Capítulo 71
Aidan despierta con su humano
enroscado a él como una serpiente: con un brazo le rodea el suyo, con el otro
le intenta rodear la espalda y con las piernas se aferra a su muslo como un
mono trepando un árbol. El vampiro se acerca al cálido y dormido cuerpo que
tiene al lado y besa su cuello, ahora inmaculado después de que su sangre haya
borrado cualquier rastro del mordisco anterior. Hunde la nariz en el hueco
suave entre su oído y su mandíbula e inhala. Jeremy huele cálido y
reconfortante. Aidan no sabe de dónde vienen esos recuerdos, pero sabe, de
algún modo, que es el aroma de un amanecer en el prado con la hierba recién
cortada húmeda de rocío, el olor de un atardecer cálido en la playa con la
arena entre los dedos de las manos y las olas empezando a espumear a sus pies.
Sabe que huele a recuerdos felices de una vida que ya no le pertenece. Pero
esta vida sí le pertenece y Jeremy también.
Decide dejarlo dormir, pues luce
pálido y agotado, así que pone en el buró alguna pieza de fruta y un vaso con
leche y cereales para cuando el muchacho despierte. Mientras sigue durmiendo,
él decide escabullirse hacia el pasillo y, de ahí, va a la habitación de
Xander, donde lo encuentra desperezándose y con las sábanas todavía pegadas al
cuerpo medio desnudo cuyos músculos se estiran y se relajan delante de Xander.
—Buenas noches —lo saluda Xander,
torciendo la cabeza. Sus ondas doradas parecen una melena de león cuando no las
peina.
—Buenas noches —responde Aidan
con una sonrisa y un tono cómplice, cerrando la puerta —, me preguntaba si
habrías pasado la noche con tu humano. Pensé que no, a juzgar por tu visita de
ayer, y al parecer juzgué bien —comenta mirando la cama vacía. Sin un mortal en
ella, se da cuenta ahora de que es grande en exceso, de lo solitaria que luce.
Xander responde con un bufido molesto —¿Problemas con tu presa, Xander? Porque
eso sería una novedad después de tantos años viéndote conseguir lo que quieres.
—Debes estar regodeándote al ver
como un jodido humano me da largas —ríe Xander aunque asesta una mirada
suspicaz a su amigo, que le responde sentándose en la cama, poniendo una mano
solemnemente sobre su hombro y diciendo, con el rostro totalmente serio.
—Muchísimo —acto seguido ambos
estallan en carcajadas amistosas. —. No, en serio, pero también eres mi amigo y
si tienes un problema quiero ayudarte en ello ¿Qué sucede con Liu?
Xander aprieta sus labios y
tuerce la boca. La pregunta le resulta inexacta <<Qué me pasa a mí con
él>> clarifica su mente, aunque no tiene ganas de hurgar en lo que se
siente como una herida abierta que lleva demasiado tiempo ignorando.
—Siento que pasar tanto tiempo
con un humano, que pasarlo de este modo, me está cambiando, Aidan. Y son
cambios que me hacen más débil, más blando, más… como un humano. Quizá debería
alejarme de él o matarlo, pero necesito poseerlo antes. —explica, su boca se
queda seca cuando habla de matar a Liu. Saborea esa palabra con una mezcla
entre el deseo más primitivo y salvaje que alberga en su interior, y un
disgusto terrible que le abre un boquete en el estómago.
Perder a Liu se le hace una idea
insoportable, pero desea tantísimo hacerlo suyo hasta que su vida le pertenezca
y pueda arrancarlo.
No entiende como hacer hueco en
su corazón al deseo de matar al humano y al temor de verlo muerto
—Pero las cosas avanzan lentas.
Siento… siento que tiene demasiado control sobre mí. Que la relación que
tenemos se está convirtiendo en algo peligroso y que debo tomarlo antes de que…
de que… no sé —suspira.
Aidan acaricia su hombro con la
mano que ha posado en él y tuerce la cabeza, preguntándose si Xander se dará
cuenta al menos inconscientemente de lo que a él le parece tan obvio. No se
atreve a preguntárselo en alto
—Necesito darme prisa. Presionar
más a Liu. Tomar yo las riendas. Ah, estoy tan frustrado y tan deseoso que ayer
tuve que matar a varias personas, a este ritmo voy a despoblar la ciudad
entera. Incluso tuve que saciarme viéndote usar a tu humano. —una media sonrisa
atraviesa sus labios y Xander lame su colmillo derecho —Muy dulce, por cierto.
—Lo sé —replica Aidan y un
latigazo de celos chasquea dentro suyo. Debe contenerse y respirar hondo,
recordar que Xander es así y que no está tratando de robarle a Jeremy. De
hecho, Aidan está seguro de que los ojos del vampiro estuvieron más sobre él la
noche anterior que sobre el humano —. Sobre Liu, quizá deberías tomarte un
tiempo. Dejarlo descansar unas noches y pensar bien qué harás. Si lo matas
impulsivamente y después te arrepientes…
—¿Cuándo me he arrepentido yo de
algo? —Xander salta, su voz suena defensiva, lista para una pelea, pero su
rostro se relaja cuando Aidan lo mira con preocupación —Lo siento, he estado
algo alerta estas noches y no me está sentando bien. Ayer volví a sentirlo. La
presencia de otro vampiro, uno más grande que yo. Estoy casi seguro, Aidan, no
nos equivocamos al sentirlo.
El pelinegro traga saliva. Todos
los vellos de su cuerpo se erizan cuando trata de imaginar a alguien más
poderoso que Xander, a alguien que quizá no esté de su lado. El recuerdo de la
noche anterior se torna ya no caliente, sino aterrador: de haberlo querido
Xander podría haberlo matado y a haber tomado a Jeremy como su juguete
personal. Si hay un vampiro más poderoso aún que él cerca… Aidan reza porque no
tengan gustos similares o deberá encargarse de esconder bien a su humano.
—La primera vez que lo sentimos
fue hace días, semanas creo. Si es hostil o si desea planear por el territorio
¿Por qué mantenerse tanto tiempo al margen?
—¿Y si busca formar un nido de
vampiros, por qué no acercarse ya? Si es poderoso, no hay motivos para que esté
reticente. Es algo extraño.
Aidan asiente con el rostro serio
y el ceño fruncido.
—Muy extraño.
—Lo busqué anoche, pero no pude
encontrarle. Si no quiere que le vea quizá… quizá es porque lo conozco —la voz
del rubio suena totalmente derrotada al decir eso. Aidan se fija en que a
Xander le tiembla el labio inferior, en que respira agitado.
—No sabemos si es él, Xander.
Sería mucha coincidencia —lo reconforta, su mano ahora baja por su brazo,
acariciándolo amablemente —, de todos modos, te ayudaré a buscarlo las próximas
noches. Tenemos que cubrirnos las espaldas.
Xander asiente en silencio.
<<¿Has vuelto a acabar lo
que empezaste o a contemplar tu creación?>>
Capítulo 72
Liu llega a la escuela exhausto.
La noche anterior Xander no lo visitó y, extrañamente, aquello que poco tiempo
atrás habría sido una fuente de alivio para Liu, esa noche lo fue de ansiedad.
Intentó dormir, pero no paraba de revolverse en la cama pensando, casi esperando
que Xander llegase en cualquier momento. Preguntándose si no lo vería más y, si
así era, qué es lo que había hecho mal para disgustarlo ¿Era su aspecto o su
personalidad? ¿Se estaba volviendo un cascarón vacío y aburrido? ¿Se había dado
Xander cuenta de que Liu no era una presa especial que mereciese tomarse tantas
molestias? Y si el vampiro volvía se preguntó qué Xander le tocaría encarar ¿El
vampiro hambriento, más deseoso que amable, o aquella criatura gentil que le
hablaba y le acariciaba, ese ser que cuando no lo estaba sometiendo, lo hacía
sentirse acompañado?
El resto de la noche Liu estuvo
en vela, azorado por las pesadillas y los recuerdos que acudían a su mente.
Veía la cara de su madre empapada en decepción y la de su padre arrugada en
ira, ambos asqueados ante la idea de haber tenido un hijo incapaz de darles un
bonito futuro. Veía a su perrito chillando de dolor, confundido, babeando y
lagrimeando sin saber bien qué sucedía o por qué. Veía a Matheo arrepintiéndose
de haber sido su amigo, riéndose de él cuando Liu se imaginaba confesando que,
para él, había sido mucho más que un amigo.
La cama se sintió fría y
solitaria. La casa espantosamente silenciosa. En el baño podía sentir la
influencia, la atracción casi magnética que las cuchillas ejercían sobre él. Y
si no tenía cuchillas le daba igual, usaría un cuchillo de la cocina o el filo
de la máquina de afeitar, la hoja de un cúter, la pequeña parte metálica de un
sacapuntas, un espejo rojo, sus dientes mismos… le daba igual con qué, pero
necesitaba cortarse. Hacerse daño. Inundar esos fantasmas que lo atormentaban
en un dolor que le servía al mismo tiempo de elixir y castigo.
Pero Xander no habría querido
aquello. Xander le castigaría y sus castigos eran suficientemente temibles como
para hacer a Liu detenerse a medio camino y volver a la cama. Aun así, el chico
se hizo daño: se clavó las uñas en los brazos hasta que su piel pareció hecha
de escamas, se mordió la carne tierna del antebrazo chasqueando tan fuerte las
mandíbulas que le dolió la boca y con los puños cerrados se golpeó en las
piernas hasta que le temblaban demasiado y sus nudillos estaban rojos a más no
poder.
A la mañana siguiente descubrió
sus manos y piernas salpicadas de moratones de todos los colores: morado
oscuro, un violeta casi rosado, rojo brillante, amarillo rubicundo y un verde
que le hacía pensar que su carne se pudriría en cualquier momento. No le
importó haberse dejado marcas, pues Liu sabía que Xander lo tomaba con tanta
fuerza que estaba acostumbrado a ver su piel salpicada de hematomas tanto como
de pecas y que al ver esos no se lo cuestionaría siquiera.
Liu, de hecho, se está mirando
uno de los moratones del brazo en el cambio de clase cuando una mano se pone
bruscamente en su hombro y tira de él con fuerza.
—¿Qué mierda le has hecho? —gruñe
alguien entre dientes.
Liu se voltea de pronto, pues
reconoce la voz. En pocos segundos, los demás alumnos han salido del aula para
ir al patio, ahuyentados por la tensión del ambiente, y Liu se ha quedado en el
aula a solas con los tres chicos que siempre ríen mientras Jake lo golpea y
que, a veces, se suman para escalar la violencia.
—No sé de qué hablas —responde y
se da cuenta por la sorpresa y la ofensa en la cara de los matones de que es la
primera vez que le habla con esa seguridad.
—De Jake, imbécil —ladra uno de
ellos y al hablarle parece un perro rabioso a punto de echar espuma por la boca
—. Fue a tu casa a hacer un trabajo y no hemos vuelto a saber de él. Qué. Le
has. Hecho.
Liu piensa en Jake aquella tarde.
En su boca con esa asquerosa
media sonrisa pronunciando el nombre de Matheo y la palabra maricón con la
misma naturalidad. Hablando de su muerte. De su culpa. Piensa en el
cuchillo <<¿Qué habría hecho si Xander no hubiese venido?>>.
La pregunta flota en su mente, imprecisa, silenciosa. Le da demasiado miedo
planteársela en serio y casi lo agradece cuando uno de los matones lo zarandea
con rabia, sacándolo de su ensimismamiento.
—O respondes a la pregunta o te
puto aseguro que te vas a arrepentir, sea lo que sea que hayas hecho. — Liu
traga saliva. Ahora ese es el único matón a su lado, los otros han ido uno a
bajar las persianas para que no sea vea nada desde el exterior y el otro a
comprobar que no haya nadie en el pasillo y a poner un pupitre frente a la
puerta, para que parezca cerrada con llave.
El muchacho siente una gota de
sudor bajando por su frente y se levanta de golpe, alertado, pero la poderosa
mano en su hombro lo empuja de vuelta a la silla.
—¡No he hecho nada! —asegura,
desesperado —¡La mitad de los días no venís a clase, se habrá saltado las
clases de hoy y ya está!
—No responde a nuestros mensajes.
No abre la puerta cuando vamos a su casa a verlo. Le has hecho algo y vamos a
descubrir el qué. Ya puedes ir hablando —dice el chico que estaba en la puerta.
Liu lo reconoce porque es más grande que el resto, quizá hasta más mayor, y
tiene unos hombros anchos y robustos de jugar a rugby.
Cuando se acerca a él cerrando
tan fuerte el puño que se le quedan blancos los nudillos, Liu se encoge en su
asiento y se cubre. El matón lo toma fuerte de la muñeca, enterrando los dedos
en los hematomas de esta y apartándole el brazo del rostro hasta dejarlo
descubierto.
—¡E-estará enfermo!
—¿Estás sordo o qué? No nos
responde a nada.
Una vez se acerca a él, le retira
la mesa de enfrente y mientras el grandulón todavía le sostiene la muñeca, él
se pone del otro lado y coloca una mano sobre el hombro de Liu, manteniéndolo
quieto en la silla. El que parece el cabecilla del grupo, el muchacho algo t
delgado que antes lo ha forzado a sentarse, se sitúa justo delante de él,
llevándose una mano al bolsillo y mirando a Liu desde arriba.
El chico empieza a ponerse
nervioso y se remueve en su lugar, solo para obtener dedos clavándose duro en
su carne y haciéndole quejarse. Nota los ojos humedecérsele. Quiere irse. Necesita
irse, pero mira a su alrededor y las puertas y las ventanas están obstruidas.
Queda media hora aún de recreo y muchas cosas pueden pasar en treinta minutos.
Liu traga grueso y siente su voz
deshacerse del miedo.
—Y-yo no sé nada, de veras,
e-est-
El chico frente a él saca la mano
del bolsillo. Su puño se cierra fuerte entorno al mango de una navaja curvada.
El filo brilla bajo la luz fluorescente del aula y la hoja refleja la cara
aterrada de Liu. El chico avanza dos pasos y mientras los otros matones lo
retienen, él pone la fría cuchilla contra su cuello.
Liu respira hondo e intenta
tranquilizarse, pero no puede. Por cada bocanada de aire siente su piel
presionando más y más contra el filo, siente el frío y el dolor y el escozor y
se pregunta si le han abierto ya el cuello o si solo está imaginando cosas.
—Abre la boca o te abro el cuello
¿Qué mierda le has hecho a Jake?
Liu separa y une sus labios sin
que logren salir de ellos ni un titubeo. Desea gritar por ayuda, como aquella
vez que Aidan lo hizo sentir acorralado y minúsculo, chillar el nombre de
Alexander como si con solo eso pudiese invocar su presencia, su poder, su
protección. Pero es de día y su demonio solo sabe moverse entre las sombras.
Liu se relaja de pronto <<No
necesito que esté aquí para que me proteja>>
—No estoy seguro de que quieras
hacer eso —responde el pecoso, su voz ahora serena, su pecho subiendo y bajando
cada vez más lentamente. Sus ojos avellana se oscurecen y miran al matón que
sostiene la navaja con una frialdad que lo hace vacilar, aunque luego exhala
una risa corta, burlona, y mira a sus cómplices.
—Oh ¿Y qué harás al respecto si
lo hago?
—¿Yo? Nada —sisea tranquilo y
luego una pequeña sonrisa se forma en sus labios rosados —, pero estoy seguro
de que el vampiro que os prohibió tocarme va a enfadarse mucho.
Liu nota el agarre en su muñeca
desaparecer y el de su hombro aflojarse. Los matones se miran entre ellos y
siente la cuchilla en su cuello temblando. En un arrebato de valentía, el
castaño alza su brazo y aparta de un manotazo la navaja que tenía al cuello.
—Y deberíais agradecérmelo
—añade, poniéndose de pie. De pronto los matones ya no le parecen tan grandes
ni tan intimidantes, no cuando se alejan de él al caminar. Liu debe admitir que
la sensación de poder es maravillosa. —, si no fuese por mí Jake estaría
muerto. Para vuestra información: no lo está. Solo tiene la mandíbula rota. Y
si no queréis que vaya a más, os sugiero dejarme en paz.
Cuando Liu aparta la mesa y sale
de clase tiene que apoyarse en una pared antes de deslizarse hacia el suelo. Su
corazón bombea fuerte y sus manos tiemblan de la emoción. Siente la adrenalina
latiendo en cada fibra de su cuerpo y aunque odia depender de Xander así, esa
ha sido una de las cosas más desafiantes y emocionantes que ha hecho en mucho
tiempo.
Durante el resto del día, los
tres muchachos no se atreven ni a mirarlo y a la hora de salida lo esquivan
como si tuviese la peste. Liu llega a casa algo más animado, incluso si el
lugar se siente demasiado vacío y frío, y merienda un poco de fruta con yogurt
mientras se pone a hincar los codos en la mesa y estudiar. Jamás ha sido muy
bueno en matemáticas y, por desgracia, eso no le impide tener un examen más que
difícil en menos de una semana.
Tras varias horas de estudio, Liu
se siente demasiado rendido como para continuar. El chico se hace un simple
bocadillo para cenar y se tumba en la cama escuchando música mientras cierra
los ojos. No quiere ver como oscurece. Siente el beso del sol desaparecer de su
piel y, en sus párpados, la oscuridad cada vez se torna más profunda, más
inevitable. Intenta no pensar en ello. No pensar.
Deja que la música le llene el
cerebro y que la suave sensación de las sábanas limpias contra su piel sea lo
único que le importa del mundo exterior. Pronto, el agotamiento del día se
acumula sobre Liu y lo termina por hundir en un dulce sueño sin pesadillas.
Además, no parece que Xander vaya a aparecer esa noche tampoco.
Solo que el vampiro sí pretende
hacerlo, aunque quizá se le hace más tarde de lo que desearía.
Alexander ha salido a la calle
tan pronto ha oscurecido, deseoso de ver a su dulce humano pecoso, pero a
sabiendas de que su deseo empieza a desbordarlo y que debe desestresarse antes.
La noche anterior mató demasiado y es consciente de que no debería matar dos
noches seguidas, no si no quiere alarmar demasiado a los ciudadanos y lograr
que por la noche nadie salga a las calles, ofreciéndose como una presa fácil.
Aun así, necesita matar a alguien. Necesita sentir el poder de robar una vida,
el subidón de llevarse en la boca el latido que abandona el pecho de otro.
Necesita poder descontrolarse, poder romper, arrancar y desgarrar, darle un
poco de libertad a la bestia a la que lleva demasiado tiempo poniéndole bozal y
correa.
Mientras el vampiro transita las
calles respira hondo y busca entre los aromas que capta alguno que descolle,
que le llame la atención por su dulzura, que le haga salivar. Una esencia
concreta lo conduce hacia una muchacha que sale de su trabajo de tardes. La
chica mira a un lado y a otro, agobiada por qué jefe le haya hecho quedarse de
más cuando ella siempre se asegura de ser puntual y estar envuelta en mantas
sobre su cama antes de que oscurezca.
El vampiro la mira de arriba
abajo: preciosos tacones rojos, piernas altas y estilizadas, descubiertas
gracias a una falta corta del mismo color que los zapatos y la cual le ayuda a
obtener propinas más fácilmente y, finalmente, un top con un escote en forma de
corazón. Sin duda, la muchacha es una víctima hermosa, tanto, de hecho, que el
vampiro se entretiene siguiéndola y escuchando el repiquetear de sus tacones,
viendo el mecerse de su larga y alta coleta. Xander se dispone a salir de entre
las sombras y tomar a la pobre chica por su delicado cuello cuando percibe otro
olor cerca, uno que sigue a la muchacha como si se tratase de su sombra. Un
hombre alto y corpulento la sigue tomando ciertas distancias, sus pasos son
pequeños y rápidos, ansiosos, y lleva las manos en los bolsillos, temblándole
de la emoción.
<<Le cojo del pelo con la
mano izquierda y luego pongo el pañuelo con la derecha sobre su boca y nariz.
Tengo que poner el trapo en su boca entre dos y cinco minutos, no más o puedo
matarla. No me sirve muerta. Tengo que contar los minutos. Luego tengo dos
minutos o así para llegar a casa con ella. Vivo cerca, puedo hacerlo. Puedo
hacerlo>>
Los pensamientos del hombre
desvían su atención por completo, yendo a parar al extraño. Xander reconoce en
ellos la misma, sino menos maldad de la que él tiene en su interior. De hecho,
Xander planeaba matar a la muchacha con la misma frialdad con la que ese hombre
planea abusar de ella e, igualmente, él ha hecho con Liu algo peor de lo
que ese hombre fantasea y planea hacer. Aun así, Xander se dice a sí mismo que
sus deseos, que su fuerza y su maldad y todo lo que consideró podrido en él
alguna vez puede aún usarse para algo bueno.
Recuerda la cara de ilusión de
Liu cuando descubrió que era él quien había alejado a sus matones de él. La
forma en que alguien lo miró, por primera vez, como a un héroe, y se sintió
orgulloso en vez de solo poderoso.
Y Xander sabe que no tiene
sentido pretender ser un justiciero incapaz de castigar más pecados de los que
ha cometido, pero aun así sale de entre las sobras y su mano se envuelve
alrededor de la garganta ancha del hombre, no de la chica, que sigue su camino
a casa sin saber en ningún momento de qué dos destinos horribles ha logrado
librarse esa noche.
Cuando el hombre se voltea para
exigir a Xander una explicación sobre qué mierda hace, se queda paralizado. La
boca abierta, los ojos brillosos de temor y el trapo con cloroformo cayéndosele
del bolsillo cuando saca las manos sin querer.
El hombre no es capaz de gritar
hasta que el vampiro hunde con fuerza sus colmillos en su cuello, tirando de él
como un animal famélico en busca de un pedazo de carne tierna. Xander agarra
los brazos del tipo para mantenerlo quieto, sintiendo bajo sus palmas del
crujido de los huesos quebrándose por la tenacidad de su agarre. El hombre
pronto ya no puede gritar y el único sonido que sale de su garganta es un
gorgoteo ahogado que se silencia cuando Xander aprieta sus mandíbulas y la
garganta entre ellas cede, blanda y maltrecha por las heridas que le ha
causado. Tras aplastar la garganta de su presa, Xander tira de ella, arrancando
el pedazo de carne que tenía entre los dientes y dejando que por el orificio
sangrante cuelguen la lengua desgarrada del hombre y su laringe.
Xander mastica en su boca la
carne que ha arrancado del cuerpo de su víctima. Le gusta sentir algo blando,
cálido y empapado de sangre ceder cuando abre y cierra sus fauces, como si
fuese capaz de devorar al hombre entero como un animal salvaje.
Después de un rato, con sus
instintos más apaciguados, escupe el pedazo frío de piel y músculo sobre el
cadáver que ha dejado en la calle y sonríe para sí mismo.
<<Hora de ver a Liu>>
Capítulo 73
Sin saber por qué, Xander decide
colarse en casa de Liu esa noche. Se escabulle sin avisar, su cuerpo enorme y
pesado moviéndose como si fuese aire o sombras, en un completo silencio y unas
tinieblas que lo permiten convertirse únicamente en aquello que uno atisba por
el rabillo del ojo, pero que jamás logra captar con la vista completa.
