piensa que la situación no sería tan distinta a cuando a veces conversaba con los chicos mayores en el instituto y todos se esmeraban por apagar sus cigarrillos cuando él andaba cerca y por explicarle todo con mucho detalle y más paciencia aún.

—Oh —Aaron dice suavemente, cuando cae en un detalle que le parece enternecedor—, los conociste cuando eran humanos… ¿Cómo es que los convertiste en lugar de…?

Aaron no tiene el valor de terminar la frase, pero Samuel sabe exactamente lo que va a decir. Una sonrisa melancólica le atraviesa los labios cuando recuerda, con tanta claridad como si hubiese sido ayer, el momento hace décadas en que recorría aquel pueblecito arrasado por la guerra y jugaba a ser una misericordiosa parca para aquellos para los que sobrevivir significaba solo agonizar.

—Estaba confundido, era débil y estúpido y no entendía que terminar con una existencia es mucho, mucho más placentero que preservarla. Jason y Lottie son un error —confiesa con un suspiro. Su voz se torna ronca y solemne cuando agrega:—, pero uno del que no me arrepiento.

—Parecen quererle mucho, amo, y también actúan con mucho respeto frente a usted. Lo adoran. ¿No es así su relación con su creador? —Aaron sabe que ha dicho algo malo cuando Samuel deja de jugar con sus mechones azabache y la mano en su cintura aprieta un poco, por mero reflejo.

—Mi creador solo tiene de loable su edad y su fuerza, cosas que no son mérito suyo —escupe, como si las palabras le quemasen en la boca y, luego, su voz suena ácida, burbujeando con resentimiento y odio:—. El resto, es basura. Basura obsesiva, controladora e incapaz de dejar ir el pasado. Ha venido solo a molestar.

—Parece que lo ha logrado, parecía usted muy molesto antes…

—¿Quieres una paliza, humano bocazas?

Aaron se queda congelado por un momento, incluso nota el corazón detenérsele en el pecho por ese instante. Quiere decirle a su amo que está tratando de sacar el tema, de preguntarle con delicadeza qué ha hecho para molestarle y cómo puede él ayudarle a superar lo que sea que Ivthan le haya hecho, pero lleva años sin hablarle a otro ser similar a él.

¿Cómo se supone que deba ser hábil ahora manteniendo una conversación cuando su interlocutor hace de sus pensamientos un lío y de un corazón un jaleo de latidos aterrados?

—¡N-NO, SEÑOR, LO SIENTO!

—Solo bromeaba, relájate —suspira y en su voz Aaron juraría que oye algo similar al remordimiento—. Aunque si otro hubiese tenido esa osadía, tendría ya un par de huesos rotos.

—Gracias por ser amable conmigo, amo.

Un pequeño silencio se forma entre ambos. Es un silencio gentil, como del aleteo de una mariposa, no hay tensión, no hay palabras silenciadas pugnando por salir, solo una pausa para respirar despacio y deleitarse con la extraña dulzura del ambiente.

Entonces, Samuel dice:

—Tú también lo estás siendo —hay en su voz una mezcla entre fascinación, agradecimiento y horror que Aaron no alcanza a comprender bien. Quizá, si el chico no llevase puesta esa aterradora venda, Aaron entendería mejor las palabras del vampiro, pues podría atisbar sus ojos y ver cómo, tras tanto rato sin lágrimas en ellos, ahora se llenan de pronto y Samuel debe esforzarse por no derramar ni una sola—. ¿Por qué?

—¿Por qué qué, amo? —Aaron ladea la cabeza, confundido.

—¿Por qué eres amable conmigo? ¿Por qué te preocupas? —las palabras de Samuel salen de su boca de una manera extraña, pues Aaron está acostumbrado a la firmeza y la confianza de su voz cuando le da órdenes o cuando charla amistosamente con otros vampiros, pero ahora suena tan distinto. Cada palabra llena de un extraño nudo de emociones: duda y agradecimiento, pero también reproche. Desprecio. Miedo— Parece que no tengas instintos de supervivencia, cosita, me darías lástima, si pudiese sentir cosas tan humanas. Ah, siendo tan bueno conmigo cuando yo solo te permito conservar tu vida porque tu desgracia me entretiene. ¿Es que acaso no aprendes la lección? Deberías odiarme…

A medida que habla, su tono se torna más ronco, bajo y oscuro, sus manos también volviéndose amenazantes, acariciando con propósitos inciertos la orilla del pantalón de Aaron.

