Capítulo 61
El muchacho está hecho un ovillo
en el suelo de esa salita que parece un baño destartalado. Tiene las muñecas en
carne viva, engrilletadas a la pared, los ojos desenfocados, los labios pálidos
y el resto de la piel cubierta por una capa de sudor frío. No lleva camiseta,
ni ningún tipo de ropa, así que Aidan es capaz de ver en su costado derecho una
larga hilera de puntos que unen una franja curvada, como un arañazo que lo ha
abierto.
<<Han empezado con el
riñón>>
Jeremy lo mira con sus ojos
sumidos en una enorme locura: enormemente abiertos, desenfocados, parpadeando
mientras trata de decidir si lo que ve es real o no. Y si es real, si lo que ve
será su final o no. Aidan se arrodilla frente al chico, despacio, como quien
teme asustar a un animalito al que desearía acariciar.
—¿Puedes hablar? —pregunta el
vampiro en una voz lenta y gentil. Jeremy tiembla de miedo en un rincón y al
oír tan profunda y rasposa voz jadea, pero asiente —Dime qué ha pasado —ordena,
aunque su tono es más amable de lo que suele ser cuando exige algo.
—E-ellos me… querían dinero y me…
—el chico se traba al hablar.
Aidan no sabe si es por el frío
que le cala los huesos y le hace castear los dientes, por el miedo, que atenaza
todos sus músculos y le hace apretar tanto la mandíbula que apenas puede mover
sus labios al hablar, o por la debilidad, que le hace perder el hilo de sus
palabras tan pronto pronuncia más de dos seguidas.
—¿Quiénes, Jeremy?
El muchacho traga saliva y su
rostro se torna lúcido de pronto. Lúcido e iracundo.
—E-eran clientes de mi madre
hasta que murió —explica entre dientes —, de mi hermana, después. La… son
traficantes de droga, también, y la endeudaron y la mataron y… —no puede decir
la palabra. Jeremy sabe que la hay. Que hay un término para describir lo que le
pasa a su cuerpo cuando tiene que vender su consentimiento porque la otra
opción es morir de hambre. Lo ha dicho muchas veces, pero cuando piensa en su
hermana, en el cuerpo sin vida de ella… la palabra se atora en su garganta,
incapaz de manchar su recuerdo. —Q-quieren el dinero que ella les debía, m-me
van a… hasta que lo tengan de vuelta, me van a… —la ira en su voz se disuelve
en un agudo tono de desesperación. Los ojos de Jeremy se llenan de lágrimas y
alza la vista, borrosa, para contemplar a su ángel oscuro, que asiente con la
cabeza, mirándolo desde arriba con sus impasibles ojos rojos —¿V-vas a matarme?
<<¿Por qué lo pregunto? Lo
hará. Me matará. Si viene a salvarme ¿Por qué no habría venido anoche mientras
me abrían y me vaciaban? Él no es mi salvador. Es otro más, otro como ellos:
alguien que viene y toma lo que quiere de mí. No desea ayudarme ¿Qué placer le
daría eso? Solo viene a ver mi miseria, a contemplar este espectáculo que es mi
vida de mierda. Le odio. Los odio a todos. Los odio tanto. Quiero ir a casa.
Quiero a mi hermana, quiero a Lucía, quiero que me abrace, que me diga que todo
saldrá bien ¿Por qué no podía tener razón?>>
—¿Por qué lo haría?
La pregunta deja a Jeremy tenso y
mareado. Aidan la ha preguntado con una crudeza, una crueldad que lo sacude por
dentro.
—¿Por diversión? E-eres un
vampiro. O, sino… —se muerde el labio —¿Por compasión? N-no quiero vivir, no de
este modo, no si me van a hacer esto una y otra vez hasta…
—No lo harías —responde el otro,
tajante, y el chico alza su rostro empapado de lágrimas viéndolo con esperanza
—, te han operado mal. —comenta Aidan arrugando su nariz ante el fino, sutil
aroma del final de Jeremy.
Ese olor que dista del hedor de
la podredumbre, pero que tiene un cierto parentesco con él, dulce a rabiar,
como la fruta podrida, e impregnado de la inminencia de la muerte.
—No podrían extraerte más
órganos. Tu herida se va a infectar y te matará en apenas días.
—¿Me… me voy a…
Jeremy no es siquiera capaz de
terminar la pregunta. Siente un nudo en la garganta y, junto a él, una oleada
de náuseas. Mira hacia arriba con súplica en sus ojos y en los de Aidan no
halla más que el rojo del fuego, pero revestido de un frío ártico.
<<¿Cómo puede estar tan
tranquilo? No me ofrecerá siquiera un hombro para llorar, ni palabras de
consuelo. Se va a… quedar ahí mirando mientras me apago.>>
Aidan observa unos segundos la
forma en que la nariz del chico se enrojece y sus ojos lucen hinchados mientras
solloza y sorbe, desconsolado por su final.
—¿Por qué lloras? No seas bobo,
Jeremy ¿Crees que he venido hasta aquí solo para anunciar tu muerte y largarme?
Puedo curarte, —dice con una voz cálida, justo antes de que su boca se curve en
una sonrisa colmilluda —con mi sangre.
El chico se queda atónito al
principio, incapaz de procesar las palabras que acaba de oír. Congelado en su
sitio, Jeremy no es capaz de exhalar más que un débil:
—¿Qué?
Pero pocos segundos después sus
ojos se abren con sorpresa y un brillo ilusionado cruza su mirada. Incluso sus
mejillas, que habían perdido el color hace ya rato, se sonrojan ante la idea de
que una poderosa criatura de la noche haya venido a por él. A salvarlo.
—¡Gracias! —exclama lleno de
júbilo, intentando abrazar al vampiro pero notando el duro tirón de sus
grilletes retenerlo tan pronto se lanza hacia el bebedor de sangre.
Aidan ríe, entretenido por su
adorable reacción.
<<¿Cómo es posible? Estoy
encadenado, mutilado y drogado por las mismas bestias que me vieron crecer
desde niño mientras pagaban por mamá, mientras pagaban por mi hermanita. Las
mismas bestias que la metieron más hondo en este pozo, que le quitaron la
oportunidad de salir, de vivir, de tener siquiera una pacífica sepultura ¿Y el
ser que me va a salvar no es un humano, sino un monstruo? ¿Desde cuándo las
bestias son mortales y desde cuando los ángeles inmortales poseen colmillos y
ojos rojos? Siento que nada tiene sentido, quizá es un delirio, quizá es una alucinación
por la herida infectada. ¿Estoy muriendo solo y mi cerebro se niega a
aceptarlo?>>
Un escalofrío recorre a Jeremy
cuando las dos grandes manos de Aidan se dirigen hacia él, como si pretendiesen
envolverlo. Se encoge en su lugar y entrecierra los ojos sin saber bien qué
esperar, pero su boca de abre de la sorpresa cuando cada mano toma uno de sus
grilletes y los presionan sin demasiado esfuerzo. Jeremy apenas lo puede creer
cuando ve los grilletes partidos caer al suelo y sus muñecas por fin desnudas.
Desnudas de hierro, por fin, pero
también de carne.
Aidan ríe por el desconcierte del
muchacho ante su fuerza. Cuando le dijo que lo curaría, una punzada de
vergüenza lo hirió, pues Aidan recordó que para las heridas de Jeremy
necesitaría un largo chorro de su sangre, mientras que Xander posiblemente tuviese
suficiente con una gota. La comparación le hizo sentir inútil, débil en
comparación, pero ver los ojos de Jeremy totalmente abiertos ante ese minúsculo
alarde de su fuerza logró borrar cualquier inseguridad de su mente. Al menos
por el momento.
Jeremy observa con la misma
atención e incluso un poco más de sorpresa como el vampiro se lleva su propia
muñeca a la boca.
Escucha un sonido tierno y húmedo
y al retirar su brazo, el vampiro tiene los labios rojos y, en la piel, dos
profundas, dolorosas heridas que hacen a Jeremy chupar aire nada más verlas. El
vampiro se acerca más al chico sosteniendo su muñeca herida y goteante sobre él
como un cáliz.
—Abre la boca —el chico,
arrodillado sobre el suelo, obedece con completa devoción.
Aidan ama ver la forma en la que
Jeremy parpadea, despacio, seductor, pero completamente a su merced. La manera
en que separa sus labios, saca la lengua y frunce el ceño con expresión
suplicante, como la de un cachorrito hambriento. El vampiro vuelca lentamente
la muñeca sobre la boca del chico y la primera hilera de gotas de sangre se
derrama contra su lengua.
Jeremy se encoge ante el primer
contacto, sorprendido por la frialdad de esa sangre salpicando en su lengua, y
tiene deseos de apartar el rostro hasta que Aidan lo toma del cabello con la
otra mano y lo fuerza a mantenerlo alzado, bebiendo del oscuro veneno que fluye
por sus venas. Jeremy cierra los ojos cuando siente la sangre acumulándose en
su boca, empezando a resbalar por sus comisuras. Debe tragar, así que lo hace
incluso si el sabor le recuerda al óxido de sus grilletes, a esa sensación
nauseabunda de cuando la anestesia no había surtido efecto todavía y vio el
bisturí contra su piel, rajando hasta que todo el mundo se tornó rojo.
Jeremy tose y jadea tras el sorbo
y siente todavía la sangre de Aidan goteando contra sus labios, ahora escasa,
pues la muñeca del vampiro se ha curado casi por completo.
—Más —el tono severo de Aidan y
la forma en que tira de su cabello lo fuerza de nuevo a abrir y a tragar.
Tose de nuevo, sintiendo que se
ahoga en el desagradable sabor, pero esta vez Aidan lo libera de su agarre y
observa orgulloso como el cuerpo de su humano se repara a sí mismo con la ayuda
de su magia.
Las muñecas, antes descarnadas,
se llenan de nuevo de esa nívea piel que ahora recobra el color. Sus mejillas
se ven más llenas y coloradas, los amarillentos y violáceos moratones en su
cuerpo son limpiados como pintura bajo un cálido chorro de agua y, en su
costado, la línea roja que hay bajo los puntos se desdibuja y con la piel ya
unida del todo los puntos caen, obsoletos, y se despegan del cuerpo del
chico.
Aidan sabe que quizá su sangre ha
salvado la vida de Jeremy, pero en los humanos, esa magia tiene un límite: sus
heridas se han cerrado y sus moratones ya no están, la infección se ha detenido
y cualquier dolor ha desaparecido por fin, pero el riñón de Jeremy no puede
volver a formarse en su cuerpo, no desde cero, y eso recuerda a Aidan que debe
ser cuidadoso.
Que Jeremy es frágil. La idea lo
abruma, incluso si la vulnerabilidad de sus presas siempre le ha resultado
deleitosa.
El muchacho se mira a sí mismo
asombrado ante su propio cuerpo, como si fuese nuevo. Abre y cierra sus puños y
desliza sus dedos por sus muñecas y su costado, testeando que no sean un
espejismo.
—Es impresionante… —murmura,
incrédulo—, yo… no sé cómo puedo pagarte esto, estoy tan agradecido, si pudiese
hacer para…
—Oh, harás algo para compensarlo
—sonríe Aidan, su tono colmado de deseo alerta a Jeremy, que sube su vista y
observa en la sonrisa del vampiro una lengua afilada y larga perfilando uno de
sus colmillos. Traga saliva —Sangre por sangre ¿Acaso no es un precio justo?
El asombro por la magia de Aidan
desaparece de golpe, como un hechizo que se rompe, y en el interior de Jeremy
solo reposa un temor primitivo, el miedo a ser cazado, consumido. Ve en la boca
del depredador los dos grandes colmillos y los dientes adyacentes, levemente
afilados también para perforar, desgarrar, arrancar.
Imagina una bestia inhumana, un
animal grande, como un lobo o un oso, desgarrando a una pequeña presa con los
dientes, haciendo su carne pedazos hasta convertirlo en una maraña de sangre y
vísceras.
—¿Qu-quieres morderme?
Capítulo 62
Aidan no responde a la pregunta
de su presa, no lo cree necesario. El silencio es suficiente como para que cale
en Jeremy la consciencia de lo que está por suceder, del mismo modo en que esta
hace que cale en sus huesos un terrible escalofrío.
—¿D-dolerá mucho? —pregunta con
un hilillo de voz y Aidan sonríe, pues no necesita responder a esa pregunta
tampoco.
—Permíteme que te muestra la
respuesta en unos minutos.
Sobre la trampilla, Aidan es
capaz de oír los pasos nerviosos de dos hombres.
—Lo revisamos y nos largamos
rápido. El doctor ha dicho que nadie nos puede ver salir y entrar de aquí.
-habría dicho la voz tosca de uno de ellos mientras avanzaban por el
aparcamiento, haciendo tintinear unas llaves.
Ahora esa misma voz suena débil y
nerviosa.
—¿Qué cojones? —exclama el
hombre, Aidan supone que al ver la puerta arrancada o quizá la trampilla
destrozada.
—Sácala tú también. —escucha al
otro responderle con temple y, tras eso, Aidan distingue el sonido de un arma
siendo cargada.
Jeremy no entiende nada hasta que
oye el eco de pasos descendiendo por la escalerilla que lleva a esa pequeña
habitación. Tiembla en su sitio y se hace un ovillo en el suelo, como si
quisiera hacerse chiquitito hasta desaparecer.
Cuando dos hombres descienden por
la escalera, Aidan ve el cuerpo del muchacho tensarse. La mandíbula apretada,
los puños cerrados con fuerza. El muchacho se levanta de golpe, listo para
pelear incluso si se tambalea. Y entonces los hombres se voltean, pero sus ojos
no reparan en el muchacho al que habían venido a buscar, al contrario, se
clavan sobre un sonriente y divertido Aidan.
Jeremy puede ver las emociones
pasar por los rostros de esos hombres en un instante: sorpresa, confusión,
rabia y, cuando comprenden lo que Aidan es, terror.
—¡Al corazón! ¡Hay que apuntar al
corazón!
Aidan ríe cuando ambos hombres
alzan sus armas, los cañones dirigidos a su pecho, y da un paso al lado para
tapar con su cuerpo el de Jeremy.
El humano chilla y se agazapa en
un rincón cuando escucha el estallido de los tiros. Uno tras otro. El fuego
revienta en los cañones de las pistolas sin pausa y Jeremy cierra los ojos con
fuerza, temiendo que al abrirlos vea su cuerpo herido de nuevo, no ya por una
cicatriz pulcramente cerrada, sino por boquetes sangrantes que lucen como meros
manchones de color a medida que su vista se pone borrosa.
Pero no siente que su cuerpo haya
sido alcanzado. Oye, sin embargo, el chasquido vacío de una pistola que se ha
quedado sin balas y advierte, protesta contra el dedo que sigue pulsando el
gatillo. Oye pequeños tintineos de metal en el suelo, como si alguien estuviese
tirando gruesas monedas.
Y, luego, oye un paso. Pesado,
intimidante, duro. Un paso de Aidan alejándose de él y acercándose a esos dos
hombres a los que desprecia con todo su ser. Abre los ojos cuando escucha dos
jadeos pavorosos y ve, con deleite, como esas figuras que en toda su vida solo
han significado firmeza, peligro, maldad, ahora se encogen, temblorosas como
dos patéticos cachorrillos al raso.
—¡Mierda, mierda, mierda!
—masculla uno de ellos lanzando su arma al suelo como un juguete roto mientras
se pega a la pared, como albergando esperanzas de fundirse con ella antes de
que Aidan, que está a un par de pasos de él, lo alcance.
El otro hombre se ha hecho un
ovillo en el suelo y aunque Jeremy no le ve la cara, sabe que está llorando
porque escuchaba sus sollozos desde la otra punta de la habitación.
Los observa a ambos, incrédulo.
No porque no pueda creer que a dos hombres poderosos les de miedo un vampiro,
pues incluso el más fuerte de los humanos es una presa ante el vampiro más
inútil, sino porque le sorprende que dos hombres que tanto han disfrutado de
aterrorizarlo a él, a su madre, a su hermana, ahora se permitan tener
miedo.
<<No lo merecen. No merecen
sentir miedo, como si fuesen víctimas, deberían serenarse. Decirle a Aidan que
sea lo que sea que les haga, se lo merecen, deberían confesar sus crímenes.
Pedir castigo. Deberían dejar de llorar. No merecen el consuelo de las
lágrimas>>
Aidan se para en seco frente a
ambos hombres y, sin despegar la vista de ellos, mueve un poco su cabeza hacia
un lado, como haciendo el amago de mirar atrás, hacia Jeremy, para oír mejor
sus pensamientos.
—N-no buscamos pr-
Aidan cierra la mano alrededor de
la garganta del hombre que le está hablando. En un instante, su rostro está
rojo y empapado de lágrimas mientas el de Aidan se halla sereno. Aburrido.
—No hagas ruido —lo regaña, casi
como si estuviese tratando con un pequeño niño —, me distraes con palabras
inútiles.
El otro hombre solloza más y más
fuerte y, al soltar a este, al sonido de las lágrimas y los sorbos se le juntan
sus toses y sus jadeos por aire. Pero Aidan puede ignorar eso y centrarse en lo
que de verdad le interesa: las mentes de esos hombres.
Se interna en ellas con
facilidad, el terror que sienten rompiendo cualquier posible defensa que hayan
podido erigir alrededor de sus más oscuros secretos, y ahí, en sus palacios
mentales, Aidan se zambulle en sus recuerdos, sus pensamientos, arrepentimientos
y orgullos. Descarta todo lo inútil y busca únicamente aquello que sabe a
Jeremy.
Encuentra, entonces, recuerdos de
la madre de Jeremy, de su hermana, del muchacho mismo cuando era apenas una
criaturita que no se tenía sobre dos piernas. Y encuentra, por supuesto, todo
lo que esos monstruos hicieron, lo que pensaron, lo que planean. El vampiro
esgrime una enorme sonrisa y se voltea hacia atrás con los ojos rojos y los
colmillos largos y afilados, reluciendo como si tuvieran brillo propio bajo la
tenue luz de aquella habitación.
—¿Cómo te gustaría que los
matase? —pregunta y de pronto el tiempo parece detenerse. El aire pesa. La voz
de Aidan se escucha distante, taponada.
—¿Q-qué? —pregunta, seguro de que
está soñando o alucinando.
—Suelo matar como a mí me
apetezca, Jeremy, no recibo órdenes de nadie, pero —y su sonrisa se desvanece.
Tan atractiva y malévola como era, pasa a ser inexistente en un segundo,
dejando tras de sí unos labios gruesos, apretados con una seriedad que hiela
los huesos —acepto recomendaciones, solo esta vez. Solo tuyas. Estos hombres
han decidido mucho sobre tu destino, creo que mereces decidir tú un poquito
también.
Jeremy tiembla de una forma que
lo obliga a recostarse contra la pared y respirar muy hondo por unos segundos.
Jamás ha sentido nada así. La presencia de Aidan es como puro fuego que consume
el oxígeno a su alrededor, una presencia monstruosa que se expande hasta
acapararlo todo. Es poderoso.
Y Jeremy no ha tenido nunca ni
una sola probada de poder. Ahora, claro está, este es solo prestado, y solo con
pensar en lo que ese vampiro habría podido hacer con ese poder si él se hubiese
negado a complacerlo noches atrás un escalofrío lo recorre y se siente pequeño
y asustado.
—No me impacientes, cariño.
—advierte Aidan. Su voz es ronca y dulce. Intoxicante.
Jeremy siente un subidón
atravesándolo. La idea de decidir sobre la vida y la muerte. La idea no lo
emociona del todo, como habría esperado, más bien lo abruma, lo asusta. No
siente ganas de vengarse, solo de descansar, de dormir tranquilo, sabiendo que el
mundo es un lugar un poco mejor.
—M-me da igual —responde de
pronto. Su voz no suena tan firme como desearía, pero escucha a esos hombres
horribles hacer ruidos patéticos en respuesta. No sabe si suspiran de alivio o
si jadean de terror ante el destino que les depara al ser dejados en manos de
esa bestia. —, no me importa cómo. Solo los quiero muertos. Quiero que no
puedan dañar a nadie más. Es lo único que quiero de ellos, nada más.
<<Ni su dolor, ni sus
lágrimas, ni su sangre, ni sus súplicas, ni sus disculpas, ni sus almas. No
quiero de ellos nada, más que que se conviertan en eso mismo: nada>>
Aidan le sonríe, aparentemente
complacido por su respuesta, y toma del suelo a uno de los dos fornidos
hombres, aquel que había estrangulado minutos atrás.
El hombre chilla y berrea como un
cochinillo a punto de ser degollado, sus gritos y súplicas pronto fundiéndose
en balbuceos animalescos. Aidan pone al hombre sobre la camilla de operaciones,
bocabajo y sujetándolo quieto por el pescuezo. Lo mira por largos segundos,
gozando de la forma en que se retuerce inútilmente, de los sonidos ahogados que
salen de su boca, de la forma en que la que, cuanto más espera, más se
impacienta el hombre, más histérico se pone, como si el miedo a lo desconocido
lo mordisquease por dentro, desesperado por salir.
—Quieto —sisea Aidan y sus ojos
se entrecierran un poco mientras mira fijamente el lugar donde tiene su mano
apretada, la nuca del hombre.
Su asustada víctima obedece a
duras penas. Aunque el hombre ya no patalea y lucha, revolviéndose con inútil
violencia contra la mesa de metal, tiembla tanto que uno pensaría que es un
movimiento consciente, más que el síntoma de un terror tan profundo que no
tiene palabras para explicarse.
Tanto el hombre lloroso y
agazapado en el suelo como Jeremy se sientan a la vez confusos y tensos. El
aire se siente como un respiro contenido mientras Aidan, con total
concentración, desliza los dedos por la nuca de ese otro hombre, palpando en
busca de algo. No entienden qué pretende, pero la seriedad del momento pesa
sobre ellos como plomo y los hace tensar sus cuerpos y observar la escena sin
atreverse siquiera a pestañear, como si el ruido de los párpados cerrados fuese
a interrumpir la delicada pero misteriosa maniobra que el vampiro parece traer
entre manos.
Aidan agarra la garganta del
hombre con cuatro dedos, cubriéndola entera y asegurándose de que mantiene el
cuello recto e inmóvil, mientras que con el pulgar de esa misma mano pasa por
la nuca, más específicamente, por las protuberancias duras que se le elevan
bajo la piel erizada de su espalda, marcando los huesos cervicales.
Uno.
Aidan cuenta internamente. Su
pulgar traza círculos alrededor del primer hueso, sintiendo la carne deslizarse
y moverse alrededor.
Dos.
Aidan se relame los labios. El
silencio le resulta exquisito y, más aún, saber que dos humanos se lo conceden
obedientemente, demasiado asustados como para respirar bien.
Tres.
El vampiro sonríe con
satisfacción y desliza su dedo más allá de la tercera montañita de carne en la
nuca del hombre, dirigiéndose a la vértebra C4.
La presiona suavemente, como si
bajo la carne hubiese un botón que necesita pulsar, y escucha al hombre
quejarse.
—Cierra la boca —susurra con la
voz más dulce y venenosa que puede rescatar de su interior.
Luego empuja su dedo. Duro.
Jeremy siente que vomitará cuando
lo oye, cuando lo ve. El crujido húmedo podría haber sido otra cosa,
cualquiera, un tablón de madera, una pisada suave sobre un suelo mojado, el
tenso sonido de su mandíbula apretándose… pero no lo es. Lo sabe, pues
puede ver perfectamente como Aidan ha hundido su dedo en la nuca del hombre,
como ha desplazado su cuello unos centímetros más allá de lo natural. Como los
ojos del humano se abierto como platos y, a la par, sus brazos y piernas se han
relajado de inmediato como si fuesen de trapo.
—Perfecto —murmura Aidan con aire
alegre, volteando al hombre paralizado sobre la camilla hasta dejarlo bocarriba,
con sus piernas colgando del final de esta y sus brazos cayendo por los lados
como pedazos de carne inútil.
El hombre mueve sus ojos de un
lado a otro, inundados en pánico, pero de su garganta no sale ningún sonido.
—Tú. —se voltea de pronto,
mirando fijamente al otro hombre. El tipo del suelo se levanta obedientemente.
Mareado, confundido, sin comprender bien nada a su alrededor, pero teniendo la
certeza de que algo ominoso acaba de pasar.
El vampiro hace un gesto con su
índice, indicándole que se acerque, y el hombre da pequeños, patosos pasos
hacia la mesa de metal donde su amigo yace con ojos acusadores e incrédulos.
—Lo he dejado paralizado. No
puede moverse, en lo más mínimo, no puede sentir nada más que su rostro. No
puede defenderse —explica y al hacerlo pone una de sus enormes manos sobre el
hombro de su interlocutor, haciendo que de un brinco en su sitio y solloce.
Mira a su amigo con los ojos
anegados en lágrimas, las manos temblándole.
Jeremy traga saliva. Una parte
dentro de él se regocija al ver a ambos hombres tan indefensos, tan
patéticamente temerosos y sin ninguna salida. Le gusta saber que antes de morir
obtendrán una probada de cómo se siente vivir una de las vidas que ellos han
destrozado. Nada puede replicar ese dolor inconmensurable, intransmisible, pero
un instante del terror que se refleja en sus ojos es capaz de darles un muerdo
del infierno que ellos han creado.
Y Jeremy sabe que esa pizca de
justicia es más de lo que muchos tienen, así que la tomará agradecidamente.
Aidan pone algo en la mano del
hombre que mira con súplica a su amigo paralizado en la camilla. La tensión de
sus músculos hacen que el hombre agarre con fuerza obedientemente el objeto y
no es hasta que siente sus dedos envolverse firmes alrededor de un fino y frío
mango que entiende lo que tiene en la mano.
Lo mira con horror.
<<Un bisturí>>
—Déjalo ciego. —ordena Aidan con
desdén, señalando el hombre de la camilla, que abre más sus ojos y pese a estar
inmóvil y mudo, le suplica a su amigo con una desesperación que no puede
evitar.
El puño que sostiene el bisturí
tiembla y Jeremy jadea de la sorpresa, el horror. La idea de los dos diablos
que lo han perseguido desde el infierno de su infancia hacia la tierra más
firme de su presente para volver a arrastrarlo hasta las profundidades de su
sufrimiento quedándose ciegos, paralizados, sordos, mudos… no le causa
compasión. Pero sí le da miedo la calma en la voz de Aidan al ordenar algo así.
Y la idea de presenciar ese sangriento espectáculo le hace sentir
náuseas.
Mira a Aidan con urgencia, con
terror, pero de sus labios no sale nada.
El vampiro le ha salvado la vida,
le está regalando una venganza, incluso si es más ominosa y dantesca de lo que
él habría deseado, así que decide que incordiar al vampiro solo lograría ser
una muestra de su desagradecimiento. Sería una… petición por ser castigado.
Y ahora que sabe de lo que su
vampiro es capaz, no quiere enfadarlo.
—N-no puedo, no… —lloriquea el
hombre, su mano empieza a abrirse, lenta, delicada como una flor, pero Aidan
cierra su puño alrededor del del hombre, forzándolo a agarrar con fuerza el
bisturí.
Luego el hombre grita y Jeremy no
entiende por qué hasta que oye los crujidos y ve, una vez la mano de Aidan se
aleja, los dedos del hombre alrededor del instrumento médico aplastados y
doblados en ángulos imposibles, exagerados. Rotos.
Aidan arranca un pedazo de tela
del pantalón de su víctima paralizada y la usa para envolver el puño de dedos
rotos y enmarañados de su otra víctima, que grita y aúlla de dolor, haciendo un
nudo fuerte que tiene el bisturí en el centro para que así se le haga imposible
soltarlo.
—Sí puedes —, responde con
simpleza el vampiro. Los gritos y lloros de sus víctimas lo atraviesan como si
nada, pero a Jeremy le hacen temblar el cuerpo entero. —, ahora hazlo.
El tono de Aidan es contundente,
absoluto.
Su víctima solloza y sorbe
disculpas hacia su amigo mientras su mano, un puño sangriento de huesos que
sobresalen, piel colgante y uñas rotas de donde sale un bisturí, se acerca a
uno de los ojos abiertos de su paralizado amigo. El hombre en la camilla cierra
los ojos y el filo de la hoja se detiene sobre uno de sus párpados, incapaz de
contar.
Jeremy escucha el sonido de un
goteo de agua y no se sorprende al ver que el hombre ha mojado sus pantalones y
está goteando hasta el suelo.
—Empuja. Despacio. No quiero que
lo desangres, solo que lo dejes ciego. Si lo matas antes de tiempo… —Aidan se
acerca por atrás al hombre, lo abraza, casi con una dulzura romántica.
A Jeremy se le revuelven las
tripas y cierra los ojos cuando ve la mano de Aidan suavemente envuelta
alrededor del muñón ensangrentado de su víctima, guiándolo despacio hasta que
se empuja firme, lentamente contra el párpado de su amigo, reventando el globo
ocular y llenando su cuenta de un líquido gelatinoso repugnante y, luego, de
sangre. El hombre cierra los ojos y se sacude en temblores intensos, lo único
que lo mantiene de pie es el brazo de Aidan que lo rodea por la cintura y lo
único que hace que su mano siga estable, clavándole el filo a la córnea
destrozada de su amigo, es la mano de Aidan envolviendo la suya rota. El
vampiro susurra el resto de la frase:
—Tendré que entretenerme usándote
a ti por un largo rato ¿Entiendes? Asiente si me entiendes. Vamos.
El hombre asiente o al menos
parece que hace ese movimiento entre otros espasmódicos que retuercen su cuerpo
con asco, miedo y desesperación.
—Abre tus ojos, quiero que mires
lo que has hecho —susurra de nuevo en su cuello, los labios gruesos y
seductores contra su sudorosa piel, su aliento frío erizándosela. El hombre
obedece, aunque no sabe cómo. Saca unas fuerzas titánicas de su interior para
observar entre el borrón de sus lágrimas, el rostro manchado de sangre su
amigo, su cuenca vacía y hundida, con solo el brillo del bisturí en medio de
ella y el manojo de carne y huesos rotos que es su mano sosteniéndolo. Aidan lo
obliga a alzar la mano de pronto, haciéndolo ver como el nervio óptico se
enrolla en el filo de su arma, como lo estira hasta desgarrarlo y arrancarlo
del cuerpo de su amigo. —Buen chico —susurra, apremiante. Burlón. Mientras su
marioneta de carne llora e hiperventila, incapaz de formar una sola palabra, de
ordenar su mente en un pensamiento con sentido. —. Ahora el otro. Y si no miras
todo el rato ahora, te haré cortarte los párpados a ti mismo ¿Entiendes?
El hombre asiente, pálido. Sus
lloros se acallan poco a poco, porque su cuerpo no puede llorar más, no puede
sollozar y berrear y gritar, no son ahogarse, y ahora algo primitivo en su
cerebro necesita tomar el control para ayudarlo a sobrevivir. Jeremy se tapa
los ojos mientras escucha al hombre sorber, clavar, retirar. Escucha la sangre
gotear hasta el suelo de nuevo. A Aidan llamando buen chico a su víctima
y riendo en su oído con una crueldad que jura que lo mantendrá despierto todas
las noches de ahí en adelante.
—Sordo. Ahora lo dejarás sordo.
No voy a poner mi mano para ayudarte esta vez. Si la tuya tiembla demasiado, si
la cagas, voy a dislocarse la mandíbula. A dejarte la boca floja y bien abierta
y a empujar los órganos de tu amigo por ella hasta que los tragues o te ahogues
con ellos ¿Está claro? Vamos. Asiente si me entiendes. Eso es, ahora haz lo que
te he ordenado.
Jeremy no entiende por qué, pero
se sorprende a sí mismo mirando de reojo, satisfaciendo la mórbida curiosidad
de si el hombre será capaz de hacerlo, de cómo alguien sería capaz de
hacer algo así. Y la respuesta es que el hombre lo hace temblando, sujetándose
una muñeca con la mano buena limpiándose los mocos y las lágrimas de los ojos
con la manga de su camisa para tener la visión clara mientras el vampiro, tras
él, lo supervisa, listo para saltar sobre él tras el más pequeño error y
convertirlo en víctima y no verdugo.
Jeremy observa con enfermiza
fascinación como el bisturí se hunde en un oído a un ritmo constante hasta que
encuentra resistencia, empuja y se hunde un poco más solo para salir cubierto
de sangre. Llegado a ese punto, cualquiera habría pensado que el hombre sobre
la camilla estaría ya muerto, pues eso parecía tras una revisión superficial,
pero su amigo veía con horror como cada vez que rozaba la piel de su oído con
el frío metal su pecho subía y bajaba más rápido, como si fuese a estallar.
Una vez termina, el hombre mira a
Aidan, suplicante, y el vampiro le sonríe con sorna.
—El único que sentido que le
queda ya, además del olfato, es la sensibilidad en su rostro. Así que quiero
que te subas a él, a horcajadas, y quiero que le rompas la cara. Pégale una y
otra vez, muchacho, hasta que yo lo decida.
