Capítulos 51-60

 

Capítulo 51

 

Aidan no pronuncia palabra alguna durante todo el trayecto y Jeremy, que se estaba acostumbrando a que su presencia fuese como la de una estatua, grande, dura, silenciosa, da un repullo cuando escucha el grave y ronco tono del otro.

—Una habitación para dos, por favor.

La chica de la recepción se queda congelada unos segundos, puede que incluso minutos, mientras mira a la criatura que tiene frente a ella. Por un momento el instinto de tomar su teléfono y llamar a la policía vence y tiene la mano en su bolsillo, apretando con fuerza el aparato, pero la criatura le sonríe. No es un gesto amable. Es una amenaza: colmillos. 

La chica traga saliva y sonríe lo más convincentemente que puede.

—A-ahora mismo —dice con una voz aguda, pero desentonada.

Teclea en el ordenador por más rato del que debería, sus dedos torpemente tropezando con teclas que no tocan y el meñique de su mano izquierda pulsando frenéticamente el botón de borrar. Encuentra una suite disponible y sus manos tiemblan cuando debe tenderle la llave al ser pálido frente a ella.

Aidan es tan alto que hace que su luminoso puesto de trabajo quede en las sombras cuando se para frente a la luz. Tiene un rostro masculino, pero no burdo, con rasgos suaves y unos ojos traviesos que sabe bien que no debe mirar. Por un minuto piensa que sus nerviosos se deberían a otro motivo si el ser fuese un humano hablándole en esa melosa voz varonil.

Cuando le tiende la llave un ruidito angustiado abandona su garganta al ver que no es el vampiro quien la toma, sino un diminuto humano de piel de nieve y cabello de suaves nubes quien tiende su mano para recibirla. Lo mira con los ojos muy abiertos a los suyos, azul cielo y presas del pánico, y no es capaz de decirle nada que logre calmarlo.

—Ha-habitación sesenta y seis. —murmura bajo su aliento.

Aidan se aleja de ella sin necesidad de agradecer. Dejarle conservar la cabeza pegada al cuello es suficiente propina por sus servicios, la más generosa que ha dado jamás.

Jeremy se encoge entre los brazos del hombre, enrojeciendo un poco cuando ve los rostros sorprendidos y apenados de los residentes que se encuentran con ellos. Sabe que todos se compadecen de él y no pueden ayudarlo, pero le gustaría no lo mirasen así, tan llenos de mórbida curiosidad, tan como si dijesen ‘’Va a hacer contigo todas las atrocidades que no podemos ni imaginar y luego te matará’’

—No voy a matarte —lo interrumpe Aidan, más entretenido que molesto.

Como antes, Jeremy da un bote al oír su voz. Tan cerca. Tan profunda. Siente que lo atraviesa como un hilo que ata su alma y lo convierte en una marioneta.

—No si accedo a complacerte ¿Verdad?

Pero Aidan ignora su pregunta. Jeremy piensa que es porque la respuesta es tan obvia como aterradora, pero la realidad es que el vampiro no le da respuesta porque no tiene una. Ha decidido que quiere de Aidan esa clase de placer lento y agradable que Xander obtiene de Liu, pero siente un poco perdido ¿Debería matarlo y buscar otro objetivo si Jeremy le rechaza? Siente que sí, pero el chico le gusta.

Tiene la cara bonita y pequeña como un muñequito de porcelana y los ojos tan claros que en su iris puede ver los distintos veteados de azul cielo, marino, de turquesa incluso, como si fuesen dos canicas hermosas. Le recuerda algo, aunque no sabe a qué.

Pero sabe que es algo importante.

—¿Por qué tanta reticencia? Solo soy un cliente más, Jeremy ¿O acaso eres así de tímido con los demás?

El chico traga saliva por la pregunta y se remueve. Aidan se para delante de una puerta encabezada por dos números seis escritos en placas de oro.

—N-no soy muy bueno en … Me cuesta empezar con los clientes, la verdad. —admite y Aidan alza una ceja porque piensa que su sinceridad es adorable y sorprendente, sobre todo si el chico cree que su vida depende de hacer bien su trabajo esa noche.

—¿Por qué dedicarte a algo que no te complace entonces?

La habitación deja a Jeremy sin hablar al inicio. Es enorme y de colores agradables que contrastan con las calles oscuras y las sucias camas de motel donde tiene que trabajar usualmente. Ahí las paredes son beige, los suelos de moqueta color crema y la cama, en medio de la estancia, es grande y redonda, las sábanas del color del helado de vainilla repleta de cojines que lucen más mullidos que las nubes y encabezada por un cabecero de madera oscura, todo rodeado por una vaporosa tela que sirve como dosel.

Aidan lleva al chico hasta la cama y lo hace pasar por el dosel, que roza su piel como una caricia llena de amor y el deliciosa aroma a suavizante. Lo deposita en la cama con cuidado.

—Jeremy —insiste, aunque su voz no es impaciente —¿Por qué te dedicas a esto?

El chico suspira y se desliza los brazos por las sábanas de seda. Tuerce un poco su boca, como inseguro sobre qué responde ¿Por necesidad? Eso está claro, pero…

—Es el negocio familiar, supongo —dice finalmente mientras se encoge de hombros.

Aidan asiente con calma mientras se sienta a su lado en la cama y lo mira desde arriba. Durante un rato su mirada no es voraz ni lasciva, no busca obtener de él ningún placer, solo observarlo. Es curiosa, casi infantil.

Jeremy se siente incómodo bajo esa mirada. Suspendido en ese extraño silencio que flota entre ambos, como si no hubiese respondido a la pregunta o no del todo. Se remueve un poco, incómodo y siente la repentina necesidad de taparse con la manta, aunque no lo hace, sino que se voltea para no tener que ver esos ojos rojos inquisitivos. Aun así, los siente en la nuca.

—Veía a mi madre hacerlo, cuando era pequeño, digo, supongo que de ahí aprendí que con esto se puede ganar dinero. —murmura jugando con el pico de una almohada entre los dedos.

No sabe por qué lo ha dicho o por qué ha sonado tan triste. Hace años que superó a su madre y a los fragmentados recuerdos que tenía de hombres desconocidos entrando en su casa y tomándola sin que ella se molestase en cerrar las puertas. Aun así, algo pequeño y sensible se encoge en su interior cuando piensa en ello, en ella, como un nervio expuesto siendo pulsado.

—Suena como una infancia desagradable —comenta Aidan, aunque su tono es bajo y seco, falto de confianza, pues no sabe nada sobre el tema del que habla. Él tuvo una infancia una vez, pero la ha olvidado. Se pregunta si acaso sus memorias de aquella tierna época necesitaban desaparecer cuando fue convertido pues su cuerpo no podía albergar ya ni una sola gota de inocencia, tanto real, como en forma de un recuerdo puro y casto. 

Jeremy se vuelve a encoger de hombros, pues él sabe sobre infancias agradables lo mismo que Aidan sobre infancias. No tiene ninguna vara de medir con la que cuantificar el horror de la suya, si hubiese ido a la escuela quizá podría comparar su hogar con el de otros niños. Quizá habría podido ir a casa de un amiguito a dormir y descubrir que ahí ninguno duerme en el suelo con un cuchillo en la mano, que a veces incluso pueden ver películas y pedir palomitas para ello en vez de esperar a que sus madres estén drogadas para robar de sus billeteras -nunca más de la mitad del dinero o se dará cuenta, lo había instruido su hermana- y poder permitirse una comida al día. Quizá se habría dado cuenta de que en otros hogares las voces profundas no significaban una amenaza, la voz de sus hermanas chillándoles que se escondan en el armario y que cierren los ojos muy fuerte y piensen en cosas bonitas. Quizá se habría dado cuenta de que el padre es un hombre, siempre el mismo, y que las madres no tienen los ojos morados.

Pero jamás pudo, así que Jeremy intenta no pensar en su infancia como mala, como peor que el resto. Sino como la única que estaba hecha para él.

Ante el amargo silencio que se ha formado entre ambos, Aidan ignora el rostro lleno de melancolía de su presa y toma el teléfono de la habitación. El chico alza su cabeza, sobresaltado, cuando lo escucha hablar, y suelta un profundo suspiro de alivio cuando escucha que está pidiendo algo de comer para él.

Aidan toma una ducha mientras Jeremy come y el muchacho se siente de pronto curioso. Se pregunta si los vampiros son siquiera capaces de sudar y si no es así, y está bastante seguro de que no lo es, se pregunta por qué Aidan necesitaría una ducha cuando ya ha venido con la piel inmaculada y ropa que olía a limpio.

Luego se da cuenta de que posiblemente el vampiro esté intentando evitar conversar más con él, al fin y al cabo, sus respuestas han sido deprimentes, pero Jeremy sabe que no tiene mucho más que ofrecer. Hasta ahora ningún cliente le ha pedido que use su boca para hablar, así que es normal que sea su habilidad más desentrenada.

Intenta que eso no le moleste mucho. Al fin y al cabo, no busca conversar con sus clientes y mucho menos con uno como Aidan, al que desea no tener que ver nunca jamás. Sacándose al vampiro de la cabeza todo lo que puede, Jeremy se dispone a esperar por su comida y, cuando llaman al timbre, a disfrutarla.

Un aroma delicioso atraviesa la puerta incluso antes de que la abra y cuando el hombre del servicio de habitaciones deja en la estancia un carrito lleno de comida y destapa un humeante plato de pato a la naranja, con la piel del animal dorada en la sartén y la sabrosa salsa brillando como sirope, Aida pierde toda preocupación de vista y se lanza al plato.

El muchacho come desesperado al inicio. Tan pronto ve la comida, el boquete en su estómago que ha estado intentando ignorar por días se abre y parece succionar su interior con la fuerza de un huracán, así que cede a su hambre y traga la carne del ave casi sin masticar. Jeremy está seguro de que podría llorar ahí mismo por lo caliente y buena que está la comida, por lo reconfortante y tórrida que es la sensación de algo cayendo en el estómago, más allá de agua fría.

Al cabo de un rato, el chico se esmera por contenerse: no está saciado, pero no tiene hambre. Antes de seguir comiendo necesita seleccionar los alimentos que más aguantarán sin nevera para poder llevárselos y tener suministros de emergencias para, por lo menos, dos días más. Tres si se arriesga a comer algo que huela extraño y que quizá le da dolor de barriga. 

Jeremy ya ha terminado toda la comida que puede comer esa noche y ha guardado el resto en pequeños pero pulcros envoltorios hechos con las bolsas de plástico y las servilletas que ha podido encontrar en los cajones del hotel cuando Aidan sale del baño.

El estómago del pálido muchacho da un tumbo al ver al vampiro con el pelo negro y húmedo cayéndole sobre los hombros desnudos y en una brillante cascada que lame su pecho, su abdomen marcado y que deja caer pequeñas gotitas sobre este, gotas que se deslizan por las hermosas hendiduras con forma de uve que señalan un lugar oculto tras la toalla que Aidan lleva amarrada alrededor de las caderas.

Aidan sonríe cuando el humano se queda congelado en la cama, mirándolo, los únicos movimientos perceptibles en su delicado cuerpo siendo los de su nuez, que va arriba y abajo cuando traga saliva, y los de sus ojos, que recorren su cuerpo imaginando cosas suficientemente ardientes como para enrojecer sus mejillas.

—Ves a darte una ducha tú —ordena el vampiro sentándose en la cama. Cuando lo hace, la toalla alrededor de su cadera se desafloja, el nudo deslizándose casi hasta desbaratarse, y unos centímetros más de piel se muestran.

Jeremy mira abajo y luego arriba, a los ojos de Aidan, casi con pánico. El vampiro le pinza la barbilla con el índice y el pulgar sin fuerza, un gesto juguetón.

—Vamos. —le insta, señalando la puerta abierta del baño. Jeremy se levanta para obedecer su orden, pero tan pronto está en pie Aidan lo toma del brazo y tira de él con fuerza hasta que el chico casi está sobre él, con su cuello pálido cerca de su boca, sus colmillos. Roza con sus labios la curva de la garganta de Jeremy —cuando termines, si has cambiado de idea, sal desnudo y ven a la cama. —murmura tentadoramente y acto seguido lo suelta.

Jeremy prácticamente corre al baño y cuando se encierra pega su espalda a la puerta y se desliza hasta el suelo con un suspiro atrapado en el pecho y el corazón latiéndole tan alto que pareciera que alguien aporrea la puerta al otro lado.

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 52

 

Es consciente de que posiblemente el vampiro esté aburrido. De que lleva tantísimo rato en la ducha de que en cualquier momento el pelinegro arrancará la puerta, furioso, y le chupará la sangre hasta dejarlo seco por tener la osadía de hacerlo esperar mientras él prueba todos los jabones aromatizados del hotel y tararea mientras se frota con ellos. Pero le da igual, al menos por ahora. Jeremy piensa que morir en ese instante estaría bien, bajo el agua caliente ¿Cuánto hace que no se da un baño tan agradable? ¿Que su cuerpo no conoce sino el frío y solo visita el calor cuando un cuerpo sudoroso, desconocido y henchido de deseo choca contra el suyo?

Las duchas calientes le hacen pensar en su hermana. En como la chica a veces ponía a calentar agua al fuego cuando su madre no estaba y cuando el agua estaba ya humeante, pero no tan caliente como para hervir y herir la piel al contacto, ella tomaba una esponja, la hundía en el cazo y derramaba el agua sobre el cuerpo de Jeremy poco a poco, apretando la esponja sobre su cabeza, para que le corriese por el pelo o sobre su pecho o su espalda. Recuerda que su hermana le enseñó a bañarse, a que tenía que frotar muy bien en todos lados, incluso tras las orejas. Lo hizo cuando se percató de que el muchachito olía cada vez más a algo fuerte y desagradable y cayó en la cuenta de que su madre jamás enseñó al pequeño como asearse adecuadamente, de hecho, la poca higiene que el pequeño Jeremy tuvo en su infancia nació de imitar lo que veía a su madre hacer: mojar una toalla tras su estadía con cada cliente y pasarla por su cara, por sus axilas y luego por sus partes goteantes del rastro de aquellos desconocidos.

Jeremy frunce el ceño <<No quiero pensar en mi madre. Quiero pensar en mi hermana ¿Por qué mamá siempre se entromete? ¿Por qué estropea hasta mis recuerdos bonitos?>>

Pero, Jeremy recuerda, su hermana ya no está ahí. Ya no hay agua caliente ni manos gentiles que tallan sus codos, sus corvas y las plantas de sus pies con jabón hasta quitar las manchas negruzcas. O, bueno, no suele haber esas cosas. <<Si le digo que sí a este vampiro ¿Podré permitirme más baños calientes? ¿Más cenas saciantes?>>

Jeremy desliza sus dedos con delicadeza entre sus cabellos. Antaño el muchacho era rubito como un pequeño sol pero, con el tiempo, su cabello, sus cejas e incluso sus pestañas perdieron ese brillo dorado y quedaron desvaídas. Cabellos pintados no por el alegre brillo del sol, sino por el triste, silencioso, cómplice resplandor que la luna ofrece a los malhechores que se ocultan en las sombras de la noche.

Deshace los nudos de su pelo con las manos y luego se asegura de asearse bien en todos los lugares. Tras los oídos, bajo las uñas… y en sus intimidades. Cuando frota su flácida hombría, un hormigueo lo recorre, así como el recuerdo de Aidan saliendo del baño. Su cuerpo es atractivo, sin duda, y el hecho de que sea una criatura más grande que ningún mortal que Jeremy haya visto jamás hace que un cosquilleo de nervios y emoción lo recorra. Y todas esas sensaciones parecen dirigirse al mismo lugar, pues despierta poco a poco entre sus manos jabonosas.

Jeremy siente calor ahí y también en sus mejillas. Se masturba despacio, aprovechando la labilidad del jabón, y cierra los ojos recordando los brazos grandes de Aidan, su pecho abultado, su abdomen ligeramente marcado, la sonrisa pilla en sus labios… <<¿Sería tan malo si decido trabajar para él? Alexander fue terrible, pero él…>> Jeremy se muerde el labio. Recuerda cuando lo secuestró. La violencia calculada en sus manos, el aburrimiento en su rostro mientras él se desvivía en llorar y suplicar por su vida. Siente un escalofrío <<Es arriesgado. Pero quizá el riesgo merece la recompensa>>

Aidan sonríe cuando la puerta del baño se abre. No porque el chico haya salido tras una larga tardanza, ya que la inmoralidad le ha otorgado paciencia, sino por la forma en la que se rebela. Una cabecita blanca como un copo de nieve asoma por la puerta, los ojos azulados dirigidos al suelo, las mejillas arreboladas por la vergüenza y la boca titubeante y muda, como insegura sobre si decir algo o no.

Aidan sabe que el muchacho está desnudo incluso antes de verlo, pero cuando lo ve, saberlo no le quita ni una pizca de emoción al momento. Jeremy da un paso a un lado, alejándose de la puerta que le proporciona cobertura, y mostrando su cuerpo pálido y pequeño como el de un hada o cualquier otra criatura demasiado pura como para andar en vez de flotar.

Aidan se entretiene observándolo durante un largo rato, incomodando al chico bajo su mirada roja mientras espera a que se le den órdenes que no parecen llegar. El chico tiene una deliciosa piel morena y en ella no puede atisbar ni un solo lunar o una peca perdida por la dermis. Su pureza pareciera creada con el propósito de ser un lienzo que él pudiese marcar de hermosos colores violáceos y salpicar de delicioso rojo. Los únicos colores que aprecia en su suave piel son de un exquisito tono rosado, del cual se tiñen sus mejillas, su nariz y sus labios, así como sus párpados, y, más abajo de su cara, esos colores se hallan en sus hombros, en sus pezones decorados por aritos dorados, sus codos, rodillas y tobillos, así como en la fina punta de sus dedos; finalmente, la cabeza de su pene también presenta un color similar, quizá incluso más intenso, un color que recuerda al de las deliciosas frutillas que los humanos suelen llevarse a los labios. Un color, además, cubierto del leve brillo de la excitación, pues el chico está semi erecto, con la cabeza de su miembro goteando ligeramente por la emoción; a Aidan le da la impresión de que gotea aún más cuando le sonríe y lame lascivamente sus labios y uno de sus colmillos, tomándose su tiempo en él.

El chico es de complexión delgada y su piel es lampiña por todos lados, dando una imagen frágil y suave que Aidan no puede esperar a estrujar entre sus manos. Jeremy tiene hombros muy menuditos y huesos marcados, como sus clavículas, sus costillas a los lados de la estrechísima cintura, cuya suave e insinuante curva conduce a las caderas, también marcadas y un poco anchas, sus rodillas, que aunque se toquen no logran hacer que los tiernos muslos se unan, y sus tobillos. 

Aidan alza su dedo índice y hace una moción circular con él, ordenando al chico que se voltee. Jeremy lo hace mordiéndose el labio por la vergüenza, revelando una espalda pequeña de omóplatos marcados y donde la deliciosa curva de la columna conduce a dos bonitos hoyuelos en su espalda baja; bajo ellos, Aidan se relame mirando el trasero del chico, sus nalgas son pequeñas, posiblemente su mano sea suficientemente grande como para teñir cada una de rojo con un solo azote; también son respingonas, con una redondez adorable y tierna que desea probar de inmediato. Aun así, le apetece hacer pasar al chico más vergüenza.

<<Xander tenía razón. La sumisión de un humano es verdaderamente un placer que llevábamos años perdiéndonos y que no entiendo cómo no hemos ansiado antes. Podría tomarlo ahora violenta, forzosamente. Podría, pero esto es lento y tan delicioso, y, al final, voy a conseguir todo lo que desee de él.>>

—Inclínate hacia delante —ordena Aidan acomodándose en la cama.

Está estirado de lado, cómodamente apoyado en un hombro, con una pierna extendida y la otra doblada. La toalla se ha desbarato por completo y le cubre la entrepierna a duras penas, siendo sostenida únicamente por la rigidez de la erección que empieza a formarse. Jeremy obedece e inclinar su espalda hacia delante manteniendo sus piernas rectas, como si buscase tocar sus pies con sus manos haciendo un estiramiento. Aidan sonríe al ver las nalgas del muchacho en primer plano y, además, la rosada estrechez entre ellas que planea poseer esa noche.

—¿Cuándo fue la última vez que fuiste follado? —pregunta. Su voz es ronca y provoca escalofríos en Jeremy. Se siente tan vulnerable estando desnudo y en esa posición, incluso cuando Aidan está a un par de metros de él, que no puede imaginar cómo se sentirá bajo su tacto.

—Ha-hace poco menos de una semana —confiesa el chico, recordando cuando aquel otro vampiro, ese que le ha metido en este extraño lío del que ya no sabe salir, lo poseyó desesperado y rudo hasta romperlo.

Aidan sonríe por la respuesta. La intimidad del chico es pequeña y él es grande. Le gusta saber que va a tener que prepararlo mucho, que va a necesitar un largo rato con sus dedos moviéndose en su interior y dilatándolo, que requerirá de lubricante y paciencia, todo para poder acoger su excitación. Le gusta sentirse grande como una criatura divina para la cual un mortal debe prepararse arduamente antes de ofrecerse como sacrificio para calmar sus ansias.

—Acércate.

Jeremy se yergue y se voltea de nuevo, acercándose a la cama con pasos pequeños. Aidan repara en que juguetea con sus manos y se tira de los dedos, nervioso. Jeremy se siente en la orilla de la cama cuando el vampiro palmea suavemente las sábanas a su lado.

—N-no sé si te lo he comentado, mi precio…

Aidan hace un ademán, restándole importancia, y el chico deja de hablar al instante. El vampiro se acerca más a él, deslizándose sobre la cama, casi reptando lentamente hacia su presa. Jeremy puede ver como por cada movimiento la toalla que separa a Aidan de la desnudez se desliza más y más.

Primero revelando la dirección a la que señalan esos músculos con forma de uve que empiezan en su cadera y prosiguen hasta lugares que no todo el mundo tiene la fortuna de ver. Jeremy traga saliva al ver la base de su hombría, al observar su magnífico grosor y cómo este está atravesado por jugosas venas que sabe que sentirá pulsar en su interior cuando el otro bombee dentro y afuera de su culo.

—¿Q-quieres empezar… directamente? —pregunta, preocupado; la toalla se desliza más. Y más. Y más. Y, aun así, no toda la longitud de su amante ha sido descubierta aún.

Parece ser tan larga como es gruesa y Jeremy se siente mareado al pensar en ese tamaño, al recordar como uno similar se sintió cuando Xander, quizá un poco más grande que este otro vampiro, lo embestía como si buscase expulsarlo de su propio cuerpo.

—Quiero que te arrodilles en la cama, para empezar.

Jeremy obedece la sedosa voz que reverbera en su oído. Se pone de rodillas sobre las sábanas, aún junto al borde de la cama como si se preparase para salir corriendo en cualquier instante, mantiene su espalda envarada y atractiva, con esa pequeña curva de la espina que acentúa su trasero respingón y que le hace sacar pecho ligeramente, como si ofreciese las dos protuberancias rosadas de sus pezones a su cliente, tan deliciosamente decoradas por el brillo de unos piercings que Aidan quiere sentir contra sus labios. Aidan sonríe, sobre todo cuando sus ojos bajan a los apretados muslos del chico, distinguiendo en ellos una erección más firme que la que antes ha visto.

Aidan se incorpora en la cama, quitándose de golpe la toalla y revelando inesperadamente la totalidad de su hombría. Ve al peliblanco mirarla, tragar saliva y gotear desesperadamente en su entrepierna. Su pequeño pene se sacude con una confusa mezcla de excitación y miedo. El vampiro apoya su espalda cómodamente contra el cabecero de la cama, sentándose mientras hace un gesto con el dedo para indicar a Jeremy que se acerque y se arrodille de nuevo, ahora sobre su regazo.

El muchacho asiente. Aidan es increíblemente atractivo. Su sonrisa maliciosa de labios grandes y colmillos largos, sus ojos rasgados que cuando sonríe parecen negros y cuando enseriece resplandecen con el color de la sangre, el pelo negro y liso cayendo en cascada, brillante, sobre el bulto fuerte de sus pectorales y la perfección de su abdomen tallado. 

Jeremy gatea hacia él intentando lucir seductor, pero debe bajar la vista cuando los iris rojos lo contemplan entretenidos, como si al verlos pudiese adivinar el pensamiento escalofriante que se oculta detrás <<¿Qué haré hoy con esta presa?>>. La vista de Jeremy se topa con los bajos del vampiro y se sienta justo en frente de ellos, sobre los muslos grandes y cálidos de Aidan.

Sus dos excitaciones están una frente a la otra, como si pretendiesen medirlas y compararlas para una pueril competición de tamaños que Aidan ganaría con creces. Ver su erección junto a la de Aidan hace que Jeremy se sienta abochornado de ella. De su tamaño, que siempre ha encontrado suficiente y satisfactorio hasta ahora, de lo inocente, virginal que luce su pene de punta rosada y eje liso y suave en comparación a la longitud de Aidan, gruesa e intimidante, suave también, pero atravesada por venas, y con la punta de un color rojo apasionado.

El vampiro lleva una mano a la espalda de Jeremy, atrayéndolo hacia sí hasta que sus pollas se rozan entre ellas, haciendo a Jeremy gemir y retraer sus caderas por la insoportable sensibilidad de su intimidad, y lleva la otra mano a sus entrepiernas.

Jeremy siente sus ojos ponerse en blanco cuando grandes, largos dedos rodean su polla y la del vampiro a la vez, juntándolas pegajosamente por lo mucho que él gotea de deseo, haciendo que sienta la rigidez del otro y, a la vez, la estrechez de su puño. Jeremy gimotea por la sensación, por lo humillante que es ver como su hombría ocupa solo una diminuta fracción de la mano que las rodea ambas, por lo mucho que le gusta esa extraña, dulce inferioridad.

Entonces Aidan mueve su mano despacio. Arriba, hasta estrujar su sensible punta, y abajo, tirando dolorosamente de su piel porque cuando ya ha alcanzado su base, aún tiene más centímetros por los que descender en su propia polla. Jeremy se retuerce de placer y dolor, de anticipación, pues Aidan los masturba a un ritmo tan tortuosamente lento que el humano no entiendo como a él no le afecta, cómo mantiene esa sensual sonrisa con la que lo mira.

Su otra mano, que lo obliga a arquear la espalda, a no huir, baja poco a poco. Desde sus omóplatos a la estrechez de su cintura. Lo masturba más rápido, solo una pizca, y el muchacho gime y gotea, haciendo que su cuerpo sea recorrido por descargas de placer, sus penes se muelan con un sonido húmedo y obsceno. La mano baja de su cintura a su espalda baja. Más rápido, Aidan lo envuelve con una fuerza que hace que parezca que toda la sangre del cuerpo de Jeremy se dirija a su pene, que toda su existencia se reduzca a aquella carne que aprieta entre sus dedos, pues la sensación es intensa y deliciosa, el ritmo tan perfecto, rápido, demandante, como si buscase no ir construyendo su placer hasta llegar a la cúspide, sino arrancarle un orgasmo tras otro, uno que Jeremy ya empieza a sentir formándose en su interior, en el calor de su vientre bajo, en la tensión de sus ingles, en el hormigueo que recorre sus piernas y que hace que sus brazos se sientan débiles y sus dedos se ricen de placer.

La otra mano baja de la parte inferior de la espalda a sus nalgas. Aprieta una. El ritmo aumenta. Se separa de su piel. Frío. El ritmo aumenta ¿A dónde ha ido la caricia, la mano? Vuelve de golpe. Jeremy escucha la enorme mano palmeando su culo y luego el agudo y vergonzoso gemido que sale de su boca. Un aguijonazo de dolor lo recorre, la piel le arde, pulsa bajo los rudos dedos que siguen amasando la mejilla de su culo, pero todo ese dolor es tomado por su cuerpo y transformado. Se convierte en hormigueos, en sensibilidad, en su polla poniéndose más dura, más húmeda, en su orgasmo cada vez más y más tenso, a punto de dispararse. Se convierte en gemidos desesperados que le hacen parecer patético y en temblores que hacen que el vampiro endurezca más y más al ver a su presa jadeando, tiritando, saliva escurriendo de sus comisuras mientras se retuerce en su regazo, cerca del límite simplemente porque él ha movido un poco una mano.

<<Xander tenía tanta razón. Esto es mejor, es más exquisito que tomar a una presa y romperla al poco de usarla. Me gusta este muchacho, la forma en que le fascina mi tacto, en que lo rehúye pero quiere más. Me gustan sus ojos cuando están llorosos, sus mejillas cuando están rojas. Me gustaría poder chasquear los dedos y se arrodille a mis pies cada vez que yo quiero diversión.>>

La mano de Aidan se detiene y Jeremy jadea frustrado, siente su orgasmo en la base de su pene, apretándole los testículos, siente el placer arremolinarse a punto de ser disparado, y luego nada. Su placer volviendo a dentro suyo, enquistándose, doliendo, convirtiéndose en espinas.

—Tu trabajo es complacerme —susurra Aidan, como si el chico ya no pudiese pensar y él fuese el encargado de recordarle quién es, para qué sirve. Jeremy asiente con la cabeza bamboleándosele y su torso cae sobre el del vampiro mientras respira agitadamente. Su pene sigue atrapado junto al del inmortal, entre sus dos vientres. La mano de Aidan que no lo masturbaba antes sigue en su trasero, ahora deslizándose entre las nalgas, el dedo corazón rozando su estrecha entrada —. No vas a correrte hasta que yo lo haya hecho ¿Queda claro?

Jeremy asiente confundido. Se siente un novato de nuevo, no, no solo eso, se siente virgen. El sexo siempre ha sido negocios para él; durante una época fue algo aterrador, desconocido, que convivía con él, un monstruo que venía a la cama de su madre y daba golpes, gritaba insultos, amenazaba con meterse en su cama también. Un monstruo con mil caras y mil manos, pero siempre dinero en los bolsillos y violencia en alguna parte del cuerpo: los dedos, la lengua, el cigarro encendido entre los labios. Poco a poco, Jeremy aprendió a separar el sexo de aquellas cosas aterradoras u odiosas, lo convirtió en algo frío, estéril. Una herramienta quirúrgica que usaba cuando quería dinero.

Y ha logrado divertirse alguna que otra vez durante su trabajo. Incluso algunos clientes le han logrado hacer terminar tras mucho esfuerzo y un extraño deseo de verlo complacido; aun así, rara vez ha sentido verdadero placer. Cuando se corría con sus clientes sentía satisfacción, una parecida a la que uno experimenta cuando tiene hambre y toma algo simple y soso, pues no hay más comida en la alacena. Aidan, sin embargo, le está entregando algo nuevo, mejor dicho, le está tentando con algo que no le deja tener. Un placer desesperante, de esos que hacen que sus rodillas tiemblen y sorba las palabras como un ebrio.