Una emoción divertida burbujea en
su interior. Hacía mucho tiempo que no entraba furtivamente en la casa de un
mortal, pues por alguna razón él y los demás vampiros que ha conocido cazan en
las calles y recurren solo a los hogares como una medida desesperada. Pero hay
algo emocionante en ello, en entrar en el lugar íntimo y acogedor donde uno se
siente suficientemente seguro para comer y dormir y convertir las paredes
llenas de fotografías de familia, de libros, de peluches, de decoraciones
tiernas… en una cárcel.
Sigue el sonido del corazón del
Liu hasta su habitación. Un sonido rítmico, pausado. Tranquilo. Abre su puerta
despacio, esperando escuchar los latidos acelerarse, pero es sorprendido con
una respiración tranquila y unos ojos cerrados. Liu está tumbado sobre su cama,
todavía llevando sus ropas de calle, unos pantalones negros cortos y anchos y
una camiseta del mismo color que se abraza deliciosamente a su cintura, y
rodeado de diversos libros y libretas de apuntes. Tiene un libro de matemáticas
sobre su pecho y en la mano derecha un bolígrafo, mientras que en la izquierda
sostiene una hoja de apuntes. Xander se los retira despacio, con tal de no
despertarlo. Le parece adorable verlo de ese modo, verlo tan calmado, tan
tiernamente tirado sobre su cama que se le escurre la saliva por una mejilla y
está con los brazos y las piernas abiertas como una estrellita de mar. Debe
estar realmente agotado si se ha dormido cuando pretendía dar un repaso rápido
al temario y Xander se pregunta si no sería mejor que lo dejase descansar esa
noche.
<<Ahí están de nuevo. Esos
pensamientos compasivos, humanos ¿Qué está pasando conmigo? Tengo que liberarme
de ellos>>
Pero sus ojeras son tan grandes y
violáceas sobre la palidez de su piel, parecen dos moretones bajo sus ojos. Y,
ahora que Xander se fija mejor, el cuerpo entero de Liu está lleno de ese color
amoratado. Es tanto, que hay zonas donde tan siquiera logra distinguir bien la
hermosa constelación de sus pecas. Tiene los brazos machacados a moretones, las
piernas todas picoteadas de hematomas y hasta puede ver, si sube ligeramente la
camiseta, su cintura llena de las marcas de sus manos.
<<¿Le he hecho esto
mientras intentaba ser gentil? ¿Lo romperé cuando por fin vierta todo mi deseo
en él? Es un humano, de usar y tirar, pero aun así…>>
Xander acaricia con dulzura el
cartílago del oído de Liu y nota que lleva puestos auriculares. La música está
baja, pero lleva oyéndola de fondo un buen rato, creyendo que quizá se trataba
de un sonido proveniente de los vecinos. Cuando Xander tuvo la certeza de que
el chico no podría oírlo, se inclinó instintivamente hacia su oído y susurró,
sin siquiera saber bien por qué:
—Pareces un ángel, mi Liu.
Xander suspira, aliviado.
Aliviado por poder ser dulce sin que eso signifique que Liu lo sepa, que
alguien, un humano, reconozca la debilidad en él. Aliviado porque las cosas que
desea, necesita decirle a Liu son la clase de cosas que no puede
permitir que nadie escuche.
Observa su rostro después de que
sus labios le hayan rozado el oído y después el cuello. Tan apacible y hermoso:
Liu tiene su carita redonda y de mejillas estrujables sin un solo signo de
tensión o miedo, sus cejitas avellana sin fruncir, el cabello en tonos
chocolate oscuro y con leche desordenado y suave, mechones sueltos lamiéndole
la frente pecosa, sus ojos cerrados con delicadeza, frondosas pestañas
moviéndose cuando, en su sueño, cierra los ojos un poquito más fuerte.
Sus mejillas y su nariz
respingona salpicadas aún más de pecas que el resto de su pálido y agradable
cuerpo, como si precisamente su cuerpo indicase de antemano las zonas de su
piel que suelen ruborizarse cuando Liu se avergüenza. Sus labios brillantes y
pequeños entreabiertos porque está tan relajado que no tensa la mandíbula, un
bobo hilillo de saliva escurriéndole por la mejilla derecha. Xander pone su
mano en la mejilla limpia, acunándola, y acaricia con el pulgar su boca abierta
que deja entrever dientes de conejito.
¿Qué otra oportunidad va a tener
de disfrutar de la hermosa de Liu con tanta calma y detenimiento? Esta es la
primera vez que, bajo su toque, el cuerpo del chico se mantiene tranquilo.
Necesita aprovecharla.
<<Quizá es lo más cerca que
estaré nunca de que se entregue por completo a mí. De que se someta a mis
deseos hasta hacerlos suyos>>
Xander inclina su cabeza sobre la
del chico, su boca entreabierta, respirando lento y pesado, sus cabellos rubios
derramándose en suaves ondas que rozan las mejillas de Liu y lo hacen quejarse
en su sueño. Lo mira de cerca. Sus ojos cerrados. Sus pecas bajo el ligero
rubor. El rosa de sus labios. Se inclina un poco más. Sus labios. Sus
preciosos labios. Xander los roza contra los suyos, dándose cuenta en ese
momento de lo grande que es su boca en comparación con la modesta boca de Liu,
de lo agobiantes, sofocantes que deben ser sus besos para el mortal. Roza sus
labios un poco más, sintiendo la humedad en los de Liu, el sabor a fruta en su
aliento. Cierra sus labios cuidadosamente sobre la boca de Liu, lo besa gentil
y lento una, dos, tres veces. Y luego vuelve a empezar, ahora con su lengua
tomando prestada la humedad en los belfos del chico.
<<Tan dulce>>
Xander toma a Liu de las mejillas
con cuidado, pero firmeza, y mueve ligeramente su cabeza hacia arriba,
haciéndole abrir más la boca mientras él la devora a pequeños besitos. Entonces
intenta buscar la lengua del chico con la suya y tan pronto la encuentra y la
roza, un gimoteo sale de la garganta de Liu y el chico se revuelve en la cama.
Xander se retira alarmado, temiendo haberlo despertado y echando por la borda
ese mágico momento en el que puede disfrutar del chico relajado y sumiso si
aprende a tener la delicadeza suficiente.
Para su suerte, el chico no
despierta, pero sus mejillas enrojecen y su boca se cierra un poco más cuando
vuelve a acomodar su cabeza. Liu sube sus brazos por encima de su cabeza, su
cuerpo estirándose como si se desperezarse, pero volviéndose a relajar al
instante siguiente. Al hacer eso, la camisa del chico se estira, dejando a la
vista una pequeña fracción de su vientre.
Xander toma con cuidado la orilla
de la camiseta y la sube poco a poco, desenvolviendo primero el vientre delgado
de Liu y luego su pecho pálido donde tanto descollan los pezones sonrosados. Lo
agarra por la cintura con ambas manos, sus palmas y sus dedos encajando a la
perfección con los hematomas impresos en su frágil dermis. Esta vez se asegura
de tomarlo con extremo cuidado, de no dejar más marcas en el lienzo de su
cuerpo. Baja su cabeza con un camino de besos: primero las comisuras, luego la
línea de la suave mandíbula de Liu, su cuello, sus clavículas, su pecho y
finalmente llega a su abdomen. Tomándolo por la cintura, alza su cuerpo solo un
poco, como llevándose un delicioso bocado a los labios, y le besa la tripa con
dulzura. No puede resistirse a deslizar su lengua por la piel del chico y al
hacerlo nota como se eriza bajo su lengua y observa al muchacho apretar los
labios, cerrar los puños y gimotear. Sus pezones endurecen por el contacto, así
que Xander sube su cabeza al pecho del chico, dispuesto a probarlos cuando una
mano pequeña y torpe se hunde en su cabello.
El vampiro se queda paralizado
temiendo haber despertado al chico con su atrevimiento, pero se relaja al
escuchar su voz amodorrada hablando en sueños.
—No… pe… pelotita no babees
—regaña Liu y Xander debe morderse la lengua para no estallar en carcajadas
cuando reconoce al chico diciendo ese gracioso nombre que antes le pertenecía a
su mascota.
Xander ha visto a Pelotita en los
recuerdos de Liu. Un perrito rechoncho de patas cortas, mirada saltona y la
lengua siempre colgando de su hocico como una corbata rosada. No le cabe en la
cabeza cómo Liu ha podido confundirlo con él, pero le parece agradable la forma
en que los dedos del humano masajean su cuero cabelludo y peinan sus ondas
áureas.
Sabe que la única razón por la
que el chico lo acaricia tan amablemente es porque está soñando, pero aun así
sus manos son tan suaves y amorosas que Xander no puede evitar disfrutar el
contacto. Fantasear preguntándose cómo sería que Liu, consciente, desease tocar
su piel con la misma confianza.
Al cabo de un rato los brazos de
Liu vuelven a quedar inertes a los lados de su cuerpo y su respiración suena
más lenta y pausada. No cabe duda de que su sueño es profundo, así que Xander
decide seguir explorando el cuerpo plácido y ansiado de su pequeña presa, al
fin y al cabo, esta es la única vez que no le está haciendo ningún mal con
ello, por un lado, porque la situación le exige ser delicado en extremo, por
otro, porque Liu puede simplemente soñar y relajarse y no necesita saber que su
demonio ha estado usándolo, así que no tiene por qué preocuparse. El vampiro
sabe, obviamente, que está mal. Que está haciendo cosas para las que Liu no le
ha dado permiso ¿Cómo podría cuando no sabe siquiera lo que sucede en el mundo
real más allá de sus sueños? Pero ha hecho cosas peores y, en comparación, su crimen
de hoy se le antoja una simple travesura. Una compasiva.
Xander mira hacia abajo cuando la
presión empieza a desesperarse. En el norte de su cuerpo, el pantalón se siente
apretado y su excitación reclama atención, pues no está acostumbrada, en
absoluto, a endurecer y no ser de inmediato enterrada en el objeto de su
perverso deseo. Xander no sabe bien cómo lidiar con la frustración, pues nunca
ha necesitado aprenderlo ¿Por qué una criatura tan poderosa debería ejercitarse
en el arte de no obtener lo que uno desea cuando puede hacerlo siempre?
Lentamente, su vista desciende no
ya hacia la zona pecaminosa de su cuerpo empieza a despertar, sino hacia la de
Liu. Su entrepierna, como el resto de su cuerpo, descansa flácida, sin indicios
de conocer su presencia, pero Xander, aun así, lleva sus manos al elástico del
pantalón y lo separa de su piel con cuidado. Lo empieza a bajar, la tela de los
pantalones se desliza suave por sus muslos salpicados de pecas, el pantalón
bajado hasta las rodillas. Estira un poco más y de pronto el chico solo lleva
una camiseta subida y ropa interior blanca y apretada.
Xander se queda estático, extático,
ante la belleza del cuerpo del muchacho humano. Lo observa desde arriba
sin saber bien qué hacer con él y, de pronto, ve una gota carmesí en el
estómago del chico. Se percata entonces de que está mordiéndose el labio tan
duro que se ha hecho una herida y de que la sangre le corre por el mentón y
gotea sobre el humano bajo su cuerpo. Xander libera su labio, que se cura al
instante, y se inclina para lamer su propia sangre de la piel de Liu,
imaginando que es la del chico. Que podría saborear su dulzura carmesí
mientras el muchacho aguarda con los brazos abiertos, ofreciéndosele.
Hundido en su fantasía, Xander
toma los muslos del chico y hunde sus dedos con cuidado y sin apretar en
demasía. Su tacto es cálido y blando, tan agradable que quiere hundir su cara
en esa cremosa piel blanca, hundir sus labios, sus dientes… su lengua en el
espacio delicioso entre ambas piernas. Las separa un poco, se coloca entre
ellas. Sabe que la posición es peligrosa, que sus deseos están descarrilando
demasiado, <<pero no haré nada malo>> se dice, porque no hay
nada de malo en fantasear y porque solo está usando al chico para hacer su
fantasía un poco más completa, no para cumplirla del todo.
Envuelve su propia cintura con
las piernas de Liu y se deja caer sobre él como si se tratasen de dos amantes
enroscados uno en el cuerpo del otro durante un fogoso encuentro y Xander hunde
su cabeza en el cuello del chico. No puede evitar que su pulso lento y
constante le llame, que la sangre pulse en esa vena que aún a través de la piel
se puede ver violácea y gruesa y jugosa, como lista para ser abierta y que él
se de un festín. Xander puede sentir un mar de sangre en el cuerpo de Liu,
puede imaginarse a sí mismo bañándose en él, hundiéndose en él, hartándose del
placer que le proporciona. Sin poder evitarlo, el hombre empieza a besar más y
más el cuello del chico, desesperado por sentir el pulso sangriento contra sus
labios, y su cuerpo se empuja contra el del menor, su pecho abultado contra el
raso y delgado del chico, sus abdominales rozando el suave vientre y su
intimidad dura y grande moliéndose promiscuamente contra la suave hombría de
Liu.
En un momento dado, Xander pierde
el control. Sus besos se vuelven chupones y sus chupones mordiscos. Sus
colmillos crecen, así como su deseo se inflama en general, y uno de los filos
de sus colmillos roza indebidamente la garganta de Liu, abriéndole una pequeña
herida. Xander sabe que se ha acabado, que Liu ha despertado, pues lo nota
removerse, pero no le importa eso, solo la sangre del chico, el delicioso
elixir rojo que mana gota a gota de su garganta. Succiona con fuerza, sus
labios apretándose contra su herida, su cuerpo enorme prensándose sobre la
pequeñez del humano.
Liu despierta confuso, agobiado.
Algo le oprime el pecho y su cuello duele. Se arranca los auriculares con las
manos y entreabre los ojos con la respiración agitada y el pulso acelerado
indicándole que algo anda mal. Cuando la imagen borrosa de sus ojos se concreta
un poco más, siente que morirá del terror: Xander está sobre él, atacándolo, la
boca en una zona dolorida, caliente, demasiado caliente de su cuello (<<¿estoy
sangrando? ¿Me ha mordido?>>), sus pantalones tirados en el suelo,
las caderas del vampiro simulando embestidas contra su intimidad y su cuerpo
grande inmovilizándolo.
Después del shock inicial, que lo
deja congelado un par de segundos, su cuerpo estalla con reacciones.
—¡No! ¡No! —chilla histérico y
desesperado, revolviéndose bajo el peso de Xander, que se aparta de él con el
rostro lleno de fastidio y confusión.
El chico desliza sus piernas
fuera de las caderas de Xander y se escurre debajo de su enorme figura, bajando
de la cama a trompicones y cayendo sobre el suelo.
Los nervios le hacen temblar las
piernas como a un venado, pero el chico corre y gatea y se tropieza hasta que
llega al baño, chillando y llorando, y cierra la puerta en las narices del
vampiro que lo persigue con calma, como si tuviese la certeza de que lo
atrapará.
Liu echa el pestillo, jadeando, y
apoya la espalda en la puerta antes de deslizarse hasta el suelo deshaciéndose
en lágrimas y tapándose el rostro con dedos temblorosos. Sabe que una puerta y
un pestillo no son nada, que Xander puede arrancarla de las bisagras cuando
desee y tomarlo, pero Liu necesita unos segundos para poder aprender a
enfrentar la realidad.
<<Va a atraparme. Va a
estar enfadado porque he querido huir. Y va a ser como la primera vez. Va a
usarme para su placer. Va a morderme hasta que sangre y me maree y… y si no soy
bueno para él me matará. Y me lo merezco. Me lo merezco porque le he hecho
esperar demasiado, porque creí que podría retardar lo inevitable, que podría
salvarme incluso si ya me salvé una vez. Soy un egoísta ¿O es que ha visto mis
moretones y sabe que me los he hecho yo? ¿Esto es otro castigo? Va a atraparme.
Va a dolerme. Va a hacerme desear estar muerto otra vez>>
Alexander observa sus alrededores
atónito por un momento. Ha tenido una oportunidad y la ha arruinado, ha
retrocedido más pasos de los que ha avanzado con Liu. Se mira las manos.
<<¿Solo sé romper las cosas
que toco? ¿Solo sé herir? ¿Destruir? Si esta mi naturaleza, no sé por qué se
siente tan mal>>
—Mierda… —murmura frustrado y
siente lágrimas acumulándose en sus ojos. Los cierra sin dejar que una sola
gota se derrame, en su lugar, la líquida tristeza arde en su interior, pábulo
de un sentimiento que conoce mejor: ira —¡Mierda! —brama estampando su puño
contra lo primero que encuentra.
Suspira de frustración cuando se
da cuenta de que sus nudillos han golpeado la puerta tras la que está Liu. La
madera se ha agrietado bajo su fuerza y, al otro lado, Liu ya no puede
controlar sus sollozos. Golpea la madera con los nudillos otra vez, pero ahora
suavemente. Un par de toques.
—Liu, abre la puerta, por favor
—su voz es suave, amable y hace a Liu jadear con horror cuando se da cuenta de
que la calma que le transmite sea, posiblemente, una trampa —. No voy a hacerte
daño. Lo prometo. Solo quería acariciar tu cuerpo. Besarte. Eres hermoso.
El chico sorbe sonoramente al
otro lado.
—Solo… s-solo tira la puerta
abajo y haz lo que ibas a hacer… s-solo hazlo rápido, por favor, pero no me des
falsas esperanzas, no me hagas esto… por favor…
Xander se muerde el labio y apoya
su frente contra la puerta. Liu suena tan derrotado, tan exhausto de luchar
contra él, tan cerca de rendirse por los motivos equivocados. Una parte de
Xander se deleita con tan conmovedora desesperación, la parte de él que lo
atrajo hacia Liu al inicio y le hizo hallar en sus lágrimas saladas la misma
dulzura que en su sangre, pero otra parte, una nueva o tal vez vieja pero que
solo recientemente ha despertado, lo incordia con un sentimiento cada vez más
grande. Un pesar que parece llevar parte de la carga de Liu. Lo que Xander
supone que los humanos llaman culpa.
—No voy a tirar la puerta abajo y
no te haré daño, Liu. Nuestro acuerdo sigue en pie ¿Recuerdas? Tu sumisión a
cambio de mi compasión. Estoy siendo compasivo contigo ¿No es así? Te has
asustado, lo sé, pero no te he hecho daño ¿No es cierto? Ahora quiero que
cumplas tu parte, que seas bueno para mí y abras la puerta.
Liu respira agitado y confundido
unos minutos. Se lleva una mano al cuello y nota un pequeño rastro de sangre.
Xander tiene razón, no le mordido siquiera, como mucho le ha hecho un corte
accidente, y pese al terror de despertarse estando a la merced de su demonio,
no parece haber herido su cuerpo. Liu quiere decirle que no, que no quiere
obedecer más, que no puede siquiera, pues su cuerpo se niega a moverse.
Pero las palabras de Xander son
convincentes y, en parte, son ciertas: está esperando pacientemente a que él
salga por su propia cuenta, está hablándole calmado y amable. Podría sacarlo a
rastras de ahí si quisiera o gritarlo o golpearlo… lo sabe porque ya ha hecho
esas cosas antes. Pero no las está haciendo ahora.
Y Liu no quiere empujarlo a que
las haga.
Una oleada de alivio recorre a
Xander cuando ve el pomo de la puerta girando tímidamente. La puerta se separa
unos centímetros del marco, mostrando media carita de Liu totalmente empapada
en lágrimas y con los ojos rojos por el llanto.
—¿P-puedes darme mis pantalones?
—pregunta Liu señalando el guiñapo de ropa negra que hay en el suelo, un poco
más allá de donde la figura imponente de Xander se para para esperarlo —por
favor.
El vampiro se agacha, toma la
prenda sin decir nada y se la tiende a Liu, cuidado de no cruzar el umbral con
su mano, pues Liu ya se aleja cuando él se acerca un poco para ofrecerle el
pantalón. Liu alarga su mano con inseguridad y lo coge.
—Gracias… —murmura mientras se
pone la prenda y baja su camisa, asegurándose de cubrir su cuerpo ante los ojos
rojos que lo examinan.
—Sal de ahí, Liu —ofrece el
vampiro separándose de la puerta para dejarlo pasar, aunque el chico sabe que
su tono amable, ronco y ronroneante tiene más de orden que de sugerencia.
El joven lloroso se desliza por
el hueco de la puerta, parándose frente a Xander y este, con delicadeza, le
envuelve el cuerpo con un brazo y pone su mano en la parte baja de su espalda,
allí donde su columna tiene un hoyuelo a cada lado. No lo agarra ni lo empuja,
simplemente reposa sus dedos ahí, guiándolo amablemente cuando él anda hacia la
cama.
—Está bien —susurra Xander
sentándose en la orilla de la cama. Conduce al chico con sus manos y él se
presta a ser moldeado por ellas, asustado y dócil. Lo sienta en su regazo de
forma que ambos están frente a frente, la mano en su espalda baja lo atrae hacia
el vampiro y el chico aparta la vista, abrumado por la cercanía de quien
parecía querer asesinarlo minutos antes —, respira, Liu. Tranquilo. —se
inclina, susurrando palabras de consuelo en su oído y besando el cartílago
entre ellas —No te haré daño. No tengas miedo.
Liu asiente para complacerlo,
pero por dentro se debate. Una parte de él se rinde ante las cálidas palabras,
se siente derretirse por el toque gentil del vampiro, por su compañía que le
hace el cerebro puré y no le deja pensar en nada más que en el hormigueo que
siente en el vientre. Otra parte no olvida ni perdona ni se relaja, le recuerda
que Xander es peligroso, que sus manos solo lo acarician ahora, pero que
antes lo han herido y desean volverlo a hacer.
<<Está cada vez perdiendo
más el control. Está ansioso. Impaciente. Si no le doy lo que quiere terminará
matándome o… tomándolo por la fuerza de nuevo. Quizá… quizá me he quedado ya
sin tiempo. Quizá puedo cerrar los ojos e imaginar que no es un vampiro, que no
tiene colmillos, ni sed de sangre, que no es tan grande que podría romperme,
que tiene un corazón y puede sentir empatía y pena y una especie de deseo que
no se alimenta de mi dolor ni de mi miedo. Sus manos son agradables a veces y
aunque me resista, su boca, su cuerpo… son capaces de darme placer. Quizá
debería dejarlo tomarme pronto, para contentarlo. Darle por las buenas lo que
quiere de mí antes de que pierda mi oportunidad de no hacerlo por las
malas>>
Capítulo 74
Xander lee la mente del muchacho
extasiado por la oportunidad que se le presenta, que se abre, delicada, única,
preciosa, como una flor para que él la tome.
Sí, sí, eso es lo que
ansia: poder tomar a Liu del todo, probarlo por completo mientras el chico le
entrega su carne y sangre sin resistencia y, así, poder olvidarse de él. Una
vez obtenga su objetivo, Xander está seguro de que podrá deshacerse de todas
esas emociones raras y tiernas que afloran en su pecho, de esos pensamientos
humanos y compasivos que, hasta ahora, de dice a sí mismo, solo han sido un
medio para llegar a un fin.
Cuando tome a Liu, podrá volver a
ser el de siempre. Podrá volver a cazar, beber y matar sin preocupaciones, sin
complicaciones. Los humanos volverán a ser carne. Y él… un ser hambriento. Xander
aprovecha los pensamientos del chico y la forma en la que está maleable entre
sus brazos en ese momento y dice:
—Oh, Liu, siento haberte asustado
hoy —y en parte, no miente —, pero cada vez me cuesta más conservar el control,
cumplir nuestro acuerdo. Creo que he sido muy paciente, Liu.
