CAPÍTULO 61
Aaron
despierta por segunda vez en la noche. Han pasado ya varias horas desde que su
amo se fue temprano y él ha babeado la almohada y ha dormido en tan mala
posición que le duelen los huesos de una forma que le hace recordar a cómo su
abuelo se quejaba siempre de sus cervicales, su espalda, su cadera y, bueno, de
todo en general.
Aunque siente
su cuerpo todo dolorido y atenazado, está feliz porque ese sea el mayor dolor
que lo invade últimamente. No tiene que preocuparse por huesos rotos o por el
corazón desgarrado, ni si sus recuerdos no lo golpean con la guardia baja.
Al tomar sus
muletas, siente que puede apoyar cada vez más su peso en sus pies e incluso
decide aprovechar la calma que siente en la intimidad de la habitación vacía y
las deja a un lado. Logra andar él solo, sin la ayuda de las muletas. Da solo
cinco pasos hasta que tiene que ir a buscarlas porque los tobillos le arden y
cuando está a un paso de llegar piensa que se caerá, que sus tendones van a
romperse y va a oírlos reventar como una banda elástica que cede después de
estirarla demasiado.
Por suerte, no
pasa nada. Toma aire despacio durante unos minutos y luego sale de la
habitación, con sus muletas, por supuesto.
Al salir de la
habitación, la quietud de la mansión le da a entender que Samuel aún no ha
llegado, así que se pasea hacia la planta de abajo todavía soñoliento y con el
pelo totalmente alborotado, dándole un aspecto tan desaliñado como adorable.
Aaron da un
repullo y exclama de la sorpresa cuando ve al vampiro parado en medio del
salón, tan silencioso e inmóvil como si se tratase de un fantasma. También está
inusualmente pálido.
Aaron se lleva
la mano al corazón, notándolo latir deprisa y ansioso, y se pregunta cómo es
posible que el vampiro haya pasado tan fácilmente desapercibido cuando su
presencia suele llenar el lugar. Se fija un poco más y nota que el hombre está
reclinado contra una pared, como queriendo hacerse pequeñito, cerrarse en sí
mismo y en su mundo de pensamientos.
El grito de
Aaron obviamente lo alerta y lo saca de sus cavilaciones. También saca la mano
de su bolsillo derecho de repente, como si algo en él le quemase.
—Buenas
noches, amo. —murmura el chico, algo sonrojado por lo mucho que le avergüenza
haberse dado un susto tan tonto.
Samuel le
sonríe levemente y hace un gesto con su cabeza, como indicándole que lo ha
oído, pero no habla más. Aaron asume que su amo debe estar ocupado con asuntos
más importantes que él, así que sigue con su mañana con normalidad, yendo a la
cocina.
Por su lado,
el vampiro sigue al chico con pasos lentos y deliberados, erizándole el vello
del cuerpo, y se apoya contra la isla de cocina tras Aaron mientras lo observa
prepararse un bol con coloridas frutas, cereales de miel y leche de arroz.
Hay algo en
esa escena que le fascina: los cabellos suaves y revueltos de Aaron, sus
bostezos adorables, la manera en que es un poquito torpe y salpica leche al
verterla en el bol, el sonido crujiente y bajito de los cereales al ser
sumergidos… Ver a Aaron prepararse ese dulce desayuno como si no fuese más que
un cansado estudiante universitario preparado para enfrentar la monotonía de
una vida normal y corriente le hace sentir emocionado y lleno de una ternura
tan extraña que no sabe ni qué hacer con ella.
Por un
instante, imagina un mundo distinto, uno en que la historia de la humanidad no
se ha visto malograda por la codicia de los Bebedores de Sangre. Un mundo en el
que Aaron es un chico normal, con una vida normal, sin su marca en su cuello ni
mil recuerdos dolorosos incrustados en su corazón como espinas. Se imagina a él
también como una persona, hablándole a Aaron, haciéndole reír, besándolo con
delicadeza, preguntándole si quiere salir a cenar alguna vez o ir al cine o
hacer lo que sea que las parejas humanas hacen en general.
Fantasea con
una primera cita: el chico nervioso y sonrojado sorbiendo de la pajita de un
batido que Samuel le compraría, su mano grande y segura de sí tocando levemente
sus muslos bajo la mesa.
“Hace frío,
¿quieres venir a mi casa?”, preguntaría él, ronco y bajo, pero paciente. Y
Aaron asentiría, bajando la mirada y mordisqueándose su labio, y Samuel sabría
que esa sería la primera de muchas noches repletas de besos y palabras bonitas.
La vida sería
tan sencilla si ese mundo fuese real, pero la realidad es complicada.
Samuel se
mantiene detrás de Aaron mientras este prepara su desayuno y nota al chico
tenso y extrañado por su inusual comportamiento, pero mantiene su dócil
silencio. Samuel se inclina levemente, sus cabellos rubios rozando los hombros
del humano y su nariz captando el aroma delicioso del muchacho.
Se lleva una
mano al bolsillo y juega con el objeto en él, sintiendo los contornos agudos y
luego el delgado cilindro que debe manejar con delicadeza.
—¿No quieres
sentarte? —pregunta el vampiro al ver al muchachito empezar a comer de pie,
incluso si le es difícil sostener las muletas y la cuchara al mismo tiempo.
El chico de
cabecita mullida y fragancia floral niega con la cabeza y deja ir un suspiro
melancólico.
—Es que me
gusta mirar por la ventana, amo. —explica, ahora siendo él quien está
pensativo.
Sobre el
mármol hay una de las pocas ventanas que dan al patio exterior de la casa,
donde la luz plateada de la luna baña los pétalos de las flores como rocío. El
chico suspira mientras mira el mundo de afuera. Al fin y al cabo, solo ha
salido cuando su amo le ha llevado a rastras a una de esas temibles fiestas de
vampiros y él fantasea, más bien, con dar un paseo solitario.
La morada de
Hass es enorme, palaciega, pero Aaron no puede evitar sentir que cuando se
voltea, las paredes a su alrededor se acercan hasta dejarlo apretujado en un
espacio estrecho que acabará por asfixiarlo.
—Ven, dame
eso.
Samuel decide
ayudar al chico: lo toma por la cintura con una sola mano, haciendo así que se
estabilice mucho mejor que antes y que sus muletas dejen de temblar, y con la
otra mano le arrebata la cuchara y se dedica él a alimentarlo, para que así
Aaron pueda poner su atención en aferrarse a las muletas.
Aaron se
sonroja con violencia, pues se siente como un niño chiquitito cada vez que
Samuel le da una cucharada de leche con cereales, pero no puede evitar amar
cada segundo de sus delicados gestos.
La manera en
que el vampiro hunde la cuchara en el bol, se asegura de tomar varios cereales
húmedos, blanditos y deliciosos y luego vierte un poco de leche de vuelta en el
tazón para que no se derrame, la forma en que desliza la parte baja de la
cuchara contra el borde del tazón para limpiar las gotitas que pudieran manchar
el rostro de Aaron y, finalmente, el modo en que el vampiro acerca la cuchara a
sus labios y la inclina solo levemente, tan despacio, para que Aaron pueda
desayunar sin prisas, todas esas cosas logran llenar a Aaron de una ternura
infinita.
El chico
termina por reír adorablemente y dice, risueño:
—Amo, que no
soy un bebé.
Samuel sonríe
y sabe que Aaron tiene razón, pero le gusta demasiado cuidarlo así, sentir como
toda su frustración queda ahogada por la dulce recompensa de poder aprender a
ser suave con aquellas criaturas que lo merecen.
—Bueno, pero
eres mío, así que serás lo que yo diga que seas. —reprende el otro, en tono
bromista, y Aaron ríe un poco, asintiendo.
Al cabo de
unos minutos, Aaron está lleno de leche con cereales y soñoliento de nuevo tras
su gran desayuno, así que necesita sentarse.
Aaron se
pregunta qué mosca le ha picado hoy al vampiro, pues está actuando tan atento
que lo enloquece y, a la vez, también parece un poquito distante y misterioso,
como si estuviese a la vez a su lado y en un vasto mundo de pensamientos que le
mantiene oculto.
Tras el
desayuno, Samuel no se va al despacho a trabajar arduamente, como es costumbre,
sino que ayuda a Aaron a dirigirse hacia el sofá del salón y, una vez ahí, él
se sienta y pone al chico sobre su regazo, dejando las muletas a un lado.
Aaron respira
hondo y trata de serenarse. Estar en una posición tan vulnerable con su amo le
trae recuerdos que preferiría borrar de su mente, pero por ahora se contenta
con acallarlos.
<<Está
bien. No me hará daño. No va a pasarme nada malo>> dice la voz sensata y
segura de su cabeza, intentando sonar más firme que los gritos y los lloros que
lleva incrustados en su mente.
Samuel lo mira
con ojos grandes y rojos, la pupila negra expandiéndose para reflejar su
hermosa imagen y un brillo lleno de adoración y deseo los ilumina. Con una de
sus manos traza la curva de la cintura de Aaron, baja hacia su muslo, recorre
su pierna y luego termina acariciando distraídamente uno de sus tobillos
cicatrizados.
—Dentro de
poco quizá puedas dejar de usar las muletas.
—Mhm, he
mejorado, a-aunque siento que me estoy quedando estancado. Cada vez avanzo más
lento. —murmura mordisqueándose el labio.
Samuel retiene
el aliento, pues él también teme eso mismo: que ya hayan llegado al punto
álgido de la mejoría de Aaron y que la lesión, aunque más leve que antes, vaya
a ser permanente.
Samuel se
siente estúpido, no sabe por qué le da tanto vértigo la idea de una lesión de
por vida, si sabe que hay otras heridas que ha infligido en el chico, heridas
que no se ven, pero que tampoco sanarán jamás del todo. Aun así, no quiere más.
No quiere hacerle más daño.
—Tu cuerpo ha
hecho un muy buen trabajo curándote, Aaroncito, pero ahora quizá necesita un
empujoncito. Cuando bebas mi sangre, seg-
—¡No! —Aaron
chilla de pronto, como si acabasen de atravesarlo con una lanza que le desgarra
el corazón. Acto seguido, se lleva las manos a la boca, queriendo callarse para
no interrumpir a su amo, pero el daño ya está hecho, así que deja sus palabras
fluir—. A-amo, por favor, no, no, no, no quiero beber su sangre más. Le prometo
que me esforzaré más por caminar o, si duele un poco, aun así puedo andar sin
muletas y aguantarme, pero, por favor, no me haga beber su sangre, no puedo, no
puedo.
—Aaron,
tranquilo, no voy a obligarte a nada. Respira hondo, eso es, buen chico. ¿Por
qué no quieres beber mi sangre? Todas las veces que lo has hecho, te ha curado
y todas ellas te ha salvado la vida.
Aaron asiente
despacio, pensativo, pero su corazón aún late rápido y alterado. Cuando Samuel
le forzó a beber su sangre, en el pasado, siempre lo vio como una maldición,
una condena, las cadenas que lo anclaban a un mundo del que intentaba huir para
hallar aunque fuese un instante de paz. Ahora agradece seguir aquí, pero solo
de pensar en la sensación de la sangre del vampiro deslizándose por su
garganta, siente el estómago retorcérsele de asco y pánico.
—Señor,
cu-cuando su sangre me cura, es doloroso. Es muy doloroso. Es como sentir todas
las lesiones de nuevo. Si me… —Aaron cierra los ojos y respira hondo, porque
sabe que lo que va a decir no es un mero caso hipotético: ha pasado. Y podría
volver a pasar—. Si me rompe un hueso, cuando su sangre me cura, siento mi
hueso siendo forzado a partirse hacia el lado contrario, como si alguien me lo
retorciese más y más y siento las astillas encajar unas con otras y es… Es
espantoso, amo.
Samuel
estrecha al chico cerca de él, abrazándolo para darle su calidez ahora que lo
ve tan pálido y tembloroso como un espectro. Aaron logra relajarse un poco en
sus brazos, como si se derritiese, y escucha a Samuel mientras este le mima la
cabeza y, con la otra mano, uno de sus sensibles tobillos.
—Lo siento
mucho. —suspira y por un buen rato, no hay más palabras.
Solo silencio,
los lloros de Aaron y la disculpa de Samuel flotando en el aire mientras este
acaricia a su pequeño humano.
Samuel se
siente un completo monstruo, pues hasta ahora no sabía que las propiedades
curativas de su sangre tenían un precio. Y no lo sabía, porque ese precio jamás
lo ha pagado él. Siempre he tenido delante suficientes pistas para hacerlo
evidente, pues veía a Aaron retorcerse y chillar agónicamente después de que le
diese de beber su sangre, sencillamente, nunca le importó suficiente su
sufrimiento como para indagar de dónde venía, así que solo pensó que el chico
berreaba y lloraba por el dolor de las heridas que aún estaban por curarse o,
quién sabe, por el miedo a ser herido de nuevo.
Ahora entiende
que todo el sufrimiento que le ha provocado al chico tiene más capas aún de las
que pensó, es un árbol robusto de raíces tan profundas que aún no ha podido
excavar suficiente como para hallar un solo pedacito de Aaron que no porte sus
cicatrices.
—Aaron,
escucha —dice, con una voz suave, pero firme—, ser curado duele tanto como la
herida que está siendo curada, ¿cierto? —Aaron asiente—. Ahora tus tobillos
están prácticamente perfectos, así que el dolor de curarte no debería ser más
que un pinchacito, ¿no es así? Además, necesitaré curarte pronto, lo sabes.
El chico
frunce el ceño, confundido, y se alza del pecho del vampiro donde hasta ahora
reposaba.
—¿Va a
herirme, amo?
Samuel suspira
dolido. El tono alertado de Aaron es como un dardo venenoso, llegándole directo
al corazón, pero ¿acaso puede culparle por su miedo y su desconfianza? Samuel
sabe que cada gota de rechazo que ese chico le da es un mar entero de odio que
merecería, así que no puede quejarse.
En su lugar,
guarda silencio y mete su mano en el bolsillo derecho para luego sacar su puño
tembloroso ocultando algo.
Aaron lo mira,
entre curioso y nervioso y, cuando Samuel abre el puño y revela en la palma de
su mano lo que tiene, Aaron jadea y siente el pánico inundarlo.
—A-amo, ¿para
qué es eso? ¿Qué va a hacer?
El chico se
remueve en su regazo, nervioso y asustado; Samuel lo toma por la cintura y lo
acerca a él, lo mantiene quieto y disponible, pero no logra tranquilizarlo.
Aaron no puede
apartar los ojos de la palma de la mano de Samuel.
De la jeringuilla.
Las
posibilidades se despliegan en su mente como un festival macabro: ¿Y si su amo
pretende ahora experimentar con él? ¿Y si le inocula alguna extraña enfermedad
solo para testear las propiedades curativas de su sangre o para hacerlo más
dependiente? ¿Y si lo droga para usarlo y compartirlo como un dócil juguete? ¿Y
si lo paraliza para poder torturarlo sin tener que lidiar con su resistencia?
¿Y si…?
—Aaron, quieto.
<<Ha
usado su voz de mando>> El lazo entre el vampiro y el humano se torna una cadena y, de
pronto, la voz grave del vampiro es como un violento tirón que fuerza a Aaron a
obedecer.
La orden
atraviesa al chico de pies a cabeza, como un escalofrío que le hace doblarse,
arquear su columna y tensar sus músculos. Desobedecer no es una opción, así que
el chico se queda de piedra, mirando a Samuel con ojos suplicantes.
Samuel solo
pretendía calmarlo, pues puede sentir cómo la histeria va acumulándose en su
interior, como el chico está al borde de tener un ataque de pánico, pero parece
que solo ha empeorado las cosas. Ahora Aaron lo mira lloroso, como si todos
esos destinos horribles no fuesen escenarios de pesadilla que su cabeza ha
formado por el miedo, sino certezas.
—Respira
despacio. Cálmate —instruye, aún con su voz de mando, pero sonando más
suave que antes y ahora soltando la cintura del chico para acariciar su
mejilla—. Está bien, arrocito, no te voy a hacer nada malo. Pero estoy
hambriento y no sé cuánto más podré resistirme a probarte, así que había
pensado en dormirte, para que no tengas que sentir ningún dolor. ¿Te hace
sentir bien esa idea? Puedes moverte. Vamos, bebé, respóndeme.
Aaron respira
atropelladamente, jadeando y tragándose sus lágrimas, pero está algo más
tranquilo que antes. Aliviado, sobre todo.
—Mhm —responde
dulcemente, mientras se enjuaga los ojos con el dorso de sus manos—, g-gracias,
amo. Perdón por haberme puesto histérico, siempre me han dado miedo, bueno, las
vacunas y esas cosas. De pequeño me tenían que sostener entre varias enfermeras
y una vez mordí a una.
Aaron ríe
mientras cuenta su anécdota. Aún está temblando por los nervios y por el mal
trago de haber pensado que Samuel volvería a usarlo como a un mero objeto, pero
ahora se siente mucho mejor y nota una calidez extraña y agradable en el pecho
cuando Samuel ríe de vuelta, muriendo de ternura.
—Hoy soy yo
quien tiene que morderte, Aaron, así que espero que te comportes y seas un buen
chico. ¿De acuerdo?
El chico
asiente, risueño, pero todavía algo preocupado.
—Te puedo dar
mi sangre mientras sigues inconsciente, para que la curación no sea dolorosa,
pero tengo que dártela sí o sí, Aaron. Ya sabes lo que pasará si dejo mis
mordiscos curarse por sí mismos.
Aaron asiente,
pálido. Jamás podría olvidar esa historia de terror que tantas noches lo ha
mantenido despierto, sobre todo después de saber que es cierta, que es verdad
que un mordisco te vincula a un vampiro y que dos o tres o cuatro te roban poco
a poco la humanidad y te tornan una marioneta sin voluntad, solo sangre y carne
movidas por las órdenes de un ser cuyas palabras son todas tan absolutas como
pronunciadas por la voz de mando.
—Puedo… Puedo
intentar beberla después, cuando me despierte, si usted tiene razón, no dolerá
tanto, ¿verdad? Podría intentarlo, amo.
Samuel sonríe
con dulzura al chico y le da un casto beso en la punta de su nariz.
—De acuerdo,
lo haremos así, entonces, mi muchachito valiente —le halaga con ese tono tan
lleno de adoración y que tanto le hace sentirse cálido y avergonzado por
dentro—. Ahora, sé bueno y cierra tus ojos.
Aaron obedece.
Realmente quiere abrirlos y preguntarle a cada segundo a su amo que si le va a
pinchar ahora o dentro de un minuto. Quiere ver la aguja dentro de su brazo, no
porque desee que esa imagen que lo marea solo de pensarla quede grabada en su
retina, sino porque está nervioso y siente que necesita tener control sobre la
situación.
Pero sabe que
Samuel es quien lleva las riendas, quien toma el control. Así que aunque está
asustado, decide confiar en él y cedérselo: Aaron cierra sus ojos hermosos,
cual topacios azulados y, como no sabe muy bien qué hacer, agarra con sus manos
los bíceps del vampiro y eso le hace sentir seguro, como que tiene un pilar
firme al que aferrarse, incluso si el nerviosismo y la preocupación lo marean
como si estuviese flotando a la deriva.
Pronto, sus
preocupaciones empiezan a deshacerse, pues Samuel lo acerca a él y el chico no
puede ocupar su mente sino con lo bien que se siente el enorme cuerpo de su amo
contra el suyo. Samuel está algo frío hoy, pero cuanto más lo toca, más calor
adquieren sus manos y eso es delicioso. Le gusta hundir su rostro en el
abultado pecho de su amo, dejar su torso reposando tranquilamente sobre la
hilera de marcados abdominales y definitivamente adora como una mano traza
líneas en su espalda, siguiendo su columna y la otra le hace caricias en el
pelo.
Aaron piensa
que quizá Samuel no necesite la jeringuilla, pues si sigue mimándolo así por un
rato, se quedará completamente dormido.
—Gracias por
esto, amo… —susurra, acurrucándose en su pecho, soltando los bíceps del vampiro
y ahora rodeando su torso y acariciándolo perezosamente de vuelta.
Samuel jadea
cuando nota al otro abrazarlo y mimarlo por voluntad propia, como si realmente
fuesen una parejita acaramelada. Como si realmente mereciese ese amor que el
chico le da porque no sabe si no qué hacer con él.
Samuel se
siente culpable.
No debería
recibir algo tan precioso de Aaron. Ya le ha quitado muchas cosas y, aunque
ahora es Aaron quien le entrega voluntariamente su cariño, se siente tan
incorrecto. No se lo ha robado, pero Samuel sabe que definitivamente no lo
merece.
Así que toma
la jeringa, la saca de su envoltorio discretamente y empuja el émbolo. Unas
gotitas salen de la aguja, pero el tambor sigue lleno de ese líquido
transparente y preciado. Samuel toma con muchísima delicadeza los cabellos de
Aaron y se los aparta del cuello, a lo que el chico ladea su cabeza,
ofreciéndose para recibir un beso.
En su lugar,
nota un pinchazo que lo hace tensarse y que por un instante le hace entrar en
pánico, pero tan pronto el líquido fresco se derrama dentro de sus venas, es
víctima de una calma que lo deja completamente inerte y sosegado en apenas un
par de segundos.
Samuel retira
la aguja de la piel del muchacho con suma delicadeza y comprueba que ha gastado
toda la sustancia, lo cual significa que tiene una hora completa de Aaron
dormido para hacer lo que guste.
<<Para
morderlo>> tiene que corregirse a sí mismo, pues ante la indefensión del
chico, la mente de Samuel viaja a lugares que sus manos, su boca y su cuerpo
entero tienen prohibido.
Samuel se
queda unos segundos quieto, apretando los puños y tratando de no tocar al
muchacho que se derrumba sobre su regazo y deja caer su dulce carita entre sus
pectorales, pues teme que, si pone un solo dedo sobre su tierna piel, el deseo
que le cosquillea en las palmas sea demasiado y ceda ante las peticiones que el
demonio que lleva dentro le susurra al oído.
Con Aaron
dormido, incapaz de oponer resistencia, de llorar o mirarle a los ojos para
despertar su compasión e incapaz, también, de recordar lo sucedido cuando
despierte y de odiarle por ello, el monstruo dentro de Samuel se regocija y
saliva ante las miles de cosas que ahora tiene libertad para hacer sin
consecuencias.
Pero Samuel lo
acalla y le rebate. Le duele negarle a su hambre tan deleitosos placeres, como
si dentro suyo hubiese una bestia rabiosa que, a falta de alimento, lo destroza
a dentelladas desde sus entrañas, pero prefiere sufrir a causarle el más mínimo
daño a Aaron.
Cuando se ha
asegurado de que sus instintos no son más que una masa gruñona, pero
inofensiva, Samuel toma al chico entre sus brazos y lo pega a él, explora su
cuerpo con sus manos, apretando su cintura, sus brazos, sus muslos, y se hunde
en su cuello queriendo recoger hasta el más mínimo pedacito de su delicioso
aroma.
Aaron está
como un muñequito entre sus manos, con su cabeza bamboleándose y sus brazos
colgando flácidos a los lados de su cuerpo.
<<Sería
tan fácil… No. No. No.>>
Samuel siente
sus encías doloridas y es que sus colmillos están creciendo tanto que los nota,
fríos y filosos, sobre su labio inferior. Sus garras han crecido también,
negras, curvas y afiladas como guadañas, y lo sabe porque nota un leve aroma a
sangre y se da cuenta entonces de que está apretando a Aaron tan fuerte y con
tantísimo desespero, que ha rasgado un poco su ropa y le ha dejado algunos
arañados.
Son tan
superfluos que se permite suspirar, aliviado, y sigue besando y lamiendo el
cuello del muchacho, tentándose a sí mismo antes de darse un deleitoso
banquete.
Samuel se
mueve en el sofá, empujando por su deseo de seguir probando al pequeño chico
entre sus manos, y acaba sobre él, el cuerpo de Aaron tendido como un
sacrificio vestido del más puro y virginal color blanco, con sus ojos cerrados
adorablemente, sus ondas azabache depositadas sobre el tapiz del sofá, sus
manos pálidas y sus uñitas como de cristal brillando tan perfectamente.
Aaron luce ahí
dispuesto, para él, como la más deliciosa ofrenda siendo colocada con esmero
sobre un lecho de flores.
Samuel maldice
una y otra vez, bajo su aliento, porque Aaron es demasiado jodidamente perfecto
y eso significa que no lo merece, pero también que jamás podría dejarlo ir.
—Mi Aaron
—susurra y baja a su cuello, oliéndolo con la punta de su nariz trazando una
caricia fría e insinuante. La piel del humano se eriza y, aunque su pecho sube
y baja de forma estable, indicando que está dormido, Samuel sabe que el chico
puede sentir sus caricias y sus palabras en algún lugar, muy, muy dentro de
él—, mi ángel —añade con reverencia y ahora es su lengua larga y suave la que
recorre la curva de su garganta hasta rozar el frío metal de su collar—, te
amo.
Samuel se
hunde en el cuello del chico y primero lo besa, despacio, delicado, para luego
morderlo apasionadamente. Entierra sus colmillos hondamente en la garganta del
chico, queriendo dejar su marca profunda incluso si solo va a durar unos
minutos. Siente la tierna piel ceder bajo su hambre, como si todo Aaron, no
solo su voluntad, sino su cuerpo, su carne misma, se sometiesen a él y le
dejasen paso para enterrarse en su interior y probar las delicias de su cuerpo.
Aaron se tensa
solo ligeramente entre sus brazos y Samuel da el primer sorbo, por fin.
La sangre de
Aaron lo besa como solo el más experto de los amantes podría: su tacto sedoso
sobre su lengua, caliente, no, ardiente, contra sus labios, su dulzura
adictiva, tan buena que podría calmar todos los apetitos de cualquier hombre,
tan maravillosa que ningún sorbo es suficiente, pues despierta en Samuel un
hambre insaciable.
Podría vaciar
a Aaron, hasta la última gota, y aún no tendría suficiente de él, debería
destrozarlo con sus propias manos, devorar su carne, sus huesos, y, aun así,
seguiría pidiendo por él toda la eternidad.
Su sangre le
llena el cuerpo de un calor tan humano que por un instante su pecho se siente
tan tórrido como si fuese a empezar a latir de nuevo. Aaron se entibia un poco
y Samuel, sabiendo que el chico debe estar ya pálido y débil por la pérdida de
sangre, se obliga a retirarse de ese hermosísimo cuello que quiere llenar con
las marcas de sus dientes.
Jadea cuando
tiene que despegar sus labios de la piel húmeda de sangre, pues se siente como
ser arrancado de lugar más cómodo del mundo para ser arrojado a un páramo frío
y desolador. Pero debe hacerlo.
Samuel se
relame, primero los labios, luego los dedos, como un animal que ha terminado su
comida y acicala su pelaje. Se deja las manos y la boca limpias y luego lame el
cuello del chico hasta dejar solo las incisiones oscuras sobre la piel. Besa
los mechoncitos de pelo del muchacho donde ha caído alguna gotita de sangre,
limpiándola con sus labios.
Coloca a Aaron
de nuevo sobre su regazo y lo observa, aún dormido y ahora con su cicatriz y,
al otro lado, su marca fresca. Hay pequeñas gotitas de sangre cayendo por su
cuello, hasta sus clavículas, pero no hay lágrimas perladas en sus largas
pestañas, no hay súplicas en su boca.
De hecho, sus
labios sonrosados están entreabiertos, mostrando solo un poco sus dientecitos
como de conejo y dándole a Aaron un aspecto tan bonito que Samuel solo quiere
llenarlos a besos.
<<Besos…>>
Sus ojos rojos
son incapaces de despegarse de sus labios, de su boca del color de las fresas
maduras y sus labios delgados, pero tiernos y deleitosos.
Nunca ha
besado a Aaron.
Samuel roza
sus propios labios. Desde que es un vampiro, su boca se ha transformado siempre
en un arma: portadora de malas noticias, órdenes crueles o duras sentencias. En
sus momentos más amables, su boca ha sido el arma que ha esgrimido sonrisas
burlonas y que se ha teñido de sangre cada vez que tenía hambre.
Pero, pensó
hace cientos de años, la boca de un vampiro no sirve para besar.
Los besos, así
como el amor, son cosas de humanos.
Así que tanto
su primer como su último beso lo dio cuando era humano.
CAPÍTULO 62
Aaron despierta poco a
poco entre los brazos de Samuel y lo hace confundido y quejumbroso,
desperezándose al inicio y luego haciendo pequeños sonidos de dolor (“Ah”,
“Ow”, “Ay…”) mientras se lleva las manos al cuello y toca alrededor de la
profundísima mordida.
Samuel aprovecha que el
chico aún está medio adormilado y que el dolor todavía no le ha golpeado fuerte
para curarlo: se muerde la punta del dedo índice hasta que tiene una gotita de
sangre oscura en este y luego acerca el dedo a los labios de Aaron, que ahora
mismo está haciendo un puchero mientras se frota los ojos.
Primero, su sangre
inmortal solo pinta el labio inferior del chico, dándole una intensidad y un
brillo más que tentadores, pero luego Aaron pasa su lengua rosada por su labio,
probando la sangre de Samuel, y traga mientras hace una mueca por el sabor metálico.
—Ah, ah… —se queja Aaron,
llevándose sus manos al cuello, donde la herida empieza a desaparecer poco a
poco.
El dolor se refleja en su
rostro, pero Samuel se siente muy aliviado al ver que no es una agonía
insoportable, sino que más bien pareciera que Aaron ha notado algo
desagradable, como cuando uno se corta con papel o se pincha el dedo sin querer
al cocinar.
Aaron también lleva una
mano a sus tobillos y los masajea, pues la zona se ha sentido extrañamente
ardiente, aunque ahora la sensación empieza a remitir.
El dolor ha despertado a
Aaron de golpe, así que el chico ahora abre sus ojos mientras se palpa el
cuello y nota que, sorprendentemente, ya no tiene nada ahí.
—¿Ya… ya está, amo?
—pregunta, como si no se lo acabase de creer.
—Claro —le responde el
otro, relamiéndose—, ha sido delicioso. ¿Cómo te encuentras?
—No me duele nada…
—susurra Aaron, pensativo, mientras se acaricia la garganta y luce realmente
fascinado con la integridad y la suavidad de su piel. Un segundo después sus
ojos se iluminan y se abren de par en par— ¡No me duele nada, amo! —exclama y
da un bote desde el regazo de Samuel hasta el suelo, comprobando que ponerse de
pie ya no es una tarea agónica.
Ponerse de pie ahora se
siente tan natural como una vez lo hizo, antes de todo esto, y Aaron estaba tan
seguro de que recordaría esa sensación que se pone a llorar y saltar de
alegría.
—¡Ya no duele, no duele!
—grita maravillado, testeando la nueva resistencia de sus piernas al dar
pequeños botecitos en el lugar.
Samuel le sonríe,
conmovido, pero pronto su rostro pasa de expresar alegría a una profundísima
preocupación cuando Aaron pone sus ojos en blanco y se precipita contra el
suelo, inerte como si le hubiese robado el alma, dejando atrás solo un cuerpo
vacío.
Samuel lo atrapa entre sus
brazos rápidamente, antes de que el chico pueda darse con la cabeza contra el
suelo, y el chico entre sus brazos parpadea despacio y desorientado, como
cuando se ha despertado después de que lo mordiese.
La cercanía se torna
abrumadora de repente: los brazos de Samuel rodeándolo, sus alientos acelerados
formando una dulzona nube entre sus labios, la preocupación brillando en los
ojos rojos del vampiro y una perlita de esperanza haciéndolo en los iris celestiales
de Aaron.
Han estado más cerca en
otras ocasiones, pero nunca sus cuerpos pegados han significado nada más que
deseo, obediencia, poder.
Nunca antes se han sentido
así de íntimos.
—¿Qué sucede? ¿Aún sigues
mareado? —pregunta el vampiro con urgencia y Aaron juraría que puede oír su voz
temblar.
—U-uhm, sí, amo, aunque no
siento los efectos del tranquilizante. Creo que es la pérdida de sangre, si
pudiese —Aaron emite un quejido, su cabeza le acaba de dar una enorme punzada y
de pronto siente sus piernas y sus brazos terriblemente pesados. Nota la boca
seca y el ambiente frío—, por favor, sostenerme un poco más. No me quiero caer.
Samuel obedece a Aaron sin
vacilación alguna. Lo estrecha cerca y fuerte y Aaron puede sentir los dedos
del vampiro clavándose deliciosamente en su carne hasta formar moratones, pero
no dice nada, porque esa clase de dolor le hace sentir cálido por dentro. Le
gusta la desesperación con la que Samuel se aferra a él.
El vampiro lo mueve muy
despacito, alzándolo del suelo para volver al sofá con él sobre su regazo.
—Ven aquí, mírame —le
ordena una vez se han sentado y toma la cara de Aaron por sus mejillas para
hacerle mirarle a los ojos. Los de Aaron son dos hermosas lagunas, pero parecen
enturbiadas ahora, temblorosas, como si le costase enfocar la vista—. Ah, luces
descentrado, quizá me he excedido —comenta, quitando su mano de las mejillas
del chico para acariciar ahora su cuello—. Es tan difícil tener autocontrol
cuando estás tan indefenso… Lucías tan hermoso dormido, con tu pelo revuelto y
los labios entreabiertos. Casi parecían rogar por ser besados.
Aaron parece tomar esas
últimas palabras como si fuesen un bofetón directo en su rostro: luce
horrorizado y ofendido. Tan asustado por lo que Samuel pensó que sería algo
romántico que no puede evitar ofenderse un poco y responderle con desdén:
—No seas dramático, ¿tanto
te angustiaría un beso robado cuando mi boca ha estado hace minutos en tu
cuello, bebiendo tu sangre y saboreando la deliciosa tentación de matarte?
Aaron tiembla un poco por
las palabras de Samuel. Se imagina dejándose en manos de ese vampiro de nuevo,
durmiendo gracias a la droga que le inyecta en las venas y, luego, no volviendo
a despertar jamás. Niega con la cabeza.
<<Eso no es lo
que ha pasado. Él no me mataría>>
—Es… Es que sería mi
primer beso, amo… —confiesa con sus mejillas coloreadas y bajando la vista
tímidamente.
—Oh…
Samuel siente sus mejillas
arder un poco también, aunque no comprende por qué y lo encuentra demasiado
bochornoso. Piensa en Aaron, en cómo él lleva mucho tiempo imaginando que
cuando el mundo aún era de los humanos, el chico había sido besado antes, quizá
una, dos, tres veces. Quizá más, porque ¿qué sentido tendría poner en el mundo
una cosa tan bonita y perfecta como Aaron si no es para que alguien adore esa
belleza? El mundo entero habría tenido que ser ciego, sordo y estúpido para que
nadie hubiese aprovechado la oportunidad de besar los labios de Aaron.
—No lo he hecho —se
rectifica Samuel de repente, comprendiendo por qué para Aaron ha sido tan
aterrador pensar que él le ha robado un beso. No, no un beso —, no te he robado
tu primer beso. No tienes que temer por ello.
—Gracias. —responde el
chico, sencillamente y con una voz dulce y honesta.
Samuel suspira,
sintiéndose triste de repente, incluso si está extasiado por haber bebido de
Aaron y realmente jubiloso porque ahora el chico pueda andar de nuevo.
—Supongo que es un alivio
—Aaron sube la mirada, sin entender a qué se refiere— que tus labios no vayan a
ser ultrajados por una boca con colmillos. —<<Incluso si he tomado ya
el resto de tu cuerpo>> piensa Samuel, sintiendo una dolorosa punzada
de arrepentimiento perforarle el corazón.
Aaron sonríe levemente y
niega, como si Samuel fuese solo un niño bobo que no le ha entendido.
—No es eso, amo, no me
importaría un primer beso con colmillos. Lo que me asusta es pensar que me lo
has… —su rostro se contrae con dolor, su tono baja y su voz se endurece porque
sabe que o bien se torna de piedra ahora, o bien se deshace en lágrimas, así
que escoge la primera— Que me lo quitas como me quitaste la virginidad. Me
gustaría poder conservar la fantasía de un primer beso bonito.
Samuel asiente, cabizbajo,
y acaricia los cabellos del chico para hacerle sentir mejor. Aaron se relaja en
sus manos, de hecho, se inclina contra la mano que le mima la cabeza, pidiendo
un poco más de cariño mientras cierra los ojos y se deja llevar por las
agradables sensaciones.
—¿Qué sería un primer beso
bonito? —pregunta Samuel de pronto.
La pregunta es tan
inocente e inesperada que Aaron no puede evitar reír un poco y responder con un
risueño:
—No lo sé, no me han dado
ninguno.
Samuel se queda en
silencio unos minutos. Abre su boca un par de veces, como para decir algo, pero
luego se mordisquea los labios con sus pequeños colmillos, como indeciso o
demasiado nervioso como para hablar.
No se sentía así desde que
era humano, tan dubitativo y lleno de nervios que se sienten en su estómago
como el revoloteo de unas mariposas.
Al final, Samuel se arma
de valor y decide hacer la pregunta que lleva rondándole la cabeza un buen
rato. Su tono es serio y profundo y eso hace que Aaron abra los ojos y lo mire
mientras habla:
—¿Y crees que unos labios
que han probado la sangre podrían darte uno? Has dicho que… Que no te importan
los colmillos.
Aaron abre su boca con
sorpresa, dejando que sus labios rosas formen una redondita O. Acto seguido, su
cara adquiere el color de un tomate y baja la vista al suelo, totalmente
emocionado y nervioso por lo que el vampiro acaba de ofrecerle.
Tiene tantas cosas en la
cabeza y no sabe con cuál responder, así que decide responderle con todas:
—¿S-sí? O, bueno, ¿quizá
no? N-No lo sé. Supongo. Quiero decir… Quiero que mi primer beso se sienta
bien. Quiero que sea como una caricia o como palabras bonitas. Quiero
recordarlo y sonreír. No quiero… No quiero que se sienta como que me quitan un
pedacito más de mí, sino como que me regalan algo muy bonito, algo que quiero
conservar en mi cabeza y recordar cuando me sienta mal. Perdón. No sé de qué
hablo siquiera. Sueno ingenuo y estúpido, ¿verdad?
Cuando Samuel responde, su
voz es ronca y baja y suena tan cerca de sus labios que Aaron debe subir su
vista para comprobar que Samuel se ha acercado, que su cabeza está inclinada
sobre la suya, su cabello rubio rozándole las mejillas, su aliento cálido derramándose
sobre sus labios.
—Suenas adorable.
—¿Acaso no es lo mismo?
—pregunta el otro, medio en broma, y Samuel esboza una corta sonrisa.
—¿Por qué hablas de
fantasear con ese beso? ¿Crees que no puede llegar el momento en que suceda?
—pregunta el hombre, llevando su mano a la mejilla del chico.
La acaricia con sus
nudillos, suavemente, y luego recoge uno de los mechones azabache del chico
tras su oreja. Recorre el cartílago con sus dedos y luego llega al lóbulo y lo
acaricia de una forma que le causa cosquilleos a Aaron.
—C-Creo que usted mataría
a cualquiera con intenciones de poner sus labios sobre mí. Creo que después me
mataría a mí. —confiesa el chico y ríe, pero es una risa nerviosa, pues en el
fondo piensa que es verdad.
Que Samuel sería capaz de
arrebatar vidas solo por un beso. Por su beso.
Algo en esa idea le
suplica que deje de pensar en ello y se saque de la cabeza la imagen de Samuel
despedazándolo con sus garras y sus dientes, pero otra parte de él, pequeña y
oscura, se siente de pronto hambrienta.
Saliva ante la idea de un
Samuel posesivo, celoso, agresivo y le pide a Aaron que haga algo, alguna
tontería, con tal de obtener una probada de lo mucho que el vampiro estaría
dispuesto a hacer para demostrar a quién pertenece.
—¿Crees que yo podría
darte un primer beso bonito?
Aaron jadea. Era obvio que
Samuel iba a preguntar algo así, pero de todos modos se siente tan irreal, tan
extraña. Aaron imagina la cara de desconcierto que se le quedaría si pudiese
viajar al pasado y decirse a sí mismo que esa bestia malhumorada que lo apaliza
cada noche acabaría preguntándole, casi rogándole, por darle un beso
bonito.
No se habría sentido
preparado antes para responder esa pregunta, pero es que tampoco se siente
preparado ahora. La boca de Samuel es tan hermosa, labios rojos, grandes y
jugosos como hechos de cereza, la lengua larga relamiéndolos, los colmillos,
ahora chiquititos, mostrando sus juguetonas puntas afiladas y brillantes.
La boca de un diablo
hermoso. Hay algo en ella tan aterrador como tentador.
Aaron sabe que debería
responder que no. ¿Qué clase de loco querría un beso del mismo hombre que le ha
hecho pasar por tal infierno? Pero es cierto que quiere sus caricias y su
compañía, quiere su voz, sus sonrisas…
—No lo sé… Usted… Antes,
como era al inicio, no, no podría, pero ahora es a veces tan amable y delicado
conmigo, a veces me hace dudar y me confunde tanto y… y su boca dice cosas muy
agradables, así que es posible que pueda también dar besos muy agradables, pero
no estoy seguro. —responde, tímido e inseguro, pero sus ojitos brillosos no
pueden apartarse de los labios del contrario.
Los mira, hipnotizado,
mientras forman la siguiente pregunta:
—¿Quieres averiguarlo?
Samuel se inclina más
hacia Aaron, sus narices rozándose, su aliento cálido, suave y dulzón
acariciando la boca del chico como una sedosa promesa del mejor beso de su
vida.
El corazón de Aaron late
rápido mientras siente una mano en su mejilla acariciándolo y guiándolo: le
hace ladear un poquito la cabeza, para dejar su boca más disponible para su
amo, y le hace acercarse, lentamente, hacia los labios que antaño le amenazaban
con darle muerte y ahora solo le prometen amor; otra mano rodea su cintura y
Aaron jadea, tembloroso, casi contra los labios del mayor, pues todavía siente
vértigo en su vientre cuando nota la facilidad con la que su gran amo puede
rodear su anatomía con facilidad, como si se tratase de un gigante
gentil.
Samuel lo estrecha hacia
él, extinguiendo la distancia entre sus cuerpos y susurra más tentadoras
preguntas:
—¿Quieres ser bueno para
mí un ratito más y cerrar tus ojos, abrir tus bonitos labios? ¿Quieres darme tu
preciosa boca y que yo a cambio te enseñe lo muy amable que puedo ser contigo?
—el chico luce mareado por esas palabras, ebrio de ellas, y es que se derraman
sobre sus labios como un licor dulce, pero ardiente, y le hacen sentir fuego
alrededor de toda su anatomía. Tiembla en las manos de Samuel, retorciéndose y
arqueándose un poco, pero siendo mantenido quieto por ellas, y lo mira con ojos
nublados a través de sus largas pestañas, como si esa mirada fuese suficiente
respuesta. Pero parece no serlo.— ¿Sí o no, Aaron? Quiero besarte, pero tú no
quieres que te robe un beso, así que no lo haré a menos que lo pidas
dulcemente…
Los ojos de Samuel brillan
con un rojo que Aaron no ha visto antes: no es oscuro como el vino o la sangre,
sino un rojo tan encendido en pasión, tan claro y brillante y lleno de honesto
deseo que uno fácilmente podría confundirlo con un intenso color rosado. Sus
manos lo aprietan más y más cerca, Aaron nota como en los dedos fuertes del
vampiro crecen las garras negras y arqueadas que le arañan la piel hasta que
esta se eriza y… sus colmillos. Antes tímidos y pequeños, colmillos de gatito,
pero ahora empiezan a crecer y Samuel los lame, la lengua perfilándolos como
queriendo mostrar la longitud de su filo.
