CAPÍTULO 41
Cuando Aaron
despierta, es la segunda vez en apenas días que descubre que su amo le ha
forzado a vivir cuando creía que moriría. Y, por segunda vez, se siente
demasiado decepcionado y aterrorizado por lo que eso pueda significar.
Ha aprendido
que su vida, para Samuel, solo tiene valor mientras siga siendo un
entretenimiento para él y las formas de divertirse del vampiro con su pequeño
siervo humano son retorcidas e insoportables.
Aaron
lloriquea porque no puede más, necesita cerrar los ojos de nuevo y descansar,
pero sabe que cualquier breve sueño o inconsciencia siempre lo lleva de vuelta
a su tormentosa realidad. Intenta frotarse los ojos, pues las lágrimas le
empañan la visión, pero entonces nota que no puede mover sus manos.
Como
serpientes ásperas y viciosas, las cuerdas alrededor de sus muñecas lo
mantienen inmóvil y, cuando trata de mover sus piernas, el dolor insufrible en
sus tobillos delata que también está atado ahí abajo. Atado sobre algo blando y
bajo una luz vaporosa y cálida, no la bombilla fría y cegadora del baño.
Aaron se
siente confundido, hasta que se resiste un poco más y nota la sensación de una
suavidad inconfundible contra la piel. Una suavidad que le da náuseas y
despierta ecos de dolor tan grandes en su pequeño cuerpo que se queda
paralizado: está atado en la cama de Samuel.
Sabe al
instante lo que eso significa. Ha intentado tomar su vida, una vida que no
le pertenece, y lo ha hecho dos veces. Samuel debe estar furioso, más
que eso, ansioso por darle un castigo.
Y ambos saben
cuál es el castigo que más odia Aaron y que más disfruta Samuel.
Aaron empieza
a respirar rápidamente, ahogándose con su propia saliva y su aliento, y jadea y
gruñe mientras lucha contra las cuerdas a pesar de que están quemándole la piel
por el roce.
Se queda
paralizado cuando ve el pomo de la puerta girar. Ya no hay tiempo. Todo volverá
a suceder otra vez y Aaron solo puede suplicar porque Samuel pierda el control
hoy, porque lo agarre demasiado fuerte y pulverice sus huesos, porque lo ahogue
durante unos segundos más de la cuenta o lo muerda y pierda el sentido del
tiempo mientras bebe. Necesita que Samuel lo mate.
Cuando Jason
abre la puerta, su corazón, que llevaba apretado contra el pecho como preso en
un puño, se le cae a los pies. Samuel ni siquiera se ha dignado a vestir al
chico y, además, ha evitado que se vuelva a lesionar atándolo al mismo lecho
manchado de sangre donde la noche anterior lo destruyó hasta matar a la persona
cálida y jovial que una vez fue.
Tan pronto
Aaron lo ve, se queda paralizado, porque sabe que él no es Samuel, pero luego
empieza a resistirse aún más fuerte, porque otro vampiro solo puede
significar algo malo. Todo lo malo empezó porque otros vampiros se lo
pasaron de mano en mano en la fiesta y él estaba desesperado por volver a las
únicas entre las cuales podía sentirse un poco seguro.
—Está bien, no
te asustes.
Aaron no
entiende una sola de las palabras del vampiro, pues el mundo está borroso y
todo va demasiado rápido. Pero reconoce esa voz.
Es la misma
voz amable que le ofreció ayuda y compañía en esa primera fiesta, la voz que
hizo a Samuel enfadar cuando la respondió y que le obtuvo esa paliza y el ser
lanzado y ahogado en la piscina y… pero Aaron se calma un poco. Porque esa voz
está sola ahora. Jason está ahí, no Samuel.
Y Jason
significa cosas buenas, o al menos eso se repite Aaron en su cabeza, aunque
todo lo que puede oír ahí son los gritos y los lloros y las súplicas de anoche
resonando una y otra vez, buscando a alguien que las escuche, porque Samuel no
lo hizo.
Jason sabe que
Aaron sigue aterrorizado, pero se ha quedado quieto, expectante, y por ahora es
un gran avance que sencillamente no haya entrado en pánico y se haya puesto a
chillar como loco al verlo.
El vampiro se
acerca un poco a la cama y nota a Aaron tensarse, la cuerda alrededor de sus
muñecas y tobillos clavándose tan hondo en la piel que empieza a rasgarla,
dejándole las articulaciones en carne viva.
—Voy a
acercarme, pero no voy a hacerte nada, ¿sí? Solo quiero ver cómo estás. Estoy
preocupado por ti.
De nuevo,
Aaron no entiende sus palabras. ¿Por qué no lo hace? El mundo es tan confuso.
Es como si Jason le hablase mientras él está debajo del agua, ahogándose con
más y más recuerdos que se sienten más reales que el mismo Jason, que la cama
ahora fría, que las cuerdas mordiendo sus muñecas y tobillos.
Por un
momento, Aaron se pregunta si todavía está siendo violado y si toda esta escena
tan apacible no es una construcción de su mente soñando con el esperado momento
en que todo se termine. Quizá aún no ha intentado suicidarse. ¡Quizá no ha
fallado todavía! Eso significa que aún hay esperanza, que…
Aaron chilla,
saliendo de su ensimismamiento, cuando Jason se sienta a su lado y él nota la
cama hundirse bajo su peso. Ya no puede pensar racionalmente, en su cabeza no
hay teorías o paranoias siquiera, solo puro miedo.
El chico
respira tan agitado que está jadeando e hilos de saliva escurren por sus
comisuras.
Jason trata de
moverse muy, muy despacio, para que el humano pueda analizar cada uno de sus
gestos y ver que no esconden malas intenciones: toma un piquito de la sábana
que hay en la cama ahora mismo y lo lleva encima de Aaron, depositándolo sobre
sus genitales para así taparlo y conservar un poquito su pudor. Incluso si
Aaron está bastante quieto, sigue frotando sus muñecas y tobillos en carne viva
contra la aspereza de la cuerda, como buscando ese dolor, así que el vampiro se
inclina un poco más cerca del chico, pasa sus dedos sobre la cuerda que
mantiene atado uno de sus tobillos y dice:
—Te voy a
desatar, ¿de acuerdo? Pero te tienes que portar bien. Necesito que no hagas
nada peligroso cuando te suelte.
El chico no
asiente, pues sigue sin entender ni una sola palabra de lo que el vampiro dice,
los sonidos de desesperación están llenando su cabeza en su lugar.
Jason podría
cortar sus cuerdas con las garras, pero piensa que Aaron se asustaría demasiado
al verle hacer una exhibición de fuerza o violencia, incluso si es tan pequeña,
así que desarma el primer nudo con mucha maña y paciencia. Cuando la primera
pierna del chico está libre, este la dobla y la recoge sobre su abdomen, como
queriendo hacerse una bolita.
Jason se
levanta y rodea la cama para ir al otro lado. Cuando desata la segunda pierna,
el humano junta ambas con mucha fuerza y las mantiene dobladas sobre su pecho.
Luego se
acerca hacia su mano para desatarla y debe inclinarse cerca de su rostro para
ello. Mira al chico directamente y este rehúye su mirada con horror absoluto,
llorando en silencio. Jason trata de dedicarle una expresión apacible y amable,
pero tan pronto libera la mano derecha del muchacho, este cubre la cara con
ella como si esperase un golpe que se la cruzase de lado a lado.
Jason tiene
que rodear la cama para acceder a la otra mano y, mientras lo hace, ve cómo el
muchacho se impacienta, luchando contra la atadura tan desesperadamente que no
logra deshacer el nudo porque está arañando la cuerda en vez de lograr
coordinar sus dedos para tomarla con destreza.
Jason se
inclina para soltarlo y el chico se aleja todo lo que puede, como si fuesen a
cortarle la mano en vez de dársela de vuelta. Una vez que la tiene y está
completamente libre, Aaron actúa tan rápido como puede: salta de la cama al
suelo, incluso si lo hace tan violentamente que se da contra la barbilla y las
rodillas al caer, y corre a esconderse bajo la cama.
Jason no lo
atrapa, aunque podría haberlo hecho, porque sabe que retener a Aaron contra su
voluntad no ayudaría en absoluto. Además, el pobre humano solo está buscando
refugio, igual que una pobre y aterrada alimaña salvaje haría, no está haciendo
nada malo. Aun así, se muerde el labio, porque sabe que cuando Samuel sea quien
vuelve a estar a cargo del joven, no será tan permisivo.
Jason se baja
de la cama y se acuclilla delante, alzando las sábanas colgantes con el dorso
de su mano para asomarse al espacio entre el somier y el suelo, donde halla al
pequeño humano agazapado en la parte del cabecero, la más difícil de ser
alcanzada. El chico está con los ojos cerrados muy fuertemente y se está
llenando sus brazos de marquitas en forma de medialuna, pues entierra todas sus
uñas hasta que han dejado una indentación y luego las levanta y hace lo mismo a
un centímetro de la marca original. Jason tuerce la boca, porque no le gusta
ver a un joven que antes lucía tan animado y simpático, ahora hiriéndose, pero
eso parece tranquilizarlo y no se está haciendo tanto daño, así que lo deja
hacerlo un rato más, dándole espacio y paciencia.
Al cabo de un
buen rato, el muchachito de ojos azules parece más sosegado, pero está
apretando tan fuerte que sus uñas casi hacen brotar sangre de su piel, así que
Jason chasquea sus dedos para llamar su atención.
—Oye, no
puedes hacer eso. No puedes hacerte daño. Y no puedes quedarte debajo de la
cama todo el rato. Samuel me ha dicho que parece que te duele el cuerpo aún
—Jason se abofetea mentalmente por haber mencionado al rubio, porque tan pronto
como lo hace, los ojos del chico se abren con pánico y miran a su alrededor
como si alguien le hubiese dicho que tiene un monstruo detrás de él—. No, no,
él no está aquí —lo sosiega y Aaron vuelve a prestarle atención, aunque luce
más agitado que antes—, pero me dijo que parecía que algo te dolía. Solo quiero
ayudar. Necesito que salgas tú solo.
Aaron mira a
Jason detenidamente por unos segundos. Él no quiere salir de ahí, se siente
seguro en su esquinita y los brazos de Samuel son largos, pero no lo suficiente
como para alcanzarlo, así que eso hace que ese pequeño sitio se sienta cómodo y
cálido, pero Jason está siendo muy amable, está pidiéndole las cosas con
paciencia y suavidad y está esperando a que él obedezca. Sabe que sería de muy
mala educación no hacerle caso y no le importa ser educado, pero le importa no
enfadar a Jason, pues es lo más cercano que tiene a un amigo y no quiere
perderlo.
El chico gatea
poco a poco, acercándose a la salida de la cama, y Jason lo va alabando a cada
pequeño paso que da.
Una vez que
está fuera, Aaron sigue hallándose desnudo y luce muy nervioso, sentado en el
suelo en posición de loto mientras trata de tapar su intimidad. Jason se
esfuerza por mirarlo únicamente a los ojos, sin dejar que sus ojos pequen allí
donde sus manos lo desean, explorando el cuerpo pálido y salpicado de un
encantador sonrojo rosa que tiene en frente.
—Muy bien,
ahora vamos a subir a la cama y te examinaré un poco para as-
El chico jadea
y niega enloquecidamente con su cabeza, poniéndose tenso y acuclillado de
nuevo, como listo para correr bajo la cama cual alimaña volviendo a su
escondrijo, pero Jason lo toma con mucho cuidado de la muñeca y trata de usar
un tono afable que agrade al humano.
—De acuerdo,
de acuerdo. En la cama no, puedo mirarte aquí, en el suelo. ¿Está eso bien?
Aaron asiente.
Bien, es la primera respuesta que logra de él y eso es un avance muy grande.
Normalmente no tiene que tratar con humanos tan rotos, pero está acostumbrado a
los desconfiados y asustadizos, así que está siendo cien veces más precavido de
lo que suele serlo con ellos y eso parece surtir efecto en el pobre Aaron.
—Siéntate,
pequeño, estira tus piernas en el suelo.
Aaron lo hace
y pone sus manitas en su regazo, tapando todavía su intimidad. Jason se fija en
el gesto, así que toma un pequeño cojín decorativo de la cama, uno que cabe en
la palma de su mano y que no está manchado de sangre, y se lo pone al chico
sobre sus genitales, ayudándolo a taparse. Aaron se aferra al cojincito y mira
a Jason a los ojos por un instante, como dándole las gracias de la única forma
que puede.
—¿Te duele
hablar, Aaron? ¿Hay algo mal en su garganta?
El chico niega
y, por instinto, se frota el cuello con la mano. Nota una textura extraña en su
piel, pero eso es todo.
—Entonces,
¿por qué no hablas?
Aaron no
responde, solo aprieta sus labios y baja la mirada aún más. Lo ha intentado,
pero nada sale de entre sus labios cuando prueba, como si Samuel realmente
hubiese robado su voz y la hubiese guardado en algún lugar donde él jamás podrá
recuperarla de nuevo. Además, ¿para qué le serviría hablar? ¿Para llenarse los
oídos con lo patético y desesperado que suena por un hombre que jamás podría
molestarse en escucharlo? Si permanece en silencio, quizá las cosas serán más
fáciles. Quizá primero desaparece su voz y luego va otro pedazo de él y otro y
otro y otro, hasta que su carne se torne translúcida y luego transparente y
todo él desaparezca como vapor de agua en el aire.
—Voy a mirar
tus tobillos, Samuel dice que no puedes levantarte bien.
Aaron vuelve a
tensarse tan pronto escucha ese nombre, Jason siente los músculos endurecerse
bajo su mano cuando la pone en la pierna del pequeño y pronuncia esa palabra
que parece estar prohibida.
Jason palpa
los muslos del chico, su rodilla, luego sus gemelos y todo parece estar en
orden, hasta que le levanta ligeramente una pierna y luego le toca el tobillo.
Apenas lo ha presionado de forma levísima con sus dedos y Aaron ya ha jadeado
de dolor y se ha intentado escapar de su agarre.
Jason lo
sujeta firme, pero sin dañarle y dice:
—Solo es un
minuto, es para ayudarte. No temas. Luego te dejaré descansar.
Vuelve a
presionar y ahora Aaron se está quietecito, pero llora y solloza mientras Jason
parece desgarrar su piel. El vampiro, sin embargo, no está haciendo nada de
eso, solo está apretando la articulación del chico entre sus dedos, sintiendo
el hueso y luego el tendón, que por alguna razón se nota demasiado
tierno y frágil contra sus dedos.
Además, la
piel de la zona parece fina, demasiado, y muy roja.
Jason deja la
pierna de Aaron nuevamente en el suelo, temiéndose algo que no le gusta nada.
—Dame tu
brazo, el que estaba roto.
Aaron hace un
ruidito de molestia. No le gusta recordar a Samuel astillando su hueso por
tomarlo con demasiada fuerza, pero aun así extiende su antebrazo y debe tolerar
la manera en que los dedos de Jason se envuelven con facilidad en la mitad de
este. El vampiro aprieta y estudia sus reacciones. Aaron luce asustado, pero no
dolorido. Cuando aprieta más, una pequeña mueca aparece en el rostro del
humano, pero Jason lo deja ir.
—Abre los
ojos, bonito. Déjame verlos un minuto.
Aaron obedece,
pero su mirada está en el suelo y siente su corazón dar un enorme vuelco cuando
Jason le acuna el rostro con una mano y lo fuerza a alzar su mirada. Su cara
está tan cerca que juraría que puede sentir el aliento del otro sobre sus
labios. Recuerda el de Samuel derramándose en su nuca, sus jadeos y gemidos
guturales, colmados de placer, mientras lo rompía sin compasión. Aaron tiembla
tanto que Jason no puede resistirse a poner una mano en su hombro y
acariciarlo.
—Mírame a los
ojos un momento, cariño. Así, muy bien.
Jason no ve
nada extraño en los ojos del chico, hasta que la pupila de uno se achica por el
miedo y la del otro se mantiene exactamente como estaba, haciendo que Aaron
deba parpadear demasiadas veces porque le molesta la vista.
Jason tuerce
la boca y se muerde las mejillas por dentro, nervioso al recibir más
confirmaciones de su hipótesis.
Suelta el
rostro del chico, pero pasa su mano a su cabello y lo toma con suavidad para
voltearle la cabeza al chico y que le muestre su cuello. Aparta un poco su
collar de hierro y, bajo este, ve algo que le hace suspirar. Es más pálida y
sutil que una normal, como si hubiese estado cerca de que el creador la borrase
de la existencia, pero ahí está, la cicatriz del mordisco de Samuel. Su marca
del vínculo.
Jason suelta
al chico y se queda de pie unos segundos, sosteniéndose el puente de la nariz y
pensando en cómo hacer entrar en razón a Samuel, pues lo que ha descubierto en
el chico solo puede significar dos cosas: o que su amo lo matará si no aprende
a ser delicado, o que un maldito milagro sucederá, pues Samuel debe ser
cuidadoso y paciente a partir de ahora.
Jason planea
intentar que el chico se doble sobre el colchón bocabajo, si se siente
suficientemente confianzudo como para eso, y así poder examinar si también su
entrada sigue dañada por culpa de la rudeza de su amo, pero tan pronto se
voltea hacia el humano, listo para darle la orden lo más suavemente que pueda,
la puerta se entreabre y Aaron vuelve a gatear hacia la seguridad tan rápido
como puede.
Solo que esta
vez no se esconde bajo la cama, sino que va hacia los pies de Jason y se aferra
con todas sus fuerzas a sus piernas, como si ellas fuesen el único pilar firme
en el mundo. Mira a través de ellas, como si de barrotes se tratasen, como
Samuel entra en la habitación junto a la vampiresa de cabello cobrizo y
abundante.
—Estás
tardando mucho. —dice el rubio con el ceño fruncido y su voz no tiene ni pizca
de enfado en ella, solo seriedad y quizá preocupación, pero suena tan firme y
dominante y le trae tantos malos recuerdos a Aaron que tiene que cerrar sus
ojitos y apretar la cara contra el pantalón de Jason para secar sus lágrimas.
Cuando Samuel
cae en que el chico no está en la cama, sino tirado a los pies de su amigo y
aferrándose a él con la fuerza con la que una cría se aferraría a su madre,
algo le punza en el pecho. Se siente mal por haberlo destrozado tanto, pero
también envidioso. Él es su amo, así que solo él debería recibir esas
atenciones del chico. Solo él debería ser la fuente de sus horrores, pero
también de sus consuelos.
Por un
instante siente animosidad por Jason, pero al mirarlo y ver sus bondadosos
ojos, ese sentimiento se esfuma.
—¿Lo has
arreglado? ¿Qué le sucede? —pregunta el rubio, señalando al chico que lloriquea
en el suelo.
Jason mira a
Aaron por un momento y luego a su amigo y empieza a hablar despacio, como si
estuviese dándole esas noticias no solo al vampiro, sino también al frágil
humano y quisiera que el pobre chico pudiese absorberlas bien y prepararse para
su impacto.
—Sam, lo
curaste con sangre de vampiro, pero él no es un vampiro. No puede sanar de
cualquier cosa.
Samuel frunce
el ceño y traga saliva. Por un momento no dice nada, pero luego una frustración
enorme se apodera de él y aprieta los puños, iracundo por el hecho de que, por
primera vez en su eternidad, las cosas no sean fáciles para él y las soluciones
sencillas, prácticamente mágicas, que acostumbra a usar no sean suficiente.
—¿Qué quieres
decir? Así funciona. Nuestra sangre puede curar cualquier tipo de…
—Nuestra
sangre de vampiro en un cuerpo de vampiro puede sanar cualquier cosa casi al
instante, sí. Pero cuando le das sangre de vampiro a un humano, no puede
alcanzar todo su potencial. Ayuda al humano a curarse rápidamente, pero todavía
depende muchísimo de los recursos del cuerpo de ese mortal. Lo drenaste de
sangre una y otra vez, Samuel, le rompiste huesos, le hiciste heridas y
laceraciones por doquier, casi le rompes un ojo, le arrancaste parte de sus
tobillos, lo desgarraste por dentro y ya tenía mordeduras tuyas de antes y
luego, sin apenas haber descansado, él se abrió las venas y estuvo sangrando
quién sabe cuánto. Tu sangre lo ha salvado, pero ¿de dónde esperas que su
cuerpo saque energía y material suficiente como para reparar tanto estropicio?
No puede ponerse de pie porque los tendones sustitutorios que su cuerpo ha
formado son tan frágiles que no soportan ni su peso y podrían romperse si lo
fuerzas a andar. No sé si con el tiempo se fortalecerán o si se quedará así
para siempre, Samuel. Su brazo está casi curado, es cierto, pero las lesiones
más graves… hay algo aún un poco mal con su ojo, no responde bien a la luz y
seguramente ve borroso. Donde intentó suicidarse es donde la curación se ha
concentrado más, porque si no iba a morir, así que ahí apenas se puede ver una
cicatriz, pero… pero en el cuello sí que la tiene. Tiene una cicatriz de uno de
tus mordiscos, el más antiguo, seguramente, porque la curación prioriza las
heridas más peligrosas y una vieja y a medio sanar siempre irá lo último. Le ha
quedado marca y eso significa que ahora está vinculado a ti, Samuel.
Por un
momento, lo único que existe en el mundo es esa habitación y las palabras de
Jason flotando en ella, una a una adquiriendo sentido y golpeando demasiado
duro a Aaron y a Samuel.
Aaron arrastra
sus uñas por su cuello mientras cierra los ojos y piensa en cuando se corrió
por orden del vampiro. ¿Ya estaba entonces la marca formada? ¿O el vínculo no
se creó hasta que le dio su sangre curativa? ¿Es o no culpable de haber
cometido ese horrible pecado cuando se suponía que solo el sufrimiento debería
carcomerle las entrañas?
Se aferra más
fuerte a las piernas de Jason, llorando hasta formar un charquito en el suelo,
y su corazón martillea en su pecho porque sabe que a partir de ahora no importa
si en ese momento Samuel usó o no la voz: ahora sí puede usarla. Y cada
orden del vampiro será absoluta.
Samuel, por su
lado, se halla atónito y mira a esa bolita llorosa y temblorosa que antaño fue
su risueña mascota como si fuese algo extraño, algo imposible.
—¿Qué? No
puede ser, tiene que estar curado del todo. Ven, déjame ver.
Cuando Aaron
comprende que el vampiro está hablándole a él, ya es demasiado tarde; Samuel se
ha arrodillado a su altura y alza una mano para atraparlo, para cogerlo entre
sus garras y hacer cualquier cosa que implique malas intenciones.
Así que Aaron
da un enorme chillido, suelta a Jason y vuelve a escabullirse debajo de la
cama.
—¿Qué mierda
haces? Ven aquí ahora mismo, humano. —gruñe Samuel y el tono es suficiente para
que Aaron sepa que lo ha enfadado, que no importa cuántas palabras amables y
explicaciones extensas y convincentes le dé Jason: cuando él y su hermana se
marchen, Samuel lo violará de nuevo porque está enfadado.
Porque le dijo
que lo haría. Y Samuel jamás amenaza en vano.
—Samu, déjalo,
está aterrorizado. —interviene la chica, tomando por el brazo a su amigo y
logrando apaciguarlo un poco.
Por unos
minutos, Aaron tiene suficiente paz como para escuchar esa conversación bajo la
cama, sin ser molestado.
—Ah, mierda.
¿No puedo darle más de mi sangre y curarlo del todo? ¿Qué se supone que tengo
que hacer ahora? Solo quiero arreglarlo, hacer que todo esté bien o… como
antes, al menos.
Jason niega
despacio con la cabeza y su mirada se dirige al hueco oscuro bajo la cama,
donde sabe que el chico está escondiéndose, temblando tanto que le castañean
los dientes, pues todos ahí pueden oírlo. Jason alcanza el cojín pequeñito que
hay en el suelo, con el que antes el humano se ha tapado, y lo deja bajo la
cama. No es gran cosa, pero Aaron lo toma de inmediato, aunque ya no lo usa
para cubrir su desnudez, sino que lo abraza fuerte y esconde en él su carita,
como si pudiese desaparecer con hacer eso.
—Sabes que no
soy un experto en esto, Sam, pero que de los tres soy el que más se ha
interesado en los humanos, así que soy más sabio que tú en esto y por eso te
pido que me escuches y que lo hagas bien: no le des más sangre. Ya te lo he
dicho, su cuerpo está tan débil y maltratado que no tiene recursos suficientes
para curarse, por eso está así; si le das más sangre, estarías forzando una
curación que ya te ha demostrado que no puede hacer. En el mejor caso, no
serviría de nada, en el peor… podría ser que el cuerpo del humano se viese
obligado a tomar recursos de otros lugares para reparar los tejidos de las
zonas afectadas, podría significar que sus órganos o sus huesos o cualquier
parte sana de él pierde nutrientes necesarios y… no lo sé, nunca he visto algo
así porque nunca he visto a uno de los nuestros tratar de curar a un humano tan
cerca de la muerte, pero es fácil imaginar que eso podría comportar
enfermedades crónicas, fallos en sus órganos y muy seguramente eso podría
matarlo. Lo que necesita ahora no es una cura rápida que lo fuerce a estar
bien, Sam. Necesita reposo y paciencia o su cuerpo no lo soportará más. Tiene
un vínculo recién formado, las piernas apenas utilizables, un ojo con la visión
reducida y, puesto que era la herida menos mortal, seguramente siga desgarrado
por dentro. Debe estar desnutrido y deshidratado, anémico por la pérdida de
sangre y los daños psicológicos que debe haberle causado vivir algo que
ningún humano está diseñado para sobrevivir... Samuel, escúchame si quieres
conservarlo: no puedes alimentarte de él en un largo tiempo. No puedes ser
violento con él por mucho que necesites castigarlo y no puedes tener relaciones
con él. Cualquiera de esas cosas podría…
Samuel alza
una mano para hacer callar a Jason, pero no dice nada en respuesta, solo se
queda en silencio, terriblemente serio y con sus ojos clavados en el pequeño y
oscuro espacio entre la cama y el suelo, escuchando el latir aterrado del
corazón de colibrí de su humano. Tiene el ceño tan fruncido que su mirada se
oscurece, los puños tan apretados que las venas descollan como culebras y los
nudillos están pálidos como la tiza.
Su aura oscura
hace que Lottie y Jason teman siquiera respirar y, sin hacerlo a propósito, se
acercan el uno al otro, tensos.
—No habla
todavía. ¿Eso también tiene que ver con su cuerpo curándose despacio? ¿Tiene
heridas en las cuerdas bucales?
Jason y
Charlotte se miran mientras abren y cierran la boca sin saber bien qué decir.
Samuel no ha revelado si las palabras de Jason lo preocupan, lo irritan o quizá
incluso lo aburren y, así, es imposible saber si sus consejos serán escuchados
y seguidos con atención o si serán descartados y, tan pronto salgan por la
puerta, Samuel hará lo que acostumbra a hacer con humanos irreversiblemente
rotos: seguir divirtiéndose con ellos hasta que quedan inservibles y luego
obtenerse otro bonito juguete con el que saciar sus deseos crueles.
—Después de
que convirtieses a Jason —Charlotte se aclara la garganta y habla, aunque le
tiembla la voz y amenaza con quebrarse, una mezcla entre la melancolía del
pasado y la presente aflicción la hacen sentirse pequeña de nuevo— estuve
trabajando con niños y jóvenes que se habían quedado huérfanos tras la guerra,
como yo. Habían sufrido mucho y algunos de ellos sufrieron las cosas que Aaron
ha vivido a manos tuyas —Charlotte endurece su voz, endereza su postura y se
permite unos segundos de valentía para lanzarle una mirada retadora y llena de
reproche a su superior—. Algunos se volvían increíblemente violentos después de
lo sucedido porque pensaban que si eran tan fieros como si estuviesen
recubiertos de espinas, nadie más les pondría la mano encima, otros eran
irracionales, preferían vivir en un mundo de fantasía que aceptar… Otros se
volvían tan mansos que rompía el corazón verlos, hacían todo lo que se les
decía y no parecían tener ni hambre, ni sed, ni frío, ni calor, ni deseos, ni
aspiraciones, ni voz. No hablaban, porque habían aprendido que cualquier cosa
que tuviesen que decir sería ignorada, que luchar no les serviría de nada, ya
fuese con su fuerza o con sus palabras. No era una decisión consciente,
simplemente perdían esa capacidad, como uno pierde la capacidad de andar si se
le amputan las piernas, solo que a ellos les habían extirpado algo que no puede
verse: su libertad, sus esperanzas, su humanidad. Muchos de ellos no volvieron
a hablar nunca, Samu.
El vampiro
aprieta los labios, su boca asemejándose a una fina línea en su rostro, roja
como las cerezas, trazada con una precisión quirúrgica y cosita cerrada para no
dejar escapar ni una sola pista sobre qué emoción encierra ese rostro estoico.
Samuel
asiente, despacio, comprendiendo las palabras de la chica, asimilándolas una a
una.
—De acuerdo
—dice tras un largo rato de silencio. Sus palabras son sosegadas, controladas
y, precisamente por ello, ambos vampiros pelirrojos saben que tras ellas hay un
huracán de sentimientos que el rubio se niega a aceptar y expresar—. Gracias
por vuestra ayuda. Podéis marcharos.
—Samu…
—He dicho que
podéis marcharos. —esta segunda vez su voz ya no es amable en absoluto, sino
que se compone de un gruñido bajo y una amenaza que reluce en sus ojos. Ambos
saben que las palabras de su superior no son una sugerencia y tampoco son una
educada invitación: son una orden.
Samuel tiene
los puños apretados con fuerza, así que Jason y Charlotte obedecen, pero
ninguno de ellos puede ignorar el sonido que retumba por toda la casa, incluso
si se atenúa mientras se marchan: el corazón de Aaron latiendo más y más
deprisa cuando comprende que va a quedarse a solas con su amo de nuevo.
CAPÍTULO 42
Aaron escucha
los pasos de Samuel alejarse, la puerta de la habitación cerrándose y, si afina
el oído, escucha como la puerta principal se abre y luego se cierra. Los
hermanos se han ido. Lo más cercano que tiene a amigos, a seres que pueden
sentir por él algo que no sea hambre o deseo, sino preocupación, afecto,
lástima, acaba de desaparecer.
Y ahora
escucha los pasos de Samuel acercándose. La puerta del dormitorio abriéndose.
Cerrándose.
—Sal de ahí.
Aaron emite un
chillidito patético y delgado que más bien parece el sonido de un animal
pequeño siendo pisado, pero no puede evitarlo. La voz de Samuel es ronca y,
ahora que se dirige a él, es tan aterradora que puede sentirla reverberando en
su interior, un eco que le hace temblar entero y vacía su cabeza de cualquier
pensamiento que pudiese tener, llenándolo todo de puro pánico.
Su voz
dominante parece tener hilos, pues Aaron siente algo invisible tirando de él,
empujándolo a obedecer. ¿Es ese el poder del lazo? Cumplir órdenes se siente
tan natural que, si no estuviese absolutamente aterrorizado, ya habría salido
de debajo de la cama. Pero el miedo paraliza al chico, que solo niega con la
cabeza, se acurruca más contra la pared y abraza su cojincito para acallar los
sollozos que le brotan sin remedio de entre los labios.
Samuel
suspira, impaciente, y sus pasos se acercan. Aaron entreabre los ojos y puede
ver los lustrosos zapatos del vampiro justo en la orilla de la cama, delante
suyo. Se intenta calmar diciéndose que él está muy al fondo y, aunque Samuel se
agache y alargue su brazo, no va a llegar para atraparlo y sacarlo de ahí a
rastras, pero sabe que el vampiro podría sencillamente arrancar la cama de su
anclaje en la pared y dejarlo al descubierto. Recuerda cómo aquella vez
destrozó paredes enteras solo porque estaba un poco frustrado. Aquella vez que
lo vio llorando y el vampiro pareció hallar en él consuelo.
—Aaron, sal de
ahí, quiero hablar contigo. Sabes que no me gusta tener que repetirme.
El muchacho
nota su corazón dar un vuelco.
<<¿Aaron?>>
Samuel sabe su
nombre. Samuel lo ha llamado por su nombre.
Tiempo atrás,
el chico habría llorado de alegría y habría saltado a los brazos del vampiro,
llamándolo amo cariñosamente y agradeciéndole con todo su corazón por dejarle
usar su nombre de nuevo, por devolverle un pedacito de él. Pero ahora el chico
solo llora porque ese nombre le perteneció a una persona distinta, a alguien
que ya no es él. Ni siquiera está seguro de seguir siendo alguien.
¿Acaso no fue el vampiro mismo quien le enseñó, como primera y más importante
lección, que en sus manos él era solo una herramienta para su placer? Un mero objeto.
Así se siente. Incapaz de responder a un nombre que antes le perteneció, pues
solo las personas tienen nombres, no las cosas.
Además, ¿por
qué el vampiro le llamaría así? ¿Acaso se burla de haberle quitado su nombre,
su identidad, su humanidad, sosteniéndola ahora y agitándola delante de
él para hacerle recordar aquello que perdió y que nunca podrá recuperar ya? La
idea se le antoja tan cruel que rompe en llanto.
Aaron ha
desobedecido ya dos veces la orden de su amo de salir de ahí, así que sabe de
sobras que si no iba a ser castigado antes, lo será ahora. Y ya conoce el
castigo favorito del vampiro, así que decide que va a quedarse llorando bajo la
cama hasta que el otro pierda la paciencia y lo saque de ahí para martirizarlo
porque, de todos modos, ese es su destino y no puede huir de él, pero tampoco
tiene por qué entregarse a él.
Aaron
deja pasar el tiempo, incapaz de distinguir segundos de horas.
Samuel lleva
una hora entera sentado en la orilla de la cama, escuchando al chico bajo esta
llorar desconsolado hasta que el agotamiento lo atrapa y poco a poco sus
sollozos se apagan y sus hipeos se vuelven más y más pequeñitos. Pronto las
respiraciones y los latidos de Aaron son regulares, tranquilos: el humano se ha
dormido.
Samuel sigue
dándole vueltas a las palabras de Jason y Charlotte, a los eventos difusos y
teñidos de rojo de hace apenas un par de noches. Cada vez que intenta recordar
a Aaron con sus ojos llenos de ilusión porque le llamó buen chico o inclinando
su cuerpo hacia sus manos porque lo acariciaba de una forma tierna que le hacía
hormiguear los dedos, cualquier recuerdo bonito se ve manchado de sangre que él
mismo ha derramado.
Recuerda al
humano temblando de debilidad y temor mientras ofrecía su sangre a todos, la
forma en que lo miró, desesperado por ayuda, cuando se lo cedió a su propio
creador como si fuese un mero juguete de usar y tirar. Recuerda cómo se
arrastraba por el suelo, lleno de cortes y magulladuras, tratando de escapar de
él, cómo sangró la primera vez que lo penetró y cómo su cuerpo se sacudía con
sollozos incontenibles por cada embestida que le dio tras la primera.
Recuerda el
placer que sintió al hacer todas y cada una de esas atrocidades y de pronto sus
garras se tornan negras, largas, afiladas, y desearía poder usarlas para romper
su propia piel, para abrirse de par en par y buscar en su interior que es lo
que hay mal, dónde se ubican esos deseos tan perversos, tan inhumanos que
apenas puede soportarlos, dónde está el origen de esa vileza que tan deliciosa
se le antoja y así extirparla de una vez por todas, arrancarla de su cuerpo
como si arrancase un parásito; pero él sabe muy bien que si pudiese encontrarla
dentro suyo, no sería como una garrapata, localizada solo en un lugar, una cosa
ajena a él que ha decidido enganchársela, sino que sería como un cáncer: algo
que ha nacido en su propio interior, hecho precisamente del mismo tejido del
que está hecho su corazón, y plagándolo todo. Quizá su maldad nació en sus
colmillos, en su corazón cuando dejó de latir y se pudrió, pero ahora ha hecho
ya metástasis por todo su cuerpo y no hay ni un solo milímetro de su carne y alma
que no esté infecto por su naturaleza cruel y demandante que le pide cosas que
su humanidad le ruega que no haga. Cosas que Aaron le rogó que no hiciese.
Además, ¿de
qué serviría ahora curarse de su maldad? Ya la ha transmitido, como una
horrible enfermedad, Aaron ha sido tocado por sus manos manchadas de sangre y
ahora él está marcado de por vida. Lo que ha hecho es irreversible.
Samuel se
levanta de la cama y abandona la habitación muy despacio, intentando no
despertar al chico. La próxima vez que vuelve a ella, trae en sus manos un vaso
de agua fresca y un pequeño plato con una cena sencilla, pues él no se ha
molestado hasta ahora en aprender sobre alimentación humana y sus conocimientos
son escasos.
El plato trae
un par de tostadas con una loncha de queso y una de jamón, a un lado, unos
tomates pequeños como cerezas y, al otro, un plátano pelado y cortado a
pedacitos pequeños, como un bocado de los labios de Aaron.
Deja el plato
en el suelo, justo delante del espacio que se abre debajo de la cama, y el
aroma del pan tostado con un poco de mantequilla y queso empezando a fundirse
es suficiente para que a Aaron se le abran los ojos y el apetito.
El chico se
frota los párpados, aún un poco confundido, pero relamiéndose porque un aroma
salado y delicioso flota a su alrededor, como acariciándolo para seducirlo y
guiarlo a su origen. Su estómago ruge como si hubiese un pequeño león ahí
dentro y Samuel ríe muy suavemente.
