CAPÍTULOS 41-50

 CAPÍTULO 41

Cuando Aaron despierta, es la segunda vez en apenas días que descubre que su amo le ha forzado a vivir cuando creía que moriría. Y, por segunda vez, se siente demasiado decepcionado y aterrorizado por lo que eso pueda significar.

Ha aprendido que su vida, para Samuel, solo tiene valor mientras siga siendo un entretenimiento para él y las formas de divertirse del vampiro con su pequeño siervo humano son retorcidas e insoportables.

Aaron lloriquea porque no puede más, necesita cerrar los ojos de nuevo y descansar, pero sabe que cualquier breve sueño o inconsciencia siempre lo lleva de vuelta a su tormentosa realidad. Intenta frotarse los ojos, pues las lágrimas le empañan la visión, pero entonces nota que no puede mover sus manos.

Como serpientes ásperas y viciosas, las cuerdas alrededor de sus muñecas lo mantienen inmóvil y, cuando trata de mover sus piernas, el dolor insufrible en sus tobillos delata que también está atado ahí abajo. Atado sobre algo blando y bajo una luz vaporosa y cálida, no la bombilla fría y cegadora del baño.

Aaron se siente confundido, hasta que se resiste un poco más y nota la sensación de una suavidad inconfundible contra la piel. Una suavidad que le da náuseas y despierta ecos de dolor tan grandes en su pequeño cuerpo que se queda paralizado: está atado en la cama de Samuel.

Sabe al instante lo que eso significa. Ha intentado tomar su vida, una vida que no le pertenece, y lo ha hecho dos veces. Samuel debe estar furioso, más que eso, ansioso por darle un castigo.

Y ambos saben cuál es el castigo que más odia Aaron y que más disfruta Samuel.

Aaron empieza a respirar rápidamente, ahogándose con su propia saliva y su aliento, y jadea y gruñe mientras lucha contra las cuerdas a pesar de que están quemándole la piel por el roce.

Se queda paralizado cuando ve el pomo de la puerta girar. Ya no hay tiempo. Todo volverá a suceder otra vez y Aaron solo puede suplicar porque Samuel pierda el control hoy, porque lo agarre demasiado fuerte y pulverice sus huesos, porque lo ahogue durante unos segundos más de la cuenta o lo muerda y pierda el sentido del tiempo mientras bebe. Necesita que Samuel lo mate.

Cuando Jason abre la puerta, su corazón, que llevaba apretado contra el pecho como preso en un puño, se le cae a los pies. Samuel ni siquiera se ha dignado a vestir al chico y, además, ha evitado que se vuelva a lesionar atándolo al mismo lecho manchado de sangre donde la noche anterior lo destruyó hasta matar a la persona cálida y jovial que una vez fue.

Tan pronto Aaron lo ve, se queda paralizado, porque sabe que él no es Samuel, pero luego empieza a resistirse aún más fuerte, porque otro vampiro solo puede significar algo malo. Todo lo malo empezó porque otros vampiros se lo pasaron de mano en mano en la fiesta y él estaba desesperado por volver a las únicas entre las cuales podía sentirse un poco seguro.

—Está bien, no te asustes.

Aaron no entiende una sola de las palabras del vampiro, pues el mundo está borroso y todo va demasiado rápido. Pero reconoce esa voz.

Es la misma voz amable que le ofreció ayuda y compañía en esa primera fiesta, la voz que hizo a Samuel enfadar cuando la respondió y que le obtuvo esa paliza y el ser lanzado y ahogado en la piscina y… pero Aaron se calma un poco. Porque esa voz está sola ahora. Jason está ahí, no Samuel.

Y Jason significa cosas buenas, o al menos eso se repite Aaron en su cabeza, aunque todo lo que puede oír ahí son los gritos y los lloros y las súplicas de anoche resonando una y otra vez, buscando a alguien que las escuche, porque Samuel no lo hizo.

Jason sabe que Aaron sigue aterrorizado, pero se ha quedado quieto, expectante, y por ahora es un gran avance que sencillamente no haya entrado en pánico y se haya puesto a chillar como loco al verlo.

El vampiro se acerca un poco a la cama y nota a Aaron tensarse, la cuerda alrededor de sus muñecas y tobillos clavándose tan hondo en la piel que empieza a rasgarla, dejándole las articulaciones en carne viva.

—Voy a acercarme, pero no voy a hacerte nada, ¿sí? Solo quiero ver cómo estás. Estoy preocupado por ti.

De nuevo, Aaron no entiende sus palabras. ¿Por qué no lo hace? El mundo es tan confuso. Es como si Jason le hablase mientras él está debajo del agua, ahogándose con más y más recuerdos que se sienten más reales que el mismo Jason, que la cama ahora fría, que las cuerdas mordiendo sus muñecas y tobillos.

Por un momento, Aaron se pregunta si todavía está siendo violado y si toda esta escena tan apacible no es una construcción de su mente soñando con el esperado momento en que todo se termine. Quizá aún no ha intentado suicidarse. ¡Quizá no ha fallado todavía! Eso significa que aún hay esperanza, que…

Aaron chilla, saliendo de su ensimismamiento, cuando Jason se sienta a su lado y él nota la cama hundirse bajo su peso. Ya no puede pensar racionalmente, en su cabeza no hay teorías o paranoias siquiera, solo puro miedo.

El chico respira tan agitado que está jadeando e hilos de saliva escurren por sus comisuras.

Jason trata de moverse muy, muy despacio, para que el humano pueda analizar cada uno de sus gestos y ver que no esconden malas intenciones: toma un piquito de la sábana que hay en la cama ahora mismo y lo lleva encima de Aaron, depositándolo sobre sus genitales para así taparlo y conservar un poquito su pudor. Incluso si Aaron está bastante quieto, sigue frotando sus muñecas y tobillos en carne viva contra la aspereza de la cuerda, como buscando ese dolor, así que el vampiro se inclina un poco más cerca del chico, pasa sus dedos sobre la cuerda que mantiene atado uno de sus tobillos y dice:

—Te voy a desatar, ¿de acuerdo? Pero te tienes que portar bien. Necesito que no hagas nada peligroso cuando te suelte.

El chico no asiente, pues sigue sin entender ni una sola palabra de lo que el vampiro dice, los sonidos de desesperación están llenando su cabeza en su lugar.

Jason podría cortar sus cuerdas con las garras, pero piensa que Aaron se asustaría demasiado al verle hacer una exhibición de fuerza o violencia, incluso si es tan pequeña, así que desarma el primer nudo con mucha maña y paciencia. Cuando la primera pierna del chico está libre, este la dobla y la recoge sobre su abdomen, como queriendo hacerse una bolita.

Jason se levanta y rodea la cama para ir al otro lado. Cuando desata la segunda pierna, el humano junta ambas con mucha fuerza y las mantiene dobladas sobre su pecho.

Luego se acerca hacia su mano para desatarla y debe inclinarse cerca de su rostro para ello. Mira al chico directamente y este rehúye su mirada con horror absoluto, llorando en silencio. Jason trata de dedicarle una expresión apacible y amable, pero tan pronto libera la mano derecha del muchacho, este cubre la cara con ella como si esperase un golpe que se la cruzase de lado a lado.

Jason tiene que rodear la cama para acceder a la otra mano y, mientras lo hace, ve cómo el muchacho se impacienta, luchando contra la atadura tan desesperadamente que no logra deshacer el nudo porque está arañando la cuerda en vez de lograr coordinar sus dedos para tomarla con destreza.

Jason se inclina para soltarlo y el chico se aleja todo lo que puede, como si fuesen a cortarle la mano en vez de dársela de vuelta. Una vez que la tiene y está completamente libre, Aaron actúa tan rápido como puede: salta de la cama al suelo, incluso si lo hace tan violentamente que se da contra la barbilla y las rodillas al caer, y corre a esconderse bajo la cama.

Jason no lo atrapa, aunque podría haberlo hecho, porque sabe que retener a Aaron contra su voluntad no ayudaría en absoluto. Además, el pobre humano solo está buscando refugio, igual que una pobre y aterrada alimaña salvaje haría, no está haciendo nada malo. Aun así, se muerde el labio, porque sabe que cuando Samuel sea quien vuelve a estar a cargo del joven, no será tan permisivo.

Jason se baja de la cama y se acuclilla delante, alzando las sábanas colgantes con el dorso de su mano para asomarse al espacio entre el somier y el suelo, donde halla al pequeño humano agazapado en la parte del cabecero, la más difícil de ser alcanzada. El chico está con los ojos cerrados muy fuertemente y se está llenando sus brazos de marquitas en forma de medialuna, pues entierra todas sus uñas hasta que han dejado una indentación y luego las levanta y hace lo mismo a un centímetro de la marca original. Jason tuerce la boca, porque no le gusta ver a un joven que antes lucía tan animado y simpático, ahora hiriéndose, pero eso parece tranquilizarlo y no se está haciendo tanto daño, así que lo deja hacerlo un rato más, dándole espacio y paciencia. 

Al cabo de un buen rato, el muchachito de ojos azules parece más sosegado, pero está apretando tan fuerte que sus uñas casi hacen brotar sangre de su piel, así que Jason chasquea sus dedos para llamar su atención.

—Oye, no puedes hacer eso. No puedes hacerte daño. Y no puedes quedarte debajo de la cama todo el rato. Samuel me ha dicho que parece que te duele el cuerpo aún —Jason se abofetea mentalmente por haber mencionado al rubio, porque tan pronto como lo hace, los ojos del chico se abren con pánico y miran a su alrededor como si alguien le hubiese dicho que tiene un monstruo detrás de él—. No, no, él no está aquí —lo sosiega y Aaron vuelve a prestarle atención, aunque luce más agitado que antes—, pero me dijo que parecía que algo te dolía. Solo quiero ayudar. Necesito que salgas tú solo.

Aaron mira a Jason detenidamente por unos segundos. Él no quiere salir de ahí, se siente seguro en su esquinita y los brazos de Samuel son largos, pero no lo suficiente como para alcanzarlo, así que eso hace que ese pequeño sitio se sienta cómodo y cálido, pero Jason está siendo muy amable, está pidiéndole las cosas con paciencia y suavidad y está esperando a que él obedezca. Sabe que sería de muy mala educación no hacerle caso y no le importa ser educado, pero le importa no enfadar a Jason, pues es lo más cercano que tiene a un amigo y no quiere perderlo.

El chico gatea poco a poco, acercándose a la salida de la cama, y Jason lo va alabando a cada pequeño paso que da.

Una vez que está fuera, Aaron sigue hallándose desnudo y luce muy nervioso, sentado en el suelo en posición de loto mientras trata de tapar su intimidad. Jason se esfuerza por mirarlo únicamente a los ojos, sin dejar que sus ojos pequen allí donde sus manos lo desean, explorando el cuerpo pálido y salpicado de un encantador sonrojo rosa que tiene en frente.

—Muy bien, ahora vamos a subir a la cama y te examinaré un poco para as-

El chico jadea y niega enloquecidamente con su cabeza, poniéndose tenso y acuclillado de nuevo, como listo para correr bajo la cama cual alimaña volviendo a su escondrijo, pero Jason lo toma con mucho cuidado de la muñeca y trata de usar un tono afable que agrade al humano.

—De acuerdo, de acuerdo. En la cama no, puedo mirarte aquí, en el suelo. ¿Está eso bien?

Aaron asiente. Bien, es la primera respuesta que logra de él y eso es un avance muy grande. Normalmente no tiene que tratar con humanos tan rotos, pero está acostumbrado a los desconfiados y asustadizos, así que está siendo cien veces más precavido de lo que suele serlo con ellos y eso parece surtir efecto en el pobre Aaron.

—Siéntate, pequeño, estira tus piernas en el suelo.

Aaron lo hace y pone sus manitas en su regazo, tapando todavía su intimidad. Jason se fija en el gesto, así que toma un pequeño cojín decorativo de la cama, uno que cabe en la palma de su mano y que no está manchado de sangre, y se lo pone al chico sobre sus genitales, ayudándolo a taparse. Aaron se aferra al cojincito y mira a Jason a los ojos por un instante, como dándole las gracias de la única forma que puede.

—¿Te duele hablar, Aaron? ¿Hay algo mal en su garganta?

El chico niega y, por instinto, se frota el cuello con la mano. Nota una textura extraña en su piel, pero eso es todo.

—Entonces, ¿por qué no hablas?

Aaron no responde, solo aprieta sus labios y baja la mirada aún más. Lo ha intentado, pero nada sale de entre sus labios cuando prueba, como si Samuel realmente hubiese robado su voz y la hubiese guardado en algún lugar donde él jamás podrá recuperarla de nuevo. Además, ¿para qué le serviría hablar? ¿Para llenarse los oídos con lo patético y desesperado que suena por un hombre que jamás podría molestarse en escucharlo? Si permanece en silencio, quizá las cosas serán más fáciles. Quizá primero desaparece su voz y luego va otro pedazo de él y otro y otro y otro, hasta que su carne se torne translúcida y luego transparente y todo él desaparezca como vapor de agua en el aire.

—Voy a mirar tus tobillos, Samuel dice que no puedes levantarte bien.

Aaron vuelve a tensarse tan pronto escucha ese nombre, Jason siente los músculos endurecerse bajo su mano cuando la pone en la pierna del pequeño y pronuncia esa palabra que parece estar prohibida.

Jason palpa los muslos del chico, su rodilla, luego sus gemelos y todo parece estar en orden, hasta que le levanta ligeramente una pierna y luego le toca el tobillo. Apenas lo ha presionado de forma levísima con sus dedos y Aaron ya ha jadeado de dolor y se ha intentado escapar de su agarre.

Jason lo sujeta firme, pero sin dañarle y dice:

—Solo es un minuto, es para ayudarte. No temas. Luego te dejaré descansar.

Vuelve a presionar y ahora Aaron se está quietecito, pero llora y solloza mientras Jason parece desgarrar su piel. El vampiro, sin embargo, no está haciendo nada de eso, solo está apretando la articulación del chico entre sus dedos, sintiendo el hueso y luego el tendón, que por alguna razón se nota demasiado tierno y frágil contra sus dedos.

Además, la piel de la zona parece fina, demasiado, y muy roja. 

Jason deja la pierna de Aaron nuevamente en el suelo, temiéndose algo que no le gusta nada.

—Dame tu brazo, el que estaba roto.

Aaron hace un ruidito de molestia. No le gusta recordar a Samuel astillando su hueso por tomarlo con demasiada fuerza, pero aun así extiende su antebrazo y debe tolerar la manera en que los dedos de Jason se envuelven con facilidad en la mitad de este. El vampiro aprieta y estudia sus reacciones. Aaron luce asustado, pero no dolorido. Cuando aprieta más, una pequeña mueca aparece en el rostro del humano, pero Jason lo deja ir.

—Abre los ojos, bonito. Déjame verlos un minuto.

Aaron obedece, pero su mirada está en el suelo y siente su corazón dar un enorme vuelco cuando Jason le acuna el rostro con una mano y lo fuerza a alzar su mirada. Su cara está tan cerca que juraría que puede sentir el aliento del otro sobre sus labios. Recuerda el de Samuel derramándose en su nuca, sus jadeos y gemidos guturales, colmados de placer, mientras lo rompía sin compasión. Aaron tiembla tanto que Jason no puede resistirse a poner una mano en su hombro y acariciarlo.

—Mírame a los ojos un momento, cariño. Así, muy bien.

Jason no ve nada extraño en los ojos del chico, hasta que la pupila de uno se achica por el miedo y la del otro se mantiene exactamente como estaba, haciendo que Aaron deba parpadear demasiadas veces porque le molesta la vista.

Jason tuerce la boca y se muerde las mejillas por dentro, nervioso al recibir más confirmaciones de su hipótesis.

Suelta el rostro del chico, pero pasa su mano a su cabello y lo toma con suavidad para voltearle la cabeza al chico y que le muestre su cuello. Aparta un poco su collar de hierro y, bajo este, ve algo que le hace suspirar. Es más pálida y sutil que una normal, como si hubiese estado cerca de que el creador la borrase de la existencia, pero ahí está, la cicatriz del mordisco de Samuel. Su marca del vínculo.

Jason suelta al chico y se queda de pie unos segundos, sosteniéndose el puente de la nariz y pensando en cómo hacer entrar en razón a Samuel, pues lo que ha descubierto en el chico solo puede significar dos cosas: o que su amo lo matará si no aprende a ser delicado, o que un maldito milagro sucederá, pues Samuel debe ser cuidadoso y paciente a partir de ahora.

Jason planea intentar que el chico se doble sobre el colchón bocabajo, si se siente suficientemente confianzudo como para eso, y así poder examinar si también su entrada sigue dañada por culpa de la rudeza de su amo, pero tan pronto se voltea hacia el humano, listo para darle la orden lo más suavemente que pueda, la puerta se entreabre y Aaron vuelve a gatear hacia la seguridad tan rápido como puede.

Solo que esta vez no se esconde bajo la cama, sino que va hacia los pies de Jason y se aferra con todas sus fuerzas a sus piernas, como si ellas fuesen el único pilar firme en el mundo. Mira a través de ellas, como si de barrotes se tratasen, como Samuel entra en la habitación junto a la vampiresa de cabello cobrizo y abundante.

—Estás tardando mucho. —dice el rubio con el ceño fruncido y su voz no tiene ni pizca de enfado en ella, solo seriedad y quizá preocupación, pero suena tan firme y dominante y le trae tantos malos recuerdos a Aaron que tiene que cerrar sus ojitos y apretar la cara contra el pantalón de Jason para secar sus lágrimas.

Cuando Samuel cae en que el chico no está en la cama, sino tirado a los pies de su amigo y aferrándose a él con la fuerza con la que una cría se aferraría a su madre, algo le punza en el pecho. Se siente mal por haberlo destrozado tanto, pero también envidioso. Él es su amo, así que solo él debería recibir esas atenciones del chico. Solo él debería ser la fuente de sus horrores, pero también de sus consuelos.

Por un instante siente animosidad por Jason, pero al mirarlo y ver sus bondadosos ojos, ese sentimiento se esfuma.

—¿Lo has arreglado? ¿Qué le sucede? —pregunta el rubio, señalando al chico que lloriquea en el suelo.

Jason mira a Aaron por un momento y luego a su amigo y empieza a hablar despacio, como si estuviese dándole esas noticias no solo al vampiro, sino también al frágil humano y quisiera que el pobre chico pudiese absorberlas bien y prepararse para su impacto.

—Sam, lo curaste con sangre de vampiro, pero él no es un vampiro. No puede sanar de cualquier cosa.

Samuel frunce el ceño y traga saliva. Por un momento no dice nada, pero luego una frustración enorme se apodera de él y aprieta los puños, iracundo por el hecho de que, por primera vez en su eternidad, las cosas no sean fáciles para él y las soluciones sencillas, prácticamente mágicas, que acostumbra a usar no sean suficiente.

—¿Qué quieres decir? Así funciona. Nuestra sangre puede curar cualquier tipo de…

—Nuestra sangre de vampiro en un cuerpo de vampiro puede sanar cualquier cosa casi al instante, sí. Pero cuando le das sangre de vampiro a un humano, no puede alcanzar todo su potencial. Ayuda al humano a curarse rápidamente, pero todavía depende muchísimo de los recursos del cuerpo de ese mortal. Lo drenaste de sangre una y otra vez, Samuel, le rompiste huesos, le hiciste heridas y laceraciones por doquier, casi le rompes un ojo, le arrancaste parte de sus tobillos, lo desgarraste por dentro y ya tenía mordeduras tuyas de antes y luego, sin apenas haber descansado, él se abrió las venas y estuvo sangrando quién sabe cuánto. Tu sangre lo ha salvado, pero ¿de dónde esperas que su cuerpo saque energía y material suficiente como para reparar tanto estropicio? No puede ponerse de pie porque los tendones sustitutorios que su cuerpo ha formado son tan frágiles que no soportan ni su peso y podrían romperse si lo fuerzas a andar. No sé si con el tiempo se fortalecerán o si se quedará así para siempre, Samuel. Su brazo está casi curado, es cierto, pero las lesiones más graves… hay algo aún un poco mal con su ojo, no responde bien a la luz y seguramente ve borroso. Donde intentó suicidarse es donde la curación se ha concentrado más, porque si no iba a morir, así que ahí apenas se puede ver una cicatriz, pero… pero en el cuello sí que la tiene. Tiene una cicatriz de uno de tus mordiscos, el más antiguo, seguramente, porque la curación prioriza las heridas más peligrosas y una vieja y a medio sanar siempre irá lo último. Le ha quedado marca y eso significa que ahora está vinculado a ti, Samuel.

Por un momento, lo único que existe en el mundo es esa habitación y las palabras de Jason flotando en ella, una a una adquiriendo sentido y golpeando demasiado duro a Aaron y a Samuel.

Aaron arrastra sus uñas por su cuello mientras cierra los ojos y piensa en cuando se corrió por orden del vampiro. ¿Ya estaba entonces la marca formada? ¿O el vínculo no se creó hasta que le dio su sangre curativa? ¿Es o no culpable de haber cometido ese horrible pecado cuando se suponía que solo el sufrimiento debería carcomerle las entrañas?

Se aferra más fuerte a las piernas de Jason, llorando hasta formar un charquito en el suelo, y su corazón martillea en su pecho porque sabe que a partir de ahora no importa si en ese momento Samuel usó o no la voz: ahora puede usarla. Y cada orden del vampiro será absoluta.

Samuel, por su lado, se halla atónito y mira a esa bolita llorosa y temblorosa que antaño fue su risueña mascota como si fuese algo extraño, algo imposible.

—¿Qué? No puede ser, tiene que estar curado del todo. Ven, déjame ver.

Cuando Aaron comprende que el vampiro está hablándole a él, ya es demasiado tarde; Samuel se ha arrodillado a su altura y alza una mano para atraparlo, para cogerlo entre sus garras y hacer cualquier cosa que implique malas intenciones.

Así que Aaron da un enorme chillido, suelta a Jason y vuelve a escabullirse debajo de la cama.

—¿Qué mierda haces? Ven aquí ahora mismo, humano. —gruñe Samuel y el tono es suficiente para que Aaron sepa que lo ha enfadado, que no importa cuántas palabras amables y explicaciones extensas y convincentes le dé Jason: cuando él y su hermana se marchen, Samuel lo violará de nuevo porque está enfadado.

Porque le dijo que lo haría. Y Samuel jamás amenaza en vano.

—Samu, déjalo, está aterrorizado. —interviene la chica, tomando por el brazo a su amigo y logrando apaciguarlo un poco.

Por unos minutos, Aaron tiene suficiente paz como para escuchar esa conversación bajo la cama, sin ser molestado.

—Ah, mierda. ¿No puedo darle más de mi sangre y curarlo del todo? ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? Solo quiero arreglarlo, hacer que todo esté bien o… como antes, al menos.

Jason niega despacio con la cabeza y su mirada se dirige al hueco oscuro bajo la cama, donde sabe que el chico está escondiéndose, temblando tanto que le castañean los dientes, pues todos ahí pueden oírlo. Jason alcanza el cojín pequeñito que hay en el suelo, con el que antes el humano se ha tapado, y lo deja bajo la cama. No es gran cosa, pero Aaron lo toma de inmediato, aunque ya no lo usa para cubrir su desnudez, sino que lo abraza fuerte y esconde en él su carita, como si pudiese desaparecer con hacer eso.

—Sabes que no soy un experto en esto, Sam, pero que de los tres soy el que más se ha interesado en los humanos, así que soy más sabio que tú en esto y por eso te pido que me escuches y que lo hagas bien: no le des más sangre. Ya te lo he dicho, su cuerpo está tan débil y maltratado que no tiene recursos suficientes para curarse, por eso está así; si le das más sangre, estarías forzando una curación que ya te ha demostrado que no puede hacer. En el mejor caso, no serviría de nada, en el peor… podría ser que el cuerpo del humano se viese obligado a tomar recursos de otros lugares para reparar los tejidos de las zonas afectadas, podría significar que sus órganos o sus huesos o cualquier parte sana de él pierde nutrientes necesarios y… no lo sé, nunca he visto algo así porque nunca he visto a uno de los nuestros tratar de curar a un humano tan cerca de la muerte, pero es fácil imaginar que eso podría comportar enfermedades crónicas, fallos en sus órganos y muy seguramente eso podría matarlo. Lo que necesita ahora no es una cura rápida que lo fuerce a estar bien, Sam. Necesita reposo y paciencia o su cuerpo no lo soportará más. Tiene un vínculo recién formado, las piernas apenas utilizables, un ojo con la visión reducida y, puesto que era la herida menos mortal, seguramente siga desgarrado por dentro. Debe estar desnutrido y deshidratado, anémico por la pérdida de sangre y los daños psicológicos que debe haberle causado vivir algo que ningún humano está diseñado para sobrevivir... Samuel, escúchame si quieres conservarlo: no puedes alimentarte de él en un largo tiempo. No puedes ser violento con él por mucho que necesites castigarlo y no puedes tener relaciones con él. Cualquiera de esas cosas podría…

Samuel alza una mano para hacer callar a Jason, pero no dice nada en respuesta, solo se queda en silencio, terriblemente serio y con sus ojos clavados en el pequeño y oscuro espacio entre la cama y el suelo, escuchando el latir aterrado del corazón de colibrí de su humano. Tiene el ceño tan fruncido que su mirada se oscurece, los puños tan apretados que las venas descollan como culebras y los nudillos están pálidos como la tiza.

Su aura oscura hace que Lottie y Jason teman siquiera respirar y, sin hacerlo a propósito, se acercan el uno al otro, tensos.

—No habla todavía. ¿Eso también tiene que ver con su cuerpo curándose despacio? ¿Tiene heridas en las cuerdas bucales?

Jason y Charlotte se miran mientras abren y cierran la boca sin saber bien qué decir. Samuel no ha revelado si las palabras de Jason lo preocupan, lo irritan o quizá incluso lo aburren y, así, es imposible saber si sus consejos serán escuchados y seguidos con atención o si serán descartados y, tan pronto salgan por la puerta, Samuel hará lo que acostumbra a hacer con humanos irreversiblemente rotos: seguir divirtiéndose con ellos hasta que quedan inservibles y luego obtenerse otro bonito juguete con el que saciar sus deseos crueles.

—Después de que convirtieses a Jason —Charlotte se aclara la garganta y habla, aunque le tiembla la voz y amenaza con quebrarse, una mezcla entre la melancolía del pasado y la presente aflicción la hacen sentirse pequeña de nuevo— estuve trabajando con niños y jóvenes que se habían quedado huérfanos tras la guerra, como yo. Habían sufrido mucho y algunos de ellos sufrieron las cosas que Aaron ha vivido a manos tuyas —Charlotte endurece su voz, endereza su postura y se permite unos segundos de valentía para lanzarle una mirada retadora y llena de reproche a su superior—. Algunos se volvían increíblemente violentos después de lo sucedido porque pensaban que si eran tan fieros como si estuviesen recubiertos de espinas, nadie más les pondría la mano encima, otros eran irracionales, preferían vivir en un mundo de fantasía que aceptar… Otros se volvían tan mansos que rompía el corazón verlos, hacían todo lo que se les decía y no parecían tener ni hambre, ni sed, ni frío, ni calor, ni deseos, ni aspiraciones, ni voz. No hablaban, porque habían aprendido que cualquier cosa que tuviesen que decir sería ignorada, que luchar no les serviría de nada, ya fuese con su fuerza o con sus palabras. No era una decisión consciente, simplemente perdían esa capacidad, como uno pierde la capacidad de andar si se le amputan las piernas, solo que a ellos les habían extirpado algo que no puede verse: su libertad, sus esperanzas, su humanidad. Muchos de ellos no volvieron a hablar nunca, Samu.

El vampiro aprieta los labios, su boca asemejándose a una fina línea en su rostro, roja como las cerezas, trazada con una precisión quirúrgica y cosita cerrada para no dejar escapar ni una sola pista sobre qué emoción encierra ese rostro estoico.

Samuel asiente, despacio, comprendiendo las palabras de la chica, asimilándolas una a una.

—De acuerdo —dice tras un largo rato de silencio. Sus palabras son sosegadas, controladas y, precisamente por ello, ambos vampiros pelirrojos saben que tras ellas hay un huracán de sentimientos que el rubio se niega a aceptar y expresar—. Gracias por vuestra ayuda. Podéis marcharos.

—Samu…

—He dicho que podéis marcharos. —esta segunda vez su voz ya no es amable en absoluto, sino que se compone de un gruñido bajo y una amenaza que reluce en sus ojos. Ambos saben que las palabras de su superior no son una sugerencia y tampoco son una educada invitación: son una orden. 

Samuel tiene los puños apretados con fuerza, así que Jason y Charlotte obedecen, pero ninguno de ellos puede ignorar el sonido que retumba por toda la casa, incluso si se atenúa mientras se marchan: el corazón de Aaron latiendo más y más deprisa cuando comprende que va a quedarse a solas con su amo de nuevo.


 

CAPÍTULO 42

Aaron escucha los pasos de Samuel alejarse, la puerta de la habitación cerrándose y, si afina el oído, escucha como la puerta principal se abre y luego se cierra. Los hermanos se han ido. Lo más cercano que tiene a amigos, a seres que pueden sentir por él algo que no sea hambre o deseo, sino preocupación, afecto, lástima, acaba de desaparecer. 

Y ahora escucha los pasos de Samuel acercándose. La puerta del dormitorio abriéndose. Cerrándose.

—Sal de ahí.

Aaron emite un chillidito patético y delgado que más bien parece el sonido de un animal pequeño siendo pisado, pero no puede evitarlo. La voz de Samuel es ronca y, ahora que se dirige a él, es tan aterradora que puede sentirla reverberando en su interior, un eco que le hace temblar entero y vacía su cabeza de cualquier pensamiento que pudiese tener, llenándolo todo de puro pánico.

Su voz dominante parece tener hilos, pues Aaron siente algo invisible tirando de él, empujándolo a obedecer. ¿Es ese el poder del lazo? Cumplir órdenes se siente tan natural que, si no estuviese absolutamente aterrorizado, ya habría salido de debajo de la cama. Pero el miedo paraliza al chico, que solo niega con la cabeza, se acurruca más contra la pared y abraza su cojincito para acallar los sollozos que le brotan sin remedio de entre los labios.

Samuel suspira, impaciente, y sus pasos se acercan. Aaron entreabre los ojos y puede ver los lustrosos zapatos del vampiro justo en la orilla de la cama, delante suyo. Se intenta calmar diciéndose que él está muy al fondo y, aunque Samuel se agache y alargue su brazo, no va a llegar para atraparlo y sacarlo de ahí a rastras, pero sabe que el vampiro podría sencillamente arrancar la cama de su anclaje en la pared y dejarlo al descubierto. Recuerda cómo aquella vez destrozó paredes enteras solo porque estaba un poco frustrado. Aquella vez que lo vio llorando y el vampiro pareció hallar en él consuelo.

—Aaron, sal de ahí, quiero hablar contigo. Sabes que no me gusta tener que repetirme.

El muchacho nota su corazón dar un vuelco.

<<¿Aaron?>>

Samuel sabe su nombre. Samuel lo ha llamado por su nombre.

Tiempo atrás, el chico habría llorado de alegría y habría saltado a los brazos del vampiro, llamándolo amo cariñosamente y agradeciéndole con todo su corazón por dejarle usar su nombre de nuevo, por devolverle un pedacito de él. Pero ahora el chico solo llora porque ese nombre le perteneció a una persona distinta, a alguien que ya no es él. Ni siquiera está seguro de seguir siendo alguien. ¿Acaso no fue el vampiro mismo quien le enseñó, como primera y más importante lección, que en sus manos él era solo una herramienta para su placer? Un mero objeto. Así se siente. Incapaz de responder a un nombre que antes le perteneció, pues solo las personas tienen nombres, no las cosas.

Además, ¿por qué el vampiro le llamaría así? ¿Acaso se burla de haberle quitado su nombre, su identidad, su humanidad, sosteniéndola ahora y agitándola delante de él para hacerle recordar aquello que perdió y que nunca podrá recuperar ya? La idea se le antoja tan cruel que rompe en llanto.

Aaron ha desobedecido ya dos veces la orden de su amo de salir de ahí, así que sabe de sobras que si no iba a ser castigado antes, lo será ahora. Y ya conoce el castigo favorito del vampiro, así que decide que va a quedarse llorando bajo la cama hasta que el otro pierda la paciencia y lo saque de ahí para martirizarlo porque, de todos modos, ese es su destino y no puede huir de él, pero tampoco tiene por qué entregarse a él.

 Aaron deja pasar el tiempo, incapaz de distinguir segundos de horas.

Samuel lleva una hora entera sentado en la orilla de la cama, escuchando al chico bajo esta llorar desconsolado hasta que el agotamiento lo atrapa y poco a poco sus sollozos se apagan y sus hipeos se vuelven más y más pequeñitos. Pronto las respiraciones y los latidos de Aaron son regulares, tranquilos: el humano se ha dormido.

Samuel sigue dándole vueltas a las palabras de Jason y Charlotte, a los eventos difusos y teñidos de rojo de hace apenas un par de noches. Cada vez que intenta recordar a Aaron con sus ojos llenos de ilusión porque le llamó buen chico o inclinando su cuerpo hacia sus manos porque lo acariciaba de una forma tierna que le hacía hormiguear los dedos, cualquier recuerdo bonito se ve manchado de sangre que él mismo ha derramado.

Recuerda al humano temblando de debilidad y temor mientras ofrecía su sangre a todos, la forma en que lo miró, desesperado por ayuda, cuando se lo cedió a su propio creador como si fuese un mero juguete de usar y tirar. Recuerda cómo se arrastraba por el suelo, lleno de cortes y magulladuras, tratando de escapar de él, cómo sangró la primera vez que lo penetró y cómo su cuerpo se sacudía con sollozos incontenibles por cada embestida que le dio tras la primera.

Recuerda el placer que sintió al hacer todas y cada una de esas atrocidades y de pronto sus garras se tornan negras, largas, afiladas, y desearía poder usarlas para romper su propia piel, para abrirse de par en par y buscar en su interior que es lo que hay mal, dónde se ubican esos deseos tan perversos, tan inhumanos que apenas puede soportarlos, dónde está el origen de esa vileza que tan deliciosa se le antoja y así extirparla de una vez por todas, arrancarla de su cuerpo como si arrancase un parásito; pero él sabe muy bien que si pudiese encontrarla dentro suyo, no sería como una garrapata, localizada solo en un lugar, una cosa ajena a él que ha decidido enganchársela, sino que sería como un cáncer: algo que ha nacido en su propio interior, hecho precisamente del mismo tejido del que está hecho su corazón, y plagándolo todo. Quizá su maldad nació en sus colmillos, en su corazón cuando dejó de latir y se pudrió, pero ahora ha hecho ya metástasis por todo su cuerpo y no hay ni un solo milímetro de su carne y alma que no esté infecto por su naturaleza cruel y demandante que le pide cosas que su humanidad le ruega que no haga. Cosas que Aaron le rogó que no hiciese.

Además, ¿de qué serviría ahora curarse de su maldad? Ya la ha transmitido, como una horrible enfermedad, Aaron ha sido tocado por sus manos manchadas de sangre y ahora él está marcado de por vida. Lo que ha hecho es irreversible.

Samuel se levanta de la cama y abandona la habitación muy despacio, intentando no despertar al chico. La próxima vez que vuelve a ella, trae en sus manos un vaso de agua fresca y un pequeño plato con una cena sencilla, pues él no se ha molestado hasta ahora en aprender sobre alimentación humana y sus conocimientos son escasos.

El plato trae un par de tostadas con una loncha de queso y una de jamón, a un lado, unos tomates pequeños como cerezas y, al otro, un plátano pelado y cortado a pedacitos pequeños, como un bocado de los labios de Aaron.

Deja el plato en el suelo, justo delante del espacio que se abre debajo de la cama, y el aroma del pan tostado con un poco de mantequilla y queso empezando a fundirse es suficiente para que a Aaron se le abran los ojos y el apetito.

El chico se frota los párpados, aún un poco confundido, pero relamiéndose porque un aroma salado y delicioso flota a su alrededor, como acariciándolo para seducirlo y guiarlo a su origen. Su estómago ruge como si hubiese un pequeño león ahí dentro y Samuel ríe muy suavemente.