Aaron se pregunta cómo
debe sentirse un beso con colmillos y está cerca de descubrirlo cuando un
chillido le hace dar un repullo y alejarse de Samuel del susto:
—¡Samu!
Ese tono agudo e irritante
que parece el grito de una urraca es algo que el vampiro reconocería en
cualquier lado. Rueda los ojos, fastidiado a más no poder, y aprieta muy fuerte
los dientes mientras Charlotte sigue aporreando la puerta.
Sus ojos brillan ahora,
pero con el rojo propio del infierno. Está enfadado y a Aaron eso le da
escalofríos.
—Pasa. —cede el vampiro,
con voz poderosa, pero seria. Sabe que si no le responde, la muchacha es capaz
de pasar horas martilleando.
La chica abre la puerta y
entra enérgicamente hasta el salón, tomando aire e inflando su pecho con
orgullo, lista para descargar una avalancha de información o de preguntas sobre
el vampiro, pero se queda en shock y se desinfla de repente al ver a su superior
y a su mascota humana tan cercanos sobre el sofá, con las mejillas de Aaron tan
rojas como manzanas y su corazón latiendo desbocado.
—Lottie, ¿qué mierda
quieres? Estaba… Hablando con mi humano. Hablando de la clase de temas que
requieren de intimidad.
—Jason ha solicitado mi
presencia, puedo pasar por esta zona unos días y quería verte. Veros, en
realidad. Jason me ha ido informando de todo, pero oí que mataste a dos
vampiros la otra noche, de forma espantosa, y estaba preocupada. Pensé que
quizá había sucedido algo similar a la noche en que fuimos al evento de
bienvenida de Ivthan y estaba angustiada por si tu humano… Aunque no parece que
tenga mucho de lo que preocuparme. —admite, avergonzada y bajando la vista al
suelo.
Ella había venido con todo
un arsenal de sermones y lecciones que enseñarle a Samuel si veía un solo
moratón en el cuerpo de ese dulce mortal del que tanto parece haberse
encaprichado el usualmente frío señor Hass, pero ahora, comprendiendo que ha
interrumpido un memento de inmensamente delicada dulzura, se siente como que
solo ha metido la pata en el fango y, por mucho que se resista, solo se hunde
más y más.
Samuel ríe sin gracia,
aunque debe admitir que en el fondo aprecia las intenciones de la muchacha. Es
solo que su impertinencia le irrita mucho más.
Se voltea hacia Aaron, a
quien atrae sobre su regazo y lo toma del cuello con suavidad para acercarlo a
su rostro, tan malditamente cerca de sus labios. El chico tiembla por el agarre
y la cercanía, sintiéndose vulnerable, pero extrañamente excitado, y el vampiro
le mira a los ojos mientras pregunta:
—¿Tiene algo de lo que
preocuparse, Aaron? ¿Estoy siendo malo contigo?
Aaron niega, poco a poco,
y su nariz suave y respingona roza levemente con la punta de la recta nariz de
su amo, como si se diesen un beso de esquimal.
—N-no, amo —responde con
una voz queda, reservada—. Está siendo muy amable hoy.
Samuel alza una ceja,
incrédulo y divertido.
—¿Solo hoy?
Aaron le sonríe, también
un poco pillo y con las mejillas teñidas de arrebol mientras le responde
juguetonamente:
—¿Quiere sinceridad o
halagos, amo?
Samuel deja ir una corta
risa sobre los labios del menor y lo aprieta de la cintura, sus garras
creciendo conscientemente ahora y apretándose contra la tierna piel del chico
en sus manos. Aaron jadea y tiembla y Samuel sonríe, triunfal, mientras
susurra:
—Creo que empezaré a ser
malo ahora, para bajarte los humos, humano rebelde.
—Oh, creo que es mi hora
de irme —dice Charlotte, que está más sonrojada aún que Aaron, pero tiene los
ojos bien clavados en la escena— o de quedarme y disfrutar del espectáculo, si
se me permite, claro.
Samuel voltea su cabeza,
separando su mirada intensa de los ojos de Aaron para lanzarle a Charlotte una
fría que podría helar los huesos a cualquiera:
—Lárgate.
Samuel la sigue con los
ojos mientras ella se marcha apresuradamente y hasta que puede ver la puerta
cerrándose y devolviéndole así su intimidad con Aaron.
Se voltea hacia el chico
de nuevo, hambriento de esos besos que él mismo le ha prometido, y sonríe con
grandes colmillos y unos sutiles hoyuelos formándose a los lados de su boca.
—Bien, ¿por dónde íbamos?
Aaron siente un enorme
vértigo cuando Samuel se inclina hacia él, como listo a darle por fin ese beso
del que tanto ha hablado, y Aaron mentiría si dijese que no está deseoso, pero
también si dijese que sus nervios no le superan.
Charlotte lo ha asustado
con su interrupción y ahora que sus nervios no han tenido tiempo a calmarse, le
parece que todo sucede demasiado rápido, así que coloca sus manos sobre su
boca, mientras susurra:
—Espere, espere, espere…
Samuel gruñe, como un
animal frustrado, y por un instante Aaron teme que vaya a morder sus manos
hasta convertirlas en dos líos ensangrentados que pueda quitar de en medio para
besarlo de una maldita vez.
—¿Ahora qué?
—S-solo, no sé, necesito
un minuto. —suspira Aaron, las manos que usa para tapar su boca están
temblorosas y su voz sale fina como un hilillo.
Samuel aprieta su cintura
más y gruñe bajo, empieza a besar las manos del chico, despacio, gentil, pero
apretando sus labios allí donde deberían estar los del joven si sus dedos no le
barrasen el paso.
—¿Acaso no he esperado
suficiente por tu hermosa boca? Necesito probarte, Aaron. Mi Aaron.
El muchacho de cabellos
azabache siente que podría derretirse. Samuel suena impaciente y peligroso y
eso le hace removerse, temeroso, pero también suena tan desesperado.
Samuel está desesperado por él, por tenerle, por tenerle de una forma en que
uno no puede tomar lo que desea a la fuerza, desesperado por su deseo, por su
permiso, por no solo besar, sino ser besado de vuelta.
Y a Aaron esa idea le
emociona tanto que casi retira sus manos, pero duda, porque su corazón todavía
va muy rápido y él no sabe dar besos y mucho menos a alguien tan grande y con
dientes tan afilados.
—Señor, es mi primer beso
y estoy muy nervioso. Justo nos han interrumpido y me siento extraño. Quiero
calmarme un poco, por favor, no me presione. No será un beso bonito así.
—suplica y nota los besos sobre sus manos detenerse.
El vampiro lo toma por las
muñecas ahora y con firmeza, pero sin dañarlo, le fuerza a retirar sus manos de
su boca, dejando su rostro desnudo y vulnerable. Desprotegido. Samuel se
inclina y lo besa. En la mejilla.
—No lo haré, ni aunque
acabes de quitarme la cosa más dulce del mundo y lo que más me muero por probar
—susurra contra su piel y suena tan sincero que Samuel puede sentirlo relajarse
en sus brazos—. Esperaré lo que me digas.
Samuel sigue besándolo por
todo su rostro: su frente, sus párpados, sus mejillas, la punta de su nariz y
la tentación de sus comisuras. En todos los lugares, menos en sus labios.
—Gracias, amo. Creo que
solo necesito unos minutos.
Aaron cierra los ojos,
entregándose a la sensación de Samuel besando su cara y tomándolo por la
cintura de forma sensual. El vampiro aprieta sus manos, sintiendo la carne de
su humano estremecerse bajo sus dedos, hundirse tiernamente mientras lo hace
acercarse más hacia su cuerpo y molerse sutil, pero eróticamente, contra su
cuerpo sobre su regazo.
Los besos bajan a su
cuello ahora, delinean la marca de su lazo con reverencia y hacen a Aaron
temblar, luego suben. La boca grande de Samuel traza su mandíbula suave y
pequeña y luego nota un mordisco que le eriza la piel en su tierno lóbulo. La
boca del vampiro besa sus mejillas con paciencia y cariño infinitos y, luego,
más hambrienta, más insidiosa, besa su comisura. Tan cerca de la boca que Aaron
tiene que abrir sus labios y jadear por la impresión y, ahí, Samuel aprovecha
para hacer que su humano se derrita más entre sus manos: lame el lugar que ha
besado, su lengua, larga, afilada, húmeda y hábil, recorre esa pequeña comisura
y Aaron gimotea y se retuerce como si el placer de esa lamida fuese
insoportable.
Samuel sonríe cuando ve al
chico relamerse los labios y su lengüita rosa y pequeña asoma por la comisura,
como probando la saliva del vampiro, como queriendo saber qué se siente cuando
dos lenguas danzan juntas.
Pero Aaron no le ha pedido
ser besado aún, así que Samuel besa y lame su otra comisura y Aaron se
desespera, pero no obtiene lo que desea.
El chico se siente no solo
listo para un beso ahora, sino necesitado de uno, pero su voz se niega a
pedir lo que su cuerpo desea, así que necesita otra forma para hacer que sus
labios supliquen.
Aaron apoya sus manos en
el pecho abultado y firme de Samuel y es él esta vez quien se inclina hacia
delante, hacia el vampiro. Samuel se queda estático, dejando al chico hacer lo
que guste y disfrutando enormemente de su inesperada valentía. Desde que es un
vampiro, esta es la primera vez que un humano le busca a él, que le desea
a él y no al revés, y la sensación es tan maravillosa que quiere que el momento
no termine jamás.
Aaron besa las mejillas de
Samuel, como este ha hecho con él un largo rato, solo que los labios del
muchachito son más pequeños y sus besos más gentiles, como el tacto del pétalo
de una flor. También, su boca está más temblorosa cuanto más se aproxima a la
boca colmilluda de su amo, pero aun así Aaron sigue.
Besa la comisura de
Samuel, curvada en una sonrisa satisfecha, y se aventura a lamer su piel con la
punta de su lengua rosada y tierna. Samuel exhala con voz varonil y colmada de
placer y aprieta más su cintura.
Se queda frente a los
labios del vampiro, mordiéndose los propios, queriendo besarlos pero sin ser
capaz de reunir el valor necesario. Samuel lo mira lleno de orgullo y lascivia
y le concede al chico lo que desea: se inclina hacia su boca, dispuesto a besarlo,
pero el chico está tan nervioso y lleno de anticipación que solo se muerde los
labios y respira deprisa y acelerado.
—Abre la boca. —le ordena
y su voz es tan cálida, tan ronca y masculina, que derrite todas sus
preocupaciones.
Aaron ya no tiene que
preocuparse de qué hacer, porque su amo va a decírselo con órdenes claras y
calientes. Aaron separa sus labios, dándole al vampiro lo que ambos quieren,
pero este, en vez de besarlo, decide lamerlo de una manera que hace a Aaron gemir.
Desliza su lengua por la
boca abierta de Aaron, desde su labio inferior y brilloso, hasta el superior,
la punta húmeda y lúbrica de su lengua levantando ese tierno arco de cupido que
forma su labio, esa silueta de corazón tan bonita que sabe a puro azúcar cuando
Samuel la prueba.
El gemido de Aaron es lo
más especial que Samuel ha escuchado nunca, así que lo recompensa:
—Buen chico. —murmura.
Y entonces lo besa.
Empieza despacio y suave,
porque sabe que Aaron está muy nervioso: deja que su boca grande encaje con
esos pequeños y tiernos labios que Aaron tanto ha mordisqueado y mueve su boca
lentamente sobre la del chico, abriéndola y cerrándola, probando a Aaron.
Aaron trata de devolverle
el beso a Samuel y hace lo mismo que el otro: abrir sus labios y cerrarlos,
atrapando primero el labio superior del vampiro, notando la ternura y la
carnosidad deleitosa de este contra su boca y luego bajar, deslizándose húmedamente
por la boca brillante del otro, para probar el labio inferior, más grueso y
blandito y que nota curvado, pues el vampiro sonríe enternecido mientras lo
deja experimentar esos besos tan castos y superficiales.
Samuel se siente en el
cielo, pudiendo probar esos pequeños labios que siempre pensó que jamás le
regalarían más que un “Te odio” bien merecido, pero que ahora le dedican
sonrisas hermosas, palabras llenas de dedicación y pensamiento y hasta la
increíble melodía de la más bonita risa que ha escuchado jamás.
Ahora se siente en un
sueño y se pregunta si acaso no está siendo egoísta, tomando de la boca de ese
ángel besos que un demonio no debería tener derecho a probar. Pero no le
importa, no puede importarle nada cuando la sensación de besar al chico es tan
embriagadora.
El contacto es suave,
dulce y sereno, dos bocas tímidas que se dan pequeños besitos, como probadas de
algo demasiado dulce.
Samuel se deja llevar un
poco y vuelve a retomar el control del beso, ahora es él quien marca el ritmo y
besa a Aaron más rápido, más duro, sus labios grandes tomando los del chico,
primero uno, luego el otro, y a veces Samuel toma los dos labios del humano
entre los suyos, como si buscase devorarlos, pues su boca es grande y el sabor
de su amante le hace sentir ambicioso y hambriento. Además, cuando toma el
labio inferior del chico, notándolo húmedo de sus salivas, caliente e inflamado
de tanto ser probado, decide chuparlo con avidez, tirar de él como si fuese una
golosina que quiere llevarse a la boca. Aaron gime cuando siente al otro
chuparlo así y deja ir un pequeño jadeo cuando, no contento con eso, Samuel
mordisquea sus labios. Sus colmillos se sienten tan fríos y afilados contra su
boquita sensible de tanto ser besada que, por un momento, tiembla, asustado,
pero Samuel jamás le hiere, solo lo prueba con juguetones mordiscos.
Samuel se deja llevar un
poco más y, mientras mordisquea al chico, le arranca un gemido, haciéndole
abrir la boca para poder hundirse en ella.
Cuando la lengua de Samuel
se desliza, sedosa, tórrida y húmeda, dentro de su pequeña boca, Aaron siente
su cuerpo reaccionar solo: su cabeza ladeándose y sus labios abriéndose
dócilmente para darle más acceso, sus manitas arrugando su ropa, sus vellos erizándose,
su espalda curvándose mientras las manos que lo toman por la cintura lo
aprietan fuerte y firme contra su cuerpo, lo hacen molerse eróticamente con la
enorme erección del vampiro.
Cada beso, una lamida y
cada lamida es más profunda, más voraz y demandante. Primero, la lengua de
Samuel solo lame la parte interna, rosa y sensibilísima de los labios de Aaron,
pero luego recorre cada pequeño rincón de su boca, lame el cosquilleante cielo
de su boca, lame sus encías sensibles y acaricia sus dientes perlados, pero,
sobre todo, busca su lengüita corta y rosa y la acaricia con una maestría que
le hace estremecer.
Aaron no sabe cómo besar
así, pero no importa, solo tiene que jadear y temblar y dejar que el vampiro
marque el ritmo mientras su lengua tímida y torpe acaricia a la de su amo
mientras este marca el ritmo de un baile húmedo y prohibido. Samuel rompe el beso
de vez en cuando, cuando se apiada de su pequeño humano, que necesita respirar.
Después de darle un par de
bocanadas, Samuel siempre se impacienta y vuelve a hundirse en la dulce boca
del chico, su lengua carnosa y larga, oh, tan larga, rizándose
alrededor de la del humano o recorriendo sus labios o reclamando cada rincón de
esa bonita boca que le pertenece por completo.
Aaron se siente borracho
de anhelo y de esa sensación de deseo y éxtasis que el otro le da, así que se
permite ser valiente y hace lo que el vampiro le ha enseñado: lame y muerde
cuidadosamente los labios de Samuel y, después, es su lengua la que se empuja
dentro de la boca del vampiro. No lo hace con un gesto dominante, como Samuel,
sino que más bien el vampiro le permite controlar el beso, pues el
humano es inexperto y quiere que tenga la oportunidad de explorar. Además, su
torpeza y su iniciativa son tan adorables...
Aaron lame la lengua de
Samuel una y otra vez, sus salivas formando hilillos que las conectan, la
mezcla tan deliciosa y adictiva que el chico empieza a lamer los dientes del
vampiro, buscando los colmillos.
Es muy cuidadoso mientras
lame la longitud de uno de ellos, sintiéndolo frío, duro e imponente y, al
llegar a la punta, Aaron no sabe si es que ha sido descuidado o si ha sucumbido
a un deseo culposo, pero desliza su lengua por la punta, haciéndose un pequeño
corte y sintiendo el sabor de su propia sangre.
—Oh, Aaron, no sabes lo
que haces… —Samuel gime de forma ronca y profunda y agarra a Aaron fuerte de la
cintura, lo empuja hasta hacerlo caer de espaldas sobre el sofá, con él encima
aún tomándolo de la cintura, manteniéndolo quieto y dócil bajo su enorme
figura.
Lo besa con más ferocidad
ahora que Aaron ha decidido tentarlo con su sangre y, al mismo tiempo, empuja
sus caderas contra la entrepierna pequeña, pero dura bajo él.
Aaron siente sus rojos
rodar en sus cuencas: el beso es doloroso y placentero a la par y el vampiro lo
tortura, moliendo su enorme erección contra la propia, tan sensible y
frustrada, el anillo en su base impidiéndole una liberación que tendría ahora
mismo, solo con ser besado.
<<Despacio…>> Se ordena Samuel a sí mismo, porque
la boca de Aaron es buena y su sangre también, pero juntas son la tentación más
peligrosa que ha probado jamás y no quiere asustar al chico.
Así que decide ralentizar
el ritmo hasta dejar morir poco a poco el beso en los labios del muchacho,
rojos por su pasión y jadeantes por el mismo motivo.
Cuando se separa de la
boca del otro, sus labios parecen protestar, están pegajosos entre ellos, como
cubiertos de miel, y diminutos hilillos de saliva todavía conectan sus bocas.
Samuel lo mira a los ojos
y ve que los de Aaron están vidriosos pero brillantes, la respiración
acelerada, su boca aún entreabierta. Samuel da un lametón a los labios del
chico, probando los ecos de su maravilloso beso, y dice:
—¿Te ha gustado?
Aaron aparta la vista y
una sonrisa incorregible y tímida se pinta en su boca mientras se la
mordisquea. Samuel siente envidia, él también quiere seguir mordiendo sus
labios.
—Mucho, amo —responde,
casi sin voz, y luego alza su mirada con hesitación, asomándose a los orbes
rubí de su amo—. ¿Y a usted?
Samuel ríe por lo ridícula
que suena esa pregunta. ¿Cómo podría Aaron siquiera cuestionar si ha disfrutado
de ese beso cuando la única razón por la que se ha detenido es que era tan
malditamente delicioso que temía perder el sentido y el control si seguía un
solo minuto más?
—¿Tú qué crees, bobo?
—pregunta y se inclina para besarlo cortamente en sus labios—. ¿Se siente
bonito cuando te beso, Aaron?
La pregunta de Samuel ya
no tiene el mismo tono burlón con el que ha empezado a hablar. Suena serio,
preocupado, y Aaron sabe que está en su mano romper al vampiro o fortalecerlo
con su respuesta.
Aaron, incapaz de mentir,
dice:
—Se siente muy bien.
¿Podré ser besado cada noche, amo, por favor?
Samuel maldice por dentro
y realmente se pregunta si Aaron es tan adorable e inocente de forma descuidada
o si lo hace a propósito para provocarlo. Sea lo que sea, funciona.
—No necesitas pedirlo,
aunque adoro escucharte rogar de este modo…
Y después de eso, Samuel
decide que su autocontrol puede esperar un poco y vuelve a dejarse llevar por
lo mucho que quiere besar al chico.
Durante un largo rato esta
noche, ambos se quedan ahí, en el sofá, con Samuel sobre Aaron y el chico
tumbado y clavado en su lugar por el gran peso de su amo; se siente sofocante a
veces, pero su cercanía es deliciosa, así que jamás le pide que se aparte.
Samuel besa al chico un largo rato, probándolo y probándolo y no sintiéndose
jamás suficientemente satisfecho como para parar. Su hambre de Aaron es un pozo
sin fondo, así que planea tomar cada un pedacito del chico, dulce y tierno como
un pastel esponjoso, y devorarlo hasta empalagarse, hasta hartarse, pues
sabe que eso es imposible.
Aaron, por su lado, siente
todo ese rato como una especie de sueño febril, todo tan lento y vaporoso y
perfecto que bien podría estar flotando en una nube. Samuel lo besa profundo,
mueve su lengua con una lentitud deliciosa y exasperante, como educándolo,
instruyéndolo, enseñándole cómo debe besar.
—Tu turno, cosita novata.
—le chincha juguetonamente y entonces es Aaron quien besa a Samuel.
Lo toma por las solapas de
su camisa y lo acerca a su boca con forma de corazón para besarlo con labios
pequeños y una lengua cortita que se siente como de gato. Los besos de Aaron
son adorables, pero cuando el chico le da demasiada atención a sus colmillos,
Samuel sabe que algo peligroso podría despertar dentro de él.
Toma a Aaron suavemente
por el cuello, pues cuando envuelve con su mano la garganta del chico, este
para de hacer todo lo que estuviese haciendo -incluso besarlo- y se queda
totalmente dócil, esperando sus órdenes.
—No te cortes más con mis
colmillos —le advierte el vampiro, pero su tono frustrado delata que desea
justo lo contrario— o voy a comerte entero. ¿Entendido?
Aaron responde con un “Mhm”
y Samuel retira su mano, dándole permiso al chico para seguir robándole
besos. Aaron se desespera cada vez más y Samuel ama como el chico besa, muerde
y lame sus labios, cual cachorrito confundido, ama la manera en que gimotea
entre beso y beso y ruega con la mirada para que Samuel vuelva a tomar el
control y lo bese como él guste.
Samuel lo alienta con
mimos en su mejilla, una mano bajo su camisa trazando círculos en su vientre
bajo.
—Lo haces tan bien,
Aaroncito. —lo halaga, pero el necesitado humano quiere otra clase de premio.
Así que Samuel lo
complace: toma al chico fuerte por su cintura y deja de ser quien recibe besos,
para ser quien los da. Besa al chico de forma dominante, demandante. Él marca
el ritmo y él decide cuando el chico respira o cuando gime. Lo muerde para castigarlo
si hace algo que no desea y con su lengua le enseña a la de Aaron el idioma del
más exquisito placer.
Aaron se derrite en sus
manos. Ser besado de ese modo le deja la cabeza en blanco y se pregunta, por un
vergonzoso instante, cómo debe sentirse ser tomado así.
Ha pasado años fantaseando
con besos en la mejilla y, en sus noches más atrevidas, picos en sus labios.
Esto, sin embargo, está mucho más allá y sobrepasa sus más obscenas
imaginaciones.
Cuando Samuel pone su boca
en la de él, siente el lazo que los une apretarle el corazón, tirar de él hacia
el vampiro como exigiéndole que se unan de forma más profunda, más íntima y,
por un minuto, Aaron quiere suplicarle a su amo que lo muerda, que deje su
sangre correr dentro de su poderoso cuerpo, quiere rogarle por tener la
oportunidad de darle su calor, su vida, de unirlos en una sola existencia
inmortal.
La intensidad de esos
sentimientos lo abruma, así que tras un largo rato de besos, Samuel se detiene.
Ha drenado todas las energías de su adorado humano, así que lo mínimo que puede
hacer por él es concederle un descanso.
—Te llevaré a tu
habitación mientras yo trabajo. Luego quizá voy a probar tu dulce boca de
nuevo.
Aaron enrojece y asiente.
Nunca nadie le ha hablado así en su vida y se siente extrañamente bien.
Samuel lo toma en brazos,
suben al segundo piso, atraviesan el largo pasillo y finalmente el vampiro abre
la puerta de la habitación que le ha obsequiado hace poco al chico.
Lo deja en la cama y este
mira emocionado a su alrededor, porque le hace demasiada ilusión tener una
estancia propia, pero sus ojos se quedan clavados en algo. En algo que reconoce
y que está en el suelo, al lado de la cama.
—Es… eso es…
Samuel no entiende qué ha
hecho mal, pero se le rompe el corazón al ver los ojitos del chico llenándosele
de lágrimas cuando alcanza la mochila que hay en el suelo, esa misma que
llevaba la noche que lo cazó.
Samuel no sabe por qué la
conservó, él siempre se deshace sin miramientos de los efectos personales de
sus presas porque, ¿por qué iba su propiedad a tener propiedades? No tiene
sentido. Pero por alguna razón, guardó la mochilita de Aaron y ahora ha considerado
que lo justo es devolvérsela.
No esperaba que el chico
llorase así al verla.
Aaron la sube a la cama,
sollozando, abriéndola y sacando sus objetos -botellas de agua, comida
desecada, toallas, su kit para hacer una hoguera- mientras los aferra a su
pecho como si se tratasen de un osito de peluche muy querido de su
infancia.
De pronto, Aaron luce
terriblemente angustiado y se aleja de los objetos. Se seca sus lágrimas como
puede, con la manga de su camisa, y teme que el vampiro vaya a tomar
represalias contra él.
Samuel lo ha tratado como
a un pequeño príncipe consentido hoy, seguramente se enfade si, tras sus
esfuerzos, ve a su humano llorando de anhelo por un pasado en el que aún no lo
conocía.
—Lo siento, amo, me
desharé de ello, no quiero enfadarle, s-sé que soy suyo, que nunca más
necesitaré esto y…
Samuel pone una de sus
grandes manos sobre la del chico, que está nerviosamente apartando los objetos,
como si le asqueasen.
—Puedes conservarlo. Si,
ya sabes, si te trae recuerdos agradables.
Aaron hace un puchero, a
punto de romper a llorar de nuevo. Samuel es tan dulce ahora que apenas puede
creerlo.
Es tan dulce que no tiene
que estar asustado y alerta y puede permitirse pensar en sus sentimientos: <<¿Recuerdos
agradables?>>
—No me trae esa clase de
recuerdos, lo siento, n-no sé por qué he reaccionado así.
Samuel se sienta junto a
él en la pequeña cama y pasa uno de sus brazos por los estrechos hombros del
humano.
—¿Quieres hablar de
ello?
Aaron niega y está por
decirle al vampiro que no es necesario y que no quiere gastar más de su valioso
tiempo, pero entonces las palabras salen de sus labios como si hubiesen
esperado durante siglos por esta oportunidad, por que alguien pronunciase las palabras
mágicas que las liberan.
—Yo, no lo sé, e-es solo
que fue… Fue una época horrorosa, la soledad… Pensé que me volvería loco. ¿Cómo
puede soportarla usted?
<<Antes de que todo
esto sucediese, siempre tuve claro quién era, siempre tomé por descontado el
sentimiento de tener una identidad, como si fuese algo inherente en mí, algo
que nadie pudiese quitarme. Sabía que era tímido, pero charlatán, que era animado,
sabía que era el chico al que le gustaba mucho escuchar música y jugar a
videojuegos de terror, pero que después odiaba hacer ejercicio y bailar. Sabía
que era el chico que no podía callarse cuando hablaba de arte, pero que era
demasiado torpe para intentar coger un lápiz. Sabía cuáles eran mis hobbies y
mis películas favoritas y las citas de libros que más me rondaban la cabeza.
<<Pero cuando me
quedé solo fue como si todo aquello se me arrancase. Sin el resto de la
humanidad ya no había aficiones o gustos de los que hablar y con los que
sentirme identificado. Mi autor favorito jamás sacará un nuevo libro, mi banda
preferida no cantará nuevas canciones. E incluso si intentase basar mi
identidad en el recuerdo de las cosas que solía hacer, ¿con quién podía hablar
de ello? ¿Cómo podría describirme como un chico hablador o curioso si no hay
nadie a quien hacer preguntas? ¿Cómo puedo decir que soy risueño si ya nadie me
hace sonreír?
<<Me sentí desnudo
de todas aquellas cosas a las que antes había llamado yo y… poco a poco fui
perdiendo mi humanidad. Ya no había una vida ni una forma de vivirla que me
hiciese quien soy.
<<Había solo
supervivencia y yo no era más que un animal.
<<Nunca lo había
pensado así antes, pero es la verdad: sin los demás, no somos nadie. Estamos
hechos de lo que tomamos prestado de ellos: frases graciosas, formas de reír o
de peinarnos, prendas de ropa que nos gustan… Nunca me di cuenta de que mi forma
de estornudar era una imitación de la de mi madre hasta que murió y yo dejé de
estornudar como ella, poco a poco, mientras la iba olvidando.
<<Fue como si la
persona en mí se volviese más y más invisible cada día y al final solo quedó un
animal.
<<Cuando me capturó,
amo, fui algo distinto, pero todavía inhumano: un animal doméstico. Una
mascota. Pero cuando me hablaba, cuando me pidió mi opinión sobre aquellos
cuadros de su despacho… sentí que tenía la oportunidad de volver a ser alguien.
<<Y ahora veo esta
mochila y recuerdo esos momentos y echo de menos mi libertad, pero no… no
podría volver a pagar el precio de la soledad. Recuerdo la soledad y siento que
quiero vomitar, me siento tan mal. Recuerdo cuando me capturó y me hacía tanto
daño y me sentía solo incluso estando usted, tan solo y tan herido y tan…
<<Esta mochila me
hace recordar a cuando estaba tan desesperado que tenía esperanzas inútiles y a
cuando las perdí y supe que estaría siempre completamente solo y preferí
morirme a eso.
<<¿Cómo ha podido
usted buscar la soledad, si eso es lo que nos destruye?>>
Samuel le escucha con
atención y con un nudo en el estómago. Su Aaron, su pobre Aaron, tan risueño
algunas noches, pero tan herido que cualquier pequeño gesto brusco o mal
calculado toca más allá de su nívea piel superficial, toca las heridas aún
abiertas, aún sangrantes que oculta bajo su sonrisa.
Samuel sabe que lo ha
destruido de formas irreparables, pero incluso antes de eso, antes de él, Aaron
ya estaba roto y herido, lleno de cicatrices que tuvo que lamerse solo.
Samuel se pregunta cómo un
simple humano puede sobrevivir a tanto solo. Cómo, de tanta violencia y agonía,
ha florecido una cosa tan suave y tierna como Aaron.
A él el sufrimiento lo
pudrió, lo volvió veneno y espada, letal y doloroso, duro y frío. A Aaron lo ha
vuelto delicado y lábil, como agua fresca que limpia y purifica.
Samuel suspira y, aunque
le duele pensar en sí mismo, hurgar en sus motivaciones y su pasado, lo hace.
Se lo debe a Aaron. Le debe cualquier cosa que el chico pueda pedirle y mucho,
mucho más:
—Porque tú has pasado todo
este tiempo intentando recuperar quién eras. Y yo lo pasé intentando huir de
ello.
<<Durante cientos de
años he hallado un confort tan simple en el hecho de saber que no tenía que ser
nadie, solo un monstruo, un manojo de instintos y deseos hechos para ser
complacidos.
<<Pensé que si me
dejaba llevar suficiente, podría olvidarme de toda la tristeza, del
arrepentimiento y el dolor que sentí cuando era humano. Pero ser un monstruo no
me ha traído absolución, solo más miseria.
<<El placer de la
sangre te hace olvidarte un tiempo, pero las cosas que has hecho siempre
estarán ahí, esperándote. No se van a ningún lado, el pasado no tiene más lugar
en el que estar que en nuestras conciencias o en nuestros corazones.>>
Aaron asiente y pone su
mano sobre una de las piernas del vampiro, acariciando del mismo modo en que
este le acaricia uno de sus pequeños hombros. Se siente bien consolar y ser
consolado, tener un hombro donde apoyarse y dejar que sus lágrimas fluyan como
un río, pues sabes que la otra persona esperará por ti, esperará mientras
derramas tu dolor.
Samuel querría poder
beberse el dolor de Aaron, envenenarse con él, como merece, devolverlo a su
cuerpo, a sus manos, porque es ahí donde fue creado, y librar a Aaron de esa
condena. Pero no puede, así que se conforma con sostenerlo cerca mientras
solloza.
Y, aunque sabe que debería
sufrir, él también es consolado por Aaron, por su presencia, porque sus dolores
y angustias parecen gemelas, porque su mano es diminuta, pero ahora que la
tiene sobre su pierna y le acaricia, parece envolverle el corazón entero y
llevárselo de calidez.
—¿Crees que podré volver a
ser una persona… del todo, algún día? —pregunta Aaron de pronto y en su cara
hay una mirada de escepticismo e incorrección, como si estuviese contándole un
secreto a la persona inadecuada y fuese consciente de ello.
—¿Qué tontería es esa? Ya
lo eres. Mi persona favorita en todo el mundo y para la eternidad. —le responde
Samuel abrazándolo, acercándolo a él, pues de pronto lo siente frío y distante
y lo necesita entre sus brazos.
Samuel le besa la mejilla
y Aaron sonríe, pero lo hace tan suavemente que la mueca de felicidad se
desvanece rápidamente.
—Me siento incompleto.
—confiesa, nervioso, sin entenderse muy bien a sí mismo.
—Ser una persona es estar
incompleto.
Aaron alza su cabeza,
curioso, sintiéndose un poco mejor. Le gusta que Samuel no le diga lo que
quiere oír, sino aquella sabiduría que su tiempo en la tierra le ha concedido.
Le gusta que el vampiro haya aprendido a ser honesto, sin necesidad de ser cruel.
—¿Qué quieres decir?
—Si estuvieses acabado, si
no hubiese lugar en ti para ningún cambio más, ninguna novedad, estarías
muerto, Aaron. Estás inacabado, porque aún hay mucho más que decir sobre ti,
pero todas esas cosas pertenecen al futuro, no al presente, no al pasado. Y yo
me aseguraré de que sean muchas cosas y muy buenas. La incompletud no es signo
de imperfección, sino de… Potencial.
Aaron sonríe de nuevo y
esta vez el gesto permanece en su rostro.
—Me hace sentir mejor,
amo. A veces siento que me faltan cosas, que las he perdido en el camino porque
me pesaban demasiado y uno no puede ir cargado cuando huye de la muerte. Quiero
recuperar mis aficiones y las cosas que me hacían sentir realizado, quiero
recuperar la música que escuchaba, los libros que leía y las ganas de
simplemente comentarlo con alguien. Antes me sentía muy apresurado por
recuperarlas y ya, por construirme ya como una persona y dejar de sentirme como
un animal fingiendo ser humano. Ahora siento que está bien tomarme mi tiempo.
—Hacerte quien eres es la
labor más importante del mundo, arrocito, no puedes hacerla con prisas. De
hecho, vas a dedicar toda tu vida a ello.
El momento entre ambos,
tan amargo y lleno de lágrimas hace minutos, se torna cálido y bonito cuando
ambos ríen por las palabras del vampiro, como un caramelo ácido que se derrite
y revela, en su interior, una crema dulce y deliciosa capaz de borrar los rastros
de cualquier amargura pasada.
—¿Tú crees que yo también
puedo?
—¿El qué, amo?
—Ser humano. No del todo,
ya me entiendes, pero… Ser más una persona que un monstruo.
Aaron mira a Samuel de una
forma en que nunca nadie le ha mirado. Con afecto y compasión, como su antiguo
amado lo miraba cuando sostenía su apuesto rostro entre sus manos y repartía
besos por toda su cara, pero con algo que va más allá de la sencillez de un
amor bonito, fácil y tranquilo; le mira con una profundidad, con una
complejidad, una oscuridad que indica que Aaron no está viendo solo su
lado bueno, su lado humano, ese que hace poco ha descubierto que aún tiene. Le
ve a él, a todo él, inclusive los deseos podridos y ominosos que lo
corroen por dentro.
Luego sonríe,
misericordioso y bello como un ángel, y le dice:
—Ya lo es.
Samuel cae en la cuenta,
entonces, de que Aaron es la única persona en el mundo que jamás dejará de
seguir guardando amabilidad para él incluso después de conocerlo del todo.
Aquellos que saben cómo se siente su ira o su deseo lo temen y desprecian por igual
y aquellos que lo adoran lo hacen solo porque están tan cegados por su
brillante poder y fuerza que no son capaces de ver lo que se oculta en las
tinieblas de su sombra.
—No lo soy —le corrige con
gran pesar, negando con la cabeza como si estuviese haciendo una confesión.
Aaron es demasiado bueno, piensa, y por eso su ingenuidad le hace ver en él una
bondad que no existe. Le hace apreciar a una persona de la que solo quedan
ecos—. Solo finjo y deseo que algún día todo este esfuerzo que pongo en
intentar ser algo que no soy se vuelva llevadero de pronto, deseo olvidarme de
que llevo una máscara.
Aaron frunce su ceño,
angustiado, y ve a Samuel cabizbajo, con la línea de agua de sus ojos
llenándose de lágrimas rojas que están al borde de caer. El muchacho coloca sus
delgadas, cálidas manos contra las mejillas de Samuel.
Es, cree, la primera vez
que lo toca por voluntad propia de forma tan segura y firme. Nota que su piel
está templada, mas no caliente como la suya, y la textura es tan suave que uno
pensaría antes que está tocando cristal que no un expresivo rostro de carne y
hueso. Nota las mandíbulas cuadradas contra sus palmas, cómo se mueven cuando
Samuel aprieta los dientes para evitar llorar porque Aaron está alzándole el
rostro gentilmente y mirándolo a los ojos con una expresión de terrible
aflicción en su carita de ángel.
—¿Finge quererme? ¿Y finge
hacer todas las cosas bonitas que hace por mí? ¿Finge ahora un interés que no
tiene al hablarme y preguntarme y escuchar lo que tengo que decir?
—Claro que no —responde de
inmediato, horrorizado, ofendido—, pero finjo constantemente que no quiero
hacerte daño.
Aaron exhala un suspiro de
alivio y acaricia un poco las mejillas de Samuel. Poco a poco, las lágrimas del
vampiro desaparecen y Aaron siente, por un momento, que tiene magia en las
manos.
—El hecho de que se
esfuerce por no hacer cosas malas lo hace más humano que no esforzarse. Si el
bien le resultase tan sencillo que no es capaz de pensar en otra opción… Sería
un ángel. Su bondad no tendría mérito, ni me haría sentir especial. Sus deseos
son propios de un monstruo, porque en eso se convirtió hace siglos, pero sus
acciones son humanas, porque eso es lo que ha decidido ser —Aaron baja sus
manos, deslizándolas fuera del rostro de su amo como si se hubiese quedado
extenuado de pronto y Samuel las captura en una de sus grandes manos,
cerrándolas en una cúpula calentita donde las acaricia—. No es fácil serlo para
mí tampoco —confiesa, casi susurrando—, quizá por eso un día intenté ser un
fantasma. Que le resulte difícil no significa que esté fingiendo, solo que está
luchando por ganarse ser lo que es.
Samuel sonríe entonces,
una sonrisa maravillada, casi incrédula, y Aaron puede ver dos rayas rojas en
las mejillas de su amo: dos lágrimas de sangre que bajan por su rostro,
incontenibles, tanto como su colmilluda sonrisa.
—Hablas con tanta bondad
que parece que hayas olvidado lo que te hice. —dice el hombre, todavía
demasiado impresionado con la sabiduría del mortal.
A él el tiempo le ha dado
enseñanzas. Le han sucedido cosas malas y de ellas ha sacado duras lecciones y,
sin embargo, parece que cuanto más duro la vida ha apretado sus férreas
mandíbulas contra el pobre cuerpo de Aaron, más amables, más gentiles y suaves
se han tornado las lecciones que ha aprendido.
Samuel aprendió que el
mundo era un lugar cruel, así que él tenía que serlo también.
Aaron, sin embargo, ha
aprendido que el mundo es un lugar cruel, pero no tiene por qué serlo él
también.
—No podré jamás, amo —dice
con suavidad y no es nada nuevo, Samuel sabe muy bien que las heridas que le ha
hecho a Aaron no se borrarán nunca, pero le rompe el corazón recordarlo cada
vez—. Ni aunque quisiera, no para perdonarlo a usted y darle una paz que no
merece, sino para darme a mí una que sí merezco. Jamás podré olvidar.
—Nunca me perdonaré lo que
hice, lo que te hice. —responde Samuel y toma a Aaron de la mano, como
haciéndole la más sagrada promesa.
Aaron le sonríe de forma
agridulce. Quizá ha vuelto a Samuel más humano con su humanidad, pero se
pregunta si él también ha tomado algo del vampiro: si le ha dado un pedacito de
su corazón y, en su lugar, el vampiro le ha dado algo oscuro y retorcido para
llenar el hueco.
Es posible, piensa, pues
cuando Samuel le dice que no se perdonará a sí mismo nunca, que siempre llevará
sobre él la corona de espinas que es la culpa, Aaron se siente extraña,
maquiavélicamente mejor: le provoca cierto deleite saber que las acciones de Samuel
no solo van a causarle dolor a él por toda la eternidad, sino que el vampiro le
comprenderá, sufrirá a su lado, quizá no como una víctima, pero sí como un
pecador atormentado.
—Gracias, Sami… —susurra y
se tapa la boca de repente.
Aaron no sabe qué clase de
diablillo travieso debe habérsele metido en el cuerpo como para llamar a su amo
no por su nombre, sino por ese adorabilísimo mote cuando siempre, sin falta, se
ha dirigido a él con el más grande de los respetos.
Hoy se siente mareado: la
pérdida de sangre, las embriagadoras palabras del vampiro, lo poderoso,
borracho de poder, de hecho, que se siente cuando sabe que puede hacer llorar a
una criatura así, lo íntimo y cercano que se ha sentido hoy, casi como si fuesen
algo más que un mero esclavo y su amo. “Amo”. Su relación es distinta,
al menos hoy, es más profunda, más estrecha. Un maldito lazo tira de su corazón
cada vez que está cerca de su “amo” y este le llama su Aaroncito o su arrocito
o su amor y, aun así, Aaron no tiene una forma especial de llamarlo. No lo
llama Sam o Samu, como sus amigos colmilludos, ni siquiera tiene el derecho de
tomar prestado su nombre entre sus labios, como hacen los vampiros que lo
conocen lo suficiente como para saltarse la formalidad de llamarlo señor Hass,
así que, Aaron supone, algo dentro de él ha decidido revelarse.
Pero Aaron sabe que la
rebeldía se paga muy cara, así que de inmediato se pone nervioso y rojo y
empieza a balbucear como todo un chico tonto.
—N-no sé qué me ha pasado, amo, lo
siento, c-creo que sigo mareado y con el tranquilizante y-y todo y…
—Sh, no pasa nada. —le
responde Samuel, abrazándolo y acariciándole el pelo, consolándolo porque ha
entrado en pánico de pronto.
Samuel también se siente
un poco asustado, porque es la primera vez en muchos años que oye ese mote de
los labios de alguien vivo, alguien fuera de su memoria. Y se ha sentido tan
especial, que casi olvida todas las veces que fue llamado así en el pasado.