<<Samuel…>>
Tan pronto lo
escucha, Aaron repara en dónde está el vampiro: está sentado en el suelo en
posición de loto, frente al plato de comida. Aaron sabe que, si quiere probar
bocado esta noche o, incluso siendo menos ambicioso, si quiere beber agua y
refrescar su garganta que se siente como llena de arena, tiene que alargar su
mano y sacarla por lo menos un par de centímetros de su zona segura. Y, por muy
rápido que lo haga, el vampiro es más rápido y está seguro de que tendrá tiempo
de sobras para agarrarle la muñeca y tirar de él hasta sacarlo de su
escondrijo.
No sabe cuánto
tiempo lleva llorando y luego durmiendo, pero deben ser horas y eso
significa que Samuel tiene que estar ya demasiado impaciente por darle su
castigo.
—Estoy siendo
paciente contigo, humano, así que sé un buen chico y agradécelo no
desperdiciando la comida que he hecho para ti.
Samuel intenta
sonar amable, pero sabe que no podrá controlarse mucho más. Jason le ha
advertido que Aaron necesita paciencia o morirá y él no puede permitir que nada
le pase a su pequeña debilidad de ojitos azules y un corazón demasiado suave y
amigable, pero tampoco puede permitirse más desobediencia por parte del chico.
Necesita a Aaron obediente, lo necesita fuera de esa estúpida madriguera donde
es tan iluso de creer que está protegido de él y lo necesita a su lado, no,
dócilmente sentado sobre su regazo, dejándose acariciar y hablar dulcemente,
dejándose mimar como antes hacía, agradeciendo las gotitas de gentileza que el
vampiro es capaz de exprimir de su seco corazón. Lo necesita diciéndole que
todo está bien. Que lo de aquella noche nunca pasó.
Pero pasó. Y
Samuel sabe que él es el único culpable, que no tiene derecho a enfadarse con
el humano por ser desobediente cuando el chico posiblemente no pueda ni pensar,
pero ¡Maldita sea! La rabia se apodera de él cuando nota su corazón tirando
desesperadamente hacia el humano y al chico, en respuesta apartándolo, huyendo
de él cuando ya no es una presa, es suyo. Es jodidamente suyo. Están
vinculados.
Y la forma en
que Aaron intente negarlo le parece insoportable.
Insolente. Una
osadía que merece ser castigada con la mayor dureza posible. Una falta de
respeto que solo podría solucionar marcando su cuerpo con sus dientes hasta que
no quede lugar en Aaron que no rece su nombre, hasta que no quede en el chico
ni una sola gota de esa voluntad que ahora le dice engañosamente que puede
escapar o esconderse. Fantasea con hacerlo: con levantar la cama, tomar al
chico del tobillo y arrastrarlo bajo él, darse un festín con su tierna carne y
marcarlo una y otra vez. Perderse en el placer y luego despertar, pero sin
rastro de culpa alguna, porque Aaron no sería ya Aaron, no tendría esos ojitos
llenos de vida, ilusión y bondad que le recuerdan lo que están destruyendo,
sino que serían ojos bonitos y fríos como canicas, ojos que no remueven nada
dentro de él y que dejan que su humanidad duerma plácidamente mientras sus
instintos campan a sus anchas sin que nadie los reprenda.
Fantasea con
ello porque entonces podría ordenarle a Aaron que le perdonase por todos sus
pecados y él lo haría, podría ordenarle que le secase las lágrimas como aquella
vez y lo haría, podría ordenarle que le pidiese palabras amables y más mimos y
lo haría y luego, también, podría romperle los huesos y desflorarlo con
brutalidad una y otra vez y el chico solo tomaría toda su violencia y no
lloraría ni una sola gota, porque estaría muerto por dentro, así que Samuel no
debería sentirse mal por estarlo marchitando poco a poco.
Pero entonces
no sería Aaron.
Y entonces
Samuel se engañaría a sí mismo.
En su interior
siempre habría una espinita honda, clavada en el centro de su corazón, una
espinita que serían todas las miradas de Aaron y su voz adorable y celestial.
Esa voz que echa en falta ahora.
Maldita sea,
¿por qué Aaron no le habla? ¿Por qué no sale a por su comida? Necesita verlo,
controlarlo, apretarlo entre sus brazos. Quiere ser bueno con él, está siendo
bueno con él. ¿Por qué Aaron no le da la oportunidad? Necesita que salga,
protegerlo de sí mismo. ¿Y si vuelve a hacerse daño? Necesita que salga. ¿Por
qué no sale? ¿Por qué le desobedece? ¿Acaso no lo ha castigado suficiente?
¿Acaso necesita más?
<<No.
No. Cálmate. Tengo que ser cuidadoso con él, no puedo castigarle. No puedo
enfadarme con él. No lo merece>>
El vampiro
intenta esperar un poco más, pero va viendo cómo mota de polvo tras mota de
polvo se depositan sobre la cristalina superficie del agua en el vaso y sobre
el pulcro plato, arruinando su comida. Además, la ventana en la habitación
muestra ya no un exterior oscuro como la tinta, sino violáceo, pues el amanecer
se acerca y el cielo empieza a mostrar sus colores. Cuando amanezca, Samuel
caerá inevitablemente dormido y entonces, ¿qué? ¿Y si Aaron vuelve a intentar
morir? Samuel sabe que se hallaría indefenso ante ese evento, incapaz de
despertar hasta pasadas tantas horas que en ese largo rato cualquier cosa
podría ocurrir.
El vampiro es
invulnerable durante sus horas de sueño, así que es la primera vez que se
siente tan vulnerable ante la idea de no poder hacer nada durante el día. Se
imagina a Aaron esperando el momento exacto en que la habitación quede bañada
por la luz del sol para deslizarse fuera de su pequeño nidito de sombras, para
volver al baño o, quizá, a la cocina y tomar un enorme cuchillo afilado que
será mucho más rápido y preciso que el romo pedazo de cristal que usó la última
vez.
Imagina
despertar demasiado tarde. Encontrarse a Aaron tendido en el suelo,
donde cada noche lo obliga a dormir, con el rostro inexpresivo, tranquilo por
primera vez desde que lo capturó, y la poca sangre que le queda en el cuerpo
seca a su alrededor.
—¡Mierda!
Samuel explota
de golpe y Aaron es tomado tan por sorpresa que da un repullo y se golpea la
cabeza con el somier de la cama. Samuel ha gritado con rabia y ha tomado el
apetitoso plato del chico, junto a su vaso, y los ha estrellado contra el
suelo. La comida ha terminado desparramada por todo el piso, húmeda por el agua
derramada, y todo lleno de pedacitos del vaso y del plato rotos.
—No voy a
permitirte ignorarme siempre. Estoy intentando tomarme las cosas con calma…
pero soy tu amo y voy a reclamarte cuando me harte de tu rebeldía. Eres mío,
humano, y jamás vas a escapar de eso. Así que empieza a ser obediente antes de
que me hayas enfadado de veras.
Su comentario
es autoritario, dominante en extremo y tan firme que haría a cualquier
postrarse ante sus palabras, pero pese a que otro humano habría corrido hasta
ponerse a sus pies tras escucharlo hablar de ese modo, Aaron no mueve un solo
cabello, solo se queda en su huequito, mordisqueando el cojín porque está
demasiado nervioso y porque sabe que, una vez Samuel empieza a destruir cosas,
no se conforma con algo tan pequeño como un plato.
Sin embargo,
lo siguiente que el vampiro hace no es arremeter contra él, como habría temido,
sino hablar.
Habla con un
tono bajo, grave y ronco que reconoce al instante: la voz de mando.
—Duérmete.
El efecto es
instantáneo: el vínculo sume a Aaron en un sueño inmediato en el que se hunde
como si se tratase de alguna especie de desmayo y Samuel suspira, aliviado, al
ver que ha funcionado.
Si tiene
suerte, el chico se mantendrá así hasta el anochecer y no tendrá tiempo de
reunir el valor necesario para salir y dañarse durante el día.
Samuel cae en
la cama, agotado, y tan pronto nota los cálidos rayos del sol lamerle el rostro
como un can que se alegra de ver a su dueño. El vampiro cierra los ojos y tiene
pesadillas espantosas durante todo el día.
Esta vez, sin
embargo, los hermosos ojos azules de sus pesadillas no pertenecen a alguien de
su pasado a quien quiso y odió, sino que son una imagen exacta de lo bella que
lucía la mirada de Aaron antes de que él le robara el brillo.
CAPÍTULO 43
Aaron está tan
agotado que, incluso si es Samuel quien lo ha obligado a dormir con su poderosa
voz de mando, su cuerpo acepta esa orden de buen grado y la cumple gustosamente
durante el día entero y buena parte de la noche.
El chico
despierta desorientado y aún soñoliento pasada la medianoche. Su estómago ruge
porque ayer no comió nada, la garganta le raspa como papel de lija, tiene la
piel erizada por el frío suelo sobre el que duerme y todos sus huesos duelen
cuando se mueve de esa espantosa posición en la que ha dormido, contorsionado
en el minúsculo hueco bajo la cama como si quisiera ocupar tan poco espacio
como una mota de polvo. Le duelen todas las articulaciones, especialmente sus
tobillos, y su espalda y cuello se sienten como si estuviesen hechos de alambre
y cada vez que los mueve, tuviese que forzarlo y deformar sus propios huesos.
Aaron mira un
poco alrededor y el resto del espacio bajo la cama sigue tan vacío y aburrido
como la noche anterior, pero se fija en lo que puede ver más allá de los
confines de la cama: el suelo está limpio, así que Samuel debe haber recogido
el estropicio de anoche. Eso le da un escalofrío. Él es el encargado de
limpiar, así como de alimentarlo y aliviar cualquiera de sus frustraciones
sexuales, así que haber desobedecido hasta el punto en que su amo, temido y
respetado incluso por otras bestias aterradoras de su raza, haya tenido que
tomar una escoba y un recogedor y hacer una tarea propia de un siervo, es algo
que está seguro que le costará un precio muy caro.
Samuel debe
sentirse humillado y debe estar tan, pero tan ansioso por castigarle, que Aaron
se marea y tiene ganas de vomitar de pronto.
Se abraza muy
fuerte a su pequeño cojín y eso le hace sentir mejor.
Luego se
percata de que hay algo en el suelo, pero no está cerca del hueco entre la cama
y el suelo por el que él se ha colado, sino que está más bien en medio de la
habitación: una bandeja con zumo de naranja con hielo y un bocadillo con el pan
dorado con aceite de oliva en la sartén y un interior con salsa, lechuga,
tomate y una crujiente pechuga de pollo.
<<¿Ha
preparado él esto?>>
Si la comida
de ayer le resultó tentadora, la de hoy se le antoja irresistible. Pero así
como es mucho más apetitosa, también es peligrosa, pues para obtenerla, Aaron
ya no tendría que sacar unos centímetros de su mano de su guarida, sino que
debería salir del todo.
La idea le
hace abrazarse con más fuerza al cojín, pero las tripas le rugen y nota como si
se le abriese un boquete en el estómago. Su cuerpo intentando desesperadamente
curarse y descansar tantas horas ha ayudado, incluso si lo ha hecho en el
suelo, pero necesita nutrirse.
Mira con más
atención alrededor y no parece haber nadie ahí. No se escuchan siquiera las
pisadas de Samuel a lo lejos, así que es muy posible que no solo no esté en la
habitación, sino que tampoco esté en la mansión o, si está, debe hallarse a
suficiente distancia como para que Aaron tenga tiempo a salir, coger la comida
y volver a su escondrijo.
Después de un
buen rato deliberándolo y dándose ánimos a sí mismo, Aaron reúne el valor para
salir. El chico gatea hasta que está fuera de la cama, pues sus tobillos
malheridos le impiden caminar o acuclillarse, y se desplaza hacia donde está la
bandeja tan rápido como puede. Se dice a sí mismo que no puede entretenerse,
pero antes de llevarla de vuelta, la sed le puede y toma el vaso de naranjada
con sus dos manos temblorosas para llevárselo a los labios.
La bebida está
fría, dulce y deliciosa y poco le importa que le esté chorreando por el mentón,
porque se siente tan bien estar dando sorbo tras sorbo que Aaron no puede
pensar en nada aparte de esa sensación fresquita y lábil en su garganta,
suavizándosela.
—Hay más, si
quieres.
Aaron se queda
paralizado. Conoce a la perfección esa voz, esa voz gruesa y varonil que suena
a sus espaldas y que viene del único lugar que no ha revisado, pues le habría
resultado imposible: de encima de la cama.
El humano se
voltea muy poco a poco, deseando que todo sea su cabeza jugándole la peor de
las pasadas posibles, pero tan pronto ve al vampiro cómodamente tumbado sobre
la cama, observándolo con curiosidad mientras come, con el cabello rubio
derramándose sobre sus hombros y su torso, sus manos fuertes acariciando las
sábanas vacías a su lado, los ojos carmesí clavados en su diminuto cuerpo…
Aaron siente su corazón volverse loco.
Ya no puede
volver a esconderse bajo la cama y si abriese ahora la puerta con la idea de
huir, no lograría dar siquiera dos pasos en el pasillo antes de que el vampiro
lo atrapase entre sus garras.
Ayer solo tuvo
que enfrentarse a su voz, tan penetrante y amedrentadora… pero hoy, ahora,
lo está viendo después de horas intentando olvidar su aspecto. Luce tan grande
y fuerte, cada parte de su cuerpo recordándole a Aaron cuán pequeño es él en
comparación, cuán sencillo le resultaría a ese monstruo someterlo bajo su
cuerpo otra vez.
El vaso que
Aaron tenía en sus manos se le resbala y cae al suelo con la mala suerte de
que, incluso si el chico no está de pie y la distancia es corta, el cristal se
parte en algunos pedazos. Samuel mira el estropicio; el chico está congelado. <<Se
va a enfadar. He roto un vaso. Se va a enfadar tanto.>>
Aaron corre a
recoger los pedazos del vaso con sus manos desnudas, histérico por mostrarse
obediente y arrepentido y por minimizar al máximo su castigo. Tan pronto toma
el primer trozo, se hace un corte en la palma de la mano, pero él solo toma
aire rápido, por el dolor, y sigue tomando los pedazos.
Samuel aparece
de repente delante de él, acuclillado en el suelo y acorralándolo contra la
puerta. Aaron chilla con temor y deja caer el cristal que había recogido,
entrando en pánico porque ahora sabe que ese pequeño acto no podrá salvarlo de
la ira de su amo, que va a ser castigado duramente, lanzado a la cama, no, al
suelo, sobre los cristales, y empujado por el gran cuerpo del vampiro para que
se abra a sus deseos y…
—Quieto. —ruge
Samuel y no es hasta que esa voz vibrante y poderosa lo atraviesa que se da
cuenta de que el vampiro le está tomando por las muñecas y que él está
resistiéndose con violencia.
Tan pronto
escucha la orden, su cuerpo se queda estático, esperando que su sumisión sea
suficiente para salvarlo, pero esperando totalmente lo contrario, pues sabe que
Samuel siempre hará cosas peores que las que él puede imaginar.
El vampiro
afloja el agarre en sus muñecas, sin llegar a soltarlo, y el chico baja la
vista hacia el suelo tan pronto el otro lo mira intensamente a los ojos, como
buscando algo en su mirada.
—Voy a
llevarte a desinfectar esta herida y luego limpiarás esto con cuidado, sin
derramar una sola gota de tu sangre. ¿Entendido? Cuando acabes, vas a comer.
Aaron se
siente un poco aturdido. Samuel habla con el mismo autoritarismo de siempre y
su voz le hace sentir maleable y débil, pero las cosas que le dice… ¿Por qué no
amenaza con castigarlo? ¿Por qué le da órdenes tan gentiles?
El chico no
tiene tiempo de pensar demasiado, pues Samuel lo toma por la cintura y lo alza
sin cuidado, echándoselo luego sobre el hombro como si fuese un mero saco de
patatas. Ambos entran al baño y Samuel baja al chico de su hombro,
sosteniéndolo de la cintura.
Lo pone frente
al lavamanos y mantiene sus dedos firmemente enroscados en su delgada figura,
manteniéndolo de pie con su fuerza para que el chico no apoye su peso en los
tobillos. De hecho, cuando Samuel se da cuenta, Aaron no está ni tocando el
suelo con la punta de sus pies, sino que lo está alzando como si se tratase de
un muñequito.
—Vamos, cúrate
eso. —suena impaciente.
El chico,
mareado, sorprendido y confundido a partes iguales, asiente en silencio y se
lava las manos en la pica con cuidado de atender al corte que se ha hecho en la
palma. Luego toma unas gasas y esparadrapo del cajón que tiene a su derecha y
se cubre la herida.
Cuando está
terminado, Samuel vuelve a tirar al chico sobre su hombro, lo lleva a la
habitación y lo deja en el suelo, cerca de la pila de cristales, pero teniendo
cuidado para que no vuelva a cortarse con ellos.
—Limpia ese
desastre y luego podrás comer. No quiero verte volviendo a escabullirte bajo la
cama. ¿Me has oído? Si lo haces, te sacará a rastras y no te gustará, así que
empieza a obedecerme como es debido.
Aaron solo
baja la cabeza, porque Samuel suena realmente irritado y eso lo asusta, pero
para su suerte el vampiro se marcha. Da un portazo al hacerlo y Aaron da un
repullo, pero se siente mucho mejor cuando es dejado solo. Le gustaría poder
volver a su lugar seguro, pero le da mucho tiempo tentar demasiado a la suerte
y que Samuel le aleccione por ello, así que decide que no lo hará. Además, está
demasiado agradecido por no haber sido castigado cruelmente aún, así que
aprovechará que su amo parece estar de un excepcional buen humor para intentar
recuperarse un poco.
Mientras su
amo está fuera, Aaron toma los pedacitos de cristal y los pone en una
servilleta que había junto a su comida. Luego empuja la servilleta en el suelo
hacia una pequeña basura que hay en el baño mientras se desplaza, de nuevo, a
cuatro patas. Le resulta incómodo y humillante moverse como un animal, pero no
puede andar y teme no hacerlo nunca de nuevo si fuerza sus tobillos.
Por su lado,
Samuel tiene una tonelada de trabajo por hacer: pila tras pila de documentos
que tiene que leer, revisar, aprobar, firmar y enviar, cartas que debería
responder o quemar en su chimenea, llamadas que hacer, visitas que realizar y
huesos que partir, puesto que algunos vampiros neófitos necesitan que se les
recuerde que existen consecuencias cuando se saltan las normas.
Pero en vez de
ponerse manos a la obra, el rubio sencillamente deja que sus obligaciones se
hacinen en su despacho, pues está demasiado distraído como para centrarse en el
trabajo ahora.
Tiene la
cabeza llena de un lío de sentimientos y deseos que son contradictorios y se
atacan los unos a otros como una jauría de lobos rabiosos. Odia estar hecho de
las más tiernas partes del corazón humano y del más resistente armazón de la
piel de un demonio. Odia ser hombre y monstruo a la par.
Odia lo que le
ha hecho a Aaron.
Odia no saber
cómo solucionarlo, como hablarle suave y amigablemente y ofrecerle dulces
caricias para que se desahogue y se deshaga en lágrimas entre sus brazos. Odia
no poder llevarse su dolor, erosionarlo a besos y mimos hasta que no quede en
el chico ya nada que no sea tierno, como antes lo era, antes de llenarlo de
duras lecciones que sabe enseñar, pero no sabe cómo hacer olvidar.
Samuel, que
tanto se ha vanagloriado de su naturaleza, luciendo su crueldad y su fuerza por
igual, como dos filos de una misma hoja que blande orgulloso, se siente ahora
apuñalado a traición por ella. ¿Por qué debe desear matar aquello que ama si
perderlo lo mataría a él? ¿Por qué ha nacido con la capacidad de querer y de
perder al mismo tiempo? ¿No sería acaso más fácil que su crueldad hubiese
clavado hondo sus colmillos en todo lo que era humano en él y le hubiese
arrancado de una dentellada sentimientos tan contradictorios, tan inútiles y a
la vez tan jodidamente hermosos que ahora que los ha vivido rogaría por poder
conservarlos?
Piensa, quizá,
que ahora entiende por qué muchos dicen que la eternidad es su don, pero sus
instintos, su maldición: no lo dicen porque teman su crueldad innata, sino
porque él mismo la odia ahora. Porque ella misma le obliga a sacrificar algo: o
bien el objeto de su amor ante sus deseos o bien sus deseos ante el objeto de
su amor.
Sabe que no
puede sacrificar a Aaron, que sería lo mismo que condenarse a él mismo a una
lenta, dolorosa muerte. Así que mantendrá sus deseos a raya, aunque deba
ponerle a sus instintos, a su naturaleza misma, un pesado collar y una mordaza
y dejarlos solo libres una de cada muchas noches para que estiren sus patas,
respiren aire fresco y luego gruñan al darse cuenta de que su interminable sed
será saciada solo a cuentagotas.
Pero incluso
si lograse, gracias a una suerte inimaginable y una fuerza de voluntad
titánica, someter a la temible bestia que son sus instintos sanguinarios, ¿qué
podría hacer? Incluso si desaprende a ser cruel y sádico, a reír cuando otros
lloran, a salivar cuando sangran… ¿Quién le enseñará a ser cuidadoso y
cariñoso?
Quizá puede
extirpar de él su amargura, pero ¿qué hará si no hay dulzura en su interior
para ofrecerle al pobre chico humano que la necesita más que nada en el mundo?
Samuel pasa un
largo rato sobrepensando y martirizándose, lo cual no da frutos en absoluto,
así que decide que es momento de enfrentarse a la realidad e intentar dejar de
repetirse una y otra vez en su cabeza que tiene que seguir al pie de la letra
los consejos que Jason le dio y empezar a hacerlo de verdad.
Así que entra
en su habitación, donde dejó a Aaron hace unas horas, y puede verlo medio
metido bajo la cama. Cuando piensa que está escondiéndose de nuevo, que el poco
progreso que tanto esfuerzo le ha costado está a punto de destruirse en un solo
segundo, aprieta duro los puños y su voz suena tan temible que se arrepiente al
instante:
—Sal de ahí
ahora mismo.
Aaron se
estremece al oír su voz y sale de inmediato, revelando que lleva algo en las
manos. Samuel siente su corazón hacerse pedacitos al ver que el chico no estaba
desobedeciendo, solo yendo a recoger ese cojín pequeño que Jason le dio y al
que se aferra como haría un niño con su peluche favorito. El humano lo estruja
con fuerza cuando se pone nervioso y lo usa para tapar su desnudez.
<<Aún
está desnudo; desde que lo tomé ha estado desnudo>>
Un pinchazo se
clava en el corazón de Samuel y se siente tan estúpido de repente. ¿Por qué no
se le había ocurrido que ese chico podría querer ropa después de que él le
despojase de la suya de tan horrible manera?
Samuel anda
hacia su cajonera, toma una de sus enormes camisas de satín que usa para
dormir, unos pantalones estrechos y una pieza de ropa interior y se las arroja
al chico.
Aaron agarra
la ropa, pero no la pone por el mismo motivo por el que aún no ha tocado su
comida a pesar de hallarse famélico: Samuel no se lo ha ordenado.
—¿A qué
esperas? Vístete.
Aunque la voz
de Samuel siempre hace al chico tensarse y temblar, esta vez la orden le alivia
mucho porque significa que por fin puede volver a protegerse un poquito. Sabe
que la ropa no será un impedimento cuando Samuel quiera hacerle algo en el
futuro, pero mientras no le ordene quitársela, significa que está a salvo.
—Y come o se
va a echar a perder.
De nuevo,
Aaron agradece por dentro la orden, incluso si Samuel suena molesto con
él.
El chico se
lanza hacia su bocadillo ya frío, pero disfruta cada bocado enormemente y
cuando lo termina, lame las migas del plato bajo la atenta mirada de su amo, la
cual ha intentado ignorar, pero no puede dejar de sentir ardiendo sobre su
cuello, más específicamente, sobre la marca tenue y nacarada en su cuello. Ahí
tiene la piel más delgada, delicada y suave al tacto, con un color como el de
las perlas y la forma de una media luna marcando el contorno de la mandíbula de
Samuel allí donde posó su boca y, luego, hundió su afilada hambre para beber de
él.
Aaron roza la
marca con sus dedos, notando un escalofrío que le recorre toda la espalda y le
hace jadear.
—¿Te duele?
Samuel se
levanta de la cama como un resorte al hacer esa pregunta. Su tono expresa
urgencia y suena extrañamente nervioso, pero Aaron está convencido de que es
imposible que sea preocupación lo que hay en su voz. Él mismo le mordió y se
deleitó con sus gritos de agonía tanto como con su sangre para luego decirle,
con sus labios manchados de carmesí, cómo la marca lo destrozaría, cómo lo
volvería una marioneta para sus juegos enfermizos. Gozó de cada lágrima que
Aaron derramaba.
No tiene
sentido que ahora se preocupe por él, no más que un niño agitándose porque su
juguete favorito se ha roto porque ha sido descuidado.
Aaron se
encoge y cierra fuerte sus ojos.
—¿Sigues
negándote a responderme? —Samuel se acerca a él con los puños apretados, su
tono es sombrío, sus pisadas duras.
Aaron quiere
obedecer y decir un “No, señor” que apacigüe a ese vampiro sediento de
violencia que tiene por amo, pero no se trata de que haya decidido no usar su
voz de nuevo, aunque piensa que sería una decisión sabia de todos modos, sino
que algo en él está roto, algo falla.
Cuando intenta
hablar, se ahoga. Nota algo en su garganta: a veces los dedos de Samuel
envolviéndose en torno a ella, otras el agua de la piscina de Jason que tragó
cuando Samuel lo hundió en ella y miró con calma cómo casi moría, otras es un
puñado de sábanas que se le meten en la boca, como cuando el vampiro lo empujó
contra el colchón para acallar sus gritos mientras lo tomaba a la fuerza y
otras veces se trata solo de lágrimas y tristeza, un nudo de nervios que no
puede tragar ni escupir, que solo está clavado en su interior como una enorme
aguja que lo paraliza en su lugar. Se imagina a sí mismo como una mariposa que
ya no puede aletear, expuesta preciosamente en una vitrina que se torna su
prisión y siempre encadenada por delgados alfileres que quizá no la hacen
sangrar, pero la hacen sufrir en silencio.
El vampiro se
arrodilla justo en frente suyo, acorralándolo de nuevo. Está tan cerca que su
aliento frío hace que todo el cuerpo de Aaron se estremezca y su piel se erice,
su pequeña figura engullida por la robusta sombra de Samuel.
El vampiro
alza una mano y Aaron cierra sus ojos tan fuerte que los párpados le duelen.
Entonces nota
los dedos del vampiro, fríos, suaves, yemas gentiles como perlas rodando sobre
su piel. Le acarician la curva del cuello, deteniéndose sobre la cicatriz de la
marca que los une ahora y por siempre.
—No puedes
estar así para siempre… —suspira y Aaron siente un escalofrío que recorre cada
centímetro de su piel.
Hasta sus
dedos, su cuero cabelludo, la punta de su nariz y de sus orejas y desde la
sensible piel que Samuel está acariciando ahora. Lo hace con un tacto tan
sutil, tan tierno y sensible, como aquellas veces que en el pasado le dedicó
una amabilidad que Aaron sabe que fue, desde el inicio, falsa. Nada más que una
artimaña para reírse de él, para hacerlo más complaciente, para ver su carita
llorosa cuando descubriese que no había afecto tras sus actos, solo
manipulación y mentiras.
Pero se siente
como cariño de verdad. Y Aaron no puede evitar caer de nuevo en ese oscuro pozo
que es el ansia por más. Incluso aunque Samuel lo haya mutilado y ultrajado,
incluso aunque lo haya apalizado ya varias veces y ahora lo haya dejado
irreversiblemente roto, Aaron preferiría sentir sus golpes que ese hambriento e
insaciable vacío que sufrió año tras año, cuando solo se tenía a él mismo y a
su soledad.
Las caricias
que Samuel le da apenas pueden llenar ese inexorable vacío que el chico lleva
dentro, pero le hacen sentir un poco bien. Lo odia, porque debería detestar
esas manos que le rompieron la ropa, que le sostuvieron quieto, que le
empujaron de la cama al suelo cuando todo hubo terminado… pero son esas las
mismas manos que antes de todo aquello le hicieron sentir querido por unos
segundos, muy de vez en cuando, y echa mucho de menos su antigua inocencia. Esa
que pensó que algo podría florecer a raíz de ese sentimiento.
Cuando Samuel
se aleja, Aaron se queda confundido y no puede sino hacerse un ovillo y llorar,
porque quiere que alguien venga ahora mismo y lo tome entre sus brazos, quiere
que alguien bese su cuello y, con la suavidad de sus labios, borre esa herida,
quiere un susurro lento y ronco en su oído que le diga que él es bueno y que
cosas buenas le sucederán a partir de ahora. Quiere que le prometan que todo
estará bien.
Y quiere,
sobre todo, que esta vez sea real.
CAPÍTULO 44
Las noches
pasan lentamente y Samuel siente que la tranquilidad que ha construido es
frágil e insuficiente, que en cualquier momento estallará, como un grito
contenido que no puede ser ocultado por más tiempo.
Después de que
lograse que su pobre humano saliese de debajo de la cama, ha pasado una semana
entera trabajando en su autocontrol y ha descubierto que la forma más sencilla
de no sucumbir a la tentación es, precisamente, alejarse de ella. Por esa razón
ve a Aaron lo mínimo cada noche y aunque le destroza la distancia entre ellos,
más le duele saber la clase de cosas que no puede evitar hacerle cuando están
demasiado cerca.
Cada noche,
Samuel espera a que el mortal despierte, lo echa sobre su hombro, como si fuese
un objeto que transporta de aquí para allá, y lo lleva al baño, donde lo deja a
solas unos minutos para que se cambie de ropa y se desinfecte la herida de la
mano, la cual está curando tan despacio que cada noche, cuando el chico se
retira la venda, luce fresca y recién abierta. Durante sus minutos de
intimidad, Aaron toma una toalla húmeda y le aplica jabón para poder asearse un
poco, ya que aún no tiene fuerzas ni estabilidad suficiente como para darse un
baño él solo. Toma una muda de ropa y pliega pulcramente el conjunto sucio y lo
deja a un lado, asegurándose de que todo queda ordenado para que su amo no le
castigue por ser inútil y, además, crear más desorden del que es capaz de
solucionar.
Después de
eso, Samuel vuelve a llevar al chico a la habitación, donde lo deja solo por
horas, haciéndole solo visitas escuetas y ocasionales, o para llevarlo al baño
de nuevo, por si acaso necesita ir, o para dejarle una bandejita con comidas
simples, pero sabrosas, y grandes vasos de agua o zumo.
Aaron se
siente muy extraño cuando eso pasa, porque las acciones de Samuel demuestran
una frialdad tan absoluta que incluso a veces se siente culpable, culpable por
no estar ganándose el cariño del vampiro, como antes, lo hacía, culpable porque
su silencio ya no le obtiene ningún ‘’Buen chico’’, culpable porque incluso si
su amo y él viven bajo el mismo techo, se siente casi tan solo como cuando
dormía bajo las estrellas y soñaba con un amante que lo abrazase por las noches.
Pero esa
frialdad, sin embargo, es totalmente incompatible con la imagen de Samuel en la
cocina, preparándole un tazón de cereales con la leche vegetal más dulce que
puede encontrar o tostando el pan con delicadeza para que se quede dorado, no
quemado, o picando las verduritas bien finitas para luego saltearlas a la
sartén hasta que quedan crujientes y deliciosas. No tiene sentido que su amo
esté cocinando para él, ¡aprendiendo a cocinar!, pues no debe saber, ya que
hace siglos que no lo necesita, pero tampoco ha oído a nadie más en la casa y
duda que ningún vampiro se dedique a ser chef personal.
No entiende
por qué su amo le prepararía esos platillos en vez de sencillamente darle pan
duro y agua o servirle alimentos precocinados o enlatados que no requieren de
él ni el más mínimo esfuerzo. Aaron no ha hablado aún, pues está claro que el
vampiro lo ve como lo que siempre lo ha visto: un objeto. Y los objetos no
hablan.
Antes era un
objeto que Samuel gozaba de usar, así que le prestaba una atención especial, y
ahora es uno roto e inútil, hasta que se repare, y por ello, piensa Aaron,
Samuel lo ignora la mayor parte del día y solo lo atiende para cubrir sus
necesidades básicas.
Cuando Aaron
se queda solo y Samuel sale de la habitación azotando la puerta, él siempre se
pone contra esta y llora muy silenciosamente hasta que los ojitos le duelen.
Abraza su cojín favorito, lo pone bajo su cabeza cuando ya ha sollozado tanto
que no puede más y entonces se queda dormido. Duerme mucho, sobre todo porque
tiende a despertarse una y otra vez, por muy cansado que esté, sus sueños
siendo visitados por el vampiro que ahora lo esquiva como a una plaga, solo que
en sus sueños Samuel no es el hombre confuso y frío, pero a veces amable, que
una vez conoció y en el que podría haber llegado a confiar.
Samuel solo es
el monstruo que le pegaba por diversión, que lo dejaría morir lentamente solo
para tener un espectáculo con el que distraerse y el que lo violó por horas
para castigarlo por un insignificante error que no quería cometer.
El mismo
monstruo que Aaron teme y sabe que Samuel será cuando su cuerpo se haya
recuperado y pueda volver a usarlo y romperlo otra vez.
Hoy Aaron
despierta cuando aún es de día y la luz del sol baña la estancia. El ambiente
es cálido, pero no es esa la razón por la que el chico está tan empapado de
sudor que la camiseta se le pega al cuerpo y los mechones azabache se rizan
sobre su frente.
Respira varias
veces de forma profunda, intentando sosegarse, pero cada vez que parpadea y la
oscuridad cubre sus ojos, las imágenes que han sido grabadas en su mente a
fuego lo laceran de nuevo. Ve las manos de Samuel, sus labios, su sonrisa
maliciosa, sus colmillos, su lengua, sus brazos inmovilizándolo, sus piernas
sobre él, clavándolo en la cama, sus caderas empujando, su sexo profanándolo,
abriéndolo de una forma tan violenta, dolorosa y sangrienta como sus colmillos
cuando penetran su piel y la rompen, cuando se hacen un hueco en su cuerpo a
base de brutalidad, pues ahí no hay lugar para semejante depravación, recuerda
su voz. Su voz ordenándole que se corriese.
Aaron jadea y
se levanta de golpe. Necesita escapar de esos recuerdos, escapar del asco que
lleva bajo la piel, la culpa incrustada en su corazón; necesita escapar como no
pudo lograrlo aquella noche. No da siquiera un paso. El acto mismo de
levantarse es demasiado para sus pobres tobillos, que ceden y lo hacen caer al
suelo mientras una descarga de dolor escala por todo su cuerpo, desde sus pies
hasta sus caderas. Luego, el dolor se centra en su rostro, pues ha caído de
cara y su labio está abierto y sangrando.
Aaron mira
hacia la ventana cuando logra incorporarse un poco, gruñendo por el esfuerzo, y
se pone de nuevo en cuatro. Su corazón da un vuelco: el cielo no está dorado,
está rubicundo, con ese color tan característico de un atardecer.
La oscuridad
vendrá pronto y, con ella, la bestia que duerme tranquilamente en la cama
frente a él se despertará y verá que su humano se ha sido descuidado, se ha
hecho una herida en el labio y ha empapado su ropa de sudores fríos y le está
dejando el suelo perdido de sangre, pues intenta quitarla con sus manos, pero
solo logra extenderla más y más y dejar todo lleno de chorretones carmesí.
Aaron se
desespera cuando nota que no solo tiene las manos sucias de su sangre, sino que
ha ensuciado también las mangas de la camisa que está usando y que su labio
sangrante gotea por su cuello, tiñendo de color vino esa parte de la camisa
también.
Empieza a
hiperventilar cuando la luz que flotaba mágicamente alrededor de la habitación
se apaga poco a poco, como si la barrera que antes lo mantenía seguro se
debilitase hasta desaparecer.
Aaron escucha
como Samuel se remueve sobre la cama, aún dormido, y él se queda tan quieto
como puede, esforzándose por que su respiración no se escuche tan desesperada y
dificultosa como lo hace. Pero de poco valen sus esfuerzos, pues pronto el
dulce aroma de su sangre logra llamar al vampiro tan rápido que Aaron ni
siquiera logra verlo levantarse de la cama: en un pestañeo, el hombre está ya
totalmente despierto y arrodillado en el suelo justo en frente de él, tomándolo
con fuerza de los brazos y zarandeándolo mientras le exige una respuesta a
preguntas que el chico está demasiado asustado para responder.
—¡¿Qué mierda
has hecho?! ¡¿Dónde te has hecho daño?!
Aaron quiere
responderle que no ha hecho nada, que ha sido solo un accidente, pero Samuel
grita en su rostro de una forma sofocante y aterradora y, como desde hace ya
tiempo, las palabras ni siquiera le salen.
Samuel lo toma
del cabello con violencia para mantenerlo quieto y entonces desgarra con sus
uñas las mangas de la camisa de Aaron, demasiado similarmente a la forma en que
la ropa del muchachito fue rota aquella noche donde se le despojó de sus
últimos retazos de dignidad. Aaron llora desconsolado, reviviendo cosas que
jamás tuvo que haber vivido en primer lugar y Samuel, al desnudar los
antebrazos del chico y no ver ahí ningún corte, se calma un poco.
Aaron no está
siquiera temblando, está casi convulsionando entre sus manos y no para de
llorar, sorber y sollozar.