<<Samuel…>>

Tan pronto lo escucha, Aaron repara en dónde está el vampiro: está sentado en el suelo en posición de loto, frente al plato de comida. Aaron sabe que, si quiere probar bocado esta noche o, incluso siendo menos ambicioso, si quiere beber agua y refrescar su garganta que se siente como llena de arena, tiene que alargar su mano y sacarla por lo menos un par de centímetros de su zona segura. Y, por muy rápido que lo haga, el vampiro es más rápido y está seguro de que tendrá tiempo de sobras para agarrarle la muñeca y tirar de él hasta sacarlo de su escondrijo.

No sabe cuánto tiempo lleva llorando y luego durmiendo, pero deben ser horas y eso significa que Samuel tiene que estar ya demasiado impaciente por darle su castigo.

—Estoy siendo paciente contigo, humano, así que sé un buen chico y agradécelo no desperdiciando la comida que he hecho para ti.

Samuel intenta sonar amable, pero sabe que no podrá controlarse mucho más. Jason le ha advertido que Aaron necesita paciencia o morirá y él no puede permitir que nada le pase a su pequeña debilidad de ojitos azules y un corazón demasiado suave y amigable, pero tampoco puede permitirse más desobediencia por parte del chico. Necesita a Aaron obediente, lo necesita fuera de esa estúpida madriguera donde es tan iluso de creer que está protegido de él y lo necesita a su lado, no, dócilmente sentado sobre su regazo, dejándose acariciar y hablar dulcemente, dejándose mimar como antes hacía, agradeciendo las gotitas de gentileza que el vampiro es capaz de exprimir de su seco corazón. Lo necesita diciéndole que todo está bien. Que lo de aquella noche nunca pasó.

Pero pasó. Y Samuel sabe que él es el único culpable, que no tiene derecho a enfadarse con el humano por ser desobediente cuando el chico posiblemente no pueda ni pensar, pero ¡Maldita sea! La rabia se apodera de él cuando nota su corazón tirando desesperadamente hacia el humano y al chico, en respuesta apartándolo, huyendo de él cuando ya no es una presa, es suyo. Es jodidamente suyo. Están vinculados.

Y la forma en que Aaron intente negarlo le parece insoportable.

Insolente. Una osadía que merece ser castigada con la mayor dureza posible. Una falta de respeto que solo podría solucionar marcando su cuerpo con sus dientes hasta que no quede lugar en Aaron que no rece su nombre, hasta que no quede en el chico ni una sola gota de esa voluntad que ahora le dice engañosamente que puede escapar o esconderse. Fantasea con hacerlo: con levantar la cama, tomar al chico del tobillo y arrastrarlo bajo él, darse un festín con su tierna carne y marcarlo una y otra vez. Perderse en el placer y luego despertar, pero sin rastro de culpa alguna, porque Aaron no sería ya Aaron, no tendría esos ojitos llenos de vida, ilusión y bondad que le recuerdan lo que están destruyendo, sino que serían ojos bonitos y fríos como canicas, ojos que no remueven nada dentro de él y que dejan que su humanidad duerma plácidamente mientras sus instintos campan a sus anchas sin que nadie los reprenda.

Fantasea con ello porque entonces podría ordenarle a Aaron que le perdonase por todos sus pecados y él lo haría, podría ordenarle que le secase las lágrimas como aquella vez y lo haría, podría ordenarle que le pidiese palabras amables y más mimos y lo haría y luego, también, podría romperle los huesos y desflorarlo con brutalidad una y otra vez y el chico solo tomaría toda su violencia y no lloraría ni una sola gota, porque estaría muerto por dentro, así que Samuel no debería sentirse mal por estarlo marchitando poco a poco.

Pero entonces no sería Aaron.

Y entonces Samuel se engañaría a sí mismo.

En su interior siempre habría una espinita honda, clavada en el centro de su corazón, una espinita que serían todas las miradas de Aaron y su voz adorable y celestial. Esa voz que echa en falta ahora.

Maldita sea, ¿por qué Aaron no le habla? ¿Por qué no sale a por su comida? Necesita verlo, controlarlo, apretarlo entre sus brazos. Quiere ser bueno con él, está siendo bueno con él. ¿Por qué Aaron no le da la oportunidad? Necesita que salga, protegerlo de sí mismo. ¿Y si vuelve a hacerse daño? Necesita que salga. ¿Por qué no sale? ¿Por qué le desobedece? ¿Acaso no lo ha castigado suficiente? ¿Acaso necesita más?

<<No. No. Cálmate. Tengo que ser cuidadoso con él, no puedo castigarle. No puedo enfadarme con él. No lo merece>>

El vampiro intenta esperar un poco más, pero va viendo cómo mota de polvo tras mota de polvo se depositan sobre la cristalina superficie del agua en el vaso y sobre el pulcro plato, arruinando su comida. Además, la ventana en la habitación muestra ya no un exterior oscuro como la tinta, sino violáceo, pues el amanecer se acerca y el cielo empieza a mostrar sus colores. Cuando amanezca, Samuel caerá inevitablemente dormido y entonces, ¿qué? ¿Y si Aaron vuelve a intentar morir? Samuel sabe que se hallaría indefenso ante ese evento, incapaz de despertar hasta pasadas tantas horas que en ese largo rato cualquier cosa podría ocurrir.

El vampiro es invulnerable durante sus horas de sueño, así que es la primera vez que se siente tan vulnerable ante la idea de no poder hacer nada durante el día. Se imagina a Aaron esperando el momento exacto en que la habitación quede bañada por la luz del sol para deslizarse fuera de su pequeño nidito de sombras, para volver al baño o, quizá, a la cocina y tomar un enorme cuchillo afilado que será mucho más rápido y preciso que el romo pedazo de cristal que usó la última vez.

Imagina despertar demasiado tarde. Encontrarse a Aaron tendido en el suelo, donde cada noche lo obliga a dormir, con el rostro inexpresivo, tranquilo por primera vez desde que lo capturó, y la poca sangre que le queda en el cuerpo seca a su alrededor.

—¡Mierda!

Samuel explota de golpe y Aaron es tomado tan por sorpresa que da un repullo y se golpea la cabeza con el somier de la cama. Samuel ha gritado con rabia y ha tomado el apetitoso plato del chico, junto a su vaso, y los ha estrellado contra el suelo. La comida ha terminado desparramada por todo el piso, húmeda por el agua derramada, y todo lleno de pedacitos del vaso y del plato rotos.

—No voy a permitirte ignorarme siempre. Estoy intentando tomarme las cosas con calma… pero soy tu amo y voy a reclamarte cuando me harte de tu rebeldía. Eres mío, humano, y jamás vas a escapar de eso. Así que empieza a ser obediente antes de que me hayas enfadado de veras.

Su comentario es autoritario, dominante en extremo y tan firme que haría a cualquier postrarse ante sus palabras, pero pese a que otro humano habría corrido hasta ponerse a sus pies tras escucharlo hablar de ese modo, Aaron no mueve un solo cabello, solo se queda en su huequito, mordisqueando el cojín porque está demasiado nervioso y porque sabe que, una vez Samuel empieza a destruir cosas, no se conforma con algo tan pequeño como un plato.

Sin embargo, lo siguiente que el vampiro hace no es arremeter contra él, como habría temido, sino hablar.

Habla con un tono bajo, grave y ronco que reconoce al instante: la voz de mando.

Duérmete.

El efecto es instantáneo: el vínculo sume a Aaron en un sueño inmediato en el que se hunde como si se tratase de alguna especie de desmayo y Samuel suspira, aliviado, al ver que ha funcionado. 

Si tiene suerte, el chico se mantendrá así hasta el anochecer y no tendrá tiempo de reunir el valor necesario para salir y dañarse durante el día.

Samuel cae en la cama, agotado, y tan pronto nota los cálidos rayos del sol lamerle el rostro como un can que se alegra de ver a su dueño. El vampiro cierra los ojos y tiene pesadillas espantosas durante todo el día.

Esta vez, sin embargo, los hermosos ojos azules de sus pesadillas no pertenecen a alguien de su pasado a quien quiso y odió, sino que son una imagen exacta de lo bella que lucía la mirada de Aaron antes de que él le robara el brillo.


 

CAPÍTULO 43

Aaron está tan agotado que, incluso si es Samuel quien lo ha obligado a dormir con su poderosa voz de mando, su cuerpo acepta esa orden de buen grado y la cumple gustosamente durante el día entero y buena parte de la noche.

El chico despierta desorientado y aún soñoliento pasada la medianoche. Su estómago ruge porque ayer no comió nada, la garganta le raspa como papel de lija, tiene la piel erizada por el frío suelo sobre el que duerme y todos sus huesos duelen cuando se mueve de esa espantosa posición en la que ha dormido, contorsionado en el minúsculo hueco bajo la cama como si quisiera ocupar tan poco espacio como una mota de polvo. Le duelen todas las articulaciones, especialmente sus tobillos, y su espalda y cuello se sienten como si estuviesen hechos de alambre y cada vez que los mueve, tuviese que forzarlo y deformar sus propios huesos.

Aaron mira un poco alrededor y el resto del espacio bajo la cama sigue tan vacío y aburrido como la noche anterior, pero se fija en lo que puede ver más allá de los confines de la cama: el suelo está limpio, así que Samuel debe haber recogido el estropicio de anoche. Eso le da un escalofrío. Él es el encargado de limpiar, así como de alimentarlo y aliviar cualquiera de sus frustraciones sexuales, así que haber desobedecido hasta el punto en que su amo, temido y respetado incluso por otras bestias aterradoras de su raza, haya tenido que tomar una escoba y un recogedor y hacer una tarea propia de un siervo, es algo que está seguro que le costará un precio muy caro.

Samuel debe sentirse humillado y debe estar tan, pero tan ansioso por castigarle, que Aaron se marea y tiene ganas de vomitar de pronto.

Se abraza muy fuerte a su pequeño cojín y eso le hace sentir mejor.

Luego se percata de que hay algo en el suelo, pero no está cerca del hueco entre la cama y el suelo por el que él se ha colado, sino que está más bien en medio de la habitación: una bandeja con zumo de naranja con hielo y un bocadillo con el pan dorado con aceite de oliva en la sartén y un interior con salsa, lechuga, tomate y una crujiente pechuga de pollo.

<<¿Ha preparado él esto?>>

Si la comida de ayer le resultó tentadora, la de hoy se le antoja irresistible. Pero así como es mucho más apetitosa, también es peligrosa, pues para obtenerla, Aaron ya no tendría que sacar unos centímetros de su mano de su guarida, sino que debería salir del todo.

La idea le hace abrazarse con más fuerza al cojín, pero las tripas le rugen y nota como si se le abriese un boquete en el estómago. Su cuerpo intentando desesperadamente curarse y descansar tantas horas ha ayudado, incluso si lo ha hecho en el suelo, pero necesita nutrirse.

Mira con más atención alrededor y no parece haber nadie ahí. No se escuchan siquiera las pisadas de Samuel a lo lejos, así que es muy posible que no solo no esté en la habitación, sino que tampoco esté en la mansión o, si está, debe hallarse a suficiente distancia como para que Aaron tenga tiempo a salir, coger la comida y volver a su escondrijo.

Después de un buen rato deliberándolo y dándose ánimos a sí mismo, Aaron reúne el valor para salir. El chico gatea hasta que está fuera de la cama, pues sus tobillos malheridos le impiden caminar o acuclillarse, y se desplaza hacia donde está la bandeja tan rápido como puede. Se dice a sí mismo que no puede entretenerse, pero antes de llevarla de vuelta, la sed le puede y toma el vaso de naranjada con sus dos manos temblorosas para llevárselo a los labios.

La bebida está fría, dulce y deliciosa y poco le importa que le esté chorreando por el mentón, porque se siente tan bien estar dando sorbo tras sorbo que Aaron no puede pensar en nada aparte de esa sensación fresquita y lábil en su garganta, suavizándosela.

—Hay más, si quieres.

Aaron se queda paralizado. Conoce a la perfección esa voz, esa voz gruesa y varonil que suena a sus espaldas y que viene del único lugar que no ha revisado, pues le habría resultado imposible: de encima de la cama.

El humano se voltea muy poco a poco, deseando que todo sea su cabeza jugándole la peor de las pasadas posibles, pero tan pronto ve al vampiro cómodamente tumbado sobre la cama, observándolo con curiosidad mientras come, con el cabello rubio derramándose sobre sus hombros y su torso, sus manos fuertes acariciando las sábanas vacías a su lado, los ojos carmesí clavados en su diminuto cuerpo… Aaron siente su corazón volverse loco.

Ya no puede volver a esconderse bajo la cama y si abriese ahora la puerta con la idea de huir, no lograría dar siquiera dos pasos en el pasillo antes de que el vampiro lo atrapase entre sus garras.

Ayer solo tuvo que enfrentarse a su voz, tan penetrante y amedrentadora… pero hoy, ahora, lo está viendo después de horas intentando olvidar su aspecto. Luce tan grande y fuerte, cada parte de su cuerpo recordándole a Aaron cuán pequeño es él en comparación, cuán sencillo le resultaría a ese monstruo someterlo bajo su cuerpo otra vez.

El vaso que Aaron tenía en sus manos se le resbala y cae al suelo con la mala suerte de que, incluso si el chico no está de pie y la distancia es corta, el cristal se parte en algunos pedazos. Samuel mira el estropicio; el chico está congelado. <<Se va a enfadar. He roto un vaso. Se va a enfadar tanto.>>

Aaron corre a recoger los pedazos del vaso con sus manos desnudas, histérico por mostrarse obediente y arrepentido y por minimizar al máximo su castigo. Tan pronto toma el primer trozo, se hace un corte en la palma de la mano, pero él solo toma aire rápido, por el dolor, y sigue tomando los pedazos.

Samuel aparece de repente delante de él, acuclillado en el suelo y acorralándolo contra la puerta. Aaron chilla con temor y deja caer el cristal que había recogido, entrando en pánico porque ahora sabe que ese pequeño acto no podrá salvarlo de la ira de su amo, que va a ser castigado duramente, lanzado a la cama, no, al suelo, sobre los cristales, y empujado por el gran cuerpo del vampiro para que se abra a sus deseos y…

—Quieto. —ruge Samuel y no es hasta que esa voz vibrante y poderosa lo atraviesa que se da cuenta de que el vampiro le está tomando por las muñecas y que él está resistiéndose con violencia.

Tan pronto escucha la orden, su cuerpo se queda estático, esperando que su sumisión sea suficiente para salvarlo, pero esperando totalmente lo contrario, pues sabe que Samuel siempre hará cosas peores que las que él puede imaginar.

El vampiro afloja el agarre en sus muñecas, sin llegar a soltarlo, y el chico baja la vista hacia el suelo tan pronto el otro lo mira intensamente a los ojos, como buscando algo en su mirada.

—Voy a llevarte a desinfectar esta herida y luego limpiarás esto con cuidado, sin derramar una sola gota de tu sangre. ¿Entendido? Cuando acabes, vas a comer.

Aaron se siente un poco aturdido. Samuel habla con el mismo autoritarismo de siempre y su voz le hace sentir maleable y débil, pero las cosas que le dice… ¿Por qué no amenaza con castigarlo? ¿Por qué le da órdenes tan gentiles?

El chico no tiene tiempo de pensar demasiado, pues Samuel lo toma por la cintura y lo alza sin cuidado, echándoselo luego sobre el hombro como si fuese un mero saco de patatas. Ambos entran al baño y Samuel baja al chico de su hombro, sosteniéndolo de la cintura.

Lo pone frente al lavamanos y mantiene sus dedos firmemente enroscados en su delgada figura, manteniéndolo de pie con su fuerza para que el chico no apoye su peso en los tobillos. De hecho, cuando Samuel se da cuenta, Aaron no está ni tocando el suelo con la punta de sus pies, sino que lo está alzando como si se tratase de un muñequito.

—Vamos, cúrate eso. —suena impaciente.

El chico, mareado, sorprendido y confundido a partes iguales, asiente en silencio y se lava las manos en la pica con cuidado de atender al corte que se ha hecho en la palma. Luego toma unas gasas y esparadrapo del cajón que tiene a su derecha y se cubre la herida.

Cuando está terminado, Samuel vuelve a tirar al chico sobre su hombro, lo lleva a la habitación y lo deja en el suelo, cerca de la pila de cristales, pero teniendo cuidado para que no vuelva a cortarse con ellos.

—Limpia ese desastre y luego podrás comer. No quiero verte volviendo a escabullirte bajo la cama. ¿Me has oído? Si lo haces, te sacará a rastras y no te gustará, así que empieza a obedecerme como es debido.

Aaron solo baja la cabeza, porque Samuel suena realmente irritado y eso lo asusta, pero para su suerte el vampiro se marcha. Da un portazo al hacerlo y Aaron da un repullo, pero se siente mucho mejor cuando es dejado solo. Le gustaría poder volver a su lugar seguro, pero le da mucho tiempo tentar demasiado a la suerte y que Samuel le aleccione por ello, así que decide que no lo hará. Además, está demasiado agradecido por no haber sido castigado cruelmente aún, así que aprovechará que su amo parece estar de un excepcional buen humor para intentar recuperarse un poco.

Mientras su amo está fuera, Aaron toma los pedacitos de cristal y los pone en una servilleta que había junto a su comida. Luego empuja la servilleta en el suelo hacia una pequeña basura que hay en el baño mientras se desplaza, de nuevo, a cuatro patas. Le resulta incómodo y humillante moverse como un animal, pero no puede andar y teme no hacerlo nunca de nuevo si fuerza sus tobillos.

Por su lado, Samuel tiene una tonelada de trabajo por hacer: pila tras pila de documentos que tiene que leer, revisar, aprobar, firmar y enviar, cartas que debería responder o quemar en su chimenea, llamadas que hacer, visitas que realizar y huesos que partir, puesto que algunos vampiros neófitos necesitan que se les recuerde que existen consecuencias cuando se saltan las normas. 

Pero en vez de ponerse manos a la obra, el rubio sencillamente deja que sus obligaciones se hacinen en su despacho, pues está demasiado distraído como para centrarse en el trabajo ahora.

Tiene la cabeza llena de un lío de sentimientos y deseos que son contradictorios y se atacan los unos a otros como una jauría de lobos rabiosos. Odia estar hecho de las más tiernas partes del corazón humano y del más resistente armazón de la piel de un demonio. Odia ser hombre y monstruo a la par.

Odia lo que le ha hecho a Aaron.

Odia no saber cómo solucionarlo, como hablarle suave y amigablemente y ofrecerle dulces caricias para que se desahogue y se deshaga en lágrimas entre sus brazos. Odia no poder llevarse su dolor, erosionarlo a besos y mimos hasta que no quede en el chico ya nada que no sea tierno, como antes lo era, antes de llenarlo de duras lecciones que sabe enseñar, pero no sabe cómo hacer olvidar.

Samuel, que tanto se ha vanagloriado de su naturaleza, luciendo su crueldad y su fuerza por igual, como dos filos de una misma hoja que blande orgulloso, se siente ahora apuñalado a traición por ella. ¿Por qué debe desear matar aquello que ama si perderlo lo mataría a él? ¿Por qué ha nacido con la capacidad de querer y de perder al mismo tiempo? ¿No sería acaso más fácil que su crueldad hubiese clavado hondo sus colmillos en todo lo que era humano en él y le hubiese arrancado de una dentellada sentimientos tan contradictorios, tan inútiles y a la vez tan jodidamente hermosos que ahora que los ha vivido rogaría por poder conservarlos?

Piensa, quizá, que ahora entiende por qué muchos dicen que la eternidad es su don, pero sus instintos, su maldición: no lo dicen porque teman su crueldad innata, sino porque él mismo la odia ahora. Porque ella misma le obliga a sacrificar algo: o bien el objeto de su amor ante sus deseos o bien sus deseos ante el objeto de su amor.

Sabe que no puede sacrificar a Aaron, que sería lo mismo que condenarse a él mismo a una lenta, dolorosa muerte. Así que mantendrá sus deseos a raya, aunque deba ponerle a sus instintos, a su naturaleza misma, un pesado collar y una mordaza y dejarlos solo libres una de cada muchas noches para que estiren sus patas, respiren aire fresco y luego gruñan al darse cuenta de que su interminable sed será saciada solo a cuentagotas.

Pero incluso si lograse, gracias a una suerte inimaginable y una fuerza de voluntad titánica, someter a la temible bestia que son sus instintos sanguinarios, ¿qué podría hacer? Incluso si desaprende a ser cruel y sádico, a reír cuando otros lloran, a salivar cuando sangran… ¿Quién le enseñará a ser cuidadoso y cariñoso?

Quizá puede extirpar de él su amargura, pero ¿qué hará si no hay dulzura en su interior para ofrecerle al pobre chico humano que la necesita más que nada en el mundo?

Samuel pasa un largo rato sobrepensando y martirizándose, lo cual no da frutos en absoluto, así que decide que es momento de enfrentarse a la realidad e intentar dejar de repetirse una y otra vez en su cabeza que tiene que seguir al pie de la letra los consejos que Jason le dio y empezar a hacerlo de verdad.

Así que entra en su habitación, donde dejó a Aaron hace unas horas, y puede verlo medio metido bajo la cama. Cuando piensa que está escondiéndose de nuevo, que el poco progreso que tanto esfuerzo le ha costado está a punto de destruirse en un solo segundo, aprieta duro los puños y su voz suena tan temible que se arrepiente al instante:

—Sal de ahí ahora mismo.

Aaron se estremece al oír su voz y sale de inmediato, revelando que lleva algo en las manos. Samuel siente su corazón hacerse pedacitos al ver que el chico no estaba desobedeciendo, solo yendo a recoger ese cojín pequeño que Jason le dio y al que se aferra como haría un niño con su peluche favorito. El humano lo estruja con fuerza cuando se pone nervioso y lo usa para tapar su desnudez.

<<Aún está desnudo; desde que lo tomé ha estado desnudo>>

Un pinchazo se clava en el corazón de Samuel y se siente tan estúpido de repente. ¿Por qué no se le había ocurrido que ese chico podría querer ropa después de que él le despojase de la suya de tan horrible manera?

Samuel anda hacia su cajonera, toma una de sus enormes camisas de satín que usa para dormir, unos pantalones estrechos y una pieza de ropa interior y se las arroja al chico.

Aaron agarra la ropa, pero no la pone por el mismo motivo por el que aún no ha tocado su comida a pesar de hallarse famélico: Samuel no se lo ha ordenado.

—¿A qué esperas? Vístete.

Aunque la voz de Samuel siempre hace al chico tensarse y temblar, esta vez la orden le alivia mucho porque significa que por fin puede volver a protegerse un poquito. Sabe que la ropa no será un impedimento cuando Samuel quiera hacerle algo en el futuro, pero mientras no le ordene quitársela, significa que está a salvo.

—Y come o se va a echar a perder.

De nuevo, Aaron agradece por dentro la orden, incluso si Samuel suena molesto con él. 

El chico se lanza hacia su bocadillo ya frío, pero disfruta cada bocado enormemente y cuando lo termina, lame las migas del plato bajo la atenta mirada de su amo, la cual ha intentado ignorar, pero no puede dejar de sentir ardiendo sobre su cuello, más específicamente, sobre la marca tenue y nacarada en su cuello. Ahí tiene la piel más delgada, delicada y suave al tacto, con un color como el de las perlas y la forma de una media luna marcando el contorno de la mandíbula de Samuel allí donde posó su boca y, luego, hundió su afilada hambre para beber de él.

Aaron roza la marca con sus dedos, notando un escalofrío que le recorre toda la espalda y le hace jadear.

—¿Te duele?

Samuel se levanta de la cama como un resorte al hacer esa pregunta. Su tono expresa urgencia y suena extrañamente nervioso, pero Aaron está convencido de que es imposible que sea preocupación lo que hay en su voz. Él mismo le mordió y se deleitó con sus gritos de agonía tanto como con su sangre para luego decirle, con sus labios manchados de carmesí, cómo la marca lo destrozaría, cómo lo volvería una marioneta para sus juegos enfermizos. Gozó de cada lágrima que Aaron derramaba.

No tiene sentido que ahora se preocupe por él, no más que un niño agitándose porque su juguete favorito se ha roto porque ha sido descuidado.

Aaron se encoge y cierra fuerte sus ojos.

—¿Sigues negándote a responderme? —Samuel se acerca a él con los puños apretados, su tono es sombrío, sus pisadas duras.

Aaron quiere obedecer y decir un “No, señor” que apacigüe a ese vampiro sediento de violencia que tiene por amo, pero no se trata de que haya decidido no usar su voz de nuevo, aunque piensa que sería una decisión sabia de todos modos, sino que algo en él está roto, algo falla.

Cuando intenta hablar, se ahoga. Nota algo en su garganta: a veces los dedos de Samuel envolviéndose en torno a ella, otras el agua de la piscina de Jason que tragó cuando Samuel lo hundió en ella y miró con calma cómo casi moría, otras es un puñado de sábanas que se le meten en la boca, como cuando el vampiro lo empujó contra el colchón para acallar sus gritos mientras lo tomaba a la fuerza y otras veces se trata solo de lágrimas y tristeza, un nudo de nervios que no puede tragar ni escupir, que solo está clavado en su interior como una enorme aguja que lo paraliza en su lugar. Se imagina a sí mismo como una mariposa que ya no puede aletear, expuesta preciosamente en una vitrina que se torna su prisión y siempre encadenada por delgados alfileres que quizá no la hacen sangrar, pero la hacen sufrir en silencio.

El vampiro se arrodilla justo en frente suyo, acorralándolo de nuevo. Está tan cerca que su aliento frío hace que todo el cuerpo de Aaron se estremezca y su piel se erice, su pequeña figura engullida por la robusta sombra de Samuel.

El vampiro alza una mano y Aaron cierra sus ojos tan fuerte que los párpados le duelen.

Entonces nota los dedos del vampiro, fríos, suaves, yemas gentiles como perlas rodando sobre su piel. Le acarician la curva del cuello, deteniéndose sobre la cicatriz de la marca que los une ahora y por siempre.

—No puedes estar así para siempre… —suspira y Aaron siente un escalofrío que recorre cada centímetro de su piel.

Hasta sus dedos, su cuero cabelludo, la punta de su nariz y de sus orejas y desde la sensible piel que Samuel está acariciando ahora. Lo hace con un tacto tan sutil, tan tierno y sensible, como aquellas veces que en el pasado le dedicó una amabilidad que Aaron sabe que fue, desde el inicio, falsa. Nada más que una artimaña para reírse de él, para hacerlo más complaciente, para ver su carita llorosa cuando descubriese que no había afecto tras sus actos, solo manipulación y mentiras.

Pero se siente como cariño de verdad. Y Aaron no puede evitar caer de nuevo en ese oscuro pozo que es el ansia por más. Incluso aunque Samuel lo haya mutilado y ultrajado, incluso aunque lo haya apalizado ya varias veces y ahora lo haya dejado irreversiblemente roto, Aaron preferiría sentir sus golpes que ese hambriento e insaciable vacío que sufrió año tras año, cuando solo se tenía a él mismo y a su soledad.

Las caricias que Samuel le da apenas pueden llenar ese inexorable vacío que el chico lleva dentro, pero le hacen sentir un poco bien. Lo odia, porque debería detestar esas manos que le rompieron la ropa, que le sostuvieron quieto, que le empujaron de la cama al suelo cuando todo hubo terminado… pero son esas las mismas manos que antes de todo aquello le hicieron sentir querido por unos segundos, muy de vez en cuando, y echa mucho de menos su antigua inocencia. Esa que pensó que algo podría florecer a raíz de ese sentimiento.

Cuando Samuel se aleja, Aaron se queda confundido y no puede sino hacerse un ovillo y llorar, porque quiere que alguien venga ahora mismo y lo tome entre sus brazos, quiere que alguien bese su cuello y, con la suavidad de sus labios, borre esa herida, quiere un susurro lento y ronco en su oído que le diga que él es bueno y que cosas buenas le sucederán a partir de ahora. Quiere que le prometan que todo estará bien.

Y quiere, sobre todo, que esta vez sea real.


 

CAPÍTULO 44

Las noches pasan lentamente y Samuel siente que la tranquilidad que ha construido es frágil e insuficiente, que en cualquier momento estallará, como un grito contenido que no puede ser ocultado por más tiempo.

Después de que lograse que su pobre humano saliese de debajo de la cama, ha pasado una semana entera trabajando en su autocontrol y ha descubierto que la forma más sencilla de no sucumbir a la tentación es, precisamente, alejarse de ella. Por esa razón ve a Aaron lo mínimo cada noche y aunque le destroza la distancia entre ellos, más le duele saber la clase de cosas que no puede evitar hacerle cuando están demasiado cerca.

Cada noche, Samuel espera a que el mortal despierte, lo echa sobre su hombro, como si fuese un objeto que transporta de aquí para allá, y lo lleva al baño, donde lo deja a solas unos minutos para que se cambie de ropa y se desinfecte la herida de la mano, la cual está curando tan despacio que cada noche, cuando el chico se retira la venda, luce fresca y recién abierta. Durante sus minutos de intimidad, Aaron toma una toalla húmeda y le aplica jabón para poder asearse un poco, ya que aún no tiene fuerzas ni estabilidad suficiente como para darse un baño él solo. Toma una muda de ropa y pliega pulcramente el conjunto sucio y lo deja a un lado, asegurándose de que todo queda ordenado para que su amo no le castigue por ser inútil y, además, crear más desorden del que es capaz de solucionar.

Después de eso, Samuel vuelve a llevar al chico a la habitación, donde lo deja solo por horas, haciéndole solo visitas escuetas y ocasionales, o para llevarlo al baño de nuevo, por si acaso necesita ir, o para dejarle una bandejita con comidas simples, pero sabrosas, y grandes vasos de agua o zumo.

Aaron se siente muy extraño cuando eso pasa, porque las acciones de Samuel demuestran una frialdad tan absoluta que incluso a veces se siente culpable, culpable por no estar ganándose el cariño del vampiro, como antes, lo hacía, culpable porque su silencio ya no le obtiene ningún ‘’Buen chico’’, culpable porque incluso si su amo y él viven bajo el mismo techo, se siente casi tan solo como cuando dormía bajo las estrellas y soñaba con un amante que lo abrazase por las noches.

Pero esa frialdad, sin embargo, es totalmente incompatible con la imagen de Samuel en la cocina, preparándole un tazón de cereales con la leche vegetal más dulce que puede encontrar o tostando el pan con delicadeza para que se quede dorado, no quemado, o picando las verduritas bien finitas para luego saltearlas a la sartén hasta que quedan crujientes y deliciosas. No tiene sentido que su amo esté cocinando para él, ¡aprendiendo a cocinar!, pues no debe saber, ya que hace siglos que no lo necesita, pero tampoco ha oído a nadie más en la casa y duda que ningún vampiro se dedique a ser chef personal.

No entiende por qué su amo le prepararía esos platillos en vez de sencillamente darle pan duro y agua o servirle alimentos precocinados o enlatados que no requieren de él ni el más mínimo esfuerzo. Aaron no ha hablado aún, pues está claro que el vampiro lo ve como lo que siempre lo ha visto: un objeto. Y los objetos no hablan.

Antes era un objeto que Samuel gozaba de usar, así que le prestaba una atención especial, y ahora es uno roto e inútil, hasta que se repare, y por ello, piensa Aaron, Samuel lo ignora la mayor parte del día y solo lo atiende para cubrir sus necesidades básicas.

Cuando Aaron se queda solo y Samuel sale de la habitación azotando la puerta, él siempre se pone contra esta y llora muy silenciosamente hasta que los ojitos le duelen. Abraza su cojín favorito, lo pone bajo su cabeza cuando ya ha sollozado tanto que no puede más y entonces se queda dormido. Duerme mucho, sobre todo porque tiende a despertarse una y otra vez, por muy cansado que esté, sus sueños siendo visitados por el vampiro que ahora lo esquiva como a una plaga, solo que en sus sueños Samuel no es el hombre confuso y frío, pero a veces amable, que una vez conoció y en el que podría haber llegado a confiar.

Samuel solo es el monstruo que le pegaba por diversión, que lo dejaría morir lentamente solo para tener un espectáculo con el que distraerse y el que lo violó por horas para castigarlo por un insignificante error que no quería cometer.

El mismo monstruo que Aaron teme y sabe que Samuel será cuando su cuerpo se haya recuperado y pueda volver a usarlo y romperlo otra vez. 

Hoy Aaron despierta cuando aún es de día y la luz del sol baña la estancia. El ambiente es cálido, pero no es esa la razón por la que el chico está tan empapado de sudor que la camiseta se le pega al cuerpo y los mechones azabache se rizan sobre su frente.

Respira varias veces de forma profunda, intentando sosegarse, pero cada vez que parpadea y la oscuridad cubre sus ojos, las imágenes que han sido grabadas en su mente a fuego lo laceran de nuevo. Ve las manos de Samuel, sus labios, su sonrisa maliciosa, sus colmillos, su lengua, sus brazos inmovilizándolo, sus piernas sobre él, clavándolo en la cama, sus caderas empujando, su sexo profanándolo, abriéndolo de una forma tan violenta, dolorosa y sangrienta como sus colmillos cuando penetran su piel y la rompen, cuando se hacen un hueco en su cuerpo a base de brutalidad, pues ahí no hay lugar para semejante depravación, recuerda su voz. Su voz ordenándole que se corriese.

Aaron jadea y se levanta de golpe. Necesita escapar de esos recuerdos, escapar del asco que lleva bajo la piel, la culpa incrustada en su corazón; necesita escapar como no pudo lograrlo aquella noche. No da siquiera un paso. El acto mismo de levantarse es demasiado para sus pobres tobillos, que ceden y lo hacen caer al suelo mientras una descarga de dolor escala por todo su cuerpo, desde sus pies hasta sus caderas. Luego, el dolor se centra en su rostro, pues ha caído de cara y su labio está abierto y sangrando.

Aaron mira hacia la ventana cuando logra incorporarse un poco, gruñendo por el esfuerzo, y se pone de nuevo en cuatro. Su corazón da un vuelco: el cielo no está dorado, está rubicundo, con ese color tan característico de un atardecer.

La oscuridad vendrá pronto y, con ella, la bestia que duerme tranquilamente en la cama frente a él se despertará y verá que su humano se ha sido descuidado, se ha hecho una herida en el labio y ha empapado su ropa de sudores fríos y le está dejando el suelo perdido de sangre, pues intenta quitarla con sus manos, pero solo logra extenderla más y más y dejar todo lleno de chorretones carmesí.

Aaron se desespera cuando nota que no solo tiene las manos sucias de su sangre, sino que ha ensuciado también las mangas de la camisa que está usando y que su labio sangrante gotea por su cuello, tiñendo de color vino esa parte de la camisa también.

Empieza a hiperventilar cuando la luz que flotaba mágicamente alrededor de la habitación se apaga poco a poco, como si la barrera que antes lo mantenía seguro se debilitase hasta desaparecer.

Aaron escucha como Samuel se remueve sobre la cama, aún dormido, y él se queda tan quieto como puede, esforzándose por que su respiración no se escuche tan desesperada y dificultosa como lo hace. Pero de poco valen sus esfuerzos, pues pronto el dulce aroma de su sangre logra llamar al vampiro tan rápido que Aaron ni siquiera logra verlo levantarse de la cama: en un pestañeo, el hombre está ya totalmente despierto y arrodillado en el suelo justo en frente de él, tomándolo con fuerza de los brazos y zarandeándolo mientras le exige una respuesta a preguntas que el chico está demasiado asustado para responder.

—¡¿Qué mierda has hecho?! ¡¿Dónde te has hecho daño?!

Aaron quiere responderle que no ha hecho nada, que ha sido solo un accidente, pero Samuel grita en su rostro de una forma sofocante y aterradora y, como desde hace ya tiempo, las palabras ni siquiera le salen.

Samuel lo toma del cabello con violencia para mantenerlo quieto y entonces desgarra con sus uñas las mangas de la camisa de Aaron, demasiado similarmente a la forma en que la ropa del muchachito fue rota aquella noche donde se le despojó de sus últimos retazos de dignidad. Aaron llora desconsolado, reviviendo cosas que jamás tuvo que haber vivido en primer lugar y Samuel, al desnudar los antebrazos del chico y no ver ahí ningún corte, se calma un poco.

Aaron no está siquiera temblando, está casi convulsionando entre sus manos y no para de llorar, sorber y sollozar.