CAPÍTULO 63
Aaron despierta en su
propia cama, lo cual es una enorme novedad para él, pues no sucedía desde antes
de que el fin del mundo lo mandase a dormir por años en el pasto y, luego, su
amo le hiciese dormir sobre los fríos suelos de su mansión para finalmente
darle permiso para tomar un lugar a su lado, en su cama.
Pero esta cama es la de
Aaron. Una cama propia. ¿Hace cuánto que no tenía algo propio, algo suyo? Y,
especialmente, algo que no estuviese dedicado a su supervivencia, como comida o
agua o herramientas.
Hace tanto que no tiene un
capricho que, tal cual despierta, abraza las sábanas con ganas y se hunde en
ellas, apreciando lo suaves y mullidas que están. Ni en su antigua vida había
dormido jamás en un lecho que pareciese estar hecho de nubes.
Aaron anoche fue a dormir
pronto, después de empacharse al comer un enorme plato de gnocchi con salmón,
tomate y queso que Samuel insistió en que tenía que terminar, ya que debía
ganar fuerzas tras perder sangre. Por eso ha dormido solo hoy y porque Samuel
quiere darle algo de intimidad, incluso si odia la idea de que pueda
existir en la eternidad un solo minuto en que su Aaron no está en el
lugar en que debería estar, es decir, a su lado.
Aaron aprovecha ahora que
ha despertado y curiosea un poco en la habitación. Esta es pequeña en
comparación a la de Samuel, toda una vasta sala con una cama enormísima en el
centro que luce como una isla hecha de satín y comodidad, pero la verdad es que
la habitación actual de Aaron es fácilmente el doble de grande que la que
antaño tuvo en su hogar.
Las paredes serían
hermosísimas desnudas de no ser porque los cuadros que hay en ellas colgados
las hacen aún más bonitas. Son exactamente los cuadros del despacho de Samuel
que Aaron más ama. El suelo es de madera oscura, como los muebles, y Aaron abre
cada armario y cajón, dejándose llevar por su curiosidad, y descubre que en ese
lugar tiene las prendas más finas y hermosas que ha visto jamás.
Su cosa favorita, sin
embargo, es la pila de libros que tiene en su buró.
De la estaca en su cajón y
de la mochila llena de provisiones bajo la cama prefiere no pensar nada: son
cosas demasiado amargas para un momento tan dulce.
Aaron toma uno de los
libros de la montaña, extasiado porque no solo puede leer, sino que incluso
puede escoger, y empieza a devorar ávidamente página tras página.
La novela es romántica a
más no poder, de esas que parecen escritas con caña de azúcar en vez de tinta,
y hace a Aaron suspirar y preguntarse, inevitablemente, qué sintió Samuel
mientras leía esas líneas, pues el libro es o al menos fue suyo. ¿Envidia? ¿Asco?
¿Burla? Fuera lo que fuera, Aaron sabe que en el fondo de su corazón él quería
sentirse así, de lo contrario, ¿por qué conservar esos libros por tantísimo
tiempo?
Aaron está totalmente
inmerso en su lectura, tanto que da un enorme repullo cuando la puerta se abre
de pronto, asustándolo y arrancándolo del mundo de páginas donde tan
cómodamente se había acurrucado.
—Oh, amo, qué susto…
—expira, llevándose una mano al pecho.
Samuel se acerca a él, le
quita el libro de las manos con cuidado de dejarlo en la mesilla abierto por la
página en que el chico está -no quiere entorpecer su lectura- y luego lo toma
por la cintura, se inclina sobre él y lo besa profundamente en la boca en vez
de sencillamente darle los buenos días. O, mejor dicho, las buenas noches.
Aaron gime al notar un
mordisco duro y demandante en sus labios. Cuando abre la boca, Samuel lame su
labio inferior como recompensa, haciéndole temblar, y luego lo besa profundo,
su lengua larga y experta envolviéndose alrededor de la del chico, su cuerpo
grande empujándolo contra el colchón hasta que lo tiene bajo él, respirando
rápido y con su corazón volviéndose loco.
Samuel no quiere ser
brusco, pero lleva mucho tiempo queriendo besar a Aaron y, ahora que sabe que
tiene total libertad para hacerlo, nunca le parece suficiente.
Se despega del chico,
dejándolo tomar aire entre jadeos, y lo besa por sus comisuras, su mentón, su
cuello. Aaron se estremece al sentir sus labios, colmillos y la vibración de su
grave voz contra su cuello.
—Pensaba que estabas
dormido… —dice, casi molesto, en un gruñido.
—M-me he despertado hace
un rato y quería leer un p-poco. —confiesa el chico, inseguro de si ha hecho
algo mal.
Samuel lo abruma con sus
besos y sus lamidas, con sus fuertes manos que lo aprietan de la cintura y toda
su vientre delgado, sus brazos, su pecho, sus caderas, con su cuerpo enorme que
no para de prensarse contra el suyo con rudeza, como si lo necesitase cerca y
lo necesitase ahora. No sabe si Samuel está deseoso o si está enfadado.
Ambas situaciones se le antojan similares, pues ambas son peligrosas.
<<Y excitante…
¿Qué? No, no, no. ¿Qué estoy pensando? ¿Estoy loco? Debo estarlo, totalmente
desquiciado>> piensa
el chico, preocupado y avergonzado porque su último castigo le trae hormigueos
insoportablemente deliciosos a ras de piel.
Como si Samuel le leyese
la mente, el vampiro empieza a dejar un chupetón en el cuello del chico, sobre
la marca de propiedad que tiene ahí impresa para siempre. Aaron nota la
implacable y despiadada succión que hace que el dolor y el placer sean insoportablemente
similares. Se arquea y Samuel lo mantiene en su lugar empujándolo con su cuerpo
entero.
—Cuando te despiertes, me
informarás. —ordena, separándose de su cuello y sus palabras suenan posesivas y
dominantes como un deseo tan malditamente primitivo que si sencillamente
hubiese rugido, Aaron le habría entendido igual.
—S-sí, amo. —responde con
voz débil y queda.
Samuel vuelve a chupar su
cuello, duro, haciéndole otro moretón. La piel es castigada con severidad entre
sus labios, que la succionan con ganas, y sus dientes, que la mordisquean,
haciendo al chico temblar.
—Quiero tu preciosa
boquita dándome un beso tan pronto te despiertes, que lo primero que sientas
después de abrir los ojos sea cómo te beso hasta robarte el aliento. ¿Queda
claro? Luego quizá te conceda tiempo libre, pero siempre, siempre
vendrás a mí cuando despiertes y me vas a ofrecer esos bonitos labios.
Aaron usualmente se torna
temeroso cuando Samuel le habla de forma dura o lo manipula como a un muñeco
mientras le da órdenes y aprecia mucho más su lado sensible y cuidadoso, pero
hoy, ahora, hay algo en su actitud que le gusta, algo que lo hace
temblar, un poco asustado, pero le hace sentir su cuerpo arder, demasiado
emocionado por lo mucho que Samuel ama sus besos, lo decidido que está a
obtenerlos, no, a exigirlos.
—Sí, amo. —responde Aaron
y, para calmar a su amo y mostrarle lo obediente que desea ser, se levanta un
poco el colchón contra el cual su propietario lo tiene clavado y deja un
pequeño beso en los labios de Samuel.
El gesto parece ser
suficiente para hacer que Samuel suavice su expresión y para que este le
devuelva el beso, igual de profundo y apasionado que los demás, pero esta vez
un poco más dulce.
—Buen chico —susurra sobre
su boca en forma de corazón y, mientras lo hace, mueve su cabeza, como negando,
para que sus labios carnosos y húmedos se deslicen contra los de su pequeño
amante en una caricia medio tierna, medio obscena. Aaron abre su boca, como
suplicando otro beso, y Samuel le lame los labios con la precisión de la punta
de su lengua— , ahora vas a venir conmigo mientras trabajo. Puedes traer tu
libro.
Samuel se separa de él de
pronto y la habitación vuelve a sentirse enorme y fría. El vampiro abre la
puerta y lo invita a seguirlo por el pasillo, cosa que Aaron hace. Antes,
mientras curioseaba su habitación, no se ha dado cuenta porque le ha resultado tan
natural que lo ha obviado, pero ahora cae en la cuenta de algo maravilloso y lo
dice en voz alta mientras se pone de pie y sigue a su amo.
—Ya puedo caminar bien,
tan bien como antes, amo.
Samuel lo mira sonriendo y
dice:
—Oh, ¿eso significa que ya
no quieres que te lleve en brazos de un lado a otro?
Aaron suelta una risilla
tonta y llena de genuina diversión y se encoge de hombros.
—Aún puede hacerlo…
—ofrece tímidamente.
Samuel no desperdicia un
solo segundo: toma a su chico en volandas y lo lleva así hacia su despacho,
como ya hacía antes, solo que ahora se toma la libertad de inclinarse cada
pocos segundos e ir repartiendo besos sobre su amado humano: en sus mejillas, su
nariz, su cuello delicioso, en su frente y, oh, qué dulzura, en sus
labios.
Aaron ama la atención
extra, aunque a veces lo azoran los recuerdos del pasado y se pregunta si, de
algún modo, podría caer tan bajo como al inicio si enfadase suficiente al
vampiro.
Si así fuese, piensa
Aaron, esta vez no sería capaz de resistir no ya una sola paliza o golpe, sino
una mala palabra: haber conocido la dulzura de la que Samuel es capaz le haría
hallar su odio todavía más insoportablemente amargo y acabaría por quitarse la
vida tras aguantar ni una décima parte de lo que en el pasado fue capaz de
soportar estoicamente.
Aaron niega con la cabeza.
No quiere pensar en eso ni ahora, ni nunca.
Samuel lo deja sobre su
escritorio y, como siempre, pasa largas horas leyendo, redactando, firmando o
sencillamente llenando de tachones un interminable y hastiante papeleo. El
tiempo, sin embargo, no le pasa para nada despacio, pues mientras con una mano
sujeta la pluma, con la otra acaricia la suave piel de Aaron o enreda sus
cabellos azabaches entre sus dedos.
A veces le estira de las
mejillas para verle hacer muecas tiernas; otras le hace cosquillas picándole
los costados porque se le antoja escuchar su risa. A veces solo lo observa, en
silencio y sin molestarlo, para ver sus reacciones mientras lee: cómo sonríe,
cómo se le ponen las mejillas coloradas o cómo se mordisquea el labio en las
partes cargadas de tensión y misterio; otras veces le quita el libro y, a
cambio de devolvérselo, le pide que sea un buen chico y le entregue sus dulces
besos.
Aaron lo hace sin
rechistar, disfrutando de la sensación, tan nueva y emocionante para él, de
dejar que otro hombre le bese, que tome el control de sus labios, su lengua, de
su mente entera, que mordisquee su boca y la lama como si no hubiese en el
mundo manjar más delicioso. Aaron se siente tan deseado y adorado que se
entrega dócilmente a su voracidad, siempre dejando que el otro domine sus
ósculos.
Aaron también interrumpe
de vez en cuando a Samuel con pequeñas preguntas y comentarios que, aunque
descentran al vampiro, jamás harán que este emita ni una sola queja.
—Amo, ¿cree que la gente
que escribe sobre romance lo hace porque no lo experimenta en la vida real y
debe recurrir al mundo de la ficción o porque está tan enamorada que necesita
expresarlo con arte?
A lo que Samuel le
responde:
—Creo que uno escribe
sobre lo que le obsesiona: o bien porque lo desea y no logra obtenerlo o bien
porque, incluso teniéndolo, lo adora tanto que no le es suficiente. Quizá yo
debería escribir sobre ti.
Aaron se pone tan rojo y
nervioso que termina por pegarle a Samuel en la cabeza con su libro.
Más adelante, pregunta:
—Amo, ¿tiene algo así como
un jefe? En su mundo, el trabajo está organizado distinto a cómo era en mi
mundo. Me pregunto si alguien le despediría si ignorase sus obligaciones.
Y Samuel le contesta
paciente y elocuentemente, porque Aaron merece saber todos los detalles que
desee:
—Si dejase de hacer mi
trabajo, se formaría cierto desorden social. Impuestos sin pagar, criminales
que no han sido castigados, transacciones que jamás terminan… Y eso acabaría
siendo inconveniente para los vampiros más poderosos; o para los menos poderosos,
y esos harían un gran lío hasta molestar a los que son más poderosos, los
originales. En ese caso, sería reprendido, sí. Los vampiros originales están
desquiciados, al menos la mayoría, posiblemente me torturarían o me matarían
por ello, por eso es mejor no buscarse problemas con ellos. Aunque están
bastante aislados, es realmente difícil molestarlos hasta ese punto. Viven en
su propio mundo, la mayoría de ellos… Atrapados en el pasado.
Tras un rato, la vocecita
de Aaron vuelve a sonar como una canción en la estancia:
—Amo, ¿cuándo se
convirtió, cómo f-
—No quiero que me llames
más amo.
La interrupción toma por
sorpresa a Aaron, que hasta ahora ha usado esa palabra hasta que se ha vuelto
no ya una humillación que debe saborear, sino algo tan natural como el hecho de
que Samuel es un cazador y él la presa. Siempre ha sabido que a Samuel le causa
un gran deleite que se dirija a él de esa forma, mostrándole su respeto, así
que le toma totalmente por sorpresa verlo irritando ahora al escuchar esa
palabra que siempre le hace sonreír arrogantemente.
—¿Entonces, señor o…?
—Me gustó como me llamaste
ayer —admite, sonriendo inevitablemente por lo adorable que se le antoja el
recuerdo y lo ridículo que se siente al hacerle una petición así a un humano—,
puedes hacerlo más veces, si lo deseas. Sigo siendo tu amo, pero… Quizá soy un
amo más blando que antes, uno que te consiente demasiado. No importa, me gusta.
Aaron siente mariposas en
su estómago. ¿Es un sonrojo adorable eso que está viendo en las mejillas de su
cruel y frío amo? Le encantaría tomar una foto de este momento, la verdad, pero
nada saldría nítido porque le tiemblan tanto las manos que no puede sostener
siquiera su libro derecho, así que lo cierra, lo deja a un lado y, con la
mirada bajada, una sonrisa en sus labios y el nerviosismo revoloteando dentro
de él, responde:
—D-de acuerdo, a… Sami.
Se siente extraño llamarle
así, íntimo, cercano y cálido, seguro, pero también como si fuese un pequeño
niño haciendo una travesura, como susurrar una mala palabra en un lugar sin
adultos o algo así. Samuel lo recompensa con unas caricias en su muslo, su mano
grande y firme apretando ahí, y un beso corto en sus labios.
El vampiro se levanta de
su escritorio y lo besa un poco más. Besos cortos, superficiales y bonitos en
los labios, a veces mordiendo un poco el inferior del chico, tirando de él
como. Le acaricia los costados un poco y la pierna, le recoge el pelo tras el
oído y, finalmente, dice:
—Eres tan bonito… —Aaron
no sabe qué responder, pero le gusta oír esas palabras—. Iré a ver a Charlotte
ahora, así que estaré fuera unas cuantas horas. Puedes seguir leyendo si lo
deseas, pero cuando vuelva, vas a estar en la puerta, esperándome como un muy
buen chico. ¿Entendido?
Aaron no responde de
inmediato. Se muerde un poco el labio, dubitativo, y puesto que Samuel parece
estar de un excepcional buen humor esta noche, se aventura a hacer una pregunta
arriesgada:
—¿Puedo… puedo salir yo
también?
Samuel niega suavemente.
—Tengo que hablar de
asuntos privados con ella, mi arrocito. Quizá pueda traerte conmigo otra noche.
Aaron se mordisquea aún
más el labio. Se plantea si debería seguir, decirle al vampiro lo que realmente
piensa. Samuel es una criatura de instintos ominosos y de humor volátil,
cualquier pequeña cosa es suficiente para enfadarlo y desatar el infierno que
lleva dentro de él.
Le ha costado muchísimo
aprender a ser como es ahora, tan amable, paciente y compasivo. Pero Aaron sabe
que le resultaría deliciosamente sencillo volver a caer en su antiguo yo.
Aun así, se arriesga:
—Me refiero… ¿Puedo salir solo?
Hay un pequeño silencio
antes de que Samuel responda. Pero no es un silencio meramente pensativo o
tranquilo, es un silencio cargado, como esos que se forman en el aire antes de
una tormenta.
—¿Por qué querrías
hacerlo?
El tono de Samuel es duro.
Muy duro.
Aaron se arrepiente de
haber hablado, pues siente que está arruinando esta noche que tan bien ha
empezado, pero, por alguna razón, Aaron siente que ha cruzado un límite y que
ya no puede volver atrás.
—M-me deprime estar aquí
encerrado sin mucho más que hacer que limpiar o esperarle como una mascota.
Antes vivía siempre afuera, sin un hogar seguro, y era agotador, pero también
me sentía libre, y ahora, aunque este lugar es enorme, siento que me ahogo, que
estoy encerrado. Me siento como un animal enjaulado y eso me desespera, amo.
—Aaron habla de forma atropellada, pero espera que sus palabras sean
elocuentes, al fin y al cabo, no está buscando ninguna pelea, al contrario,
quiere calmar a su amo, pues parece empezar a enfadarse. Por eso trata de
aportar sus razones de forma sensible y agrega, al final de su pequeño
discurso, un dócil “amo” que espera que ablande al vampiro.
—¿Y acaso no te sirven
todas las veces que te llevo conmigo afuera? —espeta el otro de pronto, como un
reproche.
Aaron tiembla y se encoge
un poco. Su amo está ahora de pie, frente a él, y se siente tan diminuto que
apenas logra encontrar su voz.
—Eso es aún peor, amo… Me
asusta tanto saber que debo ser perfecto, lucir bien, ser obediente y no
dejarle en evidencia, me estresa tanto estar rodeado de vampiros y temer que
alguien me haga algo y sentir sus ojos sobre mí y… La presión me impide disfrutar
de salir. Se siente mal. Quiero salir solo, sentirme como una persona y no como
una mascota, al menos por unos minutos de vez en cuando. Por favor.
Aaron se desespera al ver
que su tono suplicante hoy no funciona, no hace a Samuel deshacerse en lástima
y palabras de consuelo para él, al contrario: el vampiro aprieta la mandíbula y
lo toma bruscamente de la cintura, acercándoselo de un violento tirón que el
chico sabe que dejará sus dedos marcados en forma de hematoma sobre su piel.
Aaron se queja por el
dolor, pero Samuel o lo ignora o ni siquiera lo escucha.
—¿Crees que dejaría que
alguien te tocase? ¿Y acaso no me he vuelto suave y blando con tus castigos
como para que ahora me digas que la presión de no desobedecer es demasiada?
¿Para qué mierda quieres salir sin mí? Parece que busques perderme de vista, ignorarme
como si acaso no fueses mío. ¿O es que te he dado tantas libertades que
ya te has hecho ilusiones y piensas que podrás escapar o que encontrarás a
alguien que te ayude y te saque de mis garras? Ahí afuera no te esperan más que
miles de criaturas como yo. No entiendo por qué querrías pasearte desatendido a
menos que quieras que otro te cace.
Samuel no grita, pero está
alzando su tono cada vez más y más mientras habla con Aaron hasta el punto de
llevar lágrimas a los ojos del muchacho. Le habla de una forma venenosa, ácida,
como si sus palabras fuesen golpes y le propinase cada uno en sus puntos
débiles.
Aaron tiembla, sometido
bajo el agarre del vampiro, temiendo que el fuego de sus palabras sea la chispa
que el vampiro necesitaba para volar por los aires toda su ternura y dejar solo
las cenizas, la oscuridad que siempre tuvo en su interior. La oscuridad que ya
ha conocido.
Aaron rompe en llanto,
desesperado.
—¡Eso es ridículo! ¡No me
estás escuchando! ¡¿Crees que escogería esto de nuevo?! ¡No quiero ser de nadie
más, no quiero ser de nadie! Y aun así, yo no… No soy estúpido. Sé que no podré
escapar jamás. Solo quiero salir un rato, alejarme de todo esto y olvidarme
unos minutos de… Todo. S-solo echo de menos pasear, echo de menos toda una
vida, pero eso es lo único que puedo recuperar, por favor. ¿Por qué no lo
entiendes?
Aaron sabe que sus ruegos
no han sido escuchados, no por el Samuel misericordioso que a veces se comporta
como un dios, sino como el diablo que odia escuchar exigencias, pues él es el
único ser que existe para ser complacido.
Lo sabe al ver sus ojos
brillar en un intenso rojo carmesí, sus puños apretados hasta que sus tendones
y sus venas descollan, como víboras bajo la piel, su mandíbula apretada hasta
que se le marca la quijada, sus hombros anchos y nervudos tensos.
Samuel suelta la cintura
del chico y deja explotar su rabia: golpea la mesa de madera maciza,
partiéndola por la mitad bajo su golpe como si se tratase de un palillo de
madera.
Aaron grita del susto, el
golpe ha caído apenas a unos centímetros de donde está sentado y, mientras
Samuel lo daba, le ha mirado tan intensamente a los ojos que pareciera que
fantaseaba con destrozarlo a él bajo sus nudillos.
—¡De acuerdo! —le grita el
vampiro, sus dientes son tan grandes y afilados que por un segundo su rostro no
luce ya humano, sino faunesco. Un lobo rugiendo dentro de él— Haz lo que
quieras. Pero si no estás aquí antes del amanecer, voy a salir y no volveré
hasta haberte cazado de nuevo. Y esta vez no seré tan amable como la primera.
Aaron sabe que debería
agradecerle a Samuel. Agradecerle por controlar suficiente su ira como para
dejarle salir ileso de la pelea, agradecerle por dejarle salir, incluso si le
entrega ese minúsculo pedacito de la libertad que le arrebató a regañadientes.
Pero algo en su interior
hierve, una ira que no se ha permitido sentir antes: ¿Con qué derecho desconfía
el vampiro de él? ¿Con qué derecho la bestia que lo apresó, humilló, golpeó,
mutiló y violó, y a la que, a pesar de todo, ha perdonado y le entrega su
cariño, sus besos y su dulzura, lo acusa ahora de querer huir? Samuel se ha
esforzado por cambiar, es cierto, pero Aaron no ha tenido que hacerlo nunca:
desde el inicio, el chico ha visto en ese monstruo inmundo a alguien,
una persona cuyo cariño ha suplicado y cuya atención ha valorado.
Nadie más ha visto a
Samuel con ojos tan bondadosos. Nadie. ¿Y ahora el vampiro se atreve a tratarlo
como si Aaron fuese un chico engañoso, un sucio timador que pretende
manipularlo para escaparse a sus espaldas? ¿Después de todo lo que ha
aguantado, de todo lo que ha soportado sin intentar huir ni una sola vez?
A Aaron no le duele tanto
que Samuel se haya enfadado o que le grite o que no quiera que salga. Le duele
que el vampiro haya elegido desconfiar de él, cuando él le ha ofrecido a esa
criatura toda su confianza incluso cuando no la merecía.
Así pues, el chico
explota, gritándole de vuelta al vampiro:
—¡Pues vale! No es como si
planease algo así, yo jamás haría eso. ¡Deberías saberlo, deberías conocerme lo
suficiente si dices quererme!
Cuando Aaron grita eso, el
tiempo parece pararse. Un instante congelado en ámbar para que Aaron pueda
analizar todos los detalles de cómo el rostro de Samuel pasa de la sorpresa a
la más profunda ira, de cómo las garras le crecen y los colmillos se le afilan
aún más, de cómo sus ojos se abren con rabia y, por un instante, luce realmente
como una bestia sacada del infierno.
Aaron sabe que Samuel le
va a pegar de nuevo, pero no se cubre ni trata de escapar. En su lugar, se
queda congelado y con los ojos fuertemente cerrados.
El golpe nunca llega.
Aaron abre los ojos cuando
escucha un portazo estremecedor y, segundos más tarde, escucha otro, a lo
lejos, de la puerta de entrada. La del despacho se ha cerrado con tanta fuerza
que las bisagras se han roto y el marco se ha desprendido de la pared.
Aaron se queda ahí por
unos largos minutos, hecho un ovillo y temblando mientras trata de regular su
respiración.
CAPÍTULO 64
Samuel solo logra calmarse
cuando está a punto de llegar a casa de Charlotte. Lleva todo el camino
sintiendo las ganas de volver y enseñarle a Aaron su lugar, acosándolo como una
manada de lobos que lo sigue y muerde sus talones, incansables, insaciables,
ladrando y aullando hasta que en su cabeza no hay más que el sonido de sus
impulsos más animales.
Sin embargo, cuando
Charlotte le abre la puerta y la ve, con su rostro suave y sus ojos llenos de
inteligencia y perspicacia, Samuel se siente mucho mejor porque la chica no
necesita preguntar nada para saber que algo no anda bien.
—¿Qué sucede? —es lo
primero que dice. Ni un "Hola" ni nada parecido, porque las
formalidades son para desconocidos y Samuel es una de las personas a las que
mejor conoce en el mundo—. Entra, luces desquiciado.
Hoy debía ir a ver a
Charlotte únicamente para que la chica la informase sobre los rumores que
corren en la periferia respecto a él, si es que corren algunos. Los vampiros
más poderosos, como él, viven hacia el núcleo de las ciudades y ahí nadie se
atrevería jamás a criticarlos en voz alta por más excéntrico que sea su
comportamiento, no vaya a ser que una sola mala palabra llegue a los oídos de
alguien con el poder de arrancar y devorar tu corazón. Pero cuanto más lejos
está uno del peligro, más fácil es susurrar falsedades y calumnias sobre
aquellos que están en la cima, y aunque poco pueden herir los rumores a un
vampiro como Samuel, él sabe que siempre conviene tener una reputación o bien
limpia o bien manchada de sangre, intimidante, pero jamás una reputación teñida
de vergüenza o humillación.
Para él es rutinario
averiguar de este modo si los demás dicen cosas inadecuadas o no de él, pero
ahora que se le ha visto comportarse de forma inusualmente amable con su humano
y extrañamente tensa con su creador, es de vital importancia que preste más atención
a estos asuntos.
Sin embargo, ahora el
vampiro no se siente capaz de hablar de eso, no es capaz de centrar su cabeza.
Mientras entra a la morada de Charlotte, se sostiene el puente de la nariz y
dice:
—Sí, desquiciado… Ese
jodido humano… Aaron me volverá loco.
—Oh, he oído algo. Has
matado a dos vampiros de pureza media por faltarle al respeto, eso se rumorea.
Samuel hace un ademán con
su mano, como restándole importancia.
—Ah, sí, sí, eso. Bueno,
eso no es lo que me está enloqueciendo. Eso fue sencillo, divertido.
¿Qué has oído al respecto?
—Nada que deba alarmarte.
Se comenta lo de siempre: que eres estricto, que no perdonas, pero que eres
justo. Hace poco se comentaba que tuviste, ehm… Problemas de desobediencia de
tu humano en el evento de bienvenida del nuevo original, de tu creador, pero
han tomado los asesinatos como tu forma de decirles que no tienes problema
alguno para castigar a tus subordinados. Ya nadie dice nada al respecto, ni una
sola broma. Respecto a que trates a Aaron con más consideración que los demás
sangre pura, solo dicen que debe ser una peculiaridad tuya. Dicen que el humano
es salvaje y que, por lo tanto, es más valioso, es normal que te hayas
encariñado, como quien tiene unos zapatos favoritos y los manda a arreglar a
menudo. Nadie está diciendo nada inadecuado, así que no necesitas intimidar a
nadie. Respecto a Ivthan, hay muchos rumores sobre la cantidad de noches que
sale a locales de sangre, hace cosas tan sanguinarias que algunos vampiros que
son más jóvenes pierden hasta el apetito. Le tiene miedo.
Samuel asiente
profundamente. Que Ivthan es un hijo de puta sádico no es ninguna novedad y el
resto de cosas que Charlotte le ha dicho son buenas noticias, así que eso lo
tranquiliza un poco.
—Bien, perfecto. —responde
como en un suspiro.
—Ahora, ¿me dices qué ha
pasado con Aaron?
Samuel vuelve a suspirar,
pero no con pesar ni con alivio ahora, sino como uno suspira cuando tiene en
frente una montaña de tareas y no sabe ni por dónde empezar.
—No lo sé —admite,
frustrado, sentándose junto a Charlotte en encantador banco blanco cubierto de
cojines rosados de la más alta calidad—, estoy intentando hacer todo bien, pero
no es suficiente. Aaron es humano y yo estoy muy lejos de cualquier humanidad
que haya podido tener.
<<Le amo, pero le
amo como amamos los vampiros, como amamos los vampiros puros, y no es un
amor que sea para él. Le amo de una forma en que me exige que deje marcas de
garras y dientes en él y él solo me pide más libertad, más espacio, más
paciencia. Y yo no sé si tengo más de eso. Me da tanto miedo hacerle daño, pero
también me da miedo que se aleje de mí. Hoy hemos discutido, todo iba tan bien,
pero me ha dicho que quería salir solo. ¡Solo! Él, un humano. Solo.
<<Le consiento y lo
trato como a un pequeño príncipe. ¿Es que acaso no tiene suficiente conmigo y
quiere salir a buscar algo más? Si él me dejase, le daría tanto placer dentro
de mi dormitorio que no querría salir jamás de la cama. Pero quiere salir y eso
me aterra. Al final le he dado permiso, pero… No lo sé, la idea de Aaron en la
calle en vez de en mi morada esperándome pacientemente me irrita, me hace
sentir nervioso, enfadado. No sé qué mierda me sucede.>>
Charlotte lo mira con ojos
compasivos. El rojo de su iris es muy suave y, a veces, dependiendo de cómo le
da la luz, la chica parece conservar la misma mirada castaña que tuvo cuando
era humana, pues, al fin y al cabo, también conserva el mismo brillo amable.
Pone una mano delgada y
elegante en el hombro de su superior y acaricia un poco, como consolándolo.
—Samu, estás enfadado
porque no tienes el control de la situación y es algo que no experimentas desde
que eres humano y, bueno, cualquiera notaría que no le guardas mucho aprecio a
esa época. No puedes controlar los sentimientos de Aaron, no puedes decidir si
él desea quedarse a su lado o si anhela alejarse, pero sí puedes tratarlo mejor
para que no te odie ni te tema como lo hacía antes y tratarlo mejor implica…
Aflojar la correa. Devolverle un poquito de la vida humana que ya nunca tendrá.
Sé que es difícil para ti ceder el control así y darle esas pequeñas
libertades, pero son todo lo que él tiene. Para ti no son más que
concesiones, que favores que te resultan molestos, pero para él son algo
infinitamente importante. Y si él te importa, tienen que importarte esas cosas,
tienes que ceder y que renunciar a tener el control a veces. De lo contrario,
arrójalo a una jaula y no le dejes salir nunca, haz su vida miserable y sus
noches unas llenas de odio y terror y obediencia, y así jamás te sentirás
inseguro de nuevo. Pero eso no es lo que quieres, ¿verdad que no?
Las palabras de Charlotte
fluyen de forma tranquila, con la seguridad que las palabras honestas suelen
tener. Como agua dulce de un río, pasan a través de Samuel, limpiando cualquier
resto de la cegadora ira que lo agitaba hace un momento, dejando única y
exclusivamente lo que hay debajo de su enfado con Aaron: miedo. Miedo y
desesperación.
—¿Acaso no le doy
suficiente ya? He dejado de apalizarlo, he dejado de usarlo como un objeto.
¡Joder, el deseo me mata! Jamás me había sentido tan hambriento, tan frustrado,
tan… Como un jodido perro con bozal. Y no. Es. Suficiente. —Samuel habla con
las mandíbulas apretadas. Los puños apretados. El corazón apretado en un puño.
—Has pasado de tratarlo
como una presa a una mascota y eso es una mejoría, pero Aaron es una persona.
No puedes esperar que no eche en falta eso.
Samuel exhala, harto de
todo. De sus sentimientos y de sus esfuerzos, de que no den fruto y de saber
que, aunque lo diesen, él no lo merecería. Harto de que todo sea tan complicado
precisamente porque él ha decidido hacerlo así. Si solo pudiese volver atrás en
el tiempo, deshacer los nudos de ira y de confusión y de recuerdos difíciles
que lo han llevado a donde está ahora… Pero ser un vampiro le entrega un futuro
que puede moldear a su voluntad, no un pasado con el que puede hacer lo mismo.
—Lo sé, joder, ya lo sé.
Estoy haciendo mi mejor puto esfuerzo y es tan difícil. A veces solo quiero
matarlo y que esté quieto y callado por una noche entera, nada de
desobediencia, nada de peticiones, nada de hacerme sentir culpable y luego,
Dios, luego tengo pesadillas por el asco que me da haber tenido esa clase de
deseos. Él no puede evitar querer ser una persona de nuevo, porque es lo que
es. ¿Pero yo acaso puedo evitar ser un monstruo? Es tan difícil. Quiero
arrancar esta parte de mí.
La muchacha de esponjosa
melena cobriza ríe suave, cortamente.
—Antes te pavoneabas de tu
fuerza y de tu crueldad por igual. Amabas tu maldad.
—Era mi perro guardián y
ahora me está mordiendo la mano. —responde pensativo, la voz ronca, como si
viniese de la profundidad de una caverna.
—Pero no puedes liberarte
de ello, Samuel, tus instintos y deseos, tu sed, tu maldad… No son cosas que tienes,
son cosas que eres. Tienes que aprender a vivir con ello.
El hombre siente sus
sienes pulsar y piensa verdaderamente en el que sabe que es el mayor de sus
problemas: la contradicción que lleva dentro desde el momento en que se
convirtió en un ser hecho a partes iguales de vida y muerte. Ha vivido ya años
junto a su crueldad como su fiel compañero, ya sabe vivir con ella, con lo que
no sabe vivir es con su humanidad, pues la creía muerta y resultaba que solo
estaba enterrada, empujada bajo los más oscuros resquicios de su mente. Si ha
vivido cientos de años ignorando una parte suya, puede vivir otros cientos
ignorando la otra, piensa, pero no tiene sentido que trate de reprimir su
hambre, pues, al igual que su humanidad, finalmente encontrará la forma de
arrastrarse hasta la superficie de nuevo y, cuando lo haga, ¿qué será de Aaron?
No puede correr ese riesgo, debe aprender una forma de aceptar ambas, su amor
por el chico y su hambre hacia él, las ganas de protegerlo y de romperlo.
—Lo sé. Solo… necesitaba
desahogarme. Encontraré una forma de hacer las cosas bien para él.
Charlotte tuerce su boca
mientras piensa y, de pronto, dice:
—Quizá puedes hallar
formas de no ignorar tus instintos sin necesidad de dejarlos libres y salvajes.
Quizá puedes…
—Domarlos. —Samuel termina
la frase sintiéndose de pronto esperanzado y emocionado. Una sonrisa
colmilluda cruza su boca y a Charlotte se le erizan los vellos de todo el
cuerpo.
—Cuando tus apetitos se
abran, no les des un festín: aliméntalos poco a poco, un pequeño bocado como
premio por cada vez que logres contenerlos suficiente como para no dañar a
Aaron mientras te sacies. Así, quizá aprender a disfrutar con moderación.
—Lo había pensado, me
alegra ver que a ti también te resulta buena idea, pero me preocupa lo que
pueda parecerle a Aaron. Estoy acostumbrado a tomar lo que quiero, a hacerlo a
la fuerza y sin delicadeza, me preocupa no saber cómo empezar, cómo enseñarle a
saciarme lo suficiente como para mantenerme a raya.
—Eso es algo que tienes
que descubrir tú mismo. —le responde la muchacha con una sonrisa agridulce.
—Tienes razón. Gracias,
Lottie, creo que voy a volver ya, quiero solucionar las cosas con Aaron.
La chica le sonríe y se
levanta junto a él, acompañándolo a la puerta. Le alegra sobremanera saber que
aún no ha perdido la calidez que antaño poseía, esa que le permite tomar un
manojo de nervios y convertirse en una persona serena y con esperanza.
Su conversación con Samuel
hoy le ha hecho recordar al pasado, a su pasado mortal y, más concretamente, a
aquellos años en que, tras tener que abandonar a su querido hermano, aprendió a
vivir sin un hogar fijo. Viajó de pueblo en pueblo, siguiendo a la guerra por
ahí por donde pasaba, y acogía bajo sus faldas a huérfanos, a heridos y viudas.
A cualquier persona que, como ella, hubiese conocido la soledad y la
desesperación, y entonces les intentaba devolver el brillo que ella aún
conservaba en sus ojos.
Recuerda cuando estuvo a
punto de perderlo: tras asolar su pueblo, los soldados se marcharon dejando un
montón de cenizas y cadáveres y, entre ellos, una niña llorosa con su hermano
moribundo en brazos. Lottie supo que cuando la vida se extinguiese del cuerpo
de Jason, también lo haría la esperanza en su corazón, pero entonces un ángel
pálido, hermoso y frío le ofreció un milagro.
Dios no escuchó sus
súplicas, pero el diablo sí lo hizo. Y así conoció a Samuel.
Él le devolvió a su
hermano, aunque la obligó a dejarlo atrás.
“Ya no perteneces a su
mundo”, le dijo con la mirada y ella lloró de alegría, porque estaba vivo, y de
pena, porque ya nunca estarían juntos, pero el destino tiene formas extrañas de
trabajar y un día su hermano la halló y decidió compartir su nuevo y maravilloso
mundo con ella.
Ahora le parece
deliciosamente irónico que Samuel esté luchando tan duro por reconciliar esos
dos mundos que lleva dentro. Le llena de una calidez muy especial saber que,
después de tantos años, Samuel sigue siendo esa alma sensible y piadosa que la
dejó marchar con vida y le dio la inmortalidad a su querido hermano.
CAPÍTULO 65
Charlotte
decide dar un paseo tras su intensa conversación con Samuel. Han hablado por
poco rato, pero muchos sentimientos han sido removidos y recuerdos delicados
del pasado de ambos han salido a flote, así que necesita algo de aire fresco.
Despejarse, estirar las piernas y quizá ir a un local de sangre a seguir
ligando con el bonito camarero que siempre que le ofrece su muñeca para morder,
la mira no con temor o al menos no solo con temor, sino con ansia, como
deseando ver lo bonita que está su boca pintada de rojo.
Esa sería una
deliciosa idea, decide, así que la chica se dirige a las afueras, pero el local
que pretende visitar está cerrado hoy porque están redecorando, así que
Charlotte maldice a Jason internamente por haber escogido una noche tan
malditamente oportuna y decide que quiere estar sola, así que sale de la
ciudad, dirigiéndose a la zona desierta.
Zona de caza.
El aire que se
respira ahí es como un sorbo de agua fresca en un día de verano y la chica se
dedica a pasear lentamente, sin rumbo y tarareando. O al menos eso hace hasta
que nota algo en el aire: un perfume delicioso y delicado como un ramo de
fragantes flores. Un perfume familiar.
La vampiresa
sigue el delicioso aroma y en cuestión de minutos halla su origen: Aaron. Su
corazón da un tumbo en su pecho. Minutos atrás ha estado convenciendo a Samuel
de que trate de ser más permisivo con su humano. ¿Y ahora lo pilla escapándose?
Lottie no culpa a Aaron, sabe que Samuel le ha hecho cosas imperdonables y no
entiende siquiera cómo no lo odia hasta la médula, pero sí que lo compadece,
pues nadie puede escapar de Samuel Hass.
Y cuando el
vampiro lo encuentre, lo va a castigar de veras.
<<Mierda,
mierda, mierda. Tengo que impedirlo>>
—Aaron, ¿qué
estás haciendo? —pregunta la muchacha, acercándosele con cautela por detrás, su
tono lleno de decepción y pena.
Aaron da un
bote y se voltea de repente, soltando un suspiro aliviado al ver que se trata
de la amable y vivaz pelirroja.
—Qué susto… Mi
amo me ha dado permiso para salir. —explica, pero Charlotte tuerce la boca y
niega.
—Aaron, estás
fuera de la ciudad, estoy segura de que Samuel jamás te dejaría alejarte tanto
—Aaron traga saliva, pues sabe que la chica tiene razón. Cuando el humano ha
cruzado varios de los círculos de la ciudad, alejándose cada vez más de las
seguras y adineradas calles del centro, una sensación de intranquilidad se ha
asentado en su vientre. Sabe que está desobedeciendo o algo similar, pero… —.
Vamos a volver ahora. ¿De acuerdo? Y yo prometo no decirle a Samuel que has
tratado de escapar si tú no vuelves a intentar una tontería así jamás.
—¿Qué? ¡No! No
estoy intentando escaparme, sé que estoy yendo más lejos de lo que a mi amo le
parecería bien, pero es que… Es que tengo que hacer algo. Por favor. No se lo
digas, no me obligues a volver aún. Juro que no estoy intentando huir, pero
tengo que hacer algo.
—¿El qué?
—pregunta ella, desconfiada, aunque se siente mal por lo cortante que suena su
respuesta. Aaron suena desesperado y realmente no parece un mentiroso, pero
debe asegurarse.
—Es algo
personal… Puedes venir conmigo, si no te fías. Solo te pido que me dejes
hacerlo, por favor.
Finalmente,
Charlotte accede. Si Aaron quisiera escapar, no tendría sentido alejarse más y
más mientras es custodiado por un vampiro, así que la vampiresa decide creerlo.
Lo acompaña bosque adentro y, pese a que el chico anda a un buen ritmo, tardan
media hora en llegar al lugar que Aaron está buscando.
El corazón de
la mujer se rompe cuando ve mochilas con reservas de comida bien organizadas,
pero polvorientas, una pequeña tienda de campaña rudimentaria llena de tierra y
agua de lluvia y cultivos descuidados. Ese debió ser el antiguo hogar de Aaron,
ahora luciendo como una pequeña aldea fantasma.
Ve al chico ir
no a por sus objetos, sino a por una roca grande situada en medio de todo ello
y la levanta con cuidado, mirando un pequeño papel blanco.
<<Mi
nombre es Aaron y creo que hoy es mi cumpleaños. Dieciocho. Ni mi edad ni mi
nombre importan, pues no he oído a nadie pronunciarlos en un largo tiempo, pero
me mantiene vivo la ilusión de que tú existes, de que, seas quien seas, existe
alguien que tomará este papel y lo leerá, alguien que delineará mi nombre con
sus labios y que quizá al leer mi edad sonríe y piensa un ‘’felicidades’’ que
te juro que moriría por oír.
Llevo
viviendo este infierno el mismo tiempo que tú: cuatro largos años; me pregunto
qué edad tenías cuando todo comenzó, qué edad tienes ahora y si has pasado tus
cumpleaños solo y llorando, aterrorizado porque el recuerdo de tu familia y
amigos cantándote ‘’cumpleaños feliz’’ se desvanece lentamente cuanto más te alejas
de aquella época en que todo era normal. En que ellos aún se mantenían en las
sombras y nosotros en la cima. Quiero que sepas que cada día susurro un
pequeñísimo ‘’felicidades’’, cada mañana un ‘’buenos días’’ y cada ocaso un
‘’buenas noches’’ y sueño con que el viento le lleve esas palabras a alguien
que necesite oírlas tanto como yo. Incluso si no las escuchas, lee esto y
créeme: son reales. Cuando te sientas solo, imagíname diciéndolas. Yo te
imagino a ti. No te pongo cara, ni voz, ni cuerpo, no puedo saber el color de
tus ojos o el de tu piel, mi querido lector… pero sé que eres humano.