Jeremy se siente débil, una marioneta de hilos flojos arrastrándose sobre el cuerpo de Aidan. La mano rodea su hombría con una firmeza que le obliga a recordar que sigue ahí, a preguntarse una y otra vez cuando volverá a masturbarlo, cuando lo dejará terminar. Pero no es esa mano la que se mueve, es la otra.

Dos dedos húmedos, ensalivados quizá, aunque Jeremy está demasiado mareado como para haberse percatado de su el vampiro ha chupado sus dedos, se deslizan sobre su entrada. Trazan círculos siguiendo la forma del pequeño anillo muscular, como advirtiéndole de lo que viene, y Jeremy respira pesado sobre el pecho del vampiro.

Hace sus mejores esfuerzos por relajarse y Aidan lo compensa apretando deliciosamente su otra mano alrededor de su polla. Jeremy gime por el gesto y su gemido se alarga cuando un dedo empieza a empujar en su interior. Siente el dedo corazón de Aidan penetrándolo despacio, empujando hasta el nudillo, aunque es incómodo, aunque su cuerpo se revuelve con agitación. Siente del dedo abriéndolo despiadadamente cuando su gemido se vuelve un lloriqueo, hundiéndose hasta la empuñadura.

—Deberías poder aguantar más que esto, Jeremy —susurra Aidan y el muchacho no puede sino pedir disculpar en un ahogado lloriqueo, pues el dedo ha empezado a moverse.

Aidan lo folla con él distraída y lentamente, mientras el muchacho se deshace en su regazo. Le gusta verlo así, quizá por eso su tono ha sido más un apunte divertido que una recriminación. Quizá por eso ha pronunciado su nombre de esa forma tan musical, entre burlona y cariñosa.

El chico toma una respiración profunda cuando el vampiro empuja un dedo más en su interior. Está acostumbrado al dolor, a la incomodidad de acoplar algo grande en su angosto canal, pero no entiende qué es lo que esos dedos expertos hacen con él. Qué es lo que se siente tan insoportable, tan debilitante, tan desesperante.

Quizá es la forma en que Aidan lo controla, en que ejerce ese silencioso, terrible poder sobre él. La manera en que mueve sus dedos dentro de su intimidad para abrirlo y usarlo después, como si fuese solo un juguete, la manera en que su índice y su corazón se sienten ya más gruesos que muchas de las virilidades que ha tomado en años.

El vampiro observa al chico con atención, apretando y estimulando su pene en compensación cuando lo siente relajarse, ceder mientras él lo folla con solo dos dedos. Jeremy lloriquea en su regazo y se remueve, pero se deja hacer. Separa sus piernas, jadea, toma el grosor de sus dígitos mientras estos simulan embestidas y, una vez al fondo, se abren y se cierran para dilatarlo. Luego se curvan, buscando algo, un punto suave, delicado.

Y lo encuentran.

Jeremy se tensa de pronto cuando los dedos de su interior pulsan algo demasiado maravilloso. El placer vuelve a acumularse en su interior, a subir como si estuviese a punto de explotar, y la mano en su polla la aprieta deliciosamente mientras el pulgar traza círculos en la húmeda punta. Jeremy se siente inexperto, torpe, en manos de otro. Siente que Aidan planea volverlo loco y está seguro de ello cuando su segundo orgasmo se desvanece esa noche.

Aidan retira sus húmedos dedos del interior de Jeremy de golpe y hace lo mismo con su mano, que molía ambas erecciones juntas. El humano siente la polla de Aidan pulsar, crecer, y quiere sentirse orgulloso por haberlo excitado tanto, pero se siente solo sorprendido, pues el otro lo mueve bruscamente.

Antes de que Jeremy pueda entender qué ha pasado, Aidan ha invertido las posiciones, lo ha tomado luego por las caderas y lo ha volteado en la cama hasta hacerlo quedar bocabajo, con la cabeza hundida en la almohada y las rodillas clavadas en las sábanas mientras una mano le levanta las caderas para exponer su culo.

 Alza la cabeza de la almohada y siente otro latigazo de dolor, ahora en la nalga que no estaba enrojecida. Se encuentra con el rostro sonriente y complacido de Aidan y con su mano grande acariciando la zona que acaba de golpear y que arde como si le hubiesen echado agua hirviente. El chico quiere huir del contacto, pero Aidan lo toma de la cadera con fuerza y lo obliga a quedarse quieto mientras acaricia sus nalgas rojas. Le gusta ese color. Es más intenso, más violento, que el de las mejillas del muchacho, y resalta en su cuerpo blanco y rosado, como si hubiese dejado una huella, una marca de identidad en él.

Quiere dejar más.

Aidan toma su pene por la base con una mano y lo desliza arriba y abajo entre las nalgas del chico, que jadea al notar la húmeda cabeza y el venoso tronco de la excitación deslizarse sobre su agujero, amenazando con romperlo. Cuanto más lo hace, más duro le agarra de las caderas, más lo empuja cerca de él, como queriendo fundir sus pieles, más amorata su piel al asirla de ese modo, más húmeda y obscena suena la fricción de su enorme virilidad contra el trasero del chico.

Jeremy tiembla cuando Aidan se detiene y alinea la punta de su polla con su entrada. Una mano grande se desliza desde su cadera hacia su entrepierna y toma su pequeño pene entre los dedos. Dentro del puño apretado de Aidan, la hombría de Jeremy desaparece salvo la húmeda punta. Lo masturba muy despacio, tortuoso de nuevo.

—Abre más las piernas —instruye y se asegura de acompañar su voz ruda con un apretón de su mano, haciendo que el chico chille de placer y dolor al sentir su erección siendo estimulada de ese modo brusco —, arquea tu espalda.

Jeremy obedece como puede, aunque sus piernas tiemblan y apenas puede respirar. Separa más sus rodillas, aunque eso hace que su trasero baje un poco; Aidan acompaña el movimiento con sus caderas, empujando despacio para que su polla no se separe en ningún momento de su pequeño juguete. Jeremy también curva su columna un poco, sacando trasero, ofreciéndose al vampiro, y este lo azota con fuerza una vez más.

Esta vez lo hace mientras lo masturba y Jeremy siente el presemen chorrear desde su pene a las sábanas en un hilo ancho y vergonzoso que se sacude.

—No te corras —advierte Aidan. Esta vez su tono no es juguetón, es serio. Una advertencia.

Jeremy gimotea un asentimiento y se siente derretirse entre sus manos ¿Cómo puede ordenarle algo así mientras lo masturba tan deliciosamente, mientras agarra su cadera de esa forma tan varonil, tan posesiva, que le hace sentir todo tipo de cosas, mientras empuja despacio contra su sexo, como probándolo antes de follarlo del modo en que uno haría con un amante con el que sabe que tiene todo el tiempo del mundo?

Aidan desliza sus dos manos. Una de su cadera, a su trasero, con dos dígitos ahondando entre sus redondeadas nalgas y empujando en su estrechez de nuevo. La otra de la base de su pene a su punta húmeda, el puño cada vez más prietamente cerrado hasta que encierra la punta con una tenacidad dolorosa, torturando tan sensible lugar.

Jeremy gime largamente, acompañando el trayecto de ambas húmedas, grandes, firmes manos en su cuerpo: gime mientras la de su entrepierna lo masturba y mientras la otra empuja el par de dedos dentro suyo sin detenerse pese a que le tiemblan las piernas y su voz se rompe.

Su gemido se deshace en lloriqueos cuando los dedos se han enterrado hasta el fondo, las yemas rozando un punto suave, húmedo y sensible, un tacto similar al de la sensible cabeza de su miembro. Las yemas de ambos dedos acarician ese diminuto lugar en su interior y Jeremy se sacude, su cabeza hundida contra la almohada, sus cabellos blancos, brillantes como la luz lunar, todos desordenados sobre la almohada. Aidan aprieta su pulgar sobre la hendidura del pene del chico, asegurándose de que no podrá correrse por mucho que torture su próstata, y se inclina de modo que su abdomen y su pecho se prensan contra la arqueada espalda del chico. 

Su boca está sobre su cuello, los labios rozándolo mientras habla.

—Eres mío. —susurra con voz cavernosa y acompaña sus palabras, tranquilas, seguras, afirmativas, con una moción cruel de sus dedos que ahora follan el culo del chico, simulando embestidas que aciertan todas y cada una de las veces en su punto dulce.

Jeremy chilla por la intensidad de las sensaciones. Siente la tensión en su cuerpo entero, su espalda doblándose como si fuese a romperse, sus caderas entumeciendo, los músculos en sus piernas tan rígidos que podrían ser piedra y el orgasmo, en vez de abandonarlo y dejarlo suave y cansado, se queda dentro porque una mano poderosa está tapando su vía de escape.

Jeremy lloriquea y muerde la almohada. Ningún cliente le ha hecho sentir jamás ese placer. Tampoco esa desesperación.

Aidan vuelve a erguirse y desliza lentamente los dedos fuera de Jeremy. El chico se da cuenta de que están empapados y enrojece sabiendo que Aidan ha debido chuparlos antes de penetrarlo. Incluso estando en esa posición, a punto de ser follado, le avergüenza imaginar la lengua del vampiro embarrando sus dedos, su saliva lábil y cálida empapando su entrada, lubricándola antes de usarla.

La mano alrededor de su pene también desaparece y ahora una de ellas lo vuelve a agarrar con fuerza de la cadera. La otra mano se dirige a la base de la gran virilidad. La sostiene con firmeza, las descollantes venas de la mano deliciosamente parecidas a las de su polla, y luego alinea el duro eje con el trasero del chico.

Desliza la punta húmeda de su miembro entre sus nalgas, pasando por encima de su entrada dilatada varias veces, como tentándolo. Como probándolo.

Jeremy tiembla al sentir su rigidez. Su tamaño.

El temor por ser roto lo recorre como un escalofrío, pero su miembro endurece y saliva aún más y se pregunta si acaso el miedo lo excita o si su cuerpo está tan confundido que ya no sabe qué hacer con las sensaciones que esa criatura de la noche le proporciona.

El miembro de Aidan se detiene sobre su hendidura y ahora ambas manos del vampiro lo toman por las caderas. Fuerte. Jeremy traga saliva y se agarra con manos temblorosas al cojín mientras siente la presión crecer. Aidan no está embistiéndolo rudamente, solo rodando sus caderas muy, muy despacio mientras lo mantiene en su lugar, con la espalda arqueada, la cabeza enterrada entre cojines y el trasero hacia él, entregándole su sexo.

Todavía no lo ha penetrado, pero puede sentir su enorme excitación empezando a forzar su cuerpo a aceptarla. Se siente abriéndose para acoplar su tamaño y no puede evitar gemir, jadear y gruñir en respuesta.

—Relájate —susurra Aidan, más como una orden que como un tranquilizador consejo, y una de las manos de su cadera lo libera para trazar la curva de su columna en una suave caricia hasta que llega a su cabeza. Aidan toma sus cabellos blancos y lacios en un puño. No tira de ellos dolorosamente, pero el agarre es firme. —Abre más las piernas —ordena, empujando sus caderas un poco más.

Jeremy pone los ojos en blanco un segundo, obedeciendo mientras siente la cabeza del miembro de Aidan entrar en él, abrirlo impresionantemente mientras se desliza por su húmeda entrada unos tortuosos centímetros. Jeremy siente que lo parten por la mitad y Aidan lo sabe, así que sonríe satisfecho y para unos segundos.

Le gusta esa lentitud, le gusta detenerse. Es algo que no ha hecho nunca con sus presas, darse el lujo de parar y observar, tener el privilegio de un siervo humano que se quede quieto bajo sus órdenes y tome lo que él desee. Pero le gusta. Le gusta ver como Jeremy es un lío de jadeos, temblores y gemidos cuando solo la cabeza de su miembro lo ha abierto. Le gusta ver como gotea en su entrepierna, como le corren las lágrimas por los ojos y le escurre la saliva por la mejilla, completamente rendido y vencido por su tamaño incluso cuando lo ha preparado a consciencia y se está esmerando en ser gentil con él.

Le hace sentir grande. Poderoso. Le hace sentir fuerte.

Acaricia el pelo del muchacho unos segundos, recompensándolo por su obediencia, y retira la cabeza de su miembro de su agujero, satisfecho al ver el resultado: el anillo muscular del chico cerrándose con dificultad por culpa de su tamaño, brillante por la saliva con la que lo ha untado y el rosa de esa parte suya tornándose más rojo por la violencia de la intromisión. Vuelve a penetrarlo, ahora mientras tira de su pecho hasta atrás para mantener la cabeza del chico alta e impedirle que ahogue sus gemidos. Le gusta su sonido: roto, agudo, vergonzoso, pues el chico sabe que no puede controlar los ruidos que salen de él, no cuando la experiencia es tan intensa como ahora. No puede fingirlos, no puede suprimir los pequeños gruñidos o los lloros o los aullidos de dolor.

Así que Aidan decide mantener su cabeza en alto mientras empieza a follarlo. Por el momento solo lo hace con la punta, disfrutando de las vistas que le ofrece ese trasero blanco y pequeño.

Se relame viendo como el sexo del chico enrojece cuanto más lo penetra, como se abre cuando él fuerza sus caderas contra el cuerpecillo débil bajo el suyo y como intenta cerrarse cuando sale de su interior, intento que queda a medias cuando él arremete de nuevo antes de que pueda recuperarse.

Por cada embate, Aidan arranca del muchacho gritos deliciosos entre el placer y el dolo y él mismo jadea con su voz masculina y profunda, maravillado por la cálida estrechez que abraza su polla cada vez que embiste.

Una de esas veces no solo penetra al chico con la punta enrojecida de su hombría, sino que muele sus caderas uno poco más, ahondando unos centímetros extras que hacen que de la garganta de su presa salga un bonito, bajo y patético sonido agudo. Puede sentir el interior del chico cerrándose a su alrededor con fuerza, latiendo, cálido, contra su tamaño.

Suelta su cabeza y la cara del chico cae contra el cojín manchado de su saliva. De no ser por la forma agitada en que respira, Aidan juraría que Jeremy está inconsciente, pues su cuerpo no hace sino yacer quieto y dócil para que él lo use.

—Dame tus brazos.

La voz ronca de Aidan hace a Jeremy gemir dolorido. Viaja a través de él como una mano firme y la siente, tensa, en su vientre bajo, en la zona pecaminosa que hay unos centímetros más allá de este y que gotea sobre las sábanas sin parar.

El chico, todavía con la cara en la almohada y la espalda inclinada y arqueada, levanta como puede sus brazos temblorosos y el vampiro sus bíceps con pasmosa facilidad. Sus manos los sostienen firme y, luego, tiran de ello, levando el torso y el rostro del chico de la cama y haciendo que su cuerpo se tire poco a poco hasta atrás, hacia su polla.

Jeremy se sacude y lloriquea al sentir su propio peso traicionándolo, haciéndolo empalarse en la virilidad de Aidan unos centímetros más. Aidan tira su cabeza hacia atrás y sus caderas hacia delante, gozando de la deliciosa sensación de su empuñadura hundiéndose lentamente en el cuerpo delgado de Jeremy.

El chico mira hacia atrás, mareado y débil, y jadea al ver que todavía quedan unos centímetros para que solo la mitad del vampiro esté en su interior. Su cuerpo se siente roto y usado, su trasero dolorido, su orificio abierto y profanado de una forma más abrumadora que el día que perdió su virginidad.

—Respira —instruye el vampiro y él obedece. Toma aire lento, aunque su respiración tiemble, y cuando va a sacarlo lo hace con un gemido, porque el vampiro le está mirando a los ojos con los suyos rojos y voraces, sonriendo mientras lo penetra y contempla orgulloso la expresión dolorida e intimidada en su rostro —, muy bien. Sigue así. Ábrete para mí.

Jeremy cierra sus ojos cuando la expresión cruel del vampiro es demasiado para él, pero su cuerpo le ofrece detalles que su vista jamás podría negarle: siente las manos atrapándolo por los brazos como ataduras de metal que tiran de él hacia atrás, siente las caderas del vampiro empujar contra él y su miembro enorme deslizándose dentro, centímetro a centímetro. Cada poco que lo penetra es un poco más ancho que el anterior y, con cada uno, puede sentir en su angosto pasaje el relieve de las venas del vampiro, la forma en que su dura carne roza el punto dulce en su interior y lo hace gotear entre las piernas, la manera en que cabeza se empuja tan hondo que siente que se quedará sin espacio, que Aidan lo abrirá por dos de verdad.

Poco a poco, Jeremy logra relajarse lo suficiente para aceptar al vampiro por completo y siente, tras lo que parece una eternidad, el pubis del hombre rozando sus nalgas, sus pesados testículos chocando con su culo con un ruido obsceno de carne chasqueando contra carne.

Aidan mantiene la posición un rato, clavado en el punto más hondo del muchacho, y empuja sus caderas duro, como si quisiera empujar dentro del chico más aún. Jeremy deja los ojos en blanco, las manos de Aidan o empujan hacia atrás, lo mantienen quieto, firme, atrapado.

Siente que la caliente virilidad del otro lo atraviesa como una lanza, una lanza de fuego. Su bajo vientre arde y es entonces, cuando nota ese calor delicioso, pero infernal, cuando Aidan le suelta los brazos, lo vuelve a tender con la cara en la almohada y la espalda arqueada, y le toma la cadera con una mano. La otra, sin embargo, se sitúa en ese punto caliente, tirante, lleno, de su vientre bajo, el lugar donde su tripa da paso a su entrepierna. Y acaricia ese sitio. Jeremy abre los ojos desmesuradamente cuando lo siente: los dedos de Aidan no acarician la planicie de su abdomen delgado, sino que pasan sobre una protuberancia, un pequeño bulto. 

Jeremy mira hacia abajo descubriendo que, en efecto, Aidan es tan grande que cuando se clava por completo en su interior su virilidad se nota en la parte más baja de su barriguita, protubera como si quisiera romperlo. Tiembla ante la idea.

<<Tan grande, tan grande…>>

Siente pánico por un instante. Teme, sabe que lo va a romper, que va romper algo en su interior, algo importante e irreparable, incluso si no es brusco. Él nunca ha tomado algo tan grande, algo que lo dilate a ese punto, que haga un bulto aparecer en su barriga. No está preparado para eso ¿Está el cuerpo humano siquiera construido para soportar algo así? Se remueve, incómodo, aterrado. Y va a decir algo, pero la mano de Aidan lo masturba deliciosamente y su miedo es empujado al fondo de su cerebro cuando más se hincha su excitación.

Jeremy gime y gime cuanto más fuerte, más rápido, la mano de Aidan lo muele. Siente su interior concentrarse, abrazar, chupar, ese temible tamaño que tiene dentro. Y entonces empieza a follarlo.

Jeremy cree que morirá al principio, el pánico vence cuando siente a Aidan retirarse de su interior, el bulto en su tripa desapareciendo, y sabe que lo se viene, pero no es capaz de articular una sola palabra cuando Aidan empuja sus caderas y su polla aprieta su próstata fuerte y duro, su mano masturbándolo de la misma forma. Jeremy lloriquea de placer y de dolor y el vampiro lo folla despacio mientras lo masturba rápido, sus caderas moviéndose apenas unos centímetros para salir de su interior un poco y volver arremeter contra él, como queriendo erosionar un hueco en su pequeña anatomía para dar cabida a su excitación.

Jeremy tiembla y se tensa, sus gritos se vuelven histéricos y, ahora, sus caderas se mueven solas, embistiendo el puño de Aidan y, en consecuencia, empujando su culo hacia atrás, tomando más y más del vampiro que lo penetra con paciencia.

Entonces la mano de Aidan desaparece y Jeremy lloriquea mientras embiste patéticamente al aire, su polla escupiendo presemen, pero no su semilla o su orgasmo. La mano reaparece, ahora tomándolo de la cadera con rudeza.

Aidan se inclina sobre él, sus labios en su cuello, sus palabras, su voz, infestando su cabeza, su cuerpo entero.

—No voy a tocarte más —advierte y hay algo terriblemente burlón, humillante, en la forma en que lo dice. —, no voy a ayudarte a correrte. Voy a joderte duro hasta correrme. Y tú, humano, vas a correrte cuando me notes llenarte.

Jeremy asiente y cierra las piernas sin querer, sus crueles palabras enviando sensaciones confusas a su entrepierna, sensaciones que casi lo hacen escupir su orgasmo sin ser tocado, mucho menos follado. Pero Aidan lo fuerza a abrir sus piernas de nuevo y, tomándolo de la caderas, empieza a cumplir su palabra. Lo folla fuerte, sin compasión, y Jeremy solo puede tomar lo que el hombre le da gimiendo y temblando.

Las caderas de Aidan se muelen de una forma brutal, empujando dentro y fuera con poderosos embates que hacen que la cama se sacuda y el cabecero aporree la pared, el sonido de los golpes de la madera contra esta apenas enmascarando los gemidos de Jeremy y los ruidos varoniles y roncos de placer de Aidan, así como el obsceno, húmedo sonido de la carne chocando cada vez que el vampiro arremete contra el chico bajo él.

Lo folla con tal fuerza que su culo enrojece tras apenas unos minutos como si hubiese sido azotado con rabia, cuando son las caderas de Aidan las que chocan contra él.

El vampiro lo toma por las caderas hasta amoratárselas para que el chico no pueda huir ni salga volando por la fuerza de sus impactos, pero no pretende soltarlo ni siquiera cuando lo ve llorando por la forma en que atenaza sus dedos sobre los hematomas ya visibles. Jeremy, pese al dolor, empapa el colchón con su dulce néctar y no puede evitar pone los ojos en blanco cuando Aidan sale de él dejándolo vacío a excepción de la punta de su miembro y luego se empuja hasta el fondo, abriéndolo fácilmente por su rudeza, empujándolo hasta que siente el bultito formarse en su barriga y sus tripas ardiendo de una forma que no debería encenderle tanto como lo hace.

No puede parar de pensar en las palabras de Aidan, en su orden de que solo puede correrse cuando él lo haga en su interior.

Jeremy jamás deja que sus clientes lo follen sin condón, mucho menos que se corran dentro. La idea lo espanta, sin embargo, ahora gimotea, encendido, cada vez que imagina el placer blanco de Aidan llenándolo, escurriéndose entre sus piernas cuando termine de joderlo y lo deje en la cama roto y exhausto. Y cada vez que piensa en ello, el vampiro parece querer recompensarlo, pues su polla se friega deliciosamente contra su próstata y Jeremy siente la necesidad crecer más y más dentro de él.

Aidan aumenta el ritmo y la fuerza, ahora sus embestidas ya no retiran su mimbro casi entero y luego lo empujan, sino que se mantiene siempre hondo, siempre llenando al chico, y saca apenas la mitad antes de volver arremeter contra el chico. Pero los golpes son tan fuertes y rápidos, la presión en su interior y contra su próstata tan continua, que Jeremy siente que se desmayará. Sus piernas le fallan, débiles como gelatina, y Aidan se cansa de sostenerle las caderas: pone los brazos a los lados de su cuerpo y lo martillea duramente con sus caderas, cada golpe hunde más al chico en la cama hasta deshacer la erótica postura del inicio en que hincaba sobre sus rodillas y sacaba culo. Ahora Jeremy está tumbado bocabajo, su pene restregándose contra las húmedas sábanas patéticamente cada vez que Aidan empuja contra él, jodiéndolo contra el colchón sin dejarle escapatoria.

Aidan lo folla más fuerte y ve los dedos del chico rizarse, sus manos haciendo puños mientras se aferra a las sábanas. Sabe que podría ser más rudo, que podría tomarlo de la cintura, doblarlo a su antojo y joderlo tanto que perdiese el conocimiento mientras suplica, pero está descubriendo que le gusta contenerse un poco. Le gusta saber que Jeremy está a punto de correrse, como él, que su placer no es algo que toma, que roba de sus víctimas, sino un delicioso elixir que comparten.

Entiende un poco la obsesión de Xander con Liu, pues cuando recuerda que si quiere seguir divirtiéndose con esa bolsa de sangre debe dejarla viva, una sensación posesiva y celosa crece en su interior hacia Jeremy. Le enfada la idea de imaginar al chico con otras manos sobre él, le gusta saber que lo dejará tan roto que nadie va a poder tomarlo en días, semanas. Le excita saber que ningún mortal va a hacerlo gritar, a hacerlo llorar, retorcerse, venirse del mismo modo en que él.

Le gusta tanto la idea que se inclina sobre el chico y cierra sus labios alrededor de su cuello. Su boca casi devorando su garganta entera.

Jeremy llora. Su culo es follado todavía más salvajemente, las embestidas son erráticas e intensas y ahora que su cuerpo se aprieta contra el colchón, siente mil veces más cuando el vampiro llega al fondo de su angosto trasero y lo llena por completo, y la intensidad del momento se suma al miedo, a la sensación de una boca enorme hecha para matar alrededor de su bonito cuello, los colmillos rozándolo, la lengua acariciando.

<<Me va a morder. Me va a matar>>

Aidan sonríe, lo jode con tanta fuerza que algo en la cama cruje. Le da igual si se rompe y, por un momento, le da igual romper al chico. Su culo está rojo, la carne chasquea contra la carne. Jeremy grita tanto que está afónico. Y sus pensamientos están llenos de esa deliciosa, deliciosa propuesta.

<<Solo una marca>> Aidan se dice a sí mismo, resistiendo la tentación <<Una pequeña marca sobre lo que es mío>>

Cierra sus ojos y chupa con fuerza. Siente a Jeremy quejarse por el dolor, su trasero contrayéndose, cerrándose entorno a su polla y apretándola de una forma tan deliciosa que ya no puede contenerse más.

Aidan empuja lo más hondo que puede y gruñe contra la piel erizada dentro de su boca mientras succiona notándola caliente, sabiendo que está roja y morada allí donde ha chupado. Y entonces la deliciosa sensación del orgasmo lo recorre entero, un cosquilleo en las puntas de sus dedos y, luego, un flechazo de intenso placer que se dispara por todo su cuerpo tenso y se derrama en su pequeña, gimoteante presa. Siente el calor de su descarga alrededor de su polla, pues Jeremy es menudo y en su cuerpo no hay más espacio para su deseo. Y también siente que cuando el humano nota ese calor, los chorros y chorros de placer líquido y blanco dentro suyo, se tensa y llora de alivio antes de relajarse. Aidan sabe que bajo el chico y contra el colchón hay un charco de su semen dulce y lleno de placer y frustración.

Jeremy siente su miembro escupir su semilla. Jamás se había corrido por tanto tiempo seguido, oleadas de placer recorriéndolo una y otra vez. Aidan se mueve en su interior y piensa que va a salir de él, pero el vampiro lo folla un poco más y la sensación es increíble, es demasiado. Aidan lo jode usando su propia semilla como lubricante, su polla tan dura y erecta que podría aguantar una, dos rondas más. Jeremy está relajado ahora, su agujero holgado y empapado en su placer, tan húmedo que no le cuesta en absoluta salir por completo de su interior y volver a meterse. Lo folla así un rato, lenta, perezosamente, mientras el chico bajo él convulsiona por cada embestida, pues no puede evitar que su pene escupa, por cada una, otro chorro nuevo de placer blanco. Jeremy lloriquea, no sabiendo si el vampiro está llevando al límite su orgasmo, o si acaso lo está haciéndose correrse una vez tras otra.

Aidan se permite disfrutar de ese lento placer, de ver el resultado de su obra: el cuerpo de Jeremy, antes pálido, ahora teñido de rosa, rojo y violeta, sus nalgas de brillante carmesí, su cuello púrpura por el chupetón, sus caderas un poco más claras y en sus bíceps un anillo del mismo color con la forma de sus dedos. Sus cabellos blancos desordenados hasta hacerlo lucir como una tierna nube, algunos rizados, pegados a su nuca por el sudor o, si no, a su frente. Sus labios rojos y mascados, saliva escurriéndole por la barbilla, las mejillas brillantes de lágrimas, la nariz sonrosada por el llanto y los ojillos también rosados por la misma razón, párpados cansados enmarcados por hermosas pestañas blancos y una miradita azul tan agotada que no puede centrarse en él.

Y, cuando mira abajo, ve su cuerpo tembloroso, que apenas resiste una caricia sin convulsionar de placer o dolor o simplemente sensibilidad. Ve su intimidad abierta, vulnerable, y el líquido blanco goteándole de dentro, escurriéndole por las piernas. Le gusta esa imagen, le gusta saber que Jeremy lo rechazó hace unas pocas horas y que, en este momento, es poco más que su puta, su juguete usado.

Aidan se siente a su lado en la cama y los ojos de Jeremy se dirigen alarmados a su pene increíblemente duro.

—Voy a ser amable contigo, Jeremy, porque me has complacido mucho —dice con voz suave, aterciopelada. Lame la palma de su mano y luego rodea con ella su pene, masturbándose despacio mientras habla. —, pensaba follarte unas cuantas veces más, pero estás cansado y eres un novato en lo que respecta a… satisfacer a alguien de mi calibre. Por hoy lo dejaré estar, pero me gustaría poder jugar más la próxima vez que nos veamos.

El chico asiente despacio con la cabeza. No puede hablar. Está tan cansado que Aidan se pregunta si puede escucharlo y entenderlo siquiera. No importa demasiado.

—Descansa hasta nuestro próximo encuentro, necesito que tengas energías. 

Jeremy cierra sus ojos, sintiendo que las palabras de Aidan no son una recomendación, sino una orden. Se duerme pocos segundos después, mientras escucha al vampiro usando la ducha del hotel.

Para cuando sale del cuarto de baño ya vestido y aseado, Aidan se encuentra al muchacho profundamente dormido en su cama. Le acaricia los cabellos con dulzura mientras observa su rostro un poco. Es hermoso, adorable. Le gusta ese humano con aspecto de muñequito y resistencia de soldado. Le gusta que sea un poco retador. Y le da curiosidad saber cómo ha terminado así realmente. Decide que la próxima vez que lo vea preguntará un poco más de sobre su historia, aunque deberá ser antes de jugar con él, pues ya ha averiguado que después no podrá obtener una respuesta.

Tras ponerse sus pantalones el vampiro rebusca algo de dinero en su cartera. El muchacho mencionó que cobrara cien por una noche y aunque la noche no ha terminado aún, Aidan siente que se ha esforzado por hacer un buen trabajo, así que deja un billete de cien. Y luego otros cuatro más.