El chico traga saliva y aparta la
mirada aun más, pero las manos de Xander parecen estar por todas partes como
tentáculos que lo envuelven y lo mueven y lo atraen hacia él. Un brazo le rodea
la cintura apretándolo contra su cuerpo y el otro le clava los dedos suavemente
en las mejillas y lo fuerza a mirar a Xander a los ojos. El chico jadea viendo
los orbes infernales que lo examinan desde arriba como a un juguete cuyo
destino debe ser decidido.
—¿Acaso no piensas lo mismo? ¿No
he sido paciente contigo, mi bonita presa?
Liu tiembla cuando el tono del
vampiro lo atraviesa. Tan profundo, tan grave su voz. Liu la siente reverberar
en sus huesos, en su alma.
—S-sí —susurra el chico, su piel
erizándose y su cuerpo pronto rindiéndose y no oponiendo más resistencia a la
forma en que los brazos del vampiro lo manipulan. Se mantiene sobre su regazo,
pegado a él, y se esmera por mantener su cara frente a la del vampiro incluso
cuando este ya no le sostiene de las mejillas —... si yo… si te dejo tomar cada
vez más de mí ¿Será doloroso? ¿Me morderás c-como aquella primera vez? ¿Me… me
tocarás bruscamente?
Xander se siente derretirse de
placer cuando Liu lanza sus inseguras preguntas. Sabe que, responda lo que
responda, ya tiene al chico donde quiere, a punto de cruzar una línea que antes
no se había atrevido a rozar. Demasiado desesperado por un poco de paz como
para pensar en ofrecerse entero.
—Seré suave, Liu, voy a
asegurarme de que tu cuerpo está listo para mí. Beberé tu sangre despacio, te
morderé mientras te doy placer. Me aseguraré de no darte más dolor del que
puedas soportar, Liu.
El chico cierra los ojos y
respira hondo, dejado que las palabras calen en él. Xander no le ha asegurado
que no le dolerá, pero él ya sabe que el amante de un demonio debe estar listo
para el infierno. Sabe que sus manos son bruscas, sus dientes afilados y su
sexo grande. Sabe que un poco menos de dolor es lo máximo que puede
pedir. Así que se conformará con eso.
—D-de acuerdo… —murmura y todo su
cuerpo reacciona, su piel entera poniéndose de gallina, su estómago
revoloteando como si tuviese un pájaro enjaulado dentro, su cabeza dando
vueltas… es una mala idea, pero es también su única opción —intentaré, p-pronto
yo…
—¿Cómo de pronto, Liu? —pregunta
Xander, su voz sigue siendo melosa y agradable, pero esta vez lo interrumpe con
un toque de impaciencia. A Liu no se le escapa la ligera irritabilidad en su
voz y sabe que fácilmente podría convertirse en ira. Necesita apaciguarlo.
—N-no lo sé, Xander, no sé si un mes
o ma-
—¿Crees que puedo esperar un mes,
humano? —el tono sigue dulzón, ahora con un toque de burla, pero ese último
mote despectivo deja claro a Liu que está haciéndolo mal. Que debe sacrificarse
más —¿Crees que alguna vez he llegado a esperar más que minutos para
poseer a un humano?
—E-entonces semanas… o… n-no lo
sé, Xander, esto es muy apresurado y yo…
—Semanas —repite Xander con
incredulidad y burla, negando con la cabeza mientras una sonrisa cruel y
colmilluda atraviesa sus labios —... Liu, voy a hacerte mío antes. Mucho antes.
Voy a probar tu sangre y a follar tu bonito cuerpo antes de eso ¿Queda claro?
Liu traga saliva, la respuesta,
sea cual sea, se le queda atascada en la garganta. Una mano acaricia su
espalda, yemas suaves y tersas subiendo y bajando por la línea de su columna y
eso, irónicamente, lo ayuda a relajarse lo suficiente como para responder.
—D-de acuerdo… —Xander le
sonríe entonces con dulzura y le premia con amables y castos besos en su
mejilla.
—Buen chico, Liu, ahora ¿Por qué
no seguimos donde lo habíamos dejado?
El muchacho palidece cuando se
percata de que el otro se refiere al momento en que, dormido, estaba bajo su
poderoso cuerpo, dejándose rozar y lamer a placer. Aun así, Liu no dice nada,
solo deja que el otro lo maneje, pues sabe que esa noche ha tenido ya
suficiente suerte de haber salido ileso incluso tras huir de Xander y cerrarle
la puerta en las narices.
Xander se pone en pie de pronto,
haciendo creer al chico que caerá al suelo, pero sorprendiéndolo cuando, con un
solo brazo, lo alza y lo mantiene pegado a su cuerpo. Liu se enrolla en su
cintura con las piernas y a su cuello con los brazos, asegurándose de no caer y
se siente diminuto al ser levantado por el vampiro con tantísima facilidad.
—Cierra los ojos —le pide Xander
y él obedece, incluso si simplemente es para poder ignorar más fácilmente sus
colmillos, sus ojos rojos y su intimidante tamaño.
Liu es sorprendido con un beso de
los que tanto ama. Un beso lento y bonito, sin colmillos, un beso donde los
labios de Xander amasan despacio los suyos y puede sentir su boca fundiéndose
en la ajena. Un beso lleno de sonidos chiclosos que le parecen obscenos y divertidos
a la vez, un beso donde la lengua de Xander no es invasiva, sino juguetona, y
lame sus labios un poco antes de profundizar en su boca. Un beso donde su
lengua tiene permitido bailar junto a la del otro, las dos salivas mezclándose
mientras la dulce falta de aire hacia a Liu sentirse mareado.
Nota algo suave y blando en su
espalda y para cuando el beso se rompe y Liu abre los ojos, ambos están en la
cama en la misma posición de antes: Xander sobre su cuerpo y él con sus piernas
abiertas entorno a las caderas del vampiro. Su boca brillante con saliva y la
del otro roja de deseo.
Se pregunta por qué no puede ser
así siempre ¿Por qué los besos que realmente le gustan, las caricias bonitas y
las palabras amables vienen solo tras amenazas, dolor y miedo? Si Xander
hubiese sido tan gentil cuando se conocieron Liu sabe que habría caído por él.
Quizá también está cayendo ahora, pero junto a la duda le acompaña la culpa, la
sensación de que eso es algo incorrecto, prohibido.
Los besos del vampiro bajan de su
boca a su mentón y de él al cuello. Liu suspira, su aliento sale tembloroso de
su boca, pues sabe que ahora está en manos de alguien que ama romper y matar,
no cuidar. Pero hoy las manos de Xander sí parecen cuidadosas. Lo acarician
poco a poco mientras le sube la camiseta como antes, dejándola a la altura de
sus clavículas, y le acunan la cara cuando Xander besuquea sus labios
superficialmente.
Su boca y sus manos bajan a su
pecho. Con una palma grande acaricia su costado, luego su llano pectoral
derecho. Bajo la aspereza de sus manos, Liu siente su pezón poniéndose duro y
siendo estimulado por cada roce que el otro le proporciona. Mientras, Xander
recorre sus clavículas con besos y suaves mordiscos.
—Pon tu mano en mi cabeza. —pide
Xander y la demanda suena tan irreal para Liu que tarda unos largos segundos en
comprenderla y posar su mano sobre los cabellos rubios del vampiro.
Le ha exigido cosas peores, más
humillantes, más dolorosas, pero hay algo desesperado y tierno en esa petición
que le hace fruncir el ceño con extrañeza.
—Antes, mientras dormías —explica
el vampiro y frota su cabeza contra la palma del chico como un gran animal
pidiendo caricias- has puesto tu mano aquí y me has acariciado —continúa, una
risa burlona escapa sus labios —, me has llamado Pelotita mientras lo hacías.
Liu enrojece y entonces sabe lo
que debe hacer. Toma en su puño el cabello del vampiro y acaricia con lentitud,
como si fuese una criatura amable pidiéndole cariño. No lo ha hecho, pero Liu
sabe que, aunque Xander no pronunciaría nunca esas palabras, eso es lo que
desea. Y Liu juraría también ver un ligero rubor en las mejillas de
Xander cuando cierra los ojos y se estremece por lo dulces que son las caricias
del humano.
—Pelotita era mi perro —explica
el chico con melancolía y una sonrisa tristona en su rostro. El vampiro ya lo
sabe, pero simplemente calla y escucha—, nunca supimos que raza era. Era de
perrera, así que posiblemente era una mezcla. Lo llamamos así porque estaba tan
gordito que parecía una bola de pelo con patas.
Xander sonríe y sigue acariciando
el pecho del chico con cuidado, ahora usando sus dos manos para calentar la
piel bajo ellas.
—Lo he visto en tus recuerdos.
También he visto como le dabas trozos de pizza y lasaña por debajo de la mesa,
quizá por eso estaba tan redondo.
Liu ríe por la recriminación y
enrojece como un niño atrapado en una travesura.
—Solo era de vez en cuando —se
excusa sonriendo —, además, es imposible no darle tu comida a un perrito cuando
te mira con esos ojos, ya sabes.
Xander se encoge de hombros y
apoya su cabeza en el pecho de Liu, relajándose ante sus caricias. Ahora, el
humano le masajea el cuero cabelludo con dos manos.
—No lo sé, no he tenido mascota
desde que soy un vampiro y de humano… no tengo recuerdos al respecto.
Liu alza las cejas son sorpresa y
luego hace un bonito puchero.
—Oh… deberías tener una. Son
maravillosas, son lo mejor del mundo, te llenan de amor y de compañía y… a
veces extraño tanto a Pelotita que pienso en ir a la perrera y buscar un
compañero, pero siento como si le estuviese traicionando o sustituyendo.
—¿Por qué? Si pierdes a alguien,
puedes buscar compañía en otros, no significa que los sustituyas. Si es algo
que te hace feliz, estoy seguro de que tú perrito habría querido que lo
hicieses. —Xander se siente estúpido después de pronunciar esas palabras, como
si estuviese diciendo cosas ridículas y humillantes que no deberían salir de
una boca creada para la crueldad, pero nada de eso importa. No cuando Liu le da
una sonrisa dulce y bonita que podría hacerle olvidarse de su misma naturaleza.
—Ya… ¿Tú no lo has pensado?
¿Tener mascota?
—Te tengo a ti —Liu traga saliva.
Sabe que Xander bromea, pero sus palabras contienen un grado de verdad
aterrador. Xander lo ve como algo inferior, como comida o una presa. Si lo
aprecia, como máximo, lo verá realmente como a una mascota —. No lo había
pensado, la verdad, los gatos se erizan y me sisean al verme y los perros me
gruñen. Quizá pueden sentir mi maldad, pueden oler el hecho de que soy incapaz
de darles el cariño y la delicadeza que buscan.
—Pero tú sí puedes ser delicado y
cariñoso.
—Es antinatural. —refuta,
restándole importancia.
Liu se encoge de hombros.
—Llevar ropa también y la gente
lo hace cada día.
—No es lo mismo, Liu. —le
responde con una corta risa por la ocurrencia extraña del menor —Pero tienes
razón…—su tono baja, más ronco, más susurrante.
Hay algo profundo en su voz que
siempre embelesa a Liu, algo cavernoso, como si hablase desde el alma y su alma
fuese una profunda gruta que encierra secretos que no deberían ser
descubiertos. Con tono suave, añade:
—Puedo intentar ser delicado.
—Ah… —el chico se estremece
cuando Xander dirige su boca a uno de sus pezones.
Verlo cerrar sus labios alrededor
de la rosada aureola le hace pensar en los colmillos. En el dolor que podrían
causar. Pero Xander solo rodea la protuberancia rosa con su lengua, estimulando
al sensible chico y haciéndolo arquearse y hundir sus dedos en su cabello con
fuerza sin querer. Succiona con gentileza, haciendo que una chispa de dolor
recorra el cuerpo del mortal junto con hormigueo agradable, electrizante.
Xander se separa del pezón
derecho, ahora rojo y brillante por la saliva, y dirige su boca al izquierdo.
Repite el procedimiento, lamiendo alrededor de la aureola y luego chupando la
sensible zona y, mientras lo hace, sus caderas se muelen despacio contra las
del chico notando la erección de Liu. La forma en la que la silueta de su pene
a través de la ropa se estremece y crece cada vez que su boca juega con el
sensible pezón del chico.
Liu cierra los ojos, respira
hondo y siente una mano grande delinear su excitación. Un escalofrío placentero
lo recorre y por un momento siente unas ganas de llorar tan grandes que piensa
que estallará. Que gritará, pataleará, que se comportará justo como un niño
pequeño sumido en un berrinche de los que duran hasta que sus miembros están
exhaustos y decide dormir una siesta. Pero se contiene solo porque sabe que
Xander no estaría contento.
<<¿Por qué quiero llorar?
Al menos esta vez me está dando placer, en vez de dolor ¿No es eso mejor? Y si
lo es ¿Por qué a veces, cuando gimo por su culpa, me gustaría estar muerto? Me
gustaría un cuerpo frío e inerte que se pudre, que ya no puede sentir. Me
gustaría no tener que someterme a la humillación de que otro me de placer
incluso cuando no lo deseo, de que mi cuerpo obedezca a deseos ajenos incluso a
mi costa. A veces, cuando él hace algo agradable, siento que pierdo el derecho
de llorar. Siento que se me hace más difícil llamarle a esto violencia, solo
porque sus manos son suaves contra mi piel, como si acaso doblegar mi voluntad
hasta encarcelar mis deseos no fuese una forma de violencia invisible, pero
igualmente dolorosa que romper mi piel y llenarla de marcas>>
—Date la vuelta.
Liu traga saliva, cierra los ojos
más fuerte y obedece. Su cuerpo se llena de pánico cuando el vampiro baja su
ropa interior, pero no dice nada. Su pene húmedo y duro se aprieta entre las
sábanas y su suave abdomen, sus piernas son abiertas por manos grandes y
delicadas y, acto seguido, Liu siente dedos fuertes apretando sus nalgas.
Abriéndolas. Liu siente un escalofrío de terror cuando el pulgar del vampiro
explora la separación entre sus tiernos cachetes, pasándolo sobre su agujero.
Las manos vuelven a sus caderas y
Xander las alza, haciéndole quedar con las rodillas hincadas en el colchón, su
trasero alzado y disponible para él, el pene colgándole, goteante, entre las
piernas, y el pecho y la cabeza contra la almohada.
—Xander… —susurra el chico, su
tono es de inconfundible súplica.
El vampiro besa su espalda con
dulzura en respuesta a su petición. Traza un camino de besos, desde sus
omóplatos hasta la parte estrecha de su espalda donde están los hoyuelos que
tanto ama.
—Cuando te tome, Liu ¿Serás así
de obediente para mí? —pregunta, acariciando con la palma de su mano la
hondonada de la columna de Liu. Puede sentirlo temblar bajo su tacto,
estremecerse con cada caricia, hallando en las mismas manos pena y consuelo.
El chico asiente contra la
almohada y Xander se percata de que está húmeda de lágrimas incluso si el chico
conserva sus ojos cerrados.
—Seré como desees, por favor, no
me hagas más daño…
La forma en que Liu dice esas
palabras habría sido tan deliciosa tiempo atrás. La forma en que ha roto al
muchacho está presente en su voz tierna y débil, en ese hilillo agudo donde
queda ya una sola esperanza; y Xander se habría regodeado de convertir a una
presa temerosa y huidiza o quizá valiente y luchadora en lo que es Liu ahora:
una masita llorona y moldeable entre sus manos, alguien que se ha rendido y
hará lo que él desee, pues su voluntad está rota y, en su lugar, la del vampiro
lo mueve como un titiritero.
Ahora, sin embargo, Xander no
halla ese dolor en la voz de Liu, esa apatía propia de alguien cansado de
vivir, como algo con lo que se deleita. Se escucha… triste. Y él no quería que
el chico se entregase a él porque está demasiado roto para protegerse, él
quería una entrega llena de deseo, de… de… <<No. No pienses en eso.
Esos sentimientos son humanos>>
Pero Xander no sabe cómo tentar a
otros, no sabe cómo despertar en ellos fogosos apetitos o vínculos llenos de
afecto, solo sabe romper. Así que ha roto a Liu.
—No lo haré, no lo haré… —repite
una y otra vez el vampiro, como un mantra que busca relajar al chico. Poco a
poco, sus manos le devuelven la ropa y lo voltean en la cama hasta tenerlo boca
arriba.
Liu no se mueve, solo se deja
hacer como un muñeco.
—Has sido muy bueno hoy, Liu,
pero necesitas descansar —murmura Xander, tapándolo con las sábanas.
Liu deja ir un bufido lleno de
ironía <<Cómo si a ti te importase eso>>, pero no teme que
el vampiro lea sus pensamientos, pues ya se ha esfumado.
Capítulo 75
Xander se pregunta si ya se
sentía tan agotado cuando llegó a casa o si un tremendo cansancio le cae ahora
sobre los hombros como un yunque porque no puede soportar ver la imagen que
tiene frente a sus ojos.
Es, de hecho, una imagen tierna.
Quizá por eso es insoportable: porque está harto de ansiar una ternura para la
cual no sabe crear condiciones. La misma ternura con la que Jeremy y Aidan
están ahora abrazados en la cocina, ajenos a su presencia siquiera, pues están
demasiado concentrados en apretujarse el uno al otro, darse besitos y reír
mientras Aidan tiene harina en las mejillas y Jeremy intenta limpiársela con
manos llenas de mantequilla que solo acaban ensuciándolo más y que hacen que
ambos estallen en carcajadas. El colmo llega, para Xander, cuando Jeremy
desliza sus dedos llenos de mantequilla fundida contra los labios de Aidan
hasta dejarlos brillantes, le echa azúcar sobre estos hasta cubrirlos de sus
pequeñas perlitas y acto seguido le da un largo lametón en la boca.
—¡Hum! —grita Jeremy con gusto,
relamiéndose la dulce mantequilla de las comisuras —No sabes preparar galletas,
pero tus besos están más ricos.
—Que cochinada, tontito, vas a
tener que darme algo realmente bueno después para quitarme este sabor de
boca…
—Aidan.
Tanto el humano de cabello de
nieve como el vampiro de cabello de carbón de voltean al instante al escuchar
la profunda y cansada voz de Xander. El humano tensa sus labios, escondiéndose
tras el vampiro tan pronto ve el rostro serio del rubio y Aidan, por su parte,
se limpia la boca todavía azucarada con el dorso de la mano y enrojece al ser
pillado en un momento tan ridículo.
—O-oh, hola, Xander, no sabía que
habías llegado.
El nombrado arquea una ceja y se
le escapa una pequeña risa.
—Veo que estabas concentrado —el
rubio se inclina un poco más, como queriendo atisbar al humano tras la espalda
de su amigo —, hola a ti también, Jeremy. —el muchacho le responde con un
saludo tímido y mudo, moviendo un poco su mano, y Xander se da por satisfecho,
así que se vuelve a dirigir a su amigo —No quería interrumpir, pero estoy hecho
un desastre, Aidan ¿Podrías hablar conmigo?
—Claro ¿Qué sucede? Jeremy, ves
adelantado la receta y en un rato vuelvo.
El muchachito de ojos cielo
asiente dócilmente y se voltea hacia un bol lleno de una cremosa mezcla que
Xander reconoce como algo dulce y avainillado. La manera en que Aidan lo besa
en la frente para despedirse y el muchachito sonríe con sus ojos cerrados le
hace sentirse tan estúpido. Aidan ha logrado tan fácilmente aprender una
delicadeza que él desconoce ¿Cómo es siquiera posible que siento más mayor, más
fuerte, más sabio, no pueda hacer algo tan sencillo como fingir ser
amable por el tiempo suficiente como para sea creíble?
Ambos vampiros se alejan de la
cocina, queriendo hablar con mayor privacidad, y Xander se sienta en el sofá
color vino del salón, con Aidan a su lado.
—¿Qué te pasa? Luces realmente
triste ¿No habías ido esta noche a cazar?
Xander asiente.
—Y después he ido a ver a Liu
—confiesa, acto seguido tapándose la cara con ambas manos como si aquella
obviedad fuese una humillante revelación —. Creo que me estoy volviendo loco,
de verdad, creo que todo esto de intentar divertirme con una presa de un modo
distinto ha sido un error. No sé qué me está pasando, no sé qué hacer. Quiero
hacerlo mío, pero no así.
<<Quiero que deje de tener
este poder sobre mí. No puedo controlarme, Aidan, no solo mis deseos y mis
instintos… mi pensamiento también me traiciona. Me sorprendo a mí mismo soñando
con él, cazando presas que lucen como él, incluso cuando intento con todas mis
fuerzas no hacerlo, pienso él, no sale de mi mente y el problema no es que
imagine su cuerpo a mi disposición o que fantasee con el sabor de su sangre a
todas horas, es que estoy empezando a pensar, a sentir cosas… cosas que un
vampiro no debería. Aidan, necesito, voy a hacer que se entregue a mí.
Que lo haga ya, me refiero, pronto, muy pronto, porque cuando lo
haga me lo podré sacar por fin de la cabeza, pero igualmente cuando pienso en
ello me siento tan alterado. Tan extraño. No sé qué hacer con esta sensación.>>
Aidan parpadea un par de veces,
incrédulo ante la retahíla de palabras ansiosas que su amigo a escupido una
tras otra gesticulando con sus manos en grandes aspavientos y expresándose con
voz apresurada, casi desquiciada. Ha visto a su amigo nervioso alguna vez,
incluso estresado, pero jamás lo ha visto así.
Jamás lo ha visto vulnerable como
ahora. El pelinegro espera unos segundos para poder procesar bien toda la
información con la que el otro le ha taladrado los oídos y para que su amigo
tenga tiempo de respirar y sosegarse un poco.
Aidan coloca una mano sobre cada
uno de los anchos hombros de Xander y se inclina hacia delante, mirándolo
profundamente a los ojos.
—Xander, tienes que estar
preparado para que las cosas no salgan como te esperas.
—¿Qué quieres decir? —inquiere su
amigo enarcando una ceja color rubio ceniza.
Aidan traga saliva.
—Piensas que tu obsesión por Liu
se calmará cuando lo poseas por completo como al resto de tus víctimas, pero
¿Qué harás si después de conseguir lo que quieres todo sigue igual? ¿Qué harás
si esos sentimientos no desaparecen? ¿Y si se intensifican? —Xander mira a
Aidan con los ojos enturbiados, los aparta mientras exhala una irónica, amarga
risa, pero al ver que su amigo de rostro felino y facciones agudas no parece
bromear, su pupila tiembla y por un momento el miedo, el terror en ella es
imposible de ocultar. —Hablas de todo esto como si simplemente se tratase de
que estás frustrado por no conseguir algo cuando siempre has estado
acostumbrado a hacerlo, pero creo que esto es otra cosa, Xander. —su tono se
suaviza y mira a los ojos de su amigo, observando en ellos el cambio, la
labilidad. La manera en que sus palabras gentiles y que solo buscan ayudar y
aliviar lo transportan constantemente de la ira al horror, de la confusión a la
inevitabilidad —Creo que se te ha salido de las manos, que tu deseo por Liu, por
poseerlo de un modo distinto a tus otras víctimas se ha torcido. Se ha
convertido en algo distinto. Creo que te has enamorado, incluso si es un amor
retorcido y vil, porque somos criaturas de esa naturaleza.