Eso es lo
único que necesito para sentirme reconfortado.
Pero no
vengo a ofrecerte solo palabras de ánimo, también necesito pedirte algo, aunque
suene egoísta: espérame.
Llevo meses
viviendo por esta zona, un antiguo barrio humano, ahora en ruinas. Rara vez las
sanguijuelas se alejan tanto de su terreno, así que es ideal para refugiarse y
cultivar comida (incluso hermosas flores) sin ser demasiado llamativo. Es un
buen lugar para vivir así que, te lo suplico, quédate aquí. Conmigo.
Sé
sobrevivir en soledad, pero no sé cuánto más podré aguantar.
Echo tanto
de menos mi vida, tantísimo, pero todo en ella está muerta y no paro de
preguntarme si debería estarlo yo también y he luchado tanto por escapar de las
malditas garras de la muerte que rendirme ahora se sentiría como pisotear todo
ese trabajo duro, pero la idea es tentadora. Demasiado.
Te
necesito, seas quien seas. Necesito una voz, unas manos. Un abrazo. Por favor.
Hoy saldré
de expedición a la zona vampira. Ojalá encuentres esta nota en mi ausencia.
Ojalá la leas. Ojalá yo regrese con vida y te encuentre sosteniéndola. Ojalá el mundo pueda
devolverme un pedacito de toda la felicidad que me ha quitado.
¿Le pido
demasiado al destino? Tal vez, pero a ti te pido algo pequeñito: por favor,
espérame. No me abandones. No me dejes pudriéndome en esta inmunda soledad. Si
no he llegado mientras tú lees esto, te lo ruego, espera un par de noches.
No tienes
nada que perder y yo, sin embargo, estoy perdiendo la esperanza.>>
Aaron parpadea
varias veces cuando llega al final. ¿Eso de ahí son huellas de persona? Se mira
los dedos y no tiene tierra en ellos, así que no ha sido él quien ha ensuciado
la nota ahora ¿puede ser que cuando la dejó la manchase sin darse cuenta? Por
mucho que piense, no es capaz de recordarlo. Y si resulta que no lo hizo, eso
significa que alguien sí encontró la nota, que alguien sí esperó por él, que lo
logró, al fin y al cabo.
Pero ya no
importa, porque, sea quien sea, se ha ido. Imagina a alguien tan solitario y
desesperado como él sentado en el medio de su campamento, sosteniendo el papel
y esperando noche sí y noche también, llorando cada vez que confundía el crujir
de una rama con pasos acercándose. Desesperándose tanto que al final perdió la
esperanza y se marchó, sintiéndose traicionado.
Abandonado.
Seguramente,
piensa Aaron, esa persona debió pensar que el autor de la nota estaba muerto y
Aaron piensa que quizá es mejor así. De todos modos, no volverá.
Por esa razón
toma el papel entre sus manos y, con lágrimas cayéndole de los ojos, lo rompe
una y otra y otra vez hasta que solo es un montón de pedacitos blancos en sus
manos, la tinta corriéndose por las lágrimas que caen sobre ellos, el mensaje
volviéndose ilegible. Irrecuperable.
Aaron esparce
los pedacitos por el aire y los ve volar lejos, como cuando uno sopla un diente
de león y pide un deseo.
Después se
limpia las lágrimas del rostro, se vuelve hacia Charlotte y susurra:
—Ya está.
La chica lo
acompaña de vuelta, mayormente en silencio, pero pone una mano en su hombro y,
aunque Aaron no encuentra su voz, se lo agradece infinitamente.
Mientras se
acercan de nuevo a la ciudad y especialmente a las zonas más centrales, allí
donde residen las criaturas más poderosas sobre la faz de la tierra, la mujer
nota que Aaron está temblando y que su corazón late cada vez más y más rápido.
—¿Estás bien?
—pregunta arqueando sus cejas con preocupación.
Ella siempre
ha sido muy habladora, pero hoy ha guardado un silencio solemne junto al chico
al notar que estaba alicaído y que necesitaba espacio, pero ahora parece a
punto de entrar en pánico. No puede quedarse callada ante una situación así.
—S-sí, es solo
que estoy nervioso. Tengo algo de miedo —confiesa y una risa tonta escapa de
sus labios, pero no es de alegría. Tiene los ojos empapados en lágrimas que se
resisten a caer—. Antes de salir he discutido con S… Con mi amo y lucía tan
enfadado… Me ha dejado salir de todos modos, pero no sé si quizá ha cambiado de
opinión o si me estaba poniendo a prueba o algo así. ¿Y si me pega de nuevo o…
se desquita de otra forma? Mierda, no debería haber salido, debería haberme
quedado y demostrado que soy obediente y que no necesito una lección y…
Charlotte lo
para antes de que se ponga nervioso. Aaron está balbuceando y apenas se le
entiende al hablar, así que la inmortal pone sus dos manos sobre los hombros
del chico, se sitúa delante de él para que deje de hablar y se inclina hasta su
altura, mirándolo a los ojos tranquilizadoramente.
—Estará bien,
te lo prometo. Samuel está cambiado por ti, para ti, y sé que eso no borra el
pasado, pero está esforzándose para que no se repita. No te hará daño, estoy
segura.
El chico
asiente. Ella le conoce desde hace muchísimo más tiempo que él, así que no
tiene sentido rebatirle, pero de todos modos no logra creer sus palabras. Lo
intenta y eso logra sosegarlo lo suficiente como para calmar su ansiedad, pero
por dentro sigue teniendo una espinita de duda que se clava más y más hondo,
pinchando exactamente en sus peores miedos.
CAPÍTULO 66
Aaron se
pregunta si Samuel habrá llegado ya a casa o si él es el primero en llegar. Ha
estado varias horas fuera y ha caminado hasta muy lejos, así que intuye que el
vampiro debe estar ya dentro, posiblemente en su despacho, viendo la mesa que
ha partido por la mitad de un simple golpe hace apenas unas horas.
Aaron decide
que entrará silencioso como un gato y que se acercará a Samuel solo si está de
buen humor. Si no, no va a tentar a la suerte molestándolo: se pondrá a limpiar
de inmediato para no ser regañado.
Sin embargo,
tan pronto Aaron abre ligeramente la puerta de entrada, una enorme mano sale
del angosto hueco, lo toma por el cuello y lo siguiente que Aaron sabe es que
está dentro de la mansión Hass con el vampiro empujándolo tan fuerte contra la
puerta que la ha cerrado de golpe, con una mano alrededor de su garganta,
firme, pero no dolorosa, otra clavada en su cintura con deseo y los labios del
vampiro buscando desesperadamente los suyos.
Aaron se rinde
ante el beso de Samuel. Le gustan sus besos, le gustan sobre todo porque se los
da cuando está siendo bueno con él y jamás se los dio cuando era cruel, pero
este, pese a ser delicioso, también es algo intimidante: Samuel lo besa
vorazmente, llevando el control absoluto de todo, tomando sus belfos uno a uno
con fuerza entre sus dientes, chupándolos como si deseara arrancarlos, recorre
su boca con la lengua como buscando dejar en cada pedacito de su interior la
marca de su lujuria.
Un gemido
escapa de sus labios cuando uno de los colmillos de Samuel rompe su labio
inferior. El corte es pequeño y el dolor suave, pero aun así, Samuel no suele
ser tan brusco y descuidado besándolo o no lo ha sido hasta ahora y eso asusta
al chico. El vampiro succiona su labio ávidamente y Aaron nota como, dentro de
la boca del otro, la lengua de este acaricia una y otra vez su herida.
Cuando lo
suelta, ambos jadean y sus cuerpos están tan pegados que no pueden sino
respirar el embriagante aliento del otro. Las manos de Samuel, aún encajadas en
su garganta y su cintura delgada, lo aprietan más fuerte, como si acabasen de
atrapar a una presa escurridiza tras horas persiguiéndola.
Samuel gruñe
contra su boca, reclamándolo.
—¿Dónde has
estado? —pregunta y su tono exige una respuesta, pero hay un cierto eco
de desesperación en él, como el que uno tiene cuando encuentra a su cachorro
que creyó perdido.
—He estado
paseando por la ciudad, amo. —responde Aaron, sabiendo que no ha dicho ninguna
mentira, pero que ha omitido varias verdades; planea confesar, pero no así, no
ahora.
Samuel está
demasiado… Demasiado hambriento de él. La forma en que lo agarra y lo besa, en
que respira sobre sus labios, su rostro, su cuello, la forma en que no para de
chupar y lamer su garganta -su marca, sobre todo su marca- lo demuestran.
Samuel separa
a Aaron de la puerta contra la cual lo estaba empujando, pero no lo deja
librarse de la firmeza sofocante de su cuerpo. Lo toma rudo y demandante,
alzándolo desde el suelo y obligando al chico a rodearle la cintura con las
piernas y el cuello con las manos. Incluso si Aaron se soltase, la mano de
Samuel en su cintura es suficiente como para mantener al chico justo donde lo
quiere, pegado a él.
—A-ah, amo…
—susurra, porque Samuel no pierde el tiempo: anda hacia la habitación,
escaleras arriba, mientras se hunde en su cuello y muerde con fuerza su tierna
piel.
No rompe su
dermis hasta hacerlo sangrar, pero arrastra sus dientes y sus colmillos por
ella, arañándola hasta dejarla roja. Aaron se revuelve entre sus brazos, pero
Samuel lo mantiene en su sitio.
El vampiro se
toma su tiempo para llegar a la habitación. Choca intencionalmente con puertas
y paredes, estampando al humano contra estas hasta que su espalda se endereza
contra el muro y su boca emite suaves quejidos. Samuel muerde su cuello, le
tira del pelo para manejar su cabeza y hacerle dejar su garganta disponible
para él o para hacerlo mirar al frente con sus cabellos revueltos y sus ojitos
entrecerrados y entonces besarlo de una forma tormentosa, llena de enfado, pero
también de anhelo.
—Quería darte
intimidad, ¿sabes? No usar el vínculo, para que no te sintieses… Acechado.
—dice Samuel después de darle un beso tan largo y profundo que el chico se
siente mareado y le cuesta poner cada palabra en su lugar, entender la frase.
Cuando lo
hace, los vellos de su nuca se erizan, pues recuerda lo sencillo que sería para
el vampiro localizarlo en cualquier remoto lugar del mundo.
—Se-señor…
—murmura, queriendo apaciguarlo, pero Samuel lame sus labios con un lametón
largo, húmedo y obsceno, callándolo de golpe, haciéndole sentir débil.
—Has tardado
tanto en llegar, me he preocupado por ti y, oh, tan pronto uso el vínculo, me
doy cuenta de que has estado lejos de donde tenías permitido. Muy lejos.
Las piernas de
Aaron alrededor de la cintura del vampiro tiemblan y se sienten como de
mantequilla, pero no importa si fallan, porque Samuel lo toma ahora con dos
manos por su cintura. Tan posesivo, tan dominante.
Tan enfadado,
ahora Aaron lo ve: Samuel sabe de su desobediencia desde el inicio. ¿Cómo pudo
siquiera pensar que se saldría con la suya y evitaría la ira de su amo? No ha
hecho nada malo, no realmente, pero debería haber obedecido y haber dejado su
estúpida necesidad de destruir su nota atrás.
Ahora, su
estupidez va a ganarle un castigo. Y por la actitud de Samuel, no parece que
vaya a ser un castigo suave.
—Señor, no se
enfade… —suplica, pero Samuel hace un movimiento brusco con su mano.
Aaron se
encoge y se cubre, seguro de que va a ser golpeado. Baja sus manos poco a poco,
con el corazón a mil: su amo no le ha pegado, solo estaba abriendo la puerta
del dormitorio. El corazón de Aaron se calma, pero no del todo, no mientras el
vampiro lo mire con ojos que rezuman una ira animal, salvaje, insaciable.
Ambos entran
en la habitación y Samuel cierra la puerta, azotando el cuerpo de Aaron contra
esta. El chico se siente mareado y echa su cabeza hacia atrás, nota el vampiro
hundiendo el rostro en su cuello, oliéndolo con profundas inhalaciones, como si
quisiera consumir toda su esencia.
—Estaba listo
para salir ahora mismo a buscarte. A cazarte.
Aaron puede
notar algo en Samuel: su cuerpo, tan grande y firme que cualquiera confundiría
sus músculos con piedras de mármol talladas, está temblando. Su amo es fuerte y
está siendo casi violento ahora, pero está temblando también. Temblando de
frustración, pues Aaron sabe que está conteniéndose, pero ¿puede ser también
que tiemble de miedo? ¿Que la idea de Aaron no escapándose, sino queriendo
hacerlo, lo aterrorice?
Todo su cuerpo
está lleno de emociones contenidas y Aaron aprecia que el vampiro no esté
rompiéndole. Está dejándolo sin aire constantemente y ha hecho sangrar sus
labios, le ha llenado el cuello de mordidas, la cintura de moratones, pero eso
no es violencia. No para Samuel.
Por un
instante, el vampiro le recuerda a Aaron a un perro. Uno de esos perros enormes
que aún se creen cachorros y que, cuando entras por la puerta de casa, saltan
para recibirte y te aplastan con su peso mientras menean la cola. Te hacen
daño, pero jamás pretendieron herirte.
Así que Aaron
trata a Samuel como un perro, solo un poco: le acaricia la cabeza con su
delicada mano, asegurándose de masajear su cuero cabelludo como uno lo haría
con un cachorrito nervioso que lloriquea pensando que será abandonado.
—Señor —le
dice y su voz es muy suave y tan segura como puede hacerla sonar,
tranquilizadora—, por favor, no hay necesidad de cazarme. Ya estoy aquí. No se
enfade.
Samuel gruñe
como un animal hambriento y arroja al chico a la cama. Se abalanza sobre él, le
sostiene las muñecas sobre el colchón y le muestra los dientes, unos colmillos
tan largos que Aaron sabe que le separarían la cabeza del cuerpo si le mordiese
ahora con ellos. Samuel empuja su cuerpo contra el del chico, recordándole lo
diminuto que es bajo él.
—Demasiado
tarde, humano… —dice lento, ronco y escalofriantemente.
Es obvio que
intenta asustarlo, pero Aaron no puede ignorar que, aunque Samuel está siendo
muy intimidante, también lo está agarrando más suave que antes. Está teniendo
más cuidado.
Samuel baja al
cuello del chico y ahora, en vez de morderlo, deja pequeños besos en él. Lo
chupa un poco, notando la carne tierna y cálida entre sus labios, tirando de
ella un poco mientras juguetea con la idea de herirlo. No lo hace, pero parece
que explorar su cuello con su boca lo calma un poco.
—Señor… —Aaron
intenta hablarle ahora que está más tranquilo, pero Samuel aprieta sus puños y,
con ellos, las muñecas del humano que en estos están prisioneras.
—Te dejo salir
y me desobedeces…
Samuel desliza
sus manos sobre las sábanas, ahora atrapa las dos muñecas de Aaron con uno solo
de sus puños.
—No quería…
Aaron se
remueve, incómodo y asustado, porque Samuel se mira la mano libre y él también
se queda embobado con ella, con la forma en que cambia: sus dedos parecen aún
más largos, las uñas que antes lucían como de cristal, tan perfectamente
arregladas y cortadas con rectitud, ahora se transforman en garras negras,
lustrosas y arqueadas como el pico de un cuervo, la oscuridad manchando hasta
las yemas del vampiro, como si las sombras estuviesen metiéndose dentro de su
cuerpo, poseyéndolo poco a poco.
Samuel baja
sus garras hacia el cuello de Aaron, delinea su cuello con una de sus afiladas
uñas y Aaron se queda muy quieto, reteniendo su respiración.
—Pero lo has
hecho.
Las garras del
vampiro se deslizan hacia abajo y, mientras lo hacen, Aaron observa
completamente tenso como desgarran su ropa con facilidad. Intenta quedarse
quieto, pues no quiere que las afiladas uñas del vampiro rompan su piel
también, pero es difícil cuando su cuerpo entero tiembla de pavor.
—¿V-voy a ser
castigado?
Después de
destrozar su ropa, la mano del vampiro va hacia su piel. Aaron cierra los ojos,
horrorizado, pensando que verá ahora su cuerpo abrirse con la facilidad con la
que su camisa se ha convertido en jirones de tela con solo un pequeño roce.
Para su alivio, Samuel le acaricia el vientre con sus nudillos suaves y
agradables.
—Te he dado
una libertad que los demás mortales rara vez tienen y la has usado para
faltarme al respeto, para ignorar mis órdenes. ¿No crees que tal desobediencia
merece una reprimenda? —pregunta con una voz más tranquila que antes, pero más
seria.
Aaron sabe que
Samuel está debatiéndose por dentro, la forma en que mira su vientre pálido y
hundido mientras lo acaricia desvela que está disfrutando de mimarlo, pero que
está pensando en que quizá debería usar sus garras, cortarlo un poco, hacerle
sangrar para compensar su mal comportamiento.
—No he hecho
nada malo, Sami, lo juro. —Aaron suena exasperado. Forcejea con la mano de su
amo, que mantiene sus muñecas prisioneras sobre su cabeza, pero es como
debatirse contra unos grilletes de piedra.
Con su otra
mano, Samuel desliza el filo de sus garras por la nívea piel del chico. Lo hace
tan suavemente que no deja siquiera el más leve arañazo en su piel, pero Aaron
puede sentir la finura de la punta de esas garras, su frialdad… tan similar a
la sensación de un bisturí probando la piel antes de abrirla.
—¿Crees que te
he ordenado no alejarte demasiado solo por controlarte? No importa que hayas
hecho, importa lo que te podrían haber hecho. Eres un humano. Solo.
Deberías entender el peligro. —Samuel araña al chico, solo un poco. Deja cinco
caminos rojos a través de su cintura, uno por cada garra, el dolor hace a Aaron
removerse inútilmente y Samuel espera que esa punzadita de peligro le haga
entender. Entender que hay cosas mucho peores, cosas con las que se podría
haber topado esta noche.
Aaron no puede
más. La forma en que su amo está jugando con él se le antoja demasiado cruel.
¿Y todo por un paseo?
—Solo es un
paseo. ¿Cuál es el peligro? —pregunta, impaciente, irritado, demasiado asustado
como para pensar bien en sus palabras. Quizá por eso se le escapa una pregunta
mezquina:— ¿Encontrarme a alguien como usted?
Samuel luce
más serio de repente, un aura ominosa y oscura rodeándolo como sombras que lo
engullen. Deja de acariciar su piel con sus garras y, en lugar de eso, rodea su
pequeño cuello con su mano libre y lo obliga a alzar su cabeza y a mirarlo a
los ojos mientras le dice:
—Encontrarte a
alguien que te haga las cosas que yo te hacía antes.
Aaron traga
saliva. Usualmente, Samuel le ayuda a hundir de nuevo los viejos recuerdos que
a veces salen a la orilla de su consciencia, pero ahora… Ahora los está
trayendo a flote él mismo, invocándolos. Aaron nota arder su marca y de
algún modo se siente como si los colmillos del vampiro siguiesen ahí
incrustados, tan profundo dentro de él que pueden remover hasta sus recuerdos y
obligarle a pensar en aquellos de los que siempre huye.
Aaron cierra
con fuerza sus ojos, niega con su cabeza. No. No quiere pensar en tales
horrores ahora. No puede.
—N-Nadie me
hará nada, llevo su marca.
Samuel aprieta
más fuerte sus manos en torno a la garganta y las muñecas del chico. Cuando
habla, lo hace en un tono duro y cruel:
—Y eso sirve
para disuadir a los vampiros con dos dedos de frente que habitan esta zona
privilegiada. ¿Crees que los vampiros neófitos de la periferia, que son jóvenes
e idiotas y que beben solo sangre embotellada, pensarían dos veces en las
consecuencias antes de destrozarte? E incluso si pensasen en ellas, sería tan
sencillo como arrancarte los putos ojos y la lengua una vez acaben de jugar
contigo para que nadie sepa quién te ha usado sin el permiso de tu amo. ¿Acaso
te crees inmune a esos peligros? ¿Eres tan necio que tengo que encadenarte a mi
puta cama para que no te pongas en peligro?
Aaron se queda
completamente callado y sus ojos se llenan de lágrimas al instante. Baja su
cabeza, como un perrito avergonzado y solloza bajito.
Samuel
entiende, entonces, que no se trata de que Aaron haya sido desobediente o
arriesgado, es que es tan ingenuo que, incluso tras todo lo que le ha sucedido,
tras todo lo que Samuel le ha hecho, no había imaginado que el mundo pudiese
ser aún más cruel, que otro le daría esa clase de destino grotesco y horrible.
De algún modo, Aaron pensó que habría algún límite a lo que un ser humano puede
sufrir y que después de todas sus desgracias, ya no era posible que otra nueva
llevase su nombre, ¿cierto? Pero las palabras de Samuel son como un terrible
golpe de realidad.
Samuel se ha
esforzado por hacerle sentir sano, seguro y cuidado durante los últimos meses,
como si nada malo pudiese pasar. Ahora arranca el telón y le muestra que, tras
su espectáculo de amabilidad, un mundo frío y hambriento aún le aguarda.
El vampiro se
siente mal por haber roto así al chico y suelta su pobre cuerpo. Aaron se frota
las muñecas, pues ahora están rojas y doloridas, y luego se soba un poco el
cuello, asustado. Samuel sigue encima de él, pero ya no lo toca, hasta que pone
un dedo en su barbilla y le hace alzarla, le hace mirarlo.
—¿Hasta dónde
has llegado? ¿Cómo de lejos has ido? —pregunta exigentemente, pero con una voz
más suave que antes.
Aaron ya no le
ve el sentido a mentir. Samuel ya está enfadado con él y, si quiere, va a
castigarlo duramente, así que solo le queda ser honesto:
—S-salí de la
ciudad.
El vampiro
aprieta los labios y traga grueso. Traga sus ganas de gritarle a Aaron, de
amenazarlo, de morderlo ahora mismo hasta convertirlo en su títere. En lugar de
eso, dice, con voz contenida, ronca y entre dientes:
—No me digas
que has sido tan estúpido de creer, por un maldito minuto, que podías escapar
de mí.
—No, señor, le
juro que no lo estaba intentando, es solo…
Pero Samuel le
interrumpe, porque está demasiado horrorizado ante la idea de Aaron fuera de la
seguridad de las ciudades como para escuchar una sola de las palabras que dice.
Se lo imagina vagando indefenso, solo y de noche, desorientado en el bosque, casi
como cuando lo encontró.
—Salir de la
ciudad… ¿A nuestros territorios de caza? Jamás volverás a ir tan lejos solo,
¿me oyes? —Aaron asiente haciendo un puchero, lágrimas caen por sus mejillas.
Se siente estúpido y no quiere que Samuel le siga hablando con ese tono tan
rudo. Necesita al Samuel amable, pero entiende que es él mismo quien lo ha
ahuyentado hoy— ¿Acaso quieres morir? ¿Quieres ser cazado como una presa? Puedo
hacer eso por ti, si tanto lo deseas…
Aaron niega
asustado. Samuel está más calmado ahora o eso parece, pero sigue sobre él en
ese lecho que conoce demasiado bien, con su ropa rasgada, con su cuerpo
tembloroso e indefenso. Necesita ser consolado, no cazador.
—N-no iba
solo, señor, no era peligroso.
Samuel frunce
el ceño.
—Explícate.
—C-Charlotte
me acompañó, no se enfade con ella, por favor. M-Me la encontré y ella se
ofreció.
Aaron nota a
Samuel suspirar lleno de cansancio, pero también de un enorme alivio.
—La próxima
vez que planees alejarte dos calles de aquí, vas a decírmelo, humano, y vas a
ir conmigo de acompañante. ¿Queda claro?
—Mhm…
—responde Aaron y luego solloza sin poder evitarlo.
Samuel vuelve
a tocarlo, pero esta vez mucho más gentil que antes, sin pretender asustarlo
hasta que se quede a su lado por siempre. Ahora solo le mima la mejilla,
retirando sus lágrimas.
—¿Por qué
lloras? —pregunta, decaído, sintiéndose culpable.
Esta noche,
tras hablar con la pelirroja, se había dicho a sí mismo que iba a buscar
mejores formas de canalizar su amor hacia Aaron, que buscaría la manera de que
su intensidad no lo atosigase. También quería y quiere compensar al chico por
haberse enfadado antes.
Pero cuando ha
llegado a casa y Aaron aún no estaba, le ha costado demasiado controlarse, cada
minuto de espera tornándose más y más insoportable.
—S-sé que he
desobedecido y sé que ha estado mal no decírselo, pero estaba enfadado y
frustrado y pensé que no se daría cuenta y n-no pensé en si se preocuparía y lo
siento… No quería, no quería hacérselo pasar mal, y sé que merezco un castigo
por eso, pero estoy muy asustado porque estamos en la cama y m-mi ropa y… y…
Samuel enarca
sus cejas, confundido, entonces mira el cuerpo del chico: le ha desgarrado la
ropa. Sabe que lo ha hecho hace unos minutos, mientras exploraba de forma
distraída su cuerpo con garras, pero por algún motivo no ha caído en la cuenta
de lo que eso podría significar para el chico, de lo aterrador que debe haber
sido para él. Solo estaba pensando en que a él le tranquilizaba romper cosas y
en que era mejor romper la ropa de Aaron que a Aaron.
Ahora el
pánico del chico le hace sentir estúpido, descuidado.
—¿Qué? No,
joder, Aaron, no voy a… —Samuel muerde su lengua y maldice por dentro, todo es
su culpa y lo sabe. Si hubiese controlado sus emociones desde un inicio y
hubiese sido capaz de hablar con Aaron sobre el paseo, explicarle los riesgos,
los límites… Nada de esto habría pasado. Así que se esmera en convertir sus
sentimientos en palabras ahora, no en una explosión que aterre al chico— Cuando
he sentido el lazo y he visto que estabas lejos de mí, he pensado lo peor, que
habías escapado o que te habían hecho algo. Solo quiero tenerte cerca, sentirte
y quiero tu aroma y notar tu piel. Quiero castigarte, porque has sido
desobediente, te has puesto en puto peligro y me has hecho sentir tan asustado.
Pero lo dejaré para mañana, escogeré un castigo suave, ¿sí? Ahora da igual,
solo quiero notar que estás aquí, solo quiero sentirte.
Samuel abraza
a Aaron con fuerza, sus dos brazos pasando entre la fina espalda del humano y
el colchón, rodeándolo con una facilidad pasmosa y pegándolo al cuerpo del
vampiro. Samuel pega su rostro al pecho llano del chico, notando contra su
mejilla el calor que emana el humano, su suave piel y los latidos, ya no
asustados, solo nerviosos y sorprendidos.
Samuel frota
su rostro contra el pecho desnudo de Aaron, como buscando impregnarse de su
olor, cierra sus ojos mientras inhala y besa su piel castamente. Aaron, cuando
por fin entiende que su amo no le herirá, que solo lo extrañaba y estaba
angustiado por él, le acaricia los cabellos rubios.
Le tiemblan
los dedos, pero cuando lo toca el vampiro, se estremece de gusto y lo achucha
aún más fuerte.
—Ah… —gimotea
Aaron, haciendo una mueca.
—¿Qué duele?
—exige su amo, de nuevo preocupado.
—No, no es
nada… —pero Samuel lo mira inquisitivamente y sabe que debe responder—. Mi
espalda, quizá… por dormir en el suelo tanto tiempo.
Samuel lo
suelta de pronto, dejándolo sobre el colchón de nuevo, bajo su intimidante
figura.
—Boca abajo
—ordena y su tono no suena enfadado ni nada por el estilo, pero es muy firme y
Aaron se tensa y lo mira con ojos de cachorrito, tan asustado que Samuel tiene
que esmerarse por suavizar su tono—. Tranquilízate, no estás siendo castigado.
Samuel tiene
toda la razón. Aaron no está siendo castigado en absoluto, sino que más bien se
siente como lo opuesto: el chico se da la vuelta y Samuel es realmente gentil
con él, le pone una almohada bajo la mejilla y luego sus enormes manos se
ocupan de derretir toda la tensión que pudiese tener en su espalda. El vampiro
lo agarra como a un juguetito, pero es delicado, aprieta con sus pulgares en
los nudos de tensión de los músculos, deshaciéndolos de una forma que podría
ser dolorosa si no fuese tan malditamente placentera.
Empieza
tomando los hombros de Aaron con sus manos en forma de pinza y luego apretando
y relajando su agarre, haciendo al chico sentir hormigueos que le suben por la
nuca y parecen dejarle el cerebro hecho gelatina. Luego sus pulgares masajean
esa zona tiernita entre el cuello y los hombros y recorren la silueta de la
columna de Aaron, apretando un poco ahí donde algo se siente duro como un nudo.
Sus manos
bajan de su cuello a sus omóplatos y de estos a su espalda baja. Samuel tiene
un toque firme y unas manos fuertes, hacen que sus caricias penetren profundo
en la piel, relajando los músculos de Aaron y dejándolos cálidos y suaves.
El chico
cierra los ojos y se deshace en vergonzosos ruidos. Dice “Mmm” apretando sus
labios cuando Samuel toca una zona donde le duele y ejerce una presión lenta y
meticulosa, trazando círculos hasta que lo que queda en ese lugar es pura
sensibilidad, pero no dolor. Suspira hermosos “Ah” cuando acaricia casi
imperceptiblemente una zona después de haberla masajeado fuerte, hasta dejar la
piel roja. Y gimotea unos deliciosos “Oh…” llenos de sorpresa cuando el vampiro
se inclina sobre él y lame su nuca. La lengua tan larga y caliente,
derramándose sobre su piel erizada, marcándolo de una manera demasiado
delirante mientras sus manos lo obligan a respirar hondo y estar soñoliento.
Aaron,
entonces, habla sin pensarlo mucho.
—No pensé que
le preocupase.
—¿Hm? —Samuel
suena distraído, perdido en el acto de adorar su cuerpo menudo y frágil, de
darle placer sin que sus manos lo aprieten demasiado y lo quiebren.
—Pensé que
solo estaba enfadado porque había desobedecido, no pensé que le angustiase
imaginar que me había pasado algo. Gracias, se siente bien pensar que alguien
quiere que regreses.
Samuel
mordisquea la nuca del chico, lo hace de forma juguetona, placentera para su
humano, aunque para él se siente como una tentación demasiado peligrosa.
Aaron es
demasiado dulce para su bien.
Demasiado
amable. Sus palabras de ahora hacen al vampiro sentirse como un completo idiota
y se le rompe el corazón al pensar en lo mucho que debe haber asustado al
humano cuando lo ha recibido tan ansioso, tan voraz y brusco.
—¿Por qué te
has ido tan lejos? Aaron, ¿has sido tan ingenuo de pensar que podías escapar de
mí? No te tenses, dime la verdad. No te castigaré por ello.
Aaron respira
hondo y se deja hacer entre las manos del vampiro. Samuel no está hiriéndole,
incluso si contempla la posibilidad de que él haya querido huir. Le gusta mucho
cuando es así, tan paciente, tan vulnerable en cierto modo.
—No, señor, es
que tenía algo que hacer.
—¿El qué?
Aaron se
muerde el labio, no entiende por qué, pero le da un poco de vergüenza
admitirlo. De repente, destruir la nota le parece una tontería, pero en el
momento se le antojaba la cosa más importante del mundo, una forma de decirle
al destino que lo aceptaba, que por fin ha sido capaz de ver que está sellado.
—Antes de
salir a por provisiones el día del eclipse, el día en que… En que nos…
Encontramos… —Aaron tiene problemas para hablar.
Samuel es un
amo cuidadoso ahora, habría podido conocer a Samuel si se lo hubiese topado
como es ahora, pero la realidad es que en el pasado, no se conocieron, ni se
encontraron: Samuel lo halló y lo capturó. Pero no es capaz de decir esas
palabras, son demasiado precisas y, por ello, demasiado reales y pertenecen a
una realidad que necesita desesperadamente dejar atrás.
—Había dejado
una nota en mi campamento, era para otros humanos, por si la encontraban, y
pedía que, por favor, me esperasen. No voy a volver, no tiene sentido que esa
nota siga ahí. Solo crea falsas esperanzas, por eso he ido hoy a romperla.
Samuel toma al
chico por los hombros de nuevo, pero no para masajeárselos, sino para hacerle
darse la vuelta en la cama, quedando bocarriba, sus dos rostros tan cerca que
Aaron se pierde en la mirada roja e intensa de su amo antes de darse cuenta de
lo que está haciendo y bajar su vista dócilmente. Samuel lo toma por el mentón
y sube su cabeza, devolviendo la mirada azul e inocente del humano a donde
estaba segundos atrás: justo sobre la suya.
Luego él pone
sus labios sobre los del chico.
—Haré que no
desees volver —susurra y lo besa lento y superficialmente, sus labios grandes
tomando los de Aaron en pequeños besitos hechos a medida para su boca menuda y
fina. Lo besa con la ternura con la que un pajarito picotea semillas, un
piquito tras otro, luego sus labios atrapan los del chico, los lamen
tímidamente y los sueltan, sin ser demasiado codiciosos, pues quiere que el
beso sea tierno—. Quiero que las noches en que te hacía llorar y sangrar, que
ese terrible día en que intentaste suicidarte, se sientan tan lejanos que ni
siquiera puedas entender cómo pasó todo eso o que pensabas o que sentías.
Quiero que seas tan feliz que no recuerdes cómo se siente la tristeza.
Cuando Samuel
vuelve a besarle, nota que la boca de Aaron ha cambiado: ahora está sonriendo.
CAPÍTULO
67
Aaron no recuerda haberse
quedado dormido, solo ser besado y bañado en mimos y promesas bonitas, sentirse
como si flotase en una perfecta nube y, ahora, no está seguro de si sigue
dormido o no, ya que se siente bien. Muy bien.
Siente manos grandes
masajeando su cintura, una boca caliente y necesitada en su cuello, besándolo,
lamiéndolo, una voz ronca susurrándole halagos al oído, halagos que le erizan
la piel.
—Tan buen chico, tan
perfecto, tan bonito… —las palabras le provocan escalofríos extraños.
Trata de moverse en la
cama, pero nota que no tiene espacio para hacerlo: algo grande y pesado está
encima suyo y lo ancla al lugar.
Poco a poco, el chico abre
los ojos y su confusión se transforma en vergüenza cuando nota que su torso
sigue desnudo, con apenas unos jirones de la ropa que el vampiro desgarró
anoche con sus uñas, y que, de hecho, ese mismo vampiro está ahora encima de él,
acariciándolo dulcemente para despertarlo y besando su marca de propiedad como
si desease demasiado hacerle una nueva.
Aaron también nota algo
más, algo que es lo que más vergüenza de todo le provoca: ha dejado sus
defensas bajas y su cuerpo se ha rendido completamente al cariño que su amo le
da, así que en su entrepierna se eleva una necesitada erección que es imposible
que Samuel no haya visto.
—Ah, Sami, ¿qué haces?
—pregunta, rojo como un tomate, empujando levemente al vampiro por sus hombros
en un desesperado intento por alejarlo.
Necesita que le deje
marchar ahora mismo, necesita ir al baño y tomar una ducha de agua helada; esa
ha sido su estrategia hasta ahora.
—Despertarte con besos, mi
Aaroncito, ¿no te gusta?
Samuel sabe la respuesta a
esa pregunta, la sabe perfectamente, pues empuja sus caderas duro y lento
contra la erección de Aaron y el chico nota el enorme tamaño de su amo, también
duro, también necesitado, deslizándose por la longitud de su erección.
No puede responder más que
con un largo gemido.
—Oh, pobre de ti, mi
hermosa cosita… —susurra entonces Samuel y sus caderas, al contrario de la
dulzura de su voz, no lo consuelan, sino que lo torturan: el vampiro se muele
contra Aaron, su enorme erección deslizándose arriba y abajo, rozando la de
Aaron todo el rato y estimulándola con su enorme tamaño, con su calor, su
firmeza, su peso mareante y casi irreal. Los ojos de Aaron ruedan hacia atrás
en sus cuencas y el chico emite un sonido débil y agudo, como un hermoso
quejidito—. Llevo días acariciándote y mimándote, bañándote en cumplidos, pero…
Samuel toma a Aaron por la
garganta con una mano. No es ruda, ni aprieta, solo lo mantiene en su lugar
quieto, obediente.
La otra mano baja por su
torso.
Su pecho.
Su abdomen.
Su pubis.
Los dedos largos y hábiles
trazan, por encima de la ropa, la erección de Aaron y este apenas puede
soportarlo, porque es una de las primeras veces que alguien más lo toca en ese
lugar.
Aaron lloriquea de gusto y
de necesidad, su cara roja y su voz rota mientras sus caderas se mueven torpe y
desordenadamente hacia arriba, buscando la mano de Samuel. Mano que retira al
instante, dejándolo frustrado y ruborizado.
—Me he olvidado de tocarte
aquí, ¿no es cierto, mi muñequito necesitado?
Aaron siente esas palabras
como bruma en el aire, tan densas y dulzonas, mareantes, niebla en su cerebro
que lo hace no poder pensar con claridad. Todos esos motes que Samuel le pone
le hacen sentir querido y pequeñito, una cosa que solo existe en sus manos para
ser movido como ellas quieren.
Tan vulnerable.
Y eso le asusta, sí, pero
su cuerpo caliente y suplicante es la más honesta confesión de que miedo no es
la única cosa que causa el vampiro en él cuando le recuerda suavemente su
lugar.
Aaron jadea cuando nota
que los dedos de Samuel ya no son dedos, sino garras: con una de sus
aterradoras uñas negras y arqueadas, el vampiro corta su ropa interior. Aaron
puede sentir la fría punta de su garra recorriendo su vientre bajo mientras
secciona la cinturilla del pantalón, luego su pubis, la tela cediendo sin
oposición alguna a la precisión de la afilada hoja que Samuel tiene en la punta
de cada dedo; se desliza con cuidado y entonces delinea el miembro de Aaron.
El chico es bueno para su
amo, quedándose tan quieto como una estatua mientras ve las puntiagudas garras
de la bestia trazar la silueta de su pene, apenas rozándolo con un contacto
leve, frío y amenazante y, a su paso, rasgando la ropa que lo separa de la
desnudez. Para cuando Samuel ha llegado a los testículos de Aaron, su longitud
ya está alzada entre dos jirones de ropa, goteando con necesidad. El anillo en
la base de su pene lo aprieta de forma asfixiante incluso tras haberse liberado
de su ropa y Samuel termina de romper los pantalones del chico, dejándolo
desnudo por completo.
Aaron se siente tan
mareado y nervioso que ni siquiera se está dando cuenta de que está reteniendo
la respiración. El chico se tensa y se yergue un poco, queriendo comprobar que
nada en su zona más sensible ha sido rasguñado, pero la mano en torno a su cuello,
tan grande y poderosa, lo empuja contra la cama.
—Yo no rompo mis cosas
favoritas, Aaron, y tú eres mi humano preferido, así que relájate. Respira
lento y sé bueno para tu amo, vamos.
La forma en que Samuel
habla, tan ronca y sensual, tan reconfortante y dominante, recorre a Aaron como
una pequeña descarga, un escalofrío placentero que deja sus músculos hechos
agua y su cabeza puras nubes. Aaron asiente y se recuesta en la cama tratando
de olvidar cómo las garras del vampiro son más largas que ancho es su miembro,
cómo están tan afiladas como un bisturí y cómo de grandes son las manos de las
que emergen, suficiente para destrozarlo incluso si es por error.
La mano de Samuel se
dirige de nuevo a su entrepierna y sus intenciones son claras: Aaron casi puede
sentir los dedos del vampiro rodeando su desesperada erección con la misma
firmeza y calidez con la que rodean su cuello cuando una palabra emerge de sus
labios casi sin su permiso.
—¡E-espere! —Samuel se
detiene y parece sorprendido por la petición del chico. Lo tiene tan
desesperado por su toque que lo creía hipnotizado, así que si algo es capaz de
romper su hechizo, debe ser importante. Samuel lo mira, paciente, pero
hambriento a la vez. Sus ojos rojos relucen con un brillo lascivo que hace a
Aaron temblar—. Me da miedo cuando me toca, cuando me… Desea. Siempre toma las
cosas que quiere a la fuerza, señor, tengo miedo de ser tomado así de nuevo.
Samuel no se enfada ni se
frustra, como Aaron habría esperado, sino que se inclina sobre él y toma sus
labios en un pequeño beso antes de darles un mordisco juguetón que lo hace
estremecerse, su pene goteando vergonzosamente entre sus piernas y sobre su piel
nívea y virginal.
—Pero ahora no voy a tomar
nada de ti; al contrario, quiero darte placer. Y sé perfectamente cómo
hacerlo, Aaron, cómo quitar todas esas preocupaciones de su cabecita y hacer
que no seas capaz de decir más que "Sí, mi amo" y ‘"Gracias, mi
amo". ¿Quieres eso, hm, cosa bonita? ¿Quieres que tu amo te consienta y te
haga rogar porque te dé más y más del placer que tengo preparado para ti?
La oferta de Samuel es
tentadora, tanto que Aaron gime y se retuerce. El vampiro le aprieta el cuello
y lo marea un poco, deliciosamente, dejándolo dócil de nuevo y Aaron sabe que
de no ser por el anillo, las manos y la voz del vampiro le habrían hecho manchar
las sábanas de una forma muy, muy vergonzosa justo ahora.
<<El
anillo…>> Aaron
maldice por no habérselo podido quitar antes. El deseo a veces es un hostigador
incansable y cada vez las duchas de agua gélida son menos efectivas para
mantenerlo a raya y eso que es solo su imaginación, cuando lo pilla
desprevenido, quien le da pábulo. No imagina lo tortuoso que será su deseo si
son las manos del vampiro las que lo provocan. No podrá soportar esa clase de
placer si sigue llevando…
—Pero, amo, el anillo…
Samuel ríe deleitosamente
en su oído. Una risa suave, pero cruel, como la de un íncubo que halla
deliciosamente divertida la ingenuidad de su novata presa.
—¿Debo seguir llevándolo?
Samuel le aprieta el
cuello un poco más duro y lo hace mirarlo. Su rostro atractivo está tan serio
que Aaron no sabe si observar su belleza con reverencia o bajar su mirada,
intimidado.
—Te dejo hablarme más
libremente, salir libremente… Pero hay ciertas cosas que no vas a poder hacer
sin mi permiso. Soy posesivo, Aaron, soy dominante y me gusta tener el control;
está en mi naturaleza, así que debo satisfacerla incluso si es de poco en poco.
Esto es algo que vas a hacer para satisfacerme, algo que harás para saciar mis
instintos y que pueda mantenerlos suficientemente a raya para que no me pidan
comerte entero. Así que vas a seguir llevándolo, pero no voy a dejar que te
frustres por él. ¿Sabes por qué? Porque cada vez que quieras placer, vas a
tenerlo. Solo hay una condición: que sea yo quien te lo dé, pues tu placer me
pertenece tanto como me perteneces tú, y que ruegues dulcemente para pedirlo.
¿Entiendes?
—Mhm, sí, amo. —responde
el chico, desesperado. Quiere resistir el deseo culposo que asola su cuerpo,
pero las palabras del vampiro son demasiado. Su cuerpo grande y caliente cerca
del suyo es demasiado. El recuerdo de sus garras acariciando su hombría es
demasiado.