<<¿Qué le estoy haciendo? ¿Qué he hecho?>> Se muerde la lengua con fuerza hasta probar su propia sangre. Él no quería asustarlo, pero ha olido su sangre y su cuerpo ha reaccionado casi por instinto abalanzándose sobre el chico y ha logrado ahogar su apetito, pero su preocupación ha sido la que ha tomado el control y pese a sus buenas intenciones, todavía usa la violencia y la rudeza propias de una bestia.

Ahora que se fija, no hay tanta sangre y… Oh. Samuel lleva su mano al rostro del lloroso chico, lo acuna en su palma, notando la humedad de las lágrimas que no paran de brotar y entonces acaricia con su pulgar el labio inferior, viendo ahí la herida que se ha hecho. 

—¿Qué ha pasado? —le pregunta en voz baja, hablando con un tono tan suave que el chico apenas lo oye bajo sus lloros— No te haré daño —susurra y eso parece calmar al chico, aunque cuando mira sus brazos se da cuenta de que su agarre ha dejado la piel del humano roja y amoratada. Aaron llora más flojo ahora, aunque no puede parar de temblar—, pensaba que habías… vuelto a hacer una estupidez. No te has herido a propósito, ¿verdad que no?

Aaron niega con su cabeza frenéticamente.

Samuel acuna el rostro del chico ahora con sus dos manos, porque recuerda que al humano le gustaba mucho cuando hacía eso, y le hace mimitos con sus pulgares para secarle las lágrimas. La piel de Aaron es suave y agradable y suspira al tocarla de ese modo, sobre todo cuando nota que, pese al siempre presente temor, Aaron se relaja en sus manos, se apoya contra ellas, casi buscando, rogándole, esa clase de contacto.

Piensa entonces en lo mucho que ha ignorado a Aaron para poder ignorar él mismo sus instintos durante noches. Ha salido o se ha distraído en casa, pero siempre ha tenido alguna forma de desinhibirse mientras Aaron pasaba sus noches encerrado en una habitación como un objeto desechado, hartándose a llorar y añorando incluso la compañía de su demonio, pues es el único hombre que lo ha tocado en años.

Samuel ha pasado todo este tiempo eludiendo a Aaron para protegerlo de él, de sus deseos que afloran cada maldita vez que lo ve, pero ¿por qué tiene que ser Aaron quien sufra para preservar el autocontrol de Samuel? El mismo objetivo de ello es, precisamente, aliviar el sufrimiento de Aaron.

Samuel se siente estúpido, incapaz de hacer nada bien con ese pequeño humano. Lo único que se siente correcto que ha hecho hasta ahora es acariciarle con ternura, así que sigue haciéndolo, por un buen rato, y el chico mira al suelo mientras poco a poco se sosiega.

—Ya está, ya está —le intenta consolar el vampiro y achucha un poco sus mejillas mientras Aaron olfatea con su naricita sonrojada de tanto llanto—, vamos, háblame. Dime qué ha pasado. ¿Te has caído?

Aaron asiente, moviendo su cara entre las manos del vampiro, fregándola contra ellas como una mascotita mimosa. Samuel se muerde el labio.

Aaron es tan tierno y luce precioso de ese modo, vulnerable e incapaz de huir, totalmente en sus garras y manchado de esa deliciosa sangre que le pertenece… Verlo así le rompe el corazón y le abre el apetito, pero Samuel muerde duro su propia lengua y traga la amargura de su sangre, manteniéndose saciado aunque sea a base de veneno. <<Pero no a su costa. Ya no.>>

—¿Has intentado ponerte de pie?

Aaron asiente de nuevo. No le está hablando todavía, pero está reaccionando y respondiendo como puede, así que Samuel se da por satisfecho. Quizá eso no luce como lo que él quería, pero luce como un avance y sabe que es afortunado de tener uno, por chiquitito que sea, después de las atrocidades que ha cometido en esa misma habitación, con ese dulce e inocente siervo humano.

—¿Todavía duele? —Aaron asiente tímidamente, como temeroso de que Samuel se enfade, considerando sus quejas como una muestra de ingratitud, incluso si es él quien ha preguntado. Si Aaron puede hablar y se sintiese cómodo para expresarse, le diría al vampiro que también le duele la cabeza, constante, aunque levemente, y que uno de sus ojos ve tan borroso que a veces lo cierra porque le marea—. Debería revisarte; he hablado un poco con Jason estos días y él me ha explicado cómo chequear si estás curándote y mejorando. Ah, estás empapado… —se queja Samuel y aparta sus manos de sus mejillas. Aaron se siente avergonzado y ansioso. La primera, porque le ha dado asco al vampiro y la segunda porque teme que eso le haya irritado—. Ven aquí. —dice de pronto y lo alza por sus axilas como si fuese un niño pequeño.

Aaron no se lo espera para nada cuando, en lugar de echarlo descuidadamente sobre su hombro, vaciando todo el aire de sus pulmones con un golpe seco, el vampiro decide sostenerlo de un modo más delicado.

Samuel lo alza en volandas.

Un brazo pasa bajo sus corvas, sosteniendo firmemente sus piernas, mientras el otro le sostiene desde la espalda, levantándolo como si estuviese hecho de plumas. Aaron queda acurrucado contra el pecho de su cruel amo, pero se siente tan cálido y protegido que olvida esa crueldad unos segundos.

Sus ojos se humedecen cuando recuerda las miles de veces que ha soñado despierto con alguien que lo salve y lo lleve en sus brazos como a una princesa en apuros que debe ser rescatada y cuidada.

Ambos entran al baño y Aaron se siente muy nervioso cuando el vampiro lo deposita sobre una silla, delante del tocador, y acto seguido empieza a desabotonar su camisita manchada de sangre.

El labio partido le tiembla sin control y los dientes le castañean del miedo, pero se queda total y completamente quieto mientras el vampiro abre su camisa botón por botón. Samuel confunde ese paralizante terror con obediencia, así que cuando acaba de retirar esa prenda, le toma por sorpresa que el humano se resista al ver que le va a retirar también sus pantalones.

Aaron no lucha muy fuerte, porque sabe que eso solo hace que todo sea peor para él, pero cuando Samuel pone sus dedos en el elástico de su pantalón, como listo para tirar de él y bajárselo, Aaron lleva sus manitas a la enorme mano del vampiro y la empuja con titubeo para mantenerla retirada.

—Quieto. —sisea el vampiro, manoteando a su mascota humana para que deje de incordiarlo.

Al final le sostiene las muñecas al chico con una mano y con la otra le baja los pantalones a Aaron de un tirón. De un segundo a otro, el chico tiene la prenda por los muslos y su ropa interior está expuesta de forma vergonzosa.

Aaron entra en pánico. Necesita que Samuel le devuelva su ropa, necesita protegerse antes de provocar algo que no puede tomar.

Sin siquiera pensárselo, Aaron empieza a patear a Samuel con todas sus fuerzas y a agitar sus muñecas prisioneras por el poderoso agarre del vampiro con la esperanza de liberarse de él, de lo que está por suceder. Samuel gruñe, molesto, e intenta sostenerlo quieto para seguir desnudándolo, pero Aaron forcejea con tal fuerza que cae de la silla al suelo y eso parece molestar a su amo sobremanera.

—¡Te he dicho que te estés quieto! —le grita con una voz que logra paralizar a Aaron por unos segundos, pero tan pronto vuelve a llevar sus manos al pantalón del chico, este se reactiva y lucha todavía con más fuerzas.

Patea, araña e incluso trata de morder a Samuel. Se revuelve entre sus manos con tal de hacerle la tarea de desnudarlo imposible, pero no sabe que para Samuel sería terriblemente sencillo reducirlo con una sola mano y terminar lo que ha empezado.

La única razón por la que no lo hace es porque intenta mantenerlo tranquilo en la medida de lo posible y si ahora le demostrase al humano cuán fácil lo tiene para usar una pizca de su fuerza y tenerlo a su merced, llorando, dócil y posiblemente roto y sangrante, es muy probable que el chico terminase tan aterrado que no volviese a hablar nunca más.

Está intentando contenerse por él y aun así el chico no le deja las cosas fáciles. Siente una punzada de resentimiento crecer en su interior. <<Tan desagradecido…>> le dice una voz siseante, insidiosa, una voz que se siente como el hormigueo en la punta de sus dedos cada vez que piensa en hacerle daño, en enguantarse las manos con sangre inocente. <<Merece un castigo>>.

Pero Samuel niega con la cabeza y trata de expulsar esas deliciosamente perversas ideas de ahí y, para cuando se da cuenta, nota que Aaron ya está llorando de nuevo y que tiene los brazos, la cintura y sus muslos llenos de marcas rojas y moradas con la forma de sus dedos. Samuel maldice por dentro, solo está intentando que el chico se quede quieto y está tratando de manejarlo con suavidad, pero es tan tan malditamente difícil. Aaron está verdaderamente desesperado y él empieza también a sentir que pronto perderá el control. Que si el chico no deja de comportarse como una presa, él tendrá que hacerlo como un depredador.

Quieto.

La voz de mando vibra en su garganta como un ronroneo agradable. El poder en ella es maravilloso, miel en los labios, un toque de canela en la lengua: es tan dulce saborear la autoridad, tan escalofriante picante ver cómo con solo una palabra, una criatura creada con la libertad en su alma se torna solo tu marioneta.

 Y eso es exactamente lo que sucede: como si de un tirón de correa se tratase, el mandato que Samuel pronuncia, rebosante de una exigencia que no puede ser desobedecida, hace que Aaron se congele en su lugar y que solo sus ojos puedan moverse libremente, observándolo con una súplica tan lastimera que Samuel chasquea la lengua con fastidio. <<No me mires así. ¿Qué querías que hiciese? ¿Qué más opción me has dado? Estoy siendo amable. Esto es mi amabilidad.>>

Los labios de Aaron también se mueven o, más bien, tiemblan mientras balbucea pequeños lloros sin sentido.

Ahora que el chico está inmóvil como un muñequito, Samuel puede permitirse tomar su ropa con delicadeza y retirársela fácilmente, deslizando el holgado pantalón por sus suaves piernas hasta deshacerse de él. Luego lleva sus dedos a la última prenda que le queda al chico, su ropa interior blanca como el algodón, pero antes de tocarla siquiera, el vampiro siente una punzada en el pecho. Un dedo invisible empujando una espinita que tiene clavada en el corazón.

Aaron lo está mirando con la misma súplica que antes, solo que ahora le mira a los ojos.

Su mirada, tan dulce y suave, tan desprovista de maldad y ahogada en sufrimiento, es inesperadamente hiriente. ¿Cómo puede algo sin filo cortar así a Samuel? Su armazón siempre ha sido sólido e impenetrable, ninguna hoja o puñal capaz de atravesarlo sin importar cuán poderoso el golpe, cuán trapera la puñalada. Pero Aaron no lo ataca, solo le pide silenciosamente piedad, espera piedad en él, y eso es lo que lo destruye. Se trata de una mirada tan pura e inocua como el pétalo de una flor y precisamente por eso Samuel se siente alcanzado por ella: porque su coraza está hecha a prueba de balas, pero por las pequeñas grietas algo tan diminuto y suave puede fácilmente colarse y, luego, acariciar su corazón. Para el vampiro, que nunca ha sido tocado en un lugar tan sensible, una caricia es suficiente para hacerlo caer de rodillas, como abatido en combate, es suficiente para hacerlo temblar y balbucear, para hacerlo sangrar. Sabe recibir bien los golpes, pero jamás se preparó para semejante gentileza.

Así que se detiene y mira al chico a los ojos, hipnotizado por lo tierno que luce entre sus manos, por lo vulnerable que es y lo suavemente que le está pidiendo que se detenga: no necesita palabras u órdenes, no necesita tirar del lazo como de una correa amarrada a su cuello, solo tiene que mirarlo y parpadear, sus pestañas desarmándolo, su hermoso iris azul atrayéndolo hasta que se inclina sobre él como uno hace sobre cristalinas aguas de un lago para ver su reflejo. Su negra pupila expandiéndose hasta devorar prácticamente ese hermoso color celeste, devolviéndole una imagen. Su imagen.

Samuel se ve reflejado en los ojos de Aaron y apenas se reconoce al inicio. ¿Desde cuándo su rostro puede expresar una mueca de preocupación semejante? Luce tan afligido, tan herido, tan… humano.

Y eso lo asusta, así que aparta su mirada y ordena con voz dura:

—Baja la vista.

Aaron obedece de inmediato, temblando como una hoja en un vendaval. Cualquier influencia que hubiese creído que tenía sobre su amo segundos atrás ha sido cortada. 

El hechizo está roto y Aaron lo sabe tan pronto Samuel toma el elástico de su ropa interior y lo desnuda de un tirón.

Sus ojos se llenan de lágrimas.

—No… —murmura y Samuel abre los ojos enormemente, porque Aaron está hablando por fin, pero el chico no parece hallar nada extraño en su súplica, como si llevase días repitiendo las mismas cosas una y otra y otra vez y la única diferencia fuese que ahora el vampiro sí lo oye —, por favor, no…

El corazón de Samuel se rompe cuando se desvanece la fascinación que le causa escuchar la voz de Aaron de nuevo.

Ha logrado que hable, sí, y eso es lo que quería, pero no así. No de este modo.

Samuel mató a Aaron y luego lo devolvió a la vida. Y sus primeras palabras desde su renacer han sido estas. No han sido algo tierno y lleno de amor, como debieron ser sus primeras palabras de verdad, cuando seguramente llamó a su madre o a su padre, a las personas a las que veía como dioses bondadosos y extraños que lo hacían sentir seguro, cálido y querido, o cuando quizá dijo alguna tontería adorable, como el nombre de su peluche más querido o de su serie de dibujos favorita o de la comida que más disfrutaba comiendo, pero fuese lo que fuese, Samuel está seguro que nombró algo que lo llenaba de alegría y lo nombró pidiéndolo con un inocente descaro, porque por aquel entonces el chico aún pensaba que la felicidad era algo sencillo, al alcance de la mano, y algo que merecía obtener si simplemente lo deseaba.

Pero sus primeras palabras ahora han sido tan distintas. No ha pedido, sino suplicado, un acto que nada tiene que ver con el amor o la seguridad o la felicidad, sino con la desesperación. No hay nada cerca suyo que le haga sentir bien, nadie que sea su lugar seguro, solo sufrimiento. Así que solo sabe hablar el lenguaje del sufrimiento: no sabe pedir cosas buenas, solo rogar porque las malas se detengan o, ni eso, porque se esperen un poco, pacientemente, acechándolo, lanzándose sobre él después de darle al menos un diminuto descanso.

No siente que Aaron haya dicho siquiera esas palabras: no son palabras suaves y llenas de confianza que se deslizan fuera de sus labios, son gritos que él mismo ha arrancado de su boca a base de miedo y desesperación.

Le ha forzado a hablar, lo ha asustado de tal manera que su voz ha vuelto no porque se sienta más preparado para usarla y saber que será escuchado, sino porque su cuerpo la ve como un arma, quizá la única que le queda, y se ha sentido tan indefenso que no ha podido tomar nada más para guardarse del mal que ve en sus manos.

Samuel aleja sus dedos de la desnudez del chico y le sostiene las mejillas muy cuidadosamente, dejando que las lágrimas le bañen las manos.

—No te haré daño, Aaron —murmura y puede sentir como el corazón del chico se acelera al oír su propio nombre, como un adorable perrito que mueve la cola con excitación cuando escucha su palabra favorita—, solo quiero darte un baño y revisar tus heridas. No te va a pasar nada malo. Lo prometo.

El chico respira entrecortado y toma las palabras una a una, como recogiendo frutas maduras de un arbusto, notando su ternura en su mano y revisándolas poco a poco, en busca de muescas o podredumbre. Del mismo modo, examina las palabras del vampiro, esperando hallar en ellas amenazas o advertencias, quizá burla y, sobre todo, una mentira cruel. Pero Samuel suena sincero y él necesita creer que lo es, así que poco a poco respira más pausado.

No se resiste cuando el vampiro lo toma por la cintura, los dedos largos y fuertes tan peligrosamente cerca de su sexo descubierto, tan ardientes contra la piel, tan perfectos cuando encajan con las aterradoras marcas moradas que ahí porta.

Samuel le ayuda a ponerse de pie y luego lo coge en volandas otra vez, lo lleva a la bañera, lo deposita despacio y luego pasa un buen rato con los dedos bajo el grifo hasta que obtiene la temperatura deseada, ni muy fría, ni muy caliente. Empieza a llenar la tina mientras Aaron se remueve un poco, pero se mantiene dócilmente en su lugar, dejando que el agua templada engulla su cuerpo poco a poco.

Mientras Samuel espera, viendo cómo cada parte del chico es sumergida, se pregunta por qué no ha hecho eso antes: por qué no le ha hablado a Aaron con esa paciencia y esa dulzura. Si en vez de forcejear con el chico y darle órdenes le hubiesen acompañado en todo el proceso con pequeñas palabras de ánimo, con halagos e instrucciones claras y sencillas, sabe que Aaron no se habría asustado tanto, pero sus labios se mueven por costumbre y estos conocen demasiado bien la forma de los mandatos, el firme peso, sobre la lengua, de los gritos y las palabras gruñidas con ira e impaciencia.

Ahora, tiene que acostumbrarse al de las palabras tranquilas y bonitas y es demasiado empalagoso.

No le disgusta, no cuando Aaron parece amar esa forma azucarada que tiene el otro de dirigirlo, pero se siente tan nuevo, tan diferente.

Cuando la bañera está ya suficientemente llena como para que lo único que sobresalga del agua sea la cabeza de Aaron, pequeña y adorable como una setita con el tronco pálido como su tez y el sombrero azabache cual su cabello, Samuel cierra el grifo y toma entre sus manos un bote de jabón. Vierte un chorro sobre su palma y la frota con la otra, que ha humedecido en agua, hasta que se forma espuma entre sus dedos.

Aaron hace un amago de apartarse cuando se da cuenta de que es el vampiro quien va a enjabonarlo. La idea de las manos de ese hombre recorriendo su cuerpo desnudo de nuevo lo atormenta tanto que está cerca de saltar fuera de la bañera y formar todo un lío.

Pero Samuel lo toma del brazo, firme y a la vez gentil, y lo atrae de nuevo hacia él, sumergiéndolo en las aguas cálidas.

—No —dice y su voz sigue siendo dura, pero se esmera en que no salga de su garganta el retumbar del gruñido que está conteniendo—, sé un buen chico y quédate quieto.

No puede pasar desapercibido cómo la piel de Aaron se eriza cuando lo llama buen chico, ni cómo un segundo después parece pensativo y luego tremendamente dócil, como suplicando ganarse ese título y todos los halagos y privilegios que eso comportó en el pasado, cuando Samuel obsequiaba al chico con migajas de un falso cariño a cambio de que renunciase a su cuerpo y su autonomía.

El vampiro suspira, queriendo olvidar esos momentos, pero sabiendo que Aaron nunca lo hará. 

Se sitúa detrás de él y empieza a enjabonarlo por sus hombros, que son tan menuditos que cuando los toma entre sus manos se le antojan terriblemente tiernos. Los frota apretando un poco con la intención de relajar al chico, de deshacer los nudos de tensión que nota bajo la piel, en sus músculos. Aaron gimotea un poco en sus manos, aunque no sabe si es porque aún está asustado y cada tacto nuevo lo altera o si el pequeño masaje está arrancando de él deliciosos sonidos de alivio. 

Desliza sus manos de los hombros de Aaron hacia su cuello, tallando esa divina curva una y otra vez con suaves y amplias palmas. Para frotar su cuello, lo rodea sin dificultad alguna con una de sus manos y al hacerlo nota al chico tensarse, sus manos agarrando los bordes de la bañera tan fuerte que tiene las puntas de los dedos blancas como la nieve.

Samuel se inclina hacia él, despacio, sus labios a un mero aliento de rozar el tierno lóbulo de su oreja. Se controla, tira de la correa de sus instintos para mantenerlos alejados de Aaron y susurra:

—Buen chico —Aaron gimotea al escuchar su voz tan cerca, tan penetrante. Tan suave como terciopelo deslizándose por toda su piel—, todo está bien. Relájate.

Aaron no sabe si se trata del vínculo que los une, que le permite discernir cuando el vampiro lo embauca de cuando es honesto, o si simplemente está demasiado cansado para mantenerse alerta, pero le cree. Y le obedece.

El chico se rinde y deja que su cuerpo quede maleable para las manos del vampiro, ya no tenso como antes, pero todavía estremeciéndose, la piel erizándose por cada tacto extraño, sus piernas cerrándose y frotándose ante el nerviosismo que le provoca que esas manos se acerquen tanto a zonas sensibles y frágiles de su anatomía.

Samuel vacía poco a poco la bañera a medida que lo enjabona. Tras frotar el cuello del chico, amasándolo con sus dos grandes manos, Samuel baja y limpia luego los brazos de Aaron. Recorre cada uno con una lentitud que no puede ser confundida con nada más que admiración: el chico tiene extremidades delgadas, largas y gráciles y Samuel explora con sus manos esa anatomía tan distinta a la suya, tan suave y delicada. Se entretiene frotando las muñecas de Aaron, pues le gusta sentirlas diminutas en sus manos, el huesito de estas protuberando un poco. Luego enjabona sus manos y hace lo mismo, tallando dedo por dedo, preguntándose cómo una criatura puede ser tan pequeña, con huesos que se le antojan de cristal, y aun así haber sobrevivido a la magnitud de sus apetitos.

Luego frota la espalda del chico, dedos largos y hábiles recorriendo la deliciosa curva que la atraviesa, apretando un poco al bajar para enderezar la postura del muchacho, hacerlo arquearse de una manera exquisita. Mientras lo hace, sigue con su boca a meros centímetros del oído del chico, los labios a veces rozando el cartílago cuando Aaron se abruma y se mueve un poco, antes de ser sostenido por manos firmes y exigentes que vuelven a ponerlo en su lugar.

—Sé bueno —le dice cada vez, la voz sedosa y cálida como el agua siempre le hace arquearse un poco más, jadear con necesidad. Hambriento de más de esa gentileza, esa preciosísima amabilidad de la que lleva demasiado tiempo siendo privado—, no te haré daño. No te asustes.

Aaron se esmera por no enfadar al vampiro ahora que por fin está siendo amable y cuidadoso con él. Sabe, en el fondo, que la única razón por la que sus manos lo sostienen con delicadeza ahora es porque está frágil y que cuando por fin vuelva a ser resistente como antes, será usado con desgaire y luego arrojado al suelo hasta que al vampiro le venga en gana utilizarlo de nuevo para su placer. Posiblemente, piensa, Samuel será el triple de cruel cada vez que lo use para compensar lo amable que está forzado a ser ahora, pero cuando llegue el momento, sufrirá por ello, no ahora. Ahora solo quiere disfrutar de estar recibiendo por fin el trato con el que tanto soñó por años.

Samuel le enjabona después el pecho, sus dedos pellizcan gentilmente sus pezones un par de veces, aprovechando la labilidad del jabón, y luego grandes manos acarician su tripita, que se hunde ante la impresión que ese tacto le provoca. De pronto, el vampiro va a la otra punta de la bañera y enjabona los pies del chico, entreteniéndose en rodear sus tobillos con manos jabonosas una y otra vez, pues al igual que sus muñecas, son tan delgados que sostener ambos con una sola mano no le es problema y eso lo fascina de formas que sabe que son peligrosas. 

Asciende poco a poco, tallando las piernas del chico hasta llegar a sus tiernos muslos. Ambos juntos son un poco menos gruesos que el bíceps del vampiro y eso hace que Aaron tiemble, pues ahora que Samuel está tan cerca, tocándolo con detenimiento, tiene todo el tiempo del mundo para examinar a su amo y ser completamente consciente de lo grande y fuerte que es, de que, a pesar de todo el daño que le ha hecho, podría hacerle aún más. Le resulta tan inimaginable que palidece solo de pensarlo.

Aaron da un repullo y se aleja de golpe cuando Samuel sube una de sus manos, deslizándola gracias a la viscosidad del jabón, y frota su sensible ingle.

Samuel lo toma por un tobillo y tira despacio de él, impidiéndole huir y alejándolo, llevándolo hacia sus manos.

—No, no, por favor. —murmura el chico, su voz muy nerviosa, pero también muy bajita, un eco de las súplicas que antes ha suspirado.

Samuel se muerde el labio y aparta la mirada. Odia ver cómo los ojos de Aaron se llenan de lágrimas, como su boca solo repite las mismas palabras desesperadas por piedad, como un disco rayado, odia ver la manera en que su cuerpo se tensa y su pecho sube y baja demasiado rápido.

Se siente tan frustrado. Está siendo agradable con el chico ¿Por qué cada pequeña cosa, cada mirada, sollozo, cada temblor de su inocente cuerpo debe recordarle que hubo días en que no lo fue? Quiere golpear al chico, hacerle daño para que aprenda a apreciar los momentos de paz que le da y deje de quejarse, pero pronto entierra esa idea: Aaron también se ve obligado a recordar esos horribles momentos.

Cada vez que lo toca. Cada vez que le da una orden. Cada vez que lo mira, posiblemente. El chido recuerda todo el mal del que es capaz y no puede ya distinguir lo que está sucediendo de lo que sucedió. Debe estar tan aterrador. Sin poder andar siquiera, sin poder ver bien, sin poder controlar su cuerpo si él usa la voz de mando, sin poder apenas respirar.

El chico jadea e hiperventila, pues Samuel está apretando fuerte su tobillo y está mirándolo tan serio que teme que pronto su rostro ecuánime se torne uno iracundo, pero el vampiro se da cuenta de que se ha distraído en su ensimismamiento y ha olvidado que debe controlar su fuerza. Así que ahora suaviza su agarre y le dedica al chico una mirada afable.

—¿Te hago daño?

Aaron niega con su cabeza, los ojos cristalizados, los labios apretados y la vista clavada en su desnudez, en su entrepierna. Samuel está siendo paciente con él, yendo despacio, pero aun así su mano acaricia la cara interna de su muslo y eso más cerca de lo que el chico puede soportar.

—Usa tus palabras. ¿Te hago daño? Mírame, Aaron. ¿Te hago daño?

La orden suena un poco más firme que el resto de sus suaves palabras y eso hace al chico ponerse alerta de nuevo y obedecer de inmediato. Como Aaron sabe que tiene prohibido mirar a los ojos al vampiro, se centra en clavar sus ojos en esa boca de labios rojos y gruesos que, a pesar de tener colmillos, también parece poseer la habilidad de esculpir palabras tranquilizadoras.

—N-no… —murmura.

Samuel tuerce su boca en un gesto de desaprobación y eso altera al chico. Aun así, el vampiro sigue tocando solo su muslo, acariciándolo con el suave y fragante jabón y no cruzando ningún límite por ahora.

—¿No qué?

—N-no, amo. —Aaron se corrige tan rápido como puede, su voz saliendo temblorosa y queda.

—Eso está mejor —lo halagaba el vampiro. Suelta su tobillo, el que antes agarraba para impedirle huir y ahora sube esa mano al otro muslo. Le separa poco a poco las piernas y con esa mano también frota la sensible y tierna zona, acariciando la ingle alguna que otra vez—, ahora, voy a acabar de enjabonarte y tú vas a quedarte quieto. No te haré daño, así que no te resistas. No me hagas enfadar, ¿de acuerdo? 

Aaron responde con un ruidito afirmativo y aunque Samuel quiere arrancarle más preciosas palabras de su boca, se contenta con ello y no lo presiona más.

—Muy bien, cierra tus ojos.

Aaron obedece al instante y unas lágrimas caen por sus mejillas.

El vampiro asciende con una de sus manos, la otra le hace mimos tranquilizadores a Aaron en la pierna. Mientras eso sucede, el vampiro enjabona a conciencia los genitales del chico. Primero sus testículos, siendo cuidadoso de no apretar demasiado en una zona tan delicada, y luego su pene suave y pequeño. Su tacto es maravilloso y su piel cremosa como una cucharada de helado, pero sabe que no debe entretenerse tocando esa parte de él, aunque entre sus manos luzca como un juguetito hecho solo para su divertimento, o Aaron se pondrá demasiado nervioso.

Puede escucharlo respirar agitadamente, así que mientras termina de enjabonar su hombría, le habla con voz ronca y baja.

—¿Qué ha pasado esta mañana?

—Lo siento, l-lo siento mucho…

Samuel muerde su lengua hasta tragarse el sabor metálico y amargo de su sangre. Lo hace porque se lo merece, merece ese asco y esa angustia que le perfora el estómago, merece el dolor, pues ha herido tanto al chico que no sabe hablar si no es para pedir clemencia o perdón.

—No te he pedido que te disculpes. Te he hecho una pregunta. Respóndeme.

—T-tuve una pesadilla y m-me puse… de pi… pie y m-me caí, perdón…

Aaron a duras penas puede hablar. Todo lo que sale de su boca se ve interrumpido por jadeos o sollozos o porque de repente necesita tomar aire, pues siente que se ahoga. 

Samuel deja de tallar su hombría y, de repente, sus manos bajan a un lugar prohibido. Uno que solo ha tocado para hacerle a Aaron un daño irreparable.

El chico abre los ojos de pronto y vuelve a intentar moverse lejos de esos toques, pero Samuel clava los dedos de su otra mano en el muslo del chico, abriéndole las piernas y manteniéndolo quieto y dócil.

—¿Te duele también aquí?

Aaron jadea cuando Samuel desliza sus manos hacia su trasero, resbalando sus dedos al espacio rosado entre sus nalgas y con las yemas jabonosas acariciando la virginidad que le arrebató cruelmente. El chico está tan alterado que olvida la pregunta. Solo puede sentir esos dedos enjabonados y lábiles deslizándose una y otra vez sobre su entrada y aunque no lo nota todavía, imagina la forma en que Samuel lo tomará del cuello cuando los empuje dentro suyo, haciéndolo suyo de nuevo. Quizá Samuel no puede forzar su sexo en él todavía si pretende conservarlo un tiempo más, pero sí puede hacerlo con sus dedos, darle una pequeña probada de lo humillante y doloroso que es ser usado. Un pequeño adelanto de lo que le espera cada noche de su eternidad una vez su cuerpo se recupere. Aaron está tan seguro de que lo hará…

—Aaron —lo llama y el chico siente un escalofrío. Su nombre suena tan irreal en los labios del vampiro. Cuando lo llama así, siente que el hombre está concediéndole algo en cierto modo, le está haciendo el regalo de admitir que aún es humano—. ¿Te duele aquí?

Cuando dice la última palabra, Samuel pulsa ligeramente con sus dedos la apertura del chico y este se estremece.

—U-un poco… —admite, agobiado, y como por arte de magia los dedos del vampiro se retiran de ese lugar.

Aaron tiene que parpadear dos veces para creérselo cuando Samuel suelta su muslo también, permitiéndole cerrar las piernas. Teme que sea una trampa, pero el vampiro no le hace ningún daño incluso transcurridos unos minutos.

Samuel toma el brazo del chico, aquel que rompió en el pasado, y lo sostiene en una de sus manos, como comprobando su calidad.

—¿Aquí también duele?

—M-menos…

Samuel asiente, pensativo y silencioso. Sus manos bajan hacia los tobillos del chico y este, alarmado, los recoge abrazando las piernas contra su pecho.

—A-ahí duele mucho, amo, duele mucho… —suplica, pero el vampiro aun así sigue acercándose.

Le aparta cuidadosamente los brazos de las rodillas y le hace soltar sus piernas, luego, con una mano, toma el tobillo de la derecha y la alza. Aaron sigue desnudo y enjabonado, tan vulnerable que decide que lo mejor será obedecer incluso si está aterrado. Se tumba en el fondo de la bañera, mientras Samuel alza su pierna derecha y examina su tobillo. Por suerte, no lo está apretando en absoluto.

Toma su pie con la otra mano y, manejándolo como si se tratase de la pieza de un muñequito que está montando y desmontando, hace que el pie de Aaron se mueva en pequeños círculos, haciendo rotar su tobillo un poco. Aaron hace una mueca, pero se traga sus grititos.

—¿Esto duele?

El chico asiente, al borde de las lágrimas, y Samuel deja al chico tranquilo por ahora. Jason le explicó todo bastante bien, pero ver a Aaron retorcerse de dolor porque ha movido suavemente una parte de él que ya debería estar curada le hace ser demasiado consciente del alcance del daño que le ha hecho.

Samuel toma la alcachofa de la ducha y con agua cálida empieza a aclarar el jabón del cuerpo de Aaron poco a poco. Cuando ha terminado, Aaron está temblando de frío como un cachorrito empapado en lluvia, así que Samuel lo envuelve en una gran toalla y lo saca de la bañera echándoselo al hombro.


 

CAPÍTULO 45

Con Aaron envuelto como un burrito en su toalla de ducha, Samuel decide bajar las escaleras y dirigirse hacia el salón. Durante días, Aaron no ha visto nada más que no sea su alcoba y el baño en ella, así que piensa que quizá logre tranquilizarlo si lo saca de ese ambiente. Ahora que el chico ha vuelto a hablar, no quiere correr ni el más pequeño riesgo a asustarlo en demasía de nuevo y que vuelva a mantener su preciosa voz bajo llave y se teme que el ambiente opresivo de esa estancia, la misma donde lo violó, donde sus gritos siguen atrapados en las paredes y las sábanas huelen a su sangre y sus lágrimas, no va a ayudarlo a relajarse.

Samuel se sienta en su amplio sofá granate y pone al chico sobre su regazo. Le retira la toalla, aunque Aaron se aferra a ella con una mano, demasiado asustado por su repentina desnudez, y el vampiro empieza a secarlo tallando su húmedo cuerpo con la suave fibra de la toalla. Le revuelve el pelo, le acaricia la espalda, le masajea los hombros levemente y, al final, Aaron toma suficiente confianza como para soltar la esquinita de esta a la que se aferraba con tanta fuerza.

De reojo, puede ver cómo hay una pequeña pila de ropa en la mesa del comedor y luce como ropa de su talla, por lo que un enorme alivio lo recorre y le permite relajar su cuerpo ligeramente. Samuel lo toma por la cintura, acercándolo más a él, y se inclina hacia su cuello.

—No te muevas, tranquilo, solo quiero ver la marca.

Aaron obedece, conservando la calma tan bien como puede, y ladea su cabeza hacia un lado para ofrecerle su cuello al vampiro con una docilidad que le resulta peligrosamente tentadora. Samuel tiene que morderse la lengua de nuevo hasta que el dolor lo distrae lo suficiente como para que esas voces demoníacas en su cabeza no griten más fuerte que su consciencia.

Samuel desliza sus dedos por la marca. Es grande, realmente grande. Piensa en lo pequeño que debió sentirse Aaron cuando lo mordía, sus mandíbulas capaces de rodear y arrancar su elegante cuello. Pero, a pesar de su tamaño, la herida no luce como todas suelen hacerlo: rojas y profundas, con un aspecto feo y desgarrado que, incluso tras sanar correctamente, siempre luce dantesco y sangriento, como un recuerdo demasiado vívido de la herida cuando estaba abierta.

La herida de Aaron ha sanado mucho más gracias a la sangre de vampiro, pero no del todo, de ahí que luzca sutil y tan limpia, sin una gota del color granate oscuro que suele caracterizar las cicatrices de mordidas. La de Aaron luce increíblemente pálida, más blanca aún que el resto de su piel; está levemente hundida y tiene una textura fibrosa, como sucede con la piel estriada. Pequeños toques de color rosado y violáceo se distinguen en las diminutas vetas con pinceladas de esa piel, lo que hace, al mirar la herida de lejos, que luzca no de un insulso tono blanco, sino de un precioso nacarado.

<<Incluso sus cicatrices son hermosas y puras como una perla>>

Samuel no puede resistir la tentación, se inclina más hacia Aaron, sostiene su cuello por el lado contrario con una mano, con la otra aparta el collar metálico y sus labios recorren cada centímetro de la herida, acariciándola. Cada suspiro leve y cálido del vampiro sobre la piel cicatrizada se siente como una descarga de dolor para Aaron, un recordatorio de que con la misma boca con que ahora lo acaricia sensualmente, bien podría desgarrar su piel.

—¿Duele cuando te acaricio así? —pregunta y lo toma por la cintura ahora, manejándolo a su antojo: lo atrae hacia sí, como llevándose el delicioso bocado que es Aaron a la boca. Deja un casto, lento beso sobre su cicatriz y el muchachito siente una chispa de electricidad atravesando su cuerpo entero, exigiéndole que se doble ante cualquier palabra que salga de esos labios.