Xander estalla en carcajadas,
tirando su cuerpo hacia atrás y separándose tanto de las gentiles manos de su
amigo, como de su mirada preocupada.
—Aidan, Aidan, Aidan… —susurra,
negando con la cabeza decepcionado y extinguiendo la distancia entre ambos. Su
mano grande rodea el cuello del nombrado y una de sus piernas se pone entre las
del vampiro de cabello negro, separándolas. La espalda de Aidan choca contra la
pared al intentar recular y un jadeo sale de su garganta apresada al ver la
seriedad en la mirada de su amigo —Siempre te pido consejos porque confío en tu
opinión, pero deberías cuidar tu lengua. ¿Sentimientos románticos? Sabes lo
bien que se me da usar a las personas, cachorrito ¿Cómo podrías decir algo tan
ridículo? Podría usarte a ti, incluso. Aquí. Ahora. Como un pedazo de carne
¿Necesito hacerlo para demostrarte lo fácil que es para mi separar la diversión
de los sentimientos?
Aidan traga saliva y siente su
cuerpo temblar de inmediato. Xander es demasiado hábil encerrando en él
cualquier cosa blanda y sensible que haya salido a la luz los minutos previos y
revistiéndose ahora de un armazón intimidante.
—N-no —responde Aidan y su voz
suena suplicante, justo como al rubio le gusta—, lo siento. Xander, sigo
creyendo eso, pero no debería haberlo dicho.
El otro vampiro le suelta el
cuello despacio, mirándolo en silencio y con suficiencia. Aidan se frota su
garganta con la mano y, sin atreverse a mirar a Xander, añade:
—Solo lo decía, Xander, porque sé
de lo que hablo. Yo también estoy empezando a sentirme de ese modo por Jeremy.
Al inicio quería poseerlo como un posee un juguete con el que se entretiene por
un largo tiempo, ahora, sin embargo, lo atesoro de forma distinta. Pienso en
él, no en las cosas que quiero hacer con él. Me gusta verle sonreír por más
placer que me den sus lágrimas. He —Aidan hace una pausa, atragantándose con
sus palabras, y reúne el valor suficiente para mirar hacia arriba y atisbar la
reacción de Xander: un rostro lleno de sorpresa, con sus ojos abiertos y sus
cejas cómicamente alzadas como si se tratase de un dibujo animado, la boca
abierta también, los colmillitos asomando por los lados —pensado en vincularlo.
—¿Y si te aburres de él? ¿Lo
matarás? —pregunta curioso y todavía impactado por la confesión de Aidan.
Lo que más le sorprende no es la capacidad del pelinegro para albergar en su
corazón muerto un sentimiento tan propio de los vivos como el amor, al fin y al
cabo, él había tardado en perderlo más que nadie cuando fue convertido, lo que
le sorprende es que lo confiese.
Él, Aidan, el hombre que lleva
toda su eternidad en su sombra, resentido por su pequeñez y deseoso de alzarse
ante él, poderoso, frío, cruel ¿Por qué le diría algo que le hace lucir
sensible, blando, humano… débil?
<<¿Acaso es más valioso para él este
sentimiento que la fortaleza? ¿Acaso no lo ve como algo embarazoso de lo que
debe deshacerse? ¿Lo atesora así como atesora a Jeremy? Si es así, esta es mi
oportunidad para no arruinarlo todo de nuevo, para no quitarle aquello que ama,
sino dejar que ese sentimiento extraño y aterrador florezca hasta clavar sus
espinas hondo en su corazón masoquista>>
—No lo mataría —reprende negando
con suavidad y una pequeña sonrisa en sus labios —. Si me aburriese de él una
vez lo hubiese vinculado, lo dejaría ir ¿Por qué matarlo? No es una amenaza
para mí y además no ha tenido la oportunidad de vivir una buena vida, merece
mil vidas mejores que esta ¿Por qué no darle el tiempo suficiente como para que
las tenga? Incluso si me aburre, merece que le haga ese regalo.
Xander acuna la mejilla de Aidan
en su palma grande y cálida, sorprendiéndolo, pero pronto el vampiro se funde
ante esa caricia, apretando su rostro contra la suave mano.
—Tienes una dulzura que envidio,
Aidan —susurra admirando su rostro mientras le acaricia la tez con el pulgar.
Pese a su cuerpo grande y varonil, el rostro de diablillo de Aidan podría
incluso ser llamado andrógino con su nariz recta y aristocrática, sus pillos
ojos gatunos bajo cejas delgadas y sensuales y sobre suaves pómulos. Hay en su
hermosura algo de salvaje y algo de gentil y, piensa Xander, también lo hay en
su alma: un alma cruel, de vampiro, y una amable, de humano. Le gustaría tomar
un pedacito de la segunda, robar su gentileza, aprender a querer así como él lo
hace. —. No te molestaré más en tu noche con Jeremy, gracias por tus consejos.
Soy temperamental cuando no me gustan, pero los agradezco. Los agradezco mucho,
Aidan.
El vampiro le sonríe de vuelta y
pone su mano algo más delicada, de dedos largos y estilizados, sobre la suya.
—Lo sé.
Capítulo 76
Jeremy siente unos fuertes brazos
rodeándole la cintura cuando termina de empujar la bandeja repleta de pegotes
de masa de galleta dentro del horno. Aidan lo alza como si no pesase nada y lo
achucha con fuerza, besuqueándole la mejilla al muchacho.
—Dulce, dulce, dulce… —murmura el
vampiro mientras poco a poco baja sus besos desde el rostro del humano de
cabellos revueltos y blancos como la lana de una oveja a su cuello.
—¡El postre aún no está acabado!
—ríe el muchacho pataleando en el aire y enrojeciendo de vergüenza.
—El mío sí —responde Aidan antes
de darle un juguetón bocado en el cuello. Jeremy nota los colmillos rozando la
ternura de su piel y exhala un leve gemido.
Incluso si ser mordido es una
idea que no le excita, sino que causa más bien terror en él, Aidan lo ha
mordido dos de las veces en que le entregaba un placer tan grande que creía que
podría haberse ahogado en él, así que ahora algo en su cerebro parece haber
cambiado: nuevos caminos se han creado y nuevas asociaciones se han formado. Y
el recuerdo de los dientes de Aidan en su cuello, de la sangre, del dolor… no
es muy lejano al de su cuerpo enorme embistiéndolo hasta hacerlo correrse una y
otra vez.
Satisfecho, Aidan deja al
muchacho de vuelta en el suelo y le acaricia la cabeza mientras se asoma al
horno, viendo la masa pasando de lucir como una albóndiga a una galleta.
—Mientras se hacen quiero que
comas comida humana nutritiva.
—Las galletas tienes nutrientes
—Jeremy explica, alzando su espátula todavía llena de mantequilla y azúcar.
—No lo dudo, pero eso es un
postre y estoy seguro de que los humanos necesitáis algo antes de eso ¿Que tal
carne o pescado? Y algo de verdura, he estado leyendo sobre eso, es sana, los
mortales la necesitáis.
Una risita escapa de Jeremy. Se
siente tan feliz que apenas se lo cree. A veces, mientras está con Aidan, se
muerde la lengua muy muy fuerte hasta que se le llenan los ojos de lágrimas,
solo para asegurarse de que no está en un sueño, de que no despertará en su
horrible casa destartalada con gotas llenas de moho que le hacen toser por la
noche y oler mal la ropa, con ventanas rotas por donde el aire se filtra y le
hace castañear los dientes hasta que cree que se romperán y con una cerradura
de mierda que los clientes siempre intentan forzar para llevarse un servicio
gratis si Jeremy está suficientemente indefenso y asustado.
Jeremy se siente por fin en paz
con Aidan, por fin en el paraíso bonito y hermoso del que su hermana le hablaba
cuando él era pequeño y le hacía un fuerte de mantas donde ocultarse y contar
historias por la noche. <<A veces el mundo es feo y oscuro y huele
mal, como si te hubieses caído dentro de un pozo olvidado>> le
narraba ella, su voz susurrante y dulce sonando como una melodía hipnótica por
debajo de los gritos, de los insultos, de la voz de su madre cuando estaba
borracha, de las botellas rotas y el mar de tonos masculinos de hombres
desconocidos que ponían la casa patas arriba buscando algo.
<<Y es que, cuando la cigüeña
trae a los bebes de las nubes y hasta la tierra ¡Pum! a veces se le caen uno o
dos. Algunos caen en lagos, otros caen en suaves arbustos y, algunos, nos hemos
caído dentro de un pozo>> Jeremy recuerda
a su hermana haciendo un puchero siempre en esa parte y, de pronto, las ganas
de llorar se volvían una risilla pueril y hermosa.
<<Pero el pozo no es el
mundo, Jeremy, no es el mundo entero. Hay más ahí afuera. Un mundo hermoso con
gente hermosa, lugares bonitos, personas buenas. Hay un paraíso en esta tierra,
mi amor, pero a veces tenemos que arrastrarnos y arrastrarnos por el barro y
las piedras porque salir del pozo cuesta.
<<Pero se puede. Jeremy, te
lo prometo, incluso si debes arrastrarte, sigue adelante, y ye prometo que un
día te sentirás tan feliz, tan en paz, que ya no te acorarás de cómo se sentía
el fondo del pozo>>
Jeremy quiere llorar cuando la
recuerda <<He llegado, Leila. He llegado. Si solo hubiese podido
traerte conmigo. Si Aidan hubiese podido haberte tendido la mano a ti
también>>.
El chico suspira, enamorado, y
mira a su vampiro, que ahora se ha enfrascado en un largo monólogo sobre la
pirámide alimenticia. Le parece tan sumamente tierno que él, un inmortal cuyo
único deber es matar y sembrar el caos, haya… haya gastado segundos de su
oscura eternidad en parar sus planes malignos e ir a informarse sobre qué comen
los humanos. Y todo por él. Jeremy lo calla alzándose sobre las puntas de sus
pies y dándole un beso en la boca a Aidan.
—Interrumpir es de mal gusto —le
replica Aidan, pero su sonrisa delata que el beso no le ha importado, de hecho,
le da otro. Lento, superfluo, deja que sus labios se toquen y se intercambien
el calor.
—Comeré sano ¿Contento? Mientras
las galletas se hornean me haré un bocadillo de atún con lechuga y tomate.
Tomaré unas habas de acompañante. Todo muy, muy sano ¿Me convalida eso la
asignatura de alimentación humana o debo seguir escuchando tu clase magistral
sobre por qué uno no puede vivir solo de galletas?
—Casi, tienes que responder una
pregunta más para aprobar tu examen.
—No he estudiado —replica con un
puchero.
—Creo que la sabes perfectamente,
Jeremy, no te subestimes. —Aidan la pica la barbilla al chico con uno de sus
dedos en un gesto juguetón.
—A ver, no me dejes más con la
intriga ¿Cuál es la pregunta?
—Tú vas a comer lo que acabas de
decir esta noche, pero… ¿Que comeré yo?
Jeremy traga saliva. Las manos en
su cintura lo estrechan posesivamente, la boca en su oído respira profundo.
Ansiosa. Hambrienta.
—A mí —susurra y se pregunta, con
todo su interior removiéndose de nervios, si el vampiro quiere su cuerpo o si
su sangre también será su deleite esta noche.
—Buen chico —le premia con
amables palabras, peinándole los mechones ondulados y blancos con la mano —.
Ahora come y gana energías. Yo saldré dentro de poco y antes de que llegue
quiero que prepares todas las cosas que he dejado bajo la cama, en una caja
negra ¿De acuerdo?
Jeremy siente todos sus vellos
erizándose. El tono del vampiro es bajo, pero ronco. Es una orden, pero también
una lasciva promesa.
—¿Qué… qué clase de cosas son?
—pregunta con un hilillo de voz.
Aidan ríe en su oído con
socarronería y una mano recoge gentilmente uno de sus mechones tras su oreja.
—Por ahora he sido tranquilo
contigo, Jeremy, tomándote solo con mi cuerpo y mis manos y mi boca… pero
cuando me divierto con un humano. Me gusta traer unas cuantas cosas para jugar
más emocionantemente. —Jeremy tiembla en sus brazos, una mezcla deliciosa entre
nerviosismo y anticipación. Él ha usado juguetes antes con clientes, pero las
ocasiones han sido eventuales y los juguetes simples: un par de pequeños
vibradores rosados que no se compararían ni de lejos con el tamaño de su
vampiro y una venda improvisada que no paraba de caérsele y a través de la cual
podía ver casi todo.
—Aidan ¿Hoy también…
El vampiro tuerce la cabeza,
curioso, cuando el chico se queda con las palabras atoradas en su garganta. Ve
la consternación en su rostro y nota la forma en que el chico se lleva
instintivamente una mano al cuello y lo frota en un gesto calmante.
—No voy a beber de ti, Jeremy,
todavía necesitas recuperarte —explica con amabilidad, a lo que el peliblanco
suelta un profundo suspiro de alivio —, pero recuerda que, si no me puedo
saciar con su sangre, tu cuerpo deberá saciarme el doble para compensarlo. Así
que come. Definitivamente necesitarás la energía.
El chico asiente, pero tiene que
sentarse antes de cocinar.
Las manos le tiemblan y el
corazón le late más rápido que cuando su primer beso le fue robado, solo que
ahora su cuerpo se estremece ante la idea de ser tocado no porque sea algo que
le hace querer encogerse y acurrucarse en su interior hasta que todo acabe,
sino porque se siente atraído y a la par asustado por la intensidad de las
nuevas sensaciones que Aidan le ha descubierto.
Capítulo 77
Con la enorme mansión a su
completa disposición, Jeremy termina de cenar, dejar las galletas enfriando
para más adelante y curiosea rápidamente algunas habitaciones. No se le ocurre,
sin embargo, tan siquiera acercarse a la trampilla del sótano que lleva
al lugar donde Xander pretendía matarlo y donde presupone que los vampiros
deben divertirse con sus presas para no hacer un lío en el resto de la casa. Se
pregunta, al recordar ese lugar, si Aidan habrá salido esa noche a cazar.
Un tirón de angustia le atraviesa
las entrañas. Aidan es lo mejor que ha podido pasarle, sin duda, es el hombre
que lo ha sacado del oscuro pozo de desgracias y podredumbre donde estaba
hundido hasta el cuello y lo ha traído a un mundo mucho más brillante al que
puede llamar su paraíso. Pero Aidan sigue siendo un vampiro y, por ello, un
asesino.
Le causan náuseas los recuerdos
del vampiro asesinando a esos dos hombres despreciables que pretendían venderlo
a partes hasta sacarle el máximo provecho, pero más allá de la repulsión que su
cuerpo pueda sentir, su alma se siente en paz al recordar ese momento. Aidan no
fue cruel, fue justo. Dio a esos inmundos seres un inmundo final.
Pero Jeremy sabe que el vampiro
no siempre es así, que su dieta no se compone de los últimos latidos de los
corazones de los criminales o de las últimas gotas de la sangre más perversa.
Sabe que el vampiro mata del mismo modo en que uno compra carne en el
supermercado: sin preguntarse por la vida de la criatura que se llevan a la
boca.
Y eso significa que Aidan mata a
inocentes.
Se imagina a Lucía siéndole
arrebatada no por esos dos hombres viles que tan siquiera obtendrán sepultura,
sino por Aidan o por cualquier vampiro hambriento que pudiese ver en su
hermanita el imperdonable error de ser demasiado apetecible. Se le encoge el
corazón al pensar cuánto dolor habrá causado Aidan con su hambre, un dolor él
no le desea a nadie, que a él le fue causado por los apetitos egoístas de otros
monstruos, solo que unos sin colmillos ni ojos rojos.
Se pregunta si amar ciegamente a
Aidan le hace mala persona, cómplice o si acaso solo está aprovechando la única
cosa buena que el mundo le arroja ¿Qué debería hacer, si no? ¿Abandonar a su
salvador incluso si eso no cambia el hecho de que será el verdugo de muchos
otros? Él no puede cambiar la naturaleza de Aidan, pero aceptarla se siente
hipócrita.
<<¿Y por qué no puedo ser
hipócrita? Llevo toda mi vida a merced del egoísmo de los demás, dando y dando
y dando hasta que me he sentido tan vacío que creí que desaparecería. Ahora que
tengo algo para mí, algo bueno y mágico y que me hace sentir bien ¿Por qué no
puedo quedármelo egoístamente sean cuales sean las consecuencias? ¿Por qué yo
siento culpa y todos los que me han arrebatado la posibilidad de una vida mejor
no?>>
Jeremy aprieta la mandíbula con
rabia y frustración hirviendo dentro suyo. No sabe qué hará con los
sentimientos que han despertado en él y que no puede desechar, pero sabe que no
pretende lidiar con ellos hoy. Ni mañana. Por un tiempo, va a empujarlos a un
lado, guardarlos en una pequeña cajita enterrada bajo capas y capaz de
distracción y, cuando la presión sea demasiada y la tapa vaya a estallar,
entonces se enfrentará a todo lo que hoy no quiere enfrentarse.
Jeremy se tranquiliza a sí mismo
tumbándose sobre el frío suelo un rato y centrándose única y exclusivamente en
las sensaciones de su cuerpo: la calidez en su rostro y sus dedos, la plenitud
en su tripa que ya no ruge, el frescor en su pecho cuando respira.
Mientras él medita de ese modo,
Aidan actúa como un espía siguiendo a Xander a hurtadillas y comprobando que su
amigo esté bien. Durante cientos de años ha conocido cientos de facetas de su
amigo: carismáticas y salvajes, risueñas, serias, aterradoramente enfadadas y
aterradoramente dominantes, placenteras, dulces incluso… pero jamás ha conocido
una versión de él inquieta, carcomida por los nervios como parece estarlo tanto
últimamente. Es la primera vez que siente que Xander está en peligro, incluso
si él mismo y sus acciones impulsivas son su mayor amenaza, así que por eso ha
decidido vigilarlo.
Aidan se siente aliviado al
comprobar que el vampiro no ha ido a ver a Liu, pues está inestable y un desliz
es suficiente como para que ese bello humano abandone el mundo en manos de
Xander. En su lugar, el vampiro ronda la ciudad con paso ligero, pero sin una
dirección clara.
Sus movimientos parecen erráticos
¿Se dirige acaso a algún destino cuyo lugar cambia constantemente? No tendría
sentido ¿Intenta escapar de algo, despistar una presencia que le sigue? Aidan
sabe que no, pues Xander parece demasiado ensimismado para descubrir su
presencia ¿Busca indecisamente una presa? Pero es extraño ¿Por qué no matar a
cualquiera, como siempre, en vez de actuar como si asesinar a alguien fuese un
delicado procedimiento en el que el objetivo debe ser meticulosamente escogido?
Aidan se enternece al darse
cuenta de que su amigo sí busca presas y al entender por qué las escoge
con tanto sumo cuidado: las presencias de numerosos humanos son perceptibles
para ambos vampiros, víctimas dulces y jóvenes por aquí y maduras y sabrosas
por allá. Pero Xander se dirige a un grupo de tres muchachos cuyo aroma queda
enmascarado por el picoso aroma de la ceniza y el humo.
Cuando Aidan se acerca a la
escena a la que Xander se transporta, no necesita leer los pensamientos de esos
tres maleantes para saber que sus intenciones no son buenas y sus corazones
mucho menos: dos de los chicos sostienen a un gato callejero de pelaje negro
como la noche y enormes ojos zafiro. Usan sus chaquetas para agarrarlo bien sin
que el minino les clave las garras, pues el animal, pequeño y delgado como una
pelusilla, les da la pelea del siglo. Araña, se retuerce y maúlla con un sonido
desgarrador y lleno de dolor.
No es para menos. Aidan
distingue, por el olor y gracias a lo aguda que es su visión, que los chicos
han quemado los sensibles bigotes del gato hasta dejarlos ennegrecidos y
retorcidos y han intentado también prenderle fuego a sus orejitas triangulares,
una de las cuales está a medias por lo que parece un mordisco que el animal se
ha ganado en una pelea callejera con otro felino.
El muchacho que no sostiene al
gato rebusca algo en su mochila y cuando lo encuentra y lo alza los otros dos
vitorean y zarandean al gato con tanta fuerza que lo dejan atontado, quieto en
sus manos mientras emite maullidos lastimeros.
Aidan tuerce la boca cuando ve el
objeto: un petardo, de esos que sueltan chispas, vuelan unos largos metros en
el aire y luego revientan con luces de colores.
—¡Tú! Que se quede quieto. Como
me atañe otra vez le doy otra patada.
—¡Para imbécil! Que la patada me
la vas a dar a mí.
—¿Eres inútil o qué? Solo átaselo
en la cola.
—No es tan fácil, listillo.
—Debería serlo, se la hemos roto.
Bah, creo que así está bien ¿Quien lleva el mechero?
Aidan sonríe, se sienta y se
acomoda para disfrutar del espectáculo cuando ve a Xander caminar entre los
chicos. El gato, pese a su mala condición, es el más espabilado y el único que
logra huir cuando los demás se quedan petrificados ante la imagen de un
vampiro. Mientras Xander juega con esos mortales igual que ellos pretendían
jugar con la pequeña y pobre presa de bigotes largos y ojos saltones que habían
atrapado, Aidan no puede evitar sentir que Xander es un poco adorable.
<<¿Ahora solo matas a malas
personas?>> se pregunta cuando Xander ha
roto las piernas de los chicos y les da un minuto para arrastrarse huyendo,
haciéndoles creer que esa ventaja puede darles alguna esperanza de sobrevivir.
Cuando mata al primero, tira al cadáver sobre el cuerpo del más rápido,
haciéndolo gritar y desesperarse porque no sabe cómo quitárselo de encima.
<<¿Te intentas volver un
héroe, un justiciero? ¿O solo buscas domar tu instinto asesino para hacerlo más
digerible para Liu? Verdaderamente romántico>>
El segundo humano muere cuando
Xander bebe de su cuello y, amordazándolo con una mano, calcula mal su fuerza.
Termina con el cráneo hecho añicos entre las manos de su captor y su materia
gris derramándose, pegajosa y repugnante, entre sus dedos y los trozos de hueso
resquebrajado. Xander también tira ese nuevo cadáver sobre el último chico con
vida, que intenta arrastrarse con el peso de su amigo muerto a sus
espaldas.
Grita que no puede respirar.
Suplica por una segunda oportunidad de huir. Xander se la da, pero con una
condición: que meta el petardo en su boca y encienda la mecha. Si llega a su
casa antes de que reviente, le asegura, él mismo apagará la mecha y lo dejará
vivir.
El chico accede, no sabiendo qué
más hacer, y Aidan ríe cuando los fuegos artificiales son rojos y húmedos y le
salpican en la cara. Limpia la sangre de su mejilla con el pulgar y la lame,
hallando el sabor a pólvora y a miedo.
<<¿Debería hacer yo lo
mismo, Xander? ¿Debería matar solo a quienes lo merecen, ahora que me he
enamorado de su inocente y soy incapaz de ver las almas puras como mera
comida?>>
Aidan abre los ojos grande cuando
escucha un ronroneo y ve al gato negro restregándose contra los tobillos de
Xander. El vampiro chaquea la lengua y se aparta.