—Por favor… p-por favor ¿No ha
sido ya s-suf-
Aidan lo interrumpe del mismo
modo en que ha hecho antes, cerrando su poderosa mano alrededor de la endeble,
delgada mano del muchacho. Esta vez es la sana y esta, como la anterior, cruje
con una crudeza repugnante justo antes de que un alarido de dolor salga de su
garganta. Aidan suelta su mano, otro guiñapo de dedos rotos, sangre y huesos
partidos asomando por entre las roturas de la piel rasgada, y pone sus dedos
sobre la boca del muchacho, silenciándolo.
—Vas a golpearlo con tus manos
rotas hasta que se ahogue en su propia sangre.
Esta vez Aidan no le pregunta a
su víctima si lo ha entendido. Solo se aleja un par de pasos, como dejándole el
camino libre, se recuesta cómodamente contra la pared, y observa. Sabe lo que
verá. Sabe que va a ser obedecido.
Y lo es.
Jeremy está en constante tira y
afloja con la parte de él que quiere girar la cabeza, taparse los oído y abrir
la boca para vomitar todo lo que hay en su interior y esa otra parte, pequeña,
retorcida, vengativa, que le pide que eche un vistazo. Uno solo, uno pequeñito.
Porque necesita, desea ver cómo esos cabrones han acabado en una miseria
que él jamás, ni en sus más oscuros sueños, habría podido conjurar.
Porque, de algún modo, se siente
un poquito bien que alguien tan poderoso como Aidan lo proteja, que alguien sea
capaz de hacer por él atrocidades que sus inocentes ojos apenas pueden
soportar.
Le gusta saber que otro podría
mancharse las manos de sangre mientras él se mantiene limpio, su piel como la
de un ángel, su cabello blanco de inocencia y sus ojos azules como el cielo.
Jeremy ve, de reojo, como el
hombre mueve la cara de su amigo de un lado para otro golpeándolo con sus
muñones húmedos de sangre. Los golpes se sienten eternos, pues con sus manos
rotas apenas puede pegar y el dolor le impide hacerlo fuerte de todos modos.
Cada segundo que pasa es inundado por el horrible sonido, el húmedo, blando
golpear de la carne ensangrentada contra la carne ensangrentada, el sonido de
las salpicaduras y los sollozos, de la vida de un hombre siendo destrozada, más
no arrebatada aún. Jeremy piensa que jamás se detendrá, que oirá los flojos,
pastosos golpes como el tick tack que cuenta cada uno de los segundos de su
vida. Hasta que escucha un gorgoteo. Una tos húmeda, ahogada. Un gorgoteo más
débil.
Y el inconfundible silencio de la
muerte.
—¡Perfecto! —anuncia Aidan
alegremente, acercándose con pasos vigorosos a la mesa de metal donde su última
víctima viva se descompone en llanto sobre el cadáver de su amigo. —Vamos,
vamos, bájate. No tengo todo el día.
El hombre baja de la mesa a
trompicones, cayéndose al suelo cuando sus piernas son incapaces de soportar el
aplastante peso de sus actos, de su cuerpo cansado, de su férreo destino. Aidan
empuja el robusto cuerpo inerte del hombre que acaba de morir y Jeremy lo oye
caer al suelo con un golpe sordo, sobre un charco de su propia sangre. Después
de eso toma al otro maleante por la cintura y lo alza como a un muñeco,
depositándolo ahora a él sobre la mesa de metal, sentado. El hombre niega y
llora, suplicando algo ininteligible que, de todos modos, a su asesino no le
importa.
—Jeremy, acércate —dice el
vampiro. Su tono tiene la firmeza de una orden, como siempre lo hace, pero en
él hay una cierta dulzura, una cierta delicadeza de la carecía cuando se
refería a los dos otros humanos.
El nombrado siente su corazón
hundiéndose en su estómago como una pesada bola de hierro caliente. Anda con
las piernas temblorosas, las rodillas amenazándole con fallar.
—A-Aidan —dice con un hilillo de
voz, apoyándose en la mesa de metal para no caer al suelo —, n-no me hagas… no
puedo…
El vampiro se voltea hacia él con
una expresión repentina sorprendida, ambas cejas enarcadas y la cabeza torcida
hacia un lado, como si no hubiese entendido bien sus palabras.
—Aidan —continúa el otro,
convencido de que sus súplicas han caído sobre oídos sordos. Temeroso de que la
matanza no sea una venganza que el vampiro le regala, sino que haya devenido un
sádico juego donde está prohibido ser un mero espectador — n-no me hagas matar,
no puedo, no podría… N-no-
Una arcada corta al chico y
Jeremy se dobla violentamente, sosteniéndose la tripa con una mano y la boca
con otra. De pronto una enorme, cálida palma asciende desde su espalda baja
hasta la base de su nuca, donde firmes dedos se enroscan y lo ayudan a enderezarse
de nuevo. Aidan lo abraza por detrás, haciéndolo encarar al muchacho que llora
en la camilla con un cadáver a sus pies.
—No, no, tontito, no llores —dice
en su oído, el mote, el tono… cada pequeña parte de esas palabras rebosa
tantísimo de cariño y amabilidad que Jeremy apenas puede creer que no sea una
cruel burla —. No voy a hacerte matar a nadie, sé que no quieres. Pensé que te
gustaría verlos morir, después de lo que hicieron, de lo que le hicieron a tu
hermana.
La piel de Jeremy se eriza. No se
lo ha contado a Aidan, pero sabe que lo ha visto, sino en su mente, en la de
esos hombres. Quizá ambas.
Se le revuelve el estómago cuando
piensa en ese poder de Aidan que ahora más bien parece una condena: la
posibilidad de acceder a recuerdos tan perturbadores que ni siquiera el peor de
los criminales los confesaría ¿Cómo se mantiene un hombre cuerdo cuando tiene
la capacidad de asomarse a la mente de alguien y ver, desde sus ojos, como
mataron a una muchacha inocente, como profanaron su cadáver aprovechando que
aún no estaba frío? Jeremy entiende por qué Aidan es cruel, porque su
naturaleza hace que ahora, ante la sangre, la muerte y la desesperación, su
estómago resista y su corazón no se ablande ni un poco. Porque es un ser hecho
para transitar la oscuridad y, para ello, necesita estar él mismo hecho de los
horrores en los que se mueve. Hallar refugio en ellos. Placer, incluso.
Jeremy siente la piel
erizándosele cuando Aidan, que lo abraza por detrás y se pega a su cuerpo, le
deja sentir contra su trasero la erección que empieza a formarse en sus
pantalones. Entiende entonces porqué los deseos de los vampiros no son algo
reductible a sexo y sangre, como muchos pretenden, porque son algo peor, algo
que entremezcla ambas inclinaciones, la de vivir y la de matar, y las hace
unirse con nexos sucios y perversos que nadie será jamás nunca capaz de
desanudar.
—Pero quiero que mires —susurra
en su oído y Jeremy se siente de nuevo como si fuese a vomitar. O a desmayarse.
O ambas —, porque voy a morderle y quiero que sepas cuán doloroso puedo hacer
que el mordisco sea. Cuán horrible. Cuán brutal. Quiero que pienses en ello
cuando te muerda, que sepas que, pese a que te dolerá como el infierno, contigo
tendré una gentileza que los demás no tienen la suerte de conocer.
Jeremy asiente y respira
entrecortado, pero despacio. Más tranquilo ahora que el vampiro le hace dulces
promesas de domesticar sus instintos, contener su poder, y todo por hacerle
sentir menos dolor, pese a que eso es todo para lo que sus colmillos fueron
creados.
Así que Jeremy mira. Mira hasta
el final. Mira incluso en los momentos en que querría apartar la vida,
esconderse bajo la mesa y taparse los ojos como un pequeño niño que ha
despertado de una pesadilla.
Mira mientras Aidan toma al
hombre por detrás inmovilizándolo en un letal abrazo. Mira mientras lo aprieta
hasta sacar todo el aire de él y sigue apretando pese al crujido de las
costillas. mita mientras hunde la cara en su cuello y se pronto un reguero de
sangre y gritos lo llena todo. Mira los ojos exorbitados de su víctima. Ya no
el hombre que le arruinó la vida o un marido o un amigo o un traficante o una
persona siquiera, sino algo más básico, instintivo, miedo y muerte. Mira
mientras Aidan retira su cabeza, echándola atrás con gusto para tragar el
primer, glorioso sorbo de sangre, y deja el cuello del hombre aplastado, arios
centímetro más llano de lo que debería por culpa de la poderosa pinza que sus
mandíbulas han ejercido al cerrarse. Mira mientras el hombre vuelve a hundirse
en los oscuros agujeros de rojo y carne negra, profunda y latiente.
Mira mientras Aidan sacude su
cabeza un poco y logra arrancar un pedazo de piel y carne del cuello del
hombre, un pedazo tan grande que lo único que une su cabeza y sus hombros es un
patético colgajo de piel que pronto cede, dejando una cara llena de horror
rodar a los pies de Jeremy. Pero él no se mueve, aunque el cráneo le choque con
los pies desnudos, empapados en sangre, solo se queda ahí, estático, mirando
como Aidan lame la fuente de sangre que es ahora el cuello cortado a
dentelladas del hombre, hasta que pronto esta se agota y, decepcionado, el
vampiro lo empuja al suelo con desdén, amontonándolo sobre el otro cadáver.
—Vamos —dice Aidan sin perder el
tiempo, enjugándose la sangre de la boca con la manga de su camisa, igualmente
empapada. Jeremy lo mira con ojos alertas, músculos tensos y el pecho subiendo
y bajando tan deprisa que parece un colibrí —, te dejaré en el hotel de nuevo.
Jeremy no puede seguirlo, no
puede moverse siquiera, así que el vampiro lo cubre con una manta salpicada de
sangre que hay hacinada junto a otras en una esquinita de la habitación, y se
lo echa al hombro como un mero pedazo de carne. Cuando entra en el hotel la
recepcionista se queda pálida. Mira las pisadas de sangre que deja en el suelo,
sus manos enguantadas en el mismo líquido, su cabello goteante, su boca llena
de muerte carmesí.
El vampiro saca algo de su
bolsillo, un puñado de billetes arrugados, llenos de gotitas rojas que los
hacen sonar crujientes y acartonados, y los deja sobre el mostrador.
—Un mes más —exige señalando con
los ojos al humano —y que el servicio de habitaciones le traiga una comida al
día. Antes del anochecer.
La chica asiente. Apunta.
Obedece.
Pero no se atreve a tocar el
dinero ensangrentado.
Capítulo 63
Aidan arroja al chico a la cama,
todavía envuelto en la enorme toalla que por suerte ha logrado absorber algo de
la sangre que cubre el cuerpo de Jeremy. Tras eso, el vampiro lo desviste o,
mejor dicho, lo desvela con delicadeza, como abriendo un deleitoso regalo. Sus
manos siguen rojas y sus ojos brillan con un hambre que aterra a Jeremy.
—¿Vas a… —no logra acabar la
pregunta. Las palabras no salen, aunque sus ojos hacen evidente su duda cuando
caen con preocupación sobre la intimidante longitud de sus colmillos.
Una vez completamente desnudo y
tendido sobre la toalla blanca, Aidan lo admira. Su chico tiembla incluso pese
a que le ha intentado decir palabras amables para relajarlo y aunque ha
asesinado delante suyo no como amenaza, sino una ofrenda. Un favor que debería
agradecer.
Cuando se asoma a su mente,
intentando comprender el irracional miedo de su humano, se encuentra con la
confirmación de que, así como siempre ha pensado, los humanos son criaturas
simples, debiluchas y ridículas, no muy diferentes de un cachorro que aúlla y
lloriquea porque oye un ruido fuerte, incluso si nada va a pasarle. Jeremy es
igual y ahora entiende por qué tiembla: su mente reproduce los gritos de sus
víctimas, la forma en que fríamente las ha matado, y se imagina a él entre sus
fauces o siendo controlado por sus manos como un títere.
El vampiro suspira, irritado por
la sensiblería del humano, y se inclina hacia él con sus ojos mirándolo con
intensidad, como si quisiera zambullirse en las profundidades de su mirada.
Jeremy jadea de temor.
—Voy a alimentarme de ti cuantas
veces lo desee ¿Queda claro? —Jeremy asiente, tan dócil y bueno que lo compensa
con una sonrisa amable y una caricia en su mejilla —Pero hoy estoy saciado y
tú… demasiado sensible. Así que me contentaré con solo esto.
Jeremy cierra los ojos con fuerza
cuando el vampiro se inclina hacia él, temiendo lo peor. Esperando el dolor. Pero
solo recibe la gentil caricia de unos labios suaves rozando contra los suyos. En
todos sus años entregando su cuerpo a extraños para poder conservar su vida, su
boca ha hecho cosas, la lamido, tragado, probado cosas que le revolverían el
estómago con vergüenza y asco a cualquiera.
Pero es un simple, inocente beso
lo que hace que las mejillas de Jeremy se pongan rojas. Que sienta la cara
caliente y su interior hormigueando con un sentimiento nuevo. Desconocido, pero
quizá bienvenido.
Incluso si es la misma muerte
quien lo trae.
Capítulo 64
No es ninguna sorpresa para Liu
abrir los ojos en medio de la oscuridad de la noche, rodeado de un cómodo
silencio, mantas cálidas de gran suavidad y horas y horas todavía por
dormir antes de que suene la alarma, pero sabiendo que no podrá pegar ojo de
nuevo.
Su insomnio reemplaza el lugar de
Xander las noches que ese demonio no lo visita. Lo levanta bruscamente,
inundándolo de la certeza de que sus párpados pesados o sus bolsas en los ojos
no son argumento suficiente para darle ni cinco minutos más de descanso.
Suspirando, el chico sale de la
cama y atisba el reloj de su teléfono.
Las tres de la mañana.
No tiene hambre. No tiene ganas
de leer. No tiene ánimos para jugar a nada.
Así que se da una ducha lenta
esperando que sus manos jabonosas tallen sus músculos hasta ablandarlos, que el
agua caliente golpeándolos en pequeñas gotas rompa la tensión que los mantiene
tiesos como alambre toda la noche y le hace despertar con el cuello, la espalda
y las extremidades doloridas.
Al salir de la ducha pasa frente
al hueco donde debería tener un espejo y casi agradece que esté roto. No le
apetece ver su cara ahora.
Va directamente a su cama, aún
con gotas de agua cayendo de las puntas de su cabello desordenado y húmedo y
deslizándose por su pecho y su espalda desnudos, trazando el recorrido rápido y
suave, como caricias furtivas. Piensa en las manos de Xander, en sus dedos
fuertes tomándolo con rudeza, pero conteniéndolo para no herirlo, en sus
caricias más gentiles, en el tamaño de sus palmas, que tan fácilmente pueden
rodearle el cuello como si de un juguetito se tratase, en los dedos largos y
cálidos, las venas marcadas que se extienden hacia su antebrazo. Piensa en sus
labios, su sonrisa, sus colmillos. Su lengua. La dulzura de su voz cuando desea
ser seductor, la humedad de su lengua cuando lame su piel, cuando lo besa.
Liu observa una tienda de campaña
formarse vergonzosamente en la toalla que lleva liada a la cintura y esconde su
rostro entre sus manos, resoplando.
<<Me ha tomado contra mi
voluntad. Me ha humillado, me ha poseído como ha deseado. Me ha sometido a sus
deseos. Me ha quitado mi cuerpo y me ha hecho sentirlo como algo
asqueroso, extraño. Algo ajeno.
¿Y ahora me hace responder así al
recuerdo de sus pocos momentos amables? ¿Qué me sucede? ¿Cómo puedo desear
lo que no deseo? ¿Cómo no puedo desear el deseo que nace en mí?
Le odio y ojalá todo fuese tan
fácil que ese sentimiento agotase lo que siento por él. Pero no lo es y eso me
vuelve loco ¿Por qué tiene que ser tan difícil? ¿Por mi carne, mis
sentimientos, se vuelven contra mí? ¿Por qué escogen a mi verdugo?>>
Liu se pregunta si verá a Xander
esta noche, si su figura grande se proyectará sobre la pequeñez de su
existencia como un halo negro de peligro, si los tentáculos de su influencia
volverán a invadir su mente, revolver sus sesos, sus ideas, trastocar su verdad
hasta dejar su cabeza hecha un bobo y manso lío. Xander no viene. En la
soledad de su habitación Liu lleva su mano a la necesidad que palpita rígida y
sonrojada bajo la toalla de la ducha.
Toca su desnudez ardiente con la
palma de la mano, la aprieta y cierra los ojos mientras la muele rápido,
deseando acabar con esto. Obtener su puto, estúpido placer, y limpiarse la
mente del pecado que la invade.
Y termina, por fin, pero su
demonio no es expulsado de su cuerpo, como su semilla lo es. Se teme que nada logrará
exorcizar a Xander de su lado. Y algo en esa idea, en el concepto de no ser
abandonado nunca, le provoca un confort enfermizo.
Ve salir el sol y mira por la
ventana con los ojos posados en la nada hasta que la alarma suena, lo obliga a
centrarse con su chirriante sonido, y él se obliga a sí mismo a tomar un vaso
de leche, vestirse e ir al instituto arrastrando los pies.
En las clases, Liu se duerme
sobre su incómoda silla de madera rígida y enganches de metal, con el runrún de
sus compañeros hablando de fondo y la poderosa voz de la maestra proyectándose
en todas direcciones.
Ningún profesor se atreve a
despertarlo, así que la tarea es llevaba a cabo por el timbre de salida de
clase, que hace al chico levantarse tan abruptamente que todos sus libros caen
al suelo, salvo una hoja de papel que había quedado pegada a su mejilla. Liu la
despega con asco, sabiendo que ha babeado mientras dormía delante de todos.
Vuelve a
casa algo más descansado tras su imprevista siesta, pero la minúscula dosis de
relax que su cuerpo ha obtenido se esfuma cuando llega a casa y el sol empieza
a caer, sabiendo que una vez la noche lo envuelva todo, la presencia de Xander
pasa de ser un mal recuerdo a una nueva posibilidad.
Poco después del anochecer Liu
escucha un par de toques en su puerta delantera. Extrañado, acude a ver quién
es con la idea de echar a esa persona pronto o al menos antes de que Xander
pueda venir y asesinarla por simplemente haberse presentado en la casa
equivocada la noche equivocada. Cuando Liu abre la puerta, sus ojos se abren
con sorpresa.
—¿Alexander? —pregunta, pero el
vampiro no responde más que con una sonrisa socarrona y adentrándose en su
hogar sin invitación. Cierra la puerta tras de sí —¿Desde cuando llamas para
entrar?
—Liu, si te gusta mi nueva
amabilidad, te sugiero que no la cuestiones ¿Queda claro?
El chico asiente dócilmente,
aceptando sin condiciones esas migajas de gentileza que el vampiro ha decidido
entregarle hoy. Luego lo sigue hasta el salón, donde se detiene y mira
alrededor. Xander escanea el lugar, sintiéndose aliviado al encontrar platos
sucios, pues eso significa que Liu ha comido, libros, pues indica que sigue
luchando por estudiar para su futuro, y su ordenador conectado a un mando, ya
que así sabe que ha intentado jugar y distraerse un poco al menos. Luego se
voltea hacia el chico y lo toma de la cintura, atrayéndolo hacia sí. Tiembla
contra la pared de músculo que Xander es, pero no lucha ni se aleja.
—Quiero un beso, Liu —murmura
subiéndole la barbilla con un dedo y bajando su rostro al mismo tiempo —. Sé un
buen chico y dámelo, no me hagas tener que robártelo.
Liu ladea su cabeza ligeramente y
entreabre la boca a la par que hace lo opuesto con sus ojos. Sus movimientos
son sutiles, pequeños, pero invitan a Xander a dar una probada de su dulzura
sin lugar a dudas. Así que lo hace: Xander se inclina para poner su rostro a la
altura del de su pequeña presa y sus labios gruesos envuelvan esa modesta boca
rosada que se le ofrece.
Liu es dulce mientras lo besa,
tratando de seguir sus movimientos, asomando tímidamente su lengua en un
intento de reciprocar los expertos movimientos con los que el otro invade y
recorre su boca. Lo escucha suspirar entre beso y beso, tomar aire y dejarlo
cada vez que separa su boca colmilluda de la del chico para poder verlo a los
ojos y sentir ese chicloso, húmedo ruido que hacen sus labios ensalivados al
alejarse y poco antes de unirse.
Liu jadea en la boca del vampiro,
un sonido ahogado y agudo que el otro devora gustosamente, cuando este lo toma
por la cintura y lo alza con facilidad, harto de tener que agacharse para
alcanzar sus ansiados besos.
El rubio sube a su muchacho sobre
la mesa del comedor mientras aún lo besa. Una mano permanece en la cintura,
dedos grandes clavándose con firmeza en la curva suave y atractiva de esa parte
de su anatomía.
La otra mano, sin embargo, se
desliza bajo la camiseta del chico y hacia su espalda, las cálidas yemas de sus
dedos suben por la depresión de la columna, causándole hormigueos, y hasta que
llega a la base de su nuca, la cual rodea con facilidad para manejar al
muchacho como a un muñequito incapaz de desobedecer sus dedos: tira su cabeza
un poco para atrás cuando quiere profundizar el beso, aprieta su cuello cuando
necesita que Liu abra la boca de la sorpresa y temor para poder empujar su
lengua más y más entre ellos y lo sostiene quieto y dócil para evitar que el
chico se aleje en un acto reflejo cuando, sin querer, sus colmillos cortan el
labio del chico.
—Ah… —Liu gimotea, llevándose una
de sus manos al profundo corte de su belfo.
Xander mira con deleite el rojo
sangre caerle por la comisura y manchar su blanca barbilla. Su lengua borra con
presteza el rastro de sangre antes de que pueda desperdiciarse ni una gota.
—Tus… tus colmillos, Xander
¿P-podrías hacerlos más pequeños? —pide Liu, su tono es tan pequeño, tan
educado y respetuoso.
Xander odia que los
humanos le exijan cosas pues incluso las más desesperadas súplicas se sienten
para él como mezquinas órdenes: le irrita que los mortales piensen que tienen
un mínimo derecho a inclinar sus conductas hacia un lado más afable de su
naturaleza. Pero ahora Liu no le molesta, no con esos ojitos de ángel, tan
brillosos, grandes y enmarcados por largas pestañas. No con esa voz susurrante,
agotada pues el beso le ha robado el aliento.
—Solo mientras me besas —añade,
inseguro, parpadeando despacio mientras reúne el valor de alzar su vista y
hacerla chocar con los ojos rojos que lo miran desde arriba con superioridad.
Liu se muerde el labio por acto reflejo, preocupado por haber enfadado al
vampiro cuando nota que la mano en su cintura y los dedos alrededor de su
cuello se afirman, así como todo el cuerpo de Xander se tensa. —Por favor…
—añade dócilmente y su cabeza se inclina hacia a un lado un poco, como
mostrando su cuello, tan pálido y delicioso. Vulnerable. Una prueba de que él
está en manos de Xander y lo sabe.
El vampiro lo mira conteniendo la
respiración. Sus ojos tan intensos que Liu siente que podían atravesar su
carne, quemarle el alma. <<Oh, humano ¿Qué estás haciendo
conmigo? ¿Qué clase de poder tienes sobre mí?>> se pregunta mientras
siente sus colmillos empequeñecer en su boca, dejando de ser largos afilados
caninos que sobresalen más allá de sus labios para convertirse en dientes no
tan distintos de los de un humano, salvo por una punta en forma de filo que no
puede evitar sobresalir cuando sonríe.
O cuando separa sus labios un
poco, para besar, por ejemplo. Como ahora.
La mano alrededor del cuello de
Liu se relaja y los dedos del vampiro se hunden agradablemente en su cuero
cabelludo, acariciándolo con dulzura. El beso se suaviza también. Xander se lo
toma despacio, primero atrapando los labios del menos entre los suyos para
saborearlos y luego chupándolos, mordisqueándolos, con lentitud y gentileza. Su
lengua los prueba una vez. Dos. Y a la tercera vuelve a invadir la cavidad de
Liu, pero en esta ocasión no busca dejarlo sin aliento, dominar tanto el beso
que Liu no pueda hacer más que simplemente recibirlo, sino que lo besa lento y
suave, moviendo su lengua junto a la del otro chico como instruyéndola,
mostrándole agradables roces para que él los imite. Liu mueve su lengua contra
la del vampiro de forma tímida, pero pronto siente como si sus dos bocas
bailasen al unísonos de una forma hermosa y cálida que casi podría hacerlo
derretirse.
Xander separa su boca de la de su
humano, un fino hilo de saliva aún uniéndolas.
—Hoy… hoy estás siendo mucho más
suave que la otra vez ¿Cómo-
—Tenía hambre —Xander lo corta,
una expresión molesta atraviesa su cara —, no debería estar cerca tuyo cuando
estoy realmente hambriento. No si debo ser delicado.
—¿Hoy no la tienes?
—He cazado estas noches. —pronuncia
esa frase despacio, sabiendo el peso de sus palabras en el chico.
Liu tuerce su boca y lo mira
acusatorio, casi horrorizado por algo que sabe de él desde el inicio. Algo en
lo que consiste su naturaleza.
—Has matado —corrobora, no
como si quisiera preguntar, pues ya conoce la respuesta, sino como si
corrigiese el eufemismo que el vampiro ha usado para tan abyecto acto.
—Como siempre, Liu, sí. He matado
estas noches —le responde sin darle más importancia.
Liu piensa en su familia, en su
mejor amigo, en su mascota. Se pregunta cómo la muerte, algo que él lleva
dentro desde hace años, algo que lo consume, que le quita el sueño y lo
atormenta, algo cuya maldad, cuya irreversibilidad, cuya naturaleza propia lo
enloquece, es, a la vez, algo tan rutinario para el vampiro. Un mero acto de
alimentación. De diversión, inclusive.
—¿Cómo… se siente matar?
Xander alza ambas cejas ante la
inesperada pregunta del muchacho y acto seguido una risa grave sale de sus
labios. Liu enrojece y aparta la mirada.
—¿Planeando algo lúgubre, Liu?
—se burla un poco, a lo que el muchacho solo niega con la cabeza gacha.
—Solo siento curiosidad. Quiero
saber… para ti, para un vampiro ¿Cómo se siente? No tengo intención alguna de
hacer algo yo, obviamente. No querría averiguarlo nunca.
Xander ríe de nuevo. Un sonido
más profundo, más gutural ahora.
—No podrías averiguarlo
nunca, Liu —le corrige él ahora. —Eres una cosa demasiado inocente como para
siquiera desear la muerte a otros
—No lo soy. No soy inocente.
—Xander se queda atónito por unos segundos, totalmente pillado desprevenido por
la respuesta del chico, por su inmediatez, su acidez. La forma de decirlo que
ha sonado tanto como un chasquido amenazante —Puedo desear cosas terribles,
puedo… hacer cosas terribles.
Xander, cuando procesa las
palabras de su muchacho, vuelve a plasmar la socarronería en su cara con una
suave sonrisa.
—¿Deseas la muerte a alguien?
—pregunta con tono burlón, como si creyese que la respuesta es tan evidente
como rotundo es el <<no>> que le atribuye.
—No lo sé. Odio a gente. Pienso
que estarían mejor muertos. —Liu se muerde los labios, piensa unos segundos con
la vista perdida en el suelo —Sí, sí les deseo la muerte.
—Ilústrame, Liu ¿A quién has
deseado alguna vez la muerte? —su tono, así como su expresión, es dinámico,
lleno de interés y diablura.
El vampiro apoya las manos en la
mesa, a los lados del cuerpo del muchacho que tiene enfrente, y se inclina un
poco hacia delante, su rostro rozando el de Liu, que aparta la mirada y jadea
bajito cuando la nariz del vampiro roza la suya una vez y luego otra, en una
perversión de lo que podría ser un beso de esquimal.
—U-uhm, no sé —responde inseguro.
Sus manos tiemblan y sus piernas se rozan entre ellas con nerviosismo —. Hay
unos chicos en mi escuela. Son mayores, como yo, puede que más, y se dedican a
atormentar a gente. Hace poco me pegaban y ahora parece que les he aburrido,
pero golpean a otros, a niños realmente jóvenes que están recién empezando
secundaria. He oído que han intentado intimidar a niñas de esos cursos para que
les pasen fotografías desnudas. A esa clase de personas les deseo la muerte.
Xander lo escucha con atención
mientras habla de los abusones que él conoció tiempo atrás. Le gratifica
cerciorarse de que su pequeña charla con ellos fue fructífera y aunque no le
espanta demasiado escuchar sus fechorías, pues él ha cometido actos mil veces
peores, le gusta la forma en que Liu habla de ellos. En que los juzga y los
condena.
Le gusta lo bondadoso que luce
ofendiéndose tanto por injusticias cuyo peso no recae sobre él. Xander pone una
mano en su cintura y lo acaricia.
—Si los traigo aquí, a esos
chicos, si los sostengo quietos y te doy un cuchillo ¿Serías capaz de matarlos
con tus propias manos?
El chico no responde, pero su
expresión llena de temor y vergüenza es suficiente. Liu aprieta los labios y
cierra los ojos con fuerza ante la idea, como asustado por la propia imagen que
su mente pueda crear.
—¿Lo ves? Eres incapaz de
cualquier mal, Liu.
Liu abre los ojos y ríe. Una risa
corta, sarcástica, que más bien suena como un bufido.
—Me gustaría que tuvieras razón.
Xander frunce el ceño y sonríe
con enormes colmillos. Lame uno mientras su mano derecha asciende por dentro de
la camiseta del chico, acariciando su espalda y presionándola para obligarlo a
curvarse de una deliciosa manera y a acercarse a él. Su cuerpo menudo
deslizándose sobre la mesa mientras el vampiro hunde el rostro en su cuello y
le habla al oído.
—¿Por qué debería reconfortante
la verdad de mis palabras? Tu bondad, tú inocencia… no son de ningún beneficio
para ti, sino solo para aquellos que te poseen. Me deleito con la suavidad y la
dulzura de criaturas como tú, Liu, pero para ti esas cosas son tu perdición.
La gran mano de Xander le
acaricia tentadoramente la espalda a medida que habla. Sus labios le rozan el
cuello y su aliento frío, hechizante, le pone la piel de gallina. Liu se
pregunta por qué el vampiro habla de esa forma tan dulce, tan aterciopelada y
seductora, si sus palabras son veneno puro, una condena.
Se pregunta si acaso Xander
quiere probarlo esa noche, como poco tiempo atrás hizo, pero hoy sí dispone de
delicadeza.
—Aun así —gimotea el chico, un
beso es depositado en su cuello. Casto y corto, pero no por ello despreciable,
pues cualquier roce con los labios del vampiro es un anticipo de su boca abierta
y hambrienta. De sus colmillos —, prefiero ser bueno a…
—¿A fuerte? —Xander sonríe, Liu
nota el gesto contra su garganta, los dientes afilados.
—Si la fortaleza es lo mismo que
la maldad, sí —su voz es un hilillo de voz, aun así, Xander escucha el final de
su frase: —. Aunque lo dudo.
—Oh, Liu, lo es. Te lo aseguro,
sino ¿Dónde está tu fortaleza? —pregunta mientras aprieta su cintura con una
mano y con la otra empuja su espalda más y más, haciéndolo doblarse, echar la
cabeza hacia atrás como una presa indefensa y débil, como para demostrar su
punto.
—Soy capaz de soportar esto. —responde
el otro y ladea su rostro, exponiendo su cuello, sometiéndose a los deseos de
su demonio como si fuesen suyos propios — Soy capaz de soportar las noches sin
sueño —jadea cuando los labios se vuelven a deslizar por su garganta, ahora tan
desnuda que hasta una leve brisa le haría estremecerse —la angustia de no saber
cuándo me herirás. Me gusta pensar que eso es fortaleza.
—Eso es resistencia, Liu —lo
corrige y muerde su cuello un instante. Lo hace flojo, con sus dientes en
apariencia humano, un mordisco juguetón, pero también una letal amenaza —, poco
tiene que ver con el poder que yo poseo sobre ti. Yo no necesito resistir, no
cuando puedo hacer lo que quiera contigo.
Liu piensa en las palabras de
Xander. En la noche que se conocieron. En la primera vez que lo mordió. En la
vez que lo tomó. Y compara esos recuerdos violentos, aterradores, con el
momento presente, con la suavidad con que Xander lo ase de la cintura y le roza
el cuello con labios calientes y deseosos. Con la forma en la que hablan entre
susurros suaves como caricias. Con la forma en que su cuerpo ha aprendido a
responder como a Xander le gusta, pero el de Xander ha aprendido a esperar,
como él necesita.
—Pero no lo haces ¿No significa
que yo también tengo algo de poder sobre ti? Aunque sea un poco. —Liu se
arrepiente de sus palabras tan pronto las pronuncia.
Tan pronto la mano en su espalda
desaparece y la de su cintura viaja a su pecho y lo empuja fuerte hasta que su
cabeza se golpea duro contra la mesa y queda tendido y mareado sobre ella como
un venado golpeado por un coche moviéndose torpe, desordenadamente sobre el
asfalto en un intento de ponerse sobre sus patas temblorosas y huir.