—N-no, señor. —contesta educado, pero con la voz temblorosa.

—¿Por qué late tu corazón tan rápido entonces, humano?

Aaron traga saliva y se lleva las manos al pecho. Lo siente retumbar y sus mejillas se tiñen de rojo, pues todo en él está expuesto: su cuerpo, sus sentimientos.

—Porque estoy asustado, señor.

Samuel deja otro pequeño beso en su piel, ahora no en su herida, sino más arriba, en ese punto tierno y suave entre el final de la mandíbula y el inicio del lóbulo del oído. Aaron se estremece en sus brazos.

—Tengo que hablar contigo. —dice seriamente en su oído y su voz es gruesa y vibrante, como el gruñir de una bestia adormecida que empieza a despertar.

Aaron traga saliva.

—¿He… he hecho algo malo, amo?

Samuel suspira por la urgencia y la preocupación en su vocecita y niega con la cabeza, barriendo sus labios una y otra vez contra su cuello.

—¿Quieres vestirte primero?

—S-sí, por favor. Gracias, amo.

El vampiro se muerde el labio por lo que podría ser la millonésima vez esa noche. Aaron es demasiado tierno, demasiado bueno y lleno de una gentileza propia de cosas efímeras y fáciles de romper, como las flores o las alas de una mariposa, cosas de una delicadeza tal que no están hechas para obsequiar a este rudo mundo con su presencia por mucho tiempo.

Se pregunta cómo es posible que el chico, después de todo lo que le ha hecho, siga agradeciéndole cada pequeño gesto en el que él decide ser un poco amable.

Samuel permite al chico bajar de su regazo y le señala la ropa ordenada en un pulcro montón. Lo mira con ojos hambrientos, pero pacientes, mientras saca un cigarro y da una larga y pesarosa calada.

Aaron se pone primero la ropa interior y luego la camisa que el vampiro le ha dado, de manga corta y con un escote en uve que muestra casi todo su pecho, pues le viene muy grande. Luego se pone los pantalones y nota, al cogerlos, que un pequeño arito metálico cae sobre los cojines del sofá. Su cara se torna roja como una fresa tan pronto recuerda que es ese anillo. Lo mira con hesitación.

—Póntelo. —ordena Samuel. Habla calmado, pero su voz sigue siendo firme y Aaron sabe que no debería desafiarlo.

El chico vuelve a bajar su preciada ropa y a revelar sus genitales, así que con una mano temblorosa toma el anillo y lo desliza suavemente sobre su miembro. Recuerda al vampiro quitándoselo mientras lo profanaba, recuerda la culpa y la humillación, aún latentes, de haber explotado con placer en un momento que debería haber odiado. En un momento que odió.

—Bien. Ven aquí.

Samuel palmea su regazo, así que Aaron vuelve con su amo y se sienta sobre sus piernas. El vampiro da varias caladas a su cigarro, todavía pensando en lo que va a decir, y Aaron siente que el silencio lo desquicia. Sus nervios están tan destrozados que cuando Samuel se inclina con el cigarro candente en la mano para apagarlo contra el cenicero de la mesa, Aaron chilla y se cubre la cara pensando que será su piel la que pruebe el fuego y lo torne cenizas.

Samuel no dice nada, solo apaga el cigarro en la cerámica y vuelve a reclinarse cómodamente en su sofá. Toma la cintura de Aaron en una de sus manos y lo acerca más a su fuerte torso. El chico se deja hacer, abrazándose a sí mismo, bajando la vista. Samuel le recoge un mechón de cabello tras su oído, descubriéndole el rostro.

—Mírame.

Aaron alza la vista, incluso si va contra todos sus instintos, y vuelve a fijar sus preciosos ojos azules en la boca del vampiro.

—A los ojos. —aclara el otro y Aaron jadea de impresión.

Samuel mismo le enseñó las consecuencias de tener esa terrible osadía, de creerse suficientemente importante como para pretender subir la vista en presencia de un Dios. Samuel le enseñó que después de semejante falta de respeto viene un castigo. Y Aaron no quiere un castigo, así que niega con su cabeza frenéticamente, no entendiendo por qué Samuel es de repente tan cruel, forzándolo a ganarse una reprimenda a pesar de que está haciendo sus mejores esfuerzos por ser bueno para él.

—Haz lo que te he ordenado, no me hagas castigarte.

Aaron jadea horrorizado. Las palabras del vampiro son suaves, pero venenosas, y sabe que está condenado haga lo que haga.

—P-pero está prohibido, s-si lo hago, usted me…

Samuel toma al chico por la barbilla, atrapándola entre el índice y el pulgar, y se la alza para poner su cara empapada de lágrimas a la altura de su rostro atractivo y malevolente. Aaron cierra los ojos, negándose a violar esa norma que tan duramente aprendió.

—No te haré daño si lo haces, así que deja de agotar mi paciencia y mírame.

Aaron cede al tono demandante. Samuel suspira tan pronto el otro parpadea un par de veces y lo ve a través de sus largas pestañas, que bate adorablemente, como un corderito a punto de ser sacrificado y rogando con su brillante mirada que su verdugo lo salve del destino que ya está escrito para él.

La pupila de Aaron es grande y profunda, un cielo sin estrellas plácido, bordeada por el más hermoso anillo celeste. Su iris es precioso; cada veta de color es una ola de belleza que trae consigo todo tipo de tonalidades de azul que se mezclan para crear una hermosa, dinámica mirada: un suave azul bebé de fondo, pequeños reflejos casi morados y otros tan turquesas que bien podrían ser un vívido verde, así como otras vetas de un azul oscuro y profundo, como las aguas de un mar bravo que ahoga demasiado dolor.

Samuel le acaricia la mejilla al chico y nota cómo los ojos se le humedecen un poco, el brillo en ellos haciéndolo lucir tan indefenso. <<Tan apetecible>> Samuel respira hondo. <<No, ahora no .>>

—No volverás a hacerte daño a ti mismo. —Samuel le da esa orden extremadamente serio; por un segundo pareciera que la extraña máscara de amabilidad que hoy se ha puesto se atenúa un poco y muestra lo que hay bajo ella: un demonio que, de ser desobedecido, es capaz de desatar el mismo infierno.

Aaron asiente con convicción, incluso si sabe que terminaría con su vida en un instante antes de pasar por lo que pasó de nuevo.

—N-no, señor. 

—Y yo… —Samuel suspira; la frase muere entre sus labios y se los mordisquea, nervioso, apartándole ahora él la mirada al chico y acariciando con delicadeza los mechones azabaches que le peina tras el oído. Su tono se suaviza cuando añade:—. Yo no te volveré a hacer tanto daño de nuevo.

Aaron abre sus ojos con sorpresa y en ellos aparece un brillo nuevo o, mejor dicho, un brillo viejo que creía haber perdido para siempre. Es deslumbrante, hermoso e irradia inocencia, un brillo perfecto como el de una perla flotando en la oscuridad de su pupila.

Escruta el rostro de Samuel, como buscando cualquier signo de que está mintiendo, divirtiéndose a costa de su ingenuidad, pero solo halla una mueca arrepentida y llena de aflicción.

Samuel sostiene su rostro, una mano en cada mejilla, y sus ojos rojos se clavan en su mirada celeste, tan ardientes e intensos que mantenerles la mirada se siente como un pecado, un crimen, pero retirarla es imposible.

Entonces Samuel habla, su voz es baja y susurrante, pero sus palabras son firmes y llegan a Aaron, cada una como un flechazo tras otro, directo a su pecho.

—Sigues siendo mío, Aaron, y más te vale no olvidarlo —advierte al inicio, con intensidad y severidad, una voz propia de un comandante—. Vas a someterte a mi voluntad y cumplir cada una de mis órdenes, vas a tomar sin una sola queja los castigos que tu desobediencia merezca —Aaron asiente despacio, sus ojos pierden un poco el brillo, pues las palabras del vampiro no son más que ecos de las lecciones que lleva aprendiendo duramente desde que le conoció. Nada ha cambiado o al menos así se siente. Pero entonces Samuel suspira y el aire que derrama sobre sus labios es tan dulce y gentil que, de algún modo, Aaron sabe que vienen palabras distintas ahora, que Samuel, pese a ser incapaz de dejar ir su poder y su autoridad sobre él, está aflojando la correa—, pero jamás volveré a castigarte de un modo tan horrible. Dispondré de tu sangre cuando lo desee, pero… seré paciente y más cuidadoso cuando sea tu cuerpo lo que quiero. Vas a ser mío hasta el día en que mueras, pero quiero aprender a cuidar de lo que es importante para mí.

Esas últimas palabras impactan tan fuerte en Aaron que por un momento son todo lo que existe. Olvida incluso que Samuel le ha condenado a seguir en ese infierno de servidumbre y castigos, que siempre llevará un collar y la vista en el suelo, que siempre dormirá como un perro por los pasillos y tendrá que adornar cada una de sus frases con un "señor" o un "amo" que le recuerde que él está abajo. Incluso ignora la forma en que el vampiro pronuncia en sus labios <<el día en que mueras>> como si le perteneciese, saboreándolo, anticipándolo.

Olvida todo eso, porque son unas palabras muy concretas las que envuelven su corazón por un momento y lo hacen a prueba de todo dolor: <<quiero aprender a cuidar de lo que es importante para mí>>

Aaron apenas puede creerlo. Sus ojos se humedecen y no sabe si sentirse dichoso, porque el universo le da por fin aquello por lo que tanto ha rezado, o dolido, porque se lo da envuelto de espinas y veneno.

<<Lo que es importante para mí>>

Aaron sabe que sigue siendo un prisionero y que ese hombre que le habla dulcemente jamás será nada distinto a su verdugo. Sabe que su cuello será mordido de nuevo, que posiblemente su cuerpo vaya a ser profanado otra vez. Sabe que sigue en el infierno, que ahí pertenece eternamente, solo que ahora se le promete que las llamas que lo abrasan prometen quemarlo más suavemente, con más gentileza.

Sabe que sigue condenado, pero esas palabras. Esas tres palabras.

<<Importante para mí>>

Aaron rompe a llorar porque hace años que nadie le dice algo así, porque ya no recordaba cómo era sentirse importante para alguien y echa demasiado de menos no ya la compañía, no ya el cariño o las palabras amables, pues todas esas cosas pueden ser falsas, sino el sentimiento del que nacen y que pensaba que ya se había extinguido en el mundo. Lleva años echando de menos la sensación de ser sostenido con dulzura porque a alguien le preocupa romperlo, la sensación de ser mirado y visto, de ser regalado palabras importantes, porque él es importante y las merece.

A él mismo poco le importa ya lo que le pase, pues precisamente fue por su propia mano que su vida casi se apaga, pero incluso si ha perdido el poco aprecio que tenía ya por su vida, alguien más es capaz de protegerla, de luchar por ella y guardarla con mucho cuidado, como una reliquia. No entiende cómo es posible que sea el mismo hombre que le ha hecho abandonarse y traicionarse a sí mismo de tal forma.

Pero da igual.

Porque le importa a alguien. ¿Qué más da que sea al diablo?


 

CAPÍTULO 46

Samuel se siente confundido cuando el chico se echa a llorar. ¿Han sido sus palabras demasiado duras? Juraría que ha empezado por lo peor y ha acabado haciéndole una promesa verdaderamente indulgente; incluso se siente avergonzado porque palabras tan vulnerables y sensibles, tan parecidas a una confesión que no se ha hecho ni en su fuero interno, hayan abandonado su boca y sus colmillos vayan a permitir que el testigo viva para contarlo.

Pero poco después entiende que Aaron no llora como antes, desesperado o aterrorizado. Llora tranquilamente, dándole tiempo a sus lágrimas para caer. Está aliviado, quizá incluso lo más cerca de feliz que un esclavo humano podrá estar jamás.

Samuel lo observa en silencio. Aaron tiene una forma muy tierna de llorar y ama ser entretenido por tan hermoso espectáculo, más aún si puede causarlo sin dañar al chico ni sentir culpa alguna, así que no lo interrumpe mientras se desahoga. Poco a poco su respiración se normaliza y su boca, que tantos lamentos ha entonado en los últimos minutos, ruiditos lastimeros propios de un corazón roto, se atreve a formular alguna tímida pregunta.

—S-señor, entonces, ¿n-no volverá a… a… —Aaron apenas puede hablar.

Sabe que hay una palabra para el crimen que el vampiro ha cometido contra él, pero decirla en alto sería hacerlo todo más real, más irreversible. Sería admitir que ha sucedido y que no ha sido todo una horrible pesadilla estúpida que en un par de noches habrá olvidado ya.

Así que se atraganta con esa palabra que se siente como ácido sobre su lengua, pues solo con pensarla, esta para el tiempo y le hace al chico vivir aquella tormentosa noche una y otra y otra vez en cada segundo.

La voz ronca de Samuel lo arranca de su letargo.

—La próxima vez que te haga mío —Aaron traga saliva, se remueve incómodo. Sabía que las cosas no podían ser tan buenas, incluso si es poco lo que está pidiendo, Samuel jamás renunciaría a usar lo que es suyo— lo desearás.

Aaron asiente sin atreverse a objetar nada. ¿No le dijo Samuel mismo que también lo deseó aquella vez, pues su cuerpo lo traicionó y le dio un chispazo de placer entre todo ese mar de sufrimiento? Si el vampiro vuelve a comandarle con su poderosa voz que se corra mientras es profanado, ¿significará eso que lo ha deseado? Aaron teme que Samuel vaya a hacerlo suyo de nuevo, obsequiándolo con un placer que no quiere y que además le avergüenza, como si eso solucionase las cosas en vez de hacerle sentir aún más sucio.

—¿V-volverá a romperme más huesos o… o mis tendones…? —su voz se torna cada vez más finita, su cuerpo palpitando dolorosamente en aquellas zonas que aún no se han recuperado, como si le recordase que, incluso si no lo quiebra de nuevo, él estará roto para siempre.

—Te daré castigos físicos, el dolor hace que se graben bien las normas que has infringido, pero no te haré ese tipo de daño. No volveré a romperte, Aaron.

Sus palabras suenan como una promesa, pero Aaron tiembla al oírlas, porque también son una amenaza: Samuel le advierte de que será herido, solo que esta vez el dolor será meticulosamente medido para que no rebase sus límites. Sufrirá, pero Samuel se asegurará de que eso no deje secuelas.

El chico se siente empequeñecer en el regazo de su amo. Las palabras de antes, aquellas con las que le ha asegurado que es una posesión preciada, algo importante, le han hecho sentir en una nube, pero el efecto se disipa poco a poco, la magia volviéndose débil y siendo incapaz de enmascarar su deprimente realidad: su tortura será solo un poco más piadosa, pero será tortura al fin y al cabo.

—¿Sigues pensando en morir?

Aaron se alarma ante la pregunta. ¿Es capaz el vampiro de usar el vínculo para saber que aún considera su existencia penosa y patética, que piensa, en el fondo, que estaría mejor muerto? Si así es, está perdido: Samuel se enfadará porque él desprecia su vida y cualquier reprimenda que le dé le hará anhelar más la paz de la muerte. Y eso, sabe Aaron, le hará ganarse un castigo tras otro.

La única forma en que Samuel podría controlar sus pensamientos con la misma autoridad con la que dirige sus actos es vaciándolo de ellos: mordiéndolo y mordiéndolo hasta que tenga más marcas que piel y el lazo los vincule no como un amo y su presa, sino como un maestro y su títere inerte.

Aaron se alarma de inmediato y responde con urgencia y pánico en su voz:

—¡N-no, señor, se lo prometo, no lo volveré a intentar nunca más! De verdad, se lo juro, mi amo, no quiero ser marcado de nuevo, no quiero que me convierta en… en…

Samuel lo agarra del pelo y tira suave hacia atrás, descubriendo su cuello y, con ello, su marca, la cual traza con sus dedos, recreándose en la sensación de propiedad que nace en él.

—Mientras te comportes, no voy a marcarte más. Esta —y ahora araña suavemente la herida, sin abrirla, pero haciendo que toda la piel del chico se erice— es la única marca que necesito para que seas mío. Si te hiciese muchas más, te rompería y ya te he dicho que no quiero romper las cosas que me importan.

Aaron niega con la cabeza. No, no puede escuchar esas palabras de nuevo, no cuando suenan como un sueño y él está atrapado en una pesadilla. No puede permitirse engañarse y creer en ellas cuando la realidad es una mano grande y firme que le dará un bofetón a la más mínima ilusión que se haga.

Pero está tan confundido. ¿Por qué le dice el vampiro eso? Quizá esa confesión es como las caricias o los "buen chico" que antes le daba: una manera de mantenerlo dócil.

—S-señor, ¿de verdad le importo?

—¿No me has oído? Una lástima. Odio repetirme. —reprende con dureza, recordándole al chico que, incluso si hay algo en él que lo aprecia, también está lleno de crueldad.

—Le he oído, es solo… no lo entiendo…

—¿Crees que yo sí? —rebate con una corta risa llena de sarcasmo. Sus palabras parecen tener cierto aire de reproche, como si Samuel se hallase, de pronto, víctima de sentimientos que no solo le confunden, sino que le incordian, pero los cuales no sabe cómo destruir y en parte culpase al pequeño de ello—. Por suerte, Aaron, tu deber no es comprenderme, solo obedecerme. Haz eso y te prometo que todo estará bien —De pronto, su voz se torna mucho más melosa, tranquilizadora:—. Ahora, sé sincero: ¿sigues pensando en morir?

Aaron aprieta los dientes. Él nunca ha sido bueno mintiendo, así que no lo hace, solo aprieta muy fuerte sus labios, su mentón arrugado como un dátil cuando se aguanta las ganas de llorar, y piensa en qué debería responder. Qué puede responder.

—Dime la verdad. No te castigaré por ser sincero, incluso si no es lo que quiero oír.

Samuel suelta su cabello y Aaron logra relajar un poco su postura. Una de las manos del vampiro reposa en su muslo, grande, quieta y cálida, casi protectora, incluso si el tacto de su amo le trae los peores recuerdos; la otra mano sigue en la parte de atrás de su cabeza y ahora, en vez de jalar su cabello, lo acaricia cariñosamente. En el pasado, Aaron tendría que arrodillarse y cederle a su amo su boca para ser usada a cambio de esas caricias.

Ahora se pregunta si el vampiro está dándole ese gesto enternecedor desinteresadamente o si sencillamente cobrará lo que le debe más adelante.

—No… no pienso en cómo hacerlo, porque no quiero ser castigado por intentarlo —susurra el chico, asegurándose de que las primeras palabras que salen de su boca son honestas, pero también exactamente lo que el vampiro quiere oír: que no desobedecerá de nuevo. Su voz se quiebra al final, cuando dice un triste—, pero… Pero sí que pienso en morirme. En que me gustaría no haber fallado, en… no quiero morir, señor, me aterra la muerte, pero esta vida… no puedo soportar el dolor, el miedo, la humillación… Me siento atrapado y tan solo y… y… He pasado tanto tiempo solo, tantos años, esto no es lo que quería. He intentado ser fuerte, le prometo q-que no soy débil, sé que lloro siempre, que siempre estoy asustado y quejándome, pero le juro que he intentado ser fuerte y lo he sido y es… estoy cansado.

Samuel lo acaricia con mucha ternura a medida que habla, su mano frotándole el cuero cabelludo a conciencia, los dedos trazando pequeños círculos en este de forma relajante, de la misma manera en que Samuel acariciaría a una pequeña mascota tras las orejas hasta hacerla ronronear de gusto. Aaron solloza, demasiado abrumado para seguir hablando, y no puede evitar echar su cuerpo hacia atrás, inclinar su cabeza hacia esa mano grande y segura que le da unos mimos tan reconfortantes. La mano en su muslo aprieta un poco y el pulgar se mueve arriba y abajo, acariciándolo también con una suavidad demasiado buena para ser cierta.

—S-siento que me quiero morir cuando sé que va a darme una paliza de nuevo o a… a… A hacerme eso… —Aaron se atraganta, las palabras no le salen y los sollozos censuran todas aquellas cosas que sabe que no pueden ser dichas porque se sienten demasiado sucias y amargas sobre su lengua—. M-me quiero morir ahora, porque usted me está acariciando y sé que va a querer algo a cambio y no quiero, amo, por favor, no quiero, n-no quiero tener que arrodillarme y…

Aaron niega frenéticamente con su cabeza, su lengua deshaciéndose en penosos balbuceos y sus manos ahora tapando su empapada carita. Samuel lo toma por la cintura; con la mano que antes estaba en su muslo lo acerca más a su cuerpo y luego sube su mano por debajo de su camiseta, empezando a acariciarle ahora su vientre plano. Desliza sus nudillos suave y gentilmente por su abdomen, trazando circulitos.

—No tienes que hacer nada de eso —le asegura el vampiro, pero Aaron sigue negando, no como si llamase al vampiro mentiroso exactamente, sino como si tratase de decirle que eso es imposible, que está confundido y que no entiende cómo funcionan las cosas. Siempre ha sido así, es imposible imaginarse algo distinto. Pero Samuel se inclina hacia el humano, que tiembla y jadea por la cercanía, y deja pequeños besos sobre esa marca de propiedad que tanto adora—. Eres mío y voy a acariciarte cuando lo desee, porque tu piel es suave y agradable y me gusta tocarte. Me gusta que te guste. No voy a pedirte nada a cambio.

Aaron deja de negar poco a poco y, aunque todavía desconfía, por ahora se deja llevar y lloriquea entre las manos de su amo, sintiendo la forma maravillosa en que exploran su cuerpo, no con lascivia o sadismo, sino con timidez, casi, como si fuese la primera vez que prueban a tocar algo sin el afán de destruirlo y aún jugasen tentativamente con la idea.

La cabecita de Aaron lo bombardea con imágenes de otras veces en que las manos de Samuel no han sido tan amables, pero el chico intenta hacer esos recuerdos a un lado y disfrutar de lo poco bueno que ha logrado obtener en años, incluso si el precio ha sido altísimo.

—No deseo que quieras morir —le dice Samuel, todavía acariciándolo de esas formas que lo hacen sentir que se derrite y lo dejan maleable y receptivo para sus palabras. Aaron asiente con un sonidito— o que sientas que esta vida es un infierno. No deseo que cada orden que te dé te haga sentir que sería preferible dejar de existir antes de cumplirla. Eres mío, Aaron, y voy a conservarte a mi lado. Por eso estoy intentando ser un poco más cuidadoso contigo.

—Cuando… cuando esté recuperado dejará de serlo, señor… —Aaron no lo pregunta, sencillamente lo dice con su voz fija y sus ojos aguándose, con las manos temblándole mientras se seca las lágrimas.

Samuel no le rebate nada, porque apenas lleva una semana controlándose y se siente volverse loco. Aaron tiene razón: necesita desahogarse un poco con su presa humana y cuando esta esté lista para poder soportar de nuevo una pequeña parte de la magnitud de sus deseos, no dudará en saciarse un poco con él.

—Y aun así… aunque todo fuese mejor, cuando lo recuerdo quiero morir, s-señor, cuando recuerdo lo que me hizo quiero morir para poder olvidarlo…

Samuel siente una sombra de vergüenza cruzarle el rostro cuando el chico habla de ese modo de la noche en que lo tomó por primera vez. Para él, fueron unas horas maravillosas donde por fin logró gozar sin tener que preocuparse en sostener esa estúpida máscara de cordura y compostura, la primera noche, en mucho tiempo, en que dejó salir de su interior esas sombras que siempre lo empujan hacia oscuras decisiones y tenebrosos deseos. Recuerda sus acciones con reproche y rabia, pero incapaz de borrar el exquisito placer que le procuró castigar al mortal como tanto había deseado, dejar de ponerle trabas a su lujuria y darle, por solo unas meras horas, libertad para cazar a su presa favorita. Y se sintió tan maravilloso atormentar a su chico de ojos azules, ver en él esa mirada celeste apagándose, su espíritu rompiéndose, como ya rompió uno igual hace años, cuando le enseñaba también una importante lección a alguien que también amó: nadie lo traiciona y sale impune.

Para él, esa noche fue de absoluta libertad, un relajante dejarse llevar, un momento que había esperado por siglos, donde por fin pudiese mostrar su naturaleza en todo su esplendor en vez de tenerla enjaulada, entumecida. 

Y le destroza que lo que para él fue una noche inolvidable de placer, para el pobre humano sea la más horrible pesadilla que jamás podrá borrar de sus recuerdos. ¿Por qué tiene que sentirse culpable, oh, tan culpable ahora, cuando solo estaba siguiendo su naturaleza, haciendo aquello que está diseñado para hacer? ¿Por qué existiría una criatura con semejante capacidad de hacer mal, con semejante ansia por hacerlo, y la capacidad de sentirse atormentado una eternidad por cada minuto en que se ha rendido a ser lo que en el fondo es?

Le gustaría tanto que existiese una manera de gozar de Aaron sin destruirlo, si tan solo pudiese hacer que el chico disfrutase de su maldad, tomase todo lo que él tiene que ofrecerle, todo ese dolor y esa vileza que lleva dentro, y en vez de envenenarse al tragarlas, las hallase de una dulzura intoxicante… pero precisamente desea a Aaron por las mismas razones por las que el chico jamás podrá desear ese lado de él: porque es una criatura gentil y afable, un ser tan frágil como es puro, tan luminoso como es cálido. Tan hermoso, porque no ha sido corrompido aún, tan codiciado porque todos los seres que son como él quieren arruinarlo, no admirarlo.

—¿Por qué me hizo algo así? —pregunta una y otra vez el chico entre lloros.

Samuel ha dejado de acariciarlo, demasiado perdido en su mundo interior y en la irresoluble lucha entre lo que fue y en lo que se ha convertido.

—¿Por qué?

Pero Samuel no puede responder, no porque no tenga una respuesta, sino porque es tan simple que es cruel: porque quiso y pudo y, por lo tanto, no halló una razón por la cual no hacerlo. 

Lo ha destrozado solo porque le parecía divertido. Ahora se arrepiente y se odia por ello.

—Fue un monstruo…

Las palabras de Aaron salen de sus dulces labios con una honestidad y una inocencia que nada tiene que ver con un reproche, pero le llegan a Samuel de ese exacto modo: como si le estuviese echando en cara lo que es, lo que jamás eligió ser. Esa palabra. Monstruo. Se le clava en el corazón como un dardo venenoso.

Porque es horrible.

Pero, sobre todo, porque es verdad.

—Y lo sigo siendo —replica el vampiro, su respuesta es rápida y mordaz, como una dentellada al aire, y Aaron deja de llorar de inmediato, alerta y asustado porque los brazos del vampiro no se sienten ya como una burbujita segura, sino como los barrotes de una prisión—, así que cuida tus palabras.

Y Aaron las cuida tan bien que esa noche no vuelve a hablar. No se va a arriesgar a enfadar al vampiro, menos aun cuando sabe que lo ha irritado incluso si él solo estaba intentando aliviar un poco de su dolor llorando y expresándose, quizá más de la cuenta.

Samuel se levanta, molesto y casi tirando al chico de su regazo al suelo. Lo deja ahí, en el salón, pues sabe que llevarlo a la habitación sería encerrarlo de nuevo en el escenario de su asesinato. Durante esta noche, le trae comida una vez y lo lleva al baño otra, pero, sobre todo, lo evita.

Porque odia lo culpable que esos ojos le hacen sentir y esta vez sabe que no puede castigarle por ello.


 

CAPÍTULO 47

Samuel se despierta pronto y baja al salón. Se arrodilla en el suelo, mirando al pequeño humano que duerme en este, a los pies del sofá. Está enroscado en un ovillo, abrazando ese pequeño cojín que Jason le dio hace ya más de una semana; Aaron debe haber gateado o cojeado escaleras arriba durante la mañana, debe haberse armado de valor para abrir la puerta del dormitorio de Samuel y así poder adentrarse y recuperar ese pedazo de tela inútil para, luego, emprender un arduo camino de vuelta con su preciado cojín, ese que Samuel, muerto de celos, querría arrancarle de las manos cruelmente y reclamarle que es a él a quien tiene que buscar de ese modo. Pero no lo hace, sabe que no tiene derecho a hacerlo. ¿Por qué Aaron le buscaría para obtener consuelo en sus días plagados de pesadillas?

Desde que Aaron habló sus primeras palabras y él decidió confesar que hay suficiente humanidad en su interior como para no querer verlo morir de nuevo, han pasado ya varios días. Esos días han pasado de forma anodina y es que Samuel se siente todavía asustado ante la idea de intentar acercarse más al chico, pero se siente resentido por la distancia que tiene que poner entre ambos por el bien del pequeño. Después de que Aaron intentase suicidarse, Samuel fue frío y distante con él porque no conocía otra forma de controlarse, para alejar a Aaron de su crueldad y su sed de sangre.

Ahora Samuel está siendo frío y distante porque, incluso si sabe controlarse un poco mejor, lo que no sabe es cómo rellenar los huecos donde antes iban sus amenazas, su violencia, su hambre o su lujuria, con compasión, cariño y gentileza. Así que simplemente ha dejado que sigan vacíos.

Ha mandado al chico a seguir limpiando como pueda en su estado, frotando los suelos, por ejemplo, y así lo mantiene entretenido por las noches, rogando porque eso sea suficiente como para que no se dé cuenta de que lo ignora porque su cercanía lo asusta.

Le aterroriza tener a Aaron sobre su regazo, arrodillado a sus pies, sentado a su lado, pues en su interior crecen deseos oscuros que sabe controlar, pero también unos anhelos distintos -las ganas de sostenerlo cerca no para sentir su calor, el deseo por peinarlo y vestirlo cual muñequito, de picarle la nariz y pellizcarle las mejillas e inclinarse sobre sus labios y hacer algo para lo que una boca con colmillos no está hecha- y le aterran. Porque esos no sabe controlarlos.

Samuel baja de vez en cuando al primer piso, donde el chico limpia, duerme y come, y le trae sencillas comidas que hace en la cocina, solo cuando Aaron no está cerca como para verlo esmerándose en cocinarle algo. Aaron ya puede ir solo al baño de la planta baja, aunque sea gateando o arrastrándose cuando el dolor es demasiado, y toma largos baños en los que el vampiro a veces le escucha romperse y llorar.

Aaron parece ahora más tranquilo, no tiembla tanto cuando lo ve y no se le acelera tantísimo el corazón cuando escucha sus pasos firmes retumbar en su dirección. Aun así, a veces se encoge o se cubre cuando el vampiro pasa al lado suyo, como esperando ser pateado a un lado, o se paraliza si Samuel lo mira. El vampiro debe repetir dos veces cada una de sus preguntas, pues Aaron se altera tanto que no las oye la primera vez. Si hace movimientos bruscos y lo pilla desprevenido, el chico grita o se agarra fuerte la cabeza mientras dentro de ella los recuerdos lo fustigan una y otra vez.

Pero así como el chico parece un poco más sosegado, también parece deprimido. No llora y se revuelve como una alimaña agonizante, no, pero tampoco tiene energía para pasearse por la cara, para tararear dulces cancioncitas y, especialmente, no tiene fuerzas ni motivos para sonreír.

Samuel no para de pensar en el hecho de que Aaron pasó, desde la caída de la humanidad y hasta que él lo capturó, años totalmente solo ahí afuera. Tantos años sin nadie con quien compartir bonitos recuerdos o con quien cargar un mismo dolor con tal de hacer que pese menos. 

Incluso él, que es un vampiro y ha sido creado para cazar en solitario, para ser territorial y ahuyentar a sus iguales, para desafiar a los inferiores y huir de sus superiores con tal de ser la única criatura de semejante fortaleza en los alrededores, necesita de vez en cuando reconectar con Jason y Charlotte, dejar que una conversación estúpida le aclare la mente o quejarse por un largo rato y sencillamente ver que está siendo escuchado.

No puede imaginar cómo una criatura tan delicada como ese chico ha podido soportar un infierno así. Y ahora él sabe que está haciéndoselo vivir de nuevo, pues aunque ambos están juntos en esa enorme casa, las últimas noches no le ha dedicado más que alguna mirada dura y, con suerte, dos órdenes ladradas de forma autoritaria.

Su ira y su sadismo casi destruyen al chico antes, pero sabe que su indiferencia podría romperlo también.

Además, él echa en falta la compañía del humano. Los momentos bonitos y extraños que creó meses atrás con él y que tanto se dijo a él mismo que no significaban nada.

Así que hoy, cuando Aaron despierta, el vampiro se acuclilla a su lado y le acaricia la cara muy suavemente. Aaron restriega la carita contra sus dedos, aún adormilado y pensando que está soñando, alza sus manos y con cada una de ellas agarra uno de los dedos del vampiro y mueve su mano para que esta le dé más mimos aún en su mejilla.

Está tan desesperado por ser cuidado que Samuel siente una punzada en su corazón.

—Despierta, humano.

Aaron abre los ojos de par en par y mira primero al vampiro a la cara, como asegurándose de que esa voz no viene de su propia imaginación, y luego a la mano del vampiro, que él tiene agarrada como si ese hombre le perteneciese y no al revés.

Lo suelta de pronto y alza sus manos, como mostrándose inerme y vulnerable.

—¡Ah! Amo, perdón, ¡no quería!

Samuel lo toma en brazos de golpe, cortando sus palabras. Hace varios días que Aaron no es sostenido así, muchos más desde que fue acariciado por última vez.

—Señor, ¿a dónde vamos? —le pregunta con intenso nerviosismo, jugando con sus manos y tratando de regular su respiración—. ¿He hecho algo mal?

—Eres mío y, sin embargo, estas noches apenas he tenido un puñado de minutos en los que tu presencia me haya entretenido. Incluso con esa marca en tu cuello, pareces un humano salvaje que huye cuando me ve, en vez de reconocerme como tu amo, te encoges cuando me acerco, te resguardas en la planta baja mientras yo paso mis noches en la alta y hasta duermes alejado de tu propietario. —habla con seriedad.

No intenta regañar al chico, pero puede notarlo tensarse entre sus brazos, asustarse ante lo que cree que es un reproche y comportará un castigo, así que se muerde la lengua, castigándose por estar haciéndolo todo mal y rectifica con voz suave:

—Pero debo admitir que he sido yo quien no le ha dedicado demasiado tiempo estas noches a su pequeño humano. ¿No es así? Dejo que el trabajo me distraiga demasiado —miente y de pronto se siente profundamente ridículo por haber tenido que crear una excusa así para no confesarle al humano entre sus brazos que la razón por la que le ha despreciado con su indiferencia las pasadas noches es porque teme demasiado la clase de cosas que empieza a sentir por él—, así que a partir de ahora, vas a estar conmigo mientras trabajo. ¿Queda claro?

Aaron asiente, suspirando de alivio al ver que su amo no está enfadado con él, como habría podido pensar.

—Usa tus palabras.

—Sí, amo.

Aaron no puede evitar sentirse realmente contento cuando entra al despacho de su amo. Ama ese lugar que parece mágico, una cápsula del tiempo que conserva reliquias misteriosas del pasado y las mantiene expuestas como si de un museo de antigüedades se tratase. 

A los pocos minutos, Samuel está en su gran escritorio, leyendo, redactando y firmando varios documentos, y Aaron pensó que sería dejado en el suelo para arrodillarse a los pies del vampiro como un perrito faldero, pero Samuel lo ha sentado sobre su mesa, un poco a un lado para que no le moleste mientras apila documentos, pero cerca, como para poder tenerlo constantemente en su campo de visión y rozar muy sutilmente su piel cuando escribe con su pluma y ya casi llega al borde de la hoja.

Su amo no le ha asignado ninguna tarea más que quedarse ahí, hacer silencio y ser bonito, así que se dedica a balancear sus pies, que cuelgan sobre el suelo, y vagar por ese lugar con la mirada, maravillándose con los hermosos cuadros que tiene alrededor y tratando de aguzar la vista para distinguir los títulos de los libros que hay en la estantería del fondo o los objetos que contiene la vitrina que está en la pared de la puerta de entrada.

Samuel suspira pesarosamente, deja su pluma en la mesa y se frota los ojos con ambas manos, masajeándolos a conciencia. Luego pone el papel que estaba leyendo con escudriño a un lado y toma a Aaron de la cintura, deslizándolo hasta ponerlo en el centro de la mesa, justo en frente suyo. El chico enrojece de inmediato, agobiado por ser el centro de atención de pronto, y el vampiro solo se enternece por lo hermosas que son sus mejillas arreboladas y llenitas.