—Fuera —le dice, pero el minino
vuelve y desliza su figura suave y delgada por la piel de sus tobillos,
arrastrando aún la cola pesada por el petardo que han atado en ella.
Chasquea su lengua otra vez. Se
inclina y le quita al gatito el terrible objeto.
El minino sigue arrastrando su
cola rota y anda con dificultad, pero cuando Xander se marcha, hace todo lo que
puede porque sus patitas torpes sigan los pasos de ese hombre extraño y de
colmillos y ojos similares a los suyos. Y Xander, quizá sin querer o quizá a
posta, no anda demasiado rápido esa noche.
Capítulo 78
Jeremy sube al dormitorio cuando
se siente más tranquilo y mente deja de atacarlo con pensamientos llenos de
culpabilidad, reproche y veneno. Para cuando llega al último escalón, solo hay
lugar en su cabeza para la curiosidad y los nervios, pues una parte de él ansía
saber qué hay en la caja negra que Aidan le ha indicado que abra y prepare,
mientras otra parte sabe que no está listo para ello.
El chico entra en el dormitorio,
palpa bajo la cama hasta hallar una superficie llana y lisa y saca una enorme
caja color azabache. Parece más bien un maletín con su elegante acabado mate y
una textura agradable, como de piel de caimán falsa. Al abrirla, siente su
corazón en su garganta y cuando mira su interior suelta un jadeo.
Los objetos están sobre un
brillante fondo de seda, amontonados pulcramente uno sobre otro y separados por
pliegues de la tela. Jeremy los sustrae uno a uno, depositándolos en orden
sobre la cama mientras su asombro crece y sus mejillas se colorean de un
hermoso rojo. Primero saca el bote de lubricante. Es de base de agua,
cristalino y con un tenue y dulce aroma a rosas que lo relaja. Lo siguiente es
una venda para los ojos. Esta vez, la venda es de calidad, de una seda suave,
pero gruesa, y negra como la noche que al ser puesta a contraluz no deja pasar
ni un haz. Jeremy la deja doblada en la cama, al lado del lubricante.
A su lado coloca unas esposas. Son
pesadas, frías y de metal macizo, pero agradece un pequeño forro interior
afelpado que cuidará de no cortar ni herir sus delicadas muñecas. Tras eso
encuentra una mordaza. La correa de la mordaza es de cuero negro y el enganche
para cerrarla de metal, como las esposas, pero curiosamente lo que hay en el
centro de la correa no es una bola roja para que Jeremy se ponga en la boca, obstruyéndola,
sino un aro de metal vacío que en vez de tapar su boca le forzará a mantenerla
abierta y goteando saliva. Imagina la sensación de los dientes y los labios
contra el frío y duro metal, la vulnerabilidad de tener los belfos separados y
su garganta tan fácilmente accesible todo el rato.
Jeremy siente un escalofrío, deja
la mordaza con el anillo de forma de O en la cama y saca entonces otro anillo
de metal, esta vez sin correas. Demasiado grande para su dedo, demasiado
pequeño para su muñeca. Extrañado, lo deja junto la mordaza, pues ese anillo es
más pequeño y asume que debe ser una pieza de recambio, por su boca no logra
abrirse tanto.
De nuevo, lo sorprende un objeto
que no entiende: una larga y firme vara metálica con dos grilletes a los lados
¿Qué clase de esposas se separan por un fierro en vez de cadenas? Lo deja en la
cama, en fila con el resto de los elementos. Rebusca entre los pliegues de
gustosa seda dentro de la caja y sus dedos se topan de nuevo con el conocido
frío del metal. Levanta el objeto. Traga saliva al notar su peso. Vuelve a
tragar al ver su forma.
<<Un plug anal>>
Lo examina bajo a la luz de la
alcoba. El plug tiene una base ancha y plana que lo permite quedar de pie como
una figura sobre un mueble y que está diseñada para que no se empuje demasiado
hondo en su interior, haciendo de tope. De esa base surge una corta columna de
metal que la une con la parte principal del plug, la echa para ser insertada:
una enorme y brillante cabeza metálica, completamente lisa y suave, con una
forma abombada, como la de una lágrima.
<<Es grande>> piensa el muchachito de cabellos blancos, inquieto, pero luego
recuerda que Aidan es mucho, mucho más grande y que necesita ser preparado de
ese modo para tomarlo.
Finalmente saca de la caja el
objeto más pequeño de la larga colección: dos diminutas pinzas metálicas con
los extremos cubiertos en suave plástico, para que su mordida no sea en exceso
dura, un pequeño tornillito en cada una que permite regular la presión y una
fina cadena uniéndolas.
Jeremy cierra la caja, la vuelve
a deslizar bajo la cama y se para a un par de pasos de esta, observando como la
almohada se ha convertido en un expositor de juguetes sexuales que le hacen
temblar y apartar la mirada. Mira al exterior, la noche ha caído por completo,
de modo que Aidan debería estar por llegar.
Se pregunta si ordenar los
objetos sobre la cama es la preparación que Aidan esperaba o si debe
hacer algo más. No quiere decepcionarlo, así que va un paso más adelante: se
desnuda, dejando sus ropas plegadas sobre el buró, se arrodilla en la cama
encarando los juguetes y dándole la espalda a la puerta y toma el lubricante en
sus manos.
Derrama un largo, viscoso y dulce
chorro sobre su mano derecha y vuelve a taparlo. Frota sus dedos empapados por
la lábil sustancia y los ve brillando como si estuviesen embarrados en aceite.
Respira hondo, abre sus piernas y, con las rodillas aún hincadas en a cama,
apoya su rostro contra el colchón, inclinando su torso, ofreciendo su trasero
todavía a nadie. Desliza la mano húmeda entre sus piernas y rodea su rosado
agujero con sus dedos lubricados y delicados. Empuja suavemente, dejando que
uno se deslice en su interior. Cierra los ojos. La frescura del lubricante en
su trasero es agradable y cuando respira hondo e imagina a Aidan abriéndolo, su
anillo muscular es capaz de tomar dos de sus dedos, aunque el tamaño de estos
es todavía muy lejano a aquel para el que necesita prepararse.
Jeremy gimotea bajito y respira
perezosamente, dedeándose despacio por un buen rato hasta que su trasero está
relajado y su hoyo listo para una intrusión más grande, brillante por el
lubricante y húmedo por dentro, tanto que gotea de forma deliciosa por sus
muslos, por sus testículos y hasta que pequeñas y viscosas gotas de lubricante
se confunden con su presemen, que ya forma un lío húmedo en las sábanas bajo
sus piernas.
Empuja el tercer dedo y gruñe
porque la intrusión es grande y su cuerpo pequeño, pero se queda quieto,
acostumbrándose al ensanchamiento, y respira hondo hasta que escucha la puerta
abrirse y cerrarse.
—Que obediente —murmura la
conocida voz de Aidan y Jeremy enrojece al sentir como su trasero se aprieta
alrededor de sus dígitos, succionándolos en señal de anhelo por ese vampiro —,
preparando todos mis juguetes para que los use.
Una mano grande y suave se
desliza por el trasero del humano y luego por la deliciosa curva de su espalda
que desciende hasta la cama. Aidan le acaricia la nuca al chico y hunde sus
dedos en los mechones color nieve para forzar a su humano a alzar un poco la
cabeza. El chico tiene una expresión deliciosa: sus ojos llorosos de esfuerzo y
deseo, lágrimas perlándose como rocío en una telaraña sobre la blancura de sus
largas pestañas, sus labios rojos de tanto ser mordisqueados y sus mejillas
arreboladas. Ligeros suspiros y gemidos de placer escapan de su boca mientras
se dedea a sí mismo hasta dejarse húmedo y listo, su polla dura y goteante bajo
sus piernas y estas abiertas para él.
—Aparta tu mano. No toques lo que
me pertenece, Jeremy, no cuando soy yo quien debe prepararte.
El chico asiente y deja ir un
ruido de placer y ahogo cuando sus tres dedos se deslizar fuera de su húmedo
interior, dejándolo vacío y dolorido. Aidan suelta su cabello y se sitúa tras
él, coloca una gran mano en cada nalga y las aprieta antes de separarlas,
mostrando el rosado agujero todavía prieto pese a la extensa preparación. El
anillo muscular luce brillante por el lubricante dulce y floral que gotea desde
su interior y la forma en que los genitales del chico cuelgan, excitados, pero
sin ser tocados, le parece increíblemente erótica a Aidan. Le gusta saber que
su chico está tan desesperado cuando él tan siquiera ha empezado.
—Menudo lío has hecho —lo regaña
dulcemente, observando el charco de lubricante y presemen que hay bajo sus
piernas. Jeremy aprieta su cara contra las sábanas, avergonzado, y gime cuando
el vampiro se inclina hacia su expuesta y rosada ofrenda y siente la calidez de
su aliento sobre la humedad de su pene y sus testículos.
Aidan abre su boca, pero de ella
no salen palabras, sino una larga lengua que rodea su polla con fuerza y lame
el lubricante que la empapa desde la enrojecida y necesitada cabeza hasta la
base, tirando hacia atrás la sensible piel del chico y haciéndolo gemir de
gusto y un ligero dolor que lo mantiene alerta, recordando su lugar. Liberando
su pene del abrazo sofocante de su lengua, Aidan lame ahora sus pequeños
testículos hasta que están cubiertos no ya por un chorrito de lubricante, sino
por su saliva brillosa que los hace lucir más apetecibles aún. Lleva sus labios
hasta la deliciosa zona y chupa ávidamente, metiéndose una de las bolas del
chico en la boca. Jeremy se remueve, sintiéndose demasiado vulnerable al sentir
la lengua del otro jugar con una parte tan sensible de él a placer, la lengua
recorriendo la redondez de su anatomía, estrujándola gentilmente, chupando
hasta que nota una punzada peligrosa… incluso siente los afilados colmillos
rozar la sensibilísima piel de la zona y eso le hace gemir y hacer el amago de
apartarse, pero Aidan lo sostiene firme por la cintura y lo obliga a acercarse
a su boca mientras chupa su entrepierna de ese modo tan intimidante.
Cuando ha terminado de jugar con
uno de sus testículos, lo desliza fuera de sus labios dejándolo húmedo y
enrojecido y entonces inicia el mismo proceso con el otro, probando el sabor de
su dulce humano y deleitándose por los ruiditos que obtiene cuando lo tortura
de ese modo. Lo libera también, dejando que ambos goteen su saliva hasta el
pene del chico y esta caiga en el charco obsceno bajo sus piernas y, ahora,
dirige su lengua a otro lado.
—A-Aidan, espera, estoy muy
sensible… —se queja el muchacho, temblando al sentir el calor de su cercanía
sobre su agujero recién dilatado. Nota las mejillas del vampiro rozar contra la
sensible piel de sus nalgas y, entonces, el vampiro se retira de pronto ante
sus demandas.
Jeremy parpadea un par de veces,
perplejo por haber podido aplacar el sadismo de su dominante vampiro, pero
pronto entiende que Aidan no ha obedecido sus súplicas. Lo entiende cuando el
vampiro se alarga para coger algo de la almohada y acto seguido le da una
orden.
—Ponte a cuatro y levanta la
cabeza.
El chico traga saliva y asiente.
Al hacerlo dirige sus ojos hacia la almohada, comprobando que faltan varios
objetos, pero no puede cerciorarse de cuáles. Tampoco lo necesita: empieza a
descubrirlo cuando una suave oscuridad le besa los párpados.
—Quieto. —ordena Aidan y Jeremy
siente la venda de seda apretarse contra sus cuencas y afirmarse detrás de su
cabeza cuando Aidan la anuda. —Abre la boca.
Jeremy obedece, su recién
impuesta ceguera impidiéndole advertir lo que está por venir. Se sorprende con
un jadeo ahogado cuando algo frío y firme de empuja contra sus labios y entre
sus dientes, que muerden por reflejo, hallando una resistencia metálica
demasiado dura como para ser vencida. El corazón se Jeremy bombea rápido cuando
nota las tiras de cuero sobre sus comisuras, el cierra de la mordaza
chasqueando en la parte posterior de su cabeza.
Respira agitado por la nueva
sensación de vulnerabilidad y temor y Aidan le da un tiempo para adaptarse a la
mordaza, disfrutando de escuchar su corazón revoloteando de nervios y de ver
como el chico tiene ahora la boca forzosamente abierta para su deleite, pero
incapaz de pronunciar palabra alguna sin sonar como un bobo lío de saliva y
gemidos.
La lengua de Jeremy explora el
objeto intruso en su boca, bordeando las curvas internas del círculo metálico y
luego, sin saber qué hacer, cuelga sumisamente entre sus labios. Jeremy
enrojece cuando nota que con la boca abierta de ese modo no solo hablar es casi
imposible, sino que tampoco puede tragar y toda la saliva que su boca produce
acaba bañando su labio inferior y chorreando por su mentón hasta formar otro
vergonzoso charco bajo su rostro. Aidan ríe al notar como el chico se agobia
por el lío que está haciendo, enrojeciendo hasta las orejas.
—Perfecto —murmura y acaricia su
mentón húmedo de saliva, llevándose los dedos a la propia boca y lamiendo el
delicioso néctar del chico —. Tu boca está mucho mejor así, Jeremy, abierta y
disponible para mí, goteando saliva como una cosita patética y boba, en vez de
quejándose o pidiéndome que pare. Al fin y al cabo, los juguetes no deberían
hablar, solo entretenerme ¿No es así?
El chico asiente y su interior
entero tiembla. La voz de Aidan, su profundidad, su crueldad, la pizca de
dulzura en ella… todo lo hace sentirse débil y maleable y mareado… así que
asiente y cuando el vampiro toma su cabello y vuelve a hacerlo arquearse, ofreciéndole
su culo, y poner su cabeza contra las sábanas, Jeremy obedece, aunque debe
poner su cara sobre un lugar húmedo por su saliva. La sensación es humillante y
se pregunta si Aidan lo ha hecho a posta, pero no es capaz de seguir
preguntándose nada más, o de buscar respuestas.
No es capaz de pensar.
No cuando Aidan hunde su rostro
entre sus nalgas y desliza su gruesa, larga lengua dentro de su intimidad.
Jeremy gime y su saliva se escurre por su labio inferior, su cuerpo entero se
mueve, agitado por el ramalazo de sensaciones eléctricas e intensas que lo
azotan, pero Aidan no se detiene, solo lo agarra fuerte por la cintura y lo
mueve adelante y atrás, obligando al chico a empalarse en su lengua.
Jeremy se siente abierto de
nuevo, pues la musculosa lengua del vampiro es más ancha que tres de sus dedos,
y la forma en que se mueve en su interior de demasiado intensa. Se siente
increíble, como si el vampiro tuviese un control minucioso y total de esa parte
de su cuerpo y la usase para follarlo, ensanchando su agujero, y para
estimularlo cruelmente, pues la punta de su lengua acaricia una y otra vez su
punto dulce. La siente carnosa y lábil, deslizándose en oleadas sobre su
próstata, probando su placer desde dentro. El chico gime alto, su boca sonando
rota y aguda, y se sacude de un modo que el vampiro conoce muy bien.
Aidan se separa de su trasero de
pronto, lubricante escurriendo por su barbilla y brillando en sus labios y sus
ojos rojos dirigidos al pene de Jeremy, que se estremece por la cercanía
tortuosa de un orgasmo. Jeremy siente el peso sobre la cama moverse y volver a
su posición original. Sabe que Aidan ha cogido algo, pero no sabe qué. La
incertidumbre lo azora, hasta que descubre el siguiente juego del vampiro.
Siente algo frío y circular besar
la punta de su polla, primero se retrae con el cuerpo entero, asustado por el
aguijonazo de frío, pero Aidan sostiene su pene y lo alinea con el objeto que
el chico reconoce como el aro metálico cuyo uso desconocía. Ahora cae en que es
de la medida perfecta para encajar en su erección.
Aidan lo empuja, pero el metal es
duro y no cede, de modo que aprieta con crueldad la erección del chico y lo
hace aullar de dolor. Acto seguido Jeremy nota como Aidan masajea todo su
miembro, incluyendo la cabeza que está coronada por el anillo metálico, y lo
cubre de lubricante en una dosis generosa.
La segunda vez que el vampiro
empuja el anillo por el eje del chico, el dolor ha desaparecido, pero Jeremy
sigue sintiendo la incomodidad del frío, la presión de esa pieza de metal
apretando su grosor y el peso del objeto, imposible de ignorar. Aidan desliza
el objeto con cuidado hasta que queda perfectamente ajustado en la base del
pene del chico.
Jeremy mueve sus caderas de un
lado a otro con incomodidad, queriendo quitarse el pesado objeto, pero haciendo
que pene moverse como un péndulo en lugar de eso. Aidan sonríe al escuchar sus
lloriqueos y las deformadas protestas que, a través de la mordaza, suenan como
gemidos de temor.
—No vas a correrte, Jeremy
—responde el vampiro con dulzura, pasando una mano por su espalda para
relajarlo —, no hasta dejarme satisfecho.
El chico se remueve, la venda
empapada en lágrimas por la tortura que supone para él mantenerse quieto y
obediente cuando tantas sensaciones lo azoran y no puede permitirse hallar
liberación alguna. Aidan entonces lo toma de las muñecas y el chico gime y
niega con la cabeza, suplicando clemencia.
—Estoy haciéndote un favor,
Jeremy, porque si te quitases el anillo, la morada o la venda castigarte muy, muy
duro. Así que voy a quitarte esa tentación.
La voz de Aidan es grave y
seductora y Jeremy sabe que está hecha para ser obedecida, así que deja sus
brazos lánguidos, a manos de Aidan, y nota como el vampiro se los esposa a la
espalda. Las esposas son muy apretadas, pero el forro interno, de pelo suave y
agradable, le impide sentir dolor. Aun así, siente el frío del metal lamerle la
espalda baja, donde sus ataduras reposan, y el peso de estas lo hace incapaz de
obviarlas, lo hace consciente, a cada segundo, de que está atrapado y a merced
de Aidan, igual que el peso del frío anillo en la base de su sexo le hace
consciente de que correrse no es una opción.
Lo que siente ahora sobre su
trasero son los dedos de Aidan. Lo sabe porque son más anchos que su lengua,
más duros y rígidos mientras se deslizan arriba y abajo entre el húmedo espacio
entre sus nalgas, extendiendo el lubricante y gozando de ver como el chico se
retuerce cada vez que roza su sensible entrada.
—Abre las piernas.
Aidan ordena y Jeremy obedece al
instante. Su voz tan profunda y raspada que no puede sino dejarse llevar por
ella, sus piernas abriéndose y su espalda arqueándose más mientras le ofrece su
sexo un delicioso regalo.
Aidan empuja un dedo en su
interior y el chico gime alto, saliva derramándose en las húmedas sábanas, la
venda mojándose cando aprieta sus ojos y las lágrimas perladas en sus pestañas
se desprenden, su polla goteando de deseo y el anillo impidiéndole que escupa
su semilla. Lucha inútilmente contra las esposas en sus espaldas y Aidan, en
respuesta, empieza a follarlo con su dedo, deslizándolo dentro y fuera con
rapidez para demostrarle al chico cuán brusco puede ser con él sin que su
resistencia signifique nada. Para al cabo de un rato, cuando Jeremy está
respirando alto y agitado y su corazón bombea como si fuese a estallar. Un
segundo dedo empuja contra su entrada y el anillo muscular cede, acogiéndolo.
Los dos dedos del vampiro son lo
más ancho que el chico ha tomado esa noche, por lo que lloriquea de dolor y
todo su cuerpo se tensa. Aidan lo empuja hondo en su estrecho pasaje, esta vez
sin simular embestidas para ensancharlo, y las yemas palpan en su angosto
interior como buscando algo.
Jeremy grita y cierra las piernas
de golpe cuando Aidan halla su próstata y la empuja con los dedos una y otra
vez, estimulándola más duramente que cuando la lamía sin parar. El vampiro
azota su culo y ordena con voz ronca, todo sin parar de torturar su punto más
sensible:
—Abre las piernas.
Jeremy llora y niega, enloquecido
por el placer y por la forma en que se crece y crece en su interior hasta que
cuando está a punto de dispararse se vuelve hacia él, clavándosele en el
ardiente calor del bajo vientre como una flecha hundida en su carne.
—Ábrelas. Ya. —ordena con
impaciencia. Aidan habla entre dientes con la mandíbula tensada y Jeremy sabe
que debe obedecer cuando el vampiro retira sus dedos de golpe de su interior y
lo azota, no ya en las nalgas enrojecidas de su culo, donde la silueta de sus
dedos está impresa, sino en su húmedo agujero, haciéndolo aullar de dolor.
Una desgarra lo recorre y lo hace
arquearse, sus manos cerradas con fuerza batallando contra las cerraduras y los
dedos rizándose por el dolor, pero el vampiro no se compadece de él sino que
azota su entrada de nuevo, el latigazo causándole un ardor que se derrama en su
interior como lava sobre sus entrañas, dejando su entrada enrojecida y pulsante
como una herida abierta. Una donde Aidan hunde sus dedos sin piedad y arremete
una y otra vez contra el nudo de nervios que tanto placer le proporciona, esa dulce
sensación derramándose ahora sobre el doloroso ardor de su interior como agua
fresca sobre una quemadura.
Jeremy lloriquea y mueve sus
piernas como puede, separándolas para darle a Aidan un mejor acceso a su
maltrecho sexo, pese a que siente sus huesos hechos gelatina, su cuerpo
completo a punto de derretirse y ser un gran, vergonzoso charco en la cama.
Aidan lo tortura con sus grandes dedos clavados en el dolor de su sexo y sus
yemas ásperas jodiendo el punto dulce en su interior, haciéndolo dejar los ojos
en blanco y salivar hasta que sus dos mejillas están pegajosas e hilos de
saliva lo unen con la cama. Aidan mira hacia abajo complacido, viendo como su
estimulación logra hacer el pene de Jeremy gotear tan presemen que ahora un
largo, ancho hilo lo une con el charco bajo sus piernas.
Riendo, rodea su polla enrojecida
y la muele despacio. Su otra mano todavía golpeando la próstata de
Jeremy.
El placer es tan intenso y
desesperante que el chico nota sus mandíbulas doler de tanto morder el anillo
en su boca y sus muñecas rojas e irritadas pese al forro de las esposas.
—Abre más las piernas. —ordena
Aidan mientras con una mano frota su sensible polla y con la otra dedea su
trasero, instándolo a cerrarse, a apretar sus muslos fuerte y no dejar ni un
solo espacio en su interior para que Aidan siga torturándolo.
Contra todos sus instintos,
Jeremy separa más sus piernas temblorosas y Aidan suspira con alivio y orgullo,
continuando sus pequeños movimientos con los que el chico cree volverse loco.