Al chico se le hunde el estómago de la impresión cada vez que siente esos dedos delimitar la línea que lo separa de su desnudez y jadea cuando uno de ellos rebasa el límite: el índice derecho del vampiro tira del elástico de los pantalones del chico, poniéndose en forma de gancho y revelando con facilidad la intimidad del muchacho, suave y todavía abrazada por el anillo de frío metal.

Samuel baja poco a poco los pantalones del chico, pero está sentado en su regazo, así que no puede deshacerse de ellos por completo. Aaron tiene la esperanza de que el hombre solo esté comprobando que no se haya quitado su anillo y de que va a subirle el pantalón ahora que ya ha chequeado lo que quería, pero entonces escucha un sonido aterrador: la tela de sus pantalones desgarrándose. Los movimientos del vampiro son suaves, pero las garras en sus dedos son afiladas y, poco a poco, rompen la delicada prenda hasta dejar al chico completamente desnudo en su regazo.

—Señor, ¿q-qué está…?

—Tú lo has dicho antes —lo interrumpe el vampiro, su tono es triunfal y lascivo, la voz de un diablo consentido que sabe que obtendrá lo que quiera, cuando quiera—: estoy molesto. Y sabes que cuando lo estoy, siempre quiero desinhibirme un rato usando a mi bonito juguete.

Aaron muerde su labio y erige todas sus defensas tan sutilmente como puede. Hace unos minutos estaban conversando casi como dos amigos o… <<amantes>> Aaron niega, expulsando esa idea de su cabeza, pero en el fondo todo es lo mismo: hace nada estaban conversando casi como dos iguales, dos seres que reconocen en el otro una figura amable, merecedora de al menos un poco de respeto o compasión. Ahora Samuel parece haberse aburrido del equilibrio y ha empujado la balanza.

Aaron se tensa y aprieta los dientes. Cierra los ojos fuerte, incluso aunque lleva la venda hecha de jirones de ropa y Samuel parece advertir eso.

—Quítate esto, quiero que mires. —ordena dando un tironcito al nudo que mantiene la tela anudada tras la cabeza del chico.

Aaron jadea, pero hace exactamente lo que su amo le ordena. Se retira poco a poco la venda y parpadea despacio, acostumbrándose a la luz que lo rodea. Su cabello queda todo alborotado y, así, sus ojitos lucen tan adorablemente soñolientos que por un segundo al vampiro casi no le importa que el chico le haya mirado a la cara sin querer. Casi.

Antes de que Aaron pueda fijar bien su vista, Samuel le da un bofetón y el chico entiende que debería tenerla más baja. Poco a poco sus ojos se desemborronan y puede formar imágenes claras, aunque desearía no haberlo hecho, pues lo primero que ve son sus piernas dócilmente abiertas sobre el amplio regazo del vampiro y su miembro, suave, rosado y decorado en su base por el delgado anillo, ofreciéndosele al vampiro como una fruta dulce y madura que espera ser probada. Las manos de Samuel están increíblemente cerca de su delicada intimidad, pero, por suerte, las negras garras que el vampiro ha usado para desgarrar su ropa desaparecen poco a poco, dejando en su lugar unos dedos largos y estilizados con pulcras uñas que parecieran de cristal.

Las manos de Samuel siguen siendo fuertes y enormes y, por ende, intimidantes, pero al menos ahora Aaron puede imaginarlas como si fuesen manos humanas y fingir que lo que va a pasar no es tan malo, que será acariciado, nada más, como quien le acaricia distraídamente el brazo o la rodilla a su amante mientras lo escucha.

Aunque el muchacho sabe, en el fondo, que nada de puro o bello tienen los toques a los que Samuel somete a su cuerpo a aceptar. Incluso los más suaves pretenden romper algo en él. Sobre todo los más suaves.

—No cierres los ojos.

Aaron muerde su labio y los abre. Las sensaciones y las imágenes se funden tan intensamente que un escalofrío le hace arquear su espalda deliciosamente. Samuel recorre la curva de la columna del chico con su mano izquierda, pues la derecha está ocupada rodeando la intimidad de su humano.

Samuel mueve su mano despacio, deliciosamente. La muele arriba y abajo, deslizando el apretado puño por la humilde longitud de Aaron y haciendo que, por cada bajada, la cabeza roja y pequeña de su miembro asome en su puño como una cereza.