Xander le aparta las manos de un
bofetón en cada una y, sin ellas de por medio, toma la camisa del chico entre
las suyas y la desgarra contra su piel con facilidad. Liu solloza al notar la
tela rasgándose con violencia contra la sensibilidad de su dermis. Tiembla al
sentir como el vampiro le arranca a jalones los pedazos de ropa que le quedan,
dejándolo con el pecho al descubierto, subiendo y bajado rápidamente.
—Valentía tienes, eso debo
admitirlo, sino si no sé cómo has dejado salir esas palabras de tu boca,
humano. —escupe y sus manos se ponen ahora sobre los pantalones color crema del
chico. Liu lleva una mano a las de Xander, no con intenciones de detenerlo,
pues no es tan osado como para agarrarlo y tirar de él como si tuviese la
fuerza como para moverlo, pero sí reposa sus suaves dedos sobre los del vampiro
suplicantemente.
—Al contrario… —murmura mientras
lo acaricia, rezando por ablandarlo —Xander, estoy asustado, por favor. L-lo
siento, no pretendía…
Pero Xander lo mira directo a los
ojos. Sus pupilas gatunas y el infierno que las rodea clavados en el brillante
iris del muchacho. Y le rompe los pantalones también. Mientras le desgarra lo
poco que queda de ropa, desnudándolo con violentos tirones que lo hacen
golpearse y arrastrarse contra la mesa solo para ser bruscamente recolocado por
la gran mano que le abre las piernas y que lo empuja duro para mantenerlo en su
lugar, Xander habla sin dificultad:
—¿Puedes siquiera imaginar las
cosas que podría hacer contigo ahora, sobre esta mesa, dentro de tu propio
hogar donde antes solías sentirte seguro? Podría usarte para mí placer toda la
noche, Liu, beber tu sangre y tus lágrimas, tomarte con más violencia que la
última vez. Romperte de veras con solo un poquito de mi deseo. Y te atreves a
decir que tienes poder sobre mí. Quizá, Liu, deba demostrarte que no. Dar
rienda suelta a mis deseos, al fin y al cabo, estoy cansado de contenerme y tu sumisión
no es algo que pueda conseguir solo obedeciendo tus demandas, puedo someterte
de muchos otros modos, Liu ¿Crees que debería hacer eso?
Para cuando termina de hablar,
Liu está completamente desvestido. Disponible para Xander.
—Xander, t-te lo suplico, ha sido
un error decir-
—Antes me has preguntado cómo se
siente matar. —el humano se queda paralizado y mudo en el lugar, escuchando ese
tono sombrío que lo atraviesa como una lanza.
Mientras habla, Xander recorre
cada pequeño centímetro de su cuerpo con la mirada.
—Liu, debes entenderlo, yo no soy
un humano con algo más de fuerza y unos apetitos de más. Soy esencialmente
diferente. Un humano mata y siente culpa, miedo, siente que ha pecado contra su
raza. Incluso quienes lo disfrutan lo saben: que es algo prohibido, quizá por
eso mismo lo disfrutan. Yo, sin embargo, carezco de esa regla que transgredir:
para mí matar es la norma, no la ruptura de ella. Es lo correcto, lo
instintivo, es lo agradable.
<<Siento poder, siento la
realidad de que yo he venido al mundo para matar y mis presas para morir
fluyéndome por las venas como si fuesen mero alimento. Cuando mato, Liu, siento
una calma que ningún ser humano podrá sentir jamás: me siento en paz con mi
naturaleza, inocente, como la criatura que más allá del bien o el mal
simplemente obedece a lo que tiene grabado en sus instintos.
<<No hay lugar para los
arrepentimientos en mi cuando tengo sangre en la boca. No hay ni una sola
mirada posible que pueda echar a mi presa y haga que la logre ver cómo algo más
que carne. Así que, Liu, creo que te estoy tratando muy bien para ser un puto pedazo
de carne y deberías ser consciente de ello. Agradecérmelo en vez de provocarme
¿O acaso quieres ver de qué soy capaz cuando no me importa romper a mi nuevo
juguete?>>
—No quiero, t-te lo prometo, solo
estaba…
Xander le abre las piernas con
violencia y el rostro todavía serio, inexpresivo. Se sitúa entre ellas y luego
toma de las caderas al humano y lo atrae hacia sí, haciendo que el muchacho
quede con las piernas colgando a los lados de su magno cuerpo.
—Estabas haciendo algo que no
volverá a ocurrir. Dilo.
Las manos se atenazan contra su
cintura como garras. Liu recuerda que lo hicieron del mismo modo cuando lo
enfadó aquella noche, cortándose. Cuando Xander le arrebató el derecho a decir
que no.
—N-no volverá a ocurrir.
—Buen chico. —murmura y su agarre
se suaviza.
—¿X-xander qué vas a…?
—No me mires así —le recrimina,
en sus ojos rubí brilla el deseo y la frustración. Liu ve su propia mirada
reflejada: la pupila tan grande, oscura y brillante como los ojos de un
suplicante y adorable animalito.
Xander se inclina un poco y le
besa castamente los labios mientras su mano derecha baja desde su cintura hacia
su vientre bajo, desde su vientre bajo hacia el hundido espacio entre las
caderas y de ese delicioso espacio donde todo toque se siente mágico, hacia el
sur prohibido de su cuerpo, la zona donde se peca. Liu jadea viendo su cuerpo
desnudo ante el peligro que el vampiro representa. Y jadea otra vez al
percatarse de la vergonzosa erección que ahora, libre, apunta hacia el vampiro
como señalando a su amo, pidiéndole atención. Liu no puede creer las reacciones
de su cuerpo y aparta la vista, abochornado, pero también horrorizado <<¿Ha
sido su cercanía? ¿Sus manos? ¿El beso? No han podido… no, por Dios, dime qué
no han sido sus palabras crueles. Dime que no me está haciendo aprender a
disfrutar de estar asustado, de ser herido, humillado. Dime que no disfruto de
ser cazado>>.
—Me apetece jugar, Liu, hacerte
sufrir un poco, aunque… —su mano rodea el pene del chico, lo bombea arriba y
abajo muy lentamente, deleitándose en las reacciones del chico, su forma de
quedarse tenso y quieto, de jadear cuando muele su erección, de llorar cuando
aprieta un poco más, amenazando con destruir su sexo en la presión de su puño —No
puedo dañarte tanto como deseo si pretendo conservarte… —confiesa, liberando su
erección, y traza el arqueado recorrido con la yema de su dedo índice —Pero no
me parece justo darte placer tocándote después de la forma en que me has
faltado al respeto.
—¿Vas a herirme? —la mano rodea
su hombría de nuevo y Liu pone los ojos en blanco de la impresión.
—Hm… debería, Liu —comenta el
otro, moviendo su pene distraídamente en su mano como si lo hiciese solo para
pasar el tiempo mientras decide como destrozarlo —, me gustaría hacerte daño,
obtener tus bonitas lágrimas en compensación por tu falta de respeto.
—Y-ya estoy llorando —responde el
otro, desesperado, pero eso solo saca una cruel sonrisa del vampiro.
—Quiero más. Aun así, hoy
no te haré daño. Hay otras formas de recordar a alguien su lugar. —comenta
tranquilamente, su otra mano recorre en una caricia la pierna de Liu, desde la
zona angulosa en que se une con su torso, hasta la estrechez de su tobillo.
Cuando lo acaricia, le gusta nota
como el chico tiembla, pero no se mueve. No se protege. Toma la pierna del
muchacho y la maneja a su antojo, poniéndose el tobillo sobre el hombro e
inclinándose hacia su presa, haciéndolo abrirse vergonzosamente para él, poner
a su disposición su deliciosa erección y su entrada
—Voy a hacerte suplicar por tu
placer.
Liu traga saliva. Ha obtenido lo
que quería ¿Cierto? No ser herido. Pero la forma vil en que el vampiro le ha
susurrado esas palabras, la sonrisa confianzuda que tenía en su rostro, como si
supiese que el placer puede ser un infierno todavía más ardiente que un mar de
dolor, lo tienen temblando y lloriqueando mientras el vampiro lo masturba
realmente despacio.
Dirige su otra mano hacia la boca
del chico y empuja sus labios con el índice y el corazón.
—Chúpalos -le ordena —, voy a
follarte con ellos.
Un sonidito agudo y patético
escapa de entre los labios de Liu antes de que los dedos lo amordacen. El
muchacho acepta los dígitos en su boca dócilmente, sabiendo que le conviene, y
los lame de arriba abajo, embarrándolos en su saliva. Xander lo mira satisfecho,
recreándose en la tensa espera que hace que Liu se muestre más y más dúctil
entre sus manos, más y más sumiso, a la espera de no ser herido.
Mientras el chico chupa sus dedos
y lo mira suplicante, sus ojillos llenándose del temor de ser poseído otra vez,
Xander lo masturba. Quiere que su cuerpo lo tema y lo desee, quiere conservar
su naturaleza aterradora, pero obtener también ese delicioso deseo que los
humanos parecen poder sentir solo entre ellos. Quiere que Liu lo mire borracho
de su aroma, su tacto, su placer, quiere que le ruegue ser tocado, que le haga
sentir no ya poderoso, pues sabe que lo es, sino deseado, pues por siglos su
presencia ha sido hermosa solo al inicio, a primera vista, pero indeseable tan
pronto todos han comprendido que su belleza no es sino la de la muerte.
El chico tiembla entre sus
brazos, su respiración acelerándose, sus piernas tensándose contra su enorme
cuerpo, que las impide cerrarse. Xander suelta la erección del chico, que se
estremece y pulsa y nota, por la forma en que Liu golpea sin querer su nuca
contra la madera, frustrado y agitado, que ha estar a punto de llevarlo al
orgasmo.
—No vas a correrte —advierte con
una mirada cruel —, no mientras no ruegues por ello.
Acto seguido retira los dedos de
la boca del chico y los sostiene frente a sus ojos, como enseñándole el jodido
buen trabajo que ha hecho, lo obediente y bueno que ha sido para él,
cubriéndolos hasta el último centímetro en su transparente, viscosa saliva que
los hace brillar y que escurre hacia sus nudillos. Se le erizan los vellos y
jadea viendo los largos dedos, imaginándolos invadiendo su interior sin piedad.
Liu no es capaz de mantener los
ojos abiertos cuando la mano de Xander se dirige a su intimidad. Siente los
grandes dedos deslizándose alrededor de su entrada, acariciándola,
lubricándola, probándola.
Xander envuelve su pene con la
mano de nuevo, ahora masturbándolo más deprisa.
—No tengas miedo—murmura en su
oído, inclinándose de un modo que hace que la pierna suya que el vampiro se ha
echado al hombro duela tensamente —, voy a hacerte sentir placer. Solo placer
esta noche. Pero vas a tener que rogar por él si lo quieres todo. Mírame a los
ojos.
Liu obedece sin siquiera
pensarlo. Abre sus pestañitas perladas de lágrimas y le regala al vampiro una
primera fila al espectáculo de su rostro mientras lo penetra. Y Xander ama cada
segundo. Ama la forma en que se siente cuando empuja muy despacio al primer
dedo y la estrechez de Liu, húmeda de su propia saliva, se suaviza ante su
toque, se abre, acogiéndolo, pero aprieta con temor e inseguridad.
Ama vez como al chico se le
llenan los ojillos de lágrimas por la intrusión, tan brillantes y oscuros como
una noche sin estrellas cuando su pupila se expande, presa de un placer temible
que jamás imaginó, que jamás antes había deseado. Ama ver como olfatea su
propia nariz rosa como un animalillo asustado, como se queda quieto, congelado,
dejándole a él controlar cada pequeña parte del acto. Le gusta ver como Liu
pasa de morderse sus finos, deliciosos labios color pétalo de rosa, a abrirlos
en una pequeña o de donde salen sonidos adorables, agudos, vulnerables, para
luego, cuando empuja un poco más su dedo y ahonda dentro del caliente, virginal
cuerpo de su humano, volver a mordérselos en un intento de acallar los gemidos
vergonzosos y obscenos que salen de su garganta.
Xander tiene la mitad de su dedo
en Liu y el chico siente la tensión, la presión, el tamaño y la longitud
extraños empujándose en sus entrañas para poseerlos, pero no reconoce en
ninguna de esas cosas un dolor desgarrador, como cuando fue tomado, sino una
incomodidad que le advierte que, si su amo no es delicado, el dolor acabará por
tornarse una certeza.
—Despacio, por favor… —suplica el
chico con una voz tan dócil y agradable que Xander desea, por ese instante,
hacerle mucho daño, desesperarlo, asustarlo para que suplique más.
Pero no lo hace. En su lugar, el
vampiro obedece y desliza su dedo dentro y fuera de Liu con movimientos suaves
y gentiles mientras lo mira a los ojos y ve en ellos la inseguridad del
muchacho, su temor y su tensión, pero también su anticipación, su placer.
Nota como su cuerpo se relaja
ante su toque, como sus embestidas lentas y cautelosas lo tornan receptivo y
hacen que su cuerpo se amolde a su tamaño, lo acepte, lo abrace en vez de
estrujarlo. El interior de Liu es suave y cálido, las húmedas y ardientes
paredes a su alrededor se amoldan a su tamaño y su agujero se dilata para él,
para acomodar la estrechez a su intrusión.
Es entonces cuando el vampiro
empuja un dedo más en su interior. A Liu se le escapa un gemido que se escucha
como un aullidito de dolor y su pecho sube y baja rápido cuando vuelve a
sentirse desflorado, abierto a la fuerza por un tamaño que su cuerpo no puede
soportar.
—Respira —Xander le instruye, sus
ojos rojos y colmados de deseo mirándolo directamente. Mirándolo de un modo que
lo paraliza, que lo inmoviliza sobre la mesa y lo hace tomar dócilmente todo lo
que él le dé.
Liu se deja hacer, pese a que
duele un poco, y siente los dos gruesos dedos empujándose entre sus piernas y
penetrándolo despacio, abriéndolo poco a poco, preparándolo. Hay ternura en la
forma en que el vampiro lo embiste con sus dígitos, en la manera en que lo mira
queriendo atesorar cada una de sus pequeñas reacciones mientras, ahí abajo, se
esmera por demostrarle que su cuerpo le pertenece, pero que no lo romperá como
antes sí hizo.
Los dedos húmedos se empujan en
su interior, una y otra vez, y Liu siente la incomodidad desapareciendo poco a
poco para dar lugar a otra sensación, una de plenitud. Se siente poseído y no
ha decidido aún que le parece eso, pero placentero podría ser una de las
respuestas, sobre todo cuando cada vez que gime de dolor o pone una carita quejumbrosa,
el vampiro lo masturba más rápido con la otra mano, ocultando el dolor bajo un
manto de placer.
Liu emite unos sonidos en extremo
vergonzosos cuando Xander hace eso, cuando muele su polla duro y rápido y sus
dedos en su interior lo follan despiadadamente, y es cada vez que lo masturba
cerrando su puño con firmeza alrededor de la sensibilidad de su pene, el placer
lo hace encogerse por dentro, tensarse de una deliciosa manera que hace que su
interior se torne más estrecho y se cierre alrededor de los gruesos dedos del
vampiro, haciéndole terriblemente consciente de su tamaño, de su profundidad,
de los movimientos con los que se arrancan de su tierno interior para volver a
arremeter, de la manera en que el vampiro los separa como tijeras para
ensanchar su agujero, para asegurarse de que un día estará preparado para ser
tomado de veras.
Liu se siente mareado por la
idea, por el placer enloquecedor que la envuelve, pues Xander loe hace sentirlo
quiera o no, pero su cabeza se siente flotar cuando los dedos hallan en su
interior un punto suave y húmedo que presionan, un punto que se siente como un
botón de eyección que lo catapulta al mismísimo cielo.
Tan pronto Xander acaricia el
punto dulce de Liu, el chico se deshace en ahogados gemidos y su cuerpo se
mueve como loco: su espalda se arquea en una bonita curva, su cabeza se ladea,
mostrando y ofreciendo su vulnerable cuello, sus piernas se tensan en un
intento vano de cerrarle las puertas a tan intenso placer y los dedos de sus
manos y pies se rizan como intentando atrapar el hormigueo mágico que recorre
toda su dermis.
Xander empuja sus dedos contra
esa deleitosa zona una y otra vez viendo al chico bajo él sacudirse, gimotear y
hasta tratar de huir de las intensas sensaciones. Su mano alrededor del miembro
del chico es rápidamente empapada por su líquido preseminal y pronto deja de
masturbarlo, pues no es necesario, y solo cierra el puño firmemente a su
alrededor, el pulgar sobre la punta para evitar que su orgasmo blanco se
derrame.
Liu mira con horror su
entrepierna, la negación de su placer, y ve a Xander al rostro con el suyo
suplicante y topándose solo con una sonrisa maliciosa. Xander se inclina sobre
él tensando más la pobre pierna del chico, alzada y recta, forzándolo a contorsionarse
y abrirse con la elasticidad de un bailarín. Hunde su gran boca en su cuello y
empieza a besarlo, despacio, con la amenaza de los colmillos erizándole la piel
a su presa, su mano derecha robándole su orgasmo y la izquierda hondamente
enterrada en él, pero quieta.
Deja al chico respirar unos
segundos tras darle una pequeña probada de lo que tiene preparado para él y
Liu, en sus instantes de descanso, está tan hecho un lío y agotado de ser
atravesado por sensaciones electrizantes como rayos que no habla, solo jadea y
queda flácido sobre la mesa como si fuese a derretirse.
No está preparado cuando Xander
vuelve a empezar: follando su trasero con ambos anchos dedos, sacándolos hasta
dejarlo abierto y palpitante y arremetiendo hondamente contra él un instante
después, hundiéndose una y otra vez en su tierna, rosada carne para atormentar
su próstata. El ritmo es rápido, los placenteros golpes duros, seguidos,
incesantes. Xander lo dedea de una forma salvaje y el chico tiembla bajo su
toque, se retuerce, se le riza el cuerpo, se le hunden las uñas en la madera,
se le escapan sonidos que jamás se imagino haciendo. Gemidos húmedos, rotos y
agudos, notas que solo un ángel siendo atormentado podría entonar. Notas que no
salen de una garganta a menos que sean arrancadas de ella.
Liu siente los golpes hinchando
algo caliente y tenso en su interior. Por cada una de las embestidas se le
llenan más los ojos de lágrimas y nota su cuerpo fundiéndose, como metal en una
forja: incandescente, liquido, maleable.
Xander lo mira con una sonrisa
ladina.
-por favor -suplica Liu, su
lengua hecha un lío en el calor y la humedad de su boca- por favor,
porfavorporfa…
El vampiro lo reta aumentando el
ritmo y deslizando el pulgar en mociones circulares sobre la cabeza del miembro
del chico. Sabe que el orgasmo está cerca, el único que Liu va a haber
alcanzado sin ser estimulado por delante, siendo únicamente follado. La idea se
le antoja tan humillante: un criatura tan dócil que obtiene placer no en ser
tocado, sino usado. Y, sin saber por qué, ese oprobio lo lleva a su límite: Liu
gime larga, altamente, se tensa y algo increíble y devastador le recorre el
cuerpo, como un tsunami de placer, una descarga de cosquilleos, un terremoto
que le muele los huesos.
Y entonces Xander pone la huella
de su pulgar sobre la hendidura de su pene y Liu cree que morirá. El orgasmo lo
recorre y choca con la imperativa negación del vampiro, volviendo dentro suyo.
Liu se siente lleno de placer hasta reventar. Necesita dejarlo ir, necesita
respirar, necesita…
—Quiero que me lo pidas, Liu. —reitera
Xander y está vez sus dedos no se mueven de adentro afuera, sino que quedan en
su interior y acarician ese punto tan terriblemente sensible de su anatomía.
Trazan círculos en su suavidad, presionan su húmeda, resbaladiza protuberancia
y lo recorren de arriba abajo explorando con las yemas. Liu jadea y se retuerce,
niega con la cabeza, hasta que el vampiro lo masturba lento y pausado, teniendo
cuidado de no llevarlo al límite aún.
El baile de los dedos de Xander
dentro suyo le ofrece una base de ininterrumpido placer, uno de una intensidad
constante, uno al que Liu piensa que podría construir una resistencia, pero si
el vampiro lo masturba al mismo tiempo está inerme. No puede luchar contra un
placer lento y continuo, de fondo, y la intensidad creciente de la mano que
muele su sexo.
<<¿Por qué tiene que
sentirse así? ¿Por los toques del hombre que me arrebató mi cuerpo se tienen
que sentir placenteros? ¿Por qué la compañía de un demonio es más cálida y
reconfortante que la fría soledad de mi cama?>>
Liu intenta resistir su impulso
de suplicad, de pedirle, por favor, al vampiro que le deje acceder al placer
que le pertenece. De pedirle permiso al otro como si fuese el amo de su cuerpo.
Pero cuando Xander besa su cuello
Liu se siente débil. Oh, tan débil… y más aún cuando el vampiro baja en un
camino de besos y chupones agradables por sus clavículas, la planicie blanca de
su pecho, la hondonada de su estómago, el ligero protuberar de su pubis y, al
final, cuando el hombre sostiene su polla erguida, apuntando a la sonrisa con
colmillos que porta, y abre su boca, derramando gotas de saliva gruesas y
brillantes como el néctar sobre su pene, lubricando la mano que lo masajea y
haciendo que el sonido que produce sea pegajoso y obsceno.
—Liu, eres una cosita inexperta.
No vas a aguantar mucho más en mis manos, vamos, pídelo antes sé que sea
insoportable.
Y Xander tiene razón: el placer
se torna insoportable. El vampiro cierne sus mandíbulas de poderoso dientes
sobre la intimidad de su presa y aunque Liu echa la cabeza para atrás y cierra
los ojos, aterrado por la imagen de su hombría entre voraces colmillos, no
necesita ver para sentir. Los labios de Xander se prensan contra su base con
fuerza y toda su sensible erección se halla en una cavidad de ardiente y
goteante deseo, la lengua rodea su pene como una serpiente que lo constriñe y
la fricción de su musculoso órgano ensalivado es tan placentera que Liu quiere
rogarle a Xander que vuelva a solo masturbarlo.
Mientras chupa su excitación, el
vampiro sigue jugueteando con su próstata con movimientos ligeros, casi
tímidos, que hacen que las oleadas de placer lo inunden una tras otra.
Liu lloriquea. Nota el cuerpo
húmedo, sabiendo que ha hecho sobre la mesa un vergonzoso lío de lágrimas,
saliva, sudor y el líquido de su anticipación y su deseo.
Se tensa y sus ojos ruedan atrás
en sus ciencias, dejándolos tan en blanco como su cabeza. Sabe que ahí viene
otro orgasmo, más poderosos que el anterior, que lo dejó como descarnado, y
sabe que de nuevo el orgasmo se volverá contra él como un aguijón que se le
clava en lo más hondo. Y así es como sucede y Xander goza de ver, desde su
lugar, como a Liu se le enrojece el rostro, sobre todo sus mejillas arrebol, la
adorable punta de su nariz y esa hermosa, pequeña boca. Ama como parpadea
despacio, agotado, y sus grandes y oscuros ojos de cachorrito se vuelven a
anegar en lágrimas.
—Por favor… por favor… —Liu
implora, pero el resto de palabras no salen de su boca, solo ruidos rotos y
patéticos que lo hacen romper a llorar porque no puede más.
El rubio vampiro retira de pronto
los dedos de su interior y cuando el chico cree que por fin se ha apiadado de
él, JB nuevo horror le tira de las entrañas al sentir un beso en la ingle y
luego en la nalga derecha. Observa con desesperación como el vampiro lleva su
lengua llana a su recién dilatado agujero, como lame el rosado anillo muscular
para lubricarlo más y más, regalándole sensaciones que le erizan la piel tanto
Liu siente el escalofrío calándole en los huesos. Y luego nota que algo más
grueso, húmedo y largo que los dedos del vampiro lo penetra: su lengua.
Liu siente su cuerpo temblar como
un jodido terremoto mientras el puño del vampiro exprime su excitación
moviéndose rápido, apretado y jodidamente frenético y su lengua lo abre con ese
tacto grueso y carnoso que lo empapa por dentro, ese tacto mucho más preciso
que sus dedos y que se desliza fácilmente hasta llegar a su punto dulce y lo
lame, lo golpea, lo tortura.
—¡Por favor!
—¿Por favor qué, Liu? —pregunta
el hombre, su lengua de vuelta en su boca y el chico obteniendo lo más cercano
a un descanso.
Cuando no obtiene una respuesta,
Xander llena el silencio con los gemidos de su presa, pues su lengua nuevamente
bordea el anillo muscular del chico, probándolo antes de la intromisión. Liu
entra en pánico cuando siente el musculoso y viscoso órgano empujando contra su
abierta entrada. No podrá soportar ser lamido de nuevo de ese modo. No podrá.
Pero lo hace.
Xander vuelve a probar la dulzura
de su placer y Liu vuelve a sentir la tensión en su cuerpo. La explosión
hinchándose en hinchándose en su interior y, finalmente, el dolor terrible de
ser forzado a no poder estallar.
Por primera vez en un largo
tiempo, Liu se resiste. Sus piernas golpean como en una pataleta y sus manos
van directas al puño del vampiro, queriendo forzarlo a que aleje sus dedos
rígidos como candados de su sexo y que lo deje por fin correrse. Xander sube su
rostro, dejando su trasero tranquilo por unos minutos, pero el descanso de Liu
es una mera apariencia: sus dedos empiezan a embestirlo de nuevo y ahora que su
interior gotea saliva, entran tan fácilmente que permite follarlo con verdadera
violencia haciendo uso de sus falanges.
—¿Crees que así conseguirás algo?
—pregunta duramente el hombre mientras una de sus manos tortura la próstata del
chico y la otra empieza a masturbarlo, ignorando los dedos débiles y
temblorosos que tiran de ella —¿Crees que puedes decidir donde pongo mis manos?
Tú cuerpo es mío, Liu, no me hagas recordártelo. No me hagas hacerte daño.
El chico pone los ojos en blanco
y cae fulminado sobre la mesa con la espalda arqueándosele dolorosamente.
Xander sabe que acaba de arruinarle otro orgasmo. Sonríe y sus manos lo
masturban con más vigor, decididas a no darle tregua.
Antes del siguiente clímax
enquistado, Liu se rinde.
Con voz rota y hermosa como la de
un muñequito, solloza:
—P-por favor… por favor… Xander,
d-deja que me corra.
El vampiro escucha su súplica tan
colmado de placer que deja ir un ruido grave desde el fondo de su garganta, un
profundo gemido de alivio, de éxtasis. Decide no responder al chico más que
follándolo salvajemente con sus dedos y aumentando el ritmo con la otra mano,
el pulgar todavía sobre la pequeña hendidura goteante.
El vampiro espera. Y espera. Y
cuando Liu vuelve a arquear su espalda a rizar sus dedos, a gemir y gritar como
si supiese manejar su lengua ni el volumen de su voz, Xander ordena:
—Pídelo de nuevo.
Liu sabe que está a punto de
correrse o de morir. Porque si no lo hace siente que su cuerpo se rendirá, que
dejará de respirar, que sus células se convertirán en mero vapor de agua.
—¡P-por favor Xander déjame
correrme, por favor, por favor, por favor!
El vampiro, deleitado con la
desesperación de sus súplicas, desliza el pulgar fuera de su camino y contempla
con diversión la forma en que la excitación de Liu estalla en una lluvia de
cremosas tiras blancas que le caen sobre el vientre. Por cada una su cuerpo se
tensa y se relaja, su voz siendo arrancada de su garganta violentamente, sus
dedos gruesos empujándose contra su punto más sensible para exprimir más y más
de su placer blanco y su mano apretando con fuerza su pene hasta que la cabeza
enrojecida es incapaz de continuar y el cuerpo de Liu yace lánguido sobre la
mesa.
Sus miembros flácidos, sus ojos
cerrados. El único indicador de que está vivo es su pecho que sube y baja
deprisa y el agitado sonido de su respiración.
-Xander, por favor, no puedo más.
Por favor, d-déjame por hoy
El vampiro mira al chico con
curiosidad. Con diversión, pues ¿Cómo puede el mismo muchacho pedir que se
largue con la misma boca con la que ha lubricado los dedos que ahora lo hacen
jadear, empapado de semen y saliva? ¿Cómo puede despreciar su compañía, cuando
él le ha dado placer?
Xander siente la ira
arremolinándose en su interior. Sabe que ha sido rudo. Sabe que Liu estaba
asustado. Pero no sabe cómo hacerlo mejor. Como ofrecer un regalo tierno,
deseoso y bonito a un ser tierno, deseoso y bonito al que ama, pues sus manos
están hechas para agarrar, no sostener, y su boca para morder y no besar.
No entiende cómo puede logar que
Liu suspire de gusto cuando él termine de tocarlo y le pida más o le mire con
ojillos somnolientos y agradecidos y le diga cuan gozoso ha sido ser tocado por
él. No entiende, de nuevo, cómo obtener un amante y no una presa.
Pues no sabe cómo ser un amante
él tampoco.
—He leído tus pensamientos antes,
Liu ¿Cómo puedes desear que me vaya cuando en tu fuero interno admites que mi
compañía te hace sentir menos miserable, menos solo?
<<¿Cómo puedes rechazar mi
compañía cuando a mí la tuya me quita tanto la soledad con la que llevo
cargando ciertos de años? ¿Cómo hacer este deseo que siento por ti recíproco?
¿Cómo lograr que me necesites tanto como yo te necesito? No somos iguales
¿Significa eso que nuestros deseos están condenados a ser antagónicos? ¿Que
cuanto más quiera conservarte cerca, más querrás escurrirse de entre mis brazos
y huir? ¿Significa que solo puedo conservarte si te apreso? Quiero acariciarte
sin encadenarte. Quiero que seas mío. Tan mío que quieras serlo>>
Dolido, el vampiro no deja
siquiera a Liu responder. Su figura se esfuma ante su vista como si sus
contornos se desdibujasen y su contenido se fundiese en la negrura de la noche.
Liu, confundido, se yergue sobre
su mesa y sabe que Xander tiene razón en la misma medida en que no la tiene: lo
extraña con todo su ser, pero a la vez su marcha es un alivio. Le gustaría que
Xander fuese siempre como cuando conversan o como cuando su mano lo acaricia de
un modo que parece pedir permiso, respetar sus límites. Sin embargo, es tan
fácil despertar esa bestia extraña y voraz que lleva dentro, tan fácil hacerlo
enfadar o ponerlo demasiado alegre y deseoso, tan fácil ofenderlo cuando Liu
solo está intentando no sentirse humillado. Y las reacciones de Xander siempre
le hieren: o bien la carne o bien el orgullo.
Hoy su cuerpo no duele, pero su
alma pesa, pues siente que su cuerpo, una vez más, es algo que ha pedido
prestado. Un juguete que otro le deja conservar solo una vez lo ha usado por un
rato.
Quizá el dolor había sido mejor
que el placer, así, al menos, su cuerpo protestaría contra lo que el otro le
hace, se revelaría contra el toque de las manos de Xander con sensaciones
desagradables como toxinas. Con el placer, sin embargo, Liu siente que está
perdido entre las redes de esa oscura criatura.
Capítulo 65
Aidan se lame los dedos. Recorre
la longitud de sus falanges una a una, despacio, abarcándolas con el ancho de
su lengua hasta que el rojo brillante desaparece como un telón que se alza para
desvelar la palidez de su piel.
No es una sangre excepcionalmente
deliciosa, pero, como toda la sangre, es tan buena que jamás se le ocurriría
quejarse. Lo suficiente como para que haya matado al hombre más rápido de lo
que pretendía, desangrándolo cuando solo quería darle una probada antes de
empezar a divertirse.
No le ha sido difícil
encontrarlo. Al fin y al cabo, por mucho que se lavase las manos ese doctor
tenía impregnado en cada uno de sus dígitos el aroma de Jeremy. De su cuerpo
abierto. De manos que revuelven en órganos sanos y arrancan uno o dos, como quitándole
pétalos a una hermosa flor.
Ahora ya no podrá hacerlo de
nuevo, aunque no es que temiese que el mismo hombre fuese a dañar a Jeremy.
Nadie se atrevería, después de cómo dejó su quirófano clandestino, pero
simplemente tenía que matarlo a él también. Mostrarle que los actos tienen consecuencias
y que los vampiros son criaturas ansiosas por administrarlas.
Además, el vampiro realmente
necesitaba algo para calmar su hambre. No para saciarla, pero sí para
asegurarse de que no perdería el control en su plato principal. Salvó a Jeremy
pocos días atrás y, desde entonces, su hambre no ha tenido demasiado para crecer,
pero aun así le preocupa que incluso una pizca sea demasiado. Al fin y al cabo,
es todavía un novato en el arte de morder sin matar y no quiere arruinarlo todo
cuando hunda sus colmillos en Jeremy.
Tras lamer y, más adelante,
limpiar a consciencia en la ducha la sangre salpicada sobre su cuerpo, Aidan
deja su cabello azabache y negro húmedo, cayendo en cascada por sus hombros, y
aparece tan rápido frente a la puerta de la habitación de hotel de Jeremy que
las puntas de su cabello aún dejan caer gotitas sobre la moqueta.
