CAPÍTULO 71
Varias noches
transcurren sin incidente y con Aaron mejorando paulatinamente, pero hay algo
que lo inquieta constantemente: Samuel luce hambriento de nuevo. La última vez
que se alimentó de él, a su apetito le tomó semanas tornarse insoportable,
escabullirse del lugar de su interior donde lo tiene encerrado y encontrar su
camino hacia la superficie, hacia su piel, tornándola más pálida y fría, hacia
sus ojos, haciéndolos lucir más rojos y atentos, y hacia sus colmillos,
haciendo que estén siempre afilados y largos, listos.
Esta vez le ha
tomado solo días.
Uno esperaría
que, tras el banquete que tomó por cortesía de su creador, Samuel fuese a
quedar saciado por un largo tiempo, pero precisamente es al contrario: ha
consentido a su sed, así que ahora, malcriada, le pide más y más con
frecuencia. Necesita reeducarla de nuevo, pero antes de eso, necesita beber.
Pronto.
Últimamente,
Aaron duerme en su habitación, en su cama, cosa que hace muy a menudo. Dormir
con Samuel le aterra de repente y a veces no puede conciliar el sueño a menos
que saque de su buró aquella estaca que él mismo le dio y la abrace por toda la
noche como si fuese un osito de peluche. Se aferra a ella como si al tomarla
muy fuerte pudiese llevársela al mundo de sus pesadillas, donde cada día Samuel
emerge de sus recuerdos con su crueldad intacta y lo hace revivir el infierno
una y otra vez. Aaron imagina, a veces, que si logra clavarle la estaca al
Samuel de sus pesadillas, quizá al despertar quede solo el de sus sueños. El
hombre dulce y caballeroso que hace su corazón suspirar.
Por la noche,
al despertar, Aaron guarda la estaca tan pronto como puede en el buró, pues no
quiere que su amo lo vea y se angustie. Samuel lo ve cada vez, pero finge no
hacerlo: odiaría hacer sentir a Aaron culpable por querer sentirse seguro.
Otras veces,
como hoy, Aaron se acuesta en su cama y despierta en la de su amo. A veces sus
pesadillas son a prueba de estacas y despierta temblando y sin poder respirar,
sintiéndose como una insignificante motita de polvo que cualquiera podría hacer
desaparecer con un resoplido.
En esas
noches, Aaron solo es capaz de hallar consuelo en los brazos de su demonio, así
que sube a su cama y tan pronto el otro huele su dulzura, tiene sus besos
grandes rodeándolo y su nariz pegada a su cuello, inspirando su dulce aroma y
haciéndole cosquillas.
Cuando Samuel
despierta con el chico en sus brazos, a veces se hace el dormido una hora o
dos, para que Aaron no pueda escapar de su cucharita, pues no tiene fuerza para
levantar sus macizos brazos y sabe que su amo tiene un sueño demasiado profundo
como para interrumpirlo. Así que se resigna a acurrucarse y a veces acaricia
los cabellos rubios de su amo.
Esta noche,
sin embargo, Samuel está dormido de verdad y Aaron despierta pronto y se siente
curioso y extraño. Se voltea, encarando al vampiro, y lleva sus manos a las
mejillas de este para sostener su rostro tiernamente. Empuja un poco sus
pulgares contra su labio superior y lo sube ligeramente, mostrando la
intimidante hilera de dientes.
Son mucho más
grandes de lo que Aaron hubiese esperado, pues Samuel es una criatura de
proporciones estremecedoras. Con un pulgar, sostiene su labio superior subido;
con el otro, roza el interior, revelando ahora también la punta de sus largos
colmillos, que llega hasta la encía de su mandíbula inferior.
Aaron los
observa con curiosidad y un gusanillo de miedo haciéndole sentir un escalofrío
por dentro. Siente que está investigando de cerca las fauces de alguna especie
de gran felino sedado, como un tigre o un león, y se le eriza la piel de todo
el cuerpo al comprender que realmente está compartiendo cama con algo mucho, mucho
más peligroso.
Pero es un
peligro adormecido, lo cual significa que no es un peligro en absoluto,
¿verdad? Así que Aaron se da el lujo de examinar a su vampiro más de cerca, sin
temor a que la cercanía provoque un deseo con el que no sabe lidiar. Desliza
uno de sus dedos por la parte redondeada del colmillo de su amo, notando su
frialdad y la sencillez con la que se desliza por la superficie lisa y
brillante, acercándose poco a poco hasta la punta, la cual no quiere tocar,
pero quiere sentir cómo se siente aproximarse un poco.
Solo un poco.
Y un poco más.
Y dentro de
nada parará porque está muy cerc-
—¡Ay!
Aaron retira
su dedo con rapidez.
Ha rozado el
filo del colmillo del vampiro solo ligeramente y, aun así, se ha hecho un corte
bastante profundo en la yema del pulgar. Aaron se lo lleva a la boca y hace una
mueca por el sabor metálico.
Nota que la
prístina y nívea superficie del colmillo tiene una manchita de rosada, una
pequeña mota de sangre que apenas se nota si uno no afina mucho la vista.
Samuel se relame, su lengua larga y carnosa que hace a Aaron enrojecer por los
perversos recuerdos que comparte con ella se desliza sobre el colmillo donde su
gota de sangre estaba, limpiándola.
Luego lo hace
otra vez más, buscando ese sabor que se ha extinguido demasiado rápido.
Samuel sigue
dormido, pero está hambriento e impaciente. Su cuerpo se mueve por sí solo,
guiado por el aroma de la sangre que acaba de activar todos sus sentidos y en
cuestión de meros segundos el humano está atrapado entre el colchón y su sólido
peso, el vampiro gruñe en su cuello cuando el chico se revuelve y él sabe que
es una advertencia.
Samuel huele y
lame su cuello torpe, perezosamente, pues está medio aquí, medio en el mundo de
los sueños, donde quizá imagina que acaba de capturar a una presa indefensa a
la que va a devorar entera. Aaron, asustado por si termina siendo comido por el
despiste de su amo medio consciente, decide complacerlo y ser dócil, darle lo
que quiere para que no tome de más.
Prensa su
pulgar sangrante contra los labios del vampiro y este bien podría morderlo con
fuerza, dolorosamente, exprimiendo dulces chorros de su sangre, pero dice dar
pequeños y pausados lametones, como un gato que toma pacientemente su comida.
Su lengua enorme envolviendo el dedo del chico cuando la prensa, llana y
húmeda, contra este.
Aaron ve al
vampiro abrir sus ojos poco a poco. Primero lucen brumosos por el cansancio y
la confusión y luego un brillo sagaz y pícaro cruza su mirada.
Una mano se
envuelve en torno al cuello de Aaron, asustándolo, mas no ahogándolo.
—¿Has creído
que era una buena idea despertarme provocándome, bocadito dulce?
—N-no, mi amo,
ha sido sin quer-
La mano que
abarca su garganta con facilidad le da un pequeño apretón, callándolo de golpe
y haciéndolo tensarse de temor.
—Silencio.
Mientras
Samuel sostiene a su humano quieto y callado bajo su cuerpo con una mano, con
la otra se alarga hacia el buró y toma algo de su cajón. Aaron distingue un
pequeño tarrito lleno de algo cremoso y translúcido, pero poco más puede ver de
reojo mientras Samuel lo destapa con desgaire, tira la tapa por ahí y se moja
la punta de los dedos en esa sustancia brillosa.
—A-amo, ¿qué…
Samuel empuja
el pulgar de la mano que usa para rodear el cuello del chico contra su
mandíbula, haciéndole voltear su rostro y exponer su cuello. Siente en la piel
recién revelada una sensación fresca que le hace sobresaltarse; Samuel aplica
algo en su dermis con sus dedos y es agradable, pero inesperado, una loción de
textura suave que con frotar un poco se absorbe hasta desaparecer y deja en su
cuello una sensación hormigueante muy extraña, similar a la que uno tiene
cuando se le duerme un pie o una mano y trata de reanimarlo.
—Es la crema
anestésica, espero que haga efecto rápido —susurra en su oído y su tono ronco
vibra a través del chico, su voz siendo la titiritera de los escalofríos que
sacuden a Aaron. Puede sentir el hambre del vampiro acariciando su piel con
cada aliento y él se estremece sintiendo la extraña tensión entre querer
suplicar clemencia y desear exponer su cuello y ofrecerse a su amo. Samuel lame
la garganta del chico, desde el suave espacio entre sus clavículas hasta el
borde de su mandíbula, la cual mordisquea juguetonamente—. Voy a comerte
pronto. Necesito hacerlo pronto.
—Uhm, Sami,
espera… —responde Aaron, abrumado. La sensación en su cuello es extraña y las
manos en su cintura empiezan a tocarlo por debajo de la ropa.
No solo sus
colmillos están hambrientos de su piel, sino también sus manos, sus labios, su
lengua. Aaron se siente demasiado chiquitito para atender a la vastedad del
deseo del otro.
—Tú me has
despertado con tu dulce sabor en mi boca, así que tú vas a hacerte cargo.
—Pero Sami,
tienes que dejar que haga efecto, por favor…
Aaron se
retuerce bajo su cuerpo y sus manos se tornan más castigadoras: dedos que se
clavan en su cintura tierna o dedos que envuelven con una firmeza desalmada su
cuello delgado. Necesita al chico quieto y tranquilo o no podrá pensar: tiene
la mente nublada por la dulzura que aún se hace eco en su boca, esa gotita de
sangre que bien podría empañar todo su juicio y convertirlo en una bestia
irracional que solo sabe lo que quiere y que lo quiere ahora, así que no
puede permitirse al chico contoneándose bajo él, tratando inútilmente de
zafarse o gimoteando porque sus manos son grandes y rudas, pues sus intentos de
obtener su clemencia, solo avivan más su sádico apetito.
Cuando Aaron
por fin se queda quieto, Samuel logra pensar con un rayito de claridad: Aaron
tiene razón, necesita esperar a que su cuello esté apropiadamente anestesiado.
Pero su hambre no atiende a razones.
Hace poco la
sació con un gran banquete sin restricciones, así que se ha crecido y ahora se
pavonea dentro suyo, recorriéndolo entero como si ella sola reinase el palacio
de su cuerpo: posee sus manos y hace crecer sus garras, posee su sexo y lo hace
endurecer y gotear como babeando de puro gusto ante la idea de hundirse en
carne tierna e inexperta, recién cazada, posee sus labios haciéndolos sonreír
con malicia y sus colmillos haciéndolos crecer para que en cada milímetro de
ellos pueda sentir la delicia que es rasgar piel joven y caliente. Posee sus
ojos, tornándolos más rojos y fogosos, expandiendo la pupila hasta tornarla un
gran abismo negro que devora toda luz y que sería capaz de captar hasta el más
ínfimo detalle de su presa incluso en la más absoluta oscuridad.
Y por último,
trata de controlar su cerebro, apropiárselo como si fuese su alcoba y tirando
todo lo que el antiguo propietario dejó en él: todos los “debo” de sus cajones
yendo directos a la basura y siendo cambiados por muy agradables “quiero”.
Cualquier autocontrol siendo barrido como quien pasa un trapo para aniquilar el
polvo y, en su lugar, siendo cambiado por la delicia que es perderse ante los
sentidos.
Samuel sabe
que no puede permitirse estar tan cerca de Aaron por un solo minuto más o
cederá a su ansia de devorarlo como devoró a aquel pobre chico que ahora tiene
una lápida sin nombre, pero con flores en su jardín.
Haciendo
acopio de las pocas fuerzas de voluntad que le quedan, Samuel suelta el cuello
y la cintura del chico.
—¿Quieres
ganar tiempo? —pregunta entre dientes, una sonrisa retorcida y faunesca
abriéndose entre sus labios carmesí—. Corre —ordena y se inclina sobre su
cuello para hacerlo, la palabra convertida en un rugido bajo contra su oído y
luego en electricidad que recorre el cuerpo del chico—. Escóndete —añade con
diversión, no una pueril, sino la de un diablillo taimado que empuja más y más
a una pobre alma a caer presa de sus juegos—. Y hazlo bien, porque cuando te
encuentre, voy a marcarte tan profundo que sentirás mis dientes en tu carne
para siempre.
—¿Q-qué?
—pregunta Aaron con un hilillo de voz, pese a que ha oído cada palabra a la
perfección.
—Escóndete
—y esta vez lo dice con su voz de mando, mostrándole al chico que no está
jugando o no al menos de una forma que él deba tomar a la ligera— antes de que
mi paciencia se agote y te cace ahora mismo.
La voz de
mando le da a Aaron el empujón necesario como para sacar a su cuerpo del
estupor que lo mantenía paralizado: lo arranca de la cama de un bote. Cuando el
chico sale de la habitación con sus piernas temblorosas y ha perdido de vista a
Samuel, la voz de mando ya no necesita impulsarlo; es él mismo quien empieza a
acelerar el ritmo hasta que está corriendo por los pasillos. La realidad del
asunto cae sobre él como un bofetón que lo activa: Samuel va a acecharlo y a
perseguirlo; va a ser cazado y consumido.
Su objetivo no
es siquiera huir o librarse del mordisco, solo ganar suficiente tiempo para que
la crema anestésica haga efecto. Él corre, abrumado, su corazón latiendo
deprisa, su respiración acelerada y sus tobillos aguantando firmemente su peso
como pensó que nunca lograrían hacerlo de nuevo.
No sabe a
dónde va, mas que lejos del vampiro.
Se toca el
cuello, queriendo ver si su piel se ha insensibilizado. Su tacto se siente
extraño, como si lo tocase con una fina capa de algo gomoso en medio, un guante
quizá, algo que anula los detalles de la sensación, pero que la mantiene,
aunque rudimentaria. Es demasiado. No está listo aún.
Aaron llega a
la parte de abajo de la casa y mira a su alrededor. El comedor es un espacio
enorme y bien amueblado; podría esconderse bajo una mesa o en un armario, pero…
es un sitio demasiado abierto. Se oculte donde se oculte, se sentirá como si
estuviese desnudo en medio de un escenario. Necesita algo más pequeño e íntimo,
un sitio que recuerde más a los rincones y recovecos que a una gran explanada.
Así que Aaron
se marcha hacia el pasillo que hay al final del comedor, conduciendo al
interior de la primera planta de la enorme morada, pero antes…
Se para frente
al sofá y mira su dedo, ese mismo que se ha cortado sin querer con el colmillo
del vampiro. Un pequeño error le ha condenado ya una vez, no puede dejar que lo
haga dos. Si Samuel puede oler su sangre, lo rastreará en segundos, así que
tiene que hacer algo al respecto.
Aaron se
muerde el dedo, exprimiendo un par de gotas de sangre más, y las deja caer
sobre la tapicería oscura del sofá, donde parecen desaparecer, camufladas por
el color. Nadie podrá verlas, pero Samuel podrá olerlas y eso lo mantendrá
entretenido rebuscando en el enorme salón por un buen rato.
Después de
esto, Aaron corre hacia la cocina. Sabe que no va a esconderse ahí, ninguno de
los cajones es suficientemente grande para él, pero hace poco guardó tiritas
ahí, pues a veces se corta el dedo cocinando y subir hasta el baño a por una
venda le parecía demasiado engorroso.
Aaron
encuentra lo que buscaba y abre el paquete con los dientes mientras que pone su
dedo herido bajo un chorro de agua fría, queriendo calmar su sangrado. Aaron
seca su dedo rápidamente contra su ropa y se pone la tirita en el dedo bien
apretada para evitar que ninguna gota de sangre salga de la herida.
Luego cierra
el grifo muy poco a poco. La tarea es difícil porque las manos le tiemblan y la
lentitud con la que debe hacer la tarea le hace sentir que cada segundo que
emplea en ella, es un segundo desperdiciado. Imagina a Samuel detrás suyo,
esperando pacientemente a que se voltee para empujarlo contra el mármol y
doblarlo sobre él mientras su boca busca su cuello.
<<Cálmate,
cálmate, cálmate. Aprendí a huir de los vampiros durante años, no puedo
olvidarme ahora de qué debo hacer>>
Aaron respira
hondo y logra calmar su corazón lo suficiente como para que deje se latirle en
las orejas. Ahora puede oír el silencio en la casa. Samuel no viene a por él.