Su desnudez se siente fría
y vacía y necesita que Samuel la llene con su calor.
—Me gusta cuando todavía
me llamas así. Cuando lo dices de esa forma tan natural, como si obedecerme no
fuese algo que te he enseñado, sino algo que has nacido para hacer. Como si
hubieses nacido para ser mío, creado para seguir mis órdenes y complacerme.
¿Quieres hacer eso ahora, mi dulzura? ¿Quieres dejarte completamente en mis
manos y recibir mucho placer?
Aaron asiente; sus labios
están rojos de tanto mordérselos, sus mejillas brillan mientras un par de
lágrimas caen por ellas y todo su cuerpo se arquea pidiendo atención, contacto.
Pidiendo a su amo.
Aun así, algo en Aaron se
siente mal, pues quiere placer, pero conoce el placer, recuerda el
placer. Y la culpa. El dolor y la humillación que con él vienen.
—Sí, amo. Es solo… Me
gusta cuando me toca y me da cariño o me besa, pero los besos son bonitos y
esto es… Algo que se siente extraño —<<mal>> dice su cabeza,
pero a la vez también sabe que se siente bien. El placer era algo por lo que
sentía pudor cuando se tocaba en su intimidad, pero desde que tuvo un orgasmo
mientras era mancillado, el placer se le antoja algo malvado, algo…—.
Incorrecto.
—El placer no tiene por
qué ser incorrecto, Aaron, no hay nada malo en el sexo —explica el vampiro
mientras con un dedo recorre el perfil del rostro perfecto de su chico: su
frente redondeada, su naricita respingona y el arco de cupido que dispara
flechas de amor a sus labios, oh, tan tiernos y suaves, labios que se
entreabren; Samuel tira del inferior, revelando los dientes de conejito de
Aaron, la punta de su adorable lengua rosada y, luego, sigue acariciando hasta
que llega a su pequeño, suave mentón—. No mientras te toque con cuidado y solo
de las formas que deseas, de las maneras que puedes soportar y que estás listo
para tomar, y prometo hacer exactamente eso.
Aaron traga saliva; Samuel
puede sentirlo contra su mano, la forma en que su nuez se mueve arriba y abajo
nerviosamente. <<Tan delicioso>>. Asiente.
—E-está bien, amo, puede
hacer lo que desee conmigo esta noche. —suspira el chico, rindiéndose por
completo, su voz sonando como la de un ángel que no sabe siquiera lo que está
diciendo, las formas en las que está anclando su alma a la de un diablo al aceptar
su oscuro trato.
Aaron relaja su cuerpo
como puede, dejando sus manos a los lados de su cabeza, sus piernas ligeramente
abiertas.
Samuel tiene que morder su
lengua hasta que el dolor en su boca y el sabor de su propia sangre lo
mantienen sereno o, si no, sabe que hará suyo a Aaron aquí y ahora mismo. No
puede permitirse ser tan brusco, lo sabe.
—No seas tan tentador,
Aaron, no cuando aún no estás listo para tomar todo lo que deseo hacer contigo…
—susurra su amo en su oído; el tono es bajo y ronco. Una amenaza ominosa, una
promesa escalofriante.
Aaron se estremece cuando
el vampiro mordisquea su lóbulo.
Samuel está tan deseoso de
tener a Aaron retorciéndose de placer y gimiendo hermosamente bajo su cuerpo
que no sabe ni por dónde empezar. Su cabeza está repleta de ideas, sus manos,
sus labios y su lengua hormiguean ante el pronóstico de la suave y cálida carne
de Aaron siendo suya para saborearla y su entrepierna se tensa, haciendo que la
ropa se le antoje incómoda con solo imaginar lo sensible y receptivo que será
el chico si ahora ya lo tiene llorando y gimoteando por unos cuantos besos y
levísimas caricias.
El vampiro debe tomarse
unos segundos para respirar lento, apaciguar sus deseos y pedirles que tengan
paciencia.
Decide empezar alimentando
el deseo del humano, pero sin atenderlo todavía: ignora su miembro desnudo,
duro y brillante por el dulce presemen que gotea por la punta y cubre su
adorable longitud, como miel escurriéndose por su piel, y toma la cara del chico
con sus dos manos, una en cada esponjosa mejilla.
Luego besa la frente del
chico, sus mejillas, sus párpados, la rosada punta de su nariz. Aaron entreabre
la boca, esperándose cada vez que los labios del vampiro se posen sobre los
suyos y llevándose siempre una frustrante decepción. Cuando Samuel lo besa en
su cara, sus labios grandes y gruesos se sienten muy bien y eso solo lo hace
desear más y más que lo bese en su boca de una vez por todas, pero es demasiado
tímido para pedir, así que solo suspira y jadea y Samuel disfruta de ver al
chico así.
Sus caderas, sin embargo,
son mucho menos recatadas que sus labios, así que cada vez que el vampiro le
besa cerca de la boca, en sus comisuras, tan tentador, y él no se atreve
a pedir más, su pelvis se eleva y el chico se muele patéticamente contra el
aire, exigiendo una atención que no se le está dando.
Samuel ríe contra su
comisura mientras la besa y Aaron nota que el chico hace un ruidito de
protesta. Samuel desliza uno de sus pulgares hasta la boca del chico, le
acaricia el labio y luego empuja, separando sus dientes, hasta que la yema de
su dedo roza sutilmente la lengua del humano.
—¿Qué son estos ruiditos
bobos, mi humano? Pide bien las cosas, usa tus palabras y quizá decida darte lo
que quieres.
Aaron gime y sus caderas
se alzan sin vergüenza alguna. Él, sin embargo, está rojo como un tomate. No
quiere actuar así, como un animal en celo, pero la voz de su amo tiene ese
efecto en él.
—Q-quiero un beso, por
favor, amo. —susurra, su pequeña lengua rozando sin querer el dedo que abre su
boca y la obliga a hablar. Samuel lo retira.
El vampiro exhala
placenteramente sobre sus labios. La forma en que el chico ruega es hermosa,
con sus pestañas batiéndose tan sumisamente, esa voz delgada y angelical, ese
cuerpo níveo y delicioso como una cucharada de nata solo para él. La dulzura de
su humano es enloquecedora.
Samuel decide darle al
chico lo que pide, pues ha sido bueno y merece ser recompensado.
Se inclina sobre su boca y
lo besa lento, pero firme. Él domina el beso en todo momento y Aaron no puede
hacer más que gemir, retorcerse y seguir el ritmo que el otro marca o, al
menos, intentarlo. El vampiro chupa sus labios ávidamente, los muerde con suficiente
fuerza como para que el placer que corre por su cuerpo y el dolor se confundan,
ambos mezclándose, pues su intensidad los hace demasiado parecidos, y luego los
lame con ternura como para calmarlos.
Aaron le responde con
pequeños besos. El vampiro desliza su lengua por la parte interna de los labios
del chico, ese lugar rosado, húmedo y sensible que hace a Aaron tener tantas
cosquillas agradables que intenta apartar su cara y romper el beso, pero unos
dedos fuertes se clavan en sus mejillas y lo mantienen quieto.
Samuel muerde su labio con
los colmillos. Aaron siempre se queda paralizado cuando eso sucede, asustado,
pues sabe la clase de dolor que sus dientes afilados traen, pero también
nervioso, porque él desea ser bueno y entregarle al vampiro su dulce sangre.
Samuel suelta su belfo y
el chico jadea de dolor y placer, mil descargas confusas recorriéndolo. Sus
labios no están unidos en un beso, pero cuando Samuel habla, su boca roza la
del chico, despertando en esta hormigueos agradables.
—Quiero probarte… —la voz
de Samuel es baja, ronroneante, como un gruñido animal y lleno de deseo.
Las pupilas de Aaron se
dilatan cuando escucha esa voz, esa petición. Su marca de propiedad arde y nota
el vínculo hacerle un nudo desesperante en su vientre bajo, ahí donde todo el
calor de su cuerpo se derrama.
Siente los labios de
Samuel en los suyos, sus colmillos fríos y amenazantes tocándolos cuando
sonríe. Sus colmillos… Un escalofrío recorre a Aaron, pero no sabe si es de
miedo o de anticipación. Ambos, quizá.
Aaron es quien decide ser
atrevido ahora: Samuel le ha dicho que use sus palabras para responder y para
pedir, pero Aaron cree que sus besos se entienden mejor, así que se inclina
hacia delante y besa castamente la boca del vampiro. Es tan grande que para
probar por completo sus labios Aaron tiene que dejar varios besitos, primero en
el labio superior y luego en el inferior, más grueso y carnoso.
Al final, sin embargo, el
chico hace algo que casi causa que Samuel pierda el control: empuja un poco su
lengua, pidiéndole tímidamente a Samuel que entreabra su boca y, cuando lo
hace, Aaron besa los colmillos de Samuel.
El vampiro se queda
quieto, como temiendo que cualquier movimiento pueda ahuyentar esta repentina
valentía de Aaron, pero también se queda estático porque la sorpresa lo ha
congelado en el lugar. Los labios de Aaron son tan delicados, sus besos tan
inocentes que es perversamente exquisito sentirlos sobre sus labios color
sangre, pero, sobre todo, sobre sus colmillos hechos solo para pecar y
corromper, para poseer almas inocentes y beberlas de un solo trago.
Samuel comprende a la
perfección la invitación de Aaron y no desperdicia ni un solo segundo: besa al
chico de vuelta y ahora muerde sus labios con más hambre y menos cuidado. No
rompe su piel aún, pues ama notar a Aaron tensarse cada vez, preguntándose si
será esta la mordida con la que el vampiro probará su sangre, con la que
sentirá el dolor y la adrenalina. La lengua del vampiro repasa los labios del
chico, humedeciéndolos, probándolos, y Aaron siente que enloquecerá de
desesperación si el vampiro no le libera pronto de su espera. Samuel puede
sentir su ansia, así que deja que la suya tome el control: muerde el labio de
Aaron con sus colmillos, duro al inicio, dejándolo dócil y tembloroso bajo su
cuerpo, y luego más suave y preciso, deslizando sus colmillos por la tierna y
sonrojada carne hasta hacer brotar un par de gotas de cada incisión.
Tan pronto Samuel prueba
su sangre, Aaron es capaz de notar un cambio en él: el vampiro se torna más
dominante, más voraz; una de sus manos abandona su mejilla y el beso se vuelve
más profundo, rápido y salvaje. Samuel lo besa como si quisiera comérselo y
Aaron no puede más que sucumbir a ello. La lengua del vampiro hace que los
labios del chico se separen y pasa entre sus dos hileras de perlados dientes
para recorrer su boca. Aaron se siente mareado; la saliva del vampiro y la suya
se entremezclan, sus alientos se vuelven uno y la lengua de Samuel es sedosa,
húmeda y tan, oh, tan larga que siente que podría ahogarlo. Se mueve en
su boca con malicia, explorando todos sus rincones, haciéndole sentir como que
ni siquiera su interior le pertenece, haciéndole imaginar lo maravillosamente
que sentiría ese carnoso, lábil órgano deslizándose sobre su cuello, sobre su
vientre y sus caderas, bajando más y cubriendo deliciosamente su longitud.
Samuel aprieta la mejilla
del humano y desliza el pulgar hacia los labios del chico mientras lo besa, lo
empuja en su comisura, metiéndoselo en la boca. Acaricia la lengua del chico
con la suya propia y con su dedo ensalivado y tira de sus labios bruscamente
con este, haciéndole abrir más su suave boca. Samuel empuja su lengua más al
fondo y Aaron comprende que el vampiro solo ha estado besándolo con la punta de
su larguísima lengua hasta ahora, pero que desea más.
Aaron gime en la boca de
Samuel y el vampiro devora ese sonido como traga la sangre del humano: sin
desperdiciar ni una gota. Su deseo crece y crece, pese a que simplemente está
besándolo, así que se detiene antes de que sea demasiado tarde, separándose del
chico hasta que solo hilillos de dulce saliva, brillante como el rocío, unen
sus bocas.
Samuel se relame con la
afilada punta de su lengua y Aaron la mira casi hipnotizado, sintiendo todavía
los ecos de sus lúbricas caricias dentro de su boca, contra su propia lengua y
en sus labios. Se lleva los dedos a los labios y acaricia ahí el fantasma de
los besos que acaba de recibir.
El dedo del vampiro sigue
dentro de su boca, tirando suavemente de su comisura y manteniéndose entre sus
mandíbulas, haciéndolo así mantener su boca ligeramente abierta.
Samuel mira al chico,
deseoso, con sus ojos rojos tan oscuros que el fuego en ellos parece cenizas
ahora, y lame uno de sus colmillos, haciéndose un diminuto corte. Una sola gota
de sangre sale de este, pero bastará para curar a Aaron.
—Abre. —ordena el vampiro;
su voz es hosca y ruda y el dedo en su boca acompaña la orden empujando su boca
abierta antes de que el chico pueda siquiera pensar en cumplirla.
Sin saber bien por qué,
Aaron saca su lengüita rosada, ofreciéndosela al vampiro y mostrándole que está
dispuesto a tomar todo lo que él le dé. Lo mira con ojitos inocentes,
suplicantes, y Samuel tiene que respirar hondo para no usar la boca del chico
para su placer en este mismo instante.
<<Su cara es
demasiado bonita ahora mismo para arruinarla convirtiéndola en un lío>> se dice a sí mismo, tratando de
convencerse.
Entonces el vampiro abre
su gran boca, mostrando sus colmillos y los dientes contiguos, también
afilados, largos e intimidantes, las fauces de una bestia hambrienta. Saca su
lengua, tan larga que Aaron se marea: es, por lo menos, de la longitud de su
propio antebrazo, gruesa y carnosa, con la punta acabada con la forma de una
flecha. La saliva cristalina escurre por su lengua como néctar; un solo
toquecito rosado indica que la gota de sangre de vampiro se ha diluido en ese
líquido.
Aaron abre su boca un poco
más y extiende su lengua, llana y obediente, dejando que la saliva de su amo
gotee sobre ella y resbale sobre su rosada superficie, derramándose hacia su
garganta, sobre sus labios y su mentón, dejando su boca hecha un lío húmedo y
sumiso.
Samuel sonríe al verlo
así, sus ojitos brillantes y oscuros de deseo rodeados por el fino iris azul
como un halo de inocencia incorregible, sus pestañas perladas de lágrimas que
parecen de cristal y sus mejillas con un rubor tan bonito que quiere morderlo y
chupar su sangre hasta bebérselo.
—Traga. —ordena y Aaron,
tan prestamente como obedeció su anterior orden, obedece esta: el dedo se
desliza fuera de su boca y él la cierra mientras traga grueso.
Las heridas de sus labios
se curan en un instante y el dolor es mínimo, tanto que Aaron solo hace una
mueca de desagrado. Pronto, esa expresión aquejada se disuelve, convirtiéndose
en una de gusto cuando Samuel baja a su cuello y lo besa, sus labios en torno a
la marca del vínculo, sintiendo contra su ternura la piel cicatrizada del
chico. Tan fina. Tan frágil. Tan…
—Mío. —susurra
Samuel y, sin darse cuenta, usa la voz de mando.
No ha dado ninguna orden
siquiera, así que su voz ronca y masculina recorre al humano de pies a cabeza
como un rayo que lo alcanza y lo hace sentirse indefenso, su piel y sus
músculos reducidos a hormigueos demasiado intensos, sus huesos líquidos y lábiles
como las lágrimas que se acumulan en los ojos y la saliva que le escurre por el
mentón.
—Mío. —vuelve a decir el
vampiro, ahora más calmado, no queriendo que su voz ruda y dominante estimule
demasiado al chico y le haga abrumarse.
Baja un poco, besando el
espacio hundido que hay entre sus dos clavículas, al final de su hermoso
cuello. Continúa el camino de besos, de sus clavículas hasta su pecho; primero
lo toma por la cintura con ambas manos y lo hace arquear su espalda un poco, ofreciéndole
al vampiro su pecho raso y liso, y luego el hombre se lleva a la boca uno de
sus pezones.
Lo succiona, haciendo a
Aaron jadear por la impresión y arquearse aún más, dejando caer su cabeza de
cabellos revueltos hacia atrás. El vampiro chupa su pezón endurecido y la
presión en este lo torna sensible, así que cada vez que lo lame dentro de su boca,
el chico se retuerce, pues su lengua se siente como dedos húmedos y
escurridizos sobre un nudo de nervios desnudos.
Samuel suelta su pezón y
luego, relamiéndose, busca el otro. Olfatea su piel blanquecina, sintiendo ese
agradable aroma afrutado y floral que tiene el chico siempre adherido a su
cuerpo, roza el segundo pezón con su nariz, casi distraídamente, y luego lo
barre contra sus labios, sintiéndolo erecto y disfrutando de su diminuto tamaño
y su color deliciosamente sonrosado, como el de un suave melocotón maduro.
Luego lo mordisquea cuidadosamente y lo chupa como ha hecho con el otro,
torturándolo en su boca con húmedas caricias y una succión tan desesperante
como extática.
Aaron se entrega mientras
el vampiro lo prueba de ese modo tan obsceno.
Pareciera que su amo adora
verdaderamente su sabor, pues desliza su lengua como si sus pezones se tratasen
de dulces caramelos y él, él lo siente como si fuesen las zonas más desnudas y
sensibles de su cuerpo, tanto que cada roce le provoca una descarga, le eriza
la piel y lo tiene buscando escapar de esa boca grande y mala que tanto lo
tienta. Pero cada vez que busca huir, las manos en su cintura lo recolocan y lo
sostienen firmemente. Quieto y obediente.
Cuando termina de probar
su pecho, Samuel besa el centro de este, un poco a la izquierda.
—Mío. —repite, con voz más
baja, sus labios contra su pecho, sintiendo en ellos el latido acelerado del
corazón de Aaron. Piensa, por un momento, que si abre su boca atrapará ese
pequeño corazón entre sus dientes; los sentirá estremeciéndose contra sus afilados
colmillos.
Se relame y sigue su
camino de besos, solo que ahora también chupa y muerde su carne, incluso si el
vientre de Aaron es delgado y no hay demasiado donde hinchar los dientes. El
vampiro mordisquea a Aaron cuando este inhala por la impresión que le causa su
cercanía, pues al hacerlo se marcan sus costillas, así que el vampiro decide
primero lamer el contorno de sus huesos y luego morderlo con suavidad, sin
dañarlo, pero haciendo sentir al chico verdaderamente como una presa.
Luego, de un lametón,
Samuel baja hasta rebasar su ombligo: su lengua recorre justo el centro de la
barriguita plana del chico, allí donde se marca una pequeña línea que divide
los abdominales sin marcar del muchacho, pero que resalta su figura delgada y
elegante.
Cuando llega ahí, Aaron
gime alto y tiene que cerrar los ojos.
Samuel está tan cerca de
su intimidad que apenas puede mirar. Su rostro grande y atractivo se halla a
apenas unos centímetros de su modesta y enrojecida erección y eso es demasiado.
Si sigue mirando, Aaron
tiene miedo de terminar, incluso aunque todavía lleva el anillo.
No sabe cómo es posible,
pero tampoco entiende cómo su cuerpo, tan menudo e inexperto que es, puede
estar encerrando tantísimo anhelo por cosas que sabe prohibidas y que su mente
se obliga a no imaginar mientras su anatomía las reclama una y otra vez, sus
caderas agitándose en el aire penosamente, su pene oscilando y estremeciéndose
y goteando deseoso.
Aaron siente las manos de
Samuel en sus muslos y se muerde el labio tan fuerte como puede para distraerse
del caliente hecho de que, con cada mano, Samuel le rodea cada pierna sin
problema alguno. El vampiro abre sus piernas delicadamente y se sitúa entre
ellas mientras las acaricia para calmarlo, manos enormes, calientes y
agradables recorriendo la cara interna de sus muslos de forma increíblemente
íntima, acariciando sus pantorrillas y gemelos también, tomándolo luego por los
tobillos para recolocar sus piernas mejor.
Aaron alza su cabeza,
alarmado, cuando siente dónde ha dejado Samuel sus piernas y no puede siquiera
creer lo obscena que es esa posición. Cuando ve a Samuel arrodillado entre sus
piernas abiertas, Aaron no puede siquiera ponerse rojo, pues toda la sangre que
tiene en el cuerpo -la de sus mejillas, la de sus labios e incluso parece que
la que su cerebro necesita para pensar- viaja al lugar necesitado y pedigüeño
que tiene entre las piernas.
Su pene se estremece
visiblemente y un largo goteo de pegajosa pasión cae por la extensión de su
miembro, perlándose primero en la punta.
Samuel mira su pequeña
erección, sonriendo con orgullo al ver las sensaciones que provoca en el chico.
—Tan impaciente… —ronronea
y besa uno de sus tobillos mientras sostiene el otro con su mano.
Aaron no puede apartar sus
ojos de la manera en que se le marcan los tendones en el dorso de la mano, de
la forma en que estos están atravesados por anchas, violáceas venas, del mismo
tipo que le recorren los fuertes antebrazos o los bíceps o, Aaron supone, otros
lugares más pecaminosos.
—Sé un buen chico y
relájate, pronto te daré lo que quieres.
Aaron se avergüenza cuando
nota que tiene las piernas tensas y temblorosas, así que hace su mejor esfuerzo
y Samuel le ayuda acariciándolo deliciosamente y besando su piel con cariño.
Aaron lo mira con ojos brumosos y la imagen es demasiado erótica como para que
su imaginación no viaje a lugares indebidos: Samuel está entre sus piernas,
sosteniendo sus tobillos en sus hombros, abriendo sus muslos tiernos y
delgados, gozando de su desnudez y su impaciencia mientras lo mira con ojos
lascivos. Aaron sabe lo sencillo que sería para su amo ahora despojarse de su
ropa y empujarse entre las piernas del chico, tomarlo despacio y suave,
abriéndolo poco a poco para que Aaron aprendiese a acomodarse a su tamaño sin
romperse, sintiéndolo poseerlo tan profundo que podría ver un pequeño bultito
alzarse en su vientre cuando el vampiro lo hubiese penetrado por primera vez
con toda su hombría.
La idea le hace temblar de
temor, recordando cómo realmente fue tomado aquella vez, pero sus fantasías
decoran la realidad hasta que nada luce oscuro y aterrador, sino demasiado
atractivo.
Piensa en el vampiro
tomándolo de forma distinta a cómo hizo en el pasado, tomándolo con el mismo
cuidado y delicadeza con la que hoy lo toca y prueba un poco.
Se pregunta cómo se
sentiría ser llenado de ese modo por su amo y, aunque no sabe si la idea le
atrae más que le asusta o viceversa, su cuerpo no es tan indeciso como su mente
y nota su ingle tensándose, su cuerpo entero ardiendo y la tensión disparándose.
<<Oh, no>> piensa, delirante, echando la cabeza
hacia atrás y sintiendo el calor derramándose en su vientre bajo, en sus
piernas, como magma fundido que busca el centro de su cuerpo. Nota los dedos de
sus manos y pies rizándose, el cuerpo entero temblándole, la espalda
arqueándosele y la boca abriéndose para dejar escapar un gemido tan profundo
que parece llevarse su alma consigo y, luego, nota lo que tanto se temía: la
frustración y el dolor y todas esas sensaciones que su cuerpo ha creado
enquistándosele dentro.
Aaron respira alterado,
ahogado. Ha imaginado a su amo follándolo y eso ha sido suficiente como para
llevarlo al orgasmo. O, mejor dicho, para acercarlo al orgasmo, pues el
anillo en su pene le impedirá siempre alcanzar ese divino destino.
Samuel lo observa con los
ojos abiertos por la sorpresa, el rojo en ellos brillando enloquecidamente y
algo hambriento y animal tomando el control por un momento. Luego sonríe con
grandes colmillos.
—Oh, mi Aaroncito, tan
adorable. ¿Te gusta tanto ser tocado por tu amo que podría correrte incluso si
todavía no te he dado placer… aquí? —mientras habla, Samuel se inclina sobre la
entrepierna del chico y la última palabra es un susurro que deja caer justo
sobre la cabeza de su miembro, sus labios rojos y hambrientos casi rozándolo,
su aliento caliente derramándose sobre el sensible glande como una lamida
húmeda y sedosa.
Aaron gime al sentir esa
promesa de contacto sobre su más sensible zona y las lágrimas se le derraman
por el rostro porque está confundido y demasiado caliente como para pensar con
claridad, como para que la culpa y la vergüenza que siente por haberse puesto
así al pensar en ser follado sean más grandes que su necesidad de, por favor, por
favor, tener un poco de la liberación que su amo le ha prometido.
—¿Sería divertido, no es
así? Quitarte esto… —uno de sus dedos delinea el anillo del chico y Aaron no
siente el dedo, pues evita tocar su erección, pero siente la presión del dedo a
través del frío y férreo aro de metal y eso le hace desesperarse aún más por
recibir caricias en un lugar tan especial y sensible, en un lugar que no ha
entregado nunca a nadie más— y hacer que te corras solo con el sonido de mi
voz, con unas caricias en tus piernas o unos besos en tu cuello. Tan
jodidamente desesperado por mí que eres capaz de tener un orgasmo y hacer un
lío en las sábanas solo porque te presto un poquito de atención.
Aaron lloriquea como un
cachorrito protestando contra su amo, pero no halla las palabras para oponerse
a su cruel idea. La sonrisa del vampiro es maliciosa, taimada, hermosa de una
forma en que solo el diablo puede ser hermoso, y le deja sin aliento. Se siente
tan humillante lo que el vampiro le propone, tan vergonzoso y patético:
correrse sin siquiera ser tocado. Nunca lo creyó posible y, ahora, está seguro
de que lo habría hecho ya de no ser por el anillo.
Pero él no quiere eso.
Quiere ser un buen chico para Samuel, quiere hacerle sentir orgulloso y
halagado, eso es cierto, pero no quiere que sea así, tan oprobiante.
Necesita sus manos, su boca, su lengua. Quiere ser tocado y atendido, mimado.
Consentido.
—Ah, eso sería tan
adorable. ¿Debería hacer eso, Aaron? ¿Debería torturarte toda la noche haciendo
esto… —y entonces Samuel desliza sus manos por sus piernas, acariciándolo en su
suave piel y hasta llegar a sus ingles, ese lugar delicado e íntimo, las yemas
de sus dedos tocando los filos tendones de esa zona, acariciando demasiado
cerca de su intimidad, pero tan infinitamente lejos— O esto… —el vampiro
encierra con una mano el cuello de Aaron, que se asusta, pero también siente su
pene agitarse con emoción por el gesto dominante del vampiro. Acto seguido,
Samuel lo clava duro contra el colchón y lame uno de sus pezones erectos,
haciendo que todas esas maravillosas sensaciones vayan derechitas al único
lugar que está desatendiendo. Sube por su pecho y hasta su cuello besándolo y
muerde su lóbulo antes de hablarle ronco y lento al oído— O susurrándote en el
oído lo bueno que quiero que seas cuando te folle despacio y profundo para que
sientas cada centímetro de mi polla abriéndote, cuando me corra dentro de ti una
y otra vez y te haga tan mío que no recuerdes ni tu nombre… Debería jugar con
todo tu cuerpo, mi dulce presa, menos con tu bonito pene, hasta que tu
desesperación sea tanta que termines tú solito, sin más que unas cuantas
palabras y unas caricias inocentes?
Aaron niega y gime agudo y
desesperado. Quiere decir algo, pero solo balbuceos incoherentes y sollozos
desesperados salen de sus labios, húmedos de saliva, rojos de tanto
mordérselos. Ahora es el vampiro quien se los muerde y lo hace con dureza, como
castigándolo.
—¿Es así como le debes
responder a tu amo, con sonidos bobos y desesperados que ni se entienden? Sé
bueno para mí y hazlo mejor.
Aaron hipea, angustiado.
No quiere ser malo, solo quiere comportarse de forma obediente y que su amo le
regale todas las caricias del mundo.
—N-no, amo —susurra,
apenas sin voz, pero por fin hablando de forma comprensible. Samuel suaviza su
expresión y le besa la mejilla, tranquilizándolo un poco, ayudándolo a seguir—,
n-no quiero que haga eso, no así, por favor… q-quiero que haga lo que… lo que
me había dicho…
Samuel alza las cejas con
grata sorpresa. Aaron está suplicándole, incluso si lo hace con mucha timidez,
incapaz de pronunciar las palabras que en verdad debería decir. Pero Samuel
quiere oírlas, así que lo empuja un poco más.
Suelta su cuello y
juguetea con su cabello usando la mano libre y, con la otra, acaricia su
vientre bajo su pubis, sus nudillos deslizándose agradablemente por esa zona
lampiña, rozando la sensible piel cerca de la base de su pene.
—¿Por qué no? Sería
delicioso verte tan desesperado por mí…
Ahora Samuel acaricia su
pubis con la palma de la mano, arriba y abajo, sus dedos deslizándose y cuando
van a tocar por fin la base de su miembro, el anular y el corazón se separan y
en el espacio vacío entre estos el pene de Aaron se agita. Los lados de los
dedos del vampiro, como mucho, rozan sin querer el anillo de hierro, pero jamás
el pene del humano.
—Por favor, por favor, no…
Samuel ríe, altanero, y
sigue torturando al chico un poco más.
—Entonces, tienes que
pedirme lo que quieres. Aaron. Suplica para mí.
Aaron jadea; sabía que esa
orden era inevitable, pero no por ello le impacta menos escucharla, saber que
va a tener que decir cosas indecentes y obscenas, que rogar por cada gota de
placer que el vampiro le dé.
—Por favor —sigue con su
tono insistente que se llena de urgencia, pero el vampiro sigue sin tocarlo,
aunque cada vez parece que está más desesperantemente cerca, casi
tocándolo, pero sin alcanzar a hacerlo nunca. Aaron sabe que no parará hasta
que lo diga, pero las palabras se le quedan a media garganta—, por favor, por
favor, por favor… —trata de ablandarlo, llorando y rogando patéticamente.
—¿Por favor qué?
Aaron sabe que debe
someterse a su amo, así que baja su vista y sus pestañas hermosas y largas,
perladas en lágrimas, tapan su mirada celeste e inocente mientras dice:
—Por favor, mi amo, quiero
ser tocado, quiero correrme mientras me toca, por favor…
Samuel había imaginado al
chico pidiendo por él antes, pero ni sus más lúbricas fantasías son tan buenas
como lo bien que se siente escuchar esas palabras en la vida real.
Quiere apretar la garganta
del chico de nuevo, usar su voz de mando y rugir órdenes hasta que Aaron se
quede sin voz de tanto suplicarle hermosamente, pero se tranquiliza y deja un
pequeño beso sobre la boca del chico, sobre los mismos labios que acaban de
regalarle unas palabras que va a recordar cada vez que se toque pensando en su
humano.
—Buen chico… —susurra
sobre su boca a modo de premio.
Aaron enloquece porque por
fin los dedos del vampiro se acercan a su eje. No lo toman aún, pero agarran el
anillo metálico con convicción y tiran de él suavemente. Por fin su amo va a
quitarle esa tortuosa cárcel, por fin va a ser tocado, por fin, por fin, por
fin, por…
—¡No! Amo, esp-
Aaron no puede evitarlo.
Cuando el anillo se desliza fuera de la base de su miembro y aún está a medio
camino por su pene, en la mitad de este, donde su grosor disminuye y el aro de
metal queda holgado sobre su piel, Aaron se estremece entero, nota la tensión
en sus piernas tornarse deliciosamente insoportable, el nudo en su estómago
tensándose hasta que su cuerpo es un amasijo de nerviosismo y placer y
hormigueos que lo recorren desde la punta de sus dedos hasta su excitación y
entonces sucede lo que él quería evitar: se corre mientras Samuel aún está
terminando de sacarle el anillo.
El chico suelta tira tras
tira blanca de puro placer, todas derramándose en su vientre liso y suave y,
por cada una, el chico gime alto y profundo mientras intenta ahogar los
obscenos sonidos, solloza, porque el orgasmo ha sido tan maravilloso como bochornoso
y porque aún no se ha terminado. Oh, su clímax es tan largo que el chico apenas
puede respirar; jadea, corriéndose largamente mientras sus brazos y sus piernas
se tensan y él no para de tener pequeños espasmos porque su cuerpo jamás ha
sentido nada así antes.
—Lo siento, l-lo siento
—balbucea, emocional, todo él convertido en piel rosada y demasiado receptiva,
en hormigueos y temblores y esa sensación de perpetuo escalofrío que queda en
sus huesos tras el clímax—, lo siento, no quería —sigue el chico, apenas pudiendo
acabar sus palabras, se tapa los ojos cuando nota que ha manchado la mano de
Samuel con su semilla y se siente tan mal, tan merecedor de un castigo. Se
siente obsceno y perverso. ¿Acaso Samuel lo ha corrompido hasta superarlo?—,
a-así… yo no quería ha-hacerlo así, p-perdón, qué vergüenza…
—Shhhh, arrocito, respira,
tranquilízate. No pasa nada. —Samuel pasa una de sus manos por detrás del
chico, separándolo de la cama y tomándolo por su espalda para levantarlo un
poco y abrazarlo, calmando sus hipeos nerviosos.
—Pe-pero…
Un tintineo se escucha de
fondo: el anillo siendo dejado en el buró. La mano en su espalda acaricia
arriba y abajo, consolándolo, y luego lo vuelve a dejar sobre la cama.
—¿Pero querías correrte
siendo tocado y lo has hecho demasiado pronto, eso sucede?
Samuel lo toma del cabello
para alzarle el rostro y mirarlo a la cara mientras el chico recibe esa
pregunta y sus mejillas enrojecen. Asiente, sus labios temblorosos, apretados
en una mueca llena de pudor.
Entonces el vampiro se
inclina sobre su oído:
—¿Y quién te ha dicho que
esta es la única vez que te vas a correr esta noche?
Aaron se atraganta con su
propia saliva al escuchar eso y tiembla bajo el cuerpo de su amo. Entonces nota
la mano firme, cálida y todavía húmeda de su semen de su amo envolverse
alrededor de su miembro flácido. Los dedos de su amo son largos y elegantes y
la manera en que rodean con pasmosa facilidad su pequeña hombría hasta que
desaparece en su puño, le hace sentir abochornado, pero su vergüenza no es
rival para la deliciosa sensación de ser tocado ahí por fin.
Samuel ríe en su oído, una
risa corta, grave y arrogante al sentir lo rápido que el chico endurece bajo su
tacto.
—Querías correrte siendo
tocado, así que te correrás siendo tocado. Si lo haces antes, solo por el
sonido de mi voz o por mis caricias o porque decido usar mi boca para probarte
un poco más… Entonces te correrás también. Lo harás cuantas veces desees. ¿Has
entendido?
Aaron asiente. Le gustaría
decir un “Sí, amo”, pero tiene la boca demasiado seca como para siquiera emitir
un susurro.
—Bien, ese es mi buen
chico. —lo halaga dulcemente.
Y decide que sus palabras
no son suficiente para premiarlo, así que empieza a mover su mano arriba y
abajo, despacio, pero con un agarre férreo, apretando deliciosamente sus dedos
en torno al pequeño miembro de Aaron, que responde agradecido al estímulo.
Cuando Samuel mueve su
mano, el presemen y el reciente orgasmo del chico lubrican la moción y Aaron
puede escuchar el obsceno sonido de la mano húmeda y pegajosa masturbándolo
tortuosamente despacio. Aaron no puede evitar respirar aceleradamente y que su
voz se deshilache en agudos sonidos de placer cuando su amo aprieta en torno a
su base y luego en torno a la sensible cabeza de su miembro, usando el pulgar
para acariciar el rosado glande en forma de hongo que emerge del centro de su
puño cuando lo empuja hacia abajo.
Ni siquiera en sus noches
más solitarias, cuando se tocaba y dejaba sus ojos ponerse blancos por el
placer, se sentía ni una décima parte de lo bien que se siente ahora la mano de
su amo atrapando y moliendo su polla sin prisa alguna, como si solo quisiera
sentir su deseo.
La palma de Samuel es
suave y ardiente, tan grande que abarca su longitud sin problema alguno y la
toca entera. Aaron se deshace de placer y siente dentro suyo otro orgasmo
formándose, poco a poco, como si llevase meses sin ser atendido, como si su
cuerpo hubiese olvidado ya la forma en que se ha corrido segundos atrás y
estuviese de nuevo tan lleno de una necesidad atroz que se le antoja
insoportable.
Aaron gime más y más alto;
sus ojos ruedan en sus cuencas, sus manos se agarran a las sábanas. Samuel se
detiene de pronto.
—Ah, perfecto, ya estás
listo.
Aaron alza su cabeza con
confusión, mirando al vampiro con ojos de cachorrito que suplican mudamente que
vuelva a poner su mano ahí, a envolver su palpitante necesidad con su calor y
firmeza, pero el vampiro solo le sonríe, como queriendo decirle al chico que
sea paciente, que tiene planeado algo para él.
Vuelve a colocarse como
antes, tomando los tobillos del chico con sus manos para separarle las piernas
y situarse justo entre estas, pero luego desciende hasta casi tumbarse en la
cama, de modo que las corvas de Aaron están apoyadas en sus hombros y la mitad
inferior de sus piernas descansa cómodamente sobre la musculosa espalda del
vampiro. El rostro de este, entonces, se encuentra entre sus muslos,
relamiéndose mientras tiene justo en frente el más delicioso manjar: la
excitación de Aaron.
Su miembro es tan precioso
que parece de juguete: pequeño en comparación con las proporciones gigantescas
del vampiro, pálido, pero con una punta coloreada igual que hermosos pétalos de
flor, la base algo más ancha que el resto, pero no demasiado; su longitud se
alza, estilizada y elegante, hacia el cielo y dos pequeños y suaves testículos
cuelgan bajo esta.
Samuel abre su boca y deja
caer su lengua, mostrándosela con malicia y arrogancia al chico.
<<Es más larga
que mi…>> Aaron
traga saliva y su cerebro deja de funcionar cuando el vampiro desliza su lengua
por su pubis y su vientre, bebiendo de estos los restos blanquecinos de su
anterior orgasmo. El chico tiembla tanto que Samuel tiene que sostenerle las
piernas quietas y Aaron lo mira sin siquiera creerse lo que está por suceder.
—Ya te lo había dicho,
Aaron, quiero probarte.
Acto seguido, Aaron siente
como la larga lengua del vampiro recorre su miembro entero. Tan ardiente,
húmeda y blanda, su lengua se siente como algo creado específicamente para
darle placer, no, para arrancárselo del cuerpo, lo desee él o no. Aaron sabe, en
ese momento, que Dios no existe: nada divino puede haber tenido que ver con la
existencia de algo tan obsceno, tan perverso y deliciosamente tentador. No
puede existir el cielo tampoco, porque no hay lugar mejor en el mundo que estar
bajo la lengua de Samuel.
Aaron no puede evitarlo,
empuja sus caderas arriba y abajo, deslizándose sobre la lúbrica extensión de
la lengua del otro, pero Samuel lo toma por las caderas y lo ancla a la cama
con un agarre dominante y unos dedos que se clavan en su piel, advirtiéndole de
quién lleva el control ahí.
Samuel rodea el pene de su
humano con su lengua, tan larga y carnosa, deslizándose por su virilidad como
una serpiente que aprieta a su presa paulatinamente. La punta de su lengua
descansando finalmente sobre los testículos del chico, dejando que se empapen
de la saliva y el presemen que dejan toda su erección brillosa y resbalan
obscenamente en grandes gotas. Parte de ese líquido dulce y cristalino empapa
también sus muslos y hace un pequeño lío en las sábanas bajo él. También nota
la humedad de ese lubricante deslizándose por su entrada.
La lengua de Samuel en
torno a su pene se siente casi mejor que su puño; es más suave y maleable, tan
húmeda que la fricción es enloquecedora.
Aaron cree que se correrá
con solo un par de minutos más así, pero entonces el vampiro no se contenta con
eso y pone sus labios contra la punta del pene de Aaron, besándolo con la misma
ternura con la que lo besa castamente a veces. Luego lo mira a los ojos
directamente, los suyos rojos y resplandeciendo con un deseo y un hambre
insaciables, y toma todo el pene de Aaron en su boca de un solo movimiento, sin
dificultad alguna.
Aaron cree que perderá el
conocimiento. La lengua de Samuel es tan grande y cálida, tan húmeda; todavía
está enroscada alrededor de su pene, ejerciendo una presión deliciosa, y sus
labios aprietan su base con la misma intensidad con que lo hacían sus dedos
antes. La nariz del vampiro está contra su pubis, inhalando su dulce y suave
aroma.
Entonces Samuel empieza a
chupar con la misma avidez con la que succiona su sangre y puede sentir esa
desquiciante presión en cada centímetro de su miembro, esa ansia, esa voracidad
con la que Samuel parece querer robarle su orgasmo. El vampiro mueve su cabeza
arriba y abajo, devorando una y otra vez el miembro de Aaron como si fuese un
pequeño tentempié, lamiéndolo dentro de su boca con maestría, su lengua
apretándolo, recorriéndolo, la punta de esta trazando círculos sobre el glande
y luego lamiendo la pequeña telita de su frenillo para hacer que sus caderas
tiemblen de placer, empujando en la hendidura de la cabeza de su miembro para
probar su presemen y sentirlo retorcerse por lo sensible que es en ese lugar
tan íntimo.
Aaron no puede soportarlo
más; sus piernas tiemblan en los hombros de Samuel, sus manitas, tan delicadas
siempre, rompen sin querer las sábanas y el chico lucha por mover sus caderas
mientras Samuel lo mantiene quieto y lo chupa y lame al ritmo al que él desea
mientras Aaron se deshace en gemidos y se corre en su boca.
Samuel traga su orgasmo
sin desperdiciar ni una gota y, cuando ha terminado con el chico, deja que su
miembro, ahora suave y dormido, se deslice fuera de su boca y caiga sobre su
pubis todo brilloso por lo ensalivado que se halla, enrojecido por la manera
brutal en que lo ha succionado hasta quitarle incluso la última gota de su
placer.
Aaron respira rápido sobre
la cama, sin fuerzas como para alzar siquiera sus brazos o abrir sus ojos y
logrando solo dejar ir pequeños gemidos. <<Pobre Aaron>> piensa
Samuel, pues no puede más.
Pero él quiere más.
Samuel se yergue y sigue
agarrando al chico por sus caderas, así que lo alza por estas, dejando que
Aaron siga con sus hombros y sus omóplatos, así como su cabeza, apoyados en la
cama, pero haciendo que sus piernas queden en el aire y su intimidad sea
alzada. Su miembro queda disponible para Samuel, pero, sobre todo, su entrada
húmeda de lubricante está expuesta, su trasero siendo alzado por manos fuertes
que no pretenden dejarlo ir.
Aaron jadea por lo
repentino que es el cambio de posición. Antes estaba tumbado tranquilamente y
ahora, de golpe, el vampiro parece querer levantarlo como a un muñeco,
sosteniéndolo por sus caderas mientras él medio cuelga con la cabeza hacia
abajo.
—A-amo, ¿qué…
Aaron no puede hablar más
o, mejor dicho, todas sus palabras, quejas o réplicas se funden en un largo y
profundo “Oooh” que escapa de su boca cuando Samuel baja su rostro, empujando
su mandíbula entre las nalgas del chico y empezando a lamer y chupar su entrada.