Tan pronto el vampiro gira el
pomo y entra en el lugar, Jeremy clava sus ojos grandes e ilusionados en él. Se
tornan brillosos ante su visión y en la cara del chico se pinta una enorme
sonrisa que rápidamente deshace, apartando la mirada con vergüenza.
—P-pensé que no vendrías.
—confiesa el chico jugando con sus manos. Aidan encuentra adorable la forma en
la que el chico se acaricia el dorso de las manos cuando está nervioso, como
buscando calmarse a sí mismo.
—¿Lo habrías preferido así? ¿Qué
olvidase nuestro acuerdo y renunciase a probar tu sangre? —Aidan habla de forma
juguetona, adentrándose en la habitación y cerrando tras de sí.
Se despoja de su chaqueta de
cuero negro, dejándola en el pomo de la puerta pulcramente colgada. Jeremy mira
con ojos ardientes lo bien que le sienta al vampiro la camisa de tirantes negra
que lleva debajo, la cual resalta la palidez de su piel y se funde con la
oscuridad de su cabello. Deja ver sus brazos de esculpidos y grandes músculos y
se abraza a la estrechez hermosa de su cintura.
—En absoluto —responde el
muchacho delicadamente —. Me gusta que vengas y… quiero cumplir mi parte del
trato. Aunque me dé miedo.
Aidan le sonríe carismáticamente
mientras se acerca a la cama. Jeremy suspira por la forma en que el otro se
mueve dentro de la estancia, tan elegante y silenciosa, un andar felino
rebosante de confianza. La blancura de su piel brilla cuando se inclina hacia
él, subiéndose al lecho y situándose bajo la luz que hay sobre el cabecero de
esta. Su cabello lacio y oscuro, aún húmedo, absorbe la luz como si le
perteneciera y en él brilla lo que pareciera un halo de luz divina.
—Es una suerte que mi compañía no
te perturbe, Jeremy, porque voy a requerirte cerca muy a menudo. —el vampiro
baja su tono de voz a medida que habla, no con timidez, sino con una especie de
secretismo que Jeremy siente prohibido, provocativo. Su voz tornándose más
ronca, su cuerpo avanzando en la cama, gateando hasta que Aidan está sobre la
figura tensa y ansiosa de su juguete humano —Y debajo mío unas cuantas veces
también.
—Te reservaré un hueco cada
noche, si así lo deseas. —responde Jeremy casi sin aliento, enrojeciendo al
hacerlo. <<Sueno tan desesperado…>>
—¿Un hueco? —inquiere Aidan
enarcando una ceja y mirando al chico con extrañeza. Tuerce su cabeza y Jeremy
asiente.
—Una hora donde no atienda a
otros clientes, solo para ti, para cuando desees verme. —le explica amablemente
el chico, pero no espera la risa burlona que obtiene en respuesta.
—Oh, Jeremy, no vas a reservarme
un hueco. Me reservarás el resto de tus noches enteras. —aunque Aidan habla con
una sonrisa en su cara y le pica la nariz al humano con el dedo al decir eso,
su tono juguetón esconde bajo él la firmeza de una orden y Jeremy lo nota.
Traga saliva —No tengo interés en alguien más posando sus manos sobre algo que
me pertenece. No soy un cliente más, ni siquiera uno especial. Soy el único.
—Aidan prácticamente ruge la última palabra, eliminando cualquier ambigüedad en
su tono. Ahora suena demandante, serio.
—P-pero Aidan —murmura y nota el
fuego encenderse en los ojos del otro. La voz de Jeremy tiembla y sus ojos
necesitan urgentemente rehuir los iris infernales de su amante —, no quiero
enfadarte, de veras, pero no puedo dejar mi trabajo. Necesito el dinero. —dice
en lo que suena como un lloriqueo. La mirada de Aidan se suaviza un poco, pero
su rostro sigue estoico —Esta es la primera vez que no duermo a la intemperie o
en una casa abandonada, no tengo nada más que lo que gano cada noche y…
—Necesitas clientes para obtener
ese dinero, Jeremy, y te aseguro que si ves a uno solo más asesinaré a todos
los hombres que tengan la más mínima intención de hablarte. —la piel de Jeremy
se eriza y siente el frío de las palabras del otro calarle hasta los huesos.
No por el contenido de su amenaza
o no solo por ello, por lo menos, sino por la manera en que dice esas palabras
como si fuesen poca cosa, hablando casualmente incluso cuando sabe que no va de
farol al amenazar la vida de decenas, cientos de hombros
—Yo no comparto. Y tú no vas a
seguir tomando clientes a menos que desees que convierta las calles en ríos de
sangre.
—Aidan, n-no estás siendo
razonable. Moriré de hambre si no…
La mano de Aidan lo interrumpe de
golpe. Sus dedos lagos y poderosos envolviéndose en la finura de su garganta.
Jeremy entra en pánico hasta que nota que el vampiro no está apretando su
cuellito entre sus dedos, solo sosteniéndolo quieto y obediente. Callándolo.
—¿Crees que no puedo cuidar de
mis cosas? ¿Que pretendo follarte y morderte, pero no alimentarte y cuidarte
para que sigas apetecible y hermoso para mí? No seas tontito, Jeremy, te daré
el dinero que necesites y más. Pero no vas a dejar otras manos posarse sobre tu
cuerpo. Jamás ¿Entendido?
La mano alrededor de su garganta
se tensa, apretando levemente. Jeremy jadea y tiembla, débil ante el vampiro.
Ante sus palabras y sus promesas, ante el tacto de su piel y la violencia que
los dedos firmes alrededor de su carne insinúan.
—S-sí…
—Bien —la sonrisa del vampiro es
indescriptiblemente bella en ese momento. Tan amplia y brillante, los labios
carnosos, rosados. Su expresión, pese a los colmillos y los ojos rojos, luce
afable. Complacida. Y Jeremy siente en su interior inmensas ganas de darle a
ese hombre todo lo que desee para que siga bendiciéndolo con su hermosa
presencia —, ahora ¿Por dónde íbamos?
—T-te había dicho que quería
cumplir mi promesa. Ofrecerte mi sangre. —especifica con un tono ahogado, bajo.
Hay inseguridad en su voz, pero a Aidan solo se le antoja más atractiva así.
El vampiro aprieta un poco más la
mano en el cuello de Jeremy, ahogándolo de verdad por unos segundos. Y observa
como el chico se tensa, como aprieta los puños, como se muerde el labio y
cierra los ojos, pero en ningún momento se atreve a posar sus manos sobre la de
él.
Más complacido aún que antes,
Aidan alivia la presión de su agarre y, con el pulgar en la mandíbula del
chico, lo fuerza a ladear el rostro y exponer su deliciosa garganta. Su piel
inmaculada y suave se le antoja tan fina entonces al vampiro, un manto que tan
siquiera logra ocultar bien el color, las pulsaciones, de esa gruesa y jugosa
vena que recorre su cuello, la misma cuyo calor siente contra los dedos
irradiándose hacia afuera como pidiendo a gritos derramarse para él.
—Tan complaciente, cosita…
—susurra sobre la desnudez de su cuello, deleitándose con la forma en que la
piel se eriza bajo la frialdad de su aliento como si este fuese la más suave de
las caricias. Se inclina más cerca y lo besa, su delicioso calor empapándole
los labios —¿O acaso fantaseas con mis colmillos en tu cuello?
—Con tu boca, quizá —admite
Jeremy, el rubor en sus mejillas es peor que cualquiera de las miles de veces
que ha tenido que decir, no, chillar obscenidades de toda clase para sus
clientes. Quizá porque esta vez es genuino. Porque siente que es él, al ser
tocado por el vampiro, quien está recibiendo un servicio por el que jamás podrá
pagar —, pero no con tus colmillos. Me dan miedo, pero me salvaste la vida.
Los recuerdos causan un ramalazo
de tensión y dolor en el cuerpo entero de Jeremy. Los recuerdos no de lo que
Aidan le hizo aquellos hombres, sino de lo que ellos le hicieron a él, a su
hermana. A su dulce muñequita, la luz de sus días, su ángel guardián de carne y
hueso. Y sangre.
—Relájate —Aidan susurra en su
oído.
Puede ver en su interior el dolor
de los recuerdos, la frustración y el arrepentimiento por haberse salvado él
mientras no pudo salvar a la única persona a la consideró su familia. Aidan ama
ver a criaturas revueltas de miedo y dolor, pero Jeremy, su pequeño, nuevo
juguete, es mucho más hermoso cuando tiene solo una pizca de esos en un vasto
mar de placer. La mano derecha de Aidan se coloca en el hueco entre las sábanas
y la arqueada espalda de Jeremy, levantándolo un poco hasta pegar sus vientres
bajos, el suave, delgado estómago de Jeremy contra la dureza de los músculos
del suyo. Y, más abajo, otras rígidas zonas también se unen.
—¿Serás cuidadoso si te lo pido?
—pregunta el humano batiendo sus pestañas color nieve. Color inocencia.
Aidan le sonríe con dulzura, pero
no le miente:
—Todo lo cuidadoso que se puede
ser cuando uno desea devorar a otro por completo.
La sonrisa de Jeremy desaparece y
en su rostro se imprime la zozobra. Su cuerpo tiembla, su respiración se
acelera. Aidan lo aprieta más fuerte porque incluso cuando el chico no está
huyen do, puede oler sus ganas de hacerlo.
—¿Es muy insoportable? El dolor,
digo… —un escalofrío lo recorre y tensa su cuerpo de nuevo cuando su mente le
escupe una respuesta en la forma del eco de los gritos de los hombres a los que
Aidan mató frente a sus ojos. Al tensarse, sus caderas suben un poco y rozan
incómodamente las de Aidan, anulando el espacio entre ellas, uniéndose de una
manera vergonzosa que el vampiro solo refuerza apretando más su mano en la
espalda baja del chico.
—Debo confesar que está es la
primera vez que morderé a un mortal sin intención de matarlo y hacerlo vivir un
infierno antes de morir.
Jeremy debería sentirse
preocupado ante esas palabras
De hecho, siente una congoja a en
su corazón cuando teme que la inexperiencia de Aidan sea su perdición, pero no
puede evitar que un sentimiento más grande lo abarque todo, uno que le hace
sonrojarse y sonreír un poquito porque, de un modo u otro, Aidan acaba de
confesarle que él se será su primero en algo. Que es especial.
—Espero hacer que merezca la
pena.
—No te preocupes, Jeremy, la
vale. Ahora sé bueno y respira hondo. Relájate para mí.
El muchacho quiere replicarle que
es imposible, que su cuerpo no puede hallar tregua, no frente a él, que lo
aterra y lo prende a partes iguales. Pero Aidan parece decidido a hacerlo
sentir débil, con las rodillas temblorosas y la carne en todo su cuerpo
sintiéndose como mantequilla fundida: Suelta su espalda de golpe y con sus
caderas empuja al chico contra el colchón, lo aplasta de un poderoso embate que
prensa el duro contorno de su excitación contra la entrepierna latente de
Jeremy. El chico gimotea por la brusquedad del contacto, preguntándose si el
vampiro, sediento de sangre como lo está, va a follarlo así de violentamente
también antes de morderlo. O después. Jeremy tiembla <<O
durante>>
El pulgar de Aidan aprieta la
zona blanda entre su oído y su mandíbula sintiendo en la yema su pulso
acelerado y a la vez manteniéndolo disponible mientras hunde su rostro en su
cuello y desliza la fría punta de su nariz por la curva de su garganta, desde
el nacimiento de su pelo, casi en la nuca, hasta el lugar donde su cuello se
une con su hombro.
Jeremy jadea y se encoge bajo la
caricia, notando como el otro inspira su aroma, olisquea la dulzura de su piel
con hambre y ansia y una espera que sabe que desembocará en un Aidan frenético.
Aidan empieza a moler sus caderas
contra las de humano bajo él, rodándolas lento y duro hasta que toda la
longitud de su excitación recorre la de la de Jeremy y lo hace temblar de
placer. La mano en su cuello se afirma de nuevo y lo ahoga, pero esta vez su
pulgar aprieta el cuello desde su base, dejando espacio libre para posar su
boca y chupar.
Jeremy se siente morir cuando el
vampiro cierra sus labios contra su piel y siente el dolor de una punzada. Se
pregunta si acaso eso es el mordisco, quedándose rígido, los pulmones ardiendo porque
la mano en su garganta no le deja respirar, la cabeza dándole vueltas… y
entonces se siente estúpido al notar que Aidan no está mordiéndolo, solo
chupando la piel de su cuello para dejarla amoratada, tierna, receptiva.
Aidan lame su piel, la succiona
con ímpetu, la mordisquea juguetonamente mientras su venosa mano se cierra más
y más contra el cuello del mortal. Aumenta la presión hasta que los ojos del
chico tienen dificultades para permanecer abiertos, hasta que su respiración se
vuelve superflua y su corazón va tan rápido y desesperado como el de un
colibrí.
Le suelta del cuello de pronto y
lo toma por el cabello, moviéndole la cabeza hasta hacerle encararlo. Jeremy
está mareado, con bonitas marcas de dedos alrededor de su garganta como un
collar y un enorme chupetón a un lado con la forma de su boca.
—Buen chico —Aidan halaga,
inclinándose para besarlo en la boca muy despacio, dejándole breves instantes
para que respire.
Jeremy está relajado ahora, no porque
su corazón se haya calmado, sino porque la mano de Aidan ahogándolo ha dejado
su cuerpo forzosamente flácido y débil. Siente sus voraces besos sobre los
labios y, luego, grandes manos apretando su cuerpo, apartando a ropa.
Jeremy gime en la boca ajena
cuando nota la tela de su camiseta blanca desgarrándose contra su piel,
violentos tirones arrancan los girones que de ella quedan, dejando su torso
desnudo, los hermosos pezones rosados decorando su pecho raso como flores recién
abiertas.
Los besos de Aidan bajan de su
boca a su barbilla, de su barbilla a los hematomas de su garganta y de está a
las clavículas y luego a sus pezones. Con una mano Aidan atrapa uno y lo masajea
despacio, calentándolo con sus dedos, rodeando la aureola hasta que todo está
rígido y excitado. Con su boca atrapa el otro y Jeremy chupa aire de la
impresión, temiendo que el vampiro lo pruebe con la misma rudeza con la que ha
probado su cuello. De vez en cuando, pinza los piercings de Jeremy entre sus
dedos o sus dientes y estira ligeramente.
Aidan chupa hasta que se siente
que su pezón está siendo pinzado y estirado. La sensación es intensa, agradable
con un aguijonazo de intenso dolor en medio. Libera su empapado pezón y desliza
la lengua llana por él, mostrándole a Jeremy con orgullo como ha rodeado ese
sensible parte de su anatomía con marcas de dientes.
Jeremy echa la cabeza hacia atrás
¿Lo morderá ahí cuando decida beber su sangre? La idea lo marea. Los besos de
Aidan bajan y bajan y pronto su boca se topa con el elástico de su ropa
interior, pues no lleva pantalones.
La muerde con delicadeza, como si
fuese a sujetarla y bajarla con los dientes, pero luego Jeremy queda perplejo y
tembloroso al ver cómo el vampiro desgarra la tela con los colmillos. Como
rompen tan fácilmente el tejido y rasgan sin que tenga apenas que apretar…
traga grueso al ver su erección saltar fuera de sus rasgados calzoncillos y
sacudirse cerca, oh, tan cerca de los colmillos de Aidan.
Una vez el chico está desnudo por
completo, Aidan vuelve a subir por el cuerpo de su presa. Su mano alrededor de
su cuello, el pulgar forzándolo a ladear la cabeza y su boca hundida en ese
lugar de piel tierna y venas grandes.
Empuja sus caderas contra las del
chico cuya piel desnuda recibe los movimientos con más sensibilidad. Aidan
muele sus caderas contra las de Jeremy por unos segundos más, disfrutando de su
vulnerabilidad, de lo sencillo que le resulta torturarlo de ese modo.
Luego lleva una mano a su propio
pantalón. Jeremy escucha el cierre bajándose, el roce de la tela contra la piel
tierna y luego el vampiro pateando sus pantalones hasta tirarlos al suelo. Mira
a Aidan. Se muerde el labio. <<No tiene ropa interior>>
La mano en su cuello vuelve a
forzar su cabeza contra la almohada. Su cara a un lado.
—Abre las piernas —ordena Aidan
contra su cuello, besando sin parar la zona que ha amoratado antes. La que
planea morder.
Jeremy siente la caliente
erección de Aidan presionada con fuerza contra la suya propia, su longitud
dura, venosa y palpitante rebasando el tamaño de su hombría y empujándose
contra la suave carne de su vientre. Jeremy siente escalofríos al recordar el tamaño
de Aidan y la forma en la que cuando lo poseyó por primera vez su polla
protuberaba en su vientre bajo, tan grande que su cuerpo no podía apenas
contenerla y no habría podido tomarla sin romperse de no ser por su amabilidad.
—Abre las piernas. —ordena Aidan
de nuevo y ahora las palabras se sienten como un mordisco. Se le está acabando
la paciencia.
Jeremy separa sus muslos
temblorosos y logra rodear con sus piernas la estrecha cintura de su amante,
dejando su cadera subida y su trasero al descubierto.
—N-no me has preparado —murmura
el chico con preocupación.
La mano de Aidan baja a sus
entrepiernas y pronto el mortal siente la presión del eje de Aidan sobre su
entrada, deslizándose arriba y abajo entre sus nalgas hasta dejarlo empapado de
líquido preseminal. Aidan no le responde, de hecho, esa es su respuesta.
Está demasiado deseoso como para prepararlo, además, si soportará su piel
siendo rota e invadida por afilados dientes ¿Qué más da un poco más de
brusquedad profanando su cuerpo? Pero Jeremy se siente demasiado inseguro
—Hay un pote de lubricante en el
cajón del buró —logra decir entre jadeos. Aidan toma la base de su polla de
nuevo, ahora alineando la punta contra el suave agujero de Jeremy, necesitando
solo determinación y fuerza para dilatarlo de un embate —, por favor.
Aidan suelta un bufido frustrado
y se separa de su cuello. Su boca hace un sonido chicloso al hacerlo y tira de
su piel cruelmente con los dientes cuando aleja su cara, dejando dos hileras
rojas y moradas en su cuello, como arañazos. Aidan presiona con fuerza el pecho
del peliblanco contra la cama, como fijándolo en su posición, y se apoya en él
para quitársele de encima y alcanzar el botecito transparente que tiene en su
mesilla de noche, en el primer cajón.
El vampiro mira con resignación y
aborrecimiento el bote mientras lo abre, como si usar lubricante fuese para él
algo tan nuevo como humillante, pero no protesta. Suelta un largo chorro en su
mano derecha y se masturba despacio, mirando el rostro sonrojado de su
muchacho, la manera en que los ojos azules están acuosos como pequeños y
perfectos lagos y la forma en que el cabello blanco y lacio se le pega a la
frente sudorosa en ondas que le hacen lucir como un angelito. Al cabo de unos
segundos, toda su ancha virilidad está brillosa y goteante de lubricante. Con
el que todavía queda en su mano, Aidan desliza un par de dedos entre las
mejillas del trasero de su amante, que abre las piernas para él mientras
tiembla de anticipación y nerviosismo, y cuando encuentra la entrada rosada y
diminuta en ese lugar, traza húmedos círculos alrededor de esta, empapándola en
más de ese líquido con un tenue aroma a fresas.
Aidan se sitúa entre las piernas
del chico, aun masajeando su tenso anillo muscular, y Jeremy lo mira con
ojillos brillosos y un labio inferior que no para de temblar.
—Nadie más va a tocarte así,
Jeremy —dice Aidan con voz ronca y profunda, sus dedos parándose en el centro
de la intimidad de su amante, presionando ligeramente. Jeremy abre la boca,
gimiendo bajo al sentir su sexo abriéndose poco a poco, dilatándose para tomar
los dedos de Aidan —. Nadie más va a verte así. A probarte como yo lo hago ¿Has
entendido?
Pero antes de que pueda obtener
su respuesta, Aidan empuja sus dos dedos hasta el fondo de Jeremy. Hunde el
índice y el anular despacio, pero sin pausas, recreándose en la manera en que
abre su estrechez con su firme mano y en que el rostro del chico se contorsiona
con dolor, placer y deseo. Sus ojos cerrados, su boca mordida, las lagrimillas
en la blancura de sus pestañas y el brillo en sus mejillas rojas como
deliciosas manzanas.
—Me perteneces —Aidan apoya una
de sus manos en la almohada, al lado de la cabeza de Jeremy, quien siente la
mullida superficie hundirse por el peso y nota el aliento frío de Aidan barrer
sus labios —. Todo tú. Durante toda tu vida. Eres mío. —susurra y sus dedos se
deslizan lentos, hacia afuera —¿Has entendido, Jeremy?
De nuevo, no le deja responder.
Lo penetra con sus dedos y en cada embate empuja duro las yemas contra su
próstata, ese lugar suave y delicioso que lo hace retorcerse y soltar sonidos
rotos que están a medio camino entre el sollozo y el gemido.
Aidan tortura al muchacho
golpeando su punto sensible una y otra vez, mientras el chico recibe dócilmente
todo lo que su vampiro le ofrece: un ritmo rápido y brutal cuando su cuerpo
tiene la osadía de relajarse solo un poquito y luego uno lento y tortuoso
cuando está cerca de correrse y necesita que su humano aguante un poco más.
Después de un rato, Jeremy
tiembla violentamente con cada toque y ya no puede siquiera hablar, su boca es
un lio bobo de saliva que le escurre por las comisuras y balbuceos suplicantes
ininteligibles. Su agujero está enrojecido y húmedo de lubricante, goteando
tentadoramente y, cuando Aidan retira sus dedos, nota los músculos holgados que
se han rendido contra la intromisión larga y constante. Se relame. Está listo,
completamente, así que alinea la punta de su miembro con la apertura de Jeremy
y sostiene los tobillos del chico con sus muñecas, separándole las piernas y
asegurándose la deliciosa vista de la primera penetración.
Sucede despacio, el lubricante le
ayuda a deslizarse lento, pero fluido, cada centímetro de su impresionante
hombría desapareciendo poco a poco entre la rosada carne de Jeremy, abriendo su
trasero y dilatándolo de un modo que le hace sentir virgen de nuevo, que le
recuerda la pequeñez de su cuerpo en comparación a la criatura fuerte y enorme
que lo folla.
Cuando Aidan se hunde hasta la
empuñadura y sus bolas chocan contra las nalgas de Jeremy, el vampiro suelta un
gruñido satisfecho y se inclina hacia su presa, su pene creando una adorable
protuberancia en la hondonada de su vientre bajo.
Aidan sostiene las muñecas de
Jeremy, una en cada mano, moradas tan pronto cierra sus poderosos dedos a su
alrededor, y besa con hambre su cuello.
—D-despacio, despacio… —Jeremy
instruye, aunque si voz sale débil y sabe que suena como una súplica. Siente al
vampiro sonreír contra su cuello mientras empieza a follarlo, primero como él
ha dicho, lentamente, sacando la mitad de su increíble tamaño solo para volver
a empujar con una lentitud que hace al humano sentir cada estremecimiento, cada
movimientos, cada pulsación de ese tronco venoso que invade su interior y
aplasta su sensible punto dulce, haciendo que cada relieve, cada vena, cada
pedazo de carne más cercana a la base, donde el grosor aumenta, le haga sentir
tan cerca de correrse que su pene chorrea presemen sobre su vientre como si
fuese un orgasmo abundante y pegajoso.
Luego, sin embargo, Aidan se
torna más brusco. Desesperado porque sea su deseo y no su paciencia quien tome
las riendas, y Jeremy siente crueles dentelladas en su cuello, entre chupón y
chupón, y embestidas que parecen revolverlo entero por dentro, romperlo.
Aidan entra y sale de él con la
crueldad de quien usa a otro como un objeto, con la vileza de una criatura
creada para tratar a sus amantes como presas, con su largo miembro saliendo por
completo del cuerpo de Jeremy hasta dejarlo vacío y doloroso para luego
estrellarse en menos de un segundo contra su entrada adolorida y joderla hasta
el fondo, una y otra vez, tan rápido y tan duro que el cabecero de la cama se
astilla de tanto chocar contra la pintura desconchada de la pared y que Jeremy
solo se mantiene bajo el cuerpo de Aidan en vez de salir despedido porque su
peso lo mantiene prensado en el lugar y porque sus manos se envuelven alrededor
de sus muñecas, apresándolo ahí también.
Jeremy se revuelve bajo él,
lloriquea, grita y jadea al ser follado con una violencia animal. Su cuerpo,
completamente sumiso a los deseos del vampiro, se retuerce de placer, evocando
imágenes de lo muy abierto y húmedo que quedará cuando el vampiro acabe de
usarlo, de lo jodidamente impresionante que es que esté tomando ese tamaño, de
lo satisfecho y complacido que el enorme ser se sentirá después de llenarlo de
semen y vaciarlo de sangre. Se lo imagina, al vampiro después de follarlo, su
rostro sereno, su respiración lenta y acompasada con una calma criminal, su
cabello negro todavía reflejando un halo de luz, su boca ecuánime manchada de
sangre y su cuerpo de grandes músculos salpicados de rojo y blanco. Su pene,
aún erecto, chorreando con su propio orgasmo, listo para otro más.
El muchacho siente sus interiores
apretarse alrededor de la anchura desmedida de su amante, el ardor de la
fricción, la tensión creciente en su interior cada vez que el vampiro golpea su
próstata, los hormigueos de puro éxtasis que siente cuando los abdominales de
Aidan rozan su erección desatendida mientras lo embiste una y otra vez,
moliéndola sin siquiera pretenderlo.
Jeremy gime alto y agudo. Y tan
patéticamente sensible que su cuerpo se queda tenso y arqueado mientras nota su
semen derramándose entre sus dos cuerpos, su orgasmo volviendo el contacto
pegajoso, sucio. Más erótico incluso.
Y en ese momento, cuando Jeremy
ha terminado de escupir su placer blanco y su cuerpo es solo carne tierna,
cansada y quietecita, que Aidan no puede soportarlo más. El vampiro se hunde
jodidamente duro en su interior y lo golpea una y otra vez con tiras de su
propio placer blanco.
El calor estallando en su
interior, chorreando por sus muslos, y los dientes afilados perforándolo al
fin.
Jeremy grita hasta quedarse sin
voz. De todos los dolores que ha sufrido, nunca ninguno será rival del
sufrimiento de ser devorado, de ser consumido. No es solo por la piel
abriéndose en una zona tan delicada como el cuello, ni siquiera por la manera
en que las cuchillas penetran hondo como si el músculo tenso fuera mantequilla
caliente, y tampoco es únicamente por el mareo y la debilidad que sobrevienen
al chico cuando la sangre empieza a correr y su cuerpo se siente vacío,
desinflado, sino que todo eso se mezcla con el hecho de que es una boca lo que
apuñala, con la consciencia de que uno está lentamente dejando de ser, para
convertir su existencia en el alimento de otro, lo que activa en Jeremy una
sensación de inexpresable horror. El espanto de experimentar la propia
pequeñez, la propia finitud. Una sensación primitiva de miedo y dolor que
corresponde a la libre entre las mandíbulas de un gran felino, a la libre que
nunca ha sabido nada, nada más que saltar, comer, dormir, vigilar, y que ahora
se ve aplastada con el conocimiento demasiado grande, demasiado existencial, de
que va a morir. De que es una mera presa. Comida. Carne. Para ser desgarrada.
Huesos. Para ser triturados. Sangre. Para ser derramada.
<<Para ser bebida>>
A medida que Jeremy pierde la
capacidad de mover su cuerpo, es como si el de Aidan se hinchase de energías.
El vampiro le suelta las muñecas, inertes como miembros de un juguete de trapo,
y toma a Jeremy por la cintura. Lo sostiene quieto y obediente mientras su
polla, todavía dura, lo folla sin piedad alguna. El muchacho ve borroso, oye
como bajo el agua y nota el cuerpo frío y débil excepto sus entrañas, mientras
Aidan las jode, y sus caderas, mientras Aidan las amorata por cogerlas tan
fuerte.
Jeremy yace completamente a
disposición del depredador, su cuello húmedo y las sábanas bajo él comenzando a
empaparse, Aidan ahora alzándose sobre su cuerpo con la mandíbula inferior tan
roja que no parece haber un solo atisbo de la palidez de su piel, y chorros y
más chorros de su bonita, roja sangre bajándole por la garganta, por la nuez
grande que se mueve cuando lame sus labios rojos y traga, por las clavículas,
la redondez de sus enormes pectorales, por las hendiduras de sus abdominales,
donde se forma un río de sangre, hasta que finalmente esta se derrama por el
centro de la letra uve que sus músculos forman en su vientre bajo y sus caderas
y termina salpicando su polla.
Aidan mira hacia abajo extasiado,
sus ojos rojos brillando de placer y gusto cuando observa, complacido, como
folla el cuerpo de Jeremy usando ahora como lubricante el semen que acaba de
derramar y la sangre se le escurre de la boca, dejando su trasero perversamente
salpicado.
Cuando el vampiro le lame el
cuello, Jeremy deja de sangrar y lo agradece, temiendo demasiado morir mientras
el otro olvida su vida, demasiado centrado en su cuerpo y cómo puede jugar con
él. Aun así, la herida coagulando rápidamente no es algo que le devuelva
fuerzas algunas, solo le impide perder más. Jeremy respira pesado, notando el
cuello palpitar, sus interiores arder, hasta que Aidan se inclina sobre su boca
y gime <<Mío>> contra sus labios, corriéndose por segunda
vez en su interior.
Capítulo 66
Cuando Aidan sale de su interior
y se aleja, se queda unos segundos de pie frente al borde de la cama, observado
complacido su obra: un muchacho de piel de porcelana, ojos de cielo y cabello
de nieve yaciendo plácidamente entre las sábanas, su pecho moviéndose despacio,
la delgada blancura de su cuerpo salpicada por su propia sangre y los hematomas
que sus manos dejan tras sus caricias violentas. Su inocencia completamente
rota, arrebatada, y su cuerpo hermoso y refinado incapaz de huir o luchar,
disponiéndose ante él como un banquete que ansía demasiado terminar. <<No.
No puedo acabar con él. Ha sido tan bueno para mí>>
Aidan alcanza sus pantalones del
suelo y, de ellos, toma su cartera aún con las manos ensangrentadas, manchando
los billetes que de esta saca y deja en la mesilla de noche de Jeremy. El chico
se pregunta si ve doble o si el vampiro realmente acaba de dejarle cuatro mil
euros por una noche <<una que tan siquiera ha terminado. Oh, Dios
¿Pretende seguir? Necesito un descanso. Y una transfusión>>
—Te lo has ganado —Aidan susurra
al ver los ojos de Jeremy fijos en el dinero. Luego se inclina para besar su
sien. —. Pobre cosa —dice entre risas, levantando una de sus muñecas y
moviéndola como si fuese una marioneta rota, viendo su mano pender de la extremidad,
aparentemente muerte —, no puedes ni moverte ¿He bebido demasiado de ti? Sé cuándo
parar cuando deseo dejar a mis presas con vida, pero no cuando hacerlo para
dejarlas con suficiente energía, al fin y al cabo, es la primera vez que como
algo que no intenta escapar de mis mandíbulas. —Aidan ríe atractivamente y
Jeremy, en un intento por hacerlo lo mismo, sonríe débilmente —. Vas a
necesitar un descanso antes de levantarte, Jeremy. Tómalo con calma.
Cuando el vampiro se levanta de
la cama, el chico está simplemente confundido, pero cuando ve que se pone sus
pantalones y su camisa de nuevo, su corazón empequeñece dolorosamente en su
cuerpo.
—¿P-puedes quedarte?
Aidan se voltea con una sonrisa
llena de dulce burla en su rostro ¿Quedarse? La idea lo divierte de tal manera
que no entiende como se está conteniendo para no estallar en carcajadas ahora
mismo ¿Que cree Jeremy que son ahora? ¿Amantes? ¿Novios? Es tan
hilarante. Pero mientras el vampiro se acerca con paso gatuno y la idea en
mente de dejarle claro a Jeremy cuál es su lugar y que él es solo un trozo de
carne que debería estar agradecido por ser dejado seguir respirando, la sonrisa
se va esfumando del rostro de Aidan.
Los ojos de Jeremy brillan de una
forma tan adorable y su cuerpo, tembloroso, se esmera por arrastrarse por la
cama hacia él, como empleando sus últimas fuerzas en buscar sus brazos para
yacer en ellos. Para descansar en ellos, como si Aidan fuese su lugar especial.
Alguien especial para él.
No su cazador o su amo. No su demonio que lo atormenta o quizá su cliente más
posesivo. Sino alguien.
Y Aidan nunca ha sido alguien
para nadie antes. No ha sido más que el terror que encarna cualquier vampiro o
el deseo que despiertan las cosas prohibidas, cosas sin nombre. Los hombres que
le han temido o los que lo han deseado, habrían sentido lo mismo por cualquier
otra criatura con dientes afilados y un rostro apuesto.