La noche es larga y él dispone de un largo tiempo, así que estimula al humano
hasta el borde del orgasmo por un buen rato, sus movimientos son lentos y
deliberados, de vez en cuando libera su polla solo para volverla a coger con la
mano firme y empapada de su presemen o saca sus dedos de su trasero, dejándolo
abierto y dolorido, solo para empujarlos de nuevo, follarlo duro un par de
minutos, y luego volver a empujar las yemas contra la próstata, todo con la
intención de darle al chico esperanzas de que se detendrá cuando todavía no ha
hecho más que empezar. Cada vez que Jeremy siente que va a correrse su
respiración se acelera, su corazón se vuelve loco y su polla y boca gotean
deleitosamente, emite los más deliciosos gemidos y su cuerpo se arquea y se
tensa y se estremece violentamente mientras él implora con incoherentes sonidos
que se detenga, pero Aidan es impasible, así que solo le instruye que abra sus
piernas y cierre su boca y hace que sus manos sigan el mismo ritmo mientras
nota al chico deshacerse en llantos porque el anillo le impide correrse y
ponerse a gemir y gritar de sensibilidad porque él sigue estimulándolo sin
darle una pausa.
La decimosegunda vez que Jeremy
está a punto de correrse con un maravilloso orgasmo, pero el anillo pesado y
frío de su pene frena su placer punzantemente y Aidan sigue estimulándolo, el
chico se rompe. Jeremy empieza a sollozar tan fuerte y patético que su espalda
se sacude y sus piernas ceden, haciendo que su cuerpo quede inerte y tendido
bocabajo sobre la cama empapada. Aidan lo mira relamiéndose.
Ha roto a muchos humanos antes
dándoles más dolor del que podían imaginar, pero es la primera vez que rompe a
alguien con placer y le encanta esa maravillosa vista.
Muele su dura erección por encima
de la ropa, contemplando como el chico hipea y solloza histéricamente, incapaz
de soportar las descargas de placer que recorren su cuerpo buscando una vía de
escape.
Aidan lo toma por la cintura y lo
voltea sobre la cama, haciéndolo quedar boca arriba.
<<Delicioso>> Su pene está todo brilloso y goteante, estremeciéndose con cada
sonido, roce o sensación y la cabeza está ya prácticamente morada de necesidad,
los testículos rojos e inflamados y sus muslos empapados de lubricante y
presemen.
Aidan acaricia la mejilla húmeda
de Jeremy.
Un tintineo metálico se escucha
después y Jeremy tiembla. Su cerebro es puré y no recuerda qué objetos quedan
por usar, así que solo niega y jadea, incapaz de soportar la idea de más
estimulación.
Aidan acaricia su pecho, tan
caliente su piel, tan retumbante su corazón… sus dedos se topan con la
protuberancia tierna y arrebolada de los pezones y Aidan los estruja con
cuidado, apretando la carne sensible entre el pulgar y el índice.
Jeremy se remueve y su erección
se agita por el estímulo. Aidan aprieta más duro y el chico tira su cabeza
hacia detrás, emitiendo un quejido agudo. Luego Jeremy siente algo frío y
delgado derramándose sobre su pecho y no entiende qué es hasta que nota la
presión crecer en uno de sus pezones.
<<La cadenita. Las
pinzas>>
Tiembla al comprender lo que
viene. Los extremos gomosos de una de las pinzas han capturado ya una de sus
tetillas y Jeremy puede sentir como Aidan enrosca y afloja la tuerca que regula
la presión de la tenaza sobre su sensible y rosado pecho. Al vampiro la aumenta
y él jadea y se retuerce, pero no por ello se detiene. Está comprobando sus
límites. Asegurándose de cuanto dolor puede darle.
Jeremy cree que llorará si Aidan
aumenta solo un poco más la presión, pues ya siente su pezón palpitando y
ardiendo por el dolor. Es entonces cuando el vampiro se detiene y atrapa su
otro pezón. Jeremy niega cuando siente las pinzas de nuevo, cuando la operación
de regular la fuerza con la que será torturado se repite. Para cuando Aidan ha
regulado ese otro aparatito sobre el pecho del chico, los dientes de Jeremy
castañean sobre el metal y su cuerpo entero está tenso como el acero.
Aidan lo toma de la cintura y lo
desliza sobre la cama hasta dejarlo en un extremo donde la cabeza del chico
cuelga del revés fuera de la cama, haciendo que su saliva le caiga por la
nariz, las mejillas y hasta llegarle al pelo. Jeremy intenta alzar la cabeza,
pero Aidan se la empuja abajo de nuevo. Entonces, Jeremy intenta tirar su
cuerpo hacia atrás, alejándose del borde de la cama. Aidan toma la cadena que
une las pinzas de sus pezones.
Y tira.
El chico jadea de dolor, dos fuertes
punzadas de dolor se le clavan en el pecho y, sin que el vampiro emita sonido
alguno, la orden le queda clara. Jeremy se mueve en dirección al tirón y vuelve
a dejar su cabeza colgando del extremo de la cama hasta que la cadenita en
manos del vampiro está holgada y no tira ya de sus sensibles tetillas. Se
siente mareado en esa pose. Humillado cuando la saliva le cae por el rostro.
Pero no se siente tan vulnerable
como realmente está hasta que Aidan coloca su polla en el anillo de acero que
abre su boca y se desliza de un rápido movimiento hasta invadirle la garganta
entera. Jeremy nota su labio inferior contra el pubis del hombre, sus enormes
testículos descansando sobre su nariz e impidiéndole siquiera respirar y su
polla enorme clavada hasta el fondo de su garganta, abultándola y causándole
arcadas de las que no se puede librar.
El chico se remueve nervioso,
asustado por la falta de aire y por el hecho de que sus manos están atadas a
sus espaldas, inservibles para intentar defenderse.
—Relájate o te quedarás sin aire
demasiado pronto. —ordena el vampiro y Jeremy intenta obedecer. Se queda quieto
y sumiso, pero no puede parar de temblar y gimotear porque la enorme erección
que le invade la boca y el cuello obstruye el aire y siente sus pulmones
empezar a arder. —Abre las piernas. Cuando haya acabado, te dejaré respirar. Ni
un segundo antes.
Jeremy obedece con rapidez,
asustado al sentir que realmente podría morir. Se siente confundido y mareado y
el miedo viaja a través de él como una sensación enloquecedora más que, por
alguna razón, hace que su polla escupa tiras de presemen ante la idea del
vampiro teniendo tantísimo poder sobre él.
Siente un chorro de fresco
lubricante siendo exprimido sobre su entrada y se pregunta para qué, hasta que
algo suave, enorme y terriblemente frío se coloca sobre su entrada y él da un
repullo del susto.
Reconoce la sensación del plug al
instante y sus ojos se abren con horror bajo la venda. No será capaz de tomar
algo tan grande en su culo. No antes de ahogarse.
Jeremy vuelve a estar nervioso y
no puede evitar que sus piernas se cierren, su cuerpo respondiendo
involuntariamente a la desesperación de su cabecita desordenada que se siente
cada vez más llena de sangre y dióxido de carbono y el enorme, carnoso miembro
de Aidan que se estremece en su garganta y crece cada vez que él se queja y se
resiste inútilmente. El vampiro le separa las piernas forzosamente y Jeremy
está demasiado grogui para defenderse, así que las deja muertas mientras siente
grilletes como los de sus manos alrededor de sus tobillos, solo que ahora no
los une un pequeño enganche del mismo material, sino que son separados por una
larga barra que se asegura de que Jeremy no pueda unir de nuevo las piernas.
El chico se arquea cuando el
vampiro se hunde todavía más en su garganta para estirarse y alcanzar de nuevo
el plug anal de metal. Jeremy se rinde ante el vampiro y deja que este le alce
las piernas tomándolas por la vara metálica que las separa y que empuje la
parte más delgada del tapón anal contra su entrada recién lubricada.
Jeremy cree que se desmayará
cuando el objeto empieza a entrar. El material se desliza con facilidad, pero
el frío hace que sus músculos se tensen y su interior se estreche, ofreciendo
en vano resistencia al objeto que se empuja en su interior. Cada centímetro es
más y más ancho que el anterior y Jeremy no puede aguantar más sin aire.
El plug se queda a medio camino
cuando Aidan cree que romperá al chico si sigue empujando. Está tan apretado
que no puede seguir y siente al chico tenso y agobiado por toda la
estimulación, su pequeña entrada dilatándose forzosamente como si pretendiese abrirlo
por la mitad y su angosto interior siendo llenado de golpe por una presencia no
solo ancha sino fría y pesada.
Así que Aidan decide ayudar al
chico a relajarse: lleva una mano a su cuello y aprieta los lados con fuerza,
acelerando el destino al que Jeremy se dirige por la falta de aire de todos
modos. El chico empieza a ver borroso, pequeños puntitos invadiendo su visión y
las sensaciones en su cuerpo convirtiéndose en algo ajeno, lejano.
Su cuerpo se relaja por completo
cuando está a punto de desmayarse y es en ese instante en que Aidan empuja
dentro suyo la totalidad del enorme plug anal y salde su garganta, la saliva
viscosa del chico recubriendo su miembro entero y derramándose sobre su rostro
y su boca abierta mientras jadea desesperadamente por aire, al inicio, y por la
abrumadora sensación de plenitud al tener el pesado plug en su interior.
Aidan mueve al chico de nuevo
sobre la cama, dejándolo tumbado bocarriba, ahora con su cabeza cómodamente
sobre la almohada, Jeremy se deja hacer pues sabe que no tiene más opción y su
cuerpo no alberga más fuerzas para ello. Aidan lo deja adaptarse unos segundos.
No lo toca, ni lo besa, ni lo lame. Simplemente observa.
Jeremy es hermoso con su cuerpo
brilloso y perlado de sudor y goteando dulce lubricante. Es hermoso respirando
nervioso porque no sabe qué vendrá después. Es hermoso con sus cabellos de
plata todos hechos un lío sobre su cabecita. Es hermoso con su cabecita hecha
un lío y llena solo de un instinto de huida que ahora le es inútil y de
pequeñas, incoherentes frases sobre lo mucho que desea a Aidan y lo mucho que
confía en él como para dejarse de ese modo en sus manos. Es hermoso haciendo
ruiditos más que adorables porque todavía no se acostumbra al objeto en su
interior, pero su única opción es tomarlo y que sus suaves adentros se adapten
a su grosor.
—Aún no estoy complacido, Jeremy,
pero lo has hecho muy bien. Así que voy a darte un premio: voy a quitar uno de
los juguetes de tu cuerpo. El que tú elijas, así que, dime ¿Cuál quieres que
retire?
Jeremy se vuelve loco intentando
responder, pero la mordaza en su boca le impide emitir un solo sonido
coherente. Jadea y gimotea y llora cuando se da cuenta de que no está
vocalizando en absoluto, pero Aidan solo sonríe porque incluso si no entiende
la voz del chico, puede leer en su mente exactamente cuál es el juguete que
quiere que retire. Y no planea retirar ese.
—¿Cómo dices? —pregunta fingiendo
confusión. Jeremy grita ahogadamente y niega, su cuerpo entero suplicándole que
retire el maldito anillo —¿La venda?
Aidan alcanza sus manos tras la
nuca del chico y empieza a desanudarla incluso si él se revuelve y niega e
intenta indicarle que no es esa su elección. Cuando Aidan retira la seda, esta
está empapada en lágrimas y los ojillos azul cielo de Jeremy se hallan todos
mojados, brillosos y enrojecidos por el llanto, con sus párpados blanditos e
hinchados y su azul inocente mirándolo con súplica mientras sorbe su nariz.
—¿Sabes? Iba a quitarte la venda
de todos modos, porque quiero que veas todo lo que haré ahora, así que tienes
una oportunidad extra. No la desperdicies. Dime alto y claro qué quieres que
quite.
Los ojos de Jeremy se abren
grande y el espectáculo empieza de nuevo, solo que ahora es mucho mejor. Su
miradita asustada y desesperada no tiene precio y la chispita de esperanza que
hay en ella le resulta deliciosa a Aidan, sobre todo cuando él habla y esta se
apaga:
—¿La mordaza?
Jeremy tan siquiera insiste en
negarse esta vez, sabe que Aidan está jugando con él y que no ganará, así que
se queda quieto, hipeando mientras el dominante desata las correas y retira el
anillo metálico de su boca. Jeremy jadea y mueve sus mandíbulas, dolorido y
agradecido de poder cerrar su boca por fin.
—E-el anillo de pene, por favor,
por favor, Aidan, q-quítalo, no puedo más, esto es demasiado, e-es demasiado,
necesito…
Una mano se envuelve en su
garganta.
La otra en su pene.
Una aprieta. La otra se desliza
arriba y abajo.
—Silencio —sisea Aidan y Jeremy
se muerde fuerte el labio y sus ojos ruedan hacia atrás en sus cuencas —. Puedo
leer tu mente, Jeremy, puedo escuchar tu corazón, sentir cada pequeño cambio en
tu cuerpo. Yo sé lo que necesitas, yo sé dónde está realmente tu
límite. Así que yo decido cuando parar.
El chico asiente mareado por la
viril voz, por la falta de aire y por el placer que se extiende por todo su ser
mientras el otro lo masturba despacio. Cuando el chico luce suficientemente
dócil, Aidan retira su mano de su pene y alza sus piernas separadas por la
barra y engrilletadas a sus extremos y se pone entre ellas. Arrastra un cojín y
lo coloca bajo el trasero del humano, haciéndolo tener las caderas alzadas y su
trasero más accesible para él.
—Ya estás casi listo para mí
—Aidan sisea gustoso, sus dedos rozando la base llana del plug sin moverlo —,
pero todavía tengo que prepararte un poco más. Respira, Jeremy. Relájate y
ábrete para mí.
El chico suelta un quejido agudo
y largo cuando Aidan toma la base del plug y lo empuja más hondo dentro suyo.
El grosor del objeto aplasta su punto dulce y le hace jadear y retorcerse de
placer pese a que su intrusión es demasiado y duele. Luego el vampiro lo
retira, empieza a sacarlo de su interior lentamente, centímetro a centímetro
del brillante material sale de él, bañado en lubricante, y cuando llega a la
parte más gruesa del aparto, Aidan lo empuja dentro de nuevo.
—No, n-no, ngh…
Jeremy gimotea y se rinde. Sabe
que no tiene nada que hacer contra los deseos de Aidan, que es suyo y que hará
con él lo que plazca. Y aunque parte de él se siente torturada, la parte que
quiere correrse, que quiere huir, suplicar, que se siente como una víctima, una
presa siendo cazada y saboreada, otra parte de él adora el lento deleite con
que Aidan usa su cuerpo, ama como juega con él y prueba su límite, como
ensancha su capacidad para recibir placer y dolor sin darle nunca más de lo que
realmente puede tomar.
Aidan pasa un largo rato
dilatando a Jeremy de ese modo: tirando del juguete hasta que su ano está
alrededor de la parte más gruesa, rojo y dilatado y luciendo hermoso al
adaptarse a tan grande tamaño solo porque él lo ordena, y luego empujándolo al
fondo, haciendo que sea otra parte de Jeremy la que deba soportar ese grosor.
En ocasiones, el vampiro deja el
plug en ese punto exacto en el que si el chico empujase un poco lograría
sacarlo de su interior y sentir un enorme alivio, lo mira a los ojos y le
ordena que lo devuelva a su interior, así que Jeremy tiene que esforzarse por
apretar sus músculos alrededor del objeto de la forma adecuada y succionarlo
hasta que lo nota partirle las entrañas. Un par de veces se equivoca ejerciendo
presión y el objeto está, por fin, a punto de salir de él, pero Aidan lo toma
por la base, lo empuja, y le obliga a pedir perdón mientras lo folla con el
objeto una y otra vez, ahora sin delicadeza y sin lentitud.
Para cuando Aidan halla la acción
demasiado repetitiva, Jeremy no puede más y su cuerpo está perlado de sudor,
sus cabellos pegándosele a la frente y su entrada lista para acomodarlo. Así
que esta vez Aidan retira por completo el objeto de su interior.
Jeremy gime, jadea y suspira de
alivio, su cuerpo relajándose de pronto, hasta que el vampiro se para frente a
él, las rodillas hincadas sobre la cama, su enorme cuerpo entre sus débiles y
temblorosas piernas y, entre las del vampiro, su enorme erección apuntando al
chico con imperiosa necesidad.
El albino sabe que será follado
ahora. Sin un descanso. Sin piedad.
Su pene se estremece ante la
idea, ante el conocimiento de que el vampiro va a usarlo de nuevo y esta vez
será puramente para su placer, esta vez se perderá en sus instintos y se
volverá salvaje, sin más suavidad o delicadeza, solo pura animalidad.
Jeremy traga saliva y Aidan toma
de nuevo la botella de lubricante, dejando un generoso chorro esparcirse por su
longitud y aplicándolo en una capa homogénea cuando lo usa para masturbarse
mientras mira a su hermoso humano.
Situado entre sus piernas, el
vampiro alinea la ancha cabeza de su polla con la entrada del chico, todavía
abierta por la forma en que lo ha dilatado con el plug y todavía goteante de
lubricante. Aun así, Aidan es grande. Su cuerpo en general es grande, haciendo
que la mayoría de humanos le lleguen meramente por los hombros y Jeremy por el
pecho. Tiempo atrás, cuando la superstición dominaba más en el mundo que en la
ciencia, era a veces señalado y llamado gigante por los labradores que lo veían
vagar de noche. Es de esperar, entonces, que su hombría sea también monstruosa.
Y lo es.
Jeremy aprieta los dientes cuando
la cabeza del pene de Aidan entra en él y se siente de nuevo abierto y estirado
y demasiado lleno. Mira hacia abajo, viendo sus pezones atrapados por pinzas,
la cadenita sobre su pecho, su estómago empapado del presemen que su dura
erección chorrea y, finalmente, a Aidan empujándose entra sus piernas,
abriéndolo poco a poco.
—E-eres demasiado grande —jadea
el muchacho, su voz temblando e indecisa entre si sus palabras son un halago o
una súplica por clemencia.
Aidan sonríe con prepotencia.
—Pero tu pequeño cuerpo va a
tomarte entero, Jeremy —dice y aunque su voz es dulce, suena como una orden. —.
Cuando lo hagas, voy a recompensarte quitándote esto —dice y alza con un dedo
la cadena que sostiene las pinzas de sus pezones.
Jeremy contempla con preocupación
como el vampiro tira de ellas y de pronto su pecho se siente atravesado por dos
nuevos relámpagos de dolor. La presión sobre sus rosados botones es
insoportable y los tirones hacen que su pecho escueza y pulse.
Jeremy jadea de dolor y Aidan
aprovecha al distracción para empujarse más hondo en su interior. El chico se
siente abierto, centímetro a centímetro, y abre sus piernas lo máximo que la
barra separadora le deja para ofrecerse a su vampiro, para mostrar su sumisión
y ganar, con ella, su delicadeza.
Aidan lo toma de la cara y se
inclina, besando la piel enrojecida de sus comisuras mientras se empuja más y
más en su interior.
—Buen trabajo —le dice
halagadoramente y Jeremy se siente flotando en una nube incluso si su cuerpo
todavía es prisionero de la tortura de su amo. Jeremy siente la vena ancha y
pulsante que recorre la parte inferior de la polla de su amante entrar en él,
cada relieve, cada tirón y estremecimiento, cada instante en que su polla
enorme se hincha un poco se hace evidente para Jeremy, pues su interior se
abraza tan estrechamente a la hombría del otro que siente sus formas, su
longitud, su curvatura, su dureza… como si hubiesen sido creadas para encajar
en sus entrañas, para golpear deliciosamente su punto dulce y hacerlo
enloquecer.
Aidan se desliza por completo
dentro suyo con un suspiro aliviado y Jeremy echa la cabeza hacia atrás,
respirando deprisa y con dificultad. Mira hacia abajo cuando nota al vampiro
poner su mano sobre su abdomen bajo, cerca de la zona púbica, y palpar algo.
Jeremy ve, como todas las veces anteriores, esa muestra tan impresionante de la
grandeza de Aidan: un bultito en su estómago cada vez que lo penetra por
completo, como si su cuerpo no fuese suficiente para acogerlo.
—Ah… joder… —jadea mordiéndose el
labio, su propio pene se balancea haciendo zarandearse un hilillo de presemen y
el anillo se siente cada vez más apretado.
Aidan lleva sus manos a su pecho
y toma con delicadeza una de las pinzas entre sus dedos. Jeremy observa
atentamente sus movimientos y cuando tira del objeto en vez de aflojarlo cierra
los ojos fuerte y jadea de la impresión.
El dolor lo recorre como un
relámpago cuando Aidan arranca la pinza cruelmente de su pezón, pero el
instante en el que este se libera de la terrible tenaza, la boca de Aidan
sustituye su lugar lamiéndole la zona hinchada y herida con su suave, fresca
lengua que se siente balsámica. Un escalofrío lo recorre por cada lametón y
Aidan se deleita sintiendo como el chico aprieta su polla cuando su cuerpo
tensa, como tomándolo con fuerza y succionándolo.
Atrapa la segunda pinza mientras
lame el estropicio que ha dejado la anterior. Jeremy jadea de temor, placer y
dolor y su interior se aferra estrechamente a la erección que lo invade
mientras Aidan estira despacio, agónicamente despacio, del maldito objeto. Por
fin lo arranca de su sensible pecho y puede sentir, en ese momento en que se
aprieta, como la polla del otro late en su interior con deseo.
Aidan lame su otro malherido
pezón una vez ha dejado el primero brilloso de saliva y suave bajo el tacto de
su lengua y Jeremy se retuerce bajo él, arqueando su espalda para
ofrecerse más y mejor. Aidan coloca una mano cada lado de su cintura y,
mientras sigue mordisqueando y lamiendo el sensible botón arrebolado, empieza a
embestir al chico.
Jeremy jadea y gime por la fuerza
de las embestidas. La manera en que Aidan lo folla es tan despiadada: su polla
saliendo de él por completo para luego volverse a hundir en la ternura de su
carne, destrozándolo cada vez como si lo desflorase, dilatándolo de golpe y
golpeando en lo más profundo de su ser mientras cada centímetro de su carnosa
hombría, cada pulgada de su longitud, cada curva y cada relieve de las venas
gruesas como cuerdas a su alrededor, rozan su próstata y lo hacen estremecerse
y cerrarse entorno a su polla, lo hacen jadear y pedir por aire y por treguas
que jamás le son concedidas
Aidan chupa después de su cuello
y sus clavículas, creando un camino de moretones violáceos y dolorosos que el
chico siente como pequeñas punzadas en comparación a la intensidad de ser
follado por un deseoso y gran monstruo que ansía devorar su cuerpo.
Aidan lo jode clavando duro sus
dedos en sus caderas y empujándose en su interior con una fuerza que hace
temblar la cama y llena el aire del sonido ahogado de los gemidos de Jeremy,
los jadeos varoniles del vampiro y el chocar del cabecero contra la pared junto
al de los testículos grandes y pesados del vampiro contra el trasero enrojecido
de su amante.
Aidan gruñe follándolo, colmado
de un placer que jamás creyó posible, frustrado porque su deseo es demasiado
feroz y el muchacho al que desea demasiado frágil, asustado porque nunca antes
le había gustado tanto algo y no sabe qué hacer para que sus ganas de tomar al
chico por completo y su deseo de protegerlo hagan las paces.
Necesita a Jeremy. Necesita su
tacto, su aroma. Su cuerpo. Su alma.
Necesita beber de él hasta
saciarse y, a la vez, necesita tomarlo sorbo a sorbo, pues no desea consumirlo
por completo.