Aaron jamás ha sido probado
de ese modo y mucho menos había siquiera concebido la posibilidad de ese acto,
pero la lengua de Samuel se desliza sobre su anillo muscular de una forma tan
deliciosa y agradable, relajando su sexo, haciéndole sentir deliciosos
hormigueos que vuelven a despertar su ya cansada excitación.
Es vergonzoso lo mucho que
está gimiendo mientras otro hombre besa y adora con su boca esa parte tan
íntima de su anatomía. Aaron puede sentir las mandíbulas marcadas y fuertes de
su amo contra sus nalgas, su nariz casi rozando sus testículos y sus labios
abriéndose y cerrándose en torno a su entrada, masajeándola con tactos
agradables, húmedos y lentos. La saliva goteando por el mentón del vampiro
mientras su larga lengua traza círculos alrededor de su anillo muscular,
sintiéndolo enternecer bajo sus atenciones, dándole cálidas lamidas que hacen a
Aaron retorcerse. Samuel rodea el abdomen del chico con un solo brazo, pegando
así la espalda baja del humano a su pecho y alzándose un poco. Samuel está tan
centrado en darle placer al chico, en sentir cómo tiembla y trata de formar
pequeñas palabras que se convierten en patéticos gemidos, que se deja llevar y
no nota que ha alzado totalmente al chico de la cama y que ahora lo sostiene
sobre esta, del revés, con la cabeza del chico colgando bocabajo y sus cabellos
hechos todo un lío, sus lágrimas cayendo sobre las sábanas y sus piernas
agitándose en el aire por cada nueva chupada que le da a su intimidad.
Con su mano ahora libre,
rodea el pene de Aaron y ronronea de gusto contra su entrada al notar que el
chico está de nuevo duro y listo para correrse para él. El sonido se extiende
como una vibración agradable en su sensible intimidad y Aaron se estremece,
teniendo un escalofrío.
—Voy a follarte con mi
lengua, Aaron. ¿Vas a ser bueno y tomarlo? —Aaron tiembla al escuchar esa
palabra. “Follarte”. Samuel habla con tal autoridad que se siente como si
hubiese sido creado solo para eso, para pertenecerle a su amo y ser poseído de
un modo u otro, pero a diferencia de en el pasado, esa idea no se le antoja
aterradora. Le da algo de miedo, es obvio, pues Samuel es grande y apasionado,
así que puede ser un poco brusco a veces, pero también le hace sentir deseoso.
El chico asiente, incapaz de decir el “Sí, señor” que tiene en la punta de los
labios— ¿Igual de bueno que serás cuando tomes mi polla hasta el fondo?
—Joder, joder… —Aaron
murmura, la mala palabra saliendo de su boca casi sin que él pueda evitarlo
porque la situación es demasiado caliente, demasiado erótica, como para que él
pueda soportarla.
El mareo de estar colgando
bocabajo se junta con el hecho de que su cabeza está llena de una agradable
bruma que le nubla el raciocinio y piensa que se va a desmayar.
Entonces escucha algo
rápido cortar el aire y luego una descarga de dolor en su trasero lo despierta
de golpe.
—¡Ah! —grita Aaron tras
recibir un pequeño azote por parte de Samuel.
Su mano ha chasqueado
agradablemente contra la carne de su trasero, dejando en una de sus mejillas su
impronta roja y grande. Esa misma zona se siente como en llamas y Aaron
lloriquea por el dolor.
—Respóndeme.
Oh, esa es la voz de mando
de Samuel de nuevo. Y es tan jodidamente dominante y buena que Aaron podría
correrse con solo oírla, de no ser porque está demasiado ocupado poniendo toda
su energía en cumplir la orden que dicta.
—S-sí, mi señor. —dice,
con un hilillo de voz.
—Buen chico —ronronea
Samuel, estirando las vocales, dejando que Aaron saboree esas dulces palabras y
la forma en que la lengua del vampiro, tras pronunciarlas, rueda sobre el
espacio entre las mejillas de su trasero y humedece su intimidad—, voy a hacerlo
muy despacio, mi Aaron, así que relájate. Voy a ser bueno contigo cuando te dé
una follada de verdad también.
Las palabras de Samuel son
demasiado, pero cuando se calla, su lengua sigue avergonzándolo tantísimo: el
vampiro sigue lamiendo, chupando y besando su intimidad por un buen rato,
haciendo que tiemble en sus brazos y se relaje y, cuando opina que está listo,
Aaron siente como el vampiro empuja su lengua dentro de él.
Una mano rodea su polla
mientras es penetrado, ofreciéndole un firme placer que lo distrae de lo muy
nervioso que le hace sentir la idea de ser penetrado. Es masturbado despacio y
tranquilizadoramente, como con afecto, y el chico se permite explorar las sensaciones
nuevas que su amo le brinda con su boca. Puede sentir su anillo muscular
expandiéndose poco a poco; la tensión es extraña e incómoda, pero el dolor es
tan ligero que no le pide detenerse. Además, su lengua es tierna y está
totalmente empapada de viscosa saliva, así que se desliza sedosamente, sin
romperlo, aunque el chico sienta cómo está siendo abierto, forzado a adaptarse
a su tamaño.
Aaron jadea. La lengua de
Samuel es más larga y gruesa que la hombría de muchos humanos, así que teme que
el vampiro pretenda joderlo con toda su longitud, pero Samuel está haciéndolo
tan despacio y delicado que confía en él. Ya se lo ha dicho antes: él no rompe
sus cosas favoritas.
Samuel empuja un poco más;
solo la punta de su lengua está probando a Aaron, pero con eso es suficiente
para dilatarlo un poco sin hacerle sentir abrumado y también es suficiente para
que el chico empiece a acostumbrarse a la deliciosa sensación de ser poseído,
de sentirlo dentro. Tampoco necesita más para llegar a la próstata del chico.
Su lengua no se mueve
dentro y fuera más que un corto rato, haciendo que Aaron gima algo y
sobreestimulado por la intensidad de cada húmedo y superfluo embate, por la
manera en que es penetrado y abierto una y otra vez. Tras eso, el vampiro deja
su lengua dentro del chico y acaricia su interior con ternura, haciendo a Aaron
notar la humedad de sus caricias en lugares que antes no conocía y buscando una
zona suave y ligeramente abultada.
Samuel empuja su lengua
sobre un lugar concreto y Aaron grita y se retuerce, su polla palpitando en su
mano y goteando presemen de golpe. Oh, lo ha encontrado y Samuel sonríe por
ello. El punto dulce de Aaron es delicado y pequeño, pero delicioso, así que
Samuel agarra al chico más fuerte, para mantenerlo sumiso y disponible, en su
lugar y entonces empieza a lamer una y otra y otra vez su próstata mientras su
mano masturba al chico rápidamente.
El puño de Samuel es firme
y castigador y su lengua tan suave y blanda, pero tan tortuosa, atormentando su
punto más sensible.
Descargas de
indescriptible placer azotan al chico por doquier, haciéndole sentir que su
piel es pura electricidad: nada de carne y huesos, solo hormigueos y la humedad
de su saliva, de sus lágrimas, del orgasmo que se dispara por su cuerpo y se
siente doloroso, desesperadamente doloroso, hasta que llega a su miembro y por
fin lo expulsa, gimiendo en alto con la más hermosa y rota voz que Samuel ha
escuchado nunca, haciendo un nuevo lío sobre las sábanas y sacudiéndose para
intentar escapar de las sensaciones, pues son demasiado intensas.
Samuel, sin embargo, no lo
dejará huir hasta que esté satisfecho: lo mantiene quieto en su lugar y sigue
lamiendo cruelmente su próstata; su lengua presiona con fuerza y su punta
carnosa y precisa, de lametón tras lametón, a ese recóndito lugar. Por cada
lamida, Aaron grita un tono más fuerte y agudo; un níveo chorro de su semilla
se derrama por su pene.
Samuel sigue y sigue,
mientras además lo masturba, hasta que Aaron cree quedarse vacío, pero entonces
el placer vuelve a crecer en su interior, su cuerpo se tensa como las cuerdas
de un arco y, nuevamente, otro disparo de puro éxtasis vuelve a recorrerlo
mientras su erección escupe finos hilillos blancos. Samuel le ha hecho correrse
dos veces seguidas, sin apenas tregua.
Ahora Aaron está seguro de
que no queda nada más en él y, aunque a Samuel le gustaría averiguarlo, no
quiere ser codicioso. Hoy ha sido suave con su humano, así que no quiere
empezar a ser cruel.
Samuel saca su lengua del
virginal y estrecho interior de su querida propiedad y lo recuesta en la cama
con cuidado. El chico tiembla por sus recientes escalofríos, cada toque sobre
su piel notándose amplificado, como si estuviese descarnado de pies a cabeza,
pues los maravillosos hormigueos y descargas de gusto lo han dejado más
sensible que nunca. Su cuerpo está empapado en lágrimas, sudor, saliva y placer
líquido y luce más hermoso que nunca, con sus ojitos azules descentrados y sus
cabellos revueltos, algunos mechones ondulados pegados a su frente como
enmarcando su rostro angelical.
Samuel luce hermoso y tan
tranquilo, como si no hubiese sido la gran cosa para él llevar a Aaron más allá
de sus límites y este, sin embargo, está tendido en la cama desnudo y sin
fuerzas, cual muñeco roto, con su respiración acelerada y la cabeza tan hecha
un lío que no puede ni pronunciar palabra.
Samuel sonríe
arrogantemente y se inclina sobre él, dejando un pequeño, casto beso sobre la
punta de su nariz.
—¿Qué, mi chico
consentido, es esto suficiente para ti o necesitas más placer?
Aaron abre los ojos, a
punto de entrar en pánico, pero Samuel ríe divertido al verle hacer eso.
—Solo bromeo, bebé, ya
estás demasiado cansado como para que siga jugando contigo —dice, tomando una
de las muñecas de Aaron entre su índice y su pulgar y meneándola en el aire
para ver cómo el chico deja su brazo y su mano muertas, como si verdaderamente
fuese un juguete roto—, pero no creas que siempre seré tan compasivo —susurra
en su oído, una sonrisa ladina cruzando sus labios, la lengua tocando uno de
sus afilados colmillos—, cuando estés listo, voy a pasar toda la noche haciendo
que te corras una y otra y otra vez. No necesitarás que te toque aquí siquiera
—murmura, rozando con sus nudillos su pene flácido; Aaron cierra las piernas
como puede, demasiado sensible—, solo sentir cómo te lleno y te hago mío.
Samuel no espera respuesta
de Aaron y, de hecho, la forma en que el chico se sonroja y traga saliva es más
que suficiente para él, pues significa que Aaron no siente terror ante esa
idea, sino deseo. Puede que un deseo enterrado bajo capas y capas de nerviosismo,
pero deseo, al fin y al cabo, y eso le resulta verdaderamente esperanzador.
Incluso si nunca logra
tomar a Aaron como él quiere, pues ha convertido el acto en algo sucio y
doloroso que despierta demasiados recuerdos inadecuados, que el chico lo desee
le hace verdaderamente feliz.
Samuel toma al chico entre
sus brazos y lo lleva al baño con él. Quiere mimarlo con las manos jabonosas y
una bañera llena de agua caliente, haciéndole sentir como si flotase.
CAPÍTULO
68
—¿Te ha gustado, arrocito?
—Aaron emerge del mundo de los sueños porque la voz ronca y suave de Samuel lo
llama, como una canción que lo hechiza.
Tras dejar al otro probar
su cuerpo y darle, a cambio, oleadas de placer en las que podría ahogarse,
Aaron ha perdido la noción del tiempo y del espacio y de todo en general y,
ahora, abre poco a poco sus ojos, hallándose desnudo en la bañera, tumbado sobre
el cuerpo de Samuel. También desnudo.
El vampiro sigue excitado
por todo lo que acaba de suceder; Aaron puede sentir su dura erección bajo su
trasero y entre sus piernas y eso termina por despertarlo de nuevo. Samuel lo
sostiene quieto cuando chapotea un poco, alterado, y con una mano le masajea
cuidadosamente el pelo, aplicando un champú que huele a avena y miel.
—M-mucho, Sami… —confiesa
una vez se ha estabilizado y comprende que no hay peligro del que huir—. No
pensé que… Que fuese… Ha sido mucho más de lo que esperaba. Ha sido tan
intenso…
Samuel ríe en su oído y su
mano jabonosa baja a su nuca, masajeándola relajantemente.
—Oh, cariño, pero si
apenas estoy empezando contigo.
Aaron hace un puchero y se
voltea hacia el vampiro, medio adormilado y totalmente adorable.
—No seas malo, me abrumas…
—Perdona, perdona. —le
responde suavemente el vampiro.
El momento es íntimo y tan
lento que pareciera que esa noche el tiempo ha decidido pararse para ambos,
darles un espacio seguro y cálido donde ser dulces sin temor a la crueldad del
mundo exterior o a los horrores que cada uno lleva dentro. Samuel ahueca su
mano y la hunde en el agua para tomar un poco de esta en su palma hundida y
luego la usa para echarla sobre los cabellos enjabonados del chico, como si su
mano fuese un cuenco con el que le aclara el cabello cuidadosamente. Tras unos
minutos, añade:
—No miento, lo de hoy es
solo una pequeña probada de las cosas que soy capaz de hacer cuando tengo un
chico tan bonito para mí solo y una noche entera para gastarla probando su
cuerpo, pero iré despacio contigo, mi amor. ¿Lo sabes?
—Mhm.
Aaron responde casi sin
atender, con sus ojos cerrados y dejándose seducir por el sueño poco a poco de
nuevo.
Samuel lo abraza por
detrás, pegándolo a su cuerpo. Su voz retumba ahora en su oído y no puede
ignorarla:
—No quiero asustarte,
Aaron, ni preocuparte. No quiero que te sientas forzado, así que respóndeme
bien: ¿Sabes que iré despacio contigo?
—Ahora lo sé, amo,
gracias. —dice tímidamente el joven humano y le regala a Samuel una sincera
sonrisa llena de cansancio.
Pero no es un cansancio
triste o apocado, sino el cansancio agradable que uno se gana tras derramar
toda su energía en reír, gozar y sentirse realizado.
—¿Te he asustado hoy? ¿He
hecho algo que sea demasiado?
—Todo ha sido demasiado
—ríe el chico y el sonido de su risilla pueril es tan maravilloso que Samuel
quiere llorar, por habérsela robado por tanto tiempo—, incluso tus besos se
sienten tan intensos a veces… Pero, no —dice al final, tomando la pregunta de
Samuel en serio y con su sonrisa desapareciendo poco a poco cuando explora los
pequeños momentos de su noche en que la dulzura de Samuel ha estado cerca de
amargarse—. Nada me ha hecho sentir asustado de verdad. A veces he
tenido un poco de miedo; sus manos o sus labios en mi piel me han hecho
recordar cosas que no quería. O cuando me da órdenes, me gusta, no me
malentienda, me gusta la firmeza de su voz, me hace sentir muy seguro saber que
usted me dirá todo lo que debo hacer, pero —Aaron aprieta la boca y sus labios
parecen incapaces de pronunciar las siguientes palabras, incapaces de dar voz a
las pesadillas que plagan su cabeza— a veces me confundo y pienso que suena
enfadado o cruel y pienso en la clase de cosas que me ordenaba… Que me hacía
antes, y entro en pánico yo solito. Perdón, es una tontería.
—Oh, no. Nada de entrar en
pánico tú solo —le advierte Samuel, su tono es amable y sus brazos se aferran
al chico, rodeándolo estrechamente, haciéndole sentir querido y arropado por su
gran cuerpo—. Si entras en pánico, estás conmigo, ¿sí? Y puedes pedirme que
pare y que te abrace o te mime o que te deje solo, si es eso lo que necesitas.
Puedo prepararte un chocolate caliente y una manta si lo necesitas o puedo
darte un masaje si eso te relaja. Puedo hacerte cosquillas para que rías o
peinar tu precioso pelo hasta que te quedes dormido si me lo pides. Haría
cualquier cosa por ti, Aaron, solo tienes que pedirlo.
Aaron se queda sin
aliento. Samuel le aterra tanto a veces, incluso ahora que ha logrado contener
sus deseos inmundos y de su peor parte solo ve sombras: un enfado ocasional, un
pequeño arrebato de violencia o una orden expresada con demasiada dureza. Y aun
así, aunque el vampiro todavía lo controla, todavía alza su voz y su mano,
haciéndolo tornarse un ovillo tembloroso y aterrorizado. Son momentos como este
los que derriten la capa de hielo que Aaron ha alzado alrededor de su corazón a
modo de muralla.
Debe ser frío, se dice,
porque el mundo ahí afuera es gélido. Pero Samuel es tan cálido con él a veces
que le hace desnudarse de cualquier armadura y lo deja tan vulnerable como él
jamás querría estar de nuevo.
Le resulta demasiado
aterrador lo muy cerca que las suaves palabras del vampiro están de su corazón
cuando lo acarician profundamente.
—Solo quiero que no vuelva
a ser como antes, amo. —admite, no queriendo ser ambicioso, ceder a esos
pensamientos que tiene que le hacen asustarse de sí mismo.
<<Quiero más
besos y más atención, quiero más de tu amor obsesivo, más posesividad, más
órdenes tranquilizadoras que me señalan el camino cuando titubeo. Quiero que me
quieras más y más y más, hasta que yo sea la única cosa que quieras tener en
tus manos, incluso si es para romperme>>
Pero Aaron sabe que está
mal. Sabe que está jugando a algo demasiado peligroso.
—Lo prometo. —susurra el
otro.
Aaron tiene ganas de reír,
porque cree esas palabras, en parte, pero sabe lo que son.
—Una promesa son solo
palabras y… Usted no tiene nada que perder si rompe su juramento, pero yo lo
perderé todo —responde angustiado, el momento dulce entre ambos tornándose
amargo, pero sin perder su delicada intimidad—. Me da mucho miedo que rompa su
promesa y sé que le hiere que desconfíe así de usted, pero usted me enseñó lo
desalmado que puede ser y usted me hirió a mí sin miramientos antes, por eso…
Por eso a veces pienso que quizá puedo… Decirle esta clase de cosas. Cosas
hirientes que tengo clavadas dentro, como espinitas, y que le hieran a usted
porque usted las puso ahí en primer lugar. Pienso que es justo, incluso si ya
no hay justicia en este mundo, pero me da miedo ser castigado por hablar así,
mi señor. ¿Lo seré? Solo quiero decirle que dejarme querer por usted es… Se
siente bien, pero es tan arriesgado, tan aterrador. Cuanto más confío en sus
palabras, más sé que me matará por dentro si alguna vez me traiciona. Ya me
sentí morir por dentro una vez, amo, y no creí que pudiese hacerme más daño, pero
ahora sé que puede romperme de formas mucho peores, mucho más profundas. Me ha
dado su amor y su dulzura, su suavidad, su paciencia… Si me arrebata esas
cosas, será tan insoportable. No creo siquiera que llegue a suicidarme; me
matará de dolor. No voy a ser castigado por decir esto, ¿verdad que no? Dígame
que no, amo, por favor. Estoy muy nervioso.
Samuel barre sus labios
contra la nuca del chico y deja ahí un nimio beso. El chico se estremece y
suspira.
—Claro que no, mi arrocito
—dice, su voz baja y lenta, como un ronroneo que hace a Aaron sentir su piel
hormiguear—. Realmente odio tus palabras, odio cómo me hacen sentir, cómo todas
ellas arrancan todo lo tierno y paciente que soy contigo ahora y me muestran lo
que hay debajo, lo jodidamente inhumano que he sido antes. Las odio, porque me
hacen sentir como que nada será suficiente nunca para compensar lo que hice,
pero puedes decirlas, porque son la verdad. Porque si me rompes el corazón con
tus bonitas palabras, me lo merezco. Y, aun así, no lo haces. Lo muerdes y lo
haces sufrir a veces, igual que un animal asustado muerde a quien trata de
acariciarlo, pero jamás clavas tus colmillos para desgarrármelo: no tienes
maldad suficiente como para algo así. Mi pobre, pobre ángel.
Aaron se relaja escuchando
las palabras del vampiro. Todas ellas teñidas de culpa y remordimiento y, quizá
por eso, todas ellas se le antojan terriblemente románticas a Aaron. Se siente
sucio y malicioso, una especie de bestia similar a Samuel, de esas que se
alimentan del sufrimiento ajeno hallando en su dolor un manjar delicioso, pero
la verdad es que no disfruta del dolor de Samuel. Más bien le reconforta, pues
que su amo sufra por lo que hizo es la prueba de que realmente lo ama lo
suficiente como para que la culpa de sus actos pese más que el placer inmundo
que de ellos obtuvo.
Cada vez que el vampiro
lucha consigo mismo y debe morderse el labio hasta hacerse sangrar en vez de
hacer sangrar a Aaron, el chico cae un poquito más por él. Nunca nadie se ha
sacrificado de ese modo por él y, aunque sabe que Samuel no es ningún mártir,
sino el demonio al que él mismo servirá de sacrificio si provoca demasiado sus
gustos peculiares, le gusta un poco. Demasiado.
Aaron se hunde en el agua
hasta que esta le lleva a la nariz; hace burbujas exhalando por ella, jugando
como un niño. Luego saca su boca poniendo sus labios como los de un patito y
pregunta:
—¿Soy tu ángel?
—Claro que sí, cosita
hermosa. —responde Samuel acariciándole el vientre con una de sus manos.
Sus movimientos suaves
provocan pequeñas ondas en el agua.
—¿Y tú eres mi demonio?
Samuel exhala, extasiado.
Algo en lo que Aaron acaba de decir es deliciosamente certero. Sus palabras dan
justo en el clavo y su voz suena tan sumisa y llena de aceptación: Aaron no
solo acepta ser de Samuel y reclama, a su vez, que Samuel le pertenece, sino
que acepta lo que él es: un demonio, un monstruo. Y, pese a ello, lo quiere
suyo.
—Hasta el fin.
—¿Me prometes que no me
dejarás? ¿Que vas a acariciar todas las heridas y las cicatrices que me has
hecho hasta que se sientan mejor, incluso si no se curan? ¿Me prometes que vas
a seguir a mi lado incluso si nunca logro estar bien, si nunca dejo de llorar,
si nunca reparo suficientemente bien mi corazón roto como para querer bien,
como para entregártelo entero?
—Te querría, Aaron, aunque
solo quedasen de ti las partes más oscuras y retorcidas, si es que tienes
alguna. Te querría aunque solo quedase de ti tu odio por mí. Y si te pasases la
eternidad llorando y sangrando, besaría cada lágrima, cada gota de sangre. Te
querré por toda mi eternidad, mi Aaron, y si mi infinitud llega a un fin porque
tú, la única persona en este mundo que tiene suficiente poder sobre mí como
para hacerlo, me clavas una estaca en el corazón, te querré mientras me lo
destrozas. —susurra Samuel y, mientras lo hace, siente un peso poco a poco
deslizándose de sus hombros.
Siente su pasado, siempre
presente y nunca olvidable, no disolviéndose hasta desaparecer, sino
atenuándose un poco. Sus colores menos brillantes, sus sonidos menos
vociferantes… Porque Aaron le importa mucho más, su presente con él, su futuro,
sobre todo, y Aaron ya no es más una pieza de su pasado que intenta encajar a
la fuerza, un recuerdo que no puede olvidar. Aaron no es su antiguo amor e
incluso si, como él, lo traicionase, Samuel ya no es su antiguo yo. No está
lleno de rabia ni de rencor, no quiere ganar o vivir o vengarse. Solo quiere a
Aaron, incluso si eso significa morir por él, para él.
En su pasado, el amor fue
una lección que tuvo que desaprender. Ahora, Aaron le ha enseñado cómo querer
de nuevo, cómo hacerlo bien, incluso si es con un corazón que no late.
Aaron lo escucha con sus
ojos brillando llenos de emoción.
Aaron sabe que es
incorrecto, que es retorcido y enfermizo que esas palabras, pronunciadas de la
misma boca que lo condenó al infierno tiempo atrás, le den tanta paz. Pero no
le importa lo mal que esté, porque se la dan: las palabras de Samuel le dan la calma
que lleva años anhelando, el calor que perdió y pidió en su soledad, le dan esa
tórrida sensación que sabe que es amor, incluso si nada tan puro debería poder
ser ofrecido por una boca colmilluda más que como una trampa o una mentira.
Quizá Samuel es un
monstruo y él demasiado bueno para el veneno que hay en sus besos y sus
caricias; quizá elegirlo es renunciar a sí mismo, pero igual que le quitó todo
lo que una vez tuvo, es una criatura con suficiente poder para darle todo lo
que ahora quiere. ¿Quién más lo haría? ¿Quién más conocería tan a la perfección
todas y cada una de las laceraciones que lleva en el alma y sabría acariciarlas
siguiendo su contorno al milímetro, calmando males que nadie más que su autor
es capaz de comprender absolutamente, lo suficiente para crear una cura única y
perfecta? Samuel le ha hecho todas las heridas y es Samuel quien va a
curárselas.
Él le rompió y ahora,
piensa Aaron, es justo que responsabilice ello: que sea suave en la misma
medida en que fue violento antes, que lo bese tantas veces como le pegó, que le
dé una eternidad de amor y felicidad, pues Aaron siempre tendrá dentro suyo, hasta
el fin de sus tiempos, odio y asco y una espina de infelicidad clavada en el
corazón.
Tiene sentido que la
penitencia de Samuel por haberle arrebatado todo lo que tenía a Aaron sea ahora
que todo lo que tiene él sea Aaron. Que no lo pueda tener por completo, nunca,
que no pueda ser dueño de su corazón igual que Aaron lo es del suyo porque hace
ya tiempo que lo rompió en pedazos tan minúsculos, tan irreversiblemente rotos,
que no son piezas que puedan unirse y luego tener apenas unas brechas que
cuentan una historia dolorosa, pero con un final feliz, sino que son polvo que
se ha perdido para siempre.
O quizá es una locura que
una víctima halle consuelo allí donde se convirtió en víctima; quizá Aaron solo
busca una forma de justificar esos enfermos deseos que antes no habría podido
no concebir, pero que ahora le pertenecen. Quizá el vínculo entre ambos es un
lazo áspero como la cuerda que se enrosca alrededor de su cerebro y su corazón
y los ha tornado tan retorcidos que son capaces de crear esos extraños
razonamientos para justificar que aún, después de todo, quiera quedarse con
Samuel. Pero no le importa cuán estúpido o demente sea por querer permanecer
ahí, con él, porque si algo sabe es que a veces uno no tiene opción de decidir.
Samuel mismo le enseñó eso y ahora su corazón se lo recuerda, obligándole a
querer cosas que debería odiar.
<<Tal vez mi alma
solo está confundida. Piensa que realmente morí la noche que traté de
suicidarme y orbita en torno a Samuel igual que los espíritus lo suelen hacer
alrededor de su tumba. Él es mi muerte, su fría piel, mi lápida; todas sus
declaraciones de amor, mi epitafio. Él me mató. ¿Por qué me siento vivo cuando
lo tengo cerca?>>
Aaron se voltea en el agua, como flotando, y encara a su amo, su demonio, su
vampiro. Lo mira con los sentidos enturbiados por todo el ruido que le llena la
cabeza, toda esa culpa y esa retorcida escalera hacia la locura, todas esas
objeciones hacia sentimientos que no puede ni quiere cambiar.
Y besa a Samuel, porque
cuando lo hace, todo está en silencio. Solo escucha el agua moviéndose cuando
Samuel desliza sus manos por esta para sostenerlo y acariciarlo con una dulzura
que no puede ser incorrecta.
Esa misma noche, tras un
largo baño lleno de vapor de agua, pompas de jabón coloridas y besos y promesas
que acaban con un “para siempre”, Samuel prepara a Aaron una cena deliciosa y
tan grande que el chico asegura que no podrá acabarla en días, pero su estómago
gruñe en protesta y ambos ríen.
—Iré a trabajar ahora,
arrocito. ¿Quieres cenar a mi lado, en mi escritorio?
El chico mordisquea su
labio y, anteriormente, habría dicho que sí solo por ser complaciente, pero hoy
se siente más confiado y alza su vista, luciendo suplicante y adorable para
engatusar al vampiro mientras dice:
—¿Puedo cenar en mi
habitación, amo? No quiero enfadarle, pero estoy muy abrumado, quizá…
—¿Necesitas un poco de
espacio? —el chico asiente, feliz de que el vampiro lo comprenda incluso si
para él debe ser difícil. En el rostro de Samuel se nota que no halla agradable
esa propuesta, pero hace su mejor esfuerzo por sonreírle caballerosamente—.
Claro que sí, todo lo que necesites. Pero antes de ir a dormir quiero pasar un
rato contigo, así que vendrás a mi cama, serás bueno y te subirás a mi regazo.
Luego me vas a ofrecer tu preciosa boquita para que la bese hasta que me harte,
¿entendido?
—Mhm —dice el chico
tímidamente, con un bonito rubor en sus mejillas—. Una cosa más, amo.
Samuel alza una ceja, tan
sorprendido como divertido.
—Oh, tan pedigüeño. Te he
consentido bien esta noche. Dime, cariño, qué deseas.
—¿Podré dormir contigo
esta noche, Sami?
El vampiro ríe,
complacido, por la pregunta y por la manera en que Aaron muerde su labio
nerviosamente, aguardando su respuesta.
Samuel agarra la barbilla
del pequeño con su pulgar y su índice y la pinza suavemente varias veces,
dándole tiernas caricias.
—¿Cómo podría decirte que
no?
Aaron sonríe por la
respuesta. No lo había hasta ahora, pero ama sentirse necesitado y ansiado y
cuando Samuel está siendo dulce con él, es un cielo, pero cuando está siendo
posesivo y demandante, el infierno le resulta también delicioso.
El chico se encierra en su
alcoba, cenando a un ritmo lento para poder terminar todos sus alimentos y,
mientras lo hace, devora también uno de los libros que Samuel ha dejado en su
mesita de noche.
Es un romance, como todos
los demás, y mientras Aaron lo lee y suspira, soñador, se pregunta cómo debe
ser para alguien, para algo como Samuel -a saber, un demonio con un
corazón que se inclina hacia las cosas más oscuras y ominosas- amar y darle a
él un amor que le resulte aceptable, digerible. Un amor que en manos humanas no
se sienta como una rosa con demasiadas espinas.
Esa misma noche, en la
cama, Aaron está sobre el regazo de su amo, como este le ha ordenado, y
mientras se besan y Samuel le acaricia la espalda agradablemente, Aaron lo mira
con curiosidad y pregunta de la nada.
—¿Es complicado?
—¿El qué? —dice
distraídamente el otro, entre beso y beso—. ¿Mi trabajo?
Aaron ríe bajito y niega.
—No. Uhm… Quererme, digo.
Querer a un ser humano. Su naturaleza es cruel y salvaje y la mía es demasiado
frágil para encajar con ella. Está hecho para cazarme y matarme, para
regocijarse en mi sufrimiento. ¿Cómo puede amarme? ¿Cómo puede funcionar? —el tono
de Aaron está de nuevo lleno de inseguridad y sufrimiento.
Samuel se siente
desanimado y taciturno. Solo unas horas ha estado dándole al chico fuertes
abrazos y palabra tras palabra colmada de reafirmación y, aun así, Aaron vuelve
a dudar, pero no le culpa. ¿Cómo podría? El pobre humano está roto por su culpa
y, cada segundo que pasa sin sostenerlo cerca y fuerte para hacerlo sentir
entero, las brechas en su corazón se abren, dejando pasar esos molestos
invitados que pueden ser la zozobra, la vacilación y los miedos que tantísimo
trabajo le ha costado echar de su interior y que tan fácilmente vuelven a
escabullirse dentro y encontrar, en alguna esquina oscura y polvorienta, un
cómodo huequito donde asentarse.
Samuel mira al chico,
suspira y deja que sus palabras fluyan con honestidad, pues Aaron no merece más
engaños ni manipulación, incluso si Samuel sabe que podría cantarle mentiras
hermosas como una melodía que lo dejasen más tranquilo, pero también más ciego.
—Es difícil —confiesa,
bajando su cabeza. Una de sus manos está sobre el regazo de Aaron que, a su
vez, está sentado sobre las piernas extendidas del vampiro. Samuel lo acaricia
distraídamente—. No amarte en sí mismo, créeme, porque si pudiese evitar sentir
lo que siento por ti, lo habría evitado antes, cuando la magnitud y la novedad
del sentimiento me abrumaban. Amarte no es difícil en absoluto, de hecho, no
hacerlo me resulta imposible. No puedo resistirme a quererte, no puedo borrar
estos sentimientos tan extraños que han florecido en mi interior y que parecen
tan tiernos que deberían ser fáciles de arrancar, pero que crecen más y más y
se enmarañan en mi pecho cuanto más me resisto.
<<Lo que es difícil,
Aaron, es amarte y no matarte por ello.
<<Lo que siento por
ti es algo único, tan singular y especial que es más fuerte que lo que siento
por cualquier presa, pero también más peligroso. Mi amor no sofoca mis
instintos, al contrario. Pienso tantísimo en que tu cara tendría la expresión de
agonía más exquisita que he visto nunca si te matase, que me quita el sueño
imaginar los hermosos, celestiales sonidos que harías cuando te rompiese los
huesos uno a uno, cuando te arrancase la piel, cuando abriese tu bonito cuerpo
y hundiese mis manos en el calor sanguinolento de tus órganos, empapándome en
ti, abrazándote profundo, revolviéndote y curándote para que hasta tu interior
se amoldase a la forma en que mis manos te tocan, a la forma retorcida en que
te deseo.
<<Pensé que los
vampiros no podíamos amar, pero seguimos teniendo corazón. Pero por él fluye
solo sangre que no nos pertenece, sangre robada por el ansia, el hambre y la
matanza. Sangre corrupta y, así, nuestro amor se corrompe también.
<<Eres el primer
humano al que quiero besar y cuando lo hago, eres al que más deseo destrozar la
boca a mordiscos. Quiero tus labios, tu lengua, todo, quiero devorarte y que no
quede más de ti en el mundo, arrebatarle a todo el mundo tu imagen, tu olor, el
sonido de tu voz. Matarte hasta que solo yo, en mi memoria herméticamente
cerrada, te conserve para mi disfrute, para contemplarte día a día y acariciar
los recuerdos hasta que queden desvaídos. Es tan horrible, una forma de amar
tan peligrosa…
<<Te amo tanto que
deseo matarte, pero no soportaría verte morir.
<<Te amo, Aaron, y
es una confesión de verdad, porque este sentimiento es tan real que quiero
llorar cuando pienso en un mundo sin ti, pero también es tu condena, porque no
puedo amarte de la manera tierna y bonita en que los humanos os amáis. Quiero
poseerte, cazarte, quiero ser tu mundo entero, sobre todo su fin. Y
precisamente porque te quiero, me resisto a ello, a lo mucho que mi amor me
pide que te pruebe y te pruebe y beba de tus labios y tu sangre hasta haberte
consumido entero.
<<Te quiero tan
cerca de mí, que solo podría lograrlo devorándote. Mi hambre de ti sin saciar
es mi mayor declaración de amor.>>
El corazón de Aaron late
rápido y Samuel puede sentir el aroma dulce y liviano de su miedo flotando en
el aire, como algodón de azúcar, solo que no es únicamente miedo lo que
percibe. Hay junto a él, enmarañada, una emoción complicada y desconocida, una que
no ha olido antes en ninguna de sus presas.
—Oh, eso es… —murmura el
chico, llevándose una mano a la boca por la impresión.
Samuel lo interrumpe, no
quiere escuchar tan feas palabras de los perfectos labios de Aaron, prefiere
pronunciarlas él, pues tiene una boca creada precisamente para mancharse de
sangre:
—Aterrador, horrible,
repugnante. Lo sé. —admite, con una pequeña risa sin gracia al final.
Aaron lo mira suavemente,
como si su mirada amable le acariciase. Samuel siente escalofríos, nunca ningún
humano lo ha escrutado así, nunca nadie se ha atrevido a mantener una mirada
tan penetrante sobre su intimidante figura y, sobre todo, nunca unos ojos
humanos han sido capaces de ver más allá de su aspecto a la par hermoso y
monstruoso. Aaron, sin embargo, parece poder ver a través de él, como si su
cuerpo seductor y su rostro tallado en mármol fuesen realmente de cristal.
—Sí, pero también un poco
romántico —admite y se ríe como un bobo adolescente que siente mariposas en el
estómago cuando Samuel lo mira con los ojos bien abiertos, la sorpresa plasmada
de forma evidente en su expresión—. Quizá tu oscuridad está empezando a
corromperme, porque me asusta la intensidad con la que me ansías, pero también
siento que es bonito que, pese a lo mucho que deseas hacerme tu víctima, yo
siga siendo solo tu… Amante. Solo, por favor, sigue siendo tan bueno para mí y
no me mates, ¿de acuerdo, mi amo?
El vampiro toma el rostro
de su pequeña presa entre sus manos, tan pequeño y bonito… lo mira con gran
intensidad, sus ojos rojos y feroces ahora tranquilos, húmedos, pues las
palabras del chico lo han conmovido.
<<Se ha llamado
‘mi amante’, me ha llamado ‘romántico’, me ha dicho que mi amor le parece
bonito, ha dicho que estoy siendo bueno, que le estoy amando bien…>>
—Me aterroriza incluso
herirte, Aaron —dice, desesperado por ser creído. Su voz se quiebra y lágrimas
de sangre caen por sus mejillas, porque no puede entender cómo Aaron sigue
teniendo dentro tal bondad después de todo el veneno infecto que cada uno de sus
golpes, sus insultos y humillaciones han incrustado en el corazón del chico—.
Cada caricia que te doy, cada beso, es un impulso de destrozarte que he tenido
que suavizar hasta que ha quedado irreconocible. Me gustaría amarte con la
suavidad que mereces, pero no hay demasiado de eso en mí. Así que espero que
aceptes este… Amor retorcido —mientras lo dice, Aaron se comporta como todo un
ángel: le limpia las lágrimas ensangrentadas de las mejillas, incluso aunque se
manche las manos al hacerlo, estropeando su perfecta y blanca piel—, porque no
puedo darte otro y no quiero que nadie más tenga el honor de amarte. No podría
soportarlo.
Aaron sigue limpiando las
mejillas del vampiro, pues sus lágrimas carmesí caen gruesas, una tras otra. Lo
hace con tanto mimo, tanta paciencia, que Samuel se siente estúpido al lado de
Aaron, como si ese humano tuviese dentro suyo la bondad y sabiduría que solo
una criatura eterna puede alcanzar y él, por contra, fuese solo un estúpido
neófito llorando porque se ha dejado llevar en un arrebato por sus instintos y
ahora es forzado a vivir rodeado del caos que él mismo ha causado.
—Quizá es porque hace
mucho que nadie me quiere o, bueno, porque nadie me ha querido de una forma
tan… profunda. Pero siento que estás haciendo un buen trabajo, que sí que sabes
amar con suavidad, al menos a veces. También me amas con dureza en muchas ocasiones
y me angustia, me haces temerte tanto y desear desaparecer, porque pienso que
todo volverá a ser como antes… pero otras veces te sientes muy cálido. Muy
humano.
Las palabras de Aaron son
el mejor regalo que nadie podría haberle dado jamás a Samuel y este solo puede
darle a cambio un beso suyo. Un beso lento y gentil, pero uno con colmillos, al
fin y al cabo.
CAPÍTULO 69
Aaron
despierta agotado y con sus músculos resintiéndose como si la noche anterior
hubiese dedicado varias horas a hacer ejercicio vigorosamente, aunque sabe que
la realidad es mucho más vergonzosa. Su cuerpo está agotado por todo el rato
que su amo se dedicó a jugar con él, arrancándole orgasmo tras orgasmo hasta
dejarlo extenuado.
Intenta salir
de la cama, pero unos fuertes y conocidos brazos lo rodean, manteniendo su
espalda pegada al inamovible pecho del vampiro. Este gruñe, soñoliento, y hunde
su rostro en el cuello del chico, apartando con sus dientes el collar metálico
que Aaron siempre lleva en su garganta para hacerse espacio. Samuel olisquea la
suave esencia de su humano y luego besa la marca en su garganta graciosamente,
como si estuviese picoteándolo.
—Hmm… Sami…
—dice Aaron, su voz ronca por el sueño y la pereza. El chico se revuelve entre
los brazos de su amo y este lo inmoviliza fácilmente, solo con uno.
Con la mano
disponible aparta los cabellos del cuello del chico y la piel de este se eriza.
—Samuel… —dice
alzando un poco la cabeza y con una nota de urgencia en su voz. El vampiro
mordisquea su cuello y con una mano le empuja la cabeza contra la almohada,
haciéndole entregar su garganta.
—Shhhhh.
Relájate. Ladea la cabeza.
Aaron trata de
hacer lo que este le dice, pero es difícil, pues está nervioso: el vampiro se
siente frío y extraño esta noche y sabe lo que significa.
—¿T-tiene
hambre, amo?
Samuel hace un
ruido que Aaron no sabe si interpretar como el gruñido bajo de un animal cuyos
instintos lo gobiernan o una afirmación ronca y malhumorada. Luego, el vampiro
inhala con fuerza, pegando su nariz y sus labios al delgado cuello del mortal.
—Tan dulce…
—murmura, como para sí mismo.
Su boca se
abre sobre la piel del chico y cuando se cierra en torno a ella, Aaron se
tensa: Samuel ha tomado entre sus dientes un pedazo de su carne, lo suficiente
como para que, si cerrase sus mandíbulas con fuerza, un trozo de su cuello
fuese arrancado.
Aaron intenta
moverse y pedirle a Samuel que se detenga, pero este muerde un poco más fuerte.
Aaron siente los sedosos cabellos del hombre acariciándole el rostro y el pecho
mientras se hunde más y más en su frágil cuello, pero, sobre todo, siente sus
dientes afilados probando la ternura de su piel y la lengua que anoche lo llevó
al cielo, ahora lamiendo su carne tersa y rosada como queriendo devorar un
pedazo de veras.
Samuel lo
suelta pasado un rato y Aaron puede respirar por fin, aliviado. Su amo ha
dejado profundas marcas de dientes en su cuello, cerca de la cicatriz, pero no
ha roto la piel, por suerte. El brazo alrededor de la cintura se afloja y el
chico aprovecha para tratar de escabullirse, pues Samuel está hambriento esta
mañana y él sabe que será mejor alejarse mientras esté actuando tan caprichoso
y descontrolado.
Pero tan
pronto Aaron se aleja un par de centímetros, Samuel protesta con un gruñido
infantil y ronco y lo toma por su cuello para acercárselo de golpe y
achucharlo.
—Quiero
comerte. —susurra en su oído, todavía amodorrado y con sus ojos entreabiertos
por el sueño.
Con una mano
juega distraídamente con los cabellos del chico; con la otra le rodea el
cuello.
Samuel parece
hechizado o en alguna especie de trance, el hambre nublándole el raciocinio y
el éxtasis de haber probado a su humano la noche anterior todavía haciéndole
sentir ebrio de Aaron, pero ansioso por más.
—¿E-esta
noche?
Samuel no
responde, solo cierra su puño en la cabeza de Aaron, tomando con él varios
mechones de su cabello, y tira de su cabeza hacia atrás, haciéndole ofrecerse.