Jeremy, sin embargo, le busca a
él. Y esa idea lo desarma de un modo que no comprende. Le revuelve la cabeza
hasta que solo siente niebla en ella y le controla los labios para que
responda:
—¿Quieres que te ayude a
vestirte? Hace frío aquí…
Jeremy parpadea un par de veces,
perplejo ante la idea de que su petición haya sido escuchada. Sorprendido
doblemente por lo dulce que suena Aidan cuando le habla, como si abordase a un
animalito herido.
Aidan se halla quizá más
sorprendido aún que Jeremy, pero intenta mantenerse tranquilo. No mostrarle al
humano que la situación es para él tan desconcertante como para un novicio. Se
acerca la cama, donde el muchacho de cabellos blancos y piel ligeramente morena
lo aguarda, y lo toma en brazos. El muchacho canoso no dice nada el respecto,
solo se deja hacer, contento por ser estrechado cerca del cuerpo del vampiro, que,
tras ver toda la ropa desbaratada y rota en el suelo y las sábanas empapadas en
sangre, lleva a su presa al baño.
Si un tiempo atrás, alguien le
hubiese dicho a Aidan que había un vampiro preparándole un baño caliente al
humano al que acaba de morder, metiendo sus dedos en el agua para asegurarse de
que la temperatura era agradable y revisando los potes del baño para saber cuál
usar sobre su sensible piel, Aidan se habría sentido grandioso ante esa
patética criatura. Habría creído que ese vampiro era una vergüenza para la
raza, un ser tan débil que ni cazar sabe y que, en lugar de eso, sirve como un
mayordomo a quien debería servirle a él.
Ahora, sin embargo, Aidan halla
una extraña gratificación en hacer esas cosas. En poner el tapón en la bañera y
abrir el grifo, ver como se llena poco a poco y como saca humo de lo cálido que
está el baño. Halla placer en vez, a través del cristal a medio empañar, la
sonrisa incrédula en el rostro de Jeremy poco después oculta porque el muchacho
hunde la cara en su pecho y respira profundo, como si quisiera conservar
siempre su aroma en sus pulmones.
Aidan no se siente débil, en
absoluto, de hecho, hacer caso a Xander en su idea de buscar de un humano su
sumisión y no su muerte, le ha revelado lo grandioso, lo magnánimo y poderoso
que se siente no romper a una criatura inerme a la que uno puede destruir, sino
cuidar de ella. Tener suficiente poder para romper algo y decidir no hacerlo.
Sentirse temido es algo
delicioso, un sentimiento que hormiguea dentro suyo como saciando una necesidad
primordial, primitiva, en su interior. Pero sentirse necesitado, oh, ese
un placer que sus instintos jamás podrán explicar. Mucho más elevado. Mucho más
exquisito.
Aidan deposita a Jeremy en la
bañera, lo deja poco a poco, hundiéndolo en el agua caliente y contemplando la
forma en que se relaja tan pronto se sumerge, sus músculos destensándose, sus
párpados cerrándose, su boca entreabriéndose para dejar ir un suspiro de
alivio. Se queja cuando el agua le besa el cuello, allí donde él ha dejado su
marca, pero Aidan empuja suavemente sus hombros hacia abajo, sumergiendo la
zona, y Jeremy se deja hacer, confiando en el otro.
Aidan a veces se pregunta cómo se
sentía ser amado, cuando era humano, y amar, cuando aún conservaba su
humanidad, aunque no su vida. Pues solo recuerda el odio contra Xander por
haberle quitado la parte del su corazón que se ocupaba de ello y, por la magnitud
de su rabia, sabe que debía ser un sentimiento grandioso.
Ahora, mientras ahueca su mano
hasta llenar la palma de agua y la vierte poco a poco sobre los cabellos
canosos de Jeremy, sabe, con una certeza que creyó perdida, que se sienta como
se sienta ser amado, debe ser algo muy parecido a lo que hace a Jeremy batir
sus pestañas lento, abrir sus ojitos azules como el cielo y la esperanza y todo
lo que es bueno en este mundo, y mirarlo directamente a los suyos, rojo
infierno, alzando una mano húmeda de agua para acariciar su mejilla empapada de
sangre, limpiándola, purificándola con cada pequeña caricia.
El pelinegro se queda paralizado
¿Así se siente ser tocado con delicadeza? Él jamás pensó tenerla, pero mucho
menos creyó que la recibiría nunca. Esa ternura, ese cariño extremo con el que
Jeremy le mima la mejilla es algo tan ajeno a su piel que siente que penetra
bajo la dura dermis y roza algo sensible en su interior, algo desprotegido,
frágil.
—Tú también necesitas un baño
—susurra Jeremy, sus mejillas enrojeciendo al decirlo.
Aidan lo mira fascinado ¿Es acaso
posible que el mortal al que acaba de tomar violentamente, al que acaba de
morder hasta hacerlo gritar de dolor y tambalearse de debilidad, lo invite a
acercarse de nuevo a él? ¿Le pida que sus pieles se toquen en un íntimo abrazo?
Aidan no responde nada. Solo mira
al chico con ojos decididos y firmes, como bajo un hechizo que le hace
prisionero de los deseos de su humano de dedos suaves y pestañas blancas y
largas como alas de mariposa, y se mete en el agua. La bañera boza y el suelo
se empapa de agua enrojecida por la sangre que ya empieza a disolverse ahí,
Jeremy se alza, preocupado por el desorden. <<Jamás he tenido una casa
tan bonita donde vivir, no puedo estropearla. No debo ser desagradecido>>,
pero Aidan tira de su brazo hacia abajo y el cuerpo del muchacho cede, cayendo
sobre el del otro en la bañera.
Ni él ni el vampiro hablan más
esa noche, como temiendo que cualquier palabra vaya a romper el hechizo, vaya a
romper esa burbuja cómoda y calentita en la que ambos se hallan.
Esa noche Aidan baña a Jeremy con
cuidado, sus manos jabonosas deslizándose como seda por las zonas de su cuerpo
que antes tan fácilmente ha violentado y usado. Le masajea y limpia su cuellito
dolorido con tanto cuidado que Jeremy ladea la cabeza, dejando su mejilla caer
sobre una de las ahuecadas manos de Aidan mientras la otra traza círculos
alrededor de cada orificio rojo y sangrante, aliviándolo. Le enjabona el
cabello blanco con las puntas todas tiesas y pegadas entre ellas por la sangre
seca, le recorre las clavículas llenas de moratones y le frota las muñecas del
mismo color violáceo. Sigue la curva de su espalda y de su cintura, luego la de
su trasero, dos dedos recorriendo el sensible espacio entre las nalgas para
limpiar su entrada. Aidan se los enjuaga y, húmedos todavía por el agua, lo
mete muy despacio en Jeremy. El chico se sobresalta y lo mira suplicante,
preocupado ante la idea de que el vampiro pretenda tomarlo una vez más. Aidan
lo tranquiliza besando su mejilla una vez y tomándolo de la nuca para que hunda
su cara en su pecho y exponga su trasero para que él lo limpie mejor. Lo dedea
muy despacio, sin pretender excitarse, aunque inevitablemente lo haga, y con
sus falanges ayuda a Jeremy a expulsar su semen y la sangre que durante su
frenético encuentro sexual ha terminado lubricando las últimas estocadas.
Aidan hace a Jeremy recostarse en
el extremo opuesto de la bañera y le toma las piernas, una por una, se las hace
estirar hasta que salen del agua, y lo toma suavemente por un tobillo para
limpiar desde el empeine de su pie hasta su ingle, pasando las manos grandes y
espumosas por su gemelo, por sus cuádriceps y luego sus isquiotibiales, los
pulgares masajeando la cara interna de sus muslos, ese lugar blando y de
cremoso color blanco que tanto ansía morder.
No deja, sin embargo, que Jeremy
lo frote a él. El muchacho lo intenta, en una ocasión. Sus manos tiemblan y el
vampiro no sabe si es por la debilidad o por la emoción, pero él le toma por la
muñeca, quizá con más brusquedad de la que pretendía, pues Jeremy hace una
mueca de temor y escozor, y le hunde la mano en el agua, alejándola de su
cuerpo.
Aidan siente que si deja a Jeremy
acariciarlo más algo malo pasará. Algo desconocido y extraño. Siente una
semilla en su interior, un intruso que se ha instalado en el centro de su pecho
y que le incomoda, pues nunca antes ha estado ahí, así que le aterra que el
calor de las manos de Jeremy lo haga florecer, pues sabe a ciencia cierta que
han sido esos mismos dedos cándidos y delicados los que han atravesado, como un
fantasma, su duro armazón, y han clavado en su corazón esa espinita de un
sentimiento que hace mucho olvidó.
Después de limpiar su cuerpo de
la sangre de su víctima, Aidan vuelve a tomar al peliblanco entre sus brazos y
lo ayuda luego a pararse de pie frente al espejo. Le sostiene la cintura cuando
nota que sus piernas flaquean tanto que parecen capaces de rendirse en
cualquier instante y espera a que el chico se apoye en el salpicadero con las
manos antes de soltarlo.
Lo envuelve en una toalla grande
y cálida que ha dejado todo el baño apoyada en un radiador, y Jeremy se
acurruca en ella con los párpados pesándole demasiado para mantener los ojos
abiertos y Aidan detrás suyo tomando un extremo de la toalla para frotar
su cabello hasta dejarlo solo húmedo y su piel hasta secarla.
Después de eso, Aidan desenvuelve
al chico de la toalla y se seca él el cuerpo con movimientos rápidos y
eficientes. Jeremy no puede evitar atisbar el reflejo del vampiro en el espejo
y quedarse maravillado con él. Con su cabello hermoso que cae sobre sus hombros
como una elegante capa, con el tamaño de su cuerpo, tan alto y fuerte que
parece un gigante, pero si esa tosquedad típica de esas criaturas, sino con una
finura que lo hace lucir ágil, letal. Su rostro es lo que más captura su
atención: sus ojos alargados, rasgados prácticamente, su nariz larga y recta
como la de un aristócrata antiguo, sus labios carnosos que terminan de una
forma que los hace lucir en una tenue sonrisa perpetua. Tiene, en su cara, la
dosis perfecta de feminidad y masculinidad, suficiente para hacerlo guapo y
bonito a la vez. Esa clase de caras que con la más mínima expresión, con el más
mínimo cambio de iluminación o de perspectiva pasan de ser de una hermosura
inocente a una belleza diabólica.
Jadea al ver en el espejo la mano
de Aidan envolviendo su cintura con facilidad antes de volver a alzarlo entre
sus brazos.
Esta vez lo lleva al lecho, donde
lo deposita desnudo antes de empezar a vestirse él. Aidan se coloca sus
pantalones y sus zapatos, pero cuando toma su camisa y mira alrededor,
comprende que Jeremy no tiene más ropa más que la que él ha roto cuando quería
desnudarlo. Se acerca a él con su camisa en sus manos y se la coloca al chico,
que no puede evitar reír al notar lo holgada que luce la prenda en su cuerpo,
casi como un vestido.
Aidan se voltea, el amanecer ya
despunta en el horizonte y Jeremy sabe que es hora de despedirse. Se mordisquea
los labios.
—¿No tendrás frío? —pregunta de
pronto y se siente abrumado al hacerlo. Suena tan bobo e infantil. Aidan le
responde con una carcajada corta, pero cálida.
—Siento el frío y el calor, pero
no los padezco. Estar desnudo en medio del Ártico no sería más
desagradable para mí que estar envuelto en una manta caliente una noche fría.
No te preocupes.
—Gracias, entonces —murmuró,
acariciando la camiseta. La tela era suave y olía a Aidan, a su tenue aroma
masculino, pero agradable. De algún modo, le recordaba al olor de las
crujientes páginas de un libro nuevo. El muchacho volvió a morder su belfo cuando
el vampiro avanzó hacia la salida —U-uhm, no necesitas pagarme tanto ¿Sabes?
Puedes pagarme por la noche y un extra por… por que eres brusco y grande. Pero
no es necesario tanto. Sé que doy pena, pero no me gusta la limosna. En serio.
Aidan bufa y mira a Jeremy con
una mueca entre la ofensa y la diversión.
—¿Crees que siento pena por ti?
¿Qué puedo sentir pena, acaso? —pregunta acercándose a la cama con pasos lentos
y meticulosos.
Por un segundo, Jeremy ve un
brillo asesino en su mirada y quien hace minutos era su amante, es ahora una
criatura inhumana, irreconocible. Aidan se apoya en la orilla del colchón,
inclinándose hacia el chico. El muchacho traga saliva, pegándose al cabecero y
tratando de tomar distancias.
—La pena, la compasión, el amor…
esos sentimientos tan nobles están reservados para criaturas como tú, Jeremy,
pero no para seres como yo.
<<No somos capaces de
sentirlos y nadie es capaz de sentirlos por nosotros tampoco. Y aunque pudiese
sentir esas estupideces humanas ¿Por qué deberías darme lástima? ¿Por las
tragedias que has sufrido? ¿Por qué tu vida no parece tener luz en ella? Esas
cosas son tristes, sí, pero me parecen más merecedoras de admiración que de
lástima. La pena es para los débiles y tú, Jeremy, eres fuerte incluso para un
mortal. Así que sé también inteligente y cuando te pague de más acéptalo y
mantén la boca cerrada salvo para agradecerme ¿Queda claro? No me gusta que se
desprecie mi generosidad.>>
—Gr-gracias… —responde el
muchacho con un hilillo de voz, pero Aidan puede ver en su mirada que no está
simplemente obedeciendo su orden, sino agradeciendo de corazón. Sus ojos
hermosos como perlas que contienen el cielo entero brillan y sus pestañas se baten
de una manera tan hermosa. —Nunca nadie había hablado así de mí. Para ser un
vampiro, me gustas más que la mayoría de personas… de humanos que conozco.
—comenta con una leve risilla.
Aidan responde con otra, aunque
su tono es ácido e irónico.
—Entonces no me conoces bien. No
soy una criatura agradable, solo monstruosa, aunque no tengo interés alguno en
mostrarte esa parte de mí.
Jeremy traga saliva y juguetea
con sus manos. La herida fresca en su cuello punza, como reaccionando a las
palabras del vampiro, latiendo para demostrar a gritos que su piel abierta y
profundamente perforada es la prueba viviente de esa naturaleza ominosa que
Aidan sabe enmascarar tan bien con manos placenteras, una voz amable y una
sonrisa encantadora.
—¿Por qué no lo haces? —pregunta
de pronto, sorprendiéndose a sí mismo. Ignora la forma en que todas las fibras
de su ser le piden que deje de intentarlo. De tratar acercarse más y más al
vampiro, de intentar formar un vínculo que acabará ahogándolo —Me… me gustaría
conocerte. Conocerte de verdad.
—No. —replica Aidan. Su tono es
tan duro que parece cortar el aire y hace los hombros del humano caer —No te
gustaría. Te mostré un poco, cuando maté a aquellos hombres delante de ti y
estabas aterrorizado. No me conviene asustarte más, Jeremy, ahora me tienes la
cantidad perfecta de miedo para que nos beneficie a ambos. Aunque —sonríe de
nuevo, su tono relajándose, así como su expresión —debo admitir que eres
valiente, pocos humanos han logrado siquiera conversar conmigo sin trabarse y
llorar.
—Quizá no eras agradable con
ellos, no como lo eres conmigo. —los vellos en la nuca del humano se erizan y
lleva su mano ahí para frotar sus pequeños y suaves pelitos blancos, las yemas
de sus dedos casi rozando la dolorosa mordida —Aunque hay momentos donde
podrías serlo un poco más… —susurra, desliza su mano hacia los alrededores de
las incisiones. Nota la piel hinchada, caliente. Duele tanto cuando bordea la
zona que aparta su mano como si de brasas se tratasen —Ah, ha dolido tanto. No
esperaba algo así.
Aidan ríe enternecido.
—No puedes pedir que domestique
mis instintos, Jeremy. Tendrás que conformarte con la amabilidad que te doy. Ni
una gota más.
El muchacho lo mira desde abajo
con ojos ingenuos, llenos de brillo y de una ternura que hace el azul en ellos
sentirse cálido como turquesa de unas aguas tropicales o el color suave y
agradable del cielo veraniego. Jeremy sonríe con timidez, como lo haría un
adolescente prendado por primera vez de alguien.
—Está bien. Creo que es
suficiente.
—¿Suficiente para qué?
<<Para que me empieces a
gustar más de lo que debería?>> Pero Jeremy no
deja esas palabras abandonar su mente. Sabe que son inadecuadas, del mismo modo
en que es inadecuado el sentimiento que expresa.
Se encoge de hombros, formando un silencio incómodo. Aidan vuelve
a alejarse hacia la puerta.
—Jeremy —lo llama cuando ya tiene
el pomo en una mano y alza su cabeza por encima de su hombro, mirándolo
acusatoriamente.
—¿Si?
—Recuerda lo que hemos hablado.
Nada de otros clientes. Vas a estar siempre disponible para mí. Solo para
mí
El chico traga saliva y
asiente.
Cuando Aidan se marcha, su
corazón late cada vez más rápido. Su nerviosismo y su ritmo aumentando por cada
segundo de su vida de ahora en adelante que Jeremy imagina. Una vida con una
nueva constante en ella. Sin más clientes. Pero con un amo. Una vida que va a
tener que dedicar a complacer los deseos de un hombre. Uno que tan siquiera
puede ser llamado humano.
Más tarde esa noche, Jeremy
cuenta el dinero que se le ha sido obsequiado por sus servicios y, bajo el
enorme fajo de billetes, encuentra algo delgado, rectangular y frío. Toma la
superficie suave del objeto con curiosidad, solo para descubrir que es un teléfono
móvil nuevo. No es muy moderno, pero es discreto.
Tiene un solo contacto agregado: Aidan.
El muchacho pasa los dedos por
las teclas del teléfono, tentando a su pulgar a hacer click en el contacto. A
abrir un chat con Aidan. O, si se siente valiente, a llamarlo incluso. Una
montaña rusa de emociones lo embarga: primero, el subidón de adrenalina que le
hacía hormiguear las extremidades cuando se imagina hablando con Aidan antes de
ir a dormir, simplemente charlando, siendo escuchado como fantaseaba serlo
cuando empezó a vender su cuerpo y se preguntó si su voz sería algún día
agradable para otro hombre sin la cobertura de falsedad con la que la bañaba
cuando gemía falsamente para sus clientes.
Luego viene la profunda tristeza
en la que el chico cae cuando se rinde y decide no contactar a Aidan porque
¿Qué espera? ¿Tener una bonita relación con un vampiro que posiblemente lo vea
como a mero ganado? Se siente estúpido y decepcionado. La tristeza y el
cansancio lo hunden en la cama y, poco tiempo después, se queda dormido.
Y mientras duerme Aidan vuelve.
No sin darse cuenta de que el muchacho está sumido en el mundo de los sueños,
sino precisamente por eso. Entra a hurtadillas porque desea verlo apacible y
hermoso, porque quiere unos minutos más con él, pero si se queda y el chico lo
sabe, siente que estará haciendo algo inadecuado. Prohibido.
Se mete en la cama con él,
sintiendo su calor, su aroma, su suavidad. Lo acuna entre sus brazos y nota al
chico hacer sonidos de gusto, como un ronroneo, y acurrucarse contra él,
sonriendo en sueños. Un hormigueo recorre toda su piel al tener a ese ser tan
frágil apoyado y descansando contra su cuerpo.
El impulso que siente a flor de
piel de romperlo le recuerda lo sencillo que sería matarlo. Destrozarlo con sus
manos hasta convertirlo en un manojo de sangre y carne rasgada. O quizá
asustarlo, hacerle daño hasta tenerlo chillando y perdiendo la razón, aterrarlo
de un modo irreversible que lograse conectar, en la mente del mortal, su voz,
su rostro, sus manos, con el más absoluto y enloquecedor horror.
Aidan está acostumbrado a dejarse
llevar por ese instinto. A volver la posibilidad realidad y la vida muerte.
Hoy, sin embargo, pone una correa a sus deseos y tira de ella, volviéndose el
amo y señor de sus más voraces ansias. Se siente poderoso al hacerlo. Sabe que
tiene el control de la situación. De lo que sus manos hacen. De cuanta sangre
sus labios beben. De cómo de cómodo Jeremy se siente entre sus manos.
Le acaricia la mejilla, como
Jeremy ha hecho antes con él: un roce nimio, pero íntimo. Un gesto colmado de
una delicadeza que nunca supo que llevaba dentro.
Capítulo 67
Antes de que el amanecer bañe las
calles con su luz dorada, Aidan y Alexander se encuentran en su morada, cada
uno volviendo del exterior, pero ninguno de una cacería. Al verse a los ojos
encuentran una silenciosa complicidad, como la de un niño que atrapa a otro en
medio de una travesura mientras él, a su vez, comete sus propias fechorías. Así
pues, ninguno le pregunta al otro dónde o cómo han pasado la noche, no se
cuestionan la falta de sangre en sus manos o de crueldad en sus miradas, sino
que hablan distraídamente de una cosa u otra.
Alexander advierte a Aidan de que
ha vuelto a sentir esa presencia que él un día notó: el aplastante poder que
envuelve a uno de los poderosos, de los antiguos. Aidan, preocupado, mira a su
compañero, pero el rubio le acaricia el cabello y le susurra, le ordena, que no
se preocupe.
Aun así, Xander tiene pesadillas
esa noche. Pesadillas moldeadas de recuerdos que no puede recuperar bien, como
arcilla que se desbarata en las manos de su mente y se vuelve una masa
homogénea de sensaciones y atisbos que le recuerdan a su creador. Sensaciones
que se parecen demasiado a la forma en que se le eriza la piel cuando siente
esa presencia cercana que parece hesitar entre si entrar o no en su territorio.
En medio del día, en un estado entre el sueño ligero y el despertarse alerta,
con el pecho subiendo y bajando y el terror de las pesadillas todavía clavado
en su mente, Xander se pregunta si es así como se siente ser humano y estar
frente a él. Si así se sintió él antes de ser lo que era. Si así se siente Liu.
Liu, sin embargo, pasa una mañana
más tranquila que la de Xander. Lo mismo que Jeremy. El muchachito de piel
morena y cabello blanco y blandito como la crema batida duerme hasta casi la
tarde, cuando es despertado por un hombre del servicio de habitaciones que
viene a traerle abundantes, humeantes platos. Los devora con ansia, notando en
su estómago un hueco más grande y profundo de lo que jamás ha sentido pese a
conocer a la perfección como se siente un estómago lleno de ácido y sin comida
por días y días. Tras comer recupera un poco las fuerzas y, vestido únicamente
con la larga camisa de Aidan, que afirma a su cintura con un cordel para dar la
impresión de que lleva un sencillo vestido, decide salir a la calle y llevar
consigo uno de los billetes que Aidan le dejó. Es poco dinero en comparación a
lo que ha ganado en total, pero el billete se siente pesado en su mano. No le
gusta gastar y se siente culpable por ello. Cuando paga por algo que necesita,
siempre recuerda a su madre dándole bofetones hasta hacerlo caer al suelo
cuando intentaba abrir la nevera o la alacena ni que fuese para comer pasta o
arroz crudo. A veces recuerda meterse puñados de harina o azúcar en la boca con
las manos huesudas y temblorosas.
Jeremy compra dos pantalones y
dos camisetas. Los más baratos que encuentra y aunque no son de su talla,
estaban de oferta y eso le ha permitido conservar unas monedas que de vuelta al
hotel aferrándolas con el puño como si fuesen un tesoro.
Por su parte Liu tiene un día
complicado. Incluso si ninguna de las molestias que le pueden suceder durante
el día son comparable al terror de sus noches, esta mañana logra crispar sus
nervios. Empieza bien, engañosamente, con un examen aprobado que creyó que
suspendería y una profesora de ciencias que lo felicita por su lento, pero
notorio progreso. Las siguientes horas logra prestar suficiente atención para
apuntar algo, pero la última clase le cae encima como un yunque cuando el
profesor anuncia un trabajo en parejas y, después de decir su nombre, dice el
de Jake.
Liu mira a su alrededor.
<<Jake, Jake>> repite en su mente, preguntándose si acaso hay algún otro alumno
que se llame así además de… ese. <<Jake…>>
Y entonces hace contacto visual
con él. Con el chico que arruga la nariz al verlo desde la otra punta de la
clase como si la mera visión de su rostro pecoso e inocente le repugnase, como
si fuese él quien se siente con derecho a quejarse, a actuar mortificado por la
pareja que le ha tocado. Como si Liu fuese un diablo horrible al que no quiere
ni ver y no el chico al que se dedicaba a tirar por las escaleras y prender
fuego a mechones de su cabello en medio de clase, el chico al que ha llamado
más veces <<Maricón>> que su propio nombre y al que una vez
golpeó tan fuerte en el estómago que lo hizo vomitar y caer sobre el charco.
Liu aprieta los dientes y mira al
profesor con rabia. Está enfadado porque no sabe si el hombre lo ha hecho a
propósito o no, pero ambas opciones le llenan de furia. Si no se ha dado cuenta
¿Cómo? ¿Cómo puede no ver algo tan evidente como que ese chico lleva
haciéndole la vida imposible a Liu desde hace años y que ahora que por fin
había parado lo está empujando hacia él de nuevo, alentándolo a volver a
hacerlo más miserable? Y si sabe lo que hace ¿Por qué?
Pero, aunque Liu no puede
entender la crueldad del universo, ese chiste sin gracia en el que parece que
su vida se está convirtiendo, aunque quiere patalear y chillar y llorar sobre
cuan injusto es todo, aunque quiere esconderse bajo su pupitre tan pronto suena
el timbre y hacerse invisible, no hace ninguna de esas cosas. Respira hondo.
Hace de las tripas corazón y se acerca a Jake incluso cuando está rodeado de un
grupo de chicas que ríen sus gracias y rizan el cabello entre sus dedos
demasiado interesadas en gustar al tipo que tienen delante como para
preguntarse si realmente les gusta a ellas.
—E-eh —Liu lo llama y su
presencia es suficiente para cambiar la expresión entera de Jake, su postura
relajada tensándose y su rostro desenfadado pasando a lucir tan irritado que
las muchachas se esfuman como pájaros volando fuera de un árbol que se agita
—¿Qué parte del trabajo querrías hacer?
Jake le responde con una risa sarcástica.
—¿Quieres el trabajo hecho? Pues hazlo entero.
Liu frunce el ceño, irritado como siempre. Si lo piensa bien, el
trabajo tampoco s muy difícil, ni aunque lo haga solo, pero ¿Por qué debería?
Es en parejas, maldita sea, no hay razón alguna para que haga el doble de
trabajo solo porque al otro imbécil no se le antoja.
Antes habría agachado la cabeza y asentido dócilmente. Se habría
marchado a casa, feliz por haberse librado de una paliza, pero ahora Liu es
incapaz de contentarse con eso. De hecho, no solo no está contento en absoluto,
está furioso.
Tiene que soportar el infierno en que se han convertido sus
noches. Soportar la servidumbre, las órdenes que no puede desobedecer. Tiene
que soportar tanto ¿Y ahora esto también? Xander es un poder contra el que no
puede luchar. Ese matón, a su lado, no es más que una patética criatura.
—No —responde Liu, apretando los puños. Piensa que quizá su cuerpo
ha olvidado cómo se sentían las palizas, que quizá es eso lo que le da este
repentino chute de valentía. Le da igual —. El trabajo es entre dos y lo
hacemos los dos. Punto.
El matón se voltea de pronto hacia él. No está tan siquiera
enfadado, sino sorprendido como uno lo estaría ante algo imposible. Mira a Liu
como si no le hubiese oído bien, como si aún estuviese intentando descifrar el
significado de sus palabras.
Y cuando lo hace, lo que cruza su rostro no es enojo, para
sorpresa de Liu, sino nerviosismo.
—Esta tarde. Tu puta casa. Y lo acabamos hoy ¿Te enteras? No
quiero volver a ver tu puta cara ni oír tu voz más después de hacer el trabajo.
Liu rechina los dientes, pero no responde. <<¿Y crees que
yo quiero ver tu mierda de cara? ¿Oír tu asco de voz?>> desea
responder, pero la amargura de sus pensamientos queda disuelta en la dulzura de
su victoria.
Se pregunta cómo ha salido impune después de hablarle así a un
matón, a ese, el chico que es más alto que la mitad de la plantilla de
profesores, a ese, que juega al rugby porque quiere una excusa hasta para
dejarle el cuerpo molido y la cara morada a sus amigos del alma, a ese, que una
vez le dio un puñetazo tan fuerte a un niño de primero por no decirle la hora
que luego tuvieron que recoger sus dientes ensangrentados del pasillo.
Sabe que debería haberle jodido a golpes. Que nadie le
creería si le explicase la historia, que pensarían que exagera, que alardea
demasiado obviamente. Se pregunta, entonces, si hay algo en su interior capaz
de amansar a las bestias. No de domarlas, sino de tranquilizarlas solo lo justo
y necesario para salvarse. Se pregunta si esa propiedad milagrosa que le saca
de apuros es la misma que le salvó cuando todos sus seres queridos morían y él
debería haber perecido con ellos.
Por la tarde Liu es un manojo de nervios. No sabe a qué hora
vendrá esa idiota mole de músculos e insultos que, de algún modo, ha conseguido
doblegar lo suficiente como para que acceda a hacer el trabajo, pero ahora que
no está en el pasillo luminoso y atestado de alumnos del instituto, ya no se
siente tan protegido. Tan valiente.
Imagina al tipo cargando a través de la puerta como un animal
salvaje y abalanzándose sobre él. Imagina su casa en silencio mientras él yace
en el suelo, la cara partida e hinchada, la puerta abierta, sangre manchando el
suelo.
Todo el mundo sabe que golpear a alguien en el pasillo a mediodía
llamará la atención de por lo menos cinco profesores, pero que hacerlo en su
casa, cuando no hay padres que vayan a venir del trabajo a la noche, es tan
fácil que suena tentador.
Unos nudillos golpean suavemente la puerta.
Liu jadea, mira por la ventana, percatándose de que el sol está ya
bajando, perezoso, incapaz de soportar su peso sobre el horizonte. ¿Qué hora
debe ser? ¿Las siete?
—¡Abre, mierda! Quiero quitarme esto de encima.
Liu corre a quitar el pestillo y dejar pasar a aquel invitando que
tanto se siente como un intruso poniendo sus zapatos sucios de barro sobre el
parqué. El matón tan siquiera lo saluda con palabras, solo un burdo movimiento
de cabeza, y luego entra sin que el otro se lo ofrezca. Liu cierra de un
portazo, andando a grandes zancadas tras él, ahora dejando que la irritación
vuelva a cubrir el miedo, pues Jake no parece darle motivos para estar
asustado, sino para odiarlo más y más.
Recuerda la conversación que tuvo con Alexander el día anterior.
La forma en que el vampiro se burló de él, en que lo llamó inocente de una
forma que sonaba como débil. Inocente, como si no pudiese cometer más crímenes
que el de dejar que los demás abusasen de él. Inocente, como si en su cabeza no
bullesen con frecuencia terribles recuerdos, macabras fantasías sobre cómo
abrirse de par en par y dejar el mundo o sobre cómo gozaría de ir un día de
excursión y ver como una piedra enorme le cae encima a Jake y le abre la cabeza
como un melón maduro.
—¿Empezamos o qué? —pregunta el otro chico, no, más bien ladra
esa orden como si fuese un animal rudo y poderoso. Una bestia salvaje
acostumbrada a demandar.
Liu aprieta los dientes y le dice que sí. Se sienta en la mesa,
unos cuantos espacios separados del abusón, y mira con desdén como el chico
saca de su mochila el portátil y un refresco húmedo, pone el refresco goteante
y pegajoso sobre la madera desnuda de la mesa del salón y sus zapatos
enfangados sobre el blando cojín del otra de las sillas, la que tiene más
cerca.
—Tú —chasquea los dedos para llamar su atención —¿Empiezas o qué?
—Voy —responde con voz ronca Liu, sacando su portátil de su
mochila y dejándolo con delicadeza sobre la mesa —Yo hago del punto uno al
cinco, tú busca del s-
—Sí, sí, lo pillo —lo calla el otro haciendo un ademán.
—No necesitas ser tan maleducado —le responde, pero el otro mueve
su mano como si fuese una marioneta parlanchina, imitándolo, y no se dicen nada
más en un buen rato.
Liu trabaja lento, más de lo acostumbrado, y es que no puede
evitar mirar por la ventana a cada rato, percatarse de la cercanía de la noche
y, con ella, del creciente temor que le eriza la piel y le acelera el corazón:
una advertencia de que la hora de ver a su demonio se acerca.
Liu sabe que está quedando como un bicho raro, pero cuando mira a
Jake, esperando ver una mueca de desagrado o burla, juraría que su miedo es
contagioso: el matón no tiene los ojos sobre él y tampoco sobre la pantalla de
su ordenador. Él también mira al exterior con los labios apretados y una gota
de sudor lamiéndole la sien derecha
Liu desearía tener la habilidad de Xander para escudriñar mentes
ajenas, para ver la causa de los efectos que sus ojos captan: Jack mordiéndose
el labio, su pierna agitándose rápida e inconscientemente bajo la mesa, su
índice golpeando nerviosamente la misma tecla una y otra vez.