Aaron se siente agobiado por el silencio, pues nunca sabe qué será lo próximo que saldrá de los labios de su amo: una amenaza, un castigo por cumplirse o quizá una orden aterradora. Samuel sabe que debe decir algo y romper la tensión, pero no se le ocurre el qué hasta que recuerda lo mucho que a Aaron le gustaban sus cumplidos.

—Qué difícil resulta concentrarse en el trabajo con algo tan bonito cerca…

Aaron enrojece aún más, hasta notar su rostro caliente y saber que el color sonrosado le ha subido hasta las orejas.

—G-gracias, amo, siento distraerle… —responde en una voz débil y educada, pero aunque es agradable, el chico no sonríe ni se alegra. Más bien parece preocupado por si va a ser reprendido.

Samuel sabe que es su culpa que Aaron esté siempre alerta, así que apoya uno de sus antebrazos en la mesa, al lado de la pierna de Aaron, y lleva su otra mano a la rodilla del chico, donde lo acaricia muy suavemente para intentar relajarlo. En su lugar, escucha el corazón de Aaron disparándose.

—Creí que te gustaban las caricias y los halagos —susurra, su mano ascendiendo solo un poco, deleitándose en la ternura y la cremosidad de sus muslos sin ceder a la tentación de transformar ese acto inocente en algo más. Los dedos del vampiro suben y bajan por su piel, ahora erizada, y el chico siente cosquillas con cada viaje.

—Me gustan, señor, p-pero no me gusta el precio que tienen.

—¿El precio? —pregunta el hombre, ladeando la cabeza.

—Usted no me habla, ni me da caricias, ni me dice c-cosas amables porque le apetezca, y-ya me dejó muy claro que solo lo hace porque quiere algo a cambio, así que si… si me lo permite, mi amo, ¿puedo pedir que se detenga, por favor? No estoy listo para servirle de ese modo, n-no le podré compensar adecuadamente si sigue acariciándome y de verdad que no quiero ser desobediente.

Samuel no puede sino reír en respuesta. Una risa desenfadada, cálida y atractiva, de esas que le hacen tirar la cabeza hacia atrás, cerrar sus ojos y peinar con una mano los cabellos que han caído, desordenados, en su frente a causa de las carcajadas. Aaron no sabe qué ha hecho, pero le gusta saber que ha hecho algo bien.

Samuel halla sumamente tierna la forma de hablarle del muchacho: esforzándose tantísimo por controlar esa parte de él que suplica por cariño y atención y, en su lugar, mostrándose decorosamente preocupado por ser un buen chico.

Aaron es tan perfecto. No entiende por qué lo ha atormentado tanto.

No podrá perdonárselo nunca y eso hace que la risa muera amargamente en sus labios.

—Te mentí. Sí que te acaricio y te hablo porque me apetece. Me gusta sentir que te relajas en mis manos, que te gusta ser mimado. Y me gusta tu voz, escuchar las cosas que tienes en esa cabecita.

Aaron se muerde el labio con fuerza. Esas palabras se sienten como una manta envolviéndolo y manteniéndolo tan cálido y cómodo. Un hormigueo agradable le recorre desde la nuca hasta su tripita y se recrimina mentalmente porque las palabras del vampiro no deberían hacerle sentir tan bien, pero no puede parar de recrearse en lo dulce que suena aquello que lleva años anhelando escuchar.

Que alguien quiere hacerle sentir escuchado. Mimado. 

Importante.

Aaron niega con la cabeza <<No puedo ser ingenuo. Estoy demasiado manchado y corrompido como para permitirme ser tan estúpidamente inocente.>>

—Eso no es cierto, señor…

—¿Me llamas mentiroso? —rebate el vampiro alzando una ceja, con tono juguetón. Aun así, la acusación asusta un poco al humano, que traga saliva.

Samuel manipula al chico, acercándolo más al centro de la mesa y deslizándolo hacia él. Una mano reposa en su muslo, la otra ha rebasado ya el límite de la camiseta y le acaricia la espalda baja, donde el chico tiene unos encantadores hoyuelos.

—Usted mismo acaba de admitir que me mintió. —rebate, aunque apenas tiene voz.

—Pero ahora estoy siendo sincero, igual que estoy tratando de ser paciente contigo y cuidadoso, ¿no es así? 

—Sí, señor —se ve forzado a admitir, porque incluso si Samuel es el mismo demonio que lo mutiló y lo deshonró de las peores formas por un pequeño error, también es el hombre que le habla firme y dulce al oído cuando necesita estabilidad y no puede negar que, tras haber recibido tantísimos de sus golpes, agradece el doble las caricias—. P-pero estos días apenas lo he visto y ahora que me está prestando más atención, me asusta que sea para hacerme algo malo. 

Samuel suspira. Le colma la paciencia esmerarse tanto en ser paciente y comprensivo por Aaron y que sus esfuerzos sean ignorados o vistos con escepticismo por el chico, pero, al mismo tiempo, sabe que esa desconfianza es algo que él ha construido. Aaron no le trataba así al principio, pues el chico se mostraba leal y devoto, siempre pensando lo mejor de los demás hasta que Samuel le demostró por qué era mala idea.

—¿Estoy haciendo algo malo? —pregunta, sus caricias lentas, su voz ronca.

—No, señor —confiesa muy educadamente y luego un escalofrío lo recorre un instante antes de añadir:—, ahora no.

—¿Quieres que siga acariciándote y hablándote?

Aaron titubea un poco. Quiere ser tratado como un ser humano, sí, pero…

—No quiero tener que pagar por ello…

—No es eso lo que te he preguntado —corrige Samuel, es firme en su forma de hablar, pero amable, como quien reconduce a un animal terco, pero todavía joven y confundido—. ¿Quieres que siga hablándote, acariciándote y siendo amable?

—Sí, señor —baja su vista y su cabeza hacia su regazo, donde juega nerviosamente con sus manos—. Por favor.

Samuel sonríe y alza la mano que tenía sobre el muslo del chico hacia su mejilla con la palma ahuecada, lista para que ahí encaje el rostro más bonito que ha visto jamás.

—Buen chico.

Samuel puede ver cómo el chico prácticamente se derrite ante su halago, volviéndose más y más necesitado, inclinándose hacia sus manos, hambriento de su tacto, arqueando sus cejas de una forma adorable, como si estuviese molesto porque esas dos palabras han dejado de sonar y él quiere oírlas de nuevo.

—Eres tan bueno, Aaron… —el chico gimotea bajito. Su nombre en esos labios suena tan perfecto que casi puede sentir los labios besando cada letra de su ser con la suavidad de la seda—, tan perfecto… —susurra acercándose, bañándolo más y más en cumplidos, haciendo que se sienta extasiado por ese placer culposo que son cada uno de sus gestos y palabras amables —, no te haré sufrir de nuevo.

El chico asiente, como queriendo reafirmar la realidad de esa frase. Volverla cierta si cree en ella con muchas fuerzas. Sin querer, rompe en un sollozo y continúa restregándose contra la palma de Samuel mientras habla.

—Cuando… cuando estaba ahí afuera a veces me decía cosas a mí mismo. Me decía "buen trabajo" o "Lo has hecho genial” y fingía que era otra persona quien me hablaba y se sentía bien —el chico suelta algo a medio camino entre una risa y un suspiro, un sonido corto lleno de vergüenza, pues se siente ridículo—. Pensé que era suficiente con eso, pero… pero no lo es. Cuando usted me dice algo amable, se siente mucho, mucho mejor. ¿Me promete que seguirá siendo amable y que cuando me cure no volverá a ser como antes, por favor? ¿Por favor?

Samuel siente un pinchazo en su pecho, uno profundo y agónico que hace todas las heridas de lanza que se le infligieron cruelmente cuando era humano palidecer en comparación. El metal penetrando la piel no es nada en comparación a lo que la ternura de Aaron le hace a su podrido corazón.

—Claro que sí, mi cosita dulce. —responde con la voz más sedosa que puede y por un momento siente nervios, pues no sabe si ha prometido algo que pueda cumplir.

Le aterra demasiado la idea de que su peor parte gane y reclame el lugar en el trono que ha tenido por cientos de años, dominando sobre todas y cada una de sus acciones, pero tiene que intentarlo <<Y conseguirlo. Tengo que conseguir ser mejor. Por él.>>

Aaron rompe a llorar acto seguido, de una forma desgarradora. Por un momento, Samuel incluso teme que el humano haya podido leer la inseguridad en su rostro.

—No le creo, no puedo —farfulla, empezando a sonar histérico y demasiado nervioso, negando con la cabeza sin parar—. ¿Por qué está haciendo esto? —grita, desesperado, los ojos rojos del llanto y sus manos tomando las del vampiro por las muñecas y por los dedos y empujándolas delicadamente para arrancarse esas caricias que tanto le consuelan—. ¿Por qué le importaría yo, si soy solo comida para usted? Comida y un objeto para usar. ¿Por qué sería amable con un objeto? ¿Por qué se ríe de mí?

Cuanto más intenta consolarlo Samuel con sus manos tomándole las mejillas o rodeándole la cintura o asiéndolo muy suavemente de las muñecas, más lucha Aaron por zafarse de ese gentil contacto; no pelea con fuerza, pues teme demasiado ser castigado, y Samuel tampoco insiste con firmeza, pues no quiere hacer pensar al chico que será herido.

—No eres nada de eso —dice al final, rindiéndose y manteniendo sus manos para sí mismo: a los lados de Aaron, pero sobre la mesa y sin tocarlo en absoluto mientras solloza—. Eres amable, porque incluso si soy un monstruo, has sido sensible conmigo, has intentado ser mi amigo, hacerme sentir bien. —explica el hombre con un tono de vergüenza en su voz, pues sabe que Aaron es perfecto, una cosita preciosa y llena de candor que no merecía ninguna de las cosas que le hizo y decirlo en alto no hace más que recordarle todos y cada uno de los castigos injustos y crueles que propinó.

Todas esas veces que manchó de sangre un alma tan pura y blanca como una perla.

—Eres interesante, cada vez que he hablado contigo siempre me has dicho algo fascinante, siempre te has expresado de una forma tan inteligente… —ahora Samuel sonríe y lanza una rápida mirada a sus cuadros, aquellos llenos de un amor que se dijo que jamás comprendería y que jamás necesitaría tampoco.

Recuerda a Aaron desarmándolo con palabras cuando debatieron al respecto, lo fieramente que hablaba, tan lleno de ideas y energía, listo para expresarse de una forma tan increíble que Samuel lo habría escuchado por mil años.

—Y eres valiente, porque has pasado por mucho más de lo que otros son capaces de tomar —su voz se ensombrece y Aaron deja de llorar a esta altura, su vista clavada en el suelo, pareciendo demasiado ausente por un instante—. Eres gracioso y demasiado tierno a veces, eres tan compasivo que me consolaste cuando me viste llorar aquella vez, incluso si no soy capaz de secar tus lágrimas nunca, solo de causarlas. Eres la persona más p-

Algo cambia en Aaron de pronto, su calma explota en una terrible tormenta: el chico da un puñetazo a la mesa mientras grita y luego sus palabras y sus lágrimas lo inundan todo: 

—¡No! no soy una persona, ni siquiera tengo un nombre ya, solo valgo para ser utilizado, por eso cuando usted me estaba usando me corrí, me lo dijo y le dije que no, pero tenía razón, mi cuerpo ha reconocido que ya no soy una persona, que no tengo derecho a decir que no, que solo soy un estúpido juguete, me gané aquel castigo, si solo hubiese mantenido la boca cerrada, si no hubiese hablado, si no le hubiese pedido que fuese amable conmigo como si me lo mereciese, como si tuviese derecho a sentirme bien… no lo tengo, solo soy una cosa, soy una cosa… ni siquiera tengo derecho a morirme, porque usted quiere seguirme utilizando, no tengo derecho a acabar con mi vida hasta que usted se canse de mí y me deseche y-

Samuel siente que pierde la cordura, que cada palabra de Aaron es un martillazo que clava más y más hondo las espinas que tiene en el corazón, haciendo que cada latido le haga doler y sangrar. No puede soportar a Aaron hablando con tanto veneno en sus palabras, hablando así de él.

Escupe palabras ácidas con bilis como si se odiase. Y Samuel ha querido herirlo y matarlo, ha querido destruirlo, pero jamás le ha odiado. Jamás.

La idea de que el chico se deteste de ese modo cuando antes era incapaz de sentimientos tan podridos le horroriza.

Debe pararlo. Así que lo hace:

¡Cállate! 

Tan pronto usa su voz de mando, suceden dos cosas: Aaron cierra la boca de inmediato, se lleva sus manos a los labios como queriendo despegarlos y, horrorizado, descubre que aunque lo haga no puede hablar, pues el vampiro no lo desea y su cuerpo solo obedece a un amo.

La segunda cosa es que Samuel se arrepiente terriblemente.

—¡No, mierda! —da un golpe en la mesa, frustrado y decepcionado consigo mismo. Aaron se asusta y da un repullo, tan nervioso que su corazón aletea como un colibrí—. Aaron, no quería usar la voz de mando, yo... Ah, joder. Escúchame. No es verdad, nada de lo que dices es verdad y lo sé porque he sido yo quien ha metido esas ideas de mierda en tu cabeza y te aseguro que ninguna de ellas es cierta. Te he tratado como un objeto y me arrepiento, me arrepentiré toda la eternidad, pero no es eso lo que eres. No es tu culpa lo que pasó aquella noche, Aaron, dulzura, no lo es. Te confundí, te usé, te emborraché y te dejé en manos de la criatura más cruel que he conocido jamás. Estabas tan asustado y, a pesar de que todo fue mi culpa, viniste a mí a por consuelo y a por ayuda porque fuiste capaz de ver algo bueno en mí y yo… yo te castigué por ello. Porque soy un cobarde y me da vergüenza admitir que puede importarme algo tan frágil como tú. No fue tu culpa, te lo prometo, no hiciste nada malo. Fui tan injusto contigo… Hice de tu cabeza un lío y no fui mejor con tu cuerpo, te hice sentir placer cuando estabas humillado, te entrené de forma dolorosa para que reaccionaras a mis deseos, no a los tuyos. Te corriste porque te obligué a ello, de un modo u otro, no porque te gustase, no porque merecieras ese castigo. No quiero que vuelvas a decir esas cosas nunca más, ¿de acuerdo? Y yo tampoco te las diré de nuevo. 

Al inicio Aaron no escucha. Está demasiado alterado por la manera absoluta en la que la voz de mando lo ha amordazado, demostrándole cuán fácil es convertirlo en una marioneta cuya voluntad importa tan poco como si no existiese.

Pero entonces la voz de Samuel se quiebra y le habla con un tono que sus labios conocen demasiado bien: el de una súplica. Samuel le está suplicando que le escuche, que le crea

Sus palabras suenan muy lógicas y certeras, son cosas que Aaron creía antes de caer en sus manos: que él es solo una víctima y cualquier horror que le depare por culpa del apetito de esos demonios colmilludos es algo que jamás habría pedido, jamás habría merecido. Pero el chico que pensaba así ya no existe, ese Aaron fue roto en mil pedazos y los trocitos de él que quedan se han unido como han podido. Algunas cosas se han perdido para siempre, reducidas a polvo, y otras han cambiado hasta quedar irreconocibles, entre ellas, su forma de pensar y sentir. 

Escuchar a Samuel intentar convencerlo de que él no se ganó aquellos castigos, de que no los disfrutó, le hace sentir nostalgia por ese joven de mirada brillosa que no habría dudado ni un segundo en decir que es una locura pensar que un humano es culpable por las acciones de su verdugo inmortal. Pero Aaron ha cambiado y siente que se ha vuelto loco, lo suficiente como para desear creer a Samuel, pero sentir que hacerlo será un proceso largo y difícil, si es que alguna vez lo consigue.

Samuel se siente preocupado por el silencio del humano, pero le alivia ver que no está llorando ni manoteándolo ya, sino que solo está sentado muy quieto, pensativo. Se inclina despacio hacia él y besa su frente con cariño.

—No quería usar la voz en ti, perdona —susurra y acerca un poco más sus manos, tanteando para ver si Aaron se siente cómodo para ser tocado de nuevo o no—. El lazo me hace sentir más volátil y, si alguien intenta herirte, aunque sea con palabras, tira de mí con mucha fuerza, hace que muestre los dientes, incluso si eres tú quien está siendo cruel contigo mismo —Samuel siente esa misma fuerza inexplicable ahora haciéndole arder las manos y los labios como si el infierno estuviese en ellos y solo pudiese hallar su bendito alivio en la piel de Aaron. Se acerca más, con sus manos rozando los muslos del chico, su boca casi tocando esa hermosa marca nacarada que quiere lamer y probar sin parar, deleitándose en el sabor dulzón de la posesividad consumada—. Así que te pido que no vuelvas a ser tan cruel contigo mismo nunca más. 

Su tono es ronco, amenazante. Aaron tiembla ligeramente y Samuel sabe que si sucumbe a sus deseos -tumbar a Aaron sobre el escritorio y enseñarle una lección, hundir sus dientes en esa marca hermosa, sus manos en su cintura, su sexo en su flor deshojada- nada bueno saldrá de ello.

Así que se aleja de golpe y se levanta.

—Iré a por un pañuelo para ti. —comenta, apartando la vista.

No puede mirar a Aaron y ver ante sí esa cosita dócil y adorable que asiente ante cada orden que da. No puede convertir aquello que debe proteger en una irresistible tentación que lo lleva a ser más rudo de lo que debería.

Así que se marcha de su despacho y, antes de ir a por el pañuelo, entra en el baño, se apoya en el salpicadero y se muerde la lengua tan fuerte que ve la mitad de esta caer en la blanca pica con un sonido húmedo y junto a un copioso chorro de sangre oscura.

Como es obvio, la lengua de Samuel vuelve a crecerle apenas minutos después de habérsela seccionado con sus propios dientes, pero el dolor que experimenta durante el proceso es suficiente para distraerlo de sus pensamientos pecaminosos y para aplacar un poco sus deseos.

Cuando ha terminado, se peina frente al espejo, limpia la sangre de sus comisuras, toma un pañuelo bordado color crema y vuelve a su despacho.

Debe reconocer que ha tardado un buen rato, quizá media hora en total, así que había asumido que sería tiempo suficiente para que el muchacho se calmase. Lo que no esperaba era entrar y hallarlo no en la mesa, sino en el suelo, delante de sus cuadros, mirándolos con atentos ojos rojos, pero no llorosos.

Cuando Aaron lo escucha entrar, mira con preocupación la mesa y trata de ponerse de rodillas para "andar" hacia ella como pueda en sus circunstancias, pero Samuel le detiene con un gesto de manos y se acerca hacia él con paso tranquilo.

Se agacha para recoger a Aaron del suelo, tomándolo entre sus brazos con delicadeza y sin dificultad alguna para alzarlo. Le tiende el pañuelo y el humano se seca las lágrimas, todavía manteniendo su vista en los cuadros que tanto lo hechizan.

Samuel tiene obras por toda la casa, pero las demás le causan rechazo. Son dantescas, todas ellas podridas de muerte y manchadas de sangre, como un portal a los deseos más aberrantes del vampiro, y Aaron no tiene ningún interés en saber nada más de esa parte de él.

Los cuadros de su despacho, sin embargo, parecen ventanas a otra parte de él. Más profunda y escondida con esmero, guardada bajo llave porque contiene algo frágil.

—¿Te gusta la pintura? —pregunta Samuel de pronto, aclarándose la garganta después.

—Me gusta mucho este lugar —confiesa, jugando con sus dedos—. Me gusta el arte en general y son muy hermosas las obras que tiene aquí.

—Podrás verlas cada día mientras trabajo, si lo deseas.

—Muchas gracias, señor.

—¿Cuál es tu favorita?

Aaron se sorprende gratamente por la pregunta y hasta su cabeza parece erguirse de una forma tierna y faunesca, como cuando uno llama a su mascota y se le alzan las orejas al escuchar su nombre.

Hace años que nadie se interesa por sus opiniones, así que había dejado de pensar en ellas tiempo atrás hasta casi olvidarlas, por eso tarda un largo rato en responder.

—Esta me llama mucho la atención.

Aaron señala con el dedo un cuadro de dos personas sobre un fondo azul hermoso, ambas besándose o al menos intentándolo, pues sus rostros están cubiertos por un denso velo húmedo que no deja sino entrever algunas de las líneas de su perfil.

—¿Los amantes? —pregunta Samuel y Aaron asiente, asume que ese debe ser el nombre correcto de la obra, pues es bastante descriptivo—. Recuerdo que me fascinó muchísimo al verlo. Un cuadro de dos personas besándose ya habría suscitado muchas interpretaciones: la gente teorizaría sobre si es un beso de despedida o el inicio de algo apasionado, sobre si son dos novios o solo amantes, sobre qué siente cada uno… y lo harían basándose en cada pequeño gesto y expresión de los rostros de los personajes. Pero cubrir completamente sus rostros es una idea tan arriesgada y buena. Tienes que imaginar lo que hay bajo el velo para interpretar. ¿Tú qué piensas? ¿Qué significa que tengan el rostro cubierto?

Aaron traga saliva. Samuel le está hablando con semejante calma, su tono es relajado, sus palabras contemplativas. Durante estos momentos, no son amo y esclavo, solo dos jóvenes que admiran una obra en un museo y que se ponen a charlar animadamente de ello.

Aaron imagina que el mundo jamás acabó, que Samuel no es un vampiro y que ambos se conocen así, en un museo. Imagina a Samuel pidiéndole su número después de conversar o invitándolo a un café -’’prefiero un chocolate caliente” le habría respondido él y Samuel habría accedido con una sonrisa.

<<Las cosas podrían haber sido tan sencillas>>

—Me parece algo triste, señor… El velo me hace pensar en un amor imposible, no porque algo externo los separe, como su familia o su clase económica o algo similar. Tienen esa tela tan pegada a sus rostros como una segunda piel, lo que los separa es parte de ellos. Intentan besarse porque hay pasión, pero es una pasión ciega: no saben verse de veras el uno al otro, no saben reconocer como de verdad son. ¿De qué sirve el amor si no conoces a la otra persona: lo que necesita, lo que le gusta, lo que es? Quizá son incompatibles y aun así lo intentan una y otra vez porque no quieren aceptar que hay algo que los separa.

<<Además, imagina besar a alguien con algo que te cubra la boca: sería un beso superficial, torpe, insatisfactorio. Siento que así es la relación de ambos, que intentan unirse de forma íntima, como en un beso, pero no se dejan entre ellos llegar al corazón el uno del otro. Hay algo que tienen que ocultar, algo que les da vergüenza o miedo que el otro vea, algo que les hace sentir vulnerables o quizá algo que les hace sentir mal, culpables, inmerecedores de amor… lo que sea, pero hay algo que les hace levantar una barrera para protegerse, porque el velo protege su identidad, pero a la vez eso obstaculiza su amor.

<<El amor es algo íntimo y profundo, como un beso, es imposible intentar amar de una forma segura, distante. No sirve de nada que le des tu corazón a alguien, pero no le permitas desenvolverlo y ver lo que hay dentro. Es arriesgado, sí, pero pienso que el amor no es para cobardes.>>

Aaron termina de hablar y acto seguido abre enormemente los ojos: <<¿He dicho yo todo eso? Maldita sea, ¿por qué no sé cerrar la boca?>>. El pánico y el bochorno lo invaden por un momento y su cara termina totalmente roja.

Piensa que Samuel se reirá de él o, peor aún, se molestará por su parloteo incesante que tanto tiempo le ha robado, pero en su lugar el vampiro lo mira con grandes ojos, el rojo en ellos brillando de una forma tan bonita que, más que escarlata, luce un poco violáceo, como si quisiera tornarse rosado y suave, un color inofensivo lleno de adoración. Samuel tiene la boca entreabierta y las comisuras curvadas en una tenue sonrisa de admiración.

Vuelve sus ojos hacia el cuadro, como si lo viese por primera vez.

—Nunca lo había pensado así.

—¿Cómo lo había pensado usted, amo?

Samuel suspira.

—Siempre imaginé que eran dos amantes ya muertos, dos fantasmas que ya no tienen carne bajo su ropa como para poder tocarse ni besarse de nuevo, dos almas que habían pasado cientos de años lamentándose por no poderse haber dado un último beso y que decidían hacer funcionar lo imposible: se cubrían de telas para poder tocarse, de un modo u otro, de nuevo. Me parecía interesante pensar en un amor que se niega a morir.

Aaron es quien abre la boca ahora y la idea le resulta tan hermosa, que incluso le sorprende que sea su amo quien la articula. ¿Cómo es posible que un pensamiento tan esperanzador y sensible haya florecido en ese suelo estéril y lleno de sangre y cenizas que es la mente de Samuel, donde las únicas cosas que viven son aquellas destinadas a ser asesinadas de forma grotesca y todo brillo existe solo para extinguirse?

—Quizá… quizá son dos personas que se quieren mucho, pero son malas la una para la otra, tienen labios que son veneno para la persona a la que más quieren y por eso se besan de ese modo, porque no quieren renunciar a amarse, pero tampoco quieren aceptar herirse.

Samuel esboza una sonrisa ladina en su rostro y añade:

—Quizá no es veneno lo que uno tiene en la boca, sino colmillos.

Aaron se queda callado de pronto. Samuel ha dicho eso con un tono agridulce, amable, sí, pero lleno de una extraña melancolía que hace que el pecho de Aaron duela, como si con sus palabras Samuel dejase al descubierto una laceración sangrante y agónica que lleva años cubriendo y Aaron, al ver al pobre vampiro tan herido, no pudiese sino ayudarle a cargar ese dolor. Le gustaría no ser tan compasivo a veces, pero compasión es precisamente lo que pide de su amo y este está aprendiendo a dársela. No es capaz de ser él tan cruel como para retirársela ahora.

Así que se aprieta un poco contra el pecho del hombre que lo sostiene en brazos y pone una de sus pequeñas manos justo encima de dónde debería estar su corazón, como si la suavidad de su palma pudiese, por arte de magia, absorber a través de la piel el sufrimiento que ahí parece habitar.

No nota el corazón del vampiro latir y se siente ridículo de pronto. <<Habla como si su corazón funcionase igual que el mío: como si latiese y también amase y sufriese. Si no hace una cosa, ¿por qué he sido tan estúpido de pensar que haría las otras?>>

Aaron retira su mano de pronto y decide romper la tensión con la primera tontería que se le pasa por la cabeza.

—Quizá el pintor no sabía cómo dibujar caras.

Samuel ríe de pronto, sorprendido por el desenfadado comentario del chico, y Aaron no entiende por qué, pero la risa del vampiro se le contagia de pronto y se ríe suavemente unos minutos.

Es la primera vez que Samuel lo ve reír así y se queda boquiabierto, impresionado porque algo tan bello como ese chico siendo feliz pueda existir. Su sufrimiento era exquisito, pero ¿su alegría? Samuel ha aprendido mil lenguas con el paso de los años, idiomas hablados con sonidos que los humanos de hoy en día no tienen la anatomía para producir, ha conocido expresiones cuyo sentido murió con el pasar de los años, ha aprendido a hablar de cosas que solo existen gracias a palabras que les dan realidad y, aun así, no halla en ninguna lengua los términos adecuados para que encierren lo hermoso y perfecto que es Aaron cuando está contento.

Por un instante, siente la tentación de hacerle cosquillas solo para obligarlo a reír más y más para él, pero se contiene. La vergüenza lo invade, pues de nuevo ha pensado primero en forzar al chico a darle lo que desea que en sencillamente hacerle sentir cómodo y feliz como para que siempre haya una sonrisa en sus labios.

Samuel cierra los ojos mientras lo escucha reír <<No quiero estropear su hermosa sonrisa con las lágrimas que se me acumulan en los ojos>>

—Señor, ¿qué sucede con ese cuadro? —pregunta tímidamente Aaron, tirando de la solapa de la camisa de su amo y señalando con el dedo el único cuadro que no tiene el privilegio de colgar de la pared—. Siempre está al revés. Nunca lo he visto.

Samuel parece ponerse una máscara, pues todas sus expresiones fascinadas, risueñas o tranquilas de antes se borran y lo que ocupa su rostro ahora es algo totalmente frío e inexpresivo como la piedra.

—Es solo basura.

—¿Por qué no lo tira? —Aaron tuerce la cabeza y la pregunta sale tan inocentemente de sus labios que no espera que Samuel lo aprieta fuerte entre sus dedos por un momento, como si le hubiesen dado un pinchazo doloroso que lo haga tensarse.

El vampiro mira a otro lado y vuelve a llevar a Aaron a la mesa donde antes lo había sentado.

—Es basura antigua y me recuerda a mi hogar.

Aaron observa a su amo con curiosidad. Su voz es monótona y parece hasta aburrida, pero aun así logra despertar su interés.

El chico balancea sus piernas sobre el suelo mientras está sentado en la mesa, mira hacia abajo y, con voz muy queda, se atreve a preguntar un poco más, pues su amo no luce irritado, solo taciturno:

—¿Cómo era su hogar cuando era humano? ¿Cómo era su vida?

Samuel se sienta en su silla y alza su vista hacia Aaron. Sus ojos chocan por una fracción de segundo y Aaron está seguro de que será abofeteado cuando Samuel alza su mano. En lugar de eso, lo toma por la barbilla y le hace bajar la vista con un gesto suave, pero firme.

Aaron da un repullo cuando la voz de Samuel interrumpe el tenso silencio. Suena oscura y pesada, palabras hechas de hierro:

—Vivía en un palacio, era hijo de un rey. —Aaron abre los ojos, asombrado. 

Samuel es solo su amo y lo único que de él sabe es que debe obedecerle y respetarle, nada más. ¿Por qué le sería proveída más información que el nombre y la autoridad de su propietario? Pero ahora suena tan delicado y honesto, abriéndose para él, dándole un pedazo de información que otros considerarían intrascendente, pero que Aaron sabe que Samuel atesora porque ha estado llevándola entre sus dientes con fuerza desde que lo conoció, como un perro de fuertes mandíbulas y afilados colmillos protegiendo aquello que le pertenece, aquello que se niega a entregarle a alguien más: su pasado o, incluso, su presente. La respuesta a la pregunta de quién es, más allá de su demonio.  

Le gusta saber ese poquito de la vida de Samuel, le gusta porque es algo que le habría dicho alguien que quisiera conversar con él, un amigo o un amante o sencillamente un extraño amigable. Alguien que lo ve como una persona.

Samuel, para su sorpresa, sigue hablando.

—Pero mi hogar estaba en otro lugar, en una posada a los límites del pueblo, era el lugar a donde iba cuando quería poder ser yo mismo un rato. El único lugar donde fui feliz alguna vez.

Las palabras de Samuel suenan tan alegres al inicio, bañadas por la luminosidad de cálidos recuerdos y, de pronto, pareciera que una nube negra de tristeza las opaca, haciendo que sus últimas palabras suenen terriblemente tormentosas.

Aaron siente su corazón llorar en sintonía con el de Samuel. Él también sabe lo que es ser infeliz, sabe cómo arden las palabras en la boca cuando no tienes a nadie a quien contárselas: es el mismo escozor que el de las lágrimas que llevan horas siendo aguantadas, el dolor de un grito atravesando la garganta, pero no los labios.

Samuel le ha hecho cosas horribles y Aaron sabe que no puede perdonar ni olvidar, pero mientras habla, se le antoja tan distinto este hombre a su amo. Este hombre que le comparte pedacitos vulnerables de su vida como quien parte una tierna hogaza de pan y alimenta a sus amigos, este hombre que lo sostiene cerca y suave y le habla con cuidado como para no asustarlo… ¿Qué tiene este hombre en común con la bestia que lo despojó de su nombre, de su libertad, de su ropa, de su dignidad? Aaron quiere pensar que en ese cuerpo habitan un ángel y un demonio y que ambos luchan por el control, de modo que a veces gana uno y otras, otro, porque así le resultaría tan, oh, tan fácil detestar a uno, pero hallar consuelo en el otro. 

Pero la verdad es más complicada. Samuel es el mismo que era cuando lo despojó de la poca esperanza que le quedaba y las mismas manos que lo sostuvieron quieto lo acarician ahora, la misma voz que lo forzó a correrse para humillarlo mientras lo ultrajaba, le confía ahora tiernos secretos. La persona que lo atormenta en sus pesadillas y que lo tranquiliza en sus sueños, es la misma.

Así que no sabe qué sentir, más que un anhelo venenoso por Samuel. Por saber más de él, por tener más de su voz y su paciencia y sus secretos y sus caricias y… todo lo que sea de él, excepto de sus más oscuros deseos.

—¿No era feliz en palacio, señor? ¿No tenía una buena familia? —pregunta, mordiéndose la lengua porque se dice que es mejor que no sepa más, que rompa ya la extraña conexión que siente que se forma entre ambos.

Pero lleva tanto tiempo esperando conectar con alguien. Con quien sea.

—El rey era tan estricto de gobernante como lo era de padre —explica Samuel con una pequeña risa irónica burbujeando en sus labios como veneno—. El pueblo lo odiaba a rabiar y yo más incluso. —Aaron baja su cabeza con tristeza.

Samuel es poderoso, sin duda, pero piensa en las personas que le rodean y le cuesta mucho encontrar en ellas a personas que de verdad lo amen, más allá de que lo teman o lo respeten. Piensa en lo triste que es que ni siendo humano lograse hallar cariño y afecto de lo que es, para muchos, la primera fuente de amor que tienen y aquella que es más pura.

Le rompe el corazón imaginar a un joven Samuel, todavía sin corromper por sus deseos, siendo dañado tan profundamente por la indiferencia o la ira de un padre malvado hasta el punto de que cientos, miles de años después, un demonio como él siga notando las heridas que le hicieron en el corazón cuando apenas era un dulce niño.

—De mis hermanos pequeños jamás logré encariñarme, me alejé todo lo que pude, no quería volver a entristecerme tanto como cuando mi madre murió.

El corazón de Aaron da un vuelco y alza sus ojos de nuevo, cargado de una valentía que jamás supo que poseía. Samuel no sabe por qué le cuenta todo esto, así como tampoco sabe por qué le permite al chico mirarle a los ojos mientras susurra un débil:

—Lo siento mucho, yo también echo de menos a mi madre cada día.

Samuel es ahora quien baja la vista, sus ojos rehuyendo esa compasión tan cándida y bondadosa. No la merece, incluso si su dolor ruega por ser aliviado por tan suaves palabras.

<<Soy yo quien debería curarle a él, no al revés. Él merece que le haga sentir bien, yo sin embargo…>> Samuel se decide a dejar de hablar del tema, porque no merece el alivio de compartir su carga con nadie más, pero entonces el chico sigue pidiéndole información y ¿cómo va él a negarle algo a ese ángel de ojitos azules?

—¿Qué le pasó?

—Lo mismo que a mí —suelta de pronto, escupiendo sus palabras, dejando que el veneno que lleva años en su interior salga sin siquiera tornarse un pensamiento antes, sin pedir permiso a sus labios antes de atravesarlos—. Que a mis hermanos —continúa, con el rostro deformado de ira, las manos agarrotadas sobre la mesa, a los lados del cuerpo de Aaron—. Que a mi pueblo —añade y Aaron puede ver cómo los colmillos crecen, los ojos reluciendo de la ira y las uñas de Samuel tornándose garras que destrozan la madera del escritorio—: mi padre pasó.  El médico le dijo que mi madre no podría tener más hijos después del último, su útero estaba destrozado de tanto parir hijos para el rey y él no vio más motivos para seguir teniendo a una mujer. Me hizo llamar a la sala de partos mientras ella aún estaba desnuda, sangrando, con las piernas abiertas y la herida en ellas igual, porque le dijo al médico que no se molestase en coserla. Me tuvieron que aguantar más de cinco guardias reales mientras él la ahogaba en un cubo de su sangre. Bastardo enfermo.

El estómago de Aaron se revuelve y pronto sus ojos se llenan de lágrimas. Samuel ya no es Samuel, ni su amo, sino un pequeño Sami teniendo que enfrentar una tragedia tan grotesca, un niño que lucha con uñas y dientes y no es suficientemente fuerte como para hacer que el mundo pare por un instante y le dé una oportunidad para arreglar todo lo malo que está por suceder.

Su pecho se oprime porque Samuel es horrible, sí, pero también le han sucedido cosas horribles cuando no las merecía y Aaron no puede parar de preguntarse: "¿Y si esta es su forma de sobrevivir? ¿Y si convertir tus pesadillas en deseos es la única manera de lograr que no te atormenten? 