No aún.
Sus manos se
calman un poco y consigue hacer lo que pretendía: deja el grifo casi cerrado,
de forma que un pequeño goteo constante cae sobre la pica. Pum. Pum. Pum. Pum.
No es perfecto, pero suena parecido al latido de una corazón y está seguro de
que Samuel, cegado por el hambre, se dejará engatusar por su artimaña.
Ahora sí: es
hora de esconderse.
Todo el temple
que Aaron había reunido tratando de respirar hondo y sosegar su corazón se
esfuma en un periquete. El chico recorre histéricamente las habitaciones una
por una, sus pies descalzos repiqueteando en el suelo como los pasos de un pato
apresurado, su respiración llenando cada habitación de jadeos nerviosos, sus
manos deshaciendo camas, abriendo y cerrando puertas, desarmando armarios y
desorganizando cajones. ¿Dónde esconderse? ¿Cuál es la mejor opción? ¿En el
armario o bajo la cama? ¿Tras la puerta o tras las cortinas? ¿Enterrado en una
pila de cojines y tumbado contra la bañera?
Aaron se
pellizca el cuello y…
—¡Ay!
Puede sentir
dolor todavía. Es un dolor rebajado, eso es cierto, como si se hubiese
pellizcado a través de una gruesa manta de invierno, pero si sus dedos han
logrado hacerle daño, no puede siquiera imaginar lo que los colmillos de su amo
harán.
Necesita más
tiempo. Un plan mejor. Distracciones más elaboradas.
<<¡Un
escondrijo, necesito un puto lugar donde esconderme primero!>>
Aaron se
abofetea el rostro. El dolor es un latigazo ardiente contra su mejilla, pero es
una sensación en la que puede centrarse en lugar de hundirse más y más en su
pánico. Su corazón se calma un poco. Las manos aún le tiemblan, pero ya no se
sacuden hasta el punto de que los pomos de las puertas se le escurren de entre
los dedos.
Respira hondo.
<<Está
bien. Todo está bien. Esto no es… Real. Samuel no va a cazarme de verdad, no es como cuando huía
de los vampiros años atrás. No voy a morir. No voy a ser herido más allá de lo
que puedo soportar, ¿verdad?>>
Una espinita
de duda se clava en su corazón y los recuerdos de su amo despedazando a aquel
pobre mortal la martillean más y más profundamente, acentuando la necesidad de
encontrar cobijo.
Aaron recorre
los laberínticos pasillos a paso ligero. Intenta evitar correr porque sus
piernas tiemblan demasiado y porque si es ruidoso, como lleva siendo hasta
ahora, delatará su posición muy fácilmente. Piensa tanto como puede, pero su
cerebro parece a la vez ir demasiado rápido y demasiado lento, como si
corretease de aquí para allá en un lugar vacío de buenas ideas.
Decide
esconderse en una de las habitaciones del final del pasillo. Quizá así al
vampiro le toma más tiempo llegar a esta, al fin y al cabo, ha revisado el
resto de estancias así que habrá dejado su olor en ellas y eso llame la
atención de Samuel.
Aaron
desordena esta habitación también, para no hacerla destacar en contraste con
las demás, pero no acaba de decidir dónde debería esconderse. Bajo la cama,
tras la cortina, en el armario… todos esos lugares le parecen demasiado obvio
para ser buenos escondites. Pero, de nuevo, son obvios porque son buenos
escondites. También son los primeros lugares donde el vampiro mirará.
Así que Aaron
decide que el lugar más ridículo es el que menos se le vendrá a la cabeza a
Samuel. Aaron respira hondo y asiente para sí mismo, como demostrándose su
convicción.
Cierra la
puerta del dormitorio y sencillamente se queda de pie, apoyando en la pared
junto a esta.
Está tan
desprotegido que su cuerpo entero le chilla que gatee hasta debajo de la cama o
que corra a encerrarse en el armario antes de que Samuel empiece a buscarlo y
se lo encuentre ahí, como un pasmarote, ofreciéndose. Pero se resiste a ese
deseo.
Cuando Samuel
entre a la habitación y abra la puerta, él se quedará detrás de esta,
totalmente oculto y duda que el hambriento vampiro vaya a molestarse en cerrar
la puerta tras de sí o, siquiera, en voltearse si no es para irse: va a avanzar
solo hacia adelante destrozando y revolviendo todo lo que se halle en su camino
y, al terminar, va a irse frustrado y cabreado, con sus ojos demasiado fijos en
su próximo objeto -la puerta de la habitación de en frente- como para que
repare en el pequeño detalle de que la puerta no está tocando la pared y de que
el hueco que queda es perfecto para que ahí quepa un delgado y pequeño humano.
La idea suena
bien. Fantástica.
Pero Aaron se
siente tan expuesto… Sus nervios le hacen deliberar con la idea de cambiar su
extraña estrategia hasta que escurra un buen estruendo en la planta de arriba:
Samuel acaba de azotar la puerta al salir de su habitación.
El golpe ha
sido tan violento que aunque Aaron debe esperar de pie, sus piernas flaquean y
se desliza hasta el suelo, tapándose la boca para no jadear.
La idea de que
un Samuel hambriento juegue con él como un gato con su asustado ratón lo
asusta. Pero la realidad de ello… Aaron jamás pensó que su corazón podía
latir tan rápido.
Pone una mano
sobre su pecho, como para sofocar el latido inútilmente. Escucha pasos firmes y
algunos estruendos en la planta de arriba y luego… escaleras. Samuel está
bajando las escaleras hacia la primera planta.
<<¿Tan
pronto? ¿Ya ha terminado de revisar el segundo piso?>>
El corazón de
Aaron se encoge y se pone pálido de pronto. Él pensaba que tardaría media hora
en ser encontrado, una hora si la suerte está de su lado. Ahora parece que es
más bien cuestión de minutos que Samuel lo atrape y no está preparado para
ello, no tan pronto.
Piensa en sus
manos grandes, cada una lo suficiente como para rodear su cintura y que su
pulgar y su índice se toquen. Piensa en sus garras afiladas deslizándose sobre
su piel. Su boca, grande, hambrienta, ansiosa, robándole besos primero, sangre
después. Piensa en su lengua larga y hábil. En sus colmillos. Peligrosos. Oh,
tan malditamente peligrosos.
La respiración
de Aaron se acelera más y más y su cuerpo es golpeado por una ola calurosa y
extraña que hace temblar sus piernas de nuevo, pero por razones muy
distintas.
<<¿Qué
mierda…?>>
Aaron se
siente totalmente sorprendido al mirar hacia abajo y notar por qué el anillo
que rodea su sexo se siente de pronto incómodo y estrecho: está poniéndose
duro.
No lo
entiende. La caza le hace sentir asustado y nervioso. Muy nervioso.
Frota sus piernas, buscando un alivio que logra calmar su repentino deseo.
Quizá hay algo excitante también en el hecho de ser cazado: en la anticipación
de estar solo y escondido, pero saber que pronto uno estará vulnerable e
indefenso, ofreciéndose y siendo atrapado bajo el peso de una criatura más
grande, más poderosa, más hambrienta. Imaginar sus manos, su boca y su ansia.
Nunca había
sentido algo así ante la cercanía de un vampiro. Solo pánico y sudores fríos,
náuseas y la inminente y mareante proximidad de la muerte.
Pero Samuel no
es la muerte. No para él, al menos, y quizá esa pequeña seguridad que siente
sabiendo quién está cazándolo y cómo lo cazará, hace que su cuerpo haya dejado
un pequeño hueco libre para que lo ocupe otra sensación furtivamente. Y ha sido
la excitación.
Aunque, por
encima de todo, Aaron está temeroso. El nudo en su garganta se tensa más y más
y más cuando escucha los pasos de Samuel descender por las escaleras. Llega
rápido a la planta de abajo, donde él también está, y la casa que siempre le
había parecido palaciega se siente ahora demasiado pequeña. Samuel está demasiado
cerca.
Aaron traga
grueso, queriendo empujar el nudo de su garganta al fondo de su estómago y
hacerlo desaparecer, pero resulta que la tensión es igual de insoportable ahora
que nota el nudo afirmándose en su vientre llano.
Escucha a
Samuel en el comedor y no sabe qué está sucediendo, pero se escuchan grandes
estruendos y cada ruido le hace saltar y taparse la boca para ahogar un jadeo.
Quiere cambiar
de escondite, se siente demasiado expuesto, pero ya es demasiado tarde. Aaron
se esmera en ponerse de pie y se desliza muy silenciosamente más cerca de la
puerta, para que no haya posibilidad alguna de que esta deje al descubierto ni
que sea uno de sus mechones azabaches.
El sonido del
vampiro se aleja.
<<Ha
ido a la cocina>>, piensa aliviado el chico y luego se permite una pequeña sonrisa,
victorioso. Jamás podría huir de Samuel de veras y hoy solo está pudiendo
evadirlo un poco porque el mismo vampiro ha tenido la cortesía de darle unos
minutos de ventaja, pero hay algo que se siente bien en saber que lo ha logrado
engañar un par de veces con sus artificios.
Se siente
ingenioso y hasta un poco travieso, pero sabe que pronto pagará por haberse
reído así de su amo.
Aaron escucha
por un par de minutos más hasta que sucede lo inevitable: los pasos de Samuel
resuenan al inicio del largo pasillo. Ahora es solo cuestión de tiempo que el
vampiro dé con él y…
—Muy astuto,
dejar tu sangre en el sofá, el goteo de agua… —la voz de Samuel se escucha con
eco y alejada, pero incluso si la distancia y la puerta le hacen perder un poco
su claridad, no osan tocar su firmeza, su tono intimidante, rudo y
escalofriante que hace la piel de Aaron erizarse— Me gusta. Estás jugando
conmigo, estás divirtiéndote… Pero puedo escuchar tu corazón, Aaron, y por la
forma en que se acelera, creo que sabes que es mi turno de jugar contigo.
Aaron se lleva
la mano al cuello y se da un fuerte pellizco. Nota la presión de sus dedos
sobre la piel, pero no sabría decir si están calientes o fríos y, lo más
importante, siente solo una leve sombra de dolor.
El anestésico
está listo.
<<Pero
yo no.>>
Aaron traga
saliva y la sangre se drena de su rostro cuando escucha lo que Samuel está
haciendo: abre una puerta y luego la siguiente y la siguiente y la siguiente.
Ni quiera entra en las habitaciones. Le basta con abrirlas para saber que no
está dentro.
Samuel pasa de
estar en la boca del pasillo a estar en el medio de este en apenas un minuto.
En un abrir y cerrar de ojos, está acercándose al final.
Está a tres
puertas de la suya, calcula Aaron.
Dos.
Una.
Aaron retiene
la respiración, su cuerpo entero se tensa. Escucha algo, pero la puerta no se
abre.
<<¿Por
qué no se abre?>>
Sus ojos
buscan el pomo con urgencia y se abren de par en par al verlo: el pomo se
mueve, pero no gira. Está temblando, como si alguien lo acariciase al
otro lado, haciéndolo estremecer, deleitándose con la tentación de abrir la
puerta.
Samuel está
jugando con él, tal como le ha dicho.
Una risa grave
y masculina se escucha al otro lado de la puerta. Samuel sabe que Aaron
está en esa habitación, no tiene prisa alguna por buscarlo ahora. Ya lo tiene
acorralado, así que se tomará un dulce tiempo atormentándolo antes de cazarlo.
—Nada mal,
Aaroncito, has sido una presa deliciosamente escurridiza… Ahora, vas a ser una
presa obediente mientras te muerdo. Abriré la puerta en cinco segundos, así que
tienes ese tiempo para elegir si quieres hacer las cosas por las buenas y
ofrecerte a mí de rodillas tan pronto abra la puerta o… Por las malas. Uno…
La amenaza
eriza la piel de Aaron.
—Dos.
El tono del
vampiro es insinuante. Una mezcla peligrosa entre amenaza y sensualidad.
—Tres.
Aaron está
cerca la puerta y sus piernas están temblando. Arrodillarse ante ella sería lo
más sencillo. Lo más sensato.
—Cuatro…
Pero por
alguna razón, el cuerpo de Aaron no responde. Algo en él quiere ser
desobediente, presionar al vampiro un poco más y conocer su lado malo por una
noche.
—Voy a por ti,
Aaron. —Samuel habla lento, saboreando cada palabra, especialmente el nombre
del chico al que pronto tendrá temblando y sangrando bajo él. Es una promesa y
ambos lo saben.
La puerta se
abre y lo hace tan fuerte que por un momento Aaron teme que le dé en el rostro
y le rompa la nariz. Para su fortuna, el pomo ostentoso de la puerta es grande,
lo suficiente como para estrellarse contra la pared con un estruendo y
que él quede tras la puerta. Escondido e ileso.
Samuel avanza
unos pasos dentro de la habitación, despacio. Toma una enorme bocanada de aire.
—¿Has decidido
hacer las cosas por las malas? Oh, cosita, puedo oler tu miedo. Mala decisión…
—canta, feliz y entretenido, porque está a punto de devorar a su presa.
Aaron solo
puede apretar fuerte sus labios para no hiperventilar y delatar su posición.
Asoma ligeramente su cabeza por la puerta, viendo qué hace el vampiro en la
estancia, pues está de espaldas y sabe que no lo verá.
Su corazón da
un vuelco cuando ve a Samuel levantar la cama del suelo con un solo dedo y
luego dejarla caer de golpe, provocando un ruido tan fuerte que casi le hace
chillar. Samuel no escucha el grito de sorpresa que esperaba, pero sí un
corazón acelerándose.
—Tan nerviosa,
mi pobre presa… Deberías haberte ofrecido a mí cuando tuviste la oportunidad
—Samuel abre los armarios, uno por uno, observando con paciente calma su
interior vacío, como si precisamente esperase que Aaron no estuviese ahí. Ríe
al abrir el último armario: vacío—, ahora vas a tener que rogar si quieres un
poco de piedad.
Samuel se
pasea por la estancia con una mueca satisfecha y una sonrisa llena de
suficiencia en su boca. Sus colmillos destacan tanto que Aaron casi puede
sentir el corte en su dedo, como si estuviese reabriéndoselo, ante la mera
vista de esos filos.
Samuel menea
las cortinas perezosamente, como si ya supiese de antemano que no va a
encontrar nada ahí.
—Oh, ¿dónde
estará mi delicioso humano? —pregunta en alto, teatralmente y seguido de una
grave risa—. Oigo su corazón… ¿Quizá en el pasillo?
Luego se
voltea hacia la puerta de nuevo y Aaron se esconde tan rápido que se sorprende
a sí mismo por sus reflejos. Pero lo que más le sorprende es que Samuel toma el
pomo de la puerta y se marcha de la habitación, cerrándola sin mirar atrás.
Sin verle.
Aaron se queda
totalmente petrificado contra la pared, como si fuese un cuadro ahí colgado, y
parpadea varias veces como para cerciorarse de que lo que ve es real. Está en
la habitación completamente solo de nuevo ¿Ha logrado engañar a Samuel al
esconderse tan cerca de la salida? Se siente eufórico por un minuto, pero
luego…
<<¡Mierda!>>
Su
pequeña e inesperada victoria le ha sorprendido tanto que ha logrado robar toda
su atención y ahora no escucha ni un solo paso del vampiro y no tiene ni idea
de a dónde ha ido.
Sabe que tiene
que moverse, cambiar de habitación antes de que Samuel vuelva a rastrear sus
latidos hacia ese mismo punto y ahora decide investigar más a fondo, pero eso
significa abrir la puerta y si Samuel está en el pasillo… Un escalofrío lo hace
sacudirse entero cuando se imagina cruzando su mirada con los rojos orbes de
ese monstruo hambriento.
Aaron decide
que esperará unos minutos, al menos hasta oír a Samuel moverse y poder ubicarlo
mejor, solo que espera y espera… Y no escucha nada de nada.
Siente que es
una trampa, pero ¿Qué más puede hacer? Es o bien quedarse en esa habitación y
enloquecer o bien salir y arriesgarse a conocer su destino demasiado pronto.
El chico se
arma de valor y se acerca hacia la puerta arrastrando suavemente sus pies sobre
el suelo para no hacer ni el más mínimo sonido. Pega la oreja contra la madera:
Nada. Agarra el pomo con ambas manos, una para girarlo, la otra para controlar
el movimiento y hacerlo tan lento que parezca indetectable, como una puerta que
se entreabre porque una brisa acaba de soplar dentro de la casa.
Lo gira muy
despacio, agónicamente despacio, notando los minutos pasar y las gotas de sudor
escurrir por su frente. Su único consuelo es que está siendo silencioso al
máximo. Al final, el pomo llega a su tope, ahora Aaron solo tiene que tirar la
puerta para abrirla ligeramente y asomarse al pasillo.
Tira de ella.
No se mueve.
¿Quizá la
puerta se abre empujando? Pero no tiene sentido, la puerta de abre hacia
adentro, no hacia afuera, si no, Aaron no habría podido quedar oculto tras ella
cuando Samuel entró.
Aaron lo
intenta de nuevo; quizá está siendo demasiado suave para no hacer ruido y
necesita usar algo de fuerza.
Nada de nuevo.
¿Las bisagras
están oxidadas? Cuando ha entrado la puerta, se deslizaba cómodamente, o eso
cree recordar. Si hubiese ido a trompicones, lo recordaría, ¿no?
Lo vuelve a
intentar.
La
desesperación lo inunda cuando la puerta sigue igual de quieta que un muro de
hormigón.
Aaron siente
un escalofrío cuando una brisa lame su cuello y, de pronto, todo el ambiente se
siente tan cargado y gélido y… oscuro ¿Están las luces apagadas? Aaron juraría
que estaban encendidas, pero…
Su vista sube
poco a poco por la puerta y entonces lo ve, el motivo por el que no se abre: la
mano enorme y de afiladas garras de Samuel la empuja cerrada mientras el
vampiro espera, silencioso, quieto y paciente detrás de él, proyectando la
oscura sombra de su cuerpo sobre el del chico.
Cuando Aaron
se da cuenta de que Samuel jamás salió de la habitación, abre la boca para
gritar, pero la mano que antes cerraba la puerta ahora amordaza sus labios y lo
empuja duro hasta que su espalda choca con la maciza madera.
Samuel lo mira
con ojos que brillan de deseo, relamiéndose sus enormes colmillos. La piel de
Aaron se eriza cuando comprende que el vampiro lleva todo este rato
observándolo, deleitándose entre las sombras ante cada uno de sus movimientos
nerviosos, disfrutando de su ingenuidad mientras esperaba para comérselo.
—Te tengo…
—ríe el vampiro y su tono suena como un jadeo bajo, tan gutural y vibrante, un
rugido escondido en él. No es Samuel quien habla, es su hambre.
La otra mano
de Samuel toma la camisa del chico y la arruga en su puño, luego da un violento
tirón y sus garras hacen el resto: se encargan de rasgar la tela para desnudar
a Aaron de golpe. Su pecho y su vientre quedando al descubierto, ligeramente
rojos por la forma en que la ropa se hace jirones bruscamente contra su piel.
Aaron gimotea
por el dolor y la sorpresa, pero la mano contra su boca lo silencia y los ojos
hambrientos de Samuel le hacen callar también con la promesa de que eso es solo
el inicio.
El vampiro se
agacha entonces, arrodillándose frente a Aaron para tener su torso más al
alcance de su boca, pero como es tan alto, Aaron sigue empequeñeciendo a su
lado y la enorme mano sobre su boca sigue ahí inamovible.
Samuel toma la
cintura del chico con su mano libre después de lanzar los restos de su camiseta
al suelo y se acerca la delgadez del humano a la boca. Abre sus grandes labios
y muerde a Aaron en uno de sus costados, justo en ese punto suave y delicioso
donde su cintura se estrecha y una sinuosa curva de marca.
Aaron intenta
protestar pero sus quejas ahogadas se convierten en gemidos ahogados cuando
Samuel succiona su piel y muerde con fuerza; también lo hace con cuidado, para
no romper su carne, pero con suficiente malicia para marcarla.
Aaron siente
sus piernas débiles y echa su cabeza para atrás mientras siente como el vampiro
lame, muerde y chupa su cintura, como la succión poderosa de su boca le trae a
su piel oleadas de sensibilidad, placer y dolor.
Se deja hacer,
dócil, hasta que Samuel lo suelta. Su mordisco es tan grande que va desde su
cintura hasta la mitad de su vientre, rebasando un poco el ombligo. El chupetón
florece rápidamente, dejando ver pétalos violáceos y rojos sobre el níveo
lienzo de la piel de Aaron. Varios hilos de saliva unen la piel amoratada del
chico con la boca colmilluda de Samuel, la cual se relame tras probarlo.
Samuel
sostiene ahora el lado recién marcado de su cintura con su mano, con más
delicadeza ahora, pues sabe que está tocando algo frágil, y encierra entre sus
poderosas mandíbulas el otro costado del chico, repitiendo el proceso a pesar
de que Aaron suplica contra su mano.
El vampiro es
lento y cruel: chupa su piel hasta dejarla vivamente marcada y para cuando
termina, un cinturón de hematomas rodea la cintura del humano entera, como
marcando el lugar favorito de Samuel para poner sus manos.
—¿Qué pasa,
cosita, duele? —pregunta en un tono fingidamente dulzón, poniéndose en pie de
nuevo y lamiendo las lágrimas que escurren por las mejillas de su presa —¿Mhm?
Aaron jadea y
asiente con su cabeza, pues su voz le ha sido requisada.
Samuel sonríe
y se relame. Ama lo frágil que luce Aaron cuando con su mano lo toma del
costado y el chico da un repullo y tiembla, suplicando mentalmente que no lo
apriete demasiado, pues esa zona de su anatomía está sensible. Samuel clava un
poco sus dedos, solo para ver al chico gimotear de dolor y estremecerse entre
sus manos como si su toque quemase.
Le gusta
dejarlo tan sensible. Resulta delicioso para él saber que debe tener cuidado
con el cuerpo que desea poseer, que su amante es tan perfecto y frágil que un
mal movimiento podría arruinarlo y que necesita ser solo un poco brusco para
tenerlo suplicando por besos y caricias más gentiles, temeroso de romperse.
Suelta la
cintura del chico, por fin, pero entonces clava sus garras en su piel y las
hace subir poco a poco por su pecho, arañándolo ligeramente. Aaron trata de
quedarse quieto pues sabe que cualquier movimiento brusco hará que Samuel le
corte sin querer, pero el filo frío y agudo de sus uñas contra la piel desnuda
se siente insoportablemente amenazante.
Allá donde sus
uñas pasan, Aaron nota un frío que eriza su piel y un calor extraño que le hace
temer estar sangrando. Un ligero ardor que confunde con dolor le hace
estremecerse cuando Samuel lo araña, dejando su piel roja, y entonces su pecho
sube y baja deprisa justo bajo las garras de su amo.
Aaron exhala
un sonido tembloroso y temeroso, como el de un animalito que pide por clemencia
ante la expectativa de acabar entre las mandíbulas de un gran lobo. Samuel ríe
en su oído, grave, sádico y demasiado atractivo, complacido al ver las
reacciones que causa en el chico.
De pronto, la
mano sobre su boca cambia de lugar y lo toma por la nuca, pinzándolo como si
fuese un cachorrito de gato. Lo voltea bruscamente y lo empuja contra la pared,
su mejilla derecha prensada contra la madera oscura de la puerta, sus manos
apoyándose en esta mientras Samuel lo acorrala.
Una mano
grande se coloca en su cinturita herida y solo debe hacer una muy ligera
presión para que el chico siga su movimiento obedientemente: Aaron arquea su
espalda de forma deliciosa.
Su cara contra
la pared, su espalda delgada, elegante y desnuda, sus caderas hacia atrás, como
ofreciéndose por completo. Samuel siente que podría enloquecer en ese momento.
Mantiene su mano en la nuca del chico, agarrándolo con la misma firmeza con la
que su collar metálico le rodea la garganta, pero separa su otra mano de la
agradable piel del chico.
Mientras mira
a Aaron, Samuel muerde la palma de su propia mano: los colmillos se hunden
hasta el fondo en el carnoso cojín de músculo de su mano y el vampiro imagina
que está atravesando no la suya, sino la carne ajena. Esa fantasía le ayuda a
mantenerse saciado y el dolor le ayuda centrarse, a enfocar una luz clara y
evidente en medio de toda la neblina de deseo de su mente y evitar que el
placer nuble el deber.
Quiere disfrutar de Aaron, pero
ya sabe que debe ser cuidadoso haciéndolo.
Aaron lo
observa tragando saliva. Sabe que el vampiro se está hiriendo para controlarse
mejor y lo agradece, pero sus ojos no son capaces de separarse de la forma en
que sus colmillos, largos, tan jodidamente largos, se han hundido en la dura
carne del vampiro con la facilidad con la que un cuchillo penetra en
mantequilla tibia.
Tiembla cuando
Samuel retira sus colmillos y aunque su mano se cura casi instantáneamente, él
sigue teniendo los labios manchados de rojo, pequeñas gotas carmesí resbalando
por sus comisuras y acariciando su cuello ancho y fuerte.
Samuel vuelve
a arrodillarse frente a Aaron para alcanzar mejor su cuerpo mientras lo
inmoviliza y el chico se queda totalmente quieto. Acaba de ver cómo de
peligrosa es el hambre del vampiro, así que no le apetece provocarla.
Una mano rodea
su cuello, la otra reposa en la pared, un poco más abajo que las suyas, y el
chico no puede sino reparar en cuán grandes son las manos del vampiro.
Samuel besa
los hoyuelos que tiene Aaron en la base de su espalda, cerca de la goma
elástica del pantalón que lo separa de la desnudez. Posa sus labios, delicados
y pacientes, sobre esas pequeñas hondonadas, huequitos que el cuerpo de Aaron
tiene del mismo modo en que los lugares sagrados, como los templos, tienen
pequeños cuencos designados para ofrendas y sacrificios. El cuerpo de Aaron,
suave como las plumas de un ángel y pálido como las nubes del cielo, no es
menos divino que esos lugares, al contrario, así que es normal hallar en él
espacios creados con el único propósito, piensa Samuel, de ser depositarios de
los más tiernos besos y las más delicadas caricias: sus hoyuelos, las palmas de
sus manos, las corvas tras su rodillas, los lóbulos de sus orejas, sus
párpados…
Así que Samuel
deja pequeños besos en los hoyuelos del chico una y otra vez y Aaron parece
derretirse por el gesto. Samuel puede sentirlo enternecer contra sus labios, la
forma deleitosa en que sus músculos se relajan y su corazón se permite galopar
sin tanta prisa.
Luego, el
vampiro extiende su larga y húmeda lengua y atraviesa la espalda del chico
lamiéndolo desde la base de su columna, hasta su final, probando la dulzura de
esa hermosa curva. Aaron se estremece y gimotea, su voz quebrándose un poco
cuando Samuel mordisquea sus omóplatos y luego sus hombros. Aparta la mano del
cuello del chico un poco, mordisqueando ahora ahí.
Su corazón se
acelera.
Samuel gruñe
contra su cuello.
<<Molesto,
tan molesto>> piensa cada vez que debe interrumpir sus besos húmedos y sus
mordiscos porque el estúpido collar de metal está ahí en medio. Odia alternar
el tacto de tórrida piel del chico con ese frío punzante e inhóspito.
<<Yo
se lo puse, yo se lo puedo quitar>> se dice a sí mismo, aunque no tiene
paciencia suficiente para buscar la llave. No hoy.
El vampiro
lleva sus dos manos al collar metálico de Aaron, ese que le ha hecho rozaduras
en sus clavículas y que siempre le deja las cervicales rosadas y sensibles.
Tira un poco, sin fuerza apenas, y Aaron da un brinco al escuchar el metal
ceder y romperse como si fuese un simple pedazo de papel.
Samuel arroja
los pedazos de acero por ahí, como si fuesen chatarra inservible.
—El collar…
—Aaron murmura, incrédulo, y lleva sus dedos a su cuello, notándolo de pronto
desnudo y extraño; allí donde pasa sus dedos, la piel se le eriza, sorprendida
por el contacto de lo que parece un desconocido, pues lleva meses solo
acostumbrada al frío, duro tacto del metal que la oprimía.
Samuel agarra
a Aaron por las muñecas y vuelve a poner sus manos contra la pared, haciéndolas
apartarse de su cuello, donde él hunde su rostro, besando, lamiendo y mordiendo
por doquier, disfrutando del espacio recién liberado.
—No lo
necesitas —gruñe Samuel contra su piel, dominante—, no mientras vayas a llevar
mis marcas alrededor de tu cuello como un bonito collar.
Aaron quiere
protestar, pero Samuel chupa y se yergue y él se siente empequeñecer entre sus
labios. Aaron gime y ladea su cabeza, dándole al vampiro lo que desea. Tiembla
entero, pues su amo está marcándolo justo en el lado donde no se ha puesto la
crema anestésica. Pero solo está jugando, se dice, al menos por ahora,
mordisqueando su piel, llenándolo de chupetones… No va a morderlo
dolorosamente.
Confía en él.
—Me he cansado
de jugar, quiero comerte ahora. —sentencia Samuel con una voz oscura y seria.
Aaron grita de
la sorpresa cuando el vampiro lo alza de pronto y con la facilidad con la que
uno levantaría un saco de plumas, y se lo echa al hombro. Lo lleva así, cargado
como un animal al que acaba de cazar, hasta el piso superior, hacia su
habitación.
En el camino
Aaron puede ver los estragos que ha sufrido la casa mientras Samuel lo buscaba.
Apenas ha tardado veinte minutos en encontrarlo, pero el salón parece haber
sido visitado por un furioso huracán y ¿Ha arrancado la puerta de la cocina de
cuajo? Aaron traga grueso al comprender la magnitud del ansia del vampiro.
Un hambre tan
grande que lo lleva a arrasar todo aquello que se encuentra… solo puede rezar
porque el hombre sea compasivo mientras sacia a una bestia tan salvaje con su
cuerpo.
Aaron es
arrojado a la cama cuando Samuel entra en su habitación. Las sábanas, el chico
se fija, son blancas ahora. Samuel quiere pintarlas de rojo mientras se
alimenta.
Aaron tiembla
y ve al hombre al pie de la cama conteniéndose para no subir a esta y
abalanzársele. Samuel tiene que volver a morder su mano para calmarse y esta
vez su apetito está ya salivando y relamiéndose pues sabe que su alimento está
cerca, que Samuel ya no está jugando al ratón y al gato con su humano, sino que
planea por fin morderlo.
Debe morderse
en la palma de la mano dos, tres y hasta cuatro veces. En la última arranca un
pedazo de carne y Aaron se lleva una mano al cuello, angustiado. Tiene la piel
erizada.
Samuel gatea
sobre la cama hasta terminar justo sobre su pequeño cuerpo.
Lo admira con
ojos de depredador: sus extremidades finas y débiles, tan fáciles de retener en
una sola mano, su piel nívea donde los moratones florecen al instante, su
naricita sonrosada como la de un conejito que olisquea el aire, nervioso, sus
largas pestañas perladas de lágrimas, su pelo azabache derramándose sobre la
almohada como hilos de seda y ese esbelto, delgado cuello que parece hecho de
nubes mismas: tan liviano, frágil y celestial que un solo bocado ya lo
agotaría.
Samuel se
hunde en él, recorre con la fría punta de su nariz la curva de su garganta,
trazando su pulso a través de la jugosa yugular.
—¿Qué lado
está anestesiado, humano? —pregunta el vampiro, su voz es demandante e
impaciente. Aaron nota la frialdad en su tono, la forma en que la bestia
pronuncia las palabras a regañadientes, siendo forzada por una amabilidad que
quiere descartar para poder darse un festín.
Aaron se lleva
las manos al cuello. Está tan nervioso que se ha olvidado, así que se pellizca
un poco hasta que encuentra el lado de su cuello donde puede sentir la presión
de sus dedos, pero parece estar desconectado del dolor que deberían provocar.
—A-aquí, e-es
aquí, amo… —responde apresurado y servicial.
La enorme mano
de Samuel suplanta la de Aaron en su cuello, rodeándolo rápido y duro y
haciendo al chico jadear por aire un instante. Lo mira altivo y como
debatiéndose entre si tener misericordia o no, pero por fin sus ojos rojos se
suavizan y la presión se relaja. Con el pulgar, Samuel traza la curva en el
cuello del chico, asegurándose de que la piel está realmente insensible.
Aprieta su
pulgar contra un lugar maravillosamente específico: bajo la mandíbula del
chico, un par de centímetros de donde se halla la unión de esta con su tierno
lóbulo. Ahí puede sentir el pulso de Aaron besándole la piel a la perfección.
Mantiene el
dedo ahí mientras habla, disfrutando de notar cómo el pulso del chico se
acelera al oír sus palabras.
—Eso no
evitará que sientas dolor, solo hará que sea un poco más… Indulgente. —Aaron
traga saliva y asiente.
Es consciente
desde el inicio de que el dolor no iba a desaparecer por completo, pero ahora
es cuando empieza a cuestionarse de cuánto dolor están hablando ¿Un mero
pinchazo? O ¿Sentirá algo más? La sonrisa sádica y colmilluda del vampiro
parece indicar lo segundo.
—Si te muerdo
despacio y cuidadosamente, podrás soportarlo. Mhm, serás bueno para mí y no te
daré más dolor del que puedes tomar, pero… Si decido morderte duro de veras,
hundir mis colmillos rápido, sin darte tiempo a acostumbrarte, apretar mis
mandíbulas contra tu piel como si quisiera arrancar un delicioso pedazo de ti…
Oh, entonces tu agonía sería exquisita.
Samuel siente
el corazón de Aaron ser acuciado por el miedo. Su cuerpo entero tiembla como
una pequeña hoja en el centro de un huracán; incluso sus labios rosados
tiemblan mientras el chico susurra unas súplicas.
—P-pero, Sami,
por favor…
—¿Cómo quieres
que te muerda, Aaron? —pregunta el vampiro con una sonrisa diablesca en su
rostro y en su tono una dulzura tan falsa y burlona que empalaga. Juega con los
cabellos del chico mientras habla y este no puede sino estremecerse por cada
caricia—. Ya te lo he dicho antes, si quieres compasión, tienes que suplicar un
poco por ella ¿O quieres que te muerda ahora, rápido y profundo, y tan duro que
pienses que voy a comerte entero?
—N-no, señor,
por favor…
Samuel
responde a su desesperado ruego con una risa complacida y masculina.
—Sé un buen
chico y dime lo que quiero oír. —susurra, acercándose a su boca y lamiendo
cortamente los labios del chico con la punta de su lengua hasta que obtiene un
dulce suspiro como respuesta.
La próxima vez
que Aaron vuelve a abrir sus labios, es para decir dócilmente:
—M-muérdame
despacio, amo, se lo suplico.
Y junto a sus
palabras, el chico le regala a su amo un gesto exquisito: cierra los ojos con
temor, aprieta sus labios bonitos como pétalos y ladea su cabeza para ofrecerle
su garganta tan cremosa y blanca que Samuel se relame.
—Ah, eso está
mejor, pero… —Samuel coloca uno de sus dedos en la barbilla del chico y vuelve
a girar su rostro hasta que Aaron está encarándolo. Este entreabre sus ojos,
confundido—. Has intentado engañarme hoy. Y yo te había dicho que te
escondieses, no que me tomases el pelo, ¿no es así? Has sido malo. ¿No debería
ser malo contigo yo también?
—Amo, por
favor… —Aaron lleva sus manos a la camisa de Samuel y la agarra con fuerza,
sosteniéndose hacia lo único que parece firme en esa habitación. Su cabeza da
vueltas, todo a su alrededor está borroso y gira y lo único que se mantiene
férreo es la voz que le da órdenes.
Pero sus
órdenes parecen condenas ahora mismo.
—Desnúdate.
Aaron abre los
ojos y mira a Samuel con horror. Un chispazo de pánico lo atraviesa y el
vampiro puede verlo en su mirada, notarlo en su pulso enloquecido y sentirlo en
el tirón doloroso que su vínculo acaba de dar en su corazón, como una cuerda
que se afirma demasiado repentinamente.
La mirada del
vampiro se suaviza y este baja, delicado, para besar los labios de Aaron en un
lento e inocente pico. El chico le devuelve el gesto con pequeños y nerviosos
besitos similares al picoteo de un pequeño pájaro y Samuel pone su mano grande
sobre las del pequeño, calmándolo, deshaciendo sus puños y retirándolas de su
camisa, la cual han arrugado.
—No temas, mi
arrocito —le dice gentilmente, sobre sus labios y entre beso y beso. Aaron
reconoce esa voz profunda, pero amable; es Samuel quien habla ahora. No su amo,
no su hambre. Solo Sami—, no voy a tomar tu cuerpo tan pronto, ni a hacer nada
que te disguste. Pero quiero divertirme un poco contigo y tú… Parece que
también quieres, ¿no es así? —pregunta Samuel con una sonrisa lasciva y sus
ojos bajan por el cuerpo del chico hasta llegar a sus pantalones blancos.
Aaron enrojece
al notar la mirada del otro sobre su evidente erección, de la cual no se había
olvidado, pero sí que había hecho a un lado porque su miedo reclamaba casi toda
su atención.
Samuel empuja
sus caderas hacia delante, como dando una lenta estocada, y entonces su enorme
erección se empuja contra la de Aaron. Su calor, su firmeza y su abrumador peso
envuelven la entrepierna del necesitado chico y este gimotea sin querer,
cerrando sus ojos porque es demasiado pudoroso como para mirar la forma en que
pantalón empieza a humedecerse al notar a otro hombre moliéndose contra su
virilidad, rodando sus caderas de una manera que lo ahoga en oleadas de un
placer abrasador.
—S-sí, señor…
—confiesa con un hilillo de voz y la mano en su garganta lo aprieta un poco
más, como diciéndole que ha hecho un buen trabajo, que no necesita hablar más,
solo relajarse y dejarse hacer.
—Buen chico,
ahora desnúdate. ¿O prefieres que sea yo quien rompa tu ropa?
Aaron no
responde y tampoco reacciona. No está seguro de que si es porque la intensidad
de momento -el nudo de nervios y anticipación que le pesa en el estómago- lo
han dejado anclado a la cama o si es porque, en el fondo, muy en el fondo, las
palabras de Samuel suenan prometedoras.
El vampiro
deja ir una pequeña risa, una llena de grata sorpresa por la actitud
ligeramente traviesa del humano que se deshace tímidamente entre sus manos.
La mano en su
garganta acaricia, sintiendo su pulso, y la otra la agarrota frente al rostro
del chico, para que vea sus garras creciendo, tornándose oscuras y brillantes
como cubiertas de laca negra y largas y afiladas como dagas de ónix.
Luego baja su
mano despacio por su cuerpo, acariciando con sus uñas frías su pecho, su
abdomen y luego esa zona tan sensible que hay entre su vientre bajo y su pubis,
esa que le hace hundir el estómago de la impresión y manda cosquilleos por todo
su cuerpo. Cuando Samuel llega a Sus pantalones, parece estar acariciando la
prenda de ropa con la misma suavidad con la que acariciaba la piel del chico,
pero ahora Aaron escucha la tela rasgándose y siente las uñas frías y afiladas
pasar livianamente por su cuerpo.
Por su pubis
lampiño, suave y sensible.
Por la curva
rígida y temblorosa de su pene, que se estremece ante el contacto.
Por sus
tiernos testículos.
Por sus muslos
fuertemente apretados.
Por sus
piernas, hasta el final.
Samuel toma
los pantalones del chico, rasgados por cinco grandes líneas marcadas cada una
por una de sus garras, y quita pedazo de tela tras pedazo de tela, como quien
desenvuelve un frágil regalo.
Se relame
mientras deshoja al chico hasta revelar su deliciosa desnudez.
Sus piernas
son delgadas y gráciles, con muslos ligeramente más rellenos que antes y que
ama amasar entre sus manos, sus tobillos tan delgados como los de un muñequito,
sus caderas estrechas y hechas para encajar en sus manos, y su sexo… Samuel
tiene que recordarse a sí mismo que tiene hambre de la sangre de Aaron,
no de su cuerpo, pero la pequeña erección ruborizada de su humano le abre todo
tipo de otros apetitos.
Tan pequeña y
delicada que cabe fácilmente en una de sus manos sin esfuerzo, pálida en su
base y con el color de un melocotón maduro y suave en la punta, unos toquecitos
de sonrojo también en sus pequeños testículos. Samuel quiere llevarse ese
liviano fruto prohibido a la boca, probar su dulce néctar.
Así que lo
hace.
Se inclina y
da una larga y lenta lamida a ese lugar de Aaron que parece reclamarlo,
empezando por lamer sus muslos sensibles y pálidos. Le abre las piernas con una
de sus manos, las garras punzando la piel para mantenerlo obediente y luego su
extensa lamida se desliza por el hueco entre ellas. La lengua de Samuel es tan
larga que no tiene problema alguno para abarcar su entrada, sus testículos y la
extensión entera de su erección, notando la punzadita fría del anillo que rodea
su pene.
Aaron se
retuerce de placer y frustración mientras Samuel lo lame. Descargas de
sobrecogedor éxtasis lo recorren entero, haciéndole rizar los dedos de sus
manos y sus pies y haciéndole arquear su espalda hermosamente; sus caderas se
mueven arriba y abajo contra la esponjosa humedad de la lengua de Samuel,
rogando por más de esa sensación y luego retirándose porque la idea es tan
exquisita como insoportable.
Cuando Samuel
termina de humedecer al chico, se baja de golpe su pantalón y su ropa interior.
Lo hace tan rápido, de hecho, que Aaron no se da cuenta de que su amo está
desnudándose hasta que siente la polla enorme de este prensada contra la suya,
deslizándose arriba y abajo. Su calor, su peso, Aaron puede sentir hasta las
gruesas venas que la recorren empujándose pegajosamente contra su hombría.
Aaron se
sorprende tanto que debe alzar su cabeza para comprobarlo y la imagen es tan
erótica, la virilidad de Samuel aplasta la suya hasta hacerla casi desaparecer,
y es tan larga y gruesa que su tamaño no puede describirse como más que
intimidante. La cabeza grande roja y húmeda por el deseo que él le provoca, el
robusto tronco erguido hacia él, como apuntando al culpable de su excitación,
ligeramente curvado hacia arriba y cubierto de gruesas y pulsantes venas que lo
recorren, ancho en todo su diámetro, pero todavía más amplio e implacable en su
base, donde conecta con sus pesados y grandes testículos que ahora reposan
cálidamente sobre las piernas cerradas y temblorosas de Aaron.
Aaron tira su
cabeza hacia atrás, los ojos rodando en sus cuencas cuando Samuel se mueve y
Aaron puede ver la maestría con que simula follarlo y su virilidad envidiable
se empuja contra la propia, la lubricación de su saliva haciendo el movimiento
más fluido y erótico. Samuel es tan grande, cálido y pesado… su pene moviéndose
contra del de Aaron le provoca oleada tras oleada de sensaciones y el chico
solo puede quedarse quieto y gemir con largos “Oh” que parecen llenos de
sorpresa, tal como si el humano estuviese impactado por descubrir que un placer
tan grande existe.
—Quítate el
anillo.
Las palabras
de Samuel recorren el cuerpo de Aaron con la fuerza arrolladora de una
tormenta. Se le sacuden hasta los cimientos y en su piel puede sentir
electricidad corriendo.
La propuesta
es tan tentadora, pero…
—Pero no, ah…
—empieza el chico, su voz fina e inocente deshaciéndose en un largo gemido
cuando Samuel le da una estocada para interrumpirlo y ver cómo no puede ni
hablar—. No puedo hacerlo.
—Qué obediente
—responde sonriendo retorcido y lascivo, una pequeña risa varonil escapa de sus
labios y luce mira a Aaron directamente a los ojos y con un rostro serio e
intimidante, dice: —. Ahora, quítatelo.
Aaron jamás se
acostumbrará a la voz de mando. La primera vez que esta lo atravesó como un
hilo que anudaba sus extremidades y lo movía de aquí para allá cual titiritero,
se sintió tan vulnerable y aterrado, lo odió. Ahora, sin embargo, la sensación
no es tan mala: siente que vuelve a perder el control de su cuerpo y que está
indefenso, pero sabe que está siendo dejado en buenas manos. En manos gentiles,
al menos.
Las suyas se
mueven sin su permiso y Aaron muerde con fuerza su labio mientras sus dedos
deslizan el molesto anillo fuera de su pene. Despacio, porque sabe que si lo
hace de golpe se correrá ahora mismo solo por la sensación de tener a Samuel
sobre él, moviéndose contra su sexo y mordiendo su cuello juguetonamente.
Samuel empuja
su cadera dando una embestida lenta y corta, controlada. Con ella comprueba que
Aaron está prácticamente listo para el clímax, pues gime y tiembla y se tensa
entero con una intensidad encantadora y pequeñas lágrimas escapando de sus
ojos.
—Buen chico
—susurra sobre sus labios y luego los besa para obligar a Aaron a dejar de
mordisqueárselos. Con su lengua, Samuel acaricia el maltratado belfo de su
humano, pero debe parar cuando siente su cuerpo tensarse y sabe que eso podría
llevarlo a su límite. Besa su mejilla. Su mandíbula. Su cuello—. Ahora, Aaron,
voy a morderte; creo que ya he sido suficientemente paciente. Y tú has sido tan
obediente… Así que voy a premiarte. Voy a hacer que te corras mientras bebo tu
sangre.
Aaron quiere
decirle a su amo que es imposible, pero está ebrio de las intoxicantes palabras
del vampiro, sus caricias, sus besos, de su gruesa polla deslizándose sobre la
suya una y otra vez en un vaivén lento y tortuoso. Tan ebrio, de hecho, que su
lengua no puede sino sorber palabras ininteligibles que suenan como súplicas.
Samuel besa su
cuello tiernamente, escuchando al chico balbucear, nervioso. Lo nota tensándose
entre sus manos, temblando, removiéndose deliciosamente porque las sensaciones
son demasiado.
Entonces roza
su piel con sus colmillos.
No lo hace
rápido porque incluso si está ansioso por alimentarse, quiere que Aaron pueda
sentir cada segundo. Necesita que al chico le quede bien grabado en la memoria
el mordisco, así como le quedará en la piel, que aprenda a adorar cada segundo
de espera, de dulce agonía y de entrega.
Aaron siente
la frialdad de los colmillos de su amo contra su piel, aunque es una frialdad
ahogada por el efecto de la anestesia: no nota la gelidez de sus filos sino
algo más suave y redondeado, el frescor de un cubito de hielo a través de una
gruesa toalla.
Es agradable,
le hace estremecerse y que un escalofrío refrescante le recorra todo el cuerpo,
aplacando las llamas que en él parecen arder.
Luego siente
la presión. Lenta, pero cruel. Aaron nota a Samuel mordiéndolo poco a poco, sus
mandíbulas grandes y poderosas cerrándose alrededor de su frágil garganta y sus
afilados dientes apretándolo más y más, empujando a su piel a ceder.
Aún no hay
sangre, pero Aaron puede sentir la zona que está siendo mordida acalorándose,
latiendo ligeramente y aunque el anestésico le impide sentir dolor, sigue
siendo consciente de que es su propio cuerpo el que está soportando ese
maltrato y eso lo pone nervioso.
Gimotea un
poco y se recoloca, pero las manos de Samuel lo sostienen quieto y un rugido
bajo en su cuello le advierte de que debe ser bueno o estará en problemas.
Intenta
relajarse y Samuel le ayuda con eso: empuja sus caderas duro y despacio y Aaron
gime alto, echando la cabeza hacia atrás y dejando sus ojos en blanco mientras
siente todo su nerviosismo, su adrenalina y su atención fundiéndose y viajando
en forma de descargas placenteras directamente a su entrepierna.
El chico está
desesperado por más de eso, pero Samuel solo presiona al chico contra el
colchón, clavándolo en él con su grande peso, así que Aaron empuja sus caderas
desesperadamente hacia arriba, moviéndose contra el vampiro. Obtiene pequeñas
ondas de placer, un goteo que calma su sed de éxtasis, pero Aaron quiere más.
Llora, lágrimas corriendo por sus mejillas: quiere que sea Samuel quien se
mueva. Lo necesita.
Entonces lo
siente.
La tensión
sobre la piel de su cuello se relaja de golpe: los colmillos han penetrado su
carne y ahora se hunden fácilmente en ella, el calor de la sangre derramándose
por su cuello y manchando las sábanas de rojo.
Aaron siente
una punzada de pánico al sentir con semejante lujo de detalle la forma en que
el vampiro ha desgarrado su garganta, pero entonces se relaja de pronto: solo
ha notado cada matiz de la sensación porque no hay dolor alguno que lo
distraiga. No hay dolor, se dice, como un mantra, para calmarse, pues está
temblando aterrorizado de pies a cabeza mientras es forzado a registrar cada
pequeño detalle de cómo se siente ser cazado y devorado.
Entonces algo
sucede: los colmillos penetran más profundo, traspasando la barrera de la
primera fina capa de piel y hallando la ternura de su músculo profundo. La
crema anestésica no ha sido capaz de llegar tan a fondo, jamás podría, así que
Aaron ahora sí siente dolor.
—¡Ah,
amo!
El chico
grita, asustado y dejando que el dolor lo domine en un instante. El latigazo
que siente recorrer todo su cuerpo hace que Aaron se tense, sus piernas
apretadas, su excitación pasando a un segundo plano y sus manos
enloquecidamente arañando la espalda del vampiro hasta dejar brillantes tiras
rojas a su paso.
Samuel se
separa de su cuello y lo mira desde arriba. Con una mano toma el cabello del
chico bruscamente y le hace ladear su cabeza, mostrando la herida fresca y
sangrante, con la otra empuja su pecho contra la cama, manteniéndolo clavado a
las sábanas blancas que se tiñen poco a poco de rojo.
Samuel tiene
una mirada feroz y seria, de esas que uno sencillamente no es capaz de
desafiar, pero en sus labios apenas hay unas gotitas rojas: el vampiro todavía
no se ha alimentado, solo ha hecho las incisiones y ha catado apenas un poco
del delicioso premio del que se dispone a disfrutar ahora.
—¡Amo! No
puedo, me duele… —susurra el chico medio histérico y Samuel sabe que el
problema no es el dolor. El dolor es leve, soportable, lo sabe bien, pues
conoce a la perfección cómo hacer de sus mordiscos una agonía mortífera. Si lo
deseara, Aaron ahora no podría siquiera hablar por el dolor.
El problema es
el miedo.
Aaron está
completamente aterrorizado, no por la forma en que Samuel le está mordiendo
ahora, sino porque su mente no es capaz de desconectar de los terribles
recuerdos que conservará toda su vida de cómo Samuel lo mordía antes.
Así que el
vampiro necesita distraerlo, mantenerlo tan centrado en el presente, tan abrumado
por él, que la idea de traerse del pasado lastres que lo hagan preocuparse de
más sea impensable.
—Sí que puedes
—le responde Samuel, su voz es tan ronca y masculina, como si la sangre la
hubiese vuelto más tranquila y tranquilizadora a la vez, más dominante y
dominada. Una voz colmada de paciencia y poder. Aaron se estremece al oírlo y
hace que no con la cabeza, pero Samuel le agarra fuerte del pelo,
impidiéndoselo; cuando el chico no hace más intentos por moverse, deja de
jalonear sus mechones y, en su lugar, se los acaricia suavemente—, eso es,
relájate un poco. Te ayudaré.
Samuel da
pequeñas embestidas, como si estuviese follando al chico por primera vez,
moviéndose suave, lento y cuidadoso, solo que en vez de empujarse en su
estrecho interior, el vampiro se desliza entre las piernas del chico y su polla
y la de Aaron se muelen al mismo tiempo. La sensación es tan deliciosa que
Aaron tiembla entero, jadea y se tensa de una forma que Samuel solo puede
imaginar que se sentiría como el cielo si estuviese en su interior, notando su
cálida carne estrecharlo con pasión.
Se detiene de
golpe, pues no quiere que su humano se corra. No aún.
—El dolor no
es tan malo, ¿verdad que no? —pregunta y, al mismo tiempo que lo hace,
desciende a su cuello y lame sus heridas sensibles y abiertas mientras sus
caderas ruedan contra las del chico.
Ambas
sensaciones se mezclan: dolor y placer. Ambas una dulce agonía que Aaron ya no
puede desenredar para discernir donde una empieza y donde la otra acaba. La voz
grave de su amo flota en su cabeza y lo distrae, lo engaña, lo guía lejos del
miedo y el pánico al que todos sus pensamientos se dirigen, pues el miedo es
bueno para sobrevivir y la supervivencia es en lo que uno debe pensar cuando
está entre las mandíbulas de un depredador. Pero la labia de Samuel es más
hábil que los instintos del pequeño humano y pronto el vampiro tiene al chico
bajo él asintiendo y dándole la razón.
—¿Se siente un
poco bien el dolor, Aaron, aunque también dé un poco de miedo? —El vampiro
acaricia sus heridas con la mano derecha, el pulgar las aprieta con crueldad y
su polla aplasta deliciosamente la de Aaron. El chico siente un latigazo de
placer y uno de puro éxtasis atravesarlo y no sabe cuál es cuál, pues ambos lo
dejan sensible y vulnerable y totalmente a merced de su amo, lo cual antes era
una receta para el desastre y la perdición y ahora… no se siente tan mal. Nada,
nada mal —Ahora voy a morderte de nuevo, mi amor, y tú vas a tomarlo como un
buen chico. Vas a tomarlo y vas a correrte mientras bebo tu sangre.
Samuel no
espera respuesta alguna, no la necesita cuando la cadera de Aaron bombea
instintivamente arriba y abajo, buscando provocarlo, tratando de reclamarle por
su atención, mientras él le explica cómo va a comérselo como a una presa.
El chico está
listo.
Samuel encaja
sus colmillos de nuevo en el cuello de Aaron, haciendo nuevas y dolorosas
heridas justo al lado de las anteriores y Aaron chilla de dolor y llora, pero
también siente su pene palpitar de deseo y necesidad ante la sensación y el
vampiro escucha las peticiones de su cuerpo y las atiende complacientemente.
Samuel chupa
la sangre de Aaron mientras bombea sus caderas, embistiendo rápido, duro y
profundo como si estuviese follando al chico y Aaron no puede evitar pensar en
ello. No puede evitar pensar en la idea de Samuel hundiendo sus colmillos en su
piel, como ahora, y hundiendo también su sexo en su suave anatomía, tomándolo
con ese ritmo animal y desenfrenado con que ahora usa su erección para
masturbarlo. La idea lo enciende más de lo que debería. Más de lo que es
correcto.
Y Aaron no
puede evitarlo por un segundo más: el chico se tensa, ofrece su cuello mientras
nota como el otro drena su sangre y sus fuerzas fuera de su cuerpo y se rinde a
la sensación de la virilidad del gran hombre restregándose contra la suya,
dándole latigazo tras latigazo de puro placer. Un placer duro y
despiadado que lo ahoga sin parar. Aaron se tensa, tiembla, clava sus
uñas en la piel de Samuel, haciéndolo sangrar de vuelta, y las arrastra
mientras nota cada parte de su cuerpo atenazarse con la tensión de un orgasmo a
punto de ser liberado.
Samuel nota al
humano bajo él estremecerse de una manera tan deliciosamente cercana al éxtasis
y traga su sangre, sorbo tras sorbo. Su sabor perfecto a indescriptible, su
dulzura nublándole la mente, estropeando su autocontrol igual que el dulce
mareo deja al chico bajo él también delirante y maleable ante los deseos que lo
atraviesan.
Samuel lo
muerde más duro. Lo embiste más duro. Aaron tiembla y grita. La cama se sacude
y la madera se resquebraja.
En la
habitación se escuchan sus respiraciones aceleradas, sus gruñidos y gemidos, el
obsceno y húmedo sonido de la carne chocando, de una boca chupando sangre y de
dos erecciones lubricadas y palpitantes frotándose con desespero mientras ambos
se corren al mismo tiempo y el placer los convierte en animales que no buscan
nada más que la conexión exquisita de sus caderas, de sus bocas y sus carnes y
sus almas.
Samuel sigue
simulando que folla al chico, ahora con sus dos placeres blancos derramándose
entre los vientres de ambos, haciendo que sus estocadas sean más viscosas y se
deslicen más obscenamente incluso entre sus miembros.
Sigue
bombeando sus caderas aunque note que Aaron ya no puede correrse más y su sexo
está suave y cansado y su cuerpo tiembla con agotamiento y su voz se rompe de
tanto gemir y gritar y llorar y, a la vez, sigue mordiéndolo, chupando sus dos
heridas sangrantes, hundiendo sus colmillos en esa acogedora carne cálida,
dejando que la sangre explote en su boca como un beso que le muerde la lengua
con el sabor más jodidamente exquisito que jamás ha probado.
—No… no más,
n-no puedo más… —susurra.
Aaron apenas
puede respirar. Se siente tan débil y satisfecho, tan pequeño. Y si por Samuel
fuese, ese no sería más que el inicio de la noche, pero quiere disfrutar de
Aaron y también con Aaron, así que debe parar cuando el chico lo indica.
Lo hace a
regañadientes, mirándolo con unos ojos que el chico piensa que son de una
bestia que solo ha visto en sus pesadillas y con la boca toda empapada en
sangre, el blanco perlado de sus dientes oculto bajo el carmesí, goteando, pero
aún hambrienta por más. Para también de embestirlo, porque aunque su polla esté
empapada y goteante de ambos blancos orgasmos, sigue dura y quiere otro y otro
y otro más.
Aaron le gusta
tanto que piensa que su cuerpo y su sangre encienden en él deseos
verdaderamente insaciables. Pero tendrá que conformarse por ahora.
Ha sido una
noche deliciosa, mejor no tornarla una trágica tomando más del muchacho de lo
que este está dispuesto a ofrecer.
Samuel sabe
que debe lucir aterrador para Aaron, pues lo ha dejado respirando rápido e
irregular, sin poder siquiera moverse, al borde del desmayo, y él luce como si
le hubiesen interrumpido en el primer bocado de una largo banquete. Así que
intenta ser tierno, bajando hacia la frente del chico y dejando sobre ella un
pequeño besito. Uno de sangre.
—Mi arrocito…
—murmura con afecto y una voz demasiado grave y ronca como para tan sensibles
palabras. Suena como una bestia probando el lenguaje humano por primera vez en
una boca hecha para morder, no para hablar—. ¿Te ha gustado? ¿Te he hecho
sentir bien?
Aaron sonríe,
una sonrisa perezosa y débil, como las de las tardes de verano llenas de
lentitud, morriña y siestas. Sus ojitos entreabiertos brillan ¿Desde cuándo
Samuel suena tan preocupado por complacerle a él? Es adorable en cierto modo
¿No es así? Aaron se pregunta porque nunca se había dado cuenta de que el gran
vampiro luce adorable.
Le acaricia un
poco sus rubios cabellos, aunque sus movimiento son tan descoordinados que el
chico solo logra plantar la palma de su mano en medio de la cara de Samuel y
deslizarla hacia abajo, haciendo que la sangre quede en su mejilla emborronada
como un pintalabios que se le ha corrido dejándolo hecho un estropicio.
Aaron ríe
cuando Samuel lo mira enarcando una ceja, sin entender qué ha intentado hacer
su chico.
—Mhm, mucho,
mucho… —responde el otro, sorbiendo las palabras, y su mano cae muerta a la
cama, porque de pronto pesa mucho y él no tiene tantas fuerzas. Bosteza grande
y sus ojos se cierran. Sus párpados pesan aún más que su mano; no se molesta en
abrirlos— Solo… cansado… muy cans…
Samuel sonríe
enternecido cuando el chico no llega a acabar la primera palabra, solo cae
inconsciente y un ronquido gracioso y adorable reemplaza cualquier cosa que
quisiera decir.
El vampiro
aprovecha que Aaron está profundamente dormido para abrir la boca del chico y
dejar en ella caer una gotita de su sangre vampírica. Aaron frunce el ceño de
una forma muy fea por unos segundos, mientras se cura, pero pronto vuelve a
lucir apacible como un angelito dormido.
Samuel lo toma
entre sus brazos con delicadeza, para no despertarlo, y limpia muy bien toda la
sangre del cuerpo del chico, así como el resto blanquecino de sus maravillosos
orgasmos. Frota el cuerpo entero de Aaron con sus manos jabonosas y llenas de
suaves burbujas y el chico, dormido, solo responde con plácidos “Mmm” y
acurrucándose contra él en el agua. Samuel luego lo seca, para que no se
resfríe, le pone un cálido pijama de invierno y mete en su cama.
Últimamente
Aaron ha disfrutado mucho de tener su propia habitación, su propia privacidad y
su propia cama donde dormir y su amo ha respetado eso sin problemas, pero Aaron
sigue siendo suyo, así que si él quiere que el humano duerma junto a él, lo
hará. Y Samuel no va a dejar a Aaron pasar ni un solo segundo solo después de
haberle hecho perder tanta sangre.
Así que se
mete en la cama con él, lo llena de besos y no le quita el ojo de encima al
chico en toda la noche.
CAPÍTULO 72
—Sami, creo que me estoy
muriendo.
Samuel sigue deslizando su
pluma sobre el papel, pero esta vez no se detiene al escuchar las palabras de
su humano, sino que su cerebro ha aprendido a filtrarlas como sonido de fondo
sin importancia.
—¿Me oyes? Digo que me
muero. Me moriré aquí mismo, justo aquí. —dice el chico, andando hasta el
centro de su despacho y cruzándose de brazos con decisión, como si estuviese
zanjando un asunto muy serio.
Como es la vez número
¿Veinte? ¿Treinta? Que le ha dicho a su amo hoy que el aburrimiento de verlo
trabajar lo acabará matando, parece que su sentencia no está siendo tomada
suficientemente en serio, así que el chico decide darle un poco más de
dramatismo a su supuesta muerte llevándose una mano teatralmente a la frente y
luego dejándose caer al suelo como si de pronto la muerte lo hubiese fulminado
de golpe.
Antes de tocar el suelo,
sin embargo, Aaron siente un repentino mareo, como si de pronto la gravedad se
hubiese desactivado y él hubiese empezado a flotar. Abre sus ojos, alarmado, y
descubre que solo se trata de Samuel, que ha ido hacia él con una velocidad que
todavía le parece imposible de creer y lo ha levantado en volandas.
Aaron mueve sus piernas en
pequeñas pataditas de felicidad al lograr un poco de atención al fin, pero para
cuando nota que el rostro de su amo es de pocos amigos.
—No vuelvas a hacer eso.
—le advierte Samuel y Aaron se tensa por su tono duro y demandante.
Tiembla entre los brazos
de su amo y se preocupa al no verlo ablandarse a pesar de que su miedo a
haberlo enfadado es evidente. Aaron se siente empequeñecer de golpe y una
oleada de vergüenza le obliga a bajar su vista.
—Lo siento, solo bromeaba,
amo…
—Podrías haberte caído al
suelo de verdad. Podrías haberte desmayado por la pérdida de sangre y haberte
golpeado la cabeza. Te he ordenado que te quedes sentado y tranquilo, ¿no es
así?
El corazón de Aaron da un
tumbo. Conoce ese tono a la perfección y no le gusta en absoluto: Samuel está
preocupado, sí, pero hay algo más en su voz, algo que conoció mucho antes de
descubrir que Samuel era siquiera capaz de sentir preocupación por una criatura
como él.
Samuel está enfadado.
Aaron traga saliva.
—Amo, no quería enfadarlo,
lo sien-
Aaron jadea de la
impresión: Samuel lo deja bruscamente sobre la mesa donde estaba trabajando.
Sus hojas ahora arrugadas y desordenadas, la tinta fresca con la que firmaba
sus documentos, emborronada y arruinándolos, dándole más faena aún, lo cual
posiblemente no haga sino aumentar más su irritación, incluso si no es culpa de
Aaron que Samuel haya decidido ser un bruto de golpe.
El vampiro rodea su cuello
con una mano, sin apretar, pero dejando clara su autoridad. Aaron envuelve sus
manos grácilmente alrededor de la del vampiro, pidiéndole un poco de compasión.
—Amo…
—Silencio —sisea el
vampiro y Aaron puede notar la forma en que la mandíbula se le marca al
apretarla, como le crecen los colmillos y le relucen los iris escarlata—. Hace
poco bebí de ti y te dije que ibas a estar bajo mi supervisión hasta que te
recuperases de la pérdida de sangre. ¿Por qué, Aaron? Dímelo.
—P-porque soy suyo y usted
cuida bien de sus cosas favoritas… —susurra el chico con las mejillas
poniéndosele coloradas al tener que repetir esa frase tan dominante y
extrañamente atractiva que ha oído cada noche desde que fue mordido, usualmente
murmurada entre beso y beso, mientras el vampiro lo sobornaba con caricias y
cariñitos a cambio de que se portase bien.
Samuel ahora ya no parece
tan amable, pero también es cierto que Aaron parece no haberse tomado su
amabilidad como un incentivo suficiente para entregarle una actitud obediente a
cambio.
El vampiro se sienta
delante de su escritorio, donde ha dejado a Aaron sentado y temblando, y tira
del agarre que tiene en su cuello para echar al chico sobre sus piernas,
tumbándolo bocabajo en su regazo de modo que el pecho y el abdomen del chico
estén planos sobre los muslos del vampiro.
Aaron trata de levantarse
de la extraña posición, pero el vampiro pone su mano en la nuca del chico,
empujándolo hacia abajo.
Desde que Aaron no lleva
su collar metálico, las manos del vampiro se sienten aún más grandes y
dominantes cada vez que lo toman por la garganta y el chico aún no se
acostumbra a la sensación. Todos los vellos de su nuca se erizan.
—¿Y hoy qué te he ordenado
que hagas?
Aaron decide no resistirse
más porque es inútil y porque Samuel suena cada vez más cerca de perder la
paciencia. Se queda quieto en su regazo a pesar de que los dedos largos del
vampiro siguen atenazados en su nuca fieramente y otra mano, grande, pesada,
intimidante, reposa en la base de su espalda, acariciando perezosamente los
hoyuelos que tiene en la base de esta y que se han revelado cuando su camiseta
se ha alzado un poco por la brusquedad del movimiento.
—Que me quede sentado aquí
con usted mientras trabaja, amo —confiesa el chico, dándose cuenta de cuán
sencilla y poco exigente es la orden. Tiempo atrás, habría matado por una orden
así y la habría acatado con diligencia. Ahora, sin embargo, se siente un
chiquillo malcriado incapaz de seguir la más sencilla de las instrucciones—. Lo
siento, amo, no quería molestar, es solo… Ya estoy mejor, solo quería salir un
rato.
—Estarás suficientemente
bien para salir sin supervisión cuando yo lo decida, ¿O has olvidado quién
manda aquí?
El tono de voz de Samuel
eriza la piel de Aaron. Algo primitivo, instintivo en él puede reconocer el
peligro al instante.
—N-no, Sami, lo siento…
—murmura como toda una ovejita obediente, pero Samuel lo mira desde arriba con
ojos fríos y todavía enfadados, sin dejarse ablandar por las suaves súplicas de
su humano.
—Yo creo que sí. Que has
olvidado que deberías respetar mi autoridad —Aaron alza su cabeza de golpe,
totalmente alarmado e histérico, listo para atragantarse con sus palabras
mientras le asegura a su amo que no necesita un recordatorio de que él está al mando.
Pero el vampiro alza una de sus manos y se lleva un dedo entre los labios,
ordenándole que calle sin siquiera molestarse en gastar saliva. Aaron baja su
cabeza, silencioso y temblando—. Te baño en afecto y besos cada noche y es
innegable que me he vuelto sorprendentemente permisivo con tu comportamiento y
blando con tu desobediencia. Quizá necesites un poco de disciplina.
Aaron exclama de sorpresa
cuando, con un fluido y rápido movimiento, Samuel desliza la mano que tenía en
la base de su espalda hacia su trasero y la introduce bajo sus pantalones,
bajándoselos de golpe hasta que estos quedan a la altura de sus rodillas.
Aaron forcejea en su
posición, sintiéndose repentinamente vulnerable, pero Samuel lo mantiene quieto
y disponible para él y con una de sus grandes manos acaricia las nalgas
pálidas, redondas y hermosas del humano que tiene sobre su regazo.
Aaron no tiene tiempo a
procesar qué está sucediendo hasta que la primera nalgada corta el aire y cae
contra su trasero dura y concisa, golpeándolo con un ruido que resuena por toda
la habitación. Samuel le ha dado una palmada firme y fuerte, pero no demasiado;
aun así, es tan dolorosa que Aaron gimotea de dolor y se le saltan las
lágrimas.
Cuando el vampiro retira
su mano de la pobre nalga del chico, una silueta perfecta de sus cinco dedos
está pintada en rojo sobre la cremosa piel blanca. Samuel sonríe; ahora está un
poco menos enfadado.
—Veinte azotes. —sentencia
y puede oír el corazón de Aaron acelerarse como si estuviese mirando a la
muerte a los ojos.
No le está ofreciendo ser
castigado. Está tan enfadado que ha decidido que va a atormentarlo sí o sí. Lo
único que Aaron puede hacer es negociar su penitencia para que sea más
indulgente.
—C-creo que con cinco
aprenderé la lección bien, amo.
Samuel vuelve a castigar
su trasero con una nalgada que silva en el aire y chasquea contra la carne de
su culo con un sonido impresionante. Aaron tiene ahora ambas nalgas
completamente rojas, ambas marcadas con la silueta de una mano tan grande que
basta para cubrir su trasero sin dificultad.
La marca arde y escuece y,
cuando Samuel la acaricia muy ligeramente, la extrema sensibilidad de la piel
hace que ese sutil mimo se sienta intenso y fogoso, pero muy bien. Un delicioso
alivio tras un tormento cruel.
Aaron deja caer un par de
lágrimas mientras jadea.
—Creo que soy yo
quien decide cuántos azotes necesitas para aprender la lección. Sigue
desafiando mi autoridad y el número no hará más que aumentar y, para cuando
acabe contigo, no podrás siquiera sentarte.
Aaron está seguro de que
ya ha llegado a ese punto, pero en lugar de eso se muerde el labio y guarda
silencio respetuosamente, bajando su cabecita de manera sumisa y dejándose
hacer en manos del vampiro, mostrándole que puede ser un buen chico solo con un
par de azotes, así que no necesita dieciocho más.
Samuel sonríe y sus
colmillos crecen, deleitado al ver la actitud dócil y complaciente de su chico,
tan rebelde y pedigüeño hace solo unos minutos, y ahora completamente doblegado
ante su voluntad. Aaron es atrevido a veces, pero tan fácil de adiestrar… Ama
cómo el chico se remueve incómodo en su regazo, soltando quejiditos de temor y
anticipación mientras acaricia su trasero recién azotado, preguntándose cuándo
será el siguiente golpe, pero sin ser capaz de seguir llevándole la contraria
al vampiro.
Samuel decide meterse un
poco más con él: le acaricia el cabello con su gran mano, esa que antes se
atenazaba en su nuca para mantenerlo quieto y vulnerable; la manera en que lo
mima es tan reconfortante, como si Aaron no fuese más que un pequeño gatito enroscado
en su regazo, y hace al chico ladear su cabeza, ofrecerse y dejar ir pequeños
suspiros de alivio: le hace sentir bien saber que incluso durante un castigo,
Samuel es gentil con él.
—Mírate, tan obediente
ahora… Voy a tener que azotarte más veces; creo que lo haré cada noche que
interrumpas mi trabajo para venir a exigir mi atención.
Aaron se acomoda mejor
sobre su regazo y hace un pequeño puchero.
—Le gusta que le
interrumpa, señor, no sea mentiroso. —le responde, con una voz dulce y queda,
aunque en ella hay algo de malicia.
Aaron le dedica una
sonrisita pilla al vampiro y este le sonríe de vuelta.
Y lo azota con fuerza.
Samuel ama ver cómo el
rostro taimado y confianzudo de Aaron se sacude por la sorpresa y cómo sus
cejas se enarcan, sus ojos se cierran y sus labios se separan en una exquisita
mueca de dolor cuando marca su trasero con otra fuerte palmada.
—Quizá tienes razón —le
responde con voz seria y la sonrisa todavía plasmada en su rostro; la mano en
sus cabellos azabaches ya no los acaricia, los sostiene con fuerza, haciéndole
levantar el rostro para que Samuel pueda ver al chico lagrimear y gimotear
mientras lo golpea otra vez más, antes de seguir hablando—, pero ahora no
deberías provocarme diciéndome esas cosas, no si quieres que sea más suave con
esta parte de ti.
Samuel acaricia el trasero
de Aaron de forma suave, como el toque de una pluma, viéndolo estremecerse.
Luego aprieta una de sus maltratadas y rojas nalgas y Aaron se remueve,
dolorido, pero la mano en su cabello lo mantiene en su regazo, con la espalda deliciosamente
arqueada y el rostro contorsionado en una mueca de dolor hermosa.
—A-amo, duele, por favor,
¿puedo recibir más caricias? Seré bueno, tomaré mi castigo como un buen chico,
pero, por favor, sea amable conmigo.
Aaron mira a Samuel con
las cejas enarcadas en una expresión de inocencia, con sus ojos vidriosos y sus
mejillas arreboladas, pestañeando coquetamente y haciendo un irresistible
puchero: sabe usar sus armas. Su voz es tan angelical y su rostro tan jodidamente
bonito y convincente.
Samuel gruñe, vencido, y
suelta el cabello del chico. Aaron es un pequeño manipulador, pero lo hace tan
bien, apelando a sus más insaciables apetitos por la ternura del muchacho, que
Samuel no tiene queja alguna.
—Eso está mucho mejor…
—susurra, acariciándole ahora la cabeza y su trasero amoratado.
Entonces, Samuel nota
algo. Algo que hace que la cara de Aaron se ponga aún más roja que sus nalgas
de color sangre: Aaron está duro. Puede sentir su pequeña erección atrapada
entre las piernas del chico, que lleva un buen rato tratando de esconderla, y rozando
levemente contra su regazo de una forma que delata que Aaron no está pasándolo
tan mal con este castigo.
Samuel mueve un poco una
de sus piernas, rozando la sensible erección del chico, haciendo que un
escalofrío lo recorra entero y varios gemidos escapen de su boca mordisqueada.
—Oh, esto también está
mucho, mucho mejor que tu actitud de antes. Tan jodidamente agradecido por mi
castigo que estás disfrutándolo. Pero es un castigo, Aaron, y eso
significa que no vas a pasarlo bien: voy a seguir azotando tu culo, pero no voy
a quitar tu anillo ni a tocarte esta noche. Y tú tampoco lo harás, no si no
quieres que te muestre otra forma en la que puedo hacer que pases semanas sin
poder sentarte. ¿Entendido?
Aaron exhala un suspiro
tembloroso y asiente, pero sabe que esa no es la respuesta que su amo
quiere y ser desobediente tiene consecuencias. Samuel lo toma por la nuca con
fuerza, lo clava en su lugar y le da el que hasta ahora es el azote más fuerte
que le ha asestado.
Aaron se tensa entero
mientras siente el latigazo de dolor fustigándolo, recorriéndolo. Es tan
intenso que no puede respirar por unos segundos y luego se deshace en jadeos,
mientras el dolor se reduce solo a su nalga, un dolor pulsátil y ardiente como
fuego que se expande lentamente. Samuel acaricia el lugar, ahora amoratado, que
acaba de golpear, y su mano se siente como un alivio y una tortura al mismo
tiempo.
La polla de Aaron gotea.
Samuel sonríe.
—Respóndeme bien.
—S-sí, señor. V-voy a ser
bueno y no me tocaré y tomaré el castigo y m-
—Abre las piernas.
<<Joder>> Aaron maldice por dentro. La voz de
Samuel es dura, demandante. Un pequeño pinchazo de temor siempre aflora en su
interior cuando el vampiro se muestra dominante, pero ahora otros sentimientos
crecen demasiado y ensombrecen eso con facilidad. Sentimientos pecaminosos.
Como el hormigueo
prohibido que nace en la base de su estómago cuando su propietario le da orden
y hace que su entrepierna se estremezca y gotee un poco más, demasiado
emocionada ante la expectativa de esos castigos que, lejos de ser las tortuosas
palizas que una vez recibió, se sienten ahora como juegos suficientemente
peligrosos como para ser emocionantes, pero no tanto como para que el riesgo lo
preocupe.
Aaron obedece, separando
sus piernas, mostrando obscenamente la manera en que su pene está erguido,
empujándose contra los pantalones de Samuel y dejándolos húmedos. Al vampiro no
parece molestarle en absoluto; de hecho, le gusta tanto la vista que rompe un
poco sus propias reglas y alarga su mano para acariciar la intimidad del chico.
No la rodea, como Aaron
reza para que haga, pero desliza la yema de su dedo índice por la marquita en
sus testículos que parece una pequeña costura y luego por su longitud erecta,
pasando por el anillo metálico que lo mantiene frustrado constantemente.
Luego, Samuel aleja su
mano y la pone frente a los ojos de Aaron, haciéndole mirar mientras cambia:
las uñas cortas y pulcras tornándose largas y retorcidas garras negruzcas, como
las de un demonio, los dedos creciendo un poco, sus yemas también tornándose
del color de la corrupción.
Aaron traga saliva y nota
su boca seca.
Luego la mano desaparece y
puede notar el filo de las garras acariciando sus muslos. Siente la tentación
de cerrar sus piernas, pero tiembla de la impotencia mientras se obliga a
obedecer y dejarlas como están. Luego notas esas uñas acariciando el anillo
metálico, dándole pequeños toques para formar un leve tintineo que hace a Aaron
recordar el filo de dichas garras.
Filo que luego siente
recorriendo su hombría.
—Amo, por favor, por
favor…
—Relájate, Aaroncito
—ordena el otro, con un tono desenfadado y divertido; acaricia sus cabellos al
mismo tiempo que su garra se detiene en la punta de la excitación húmeda de su
chico, aumentando y disminuyendo cuidadosamente la presión para hacer que el
miembro de Aaron dé pequeños botecitos—, solo estoy jugando contigo, ¿temes que
vaya a hacerte daño?
Aaron asiente.
—Mhm, e-estoy nervioso,
señor, sus garras…
—¿Confías en mí, Aaron?
—su tono es más solemne ahora, serio, pese a que su mano sigue en la
entrepierna del muchacho, deslizando traviesamente sus uñas afiladas por los
lugares más sensibles de su anatomía.
Aaron asiente y emite un
pequeño “Mhm” entre quejidos nerviosos.
—Dilo, mi amor, usa tus
palabras.
—C-Confío en usted, mi
amo.
Samuel se siente
agradecido por esa maravillosa confesión, así que recompensa al chico: sus
garras dejan de ponerlo nervioso tocando un lugar tan delicado y su otra mano
le da unos relajantes mimos en su cabello. Aaron suspira de alivio, pero Samuel
no puede pasar inadvertido que su cruel jueguecito ha hecho que el pene de
Aaron endurezca aún más y que varias gotitas de presemen se perlen en su punta
sonrosada.
—Buen chico —susurra
inclinándose sobre su oído, obsequiándolo con palabras que Aaron adora; luego
lo azota dos veces, una en cada nalga, pero lo hace flojo y palmeándolo
amistosamente, de modo que Aaron se tensa al inicio y luego se relaja, riendo
un poco junto a su amo al comprobar que los golpes no han sido dolorosos en
absoluto—. Sabes que no voy a romperte, ¿verdad, cariño? —Aaron asiente, sus
ojos cerrados, su cabeza buscando su mano, reclamándole más caricias. Está
siendo pedigüeño de nuevo y debería castigarlo, pero ama tanto consentirlo…
—Ahora, Aaron, voy a seguir castigándote y tú vas a seguir siendo bueno: vas a
tomar cada golpe y a gemir hermosamente cuando te lo dé, vas a mantener tus
piernas abiertas y tu polla dura, muriendo de ganas de correrte por cada azote
con el que te marco y, sobre todo, vas a relajarte y a saber que jamás haría
nada que no puedas soportar. Vas a decírmelo si te estoy dando más dolor del
que eres capaz de tomar, ¿entendido?
Aaron se derrite
escuchando esas palabras. Se siente seguro y cuidado y de pronto, a su cuerpo
le sobreviene una modorra extraña, como si llevase días en vela, y se queda de
pronto sin fuerza alguna, entregándose por completo a la voluntad de su amo,
pues es tan relajante poder dejarse controlar y usar por manos grandes y
expertas que sabe que no lo herirán jamás.
Se siente tan bien no
tener que pensar, no tener que decidir, no tener que hacer nada más que ser
bueno con alguien que es bueno contigo de vuelta.
—Haré lo que usted diga,
amo. —le responde, con voz queda y cansada.
Aaron puede notar, en su
vientre que está contra el regazo del vampiro, como a este se le abultan los
pantalones y su cuerpo no puede sino responder con su excitación
estremeciéndose y haciéndole sentir como si el anillo alrededor de la base de
su eje fuese lo peor del mundo.
—Tan bueno… —dice Samuel,
deleitado, y luego se inclina sobre su oído para susurrar algo que hace a Aaron
sentirse al límite: —No puedo esperar a ver cómo de obedientemente me tomas
cuando esté follándote.
Y, acto seguido, Samuel
hace al chico gritar y gemir con sus azotes.
Su castigo dura más de una
hora, pues se toma su tiempo para disfrutar del placer de golpear las tiernas
nalgas de su amante y Aaron también goza del lento pasar del tiempo entre azote
y azote, el cual su amo dedica a acariciar su piel recién golpeada e increíblemente
sensible para calmar su dolor y a preguntarle dulcemente si puede seguir, si no
está siendo demasiado duro.
Aaron le dice que está
bien, que puede soportarlo, que quiere ser bueno. Pero, por dentro, son otras
palabras más atrevidas y sinceras las que responden a sus preguntas: <<Amo,
se lo ruego, siga.>>
Durante su castigo, Aaron
se deshace de placer. Tiembla bajo las manos castigadoras de su amo y se
estremece, trata de cerrar sus piernas, solo para recibir golpes crueles que le
arrancan lágrimas e incluso tapa sus nalgas con sus manos para rogarle a su amo
una tregua cuando este está tratando de rozar sus límites; como consecuencia,
Aaron se gana que Samuel aprese sus dos muñecas en un solo puño y le inmovilice
los brazos tras la espalda, dejándolo a merced de sus deseos.
Mientras es azotado así,
Aaron está tan excitado que Samuel puede notarlo temblar, tensarse y lloriquear
porque sus golpes han sido suficientes para causar varios orgasmos en el chico
y su maldito anillo ha decidido arruinarlos.
—Quizá, si me siento
indulgente, te quitaré el anillo y te dejaré correrte mientras te hago
agradecerme tras cada azote. —dice Samuel cruelmente, haciéndole ilusiones solo
para meterse con él.
Aaron sabe que Samuel no
va a tocarlo de ese modo hoy; no será tan compasivo. Pero no importa, Aaron
acaba de descubrir que los castigos de su amo no pueden ser solo soportables,
sino jodidamente deliciosos, y eso es suficiente para hacer de esta una gran
noche.
Por su lado, Samuel
disfruta inmensamente con el muchacho que se retuerce en su regazo y lo mira
como un cachorrito, rogándole con preciosos ojos cielo que le haga un poco más
de daño, que deje su piel amoratada y marcada y que, mientras lo hace, le permita
deshacerse en un orgasmo tras otro. Samuel está extasiado al ver al chico
desearlo tanto, desearlo incluso si es cruel y castigador y está atendiendo a
sus deseos más oscuros, pero aunque amaría poner al chico sobre la mesa y
quitarle el anillo del pene con sus propios dientes, se fuerza a sí mismo a
contenerse y sencillamente limitarse a darle su castigo y ser dulce el resto de
la noche.
De lo contrario, no puede
asegurar que no doblará luego a Aaron sobre la mesa y se hundirá en él durante
toda la noche. Muere por la noche en que ese exquisito momento llegue, pero,
pese a su impaciencia, aún no es el momento.
Puede que el momento no
llegue nunca: Aaron fantasea con ser tomado, lo sabe, y siempre endurece y
gotea cuando él le habla sucio al oído, explicándole cómo será follado algún
día, pero Samuel sabe que la realidad no siempre es tan maravillosa como las fantasías
y que aquellos mismos actos que encienden tanto a Aaron cuando su imaginación
se los muestra, puede que le causen terror o ansiedad si él trata de hacerlos
realidad.
Samuel lo entiende a la
perfección: él mismo, cuando era humano, fantaseaba con el bendito día en que
el sexo fuese placer y deseo, no castigo y dolor y, después, cuando su amante
lo tocó con el más cuidadoso de los roces aquella primera noche, él se apartó
brusca, violentamente, repelido por aquello con lo que tan largas noches había
soñado mientras se aliviaba bajo las sábanas.
La imaginación es un lugar
seguro, un dominio donde uno reina de forma absoluta, pudiendo construir los
más aberrantes escenarios y, aun así, hacerlos cómodos, cálidos, hogareños
incluso. La realidad, sin embargo, no es tan clemente.
Así que Samuel sabe que
posiblemente, durante toda su eternidad, tenga que aceptar que Aaron y él jamás
van a poder unirse carnalmente como tanto anhela. La idea lo entristece, pero
jamás emitirá una sola queja en alto, jamás dirá una sola palabra o exhalará un
solo suspiro frustrado en presencia de Aaron: jamás le hará sentir mal por
miedos que él mismo ha puesto en el chico.
Si sus noches más
pasionales deben reducirse a besos y roces, a un mero fantasear con una primera
vez que jamás sucederá, mientras se toquetean torpemente como adolescentes
novatos experimentando, Samuel tomará eso agradecidamente, pues incluso el más
inocente beso de Aaron es más de lo que jamás podría pretender que merece.
CAPÍTULO 73
Resulta que
Samuel tenía razón, para variar.
Después de
azotar el trasero de su humano la noche anterior porque este no paraba de
molestarlo quejándose sobre lo muy aburrido que estaba y sobre lo mucho que
quería salir a pasear a pesar de estar débil por la pérdida de sangre, Samuel
ha acabado cediendo y saliendo hoy con el muchacho.
Ahora Aaron
tiene que aferrarse al musculoso brazo de su amo, pues tan pronto ha dado más
de diez pasos, se ha sentido mareado y ha empezado a andar como si estuviese
borracho.
—Vamos a
volver dentro. —dice entonces el rubio, suspirando con frustración y mirando a
su humano con un “te lo dije” en la mirada.
Aaron, sin
embargo, se abraza a su bíceps y le hace sus más convincentes ojos de
cachorrito mientras dice:
—Por favor…
—alargando todas las vocales y haciendo un puchero al final.
Así que Samuel
cae rendido a los encantos del chico y unos minutos más tarde ambos están
paseando por las tranquilas calles del núcleo de la ciudad vampira. El poderoso
vampiro de sangre semipura anda con pasos pequeños, tranquilos y decididos, y
su humano va a su lado, pegado a él como si lo adorase. Samuel debe admitir que
ama tener a Aaron envolviendo su brazo de esa manera, buscando en él la
estabilidad que le falta para caminar. Es realmente tierno sentir como el chico
suspira de alivio cuando él aminora el ritmo porque lo nota mareado o cómo se
aprieta fuerte contra él cuando se tropieza, pues él es su lugar seguro.
Quizá, piensa,
debería morder al chico y sacarlo a pasear acto seguido más a menudo. Así
podría sentirse necesitado por Aaron de esta forma tan deliciosa que está
haciendo que hoy no quiera que el paseo termine nunca.
—Qué bonito.
—susurra Aaron mientras pasan frente a un jardín ostentoso y colorido.
Las flores son
enormes y salvajes, cada una luciendo tan fiera que bien podrían morderlos si
se acercasen, y los árboles de robustos troncos se alzan más allá de lo que
alcanza la vista. Pareciera un pedazo de bosque sacado de algún lugar lejano y
aún sin descubrir.
Samuel se
detiene para que Aaron pueda observar con fascinación cada hoja de ese jardín.
El chico, cansado, deja caer su rostro contra el brazo del vampiro y acto
seguido tiene un escalofrío, aunque su tierna mejilla sigue pegada al duro
bíceps de Samuel.
—Estás frío,
tan frío…
Aaron murmura
más para sí mismo que para advertir al vampiro y, en un gesto tan adorable como
pueril, echa su aliento en sus manos, calentándolas, y las frota antes de
ponerlas sobre la piel del vampiro, como queriendo imbuirlo de la calidez que
tiene en la punta de sus dedos y la que exhala entre sus labios.
Samuel ríe
suavemente.
—Es el hambre,
mi amor, así no vas a calentarme.
<<¿Tan
pronto?>> Aaron se angustia un poco. Es cierto que alimentó a Samuel hace
días, pero es también verdad que lo ha tenido semanas famélico. Es normal que,
tras probar unas gotas de las matanzas que antes eran su menú diario, ahora
despierte esa bestia que tiene por hambre y que, ante la escasez, había
decidido dormir hasta la próxima oportunidad.
Aaron sabe que
no puede negar a Samuel lo que es y, aunque antes se le antojaba insoportable
-la mera idea de los colmillos y la sangre era suficiente como para darle
náuseas y mareos- ahora la idea de ser mordido le causa un tipo de mareo
distinto, uno más dulce. La clase de mareo que uno siente cuando tiene la
cabeza embotada por el alcohol, todos los pensamientos tornándose borrosos tras
el telón de una niebla densa y suave de placer y deseo.
La última vez
que fue mordido fue… soportable. Más que eso, debe admitir, fue divertido.
Placentero.
Aaron se
remanga el brazo izquierdo y mira su muñeca pálida y delgada, las venas
violáceas destacando en ella, suavemente iluminadas por el brillo platinado de
la luna. Luego alza su brazo, ofreciéndole su muñeca a Samuel.
—Puedes…
puedes beber un poco, si lo deseas. —dice el chico, la lengua trabándosele en
la boca y sus titubeos haciendo que lo que pretendía ser un sensual
ofrecimiento ahora quede como una torpe propuesta.
Samuel toma su
muñeca con suma delicadeza, de la misma manera en que sostiene el finísimo
tallo de cristal de una copa a rebosar. Mira a Aaron con ojos brillantes,
llenos de sorpresa y del chispazo de una llamarada de deseo que el chico acaba
de encender con sus palabras, y se lleva la piel inmaculada a los labios.
La besa.
Luego besa la
palma de la mano de Aaron, tierna y pálida. Besa la punta de cada uno de sus
dedos, sonrojada como una flor. Voltea su mano despacio, tomándola con
gentileza, y besa su dorso llano y perfecto, como la tela de un guante de
satín.
Toma la mano
del chico en una de las suyas, grande, pero paciente, y sigue andando,
misteriosamente. Aaron se siente confundido, pero encantado por la actitud de
Samuel, tan galante y deliciosamente seductor. Lo sigue, pues ambos están
cogidos de la mano como una pareja de jóvenes pudorosos que huyen de un baile
para buscar un lugar entre las sombras donde sus besos vayan a ser solo un
asunto de ellos y de la noche.
Ambos se
adentran en los hermosos jardines y Samuel se sienta en un hermoso banco de
piedra blanca, frente a un estanque de aguas tranquilas, tira de la mano de
Aaron hasta hacerlo caer sobre su regazo y, una vez en este, contempla el rubor
en sus mejillas y siente la forma en que su mano tiembla mientras la sostiene
aún.
Vuelve a
llevársela a los labios. Besa el dorso y los nudillos, la voltea.
Besa la palma.
Besa su muñeca
de nuevo y ahí sus labios se mantienen unos segundos más, como queriendo probar
la dulzura de su pulso acelerado por el anhelo.
—¿Estás
seguro? —pregunta Samuel, pero su boca no se detiene tras pronunciar esas
palabras: los labios del vampiro trazan un camino de besos por todo el
antebrazo del chico hasta llegar a esa zona sensible y cosquilleante que se
halla en el lado opuesto al codo y, una vez ahí, Samuel se desliza hacia su
muñeca con un largo y escalofriante lametón.
Aaron jadea.
La boca de Samuel se siente tan bien contra su piel que no puede imaginar que
sus colmillos no vayan a sentirse como puro éxtasis bajo ella. Sus recuerdos,
sin embargo, lo traen de vuelta a la realidad y le recuerdan que será doloroso,
pero… Samuel le sonríe de ese modo tan elegante y atractivo. ¿Cómo pueden los
colmillos en esa sonrisa ser dolorosos cuando son tan bonitos?
Aaron se
siente mareado y extraño y, en respuesta a la pregunta de Samuel, empuja su
muñeca más contra sus labios.
Algo peligroso
cruza la mirada de Samuel y, por un segundo, este le aprieta la muñeca,
manteniéndola quieta e impidiéndole al chico ofrecerse con demasiado descaro,
pues teme que si Aaron pide ser comido, su apetito se regodee en esa súplica
con demasiada facilidad.
—Con calma,
dulzura. Beberé de ti, pero no te apresures. Deja que yo tome el control, ¿de
acuerdo? —susurra en una voz seductora y sedosa, pero aun así dominante.
Aaron asiente,
tan complacido por ese tono que podría ronronear.
—S-sí,
amo.
Samuel intenta
recordar lo que Jason le enseñó aquella vez que trajo al muchacho hemofílico,
ese día en que Aaron lo vio morderlo en la muñeca y después lucía tan celoso,
tan malditamente posesivo de la escasa delicadeza de su amo. Quiere dársela
ahora, mostrarle a quién le pertenece.
Aaron nota
como los dedos grandes y fuertes del vampiro se hunden en su cabello desde
atrás, masajeándole su mareada cabecita. Echa la cabeza hacia atrás sin querer,
relajándose tanto que deja caer su peso sobre la mano del vampiro. Samuel ríe,
amable y enternecido, en su oído.
—Buen chico,
relájate, lo estás haciendo bien.
Un gemido
dulce y bajito escapa de los labios de Aaron. Se siente demasiado bien dejarse
en manos de su amo, ceder todo el control y saber, aun así, que serás cuidado y
protegido pese a que entre garras que podrían destrozarte.
Samuel
acaricia su cabello y su nuca con dulzura. Con su otra mano, sostiene la muñeca
del chico vuelta hacia arriba, bajo la luz de la luna. No la aprieta ni la
apresa con firmeza; al contrario, deja que repose sobre la palma de su mano y
con su pulgar mima suavemente ese lugar extremadamente delicado donde el pulso
del chico se acelera cuando se estremece y se relaja cuando suspira.
Tiempo atrás,
en esa misma piel blanquecina y perfecta, hubo un corte largo, vertical y
sangriento. Samuel se inclina para besar la piel sana, para honrarla, agradecer
que se haya curado. Aprieta levemente con su pulgar el centro de la palma de la
mano de Aaron y el chico envuelve sus deditos cálidos en torno a la robusta
falange del vampiro.
Besa más y
más. Nota el latido del corazón de Aaron bajo sus labios, llamándolo,
atrayéndolo. Samuel deja crecer sus colmillos, rindiéndose solo un poco a sus
deseos, y mientras observa esa dermis suave y rasa, se promete a sí mismo que
no volverá a sangrar como aquella fatídica noche. Nunca más sangrará como solía
llorar, oleada tras oleada de tristeza, odio y veneno tratando de salir de su
cuerpo; nunca más sangrará para entregarse a la muerte y alejarse de una vida
que sabe como el infierno; nunca más sangrará solo, tendido en el frío suelo y
temiendo, precisamente, que los brazos de su amo lo rodeen porque se sienten
como una cárcel de la que solo se puede huir dejándolo todo atrás.