Y si Liu poseyese esa capacidad, se sorprendería hallando a su
demonio en la mente del matón, pues Jack recuerda perfectamente a Xander o, más
bien, recuerda lo minúsculo que se sintió la noche en que, colmado de celos
contra aquellos que asediaban a su presa, los amenazó y jugó con sus corazones
como si fuesen simple comida. Recuerda que el vampiro les exigió que no
volviesen a acercarse a Liu y sabe que se refiere a que no deberían
molestarlo de nuevo y él ahora no lo está molestando, pero está ciertamente
cerca y quizá eso podría tomarse como desobediencia o quizá no o quizá… <<Tranquilízate>>
se dice a sí mismo el matón, suspirando.
Los minutos pasan, la noche se extiende a su alrededor y Liu debe
levantarse a encender las luces porque en el exterior ya no quedan. Ambos están
convencidos de que ese demonio rubio se manifestará en la habitación en
cualquier momento. Ambos saben que no le hará gracia ver a un intruso con su
presa esa noche. Y ambos saben qué hará algo al respecto.
Solo que nada de eso sucede. Ambos teclean torpemente en sus
ordenadores, demasiado alerta a sus alrededores como para preocuparse por
escribir el trabajo bien, y ambos se van relajando más y más cuando el tiempo
pasa y ningún demonio de cabellos dorados y ojos de rubí aparece. Liu se siente
aliviado, pues por fin podrá descansar por una noche.
Jack, sin embargo, se siente aliviado porque acaba de recuperar un
viejo juguete.
—Acaba tú está mierda —espeta con una gran sonrisa, cerrando el
portátil de golpe.
Liu lo mira con el ceño fruncido, molesto pero incapaz de
replicarle algo. Jack siente la adrenalina caliente recorrer sus venas, activar
sus músculos como un estiramiento intenso de esos que tan bien sientan. Está
seguro de que el vampiro ya no será un problema. Liu es una presa mediocre, era
obvio que se habría cansado de él con rapidez ¿Quién no lo haría?
Incluso él tiene que molestar a otros porque el moreno no es suficientemente
entretenido. Aunque, por esa noche, se conforma con él.
—¿Qué? —espeta, más fuerte aún y le da una patada a la silla sobre
la que tenía puestos los pies. Liu da un repullo cuando cae al suelo con un
gran estruendo y mira a Jack asustado ahora y también confuso. Le gusta cuando
su carita luce así, mucho más que cuando lo mira con ira —¿Esperabas que
hiciese yo esta basura? No soy como el maricón con el que te ponías a hacer
trabajos antes.
Liu se levanta de golpe, como un resorte, y él lo mira
entretenido.
—¡No hables de él!
—Oh, ahora te vas a poner chulito. Nunca lo defendiste cuando
estaba vivo y ahora te aseguro que no necesita tu defensa.
Liu aprieta los puños, los dientes, aprieta su alma alrededor de
su corazón con un sofocante nudo porque siente que, si deja sus emociones
fluir, algo malo pasará. Siente que, si deja su cuerpo vulnerable, su armazón
caído y su núcleo expuesto a los ataques de Jack, algo irreparable va a
romperse y va a convertirse en una persona que no quiere ser.
Piensa en la conversación con Xander el día anterior y avanza un
paso hacia el matón.
—Dime una cosa, Liu ¿Al menos te dio por culo antes de morir o
además de maricón eres virgen? Porque eso sería putamente patético.
Liu avanza un paso más y Jack sigue relajado en su silla,
parloteando, riendo como si su presencia llena de ira aproximándose fuese de
todo menos una amenaza. Liu piensa en la conversación que tuvo con Alexander.
Piensa en Alexander. En la muerte. En lo injusta que es. En cómo tuvo que
llevarse a Matheo, a su dulce madre, a su tan divertido padre, a la mal leal de
las mascotas. En cómo es posible que esa escoria que tiene frente a los ojos
siga viva mientras suelta semejante veneno por la boca.
—¡Oh, vamos! ¿Te estás enfadando por lo que digo? —Liu piensa que
Xander, pese a sus años de vida, pese a su sabiduría, pese a ser capaz de robar
pensamientos y forzar mentes, se equivocaba. Ayer se equivocaba. Él si es capaz
de maldad. Es capaz de hacer cosas horribles. Cosas impensables. Indeseables. —Ni
que fuese yo quien lo mató. De hecho… —una enorme, enfermiza sonrisa se alarga
en sus labios.
Liu piensa que, quizá, tiene la oportunidad de enseñarle al
vampiro que se equivoca. De poner esa parte culpable y podrida, esa parte sin
inocencia de su interior, a buen uso.
—¿No murió por ir a tu casa ese fin de semana? Deberías estar
enfadado contigo, Liu, si no te hubiese conocido, el otro maricón seguiría
vivo.
Jack estalla en risas cuando Liu se va corriendo hacia la cocina
después de escuchar sus palabras. De hecho, se carcajea hasta que los ojos le
lloran y le duele la panza al imaginar al estúpido, patético chico hecho un ovillo
mientras llora la muerte de su noviecito.
No le parece tan gracioso cuando Liu vuelve a salir de la cocina.
Llorando, como él había anticipado, temblando, hipeando y sollozando.
Pero con un cuchillo en la mano.
—¿Qué mierda hac-
—¡CÁLLATE!
Liu apenas reconoce el sonido que sale de su garganta, mitad
gutural, como el rugido de una criatura que no debería haber sido despertada,
mitad agudo e histérico, como cristal rompiéndose. No reconoce tampoco su mano,
la que sostiene el cuchillo, o sus pies, los que avanzan hacia Jack. Puede verlos
y sabe que los ve desde las ventanas de sus ojos, pero no siente calor o frío,
no registra la aspereza del mango del cuchillo contra su mano, su peso o la
presión de sus dedos alrededor de este. No siente la frialdad del suelo sobre
sus pies descalzos y, cuando ve gotas transparentes goteando contra el suelo,
no puede notar tampoco las lágrimas deslizándose por sus mejillas.
De un segundo a otro algo ha chasqueado en su interior. La ira ha
pasado de ser algo ardiente entre sus manos, una terrible bola de fuego que lo
abrasaba, algo que sentía, que padecía, a ser una entidad. Un
cuerpo que ha ocupado su piel y la controla y él, echado de su cuerpo,
expulsado como un espíritu en un exorcismo, no puede sentir ya ni la ira, ni el
cuerpo, solo puede ver, como si se hubiese quedado atrapado en el diminuto pozo
de su pupila.
Ve a Jack asustado, retrocediendo hacia a la puerta, a él
siguiéndolo, gritándole que se calle, que deje de hablar de Matheo, de ese fin
de semana, de su familia… incluso si ni siquiera ha mencionado a su familia,
incluso si hace rato que no menciona a Matheo e incluso si le da igual, porque
no oye nada, como si llevase dos enormes nubes de algodón dentro de los oídos.
Ve su mano alzando el cuchillo, preparándose.
<<No soy capaz de hacer esto>> piensa Liu, pero sabe que sí lo es. Y le gustaría no
serlo. Le gustaría conservar su inocencia, le gustaría.
—Ven aquí. —susurra una voz grave en su oído, una voz que rompe
esa barrera que hace que el mundo se sienta distante y sus emociones ajenas.
Una voz ronca y poderosa capaz de romper las murallas que ha erigido como una
lanza implacable. —No necesitas ser tú quien se manche las manos de sangre,
Liu. —susurra de nuevo y el chico suelta el cuchillo al suelo y se deshace en
lágrimas, dejándose caer contra los brazos que le rodean la cintura.
Liu vuelve a notarse dentro de su cuerpo y sus emociones, tan
grandes, tan hambrientas por control, lo patean ante la falta de espacio. Lo
sofocan, lo desgarran. Ira. Tristeza. Horror.
Y culpa.
Xander acaricia a Liu en sus brazos, le acaricia los cabellos
hasta que sus hipidos se calman y el llanto es ahora silencioso, con algunos
sollozos de vez en cuando, todo mientras sus ojos rojos y ecuánimes miran desde
arriba al abusón.
—No manches tu bonita blancura, Liu, deja que yo me ocupe. Al fin
y al cabo, tú aún tienes un alma que salvar, si es que eso existe, pero yo no.
Xander deja a Liu en el suelo a su lado, de pie, y el chico se
aferra a su ropa con los puños, inclinándose hacia la gran figura que lo
protege en vez de atormentarlo esta noche.
—¿Cómo te gustaría que lo matara? —pregunta con sus ojos fijos en
Jack y sus palabras dirigiéndose al lloroso Liu.
Jack se encoge en un rincón, deseando poder atravesar la pared si
se aprieta lo suficiente contra ella. No para huir, sus fantasías no son tan
optimistas, sino para fundirse con el cemento como si se ahogase en un
implacable y silencioso mar. Para morir así, pues suena más pacífico que
hacerlo en las manos de ese monstruo.
—N-no lo mates… él tiene razón, yo tengo la cul-
Xander pone el dedo índice sobre los labios de Liu en un gesto
delicado. La forma en que lo hace es tan dulce que Liu deja de llorar sin darse
cuenta, hipnotizado por cómo se siente el dedo del vampiro contra sus labios,
por lo hermosa que es su mirada roja, asesina, cuando no está sobre él.
Por lo protegido que se siente de pronto, lo cómodo, lo cálido… como si
estuviese envuelto en ese tipo de brazo que te hace sentir indestructible.
—Liu, te recuerdo que eres mío. Y eso incluye esta cabecita —dice
el vampiro dulcemente, dando un par de toques con su índice en la frente del
chico —, así que no dejes que otros se metan en ella con estupideces. Ese es mi
trabajo. Ahora ¿Cómo quieres que lo mate?
Liu traga saliva. Ahora que ha vuelto a sus sentidos se da cuenta
de que el vampiro tiene parte de razón: no le desea realmente la muerte a Jack.
Lo desprecia con todo su ser y piensa que el mundo estaría mejor sin él, pero
viéndolo acurrucado en el suelo, llorando y temblando de pavor, se ve incapaz
de verlo morir y alegrarse por ello.
—Xander… —susurra suavemente, como buscando apaciguarlo, y Jack lo
mira como si fuese un ángel.
—Te advertí sobre esto ¿No es así, humano? Te di una oportunidad:
podías dejar en paz a Liu o morir y has elegido la segunda.
Liu alza sus cejas ¿Se conocían de antes? Pero no puede
entretenerse a pensar en ello, no cuando su hogar está por convertirse, de
nuevo, en el escenario de una ominosa escena. En el final de alguien.
—¡No le he tocado, te lo juro! ¡Liu, por Dios, por Dios, díselo!
—chilla Jack en el suelo, retorciéndose de miedo como si tuviese una puñalada
en el pecho —Es… es por un trabajo. Estábamos haciendo un trabajo y luego él se
ha vuelto loco y-
—He oído las cosas que salían de tu sucia boca —advierte Xander
cortándolo. Su tono es tan sombrío que el chico se calla de repente, incapaz de
defenderse, incapaz de cortar el tenso aire con el sonido de su respiración —.
Ábrela —ordena y pone a Liu tras de sí para acuclillarse a la altura del
humano.
Jack lo mira confundido como un niñito perdido en un lugar donde
no habla el idioma. Pero Xander no tiene paciencia para enseñarle, así que alza
su mano y Liu cierra los ojos, incapaz de mirar. Escucha el ruido, el chasquido
de la carne humana y tierna contra esa fría y dura como el mármol, el sonido
del golpe que rebota entre las paredes. Liu sabe que, aunque ha sonado tan
fuerte como un disparo, ni ese ruido hace justicia a lo mucho que duele un
bofetón del vampiro. Cuando él recuerda el que recibió, tiempo atrás, sus
encías palpitan y duelen como si fuesen su corazón descarnado en su boca y
todos sus dientes se sienten como astillas clavadas en él.
Sabe que, a Jack, pese a su mandíbula fuerte y su cara de perpetuo
tipo duro, el golpe le ha dolido como a él le dolió, le ha hecho sentirse de
carne blanda y temblorosa como gelatina, y lo sabe por la forma en que al chico
se le bambolea la cabeza con la mandíbula colgando y un hilo de baba cayendo
por ella. Liu lo mira mejor, girando la cabeza, la forma en que su mandíbula
inferior cuelga es tan relajada, tan abierta que casi le da miedo. Hay algo mal
en ella.
—Te dije que abrieras la boca -gruñe Xander y es entonces cuando
el rostro del muchacho se contrae: su ceño, sus pómulos, su nariz… pero la
mandíbula cuelga aún flácida. Y Liu sabe que Xander acaba de rompérsela con el
golpe.
No sabe qué idea da más miedo: que tenga la suficiente fuerza como
para medir cuanta aplicar en un golpe para romper a alguien o que tenga tanta
que aplaste huesos bajo su palma sin siquiera pretenderlo.
Jack gimotea en el suelo, pero el vampiro hace oídos sordos a los
gorgoteos que pretenden ser súplicas y alarga su mano hacia la boca abierta del
chico. La retira segundos después, estirando dolorosamente de su lengua, la
cual pinza en la punta con su índice y su pulgar.
Liu jadea ante la visión. Sabe, como cualquiera, que atrapar una
lengua entre los dedos es imposible: por mucho que aprietes es un órgano
carnoso que se retuerce entre lúbrica saliva y siempre logra escurrirse del
agarre de uno. Xander, sin embargo, aplica tanta presión que la lengua de Jack
se estremece sin éxito.
—¿Crees que debería arrancártela? Le has dicho cosas muy feas a
Liu con ella. Cosas muy hirientes… y te dejé claro que mi presa no puede ser
herida por nadie más que yo. Le has dicho a Liu cosas espantosas sobre la
muerte de su amigo ¿Sabes siquiera lo horrible que es la muerte? ¿Quieres
descubrirlo? ¿Quieres que antes mate a todos tus estúpidos amigos delante tuyo?
¿Quieres saber lo que se siente al perderlo todo? Primero tus padres, luego tu
hermana, luego tus amigos. No me mires así, puedo leerte la mente, claro que lo
sé. Sé cuáles son los seres que más amas ¿Los debería matar? ¿Dirías que es
culpa de Liu también? No, esta vez no, porque tú has tomado la decisión
de molestarme ¿Debería hacer eso? Matar a todas las personas importantes de tu
vida y decirles, antes de que se mueran, que no soy yo quien les hace esto,
sino tú quien me envía. ¿Debería hacerte matarlos a ti con tus propias manos?
¿Ayudarte luego a suicidarte? Vamos, dímelo ¿No crees que debería joder tu puta
vida hasta que me supliques que te la quite? Porque yo creo que sí. Yo creo que
no hay castigo suficientemente horrible para los estúpidos que se atreven a
tocar a mi... Mi Liu.
Una manita suave y liviana como el peso de una mariposa se posa en
el hombro de Xander. El vampiro se voltea muy despacio y mira a Liu con unos
ojos ardientes, pero cálidos más que abrasadores. Unos ojos protectores,
colmados de un cariño retorcido y agridulce.
—C-creo que ya ha aprendido la lección -murmura Liu mientras mira
fijamente los dedos del vampiro pinzando la lengua del matón. Esta tan quieta y
morada que parece de juguete o de gominola o algo así.
—Yo pienso que no -le responde Xander, volteándose de nuevo hacia
el humano a su merced y nota algo moverse entre sus dedos, la lengua, que
aunque no se tensa ni se relaja, transporta en ella el temblor pavoroso que
invade ese cuerpo mortal.
—Xander, por favor —suplica Liu, a quien minutos atrás ha llamado su
Liu, cuya voz suave y amable y tan debilitadora le amenaza con hacerle sonrojar
por alguna razón que no comprende. Piensa en sus palabras. <<Mi Liu.
Mio. Mi presa, mi sacrificio, mi angelito>> —, si haces todo eso me
sentiré culpable.
Tan pronto el chico dice eso, Xander sabe que no será capaz de
cumplir sus amenazas por primera vez en su vida. Que no será capaz de matar al
chico delante suyo o de romperle más huesos. En ese instante, Xander siente una
profunda oleada de pánico en su interior, un abismo abriéndose en su estómago,
como si cayese por él a la profundidad de su alma, pues sabe que Liu tenía
razón. Sabe que sí tiene poder sobre él.
Xander suspira frustrado, soltando por fin la lengua amoratada y
para entonces seca del humano y se alza, mirándolo con repulsión desde arriba.
—La próxima vez que le hagas daño, humano, ni siquiera él va a ser
capaz de salvarte. Ahora, desaparece de mi vista antes de que cambie de
opinión.
Liu hace un amago de acercarse para abrirle la puerta al chico,
pero Xander lo ase por la cintura, cerca suyo, y lo retiene mientras ambos
observan la torpeza, el desespero, la futilidad con la que Jack se intenta
levantar una y otra vez y termina por gatear hacia la puerta y largarse dando
tumbos, cerrándola tan pronto está afuera de esa horrible casa.
Una vez ambos se quedan a solas,
Xander aprieta la cintura del chico y lo atrae más hacia su cuerpo. Se encorva
él mismo, con el fin de hundir su nariz en los cabellos avellana del humano y
lentamente deslizarse hasta su cuello.
—Cosa tonta e inocente, deberías
haberme dejado matarlo. —susurra en su cuello, negando con la cabeza. Liu
tiembla y se pregunta si el vampiro le dice porque tiene hambre y ahora solo
queda él para saciarlo.
—¿Le amenazaste para que no me
molestara? —pregunta de pronto, recordando las palabras de Xander mientras
amenazaba al matón. Otras más le vienen a la mente <<Mi Liu>>.
Un escalofrío de culposo placer
lo recorre, haciéndolo relajarse contra el cuerpo que tiene detrás,
recostándose en su firmeza como si se fundiese contra su calor.
—Soy posesivo, lo sabes —responde
el vampiro, como excusándose y Liu gira entre sus manos, encarándolo con su
rostro pecoso. Xander ama lo deslumbrante que es la piel del chico, blanca como
la porcelana sobre la que resalta el color de su cabello, de sus ojos, de sus
pecas de chocolate con leche. Quiere lamerle las mejillas, la mandíbula, los
labios —¿De qué te sorprendes? Sabes que eres mío. Solo mío.
—Gracias —murmura Liu entonces y
su voz es tan suave, tan angelical que Xander siente sus piernas débiles ¿Le ha
agradecido así alguna vez un humano? No hay en su memoria un recuerdo alguno
más dulce, más bañado de inocencia y sinceridad.
La forma en que Liu le agradece
que le haya salvado le hace querer ser un héroe por un momento. No matar por
matar, asustar por asustar, sino perseguir a malhechores con crímenes mucho más
pequeños que los que él comete en una típica noche de diversión y atormentarlos
hasta que estén demasiado asustados para seguir haciendo maldades. Quiere hacer
algo bueno con su poder, no porque él sea bueno, sino porque la reacción de Liu
es demasiado maravillosa.
—Cuando se dejaron de meter
conmigo en el instituto fue un alivio —explica el chico con la voz débil,
bajando los ojos con vergüenza, pero por mucho que esquive su mirada, su mente
lo delata. Xander lee en ella las humillaciones, los oprobios y tortuosos
momentos que ese chico y séquito han hecho pasar a Liu solo por obtener un par
de carcajadas u ojos sobre ellos. Le acuna las mejillas con dulzura,
consolándolo aunque sin saber bien cómo —. Ni siquiera soy tan estudioso ya,
pero la escuela era… es como un lugar seguro. M-me gusta fingir que todo es
normal cuando estoy ahí y ellos… ellos me quitaron eso. Sé que mi vida no es
normal, pero me gustaría tanto creer que sí, incluso si solo es un engaño. Por
un ratito. Así que gracias por dejarme recuperar eso.
Liu se alza sobre las puntas de
sus pies y Xander no puede creérselo cuando los suaves labios del humano rozan
los suyos. Ha robado vidas como quien toma lo que le pertenece, ha robado
dinero, ha robado a muchas personas sus cuerpos por noches enteras, su sangre,
sus almas. Ha robado hogares y felicidad. Sonrisas. Ha robado todo lo que a
alguien se le puede quitar y él siempre ha sabido que un día el universo se lo
devolvería.
Que una criatura poderosa como él
lo es ante los mortales le haría postrarse y le despojaría de todo lo que
tiene. Haría de su poder una resistencia fútil y le quitaría hasta a eternidad.
Pero jamás pensó que esa criatura
fuese un mortal. Y que lo que le robase fuese un simple beso.
Capítulo 68
La boca de Liu es cálida y
agradable, su legua una dulce caricia de seda. Xander abre su boca cuando Liu
prensa la suya contra los labios tibios del vampiro y empieza a unir y separar
los suyos, emulando lo que el vampiro siempre hace cuando lo besa primero. Lo
agarra de la cintura con una mano. Con la otra sostiene su nuca, tira de su
cabeza un poco para atrás apoyándola en la palma de su mano, y vierte su beso
entre los belfos de Liu como un delicioso elixir. Lo besa delicadamente, sus
labios tomando los del pequeño, mordisqueándolos para comprobar que su carne es
real. Que ese beso es real. Que el deseo de Liu es real. Luego
derrama su lengua entre los pétalos rosados del humano, su boca es pequeña y su
lengua tan maravillosa. Ama su inexperiencia, ama que el deseo se le quede
grande y los nervios hagan su lengüita hesitar, sus labios temblar. Ama como
Liu gime cuando lo sostiene firme y lo aprieta duro contra él. Como se deshace
en sonidos hermosos cuando él toma el control y riza su lengua alrededor de la
del chico.
Liu se aventura a probar la boca
del vampiro. Lame su labio inferior y luego la encía, lame el sensible cielo de
su boca y, desde ahí, busca algo con movimientos llenos de timidez. Xander
jadea cuando Liu recorre su colmillo con la punta de la lengua, cuando derrama
en su boca su sangre y sus deliciosos quejidos de dolor.
Xander se separa muy despacio del
chico y ver las lágrimas perladas en sus ojos, el temor en su pupila.
—No ahora —murmura roncamente,
reprendiéndose por dentro por pararle los pies al chico cuando por fin
se está ofreciendo de ese modo tan perfecto. —, no hagas eso Liu o voy a
comerte —el chico jadea y la mirada de Xander, pese a su sonrisa, delata que no
miente —. Bésame sin sangre. Cierra los ojos y finge que es un beso normal.
Liu suspira de alivio y bate sus
pestañas, incrédulo, antes de que el vampiro vuelva a hundirse en su boca. El
rubio quiere morderlo, romperlo, hacerlo sangrar. Pero se contiene y besa a Liu
como si fuese un joven acaramelado con su primer novio, lo besa húmedo haciendo
que sus bocas uniéndose y separándose hagan ese ruidito pegajoso que le hace
cosquillear las entrañas a Liu. Lo besa empequeñeciendo sus colmillos porque
sino la tentación es demasiado grande. Lo besa acariciando la cintura de Liu,
preguntándose cómo ha aprendido a ser tan gentil.
Y por qué se siente tan bien. Por
que se siente como algo más que un mero medio para llegar a un fin
cuando su paciencia, su compasión, su delicadeza nunca pretendió ser más que un
instrumento para llegar a la entrega de ese muchacho.
Liu rompe el beso por la falta de
aliento, jadeando y mirando al vampiro con indescifrables ojos brillosos. Sus
pupilas se clavan en la mancha de sangre que tiene en una de sus comisuras, la
cual Xander rápidamente recoge con la punta de su lengua.
—¿Cómo… cómo sabe? —Xander arquea
una ceja y mira a Liu con curiosidad, quien baja su cabeza y añade: —Mi sangre.
O, bueno, la sangre en general. M-me gustaría saber por qué os gusta tanto.
—¿Cómo explicártelo cuando tú no
puedes probar lo que mi lengua siente y yo no puedo recordar los sabores que la
tuya experimenta? —pregunta Xander con una sonrisa irónica.
Por un momento siente un pinchazo
en el pecho al percatarse de la insalvable distancia que hay entre el vampiro y
el humano, no entre él y Liu, sino entre sí mismo y quien una vez fue. Se
pregunta si queda algo de ese hombre dentro del monstruo que hoy en día. Si es
posible recordar cómo sabe el pan o la carne. Cómo se sentía estar vivo. Cómo
amar. La sonrisa de Xander se disuelve, pero niega con la cabeza <<Pensamientos
tan estúpidos ¿De dónde vienen? Me hace mal pasar tanto tiempo con un humano.
Mucho, mucho mal. Me ablanda. Pero es agradable>>
—No toda la sangre sabe igual,
pero toda es deliciosa. No es un sabor que sienta solo en la lengua, es una
sensación que me recorre todo el cuerpo y, si tengo alma, me la empapa también
la sangre. Es adictivo, Liu, me limpia la mente de pensamientos, hace que mi
cuerpo se sienta como hinchándose de fuerzas y mi ser se reduce no a pensar,
sino a hacer. A lo vivo que me sienta con los músculos llenos de sangre, con la
boca caliente, con un latido en mis labios. Y tú sangre, mi bonita presa
—Xander sonríe y toma a Liu por sus mejillas tirando de él, volviéndolo a poner
de puntillas para darle un casto beso en los labios y, sobre ellos, susurrar —,
es tan perfecta que me pregunto cómo he podido vivir con ella todo este tiempo.
Los humanos habláis de cosas dulces y las escribís como algo suave y
delicioso, algo que os calma el paladar pero que os hace querer más y más,
adictivo, algo que os da energía y que se deshace deliciosamente en la boca. En
ese caso, Liu, creo que tú eres dulce. Muy, muy dulce.
Liu sonríe con timidez. Siente
sus mejillas arder incluso si sabe que el cumplido esconde oscuros deseos tras
él. Pero no puede evitar derretirse cuando Xander le habla de ese modo, cuando
su voz ronca y melodiosa busca palabras tan bellas para describirlo, incluso si
habla de su sangre, del sabor de su lenta muerte. No puede resistir esa voz,
esa delicadeza, no cuando vienen junto a manos firmes que lo sostienen y lo
acarician como a un gatito, junto a labios sin colmillos que lo besuquean como
si su boca supiese tan bien como su sangre.
Liu suspira y su cuerpo se sacude
con un agradable escalofrío.
—Gracias —responde con un hilillo
de voz. Suena especialmente aguda esa vez —. Es.. tan extraño. Todo esto es tan
extraño.
Xander ladea la cabeza, su
cabello rubio cayendo a un lado.
—¿El qué?
—Tú… me refiero, q-que existan
criaturas como tú. Que yo esté… que seamos… —Liu traga saliva, quedándose
trabado de pronto <<¿Que seamos qué?>> se pregunta con
recriminación en su cabeza, sintiéndose estúpido —Cuando veía películas o leía
libros de vampiros antes jamás pensé en lo aterradores y fascinantes que
seríais si fuese real.
—¿Te gustaban los vampiros? —pregunta
divertido Xander, despeinado con una mano el cabello de Liu juguetonamente.
Sus mechones café y avellana se
revuelve , dándole el aspecto de una tierna ovejita. Liu asiente, avergonzado.
—¿Tú? ¿Un fan de los vampiros?
Quién lo diría, con la forma en que saliste corriendo la noche en que nos
conocimos. —se inclina ligeramente, rozando su oído con los labios, y susurra
con voz siniestra —Con la forma en la que soy capaz de hacerte temblar ahora…
—Es distinto —niega con la
cabeza, sus mechones castaños recién despeinados ordenándose otra vez —. La
ficción hace que sea seguro interesarse por cosas aterradoras y peligrosas sin
que… bueno, sin que sean realmente aterradoras y peligrosas. La ficción
te ayuda a quedarte mirando sin remordimiento alguno cosas por las que en la
vida real apartarías la vista y la vomitarías o te permite acercarse a lugares
de los que deberías huir si los pisases en la vida real. Además, me gustaban
las películas y libros de vampiros aterradores, pero también las románticas.
—ríe, negando ante su ingenuidad.
Siente una punzada de melancolía
mientras recuerda como él y Matheo hicieron una indentación en el sofá con sus
traseros tras pasar más de doce horas viendo una maratón de películas
empalagosas. Recuerda tirar distraídamente el huesito de goma de su perro
mientras con la otra mano acariciaba el muslo de Matheo. Recuerda retirar muy
rápido la mano cuando su padre entró en el comedor para ofrecerles palomitas
dulces y, acto seguido, su madre vino corriendo a robar unas pocas porque eran
sus favoritas y, antes de irse, le guiñó un ojo a Liu.
—Todo es muy diferente en la
realidad, sois muy diferentes —se corrige, y alza la vista hasta que sus ojos
se topan con el rojo en el iris del vampiro, ese color ardiente que se oscurece
en los bordes y, cerca de la pupila de gato brilla con un amarillo anaranjado
que le recuerda al cielo en el anochecer. —En algunas cosas las películas sí
acertaron, creo. Sois criaturas magníficas, hermosas. Tenéis un aura extraña,
como imagino que debe lucir el resplandor de una luz cualquiera para una
polilla. Pero también sois… m-mucho peores que en la ficción. No te ofendas, no
quiero…
—No pasa nada —interrumpe el
vampiro con amabilidad. Su mano reposa en la parte más estrecha de la espalda
de Liu, acariciándola con dulzura y empujándola cuando el cuerpo del chico osa
alejarse del suyo. —. Lo somos. Los humanos siempre habéis pensado que para
hacer un buen monstruo hay que darle tantos poderes como debilidades, tantos
puntos fuertes como flojos. Recuerdo haber oído que eso es esencial para hacer
un ‘’villano realista’’. Pero la realidad es cruel y es injusta y a veces los
seres con las peores intenciones y la mayoría del poder no tenemos flaquezas
que los héroes humanos puedan explotar para vencernos y salir de un apuro o
salvar el mundo. A veces la única opción que os queda es simplemente obedecer y
aceptar la verdad.
Liu traga saliva y desvía la
mirada. Le incomoda la forma en que el vampiro habla como si le aleccionase,
como si pudiese ver a través de él y atisbar en su alma esa tímida llama de
esperanza que aún arde en su interior, prometiéndole que todo estará bien, que
su tortura acabará algún día. Siente que el vampiro, entre susurros, intenta
apagar esa luz en su interior.
Liu se pregunta si sería tan
malo. Recuerda lo que Xander le hizo y sabe que sí, pero luego es débil y
olvida. Se hunde en el abrazo, en las caricias, en el beso de hace un rato y en
lo muy solo que se sentiría esa noche de no ser por el vampiro y algo dentro
suyo le dice que no, que no sería tan malo no librarse de él nunca.
Interrumpiendo sus pensamientos,
Liu siente su tripa rugir tan alto que hasta Xander suelta una poderosa
carcajada.
—Perdón —responde con voz suave y
mortificada —, es que aún no he cenado ¿Puedo…?
Xander desenvuelve sus brazos de
alrededor del chico y lo sigue a la cocina. Anda con pasos silenciosos y jamás
alejándose de la pequeña figura que le da la espalda, como si se tratase de su
sombra: un ser oscuro y deformado por la noche hasta convertirse en una
criatura de tales dimensiones que podría devorar al humano que acecha.
Xander observa con curiosidad los
quehaceres cotidianos de Liu. A decir verdad, la vida humana no le ha
interesado jamás. No es uno de esos inmortales que antes de cazar acechan por
largas horas, noches incluso, aprendiéndose la rutina de sus víctimas, curioseando
la forma en la que invierten o pierden el tiempo, descubriendo sus ambiciones y
tejiendo sus relaciones mentalmente. Él no observa las rutinas de sus víctimas,
solo irrumpe en ellas y les pone fin de una vez por todas.
Debe admitir que es entretenido
ver a Liu trasteando en su cocina. Le gusta como su cabecita de sedosos
mechones color caramelo que apenas le llega al pecho va de un lado para otro
cogiendo cosas de la nevera hasta tener los brazos llenos, poniéndose puntillas
para llegar a la estantería más alta de la alacena y agachándose para los
cajones más bajos y luego hacinando todo sobre el mármol. Le gusta ver la
torpeza con la que Liu sostiene un cuchillo demasiado grande para sus manos y
corta verduras y carne, sus dedos siendo repetidamente lavados con agua y jabón
cada vez que toca la rosada pieza de pollo crudo, como si hubiese algo impuro
en la carne muerta que debiese expulsar antes de que atravesase su piel y le
manchase el alma.
Le gusta ver como da un saltito
hacia atrás cuando echa todo a la sartén y esta contraataca chisporroteando,
sobre todo porque al recular Liu choca contra él sin querer.
Xander rodea su torso con su
poderoso brazo derecho y lo sube, alzando al chico del suelo hasta llegar a la
altura perfecta para darle un besito en la mejilla.
—¿Qué estás haciendo para tu
cena? —pregunta Xander, más para oír la voz del pequeño que para saber la
respuesta, pues lleva varios minutos cocinando tan concentrado que no le ha
dicho nada para rellenar el silencio, como usualmente.
—Uhm, solo estoy salteando
verduras y pollo. No es gran cosa, pero hace ya mucho tiempo que no me apetece
cocinar cosas complicadas. Tengo poca energía —murmura con un encogimiento de
hombros.