<<¿Qué
le estoy haciendo? ¿Qué he hecho?>> Se muerde la lengua con fuerza hasta probar
su propia sangre. Él no quería asustarlo, pero ha olido su sangre y su cuerpo
ha reaccionado casi por instinto abalanzándose sobre el chico y ha logrado
ahogar su apetito, pero su preocupación ha sido la que ha tomado el control y
pese a sus buenas intenciones, todavía usa la violencia y la rudeza propias de
una bestia.
Ahora que se
fija, no hay tanta sangre y… Oh. Samuel lleva su mano al rostro del
lloroso chico, lo acuna en su palma, notando la humedad de las lágrimas que no
paran de brotar y entonces acaricia con su pulgar el labio inferior, viendo ahí
la herida que se ha hecho.
—¿Qué ha
pasado? —le pregunta en voz baja, hablando con un tono tan suave que el chico
apenas lo oye bajo sus lloros— No te haré daño —susurra y eso parece calmar al
chico, aunque cuando mira sus brazos se da cuenta de que su agarre ha dejado la
piel del humano roja y amoratada. Aaron llora más flojo ahora, aunque no puede
parar de temblar—, pensaba que habías… vuelto a hacer una estupidez. No te has
herido a propósito, ¿verdad que no?
Aaron niega
con su cabeza frenéticamente.
Samuel acuna
el rostro del chico ahora con sus dos manos, porque recuerda que al humano le
gustaba mucho cuando hacía eso, y le hace mimitos con sus pulgares para secarle
las lágrimas. La piel de Aaron es suave y agradable y suspira al tocarla de ese
modo, sobre todo cuando nota que, pese al siempre presente temor, Aaron se
relaja en sus manos, se apoya contra ellas, casi buscando, rogándole, esa clase
de contacto.
Piensa
entonces en lo mucho que ha ignorado a Aaron para poder ignorar él mismo sus
instintos durante noches. Ha salido o se ha distraído en casa, pero siempre ha
tenido alguna forma de desinhibirse mientras Aaron pasaba sus noches encerrado
en una habitación como un objeto desechado, hartándose a llorar y añorando
incluso la compañía de su demonio, pues es el único hombre que lo ha tocado en
años.
Samuel ha
pasado todo este tiempo eludiendo a Aaron para protegerlo de él, de sus deseos
que afloran cada maldita vez que lo ve, pero ¿por qué tiene que ser Aaron quien
sufra para preservar el autocontrol de Samuel? El mismo objetivo de ello es,
precisamente, aliviar el sufrimiento de Aaron.
Samuel se
siente estúpido, incapaz de hacer nada bien con ese pequeño humano. Lo único
que se siente correcto que ha hecho hasta ahora es acariciarle con ternura, así
que sigue haciéndolo, por un buen rato, y el chico mira al suelo mientras poco
a poco se sosiega.
—Ya está, ya
está —le intenta consolar el vampiro y achucha un poco sus mejillas mientras
Aaron olfatea con su naricita sonrojada de tanto llanto—, vamos, háblame. Dime
qué ha pasado. ¿Te has caído?
Aaron asiente,
moviendo su cara entre las manos del vampiro, fregándola contra ellas como una
mascotita mimosa. Samuel se muerde el labio.
Aaron es tan
tierno y luce precioso de ese modo, vulnerable e incapaz de huir, totalmente en
sus garras y manchado de esa deliciosa sangre que le pertenece… Verlo así le
rompe el corazón y le abre el apetito, pero Samuel muerde duro su propia lengua
y traga la amargura de su sangre, manteniéndose saciado aunque sea a base de
veneno. <<Pero no a su costa. Ya no.>>
—¿Has
intentado ponerte de pie?
Aaron asiente
de nuevo. No le está hablando todavía, pero está reaccionando y respondiendo
como puede, así que Samuel se da por satisfecho. Quizá eso no luce como lo que
él quería, pero luce como un avance y sabe que es afortunado de tener uno, por
chiquitito que sea, después de las atrocidades que ha cometido en esa misma
habitación, con ese dulce e inocente siervo humano.
—¿Todavía
duele? —Aaron asiente tímidamente, como temeroso de que Samuel se enfade,
considerando sus quejas como una muestra de ingratitud, incluso si es él quien
ha preguntado. Si Aaron puede hablar y se sintiese cómodo para expresarse, le
diría al vampiro que también le duele la cabeza, constante, aunque levemente, y
que uno de sus ojos ve tan borroso que a veces lo cierra porque le marea—.
Debería revisarte; he hablado un poco con Jason estos días y él me ha explicado
cómo chequear si estás curándote y mejorando. Ah, estás empapado… —se queja
Samuel y aparta sus manos de sus mejillas. Aaron se siente avergonzado y
ansioso. La primera, porque le ha dado asco al vampiro y la segunda porque teme
que eso le haya irritado—. Ven aquí. —dice de pronto y lo alza por sus axilas
como si fuese un niño pequeño.
Aaron no se lo
espera para nada cuando, en lugar de echarlo descuidadamente sobre su hombro,
vaciando todo el aire de sus pulmones con un golpe seco, el vampiro decide
sostenerlo de un modo más delicado.
Samuel lo alza
en volandas.
Un brazo pasa
bajo sus corvas, sosteniendo firmemente sus piernas, mientras el otro le
sostiene desde la espalda, levantándolo como si estuviese hecho de plumas.
Aaron queda acurrucado contra el pecho de su cruel amo, pero se siente tan
cálido y protegido que olvida esa crueldad unos segundos.
Sus ojos se
humedecen cuando recuerda las miles de veces que ha soñado despierto con
alguien que lo salve y lo lleve en sus brazos como a una princesa en apuros que
debe ser rescatada y cuidada.
Ambos entran
al baño y Aaron se siente muy nervioso cuando el vampiro lo deposita sobre una
silla, delante del tocador, y acto seguido empieza a desabotonar su camisita
manchada de sangre.
El labio
partido le tiembla sin control y los dientes le castañean del miedo, pero se
queda total y completamente quieto mientras el vampiro abre su camisa botón por
botón. Samuel confunde ese paralizante terror con obediencia, así que cuando
acaba de retirar esa prenda, le toma por sorpresa que el humano se resista al
ver que le va a retirar también sus pantalones.
Aaron no lucha
muy fuerte, porque sabe que eso solo hace que todo sea peor para él, pero
cuando Samuel pone sus dedos en el elástico de su pantalón, como listo para
tirar de él y bajárselo, Aaron lleva sus manitas a la enorme mano del vampiro y
la empuja con titubeo para mantenerla retirada.
—Quieto.
—sisea el vampiro, manoteando a su mascota humana para que deje de incordiarlo.
Al final le
sostiene las muñecas al chico con una mano y con la otra le baja los pantalones
a Aaron de un tirón. De un segundo a otro, el chico tiene la prenda por los
muslos y su ropa interior está expuesta de forma vergonzosa.
Aaron entra en
pánico. Necesita que Samuel le devuelva su ropa, necesita protegerse antes de
provocar algo que no puede tomar.
Sin siquiera
pensárselo, Aaron empieza a patear a Samuel con todas sus fuerzas y a agitar
sus muñecas prisioneras por el poderoso agarre del vampiro con la esperanza de
liberarse de él, de lo que está por suceder. Samuel gruñe, molesto, e intenta
sostenerlo quieto para seguir desnudándolo, pero Aaron forcejea con tal fuerza
que cae de la silla al suelo y eso parece molestar a su amo sobremanera.
—¡Te he dicho
que te estés quieto! —le grita con una voz que logra paralizar a Aaron por unos
segundos, pero tan pronto vuelve a llevar sus manos al pantalón del chico, este
se reactiva y lucha todavía con más fuerzas.
Patea, araña e
incluso trata de morder a Samuel. Se revuelve entre sus manos con tal de
hacerle la tarea de desnudarlo imposible, pero no sabe que para Samuel sería
terriblemente sencillo reducirlo con una sola mano y terminar lo que ha
empezado.
La única razón
por la que no lo hace es porque intenta mantenerlo tranquilo en la medida de lo
posible y si ahora le demostrase al humano cuán fácil lo tiene para usar una
pizca de su fuerza y tenerlo a su merced, llorando, dócil y posiblemente roto y
sangrante, es muy probable que el chico terminase tan aterrado que no volviese
a hablar nunca más.
Está
intentando contenerse por él y aun así el chico no le deja las cosas
fáciles. Siente una punzada de resentimiento crecer en su interior. <<Tan
desagradecido…>> le dice una voz siseante, insidiosa, una voz que se
siente como el hormigueo en la punta de sus dedos cada vez que piensa en
hacerle daño, en enguantarse las manos con sangre inocente. <<Merece
un castigo>>.
Pero Samuel
niega con la cabeza y trata de expulsar esas deliciosamente perversas ideas de
ahí y, para cuando se da cuenta, nota que Aaron ya está llorando de nuevo y que
tiene los brazos, la cintura y sus muslos llenos de marcas rojas y moradas con
la forma de sus dedos. Samuel maldice por dentro, solo está intentando que el
chico se quede quieto y está tratando de manejarlo con suavidad, pero es tan tan
malditamente difícil. Aaron está verdaderamente desesperado y él empieza
también a sentir que pronto perderá el control. Que si el chico no deja de
comportarse como una presa, él tendrá que hacerlo como un depredador.
—Quieto.
La voz de
mando vibra en su garganta como un ronroneo agradable. El poder en ella es
maravilloso, miel en los labios, un toque de canela en la lengua: es tan dulce
saborear la autoridad, tan escalofriante picante ver cómo con solo una palabra,
una criatura creada con la libertad en su alma se torna solo tu marioneta.
Y eso es
exactamente lo que sucede: como si de un tirón de correa se tratase, el mandato
que Samuel pronuncia, rebosante de una exigencia que no puede ser desobedecida,
hace que Aaron se congele en su lugar y que solo sus ojos puedan moverse libremente,
observándolo con una súplica tan lastimera que Samuel chasquea la lengua con
fastidio. <<No me mires así. ¿Qué querías que hiciese? ¿Qué más opción
me has dado? Estoy siendo amable. Esto es mi amabilidad.>>
Los labios de
Aaron también se mueven o, más bien, tiemblan mientras balbucea pequeños lloros
sin sentido.
Ahora que el
chico está inmóvil como un muñequito, Samuel puede permitirse tomar su ropa con
delicadeza y retirársela fácilmente, deslizando el holgado pantalón por sus
suaves piernas hasta deshacerse de él. Luego lleva sus dedos a la última prenda
que le queda al chico, su ropa interior blanca como el algodón, pero antes de
tocarla siquiera, el vampiro siente una punzada en el pecho. Un dedo invisible
empujando una espinita que tiene clavada en el corazón.
Aaron lo está
mirando con la misma súplica que antes, solo que ahora le mira a los ojos.
Su mirada, tan
dulce y suave, tan desprovista de maldad y ahogada en sufrimiento, es
inesperadamente hiriente. ¿Cómo puede algo sin filo cortar así a Samuel? Su
armazón siempre ha sido sólido e impenetrable, ninguna hoja o puñal capaz de
atravesarlo sin importar cuán poderoso el golpe, cuán trapera la puñalada. Pero
Aaron no lo ataca, solo le pide silenciosamente piedad, espera piedad en
él, y eso es lo que lo destruye. Se trata de una mirada tan pura e inocua como
el pétalo de una flor y precisamente por eso Samuel se siente alcanzado por
ella: porque su coraza está hecha a prueba de balas, pero por las pequeñas
grietas algo tan diminuto y suave puede fácilmente colarse y, luego, acariciar
su corazón. Para el vampiro, que nunca ha sido tocado en un lugar tan sensible,
una caricia es suficiente para hacerlo caer de rodillas, como abatido en
combate, es suficiente para hacerlo temblar y balbucear, para hacerlo sangrar.
Sabe recibir bien los golpes, pero jamás se preparó para semejante gentileza.
Así que se
detiene y mira al chico a los ojos, hipnotizado por lo tierno que luce entre
sus manos, por lo vulnerable que es y lo suavemente que le está pidiendo que se
detenga: no necesita palabras u órdenes, no necesita tirar del lazo como de una
correa amarrada a su cuello, solo tiene que mirarlo y parpadear, sus pestañas
desarmándolo, su hermoso iris azul atrayéndolo hasta que se inclina sobre él
como uno hace sobre cristalinas aguas de un lago para ver su reflejo. Su negra
pupila expandiéndose hasta devorar prácticamente ese hermoso color celeste,
devolviéndole una imagen. Su imagen.
Samuel se ve
reflejado en los ojos de Aaron y apenas se reconoce al inicio. ¿Desde cuándo su
rostro puede expresar una mueca de preocupación semejante? Luce tan afligido,
tan herido, tan… humano.
Y eso lo
asusta, así que aparta su mirada y ordena con voz dura:
—Baja la
vista.
Aaron obedece
de inmediato, temblando como una hoja en un vendaval. Cualquier influencia que
hubiese creído que tenía sobre su amo segundos atrás ha sido cortada.
El hechizo
está roto y Aaron lo sabe tan pronto Samuel toma el elástico de su ropa
interior y lo desnuda de un tirón.
Sus ojos se
llenan de lágrimas.
—No… —murmura
y Samuel abre los ojos enormemente, porque Aaron está hablando por fin,
pero el chico no parece hallar nada extraño en su súplica, como si llevase días
repitiendo las mismas cosas una y otra y otra vez y la única diferencia fuese
que ahora el vampiro sí lo oye —, por favor, no…
El corazón de
Samuel se rompe cuando se desvanece la fascinación que le causa escuchar la voz
de Aaron de nuevo.
Ha logrado que
hable, sí, y eso es lo que quería, pero no así. No de este modo.
Samuel mató a
Aaron y luego lo devolvió a la vida. Y sus primeras palabras desde su renacer
han sido estas. No han sido algo tierno y lleno de amor, como debieron ser sus
primeras palabras de verdad, cuando seguramente llamó a su madre o a su padre,
a las personas a las que veía como dioses bondadosos y extraños que lo hacían
sentir seguro, cálido y querido, o cuando quizá dijo alguna tontería adorable,
como el nombre de su peluche más querido o de su serie de dibujos favorita o de
la comida que más disfrutaba comiendo, pero fuese lo que fuese, Samuel está
seguro que nombró algo que lo llenaba de alegría y lo nombró pidiéndolo con un
inocente descaro, porque por aquel entonces el chico aún pensaba que la
felicidad era algo sencillo, al alcance de la mano, y algo que merecía obtener
si simplemente lo deseaba.
Pero sus
primeras palabras ahora han sido tan distintas. No ha pedido, sino suplicado,
un acto que nada tiene que ver con el amor o la seguridad o la felicidad, sino
con la desesperación. No hay nada cerca suyo que le haga sentir bien, nadie que
sea su lugar seguro, solo sufrimiento. Así que solo sabe hablar el lenguaje del
sufrimiento: no sabe pedir cosas buenas, solo rogar porque las malas se
detengan o, ni eso, porque se esperen un poco, pacientemente, acechándolo,
lanzándose sobre él después de darle al menos un diminuto descanso.
No siente que
Aaron haya dicho siquiera esas palabras: no son palabras suaves y llenas de
confianza que se deslizan fuera de sus labios, son gritos que él mismo ha
arrancado de su boca a base de miedo y desesperación.
Le ha forzado
a hablar, lo ha asustado de tal manera que su voz ha vuelto no porque se sienta
más preparado para usarla y saber que será escuchado, sino porque su cuerpo la
ve como un arma, quizá la única que le queda, y se ha sentido tan indefenso que
no ha podido tomar nada más para guardarse del mal que ve en sus manos.
Samuel aleja
sus dedos de la desnudez del chico y le sostiene las mejillas muy
cuidadosamente, dejando que las lágrimas le bañen las manos.
—No te haré
daño, Aaron —murmura y puede sentir como el corazón del chico se acelera al oír
su propio nombre, como un adorable perrito que mueve la cola con excitación
cuando escucha su palabra favorita—, solo quiero darte un baño y revisar tus
heridas. No te va a pasar nada malo. Lo prometo.
El chico
respira entrecortado y toma las palabras una a una, como recogiendo frutas
maduras de un arbusto, notando su ternura en su mano y revisándolas poco a
poco, en busca de muescas o podredumbre. Del mismo modo, examina las palabras
del vampiro, esperando hallar en ellas amenazas o advertencias, quizá burla y,
sobre todo, una mentira cruel. Pero Samuel suena sincero y él necesita creer
que lo es, así que poco a poco respira más pausado.
No se resiste
cuando el vampiro lo toma por la cintura, los dedos largos y fuertes tan
peligrosamente cerca de su sexo descubierto, tan ardientes contra la piel, tan
perfectos cuando encajan con las aterradoras marcas moradas que ahí porta.
Samuel le
ayuda a ponerse de pie y luego lo coge en volandas otra vez, lo lleva a la
bañera, lo deposita despacio y luego pasa un buen rato con los dedos bajo el
grifo hasta que obtiene la temperatura deseada, ni muy fría, ni muy caliente.
Empieza a llenar la tina mientras Aaron se remueve un poco, pero se mantiene
dócilmente en su lugar, dejando que el agua templada engulla su cuerpo poco a
poco.
Mientras
Samuel espera, viendo cómo cada parte del chico es sumergida, se pregunta por
qué no ha hecho eso antes: por qué no le ha hablado a Aaron con esa paciencia y
esa dulzura. Si en vez de forcejear con el chico y darle órdenes le hubiesen
acompañado en todo el proceso con pequeñas palabras de ánimo, con halagos e
instrucciones claras y sencillas, sabe que Aaron no se habría asustado tanto,
pero sus labios se mueven por costumbre y estos conocen demasiado bien la forma
de los mandatos, el firme peso, sobre la lengua, de los gritos y las palabras
gruñidas con ira e impaciencia.
Ahora, tiene
que acostumbrarse al de las palabras tranquilas y bonitas y es demasiado
empalagoso.
No le
disgusta, no cuando Aaron parece amar esa forma azucarada que tiene el otro de
dirigirlo, pero se siente tan nuevo, tan diferente.
Cuando la
bañera está ya suficientemente llena como para que lo único que sobresalga del
agua sea la cabeza de Aaron, pequeña y adorable como una setita con el tronco
pálido como su tez y el sombrero azabache cual su cabello, Samuel cierra el
grifo y toma entre sus manos un bote de jabón. Vierte un chorro sobre su palma
y la frota con la otra, que ha humedecido en agua, hasta que se forma espuma
entre sus dedos.
Aaron hace un
amago de apartarse cuando se da cuenta de que es el vampiro quien va a
enjabonarlo. La idea de las manos de ese hombre recorriendo su cuerpo desnudo
de nuevo lo atormenta tanto que está cerca de saltar fuera de la bañera y
formar todo un lío.
Pero Samuel lo
toma del brazo, firme y a la vez gentil, y lo atrae de nuevo hacia él,
sumergiéndolo en las aguas cálidas.
—No —dice y su
voz sigue siendo dura, pero se esmera en que no salga de su garganta el
retumbar del gruñido que está conteniendo—, sé un buen chico y quédate quieto.
No puede pasar
desapercibido cómo la piel de Aaron se eriza cuando lo llama buen chico, ni
cómo un segundo después parece pensativo y luego tremendamente dócil, como
suplicando ganarse ese título y todos los halagos y privilegios que eso
comportó en el pasado, cuando Samuel obsequiaba al chico con migajas de un
falso cariño a cambio de que renunciase a su cuerpo y su autonomía.
El vampiro
suspira, queriendo olvidar esos momentos, pero sabiendo que Aaron nunca lo
hará.
Se sitúa
detrás de él y empieza a enjabonarlo por sus hombros, que son tan menuditos que
cuando los toma entre sus manos se le antojan terriblemente tiernos. Los frota
apretando un poco con la intención de relajar al chico, de deshacer los nudos
de tensión que nota bajo la piel, en sus músculos. Aaron gimotea un poco en sus
manos, aunque no sabe si es porque aún está asustado y cada tacto nuevo lo
altera o si el pequeño masaje está arrancando de él deliciosos sonidos de
alivio.
Desliza sus
manos de los hombros de Aaron hacia su cuello, tallando esa divina curva una y
otra vez con suaves y amplias palmas. Para frotar su cuello, lo rodea sin
dificultad alguna con una de sus manos y al hacerlo nota al chico tensarse, sus
manos agarrando los bordes de la bañera tan fuerte que tiene las puntas de los
dedos blancas como la nieve.
Samuel se
inclina hacia él, despacio, sus labios a un mero aliento de rozar el tierno
lóbulo de su oreja. Se controla, tira de la correa de sus instintos para
mantenerlos alejados de Aaron y susurra:
—Buen chico
—Aaron gimotea al escuchar su voz tan cerca, tan penetrante. Tan suave como
terciopelo deslizándose por toda su piel—, todo está bien. Relájate.
Aaron no sabe
si se trata del vínculo que los une, que le permite discernir cuando el vampiro
lo embauca de cuando es honesto, o si simplemente está demasiado cansado para
mantenerse alerta, pero le cree. Y le obedece.
El chico se
rinde y deja que su cuerpo quede maleable para las manos del vampiro, ya no
tenso como antes, pero todavía estremeciéndose, la piel erizándose por cada
tacto extraño, sus piernas cerrándose y frotándose ante el nerviosismo que le
provoca que esas manos se acerquen tanto a zonas sensibles y frágiles de su
anatomía.
Samuel vacía
poco a poco la bañera a medida que lo enjabona. Tras frotar el cuello del
chico, amasándolo con sus dos grandes manos, Samuel baja y limpia luego los
brazos de Aaron. Recorre cada uno con una lentitud que no puede ser confundida
con nada más que admiración: el chico tiene extremidades delgadas, largas y
gráciles y Samuel explora con sus manos esa anatomía tan distinta a la suya,
tan suave y delicada. Se entretiene frotando las muñecas de Aaron, pues le
gusta sentirlas diminutas en sus manos, el huesito de estas protuberando un
poco. Luego enjabona sus manos y hace lo mismo, tallando dedo por dedo,
preguntándose cómo una criatura puede ser tan pequeña, con huesos que se le
antojan de cristal, y aun así haber sobrevivido a la magnitud de sus apetitos.
Luego frota la
espalda del chico, dedos largos y hábiles recorriendo la deliciosa curva que la
atraviesa, apretando un poco al bajar para enderezar la postura del muchacho,
hacerlo arquearse de una manera exquisita. Mientras lo hace, sigue con su boca
a meros centímetros del oído del chico, los labios a veces rozando el cartílago
cuando Aaron se abruma y se mueve un poco, antes de ser sostenido por manos
firmes y exigentes que vuelven a ponerlo en su lugar.
—Sé bueno —le
dice cada vez, la voz sedosa y cálida como el agua siempre le hace arquearse un
poco más, jadear con necesidad. Hambriento de más de esa gentileza, esa
preciosísima amabilidad de la que lleva demasiado tiempo siendo privado—, no te
haré daño. No te asustes.
Aaron se
esmera por no enfadar al vampiro ahora que por fin está siendo amable y
cuidadoso con él. Sabe, en el fondo, que la única razón por la que sus manos lo
sostienen con delicadeza ahora es porque está frágil y que cuando por fin
vuelva a ser resistente como antes, será usado con desgaire y luego arrojado al
suelo hasta que al vampiro le venga en gana utilizarlo de nuevo para su placer.
Posiblemente, piensa, Samuel será el triple de cruel cada vez que lo use para
compensar lo amable que está forzado a ser ahora, pero cuando llegue el
momento, sufrirá por ello, no ahora. Ahora solo quiere disfrutar de estar
recibiendo por fin el trato con el que tanto soñó por años.
Samuel le
enjabona después el pecho, sus dedos pellizcan gentilmente sus pezones un par
de veces, aprovechando la labilidad del jabón, y luego grandes manos acarician
su tripita, que se hunde ante la impresión que ese tacto le provoca. De pronto,
el vampiro va a la otra punta de la bañera y enjabona los pies del chico,
entreteniéndose en rodear sus tobillos con manos jabonosas una y otra vez, pues
al igual que sus muñecas, son tan delgados que sostener ambos con una sola mano
no le es problema y eso lo fascina de formas que sabe que son peligrosas.
Asciende poco
a poco, tallando las piernas del chico hasta llegar a sus tiernos muslos. Ambos
juntos son un poco menos gruesos que el bíceps del vampiro y eso hace que Aaron
tiemble, pues ahora que Samuel está tan cerca, tocándolo con detenimiento,
tiene todo el tiempo del mundo para examinar a su amo y ser completamente
consciente de lo grande y fuerte que es, de que, a pesar de todo el daño que le
ha hecho, podría hacerle aún más. Le resulta tan inimaginable que palidece solo
de pensarlo.
Aaron da un
repullo y se aleja de golpe cuando Samuel sube una de sus manos, deslizándola
gracias a la viscosidad del jabón, y frota su sensible ingle.
Samuel lo toma
por un tobillo y tira despacio de él, impidiéndole huir y alejándolo,
llevándolo hacia sus manos.
—No, no, por
favor. —murmura el chico, su voz muy nerviosa, pero también muy bajita, un eco
de las súplicas que antes ha suspirado.
Samuel se
muerde el labio y aparta la mirada. Odia ver cómo los ojos de Aaron se llenan
de lágrimas, como su boca solo repite las mismas palabras desesperadas por
piedad, como un disco rayado, odia ver la manera en que su cuerpo se tensa y su
pecho sube y baja demasiado rápido.
Se siente tan
frustrado. Está siendo agradable con el chico ¿Por qué cada pequeña cosa, cada
mirada, sollozo, cada temblor de su inocente cuerpo debe recordarle que hubo
días en que no lo fue? Quiere golpear al chico, hacerle daño para que aprenda a
apreciar los momentos de paz que le da y deje de quejarse, pero pronto entierra
esa idea: Aaron también se ve obligado a recordar esos horribles momentos.
Cada vez que
lo toca. Cada vez que le da una orden. Cada vez que lo mira, posiblemente. El
chido recuerda todo el mal del que es capaz y no puede ya distinguir lo que
está sucediendo de lo que sucedió. Debe estar tan aterrador. Sin poder andar
siquiera, sin poder ver bien, sin poder controlar su cuerpo si él usa la voz de
mando, sin poder apenas respirar.
El chico jadea
e hiperventila, pues Samuel está apretando fuerte su tobillo y está mirándolo
tan serio que teme que pronto su rostro ecuánime se torne uno iracundo, pero el
vampiro se da cuenta de que se ha distraído en su ensimismamiento y ha olvidado
que debe controlar su fuerza. Así que ahora suaviza su agarre y le dedica al
chico una mirada afable.
—¿Te hago
daño?
Aaron niega
con su cabeza, los ojos cristalizados, los labios apretados y la vista clavada
en su desnudez, en su entrepierna. Samuel está siendo paciente con él, yendo
despacio, pero aun así su mano acaricia la cara interna de su muslo y eso más
cerca de lo que el chico puede soportar.
—Usa tus
palabras. ¿Te hago daño? Mírame, Aaron. ¿Te hago daño?
La orden suena
un poco más firme que el resto de sus suaves palabras y eso hace al chico
ponerse alerta de nuevo y obedecer de inmediato. Como Aaron sabe que tiene
prohibido mirar a los ojos al vampiro, se centra en clavar sus ojos en esa boca
de labios rojos y gruesos que, a pesar de tener colmillos, también parece
poseer la habilidad de esculpir palabras tranquilizadoras.
—N-no…
—murmura.
Samuel tuerce
su boca en un gesto de desaprobación y eso altera al chico. Aun así, el vampiro
sigue tocando solo su muslo, acariciándolo con el suave y fragante jabón y no
cruzando ningún límite por ahora.
—¿No qué?
—N-no, amo.
—Aaron se corrige tan rápido como puede, su voz saliendo temblorosa y queda.
—Eso está
mejor —lo halagaba el vampiro. Suelta su tobillo, el que antes agarraba para
impedirle huir y ahora sube esa mano al otro muslo. Le separa poco a poco las
piernas y con esa mano también frota la sensible y tierna zona, acariciando la
ingle alguna que otra vez—, ahora, voy a acabar de enjabonarte y tú vas a
quedarte quieto. No te haré daño, así que no te resistas. No me hagas enfadar,
¿de acuerdo?
Aaron responde
con un ruidito afirmativo y aunque Samuel quiere arrancarle más preciosas
palabras de su boca, se contenta con ello y no lo presiona más.
—Muy bien,
cierra tus ojos.
Aaron obedece
al instante y unas lágrimas caen por sus mejillas.
El vampiro
asciende con una de sus manos, la otra le hace mimos tranquilizadores a Aaron
en la pierna. Mientras eso sucede, el vampiro enjabona a conciencia los
genitales del chico. Primero sus testículos, siendo cuidadoso de no apretar
demasiado en una zona tan delicada, y luego su pene suave y pequeño. Su tacto
es maravilloso y su piel cremosa como una cucharada de helado, pero sabe que no
debe entretenerse tocando esa parte de él, aunque entre sus manos luzca como un
juguetito hecho solo para su divertimento, o Aaron se pondrá demasiado
nervioso.
Puede
escucharlo respirar agitadamente, así que mientras termina de enjabonar su
hombría, le habla con voz ronca y baja.
—¿Qué ha
pasado esta mañana?
—Lo siento,
l-lo siento mucho…
Samuel muerde
su lengua hasta tragarse el sabor metálico y amargo de su sangre. Lo hace
porque se lo merece, merece ese asco y esa angustia que le perfora el estómago,
merece el dolor, pues ha herido tanto al chico que no sabe hablar si no es para
pedir clemencia o perdón.
—No te he
pedido que te disculpes. Te he hecho una pregunta. Respóndeme.
—T-tuve una
pesadilla y m-me puse… de pi… pie y m-me caí, perdón…
Aaron a duras
penas puede hablar. Todo lo que sale de su boca se ve interrumpido por jadeos o
sollozos o porque de repente necesita tomar aire, pues siente que se
ahoga.
Samuel deja de
tallar su hombría y, de repente, sus manos bajan a un lugar prohibido. Uno que
solo ha tocado para hacerle a Aaron un daño irreparable.
El chico abre
los ojos de pronto y vuelve a intentar moverse lejos de esos toques, pero
Samuel clava los dedos de su otra mano en el muslo del chico, abriéndole las
piernas y manteniéndolo quieto y dócil.
—¿Te duele
también aquí?
Aaron jadea
cuando Samuel desliza sus manos hacia su trasero, resbalando sus dedos al
espacio rosado entre sus nalgas y con las yemas jabonosas acariciando la
virginidad que le arrebató cruelmente. El chico está tan alterado que olvida la
pregunta. Solo puede sentir esos dedos enjabonados y lábiles deslizándose una y
otra vez sobre su entrada y aunque no lo nota todavía, imagina la forma en que
Samuel lo tomará del cuello cuando los empuje dentro suyo, haciéndolo suyo de
nuevo. Quizá Samuel no puede forzar su sexo en él todavía si pretende
conservarlo un tiempo más, pero sí puede hacerlo con sus dedos, darle una
pequeña probada de lo humillante y doloroso que es ser usado. Un pequeño
adelanto de lo que le espera cada noche de su eternidad una vez su cuerpo se
recupere. Aaron está tan seguro de que lo hará…
—Aaron —lo
llama y el chico siente un escalofrío. Su nombre suena tan irreal en los labios
del vampiro. Cuando lo llama así, siente que el hombre está concediéndole algo
en cierto modo, le está haciendo el regalo de admitir que aún es humano—. ¿Te
duele aquí?
Cuando dice la
última palabra, Samuel pulsa ligeramente con sus dedos la apertura del chico y
este se estremece.
—U-un poco…
—admite, agobiado, y como por arte de magia los dedos del vampiro se retiran de
ese lugar.
Aaron tiene
que parpadear dos veces para creérselo cuando Samuel suelta su muslo también,
permitiéndole cerrar las piernas. Teme que sea una trampa, pero el vampiro no
le hace ningún daño incluso transcurridos unos minutos.
Samuel toma el
brazo del chico, aquel que rompió en el pasado, y lo sostiene en una de sus
manos, como comprobando su calidad.
—¿Aquí también
duele?
—M-menos…
Samuel
asiente, pensativo y silencioso. Sus manos bajan hacia los tobillos del chico y
este, alarmado, los recoge abrazando las piernas contra su pecho.
—A-ahí duele
mucho, amo, duele mucho… —suplica, pero el vampiro aun así sigue acercándose.
Le aparta
cuidadosamente los brazos de las rodillas y le hace soltar sus piernas, luego,
con una mano, toma el tobillo de la derecha y la alza. Aaron sigue desnudo y
enjabonado, tan vulnerable que decide que lo mejor será obedecer incluso si
está aterrado. Se tumba en el fondo de la bañera, mientras Samuel alza su
pierna derecha y examina su tobillo. Por suerte, no lo está apretando en
absoluto.
Toma su pie
con la otra mano y, manejándolo como si se tratase de la pieza de un muñequito
que está montando y desmontando, hace que el pie de Aaron se mueva en pequeños
círculos, haciendo rotar su tobillo un poco. Aaron hace una mueca, pero se
traga sus grititos.
—¿Esto duele?
El chico
asiente, al borde de las lágrimas, y Samuel deja al chico tranquilo por ahora.
Jason le explicó todo bastante bien, pero ver a Aaron retorcerse de dolor
porque ha movido suavemente una parte de él que ya debería estar curada le hace
ser demasiado consciente del alcance del daño que le ha hecho.
Samuel toma la
alcachofa de la ducha y con agua cálida empieza a aclarar el jabón del cuerpo
de Aaron poco a poco. Cuando ha terminado, Aaron está temblando de frío como un
cachorrito empapado en lluvia, así que Samuel lo envuelve en una gran toalla y
lo saca de la bañera echándoselo al hombro.
CAPÍTULO 45
Con Aaron
envuelto como un burrito en su toalla de ducha, Samuel decide bajar las
escaleras y dirigirse hacia el salón. Durante días, Aaron no ha visto nada más
que no sea su alcoba y el baño en ella, así que piensa que quizá logre
tranquilizarlo si lo saca de ese ambiente. Ahora que el chico ha vuelto a
hablar, no quiere correr ni el más pequeño riesgo a asustarlo en demasía de
nuevo y que vuelva a mantener su preciosa voz bajo llave y se teme que el
ambiente opresivo de esa estancia, la misma donde lo violó, donde sus gritos
siguen atrapados en las paredes y las sábanas huelen a su sangre y sus
lágrimas, no va a ayudarlo a relajarse.
Samuel se
sienta en su amplio sofá granate y pone al chico sobre su regazo. Le retira la
toalla, aunque Aaron se aferra a ella con una mano, demasiado asustado por su
repentina desnudez, y el vampiro empieza a secarlo tallando su húmedo cuerpo
con la suave fibra de la toalla. Le revuelve el pelo, le acaricia la espalda,
le masajea los hombros levemente y, al final, Aaron toma suficiente confianza
como para soltar la esquinita de esta a la que se aferraba con tanta fuerza.
De reojo,
puede ver cómo hay una pequeña pila de ropa en la mesa del comedor y luce como
ropa de su talla, por lo que un enorme alivio lo recorre y le permite relajar
su cuerpo ligeramente. Samuel lo toma por la cintura, acercándolo más a él, y
se inclina hacia su cuello.
—No te muevas,
tranquilo, solo quiero ver la marca.
Aaron obedece,
conservando la calma tan bien como puede, y ladea su cabeza hacia un lado para
ofrecerle su cuello al vampiro con una docilidad que le resulta peligrosamente
tentadora. Samuel tiene que morderse la lengua de nuevo hasta que el dolor lo
distrae lo suficiente como para que esas voces demoníacas en su cabeza no
griten más fuerte que su consciencia.
Samuel desliza
sus dedos por la marca. Es grande, realmente grande. Piensa en lo pequeño que
debió sentirse Aaron cuando lo mordía, sus mandíbulas capaces de rodear y
arrancar su elegante cuello. Pero, a pesar de su tamaño, la herida no luce como
todas suelen hacerlo: rojas y profundas, con un aspecto feo y desgarrado que,
incluso tras sanar correctamente, siempre luce dantesco y sangriento, como un
recuerdo demasiado vívido de la herida cuando estaba abierta.
La herida de
Aaron ha sanado mucho más gracias a la sangre de vampiro, pero no del todo, de
ahí que luzca sutil y tan limpia, sin una gota del color granate oscuro que
suele caracterizar las cicatrices de mordidas. La de Aaron luce increíblemente
pálida, más blanca aún que el resto de su piel; está levemente hundida y tiene
una textura fibrosa, como sucede con la piel estriada. Pequeños toques de color
rosado y violáceo se distinguen en las diminutas vetas con pinceladas de esa
piel, lo que hace, al mirar la herida de lejos, que luzca no de un insulso tono
blanco, sino de un precioso nacarado.
<<Incluso
sus cicatrices son hermosas y puras como una perla>>
Samuel no
puede resistir la tentación, se inclina más hacia Aaron, sostiene su cuello por
el lado contrario con una mano, con la otra aparta el collar metálico y sus
labios recorren cada centímetro de la herida, acariciándola. Cada suspiro leve
y cálido del vampiro sobre la piel cicatrizada se siente como una descarga de
dolor para Aaron, un recordatorio de que con la misma boca con que ahora lo
acaricia sensualmente, bien podría desgarrar su piel.
—¿Duele cuando
te acaricio así? —pregunta y lo toma por la cintura ahora, manejándolo a su
antojo: lo atrae hacia sí, como llevándose el delicioso bocado que es Aaron a
la boca. Deja un casto, lento beso sobre su cicatriz y el muchachito siente una
chispa de electricidad atravesando su cuerpo entero, exigiéndole que se doble
ante cualquier palabra que salga de esos labios.
—N-no, señor.