El vampiro clava los dientes en
su cuello conteniéndose para no hundir los colmillos en su carne. Aprieta sus
mandíbulas posesivamente, ansiando, exigiendo dejarlo marcado, y mientras el
chico gime de placer y de dolor él se empuja hondo en su hendidura húmeda y
estrecha y ruge con posesividad:
—Mío…
Los ojos de Jeremy ruedan hacia
atrás en sus cuencas y tiembla de placer. Siente el calor en su cuerpo
convertirse en llamas que lamen su dermis, la sensación de la excitación
tornándose insoportable, su orgasmo siéndole negado otra vez más esa noche mientras
siente, en su interior, como el vampiro se corre con tiras y tiras de caliente
y blanco éxtasis. Por cada uno, el vampiro da una profunda estocada,
asegurándose de que su semilla lo empapa por completo cubriendo todo su
interior.
—A-aidan… por favor… —murmura el
chico sin apenas voz, pero el otro comprende su súplica a la perfección y
cumple su promesa.
Los dedos del vampiro deslizan
delicadamente el anillo fuera del pene de Jeremy y este siente como la
tortuosamente fría superficie lame toda su longitud hasta llegar a la punta y
después es por fin libre. Mueve sus manos por acto reflejo, recordando que las
tiene atadas tras la espalda y sabe perfectamente que, aunque no fuese así no
tiene permitido tocarse.
No necesita que Aidan se lo
repita para recordar que el vampiro gusta de verlo correrse sin ser tocado
delante, siendo únicamente follado por detrás hasta estimularlo demasiado.
Aidan despega sus labios del
cuello del chico, anchos hilos de saliva uniéndolo a la zona enrojecida y
marcada por su boca, y tira la cabeza hacia atrás. Con una mano se peina los
largos cabellos negros, apartándolos de su rostro y haciendo que su brazo, al
echarse hacia atrás, luzca increíblemente grande y atractivo, como el de un
modelo posando para ser fotografiado.
Jeremy teme correrse solo
contemplando esa imagen, pues se sentiría patético por ello, pero para su
alivio el vampiro no espera más que un par de segundos antes de volver a usar
su cuerpo. Ahora sale de su interior y de entre sus piernas, lo voltea hasta
dejarlo boca abajo, con sus manos a su espalda y sus piernas forzosamente
separadas aún y desliza su enorme miembro entre las nalgas del chico mientras
siente su espeso y abundante semen salir de su agujero destrozado. Jeremy
gimotea por el contacto, por lo obsceno y lascivo que se siente ser lubricado
con los restos del anterior orgasmo del vampiro, pero no puede protestar.
Cuando Aidan se empuja dentro de
su culo por segunda vez esa noche, la boca de Jeremy solo sirve para gemir.
Aidan pone una mano a cada lado del cuerpo del chico y lo mira desde arriba
mientras lo embiste una y otra vez sin piedad. Adora ver su miembro entrar y
salir por completo de su pequeño trasero, adora la forma en que cada vez que
golpea su pelvis contra su culo sus nalgas se enrojecen por cómo azota su
tierna carne con su dura, musculosa figura.
Adora como se le marcan los
omóplatos al chico cuando se tensa de placer porque está torturándolo,
follándolo de forma que se siente lleno e indefenso ante sus deseos y
constantemente rozando y golpeando su suave próstata. Adora la manera en la que
el chico cierra sus ojos, lloriquea, olfatea su nariz como una pobre presa que
no puede más y, bajo las sábanas, su polla está dura y caliente como acero al
rojo vivo, lista para escupir su deseo.
Adora como agarra con las manos
la cadena de las esposas que lleva puestas y cómo tiembla y se arquea porque
siente su orgasmo construirse en su interior, lo siente a punto de estallar,
pero aunque lo desea teme no estar listo para la oleada de éxtasis que está por
arrastrarlo y ahogarse en su clímax.
Pero a Aidan poco le importa que
el chico esté demasiado sensible, que su orgasmo lleve toda la noche creciendo
y creciendo y ahora sea demasiado grande para soportarle, lo que a él le
importa es lo bien que se siente cuando aumenta el ritmo, cuando folla a Jeremy
profundo y duro y sus gritos son agudos y hermosos, lo bien que se siente
cuando el chico se contrae a su alrededor, abrazando su polla de una forma
deliciosa que lo hace escupir tiras y tiras de semen en su interior.
Lo único que le importa es que
Jeremy está precioso mientras gime y gime, corriéndose bajo su peso y sobre las
sábanas, haciendo otro charco de placer en la cama y temblando y gimoteando
justo después, incapaz de moverse o de formar una sola frase coherente.
Cuando Aidan sale de su interior,
el chico tiene los ojos cerrados de puro agotamiento, su aliento todavía
tratando de recuperarse.
Capítulo 79
Las siguientes horas pasan
para Jeremy como un sueño. Recuerda escenas, momentos y sensaciones concretas,
pero es incapaz de establecer un hilo claro y continuo en sus memorias. Sabe
que Aidan lo ha ayudado a limpiarse tras el sexo. Sabe que lo ha bañado, que le
ha secado amorosamente el cabello con una toalla y ha repartido besitos
preciosos en su frente. Sabe que le ha dado algo dulce y fresco para comer
¿Frutas quizá? No está seguro. Pero está seguro de que ha pasado un buen rato
durmiendo después de eso, pues cuando despierta es casi el amanecer.
Jeremy intenta levantarse, pero
nota un peso extraño en su muñeca y se sorprende al ver que sigue esposado,
solo que ahora lo está a la muñeca del vampiro, que al verlo despierto lo
abraza por detrás y besuquea su cuello.
—¿A dónde pretendes ir, mi
pequeña presa? —Jeremy se deshace entre besos.
—Uhm… quería… algo de ropa
—murmura notándose desnudo. Su cuerpo ha sido enjabonado y secado con mimo y
todos los juguetes le han sido retirado, pero su piel está todavía roja y
morada, sus pezones inflamados, su cuello portando una redondeada marca de los
dientes del vampiro. —¿No vas a quitarme las esposas?
—¿Y dejar que huyas? —pregunta el
otro, risueño, arrastrando al chico de nuevo a la cama y envolviéndolos a ambos
en las sábanas. Jeremy nota que son nuevas y huelen a limpio.
—No lo intentaría —asegura el
chico rindiéndose y acurrucándose en su pecho.
—No podrías, aunque lo
intentases, Jeremy. —murmura en su oído.
El muchachito nota sus vellos
blancos erguirse todos al unísono y aunque sabe que las dulces palabras del
vampiro son una amenaza, no puede evitar hallar en ellas algo romántico. Una
promesa de que no será abandonado jamás, incluso si él lo desea.
Nunca nadie lo ha ansiado tanto,
pues todos los hombres que juraban postrarse a sus pies solo por su atención lo
han visto como algo de usar y tirar tras haber logrado tener sexo con él, pero
Aidan, sin embargo, lo custodia no como una conquista o una victoria, sino como
un tesoro. Y hay algo en ello que le hace sentir especial.
—He estado pensando en algo,
Jeremy —explica el vampiro distraídamente, su mano jugando con los mechones
lechosos del chico. El muchacho mordisquea su labio y hace un pequeño sonido de
curiosidad —. Un… cambio en nuestro acuerdo
Jeremy traga saliva. Se pregunta
si ese es el momento en que despierta del sueño, en que revienta su estúpida
burbujita de fantasía. Quizá el vampiro ha leído sus pensamientos y ha decidido
pararle los pies. Quizá simplemente es casualidad y en un momento u otro debía
suceder.
Con la respiración acelerada y
jugado nerviosamente con sus manos, Jeremy pregunta:
—No quieres que lo nuestro se
termine ¿V-verdad?
—Oh, Jeremy, no seas tontito —le
responde el otro con dulzura haciéndolo voltearse hasta encararlo. Los ojos del
chico están acuosos y su mirada de cachorrito lo enternece de un modo que le
hace imposible resistir la tentación de inclinarse y dar un beso en su nariz
respingona —. He pensado que no tiene sentido que pague un hotel para ti y
tenga que ir a buscarte para tenerte. Eres mío y me gusta tener acceso a mis
cosas siempre, Jeremy, así que vivirás aquí. Me ocuparé de que siempre haya
comida en la alacena para ti y de que cualquier necesidad que puedas tener esté
cubierta. No creo que necesite pagarte por cada vez que te tomo, tampoco,
simplemente voy a mimarte, voy a darte todo el dinero que pidas siempre que lo
pidas, del mismo modo en que tú me darás todo lo que desee siempre que lo haga.
Así que ¿Qué me dices? ¿Suena bien mi propuesta?
Los ojitos azules de Jeremy se
abren de pronto, brillantes como un cielo despejado, y el chico grita con
emoción.
—¡Es genial! ¿D-de veras no seré
una molestia si me quedo aquí? —pregunta nervioso, queriendo cerciorarse de si
ese hermoso sueño se está volviendo realidad para no terminar con las ilusiones
rotas. La idea lo llena de una alegría tórrida y suave que no ha sentido antes.
Por fin, piensa, por fin podrá
vivir en un lugar sin necesidad de ir de calle en calle ocultándose bajo
láminas de cartón o tras contenedores. Por fin estará bajo un techo distinto al
destartalado y solitario cobijo que las casas abandonadas le procuraban en sus
peores noches de invierno, donde el frío le calaba los huesos y la soledad el
alma. Por fin podrá irse a dormir sin preguntarse si al día siguiente logrará
obtener algo para comer o si siquiera logrará despertar para comprobarlo.
Aidan sonríe. <<Tan
receptivo para mí… Ha aceptado tan rápido mi propuesta como si se tratase de
una orden. Oh, será tan fácil convencerlo si finalmente me decido a
vincularlo>>
—Claro que no, Jeremy. Deseo
tenerte aquí, solo para mí. Y en cuanto a Xander, no objetará nada, incluso él
suele traer aquí a su propio humano para disponer de él más fácilmente.
Jeremy le sonríe y atrapa uno de
los mechones azabaches del vampiro entre sus dedos finos y gráciles.
Acariciándolo, dice:
—Gracias por todo lo que haces
por mí, Aidan. Creo que eres la única buena persona que conozco a día de hoy.
Sonríe amargamente tras decir lo
último. El recuerdo de su hermana se le viene a la cabeza y pese a que es un
momento feliz, su corazón se inunda de nostalgia y tristeza al recordarla, al
recordar que ella jamás podrá estar ahí para alegrarse por sus éxitos, para que
él le dé un poco de toda esa amabilidad que lleva pidiendo desde niño y que la
vida empieza a entregarle ahora, cuando es demasiado tarde para uno de los dos.
Aidan ríe amargamente, negando con la cabeza.
—No soy una persona, Jeremy,
mucho menos una buena. Abuso de mi poder para satisfacer mis apetitos
monstruosos con mortales desafortunados. Aterrorizo, daño y asesino a inocentes
cada noche. No confundas mi dulzura contigo por bondad. No hay de eso en mí.
Jeremy pone una mano en el pecho
del vampiro, notando la frialdad, la quietud de ese hueco donde su corazón
debería haberse hallado, donde su latido tendría que perturbarse por decir tan
terribles cosas.
—Lo sé —suspira el chico y su
tono no suena enfadado ni horrorizado, sino lleno de una pesada, decepcionante
aceptación. —, pero, me pregunto… no te digo que lo hagas, pero querría saber
¿No puede vivir uno de los tuyos con la sangre de un mortal? ¿No podrías vivir
bebiendo de mí de vez en cuando, sin necesidad de matar?
Aidan niega y acerca más al chico
entre sus brazos, se inclina para besar su frente y con voz firme, le responde
una palabra que cae como un yunque sobre su corazón.
—No.
Jeremy tuerce la boca y asiente,
aceptando pesarosamente la declaración.
—Los humanos sois muy
reduccionistas cuando habláis de nosotros en la ficción, Jeremy, por eso
tendéis a pensar que solo nos alimentamos de sangre y que, si la tomamos sorbo
a sorbo, podemos vivir sin vaciar corazones humanos de su sustento, pero no es
así. —Jeremy alza la vista, intrigado.
Sus cejas siguen fruncidas en un gesto de
tristeza, pero en sus ojos brilla una curiosidad pueril y hermosa
—Cuando bebo de tu sangre puedo
pasar más tiempo sin matar, es cierto, pero no puedo extender ese tiempo por
demasiado. Es cierto que no podemos morir de hambre, pero nuestro destino es
peor.
<<Si no nos alimentamos
correctamente nuestro cuerpo se debilita y nuestra mente… se rompe. El peso del
deseo se vuelve insoportable y nos convertimos en verdaderos monstruos.
<<Los vampiros que han
intentado no comer, ya sea por moral o por estúpidos experimentos, han acabado
o bien suicidándose porque la locura era agónica o cediendo y arrasando pueblos
enteros como bestias durante años antes de volver a tener raciocinio. Y no solo
la sangre calma esa sed nuestra, sino que necesitamos más. Nos
alimentamos de vida también, Jeremy, y si solo bebiésemos sangre sin matar a
nuestras víctimas, sin tragar sus últimos latidos, nuestro destino sería de
nuevo la agonía y la locura, quizá tardaríamos más que si no bebemos nada, pero
llegaría de todos modos.
<<También nos alimentamos
del miedo y el dolor de los humanos, de las emociones que nos hacen sentir
poderosos y grandes y, a nuestras presas, pequeñas y patéticas. Hay vampiros
que han decidido beber sangre y beber vidas de humanos, pero sin hacerlos
sufrir, ya sea drogándolos o haciéndoles perder el conocimiento antes… esos
vampiros siempre se han sentido hambrientos, como si les faltase algo en
sus comidas, hasta que ese algo ha sido imposible de ignorar y el
apetito de sufrimiento los ha enloquecido, los ha dominado y los ha
transformado en las más sádicas bestias que he visto jamás. Por eso, Jeremy,
aunque disfruto de tu sabor, necesito más. Necesito hacer cosas que jamás
querría hacerte a ti.>>
Jeremy lo mira boquiabierto e
intentando asimilar toda la nueva información que ha aprendido. Incluso aunque
las palabras de su amante son macabras y le ponen los pelos de punta, le
gustaría seguirlo oyendo, preguntarle y escuchar como relata por horas las
verdades y los mitos de los de su especie. Hay una fascinación y extraña dentro
suyo que crece cerca de Aidan, una curiosidad infantil que le hace ver ese
nuevo mundo sangriento con ojos reverentes, impresionados por cada novedad,
demasiado llenos del ansia de saber más como para juzgar.
—Entonces es inevitable, supongo
—murmura Jeremy encogiéndose de hombros. Aidan le acaricia el cabello como a un
cachorrito, asegurándose de que sus dedos hacen al chico suspirar de gusto.
Quiere darle algo dulce para contrarrestar la amargura de sus palabras
—Xander ha empezado a matar a
humanos malvados —suelta Aidan de la nada, el pensamiento erupcionando en su
boca sin filtro alguno. Se siente avergonzado de pronto y Jeremy sorprendido,
pues estaba a punto de dormirse gracias a las caricias de su amante y ahora eso
lo ha despertado de golpe —, quizá, si salgo de caza con él, podría probar su
nueva dieta de malhechores. Así las vidas que me llevo son vidas que tampoco
deberían ser echadas en falta, como cuando maté a los hombres que intentaron
dañarte.
—Eso… —Jeremy toma aire por el
asombro, no solo ante las palabras de Aidan, sino por el hecho de que él se
ofrezca de ese modo a alterar algo tan vital de su rutina solo por complacerle
y por el hecho de que, mientras lo hace, Aidan aparta la mirada y enrojece —eso
sería genial. Muchas gracias.
—Pero no olvides lo que soy,
Jeremy. —susurra sobre sus labios, bajando su rostro para dejar un nimio beso
—Quizá mato a criminales por aplacar un poco las ansiedades de tu consciencia,
pero mi sed me pedirá a veces la sangre y vida de inocentes y las tomaré sin
remordimiento. Puedo encauzar y entrenar mi naturaleza, pero jamás cambiarla.
Puede que mate a criminales como merecen algunas veces y, otras, puede que los
haga sufrir de formas que sean mil veces más espantosas que el mal que ha
causado su crimen. Sigo siendo un monstruo, Jeremy ¿Puedes aceptar eso?
Durante un momento en que se
miran sin decir nada, el humano siente que él se hace grande y el vampiro se
vuelve una criatura etérea y delicada, una ninfa de cristal cuyas alas puede
romper si responde incorrectamente y la dureza de su voz es demasiada.
Siente que a Aidan la voz se le ha achicado,
que el labio inferior le tiembla y los ojos rojos y peligrosos lo miran con
súplica como un tierno gatito. Entiende entonces que es la primera vez que
Aidan ha dado a alguien la oportunidad de rechazarlo.
Él siempre ha tomado lo que ha
querido y sus objetos de deseo no han tenido jamás voz ni voto como para
expresar su acuerdo o desacuerdo y tampoco habría importado si lo hacían. Del
mismo modo, a Aidan no le habría más que irritado que le arrebatases a una de
sus presas anteriores, pero Jeremy se siente como algo demasiado importante
como para perderlo, pero a la vez algo demasiado delicado, algo por lo que
tiene demasiado respeto como para clavar sus dientes y garras en él y forzarlo
a quedarse pese a sus protestas.
Para su suerte, la mirada blanca
y azul del chico se suaviza y sus ojitos hermosos se achinan cuando sonríe, se
inclina hacia él y susurra, sobre sus labios:
—Claro que sí, Aidan —su voz es
baja, pero está llena de altas emociones que resuenan en su interior, de amor,
de una dulzura y delicadeza casi intoxicante, aunque también de culpa y
amargura.
Jeremy sabe que amar a Aidan es
hipócrita injusto. Está apoyando a alguien que arrebata vidas y que no
dista tanto, en sus noches hambrientas, de los horribles hombres que le
quitaron a su persona favorita en el mundo solo porque querían, porque podían.
Pero Jeremy decide cerrar los ojos mientras se declara, decide hacer como que
no ve, como que no siente, porque es turno de ser egoísta. De amar, aunque su
amante sea… —Eres un demonio, pero eres mi demonio.
El vampiro se abalanza entonces
sobre el otro, besándolo ferozmente. Jeremy jadea cuando siente el peso del
enorme vampiro sobre él y su boca ansiosa solapada sobre la suya, impidiéndole
respirar. De pronto, un golpe retumba en toda la casa desde el piso de abajo y
ambos distinguen el sonido de la colosal puerta cerrándose. <<Xander>>
piensa Jeremy, separándose del beso cuando la vergüenza lo invade al recordar
la última vez que el vampiro los halló en la cama y la forma en que comandó a
Aidan que lo usase como si ambos fuesen sus marionetas.
—A-aidan, quiero vestirme ¿Dónde
está mi ropa? —el vampiro ríe habiendo leído la mente del chico y hallando en
ella no solo miedo y oprobio, sino una pequeña nota de excitación también. Se
levanta y le tiende al chico una camisa larga y ancha con la que cubrirse,
mientras él busca en su armario ropas con las que cubrir la propia desnudez.
—También me vestiré, si Xander me
ve desnudo quizá lo toma como un ofrecimiento.
Jeremy traga saliva imaginando a
Xander hallando a Aidan desnudo, imaginando sus manos grandes recorriendo los
pectorales de su vampiro, sus abdominales, su pelvis, rodeándole el sexo con la
mano mientras Aidan gime y tira la cabeza para atrás. La idea se siente extraña
en su interior: lo excita, pero lo hace sentirse celoso y frustrado. Y, a la vez,
se siente muy muy real.
—Aidan —le llama la atención el
chico con una vocecilla tímida y la mirada perdida en su regazo. Se aclara la
garganta y añade, en tono vacilante —, tú y Xander …¿Habéis tenido algo? —Aidan
sonríe con picaría por la pregunta y se pone una camisa y ropa interior
mientras responde.
—Preguntas si hemos sido amantes
—dice, como traduciendo sus palabras, y una oleada de recuerdos lo inunda.
Algunos placenteros y otros amargos como la muerte —. Somos amigos, pero no
empezamos siéndolo, incluso ahora… —Aidan traga saliva y su mirada se desvía
unos segundos, como asustado de que si Jeremy lo ve a los ojos, sea capaz de
contemplar las escenas humillantes que se reproducen en su mente.
—Xander es más poderoso que yo y
él halla en ese poder una fuente de placer. En hacer a los otros recordar su
lugar. En someter a otros. Somos amigos, pero también fui su prisionero por un
tiempo. —Jeremy abre la boca con sorpresa, la forma tan casual y relajada en la
que Aidan habla lo hace sentir como si estuviese escuchando las palabras mal.
Entonces, Aidan habla más claro y
más vulgar aún: —Hemos follado en el pasado, y así como Xander sigue siendo
superior a mí, sigue deseando en cierto modo someterme a su voluntad. Sigue
deseándome, pero esa no es ya nuestra relación.
Capítulo 80
Xander vuelve a casa poco antes
de que Jeremy quede dormido por la forma en que Aidan pasa las manos por su
cuerpo acariciando su abdomen liso, su pecho, sus brazos cansados y doloridos
por las ataduras y la hermosa curva de su espalda.
Cuando eso sucede, Aidan baja
silenciosamente las escaleras porque necesita comprobar si el pequeño latido
que ha oído dentro de la casa desde la llegada de Xander es lo que cree que es.
Y, en efecto, cuando espía a su amigo rubio desde las escaleras, lo ve
murmurando quejas mientras saca de la alacena una lata de atún, la abre y la
deja en el suelo para alimentar a la pequeña alimaña negra de orejas
mordisqueadas y cola arrastrando que lleva siguiéndolo toda la noche. El gato
se sube a la encimera y ronronea mientras se restriega contra el pecho de
Xander, agradeciéndole antes de bajar a sus pies y empezar a masticar el
delicioso contenido de la lata.
El vampiro se sienta en una de
las sillas de la cocina, lo mira comer y se pregunta qué coño le está
sucediendo últimamente. Aidan solo sonríe desde las escaleras, pensando que su
amigo luce adorable cuando está hecho un lío con sentimientos que no puede
comprender, solo espera que el vampiro aprenda a ser con su pequeño humano tan
gentil como está siendo con el gatito callejero que, sin darse cuenta, ha
decidido adoptar.
Cuando Xander se va a dormir
antes del amanecer el vampiro cierra muy bien su puerta y se asegura de dejar
al gato en la planta de abajo. Aun así, arruga la nariz en medio de su sueño
porque un ovillo peludo ha decidido que su cara es la cama perfecta.
Y mientras él duerme durante el
día, Liu se despierta aporreando su molesta alarma y yendo al instituto con la
cabeza demasiado llena de cosas más importantes en las que pensar. Su primera
hora vaticina un mal día con un examen sorpresa de matemáticas que, por suerte,
no le va mal, pues lleva años sabiendo todo lo que necesita saber, pero hasta
ahora no ha sido capaz de aprobar el curso porque levantar el bolígrafo para
escribir su nombre y la fecha en el examen era lo máximo de lo que se sentía
capaz. Después de eso, su día transcurre lento y calmado: nadie le molesta.
Nadie le habla, tampoco.