—Esta noche
—susurra, serio y deseoso, dando una larga lamida desde el centro de las
clavículas del chico hasta su mandíbula, la cual mordisquea suavemente
después—, quiero probarte ahora, pero es demasiado pronto, ¿verdad?
Aaron asiente
y traga saliva. Samuel siente la manzana de Adán de su humano subir y bajar
contra sus labios, su pulso acelerándose y su respiración tornándose errática.
Mentiría si dijese que no le resulta delicioso ponerlo nervioso, pero tampoco
quiere estresarlo en demasía, así que lo suelta y luego se coloca sobre él,
mirándolo con una sonrisa altiva.
Aaron luce
minúsculo bajo su sombra y lo mira con ojitos preocupados.
—¿Qué es esa
cara, mi Aaroncito? No voy a comerte como un animal salvaje, arrancándote la
carne a bocados y manteniéndote quieto mientras gritas —Aaron se tensa y traga
saliva. Samuel está asegurándole que no hará esas atrocidades y él le cree,
pero por la forma en que dice esas palabras y en que se relame al hacerlo,
acierta al pensar que el vampiro fantasea frecuentemente con algo así—.
¿Recuerdas la última vez?
Una oleada de
alivio recorre a Aaron y suspira tan profundamente que parece desinflarse y
hundirse en la cama.
—¿Me dormirás
de nuevo?
Samuel tuerce
su cabeza un poco y, con una de sus manos, toma mechones del cabello de Aaron y
los enrosca en sus dedos para luego dejarlos deslizarse fuera de ellos. Los
coloca en la cama en posiciones específicas, jugando con el pelo de su humano a
hacer dibujos sobre las sábanas, específicamente una corona de corazones sobre
su mullida cabeza.
—Dijiste que
las agujas te daban miedo, así que había pensado algo distinto —Aaron parpadea
atento, un pelín preocupado por el dolor—. Mi proveedor me ha enviado una crema
que puedo poner en tu piel para hacer que no sientas nada, bueno, casi nada.
Notarás el mordisco, pero no será tan doloroso.
Aaron asiente,
esperando de corazón que realmente el anestésico vaya a dejar su piel
insensible como la roca. No recuerda bien las sensaciones concretas que lo
atravesaban al ser mordido, pero sí la agonía y el terror y eso es algo que
jamás querría revivir.
—Aunque no
duela, amo. ¿Podrá morderme como cuando mordió al humano de Jason? —pregunta el
chico dulcemente, aunque algo en su tono suena venenoso. Un minúsculo reproche
y, Samuel se recrea en la idea, una gotita de celos— Me da miedo estar
consciente mientras sucede, incluso si el dolor es poco. La experiencia sigue
siendo intimidante. Al fin y al cabo, estoy siendo cazado.
—Iremos a tu
ritmo, arrocito, no te angusties. Podemos empez-
Unos poderosos
toques en la puerta los interrumpen. Aaron da un repullo, pues el sonido lo
toma por sorpresa, pero Samuel rueda sus ojos y muestra sus colmillos, irritado
por la interrupción. Un segundo después la mueca en su rostro cambia, pues se
ha dado cuenta de quién está incordiándolo, y ahora su expresión denota
molestia, pero también preocupación.
Samuel se
levanta de pronto de la cama y Aaron se tensa al escuchar su voz endurecer:
—Sígueme.
—S-sí, amo…
—murmura, saltando de la cama y despertándose de golpe como si le hubiesen dado
una bofetada.
Ambos van aún
en pijama, pero mientras el de Samuel es un elegante conjunto de satín negro
que solo hace su belleza lucir más etérea aún, Aaron nota que él está llevando
únicamente una camisola que le queda como un vestido hasta medio muslo y unos
calcetines blancos con pequeños lazos a los lados. Se siente un poco
avergonzado por su atuendo, pero sabe que es mucho más lujoso y digno que lo
que otros humanos deben llevar cuando reciben visitas para sus amos.
Samuel abre la
puerta con Aaron parado a su lado, su cabeza baja y servil y su cuerpo recto
como el de un mayordomo listo para cumplir su cometido. Cuando el pequeño chico
ve quién es la visita, traga grueso.
Aaron
reconocería en cualquier lado ese cabello corto y oscuro como la noche sin
estrellas, esa mandíbula marcada y masculina, la nariz ligeramente arqueada y
los ojos pequeños y maliciosos.
Samuel
también.
—Ivthan. —lo
saluda sin mucha amabilidad, pero siendo tan cordial como puede, pues parte de
la tregua que ambos se habían prometido.
—Mi querido
pupilo, tantas noches sin verte. Has estado atareado últimamente, inalcanzable
—se burla este un poco, dejándose pasar a sí mismo a una morada que no le
pertenece.—, espero que lo que haya ocupado tu tiempo sea importante. —comenta
con una voz baja y siniestra, lanzándole a Aaron una mirada que lo hace
temblar.
Detrás suyo
entra un humano tan diminuto que ni Aaron ni su propietario podrían haberlo
visto, pues quedaba totalmente opacado tras el ancho porte del original. El
muchacho está completamente desnudo, incluso anda descalzo sobre los áridos
suelos de piedra, tiene una cadena envuelta en el cuello que Ivthan sostiene en
su mano derecha a modo de correa y tiene la cabeza tan baja que Aaron no logra
ver su rostro. Su cuerpo parece un fino manto de piel depositado sobre un
esqueleto, todo ángulos afilados -tobillos, costillas, codos…- y marcas de
mordidas. No, no marcas: cicatrices.
<<Una,
dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete…>> Aaron pierde la cuenta
cuando el chico pasa de largo, pero no necesita saber el número exacto para que
el horror lo invada, pues sabe lo que tantas marcas significan: que ya no hay
un alma en ese cuerpo que anda tras Ivthan.
Que, en esa
casa, solo él sigue siendo humano a pesar de que todos los presentes lo fueron
una vez.
—¿A qué se
debe tu visita? —pregunta Samuel, ignorando las insinuaciones del otro y
cerrando la puerta.
Samuel lo
sigue, como si él fuese el invitado, a su propio salón.
—Al simple
hecho de que quería verte. Oh, y divertirme un poco contigo.
Samuel se
sienta en uno de sus sofás color vino y Aaron se sienta entre sus piernas,
ocupando ese cálido hueco que le hace sentir protegido. Ivthan se sienta en
otro sofá que encara al primero, justo delante de Samuel. Chasquea los dedos,
apunta al suelo y el humano que lo sigue como un autómata se arrodilla a sus
pies. Ivthan señala a su mortal con la palma de la mano extendida.
—Traigo algo
de comer. Tú me dejaste probar a tu dulce humanito, así que creo que te debo
unos cuantos tragos. La sangre de este es bastante insulsa, en comparación, así
que puedes beber hasta hartarte para compensar; pero dejemos eso para luego.
Primero, quería invitarte a algo importante.
Samuel frunce
el ceño y en su mirada brillan la curiosidad y el escepticismo.
—He oído que
de aquí a un mes vas a hacer algo grande en tu palacio, pero no había tenido el
placer de escuchar los detalles de tu propia boca, así que adelante, cuéntame.
—Samuel se recuesta contra el respaldo del sofá cómodamente y cruza sus piernas
de modo que Aaron, que está en medio, queda con la pierna doblada de su amo por
delante, como si se tratase de un cinturón de seguridad que lo separa del
peligro de Ivthan.
Aaron pone sus
manos en la pierna de su amo. Se siente más seguro tocándolo y Samuel parece
captar esto, pues toma al chico por la nuca y tira de él hacia atrás, haciendo
que Aaron apoye su esbelta espalda en el pecho del vampiro. Le acaricia el pelo
distraídamente mientras escucha a Ivthan hablar.
—Bueno, no
quiero ser arrogante, pero sí, se trata de algo grande. Algo importante. Otras
zonas vampiras ya han pasado por algo así y era hora de que esta se sumase; al
fin y al cabo, los tiempos están cambiando. Ya se ha silenciado todo el
barbullo y el desorden formado cuando empezamos a crear nuestros nidos a partir
de las cenizas del mundo humano, así que es obvio que debemos buscar formas de
gobierno más… Firme que no recibir las órdenes de un atajo de originales
dementes por culpa de la edad.
Samuel frunce
el ceño con profunda preocupación. No le gusta nada como suenan las palabras de
Ivthan, así que se inclina hacia delante, tenso y con la espalda erguida, sus
hombros encuadrados, sus puños apretados.
—Explícate.
—No es nada
nuevo que muchos de los vampiros más antiguos, aquellos que gobiernan todo,
están volviéndose locos. ¿Y qué clase de sociedad triunfa si la demencia reina?
Necesitamos un gobernante con la fuerza de los antiguos y la entereza y vigor
de un vampiro aún joven. Nuestra raza necesita a alguien con mano dura para
gobernar.
<<Mano
dura para gobernar>> el estómago de Samuel se revuelve. ¿Sabe Ivthan que esas mismas
palabras salieron de la boca de su padre una y otra vez cuando estaba con vida?
Es imposible que haya podido averiguarlo; su padre murió hace mucho y él jamás
habla de él, jamás deja salir sus recuerdos a flote y mucho menos ante aquellos
que más los usarán para herirlo. Pero eso solo hace esa frase en boca de Ivthan
más aterradora, pues no es un ardid, sino la prueba de que ese vampiro es un
hombre tan codicioso y vil como lo fue una vez el rey que le dio la vida a
Samuel. La diferencia, sin embargo, es que Ivthan tiene todo el tiempo y el
poder que a su padre le faltó para convertirse en un tirano abominable.
—Tu ambición
es más voraz que tu sed de sangre, pero también más estúpida. Eres un vampiro
original, pero no eres el único y los demás, sí, tienes razón, están
desquiciados, pero ¿crees que permitirán la humillación de que los destrones?
La sonrisa con
la que Ivthan le responde le hiela los huesos a Samuel. Es una sonrisa amplia y
colmilluda, de esas que parecen surcar la cara de uno como un corte profundo,
rojo y largo y, lo peor de todo, es que no es una risa llena de temeridad, sino
de confianza.
—¿Permitirlo?
—pregunta Ivthan socarronamente; se inclina en su asiento hacia delante, como
una pantera acercándose a su presa herida para inhalar el aroma de su sangre.
Sus ojos no se apartan ni un instante de los de Samuel—. Ya se han ofrecido
para ello, Sami.
Samuel se
queda de piedra al oír esas palabras. Se supone que tiene una tregua con
Ivthan, que ahora son compañeros, si no amigos, y que debería alegrarse de sus
éxitos, pero esto no se siente como una conquista que celebrar, sino como la
amenaza de una época oscura y retorcida cerniéndose sobre él. La sonrisa de su
amigo no luce, de hecho, amigable, sino más bien como la mueca de un lobo que
muestra los dientes antes de atacar.
Aaron puede
sentir lo tenso que está su amo y las palabras del otro definitivamente no le
agradan. El corazón de Aaron da un vuelco y el hombre de cabello corto y
oscuro lo mira de pronto, como si su presencia fuese lo más irritante del
mundo y desease aplastarlo con sus manos como a un insecto.
—No creo que
sea buena idea. Tú mismo lo has dicho, están inestables. Sí, puede que hayan
accedido a darte el poder de gobernar este lugar, pero ¿quién te dice que no te
lo quitarán en un arrebato cuando sus temperamentos frágiles les hagan tener un
arranque de ira o de celos o cuando sencillamente les venga en gana? —Samuel
vuelve a robar toda la atención del pelinegro, que le sonríe con calma y niega
con la cabeza.
—No lo has
entendido, mi adorable neófito. Tan inocente. No están cediéndome sus puestos
como gobernantes, están entregándome sus vidas. Ya lo sabes, los
originales más antiguos acaban enloqueciendo y quitándose sus propias vidas
ellos mismos, en algún punto, sobre todo ahora que el mundo ha cambiado y es
demasiado confuso para ellos. Yo solo me he ofrecido a… Hacerlo más cómodo para
ellos. Quitarles esa responsabilidad. Ellos están verdaderamente agradecidos
por mi ayuda.
Samuel siente
la boca seca de pronto.
Por un
momento, su sed de sangre desaparece y se siente sencillamente pequeño.
Minúsculo, como un humano debe de sentirse entre sus garras, igual que una
criatura atrapada en las redes de algo tan grande y poderoso que no solo no
puede comprenderlo del todo, sino que jamás podrá luchar contra ello.
Es cierto, él
sabe que los vampiros más antiguos y atormentados por el peso de unos instintos
insaciables y la insoportable forma en que el tiempo se extiende hacia lo
infinito mientras ellos se quedan estancados en el pasado, suelen terminar
arrancándose su propio corazón y suicidándose porque no pueden soportar más.
Es cierto que
desde que los vampiros tomaron el control, los originales no se han adaptado
bien al cambio. Sí, son más poderosos y sabios, pero también son aquellos que
han aprendido por miles de años a ser cazadores nocturnos, a esconderse,
acechar y esconder las pruebas. Ahora que se les ha dado una libertad mayor,
esta no se les antoja divertida, solo demasiado desconocida para saber qué
hacer con ella. Se siente como que sus miles de años de existencia, aprendizaje
y perfeccionamiento de la caza no han servido para nada. Su viejo mundo ha
muerto y ellos son cadáveres andantes que buscan su eterna sepultura.
Pero aunque
cada vez más originales busquen la muerte, algo es cierto siempre: la hallan en
soledad.
Si otro
vampiro fuese quien destruyese su corazón, quien bebiese sus últimas
gotas de vitalidad… Entonces estarían creando un verdadero monstruo. Una
criatura de poder ilimitado y violencia imparable.
Ivthan ya es
un demonio; Samuel no puede imaginar el infierno en que convertiría el mundo si
le dejasen ser el diablo. No puede permitírselo.
—¿Todos ellos?
—pregunta incrédulo, casi desorientado, como si acabasen de darle un bofetón—
¿Todos ellos desean que seas tú quien los ejecute para hallar la paz? Muchos
querían morir, eso lo sé, pero muchos otros…
—Muchos otros
querían, pero no lo sabían aún. Necesitaban un poco de… —<<Manipulación>>
piensa Samuel e Ivthan le sonríe como si le hubiese leído la mente y termina,
en un tono suave y como si tratase de corregirlo:— Convencimiento. Dentro de un
mes, reuniré a todo el mundo en mi palacio y todos verán, neófitos, puros,
vampiros comunes… Como los demás originales me ofrecen sus corazones para que
los arranque con mis propias manos y me beba sus últimas fuerzas. Voy a renacer
delante de todos, Samuel, voy a convertirme en la criatura más poderosa que el
mundo haya visto jamás. Y, quizá, hay sitio en mis dominios para otro trono
junto al mío. Quizá… Cuando esté hartándome de sangre inmortal, pueda ofrecerte
algún jugoso corazón, rebosante de poder y eternidad, igual que una vez te
ofrecí el mío.
Todas las
cosas que Ivthan ha dicho hoy han impactado a Samuel.
Pero nada
le ha sorprendido tanto como esto.
—¿Quieres que
reine a tu lado? —pregunta, no porque no haya entendido a la primera el
ofrecimiento de Ivthan, pues es más claro que un estanque de agua cristalina,
sino porque necesita decir esas palabras, pronunciarlas con una voz que
esté fuera de su cabeza y les dé sustancia, firmeza, realidad, o creerá que
sencillamente está soñando con tales locuras.
—No quiero una
respuesta ahora, Samuel. Me la darás cuando sea el momento indicado. Piénsatelo.
—esa última palabra suena ronca, baja y solemne.
Suena como una
amenaza, un gruñido con el que la bestia le indica a su contrincante que no
tiene permitido hacer ni un solo paso en falso si no quiere conocer las
consecuencias, pero, por otro lado, hay algo vulnerable en su petición.
Le está dando
una segunda oportunidad a Samuel, le está pidiendo que vuelva con él y eso, en
cierto modo, está cubierto por un halo de desesperación que hace lucir a Ivthan
patético, más que grandioso.
Ivthan está
encaprichado de Samuel y lo quiere de vuelta tanto que es capaz de compartir
incluso su preciado poder con tal de sobornarlo y engatusarlo.
—Lo pensaré.
—promete Samuel y todos en la sala saben que es mentira. Que si hay una
decisión a ser tomada, esta ya está firmemente anclada en Samuel, pero Ivthan
espera pronto tener la fuerza necesaria para doblegar incluso las obstinaciones
y convicciones más férreas. Ya lo hizo una vez, solo tiene que ser más
cuidadoso ahora.
—¡Perfecto!
—Ivthan da una palmada jubilosa y el fuerte sonido hace dar un respingo a
Aaron—. Ahora, ¿tienes hambre? Lo he traído especialmente para ti. —indica con
una enorme y amable sonrisa que aun así le hiela los huesos a Samuel y Aaron,
mientras señala al humano desnudo arrodillado en el suelo.
El humano
lleva ahí desde el inicio, pero Aaron siente un escalofrío al mirarlo, similar
al que uno sentiría al encontrarse un fantasma de pronto. Está tan inmóvil y
callado que le ha sido fácil pasarlo desapercibido incluso a él, obviarlo como
si se tratase de una mesa o una silla.
Aaron se
siente profundamente deprimido por ello y no puede evitar ver sus ojos como
canicas desvaídas y su piel toda repleta de cicatrices de mordiscos. Ahora que
los sigue contando, son más de diez. Más de quince.
No puede
seguir contando. No puede seguir, pues con cada número se pregunta si fue en
esa mordida en la que el chico se dio cuenta de que se perdía a sí mismo, de
que era la última antes de convertirse en una bolsa de sangre de verdad.
Aaron quiere
suplicarle a su amo que, por favor, no muerda a ese chico. Quiere pedirle, de
hecho, que se lo lleven de ahí. No le importa a dónde, aunque eso sea egoísta,
solo no puede soportar mirarlo por un solo instante más.
Pese a ello,
Samuel responde:
—Sería un
placer. Tráelo aquí.
Aaron siente
un profundo escalofrío que le sacude por dentro cuando Ivthan le ordena al
chico que se acerque a Samuel, pues no lo hace con palabras o con un gesto
siquiera: una mirada le basta para que el humano obedezca como un autómata. Se
levanta con movimientos temblorosos, pero rápidos, y luego anda descalzo e
impudoroso hasta quedar justo frente a Samuel y al humano que tiene sentado en
el cómodo hueco entre sus piernas.
Samuel siente
al chico removerse, incómodo, y se retira suavemente unos mechones azabache del
cuello para dejar en él un casto beso, un poco más arriba de allí donde su
collar de hierro reposa.
—Voy a beber
tu sangre luego de todos modos —susurra en su oído, sus dedos jugando con el
mechón liso y oscuro, causándole hormigueos en su cuero cabelludo y revoloteos
en su tripa—, pero quiero poder controlarme. Quiero disfrutarte despacio, así
que voy a saciarme un poco antes. Por el momento, siéntate aquí. —ordena
Samuel, palmeando un espacio disponible en el sofá, a su lado.
Aaron quiere
refunfuñar; él quiere seguir sentado entre sus piernas, con su mano en la
cintura y su aliento en su nuca, su fuerte pecho contra su espalda y su calor
rodeándolo agradablemente. No quiere tener que irse de un lugar que le
pertenece para cedérselo a otro humano. No quiere tener que compartir a
su…
Aaron se
siente confuso. ¿A su vampiro? Sus mejillas se tiñen de rojo cuando se
percata de que acaba de sentir celos de otro humano porque su amo va a
morderlo.
Se retira
silenciosamente, sentándose al lado de su amo. Una segunda oleada de vergüenza
lo atraviesa cuando ve cómo Samuel pone encima de su regazo al humano y todos
sus movimientos se le antojan artificiales, oxidados. Eso no es una persona ya,
es un cascarón vacío, y Aaron no debería sentir jamás envidia de alguien
a quien debería compadecer hasta que se le estrujase el corazón.
Piensa en lo
dolorosa que debe haber sido cada mordida, pues sabe que Ivthan no tiene con
sus humanos la delicadeza que Samuel está aprendiendo a tener con él. Piensa en
el miedo, las súplicas sin escuchar. Piensa en el pánico que debe haber sentido
ese pobre humano cuando sus heridas se iban curando poco a poco,
irreversiblemente, y él sentía el vínculo con ese monstruo haciéndose más
fuerte, las cadenas sobre su corazón tornándose tan pesadas que lo sofocaban
poco a poco y él sentía hasta las últimas gotas de su libertad y su autonomía
siendo exprimidas fuera de él.
Algunas
cicatrices lucen peor que otras. ¿Fue Ivthan más salvaje al morderlo o fue el
chico mismo que, desesperado, reabrió sus heridas con las uñas para evitar que
se le curasen y que su amo le arrebatase más pedazos de él?
El estómago de
Aaron se hunde y siente un terrible mareo. Entonces, Ivthan lo mira con desdén:
—¿Lo dejas
sentarse en el sofá? —pregunta, como quien preguntaría por qué alguien deja
fruta podrida sobre un mantel hermoso.
Aaron se
angustia. ¿Está avergonzando a su amo como aquella noche? ¿Está luciendo
como un humano desobediente y caprichoso y haciendo quedar mal a su amo?
Se levanta de
golpe.
—M-Mi amo,
¿debería arrodillarme en el suelo?
Samuel fulmina
a Ivthan con la mirada, pero este solo le sonríe con coquetería. Hay algo
malvado y juguetón en su expresión, como si le divirtiese haber causado esa
pequeña inseguridad en Aaron y que este haya atendido a sus palabras en vez de
a las de su amo.
—Deberías
obedecer solo las órdenes que yo te doy. —sisea, cabreado, y Aaron
vuelve a sentarse en el sofá tan rápido como puede.
Se sienta en
el borde, como tratando de tocar la tela lo menos posible por si su mera
presencia es ofensiva. Tiene las piernas muy juntas y tensas, sus manos sobre
ellas, jugando nerviosamente con las pielecitas de alrededor de sus uñas.
Samuel mira a
Ivthan ahora, con un rostro severo, pero tratando de mantener su ira bajo
control. Las cosas están extrañas, con Ivthan amenazando con arrancar el
corazón de las criaturas que dieron origen a su raza entera y beber de ellos el
poder ancestral que le convertiría en una criatura a cuyo lado Samuel no sería
más que una presa capaz de darle pelea, pero jamás hacerle probar la derrota.
Así que debe actuar con cautela, al menos hasta que sepa si esas terribles
predicciones que han salido de la boca de Ivthan son solo un farol o si
realmente ha planeado y preparado algo tan macabro. No puede lucir dócil
tampoco.
—Dejo a mi
humano sentarse en mi sofá, sí, igual que lo dejo dormir en mi propia cama. No
entiendo tanto revuelo: yo también dormía contigo cuando aún no me habías
convertido y… Viendo tu oferta de hoy, parece que no es algo que se te haya
pasado con el tiempo.
Samuel efectúa
su ataque de forma eficaz y sutil. Ivthan mantiene su rostro serio
aparentemente, pero un ojo entrenado sería capaz de ver los cambios en su
expresión -las aletas de la nariz abriéndose, la mandíbula tensándose, la
pupila empequeñeciendo- y adivinar que sus palabras lo han herido o, mínimo, lo
han irritado.
—Es distinto,
tú eras mi sucesor y eso —espeta despectivamente, señalando con un gesto
airado a Aaron— no es más que tu comida.
—Pensaba que
habías venido a celebrar tus triunfos conmigo, no a criticar cómo me alimento
como si fuese un neófito que requiere de tus enseñanzas. —responde Samuel,
tratando de sonar rebelde, pero no combativo.
—Quizá las
necesitas; te marchaste antes de que pudiese dártelas y, oh, tenía tanto que
enseñarte. —suspira, melancólico.
Samuel no
puede ocultar mucho más su desagrado y espeta un escéptico:
—¿El qué?
—Cosas que
aprendiste solo, al parecer. Quería enseñarte cómo disfrutar de ser lo que
ahora eres. Muchos originales mueren porque es una lección que jamás aprenden:
viven sus eternidades perseguidos y atormentados por sus deseos, dedican su
vida entera a buscar una manera de saciarlos y acallarlos de una vez por todas
y es esa la razón por la que acaban desquiciados y buscan la muerte, porque
esta vida se les hace insoportable, se sienten torturados por la propia
naturaleza que deberían agradecer. Por eso yo he podido mantenerme
imperturbable tantos años: no soy un ser cobarde, yo no trato de escapar de lo
que soy, lo acepto y lo disfruto. Supe que eras una creación innegablemente mía
cuando, aunque te escapases de mis garras, vi los ríos de sangre y los caminos
de destrucción que dejabas tras de ti. Cada vez que matabas, ya fuese devorando
a una víctima durante varias semanas o arrasando ciudades enteras en lo que
dura un anochecer, supe que eras como yo, que sabías hacer de forma natural
aquello que yo tardé cientos de años en aprender: sabes rendirte a tus
instintos, aceptar la sed en vez de buscar aniquilarla, sabes escucharla y
seguir sus órdenes, obedecerla a cambio de que ella te procure el placer
inigualable. Pero últimamente estás extraño, vas por mal camino, uno que solo
te traerá dolor y tú, mi querido Samuel, no has nacido para sentir dolor, sino
para provocarlo, para deleitarte con él. Podrías ser una criatura magnífica,
junto a mí, si decidieses quitarte esas estúpidas cadenas que parecen lastrarte
últimamente.
Samuel escucha
las palabras de Ivthan con una mueca imperturbable, pero, por dentro, se
revuelve de asco. Ivthan suena despiadado, como su padre. Monstruoso, como él
mismo.
Mientras
habla, Ivthan se levanta y se acerca hacia Samuel. Anda en círculos alrededor
del sofá donde está tranquilamente sentado, como un tiburón. Aaron trata de no
mirarlo.
—Yo seré quien
decida quién o qué soy, Ivthan. No tú, ni mi naturaleza, ni unos instintos que
me dominan. Seré yo mismo. —responde, sosegado pero serio y puede escuchar a
Aaron suspirar aliviado a su lado.
—Ese es tu
problema, el problema de todos esos viejos estúpidos que me agradecen por
matarlos, ¡por matarlos! A ellos, criaturas fuertes, terroríficas, perfectas.
Pensé que tú lo entendías: tú eres tus instintos también, Samuel. Ignorarlos es
mutilarse, dejarte tan inútil que estarías mejor muerto, ¿no crees? Tu
conciencia pertenece a un hombre que murió años atrás, un hombre al que maté…
Tu hambre, sin embargo, es parte de tu renacer.
—¿Por qué
quieres que vuelva a ser de ese otro modo? —cuestiona, arqueando una ceja;
Aaron, a su lado, está tenso y respira entrecortado. El humano sobre su regazo
respira tan suavemente que casi es imperceptible—. A los originales no te ha
importado tanto salvarlos; al contrario, los estás condenando para tu
beneficio.
—Por lo mismo
de siempre, Samuel, tú ya conoces mi flaqueza: la eternidad es muy larga para
pasarla solo y, a pesar de que en el mundo hay… Había millones de
humanos y hay cientos de vampiros, el azar es cruel y me ha obsequiado solo con
un compañero digno. Uno tan digno de mí como ciego, pues no puede ver la verdad
en mis palabras ni el potencial en él mismo. Pero no pasa nada, para eso estoy
aquí, Sami —susurra ese apodo dulcemente y, por primera vez, Samuel atisba algo
extraño en su tono, algo que jamás se había planteado: que quizá no dice esa
palabra tratando de recordarle a su pasado amante para burlarse de él, sino
justo al contrario: que ha robado ese mote lleno de afecto y cariño de los
labios fríos de otro hombre y espera que, repitiéndolo una y otra vez, Samuel
olvide aquella voz dulce y tierna y sea capaz de sustituirla con la suya, que
es dulce también, pero una dulzura falsa y extraña, como el aroma dulzón y
nauseabundo de la fruta podrida—, para enseñarte el camino correcto.
Su creador se
para tras el sofá, en el punto exacto donde Samuel está sentado, y se inclina
para susurrar esas palabras en su oído; luego, gira su cabeza hacia el otro
lado, hacia el cuello del mortal lleno de mordidas.
En un
instante, le abre el cuello con los colmillos al humano y Samuel tiene tanta
hambre que apenas se puede resistir. Chupa su sangre e Ivthan coloca una mano
en la parte posterior de su cabeza, sosteniéndolo mientras se alimenta. Sin
querer, el vampiro saca sus garras y las clava profundo en el cuerpo del humano
hasta que las hunde por completo, haciéndole heridas que podrían matarlo.
—Eso es, bebe
sin pensar en nada más que el placer de la sangre. Sin contenerte. Sí, sí, no
sucede nada, puedes matarlo si quieres. Fuiste creado para matar, mi pequeña
muerte.
Aaron observa
la escena paralizado, con los ojos tan abiertos que el horror que ve se le
queda grabado en las pupilas: Samuel bebiendo con desenfreno, alejando su boca
carmesí de la terrible herida solo para alzar su vista hacia Ivthan como si
fuese una especie de dios, y decir:
—Pero te has
tomado la molestia de vincularlo…
Permiso. Samuel está pidiéndole
permiso para matar. El estómago de Aaron se revuelve y su corazón late deprisa;
Ivthan le arroja una mirada cruda y triunfal y luego vuelve su vista hacia su
pupilo, con los ojos suavizándosele y su voz convirtiéndose en un susurro bajo
e íntimo, como si hablase con su amante:
—No lo he
hecho para conservarlo a él, sino para complacerte a ti. Dime qué deseas que
haga y lo convertiré en tu presa perfecta. Vamos, quiero divertirme esta noche,
a eso he venido.
Samuel jadea y
gruñe; el primer sonido suena humano, el segundo, como una bestia. Aaron puede
ver el rojo de sus ojos brillando, sus colmillos creciendo como nunca antes,
sus garras tornándose poderosas dagas retorcidas: ese es el aspecto de
Samuel perdiendo el control. Aaron lo sabe.
El vampiro lo
mira un segundo, volviéndose hacia él con una mirada alarmada, pero entonces
Ivthan lo toma por la mejilla y reconduce suavemente su rostro para que su boca
quede sobre la herida sangrienta y sus ojos lo miren a él y solo a él.
Con
dificultad, Samuel dice:
—Ah, su
sangre… ¿Qué lleva? Me siento extraño.
—Alcohol, como
en cualquier buena fiesta. Algo más, no conozco el nombre de las drogas
humanas, solo sé que hacen a los vampiros más reticentes a desinhibirse un
poco. Pensé que te ayudaría y lo está haciendo, ¿no es así? Todas tus
preocupaciones y dolores de cabeza están disipándose. Bebe un poco más, vamos,
¿por qué das sorbos tan pequeños? Pobre de ti, te has acostumbrado a
contentarte con meras gotitas de sangre.
Aaron quiere
decir algo, sacar a su amo de ese trance peligroso, pero cuando lo ve hundirse
en el cuello del muchacho, chorros de sangre regalimándole por la barbilla y
gruñidos faunescos burbujeando en su garganta, su boca se queda seca y se
siente de pronto pequeño e inútil.
Es Ivthan
quien logra que Samuel deje de beber, pues le agarra los cabellos rubios y lo
separa de la herida poco a poco.
—El humano es
mío, así que vamos a compartirlo. Yo también quiero algo de diversión. Sami,
vamos, ofréceme un poco de él.
Samuel tira la
cabeza del humano hacia atrás de una manera tan brusca que Aaron jadea y se
tapa la boca. No le ha roto el cuello al mortal, pero podría fácilmente haberlo
hecho y le ha importado tan, tan poco. Luego Samuel desliza sus dedos rojos y
ensangrentados por la herida que todavía chorrea carmesí como un manantial y
desliza el índice y el corazón sobre los labios de Ivthan. Lo hace como quien
quiere silenciar a un amante, con una sonrisa llena de malicia y travesura en
la cara y los dedos torpes propios de alguien ebrio. Ivthan abre su enorme boca
y lame los dedos de Samuel. Aaron no puede dejar de mirar los dientes del
original: Samuel tiene dos colmillos y los dos dientes contiguos a cada uno de
esos son algo más afilados y angulosos de lo normal. También tiene unos caninos
ligeramente puntiagudos en la mandíbula de abajo, pero Ivthan… Ivthan tiene la
mayoría de sus dientes serrados ahora que Aaron se da cuenta, todos ellos son
afilados puñales que parecen incapaces de servir para atrapar una presa entre
sus fauces sin matarla. La boca de Samuel, piensa entonces, puede ser besada,
así como puede matar. La de Ivthan solo sirve para el segundo propósito.
Aaron cruza su
mirada con la de Ivthan y un escalofrío que le sacude hasta el alma lo recorre.
Luego Ivthan deja de mirarlo, como si atisbarlo arruinase su borrachera de
sangre y diversión, y vuelve a Samuel. A él lo mira de un modo muy distinto,
con sus ojos brillando de puro deseo y admiración. Samuel retira del cuello del
humano algunas hebras de cabello negro y oscuro, empapado de sangre, y luego
pinta con sus dedos y sobre la piel aún inmaculada el lugar donde Ivthan
debería morder, resiguiendo con su dedo el pulso de la yugular.
Ivthan muerde
al humano y Samuel también, cada uno hundiendo sus dientes en uno de los lados
de ese esbelto y fino cuello que no parece lo suficientemente firme como para
aguantar entre las mandíbulas de uno de esos depredadores, mucho menos de dos.
A Aaron se le hiela la sangre, quiere salir de ahí, pero está petrificado
mirando mientras sus uñas se hunden en la tapicería del sofá.
El cuello del
chico es tan endeble y frágil que parece haber desaparecido entre las dos bocas
sangrientas. Las narices de Samuel e Ivthan se rozan por falta de espacio y
ambos entreabren sus ojos, consumidos por el éxtasis, mirándose intensa e
íntimamente mientras dan trago tras trago. Parecen perdidos en una especie de
extraño y grotesco beso sangriento y, cuando se separan del chico, este respira
con mucha dificultad y gorgotea al exhalar.
Aaron sabe que
ya no queda nadie ahí a quien salvar, pero se le llenan los ojos de lágrimas
por ese pobre humano.
—Joder…
—murmura Samuel, su voz rasposa y más ronca de lo normal, como si la sangre de
su presa hubiese endurecido sus cuerdas vocales —tan jodidamente delicioso…
había olvidado… —Samuel habla entre jadeos, pero no luce cansado o sin aliento,
en absoluto: su cuerpo está tenso, su mirada brillante y sus músculos grandes,
fibrosos y vigorosos. Jadea porque está ansioso por más.
—¿Quieres
recordar cómo es cazar también? —pregunta el otro, divertido y acto seguido se
voltea hacia el humano que parece a punto de perder la consciencia en sus manos
y le dice: —Se te permite mostrar miedo y luchar por tu vida, bolsa de sangre.
Haz de tu muerte algo entretenido para nosotros.
Aaron habría
esperado que el chico hiciese lo que el otro le comanda como una especie de
actor que acata un papel, incluso un actor realmente bueno que tiene una
actuación convincente y realista. Pero para nada sucede así: el chico se asusta
de verdad y lucha de verdad. Aaron lo sabe, porque ha estado en
el lugar de ese chico antes, lo sabe inconfundiblemente.
Y eso le hace
sentir un terrible vacío en su interior, porque significa que un humano
totalmente vinculado no es un humano que ha perdido su alma, en absoluto: ese
chico lleva todo este rato llorando por dentro, aterrado por dentro, pero no ha
podido mostrarlo hasta que el otro le ha dado la orden. El chico no es una
carcasa: es igual que él, siente y padece igual que él, pero está encerrado en
un cuerpo en que la obediencia es ley y sus temores, preocupaciones y deseos no
son más que una diminuta perlita perdida en su interior que solo sale a relucir
si su titiritero así lo desea.
Aaron quiere
vomitar.
Esas ganas
solo se intensifican cuando el chico empieza a gritar, suplicar y llorar y
Samuel, para mantenerlo quieto, lo agarra tan fuerte de la muñeca que se
escucha un terrible chasquido húmedo, un chillido de puro pavor y luego su mano
se queda inerte como si le hubiesen cortado los hilos que la controlan.
Sabe que le ha
roto la muñeca y Aaron sabe que Samuel se ha dado cuenta, pues ríe complacido,
entretenido, como el público exigente de un espectáculo que pide más y más y
más y entonces lo agarra tan fuerte por su cintura que sus dedos se hunden más
que antes en su carne, más de lo que debería ser posible para alguien con
costillas en su caja torácica y entonces Aaron escucha los aullidos de dolor,
el ahogo de un humano que está ahogándose desde dentro, su propia sangre
embotándole los pulmones.
Ivthan ríe
como un loco y mira al humano como si fuese el más exquisito espectáculo, lo
agarra por el otro lado de su cintura, hundiendo sus dedos aún más profundo que
Samuel y ahora tan bruscamente que Aaron sí puede escuchar el chasquido de las
costillas. Ambos jalonean al humano mientras lo agarran e hincan sus dientes en
su cuello de nuevo, en sus hombros, su pecho, su espalda, convirtiendo su piel
blanquecina como la nieve en una hoja desgarrada y empapada de tinta roja que
gotea por todos lados; tiran de él con sus manos y con sus dientes, arrancando
pedazos de su carne como si fuesen perros que juegan rudamente con un juguete y
no se molestan en no romperlo.
Aaron no puede
seguir mirando ese horror, pero tampoco puede apartar su vista: sus ojos están
clavados en la dantesca escena.
Ivthan y
Samuel son como animales, exactamente iguales: solo hambre y dientes afilados.
Dejan ir al
humano, pero no por ninguna clase de compasión. Quieren perseguirlo,
como un lobo que suelta de entre sus fauces a la aterrada liebre porque, además
de su hambre, es ambicioso y también quiere saciar la necesidad de estirar sus
patas, de sentir la tierra húmeda bajo sus garras y seguir el aroma del miedo.
—Corre.
—ordena Ivthan al chico, su boca empapada de sangre emite ruidos que no suenan
ni como palabras. Rugidos, gruñidos.
Ivthan tiene
que sostener a Samuel por sus muñecas para evitar que se abalance sobre el
humano antes de que haya tenido la oportunidad siquiera de dar un paso. Eso
horroriza a Aaron, no que Ivthan se contenga única y exclusivamente para hacer
la caza más larga y tortuosa, sino que Samuel no sepa controlarse.
Ha trabajado
muy duro para aprender a resistir y ahora…
CAPÍTULO 70
Aaron traga
saliva.
El humano se
tambalea e intenta ir hacia la puerta como puede, dejando tras de sí un rastro
de pisadas y de manos sangrientas, pues no para de caer sobre sus rodillas y
gatear en un patético intento no de salvarse siquiera, sino de buscar una
muerte más pacífica.
Ivthan suelta
a Samuel y este emite un rugido que hace a Aaron marearse. El chico no se
desmaya de milagro, pero le habría gustado hacerlo, pues sus ojos siguen
abiertos, escaneando con pánico e incredulidad cómo Samuel se lanza contra el
chico.
Cómo lo
derriba contra el suelo.
Cómo le rompe
los brazos sin siquiera pretenderlo para mantenerlo quieto.
Cómo le muerde
el cuello frágil y desgarrado.
Cómo le
arranca un pedazo tan grande, que la cabeza del chico se separa de su torso.
Cómo gruñe
porque su diversión se ha acabado demasiado pronto.
Cómo castiga
al humano por ello, mordiéndolo por todos lados, arrancando ahora sus dedos,
sus manos, sus brazos, pedazos de su pecho, de su abdomen…
Cómo los
órganos se desparraman y, poco a poco, una figura que antes era humana se torna
un irreconocible montón de carne destrozada.
Ivthan no
participa, solo se queda de pie, mirándolo de cerca con un brillo especial en
sus ojos y una sonrisa orgullosa en su cara, como quien observa cómo su nuevo
cachorro ha aprendido un sorprendente truco.
El vampiro más
mayor se agacha y coloca una mano en el hombro de Samuel. Suave, cuidadosa.
Aaron quiere llorar y gritar, porque ese pequeño gesto le recuerda que incluso
ese jodido demonio de cabello negro tiene ternura y gentileza en sus manos y
que, sin embargo, jamás las usará con un humano, no porque no pueda, sino
porque no lo desea.
—Ya está, ya
está. Se va a enfriar la sangre y te va a dejar un mal sabor de boca. —le dice
a su pupilo con una nota de buen humor en su voz.
Samuel alza su
cara del cadáver y se pone de pie frente a Ivthan, respirando pesado y lento,
con sus ojos prácticamente negros, devorados por la pupila y su tez pálida
bañada en brillante rojo, gotas largas y viscosas todavía escurriendo por su
mentón, escapando de su boca cuando la abre para hablarle con tono ronco:
—Más…
—¿Tanta hambre
tienes? Por Drácula, mi pobre creación… Has estado famélico por tanto tiempo
que ahora pareces un neófito ansioso…
—Más. —la voz
de Samuel ya no denota petición alguna: es firme y férrea, como una dispuesta a
cortar a quien se halle en el camino de sus exigencias.
Ivthan se
envara y ladea su cabeza, mirando con curiosidad y cautela a la criatura
hambrienta que tiene en frente.
—Oh, pero no
he traído más… —se lamenta con un falso tono de tristeza y luego una enorme
sonrisa se pinta en su rostro, una sonrisa larga, diablesca, llena de dientes
serrados, mientras se voltea poco a poco y sus ojos se clavan en Aaron— Pero tú
tienes aquí un postre delicioso.
En un
instante, toda la repugnancia, la lástima y la compasión que Aaron había
sentado ahora se esfumaron porque una emoción más grande tomó su lugar: el
horror. No hay espacio para compadecerse de otro cuando es tu vida la que debes
salvar.
El cuerpo del
chico, antes rígido como la roca, puede moverse de repente y Aaron intenta
saltar del sofá y huir.
Intenta, pues tan pronto se mueve
un mero milímetro, los vampiros ya están a su alrededor como tiburones
hambrientos. Uno, Ivthan, está detrás suyo en el sofá, sosteniéndole las
muñecas contra la espalda con una mano y, con la otra, retirándole los cabellos
del cuello y dejando sobre su piel marcas de la sangre del pobre chico muerto.
El otro,
Samuel, está sobre él, tomándolo de la cintura con dedos tan fuertes y firmes
que le arrancan el aire de golpe, tumbándolo en el sofá y poniéndose encima
suyo mientras lo mira con un hambre incapaz de reconocer en él una persona, a
Aaron, su Aaron, pues solo ve comida.
—¡No, Sami,
espera! —chilla Aaron, desesperado.
Da patadas por
doquier, pero solo nota hacerse daño en sus tobillos y rodillas cuando chocan
con el enorme cuerpo de Samuel, inamovible y duro como un muro de hormigón.
Solloza cuando siente un aliento en su cuello y esta vez, cuando la lengua del
vampiro se desliza sobre su piel probando en ella la sangre ajena, la sangre muerta,
el humano no se estremece de placer, sino de terror.
El corazón de
Aaron late tan rápido y fuerte que es lo único que se escucha en toda la casa
durante minutos. Lo único. No hay gritos, ni lloros, ni el suave y
seductor sonido de la sangre derramándose.
Aaron mira a
su alrededor, espantado e incrédulo, pensando que quizá se ha desmayado durante
su propia muerte y no se ha enterado de que ahora está en el infierno, pero
cuando se topa con el rostro confundido de Ivthan, comprende que todo eso es
real.