—contesta educado, pero con la voz temblorosa.
—¿Por qué late
tu corazón tan rápido entonces, humano?
Aaron traga
saliva y se lleva las manos al pecho. Lo siente retumbar y sus mejillas se
tiñen de rojo, pues todo en él está expuesto: su cuerpo, sus sentimientos.
—Porque estoy
asustado, señor.
Samuel deja
otro pequeño beso en su piel, ahora no en su herida, sino más arriba, en ese
punto tierno y suave entre el final de la mandíbula y el inicio del lóbulo del
oído. Aaron se estremece en sus brazos.
—Tengo que
hablar contigo. —dice seriamente en su oído y su voz es gruesa y vibrante, como
el gruñir de una bestia adormecida que empieza a despertar.
Aaron traga
saliva.
—¿He… he hecho
algo malo, amo?
Samuel suspira
por la urgencia y la preocupación en su vocecita y niega con la cabeza,
barriendo sus labios una y otra vez contra su cuello.
—¿Quieres
vestirte primero?
—S-sí, por
favor. Gracias, amo.
El vampiro se
muerde el labio por lo que podría ser la millonésima vez esa noche. Aaron es
demasiado tierno, demasiado bueno y lleno de una gentileza propia de cosas
efímeras y fáciles de romper, como las flores o las alas de una mariposa, cosas
de una delicadeza tal que no están hechas para obsequiar a este rudo mundo con
su presencia por mucho tiempo.
Se pregunta
cómo es posible que el chico, después de todo lo que le ha hecho, siga
agradeciéndole cada pequeño gesto en el que él decide ser un poco amable.
Samuel permite
al chico bajar de su regazo y le señala la ropa ordenada en un pulcro montón.
Lo mira con ojos hambrientos, pero pacientes, mientras saca un cigarro y da una
larga y pesarosa calada.
Aaron se pone
primero la ropa interior y luego la camisa que el vampiro le ha dado, de manga
corta y con un escote en uve que muestra casi todo su pecho, pues le viene muy
grande. Luego se pone los pantalones y nota, al cogerlos, que un pequeño arito
metálico cae sobre los cojines del sofá. Su cara se torna roja como una fresa
tan pronto recuerda que es ese anillo. Lo mira con hesitación.
—Póntelo.
—ordena Samuel. Habla calmado, pero su voz sigue siendo firme y Aaron sabe que
no debería desafiarlo.
El chico
vuelve a bajar su preciada ropa y a revelar sus genitales, así que con una mano
temblorosa toma el anillo y lo desliza suavemente sobre su miembro. Recuerda al
vampiro quitándoselo mientras lo profanaba, recuerda la culpa y la humillación,
aún latentes, de haber explotado con placer en un momento que debería haber
odiado. En un momento que odió.
—Bien. Ven
aquí.
Samuel palmea
su regazo, así que Aaron vuelve con su amo y se sienta sobre sus piernas. El
vampiro da varias caladas a su cigarro, todavía pensando en lo que va a decir,
y Aaron siente que el silencio lo desquicia. Sus nervios están tan destrozados
que cuando Samuel se inclina con el cigarro candente en la mano para apagarlo
contra el cenicero de la mesa, Aaron chilla y se cubre la cara pensando que
será su piel la que pruebe el fuego y lo torne cenizas.
Samuel no dice
nada, solo apaga el cigarro en la cerámica y vuelve a reclinarse cómodamente en
su sofá. Toma la cintura de Aaron en una de sus manos y lo acerca más a su
fuerte torso. El chico se deja hacer, abrazándose a sí mismo, bajando la vista.
Samuel le recoge un mechón de cabello tras su oído, descubriéndole el rostro.
—Mírame.
Aaron alza la
vista, incluso si va contra todos sus instintos, y vuelve a fijar sus preciosos
ojos azules en la boca del vampiro.
—A los ojos.
—aclara el otro y Aaron jadea de impresión.
Samuel mismo
le enseñó las consecuencias de tener esa terrible osadía, de creerse
suficientemente importante como para pretender subir la vista en presencia de
un Dios. Samuel le enseñó que después de semejante falta de respeto viene un
castigo. Y Aaron no quiere un castigo, así que niega con su cabeza
frenéticamente, no entendiendo por qué Samuel es de repente tan cruel,
forzándolo a ganarse una reprimenda a pesar de que está haciendo sus mejores
esfuerzos por ser bueno para él.
—Haz lo que te
he ordenado, no me hagas castigarte.
Aaron jadea
horrorizado. Las palabras del vampiro son suaves, pero venenosas, y sabe que
está condenado haga lo que haga.
—P-pero está
prohibido, s-si lo hago, usted me…
Samuel toma al
chico por la barbilla, atrapándola entre el índice y el pulgar, y se la alza
para poner su cara empapada de lágrimas a la altura de su rostro atractivo y
malevolente. Aaron cierra los ojos, negándose a violar esa norma que tan
duramente aprendió.
—No te haré
daño si lo haces, así que deja de agotar mi paciencia y mírame.
Aaron cede al
tono demandante. Samuel suspira tan pronto el otro parpadea un par de veces y
lo ve a través de sus largas pestañas, que bate adorablemente, como un
corderito a punto de ser sacrificado y rogando con su brillante mirada que su
verdugo lo salve del destino que ya está escrito para él.
La pupila de
Aaron es grande y profunda, un cielo sin estrellas plácido, bordeada por el más
hermoso anillo celeste. Su iris es precioso; cada veta de color es una ola de
belleza que trae consigo todo tipo de tonalidades de azul que se mezclan para
crear una hermosa, dinámica mirada: un suave azul bebé de fondo, pequeños
reflejos casi morados y otros tan turquesas que bien podrían ser un vívido
verde, así como otras vetas de un azul oscuro y profundo, como las aguas de un
mar bravo que ahoga demasiado dolor.
Samuel le
acaricia la mejilla al chico y nota cómo los ojos se le humedecen un poco, el
brillo en ellos haciéndolo lucir tan indefenso. <<Tan
apetecible>> Samuel respira hondo. <<No, ahora no .>>
—No volverás a
hacerte daño a ti mismo. —Samuel le da esa orden extremadamente serio; por un
segundo pareciera que la extraña máscara de amabilidad que hoy se ha puesto se
atenúa un poco y muestra lo que hay bajo ella: un demonio que, de ser
desobedecido, es capaz de desatar el mismo infierno.
Aaron asiente
con convicción, incluso si sabe que terminaría con su vida en un instante antes
de pasar por lo que pasó de nuevo.
—N-no,
señor.
—Y yo… —Samuel
suspira; la frase muere entre sus labios y se los mordisquea, nervioso,
apartándole ahora él la mirada al chico y acariciando con delicadeza los
mechones azabaches que le peina tras el oído. Su tono se suaviza cuando
añade:—. Yo no te volveré a hacer tanto daño de nuevo.
Aaron abre sus
ojos con sorpresa y en ellos aparece un brillo nuevo o, mejor dicho, un brillo
viejo que creía haber perdido para siempre. Es deslumbrante, hermoso e irradia
inocencia, un brillo perfecto como el de una perla flotando en la oscuridad de
su pupila.
Escruta el
rostro de Samuel, como buscando cualquier signo de que está mintiendo,
divirtiéndose a costa de su ingenuidad, pero solo halla una mueca arrepentida y
llena de aflicción.
Samuel
sostiene su rostro, una mano en cada mejilla, y sus ojos rojos se clavan en su
mirada celeste, tan ardientes e intensos que mantenerles la mirada se siente
como un pecado, un crimen, pero retirarla es imposible.
Entonces
Samuel habla, su voz es baja y susurrante, pero sus palabras son firmes y
llegan a Aaron, cada una como un flechazo tras otro, directo a su pecho.
—Sigues siendo
mío, Aaron, y más te vale no olvidarlo —advierte al inicio, con intensidad y
severidad, una voz propia de un comandante—. Vas a someterte a mi voluntad y
cumplir cada una de mis órdenes, vas a tomar sin una sola queja los castigos
que tu desobediencia merezca —Aaron asiente despacio, sus ojos pierden un poco
el brillo, pues las palabras del vampiro no son más que ecos de las lecciones
que lleva aprendiendo duramente desde que le conoció. Nada ha cambiado o al
menos así se siente. Pero entonces Samuel suspira y el aire que derrama sobre
sus labios es tan dulce y gentil que, de algún modo, Aaron sabe que vienen
palabras distintas ahora, que Samuel, pese a ser incapaz de dejar ir su poder y
su autoridad sobre él, está aflojando la correa—, pero jamás volveré a
castigarte de un modo tan horrible. Dispondré de tu sangre cuando lo desee,
pero… seré paciente y más cuidadoso cuando sea tu cuerpo lo que quiero. Vas a
ser mío hasta el día en que mueras, pero quiero aprender a cuidar de lo que es
importante para mí.
Esas últimas
palabras impactan tan fuerte en Aaron que por un momento son todo lo que
existe. Olvida incluso que Samuel le ha condenado a seguir en ese infierno de
servidumbre y castigos, que siempre llevará un collar y la vista en el suelo,
que siempre dormirá como un perro por los pasillos y tendrá que adornar cada
una de sus frases con un "señor" o un "amo" que le recuerde
que él está abajo. Incluso ignora la forma en que el vampiro pronuncia en sus
labios <<el día en que mueras>> como si le perteneciese,
saboreándolo, anticipándolo.
Olvida todo
eso, porque son unas palabras muy concretas las que envuelven su corazón por un
momento y lo hacen a prueba de todo dolor: <<quiero aprender a cuidar
de lo que es importante para mí>>
Aaron apenas
puede creerlo. Sus ojos se humedecen y no sabe si sentirse dichoso, porque el
universo le da por fin aquello por lo que tanto ha rezado, o dolido, porque se
lo da envuelto de espinas y veneno.
<<Lo
que es importante para mí>>
Aaron sabe que
sigue siendo un prisionero y que ese hombre que le habla dulcemente jamás será
nada distinto a su verdugo. Sabe que su cuello será mordido de nuevo, que
posiblemente su cuerpo vaya a ser profanado otra vez. Sabe que sigue en el
infierno, que ahí pertenece eternamente, solo que ahora se le promete que las
llamas que lo abrasan prometen quemarlo más suavemente, con más gentileza.
Sabe que sigue
condenado, pero esas palabras. Esas tres palabras.
<<Importante
para mí>>
Aaron rompe a
llorar porque hace años que nadie le dice algo así, porque ya no recordaba cómo
era sentirse importante para alguien y echa demasiado de menos no ya la
compañía, no ya el cariño o las palabras amables, pues todas esas cosas pueden
ser falsas, sino el sentimiento del que nacen y que pensaba que ya se había
extinguido en el mundo. Lleva años echando de menos la sensación de ser
sostenido con dulzura porque a alguien le preocupa romperlo, la sensación de
ser mirado y visto, de ser regalado palabras importantes, porque él es
importante y las merece.
A él mismo
poco le importa ya lo que le pase, pues precisamente fue por su propia mano que
su vida casi se apaga, pero incluso si ha perdido el poco aprecio que tenía ya
por su vida, alguien más es capaz de protegerla, de luchar por ella y guardarla
con mucho cuidado, como una reliquia. No entiende cómo es posible que sea el
mismo hombre que le ha hecho abandonarse y traicionarse a sí mismo de tal
forma.
Pero da igual.
Porque le
importa a alguien. ¿Qué más da que sea al diablo?
CAPÍTULO 46
Samuel se
siente confundido cuando el chico se echa a llorar. ¿Han sido sus palabras
demasiado duras? Juraría que ha empezado por lo peor y ha acabado haciéndole
una promesa verdaderamente indulgente; incluso se siente avergonzado porque
palabras tan vulnerables y sensibles, tan parecidas a una confesión que no se
ha hecho ni en su fuero interno, hayan abandonado su boca y sus colmillos vayan
a permitir que el testigo viva para contarlo.
Pero poco
después entiende que Aaron no llora como antes, desesperado o aterrorizado.
Llora tranquilamente, dándole tiempo a sus lágrimas para caer. Está aliviado,
quizá incluso lo más cerca de feliz que un esclavo humano podrá estar
jamás.
Samuel lo
observa en silencio. Aaron tiene una forma muy tierna de llorar y ama ser
entretenido por tan hermoso espectáculo, más aún si puede causarlo sin dañar al
chico ni sentir culpa alguna, así que no lo interrumpe mientras se desahoga.
Poco a poco su respiración se normaliza y su boca, que tantos lamentos ha
entonado en los últimos minutos, ruiditos lastimeros propios de un corazón
roto, se atreve a formular alguna tímida pregunta.
—S-señor,
entonces, ¿n-no volverá a… a… —Aaron apenas puede hablar.
Sabe que hay
una palabra para el crimen que el vampiro ha cometido contra él, pero decirla
en alto sería hacerlo todo más real, más irreversible. Sería admitir que ha
sucedido y que no ha sido todo una horrible pesadilla estúpida que en un par de
noches habrá olvidado ya.
Así que se
atraganta con esa palabra que se siente como ácido sobre su lengua, pues solo
con pensarla, esta para el tiempo y le hace al chico vivir aquella tormentosa
noche una y otra y otra vez en cada segundo.
La voz ronca
de Samuel lo arranca de su letargo.
—La próxima
vez que te haga mío —Aaron traga saliva, se remueve incómodo. Sabía que las
cosas no podían ser tan buenas, incluso si es poco lo que está pidiendo, Samuel
jamás renunciaría a usar lo que es suyo— lo desearás.
Aaron asiente
sin atreverse a objetar nada. ¿No le dijo Samuel mismo que también lo deseó
aquella vez, pues su cuerpo lo traicionó y le dio un chispazo de placer entre
todo ese mar de sufrimiento? Si el vampiro vuelve a comandarle con su poderosa
voz que se corra mientras es profanado, ¿significará eso que lo ha deseado?
Aaron teme que Samuel vaya a hacerlo suyo de nuevo, obsequiándolo con un placer
que no quiere y que además le avergüenza, como si eso solucionase las cosas en
vez de hacerle sentir aún más sucio.
—¿V-volverá a
romperme más huesos o… o mis tendones…? —su voz se torna cada vez más finita,
su cuerpo palpitando dolorosamente en aquellas zonas que aún no se han
recuperado, como si le recordase que, incluso si no lo quiebra de nuevo, él
estará roto para siempre.
—Te daré
castigos físicos, el dolor hace que se graben bien las normas que has
infringido, pero no te haré ese tipo de daño. No volveré a romperte, Aaron.
Sus palabras
suenan como una promesa, pero Aaron tiembla al oírlas, porque también son una
amenaza: Samuel le advierte de que será herido, solo que esta vez el dolor será
meticulosamente medido para que no rebase sus límites. Sufrirá, pero Samuel se
asegurará de que eso no deje secuelas.
El chico se
siente empequeñecer en el regazo de su amo. Las palabras de antes, aquellas con
las que le ha asegurado que es una posesión preciada, algo importante, le han
hecho sentir en una nube, pero el efecto se disipa poco a poco, la magia
volviéndose débil y siendo incapaz de enmascarar su deprimente realidad: su
tortura será solo un poco más piadosa, pero será tortura al fin y al
cabo.
—¿Sigues
pensando en morir?
Aaron se
alarma ante la pregunta. ¿Es capaz el vampiro de usar el vínculo para saber que
aún considera su existencia penosa y patética, que piensa, en el fondo, que
estaría mejor muerto? Si así es, está perdido: Samuel se enfadará porque él
desprecia su vida y cualquier reprimenda que le dé le hará anhelar más la paz
de la muerte. Y eso, sabe Aaron, le hará ganarse un castigo tras otro.
La única forma
en que Samuel podría controlar sus pensamientos con la misma autoridad con la
que dirige sus actos es vaciándolo de ellos: mordiéndolo y mordiéndolo hasta
que tenga más marcas que piel y el lazo los vincule no como un amo y su presa,
sino como un maestro y su títere inerte.
Aaron se
alarma de inmediato y responde con urgencia y pánico en su voz:
—¡N-no, señor,
se lo prometo, no lo volveré a intentar nunca más! De verdad, se lo juro, mi
amo, no quiero ser marcado de nuevo, no quiero que me convierta en… en…
Samuel lo
agarra del pelo y tira suave hacia atrás, descubriendo su cuello y, con ello,
su marca, la cual traza con sus dedos, recreándose en la sensación de propiedad
que nace en él.
—Mientras te
comportes, no voy a marcarte más. Esta —y ahora araña suavemente la herida, sin
abrirla, pero haciendo que toda la piel del chico se erice— es la única marca
que necesito para que seas mío. Si te hiciese muchas más, te rompería y ya te
he dicho que no quiero romper las cosas que me importan.
Aaron niega
con la cabeza. No, no puede escuchar esas palabras de nuevo, no cuando suenan
como un sueño y él está atrapado en una pesadilla. No puede permitirse
engañarse y creer en ellas cuando la realidad es una mano grande y firme que le
dará un bofetón a la más mínima ilusión que se haga.
Pero está tan
confundido. ¿Por qué le dice el vampiro eso? Quizá esa confesión es como las
caricias o los "buen chico" que antes le daba: una manera de
mantenerlo dócil.
—S-señor, ¿de
verdad le importo?
—¿No me has
oído? Una lástima. Odio repetirme. —reprende con dureza, recordándole al
chico que, incluso si hay algo en él que lo aprecia, también está lleno de
crueldad.
—Le he oído,
es solo… no lo entiendo…
—¿Crees que yo
sí? —rebate con una corta risa llena de sarcasmo. Sus palabras parecen tener
cierto aire de reproche, como si Samuel se hallase, de pronto, víctima de
sentimientos que no solo le confunden, sino que le incordian, pero los cuales
no sabe cómo destruir y en parte culpase al pequeño de ello—. Por suerte,
Aaron, tu deber no es comprenderme, solo obedecerme. Haz eso y te
prometo que todo estará bien —De pronto, su voz se torna mucho más melosa,
tranquilizadora:—. Ahora, sé sincero: ¿sigues pensando en morir?
Aaron aprieta
los dientes. Él nunca ha sido bueno mintiendo, así que no lo hace, solo aprieta
muy fuerte sus labios, su mentón arrugado como un dátil cuando se aguanta las
ganas de llorar, y piensa en qué debería responder. Qué puede responder.
—Dime la
verdad. No te castigaré por ser sincero, incluso si no es lo que quiero oír.
Samuel suelta
su cabello y Aaron logra relajar un poco su postura. Una de las manos del
vampiro reposa en su muslo, grande, quieta y cálida, casi protectora, incluso
si el tacto de su amo le trae los peores recuerdos; la otra mano sigue en la
parte de atrás de su cabeza y ahora, en vez de jalar su cabello, lo acaricia
cariñosamente. En el pasado, Aaron tendría que arrodillarse y cederle a su amo
su boca para ser usada a cambio de esas caricias.
Ahora se
pregunta si el vampiro está dándole ese gesto enternecedor desinteresadamente o
si sencillamente cobrará lo que le debe más adelante.
—No… no pienso
en cómo hacerlo, porque no quiero ser castigado por intentarlo —susurra el
chico, asegurándose de que las primeras palabras que salen de su boca son
honestas, pero también exactamente lo que el vampiro quiere oír: que no
desobedecerá de nuevo. Su voz se quiebra al final, cuando dice un triste—,
pero… Pero sí que pienso en morirme. En que me gustaría no haber fallado, en…
no quiero morir, señor, me aterra la muerte, pero esta vida… no puedo soportar
el dolor, el miedo, la humillación… Me siento atrapado y tan solo y… y…
He pasado tanto tiempo solo, tantos años, esto no es lo que quería. He
intentado ser fuerte, le prometo q-que no soy débil, sé que lloro siempre, que
siempre estoy asustado y quejándome, pero le juro que he intentado ser fuerte y
lo he sido y es… estoy cansado.
Samuel lo
acaricia con mucha ternura a medida que habla, su mano frotándole el cuero
cabelludo a conciencia, los dedos trazando pequeños círculos en este de forma
relajante, de la misma manera en que Samuel acariciaría a una pequeña mascota
tras las orejas hasta hacerla ronronear de gusto. Aaron solloza, demasiado
abrumado para seguir hablando, y no puede evitar echar su cuerpo hacia atrás,
inclinar su cabeza hacia esa mano grande y segura que le da unos mimos tan
reconfortantes. La mano en su muslo aprieta un poco y el pulgar se mueve arriba
y abajo, acariciándolo también con una suavidad demasiado buena para ser
cierta.
—S-siento que
me quiero morir cuando sé que va a darme una paliza de nuevo o a… a… A hacerme
eso… —Aaron se atraganta, las palabras no le salen y los sollozos censuran
todas aquellas cosas que sabe que no pueden ser dichas porque se sienten
demasiado sucias y amargas sobre su lengua—. M-me quiero morir ahora, porque
usted me está acariciando y sé que va a querer algo a cambio y no quiero, amo,
por favor, no quiero, n-no quiero tener que arrodillarme y…
Aaron niega
frenéticamente con su cabeza, su lengua deshaciéndose en penosos balbuceos y
sus manos ahora tapando su empapada carita. Samuel lo toma por la cintura; con
la mano que antes estaba en su muslo lo acerca más a su cuerpo y luego sube su
mano por debajo de su camiseta, empezando a acariciarle ahora su vientre plano.
Desliza sus nudillos suave y gentilmente por su abdomen, trazando circulitos.
—No tienes que
hacer nada de eso —le asegura el vampiro, pero Aaron sigue negando, no como si
llamase al vampiro mentiroso exactamente, sino como si tratase de decirle que
eso es imposible, que está confundido y que no entiende cómo funcionan las
cosas. Siempre ha sido así, es imposible imaginarse algo distinto. Pero Samuel
se inclina hacia el humano, que tiembla y jadea por la cercanía, y deja
pequeños besos sobre esa marca de propiedad que tanto adora—. Eres mío y voy a
acariciarte cuando lo desee, porque tu piel es suave y agradable y me gusta
tocarte. Me gusta que te guste. No voy a pedirte nada a cambio.
Aaron deja de
negar poco a poco y, aunque todavía desconfía, por ahora se deja llevar y
lloriquea entre las manos de su amo, sintiendo la forma maravillosa en que
exploran su cuerpo, no con lascivia o sadismo, sino con timidez, casi, como si
fuese la primera vez que prueban a tocar algo sin el afán de destruirlo y aún
jugasen tentativamente con la idea.
La cabecita de
Aaron lo bombardea con imágenes de otras veces en que las manos de Samuel no
han sido tan amables, pero el chico intenta hacer esos recuerdos a un lado y
disfrutar de lo poco bueno que ha logrado obtener en años, incluso si el precio
ha sido altísimo.
—No deseo que
quieras morir —le dice Samuel, todavía acariciándolo de esas formas que lo
hacen sentir que se derrite y lo dejan maleable y receptivo para sus palabras.
Aaron asiente con un sonidito— o que sientas que esta vida es un infierno. No
deseo que cada orden que te dé te haga sentir que sería preferible dejar de
existir antes de cumplirla. Eres mío, Aaron, y voy a conservarte a mi lado. Por
eso estoy intentando ser un poco más cuidadoso contigo.
—Cuando…
cuando esté recuperado dejará de serlo, señor… —Aaron no lo pregunta,
sencillamente lo dice con su voz fija y sus ojos aguándose, con las manos
temblándole mientras se seca las lágrimas.
Samuel no le
rebate nada, porque apenas lleva una semana controlándose y se siente volverse
loco. Aaron tiene razón: necesita desahogarse un poco con su presa humana y
cuando esta esté lista para poder soportar de nuevo una pequeña parte de la
magnitud de sus deseos, no dudará en saciarse un poco con él.
—Y aun así…
aunque todo fuese mejor, cuando lo recuerdo quiero morir, s-señor, cuando
recuerdo lo que me hizo quiero morir para poder olvidarlo…
Samuel siente
una sombra de vergüenza cruzarle el rostro cuando el chico habla de ese modo de
la noche en que lo tomó por primera vez. Para él, fueron unas horas
maravillosas donde por fin logró gozar sin tener que preocuparse en sostener
esa estúpida máscara de cordura y compostura, la primera noche, en mucho
tiempo, en que dejó salir de su interior esas sombras que siempre lo empujan
hacia oscuras decisiones y tenebrosos deseos. Recuerda sus acciones con
reproche y rabia, pero incapaz de borrar el exquisito placer que le procuró
castigar al mortal como tanto había deseado, dejar de ponerle trabas a su
lujuria y darle, por solo unas meras horas, libertad para cazar a su presa
favorita. Y se sintió tan maravilloso atormentar a su chico de ojos azules, ver
en él esa mirada celeste apagándose, su espíritu rompiéndose, como ya rompió
uno igual hace años, cuando le enseñaba también una importante lección a
alguien que también amó: nadie lo traiciona y sale impune.
Para él, esa
noche fue de absoluta libertad, un relajante dejarse llevar, un momento que
había esperado por siglos, donde por fin pudiese mostrar su naturaleza en todo
su esplendor en vez de tenerla enjaulada, entumecida.
Y le destroza
que lo que para él fue una noche inolvidable de placer, para el pobre humano
sea la más horrible pesadilla que jamás podrá borrar de sus recuerdos. ¿Por qué
tiene que sentirse culpable, oh, tan culpable ahora, cuando solo estaba
siguiendo su naturaleza, haciendo aquello que está diseñado para hacer? ¿Por
qué existiría una criatura con semejante capacidad de hacer mal, con semejante ansia
por hacerlo, y la capacidad de sentirse atormentado una eternidad por cada
minuto en que se ha rendido a ser lo que en el fondo es?
Le gustaría
tanto que existiese una manera de gozar de Aaron sin destruirlo, si tan solo
pudiese hacer que el chico disfrutase de su maldad, tomase todo lo que él tiene
que ofrecerle, todo ese dolor y esa vileza que lleva dentro, y en vez de
envenenarse al tragarlas, las hallase de una dulzura intoxicante… pero
precisamente desea a Aaron por las mismas razones por las que el chico jamás
podrá desear ese lado de él: porque es una criatura gentil y afable, un ser tan
frágil como es puro, tan luminoso como es cálido. Tan hermoso, porque no ha
sido corrompido aún, tan codiciado porque todos los seres que son como él
quieren arruinarlo, no admirarlo.
—¿Por qué me
hizo algo así? —pregunta una y otra vez el chico entre lloros.
Samuel ha
dejado de acariciarlo, demasiado perdido en su mundo interior y en la
irresoluble lucha entre lo que fue y en lo que se ha convertido.
—¿Por qué?
Pero Samuel no
puede responder, no porque no tenga una respuesta, sino porque es tan simple
que es cruel: porque quiso y pudo y, por lo tanto, no halló una razón por la
cual no hacerlo.
Lo ha
destrozado solo porque le parecía divertido. Ahora se arrepiente y se odia por
ello.
—Fue un
monstruo…
Las palabras
de Aaron salen de sus dulces labios con una honestidad y una inocencia que nada
tiene que ver con un reproche, pero le llegan a Samuel de ese exacto modo: como
si le estuviese echando en cara lo que es, lo que jamás eligió ser. Esa
palabra. Monstruo. Se le clava en el corazón como un dardo venenoso.
Porque es
horrible.
Pero, sobre
todo, porque es verdad.
—Y lo sigo
siendo —replica el vampiro, su respuesta es rápida y mordaz, como una
dentellada al aire, y Aaron deja de llorar de inmediato, alerta y asustado
porque los brazos del vampiro no se sienten ya como una burbujita segura, sino
como los barrotes de una prisión—, así que cuida tus palabras.
Y Aaron las
cuida tan bien que esa noche no vuelve a hablar. No se va a arriesgar a enfadar
al vampiro, menos aun cuando sabe que lo ha irritado incluso si él solo
estaba intentando aliviar un poco de su dolor llorando y expresándose, quizá
más de la cuenta.
Samuel se
levanta, molesto y casi tirando al chico de su regazo al suelo. Lo deja ahí, en
el salón, pues sabe que llevarlo a la habitación sería encerrarlo de nuevo en
el escenario de su asesinato. Durante esta noche, le trae comida una vez y lo
lleva al baño otra, pero, sobre todo, lo evita.
Porque odia lo
culpable que esos ojos le hacen sentir y esta vez sabe que no puede castigarle
por ello.
CAPÍTULO 47
Samuel se
despierta pronto y baja al salón. Se arrodilla en el suelo, mirando al pequeño
humano que duerme en este, a los pies del sofá. Está enroscado en un ovillo,
abrazando ese pequeño cojín que Jason le dio hace ya más de una semana; Aaron
debe haber gateado o cojeado escaleras arriba durante la mañana, debe haberse
armado de valor para abrir la puerta del dormitorio de Samuel y así poder
adentrarse y recuperar ese pedazo de tela inútil para, luego, emprender un
arduo camino de vuelta con su preciado cojín, ese que Samuel, muerto de celos,
querría arrancarle de las manos cruelmente y reclamarle que es a él a quien
tiene que buscar de ese modo. Pero no lo hace, sabe que no tiene derecho a
hacerlo. ¿Por qué Aaron le buscaría para obtener consuelo en sus días plagados
de pesadillas?
Desde que
Aaron habló sus primeras palabras y él decidió confesar que hay suficiente
humanidad en su interior como para no querer verlo morir de nuevo, han pasado
ya varios días. Esos días han pasado de forma anodina y es que Samuel se siente
todavía asustado ante la idea de intentar acercarse más al chico, pero se
siente resentido por la distancia que tiene que poner entre ambos por el bien
del pequeño. Después de que Aaron intentase suicidarse, Samuel fue frío y
distante con él porque no conocía otra forma de controlarse, para alejar a
Aaron de su crueldad y su sed de sangre.
Ahora Samuel
está siendo frío y distante porque, incluso si sabe controlarse un poco mejor,
lo que no sabe es cómo rellenar los huecos donde antes iban sus amenazas, su
violencia, su hambre o su lujuria, con compasión, cariño y gentileza. Así que
simplemente ha dejado que sigan vacíos.
Ha mandado al
chico a seguir limpiando como pueda en su estado, frotando los suelos, por
ejemplo, y así lo mantiene entretenido por las noches, rogando porque eso sea
suficiente como para que no se dé cuenta de que lo ignora porque su cercanía lo
asusta.
Le aterroriza
tener a Aaron sobre su regazo, arrodillado a sus pies, sentado a su lado, pues
en su interior crecen deseos oscuros que sabe controlar, pero también unos
anhelos distintos -las ganas de sostenerlo cerca no para sentir su calor, el
deseo por peinarlo y vestirlo cual muñequito, de picarle la nariz y pellizcarle
las mejillas e inclinarse sobre sus labios y hacer algo para lo que una boca
con colmillos no está hecha- y le aterran. Porque esos no sabe controlarlos.
Samuel baja de
vez en cuando al primer piso, donde el chico limpia, duerme y come, y le trae
sencillas comidas que hace en la cocina, solo cuando Aaron no está cerca como
para verlo esmerándose en cocinarle algo. Aaron ya puede ir solo al baño de la
planta baja, aunque sea gateando o arrastrándose cuando el dolor es demasiado,
y toma largos baños en los que el vampiro a veces le escucha romperse y llorar.
Aaron parece
ahora más tranquilo, no tiembla tanto cuando lo ve y no se le acelera tantísimo
el corazón cuando escucha sus pasos firmes retumbar en su dirección. Aun así, a
veces se encoge o se cubre cuando el vampiro pasa al lado suyo, como esperando
ser pateado a un lado, o se paraliza si Samuel lo mira. El vampiro debe repetir
dos veces cada una de sus preguntas, pues Aaron se altera tanto que no las oye
la primera vez. Si hace movimientos bruscos y lo pilla desprevenido, el chico
grita o se agarra fuerte la cabeza mientras dentro de ella los recuerdos lo
fustigan una y otra vez.
Pero así como
el chico parece un poco más sosegado, también parece deprimido. No llora y se
revuelve como una alimaña agonizante, no, pero tampoco tiene energía para
pasearse por la cara, para tararear dulces cancioncitas y, especialmente, no
tiene fuerzas ni motivos para sonreír.
Samuel no para
de pensar en el hecho de que Aaron pasó, desde la caída de la humanidad y hasta
que él lo capturó, años totalmente solo ahí afuera. Tantos años sin nadie con
quien compartir bonitos recuerdos o con quien cargar un mismo dolor con tal de
hacer que pese menos.
Incluso él,
que es un vampiro y ha sido creado para cazar en solitario, para ser
territorial y ahuyentar a sus iguales, para desafiar a los inferiores y huir de
sus superiores con tal de ser la única criatura de semejante fortaleza en los
alrededores, necesita de vez en cuando reconectar con Jason y Charlotte, dejar
que una conversación estúpida le aclare la mente o quejarse por un largo rato y
sencillamente ver que está siendo escuchado.
No puede
imaginar cómo una criatura tan delicada como ese chico ha podido soportar un
infierno así. Y ahora él sabe que está haciéndoselo vivir de nuevo, pues aunque
ambos están juntos en esa enorme casa, las últimas noches no le ha dedicado más
que alguna mirada dura y, con suerte, dos órdenes ladradas de forma
autoritaria.
Su ira y su
sadismo casi destruyen al chico antes, pero sabe que su indiferencia podría
romperlo también.
Además, él
echa en falta la compañía del humano. Los momentos bonitos y extraños que creó
meses atrás con él y que tanto se dijo a él mismo que no significaban nada.
Así que hoy,
cuando Aaron despierta, el vampiro se acuclilla a su lado y le acaricia la cara
muy suavemente. Aaron restriega la carita contra sus dedos, aún adormilado y
pensando que está soñando, alza sus manos y con cada una de ellas agarra uno de
los dedos del vampiro y mueve su mano para que esta le dé más mimos aún en su
mejilla.
Está tan
desesperado por ser cuidado que Samuel siente una punzada en su corazón.
—Despierta,
humano.
Aaron abre los
ojos de par en par y mira primero al vampiro a la cara, como asegurándose de
que esa voz no viene de su propia imaginación, y luego a la mano del vampiro,
que él tiene agarrada como si ese hombre le perteneciese y no al revés.
Lo suelta de
pronto y alza sus manos, como mostrándose inerme y vulnerable.
—¡Ah! Amo,
perdón, ¡no quería!
Samuel lo toma
en brazos de golpe, cortando sus palabras. Hace varios días que Aaron no es
sostenido así, muchos más desde que fue acariciado por última vez.
—Señor, ¿a
dónde vamos? —le pregunta con intenso nerviosismo, jugando con sus manos y
tratando de regular su respiración—. ¿He hecho algo mal?
—Eres mío y,
sin embargo, estas noches apenas he tenido un puñado de minutos en los que tu
presencia me haya entretenido. Incluso con esa marca en tu cuello, pareces un
humano salvaje que huye cuando me ve, en vez de reconocerme como tu amo, te
encoges cuando me acerco, te resguardas en la planta baja mientras yo paso mis
noches en la alta y hasta duermes alejado de tu propietario. —habla con
seriedad.
No intenta
regañar al chico, pero puede notarlo tensarse entre sus brazos, asustarse ante
lo que cree que es un reproche y comportará un castigo, así que se muerde la
lengua, castigándose por estar haciéndolo todo mal y rectifica con voz suave:
—Pero debo
admitir que he sido yo quien no le ha dedicado demasiado tiempo estas noches a
su pequeño humano. ¿No es así? Dejo que el trabajo me distraiga demasiado
—miente y de pronto se siente profundamente ridículo por haber tenido que crear
una excusa así para no confesarle al humano entre sus brazos que la razón por
la que le ha despreciado con su indiferencia las pasadas noches es porque teme
demasiado la clase de cosas que empieza a sentir por él—, así que a partir de
ahora, vas a estar conmigo mientras trabajo. ¿Queda claro?
Aaron asiente,
suspirando de alivio al ver que su amo no está enfadado con él, como habría
podido pensar.
—Usa tus
palabras.
—Sí, amo.
Aaron no puede
evitar sentirse realmente contento cuando entra al despacho de su amo. Ama ese
lugar que parece mágico, una cápsula del tiempo que conserva reliquias
misteriosas del pasado y las mantiene expuestas como si de un museo de
antigüedades se tratase.
A los pocos
minutos, Samuel está en su gran escritorio, leyendo, redactando y firmando
varios documentos, y Aaron pensó que sería dejado en el suelo para arrodillarse
a los pies del vampiro como un perrito faldero, pero Samuel lo ha sentado sobre
su mesa, un poco a un lado para que no le moleste mientras apila documentos,
pero cerca, como para poder tenerlo constantemente en su campo de visión y
rozar muy sutilmente su piel cuando escribe con su pluma y ya casi llega al
borde de la hoja.
Su amo no le
ha asignado ninguna tarea más que quedarse ahí, hacer silencio y ser bonito,
así que se dedica a balancear sus pies, que cuelgan sobre el suelo, y vagar por
ese lugar con la mirada, maravillándose con los hermosos cuadros que tiene
alrededor y tratando de aguzar la vista para distinguir los títulos de los
libros que hay en la estantería del fondo o los objetos que contiene la vitrina
que está en la pared de la puerta de entrada.
Samuel suspira
pesarosamente, deja su pluma en la mesa y se frota los ojos con ambas manos,
masajeándolos a conciencia. Luego pone el papel que estaba leyendo con
escudriño a un lado y toma a Aaron de la cintura, deslizándolo hasta ponerlo en
el centro de la mesa, justo en frente suyo. El chico enrojece de inmediato,
agobiado por ser el centro de atención de pronto, y el vampiro solo se
enternece por lo hermosas que son sus mejillas arreboladas y llenitas.
Aaron se
siente agobiado por el silencio, pues nunca sabe qué será lo próximo que saldrá
de los labios de su amo: una amenaza, un castigo por cumplirse o quizá una
orden aterradora. Samuel sabe que debe decir algo y romper la tensión, pero no
se le ocurre el qué hasta que recuerda lo mucho que a Aaron le gustaban sus
cumplidos.
—Qué difícil
resulta concentrarse en el trabajo con algo tan bonito cerca…
Aaron enrojece
aún más, hasta notar su rostro caliente y saber que el color sonrosado le ha
subido hasta las orejas.
—G-gracias,
amo, siento distraerle… —responde en una voz débil y educada, pero aunque es
agradable, el chico no sonríe ni se alegra. Más bien parece preocupado por si
va a ser reprendido.
Samuel sabe
que es su culpa que Aaron esté siempre alerta, así que apoya uno de sus
antebrazos en la mesa, al lado de la pierna de Aaron, y lleva su otra mano a la
rodilla del chico, donde lo acaricia muy suavemente para intentar relajarlo. En
su lugar, escucha el corazón de Aaron disparándose.
—Creí que te
gustaban las caricias y los halagos —susurra, su mano ascendiendo solo un poco,
deleitándose en la ternura y la cremosidad de sus muslos sin ceder a la
tentación de transformar ese acto inocente en algo más. Los dedos del vampiro
suben y bajan por su piel, ahora erizada, y el chico siente cosquillas con cada
viaje.
—Me gustan,
señor, p-pero no me gusta el precio que tienen.
—¿El precio?
—pregunta el hombre, ladeando la cabeza.
—Usted no me
habla, ni me da caricias, ni me dice c-cosas amables porque le apetezca, y-ya
me dejó muy claro que solo lo hace porque quiere algo a cambio, así que si… si
me lo permite, mi amo, ¿puedo pedir que se detenga, por favor? No estoy listo
para servirle de ese modo, n-no le podré compensar adecuadamente si sigue
acariciándome y de verdad que no quiero ser desobediente.
Samuel no
puede sino reír en respuesta. Una risa desenfadada, cálida y atractiva, de esas
que le hacen tirar la cabeza hacia atrás, cerrar sus ojos y peinar con una mano
los cabellos que han caído, desordenados, en su frente a causa de las
carcajadas. Aaron no sabe qué ha hecho, pero le gusta saber que ha hecho algo
bien.
Samuel halla
sumamente tierna la forma de hablarle del muchacho: esforzándose tantísimo por
controlar esa parte de él que suplica por cariño y atención y, en su lugar,
mostrándose decorosamente preocupado por ser un buen chico.
Aaron es tan
perfecto. No entiende por qué lo ha atormentado tanto.
No podrá
perdonárselo nunca y eso hace que la risa muera amargamente en sus labios.
—Te mentí. Sí
que te acaricio y te hablo porque me apetece. Me gusta sentir que te relajas en
mis manos, que te gusta ser mimado. Y me gusta tu voz, escuchar las cosas que
tienes en esa cabecita.
Aaron se
muerde el labio con fuerza. Esas palabras se sienten como una manta
envolviéndolo y manteniéndolo tan cálido y cómodo. Un hormigueo agradable le
recorre desde la nuca hasta su tripita y se recrimina mentalmente porque las
palabras del vampiro no deberían hacerle sentir tan bien, pero no puede parar
de recrearse en lo dulce que suena aquello que lleva años anhelando escuchar.
Que alguien
quiere hacerle sentir escuchado. Mimado.
Importante.
Aaron niega
con la cabeza <<No puedo ser ingenuo. Estoy demasiado manchado y
corrompido como para permitirme ser tan estúpidamente inocente.>>
—Eso no es
cierto, señor…
—¿Me llamas
mentiroso? —rebate el vampiro alzando una ceja, con tono juguetón. Aun así, la
acusación asusta un poco al humano, que traga saliva.
Samuel
manipula al chico, acercándolo más al centro de la mesa y deslizándolo hacia
él. Una mano reposa en su muslo, la otra ha rebasado ya el límite de la
camiseta y le acaricia la espalda baja, donde el chico tiene unos encantadores
hoyuelos.
—Usted mismo
acaba de admitir que me mintió. —rebate, aunque apenas tiene voz.
—Pero ahora
estoy siendo sincero, igual que estoy tratando de ser paciente contigo y
cuidadoso, ¿no es así?
—Sí, señor —se
ve forzado a admitir, porque incluso si Samuel es el mismo demonio que lo
mutiló y lo deshonró de las peores formas por un pequeño error, también es el
hombre que le habla firme y dulce al oído cuando necesita estabilidad y no
puede negar que, tras haber recibido tantísimos de sus golpes, agradece el
doble las caricias—. P-pero estos días apenas lo he visto y ahora que me está
prestando más atención, me asusta que sea para hacerme algo malo.
Samuel
suspira. Le colma la paciencia esmerarse tanto en ser paciente y comprensivo
por Aaron y que sus esfuerzos sean ignorados o vistos con escepticismo por el
chico, pero, al mismo tiempo, sabe que esa desconfianza es algo que él ha
construido. Aaron no le trataba así al principio, pues el chico se mostraba
leal y devoto, siempre pensando lo mejor de los demás hasta que Samuel le
demostró por qué era mala idea.
—¿Estoy
haciendo algo malo? —pregunta, sus caricias lentas, su voz ronca.
—No, señor
—confiesa muy educadamente y luego un escalofrío lo recorre un instante antes
de añadir:—, ahora no.
—¿Quieres que
siga acariciándote y hablándote?
Aaron titubea
un poco. Quiere ser tratado como un ser humano, sí, pero…
—No quiero
tener que pagar por ello…
—No es eso lo
que te he preguntado —corrige Samuel, es firme en su forma de hablar, pero
amable, como quien reconduce a un animal terco, pero todavía joven y
confundido—. ¿Quieres que siga hablándote, acariciándote y siendo amable?
—Sí, señor
—baja su vista y su cabeza hacia su regazo, donde juega nerviosamente con sus
manos—. Por favor.
Samuel sonríe
y alza la mano que tenía sobre el muslo del chico hacia su mejilla con la palma
ahuecada, lista para que ahí encaje el rostro más bonito que ha visto jamás.
—Buen chico.
Samuel puede
ver cómo el chico prácticamente se derrite ante su halago, volviéndose más y
más necesitado, inclinándose hacia sus manos, hambriento de su tacto, arqueando
sus cejas de una forma adorable, como si estuviese molesto porque esas dos
palabras han dejado de sonar y él quiere oírlas de nuevo.
—Eres tan
bueno, Aaron… —el chico gimotea bajito. Su nombre en esos labios suena tan
perfecto que casi puede sentir los labios besando cada letra de su ser con la
suavidad de la seda—, tan perfecto… —susurra acercándose, bañándolo más y más
en cumplidos, haciendo que se sienta extasiado por ese placer culposo que son
cada uno de sus gestos y palabras amables —, no te haré sufrir de nuevo.
El chico
asiente, como queriendo reafirmar la realidad de esa frase. Volverla cierta si
cree en ella con muchas fuerzas. Sin querer, rompe en un sollozo y continúa
restregándose contra la palma de Samuel mientras habla.
—Cuando…
cuando estaba ahí afuera a veces me decía cosas a mí mismo. Me decía "buen
trabajo" o "Lo has hecho genial” y fingía que era otra persona quien
me hablaba y se sentía bien —el chico suelta algo a medio camino entre una risa
y un suspiro, un sonido corto lleno de vergüenza, pues se siente ridículo—.
Pensé que era suficiente con eso, pero… pero no lo es. Cuando usted me dice
algo amable, se siente mucho, mucho mejor. ¿Me promete que seguirá siendo
amable y que cuando me cure no volverá a ser como antes, por favor? ¿Por favor?
Samuel siente
un pinchazo en su pecho, uno profundo y agónico que hace todas las heridas de
lanza que se le infligieron cruelmente cuando era humano palidecer en
comparación. El metal penetrando la piel no es nada en comparación a lo que la
ternura de Aaron le hace a su podrido corazón.
—Claro que sí,
mi cosita dulce. —responde con la voz más sedosa que puede y por un momento
siente nervios, pues no sabe si ha prometido algo que pueda cumplir.
Le aterra
demasiado la idea de que su peor parte gane y reclame el lugar en el trono que
ha tenido por cientos de años, dominando sobre todas y cada una de sus
acciones, pero tiene que intentarlo <<Y conseguirlo. Tengo que
conseguir ser mejor. Por él.>>
Aaron rompe a
llorar acto seguido, de una forma desgarradora. Por un momento, Samuel incluso
teme que el humano haya podido leer la inseguridad en su rostro.
—No le creo,
no puedo —farfulla, empezando a sonar histérico y demasiado nervioso, negando
con la cabeza sin parar—. ¿Por qué está haciendo esto? —grita, desesperado, los
ojos rojos del llanto y sus manos tomando las del vampiro por las muñecas y por
los dedos y empujándolas delicadamente para arrancarse esas caricias que tanto
le consuelan—. ¿Por qué le importaría yo, si soy solo comida para usted? Comida
y un objeto para usar. ¿Por qué sería amable con un objeto? ¿Por qué se ríe de
mí?
Cuanto más
intenta consolarlo Samuel con sus manos tomándole las mejillas o rodeándole la
cintura o asiéndolo muy suavemente de las muñecas, más lucha Aaron por zafarse
de ese gentil contacto; no pelea con fuerza, pues teme demasiado ser castigado,
y Samuel tampoco insiste con firmeza, pues no quiere hacer pensar al chico que
será herido.
—No eres nada
de eso —dice al final, rindiéndose y manteniendo sus manos para sí mismo: a los
lados de Aaron, pero sobre la mesa y sin tocarlo en absoluto mientras solloza—.
Eres amable, porque incluso si soy un monstruo, has sido sensible conmigo, has
intentado ser mi amigo, hacerme sentir bien. —explica el hombre con un tono de
vergüenza en su voz, pues sabe que Aaron es perfecto, una cosita preciosa y
llena de candor que no merecía ninguna de las cosas que le hizo y decirlo en
alto no hace más que recordarle todos y cada uno de los castigos injustos y
crueles que propinó.
Todas esas
veces que manchó de sangre un alma tan pura y blanca como una perla.
—Eres
interesante, cada vez que he hablado contigo siempre me has dicho algo
fascinante, siempre te has expresado de una forma tan inteligente… —ahora
Samuel sonríe y lanza una rápida mirada a sus cuadros, aquellos llenos de un
amor que se dijo que jamás comprendería y que jamás necesitaría tampoco.
Recuerda a
Aaron desarmándolo con palabras cuando debatieron al respecto, lo fieramente
que hablaba, tan lleno de ideas y energía, listo para expresarse de una forma
tan increíble que Samuel lo habría escuchado por mil años.
—Y eres
valiente, porque has pasado por mucho más de lo que otros son capaces de tomar
—su voz se ensombrece y Aaron deja de llorar a esta altura, su vista clavada en
el suelo, pareciendo demasiado ausente por un instante—. Eres gracioso y
demasiado tierno a veces, eres tan compasivo que me consolaste cuando me viste
llorar aquella vez, incluso si no soy capaz de secar tus lágrimas nunca, solo
de causarlas. Eres la persona más p-
Algo cambia en
Aaron de pronto, su calma explota en una terrible tormenta: el chico da un
puñetazo a la mesa mientras grita y luego sus palabras y sus lágrimas lo
inundan todo:
—¡No! no soy
una persona, ni siquiera tengo un nombre ya, solo valgo para ser utilizado, por
eso cuando usted me estaba usando me corrí, me lo dijo y le dije que no, pero
tenía razón, mi cuerpo ha reconocido que ya no soy una persona, que no tengo
derecho a decir que no, que solo soy un estúpido juguete, me gané aquel
castigo, si solo hubiese mantenido la boca cerrada, si no hubiese hablado, si
no le hubiese pedido que fuese amable conmigo como si me lo mereciese, como si
tuviese derecho a sentirme bien… no lo tengo, solo soy una cosa, soy una cosa…
ni siquiera tengo derecho a morirme, porque usted quiere seguirme utilizando,
no tengo derecho a acabar con mi vida hasta que usted se canse de mí y me
deseche y-
Samuel siente
que pierde la cordura, que cada palabra de Aaron es un martillazo que clava más
y más hondo las espinas que tiene en el corazón, haciendo que cada latido le
haga doler y sangrar. No puede soportar a Aaron hablando con tanto veneno en
sus palabras, hablando así de él.
Escupe
palabras ácidas con bilis como si se odiase. Y Samuel ha querido herirlo y
matarlo, ha querido destruirlo, pero jamás le ha odiado. Jamás.
La idea de que
el chico se deteste de ese modo cuando antes era incapaz de sentimientos tan
podridos le horroriza.
Debe pararlo.
Así que lo hace:
—¡Cállate!
Tan pronto usa
su voz de mando, suceden dos cosas: Aaron cierra la boca de inmediato, se lleva
sus manos a los labios como queriendo despegarlos y, horrorizado, descubre que
aunque lo haga no puede hablar, pues el vampiro no lo desea y su cuerpo solo
obedece a un amo.
La segunda
cosa es que Samuel se arrepiente terriblemente.
—¡No, mierda!
—da un golpe en la mesa, frustrado y decepcionado consigo mismo. Aaron se
asusta y da un repullo, tan nervioso que su corazón aletea como un colibrí—.
Aaron, no quería usar la voz de mando, yo... Ah, joder. Escúchame. No es
verdad, nada de lo que dices es verdad y lo sé porque he sido yo quien ha
metido esas ideas de mierda en tu cabeza y te aseguro que ninguna de ellas es
cierta. Te he tratado como un objeto y me arrepiento, me arrepentiré toda la
eternidad, pero no es eso lo que eres. No es tu culpa lo que pasó aquella
noche, Aaron, dulzura, no lo es. Te confundí, te usé, te emborraché y te dejé
en manos de la criatura más cruel que he conocido jamás. Estabas tan asustado
y, a pesar de que todo fue mi culpa, viniste a mí a por consuelo y a por ayuda
porque fuiste capaz de ver algo bueno en mí y yo… yo te castigué por ello.
Porque soy un cobarde y me da vergüenza admitir que puede importarme algo tan
frágil como tú. No fue tu culpa, te lo prometo, no hiciste nada malo. Fui tan
injusto contigo… Hice de tu cabeza un lío y no fui mejor con tu cuerpo, te hice
sentir placer cuando estabas humillado, te entrené de forma dolorosa para que
reaccionaras a mis deseos, no a los tuyos. Te corriste porque te obligué a
ello, de un modo u otro, no porque te gustase, no porque merecieras ese
castigo. No quiero que vuelvas a decir esas cosas nunca más, ¿de acuerdo? Y yo
tampoco te las diré de nuevo.
Al inicio
Aaron no escucha. Está demasiado alterado por la manera absoluta en la que la
voz de mando lo ha amordazado, demostrándole cuán fácil es convertirlo en una
marioneta cuya voluntad importa tan poco como si no existiese.
Pero entonces
la voz de Samuel se quiebra y le habla con un tono que sus labios conocen
demasiado bien: el de una súplica. Samuel le está suplicando que le escuche,
que le crea.
Sus palabras
suenan muy lógicas y certeras, son cosas que Aaron creía antes de caer en sus
manos: que él es solo una víctima y cualquier horror que le depare por culpa
del apetito de esos demonios colmilludos es algo que jamás habría pedido, jamás
habría merecido. Pero el chico que pensaba así ya no existe, ese Aaron fue roto
en mil pedazos y los trocitos de él que quedan se han unido como han podido.
Algunas cosas se han perdido para siempre, reducidas a polvo, y otras han
cambiado hasta quedar irreconocibles, entre ellas, su forma de pensar y
sentir.
Escuchar a
Samuel intentar convencerlo de que él no se ganó aquellos castigos, de que no
los disfrutó, le hace sentir nostalgia por ese joven de mirada brillosa
que no habría dudado ni un segundo en decir que es una locura pensar que
un humano es culpable por las acciones de su verdugo inmortal. Pero Aaron ha
cambiado y siente que se ha vuelto loco, lo suficiente como para desear creer a
Samuel, pero sentir que hacerlo será un proceso largo y difícil, si es que
alguna vez lo consigue.
Samuel se
siente preocupado por el silencio del humano, pero le alivia ver que no está
llorando ni manoteándolo ya, sino que solo está sentado muy quieto, pensativo.
Se inclina despacio hacia él y besa su frente con cariño.
—No quería
usar la voz en ti, perdona —susurra y acerca un poco más sus manos, tanteando
para ver si Aaron se siente cómodo para ser tocado de nuevo o no—. El lazo me
hace sentir más volátil y, si alguien intenta herirte, aunque sea con palabras,
tira de mí con mucha fuerza, hace que muestre los dientes, incluso si eres tú
quien está siendo cruel contigo mismo —Samuel siente esa misma fuerza
inexplicable ahora haciéndole arder las manos y los labios como si el infierno
estuviese en ellos y solo pudiese hallar su bendito alivio en la piel de Aaron.
Se acerca más, con sus manos rozando los muslos del chico, su boca casi tocando
esa hermosa marca nacarada que quiere lamer y probar sin parar, deleitándose en
el sabor dulzón de la posesividad consumada—. Así que te pido que no vuelvas a
ser tan cruel contigo mismo nunca más.
Su tono es
ronco, amenazante. Aaron tiembla ligeramente y Samuel sabe que si sucumbe a sus
deseos -tumbar a Aaron sobre el escritorio y enseñarle una lección, hundir sus
dientes en esa marca hermosa, sus manos en su cintura, su sexo en su flor
deshojada- nada bueno saldrá de ello.
Así que se
aleja de golpe y se levanta.
—Iré a por un
pañuelo para ti. —comenta, apartando la vista.
No puede mirar
a Aaron y ver ante sí esa cosita dócil y adorable que asiente ante cada orden
que da. No puede convertir aquello que debe proteger en una irresistible
tentación que lo lleva a ser más rudo de lo que debería.
Así que se
marcha de su despacho y, antes de ir a por el pañuelo, entra en el baño, se
apoya en el salpicadero y se muerde la lengua tan fuerte que ve la mitad de
esta caer en la blanca pica con un sonido húmedo y junto a un copioso chorro de
sangre oscura.
Como es obvio,
la lengua de Samuel vuelve a crecerle apenas minutos después de habérsela
seccionado con sus propios dientes, pero el dolor que experimenta durante el
proceso es suficiente para distraerlo de sus pensamientos pecaminosos y para
aplacar un poco sus deseos.
Cuando ha
terminado, se peina frente al espejo, limpia la sangre de sus comisuras, toma
un pañuelo bordado color crema y vuelve a su despacho.
Debe reconocer
que ha tardado un buen rato, quizá media hora en total, así que había asumido
que sería tiempo suficiente para que el muchacho se calmase. Lo que no esperaba
era entrar y hallarlo no en la mesa, sino en el suelo, delante de sus cuadros,
mirándolos con atentos ojos rojos, pero no llorosos.
Cuando Aaron
lo escucha entrar, mira con preocupación la mesa y trata de ponerse de rodillas
para "andar" hacia ella como pueda en sus circunstancias, pero Samuel
le detiene con un gesto de manos y se acerca hacia él con paso tranquilo.
Se agacha para
recoger a Aaron del suelo, tomándolo entre sus brazos con delicadeza y sin
dificultad alguna para alzarlo. Le tiende el pañuelo y el humano se seca las
lágrimas, todavía manteniendo su vista en los cuadros que tanto lo hechizan.
Samuel tiene
obras por toda la casa, pero las demás le causan rechazo. Son dantescas, todas
ellas podridas de muerte y manchadas de sangre, como un portal a los deseos más
aberrantes del vampiro, y Aaron no tiene ningún interés en saber nada más de
esa parte de él.
Los cuadros de
su despacho, sin embargo, parecen ventanas a otra parte de él. Más profunda y
escondida con esmero, guardada bajo llave porque contiene algo frágil.
—¿Te gusta la
pintura? —pregunta Samuel de pronto, aclarándose la garganta después.
—Me gusta
mucho este lugar —confiesa, jugando con sus dedos—. Me gusta el arte en general
y son muy hermosas las obras que tiene aquí.
—Podrás verlas
cada día mientras trabajo, si lo deseas.
—Muchas
gracias, señor.
—¿Cuál es tu
favorita?
Aaron se
sorprende gratamente por la pregunta y hasta su cabeza parece erguirse de una
forma tierna y faunesca, como cuando uno llama a su mascota y se le alzan las
orejas al escuchar su nombre.
Hace años que
nadie se interesa por sus opiniones, así que había dejado de pensar en ellas
tiempo atrás hasta casi olvidarlas, por eso tarda un largo rato en responder.
—Esta me llama
mucho la atención.
Aaron señala
con el dedo un cuadro de dos personas sobre un fondo azul hermoso, ambas
besándose o al menos intentándolo, pues sus rostros están cubiertos por un
denso velo húmedo que no deja sino entrever algunas de las líneas de su perfil.
—¿Los amantes?
—pregunta Samuel y Aaron asiente, asume que ese debe ser el nombre correcto de
la obra, pues es bastante descriptivo—. Recuerdo que me fascinó muchísimo al
verlo. Un cuadro de dos personas besándose ya habría suscitado muchas
interpretaciones: la gente teorizaría sobre si es un beso de despedida o el
inicio de algo apasionado, sobre si son dos novios o solo amantes, sobre qué
siente cada uno… y lo harían basándose en cada pequeño gesto y expresión de los
rostros de los personajes. Pero cubrir completamente sus rostros es una idea
tan arriesgada y buena. Tienes que imaginar lo que hay bajo el velo para
interpretar. ¿Tú qué piensas? ¿Qué significa que tengan el rostro cubierto?
Aaron traga
saliva. Samuel le está hablando con semejante calma, su tono es relajado, sus
palabras contemplativas. Durante estos momentos, no son amo y esclavo, solo dos
jóvenes que admiran una obra en un museo y que se ponen a charlar animadamente
de ello.
Aaron imagina
que el mundo jamás acabó, que Samuel no es un vampiro y que ambos se conocen
así, en un museo. Imagina a Samuel pidiéndole su número después de conversar o
invitándolo a un café -’’prefiero un chocolate caliente” le habría respondido
él y Samuel habría accedido con una sonrisa.
<<Las
cosas podrían haber sido tan sencillas>>
—Me parece
algo triste, señor… El velo me hace pensar en un amor imposible, no porque algo
externo los separe, como su familia o su clase económica o algo similar. Tienen
esa tela tan pegada a sus rostros como una segunda piel, lo que los separa es
parte de ellos. Intentan besarse porque hay pasión, pero es una pasión ciega:
no saben verse de veras el uno al otro, no saben reconocer como de verdad son.
¿De qué sirve el amor si no conoces a la otra persona: lo que necesita, lo que
le gusta, lo que es? Quizá son incompatibles y aun así lo intentan una y otra
vez porque no quieren aceptar que hay algo que los separa.
<<Además,
imagina besar a alguien con algo que te cubra la boca: sería un beso
superficial, torpe, insatisfactorio. Siento que así es la relación de ambos,
que intentan unirse de forma íntima, como en un beso, pero no se dejan entre
ellos llegar al corazón el uno del otro. Hay algo que tienen que ocultar, algo
que les da vergüenza o miedo que el otro vea, algo que les hace sentir
vulnerables o quizá algo que les hace sentir mal, culpables, inmerecedores de
amor… lo que sea, pero hay algo que les hace levantar una barrera para
protegerse, porque el velo protege su identidad, pero a la vez eso obstaculiza
su amor.
<<El
amor es algo íntimo y profundo, como un beso, es imposible intentar amar de una
forma segura, distante. No sirve de nada que le des tu corazón a alguien, pero
no le permitas desenvolverlo y ver lo que hay dentro. Es arriesgado, sí, pero
pienso que el amor no es para cobardes.>>
Aaron termina
de hablar y acto seguido abre enormemente los ojos: <<¿He dicho yo
todo eso? Maldita sea, ¿por qué no sé cerrar la boca?>>. El pánico y
el bochorno lo invaden por un momento y su cara termina totalmente roja.
Piensa que
Samuel se reirá de él o, peor aún, se molestará por su parloteo incesante que
tanto tiempo le ha robado, pero en su lugar el vampiro lo mira con grandes
ojos, el rojo en ellos brillando de una forma tan bonita que, más que
escarlata, luce un poco violáceo, como si quisiera tornarse rosado y suave, un
color inofensivo lleno de adoración. Samuel tiene la boca entreabierta y las
comisuras curvadas en una tenue sonrisa de admiración.
Vuelve sus
ojos hacia el cuadro, como si lo viese por primera vez.
—Nunca lo
había pensado así.
—¿Cómo lo
había pensado usted, amo?
Samuel
suspira.
—Siempre
imaginé que eran dos amantes ya muertos, dos fantasmas que ya no tienen carne
bajo su ropa como para poder tocarse ni besarse de nuevo, dos almas que habían
pasado cientos de años lamentándose por no poderse haber dado un último beso y
que decidían hacer funcionar lo imposible: se cubrían de telas para poder
tocarse, de un modo u otro, de nuevo. Me parecía interesante pensar en un amor
que se niega a morir.
Aaron es quien
abre la boca ahora y la idea le resulta tan hermosa, que incluso le sorprende
que sea su amo quien la articula. ¿Cómo es posible que un pensamiento tan
esperanzador y sensible haya florecido en ese suelo estéril y lleno de sangre y
cenizas que es la mente de Samuel, donde las únicas cosas que viven son
aquellas destinadas a ser asesinadas de forma grotesca y todo brillo existe
solo para extinguirse?
—Quizá… quizá
son dos personas que se quieren mucho, pero son malas la una para la otra,
tienen labios que son veneno para la persona a la que más quieren y por eso se
besan de ese modo, porque no quieren renunciar a amarse, pero tampoco quieren
aceptar herirse.
Samuel esboza
una sonrisa ladina en su rostro y añade:
—Quizá no es
veneno lo que uno tiene en la boca, sino colmillos.
Aaron se queda
callado de pronto. Samuel ha dicho eso con un tono agridulce, amable, sí, pero
lleno de una extraña melancolía que hace que el pecho de Aaron duela, como si
con sus palabras Samuel dejase al descubierto una laceración sangrante y
agónica que lleva años cubriendo y Aaron, al ver al pobre vampiro tan herido,
no pudiese sino ayudarle a cargar ese dolor. Le gustaría no ser tan compasivo a
veces, pero compasión es precisamente lo que pide de su amo y este está
aprendiendo a dársela. No es capaz de ser él tan cruel como para retirársela
ahora.
Así que se
aprieta un poco contra el pecho del hombre que lo sostiene en brazos y pone una
de sus pequeñas manos justo encima de dónde debería estar su corazón, como si
la suavidad de su palma pudiese, por arte de magia, absorber a través de la
piel el sufrimiento que ahí parece habitar.
No nota el
corazón del vampiro latir y se siente ridículo de pronto. <<Habla como
si su corazón funcionase igual que el mío: como si latiese y también amase y
sufriese. Si no hace una cosa, ¿por qué he sido tan estúpido de pensar que
haría las otras?>>
Aaron retira
su mano de pronto y decide romper la tensión con la primera tontería que se le
pasa por la cabeza.
—Quizá el
pintor no sabía cómo dibujar caras.
Samuel ríe de
pronto, sorprendido por el desenfadado comentario del chico, y Aaron no
entiende por qué, pero la risa del vampiro se le contagia de pronto y se ríe
suavemente unos minutos.
Es la primera
vez que Samuel lo ve reír así y se queda boquiabierto, impresionado porque algo
tan bello como ese chico siendo feliz pueda existir. Su sufrimiento era
exquisito, pero ¿su alegría? Samuel ha aprendido mil lenguas con el paso de los
años, idiomas hablados con sonidos que los humanos de hoy en día no tienen la
anatomía para producir, ha conocido expresiones cuyo sentido murió con el pasar
de los años, ha aprendido a hablar de cosas que solo existen gracias a palabras
que les dan realidad y, aun así, no halla en ninguna lengua los términos
adecuados para que encierren lo hermoso y perfecto que es Aaron cuando está
contento.
Por un
instante, siente la tentación de hacerle cosquillas solo para obligarlo a reír
más y más para él, pero se contiene. La vergüenza lo invade, pues de nuevo ha
pensado primero en forzar al chico a darle lo que desea que en sencillamente
hacerle sentir cómodo y feliz como para que siempre haya una sonrisa en sus
labios.
Samuel cierra
los ojos mientras lo escucha reír <<No quiero estropear su hermosa
sonrisa con las lágrimas que se me acumulan en los ojos>>
—Señor, ¿qué
sucede con ese cuadro? —pregunta tímidamente Aaron, tirando de la solapa de la
camisa de su amo y señalando con el dedo el único cuadro que no tiene el
privilegio de colgar de la pared—. Siempre está al revés. Nunca lo he visto.
Samuel parece
ponerse una máscara, pues todas sus expresiones fascinadas, risueñas o
tranquilas de antes se borran y lo que ocupa su rostro ahora es algo totalmente
frío e inexpresivo como la piedra.
—Es solo
basura.
—¿Por qué no
lo tira? —Aaron tuerce la cabeza y la pregunta sale tan inocentemente de sus
labios que no espera que Samuel lo aprieta fuerte entre sus dedos por un
momento, como si le hubiesen dado un pinchazo doloroso que lo haga tensarse.
El vampiro
mira a otro lado y vuelve a llevar a Aaron a la mesa donde antes lo había
sentado.
—Es basura
antigua y me recuerda a mi hogar.
Aaron observa
a su amo con curiosidad. Su voz es monótona y parece hasta aburrida, pero aun
así logra despertar su interés.
El chico
balancea sus piernas sobre el suelo mientras está sentado en la mesa, mira
hacia abajo y, con voz muy queda, se atreve a preguntar un poco más, pues su
amo no luce irritado, solo taciturno:
—¿Cómo era su
hogar cuando era humano? ¿Cómo era su vida?
Samuel se
sienta en su silla y alza su vista hacia Aaron. Sus ojos chocan por una
fracción de segundo y Aaron está seguro de que será abofeteado cuando Samuel
alza su mano. En lugar de eso, lo toma por la barbilla y le hace bajar la vista
con un gesto suave, pero firme.
Aaron da un
repullo cuando la voz de Samuel interrumpe el tenso silencio. Suena oscura y
pesada, palabras hechas de hierro:
—Vivía en un
palacio, era hijo de un rey. —Aaron abre los ojos, asombrado.
Samuel es solo
su amo y lo único que de él sabe es que debe obedecerle y respetarle, nada más.
¿Por qué le sería proveída más información que el nombre y la autoridad de su
propietario? Pero ahora suena tan delicado y honesto, abriéndose para él,
dándole un pedazo de información que otros considerarían intrascendente, pero
que Aaron sabe que Samuel atesora porque ha estado llevándola entre sus dientes
con fuerza desde que lo conoció, como un perro de fuertes mandíbulas y afilados
colmillos protegiendo aquello que le pertenece, aquello que se niega a
entregarle a alguien más: su pasado o, incluso, su presente. La respuesta a la
pregunta de quién es, más allá de su demonio.
Le gusta saber
ese poquito de la vida de Samuel, le gusta porque es algo que le habría dicho
alguien que quisiera conversar con él, un amigo o un amante o sencillamente un
extraño amigable. Alguien que lo ve como una persona.
Samuel, para
su sorpresa, sigue hablando.
—Pero mi hogar
estaba en otro lugar, en una posada a los límites del pueblo, era el lugar a
donde iba cuando quería poder ser yo mismo un rato. El único lugar donde fui
feliz alguna vez.
Las palabras
de Samuel suenan tan alegres al inicio, bañadas por la luminosidad de cálidos
recuerdos y, de pronto, pareciera que una nube negra de tristeza las opaca,
haciendo que sus últimas palabras suenen terriblemente tormentosas.
Aaron siente
su corazón llorar en sintonía con el de Samuel. Él también sabe lo que es ser
infeliz, sabe cómo arden las palabras en la boca cuando no tienes a nadie a
quien contárselas: es el mismo escozor que el de las lágrimas que llevan horas
siendo aguantadas, el dolor de un grito atravesando la garganta, pero no los
labios.
Samuel le ha
hecho cosas horribles y Aaron sabe que no puede perdonar ni olvidar, pero
mientras habla, se le antoja tan distinto este hombre a su amo. Este hombre que
le comparte pedacitos vulnerables de su vida como quien parte una tierna hogaza
de pan y alimenta a sus amigos, este hombre que lo sostiene cerca y suave y le
habla con cuidado como para no asustarlo… ¿Qué tiene este hombre en común con
la bestia que lo despojó de su nombre, de su libertad, de su ropa, de su
dignidad? Aaron quiere pensar que en ese cuerpo habitan un ángel y un demonio y
que ambos luchan por el control, de modo que a veces gana uno y otras, otro,
porque así le resultaría tan, oh, tan fácil detestar a uno, pero hallar
consuelo en el otro.
Pero la verdad
es más complicada. Samuel es el mismo que era cuando lo despojó de la poca
esperanza que le quedaba y las mismas manos que lo sostuvieron quieto lo
acarician ahora, la misma voz que lo forzó a correrse para humillarlo mientras
lo ultrajaba, le confía ahora tiernos secretos. La persona que lo atormenta en
sus pesadillas y que lo tranquiliza en sus sueños, es la misma.
Así que no
sabe qué sentir, más que un anhelo venenoso por Samuel. Por saber más de él,
por tener más de su voz y su paciencia y sus secretos y sus caricias y… todo lo
que sea de él, excepto de sus más oscuros deseos.
—¿No era feliz
en palacio, señor? ¿No tenía una buena familia? —pregunta, mordiéndose la
lengua porque se dice que es mejor que no sepa más, que rompa ya la extraña
conexión que siente que se forma entre ambos.
Pero lleva
tanto tiempo esperando conectar con alguien. Con quien sea.
—El rey era
tan estricto de gobernante como lo era de padre —explica Samuel con una pequeña
risa irónica burbujeando en sus labios como veneno—. El pueblo lo odiaba a
rabiar y yo más incluso. —Aaron baja su cabeza con tristeza.
Samuel es
poderoso, sin duda, pero piensa en las personas que le rodean y le cuesta mucho
encontrar en ellas a personas que de verdad lo amen, más allá de que lo teman o
lo respeten. Piensa en lo triste que es que ni siendo humano lograse hallar
cariño y afecto de lo que es, para muchos, la primera fuente de amor que tienen
y aquella que es más pura.
Le rompe el
corazón imaginar a un joven Samuel, todavía sin corromper por sus deseos,
siendo dañado tan profundamente por la indiferencia o la ira de un padre
malvado hasta el punto de que cientos, miles de años después, un demonio como
él siga notando las heridas que le hicieron en el corazón cuando apenas era un
dulce niño.
—De mis
hermanos pequeños jamás logré encariñarme, me alejé todo lo que pude, no quería
volver a entristecerme tanto como cuando mi madre murió.
El corazón de
Aaron da un vuelco y alza sus ojos de nuevo, cargado de una valentía que jamás
supo que poseía. Samuel no sabe por qué le cuenta todo esto, así como tampoco
sabe por qué le permite al chico mirarle a los ojos mientras susurra un débil:
—Lo siento
mucho, yo también echo de menos a mi madre cada día.
Samuel es
ahora quien baja la vista, sus ojos rehuyendo esa compasión tan cándida y
bondadosa. No la merece, incluso si su dolor ruega por ser aliviado por tan
suaves palabras.
<<Soy
yo quien debería curarle a él, no al revés. Él merece que le haga sentir bien,
yo sin embargo…>> Samuel se decide a dejar de hablar del tema, porque no merece el
alivio de compartir su carga con nadie más, pero entonces el chico sigue
pidiéndole información y ¿cómo va él a negarle algo a ese ángel de ojitos
azules?
—¿Qué le pasó?
—Lo mismo que
a mí —suelta de pronto, escupiendo sus palabras, dejando que el veneno que
lleva años en su interior salga sin siquiera tornarse un pensamiento antes, sin
pedir permiso a sus labios antes de atravesarlos—. Que a mis hermanos
—continúa, con el rostro deformado de ira, las manos agarrotadas sobre la mesa,
a los lados del cuerpo de Aaron—. Que a mi pueblo —añade y Aaron puede ver cómo
los colmillos crecen, los ojos reluciendo de la ira y las uñas de Samuel
tornándose garras que destrozan la madera del escritorio—: mi padre pasó.
El médico le dijo que mi madre no podría tener más hijos después del último, su
útero estaba destrozado de tanto parir hijos para el rey y él no vio más
motivos para seguir teniendo a una mujer. Me hizo llamar a la sala de partos
mientras ella aún estaba desnuda, sangrando, con las piernas abiertas y la
herida en ellas igual, porque le dijo al médico que no se molestase en coserla.
Me tuvieron que aguantar más de cinco guardias reales mientras él la ahogaba en
un cubo de su sangre. Bastardo enfermo.
El estómago de
Aaron se revuelve y pronto sus ojos se llenan de lágrimas. Samuel ya no es
Samuel, ni su amo, sino un pequeño Sami teniendo que enfrentar una tragedia tan
grotesca, un niño que lucha con uñas y dientes y no es suficientemente fuerte
como para hacer que el mundo pare por un instante y le dé una oportunidad para
arreglar todo lo malo que está por suceder.
Su pecho se
oprime porque Samuel es horrible, sí, pero también le han sucedido cosas
horribles cuando no las merecía y Aaron no puede parar de preguntarse: "¿Y
si esta es su forma de sobrevivir? ¿Y si convertir tus pesadillas en deseos es
la única manera de lograr que no te atormenten?
—Lo siento,
l-lo siento mucho, señor, es tan cruel, siento mucho que usted tuviese que…
—¿Por qué?
Deberías alegrarte de saber que quien te ha hecho sufrir también ha recibido de
su propia medicina, ¿no es así? —pregunta con ironía, pero un deje de seriedad.
Necesita que Aaron deje de compadecerlo, que deje de tratarlo como a un humano
en vez de un monstruo, necesita que lo odie, pues es lo que merece, y
por cada segundo en que no recibe su desprecio como castigo, la culpa lo ahoga.
Pero Aaron no
le debe nada, ni siquiera ser su verdugo si él merece ser ejecutado. Así que el
chico le da lo único que tiene: su amabilidad, su compasión, su consuelo. Y
Samuel lo toma porque lo necesita, aunque no lo merezca.
—No soy como
usted, amo —dice con infinita delicadeza y sigue hablando con una voz fina que
poco a poco se rompe, mientras silenciosas lágrimas caen por su rostro—, no
deseo causar sufrimiento, no me alivia, ni me causa ningún placer. No me
importa la venganza, solo quiero… Paz —musita y la palabra parece tan prohibida
en sus labios como un no. Vive en una constante guerra consigo mismo,
apenas puede recordar el sosiego propio de una tarde jugando a videojuegos con
sus amigos, la felicidad de esas memorias le resulta algo tan ajeno, tan
incomprensible, que el recuerdo se torna borroso como una imagen hecha de arena
que se le escurre entre las manos. Sabe que no puede volver a eso, pero daría
cualquier cosa por una pequeñísima parte de esa paz—. Quiero dejar todo este
dolor atrás. No me hace feliz saber que usted también sintió un dolor horrible,
amo, usted era solo un niño y quería salvar a su madre. Yo también sé lo que es
sufrir —se muerde el labio, solloza y con apenas voz, acaba su frase:—, usted
me lo ha enseñado.
El chico se
queda en silencio unos segundos, con sus ojos cerrados con fuerza, esperando
recibir cualquier golpe, pero entonces nada sucede y al abrir sus ojos observa
al vampiro mirándolo con el ceño fruncido, no con ira, sino con dolor.
—Sé lo que es
perder a un ser querido, sé lo que es la soledad y la desesperación y sentirte
tan mal que ya no quieres sentir nada nunca más. Y no es algo que le desee a
nadie más, ni siquiera a usted, y-yo preferiría… poder hacer desaparecer todos
estos males del mundo. Todo este dolor —Aaron suspira, deshecho en lágrimas.
Hace nada ambos estaban riendo y comentando animadamente un cuadro y ahora
vuelve a llorar sin control; se siente estúpido y débil, piensa que ha
arruinado el único momento dulce que ha obtenido en meses—. Solo quiero poder
volver a sentirme bien algún día. Y querría que a usted le dejara de doler lo
que le hicieron. Lo siento mucho, de verdad. Lo siento…
Samuel apenas
puede mirarlo a la cara. Aaron está tan destrozado y él es el único culpable.
Ni siquiera sabe si el terrible daño que le ha hecho tiene solución y ver al
chico tan desesperado por dejar de ahogarse en dolor que no puede siquiera
aferrarse a la rabia y la venganza, lo destroza, porque Aaron es demasiado puro
para hallar alivio en las tragedias de Samuel y este, tan corrupto e insidioso,
un demonio con alma semi humana, solo halla consuelo en el dolor ajeno. No hay
nada que lo calme más que los gritos de sus víctimas, así que no sabe qué
ofrecerle a Aaron.
No sabe
siquiera si él lleva dentro la suavidad que el otro necesita. No sabe si es
suficiente.
—¿Por qué me
dices estas cosas? —pregunta desesperado—. ¿Por qué eres amable conmigo?
Deberías odiarme.
—Y le odio
—reprende el chico, su voz sale de pronto segura, inequívocamente fuerte y
firme, como una lanza de hierro que atraviesa el corazón de Samuel. Luego, sin
embargo, su tono se torna más blando y suave:—. Pero es lo que querría que
alguien me dijese a mí. No me gusta que nadie sufra, amo, por eso intento
ayudar. No sé qué más hacer.
Samuel siente
su corazón romperse. Aaron no sabe más que ser gentil cuando debería ser rudo y
él… él no sabe más que ser cruel, cuando necesita ser amable. Samuel no puede
librarse de su naturaleza, pero Aaron tampoco de la suya, y el vampiro teme que
si no puede endurecer al humano… él tampoco sea como tornarse a sí mismo más
suave.
Samuel toma el
rostro de Aaron en una de sus manos, lo acaricia despacio y gentil y seca sus
lágrimas con el pulgar. El chico cierra los ojos y se inclina un poco hacia la
mano.
—No deberías
consolarme —le dice el vampiro, suavemente, y no suena como si estuviese
regañándolo o echándole en cara algo, como antes— y yo no debería consolarte a
ti. Pero quiero hacerlo, aunque no sé cómo. Tú eres bondadoso y amable, así
que, explícame cómo hacerlo, Aaroncito.
—Ah…
El chico deja
ir un ruido tan vulnerable como adorable al oír el tierno apodo que Samuel le
ha puesto. Su rostro arde tanto que oculta su cara entera en la palma que antes
solo sostenía su mejilla, escondiéndose en ella como un ratoncillo.
Samuel teme
ser capaz de morir de ternura.
—¿Qué sucede,
bonito? —pregunta, pero el chico no puede hablar. Está demasiado sensible, aún
llorando porque el pasado de Samuel lo ha conmovido y porque se siente confuso
respecto a por qué desea tanto consolarlo, porque lo ve como un lugar seguro
incluso si es su infierno, por qué quiere devolverle multiplicada por mil la
ternura que a veces le da. Además, el chico está demasiado avergonzado por lo
mucho que le gusta ser tratado con semejante cariño—¿Te gusta que te llame así,
Aaroncito?
Aaron asiente.
No es solo su
nombre. Es su nombre y unas pocas letras más, sí, pero unas letras dulces como
bañadas en caramelo, unas letras que son suyas y solo suyas porque no solo ha
recuperado su nombre, sino que ahora es tan especial que merece ser pronunciado
de una manera específica que suena como preciosa música, que incluso si sale de
una boca colmilluda es agradable como el algodón de azúcar.
Aaron lo ama
demasiado. Nunca nadie lo había llamado así.
—Te seguiré
llamando así, si te hace sentir bien —asegura mientras acaricia la cara del
chico y este solo solloza contra su palma, empapándosela de lágrimas. Decide
llevar la otra mano a la cintura del chico y lo acerca más a él, deslizándolo
sobre la mesa, y luego le acaricia la mejilla con los nudillos de su mano
húmeda de lloros—. ¿Qué más te haría sentir bien?
Aaron niega
con su cabeza, aún en silencio. Sus labios solo saben separarse para sollozar y
hacer pucheros y su nariz olisquea alrededor como un animal nervioso. Está
demasiado sensible para hablar, para saber. ¿Cómo podría conocer las
cosas que le hacen sentir bien cuando lleva ya tanto tiempo privado de ellas
que las ha olvidado? Asumió hace mucho que su destino era el sufrimiento y no
conoce nada más.
—Has dicho que
extrañas a tu madre también, ¿verdad? ¿Quieres hablar de eso? ¿Quieres contarme
cómo era tu vida antes de todo esto? ¿Te haría sentir mejor eso, Aaroncito,
cariño?
—¿D-de verdad
le importa? ¿De verdad? ¿De verdad? —pregunta frenéticamente el chico,
necesitando repetirlo una y otra vez a pesar de que el vampiro asiente desde el
inicio serio, solemne, sin una sola gota de engaño en su rostro, pues Samuel
grabó a fuego en él que jamás importaría de nuevo, que era solo comida y
diversión y nada más, una simple vida que se iría apagando hasta extinguirse y
ser luego olvidada como humo que se disuelve en el aire. Así que ahora, cada
vez que el vampiro le dice lo contrario, esa vieja lección clavada
profundamente en él le dice que es mentira. Y el dolor es más fuerte que la
esperanza, así que no le cree.
<<Solo
es amable porque estoy roto. Nadie puede divertirse con un juguete roto. Cuando
esté bien… cuando esté bien de nuevo me va a…>> Aaron solloza.
—Te lo
prometo, dulzura, me importa. Me importas.
Esas palabras
son suficientes para que Aaron se derrumbe, para que el lío en su cabeza se
anude tan fuerte que no pueda siquiera pensar. Aaron toma con sus dos manos la
muñeca del vampiro y, sin siquiera pensar en la osadía que es tocar al vampiro
y, más aún, manejarlo, toma su mano y la mueve hasta que logra tener su palma
cálida delante de él. Hunde el rostro en ella de nuevo, sintiéndose como cuando
era un niño y los monstruos le daban mucho miedo en la oscuridad, así que se
tapaba con la manta hasta la cabeza.
Respira
tranquilo y pausado contra la piel de su amo, tan suave. ¿Eran tan suaves esas
manos cuando le dieron una paliza, cuando lo inmovilizaron mientras era
violado? Son suaves ahora y huelen dulces y picantes, como a canela. El aroma
de su amo lo calma y poco a poco deja de llorar, pero se siente demasiado
cansado de vivir emociones tan grandes que no deberían caber en un cuerpo
humano y frágil como el suyo.
—No puedo
hablar… amo, no puedo hablar…
Sus ojos están
tan rojos, su mirada tan cansada. Samuel decide que, si Aaron no puede hablar,
no hace falta que hable: llorar está bien. Así que se queda a su lado mientras
llora, dejando que el chico acaricie sus manos enormes y friegue sus mejillas
contra ellas.
Samuel no sabe
si pasan horas así, pero no importa. Lo que el chico necesite. Así que
se queda hasta que Aaron se ha calmado un poco y hasta que sus ojos dejan de
derramar lágrimas, aunque lucen inflamados y taciturnos.
—¿Quieres ir a
dormir pronto hoy? —Aaron asiente, su cabeza bamboleándose—. Te llevaré al
dormitorio.
Así que lo
hace: toma a Aaron y lo carga hasta el cuarto, lo deja en el suelo, como
siempre y al cabo de un rato le trae ese cojincito que tanto le gusta. Aaron ni
siquiera lo usa para apoyar la cabeza, solo lo abraza con todas sus fuerzas
mientras Samuel regresa a su despacho.
CAPÍTULO 48
Samuel
despierta el primero, como ya es costumbre. Para Aaron es tan agotador
mantenerse despierto, que por cada noche que pasa lúcido, pareciera necesitar
tres días enteros de sueño reparador. Además, parece dormir siempre tan
profundamente que da lástima despertarlo, así que Samuel decide no hacerlo hoy.
Lo dejará descansar un rato más.
En ese tiempo
aprovecha para encerrarse en su despacho y forzarse a acabar el trabajo de toda
la noche en apenas un par de horas. No le apetece desgastarse así, pero quiere
terminar pronto y dedicar la noche a Aaron, igual que ayer el chico le dedicó
de esa forma hermosa su corazoncito.
Samuel halla
harto complicado ser amable con el chico y suprimir sus deseos, que le piden
justo lo contrario, pero piensa que está haciendo un buen avance, que ayer fue
suave y gentil y preguntó cosas adecuadas, aunque no sirviese de nada. No
entiende de dónde sacó esa sensibilidad o si, quizá, jamás estuvo dentro suyo,
sino que le ha robado a Aaron también. Sea como sea, quiere seguir esmerándose
y quiere dedicarle más tiempo al chico.
Hoy, en
concreto, tiene varias cosas planeadas para él que opina que quizá puedan
ayudarlo.
Al final,
Samuel logra acabar su trabajo a tiempo, aunque no para de irritarse porque
cada vez que el trabajo lo abruma o lo aburre, lleva sus manos y sus ojos a la
derecha, al sitio donde ayer hizo a Aaron sentarse, esperando hoy también poder
relajarse con la hermosa vista de su rostro o con la suavidad de su
cuerpo, solo para hallar un decepcionante vacío.
<<Tiene
que descansar>> se dice a sí mismo cada vez que se atrapa levantándose de la
silla, listo para ir a por él como si fuese un mero entretenimiento que quiere
usar ya. Cuando vuelve a la habitación, lo hace porque ya ha terminado sus
labores y lo hace en silencio, casi a hurtadillas en su propia alcoba.
Aaron sigue
durmiendo hecho un ovillo en el suelo, pero ahora se remueve un poco en su
posición, frunce el ceño y llena la estancia de quejidos ininteligibles. Samuel
sabe que está teniendo una pesadilla, así que se acuclilla a su lado y le
acaricia el pelo un poco.
—Es tarde,
Aaroncito, deberías ir despertando.
El chico abre
paulatinamente sus ojos al escuchar su voz y, aún confundido, se despereza
estirando sus brazos y piernas cuan largos son y luego mira a su alrededor. Al
toparse con la mirada de Samuel, baja la vista de inmediato.
—B-buenas
noches, amo. —murmura tímidamente.
Samuel lo toma
de la barbilla y le hace alzar su rostro para verlo mejor, pero el chico aún le
rehúye la mirada.
—Aún tienes
los ojos rojos e inflamados…
—Siento lo de
ayer, amo, n-no sé qué me pasó, no sé po-por qué estoy tan sensible, no quería
molestarle…
Samuel tuerce
su cabeza y suelta su barbilla.
—No estoy
molesto. Ven.
Aaron alza sus
brazos para tomar al vampiro del cuello mientras es levantado como de
costumbre. Aún se siente extraño cuando Samuel lo toca, pues sus poderosos
brazos le recuerdan lo sencillo que le resultó someterle, pero poco a poco es
capaz de conservar mejor la calma ante su cercanía.
—¿Hoy también
iré a su despacho mientras trabaja, señor?
—He acabado ya
mi trabajo, quiero dedicar la noche a mi bonito humano y tú vas a dedicarla a
obedecerme muy bien, ¿verdad?
Aaron traga
saliva, incapaz de descifrar si lo que se oculta bajo ese tono es simple
autoridad o lascivia.
—S-sí, señor.
Samuel lo baja
a la primera planta y Aaron se sorprende cuando el vampiro lo deposita en el
sofá, en lugar del suelo. Piensa que debe tratarse de un error, pero está tan
cómodo en una superficie blandita por fin que no dice nada. Aun así, está
demasiado preocupado por si el vampiro le reclama por no corregirse a sí mismo
y ponerse en el suelo, así que se queda totalmente tenso mientras Samuel se
marcha unos segundos.
Al volver, el
vampiro trae en cada mano una muleta simple y rudimentaria y a Aaron le brillan
los ojos al verlas. Un segundo después, teme que el vampiro le vaya a hacer
ganárselas de algún modo, pero está demasiado emocionado como para ser
precavido.
—Señor… muchas
gracias, muchas gracias, de verdad…
Samuel aparta
la vista, demasiado afectado por la manera en que ese chico parece adorarlo por
un gesto tan pequeño que, además, llega demasiado tarde.
—Haz silencio
—ordena con calma y deja las muletas apoyadas a un lado del sofá, donde Aaron
no puede alcanzarlas. El chico se pone nervioso —, no sé si podrás usarlas.
Quería una silla de ruedas, pero los humanos que las usan son desechados, así
que ya no se fabrican. Aun así, Jason ha sido capaz de obtenerme esto. Dice que
debería ser seguro que las usases cuando puedas sostener al menos la mitad de
tu peso sobre tus tobillos. Así que ahora, Aaron, te voy a hacer ponerte de pie
y andar por un rato.
Aaron palidece
de pronto y nota un nudo formándosele en la boca del estómago, entorpeciendo
sus próximas palabras.
—¿Q-qué?
—pregunta atónito y cuando Samuel rodea su cintura con sus manos, parándose
frente a él, el chico se aterra tanto que alza su voz— ¡Amo, no puedo, no
puedo! Se siente como si tuviese los tobillos rotos aún, no puedo, duele
demasiado, por favor, no me obligue a hacerlo. ¡No voy a poder, duele
demasiado!
Aaron patalea
histéricamente cuando el hombre lo alza como a un muñeco, pero se calma un poco
al ver que lo mantiene a unos centímetros del suelo.
—No voy a
ponerte de pie a la fuerza —le explica y frunce un poco el ceño, como ofendido
de que Aaron haya pensado que haría semejante crueldad—, te colocaré muy poco a
poco sobre el suelo y sostendré siempre parte de tu peso con mis manos. Iré muy
despacio, hasta que tú me digas que no puedes más. Entonces pararé. ¿De
acuerdo?
Aaron suspira
terriblemente aliviado. Le conforta sobremanera escuchar esas palabras que
jamás creyó posibles en boca de un vampiro, esas promesas sobre adaptarse a su
ritmo, sobre escuchar sus quejas y sus miedos, sobre detenerse si todo es
demasiado para él.
Aaron sabe que
si Samuel lo hubiese sobornado con tan empalagosas palabras desde el inicio y
hubiese tenido paciencia allí donde antes tenía solo rabia y puños apretados,
ahora mismo el vampiro podría llevarlo alrededor de su dedo como un anillo.
—De acuerdo,
de acuerdo… P-Puede empezar, amo. Tengo muchas ganas de poder usar las muelas,
quiero andar de nuevo.
Samuel tuerce
su boca en un gesto amargo. No sabe si Aaron podrá andar de nuevo. No sabe si
podrá volver a ser quien era antes. Y él tampoco lo será, solo que él es ahora
una criatura mejor: conserva su fortaleza y hermosura, dos grandes fuentes de
su orgullo, pero ahora domina por fin el delicado arte de destruir solo lo que
debe ser destruido y, a la vez, cuidar lo que es apreciado. Aaron, sin embargo,
está roto.
Él lo ha roto.
Samuel apoya
poco a poco a Aaron en el suelo, no dejando que el chico sostenga de su propio
peso más que cinco o diez kilogramos. Aun así, el muchacho hace una pequeña
mueca con su rostro, cerrando fuerte los ojos y descubriendo sus dientes. Chupa
aire en una profunda inhalación y le dice al vampiro:
—E-está bien,
puedo más —aunque su voz tiembla por el dolor—. ¿Cuánto peso necesito para
poder usar las muletas?
—Deberías
poder sostener mínimo la mitad de tu peso.
Aaron asiente
y nota sudores fríos en su frente. Un ramalazo de dolor hace flaquear sus
rodillas cuando Samuel afloja su agarre, dejando que unos cinco kilogramos más
sean cargados ahora por el cuerpo de Aaron.
Samuel suspira
de pena. Aaron debe pesar alrededor de sesenta kilogramos y ahora que sostiene
solo quince, está respirando con tal dificultad que Samuel teme estar
empeorando las lesiones.
De pronto, el
vampiro alza al chico y este abre los ojos. Se le han saltado las lágrimas por
el dolor, pero su expresión es de sorpresa y, luego, de decepción. Es dejado en
el sofá con delicadeza.
—¿Q-qué? Puedo
seguir, amo, lo prometo, me esforzaré más. Lo prometo.
La vocecita de
Aaron es tan pequeña, tan angustiada. Cuando Samuel recoge las muletas para
llevárselas, el chico casi chilla de temor.
—¡Por favor,
amo, déjeme probar de nuevo!
Samuel le
lanza una mirada que lo deja clavado en el sofá, deja las muletas en su sitio y
se inclina sobre el chico hasta dejarlo hecho un ovillo tembloroso bajo él.
Cuando habla,
su voz es firme y temible:
—Si lo haces
de nuevo y te fuerzas a seguir, no sería tan diferente a que yo volviese a
desgarrar tus tobillos. ¿Quieres eso, acaso?
Aaron niega,
incapaz de hablar, y el vampiro asiente con alivio.
—Bien.
Entonces no vuelvas a decirme que puedes seguir cuando no puedes. Usarás las
muletas cuando tu cuerpo esté preparado, no antes.
—V-Vale,
perdón, amo. —susurra el humano, resignado y baja la cabeza mientras el vampiro
le retira lo único que le había dado verdaderas esperanzas desde la noche en
que fue reducido al deplorable estado en que ahora se halla.
Al cabo de un
rato, Samuel vuelve y halla al chico en el sofá encogido, lloriqueando y
sorbiendo porque, aunque comprende que Samuel trata de hacer lo mejor para él,
siente que ha perdido su única oportunidad de volver a recuperar algo de lo que
se le había arrebatado. ¿Y si no vuelve a ver las muletas nunca? ¿Y si Samuel
cambia de idea y se las requisa para siempre? Quiere andar de nuevo, lo
necesita, incluso si duele y le deja con lesiones permanentes, pues él sabe que
lo que le han hecho durará para siempre de todos modos. Desplazarse
arrastrándose o arrodillado o andando a cuatro patas como un animal es
demasiado deshumanizante, por no decir de lo humillado que se siente cada vez
que el vampiro tiene que llevarlo al baño o de la habitación al despacho, como
una mera pieza de decoración del hogar que es movida a voluntad de su amo.
Cuando Samuel
ve al chico así, se sienta a su lado en el sofá y, mirando distraídamente el
fondo de la sola, toma las piernas del chico. Aaron no se resiste, pues
aprendió la lección ya hace mucho tiempo, así que tiembla un poco,
preguntándose si acaso el vampiro volverá a desgarrar los ligamentos, ahora
castigándolo por haber intentado ir demasiado deprisa y haber desperdiciado su
ayuda.
En su lugar,
Samuel hace que el chico estire sus piernas sobre su regazo y Aaron no puede
sino tumbarse y relajarse sobre los suaves cojines mientras nota al vampiro
darle los más suaves mimos en sus tobillos. Esa zona que pulsa y arde desde que
ha intentado hacer aquello que estaba diseñada para hacer, ese lugar que se
siente tan mal como si tuviese bestias rabiosas dentro, arañando y mordiendo un
camino de salida… ese lugar ahora se siente solo como hormigueos y piel
erizada. Y es gracias a los dedos de Samuel.
—Lo haremos
cada noche. Andarás con poco peso sobre tus tobillos y, cuando te acostumbres,
dejaré que te apoyes más y más en ellos, hasta que puedas usar las muletas. ¿De
acuerdo?
Aaron alza la
cabeza con los ojos brillando de ilusión y un ‘"Gracias" en sus
labios. Pero no llega a pronunciar nada, porque tan pronto abre la boca, lo
único que sale es un torrente de sollozos e hipeos.
—Está bien,
está bien. Sé bueno para mí y vuelve a tumbarte. Eso es. Cierra los ojos,
relájate. Respira hondo.
Aaron hace
caso a la voz que le instruye gentilmente. Se echa sobre su espalda, cierra sus
ojos, respira pausado y profundo y poco a poco su ataque de nervios se disuelve
en las más deliciosas sensaciones que Samuel le da con sus caricias. Está
siendo tan terriblemente amable, sus manos la panacea de todos sus dolores, su
voz la cura de sus miedos. ¿Cómo es posible que lo mismo que lo ha destruido,
vuelva ahora a unir los pedazos de él que quedan?
No se siente
correcto. Pero se siente bien. Y para Aaron eso es más que suficiente.
—Gracias por
ser así ahora, amo… —murmura el chico en una voz tan chiquitita que Samuel duda
de haberlo oído.
No le responde
nada, porque Samuel sabe que no merece ser elogiado por ello. No merece más que
el infierno y quizá allí debería ir, pero no puede separarse de Aaron. Ya no.
CAPÍTULO 49
—Eso es, buen
chico…
Las palabras
de Samuel causan cosquilleos agradables por doquier tan pronto Aaron las oye,
pero no puede evitarlo: esas manos firmes en su cintura, esa voz ronca y
ronroneante tan cerca de su oído y, oh, los ocasionales besitos en su
nuca que Samuel deja por cada paso seguro que da, son demasiado. Demasiado
buenos para ser verdad.
Esta es la
tercera noche en que Samuel ha implementado la nueva rutina: le da a Aaron un
desayuno abundante, para que pueda recobrar sus fuerzas, algo de fruta con un
bocadillo o avena dulce. Luego lo lleva a su despacho con él, donde lo sienta
sobre su mesa y lo acaricia distraídamente como si fuese una perezosa mascota
tendida en su escritorio mientras hace faenas. Ha puesto una silla frente a sus
cuadros y otra ante la inmensa estantería de libros que posee y, cuando pilla a
Aaron mirando cualquiera de ambas con ojos soñadores y anhelantes, pone una
mano en su muslo y le dice, con voz muy tranquila: “¿Quieres sentarte ahí?”.
La primera vez
que lo hizo, el chico pareció tener un cortocircuito; estaba tan asombrado por
la pregunta que fue evidente que no se le había ni pasado por la cabeza la idea
de que las sillas estuviesen ahí para él.
“¿No le
molesta?”, preguntó el chico, escéptico al inicio, temeroso de que fuese una
trampa o algo similar.
“Respóndeme.”
exigió el vampiro y el chico, ante el tono duro, asintió honestamente. Ahora
Samuel le hace esa pregunta varias veces por noche y el humano le responde
tímido, pero emocionado, sabiendo que puede pasar un buen rato admirando los
cuadros o cotilleando los libros de Samuel, aunque aún no se ha atrevido a
tocar ninguno, pues sabe que no tiene permiso.
Tras eso, el
vampiro, ya sea en su despacho u otra habitación, toma al chico por la
cintura y se sitúa delante de él, mirándolo intensamente a los ojos mientras lo
baña en cumplidos, o detrás de él, como hoy, susurrándole dulzuras al oído. Y
lo pone poco a poco sobre el suelo, apoyándolo en cada pasito de pingüino que
da.
Aaron no puede
parar de pensar, hoy, en lo cerca que está el vampiro -más que ningún día- o en
cómo mueve sus pulgares en su cintura para acariciarlo apremiantemente.
Recuerda los bailes de graduación que siempre vio en series de televisión y que
nunca llegó a experimentar él mismo, esos en los que las parejas se pegaban
unos a otros en la pista de baile y se movían al ritmo de la música, las manos
de un hombre siempre alrededor de una cintura estrecha, las pieles de los
amantes tan cerca que entre ellas había solo la delgadez del deseo y la liviana
presencia de sus alientos excitados.
No puede parar
de pensar en eso ahora, en lo muy pegado que está Samuel, como si fuesen una
pareja acaramelada en la pista de baile, casi abrazándolo. En cómo le
hormiguea la piel y en cómo le fallan las piernas incluso si ahora no duele
tanto caminar.
—¿Necesitas un
descanso, Aaroncito?
Aaron maldice
por dentro y sus rodillas vuelven a fallarle. Si Samuel no le sostuviese, se
habría caído de morros al suelo y es que, ¿A quién se le ocurre hablarle así al
oído? Tan ronco y bajo, tan gentil, preocupado… pero a la vez dominante.
Aaron nota al
vampiro apretarle más fuerte la cintura, listo para alzarlo del suelo del todo,
pero el chico pone sus manitas en las del vampiro con urgencia.
—No, no, estoy
bien, amo. Ha sido… no me duele. Puedo seguir un poco más. ¿Puedo, por favor?
Samuel quiere
decirle que no, que no va a arriesgar su seguridad por algo que tienen la
eternidad entera para hacer, pero Aaron se lo pide con voz suplicante y él no
puede negarle nada cuando habla de ese modo.
—De acuerdo,
intenta andar hacia la estantería.
Aaron asiente
y hace lo dicho, con Samuel siguiéndole tan de cerca que puede sentir su
respiración suave y fresquita en su nuca. Aaron camina con pasos lentos y
diminutos; al principio, cuando apoya el pie en el suelo, este se tambalea un
poco, como él vio que le pasaba a su madre cuando se ponía tacones demasiado
altos. Luego gana algo de estabilidad, se queda quieto tres o cuatro segundos,
asegurándose de que el dolor, a pesar de tensarle hasta los músculos del
rostro, es soportable, y luego alza muy poco a poco el otro pie, dejando que el
que está en el suelo reciba toda la carga del peso de su cuerpo.
A veces emite
pequeños quejidos y en más de una ocasión tiene que volver a apoyar ambos pies
en el suelo porque el dolor le da arcadas o porque ve borroso y teme
desmayarse, pero al final logra dar un paso tras otro.
Cada vez que
flaquea un poco y su corazón se acelera, Samuel le acaricia el lóbulo de la
oreja con sus sedosos labios y le obsequia con palabras de aliento que hacen
que todo su cuerpo se sienta cálido y extraño.
—Yo te tengo,
no te preocupes. No te voy a dejar caer. —le dice una de las veces, cuando el
chico se inclina demasiado a un lado y, pensando que se golpeará contra el
suelo, coge tan fuerte las manos del vampiro que le deja las uñas marcadas al
soltarlas.
—Lo estás
haciendo genial, mi buen chico. —cuando le dice eso es cuando Aaron da un
gritito de dolor al moverse demasiado rápido en uno de sus pasos, queriendo
ponerse bien ya, andar con normalidad, incluso si su cuerpo le advierte de que
necesita más tiempo. Mientras le dice eso, le acaricia de forma adorable su
cintura y eso logra distraerlo tanto del dolor que el próximo paso es más ágil
que los anteriores.
—Eso es, eres
tan fuerte. Muy bien. —le dice al final, cuando por fin llegan a donde se
hallan las estanterías y Aaron aprovecha para apoyarse contra la madera y
ganar un poco de soporte adicional.
Samuel se
inclina tras él, ligeramente, y el humano siente el aliento del vampiro justo
encima de la marca de su mordisco. El pánico lo invade, pero su cuerpo
reacciona solo con extrema docilidad: ladea el cuello y tiembla, pero se queda
quieto. Samuel sencillamente besa su piel, prensando de forma casta sus labios
contra la cicatriz. Su boca es suave y amable y el beso que le regala es tan
bonito que Aaron no puede sino llevarse sus propios dedos a la boca y sentirse
avergonzado por el hecho de que no ha sido besado nunca en ella. Los únicos
besos que ha recibido jamás son los que Samuel reparte ahora a veces por su
cuello, sus hombros, sus clavículas… y antes de ganárselos ha tenido que sufrir
sus mordiscos.
—No me siento
fuerte, señor… —murmura el chico, algo avergonzado y sintiendo un calor
extraño.
Samuel deja
otro pequeño beso en su garganta, ahora subiendo un poco por ella, posando los
labios sobre esa tierna zona que hay tras la oreja, donde se une con la
mandíbula. Aaron tiene un escalofrío, pero no le pide que se detenga.
A veces las
manos del vampiro en su cuerpo le arrancan del presente y le lanzan sobre ese
lecho del pasado donde fue violado sin piedad. Los labios del vampiro, sin
embargo, no lo hacen: Aaron sospecha que tal vez tiene que ver con el hecho de
que para ultrajarlo, Samuel tuvo que tocarlo, pero no tenía por qué
besarlo, así que no lo hizo. No lo consideró digno de ese gesto.
<<Ahora
sí… ahora es distinto. No lo volvería a hacer, no lo hará ¿Verdad?>>
—Has resistido
más de lo que muchos serían capaces de sobrevivir, eres fuerte.
Aaron niega
con la cabeza y suelta un suspiro pesaroso.
—Si fuese
fuerte, no sería su juguete, señor. Si fuese fuerte, no me habría podido pegar
en primer lugar, ni habría podido compartirme con aquellos vampiros —susurra y
se lleva la mano al cuello, recordando con horror la boca de Ivthan sobre su
herida—, si fuese fuerte, usted no me habría roto el brazo ni me habría… hecho
eso en los tobillos, ni luego… No soy fuerte, señor. No lo soy. Ni siquiera he
sobrevivido, la única razón por la que sigo vivo es porque usted me obligó.
Samuel toma al
chico entre sus brazos y deja la estancia, volviendo a su habitación con él. No
quiere tener esta conversación mientras el chico está jadeando, sudando por el
esfuerzo de mantenerse en pie sobre dos piernas rotas y maltrechas, dos
dolorosos recordatorios de que es una presa, sea una resistente o no.
Samuel se
sienta en la orilla de la cama y sienta a su humano en su regazo, encarándolo.
La cercanía es tan íntima que Aaron teme y se arrepiente de sus palabras,
bajando su vista de inmediato y preparándose para disculparse por la osadía de
desperdiciar el cumplido que el otro le regalaba, pero Samuel habla antes de
que él pueda hacerlo.
Su voz es
oscura y ronca, sus palabras vibran en su garganta como un terremoto, pero sus
labios las suavizan, porque no buscan ser hirientes, sino al contrario:
—Cuando recibí
mi primera paliza a manos de mi padre y de sus guardias, no quise levantarme de
la cama en días. Solo lo hice porque me dieron otra por ello. Tú has sufrido
más que eso y aun así, has intentado seguir adelante.
<<No
posees el tipo de fuerza necesaria para hacerme frente y salir victorioso, no
lo harás jamás, pero sí tienes la clase de fortaleza que tienen las montañas o
los árboles gruesos y antiguos que nadie ha tenido el valor de talar.
<<No
contraatacas, porque tu fuerza no es violenta, no busca derramar sangre, no es
una fuerza corrupta y cruel como la mía. Sino una pacífica: la fuerza que se
necesita para resistir, para mantenerse aquí, incluso a pesar de todo. Y sé que
has flaqueado en un momento, sé lo que intentaste hacerte, pero eso no
significa que seas débil, solo significa que soy tan cruel que es insoportable.
Nadie es invencible y, no por ello, nadie es fuerte, ¿verdad?>>
Aaron se
siente avergonzado, porque está llorando de nuevo. Ahora son lágrimas
silenciosas y las seca él mismo mientras intenta resistir las ganas de mirar al
vampiro a los ojos, de suplicarle que, igual que lo arrulla con su voz, lo
rodee con sus brazos, que le dé más de ese deleitoso y suave consuelo. Necesita
ser abrazado y cuidado y jamás pensó que podría hallar seguridad en ese vampiro
de nuevo, pues le demostró que es un experto en infligir todo lo contrario,
pero ahora… se ha vuelto tan hábil siendo un perfecto cuidador, que
Aaron no
entiende cómo un solo ser puede contener en él dos naturalezas tan dispares.
¿Acaso no debe elegir entre el bien y el mal y, una vez tomado un camino, el
otro se vuelve ya intransitable? Aaron imagina que cuando uno escoge el bien,
el mal le resulta de pronto no ya tentador, sino un dantesco paisaje que solo
causa repugnancia y rechazo. También imagina que cuando uno escoge el mal, los
placeres de la vileza lo dejan tan ebrio que el bien ya no le antoja deseable,
sino algo tan insulso que no merece la pena hacer el esfuerzo de alzar la mano
para tomar sus frutos.
Samuel, sin
embargo, ha probado las delicias del pecado y ahora, todavía teniendo apetito
por y para esos manjares del diablo, gira la cara ante aquello que le resulta
exquisito y, en su lugar, se vuelve hacia lo que Aaron no entiende por qué
escogería. Hacia él. No como una presa, ni como un juguete, no como el
esclavo que aún es, sino como… como su Aaron.
Su Aaroncito.
Algo valioso e importante. Alguien valioso e importante.
—Aaron, vamos,
sé bueno y respóndeme. —el chico hace un puchero y sus labios tiemblan porque
es incapaz de hallar su voz.
Samuel lo toma
por la barbilla con suavidad, alzando un poco su carita, y le pregunta muy
despacio.
—¿Verdad que
no existe criatura en el mundo que sea totalmente invulnerable? —Aaron niega,
dándole la razón a Samuel, y este le acaricia la barbilla mientras se la
sostiene, con el pulgar—. Entonces, que yo te haya hecho cosas insoportables y
no hayas podido aguantar más no dice nada de tu fuerza o de tu falta de ella,
solo de… de mí. De la clase de ser que soy.
Aaron suelta
un jadeo ahogado y acto seguido se arma de valor, toma la enorme mano del
vampiro, con la que le sostiene el rostro, y la aprieta con fuerza entre las
dos suyas.
—De la clase
de ser que era, ¿verdad, amo? Usted está intentando cambiar, ¿verdad?
Me… me prometió que no pasaría de nuevo. Si me porto bien, ¿me estoy portando
bien? ¿Verdad? Si sigo así, nunca más volverá a hacer… a ser tan cruel como
entonces, ni aunque me cure del todo, ¿verdad?
Samuel siente
que su corazón se rompe cuando ve a Aaron cambiar tan de pronto. A veces es
inseguro y otras risueño, pero en el Aaron actual, sin embargo, hay algunos
momentos que lo pillan por sorpresa en que el chico se rompe y de entre las
grietas Samuel puede ver no a su Aaroncito, sino al pobre humano que mancilló
tiempo atrás, al chico llorando en las sábanas, sangrando, suplicando.
Le asusta
demasiado la forma en que con un solo gesto o palabra inintencional puede
mandarlo de vuelta al pasado, puede dejarlo tan herido y vulnerable como
estaba, reabrir sus heridas como si jamás se hubiesen curado, sino como si
llevasen todo ese tiempo sangrando, pero escondidas bajo un bonito velo que lo
distrae.
Samuel suelta
la cara de Aaron y le sostiene ambas manos y toma una de sus manos pequeñas,
suaves y pálidas entre las suyas. La sostiene con firmeza mientras dice:
—Claro que sí.
Estoy intentando ser bueno para ti y no soy suficiente, lo sé, pero por eso
seguiré intentándolo. Sigo siendo el mismo ser, Aaron, soy un vampiro y eso no
cambiará en toda la eternidad; mis deseos no son algo de lo que me pueda
librar, pero estoy aprendiendo a controlarme. Cuando estés curado y puedas
soportar que sea más rudo, no lo seré. Cuando desobedezcas y me enfades tanto
que quiera romperte de nuevo, no lo haré. Y a partir de ahora, no importa cuán
herido estés, serás siempre fuerte, tanto como yo lo soy: porque si cualquier
otro piensa que puede ponerte un dedo encima, no serás tú quien tenga que
luchar. Lo haré yo por ti.
Aaron siente
su corazón latiendo fuerte en su pecho. Tanto, que la confusión lo inunda, pues
hace ya años que esos latidos desbocados solo pueden significar una cosa:
terror. Pero ahora mismo no está asustado, así que descifrar la extraña emoción
que lo hace sentirse todo un lío revoltoso ahora es imposible.
Solo sabe que
su pecho pulsa tan fuerte que debe poner sus manos ahí por si el corazón se le
sale y que estas le tiemblan y le arde el rostro y siente un revoloteo tan
extraño en su tripita y…
—Señor, no lo
entiendo, ¿por qué haría eso por mí?
Samuel ríe
gratamente por su pregunta, como si Aaron realmente hubiese dicho algo de lo
más desternillante, pero el muchachito solo ladea su cabeza como un cachorrillo
confuso.
—Oh, vamos,
eres suficientemente listo como para saberlo y yo… por desgracia, soy demasiado
transparente con mis nuevas emociones como para ocultarlo.
Aaron frunce
el ceño adorablemente y Samuel jura que podría oír los engranajes de esa astuta
cabeza girar mientras piensa y piensa, sin hallar respuesta alguna.
Samuel ríe de
nuevo, pero ahora de forma suave y tan atractiva que el chico siente un calor
que lo abruma por completo. Samuel le dedica una mirada tan dulce que, de algún
modo, Aaron sabe que ahora sí puede mirarle a los ojos sin miedo a las
repercusiones. El chico lo observa con el corazón en un puño, mientras su amo
le sonríe con pequeños colmillitos mordiendo su labio inferior y su mirada
llena de un tipo de anhelo que no ha conocido antes. No es deseo, no es hambre,
no es posesividad tampoco.
Es adoración.
Su pupila se
dilata tanto que Aaron juraría que los ojos del vampiro son completamente
negros, de no ser por ese anillo rubí que contiene tal abismo.
Aaron incluso
se atrevería a decir que Samuel luce menos pálido que de costumbre, sus
mejillas algo coloreadas y sus orejas puntiagudas como las de un elfo también
están rojas y un poco más bajas de lo usual.
—Aaron…
—susurra el hombre y lo toma por el rostro, acunando cada mejilla con una
cálida y enorme mano.
Su nombre
suena como un canto de sirena en sus labios y el humano no tiene ni idea de qué
diantres dirá su amo, pero algo tira de su pecho con fuerza, tira hacia Samuel.
El vínculo lo vuelve loco, tratando de decirle que es algo importante, algo que
tiene al humano tan nervioso como… como Samuel también está.
—Mi Aaroncito,
¿con lo sensible y astuto que eres, cómo no podrías darte cuenta? ¿Cómo es
posible que no sepas lo que siento por ti? O quizá lo sabes, pero solo quieres
oírlo. No te culpo, la vida te ha dado solo desgracias y yo… yo te he dado
dolor y miedo allí donde debería haber depositado solo las caricias más suaves,
las palabras más bonitas. Y no me gusta decirlas, porque mi boca tiene
colmillos, así que está hecha para llenarse de algo amargo como la sangre,
pero… puedo hacer una excepción, por ti. Puedo decírtelo, si quieres oírlo.
Puedo decirlo cuantas veces quieras.
—¿El qué?
—pregunta Aaron inocentemente, la espera torturándolo despacio, el corazón
golpeándole el pecho por cada hermosa declaración del vampiro, por cada vez que
el hombre que antes reinaba en sus pesadillas bate sus pestañas y lo mira como
si fuese lo único que hay en el mundo. Lo único que puede, no, que quiere
ver hasta el final de sus días.
—Que estoy
enamorado de ti.
Por un
momento, Aaron siente que el tiempo se para y que hace un hueco única y
exclusivamente para que Samuel diga esas palabras. Nada más sucede en el mundo
mientras están siendo pronunciadas porque, ¿cómo sería posible que cualquier
otra cosa osase acontecer cuando esa confesión tan imposible, tan hermosa y a
la vez extraña, va a hacerle sombra de forma asegurada?
Las palabras
gotean despacio desde los labios del vampiro, como miel. Y Aaron las tiene que
saborear de poco en poco, tiene que dejar que se deslicen por ese cordelito que
parece unir sus corazones en un vínculo eterno y, cuando llegan a su corazón,
el chico lo siente volviéndose aún más loco en su pecho, aleteando como un
pajarillo que quiere escapar de ahí y volar hasta el lugar donde pertenece:
entre los labios que han pronunciado esas palabras.
Esas palabras.
Aaron no
entiende cómo puede ser ese el mismo ser por el que ahora pasa sus días en vela
y teme soñar, pues su peor pesadilla no es aquella que viene de su imaginación,
sino de sus recuerdos.
Pero no
necesita entender cómo algo es posible para hallar confort en ello.
Está
confundido, sí, y abrumado por la intensidad de esa confesión. Tiene miedo por
lo que pueda significar ser amado por un vampiro, pues ya sabe lo insoportable
que es la pasión de una de esas criaturas cuando simplemente te desea.
Pero aun así
esas palabras son un alivio tan grande para él. Un bálsamo suave y cálido sobre
sus heridas, que hace que dejen de doler por un momento. Una prueba -por fin-
de que aún puede ser amado. De que no está dañado más allá de la reparación, de
que no es solo algo que inspire deseo, sino alguien. Alguien lo suficientemente
especial como para poder ser visto con ternura y cariño y con esos ojos llenos
de intensidad con los que Samuel recorre cada gesto de su rostro como queriendo
grabarlo en sus retinas para siempre.
—No quiero
mentirte, mi dulce amor. Te amo, porque en parte soy humano, pero mi amor no es
como el de un mortal. No es tan simple, tampoco tan gentil, incluso si estoy
intentando retorcerlo y podarlo hasta darle una forma que sea aceptable para
ti, más gentil contigo…
Samuel le
acaricia el rostro y se inclina hacia él, dejando sobre su mejilla un tierno
beso y, luego, inclinándose hacia su oído. Con los labios, recorre su
cartílago, su precisión y delicadeza son las de un pincel sostenido en manos
firmes y expertas. Luego los labios se detienen sobre su lóbulo y lo besa con
la misma ternura que esta sensible parte de Aaron posee. Lo sostiene entre sus
labios y luego entre sus dientes con extrema cautela, lo chupa con suavidad y
lo deja deslizarse fuera de su boca. Besa su cuello, los labios hablando sobre
la marca de propiedad que ahora arde como si una vela, con su llama tímida,
lamiese ligeramente la piel.
—Cuando veo
algo bello, tierno y puro, quiero romperlo, quiero notar su fragilidad en mis
manos hacerse pedazos, necesito mancharlo de sangre, odio y dolor. Los vampiros
no somos capaces de apreciar la belleza, la buscamos, eso es cierto, y la
poseemos como una máscara engañosa para atraer a las más preciosas presas, pero
no la anhelamos para admirarla suspirando como hacen los artistas humanos.
<<A
nosotros nos gusta perseguir la belleza para atraparla en nuestras garras
cuando la alcanzamos y destruirla. Nos interesa lo puro porque es más divertido
de corromper, lo tierno porque es fácil de romper, lo adorable porque es
sencillo de herir.
<<Así
que, si cuando veo algo que me gusta porque es bonito solo puedo pensar en
matarlo, Aaron, creo que no puedes imaginar lo que mis instintos me piden
cuando tengo delante algo que amo.>>
Algo atraviesa
el lazo de seda que los une, algo que lo despierta de golpe, lo alerta del
peligro de sus palabras: electricidad pura que le zarandea el corazón y le
tensa los músculos. Aaron se pone nervioso de pronto y una de las manos del
depredador debe bajar de su mejilla a su cintura para sostenerlo quieto e
impedir que siga removiéndose, incómodo y temeroso, sobre su regazo.
Pronto, las
palabras del vampiro se ocupan de aplacar el temor que ellas mismas han
inspirado.
—Por eso,
Aaron, quiero que sepas que soy la misma criatura vil que antes. No quiero
mentirte, hacerte creer que de algún modo todo lo malo en mí ha sido
purificado. No hay demonios dentro de mi ser que puedan ser exorcizados así
como me poseyeron, Aaron. Yo soy un demonio. Soy tu demonio, Aaroncito,
pero puedo ser más suave que antes. Mantener mis apetitos a raya solo con la
criatura que considero la más importante. Aprender a hacer cosas que los
humanos queréis y que necesitáis, solo por ti, para ti. Puedo doblegar mi
naturaleza para mantenerte a salvo de ella, incluso si a veces querré un
mordisco de ti.
Aaron se
siente confundido, mareado. Las palabras de Samuel lo atraviesan profundamente,
cada una de ellas abriéndole el pecho, obligándolo a acogerlas en su corazón.
Ni aunque quisiera podría mantenerse impasible ante la manera sensible, lenta y
suave en que le habla, con una voz hermosa, pero que apenas reconoce.
No sabe
siquiera qué significa todo eso. Él jamás pidió caer en manos de un vampiro,
solo quería una vida tranquila. No pidió contener en su mirada el poder de
remover dentro de su amo viejos recuerdos y sentimientos enquistados, solo
quería ser bueno y, a cambio, que se lo tratase bien. No pidió que Samuel lo
destrozara. No pidió que luego se arrepintiese, solo quería paz.
Mucho menos
pidió ser amado por el mismo ser que casi lo destruye.
Y ahora tiene
todo eso y no sabe qué hacer con ello. Porque es abrumador y porque es una
promesa incierta. ¿Qué significa el amor de un vampiro? ¿Qué significa que
Samuel es capaz de domar sus deseos retorcidos en cierta medida? ¿Qué
significa que aún querrá bocado de él de vez en cuando?
—¿Y si un día
se cansa? ¿Y si no le apetece esperar más y recuerda que puede tomar lo que
quiera, cuando quiera? —pregunta nervioso, apretándose las manos, tirándose de
los dedos y clavándose las uñas mientras imágenes demasiado reales de su pasado
se clavan una y otra vez en sus retinas—. ¿Y si decide que echa demasiado de
menos el placer de hacerme daño?
Aaron está a
punto de romper a llorar de nuevo, pero Samuel lo calma con dulzura. Recoge su
cabello tras sus orejas, le quita las lágrimas una a una con el dorso de la
mano, le susurra en el oído un ‘"shhh" agradable, como una brisa que
hace crujir la hojarasca en otoño.
Vuelve a
hundirse despacio en su cuello y a besar la marca con labios muy gentiles. Como
si supiese que su boca quema sobre la piel del chico y quisiera darle un beso
cálido, no abrasarlo.
Le da otro
beso. Y otro.
Baja poco a
poco hasta que su labio superior sigue en la piel y el inferior roza la orilla
de su camiseta.
—¿Y qué podría
hacer que dejase de amarte? —pregunta entonces, con tranquilidad y confianza.
A Aaron se le
ocurren mil y un motivos, empezando por que no comprende siquiera qué ha
hallado el vampiro en él que pueda amar, pero antes de que pueda objetar nada,
Samuel sigue hablando con sus labios contra la fina piel del chico, causándole
escalofríos:
—Créeme,
Aaron, si pudiese dejar de quererte, lo habría hecho ya —ríe suave contra su
piel antes de barrer sus labios contra ella, como probando su dulzura sin
querer tomar demasiado del chico—. No sabes los quebraderos de cabeza que da
ser un lobo enamorado del corderito al que debería comerse. Pero no puedo
librarme de ti, igual que tú no puedes de mí… —esta vez sus palabras no suenan
ya tan relajadas; el tono es tranquilo, bajo, ronroneante… pero a la vez oscuro
y solemne, la voz más profunda y grave, la boca sobre su cuello besándolo por
un par de segundos más, como queriendo dejar sus palabras marcadas en su piel,
inolvidables.
Las manos del
vampiro se mueven. Una en su cintura, sosteniéndolo en el lugar, la otra
acaricia la curva de su cuello y, luego, delinea el borde metálico del collar.
—Tú tienes mi
collar alrededor de tu cuello —besa la marca—, mis dientes grabados en la piel
y, sin embargo, eso no es nada con la jodida correa que tus manos han
puesto alrededor de mi corazón. Yo soy tu amo, tuyo, porque también te
pertenezco.
Aaron deja ir
una risa ahogada y nerviosa, incapaz de creerse la severidad de lo que su amo
ha dicho. <<Él perteneciéndome a mí, siendo mío. Es una locura>>
—D-dudo que yo
pueda darle órdenes, señor. —bromea el chico, su voz débil y temblorosa, pues
sabe que Samuel la nota en sus labios y la yema de sus dedos mientras está en
su cuello y aún no ha salido de su boca. Su amo saborea el nerviosismo de sus
palabras antes de que las pronuncie.
Sonríe contra
su nívea piel.
—Ah, pero
puedes pedirme lo que quieras con esa voz preciosa y esos ojitos adorables y no
podré resistirme a consentirte.
Aaron vacila
antes de hablar. Sabe que está por decir una tontería, conoce de antemano la
respuesta, pero aun así, ¿por qué no intentarlo?
—¿Puedo pedir
ser libre, entonces?
Samuel se
detiene por un momento. Aaron lo escucha respirar contra su cuello. Respirar hondo.
Puede sentir
la tensión, la forma en que sus manos sujetándolo aprietan un poco más, en que
los labios se fruncen y el ceño también, su aliento tornándose más caliente,
como si un infierno hubiese empezado a arder dentro del vampiro.
Samuel está
enfadado.
Su pregunta ha
sido demasiado atrevida y Aaron empieza a sentir su corazón latiendo deprisa,
sus dientes mordiendo con fuerza su lengua como deberían haber hecho hace unos
minutos antes de que abriese su bocaza, sus manos temblando, los labios de
Samuel demasiado cerca de la tierna cicatriz, sus colmillos demasiado
cerca y…
Samuel habla
antes de que su pavor le lleve a disculparse. Habla sosegado, después de
haberse tranquilizado contando hasta diez y pensando en gatitos y flores en vez
de en huesos rotos y gritos:
—Pídeme todo
lo que pueda darte y lo tendrás en un segundo. Pero, ¿la libertad? ¿Cómo podría
dártela cuando precisamente todo esto está sucediendo porque no puedo renunciar
a ti, porque no puedo dejarte ir, porque por primera vez hay algo más fuerte y
poderoso que mis instintos que tira de mí? Y tira hacia ti. No podría darte la
libertad, Aaron, ni aunque quisiera. Soy tuyo, para la eternidad e igual que tú
no elegiste caer en mis garras, yo no elegí caer por ti. Pero ya está hecho.
Aaron suspira
aliviado y debe admitir que las palabras del vampiro están llenas de tacto y
amabilidad, especialmente considerando que su diablo está diciéndole que ya no
puede echarse atrás, que su alma le pertenece y será su prisionero para
siempre.
Samuel respira
ahora pausado y tranquilo sobre su cuello y el chico puede sentir cómo, en cada
inhalación, el vampiro se deleita con su aroma, como los labios, así como la
punta de su nariz, trazan la curva de su cuello y recogen la esencia de su
dulzura.
—D-de acuerdo
—murmura él y sigue sin entender por qué su voz se entrecorta de esa manera
cuando nota la boca del otro alrededor de su marca, por qué su cuerpo arde y
sus piernas se juntan involuntariamente—. Lo entiendo, es solo… toda esta
información es demasiado abrumadora, señor. No sé cómo tomármelo, qué hacer
—admite y una pequeña risa nerviosa sale de entre sus labios, porque está feliz
por ser querido, pero todo es tan extraño que se siente un poco ridículo—.
Jamás… jamás nadie ha estado enamorado de mí o, bueno, al menos es la primera
vez que se me confiesa alguien y esto es mucho más difícil que la típica
confesión en los pasillos de la universidad que imaginé. Estoy… creo que estoy
feliz, porque me gusta mucho cómo me cuida últimamente y no quiero que esto se
acabe, no quiero quedarme sin esta versión de usted, señor. Pero también estoy
un poco asustado, porque incluso si sus sentimientos no desaparecen…
—No lo harán.
—interrumpe el otro y, como castigo por siquiera insinuar eso, Samuel da un
mordisquito en el cuello del menor. Uno diminuto y sin sus colmillos, pero es
suficiente para que Aaron jadee y se remueva.
—Incluso si no
lo hacen, señor, son sentimientos muy fuertes y cuando usted es intenso… temo
que me hiera. Creo que eso es lo que intento decir.
—Estará bien,
Aaron —dice delicadamente en su oído y luego se separa un poco de él, mirándolo
a los ojos, los cuales el chico baja en señal de respeto—. Estarás bien. Me
ocuparé de ello —Samuel observa al chico morder sus labios y asentir, todavía
deliberando con escepticismo la veracidad de sus palabras. Le acaricia un poco
el costado antes de añadir—. Dime, mi humano, ¿qué sientes tú?
Aaron se tensa
de pronto. Su cabeza y su corazón son un absoluto lío de sentimientos que le
obligan a tener que concentrarse en algo tan sencillo como respirar para no
sentir que se ahoga bajo un peso insoportable.
A veces no es
capaz siquiera de vivir en el presente, de centrarse en qué demonios debe
sentir ahora, pues una sola caricia o un gesto o una escueta palabra le
hacen vivir horas y horas de tortura: su primera paliza se torna eterna, los
minutos se dilatan cuando recuerda cómo se sentía estar bajo el agua y saber
que iba a morir ahí, el tiempo se detiene cuando recuerda la sensación de los
huesos rotos y la carne desgarrada o cuando recuerda el frío suelo contra sus
rodillas cada vez que se postraba para abrir su boca y ser usado como un objeto
o cuando fue empujado a la cama, usado con una violencia tal que incluso
aquellos otros abusos le hicieron sentir nostalgia por los inocentes tiempos en
que pensaba que eso era el infierno, que nada podía ser peor.
Cuando eso
sucede, Aaron no puede sino tornarse un lío de miedo, odio y asco, como tres
venenos que se entremezclan y le emponzoñan la sangre, que le hacen convertirse
en basura, pues así se siente. El terror lo paraliza, el odio lo ciega y el
asco lo culpa por cada doloroso ramalazo de dolor que sus recuerdos azotan
contra su pobre corazón.
Aaron siempre
tiene que centrarse muy fuerte en algo -en el color exacto de una baldosa, el
sonido que se escucha de fondo, el olor que hay en el aire y que viene de la
cocina…- para obligar a que su mente viva en el presente y no en el pasado. Y
cuando vuelve de ese turbulento viaje, sus sentimientos están tan revueltos que
tiene náuseas solo de pensar en ellos.
No sabe si ama
ser acariciado o si le aterra, si se siente seguro con ese vampiro que lo cuida
o si odia a quien le arrebató todo. Aaron niega, aterrado, porque lo que sí
sabe es que él no ama al vampiro.
¿Cómo podría?
Pero si
negarse a cumplir una orden de Samuel es peligroso, rechazarle debe ser una
sentencia de muerte.
—Señor, no… no
lo sé. Necesito pensar. —admite nerviosamente, no sabiendo qué decir para no
meterse en líos.
—No soy
estúpido, sé que mis sentimientos no son correspondidos.
Aaron es
incapaz de respirar.
—Lo siento,
señor, s-si me da tiempo, puedo… Por favor, no deje de ser amable conmigo, le
prometo que…
—No te quiero
para que tú me quieras a mí, Aaron —le corta suavemente el otro, apenado al ver
al humano aterrorizado de ese modo solo por no poder controlar sus
sentimientos—. Te querré toda mi eternidad, aunque me odies. De hecho, incluso
si fantaseo con que tú me ames a mí una décima parte de lo que yo te amo a ti,
prefiero que me odies, porque eso significa que sabes lo que te hace bien y lo
que te hace mal; no quiero que ames algo que te daña.
—No me dañe
más, entonces.
Samuel
parpadea despacio al escuchar las palabras del chico. Tan tímidas, que juraría
que se las ha imaginado de no ser por las mejillas rojas del humano y por el
adorable puchero en sus labios.
—Trato hecho
—le promete con una sonrisa amable, aunque sus colmillos la tornan algo
aterradora para Aaron—. Ahora dime, ¿cuánto me odias?
Aaron se
atraganta con su propia saliva cuando escucha esa pregunta. La de antes, sobre
sus sentimientos, ya le había parecido tan delicada que dar una respuesta
correcta se sentía como atravesar un campo de minas a ciegas. Esta, sin
embargo, es mucho, mucho peor.
Pero Samuel lo
mira con afecto y añade:
—Puedes ser
sincero, está bien, Aaroncito.
El chico
suelta un quejido y aprieta sus labios. <<¿Cómo quiere que le odie en
condiciones si me llama así, amo?>>
—N-no le odio
cuando me trata así, pero a veces recuerdo lo que me hizo o creo que me dañará
de nuevo y… —Aaron cierra los ojos y aprieta los puños, su voz se endurece—. Me
odio a mí mismo tanto como puedo y también lo odio a usted. A veces… Desearía
haber tenido una estaca esa noche —después de pronunciar algo tan terrible, el
chico abre los ojos y cierra la boca de golpe. Se queda pálido como el papel—.
Lo siento. Lo siento mucho, no sé por qué he dicho eso, yo…
—Está bien, no
estoy enfadado —lo tranquiliza la voz firme de su amo y agradece el lazo entre
ambos, porque le desvela que es medio verdad: Samuel ha sentido ira cuando le
ha dicho eso, pero ahora está sosegado—. ¿Cuánto me temes?
Aaron se
siente más cómodo por el cambio de pregunta. Ser despreciado es un insulto
hacia la grandeza de Samuel, pero ser temido es prácticamente como ser alabado.
—Incluso
cuando es delicado conmigo, incluso ahora, le temo mucho, mi señor. Me cuesta
hablar, mi corazón va tan rápido y me tiemblan las manos. No está siendo
violento y lo sé, pero sus manos son tan fuertes y usted tan grande, sus ojos y
oh, sus colmillos, todo en usted me recuerda lo fácilmente que podría
hacerme daño, mucho daño, si así lo desease, o en lo sencillo que le resultaría
matarme si lo enfado sin querer y eso me aterra.
Samuel escucha
su respuesta con paciencia, asintiendo con la cabeza. Luego le acaricia los
cabellos como a una mascota obediente y dice:
—Buen chico,
tan sincero. Entiendo si me odias, aunque me duela y una parte de mí esté
demasiado irritada. Está bien si me temes, es lo normal, después de todo, somos
cazador y presa. Pero quizá pueda… —el vampiro hace una pequeña pausa, como
buscando las palabras adecuadas— Reenseñarte de qué soy capaz y aprender yo
también a ser más agradable contigo, hacer que me odies una pizca menos y que
tu miedo no te haga estar tan siempre tan estresado cerca de mí. Quiero que
puedas sentirte seguro y tranquilo, que confíes en mí.
Algo en las
palabras del vampiro tira de una fibra sensible en el chico. Quizá las palabras
tranquilo y seguro son las que lo hacen, pues pasó años sintiéndose
siempre alerta, siempre solo, siempre acechado y cuando pensó que no conocería
la paz ni la seguridad de nuevo, halló una pizca de ellas entre los brazos del
que creyó que era un amo cruel, pero que en el fondo poseía un corazón humano.
Y luego ese amo destrozó sus esperanzas.
Ver que puede
tener esa esperanza de nuevo es demasiado para él, así que rompe a llorar entre
sollozos.
—G-gracias, es
muy difícil, lo siento…
—Nada de
disculpas, es una orden. —le replica el otro con un tono juguetón y picando su
nariz un par de veces con el índice.
—Hace años que
no confío en nadie —confiesa Aaron de pronto con la mirada perdida y las manos
en su regazo quietas como las de un muñeco—. Creo que he olvidado cómo se
siente.
—¿Quieres
hablar de eso? —ofrece el vampiro. Toma al chico por la cintura y lo acomoda un
poco mejor en su regazo, alejándolo un par de centímetros de él para poder
mirarlo a la cara y que su cercanía no sea tan agobiante ni aterradora para el
pequeño mortal— ¿De los años que has pasado solo o de… de antes de eso?
Aaron solloza
y asiente, pero no sabe por dónde empezar. Lleva tantos años embotellando sus
emociones, que siente que si logra sacar el tapón con las que las ha empujado
al fondo para acallarlas, saldrán todas disparadas como proyectiles. Ni
siquiera sabe si sabrá formar frases o palabras siquiera, pues ha estado tan
solo por años que dejó hace mucho de pensar en sus emociones con palabras
porque ¿Para qué pensar en cómo comunicar algo si uno no tiene a nadie con
quien hablar? Después de un tiempo, su dolor pasó de ser algo descriptible, a
meras sensaciones que lo acosaban y que no sabía siquiera explicar.
Aun así,
Samuel logra entenderlo, pues le escucha muy atentamente.
—Echo tanto de
menos a mis padres y a mis amigos y a todos y… y, incluso si no me caían bien,
echo de menos a todos, a los compañeros de clase, los vecinos ruidosos, los
abuelos que siempre alimentaban palomas en el parque. No he vuelto a ver
palomas porque ya no hay humanos que les demos de comer, se han muerto y echo
de menos a las palomas, se han muerto todas y las echo de menos y echo de menos
a mamá y papá y a mi mejor amigo y la chica de clase que siempre me daba los
deberes y… y…
Aaron pausa un
rato, sollozando, jadeando y berreando como un animal herido, porque su dolor
es demasiado primitivo para el lenguaje y él está demasiado cansado para
traducirlo, al menos por un tiempo.
—Mis seres
queridos… ya no sueño con ellos porque solo tengo pesadillas y ha pasado tanto
desde que no los veo que he empezado a olvidar sus caras y sus voces y me da
mucho miedo olvidar lo mucho que los quería. A veces me siento… distraído.
<<De
pronto no me duelen sus ausencias y eso me aterra, porque el dolor es lo único
que me queda de ellos, de lo mucho que les quise. No recuerdo cómo era amarles
tanto, pero recuerdo el dolor por su pérdida. Es lo único que me queda de
ellos.
<<No
quiero perderlo, pero es tan insoportable. El dolor de su pérdida y luego el de
la soledad y luego el de las decepciones por todos los campamentos vacíos que
encontré y luego el de ser capturado por usted, el de ser tratado como un
objeto, el de perder mi nombre, el de perder… dolor sobre dolor y sobre dolor y
pesa tanto ya, pero creo que es todo lo que tengo. No puedo deshacerme de ello,
¿no? Voy a ser un mal hijo y un mal amigo si deja de dolerme su ausencia, pero
ya no puedo más, no puedo más, no puedo más…>>
Aaron habla de
forma desgarradora, sus manos arrugando la camisa en su pecho, apretándola tan
fuerte que pareciera que el chico resiste el impulso de arrancar su propio
corazón y lanzarlo lejos, muy lejos, porque no le sirve para nada más que
sufrir y ya no puede tomar ese dolor insoportable. Prefiere el vacío. Prefiere
morir.
Sus lágrimas
le empapan tanto el rostro que Samuel no puede secárselas, perlan sus pestañas,
le gotean desde la punta de la nariz y la barbilla y le cubren sus labios hasta
acabar en su boca, amargas como las palabras que escupe. Aaron apenas puede
hablar, para cuando acaba, solo susurra que el dolor es demasiado, pero es lo
único suyo que le queda.
El vampiro lo
escucha llorar y le regala unos minutos silenciosos mientras le sigue
acariciando las empapadas mejillas. Aaron siente que es una acción tonta, por
cada lágrima que el vampiro retira, él derrama diez más, pero se siente tan
cálido por dentro cuando comprende lo hermoso que es que alguien siga
consolándote, incluso si en el fondo es fútil.
—Querías mucho
a esas personas, Aaron, pero ellos también te querían a ti. ¿Crees de verdad
que a ellos les gustaría que te aferrases a su recuerdo si duele tanto? ¿Crees
que les gustaría permanecer en el mundo a tu costa, convertidos en una herida
que sangra y duele cada día? No les estás fallando por querer abandonar ese
dolor, pero sí que te estás fallando a ti por obligarte a sufrirlo.
<<Superar
sus muertes y dejar de extrañarlos de esa manera no significa olvidarlos. Puede
que ahora solo puedas recordar de ellos su ausencia y lo mucho que esta te hace
sufrir, pero eso es porque conoces demasiado bien el sufrimiento, estás rodeado
de él, así que es lo único que reconoces, lo único que ves con claridad. Pero,
Aaroncito, no tiene por qué ser así.
<<Puedes
ser feliz, recordar cómo se siente reír o estar a gusto, relajado, sentirte
cálido y querido… y no será la primera vez que te sientas así, ¿verdad? Todas
esas personas te hicieron sentir de ese modo, igual que te hicieron sentir
herido cuando murieron. Pero no tienes por qué quedarte con lo que te
atormenta, puedes dejarlo ir, Aaron, honrar su memoria siendo feliz, porque
cada vez que lo seas, estarás recordando lo que sentías cuando ellos todavía
estaban aquí y te hacían sonreír.>>
Samuel siente
que sus labios tiemblan mientras le habla al pequeño. Su voz es muy sosegada y
lenta, pronuncia cada frase con la lengua suavizándola hasta que suena como una
canción. Algo hermoso y tranquilizador que uno escucha, que quiere
escuchar y que deja pasar dentro de él sin oponer resistencia, permitiendo que
cada palabra le acaricie el corazón, dedos expertos relajando las fibras más
tensas de este o, quizá, pinzándolas para hacer que se sume a la melodía.
Aaron deja
poco a poco de llorar. Las palabras del vampiro le parecen increíblemente
sabias y agradece muchísimo que el vampiro sea una criatura tan experta en la
vida y la muerte como para regalarle ese pedacito de conocimiento que tan
aliviado lo hace sentir.
Quizá no
recuerda la forma exacta en que quería a cada una de esas personas especiales,
pero si puede todavía querer algo, incluso volver a quererse a sí mismo, estará
recordando un pedacito de todo ese amor que tanto añora. Sabe que a ellos les
gustaría verle así, no llorando, pero hasta ahora no se le había ocurrido una
mejor ofrenda que sus lágrimas para ceder a los espíritus de todos a quienes ha
perdido para mantenerlos todavía vivos. Jamás pensó que las sonrisas valdrían,
pues uno no sacrifica nada al ser feliz. Pero, como Samuel ha dicho, ¿por qué
querrían esas personas que tanto lo amaron que él sacrificase algo de sí mismo,
que se entregase, pedacito a pedacito, a la muerte, hasta que ya no quedase
nada de sí?
Aaron alza su
vista y sus ojos destellan de alivio y esperanza, pero hay todavía una motita
de preocupación enturbiándolos.
—¿Usted cree
que puedo llegar a ser algo… parecido a feliz, amo?
La pregunta,
tan inocente y triste como es, se transforma en un dardo cargado de veneno tan
pronto como sale de los labios de Aaron y alcanza a Samuel de lleno en el
corazón.
Samuel muerde
su labio, pues quiere prometerle al chico el mundo entero, pero aunque es capaz
de hacerlo arder, pues está hecho para la destrucción, no sabe si será capaz de
construir algo suficientemente estable, seguro y bonito entre ambos como para
que Aaron se sienta algún día como algo más que un pobre pajarito enjaulado.
—¿Cree que
merezco ser feliz, amo? Ni siquiera soy un buen siervo para usted, siempre me
está castigando, no hago las cosas bien, si no merezco una recompensa, ¿cómo
voy a merecer algo tan grande como la fel-?
—Aaron,
silencio —ordena Samuel y el chico, muerto de preocupación por seguir siendo
inútil y rebelde, cierra la boca de inmediato—. Eres maravilloso, claro que lo
mereces. Pero ahora estás poniéndote nervioso, estás demasiado sensible
—advierte, notando al chico sobre su regazo destemplarse, tan indefenso ante la
vorágine de sentimientos que lo atrapa como un cruel huracán que pronto no solo
llora y se lamenta, sino que su cuerpo entero se siente débil, febril. Enfermo.
Incapaz de lidiar con tanto. Samuel necesita calmarlo—. Pobrecito, con tu
cabeza hecha un lío… Necesitas relajarte. Estás temblando y con sudores fríos.
¿Quieres tomar un baño caliente?
Aaron suspira
de alivio por la oferta. La idea es agradable, más que eso, se ilumina en su
cabeza con la más cálida de las luces, así que asiente. Al hacerlo, repara en
lo muy mareado que está.
Lo agradece
por dentro cuando Samuel lo alza con delicadeza y lo lleva al baño. Lo sienta
sobre el tocador, su espalda delgada y temblorosa apoyada contra el frío
espejo. Mientras, el vampiro cierra la puerta, prueba el agua con sus dedos
hasta que sale cálida y agradable y la deja corriendo mientras pone un tapón
para que se llene la bañera. Al lado de esta, prepara una toalla grande y suave
para el cuerpo del chico y una más pequeñita para su cabello. Deja varios
frascos al lado de estas: un jabón para su cuerpo con aroma a nata, champú de
fresas y una loción hidratante que luce y huele tan rica que se le antoja
apetitosa al joven humano. También, bajo las toallas secas, deposita un enorme
camisón blanco de aspecto fresco y cómodo, tanto que Aaron está seguro de que
podrá usarlo de vestido, pues debe llegarle hasta los tobillos, y de que quizá
la tela se le transparente un poco, revelando los contornos suaves y delgados
de su cuerpo y el color afrutado de sus pezones y sus genitales. Enrojece un
poco por ello, pero no dice nada.
Le agrada
mucho ver al vampiro preparándole el baño con tanta dedicación y desearía
también verlo mientras le cocina sus desayunos y sus comidas. Cuando está tan
centrado en hacer algo por él, no le recuerda en absoluto al monstruo que lleva
semanas machacándolo por cada error, vejándolo ante otros como un simple objeto
de entretenimiento y usándolo sin reparar en cómo eso lo destruirá.
Mientras le
prepara el baño, simplemente luce como un marido devoto.
<<Un
marido…>> piensa Aaron, poniéndose todavía más rojo y demasiado sorprendido
por haberse atrapado a sí mismo pensando en esa cruel bestia con tales
términos.
Su corazón se
acelera por la magnitud de lo que eso pueda llegar a significar y, al
escucharlo, el vampiro se voltea hacia él con urgencia y corre a atenderlo, sin
saber que él es el origen de su nerviosismo.
—Calma,
Aaroncito. Respira para mí, despacio. Sé un buen chico.
El corazón del
humano da un vuelco por el repentino halago. Esas dos palabras que no deberían
causar lo que causan en él, pero aun así lo hacen. Por ellas, Aaron obedece y
cierra los ojos, respirando pausado y muy hondo, llenándose bien el pecho con
cada inhalación y luego vaciándolo paulatinamente, separando sus labios de
cereza para dejar salir el aire.
Samuel lo
alienta.
—Eso es. Ahora
voy a quitarte la ropa.
Aaron flaquea
al oír eso, su respiración saliendo temblorosa e interrumpida tan pronto nota
las manos del vampiro en su cuello, quitando el primer botón de su camisa. Aun
así, se deja hacer, pues el vampiro hará lo que desee con él de todos modos y,
además, está siendo tan suave que no quiere estropearlo.
Nota el lazo
que los une estrechándose alrededor de su corazón, sedoso, pero firme, cuando
el vampiro desnuda el segundo botón de su camiseta. Luego el tercero. El
cuarto. El lazo vibra de una forma extraña, haciendo que algo en su pecho se
sacuda y que el chico se estremezca con extraños hormigueos que recorren su
piel.
—Buen chico,
tan quieto y obediente para mí… —ronronea contra su piel y toda ella se eriza.
Samuel respira
sobre su cuello y su oído. Su aliento es tan cálido como una mano ardiente y
enorme que lo acaricia, se derrama sobre la curva que une su cuello y su hombro
y luego, extrañamente, nota ese calor cayendo por sus clavículas, pasando por
su pecho, goteando sobre su vientre hundido por la impresión y luego
deslizándose más allá de este, hacia el norte de su cuerpo. El calor se instala
en esa parte de su anatomía que se siente extraña y pecaminosa, tan hambrienta
de cosas que Aaron no comprende que ha tenido que ser mantenida bajo control
con un collar metálico a su alrededor.
Aaron tiembla
cuando Samuel le da el primer beso en el cuello. Lento, deliberado y cálido. El
calor vuelve a hacer el mismo camino: lo nota en sus mejillas, sus hombros, sus
clavículas, su pecho, su vientre… pero sobre todo en el sur de su cuerpo, en
ese lugar donde poner las manos, incluso la mirada, es un pecado.
—¿Te gusta ser
besado así, Aaron?
Samuel baja el
hombro de la camisa de Aaron, no con sus manos, sino con sus labios: poco a
poco, los besos trazan esa curva hermosa donde ahora la marca de sus dientes
descolla, hasta que sus belfos se topan con la molesta tela. Toma la orilla de
la camiseta con sus dientes, delicadamente, y la retira poco a poco hasta que
esta cae por el hombro del chico y desliza hasta descubrir su brazo derecho.
Aaron se
encoge y jadea cuando Samuel besa y luego mordisquea su hombro. Lo hace con
suavidad, probando la ternura de su carne con los dientes, mas no hiriendo al
pequeño mortal.
—Te he hecho
una pregunta, mi humano, deberías responderme.
Samuel ha
terminado ya de desabotonar su camisa y esta se abre con soltura, dando acceso
a su amo al torso desnudo del chico.
Una mano
enorme rodea su cintura con facilidad, el pulgar moviéndose arriba y abajo en
su tripita hundida por el nerviosismo, la otra mano baja la segunda manga de
Aaron, ahora haciendo que la camisa caiga y que sus clavículas y su pecho estén
completamente a merced de la boca de su amo.
Aaron no puede
concentrarse, no sabe ni de qué pregunta habla Samuel. Solo sabe que su mano
enorme le rodea la cintura, los dedos tocándose mientras él respira rápido y
agitado entre sus garras, y que su boca grande y hambrienta y cálida y oh,
tan, tan malditamente suave, no para de besarlo y de hacer que su mente esté
nublada y sus ojos brumosos.
—¡Ah!
Aaron gimotea
alto y se tensa de pronto cuando Samuel muerde su hombro un poco más fuerte,
esta vez con sus colmillos torturando levemente su piel, pero no dejando más
que una marquita roja que en minutos se desvanecerá.
—Amo… amo…
—susurra el chico, alarmado, y sus pequeñas manos intentan rodear sin éxito los
antebrazos anchos y venosos del vampiro, como sosteniéndose a ellos cual
salvavidas.
—Tranquilo,
bebé, no voy a comerte —ríe en su oído, amable, pero también un poco cruel,
pues disfruta viéndolo tan alterado solo por unos besos—. Solo quiero que me
respondas: ¿Te gusta cuando te beso así? —pregunta en su oído y acto seguido,
le demuestra al chico de qué habla.
Lame su lóbulo
con la afilada punta de su lengua y besa su cuello mientras desciende: un beso
nimio y tierno en su marca, luego uno un poco más largo abajo y otro más
profundo después. Samuel parte sus labios, cierra su boca alrededor de la nívea
piel y mordisquea un poco, succiona con extremo cuidado, haciendo que Aaron
sienta solo un pinchazo de dolor y luego lamiendo la zona donde la marca de sus
dientes descolla, como curándolo.
Aaron tiembla
con cada beso y mordisco y en apenas dos minutos ya tiene todo un lado de un
cuello y un hombro entero lleno de pequeñas marcas de pasión.
—No lo sé, amo
—confiesa el chico, demasiado confundido y asustado por la intensidad del
momento. Nota un tirón de necesidad en su interior, pero también le asusta
dejar que Samuel continúe, que las cosas lleguen más lejos. Aaron frota sus
piernas, desesperado y angustiado, y Samuel es incapaz de pasar inadvertido el
delicioso gesto—, se siente extraño. N-no estoy acostumbrado a esto. Nunca
antes nadie me había…
Aaron no sabe
siquiera cómo acabar la frase: ¿Nunca había sido desnudado? ¿Nunca había sido
besado, lamido, mordisqueado de esa forma juguetona y atrevida? ¿Nunca había
estado a merced de una criatura hecha de lujuria y crueldad con un collar
alrededor de su cuello y un lazo envolviendo su corazón, haciéndolo
arrodillarse ante cada uno de los deseos y las exigencias de tal demonio?
Samuel le
quita la camisa del todo, dejándola a un lado y ríe suavemente en el oído del
chico.
—¿No sabes si
te gusta? —pregunta, burlón, y encaja sus dientes en el lugar exacto en que
tiene la marca. La piel en esa zona es delgada y tan sensible que Aaron no
puede sino arquearse entero, ofreciéndose más al vampiro. Una de las manos de
este baja a su pierna y la acaricia despacio, tranquilizándolo, para luego
tantear el elástico que los mantiene sujetos a su cintura—. Cada vez que beso
la preciosa marca que le dice a todo el mundo lo jodidamente mío que eres,
tiemblas y suspiras de esa forma tan bonita, te arqueas y tu piel se eriza. Me
gusta mucho cómo reaccionas y estás siendo tan dócil y complaciente que mereces
una recompensa, ¿no es así? ¿Quieres ser premiado, Aaron?
Las palabras
se arremolinan en su cabeza de forma extraña, se convierten en una bruma que le
embota los sentidos, que ahoga su raciocinio. No hay nada más que manos grandes
y bocas cálidas, una voz ronca y el hormigueo que hace a Aaron sacudirse entre
las garras de su amo, ser tomado con algo de rudeza y ser puesto en su lugar de
nuevo. No hay nada más que eso y calor.
Y se siente
bien, incluso si está muy nervioso y algo asustado, porque puede sentir el
deseo en la voz de Samuel y sabe que un vampiro deseoso es peor que uno
hambriento, así que asiente.
—Mhm, s-sí,
amo… —susurra, pues su boca parece tener vida propia y su cabeza es incapaz de
pensar, pues necesita algún tipo de liberación que él desconoce.
Samuel baja un
poco, con una mano tira de los pantalones de Aaron, bajándoselos muy poco a
poco, con la otra lo sostiene quieto y con su boca besa el centro del raso y
delgado pecho del chico. Lame con su larga, húmeda lengua, el espacio entre sus
dos pectorales llanos. Aaron deja ir un sonido tan alto como vergonzoso y de
pronto su cuerpo parece querer esconderse de la intensa sensación: cierra las
piernas, topándose con que el vampiro está entre ellas, impidiéndoselo, y se
encorva como escondiendo su pecho y su abdomen.
Samuel gruñe
contra su piel, impaciente, la mano en su cintura se torna exigente, firme y
dura y lo obliga a volver a arquear su espalda, ofreciéndole al vampiro su
pecho desnudo.
—Abre las
piernas —ordena con una voz poderosa como un rayo que parece desgarrar el velo
de suavidad y ternura que el vampiro se había puesto sobre la boca hasta el
momento. Aaron nota el deseo en la voz del otro, la lujuria: cruda, rasposa, un
rugido animal. Lo atraviesa y, sin siquiera pensárselo, Aaron corresponde a la
orden abriendo sus piernas para que Samuel pueda acercarse más a él—, eso es…
vuelve a susurrar con dulzura, complacido al ver que su mortal no está tratando
de ser rebelde, solo está demasiado nervioso y preocupado por esa extraña
cercanía entre ambos—. Deja que me encargue de ti, Aaron. Haz todo lo que diga,
y te haré sentir tan bien…
Aaron se deja
hacer, porque obedecer es más sencillo que luchar. Se siente más natural, de
algún modo. Aun así, cuando Samuel baja sus pantalones del todo, el chico
siente unas repentinas ganas de llorar y de desafiar esa facilidad con la que
su cuerpo se somete a su amo.
Quiere
arrancarse de la boca todos los gemidos que salen sin su permiso y poner un no
en su lugar. Quiere pedirle a su amo que se detenga, que, por favor, no
alimente más su deseo, pues este siempre quiere más y más y más.
Recuerda la
forma en que el vampiro le arrancó la ropa aquella noche. La forma en que supo
que lo que pasaría sería inevitable, esa sensación de perdición como una pesada
ancla hundiéndosele en el estómago. Se siente parecido ahora y eso lo asusta.
Aaron se
remueve un poco, como puede, aunque nota su cuerpo no queriendo cooperar, como
ebrio de placer y cosquilleos.
Samuel se lame
los labios mientras mira su desnudez completa, sus ojos fijos en el pedacito de
Aaron que más obsceno luce: el lugar entre sus piernas abiertas, donde un
anillo metálico rodea la base de su miembro erecto, rojo y goteante.
Samuel abre su
boca, sorprendido y sonriente, y deja ir un ruido ronco y susurrante de gusto.
—Mírate, tan
bueno que ya estás listo para mí. Rogando que tu amo te preste atención.
Relájate, voy a darte lo que deseas, mi necesitado humanito.
Las palabras
de Samuel no son ruido, no son palabras siquiera, ni letras ni sonidos, son
pura electricidad viajando a través del cuerpo de Aaron, haciendo que los
vellos de su nuca se ericen, que sus dedos se ricen, que su hombría se
estremezca y sus piernas vuelvan a intentar cerrarse sin éxito alguno.
Se siente tan
mareado y tan bien, pero, a la vez, tan malditamente asustado. El placer es
real, pero también lo es la preocupación: su cuerpo lo está traicionando otra
vez, tratando de ahogar los malos recuerdos, de distraerlo del peligro, pero la
realidad es que Aaron no quiere ser tocado de nuevo, no de una forma tan íntima
y delicada, no cuando sus piernas no funcionan aún porque esas mismas manos las
desgarraron sin cuidado alguno, no cuando todavía tiene pesadillas cada noche
con su amo ultrajándolo, no cuando es incapaz de superar que la única vez que
ha logrado correrse sin que sean sus manos las que lo estimulen, ha sido
mientras era despojado de su propio cuerpo.
No quiere el
placer, si es a cambio de su dignidad.
No quiere
entregarse a Samuel, si todavía es incapaz de confiar en él.
—No… —murmura
bajito, negando con su cabeza.
—Está bien,
seré suave. —promete el otro.
Tan pronto su
mano se acerca al pene del chico, a punto de tocar ese maldito anillo que lo
controla como si no tuviese voluntad, los recuerdos estallan en su cabeza. La
humillación, la vergüenza, la desgarradora sensación de traicionarse a uno
mismo que lo atravesó cuando se corrió aquella vez. Sucio. Se siente tan sucio.
Se siente atrapado de nuevo, vulnerable, herido, incapaz de huir mientras es
acechado y cazado y oh, Dios, Samuel lo está acorralando contra el
espejo, ese espejo que rompió y que usó para intentar huir de su tormento,
ahora testigo de que no hay salida. Y sus manos grandes lo mantienen quieto y
está lleno de marcas de mordiscos y Samuel no se conformará con marcas que no
sangran.
Sus colmillos
están creciendo, sus ojos rojos relucen, las garras, oh, las garras.
Samuel ha rajado y roto sus pantalones al quitárselos sin querer, sin darse
cuenta siquiera, y él está desnudo y vulnerable, no puede siquiera bajar del
tocador y marcharse. No puede gritar por ayuda.
Necesita que
todo pare, lo necesita mil veces más de lo que su cuerpo pueda querer un
estúpido orgasmo.
—Amo, no,
e-espere, por favor… —murmura y ya no luce confundido como antes o un poco
nervioso, luce totalmente aterrado.
La frustración
hace que Samuel mire al chico con el ceño fruncido y ojos duros. Está
esmerándose en ser agradable con él, en hacer las cosas lenta, suavemente <<¿Qué
mierda he hecho mal ahora? ¿Por qué no puedo obtener lo que quiero? ¿Por qué
tiene que provocarme con sus gemidos y su obediencia y su cuerpo tan receptivo
y luego decirme que no? Estoy controlándome, merezco ser recompensado>>
—¿Por qué?
—gruñe y, sin darse cuenta, sus garras se clavan en la cintura de Aaron
amenazantemente.
El deseo lo
consume y lleva haciéndolo desde que besó al pequeño por primera vez en su
elegante cuello. Ha logrado controlarlo alimentándolo con cuentagotas, dándole
solo un pedacito del chico cuando este lucía suficientemente cómodo como para
que él tomase un delicado muerdo. ¿Y ahora debe detenerse en el mejor momento?
¿Matar de hambre a su deseo después de haberle prometido un banquete y haberle
hecho la boca agua con pequeñas migas de pan? Ha abierto su apetito, ahora debe
ocuparse de él.
Algo gruñe en
su interior. Algo posesivo y primitivo que necesita reclamar la presa que le
pertenece por derecho natural, porque porta su marca y, en consecuencia, debe
soportar todas sus perversiones.
—N-no lo sé,
señor, estoy nervioso, estoy asustado… Solo, no quiero, por favor… —murmura y
pone sus dos manos en el pecho grande y duro del vampiro, no pretendiendo
alejarlo, pero sí deseando hacerlo. Lo nota respirar rápido, agitado, como si
estuviese agotado de tanto luchar.
<<Va
a rendirse. Va a dejarse llevar. Va a herirme de nuevo>>
—Por favor,
señor, no quiero…
—¿No quieres?
—pregunta y su tono es burlón y mordaz, acompañado de una corta risa
sarcástica—. Estás prácticamente rogando por ello, humano.
Su voz
derrocha impaciencia, pero las manos de Samuel se esmeran por esperar. Se
separan de Aaron y se agarrotan sobre la madera del tocador, las largas garras
dejando en esta surcos profundos y astillados.
—P-pero me
siento mal, me siento inseguro y…
—Ni siquiera
voy a hacerte daño, voy a darte placer —replica el otro como si Aaron
fuese demasiado estúpido para entender la situación, la grandeza de ella, su
singularidad—. ¿Sabes cuántos humanos morirían por tener el honor de que
mis manos les den placer en vez de destrozarlos?
—Amo, n-no
quiero ser desagradecido, solo… no estoy listo, no lo estoy… M-me prometió no
herirme, no rompa su promesa tan pronto, por favor…
La desesperada
súplica de Aaron se siente como una puñalada trapera para Samuel y estalla
golpeando el tocador con su puño. Aaron grita por el susto y la pequeña mesita
caoba donde estaba sentado cede ante la ira del vampiro, convirtiéndose en un
montón de tablones destrozados en el suelo.
Samuel mira a
Aaron desde arriba con ojos que destellan llenos de frustración y odio y sisea,
con veneno en los labios, las siguientes palabras:
—Bien,
entonces. Te dejaré en paz, pero recuerda que eres mío: no te toco porque he
decidido no hacerlo y tú… tú no te vas a tocar tampoco, porque te lo prohíbo.
CAPÍTULO 50
Samuel se
marcha del baño tras su arranque de ira y Aaron tarda unos minutos en lograr
estabilizar su corazón después de que su amo dé un atronador portazo y se
marche dando pisotones que pareciera que pueden derrumbar la mansión entera. Se
repite a sí mismo que todo ha salido bien, que ha logrado que el hombre, pese a
desear poseerlo, se detenga. Que, por fin, ha conectado con la humanidad de su
amo y ha logrado inspirar en él verdadera compasión. Pero eso no basta para
calmarlo, porque también lo ha cabreado.
Samuel se ha
ido iracundo y ahora mismo debe estar igual. Cuando él salga del baño, de aquí
a un rato, el vampiro va a seguir igual de cabreado. Quizá más. Traga saliva.
Aaron imagina al vampiro en la soledad de su habitación, andando de un lado a
otro como un león enjaulado, la frustración bullendo en su interior y el
demonio que lleva dentro susurrándole al oído que ha sido patético que tenga
que obedecer las órdenes de un humano, que sea echado de su propio baño, sus
manos expulsadas de un cuerpo que le pertenece, que sea forzado a aguantarse
sus deseos como un animal castrado humillantemente.
Es posible,
piensa Aaron, que cuando salga del baño el vampiro no solo esté más enfadado,
sino que haya cambiado de idea también respecto a escuchar sus súplicas.
Aaron traga
saliva, pero intenta no pensar en eso, si lo hace, no podrá siquiera respirar
bien y ahora necesita seguir adelante e intentar tener esperanza.
Se levanta de
la pila de pedazos de madera donde Samuel lo ha dejado y se arrastra como puede
hacia la bañera. Solloza un poco cuando empieza a frotar el jabón sobre su
cuerpo y piensa en lo amablemente que el vampiro estaba preparándole ese baño y
besándole, desnudándolo tan respetuosamente, tan lento, halagándolo cada poco,
asegurándose de que estaba tranquilo y cómodo con cada gesto.
Aaron se
siente culpable, pues piensa que ha arruinado el buen humor del vampiro y luego
se siente profundamente triste, porque sabe que si Samuel realmente lo ama, su
amor tiene dos caras: la dulzura con la que lo ha tratado mientras lo despojaba
de ropa y, también, el ansia animal con el que tocaba su cuerpo, listo para
tomarlo sin miramientos ni paciencia.
Mientras Aaron
toma su baño y trata de sosegarse para no salir de ahí llorando, Samuel está
sentado en la cama con el rostro entre las manos y el arrepentimiento inundando
cada poro de su ser.
Sabe que no lo
ha hecho mal, sino terrible. Catastróficamente, diría.
La noche de
hoy ha sido una llena de demasiadas emociones, incluso para Samuel, así que
imagina lo vulnerable y sensible que ha dejado a Aaron. Después de todo -fallar
de nuevo en sus intentos de poder caminar suficientemente bien como para usar
muletas, recibir una agridulce confesión de amor de una criatura que solo sabe
querer de forma violenta, ser tocado, besado, desnudado por ese mismo ser hecho
de lujuria y sed de sangre…- Aaron necesitaba ver a Samuel como un lugar
seguro, como el hombre paciente y respetuoso en que le ha convencido que puede
convertirse. En su lugar, no ha sido más que un lobo hambriento gruñendo y
salivando ante la más mínima posibilidad de hincar sus dientes en carne fresca.
Samuel no
pretendía dañar al chico, pero se ha sentido tan vulnerable al confesar
sentimientos tan extremadamente humanos, que necesitaba que el chico le
correspondiese un poco. Que le mostrase también un poco de su vulnerabilidad y
sucumbiese a admitir que, incluso si no lo ama, su cuerpo lo anhela, lo desea,
lo necesita. Y Samuel planeaba hacerle sentir un placer exquisito en
compensación, demostrarle al chico que sus manos no solo rompen, demostrarse a
sí mismo que puede dar y no solo tomar, pero, de nuevo, no ha sido capaz.
Porque es
obvio que el muchacho al que apenas un mes atrás violó y mutiló sencillamente
porque podía y porque quería no deseará ahora ser tocado
pecaminosamente por esas mismas manos que le traen recuerdos, vergüenza y
desdicha. Debería agradecer que Aaron tolere siquiera estar en la misma
habitación que él, compartir el aire que respiran.
Debería estar
boquiabierto de pura sorpresa y júbilo por haber descubierto que el chico es
capaz no solo de aguantar, sino de disfrutar sus besos y sus caricias. O
bueno, al menos lo era antes de que él lo arruinase queriendo tomar más de eso,
ir más rápido de lo que Aaron puede tolerar.
Ha sido cruel
e injusto.
Samuel lo
sabe.
<<He
sido monstruoso.>>
Y lo peor de
todo es que, mientras Samuel asustaba al chico, mientras le reclamaba su cuerpo
como si se lo debiese a cambio de su amabilidad, Samuel no ha pretendido
asustarlo. Esa es la única forma en que la bestia formada por sus deseos sabe
ser gentil, la única forma en que sabe ofrecer consuelo y amor: forzando el
placer en un cuerpo que se retuerce para escapar de sus garras.
Samuel golpea
su cabeza con las manos, suspirando.
Se dice que
sí, es cierto que ha sido mejor con Aaron desde que lo tomó y lo rompió de
aquel modo tan espantoso y sí, es cierto también que ser tocado y obligado a
sentir placer cuando uno está asustado es ciertamente mejor que ser destrozado
y usado solo como un lugar cálido donde él pueda desatar toda su ira y derramar
toda su lujuria, pero aun así, no es suficiente.
No basta con
que hiera a Aaron de formas más superfluas, suaves y sencillas de sanar. No si
lo que busca es que sus manos dejen de hacer sangrar al chico.
Tiene que
esforzarse más, hacerlo mejor. Tiene que compensar el pequeño lapso en que hoy
ha perdido los estribos y se ha comportado como un animal babeando sobre un
pedazo de carne.
Y tiene que
hacerlo ya.
Cuando Aaron
sale del baño, se nota a leguas que el chico aún sigue trastornado por el
incidente de antes. La puerta se abre muy despacio, tanto que es evidente que
Aaron está haciendo su mejor esfuerzo por no hacer ningún ruido para no alertar
al vampiro, pues cree que si este se le acerca, no será con buenas intenciones.
El chico asoma su cabecita de cabellos revueltos y húmedos por la puerta con
timidez, como un pequeño hongo brotando del marco de la puerta a la altura casi
del suelo, pues Aaron aún no puede tenerse en pie solo. Da un repullo cuando ve
a Samuel mirándolo fijamente, sentado en la cama y con cara de pocos amigos.
El vampiro
luce frustrado, tan terriblemente frustrado… Y eso hace que los últimos veinte
minutos, los cuales ha pasado repitiéndose como un mantra que todo estará bien,
que Samuel se habrá calmado y que no le hará daño, sean tirados por la borda en
un instante.
—Hola, amo…
—murmura el muchacho con un hilillo de voz, bajando la mirada y con sus manos
tan temblorosas que Samuel no puede evitar darse cuenta.
<<Por
Drácula, está aterrorizado…>> el vampiro lo mira mordiéndose el labio, observando como esa
pequeña flor que horas atrás abría tímidamente sus pétalos y le mostraba su
corazón, confiándole sus lágrimas, sus miedos, sus deseos y sus anhelos, ahora
se cierra en banda y se sacude como azotada por un vendaval que amenaza con
arrancarla del suelo y lanzarla, muerta y marchita, cruelmente por ahí.
Samuel se
levanta de la cama sin mediar palabra, pues siente que la voz no le saldría de
todos modos. ¿Qué va a hacer? ¿Disculparse? Ya lo hizo y, pese a ello, ha
asustado hoy al chico tanto que ha visto en sus ojos la misma mirada exacta que
la noche en que lo violó. Así que ha decidido que no más palabras, no más
promesas que se deshacen en los labios como algodón de azúcar. Aaron necesita
actos, sólidos y estables.
Así que se
levanta con la intención de acercarse a él, levantarlo y depositarlo en la cama
con delicadeza, pero tan pronto se pone de pie, Aaron da un brinco y se abraza
a sí mismo.
La fragancia
del miedo llena la estancia como polen siendo espolvoreado por el aire, tan
sutil y dulce como ineludible: por cada bocanada de aire, Samuel puede
confirmar el terror que causa en el chico y, mientras se le hace la boca agua
por ello, también siente la culpa acumulándose en su pecho como un pesado cubo
que es llenado por un constante goteo de remordimientos que se apilan y se
apilan.
<<¿Por
qué he tenido que hacerle tanto daño? ¿No me bastaba con golpearlo? ¿Con todas
las palizas que le di? ¿No me bastaba con verlo sangrando y rogándome perdón?
¿Por qué soy así? ¿Por qué tengo que disfrutar de ser así?>>
Samuel vuelve
a sentarse en la cama, no queriendo alterar más al chico con su contacto
indeseado, y ordena con voz sosegada:
—Ven. Sube a
la cama.
Tan pronto oye
la orden, la sangre del rostro de Aaron se drena por completo, dejándolo pálido
como la tiza. Su corazón empieza a retumbar en su pecho y puede sentir el sudor
frío acumulándose en sus sienes, haciendo que sus manos se tornen resbalosas, pero
a pesar de toda esa agitación interna, el humano no dice ni hace nada,
esperando haber oído mal.
Esperando que,
si no reacciona, esas palabras se disuelvan en el aire y no vuelvan a aparecer.
Pero lo hacen.
—Aaron, ven
aquí y sube a la cama.
Aaron alza un
poco su cabeza, mira a los ojos de su amo por una fracción de segundo y luego
niega muy despacio y muy bajito.
—N-no… no
pienso hacerlo.
Samuel frunce
el ceño. Ha estado a punto de perder los estribos un rato antes y ahora que por
fin ha logrado calmarse, lo que menos necesita es un ataque de rebeldía del
chico. Además, está intentando ser amable. ¿Por qué ese maldito humano se niega
a ponérselo fácil?
Samuel aprieta
los puños y se levanta, clavándose las uñas en la palma de la mano mientras
lucha por controlarse. Aaron traga saliva y se mueve por fin: se arrastra un
poco hacia atrás, alejándose de su amo.
—No me hagas
perder la paciencia, me resulta difícil controlarme, humano y más aún cuando me
provocas abiertamente —su voz es ronca como un gruñido y Aaron puede ver la ira
ardiendo en sus ojos, la mandíbula apretada, los nudillos blancos y las venas
descollantes. Da un paso adelante y otro, hasta quedar justo frente al chico
paralizado por el terror—. Ahora, sube a la puta cama.
—No… —murmura
el chico, esta vez más firme y resuelto que antes, aunque con los ojos llenos
de lágrimas. Mientras lo hace, se aferra con mucha fuerza al marco de la puerta
usando sus manos, como si declarase que no será movido de ahí— No voy a
hacerlo, no voy a dejar q-
Esa respuesta
es la gota que colma el vaso. Samuel pierde la paciencia, toma al chico por el
cuello con su poderosa mano y lo arranca del suelo. Las uñas de Aaron dejan
indentaciones en la madera del marco de la puerta y el grito que da al ser
agarrado con tanta brusquedad parece que resonará en las paredes por años.
El chico es
alzado por el cuello y luego arrojado a la cama con violencia, como…
<<Como
aquella noche, igual que aquella noche, aquella noche, aquella noche,
aquellanocheaquellanochenoquieroqueserepitaaquellanochenoquierodejardeserunapersonadenuevonoquieroseguirvivosiviviresquetehaganesonopuedovolveraaquellanocheaquellanocheaquellanoche>>
Aaron llora
desconsoladamente, haciéndose un ovillo en la cama y Samuel, confuso y
demasiado irritado porque no entiende porque sus buenas intenciones están
teniendo unas consecuencias tan catastróficas, se sube a la cama listo para
comandar que deje de llorar balbucear tonterías y le dé una puta explicación.
Tan pronto
toca la cama y, aunque Aaron está hecho un ovillo en el extremo opuesto, el
chico llora más histérico aún, repitiendo "no" como un mantra
frenético.
Samuel se
siente estúpido, pues solo está asustando más y más al chico, pero no sabe cómo
recobrar el control de la situación más que con violencia y dominación.
Traga saliva y
frunce el ceño. Le duele la cabeza de tanto oír a ese chico bajo él llorar y
repetir <<no>> una y otra vez, de pensar tanto en cosas que antes
ni se había planteado, de llenar sus pensamientos de compasión y gentileza
cuando esas cosas jamás habían tenido cabida en sus consideraciones antes.
Entonces
decide que usará su voz de mando y que hará a Aaron callar y calmarse,
aunque sea por la fuerza. No se le ocurre nada mejor, pero cuando va a abrir la
boca para ordenarle algo, Aaron lo interrumpe.
El chico aún
llora y tiembla, pero pese a ello se las apaña para hablar con determinación,
para mirar al ser que tanto lo amedrenta directamente a los ojos y que sus
palabras, entrecortadas por sollozos, salgan de su boca con la firmeza de
puñales certeros:
—Si vuelve a… hacerlo,
amo, yo volveré a intentarlo —Samuel se queda pensativo unos segundos al
inicio, pues no entiende de qué habla Aaron, pero la seriedad en sus palabras y
el dolor en sus ojos es suficiente para hacerle caer en la cuenta de lo que
está diciendo. De con qué está amenazándolo—. Y esta vez lo haré bien. Usted
puede ser poderoso, puede traerme de vuelta a la vida incluso cuando intento
escapar de usted con la muerte, pero no es infalible. Un día saldrá durante
toda la noche o lograré quedarme despierto durante las horas diurnas y puede
que no sea a la primera o a la segunda, pero lo intentaré. Intentaré matarme
hasta que averigüe la forma de hacerlo mejor, más rápido, más eficiente y usted
no pueda hacer nada al respecto; o lo haré mientras usted está aquí, sin
derramar sangre, para que no lo sepa.
Samuel escucha
con atención, no porque quiera seguir oyendo más de esas horribles palabras, no
porque disfrute con el dolor y la desesperación de su pequeño humano, sino
porque está paralizado. Como un ciervo delante de los faros de un camión.
Congelado del
miedo. Lo que Aaron dice suena demasiado real, demasiado posible y él, de
pronto, se siente tan vulnerable e indefenso, porque el chico tiene razón: él
tiene un poder indudable para destruir aquello que se le antoje, pero cuando se
trata de proteger lo que ama… su defensa tiene lagunas. Muchas y demasiado
obvias.
—Tomaré
medicamentos y me dormiré en la bañera hasta ahogarme. Me intoxicaré con comida
que usted ni siquiera sabe que es venenosa —la mente de Samuel funciona a mil
con las posibilidades. Piensa en qué debe hacer para impedirlo, en no dejar al
chico hacer nada sin su supervisión, en revisar todo lo que come, en contratar
a humanos de Jason para que lo vigilen durante el día, en atarlo y…—. Incluso
si me encierra en esta habitación, me ahorcaré con las sábanas o las cortinas
o, si me encadena, lo haré con las cadenas. No importa cómo. Si usted vuelve a
violarme —su voz se rompe al decir esa palabra, la palabra prohibida y sucia
que hace que todo se sienta más real, la palabra que lleva atravesada en el
pecho desde que sucedió y que se dice que si no pronuncia, algún día todo eso
desaparecerá como un mal sueño. Pero ahora es innegable y es incluso posible
que suceda de nuevo, así que Aaron la dice, la arranca de su corazón incluso si
se siente como si se desangrase y se la arroja a Samuel con todo el reproche y
el odio que lleva dentro—, encontraré la manera de suicidarme y si me suicido
usted tendrá que buscar a otro humano y, y-y le saldrá muy caro —para este
momento, la voz de Aaron está agotada y sus fuerzas también, no puede seguir
fingiendo valentía y el vampiro sobre él no se mueve, solo mira serio, con el
ceño fruncido y la mandíbula apretada y el chico está tan preocupado por su
ardid no ha funcionado que se deshace en lágrimas e hipeos de nuevo mientras
habla —y no encontrará a uno salvaje y eso l-le hará quedar mal con los demás
vampiros y… y…
Samuel gatea
sobre la cama, acercándose muy poco a poco al chico y con suavidad pone una
mano en su pecho retumbante. Empuja al chico hasta derrumbarlo sobre la
almohada, hasta hacerlo tumbarse. Samuel toma la cintura del chico y lo
arrastra bajo él, sus ojos infernales clavados en los llorosos de Aaron.
El chico
balbucea algo sobre que lo hará, sobre que no es un farol, pero por cada
pequeño avance del vampiro, el humano habla con menos confianza, su voz
quebrada, los labios temblorosos y las frases inacabadas porque su corazón late
tan rápido que le retumba en la cabeza y no puede ni pensar.
—Por favor,
cálmate —le susurra el vampiro que está sobre él—, deja de decir esas cosas.
Aaron aparta
su mirada cuando está demasiado cerca para seguir sosteniéndosela a su amo. Se
ha quedado sin valor. Samuel le acaricia la cintura muy levemente con una mano,
con la otra lo toma de la mejilla, pero el chico solo cierra los ojos con
fuerza.
—Lo haré
—solloza—. L-le juro que lo haré, le supondrá muchos problemas, a-así que no me
haga esto, amo, por favor, o y-yo le prometo que…
—Aaron.
Silencio. Sé un buen chico.
Esa expresión,
esa voz amable y tierna, la manera delicada, pero firme, en que sus manos lo
sostienen quieto, pero a la vez lo acarician un poco… Todo hace sentir a Aaron
débil, lo devuelve a un tiempo pasado en el que aún podía permitirse ser
ingenuo y lo hace desear retirar todas y cada una de sus palabras. El chico
balbucea ahora que siente el enorme peso del vampiro sobre su frágil anatomía,
quiere pedirle que perdone su osadía, prometerle que será bueno y se dejará
hacer, que se entregará a ese horroroso acto solo a cambio de que lo haga con
la misma gentileza y amabilidad con la que ahora lo retiene y lo presiona
contra su cuerpo.
Quiere rogar
por unas migajas de compasión, pues ser rebelde no le ha obtenido nada y teme
que vaya a significar que Samuel lo tome con más rudeza de la necesaria.
<<No
debería haber hablado, no debería haber abierto mi estúpida boca>>
—Amo, lo
siento, a-amo, por favor… no puedo, no p-puedo soportarlo, quiero morir,
debería haberme muerto…
—Silencio.
Y respira hondo.
No es la
primera vez que Samuel usa su voz de mando, pero sí es la primera vez que lo
hace así. No ha sonado alterado o enfadado, como en otras ocasiones,
tirando con fuerza de los hilos que se amarran al corazón de Aaron como un
cruel propietario que jala rudamente la correa de su mascota.
Esta vez ha
usado un tono sedoso y tranquilizador, como sus caricias, y el lazo obligándolo
a obedecer no se ha sentido mal: ha sido como si una mano grande, firme,
aplacadora e invisible lo guiase, primero cerrando sus labios y luego
ayudándolo a respirar.
Aaron se
tranquiliza por obra de la orden de Samuel, aunque aún lo mira con ojos de
cordero asustado.
—Quería que
durmieras en una cama, Aaron. No quería dejarte más días en el suelo, eso es
todo. No iba a hacerte nada malo, no quería asustarte así, perdón. No sé por
qué se me da tan mal intentar hacer las cosas bien.
Samuel puede
ver en el rostro del chico, no, en todo su cuerpo, como el alivio lo inunda.
Respira lento y hondo y, cuando sus músculos dejan de estar tensos, el muchacho
luce incluso desinflado, hundido entre las sábanas. Su mirada se suaviza, sus
lágrimas se secan y suspira dulcemente una y otra vez mientras inspira y expira
con delicadeza.
Samuel se
queda un rato sobre el chico, quieto, observándolo y agradeciendo que sus
palabras hayan conseguido calmarlo, pero entonces el muchacho rompe a llorar
sin previo aviso. Llora más alto incluso que antes, con unos sollozos e hipeos
angustiantes y desgarradores.
—¿Qué pasa,
por qué lloras ahora? —pregunta el vampiro, confundido, pero paciente—. ¿P-pero
qué…?
Samuel se
queda paralizado otra vez más esta noche. En esta ocasión es por la sorpresa.
Aaron lo mira
a los ojos con los suyos brillosos y llenos de una soledad tristísima y, acto,
seguido, alza sus brazos y rodea a Samuel con ellos como puede, apretándolo con
todas sus fuerzas y hundiendo su carita cálida y húmeda en el enorme pecho de
su amo.
<<Me
está abrazando>>, piensa Samuel, impresionado, todavía inmóvil, pues es la primera
vez, desde que es lo que es, no solo que un humano lo ha buscado como lo busca
Aaron, sino que lo abraza de ese modo tan demandante, tan colmado de necesidad
y tierna vulnerabilidad.
El chico lo
abraza tan fuerte que está totalmente pegado al vampiro, sus brazos rodeando su
cuello, sus piernas su cintura y su espalda ya no toca las sábanas siquiera,
porque eso supondría apartarse del vampiro.
—No me
castigue por esto, amo… no ahora… —solloza y refriega su carita llorosa contra
el pecho del hombre, contra sus clavículas, su cuello, se hunde en él en busca
de consuelo y, a cambio, ofrece sus súplicas—. Mañana haré lo que desee, le
dejaré tocarme sin resistirme, le dejaré humillarme y pegarme y no me quejaré.
Lo que sea. Pero, por favor, déjeme abrazarle solo un ratito más.
Samuel aprieta
sus labios con amargura, pues el ofrecimiento del chico le resulta tentador a
los demonios que lo habitan, pero a él le rompe el corazón. Entonces cae en la
cuenta del porqué de los actos del chico y comprende que posiblemente esta es
la primera vez en años que Aaron abraza a alguien.
Las lágrimas
escarlata se acumulan en sus ojos cuando Samuel recuerda que es, también, la
primera vez que alguien le abraza a él en años. <<Tantos, tantos
años>>
Así que
envuelve al chico con sus brazos, hunde su rostro grande y perfecto en el
cuello del chico y le deja pequeños besitos mientras se tumba de lado,
apretando a ese mortal entre sus brazos, acariciándole la espalda de arriba
abajo y dándole pequeñas palmaditas mientras lloriquea.
—E-es que
usted siempre es cruel y siempre me hace daño y hoy… hoy, últimamente está
siendo tan amable —solloza el chico, explicándose, derritiéndose entre las
caricias que le da el otro. Cada vez que sus dedos se meten bajo su fina camisa
para trazar su columna y luego le dan mimos en la base de la nuca, Aaron tiene
un escalofrío y las lágrimas salen de su interior solas —y yo… yo me siento tan
solo… todos estos años, sin nadie, t-tan solo que… —el chico apenas puede
hablar, solo sabe buscar en el vampiro un calor que él mismo le robó, hundirse
en él, pensar en lo mucho que se parece al recuerdo emborronado que tiene de lo
que el amor es—. No sé qué hacer, n-no sé ya…
Samuel besa su
cuello una y otra vez, notando al humano estremecerse y jadear. Poco a poco,
sus besos suben y termina por besar sus mejillas, sus labios capturando cada
pequeña lágrima del chico con extremo mimo y con un cuidado que le hace sentir
tan bien, demasiado bien.
—Está bien,
Aaron. No tienes que hacer nada mañana para compensar esto y no te voy a
castigar —le asegura y luego nota de nuevo cómo el chico se relaja entre sus
brazos, cómo el alivio hace que sus músculos dejen de sentirse tensos como
alambre y ahora se noten dulces, suaves y cremosos como la mantequilla.
Cuando Samuel
alza una de sus manos, Aaron se encoge y, con un grito, se esconde en el pecho
del mayor. El hombre luce triste mientras le susurra:
—No pasa nada,
está todo bien.
Samuel alcanza
el interruptor y apaga la luz. Se tumba de lado y acoge a Aaron, que todavía
está buscando refugio entre sus brazos. Lo acaricia en su espalda y su cabeza y
reparte besos por su cuello y mejillas, incluso besa sus párpados cerrados, la
punta perfecta y respingona de su nariz y luego pone su nariz contra la del
chico, fregando ambas en un tierno besito de esquimal mientras le susurra:
—Intenta
dormir, Aaroncito. Te prometo que todo estará bien. Y tú me tienes que prometer
que no harás nada de lo que has dicho, que no te harás daño, ¿de acuerdo?
Prométemelo, Aaron, por favor.
Aaron responde
con un débil “Mhm” y se acomoda entre los brazos de Samuel. Ya no intenta
rodearlo con los suyos, pues tiene la certeza de que el vampiro no lo soltará,
así que se hace una pequeña bolita y se acurruca en el pecho de su amo, donde
se queda profundamente dormido.
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