—Lo siento, l-lo siento mucho, señor, es tan cruel, siento mucho que usted tuviese que…

—¿Por qué? Deberías alegrarte de saber que quien te ha hecho sufrir también ha recibido de su propia medicina, ¿no es así? —pregunta con ironía, pero un deje de seriedad. Necesita que Aaron deje de compadecerlo, que deje de tratarlo como a un humano en vez de un monstruo, necesita que lo odie, pues es lo que merece, y por cada segundo en que no recibe su desprecio como castigo, la culpa lo ahoga.

Pero Aaron no le debe nada, ni siquiera ser su verdugo si él merece ser ejecutado. Así que el chico le da lo único que tiene: su amabilidad, su compasión, su consuelo. Y Samuel lo toma porque lo necesita, aunque no lo merezca.

—No soy como usted, amo —dice con infinita delicadeza y sigue hablando con una voz fina que poco a poco se rompe, mientras silenciosas lágrimas caen por su rostro—, no deseo causar sufrimiento, no me alivia, ni me causa ningún placer. No me importa la venganza, solo quiero… Paz —musita y la palabra parece tan prohibida en sus labios como un no. Vive en una constante guerra consigo mismo, apenas puede recordar el sosiego propio de una tarde jugando a videojuegos con sus amigos, la felicidad de esas memorias le resulta algo tan ajeno, tan incomprensible, que el recuerdo se torna borroso como una imagen hecha de arena que se le escurre entre las manos. Sabe que no puede volver a eso, pero daría cualquier cosa por una pequeñísima parte de esa paz—. Quiero dejar todo este dolor atrás. No me hace feliz saber que usted también sintió un dolor horrible, amo, usted era solo un niño y quería salvar a su madre. Yo también sé lo que es sufrir —se muerde el labio, solloza y con apenas voz, acaba su frase:—, usted me lo ha enseñado.

El chico se queda en silencio unos segundos, con sus ojos cerrados con fuerza, esperando recibir cualquier golpe, pero entonces nada sucede y al abrir sus ojos observa al vampiro mirándolo con el ceño fruncido, no con ira, sino con dolor.

—Sé lo que es perder a un ser querido, sé lo que es la soledad y la desesperación y sentirte tan mal que ya no quieres sentir nada nunca más. Y no es algo que le desee a nadie más, ni siquiera a usted, y-yo preferiría… poder hacer desaparecer todos estos males del mundo. Todo este dolor —Aaron suspira, deshecho en lágrimas. Hace nada ambos estaban riendo y comentando animadamente un cuadro y ahora vuelve a llorar sin control; se siente estúpido y débil, piensa que ha arruinado el único momento dulce que ha obtenido en meses—. Solo quiero poder volver a sentirme bien algún día. Y querría que a usted le dejara de doler lo que le hicieron. Lo siento mucho, de verdad. Lo siento…

Samuel apenas puede mirarlo a la cara. Aaron está tan destrozado y él es el único culpable. Ni siquiera sabe si el terrible daño que le ha hecho tiene solución y ver al chico tan desesperado por dejar de ahogarse en dolor que no puede siquiera aferrarse a la rabia y la venganza, lo destroza, porque Aaron es demasiado puro para hallar alivio en las tragedias de Samuel y este, tan corrupto e insidioso, un demonio con alma semi humana, solo halla consuelo en el dolor ajeno. No hay nada que lo calme más que los gritos de sus víctimas, así que no sabe qué ofrecerle a Aaron.

No sabe siquiera si él lleva dentro la suavidad que el otro necesita. No sabe si es suficiente.

—¿Por qué me dices estas cosas? —pregunta desesperado—. ¿Por qué eres amable conmigo? Deberías odiarme.

—Y le odio —reprende el chico, su voz sale de pronto segura, inequívocamente fuerte y firme, como una lanza de hierro que atraviesa el corazón de Samuel. Luego, sin embargo, su tono se torna más blando y suave:—. Pero es lo que querría que alguien me dijese a mí. No me gusta que nadie sufra, amo, por eso intento ayudar. No sé qué más hacer.

Samuel siente su corazón romperse. Aaron no sabe más que ser gentil cuando debería ser rudo y él… él no sabe más que ser cruel, cuando necesita ser amable. Samuel no puede librarse de su naturaleza, pero Aaron tampoco de la suya, y el vampiro teme que si no puede endurecer al humano… él tampoco sea como tornarse a sí mismo más suave.

Samuel toma el rostro de Aaron en una de sus manos, lo acaricia despacio y gentil y seca sus lágrimas con el pulgar. El chico cierra los ojos y se inclina un poco hacia la mano.

—No deberías consolarme —le dice el vampiro, suavemente, y no suena como si estuviese regañándolo o echándole en cara algo, como antes— y yo no debería consolarte a ti. Pero quiero hacerlo, aunque no sé cómo. Tú eres bondadoso y amable, así que, explícame cómo hacerlo, Aaroncito.

—Ah…

El chico deja ir un ruido tan vulnerable como adorable al oír el tierno apodo que Samuel le ha puesto. Su rostro arde tanto que oculta su cara entera en la palma que antes solo sostenía su mejilla, escondiéndose en ella como un ratoncillo.

Samuel teme ser capaz de morir de ternura.

—¿Qué sucede, bonito? —pregunta, pero el chico no puede hablar. Está demasiado sensible, aún llorando porque el pasado de Samuel lo ha conmovido y porque se siente confuso respecto a por qué desea tanto consolarlo, porque lo ve como un lugar seguro incluso si es su infierno, por qué quiere devolverle multiplicada por mil la ternura que a veces le da. Además, el chico está demasiado avergonzado por lo mucho que le gusta ser tratado con semejante cariño—¿Te gusta que te llame así, Aaroncito?

Aaron asiente.

No es solo su nombre. Es su nombre y unas pocas letras más, sí, pero unas letras dulces como bañadas en caramelo, unas letras que son suyas y solo suyas porque no solo ha recuperado su nombre, sino que ahora es tan especial que merece ser pronunciado de una manera específica que suena como preciosa música, que incluso si sale de una boca colmilluda es agradable como el algodón de azúcar.

Aaron lo ama demasiado. Nunca nadie lo había llamado así.

—Te seguiré llamando así, si te hace sentir bien —asegura mientras acaricia la cara del chico y este solo solloza contra su palma, empapándosela de lágrimas. Decide llevar la otra mano a la cintura del chico y lo acerca más a él, deslizándolo sobre la mesa, y luego le acaricia la mejilla con los nudillos de su mano húmeda de lloros—. ¿Qué más te haría sentir bien?

Aaron niega con su cabeza, aún en silencio. Sus labios solo saben separarse para sollozar y hacer pucheros y su nariz olisquea alrededor como un animal nervioso. Está demasiado sensible para hablar, para saber. ¿Cómo podría conocer las cosas que le hacen sentir bien cuando lleva ya tanto tiempo privado de ellas que las ha olvidado? Asumió hace mucho que su destino era el sufrimiento y no conoce nada más.

—Has dicho que extrañas a tu madre también, ¿verdad? ¿Quieres hablar de eso? ¿Quieres contarme cómo era tu vida antes de todo esto? ¿Te haría sentir mejor eso, Aaroncito, cariño?

—¿D-de verdad le importa? ¿De verdad? ¿De verdad? —pregunta frenéticamente el chico, necesitando repetirlo una y otra vez a pesar de que el vampiro asiente desde el inicio serio, solemne, sin una sola gota de engaño en su rostro, pues Samuel grabó a fuego en él que jamás importaría de nuevo, que era solo comida y diversión y nada más, una simple vida que se iría apagando hasta extinguirse y ser luego olvidada como humo que se disuelve en el aire. Así que ahora, cada vez que el vampiro le dice lo contrario, esa vieja lección clavada profundamente en él le dice que es mentira. Y el dolor es más fuerte que la esperanza, así que no le cree.

<<Solo es amable porque estoy roto. Nadie puede divertirse con un juguete roto. Cuando esté bien… cuando esté bien de nuevo me va a…>> Aaron solloza.

—Te lo prometo, dulzura, me importa. Me importas.

Esas palabras son suficientes para que Aaron se derrumbe, para que el lío en su cabeza se anude tan fuerte que no pueda siquiera pensar. Aaron toma con sus dos manos la muñeca del vampiro y, sin siquiera pensar en la osadía que es tocar al vampiro y, más aún, manejarlo, toma su mano y la mueve hasta que logra tener su palma cálida delante de él. Hunde el rostro en ella de nuevo, sintiéndose como cuando era un niño y los monstruos le daban mucho miedo en la oscuridad, así que se tapaba con la manta hasta la cabeza.

Respira tranquilo y pausado contra la piel de su amo, tan suave. ¿Eran tan suaves esas manos cuando le dieron una paliza, cuando lo inmovilizaron mientras era violado? Son suaves ahora y huelen dulces y picantes, como a canela. El aroma de su amo lo calma y poco a poco deja de llorar, pero se siente demasiado cansado de vivir emociones tan grandes que no deberían caber en un cuerpo humano y frágil como el suyo.

—No puedo hablar… amo, no puedo hablar…

Sus ojos están tan rojos, su mirada tan cansada. Samuel decide que, si Aaron no puede hablar, no hace falta que hable: llorar está bien. Así que se queda a su lado mientras llora, dejando que el chico acaricie sus manos enormes y friegue sus mejillas contra ellas.

Samuel no sabe si pasan horas así, pero no importa. Lo que el chico necesite. Así que se queda hasta que Aaron se ha calmado un poco y hasta que sus ojos dejan de derramar lágrimas, aunque lucen inflamados y taciturnos.

—¿Quieres ir a dormir pronto hoy? —Aaron asiente, su cabeza bamboleándose—. Te llevaré al dormitorio.

Así que lo hace: toma a Aaron y lo carga hasta el cuarto, lo deja en el suelo, como siempre y al cabo de un rato le trae ese cojincito que tanto le gusta. Aaron ni siquiera lo usa para apoyar la cabeza, solo lo abraza con todas sus fuerzas mientras Samuel regresa a su despacho.


 

CAPÍTULO 48

Samuel despierta el primero, como ya es costumbre. Para Aaron es tan agotador mantenerse despierto, que por cada noche que pasa lúcido, pareciera necesitar tres días enteros de sueño reparador. Además, parece dormir siempre tan profundamente que da lástima despertarlo, así que Samuel decide no hacerlo hoy. Lo dejará descansar un rato más.

En ese tiempo aprovecha para encerrarse en su despacho y forzarse a acabar el trabajo de toda la noche en apenas un par de horas. No le apetece desgastarse así, pero quiere terminar pronto y dedicar la noche a Aaron, igual que ayer el chico le dedicó de esa forma hermosa su corazoncito.

Samuel halla harto complicado ser amable con el chico y suprimir sus deseos, que le piden justo lo contrario, pero piensa que está haciendo un buen avance, que ayer fue suave y gentil y preguntó cosas adecuadas, aunque no sirviese de nada. No entiende de dónde sacó esa sensibilidad o si, quizá, jamás estuvo dentro suyo, sino que le ha robado a Aaron también. Sea como sea, quiere seguir esmerándose y quiere dedicarle más tiempo al chico.

Hoy, en concreto, tiene varias cosas planeadas para él que opina que quizá puedan ayudarlo.

Al final, Samuel logra acabar su trabajo a tiempo, aunque no para de irritarse porque cada vez que el trabajo lo abruma o lo aburre, lleva sus manos y sus ojos a la derecha, al sitio donde ayer hizo a Aaron sentarse, esperando hoy también poder relajarse con  la hermosa vista de su rostro o con la suavidad de su cuerpo, solo para hallar un decepcionante vacío.

<<Tiene que descansar>> se dice a sí mismo cada vez que se atrapa levantándose de la silla, listo para ir a por él como si fuese un mero entretenimiento que quiere usar ya. Cuando vuelve a la habitación, lo hace porque ya ha terminado sus labores y lo hace en silencio, casi a hurtadillas en su propia alcoba.

Aaron sigue durmiendo hecho un ovillo en el suelo, pero ahora se remueve un poco en su posición, frunce el ceño y llena la estancia de quejidos ininteligibles. Samuel sabe que está teniendo una pesadilla, así que se acuclilla a su lado y le acaricia el pelo un poco.

—Es tarde, Aaroncito, deberías ir despertando.

El chico abre paulatinamente sus ojos al escuchar su voz y, aún confundido, se despereza estirando sus brazos y piernas cuan largos son y luego mira a su alrededor. Al toparse con la mirada de Samuel, baja la vista de inmediato.

—B-buenas noches, amo. —murmura tímidamente.

Samuel lo toma de la barbilla y le hace alzar su rostro para verlo mejor, pero el chico aún le rehúye la mirada.

—Aún tienes los ojos rojos e inflamados…

—Siento lo de ayer, amo, n-no sé qué me pasó, no sé po-por qué estoy tan sensible, no quería molestarle…

Samuel tuerce su cabeza y suelta su barbilla.

—No estoy molesto. Ven.

Aaron alza sus brazos para tomar al vampiro del cuello mientras es levantado como de costumbre. Aún se siente extraño cuando Samuel lo toca, pues sus poderosos brazos le recuerdan lo sencillo que le resultó someterle, pero poco a poco es capaz de conservar mejor la calma ante su cercanía.

—¿Hoy también iré a su despacho mientras trabaja, señor?

—He acabado ya mi trabajo, quiero dedicar la noche a mi bonito humano y tú vas a dedicarla a obedecerme muy bien, ¿verdad?

Aaron traga saliva, incapaz de descifrar si lo que se oculta bajo ese tono es simple autoridad o lascivia.

—S-sí, señor.

Samuel lo baja a la primera planta y Aaron se sorprende cuando el vampiro lo deposita en el sofá, en lugar del suelo. Piensa que debe tratarse de un error, pero está tan cómodo en una superficie blandita por fin que no dice nada. Aun así, está demasiado preocupado por si el vampiro le reclama por no corregirse a sí mismo y ponerse en el suelo, así que se queda totalmente tenso mientras Samuel se marcha unos segundos.

Al volver, el vampiro trae en cada mano una muleta simple y rudimentaria y a Aaron le brillan los ojos al verlas. Un segundo después, teme que el vampiro le vaya a hacer ganárselas de algún modo, pero está demasiado emocionado como para ser precavido.

—Señor… muchas gracias, muchas gracias, de verdad…

Samuel aparta la vista, demasiado afectado por la manera en que ese chico parece adorarlo por un gesto tan pequeño que, además, llega demasiado tarde.

—Haz silencio —ordena con calma y deja las muletas apoyadas a un lado del sofá, donde Aaron no puede alcanzarlas. El chico se pone nervioso —, no sé si podrás usarlas. Quería una silla de ruedas, pero los humanos que las usan son desechados, así que ya no se fabrican. Aun así, Jason ha sido capaz de obtenerme esto. Dice que debería ser seguro que las usases cuando puedas sostener al menos la mitad de tu peso sobre tus tobillos. Así que ahora, Aaron, te voy a hacer ponerte de pie y andar por un rato.

Aaron palidece de pronto y nota un nudo formándosele en la boca del estómago, entorpeciendo sus próximas palabras.

—¿Q-qué? —pregunta atónito y cuando Samuel rodea su cintura con sus manos, parándose frente a él, el chico se aterra tanto que alza su voz— ¡Amo, no puedo, no puedo! Se siente como si tuviese los tobillos rotos aún, no puedo, duele demasiado, por favor, no me obligue a hacerlo. ¡No voy a poder, duele demasiado!

Aaron patalea histéricamente cuando el hombre lo alza como a un muñeco, pero se calma un poco al ver que lo mantiene a unos centímetros del suelo.

—No voy a ponerte de pie a la fuerza —le explica y frunce un poco el ceño, como ofendido de que Aaron haya pensado que haría semejante crueldad—, te colocaré muy poco a poco sobre el suelo y sostendré siempre parte de tu peso con mis manos. Iré muy despacio, hasta que tú me digas que no puedes más. Entonces pararé. ¿De acuerdo?

Aaron suspira terriblemente aliviado. Le conforta sobremanera escuchar esas palabras que jamás creyó posibles en boca de un vampiro, esas promesas sobre adaptarse a su ritmo, sobre escuchar sus quejas y sus miedos, sobre detenerse si todo es demasiado para él. 

Aaron sabe que si Samuel lo hubiese sobornado con tan empalagosas palabras desde el inicio y hubiese tenido paciencia allí donde antes tenía solo rabia y puños apretados, ahora mismo el vampiro podría llevarlo alrededor de su dedo como un anillo.

—De acuerdo, de acuerdo… P-Puede empezar, amo. Tengo muchas ganas de poder usar las muelas, quiero andar de nuevo.

Samuel tuerce su boca en un gesto amargo. No sabe si Aaron podrá andar de nuevo. No sabe si podrá volver a ser quien era antes. Y él tampoco lo será, solo que él es ahora una criatura mejor: conserva su fortaleza y hermosura, dos grandes fuentes de su orgullo, pero ahora domina por fin el delicado arte de destruir solo lo que debe ser destruido y, a la vez, cuidar lo que es apreciado. Aaron, sin embargo, está roto.

Él lo ha roto.

Samuel apoya poco a poco a Aaron en el suelo, no dejando que el chico sostenga de su propio peso más que cinco o diez kilogramos. Aun así, el muchacho hace una pequeña mueca con su rostro, cerrando fuerte los ojos y descubriendo sus dientes. Chupa aire en una profunda inhalación y le dice al vampiro:

—E-está bien, puedo más —aunque su voz tiembla por el dolor—. ¿Cuánto peso necesito para poder usar las muletas?

—Deberías poder sostener mínimo la mitad de tu peso.

Aaron asiente y nota sudores fríos en su frente. Un ramalazo de dolor hace flaquear sus rodillas cuando Samuel afloja su agarre, dejando que unos cinco kilogramos más sean cargados ahora por el cuerpo de Aaron.

Samuel suspira de pena. Aaron debe pesar alrededor de sesenta kilogramos y ahora que sostiene solo quince, está respirando con tal dificultad que Samuel teme estar empeorando las lesiones.

De pronto, el vampiro alza al chico y este abre los ojos. Se le han saltado las lágrimas por el dolor, pero su expresión es de sorpresa y, luego, de decepción. Es dejado en el sofá con delicadeza.

—¿Q-qué? Puedo seguir, amo, lo prometo, me esforzaré más. Lo prometo.

La vocecita de Aaron es tan pequeña, tan angustiada. Cuando Samuel recoge las muletas para llevárselas, el chico casi chilla de temor.

—¡Por favor, amo, déjeme probar de nuevo!

Samuel le lanza una mirada que lo deja clavado en el sofá, deja las muletas en su sitio y se inclina sobre el chico hasta dejarlo hecho un ovillo tembloroso bajo él.

Cuando habla, su voz es firme y temible:

—Si lo haces de nuevo y te fuerzas a seguir, no sería tan diferente a que yo volviese a desgarrar tus tobillos. ¿Quieres eso, acaso? 

Aaron niega, incapaz de hablar, y el vampiro asiente con alivio.

—Bien. Entonces no vuelvas a decirme que puedes seguir cuando no puedes. Usarás las muletas cuando tu cuerpo esté preparado, no antes.

—V-Vale, perdón, amo. —susurra el humano, resignado y baja la cabeza mientras el vampiro le retira lo único que le había dado verdaderas esperanzas desde la noche en que fue reducido al deplorable estado en que ahora se halla.

Al cabo de un rato, Samuel vuelve y halla al chico en el sofá encogido, lloriqueando y sorbiendo porque, aunque comprende que Samuel trata de hacer lo mejor para él, siente que ha perdido su única oportunidad de volver a recuperar algo de lo que se le había arrebatado. ¿Y si no vuelve a ver las muletas nunca? ¿Y si Samuel cambia de idea y se las requisa para siempre? Quiere andar de nuevo, lo necesita, incluso si duele y le deja con lesiones permanentes, pues él sabe que lo que le han hecho durará para siempre de todos modos. Desplazarse arrastrándose o arrodillado o andando a cuatro patas como un animal es demasiado deshumanizante, por no decir de lo humillado que se siente cada vez que el vampiro tiene que llevarlo al baño o de la habitación al despacho, como una mera pieza de decoración del hogar que es movida a voluntad de su amo.

Cuando Samuel ve al chico así, se sienta a su lado en el sofá y, mirando distraídamente el fondo de la sola, toma las piernas del chico. Aaron no se resiste, pues aprendió la lección ya hace mucho tiempo, así que tiembla un poco, preguntándose si acaso el vampiro volverá a desgarrar los ligamentos, ahora castigándolo por haber intentado ir demasiado deprisa y haber desperdiciado su ayuda.

En su lugar, Samuel hace que el chico estire sus piernas sobre su regazo y Aaron no puede sino tumbarse y relajarse sobre los suaves cojines mientras nota al vampiro darle los más suaves mimos en sus tobillos. Esa zona que pulsa y arde desde que ha intentado hacer aquello que estaba diseñada para hacer, ese lugar que se siente tan mal como si tuviese bestias rabiosas dentro, arañando y mordiendo un camino de salida… ese lugar ahora se siente solo como hormigueos y piel erizada. Y es gracias a los dedos de Samuel.

—Lo haremos cada noche. Andarás con poco peso sobre tus tobillos y, cuando te acostumbres, dejaré que te apoyes más y más en ellos, hasta que puedas usar las muletas. ¿De acuerdo?

Aaron alza la cabeza con los ojos brillando de ilusión y un ‘"Gracias" en sus labios. Pero no llega a pronunciar nada, porque tan pronto abre la boca, lo único que sale es un torrente de sollozos e hipeos.

—Está bien, está bien. Sé bueno para mí y vuelve a tumbarte. Eso es. Cierra los ojos, relájate. Respira hondo.

Aaron hace caso a la voz que le instruye gentilmente. Se echa sobre su espalda, cierra sus ojos, respira pausado y profundo y poco a poco su ataque de nervios se disuelve en las más deliciosas sensaciones que Samuel le da con sus caricias. Está siendo tan terriblemente amable, sus manos la panacea de todos sus dolores, su voz la cura de sus miedos. ¿Cómo es posible que lo mismo que lo ha destruido, vuelva ahora a unir los pedazos de él que quedan?

No se siente correcto. Pero se siente bien. Y para Aaron eso es más que suficiente.

—Gracias por ser así ahora, amo… —murmura el chico en una voz tan chiquitita que Samuel duda de haberlo oído.

No le responde nada, porque Samuel sabe que no merece ser elogiado por ello. No merece más que el infierno y quizá allí debería ir, pero no puede separarse de Aaron. Ya no.

 

CAPÍTULO 49

—Eso es, buen chico…

Las palabras de Samuel causan cosquilleos agradables por doquier tan pronto Aaron las oye, pero no puede evitarlo: esas manos firmes en su cintura, esa voz ronca y ronroneante tan cerca de su oído y, oh, los ocasionales besitos en su nuca que Samuel deja por cada paso seguro que da, son demasiado. Demasiado buenos para ser verdad.

Esta es la tercera noche en que Samuel ha implementado la nueva rutina: le da a Aaron un desayuno abundante, para que pueda recobrar sus fuerzas, algo de fruta con un bocadillo o avena dulce. Luego lo lleva a su despacho con él, donde lo sienta sobre su mesa y lo acaricia distraídamente como si fuese una perezosa mascota tendida en su escritorio mientras hace faenas. Ha puesto una silla frente a sus cuadros y otra ante la inmensa estantería de libros que posee y, cuando pilla a Aaron mirando cualquiera de ambas con ojos soñadores y anhelantes, pone una mano en su muslo y le dice, con voz muy tranquila: “¿Quieres sentarte ahí?”.

La primera vez que lo hizo, el chico pareció tener un cortocircuito; estaba tan asombrado por la pregunta que fue evidente que no se le había ni pasado por la cabeza la idea de que las sillas estuviesen ahí para él.

“¿No le molesta?”, preguntó el chico, escéptico al inicio, temeroso de que fuese una trampa o algo similar.

“Respóndeme.” exigió el vampiro y el chico, ante el tono duro, asintió honestamente. Ahora Samuel le hace esa pregunta varias veces por noche y el humano le responde tímido, pero emocionado, sabiendo que puede pasar un buen rato admirando los cuadros o cotilleando los libros de Samuel, aunque aún no se ha atrevido a tocar ninguno, pues sabe que no tiene permiso.

Tras eso, el vampiro, ya sea en su despacho u otra habitación, toma al chico por la cintura y se sitúa delante de él, mirándolo intensamente a los ojos mientras lo baña en cumplidos, o detrás de él, como hoy, susurrándole dulzuras al oído. Y lo pone poco a poco sobre el suelo, apoyándolo en cada pasito de pingüino que da.

Aaron no puede parar de pensar, hoy, en lo cerca que está el vampiro -más que ningún día- o en cómo mueve sus pulgares en su cintura para acariciarlo apremiantemente. Recuerda los bailes de graduación que siempre vio en series de televisión y que nunca llegó a experimentar él mismo, esos en los que las parejas se pegaban unos a otros en la pista de baile y se movían al ritmo de la música, las manos de un hombre siempre alrededor de una cintura estrecha, las pieles de los amantes tan cerca que entre ellas había solo la delgadez del deseo y la liviana presencia de sus alientos excitados.

No puede parar de pensar en eso ahora, en lo muy pegado que está Samuel, como si fuesen una pareja acaramelada en la pista de baile, casi abrazándolo. En cómo le hormiguea la piel y en cómo le fallan las piernas incluso si ahora no duele tanto caminar.

—¿Necesitas un descanso, Aaroncito?

Aaron maldice por dentro y sus rodillas vuelven a fallarle. Si Samuel no le sostuviese, se habría caído de morros al suelo y es que, ¿A quién se le ocurre hablarle así al oído? Tan ronco y bajo, tan gentil, preocupado… pero a la vez dominante.

Aaron nota al vampiro apretarle más fuerte la cintura, listo para alzarlo del suelo del todo, pero el chico pone sus manitas en las del vampiro con urgencia.

—No, no, estoy bien, amo. Ha sido… no me duele. Puedo seguir un poco más. ¿Puedo, por favor?

Samuel quiere decirle que no, que no va a arriesgar su seguridad por algo que tienen la eternidad entera para hacer, pero Aaron se lo pide con voz suplicante y él no puede negarle nada cuando habla de ese modo.

—De acuerdo, intenta andar hacia la estantería.

Aaron asiente y hace lo dicho, con Samuel siguiéndole tan de cerca que puede sentir su respiración suave y fresquita en su nuca. Aaron camina con pasos lentos y diminutos; al principio, cuando apoya el pie en el suelo, este se tambalea un poco, como él vio que le pasaba a su madre cuando se ponía tacones demasiado altos. Luego gana algo de estabilidad, se queda quieto tres o cuatro segundos, asegurándose de que el dolor, a pesar de tensarle hasta los músculos del rostro, es soportable, y luego alza muy poco a poco el otro pie, dejando que el que está en el suelo reciba toda la carga del peso de su cuerpo.

A veces emite pequeños quejidos y en más de una ocasión tiene que volver a apoyar ambos pies en el suelo porque el dolor le da arcadas o porque ve borroso y teme desmayarse, pero al final logra dar un paso tras otro.

Cada vez que flaquea un poco y su corazón se acelera, Samuel le acaricia el lóbulo de la oreja con sus sedosos labios y le obsequia con palabras de aliento que hacen que todo su cuerpo se sienta cálido y extraño.

—Yo te tengo, no te preocupes. No te voy a dejar caer. —le dice una de las veces, cuando el chico se inclina demasiado a un lado y, pensando que se golpeará contra el suelo, coge tan fuerte las manos del vampiro que le deja las uñas marcadas al soltarlas.

—Lo estás haciendo genial, mi buen chico. —cuando le dice eso es cuando Aaron da un gritito de dolor al moverse demasiado rápido en uno de sus pasos, queriendo ponerse bien ya, andar con normalidad, incluso si su cuerpo le advierte de que necesita más tiempo. Mientras le dice eso, le acaricia de forma adorable su cintura y eso logra distraerlo tanto del dolor que el próximo paso es más ágil que los anteriores.

—Eso es, eres tan fuerte. Muy bien. —le dice al final, cuando por fin llegan a donde se hallan las estanterías y Aaron aprovecha para apoyarse contra la madera y ganar un poco de soporte adicional.

Samuel se inclina tras él, ligeramente, y el humano siente el aliento del vampiro justo encima de la marca de su mordisco. El pánico lo invade, pero su cuerpo reacciona solo con extrema docilidad: ladea el cuello y tiembla, pero se queda quieto. Samuel sencillamente besa su piel, prensando de forma casta sus labios contra la cicatriz. Su boca es suave y amable y el beso que le regala es tan bonito que Aaron no puede sino llevarse sus propios dedos a la boca y sentirse avergonzado por el hecho de que no ha sido besado nunca en ella. Los únicos besos que ha recibido jamás son los que Samuel reparte ahora a veces por su cuello, sus hombros, sus clavículas… y antes de ganárselos ha tenido que sufrir sus mordiscos.

—No me siento fuerte, señor… —murmura el chico, algo avergonzado y sintiendo un calor extraño.

Samuel deja otro pequeño beso en su garganta, ahora subiendo un poco por ella, posando los labios sobre esa tierna zona que hay tras la oreja, donde se une con la mandíbula. Aaron tiene un escalofrío, pero no le pide que se detenga.

A veces las manos del vampiro en su cuerpo le arrancan del presente y le lanzan sobre ese lecho del pasado donde fue violado sin piedad. Los labios del vampiro, sin embargo, no lo hacen: Aaron sospecha que tal vez tiene que ver con el hecho de que para ultrajarlo, Samuel tuvo que tocarlo, pero no tenía por qué besarlo, así que no lo hizo. No lo consideró digno de ese gesto.

<<Ahora sí… ahora es distinto. No lo volvería a hacer, no lo hará ¿Verdad?>>

—Has resistido más de lo que muchos serían capaces de sobrevivir, eres fuerte.

Aaron niega con la cabeza y suelta un suspiro pesaroso.

—Si fuese fuerte, no sería su juguete, señor. Si fuese fuerte, no me habría podido pegar en primer lugar, ni habría podido compartirme con aquellos vampiros —susurra y se lleva la mano al cuello, recordando con horror la boca de Ivthan sobre su herida—, si fuese fuerte, usted no me habría roto el brazo ni me habría… hecho eso en los tobillos, ni luego… No soy fuerte, señor. No lo soy. Ni siquiera he sobrevivido, la única razón por la que sigo vivo es porque usted me obligó.

Samuel toma al chico entre sus brazos y deja la estancia, volviendo a su habitación con él. No quiere tener esta conversación mientras el chico está jadeando, sudando por el esfuerzo de mantenerse en pie sobre dos piernas rotas y maltrechas, dos dolorosos recordatorios de que es una presa, sea una resistente o no.

Samuel se sienta en la orilla de la cama y sienta a su humano en su regazo, encarándolo. La cercanía es tan íntima que Aaron teme y se arrepiente de sus palabras, bajando su vista de inmediato y preparándose para disculparse por la osadía de desperdiciar el cumplido que el otro le regalaba, pero Samuel habla antes de que él pueda hacerlo.

Su voz es oscura y ronca, sus palabras vibran en su garganta como un terremoto, pero sus labios las suavizan, porque no buscan ser hirientes, sino al contrario:

—Cuando recibí mi primera paliza a manos de mi padre y de sus guardias, no quise levantarme de la cama en días. Solo lo hice porque me dieron otra por ello. Tú has sufrido más que eso y aun así, has intentado seguir adelante.

<<No posees el tipo de fuerza necesaria para hacerme frente y salir victorioso, no lo harás jamás, pero sí tienes la clase de fortaleza que tienen las montañas o los árboles gruesos y antiguos que nadie ha tenido el valor de talar.

<<No contraatacas, porque tu fuerza no es violenta, no busca derramar sangre, no es una fuerza corrupta y cruel como la mía. Sino una pacífica: la fuerza que se necesita para resistir, para mantenerse aquí, incluso a pesar de todo. Y sé que has flaqueado en un momento, sé lo que intentaste hacerte, pero eso no significa que seas débil, solo significa que soy tan cruel que es insoportable. Nadie es invencible y, no por ello, nadie es fuerte, ¿verdad?>>

Aaron se siente avergonzado, porque está llorando de nuevo. Ahora son lágrimas silenciosas y las seca él mismo mientras intenta resistir las ganas de mirar al vampiro a los ojos, de suplicarle que, igual que lo arrulla con su voz, lo rodee con sus brazos, que le dé más de ese deleitoso y suave consuelo. Necesita ser abrazado y cuidado y jamás pensó que podría hallar seguridad en ese vampiro de nuevo, pues le demostró que es un experto en infligir todo lo contrario, pero ahora… se ha vuelto tan hábil siendo un perfecto cuidador, que

Aaron no entiende cómo un solo ser puede contener en él dos naturalezas tan dispares. ¿Acaso no debe elegir entre el bien y el mal y, una vez tomado un camino, el otro se vuelve ya intransitable? Aaron imagina que cuando uno escoge el bien, el mal le resulta de pronto no ya tentador, sino un dantesco paisaje que solo causa repugnancia y rechazo. También imagina que cuando uno escoge el mal, los placeres de la vileza lo dejan tan ebrio que el bien ya no le antoja deseable, sino algo tan insulso que no merece la pena hacer el esfuerzo de alzar la mano para tomar sus frutos.

Samuel, sin embargo, ha probado las delicias del pecado y ahora, todavía teniendo apetito por y para esos manjares del diablo, gira la cara ante aquello que le resulta exquisito y, en su lugar, se vuelve hacia lo que Aaron no entiende por qué escogería. Hacia él. No como una presa, ni como un juguete, no como el esclavo que aún es, sino como… como su Aaron. 

Su Aaroncito. Algo valioso e importante. Alguien valioso e importante.

—Aaron, vamos, sé bueno y respóndeme. —el chico hace un puchero y sus labios tiemblan porque es incapaz de hallar su voz.

Samuel lo toma por la barbilla con suavidad, alzando un poco su carita, y le pregunta muy despacio.

—¿Verdad que no existe criatura en el mundo que sea totalmente invulnerable? —Aaron niega, dándole la razón a Samuel, y este le acaricia la barbilla mientras se la sostiene, con el pulgar—. Entonces, que yo te haya hecho cosas insoportables y no hayas podido aguantar más no dice nada de tu fuerza o de tu falta de ella, solo de… de mí. De la clase de ser que soy.

Aaron suelta un jadeo ahogado y acto seguido se arma de valor, toma la enorme mano del vampiro, con la que le sostiene el rostro, y la aprieta con fuerza entre las dos suyas.

—De la clase de ser que era, ¿verdad, amo? Usted está intentando cambiar, ¿verdad? Me… me prometió que no pasaría de nuevo. Si me porto bien, ¿me estoy portando bien? ¿Verdad? Si sigo así, nunca más volverá a hacer… a ser tan cruel como entonces, ni aunque me cure del todo, ¿verdad?

Samuel siente que su corazón se rompe cuando ve a Aaron cambiar tan de pronto. A veces es inseguro y otras risueño, pero en el Aaron actual, sin embargo, hay algunos momentos que lo pillan por sorpresa en que el chico se rompe y de entre las grietas Samuel puede ver no a su Aaroncito, sino al pobre humano que mancilló tiempo atrás, al chico llorando en las sábanas, sangrando, suplicando.

Le asusta demasiado la forma en que con un solo gesto o palabra inintencional puede mandarlo de vuelta al pasado, puede dejarlo tan herido y  vulnerable como estaba, reabrir sus heridas como si jamás se hubiesen curado, sino como si llevasen todo ese tiempo sangrando, pero escondidas bajo un bonito velo que lo distrae.

Samuel suelta la cara de Aaron y le sostiene ambas manos y toma una de sus manos pequeñas, suaves y pálidas entre las suyas. La sostiene con firmeza mientras dice:

—Claro que sí. Estoy intentando ser bueno para ti y no soy suficiente, lo sé, pero por eso seguiré intentándolo. Sigo siendo el mismo ser, Aaron, soy un vampiro y eso no cambiará en toda la eternidad; mis deseos no son algo de lo que me pueda librar, pero estoy aprendiendo a controlarme. Cuando estés curado y puedas soportar que sea más rudo, no lo seré. Cuando desobedezcas y me enfades tanto que quiera romperte de nuevo, no lo haré. Y a partir de ahora, no importa cuán herido estés, serás siempre fuerte, tanto como yo lo soy: porque si cualquier otro piensa que puede ponerte un dedo encima, no serás tú quien tenga que luchar. Lo haré yo por ti.

Aaron siente su corazón latiendo fuerte en su pecho. Tanto, que la confusión lo inunda, pues hace ya años que esos latidos desbocados solo pueden significar una cosa: terror. Pero ahora mismo no está asustado, así que descifrar la extraña emoción que lo hace sentirse todo un lío revoltoso ahora es imposible.

Solo sabe que su pecho pulsa tan fuerte que debe poner sus manos ahí por si el corazón se le sale y que estas le tiemblan y le arde el rostro y siente un revoloteo tan extraño en su tripita y…

—Señor, no lo entiendo, ¿por qué haría eso por mí?

Samuel ríe gratamente por su pregunta, como si Aaron realmente hubiese dicho algo de lo más desternillante, pero el muchachito solo ladea su cabeza como un cachorrillo confuso.

—Oh, vamos, eres suficientemente listo como para saberlo y yo… por desgracia, soy demasiado transparente con mis nuevas emociones como para ocultarlo.

Aaron frunce el ceño adorablemente y Samuel jura que podría oír los engranajes de esa astuta cabeza girar mientras piensa y piensa, sin hallar respuesta alguna.

Samuel ríe de nuevo, pero ahora de forma suave y tan atractiva que el chico siente un calor que lo abruma por completo. Samuel le dedica una mirada tan dulce que, de algún modo, Aaron sabe que ahora sí puede mirarle a los ojos sin miedo a las repercusiones. El chico lo observa con el corazón en un puño, mientras su amo le sonríe con pequeños colmillitos mordiendo su labio inferior y su mirada llena de un tipo de anhelo que no ha conocido antes. No es deseo, no es hambre, no es posesividad tampoco.

Es adoración.

Su pupila se dilata tanto que Aaron juraría que los ojos del vampiro son completamente negros, de no ser por ese anillo rubí que contiene tal abismo. 

Aaron incluso se atrevería a decir que Samuel luce menos pálido que de costumbre, sus mejillas algo coloreadas y sus orejas puntiagudas como las de un elfo también están rojas y un poco más bajas de lo usual.

—Aaron… —susurra el hombre y lo toma por el rostro, acunando cada mejilla con una cálida y enorme mano.

Su nombre suena como un canto de sirena en sus labios y el humano no tiene ni idea de qué diantres dirá su amo, pero algo tira de su pecho con fuerza, tira hacia Samuel. El vínculo lo vuelve loco, tratando de decirle que es algo importante, algo que tiene al humano tan nervioso como… como Samuel también está.

—Mi Aaroncito, ¿con lo sensible y astuto que eres, cómo no podrías darte cuenta? ¿Cómo es posible que no sepas lo que siento por ti? O quizá lo sabes, pero solo quieres oírlo. No te culpo, la vida te ha dado solo desgracias y yo… yo te he dado dolor y miedo allí donde debería haber depositado solo las caricias más suaves, las palabras más bonitas. Y no me gusta decirlas, porque mi boca tiene colmillos, así que está hecha para llenarse de algo amargo como la sangre, pero… puedo hacer una excepción, por ti. Puedo decírtelo, si quieres oírlo. Puedo decirlo cuantas veces quieras. 

—¿El qué? —pregunta Aaron inocentemente, la espera torturándolo despacio, el corazón golpeándole el pecho por cada hermosa declaración del vampiro, por cada vez que el hombre que antes reinaba en sus pesadillas bate sus pestañas y lo mira como si fuese lo único que hay en el mundo. Lo único que puede, no, que quiere ver hasta el final de sus días.

—Que estoy enamorado de ti.

Por un momento, Aaron siente que el tiempo se para y que hace un hueco única y exclusivamente para que Samuel diga esas palabras. Nada más sucede en el mundo mientras están siendo pronunciadas porque, ¿cómo sería posible que cualquier otra cosa osase acontecer cuando esa confesión tan imposible, tan hermosa y a la vez extraña, va a hacerle sombra de forma asegurada?

Las palabras gotean despacio desde los labios del vampiro, como miel. Y Aaron las tiene que saborear de poco en poco, tiene que dejar que se deslicen por ese cordelito que parece unir sus corazones en un vínculo eterno y, cuando llegan a su corazón, el chico lo siente volviéndose aún más loco en su pecho, aleteando como un pajarillo que quiere escapar de ahí y volar hasta el lugar donde pertenece: entre los labios que han pronunciado esas palabras.

Esas palabras.

Aaron no entiende cómo puede ser ese el mismo ser por el que ahora pasa sus días en vela y teme soñar, pues su peor pesadilla no es aquella que viene de su imaginación, sino de sus recuerdos.

Pero no necesita entender cómo algo es posible para hallar confort en ello.

Está confundido, sí, y abrumado por la intensidad de esa confesión. Tiene miedo por lo que pueda significar ser amado por un vampiro, pues ya sabe lo insoportable que es la pasión de una de esas criaturas cuando simplemente te desea.

Pero aun así esas palabras son un alivio tan grande para él. Un bálsamo suave y cálido sobre sus heridas, que hace que dejen de doler por un momento. Una prueba -por fin- de que aún puede ser amado. De que no está dañado más allá de la reparación, de que no es solo algo que inspire deseo, sino alguien. Alguien lo suficientemente especial como para poder ser visto con ternura y cariño y con esos ojos llenos de intensidad con los que Samuel recorre cada gesto de su rostro como queriendo grabarlo en sus retinas para siempre.

—No quiero mentirte, mi dulce amor. Te amo, porque en parte soy humano, pero mi amor no es como el de un mortal. No es tan simple, tampoco tan gentil, incluso si estoy intentando retorcerlo y podarlo hasta darle una forma que sea aceptable para ti, más gentil contigo…

Samuel le acaricia el rostro y se inclina hacia él, dejando sobre su mejilla un tierno beso y, luego, inclinándose hacia su oído. Con los labios, recorre su cartílago, su precisión y delicadeza son las de un pincel sostenido en manos firmes y expertas. Luego los labios se detienen sobre su lóbulo y lo besa con la misma ternura que esta sensible parte de Aaron posee. Lo sostiene entre sus labios y luego entre sus dientes con extrema cautela, lo chupa con suavidad y lo deja deslizarse fuera de su boca. Besa su cuello, los labios hablando sobre la marca de propiedad que ahora arde como si una vela, con su llama tímida, lamiese ligeramente la piel.

—Cuando veo algo bello, tierno y puro, quiero romperlo, quiero notar su fragilidad en mis manos hacerse pedazos, necesito mancharlo de sangre, odio y dolor. Los vampiros no somos capaces de apreciar la belleza, la buscamos, eso es cierto, y la poseemos como una máscara engañosa para atraer a las más preciosas presas, pero no la anhelamos para admirarla suspirando como hacen los artistas humanos.

<<A nosotros nos gusta perseguir la belleza para atraparla en nuestras garras cuando la alcanzamos y destruirla. Nos interesa lo puro porque es más divertido de corromper, lo tierno porque es fácil de romper, lo adorable porque es sencillo de herir.

<<Así que, si cuando veo algo que me gusta porque es bonito solo puedo pensar en matarlo, Aaron, creo que no puedes imaginar lo que mis instintos me piden cuando tengo delante algo que amo.>>

Algo atraviesa el lazo de seda que los une, algo que lo despierta de golpe, lo alerta del peligro de sus palabras: electricidad pura que le zarandea el corazón y le tensa los músculos. Aaron se pone nervioso de pronto y una de las manos del depredador debe bajar de su mejilla a su cintura para sostenerlo quieto e impedir que siga removiéndose, incómodo y temeroso, sobre su regazo.

Pronto, las palabras del vampiro se ocupan de aplacar el temor que ellas mismas han inspirado.

—Por eso, Aaron, quiero que sepas que soy la misma criatura vil que antes. No quiero mentirte, hacerte creer que de algún modo todo lo malo en mí ha sido purificado. No hay demonios dentro de mi ser que puedan ser exorcizados así como me poseyeron, Aaron. Yo soy un demonio. Soy tu demonio, Aaroncito, pero puedo ser más suave que antes. Mantener mis apetitos a raya solo con la criatura que considero la más importante. Aprender a hacer cosas que los humanos queréis y que necesitáis, solo por ti, para ti. Puedo doblegar mi naturaleza para mantenerte a salvo de ella, incluso si a veces querré un mordisco de ti.

Aaron se siente confundido, mareado. Las palabras de Samuel lo atraviesan profundamente, cada una de ellas abriéndole el pecho, obligándolo a acogerlas en su corazón. Ni aunque quisiera podría mantenerse impasible ante la manera sensible, lenta y suave en que le habla, con una voz hermosa, pero que apenas reconoce.

No sabe siquiera qué significa todo eso. Él jamás pidió caer en manos de un vampiro, solo quería una vida tranquila. No pidió contener en su mirada el poder de remover dentro de su amo viejos recuerdos y sentimientos enquistados, solo quería ser bueno y, a cambio, que se lo tratase bien. No pidió que Samuel lo destrozara. No pidió que luego se arrepintiese, solo quería paz.

Mucho menos pidió ser amado por el mismo ser que casi lo destruye.

Y ahora tiene todo eso y no sabe qué hacer con ello. Porque es abrumador y porque es una promesa incierta. ¿Qué significa el amor de un vampiro? ¿Qué significa que Samuel es capaz de domar sus deseos retorcidos en cierta medida? ¿Qué significa que aún querrá bocado de él de vez en cuando?

—¿Y si un día se cansa? ¿Y si no le apetece esperar más y recuerda que puede tomar lo que quiera, cuando quiera? —pregunta nervioso, apretándose las manos, tirándose de los dedos y clavándose las uñas mientras imágenes demasiado reales de su pasado se clavan una y otra vez en sus retinas—. ¿Y si decide que echa demasiado de menos el placer de hacerme daño? 

Aaron está a punto de romper a llorar de nuevo, pero Samuel lo calma con dulzura. Recoge su cabello tras sus orejas, le quita las lágrimas una a una con el dorso de la mano, le susurra en el oído un ‘"shhh" agradable, como una brisa que hace crujir la hojarasca en otoño.

Vuelve a hundirse despacio en su cuello y a besar la marca con labios muy gentiles. Como si supiese que su boca quema sobre la piel del chico y quisiera darle un beso cálido, no abrasarlo. 

Le da otro beso. Y otro.

Baja poco a poco hasta que su labio superior sigue en la piel y el inferior roza la orilla de su camiseta.

—¿Y qué podría hacer que dejase de amarte? —pregunta entonces, con tranquilidad y confianza.

A Aaron se le ocurren mil y un motivos, empezando por que no comprende siquiera qué ha hallado el vampiro en él que pueda amar, pero antes de que pueda objetar nada, Samuel sigue hablando con sus labios contra la fina piel del chico, causándole escalofríos:

—Créeme, Aaron, si pudiese dejar de quererte, lo habría hecho ya —ríe suave contra su piel antes de barrer sus labios contra ella, como probando su dulzura sin querer tomar demasiado del chico—. No sabes los quebraderos de cabeza que da ser un lobo enamorado del corderito al que debería comerse. Pero no puedo librarme de ti, igual que tú no puedes de mí… —esta vez sus palabras no suenan ya tan relajadas; el tono es tranquilo, bajo, ronroneante… pero a la vez oscuro y solemne, la voz más profunda y grave, la boca sobre su cuello besándolo por un par de segundos más, como queriendo dejar sus palabras marcadas en su piel, inolvidables.

Las manos del vampiro se mueven. Una en su cintura, sosteniéndolo en el lugar, la otra acaricia la curva de su cuello y, luego, delinea el borde metálico del collar.

—Tú tienes mi collar alrededor de tu cuello —besa la marca—, mis dientes grabados en la piel y, sin embargo, eso no es nada con la jodida correa que tus manos han puesto alrededor de mi corazón. Yo soy tu amo, tuyo, porque también te pertenezco.

Aaron deja ir una risa ahogada y nerviosa, incapaz de creerse la severidad de lo que su amo ha dicho. <<Él perteneciéndome a mí, siendo mío. Es una locura>>

—D-dudo que yo pueda darle órdenes, señor. —bromea el chico, su voz débil y temblorosa, pues sabe que Samuel la nota en sus labios y la yema de sus dedos mientras está en su cuello y aún no ha salido de su boca. Su amo saborea el nerviosismo de sus palabras antes de que las pronuncie.

Sonríe contra su nívea piel.

—Ah, pero puedes pedirme lo que quieras con esa voz preciosa y esos ojitos adorables y no podré resistirme a consentirte.

Aaron vacila antes de hablar. Sabe que está por decir una tontería, conoce de antemano la respuesta, pero aun así, ¿por qué no intentarlo?

—¿Puedo pedir ser libre, entonces?

Samuel se detiene por un momento. Aaron lo escucha respirar contra su cuello. Respirar hondo.

Puede sentir la tensión, la forma en que sus manos sujetándolo aprietan un poco más, en que los labios se fruncen y el ceño también, su aliento tornándose más caliente, como si un infierno hubiese empezado a arder dentro del vampiro.

Samuel está enfadado.

Su pregunta ha sido demasiado atrevida y Aaron empieza a sentir su corazón latiendo deprisa, sus dientes mordiendo con fuerza su lengua como deberían haber hecho hace unos minutos antes de que abriese su bocaza, sus manos temblando, los labios de Samuel demasiado cerca de la tierna cicatriz, sus colmillos demasiado cerca y…

Samuel habla antes de que su pavor le lleve a disculparse. Habla sosegado, después de haberse tranquilizado contando hasta diez y pensando en gatitos y flores en vez de en huesos rotos y gritos:

—Pídeme todo lo que pueda darte y lo tendrás en un segundo. Pero, ¿la libertad? ¿Cómo podría dártela cuando precisamente todo esto está sucediendo porque no puedo renunciar a ti, porque no puedo dejarte ir, porque por primera vez hay algo más fuerte y poderoso que mis instintos que tira de mí? Y tira hacia ti. No podría darte la libertad, Aaron, ni aunque quisiera. Soy tuyo, para la eternidad e igual que tú no elegiste caer en mis garras, yo no elegí caer por ti. Pero ya está hecho.

Aaron suspira aliviado y debe admitir que las palabras del vampiro están llenas de tacto y amabilidad, especialmente considerando que su diablo está diciéndole que ya no puede echarse atrás, que su alma le pertenece y será su prisionero para siempre.

Samuel respira ahora pausado y tranquilo sobre su cuello y el chico puede sentir cómo, en cada inhalación, el vampiro se deleita con su aroma, como los labios, así como la punta de su nariz, trazan la curva de su cuello y recogen la esencia de su dulzura. 

—D-de acuerdo —murmura él y sigue sin entender por qué su voz se entrecorta de esa manera cuando nota la boca del otro alrededor de su marca, por qué su cuerpo arde y sus piernas se juntan involuntariamente—. Lo entiendo, es solo… toda esta información es demasiado abrumadora, señor. No sé cómo tomármelo, qué hacer —admite y una pequeña risa nerviosa sale de entre sus labios, porque está feliz por ser querido, pero todo es tan extraño que se siente un poco ridículo—. Jamás… jamás nadie ha estado enamorado de mí o, bueno, al menos es la primera vez que se me confiesa alguien y esto es mucho más difícil que la típica confesión en los pasillos de la universidad que imaginé. Estoy… creo que estoy feliz, porque me gusta mucho cómo me cuida últimamente y no quiero que esto se acabe, no quiero quedarme sin esta versión de usted, señor. Pero también estoy un poco asustado, porque incluso si sus sentimientos no desaparecen…

—No lo harán. —interrumpe el otro y, como castigo por siquiera insinuar eso, Samuel da un mordisquito en el cuello del menor. Uno diminuto y sin sus colmillos, pero es suficiente para que Aaron jadee y se remueva.

—Incluso si no lo hacen, señor, son sentimientos muy fuertes y cuando usted es intenso… temo que me hiera. Creo que eso es lo que intento decir.

—Estará bien, Aaron —dice delicadamente en su oído y luego se separa un poco de él, mirándolo a los ojos, los cuales el chico baja en señal de respeto—. Estarás bien. Me ocuparé de ello —Samuel observa al chico morder sus labios y asentir, todavía deliberando con escepticismo la veracidad de sus palabras. Le acaricia un poco el costado antes de añadir—. Dime, mi humano, ¿qué sientes tú?

Aaron se tensa de pronto. Su cabeza y su corazón son un absoluto lío de sentimientos que le obligan a tener que concentrarse en algo tan sencillo como respirar para no sentir que se ahoga bajo un peso insoportable.

A veces no es capaz siquiera de vivir en el presente, de centrarse en qué demonios debe sentir ahora, pues una sola caricia o un gesto o una escueta palabra le hacen vivir horas y horas de tortura: su primera paliza se torna eterna, los minutos se dilatan cuando recuerda cómo se sentía estar bajo el agua y saber que iba a morir ahí, el tiempo se detiene cuando recuerda la sensación de los huesos rotos y la carne desgarrada o cuando recuerda el frío suelo contra sus rodillas cada vez que se postraba para abrir su boca y ser usado como un objeto o cuando fue empujado a la cama, usado con una violencia tal que incluso aquellos otros abusos le hicieron sentir nostalgia por los inocentes tiempos en que pensaba que eso era el infierno, que nada podía ser peor.

Cuando eso sucede, Aaron no puede sino tornarse un lío de miedo, odio y asco, como tres venenos que se entremezclan y le emponzoñan la sangre, que le hacen convertirse en basura, pues así se siente. El terror lo paraliza, el odio lo ciega y el asco lo culpa por cada doloroso ramalazo de dolor que sus recuerdos azotan contra su pobre corazón.

Aaron siempre tiene que centrarse muy fuerte en algo -en el color exacto de una baldosa, el sonido que se escucha de fondo, el olor que hay en el aire y que viene de la cocina…- para obligar a que su mente viva en el presente y no en el pasado. Y cuando vuelve de ese turbulento viaje, sus sentimientos están tan revueltos que tiene náuseas solo de pensar en ellos.

No sabe si ama ser acariciado o si le aterra, si se siente seguro con ese vampiro que lo cuida o si odia a quien le arrebató todo. Aaron niega, aterrado, porque lo que sí sabe es que él no ama al vampiro.

¿Cómo podría?

Pero si negarse a cumplir una orden de Samuel es peligroso, rechazarle debe ser una sentencia de muerte.

—Señor, no… no lo sé. Necesito pensar. —admite nerviosamente, no sabiendo qué decir para no meterse en líos.

—No soy estúpido, sé que mis sentimientos no son correspondidos.

Aaron es incapaz de respirar.

—Lo siento, señor, s-si me da tiempo, puedo… Por favor, no deje de ser amable conmigo, le prometo que…

—No te quiero para que tú me quieras a mí, Aaron —le corta suavemente el otro, apenado al ver al humano aterrorizado de ese modo solo por no poder controlar sus sentimientos—. Te querré toda mi eternidad, aunque me odies. De hecho, incluso si fantaseo con que tú me ames a mí una décima parte de lo que yo te amo a ti, prefiero que me odies, porque eso significa que sabes lo que te hace bien y lo que te hace mal; no quiero que ames algo que te daña.

—No me dañe más, entonces.

Samuel parpadea despacio al escuchar las palabras del chico. Tan tímidas, que juraría que se las ha imaginado de no ser por las mejillas rojas del humano y por el adorable puchero en sus labios.

—Trato hecho —le promete con una sonrisa amable, aunque sus colmillos la tornan algo aterradora para Aaron—. Ahora dime, ¿cuánto me odias?

Aaron se atraganta con su propia saliva cuando escucha esa pregunta. La de antes, sobre sus sentimientos, ya le había parecido tan delicada que dar una respuesta correcta se sentía como atravesar un campo de minas a ciegas. Esta, sin embargo, es mucho, mucho peor.

Pero Samuel lo mira con afecto y añade:

—Puedes ser sincero, está bien, Aaroncito.

El chico suelta un quejido y aprieta sus labios. <<¿Cómo quiere que le odie en condiciones si me llama así, amo?>>

—N-no le odio cuando me trata así, pero a veces recuerdo lo que me hizo o creo que me dañará de nuevo y… —Aaron cierra los ojos y aprieta los puños, su voz se endurece—. Me odio a mí mismo tanto como puedo y también lo odio a usted. A veces… Desearía haber tenido una estaca esa noche —después de pronunciar algo tan terrible, el chico abre los ojos y cierra la boca de golpe. Se queda pálido como el papel—. Lo siento. Lo siento mucho, no sé por qué he dicho eso, yo…

—Está bien, no estoy enfadado —lo tranquiliza la voz firme de su amo y agradece el lazo entre ambos, porque le desvela que es medio verdad: Samuel ha sentido ira cuando le ha dicho eso, pero ahora está sosegado—. ¿Cuánto me temes?

Aaron se siente más cómodo por el cambio de pregunta. Ser despreciado es un insulto hacia la grandeza de Samuel, pero ser temido es prácticamente como ser alabado.

—Incluso cuando es delicado conmigo, incluso ahora, le temo mucho, mi señor. Me cuesta hablar, mi corazón va tan rápido y me tiemblan las manos. No está siendo violento y lo sé, pero sus manos son tan fuertes y usted tan grande, sus ojos y oh, sus colmillos, todo en usted me recuerda lo fácilmente que podría hacerme daño, mucho daño, si así lo desease, o en lo sencillo que le resultaría matarme si lo enfado sin querer y eso me aterra.

Samuel escucha su respuesta con paciencia, asintiendo con la cabeza. Luego le acaricia los cabellos como a una mascota obediente y dice:

—Buen chico, tan sincero. Entiendo si me odias, aunque me duela y una parte de mí esté demasiado irritada. Está bien si me temes, es lo normal, después de todo, somos cazador y presa. Pero quizá pueda… —el vampiro hace una pequeña pausa, como buscando las palabras adecuadas— Reenseñarte de qué soy capaz y aprender yo también a ser más agradable contigo, hacer que me odies una pizca menos y que tu miedo no te haga estar tan siempre tan estresado cerca de mí. Quiero que puedas sentirte seguro y tranquilo, que confíes en mí.

Algo en las palabras del vampiro tira de una fibra sensible en el chico. Quizá las palabras tranquilo y seguro son las que lo hacen, pues pasó años sintiéndose siempre alerta, siempre solo, siempre acechado y cuando pensó que no conocería la paz ni la seguridad de nuevo, halló una pizca de ellas entre los brazos del que creyó que era un amo cruel, pero que en el fondo poseía un corazón humano. Y luego ese amo destrozó sus esperanzas.

Ver que puede tener esa esperanza de nuevo es demasiado para él, así que rompe a llorar entre sollozos.

—G-gracias, es muy difícil, lo siento…

—Nada de disculpas, es una orden. —le replica el otro con un tono juguetón y picando su nariz un par de veces con el índice.

—Hace años que no confío en nadie —confiesa Aaron de pronto con la mirada perdida y las manos en su regazo quietas como las de un muñeco—. Creo que he olvidado cómo se siente.

—¿Quieres hablar de eso? —ofrece el vampiro. Toma al chico por la cintura y lo acomoda un poco mejor en su regazo, alejándolo un par de centímetros de él para poder mirarlo a la cara y que su cercanía no sea tan agobiante ni aterradora para el pequeño mortal— ¿De los años que has pasado solo o de… de antes de eso?

Aaron solloza y asiente, pero no sabe por dónde empezar. Lleva tantos años embotellando sus emociones, que siente que si logra sacar el tapón con las que las ha empujado al fondo para acallarlas, saldrán todas disparadas como proyectiles. Ni siquiera sabe si sabrá formar frases o palabras siquiera, pues ha estado tan solo por años que dejó hace mucho de pensar en sus emociones con palabras porque ¿Para qué pensar en cómo comunicar algo si uno no tiene a nadie con quien hablar? Después de un tiempo, su dolor pasó de ser algo descriptible, a meras sensaciones que lo acosaban y que no sabía siquiera explicar.

Aun así, Samuel logra entenderlo, pues le escucha muy atentamente.

—Echo tanto de menos a mis padres y a mis amigos y a todos y… y, incluso si no me caían bien, echo de menos a todos, a los compañeros de clase, los vecinos ruidosos, los abuelos que siempre alimentaban palomas en el parque. No he vuelto a ver palomas porque ya no hay humanos que les demos de comer, se han muerto y echo de menos a las palomas, se han muerto todas y las echo de menos y echo de menos a mamá y papá y a mi mejor amigo y la chica de clase que siempre me daba los deberes y… y…

Aaron pausa un rato, sollozando, jadeando y berreando como un animal herido, porque su dolor es demasiado primitivo para el lenguaje y él está demasiado cansado para traducirlo, al menos por un tiempo.

—Mis seres queridos… ya no sueño con ellos porque solo tengo pesadillas y ha pasado tanto desde que no los veo que he empezado a olvidar sus caras y sus voces y me da mucho miedo olvidar lo mucho que los quería. A veces me siento… distraído.

<<De pronto no me duelen sus ausencias y eso me aterra, porque el dolor es lo único que me queda de ellos, de lo mucho que les quise. No recuerdo cómo era amarles tanto, pero recuerdo el dolor por su pérdida. Es lo único que me queda de ellos.

<<No quiero perderlo, pero es tan insoportable. El dolor de su pérdida y luego el de la soledad y luego el de las decepciones por todos los campamentos vacíos que encontré y luego el de ser capturado por usted, el de ser tratado como un objeto, el de perder mi nombre, el de perder… dolor sobre dolor y sobre dolor y pesa tanto ya, pero creo que es todo lo que tengo. No puedo deshacerme de ello, ¿no? Voy a ser un mal hijo y un mal amigo si deja de dolerme su ausencia, pero ya no puedo más, no puedo más, no puedo más…>>

Aaron habla de forma desgarradora, sus manos arrugando la camisa en su pecho, apretándola tan fuerte que pareciera que el chico resiste el impulso de arrancar su propio corazón y lanzarlo lejos, muy lejos, porque no le sirve para nada más que sufrir y ya no puede tomar ese dolor insoportable. Prefiere el vacío. Prefiere morir.

Sus lágrimas le empapan tanto el rostro que Samuel no puede secárselas, perlan sus pestañas, le gotean desde la punta de la nariz y la barbilla y le cubren sus labios hasta acabar en su boca, amargas como las palabras que escupe. Aaron apenas puede hablar, para cuando acaba, solo susurra que el dolor es demasiado, pero es lo único suyo que le queda.

El vampiro lo escucha llorar y le regala unos minutos silenciosos mientras le sigue acariciando las empapadas mejillas. Aaron siente que es una acción tonta, por cada lágrima que el vampiro retira, él derrama diez más, pero se siente tan cálido por dentro cuando comprende lo hermoso que es que alguien siga consolándote, incluso si en el fondo es fútil.

—Querías mucho a esas personas, Aaron, pero ellos también te querían a ti. ¿Crees de verdad que a ellos les gustaría que te aferrases a su recuerdo si duele tanto? ¿Crees que les gustaría permanecer en el mundo a tu costa, convertidos en una herida que sangra y duele cada día? No les estás fallando por querer abandonar ese dolor, pero sí que te estás fallando a ti por obligarte a sufrirlo.

<<Superar sus muertes y dejar de extrañarlos de esa manera no significa olvidarlos. Puede que ahora solo puedas recordar de ellos su ausencia y lo mucho que esta te hace sufrir, pero eso es porque conoces demasiado bien el sufrimiento, estás rodeado de él, así que es lo único que reconoces, lo único que ves con claridad. Pero, Aaroncito, no tiene por qué ser así.

<<Puedes ser feliz, recordar cómo se siente reír o estar a gusto, relajado, sentirte cálido y querido… y no será la primera vez que te sientas así, ¿verdad? Todas esas personas te hicieron sentir de ese modo, igual que te hicieron sentir herido cuando murieron. Pero no tienes por qué quedarte con lo que te atormenta, puedes dejarlo ir, Aaron, honrar su memoria siendo feliz, porque cada vez que lo seas, estarás recordando lo que sentías cuando ellos todavía estaban aquí y te hacían sonreír.>>

Samuel siente que sus labios tiemblan mientras le habla al pequeño. Su voz es muy sosegada y lenta, pronuncia cada frase con la lengua suavizándola hasta que suena como una canción. Algo hermoso y tranquilizador que uno escucha, que quiere escuchar y que deja pasar dentro de él sin oponer resistencia, permitiendo que cada palabra le acaricie el corazón, dedos expertos relajando las fibras más tensas de este o, quizá, pinzándolas para hacer que se sume a la melodía.

Aaron deja poco a poco de llorar. Las palabras del vampiro le parecen increíblemente sabias y agradece muchísimo que el vampiro sea una criatura tan experta en la vida y la muerte como para regalarle ese pedacito de conocimiento que tan aliviado lo hace sentir.

Quizá no recuerda la forma exacta en que quería a cada una de esas personas especiales, pero si puede todavía querer algo, incluso volver a quererse a sí mismo, estará recordando un pedacito de todo ese amor que tanto añora. Sabe que a ellos les gustaría verle así, no llorando, pero hasta ahora no se le había ocurrido una mejor ofrenda que sus lágrimas para ceder a los espíritus de todos a quienes ha perdido para mantenerlos todavía vivos. Jamás pensó que las sonrisas valdrían, pues uno no sacrifica nada al ser feliz. Pero, como Samuel ha dicho, ¿por qué querrían esas personas que tanto lo amaron que él sacrificase algo de sí mismo, que se entregase, pedacito a pedacito, a la muerte, hasta que ya no quedase nada de sí?

Aaron alza su vista y sus ojos destellan de alivio y esperanza, pero hay todavía una motita de preocupación enturbiándolos.

—¿Usted cree que puedo llegar a ser algo… parecido a feliz, amo?

La pregunta, tan inocente y triste como es, se transforma en un dardo cargado de veneno tan pronto como sale de los labios de Aaron y alcanza a Samuel de lleno en el corazón.

Samuel muerde su labio, pues quiere prometerle al chico el mundo entero, pero aunque es capaz de hacerlo arder, pues está hecho para la destrucción, no sabe si será capaz de construir algo suficientemente estable, seguro y bonito entre ambos como para que Aaron se sienta algún día como algo más que un pobre pajarito enjaulado.

—¿Cree que merezco ser feliz, amo? Ni siquiera soy un buen siervo para usted, siempre me está castigando, no hago las cosas bien, si no merezco una recompensa, ¿cómo voy a merecer algo tan grande como la fel-?

—Aaron, silencio —ordena Samuel y el chico, muerto de preocupación por seguir siendo inútil y rebelde, cierra la boca de inmediato—. Eres maravilloso, claro que lo mereces. Pero ahora estás poniéndote nervioso, estás demasiado sensible —advierte, notando al chico sobre su regazo destemplarse, tan indefenso ante la vorágine de sentimientos que lo atrapa como un cruel huracán que pronto no solo llora y se lamenta, sino que su cuerpo entero se siente débil, febril. Enfermo. Incapaz de lidiar con tanto. Samuel necesita calmarlo—. Pobrecito, con tu cabeza hecha un lío… Necesitas relajarte. Estás temblando y con sudores fríos. ¿Quieres tomar un baño caliente? 

Aaron suspira de alivio por la oferta. La idea es agradable, más que eso, se ilumina en su cabeza con la más cálida de las luces, así que asiente. Al hacerlo, repara en lo muy mareado que está. 

Lo agradece por dentro cuando Samuel lo alza con delicadeza y lo lleva al baño. Lo sienta sobre el tocador, su espalda delgada y temblorosa apoyada contra el frío espejo. Mientras, el vampiro cierra la puerta, prueba el agua con sus dedos hasta que sale cálida y agradable y la deja corriendo mientras pone un tapón para que se llene la bañera. Al lado de esta, prepara una toalla grande y suave para el cuerpo del chico y una más pequeñita para su cabello. Deja varios frascos al lado de estas: un jabón para su cuerpo con aroma a nata, champú de fresas y una loción hidratante que luce y huele tan rica que se le antoja apetitosa al joven humano. También, bajo las toallas secas, deposita un enorme camisón blanco de aspecto fresco y cómodo, tanto que Aaron está seguro de que podrá usarlo de vestido, pues debe llegarle hasta los tobillos, y de que quizá la tela se le transparente un poco, revelando los contornos suaves y delgados de su cuerpo y el color afrutado de sus pezones y sus genitales. Enrojece un poco por ello, pero no dice nada.

Le agrada mucho ver al vampiro preparándole el baño con tanta dedicación y desearía también verlo mientras le cocina sus desayunos y sus comidas. Cuando está tan centrado en hacer algo por él, no le recuerda en absoluto al monstruo que lleva semanas machacándolo por cada error, vejándolo ante otros como un simple objeto de entretenimiento y usándolo sin reparar en cómo eso lo destruirá.

Mientras le prepara el baño, simplemente luce como un marido devoto.

<<Un marido…>> piensa Aaron, poniéndose todavía más rojo y demasiado sorprendido por haberse atrapado a sí mismo pensando en esa cruel bestia con tales términos.

Su corazón se acelera por la magnitud de lo que eso pueda llegar a significar y, al escucharlo, el vampiro se voltea hacia él con urgencia y corre a atenderlo, sin saber que él es el origen de su nerviosismo.

—Calma, Aaroncito. Respira para mí, despacio. Sé un buen chico.

El corazón del humano da un vuelco por el repentino halago. Esas dos palabras que no deberían causar lo que causan en él, pero aun así lo hacen. Por ellas, Aaron obedece y cierra los ojos, respirando pausado y muy hondo, llenándose bien el pecho con cada inhalación y luego vaciándolo paulatinamente, separando sus labios de cereza para dejar salir el aire.

Samuel lo alienta.

—Eso es. Ahora voy a quitarte la ropa.

Aaron flaquea al oír eso, su respiración saliendo temblorosa e interrumpida tan pronto nota las manos del vampiro en su cuello, quitando el primer botón de su camisa. Aun así, se deja hacer, pues el vampiro hará lo que desee con él de todos modos y, además, está siendo tan suave que no quiere estropearlo.

Nota el lazo que los une estrechándose alrededor de su corazón, sedoso, pero firme, cuando el vampiro desnuda el segundo botón de su camiseta. Luego el tercero. El cuarto. El lazo vibra de una forma extraña, haciendo que algo en su pecho se sacuda y que el chico se estremezca con extraños hormigueos que recorren su piel.

—Buen chico, tan quieto y obediente para mí… —ronronea contra su piel y toda ella se eriza.

Samuel respira sobre su cuello y su oído. Su aliento es tan cálido como una mano ardiente y enorme que lo acaricia, se derrama sobre la curva que une su cuello y su hombro y luego, extrañamente, nota ese calor cayendo por sus clavículas, pasando por su pecho, goteando sobre su vientre hundido por la impresión y luego deslizándose más allá de este, hacia el norte de su cuerpo. El calor se instala en esa parte de su anatomía que se siente extraña y pecaminosa, tan hambrienta de cosas que Aaron no comprende que ha tenido que ser mantenida bajo control con un collar metálico a su alrededor.

Aaron tiembla cuando Samuel le da el primer beso en el cuello. Lento, deliberado y cálido. El calor vuelve a hacer el mismo camino: lo nota en sus mejillas, sus hombros, sus clavículas, su pecho, su vientre… pero sobre todo en el sur de su cuerpo, en ese lugar donde poner las manos, incluso la mirada, es un pecado.

—¿Te gusta ser besado así, Aaron?

Samuel baja el hombro de la camisa de Aaron, no con sus manos, sino con sus labios: poco a poco, los besos trazan esa curva hermosa donde ahora la marca de sus dientes descolla, hasta que sus belfos se topan con la molesta tela. Toma la orilla de la camiseta con sus dientes, delicadamente, y la retira poco a poco hasta que esta cae por el hombro del chico y desliza hasta descubrir su brazo derecho.

Aaron se encoge y jadea cuando Samuel besa y luego mordisquea su hombro. Lo hace con suavidad, probando la ternura de su carne con los dientes, mas no hiriendo al pequeño mortal.

—Te he hecho una pregunta, mi humano, deberías responderme.

Samuel ha terminado ya de desabotonar su camisa y esta se abre con soltura, dando acceso a su amo al torso desnudo del chico.

Una mano enorme rodea su cintura con facilidad, el pulgar moviéndose arriba y abajo en su tripita hundida por el nerviosismo, la otra mano baja la segunda manga de Aaron, ahora haciendo que la camisa caiga y que sus clavículas y su pecho estén completamente a merced de la boca de su amo.