Recuerda cuando antes, de más
crío, esperaba impaciente a los cambios de clase y los patios para correr al
pupitre de Matheo y charlas incesantemente como dos cotorras que de todo (un
cotilleo a medio hacer, un nuevo juego que ha salido, un tweet gracioso, un
perrito que han visto en la calle, una imagen graciosa que alguien ha dibujado
en la pizarra…) podían hacer una larga conversación. Ahora odia esos espacios
de tiempo donde es obligado a reconocer su soledad, el silencio que lo
envuelve.
Por eso cuando las clases
terminan evita a la masa de estudiantes que se quedan en las puertas del instituto
hablando alegremente y va directo a su casa. Al llegar se prepara algo rápido
de comer y va tomando un bocado entre medio de sus estudios, que le ocupan toda
la tarde. Logra acabar sus deberes y el trabajo de biología que debería haber
hecho con Jake, pero no es capaz de concentrarse en el examen de historia. Cada
vez que su mente intenta memorizar fechas y días concretos, solo puede pensar
en que el cielo está ocre, no azul, y en que la noche se acerca y, con ella, su
demonio.
Cuanto más lo intenta, más falla
en su labor de retener algo en su memoria y más ocupa su mente Xander. Se
pregunta si hoy lo visitará y si, cuando lo haga, será el hombre amable que
conversa con él y aplaca su soledad o el monstruo cruel que toma de su cuerpo y
su alma los pedazos de sacian su hambre, incluso si lo deja sangrando y
llorando, roto de nuevo. Quizá, se dice, el Xander que hoy aparecerá será el
punto intermedio entre ambos, ese vampiro carismático pero aterrador que le
habla dulce entre orden y orden, que le instruye qué debe hacer para ayudarle a
saciar sus deseos sin herirlo demasiado.
Se pregunta cuál de esas formas
de Xander es la verdadera ¿Su amabilidad es pura fachada o es su brutalidad
parte de lo que le hace un monstruo, igual que el hambre y la sed son parte de
lo que hace del ser humano un animal, pero no lo que le hace él, lo que
le da identidad, lo que le hace ser Xander, más allá de un vampiro en
abstracto?
Quizá, se dice, hay una parte de
verdad en todos esos pedazos de él y se pregunta, si es así, si hay algún modo
de hacer que sea amable y sensible siempre.
Liu reconoce que el vampiro ha
cambiado desde el día en que lo conoció. Que pese a su inestabilidad y la forma
en que ha estallado últimamente con él, puede distinguir una tendencia, y es
que Xander poco a poco se ha vuelto más considerado con él, más gentil incluso
si su gentileza es solo una violencia menor que la que aplicaba contra él al
inicio. Se pregunta si puede aguantar un poco más y, algún día, llegar a un
Xander verdaderamente bueno.
—¡Ah! —Liu grita y se levanta de
golpe, tirando la silla al suelo, cuando ve sobre su mesa la alargada y enorme
sombra del vampiro de pie tras él, tal y como si sus pensamientos lo hubiesen
atraído. Se voltea con el corazón bombeando a mil para encontrarlo con una
expresión risueña y sus ojos rojos brillando en la oscuridad. —Me has asustado…
—murmura llevándose una mano al pecho y agachándose para recoger la silla.
—¿No lo hago siempre, acaso? —se
mofa y lo abraza por detrás, apoyando su mentón en la cabeza de Liu.
Su cabello color chocolate huele
a fresas y vainilla y su suavidad, bajo su nariz, le recuerda a cuando hoy ha
despertado con el pelaje de un gato en su cara y ha tenido que bajarlo de la
cama. Xander inhala con los ojos cerrados la dulzura de Liu, acaricia su
cintura con las manos y luego mira la mesa frente a la cual se sentaba el
chico, con un plato vacío, libros abiertos y hojas desperdigadas por doquier.
—¿Qué estabas haciendo?
—Estudiaba historia, tengo un
examen dentro de poco y esa materia no se me daba bien ni cuando… ni antes de
todo esto —murmura, incapaz de pronunciar las palabras, de decir que hubo antes
en su vida, un momento cuando sus padres seguían vivos, cuando su mejor amigo
respiraba y su perrito venía meneando la colita cada vez que volvía de clases.
—. Aunque creo que aprobaré, el curso pasado casi lo hago.
Xander ríe bajo y dulce, tomando
en una de sus manos el libro de historia del chico y ojeando las páginas que
relatan con imágenes antiguas y palabras y fechas destacas en negrita tiempos
que para él fueron tan reales como el día de hoy.
—A veces se me olvida… —comenta
risueño, regando con a cabeza mientras deja el libro de vuelta en la mesa,
ahora cerrado.
—¿El qué?
—De que eres tan joven.
Recuérdame tu edad, dulzura —pide Xander mientras una de sus manos explora bajo
la camisa de Liu, trazando círculos con los dedos en la desnudez de su tripita
mientras siente su vientre hundirse de nerviosismo por el contacto.
—Ha-haré veinte dentro de unos
meses… —confiesa el chico mordiéndose el labio avergonzado. Sabe que a su
edad otros esperarían que trabajase o que, si solo estudia, esté ya en el
segundo año de una carrera, sin embargo, cuando tiene que admitir que sigue
intentando sacarse su título de secundaria, aunque sea la postobligatoria,
todos tuercen su sonrisa y lo miran como a un vago o un estúpido, cuando
simplemente está demasiado cansado.
—Hm… veinte años… —murmura el
vampiro pensativo mientras se deja llevar por los deseos de su cuerpo y ahora
no solo acaricia al chico con una mano bajo la ropa, sino que, con la otra lo
hace ladear la cabeza gentilmente y desliza poco a poco los cabellos de su
cuello —, apenas puedo recordar cuando tenía esa edad, cuando era un vampiro
neófito y los tiempos eran tan… tan distintos…
Liu no puede evitar que una
risilla escape de sus labios, incluso si es entre los suspiros y ruidos
vergonzosos que empiezan a salir de ellos por culpa de la forma en que es
acariciado.
—Ya hablas como los viejos…
quizá… ah… —Liu traga saliva cuando los labios de Xander se prensan sobre su
cuello, besando despacio y chupando ligeramente su piel hasta que una punzada
de dolor le hace temblar las piernas.
Su boca caliente busca otro punto
sensible en su piel mientras habla.
—Q-quizá deberías buscar a alguien de tu edad
—bromea, pero nota entonces que los besos se detienen y el terror lo paraliza
—. P-perdón —dice apresurado —, Xander, perdón, s-solo bromeaba, no pretendía…
—No me he ofendido, Liu —murmura
en su oído. Su voz profunda y vibrante, recorriendo su cuerpo entero,
haciéndole sentir débil de nuevo. Líquido. —, soy viejo, aunque prefiero el
término antiguo, pues para los vampiros eso es sinónimo de poderoso. Y
me parece, Liu, que si buscase a alguien que lleve tanto tiempo en el mundo
como yo, no encontraría a nadie para satisfacer mis deseos. —comenta, aunque
una punzada en su interior le recuerda que no es cierto, que pese a que lleva
cientos de años incapaz de hallar un ser que lleve a sus espaldas el mismo peso
del tiempo que lleva él, ahora, ahí mismo, hay una criatura con más
milenios sobre su consciencia, una que lo acecha y no se muestra.
Y Xander no está seguro de si
quiere hallarla. Intenta eliminar esas ideas de su cabeza, distraerse
deslizando la lengua por el pulso de Liu en su cuello, siguiendo la dulce curva
que lo une con el hombro.
—¿Y por qué prescindir de ti, de
todos modos? Sabes que no voy a dejarte huir, no intentes convencerme.
Liu murmura una disculpa y se
deja hacer. Sabe que es su mejor opción, su única opción. Además, Xander
está siendo cuidadoso hoy, más que eso, agradable: lo acaricia bajo la ropa con
una delicadeza y una calidez que hacen que su palma arda contra la piel del
chico, que el calor se derrame como magma en su vientre y baje poco a poco al
lugar pecaminoso y pulsante que se erige entre sus piernas como la roca. Sus
besos envían descargas de placer al mismo sitio, por cada roce de los labios
del vampiro sus piernas tiemblan y los nervios le revolotean en el estómago.
Una mano del vampiro coge al
chico por las mejillas y se asegura de ladearle el rostro y mantener su cuello
disponible, la otra empieza a bajar, los dedos bordeando el elástico del
pantalón de Liu. Xander lo observa con deseo, sabiendo que el chico no va a
hacer nada hasta que se lo ordene, sintiendo su delicada excitación y su dulce
miedo, la forma en la que ambos se combinan creando un adictivo cóctel para él
y una confusa mezcla de sensaciones para el pobre chico al que tiene apresado
entre sus besos y caricias.
—Date la vuelta —ordena, pero
antes de darle la oportunidad de obedecer, sus manos lo toman por las caderas y
lo hacen girar, atrapando al chico entre su magno cuerpo y la mesa.
Liu jadea, estar cara a cara con
su demonio no le es jamás fácil y mucho menos cuando sus ojos brillan con
lascivia y voracidad. Xander lo toma por la cintura de nuevo y lo alza,
haciéndolo sentarse en la mesa y obligándolo a apartar sus libros y sus deberes.
Oleadas de recuerdos lo invaden al hallarse de nuevo sobre ese mueble y pensar
en la vez en que el hombre arrancó de él un cruel orgasmo para devolverlo a su
lugar. Su cuerpo entero tiembla de miedo. Su pene se agita de excitación.
Se siente humillado por la forma
en que anatomía ha aprendido a responder ante las cosas que más odia y
teme.
Xander se coloca entre sus
piernas y sigue besando insistentemente su cuello, sus labios apretándose
contra la piel húmeda y chupando ávidamente hasta dejar marcas moradas y
hermosas con la forma de su hambre.
Liu solo intenta ser complaciente
y sumiso, echando su cabeza atrás de forma obediente y descubriendo su cuello
para el placer del otro mientras suplica, en su cabeza, que el vampiro no vaya
mucho más allá, que no sea rudo mientras juega con él. Las manos de Xander
toman de pronto la tela de su camiseta y tan pronto siente la presión de la
ropa contra su cuerpo Liu sabe qué pasará. Y sucede.
Gime cuando la ropa se desgarra a
tirones contra su piel, dejándola roja, ardiente… y desnuda.
Liu traga saliva, intenta ser
bueno, pero su torso desnudo es recorrido ahora por los labios de Xander, que
bajan voraces, mordiendo sus clavículas hasta amoratarlas, y luego buscan dejar
más bonitas marcas en su pecho. Liu gimotea asustado y cierra sus puños
apoyándose contra la mesa, preguntándose por qué Xander está tan descontrolado
esa noche y temiendo que sea hoy el día en que lo tome como hace poco le
advirtió.
—Xa-xander, despacio, por favor…
—murmura el chico cuando el quinto chupón es dejado sobre su pectoral derecho.
El vampiro alza la vista desde su
piel llena de colores violáceos y marcas rojas de dientes y sus ojos
resplandecen, taimados.
El vampiro se aleja de él de
pronto, dejándolo con la respiración acelerada. Lo contempla, relamiéndose al
ver sus vellos erizados, sus ojos brillosos de lágrimas que aún no se atreven a
caer y todo su cuello, hombros y pecho portando las dolorosas marcas de sus
labios.
Se deja caer sobre la silla de
madera en la que Liu estaba antes de que él lo interrumpiese y luego palmea su
regazo con una mano, mirando al chico desafiante.
Liu entiende la orden, pero
vacila al obedecer. Se siente desnudo y vulnerable, incluso si es solo su
camiseta lo que le falta, y no puede evitar cubrirse mientras, poco a poco,
baja de la mesa y se sienta sobre las piernas del vampiro, las suyas abiertas
sobre el sexo excitado del otro y su rostro descansando a la altura del pecho
de Xander.
Una mano se sitúa en su espalda
baja y lo atrae, despacio y firme, hacia el cuerpo del otro. Liu niega con la
cabeza mientras un gemido angustioso escapa de sus labios pues ahora la
cercanía es tal que su propia excitación roza el duro abdomen del vampiro y, en
su trasero, puede sentir la creciente hombría del otro.
Otra mano lo atrapa por la nuca y
empuja su rostro hacia el de Xander hasta que sus dos bocas se rozan, Liu
respirando superfluo y rápido sobre los labios del vampiro y este sonriendo al
sentir el temblor del chico sobre él.
—¿No es esto lo suficientemente
despacio para ti, Liu? Porque mi paciencia se agota… —murmura en su boca,
asustándolo mal, haciéndolo sentir vulnerable y empujado hacia un límite hasta
que su única opción es ceder.
Liu intenta complacer al vampiro,
suplicarle que acepte lo que él le ofrece y no tome más, no aún, al menos, así
que se lanza a besarlo mientras se muele con sus caderas sobre él, apretando su
anatomía sobre el miembro deseoso del vampiro y haciéndolo jadear varonilmente
de placer.
Cuando Liu nota ese sonido
masculino y complacido del otro en medio del beso se siente bien. Se siente
bueno, obediente… y piensa que merece ser recompensado, que merece más tiempo,
más gentileza, pero descubre que encender al vampiro tiene el efecto contrario.
Xander chupa sus labios con voracidad y la carnosidad de su lengua llena la
cavidad del menor explorando, invadiendo, enroscándose en su corta y torpe
lengua para chuparla sin compasión.
Cuando se separan, Xander sonríe
y sus colmillos son ahora tan largos que rozan su labio inferior con creces.
—Quítame la camisa —ordena el
hombre y Liu parpadea perplejo por lo que oye.
Xander no le ha pedido antes que
tome la iniciativa con nada, más bien le exige que soporte y se comporte
mientras él lo usa a placer, así que, aunque han hecho cosas mucho más
vergonzosas juntas, Liu se siente nervioso y primerizo mientras dirige sus
manos a los extremos de la camisa del vampiro.
El hombre viste hoy con
pantalones tejanos negros y una camiseta blanca que lleva remetida dentro de
estos y que, a pesar de ser de cuello alto y mangas largas, no deja nada a la
imaginación.
Se ciñe deliciosamente a todo el torso del
vampiro y Liu, a través de la camisa, puede discernir la separación de los
abdominales del vampiro, los abultados músculos de su pecho e incluso llega a
atisbar el relieve de una de las henchidas venas de su antebrazo.
Lleva sus manos tímidamente hacia
la tela que se le ciñe a la cintura y tira de ella, sacando la camiseta de por
dentro de su pantalón y, acto seguido, toma la orilla de la prenda recién
revelada y tira de ella hacia arriba, mostrando el cuerpo de Xander.
El vampiro lo ayuda alzando los
brazos y pasándose la prenda por la cabeza para quitársela del todo, extasiado
al ver la manera en que Liu observa atónito y avergonzado su cuerpo.
Él conoce sus encantos y sabe que
su cuerpo es tan intimidante como es atractivo, por lo que sonríe altivamente,
dejando al humano deslizar su vista por las maravillas de su anatomía: los
brazos grandes y musculosos, los hombros anchos, los trapecios marcados que los
unen al amplio cuello, su pecho abultado y duro, su cintura que poco a poco se
estrecha, pero sigue dejando lugar a un masculino abdomen donde sus músculos se
muestran alzándose orgullosamente bajo la piel. Liu suspira contemplando su
cuerpo, impresionado no solo por sus formas o su fuerza, sino por su tamaño.
Los vampiros son, en comparación a los mortales, criaturas de magnificentes
proporciones, pero incluso entre ellos Xander es grande, rozando los dos metros
y con un físico que le hace pensar en barbáricas peleas.
Todo él destila masculinidad,
seguridad y poder y, a su lado, el chico se siente una patética cosita a medio
formar.
—¿Acaso no te gusta lo que ves?
—lo tienta Xander y desliza una de sus manos por su pecho y su abdomen, los
dedos hallándose un camino lleno de baches hechos de agradable músculo e
invitando al humano a recorrerlo también, quizá con sus suaves dedos de porcelana
moteada en pecas, quizá con el color cereza de sus labios.
Liu traga saliva y asiente.
—Y-ya te dije que eras hermoso
—recuerda, su cara se enciende como una luz de navidad roja y Xander no puede
evitar hallarlo tierno en exceso—, pero no entiendo qué deseas que haga
Liu lo mira con ojos brillantes y
confundidos; Xander se siente de pronto frustrado, casi iracundo, por la
inactividad del chico, por el hecho de que él le ofrezca su inalcanzable,
glorioso cuerpo y aun así el otro se halle tan congelado frente a su presencia
que no sea capaz de tocarlo, tan siquiera en los confines de su imaginación.
Xander recuerda cuando, poco
después de conocer a Liu, el muchacho le ofreció su sumisión. Le besó,
en vez de solo dejarse besar. Recuerda como algo en su interior se quebró al
tener a un humano abalanzándose hacia él, abriendo la boca no para gritar, sino
para capturar su aliento, sus palabras, sus labios. Sus besos.
Nunca antes pensó que necesitaría
tantísimo del deseo de un humano. Nunca antes supo que sentirse ansiado era
algo comparable, quizá incluso mejor, que sentirse temido.
Desde entonces Xander vive en
ascuas, ardiendo, derritiéndose de gusto y quemándose en la espera pues aguarda
ansioso que Liu vuelva a hacer eso, que se incline ante él, que lo pruebe, que
lo desee sin ser obligado a desearlo.
Xander vive obsesionado no con
saciar sus deseos, sino con ser él mismo el deseo de otro. De Liu.
Y pese a que ahora Liu aparta la
mirada de su cuerpo porque está demasiado asustado por su proximidad y su
lascivia, el vampiro no se siente grandioso por estar inspirando tal temor en
el humano, solo se siente humillado. Rechazado.
Quiere obligar a Liu a desearlo,
a necesitarlo, anhelarlo. A amarlo.
Pero no sabe cómo.
—¿Acaso no me prometiste tu
sumisión a cambio de mi paciencia? Vamos, Liu ¿A qué esperas? —lo acucia el
otro, su voz suena sin aliento. Impaciente.
El chico frunce el ceño y los
nervios se hacen evidentes cuando sus manos tiemblan.
—Estoy haciéndolo, e-estoy
sometiéndome a ti. Haré todo lo que quieras, solo que no sé qué quieres. —dice
desesperado, cada vez más apocado al notar en la voz del otro un tono de leve
irritación. Su voz unas octavas más gruesa, sus palabras más lentas, su mirada
ligeramente menos brillantes. Signos que se le antojarían insignificantes a
cualquier otro, pero que Liu ha tenido que aprender a discernir para predecir
cada uno de los arranques de ira de Xander. Solo que esta vez no entiende cómo
evitar el que se aproxima.
<<Quiero que tú quieras,
maldita sea. Quiero que pienses en mí como sé que piensas en ese chico,
Matheo.>>
—¿Por qué no me tocas? —pregunta
Xander entre dientes y, para la sorpresa del muchachito castaño, no está
sugiriendo u ordenando, sino que su pregunta es genuina.
—Dijiste que m-me tomarías
pronto, quisiera o no ¿Por qué iba a… a instigar a ello? Sabes que no voy a
resistirme, n-no quiero ser herido, pero… esto…
Liu se muerde el labio. No
entiende. No entiende por qué Xander le pide que lo toque en vez de
ordenárselo, por qué exige de ese modo que todos los actos a los que somete al
humano se sientan como si el chico se hallase deseoso de ser suyo, en vez de condenado
a ello.
Por qué le hace sentir que debe
hacerse responsable, participar en ese horrible momento en que Alexander
vuelva a quitarle la dignidad, su cuerpo, en que vuelva a quitarle su persona
para reducirlo a objeto. Su capacidad de decir que no.
El vampiro ya le ha obligado a
responder con su cuerpo a sus estímulos, a obedecer sus órdenes ¿Por qué,
además, necesita que Liu tome la iniciativa? La idea de la antoja humillante,
no, aberrante: tener que ser él quien inicie su propia perdición. Tener que
excitar al hombre que va a llenarlo de sus deseos y vaciarlo de su voluntad.
Tener que adorar un cuerpo cuya hermosura es algo secundario comparado con su
poder.
Liu desea con todas sus fuerzas
que, en ese momento, Xander se de cuenta de que sus intentos son inútiles. De
que no puede obligar a otro a desearle, solo a fingirlo, y que cuanto más
empuja a Liu y más presiona su pobre mente sin descanso, menos lugar hay en
ella para el afecto, para la atracción, para el amor.
Pero no lo hace.
—Tócame.
Ahí está de nuevo: el tono rudo,
la mirada fría. Las ordenes.
Liu se mueve como un muñeco sin
voluntad, desliza sus manos por el torso del vampiro. No muy rápido, pese a que
quiere acabar su tortura pronto, no muy lento, pues no quiere que Xander se
aburra y busca algo más emocionante que hacer con él.
Empieza posando sus suaves palmas
en los hombros del vampiro, notando los fibrosos músculos bajo ellas tensarse
cuando la piel del hombre se eriza. Xander emite un gruñido entre el placer y
la frustración y lo mira con dureza, como evaluando la calidad de sus caricias.
Liu traga saliva y sus manos
descienden de los hombros a los pectorales de Xander.
Se sienten suaves y voluminosos
bajo sus dedos, traza la curvatura convexa del músculo con sus yemas, rozando
solo transitoriamente los pezones para bajar al abdomen.
Liu traga saliva cuando hecha un
rápido vistazo hacia arriba, topándose con la mirada desaprobatoria de Xander. No
entiende qué hace mal, pero intenta hacer algo más. Algo mejor. Así que se
inclina sobre su pecho abultado y lo besa. Sus labios apenas rozando su piel
castamente con pequeños, adorables picos, mientras una de sus manos reposa al
lado de la firme cintura del vampiro y la otra desciende por la hundida línea
que divide sus dos columnas de abdominales.
Xander jadea. La boca de Liu
sobre su cuerpo, los dedos de Liu contra su piel, su aliento, sus latidos a
flor de piel, el dulce, meloso calor que desprende… todo es tan mágico, tan
fantástico. Pero el chico tiene lágrimas perlándose en las comisuras de sus
ojos, manos temblorosas por el miedo, no la anticipación, y un corazón
acelerado de puro estrés. En sus toques hay obediencia y es deleitosa, sin
duda, como su temor, pero no hay deseo. Hay calor, mas no calidez.
Y Xander no sabe cómo obligar a
Liu a darle ese tórrido sentimiento que tiene en el pecho cuando lo hace
sonreír o morderse el labio. No sabe cómo obtener un calor tan delicado cuando
él acostumbra solo a robarlo de los cuerpos de sus víctimas, pues el
calor que busca ahora es uno que no puede ser quitado a la fuerza, bebido
de una herida abierta, sino que debe ser entregado.
—Ya es suficiente —dice Xander
con un gruñido.
Liu suspira de alivio y ese gesto
enloquece a Xander ¿Por qué? ¿Por qué su lejanía tiene que ser un alivio? ¿Por
qué no puede meter en el chico los sentimientos que él quiere? ¿Implantar
necesidad, adoración, anhelo del mismo modo en que le es sencillo plantar la
semilla del pánico en su interior?
Liu tiembla al ver el ceño
fruncido del vampiro. Sus nudillos blancos. Su mandíbula tensa.
No sabe qué ha hecho mal, pero
cuando su demonio se va sin mediar palabra, no le importa: está demasiado
agotado para pensar.
Comentarios
Publicar un comentario
Comenta: