CAPÍTULOS 71-80

 

CAPÍTULO 71

Varias noches transcurren sin incidente y con Aaron mejorando paulatinamente, pero hay algo que lo inquieta constantemente: Samuel luce hambriento de nuevo. La última vez que se alimentó de él, a su apetito le tomó semanas tornarse insoportable, escabullirse del lugar de su interior donde lo tiene encerrado y encontrar su camino hacia la superficie, hacia su piel, tornándola más pálida y fría, hacia sus ojos, haciéndolos lucir más rojos y atentos, y hacia sus colmillos, haciendo que estén siempre afilados y largos, listos.

Esta vez le ha tomado solo días.

Uno esperaría que, tras el banquete que tomó por cortesía de su creador, Samuel fuese a quedar saciado por un largo tiempo, pero precisamente es al contrario: ha consentido a su sed, así que ahora, malcriada, le pide más y más con frecuencia. Necesita reeducarla de nuevo, pero antes de eso, necesita beber. Pronto.

Últimamente, Aaron duerme en su habitación, en su cama, cosa que hace muy a menudo. Dormir con Samuel le aterra de repente y a veces no puede conciliar el sueño a menos que saque de su buró aquella estaca que él mismo le dio y la abrace por toda la noche como si fuese un osito de peluche. Se aferra a ella como si al tomarla muy fuerte pudiese llevársela al mundo de sus pesadillas, donde cada día Samuel emerge de sus recuerdos con su crueldad intacta y lo hace revivir el infierno una y otra vez. Aaron imagina, a veces, que si logra clavarle la estaca al Samuel de sus pesadillas, quizá al despertar quede solo el de sus sueños. El hombre dulce y caballeroso que hace su corazón suspirar.

Por la noche, al despertar, Aaron guarda la estaca tan pronto como puede en el buró, pues no quiere que su amo lo vea y se angustie. Samuel lo ve cada vez, pero finge no hacerlo: odiaría hacer sentir a Aaron culpable por querer sentirse seguro.

Otras veces, como hoy, Aaron se acuesta en su cama y despierta en la de su amo. A veces sus pesadillas son a prueba de estacas y despierta temblando y sin poder respirar, sintiéndose como una insignificante motita de polvo que cualquiera podría hacer desaparecer con un resoplido.

En esas noches, Aaron solo es capaz de hallar consuelo en los brazos de su demonio, así que sube a su cama y tan pronto el otro huele su dulzura, tiene sus besos grandes rodeándolo y su nariz pegada a su cuello, inspirando su dulce aroma y haciéndole cosquillas.

Cuando Samuel despierta con el chico en sus brazos, a veces se hace el dormido una hora o dos, para que Aaron no pueda escapar de su cucharita, pues no tiene fuerza para levantar sus macizos brazos y sabe que su amo tiene un sueño demasiado profundo como para interrumpirlo. Así que se resigna a acurrucarse y a veces acaricia los cabellos rubios de su amo.

Esta noche, sin embargo, Samuel está dormido de verdad y Aaron despierta pronto y se siente curioso y extraño. Se voltea, encarando al vampiro, y lleva sus manos a las mejillas de este para sostener su rostro tiernamente. Empuja un poco sus pulgares contra su labio superior y lo sube ligeramente, mostrando la intimidante hilera de dientes.

Son mucho más grandes de lo que Aaron hubiese esperado, pues Samuel es una criatura de proporciones estremecedoras. Con un pulgar, sostiene su labio superior subido; con el otro, roza el interior, revelando ahora también la punta de sus largos colmillos, que llega hasta la encía de su mandíbula inferior.

Aaron los observa con curiosidad y un gusanillo de miedo haciéndole sentir un escalofrío por dentro. Siente que está investigando de cerca las fauces de alguna especie de gran felino sedado, como un tigre o un león, y se le eriza la piel de todo el cuerpo al comprender que realmente está compartiendo cama con algo mucho, mucho más peligroso.

Pero es un peligro adormecido, lo cual significa que no es un peligro en absoluto, ¿verdad? Así que Aaron se da el lujo de examinar a su vampiro más de cerca, sin temor a que la cercanía provoque un deseo con el que no sabe lidiar. Desliza uno de sus dedos por la parte redondeada del colmillo de su amo, notando su frialdad y la sencillez con la que se desliza por la superficie lisa y brillante, acercándose poco a poco hasta la punta, la cual no quiere tocar, pero quiere sentir cómo se siente aproximarse un poco.

Solo un poco.

Y un poco más.

Y dentro de nada parará porque está muy cerc-

—¡Ay!

Aaron retira su dedo con rapidez. 

Ha rozado el filo del colmillo del vampiro solo ligeramente y, aun así, se ha hecho un corte bastante profundo en la yema del pulgar. Aaron se lo lleva a la boca y hace una mueca por el sabor metálico. 

Nota que la prístina y nívea superficie del colmillo tiene una manchita de rosada, una pequeña mota de sangre que apenas se nota si uno no afina mucho la vista. Samuel se relame, su lengua larga y carnosa que hace a Aaron enrojecer por los perversos recuerdos que comparte con ella se desliza sobre el colmillo donde su gota de sangre estaba, limpiándola.

Luego lo hace otra vez más, buscando ese sabor que se ha extinguido demasiado rápido.

Samuel sigue dormido, pero está hambriento e impaciente. Su cuerpo se mueve por sí solo, guiado por el aroma de la sangre que acaba de activar todos sus sentidos y en cuestión de meros segundos el humano está atrapado entre el colchón y su sólido peso, el vampiro gruñe en su cuello cuando el chico se revuelve y él sabe que es una advertencia.

Samuel huele y lame su cuello torpe, perezosamente, pues está medio aquí, medio en el mundo de los sueños, donde quizá imagina que acaba de capturar a una presa indefensa a la que va a devorar entera. Aaron, asustado por si termina siendo comido por el despiste de su amo medio consciente, decide complacerlo y ser dócil, darle lo que quiere para que no tome de más.

Prensa su pulgar sangrante contra los labios del vampiro y este bien podría morderlo con fuerza, dolorosamente, exprimiendo dulces chorros de su sangre, pero dice dar pequeños y pausados lametones, como un gato que toma pacientemente su comida. Su lengua enorme envolviendo el dedo del chico cuando la prensa, llana y húmeda, contra este.

Aaron ve al vampiro abrir sus ojos poco a poco. Primero lucen brumosos por el cansancio y la confusión y luego un brillo sagaz y pícaro cruza su mirada.

Una mano se envuelve en torno al cuello de Aaron, asustándolo, mas no ahogándolo.

—¿Has creído que era una buena idea despertarme provocándome, bocadito dulce?

—N-no, mi amo, ha sido sin quer-

La mano que abarca su garganta con facilidad le da un pequeño apretón, callándolo de golpe y haciéndolo tensarse de temor.

—Silencio. 

Mientras Samuel sostiene a su humano quieto y callado bajo su cuerpo con una mano, con la otra se alarga hacia el buró y toma algo de su cajón. Aaron distingue un pequeño tarrito lleno de algo cremoso y translúcido, pero poco más puede ver de reojo mientras Samuel lo destapa con desgaire, tira la tapa por ahí y se moja la punta de los dedos en esa sustancia brillosa.

—A-amo, ¿qué…

Samuel empuja el pulgar de la mano que usa para rodear el cuello del chico contra su mandíbula, haciéndole voltear su rostro y exponer su cuello. Siente en la piel recién revelada una sensación fresca que le hace sobresaltarse; Samuel aplica algo en su dermis con sus dedos y es agradable, pero inesperado, una loción de textura suave que con frotar un poco se absorbe hasta desaparecer y deja en su cuello una sensación hormigueante muy extraña, similar a la que uno tiene cuando se le duerme un pie o una mano y trata de reanimarlo.

—Es la crema anestésica, espero que haga efecto rápido —susurra en su oído y su tono ronco vibra a través del chico, su voz siendo la titiritera de los escalofríos que sacuden a Aaron. Puede sentir el hambre del vampiro acariciando su piel con cada aliento y él se estremece sintiendo la extraña tensión entre querer suplicar clemencia y desear exponer su cuello y ofrecerse a su amo. Samuel lame la garganta del chico, desde el suave espacio entre sus clavículas hasta el borde de su mandíbula, la cual mordisquea juguetonamente—. Voy a comerte pronto. Necesito hacerlo pronto.

—Uhm, Sami, espera… —responde Aaron, abrumado. La sensación en su cuello es extraña y las manos en su cintura empiezan a tocarlo por debajo de la ropa.

No solo sus colmillos están hambrientos de su piel, sino también sus manos, sus labios, su lengua. Aaron se siente demasiado chiquitito para atender a la vastedad del deseo del otro.

—Tú me has despertado con tu dulce sabor en mi boca, así que tú vas a hacerte cargo. 

—Pero Sami, tienes que dejar que haga efecto, por favor…

Aaron se retuerce bajo su cuerpo y sus manos se tornan más castigadoras: dedos que se clavan en su cintura tierna o dedos que envuelven con una firmeza desalmada su cuello delgado. Necesita al chico quieto y tranquilo o no podrá pensar: tiene la mente nublada por la dulzura que aún se hace eco en su boca, esa gotita de sangre que bien podría empañar todo su juicio y convertirlo en una bestia irracional que solo sabe lo que quiere y que lo quiere ahora, así que no puede permitirse al chico contoneándose bajo él, tratando inútilmente de zafarse o gimoteando porque sus manos son grandes y rudas, pues sus intentos de obtener su clemencia, solo avivan más su sádico apetito.

Cuando Aaron por fin se queda quieto, Samuel logra pensar con un rayito de claridad: Aaron tiene razón, necesita esperar a que su cuello esté apropiadamente anestesiado. Pero su hambre no atiende a razones.

Hace poco la sació con un gran banquete sin restricciones, así que se ha crecido y ahora se pavonea dentro suyo, recorriéndolo entero como si ella sola reinase el palacio de su cuerpo: posee sus manos y hace crecer sus garras, posee su sexo y lo hace endurecer y gotear como babeando de puro gusto ante la idea de hundirse en carne tierna e inexperta, recién cazada, posee sus labios haciéndolos sonreír con malicia y sus colmillos haciéndolos crecer para que en cada milímetro de ellos pueda sentir la delicia que es rasgar piel joven y caliente. Posee sus ojos, tornándolos más rojos y fogosos, expandiendo la pupila hasta tornarla un gran abismo negro que devora toda luz y que sería capaz de captar hasta el más ínfimo detalle de su presa incluso en la más absoluta oscuridad. 

Y por último, trata de controlar su cerebro, apropiárselo como si fuese su alcoba y tirando todo lo que el antiguo propietario dejó en él: todos los “debo” de sus cajones yendo directos a la basura y siendo cambiados por muy agradables “quiero”. Cualquier autocontrol siendo barrido como quien pasa un trapo para aniquilar el polvo y, en su lugar, siendo cambiado por la delicia que es perderse ante los sentidos.

Samuel sabe que no puede permitirse estar tan cerca de Aaron por un solo minuto más o cederá a su ansia de devorarlo como devoró a aquel pobre chico que ahora tiene una lápida sin nombre, pero con flores en su jardín.

Haciendo acopio de las pocas fuerzas de voluntad que le quedan, Samuel suelta el cuello y la cintura del chico.

—¿Quieres ganar tiempo? —pregunta entre dientes, una sonrisa retorcida y faunesca abriéndose entre sus labios carmesí—. Corre —ordena y se inclina sobre su cuello para hacerlo, la palabra convertida en un rugido bajo contra su oído y luego en electricidad que recorre el cuerpo del chico—. Escóndete —añade con diversión, no una pueril, sino la de un diablillo taimado que empuja más y más a una pobre alma a caer presa de sus juegos—. Y hazlo bien, porque cuando te encuentre, voy a marcarte tan profundo que sentirás mis dientes en tu carne para siempre.

—¿Q-qué? —pregunta Aaron con un hilillo de voz, pese a que ha oído cada palabra a la perfección.

Escóndete —y esta vez lo dice con su voz de mando, mostrándole al chico que no está jugando o no al menos de una forma que él deba tomar a la ligera— antes de que mi paciencia se agote y te cace ahora mismo.

La voz de mando le da a Aaron el empujón necesario como para sacar a su cuerpo del estupor que lo mantenía paralizado: lo arranca de la cama de un bote. Cuando el chico sale de la habitación con sus piernas temblorosas y ha perdido de vista a Samuel, la voz de mando ya no necesita impulsarlo; es él mismo quien empieza a acelerar el ritmo hasta que está corriendo por los pasillos. La realidad del asunto cae sobre él como un bofetón que lo activa: Samuel va a acecharlo y a perseguirlo; va a ser cazado y consumido.

Su objetivo no es siquiera huir o librarse del mordisco, solo ganar suficiente tiempo para que la crema anestésica haga efecto. Él corre, abrumado, su corazón latiendo deprisa, su respiración acelerada y sus tobillos aguantando firmemente su peso como pensó que nunca lograrían hacerlo de nuevo.

No sabe a dónde va, mas que lejos del vampiro.

Se toca el cuello, queriendo ver si su piel se ha insensibilizado. Su tacto se siente extraño, como si lo tocase con una fina capa de algo gomoso en medio, un guante quizá, algo que anula los detalles de la sensación, pero que la mantiene, aunque rudimentaria. Es demasiado. No está listo aún.

Aaron llega a la parte de abajo de la casa y mira a su alrededor. El comedor es un espacio enorme y bien amueblado; podría esconderse bajo una mesa o en un armario, pero… es un sitio demasiado abierto. Se oculte donde se oculte, se sentirá como si estuviese desnudo en medio de un escenario. Necesita algo más pequeño e íntimo, un sitio que recuerde más a los rincones y recovecos que a una gran explanada.

Así que Aaron se marcha hacia el pasillo que hay al final del comedor, conduciendo al interior de la primera planta de la enorme morada, pero antes…

Se para frente al sofá y mira su dedo, ese mismo que se ha cortado sin querer con el colmillo del vampiro. Un pequeño error le ha condenado ya una vez, no puede dejar que lo haga dos. Si Samuel puede oler su sangre, lo rastreará en segundos, así que tiene que hacer algo al respecto.

Aaron se muerde el dedo, exprimiendo un par de gotas de sangre más, y las deja caer sobre la tapicería oscura del sofá, donde parecen desaparecer, camufladas por el color. Nadie podrá verlas, pero Samuel podrá olerlas y eso lo mantendrá entretenido rebuscando en el enorme salón por un buen rato.

Después de esto, Aaron corre hacia la cocina. Sabe que no va a esconderse ahí, ninguno de los cajones es suficientemente grande para él, pero hace poco guardó tiritas ahí, pues a veces se corta el dedo cocinando y subir hasta el baño a por una venda le parecía demasiado engorroso.

Aaron encuentra lo que buscaba y abre el paquete con los dientes mientras que pone su dedo herido bajo un chorro de agua fría, queriendo calmar su sangrado. Aaron seca su dedo rápidamente contra su ropa y se pone la tirita en el dedo bien apretada para evitar que ninguna gota de sangre salga de la herida.

Luego cierra el grifo muy poco a poco. La tarea es difícil porque las manos le tiemblan y la lentitud con la que debe hacer la tarea le hace sentir que cada segundo que emplea en ella, es un segundo desperdiciado. Imagina a Samuel detrás suyo, esperando pacientemente a que se voltee para empujarlo contra el mármol y doblarlo sobre él mientras su boca busca su cuello. 

<<Cálmate, cálmate, cálmate. Aprendí a huir de los vampiros durante años, no puedo olvidarme ahora de qué debo hacer>>

Aaron respira hondo y logra calmar su corazón lo suficiente como para que deje se latirle en las orejas. Ahora puede oír el silencio en la casa. Samuel no viene a por él. No aún.

Sus manos se calman un poco y consigue hacer lo que pretendía: deja el grifo casi cerrado, de forma que un pequeño goteo constante cae sobre la pica. Pum. Pum. Pum. Pum. No es perfecto, pero suena parecido al latido de una corazón y está seguro de que Samuel, cegado por el hambre, se dejará engatusar por su artimaña.

Ahora sí: es hora de esconderse.

Todo el temple que Aaron había reunido tratando de respirar hondo y sosegar su corazón se esfuma en un periquete. El chico recorre histéricamente las habitaciones una por una, sus pies descalzos repiqueteando en el suelo como los pasos de un pato apresurado, su respiración llenando cada habitación de jadeos nerviosos, sus manos deshaciendo camas, abriendo y cerrando puertas, desarmando armarios y desorganizando cajones. ¿Dónde esconderse? ¿Cuál es la mejor opción? ¿En el armario o bajo la cama? ¿Tras la puerta o tras las cortinas? ¿Enterrado en una pila de cojines y tumbado contra la bañera? 

Aaron se pellizca el cuello y…

—¡Ay!

Puede sentir dolor todavía. Es un dolor rebajado, eso es cierto, como si se hubiese pellizcado a través de una gruesa manta de invierno, pero si sus dedos han logrado hacerle daño, no puede siquiera imaginar lo que los colmillos de su amo harán.

Necesita más tiempo. Un plan mejor. Distracciones más elaboradas.

<<¡Un escondrijo, necesito un puto lugar donde esconderme primero!>>

Aaron se abofetea el rostro. El dolor es un latigazo ardiente contra su mejilla, pero es una sensación en la que puede centrarse en lugar de hundirse más y más en su pánico. Su corazón se calma un poco. Las manos aún le tiemblan, pero ya no se sacuden hasta el punto de que los pomos de las puertas se le escurren de entre los dedos.

Respira hondo.

<<Está bien. Todo está bien. Esto no es… Real. Samuel no va a cazarme de verdad, no es como cuando huía de los vampiros años atrás. No voy a morir. No voy a ser herido más allá de lo que puedo soportar, ¿verdad?>>

Una espinita de duda se clava en su corazón y los recuerdos de su amo despedazando a aquel pobre mortal la martillean más y más profundamente, acentuando la necesidad de encontrar cobijo.

Aaron recorre los laberínticos pasillos a paso ligero. Intenta evitar correr porque sus piernas tiemblan demasiado y porque si es ruidoso, como lleva siendo hasta ahora, delatará su posición muy fácilmente. Piensa tanto como puede, pero su cerebro parece a la vez ir demasiado rápido y demasiado lento, como si corretease de aquí para allá en un lugar vacío de buenas ideas.

Decide esconderse en una de las habitaciones del final del pasillo. Quizá así al vampiro le toma más tiempo llegar a esta, al fin y al cabo, ha revisado el resto de estancias así que habrá dejado su olor en ellas y eso llame la atención de Samuel.

Aaron desordena esta habitación también, para no hacerla destacar en contraste con las demás, pero no acaba de decidir dónde debería esconderse. Bajo la cama, tras la cortina, en el armario… todos esos lugares le parecen demasiado obvio para ser buenos escondites. Pero, de nuevo, son obvios porque son buenos escondites. También son los primeros lugares donde el vampiro mirará.

Así que Aaron decide que el lugar más ridículo es el que menos se le vendrá a la cabeza a Samuel. Aaron respira hondo y asiente para sí mismo, como demostrándose su convicción.

Cierra la puerta del dormitorio y sencillamente se queda de pie, apoyando en la pared junto a esta.

Está tan desprotegido que su cuerpo entero le chilla que gatee hasta debajo de la cama o que corra a encerrarse en el armario antes de que Samuel empiece a buscarlo y se lo encuentre ahí, como un pasmarote, ofreciéndose. Pero se resiste a ese deseo.

Cuando Samuel entre a la habitación y abra la puerta, él se quedará detrás de esta, totalmente oculto y duda que el hambriento vampiro vaya a molestarse en cerrar la puerta tras de sí o, siquiera, en voltearse si no es para irse: va a avanzar solo hacia adelante destrozando y revolviendo todo lo que se halle en su camino y, al terminar, va a irse frustrado y cabreado, con sus ojos demasiado fijos en su próximo objeto -la puerta de la habitación de en frente- como para que repare en el pequeño detalle de que la puerta no está tocando la pared y de que el hueco que queda es perfecto para que ahí quepa un delgado y pequeño humano.

La idea suena bien. Fantástica.

Pero Aaron se siente tan expuesto… Sus nervios le hacen deliberar con la idea de cambiar su extraña estrategia hasta que escurra un buen estruendo en la planta de arriba: Samuel acaba de azotar la puerta al salir de su habitación.

El golpe ha sido tan violento que aunque Aaron debe esperar de pie, sus piernas flaquean y se desliza hasta el suelo, tapándose la boca para no jadear. 

La idea de que un Samuel hambriento juegue con él como un gato con su asustado ratón lo asusta. Pero la realidad de ello… Aaron jamás pensó que su corazón podía latir tan rápido.

Pone una mano sobre su pecho, como para sofocar el latido inútilmente. Escucha pasos firmes y algunos estruendos en la planta de arriba y luego… escaleras. Samuel está bajando las escaleras hacia la primera planta.

<<¿Tan pronto? ¿Ya ha terminado de revisar el segundo piso?>>

El corazón de Aaron se encoge y se pone pálido de pronto. Él pensaba que tardaría media hora en ser encontrado, una hora si la suerte está de su lado. Ahora parece que es más bien cuestión de minutos que Samuel lo atrape y no está preparado para ello, no tan pronto.

Piensa en sus manos grandes, cada una lo suficiente como para rodear su cintura y que su pulgar y su índice se toquen. Piensa en sus garras afiladas deslizándose sobre su piel. Su boca, grande, hambrienta, ansiosa, robándole besos primero, sangre después. Piensa en su lengua larga y hábil. En sus colmillos. Peligrosos. Oh, tan malditamente peligrosos.

La respiración de Aaron se acelera más y más y su cuerpo es golpeado por una ola calurosa y extraña que hace temblar sus piernas de nuevo, pero por razones muy distintas. 

<<¿Qué mierda…?>>

Aaron se siente totalmente sorprendido al mirar hacia abajo y notar por qué el anillo que rodea su sexo se siente de pronto incómodo y estrecho: está poniéndose duro.

No lo entiende. La caza le hace sentir asustado y nervioso. Muy nervioso. Frota sus piernas, buscando un alivio que logra calmar su repentino deseo. Quizá hay algo excitante también en el hecho de ser cazado: en la anticipación de estar solo y escondido, pero saber que pronto uno estará vulnerable e indefenso, ofreciéndose y siendo atrapado bajo el peso de una criatura más grande, más poderosa, más hambrienta. Imaginar sus manos, su boca y su ansia.

Nunca había sentido algo así ante la cercanía de un vampiro. Solo pánico y sudores fríos, náuseas y la inminente y mareante proximidad de la muerte.

Pero Samuel no es la muerte. No para él, al menos, y quizá esa pequeña seguridad que siente sabiendo quién está cazándolo y cómo lo cazará, hace que su cuerpo haya dejado un pequeño hueco libre para que lo ocupe otra sensación furtivamente. Y ha sido la excitación.

Aunque, por encima de todo, Aaron está temeroso. El nudo en su garganta se tensa más y más y más cuando escucha los pasos de Samuel descender por las escaleras. Llega rápido a la planta de abajo, donde él también está, y la casa que siempre le había parecido palaciega se siente ahora demasiado pequeña. Samuel está demasiado cerca.

Aaron traga grueso, queriendo empujar el nudo de su garganta al fondo de su estómago y hacerlo desaparecer, pero resulta que la tensión es igual de insoportable ahora que nota el nudo afirmándose en su vientre llano.

Escucha a Samuel en el comedor y no sabe qué está sucediendo, pero se escuchan grandes estruendos y cada ruido le hace saltar y taparse la boca para ahogar un jadeo.

Quiere cambiar de escondite, se siente demasiado expuesto, pero ya es demasiado tarde. Aaron se esmera en ponerse de pie y se desliza muy silenciosamente más cerca de la puerta, para que no haya posibilidad alguna de que esta deje al descubierto ni que sea uno de sus mechones azabaches.

El sonido del vampiro se aleja.

<<Ha ido a la cocina>>, piensa aliviado el chico y luego se permite una pequeña sonrisa, victorioso. Jamás podría huir de Samuel de veras y hoy solo está pudiendo evadirlo un poco porque el mismo vampiro ha tenido la cortesía de darle unos minutos de ventaja, pero hay algo que se siente bien en saber que lo ha logrado engañar un par de veces con sus artificios.

Se siente ingenioso y hasta un poco travieso, pero sabe que pronto pagará por haberse reído así de su amo.

Aaron escucha por un par de minutos más hasta que sucede lo inevitable: los pasos de Samuel resuenan al inicio del largo pasillo. Ahora es solo cuestión de tiempo que el vampiro dé con él y…

—Muy astuto, dejar tu sangre en el sofá, el goteo de agua… —la voz de Samuel se escucha con eco y alejada, pero incluso si la distancia y la puerta le hacen perder un poco su claridad, no osan tocar su firmeza, su tono intimidante, rudo y escalofriante que hace la piel de Aaron erizarse— Me gusta. Estás jugando conmigo, estás divirtiéndote… Pero puedo escuchar tu corazón, Aaron, y por la forma en que se acelera, creo que sabes que es mi turno de jugar contigo.

Aaron se lleva la mano al cuello y se da un fuerte pellizco. Nota la presión de sus dedos sobre la piel, pero no sabría decir si están calientes o fríos y, lo más importante, siente solo una leve sombra de dolor.

El anestésico está listo.

<<Pero yo no.>>

Aaron traga saliva y la sangre se drena de su rostro cuando escucha lo que Samuel está haciendo: abre una puerta y luego la siguiente y la siguiente y la siguiente. Ni quiera entra en las habitaciones. Le basta con abrirlas para saber que no está dentro.

Samuel pasa de estar en la boca del pasillo a estar en el medio de este en apenas un minuto. En un abrir y cerrar de ojos, está acercándose al final. 

Está a tres puertas de la suya, calcula Aaron.

Dos.

Una.

Aaron retiene la respiración, su cuerpo entero se tensa. Escucha algo, pero la puerta no se abre.

<<¿Por qué no se abre?>>

Sus ojos buscan el pomo con urgencia y se abren de par en par al verlo: el pomo se mueve, pero no gira. Está temblando, como si alguien lo acariciase al otro lado, haciéndolo estremecer, deleitándose con la tentación de abrir la puerta.

Samuel está jugando con él, tal como le ha dicho. 

Una risa grave y masculina se escucha al otro lado de la puerta. Samuel sabe que Aaron está en esa habitación, no tiene prisa alguna por buscarlo ahora. Ya lo tiene acorralado, así que se tomará un dulce tiempo atormentándolo antes de cazarlo.

—Nada mal, Aaroncito, has sido una presa deliciosamente escurridiza… Ahora, vas a ser una presa obediente mientras te muerdo. Abriré la puerta en cinco segundos, así que tienes ese tiempo para elegir si quieres hacer las cosas por las buenas y ofrecerte a mí de rodillas tan pronto abra la puerta o… Por las malas. Uno…

La amenaza eriza la piel de Aaron. 

—Dos.

El tono del vampiro es insinuante. Una mezcla peligrosa entre amenaza y sensualidad.

—Tres.

Aaron está cerca la puerta y sus piernas están temblando. Arrodillarse ante ella sería lo más sencillo. Lo más sensato.

—Cuatro…

Pero por alguna razón, el cuerpo de Aaron no responde. Algo en él quiere ser desobediente, presionar al vampiro un poco más y conocer su lado malo por una noche.

—Voy a por ti, Aaron. —Samuel habla lento, saboreando cada palabra, especialmente el nombre del chico al que pronto tendrá temblando y sangrando bajo él. Es una promesa y ambos lo saben.

La puerta se abre y lo hace tan fuerte que por un momento Aaron teme que le dé en el rostro y le rompa la nariz. Para su fortuna, el pomo ostentoso de la puerta es grande, lo suficiente como para estrellarse contra la pared con un estruendo  y que él quede tras la puerta. Escondido e ileso.

Samuel avanza unos pasos dentro de la habitación, despacio. Toma una enorme bocanada de aire.

—¿Has decidido hacer las cosas por las malas? Oh, cosita, puedo oler tu miedo. Mala decisión… —canta, feliz y entretenido, porque está a punto de devorar a su presa.

Aaron solo puede apretar fuerte sus labios para no hiperventilar y delatar su posición. Asoma ligeramente su cabeza por la puerta, viendo qué hace el vampiro en la estancia, pues está de espaldas y sabe que no lo verá.

Su corazón da un vuelco cuando ve a Samuel levantar la cama del suelo con un solo dedo y luego dejarla caer de golpe, provocando un ruido tan fuerte que casi le hace chillar. Samuel no escucha el grito de sorpresa que esperaba, pero sí un corazón acelerándose.

—Tan nerviosa, mi pobre presa… Deberías haberte ofrecido a mí cuando tuviste la oportunidad —Samuel abre los armarios, uno por uno, observando con paciente calma su interior vacío, como si precisamente esperase que Aaron no estuviese ahí. Ríe al abrir el último armario: vacío—, ahora vas a tener que rogar si quieres un poco de piedad.

Samuel se pasea por la estancia con una mueca satisfecha y una sonrisa llena de suficiencia en su boca. Sus colmillos destacan tanto que Aaron casi puede sentir el corte en su dedo, como si estuviese reabriéndoselo, ante la mera vista de esos filos.

Samuel menea las cortinas perezosamente, como si ya supiese de antemano que no va a encontrar nada ahí.

—Oh, ¿dónde estará mi delicioso humano? —pregunta en alto, teatralmente y seguido de una grave risa—. Oigo su corazón… ¿Quizá en el pasillo?

Luego se voltea hacia la puerta de nuevo y Aaron se esconde tan rápido que se sorprende a sí mismo por sus reflejos. Pero lo que más le sorprende es que Samuel toma el pomo de la puerta y se marcha de la habitación, cerrándola sin mirar atrás.

Sin verle.

Aaron se queda totalmente petrificado contra la pared, como si fuese un cuadro ahí colgado, y parpadea varias veces como para cerciorarse de que lo que ve es real. Está en la habitación completamente solo de nuevo ¿Ha logrado engañar a Samuel al esconderse tan cerca de la salida? Se siente eufórico por un minuto, pero luego…

<<¡Mierda!>> Su pequeña e inesperada victoria le ha sorprendido tanto que ha logrado robar toda su atención y ahora no escucha ni un solo paso del vampiro y no tiene ni idea de a dónde ha ido.

Sabe que tiene que moverse, cambiar de habitación antes de que Samuel vuelva a rastrear sus latidos hacia ese mismo punto y ahora decide investigar más a fondo, pero eso significa abrir la puerta y si Samuel está en el pasillo… Un escalofrío lo hace sacudirse entero cuando se imagina cruzando su mirada con los rojos orbes de ese monstruo hambriento.

Aaron decide que esperará unos minutos, al menos hasta oír a Samuel moverse y poder ubicarlo mejor, solo que espera y espera… Y no escucha nada de nada.

Siente que es una trampa, pero ¿Qué más puede hacer? Es o bien quedarse en esa habitación y enloquecer o bien salir y arriesgarse a conocer su destino demasiado pronto.

El chico se arma de valor y se acerca hacia la puerta arrastrando suavemente sus pies sobre el suelo para no hacer ni el más mínimo sonido. Pega la oreja contra la madera: Nada. Agarra el pomo con ambas manos, una para girarlo, la otra para controlar el movimiento y hacerlo tan lento que parezca indetectable, como una puerta que se entreabre porque una brisa acaba de soplar dentro de la casa.

Lo gira muy despacio, agónicamente despacio, notando los minutos pasar y las gotas de sudor escurrir por su frente. Su único consuelo es que está siendo silencioso al máximo. Al final, el pomo llega a su tope, ahora Aaron solo tiene que tirar la puerta para abrirla ligeramente y asomarse al pasillo.

Tira de ella.

No se mueve.

¿Quizá la puerta se abre empujando? Pero no tiene sentido, la puerta de abre hacia adentro, no hacia afuera, si no, Aaron no habría podido quedar oculto tras ella cuando Samuel entró.

Aaron lo intenta de nuevo; quizá está siendo demasiado suave para no hacer ruido y necesita usar algo de fuerza.

Nada de nuevo.

¿Las bisagras están oxidadas? Cuando ha entrado la puerta, se deslizaba cómodamente, o eso cree recordar. Si hubiese ido a trompicones, lo recordaría, ¿no?

Lo vuelve a intentar.

La desesperación lo inunda cuando la puerta sigue igual de quieta que un muro de hormigón.

Aaron siente un escalofrío cuando una brisa lame su cuello y, de pronto, todo el ambiente se siente tan cargado y gélido y… oscuro ¿Están las luces apagadas? Aaron juraría que estaban encendidas, pero…

Su vista sube poco a poco por la puerta y entonces lo ve, el motivo por el que no se abre: la mano enorme y de afiladas garras de Samuel la empuja cerrada mientras el vampiro espera, silencioso, quieto y paciente detrás de él, proyectando la oscura sombra de su cuerpo sobre el del chico.

Cuando Aaron se da cuenta de que Samuel jamás salió de la habitación, abre la boca para gritar, pero la mano que antes cerraba la puerta ahora amordaza sus labios y lo empuja duro hasta que su espalda choca con la maciza madera.

Samuel lo mira con ojos que brillan de deseo, relamiéndose sus enormes colmillos. La piel de Aaron se eriza cuando comprende que el vampiro lleva todo este rato observándolo, deleitándose entre las sombras ante cada uno de sus movimientos nerviosos, disfrutando de su ingenuidad mientras esperaba para comérselo.

—Te tengo… —ríe el vampiro y su tono suena como un jadeo bajo, tan gutural y vibrante, un rugido escondido en él. No es Samuel quien habla, es su hambre.

La otra mano de Samuel toma la camisa del chico y la arruga en su puño, luego da un violento tirón y sus garras hacen el resto: se encargan de rasgar la tela para desnudar a Aaron de golpe. Su pecho y su vientre quedando al descubierto, ligeramente rojos por la forma en que la ropa se hace jirones bruscamente contra su piel.

Aaron gimotea por el dolor y la sorpresa, pero la mano contra su boca lo silencia y los ojos hambrientos de Samuel le hacen callar también con la promesa de que eso es solo el inicio.

El vampiro se agacha entonces, arrodillándose frente a Aaron para tener su torso más al alcance de su boca, pero como es tan alto, Aaron sigue empequeñeciendo a su lado y la enorme mano sobre su boca sigue ahí inamovible.

Samuel toma la cintura del chico con su mano libre después de lanzar los restos de su camiseta al suelo y se acerca la delgadez del humano a la boca. Abre sus grandes labios y muerde a Aaron en uno de sus costados, justo en ese punto suave y delicioso donde su cintura se estrecha y una sinuosa curva de marca.

Aaron intenta protestar pero sus quejas ahogadas se convierten en gemidos ahogados cuando Samuel succiona su piel y muerde con fuerza; también lo hace con cuidado, para no romper su carne, pero con suficiente malicia para marcarla.

Aaron siente sus piernas débiles y echa su cabeza para atrás mientras siente como el vampiro lame, muerde y chupa su cintura, como la succión poderosa de su boca le trae a su piel oleadas de sensibilidad, placer y dolor.

Se deja hacer, dócil, hasta que Samuel lo suelta. Su mordisco es tan grande que va desde su cintura hasta la mitad de su vientre, rebasando un poco el ombligo. El chupetón florece rápidamente, dejando ver pétalos violáceos y rojos sobre el níveo lienzo de la piel de Aaron. Varios hilos de saliva unen la piel amoratada del chico con la boca colmilluda de Samuel, la cual se relame tras probarlo.

Samuel sostiene ahora el lado recién marcado de su cintura con su mano, con más delicadeza ahora, pues sabe que está tocando algo frágil, y encierra entre sus poderosas mandíbulas el otro costado del chico, repitiendo el proceso a pesar de que Aaron suplica contra su mano.

El vampiro es lento y cruel: chupa su piel hasta dejarla vivamente marcada y para cuando termina, un cinturón de hematomas rodea la cintura del humano entera, como marcando el lugar favorito de Samuel para poner sus manos.

—¿Qué pasa, cosita, duele? —pregunta en un tono fingidamente dulzón, poniéndose en pie de nuevo y lamiendo las lágrimas que escurren por las mejillas de su presa —¿Mhm?

Aaron jadea y asiente con su cabeza, pues su voz le ha sido requisada.

Samuel sonríe y se relame. Ama lo frágil que luce Aaron cuando con su mano lo toma del costado y el chico da un repullo y tiembla, suplicando mentalmente que no lo apriete demasiado, pues esa zona de su anatomía está sensible. Samuel clava un poco sus dedos, solo para ver al chico gimotear de dolor y estremecerse entre sus manos como si su toque quemase.

Le gusta dejarlo tan sensible. Resulta delicioso para él saber que debe tener cuidado con el cuerpo que desea poseer, que su amante es tan perfecto y frágil que un mal movimiento podría arruinarlo y que necesita ser solo un poco brusco para tenerlo suplicando por besos y caricias más gentiles, temeroso de romperse.

Suelta la cintura del chico, por fin, pero entonces clava sus garras en su piel y las hace subir poco a poco por su pecho, arañándolo ligeramente. Aaron trata de quedarse quieto pues sabe que cualquier movimiento brusco hará que Samuel le corte sin querer, pero el filo frío y agudo de sus uñas contra la piel desnuda se siente insoportablemente amenazante. 

Allá donde sus uñas pasan, Aaron nota un frío que eriza su piel y un calor extraño que le hace temer estar sangrando. Un ligero ardor que confunde con dolor le hace estremecerse cuando Samuel lo araña, dejando su piel roja, y entonces su pecho sube y baja deprisa justo bajo las garras de su amo.

Aaron exhala un sonido tembloroso y temeroso, como el de un animalito que pide por clemencia ante la expectativa de acabar entre las mandíbulas de un gran lobo. Samuel ríe en su oído, grave, sádico y demasiado atractivo, complacido al ver las reacciones que causa en el chico.

De pronto, la mano sobre su boca cambia de lugar y lo toma por la nuca, pinzándolo como si fuese un cachorrito de gato. Lo voltea bruscamente y lo empuja contra la pared, su mejilla derecha prensada contra la madera oscura de la puerta, sus manos apoyándose en esta mientras Samuel lo acorrala.

Una mano grande se coloca en su cinturita herida y solo debe hacer una muy ligera presión para que el chico siga su movimiento obedientemente: Aaron arquea su espalda de forma deliciosa. 

Su cara contra la pared, su espalda delgada, elegante y desnuda, sus caderas hacia atrás, como ofreciéndose por completo. Samuel siente que podría enloquecer en ese momento. Mantiene su mano en la nuca del chico, agarrándolo con la misma firmeza con la que su collar metálico le rodea la garganta, pero separa su otra mano de la agradable piel del chico.

Mientras mira a Aaron, Samuel muerde la palma de su propia mano: los colmillos se hunden hasta el fondo en el carnoso cojín de músculo de su mano y el vampiro imagina que está atravesando no la suya, sino la carne ajena. Esa fantasía le ayuda a mantenerse saciado y el dolor le ayuda centrarse, a enfocar una luz clara y evidente en medio de toda la neblina de deseo de su mente y evitar que el placer nuble el deber.

Quiere disfrutar de Aaron, pero ya sabe que debe ser cuidadoso haciéndolo.

Aaron lo observa tragando saliva. Sabe que el vampiro se está hiriendo para controlarse mejor y lo agradece, pero sus ojos no son capaces de separarse de la forma en que sus colmillos, largos, tan jodidamente largos, se han hundido en la dura carne del vampiro con la facilidad con la que un cuchillo penetra en mantequilla tibia.

Tiembla cuando Samuel retira sus colmillos y aunque su mano se cura casi instantáneamente, él sigue teniendo los labios manchados de rojo, pequeñas gotas carmesí resbalando por sus comisuras y acariciando su cuello ancho y fuerte.

Samuel vuelve a arrodillarse frente a Aaron para alcanzar mejor su cuerpo mientras lo inmoviliza y el chico se queda totalmente quieto. Acaba de ver cómo de peligrosa es el hambre del vampiro, así que no le apetece provocarla.

Una mano rodea su cuello, la otra reposa en la pared, un poco más abajo que las suyas, y el chico no puede sino reparar en cuán grandes son las manos del vampiro.

Samuel besa los hoyuelos que tiene Aaron en la base de su espalda, cerca de la goma elástica del pantalón que lo separa de la desnudez. Posa sus labios, delicados y pacientes, sobre esas pequeñas hondonadas, huequitos que el cuerpo de Aaron tiene del mismo modo en que los lugares sagrados, como los templos, tienen pequeños cuencos designados para ofrendas y sacrificios. El cuerpo de Aaron, suave como las plumas de un ángel y pálido como las nubes del cielo, no es menos divino que esos lugares, al contrario, así que es normal hallar en él espacios creados con el único propósito, piensa Samuel, de ser depositarios de los más tiernos besos y las más delicadas caricias: sus hoyuelos, las palmas de sus manos, las corvas tras su rodillas, los lóbulos de sus orejas, sus párpados…

Así que Samuel deja pequeños besos en los hoyuelos del chico una y otra vez y Aaron parece derretirse por el gesto. Samuel puede sentirlo enternecer contra sus labios, la forma deleitosa en que sus músculos se relajan y su corazón se permite galopar sin tanta prisa. 

Luego, el vampiro extiende su larga y húmeda lengua y atraviesa la espalda del chico lamiéndolo desde la base de su columna, hasta su final, probando la dulzura de esa hermosa curva. Aaron se estremece y gimotea, su voz quebrándose un poco cuando Samuel mordisquea sus omóplatos y luego sus hombros. Aparta la mano del cuello del chico un poco, mordisqueando ahora ahí.

Su corazón se acelera.

Samuel gruñe contra su cuello.

<<Molesto, tan molesto>> piensa cada vez que debe interrumpir sus besos húmedos y sus mordiscos porque el estúpido collar de metal está ahí en medio. Odia alternar el tacto de tórrida piel del chico con ese frío punzante e inhóspito.

<<Yo se lo puse, yo se lo puedo quitar>> se dice a sí mismo, aunque no tiene paciencia suficiente para buscar la llave. No hoy.

El vampiro lleva sus dos manos al collar metálico de Aaron, ese que le ha hecho rozaduras en sus clavículas y que siempre le deja las cervicales rosadas y sensibles. Tira un poco, sin fuerza apenas, y Aaron da un brinco al escuchar el metal ceder y romperse como si fuese un simple pedazo de papel.

Samuel arroja los pedazos de acero por ahí, como si fuesen chatarra inservible.

—El collar… —Aaron murmura, incrédulo, y lleva sus dedos a su cuello, notándolo de pronto desnudo y extraño; allí donde pasa sus dedos, la piel se le eriza, sorprendida por el contacto de lo que parece un desconocido, pues lleva meses solo acostumbrada al frío, duro tacto del metal que la oprimía.

Samuel agarra a Aaron por las muñecas y vuelve a poner sus manos contra la pared, haciéndolas apartarse de su cuello, donde él hunde su rostro, besando, lamiendo y mordiendo por doquier, disfrutando del espacio recién liberado.

—No lo necesitas —gruñe Samuel contra su piel, dominante—, no mientras vayas a llevar mis marcas alrededor de tu cuello como un bonito collar.

Aaron quiere protestar, pero Samuel chupa y se yergue y él se siente empequeñecer entre sus labios. Aaron gime y ladea su cabeza, dándole al vampiro lo que desea. Tiembla entero, pues su amo está marcándolo justo en el lado donde no se ha puesto la crema anestésica. Pero solo está jugando, se dice, al menos por ahora, mordisqueando su piel, llenándolo de chupetones… No va a morderlo dolorosamente.

Confía en él.

—Me he cansado de jugar, quiero comerte ahora. —sentencia Samuel con una voz oscura y seria.

Aaron grita de la sorpresa cuando el vampiro lo alza de pronto y con la facilidad con la que uno levantaría un saco de plumas, y se lo echa al hombro. Lo lleva así, cargado como un animal al que acaba de cazar, hasta el piso superior, hacia su habitación.

En el camino Aaron puede ver los estragos que ha sufrido la casa mientras Samuel lo buscaba. Apenas ha tardado veinte minutos en encontrarlo, pero el salón parece haber sido visitado por un furioso huracán y ¿Ha arrancado la puerta de la cocina de cuajo? Aaron traga grueso al comprender la magnitud del ansia del vampiro.

Un hambre tan grande que lo lleva a arrasar todo aquello que se encuentra… solo puede rezar porque el hombre sea compasivo mientras sacia a una bestia tan salvaje con su cuerpo.

Aaron es arrojado a la cama cuando Samuel entra en su habitación. Las sábanas, el chico se fija, son blancas ahora. Samuel quiere pintarlas de rojo mientras se alimenta.

Aaron tiembla y ve al hombre al pie de la cama conteniéndose para no subir a esta y abalanzársele. Samuel tiene que volver a morder su mano para calmarse y esta vez su apetito está ya salivando y relamiéndose pues sabe que su alimento está cerca, que Samuel ya no está jugando al ratón y al gato con su humano, sino que planea por fin morderlo.

Debe morderse en la palma de la mano dos, tres y hasta cuatro veces. En la última arranca un pedazo de carne y Aaron se lleva una mano al cuello, angustiado. Tiene la piel erizada.

Samuel gatea sobre la cama hasta terminar justo sobre su pequeño cuerpo.

Lo admira con ojos de depredador: sus extremidades finas y débiles, tan fáciles de retener en una sola mano, su piel nívea donde los moratones florecen al instante, su naricita sonrosada como la de un conejito que olisquea el aire, nervioso, sus largas pestañas perladas de lágrimas, su pelo azabache derramándose sobre la almohada como hilos de seda y ese esbelto, delgado cuello que parece hecho de nubes mismas: tan liviano, frágil y celestial que un solo bocado ya lo agotaría.

Samuel se hunde en él, recorre con la fría punta de su nariz la curva de su garganta, trazando su pulso a través de la jugosa yugular.

—¿Qué lado está anestesiado, humano? —pregunta el vampiro, su voz es demandante e impaciente. Aaron nota la frialdad en su tono, la forma en que la bestia pronuncia las palabras a regañadientes, siendo forzada por una amabilidad que quiere descartar para poder darse un festín.

Aaron se lleva las manos al cuello. Está tan nervioso que se ha olvidado, así que se pellizca un poco hasta que encuentra el lado de su cuello donde puede sentir la presión de sus dedos, pero parece estar desconectado del dolor que deberían provocar.

—A-aquí, e-es aquí, amo… —responde apresurado y servicial.

La enorme mano de Samuel suplanta la de Aaron en su cuello, rodeándolo rápido y duro y haciendo al chico jadear por aire un instante. Lo mira altivo y como debatiéndose entre si tener misericordia o no, pero por fin sus ojos rojos se suavizan y la presión se relaja. Con el pulgar, Samuel traza la curva en el cuello del chico, asegurándose de que la piel está realmente insensible.

Aprieta su pulgar contra un lugar maravillosamente específico: bajo la mandíbula del chico, un par de centímetros de donde se halla la unión de esta con su tierno lóbulo. Ahí puede sentir el pulso de Aaron besándole la piel a la perfección.

Mantiene el dedo ahí mientras habla, disfrutando de notar cómo el pulso del chico se acelera al oír sus palabras.

—Eso no evitará que sientas dolor, solo hará que sea un poco más… Indulgente. —Aaron traga saliva y asiente. 

Es consciente desde el inicio de que el dolor no iba a desaparecer por completo, pero ahora es cuando empieza a cuestionarse de cuánto dolor están hablando ¿Un mero pinchazo? O ¿Sentirá algo más? La sonrisa sádica y colmilluda del vampiro parece indicar lo segundo.

—Si te muerdo despacio y cuidadosamente, podrás soportarlo. Mhm, serás bueno para mí y no te daré más dolor del que puedes tomar, pero… Si decido morderte duro de veras, hundir mis colmillos rápido, sin darte tiempo a acostumbrarte, apretar mis mandíbulas contra tu piel como si quisiera arrancar un delicioso pedazo de ti… Oh, entonces tu agonía sería exquisita.

Samuel siente el corazón de Aaron ser acuciado por el miedo. Su cuerpo entero tiembla como una pequeña hoja en el centro de un huracán; incluso sus labios rosados tiemblan mientras el chico susurra unas súplicas.

—P-pero, Sami, por favor…

—¿Cómo quieres que te muerda, Aaron? —pregunta el vampiro con una sonrisa diablesca en su rostro y en su tono una dulzura tan falsa y burlona que empalaga. Juega con los cabellos del chico mientras habla y este no puede sino estremecerse por cada caricia—. Ya te lo he dicho antes, si quieres compasión, tienes que suplicar un poco por ella ¿O quieres que te muerda ahora, rápido y profundo, y tan duro que pienses que voy a comerte entero? 

—N-no, señor, por favor…

Samuel responde a su desesperado ruego con una risa complacida y masculina.

—Sé un buen chico y dime lo que quiero oír. —susurra, acercándose a su boca y lamiendo cortamente los labios del chico con la punta de su lengua hasta que obtiene un dulce suspiro como respuesta.

La próxima vez que Aaron vuelve a abrir sus labios, es para decir dócilmente:

—M-muérdame despacio, amo, se lo suplico.

Y junto a sus palabras, el chico le regala a su amo un gesto exquisito: cierra los ojos con temor, aprieta sus labios bonitos como pétalos y ladea su cabeza para ofrecerle su garganta tan cremosa y blanca que Samuel se relame.

—Ah, eso está mejor, pero… —Samuel coloca uno de sus dedos en la barbilla del chico y vuelve a girar su rostro hasta que Aaron está encarándolo. Este entreabre sus ojos, confundido—. Has intentado engañarme hoy. Y yo te había dicho que te escondieses, no que me tomases el pelo, ¿no es así? Has sido malo. ¿No debería ser malo contigo yo también?

—Amo, por favor… —Aaron lleva sus manos a la camisa de Samuel y la agarra con fuerza, sosteniéndose hacia lo único que parece firme en esa habitación. Su cabeza da vueltas, todo a su alrededor está borroso y gira y lo único que se mantiene férreo es la voz que le da órdenes.

Pero sus órdenes parecen condenas ahora mismo.

—Desnúdate.

Aaron abre los ojos y mira a Samuel con horror. Un chispazo de pánico lo atraviesa y el vampiro puede verlo en su mirada, notarlo en su pulso enloquecido y sentirlo en el tirón doloroso que su vínculo acaba de dar en su corazón, como una cuerda que se afirma demasiado repentinamente.

La mirada del vampiro se suaviza y este baja, delicado, para besar los labios de Aaron en un lento e inocente pico. El chico le devuelve el gesto con pequeños y nerviosos besitos similares al picoteo de un pequeño pájaro y Samuel pone su mano grande sobre las del pequeño, calmándolo, deshaciendo sus puños y retirándolas de su camisa, la cual han arrugado.

—No temas, mi arrocito —le dice gentilmente, sobre sus labios y entre beso y beso. Aaron reconoce esa voz profunda, pero amable; es Samuel quien habla ahora. No su amo, no su hambre. Solo Sami—, no voy a tomar tu cuerpo tan pronto, ni a hacer nada que te disguste. Pero quiero divertirme un poco contigo y tú… Parece que también quieres, ¿no es así? —pregunta Samuel con una sonrisa lasciva y sus ojos bajan por el cuerpo del chico hasta llegar a sus pantalones blancos.

Aaron enrojece al notar la mirada del otro sobre su evidente erección, de la cual no se había olvidado, pero sí que había hecho a un lado porque su miedo reclamaba casi toda su atención. 

Samuel empuja sus caderas hacia delante, como dando una lenta estocada, y entonces su enorme erección se empuja contra la de Aaron. Su calor, su firmeza y su abrumador peso envuelven la entrepierna del necesitado chico y este gimotea sin querer, cerrando sus ojos porque es demasiado pudoroso como para mirar la forma en que pantalón empieza a humedecerse al notar a otro hombre moliéndose contra su virilidad, rodando sus caderas de una manera que lo ahoga en oleadas de un placer abrasador.

—S-sí, señor… —confiesa con un hilillo de voz y la mano en su garganta lo aprieta un poco más, como diciéndole que ha hecho un buen trabajo, que no necesita hablar más, solo relajarse y dejarse hacer.

—Buen chico, ahora desnúdate. ¿O prefieres que sea yo quien rompa tu ropa? 

Aaron no responde y tampoco reacciona. No está seguro de que si es porque la intensidad de momento -el nudo de nervios y anticipación que le pesa en el estómago- lo han dejado anclado a la cama o si es porque, en el fondo, muy en el fondo, las palabras de Samuel suenan prometedoras.

El vampiro deja ir una pequeña risa, una llena de grata sorpresa por la actitud ligeramente traviesa del humano que se deshace tímidamente entre sus manos.

La mano en su garganta acaricia, sintiendo su pulso, y la otra la agarrota frente al rostro del chico, para que vea sus garras creciendo, tornándose oscuras y brillantes como cubiertas de laca negra y largas y afiladas como dagas de ónix.

Luego baja su mano despacio por su cuerpo, acariciando con sus uñas frías su pecho, su abdomen y luego esa zona tan sensible que hay entre su vientre bajo y su pubis, esa que le hace hundir el estómago de la impresión y manda cosquilleos por todo su cuerpo. Cuando Samuel llega a Sus pantalones, parece estar acariciando la prenda de ropa con la misma suavidad con la que acariciaba la piel del chico, pero ahora Aaron escucha la tela rasgándose y siente las uñas frías y afiladas pasar livianamente por su cuerpo.

Por su pubis lampiño, suave y sensible.

Por la curva rígida y temblorosa de su pene, que se estremece ante el contacto.

Por sus tiernos testículos.

Por sus muslos fuertemente apretados.

Por sus piernas, hasta el final.

Samuel toma los pantalones del chico, rasgados por cinco grandes líneas marcadas cada una por una de sus garras, y quita pedazo de tela tras pedazo de tela, como quien desenvuelve un frágil regalo.

Se relame mientras deshoja al chico hasta revelar su deliciosa desnudez.

Sus piernas son delgadas y gráciles, con muslos ligeramente más rellenos que antes y que ama amasar entre sus manos, sus tobillos tan delgados como los de un muñequito, sus caderas estrechas y hechas para encajar en sus manos, y su sexo… Samuel tiene que recordarse a sí mismo que tiene hambre de la sangre de Aaron, no de su cuerpo, pero la pequeña erección ruborizada de su humano le abre todo tipo de otros apetitos.

Tan pequeña y delicada que cabe fácilmente en una de sus manos sin esfuerzo, pálida en su base y con el color de un melocotón maduro y suave en la punta, unos toquecitos de sonrojo también en sus pequeños testículos. Samuel quiere llevarse ese liviano fruto prohibido a la boca, probar su dulce néctar.

Así que lo hace.

Se inclina y da una larga y lenta lamida a ese lugar de Aaron que parece reclamarlo, empezando por lamer sus muslos sensibles y pálidos. Le abre las piernas con una de sus manos, las garras punzando la piel para mantenerlo obediente y luego su extensa lamida se desliza por el hueco entre ellas. La lengua de Samuel es tan larga que no tiene problema alguno para abarcar su entrada, sus testículos y la extensión entera de su erección, notando la punzadita fría del anillo que rodea su pene.

Aaron se retuerce de placer y frustración mientras Samuel lo lame. Descargas de sobrecogedor éxtasis lo recorren entero, haciéndole rizar los dedos de sus manos y sus pies y haciéndole arquear su espalda hermosamente; sus caderas se mueven arriba y abajo contra la esponjosa humedad de la lengua de Samuel, rogando por más de esa sensación y luego retirándose porque la idea es tan exquisita como insoportable.

Cuando Samuel termina de humedecer al chico, se baja de golpe su pantalón y su ropa interior. Lo hace tan rápido, de hecho, que Aaron no se da cuenta de que su amo está desnudándose hasta que siente la polla enorme de este prensada contra la suya, deslizándose arriba y abajo. Su calor, su peso, Aaron puede sentir hasta las gruesas venas que la recorren empujándose pegajosamente contra su hombría.

Aaron se sorprende tanto que debe alzar su cabeza para comprobarlo y la imagen es tan erótica, la virilidad de Samuel aplasta la suya hasta hacerla casi desaparecer, y es tan larga y gruesa que su tamaño no puede describirse como más que intimidante. La cabeza grande roja y húmeda por el deseo que él le provoca, el robusto tronco erguido hacia él, como apuntando al culpable de su excitación, ligeramente curvado hacia arriba y cubierto de gruesas y pulsantes venas que lo recorren, ancho en todo su diámetro, pero todavía más amplio e implacable en su base, donde conecta con sus pesados y grandes testículos que ahora reposan cálidamente sobre las piernas cerradas y temblorosas de Aaron. 

Aaron tira su cabeza hacia atrás, los ojos rodando en sus cuencas cuando Samuel se mueve y Aaron puede ver la maestría con que simula follarlo y su virilidad envidiable se empuja contra la propia, la lubricación de su saliva haciendo el movimiento más fluido y erótico. Samuel es tan grande, cálido y pesado… su pene moviéndose contra del de Aaron le provoca oleada tras oleada de sensaciones y el chico solo puede quedarse quieto y gemir con largos “Oh” que parecen llenos de sorpresa, tal como si el humano estuviese impactado por descubrir que un placer tan grande existe.

—Quítate el anillo.

Las palabras de Samuel recorren el cuerpo de Aaron con la fuerza arrolladora de una tormenta. Se le sacuden hasta los cimientos y en su piel puede sentir electricidad corriendo.

La propuesta es tan tentadora, pero…

—Pero no, ah… —empieza el chico, su voz fina e inocente deshaciéndose en un largo gemido cuando Samuel le da una estocada para interrumpirlo y ver cómo no puede ni hablar—. No puedo hacerlo.

—Qué obediente —responde sonriendo retorcido y lascivo, una pequeña risa varonil escapa de sus labios y luce mira a Aaron directamente a los ojos y con un rostro serio e intimidante, dice: —. Ahora, quítatelo.

Aaron jamás se acostumbrará a la voz de mando. La primera vez que esta lo atravesó como un hilo que anudaba sus extremidades y lo movía de aquí para allá cual titiritero, se sintió tan vulnerable y aterrado, lo odió. Ahora, sin embargo, la sensación no es tan mala: siente que vuelve a perder el control de su cuerpo y que está indefenso, pero sabe que está siendo dejado en buenas manos. En manos gentiles, al menos.

Las suyas se mueven sin su permiso y Aaron muerde con fuerza su labio mientras sus dedos deslizan el molesto anillo fuera de su pene. Despacio, porque sabe que si lo hace de golpe se correrá ahora mismo solo por la sensación de tener a Samuel sobre él, moviéndose contra su sexo y mordiendo su cuello juguetonamente.

Samuel empuja su cadera dando una embestida lenta y corta, controlada. Con ella comprueba que Aaron está prácticamente listo para el clímax, pues gime y tiembla y se tensa entero con una intensidad encantadora y pequeñas lágrimas escapando de sus ojos.

—Buen chico —susurra sobre sus labios y luego los besa para obligar a Aaron a dejar de mordisqueárselos. Con su lengua, Samuel acaricia el maltratado belfo de su humano, pero debe parar cuando siente su cuerpo tensarse y sabe que eso podría llevarlo a su límite. Besa su mejilla. Su mandíbula. Su cuello—. Ahora, Aaron, voy a morderte; creo que ya he sido suficientemente paciente. Y tú has sido tan obediente… Así que voy a premiarte. Voy a hacer que te corras mientras bebo tu sangre.

Aaron quiere decirle a su amo que es imposible, pero está ebrio de las intoxicantes palabras del vampiro, sus caricias, sus besos, de su gruesa polla deslizándose sobre la suya una y otra vez en un vaivén lento y tortuoso. Tan ebrio, de hecho, que su lengua no puede sino sorber palabras ininteligibles que suenan como súplicas.

Samuel besa su cuello tiernamente, escuchando al chico balbucear, nervioso. Lo nota tensándose entre sus manos, temblando, removiéndose deliciosamente porque las sensaciones son demasiado. 

Entonces roza su piel con sus colmillos.

No lo hace rápido porque incluso si está ansioso por alimentarse, quiere que Aaron pueda sentir cada segundo. Necesita que al chico le quede bien grabado en la memoria el mordisco, así como le quedará en la piel, que aprenda a adorar cada segundo de espera, de dulce agonía y de entrega.

Aaron siente la frialdad de los colmillos de su amo contra su piel, aunque es una frialdad ahogada por el efecto de la anestesia: no nota la gelidez de sus filos sino algo más suave y redondeado, el frescor de un cubito de hielo a través de una gruesa toalla.

Es agradable, le hace estremecerse y que un escalofrío refrescante le recorra todo el cuerpo, aplacando las llamas que en él parecen arder.

Luego siente la presión. Lenta, pero cruel. Aaron nota a Samuel mordiéndolo poco a poco, sus mandíbulas grandes y poderosas cerrándose alrededor de su frágil garganta y sus afilados dientes apretándolo más y más, empujando a su piel a ceder.

Aún no hay sangre, pero Aaron puede sentir la zona que está siendo mordida acalorándose, latiendo ligeramente y aunque el anestésico le impide sentir dolor, sigue siendo consciente de que es su propio cuerpo el que está soportando ese maltrato y eso lo pone nervioso.

Gimotea un poco y se recoloca, pero las manos de Samuel lo sostienen quieto y un rugido bajo en su cuello le advierte de que debe ser bueno o estará en problemas.

Intenta relajarse y Samuel le ayuda con eso: empuja sus caderas duro y despacio y Aaron gime alto, echando la cabeza hacia atrás y dejando sus ojos en blanco mientras siente todo su nerviosismo, su adrenalina y su atención fundiéndose y viajando en forma de descargas placenteras directamente a su entrepierna.

El chico está desesperado por más de eso, pero Samuel solo presiona al chico contra el colchón, clavándolo en él con su grande peso, así que Aaron empuja sus caderas desesperadamente hacia arriba, moviéndose contra el vampiro. Obtiene pequeñas ondas de placer, un goteo que calma su sed de éxtasis, pero Aaron quiere más. Llora, lágrimas corriendo por sus mejillas: quiere que sea Samuel quien se mueva. Lo necesita.

Entonces lo siente.

La tensión sobre la piel de su cuello se relaja de golpe: los colmillos han penetrado su carne y ahora se hunden fácilmente en ella, el calor de la sangre derramándose por su cuello y manchando las sábanas de rojo.

Aaron siente una punzada de pánico al sentir con semejante lujo de detalle la forma en que el vampiro ha desgarrado su garganta, pero entonces se relaja de pronto: solo ha notado cada matiz de la sensación porque no hay dolor alguno que lo distraiga. No hay dolor, se dice, como un mantra, para calmarse, pues está temblando aterrorizado de pies a cabeza mientras es forzado a registrar cada pequeño detalle de cómo se siente ser cazado y devorado.

Entonces algo sucede: los colmillos penetran más profundo, traspasando la barrera de la primera fina capa de piel y hallando la ternura de su músculo profundo. La crema anestésica no ha sido capaz de llegar tan a fondo, jamás podría, así que Aaron ahora sí siente dolor.

—¡Ah, amo! 

El chico grita, asustado y dejando que el dolor lo domine en un instante. El latigazo que siente recorrer todo su cuerpo hace que Aaron se tense, sus piernas apretadas, su excitación pasando a un segundo plano y sus manos enloquecidamente arañando la espalda del vampiro hasta dejar brillantes tiras rojas a su paso.

Samuel se separa de su cuello y lo mira desde arriba. Con una mano toma el cabello del chico bruscamente y le hace ladear su cabeza, mostrando la herida fresca y sangrante, con la otra empuja su pecho contra la cama, manteniéndolo clavado a las sábanas blancas que se tiñen poco a poco de rojo.

Samuel tiene una mirada feroz y seria, de esas que uno sencillamente no es capaz de desafiar, pero en sus labios apenas hay unas gotitas rojas: el vampiro todavía no se ha alimentado, solo ha hecho las incisiones y ha catado apenas un poco del delicioso premio del que se dispone a disfrutar ahora.

—¡Amo! No puedo, me duele… —susurra el chico medio histérico y Samuel sabe que el problema no es el dolor. El dolor es leve, soportable, lo sabe bien, pues conoce a la perfección cómo hacer de sus mordiscos una agonía mortífera. Si lo deseara, Aaron ahora no podría siquiera hablar por el dolor.

El problema es el miedo.

Aaron está completamente aterrorizado, no por la forma en que Samuel le está mordiendo ahora, sino porque su mente no es capaz de desconectar de los terribles recuerdos que conservará toda su vida de cómo Samuel lo mordía antes.

Así que el vampiro necesita distraerlo, mantenerlo tan centrado en el presente, tan abrumado por él, que la idea de traerse del pasado lastres que lo hagan preocuparse de más sea impensable.

—Sí que puedes —le responde Samuel, su voz es tan ronca y masculina, como si la sangre la hubiese vuelto más tranquila y tranquilizadora a la vez, más dominante y dominada. Una voz colmada de paciencia y poder. Aaron se estremece al oírlo y hace que no con la cabeza, pero Samuel le agarra fuerte del pelo, impidiéndoselo; cuando el chico no hace más intentos por moverse, deja de jalonear sus mechones y, en su lugar, se los acaricia suavemente—, eso es, relájate un poco. Te ayudaré.

Samuel da pequeñas embestidas, como si estuviese follando al chico por primera vez, moviéndose suave, lento y cuidadoso, solo que en vez de empujarse en su estrecho interior, el vampiro se desliza entre las piernas del chico y su polla y la de Aaron se muelen al mismo tiempo. La sensación es tan deliciosa que Aaron tiembla entero, jadea y se tensa de una forma que Samuel solo puede imaginar que se sentiría como el cielo si estuviese en su interior, notando su cálida carne estrecharlo con pasión.

Se detiene de golpe, pues no quiere que su humano se corra. No aún.

—El dolor no es tan malo, ¿verdad que no? —pregunta y, al mismo tiempo que lo hace, desciende a su cuello y lame sus heridas sensibles y abiertas mientras sus caderas ruedan contra las del chico.

Ambas sensaciones se mezclan: dolor y placer. Ambas una dulce agonía que Aaron ya no puede desenredar para discernir donde una empieza y donde la otra acaba. La voz grave de su amo flota en su cabeza y lo distrae, lo engaña, lo guía lejos del miedo y el pánico al que todos sus pensamientos se dirigen, pues el miedo es bueno para sobrevivir y la supervivencia es en lo que uno debe pensar cuando está entre las mandíbulas de un depredador. Pero la labia de Samuel es más hábil que los instintos del pequeño humano y pronto el vampiro tiene al chico bajo él asintiendo y dándole la razón.

—¿Se siente un poco bien el dolor, Aaron, aunque también dé un poco de miedo? —El vampiro acaricia sus heridas con la mano derecha, el pulgar las aprieta con crueldad y su polla aplasta deliciosamente la de Aaron. El chico siente un latigazo de placer y uno de puro éxtasis atravesarlo y no sabe cuál es cuál, pues ambos lo dejan sensible y vulnerable y totalmente a merced de su amo, lo cual antes era una receta para el desastre y la perdición y ahora… no se siente tan mal. Nada, nada mal —Ahora voy a morderte de nuevo, mi amor, y tú vas a tomarlo como un buen chico. Vas a tomarlo y vas a correrte mientras bebo tu sangre.

Samuel no espera respuesta alguna, no la necesita cuando la cadera de Aaron bombea instintivamente arriba y abajo, buscando provocarlo, tratando de reclamarle por su atención, mientras él le explica cómo va a comérselo como a una presa.

El chico está listo.

Samuel encaja sus colmillos de nuevo en el cuello de Aaron, haciendo nuevas y dolorosas heridas justo al lado de las anteriores y Aaron chilla de dolor y llora, pero también siente su pene palpitar de deseo y necesidad ante la sensación y el vampiro escucha las peticiones de su cuerpo y las atiende complacientemente.

Samuel chupa la sangre de Aaron mientras bombea sus caderas, embistiendo rápido, duro y profundo como si estuviese follando al chico y Aaron no puede evitar pensar en ello. No puede evitar pensar en la idea de Samuel hundiendo sus colmillos en su piel, como ahora, y hundiendo también su sexo en su suave anatomía, tomándolo con ese ritmo animal y desenfrenado con que ahora usa su erección para masturbarlo. La idea lo enciende más de lo que debería. Más de lo que es correcto.

Y Aaron no puede evitarlo por un segundo más: el chico se tensa, ofrece su cuello mientras nota como el otro drena su sangre y sus fuerzas fuera de su cuerpo y se rinde a la sensación de la virilidad del gran hombre restregándose contra la suya, dándole latigazo tras latigazo de puro placer. Un placer duro y despiadado  que lo ahoga sin parar. Aaron se tensa, tiembla, clava sus uñas en la piel de Samuel, haciéndolo sangrar de vuelta, y las arrastra mientras nota cada parte de su cuerpo atenazarse con la tensión de un orgasmo a punto de ser liberado.

Samuel nota al humano bajo él estremecerse de una manera tan deliciosamente cercana al éxtasis y traga su sangre, sorbo tras sorbo. Su sabor perfecto a indescriptible, su dulzura nublándole la mente, estropeando su autocontrol igual que el dulce mareo deja al chico bajo él también delirante y maleable ante los deseos que lo atraviesan.

Samuel lo muerde más duro. Lo embiste más duro. Aaron tiembla y grita. La cama se sacude y la madera se resquebraja.

En la habitación se escuchan sus respiraciones aceleradas, sus gruñidos y gemidos, el obsceno y húmedo sonido de la carne chocando, de una boca chupando sangre y de dos erecciones lubricadas y palpitantes frotándose con desespero mientras ambos se corren al mismo tiempo y el placer los convierte en animales que no buscan nada más que la conexión exquisita de sus caderas, de sus bocas y sus carnes y sus almas.

Samuel sigue simulando que folla al chico, ahora con sus dos placeres blancos derramándose entre los vientres de ambos, haciendo que sus estocadas sean más viscosas y se deslicen más obscenamente incluso entre sus miembros.

Sigue bombeando sus caderas aunque note que Aaron ya no puede correrse más y su sexo está suave y cansado y su cuerpo tiembla con agotamiento y su voz se rompe de tanto gemir y gritar y llorar y, a la vez, sigue mordiéndolo, chupando sus dos heridas sangrantes, hundiendo sus colmillos en esa acogedora carne cálida, dejando que la sangre explote en su boca como un beso que le muerde la lengua con el sabor más jodidamente exquisito que jamás ha probado.

—No… no más, n-no puedo más… —susurra.

Aaron apenas puede respirar. Se siente tan débil y satisfecho, tan pequeño. Y si por Samuel fuese, ese no sería más que el inicio de la noche, pero quiere disfrutar de Aaron y también con Aaron, así que debe parar cuando el chico lo indica.

Lo hace a regañadientes, mirándolo con unos ojos que el chico piensa que son de una bestia que solo ha visto en sus pesadillas y con la boca toda empapada en sangre, el blanco perlado de sus dientes oculto bajo el carmesí, goteando, pero aún hambrienta por más. Para también de embestirlo, porque aunque su polla esté empapada y goteante de ambos blancos orgasmos, sigue dura y quiere otro y otro y otro más. 

Aaron le gusta tanto que piensa que su cuerpo y su sangre encienden en él deseos verdaderamente insaciables. Pero tendrá que conformarse por ahora.

Ha sido una noche deliciosa, mejor no tornarla una trágica tomando más del muchacho de lo que este está dispuesto a ofrecer.

Samuel sabe que debe lucir aterrador para Aaron, pues lo ha dejado respirando rápido e irregular, sin poder siquiera moverse, al borde del desmayo, y él luce como si le hubiesen interrumpido en el primer bocado de una largo banquete. Así que intenta ser tierno, bajando hacia la frente del chico y dejando sobre ella un pequeño besito. Uno de sangre.

—Mi arrocito… —murmura con afecto y una voz demasiado grave y ronca como para tan sensibles palabras. Suena como una bestia probando el lenguaje humano por primera vez en una boca hecha para morder, no para hablar—. ¿Te ha gustado? ¿Te he hecho sentir bien?

Aaron sonríe, una sonrisa perezosa y débil, como las de las tardes de verano llenas de lentitud, morriña y siestas. Sus ojitos entreabiertos brillan ¿Desde cuándo Samuel suena tan preocupado por complacerle a él? Es adorable en cierto modo ¿No es así? Aaron se pregunta porque nunca se había dado cuenta de que el gran vampiro luce adorable.

Le acaricia un poco sus rubios cabellos, aunque sus movimiento son tan descoordinados que el chico solo logra plantar la palma de su mano en medio de la cara de Samuel y deslizarla hacia abajo, haciendo que la sangre quede en su mejilla emborronada como un pintalabios que se le ha corrido dejándolo hecho un estropicio.

Aaron ríe cuando Samuel lo mira enarcando una ceja, sin entender qué ha intentado hacer su chico.

—Mhm, mucho, mucho… —responde el otro, sorbiendo las palabras, y su mano cae muerta a la cama, porque de pronto pesa mucho y él no tiene tantas fuerzas. Bosteza grande y sus ojos se cierran. Sus párpados pesan aún más que su mano; no se molesta en abrirlos— Solo… cansado… muy cans…

Samuel sonríe enternecido cuando el chico no llega a acabar la primera palabra, solo cae inconsciente y un ronquido gracioso y adorable reemplaza cualquier cosa que quisiera decir.

El vampiro aprovecha que Aaron está profundamente dormido para abrir la boca del chico y dejar en ella caer una gotita de su sangre vampírica. Aaron frunce el ceño de una forma muy fea por unos segundos, mientras se cura, pero pronto vuelve a lucir apacible como un angelito dormido.

Samuel lo toma entre sus brazos con delicadeza, para no despertarlo, y limpia muy bien toda la sangre del cuerpo del chico, así como el resto blanquecino de sus maravillosos orgasmos. Frota el cuerpo entero de Aaron con sus manos jabonosas y llenas de suaves burbujas y el chico, dormido, solo responde con plácidos “Mmm” y acurrucándose contra él en el agua. Samuel luego lo seca, para que no se resfríe, le pone un cálido pijama de invierno y mete en su cama.

Últimamente Aaron ha disfrutado mucho de tener su propia habitación, su propia privacidad y su propia cama donde dormir y su amo ha respetado eso sin problemas, pero Aaron sigue siendo suyo, así que si él quiere que el humano duerma junto a él, lo hará. Y Samuel no va a dejar a Aaron pasar ni un solo segundo solo después de haberle hecho perder tanta sangre.

Así que se mete en la cama con él, lo llena de besos y no le quita el ojo de encima al chico en toda la noche.


 

CAPÍTULO 72

—Sami, creo que me estoy muriendo.

Samuel sigue deslizando su pluma sobre el papel, pero esta vez no se detiene al escuchar las palabras de su humano, sino que su cerebro ha aprendido a filtrarlas como sonido de fondo sin importancia.

—¿Me oyes? Digo que me muero. Me moriré aquí mismo, justo aquí. —dice el chico, andando hasta el centro de su despacho y cruzándose de brazos con decisión, como si estuviese zanjando un asunto muy serio.

Como es la vez número ¿Veinte? ¿Treinta? Que le ha dicho a su amo hoy que el aburrimiento de verlo trabajar lo acabará matando, parece que su sentencia no está siendo tomada suficientemente en serio, así que el chico decide darle un poco más de dramatismo a su supuesta muerte llevándose una mano teatralmente a la frente y luego dejándose caer al suelo como si de pronto la muerte lo hubiese fulminado de golpe.

Antes de tocar el suelo, sin embargo, Aaron siente un repentino mareo, como si de pronto la gravedad se hubiese desactivado y él hubiese empezado a flotar. Abre sus ojos, alarmado, y descubre que solo se trata de Samuel, que ha ido hacia él con una velocidad que todavía le parece imposible de creer y lo ha levantado en volandas.

Aaron mueve sus piernas en pequeñas pataditas de felicidad al lograr un poco de atención al fin, pero para cuando nota que el rostro de su amo es de pocos amigos.

—No vuelvas a hacer eso. —le advierte Samuel y Aaron se tensa por su tono duro y demandante.

Tiembla entre los brazos de su amo y se preocupa al no verlo ablandarse a pesar de que su miedo a haberlo enfadado es evidente. Aaron se siente empequeñecer de golpe y una oleada de vergüenza le obliga a bajar su vista.

—Lo siento, solo bromeaba, amo…

—Podrías haberte caído al suelo de verdad. Podrías haberte desmayado por la pérdida de sangre y haberte golpeado la cabeza. Te he ordenado que te quedes sentado y tranquilo, ¿no es así?

El corazón de Aaron da un tumbo. Conoce ese tono a la perfección y no le gusta en absoluto: Samuel está preocupado, sí, pero hay algo más en su voz, algo que conoció mucho antes de descubrir que Samuel era siquiera capaz de sentir preocupación por una criatura como él.

Samuel está enfadado.

Aaron traga saliva.

—Amo, no quería enfadarlo, lo sien-

Aaron jadea de la impresión: Samuel lo deja bruscamente sobre la mesa donde estaba trabajando. Sus hojas ahora arrugadas y desordenadas, la tinta fresca con la que firmaba sus documentos, emborronada y arruinándolos, dándole más faena aún, lo cual posiblemente no haga sino aumentar más su irritación, incluso si no es culpa de Aaron que Samuel haya decidido ser un bruto de golpe.

El vampiro rodea su cuello con una mano, sin apretar, pero dejando clara su autoridad. Aaron envuelve sus manos grácilmente alrededor de la del vampiro, pidiéndole un poco de compasión.

—Amo…

—Silencio —sisea el vampiro y Aaron puede notar la forma en que la mandíbula se le marca al apretarla, como le crecen los colmillos y le relucen los iris escarlata—. Hace poco bebí de ti y te dije que ibas a estar bajo mi supervisión hasta que te recuperases de la pérdida de sangre. ¿Por qué, Aaron? Dímelo.

—P-porque soy suyo y usted cuida bien de sus cosas favoritas… —susurra el chico con las mejillas poniéndosele coloradas al tener que repetir esa frase tan dominante y extrañamente atractiva que ha oído cada noche desde que fue mordido, usualmente murmurada entre beso y beso, mientras el vampiro lo sobornaba con caricias y cariñitos a cambio de que se portase bien.

Samuel ahora ya no parece tan amable, pero también es cierto que Aaron parece no haberse tomado su amabilidad como un incentivo suficiente para entregarle una actitud obediente a cambio.

El vampiro se sienta delante de su escritorio, donde ha dejado a Aaron sentado y temblando, y tira del agarre que tiene en su cuello para echar al chico sobre sus piernas, tumbándolo bocabajo en su regazo de modo que el pecho y el abdomen del chico estén planos sobre los muslos del vampiro.

Aaron trata de levantarse de la extraña posición, pero el vampiro pone su mano en la nuca del chico, empujándolo hacia abajo.

Desde que Aaron no lleva su collar metálico, las manos del vampiro se sienten aún más grandes y dominantes cada vez que lo toman por la garganta y el chico aún no se acostumbra a la sensación. Todos los vellos de su nuca se erizan.

—¿Y hoy qué te he ordenado que hagas?

Aaron decide no resistirse más porque es inútil y porque Samuel suena cada vez más cerca de perder la paciencia. Se queda quieto en su regazo a pesar de que los dedos largos del vampiro siguen atenazados en su nuca fieramente y otra mano, grande, pesada, intimidante, reposa en la base de su espalda, acariciando perezosamente los hoyuelos que tiene en la base de esta y que se han revelado cuando su camiseta se ha alzado un poco por la brusquedad del movimiento.

—Que me quede sentado aquí con usted mientras trabaja, amo —confiesa el chico, dándose cuenta de cuán sencilla y poco exigente es la orden. Tiempo atrás, habría matado por una orden así y la habría acatado con diligencia. Ahora, sin embargo, se siente un chiquillo malcriado incapaz de seguir la más sencilla de las instrucciones—. Lo siento, amo, no quería molestar, es solo… Ya estoy mejor, solo quería salir un rato.

—Estarás suficientemente bien para salir sin supervisión cuando yo lo decida, ¿O has olvidado quién manda aquí?

El tono de voz de Samuel eriza la piel de Aaron. Algo primitivo, instintivo en él puede reconocer el peligro al instante.

—N-no, Sami, lo siento… —murmura como toda una ovejita obediente, pero Samuel lo mira desde arriba con ojos fríos y todavía enfadados, sin dejarse ablandar por las suaves súplicas de su humano.

—Yo creo que sí. Que has olvidado que deberías respetar mi autoridad —Aaron alza su cabeza de golpe, totalmente alarmado e histérico, listo para atragantarse con sus palabras mientras le asegura a su amo que no necesita un recordatorio de que él está al mando. Pero el vampiro alza una de sus manos y se lleva un dedo entre los labios, ordenándole que calle sin siquiera molestarse en gastar saliva. Aaron baja su cabeza, silencioso y temblando—. Te baño en afecto y besos cada noche y es innegable que me he vuelto sorprendentemente permisivo con tu comportamiento y blando con tu desobediencia. Quizá necesites un poco de disciplina.

Aaron exclama de sorpresa cuando, con un fluido y rápido movimiento, Samuel desliza la mano que tenía en la base de su espalda hacia su trasero y la introduce bajo sus pantalones, bajándoselos de golpe hasta que estos quedan a la altura de sus rodillas.

Aaron forcejea en su posición, sintiéndose repentinamente vulnerable, pero Samuel lo mantiene quieto y disponible para él y con una de sus grandes manos acaricia las nalgas pálidas, redondas y hermosas del humano que tiene sobre su regazo.

Aaron no tiene tiempo a procesar qué está sucediendo hasta que la primera nalgada corta el aire y cae contra su trasero dura y concisa, golpeándolo con un ruido que resuena por toda la habitación. Samuel le ha dado una palmada firme y fuerte, pero no demasiado; aun así, es tan dolorosa que Aaron gimotea de dolor y se le saltan las lágrimas. 

Cuando el vampiro retira su mano de la pobre nalga del chico, una silueta perfecta de sus cinco dedos está pintada en rojo sobre la cremosa piel blanca. Samuel sonríe; ahora está un poco menos enfadado.

—Veinte azotes. —sentencia y puede oír el corazón de Aaron acelerarse como si estuviese mirando a la muerte a los ojos.

No le está ofreciendo ser castigado. Está tan enfadado que ha decidido que va a atormentarlo sí o sí. Lo único que Aaron puede hacer es negociar su penitencia para que sea más indulgente.

—C-creo que con cinco aprenderé la lección bien, amo.

Samuel vuelve a castigar su trasero con una nalgada que silva en el aire y chasquea contra la carne de su culo con un sonido impresionante. Aaron tiene ahora ambas nalgas completamente rojas, ambas marcadas con la silueta de una mano tan grande que basta para cubrir su trasero sin dificultad.

La marca arde y escuece y, cuando Samuel la acaricia muy ligeramente, la extrema sensibilidad de la piel hace que ese sutil mimo se sienta intenso y fogoso, pero muy bien. Un delicioso alivio tras un tormento cruel.

Aaron deja caer un par de lágrimas mientras jadea.

—Creo que soy yo quien decide cuántos azotes necesitas para aprender la lección. Sigue desafiando mi autoridad y el número no hará más que aumentar y, para cuando acabe contigo, no podrás siquiera sentarte.

Aaron está seguro de que ya ha llegado a ese punto, pero en lugar de eso se muerde el labio y guarda silencio respetuosamente, bajando su cabecita de manera sumisa y dejándose hacer en manos del vampiro, mostrándole que puede ser un buen chico solo con un par de azotes, así que no necesita dieciocho más.

Samuel sonríe y sus colmillos crecen, deleitado al ver la actitud dócil y complaciente de su chico, tan rebelde y pedigüeño hace solo unos minutos, y ahora completamente doblegado ante su voluntad. Aaron es atrevido a veces, pero tan fácil de adiestrar… Ama cómo el chico se remueve incómodo en su regazo, soltando quejiditos de temor y anticipación mientras acaricia su trasero recién azotado, preguntándose cuándo será el siguiente golpe, pero sin ser capaz de seguir llevándole la contraria al vampiro.

Samuel decide meterse un poco más con él: le acaricia el cabello con su gran mano, esa que antes se atenazaba en su nuca para mantenerlo quieto y vulnerable; la manera en que lo mima es tan reconfortante, como si Aaron no fuese más que un pequeño gatito enroscado en su regazo, y hace al chico ladear su cabeza, ofrecerse y dejar ir pequeños suspiros de alivio: le hace sentir bien saber que incluso durante un castigo, Samuel es gentil con él.

—Mírate, tan obediente ahora… Voy a tener que azotarte más veces; creo que lo haré cada noche que interrumpas mi trabajo para venir a exigir mi atención.

Aaron se acomoda mejor sobre su regazo y hace un pequeño puchero.

—Le gusta que le interrumpa, señor, no sea mentiroso. —le responde, con una voz dulce y queda, aunque en ella hay algo de malicia.

Aaron le dedica una sonrisita pilla al vampiro y este le sonríe de vuelta.

Y lo azota con fuerza.

Samuel ama ver cómo el rostro taimado y confianzudo de Aaron se sacude por la sorpresa y cómo sus cejas se enarcan, sus ojos se cierran y sus labios se separan en una exquisita mueca de dolor cuando marca su trasero con otra fuerte palmada.

—Quizá tienes razón —le responde con voz seria y la sonrisa todavía plasmada en su rostro; la mano en sus cabellos azabaches ya no los acaricia, los sostiene con fuerza, haciéndole levantar el rostro para que Samuel pueda ver al chico lagrimear y gimotear mientras lo golpea otra vez más, antes de seguir hablando—, pero ahora no deberías provocarme diciéndome esas cosas, no si quieres que sea más suave con esta parte de ti.

Samuel acaricia el trasero de Aaron de forma suave, como el toque de una pluma, viéndolo estremecerse. Luego aprieta una de sus maltratadas y rojas nalgas y Aaron se remueve, dolorido, pero la mano en su cabello lo mantiene en su regazo, con la espalda deliciosamente arqueada y el rostro contorsionado en una mueca de dolor hermosa.

—A-amo, duele, por favor, ¿puedo recibir más caricias? Seré bueno, tomaré mi castigo como un buen chico, pero, por favor, sea amable conmigo.

Aaron mira a Samuel con las cejas enarcadas en una expresión de inocencia, con sus ojos vidriosos y sus mejillas arreboladas, pestañeando coquetamente y haciendo un irresistible puchero: sabe usar sus armas. Su voz es tan angelical y su rostro tan jodidamente bonito y convincente.

Samuel gruñe, vencido, y suelta el cabello del chico. Aaron es un pequeño manipulador, pero lo hace tan bien, apelando a sus más insaciables apetitos por la ternura del muchacho, que Samuel no tiene queja alguna.

—Eso está mucho mejor… —susurra, acariciándole ahora la cabeza y su trasero amoratado.

Entonces, Samuel nota algo. Algo que hace que la cara de Aaron se ponga aún más roja que sus nalgas de color sangre: Aaron está duro. Puede sentir su pequeña erección atrapada entre las piernas del chico, que lleva un buen rato tratando de esconderla, y rozando levemente contra su regazo de una forma que delata que Aaron no está pasándolo tan mal con este castigo.

Samuel mueve un poco una de sus piernas, rozando la sensible erección del chico, haciendo que un escalofrío lo recorra entero y varios gemidos escapen de su boca mordisqueada.

—Oh, esto también está mucho, mucho mejor que tu actitud de antes. Tan jodidamente agradecido por mi castigo que estás disfrutándolo. Pero es un castigo, Aaron, y eso significa que no vas a pasarlo bien: voy a seguir azotando tu culo, pero no voy a quitar tu anillo ni a tocarte esta noche. Y tú tampoco lo harás, no si no quieres que te muestre otra forma en la que puedo hacer que pases semanas sin poder sentarte. ¿Entendido?

Aaron exhala un suspiro tembloroso y asiente, pero sabe que esa no es la respuesta que su amo quiere y ser desobediente tiene consecuencias. Samuel lo toma por la nuca con fuerza, lo clava en su lugar y le da el que hasta ahora es el azote más fuerte que le ha asestado.

Aaron se tensa entero mientras siente el latigazo de dolor fustigándolo, recorriéndolo. Es tan intenso que no puede respirar por unos segundos y luego se deshace en jadeos, mientras el dolor se reduce solo a su nalga, un dolor pulsátil y ardiente como fuego que se expande lentamente. Samuel acaricia el lugar, ahora amoratado, que acaba de golpear, y su mano se siente como un alivio y una tortura al mismo tiempo.

La polla de Aaron gotea. Samuel sonríe.

—Respóndeme bien.

—S-sí, señor. V-voy a ser bueno y no me tocaré y tomaré el castigo y m-

—Abre las piernas.

<<Joder>> Aaron maldice por dentro. La voz de Samuel es dura, demandante. Un pequeño pinchazo de temor siempre aflora en su interior cuando el vampiro se muestra dominante, pero ahora otros sentimientos crecen demasiado y ensombrecen eso con facilidad. Sentimientos pecaminosos.

Como el hormigueo prohibido que nace en la base de su estómago cuando su propietario le da orden y hace que su entrepierna se estremezca y gotee un poco más, demasiado emocionada ante la expectativa de esos castigos que, lejos de ser las tortuosas palizas que una vez recibió, se sienten ahora como juegos suficientemente peligrosos como para ser emocionantes, pero no tanto como para que el riesgo lo preocupe.

Aaron obedece, separando sus piernas, mostrando obscenamente la manera en que su pene está erguido, empujándose contra los pantalones de Samuel y dejándolos húmedos. Al vampiro no parece molestarle en absoluto; de hecho, le gusta tanto la vista que rompe un poco sus propias reglas y alarga su mano para acariciar la intimidad del chico.

No la rodea, como Aaron reza para que haga, pero desliza la yema de su dedo índice por la marquita en sus testículos que parece una pequeña costura y luego por su longitud erecta, pasando por el anillo metálico que lo mantiene frustrado constantemente.

Luego, Samuel aleja su mano y la pone frente a los ojos de Aaron, haciéndole mirar mientras cambia: las uñas cortas y pulcras tornándose largas y retorcidas garras negruzcas, como las de un demonio, los dedos creciendo un poco, sus yemas también tornándose del color de la corrupción.

Aaron traga saliva y nota su boca seca.

Luego la mano desaparece y puede notar el filo de las garras acariciando sus muslos. Siente la tentación de cerrar sus piernas, pero tiembla de la impotencia mientras se obliga a obedecer y dejarlas como están. Luego notas esas uñas acariciando el anillo metálico, dándole pequeños toques para formar un leve tintineo que hace a Aaron recordar el filo de dichas garras.

Filo que luego siente recorriendo su hombría.

—Amo, por favor, por favor…

—Relájate, Aaroncito —ordena el otro, con un tono desenfadado y divertido; acaricia sus cabellos al mismo tiempo que su garra se detiene en la punta de la excitación húmeda de su chico, aumentando y disminuyendo cuidadosamente la presión para hacer que el miembro de Aaron dé pequeños botecitos—, solo estoy jugando contigo, ¿temes que vaya a hacerte daño?

Aaron asiente.

—Mhm, e-estoy nervioso, señor, sus garras…

—¿Confías en mí, Aaron? —su tono es más solemne ahora, serio, pese a que su mano sigue en la entrepierna del muchacho, deslizando traviesamente sus uñas afiladas por los lugares más sensibles de su anatomía.

Aaron asiente y emite un pequeño “Mhm” entre quejidos nerviosos.

—Dilo, mi amor, usa tus palabras.

—C-Confío en usted, mi amo.

Samuel se siente agradecido por esa maravillosa confesión, así que recompensa al chico: sus garras dejan de ponerlo nervioso tocando un lugar tan delicado y su otra mano le da unos relajantes mimos en su cabello. Aaron suspira de alivio, pero Samuel no puede pasar inadvertido que su cruel jueguecito ha hecho que el pene de Aaron endurezca aún más y que varias gotitas de presemen se perlen en su punta sonrosada.

—Buen chico —susurra inclinándose sobre su oído, obsequiándolo con palabras que Aaron adora; luego lo azota dos veces, una en cada nalga, pero lo hace flojo y palmeándolo amistosamente, de modo que Aaron se tensa al inicio y luego se relaja, riendo un poco junto a su amo al comprobar que los golpes no han sido dolorosos en absoluto—. Sabes que no voy a romperte, ¿verdad, cariño? —Aaron asiente, sus ojos cerrados, su cabeza buscando su mano, reclamándole más caricias. Está siendo pedigüeño de nuevo y debería castigarlo, pero ama tanto consentirlo… —Ahora, Aaron, voy a seguir castigándote y tú vas a seguir siendo bueno: vas a tomar cada golpe y a gemir hermosamente cuando te lo dé, vas a mantener tus piernas abiertas y tu polla dura, muriendo de ganas de correrte por cada azote con el que te marco y, sobre todo, vas a relajarte y a saber que jamás haría nada que no puedas soportar. Vas a decírmelo si te estoy dando más dolor del que eres capaz de tomar, ¿entendido?

Aaron se derrite escuchando esas palabras. Se siente seguro y cuidado y de pronto, a su cuerpo le sobreviene una modorra extraña, como si llevase días en vela, y se queda de pronto sin fuerza alguna, entregándose por completo a la voluntad de su amo, pues es tan relajante poder dejarse controlar y usar por manos grandes y expertas que sabe que no lo herirán jamás.

Se siente tan bien no tener que pensar, no tener que decidir, no tener que hacer nada más que ser bueno con alguien que es bueno contigo de vuelta.

—Haré lo que usted diga, amo. —le responde, con voz queda y cansada.

Aaron puede notar, en su vientre que está contra el regazo del vampiro, como a este se le abultan los pantalones y su cuerpo no puede sino responder con su excitación estremeciéndose y haciéndole sentir como si el anillo alrededor de la base de su eje fuese lo peor del mundo.

—Tan bueno… —dice Samuel, deleitado, y luego se inclina sobre su oído para susurrar algo que hace a Aaron sentirse al límite: —No puedo esperar a ver cómo de obedientemente me tomas cuando esté follándote.

Y, acto seguido, Samuel hace al chico gritar y gemir con sus azotes.

Su castigo dura más de una hora, pues se toma su tiempo para disfrutar del placer de golpear las tiernas nalgas de su amante y Aaron también goza del lento pasar del tiempo entre azote y azote, el cual su amo dedica a acariciar su piel recién golpeada e increíblemente sensible para calmar su dolor y a preguntarle dulcemente si puede seguir, si no está siendo demasiado duro.

Aaron le dice que está bien, que puede soportarlo, que quiere ser bueno. Pero, por dentro, son otras palabras más atrevidas y sinceras las que responden a sus preguntas: <<Amo, se lo ruego, siga.>>

Durante su castigo, Aaron se deshace de placer. Tiembla bajo las manos castigadoras de su amo y se estremece, trata de cerrar sus piernas, solo para recibir golpes crueles que le arrancan lágrimas e incluso tapa sus nalgas con sus manos para rogarle a su amo una tregua cuando este está tratando de rozar sus límites; como consecuencia, Aaron se gana que Samuel aprese sus dos muñecas en un solo puño y le inmovilice los brazos tras la espalda, dejándolo a merced de sus deseos.

Mientras es azotado así, Aaron está tan excitado que Samuel puede notarlo temblar, tensarse y lloriquear porque sus golpes han sido suficientes para causar varios orgasmos en el chico y su maldito anillo ha decidido arruinarlos.

—Quizá, si me siento indulgente, te quitaré el anillo y te dejaré correrte mientras te hago agradecerme tras cada azote. —dice Samuel cruelmente, haciéndole ilusiones solo para meterse con él.

Aaron sabe que Samuel no va a tocarlo de ese modo hoy; no será tan compasivo. Pero no importa, Aaron acaba de descubrir que los castigos de su amo no pueden ser solo soportables, sino jodidamente deliciosos, y eso es suficiente para hacer de esta una gran noche.

Por su lado, Samuel disfruta inmensamente con el muchacho que se retuerce en su regazo y lo mira como un cachorrito, rogándole con preciosos ojos cielo que le haga un poco más de daño, que deje su piel amoratada y marcada y que, mientras lo hace, le permita deshacerse en un orgasmo tras otro. Samuel está extasiado al ver al chico desearlo tanto, desearlo incluso si es cruel y castigador y está atendiendo a sus deseos más oscuros, pero aunque amaría poner al chico sobre la mesa y quitarle el anillo del pene con sus propios dientes, se fuerza a sí mismo a contenerse y sencillamente limitarse a darle su castigo y ser dulce el resto de la noche.

De lo contrario, no puede asegurar que no doblará luego a Aaron sobre la mesa y se hundirá en él durante toda la noche. Muere por la noche en que ese exquisito momento llegue, pero, pese a su impaciencia, aún no es el momento.

Puede que el momento no llegue nunca: Aaron fantasea con ser tomado, lo sabe, y siempre endurece y gotea cuando él le habla sucio al oído, explicándole cómo será follado algún día, pero Samuel sabe que la realidad no siempre es tan maravillosa como las fantasías y que aquellos mismos actos que encienden tanto a Aaron cuando su imaginación se los muestra, puede que le causen terror o ansiedad si él trata de hacerlos realidad.

Samuel lo entiende a la perfección: él mismo, cuando era humano, fantaseaba con el bendito día en que el sexo fuese placer y deseo, no castigo y dolor y, después, cuando su amante lo tocó con el más cuidadoso de los roces aquella primera noche, él se apartó brusca, violentamente, repelido por aquello con lo que tan largas noches había soñado mientras se aliviaba bajo las sábanas.

La imaginación es un lugar seguro, un dominio donde uno reina de forma absoluta, pudiendo construir los más aberrantes escenarios y, aun así, hacerlos cómodos, cálidos, hogareños incluso. La realidad, sin embargo, no es tan clemente.

Así que Samuel sabe que posiblemente, durante toda su eternidad, tenga que aceptar que Aaron y él jamás van a poder unirse carnalmente como tanto anhela. La idea lo entristece, pero jamás emitirá una sola queja en alto, jamás dirá una sola palabra o exhalará un solo suspiro frustrado en presencia de Aaron: jamás le hará sentir mal por miedos que él mismo ha puesto en el chico.

Si sus noches más pasionales deben reducirse a besos y roces, a un mero fantasear con una primera vez que jamás sucederá, mientras se toquetean torpemente como adolescentes novatos experimentando, Samuel tomará eso agradecidamente, pues incluso el más inocente beso de Aaron es más de lo que jamás podría pretender que merece.


 

CAPÍTULO 73

Resulta que Samuel tenía razón, para variar.

Después de azotar el trasero de su humano la noche anterior porque este no paraba de molestarlo quejándose sobre lo muy aburrido que estaba y sobre lo mucho que quería salir a pasear a pesar de estar débil por la pérdida de sangre, Samuel ha acabado cediendo y saliendo hoy con el muchacho.

Ahora Aaron tiene que aferrarse al musculoso brazo de su amo, pues tan pronto ha dado más de diez pasos, se ha sentido mareado y ha empezado a andar como si estuviese borracho.

—Vamos a volver dentro. —dice entonces el rubio, suspirando con frustración y mirando a su humano con un “te lo dije” en la mirada.

Aaron, sin embargo, se abraza a su bíceps y le hace sus más convincentes ojos de cachorrito mientras dice:

—Por favor… —alargando todas las vocales y haciendo un puchero al final.

Así que Samuel cae rendido a los encantos del chico y unos minutos más tarde ambos están paseando por las tranquilas calles del núcleo de la ciudad vampira. El poderoso vampiro de sangre semipura anda con pasos pequeños, tranquilos y decididos, y su humano va a su lado, pegado a él como si lo adorase. Samuel debe admitir que ama tener a Aaron envolviendo su brazo de esa manera, buscando en él la estabilidad que le falta para caminar. Es realmente tierno sentir como el chico suspira de alivio cuando él aminora el ritmo porque lo nota mareado o cómo se aprieta fuerte contra él cuando se tropieza, pues él es su lugar seguro.

Quizá, piensa, debería morder al chico y sacarlo a pasear acto seguido más a menudo. Así podría sentirse necesitado por Aaron de esta forma tan deliciosa que está haciendo que hoy no quiera que el paseo termine nunca.

—Qué bonito. —susurra Aaron mientras pasan frente a un jardín ostentoso y colorido.

Las flores son enormes y salvajes, cada una luciendo tan fiera que bien podrían morderlos si se acercasen, y los árboles de robustos troncos se alzan más allá de lo que alcanza la vista. Pareciera un pedazo de bosque sacado de algún lugar lejano y aún sin descubrir.

Samuel se detiene para que Aaron pueda observar con fascinación cada hoja de ese jardín. El chico, cansado, deja caer su rostro contra el brazo del vampiro y acto seguido tiene un escalofrío, aunque su tierna mejilla sigue pegada al duro bíceps de Samuel.

—Estás frío, tan frío…

Aaron murmura más para sí mismo que para advertir al vampiro y, en un gesto tan adorable como pueril, echa su aliento en sus manos, calentándolas, y las frota antes de ponerlas sobre la piel del vampiro, como queriendo imbuirlo de la calidez que tiene en la punta de sus dedos y la que exhala entre sus labios.

Samuel ríe suavemente.

—Es el hambre, mi amor, así no vas a calentarme.

<<¿Tan pronto?>> Aaron se angustia un poco. Es cierto que alimentó a Samuel hace días, pero es también verdad que lo ha tenido semanas famélico. Es normal que, tras probar unas gotas de las matanzas que antes eran su menú diario, ahora despierte esa bestia que tiene por hambre y que, ante la escasez, había decidido dormir hasta la próxima oportunidad.

Aaron sabe que no puede negar a Samuel lo que es y, aunque antes se le antojaba insoportable -la mera idea de los colmillos y la sangre era suficiente como para darle náuseas y mareos- ahora la idea de ser mordido le causa un tipo de mareo distinto, uno más dulce. La clase de mareo que uno siente cuando tiene la cabeza embotada por el alcohol, todos los pensamientos tornándose borrosos tras el telón de una niebla densa y suave de placer y deseo.

La última vez que fue mordido fue… soportable. Más que eso, debe admitir, fue divertido. Placentero.

Aaron se remanga el brazo izquierdo y mira su muñeca pálida y delgada, las venas violáceas destacando en ella, suavemente iluminadas por el brillo platinado de la luna. Luego alza su brazo, ofreciéndole su muñeca a Samuel.

—Puedes… puedes beber un poco, si lo deseas. —dice el chico, la lengua trabándosele en la boca y sus titubeos haciendo que lo que pretendía ser un sensual ofrecimiento ahora quede como una torpe propuesta.

Samuel toma su muñeca con suma delicadeza, de la misma manera en que sostiene el finísimo tallo de cristal de una copa a rebosar. Mira a Aaron con ojos brillantes, llenos de sorpresa y del chispazo de una llamarada de deseo que el chico acaba de encender con sus palabras, y se lleva la piel inmaculada a los labios.

La besa. 

Luego besa la palma de la mano de Aaron, tierna y pálida. Besa la punta de cada uno de sus dedos, sonrojada como una flor. Voltea su mano despacio, tomándola con gentileza, y besa su dorso llano y perfecto, como la tela de un guante de satín.

Toma la mano del chico en una de las suyas, grande, pero paciente, y sigue andando, misteriosamente. Aaron se siente confundido, pero encantado por la actitud de Samuel, tan galante y deliciosamente seductor. Lo sigue, pues ambos están cogidos de la mano como una pareja de jóvenes pudorosos que huyen de un baile para buscar un lugar entre las sombras donde sus besos vayan a ser solo un asunto de ellos y de la noche.

Ambos se adentran en los hermosos jardines y Samuel se sienta en un hermoso banco de piedra blanca, frente a un estanque de aguas tranquilas, tira de la mano de Aaron hasta hacerlo caer sobre su regazo y, una vez en este, contempla el rubor en sus mejillas y siente la forma en que su mano tiembla mientras la sostiene aún.

Vuelve a llevársela a los labios. Besa el dorso y los nudillos, la voltea. 

Besa la palma.

Besa su muñeca de nuevo y ahí sus labios se mantienen unos segundos más, como queriendo probar la dulzura de su pulso acelerado por el anhelo.

—¿Estás seguro? —pregunta Samuel, pero su boca no se detiene tras pronunciar esas palabras: los labios del vampiro trazan un camino de besos por todo el antebrazo del chico hasta llegar a esa zona sensible y cosquilleante que se halla en el lado opuesto al codo y, una vez ahí, Samuel se desliza hacia su muñeca con un largo y escalofriante lametón.

Aaron jadea. La boca de Samuel se siente tan bien contra su piel que no puede imaginar que sus colmillos no vayan a sentirse como puro éxtasis bajo ella. Sus recuerdos, sin embargo, lo traen de vuelta a la realidad y le recuerdan que será doloroso, pero… Samuel le sonríe de ese modo tan elegante y atractivo. ¿Cómo pueden los colmillos en esa sonrisa ser dolorosos cuando son tan bonitos?

Aaron se siente mareado y extraño y, en respuesta a la pregunta de Samuel, empuja su muñeca más contra sus labios.

Algo peligroso cruza la mirada de Samuel y, por un segundo, este le aprieta la muñeca, manteniéndola quieta e impidiéndole al chico ofrecerse con demasiado descaro, pues teme que si Aaron pide ser comido, su apetito se regodee en esa súplica con demasiada facilidad.

—Con calma, dulzura. Beberé de ti, pero no te apresures. Deja que yo tome el control, ¿de acuerdo? —susurra en una voz seductora y sedosa, pero aun así dominante.

Aaron asiente, tan complacido por ese tono que podría ronronear.

—S-sí, amo. 

Samuel intenta recordar lo que Jason le enseñó aquella vez que trajo al muchacho hemofílico, ese día en que Aaron lo vio morderlo en la muñeca y después lucía tan celoso, tan malditamente posesivo de la escasa delicadeza de su amo. Quiere dársela ahora, mostrarle a quién le pertenece.

Aaron nota como los dedos grandes y fuertes del vampiro se hunden en su cabello desde atrás, masajeándole su mareada cabecita. Echa la cabeza hacia atrás sin querer, relajándose tanto que deja caer su peso sobre la mano del vampiro. Samuel ríe, amable y enternecido, en su oído.

—Buen chico, relájate, lo estás haciendo bien.

Un gemido dulce y bajito escapa de los labios de Aaron. Se siente demasiado bien dejarse en manos de su amo, ceder todo el control y saber, aun así, que serás cuidado y protegido pese a que entre garras que podrían destrozarte.

Samuel acaricia su cabello y su nuca con dulzura. Con su otra mano, sostiene la muñeca del chico vuelta hacia arriba, bajo la luz de la luna. No la aprieta ni la apresa con firmeza; al contrario, deja que repose sobre la palma de su mano y con su pulgar mima suavemente ese lugar extremadamente delicado donde el pulso del chico se acelera cuando se estremece y se relaja cuando suspira.

Tiempo atrás, en esa misma piel blanquecina y perfecta, hubo un corte largo, vertical y sangriento. Samuel se inclina para besar la piel sana, para honrarla, agradecer que se haya curado. Aprieta levemente con su pulgar el centro de la palma de la mano de Aaron y el chico envuelve sus deditos cálidos en torno a la robusta falange del vampiro.

Besa más y más. Nota el latido del corazón de Aaron bajo sus labios, llamándolo, atrayéndolo. Samuel deja crecer sus colmillos, rindiéndose solo un poco a sus deseos, y mientras observa esa dermis suave y rasa, se promete a sí mismo que no volverá a sangrar como aquella fatídica noche. Nunca más sangrará como solía llorar, oleada tras oleada de tristeza, odio y veneno tratando de salir de su cuerpo; nunca más sangrará para entregarse a la muerte y alejarse de una vida que sabe como el infierno; nunca más sangrará solo, tendido en el frío suelo y temiendo, precisamente, que los brazos de su amo lo rodeen porque se sienten como una cárcel de la que solo se puede huir dejándolo todo atrás.

A partir de ahora, se jura, Aaron solo sangrará así, como hoy, con mordisco que bien podrían ser besos, pues se los entregará con toda la suavidad que sus labios son capaces de aprender y no malgastará en ellos más sangre que la que el cuerpo de Aaron dedica a ruborizar sus dos hermosas mejillas cada vez que su amo le lame y mordisquea sus labios; a partir de ahora, solo sangrará cuando se entregue a Samuel con el mismo anhelo con el que abre sus labios para recibir su lengua, abriendo su piel para recibir su hambre y sus colmillos, su sed de él. No de su sufrimiento, ni de su miedo, ni de su muerte. Solo de él.

Samuel clava sus colmillos en el brazo del chico: lo hace con una ligera punzada, sin hundirlos del todo, solo pellizcando con la punta la finísima piel hasta obtener en ella dos pequeños ríos de sangre roja, fresca y deliciosa. 

Aaron jadea cuando un chispazo de dolor atraviesa su cuerpo y se aferra al vampiro con temor. Samuel lo abraza de vuelta, sus brazos envolviéndose alrededor de su tembloroso cuerpo, al igual que su boca se envuelve alrededor de su muñeca, pero pronto Aaron se tranquiliza. El dolor no es más que un leve ardor ahora y lo único que siente es a su amo bebiendo despacio de él.

Siente su sangre obedecer a los labios de Samuel, su corazón ralentizándose porque otro lo ordena, su cuerpo temblando y tornándose débil. Su amo se encarga de abrazarlo y acariciarlo para que ninguna de esas sensaciones lo asuste de más y, al terminar, Aaron está en sus brazos débil, adormilado, pero más nervioso que asustado. Una suave y cansada sonrisa se pinta en su rostro.

—Ha sido m-mejor de lo que pensaba… —susurra, aliviado, y luego levanta una de sus temblorosas manos hacia la boca enrojecida de su amo. Con sus dedos empuja el labio superior del vampiro, revelando sus colmillos, más pequeños que de costumbre. Aaron ríe agudo y pueril. Los colmillos de Samuel lucen un poco adorables ahora, como cuando a un gatito bebé le salen sus primeros dientes, así que sin poder evitarlo dice:— Colmillitos de cachorro. Colmillitos de leche. —agrega, aún riendo inocentemente y con el mareo haciéndole sentir especialmente bobo y risueño.

Samuel no puede evitar reír también y, como respuesta al tierno mote que tiene Aaron para sus colmillos, que tanto pavor han causado entre cientos de generaciones de mortales, decide darle su merecido y empieza a mordisquear sus dedos como un cachorro malcriado que quiere jugar.

—¡Au, au! —se queja Aaron, entre risas, y Samuel sigue mascando su mano y hasta gruñe imitando a un perro para divertir al chico y seguir su broma—. Qué malo, hay que sacrificarlo. Tiene la rabia.

Samuel toma la muñeca de Aaron, la que tiene sus marcas de colmillos, y la agita en el aire como mostrándosela al humano para que vea que él también está infectado. 

El chico actúa como si viese sus heridas por primera vez y finge una teatral sorpresa para luego voltearse, hundirse en el cuello de Samuel mientras lo abraza y empezar a mordisquearlo a modo de venganza.

—Para, me haces cosquillas. —ríe el vampiro tomando a su humano por la cintura e intentando separarlo de él, pero teme ser brusco, así que deja que Aaron sea un poco rebelde.

Además, sus mordisquitos de humano se sienten agradables en su cuello y… oh, cuando el chico se cansa de fingir que es una alimaña rabiosa, parece estar de pronto muy cariñoso, pues empieza a besar el cuello del vampiro con tímidos picos y poco a poco forma un camino de besos hacia la mandíbula marcada del hombre. 

La delinea con sus labios, sube por su mentón, suspirando contra su piel, ahora más cálida, y sus labios están justo en frente de los dos del vampiro, esperando ser besados.

Samuel pone una mano en la nuca del muchacho. Cálida, firme. Lo atrae hacia sí.

—He soportado esta repugnante escena porque tenía que asegurarme de si verdaderamente te has echado a perder tanto como sospechaba, Sami, pero ¿besar al humano delante de mí? Es suficiente, no puedo seguir viendo cómo te degradas de esta forma.

Samuel aprieta sus dientes y lanza una mirada que rezuma odio hacia el propietario de esa odiosa voz, que ahora se muestra justo en frente de ellos. Aaron se abraza a su amo con más fuerza. No necesita mirar, reconoce a la perfección ese tono arrogante y peligroso.

<<Ivthan>>

—Entonces cierra los ojos o lárgate. —rebate Samuel con palabras duras y agresivas que chasquean en el aire como un mordisco.

Ivthan sonríe, arrogante. No dice nada y por un instante Samuel ve en su mirada el porqué: no necesita palabras para lo que ha venido a hacer aquí.

Samuel actúa rápido, debe actuar rápido: tiene apenas una fracción de segundo. Se pone de pie y lanza a Aaron al banco de mármol tras él, protegiéndolo con su cuerpo como si de un escudo se tratase. 

Ivthan se abalanza hacia el lugar donde Aaron estaba hace un momento. Su mirada está enloquecida, su sonrisa larga como la de un demonio cruza la mitad de su sádico rostro y los dedos de su mano derecha se agarrotan apuntando hacia el lugar exacto donde la garganta de Aaron debería estar, listos para cerrarse con fuerza en torno a ella, las garras rasgando su piel, los dedos cortando el paso del aire y las súplicas.

Pero Samuel ha quitado al chico de en medio y el cambio abrupto de posiciones ha sorprendido lo suficiente a Ivthan como para darle ventaja a su rival.

Samuel toma con una mano la muñeca de su creador y la desvía, inutilizando su ataque e impidiendo que las afiladas uñas que llevaban el nombre de Aaron lo hieran ahora a él. 

Con su otra mano, él busca la garganta de Ivthan.

Sin embargo, no la agarra, la atraviesa: sus dedos se hunden tan rápidamente en la musculosa y rígida carne que sus garras no brotan de ellos hasta que ya tiene el brazo empapado de sangre hasta el codo. Cuando sus garras se extienden, puede sentir cómo le rajan la tráquea a Ivthan y cómo este trata de exhalar un leve sonido. No de dolor, pero de irritación.

El sanguinario ataque de Samuel no es gran cosa para él, pero sí le molesta. Samuel se está comportando como un cachorro desentrenado y rebelde, uno de esos perros tontos que muerden la mano que les da de comer.

Pero no pasa nada, se dice, aún puede adiestrarlo adecuadamente. Solo necesita disciplina.

Ivthan sonríe, altivo y arrogante. La herida de su cuello se cierra en torno a la mano de Samuel que lo ha perforado, regenerándose a un ritmo impresionante, sí, pero también pareciera que quiere atrapar al rubio, absorberlo.

Asqueado y alarmado, Samuel arranca sus dedos de dentro del cuello de Ivthan y, en el tiempo nimio que tarda en hacer ese gesto, la herida casi se ha cerrado por completo. Está tan curada que Ivthan ya puede hablar:

—Mi turno. —dice siniestramente, ladeando la cabeza hacia un lado como con una curiosidad inocente.

Samuel se tensa, cierra sus puños, aprieta sus mandíbulas. Atento.

Pero Ivthan da un zarpazo al aire tan jodidamente rápido que Samuel solo percibe el gesto cuando ya se ha terminado y hay un arco de sangre en el aire, describiendo la trayectoria exacta del movimiento, en forma de medialuna. Samuel sabe que es su sangre, pero el dolor no lo alcanza hasta un segundo después.

Ivthan le ha desgarrado el cuello. Y lo ha hecho con mucha más potencia que él, ha sido un golpe demoledor: ha arrancado de un rápido barrido su piel por completo, ha destrozado el músculo hasta romperlo en hilillos descosidos que ondean en el aire, ha seccionado cada tendón y ha convertido en polvo los huesos del vampiro.

Lo único que une la cabeza de Samuel al resto de su cuerpo son finas hebras de tejido rosado, suave y frágil. Y sus manos, pues el vampiro debe sostener su cabeza en su lugar o esta caerá y su peso desgarrará las finas tiras de carne que lo salvan de ser completamente decapitado.

La sangre baja por su pecho, su espalda y sus brazos, cubriéndolo entero de rojo.

El dolor azota a Samuel de golpe, haciéndole caer de rodillas, y el vampiro sostiene su cuello destrozado y su cabeza con manos temblorosas, sabiendo que pronto se curará. Pronto, pero demasiado tarde.

Ivthan se dirige a Aaron sin prisa alguna. El chico contempla la escena tendido en el banco, totalmente paralizado como si él fuese un adorno más de mármol en este y con los ojos abiertos de par en par. Primero llenos de sorpresa, luego de horror.

Todo ha sucedido en menos de dos segundos. Al tercero, Aaron chilla.

—¡SAMUEL! —trata de levantarse del banco, muerto no de miedo, sino también de preocupación, y corre hacia su amo como puede.

<<Huye>> piensa Samuel, <<por favor>>, pero tiene las cuerdas vocales completamente desgarradas y de su garganta no emerge más que un gorgoteo húmedo y sanguinolento.

Aaron corre hacia él, pero jamás llega.

Ivthan se le abalanza encima. Cae sobre él con un peso demoledor que levanta una nube de humo y crea un cráter de varios centímetros de profundidad en el suelo.

Samuel solo puede rezar porque los crujidos que ha oído en ese terrible estruendo sean el asfalto del suelo resquebrajándose, no la cabeza de Aaron.

Durante esos instantes en que el polvo lo cubre todo y no puede saber si tras él se oculta un Aaron asustado y atrapado o uno muerto, no le duele su cuello prácticamente seccionado y que sangra hasta bañar su cuerpo en sangre carmesí. Le duele el pecho. Le duele un corazón que lleva años muerto y sin latir y, de algún modo, Samuel puede sentir como si el pulso se le acelerase.

Como si volviese a ser humano y capaz de morir, pues sabe que ahora, si el corazón de Aaron se ha parado, el suyo explorará de dolor.

Ivthan ríe y la niebla se disipa. Samuel puede ver cómo el vampiro ha tomado al chico por su nuca y lo ha empujado duro contra el suelo, atrapándolo, aplastándolo.

Lo levanta, sosteniéndolo todavía por su garganta como a un muñequito, y lo zarandea en el aire, jugando con la forma en que el chico se bambolea porque está inerte. Completamente inerte.

Ríos de sangre caen de la brecha en su cabeza.

Samuel respira rápido y agitado y pronto su vista falla, sus piernas fallan. Pero no es por su herida.

Entonces lo escucha.

El corazón de Aaron, todavía latiendo.

<<Aún está vivo>>

El vampiro se levanta de golpe, su cuello no tiene piel, ni músculo, ni siquiera tendones: se sostiene solo por los huesos de la columna de Samuel que han sido capaces de curarse en este rato e Ivthan alza sus cejas, genuinamente impresionado por la resistencia de su pupilo.

Tira a Aaron a un lado, como un muñeco descartado. Sabe que Samuel no lo dejará golpearse la cabeza contra el asfalto de nuevo, así que sonríe cuando los ojos del rubio lo abandonan para fijarse en el cuerpo pequeño y destrozado del chico precipitándose.

<<Tan fácil de engañar>> se regodea por dentro y sus garras vuelven a buscar la garganta de Samuel, solo que esta ya no existe, pues él mismo arrasó antes. En su lugar, sin embargo, Ivthan rodea la fracción de la espina dorsal de Samuel que une su cabeza y su torso, esas vértebras desnudas de su esqueleto que él mismo ha dejado al descubierto rasgando y destrozando carne y músculo. 

El hueso está húmedo de sangre y, pese a su firmeza, es resbaloso entre sus manos, pero lo aprieta fuerte y duro hasta que lo siente quebrarse. Empuja a Samuel contra el suelo: su mano rompiéndole los huesos del cuello, su rodilla partiéndole la columna por la mitad mientras lo clava en el asfalto.

Aaron cae frente a Samuel, abriéndose otra herida en su cabeza. Demasiado lejos como para que Samuel pueda alcanzarlo, suficientemente cerca como para que la sangre de las heridas del chico manche los dedos de Samuel mientras él extiende sus manos y trata de alcanzarlos.

Samuel se revuelve y grita como una bestia, e Ivthan debe poner todo su empeño en mantenerlo quieto contra el suelo. Necesita precisión para lo que va a hacer y, al fin y al cabo, es más fuerte que su víctima, así que lo consigue: agota a Samuel hasta que este deja de tratar de zafarse durante un segundo y, cuando lo hace, su mano en torno a la columna del hombre se aprieta más y tira.

El vampiro ni siquiera grita mientras siente cómo le arrancan la columna vertebral. El dolor es tan espantoso que ni aunque tuviese voz podría expresarlo con ella. 

Todo queda en silencio e Ivthan se levanta y se sacude las manos. Samuel yace en el suelo, su cuerpo convertido en un saco de músculo fuerte y pesado, pero sin la estabilidad necesaria para alzarse.  A varios centímetros de él está su cabeza y, emergiendo de ella como la cola de un renacuajo, toda su espina dorsal yace retorcida y desnuda contra el suelo.

—Sigues invitado a mi fiesta, Sami. No he retirado la propuesta que te hice. Piénsalo.

Le susurra Ivthan suavemente al oído y luego toma a Aaron por el cuello de nuevo, se lo echa al hombro y se marcha paseando sin prisas.

Samuel tardará horas en curarse. Años en olvidar el dolor. Pero nunca, nunca va a perdonarle a Ivthan haberle arrebatado a Aaron. Y jamás se perdonará a sí mismo no haberlo protegido como debería.

CAPÍTULO  74

Cuando Charlotte cruza el umbral de la casa de Jason, no sabe qué esperarse. Ha sido convocada por su amigo con urgencia y la única información que tiene es que Samuel necesita ayuda.

Samuel. La criatura más poderosa, temible e implacable que conoce.

Se le eriza la piel al pensar no solo en algo que logre perturbar a ese viejo y sádico vampiro, sino algo tan grande que le suponga un reto al que no pueda enfrentarse solo.

Cuando entra en el salón y ve a Samuel ensangrentado y débil, con las piernas temblorosas y totalmente histérico, chillándole a Jason que deben hacer algo, que deben actuar, la chica se queda congelada en medio de la sala.

No puede creerlo.

Jamás ha visto a Samuel así. Tan rojo, tan vulnerable y desesperado. Siente el miedo calándole en los huesos al imaginar qué ha podido dejarlo así.

De pronto, Jason lo toma por las solapas de su camisa, acartonadas por la sangre seca, y lo sacude con violencia mientras le habla con una voz dura, pero necesaria. Una voz que lo abofetea y lo saca de su estado de pánico para anclarlo en la realidad:

—Si intentas recuperarlo, ahora te matará. Casi te ha matado ahora y la única razón por la que no lo ha hecho es porque no ha querido. Sé que quieres salvar a Aaron, sé que se te encoge el pecho de la angustia al pensar en él a solas con ese demonio, pero si actúas con corazón en lugar de con cabeza, solo lograrás que os maten a ambos.

Charlotte se acerca, silenciosa. Da cada paso con sumo cuidado, temiendo que si hace el más mínimo ruido, la poca sensatez que Jason está empujando en Samuel vaya a quebrarse como un cristal resquebrajado. Al acercarse, nota algo: Samuel está cubierto de su sangre seca de cuello para abajo, pero en su rostro, las gotas carmesí que resbalan por sus mejillas son frescas. No vienen de ninguna herida, más que las de su alma: está llorando.

—Todo es mi culpa, ¡joder! Todo es mi maldita culpa, si jamás hubiese encontrado a Aaron, si le hubiese dejado escapar, si le hubiese dejado m…

Samuel rompe en llanto. Salvar a Aaron de sí mismo es la cosa más difícil que pensó que jamás tendría que hacer, porque el monstruo que habita en su interior es feroz y exigente y, pese a que sabe que su entereza es mayor, que él es más fuerte que sus instintos, siempre supo que estos le darían pelea, que su autocontrol, por mucho que luciese como calma, por fuera, siempre sería una encarnizada batalla que lo dividiría eternamente por dentro, desgarrando la esencia de su ser.

Pero, ¿salvar a Aaron de Ivthan?

No importa lo salvajes que son sus demonios, porque son suyos: sabe qué quieren, cómo apaciguarlos. Ivthan no es nada de él, más que una horrible pesadilla. No puede imaginar qué le debe estar haciendo a Aaron; no entiende qué desea ni si logrará salvar al chico aunque se convierta en un perfecto siervo de todas y cada una de las peticiones y caprichos de su amo.

Y, sobre todo, no sabe siquiera si hay una forma posible de vencerlo.

Una mano pequeña y amable se pone en su hombro. Demasiado fría para ser de Aaron, pero con una gracilidad y una delicadeza que le recuerda lo suficientemente a él como para calmarle y hacer que levante la vista con una esperanza demasiado inocente como para que él la sienta.

Al ver a Charlotte, sus ojos se apagan un poco, pero intenta sonreírle a la chica, agradeciendo su presencia.

—¿Qué ha pasado, Samu?

—Ivthan —gruñe Samuel, pronunciando ese nombre entre dientes con toda la rabia del mundo, como si quisiera morder y desgarrar cada letra y sonido en él. Como si escupir ese nombre empapado en bilis y odio fuese explicación suficiente. Luego suspira, agotado y rendido, y hace su mejor intento por conservar la compostura y explicarse:—. El otro día vino a casa y habló de… De esa celebración que tiene preparada para menos de dentro de un mes. Planea ascender como el único líder de este territorio: los antiguos ya no quieren vivir más y le van a ofrecer sus vidas y poder en sacrificio. Quería que yo reinase con él y ese mismo día también quiso que hiciese daño a Aaron, estaba poniéndome a prueba, supongo, comprobando si soy un compañero digno. Me negué a herir a Aaron y lo rechacé, así que no le ha sentado bien y ahora lo tiene a él. Lo ha… Hace unas horas se lo ha llevado. Me ha atacado y no he sido capaz de defenderlo y de protegerlo. Mierda.

Charlotte se lleva las manos al pecho, consternada, y le dirige una mirada indescifrable a Jason. En él no halla más que un reflejo de su propia desesperación. La muchacha se muerde el labio, frunce el ceño y vuelve a mirar a Samuel, incapaz de aceptarlo.

—Eres casi tan antiguo como él y tu sangre es muy pura, si te alimentas bien, ¿no podrías ser capaz de…?

Samuel niega con la cabeza. Es la primera vez que lo ve admitir una derrota.

—Él es mi creador, Lottie. Quizá no es mucho más antiguo que yo, pero la pureza de su sangre le hace mucho más fuerte. Después de que los demás originales se sacrifiquen a él, será invencible.

Durante unos largos minutos, un silencio sepulcral flota en el aire y parece aislar a los tres amigos en las solitarias y frías fortalezas de su mente, allí donde buscan desesperadamente soluciones y no paran de hallarse, sin embargo, con muros de piedra que les cortan el paso y poco a poco los encierran más en un callejón sin salida.

Samuel es el primero en hablar, con un tono ronco, bajo y lleno de pesar.

—Quizá debería darle lo que quiere. Lleva años persiguiéndome y atormentándome para que cumpla mi parte del trato: él me convirtió para que yo fuese su compañero de eternidad. Quizá debería resignarme y acompañarlo a donde vaya.

Samuel traga grueso después de pronunciar esas palabras, pero ni aun así logra que se marche el sabor acre que estas le han dejado en la boca. Ese sabor que conoce demasiado bien, el sabor a hierro y vómito que se le pegaba en la parte de atrás de la lengua siempre que pasaba frente a los soldados de su padre y sabía que si alguno lo miraba por demasiado tiempo eventualmente, alguien chasquearía los dedos o diría su nombre y él tendría que entrar en el cuartel para no salir hasta horas después, siendo una persona distinta a la que entró. Siendo menos persona.

El mismo sabor ácido que le burbujeaba en la base de la garganta cuando le decía a su primer amor de ojos azules que lo ama antes de marcharse bajo la luz de la luna hacia aquel hostal alejado para pasar de largo la puerta de la habitación donde él había aprendido a amar y entrar a aquella en la que había aprendido a fingir.

A decir “te quiero” con veneno y mentira en los labios y aun así supiese a miel. A mirar a Ivthan a los ojos y esmerarse por mirarlo de forma parecida a la que miraba al hombre que, mientras, dormía solo en sus aposentos. En su cama.

Samuel aprendió a soportar una vez. Podrá hacerlo otra vez más. Y otra. Y otra. Cada noche y hasta el fin de los días, si es por Aaron, quizá así logre sufrir una pequeña parte de lo que ha hecho sufrir al humano, compensar sus pecados, pagar por ellos, pero si Ivthan le tiene reservado ese tortuoso destino, ¿qué le espera a Aaron?

Incluso si se entrega a su creador, como este lleva siglos esperando, ¿quién dice que Ivthan no va a castigarlo quitándole lo que más ama? Ya lo hizo una vez y Samuel está seguro de que su alma cruel y retorcida no podrá dejar pasar la oportunidad de hacerlo de nuevo. De reducirlo a un monstruo que prefiere no tener corazón a tenerlo tan roto de nuevo.

<<No>> piensa Samuel, <<no puedo someterme a él. No puedo dejar a Aaron en sus manos>>

El vampiro alza la vista de nuevo, decidido y con una expresión dura y profunda en su rostro.

—Los mataré primero yo.

Charlotte y Jason lo miran con extrañeza por el cambio de actitud y luego se miran entre ellos preocupados y confundidos, como si pensasen que se ha vuelto loco.

—A los vampiros originales. Los mataré yo mismo antes de que se sacrifiquen a Ivthan. No los erradicaré, haré lo que él tenía planeado: destruir su inmortalidad, pero consumir su poder. Devoraré sus corazones y así absorberé sus fuerzas. Cuando haya acabado, seré suficientemente fuerte como para hacer pedazos el de Ivthan.

Por un momento, las miradas de Charlotte e Ivthan están totalmente en blanco, como si la idea hubiese sido una enorme bofetada que les desordena la cabeza y les deja pasmados en el lugar, sin reacción alguna, pero luego fruncen el ceño y sus ojos brillan.

Ambos se miran y asienten.

—Tendremos que planearlo bien. Ellos siguen siendo más fuertes que tú y que nosotros, como Ivthan, pero si es cierto que quieren sacrificarse a él… Entonces no deben estar completamente en sus cabales. Ni van a protegerse con uñas y dientes. Además, tenemos el factor sorpresa, no esperarán que nadie intente acabar con ellos cuando ellos mismos ya han programado sus muertes. Podemos hacerlo. —declara Charlotte con una voz firme y una mirada fiera refulgiendo en sus ojos.

Jason asiente, dándole la razón, y es su voz profunda y seria la que toma el relevo ahora.

—Muchos de los originales del núcleo de la ciudad son clientes míos o suelo hacer negocios con ellos, los conozco suficientemente bien como para saber qué puntos débiles podemos explotar. Quizá podemos usar esa información o incluso alguna… Reunión de negocios, para atraerlos y atacar. Ahora, sin embargo, no podemos empezar a planear nada, no mientras hayas perdido tanta sangre que te cuesta tenerte en pie. Si tu cuerpo no funciona, lo más seguro es que tu mente tampoco. Aliméntate y mañana nos reuniremos aquí de nuevo, ve a cualquiera de mis locales, tendrán humanos listos para ti. Tantos como desees, pero no los drenes del todo, conoces mis normas. Pasaré esta noche tratando de reunir toda la información que pueda sobre todos los puros con los que he tenido trato. Lottie, tú eres buena destripando rumores falsos y descubriendo perlitas de información entre habladurías. Ocúpate de eso esta noche.

La muchacha asiente y Samuel también. Jason no es el más fuerte de los tres, pero ahora mismo es el más capaz de mantener una mente fría y afilada, astuta. Así que necesita tomar el mando por un corto tiempo y ninguno de los demás parece molesto por ello: Lottie está acostumbrada a que su hermano mayor la mande de aquí para allá, aunque no está tan acostumbrada a obedecer sin protesta, y Samuel, aunque odia que le digan qué hacer, es capaz de reconocer una buena idea cuando la escucha y no piensa tratar de poner a Jason en su lugar cuando sus órdenes son tan acertadas y útiles.

Aun así…

—¿Estáis seguros? Incluso con la más meticulosa de las planificaciones será peligroso. No es solo un puro al que nos enfrentamos: vamos a tener que acabar con todos. Incluso si logramos matar a uno, lo cual ya sería más de lo que ningún vampiro común ha logrado en mucho tiempo, tendremos más oportunidades y posibilidades de fallar que de hacerlo exitosamente. Y cuando se trata de matar, un pequeño error significa la muerte. Yo estoy dispuesto a arriesgar mi inmortalidad, pero vosotros…

Charlotte da un paso al frente, su rostro contraído con una mueca de ofensa e ira.