Frunce el ceño, extrañado cuando piensa en la situación. En el hecho de que está pagando por sexo, en que está dejando a un humano vivo, en que está acariciándole la cabeza con una dulzura que no sabe dónde ha aprendido.

<<Solo estoy dejándole una propina para que no muera de hambre antes de que pueda usarlo de nuevo. Solo lo estoy dejando vivir porque me es útil. Es solo una presa que quiero devorar más despacio, nada fuera de lo común>>

Aidan se marcha del hotel mientras el chico duerme, no sin antes visitar de nuevo a la recepcionista y pagar por una semana entera de estadía en esa habitación.

<<Solo quiero asegurarme de que puedo localizar a mi presa, eso es todo>>

 

 

 

 

Capítulo 53

 

—Liu —susurra una voz a su espalda.

El chico da un repullo en la cama y corre a restregarse las sábanas por el rostro tratando de borrar sus vergonzosas lágrimas.

—N-no te había oído entrar —responde nervioso, con voz nasal.

Siente a Xander detrás suyo, su pecho contra la curva de su espalda, sus manos rodeándole la cintura. Liu se esmera por bajar la vista y esconder su rostro dejando caer su cabello castaño como una cortina sobre este.

—Esa es la idea, Liu —comenta el vampiro, risueño, aunque pronto su expresión burlona cambia a una de curiosidad y luego a otra de preocupación.

Xander rodea al humano con un brazo deslizándolo alrededor de sus brazos y su torso como si se tratase de una serpiente que lo rodea para sofocarlo y, una vez inmovilizado, lo toma de la barbilla con su otra mano y lo obliga a alzar el rostro. Con su cara al descubierto, bajo la luz blanca y reveladora de la habitación, Xander puede observar con detalle cada pequeña lágrima en el rostro del chico, tanto las que corren por sus mejillas como las que se perlan en sus pestañas, incluso las que aún se forman en sus ojos oscuros, dándoles un brillo adorable y triste. Ve también su nariz, sonrosada de tanto llorar y sorber, y sus labios, rojos de mordérselos en exceso.

Liu tiembla durante los segundos en que el vampiro lo expone y lo examina en silencio. Tiembla de vergüenza, de humillación, porque ahora ni sus momentos de dolor son suyos. Tiembla de miedo, porque teme que el vampiro halle en su llanto algo aborrecible o molesto, algo porque lo que desee castigarlo. Sus ojos recorren esa vitrina que tiene en una pared, aquella con látigos e instrumentos de dolor.

Un escalofrío lo recorre.

—¿Qué ha sucedido, mi humano? —pregunta soltándole la cara y rodeándolo ahora con ambos brazos. Xander apoya su rostro en el hueco entre el cuello y el hombro del chico, dejando pequeños y dulces besos allí donde podría dejar una enorme marca —¿Se ha atrevido alguien a herirte, Liu? —pregunta, pero ahora el tono cambia y Liu juraría que lo hace también la habitación, el aire que los envuelve, que ahora se torna frío y tenso, cortante.

—No es eso… —murmura con un hilillo de voz.

Intenta removerse entre los brazos del vampiro, pero descubre, para sorpresa de nadie, que lo apresan firmemente y no puede moverse sin que el otro lo desee. Xander parece relajarse, porque el ambiente de la habitación no se siente como el instante antes de una catástrofe, y Liu intenta seguir hablando, aunque la voz le tiembla y un sollozo amenaza con interrumpirle.

—E-es que me van a expulsar del instituto. S-sé que es una tontería, que debes pensar que es estúpido, ni siquiera debería estar con mi edad en el instituto, pero… pero quería poder acabar mis estudios y quería que fuese ahí. Donde estudiaba Matheo, donde estudiaron mis padres. No me gusta ese sitio, ni la gente, pero me gusta… me ha-habría gustado graduarme como siempre pensé que lo haría, la idea me hace sentir como si —Liu se muerde el labio con fuerza, siente una gota de sangre contra sus dientes cuando lo hace, y luego el caliente líquido cede y se derrama por su mentón y hacia su cuello. No puede contenerlo más y rompe a llorar de golpe, hipeando mientras habla —m-me hacía sentir co-como si mi vida no se hubiese torcido del todo, c-como si aún hubiese algo normal, algo… algo bien.

Alexander siente ganas de reír cuando escucha las preocupaciones de su pequeña presa, aunque no es porque le resulten ridículas.

Sabe que Liu quiere poder acabar sus estudios y entrar en una carrera que le apasionase, sabe que para él eso es un escaloncito más en su camino a tener una vida feliz dedicada a lo que uno ama, una vida tranquila donde el trabajo proporciona dinero sin robar demasiado tiempo y donde los días se siente cálidos y las horas lentas. En el pasado un objetivo así le habría parecido objeto de mofa, pero ahora Xander entiende la belleza que hay en esas cosas que él considera pequeñas, instantes en su eternidad. Incluso si no quiere renunciar a vivir para siempre, le gustaría tener finalidad, como las vidas morales tienen, dirección, unos objetivos claros, un proyecto que realizar antes de que el tiempo se acabe.

Lo que Xander encuentra gracioso no es, pues, que Liu quiera seguir sus estudios o lo mucho que le rompe el corazón no poder hacerlo en el instituto donde conoció al amor de su vida o en el cual cada aula, pasillo y profesor viejo iba acompañado de una anécdota de sus padres, lo que le resulta cómico es que Liu vea en una expulsión una traba inexorable ¿Por eso llora? ¿Por qué alguien ha decidido echarlo del centro?

A Xander le parece un problema de tan fácil solución: no hay nada que una amenaza no pueda conseguir, sobre todo si es una que sale de una boca con colmillos.

Incluso si su amenaza no surte efecto ¿Quién es responsable de expulsarlo? ¿El director? ¿El jefe de estudios? ¿La coordinadora? ¿Un profesor específico? ¿Todos ellos? Nada es tan sencillo como matarlos a todos esa misma noche.

Es un problema tan pequeño con una solución tan sencilla… y pensar que Liu se derrumba por ello, porque él no tiene el poder de hacer algo y, de tenerlo, no poseería la entereza suficiente para llevar a cabo lo que necesita. Le resulta adorable lo frágil, lo débil y vulnerable que es su humano. Tan adorable que es gracioso, como cuando uno ve un cachorrito intentando subir un diminuto escalón y cayendo una y otra vez de culo porque sus patitas no alcanzan a menos que alguien lo aúpe.

—Liu, tranquilo —murmura Xander con una voz melosa y dulce que el muchacho desconoce, pero agradece enormemente. El humano olfatea un poco, sorbiendo sus lágrimas, y se deja abrazar por el vampiro. Por un segundo agradece a Xander, pues cuando está entre sus brazos, incluso si sabe que su abrazo es una prisión, puede permitirse no pensar en nada, no recordar nada. Se siente una marioneta y las marionetas son de madera o tela, no de lágrimas y corazón —, cuéntame que ha sucedido, verás que lo solucionaremos muy fácilmente, además ¿Por qué iban a expulsarte? Eres un buen chico.

—Es que… —Liu aprieta los labios y Xander nota que la actitud del humano cambio de golpe. Sigue con los ojillos brillantes y tristes, pero ha parado de llorar y su rostro de tiñe de sonrojo por el bochorno. —, es que mi tutor ha… —Liu suspira y aparta la mirada —Ha empezado a molestarme sobre mi asistencia a clase y mi rendimiento, me ha dicho cosas insensibles. Cosas sobre mi familia y Matheo, sobre que debería superarlo.

Xander aprieta los dientes al oír lo que su pequeña presa le explica. Él, sin duda, ha cometido actos de crueldad mil veces mayores que un mero comentario inadecuado,  pero él ha sido creado para eso. La maldad es su lenguaje, el dolor su respuesta. Sin embargo, quien ha sido cruel con Liu hoy no es una criatura que lleva en sus venas ese impulso, ha sido un humano. Y Xander siempre ha pensado que un humano que se comporta con sus iguales como si fuesen inferiores no es más que una criatura hipócrita y patética. Alguien debe recordarle su lugar.

—Y… yo le he pegado. Cuando ha dicho eso yo simplemente… yo… No lo sé, solo me ha salido y lo he hecho y me he sentido mucho mejor después.

Xander alza sus cejas con sorpresa al oír eso. Su tristeza por Liu y su ira por el profesor que lo ha increpado siguen ahí, pero hacen un enorme hueco para la grata sorpresa que siente ahora el vampiro. Xander sonríe juguetonamente y besa el cuello de Liu con afecto, casi orgulloso.

—Buen chico, Liu —murmura en su oído. Sus palabras se sienten como una deliciosa recompensa y sus brazos alrededor de su cuerpo dejan de apresarlo, sino que lo sostienen firme, pero agradablemente. —. Has hecho lo que debías.

Una de las manos se desliza bajo su camisa, le acaricia la curva de su cintura, la planicie de su tierno abdomen, su pecho. Liu se remueve cuando nota cosquilleos agradables recorrerle. Se siente confundido. Sabe que ese hombre erró al decirle aquellas palabras ¿Pero acaso no erró él también al responder violentamente? Por eso será castigado con una expulsión, pero entonces ¿Por qué está siendo recompensado? Xander es malvado, pero jamás le premia por hacer el mal, sin embargo se siente extraño. Corrompido, porque es la primera vez que golpea a alguien, pero tan, tan placentero, porque Xander lo toca de una forma suave y especial.

<<Me duele la cabeza. No quiero seguir pensando en esto. No quiero pensar en nada>>

—No te preocupes, Liu —susurra Xander, al tanto de sus pensamientos y de las miles de voces que chillan cosas contradictorias en su castaña cabecita. Cuando él habla, todas parecen guardar un silencio lleno de reverencia y temor —. Cuando tu profesor cuente lo que pasó a la dirección del centro, no le darán la razón. Te han pasado muchas cosas, es normal que explotes y es normal que te defiendas cuando alguien te ataca. Mañana ves a clase y verás que es como si no hubiese pasado nada.

—Pero… ah…

Los besos de Xander en su cuello dejan de ser besos. Su boca se cierra entorno a la tierna piel y succiona. Liu puede sentir el calor acumulándose en la zona que el vampiro chupa, su lengua, fresca y húmeda, lamiendo la ardiente piel. Siente pinchazos de dolor en ella, como si su sangre fuesen diminutas agujas de hierro y los labios del vampiro las atrajesen con un fuerte magnetismo fuera de su cuerpo.

Puede sentir la presión, la sangre acumulándose, los vasos sanguíneos cediendo, rompiéndose hasta formar un enorme moratón en su garganta. Sabe que es la forma de Xander de recordarle que incluso si lo ha curado y borrado sus marcas, es suyo y su cuerpo debe demostrarlo. Sabe que tapar ese chupetón, tanto como lo desea, sería un insulto para Xander, así que no se lo plantea siquiera.

El vampiro se separa de su cuello, un hilillo de saliva une su labio inferior con el hematoma y Liu jadea, tirando la cabeza a un lado, dejando su piel herida disponible para que el vampiro contemple su obra. Xander lame el moratón y se recrea en el escalofrío de dolor que causa en Liu.

Sus ojillos lucen cansados de tanto llorar y le recuerdan a la mirada de los animales enjaulados, tan aburridos de la vida que deciden dejarla pasar durmiendo.

—¿Te gustaría salir esta noche, Liu? —pregunta con una voz baja y cuidadosa, como si temiese asustar a la criaturita que se deja hacer en sus brazos.

Liu frunce el ceño con confusión. Recuerda la última salida que tuvo con Xander y traga saliva <<No quiero acompañarlo a cazar>>.

—N-no lo sé… ¿A dónde iríamos? —pregunta suspicaz.

Xander besuquea su cuello de nuevo y acaricia su tripita trazando círculos con una de sus manos. Guarda silencio unos minutos, pensando en ello. Él no necesita planear sus noches, pues halla diversión allí donde encuentre un corazón latiendo que él mismo pueda acelerar y, más tarde detener, pero esta noche no quiere dejarse llevar por sus instintos, no quiere que Liu lo acompañe en sus travesuras.

Necesita sacar al chico de ese oscuro ambiente de servidumbre y sangre en que lo ha sumido antes de que esté perdido del todo. Necesita dejarlo ser un chico normal y corriente, al menos de vez en cuando, pero no sabe en qué consiste eso.

—¿A qué lugares te gusta ir para divertirte?

Liu se encoge de hombros. Al instante una oleada de bochorno lo golpea. Desde que tuvo que asistir a tantísimos funerales no recuerda haber tenido energía ni ganas para intentar divertirse. Se siente aburrido, patético y se pregunta por qué siquiera iba Xander a mantener con vida a un humano tan insulso.

Pero recuerda también los momentos en que estaba vivo y cómo disfrutaba de dar largos paseos, siempre con Pelotita, pues el perro tenía mucha energía pese a sus rechonchas y cortas patitas y siempre actuaba como su guía. Liu amaba explorar la ciudad cuando estaba vacía, hacia el amanecer, y perderse entre calles hermosas y destartaladas. Sentía que se sumía en un nuevo mundo, uno mágico y sin descubrir, y que él y su mascota eran los primeros exploradores en llegar a ese terreno extraño. Luego Pelota tiraba de su correa y lo conducía a cada gracias a su increíble orientación, una que compensaba la que a Liu le faltaba. 

También recuerda las veces que Matheo, él y los amigos que tenían por aquel entonces intentaron entrar en clubes o discotecas y fueron echados a patadas por intentar falsificar sus documentos de identidad con cartón plastificado y una foto de carnet mal photoshopeada.

Liu sonríe tiernamente por las memorias que aún conserva.

—Me gustaba pasear por zonas desiertas y alejadas de la ciudad. También querría irme de fiesta, pero nunca pude mientras era menor y cuando cumplí la mayoría de edad no me animé a ello. No es divertido ir de fiesta solo.

Xander le acaricia el rostro y sonríe tiernamente. No se ha resistido a explorar los pensamientos de Liu, no para robarle su intimidad, como suele hacer, sino porque necesitaba saber qué imágenes evocaban tan linda sonrisa.

Se ha asomado a sus recuerdos y ha visto a Matheo, a su perrito, un pug con obesidad, pero relleno de amor y energía, y unos amigos que solían acompañar a Liu y su amado en sus aventuras. Los mismos amigos que dejaron de hablarle cuando Matheo murió y el dolor de Liu se volvió más cómodo de ignorar que de abordar.

—Entonces podemos salir a pasear. Puedo llevarte a cenar a algún lugar y luego buscaremos un lugar con música para que pueda ir a tu primera fiesta.

Liu juguetea con sus dedos. Se siente tan extraño que el hombre que ha intentado arruinar la poca felicidad que quedaba en su vida ahora se esmere por restablecerla. No entiende a Xander. No entiende sus intenciones ¿Por qué su demonio trataría de velar por él?

<<Da igual>> se dice y se permite dejar la cabeza en blanco cuando el vampiro le besa el cuello otra vez. <<No quiero pensar en ello. No quiero pensar>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 54

 

Liu se sorprende a sí mismo cuando se percata de cuán relajado está. Tiene la mano de Xander sobre su cintura posesivamente, lo agarra por ahí, lo acerca a su cuerpo y lo guía como si fuese su pequeña mascota humana, lo cual suele ser siempre un anticipo de algo malo va a pasar, de que Xander querrá más de Liu que el mero tacto de su piel. Están paseando de noche, por calles silenciosas como la muerte y oscuras como si el celo fuese un manto negro sin estrellas que les ha caído encima y ha cubierto cada calle, cada edificio, cada árbol, ahora con el tronco negro cabrón y las hojas de un azul marino y profundo; desde siempre la oscuridad ha constituido un peligro y la noche misma una amenaza que aguardaba tras el día, de hecho, fue ella misma quien metió a Liu en este lío, quien le presentó a su demonio.

Aun así, el ambiente no se siente tenso, sino tranquilo. Con una calma que no se asemeja a la que viene antes de la tormenta. El aire se siente fresco y fluye ligeramente con brisas relajadas en vez de sentirse como un aliento contenido. El silencio, más que ocultar, es un espacio vacío y agradable donde Liu puede flotar.

Las calles, cubiertas por el manto de la noche, lucen misteriosas y hermosas. Casas destartaladas que hubieran sido tristes de día, de noche recobran un extraño poder, imponen respeto y sus paredes a medio caer no lucen como debilidad sino como una invitación a adentrarse en su interior, si uno se atreve, claro. Las casas habitadas lucen cálidas y bonitas, con sus ventanas iluminadas de colores cálidos, como si hubiesen robado un pedacito del día y lo mantuviesen oculto durante la noche. A Liu le da curiosidad ver las siluetas de las personas a través de sus ventanas, preguntarse qué estarán haciendo y fantasear sobre vidas ajenas. Imaginar momentos dulces o tragedias, pensar en cómo supera la gente sus motivas para llorar y de dónde sacan las fuerzas para pintar sonrisas en sus rostros.

—Mañana por la noche podrías volver a tu casa, si quisieras —comenta Xander de la nada. Su voz suena ronca, tranquila y ancestral. Liu siente que esa voz no puede pertenecer a algo tan antropomorfo como Xander y por un minuto cree que quizá le está hablando la noche misma o la roca de la que las casas están hechas en sus cimientos.

—Me gustaría —murmura el chico a la par que enrojece un poco —, gracias.

Debe admitir que, aunque el vampiro le hizo esa oferta hace relativamente poco, la había olvidado. Pensó desde el primer instante que era una mentira, una forma más de jugar con él. Ahora, por alguna razón, le cree completamente cuando se lo dice.

—Aunque supongo que sabes que eso no significa que vayas a librarte de mí ¿Cierto?

Liu ríe irónicamente, porque no es tan ingenuo como para que ese deseo se le pase por la cabeza <<¿Deseo?>>. Frunce el ceño cuando piensa en que se hace realidad esa imposibilidad, en que Xander se esfuma y no vuelve a verlo jamás. No tendría que temer cada noche por su vida. Por su sangre. Por su cuerpo. No tendría que participar en sus juegos enfermizos. No tendría soportar el culposo placer de sentirse gozoso entre las manos del hombre que le ha robado todo. Podría seguir estudiando. Seguir durmiendo por las noches. Seguir cortándose los brazos.

Liu frunce el ceño. De pronto, su vida sin Xander no suena tan buena como la imaginaba. Seguirá cortándose, sintiéndose como mierda, llorando hasta quedar dormido. Seguirá estudiando sin saber si tiene o si merece un futuro, seguirá culpándose por cada día que siga vivo y arrastrándose de día en día solo porque vivir es una decisión más reversible que suicidarse ¿Ha estado pensando en lo malo que es Xander para ensombrecer lo horrible que era su vida incluso antes de él? 

Liu suspira, confundido de nuevo. Quiere que Xander se quede, de algún modo, por alguna razón. Quiere se quede porque incluso si se va el dolor seguirá ahí, el viejo y el nuevo que él mismo ha causado, así que lo mínimo que puede hacer es acompañarlo, compensarlo de algún modo.

—No soy tan ingenuo —responde el muchacho, como restándole importancia —, sé que vas a seguir persiguiéndome. Sé que soy tu presa. —explica y esta vez sus palabras no se sienten solo llenas de desánimo, sino que hay una cierta fortaleza en ellas, una propia de alguien que ha aceptado algo como un hecho inamovible —Aunque no entiendo esta… esta forma extraña que tienes que hacer las cosas. D-de cazarme —Liu aparta la mirada un momento, sigue paseando con tranquilidad y su voz se nota más relajada, más contenta, pero Xander es capaz de distinguir los tonos de timidez y el escalofrío temeroso que le recorre la espalda cuando dice esa última palabra —. Me llevas de fiesta, me dejas volver a mi casa… ¿Estás dándome más libertad para perseguirme o a-algo así? Puedo… puedo fingir que huyo, si lo deseas, con tal de que no me hagas daño. Es parte de nuestro… trato.

Xander chasquea la lengua. Una parte de él se siente fastidiada al darse cuenta de que el chico piensa que su dádiva es, en realidad, una trampa. Pero otra parte de él no puede sino esperar esa clase de desconfianza ¿Acaso espera que el muchacho tome la primera acción genuinamente generosa que ha hecho en miles de años y no la examine con recelo, buscando algún tipo de letra pequeña? Ha jugado con él de las peores formas posibles, es obvio que su confianza es algo que le costará ganarse.

Incluso él mismo se siente confundido. Le da libertad al chico no para aflojar su correa y luego cazarlo, sino porque quiere devolverle un poco de su normalidad, quiere evitar que se rompa, pero sigue sin entender por qué. Por qué esa ternura, ese cuidado. Esa preocupación.

—Si quiero que huyas, Liu —habla en un tono ronco, duro, y el chico escucha atentamente como si hubiese nacido para ser hipnotizado por esa voz —, sé cómo hacerte huir. No estoy teniéndote una trampa, estoy intentando que te sientas mejor.

Liu quiere reír al oír eso, pero el rostro de Xander es tan serio que duda que sea una broma, incluso si es todo lo que tiene sentido que sea. Liu enrojece de pronto.

—Gracias —murmura y Xander aprieta un poco más su cintura, estrechándolo hacia él.

Xander mira a su alrededor prestando un poco de detalle a algo más que la proximidad de posibles presas, como él acostumbra a hacer. Esa calle está silenciosa y tranquila, incluso carece de ruidos, más que ronquidos y murmullos, dentro de las casas delante de las cuales pasean. Pero en la calle siguiente escucha un ambiente bullicioso, más animado, y el ruido de tenedores y platos, de bocas masticando.

No es una cosa extremadamente rara encontrar restaurantes abiertos cuando anochece, pero desde que los vampiros se dieron a conocer, no es tampoco usual. Solo una pequeña porción de bares permanecen abiertos cuando la calle está oscura y suelen comer en ellos solo las personas que viven sumamente cerca y no temen que el camino a casa sea tan largo como para que alguien o algo las capture.

Liu olisquea el aire cuando empiezan a acercarse un poco a ese lugar, captando el delicioso aroma de los diversos platos, algunos rebozados hasta terminar con un acabado dorado y crujiente, otros bañados en ricas salsas o fritos al ajillo, incluso puede oler la tenue dulzura de algunos postres.

—¿Tienes hambre?

Liu asiente y acto seguido se acurruca contra él, acomodándose entre su cuerpo y el brazo que le rodea. Xander necesita tragar saliva por lo desprevenido que ese adorable gesto le toma y no es hasta unos segundos después, cuando el chico está rojo y mirando al suelo, que entiende que lo hace porque todo el mundo en el bar se ha volteado y los mira y él solo quiere huir de esos ojos que lo perforan.

Xander sabe que a Liu no le gusta ser el centro de atención. Nunca se lo ha dicho, pero no es difícil intuirlo, con su personalidad tímida y su voz baja, la forma en que oculta las manos en sus mangas y en que baja la cabeza mientras anda…

Un camarero se acerca ambos con una bandeja en las manos, sosteniéndola ante el pecho y dando casi la sensación de que la usa para escudarse del vampiro.

—D-disculpen íbamos a c-

—Dame una mesa para dos —interrumpe Xander y mira con suficiente dureza al chico como para que sepa que no le importa su mentira. No le importaría ni aunque fuese verdad —. Algo privado —exige Xander y mira a su alrededor con reprobación, haciendo que todo el mundo aparte el rostro y que Liu se sienta aliviado.

Cuando ambos entran el camarero los conduce mudamente hacia una mesa al final del local, en una acogedora esquina que, gracias a un par de paredes decorativas, parece un punto ciego desde fuera y una habitacioncita privada desde dentro.

Liu ojea la carta en silencio. No lleva dinero encima, pero le avergüenza decírselo a Xander, así que decide que se enfrentará a eso más adelante. Cuando el mismo camarero de antes viene a la mesa, Liu pide un vaso de refresco de limón, un plato de pasta con salsa de setas y croquetas de pollo. Una sonrisa adorable se pinta en sus labios después de hacerlo.

—Hacía más de un año que no comía fuera de casa —comenta, incrédulo, y negando con la cabeza— y que no comía algo que no fuese un bocadillo preparado sin energía y pan caducado. 

—Tienes que comer bien, Liu —recrimina suavemente Xander, sonriendo también.

—Oh, claro, tengo que alimentarme bien para poder alimentarte bien a ti después ¿No? —Liu ríe sarcástico por su broma y Xander solo alza las cejas, genuinamente sorprendido por lo confianzudo, casi seductor que ha sonado. Un segundo después, Liu se hunde en su asiento y su expresión pasa a ser de pánico total, deja de reír y, totalmente rojo, balbucea un: —perdón.

—No pasa nada —responde Xander regalándole una sonrisa divertida. 

El chico se siente extraño, un revoloteo agradable se posa en su estómago, sobre el hambre, y no sabe si ama sentir algo bueno por fin o si odia saber que su cuerpo está tan confundido como para darle ese bonito cosquilleo cuando está con su demonio.

—Y sí, tienes que alimentarte bien por muchas razones y una de ellas es para satisfacerme cuando beba tu sangre.

Liu traga saliva, tensándose de pronto, y asiente.

—Pero no tienes que preocuparte, voy a dejar que descanses de eso un poco, no quiero drenarte. Y la próxima vez seré más suave, voy a morderte con cuidado.

—¿Alguna vez lo has hecho? —pregunta distraídamente el chico. No mira a Xander a los ojos, sino que le habla mientras juega con el mantel bajo la mesa —Alimentarte de alguien intentando no hacerle daño, me refiero.

—No hasta ahora —confiesa Xander y, de pronto, siente un fastidio muy inusual en él. Se siente como un adolescente al que pillan haciendo una travesura y sabe que su cuerpo tuviese sangre fresca en ese mismo momento circulando por las venas iría toda a sus mejillas. —. No he tenido interés en conservar ninguna presa hasta ahora, así que ¿Por qué haría algo así? No soy de los que buscan proporcionar  una muerte tranquila a sus víctimas. Tú no habrías tenido una si no me hubieses ofrecido tu sumisión a cambio de mi gentileza. Fue un buen trato para ti, realmente bueno, pero debo admitir que me deleita que me lo propusieras. Me gusta poder acariciarte y besarte, me gusta tener algo cálido junto a lo que dormir. Es más agradable de lo que pensaba.

—¿P-por eso estás intentando ser agradable tú?

Liu se tapa la boca cuando la pregunta abandona sus labios y se queda pálido como una hoja de papel.

En su mente sonaba como una curiosa e inocente duda, pero dicha en alto, la pregunta suena ofensiva, casi arrogante. Para su suerte, Xander alza las cejas y se echa a reír.

—Quizá —murmura, pensativo y dejando la risa morir en sus labios. No entiende por qué quiere ser amable con Liu, porque quiere darle una vida normal, devolverle la sonrisa. Por qué quiere esas cosas que son tan incompatibles con que sea suyo, incluso si también quiere que sea suyo. No quiere averiguarlo. —¿Estás pasándolo bien?

Una camarera se acerca a la mesa susurrando un saludo que incluso Xander apenas puede oír. Tiene los labios apretados y una gota de sudor corriéndole por la sien derecha y, por si eso no hiciese obvio su nerviosismo, deja en la mesa la comida que Liu ha ordenado tan deprisa que pareciera que estaba intentando librarse de platos que le abrasan las manos y luego se esfuma tan rápido como un fantasma.

Liu muerde su labio viendo el humeante plato de pasta y enrosca una buena porción alrededor de los dientes de su tenedor, la cual empieza a soplar, ansioso por probarla.

—Me lo estoy pasando bien —Liu responde —, gracias por… por esto. Cuando me ha dicho hoy ese profesor que me expulsarían he sentido que nada volvería a ser normal. —Liu sopla un par de veces más, interrumpiéndose a sí mismo, y decide que tiene más hambre que paciencia.

Prueba el primer bocado de su cena y tiene que expirar muy fuerte, exhalando humo por la boca de modo que parece un dragón. Xander ríe inevitablemente por la imagen del chico con la boca abierta y llena de pasta humeante, pero cuando logra masticarla su rostro ya no le parece divertido, solo demasiado hermoso. Liu cierra los ojos, deleitado por el sabor, y mastica despacio mientras hace un bajo sonido de placer. Es una expresión preciosa la que pone cuando disfruta de algo. Xander decide que quiere, necesita verla más. Liu traga, se limpia con la servilleta y enrojece al ver la mirada del vampiro.

—Esto se siente un poco normal —continúa diciendo, aunque termina por soltar una risa irónica —, bueno, todo lo normal que una situación puede ser cuando está en ella un vampiro que me ha secuestrado y que me considera su bolsa de sangre particular.

Xander alza una ceja y se acomoda en su asiento mientras mira a Liu desde arriba. Ha decidido que las bromas del humano no le resultan insolentes, aunque arrancaría cabezas si saliesen de otros labios, sino más bien entretenidas. Le gusta oírlas, la risa de Liu que las sigue, su tono, sus mejillas sonrosadas. Le gusta cuando el chico está de buen humor, suficientemente confianzudo como para hablarle de ese modo. 

<<Estoy teniendo conversaciones más largas con Alexander de las que he tenido en meses con otro ser humano. Esto es tan raro ¿Pensará en estos momentos en que parecemos personas normales charlando cuando me mate? ¿Se acordará de que puedo conversar con él como un igual cuando vuelva a tomar mi sangre o mi cuerpo como si fuera solo un juguete?>> Liu traga saliva.

—¿Dónde querrías ir de fiesta después?

El muchachito se encoge de hombros de inmediato, sin siquiera pensar la pregunta.

—Jamás he ido de fiesta, no tengo ni idea. —murmura, enrollando más pasta en su tenedor. —Matheo era quien hacía los planes, quien miró distintos locales, quien tenía una lista de bebidas raras que quería hacerme beber… —Liu habla del otro muchacho con una sonrisa agridulce en la cara y un brillo en los ojos condenado a ser efímero. Suspira, arrastrando el tenedor de un lado a otro del plato, como si hubiese perdido el apetito —Yo tenía muchas ganas de ir, pero cuando murió no encontré la energía de ir yo solo de fiesta. Se sentía… como una traición. Él no podrá ir nunca ¿Por qué yo sí debería poder? Creo que este último año me he convertido en una persona muy aburrida. Veo a otras personas de mi edad y pienso… ellos tienen muchas cosas en sus vidas, cosas que hacen o que piensan o que explican. Y yo estoy… vacío. No creo que ir de fiesta un día lo solucione, pero… no sé. Quizá estaría bien.