Él jamás fue un muchacho atlético
o energético, recuerda a su padre comprándole una bicicleta que cogió polvo
durante años, a su madre prestándole su cinta de correr solo para ser ignorada
y a su perrito tirando de la correa porque incluso sus rechonchas patas iban
más rápido que las piernas de Liu. Hasta recuerda a Matheo burlándose de su
suspenso en educación física.
Aun así, Liu se recuerda mucho
más vivo entonces. Saliendo a pasear con su mejor amigo por horas, limpiando la
casa junto a su padre y ordenando todo pulcramente y horneando pasteles y
galletas cada fin de semana con su madre, que no podía vivir sin su dosis de
azúcar.
Cuando todos ellos se fueron, Liu
sintió que alguien había cortado un cable invisible, pero al que llevaba toda
la vida conectado y lo alimentaba de una electricidad que la ayudaba a moverse,
a respirar, a pensar.
Alexander observa a Liu emplatar
su comida. No sabe mucho de alimentos humanos, pero incluso desde su ignorancia
le resulta fácil distinguir lo pequeño que es el plato y lo poco lleno que
está. La comida luce colorida, especiada y en el balance perfecto entre tostada
por fuera y jugosa por dentro, pero aun así es escasa.
—Tienes que comer más —replica
Xander siguiendo a Liu a la mesa donde deja su plato y se dispone a sentarse. Liu
lo mira con una ceja alzada y media sonrisa se dibuja en su cara cuando
responde, socarrón:
—O dormir más, pero alguien me
mantiene despierto toda la noche.
Xander acorta las distancias
acorralando al chico contra la mesa. La sonrisa de Liu se borra y traga grueso.
Sus manos se aferran fuerte contra el borde de la mesa. La misma mesa donde
come cada día. La misma mesa donde hace no demasiado el vampiro lo tocó y lo
obligó a suplicar por un orgasmo que él jamás pidió. El lugar donde le recordó,
una vez más, a quien realmente pertenecía su cuerpo.
Las manos del vampiro se ponen en
su cintura. Liu retira el plato hacia el centro y el vampiro alza al chico,
sentándolo en el borde de la mesa, empujándose entre sus piernas. Las manos
suaves y pálidas de Liu, a excepción de por sus pecas, se posan con cautela en
el pecho del vampiro, deseando empujar.
—N-no quería enfadarte, solo
bromeaba, l-lo siento —murmura con la voz rota y la respiración acelerada. Xander
niega con la cabeza, rozando con su nariz la del pequeño en un inesperado beso
de esquimal.
—No estoy enfadado —le responde,
obteniendo un suspiro de alivio por parte de Liu —, pero lo que te he dicho es
una orden: comerás más. —Liu asiente, dócil, desconfiado —También dormirás más.
Hoy tengo que irme temprano, así que en unas horas vas a estar en la cama
durmiendo ¿De acuerdo? Eso también es una orden. Pero antes de marcharme,
quiero más besos.
Liu asiente de nuevo, sus
movimientos son gentiles y obedientes y Xander tiene deseos demasiado viles
ante la suavidad del chico. Se muerde el labio, intentando disuadir, pero
cuando por fin va a tomar sus preciosos besos de la boca rosada y hermosa de Liu,
el chico hace una pregunta:
—¿M-me tengo que cortar con tus
colmillos esta vez o pueden seguir siendo besos bonitos?
Xander siente su interior arder y
no entiende qué sentimiento exacto enciende esa llama que lo consume. La
vocecita de Liu haciendo esa tan servil pregunta lo prende, sin duda, pero a la
vez algo en su interior se siente como la devastación de la ira, de la
frustración, del arrepentimiento.
<<Besos bonitos>> Xander no se explica como Liu logra, con expresiones tan
sencillas, tan infantiles, hacerle a la vez sentir tan bien y tan mal. Él no
está hecho para dar besos y mucho menos bonitos, él está hecho para morder,
para matar. Y sin embargo quiere darle a Liu lo que pide, quiere que sus besos
siempre lleven ese hermoso adjetivo detrás, incluso los que son
sangrientos.
Xander no responde. No se siente
capaz.
Toma al chico por su nuca,
ahuecando la palma de su mano, y lo empuja hacia sus labios. Lo besa lento y
suave. Disfrutando del momento, saboreando los pequeños ruidos de gusto que Liu
es incapaz de empujar abajo de su garganta y sofocar. Es maravillosa la forma
en la que Liu se aferra a sus brazos, en que sus manos pálidas y moteadas de hermosas
pequitas le aprietan los bíceps cuando él le muerde la lengua o le chupa los
labios, como queriendo acercarse más, queriendo clavarse con las uñas en el
hombre que lo besa de ese modo y no abandonar nunca las sensaciones que le
ofrece. Su lengua es larga en su boca, se mueve con experiencia recorriendo los
lugares que ya conoce, lamiendo su lengua, sus encías, el sensible cielo de su
boca y hasta sus dientes sin filo, tan patéticos comparados con el peligro en
sus colmillos. Liu lo imita, pero sin lamer sus caninos, esperando que, quizá,
el silencio del vampiro signifique que puede permitirse otro beso sin dolor.
Cuando se separan Liu se
encuentra mareado. Siente que necesita que alguien lo tome con firmeza de la
cintura y lo mantenga en el lugar hasta que se calme, pero en vez de eso las
manos de Xander se deslizan fuera de su cuerpo en una caricia agónica.
—A-adiós —murmura el chico, su
cuerpo entero temblando de deseo, de anticipación, de frustración. Y de miedo,
porque no entiende qué hacer con esos sentimientos.
No recibe más respuesta que el
sonido de la puerta cerrándose.
Capítulo 69
Jeremy despierta dando un bote en
la cama. Al inicio piensa que alguien está taladrando justo encima de su
cabeza, que pronto sentirá un troquel girando sobre su frente y abriéndole el
cráneo, pero luego, cuando su histeria se disuelve y se despierta del todo,
recordando dónde está, qué día es y qué fue lo último que hizo, se gira a la
derecha y ahí tiene el origen del terrible sonido: su nuevo teléfono móvil
vibrando contra la mesilla de noche como un terremoto a pequeña escala.
Lo toma y mira con los ojos
entornados la pantallita luminosa, leyendo el primer mensaje que nunca ha
recibido.
<<Dentro de treinta minutos
en el parque bajo el hotel. Te llevaré a mi casa hoy para divertirnos. Come
algo antes de venir, necesitas energía.
PD. Tengo hambre. Mucha.
Att: Aidan ¿Quién si no,
tontito?>>
El muchacho se lleva una mano a
la boca intentando contener su boba sonrisa, pero es imposible. Leer ese
mensaje lo tiene con el estómago burbujeando de emoción y las mariposas
revoloteando en su interior. Incluso si el hambre de Aidan lo aterra, el miedo
es incapaz de opacar su nerviosismo. Un nerviosismo teñido de rosa y que le
hace sentir cosquilleos en todo el cuerpo.
El chico sale de la cama con
prisas, yendo a la ducha para arreglarse rápidamente, vendar su herida del
cuello y ponerse uno de los dos conjuntos de ropa que tiene: una camisa gris de
tirantes y unos pantalones cortos negros. La camisa le aprieta tanto que deja
al descubierto su tripa morena y los pantalones también son unas tallas menos
que la suya, dejando al descubierto una parte de su redondeado trasero y
apretándose vergonzosamente entorno a su virilidad.
Jeremy se mira en el espejo por
unos minutos. Su rostro está más lleno y luminoso que dos noches atrás, cuando
Aidan le mordió, y aunque solo ha tenido una noche de reposo, le ha sentado de
maravilla. Las ropas se adhieren a su figura delgada y curvilínea como una
segunda piel, resaltando su diminuta cintura, donde la camisa termina y sus
caderas algo más anchas, los huesos de las cuales sobresalen por encima del
corto pantalón negro.
El muchacho realmente no quiere
comer nada. El servicio de habitaciones le trae una abundante comida diaria y
aunque ansía comerla, intenta guardar la mayor parte cuando es capaz de
controlarse. Aunque su estómago ruge y ruge, le aterra la idea de terminarse
sus recursos y que llegue un día donde realmente los necesite y los haya
desperdiciado. Aun así, es Aidan quien le ha ordenado de coma y no tiene mucho
tiempo para cavilaciones, así que toma medio plátano maduro, que deshace en su
boca con dulzura y se le antoja lo más delicioso que ha comido en días, toma su
teléfono móvil y sale a la calle.
El frío lo azota como un látigo
de hielo, pero no puede permitirse ropa de invierno aún. <<Sí puedo,
en realidad, pero…>> piensa en el fajo de billetes que Aidan le pagó,
el mismo que ahora está oculto bajo el colchón del hotel. Igual que con la
comida, la idea de malgastarlo y no tener el día que necesite, le aterra
demasiado.
Jeremy mira a un lado y a otro
una vez se interna en el parque bajo el hotel, pero no encuentra a Aidan,
pues ha llegado un cuarto de hora antes, así que decide sentarse sobre las
hermosas decoraciones de mármol que hay alrededor de la fuente central. El
lugar es hermoso y la escultura de un león rugiente se eleva con majestuosidad
en la noche, escupiendo cinco chorros de agua que, al caer, salpican un poco
los hombros descubiertos de Jeremy y le hacen tener un escalofrío.
Vuelve a mirar a un lado y a
otro. Luego a su teléfono <<¿Cuánto queda para que pueda verlo? ¿Por
qué el tiempo pasa tan despacio? Tengo ganas de verlo, de hablar con él, aunque
sea un poco. Y espero… espero que el mordisco sea mejor esta vez, que pueda
soportarlo más>>.
Jeremy se pasa la mano por el
cuello y luego, cuando los vellos de la zona se erizan, por la nuca. Se siente
inquieto.
Observado.
Y es que Aidan ha resultado ser
mucho más puntual que él, lo suficiente como para esperar entre las sombras
mientras salía del hotel y seguirlo, aún oculto en la noche, hasta el parque.
Por el momento, disfruta enormemente del espectáculo que el nervioso mortal
ofrece en el banco, mirando a su alrededor, comprobando la hora compulsivamente
y siendo incapaz de hacer que su corazón deje de bombear tan rápido.
<<Creo que es la criatura
más tierna que jamás he visto. Tan nervioso, tan temeroso al saber que será mi
presa esta noche y aun así siendo obediente, esperándome ahí sentado con su
ropa deliciosamente diminuta y la venda en su cuello ocultando mi marca como un
secreto a voces. Pienso que, si alguien pasase por aquí ahora, si algún
desgraciado tuviese la suerte de pasear por este parque en este instante y
poner sus ojos sobre la adorable imagen de mi humano, lo mataría. Le arrancaría
los ojos, le abriría la cabeza y aplastaría su cerebro para no compartir la
imagen de mi bonito Jeremy. Ah, tan impaciente mirando la hora ¿Debería ir ya
con él? ¿Darle lo que desea? Quiero ser cruel, hacerle esperar un poco.
Desesperarse ¿O quizá podría darle un pequeño susto? Descubrir cómo se sentiría
si fuese realmente mi presa>>
Aidan se desliza entre las
sombras. Pese al basto tamaño de su cuerpo, sus movimientos son ágiles y
silenciosos, demasiado rápidos para que el ojo humano los perciba y
definitivamente lo suficientemente eficaces como para rodear a Jeremy por
detrás y poner una mano sobre su boca antes de que tenga tiempo siquiera para
gritar.
Tan pronto Aidan lo amordaza con
su fría palma y con su otro brazo rodea la estrechez de su cintura y lo alza
sobre el suelo, Jeremy se queda congelado, su móvil cayendo de su mano y su
cuerpo completamente rígido, moviéndose solo para temblar.
<<No… ¡No!>> Jeremy estalla, intenta gritar, patalear y luchar, pero su
resistencia solo consigue agotarlo sin resultados: sus piernas se balacean
inútiles en el aire, sus brazos son inmovilizados por el del vampiro y ese
mismo miembro aplasta su caja torácica impidiendo que un solo chillido llegue a
su garganta.
Aidan se recrea, deleitado, en la
resistencia de Jeremy. Su cuerpo cálido y pequeño agitándose contra la quietud
de su figura musculosa, su corazón acelerándose, el dulce aroma de su miedo
adornando la noche y… oh, la suavidad de sus lágrimas derramándose sobre
la mano que le impide suplicar clemencia. <<Por favor, no quiero morir
¿Por qué ahora? ¿Por qué las desgracias me perciben? Iba a ver a Aidan. Todo
iba a salir bien. Las cosas estaban mejorando ¿Por qué no parezco merecer ser
feliz?>>
Aidan aprieta los labios cuando
capta el pensamiento del chico. De pronto, su divertida idea ya no lo
entretiene y una sensación desagradable de vacío crece en su pecho. Justo
cuando piensa en liberar al chico, nota su último intento por luchar: un doloroso
mordisco en los dedos húmedos de saliva que tiene sobre su boca.
El vampiro no puede evitar reír
ante la ironía de la sensación. Una risa inconfundiblemente cálida y sedosa que
calma a Jeremy tan pronto llega a sus oídos. Como si Aidan acabase de pulsar un
interruptor, el cuerpo de Jeremy vuelve a su quietud anterior, sin un rastro de
la vigorosa resistencia que estaba intentando oponer.
—Soy yo quien tiene que morder
esta noche, Jeremy —dice socarronamente en su oído.
Aidan reduce la presión de su
mortal abrazo, dejando al chico poner los pies de nuevo en el suelo, respirar y
zafarse de la mordaza contra su boca.
—¡¿Cómo se te ocurre?! —chilla
Jeremy con el ceño fruncido y sus dientes apretados. La cara se le pone roja de
la ira mientras se voltea para estampar su puño en el abultado pecho del
vampiro, obteniendo una risa burlona y humillante. Aidan no puede parar de
pensar en lo adorable que se ve esa cosita humana estando enojada, con su pelo
blanco y sus pestañas de nieve, sus cejas del mismo color y esos ojitos
brillantes… cualquiera habría podido compararlo con una tonta ovejita berreando
—¡Pensé que iba a morir! ¡Casi me asesinas del susto!
Viendo que los golpes no se
detienen, Aidan decide volver a rodear el torso de los brazos del chico,
inmovilizándolo nuevamente y levantándolo del suelo, solo que ahora encarándolo
en el abrazo en vez de apresarlo por detrás.
—Solo bromeaba, no seas dramático
—ríe, inclinándose para besar los cabellos mullidos y canosos del muchacho.
—¡Pues a mí no me hace gracia!
Aidan agarra las pálidas manos
del muchacho para que deje de golpearle el pecho como si fuese un tambor.
Mientras las tiene presas en su agarre, se permite admirarlas en unos segundos:
son finas y hermosas, al lado de su piel y en contraste con el níveo color de
cabello del humano uno podría decir que es una piel morena, besada por el sol.
Sus uñas parecen de cristal, tan brillantes y cubiertas por una lechosa capa
que uno confundiría por esmalte. Aidan le acaricia los dedos mientras las finas
cejas blancas de Jeremy siguen fruncidas.
—¿Es mi culpa acaso que no tengas
sentido del humor? Vamos —susurra ahora soltando sus manos y tomándolo por la
cintura. El humano se siente derretirse cuando nota la mano cálida sobre la
zona que su camiseta estrechita deja a la vista. —, no seas arisco ¿Necesitas
que te acaricie un poco para ablandarte?
Jeremy suspira, vencido, y se
hunde en el pecho del vampiro mientras este desliza sus dedos por su cintura,
por los centímetros de espalda que lleva desnuda y por el vientre que se
muestra entre la camiseta y el pantalón. Aidan tiene razón, no puede mantenerse
enfadado con él, no cuando sus caricias le derriten de ese modo.
Jeremy cierra los ojos e inhala
profundamente. Le gusta el olor de Aidan. Le gusta que sea dulce, pero también
picante o ácido. Le recuerda al tenue aroma de té de canela con limón que
quedaba en la cocina incluso horas después de que su hermana le preparase esa
bebida en las noches que eran muy frías y no podía permitirse hacer una segunda
sopa para llenar su barriguita de algo caliente y nutritivo. Jeremy recuerda
como su hermana ponía el vaso humeante delante suyo y ello la abrazaba por
detrás cubierta con una manta gruesa que debía pesar, a su juicio, como un
hombre adulto. Recuerda que a veces el té le quedaba frío porque se entretenía
en olerlo y, solo con eso, ya se sentía mejor.
—Siento haberte golpeado. No te
has enfadado ¿Verdad? —pregunta el muchacho alzando su cabeza desde el pecho de
Aidan. Y si el vampiro no estaba enfadado antes, no puede estarlo ahora, pues
los ojos de su presa son demasiado hermosos. Dos lagunas preciosas del color
del cielo, brillos turquesas y verdosos pero también violáceos, como el nácar,
un color profundo, tipo azul marino, rodeando el pozo de la pupila, y un
levísimo aro de azul pálido como el de las perlas alrededor de todo ese
espectáculo de color.
—¿Enfadarme? Ni siquiera he
notado tus golpes. Pensé que era el aire soplando —se burla el vampiro
inclinándose para rozar su nariz con la de Jeremy. El chico corresponde el
tierno beso de esquimal y Aidan se muerde el labio cuando se percata de que
nunca ha hecho ese gesto con otro ser antes.
Lo ha visto, por supuesto, en
parejas enamoradas y acarameladas de las que se ha burlado, matando a un amante
frente al otro, viendo cómo se deshacía en lágrimas antes de desgarrarle el
cuello sangrientamente. Jamás pensó en ese gesto como algo más que una tierna y
boba muestra de ingenuidad.
Y ahora entiende por qué esas
parejas se besaban de un modo tan idiota. Por qué elegían ser ingenuas y lucir
vulnerables.
<<Se siente tan
cálido>>
—¿Te has asustado mucho? —Jeremy
arquea una ceja y presiona su dedo índice acusador contra las clavículas del
vampiro.
—¿Yo me he asustado? ¡Tú
me has asustado!
Aidan ríe y se inclina para besar
la mueca enfada del chico, derritiendo todo el enojo de su cara con la dulzura
de sus besos.
—Me declaro culpable —susurra
sobre sus labios antes de lamerlos y estrecharlo cerca —. Cosita, estás
temblando todavía ¿Tanto miedo me tienes?
Jeremy, colorado hasta las
orejas, desvía la mirada a otro lado.
—No te lo tengas tan creído
—bromea —, el frío también ayuda.
—¿Cómo se te ocurre ir con tan
poca ropa con esta temperatura? Luces delicioso, mi pequeña presa, pero no
quiero que enfermes… —<<Hay una forma en que podría evitarlo… No. Deja
eso. Déjalo ¿Qué me sucede?>> —¿Quieres que vayamos a mi casa ahora,
como te había dicho?
Jeremy asiente, intrigado y
preguntándose cómo lucirá el lugar donde una criatura como Aidan vive. Un
escalofrío lo recorre <<¿Será un lugar discreto donde atrae a sus
víctimas? ¿Una cueva o una gruta con telarañas? ¿Un lugar antiguo, como un
castillo, con mazmorras y cadenas y prisioneros aullando en los
pasillos?>>
Jeremy pasó largos minutos del
camino con sus ensoñaciones, haciendo en su mente diversos colashes con los
recuerdos que tiene de películas de miedo o imágenes aterradoras que ha visto
por aquí y por allá para formar la imagen de lo que sería la casa de Aidan. El
vampiro se entretiene silenciosamente curioseando dichas imágenes, pero el
colmo llega cuando Jeremy lo imagina acariciando un gato negro con colmillos
mientras se sienta en un trono hecho con huesos ensangrentados.
Aidan no puede evitar reír ante
la imaginación del menor.
—Tontito, no duermo en un ataúd
y, si limpio, no hay telarañas tampoco. Ya has estado ¿No lo recuerdas?
Jeremy alza sus ojos con sorpresa
y su estómago se gira dentro de su barriguita cuando lo golpea el recuerdo de
aquella mansión lujosa donde pensó que moriría. Los detalles del lugar están
borrosos, pues recuerda tener los ojos anegados en lágrimas mientras Aidan lo
entregaba a aquel otro vampiro. Solo recuerda con claridad el frío de aquella
piedra que bien podría ser una pira sacrificial donde Alexander lo puso y
planeaba asesinarlo.
—¿V-vives con ese otro vampiro?
—pregunta con una voz más reservada que la de hacía unos minutos. Aidan lo mira
de soslayo, comprobando que el chico está nerviosamente jugando con sus manos,
arrancándose finas pieles de los lados de las uñas.
Aidan lo rodea con un brazo,
pasándolo sobre sus hombros desnudos.
—Sí, vivo con Alexander. —la
mención de su noche hace a Jeremy encogerse.
Recuerda con demasiada perfección
a esa criatura, ese cruel devorador de almas que por un tiempo fue el señor de
sus sueños y rey de sus pesadillas.
—Pero no tienes que temer. Ahora
que te he probado, Jeremy, no volvería a ofrecerte a él jamás. Además, él tiene
su propio humano para saciarse, dudo que le interese nada más. Está tan
obsesionado con él que incluso sería capaz de pasar por alto el hecho de que
estoy trayendo a su casa la cosa más bella sobre la que sus ojos se han posado
jamás.
Jeremy sonríe y se encarama al
brazo de Aidan. Está acostumbrado a los cumplidos, los clientes a veces parecen
pensar que pueden pagar en halagos o, al menos, obtener un descuento si dicen
los suficientes, así que Jeremy suele rodar los ojos e ignorarlos o
agradecerlos cortamente para ahorrarse lío. Aidan, sin embargo, suena tan
genuino que lo hace sentirse como la primera vez que un hombre lo llamó hermoso
y él, incapaz de adivinar los perversos deseos tras sus palabras, se puso rojo
como un tomate y pasó la tarde entera mirándose al espejo, buscando la belleza
que el otro juraba ver en él.
A parte de eso, Jeremy también
piensa en el resto de las palabras de Aidan. Se pregunta cómo será ese otro
humano del que Aidan le ha hablado y, sobre todo, cómo es posible que un mortal
haya domesticado a ese hombre cruel, egoísta y bruto que él conoció hasta
convertirlo en un dulce compañero, como Aidan.
Tras un pequeño paseo los ojos
azules del humano se abren como platos y su cabecita de mullidos mechones
blancos se ve obligada a alzarse para contemplar el edificio que tiene enfrente
en toda su majestuosidad. La primera vez que lo visitó estaba demasiado ocupado
pataleando a espaldas de Aidan como para pararse a apreciar la exquisita
arquitectura, la valla de metal negro que se retuerce en formas caleidoscópicas
preciosas o el camino de losas de piedra pulcramente dispuesto en medio del
jardín salvaje que rodea la casa. De hecho, solo recuerda dos características
de ese lugar: que no tenía ventanas por donde huir y que su única vía de escape
fue un enorme pórtico que, de haber estado cerrado, habría significado su
muerte.
Esta vez la puerta de dimensiones
titánicas sí está cerrada y un escalofrío recorre a Jeremy cuando Aidan la abre
empujando sencillamente con una sola mano y luego la cierra a sus espaldas. Hoy
Jeremy no podría escapar, aunque lo intentase.
<<No necesito huir de
él>> Se dice por dentro para tranquilizarse,
aunque a ese susurro de su voz interior le replican los vívidos recuerdos del
vampiro matando. Incluso si mató para ayudarlo a consumar su venganza, la
crueldad con que lo hizo fue por y para sí mismo. Para su diversión.
Nada más entrar Aidan toma la
cintura del chico entre sus manos y lo empuja suavemente contra la sólida
puerta.
—Creo que esto sobra ahora,
Jeremy —murmura bajando en pequeños besos por la forma de media luna del
cartílago de su oído hasta llegar a su cuello y posar los labios sobre la
venda.
Jeremy traga saliva y el sonido
arranca de Aidan una risa burlona que le eriza la piel. Sus manos lo mantienen
quieto y disponible para él, clavándolo contra la puerta mientras sus dientes
pinzan delicadamente la primera capa de la venda y tiran de ella,
desenvolviendo la piel desnuda y herida del chico como un delicioso, pero
frágil regalo.
—Sigues temblando, Jeremy, y creo
que el frío ya no es el problema —susurra ronco y con una voz que Jeremy no
sabe situar bien entre la seducción y la intimidación. Escucha el sonido suave
de la venda cayendo al suelo y nota el frío contra su sensible cuello. Las
incisiones le palpitan, todavía abiertas y rojas. Las rodillas le flaquean —.
Estás tan nervioso… ¿Acaso no he sido bueno contigo antes, Jeremy? ¿Acaso no
conoces el placer que mis manos son capaces de darte?
El chico vuelve a tragar saliva y
asiente.
—Pero también conozco el dolor
que… —su frase se corta en un jadeo cuando nota la humedad de la lengua de
Aidan subiendo por su cuello.
Primero las clavículas, esos
descollantes y atractivos huesos que Aidan ama mordisquear, luego la nuez que
sube y baja cuando está nervioso y, finalmente, la lengua se desliza lenta,
cálidamente sobre las heridas que esa misma boca provocó unas noches atrás.
Escuece solo un poco, pero todo el cuerpo de Jeremy se paraliza ante el
recuerdo de la agonía de ser mordido. Lo frágil que se sintió. Lo
insignificante. Lo prescindible. <<Solo carne. Solo sangre>>
—Aidan, es más doloroso de lo que
ha-había imaginado —el vampiro hace un ruido de diversión, una especie de
burlón ‘’Aw’’ de falsa lástima cuando se percata de cómo el tono de Jeremy se
asemeja demasiado a una súplica —y tú eres más brusco cuando bebes sangre de lo
que usualmente eres. —añade subiendo sus manos temblorosas hasta los brazos del
vampiro.
No busca apartarlo, jamás
pretendería tal osadía, pero necesita su contacto. Su calor. Pone sus dedos de
muñeco sobre los grandes bíceps de Aidan, notándolos endurecer cuando este
aprieta más las manos contra su cintura y besa una y otra vez las marcas que
dejó la última vez en su cuello. Jeremy teme que el vampiro no está siquiera
oyéndole, pues sus besos son desesperados y su respiración pesada, como si
estuviese solo pensando en comerlo ahí y ahora.
—Aidan —agrega con voz muy fina,
cuidadosa —, por favor…
—No soy un animal, Jeremy, voy a
controlarme —respondió con voz ronca, todavía besando su cuello, las manos
ahora subiendo un poco de la camisa del chico para acariciar su abdomen, su
pecho suave y llano. Una mano tiró del elástico de sus pantalones y lo volvió a
dejar ir, sobresaltando al chico cuando la goma chasqueó contra su piel.
Aidan sonríe al darse cuenta de
que su autocontrol es algo que jamás creyó importante para un vampiro, pero que
ahora sabe que haría a Xander envidiarlo. Su amigo se deshace en deseos de
poseer a Liu como él ya ha poseído a Jeremy y su único impedimento para poder
obtener a ese pecoso mortal como amante es que él no sabe cómo ser uno. Jamás
ha tenido sexo con un mortal como ellos lo hacen, solo los ha usado pues sus
deseos siempre reinan en su interior. Aidan, sin embargo, sabe ponerles correa
y mordaza, retenerlos un poco y dejar en su interior espacio para considerar
los deseos del otro. Para ser suave y lento, para tener una gentileza que jamás
creyó útil hasta que conoció a Jeremy.
<<Antes habría cambiado mi
templanza por la fuerza de Alexander sin pensármelo, pero ahora que mi
autocontrol es la seguridad de Jeremy… no sé si elegiría ser como
Xander>>
—¿Qué puedo hacer para que te
relajes, cosa dulce?
Jeremy jadea de la sorpresa
cuando Aidan lo alza con la fuerza de una sola mano. El chico al instante se
aferra a la cintura del vampiro con sus piernas y rodea con sus brazos del
cuello ancho de este. Aidan lo sigue sosteniendo contra la puerta, rozando
ahora su trasero con la excitación dura y grande que crece en sus pantalones.
Su cabeza se tira hacia atrás sumisamente, los desordenaos cabellos canosos
siendo apartados de su cuello por la mano de Aidan.
—¿Podrás hacerlo rápido?
—pregunta el muchacho sintiendo ahora como los besos de Aidan no solo son
cálidos, sino que arden. Siente fuego en las piernas, en la cadera, en la boca
del estómago.
—Me gusta disfrutar de su sabor,
Jeremy, no me gusta apresurarme —el chico asiente sumisamente, pero Aidan
siente la forma en que su cuerpo tiembla con temor —, pero puedo ser cuidadoso.
Clavar solo mis colmillos, no hacerlo tan hondo como la última vez.
—¿Podrías… —El chico traga saliva
y no es capaz de terminar la frase, temeroso de sonar pedigüeño cuando el
vampiro ya le está ofreciendo más consideración de la que ningún depredador
suele dar a sus presas. Sin embargo, está asustado y siente que necesita más
amabilidad aún. La pregunta es si Aidan es capaz de dársela y está dispuesto a
ella.
Jeremy se muerde el labio,
incapaz de decirlo. Aidan, no obstante, no necesita que pronuncie esas palabras
mientras pueda leerlas en su mente.
—Oh, humanito ¿Quieres que te
cure después? ¿Quieres que te dé unas gotas de mi sangre?
—Sí, por favor… —admite bajando
la cabeza con vergüenza y aferrándose más al vampiro.
—Lo haré si eres bueno para mí,
Jeremy ¿Lo serás? —el chico asiente, mordiéndose el labio. El tono dulzón y
seductor del vampiro lo hace derretirse y su temor a no ser aliviado del dolor
que esa hermosa boca es capaz de traer lo deja maleable ante las demandas del
vampiro. Aidan ama ver los efectos que causa en Jeremy, su deseo, su
preocupación, el hecho de que su cuerpo tiembla anticipando ser cazado y su
polla, aun así, endurezca contra sus abdominales marcados porque Jeremy no
puede evitar amar aquello que teme —Vas a hacer todo lo que te ordene. —Jeremy
asiente de nuevo, su cabeza moviéndose torpe, como si estuviese borracho de
deseo —Entonces abre la boca, quiero besarte y probar tus labios antes de
probar el resto de ti.
Jeremy jadea e inclina su cabeza
ligeramente hacia delante. Ambos se miran a los ojos unos segundos mientras
Aidan ase al chico con fuerza y lo pega más y más a su cuerpo, apretando la
excitación de su entrepierna y empujando la propia contra la diminuta anatomía
de su amante. Jeremy abre la boca y jadea y Aidan se acerca despacio a sus
labios. La distancia entre sus bocas es a la par pequeña e insalvable, pues el
vampiro se mueve con una lentitud tortuosa, premeditada. Quiere que Jeremy sepa
que será besado, que lo imagine, que lo anticipe.
Sus labios rozan tentadoramente
los de Jeremy, tan delgados y de un color arrebol hermoso. Aidan quiere beber
su sangre hasta dejar esos belfos pálidos y luego morderlos hasta que recuperen
el color. Por ahora, sin embargo, debe contentarse con besarlos, así que lo
hace. Se hunde en la boca de Jeremy con besos hambrientos. No hay tiempo para
las sutilezas y Jeremy mismo ansía el ritmo con el que el otro explora su boca,
muerde sus labios y lame su lengua. El muchacho jadea mientras es besado por la
boca grande del vampiro, mientras siente los pulgares de este clavársele
dolorosamente en las costillas por lo fuerte que lo aprieta y los colmillos
rozando su lengua, sus labios cuando los muerde. Jeremy se aferra con mucha
fuerza al cuello de Aidan e intenta moverse el suyo arriba y abajo, muy
levemente, botando insinuantemente sobre la erección que tiene bajo su trasero,
deslizándose por los primeros centímetros de la hombría de Aidan con la ropa
entre ambos poniendo barreras a sus deseos.
Aidan se despega del humano y lo
observa unos segundos. El chico sigue restregándose contra su cuerpo como un
animal necesitado y patético, así que ¿Quién es él para negarle lo que tanto
pide? Con el chico todavía enroscado en su cintura y cuello, Aidan empieza a
andar hacia su habitación. Lo sostiene con una mano y, con la otra, se apoya en
la baranda de las escaleras para no caer, pues hace el camino a ciegas, hundido
en los besos que roba de la boca de Jeremy.
Jeremy, del mismo modo que Aidan,
cierra sus ojos y se entrega al deseo. Mientras el vampiro besa una y otra vez
sus labios y recorre con su lengua la pequeñez de su boca, mientras sus salivas
se mezclan y es capaz solo de respirar el aliento caliente y sensual de Aidan,
Jeremy siente de fondo como el suelo se vuelve llano y se acaban los escalones,
escucha una puerta abrirse y cerrarse y, luego, es arrancado del beso para ser
arrojado directamente a la cama.
Tan pronto cae sobre esta se
apoya en sus codos y yergue su torso. El corazón le va rápido y el pecho
le sube y le baja con intensidad. Mira hacia arriba. Aidan es hermoso. Y luce
impaciente. Traga saliva al escuchar el tintineo de la hebilla del cinturón del
vampiro y, para cuando baja la vista, el hombre ya está deslizando el cinturón
de cuero fuera de sus pantalones y los dedos expertos están desabrochando la
bragueta. Jeremy se atraganta con su propio aliento.