—¿¡Crees que no moriríamos por ti!? ¿Crees que mi memoria es tan limitada que no puedo recordar ya el día en que la guerra me lo quitó todo y fuiste tú quien le dio una segunda oportunidad a mi hermano, quien me dio a mí la opción de escapar que jamás pensé que tendría? ¿Qué clase de pupilos desagradecidos y olvidadizos crees que somos? ¿Piensas que mi cobardía es mayor que mi gratitud, que mi honor, que mis jodidos principios? ¿Acaso no te hemos bañado suficiente en afecto y adoración? ¿Cómo puedes dudar de nuestra devoción? ¿Cómo…

Jason coloca una mano en el hombro de su hermana pequeña, apaciguándola o al menos logrando calmar la sagacidad con la que su lengua apuñala a Samuel una y otra vez con duras acusaciones, aunque su ira se mantiene silenciosa e impresa en su rostro.

Cuando Jason habla, lo hace en un tono mucho más sosegado y dulce que su querida pelirroja con mal carácter y un corazón demasiado grande:

—El día que me convertiste, Samuel, es algo que jamás podría olvidar. Recuerdo cuando me hirieron de muerte aquellos soldados, recuerdo cómo lloraba Lottie, cómo se enfriaba la sangre que formaba un charco bajo mi cuerpo. Y recuerdo, cuando me sostuviste en tus brazos, cómo no entendí qué eras: solo supe que parecías hermoso y paciente. Que debías ser la muerte. Siempre recordaré cómo me salvaste en vez de abandonarme o en vez de matarme tú mismo. Yo estaba destinado a morir ese día, Samuel, y tú cambiaste eso: me diste una vida y, aunque ahora sea mía, sigue perteneciéndote. Al menos en parte. Sabes que la pondré a tu servicio siempre que la necesites. Por favor, no dudes de ello, me rompe el corazón y, oh, a mi hermanita le destroza los nervios.

Samuel traga saliva, reteniendo lágrimas que amenazan con manchar más sus mejillas. Logra aguantarlas. <<Ya he perdido demasiada sangre>> se dice y luego acoge entre sus brazos a los dos muchachos de cabello de fuego, estrechándolos fuerte y cerca porque la palabra gracias se siente insuficiente y necesita que ambos puedan tocar su corazón o al menos estar lo suficientemente cerca como para casi hacerlo, para que así puedan sentir al menos una pequeña parte de lo mucho que se enorgullece de que formen parte de su eternidad. 

Samuel está tan feliz de haber cometido aquel alegre error de dejar a dos de sus presas vivir. Igual que se alegra de haber cometido el error de dejar que Aaron atraviese su coraza y alcance su corazón.

Ahora, con sus ojos empañados en lágrimas de sangre y gratitud, el mundo luce mucho más borroso: las formas intrincadas son sencillas formas geométricas, los matices se funden en colores primarios… El mundo parece mucho más simple y aquello que llevaba años pensando que eran errores, no le parecen más que milagros.


 

CAPÍTULO 75

La palaciega morada de Jason queda de repente vacía. La presencia de Samuel es intimidante y grande, capaz de llenar una sala incluso cuando se pasea por ella con andares silenciosos como los de una pantera acechante y luego está su adorada hermana, Charlotte, que no rezuma el mismo poder y severidad que Samuel, pero que hace ruido allá a donde va como un cascabel que llena cada sala de alegría y luz. Ambos son presencias grandes capaces de hacer un desierto lucir lleno cuando solo están ellos, así que ahora que han abandonado la casa de Jason, se siente como si una multitud acabase de pasar por ahí y, tras formar un enorme barbullo, se hubiesen esfumado.

Además, al ver a Samuel tan consternado y fuera de control, Jason ha paralizado todo hoy: ha mandado a sus criados humanos a sus habitaciones o a trabajar fuera de la casa y ha ordenado a sus demás trabajadores que cancelen cualquier compromiso que tuviese para la noche de hoy.

Así que Jason está completamente solo en medio de su gran comedor. O, mejor dicho, debería estar completamente solo, pero se escucha un latido pequeño y acelerado cerca, escondido tras una puerta entreabierta, husmeando como un conejito que asoma su hocico fuera de su madriguera con curiosidad.

El latido se acelera cuando Jason se voltea de golpe hacia su origen y, aunque el chico cree que ha sido rápido y discreto, el vampiro ha podido ver perfectamente cómo una cabecita de desordenados cabellos castaños se oculta tras la puerta, como un topo huyendo.

El vampiro esboza una ligera sonrisa.

—¿Creyendo que puedes ocultarte de mí? Jay, bocadito, sé que eres más listo que eso. 

Jason puede escuchar cómo sus palabras hacen que el corazón del humano dé un vuelco. También lo escucha tragar saliva. Se relame, ama ver, escuchar, sentir la forma en que logra provocar semejantes reacciones en el cuerpo de su criado, ya sea sencillamente alzando la voz, dedicándole una mirada severa o haciendo un sutil gesto que otros pasarían desapercibido.

Como esperaba, el chico sale de detrás de la puerta, cabizbajo y rojo de vergüenza como un tomate. Se mordisquea el labio, nervioso, y luego se arrodilla en el suelo con las palmas de sus manos sobre sus muslos, mostrándole respeto a su propietario.

—Lo siento mucho, señor, no quería fisgonear. —confiesa con una voz dulce e inocente que sabe que es la debilidad de Jason.

Y el vampiro no es inmune a sus encantos, claro que no, si lo fuese, jamás lo habría deseado, no tanto como para matar por él. Como para matar a uno de los suyos. Pero está aprendiendo a no dejarse embelesar por una mirada de corderito y una voz tierna.

Se acerca al chico andando despacio, las manos a su espalda con total confianza. Cuando llega delante del chico, no le dice nada, solo anda a su alrededor en círculos. Lentamente. Como si estuviese deliberando qué hacer con él.

—¿No querías fisgonear? —pregunta alzando una ceja con sospecha, su tono lleno de incredulidad y réplica.

El humano a sus pies traga saliva y sus hombros se tensan visiblemente. Jason ama la forma en que se le erizan los vellos de la nuca.

—Es extraño, bocadito, porque eso es exactamente lo que estabas haciendo. Y lo que estás haciendo ahora es mentirme. Odio las mentiras, sobre todo cuando vienen de una boca tan dulce como la tuya.

Jay se estremece. El tono de Jason es suave y sedoso, deslizándose por su piel con la misma elegancia y sutileza con que lo haría una serpiente que pretende envolver a su presa sin que esta pueda sentir la violencia de sus intenciones hasta que sea demasiado tarde. Jason le habla con frialdad, pero el extraño halago -una boca tan dulce- le hace sentir cálido y nervioso por dentro.

Gimotea bajito, la voz de su amo provocándole más sensaciones de las que es capaz de soportar. 

Luego, sin embargo, no es su voz lo que lo abruma y le hace jadear alto y agudo: son sus largos dedos. Dedos que se aferran a su cabello tomándolo en un puño firme y que tiran hacia arriba, haciéndole levantarse de un tirón que amenaza con ser doloroso si él opone la más mínima resistencia. Jay obedece, poniéndose en pie cuando el otro le jala del pelo hacia arriba y dejando luego que su amo deslice silenciosamente su mano desde su cabello hasta su cuello.

Jason rodea su garganta nívea y elegante con una de sus grandes manos y empuja al chico suavemente contra la pared. Su mano no aprieta, pero una ligera presión le advierte de que podría hacerlo cuando quisiera.

Jay tiembla, Jason siente el pulso creciente contra la yema de sus dedos. Puede notar el nerviosismo, la aceleración, el dulce miedo de su humano favorito.

<<Exquisito>>

—¿Qué voy a hacer contigo, Jay? —su nombre suena tan bien entre los labios de Jason. Afilado al pasar por sus colmillos, deleitoso siendo saboreado por su lengua, lentamente besado y pronunciado por sus labios. Jason juega con su nombre en la boca como si le perteneciese. Sonríe tras pronunciarlo, una escalofriante sonrisa con colmillos. Jay alza su vista, nervioso, suplicante, y la baja de nuevo con vergüenza—¿Debería castigarte, mi amorcito mentiroso? Sabes lo mucho que disfruto siendo malo contigo. ¿Estás siendo desobediente ahora para regalarme una deliciosa excusa y que así pueda pasar una noche divertida, hm?

Jay niega, apenas sin voz y con un ruidito extraño y vergonzoso escapando inevitablemente de su garganta.

No quiere al Jason duro y castigador, necesita al Jason amoroso que a veces tiene que hacer horas extra porque ha pasado su horario laboral distraído jugando con su pelo o contando las pecas de su cuerpo con besos. El Jason cariñoso y tan jodidamente dulce que cualquiera diría que en lugar de sangre, bebe néctar y miel.

No es que no confíe en el Jason castigador, pero le eriza la piel y le hace sentir demasiado vulnerable. Su amo siempre cuida de él, incluso cuando está disciplinándolo, pero también es sádico y a veces disfruta demasiado de hacer a Jay sentirse abrumado y pequeño entre sus manos. Jay no lo odia, al contrario, lo disfruta, pero es tan intenso que le hace sentir asustado.

—Mi señor, preferiría no ser castigado —dice tan educada y dócilmente como puede, pues sabe que está siendo pedigüeño—, Jason, por favor —usa ahora un tono más dulce, más cercano. Su amo le permite llamarle por su nombre, pero el chico solo se atreve a usar ese privilegio en momentos íntimos y especiales o bien… estratégicos, para ablandarlo un poco—, no pretendía ser mentiroso. Sé que no te gusta que nadie espíe lo que haces, pero no podía dormir y oí voces en el salón. Iba solo a pasar para verte, pero entonces vi a ese vampiro casi puro.

—Samuel. —lo corrige Jason, su cara y su tono son fríos, sin indicar si la petición del chico está o no haciendo mella en él. 

Mientras el chico habla, Jason sigue sosteniendo su cuello y con su pulgar acaricia su piel un poco y le hace voltear la cabeza, mostrar su garganta de una forma que le pone nervioso.

—A Samuel —se corrige Jay, asintiendo—. L-lo vi ensangrentado y nervioso y me asusté, pero no quería irme, estaba preocupado por si algo malo sucedía y por eso me quedé detrás de la puerta, escuchando.

—¿Y por qué no te fuiste cuando Samuel y Lottie lo hicieron?

—Estaba preocupado por usted, señor. —susurra Jay y se muerde el labio.

Jason ríe suavemente.

—¿Por mí?

Jay asiente y se humedece los labios con la lengua. Es algo que hace cuando está nervioso y su amo adora ese gesto: la forma en que su fina boca de labios color melocotón brilla cuando la saliva la humedece, la timidez con la que su lengua cortita y sonrojada asoma entre sus labios, como pidiendo ser mordisqueada… Ama cualquier cosa que ese chico haga.

—Así es. Cuando hablaba parecía tranquilo, pero puso las manos detrás de la espalda y vi que estaba frotando la yema de su pulgar con la de su dedo corazón un poco. Lo hace cuando está nervioso o agobiado, amo.

Jason alza sus cejas, sorprendido. Se descubre a sí mismo repitiendo el gesto que Jay le acaba de describir, solo para notar esa sensación en sus dedos: es ligeramente reconfortante y, ahora que el chico lo dice, le parece muy posible que lo haya hecho en varias ocasiones inconscientemente.

Se avergüenza durante un instante por ser tan evidente, tan fácil de leer, pero luego repara en algo: nadie más se ha dado cuenta nunca de ese detalle. Ha sido Jay.

Solo Jay.

Una sonrisa enternecida surca el rostro de Jay. Él siempre observa cada pequeño detalle de su humano favorito como si quisiera registrar y memorizar cada gesto, cada respiración, grabar a fuego sus recuerdos en sus retinas. Le emociona saber que el chico también es así de observador con él.

—Sí, es cierto. La visita de Samuel hoy me ha trastocado un poco, el tema es delicado. ¿Pero ya lo sabes, cierto? Has estado escuchando muy atentamente.

—Sí…

Ha oído a la perfección y con la piel de gallina como ese enorme y poderoso vampiro, que posiblemente es más aterrador incluso que Jason, se lamentaba como un alma en pena porque otro le ha arrebatado a su humano. 

<<De la misma forma en que Jason me robó a mí de mi antiguo amo>> piensa Jay y un escalofrío violento como una arcada lo recorre: <<de la misma forma en que ese otro vampiro podría robarme de las manos de Jason>>.

Jason nota al chico afligido, asustado. Relaja su agarre en su garganta y en lugar de eso pone su mano en la mejilla del muchacho. Los ojos de Jay se inundan de lágrimas.

—¿Pequeñín, qué sucede? No voy a castigarte, no te angusties. ¿Fui demasiado duro contigo la última vez? ¿Estás asustado? Ven aquí. 

Jason avasalla al chico con sus dulces preguntas colmadas de afecto y preocupación. Si antes había mostrado una actitud juguetona, ligeramente sádica e intimidante ante la perspectiva de un delicioso castigo, ahora vuelve a ser el Jason amable y gentil que tanto necesita el chico cuando se altera o cuando tiene pesadillas sobre su antiguo amo.

Jason toma a Jay por la cintura y lo aprieta contra su cuerpo, abrazándolo tan fuerte que sin querer alza al chico del suelo y sus pies quedan a varios centímetros de este, pero Jay no patalea, ama esos abrazos tan íntimos y reconfortantes, así que rodea el cuello de su amo con sus brazos y la cintura fornida de este con sus piernas.

—No es eso, lo siento —dice con una voz temblorosa y frágil, a punto de romperse en un sollozo—, me da miedo que me pase eso. Que venga alguien más y me… Solo quiero ser tuyo, Jason. No quiero más amos, solo te quiero a ti.

Jason sonríe, complacido. Algo ronronea en su interior, su posesividad hecha bestia se siente tan satisfecha, tan bien alimentada de la desesperación de esas palabras. El vampiro vuelve a empujar al chico contra la pared, ahora mientras lo sostiene en el aire, y Jay jadea cuando su pequeño cuerpo es atrapado entre esta y la dura, gran figura de su amo. Tan firme. Tan dominante.

Jason lo besa en los labios cuando el chico solloza y eso parece calmarlo. Los muerde un poco, cariñosamente, los lame para que Jay abra su boca y el otro pueda besarle más profundamente. Pero el beso no es salvaje ni exigente, es lento, cálido, reconfortante. Jay siente que podría derretirse.

Luego Jason se separa de sus labios necesitados y salados por las lágrimas y susurra sobre ellos mientras con una mano acaricia la marca del chico, esa mordida en su cuello que tiene la forma de la boca que ahora pronuncia hermosas palabras, esa cicatriz hecha de piel delgada y frágil, pero que suelda la férrea unión de su vínculo:

—Serás mío para siempre, Jay.

El humano siente una oleada de alivio. Las promesas de Jason tienen ese efecto en él: no es capaz de dudar de ellas incluso si a veces suenan demasiado buenas para ser verdad, pues confía en Jason más de lo que un humano debería confiar en un vampiro. Y es que Jason es su amo y él su siervo, su alimento cuando el vampiro está hambriento, su juguete cuando se halla deseoso, su mártir cuando se enfada… pero esta promesa no es la promesa de un maestro para su esclavo, sino la de un hombre enamorado para otro.

—¿Puedo ayudar de algún modo? —pregunta Jay ahora que está más tranquilo. Mientras lo hace, hunde su cabeza en el cuello de su amo, inhalando su aroma, y pasa sus dedos por la nuca rapada de este, disfrutando de la sensación del pelo naciente contra sus yemas y regalándole a su vampiro unas muy agradables caricias.

Jason ríe en su oreja. Bajo, ronco. Y empieza a caminar hacia su dormitorio.

—Oh, estoy seguro de que se me ocurrirá algo para más adelante, pero, por ahora… Creo que ya sabes cómo puedes ayudarme.

La respiración de Jay se acelera y Jason disfruta de ello y de sentir cómo las mejillas del chico se encienden. Jay sabe de lo que está hablando: <<Quiere comerme>>, pero ese es un deseo ambiguo: <<¿Quiere mi cuerpo o mi sangre?>> y la incertidumbre le hace imaginar demasiadas cosas que le avergüenzan y le ponen nervioso.

Jason lo deposita suavemente sobre la cama de su dormitorio: una cama enorme como para abarcar familias enteras, totalmente redonda y en el centro de su habitación, como una isla de sábanas de seda y cojines suaves de la mejor calidad desperdigados por ahí.

El chico queda en el centro del nido de mullidas almohadas y Jason lo observa dando un par de pasos atrás, maravillado con la imagen y queriendo dejarla bien grabada en su mente: Jay tiene su cabello clarito desordenado y los mechones avellana caen agradablemente por su rostro, uno lamiéndole la frente, otro rizándose en su mejilla. La imagen recuerda a la de una adorable ovejita que necesita ser esquilada. Sus ojitos esmeralda brillan con anticipación y lo miran expectantes, como pidiéndole que le dé más órdenes. Tiene las mejillas rojas y redondas, sus labios hinchados y brillantes del beso y su cuerpo se le ofrece deliciosamente bajo un adorable atuendo de pijama color crema lleno de dibujos de osos de peluche. Cada sutil curva es abrazada por la holgada y suave tela, insinuada de una forma en que lo enloquece.

Jay, sin saber bien qué hacer, remanga su pijama, mostrando sus muñecas para ofrecerle al vampiro alimento, pero Jason niega con una sonrisa divertida y maliciosa en el rostro tras pensárselo unos segundos.

—U-uhm, amo, no sé si estoy listo para que me muerda en el cuello de nuevo. —susurra el chico, inseguro, y bajando su mirada mientras lleva ambas manos a su garganta, tratando de acariciar su piel para erosionar los escalofríos desagradables que ahí nota. Ecos de las salvajes mordidas que su anterior amo siempre usaba para castigarlo.

Odia decirle que no a Jason, pues su boca llevaba años sin probar esa palabra y ahora se le hace demasiado exótica, un sabor desconocido y que no domina sobre su lengua y, también, porque Jason es amable con él. Oh, tan amable, y él quiere devolverle el favor, darle al vampiro todo cuanto pueda desear, pero sus deseos son crueles, salvajes, peligrosos. Y él es un muchacho demasiado temeroso como para hacerles frente aún.

Jason gatea sobre la cama, acercándose a su humano.

—Lo sé, bocadito, no estaba pensando eso. No aún. Sabes que esperaré a que tú mismo te me ofrezcas como un buen chico para poder morderte ahí, ¿sí? —Jay asiente, teniendo que esmerarse por entender sus palabras. El tono de Jay es seductor y sus palabras afiladas y sensuales, como la hoja de un cuchillo deslizándose por la piel con tanta suavidad que parece una caricia, incluso si es una peligrosa. Se siente mareado, hechizado por la forma en que su amo le habla con suavidad y lo acaricia dulcemente antes de morderle.

Le hace sentir dúctil, maleable. 

—Mhm, sí, amo… —responde Jay, presa de un delicioso mareo y dejándose hacer mientras las manos de su amo estrechan su cintura, rodeándola con pasmosa facilidad— ¿Entonces? —pregunta, confundido.

Si Jason no quiere beber de sus muñecas, pero tampoco va a morder su cuello, ¿acaso no tiene hambre? Imposible, el vampiro lo mira con los iris rojos brillando como ascuas encendidas, la pupila dilatada devorando su mirada con una oscuridad ominosa. Sus colmillos están largos y afilados, sobresaliendo de su boca y apoyándose en el tierno labio inferior del vampiro como joyas brillantes sobre mullidos cojines.

El vampiro no le responde, en su lugar tira del chico hasta dejarlo bajo su cuerpo y hunde su rostro en su cuello. Jay gimotea cuando su amante besa y mordisquea su cuello apasionadamente, sus labios siempre buscando esa marca de propiedad que fantasea con reabrir una y otra vez.

—Desnúdate. —le ordena a Jay y el humano siente un escalofrío recorriéndolo como un latigazo. 

La voz de Jason es ronca, baja, vibrante. Sabe lo que eso significa.

Jay se apresura a obedecer, incluso si sus manos tiemblan y su rostro está tan rojo que arde. Se quita torpemente la camisa del pijama y su amo no pierde el tiempo: desliza sus manos bajo la prenda y acaricia con parsimonia el vientre plano y hermoso del chico. Una mano termina apretándole duro la cintura, las garras clavándosele, dejando cinco rojos arañados mientras se arrastran por su piel lechosa, y la otra mano subiendo a su pecho y apretando uno de sus delgados y llanos pectorales, el pulgar sobre el pezón del chico, acariciándolo para hacer a Jay estremecer. Jason gruñe en su oído, un sonido animal lleno de hambre e impaciencia.

Una advertencia.

Jay lleva sus manos al elástico de su pantalón y se queda paralizado, hesitante. Cuando deslice esa prenda hacia abajo, estará totalmente desnudo y a merced de su amo y no será la primera vez, pero hace relativamente poco que Jason aceptó su virginidad como un hermoso regalo y, aunque muchas noches el vampiro lo reclama en su alcoba y lo folla lento, profundo y apasionado toda la noche, Jay aún no se acostumbra. Se pone nervioso cuando Jason le toca la cintura o incluso cuando le toma de la mano.

No se siente capaz de desnudarse del todo para su propietario y Jason lo sabe. Ama la timidez de su humano, así que ríe en su oído y su voz se desliza, melosa pero malvada, a través de sus labios.

—Tan desobediente hoy, Jay, parece que desees que te folle como si de un castigo se tratase.

Jay arquea su espalda, las palabras recorriéndolo como una descarga que le tensa todos los músculos y le hace jadear.

—N-no, señor, no pretendo ser desobediente —explica y Jason acerca su rostro al del pequeño, mirándolo entretenido, divirtiéndose con la manera en que el humano trata de hablar sin tartamudear mientras le araña la cintura con una mano, haciéndole saber cuán fácilmente podría romperlo, mientras con la otra acaricia su pezón, mandando suaves oleadas de placer por todo su cuerpo—, yo, ah, es solo… quiero complacerle, a-ayudarlo a relajarse esta noche, pero usted me pone nervioso. Demasiado nervioso.

—¿Nervioso? —pregunta el otro, divertido, y la mano de su cintura desaparece. 

Jay cree que tal vez Jason pretende darle tregua, dejar de hacerlo sentir pequeño y manipulable con su toque y así permitir que se relaje un poco antes de seguir. Pero entonces la mano de Jason toma sus pantalones de ositos de pijama y tira hacia abajo con ansia, tanta que sus garras rompen la ropa con desgaire y Jay puede escuchar la tela rajándose, puede sentir como el vampiro le arranca la ropa hecha girones y la lanza por ahí. 

—Pero si aún no he empezado contigo, mi dulce bocadito.

Jason se relame al descubrir que, pese al nerviosismo de su humano, tan inexperto pero deseoso de complacerlo, su sexo está erguido y goteando con anticipación. Jason ama cada parte del cuerpo de su Jay: sus cabellos claritos y suaves, sus ojos esmeralda llenos de gratitud, brillo y súplica, su nariz de botón, su boca de cereza, sus hombros estrechos y sus clavículas marcadas, su pecho llano, liso y suave, sus pezones de un rosa pálido que él adora poner rojos con sus dedos y dientes, sus manos gráciles, uñas como de cristal, su cintura diminuta, sus piernas delgadas y, oh, la deliciosa y jugosa fruta entre ellas. Un pene fino, lampiño y pálido, con la cabeza solo ligeramente rosada y redondeada, con forma de honguito, y unos testículos blanquecinos también de un tamaño adorable que se sienten como golosinas cuando juega con ellos en su boca. Cada pedazo de su cuerpo, una delicia. 

—Ah, qué vergüenza, parezco tan desesperado, amo… —se queja Jay, tapándose la cara, que ahora parece a punto de encenderse como una maldita luz de Navidad.

El chico se siente verdaderamente abochornado. Su amo solo pretende comerlo, o eso cree él al menos, y los besos y caricias que le ha dado solo para tranquilizarlo ya lo han hecho ponerse demasiado cachondo y receptivo, pidiendo por más.

Jason ríe, enternecido. Su risa es grave y lenta, ronca y llena la habitación con soberbia mientras el vampiro toma los muslos del chico y le abre delicadamente las piernas.

—Pareces un ángel, mi Jay —le responde Jason mirándolo maravillado—. Un ángel desesperado —se burla puerilmente y él y el chico intercambian cortas risas, pero luego el tono del vampiro se tiñe de un oscuro deseo—, deliciosamente desesperado.

El vampiro tiene que morder su lengua hasta que sus colmillos se han hundido en la carne de esta, atravesándola, para domar todo lo que el humano despierta en su interior. Para sosegar a todos los diablillos deseosos que gritan en su cabeza y ordenarles que dejen de fantasear con devorar al chico entero. <<Solo un mordisco. Uno pequeño>>

—M-mi amo, estoy confundido. Creí que usted quería morderme, pero me está desnudando y…

Jay traga saliva, incapaz de describir lo que sus ojos ven, pero el mensaje está claro: la miradita de Jay está clavada en la entrepierna del vampiro, más concretamente, en la forma en que la silueta de su enorme polla dura puede distinguirse a través de su apretada, incómoda ropa.

—Voy a morderte —susurra el otro, sus ojos rojos y sus pupilas dilatadas recorriendo las esbeltas piernas del chico y quedándose transfijas en el espacio entre ellas: sus muslos suaves y tiernos, sus ingles sensibles, su miembro duro. El vampiro acaricia la cara interna de los muslos del chico y lo siente temblar bajo sus dedos —y luego voy a follarte toda la noche, ¿está bien eso, Jay?

Jason pronuncia su nombre de una forma tan sensual que Jay solo deja ir un leve quejido. Siempre, antes de follarlo, le pregunta si está bien, si está listo, si lo desea, y lo hace con una voz tan lenta, tan segura y dominante, pero a la vez gentil, que Jay no puede imaginarse a sí mismo respondiendo que no a esa pregunta nunca.

Así que el chico asiente, sin voz alguna y tragando grueso, pues aún quedan horas para que la noche acabe y eso significa que el vampiro va a follarlo por horas. Horas. Su corazón se acelera y da un maldito vuelco cuando ve al vampiro descender, lamiéndose los labios, hacia su entrepierna. Jason rodea sus muslos, cada uno con una sola mano, y los mantiene abiertos.

El vampiro besa su muslo izquierdo, haciendo con sus labios un camino que se dirige más y más hacia el lugar donde se peca. Pero su boca no llega a la fruta prohibida, sino que se para en la ingle del chico y la recorre de un largo y húmedo lametón, sintiendo bajo la anchura de su lengua los tensos tendones del muchacho y deleitándose al escucharlo gemir.

—Justo aquí —murmura Jason y sus labios rozan la cara interna de su muslo, la piel se eriza contra sus belfos y puede sentir el pulso acelerado a flor de piel, como siendo manipulado por sus palabras—, se halla la arteria femoral. Las venas transportan la sangre de vuelta al corazón, sangre corrupta, llena de los desechos de los órganos, pero las arterias… en ellas se halla la sangre más fresca del cuerpo, recién oxigenada por una bocanada de aire fresco de los pulmones. Jay, hazme un favor, sé bueno y respira hondo. Así, muy buen chico. Todo ese oxígeno yendo directo a tu sangre, purificándola, ah… —Jason muerde su muslo sin usar los colmillos y lo hace con suavidad, dejando que sus dientes se deslicen sobre la tierna carne del chico y luego pellizcando un poco de esta entre sus mandíbulas. Lo suelta y luego no son sus dientes ni sus labios los que recorren su piel, sino su nariz. Jason recoge el dulce aroma del chico de una lenta inspiración, puede oler la fragancia de su sangre, sí, pero su piel también huele tan dulce y deliciosa y el perfume almizclado de su excitación flota en el aire, cerca, tentador, llamándolo—. La arteria femoral es de las más gruesas que el cuerpo humano tiene: una pequeña herida en ella puede significar la muerte en cuestión de minutos para un humano. La sangre brota a borbotones, tanta sangre…

Jay tiembla de miedo. Una herida inocua en él podría ser mortal, pues él sangra y sangra por horas debido a su condición, pero ¿una herida como la que Jason describe, amenazante incluso para un mortal sano? No puede siquiera imaginar cuán fácil le resultaría a una lesión de ese calibre dejarlo sin vida. Aun así, hay algo peligrosamente atractivo en la manera en que Jason habla de su fragilidad.

Jay sabe que Jason podría matarlo cuando y cómo quisiera y cada vez que le da por recordárselo, el chico se siente tan diminuto, tan vulnerable entre sus manos. Antes esa idea le horrorizaba, no había pánico peor que el de estar siendo apalizado por su amo y saber que, si se sobrepasaba un poquito siquiera, podría romper algo vital en él y acabar con su destino de pronto, pero cuando Jason lo hace… Cuando él le recuerda que su vida está en sus manos, la reacción que le causa es extraña y vergonzosa, y Jay está seguro de que es antinatural porque algo que va tantísimo contra los instintos de supervivencia no puede ser natural.

Jason sonríe al ver el pene de su pequeño humano estremeciéndose y derramando gota tras gota de presemen mientras él le habla con una voz oscura y baja de lo sencillo que sería matarlo. Lo envuelve con una de sus manos y, como esperaba, el cuerpo entero de Jay tiembla y de su boca brota un agudo gemido de sorpresa y placer.

Jay intenta erguirse de la cama cuando nota el firme puño de su amo atrapando tan estrechamente su sensible erección, enviando descargas de placer a todo su cuerpo, nublándole la mente con los más deliciosos hormigueos y escalofríos, pero la otra mano del vampiro, grande, pesada y fuerte, se coloca en su pecho y lo empuja hasta que su espalda choca con el colchón tan fuerte que se siente como ser empujado contra un muro de hormigón.

—Quieto.

—S-sí, amo. Perdón, amo.

Jason ríe, entretenido. Jay es tan servil y sumiso, tan perfecto. Le gusta cuando a veces el chico desobedece, como ahora, levantándose, no porque no quiera ser un buen siervo, sino porque está nervioso o abrumado de tantas sensaciones, y él se da el lujo de hablarle con una voz firme y severa, dejándolo hecho un lío de temblores y de balbuceos tímidos.

Jason mueve un poco la mano con la que envuelve el pene del chico, pues le sobran un par de dedos, así que decide darles un mejor uso: envuelve la virilidad de su amor con el índice, el corazón y, por supuesto, el pulgar y sube y baja despacio, estimulando al chico para arrancar deliciosos gemidos de su garganta; el dedo anular lo pasa más abajo de la base del pene de Jay, de hecho, lo pone bajo los testículos del chico, apretándolos como si su dedo fuese un anillo que pretende mantenerlos tensos e impidiendo al chico correrse en caso de que se emocione demasiado antes de hora; el meñique que desliza aún más abajo de los testículos del chico, apretando la tierna carne entre los genitales del humano y su ano, hasta que llega a este. Jay gime alto y se tensa entero cuando Jason empuja la punta de su dedo meñique a través del anillo muscular, empezando a abrir al chico para él.

Es cierto que ese es el dedo más delgado del vampiro, pero tiene las manos grandes y gruesas y la intromisión se siente tan intensa que el chico se altera un poco al sentirse tan dominado: una mano en su pecho manteniéndolo quieto y dócil y la otra masturbándolo, apretando sus testículos y empezando a prepararlo mientras la boca colmilluda de su amo besa la tierna piel que pronto desgarrará.

—J-Jason, despacio, por favor.

—Estoy yendo despacio —responde el otro con la voz colmada de deseo y, cuando habla, sus labios se mueven sobre el muslo del chico y puede sentir tenuemente su lengua y el frío de sus colmillos—. Ahora, Jay, voy a morderte.

El chico exhala, asustado, su cuerpo entero tiembla de temor y se tensa alrededor del dedo del vampiro que empuja dentro suyo. Entonces este lo masturba un poco más rápido, apretando en la punta húmeda de su miembro, con los dedos pulsando sobre la cabeza sonrojada, y haciéndolo también en la base de su miembro, distrayendo así al chico de sus preocupaciones mediante oleadas de placer.

—M-me curará después, ¿verdad, a-amo?

—¿Qué clase de pregunta es esa, mi amor? ¿Acaso ha habido una sola vez que no te haya curado?

Jay niega, avergonzado, y tiene lagrimitas en los ojos porque se siente muy sensible, muy desnudo. Obviamente lo está, las sensaciones más lascivas del mundo se deslizan sobre su piel, pero cuando está en momentos tan íntimos, también se siente emocionalmente frágil y expuesto y no puede evitar que algunas veces sus preocupaciones se le escurran de la boca como hilos de saliva bobos.

—Es solo… A-algunos dicen que cuando se aburra de mí me matará o me venderá y sé que no es… Sé que… pero a veces me preocupo… —confiesa, apenas pudiendo formar la frase.

La visita de Samuel le ha asustado y su historia le ha helado los huesos: un vampiro tan poderoso como cruel arrancando a un humano de entre las garras de un amo que trata de aprender a ser gentil y amable. Jay se ha sentido aterrado imaginando que alguien le hace a Jason lo que Jason le hizo a su antiguo propietario, alguien con más poder y peores planes para él.

No ha sido difícil que su cabecita llena de rumores, preocupaciones y rumiaciones conecte lo terrible de esa pesadilla con el prospecto que otros siervos en la casa tienen sobre él.

<<Está encaprichado con él porque es bonito y nuevo, pero pronto será solo bonito y humanos bonitos hay muchos en el mundo como para contentarse solo con uno. Pobre Jay, cuando Jason se canse, posiblemente lo venderá y, bueno, todos sabemos lo que le espera a un siervo humano que es más atractivo que útil.>>

Jason lo masturba más rápido y relaja la presión de su dedo anular alrededor de sus testículos, permitiéndole sentir el placer condenándose en la zona, tensándose como la cuerda de un arco a punto de disparar.

—Dime quién ha dicho eso, bocadito, dame sus nombres.

—N-no… —susurra el chico y le cuesta horrores formar esa tan pequeña palabra porque Jason es muy persuasivo, terriblemente persuasivo: aumenta el ritmo, masturbándolo rápido y arrancándole gritos y gemidos mientras con una mano lo hace estarse quieto, pues se retuerce demasiado de placer— L-los… ah, ah, ah… Jason, los m-matarás si te lo digo, ah… por favor, por favor, m-más despacio, voy a…

El vampiro sonríe, muerde el muslo de Jay sin colmillos, pero sin compasión, y esa pequeña descarga de dolor y miedo es lo único que necesita el chico para empujarlo al límite. Jay chilla agudo y se tensa entero, empuja sus caderas una y otra vez, haciendo su miembro resbalar por los dedos firmes y enormes del vampiro, y este empuja más hondo su meñique dentro del muchacho. Pero también afirma su dedo corazón, apretando sus testículos.

Un jadeo de desesperación, dolor y confusión le indica que ha hecho exactamente lo que quería: impedirle a Jay correrse. Castigarlo no dándole un orgasmo porque el chico no le ha dado lo que quería.

Jason suelta el pene del chico y, con ello, libera sus testículos y sale de su interior. Su mano está húmeda y Jay respira errático y agitado, con ojos llorosos.

—Claro que los mataré. Ahora, dime sus nombres.

Jay niega y aprieta sus labios fuerte, como sellándolos.

Es cierto que las palabras desconsideradas de sus compañeros le han herido profundamente, pero no merecen la muerte por ello: jamás se lo dicen a la cara, jactándose de él o queriendo asustarle, es algo que todos comentan a sus espaldas, con preocupación.

¿Cómo podría desearles la muerte por desconfiar de las intenciones de su amo cuando posiblemente todos esos pobres humanos hayan pasado por decenas de manos de vampiros malvados antes de llegar a la de Jason? Es normal, es sano, que malpiensen de él. Jay, por comparación, se siente peligrosamente ingenuo, pero ¿cómo no rendirse ante las atenciones de Jason, que puede llegar a ser tan dulce y maravilloso que le hace sentir como si flotase en una nube?

—¿No quieres hablar? Bien, entonces supongo que al final sí tendré que castigarte esta noche —admite Jason encogiéndose de hombros, como si no le quedase más opción, pero Jay puede ver el brillo sádico en su mirada y eso le dice todo cuanto necesita saber. Jason está jubiloso por tener una excusa para ser malo con él, lo estaba deseando—. Pero antes, Jay, abre tus piernas. Sé bueno mientras te muerdo y quizá te castigue más suavemente si me complaces ahora.


 

CAPÍTULO 76

Jason ama lo dócil que es el chico cuando lo asusta un poco, como ahora: Jay abre sus piernas tanto como puede, ladea su cabeza y muerde con fuerza la almohada porque sabe que gritará cuando los dientes de su amo lo perforen y, aun así, se queda tan quieto: sus manos hechas puños, su pecho subiendo y bajando rápidamente, su abdomen tenso y encogido, un agujero en su estómago.

Pero por mucho que a Jason, o mejor dicho, a las partes más oscuras de Jason, le excite ver al chico nervioso y sumiso como una presa rendida ante él, él desea relajarlo un poco antes de probarlo. El vampiro toma a Jay del cuello y le hace girar un poco la cabeza; con su índice y su corazón, empuja las mandíbulas de Jay, abriéndolas y haciendo que suelte la almohada.

—Respira hondo, mi amor. Mhm, así, mucho mejor, mi buen chico.

Jay se siente aliviado al instante. Los castigos lo asustan, pero cuando Jason es tierno y cuidadoso con él, se siente tan bien, tan protegido. Y Jason siempre es tierno y cuidadoso con él cuando va a morderlo, porque sabe que sus colmillos le recuerdan demasiado a otros colmillos, unos que traían solo dolor y que ahora traen aún pesadillas.

—No hace falta que abras tanto las piernas, relájalas un poco, te quiero cómodo, ¿sí?

Jay asiente y Jason masajea los muslos de su humano con grandes manos hasta que nota los músculos derritiéndose calmadamente bajo su toque. En su muslo izquierdo, a su mano se le une su boca, que besa y lame la piel con una ternura infinita.

El humano tiembla y suspira, su miembro irguiéndose de nuevo, reclamando la atención que antes se le ha negado.

—Lo estás haciendo muy bien, bocadito. 

—G-gracias… —susurra Jay y se siente tan tonto cuando lo dice. Es obvio que su amo lo halaga para calmarlo, pero aun así quería responderle algo y su cabeza está demasiado hecha un lío como para poder pensar algo mejor.

—Sé que estás nervioso porque es la primera vez que muerdo aquí, pero todo saldrá bien, ¿de acuerdo? Voy a curarte cuando termine. Te curaré todas y cada una de las infinitas veces que vaya a morder tu hermoso cuerpo. Nunca voy a olvidarme de sanar tus heridas, nunca voy a cansarme de escuchar tu voz o de sentir tu cuerpo contra el mío o de notar tu aroma pululando cerca de mí cuando deberías estar en otra parte, haciendo un trabajo del que te estás escaqueando. Nunca voy a permitir que pienses que existe la más mínima posibilidad de que tengas cualquier otro destino que no implique ser mío para siempre. ¿Queda claro?

Jay asiente con lágrimas en los ojos. La reafirmación que Jason le da es tan maravillosa que por un instante olvida que va a ser mordido y se permite relajarse del todo, sintiendo como todas sus preocupaciones y esos comentarios tontos que le rondaban la cabeza se deshacen en palabras ilegibles y emborronadas sobre arena, palabras lamidas por las olas del mar, poco a poco erosionándose y desapareciendo para siempre.

Jay cierra los ojos, sintiéndose tan relajado que podría dormirse. Entonces Jason lo muerde. Hundir los dientes en su muslo es tan maravilloso. Cuando muerde su muñeca, tiene que ser muy, muy cuidadoso: sus colmillos son más largos que ancha es la articulación del chico y esta apenas tiene carne, pero sus huesos son prominentes y hay ahí tantos tendones… pero el muslo de Jay es carnoso y agradable y puede hundirse en él sin preocupaciones, la fina capa de grasa y la gruesa profundidad del músculo abductor abrazando cálidamente sus dientes afilados, la sangre estallando en su boca, derramándose deliciosamente como cuando uno muerde una fruta jugosa y el fresco y dulce zumo se le escurre por el mentón.

Jay suelta un grito extraño cuando nota los aguijonazos de su amante penetrar la carne de su muslo: es una mezcla entre un grito sofocado y un gruñido. Tras eso, el chico solo jadea y gimotea febrilmente, sintiéndose más y más débil a cada segundo. Cuando Jason bebe de su muñeca, siempre bebe despacio y el chico tiene tiempo para prepararse ante la mareante sensación de las fuerzas dejándole poco a poco, pero ahora… ahora sus fuerzas le abandonan como si se las arrancaran de un zarpazo. Y el dolor le recorre el cuerpo como un arañado profundo y afilado, uno que le atenaza los músculos y le oprime la garganta, dejando que de ella solo salgan los más patéticos sonidos.

Jason está maravillado por el festín de sangre que esa parte de su amante le ofrece, pero sabe que no puede ser codicioso. Da el quinto trago a ese manantial de pura dulzura y luego tiene que hacer un esfuerzo titánico para despegarse de la herida del chico, de su piel cálida y chorreante, de su ternura, su dulzura, sus latidos cada vez más lentos.

<<Céntrate>> se ordena el vampiro a sí mismo y luego se abre la muñeca con los dientes y sin cuidado alguno: se la desgarra clavando los colmillos y arrastrándolos para seccionar la carne y crear una herida bien grande.

Abre la boca —ordena con su voz de mando, pues sabe que a veces el chico está demasiado mareado por la pérdida de sangre como para comprender sus órdenes, pero necesita que obedezca esta.

Jay separa sus labios solo levemente. Ha perdido más sangre de lo usual y está tan agotado y débil… así que Jason lo toma por las mejillas y clava sus dedos, obligándolo a abrir su boca aún más y entonces empuja su muñeca contra los labios del pequeño, haciéndole beber su sangre.

Jay se queja un poco, pero Jason suspira aliviado al ver la herida del chico cerrándose poco a poco y el sangrado extinguiéndose por completo. Las sábanas están manchadas de carmesí y la pierna del muchacho sigue bañada en sangre aún caliente, pero ahora ya está curado. Curado, pero medio vacío.

Jay se marea muy fácilmente, pero hoy luce tan maleable debido a la pérdida de sangre que a Jason se le antoja como un muñequito: todo su cuerpo flácido y débil y sin poder oponer ni un poco de resistencia.

—¿Estás bien, mi bocadito? —pregunta el vampiro, descendiendo para besar la mejilla del muchacho. La siente tibia contra sus labios, eso es buena señal.

—Mhm…

—Usa tus palabras, Jay. Respóndele bien a tu amo. —el tono es firme, viril, y recorre al humano como un escalofrío que lo sacude de pies a cabeza.

—S-sí, amo, solo me siento u-un poco débil.

—¿Tan débil como para no poder tomar un pequeño castigo? Puedo dejarlo para más adelante, si lo deseas.

Jay se remueve un poco en la cama. La voz de Jason en su oído, la humedad de la sangre entre sus piernas, la gran mano en su cintura… Nota que su inquieta entrepierna empieza a ponerse dura de nuevo, usando parte de la poca sangre que necesita para pensar con claridad.

—¿C-cuál es el castigo? —pregunta el chico, batiendo sus pestañas.

Jason sonríe sorprendido. Su chillo es pillo, astuto, pero él lo es más. Muerde su lóbulo y susurra:

—Chico listo, queriendo negociar conmigo… No te diré cuál es tu castigo, pero te diré algo: si accedes a tomarlo, te lo daré mientras te follo.

Jay gime y frota sus piernas, rogando por un poco de estimulación y creyendo fervientemente que si Jason sigue hablándole así, tan ronco y masculino, dominante y sucio, quizá con eso es suficiente como para alcanzar el orgasmo que antes le ha arruinado sádicamente. 

Jay quiere ser follado, necesita sentir esa punzada de nerviosismo y agobio que lo recorre cada vez que Jason empuja su polla contra su sexo y él puede sentir cuán grande es y, por un instante, se arrepiente de su deseo y teme no poder tomar algo tan grande para luego deshacerse en un sumiso placer cuando el otro lo penetra y lo obliga a tomarlo entero, despacio porque no quiere romperlo. Necesita sentirse como el pequeño juguete de Jason, el vampiro poniéndolo en todas las posiciones que desee y él solo dejándose hacer en sus manos, suplicando y murmurando y siendo mimado mientras su amo le da exactamente lo que necesita.

Pero, ¿Y si el castigo es demasiado? No sabe cuál será y es arriesgado decir que sí, pero la tentación es demasiado grande y, además, si luego no puede tomar su castigo, Jason jamás le obligaría a hacerlo. Él lo sabe.

—P-puedo tomar el castigo, amo, por favor…

Jason le besa tiernamente en los labios y luego toma una de las muñecas de Jay, pinzándola entre su índice y su pulgar. La menea en el aire y esta se mueve como si fuese parte de un muñequito de trapo.

—No tienes fuerzas para moverte, pero… —Jason recoge ambas muñecas del humano en uno solo de sus puños. Con su otra mano, se quita el cinturón. Jay traga saliva cuando el vampiro lo voltea en la cama, le ata ambas muñecas a la espalda y luego vuelve a girarlo para que quede bocarriba, ahora cerniéndose sobre él con su boca roja de sangre cerca de su oreja— Tienes prohibido tocarte, así que voy a quitarte esa posibilidad. No vas a correrte hasta que me digas lo que quiero saber. Hasta que me des los nombres de esos desgraciados que han dicho cosas que te han herido y te han hecho dudar de mí.

Jay traga saliva. No puede darle esos nombres. No puede condenar a muerte a sus compañeros humanos que siempre lo tratan bien y con amabilidad solo porque cotilleen a sus espaldas y hayan hecho comentarios desafortunados que él jamás debería haber escuchado en primer lugar.

Pero ahora no puede pensar en eso. Solo puede pensar en Jason, solo puede mirar a Jason.

El vampiro sale de la cama y se desnuda, ofreciéndole a Jay un festín para sus ojos: sus brazos enormes y musculosos, su pecho fuerte, su vientre recorrido por abdominales hermosos que quiere lamer, un suave camino de bellos cobrizos apuntando hacia ese lugar prohibido que Jay ya ha probado antes. Jason se quita los pantalones. Sus piernas grandes, fornidas, cada uno de sus muslos mucho más ancho que el torso de Jay. Gemelos marcados, como el resto de sus músculos, cuádriceps que descollan, grandes y henchidos, cada vez que el vampiro da un paso, tan jodidamente impresionantes que Jay desea sentarse en el regazo desnudo de su amo hasta el punto en que el anhelo es incómodo: su deseo se manifiesta de forma física, es un tirón molesto en su vientre bajo, un sacudirse de su miembro desatendido, es frustración que le muerde las carnes desde dentro.

Luego Jay se voltea y los músculos de su espalda se marcan hermosamente mientras mueve sus brazos, abriendo, rebuscando y tomando algo de un cajón. Algo pequeño que lleva entre dos dedos, tan pequeño que Jay ni atina a ver lo que es. Sus ojos dejan de investigar el objeto misterioso cuando Jason se baja la ropa interior, revelando sus nalgas fuertes y bien formadas, los músculos en ellas marcándose cuando camina; Jay imagina la forma en que esos mismos músculos deben descollar cuando el vampiro mueve su cadera, bombeando dentro y fuera de su pequeño culo.

Jason se voltea y a Jay se le seca la boca. Su polla es tan jodidamente grande. Cada vez que la ve se siente como la primera: igual de impresionado, igual de intimidado e igual de deseoso. Quizá un poco más con cada ocasión, porque ahora sabe que Jason es cuidadoso cuando él lo requiere, a pesar de que puede ser verdaderamente rudo si así lo desea.

Su pene es largo y grueso, perfectamente recto y con jugosas venas violáceas que abultan por todo su tronco. La punta de su rígida erección es de un rojo pálido que contrasta hermosamente con su piel desposeída de color. Su tamaño es tal que su cabeza rubicunda prácticamente roza el ombligo del vampiro. 

Jay intenta no ponerse nervioso cuando piensa en ello, pero sencillamente no puede: sabe que cuando Jason lo penetre, lo sentirá terriblemente hondo. Tanto como si pudiese romperlo. El chico jadea, su polla se estremece con la idea, incluso si su corazón se acelera, un poco angustiado.

Y no es solo la longitud lo que le acongoja. También el grosor de su amante le deja la boca seca, haciendo que tragar saliva sea difícil: Jason tiene un miembro impresionantemente robusto, su anchura es homogénea a lo largo de su estandarte, lo que significa que durante ningún momento su miembro es piadoso con los amantes que toma: los abre duro y ancho y cada estocada los estira más y más para él. 

La base de su pene es, quizá, ligeramente más amplia, y está decorada con un pequeño nido de suaves cabellos color rojizo. Los mismos que decoran dos grandes, pesados testículos que Jason muchas veces hace a Jay lamer y succionar bajo su escritorio, cuando sabe que no debería follar al chico tanto como desea porque entonces lo abrumaría, pero necesita sentir su calidez o su cuerpo la reclamará con una insistencia instintiva, peligrosa.

Jason se sube a la cama, el colchón se hunde bajo su peso, pese a que no se inmuta por el del liviano y diminuto humano. Jason toma las piernas del chico, pues él no puede moverlas, exhausto por la pérdida de sangre. Jay tiembla y gimotea, sabiendo que su cuerpo está a total disposición de su amo. Siempre lo está, eso es innegable, pero hoy no puede siquiera mover sus manos para ponerlas en los hombros de su amo y llamar su atención si necesita que se tome las cosas con más calma, así que eso le preocupa.

Sobre todo si va a ser castigado. Y, hablando de castigo, Jay logra ver por fin lo que Jason llevaba en su mano derecha: una delgada varita de cristal rosado translúcido, fina como una pajita para beber refresco y larga, más o menos, como el meñique del vampiro. En uno de los extremos de la pequeña vara hay una figura de cristal en forma de corazón, bastante más grande que el palito que la sostiene.

—Respira hondo, Jay. 

El chico hace lo que se le dice, aunque sus exhalaciones acaban siendo algo entrecortadas. 

Jason toma la erección de su chico en una de sus manos y la masajea, haciéndole mucho más difícil la tarea de respirar hondo. Luego deja caer su enorme polla sobre la del chico, ambas de la gran palma de su mano, y Jay puede sentir el peso de ese miembro sobre su sensible virilidad, la forma en que lo ridiculiza en comparación, lo firme que está.

El chico muerde su labio y sus ojos giran en sus cuencas con placer. Jason cierra su puño, masturbándolos a la vez y cuando siente que el chico está cerca, se detiene, sonriendo al escuchar sus respiraciones aceleradas y los quejiditos dulces que salen de su boca.

—¿Cuál he dicho que sería tu castigo? —pregunta con firmeza. Su voz es inflexible, fría, se siente como una hoja de metal rasgando su frágil deseo, cortándolo de pronto.

Jay se remueve, insatisfecho pero deseoso, y trata de hablar aunque note su lengua tropezar con cada palabra en su boca.

—Q-que no me dejaría correrme…

—¿Y qué estabas a punto de hacer ahora?

El agarre de Jason en torno a su virilidad se afirma más, como una serpiente estrechando viciosamente a su presa. Una punzada de castigador dolor lo recorre y el chico se apresura a responder, desesperado:

—N-no tengo la culpa, me está tocando y yo… amo cuando me tocas, Jason… —murmura, su tono tornándose terriblemente dulce y dócil al final de la frase. El chico bate sus pestañas perladas en lágrimas mientras mira a su amo y pronuncia su nombre con tal reverencia que el vampiro siente que podría ponerse rojo ahora mismo.

Sonríe con grandes colmillos.

—Zalamero y manipulador, mi diablillo. Pero si no puedes ser bueno y controlarte. Tendré que hacer algo al respecto.

Jason se lleva la pequeña vara de cristal rosa a los labios. Su lengua, larga y hábil como una serpiente, recorre el pequeño palo, empapándolo en saliva ante la desconcertada mirada de Jay.

—¿Qué va a hacer, amo, qué es eso? —pregunta el muchachito, demasiado impaciente y nervioso.

La mirada de Jason brilla de esa forma perversa en que solo lo hace cuando por fin tiene una excusa para castigar a su pequeño humano y se regocija en el placer de tomar a su amante entre sus manos y hacerlo quejarse de dolor y temblar de temor.

Jason suelta su propio pene, dejándolo reposar, pesado, contundente y enorme, sobre el vientre lechoso de su amante. Con su mano izquierda, rodea la pequeña polla de Jay y la sostiene firme y quieta, apuntando hacia el techo, con la otra mano, dirige la varita de cristal húmeda y goteante hacia la entrepierna del chico y este mira con completa atención.

—Tenía ganas de usar esto en ti. —ríe Jason, el frío del cristal toca el glande de Jay y lo hace dar un pequeño repullo por el contraste entre esa gelidez y el calor de su cuerpo.

Mientras habla, Jason sostiene el palito con el dedo índice y el pulgar, pinzando el extremo en forma de corazón mientras el otro acaricia trazando suaves círculos la punta redondeada del sensible humano, que se deshace en gemidos y temblores por el cosquilleo que siente al notar ese suave y frío metal tocándolo ahí con semejante precisión.

—Jay, mi amor, eres un chico tan dulce y tan bueno… Casi siempre. Pero otras veces desobedeces, como todos, está bien, no te hace menos perfecto, pero aun así: hay que castigarte. Nunca puedo darte una reprimenda severa, me ablandas demasiado: lloras cuando apenas he empezado a azotarte, me miras con esos ojitos irresistibles cuando aprieto un poco tu delicioso cuellito entre mis manos… Me haces sentir incapaz de hacerte daño, así que he pensado: ¿por qué no usar el placer en lugar del dolor para enseñarte una lección? Si te castigo con dolor, es aterrador en el momento, lo sé, lloras mientras marco tu piel, pero ¿después? Después el dolor desaparece y la lección que se suponía que tenía que enseñarte se atenúa, como las marcas, como la sensación de los azotes desapareciendo. Pero el placer, la necesidad… ah, eso es más persistente que un moratón o la piel enrojecida después de un azote fresco. El placer es mucho más… desesperante. O lo será si no te doy liberación. No tienes idea de lo sumiso que se puede volver un chico rebelde cuando debe rogar porque, por favor, por favor le dejes correrse. Y tú ya eres tan obediente… Oh, este castigo te dejará tan jodidamente dócil. Esto, Jay, es una sonda uretral. ¿Sabes cómo funciona?

Jay niega poco a poco, pálido como una hoja y temblando como en el ojo de un huracán. Jason sostiene su pene erguido con fuerza, asegurándose de que la presión de sus dedos envolviendo el pene del humano lo mantienen estimulado y erecto, pese al miedo.

Su otra mano deja de jugar: ya no acaricia pillamente la punta del pene de Jay usando la sonda. De hecho, ya no se mueve. El extremo delgado de la varita de cristal frío se ha detenido en el centro de la punta de la erección del chico, justo sobre la pequeña hendidura de donde brotan pegajosas gotas de presemen.

Jay mira la posición de ese objeto con los ojos enormemente abiertos, comprendiendo lo que va a pasar, pero sin ser realmente capaz de creérselo. Jason empuja muy levemente un milímetro de la delgada y fría vara y esta se empuja dentro del pene de Jay, abriendo el angosto canal por el que el chico suele escupir sus orgasmos.

—¡Ah, amo, espera, espera! —chilla el chico, asustado, notando el objeto intruso abrirse paso por su interior, dilatando una tan delicada zona.

Jason se detiene, como el humano le ha pedido, pero lo mantiene quieto y obediente y no saca el objeto de su interior. Le sonríe con una dulzura sádica y le dice:

—Tranquilo, cariño, no te voy a romper, tú sabes que jamás lo haría —explica y a la vez mueve un poco su mano, masturbando al chico, ahogando sus preocupaciones en varias oleadas de preocupación—, pero voy a castigarte. Ahora, respirarás hondo mientras yo empujo la sonda hasta el fondo y esto de aquí —dice, dando dos toquecitos con su índice en la punta en forma de corazón de ese terrible aparato de tortura, dos toquecitos que se sienten como martillazos y hunden la vara fría y firme dentro del pene del pobre humano un centímetro o dos. El chico se queja y se retuerce, varios hilillos de saliva escurren por su mentón y las lágrimas le resbalan por las mejillas. No duele, no exactamente, pero la sensación es tan extraña y abrumadora: siente el frío clavándosele dentro del ardiente estandarte de su deseo, esa línea firme y contundente llenándolo en lugares donde nadie tendría que llenarlo. Siente su cuerpo siendo poseído, ultrajado. Y, aun así, trata de quedarse quieto y dejarse hacer ante la extraña intrusión— te impedirá correrte a menos que te lo quite, ¿sí? Respóndeme con palabras, no con ruidos, chico.

El tono de Jason es firme. Está enfadado, está castigándolo de veras y eso siempre hace a Jay maleable y tan, tan obediente.

—S-sí, señor, s-sí, a-amo… —susurra, temblando entre sus manos, sus ojos clavados en su pene y en la forma en que las expertas manos del vampiro lo manipulan a placer, insertando el extraño objeto.

—Bien, ahora mírame a los ojos. A los ojos, Jay, no me hagas repetirme —ordena con una voz dominante que logra arrancar la vista del chico de la extraña escena que las manos del vampiro crean en su sexo. Jay siente que si deja de mirar, perderá el poco control que tiene sobre la situación, pero Jason se lo ha exigido, así que ¿qué opción le queda?—. Escúchame bien, estate atento.

Jay no entiende por qué el vampiro le habla tan duro, no entiende por qué le exige atención cuando él juraría que ya estaba concentrado en sus palabras. No lo entiende hasta que el vampiro empieza a hablar, porque mientras lo hace, empuja más y más honda la varita de frío cristal dentro de su virilidad.

Jay hace su mejor esfuerzo por mantener sus ojos llorosos en la cara de Jason mientras es penetrado de ese modo tan aterrador. Trata de aferrarse a sus palabras y de asentir y decir “sí, sí, sí, mi amo”, aunque de su boca solo salen balbuceos y sus ojitos ven borroso por las lágrimas. Él se esfuerza por ser un buen chico, pero es un chico asustado y confundido y no puede parar de frotar sus piernas y preocuparse mientras siente como el frío se clava más y más profundo en su pene y como algo extraño y rígido y peligroso abre su angosto canal y lo ocupa de tal modo que podría explotar ahora mismo.

Aun así, Jason lo mira con ternura, orgulloso de su esfuerzo y hablándole lento, para que entienda cada una de sus palabras.

—Cuando te haya puesto esto y no puedas correrte, te castigaré follándote una hora. Profundo. Cuando lo hago así, sueles correrte casi con cada embestida porque soy demasiado grande y grueso para ti y estimulo demasiado tu próstata cada vez que te penetro, ¿no es así? Voy a follarte de ese modo hoy, pero no podrás correrte. Con cada embestida sentirás que te corres, que necesitas hacerlo. Pero no pasará. Me va a dar igual cuánto me supliques, cuanto llores. Voy a seguir follándote hasta que la hora haya terminado y, después, tú decides si el castigo sigue o no: si me dices los nombres de los que han hecho esos comentarios tan feos que te han angustiado, te quitaré esto, te dejaré correrte todo lo que quieras. Si no… voy a seguir torturándote hasta el amanecer.

Jay jadea con fuerza al escuchar las palabras de su amo. Jadea más alto y agudo y más desesperado que en toda la noche, lo hace mientras se tensa y tiembla, mientras sus puños se cierran y sus muñecas se enrojecen luchando contra sus agarres, mientras sus piernas se cierran tan fuerte que duelen y su pene late y bombea entre los dedos de Jason y el vampiro sabe exactamente lo que está pasando: sus palabras han llevado a Jay al límite.

—Oh, mi amor, ¿acabas de intentar correrte con que te hable un poco sucio? —pregunta, burlón y cruel, y sus dedos dan toquecitos al corazón de cristal de la sonda, que ahora sobresale de la punta del pene de Jay como un adorable adorno, pues el resto del largo instrumento está enterrado en su excitación. Jason ríe en su oído, muerde su lóbulo y susurra:— Pobrecito, no podrás aguantar la follada que voy a darte esta noche.

<<Pero lo harás>> son las palabras que no pronuncia, pero que ambos saben que son demasiado ciertas. Jason sonríe con regocijo y sadismo, Jay tiembla de terror y deseo. Podría parar todo esto si quisiera, suplicarle a su amo que no lo folle, pues teme no poder soportarlo de veras, pero la excitación y la obediencia le inundan el cerebro y embotan su sentido común. Quiere ser bueno y quiere ser tomado por su amo. Quiere intentarlo.

Así que no dice nada.

Solo gime y se retuerce adorablemente cuando el vampiro toma una de sus piernas y se la echa al hombro, apoyando ahí el tobillo del chico y alzándola para tener un más sencillo acceso a su estrechez. Jason coloca un mullido cojín bajo la espalda baja de su amante, elevando su cadera y dejándolo listo y disponible para él.

Cuando empuja el primer dedo dentro de la entrada de Jason, se muerde el labio de puro éxtasis al ver al chico retorcerse de nuevo como antes y gritar: otro orgasmo que su cuerpo ha protestado por tener. Otro orgasmo que su amo le ha negado. Jay respira tan acelerado y se queja por cada pequeño toque. Está tan sensible.

Jason ama que su humano esté así, lo ama tanto que empieza a pensar que tiene que ser más inflexible con sus normas, buscar nuevas excusas para castigar al chico más a menudo porque esta noche está siendo tan jodidamente deliciosa que eso le permite distraerse de sus problemas, olvidarse por varias horas de Samuel y Aaron e Ivthan y todo ese maldito lío y pensar solo en el lío de gemidos y lloros que tiene ahora sobre sus sábanas, tan suyo que puede jugar con él hasta el amanecer.

Jason prepara al chico con uno de sus dedos por un buen rato, simulando profundas estocadas y escuchando a Jay chillar cada vez que la yema de su dedo se curva ligeramente, pulsando ese punto suave y dulce en su interior que sabe que lo enloquece. Cuando el chico está un poco más dilatado, lo folla con dos dedos, despacio, pues Jay es un humano sorprendentemente menudito y siempre debe prepararlo muy a conciencia, dilatándolo paulatinamente y asegurándose de que el chico está listo para recibirlo.

Abre y cierra sus dos dedos, como si fuesen las hojas metálicas de unas tijeras, viendo el anillo muscular del chico, sonrosado y ahora ligeramente inflamado y esponjoso por la intromisión, abriéndose más y más para él. Jay siempre intenta cerrar las piernas por acto reflejo cuando su amante lo dilata, pero Jason las mantiene abiertas con facilidad y cada vez que el chico trata de huir de sus toques, lo calma besando su cuello.

—Buen chico, eso es, iré despacio, no te preocupes, solo respira para mí. Mhm, yo me ocupo del resto. Tan bueno, tan obediente, tan perfecto…

Le susurra mientras sus dedos se empujan dentro y fuera de su entrada, empapados en la saliva de Jason.

De vez en cuando, el chico lloriquea alto y protestón y se sacude incontrolablemente mientras siente un orgasmo atravesar todo su cuerpo en busca de una vía de escape que no encuentra. Nota su clímax tensarse en sus testículos y ser disparado hacia su polla para luego ser contenido ahí cuando haya el tope frío y violáceo que le barra el paso; su éxtasis es devuelto a su cuerpo con dolorosa resignación y siempre hace a Jay patalear y llorar, porque un orgasmo saliendo de su cuerpo se siente como la más dulce liberación, pero uno volviendo a su cuerpo, enquistándose dentro suyo, creciendo con cada segundo en que Jason lo estimula y lo hace acumular más y más tensión y ganas y desesperación dentro suyo, se siente… insoportable. Como una pesada bola de hierro caliente, ardiendo más furiosamente cada segundo, más pesada. Se siente lleno y demasiado caliente, su excitación convirtiéndose en fiebre, sus deseos en delirio.

—No puedo, amo, no puedo… por favor, lo necesito… por favor —el chico ruega, pero Jason le sonríe y le acaricia el pelo y no le quita la jodida sonda.

—Ya sabes lo que tienes que hacer, entonces —le dice con la más vil de sus sonrisas cruzándole el rostro—, pero, primero, voy a follarte. Y aún no he empezado, así que aguanta un poco más, ¿o crees que ya estás listo para mi polla?

Jay asiente. No sabe si lo está o no, pero solo sabe que quiere ser follado. Siempre que Jason lo toma, él se pone muy nervioso y en alguna ocasión le pide parar, pero siempre, siempre acaba eyaculando una vez tras otra tras otra tras otra y un mareo delicioso lo sobreviene mientras su amo lo hace suyo y se entierra profundo en su interior. Necesita eso, ese jodido paraíso, incluso si lo que queda de racionalidad en su cerebro le advierte que hoy no lo conseguirá. De que hoy lo que antes era puro cielo, será el puto infierno.

Pero a Jason no le importa que el chico esté demasiado borracho de anhelo como para pensar bien en lo que está pidiendo, le importa que está suplicándole ser tomado y ¿qué clase de amante egoísta, de novio cruel y amo inflexible sería si no le da a su amorcito algo por lo que ruega con tanto ímpetu y desesperación? Jay es su dulce humanito consentido, así que va a darle exactamente lo que le ha pedido.

Retira sus húmedos dedos de su interior y los mira unos segundos, sorprendido, como siempre, pues se le han quedado más pálidos de lo común porque Jay es tan estrecho que lo aprieta con fuerza. Sabe que, si se siente tan prieto solo usando un par de dedos, se sentirá glorioso cuando note esta estrechez contra su polla.

No puede aguantar más.

Jason rodea la garganta de su amante con una de sus enormes manos. El chico se tensa y lo mira suplicante, pero su amo no lo ahoga, solo lo sostiene firmemente, clavándolo contra el colchón, manteniéndolo quieto y sintiendo contra su mano la forma en que el pulso de su diminuto amante se acelera cuando usa su otra mano para tomar su gruesa y larga polla por la base y golpearla contra el húmedo y recién dilatado agujero del chico.

Jay gimotea, alterado. El sexo de Jason se siente tan pesado, contundente y grande contra su sensible intimidad…

Intenta cerrar las piernas y huir de la demasiado intensa sensación, pero Jason alinea su eje con la entrada del chico y usa su mano que antes lo sostenía para tomar una de las piernas del chico, la que no está apoyada en su hombro, y ponerla a un lado de su musculosa cintura, rodeándola, asegurándose de que ambas quedan abiertas y perfectamente situadas para dejar al chico disponible ante sus dedos.

Jason acaricia un momento la cara empapada de lágrimas y saliva de su pequeño humano y le deja respirar tranquilo antes de empezar su castigo. Ama molestarlo, pero no quiere abrumarlo en demasía.

—¿Está bien mi precioso humano? —pregunta, su tono es burlón y humillante. Se ríe de lo destrozado y agotado que está ya su chico cuando para él la diversión apenas está por empezar. Aun así, algo en su tono denota preocupación y Jay sabe que debe responder honestamente a esa pregunta— ¿Estás listo para tomar tu castigo? —su tono se torna más oscuro y ominoso.

Ronco, sensual y también amenazante. Jay siente a Jason reposicionarse entre sus piernas, la amplia cabeza de su miembro apoyándose contra su anillo muscular y ejerciendo una lenta, suave presión que parece estar probándolo, notando como tensa antes de abrirlo de una profunda estocada.

Jay traga saliva. Nota su propio pene estremecerse de temor y anticipación.

Jason, sin embargo, no empuja dentro suyo: está esperando una respuesta.

—Amo, por favor, q-quiero que me tome, pero una hora es demasiado. Es demasiado, por favor, no podré con ese castigo. J-Jason, eres demasiado grande, demasiado duro, demasiado… N-no puedo, no puedo… —suplica el chico y mientras lo hace Jason siente el corazón del humano latir desbocado, el calor en su cuerpo tornarse ardor, su pequeño miembro saltando arriba y abajo, pegajoso, golpeando su vientre cubierto de abdominales, su entrada tensándose y apretándose más y más, como si lo tentase a obligarlo a ser bueno y recibir su exagerado tamaño pese a que su cuerpo se niegue.

Jay está suplicando clemencia, pero su cuerpo pide otra cosa.

—Deberías haberlo pensado antes de ser desobediente, cariño. —susurra Jason, casi compasivo, como si se lamentase por no poder salvar a su pobre chico de su condena.

Y, mientras habla, el vampiro empuja sus caderas lentamente y observa con los ojos brillando de deseo y sadismo como la mirada jade de su humano se llena de lágrimas y sus labios se separan para dejar ir el más dulce de los gemidos mientras lo abre con su enorme miembro y lo fuerza a tomarlo. Centímetro a centímetro.

Jay tira su cabeza hacia atrás, desesperado y extasiado al mismo tiempo, ofreciendo su delicada garganta de cisne al hombre que ahora aprieta entre sus dedos para no hacerlo entre sus mandíbulas. La sensación es abrumadora: el firme eje de Jason empuja despiadadamente contra el tenso anillo muscular entre sus nalgas, adentrándose despiadadamente, pero a la vez delicadamente. Su polla es enorme y cuando más y más lo penetra, más se le antoja interminable. Puede sentir su calor, su firmeza, la forma en que su grosor le hace rodar los ojos hacia atrás y sentir como su angosta entrada y su estrecho interior se dilatan para poder abrazar esa paulatina intromisión. Jay se siente tan imposiblemente lleno, siendo poseído en lugares de su anatomía tan recónditos que siempre obvia su existencia hasta que Jason le recuerda que también son suyos y que son realmente sensibles.

El vampiro empuja y empuja y cuando ni la mitad de su miembro está dentro, Jay se tensa y se arquea, sus piernas temblando, sus dedos rizándose. El vampiro sonríe. Ha alcanzado la próstata del muchacho y su erección, tan irremediablemente grande, va a presionarla deliciosamente a partir de ahora y hasta que decida dejar de tomar su cuerpo, lo cual no pasará hasta dentro de horas. Eso significa que, desde este momento, cada movimiento del vampiro será una agonía de placer para Jay.

El chico llora y niega. Necesita correrse y la vara fría que atraviesa su pene como una espada incrustada lo tapona cuando siente que va a explorar. No puede más, dice con su mirada, pero Jason le sonríe y empuja su cadera hasta que su pubis chica con la piel del chico y sus testículos chasquean contra su pequeño culo.

Jay es un lío de gemidos y lloros, piel hormigueante, manos que no sirven para agarrar y piernas que no podrían caminar ni aunque les fuese la vida en ello: solo pueden temblar. Temblar mientras la sensación de ser llenado por el gigantesco hombre le manda al cielo y al infierno al mismo tiempo.

—Buen chico, me tomas tan bien… —lo halaga Jason con su sedosa voz y luego desliza una mano por su vientre hasta que llega a la parte baja de este, ahí donde protubera algo redondeado y familiar: puede sentir la punta de su erección a través de la endeble anatomía de su presa— Relájate, respira, acostúmbrate a mi tamaño antes de que empiece a follarte, bebé.

Jay no puede responderle, solo gemir y sufrir. Cada sensación es tan maravillosa y frustrante, tan placentera que no puede concebir cómo no va a correrse por cada palabra de esa voz viril, cada movimiento de las caderas firmes de su amo, cada respiración sobre su cuello… pero no lo hace. No puede.

Jay puede sentir el miembro del otro, pesado y firme, endurecer más aún en su interior, puede notar su abrasador calor, el contorno de cada una de sus gruesas venas, la forma en que palpitan cuando él se tensa y lo aprieta en su interior. Puede sentir a Jason tan jodidamente profundo en su cuerpo, llenándolo sin remedio.

—A-amo, un descanso, por favor…

Jason ríe, enternecido.

—Cariño, aún no he empezado.

El otro niega, incrédulo, desesperado. Necesita un descanso de tantas sensaciones, necesita que Jason le dé un poco de liberación.

Pero el vampiro hace lo contrario: lo besa profundo y húmedo, muerde su labio con fuerza y contra su maltratada boca, susurra:

—Ahora, cariño, sé bueno y toma tu castigo tan bien como estás tomando mi polla.

No le da a Jay tan siquiera un segundo para procesar su orden antes de empezar a follarlo.

Lo hace de forma implacable, torturadora: saca su polla hasta que solo la punta permanece dentro, dándole al chico un pequeño respiro, permitiendo que su interior vuelva a probar la libertad de estar vacío y que su próstata deje ser golpeada duramente, pero antes de que Jay pueda siquiera tomar una bocanada de aire y disfrutar de la sensación, Jason se entierra profundo y despacio, abriendo al chico de nuevo y forzándolo a acoplarse a su asombroso tamaño, su próstata siendo acariciada con fuerza por su longitud y mandando, por cada centímetro de la erección que la roza, una nueva oleada de insoportable placer al cuerpo del chico, que se agita y tiembla y trata de huir de la sensación, pero es fácilmente sometido por las expertas del vampiro sobre él.

Jason mira a su humano a los ojos, disfrutando de la forma en que su expresión pasa del placer a la súplica, del lamento al éxtasis. Con la primera embestida, el chico grita y le jura que no podrá aguantar más. A la cuarta, está sollozando, demasiado sobreestimulado, y promete entregarle a su amo lo que desee:

—Te diré sus nombres… —jura y su voz sale débil y entrecortada porque Jason no para de embestirlo para dejarlo hablar, solo se esmera en entenderlo entre jadeos y lloriqueos—. A-amo, por favor, lo que desees, haré lo que sea.

Cuando apenas lleva un minuto penetrándolo, Jay ya no puede hablar: sus palabras salen sorbidas, sollozadas, deshilachadas de su boca. Su voz solo sirve para gemir mientras el vampiro lo embiste una vez tras otra, tras otra, rítmicamente.

Sigue así un buen rato, cada embate más poderoso que el anterior, hasta el punto en que sus caderas chocan con el culo del chico, produciendo un sonido obsceno, carne chasqueando contra carne, y dejando el trasero del muchacho rojo y amoratado. No se detiene ni un solo segundo, no vacila, al contrario, disfruta enormemente de castigar a su chico sin miramientos.

Jay está empapado: lleno de saliva y lágrimas y su polla goteando, como puede, chorros y chorros de presemen, intentando lubricar el estrecho conducto para que alguien le quite de una vez por todas ese instrumento de tortura.

Jay suplica con la mirada.

Jason lo mira con sádico gozo y continúa poseyéndolo, viendo cuán alto es capaz de hacer gemir a su amor.

Cuando siente que el chico está acostumbrándose al ritmo de sus embestidas y a la fuerza con la que lo clava contra el colchón, decide no hacerle las cosas tan fáciles: empuja su polla hasta el fondo y, en vez de retirarla del todo y volver a ultrajar la entrada del humano, ahora se mantiene todo el rato dentro, sacando menos de la mitad de su longitud y follándolo tan profundo como puede sin romper el contacto con su sensible próstata.

Cuando empieza a tomarlo de ese modo, Jay se convierte en un charquito de lágrimas. De no ser por la sonda, se habría corrido ya varias veces sin tregua, pero por culpa de ella ahora el placer lo recorre como un latigazo y su amo lo folla más rápido y profundo que antes, tan salvaje y cruel que cree que se desmayará si su clímax sigue creciendo y creciendo en su interior.

Jason no flaquea en ningún punto de la noche: durante la hora entera juega así con su humano, penetrándolo rápido y duro o lento y profundo, dependiendo de lo que más va a dejar a Jay demasiado sensible y sumiso. Cambia el ritmo, la fuerza, incluso el ángulo con el que muele sus caderas, golpeando siempre su suave punto dulce, asegurándose de que por cada una de sus embestidas Jay siente la promesa de un orgasmo convirtiéndose en pura desesperación. 

Pero el vampiro no es solo malvado. Sabe que es muy difícil para el pobre humano tomar un castigo tan grande, de hecho, supo que el pobre posiblemente necesitase horas y horas de cuidados previos cuando empezó a joderlo tan duro que perdió la capacidad de formar frases, así que mientras sus caderas lo martillean y su polla lo llena por dentro, el vampiro lame sus lágrimas agradablemente y juega con su cabello, mimándolo dulcemente, haciéndole sentir querido y cuidado a la par que destrozado.

Cuando siente que está a punto de romper a su pobre presa, de llevarlo más allá de su límite y destrozar su cabecita hundida en un placer cruel y demencial, aminora un poco el ritmo y deja que sus estocadas sean más superfluas y benevolentes para que el chico pueda recuperar su aliento y su cordura. En esos momentos le susurra dulzuras al oído.

—Un chico tan obediente… Luego voy a premiarte, voy a ser tan dulce y generoso contigo, mi amor… Pero ahora, déjame seguir rompiéndote un rato más. —le dice cuando Jay respira tan agitado en una ocasión que teme que no pueda tomar aire correctamente, así que lo folla dulcemente por varios minutos hasta que Jay es capaz de enfocar de nuevo su vista y de tomar bocanadas completas.

—Te sientes tan bien, tan jodidamente caliente, tan estrecho, tan suave y dulce y… oh, joder, Jay, has sido creado solo para mí, para estar bajo mi cuerpo, tomando mi polla, abriendo tu boca para recibir mis besos, entregándome tu bonito corazón porque no podría soportar que fuese de nadie más. Eres tan jodidamente mío. Mío. —gruñe Jason mordisqueando su cuello y luego besándolo húmedo y descuidado, formando un lío de marcas y saliva en su cuello, justo antes de besar su boca y mantenérsela abierta a base de follarlo duro y hondo para que grite y así poder dejar que su saliva escurra desde sus colmillos y sus labios y el chico la tome entre los suyos agradecido, bebiéndola como néctar.

—Ya casi estamos —le miente con sorna cuando apenas llevan un cuarto de hora y el chico ha perdido la noción del tiempo y casi la voz—, lo estás haciendo tan bien, estás haciendo a tu amo sentir tan orgulloso. Va a ser adorable ver cómo te corres cuando termine contigo. ¿Cuántas veces lo harás, mi amor? ¿Dos, tres, cuatro? ¿Crees que debería averiguar dónde está tu límite hoy? —se burla un poco, llevando su mano grande y caliente al pene del chico y rodeándolo. Es la primera y la única vez que lo hace esa noche porque Jay chilla y se retuerce con tanta fuerza que Jason sabe que es demasiado para el pobre humano. Está tan sensible… Más adelante lo sobreestimulará de esa forma, no para castigarlo, como hoy, sino para jugar con él, pero todavía no está listo.

—¿Quiere mi chico bonito que me corra dentro de él, hm? ¿Quieres sentir cómo te lleno con mi semen? Justo aquí… —lo tienta, acariciando con su mano la barriguita de su humano, empujando sus dedos un poco para rozar la punta de su polla desde afuera y hacer al humano enloquecer por la presión.

A la media hora, el vampiro le desata las muñecas a Jay mientras lo sigue follando: sus manos y sus piernas están hechas gelatina y, pese a que lo desea, no es capaz siquiera de mover un solo dedo, así que jamás podría quitarse la sonda.

Jason se burla de él tomando la muñeca del chico como si fuese una marioneta y haciendo que su manita pálida ondee sobre su pene, las yemas de sus dedos tocando el tope de cristal con forma de corazoncito de la sonda. Si Jay tuviese la suficiente fuerza para pinzar sus dedos y atrapar el llano corazón, podría tirar y quitarse ese jodido apartado de una vez por todas, pero no puede. Apenas puede siquiera respirar o mantener sus ojos abiertos, así que solo gime y lloriquea y trata de cerrar los ojos para no ver la irónica escena mientras las lágrimas le escurren por las mejillas.

Cuando la hora termina, Jason se entierra bien hondo en su humano, pero por fin deja de moler sus caderas a un ritmo salvaje, irregular e insoportable y le da una pequeña tregua a Jay. La primera que ha tenido en lo que siente que son siglos.

Jay jadea como si estuviese a punto de ahogarse y su amo debe palmear su carita un poco para evitar que se desmaye.

—Vamos, vamos, respira, mi amor, estoy siendo suave contigo. 

Lo que más le hiela la sangre a Jay es que su voz no es burlona. Habla en serio.

El vampiro coloca una cálida palma sobre su pecho, abarcándolo entero, y le ayuda a respirar más calmado.

—¿Puedes hablar, bocadito? ¿Necesitas un rato más?

Jay necesita una vida entera para recuperarse de una noche que, no debe olvidar, acaba de empezar. Su corazón galopa en su pecho tan fuerte que lo siente y lo escucha latiéndole en las orejas, en la base de la garganta, en la punta de los dedos… y sobre todo en su polla. Su erección color rojo sangre, que está más hinchada que nunca, necesitada, sacudiéndose sola de forma desvergonzada mientras ruega atención, sus testículos tensos y sonrosados necesitando vaciarse.

Nunca pensó que podía estar demasiado cachondo y, aun así, jamás pensó que sería tan doloroso. No, no es dolor lo que siente, no solo dolor: es agonía mezclada con placer, un deseo afilado que se le clava en lo más hondo de las entrañas. Es mucho peor que el dolor, pues tiene una urgencia, un calor, tan complejos y desesperados que el dolor jamás podría entenderlos. Le nubla la mente, le anuda la lengua, le oprime el pecho.

—Porfavorporfavoequítameloporfavoramoquítamelopor-

—Habla apropiadamente, bocadito, no querrás que te castigue de nuevo por farfullarme así, ¿verdad?

Jay se alarma tantísimo cuando escucha la amenaza, incluso si el tono suave y la expresión risueña de su amo indican que es una broma. El humano niega frenéticamente y se echa a temblar. Jason sonríe, orgulloso: tiene al chico justo como deseaba, tan dócil, tan maleable. Ama dejarlo así, aunque también debe ser extra cuidadoso, no quiere rebasar ningún límite ni doblar su voluntad demasiado, no quiere aprovecharse de su pequeño, solo jugar un poco duro con él.

—Ahora, Jay, sé bueno y dime los nombres de las personas que te dijeron esas cosas feas y te hicieron sentir mal. 

Jay arquea sus cejas lastimeramente, sus labios tiemblan en un puchero y un quejido realmente triste escapa de su boca, alarmando a Jay y haciéndole tomar su cara llorosa entre sus grandes manos.

—Pero… Pero… T-tienes que prometer…

—¿El qué, cosita dulce y buena? —pregunta con toda la dulzura del mundo.

—N-no quiero que mueran, p-por favor.

Jason chasquea la lengua, molesto, y Jay se encoge bajo su cuerpo.

—Ah, odio que me digan qué hacer… —advierte con un tono ronco y dominante, pero luego su voz se torna sedosa como una caricia:— Pero amo consentirte. De acuerdo, tú me dices sus nombres ahora mismo y a cambio te prometo que sus castigos no serán letales, ¿sí? Buen chico. Empieza a hablar.

Jay escupe su confesión entre sollozos. Menciona cuatro nombres, de cuatro humanos de Jason, de los más antiguos y fieles, pero también de los más desconfiados. Son muchachos y muchachas que pertenecieron antes a otros bebedores de sangre y que de sus experiencias se llevan profundas cicatrices en el alma. No los culpa del todo por mantenerse escépticos al ver a un vampiro jurándole amor eterno a uno de sus pedacitos de carne favorito, pero tiene claro que debe reprenderlos por haber dejado que esos pensamientos escapen de sus labios y se claven como dardos venenosos en el puro corazoncito de su amado.

Oh, definitivamente no será gentil cuando los discipline. Pero ahora sí debe serlo, porque Jay ha sido un muy buen chico, tan valiente y obediente tomando la polla de su amo y su tortuoso castigo, así que merece un maravilloso premio y Jason pretende dárselo.

—Bien hecho, mi amorcito, nunca debes ocultarme nada, nunca debes mentirme —lo alecciona, acariciando sus mejillas con suavísimos pellizcos que hacen al muchacho fregar su cara contra las grandes y cálidas manos que lo tocan y prácticamente lo tienen ronroneando— y yo nunca haré algo que te disguste. No voy a matar a esos… A esos humanos. Tienes mi palabra. Ahora, ¿quieres que te quite esto?

El índice de Jason roza el corazón de cristal de una forma tan liviana que su contacto no es más pesado que la caricia de una pluma, aun así, la presión del toque viaja a través de la vara de cristal y tiene a Jay retorciéndose y suplicando.

—¡Por favor! Por favor… —ruega con voz temblorosa, agotada.

Su cuerpo está tan extenuado que no puede mover ni un solo dedo, su entrada está roja y dolorida por la violencia e insistencia con que el hombre la embiste y su pene está chorreando, palpitando, color rubí y tan sensible que no puede siquiera mirarlo sin temer que el peso de sus pupilas posándose sobre la imagen de su sexo se sienta insoportable.

Jason toma muy delicadamente el extremo de la varita de cristal, pinzando entre el índice y el pulgar el tope con forma de corazón. Jay se queja y trata de cerrar sus piernas, sin éxito; Jason siente al chico tan tenso que estrecha su miembro de una forma deliciosa con su culo, tanto que desearía poder ser cruel con él un ratito más. Pero ya ha sido suficientemente malo hoy.

El vampiro estira muy levemente y Jay grita de dolor.

—Au, ah… Amo, no puedo. Está demasiado sensible, algo va a romperse, me da miedo que…

Jason lo calla con un casto beso en los labios mientras tira un poco más. Jay cierra sus ojos con fuerza, las lágrimas cayendo por sus brillantes mejillas, sus quejidos siendo entregados directamente en las fauces de su hambriento amante.

—No pasa nada, pequeño, confía en mí. Jamás haría algo que pudiese dañarte de veras. Ven, muerde.

Jason amordaza a Jay suavemente con una de sus manos, dejando que el chico mordisquee la parte carnosa de su palma para lidiar con la intensidad de las sensaciones. No le resulta doloroso, sino que de hecho se le antoja adorable notar los dientes del chico enterrándose en su piel mientras él ahoga sus gemidos.

Poco a poco, Jason retira la sonda de cristal. Jay hace un buen lío por cada milímetro del tubito que se desliza fuera de su húmedo sexo y, para cuando han terminado, respira errático y acelerado y un grueso y viscoso hilo de presemen une la punta de la polla de Jay con el frío aparato.

El presemen del chico fluye como néctar de su hendidura y el chico muerde más fuerte la mano de Jason mientras sus ojos primero se ponen en blanco y luego se cierran, el placentero alivio de la liberación alcanzándolo mientras chorros y chorros de transparente y dulce presemen empiezan a cubrir su pene y a formar un lío pegajoso y húmedo en su tripa y las sábanas.

Jason deja que el chico procese las sensaciones una a una, aunque debe morder su labio muy fuerte para distraerse del insistente deseo de follar a Jay rudamente ahora mismo. 

El chico gime suavemente mientras sus fluidos se derraman y, de pronto, Jay empieza a gemir más y más alto, a tensarse y morder tan duro que casi rompe su piel y Jason sabe perfectamente lo que está sucediendo: el pobre humano está tan estimulado que va a correrse solo por notar su polla clavada profundamente en él.

Jason desea tantísimo joderse al chico con ansia animal mientras lo siente apretar su erección en su interior mientras le arranca orgasmo tras orgasmo, pero es demasiado para él, así que se inclina sobre su cuello, lo empieza a follar suave y profundamente y lo agasaja a halagos.

—Mmm, eso es, buen chico, córrete para mí.

Jay escucha la orden y todo su cuerpo es pura electricidad. Sus incontables orgasmos acumulados lo atraviesan, haciéndolo retorcerse bajo el firme, pesado cuerpo que lo mantiene quieto y mece sus caderas en su interior, pulsando su punto dulce, regalándole oleadas de puro éxtasis.

Jay llora mientras se corre. Es tan delicioso el orgasmo, tan jodidamente maravilloso sentir su piel tornarse hormigueos, sus huesos charcos de placer, sus músculos suaves telas escritas con palabras sucias. Pierde el control de su cuerpo, sintiéndolo temblar y agitarse y tensarse hasta que todo le duele de una forma exquisita.

Nota el calor en su pelvis, magma derramándose desde su vientre hasta su sexo y luego subiendo por él y… oh, por fin, explotando.

El chico dispara tira tras tira de perlado placer, cubriendo su barriguita plana y el abdomen marcado y fuerte de su amo, sus dos cuerpos haciendo sonidos húmedos y pegajosos mientras Jason lo penetra bien hondo y goza de la deliciosa estrechez de su agujero. El vampiro gruñe en su oído, un sonido tan varonil que el orgasmo del muchacho se alarga, fundiéndose con el siguiente, y siente como su amo lo llena del mismo calor blanco y placentero que ahora empapa sus torsos.

Jason lo folla un poco más, dejando que Jay se corra por tercera y cuarta vez con su maravillosa polla golpeándolo por dentro, empujando su semilla a los rincones más recónditos de su anatomía y, tras un rato, sus demoledores orgasmos los dejan a ambos jadeando sobre la cama, empapados en sudor y lágrimas y saliva y todavía el uno dentro del otro.

Jason acaricia los cabellos de Jay dulcemente, notando cómo se relaja y cómo su cuerpo entero se destensa por fin, exento de energía al haberla liberado toda en forma de blanco placer. Nota su entrada, dilatada por horas de sexo, relajándose, su semen saliendo poco a poco de su interior, goteando sobre la cama. Nota la respiración profunda de Jay y sus pequeños quejidos.

—Voy a salir de tu interior, ¿de acuerdo?

Jay asiente o su cabeza se bambolea, porque no puede ni controlarla, y Jason se retira muy despacio de su cuerpo, aunque aun así el chico se queja y nota su cuerpo extraño al quedarse vacío de nuevo. Se siente como una contradicción andante: suave y líquido, el agua de un lago o el nenúfar flotando en él o quizá un duende tumbado sobre una nube y, a la vez, le duele todo, pero su dolor es como un regusto agradable, un eco escalofriante y placentero de la brutal pasión que Jason le ha demostrado hoy.

—Ven aquí. —dice el vampiro, tomando al chico entre sus brazos.

Son tan cómodos y cálidos que se duerme al instante. Jay no se preocupa por nada más, ni siquiera por su desnudez, porque mientras se mece entre la conciencia y la inconsciencia, va abriendo los ojos y comprobando que Jason ya se ha ocupado de bañarlo con agua caliente y frotar su cuerpo con manos lábiles y esponjosas por la espuma, se ha ocupado de peinar y secar sus hebras castañas y melosas, de ponerle un pijama de felpa bien calentito y calcetines abultados a juego para que no pase frío. También se ocupa, en algún momento, de darle unas cuantas cucharadas de una sabrosa sopa que se siente como arroparse en una mañana de invierno. Lo envuelve en mantas y luego en sus brazos, Jason hace de cucharita grande mientras le susurra a su humano lo divertida que ha sido la noche, lo mucho que ha disfrutado de su cuerpo y lo mucho que lo ama y lo amará siempre.

Jay escucha a su amo hablar serio y preocupado mientras parece llamar por teléfono a alguno de sus clientes, pero cada vez que entreabre sus ojos y bate sus pestañas, confundido, el vampiro aparta el teléfono, haciendo a la otra persona esperar, y le besa la frente.

—Duerme un poco, mi amor. —dice el vampiro, con una voz aterciopelada.

Y Jay, como siempre, cumple las órdenes que su amo le da, obedece sin cuestionarle. No podría aguantar otro castigo, aunque, después de esta noche, quizá le apetezca uno de vez en cuando.


 

CAPÍTULO 77

Samuel, Charlotte y Jason están sentados en el salón de este último, deliberando sobre cuál debería ser su siguiente paso. A los pies del pelirrojo se halla su mascota humana preferida: Jay está arrodillado, con su cuerpo inclinado hacia las piernas de su amo y su cabeza ladeada, descansando contra una de sus rodillas. Cierra los ojos mientras su propietario juega con su cabello y habla con una voz ronca, baja y seria.

Charlotte luce nerviosa, los eventos de la noche anterior volviéndose más reales, más peligrosos a medida que el tiempo avanza. Por contra, Samuel luce algo más sosegado. Pero estar más tranquilo no significa estar tranquilo, en absoluto: el vampiro más antiguo no está histérico, vociferando, llorando, gruñendo como la noche anterior, cuando parecía un animal salvaje, totalmente fuera de sus cabales, pero no para de mirar alrededor con nerviosismo, mueve su pierna arriba y abajo y cruje sus dedos en un tic insistente y escalofriante.

La noche anterior se dio un festín con los empleados de Jason y ahora su piel luce más radiante, sus ojos más brillantes y agudos y todos sus movimientos más prestos, pero algo en él sigue luciendo infinitamente cansado. Atormentado.

—Hablé con todos ellos anoche. Con los cuatro originales de la ciudad. Parece que algunos están dispuestos a disfrutar al máximo el poco tiempo que les queda en este mundo, como una… gran fiesta de despedida. Pero otros estaban increíblemente esquivos, hablando de que no requerían ya de mis servicios y que cualquier negocio que fuese a ofrecerles les resultaría una carga inútil para el… “viaje” que iban a emprender. Ninguno confesó nada sobre haber decidido morir y siempre han sido raros, pero anoche todos y cada uno de ellos sonaban completamente desquiciados. No sé qué ha hecho Ivthan para convencerles exactamente, pero se ha metido en sus cabezas y se las ha revuelto hasta dejarlas hechas un lío. Fue… Me dio escalofríos oírlos hablar así, idos, diciendo cosas sobre encontrar paz después de una vida entera teniendo la guerra por naturaleza. Hablaban de pecado y redención, de ser perdonados por Dios, otros decían que habían agotado la diversión que el mundo tiene para ofrecerles, que habían ganado este estúpido juego…

<<Ivthan les ha hecho trizas el cerebro. Ivthan y… y la edad. Siempre he deseado pasar el umbral de los mil años para sentir como mi cuerpo se vuelve increíblemente poderoso, pero ahora, escuchando a los originales, me aterra pensar que quizá nuestro cuerpo se vuelve fuerte con los años porque necesitamos cada vez una barrera más robusta para proteger lo que hay dentro: una mente tan frágil que se deshilacha día a día.

<<Joder, Sam, ahora lo pienso y, aunque hayas sido un puto monstruo con Aaron y jamás vaya a perdonarte el daño que le has hecho a un ser inocente, puedo… Entender que hayas tenido que aferrarte a algo para mantenerte cuerdo tantos años. Incluso si es aferrarte a las partes más terribles de ti, porque también son las más fieles>>

Samuel lo mira con intensidad y traga saliva. Las palabras de Jason no son condescendientes, hay crueldad en ellas, pero también compasión y, por cada segundo de paz o de amabilidad que recibe, no puede sino recordar que Aaron, quien más lo merece, no está recibiendo nada de eso. La culpa se lo come vivo cuando recuerda que él es quien arrastró al chico a ese infierno, a ese mundo de presas y depredadores, amos y siervos, castigos y órdenes, y él es, también, quien dejó que el peor diablo que conoce se lo arrebatase de las manos.

—No es momento de compadecerse de mí, es Aaron quien necesita ayuda —sostiene, firme, pero con una nota de agradecimiento en la voz—. Dime cuáles eran los originales que han accedido a seguir haciendo negocios contigo, esos son los más fáciles de engañar, localizar y… cazar.

—Zoa y Braham. Parecían los más cuerdos, si se les puede llamar así. Samael y Elisha —Charlotte alza la cabeza de golpe, sus rizos bailan por el rápido movimiento y sus ojos chispean un segundo. Aprieta sus labios, como queriendo impedir que un torrente de palabras la desborde, y se mantiene en silencio con el ceño fruncido—, los más antiguos, estaban muy reticentes a siquiera hablar más de un minuto conmigo. Lottie, ¿has podido averiguar algo?

—Soy demasiado joven como para que haya tenido el honor de ver a cualquiera de esos seres más que de lejos —dice y luego una media sonrisa sardónica cruza sus labios brevemente—, pero he podido averiguar alguna cosa. Braham parece estar cediendo a todos sus caprichos antes de irse. Él siempre estuvo obsesionado con nuestra raza, investigaba sin descanso, hasta el punto del ascetismo: indagaba sobre el origen y la cura del vampirismo y olvidaba comer, salir, relacionarse. He oído que podía pasar años metido en su castillo si nadie le llamaba para algo, pero ahora todos dicen que está dando un cambio radical: se lo ve en las zonas periféricas de la ciudad, yendo de local en local y, bueno, precisamente va a los que han habilitado salas rojas.

Jason tuerce su boca, haciendo una expresión de desagrado. Tan pronto su hermana menciona esos horribles lugares, siente a Jay tensarse en sus piernas y acercarse a él, abrazando discretamente sus piernas mientras las palabras de su antiguo amo le recorren la piel como terribles escalofríos que podrían helarle hasta el tuétano de los huesos.

“Tu destino no será sencillamente un burdel, chico. Ser una puta sería un rol demasiado agraciado para ti: vas a acabar en las salas rojas. Vas a ser una víctima. Ahí, humano, no hay límites. Los mortales sois de usar y tirar. ¿Violarte? Eso es lo más amable que los clientes te harán. Matarte será lo que más desees. Y la tortura, si aguantas más de una noche, será tu rutina.”

Jason se mantiene concentrado en la conversación, pero se ocupa de acariciar a Jay reconfortantemente, de devolverlo al presente y recordarle, con sus caricias llenas de afecto, que esto es real. Que está a salvo.

—Lo que más se oye de él es que deja los lugares hechos un destrozo, ni siquiera la pintura roja de las salas oculta la cantidad de sangre que derrama. Pide siempre humanos lo más exóticos e inusuales posibles, porque quiere… ¿Cómo lo dijeron? Probar todas las delicias que el mundo le ha ofrecido durante años y él estaba demasiado distraído como para apreciarlas.

Samuel sonríe. Una sonrisa grande y maquiavélica que a Jason no le gusta en absoluto, porque la dibuja en su rostro mientras sus ojos están clavados en el pequeño Jay.

—Entonces será fácil atraerlo. Tenemos justo lo que desea.

—No —Jason reacciona rápido, furioso. Las palabras salen de su boca con la rapidez de un chasquido y la furia de un mordisco; toma a Jay, que no entiende qué sucede, por la cintura y lo sube a su regazo, estrechándolo cerca y besando la cicatriz en su cuello—, él queda fuera de esto. No voy a arriesgarlo, Samuel, ni por ti, ni por nadie. Te debo mi vida, pero jamás la suya. ¿Entendido?

El rubio alza sus cejas y abre sus ojos enormemente. El impacto de la sorpresa es demasiado grande como para que sienta enfado o decepción porque su plan se ha ido al traste: sabía que Jason favorecía a ese pequeño hemofílico por encima de sus otros humanos, pero nunca pensó que tuvieran esa clase de relación que él sueña con tener con Aaron.

Charlotte está boquiabierta, disfrutando más de lo que debería de esa revelación sobre su hermanito, siempre tan profesional y frío con sus empleados humanos y ahora derritiéndose por uno, desafiando a su maestro como un perro que muestra los dientes ante su amo.

—No te alteres, cachorrito. Mi idea no implicaba poner en peligro al muchacho, solo usarlo un poco como cebo —explica Samuel dulcemente, como cuando se le habla a un niño pequeño, solo que sus ojos no están sobre el gruñón neófito, sino sobre el humano, que lo mira nervioso y tragando saliva, pero con cierto titubeo en su mirada—. Solo tendrías que llamar a Ba-

—Lo discutiremos luego —sisea Jason, apretando más al chico contra su cuerpo, su nariz hundida en su cuello, inhalando su azucarado aroma porque solo cuando tiene a su humano cerca y su esencia en su sistema es capaz de calmarse—. Y él tiene derecho a negarse si no quiere. ¿Entendido? —Samuel asiente y puede ver cómo el chico sobre su regazo enrojece, sabiendo que es todo un honor, como humano, recibir de su amo la capacidad de decidir si hacer o no algo tan importante—. Charlotte, ¿qué has averiguado de los otros?

—Zoa está causando problemas. Ha matado a varios vampiros, por lo que sé. Dicen que está convencida de que pronto será un ser superior y los que le han dicho que ya es superior, que no hay nada más allá de ser un original… bueno, ha acabado siendo una carnicería eso. 

—Cuando habló conmigo por teléfono —la corta Jason, su mirada sagaz e inteligente, hilando fragmentos del puzle y comprendiendo más cosas ahora— fue la que más me sorprendió. Se comportaba como si no fuese a morir dentro de poco, quería hacer más negocios que nunca conmigo, ganar más dinero y poder, más renombre, más influencia. Sonaba tan… Soberbia.

Samuel asiente, escuchando con atención y no puede evitar recordar lo grandilocuente que puede sonar la voz de Ivthan cuando te embelesa, como teje promesas con la presteza de una araña y te atrapa en ellas. Cómo no te das cuenta de que lo que te envuelve es una red de mentiras, hasta que ya es demasiado tarde.

—A los demás les ha ofrecido la muerte, porque muerte es lo que buscaban. Pero Zoa anhela el poder más que nada en el mundo, debe haberle convencido de que si le entrega su corazón, ella no morirá, sino que, de algún modo, la transformará en… ¿Qué podría ser más poderoso que uno de los nuestros? En una diosa. Una criatura que tiene la eternidad, pero carece de apetitos y necesidades como nosotros. Debemos tener cuidado, ella será difícil de matar, pues no quiere morir: quiere una vida aún más perfecta de la que se le ha concedido.

—Eso puede jugar a nuestro favor —dice Charlotte de pronto, con voz decidida y una mirada dura clavándose en Samuel—, las criaturas que se creen las más poderosas son también las que más bajan sus defensas. Se creen tan inmunes a todo daño que no anticipan que deban defenderse, están tan llenas de confianza en su perfección que se distraen, cometen errores y son demasiado vanidosas para darse cuenta. Tú eres la prueba de ello, Samu, si no, ¿cómo explicas que el terrible y temible Samuel Hass haya acabado con el corazón atravesado por un simple humano?

La risa de Charlotte es pueril, pero endiablada: ríe con maldad e ironía, regocijándose, por fin, en haber hallado una debilidad en ese hombre que una vez creyó intocable.

Samuel la mira sin rencor alguno y ambos jurarían que es la primera vez que ven humildad en la mirada de su creador.

—Tienes razón —dice, suave y tranquilamente—. ¿Qué hay de los otros dos? Elisha y Samael.

—Samael, el torturador. Así lo llamaban cuando el mundo aún era de los humanos, se ganó su sobrenombre en la Edad Media, cuando tomó el control de ciudad tras ciudad e hizo a sus súbditos ofrecerle sacrificios humanos. Supongo que es obvio lo que hacía con ellos. De él he oído todo lo contrario que de Braham: antes solía salir toda la noche para dejarse llevar por el placer y ahora apenas se le ve y hasta se dice que cuando le han ofrecido un trago de algún humano, lo ha rechazado. Seguramente esté perpetuamente encerrado en su castillo como un alma en pena.

—Luce desinteresado por todo, entonces, difícil de manipular usando cualquier tipo de incentivo —piensa Samuel en voz alta—, pero fácil de matar una vez haya acabado con otro o dos más como él. No se defenderá, no le queda fuerza de voluntad. ¿Qué hay de la otra original, Elisha?

Charlotte se tensa en su asiento y, ante el extraño silencio que flota en el aire, Jason decide tomar la palabra.

—Me colgó en apenas un minuto. La más esquiva de todos, no tengo nada que nos pueda ser útil. ¿Lottie?

—No he averiguado nada —responde apresurada, como si le hubiesen arrancado esa confesión a la fuerza. Los dos vampiros se miran extrañados y ella mira el suelo, pensativa:—, no vale la pena. No sabemos lo suficiente como para planear ninguna estrategia segura contra ella. Con que mates a dos originales, serás más que suficientemente fuerte para acabar con Ivthan, Samu, no necesitamos arriesgarnos con ella. Dejémosla en paz.

—Tienes razón —reprende Samuel, aunque no parece listo para acceder a las demandas de Charlotte—, una vez mate a un original y tome su poder, estaré a la par con Ivthan. Si mato a dos, seré más poderoso que él sin duda. Si mato a tres, Ivthan no será ni siquiera un adversario digno para mí. Pero si dejo vivir a uno solo de los originales y, como sea, la noche en que decido acabar con Ivthan, él acude en su ayuda… Sería peligroso, muy peligroso. Puedo contra un original en esas condiciones, pero no contra dos, no si Elisha es realmente antigua y, puesto que no hemos podido averiguar siquiera su edad, es una posibilidad demasiado arriesgada como para dejarla pasar. Todos deben morir.


 

CAPÍTULO 78

Samuel y Charlotte pasaron la noche y el día anterior en la morada de Jason. Durante el resto de la noche, Jason trajo varios humanos y los ofreció como tentempiés a sus invitados. Charlotte bebió de tres bellas jovencitas distintas mientras les acariciaba el pelo y les alisaba sus finos vestidos; las tres terminaron mareadas, andando como muchachas borrachas por los pasillos, y agradecidas de haber caído entre las mandíbulas más gentiles de esa noche.

Samuel, para sentirse rebosante de poder y saciado, necesitó a diez hombres entre sus fauces. Se esmeró en ser cuidadoso mordiéndolos, pues teme haber perdido la delicadeza que parecía robar de Aaron y quiere ser capaz de tratarlo con ella cuando lo recupere, pero los pobres hombres gritaban y se retorcían entre sus brazos, teniendo que ser llevados a cuestas de vuelta a sus estancias una vez el vampiro terminaba con ellos.

Tras alimentarse, Samuel habló seriamente con Jason. A solas.

Braham podría ser una presa muy fácil si distraían su sagaz inteligencia con una presa capaz de embotarle los sentidos. Samuel explicó su plan a Jason durante un buen rato y lo hablaron largo y tendido, con el joven vampiro haciendo mil cambios y ajustes para asegurarse de que su pequeño hemofílico no sufría ni un rasguño más de lo estrictamente necesario y, por primera vez, Samuel vio la ira ardiendo en los ojos de su pupilo mientras este le amenazaba con cosas muy, muy oscuras si al final Jay salía dañado de veras. Samuel le aseguró que su plan iría sobre la seda y que nada le sucedería al chico cuando lo pusieran en marcha. “Si lo ponemos en marcha”, especificó Jason con autoridad y luego fue al dormitorio de Jay, donde esa noche el chico leía para distraerse y calmar sus nervios.

Pasaron horas, demasiadas, mientras el vampiro le explicaba a su humano favorito la idea de Samuel, sus riesgos y sus beneficios. Samuel supo que Jason jamás presionaría al chico ni intentaría convencerle: si el humano decía que no o titubeaba demasiado como para que su "Sí" pudiese ser considerado firme, el vampiro cerraría la discusión y le diría a Samuel que buscase otra forma de hacer las cosas. Así pues, Samuel no entendía qué le estaba tomando tantísimo tiempo a Jason, qué diantres hacía en esa habitación como para no tener una respuesta clara a estas alturas.

Desesperado por una respuesta, Samuel abrió la puerta.

Se quedó en el umbral, mirando la escena con una mueca divertida y las cejas alzadas por la sorpresa: Jason empujaba la cara del pequeño Jay contra la almohada para silenciarlo mientras lo follaba por detrás, sosteniendo su cadera alzada con una mano y abriéndole las piernas con las suyas propias. “Ha dicho que sí. Ahora cierra y lárgate”, espetó Jason con desdén, sin interrumpir sus embestidas ni para hablar.

Samuel cerró la puerta, aliviado por tener por fin noticias sobre el tema, y con un hormigueo extraño recorriéndolo.

Se imaginó a sí mismo, con Aaron, en el lugar de Jason y Jay.

La escena era increíblemente erótica, sin duda, pero no era la primera vez que fantaseaba con el bonito cuerpo del humano y la gran cantidad de placer que le daría hacer cosas con él. Sin embargo, ver a Jay retorciéndose de gusto bajo su amo, suplicando por más, moviendo su endeble cuerpo para sentir a su vampiro más y más profundo… la idea de Aaron deseándolo así, queriendo ser follado por él y no solo permitiéndolo o aguantándolo, lo sacudió entero, dejándolo hecho un lío de arrepentimientos y vergüenza.

Durante la mañana, los tres vampiros durmieron bajo el inevitable hechizo del sol. Jay, por su parte, no podía pegar ojo pese a lo agotado que su amo lo había dejado en las horas previas. Repasaba mentalmente las instrucciones que Samuel y su amo le habían dado y se repetía que estaría seguro, que nada malo iba a pasar, pero de pronto una pequeña vocecita en su cabeza le susurraba maliciosamente: “Era tu destino y te libraste por un tiempo, pero ahora ha vuelto a encontrarte de nuevo. Vas a acabar justo como siempre temiste que acabarías”. Pero negaba con su cabeza y se repetía por qué hacía todo eso: “No es por Samuel, ni siquiera es por Jason, realmente, por mucho que le ame. Es porque hay otro ser humano en peligro que merece ser salvado. Alguien que no conoce mi nombre ni mi rostro, pero que seguramente conozca mi sufrimiento. Si es así, yo conozco a la perfección la forma en que está rezando en su fuero interno por un milagro. Pero no existen los milagros: Dios no le ayudará. Lo tengo que hacer yo.”

Tras la puesta de sol, todos despiertan alarmados como si acabasen de salir de una pesadilla cuando realmente es más bien lo contrario. Cada uno corre a ocupar sus puestos.

Charlotte, rodeando la propiedad en rápidas pero disimuladas rondas que debe hacer que parezcan un mero paseo. Jason esperando con paciencia y un semblante afable a que llegue su visita, ese poderoso hombre al que ayer llamó bajo el pretexto de necesitar una inversión: Braham. Samuel espera sentado en el sofá de su compañero, fingiendo un buen humor que ya ni recuerda y un cinismo que espera haber perdido.

Jay, por su lado, está en la cocina, colocando tres copas de cristal sobre una bandeja y llenándolas con sangre embotellada a pesar de que el pulso le tiembla demasiado como para inclinar bien la botella. Jason ha mandado al resto de sus empleados a trabajar en los locales cercanos y la morada, sin otro latido más que el de Jay, se siente solitaria y tenebrosa.

De pronto, unos suaves toques se escuchan en la puerta y Samuel tiene que luchar por no apretar los dientes ni los puños mientras Jason va a abrir. Fuerza su rostro a relajarse, a mostrar una expresión libidinosa y tranquila, propia de un vampiro cuyo tiempo en la tierra está dedicado única y exclusivamente al placer primero y los negocios después.

Aun así, está nervioso y un tic extraño lo molesta tres veces: palpa con su mano el bolsillo derecho de su americana. A la cuarta vez entiende por qué lo está haciendo: busca su paquete de cigarros. Dejó de fumar meses atrás, tras años haciéndolo; no fue consciente, pero ahora recuerda lo que desencadenó ese cambio y se siente profundamente avergonzado por no haber averiguado el motivo de sus actos antes.

<<Dame uno>> le dijo aquella noche otro vampiro con el que charlaba en uno de los locales de Jason. La noche era joven y su conversación jocosa y juguetona, alrededor de la idea de hacer cosas malas durante un juego de caza de humanos que otro importante empresario ofrecía a sus más leales inversores.

Samuel le tendió un puro al otro vampiro y dio una larga y codiciosa calada, como el sorbo de sangre que da uno tras meses sin probar a una presa. <<Me encantaría fumar mientras lo hacemos, mientras cazamos, tabaco y sangre en la boca. La putísima gloria. Pero bueno, el jefe lo ha prohibido, nada de humo cerca de los humanos>.

Samuel frunció el ceño y le preguntó por qué, profundamente extrañado: <<Se ve que a algunos les dio cáncer por el humo, cuando sí dejaba fumar. Y el tipo dijo que cómo no sabemos cómo funcionan las bases científicas de la vinculación de humanos, lo mismo fumar cerca de sus vinculados les daba cáncer y que él no pensaba dejar que un ser en el que ha invertido su propia sangre se muera solo porque los demás no podemos dejar un vicio por una noche. Un poco exagerado, pero sabe lo que se hace, así que nunca me quejo>>.

Esa noche, Samuel tiró el tabaco que llevaba en el bolsillo a una papelera en el camino a casa. A la noche siguiente, se autoconvenció de que se le había caído por ahí, maldijo, molesto, y se dijo que compraría más. Nunca lo hizo.

Se alegra de haber tomado esa decisión, pero hoy, ahora, agradecería demasiado un cigarro para aplacar sus nervios.

Jason y Braham charlan un rato en la entrada. Samuel los escucha y trata de captar el ambiente general de la conversación: Braham ríe y tiene una voz potente y bulliciosa, grave, profunda… Poderosa, pero no amenazante. El original rezuma poder; del mismo modo en que su voz firme y asertiva atraviesa las paredes, un halo de fuerza y virtud lo rodea y llena el perímetro de una extraña tensión.

<<Así deben sentirse la mayoría de los demás vampiros cuando yo estoy cerca>> piensa Samuel <<Con un pesado e invisible manto de poder cubriéndolos de forma cómoda, pero amenazando con aplastarlos>>

Braham y Jason entran en la sala y Samuel observa en el rostro de su pupilo una perfecta máscara. Jason realmente parece un joven bebedor de sangre despreocupado, astuto y divertido. No hay en él indicio alguno de maquinación o preocupación. Siempre ha sido bueno fingiendo, espectacular. Por eso, piensa Samuel, se dedica a los negocios: es un cambiaformas capaz de convertirse en la mejor solución para la mayor necesidad de sus clientes tan pronto los ve.

—El señor Hass ha llegado hace un rato; estábamos discutiendo los detalles. —explica Jason, su voz acercándose y sus manos señalando a Samuel, que está cómodamente sentado en el sofá y que solo saluda al otro con un gesto de cabeza.

Braham lo saluda igual: moviendo la cabeza de arriba abajo en un ademán chulesco, con una enorme y colmilluda sonrisa sobre su boca y sus ojos paseándose por la estancia como si le perteneciese.

El original es verdaderamente alto, lo suficiente como para alzarse ante Jason y Samuel y hacerles parecer mediocres en comparación. Tiene un cuerpo delgado y larguirucho, pero pese a no ser tan voluminoso e imponente como Samuel, no luce débil en absoluto. Luce más bien sólido, de músculos rocosos, compactos y rápidos. Manos grandes, uñas perfectamente cortadas y una expresión en su rostro juguetona y malvada, como la de un gato tras hacer una travesura y sentir una ligera excitación, pero ninguna clase de remordimiento. Tiene el cabello negro y corto, peinado hacia atrás de forma elegante, pero no demasiado exagerada: la gomina mantiene la mayoría de sus hebras azabache en su lugar, pero algunos mechones rebeldes lamen su frente y le hacen lucir desordenado de una forma muy atractiva. Tiene ojos pequeños e inteligentes, una nariz ganchuda que casa hermosamente con su rostro y labios finos que parecen sonreír incluso cuando reposan calmadamente.

—Sentémonos aquí. —indica Jason amablemente.

En su salón, dos largos sofás de tapicería están colocados uno frente al otro con una delicada mesita de té entre ellos, haciendo las reuniones con sus clientes siempre cómodas y cercanas sin descuidar la formalidad.

Jason se sienta en el medio de uno de esos dos sofás, ocupándolo entero, quizá no con su cuerpo, pero sí con su absorbente presencia. Braham se sienta en el otro, junto a Samuel, y le echa un vistazo complacido.

—Bien, cuéntame qué tienes en mente y para qué deseas mi colaboración. Señor Hass, lo veo… Satisfecho, así que eso habla bien de tu proyecto, Jason; he oído que el señor Hass es un hombre de gustos exquisitos.

Samuel se relaja por el comentario. Braham es la clase de vampiro que adoraría su antiguo yo: una bestia con forma humana, sedienta de crueldad y repleta de maldad, lista para dedicar cada una de sus noches libres a la matanza. Le alegra saber que los más escandalosos rumores sobre el cambio que Aaron ha generado en él no han llegado a los oídos del original.

—Creo que mi idea le deleitará —asegura Jason con voz tentadora, seguro de sí mismo, y le dedica al otro una sonrisa pilla que reciproca—. Verá, ahora que ha llegado un nuevo original a la ciudad y se ha legalizado la existencia de salas rojas en locales de diversión y alimentación como los míos, había pensado en llevarlo un paso más adelante: Quiero crear un local única y exclusivamente dedicado a ese tipo de salas.

Braham alza las cejas impresionado, pero un poco incrédulo. Y no es para menos: las salas rojas implican prácticamente siempre la muerte del humano en ellas y pese a lo divertido que es arrebatar la vida de un mortal, estas son un recurso escaso. Muy escaso. La mayoría de locales que cuentan con salas rojas solo tienen una y rara vez está operativa más que una vez al mes, ofreciendo solo un humano durante esa instancia. Un local lleno de ellas, totalmente operativo durante horas y constantemente… 

—Eso implicaría un volumen demasiado grande de muertes humanas ¿Cómo pretendes sostener un negocio así? Tienes muchos humanos a tu disposición, lo sé, pero no tantos. —objeta Braham, aunque su tono no suena mezquino, sino más bien interesado.

—En todos mis locales tengo cientos de mortales, pero no todos son útiles: algunos son tan incompetentes que tengo que retirarlos del mercado, pero incluso el camarero de sangre más inútil sirve para mi propósito… 

—¿Acabar en una sala roja? No creo que tengas tantos humanos inútiles como para poder llenar un local entero y renovar la plantilla cada noche.

—Oh, esa no es mi idea. Mi idea es tomar a los inútiles y forzarlos a procrear. Quizá es una inversión muy a futuro, pero piénsalo: con suficientes… Granjas humanas, podré sostener un pequeño local con quizá cinco o seis salas rojas operativas cada noche. Eso es mucho más de lo que hay en toda esta ciudad y en varias más combinadas. Imagina la cantidad de riqueza que produciría, suficiente para sostener las granjas humanas, por no hablar del placer que provocaría un lugar así. El señor Hass se ha ofrecido a ser un inversor a largo término, con él ya tendría las granjas humanas totalmente cubiertas.

<<Antes de hacer esto, sin embargo, queríamos animar a todos los vampiros de la zona a pensar en este proyecto por años, así que habíamos pensado en abrir el local una sola noche, con todos los humanos inútiles, pero infértiles que tengo actualmente. Así me desharía de ellos, le daría al mundo una probada de lo que mi proyecto puede ser y lograría más inversiones para mi negocio.

<<Pero para hacer eso, para crear esa noche roja tan deliciosa, necesitaría una pequeña inversión suya y, especialmente, necesitaría un poco de su sabiduría.>>

Braham alza las cejas de nuevo, ahora la sorpresa es grata, placentera, y ambos pueden ver en su rostro como lo han convencido deliciosamente: el proyecto ha tocado una fibra sensible, la más sensible que esa depravada criatura tiene en el cuerpo, la del placer; pero Braham sabe que de aquí a años no seguirá en este mundo, de modo que Jason ha lanzado otro tipo de anzuelo: la idea de la noche de prueba. Suficientemente cercana como para que la experimente antes de entregar su vida a Ivthan. Es la guinda del pastel que necesitaban para que su falso proyecto fuese tan realista como atractivo, para no levantar sospechas por sonar demasiado idílico, pero hacerle la boca agua a ese original retorcido.

—¿Mi sabiduría? —pregunta el vampiro con un tono grandilocuente, disfrutando del halago.

—Todos hemos oído que frecuentas las salas rojas de la zona. Por el diablo, muchas noches me quedo sin poder acceder a ellas porque ya hay una reserva a tu nombre —le responde Samuel, riendo con complicidad—. Eres el vampiro que más sabe sobre cómo hacer la experiencia más deliciosa. Yo tengo el dinero, Jason la idea, tú… Puedes darnos los detalles jugosos. ¿Qué haría de la noche roja una noche verdaderamente perfecta y espectacular? ¿Son mejores los humanos bonitos o los de voluntad débil? ¿Los clientes preferirían mortales que lloran y ruegan nada más verlos o de esos peleones a los que hay que romper? ¿Qué clase de juguetes y herramientas deberían ofrecerse a los clientes? ¿Y qué hay de hacer salas temáticas para las fantasías más perversas de nuestros clientes: cámaras de torturas, morgues, salas quirúrgicas…?

Samuel sigue hablando o, más bien, preguntando. Sus labios dejan que las preguntas se deslicen, sedosas y seductoras, una tras otra. Describe macabros escenarios y sangrientas escenas y, puede sentirlo, sus cuestiones abruman a Braham, pues cada una de ellas alimenta su imaginación y da pábulo a deseos que preferiría estar saciando esta noche en lugar de sencillamente discutirlos como si fuesen meros negocios.

—Caballeros, si seguimos hablando con tanto vigor, será mejor refrescar la garganta un poco, ¿no es así?

—Oh, perfecto —sisea Samuel, porque perfecto es la palabra que mejor describe la forma en que su plan está transcurriendo: todo va como la seda y, ahora, es cuestión de no cagarla y de que Jay haga su parte—. Tienes 0 negativo embotellada, ¿cierto?

Jason asiente y silva hacia la cocina, llamando a su criado. Braham arruga la nariz, la charla le ha abierto el apetito, pero la sangre embotellada solo le provoca asco y náuseas.

Jay escucha el silbido de Jason y entonces hace lo que se le ha instruido. Respira hondo, se pone la plaquita blanca sobre la lengua y deja que se disuelva poco a poco. Para cuando traga, ya no queda nada en su boca, más que un sabor extraño y la sensación del nerviosismo creciendo. Le late el corazón en la garganta, le tiemblan las manos y ve borroso: <<¿estoy tan aterrorizado de hacerlo mal o es que ya está haciendo efecto?>>

Jay aparece entonces en el salón tal como estaba planeado: con un fino vestido ligeramente transparente cubriendo su delgado cuerpo y fluyendo por sus sutiles curvas como plata líquida, una bandeja con una copa de sangre en sus manos, la cabeza baja y los pies descalzos moviéndose apresurados y temerosos por el suelo, como los pasitos de un ratón.

—Para él. —indica Jason, señalando a Samuel y hablándole a su humano como si no fuese nada más que una mera marioneta.

Jay da un repullo, jamás había escuchado a Jason tan severo y frío, y se dirige hacia Samuel recordando cuál debe ser su verdadero objetivo: tirar la copa de sangre sobre la ropa del rubio. La idea lo aterroriza, pues él siempre se esmera en ser un siervo perfecto y obediente, y especialmente porque sabe que esta vez debe obtener un castigo para que las cosas funcionen.

Como Jason había anticipado, su pequeño humano capta la atención de Braham.

El original clava sus ojos en él tan pronto lo ve entrar en la sala y lo recorre de arriba abajo varias veces, fijándose en su expresión afable y temerosa, en sus cabellos claros que usa para tapar levemente su rostro y no tener que sentir la punzada de los ojos rojos sobre él; se fija en sus manos diminutas y temblorosas, en el contorno de sus clavículas que se forma cuando la tela se pega levemente a su pecho, a la forma en que esta resalta levemente sus pezones y a veces la estrechez de su cintura.

Jason debe pensar en flores y cachorritos para mantener su mente serena y no lanzarse contra ese vampiro, pues ahora mismo, lo que más desea es arrancarle los ojos de las cuencas y tragárselos, para que así las bellas imágenes de su humanito le pertenezcan a él y solo a él.

Pero no puede perder el temple ahora y mucho menos cuando sabe lo que viene.

Jay tropieza y la bandeja salta por los aires. El humano jadea de la impresión y acaba cayéndose sobre el duro pecho de Samuel, notando con sus manos la humedad en este: ha derramado la copa de sangre embotellada sobre el vampiro, empapando su camisa antes blanca.

Ha sido tan real que, por un segundo, Jason está seguro de que Jay no ha cumplido su parte, sino que estaba tan nervioso sobre cómo o dónde fingir su tropiezo, que realmente no ha visto dónde ponía los pies y ha terminado cayéndose de verdad.

Su corazón late desbocado, lleno de ansiedad. Oh, su pobre chico. Jason quiere abrazarlo y mimarlo, decirle lo muy bien que está haciendo todo, pero no puede hacerlo. Solo puede morderse la mejilla por dentro y mirar cómo la expresión de Samuel se deforma con ira.

—Jodido inútil. —farfulla Samuel, tomando bruscamente la muñeca de Jay y tirando de él para que salga de encima suyo. Siente su pulso acelerado bajo sus grandes y fuertes dedos mientras da otro tirón, ahora hacia abajo, haciéndolo arrodillarse.

Jay gimotea de dolor y jadea por cada movimiento brusco, sintiéndose mucho más aterrado de lo que jamás pensó que se sentiría. Él sabe que Samuel y Jason solo están fingiendo, solo juegan, se repite, todo es mentira, pero aun así son tan fuertes y fríos que le aterra, pues podrían ser así con él siempre. Ese podría ser su destino y nadie haría nada para salvarlo.

—Bueno, parece que tenemos un primer candidato para la noche roja. —se burla Jason un poco, insinuando algo tan siniestro que a Jay se le eriza la piel de todo el cuerpo. Samuel ríe con crueldad por la broma y Braham se carcajea lleno de deleite.

No es solo diversión, es también… anticipación. Se relame imaginando que ese siervo bonito acaba en una de las salas rojas en la noche de la inauguración. Una sala que se asegurará de reservar.

—Oh, me divertiré mucho rompiéndolo esa noche —dice Samuel, zarandeando al chico para asustarlo un poco más. Jay hace un buen trabajo, empezando a sollozar y a temblar de una forma tan vulnerable que, incluso si Samuel sabe que es una actuación, logra convencer a sus instintos de despertar y desperezarse, prepararse para la caza—, eso compensará que me haya arruinado la camisa. Es más cara que tu vida, humano, y mucho más valiosa —Jay emite un chillidito cuando Samuel le aprieta un poco el brazo, dejándoselo rojo y amoratado. Jay balbucea tristes súplicas, pero pareciera que tiene la lengua adormecida y que apenas puede hablar bien. <<Está funcionando>>—. Pero me ocuparé de eso más adelante, ahora lo que quería es una copa de sangre y me vas a dar una puta copa de sangre. ¿Me permites, Jason? —pregunta Samuel educadamente, haciendo un ademán con su cabeza para señalar al confundido chico postrado a sus pies.

—Adelante, solo no lo estropees mucho. —dice Jason sin darle mayor importancia y luego sigue hablando, añade algo más sobre su idea de negocio, pero ve a Braham con toda su atención enfocada en Jay y Samuel, sin siquiera escuchar sus palabras.

<<Bien>>

Samuel toma la copa de vino vacía y tira del brazo de Jay, echándoselo sobre el regazo. El chico no cae sentado, sino más bien tirado, como un trapo viejo descartado: tiene las articulaciones flácidas y tiritantes y, cuando trata de agarrarse a su ropa, sus dedos no tienen suficiente fuerza ni para formar una arruga. No puede, de hecho, siquiera enderezar su espalda o su cabeza y esta cuelga hacia delante tímidamente, goteando lágrimas y palabras a medio sorber y medio sollozar.

Samuel lo manipula con sus hábiles manos, dejándolo sentado sobre una de sus piernas y pasándole un brazo por detrás de la espalda a modo de respaldo, para que dé la ilusión de que está dócilmente sentado en su regazo. El chico se lamenta y suplica ininteligiblemente mientras Samuel le sostiene la muñeca a Jay con una mano y, con la otra coloca la copa vacía justo debajo de su piel pálida y perfecta.

La mano que le sostiene la muñeca a Jay cambia: los dedos de Samuel se tornan un poco más largos y robustos y sus uñas, antes perfectas y pulcras como de cristal, se tornan negras y afiladas garras que crecen varios centímetros, como dagas desenvainándose. 

Samuel clava sus garras en la muñeca de Jay. No muy profundo, pero sí rápido y cruel, para hacer al chico gritar de dolor y retorcerse. Cinco heridas emergen en su hermosa piel de nieve y cinco pequeños hilos de sangre viajan por su muñeca y se derraman en la copa.

Jay sangra despacio, más de lo que llora, pero poco a poco su sangre llena la copa hasta arriba y cuando está a punto de rebosar, Samuel empuja al chico a un lado, dejándolo caer al suelo como un juguete roto y se lleva la copa hacia la nariz.

—Ah, sangre caliente. Huele tan deliciosa. —suspira, inhalando profundamente, haciendo que el cáliz entre sus dedos dé leves vueltas y que la sangre de dentro ondee como las aguas de un lago que se mece en la palma de su mano.

Braham mira la sangre, maravillado, consumido por el deseo.

Jason debe esforzarse con toda la determinación que tiene dentro del cuerpo por mirar la copa de sangre como si fuese lo más interesante y llamativo de la habitación. Le cuesta horrores encarrilar sus pupilas, convencerlas de que no se desvían hacia el pobre chico que se lamenta y sangra en el suelo, dolorido y tan mareado y débil que no puede ni tenerse de pie.

<<Mi amor, mi pobre amor>>, cada segundo sin ayudarlo se siente como una puñalada, pero no puede arruinar el plan ahora.

—Salud —dice Samuel alzando su copa y luego llevándosela a los labios. Deja que la sangre le moje los belfos y finge dar un sorbo, aunque ni una sola gota entra realmente en su boca, luego se retira la copa con una expresión de amargura y disgusto pintándole el rostro—, ugh, joder, ¿qué…?

—Oh, disculpa, debí haberte advertido —interrumpe Jason, ganándose la falsa atención del asqueado rubio y toda la intensidad de la mirada de Braham—. A ese siervo lo tengo como parte de mi servicio personal porque es algo peculiar. No a todos les gusta: es hemofílico, así que esa condición afecta al sabor, consistencia y aroma de su sangre. Es algo muy único, pero no todos los paladares buscan esa clase de sabores. Yo lo adoro, sin embargo.

Jason dice eso último lanzándole una rápida mirada al chico en el suelo. Una mirada que le rompe el corazón, pues ve como Jay mira a todos lados, sin entender nada, el mundo transformado en un extraño caleidoscopio de colores y formas, su cuerpo vuelto barro inerte y su cabeza un ovillo que se anuda y se lía cada vez más, pero que no logra resolverse en un claro y recto pensamiento.

—¿Me permites? —pregunta Braham de repente, extendiendo una de sus manos hacia la copa aún totalmente llena de Samuel. Tiene sus pequeños ojos abiertos de par en par, mostrando una ilusión casi inocente, como la de un niño en Navidad. Jason y Samuel se miran brevemente. <<Bingo>>—. Me fascina lo diferente y jamás había probado algo como esto.

Los ojos de Samuel y de Jason se clavan en Braham con una tensión que les parece increíble que el otro vampiro sea capaz de ignorar solo porque está absorto en la sangre. Este, piensan, es el momento en que todo se decide: si le gusta la sangre de Jay, si da un buen trago a ese manantial rojo de dulzura aderezado con algo especial, entonces todo funcionará. Pero si reacciona igual que Samuel ha fingido reaccionar… no saben siquiera cómo salir de esa situación.

Braham se lleva la copa al rostro, mira la sangre con atención y los ojos brillándole, como si advirtiese ya algo especial en ella, la huele con una profunda inhalación y cierra los ojos mientras inclina el vaso sobre sus labios con la pasión con la que uno recibiría el beso de un amante. 

Lo siguiente que ven es como Braham da un diminuto trago a la sangre.

Y luego vacía la copa al segundo siguiente.

Cuando acaba, su rostro refleja puro asombro y Jason y Samuel suspiran con alivio.

—¿Cuánto por él? —pregunta de repente, clavando por fin sus ojos en el pobre humano que está en el suelo, quejándose y resbalándose en su propia sangre y al que todos parecían obviar hace un minuto. La forma en que el original hace la pregunta forma un rugido posesivo en el pecho de Jason, pero debe contenerse, lucir calmado y pensativo, pero sus siguientes palabras parecen poner a prueba su maldita paciencia:— Joder, quiero destrozarlo. Es genial. 

Lo han logrado. Braham ha bebido la sangre de Jay y Jay está tan jodidamente drogado que no puede moverse, hablar o siquiera pensar con claridad. El pobre chico es un lío de gemidos que se arrastra por el suelo y pronto, piensan, Braham debería acabar igual. Solo que no saben cuánto tardará en hacerle el efecto la sangre contaminada de Jay y necesitan mantenerlo cómodo y embelesado por sus palabras hasta entonces, confiado, para que no sospeche nada. Incluso débil por la droga, sigue siendo un original, tienen que tomarlo desprevenido. Su ataque no puede ser una temeridad, debe ser una traición.