Aaron es forzado a observar el impuro y tortuoso acto, forzado a fijarse en lo gráciles que son los dedos de Samuel, lo pálida que es su mano, lo mucho que sus venas se notan en ella, lo grande que es, lo bonita… No quiere pensar en las manos del vampiro así, no quiere sentirse así. Pero Samuel juega con él expertamente y no está dispuesto a perder, así que en pocos minutos Aaron se halla con los ojos llorosos y los labios mordisqueados, tratando con sus dientes de frenar los pequeños gemidos que su amo le arranca con cada preciso movimiento.

Su cuerpo se siente tan cálido y lábil, como si la solidez de su carne y sus huesos se hubiese fundido en contacto con las manos de su amo y ahora solo quedasen hormigueos y lágrimas. Aaron está completamente duro ahora y su orgasmo parece mecerse en un vaivén tentador y desesperante: acercándose hasta ser casi insoportable y luego alejándose después de rozar el límite.

La necesidad le embota los sentidos y, aunque quiere resistirse, mirar la escena con ojos asqueados o desafiantes o lo que sea, mientras muestren desaprobación, solo observa con ojitos anegados en lágrimas de placer y desespero y con la boca entreabierta soltando los más dulces ruiditos. Incluso sus caderas lo traicionan, pues cuando Samuel lleva ya un buen rato tocándolo despacio, excesivamente despacio, las caderas de Aaron empiezan a moverse como por cuenta propia.

Tímidamente al inicio y luego un poco más exigentes. El chico embiste con pequeños movimientos el puño de su amo, exigiendo más estimulación y botando sobre el regazo del hombre como un animal necesitado.

Es tanta la vergüenza de Aaron que el chico cubre su rostro con ambas manos y solloza contra sus palmas, todavía incapaz de detener sus caderas y buscando más y más ese placer que le es negado continuamente. Ese placer que él mismo se dice que no quiere, pues su precio es demasiado alto.

—Quieto —sisea el vampiro en su oído y suelta su pene para agarrarlo por la cintura y clavarlo en su lugar, deteniendo sus caderas. Su pene se estremece y se mece en el aire, como si la repentina soledad le doliese, y Aaron jadea por la manera en que su amo puede susurrarle en el oído tan grave y retumbante que puede sentir toda su firmeza, todas sus convicciones, derrumbándose dentro de su cabecita.

—Amo… por favor, pare, esto se siente mal… está mal, por favor… —le suplica el chico con su corazón roto y su cabeza hecha un lío. 

Su pecho se hunde al percatarse de que su sufrimiento no logra despertar en él ninguna clase de compasión, al contrario, da pábulo a las partes más inhumanas de ese ser.

—Oh, lo sé. —le responde y su voz es tan cruel, tan burlona, que Aaron llora porque al mismo tiempo el vampiro le pone un mechón de pelo tras su oído con la más gentil de las caricias y luego las yemas de sus dedos rozan su nuca, su espalda y trazan su columna arqueada.

Aaron sabe que Samuel solo está mimándolo para burlarse de él, pero no puede evitar refugiarse en ese falso cariño, pues no tiene ningún otro lugar que se sienta mínimamente seguro.

—Pero no importa cuán mal se sienta para ti. Lo único que importa, lo único para lo que existes, es mi placer.

Aaron asiente y retira poco a poco las manos de su rostro, pues sabe que Samuel le ha ordenado antes que mire y no quiere represalias. El vampiro observa sus mejillas empapadas de lágrimas con orgullo.

<<No necesita hacerme llorar solo porque yo le he visto llorar antes, amo>> piensa el chico, pero jamás se atrevería a pronunciar esas ideas.

—Dilo.

Aaron niega, pero habla.

—S-solo existo para su placer, amo…

—Buen chico.

Aaron solloza alto, agudo y dolido. Odia lo mucho que esas palabras le reconfortan, incluso si ganárselas significa perderse a sí mismo.

—Pero amo… ¿Por qué debo sentirme así? Esto es…

—Porque yo lo deseo —responde con palabras duras y deslizando ahora sus garras por su espalda, amenazándolo con cortar la piel que antes acariciaba. Cuando Aaron deja de hablar, sus uñas monstruosas desaparecen y siente de nuevo las suaves yemas, ahora trazando los hoyuelos en la parte baja de su espalda—. Te haré sentir placer cuando a mí me entretenga, humano. Te haré sentir placer mientras te muerda, mientras te torture —el vampiro se inclina hacia su oído entonces, sus labios rozando su lóbulo, su voz partiéndole el alma en dos—. Te haré sentir placer mientras te explico cómo y cuándo te mataré, cuando me harte de ti. Tu cuerpo es mío, Aaron, no obedece a tus deseos, solo a los míos.