Xander apoya su barbilla en la palma de su mano y tuerce la cabeza al escucharlo. Le gusta el sonido de su voz, suena fluida y melódica y aunque ama cuando su habla de quiebra y se llena de titubeos, escuchar al chico hablar tan desde dentro, como si arrancase un trozo de su corazón con seguridad y se lo regalase para que lo examinase, eso lo deleita de un modo distinto.

Le gusta oír sobre sus miedos y sus preocupaciones al margen de él. Sus angustias mortales. Le hacen sentir una añoranza por algo que ya ni siquiera recuerda haber tenido. Y, a la par, le hacen sentir un poco menos solo.

Xander siempre supo que la existencia de un vampiro era mayormente solitaria, incluso si compartía presas con otros depredadores, la eternidad es un vasto lugar donde rara vez dos almas pueden llegar a unirse de veras. Jamás le molestó la idea, pensó que la soledad era reconfortante, tranquila. Que le hacía sentir poderoso. Pero ahora que Liu, con sus palabras, le hace sentir un poquito menos solo, Xander descubre lo mucho que no quiere volver a sentirse así de nuevo. Descubre que no le gusta, sino que ha tenido que convencerse de ello porque, hasta ahora, es lo único que ha conocido.

Del mismo modo en que descubrió, cuando Liu se fue su primera mañana al instituto, que odiaba levantarse en una cama tan grande sin nadie más a su lado y con las sábanas frías.

—Está bien darse un descanso, Liu. —murmura Xander y extiende su mano bajo la mesa hasta tocar la rodilla del chico.

Ve al muchacho tensarse, incluso aprieta la mandíbula, congelado a medio masticar, y espera unos segundos, temiendo por las intenciones del vampiro. Cuando nota que el hombre solo busca acariciarlo, se relaja de nuevo y se deja hacer.

—No es fácil averiguar quién es uno o en quien quiere convertirse. Tengo más años de los jamás podrías vivir tú en varias vidas y, aun así, a veces se siente como si fuese un vampiro y ya está, como si fuese mi especie, y no un individuo. Definirse a uno mismo es tan, tan difícil. Sobre todo, cuando todo a su alrededor se marchita y aquellos que deberían poder verte y reconocerte mueren y todo cambia una vez tras otro. Has perdido a las personas que más te conocían, Liu, es normal que eso te cambie, que no sepas quién eres ahora. Y no hay prisa para definirte y mucho menos para hacerlo como alguien interesante. No existes para ser interesante, existes porque existes y ya está. Ahora céntrate en sortear el dolor, luego ya pensarás en quién eres. No estás vacío, Liu, de veras que no. Es solo que nadie nunca está totalmente acabado, no hasta que muere.

Liu parpadea despacio, impresionado por la forma en que Xander le aconseja gentilmente, en que lo consuela. Nunca nadie le había hablado tan sabiamente y aunque espera de cualquier vampiro que sea taimado y de uno tan viejo como Xander que tenga en su mente un enorme palacio repleto de los conocimientos que ha acumulado y catalogado durante lustros, jamás habría esperado que Xander usase su boca para regalarle una pieza de sus pensamientos. Pensó que, para él, solo estaban dedicados los colmillos, no las palabras.

—Me gusta eso que has dicho —murmura tímidamente, enrojeciendo él incluso si es quien dice envía el halago, no quien lo recibe —, lo de que uno está acabado solo cuando se muere. Tiene sentido, me gusta mucho. —murmura de nuevo, más para sí que para Xander.

—La muerte me da… r-realmente me da mucho miedo. Nunca nadie me ha dicho nada de la muerte que pueda sonar reconfortante, pero me gusta. La idea de que la vida es un cambio constante y de que solo podemos establecer una verdadera identidad cuando el cambio se detiene, la idea de que solo somos cuando lo único que queda de nosotros de una narrativa de todo lo que fuimos, una que tiene punto y final. Eso hace sonar la muerte como… como un descanso.  Como si ya no tuviésemos que seguir escribiéndonos a nosotros mismos, como acabar por fin un buen libro. —Liu ríe un poco por lo ridícula e infantil que suena la idea cuando la pone en sus palabras, pero aun así le gusta.

Ama demasiado la imagen de la muerte no como un triste final, sino como una conclusión, como lo que logra cerrar al ser humano, hacer a una persona acabada, completa, porque ya no hay nada más que añadir.

—Me alegra mucho haber oído eso, desde que murieron mis padres, Matheo y mi mascota nadie a dicho nada que logre gustarme de veras sobre la muerte.

Xander arquea una ceja, interesado. Deja a Liu comer un poco antes de seguir abordándolo con su diálogo. La pasta está templada a estar alturas, así que quiere que la disfrute antes de que se enfríe. Y eso hace el chico: sorbe los espaguetis con ahínco, tanto que uno de ellos le da en la cara como el tentáculo de un ser que está siendo devorado vivo y se resiste, dejándole un enorme manchurrón de salsa en la mejilla.

Xander ríe al ver la torpeza del chico y alarga su mano para limpiar la mancha de la mejilla del chico. Luego coloca su dedo en frente de la boca de Liu y el chico se siente tan horriblemente abochornado. A pesar de saber qué debe hacer, tarde diez segundos enteros antes de decidirse a abrir la boca y lamer el pulgar del vampiro hasta dejarlo limpio. El hombre le sonríe y sigue acariciando su pierna amablemente por debajo de la mesa.

Cuando Liu se llena y deja su comida reposar un poco, Xander vuelve a sacar a flote aquel tema que había dejado a medias un rato atrás.

—¿Qué te han intentado decir de la muerte para reconfortarte? No imagino cosas muy bellas que puedan decirse de ella, no después de haber visto morir siempre a personas que rechazaban tantísimo la idea de que les fuese a llegar su fin.

<<Visto morir>> A Liu se le eriza la piel cuando recuerda a Aidan y la facilidad con que Xander separó su cabeza de su cuello. Su corazón de su pecho. Liu deja el tenedor en la mesa, ha perdido el apetito <<Las mató>>

—Me acuerdo de que una vez una profesora me intentó reconfortar hablándome de que nada se crea ni se destruye, solo cambia, como la electricidad. Y me intentó decir que mamá, papá, pelota y Mateo no habían muerto, solo se habían transformado en algo distinto, como lo que los que creen en la reencarnación dicen. Y que cuando yo muriese pasaría lo mismo.

<<Quería agradecerle por sus intentos de consolarme, fue tan dulce, pero me puse a chillar y llorar y no recuerdo apenas nada de esa semana. Solo recuerdo el horror. La idea me pareció tan espantosa que me da miedo todavía. Imagino que me muero y que me convierto en gusano o perro o en otro humano, con la cabeza toda en blanco y listo para empezar de cero. Me dan ganas de vomitar porque, si eso pasa ¿A dónde irá todo el amor que tengo por ellos? A dónde irá todo, todo lo que sintieron ellos, lo que fueron, nuestros recuerdos, nuestros deseos... ¿Que quedaría de mi si me reencarno en otro? ¿Piel, moléculas, átomos? No me importan esas cosas tan pequeñas e insignificantes, me importan mis recuerdos, mi amor, mi vida... Cosas tan grandes que no entiendo a dónde podrían ir cuando me muera.

<<Es como... Cómo si quemasen mi libro favorito y me entregasen las cenizas y me dijesen "Pero no te pongas triste, sigue aquí, todo, solo que se ha transformado" ¿Qué se supone que podría hacer yo con eso?

Con un montón de cenizas sucias y estúpidas donde ya no hay palabras, donde ya no hay una historia y donde no puedo encontrar a los personajes y sus carismáticas personalidades, donde ya no hay un mensaje ni líneas emotivas ni reflexiones o metáforas o... ¿Cómo voy a apreciar una transformación así si en ella solo veo pérdida? Solo degradación...

<<Me da miedo morir incluso si pienso que hay algo más después de la muerte, porque algo más sigue significando algo distinto y eso significa perder algo que no estoy dispuesto a perder. Por eso me gusta lo que has dicho de que uno es una persona acabada cuando... Cuando se acaba.

<<Me gusta porque me hace sentir que ellos no se transformarán en algo que borrará lo que fueron, sino que lo que fueron es todo lo que son. Me hace sentir que todo eso es más real, lo que vivimos, lo mucho que les quiero y que me quisieron. Hace la muerte un poco menos aterradora, aunque lo sigue siendo demasiado.>>

Xander escucha atentamente a Liu. Cuando los mortales hablan, no suele oír nunca palabras, solo un parloteo ininteligible y vacío de sentido, similar al balido que un mortal debe escuchar cuando pasa cerca de un rebaño de ovejas. Ahora, sin embargo, Liu le hace callar con sus palabras. No porque no desee responder, sino porque no sabe cómo.

Pese a ser una criatura que emborrona la línea divisoria entre vida y muerte con su mera existencia, Xander debe reconocer que no ha pensado nunca en la primera, más que para imaginar cómo arrebatarla, ni en la segunda, más que para planear como proporcionarla. No porque sea estúpido o descuidado, sino porque le asusta pensar en ello. En lo que dice sobre él, sobre si tiene un alma condenada al infierno o sobre si su infierno consiste, precisamente, en no tener alma. Quizá ha cambiado una muerte viva por una vida después de la muerte y ha perdido cualquier posibilidad de seguir existiendo.

—La muerte es aterradora, Liu —murmura Xander reclinándose en su asiento un poco, tomando una posición más cómoda mientras rodea los hombros del muchacho y lo atrae hacia sí —. Muchas personas te van a intentar consolar con la idea de que hay algo similar a la vida tras ella: el cielo, la reencarnación, los espíritus y fantasmas que habitan el mundo...

<<Pero todas esas respuestas son producto del miedo y es normal que cuando las escuches sientes pavor. Nunca van a poder desligarse del pánico del que nacen. Nunca van a poder ser reconfortantes ¿Cómo podrían? La vida es lo único que conocemos, es donde hallamos nuestro confort y nuestro refugio. Imaginar algo más allá de ella es... Es imposible.

<<No podemos pensar en cómo seremos, en cómo nos sentiremos cuando la vida termine porque la vida es lo que nos permite hacernos esa pregunta. La respuesta está más allá de lo que podemos contemplar, está en un lenguaje que no podemos hablar. Es algo puramente desconocido, siempre será aterrador, hallemos la explicación que hallemos para consolarnos.>>

Liu suelta una risilla al escuchar las palabras de Xander. Suena tan sensible, tan sabio. Jamás lo había visto reflexionar de ese modo, con esa voz profunda y pensativa que uno podría jurar que está llena de vulnerabilidad.

—¿Qué tienes tú que temer de la muerte si precisamente ya la has experimentado?

—No lo he hecho.

Ambos se miran con el ceño fruncido, en silencio por unos minutos. Parecen sorprendidos y confundidos, como si cada unos hubiese oído de la boca del otro algo absolutamente ridículo.

—Tu corazón no late.

Xander responde con una risa corta e irónica.

—¿Tan simple es tu concepto de la muerte? —le pregunta medio burlón, medio juguetón y toma de entre las manos del chico el tenedor que solo usa para gesticular mientras habla.

Con él pincha una de las croquetas que el muchacho no ha probado y se la empuja contra los labios, alimentándolo como a una mascota. Liu abre obedientemente la boca y hace un ruido de gusto cuando empieza a masticar el suave relleno.

—Tengo mil veces más en común contigo que con cualquier humano que esté en una tumba bajo tierra. Mi forma de vida se sustenta en un cuerpo que ha experimentado lo que tú llamarías "muerte biológica", pero sigo vivo. Es un modo de vida que tu ciencia no puede explicar, pero lo es. Necesito alimento. Puedo hablar contigo. Puedo tener sueños y deseos, sentir dolor. Puedo... —Xander se muerde el labio y abre y cierra su puño sobre su regazo, mirándose intensamente la pálida palma de la mano.

Siente calor en ella y sabe que la sangre que la recorre es de Liu, que se mantiene vivo gracias a ella y que de su sangre no queda en su cuerpo ni una sola gota ¿Eso le hace estar muerto?  Sí es así ¿También lo están los humanos que viven gracias a una transfusión de sangre u órganos? ¿Lo están los parásitos que necesitan alimentarse de la vida de otros seres para sustentar la suya?

—Puedo cambiar ¿No significa eso que estoy vivo?

—Entonces —Liu traga, avergonzado de haber hablado con la boca lena —¿No sabes nada sobre la muerte?

—Lo mismo que tú, ahora.

Liu suelta una risa incrédula. Incrédula porque lo poco que llevan de noche hoy parece de mentira: lo deliciosa que está la comida, lo bien que se lo está pasando, lo normal que se siente cenando con un vampiro, lo interesante que está siendo la conversación, lo a gusto que le hace sentir Xander a pesar de lo que es, de quien es, de lo que le ha hecho. En momentos como esos, Liu puede olvidar, suspender sus recuerdos por unos minutos, fingir ser feliz tan bien que se lo cree.

Y Xander se siente maravillado porque había olvidado el placer de conversar y porque acaba de descubrir el de hacerlo con Liu, el de oír sus opiniones profundas y reflexivas, bañarse con su voz, grabar su hermosa sonrisa en el dorso de sus párpados.

Xander nota de pronto el pulso de Liu acelerándose y sus próximas palabras suenan bajitas, cautelosas.

—¿No te preguntas que pasa con tus víctimas después de que las mates?

—Nunca me ha importado, son comida para mí. —responde el otro con una indiferencia que hace a Liu encogerse en su asiento.

—Oh... —dice dolido, como si las palabras del otro hubiesen golpeado el ruido fuera de su cuerpo —Entonces, s-sobre lo que has dicho antes, sobre que no tengo que tener prisa por definirme... ¿Qué más da? Antes era otra persona, ahora soy... S-soy solo comida ¿No?

—Eres más que eso. —responde Xander con el ceño fruncido. 

De pronto la mesa se llena del dulce olor de pánico y Xander lo sabe, sabe que se siente ofendido y que lo ha demostrado, aunque no sabe por qué. Ha agarrado tan fuerte el tenedor que lo ha doblado, su voz ha sido tan alta que Liu ha dado un repullo y sus ojos… oh, sabe que sus ojos brillan ahora como lunas de sangre. Respira hondo una, dos veces, y alade con un tono más calmado: 

—Yo no hablo con la comida. Yo no dejo vivir a la comida por más de una noche. Yo no… no haría esto que hago contigo si fueses solo comida.

—¿E-entonces? —el tono de Liu es tímido ahora, Xander sabe que lo ha asustado y por mucho que ame verlo temeroso, su miedo es fácil de obtener, pero su alegría trabajosa de cultivar y ahora siente que ha amargado los dulces frutos que estaba empezando a probar.

—¿Entonces qué? —responde con una voz que se siente como una dentellada.

—N-nada, solo... Estoy confundido. —murmura y se encoge.

<<Yo también>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 55

 

Liu esperaría que se formase un incómodo y tenso silencio que le quitase el apetito después de haber enfadado a Xander de ese modo. Esperaría, también, que el vampiro interrumpiese la cena para llevárselo afuera y castigarlo de algún modo que le revolviese el estómago y la racionalidad, que lo dejase sollozando, confundido y quizá sangrando.

Pero ninguna de esas cosas pasa. Xander no luce molesto, no con él por lo menos, tiene el ceño fruncido y está extrañamente callado por unos minutos, como si estuviese teniendo una acalorada discusión interna, pero, tras un rato, cierra los ojos, se frota el puente de la nariz y suspira largamente. Junto al aire que exhala, parece expulsar también la tensión que Liu sentía.

—¿Está bueno? —pregunta Xander señalando su cena. Liu asiente, agradeciendo tener la boca llena de croquetas en ese momento, pues no está seguro de ser capaz de usar su voz. Xander le sonríe con dulzura y su mirada parece suavizarse tanto que el rojo de su iris se tranquiliza, se diluye. De no ser porque sabe que es imposible, Liu diría que los ojos de su demonio no son de fuego ahora, sino de un hermoso rosa rubor —La eternidad es solitaria, Liu. Uno no tiene conversaciones o momentos agradables así a menudo. Mucho menos con seres a los que considera solo comida. Me gustas.

Liu traga su comida de golpe, sin masticarla bien, y agradece que sea un bocado tierno. Aun así, necesita tomar un urgente trago de agua mientras procesa las palabras que han salido de la boca del vampiro. Son terriblemente ambiguas, es obvio que le gusta, le gustó la noche que lo conoció, por eso decidió convertirlo en su presa. Le gustó cuando probó su sangre, cuando se hartó de profanar su cuerpo. Le gusta su olor y su sabor, el tacto de su piel, el tono de su voz. 

Pero la forma en que lo ha dicho parece contradecir la ambigüedad de sus palabras. No se siente neblinosa, sino clara, como una confesión. Pero Liu sabe que es imposible ¿Qué clase de aprecio podría sentir el vampiro por él más que el que un humano siente por su postre preferido? Xander mismo le confesó que no es capaz de sentir como un humano.

—Pero tienes a otros de su especie ¿No pasas momentos bonitos con ellos? ¿No conversas? Como con Aidan. —finalmente Liu opta por ser esquivo. De algún modo, sabe que es lo que Xander quiere: darle la tranquilidad de poder sacarse esas palabras del pecho, pero no los problemas que le supondría que tuviese que desentrañar su significado.

—Oh, con Aidan me llevo bien y lo aprecio mucho, pero él no cura mi soledad, solo me acompaña en ella. Los vampiros, además, no solemos ser amigos como él y yo somos. Nuestra naturaleza nos hace posesivos, nos hace territoriales.

<<Hace que veamos a los nuestros como enemigos y a los humanos, que sois lo más parecido a nosotros en toda la tierra, como mera comida. Es una naturaleza creada para aislarnos. Además… ¿Cómo podría conversar yo con otro? Los vampiros, aunque seamos viejos, no somos… no es como en las películas que los humanos os montáis sobre nosotros, no pasamos la eternidad siendo cultos, reflexionando, leyendo, aprendiendo… Esas son aspiraciones humanas, es lo que un humano haría si tuviese la eternidad. Pero nosotros no lo somos. Usualmente vivimos dominados por nuestros instintos, no queremos hablar o aprender, no queremos llevar un proyecto de vida o crear algo solo… solo destruir. Solo matar. Ir de presa en presa.>>

Liu traga saliva y mira el agua en su vaso. Cristalina y tan calmada. Se pregunta cómo es posible que su relación con Xander sea así ahora, que sea una hecha de palabras y tranquilidad y no de sangre y sexo. Se pregunta cómo es posible que ese hombre pueda transformar su compañía en algo tan bonito cuando antes era una amenaza.

—¿No es aburrido después de tanto tiempo?

Xander lo mira con una sonrisa de oreja a oreja que le forma pequeñas arrugas al lado de su boca, las primeras que ha visto en su rostro. Es como si Liu hubiese dicho algo hilarante e ingeniosísimo a la vez y él no pudiese contener la sonrisa. En ella sus colmillos se ven por completo y Liu se queda embobado mirándolos unos segundos, pensando en lo grandes que son, lo afilados que lucen. Se roza el cuello con la mano, allí donde antes tenía una mordida, y siente su carne erizándose.

—Oh, es por eso que me resultó tan tentadora tu oferta, Liu.

Su piel se eriza más aún. El tono del vampiro es tan seductor, suave como el terciopelo, fino como la seda, pero no hay tejido, de la exquisitez que sea, suficientemente agradable como para describir la manera en que el rubio pronuncia el nombre del humano, la manera en que lo envuelve con la lengua como si desease besarlo, en que articula cada una de las tres letras como si fuesen poesía.

Liu nunca ha encontrado tanta belleza en sí mismo hasta ahora, escuchando su nombre ser pronunciado de una forma mágica y hermosa.

—¿Has acabado con tu comida?

El chico parpadea un par de veces y menea la cabeza rápidamente, saliendo de su estupor. Mira su plato, donde todavía queda salsa y un poco de pasta que ha ido moviendo de aquí para allá con el tenedor sin darse cuenta.

—E-eh, sí, no tengo más hambre. —murmura y deja los cubiertos en la mesa.

—¿Has disfrutado de la cena? —pregunta el hombre alzándose desde su asiento y andando tan suave como si se deslizase por el aire hasta ponerse tras la silla de Liu, una enorme mano en cada hombro, posadas ambas con gracia y firmeza.

—M-mucho, gracias —dice el chico tímidamente, bajando un poco la cabeza y pensando en lo verdaderamente normal que se ha sentido durante unas horas, incluso pese a la naturaleza de su conversación con Xander.

Han hablado de vampiros, sí, pero también de la muerte y la pérdida, de la soledad y el dolor. Y Liu agradece que Xander sea suficientemente duro como para enfrentar esos temas que han alejado a todas las demás personas en las que una vez pensó que podría confiar.

—Entonces podemos irnos, no necesito matar a los cocineros.

Liu ríe, aunque unos segundos después, mientras se levanta, frunce el ceño con preocupación.

—No matarías a alguien s-solo por cocinar mal ¿Cierto?

Xander se encoge de hombros y pasa su musculoso brazo por la cintura del muchacho. Le sonríe con malicia y dice alto, mientras abandonan el local y sus ojos se blanden sobre las indiscretas miradas que incomodan a Liu, ahuyentándolas:

—Oh, yo no necesito demasiados motivos para matar. 

Liu siente un escalofrío, pues sabe que no habla por hablar y conoce en carnes propias la veracidad y el terror de esas palabras. Piensa en la noche que lo conoció. En la que lo tomó. En la que destrozó a Aidan. Y luego lo mira, su sonrisa mordaz y colmilluda, pero atractiva, esos labios elocuentes que hace un par de minutos estaban hablando de una forma inteligente, cautivadora ¿Cómo puede el mismo hombre articularse de ese modo tan delicado y comportarse, cuando el instinto lo posee, como una bestia incapaz de hablar porque tiene la boca llena de sangre y la cabeza de hambre?

—¿A d-dónde iremos ahora?

Xander pone el dedo índice sobre sus labios, reclamando silencio. Cierra los ojos unos segundos mientas surfea por el mar de sonidos que se extiende a su alrededor.

Intenta unir los que no le interesan en una cacofonía que pueda ignorar, amasarlos juntos hasta formar una pasta que arrojar a un lado y quedarse solo con lo que busca: música. Lo consigue en pocos minutos, identificando, junto al sonido ahogado de la música de un loca de fiesta, el cacarear de las personas de la cola.

—Por aquí —dice guiando al chico y reactivando su paso —, iremos de fiesta. Ya te lo había dicho.

—P-pero no sé si…

Xander para de caminar de golpe y aprieta la cintura de Liu. Lo atrae hacia él y el brazo que lo rodea lo estrecha fuertemente contra su cuerpo. No es hasta que sus pies abandonan el suelo que Liu se da cuenta de la facilidad con la que Xander lo está alzando hasta tenerlo frente a su rostro. Sus pequeños, rosados labios rozando la boca del vampiro.

—Relájate, Liu —murmura suavemente el hombre y le mira a los ojos mientras lo dice. Sus rojos, profundos ojos. 

Es la primera vez que lo ve tan de cerca. La primera vez que Liu puede ver, con lujo de detalles, lo hermosamente largas que son las pestañas de Xander o que el rojo de sus ojos no es un color que esté solo en el iris: está rodeado por un anillo de fulgurante naranja y algunas vetas de ese color se mueven hacia el centro, donde se halla la pupila, desde la cual haces de color rojo vino, casi negro, se entremezclan con el rojo brillante del iris. De hecho, ahora que el muchacho se fija mejor, la pupila de Xander no es totalmente redonda, sino que tiene una forma ligeramente alargada y afilada, luce como un rombo, similar a las pupilas de los felinos.

—Solo será una fiesta. Lo pasarás bien. —la voz de Xander hace que Liu baje los ojos de inmediato. Es ruda, demandante y masculina. Suena como una orden. —Estoy tratando de ser amable contigo… —murmura mientras baja su cabeza hacia el cuello del chico.

Liu patalea inútilmente, sin llegar al suelo, y siente la boca de Xander sobre su cuello, besándolo de una forma que le causa cosquilleos prohibidos, pero también advirtiéndole.

—Me… me gusta cuando e-eres amable… —Liu puede sentir como el vampiro sonríe contra su cuello. Puede sentir la frialdad de los colmillos.

El brazo a su alrededor por fin cede, bajándolo al suelo con delicadeza y rodeándole la cintura sin apretar ahora.

—Vamos, entonces, antes de que se haga tarde. Tendrás que dormir un poco antes de ir al instituto mañana. —Liu aprieta su boca.

—No creo que me dejen entrar —juega con sus dedos. Antes, no sabe cómo, Xander le ha convencido de que todo estaría bien, pero ahora su antigua y conocida inseguridad ha vuelto. Sabe que le ha pegado a un profesor. Sabe que no todo estará bien —, debería mirar si puedo entrar a estas alturas a otro centro o si debería esperar al añ-

—Irás mañana.

Liu asiente, pues sabe que no puede discutir. No contra una orden.

Poco a poco, el paseo se aleja de la tranquila zona a una más animada donde las luces nocturnas son todas de neón y la música de las diversas discotecas suena tan alta que el suelo da la impresión de temblar bajo los pies de los transeúntes.

Uno de los locales parece ser el que causa verdadero furor, pues mientras todos tienen a un par de grupo de jóvenes que se apoyan en la pared de afuera y beben, fuman y charlan, solo una discoteca está abarrotada incluso antes de entrar en ella.

Liu alza las cejas al ver la enorme cola que se forma en la entrada, toda llena de muchachas preciosas vistiendo prendas que pretenden hacer la competencia a las luces de neón deslumbrado a cualquiera que las vea y muchachos con ropas hermosas y exuberantes, el cabello teñido o peinado de formas que lo hacen lucir causal, pero hermoso y los cuerpos decorados con tinta, metal o músculos hermosos que no temen dejar al descubierto cortando sus camisas hasta que apenas los cubren. Liu se encoge al verlos. Le dan envidia, no por cómo lucen o por qué llevan, aunque también, pero sobre todo por la forma en que habitan sus cuerpos, en que visten sus ropas, por los movimientos, las risas, las voces llenas de confianza.

Le gustaría ser como ellos. Le gusta ser uno de esos chicos cuya presencia llena una habitación entera y merece la atención de varias personas, tener anécdotas interesantes que contar y una voz fuerte y divertida como para hacer que valiese la pena escucharle. Le gustaría tener un cuerpo con algo más que delgadez y blancura, le gustaría andar y gesticular de un modo atractivo, como esos chicos que al hacerlo parecen modelos.

Empieza a sentirse inadecuado entre todas esas personas. A sentir que desencaja.

—H-hay demasiada cola y es tarde, quizá deberíamos irnos.

Xander hace un ademán, como restándole importancia, que luego se convierte en un gesto que le pide silencio. Agarra su cintura con más firmeza y se aproxima a paso ligero al local caminando al lado de la cola e ignorándola mientras se dirige a la entrada. 

A su paso reina el silencio y las miradas de ojos enormemente abiertos y, cuando ya ha dejado a los impresionados humanos atrás, se desata un mar de murmullos y voces indiscretas y ebrias que preguntan qué está pasando para ser mandadas a callar agresivamente en respuesta.

Cuando el vampiro se acerca al pequeño tumulto que se amontona en la entrada formando un nudo de codazos y empujones por ver quién entra primero, las miradas se vuelven hacia él horrorizadas. Algunos se frotan los ojos, como queriendo comprobar que no están alucinando, y otros sienten suficiente pánico para chillar y huir corriendo. Pero todos y cada uno de los humanos se apartan disolviendo el tapón humano que había frente a la entrada y el malhumorado segurata que la resguarda.

—¡Vuelve al puto final de la cola si no q-

El hombre, una mole de músculos y prendas negras que se aprietan a su cuerpo para mostrar su intimidante tamaño, enmudece de pronto cuando Xander está suficientemente cerca. Con el vampiro delante, engulléndolo en su enorme sombra, el hombre parece empequeñecer y sus gestos se tornan tímidos, vacilantes.

—Deberías cuidar tu lengua si quieres que siga unida al resto de tu boca —advierte Xander, su tono es meloso y lo acompaña una risa, pero Liu sabe que la amenaza es tan seria como si la hubiese pronunciado con el ceño fruncido. Quizá más aún.

—Pe-perdón, no había visto, n-no sabía que usted era…

El hombre traga saliva cuando Xander alza una de sus manos, con el dedo índice erigido en un gesto que demanda silencio.

—Limítate a abrir la puerta y a cerrar la boca.

Liu se estremece entre los brazos del vampiro. Ha hablado suave y bajo, pero su voz es de otro mundo, intimidante incluso en un susurro. Los vellos de su nuca se erizan y sabe que al segurata le ha sucedido lo mismo. Ve sus manos temblar mientras empuja la puerta y la sostiene para ambos.

Liu se queda embobado mirando a Xander mientras entran al obscuro lugar. Su rostro sonriente no luce triunfal, sino meramente entretenido, como si lo que acabase de hacer no fuese gran cosa. Él, sin embargo, sigue boquiabierto.

El rubio deja ir una risilla cuando ve su expresión y pone uno de sus dedos en la barbilla de Liu, empujándola hacia arriba para cerrar su boca.

—Se consigue mucho respeto cuando tienes colmillos —explica el hombre, divertido, y el chico responde:

—El pánico no es respecto.

Su conversación, sin embargo, se ve cortada cuando rebasan la pequeña antesala oscura que da paso a la verdadera discoteca. Cuando entran en ella, Liu se siente bombardeado por un sin fin de estímulos a los que jamás ha tenido que enfrentarse: ve las luces, todas tan coloridas y parpadeantes, siendo escupidas como rayos láseres desde diversos focos que giran y bailan, iluminando solo un pequeño fragmento del lugar a la vez; siente la música, no solo tapándole los oídos como un denso ritmo que pesa en el aire, sino que también nota las vibraciones en su interior, como un terremoto que sacude sus huesos; siente la oscuridad envolviéndolo, siendo cortada por las destellantes luces, siente el suelo temblar bajo sus pies mientras los demás bailan… oh, los demás, hay tantas personas ahí que ninguna parece ya un individuo, sino partes indiscernibles de una enorme masa de brazos en el aire, pies que saltan y bailan, piernas desnudas cubiertas de sudor y purpurina, caderas que se contonean, bocas que se hallan unas a otros en la oscuridad, labios húmedos de saliva y alcohol azucarado.

Liu no ha bebido antes, pero ha visto a otros hacerlo y conoce el aroma del alcohol, lo reconoce flotando en el ambiente junto a una densa dulzura que lo ahoga, junto al calor, al olor a sudor y perfumes entremezclándose.

—¿Estás bien? 