—¿Cuánto estás dispuesto a ofrecer? —pregunta Jason.

Jay, en el suelo, no recuerda qué es real y qué no.

La droga se ha fundido sobre su lengua con facilidad, como azúcar contra el paladar, y ahora viaja por su cuerpo deslizándose fácilmente por las venas, nadando en su riego sanguíneo y llegando a todas partes: a su corazón, el cual estruja y maltrata para que lata rápido y enloquecido, a sus dedos, los cuales sacude hasta que le tiemblan tanto que parecen un terremoto bajo la piel, a sus ojos, que parece hacer girar como peonzas para que el mundo sea solo un huracán de colores y formas desdibujadas.

Y a su cerebro. La droga llega a su cabecita y empieza a tomar pedazos de lo que es real y de lo que no y a unirlos a la fuerza, creando un puzle macabro que hace a Jay llorar desesperado. ¿Y si solo soñó que su antiguo y horrible amo murió porque necesitaba creer que existía una salvación imposible para él? ¿Y si eso jamás pasó y sencillamente fue… vendido a Jason? Escucha a Jason debatir con ese otro vampiro grande, poderoso y cruel que habla de torturarlo y violarlo, de romper sus huesos y quebrar su espíritu, de vaciar sus venas y llenar su cuerpo con su pasión maldita.

Debaten sobre precios.

Jason lo está vendiendo y no sabe si es parte del juego o si todo eso se ha acabado o si nunca empezó siquiera. Sus recuerdos están borrosos, deshilachados, y Jay no sabe si Jason le dijo que fingiese esta noche o si todo ha sido real. ¿Y si Jason jamás ha sido amable y tierno con él y él sencillamente lo ha imaginado porque no podía enfrentarse a la realidad? ¿Y si todas las noches de besos y pasión compartida fueron noches en que el vampiro lo empujaba contra el colchón y lo forzaba contra su voluntad y él, para huir, creó un mundo de fantasía donde existía esa anomía que es un vampiro amable y, más aún, un vampiro capaz de amarlo? 

Si lo piensa bien, es demasiado fantasioso pensar que justo cuando su terrible y torturador amo iba a convertirlo en carne de salas rojas, fue rescatado por un príncipe en brillante armadura que ahora lo baña en regalos, afecto y privilegios y que hasta renuncia a morderlo en el cuello, un vampiro lleno de deseos y colmado de poder que, aun así, esperó a que estuviese listo para su primera vez y que cuando lo castiga, lo hace con placer en vez de dolor.

Jay se siente ingenuo y estúpido por haber creído una mentira tan obviamente falsa por tanto tiempo. Sus ilusiones lo han cegado, sus esperanzas lo han protegido de la verdad, pero ahora siente que abre los ojos y que ve el mundo tal y como es: su antiguo amo no está muerto, solo lo vendió y ahora Jason planea o bien usarlo para las salas rojas o bien vendérselo a alguien mucho peor que el infierno que ya conoció.

Jay solloza, desesperado, el luto de un amor que solo existió en su cabeza lo cubre y el terror por su inminente destino le hace desear la muerte. Solo hay una cosa clara en su cabeza, una cosa que se repite como un constante martilleo, clavándole en el corazón, en las entrañas, en el alma: <<Esto es real. Esto es real. Es real. Real. Real.>>

—Cinco mil es una buena cifra, considerando que seguramente ya esté usado. —rebate Braham, que lleva casi un cuarto de hora regateando con Jason sobre el precio de la vida del pequeño.

Jason se siente enfermo, más enfermo de lo que Braham luce, y sabe que si la droga no hace efecto pronto, no podrá aguantar más interpretando su papel. No mientras Jay llora y jadea de dolor en el suelo, sonando tan destrozado. Le dijo que fingiese estar aterrado y que necesitaba que fuese realista, pero esto no es solo realista: es real.

—¿Cinco mil? Eso es apenas el precio de un humano común. ¿Tan poco te parece que vale? Quizá deba recordarte lo excepcional que es su sabor. Samuel —ordena, levantando la cabeza hacia el rubio con un gesto comandante—, ¿te importaría servirle otra copa a mi invitado?

Samuel lo mira con atisbo de duda: <<¿Otra?>> parece preguntar con su mirada, lleno de preocupación <<Jay ha perdido mucha sangre>>. Pero no hesita, porque sabe que Jason está tomando la mejor decisión: Jay seguirá sangrando hasta que acabe todo esto y puedan curarlo, así que necesitan acelerar las cosas. Como sea.

Samuel toma la muñeca del humano en el suelo y luego le arrebata la copa a Braham de las manos con un gesto lleno de presteza y elegancia. Aprieta la muñeca pálida y fría de Jay, exprimiendo unos chorros más sangre y los deja gotear hasta que la copa se llena de nuevo.

Por fortuna, las heridas que le ha hecho a Jay son solo varias punzadas: sangran abundantemente cuando él las aprieta, pero si las deja estar, gotean muy poco a poco. Jay lleva mucho rato sangrando, pero el charco carmesí bajo su brazo es moderado. Aún tienen tiempo de sobras, pero Samuel se teme que Jason sea a quien se le agota el tiempo o, más bien, la paciencia.

—Aquí tienes, disfrútala. —dice Samuel, jocoso, mientras le ofrece la copa de sangre al original.

Este la toma entre sus manos con delicadeza y le lanza una mirada deseosa mientras dice:

—Oh, lo haré.

El vampiro hace el mismo proceso que antes: se acerca la copa al rostro, observa con deleite como las ondas carmesí dentro del cristal, respira profundamente el aroma dulzón de Jay, dejando que le llene los pulmones y luego empieza a inclinar el tibio cristal contra sus labios.

Solo que esta vez, antes de beber, se detiene y habla con cierto escepticismo.

—Dos copas de sangre… —murmura, pensativo— Estás generoso hoy. —advierte y su tono es juguetón y halagador, pero también tiene una pequeña acusación, una pregunta sin pronunciar: <<¿Por qué?>>

Jason se tensa y Samuel aprieta los labios. ¿Está Braham empezando a sospechar de ellos o solo está comportándose un poco excéntrico porque él es así?

Jason trata de poner sobre su rostro su careta más carismática y se inclina hacia delante, poniendo un dedo en la base de la copa del otro vampiro y empujándola contra sus labios, haciendo que la sangre empiece a fluir contra ellos. Braham bebe, incapaz de desperdiciar una sola gota, mientras Jason habla igual de atrevido que actúa:

—Porque espero que tú seas igual de generoso cuando toque invertir en mi negocio.

Braham se termina la copa sin rechistar, convencido por la labia de Jason y atrapado en sus encantos. Cuando termina, la sangre se relame y mira al humano en el suelo.

—Veinte mil. ¿Quieres más? Te doy más. Lo que sea, solo quiero a ese jodido humano. Putamente delicioso.

Jason alza las cejas. No sabe si es impresión suya o no, pero le ha dado la sensación de que ha pronunciado la palabra delicioso de una forma un tanto extraña, siseando las ces y las eses, como si su lengua estuviese extenuada.

—Hecho. —dice Jason con voz prometedora y sombría.

Jay solloza en el suelo, pero su amo lo ignora. Debe ignorarlo. Y extiende su mano hacia Braham para cerrar el trato.

Braham le estrecha la mano, la emoción burbujeando dentro de él y todos sus macabros deseos dirigiéndose hacia el pobre mortal en el suelo. Cuando Jason toma su mano y la sacude enérgicamente, puede notarlo: el apretón de Braham es flojo, más de lo que esperaría en un vampiro puro y, especialmente, en uno original. Sus dedos se sienten de trapo.

Le lanza una mirada cómplice a Samuel. <<Solo un poco más>> piensan ambos.

—Bien, ahora que habéis cerrado esta pequeña transacción, ¿qué tal si hablamos de la noche roja? He invertido mucho en el local rojo de Jason, pero sin esa primera noche no tendremos buena publicidad. Necesito saber cuánto estás dispuesto a dar, Braham.

Jason respira más tranquilo al ver que es Samuel quien toma el timón de la conversación y cambia el rumbo en una dirección que no es la de comerse a su tesorito humano. Braham asiente, reconociendo la importancia de zanjar ese tema, pero parece distraído.

—¿Cuánto, eh… de cuánto estamos hablando? —pregunta Braham. Su voz sigue sonando ronca y dominante, pero ha perdido un poco su elocuencia, su firmeza. Suena soñoliento.

—¿Que cuánto he invertido yo o que cuánto necesitamos de usted? —pregunta Samuel, incisivo, hablando rápido y notando que cuando lo hace, Braham tarda un segundo más de la cuenta en responder. Entorna sus ojos mientras lo escucha, como si le costase registrar sus palabras.

—Uhm, ¿cuánto dinero esperáis que yo… de mi inversión?

—Oh, bueno, Jason tiene unos umbrales de ingresos especificados en sus documentos. ¿Jason? —pregunta Samuel, haciéndole un gesto de cabeza a su amigo.

Este asiente y su mirada no luce ya amigable, sino oscura, cazadora. Profunda como lo es su sed de venganza.

—En mi despacho. Síganme, caballeros.

Jason se levanta del sofá como si nada, pero cada fibra de su cuerpo está tensa y rígida, como esculpida en mármol. Todos sus sentidos: alerta. Su corazón: tan nervioso que juraría que le late por primera vez en miles de años. Su mente: centrada en una sola cosa, ayudar a Jay. Y ayudar a Jay significa matar de una vez por todas a ese pedazo de mierda que ha creído que la vida de su amorcito tenía un precio.

Samuel se levanta también.

Braham es el último en hacerlo, como si anticipase que le iba a ser difícil. Pero cuando lo hace, parece que no había pensado que fuese a serle tan difícil, pues las piernas del vampiro parecen gelatina y este se tambalea hacia delante, precipitándose contra la mesita de té manchada con la copa sangrienta de Jay.

Samuel se apresura a socorrer a Braham, poniéndole una mano en el pecho para que no caiga, sosteniendo todo su peso en su palma. La mano, sin embargo, no está justo en el centro del pecho, sino un poco desviada. Hacia la izquierda.

—¿Se encuentra bien? ¿Ha bebido antes de venir aquí? —pregunta Samuel fingiendo preocupación, y la cabeza de Braham parece ser papilla, pues no capta en el tono del otro la pequeña nota de sádica diversión que no ha podido ocultar.

—Ugh, no, no sé qué…

Samuel le ayuda a incorporarse un poco, empujando con su mano el pecho del hombre para que enderece su espalda y se ponga de pie. Braham se deja ayudar, genuinamente confundido, los engranajes de su cerebro girando demasiado despacio como para poder entender lo que realmente está pasando.

Todo gira a su alrededor y, quizá, es eso lo que hace que no sea capaz de percibir ese huracán de fuerzas que se concentra en la mano sobre su pecho justo antes de que Samuel la empuje duro y hondo de verdad, atravesándole el cuerpo hasta que su mano ensangrentada sale por la espalda de Braham, sosteniendo su corazón.

El original no grita. El dolor le llega unos segundos después, distorsionado, desmontado, y debe unir las piezas para entender qué pasa: Samuel acaba de perforarle la caja torácica con el brazo. Acaba de sacar el brazo del cráter en su pecho. Le ha arrancado el corazón. Él cae sobre el sofá, justo donde estaba sentado.

No tiene fuerzas para hablar, siquiera, solo para mirar con ojos como platos cómo Samuel sonríe y sostiene su corazón como si fuese una delicada y deliciosa reliquia. Lo mira igual que él miró el cáliz de sangre minutos atrás, embelesado, sediento, pero a la vez queriendo gozar despacio del momento, y luego siente los afilados colmillos del vampiro clavándosele en un corazón que ni siquiera le pertenece.

Siente a Samuel succionar sus fuerzas, su poder, su eternidad.

Jason se acerca y Braham, aún confundido, piensa que quizá va a socorrerlo, pero lo ve arrodillándose en el suelo, abriéndose la muñeca y haciendo al mortal hemofílico beber hasta curar su brazo. ¿Inmortales devorando a un original y salvando a un mortal? Tiene que ser una pesadilla, piensa, pero el dolor es demasiado real.

La desesperación, ese sentimiento que creyó haber olvidado siglos atrás, se instala en su pecho, ocupando el lugar de su seco corazón.

Jason lo toma por las solapas de su abrigo con fiereza.

—Ningún hijo de puta toca a mi amor y vive para contarlo. —sisea en su oído, sus palabras envenenadas, rebosantes de bilis.

Y tira a Braham al suelo, al mismo lugar donde Jay había estado agonizando durante toda la noche, ahora su charco de sangre humana siendo inundado por el charco de sangre alquitranada que sale del pecho de Braham mientras este ve cómo Jason toma a Jay entre sus brazos y lo coloca cómodamente en el sofá, en su sitio, mientras lo acaricia y lo consuela.

Pero antes de que todo se apague, su mirada se dirige hacia Samuel Hass.

El rubio sonríe mientras devora su corazón: no solo bebe su sangre, arranca pedazos de carne con sus dientes y los traga sin siquiera masticar, el músculo, gomoso, cediendo al puñal de sus colmillos, desapareciendo en el abismo de una sed más codiciosa que la de sangre: la de poder.

Samuel ondea su mano sardónicamente, despidiéndose del original mientras poco a poco lo ve cerrar sus ojos, la última imagen grabada en ellos siendo los ojos rojos de Samuel colmados de decisión y maldad y boca roja despedazándole el corazón.

<<Devorador de Dioses>> piensa y luego su mente queda vacía y su cuerpo se torna ceniza. Lo que quedaba de su sangre y de su carne, ahora son la sangre y la carne de Samuel.

Su vida es polvo flotando en el aire, perdiéndose, su poder fluye en el interior de su asesino, haciéndole sentir tan vivo que cae de rodillas con una sonrisa en sus labios carmesí y un brillo enloquecido en sus ojos.

—Cazar humanos es divertido —dice Samuel y mientras habla su voz parece desapegada de la realidad, fría: una voz omnipotente que habla desde el cielo y resuena por toda la estancia, su eco tan poderoso como un rugido—, placentero… Pero cazar algo más poderoso que tú… —Samuel se mira las manos, las gira delante de sus ojos, observando la transición entre palma y dorso, abre y cierra sus dedos, como si probase ese cuerpo por primera vez, como si estrenase su piel.

Es el mismo de antes, pero todo se siente más hormigueante, mágico. Sus manos se sienten más ligeras, tanto que su velocidad de antes se le antoja lentitud, tanto que cuando se apoya en la mesita de té de Jason para levantarse, la quiebra sin querer, aunque solo recuerda tener semejante desborde de fuerza la noche en que se convirtió. Y es que es como convertirse de nuevo: antes era un simple vampiro, un puro, si es que quiere alardear definiéndose, ahora… ahora se siente como un jodido dios.

—Podría volverme adicto a esto —ríe y se pone de pie de pronto, notando como su cuerpo responde tan rápido a sus acciones que ha cambiado de posición en una fracción de segundo, moviéndose de una forma invisible para el ojo humano. Su cuerpo antiguo, del que tanto se enorgullecía, le parece ahora una máquina vieja y desfasada, oxidada—. Jason, es increíble, esto es…

—Tienes que irte. —masculla su pupilo.

Desde que él ha absorbido el poder de Braham, es cierto que ha oído la voz de Jason. Lejana, como el murmullo de las olas de mar, tan insignificante que le ha costado convencerse para prestarle atención, pero ahora se esmera por escucharla y sus palabras le sorprenden. ¿Acaso Jason no se alegra de su éxito? Incluso si sintiese envidia o indiferencia por su plan que ha triunfado, su poder debería hacerlo impresionarse, arrodillarse.

<<Quizá debería enseñarle la forma correcta de postrarse ante mí. Debería enseñarle modales, castigarle por osar echarme cuando el mundo entero me pertenece, debería…>> Samuel niega con su cabeza. Reconoce esos pensamientos: son la mano suave y malvada que lo guió por el mal camino cuando Aaron cayó en su poder.

Son sus instintos camuflados como elocuencia, vestidos de seducción. 

Debe ignorarlos, incluso si su nuevo poder significa nuevos instintos. Precisamente por eso.

—¿Jason? ¿Qué sucede? —pregunta el rubio, saliendo de su ensimismamiento y atendiendo al vampiro pelirrojo.

Este está de rodillas frente al sofá, sosteniendo a Jay quieto. El humano no para de negar con la cabeza y revolverse en su lugar. Todo ha acabado (Braham está muerto, él ya no sangra), pero aun así huele igual de aterrado que antes y su corazón no se sosiega, las lágrimas siguen bajando por sus mejillas sin tregua.

—Es Jay, la droga parece haberle confundido demasiado. Está muy nervioso, tienes que irte. Acabas de matar a alguien delante suyo, le asustas. Le asusto incluso yo. Déjanos solos, rápido, vete.

Samuel se siente aturdido. Estaba tan centrado en celebrar su logro que no había percibido la amarga nube de angustia que se alza entre Jason y su tierno humano. Ahora, apocado y con un sabor agridulce en su boca, Samuel se retira de la morada de Jason y advierte a Charlotte, que montaba guardia afuera por si Jay debía huir si las cosas se torcían, de que no todo ha salido bien.

Charlotte lo entiende y se retira, pero Samuel se queda pensativo, frente a la mansión de Jason. Están haciendo todo esto para que él recupere a Aaron, no quiere hacer a su pupilo, a su cachorrito de vampiro, pasar por un dolor tan grande como el que él pasó cuando le arrebataron a Aaron de las manos. No quiere hacerle probar la amargura de perder a un humano, de recordar la fragilidad de sus cuerpos y sus mentes porque es demasiado tarde y uno de ambos se ha quebrado irreversiblemente.

Traga saliva y siente un escozor que últimamente se le hace demasiado familiar en los ojos. Lágrimas de sangre se acumulan sobre su línea de agua, sin caer, mientras se lamenta en su fuero interno.

<<¿Por qué ni cuando tengo la más pura de las intenciones puedo hacer el bien? ¿Por qué rompo todo lo que toco, por qué causo dolor allí a donde voy? Fui engendrado con odio y desprecio, quizá es mi destino corromper todo aquello que desearía salvar.>>


 

CAPÍTULO 79

—Jay, Jay, mi amor. Ya está, todo ha terminado. Estás a salvo. —asegura Jason con una voz suave y afable, tan musical y reconfortante como una nana.

Pero las notas en ella no parecen llegarle al chico, se estampan contra un sólido muro de pánico que no parece querer ceder. La única cosa que le indica a Jason que Jay entiende sus palabras es que, después de pronunciarlas, el chico niega frenéticamente y, entre hipidos, le dice que es mentira, que no está a salvo. Que “A salvo” ya no es un lugar para él en este mundo.

Jason muerde su labio hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre en la boca, pero el dolor del pinchazo pasa desapercibido: ver a su pobre humano tan desesperado, mirándolo como si viese solo a un vampiro, como si no reconociese que es él, le estruja tan agónicamente el pecho que cualquier herida palidece en comparación.

—No, mi pequeño, mi cosita preciosa, ya está, bebé, ya está, estás bien ahora. Nadie te hará daño. —sigue afirmando Jason, usando todos los motes empalagosos que Jay siempre le pide que le llame y que él siempre pronuncia poco, pues le hacen sentir como si tuviese un kilo de miel sobre la lengua.

Ni eso, sin embargo, logra endulzar la amarga realidad de Jay.

Jason trata de acariciar al chico, pues quizá su voz no es suficiente, pero está seguro de que Jay no podrá olvidar la ternura de su toque, la forma en que sus manos lo asen delicadamente para acercarlo a su pecho y abrazarlo.

Tan pronto lo intenta, Jay berrea como un animal siendo degollado. Empuja, patea y araña a su amo, cosa que jamás ha hecho, ni siquiera en la primera noche en que se conocieron, cuando Jay estaba seguro de que Jason era la muerte encarnada.

Jason se aleja alzando sus manos, como para demostrar al chico que no lo tocará más. No quiere poner a su tesoro aún peor.

—Jay, mi amor…

—No, no es real —rebate el otro cuando por fin logra articular sus sollozos y jadeos en una voz entrecortada pero comprensible—. N-no es verdad, vas a venderme, v-vas a dejar que me lleven… a la sala roja, a la sala roja… vas a herirme… vas a… no es real, no es real…

Jay patalea en el sofá, justo como un niño pequeño teniendo un berrinche, y a Jason se le rompe el corazón. Su precioso humano, tan valiente siempre y tan servicial, tan lleno de alegría y risas que burbujean por su habitación… Ahora luce como un chiquillo que suplica al destino que su inocencia no sea desgarrada.

<<¿Así lucía cuando le arrebataron a su hermana y sus amigas? ¿Así lucía cuando su mundo se cayó a pedazos, cuando él era apenas un chiquillo, pero tuvo que aprender a despedirse de todo lo que amaba y le hacía sentir seguro?>>

—No, no, no, cariño. La sala roja, venderte… Eso no era real, ¿recuerdas? Era parte del plan, por eso te tomaste la pastilla, por eso estás confuso ahora —Jason habla despacito y poco a poco coloca las manos en el sofá, cerca de las piernas del chico, pero sin tocarlo aún, solo enseñándole que su cercanía no es una amenaza. Jay lo escucha todavía lloroso y con un puchero en sus labios, pero sus palabras parecen resonar un poco en su interior, pues deja de llorar tan histéricamente como antes y ahora luce triste y miserable, sí, pero también pensativo—. ¿Recuerdas habértela tomado? —Jay asiente, muy despacio, como si no estuviese seguro de si el recuerdo es real o si Jason está manipulándolo. Luego el vampiro toma muy delicadamente la mano del chico y lo siente tensarse, pero no se aparta—. Esto —susurra Jason, inclinándose para besar el dorso de la mano del castaño— sí es real. ¿Recuerdas la noche que nos conocimos?

Jay asiente de nuevo, pero algo parece ir mal: los ojos del chico se abren como platos y su respiración se acelera.

—Me mordiste —exhala, sorprendido, traicionado y arranca su pequeña mano de entre las de Jason, llevándosela al cuello para reseguir con los dedos la cicatriz. Sus ojos se llenan poco a poco de lágrimas mientras sigue hablando—. Me mordiste en el cuello, te supliqué, p-pero… Te rogué clemencia, pero…

Jay se deshace en sollozos de nuevo y Jason lo deja llorar un rato, desahogarse. Fue delicado esa noche, más que eso, magnánimo, fue un salvador para Jay, pero sabe que aun así todo debió haber sido tan aterrador para el chico. Traumático. Sobre todo los primeros minutos, cuando su destino era incierto y las intenciones de Jason aún no estaban claras.

—Mhm, te mordí, es cierto —admite Jason, pesaroso. La culpa lo corroe cuando recuerda el momento en que hundió sus dientes en la frágil garganta del muchacho y la sangre se deslizó por su lengua, no solo porque lo hizo, sino porque no puede revisitar el recuerdo sin que una oleada de placer y deseo lo recorra entero —, pero tenía que hacerlo, tenía que vincularte para robarte de las garras de ese horrible hombre que era tu amo en ese entonces. Dime, ¿he vuelto a morderte en el cuello? —Jay lo mira con ojos brillosos, asustados, como los de un ciervo frente a las luces de un enorme camión— Toca, dime si hay más cicatrices. ¿Recuerdas más mordidas ahí?

Jay jadea de dolor, como si pudiese sentir los colmillos espectrales de sus recuerdos en toda su extensión, su rigidez, su furia perforante, abriéndole ahora la garganta.

—Sí, s-sí, duelen y son horribles y me hacen querer morir y…

—¿Recuerdas más mordidas mías en el cuello? —reprende Jason y Jay frunce el ceño, pero para de llorar tan alto, de clavarse las uñas en la piel, de balancearse en su asiento como si fuese a enloquecer.

—No lo sé —murmura y luego Jason le suplica con la mirada que lo intente, que intente recordar. El palacio de la memoria de Jay es ahora un lugar confuso y laberíntico, cada paso que da parece al revés, cada recuerdo que toma en sus manos cambia y fluye, como arenas movedizas de colores trazando una pintura y luego otra y otra y otra. Pero no puede encontrar ni una sola instancia en que Jason le haya hecho eso—. No. —afirma, aliviado y suspira muy largamente.

Jay sigue confundido y asustado, pero ahora está un poquito menos perdido y la figura frente a él no es solo ojos rojos y colmillos, es una sonrisa y una mirada afable, manos grandes y cálidas que le limpian las lágrimas y que lo miman de una forma que no puede ser malvada.

—¿No vas a hacerme daño? —pregunta el humano tímidamente, como aquella primera noche en que se conocieron.

Antaño le pareció tierno. Ahora, trágico. Toda la confianza entre ambos, esa que han construido piedrita tras piedrita, aquella que creyeron tan sólida… ahora parece aplastada como un endeble castillo de arena. Jason sabe que cuando los efectos de la droga se pasen, Jay volverá a ser el de siempre, pero está sufriendo ahora y recordará siempre este sufrimiento, esta confusión.

No quiere hacerle pasar por algo así.

Nunca más… —suspira Jason, acercándose al chico, inclinándose para tomar sus labios de algodón entre los suyos y besarlo muy despacio, dándole pequeños piquitos, como si quisiera picotear sus pucheros hasta quedárselos él y quitárselos. Jay se deja hacer, aún sollozando, y poco a poco corresponde a sus besos—. Mi amor, nunca te haré daño.

Jay asiente, reconociendo que eso es real. Y Jason lo toma entre sus brazos para llevarlo a la cama y hacerle un cálido té y darle fresas en la boca, una a una, para mantener al chico distraído mientras la droga pasa por su sistema y poco a poco se marcha.

Jason decide, entonces, que nunca más volverá a hacer algo así. Ni por Samuel, ni por nadie.

Quiere ayudar a su creador y quiere salvar al pobre Aaron de las garras de Ivthan, pero Jay va primero y, si la única forma de salvar a su tesorito humano fuese desgarrando él mismo la garganta de Aaron con sus dientes y luego enfrentándose a Samuel como consecuencia, lo haría en un abrir y cerrar de ojos.


CAPÍTULO 80

—No volverá a suceder, a partir de ahora Jay se queda fuera de esto. —la voz de Jason es marcial, inflexible y Samuel jamás trataría de doblegar la firmeza de su pupilo cuando este está tan seguro de algo.

El rubio asiente en silencio y luego habla con tranquilidad.

—Tengo pesadillas por el día, cuando duermo. En todos mis años siendo un vampiro, pensé que esa era una más de las innumerables diferencias entre nosotros y los humanos: que somos incapaces de soñar. Pero he descubierto que me equivoco: cuando conocí a Aaron, empecé a soñar un poco, cosas difusas, cortas, simples… Que a la mañana siguiente olvidaba. Y, ahora que lo he perdido, tengo pesadillas tan agónicas que cuando me despierto el dolor sigue ahí. Es el dolor más real que jamás he experimentado. Lo que quiero decir, Jason, es que entiendo lo mucho que significa Jay para ti, lo mucho que ayer debió destrozarte verle así cuando estaba drogado. Jamás te pediría que hicieses algo así de nuevo, no sabiendo cómo acabaron las cosas ayer.

Jason suspira de alivio. Lleva intentando lucir frío e indiferente desde que Samuel y su hermana de cabellos de leona han entrado por la puerta, pero por dentro temía enfrentarse a Samuel, tener que perderle o, peor aún, luchar para proteger a Jay. Habría hecho ambas sin dudarlo, pero le alegra demasiado que Samuel haya aprendido a ser tan comprensivo.

Sabe que el Samuel de hace unos años le habría hecho daño, mucho daño, si con ello pudiese obtener algo de beneficio para él.

—¿Cómo está? —pregunta entonces, afligido.

Jason reconoce cierta humanidad en su tono. Samuel no solo está preocupado porque Jason se halle dolido, está preocupado por Jay, de veras. No le conoce apenas, pero el chico es amable y le recuerda a una luciérnaga que ilumina cualquier estancia en la que entre y, anteayer, cuando estaban trazando su plan para poder salvar a Aaron, el chico fue increíblemente amable y gentil, como si pensase que Samuel podría romperse.

Samuel se sentía molesto por ello. ¿Un humano subestimándolo? Le ponía de los nervios. Pero hoy piensa en el momento en que el chico puso su diminuta mano sobre la de él, a pesar de que temblaba porque tenía miedo, y le dijo “No te preocupes, todo saldrá bien” y no puede evitar reconocer que le ha cogido cariño al chico. No quiere dañarlo.

—Está mejor, descansando.

—¿Podemos verlo? —pregunta la pobre Lottie, que hasta ahora se había quedado al margen, pero a la que le carcome la culpa. Ella era la encargada de poner a Jay a salvo si las cosas se torcían y el chico tenía que salir huyendo y, aunque eso no es exactamente lo que ha pasado, ha fallado en salvaguardar la seguridad del chico.

Jason asiente, aunque se siente un poco reacio. Quiere dejar a Jay encerrado en una perfecta y cómoda burbujita hasta que todo esto haya acabado, pero el humano mismo le ha pedido esta mañana ver a Samuel y Charlotte porque quería saber si todo había ido bien al final o no, así que Jason termina cediendo y lleva a ambos vampiros no a la estancia de Jay, sino a su propia alcoba, donde el chico descansa en una cama tan grande que él parece una arruguita más en la colcha y está prácticamente nadando en un mar de cojines mullidos.

Al verlos entrar, Jay alza su cabeza hacia la puerta y les dedica una gran sonrisa. Tiene ojeras grandes y marcadas y algunos arañazos en los brazos, así que asumen que ha pasado una muy mala noche y un muy mal día antes de que la droga decida rendirse y dejar en paz su pobre cuerpo y mente.

—¡Hola! —intenta saludar animadamente, pero su voz está algo rota y Jason se sienta a su lado a toda prisa para hacerle tomar un poco del zumo de naranja recién exprimido que tiene sobre el buró. Después de darle un par de sorbos, añade:— Al final, anoche, ¿funcionó? No recuerdo mucho y sigo mareado, así que no sé…

—Todo salió bien —responde Samuel, su voz es profunda, pero amable—, justo como habías dicho. —añade divertido, guiñándole un ojo después.

Jay sonríe, aliviado y luego Charlotte se inclina hacia él para poner su mano sobre su frente.

—¿Tú cómo estás? Pareces un poco destemplado. A ver, el pulso bien… Mira aquí —dice la chica, alzando su dedo índice, pero Jason se lo baja suavemente, colocando su mano sobre la de la muchacha y riendo un poco.

—Está bien, ya me ocupo yo de eso.  —la tranquiliza y luego se inclina para tocar la frente de Jay con sus labios, dejando un nimio beso.

Jay sigue malito y por eso lo va a cuidar muy bien y que tiene a la mitad de sus empleados preparando caldo de pollo, arroz y zanahorias hervidas, lavando mantas mullidas y perfumándolas con lavanda y consiguiendo las hiervas de la más alta calidad para hacerle infusiones a su humano, pero pese al excesivo nivel de atención que le da, Jason sabe que su pequeño mortal está bien y que pronto estará curado.

—Uhm, señor Hass, ¿logró… eliminar al original, entonces? ¿Ahora es usted más poderoso? —pregunta tímidamente Jay— ¿Cómo se siente?

Antes de ser capturado por su antiguo amo, no sabía nada de vampiros más que cómo evitarlos a toda costa y cuando cayó, por desgracia, entre sus garras, deseó olvidar todo lo que había aprendido: su soberbia, su lascivia, su desmedido apetito. Deseó olvidar la forma en que aprendió a distinguir, por el color de la piel de un inmortal, si se hallaba famélico o saciado, por el grado de dilatación de su pupila, si lo estaba mirando o sopesando cuándo y cómo herirlo solo por diversión. Jay se vio forzado a aprender hasta qué punto los tentáculos de la perversión se retuercen dentro de los vampiros y ahogan su alma humana, convirtiéndola en una podrida sombra de lo que pudo haber sido.

Pero desde Jason las cosas han cambiado: ya no necesita esos conocimientos y, aunque aún se encoge de miedo cuando identifica en Jason un gesto, una mirada o una simple aura cargada de deseo y hambre, ya no tiene que correr y esconderse, no tiene que aprender a dejar su cuerpo muerto y huir por los pasillos de su mente para acurrucarse en un recoveco alejado, muy muy alejado de la realidad.

Jason le hace sentir seguro y eso significa que su curiosidad puede florecer: ha descubierto, con su nuevo y amado amo, que tiene muchas preguntas que hacer. Una vez incluso le pidió a Jason que le dejase cortarle con un escalpelo y verlo por dentro porque necesita ver, saber, entender cómo su cuerpo funciona. Los vampiros fueron una pesadilla, pero cuando uno no los mira tras el manto del pánico, son un milagro: una vida eterna, una fuerza desmedida, sentidos afilados y precisión aguda… Son criaturas increíbles, pero reales. Y si Jay puede tocar a una de ellas (besarla, acariciarla, amarla), eso también significa que puede estudiarla. 

Quizá Jason no es muy fan de ser diseccionado, pero al menos puede ir cortando su manto de ignorancia con el bisturí de las preguntas precisas. A Samuel no parece importarle mucho.

—Sí, logré matar a Braham y me comí su corazón. Fue, joder, fue tan extraño e increíble. La sangre humana nos resulta deliciosa, tan dulce, pero la sangre de nuestra propia raza se nos hace amarga, metálica, nos da el mismo asco que supongo que a un humano le daría beberse un gran sorbo de su propia sangre. Pero comerme el corazón de Braham fue distinto, no era dulce, en absoluto, era salado y ácido, pero era un sabor adictivo, cada bocado en el que arrancaba un poco de su sangre me hacía salivar más la boca y el próximo bocado era aún más grande. Durante un momento, cuando estaba haciéndolo, me olvidé de por qué lo hacía: solo seguí porque me resultaba delicioso, porque parecía lo correcto. Tenía un pedazo de carne fresca delante de mí y mis colmillos querían romperla y probarla, así que… —Samuel debe hacer una pequeña pausa, está hablando con demasiada excitación, un brillo enloquecedor empieza a brillar en sus ojos y debe esmerarse por apagarlo, no dejar que explote delante de todos.

Jason y Charlotte lo miran asombrados y curiosos, pero también ligeramente incómodos. Es normal: llevan cientos de años teniendo muy claro que ellos son el cazador y las demás criaturas del mundo, meras presas, incluso si ellos no gustan de ser crueles y sanguinarios, hallan confort en reconocer que podrían serlo si quisieran, en el hecho de que la elección es suya.

Pero Samuel hablando de ese modo, les recuerda que no están en lo alto de la cadena alimenticia, ni de lejos. Un vampiro común es como un dios para un humano, pero ¿qué son ellos en comparación a Samuel, al Samuel de ahora? Presas tan mediocres que no merecen ni la pena. 

Se sienten pequeños, vulnerables. Y eso les eriza la piel de una forma en que solo la piel de un humano se eriza cuando sabe que tiene cerca algo más grande y poderoso de lo que puede comprender.

—Justo después de alimentarme de Braham hasta matarlo, me sentí poderoso, sí, pero no fue como pensé que sería. Siempre creí que consumir el poder de otro vampiro sería similar a darse un festín humano después de un tiempo famélico: la sensación de la sangre fluyendo dentro de ti, llenándote de poder, haciéndote alcanzar ese potencial que te queda lejos cuando estás demasiado mareado, flojo y débil por el hambre.

<<Pero no fue así, no fue como alimentarse, fue como convertirse en vampiro otra vez. La sangre humana te da tanto poder como tu cuerpo resiste, la sangre de un original rebasa ese límite, te obliga a volverte algo más. Algo mejor. Siento que soy una criatura totalmente distinta. Mis apetitos se han vuelto más insistentes que antes, aunque por suerte he aprendido a controlarme últimamente, y mi fuerza… Rompo cosas al tocarlas sin querer ahora, como cuando dejé de ser humano y no podía calibrar bien mis nuevas habilidades. Oigo mejor, mucho mejor, aunque es tan agobiante: puedo escuchar las briznas de hierba del césped de tu patio trasero frotarse entre ellas, Jason, puedo escuchar el aleteo de los insectos afuera.

<<Puedo escucharte parpadear>>

Le dice a Jay, formando una sonrisa enorme y llena de sorpresa y asombro.

—Es increíble. Es abrumador, pero jodidamente increíble.

Jay lo escucha totalmente embelesado. Le encantaría tener su libreta y su bolígrafo aquí mismo, esa donde siempre toma apuntes cuando se pone a hacerle preguntas quisquillosas a Jason porque su vampiro le responde a todo lo que él quiere: Y qué pasa si comes comida humana? ¿Y si te arrancas un colmillo de raíz, cuesta más curarse? ¿Qué sucede si te cortan por la mitad? ¿Qué parte de ti se cura? ¿Tus fluidos corporales son creados única y exclusivamente a partir de la sangre humana que consumes? ¿Tienen un ADN distinto cuando bebes de distintos humanos? ¿Qué pasaría si te forzases a quedarte despierto durante varios días? Si se usa tu piel para trasplantársela a un humano, ¿se vuelve piel humana o ese pedazo sigue conservando propiedades regenerativas propias de los vampiros? ¿Los vampiros sois fértiles? ¿La regeneración de células de los vampiros tiene alguna similitud con la forma en que las células se reproducen demasiado rápido en casos de cáncer? ¿Un niño vampiro podría madurar mentalmente hasta la adultez o su cerebro se quedaría subdesarrollado para siempre?

Pero, por desgracia, no tiene nada para tomar apuntes, así que solo intenta quedarse con hasta el último detalle de lo que oye.

Si se fija, puede notar algo en Samuel, algo distinto: parece haber ganado una cualidad más etérea que antes. Quizá días atrás lucía como un ángel, pero ahora es uno. O al menos eso pensaría alguien que lo viese por primera vez. Su piel está más blanca, no como la de un humano enfermo que va perdiendo su color, sino como el tono liso, suave e inmaculado de la roca en la que se esculpen las más hermosas estatuas antiguas. Del mismo modo, su cabello rubio parece ahora dorado, no metafórica, sino literalmente; incluso da la sensación de desprender un leve brillo. Y Jay no está seguro, porque Samuel es una criatura colosal, al igual que Jason, y su tamaño siempre lo abruma aunque lo vea mil veces seguidas, pero juraría que es un poco más alto. Quizá solo un centímetro o quizá es solo un aire de grandeza que crea esa ilusión, pero hay algo en él que hace que la sensación de que debes mirarlo desde abajo sea más notoria aún que antes.

—Entonces, el siguiente vampiro original a por el que tenéis que ir ahora es Zoa, ¿cierto? —pregunta Jay con decisión, como si fuese el cabecilla del grupo— Tenía una idea al respecto, si no os molesta que yo participe…

Samuel y Charlotte enarcan una ceja, confundidos, y miran a Jason.

—A mí no me miréis, yo no he compartido ninguna información, es solo que a él le gusta husmear demasiado, —bromea Jason, revolviéndole el cabello a su humano, que se pone algo rojo por cómo su amo lo ha expuesto como un cotilla, lo cual es básicamente verdad—, pero una cosa es husmear y la otra participar. Y ayer dejé claro que no quería que te involucraras más. ¿Has entendido?

El tono de Jason cambia de pronto: de jocoso a serio. En sus ojos chispea una amenaza: <<Ponte en peligro y voy a castigarte>>, pero Jay traga saliva, se arma de valor y dice:

—Amo, solo quería dar una idea, por favor.

Jason frunce el ceño.

—De acuerdo —cede, pero su mirada sigue siendo severa—, aunque nada de plantear algo peligroso. Tu vida me pertenece y he decidido que nadie va a jugar con ella, ni tú mismo.

Jay asiente concienzudamente. Samuel se siente terriblemente avergonzado: Jason es protector y dominante con Jay, deja claras sus normas y el humano respeta tan bien los límites y, a pesar de ello, jamás lo ha golpeado como él golpeaba a Aaron. Jamás lo ha… mutilado de ese modo. Jamás lo ha ultrajado.

Ahora, cuando echa la vista atrás, Samuel no puede comprender por qué fue como fue con Aaron. ¿Por qué le hizo pasar semejante infierno? <<Para luego ser incapaz de salvarlo de las llamas de otro>>

—La otra noche dijisteis que Zoa es arrogante y que por eso podéis aprovechar que seguramente tenga la guardia baja. Pienso que antes de hacer algo así, tenéis que observarla un tiempo, ver cuáles son sus rutinas antes de atacar. Braham está muerto, así que podéis ocupar su palacio: nadie se atreverá a cuestionar qué hacen tres vampiros de afuera en el núcleo, porque aunque es inusual, nadie se mete en los asuntos de los originales. Si pasáis varias noches en la mansión de Braham, tendréis a Zoa cerca o al menos más cerca que ahora y creo que eso os ayudaría mucho a decidir cuál será el siguiente paso.

Samuel alza las cejas, fomentando cada vez más algo que ya sospechaba:

—Me gusta este humano.

—¿Por cuánto me lo vendes? Me he encaprichado. —bromea Charlotte, tirándole al joven chico de las mejillas mientras este ríe un poco, halagado por la respuesta positiva de esos dos intimidantes seres.

A Jason la broma de su hermana no le hace ni la más mínima gracia y la mira como si pudiese apuñalarla con los ojos.

—Bien, ¿entonces estamos todos de acuerdo con que es buena idea? —pregunta Jason, cortando a su hermana; todos asienten al unísono— Podríamos ir esta noche misma. Samuel, a nosotros podrán percibirnos, somos vampiros novicios en comparación a un original, pero tú… Tu presencia ya no se siente como la de un puro, se siente como la de un vampiro de la más alta clase, así que mientras estemos cerca tuyo, dudo que haya sospechas siquiera.

—Saldremos de inmediato, entonces. Y mañana por la noche Zoe estará muerta —sentencia, Jason y Charlotte lo miran con preocupación. Con Braham tenían un plan, uno bastante bueno, pero con Zoe no tienen nada. ¿Y Samuel pretende erradicarla en menos de una noche? Sienten que todo se mueve muy rápido y le lanzan una mirada insegura a Samuel, pero este los corta antes siquiera de que puedan replicar—. No pienso perder un segundo más. Cada minuto que Aaron está bajo el poder de Ivthan es algo irreparable, algo que jamás podré perdonarme. No voy a dejar que sea suyo ni un segundo más de lo necesario.

Jay no se equivocó al asumir que el hogar de Braham era una mansión. El lugar es enorme y todos se quedan boquiabiertos: los tres vampiros y, sí, el humano, pues Jay ha convencido a Jason de que lo lleve consigo porque <<¿Y si me pasa algo por haberme dejado solo? Vamos, amo, por favor, no hay lugar en el mundo donde me sienta más seguro que a su lado. Además, necesitará alimentarse, ¿no>>. Esa frase, un puchero, ojos de cachorrito y el chico que pestañea inocentemente han sido tan convincentes como Jay esperaba, así que Jason se ha rendido a sus demandas con cara de pocos amigos, un gruñido y un muy escalofriante <<No vas a salir sin mi permiso cuando lleguemos, pequeño. Ni de la mansión, ni de la habitación, ni siquiera de la cama. No vas a mover un puto dedo si no es por orden mía. Voy a ser estricto mientras estemos ahí, verdaderamente estricto, así que sé obediente o te castigaré una noche entera y no tendré piedad. ¿Ha quedado claro?”

Así que ahora Jason tiene que envolver su mano alrededor del cuello de Jay porque la morada de Braham lo fascina tanto que el chico parece querer correr por todos los pasillos y escabullirse a los rincones y recovecos del lugar como un ratoncito buscando refugio, pero su amo no está dispuesto a perderlo de vista ni un instante.

—Qué tenebroso… —comenta Charlotte y todos los demás le dan la razón en silencio.

El lugar es enorme, pero el ambiente resulta opresivo: las ventanas han sido tapiadas para que no entre del exterior ni la más mínima luz lunar y, sin embargo, la iluminación del interior deja mucho que desear: está diseñada para evocar una mortecina luz amarillenta que pone de relieve las vastas tinieblas que la rodean, como tentáculos de oscuridad saliendo de las esquinas de cada habitación y apropiándose de ellas poco a poco. 

Todo el interior de esa morada es negro o tan oscuro que podría confundirse con este: el granate de las alfombras es oscuro a rabiar, las paredes de ladrillo apenas absorben luz y los muebles son de madera tan oscura que bien podrían ser de obsidiana. 