Que sigue
vivo.
Ahora que
presta atención, la respiración sobre su cuello es distinta: más agitada,
dificultosa. La respiración de un guerrero en medio de una encarnizada lucha.
—¿Sami?
—pregunta Aaron con su voz hecha un hilillo y cortada por un sollozo.
Ivthan le
aprieta tan duro las muñecas para hacerlo callar que Aaron teme que se las haya
roto. Su amo afloja un poco el agarre en su cintura, con el que lo sostiene
quieto y dócil bajo su cuerpo, y su respiración se vuelve todavía más nerviosa
e irregular. Jadeante.
Samuel se
separa de golpe de Aaron y lo mira primero a él con absoluto horror en sus
ojos, antes tranquilos y brumosos por la ebriedad de sangre y poder, y luego
mira a Ivthan con el ceño fruncido y una peligrosa chispa de ira encendiéndose
en su mirada.
—¿Qué mierda
pretendías?
Ivthan aprieta
sin querer más fuerte las muñecas de Aaron, haciéndolo quejarse y retorcerse.
Mira a Samuel con un rostro tenso, tratando de colocar sobre este una relajada
máscara de indiferencia y confusión. Tuerce la cabeza un poco, como si no
hubiese comprendido la pregunta.
—Suéltalo.
—ordena Samuel con una voz estremecedora, tan grave y rebosante de rabia que
parece retumbar desde la más profunda grieta al inframundo.
Ivthan libera
las muñecas de Aaron a regañadientes y alza sus manos, mostrando sus palmas
como pidiendo paz, aunque una sonrisa llena de veneno e ironía se pinta en su
rostro. Aaron querría salir corriendo, pero el miedo y la cercanía de los dos
vampiros lo paralizan y es para bien, pues teme que si sucumbiese a su pánico y
se pusiera a escapar ahora mismo, algo se activaría dentro de Samuel, algo
primitivo y despiadado, lo mismo que se ha accionado cuando el otro humano ha
intentado arrastrarse lejos y Samuel le ha saltado encima con la única
intención de destripar y destrozar.
—¿Qué sucede,
Sami? ¿No tenías hambre?
—Pretendías
que lo matase —ruge el otro y al hacerlo sus ojos se abren de par en par, su
pupila empequeñeciendo como si fuese el ojo de una aguja y el rojo del averno
de su iris devorándolo todo, ardiendo tanto que reluce con fulgor propio. Bajo
su piel blanca como el mármol, Aaron puede ver ahora las venas de su amo,
violáceas, protuberantes. Samuel luce como una bestia con su sistema lleno de
un veneno que desea inyectar en Ivthan—. ¡Sabes que quiero conservarlo! —grita
y toma a Ivthan por el cuello de su camisa, asiendo con tanta fuerza que
desgarra la ropa con sus uñas afiladas y retorcidas.
Aaron nota un
goteo caliente sobre su frente y no es hasta que mira arriba que ve que su amo
ha desgarrado la garganta de Ivthan y la sangre negruzca cae lenta y espera por
su cuello, sus clavículas y su pecho, manchándole la ropa. Aun así, el antiguo
vampiro se mantiene impasible, mirando a su creación con solo una ligera
molestia en sus ojos.
—Sé que no
tengo permitido alimentarme de él ni herirlo. —explica con calma.
Alza su mano
derecha y con ella atrapa la muñeca de Samuel mientras este aún lo sostiene por
el cuello desgarrado de su camisa. Ivthan mira a Samuel a los ojos y aprieta
con fuerza; los dedos de Samuel quedan flácidos, soltando la tela y la piel
hecha jirones, y este hace una mueca, levantando su labio y mostrando los
dientes. Aaron siente su estómago revolverse al comprender que el crujido
húmedo que acaba de oír es la muñeca de su amo rompiéndose por completo. Ivthan
retira la garra del rubio de su cuello, dejándola delicadamente a un lado de la
cintura de su propietario, y luego se arregla y alisa la camisa rota.
Sus heridas ya
están curadas.
—Pero tú eres
su amo. Puedes matarlo si gustas. ¿Acaso tengo que impedirlo?
Samuel muestra
sus dientes de nuevo, blancos, largos y afilados como puñales hechos de hueso,
solo que ahora no lo hace por el dolor, sino por la ira. Se soba la muñeca
rota, notando cómo sus huesos se recomponen. Su fuerza y su curación son
milagrosas a ojos humanos, pero son muy inferiores a las de su creador.
—Lo has
incentivado. Era tu propósito, ¿no es así? Por eso has llenado al otro humano
de drogas, para hacerme sentir descontrolado, para… Dios ¿Qué mierda le has
dado? Mi cabeza…
Samuel se
lleva las manos a las sienes y las masajea un poco con las yemas de sus dedos
mientras cierra los ojos con fuerza y frunce su ceño. No es dolor lo que
siente, en absoluto, de hecho, preferiría sentir dolor, pues eso lo mantiene
centrado y humilde, con los pies en la tierra: cuando tiene muchas ganas de
desgarrar la carne de Aaron después de besarlo o de romperle los huesos cuando
aprieta su deliciosamente pequeña cintura, suele excusarse de la habitación con
voz dulce y luego se va a un pasillo solitario a clavarse los colmillos en la
lengua hasta atravesársela o a abrirse todas las venas del brazo con sus uñas
hasta que la amargura de su sangre y el displacer del dolor le hacen olvidar
sus deseos lo suficiente como para ponerlos bajo llave de nuevo.
Lo que siente
ahora, sin embargo, es un abandono tan peligroso como delicioso. Sus deseos son
órdenes simples: come, bebe, muerde, mata. Sin embargo, él debe ahogarlos con
complejas cadenas de pensamiento, con largas razones por las que no está bien,
recuerdos complejos encadenados unos con los otros, elaborados escenarios en
los que Aaron muere y él llora por toda la eternidad por el luto. Pero la droga
dentro suyo toma todos esos complejos argumentos que él teje en su cerebro y,
como si fuese una mano traviesa y grácil, tira de ellos hasta deshilacharlos.
Descose su
cordura más rápido de lo que Samuel logra articularla y se encuentra a sí mismo
vulnerable ante la simpleza de unos deseos contra los que no tiene armas. Cada hazlo
suena como una dulce canción que su lengua reconoce y saborea y desea cantarla
porque conoce su ritmo y el bien que le hace seguirlo y cada ¡No! Es
apenas un susurro, un débil eco que la mano de la droga acalla como quien se
ensaliva dos dedos y pinza la llamita débil de una vela hasta tornarla humo y,
pronto, nada.
—Oh, por
favor, no seas puritano ahora. Has comido humanos drogados antes. ¿No recuerdas
cuando los forzabas a llegar a casi una puta sobredosis solo para sentir el
subidón después de matarlos? ¿O has olvidado a todas las mascotas que has
asesinado haciéndoles beber y beber y beber porque a ti te apetecía un trago
más cargado, pero sus cuerpos no podían soportar más alcohol?
—¡Sabes que
esto es distinto! Sabes que quiero conservar a Aaron. Que es más que una bolsa
de sangre.
—¡Ese es el
problema! Que no lo es, pero tú te has convencido de lo contrario. Podría abrir
su garganta ahora mismo, bañarte en su sangre y créeme que olvidarías todas tus
putas penas porque su muerte es mil veces más valiosa y deliciosa de lo que su
vida podría ser, pero no, no lo haré. ¡Porque entonces volverías a tener
razones para odiarme! No pienso darte ese placer, Sami, no de nuevo. No pienso
dejar que me culpes de los pecados que tú cometes. Esperaré pacientemente a que
seas tú mismo quien se dé cuenta de la verdad, pero… Deberías darte prisa.
Tengo la eternidad, pero no tengo paciencia.
—¡Al diablo
con tu paciencia! ¡Y contigo! Esto no tiene nada que ver con cómo debería ser,
ni con mi verdadera naturaleza, ni con el hecho de que los vampiros estamos
hechos para matar ni ninguna de esas mierdas. Esto tiene que ver contigo, es lo
único en lo que piensas, tú y tu egoísta deseo de no pasar la eternidad solo.
Pero podrías quitarme todo lo que tengo, podrías romperme el puto corazón una y
otra y otra vez hasta dejarme solo en este mundo y, ¿adivina qué? Seguiría sin
acudir a ti, porque tu jodido problema es que no comprendes que, a pesar de que
te enamoré, yo nunca te quise. Todo fue mentira, Ivthan, cada pequeña puta
parte de ello. Vomitaba después de follar contigo. Me frotaba el cuerpo hasta
hacerme sangre ahí donde me tocabas. Gritaba hasta quitarme tu voz de mis
orejas. Y preferiría mil veces más la soledad a estar contigo, porque cualquier
agonía es placer comparado con el asco que siento cuando estás cerca. ¿Lo
entiendes ahora o tengo que hablar más claro?
Aaron no puede
parar de temblar.
Sigue bajo el
titánico y tiránico cuerpo de esos dos demonios vociferantes y puede sentir el
ambiente cargado de fuego y tensión.
A Samuel se le
marca la mandíbula con cada palabra cargada de bilis, sus dientes apretados,
sus colmillos afilando todas y cada una de las verdades que le arroja al otro
como dagas e Ivthan solo lo mira con su rostro imperturbable y sus ojos fríos,
como si lo observara tras la seguridad de una máscara pétrea tan robusta como
un escudo.
Por un
instante, Aaron cree que la máscara se resquebrajará y lo que de las grietas
surja serán los mil y un tentáculos de un monstruo nunca antes visto, una
criatura creada solo de rencor, obsesión y furia.
Aaron está
seguro de que sucederá ahora, de que este es su fin y el de su amo, que ha
llegado demasiado lejos.
Pero entonces
Ivthan eleva una de sus comisuras. Su boca sonríe, arrogante, divertida,
ladina. Sus ojos no.
—Creo que te
arrepentirás mucho de tus palabras, Sami, que la vergüenza va a inundarte
cuando te des cuenta de que tengo razón y de que tú, una criatura hecha con
potencial infinito, solo estás reviviendo el pasado una y otra vez. Cometiendo
los mismos errores —la vista de Ivthan baja un segundo y sus ojos rojos
y mezquinos se clavan en Aaron de una forma que puede sentir físicamente, como
garras largas y afiladas que se hunden en su carne y lo perforan por dentro,
dejándolo clavado en el lugar—. Pero si la historia se repite, pronto volverás
al buen camino y solo tengo que estar presente esta vez, mantenerte en él para
que no te desvíes. Pronto esta patética forma de vida que llevas, compartiendo
lecho con el ganado, caerá por sí sola. Tu hambre es parte de ti, tu crueldad,
tu maldad, tu sed de muerte… no puedes contenerlas por siempre.
Las palabras
de Ivthan flotan en el aire como una amenaza certera, pero paciente. No
necesita sonar violento o lleno de explosiva ira, como Samuel, solo necesita
esperar y la naturaleza pondrá todo en su lugar: Samuel no podrá mantenerse
siempre alerta, siempre perfecto, un día una gotita de su esencia vampírica se
deslizará por las grietas de su máscara de suavidad. Tendrá un accidente, un
pequeño desliz: un lapso en el que muerda a Aaron demasiado profundo o juegue
demasiado rudo con él o quizá en que lo castigue por un ratito más del que
debería, solo porque se siente bien y hace tanto que no se siente así de
bien y… ese desliz va a costarle la vida a Aaron.
Eso es lo que
más los aterroriza a ambos. Que la amenaza no viene de Ivthan, incluso si son
sus labios los que la han pronunciado y la han hecho evidente, real. La
amenaza viene de Samuel, de su interior, y nadie puede huir de aquello que
lleva dentro, pues ahí donde vaya, lo lleva siempre consigo.
Ivthan se baja
del sofá con movimientos gráciles y elegantes. Incluso con la camisa rota y
ensangrentada, luce realmente formidable y pulcro. Mira a Samuel, como curioso
ante su reacción: este se halla cabizbajo, respirando fuerte y profundo,
gruñendo porque puede sentir la droga en su sistema reduciéndolo a poco más que
un animal, a garras y dientes y toda la rabia que le hace ver solo rojo. Desear
solo rojo.
Samuel niega
con su cabeza, sacudiéndola como queriendo expulsar de ella todos sus deseos
oscuros, y mira a Ivthan fríamente a los ojos mientras dice:
—Piensas
demasiado grandiosamente de ti mismo. Vienes aquí, sin anunciarlo y me entregas
tu opinión como si fuese un precioso regalo que debo atesorar cuando no es más
que una hedionda bolsa de estiércol que dejas en mi puta puerta. Lárgate, no
eres bienvenido.
—Tenme
respeto, Samuel. —le responde Ivthan, pero su rostro y su tono son plácidos.
Habla solo por
hablar y no necesita amenazarlo ni un poco más: ya ha logrado lo que quería,
ver la inseguridad en sus ojos. Saber que, incluso si el vampiro le ha
prometido a su preciado juguetito humano que jamás lo romperá y que lo cuidará
por siempre, él no está tan seguro de poder mantener esa promesa. Al fin y al
cabo, por siempre es un largo tiempo y romperlo es lo que mejor
sabe hacer.
—Solo fingía
tenértelo cuando aún podía sacar algo de provecho engañándote, igual que fingí
amarte. Ahora no me merece la pena el esfuerzo.
El otro
asiente profundamente con su cabeza y los ojos cerrados, como reverenciando las
palabras del otro, llevándoselas al corazón y comprendiéndolas con una
superficialidad la cual Aaron no puede traspasar. Luego mira a Samuel y, aunque
su mirada es fría e impasible como siempre, hay algo distinto en ella, pero
Aaron no logra señalar el qué.
—Entonces,
tampoco es provechoso para mí seguir fingiendo que tengo paciencia contigo. Nos
veremos pronto, Sami.
Ivthan se
marcha y cierra la puerta tras él, sin azotarla, sino siendo suave y cuidadoso
en sus movimientos. Samuel y Aaron se quedan mirándola, incrédulos y congelados
en su lugar, con cada músculo de sus cuerpos tenso y con el aliento retenido en
el pecho, como esperando que en cualquier momento la puerta se abra de par en
par e Ivthan se lance sobre ellos con la rabia que lleva todo este rato
conteniendo en su interior.
Pero nada
sucede y Aaron necesita respirar de nuevo. Jadea, aunque no sabe si angustiado
o aliviado, y Samuel de pronto pasa de ser una estatua a un ser humano animado,
como si el aliento de su amado hubiese roto un extraño hechizo.
—Aaron, joder,
lo siento. ¿Estás…
Cuando Samuel
intenta inclinarse y tomar al chico entre sus brazos, este aúlla de temor y
recula en el sofá, tratando de escabullirse de su tacto como si sus manos
estuviesen hechas de acero al rojo vivo.
Samuel quiere
tranquilizar al chico, pero se queda de piedra viéndolo tan asustado. Lo mira
con los ojos exorbitados, cubiertos de una gruesa capa de lágrimas que hace que
el azul hermoso y vivo en ellos luzca desvaído como un gris sin vida, y su
cuerpo tiembla tanto, se sacude de puro terror hasta el punto en que el chico
cae del sofá con un enorme estruendo, golpeándose la nuca y su cadera.
—¡Aaron!
—grita Samuel, preocupado, y corre a recogerlo.
Eso solo
empeora las cosas.
Aaron solo
puede articular noes que chilla con absoluto pavor y sus uñas se rompen cuando
las ancla al suelo, sus manos agarrotadas, su cuerpo revolviéndose como un
gusano que intenta huir sin comprender cómo. Samuel solo quiere ayudar, pero su
tierno humano lo mira como si fuese la misma muerte y es que, ¿acaso no lo ha
sido hace minutos?
No solo ha
saboreado la muerte de Aaron en la punta de sus labios como una dulce
tentación: ha matado a un chico delante de él. Lo ha desmembrado con su boca y
con sus manos y ha gemido de deleite mientras deshonraba su cuerpo muerto, como
regodeándose al saber que esa pobre alma no podrá tener siquiera sepultura, que
su madre no podrá jamás dar una última vez un beso en la frente fría de un
rostro que reconoce porque ocupa sus memorias más felices.
Aaron ha visto
una pequeña porción de lo que él realmente es. De lo que él desea ser con
Aaron. Y eso es algo que ningún humano debería ver, no uno que no es una presa,
sino un amante.
El chico llora
tanto que sus ojos están rojos e irritados, sus párpados inflamados como frutos
maduros a punto de abrirse. Tirita de un modo tan exagerado que sus dientes
chocan los unos con los otros con fuerza y amenazan con romperse. Y, lo peor,
el chico lleva sus manos a sus tobillos y grita angustiado, no, agonizando.
Grita
exactamente igual que la noche en que se los desgarró, igual que ha desgarrado
hoy el cuello de ese pobre humano cuyo nombre ni siquiera conoce y cuyo rostro
ya ha olvidado.
—¡No! ¡No!
¡No! —grita Aaron, tan lleno de dolor que Samuel tiene que mirarlo con
atención para comprobar que no está herido, que no está sangrando. Aaron se
aprieta los tobillos y los sacude y sus pies cuelgan inertes como los de un
muñeco sin vida mientras el humano aúlla de agonía:— ¡No, amo, otra vez no, no
me los rompa de nuevo, no me los arruine de nuevo, no, no, no, duelen y ya no
funcionan y no! ¡No! ¡No puedo moverlos, no puedo, no puedo,
nopuedonopuedonopuedorespirarnonononono!
Samuel toma a
Aaron en sus brazos incluso si el chico se resiste al inicio y grita. Aaron
reconoce al vampiro y su cercanía, reconoce el peligro inminente, el dolor, la
violencia de la que esas manos son capaces, reconoce la sensación de ser
insignificante bajo sus puños, el miedo atroz a la agonía que no termina nunca,
el nudo en la garganta que se le forma cuando Samuel lo mira con dureza o
escucha sus pasos y suenan fuertes y firmes y enfadados y se pregunta si ha
hecho algo mal y cómo será castigado y reconoce la ansiedad que siente cada vez
que nota su aliento en su cuello, reconoce el dolor punzante que se le clava en
lo más hondo de su ser cuando el vampiro lo muerde, reconoce el sentimiento de
estar desaparecido poco a poco como una luz que se apaga cuando un vampiro bebe
de él, reconoce…
De pronto,
Aaron reconoce la sensación agradable de unos labios tiernos y gentiles sobre
los suyos. Reconoce los besos de Samuel. Su amabilidad, su paciencia, sus
esfuerzos inagotables por cambiar y mejorar y amarlo de una forma que él puede
aceptar y abrazar.
Reconoce su
humanidad.
—¿S-S-Sam-sa-sa…
—Shhh, no
hables, solo respira. Céntrate en eso. Sé bueno para mí y toma una bocanada
grande de aire. Eso es, buen chico, tan bueno, tan perfecto —susurra Samuel
mientras acaricia el cabello de Aaron, a pesar de que la bocanada de aire que
ha tomado no ha sido perfecta en absoluto, sino más bien un hipeo entrecortado
y jadeante lleno de sollozos y castaños de dientes. Pero para Samuel ya está
bien, porque significa que Aaron le está haciendo caso, que le escucha y que ya
no está atrapado en cualesquiera que sean esos recuerdos de pesadilla que lo
estaban atormentando—. Está bien, todo estará bien. —sus dedos cálidos se
deslizan desde arriba y hacia abajo siguiendo la columna de Aaron, tan cálidos
como sus palabras fundiéndose en sus labios y derramándose melosas por su
cuerpo.
Tan cálidos.
Tan cálidos.
<<Cálidos porque ha bebido sangre. Cálidos porque ha matado>>.
Aaron abre los
ojos de sopetón, alterado, y mira a su alrededor: el suelo sigue empapado de
sangre y el sofá también, excepto por el huequito donde están ahora ambos. Hay
vísceras por todos lados, pero ya no relucen, la sangre se está secando y el
zumbido de las moscas indica a Aaron dónde está la mayor parte del cadáver.
Dirige sus ojos hacia ahí, pero la mano de Samuel los cubre.
—No mires —le
dice, pero su voz suena extrañamente débil, suplicante, como si lo que hubiese
en el suelo no fuese una de sus pobres víctimas, sino su alma desnuda hasta el
punto del desolle. Un alma pútrida y repugnante, de la que se avergüenza tanto
que se la arrancaría si no estuviese entretejida en cada fibra de su ser.
Siempre ahí. Siempre—, por favor. No mires. —<<No me mires.>>
Aaron cierra
sus ojos, pero en el reverso de sus párpados sigue pudiendo ver la forma brutal
en la que Samuel ha destrozado al pobre chico.
—Lo has
matado… —susurra y Samuel baja la cabeza, avergonzado.
Porque siempre
será un monstruo, incluso si es uno domesticado. Y mientras lo sea, jamás será
digno de Aaron, no ya de su perdón o su amor o su cariño o su compañía, no será
digno de su presencia.
Samuel llora,
la sangre que hace poco fluía en las venas de un joven y vacío humano hecho
títere ahora resbala por las mejillas de su asesino, teñidas de pecado y
arrepentimiento, intocadas por cualquier tipo de perdón.
—Lo he matado
—susurra Samuel, como una confusión. Hipea, dolido, angustiado. Repugnado:—
y lo he disfrutado.
Aaron solloza
y Samuel lo hace también. Ambos llenos de horror.
—Soy un
monstruo, soy indigno… Lo siento, lo siento tanto, pero no lo he sentido
en el momento, no he sido capaz de sentir culpa o compasión. Quiero cambiar,
quiero ser mejor. ¿Lo soy? ¿Esto, lo que he hecho hoy, significa que he vuelto
al punto de partida, que soy igual que antes o… no, peor, peor aún, porque
antes era malvado porque quería y ahora lo soy incluso deseando con todas mis
fuerzas no serlo? ¿Qué estoy haciendo, Aaron? ¿Qué está pasando? ¿Te estoy
condenando? Lo siento, lo siento, lo siento… No quiero ser un monstruo, pero…
Lo siento.
Samuel se
disculpa una y otra vez, su voz quebrándose con cada súplica, pedazos de ella
cayendo hasta que queda desnuda, delgada, sensible. Sus lágrimas se deslizan
por sus mejillas, color rubí como la sangre del chico que antes ha derramado
sin remordimiento alguno y llenas también de un profundo dolor sin solución.
Sus ojos bajan, no puede mirar a Aaron a la cara, no puede mirar los labios que
ha besado incluso sabiendo que su boca es veneno y la de Aaron elixir, no puede
mirar su hermoso cuello, nido de su voz, que tantas veces ha desgarrado con sus
dientes como queriendo privar al mundo de sus palabras suaves y amables,
palabras que recibe y que no merece, no puede mirar su pecho, donde late
desbocado un corazón que ha anudado forzosamente con su vínculo, como quien ata
con cadenas de metal a un perro salvaje y noble que huele la depravación y es
incapaz de serle fiel a un amo indigno, no puede mirar su vientre suave y tibio
donde tiempo atrás dejó su semilla como queriendo marcarlo, por dentro y por fuera,
no puede mirar sus manos, pues lo asen con suavidad en vez de golpearlo como
merecería, no puede mirar sus piernas delgadas y elegantes, esas que hasta hace
nada temblaban y se desmoronaban inútilmente porque él decidió que Aaron debía
arrastrarse en vez de andar.
No puede mirar
siquiera el suelo, pues en él se proyecta la sombra de su Aaron, una sombra que
carece de alas no porque el chico no las tenga, está seguro, sino porque él se
las ha arrancado: le ha robado a su ángel su única oportunidad de volver al
cielo, no porque merezca el infierno, sino porque él no merece algo tan divino
entre sus garras manchadas de carmesí, pero lo ama tanto que no sabe cómo
dejarlo ir.
Cada lugar que
mira ha sido tocado de un modo u otro por la perfección de Aaron: su aliento,
sus pasos, el eco de su presencia… y es, por ende, un recordatorio vergonzoso,
humillante, de que jamás merecerá siquiera atrapar al chico en su memoria,
menos aún en su mirada.
Samuel cierra
sus ojos, la sangre se le perla en las pestañas.
—Lo siento.
Su voz se
escucha más débil ahora y suena exactamente como todas esas veces en que se
arrodillaba ante su padre y le pedía perdón por ser una deshonra, por no ser
suficientemente bueno como para ser llamado su hijo, para compartir su aliento,
su sangre en sus venas.
Solo que
entonces su padre le castigaba y le reprendía porque era demasiado blando,
demasiado amable en un mundo donde la frialdad es poder y la compasión
debilidad.
Su padre
siempre le hizo sentir avergonzado por tener un alma suave y sensible y ahora
que por fin sus palizas han surtido efecto y la han vuelto fría y dura como la
piedra.
Samuel se
avergüenza porque su corazón es demasiado cruel y sanguinario.
Nada de lo que
haga, siente, es jamás suficiente. Nada es suficientemente bueno como para que
aquel ante el que se arrodilla le mire con algo más que asco, desdén y
decepción.
Nunca
aprenderá a vivir bien.
Piensa que
quizá el problema no está en que antes fuese demasiado amable y ahora sea
demasiado cruel, sino en que hay algo mal en él, algo irremediablemente roto
que hace que allí donde vaya todos sus esfuerzos sean inútiles y todas sus
formas de querer insuficientes.
Quizá nació
para ser siempre inadecuado. Un hijo que no está a la altura del padre. Un rey
demasiado blando. Un amante demasiado apasionado y cegado por el amor como para
poder prever la inminente traición. Un amo demasiado cruel y ahora un amante
con demasiado poco amor que ofrecer.
<<Soy
exactamente aquello que intento con todas mis fuerzas no ser. Soy una criatura
hecha para traicionarse a sí misma, para fallar. Soy un error>>
De pronto
Samuel siente una mano pequeña, candorosa y suave en su nuca, enterrándose
tímidamente en sus cabellos. Acariciando.
Nunca en sus
cientos de años de existencia, sus disculpas por ser lo que es han sido
respondidas con un toque gentil. Hasta ahora.
Aaron solloza,
porque le teme y porque odia el monstruo que hay en él, pero lo acaricia. ¿Por
qué lo acaricia si lo odia? ¿Por qué si debe mantener sus ojos aún cerrados
para no ver su insoportable y atroz naturaleza?
—Tienes que
prometerme que no volverás a matar, Sami, por favor. No puedes tomar más vidas
humanas.
—No lo haré.
Lo prometo. —responde Samuel con urgencia. Desde que conoció a Aaron, esa es
una promesa que jamás ha dicho en alto, pero que de algún modo ha ido
construyendo, ladrillo a ladrillo, en su interior. Hoy la ha traicionado, pero
hoy la ha vuelto real con sus palabras y esta vez no puede fallar de nuevo.
Al inicio,
cuando Aaron no era más que una mascota humana sobre la que descargaba su ira,
Samuel solía ir a locales de sangre, a salas rojas específicamente, y allí
hacía de un pobre muchacho o muchacha un espectáculo atroz. Poco a poco, sin
embargo, vio en cada chico y chica a Aaron, no a Aaron exactamente, pero empezó
a verlos como lo veía a él: una criatura sensible y asustada, con sangre en sus
venas, sí, pero un pasado a sus espaldas y un futuro soñado en su corazón. Veía
una cicatriz en la frente de uno de ellos y se preguntaba si se la habría hecho
de pequeño jugando en un parque, quizá con un hermano. Veía un tatuaje en una
lengua extraña y se preguntaba qué significado tendría para esa persona. A
veces veía cicatrices de operaciones o de batallas perdidas y se preguntaba por
qué obstáculos habría pasado esa pobre vida y qué clase de cosas habría pensado
mientras los superaba.
Y la idea de
matar a esos humanos se le antojaba como algo demasiado grande. Matarlos no era
sencillamente terminar una comida, era también erradicar una vida, borrar
páginas y páginas de una historia con mucho hueco en blanco todavía por
rellenar y la idea le abrumaba.
A veces solo
bebía de ellos. Otras les preguntaba por sus cicatrices, sus tatuajes o por
tonterías similares. Al hacerlo, algo cambiaba en ellos, alzaban su mirada y
sus ojos pasaban de lucir como viejas canicas desvaídas a ojos de nuevo.
Estaban llenos del reconocimiento que Samuel les otorgaba.
—¿Puedes
enterrarle?
El vampiro se
queda mirándolo unos segundos, confundido.
—Al chico,
¿puedes enterrarle en el jardín, cada pedazo de él, colocarlo en la tierra como
si estuviese tumbado plácidamente? ¿Puedes ponerle una lápida para que pueda
dejar flores en ella? Por favor…
Samuel
asiente, compasivo, y pone una mano sobre los ojos del chico.
—Cierra los
ojos, ¿de acuerdo? No los abras hasta que haya acabado.
Pero Aaron no
lo obedece, no con rebeldía, sino con una actitud taciturna, vencida. Aparta la
mano del vampiro de delante de su rostro y lo mira a los ojos mientras dice
lentamente:
—Lo he visto
igualmente. Lo que llevas dentro. El hambre cuando le das verdaderamente
libertad. Lo he visto y no podré olvidarlo. Pero tampoco podré olvidar tus
besos.
Aaron ve,
también, cómo los ojos del vampiro se llenan de lágrimas de sangre. Pronto, sus
mejillas estarán teñidas de sangre fresca, además de la sangre seca de su pobre
víctima.
—¿Me odias?
—pregunta, apenas sin voz.
Samuel tiene
claro cuál debería ser la respuesta, pero le destrozaría escucharla. Aaron
tarda un minuto en responder y cada segundo de silencio lo rompe más y más.
—Odio en lo
que podrías convertirte. Odio lo que fuiste antes, lo que te has dejado ser
hace un rato. Pero no te odio a ti. Te he perdonado, lo sabes, ¿verdad? Pero no
puedes volver a… No puedes volver a hacer esto. ¿Entendido, Sami?
Samuel no
puede hablar; siquiera la voz en su interior para responderle al chico: esta se
rompe en un sollozo angustioso. No puede entenderlo. ¿Cómo puede Aaron
ofrecerle una compasión y una paciencia tan perfectas a él? ¿Cómo puede
ser tan egoísta de sentirse aliviado, pues va a aceptarlas?
Samuel asiente
y pasa varias horas en silencio: el rato que tarda en limpiar su desastre con
esmero, tallando el suelo con sus propias manos, tomando en brazos el cuerpo
destrozado del muchacho para darle sepultura en el jardín, a la luz de la luna.
En pocos días, comprará una lápida, pero por ahora no tiene siquiera epitafio.
No tiene nombre, tampoco.
Cuando Samuel
vuelve al comedor, Aaron sigue sentado en el sofá, acurrucado en una esquinita
y abrazando sus rodillas. Samuel se sienta a su lado, sin saber bien qué decir
y cuando Aaron alza una mano hacia él, Samuel se aparta, dolido: las manos de
Aaron no merecen tocar algo tan podrido, tan sucio… Pero, ¿quién es él para
negarle algo a su ángel? Así que la próxima vez que Aaron extiende su mano,
Samuel baja la vista, avergonzado y arrepentido, y deja que su humano le
acaricie las mejillas dulcemente.
—Aún hay
sangre.
—Mierda, lo
siento, he limpiado, pero…
—No, en tu
cara, tus lágrimas.
—Perdona, es
patético.
Samuel vuelve
a apartar su rostro, ahora intentando girarse del todo, huir de la mirada de
Aaron, que lo quema como agua bendita.
Aaron no lo
deja escapar tan fácilmente: el chico gatea hacia su esquivo amo y se sube a su
regazo, a horcajadas, forzando una cercanía demasiado tentadora para Samuel,
que aprieta los puños a los lados de su cuerpo y cierra los ojos, temblando de
puro deseo. Aaron, encima suyo, le acaricia las mejillas y le retira las
lágrimas carmesí.
—No lo es,
amo, llorar nunca es patético. Además, ¿quién le diría a usted jamás que es
patético? Apuesto a que alguien que no quiere conservar su cabeza.
La repentina
broma de Aaron aligera un poco el ambiente y hace que ambos rían de forma
tímida.
—Tienes razón,
siendo un vampiro nadie tendría el valor para dedicarme ni una sola mala
mirada, pero de humano lo oía todo el tiempo. A veces odiaba verte llorar por
eso, porque ¿por qué tendrías tú derecho a hacerlo cuando yo tenía que aguantar
las palizas sin una sola lágrima? Pero jamás pude castigarte por llorar, se
sentía ser… Ser demasiado… Como ellos.
Los ojos de
Samuel lucen idos. Miran a Aaron, pero parecen ver a través de él y el
chico conoce a la perfección esa mirada: son ojos de miran hacia adentro, que
exploran algo que pertenece al pasado y que se hunden en recuerdos dolorosos.
Aaron sabe que
Samuel habla de su padre y sus guardias reales, esos hombres crueles que no
tenían siquiera la excusa de los instintos para justificar la vileza de sus
acciones. El chico se inclina y besa la frente de Samuel; su mirada brilla,
siendo atraída hacia el presente de nuevo.
—Incluso
cuando fuiste un monstruo conmigo, eres menos monstruoso que los que te
hirieron… Debió de ser tan horrible, Sami, lo siento…
El vampiro
aprieta sus labios y respira despacio y tembloroso. Sus manos se aferran a la
cintura de Aaron, apretándolo cerca, buscando un abrazo que necesita demasiado.
—A veces culpo
a mi naturaleza de las atrocidades que hago, pero me pregunto si estoy muerto y
lleno de podredumbre desde antes de tener estos instintos. Mucho antes. Al fin
y al cabo, no fue cuando me convertí en vampiro cuando aprendí todas las cosas
horribles que te he enseñado. Aprendí siendo humano lo que duele una paliza,
aprendí cómo uno puede reducir a un hombre grande a su mera sombra solo con
palabras, aprendí que el sexo es poder y violencia, que uno puede usar sus
puños para someter y humillar a alguien igual que puede usar su deseo.
El corazón de
Aaron punza de dolor. Sus sospechas llevan tiempo morando en su interior,
alimentándose de pequeños comentarios o incluso gestos del vampiro, pero verlas
confirmadas, incluso si ya lo sabía de algún modo, le duele terriblemente.
Imagina a Samuel, a un Samuel dulce e inocente del cual conoce ahora meros
ecos, e imagina su dolor. Su desesperación.
—Oh, amo,
¿Quiere decir…
Samuel hace
una mueca enfadada, mas no está enojado con su humano, sino consigo mismo. Se
muerde la lengua, duro.
—Nada. No
quiero decir nada. He hablado demasiado, la droga me hace sentir confundido y…
Aaron lo toma
de la cara con gentileza, pero con un toque firme inusual en él. Pone sus
palmas en las mejillas enrojecidas del vampiro y vuelve su rostro grande y
colmilludo como el de un león hasta obligar al vampiro a mirarlo.
Los ojos de
Aaron son pura honestidad y torridez; Samuel se siente desarmado.
—¿Quién te
hizo eso, Sami? —pregunta el chico, aunque ya imagina la respuesta, así
que no la necesita; pero sabe que Samuel necesita decirla, pronunciar en voz
alta cosas que llevan siglos revoloteando solo en su cabeza, torturándolo.
Necesita
expulsarlas. Exorcizarse.
—¿Acaso
importan los nombres? —pregunta con una sonrisa sardónica en los labios, pero
luego se deshace en una mueca triste y sincera, pues Aaron no merece ironías,
solo verdades.
—Los guardias
de mi padre eran tantos, uno tras otro, tomando turnos. No recuerdo ni sus
rostros, solo sus manos, sus risas, sus alientos repugnantes y la sangre. Tanta
sangre. La mía y la de ellos, las mezclaban y me la hacían beber: mi padre
decía que no merecía su sangre real en mis venas… Así que ellos se ocupaban de
mancharla, de hacerla impura, como yo. Como mi cuerpo. Los maté cuando me
convertí y ni el recuerdo de sus gritos, su sangre, su agonía y sus muertes,
logró borrar el de las cosas que me hicieron. A veces pienso que nada me hará
olvidar, pero entonces… Tus manos, tu voz… Tus labios…
Samuel frota
su rostro contra las palmas de Aaron. Tan pequeñas, tan suaves y delicadas.
<<Con
él el deseo no es un arma, ya no. Con él no me tengo que preocupar por herir
antes de ser herido. Si solo lo hubiese entendido antes…>>
—Sus manos
también me hacen olvidar, amo, pero tiene que ser suave. —le recuerda el chico,
acariciándose las mejillas.
Samuel ahueca
también sus palmas, tomando el rostro del tierno humano en un gesto gemelo al
de Aaron.
—¿Cómo? Mis
manos son las mismas que…
Aaron gira su
rostro y besa una de las áridas palmas del vampiro, haciéndolo callar de golpe.
—Pero se
sienten muy distintas, amo. —responde suavemente, sus labios rozando su
piel como plumas acariciándolo.
Un hormigueo
lo recorre y Samuel tiene un escalofrío agradable. Aparta sus manos del rostro
de Aaron y niega con la cabeza hasta zafarse del humano con cuidado.
—Ah, mierda.
Me haces sentir bien. No merezco que me hagas sentir bien. No merezco que me
consueles.
Aaron frunce
el ceño, frustrado. De golpe, agarra las muñecas del vampiro con todas sus
fuerzas y tira de ellas para volver a colocar su rostro entre las manos del
vampiro y este, incapaz de negarle nada a su pequeño humano, se deja guiar por
Aaron.
—Quizá el
hombre que me destrozó no lo merece —responde, moviendo su cara y cerrando sus
ojos mientras se restriega como un mimoso minino contra sus palmas grandes y
cálidas—, pero al joven príncipe al que le hicieron aquellas cosas tan
horribles sí que lo merece, aquel pobre chico que era demasiado sensible y
amable. Me gusta cuando es él.
—Está muerto.
—susurra Samuel, queriendo apartar sus manos, pero queriendo también darle a
Aaron todo lo que desee.
<<¿Por
qué a mí? ¿Por qué me desea a mí?>>
—Sus
cicatrices siguen doliendo, su corazón sigue amando… Algo que aún siente no
puede estar muerto.
Las palabras
de Aaron lo golpean con una fuerza que lo aturde por varios minutos. Samuel se
queda congelado, incapaz de pensar en nada que no sea lo que el humano acaba de
decir: una verdad tan contundente que no puede ser discutida. Se siente tan
conmovido, atravesado por el miedo a ser aquel débil humano al que creyó
superar, pero a la vez inundado por la alegría de saber que la única parte
humana en su interior sigue con vida.
Cuando vuelve
en sí, Aaron está contra su pecho, abrazándolo. Un brazo intenta rodear sin
éxito su cintura y el otro rodea su cuello, la mano de Aaron hundida en su
melena rubia, desde la nuca, mimándolo para relajarlo de una forma que le hace
sentir que sus huesos se convierten en gelatina.
Samuel ríe,
sencillamente incrédulo por lo maravilloso que es Aaron.
—No deberías
consentirme así. Tú eres mi mascota, no al revés. —bromea, revolviéndole el
pelo y haciendo que el ambiente se sienta de pronto más ligero y agradable.
Ahora que las
cosas han vuelto a la normalidad, ahora que Samuel acepta con gusto los toques
de Aaron y lo achucha con pasión, el chico se permite relajarse lo suficiente
como para bromear de vuelta:
—Déjeme
disfrutar de cambiar los roles una vez al menos. Usted podría ser una de esas
mascotas peligrosas que la gente a veces tiene, como una serpiente o un tigre.
Samuel alza
una ceja, ofendido.
—¿Me comparas
con una culebra gorda o un gato grande?
Aaron tuerce
su boca mientras piensa en la respuesta y, a la vez, pone su mano en forma de
garra y decide acariciar ahora la cabeza de Samuel, como si fuese uno de esos
gatos que adoran que los rasquen tras las orejas. Samuel se estremece al sentir
sus dedos masajeando suavemente su cuero cabelludo y deja ir un ronco sonido de
gusto.
—Mire, si está
ronroneando. Quizá debería comprarlo con un gatito normal y corriente.
—Serás… ven
aquí.
Samuel le
responde de modo obviamente juguetón, pero cuando toma al chico por su cintura
y lo derriba sobre el sofá, subiéndose sobre él para preparar un ataque de
cosquillas que le va a enseñar al chico una buena lección, Aaron lo mira con
los ojos abiertos de par en par, el corazón a mil y sus respiraciones
tornándose cada vez más ansiosas y rápidas.
No puede parar
de pensar en la forma en que el vampiro se abalanzó sobre ese pobre humano
antes de despedazarlo. No puede parar de pensar que esto que él ve ahora es lo
último que ese pobre chico vio antes de morir.
Samuel ve el
terror en su mirada y alza al chico de pronto, volviéndolo a poner sobre su
regazo para que no se sienta atrapado.
—Aaroncito,
tranquilo. Solo estaba jugando. —le asegura, sin siquiera tocarlo, pues teme
que el chico reaccione con asco o terror.
Aaron jadea,
intentando normalizar sus respiraciones y, al cabo de un rato, logra responder
algo:
—L-lo sé,
perdón, solo pensé que… lo siento. Estoy nervioso aún. Y asustado. No puedo
dejar de pensar en ese chico, creo que necesito dormir.
Aaron tiene
toda la razón: necesita un maldito descanso. Así que Samuel le hace una pequeña
cena que el chico no tiene estómago ni para tocar y, poco después, lo lleva a
la cama, aunque sea pronto. Samuel lo arropa y besa su frente, le acaricia el
cabello hasta que el chico se queda dormido y, cuando pretende irse, nota que
Aaron está agarrándolo tan fuerte de la mano que no le permitirá marcharse. No
sin despertarlo.
Así que Samuel
se queda horas a su lado, sentado, esperando, viéndolo dormir. Solo que Aaron
no duerme mucho rato seguido y mucho menos duerme plácidamente: cada poco se
revuelve en la cama, hace muecas de aversión y aprieta su mano con pánico,
justo antes de despertarse gritando, jadeando y pateando las mantas fuera de su
cuerpo, tratando por todos los medios de escapar de cualesquiera que sean sus
terribles pesadillas.
Cada vez
que despierta, Aaron llora como una magdalena murmurando "Ese chico, ese
pobre chico…" y Samuel lo abraza y lo consuela, ayudándolo a dormir de
nuevo. Algunas veces, Aaron se refiere al Samuel joven y humano al que su padre
atormentaba; otras, al muchacho que ha muerto hoy entre las garras de su amo.
Cuando Samuel
piensa en él (y esta noche no puede dejar de hacerlo), una enorme culpa lo
consume. Nunca le han importado sus presas, pero hoy ve a Aaron tan agitado,
tan necesitado de sus abrazos y sus palabras reconfortantes… Que no puede parar
de imaginar cómo ese pobre mortal también merecía que alguien lo sostuviese y
lo calmase, como merecía dulzura, ternura, comprensión. Y como solo obtuvo a
Ivthan. Y luego a él.
<<Todo
el sufrimiento que debe haber soportado, la fuerza que el cruel destino le ha
obligado a tener mientras luchaba contra cada agonía en sus noches… Toda esa
entereza, esas esperanzas conservadas para poder seguir, todos sus sueños y sus
deseos y sus “valdrá la pena”… Todo por nada. Para acabar siendo mi cena solo
porque me apetecía desgarrar su tierna carne.
Toda una
vida arruinada por unos segundos de placer.>>
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