Aaron no puede concentrarse, no sabe ni de qué pregunta habla Samuel. Solo sabe que su mano enorme le rodea la cintura, los dedos tocándose mientras él respira rápido y agitado entre sus garras, y que su boca grande y hambrienta y cálida y oh, tan, tan malditamente suave, no para de besarlo y de hacer que su mente esté nublada y sus ojos brumosos.

—¡Ah! 

Aaron gimotea alto y se tensa de pronto cuando Samuel muerde su hombro un poco más fuerte, esta vez con sus colmillos torturando levemente su piel, pero no dejando más que una marquita roja que en minutos se desvanecerá.

—Amo… amo… —susurra el chico, alarmado, y sus pequeñas manos intentan rodear sin éxito los antebrazos anchos y venosos del vampiro, como sosteniéndose a ellos cual salvavidas.

—Tranquilo, bebé, no voy a comerte —ríe en su oído, amable, pero también un poco cruel, pues disfruta viéndolo tan alterado solo por unos besos—. Solo quiero que me respondas: ¿Te gusta cuando te beso así? —pregunta en su oído y acto seguido, le demuestra al chico de qué habla.

Lame su lóbulo con la afilada punta de su lengua y besa su cuello mientras desciende: un beso nimio y tierno en su marca, luego uno un poco más largo abajo y otro más profundo después. Samuel parte sus labios, cierra su boca alrededor de la nívea piel y mordisquea un poco, succiona con extremo cuidado, haciendo que Aaron sienta solo un pinchazo de dolor y luego lamiendo la zona donde la marca de sus dientes descolla, como curándolo.

Aaron tiembla con cada beso y mordisco y en apenas dos minutos ya tiene todo un lado de un cuello y un hombro entero lleno de pequeñas marcas de pasión.

—No lo sé, amo —confiesa el chico, demasiado confundido y asustado por la intensidad del momento. Nota un tirón de necesidad en su interior, pero también le asusta dejar que Samuel continúe, que las cosas lleguen más lejos. Aaron frota sus piernas, desesperado y angustiado, y Samuel es incapaz de pasar inadvertido el delicioso gesto—, se siente extraño. N-no estoy acostumbrado a esto. Nunca antes nadie me había…

Aaron no sabe siquiera cómo acabar la frase: ¿Nunca había sido desnudado? ¿Nunca había sido besado, lamido, mordisqueado de esa forma juguetona y atrevida? ¿Nunca había estado a merced de una criatura hecha de lujuria y crueldad con un collar alrededor de su cuello y un lazo envolviendo su corazón, haciéndolo arrodillarse ante cada uno de los deseos y las exigencias de tal demonio?

Samuel le quita la camisa del todo, dejándola a un lado y ríe suavemente en el oído del chico.

—¿No sabes si te gusta? —pregunta, burlón, y encaja sus dientes en el lugar exacto en que tiene la marca. La piel en esa zona es delgada y tan sensible que Aaron no puede sino arquearse entero, ofreciéndose más al vampiro. Una de las manos de este baja a su pierna y la acaricia despacio, tranquilizándolo, para luego tantear el elástico que los mantiene sujetos a su cintura—. Cada vez que beso la preciosa marca que le dice a todo el mundo lo jodidamente mío que eres, tiemblas y suspiras de esa forma tan bonita, te arqueas y tu piel se eriza. Me gusta mucho cómo reaccionas y estás siendo tan dócil y complaciente que mereces una recompensa, ¿no es así? ¿Quieres ser premiado, Aaron?

Las palabras se arremolinan en su cabeza de forma extraña, se convierten en una bruma que le embota los sentidos, que ahoga su raciocinio. No hay nada más que manos grandes y bocas cálidas, una voz ronca y el hormigueo que hace a Aaron sacudirse entre las garras de su amo, ser tomado con algo de rudeza y ser puesto en su lugar de nuevo. No hay nada más que eso y calor.

Y se siente bien, incluso si está muy nervioso y algo asustado, porque puede sentir el deseo en la voz de Samuel y sabe que un vampiro deseoso es peor que uno hambriento, así que asiente. 

—Mhm, s-sí, amo… —susurra, pues su boca parece tener vida propia y su cabeza es incapaz de pensar, pues necesita algún tipo de liberación que él desconoce.

Samuel baja un poco, con una mano tira de los pantalones de Aaron, bajándoselos muy poco a poco, con la otra lo sostiene quieto y con su boca besa el centro del raso y delgado pecho del chico. Lame con su larga, húmeda lengua, el espacio entre sus dos pectorales llanos. Aaron deja ir un sonido tan alto como vergonzoso y de pronto su cuerpo parece querer esconderse de la intensa sensación: cierra las piernas, topándose con que el vampiro está entre ellas, impidiéndoselo, y se encorva como escondiendo su pecho y su abdomen.

Samuel gruñe contra su piel, impaciente, la mano en su cintura se torna exigente, firme y dura y lo obliga a volver a arquear su espalda, ofreciéndole al vampiro su pecho desnudo.

—Abre las piernas —ordena con una voz poderosa como un rayo que parece desgarrar el velo de suavidad y ternura que el vampiro se había puesto sobre la boca hasta el momento. Aaron nota el deseo en la voz del otro, la lujuria: cruda, rasposa, un rugido animal. Lo atraviesa y, sin siquiera pensárselo, Aaron corresponde a la orden abriendo sus piernas para que Samuel pueda acercarse más a él—, eso es… vuelve a susurrar con dulzura, complacido al ver que su mortal no está tratando de ser rebelde, solo está demasiado nervioso y preocupado por esa extraña cercanía entre ambos—. Deja que me encargue de ti, Aaron. Haz todo lo que diga, y te haré sentir tan bien…

Aaron se deja hacer, porque obedecer es más sencillo que luchar. Se siente más natural, de algún modo. Aun así, cuando Samuel baja sus pantalones del todo, el chico siente unas repentinas ganas de llorar y de desafiar esa facilidad con la que su cuerpo se somete a su amo.

Quiere arrancarse de la boca todos los gemidos que salen sin su permiso y poner un no en su lugar. Quiere pedirle a su amo que se detenga, que, por favor, no alimente más su deseo, pues este siempre quiere más y más y más.

Recuerda la forma en que el vampiro le arrancó la ropa aquella noche. La forma en que supo que lo que pasaría sería inevitable, esa sensación de perdición como una pesada ancla hundiéndosele en el estómago. Se siente parecido ahora y eso lo asusta.

Aaron se remueve un poco, como puede, aunque nota su cuerpo no queriendo cooperar, como ebrio de placer y cosquilleos.

Samuel se lame los labios mientras mira su desnudez completa, sus ojos fijos en el pedacito de Aaron que más obsceno luce: el lugar entre sus piernas abiertas, donde un anillo metálico rodea la base de su miembro erecto, rojo y goteante.

Samuel abre su boca, sorprendido y sonriente, y deja ir un ruido ronco y susurrante de gusto.

—Mírate, tan bueno que ya estás listo para mí. Rogando que tu amo te preste atención. Relájate, voy a darte lo que deseas, mi necesitado humanito.

Las palabras de Samuel no son ruido, no son palabras siquiera, ni letras ni sonidos, son pura electricidad viajando a través del cuerpo de Aaron, haciendo que los vellos de su nuca se ericen, que sus dedos se ricen, que su hombría se estremezca y sus piernas vuelvan a intentar cerrarse sin éxito alguno.

Se siente tan mareado y tan bien, pero, a la vez, tan malditamente asustado. El placer es real, pero también lo es la preocupación: su cuerpo lo está traicionando otra vez, tratando de ahogar los malos recuerdos, de distraerlo del peligro, pero la realidad es que Aaron no quiere ser tocado de nuevo, no de una forma tan íntima y delicada, no cuando sus piernas no funcionan aún porque esas mismas manos las desgarraron sin cuidado alguno, no cuando todavía tiene pesadillas cada noche con su amo ultrajándolo, no cuando es incapaz de superar que la única vez que ha logrado correrse sin que sean sus manos las que lo estimulen, ha sido mientras era despojado de su propio cuerpo.

No quiere el placer, si es a cambio de su dignidad. 

No quiere entregarse a Samuel, si todavía es incapaz de confiar en él.

—No… —murmura bajito, negando con su cabeza.

—Está bien, seré suave. —promete el otro.

Tan pronto su mano se acerca al pene del chico, a punto de tocar ese maldito anillo que lo controla como si no tuviese voluntad, los recuerdos estallan en su cabeza. La humillación, la vergüenza, la desgarradora sensación de traicionarse a uno mismo que lo atravesó cuando se corrió aquella vez. Sucio. Se siente tan sucio. Se siente atrapado de nuevo, vulnerable, herido, incapaz de huir mientras es acechado y cazado y oh, Dios, Samuel lo está acorralando contra el espejo, ese espejo que rompió y que usó para intentar huir de su tormento, ahora testigo de que no hay salida. Y sus manos grandes lo mantienen quieto y está lleno de marcas de mordiscos y Samuel no se conformará con marcas que no sangran.

Sus colmillos están creciendo, sus ojos rojos relucen, las garras, oh, las garras. Samuel ha rajado y roto sus pantalones al quitárselos sin querer, sin darse cuenta siquiera, y él está desnudo y vulnerable, no puede siquiera bajar del tocador y marcharse. No puede gritar por ayuda.

Necesita que todo pare, lo necesita mil veces más de lo que su cuerpo pueda querer un estúpido orgasmo.

—Amo, no, e-espere, por favor… —murmura y ya no luce confundido como antes o un poco nervioso, luce totalmente aterrado.

La frustración hace que Samuel mire al chico con el ceño fruncido y ojos duros. Está esmerándose en ser agradable con él, en hacer las cosas lenta, suavemente <<¿Qué mierda he hecho mal ahora? ¿Por qué no puedo obtener lo que quiero? ¿Por qué tiene que provocarme con sus gemidos y su obediencia y su cuerpo tan receptivo y luego decirme que no? Estoy controlándome, merezco ser recompensado>>

—¿Por qué? —gruñe y, sin darse cuenta, sus garras se clavan en la cintura de Aaron amenazantemente.

El deseo lo consume y lleva haciéndolo desde que besó al pequeño por primera vez en su elegante cuello. Ha logrado controlarlo alimentándolo con cuentagotas, dándole solo un pedacito del chico cuando este lucía suficientemente cómodo como para que él tomase un delicado muerdo. ¿Y ahora debe detenerse en el mejor momento? ¿Matar de hambre a su deseo después de haberle prometido un banquete y haberle hecho la boca agua con pequeñas migas de pan? Ha abierto su apetito, ahora debe ocuparse de él.

Algo gruñe en su interior. Algo posesivo y primitivo que necesita reclamar la presa que le pertenece por derecho natural, porque porta su marca y, en consecuencia, debe soportar todas sus perversiones.

—N-no lo sé, señor, estoy nervioso, estoy asustado… Solo, no quiero, por favor… —murmura y pone sus dos manos en el pecho grande y duro del vampiro, no pretendiendo alejarlo, pero sí deseando hacerlo. Lo nota respirar rápido, agitado, como si estuviese agotado de tanto luchar.

<<Va a rendirse. Va a dejarse llevar. Va a herirme de nuevo>>

—Por favor, señor, no quiero…

—¿No quieres? —pregunta y su tono es burlón y mordaz, acompañado de una corta risa sarcástica—. Estás prácticamente rogando por ello, humano.

Su voz derrocha impaciencia, pero las manos de Samuel se esmeran por esperar. Se separan de Aaron y se agarrotan sobre la madera del tocador, las largas garras dejando en esta surcos profundos y astillados.

—P-pero me siento mal, me siento inseguro y…

—Ni siquiera voy a hacerte daño, voy a darte placer —replica el otro como si Aaron fuese demasiado estúpido para entender la situación, la grandeza de ella, su singularidad—. ¿Sabes cuántos humanos morirían por tener el honor de que mis manos les den placer en vez de destrozarlos?

—Amo, n-no quiero ser desagradecido, solo… no estoy listo, no lo estoy… M-me prometió no herirme, no rompa su promesa tan pronto, por favor…

La desesperada súplica de Aaron se siente como una puñalada trapera para Samuel y estalla golpeando el tocador con su puño. Aaron grita por el susto y la pequeña mesita caoba donde estaba sentado cede ante la ira del vampiro, convirtiéndose en un montón de tablones destrozados en el suelo.

Samuel mira a Aaron desde arriba con ojos que destellan llenos de frustración y odio y sisea, con veneno en los labios, las siguientes palabras:

—Bien, entonces. Te dejaré en paz, pero recuerda que eres mío: no te toco porque he decidido no hacerlo y tú… tú no te vas a tocar tampoco, porque te lo prohíbo.


 

CAPÍTULO 50

Samuel se marcha del baño tras su arranque de ira y Aaron tarda unos minutos en lograr estabilizar su corazón después de que su amo dé un atronador portazo y se marche dando pisotones que pareciera que pueden derrumbar la mansión entera. Se repite a sí mismo que todo ha salido bien, que ha logrado que el hombre, pese a desear poseerlo, se detenga. Que, por fin, ha conectado con la humanidad de su amo y ha logrado inspirar en él verdadera compasión. Pero eso no basta para calmarlo, porque también lo ha cabreado.

Samuel se ha ido iracundo y ahora mismo debe estar igual. Cuando él salga del baño, de aquí a un rato, el vampiro va a seguir igual de cabreado. Quizá más. Traga saliva. Aaron imagina al vampiro en la soledad de su habitación, andando de un lado a otro como un león enjaulado, la frustración bullendo en su interior y el demonio que lleva dentro susurrándole al oído que ha sido patético que tenga que obedecer las órdenes de un humano, que sea echado de su propio baño, sus manos expulsadas de un cuerpo que le pertenece, que sea forzado a aguantarse sus deseos como un animal castrado humillantemente. 

Es posible, piensa Aaron, que cuando salga del baño el vampiro no solo esté más enfadado, sino que haya cambiado de idea también respecto a escuchar sus súplicas.

Aaron traga saliva, pero intenta no pensar en eso, si lo hace, no podrá siquiera respirar bien y ahora necesita seguir adelante e intentar tener esperanza.

Se levanta de la pila de pedazos de madera donde Samuel lo ha dejado y se arrastra como puede hacia la bañera. Solloza un poco cuando empieza a frotar el jabón sobre su cuerpo y piensa en lo amablemente que el vampiro estaba preparándole ese baño y besándole, desnudándolo tan respetuosamente, tan lento, halagándolo cada poco, asegurándose de que estaba tranquilo y cómodo con cada gesto.

Aaron se siente culpable, pues piensa que ha arruinado el buen humor del vampiro y luego se siente profundamente triste, porque sabe que si Samuel realmente lo ama, su amor tiene dos caras: la dulzura con la que lo ha tratado mientras lo despojaba de ropa y, también, el ansia animal con el que tocaba su cuerpo, listo para tomarlo sin miramientos ni paciencia.

Mientras Aaron toma su baño y trata de sosegarse para no salir de ahí llorando, Samuel está sentado en la cama con el rostro entre las manos y el arrepentimiento inundando cada poro de su ser.

Sabe que no lo ha hecho mal, sino terrible. Catastróficamente, diría. 

La noche de hoy ha sido una llena de demasiadas emociones, incluso para Samuel, así que imagina lo vulnerable y sensible que ha dejado a Aaron. Después de todo -fallar de nuevo en sus intentos de poder caminar suficientemente bien como para usar muletas, recibir una agridulce confesión de amor de una criatura que solo sabe querer de forma violenta, ser tocado, besado, desnudado por ese mismo ser hecho de lujuria y sed de sangre…- Aaron necesitaba ver a Samuel como un lugar seguro, como el hombre paciente y respetuoso en que le ha convencido que puede convertirse. En su lugar, no ha sido más que un lobo hambriento gruñendo y salivando ante la más mínima posibilidad de hincar sus dientes en carne fresca.

Samuel no pretendía dañar al chico, pero se ha sentido tan vulnerable al confesar sentimientos tan extremadamente humanos, que necesitaba que el chico le correspondiese un poco. Que le mostrase también un poco de su vulnerabilidad y sucumbiese a admitir que, incluso si no lo ama, su cuerpo lo anhela, lo desea, lo necesita. Y Samuel planeaba hacerle sentir un placer exquisito en compensación, demostrarle al chico que sus manos no solo rompen, demostrarse a sí mismo que puede dar y no solo tomar, pero, de nuevo, no ha sido capaz.

Porque es obvio que el muchacho al que apenas un mes atrás violó y mutiló sencillamente porque podía y porque quería no deseará ahora ser tocado pecaminosamente por esas mismas manos que le traen recuerdos, vergüenza y desdicha. Debería agradecer que Aaron tolere siquiera estar en la misma habitación que él, compartir el aire que respiran.

Debería estar boquiabierto de pura sorpresa y júbilo por haber descubierto que el chico es capaz no solo de aguantar, sino de disfrutar sus besos y sus caricias. O bueno, al menos lo era antes de que él lo arruinase queriendo tomar más de eso, ir más rápido de lo que Aaron puede tolerar.

Ha sido cruel e injusto.

Samuel lo sabe.

<<He sido monstruoso.>>

Y lo peor de todo es que, mientras Samuel asustaba al chico, mientras le reclamaba su cuerpo como si se lo debiese a cambio de su amabilidad, Samuel no ha pretendido asustarlo. Esa es la única forma en que la bestia formada por sus deseos sabe ser gentil, la única forma en que sabe ofrecer consuelo y amor: forzando el placer en un cuerpo que se retuerce para escapar de sus garras.

Samuel golpea su cabeza con las manos, suspirando.

Se dice que sí, es cierto que ha sido mejor con Aaron desde que lo tomó y lo rompió de aquel modo tan espantoso y sí, es cierto también que ser tocado y obligado a sentir placer cuando uno está asustado es ciertamente mejor que ser destrozado y usado solo como un lugar cálido donde él pueda desatar toda su ira y derramar toda su lujuria, pero aun así, no es suficiente.

No basta con que hiera a Aaron de formas más superfluas, suaves y sencillas de sanar. No si lo que busca es que sus manos dejen de hacer sangrar al chico.

Tiene que esforzarse más, hacerlo mejor. Tiene que compensar el pequeño lapso en que hoy ha perdido los estribos y se ha comportado como un animal babeando sobre un pedazo de carne.

Y tiene que hacerlo ya.

Cuando Aaron sale del baño, se nota a leguas que el chico aún sigue trastornado por el incidente de antes. La puerta se abre muy despacio, tanto que es evidente que Aaron está haciendo su mejor esfuerzo por no hacer ningún ruido para no alertar al vampiro, pues cree que si este se le acerca, no será con buenas intenciones. El chico asoma su cabecita de cabellos revueltos y húmedos por la puerta con timidez, como un pequeño hongo brotando del marco de la puerta a la altura casi del suelo, pues Aaron aún no puede tenerse en pie solo. Da un repullo cuando ve a Samuel mirándolo fijamente, sentado en la cama y con cara de pocos amigos.

El vampiro luce frustrado, tan terriblemente frustrado… Y eso hace que los últimos veinte minutos, los cuales ha pasado repitiéndose como un mantra que todo estará bien, que Samuel se habrá calmado y que no le hará daño, sean tirados por la borda en un instante.

—Hola, amo… —murmura el muchacho con un hilillo de voz, bajando la mirada y con sus manos tan temblorosas que Samuel no puede evitar darse cuenta.

<<Por Drácula, está aterrorizado…>> el vampiro lo mira mordiéndose el labio, observando como esa pequeña flor que horas atrás abría tímidamente sus pétalos y le mostraba su corazón, confiándole sus lágrimas, sus miedos, sus deseos y sus anhelos, ahora se cierra en banda y se sacude como azotada por un vendaval que amenaza con arrancarla del suelo y lanzarla, muerta y marchita, cruelmente por ahí.

Samuel se levanta de la cama sin mediar palabra, pues siente que la voz no le saldría de todos modos. ¿Qué va a hacer? ¿Disculparse? Ya lo hizo y, pese a ello, ha asustado hoy al chico tanto que ha visto en sus ojos la misma mirada exacta que la noche en que lo violó. Así que ha decidido que no más palabras, no más promesas que se deshacen en los labios como algodón de azúcar. Aaron necesita actos, sólidos y estables.

Así que se levanta con la intención de acercarse a él, levantarlo y depositarlo en la cama con delicadeza, pero tan pronto se pone de pie, Aaron da un brinco y se abraza a sí mismo.

La fragancia del miedo llena la estancia como polen siendo espolvoreado por el aire, tan sutil y dulce como ineludible: por cada bocanada de aire, Samuel puede confirmar el terror que causa en el chico y, mientras se le hace la boca agua por ello, también siente la culpa acumulándose en su pecho como un pesado cubo que es llenado por un constante goteo de remordimientos que se apilan y se apilan.

<<¿Por qué he tenido que hacerle tanto daño? ¿No me bastaba con golpearlo? ¿Con todas las palizas que le di? ¿No me bastaba con verlo sangrando y rogándome perdón? ¿Por qué soy así? ¿Por qué tengo que disfrutar de ser así?>>

Samuel vuelve a sentarse en la cama, no queriendo alterar más al chico con su contacto indeseado, y ordena con voz sosegada:

—Ven. Sube a la cama.

Tan pronto oye la orden, la sangre del rostro de Aaron se drena por completo, dejándolo pálido como la tiza. Su corazón empieza a retumbar en su pecho y puede sentir el sudor frío acumulándose en sus sienes, haciendo que sus manos se tornen resbalosas, pero a pesar de toda esa agitación interna, el humano no dice ni hace nada, esperando haber oído mal.

Esperando que, si no reacciona, esas palabras se disuelvan en el aire y no vuelvan a aparecer. Pero lo hacen.

—Aaron, ven aquí y sube a la cama.

Aaron alza un poco su cabeza, mira a los ojos de su amo por una fracción de segundo y luego niega muy despacio y muy bajito.

—N-no… no pienso hacerlo.

Samuel frunce el ceño. Ha estado a punto de perder los estribos un rato antes y ahora que por fin ha logrado calmarse, lo que menos necesita es un ataque de rebeldía del chico. Además, está intentando ser amable. ¿Por qué ese maldito humano se niega a ponérselo fácil?

Samuel aprieta los puños y se levanta, clavándose las uñas en la palma de la mano mientras lucha por controlarse. Aaron traga saliva y se mueve por fin: se arrastra un poco hacia atrás, alejándose de su amo.

—No me hagas perder la paciencia, me resulta difícil controlarme, humano y más aún cuando me provocas abiertamente —su voz es ronca como un gruñido y Aaron puede ver la ira ardiendo en sus ojos, la mandíbula apretada, los nudillos blancos y las venas descollantes. Da un paso adelante y otro, hasta quedar justo frente al chico paralizado por el terror—. Ahora, sube a la puta cama.

—No… —murmura el chico, esta vez más firme y resuelto que antes, aunque con los ojos llenos de lágrimas. Mientras lo hace, se aferra con mucha fuerza al marco de la puerta usando sus manos, como si declarase que no será movido de ahí— No voy a hacerlo, no voy a dejar q-

Esa respuesta es la gota que colma el vaso. Samuel pierde la paciencia, toma al chico por el cuello con su poderosa mano y lo arranca del suelo. Las uñas de Aaron dejan indentaciones en la madera del marco de la puerta y el grito que da al ser agarrado con tanta brusquedad parece que resonará en las paredes por años.

El chico es alzado por el cuello y luego arrojado a la cama con violencia, como…

<<Como aquella noche, igual que aquella noche, aquella noche, aquella noche, aquellanocheaquellanochenoquieroqueserepitaaquellanochenoquierodejardeserunapersonadenuevonoquieroseguirvivosiviviresquetehaganesonopuedovolveraaquellanocheaquellanocheaquellanoche>> 

Aaron llora desconsoladamente, haciéndose un ovillo en la cama y Samuel, confuso y demasiado irritado porque no entiende porque sus buenas intenciones están teniendo unas consecuencias tan catastróficas, se sube a la cama listo para comandar que deje de llorar balbucear tonterías y le dé una puta explicación.

Tan pronto toca la cama y, aunque Aaron está hecho un ovillo en el extremo opuesto, el chico llora más histérico aún, repitiendo "no" como un mantra frenético.

Samuel se siente estúpido, pues solo está asustando más y más al chico, pero no sabe cómo recobrar el control de la situación más que con violencia y dominación.

Traga saliva y frunce el ceño. Le duele la cabeza de tanto oír a ese chico bajo él llorar y repetir <<no>> una y otra vez, de pensar tanto en cosas que antes ni se había planteado, de llenar sus pensamientos de compasión y gentileza cuando esas cosas jamás habían tenido cabida en sus consideraciones antes.

Entonces decide que usará su voz de mando y que hará a Aaron callar y calmarse, aunque sea por la fuerza. No se le ocurre nada mejor, pero cuando va a abrir la boca para ordenarle algo, Aaron lo interrumpe.

El chico aún llora y tiembla, pero pese a ello se las apaña para hablar con determinación, para mirar al ser que tanto lo amedrenta directamente a los ojos y que sus palabras, entrecortadas por sollozos, salgan de su boca con la firmeza de puñales certeros:

—Si vuelve a… hacerlo, amo, yo volveré a intentarlo —Samuel se queda pensativo unos segundos al inicio, pues no entiende de qué habla Aaron, pero la seriedad en sus palabras y el dolor en sus ojos es suficiente para hacerle caer en la cuenta de lo que está diciendo. De con qué está amenazándolo—. Y esta vez lo haré bien. Usted puede ser poderoso, puede traerme de vuelta a la vida incluso cuando intento escapar de usted con la muerte, pero no es infalible. Un día saldrá durante toda la noche o lograré quedarme despierto durante las horas diurnas y puede que no sea a la primera o a la segunda, pero lo intentaré. Intentaré matarme hasta que averigüe la forma de hacerlo mejor, más rápido, más eficiente y usted no pueda hacer nada al respecto; o lo haré mientras usted está aquí, sin derramar sangre, para que no lo sepa.

Samuel escucha con atención, no porque quiera seguir oyendo más de esas horribles palabras, no porque disfrute con el dolor y la desesperación de su pequeño humano, sino porque está paralizado. Como un ciervo delante de los faros de un camión.

Congelado del miedo. Lo que Aaron dice suena demasiado real, demasiado posible y él, de pronto, se siente tan vulnerable e indefenso, porque el chico tiene razón: él tiene un poder indudable para destruir aquello que se le antoje, pero cuando se trata de proteger lo que ama… su defensa tiene lagunas. Muchas y demasiado obvias.

—Tomaré medicamentos y me dormiré en la bañera hasta ahogarme. Me intoxicaré con comida que usted ni siquiera sabe que es venenosa —la mente de Samuel funciona a mil con las posibilidades. Piensa en qué debe hacer para impedirlo, en no dejar al chico hacer nada sin su supervisión, en revisar todo lo que come, en contratar a humanos de Jason para que lo vigilen durante el día, en atarlo y…—. Incluso si me encierra en esta habitación, me ahorcaré con las sábanas o las cortinas o, si me encadena, lo haré con las cadenas. No importa cómo. Si usted vuelve a violarme —su voz se rompe al decir esa palabra, la palabra prohibida y sucia que hace que todo se sienta más real, la palabra que lleva atravesada en el pecho desde que sucedió y que se dice que si no pronuncia, algún día todo eso desaparecerá como un mal sueño. Pero ahora es innegable y es incluso posible que suceda de nuevo, así que Aaron la dice, la arranca de su corazón incluso si se siente como si se desangrase y se la arroja a Samuel con todo el reproche y el odio que lleva dentro—, encontraré la manera de suicidarme y si me suicido usted tendrá que buscar a otro humano y, y-y le saldrá muy caro —para este momento, la voz de Aaron está agotada y sus fuerzas también, no puede seguir fingiendo valentía y el vampiro sobre él no se mueve, solo mira serio, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada y el chico está tan preocupado por su ardid no ha funcionado que se deshace en lágrimas e hipeos de nuevo mientras habla —y no encontrará a uno salvaje y eso l-le hará quedar mal con los demás vampiros y… y…

Samuel gatea sobre la cama, acercándose muy poco a poco al chico y con suavidad pone una mano en su pecho retumbante. Empuja al chico hasta derrumbarlo sobre la almohada, hasta hacerlo tumbarse. Samuel toma la cintura del chico y lo arrastra bajo él, sus ojos infernales clavados en los llorosos de Aaron.

El chico balbucea algo sobre que lo hará, sobre que no es un farol, pero por cada pequeño avance del vampiro, el humano habla con menos confianza, su voz quebrada, los labios temblorosos y las frases inacabadas porque su corazón late tan rápido que le retumba en la cabeza y no puede ni pensar.

—Por favor, cálmate —le susurra el vampiro que está sobre él—, deja de decir esas cosas.

Aaron aparta su mirada cuando está demasiado cerca para seguir sosteniéndosela a su amo. Se ha quedado sin valor. Samuel le acaricia la cintura muy levemente con una mano, con la otra lo toma de la mejilla, pero el chico solo cierra los ojos con fuerza.

—Lo haré —solloza—. L-le juro que lo haré, le supondrá muchos problemas, a-así que no me haga esto, amo, por favor, o y-yo le prometo que…

—Aaron. Silencio. Sé un buen chico.

Esa expresión, esa voz amable y tierna, la manera delicada, pero firme, en que sus manos lo sostienen quieto, pero a la vez lo acarician un poco… Todo hace sentir a Aaron débil, lo devuelve a un tiempo pasado en el que aún podía permitirse ser ingenuo y lo hace desear retirar todas y cada una de sus palabras. El chico balbucea ahora que siente el enorme peso del vampiro sobre su frágil anatomía, quiere pedirle que perdone su osadía, prometerle que será bueno y se dejará hacer, que se entregará a ese horroroso acto solo a cambio de que lo haga con la misma gentileza y amabilidad con la que ahora lo retiene y lo presiona contra su cuerpo.

Quiere rogar por unas migajas de compasión, pues ser rebelde no le ha obtenido nada y teme que vaya a significar que Samuel lo tome con más rudeza de la necesaria.

<<No debería haber hablado, no debería haber abierto mi estúpida boca>>

—Amo, lo siento, a-amo, por favor… no puedo, no p-puedo soportarlo, quiero morir, debería haberme muerto…

Silencio. Y respira hondo.

No es la primera vez que Samuel usa su voz de mando, pero sí es la primera vez que lo hace así. No ha sonado alterado o enfadado, como en otras ocasiones, tirando con fuerza de los hilos que se amarran al corazón de Aaron como un cruel propietario que jala rudamente la correa de su mascota.

Esta vez ha usado un tono sedoso y tranquilizador, como sus caricias, y el lazo obligándolo a obedecer no se ha sentido mal: ha sido como si una mano grande, firme, aplacadora e invisible lo guiase, primero cerrando sus labios y luego ayudándolo a respirar.

Aaron se tranquiliza por obra de la orden de Samuel, aunque aún lo mira con ojos de cordero asustado.

—Quería que durmieras en una cama, Aaron. No quería dejarte más días en el suelo, eso es todo. No iba a hacerte nada malo, no quería asustarte así, perdón. No sé por qué se me da tan mal intentar hacer las cosas bien.

Samuel puede ver en el rostro del chico, no, en todo su cuerpo, como el alivio lo inunda. Respira lento y hondo y, cuando sus músculos dejan de estar tensos, el muchacho luce incluso desinflado, hundido entre las sábanas. Su mirada se suaviza, sus lágrimas se secan y suspira dulcemente una y otra vez mientras inspira y expira con delicadeza.

Samuel se queda un rato sobre el chico, quieto, observándolo y agradeciendo que sus palabras hayan conseguido calmarlo, pero entonces el muchacho rompe a llorar sin previo aviso. Llora más alto incluso que antes, con unos sollozos e hipeos angustiantes y desgarradores.

—¿Qué pasa, por qué lloras ahora? —pregunta el vampiro, confundido, pero paciente—. ¿P-pero qué…?

Samuel se queda paralizado otra vez más esta noche. En esta ocasión es por la sorpresa.

Aaron lo mira a los ojos con los suyos brillosos y llenos de una soledad tristísima y, acto, seguido, alza sus brazos y rodea a Samuel con ellos como puede, apretándolo con todas sus fuerzas y hundiendo su carita cálida y húmeda en el enorme pecho de su amo.

<<Me está abrazando>>, piensa Samuel, impresionado, todavía inmóvil, pues es la primera vez, desde que es lo que es, no solo que un humano lo ha buscado como lo busca Aaron, sino que lo abraza de ese modo tan demandante, tan colmado de necesidad y tierna vulnerabilidad.

El chico lo abraza tan fuerte que está totalmente pegado al vampiro, sus brazos rodeando su cuello, sus piernas su cintura y su espalda ya no toca las sábanas siquiera, porque eso supondría apartarse del vampiro. 

—No me castigue por esto, amo… no ahora… —solloza y refriega su carita llorosa contra el pecho del hombre, contra sus clavículas, su cuello, se hunde en él en busca de consuelo y, a cambio, ofrece sus súplicas—. Mañana haré lo que desee, le dejaré tocarme sin resistirme, le dejaré humillarme y pegarme y no me quejaré. Lo que sea. Pero, por favor, déjeme abrazarle solo un ratito más.

Samuel aprieta sus labios con amargura, pues el ofrecimiento del chico le resulta tentador a los demonios que lo habitan, pero a él le rompe el corazón. Entonces cae en la cuenta del porqué de los actos del chico y comprende que posiblemente esta es la primera vez en años que Aaron abraza a alguien.

Las lágrimas escarlata se acumulan en sus ojos cuando Samuel recuerda que es, también, la primera vez que alguien le abraza a él en años. <<Tantos, tantos años>>

Así que envuelve al chico con sus brazos, hunde su rostro grande y perfecto en el cuello del chico y le deja pequeños besitos mientras se tumba de lado, apretando a ese mortal entre sus brazos, acariciándole la espalda de arriba abajo y dándole pequeñas palmaditas mientras lloriquea.

—E-es que usted siempre es cruel y siempre me hace daño y hoy… hoy, últimamente está siendo tan amable —solloza el chico, explicándose, derritiéndose entre las caricias que le da el otro. Cada vez que sus dedos se meten bajo su fina camisa para trazar su columna y luego le dan mimos en la base de la nuca, Aaron tiene un escalofrío y las lágrimas salen de su interior solas —y yo… yo me siento tan solo… todos estos años, sin nadie, t-tan solo que… —el chico apenas puede hablar, solo sabe buscar en el vampiro un calor que él mismo le robó, hundirse en él, pensar en lo mucho que se parece al recuerdo emborronado que tiene de lo que el amor es—. No sé qué hacer, n-no sé ya…

Samuel besa su cuello una y otra vez, notando al humano estremecerse y jadear. Poco a poco, sus besos suben y termina por besar sus mejillas, sus labios capturando cada pequeña lágrima del chico con extremo mimo y con un cuidado que le hace sentir tan bien, demasiado bien.

—Está bien, Aaron. No tienes que hacer nada mañana para compensar esto y no te voy a castigar —le asegura y luego nota de nuevo cómo el chico se relaja entre sus brazos, cómo el alivio hace que sus músculos dejen de sentirse tensos como alambre y ahora se noten dulces, suaves y cremosos como la mantequilla.

Cuando Samuel alza una de sus manos, Aaron se encoge y, con un grito, se esconde en el pecho del mayor. El hombre luce triste mientras le susurra:

—No pasa nada, está todo bien.

Samuel alcanza el interruptor y apaga la luz. Se tumba de lado y acoge a Aaron, que todavía está buscando refugio entre sus brazos. Lo acaricia en su espalda y su cabeza y reparte besos por su cuello y mejillas, incluso besa sus párpados cerrados, la punta perfecta y respingona de su nariz y luego pone su nariz contra la del chico, fregando ambas en un tierno besito de esquimal mientras le susurra:

—Intenta dormir, Aaroncito. Te prometo que todo estará bien. Y tú me tienes que prometer que no harás nada de lo que has dicho, que no te harás daño, ¿de acuerdo? Prométemelo, Aaron, por favor.

Aaron responde con un débil “Mhm” y se acomoda entre los brazos de Samuel. Ya no intenta rodearlo con los suyos, pues tiene la certeza de que el vampiro no lo soltará, así que se hace una pequeña bolita y se acurruca en el pecho de su amo, donde se queda profundamente dormido.


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