Pero eso no es lo peor ni lo más impactante: todo ese lugar es un altar a la perversión.

Hay algún sofá, algún sillón, alguna mesa y sillas, sí, pero la mayoría del mobiliario es mucho más macabro y poco convencional: paredes revestidas de grilletes, altísimas vitrinas mostrando con orgullo, como pavoneándose, tétricos aparatos de tortura, sillas revestidas de pinchos, camas de piedra cubiertas de cadenas, potros de metal afilado, peras de la agonía reposando sobre mesas como si fuesen meros jarrones sobre un mantel.

Samuel para en seco, afina su oído y dice:

—Oigo latidos.

Charlotte y Jason se miran con estupor. Miran a Jay un segundo, centrándose en ignorar el sonido del corazón del chico y, al cabo de unos segundos, el más mayor alza sus cejas con sorpresa y responde:

—Es cierto. Bueno, ya sabíamos que consumía humanos uno tras otro cada noche, no es ninguna sorpresa que tenga un alijo de presas aquí.

—Huelo a sangre —Charlotte luce preocupada. Olfatea el aire y busca el origen del aroma. Si le ha costado escuchar los latidos de los mortales, es mala señal que pueda oler su sangre sin demasiado problema. No solo hay humanos, sino que están heridos—. Samu, ¿puedes encontrar a los humanos? No acabo de captar bien…

Antes siquiera de que la muchacha de elegante figura y pomposa cabellera termine su frase, Samuel ya está dirigiéndose a una de las paredes de piedra del salón y colocando sus manos con delicadeza sobre los ladrillos, como buscando algo a tientas. Si sus sentidos no se equivocan (y Samuel sabe que no lo hacen), los humanos se encuentran tras ese muro y, dada la predisposición de Braham por decorar de forma obscura, misteriosa y dramática su hogar, deben estar en alguna especie de habitación secreta.

Uno de los ladrillos cede levemente a la presión del roce de los dedos de Samuel, así que este lo empuja y la pared automáticamente empieza a desplazarse: se desliza ligeramente hacia atrás y luego hacia la derecha, revelando una sala oculta.

Ningún vampiro necesita una habitación oculta, mucho menos un original, en cuya propiedad a veces temen entrar incluso los vampiros novicios que han sido invitados bondadosamente, así que Samuel sospecha acertadamente que Braham solo mandó a construir su extraña salita para guardar humanos con el fin de aterrorizarlos aún más, de infligir una tortura no solo física, sino psicológica y hacerles sentir todavía más encerrados, más atrapados, destripar sus esperanzas de que algún día un ángel vendría a salvarlos.

Y es cierto, ningún ángel los está rescatando. Es Samuel Hass quien abre sus puertas ahora.

Una larga línea de más de diez mortales gimotea como animales quejumbrosos y enfermos y se retuercen cual larvas cuando la mínima luz que viene del salón entra en la sala. La figura de Samuel la bloquea, convirtiéndose en una silueta oscura sin más rasgos que su intimidante tamaño. Los humanos, vestidos con harapos, despeinados, sucios y todos ellos heridos con profundos cortes y laceraciones, lo miran unos instantes, quedándose congelados como si alguien hubiese detenido el tiempo en esa sala, y luego reconocen que esa figura poderosa no es la del monstruo que les ha hecho eso.

Otro vampiro viene hoy a por ellos.

Ninguno es capaz de comprender si eso son buenas o malas noticias, pero la incertidumbre los abruma: Braham nunca castiga de una misma forma dos veces, siempre hay algo nuevo, algo inesperado, pues uno no puede prepararse para algo que desconoce. Y siempre es algo malo.

Así que Samuel debe serlo también.

Los humanos gritan de horror al verlo, se lamentan, se abrazan a sus rodillas y se mecen en posiciones fetales o se pegan tanto a la pared que parecen creer que van a ser absorbidos por el ladrillo, atrapados en él, pero a la vez protegidos por él. Pocos intentan levantarse, pues están tan débiles que moverse no es una opción.

Samuel los mira con ojos fríos, calculadores, examinando la escena como un depredador que ha encontrado una madriguera desatendida, llena de débiles cachorros que podrían ser un delicioso banquete. Sin embargo, aunque sus instintos hacen brillar sus ojos y crecer sus colmillos, su primer pensamiento no es uno de hambre o crueldad.

<<Pobrecitos>> es la palabra que cruza su mente, incluso cuando se relame al ver sus heridas rojas y vibrantes o incluso si un escalofrío placentero atraviesa su cuerpo cuando atisba sus desnudeces bajo las finas ropas que apenas los protegen del frío.

Piensa en Aaron, en cómo debe estar ahora mismo. ¿Igual de asustado, igual de herido y confundido que esos humanos? Y se le estruja el corazón. Siente ganas de llorar al pensar en Aaron siendo tratado como mero ganado cuando realmente es un tesoro de valor incalculable, una cosita frágil y hermosa que debe ser sostenida solo para ponerla tras una vitrina que la mantenga segura. Aaron es su amor, su persona favorita en el mundo. ¿Cómo pudo Ivthan tomarlo como a un mero pedazo de carne? ¿Cómo pudo él hacerle todas esas cosas en el pasado? ¿Estará Ivthan haciéndole revivirlas?

Los humanos a sus pies no le causan una gran compasión en sí mismos, no cuando recuerda que no son Aaron y debe admitir que masacrarlos sanguinariamente ahora mismo le provocará esa clase de remordimientos que se ahogan fácilmente en sangre, pero a Aaron no le gustaría eso. Aaron adora que Samuel sea bueno con él, pero no quiere solo eso: quiere que sea una persona distinta. Una persona. 

Y él quiere convertirse en lo que quiera que sea que lo haga digno de Aaron o, si es que eso es imposible, que al menos haga a Aaron feliz. Así que se abstiene de tomar una deliciosa decisión, porque sabe que para ser exquisita para sus sentidos, debe ser aberrante para cualquier moral, así que se voltea hacia sus pupilos y dice:

—¿Qué hacemos con ellos?

Los humanos acallan un poco sus quejidos de temor, escuchando atentamente aunque sin hablar siquiera entre ellos. Braham debió prohibirles usar el lenguaje porque, al fin y al cabo, ¿por qué debería el ganado hablar?

—Por el diablo, qué horror. —musita Charlotte, negando con la cabeza mientras se lleva una mano al pecho.

Jason la estrecha contra él, queriendo alejarla de la horrible escena. En su otro brazo recoge y protege a Jay, a quien se le escapan las lágrimas, pero le fallan las palabras; el muchachito abraza a Jason de vuelta, no queriendo siquiera mirar a esos iguales suyos a los que apenas puede reconocer como humanos.

Jason tiene una expresión solemne en el rostro, una llena de desaprobación y dolor.

—Ese hijo de puta… —murmura y Samuel se siente sucio y avergonzado, porque sus amigos están reaccionando con sentimientos tan fuertes ante la escena y él solo ha logrado sentir un chispazo de lástima que no se compara siquiera a las enormes oleadas de deseo—. Tenemos que ocuparnos de ellos, de las heridas y la mugre que tienen encima. Parece que llevaban días olvidados ahí. Cuando volvamos, me los llevaré y trataré de entrenarlos.

Samuel asiente. Sabe que esa es posiblemente la mejor solución posible: si esos humanos fuesen vendidos ahora o abandonados a su suerte para merodear por calles infestadas de bebedores de sangre, no les aguardaría un destino mucho mejor al que tienen ahora. Morir sería el regalo más piadoso que un cazador podría darles. Pero Jason es un buen amo, uno justo y tan amable que muchos otros lo desprecian por ello. Estarán a salvo con él, más que eso, estarán a gusto.

—Bien. Mientras vosotros os ocupáis de los humanos, yo iré a merodear por el palacio de Zoa, trataré de averiguar todo lo que pueda sin ser visto.

Todos están de acuerdo con las indicaciones.

Jason no desperdicia ni un solo segundo: se acerca a los humanos y les habla con voz firme e imponente, pero tranquila, explicándoles con conceptos muy claros y palabras sencillas y lentas que su amo ha muerto y que ahora le pertenecen a él. Les promete una buena vida a cambio de obediencia absoluta y todos asienten y se postran ante él, temerosos de cuál será su nuevo destino y conscientes de que no tienen más opción que acatarlo.

Jay trata de ayudar una vez Jason le da permiso: como es humano, puede acercarse más a los mortales sin causar en ellos una reacción tan extrema que los haga incapaces de atender por culpa del estrés. Les explica muy dulcemente que ahora serán limpiados y curados y que cuando salgan de ahí serán siervos del palacio de su amo o quizá tentempiés en los locales de este, pero jamás presas aterradas que no saben si verán el mañana.

Charlotte es la que luce más apocada, más distraída. Jason asume que está nerviosa porque tienen muy poca información respecto a Zoa, así que la consuela apartándola para prometerle que todo irá bien y que la salvará si las cosas se tuercen, pero eso no parece despejar las preocupaciones de la mirada de la chica, que asegura que todo está bien, agradece las palabras de su hermano y se pone manos a la obra.

Cuando Jason fue convertido en vampiro y ella fue dejada a su suerte por años, se dedicó a una única y exclusiva cosa, a lo mismo que ese vampiro de cabello rubio y corazón dividido se dedicaba en esa época: seguir a la guerra como una sombra, visitando en las noches silenciosas y llenas de sangre pueblos por donde la guerra había dejado todo arrasado a su paso.

Charlotte buscaba entre escombros y cuerpos y siempre, siempre encontraba a alguien como ella y su hermano: personas sin nada ni nadie en el mundo, dadas por muertas y dejadas para cumplir su destino. Charlotte las tomaba bajo su ala y las llevaba consigo, limpiaba sus heridas, curaba su soledad y les enseñaba a hacer una vida por sí solas, daba igual si era trabajando honradamente o robando. Una segunda oportunidad es una segunda oportunidad.

Así que esta noche siente una terrible nostalgia mientras, joven tras joven, los humanos pasan por sus delicadas manos y ella cura sus cuerpos y trata de aliviar sus almas con palabras de ánimo. No es la guerra por lo que estos pobres mortales han pasado, pero su dolor es el mismo. Charlotte sabe que hay muchos nombres para hablar del mismo infierno.

Todos ellos están traumatizados, desesperados, tristes y perdidos. Muchos no recuerdan su nombre y ninguno soporta la luz, no después de años acostumbrados a pura oscuridad.

Samuel piensa en esos humanos mientras sale del castillo, piensa en cómo, de haberlos encontrado antaño, no habría sido un salvador, sino un sucesor de Braham. La piel se le eriza cuando recuerda los castigos y torturas a los que en el pasado sometía a sus mortales. Revisitar esas memorias le revuelve el estómago y le hace sentir profundamente irreparable, una criatura abyecta, infectada hasta la médula, que ya no tiene salvación, sobre todo porque no puede permitirse rememorar muchos detalles sin sentir una ominosa nostalgia: sus instintos extrañan la época en que eran saciados sin reparos y hacen de esos recuerdos no un pecado que martiriza a Samuel, sino una tentación que lo invita a recrearlos.

Samuel niega.

No puede permitirse volver a ser así. Incluso si Aaron muriese (<<No, no, no. Joder. No va a morir. No pienses en eso. No lo conviertas en una puta posibilidad. No pasará. No de nuevo>>) ha decidido que va a darle su eternidad: vivirá solo por y para ser la clase de criatura que Aaron habría podido aceptar, si es que amarlo es demasiado pedir (y lo es, Samuel sabe que siempre lo será).

Llega al castillo de Zoa con más rapidez de la que esperaba y es que el núcleo de cualquier gran nido de vampiros está prácticamente vacío, así que las grandes casas están relativamente cerca. Saltar la valla y merodear por su enorme y barroco jardín es sencillo, sobre todo cuando Zoa no tiene ni un solo guardia a la vista. Y no es solo eso. Samuel se centra en cerrar sus ojos, tapa sus oídos y se resguarda de la más mínima brisa de aire para dejar todos sus sentidos mundanos en segundo plano y percibir el mundo alrededor de él con otro distinto, uno que obtuvo junto a sus colmillos y su sed: esa extraña capacidad que le permitiría, aun siendo ciego, saber quién se acerca a él y si se trata de una presa o un rival. No percibe a ningún otro vampiro cerca, más que a Zoa y, para su suerte, la muchacha tiene un poder que antes se le habría antojado aterrador, pero que ahora le parece asumible: Zoa es posiblemente de la misma edad que Braham era, sino un poco más madura, lo que significa que Samuel podrá matarla fácilmente siempre y cuando no haga ninguna tontería, sobre todo porque no tiene ni a un solo vampiro dentro de su enorme mansión.

Solo capta dos presencias: la de ella y la de un humano, posiblemente su sustento. Rastrear algo dentro de su palacio se siente similar a gritar un nombre en un enorme lugar desconocido para ser respondido solo con un eco gigantesco que te devuelve tus mismas palabras. 

Samuel se adentra más en el boscoso jardín de la original hasta el punto en el que llega a estar tan cerca de las ventanas de la gran mansión que cualquier otro vampiro lo habría percibido ya. Si Zoa lo hace, ya tiene pensada la excusa: es un nuevo original en el núcleo y solo quiere presentarse ante los gobernantes, pero es excéntrico y prefiere hacerlo testeando cómo de atentos estos están a sus alrededores. Pero Zoa no lo detecta y eso solo confirma la hipótesis de Samuel: la mujer está tan borracha de poder y tan ensimismada con sus delirios de grandeza que posiblemente no sea capaz de fijarse en otro vampiro a menos que este esté atravesándole el pecho con sus garras y arrebatándole su valioso corazón. Podría intentarlo ahora, de hecho, pero Jason tiene razón: deben ser precavidos. Toda la prisa del mundo será inútil si Samuel muere.

De hecho, Aaron moriría con él: están vinculados. Pero, a pesar de ello, Samuel se siente muy muy extraño y no para de rondarle por la cabeza la misma pregunta: ¿Por qué no puedo sentir lo que Aaron siente?

El vínculo es una cuerda indestructible que los une: tira de él hacia Aaron cuando este lo necesita, le ata el corazón con dolorosas ataduras cuando el chico está siendo herido y tiembla y vibra de distintas formas según si Aaron solloza, se estremece o ríe.

Pero Samuel no puede sentir nada.

Nota la cuerda alrededor de su corazón aún, pero está floja y muerta, como si alguien le hubiese cortado. Sabe que eso es imposible, pero hasta ahora sospechaba que la distancia entre ambos había entorpecido su comunicación. Aaron agita su extremo de la cuerda con fuerza para mandarle un mensaje, pero el camino que esas sacudidas deben recorrer es tan grande que, para cuando llegan a Samuel, no son más que vibraciones imperceptibles.

Pero ahora Samuel está cerca de Aaron, está en el núcleo de la ciudad, a menos de media hora de la morada de Ivthan (<<No lo pienses, no lo pienses. Es mala idea. Aún no>>) y nada ha cambiado.

Samuel percibe algo. No de Aaron, sino del interior del castillo de Zoa. Eso le hace dirigir toda su atención a la conversación que puede oír a través de las paredes:

—Pínchate el dedo de nuevo con la aguja y sigue escribiendo. Vamos, he dejado de consumir tu sangre, deberías tener suficiente para apuntar hasta mi última palabra.

—Mi ama, tengo las manos entumecidas y llenas de costras, no creo que vaya a sangrar más. ¿Podemos seguir mañana? Lo ruego.

—No, humano estúpido, ¿cuántas veces debo repetírtelo para que tu cerebro inferior lo entienda? Voy a ascender, voy a convertirme en puro poder y dejar de ser un simple vampiro para tornarme un dios sin necesidades ni apetitos. ¿Tienes idea de cuán grande es esto? ¿De cuán importante? ¡No puede esperar! Tu insignificante dolor no importa. Sigue sangrando y sigue escribiendo, córtate las muñecas con un cuchillo y pon un tintero debajo si hace falta. Mi voluntad debe quedar escrita en sangre antes de que sea la hora: cuando sea una diosa y no necesite mi boca para alimentarme, no sé si seguiré conservándola para hablar.

Lo siguiente que se escucha son quejidos y lloros y, nuevamente, la voz de Zoa recitando solemnemente historias, mandamientos y normas para el nuevo mundo. Habla como una profeta y Samuel lo tiene claro: Ivthan ha vuelto a la chica loca, la ha convencido de que no morirá, sino que hará una metamorfosis para convertirse en una criatura superior y ella, al parecer, está tan encantada con esa idea que ni siquiera ha buscado uno de los muchos fallos en esa lógica.

Escuchar sus desvaríos durante más rato solo serviría para reafirmar cuán desquiciada la pobre original está y, además, Samuel ya ha averiguado bastante información útil, así que vuelve al palacio.

Al abrir las puertas se halla con una grata bienvenida: Charlotte y Jason no están a la vista, pero un grupo de cinco humanos lo espera frente a la puerta de entrada; todos son jóvenes muchachos de piel pálida y complexión delgada, llevando prendas que Jason y Charlotte deben haber hallado en los armarios de la mansión, pues les quedan grandes, pero están limpias, como los humanos; tienen varias partes del cuerpo vendadas y, aunque siguen luciendo desnutridos y débiles, tienen algo de color en sus mejillas, así que asume que acaban de ser alimentados.

Todos lo esperan cabizbajos, con sus manos en sus rodillas y temblando de temor, pero quedándose en dócil posición sin duda alguna. Uno de ellos, el que parece más mayor, un hombre de treinta años y con una contextura que pareció ser musculosa en el pasado, se levanta y, sin atreverse a alzar su vista, habla con voz ronca y temblorosa:

—B-buenas noches, señor Hass —dice agradablemente, aunque hace una pausa y Samuel asume que el chico debe estar intentando no llorar. Samuel cierra la puerta tras de sí, deleitándose cuando todos los mortales dan un repullo por el golpe y llenan el aire con un delicioso aroma a pánico. El mayor, el que está hablando, aprieta los puños y se fuerza a seguir con su discurso—, e-el amo Jason nos ha indicado que le digamos que, uhm, que él y su hermana están ocupados alimentándose ahora de… —traga saliva— De nuevos compañeros y me ha ordenado que le diga que nosotros somos los humanos más sanos que ha podido seleccionar para usted, para que… Para que se alimente esta noche al llegar. El amo Jason me ha pedido que le recuerde que respete sus normas.

Samuel sonríe, sí, eso definitivamente suena como Jason, aunque el vampiro sabe perfectamente que “respetar sus normas” es solo una forma bonita de decirle “No los mates”, pero no necesita que Jason le recuerde nada: ya se lo prometió a Aaron y, esté presente o no, él piensa que cumplirá esa promesa hasta el fin de los días.

Samuel puede escuchar perfectamente a Charlotte en el piso de arriba, la forma en que la muchacha da un pequeño sorbo de sangre y luego se detiene para decirle dulcemente a la sollozante humana que todo está bien, que está haciendo un buen trabajo y que ya casi han acabado.

También puede oír a Jason, pero él no está alimentándose de ninguno de esos mortales, sino que está con Jay y ahora entiende perfectamente por qué Jason ha mandado a esos humanos a decirle que, básicamente, coma y no moleste, en vez de decírselo él mismo: el piso de arriba está llenándose poco a poco con el agradable sonido de los gemidos de Jay y la voz ronca y masculina de su amo halagándolo por tomarlo tan bien, preguntándole si está mareado por la pérdida de sangre y avisándolo de que ahora lo follará más duro un rato. El chico apenas puede hablar y mucho menos cuando Jason cubre su boca y le dice que no sea tan ruidoso, incluso si ama cuando lo es.

Samuel trata de ignorar la noche de disfrute y placer que sus pupilos están dándose. La merecen totalmente, pero no puede evitar sentir que su nueva capacidad para percibir tan bien sus alrededores es una forma más en que el universo le restriega no solo que ha perdido a Aaron, sino que está sufriendo y él no puede hacer nada para evitarlo aún.

Lo echa tanto de menos que su hambre solo lleva un nombre: <<Aaron>>.

Tanto que sus sueños más hermosos y sus pesadillas más agónicas siempre tienen un mismo protagonista: <<Aaron>>.

Tanto que su lujuria no pide ultrajar y romper, solo pide besos y abrazos y una cama que no esté fría. Tanto que sus deseos se funden y son solo deseo de una sola cosa: <<Aaron>>.

De la única cosa que no puede tener en el mundo. Algo que esos humanos postrados frente a él no pueden ofrecerle.

Por un instante siente rabia contra ellos y desearía poder eliminarlos de la faz de la tierra de un zarpazo. Se lo imagina: desgarrarles la garganta y matarlos por haber osado ofrecerse en lugar de Aaron, como si fuese una cosa reemplazable. Pero luego su ira se aplaca, porque el aire huele a miedo y lágrimas saladas y Samuel sabe que esos pobres humanos no han decidido estar ahí, ofreciéndose a un monstruo cuyos deseos y anhelos no conocen y cuyas intenciones temen. Solo quieren sobrevivir y él puede darles al menos eso.

No es mucho, de hecho, no es nada en comparación a todo lo que ha arrebatado durante su larga vida, pero es un inicio.

—Poneos de pie. —ordena Samuel, su voz es firme e impactante.

Antes de devorar el corazón de Braham, su presencia era intimidante e incluso cuando hablaba en un tono desenfadado, hacía a los mortales temblar. Ahora una orden suya se siente como un trueno atravesando a los pobres humanos y estos obedecen, pero lo hacen sollozando tan pronto lo oyen.

Samuel no puede ocultar que ama escuchar a esos humanos llorando. Una parte de él se recrea en la consciencia de que es tan jodidamente imponente y poderoso que ha hecho llorar a un puñado de humanos con solo una simple orden y él decide que puede permitirse disfrutar eso porque no es como si les estuviera haciendo daño de verdad, es solo un poco de miedo.

Samuel pone sus manos a la espalda y anda de un extremo a otro de la línea recta que los mortales han formado, observándolos con atención. Todos son diminutos y tan delgados que podría quebrarlos si es solo un poco descuidado, así que toma nota de eso, pero no puede ver mucho más: todos tienen sus rostros orientados hacia el suelo, tapando hasta sus labios con densas cortinas de cabellos largos y desordenados, pero recién lavados.

Samuel inhala y distingue el aroma de la vainilla y la miel. A veces él también usaba ese champú para Aaron.

Toma a un humano por sus mejillas con una mano y le hace alzar el rostro. El chico jadea de la impresión al sentir los dedos fríos sobre su piel, moviéndolo como a un muñeco. Cierra sus ojos con fuerza y muerde su labio cuando Samuel le aparta los cabellos de la cara, descubriéndosela. Se siente tan malditamente expuesto.

—La cara hacia arriba, los ojos abiertos. Todos —ordena Samuel y los mortales se mueven al unísono y obedecen. Todos los humanos miran al frente, tratando de evitar a Samuel, menos el humano que tiene justo delante, que tiembla como una hoja y no logra abrir sus ojos porque el terror lo paraliza. Samuel se siente perder la paciencia y sabe que podría solucionar fácilmente el problema rompiéndole la cara al chico, pero toma una respiración profunda y trata de sonar paciente mientras dice: —. Abre los ojos, no me hagas repetirlo una vez más.

El chico obedece poco a poco, aunque su respiración se traba y sus rodillas flaquean. Abre sus ojos, revelando un color almendrado hermoso y clavando su vista en el techo, aunque no haya nada interesante ahí, solo para no mirar al temible ser a la cara.

—Bien. —sisea Samuel, tratando de sonar amable, como si premiase al chico y supone que ha hecho algo bien, porque lo nota un poco más aliviado.

Luego vuelve a revisar a los chicos, uno por uno, solo que esta vez se detiene frente a ellos un rato más y los mira detenidamente. A veces alza su mano para quitarle algunas hebras de cabello a los jóvenes del rostro y siempre se inclina sobre este, acortando la distancia de una forma que hace a los mortales contener la respiración. Le parece curiosa la forma en que los chicos se intentan quedar lo más quietos posible cuando él pasa por delante, como si así fuesen a volverse invisibles, y cómo miran al techo o al suelo o a un lado con tal de rehuir su mirada.

Piensa en la forma en que los mortales se comportan con él ahora y luego recuerda la manera en que a veces Aaron charlaba con él, acurrucado cómodamente entre sus piernas mientras se dejaba acariciar. Siempre pensó que ceder a esos cálidos impulsos lo haría débil, cobarde e inútil y, ahora que lo ha hecho, los mortales siguen temiéndolo como si fuese el mismo tirano. ¿Dejarían de obedecer si supiesen, de algún modo, que es dulce con Aaron y que llora sangre por su ausencia? Samuel sabe que no y se siente tan estúpido por no haberse dado cuenta antes. Por haber pasado la eternidad huyendo de cosas que llevaba dentro y creyéndose valeroso por ello.

—Mírame. —le ordena al último humano de la fila.

El chico no puede tener más de veinticinco años y tiene un rostro angelical, con esa misma suavidad en sus rasgos que Aaron posee en cada centímetro de él. Tiene el cabello marrón, pero es tan oscuro que bajo la luz mortecina parece casi negro y los ojos de un color que no parece decidirse entre el verde y el azul.

Al chico de ojos claros le tiemblan los labios y traga saliva cuando escucha esa orden, pero obedece. Samuel puede escuchar su corazón acelerándose peligrosamente cuando sus ojitos brillosos se topan con las puertas del infierno de su iris.

El chico no es Aaron, pero... <<Se parece suficiente>> piensa, sin siquiera darse cuenta y, antes de que pueda deliberar si es una buena decisión o no, su boca dice con tono duro y firme:

—Los demás podéis marcharos.

El chico se muerde el labio muy fuerte, casi haciéndose sangre, porque no quiere llorar tan pronto, pero las lágrimas le resbalan por las mejillas casi instantáneamente. Samuel las ve caer, cálidas, abundantes, una tras otra. Se pregunta cuántas veces ha hecho llorar a Aaron y se pregunta también si algo en el mundo ha hecho llorar a su amor tantas veces como él lo ha hecho. Sabe la respuesta.

Cuando ambos se quedan solos en la sala, el humano es un lío de lloros y sollozos, pero sigue firmemente en su posición, aguardando órdenes y rezando por dentro para que su nuevo amo por esta noche tenga algo de piedad.

Samuel se aleja de él unos segundos y va hacia los interruptores de la luz. La regula, bajando un poco la intensidad, haciendo crecer las tinieblas y la incertidumbre. Así, en medio de más sombras que luces, el cabello del humano es suficientemente oscuro y sus ojos suficientemente indeterminados para que Samuel decida que lucen azules.

El vampiro le da la espalda al chico y anda pausadamente.

—Sígueme. 

Un segundo después de dar la orden, escucha pasos descalzos a sus espaldas.

Samuel busca una habitación y entra en la primera que encuentra: es grande y espaciosa, con una cama grande de sábanas blancas y las paredes llenas de instrumentos de tortura. El chico los mira y respira con dificultad y Samuel no se molesta en tranquilizarlo. Le gusta su miedo y no está haciéndole daño, así que no está haciendo nada malo o eso se dice.

Samuel se sienta cómodamente en la cama, con su espalda contra el reposacabezas y sus piernas extendidas sobre la blancura de las sábanas lisas. Luego palmea su regazo.

El muchacho se sube a la cama con los ojos bien abiertos, como si fuese la primera vez que toca una en años, y se monta sobre el regazo de Samuel, sentándose en sus piernas y uniendo sus manos como si estuviese listo para rezar.

Samuel lo mira con atención. Así, con la luz casi apagada y el aroma del miedo embriagándolo, con sus recuerdos medio emborronados por el anhelo y su corazón roto, con la agradable sensación de un cuerpo caliente y tembloroso sobre el suyo y la sed de sangre nublándole los sentidos, así… ese chico luce muchísimo como Aaron.

Así que Samuel trata de imaginar que es él. Que nada de lo que ha pasado con Ivthan es real y que esta es solo una noche normal, una en la que obtiene todo lo que desea y en la que ha aprendido a ser gentil y amable con Aaron, lo suficiente para borrar todas sus cicatrices y todos sus pecados, para empezar de cero y hacerlo todo bien esta vez.

—Ven aquí, acércate más. —le dice con suavidad y acaricia un poco su mejilla.

El chico obedece, confundido y aterrorizado, y Samuel frunce el ceño. Este humano tiene el pelo muy largo, demasiado largo para ser Aaron. No puede hundirse en su fantasía bien, no mientras ese estúpido detalle esté distrayéndolo y sacándolo de su perfecta burbujita de imaginación cada vez que el chico se mueve un poco y su pelo ondea más allá de sus hombros.

Samuel empuja al chico, irritado, y lo quita de encima de su regazo. Este grita por el susto y cuando alza su cabeza de nuevo, se queda congelado por el miedo al ver al vampiro tomar una daga que estaba colgada de la pared y volver a la cama. El humano quiere suplicar por clemencia, pero Braham los castigaba duramente a todos si un solo humano se atrevía a decir una palabra, así que no quiere arriesgarse. 

Samuel lo toma bruscamente por la cintura, lo pone sobre su regazo de nuevo y toma su cabello en un puño con fuerza, tirándolo hacia atrás hasta tensarlo y blandiendo la daga con la otra mano.

El humano cierra los ojos, seguro de que ahora notará la hoja deslizándose por su cuello, pero los abre cuando sencillamente siente el tirón en su pelo aflojándose y ve que el vampiro lanza la daga a un lado y varios mechones de su cabello a otro. Le cuesta un buen rato entender que simplemente le ha cortado el pelo.

—Tu nombre será Aaron esta noche. ¿Queda claro? —el chico asiente, extrañado, y empieza a temer haber caído en manos de un loco. Braham era un sádico, pero era predecible: sabías cuándo iba a torturarte por placer y cuándo por castigo. Con Samuel, sin embargo, el chico no sabe en qué momentos debe mantenerse tenso y en cuáles tiene permitido relajarse—. Repítelo.

—M-mi nombre es Aaron. —dice con una voz queda y dócil.

No suena como Aaron, pero suena agradable y obediente y eso también es suficiente.

Samuel decide sumergirse en su mentira, lo necesita, al menos por una noche. Toma al humano por la cintura, ignorando que sus costillas se marcan mucho más que las de Aaron, y lo acerca a su cuerpo de un tirón desesperado. El chico se asusta y jadea, pero se deja hacer, como un muñequito sin voluntad. Samuel lo agarra con fuerza, acariciando su cuerpo bajo la ropa, pasando sus manos por su espalda, aunque sin hallar los hoyuelos de Aaron en su espalda baja, apretando sus muslos demasiado delgados, agarrando sus muñecas diminutas. Besa y lame su cuello, sin hallar el relieve de su marca de propiedad, huele su piel, hunde su nariz en su cabello, impregnándose de dulzura, pero de una que no le resulta familiar.

El humano está atónito. Samuel es brusco y está mordiendo y arañando su piel, dejando moretones definitivamente, pero también lo acaricia y lo besa. ¿Desde cuándo los vampiros hacen eso con los humanos? ¿Desde cuándo tienen una pasión que pueden transmitir sin romper ni hacer sangrar? Es casi agradable o quizá lo sería si no estuviese completamente aterrado.

—Aaron… —murmura Samuel, abrazándolo y lamiéndolo, buscando en esa piel un sabor que pertenece a otra. Imaginándose que tiene su dulzura en la lengua, recordándola con tanto realismo como puede— Aaron, mi Aaron… —musita, pasando las manos por su cabello, que tiene más enredos que el de Aaron y no está tan suave, pero que se parece un poco y es igual de largo—. Aaron, ¿me perdonas por lo que hice? Dímelo, dime que me has perdonado.

El chico no sabe qué está pasando, pero cuando el tono del vampiro pasa de dulce y desesperado a duro, entiende muy bien que eso último es una orden. Una que firmará su sentencia de muerte si decide desobedecerla.

—L-le perdono, amo, claro que le perdono. 

Su voz no es la misma. Su tono está mal. Esas palabras se sienten tan incorrectas.

Pero Samuel lo ignora, se fuerza a seguir, a tratar de aliviarse incluso si nada está mejorando.

—¿Me amas, Aaron, eres capaz de sentir eso por un monstruo como yo? —susurra, sintiéndose estúpido y loco, pero tan necesitado de que eso funcione. De que pueda escuchar esas palabras y, por un instante, suenen reales.

—L-le amo, mi señor, estoy enamorado de usted.

Las palabras del chico solo generan una terrible ira en su interior. Aaron jamás le hablaría así, jamás le llamaría amo confesando tan puros sentimientos. ¿Por qué no le llama Sami? ¿Por qué parece ignorar lo mucho que le gusta cuando le dice ese hermoso mote? ¿Por qué no puede ser real? ¿Por qué no puede ser Aaron de verdad?

El vampiro gruñe en la oreja del humano, frustrado, enfadado, hambriento, y lo siguiente que el chico sabe es que ha hecho algo malo, pues Samuel lo muerde sin previo aviso y sus colmillos se hunden dolorosamente en su cuello.

Su sangre es insulsa en comparación con la de Aaron. Sus gritos, aburridos. Su dolor y su miedo, mediocres.

Pero él no tiene la culpa de no ser Aaron <<Mierda, mierda, ¿qué estoy haciendo?>>.

Samuel se separa del cuello del humano y lo sostiene quieto, mirando cómo lo ha dejado: el pobre está fatal, todo cubierto de sangre, con una herida innecesariamente grande en su cuello, y gimiendo y gritando de dolor, llorando a más no poder. Está tan asustado que no puede siquiera pensar.

<<Lo he hecho mal. Todo mal. Como con Aaron, como con el Aaron de verdad>>

Samuel corta su dedo con uno de sus colmillos y luego lo empuja dentro de la boca del chico. Este trata de escupirlo, pero Samuel lo mantiene quieto y obediente hasta que logra consumir su sangre y, poco a poco, la herida de su cuello desaparece, dejándolo agitado, pero ahora ya sin gritar ni retorcerse.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunta Samuel, tratando de hacer las cosas bien, usando un tono firme y curioso, pero no una orden ruda.

—A-Aaron, me llamo Aaron, amo, y le quiero y le perdono y… y…

Samuel niega con la cabeza y suspira, frustrado. El pánico relampaguea en los ojos del mortal, que solo quiere volver a ser encerrado en su habitación oscura, tranquilo y solito.

—No. Tu nombre de verdad. No me digas lo que te he ordenado que me digas. Solo responde con sinceridad.

—M-Matt.

—Bien, Matt, estoy siendo un poco extraño contigo y te estoy asustando, ¿no es así? —el nombrado solo lo mira, muy quieto, mientras traga saliva. No sabe qué debería hacer y tiene mucho miedo de volver a equivocarse cuando creía estar haciendo algo bien—. Respóndeme.

Matt asiente con la cabeza, frenético y nervioso.

—Vale, de acuerdo. Estoy algo alterado esta noche, he matado a tu amo y su poder me abruma y, además, todo es por… ah, solo quiero recuperar a mi humano, a Aaron —Matt asiente mientras el otro habla, porque no quiere enfurecerlo, aunque no entiende por qué el vampiro le cuenta todo eso, no entiende la historia en general, solo dos cosas que no significan nada bueno para él: que Samuel es más poderoso de lo que lo era su antiguo amo y que está usándolo para sustituir a alguien que no es—. ¿Sabes lo que quiero hacer con mi humano, con Aaron, cuando lo recupere?

Matt niega, lágrimas corriendo por sus mejillas y los nervios a flor de piel. No quiere escuchar esas horribles torturas, no quiere saberlo. Lo que más odiaba no eran las agonías que Braham le hacía sufrir sin previo aviso, porque con esas aún podía aferrarse a la esperanza de que el siguiente segundo sería mejor, incluso si era mentira. Lo que más odiaba era cuando Braham lo sentaba y le explicaba, paso a paso, minuciosamente, cómo iba a atormentarlo esa noche. Como cada cosa que viniese sería peor que la anterior.

No quiere vivir eso de nuevo, no puede.

Pero está obligado a escuchar y aguantar, como siempre.

—Quiero besarlo —Matt abre sus ojos grandes, tan sorprendido que olvida tener miedo por un instante y Samuel ríe al ver la reacción del humano—, quiero acariciar todo su cuerpo, despacio, y decirle lo mucho que lo he extrañado todas estas noches. Quiero ser amable y paciente con él y darle una vida feliz, ¿sabes? Y quiero que incluso cuando esté bebiendo su sangre se sienta seguro. Pero para eso tengo que practicar, porque es difícil ser amable cuando uno es tan poderoso. No he sido amable contigo, ¿verdad?

El chico se tensa por la pregunta. Samuel suena dulce y paciente ahora, pero teme que solo esté tratando de jugar a juegos mentales con él, de hacerle pensar que está en un espacio seguro como para responder con honestidad lo que no es más que una pregunta trampa. Si le dice que no ha sido amable con él, ¿Y si el vampiro se enfada y le muestra lo que realmente significa no ser amable? Pero si le responde que sí lo ha sido… ¿Y si le tortura toda la noche haciendo lo mismo una y otra vez, puesto que el chico lo considera gentileza?

Matt muerde sus labios, afligido y agobiado, y un sollozo escapa de su garganta. No sabe qué responder. No sabe cómo hacer las cosas bien.

Samuel alarga su mano hacia la mejilla del chico y este se encoge, esperando un golpe que vaya a latirle y dolerle por días; en lugar de eso, el vampiro seca sus lágrimas y le quita de encima el peso de responder a su pregunta:

—No, no he sido amable en absoluto —dice con un tono oscuro y distante. Puede ver en sus ojos como las pupilas se dilatan, como sus colmillos crecen: el recuerdo de su crueldad quizá trae remordimientos consigo, pero sobre todo trae deseos. Matt tiembla, pero Samuel hace un buen trabajo controlando los impulsos que laten bajo su piel—, pero aún estoy sediento y quiero beber más de ti. Así que vamos a intentarlo de nuevo y esta vez, voy a ser más cuidadoso.

Matt asiente mientras lo escucha, pero ninguna de sus palabras logra aliviar la tensión en su cuerpo, esa que le agarrota los músculos y le hace sentir como si llevase siempre un yunque sobre el cuello. Samuel seca sus lágrimas un ratito más, hasta que dejan de caer tan copiosamente, y entonces toma al muchacho por la cintura y lo acerca más a su cuerpo, deslizándolo sobre sus anchas y fuertes piernas.

—Bien, Matt, ahora voy a morderte de nuevo. ¿Entiendes? —el chico asiente, está aterrado y su atención se halla dispersa, pero sabe a la perfección lo que va a suceder— ¿Dónde prefieres que lo haga: en tu cuello de nuevo o en su muñeca? —mientras Samuel pregunta, desliza sus dedos por las zonas que ha indicado, sus yemas trazan la garganta que hace unos minutos estaba desgarrada y luego con su otra mano encierra la muñeca del chico y desliza su pulgar sobre las bonitas venas violáceas que ahí se marcan.

—P-puede alimentarse de mí como lo desee, amo. —responde el chico, temeroso y bajando la cabeza en señal de respeto.

Samuel suspira y rueda los ojos. Se dice a sí mismo que debe ser paciente, no es culpa del pobre mortal estar roto y, aunque tampoco sea culpa del rubio, sabe que él ahora ostenta sobre el chico un poder capaz de nublarle la mente y hacerle olvidar sus palabras y sus órdenes solo porque las de su amo resuenan más fuerte en su cabeza.

Samuel se siente apocado, pues sabe que a Aaron le pasa lo mismo: incluso cuando le insistía en que podía hacer cosas (dormir en la cama, sentarse en el sofá, llamarlo por su nombre), el chico de vez en cuando se hallaba a sí mismo volviendo a viejos hábitos, pues las palabras de Samuel eran dulces y atractivas, pero las órdenes de su amo se le habían quedado grabadas a fuego en el alma.

—No estoy preguntándote qué puedo hacer, sino qué quieres que haga. Respóndeme. 

El tono firme de Samuel parece funcionar: el chico envara la espalda de golpe y acata la orden:

—E-e-en la… mu… en la m-muñeca…

—De acuerdo, acércate más a mí. —Matt se empuja sobre las piernas del vampiro, preocupado por lo erótico de la posición: él, vulnerable, ofreciéndose, manipulable sobre el regazo amplio del vampiro, con solo una fina capa de ropa separando sus sexos.

Matt sabe demasiado bien que la cercanía con un vampiro, cuando no comporta sangre, solo pieles tocándose, significa algo malo. Muy malo.

—R0emángate —le dice y el chico tiene que negar con la cabeza para abandonar esos pensamientos y subir la manga de su camiseta, mostrando su antebrazo pálido y surcado por líneas violetas pálidas, pero tentadoras. Su brazo es tan delgado que luce como una ramita entre las manos grandes del vampiro, apenas un poco más ancho que dos de los dedos de esa criatura juntos. Se pregunta si va a acabar con huesos rotos de nuevo—, cierra los ojos —el chico lo hace y la oscuridad lo acoge. Le gusta la oscuridad, le relaja, porque Braham suele… solía castigarlos dejándolos solos y a oscuras y al principio le daba mucho miedo, pero luego aprendió que si no había ni un poco de luz, tampoco había tortura. Se imagina que está en su sala de castigo ahora, sin que nadie lo moleste y dejándolo hundirse en un pacífico sueño—, respira hondo.

No puede engañarse, le gustan las indicaciones de ese vampiro. Le gusta mucho cómo su voz es firme, pero amable, como una mano en su espalda guiándolo por el camino correcto, presionando solo lo justo y necesario.

Siente un beso en su muñeca y todo su cuerpo se tensa en un espasmo extraño, demasiado intenso para ser un escalofrío. Es la primera vez que un vampiro le besa, que usa su boca para algo distinto a hacerle sangrar o llorar. Y le gusta. El chico se permite llorar calladamente, calmadamente, por primera vez en mucho tiempo, llorar de algo agridulce, como el primer trago de alegría después de una enorme sequía, y cuando los colmillos rompen su piel, el dolor no es nada parecido a la agonía a la que está acostumbrado, así que sigue llorando de esa forma pausada y taciturna que siente que le alivia el corazón.

Cuando Samuel termina, nota algo contra sus labios y abre los ojos para ver el dedo índice del vampiro sosteniendo una diminuta gotita de su sangre inmortal. El vampiro no quiere arriesgarse a vincularlo, lo que significa que no va a quedárselo y eso lo entristece un poco, porque no sabe si el otro, Jason, será tan amable como el rubio lo ha sido. De todos modos, lame obedientemente y nota un pinchazo en el brazo mientras sus heridas se cierran, dejándolo inmaculado, como si Samuel no le hubiese siquiera tocado esta noche.

—Puedes retirarte. —ordena el vampiro y su voz suena monótona, aburrida.

¿Acaso no lo ha hecho lo suficientemente bien? El chico se siente algo preocupado mientras baja del regazo de ese vampiro y luego de su cama antes de desaparecer y buscar una de las habitaciones donde sus compañeros descansan y se recuperan.

Samuel, por su lado, se queda solo en la habitación, esperando a que Jason y Charlotte acaben de divertirse esta noche para reunirse con ellos de nuevo y compartir con ellos sus hallazgos antes de dar el golpe maestro contra Zoa mañana tras el ocaso. 

Escucha a Jason suspirar y reír junto a Jay, ambos explorando sus cuerpos, haciéndose cosquillas… Puede sentir sus pieles rozándose, la suavidad y la frialdad y el calor derritiéndola. Puede escuchar a Charlotte jugando con el pelo de la humana que ha escogido esta noche, llamándola bonita y lamiendo su piel empapada en sangre mientras una mano se desliza entre sus piernas, buscando otra humedad.

Puede escuchar los gemidos y los jadeos y luego el silencio agradable que queda cuando hay dos cuerpos en una cama y no se necesitan palabras para expresar lo contentos que están, solo cercanía y calor.

Y todo eso le recuerda lo fría que está su cama ahora. Lo grande que le parece sin Aaron acurrucado a su lado.

Se siente tan solo y miserable <<y lo merezco, después de todo lo que he hecho. Pero Aaron no merece lo que está sucediéndole. Tengo que recuperarlo, protegerlo, cuidarlo… no porque yo merezca lo bien que me hace sentir, sino porque él merece algo mejor que el infierno y yo, incluso siendo un demonio, soy lo más cerca que estará en este mundo podrido de llegar al cielo del que cayó>>


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