Liu alza la vista con sorpresa. La cara de Xander luce irreal en ese ambiente, salpicada de luces de colores, llena de oscuridad, sus colmillos reluciendo a veces magenta, a veces cían, otras amarillos, sus ojos un arcoíris y su cabello rubio y largo reflectando y absorbiendo todos los colores. Mas que una criatura de oscuridad, luce como un colorido ángel ahí. Y su voz se siente como una cuerda que le amarra el corazón y le da dirección, su voz corta el resto de sonido, olores, sensaciones, así que cuando le escucha hablar, solo le escucha a él.

—Un poco agobiado… —murmura y nota que Xander lo coge ahora con dos manos de la cintura y lo pega a su cuerpo. Es tan grande. Un cuerpo grande, templado y duro. Liu siente que en esa marea de colores y sonidos, es la única firmeza a la que puede aferrarse, así que lo abraza y hunde la cabeza en su pecho.

Xander le acaricia el pecho y siente la incomodidad del chico. Tuerce la boca. Quería tanto darle una buena noche, hacer que se divirtiese. Pero quizá necesita hacerlo paso a paso, despacio, así como necesita hacer cualquier otra cosa con ese mortal.

—Te llevaré a un sitio más tranquilo.

Liu asiente restregando su cabeza contra el pecho de Xander y como el vampiro tuviese el poder de parar el tiempo, Liu siente de pronto que sus alrededores se han calmado. Alza la vista, un poco mareado, todavía con ojos desacostumbrados al contraste entre oscuridad y luces, y se da cuenta de que ya no está en la boca del local, sino al fondo de este, en la barra, donde la música apenas llega y hay solo algunas personas en la barra pidiendo bebidas para luego volver a internarse en el núcleo de la fiesta.

—¿Mejor?

El chico asiente con su cabecita castaña y despeinada y Xander sonríe por la tierna imagen del chico. Lo alza por la cintura, sentándolo en uno de los altos taburetes que hay frente a la barra, y él se queda de pie a su lado, observándolo observar a las multitudes. Liu mira la fiesta a los lejos sin el agobio acosándolo, por lo que puede ordenar sus pensamientos ahora.

Él siempre ha sido mucho más de entretenerse con cosas tranquilas y solitarias, como una noche de manta, chocolate caliente y películas de terror o una tarde leyendo hasta quedarse dormido, pero las fiestas siempre le han tentado. La idea de dejarse ir, de alborotarse, de beber y desinhibirse, comportarse de forma alocada, no sentir vergüenza por unas horas y, de algún modo, pertenecer, encajar con los demás. La idea de no estar solo por un rato.

<<Me gustaría ser como ellos>> los ojos le brillan mientras ve a los demás jóvenes bailar. Sus cuerpos seguros de sí. La diversión en sus rostros. Las mentes despreocupadas por unas horas.

—Ve a bailar con los demás humanos, Liu, yo te esperaré aquí.

—O-oh, no, ni siquiera sé bailar —responde el chico riendo irónicamente y enrojeciendo ante la idea.

Xander se vuelve hacia el barman, que ha hecho sus mejores esfuerzos por alejarse de él sin que sea muy evidente. 

—Ponle algo con alcohol. Algo fuerte, pero dulce. 

Liu se sobresalta.

—Nunca he bebido. —confiesa y Xander sonríe porque no necesitaba que el chico se lo dijese para saberlo.

Liu es tan inocente en algunos sentidos. Tan tierno y tan fácil de maravillar ante los detalles del mundo que a otro le parecerían insulsos o rutinarios. Le gusta eso de él, esa capacidad de observar con detenimiento, de quedarse embelesado. Él perdió hace mucho esa curiosidad por las cosas, la sustituyó por un deseo que también le aburrió. Uno que Liu ha reavivado.

El vampiro se inclina sobre el chico y devora sus labios. Liu siente sus mejillas poniéndose rojas cuando sabe que está siendo besado delante de otros, de tantos. Siendo besado por un hombre grande, fuerte y letal que hace su cintura desaparecer entre su agarre, por un hombre que toma sus labios voraz e indiscreto, como si nadie estuviese mirando. Liu cede, porque es lo que Xander espera, sí, pero también porque los labios del otro se sienten correctos en ese momento.

Cede porque el vampiro domina el beso y él obedece, cede porque el vampiro chupa y lame sus belfos y se siente tan bien que abre la boca para gemir. Xander muerde su labio y tira de él dolorosamente y él se retuerce en sus manos. El vampiro se empuja hacia el chico, entre sus piernas, y Liu jadea al sentir la dura excitación del otro contra él. Un pinchazo de pánico lo invade cuando se pregunta si el vampiro sería capaz. Capaz de hacerlo ahí, ahora, de luego matar a todos por haber visto lo que solo él tiene derecho a mirar.

—Xa-xander… Xander… —protesta el humano, pero cada nueva queja es devorada por sus labios, castigada con una lengua que invade su boca y deshace las palabras que estaba intentando formar, interrumpida por una mano firme que sube por debajo de su camiseta y le eriza la piel a su paso.

El vampiro se separa de él, dejando a Liu jadeante, adormecido, con la labios rojos e inflamados por su violencia, y alarga la mano para tomar en ella un cóctel rosado con una cereza confitada en sirope flotando en medio y un aro de azúcar rodeando el anillo de la copa.

Liu mira la bebida, huele a fresas y algodón de azúcar, pero es grande y sabe que no sería buena idea beber tanto alcohol de pronto. Para su sorpresa, Xander no lo empuja contra sus labios, sino que los lleva a los propios y apura la copa de un trago, aunque Liu no lo ve tragar.

Lo siguiente que Liu sabe es que los labios de Xander tienen azúcar rosado en ellos y cuando lo besa se derrite entre sus bocas haciendo que su saliva sepa melosa. Xander separa sus labios y Liu siente el delicioso aroma a fresas y sabe que el vampiro no ha tragado el alcohol, simplemente no podía permitir que Liu posase sus labios en otro lado que no fuesen los propios ni para beber de la copa.

Liu siente el primer chorro de alcohol sobre su lengua, gélido, dulce, pero luego, cuando llega a su estómago, arde y la sensación lo marea. Quiere separarse, pero el vampiro lo toma del pelo con rudeza y lo fuerza a abrir la boca mientras sigue besándolo, obligándolo con su boca a tragar la copa que comparten.

Liu no puede resistirse y deja que ese fuego líquido con aroma a chuchería le corra por la lengua, la misma que Xander chupa, lame y muerde, y que acabe en su estómago, donde se siente como lava.

Xander se separa de Liu, dándole un respiro, y el muchacho tiene las piernas temblorosas y la cabeza bamboleándose <<¿El alcohol ha hecho efecto o es el beso del vampiro?>>

—Dos más —exige el vampiro y Liu abre los ojos como platos.

—Xan… Xander, espe...ra…

La sonrisa que se forma en la boca del otro no es un buen pronóstico para Liu, pero el vampiro no puede evitar encontrar enternecedora la manera en que Liu sorbe sus palabras, la forma en que su labio inferior, rojo y brillante, tiembla cuando habla.

—No estás borracho aún, Liu, solo nervioso —le aclara y con un dedo pica la nariz del chico juguetonamente.

—De todos modos, espera… el alcohol sabe tan raro, se siente tan raro… tengo calor —se queja, abanicándose a sí mismo.

Xander se inclina sobre él, sus labios sobre los del chico mientras muele sus caderas contra la entrepierna pequeña, pero dura que tiene ya en frente:

—Yo también… —susurra y Liu esconde su rostro en el cuello de Xander cuando se percata de que ambos están excitados y a la vista de los demás.

Se siente incluso oprobioso, sus contradictorios, extraños deseos expuestos para que todo el mundo los vea, aunque en el fondo agradece estar en esa discoteca. La gente a su alrededor, el ruido y la incomodidad del espacio lo hacen sentir protegido, pues sabe que si estuviese sobre la cama de Xander, con sus sábanas en sus puños y la puerta cerrada, el vampiro quizá no se contentaría con simplemente molerse.

Traga saliva sintiendo un fuerte tirón en su interior. Sabiendo que esa intensa sensación es a la par deseo y un profundo miedo hacia la misma cosa.

—Tómate otro.

Esta vez Xander acerca la copa a los labios de Liu y el chico le da un sorbo pequeño antes de sufrir un acceso de tos.

—E-está más amargo que el otro —se queja el muchacho, aunque no está seguro de que sea cierto. El sabor parece el mismo, solo que ha descubierto que su cuerpo no lo tolera tanto si no está acompañado de un dulce beso. Xander sonríe ladinamente, lamiéndose uno de sus colmillos, y se inclina hacia el oído de Liu.

—¿Quieres que mate al barman por ello?

Liu se congela en ese instante. No está seguro de si Xander está bromeando o si es una pregunta genuina y, de pronto, la idea de tener la vida de un hombre en sus manos le revuelve el estómago. Podría hacer que su demonio le quitase la vida a una persona, le quitase un hijo a sus padres, un amante a su pareja, un padre a sus hijos, solo por un mero capricho. El poder lo recorre como una extraña electricidad y se siente como demasiado para soportarlo.

—Nada de matar —responde Liu, intentando sonar bromista, rebajar la seriedad del asunto. Luego abraza a Xander por el cuello y lo mira a los ojos haciendo un tierno puchero —, no me gusta que mates. Sabes que me aterra la muerte, incluso si la de personas que no conozco. No mates a nadie, no hoy, por favor. —pide infantilmente, alargando la última vocal más de lo necesario.

Xander tiene muy claro que el alcohol ha empezado a hacer efecto en el chico. Empuja la copa contra sus labios, el azúcar deshaciéndose en la humedad de estos, y Liu es ahora más receptivo, pues separa sus belfos y traga todo el líquido mientras sus ojos grandes y brillantes lo mira a la cara. Tose un poco porque el alcohol le quema la garganta, pero Xander solo inclina más la copa, haciendo que deba tragar aprisa y que sus ojillos lagrimean un poco.

Liu está todavía tosiendo e intentando recuperarse de su segunda copa cuando Xander toma la tercera y coge a Liu con fuerza del cabello, tirando su cabeza hacia atrás y haciendo que abra la boca. El muchacho cierra sus ojos sumisamente y se deja hacer y el vampiro lo observa con deleite. Ha sido necesario solo un poco de alcohol para amansarlo de forma tan deliciosa, para tenerlo abriendo sus labios por él, revelando su garganta como si esperase ser mordido.

Xander tiene que morder su propio labio para contenerse e incluso lame el filo de la copa, dejando que el sabor del azúcar, amargo y repugnante para él, lo disuada de sus deseos. El vampiro toma un traguito de alcohol, alza su rostro sobre el de Liu y lo escupe entre sus labios.

El humano gimotea mientras traga su saliva dulce y embriagante y él se siente endurecer al verlo así. Tan maleable que se deja humillar y escupir, tan dócil que traga sin que se le ordene.

El vampiro se inclina de nuevo sobre su boca, ahora sin alcohol en la suya.

—Córtate con mis colmillos, Liu, sangra un poco para mí.

El chico gime y el alcohol lo ha dejado suficientemente atontado y desvergonzado como para que no intente ocultar el sonido, lo cual Xander agradece pues es uno agudo y hermoso, desesperado. Xander es capaz de ver como sus palabras han causado una reacción en el chico, en su entrepierna, y como su cara empieza a ponerse colorada. Lo besa profundo y lento, saboreando a forma torpe en que le corresponde.

Y ama que Liu lama sus colmillos una, dos, tres veces, llenándose de heridas por cada una y llenándole a él la boca de sangre fresca y quejidos doloridos tan hermosos que no quiere olvidarlos nunca. Xander se separa cuando nota al chico hacerse un cuarto corte, aunque sus deseos protestan y su instinto gruñe en su interior.

—Es suficiente, Liu —murmura con la voz turbada y profunda. El chico lo mira con ojos brillante y la lengua fuera de la boca, como un perrito, solo que la suya está llena de laceraciones y sangre goteante. Xander la lame y la empuja de vuelta entre los labios del chico —, no quiero arruinar tu hermosa boquita.

El muchacho asiente y alarga una mano torpe y temblorosa hacia la copa empezada, pero viendo que va a tirarla, Xander la toma y la aleja un poco de él.

—Va a doler si bebes ahora —explica sacando su propia lengua al final para hacer al chico entender. Este asiente, su cabeza bamboleándose de un lado a otro. —. Oh, cosita, creo que te he emborrachado más de lo que pretendía. Solo quería darte un pequeño empujoncito para que te lo pasases bien. Pero aún puedes divertirte ¿No es así?

Xander se aleja de la barra y toma a Liu de la cintura con fuerza, moviéndolo como a un títere para atraerlo hacia él y, en consecuencia, hacia la pista de baile. Liu lo sigue con pasos torpes, tropezando todo el rato, pero no realmente cayendo, pues el vampiro prácticamente lo lleva alzado debido a su fuerza. Los ojos rojos y gatunos del inmortal escanean todo a su alrededor, captando las miradas de humanos asustados o curiosos que miden su exagerada altura o se detienen sobre los iris y los colmillos que lo caracterizan. Nota también que muchos otros miran con atención a Liu y, en sus pensamientos, lee indecencias por las que siente que podría asesinar esa noche.

Y lo haría, de no ser porque quiere que Liu se divierta.

Su instinto asesino parece diluirse un poco cuando baja la vista y mira al muchacho entre sus brazos, una criatura torpe y pequeña que hipea y ríe sin saber de qué, sus mejillas rojas por el alcohol y su cuerpo preso entre sus dedos.

—¿Ahora sí que quieres bailar? —pregunta acercándose al oído del chico.

El muchacho se tapa la boca como si acaso le sorprendiese la petición cuando están ambos apretujados entre cientos de cuerpos que se contonean y se mueven al son de la música, demasiado hartos de alcohol y diversión como para percatarse de la figura con colmillos y ojos rojos con la que se chocan al moverse.

Liu asiente, tímido, y el vampiro cree que podría morir cuando el chico intenta bailar un poco. Lo hace tan… oh, pero tan mal. Xander no puede evitar estallar a reír cuando ve a Liu moviendo sus pies de un lado al otro de la pista de forma casi robótica, sus brazos tiesos a los lados del cuerpo y su vista baja porque ni todos los cócteles del mundo le pueden quitar la timidez. El muchacho se tapa el rostro al escuchar la estruendosa carcajada del vampiro, pero este lo agarra de la cintura con una mano y las muñecas con la otra, atrayéndolo hacia sí y apartándole las manos de la cara.

—Ven aquí —murmura Xander mientras empieza él a moverse de una forma que Liu no sabe si envidia o admira.

El vampiro se mueve con una fluidez y una elegancia que captan los ojos de Liu al instante. El vampiro sigue el ritmo de la música con todo su ser, sin vergüenza alguna, y sus movimientos son lentos y deleitosos en un instante y salvajes y bruscos en el siguiente. En comparación a él, el resto de los cuerpos que lo rodean parecen retorcerse sin belleza alguna. Además, el alcohol parece tenerlo bajo un hechizo que hace de los movimientos de Xander algo todavía más mágico. Allí donde había luces de cinco colores ahora parece haber de veinte y, frente a sí mismo, Liu ve a Xander bailando y dejando tras de sí dobles de él mismo que realizan sus últimos movimientos ralentizadamente, fantasmas traslúcidos que bailan de una forma seductora y extraña.

Liu se deja moldear por las manos grandes que ya se ha acostumbrado a que lo tomen y lo muevan sin su permiso. El vampiro lo atrae hacia él y lo aleja, lo hace girar graciosamente hasta que el mundo de Liu es un caleidoscopio de colores y mareo y, cuando el muchacho va a caerse al suelo mientras se carcajea, lo toma entre sus brazos de nuevo y lo pone en pie. 

Liu no puede parar de reír. Su estómago siente a la par un mágico y sutil hormigueo y el vacío vertiginoso que a uno le da en los parques de atracciones. Xander lo atrae hacia él con fuerza y lo hace moler sus caderas contra las de él, lo hace apretarse contra su cuerpo, chocarse tan fuerte que su cabeza golpea duro el pecho del vampiro. Lo voltea, un movimiento por cada retumbar de la canción que suena en ese momento, y siente las caderas de Xander contra su trasero, el ritmo de la música marcando la forma desenfrenada en que muele su cuerpo grande contra la delgadez del suyo. Liu se siente morir de vergüenza en ese momento, pero la sensación de bailar es tan mágica. Quizá es el alcohol o que su cabeza ya está embotada de tanta luz y música, pero por unos momentos tiene la sensación de que flota, Xander tirando de los hilos de su cuerpo hasta hacerlo elevarse en el aire.

No recuerda la última vez que se divirtió así.

El vampiro lo voltea de nuevo hacia él y Liu se percata de que ahora está arremangado y puede ver sus pálidos antebrazos surcados de venas. Traga saliva.

La música cambia, las luces parpadean, y Xander vuelve a bailar, ahora más rápido, más brutal. El chico es agarrado por la cintura, empujado obscenamente por el cuerpo del vampiro, que parece buscar chocar contra su piel para que la música retumbe entre ambos. Liu sabe que, de no ser por las manos en sus caderas, saldría despedido. Ríe cuando lo piensa y Xander se inclina para besar las comisuras de su sonrisa.

—Eres tan hermoso —susurra sobre su boca, no queriendo besarla como antes por miedo a deshacer su bonita expresión, por miedo a borrar la alegría de su rostro, robar la forma bonita en que se marcan sus hoyuelos, en que le brilla la mirada.

Liu suelta una risilla boba, casi adolescente, y acto seguido se lleva una mano a los labios.

—M-me encuentro raro —murmura y aprieta mucho los belfos y la mano contra ellos.

Xander muerde su labio, arrepintiéndose de haberle dado tantas vueltas al muchacho solo unos minutos después de hacerle pillar su primera borrachera.

—No pasa nada —responde el vampiro con una voz calmante. Su cabeza gira y estómago parece subírsele hacia la boca, pero la voz hace que todo parezca un poquito mejor —, iremos a fuera, a que te dé el aire.

Xander lo toma por la cintura y Liu no se ve capaz de caminar ni aunque las manos del vampiro lo dirijan. Por suerte para él, no debe hacerlo, cuando parpadea se encuentra ya en el exterior, sin música, sin un aire denso y oscuro, ni luces golpeándole en la cara. Pero el vampiro no puede teletransportarse, solo moverse muy muy rápido y aunque el viaje ha pasado en una décima de segundo y Liu no ha visto el camino recorrido, lo sabe, lo siente en su cuerpo como una turbulencia de avión, como un frenazo brusco en el coche, como una caída libre.

Entonces sucede lo inevitable: Liu se dobla sobre su estómago y arquea la espalda violentamente, atravesado por arcadas. Xander lo mira con tranquilidad, sosteniéndole los bonitos mechones chocolate mientras vomita las copas rosadas y, después, una sustancia amarillenta y ácida que hace lagrimear sus ojos.

Liu jadea cuando termina. Tiene la boca ardiendo y los labios mojados, está llorando y siente que podría desmayarse en cualquier momento ¿Eso es lo que hace el alcohol? Hace un minuto estaba divirtiéndose tanto, girando en manos de Xander como una bailarina experta y <<Oh, dios, los giros>>. Liu no puede evitarlo y se encorva de nuevo. Esta vez no sale nada más de entre sus labios que la densa saliva que cuelga de ellos, entremezclada con la sangre de su lengua, la cual se ha cortado minutos atrás besando a su demonio. Entonces no dolía, no de forma displacentera, ahora arde tanto que quiere arrancársela.

—Xa…Xander ¿Q-qué está pasando?

—Ya está, ya está —lo intenta calmar el vampiro acariciándole el pelo, apartándoselo de la cara. 

Muy delicadamente, el hombre recuesta a su presa contra una pared y le recoge los mechones sueltos tras los oídos mientras le seca el sudor de la frente con el dorso de una mano. Liu luce mortíferamente pálido y sus labios tiemblan.

—No pasa nada, Liu, solo has bebido de más. En un rato vas a mej-

Liu no sabe qué pasa, realmente no. Mira a los ojos de Xander y ve en ellos una expresión que no reconoce: el rojo brillando como nunca antes, claro, luminosos, como en alerta, ocupando casi toda la circunferencia de su ojo pues la pupila es tan pequeña ahora como un arañazo vertical. Los labios del vampiro se separan, pero no abriendo su boca en su típica, carismática sonrisa, ni entreabriendo sus belfos como aguardando un beso, sino haciendo una mueca animal, retrayendo sus labios para mostrar sus dientes como un perro rabioso, Liu ve sus encías rojas como la sangre, sus caninos creciendo, prolongándose más de lo que jamás los ha visto ¿Eran tan grandes cuando le mordió? ¿Habría sobrevivido si así fuese? Casi le rebasan los labios y Liu, mareado y viendo la imagen del vampiro convertirse en dos y virar ante sus ojos, se pregunta si está alucinando.

Debe estarlo, <<porque nunca antes he visto a Xander lucir asustado>>

Pero lo está. Oh, Xander siente el terror correr por sus venas tan amargo como dulce le parece cuando lo huele en sus presas, siente un miedo atroz, paralizante, como una enorme mano que lo aplaca y lo aplasta contra el suelo, manteniéndolo inmóvil. Solo que esa mano no se basta de dedos o de una amplia palma, sino que es más bien una invisible pero implacable presencia.

La sospecha, no, la certeza de que un ser más poderosos que él está cerca. Un ser suficientemente poderoso y antiguo como para saber cómo ocultar su poder, como reducirlo, mantenerlo escondido para no causar problemas y que, aun así, ha decidido desplegarlo en su máximo esplendor como un pájaro que abre las alas.

El vampiro sabe lo que significa: es la forma del otro de decirle que está ahí y que sabe, a su vez, que Xander y Aidan están en ese territorio.

El vampiro traga saliva, agitado por las implicaciones que eso pueda tener ¿Es acaso ese despliegue de fuerza una amenaza? ¿Una especie de misericordiosa oportunidad que le da para huir antes de tomar ese territorio como suyo? ¿Es un reclamo de compañía, una forma de mostrarse, vulnerable, para ofrecerle su amistad? O…

Xander traga saliva.

<<¿O es una forma de decir que mi presa, que Liu, es suyo?>>

Por un segundo el miedo en su interior ya no circula alrededor de él, de su vida, su territorio, el estatus que siempre ha llevado a dónde quiera que fuera del vampiro más poderoso en kilómetros a la redonda. Ahora su miedo envuelve a Liu, lo rodea en una mullida gasa de preocupación. Y de pronto se vuelve acero: pesada, dura ira. 

Xander imagina a otro intentando quitarle lo que le pertenece. Imagina otras manos sobre Liu. La marca de otro en su piel. La bonita sonrisa que ha obtenido hoy arruinada por lágrimas que no llevan su nombre. Su hermosa, dulce lenta sumisión rota por la fuerza de alguien que no sabe esperar, sino solo tomar, rasgar, romper.

De pronto es como si su mundo fuese solo ira. Ira y sangre. Ve rojo y piensa en Liu, en Liu reducido a rojo, a una bolsa de sangre, a la bolsa de sangre de otro.

<<Antes lo mataría. Es mío. Mío. Su vida entera. Su muerte. Es mío>>

Y entonces la presencia que pesaba sobre él, que lo empujaba más y más al límite y le llenaba la cabeza de un enjambre de venenosos pensamientos se disipa como niebla diluyéndose hasta desaparecer ¿Se ha ido el vampiro? ¿Ha sentido su rabia?

Xander parpadea un par de veces, siendo capaz de ver de nuevo algo más que el odio que bullía en su interior, y ve su brazo a unos centímetros de la cabeza de Liu. Su brazo hundido en la pared de cemento hasta el codo y al muchacho, a su lado, tan asustado por el golpe que casi lo mata, que pone los ojos en blanco y se desvanece.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 56

 

—Ow… ugh… —Liu despierta irritado. Su boca está seca y huele mentolada, aunque no recuerda haberse lavado los dientes. Su cabeza da vueltas y pulsa como si su cerebro amenazase con crecer más que su cráneo y la tenue luz de la habitación parece haberse convertido en un sol capaz de derretir los ojos en las cuencas —¿Q-que ha pas…

Pero Liu deja de hablar, no puede soportar el sonido de su voz. Está seguro de estar afónico por chillar la noche anterior mientras bailaba y saltaba en la discoteca, pero incluso ese sonido débil le perfora los oídos como un aguijonazo. La noche anterior…. Liu se frota las sienes y hace su mejor esfuerzo por recordar. Xander y él charlando agradablemente en aquel tranquilo restaurante, ambos entrando en la discoteca, el vampiro besándolo y luego haciéndolo con alcohol en los labios, la segunda copa, el mareo, la pista de baile, las risas, el mareo, el exterior, el mareo, su cuerpo doblándose, sus ojos viendo doble, el mareo, Xander diciéndole que todo estaría bien, el mareo, el rostro de Xander, el miedo en él, el puño en el cemento.

<<¿Quería matarme? ¿Hice algo mal? ¿Le ofendí borracho? Si está enfadado aún me…>>

Un brazo grande y pesado cae sobre su cintura cuando se incorpora, anclándolo a la cama. Luego siendo un húmedo beso en su nuca y un mordisco tirando de su piel ahí, dejando posiblemente una marca que todos verán.

—No estoy enfadado, Liu, ayer fuiste adorable. Aunque quizá te di demasiado alcohol ¿Cómo se encuentra mi pequeña presa?

Liu enrojece por el apodo, se siente tan íntimo y la vez extraño. Es denigrante en cierto modo, pero es lo más cariñoso que puede obtener de Xander y le espanta descubrir que no le disgusta.

—M-me duele la cabeza —dice con la voz rasposa, llevándose una mano a la sien derecha.

—Tienes algo para el dolor en la mesilla. También agua. Si te hace sentir mejor y te apetece, ves a la escuela hoy. Supongo que empiezas las clases en pocas horas… como sea, quiero tenerte de vuelta en mi cama cuando termines ¿Queda claro?

Liu responde con un bajito y sumiso <<Sí>> que no se atreve a sonar hosco. La voz de Xander es soñolienta, sí, pero también rasposa y demandante, así que sabe que le conviene obedecerla.

—P-pero la expulsión…

—Me ocupé de eso anoche —dice el otro como si no fuese la gran cosa —, no te preocupes.

Liu quiere preguntar, pero la respuesta le aterra. Sus vellos se erizan en todo su cuerpo cuando piensa en su profesor o en el director, hombres que quizá han sido desconsiderados con él, pero que no merecen morir.

Piensa en sus mujeres, en sus bebés, en sus mascotas incluso, en lo tristes y destrozadas que estarán y alguien les quita a esos hombres tan preciados que fuera del trabajo no son ya profesor o director, sino un marido dulce que compra bombones, un padre atento que juega a tomar el té con los ositos de sus niñas o un amo amable que desliza un poco de la corteza de su pizza debajo de la mesa para darle a su perrito un pequeño premio de vez en cuando. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando piensa que, de nuevo, es su culpa que haya muerto alguien maravillo.

Que le ha arrebatado al mundo vidas que valen más que la suya. Que quizá todo sería mejor si él jamás hubiese existido.

Xander frunce el ceño.

—No maté a nadie ayer, Liu —dice entre dientes, fastidiado, pero no puede mantener mucho esa frustración cuando escucha un suspiro de alivio por parte de Liu y sabe que lo acaba de hacer sentir mucho, mucho mejor.

Para él habría sido más fácil asesinar al director, pero le dijo a Liu que no mataría a nadie la noche anterior, así que no lo hizo. En su lugar, se coló en su casa y cuando el hombre fue a ver por qué su bebé lloraba se encontró con su mujer en el suelo hipeando y sollozando de terror y su niño ahora dormido en los brazos de una enorme bestia colmilluda que lo mecía con calma a la luz de la luna. Xander no necesitó amenazar al hombre, solo preguntarle por Liu. El tipo, incapaz de ordenar sus pensamientos, le dijo que no recordaba que alumno era.

<<Hace pocos años perdió a sus padres. Y su amigo, Matheo, también iba a ese instituto. Ha estado faltando a clases unas semanas y ha golpeado a su tutor>>

El director asintió nervioso, reconociendo algo ahora que el vampiro le había refrescado la memoria. Para ser sincero, el hombre apenas podía escuchar las palabras del vampiro, no cuando toda su atención estaba en sus manos, en el bebé entre ellas.

<<No vas a expulsarlo. Haga lo que haga. Y los profesores de tu centro van a empezar a tratarlo mejor y sacar de sus sucias bocas el nombre de los seres queridos de Liu>>

No era una pregunta. Era una orden. Y el hombre asintió a la primera, de hecho, se arrodilló en el suelo y suplicó con sus manos juntas sin que Xander tuviese que pedirle.

El vampiro solo rio divertido, dejó al bebé de vuelta en la cuna y se fue tan fácilmente como había entrado.

Aunque Xander no tiene ganas de explicarle toda la historia ahora a Liu, así que se limita solo a especificar que el hombre está vivido y coleando y, acto seguido, se duerme profundamente.

Liu toma la pastilla que Xander le ha dejado para el dolor junto a unos suplementos de hierro y al dar el primer trago de agua el muchacho no para hasta terminarse la botellita. Al cabo de un rato se siente mejor, como si se hubiese despertado con todos sus órganos secos y acartonados y ahora hubiesen absorbido el líquido como una esponja, volviendo a su forma blandita y funcional.

Liu toma un desayuno rápido, un vaso de leche con cacao y una tostada untada en mantequilla y mermelada de higos, y va a clase sin mucho ánimo. Patea una piedra por el camino, concentrándose en ella en vez de mirar a las personas que lo rodean, todos profesores que lo ven con asco o compasión, alumnos que cuchichean sobre él y abusones que sabe que en cualquier momento volverán a torturarlo.

Extrañamente, el día progresa tranquilo y fácil. Nadie menciona nada sobre el altercado que tuvo con su tutor, ni siquiera él, que lo ve en el pasillo y gira la cara como fingiendo no haberlo visto. Tampoco se meten con él ese día. De hecho, Liu no puede recordar la última vez que los abusones de su clase lo golpearon ¿Fue antes Xander? Piensa, de un modo irónico y retorcido, que quizá el universo esté intentando compensar las cosas, darle un solo mal a la vez y, si lo tortura por las noches, hacer de sus días un momento sencillo.

No obtiene muchos deberes ese día, las clases son sencillas de entender y recibe un examen que hizo cuando Xander aún lo atormentaba y en el que sorprendentemente no ha sacado un suspenso. Un cinco es una nota baja, dicen sus compañeros, pero para él es un milagro, así que Liu decide que ese es un más que buen día.