Todo está sucediendo tan rápido…
Aidan patea sus pantalones fuera del camino y luego alza sus musculosos brazos
para quitarse la camisa y lanzarla donde sea.
Su pecho desnudo es abultado y
grande y, bajo él, un marcado camino de abdominales apunta, como una flecha de
músculo, a la única zona de su cuerpo que todavía está cubierta.
Jeremy observa la ropa interior del vampiro,
negra como la oscuridad de su cabello, increíblemente apretada tratando de
contener su excitación. Jeremy sabe que debería desvestirse él, pero se queda
paralizado viéndolo. La forma en que el cabello negro y desordenado le cae por
la cara. Sus ojos rojos. Su boca húmeda de besos y con los colmillos asomando.
Sus brazos grandes. La venas marcadas de sus antebrazos. Las manos que podrían
romperlo con un leve movimiento. Su cintura estrecha y musculosa. Sus piernas
fuertes.
Y oh, la forma en que
empieza a gatear en la cama hasta estar sobre él. Jeremy respira con dificultad
y Aidan ordena:
—Date la vuelta.
La cabeza de suaves cabellos
blancos asiente con dificultad y Jeremy se voltea hasta quedar boca abajo en el
pequeño espacio entre las sábanas rojas y el cuerpo caliente de Aidan. Justo
después escucha el sonido de la ropa rozar con la piel y nota la polla de Aidan
empujándose entre sus nalgas. Con el pantalón dejando al descubierto la mitad
de sus cachetes, puede sentir la cálida y ancha base de la erección de Aidan
contra su piel, así como sus pesados testículos cada vez que se empuja contra
él. Una mano se desliza bajo su cuerpo, sobre el colchón, y pronto enormes
dedos rodean su garganta con cuidado de no presionar sus heridas. La mano
aprieta lo suficiente para tenerlo dócil y mareado y lo hace poner la cara
contra la cama, dejando su nuca de erizados vellos blancos al descubierto.
Aidan se inclina para besarla, apartando los mechones canosos con su nariz,
aprovechando para oler la dulzura de su piel.
La otra mano del vampiro toma el
elástico del pantalón del chico y lo baja mientras sigue moviéndose contra él.
Una risa burlona y grave sale de su garganta cuando se percata de que el chico
no está llevando ropa interior, una vez ha bajando sus pantalones hasta la
altura de sus rodillas. Tan siquiera se molesta en quitárselos por completo,
está demasiado ansioso por tomarlo. Jeremy gimotea al sentir la húmeda punta
del miembro de Aidan presionado contra su entrada.
—A-aidan ¿No vas a prepararme?
—pregunta con preocupación, su trasero inconscientemente contoneándose de un
lado a otro para huir de la intrusión que amenaza con romperlo.
—¿Aún no te has acostumbrado a mi
tamaño? —Aidan ríe de nuevo en su oído. El sonido es el de un seductor, pero
cruel diablo burlándose de su destino y el chico tiene escalofríos al oírlo. La
idea de Aidan tomándolo de golpe, tan impaciente por follarlo que no puede
molestarse en dilatar su sexo le atrae, pero también le aturde con temor.
—E-eres muy grande, Aidan —el
vampiro hace un ruido de asentimiento en respuesta y, mientras tanto, pone sus
piernas entre las del chico y las abre, separándoselas de golpe. Jeremy jadea
por la sorpresa —y también eres muy fuerte —susurra, sus hombros encogiéndose y
temblando cuando el vampiro hace otro ruido como asintiendo vagamente mientras
su mano libre le levanta la camisa para exponer su bonita espalda; siente el
pene del vampiro endurecer más y más cuando habla, calentándose ante esos
deliciosos halagos que el menor le regala—y bruto —la otra manos sigue
alrededor de su cuello, apretando lo suficiente como para que Jeremy empiece a
ponerse nervioso —, a-así que me da miedo que me hagas daño.
Aidan asiente de nuevo y alinea
su erección con la entrada del chico. Jeremy gimotea al sentir la presión sobre
su sexo aparecer y desaparecer, como si Aidan estuviese testeando sus límites,
probándolo antes de joderlo hasta romperlo.
—Pero tú vas a tomarme muy bien
¿Verdad, Jeremy?
El chico se remueve bajo él,
incómodo, preocupado, pero una mano grande se posa en su espalda baja y empuja
duro, manteniendo al chico contra el colchón, su trasero expuesto y quieto con
la polla del dominante entre sus nalgas, sus piernas abiertas por la fuerza de
las del otro y su cuello atrapado entre dedos que empiezan apretar de un modo
que logra que Jeremy tenga problema con mantener los ojos abiertos.
—Ai… Aidan —jadea por aire —,
n-no sé si podré.
—Oh —ronronea el vampiro en su
oreja, la presión que ejerce con sus caderas ahora es constante. Creciente. —,
podrás.
Y tras esa palabra, Aidan empuja
la cabeza de su miembro dentro de Jeremy. El chico se tensa de repente,
gimiendo de dolor ante la intromisión, pero Aidan deja caer su peso sobre el
pequeño cuerpo en el colchón, asegurándose de que no podrá ir a ninguna parte.
Retira su mano de la espalda baja del chico y la lleva, junto a la otra, a su
débil cuello. Con esta acaricia dulcemente la zona circundante al viejo
mordisco.
—Relájate, Jeremy, voy a ir muy
despacio al principio.
El chico trata de obedecer
tomando una profunda bocanada de aire y confiando en que, aunque Aidan va a
hacer lo que desee con él, no desea hacerle daño. El vampiro acaricia con
cuidado la sensible y rosada zona de sus heridas con una mano mientras besa su
espalda, sus hombros y su nuca castamente, prensando sus labios gruesos y
cálidos contra la piel y deslizando luego su lengua por las líneas marcadas de
su espalda: las de su columna en medio de todo y las de sus omóplatos también.
Jeremy, al cabo de unos minutos,
parece menos temeroso y aunque Aidan es grande y su hombría se siente en su
sexo como si fuese a romperlo por completo, el vampiro se aventura a forzar unos
centímetros más de su excitación en el chico. Jeremy jadea y gimotea notando su
angosto pasaje dilatarse de golpe para acomodar a Aidan. Siente cada centímetro
entrando en él, cada empujón y jalón y cada movimiento que la polla del otro
hace cuando se estremece de la excitación y endurece más en su húmedo y cálido
interior. Siente el relieve de cada henchida vena que recorre el duro eje
penetrándolo, siente la forma constante y sutil en la que el grosor de Aidan
aumenta cuanto más se acerca a la base. Siente su interior ardiendo y
dolorosamente abriéndose para complacer a su nuevo amo.
Cuando el vampiro se
introduce hasta el fondo, no lo folla de inmediato. Relaja su cuerpo magno
sobre el del chico, dejando su polla endurecer y calentándose más en el
interior del chico mientras se acostumbra y, en ese rato, lo llena de besos y
caricias y deliciosos halagos.
—Tan buen chico —murmura en su
oído lamiendo luego el cartílago —, tan obediente, tan hermoso —susurra antes
de mordisquear su lóbulo. La mano alrededor de su cuello da un apretón gentil.
—, tan bueno tomándome.
Aidan no espera respuesta, por
supuesto, pues Jeremy está tal como él había pretendido: con su cuerpo
totalmente flácido y agotado, rendido a sus deseos, los ojos cerrados con
fuerza por la intensidad de las sensaciones y saliva escurriéndole por las comisuras.
Su cerebro, si trata de leer sus pensamientos, es una masa de pensamientos
calientes y desordenados adorable.
—Voy a empezar a follarte, Jeremy
—gruñe en su oído y luego le da un tierno beso en la mejilla.
El muchacho asiente como puede,
pero la realidad es que no está preparado para cómo se siente la húmeda polla
de Aidan deslizándose fuera de él hasta que sus entrañas se sienten vacías para
luego volver a embestirlo golpeando en su camino su punto dulce y haciéndolo
gemir sin control. Aidan le susurra en el oído que es un buen chico mientras
con una mano le sigue rodeando el cuello y con la otra le sostiene la frente en
alto, impidiendo que esconda su cara llorosa y babeada entre las sábanas.
Observa su hermoso rostro
mientras martillea su próstata, cada golpe haciéndolo gemir y sollozar más de
placer, frustración y dolor. Las sensaciones se mezclan confusamente en su
interior, tan intensas que su cuerpo se siente como un nódulo de nervios siendo
estimulado sin parar. Siente el dolor de Aidan jodiéndolo salvajemente, el
placer su polla golpeándolo en su punto más sensible y esa sensación
electrizante entre el miedo y la emoción al tener una mano fuerte alrededor de
su cuello que lo aprieta cuando se pone demasiado nervioso, forzándolo a
relajarse de nuevo.
Finalmente, Aidan sonríe cuando
su pequeño humano sucumbe a la ferocidad de sus embestidas y se tensa, su cara
contrayéndose en una hermosa mueca de placer y enrojeciendo de vergüenza
mientras su boca escupe gemidos obscenos y, bajo él, las sábanas se humedecen
de semen. La manera en la que Jeremy se aprieta a su alrededor al correrse es
deliciosa, sus parades cálidas y húmedas apretándolo como un puño, latiendo
entorno a cada centímetro de su polla como si le suplicasen que se corriese
dentro suyo, que lo marcase con su semilla, con sus manos, con sus colmillos.
Así que Aidan lo hace: se
entierra hondo en el trasero de su humano y su boca se pega al cuello de
Jeremy, los labios buscando piel virgen donde depositar su marca, donde romper
su tierna carne sin herirlo demasiado. Lo muerde en el lado opuesto de la última
vez, gruñendo contra su cuello mientras se derrama en su interior y clava los
colmillos. Jeremy exhala un ruidito lastimero de dolor, como cuando a un
cachorrito alguien le pisa una pata, y Aidan se esmera en arrancar sus
colmillos de la piel de Jeremy en vez de seguir apretando sus mandíbulas, pues
con las heridas que acaba de hacerle es suficiente para que se alimente. Sella
sus labios contra los dos puntos sangrantes en la garganta del otro y succiona
fuerte. Al hacerlo su deseo crece de nuevo en su interior, la sangre dulce y
adictiva del otro recorriéndole la garganta por dentro y derramándose en su
interior de una forma erótica y vigorizante que despierta de nuevo su miembro y
lo hace empezar a follar a Jeremy de nuevo, ahora su anterior orgasmo sirviendo
de lubricante para las violentas estocadas.
Jeremy quiere poder llorar en paz
por el dolor de su cuello siendo acuchillado y luego su vida siendo drenada
poco a poco de él, pero pronto el vampiro empieza a joderlo de nuevo, golpeando
ese lugar que extiende hormigueos de placer por toda su anatomía y hace que el
dolor, así como aterrador, también se sienta delicioso de algún modo que no
puede explicar.
Los ojillos azules de Jeremy
ruedan hacia atrás en su cabeza y hunde el rostro en la almohada. No es capaz
de comprender cuanto tiempo pasa, pero le parece que el vampiro usa su cuerpo
por una eternidad, desesperándolo mientras folla su trasero de un modo violento
y animal que hacer chasquear sus carnes cada vez que sus caderas lo golpean, y
matándolo con cada sorbo que da en su garganta, haciendo que cada vez pueda
moverse menor, que pensar sea un proceso lento y pesado donde debe arrastrar
palabras por su mente sin rumbo.
La boca de Aidan se separa de su
cuello por fin, su cuerpo totalmente inerte, su vista borrosa, y la consciencia
sobre la situación tan desdibujada que solo puede intuir, por el calor en su
vientre, que ha vuelto a correrse sin siquiera ser tocado en su pene, y que
Aidan está saliendo en su interior, ahora húmedo con dos orgasmos que ha
derramado dentro de su trasero.
—Tan bueno —susurra Aidan, aunque
Jeremy no está seguro de si lo oye o no ¿Por qué su voz viene de todas partes?
¿Por qué el grave, ronroneante tono parece reverberar dentro de su cráneo,
vibrar en sus venas? —, abre la boca.
Jeremy siente que es movido
suavemente, como acunado por olas que lo llevan de aquí para allá. Nota un dedo
manchado de rojo sobre sus labios, empujándose. Sus mandíbulas ceden. Reconoce
el sabor de la sangre de Aidan en su lengua y, pronto, una de sus pocas, pero
desagradables certezas desaparecen: el dolor se disipa.
—Ya está —murmura el vampiro en
su oído y por la forma en que lo oye y no nota las sábanas bajo él, Jeremy se
percata de que el vampiro se ha tumbado bocarriba y lo ha tumbado a él sobre su
gran cuerpo del mismo modo, abriéndole las piernas y dejándolo con la vista
perdida en el techo. —, ¿Duele, cosita?
—Estoy flotando —responde Jeremy
entre risillas pueriles. Nunca se ha drogado, pero imagina que debe sentirse
así. Se siente cansado y eufórico a la vez, arrullado por el calor de la
satisfacción y el placer, pero con los miembros hechos gelatina, no, agua. Agua
cálida que se derrama por la cama y lo anega todo —, mmmm… estoy mareado, estoy
cansad¡Ah!
Jeremy jadea cuando siente que
sus piernas no están abiertas por que sí. Desde abajo la erección de Aidan lo
penetra, deslizándose fácilmente por su agujero empapado en semen y dilatado
por las anteriores embestidas.
—Yo todavía no estoy satisfecho,
cosita.
Jeremy deja caer su cabeza en el
pecho de Aidan, rendido ante lo que el vampiro desee hacer de él, pero entonces
su cuerpo se tensa, alerta, cuando escucha algo: unos toques en la puerta.
Y para su absoluta sorpresa,
Aidan responde:
—Puedes pasar, Xander.
Capítulo 70
Jeremy se queda paralizado,
gimoteando ruiditos de sensibilidad e incomodidad cuando el vampiro rubio y
enorme que casi lo devora entra en la habitación, Aidan todavía moviendo
gentilmente sus caderas arriba y abajo, follándolo mientras mira a Xander entrar
y cerrar la puerta.
—Oh, no pretendía interrumpir
nada —murmura con una sonrisa en la cara que demuestra que sus palabras son
pura burla. Habla mientras se acerca a la cama, Jeremy se remueve, nervioso por
la cercanía de esa ruda y poderosa criatura, pero Aidan sostiene sus brazos
para mantenerlo en el lugar y clava hondamente su excitación en su interior.
—Tranquilo —susurra Aidan en su
oído, pero el chico niega con la cabeza y su corazón se acelera. —. Estaba
jugando con mi presa, Xander ¿Acaso vienes porque has oído algo que te guste?
El rubio sonríe y gatea sobre la
cama, acercándose al vulnerable y abierto cuerpo de Jeremy y al vampiro que,
bajo él, mueve un poco sus caderas para seguir follándolo despacio. Jeremy no
puede sino preguntarse qué clase de relación tienen esos dos si Aidan no solo
no pierde la erección al ser observado por el rubio, sino que parece
entretenido por el hecho de tenerlo de audiencia.
—Me ha parecido oír una voz
familiar, además de la tuya, claro —murmura, ahora sus ojos se vuelven hacia
Jeremy, que hasta ahora había sido un mero juguete obviado. El chico hace el
amago de cubrirse, pero Aidan sostiene sus brazos y, con sus piernas, mantiene
las del que chico separadas. Ambos vampiros ríen enternecidos por el intento.
—. Un placer verte de nuevo…
—Jeremy —Aidan aclara, acto
seguido dando un beso en la mejilla del nombrado. El chico lo mira suplicante,
temiendo cual vaya a ser su destino mientras es sostenido quieto entre esos dos
peligrosos vampiros cuya lujuria conoce de primera mano.
—Jeremy, verás, venía a
preguntarle a tu amo Aidan si eres una mera presa más, porque si es así, la
última vez que te tuve entre mis manos no pude probarte bien y hoy tu sangre
tiene un aroma delicioso —dice el vampiro en un gruñido bajo, inclinando su cabeza
hacia el cuello empapado de sangre de Jeremy con intención de beber más de él.
De terminarlo.
—Aidan, A-aidan… —llama Jeremy
nerviosamente, resistiéndose contra sus agarres.
Aidan suelta sus manos y lo
acaricia en los costados mientras Xander olfatea su cuello, el aliento
derramándosele sobre la piel herida y sensible. Aidan lo toma de las caderas y
lo folla un poco, estocadas duras que le hacen gemido vergonzosamente y contraerse,
castigándolo por no estar siendo obediente.
—No va a hacerte nada, Jeremy,
porque no, Xander, —dice con voz firme, dirigiéndose ahora al vampiro rubio,
que alza su cara del cuello de Jeremy —no es una presa común. No voy a
comérmelo esta noche, aunque lo haya probado. Es mío. Como Liu es tuyo.
Xander alza sus cejas con
sorpresa, quizá por la facilidad que ha tenido su amigo en conseguir lo que él
tanto deseaba, pues en sus ojos destellan ambos el orgullo y la envidia, o
quizá porque advierte la amenaza implícita en las palabras del otro. Aun así,
el vampiro ríe suave, desenfadadamente, y desliza una mano por el vientre del
chico haciendo que lo hunda de la impresión. En sus dedos nota los dos
pegajosos orgasmos del humano, mezclándose con la sangre que le gotea desde el
cuello.
—¿Sabes, Jeremy? Yo también tengo
un humano, uno que Aidan intentó tomar tiempo atrás, incluso si era mío
—explica, su sonrisa ampliándose, los gatunos ojos rojos brillando con lascivia
y maldad. Alexander alaga una de sus manos para tomar las mejillas húmedas de
Jeremy y hacer que voltee la cara, mostrando su herida fresca en el cuello.
Aidan lo mira retador y gruñe un
lento:
—No.
Xander le sonríe y se acerca al
cuello del menor, solo que esta vez lo rebasa, mirando a Aidan directamente a
los ojos, a solo un par de centímetros de que sus pestañas se rocen.
—No me gruñas, cachorrito, no
pretendo hacer de tu humano mi víctima, aunque ambos sabemos que podía si
realmente lo desease —susurra eso último en su oído, el tono es juguetón, pero
Aidan conoce bien a Xander y sabe que no solo se le debe temer cuando grita u
habla serio, sino que cuando ansíe divertirse es cuando más peligroso suele
ser. Aidan se siente débil por un segundo, asustado pues sabe que ni todo su
poder podría defender a Jeremy adecuadamente, pero aun así estaría dispuesto a
luchar. Agradece que Xander no quiera hacerlo —. Simplemente quería pedir una
compensación, por el hecho de que hayas probado a mi humano en el pasado. Me
gustaría probar el tuyo.
Jeremy niega con la cabeza,
gimoteando ruidos de temor y temblando entre los dos grandes cuerpos que ahora
están tan pegados que lo sofocan. Puede sentir el pecho y el abdomen duros de
Aidan bajo él y los de Alexander empujándose desde arriba contra su pecho llano
y su tripa suave y blandita.
—Quizá —murmura Xander mientras
baja una de sus manos hacia la entrada del chico, con dos dedos húmedos traza
la circunferencia del anillo muscular dilatado entorno a la polla de Aidan —,
podría follarlo un rato ¿Qué te parece, Aidan? —pregunta mientras la mano baja,
no tocando el cuerpo del humano, sino trazando con el índice la curva del
miembro de Aidan. El vampiro gime virilmente cuando el rubio rodea su polla de
pronto, la enorme mano encajando de forma perfecta con los centímetros de la
base de su miembro que quedan fuera del trasero de Jeremy. Xander lo masturba
despacio y empuja un poco su mano, ayudando a Aidan a penetrar a Jeremy un poco
más hondamente. El pelinegro hecha su cabeza hacia atrás, colmado de placer —No
necesito que tú dejes de hacerlo, podríamos joderlo a la vez.
Jeremy tiembla al oír eso y una
de sus manos se dirige instintivamente a la pequeña protuberancia en su vientre
bajo que indica que Aidan está dentro suyo y que es demasiado grande.
—N-no, Aidan, no puedo… —murmura
el muchacho con súplica y el vampiro le sisea cruelmente para hacerlo callar
mientras mueve sus caderas un poco, aliviando su deseo al deslizar su excitación
dentro y fuera del cálido humano y arriba y abajo dentro del puño apretado de
Xander. Folla a Jeremy de ese modo por unos lentos segundos, mirando fieramente
al rubio, que sonríe sabiendo que su amigo está cerca.
—Creo recordar —refuta Aidan y
sus palabras se sienten como un mordisco venenoso —, que ya probaste a Jeremy
de ese modo y que me dijiste que te dejó insatisfecho ¿No es así, cosita
bonita? —pregunta con voz dulzona a Jeremy, que aunque tiene el rostro sostenido
quieto por la mano de Xander, intenta asentir.
—En ese caso… —Xander deja morir la
frase en sus labios, pensativo, y retira su mano de la excitación de Aidan
ganándose por su parte un gruñido frustrado. Le responde con una sonrisa cruel
—Su sangre. No he podido probarlo de ese modo antes.
—No vas a morderlo —repone Aidan
al instante y Jeremy puede sentir sus músculos tensarse.
—Tranquilo, Aidan —lo reprende
con una voz tranquilizadora. El vampiro bufa, todavía desconfiado, y Xander
desliza un par de dedos por el vientre empapado en semen del chico. Los retira,
mirando con curiosidad la pegajosa sustancia blanca que forma hilillos entre
sus dedos y la acerca al rostro de Aidan, que sonríe con lascivia.
—No deberías desperdiciar ni una
sola gota de tu presa ¿No es así?
Aidan asiente y su larga lengua
recorre los dedos grandes y gruesos de Xander empapados en la semilla de
Jeremy, quien está demasiado agotado, confuso y caliente como pare detener los
gemidos que brotan de su garganta al sentir la longitud de Aidan en su
interior. Aidan lame obedientemente los dedos de Xander y este la acaricia la
mejilla unos segundos.
—Entonces, Aidan ¿Qué te parece
si no desperdicias la sangre que el pobre chico tiene sobre su bonito cuello,
sobre sus clavículas, sobre su pecho? ¿Puedo probarlo de ese modo?
Aidan lo mira, todavía retador,
pero su mirada se ha suavizado notablemente.
—Sin morderlo —responde y Xander
asiente —¿Estás bien con eso, Jeremy? —pregunta entonces en un tono tan dulce y
suave que Xander debe reprimir una sonrisa.
El muchachito de cabello blanco y
perdida mirada zafiro asiente sin saber bien que hacer y lo próximo que sabe es
que el aliento de Xander está sobre su cuello y, antes de que lo esté su
lengua, escucha:
—Quiero que lo folles mientras lo
pruebo, Aidan. Es una orden.
Jeremy se siente enloquecer entre
el cuerpo de los dos grandes vampiros. La lengua de uno, grande, carnosa y
húmeda, le recorre el cuello y el pecho limpiándolo de sangre con eróticos
lengüetazos mientras la excitación del otro lo jode rápido y duro, de una forma
tan desenfrenada que cree que lo romperá.
Jeremy nota los embates uno tras
otro, poderosos hasta el punto de hacerle volver a confundir el placer con el
dolor, así como siente la lengua de Xander sobre su cuerpo, tan ancha y grande
que si cierra los ojos es como si tuviese todo su cuerpo húmedo, estimulado por
esa enorme boca que parece ser capaz de ordenar incluso a Aidan. En su oído,
Jeremy recibe los eróticos jadeos de Aidan, cada vez más salvajes, más
desgarrados y cavernosos como gruñidos y, entre ellos, su voz ronca y masculina
diciéndole que es un buen chico, que su cuerpo se siente deleitoso, que su
sangre es tan deliciosa que todos la quieren, pero que él es suyo. Suyo. Suyo.
<<Mío>>
Jeremy se arquea cuando Aidan lo
abraza con fuerza para mantenerlo quieto y dócil mientras él se empuja duro y
profundo y se corre en su interior por tercera vez esa noche. Alexander se
aleja de ambos con una sonrisa colmilluda en la cara y sangre en su labio
inferior.
—Gracias por el espectáculo,
Aidan —comenta entretenido mientras alza una mano para despedirse.
—Me debes una —responde el otro,
su voz peligrosa, tentadora.
Y Xander solo asiente y abandona
la habitación.
Una vez su presencia desaparece,
Jeremy se permite relajarse y queda hecho un manojo de piel y carne y sangre
totalmente incapaz de moverse. Aidan sale de su interior con un sonido húmedo y
obsceno y se tumba a su lado, acariciándolo.
—Has sido tan bueno, Jeremy —lo
halaga, su mano ensangrentada haciendo tirabuzones con los mechones blancos del
humano —, ah, pero estás tan cansado y lleno de sangre aún ¿Qué te parece si te
llevo a la ducha? Después podemos dormir, es tarde, así que vas a dormir aquí.
Los ojos de Jeremy brillan con
emoción al escucharlo decir eso. Sus cejas se alzan en sorpresa, dándole una
bonita mirada donde Aidan siente que podría contar estrellas.
—¿De verdad me puedo quedar?
—pregunta ilusionado.
Aidan tira de él y lo estrecha en
un cercano abrazo, besándole también las mejillas.
—Mañana por la noche jugaré un
poco más contigo. Cuando termine, te pagaré también por lo de hoy ¿Cuánto
dinero quieres, mi bonito humano?
Jeremy enrojece al ser llamado
así y desvía la mirada, nervioso.
—Uh, no sé… me pagaste muchísimo
el otro día. Solo necesito lo necesario para mantenerme —murmura y luego
bosteza abriendo su boca enormemente y sintiendo como si su cuerpo fuese de un
pesado metal.
—¿Cinco mil, entonces? —pregunta
Aidan con normalidad, recibiendo por parte del otro una mirada sorprendida y
luego recriminadora —Tengo dinero, Jeremy ¿Qué tiene de malo una pequeña
propina para alguien que ha sido tan complaciente como tú?
—Tu propina es más que el sueldo
mensual de muchas personas —le reprende riendo.
Acto seguido unos grandes brazos
lo acunaron y después de un lento parpadeo Jeremy abrió los ojos para hallarse
en el baño, en brazos de Aidan y escuchando a lo lejos el grifo abierto de la
tina.
—Entonces ¿No estás de acuerdo
con los cinco mil? —Jeremy ríe bobamente en sus brazos y el vampiro le sonríe
de vuelta.
Con cautela, deposita al chico en
el agua cálida de la bañera rebosante y luego entra él. Sostiene a Jeremy para
que no se hunda en el agua, medio adormilado, y lo frota despacio y amable. Se
le hace extraño que el chico siga tan agotado pese a haberlo curado con su
sangre, siempre asumió que no solo servía para erradicar el dolor y borrar las
heridas, sino que tomarla sería una especie de panacea capaz de acabar con el
cansancio también, aunque Jeremy luce tan agotado que cabecea en la bañera.
El chico se mantiene tranquilo,
con los ojos cerrados y la respiración suave mientras Aidan lo baña y el
vampiro no puede evitar ver en su mente el amargo recuerdo de todos los demás
lugares donde ha vivido antes de que él le pagase esa habitación de hotel:
casas destartaladas con colchones hechos de serrín, hogares de ventanas rotas
por donde el frío se colaba y le hacía castañear los dientes hasta que pensaba
que se le romperían, callejones oscuros donde cada ruido lo mantenía alerta y
no podía siquiera pegar ojo y alberges sin regulación donde debía agradecer mil
veces por una manta con hedor a orín y una habitación donde lo hacinaban con
veinte sin hogares más, algunos de ellos con intenciones que le susurraban al
oído y le hicieron huir en medio de la noche.
Aidan besa la frente del muchacho
una vez lo saca de la bañera y le alborota el cabello húmedo con la toalla.
<<¿Cómo de horrible será
volver a la calle después de haber probado lo cómodo y agradable que es dormir
en una cama caliente, bañarse por un largo rato y ser acariciado?>>
—No vas a volver a la calle,
Jeremy, mientras seas mío me aseguraré de que nada te falte.
El chico asiente con una enorme
sonrisa en su rostro, acurrucándose contrae el cuerpo de Aidan cuando nota que
está también abrazado por un cálido pijama con forro interior. Nota sábanas a
su alrededor ¿Cuándo se han metido en la cama? Jeremy abre los ojos y mira
desconcertado a su alrededor.
—Puedes dormir en otra
habitación, si lo deseas —ofrece Aidan con amabilidad. No entiende por qué,
pero comportarse tan normal con ese humano le hace sentir bien.
Jeremy se apoya en su pecho de
nuevo.
—Prefiero dormir contigo, si no
te importa… —baja la vista avergonzado, percatándose de lo muy obvio que es, de
lo desesperado que luce rogando por unos segundos más de la compañía que ese
inmortal le ofrece a cambio de sangre y sexo.
—¿Cómo me va a importar tu
compañía? —pregunta Aidan, meloso, y algo le viene a la cabeza —Hace años que
no duermo acompañado. No recuerdo cómo se siente.
—¿Hace cuantos? —pregunta Jeremy
perezosamente trazando círculos con sus dedos en los brazos del vampiro.
—La última vez que compartí lecho
con un ser vivo fue… hace doscientos años. Maté a los propietarios de una
granja y al salir el sol caí dormido en un granero. Cuando desperté, estaba
abrazado a uno de los cerdos que se habían escapado de la cerca. No me pude
quitar el olor a cochinillo hasta haberme lavado tres veces —comenta, riendo un
poco.
Jeremy broma sacando la lengua
con fingido asco y tapándose la nariz como si el hedor a corral y barro todavía
siguiese pegado a Aidan, por lo que el vampiro le tira del brazo para volverlo
a abrazar a él y para empezar a picarle los costados. En ese momento, mientras
Jeremy ríe a carcajadas, Aidan se pregunta cómo su rostro puede ser tan
radiante habiendo tenido una vida tan oscura. Jamás conoció a su padre y su
madre lo trataba como basura en su casa, jamás alimentándolo, dándole una
mísera cobija o protegiéndolo de los hombres lascivos y peligrosos que acudían
a su casa en busca de alguien vulnerable de quien aprovecharse. Su único ángel
de la guarda, su querida hermana, murió a manos de los hombres que hace poco le
quitaron un riñón al chico, planeando vaciarlo poco a poco y venderlo después
como a un pedazo de carne.
Aun así, Jeremy sonríe de ese
modo tan perfecto, como si no existiese el dolor en el mundo, solo belleza.
—Oh, vamos ¡habrás tenido cientos
de amantes! Seguro que has dormido con alguien más —comenta y de pronto una ola
de tristeza le da de lleno <<Con una vida tan larga ¿No habrá hecho lo
que hace conmigo mil veces más? Me hace sentir especial, pero sé que no los
soy>>
—Los he tenido, pero no he
dormido con ninguno. O los mataba tras usarlos o no les permitía permanecer a
mi lado las horas diurnas, aunque fuésemos a reencontrarnos tan pronto cayese
la noche. Aun así, ninguno ha vivido para contarlo, ni los que duraron más, ni
los que menos. —Aidan reflexiona en voz alta, hablando meditabundo sin un solo
atisbo de remordimiento o culpa en su voz, sin embargo, el dulce aroma del
terror de Jeremy lo trae de vuelta y se fija entonces en la mirada amedrentada
del chico —Oh, no, no, no… Jeremy, no es lo mismo contigo. No voy a matarte, no
temas. —asegura, besándolo a en la mejilla con ternura.
<<¿Por qué he dicho eso? Es
la verdad, es lo que siento, pero ¿Debería dejar las palabras salir tan
fácilmente de mi boca? Me hace sentirme torpe y débil cerca suyo, pero me gusta
demasiado como para que me importe. Ah… ¿Debería usar mi Don con él? ¿Debería
vincularlo? ¿Conservar a mi frágil muñequito para siempre haciendo que el pasar
de los años se pare para él? Lo quiero mío, mío para siempre. La muerte no
podrá tocarlo, solo yo, pero… ¿Podría cansarme de él? No lo imagino, no
entiendo cómo podría suceder. Aun así, no quiero precipitarme, debo pensar esto
mejor>>
—¿Ni siquiera si un día te
aburres de mí? —pregunta y en su rostro es obvia la amargura, el pinchazo de
venenoso dolor que le invade el pecho y se extiende hacia su cuerpo cuando
imagina a su salvador tornándose su verdugo.
—Ahora sí que me estoy
aburriendo de tantas preguntas bobas —bromea Aidan rodando en la cama junto al
muchacho hasta terminar sobre él —, así que creo que te mataré.
Lo próximo que Jeremy sabe es que
Aidan está llenándole el cuello de mordisquitos y lametones rápidos que le
provocan más cosquillas que cuando le picaba los costados con el dedo.
—¡Ay! —se queja el muchacho
pataleando inútilmente —¡Basta! Si me sigues babeando así tendremos que volver
a la bañera.
Jeremy y Aidan juegan un rato
más, los mordisquitos tiernos del vampiro pronto volviéndose pasionales,
recorriendo su garganta, su barbilla, su mejilla, su comisura… llegando a su
boca. Se besan un largo rato, hasta que el sol despunta en el horizonte y Aidan
está tan somnoliento como su humano.
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