El muchachito no puede evitar llorar y sentir como su miembro se suaviza por las palabras espantosas del vampiro, pero el hombre lo masturba más rápido y duro y el chico vuelve a estar tan erecto como hace unos minutos, demostrando que Samuel no se equivoca. Que con sus manos y sus palabras y sobre todo con su marca en su cuello, es capaz de amoldar el cuerpo de Aaron hasta tornarlo la perfecta marioneta para sus perversos juegos.

Aaron se tensa, aterrorizado, cuando la mano del vampiro que acariciaba su espalda desciende peligrosamente, primero rozando el contorno de sus nalgas y luego, con sus yemas, probando el íntimo espacio entre ellas. Nota los dedos grandes del vampiro deslizándose por su suave piel y llegar, finalmente, a su virginidad.

Samuel lo mira intensamente, devorando con ansia todas las reacciones del chico, memorizando su cara empapada de lágrimas y la expresión bajo estas, tan sumisa y llena de súplica.

Aaron ha entendido el mensaje, sabe que Samuel podría tomarlo aquí y ahora. Empujar sus dedos contra su flor y abrirlo a su placer, luego empujarlo al sofá, bocabajo, colocarse encima, sostenerlo quieto con una sola mano y saciar su deseo latente y duro obligando al chico a acoger su hombría.

Aaron sabe que Samuel podría hacerlo suyo en este instante si quisiera.

Así que el vampiro hace una pregunta, pone a prueba a Aaron:

—¿Quieres que quite tu anillo, dulce humano, quieres que te haga correrte?

El muchacho tiene que morderse duro la lengua para no afirmar enérgicamente. Sabe lo que el vampiro quiere: una prueba de su rendición, de su máxima entrega. Quiere que Aaron diga que sí y demuestre que ha entendido que existe única y exclusivamente para su placer. Si no lo hace, la amenaza es clara: <<Si tú no te entregas a mi placer, puedo tomarte dolorosamente yo mismo>>.

Aun así, Aaron niega con la cabeza. Y realmente no quiere enfadar a su amo, pero…

<<Un placer tan incorrecto. No lo quiero. Si aún queda algo puro e intocado en mí, una parte de la que este ser no se ha apoderado, la perderé para siempre si sucumbo. Prefiero elegir el dolor a entregarme al placer>>

—N-no, amo… por favor…

Aaron teme haber enfadado al vampiro, haber roto el último y fino hilillo de paciencia que a este le quedaba.

Samuel libera su cuerpo de sus manos lascivas, pero lo abruma de nuevo con manos ahora enfadadas: rodea su cuello en su puño apretando como si pretendiese asfixiarlo, y se quita al chico de encima lanzándolo con fuerza lejos. 

Lanzándolo contra la mesa de cristal que hay unos metros más allá. Aaron sabe que no es una coincidencia, que es un movimiento calculado y cruel, un castigo, pero aun así, mientras cae sobre el cristal y lo quiebra con su cuerpo, mientras siente los miles de filos clavarse en la espalda y en la parte trasera de las piernas, en las palmas de su mano, su nuca y su cabeza, mientras las pequeñas dagas penetran más y más en sus heridas bajo el peso de su cuerpo y el golpe del impacto, Aaron agradece, pues sabe que este castigo no es nada comparado a lo que Samuel podría haberle hecho.

A lo que pensaba que le haría.

Se pregunta si acaso el hombre no se ha compadecido y luego traga saliva, pues si esa violencia ensangrentada es su compasión, Aaron está perdido.

El vampiro se marcha tras ordenarle que recoja todo el alboroto, no solo la mesa que ha roto, sino el resto de objetos que Samuel ha destrozado cuando ha llegado iracundo a casa, así que Aaron, una vez que se queda solo, hace su mejor trabajo por ordenar todo y reparar lo que puede salvarse.

Es entonces y solo entonces, cuando todo está limpio y ha cumplido la orden, que se da el privilegio de ir al baño, girarse frente al espejo y pasar horas apretando los dientes y arrancando de su cuerpo los pequeños pedacitos de cristal que sabe que dejarán cicatriz, pues Samuel no lo va a curar.

Ni un solo cristal se ha atrevido a interrumpir el proceso de cicatrización de la mordida, que ya está más curada de lo que Aaron habría deseado.


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