El chico vuelve la morada de Xander y Aidan por la tarde, satisfecho con su día pero demasiado cansado por la fiesta de la noche anterior, así que se tira a la cama tan pronto cruza el umbral de la habitación, y se deja abrazar por el vampiro mientras él también queda dormido. 

Esta tarde Xander se aferra a él con más fuerza, casi desesperación, y hunde su nariz en su cuello aspirando su aroma como si se tratase de su última oportunidad para formar un recuerdo de su dulzura con el que deba sustentar su memoria por siempre.

Xander frunce el ceño en sueños. No tiene pesadillas, no exactamente: su mundo onírico está formado por una presencia, una enorme, intimidante presencia que conoce desde que tiene memoria y que ayer por la noche volvió como no pensó que volvería nunca. Los colores y las formas de su sueño intentan darle rostro, voz, cuerpo a esa presencia, pero por más que lo intenta, Xander es incapaz de recordar a su maestro. Y es incapaz también de averiguar sus intenciones.

Cuando despierta, el muchacho está a su lado. Tiene en el regazo su ordenar portátil, que le trajo tiempo atrás, y parece estar escribiendo algo frenéticamente, tanto que no se da cuenta siquiera de que su amo está despierto, así que Xander no le habla, no se despereza, tan siquiera se mueve ni un poco. Solo observa a Liu, a su lado, haciendo lo que quiera que sea que hace siempre antes de que la presencia del vampiro lo reduzca a una criatura que solo lloriquea y tiembla.

El muchachito tiene varias pestañas del buscador abiertas y un documento de word. Cuando abre google, Xander puede ver que varias de esas pestañas están dedicadas a buscar información para lo que parece ser un trabajo final de filosofía, pues Liu ha buscado la Crítica a la razón pura y, acto seguido, una enorme retahíla de conceptos kantianos que posiblemente no entienda. Otras pestañas de su navegador parecen dedicadas a algo más alegre: Liu está buscando opiniones de varias universidades cercanas e incluso la nota de corte de diversas carreras. La idea de que el muchacho se sienta suficientemente animado como para pensar en su futuro alivia a Xander, aunque el vampiro se alarma cuando ese agradable y sedoso sentimiento lo cobre.

<<¿Desde cuándo el displacer de una presa me produce preocupación? ¿Desde cuándo su paz es mi alegría? No debería ser así. No soy así ¿Verdad?>>

El teclado de Liu interrumpe los pensamientos de Xander, o más bien lo hace la forma en que el pálido chico teclea furiosamente. Xander atisba el documento, uno que parece no tener nada que ver con sus estudios. En el documento hay varias fechas y, bajo ellas, bloques de texto escritos tan rápido que algunas palabras han olvidado el espacio que debería haber entre ellas.

El vampiro identifica la fecha de hoy y lee a medida que Liu escribe.

<<Hoy ha sido un día inusualmente tranquilo. No me han echado de la escuela, aunque he dado mi primer puñetazo ¿Recuerdas cuando nos peleábamos de niños y siempre perdía porque me daba miedo hacerte daño (bueno, va, y porque tú siempre has sido más fuerte)? Pues si me hubieses pillado el otro día, creo que te habría ganado de verdad.

Los matones tampoco me molestan tanto. Cuando te fuiste fue cuando peor estuvieron, no paraban de reírse de que me ‘’había quedado sin novio’’. No somos novios, lo sé, jamás tuve el valor de pedirte salir (y ahora me arrepiento tanto ¿Habrías dicho que sí? Lo dudo, pero ahí está el problema, en que lo dudo en vez de saberlo y la duda es como un picor que uno nunca alcanza a rascar). De todos modos, no sé qué encuentran tan gracioso, no, tan humillante en llamarnos novios o en llamarme maricón. Me parece mil veces peor no ser capaz de sentir amor que ser capaz de sentirlo hacia quien nadie espera que lo sientas. 

Me pregunto muchas veces si mis días son ahora más calmados porque mis noches parecen una pesadilla, pero sin el consuelo de que los sueños acaban. Siento no haberte escrito desde hace tanto tiempo, pero precisamente lo que me atormenta por las noches ha sido la misma razón por la que no he tenido fuerzas para seguir con las cartas.

Aunque debería dejar de ser tan inespecífico, al fin y al cabo, mi tortura tiene nombre. Se llama Alexander. Y es gracioso, porque es al único al que le he hablado de ti, de tu final. Es el único delante del cual he podido llorarte. Me acarició el pelo mientras lo hacía. Me dijo cosas reconfortantes sobre la muerte. Me hace sentir menos solo.

Y sé que no suela tan malo, pero créeme, lo es.

Precisamente esos pequeños actos de dulzura, de comprensión, de una amabilidad que jamás he sentido, lo hacen mil veces peor.

 Me dan esperanza a veces, pero siempre, siempre me confunden. Me hacen esperarlo como un perro espera a su amo, me hacen desearlo.

No hay nada peor que no poder odiar a tu enemigo.

No, Xander no es mi enemigo. Los enemigos están en una posición se igualdad, son contrincantes, pueden enfrentarse, pero nosotros… nosotros estamos a dos niveles muy distintos. Es humillante lo fácilmente que él podría destruirme. La única razón por la que no lo hace es porque considera mi carne y mi sangre suyas y no va a dejarlas marchitarse mientras pueda disfrutarlas.

Es doloroso tener que reconocerlo, pero no es mi enemigo, es mucho peor: es mi amo.

Me gustaría que me pudieses responder, ni aunque fuese una vez. Te he escrito tanto y tu silencio es lo más doloroso que puedes contestarme, querría tantísimo, tanto una respuesta tuya, una palabra al menos. Si supiese que pueda canjear una letra de tu autoría por cada mil palabras mías, escribiría sin descanso.

Realmente necesito tu consejo. Necesito la voz firme y la cara despreocupada con las que siempre me dabas consejo cuando te lo pedía. Solían ser consejos ridículos a veces, pero me siento un poco ridículo últimamente.

Creo que ya es momento de que deje de agobiarte con mis cosas y es momento, para mí, de volver a la pesadilla.

Estés donde estés, asegúrate de pasear a Pelotita. >>

Xander siente su pecho hundirse al leer las palabras de Liu, pero la presión en su corazón estático y sin latidos aumenta cuando lo ve copiar el mensaje y enviarlo por correo electrónico. La dirección de correo tiene un nombre extraño y bobo, pero Xander no necesita más que el mensaje mismo para saber que se lo está enviando a Matheo, incluso si nunca va a recibirlo siquiera.

El chico recibe, al instante, una notificación avisándole de que esa dirección de correo ya no existe y la manda a la papelera sin siquiera pestañear. Suspira y cierra su ordenador.

Xander espera unos segundos antes de removerse en la cama, fingiendo despertar, y ve al chico guardar rápidamente su ordenador, como si estuviese cometiendo una fechoría, y esperar muy tenso en la cama.

Una mano grande le rodea la cintura y lo atrae hacia él. Como Liu está sentado contra el cabecero y Xander todavía tumbado, el vampiro pone su cabeza en el regazo del chico y siente su calor y suavidad.

—Ho-hola —murmura Liu, su voz incómoda y vergonzosa.

Hace el amago de llevar sus manos a su regazo, a la cabeza del vampiro, donde podría acariciar sus cabellos, pero se detiene en el acto y las posa a los lados de su cuerpo.

El vampiro hace un sonido en respuesta, una mezcla entre el ronroneo de un gran felino y un gruñido de molestia por estar siendo despertado. El sonido vibra por todo el cuerpo de Liu y le hace sentir las piernas débiles.

Xander lo aprieta más fuerte contra él y siente su nariz inhalar contra su piel en su cadera, la cual está ligeramente morada. Puesto que ya ha perdido la cuenta de las veces que el vampiro lo toma con brusquedad y no recuerda del todo la noche anterior, no sabe si son moratones viejos desvaneciéndose o nuevos empezando a florecer.

—Hoy. uhm… hoy fui al instituto —explica el muchacho nerviosamente. Entre sus dedos juega con el delgado cable de unos auriculares negros, enrollándolo entorno de sus dígitos como un anillo y luego desenrollándolo —, nadie ha mencionado nada de lo que pasó el otro día y me ha parecido muy raro a-así que quería preguntar…

Traga saliva.

Sus ojos melosos se quedan clavados en el suelo de la habitación. En el lugar exacto donde hace no tanto la madera estaba cubierta por una alfombra de sangre, al igual que los brazos de Xander, enguantados con la esencia vital de Aidan. Piensa en el crujido de su cuello partiéndose, en el viscoso, blando y húmedo chasquido de su corazón siendo arrancado.

<<¿Has matado a alguien por mi culpa, Xander?>>

El vampiro rueda los ojos en su regazo y se yergue mirando al chico a los ojos. Sus iris infernales relucen con molestia y el muchacho le aparta la mirada, listo para dejar el tema, pero Xander responde la pregunta que el muchachito no ha tenido el valor de formular en alto:

—No he matado a nadie —escupe, casi como si la idea lo ofendiese —, te dije que no mataría a nadie ayer ¿No lo recuerdas?

El chico parpadea un par de veces, despacio, batiendo sus pestañas tan anonadado que se pregunta si está soñando. Claro que lo recuerda, recuerda perfectamente su bochornosa voz de borracho pidiéndole eso al vampiro, hablándole como un bebé y haciendo tontos pucheros después, pero…

—Pensé que, no sé, pensé que lo harías de todos modos.

—Solo lo amenacé —responde el otro de pronto, defensivo como un chasquido de mandíbulas que amenaza con morderlo. Liu da un pequeño repullo, no sabiendo muy bien que decir, y Xander suspira al darse cuenta de su humor.

Está irritable y él rara vez lo está. Es cierto que siente ira con rapidez, una multitud de cosas que hacen los humanos -cosas que hacen especialmente cuando lo ven- lo molestan: que intenten defenderse o hasta atacarlo, que chillen demasiado fuerte, que se desangren demasiado rápido, que lloren feo en vez de con ojitos brillantes y mejillas sonrosadas, como Liu, que recen a alguna divinidad, que supliquen más allá de lo que a él le resulta divertido, que mueran demasiado rápido, que acepten sus muertes, pero también que no la acepten y sigan empestillados en intentar sobrevivir, que su sangre sepa demasiado amarga o diluida, que sea demasiado líquida o espesa, que se desmayen demasiado pronto, etc. Pero pese a ello, su rabia no dura más que unos segundos, pues siempre halla una forma placentera de desquitarse con sus presas y sentir solo éxtasis y poder fluyendo por sus venas.

Ahora, sin embargo, siente un molesto zumbido de irritación tras sus ojos, en sus oídos, incluso recorriendo sus encías. De hecho, las siente doloridas, como si le fuesen a salir nuevos dientes. Y siente también sus manos pesadas, sus brazos, sus piernas… las puntas de los dedos tan frías que hasta es capaz de percatarse si se roza con ellas en otra parte del cuerpo y…

<<Oh… Me había olvidado de cómo se sentía el hambre>>

Xander lleva sintiendo sed de sangre desde que fue creado. Una sed más similar al deseo que a la necesidad, pues siempre bebe tanto que no deja espacio a su cuerpo para echar en falta sangre. Jamás se ha sentido verdaderamente hambriento.

Hasta ahora.

Xander se separa de Liu lentamente, sentándose en el borde de la cama y apoyando sus codos en sus rodillas y su frente en la palma de sus manos. Siente la cabeza latirle.

Nunca ha estado tan cerca de un mortal por tanto rato sin tener su sangre en su boca. Y las pequeñas gotas que Liu le ofrece al cortarse con su lengua no son suficiente para llenarle las fauces, solo para tentarlo.

Además, ocuparse de su presa humana lo ha mantenido ocupado y cualquier ocupación es mucha si le quita, aunque sea un solo minuto de su noche, las cuales antes dedicaba a la cacería íntegra y totalmente.

—Creo que voy a llevarte a tu casa hoy. —murmura el vampiro con voz ronca y cansada. 

Escucha los deliciosos latidos del muchacho acelerándose con anticipación y, de pronto, una diminuta y cálida mano se posa amablemente en su espalda.

<<Sí, tengo que llevarlo cuanto antes a su casa. Alejarme un poco antes de él antes de que tenga la cabeza más llena de sed que se raciocinio y acabe matándolo. Será bueno para ambos>>

—Muchas gracias —murmura el chico. Su voz tiembla con emoción y vergüenza y a Xander ese tono se le antoja tan delicioso que es insoportable —, p-por dejarme volver a mi casa y por no matar y también por lo del otro día. La fiesta… bueno, se sintió raro beber, pero fue divertido, y cuando hablamos me alivió mucho.

Xander se muerde el labio. Liu es demasiado ingenuo, demasiado tierno para su bien. Y él está perdiendo la capacidad de controlarse cerca suyo, así que toma la mano del muchacho y la aparta de su espalda como si su contacto quemase o, peor aún, le repugnase.

—Coge tus cosas, nos vamos ya.

Liu asiente, ahora pálido. Su corazón vuelve a alterarse en su pecho, pero esta vez no la emoción no es la causa. Xander querría poder escuchar sus pensamientos, pero la tarea es ardua y no puede arriesgarse a concentrarse en nada más que no sea sucumbir al deseo de romper a Liu de una vez por todas.

<<¿Qué le sucede? Pensé que me quería llevar a casa para cumplir mejor nuestro acuerdo, para ser compasivo y que yo fuese sumiso a cambio. Ayer por la noche pensé incluso que parecía estar cambiando, muy poco y muy despacio, pero hacia algo más humano que era cuando me conoció. Pero ahora me habla de este modo, tan lleno de desprecio, tan apresurado por librarse de mi presencia. Se ha…

¿Se ha cansado de mí?>>

La idea horroriza a Liu de inmediato. Lo golpea tan fuerte y tan profundo que necesita unos segundos para poder salir de la cama, incluso si el vampiro le está exigiendo que se apresure. Al principio piensa que la idea le horroriza porque significa su fin, que Xander lo asesinará esta misma noche o, si no, pronto. Pero luego se da cuenta de que su horror está compuesto de muchas más capas y, cuanto más profundas, son, más extrañas e incomprensibles. Su miedo a morir es una capa superflua, no porque sea un miedo somero y no esté arraigado hasta lo más hondo de su alma, sino porque es evidente, tan sencillo como algo instintivo.

Pero bajo su miedo a morir se hallan otros: el miedo a darse cuenta de que, obviamente, no es nada especial. Cuando Xander, con sus miles de años de vida y crueldad, le dijo que él iba a ser distinto a sus anteriores presas, que había captado su atención de un modo en que nadie más pudo, se sintió especial. En ese momento su miedo por su vida era demasiado como para indagar en ese sentimiento, pero se sintió especial, incluso si eso era algo malo: ¿Acaso no es algo inusual, extraño, destacable, algo especial, que un humano sea acosado por un vampiro en vez de asesinado? ¿No es especial que su sumisión sea más dulce su sangre y su muerte? ¿No es especial que un mero mortal logre domar, aunque sea un poquito, a una bestia milenaria que recorre el mundo sin contener ni el más aberrante de sus instintos?

Incluso si aborrecía y odiaba la idea de que lo que le hacía especial lo había condenado a tener un demonio personal atormentándolo, también le debía su vida a ello. Ser especial le había salvado de un vampiro y eso, en el fondo, desafiaba una creencia que llevaba atormentándolo mucho más tiempo que Xander: que no merecía vivir.

Rogó, día y noche, porque Xander tuviese razón, porque hubiese un motivo, por pequeño que fuese, que hiciese que Liu tuviese derecho a seguir viviendo incluso si él pensaba que no. Y ahora, si Xander se ha aburrido de él, si lo va a matar, es como si todos sus oscuros pensamientos ganasen tras años de lucha. Y había aún otro miedo más.

Un miedo tan ridículo que Liu quiere reír cuando piensa en él: en su interior surge la pregunta de qué pasaría si Xander se hartase de él y, en vez de hacerse cargo, en vez de matarlo, lo dejase.

Liu sabe que es improbable, pero la idea lo acongoja. Le hace sentirse pequeño, solo, una mota de polvo diminuta hundiéndose en una oscuridad infinita. Ha deseado, ha rogado, ha rezado porque su demonio se marche. Y ahora la idea le hace sentir solo.

No entiende cómo o porqué.

Perder a Xander sería liberarse de un demonio, pero también de su única compañía. Una compañía, además, que le da el dolor que merece y un placer que, aunque odia, en el fondo desea. Una compañía que es la única capaz en el mundo de comprenderle, pues su cabeza no alberga secretos para él: Xander puede acceder a su alma como si le perteneciera y lo mismo es cierto respecto a su cuerpo.

—Date prisa.

El tono del vampiro es tan frío. Despiadado. Liu llena su mochila con todas las pocas cosas que puede llamar suyas y se percata de que le tiemblan las manos. Cuando lo tiene todo listo, el chico no es siquiera obsequiado con un paseo a la luz de la luna: Alexander lo toma con brusquedad, lo echa sobre su hombro, y es rápido que Liu está frente a la puerta de su casa en un abrir y cerrar de ojos.

Se siente desorientado y mareado, así que las llaves en sus dedos no aciertan en la cerradura la primera. Ni la segunda. A la tercera el vampiro masculla una maldición, se las arrebata y abre él mismo. 

—¿Q-quieres pasar? —pregunta con una voz débil y patética. Se muerde el labio tan pronto escucha las palabras escapar de su boca, pero antes de que pueda echarse para atrás una mano ya rodea su cintura y lo acompaña -más bien lo empuja- hacia adentro.

Xander cierra la puerta de entrada y se queda recostado contra ella, de brazos cruzados. Liu siente su mirada quemándolo mientras se aleja por el pasillo, hacia su habitación, para dejar su mochila. Tiene la impresión de que los ojos del vampiro le queman la piel incluso cuando lo deja atrás y entra en su habitación, donde ya no puede verle.

Liu cierra la puerta notando su corazón a cien ¿Va Xander a quedarse en su entrada toda la noche? ¿Por qué no dice, no hace nada? No es que desee que el vampiro actúe como normalmente lo hace, pero él jamás ha tenido que conducir la situación y la idea le pone los pelos de punta.

—¿Y bien? —pregunta una voz exigente en su oído.

Liu ahoga un grito y se empuja contra la puerta, asustado y sabiendo que el vampiro lo tiene acorralado contra esta.

—¿Para qué me has invitado a entrar, Liu? No me gusta que me hagan esperar y hoy planeaba salir de caza. Así que espero que tengas algo que compense los minutos que estoy perdiendo por tu culpa.

El chico traga saliva y se voltea lentamente hacia Xander. Su aspecto hace que se le seque la boca de pronto. El hombre luce siempre hermoso y aterrador, irreal. Pero esa noche juraría que su monstruosidad ha sido acentuada: sus colmillos más largos y afilados, como sus garras, su piel tan blanca que puede ver a través de ellas algunas venas violáceas, sus ojos de un rojo incandescente que le recuerda al acero al rojo vivo y su voz tan afilada como la hoja de una espada pasando lentamente alrededor de su garganta.

—Pe-pensé… no lo sé, s-solo quería agradecerte que…

—Entonces haz algo para agradecer, Liu, invitarme a pasar… ¿Qué valor tiene eso cuando puedo entrar aquí cuando me apetezca, cuando soy yo quien te permite a ti estar aquí esta noche?

Liu lo mira ojiplático y encogiéndose. Xander suena cruel, impaciente, enfadado. No tiene ni la más remota idea de qué ha podido hacer para molestarle, mucho menos qué podría hacer para apaciguarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 57

 

Solo quiere que vuelva a ser amable, como cuando hablaron o cuando le hizo bailar, o como cuando le sujetó la cabeza mientras vomitaba y le hizo sentir cuidado incluso si se sentía enfermo.

—L-lo siento —responde con un hilillo de voz y acto seguido Liu se pone sobre las puntas de sus pies y ladea su cabeza, los ojos entrecerrándosele y los labios entreabriéndosele.

Los primeros segundos que besa a Xander es como si su boca fuese la de una estatua, inmóvil y gélida, pero pronto el calor de sus labios funde el hielo de los de Xander y este reciproca el beso. Lo domina, de hecho, y Liu deja que el otro se contente con morder, chupar y lamer sus labios, pero pronto el beso se torna frenético, hambriento, y Liu sacia el hambre del vampiro del modo más inocuo que sabe: deslizando su lengua, herida y maltrecha por la última vez, contra el punzante colmillo del vampiro.

La retira de golpe, pues esta vez Alexander reacciona más que acariciándolo o dándole palabras halagadoras: esta vez lo muerde. 

—¡A-ah! —grita Liu a la vez que se separa de golpe, temiendo que el otro pueda perforar su lengua como masticando un trozo de carne cualquiera.

Xander le sonríe malicioso, relamiéndose la sangre que le gotea por los labios.

—¿Crees que con eso bastará hoy? ¿Qué me voy a conformar toda la eternidad con solo probarte de poco en poco?

Su voz es áspera, a la par burlona y recriminadora, y sus manos son duras cuando rodean la cintura de Liu y rápidas cuando lo lanzan sobre la cama antes de que el chico pueda siquiera intentar defenderse.

El vampiro se sitúa encima de él como un depredador lo haría contemplando a su presa, valorando sus heridas lo hacen suficientemente vulnerable o si tiene que hacerlo sangrar más aún. Xander espera que Liu se defienda, que suplique, y que él deba enseñarle una lección en respuesta.

Pero Liu, por mucho que tiemble y que su cuerpo huela a dulce miedo, solo aparta su vista sumisamente y ladea su cabeza, ofreciéndose. Xander se siente extasiado por el gesto y el muchacho solo quiere complacerlo, hacer lo que sea necesario para tener de vuelta su amabilidad, su interés. Para que Xander no se aburra de él. No lo mate o lo abandone.

El vampiro bajo despacio hacia su cuello y lo lamió con la punta de su lengua hasta llegar al hueco suave entre su oído y su mandíbula.

—Hoy quería cazar, Liu —murmura contra ella y el sonido le eriza la piel, pues es cruel y el chico necesita compasión tanto o más que el aire que ahora respira demasiado rápido —, así que si debo gastar mi noche en ser suave contigo mientras tú me agradeces, espero que no solo lo hagas con tu cuerpo, sino también con tu sangre ¿Entendido?

Liu traga grueso y asiente.

—¿V-vas a morderme ahora? —pregunta tirando del cuello de su camiseta y cerrando los ojos, como si ya anticipase su respuesta.

Xander ríe contra su piel. Una risa fría que pone su carne de gallina.

<<Tengo que calmarme antes, asegurarme de que no tendré un desliz>>

—No aún.

Liu abre sus ojos, sorprendido, y se voltea ligeramente hacia el vampiro, pero este baja su cabeza por su cuerpo. Sube su camisa y besa su raso abdomen, primero allí donde se marcan sus costillas cuando toma aire, luego bajando por la piel suave y tierna, rebasando el ombligo y dirigiéndose a la zona donde los pantalones estorban.

Liu echa su cabeza hacia atrás y sus ojos ruedan en sus cuencas cuando Xander lame los escasos centímetros de piel que rozan con su pantalón. Coloca ambas manos a los lados del elástico de este y Liu sabe que se lo va a bajar, pero incluso ese conocimiento no logra prepararlo para la sensación de la tela abandonando su piel, dejándola desnuda, expuesta. La sensación de las manos de Xander deslizándose por sus caderas, sus piernas.

Se siente tan débil. Indefenso e irremediablemente excitado por el mismo ser que le inspira terror. Lo peor de todo es que no es capaz de esconder su excitación, no cuando su ropa interior ya está manchada por unas gotas de placer. Xander mira su erección húmeda y sonríe con burla, como si se recrease no solo en causarle placer a su presa, sino en el hecho de que ese placer no es deseado, no como el placer debería serlo, sino que ha entrenado dolorosamente el cuerpo de Liu para que responda de ese modo a sus toques, para que se rinda incluso cuando debería luchar y parar que se desespere por obtener más de él, incluso si él es su veneno.

Incluso si se halla hambriento por sangre, también tiene un enorme apetito por el resto de Liu: por sus reacciones cuando él toma una de sus primeras veces, por los ruidos que hará, las hermosas caras que pondrá o cuánto tardará en llorar esas derrotadas lágrimas.

Xander toma el elástico de la ropa interior del chico y tira de él, atrayéndola hacia sí como si pretendiese alzas las caderas de Liu de la cama. Al hacerlo, la erección de Liu queda a la vista y el chico gime al verse a sí mismo goteando y endureciendo por el contacto de quien cree que podría matarlo esa noche. Xander suelta el elástico y la goma chasquea, golpeando la piel sensible de Liu y la punta rosada de su miembro.

—¡Ah! —grita el chico y su cuerpo tiembla violentamente por el inesperado dolor.

Extrañas descargas recorren su cuerpo entero, fundiéndose en un delicioso calor en sus extremidades.

Xander desciende, no con sus manos, sino con su boca ahora, y abre las piernas de Liu, procediendo a besar sus muslos. El muchacho jadea sintiendo la boca del otro sobre su piel, el calor, la humedad, la lengua recorriéndole una zona tan cercana a su intimidad. no puede evitar intentar cerrar las piernas, incluso si Xander se halla entre ellas, por lo que el vampiro toma al chico por las corvas, una en cada mano, y lo abre firmemente, sosteniéndolo en esa posición.

Con toda la noche por delante, el vampiro se toma su tiempo probando el cuerpo de su humano cuando aún tan siquiera se halla desnudo. Sosteniendo sus piernas dolorosa y deliciosamente abiertas, encuentra entretenido morder la carne tierna y sonrosada de los muslos del chico, allí donde se hallan sus músculos aductores. El muchacho, cada vez que siente los labios entorno a su piel y nota los dientes apretándola hasta enrojecerla dolorosamente, arquea su espalda, echa su cabeza atrás y atrapa con fuerza las sábanas en sus puños. Pero nunca lo aparta.

Uno de los juguetones y tentadores mordiscos se torna más largo de lo que Liu había anticipado. Por cada segundo que pasa los dientes del vampiro aprietan más y más su piel, prensándola como buscando romperla con una lentitud exasperante. Tortuosa. En ese momento el vampiro succiona como si estuviese chupando su sangre, incluso si todavía no ha derramado ni una sola gota, y Liu siente la sensible área entre las fauces del vampiro ardiendo, pulsando, volviéndose fuego líquido a causa de la succión.

Cuando el vampiro se separa el aire fresco se siente como hielo ardiente contra su piel y Liu, atisbando involuntariamente, ve esa zona de su muslo interno totalmente morada, con las indentaciones del mordisco del vampiro todavía hundidas en la carne.

Xander desliza su lengua por la zona, dejándola brillante y dolorida, y el chico se retuerce en sus manos.

 Usa toda su fuerza por cerrar las piernas, por proteger ese nuevo sonrosado punto débil de su anatomía, pero las manos de Xander le hacen sentir patético cuando no solo no le dejan unir sus piernas ni un solo centímetro, sino que se las separan más aún, a modo de castigo, y el chico gimotea lastimeramente al sentir sus músculos y tendones siendo estirados más allá de lo que él está acostumbrado.

—Justo aquí —murmura el vampiro, su voz suena ronca, ebria de un deseo que lo hace rugir y ronronear en vez de hablar. Un deseo animal, salvaje. Peligroso. Lame de nuevo la zona en la que ha dejado un chupetón —está la arteria femoral. Es un vaso sanguíneo delicado, como el de tu cuello, uno de esos que si te perforan con demasiada fuerza o profundidad te harían desangrarte en cuestión de minutos.

Mientras habla, una de las manos de Xander suelta su corva, dejándolo cerrar un poco su pierna y aliviar el dolor en ella, aunque no la mueve más que un par de centímetros, pues teme enfadar a su demonio. La mano de este, ahora que no sostiene la pierna, sube por ella, y llega a zona pecaminosa que hay entre ambas, una zona aún cubierta por una tela endeble que poco logra esconder.

Sonríe cuando envuelve su mano entorno al pene de Liu y lo halla como lo dejó antes de morder y chupar su muslo hasta hacerlo llorar: duro y pulsando de necesidad. Incluso su amenaza tácita, que hace que Liu tiemble y jadee y cierre los ojos pensando en lo horrible que sería morir desangrado, no ha logrado romper el hechizo que Xander tiene sobre él. Esa atracción que lo condena a deshacerse en sus manos por orden suya, a no poder resistirse en cuerpo y alma, nunca por completo.

—¿M-me morderás ahí? —pregunta su vocecita asustada y el otro sabe que más que una duda, es una súplica.

Xander responde con una risa que hace que el vello de Liu se erice. No necesita más para conocer la respuesta. Para temer que cuando el vampiro hunda sus dientes en la tierna piel que acaba de amoratar, no apriete sus mandíbulas fuerte y a consciencia, sabiendo que perforará allí donde el cuerpo de su presa no podrá soportar, allí donde obtendrá una deliciosa fuente de sangre sin fin y, su víctima, solo una lenta muerte mientras la vida se le escurre fuera del cuerpo.

—Xander, ¿va-vas a … —<<matarme>>, pero Liu no termina la frase, no en sus labios. En su lugar, estos chupan aire cuando el vampiro mordisquea la zona de nuevo. Ahora que está amoratada es tan sensible que un leve roce es suficiente como para hacerle rizar los dedos de los pies y tensar hasta su más pequeño músculo. 

Esta vez el vampiro masca la zona suavemente, como no queriendo herirlo demasiado, y la mano sobre su pene erecto se desliza hacia la orilla de su ropa interior y empieza a bajarla.

Liu mira hacia abajo con temor cuando nota que la boca del vampiro se despega de sus piernas y que ahora se centra en otra tarea: el ser de ojos rubí muerde su ropa interior y, con los colmillos, la desgarra hasta hacerla trizas contra su piel. Liu jadea cuando el otro toma los jirones que quedan de su bóxer y los arranca de su cuerpo sin delicadeza, dejando su piel roja y su prenda reducida a tiras de tela en el suelo.

Xander contempla su obra con una sonrisa colmilluda y ansiosa en la cara: su presa completamente desnuda y quieta para él, esperando, aceptando cualquiera que sea la terrible cosa que tiene planeada para él esa noche. Oh, y nada hace más dulce la escena que tenerlo yaciendo sobre la misma cama sobre la que lo tomó por primera vez cuando lloraba y se resistía. Es tan dócil ahora en comparación.

Tan obediente, que quiere recompensarlo incluso si una parte cruel y diablesca es la que hoy domina su ser.

—X-Xander, no estoy listo para…

—Lo sé —lo cortó el vampiro con un deje de irritación en su voz. Liu se mordió el labio sintiéndose estúpido por haber hablado ¿Había arruinado el momento y enfadado al vampiro? Se reprochó mentalmente por ello. Se supone que debía agradecerle, no molestarle. <<No quiero ser molesto. No quiero que se aburra de mí. No quiero morir, no quiero estar solo, no qui->> la mente de Liu quedó en blanco cuando el vampiro envolvió su pene con una sola mano. El calor en su palma, la firmeza de su agarre y la sensibilidad de su sexo hicieron al chico temer correrse con ese gesto —, no voy a follarte ahora, así que cállate y déjame divertirme. Tú cuerpo me pertenece y aún así hay tantas cosas que no he hecho con él.

Liu jadeó de la impresión cuando Xander sostuvo la base de su miembro con tal de dejarlo firme y apuntando hacia arriba y, a la vez, descendió con su rostro hacia él. Una cortina de cabellos rubios se derramó sobre el vientre y las piernas de Liu, tapándole la escena como un dosel de oro, quitándole cualquier posibilidad de predecir qué sucedería.

Aun así, Liu es capaz de sentir lo que sucede con lujo de detalles. Siente el intenso hormigueo que le recorre el cuerpo cuando Xander desliza algo largo, blando y húmedo por la punta de su miembro. <<Su lengua…>>, puede sentirla acariciar otra vez esa zona necesitada, ahora usando su longitud musculosa para envolverla como una serpiente apretando su presa. 

El muchacho cree que se desvanecerá la tercera vez que Xander lame la punta de su hombría, pues esta vez la parte más aguda de su lengua presiona contra la abertura de la cabeza de su pene, como si quisiera meterse por el angosto conducto, y Liu se retuerce y lloriquea. Xander se tiene y alza su rostro, observando la forma en que presa respira erráticamente, en que el sudor le empapa la frente y los temblores de placer y temor recorren su cuerpo.

Ama saber que lo ha dejado tan vulnerable y derrotado con solo tres lascivos movimientos de su lengua. Y ansía descubrir cómo terminará el muchachito cuando él le muestre todo de lo que es capaz.

—Solo estoy empezando contigo, Liu. —susurra el otro, sus labios pegados a la sensible cabeza del miembro de Liu, moviéndose cuando habla y haciendo que el chico se remueva, intentando huir del placer.

El muchacho lo mira con ojos acuosos y oye su corazón acelerarse cuando él lo mira de vuelta a los ojos, los suyos rasgados, rojos y maliciosos, y abre su enorme boca, mostrando los colmillos, antes de cerrar los labios alrededor de su pequeña hombría. Liu grita al sentir la boca de Xander en su entrepierna: tan grande, cálida, húmeda y profunda. El vampiro devora toda su virilidad sin dificultad y pronto está presionando su nariz y sus labios contra el lampiño pubis del chico mientras su pene permanece oculto en sus fauces, a merced de lo que desee hacer con él.

El vampiro no rompe el contacto visual, pues ama ver como el chico se desespera al percatarse de que su miembro ha desaparecido entre sus labios. La próxima vez que el chico lo mira tiene los ojos llenos de súplica, además de lágrimas, y los pone en blanco cuando Xander pone su lengua llana y, con ella, envuelve su miembro del mismo que lo hacía con su puño, solo que ahora el abrazo es húmedo y más estrecho y caliente.

El placer es tanto que abruma a Liu, que lo hace confundir gusto con sensibilidad y sensibilidad con dolor. Necesita parar o siente que arderá, que se deshará como hielo al sol, que sus miembros serán bobos charcos que no puede alzar de la cama sobre la que parece estar fundiéndose. El calor es demasiado, los escalofríos tan continuos que su piel se siente como pura electricidad, y su entrepierna se halla tan estimulada que siente que en ella se halla el centro descarnado y latiente de su ser, como una herida abierta.

Xander, sin embargo, no halla compasión en su interior al ver al chico retorcerse y derramar lágrimas por la sobreestimulación, solo placer. Un placer cruel que lleva demasiado tiempo intentando reprimir por el bien de Liu.

Xander no se siente sofocado o abrumado en absoluto por su lado, el hecho de tener el pene de Liu entero en su boca no le supone gran esfuerzo, más bien siente que simplemente está probando a su presa de una dulce y perversa manera. Así, el hombre espera que el chico se acostumbre a la humedad y el calor de su boca y a la labilidad de su lengua rodeándolo y reconoce el momento porque la respiración del castaño se regulariza un poco, su corazón parece apaciguarse y la tensión en su cuerpo se ablanda y, tan pronto lo hace, Xander succiona con fuerza y cierra los labios, apresando firmemente el pene del chico y haciéndole alterarse de nuevo.

Liu cree morir cuando Xander cierra sus labios y chupa con fuerza en torno a la piel de su muslo, dejándola morada y pulsante, así que ahora lo que tiene entre sus belfos no es simple piel, sino la parte más sensible de su anatomía, el chico deja salir un largo y agudo sonido resultado de la mezcla entre un grito de terror y un gemido de intenso placer. Liu niega con la cabeza, se retuerce contra las sábanas y trata de cerrar las piernas para expulsar al vampiro entre ellas, pero obtiene solo dos grandes manos empujándolas dolorosamente a los labios y la succión en su erección intensificándose de un modo enloquecedor.

Se siente como si la boca del vampiro fuese el más angosto espacio del mundo, apretando su pene con fuerza, tirando de él con voracidad, la lengua subiendo y bajando mientras lo rodea de una manera tan fuerte que se siente igual que cuando su mano lo masturbaba, pero más húmedo, más cálido, más intenso.

Y tan placentero que no puede ser sino doloroso.

—¡No puedo más, X-Xander, no puedo! —gimotea Liu y siente la sonrisa del vampiro contra su pubis. Una sonrisa malévola que viene acompañada de actos del mismo tipo: ahora Xander no solo chupa su polla, sino que mueve su cabeza de arriba abajo, sus labios firmemente cerrados contra la base y causando una deliciosa fricción en la parte de fuera mientras su lengua hace lo mismo dentro de su boca, deteniéndose a veces para lamer la necesitada punta y torturar su sensible rojez.

Liu pone los ojos en blanco y siente lágrimas escurrir por sus comisuras. Su cuerpo se tensa enormemente y siente el orgasmo crecer, formarse tras su pelvis, como una presión que se acumula para ser disparada.

Entonces escucha un sonido obsceno y mojado y su pene se siente frío y sin restricciones. El muchacho mueve su cabeza bamboleante hacia arriba, queriendo saber qué está sucediendo, y ve su miembro con la cabeza en forma de honguito más roja de lo que jamás ha estado, las venas más inflamadas que nunca y la sensación se urgencia, de necesidad, palpitando en su entrepierna como si fuese una barra de acero fundido pidiendo a gritos que se le saque el calor de dentro de una vez por todas, que se aplaque su candor. Y su eje no solo está más suplicante de lo que jamás lo ha estado por un orgasmo, sino también brillante de saliva, empapado en ella hasta el punto de que varios hilillos lo unen con los labios y la lengua del vampiro, tan lasciva y monstruosa que es más larga incluso que su virilidad humana.

Algo en la idea se le antoja humillante, pero ya se siente patético de todos modos: suplicando porque el vampiro pare, pero deseando en secreto que le lleve al clímax. Llorando por un orgasmo tan bueno que incluso cuando solo ha probado indicios de él, se siente como el infierno.

El vampiro toma la base de su pene con el pulgar y el índice, un gesto burlón que destaca su tamaño, y lo hace moverse de un lado a otro graciosamente, rompiendo los hilos de saliva.

—Esto no es suficiente, Liu —murmura el hombre, su voz suena divertida, pues se entretiene cuando le hace llorar de ese modo tan derrotado —, quiero probar más de ti.

El chico está seguro de que ahora sentirá esos mismos labios contra su pene de nuevo. La misma succión, la presión, la fricción… pero en vez de eso estos se posan sobre el hematoma de su muslo y entonces Liu palidece comprendiendo a lo que Xander se refiere. Recordando que no es solo su cuerpo lo que le ha pedido, no, exigido, esta noche. Sino también su sangre.

El chico no tiene tiempo a reaccionar siquiera. La lengua del vampiro se desliza sobre su tierna y ardiente piel, como probándola, y luego la siguen los colmillos hundiéndose con la misma facilidad que un cuchillo caliente en mantequilla. Liu jadea audiblemente, un gruñido queda atrapado en su garganta mientras tira la cabeza hacia atrás y una descarga de dolor rígido infecta todo su cuerpo, como si los músculos se le convirtiesen en alambre.

Los primeros segundos del mordisco, cuando el dolor todavía está extendiendo los tentáculos por su cuerpo, esparciéndose desde su muslo hasta las puntas de sus dedos, hacia la superficie de sus labios, sus párpados, la piel sudorosa de sus sienes… Liu no puede siquiera respirar. Un aliento se le queda atrapado en el pecho mientras siente su cuerpo vibrar de dolor. 

Tanto, tantísimo dolor que no puede concentrarse en nada más que soportarlo, que sobrevivirlo. Pero Liu siente que su cuerpo falla, que se rinde, cede ante la muerte ¿Cómo si no describir la forma en que la resistencia de su piel, su carne, su músculo, no ha sido nada ante las afiladas hojas del vampiro que lo han cortado y atravesado sin dificultad alguna? ¿Cómo si no describir la manera en que su anatomía reacciona al mordisco congelándose, todo su cuerpo rígido, quieto, dócil… sangrando para el vampiro, y aún duro en zonas que no deberían estarlo, goteando como si su sexo babease ante la deliciosa idea de complacer a Xander, de lograr despertar su interés de nuevo y mostrarse digno de su perdón, de vivir? ¿Cómo si no describir la sensación de la sangre acudiendo, atenta, desesperada, servicial, rápidamente a besar y lamer los filos que hieren a Liu?

Tan pronto las primeras gotas carmesí resbalan por sus piernas, el vampiro recompensa al chico por su obediencia separando su boca de la mordida y retirando así los colmillos.

Xander mira con ansía la obra que acaba de crear: la piel blanca y antes inmaculada del chico está toda morada, con profundas marcas de colmillos y de los dientes circundantes, también un poco afilados, que lucen negras y que dejan caer una esencia de un rojo preciosísimo. Su tierna piel eriza, herida, marcada. Le gusta mucho imaginar a Liu habiendo huido de él, de algún modo imposible, claro está, intentando intimar con otro o incluso consigo mismo y teniendo que ver la marca en su muslo, obligado a recordarlo incluso si su presencia desaparece.

Xander toma la tierna carne en sus manos y aprieta un poco, haciendo que sangre más y que Liu se tuerca y lloriquee ahora de forma audible, mientras intenta recobrar el aliento que llevaba demasiado rato conteniendo.

No puede contenerse más cuando ve el rojo manjar manar de su presa, así que vuelve a bajar su cabeza entre las piernas del chico y rodea con los labios la fuente de su deseo. Esta vez no muerde, únicamente chupa su sangre con la misma avidez y crueldad con la que minutos antes succionaba su sexo.

Liu gime larga, agotadamente y siente la debilidad apoderándose de él: cuanto más nota la sangre acudir al llamado de Xander y abandonarlo, cuanto más nota las venas secas, en ellas el líquido moviéndose como entre papeles de lija, más difícil se le hace mover sus dedos, luego sus manos, sus brazos, sus piernas… incluso levantar la cabeza de la almohada se le antoja una tarea magna y, pronto, mantener los ojos se le hará imposible.

Xander se detiene, separándose de él con la boca llena de sangre y gruñendo de frustración. Liu se queja bajo cuando el vampiro lame su herida una última vez y la sangre deja de fluir. Sabe que está lo suficientemente débil para no oponer ni la más mínima resistencia, pero no tanto como para desmayarse y desligarse de lo que el otro desee hacer con su cuerpo ahora: se halla condenado a ser un mero espectador de su propia tortura.

Por alguna razón, el vampiro parece molesto y eso logra hacer a Liu temblar. En sus ojos Liu puede identificar ese brillo demoníaco que adquieren cuando bebe sangre y su sabor le place, pero, aún así, su ceño está fruncido y su boca en una mueca de desagrado que pronto se deshace para convertirse en una sonrisa ladina, de hecho, sucede al mismo tiempo que la mano derecha del vampiro rodea el eje del chico.

Liu se siente mareado cuando ve que su pene, no tan duro como antes por culpa de la pérdida de sangre, tampoco está flácido del todo.

<<No… no pretenderá seguir ¿Verdad?>>

—Oh, Liu, no solo pretendo seguir —responde con una voz maliciosa, pero mucho más suave y melódica que antes, como si la sangre le hubiese bañado la garganta en algo meloso y dulce —, sino terminar lo que he empezado.

El chico gimotea consternado por la idea y aunque la cabeza le pesa, intenta negar con ella. Su cerebro da vueltas en el cráneo y su muslo duele, arde y pulsa. Pero su entrepierna también late, solo que por motivos distintos.

—Vamos, vamos, Liu —lo acucia Xander con una voz amable, pero burlona al mismo tiempo que rodea su pene distraídamente con la diestra y empieza a masturbarlo —¿Acaso no sientes placer? Si tanto temes que tome tu cuerpo ¿Prefieres entonces que vuelva a tomar su sangre hasta que yo esté satisfecho de veras?

—¡N-no, no! —Liu abre los ojos como platos y grita incluso si siente que perderá la voz. Xander no lo ha dicho, pero él sabe que si es mordido de nuevo morirá desangrado. —Xander, por favor, p-por favor…

Una risa cruel lo interrumpe y el chico pone los ojos en blanco por el placer y la anticipación cuando ve los labios gruesos y rojos del otro frente a su sensible miembro y nota el aliento caliente derramándose sobre este como una lengua fantasmal que lo lame.

—No necesitas suplicar tan patéticamente si esto es lo que quieres, Liu —murmura mirando la cabeza sonrosada del miembro del chico con ternura, como si algo en su excitación le resultase adorable, como si le resultase demasiado necesitada o pequeña para considerarla viril. Liu enrojece, sintiéndose demasiado avergonzado por la idea. —, de todos modos, voy a tomar tu cuerpo cada vez que lo desee.

Un alto gemido reverbera entre las paredes de la estancia y Liu sabe que, si la noche es silenciosa, toda la calle podría haberlo oído, pero ¿Cómo evitarlo? Su pene ha vuelto a desaparecer por completo entre los labios de Xander, que ahora se prensan con fuerza contra su pubis, como queriendo demostrar la facilidad que tiene para tomarlo.

La larga lengua del vampiro lo rodea de nuevo, ahora como una serpiente enroscándose entorno a la longitud de su presa, y se desliza arriba y abajo, moliéndolo, y el vampiro succiona al mismo tiempo. Liu siente la humedad hacer cada movimiento resbaladizo, crear un sonido húmedo e indecente que lo enciende todavía más, y se percata de que la boca del vampiro está todavía más caliente que antes, un dulce infierno alimentado con su sangre.

Xander sabe que está cerca de conseguir su objetivo cuando las piernas del chico se tensan tantísimo que tiembla y escucha su corazón acelerándose y su respiración ahogada. Liu también siente la inevitabilidad de lo que está por venir: los cosquilleos por todo el cuerpo, el  placer que le hace arder las mejillas y la sensibilidad que confunde con dolor, la tensión en su entrepierna, tan grande que le hace pensar que algo va a romperse dentro de él.

Hasta que se libera.

Liu se corre entre gemidos, su cuerpo temblando y cayendo rendido pocos segundos después mientras el placer lo recorre a oleadas; el vampiro sigue moliendo el pene de muchacho con su cabeza, sigue chupando, lamiendo, masturbándolo sin tregua con su boca hasta arrancar de él la última gota de placer. Cada movimiento es más sobreestimulante que el anterior y para cuando ha acabado Liu tiene las mejillas empapadas en lágrimas.

Xander libera el pene del chico de sus fauces, pero todavía no ha terminado de jugar con él. Lo aprieta en una mano y lo lame entero, lo roza con sus labios al hacerlo y, una de las veces que hace eso, decide rozar también la tan sensible, enrojecida piel, con el filo de unos de sus colmillos. Tan suavemente que no lo corta, pero aun así Liu siente una aguda, dolorosa angustia atravesándolo.

—¡No, con l-los colmillos no! —chilla a la par que reúne las pocas fuerzas que le quedan para elevar su torso de golpe, como un resorte, e intentar empujar al vampiro lejos.

Su mente está llena de niebla, piensa lento y actúa torpe por la pérdida de sangre, así que lo que intentó que fuese un suave empujón, sus manos sobre los hombros de Xander, marcando una mínima distancia, se convierte en el muchacho histéricamente moviéndose, una de sus manos cruzando la mejilla del vampiro en un manotazo.

Liu está seguro de que el gesto le ha dolido mucho más a él que a Xander, pues su rostro no se ha movido ni un milímetro y, a diferencia de la palma de su mano, que arde por el golpe, la mejilla de Xander tiene de rojo solo la sangre de Liu que le ha salpicado. 

La cara de Xander se transforma: sus ojos pierden el brillo al instante, la pupila se expande, dejándolos negros por completo y sus labios se aprietan ligeramente mientras suelta una profunda exhalación. Liu lo sabe, sabe que esos instantes de silencio y quietud son la calma antes de la tormenta. Sabe que si Xander no planeaba matarlo antes, planea hacerlo ahora.

De pronto, una enorme mano se cierra entorno a su garganta. En un instante pasa de se firme a sofocante y aunque Liu jadea por aire y el pánico invade su rostro tan pronto como se da cuenta de que el otro lo está estrangulando, el rostro de Xander se mantiene imperturbable, estoico como tallado en mármol y salpicado aún de la sangre de Liu.

Xander se alza la cama llevándose a Liu consigo agarrado por el cuello. Lo levanta con la fuerza de un solo brazo, haciéndolo patalear en un intento vano por alcanzar el suelo y lo mira con tranquilidad, aburrimiento incluso, mientras su rostro cambia de color, pasando del rojo al morado, y sus comisuras se llenan de espumarajos de saliva.

Una parte de Xander, una parte pequeña, hundida en la ira que ahora lo envuelve todo, chilla que debe detenerse, que debe dominar sus instintos, sus ganas de poner a Liu a su lugar. Pero el resto de él quiere ver al chico morir, quiere hacerle pagar por faltarle al respeto, por ser osado cuando solo existe para ser usado. Quiere ver como sus ojos se quedan sin vida. Quiere romper su cadáver en pedazos, dejarlo irreconocible hasta que no quede nada más en el mundo y enton…

El vampiro mira al suelo. Mientras avanzaba, buscando poner a Liu contra la pared, apoyándose mejor para ahogarlo, ha pisado algo crujiente. Retira el pie, extrañado, y en su visión periférica nota que Liu se está quedando sin fuerzas para seguir luchando. No le importa.

<<¿Un pedazo de cristal?>> se pregunta viendo el objeto que tiene bajo su pisada. Pero entonces ve otro igual y otro y otro más, todos ellos formando un caminito hacia el baño de Liu y entonces los reconoce: trozos de espejo.

Recuerda haberlo roto cuando lanzó al chico a través de la habitación. Recuerda, minutos antes de eso, haberlo encontrado cortándose. Haberlo cortado él. Y después recuerda haberlo mordido hasta dejarlo débil y confundido y la forma horrible que se aprovechó de eso.

<<Pienso en cuando me violaste cuando me corto>>

El agarre de Xander se afloja y el muchacho se le escurre de entre las manos, deslizándose hacia el suelo mientras jadea y lucha por respirar. Liu se arrastra por el suelo, alejándose como puede Xander, convencido de que va a morir haga lo que haga. Mira la espalda ancha del hombre. Su temible inmovilidad. Y entonces sus hombros bajan, como con tristeza, y una voz gruesa le dice:

—No vuelvas a hacer eso, Liu. No te conviene en absoluto.

Liu parpadea un par de veces ¿Una advertencia? Sabe que tiene que obtener algo más por haber golpeado al vampiro. Fue violado por herir su propio cuerpo sin permiso, no hay forma posible en la que vaya a salir con vida después de haber atacado a Xander.

Pero en el próximo parpadeo la enorme figura de su demonio ya no está por ninguna parte y aunque Liu pasa la noche despierto temiendo que salga de entre las sombras o de debajo de su cama o detrás suyo para abalanzarse sobre él en cualquier momento, no lo hace.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 58

 

Después de vivir decenas de años, Aidan rara vez halla pequeñas cosas que le sorprendan. Para dejarlo atónito se necesitaba algo grande, histórico: revoluciones inesperadas o guerras que estallaban en el momento menos pensando han sido eventos merecedores de hacerlo alzar las cejas un poco.

Ahora, sin embargo, se halla con la misma expresión por una pequeñez tan trivial como un humano y una habitación. O mejor dicho, por una habitación y el hecho de que el humano que debería esperarlo en ella no está.

Aidan pagó por el hotel para Jeremy varios días y pensó que estaba claro que no lo hacía por caridad, sino para asegurarse de que sabía dónde encontrar a su presa la próxima vez que volviese a sentirse aburrido. Incluso si Jeremy no hubiese comprendido sus intenciones ¿Por qué no iba a aprovechar la oportunidad de dormir en una cama caliente gratis?

<<Maldito mortal… Si se atreve a huir de mí, espero que esté preparado para las consecuencias. Para ser cazado, atrapado. Para ser castigado>>

Una sonrisa maliciosa cruza el rostro de Aidan, de pronto entretenido por la idea de atormentar a aquel muchacho que tanto placer le había proporcionado tan pronto lo encuentre. No está seguro de si lo matará o no, sigue enfadado por haber sido dejado en ascuas por un mero moral, como si él fuese la clase de ser al que uno puede rechazar, al que se puede dar plantón y hacer esperar, pero, aunque tuviese ganas de desgarrarlo con sus manos hasta vestir su sangre en toda la piel, también había decidido que Jeremy sería el humano con el que experimentaría ese placer del que Xander le había hablado. El placer de una presa que se somete a tu voluntad sin luchar o resistirse, que te desea de vuelta.

Decide que cuando llegue el momento pensará en qué hacer. No tiene sentido hacerlo ahora, no mientras no tiene aún a su presa entre sus garras. Aidan sale del hotel rápidamente, dirigiéndose al callejón en el que lo halló la primera vez. De nuevo, se topa con una ausencia que no hace más que alimentar su rabia, sus ganas de encontrarlo y enseñarle una lección. 

Busca también en lugares donde no sabe siquiera si Jeremy ha estado jamás, pero donde piensa que podría encontrarlo: zonas periféricas de la ciudad donde los humanos tienen la valentía de salir tras la puesta de sol, empujados por su miseria, por la adicción, por, quizá, el deseo de morir y el miedo a darse ellos mismos su propio final, pero aunque Aidan sabe que la figura delgada, temblorosa y febril de su muchacho de cabello blanco y ojos cielo encaja en esos lugares, no la halla por ninguna parte.

Aidan se sitúa en el centro de la ciudad y se deja caer en el suelo de piedra de la enorme plazoleta donde los jóvenes suelen reuniré por el día. Por la noche, sin embargo, el lugar se siente desnudo y expuesto, así que está solitario. Es perfecto para sentarse en él, cerrar los ojos y dejarse atravesar por los mil sonidos y aromas que la ciudad produce como un ronroneo de fondo, el motor de su vida nocturna. Así que Aidan hace exactamente eso: guarda silencio, inhala profundo, y espera captar una señal de Jeremy. Reconocería el sonido de su voz a kilómetros y, si no está rodeado de nada que desprenda un aroma fuerte, reconocerá también la dulzura que desprende.

Sin embargo, nada conocido llega a los sentidos de Aidan, más allá que la presencia de Liu y de Xander. Y una tercera, implacable presencia que no sabe desde donde irradia poder, pero siente que se halla cerca. Demasiado.

<<¿Ha huido de la ciudad? ¿Está intentando mantener un perfil bajo y discreto para que no lo encuentre?>>

Por un momento, el pensamiento no aparece en la mente de Aidan con el férreo peso de una idea manchada de ira y sed de sangre y venganza, sino que la pregunta rebota tímida, temblorosa en su fuero interno. Cómo si estuviese más desconcertado que enfadado. Cómo si estuviese, de hecho, preocupado. Niega con la cabeza.

Solo es hambre y la mareante sorpresa de ver que un mortal se has atrevido a rechazarlo, se dice, y luego toma rumbo hacia el latir del corazón joven que más cercano le parece.

Lo que Aidan no sabe, sin embargo, es que ausencia de Jeremy poco tiene que ver con un plan de huida, con su intento de construir un futuro sin él, sino más bien con el pasado atormentándolo. Persiguiéndolo.

De haber salido en su búsqueda unas horas antes, Aidan habría sido capaz de oír el corazón acelerado de Jeremy cuando decidió salir del hotel a media tarde para comprar algo de comida que pudiese preparar fácilmente en el microondas de la habitación que el vampiro tan amablemente le había alquilado y, a la vuelta, todas las bolsas del supermercado se le cayeron al suelo cuando vio dos caras conocidas.

Dos rostros que durante su infancia se preguntó si pertenecían a lo que los demás niños llamaban papá. Dos rostros que, aunque siempre estaban vueltos hacia su madre, tenían unos ojos con voluntad propia y la frialdad de un cocodrilo cada vez que se deslizaban hacia su hermana y él y los miraban algo muy distinto a la ternura que dos niños tan jóvenes deberían inspirar. Dos rostros cuyos nombres desconocía, pero a los que su hermana llamaba peligro como si se tratase de fuego, veneno, de un cuchillo en la garganta incluso si siempre saludaban, siempre sonreían.

Dos rostros que siguieron presentándose en casa después de que su madre no estuviese. Rostros vueltos ahora hacia su hermana, ojos que se deslizaban furtivamente hacia él antes de que ella tuviese tiempo de decirle que fuese a su habitación, que cerrase la puerta, que todo estaría bien. Rostros que su hermana parecía despreciar tanto como su madre hacía, quizá más aún, pero que eran tolerados porque cada vez que se presentaban frente a la mirilla de casa al día siguiente había un poco de comida en la nevera o una manta nueva para que Jeremy pudiese pasar las noches de invierno sin que los dientes le castañeasen hasta romperse.

Rostros que empezaron a presentarse más y más en casa cuando se les fue la luz o cuando les cortaron el agua o cuando la hermana de Jeremy cambió la cerradura y le prohibió abrirle al casero o a la policía, no como dos ángeles de la guarda, sino más bien como depredadores hambrientos que se alimentaban de la miseria y la necesidad, que la olían.

Y se dieron un festín con la hermana de Jeremy.

Al principio Jeremy solo veía esos rostros en el pasillo, cuando su hermana se los llevaba a la habitación y se aseguraba de cerrar bien la puerta para que él no pudiese ver, a diferencia de su madre. Pero cuando su hermana empezó a tener más ojeras, las costillas más marcadas, los ojos más vacíos, los hombres aparecieron también en el salón y en vez de billetes, entregaban también a su hermana bolsas de polvo blancos que, con el tiempo, Jeremy entendió que no eran harina, como su dulce hermanita le había insistido, ni medicina, como había intentando decir más adelante, cuando lo creyó demasiado listo para la excusa de la harina.

Jeremy jamás pensó que volvería a ver esos rostros, no desde que abandonó su casa la única noche en que la habitación de su hermana yacía entreabierta, con esos dos hombres dentro. A través de la puerta, Jeremy recuerda ver sus rostros llenos de placer y el de su hermana vacío de toda vida.

Recuerda ir a la cocina a por un cuchillo, atravesar el pasillo con él en la mano, apretando tan fuerte el mango que sus uñas dejaron mordidas en la madera, pero luego escuchó un sonido. Nunca imaginó que un disparo se sentiría tan ensordecedor.

<<¿Para que mierda la rematas? Y encima en la cara… quería usar su boca>>

Jeremy recordará por siempre el asco que sintió al oír su voz, al comprender sus palabras. Un asco tan grande que no podría revolverse con ja arcada y bilis subiendo por la garganta. Sintió náuseas tales que quiso vomitar hasta el tuétano de su hueso, desprenderse de su piel y sus sentidos, ser incapaz de captar jamás esas voces, de ver sus caras.

Pero las volvió a ver y, con ellas, volvió el asco y la rabia. Y el miedo.

<<Perdona por el tiro>> recuerda haber oído al otro decir en respuesta, un sonido húmedo deslizándose junto a sus palabras, luego el ruido sordo del cadáver golpeando el suelo y el inconfundible sonido de una bragueta subiéndose <<Es que me sigue dando rabia y quería desahogarme. La zorra es tan inútil ¿Cómo ha podido dejar que le roben toda la mercancía del mes? No vamos a recuperar el dinero que nos ha hecho perder hasta de aquí a un buen tiempo>>

<<Bueno. Aún puede saldar la deuda>>

<<Ya me dirás tú cómo>>

Jeremy recuerda la forma en que la sangre se le heló en ese momento, la mira forma en que al verlos de nuevo el cuerpo se le convierte en un tempano frío y las palmas gélidas se le cubren de sudor. 

<<La deuda siempre la puede heredar su hermanito>>

Jeremy pensó en correr una vez las pesadas bolsas de la compra se le cayeron y ya no resultaban un lastre, pero se sintió avergonzado: ¿Iba a huir de nuevo? ¿Le odiaría su hermana por no vengarla nunca? Pero de todos modos su cuerpo se quedó estático, como cuando era un niño.

Sintió lágrimas de rabia y frustración acumulándose en sus ojos.

—¡Jeremy! Cuanto tiempo. —sonrió uno de los hombres y al chico se le antojó el gesto más repugnante que jamás había visto. Sus labios rojos, sus encías húmedas, sus dientes amarillentos. Luego le rodeó los hombros con un brazo —Te mudaste de tu vieja casa sin decir nada, llevábamos un tiempo buscándote.

—Nos alegra ver que te va mejor, es caro ese hotel en el que te hospedas, así que intuyo que tienes quizá algo de dinero suelto ahora. Nos iría muy bien, Jeremy.

El tono del hombre se ensombreció y el muchacho sintió su mundo caerse a los pies. Sintió todos sus humildes sueños derribándose: no solo había heredado el negocio familiar de vender su cuerpo y su alma por sobrevivir, sino que también había heredado a los demonios que tomaron la vida de su hermana. Había heredado su condena. Su final.

Jamás sería libre, lo sabía, incluso si se esforzaba por trabajar duro y salir de esa vida, jamás reuniría suficiente como para que esos hombres le dejasen salir de la miseria.

—¿Cuánto? —preguntó el chico con voz rasposa y contenida y odió lo débil y complaciente que sonaba.

Lo asustado, como un cachorrillo, cuando él quería ser una víbora y morderlos de vuelta, inyectarles en las venas el veneno que había corrido por las suyas por años. El odio, el rencor. La podredumbre en la que se había convertido el amor por su hermana cuando no tuvo donde depositarlo.

—Cien mil. —Dijo un hombre. Jeremy no sabía tan siquiera cuál, la cifra la desorientó tanto que sus voces se mezclaban y sintió las rodillas débiles y el rostro frío y pálido.

—N… no tengo eso. Ni siquiera he pagado yo el hotel. No tengo más que unos pocos de cientos y -

Sintió dolor, pero no el que esperaba en respuesta. Había anticipado notar el crujido de su nariz rompiéndose bajo un puño o el calor de un arma disparada a quemarropa, fundiéndole el centro del pecho, pero no el agudo pinchazo de una aguja en su cuello y la fresca, intrusiva sensación de un líquido disparándose por sus venas.

Para cuando Aidan lo buscó esa noche, se hallaban en una sala por fortuna esterilizada, donde el olor del alcohol etílico, los guantes, el yodo y el suero fisiológico taparon suficientemente el de su sangre como para que el vampiro no lo localizara. Jeremy, medio dormido aún, recuerda haber pensado que olía a hospital.

Pero él sabía que no era ahí donde estaba. Sabía que el hombre que veía entre flashes de luz, con un bisturí de hoja reluciente en la mano y una mascarilla preservando su identidad, no estaba ahí para sanarlo, sino para desguazarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 59

 

Liu va a clase taciturno hoy. Ha pasado la noche entera en vela, incluso tras la partida de Xander, preguntándose cuando volvería para matarlo y, eventualmente, si lo haría. Ha intentado distraerse de sus pensamientos preparándose por adelantado la comida del día, limpiando el polvo acumulado en la casa desde hacía un tiempo y arreglando el estropicio del baño. Había cristales y sangre seca. Demasiados recuerdos desparramados por todos lados como para poder alejar su mente de ellos.

Recuerda que ese día, el día en que Xander rompió el espejo lanzándolo contra él y luego quebró su espíritu con la misma facilidad con la que había hecho lo mismo con el cristal, fue la última vez que se cortó con calma.

Liu echa de menos cortarse y, paradójicamente, echa también de menos una vida anterior, una vida triste y fría, pero que se sentía menos dolorosa que la actual. Una vida en la que el dolor no le sobrevenía como el zarpazo de unas imprevisibles, implacables garras de acero, sino que era un momento que él planeaba, como una cita con su propio cuerpo y la destrucción de este. Una cita cuyo día y hora él decidía deliberadamente y para la cual podía prepararse con una lentitud, una calma casi ritualística: se metía en la ducha, la llenaba de agua caliente, se purificaba la piel con alcohol etílico, preparaba a un lado pulcramente las gasas, el esparadrapo, las tiritas, el yodo con el tapón medio abierto…

Eso recuerdos capturan su mente durante todo el día y el parloteo de los pasillos en el instituto, así como la voz de sus profesores y profesoras, se convierte en un eco distante. Sonido ininteligible al fondo de su mente.

Solo hay una ocasión en la que el muchacho logra ver realmente algo de lo que pasa en su alrededor y, además, se fija en ello. Una chica de su clase cuyo nombre ni recuerda se sienta sobre el regazo de uno de los chicos, la gente susurra y los mira y ellos lo saben, pues enrojecen, pero la muchacha decide fingir que no ve nada o que, al menos, no le importa, y besa al chico en los labios antes de volver a su pupitre. Él la besa de vuelta y Liu nota como le tiemblan los labios y apenas puede ocultar una sonrisa.

Se siente de pronto como un extraño ahí en medio. Todos sus compañeros, excluyendo a los horribles matones en los que prefiere no pensar, son apenas adolescentes tiernos e ingenuos y él, sin embargo, tiene demasiada amargura dentro como para poder disolverse en esa dulzura y pasar inadvertido.

Se siente tan avergonzado… a su edad, lo normal sería que estuviese estudiando algo superior, como una carrera en la universidad o, al menos, que estuviese trabajando. Lo normal sería también que se hubiese armado de valor para pedirle salir a Matheo o a cualquier persona que le gustase y ahora llevasen una relación seria con una dirección clara. Lo normal sería que tuviese metas y un camino que recorrer para llegar a ellas.

En vez de eso, se siente en medio de un bosque oscuro y aterrador donde no hay caminos, solo piedras afiladas, fango y obstáculos que le hacen caer una y otra vez.

Cuando vuelve a casa del instituto Liu come sin muchas ganas, estudia, escribe un poco en su portátil.

<<Tú dejaste de crecer hace dos años>> teclea en su nuevo e-mail que sabe que no será leído <<, pensé que era injusto que yo sí fuese a seguir adelante. Pero a veces pienso que no lo he hecho.>> Se siente demasiado avergonzado cuando continúa y sus dedos, sobre las teclas, crean confesiones que sus labios jamás podrían pronunciar.

Cuando le queda un rato libre Liu se entretiene con un videojuego. Conecta el mando a su ordenador y recuerda a Matheo llamándolo bichejo bobo y sin coordinación mano-ojo por ser incapaz de jugar con teclado y ratón. Ríe para sí un poco al pensar en él y le gusta cuando sus recuerdos de sus seres queridos son así: dulces, como un cálido abrazo fantasmal, en vez de cargados de culpa y anhelo.

Después de un rato, el muchacho lanza el mando a un lado y cierra su portátil bufando de agobio. No es capaz de ganar ni una sola partida, lo cual le hace pensar que quizá su amigo tenía razón cuando insultaba su coordinación; además, el chat del juego se ha llenado de insultos que han pasado de ser graciosos y ridículos a agobiantes.

Liu se tumba en su cama, dejando sobre la mesita de noche un vaso de zumo de arándano, y abre un libro sobre su regazo, la piel erizándosele porque es, de nuevo, aquel libro sobre vampiros que compró tiempo atrás. Y porque ha empezado a leerlo justo cuando cae el sol, como si acaso buscase prepararse para lo que está por llegar.

Ojeando un poco los capítulos que todavía no ha tocado, Liu encuentra un título que le resulta interesante, así que empieza a leer:

<< Apartado quinto: jerarquías de poder, sistemas políticos y organización social de los vampiros.

Hasta la fecha, numerosas investigaciones, entrevistas y estudios comparativos entre hechos históricos contrastables y teorías que rozan la conspiranoia, nos han llevado a la conclusión de que no existe una forma de gobierno alternativa para vampiros que corra paralelamente a las formas de gobierno humanas. Posiblemente, esto se debe a la característica ya mencionada en capítulos anteriores de que los vampiros no tienden a organizarse y aunarse entre ellos sino más bien lo opuesto.

No obstante, esto no significa que sea una raza totalmente ajena a las nociones de política, poder y jerarquía. Al fin y al cabo, fueron humanos una vez y viven entre las sombras de la vida humana, por lo que esos conceptos, que forman parte de nuestro día a día, les son igual de familiares a ellos.

Empezando por la política, incluso si los vampiros no forman estados, ciudades o grupos que requieran de liderazgo, sí que es cierto que la peculiaridad de ciertos hechos históricos nos hace pensar que los vampiros, en más de una ocasión, han hecho acopio de sus habilidades para inmiscuirse en la vida política humana. Muchos reyes cuyos retratos, año tras año, derrochaban siempre la misma juventud, comandantes que parecían inmunes pese a la peligrosidad de la guerra y marqueses extraños a los que se les atribuían deseos sádicos son, para muchos, pruebas indudables de que los vampiros participan de la vida política, incluso si es de la humana y bajo la falsa premisa de que ellos también lo son. Aquí, sin embargo, no afirmaré que nada sea indudable, pero sí que puedo aseverar que es una posibilidad verosímil.

Respecto al poder, esta es un concepto que no solo se les hace familiar a los vampiros, sino que lo llevan inscritos en su propia naturaleza. Como ha sido explicado en secciones previas, los vampiros son criaturas no solo poderosas, sino con el deseo de ejercer ese poder sobre aquellos seres que consideran sus inferiores. Esto hace que su actitud contra sus presas humanas sea dominante y usualmente sádica, pero lo que no habíamos mencionado hasta ahora es el hecho de que los vampiros tienen relaciones de poder no solo para con otras razas, sino entre ellos mismos.

Por lo que se ha logrado extraer de entrevistas y testimonios variados, los vampiros consideran el poder desde una óptica más primita que la humana: ven a uno de los suyos como más o menos poderosos no dependiendo de su influencia política, su nivel económico o sus privilegios sociales, sino en referencia a su aptitud para vencer físicamente y aniquilar a un oponente.

Los factores de los cuales depende el poder de un vampiro (donde incluyo tanto su fuerza como otras habilidades, así como velocidad, agudeza de sus sentidos u otros poderes sobrenaturales que desconocemos) son los siguientes: la edad (pues los vampiros se fortalecen cuanto más viven, a diferencia de los humanos cuando envejecemos), la alimentación (este punto tiene que ver no solo con la calidad de la sangre que consumen, sino con la cantidad también) y la fortaleza del propio creador/a del vampiro. Se especula también que podría tener cierto efecto sobre el poder de los vampiros la posición de la luna o si han matado a otro de su especie y absorbido, de algún modo, su poder.

Finalmente, los vampiros parten de esta concepción del poder para formar una especie de jerarquía tácita. Aunque los vampiros no tienen grupos sociales o estratos identificables, pues no suelen organizarse, los vampiros son capaces de reconocer, como quien percibe un sonido y sabe si es alto o bajo, el poder y la presencia de otro vampiro cercano. Puesto que son altamente territoriales y posesivos, la presencia de dos o más vampiros en una misma zona de caza termina derivando en una lucha por asertar dominancia que termina o bien en la sumisión y huida de que aquel que se hallen un escalafón más bajo de poder o bien en el asesinato de uno de los dos y la aserción, por ende, del poder del ejecutor.>>

Liu cierra el libro y piensa en la noche en que Xander le reveló su edad. Un escalofrío lo recorre cuando cae en la cuenta de que su demonio no es solo capaz de someterlo y a él, sino que posiblemente sea también capaz de causar pavor en otros seres de ojos rojos y largos colmillos. 

Siente un tirón en su interior cuando imagina a una criatura más poderosa aún que Xander. Piensa en la desesperación, el absoluto horror que significaría ser la víctima de alguien de cuyas garras sabes que nadie podrá salvarte jamás ¿Qué opciones quedan más que aceptar el destino y ser complaciente? Liu siente un agujero abriéndose en su estómago cuando lo imagina, pero luego se pregunta si acaso no es lo mismo que lo que él vive ahora.

Como si sus pensamientos pudiesen invocarlo, Liu escucha la puerta delantera de su casa abrirse y cerrarse y los pesados, familiares pasos de Xander aproximándose. Agradece el gesto, incluso si lo inquieta, pues sabe que Xander no necesita usar la puerta y mucho menos hacer ruido al andar cuando puede simplemente aparecer tras él, acechándolo en silencio. Si hace esas cosas, sin embargo, es para anunciar su presencia, para mostrarse ante Liu, como queriendo demostrar que no representa un enorme peligro.

Como es de esperar, la puerta de Liu se entreabre cuando los pasos, que avanzan pacientemente por el pasillo, se detienen frente a ella. Liu observa al vampiro agachándose para pasar a través del bajo marco de la puerta y atravesando el umbral primero con su cabeza enmarcada por ondas rubias y una sonrisa colmilluda y luego por su cuerpo grande, cubierto hoy por prendas negras y simples que se abrazan a sus músculos.

El vampiro lo observa durante unos minutos en completo silencio y aunque él, acostumbrado a analizar a sus presas sin prestar atención a sus palabras, le parece algo natural, Liu siente la presión crecer en su interior con cada segundo que pasa. Siente que ese silencio es una tortura, que busca arrancar algo de él.

Y al final lo hace.

—S-siento lo de anoche —balbucea el chico mientras juega con sus manos en su regazo. Su pecho sube y baja frenéticamente, preguntándose si el vampiro está aquí para terminar lo que empezó —, siento haberte golpeado, n-no pretendía…

Liu calla de repente cuando nota la cama hundirse bajo el peso del otro y, al subir la mirada, ve su gran mano dirigirse hacia él. No hacia su rostro, sino hacia el elástico de sus pantalones. Liu se muerde el labio y palidece mientras el otro desabrocha su bragueta y baja con delicadeza la pieza de ropa, desvistiéndolo como a un delicado muñeco que se deja hacer.

Para la sorpresa de Liu, Xander no baja sus pantalones del todo en un intento de desnudarlo, sino que se detiene cuando deja al descubierto su muslo y la venda limpia que cubre su mordisco. Xander la mira con atención por unos segundos, fijándose en cómo la piel de alrededor está aún amoratada y el chico hace una mueca cuando tensa el músculo sin querer.

—Está bien —dice por fin Xander, su tono es suave y ronco. Como una caricia, esas palabras causan un escalofrío agradable por toda la espalda del humano castaño y le permiten soltar un suspiro de alivio. El color vuelve gradualmente a su cara —, estaba hambriento anoche —explica y en sus ojos reluce un brillo carmesí que le confiesa a Liu que, pese a que su sed se ha saciado, no es la necesidad lo que le atrae a él ahora, sino el deseo. El deseo de más. —, perdí un poco el control —continúa con algo extraño en su voz, quizá remordimiento, pero es una emoción que se le hace tan extraña que ninguno es capaz de reconocerla en boca de Xander.

Sube los pantalones del chico de nuevo, satisfecho al ver que la mordida está bien curada y desinfectada. Acto seguido una de sus manos toma a Liu por la cintura y lo atrae hacia él, tumbándolo en la cama bajo su enorme cuerpo, y la otra le agarra el cabello con un agarre firme, pero no doloroso, y le obliga a ladear la cabeza para dejar su garganta expuesta. Liu jadea, pero no se defiende. Sabe que no le conviene.

Liu tiene los dedos de Xander impresos en su cuello, los moratones son tan claros como una silueta del agarre de anoche, y el vampiro se muerde el labio al entender, ahora, que empleó mucha más fuerza de la que recordaba.

<<Podría haberlo matado>> piensa y la mano de la cintura se desliza ahora sobre las marcas del cuello. Suavemente, intentando que el roce no hiera a Liu, aunque este chupa aire y cierra los ojos con fuerza de todos modos.

—¿Duele mucho?

Liu se siente débil por la forma en que hace la pregunta. Tan atento y amable. Podría derretirse si creyese que el vampiro realmente se preocupa por él, pero lo duda tanto <<Simplemente no le interesa romper un juguete que aún no ha estrenado>>

—Al hablar y al tragar saliva —dice con un hilillo de voz, como queriendo demostrar la veracidad de sus palabras — y c-cuando lo tocas.

Xander retira la mano del lugar y el humano se siente tan agradecido como sorprendido <<¿De dónde ha salido tanta gentileza de golpe? ¿Dónde estaba anoche?>>

—Anoche —responde el vampiro, lo cual hace al chico estremecerse ante una idea que siempre olvida por mera costumbre: que el vampiro es capaz de leer su pensamiento y que ni en su fuero interno está a salvo de su intrusión —pretendía darte placer, Liu, solo eso. Pero no fui capaz de contenerme.

El muchacho traga saliva.

—Fue… l-lo que hiciste, algunas cosas, fueron placenteras —confiesa y en ese momento tiene que cerrar sus ojos y respirar muy hondo porque recuerda la mano de Xander en su pene y la siente ahora firme en su cadera, tirando de sus cabellos con la otra. Y le gusta más de lo que debería. Recuerda sus labios. Su lengua. —, pero estabas tan… parecías odiarme. Parecías tan enfadado que pensé que me matarías.

Xander siente una punzada en su pecho. El agarre sobre el cabello del chico se relaja y los dedos acarician su cuero cabelludo agradablemente. La mano de su cintura lo atrae más hacia él y Xander lo mira desde arriba con el rostro serio, los ojos tan rojos.

Liu solo puede oír el sonido de su propia respiración. Jadeante. Impaciente. Acelerándose cuando el vampiro se inclina hacia él, hacia su boca, y deja un nimio beso sobre sus labios.

—Estaba frustrado, Liu, porque te deseo mucho, pero mi deseo es peligroso para ti. No iba a matarte, al contrario, querría tanto hacerlo… pero no puedo. Cuando bebo de ti debo detenerme antes de lo que jamás lo he hecho. Debo controlarme y yo nunca he tenido que aprender a hacer eso. Me dejas tan satisfecho como hambriento.

Liu frunce el ceño, confundido, conmovido. Xander, su demonio, incluso siendo la criatura que lo atormenta y lo mantiene despierto cada noche con lo que parece ser una pesadilla hecha realidad, tiene que domar su naturaleza para no dañarlo demasiado. No es ya parte del trato que hicieron, ese intercambio frívolo de sumisión por compasión es algo más. Liu nota la dulzura en la voz de Xander, su compasión, su preocupación, un afecto retorcido y cruel, monstruoso, pero más del que le han dado en años. Más del que merece.

No puede evitar rendirse por un momento, abrir la boca, no solo obediente, sino deseoso, cuando Xander se inclina para besarlo. Los labios del vampiro son carnosos. Su ternura choca contra la de la fina y rosada boca de Liu. Los belfos de Xander envuelven los suyos, los besan, primero el delgado labio superior, luego el infierno y vuelta a empezar, los aprietan con deseo, los lame la punta de su lasciva lengua y, una vez húmedos y deliciosos, los mordisquea y chupa.

Liu siente el beso tan perfecto que algo en su interior se horroriza porque cae en la cuenta de que es mejor de lo que jamás había imaginado. Más dulce y delicioso que los ósculos con los que fantaseaba cuando pensaba en Matheo.  <<Estoy perdido>> piensa, pero no es capaz de angustiarse del todo por ello, no cuando el beso le ofrece tan perfecto consuelo.

Xander lo acalla con su lengua cuando se queja porque le aprieta la cintura demasiado fuerte y Liu mueve su lengua al compás, queriendo aprender de la experiencia de Xander. Abre su boca, entregándose, y siente en la del vampiro los peligrosos colmillos. Los lame sin cortarse, como si la idea lo tentase.

Cuando el vampiro rompe el beso, Liu se percata de que sus brazos están alrededor del cuello del vampiro y sus piernas, por bochornoso que le parezca ahora, se han enroscado en su cadera, juntando obscenamente sus pelvis.

—Deberías descansar esta noche, Liu —dice con voz ronca, jadeante. Y el muchacho sabe que no es una recomendación, sino una advertencia. —. Solo he venido a ver cómo estabas.

El muchacho asiente y deja sus miembros relajados, separándose del vampiro que ahora se incorpora.

—¿Matarás a alguien esta noche? —pregunta, preocupado, cuando el vampiro le da la espalda dirigiéndose hacia la puerta —Si yo te dejo hambriento… significa que matarás a alguien ¿Verdad?

—Sí.

—¿Qué puedo hacer para saciarte? ¿Para qué no mates más?

—Nada va a cambiar mi naturaleza, Liu.

El chico aprieta sus labios.

<<Nada va a cambiar>>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 60

 

—Oh, justo a tiempo, iba a salir ahora ¿Quieres acompañarme? Esta noche tengo una pequeña y divertida venganza que llevar a cabo.

Xander sube sus cejas, entretenido, y se aproxima a su amigo, que está colocándose una hermosa y larga gabardina negra antes de dejar el hogar e internarse en la fría noche.

—¿Una venganza? Suena delicioso y yo estoy hambriento. —ríe una vez frente a su hermoso pupilo. Mira a Aidan con los ojos brillantes, el recuerdo de cuando casi lo asesinó chispeando en sus ojos un instante, seguido de un profundo arrepentimiento. —Cuéntame más. —pide con voz templada, llevando sus manos al pecho de Aidan para alisar, en una caricia amplia y lenta, las arrugas que se han formado en su pecho en la tela de la gabardina y luego empezar a abotonar él mismo la prende del otro en un gesto fraternal.

Aidan suspira por su cercanía, por la forma en que Xander se muestra superior a él, ayudándolo a vestirse como si él fuese su muñeco, pero a la vez haciéndolo de un modo amable contra el cual no puede sentir rencor.

—Es Jeremy, aquel muchacho que me trajiste una vez.

—Oh ¿El prostituto al que probé? —una de sus cejas se alza con curiosidad cuando Aidan asiente en silencio. Sonríe ladinamente recordando a aquel muchacho de aspecto inusual. Su cuerpo menudo, pero curvilíneo, su cabello blanco y los bonitos ojos azules enmarcados por pestañas claritas como hechas de hielo. 

Sabe que Aidan no recuerda ya nada de su vida humana, pero él tiene grabada en su mente con prístino detalle la semana en que lo entrenó hasta romper su voluntad humana. Especialmente el día que lo obligó a asesinar a su amor, el muchachito humano que en su débil cuerpo guardaba no solo su corazón, sino todo el amor y la humanidad que el frío pecho de Aidan no podían soportar ya.

Recuerda cuando secuestró al chico, cuando lo entregó a Aidan y, finalmente, cuando se deshizo de su cadáver. Recuerda haber pensado que no le extrañaba que a Aidan le hubiese llamado la atención ese muchacho. Su belleza era exótica, hechizante. Parecía un hada con su cuerpito estilizado y ágil.

Con su piel pura y blanca moteada del color de los pétalos de rosa en los dedos, los labios, las mejillas, en las rodillas, los muslos y todas las zonas tiernas y deliciosas de su cuerpo.

Con sus ojos azules como el cielo. Su cabello inusualmente blanco.

Al inicio creyó que Jeremy y su aspecto familiar no eran más que una graciosa coincidencia, pero ahora que Aidan parece orbitar alrededor de ese chico, atraído por una fuerza invisible que no puede resistir, se pregunta si las coincidencias existen, pues no ha visto una así en más de mil años, o si el destino está intentando traer de vuelta una parte de Aidan que él creyó muerta y enterrada hace miles de años.

Quizá su corazón reconoce lo que sus ojos han olvidado ya.

—Es muy hermoso, muy dulce —responde el vampiro, aunque siente en sus palabras una amabilidad que no le pertenece. Tras terminar de abotonar la gabardina de Aidan, Xander lo toma por la cintura con una mano, atrayéndolo hacia sí, y con la otra le recoge un mechón de oscuro pelo tras el oído. —, pero no es mi tipo, Aidan, creo que este es todo para ti.

—Oh, entonces tendré que cazarlo y torturarlo yo solo esta noche. —responde el pelinegro con un puchero bromista en los labios.

Xander ríe cortamente y luego su ceño se frunce en na expresión que Aidan no sabe si es curiosidad o preocupación.

—¿Torturarlo? ¿Qué ha hecho el muchacho para merecer una venganza así? Cuando yo lo usé parecía un chico listo. Suficiente como para no enfadarte, al menos.

Aidan niega y rueda los ojos. Nota la mano de Alexander más apretada en su musculosa cintura y aunque desea que su voz suene fuerte e imponente, ese pequeño gesto hace que sus palabras suenen como dóciles explicaciones.

—Me dejó plantado. —Xander alza sus cejas y ríe de incredulidad. La idea de un vampiro siendo rechazado es… inusual, cuanto menos. Y profundamente imperdonable. Traga saliva, temiendo que Aidan vaya a matar al chico y que los actos del pasado se repiten inevitablemente ante sus narices, como una especie de burla del destino de sus errores del pasado, de cómo jamás podrá borrarlos.

—¿Lo matarás? —pregunta y halla su voz extraña. No tanto suya, sino más bien un eco de la temerosa pregunta que Liu le ha hecho solo unas horas atrás.

Aidan frunce los labios y Xander, aún con la mano en el cabello de su acompañante eterno, empieza a peinarlo con los dedos, de nuevo tratándolo como a un adorado muñeco al que acicalar y dejar bonito.

—Me gusta el chico, como a ti te gusta Liu. Lo he convertido en mi… en mi juguete. —sonríe el hombre, su lengua se desliza por una de sus comisuras, recordando la deliciosa noche que pasó con él hace poco. Su deseo y la forma en que ser deseado avivaba su propia lascivia —. Lo asustaré, voy a presentarme ante él enfadado, hablando de romperle todos los huesos del cuerpo, de arrancarle la piel mientras sigue vivo, voy a hacerle daño, el que pueda soportar sin morir, y luego, si sus súplicas me convencen y me pide perdón de una forma deliciosa… creo que le dejaré vivir. Es demasiado pronto para romper un juguete con el que me he podido divertir en tan pocas ocasiones.

—Entonces —Xander sonríe, apartándose unos pasos de su amigo y tomándolo alentadoramente por los hombros mientras lo miraba de frente —, no tienes tiempo que perder.

Así que el joven vampiro decide hacer caso a las palabras de su maestro y no perder ni un segundo. Recorre rápidamente las zonas que visitó la noche anterior y, de nuevo, no hay ni rastro de Jeremy en ellas, pero la diferencia es que esta vez no va a desistir en su búsqueda, pues en cientos de años no ha habido jamás una presa que sea capaz de escapar de él. Y esta no será la primera vez.

El vampiro escudriña la ciudad, zona por zona, calle por calle, sus sentidos aguzados de una forma en que no podía escapársele siquiera el rápido corretear de una rata en un callejón, incluso si prestar atención de esa forma consume sus energías y abre su apetito demasiado. Sus ojos brillan con una intensidad furiosa y, junto a ellos, los colmillos le han crecido tanto que sobresalen de sus labios, como queriendo alcanzar por cuenta propia la carne de algún mortal.

Esos dos rasgos hacen que su imponente y alta figura que tantas cabezas vuelve sea reconocida de inmediato como una amenaza, así que allí a donde va, Aidan despliega una oleada de murmullos y pasos histéricos de humanos que harían lo que fuese para no toparse en su camino.

Pero ninguno de ellos le interesa, no hasta que capta un olor familiar en una zona inusual. Aidan se halla en una zona adinerada de la ciudad y, allí, el aroma de la sangre de Jeremy se le hace tan intenso que se pregunta si está herido. Es un olor ligeramente rancio, como de sangre seca y Aidan imagina a Jeremy siendo azotado hasta sangrar en una de las mansiones de los adinerados clientes que allí viven.

La idea hace hervir su propia sangre. Imaginarse a Jeremy sirviendo a otros, sangrando para otros.

Aprieta los puños y toma aire despacio. La dulzura de su presa le inunda los pulmones y su mente, más calmado ahora, confecciona meticulosamente los métodos con los que va a castigar a Jeremy por haber pensado que su cuerpo era suyo como para ofrecérselo a alguien más.

Sin embargo, cuando deja que sus instintos lo guíen hacia Jeremy, se extraña al no ser conducido a una de las lujosas casas de la zona, sino a un edificio apartado a un lado donde las diversas plantan son alquiladas por diversos negocios médicos: una consulta psiquiátrica, un dentista, un podólogo ¿Está Jeremy en el médico?

Extrañamente, el aroma no está en ese edificio, no en las plantas abiertas al público, al menos, sino que lo conduce debajo de él.

Más allá del aparcamiento, tras una puerta cerrada a cal y canto (Aidan identifica dos cerraduras, un candado pesado y limpio y un panel para introducir códigos numéricos al lado de la puerta) donde un enorme cartel de advertencia mantiene alejados a curiosos. 

El cartel, junto a un enorme signo amarillo, narra ‘’Solo personal autorizado: Peligro. Productos químicos y materias tóxicas’’, lo cual es extraño, porque Aidan no puede oler ahí adentro productos químicos muy diferentes a los que tienen en salas de hospital común.

Sin pensárselo, el vampiro arranca la puerta de sus bisagras y la deja en el suelo, a un lado, antes de adentrarse. Hay una pequeña zona de almacenamiento donde ciertamente hay materiales médicos, como vendas, alcohol, botes de pastillas, jeringuillas y demás aparatos que no le importan. Luego, una trampilla en el suelo con otro candado barra su acceso a una zona todavía más inferior ¿Por qué iba alguien a esconder tan profundamente mero equipo médico?

Aidan arranca el cierre de la trampilla con un largo gemido metálico y el aroma de la sangre de Jeremy lo golpea de lleno. Para cuando baja por las escalerillas, su furia contra el humano al que iba a buscar se ha disuelto y, en su lugar, solo siente una enorme extrañeza y una preocupación más grande aún. Huele la sangre de Jeremy, pero no oye ningún corazón latir.

Él mismo planeaba asesinar al humano si no se disculpaba como era debido, pero ahora que la idea de su muerte ya no está en su cabeza, sino que se siente posible, real, nota una extraña opresión en el pecho.

Bajo la trampilla encuentra una extraña habitación que le recuerda a una sala de operaciones, solo que diminuto, oscura y sucia, con sangre todavía en el suelo, sobre la mesa de operaciones y en la pequeña bandeja donde los utensilios afilados están recubiertos por sangre seca. Una sangre cuyo olor conoce.

Aidan siente la ira volver a llenarlo, solo que esta vez no es contra Jeremy contra quien quiere, no, necesita vengarse. Nunca nadie ha sido tan osado como para robarle una presa.

Nunca…

Aidan escucha algo, el suave latido de un corazón débil, pero que empieza a acelerarse de pronto, como despertando de una pesadilla. O, mejor dicho, despertando en una pesadilla. Luego escucha el roce de cadenas metálicas y se dirige a una puertecita al final de la sala, pasando a dos contenedores de baja temperatura llenos de órganos. Reconoce el olor de algunos y su cuerpo se estremece al pensar en ello. 

La puertita está cerrada, de nuevo, y frente a ella hay una pequeña anotación. Un papel que parece ser una ficha sucia y garabateada. En el margen superior Aidan alcanza a leer el nombre de Jeremy, lo que le empuja a seguir leyendo.

<<Deuda: 97k

Instrucciones: NO extraer órganos de más. Solo los acordados (pulmón, riñón, hígado y córneas). Uno cada mes. Estabilizar al paciente. Hacer transfusión de sangre si es necesario. IMPORTANTE: NO dejar cicatrices desagradables (el paciente será vendido más adelante, tiene que lucir PRESENTABLE). >>

Aidan arruga el papel en un puño y, con la otra mano, arranca la puerta de la pequeña salita y la lanza furiosamente hacia atrás, escuchándola hacer un estruendo al tirar la mesa de operaciones, los instrumentos y finalmente impactar contra el cristal de la cámara frigorífica llena de vísceras.

Por fin logra encontrar a Jeremy.

 

 

 

 

 

 

 

 

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