A partir de
ahora, se jura, Aaron solo sangrará así, como hoy, con mordisco que bien
podrían ser besos, pues se los entregará con toda la suavidad que sus labios
son capaces de aprender y no malgastará en ellos más sangre que la que el
cuerpo de Aaron dedica a ruborizar sus dos hermosas mejillas cada vez que su
amo le lame y mordisquea sus labios; a partir de ahora, solo sangrará cuando se
entregue a Samuel con el mismo anhelo con el que abre sus labios para recibir
su lengua, abriendo su piel para recibir su hambre y sus colmillos, su sed de él.
No de su sufrimiento, ni de su miedo, ni de su muerte. Solo de él.
Samuel clava
sus colmillos en el brazo del chico: lo hace con una ligera punzada, sin
hundirlos del todo, solo pellizcando con la punta la finísima piel hasta
obtener en ella dos pequeños ríos de sangre roja, fresca y deliciosa.
Aaron jadea
cuando un chispazo de dolor atraviesa su cuerpo y se aferra al vampiro con
temor. Samuel lo abraza de vuelta, sus brazos envolviéndose alrededor de su
tembloroso cuerpo, al igual que su boca se envuelve alrededor de su muñeca,
pero pronto Aaron se tranquiliza. El dolor no es más que un leve ardor ahora y
lo único que siente es a su amo bebiendo despacio de él.
Siente su
sangre obedecer a los labios de Samuel, su corazón ralentizándose porque otro
lo ordena, su cuerpo temblando y tornándose débil. Su amo se encarga de
abrazarlo y acariciarlo para que ninguna de esas sensaciones lo asuste de más
y, al terminar, Aaron está en sus brazos débil, adormilado, pero más nervioso
que asustado. Una suave y cansada sonrisa se pinta en su rostro.
—Ha sido
m-mejor de lo que pensaba… —susurra, aliviado, y luego levanta una de sus
temblorosas manos hacia la boca enrojecida de su amo. Con sus dedos empuja el
labio superior del vampiro, revelando sus colmillos, más pequeños que de
costumbre. Aaron ríe agudo y pueril. Los colmillos de Samuel lucen un poco
adorables ahora, como cuando a un gatito bebé le salen sus primeros dientes,
así que sin poder evitarlo dice:— Colmillitos de cachorro. Colmillitos de
leche. —agrega, aún riendo inocentemente y con el mareo haciéndole sentir
especialmente bobo y risueño.
Samuel no
puede evitar reír también y, como respuesta al tierno mote que tiene Aaron para
sus colmillos, que tanto pavor han causado entre cientos de generaciones de
mortales, decide darle su merecido y empieza a mordisquear sus dedos como un
cachorro malcriado que quiere jugar.
—¡Au, au! —se
queja Aaron, entre risas, y Samuel sigue mascando su mano y hasta gruñe
imitando a un perro para divertir al chico y seguir su broma—. Qué malo, hay
que sacrificarlo. Tiene la rabia.
Samuel toma la
muñeca de Aaron, la que tiene sus marcas de colmillos, y la agita en el aire
como mostrándosela al humano para que vea que él también está infectado.
El chico actúa
como si viese sus heridas por primera vez y finge una teatral sorpresa para
luego voltearse, hundirse en el cuello de Samuel mientras lo abraza y empezar a
mordisquearlo a modo de venganza.
—Para, me
haces cosquillas. —ríe el vampiro tomando a su humano por la cintura e
intentando separarlo de él, pero teme ser brusco, así que deja que Aaron sea un
poco rebelde.
Además, sus
mordisquitos de humano se sienten agradables en su cuello y… oh, cuando
el chico se cansa de fingir que es una alimaña rabiosa, parece estar de pronto
muy cariñoso, pues empieza a besar el cuello del vampiro con tímidos picos y
poco a poco forma un camino de besos hacia la mandíbula marcada del
hombre.
La delinea con
sus labios, sube por su mentón, suspirando contra su piel, ahora más cálida, y
sus labios están justo en frente de los dos del vampiro, esperando ser besados.
Samuel pone
una mano en la nuca del muchacho. Cálida, firme. Lo atrae hacia sí.
—He soportado
esta repugnante escena porque tenía que asegurarme de si verdaderamente te has
echado a perder tanto como sospechaba, Sami, pero ¿besar al humano delante de
mí? Es suficiente, no puedo seguir viendo cómo te degradas de esta forma.
Samuel aprieta
sus dientes y lanza una mirada que rezuma odio hacia el propietario de esa
odiosa voz, que ahora se muestra justo en frente de ellos. Aaron se abraza a su
amo con más fuerza. No necesita mirar, reconoce a la perfección ese tono
arrogante y peligroso.
<<Ivthan>>
—Entonces
cierra los ojos o lárgate. —rebate Samuel con palabras duras y agresivas que
chasquean en el aire como un mordisco.
Ivthan sonríe,
arrogante. No dice nada y por un instante Samuel ve en su mirada el porqué: no
necesita palabras para lo que ha venido a hacer aquí.
Samuel actúa
rápido, debe actuar rápido: tiene apenas una fracción de segundo. Se
pone de pie y lanza a Aaron al banco de mármol tras él, protegiéndolo con su
cuerpo como si de un escudo se tratase.
Ivthan se
abalanza hacia el lugar donde Aaron estaba hace un momento. Su mirada está
enloquecida, su sonrisa larga como la de un demonio cruza la mitad de su sádico
rostro y los dedos de su mano derecha se agarrotan apuntando hacia el lugar
exacto donde la garganta de Aaron debería estar, listos para cerrarse con
fuerza en torno a ella, las garras rasgando su piel, los dedos cortando el paso
del aire y las súplicas.
Pero Samuel ha
quitado al chico de en medio y el cambio abrupto de posiciones ha sorprendido
lo suficiente a Ivthan como para darle ventaja a su rival.
Samuel toma
con una mano la muñeca de su creador y la desvía, inutilizando su ataque e
impidiendo que las afiladas uñas que llevaban el nombre de Aaron lo hieran
ahora a él.
Con su otra
mano, él busca la garganta de Ivthan.
Sin embargo,
no la agarra, la atraviesa: sus dedos se hunden tan rápidamente en la musculosa
y rígida carne que sus garras no brotan de ellos hasta que ya tiene el brazo
empapado de sangre hasta el codo. Cuando sus garras se extienden, puede sentir
cómo le rajan la tráquea a Ivthan y cómo este trata de exhalar un leve sonido.
No de dolor, pero sí de irritación.
El sanguinario
ataque de Samuel no es gran cosa para él, pero sí le molesta. Samuel se está
comportando como un cachorro desentrenado y rebelde, uno de esos perros tontos
que muerden la mano que les da de comer.
Pero no pasa
nada, se dice, aún puede adiestrarlo adecuadamente. Solo necesita disciplina.
Ivthan sonríe,
altivo y arrogante. La herida de su cuello se cierra en torno a la mano de
Samuel que lo ha perforado, regenerándose a un ritmo impresionante, sí, pero
también pareciera que quiere atrapar al rubio, absorberlo.
Asqueado y
alarmado, Samuel arranca sus dedos de dentro del cuello de Ivthan y, en el
tiempo nimio que tarda en hacer ese gesto, la herida casi se ha cerrado por
completo. Está tan curada que Ivthan ya puede hablar:
—Mi turno.
—dice siniestramente, ladeando la cabeza hacia un lado como con una curiosidad
inocente.
Samuel se
tensa, cierra sus puños, aprieta sus mandíbulas. Atento.
Pero Ivthan da
un zarpazo al aire tan jodidamente rápido que Samuel solo percibe el gesto
cuando ya se ha terminado y hay un arco de sangre en el aire, describiendo la
trayectoria exacta del movimiento, en forma de medialuna. Samuel sabe que es su
sangre, pero el dolor no lo alcanza hasta un segundo después.
Ivthan le ha
desgarrado el cuello. Y lo ha hecho con mucha más potencia que él, ha sido un
golpe demoledor: ha arrancado de un rápido barrido su piel por completo, ha
destrozado el músculo hasta romperlo en hilillos descosidos que ondean en el
aire, ha seccionado cada tendón y ha convertido en polvo los huesos del
vampiro.
Lo único que
une la cabeza de Samuel al resto de su cuerpo son finas hebras de tejido
rosado, suave y frágil. Y sus manos, pues el vampiro debe sostener su cabeza en
su lugar o esta caerá y su peso desgarrará las finas tiras de carne que lo
salvan de ser completamente decapitado.
La sangre baja
por su pecho, su espalda y sus brazos, cubriéndolo entero de rojo.
El dolor azota
a Samuel de golpe, haciéndole caer de rodillas, y el vampiro sostiene su cuello
destrozado y su cabeza con manos temblorosas, sabiendo que pronto se curará.
Pronto, pero demasiado tarde.
Ivthan se
dirige a Aaron sin prisa alguna. El chico contempla la escena tendido en el
banco, totalmente paralizado como si él fuese un adorno más de mármol en este y
con los ojos abiertos de par en par. Primero llenos de sorpresa, luego de
horror.
Todo ha
sucedido en menos de dos segundos. Al tercero, Aaron chilla.
—¡SAMUEL!
—trata de levantarse del banco, muerto no de miedo, sino también de preocupación,
y corre hacia su amo como puede.
<<Huye>> piensa Samuel, <<por
favor>>, pero tiene las cuerdas vocales completamente desgarradas y
de su garganta no emerge más que un gorgoteo húmedo y sanguinolento.
Aaron corre
hacia él, pero jamás llega.
Ivthan se le
abalanza encima. Cae sobre él con un peso demoledor que levanta una nube de
humo y crea un cráter de varios centímetros de profundidad en el suelo.
Samuel solo
puede rezar porque los crujidos que ha oído en ese terrible estruendo sean el
asfalto del suelo resquebrajándose, no la cabeza de Aaron.
Durante esos
instantes en que el polvo lo cubre todo y no puede saber si tras él se oculta
un Aaron asustado y atrapado o uno muerto, no le duele su cuello
prácticamente seccionado y que sangra hasta bañar su cuerpo en sangre carmesí.
Le duele el pecho. Le duele un corazón que lleva años muerto y sin latir y, de
algún modo, Samuel puede sentir como si el pulso se le acelerase.
Como si
volviese a ser humano y capaz de morir, pues sabe que ahora, si el corazón de
Aaron se ha parado, el suyo explorará de dolor.
Ivthan ríe y
la niebla se disipa. Samuel puede ver cómo el vampiro ha tomado al chico por su
nuca y lo ha empujado duro contra el suelo, atrapándolo, aplastándolo.
Lo levanta,
sosteniéndolo todavía por su garganta como a un muñequito, y lo zarandea en el
aire, jugando con la forma en que el chico se bambolea porque está inerte.
Completamente inerte.
Ríos de sangre
caen de la brecha en su cabeza.
Samuel respira
rápido y agitado y pronto su vista falla, sus piernas fallan. Pero no es por su
herida.
Entonces lo
escucha.
El corazón de
Aaron, todavía latiendo.
<<Aún
está vivo>>
El vampiro se
levanta de golpe, su cuello no tiene piel, ni músculo, ni siquiera tendones: se
sostiene solo por los huesos de la columna de Samuel que han sido capaces de
curarse en este rato e Ivthan alza sus cejas, genuinamente impresionado por la
resistencia de su pupilo.
Tira a Aaron a
un lado, como un muñeco descartado. Sabe que Samuel no lo dejará golpearse la
cabeza contra el asfalto de nuevo, así que sonríe cuando los ojos del rubio lo
abandonan para fijarse en el cuerpo pequeño y destrozado del chico
precipitándose.
<<Tan
fácil de engañar>> se regodea por dentro y sus garras vuelven a buscar la garganta
de Samuel, solo que esta ya no existe, pues él mismo arrasó antes. En su lugar,
sin embargo, Ivthan rodea la fracción de la espina dorsal de Samuel que une su
cabeza y su torso, esas vértebras desnudas de su esqueleto que él mismo ha
dejado al descubierto rasgando y destrozando carne y músculo.
El hueso está
húmedo de sangre y, pese a su firmeza, es resbaloso entre sus manos, pero lo
aprieta fuerte y duro hasta que lo siente quebrarse. Empuja a Samuel contra el
suelo: su mano rompiéndole los huesos del cuello, su rodilla partiéndole la
columna por la mitad mientras lo clava en el asfalto.
Aaron cae
frente a Samuel, abriéndose otra herida en su cabeza. Demasiado lejos como para
que Samuel pueda alcanzarlo, suficientemente cerca como para que la sangre de
las heridas del chico manche los dedos de Samuel mientras él extiende sus manos
y trata de alcanzarlos.
Samuel se
revuelve y grita como una bestia, e Ivthan debe poner todo su empeño en
mantenerlo quieto contra el suelo. Necesita precisión para lo que va a hacer y,
al fin y al cabo, es más fuerte que su víctima, así que lo consigue: agota a
Samuel hasta que este deja de tratar de zafarse durante un segundo y, cuando lo
hace, su mano en torno a la columna del hombre se aprieta más y tira.
El vampiro ni
siquiera grita mientras siente cómo le arrancan la columna vertebral. El dolor
es tan espantoso que ni aunque tuviese voz podría expresarlo con ella.
Todo queda en
silencio e Ivthan se levanta y se sacude las manos. Samuel yace en el suelo, su
cuerpo convertido en un saco de músculo fuerte y pesado, pero sin la
estabilidad necesaria para alzarse. A varios centímetros de él está su
cabeza y, emergiendo de ella como la cola de un renacuajo, toda su espina
dorsal yace retorcida y desnuda contra el suelo.
—Sigues
invitado a mi fiesta, Sami. No he retirado la propuesta que te hice. Piénsalo.
Le susurra
Ivthan suavemente al oído y luego toma a Aaron por el cuello de nuevo, se lo
echa al hombro y se marcha paseando sin prisas.
Samuel tardará
horas en curarse. Años en olvidar el dolor. Pero nunca, nunca va a
perdonarle a Ivthan haberle arrebatado a Aaron. Y jamás se perdonará a sí mismo
no haberlo protegido como debería.
CAPÍTULO 74
Cuando Charlotte cruza el
umbral de la casa de Jason, no sabe qué esperarse. Ha sido convocada por su
amigo con urgencia y la única información que tiene es que Samuel necesita
ayuda.
Samuel. La criatura más
poderosa, temible e implacable que conoce.
Se le eriza la piel al
pensar no solo en algo que logre perturbar a ese viejo y sádico vampiro, sino
algo tan grande que le suponga un reto al que no pueda enfrentarse solo.
Cuando entra en el salón y
ve a Samuel ensangrentado y débil, con las piernas temblorosas y totalmente
histérico, chillándole a Jason que deben hacer algo, que deben actuar, la chica
se queda congelada en medio de la sala.
No puede creerlo.
Jamás ha visto a Samuel así. Tan rojo, tan
vulnerable y desesperado. Siente el miedo calándole en los huesos al imaginar
qué ha podido dejarlo así.
De pronto, Jason lo toma
por las solapas de su camisa, acartonadas por la sangre seca, y lo sacude con
violencia mientras le habla con una voz dura, pero necesaria. Una voz que lo
abofetea y lo saca de su estado de pánico para anclarlo en la realidad:
—Si intentas recuperarlo,
ahora te matará. Casi te ha matado ahora y la única razón por la que no lo ha
hecho es porque no ha querido. Sé que quieres salvar a Aaron, sé que se te
encoge el pecho de la angustia al pensar en él a solas con ese demonio, pero si
actúas con corazón en lugar de con cabeza, solo lograrás que os maten a ambos.
Charlotte se acerca,
silenciosa. Da cada paso con sumo cuidado, temiendo que si hace el más mínimo
ruido, la poca sensatez que Jason está empujando en Samuel vaya a quebrarse
como un cristal resquebrajado. Al acercarse, nota algo: Samuel está cubierto de
su sangre seca de cuello para abajo, pero en su rostro, las gotas carmesí que
resbalan por sus mejillas son frescas. No vienen de ninguna herida, más que las
de su alma: está llorando.
—Todo es mi culpa, ¡joder!
Todo es mi maldita culpa, si jamás hubiese encontrado a Aaron, si le hubiese
dejado escapar, si le hubiese dejado m…
Samuel rompe en llanto.
Salvar a Aaron de sí mismo es la cosa más difícil que pensó que jamás tendría
que hacer, porque el monstruo que habita en su interior es feroz y exigente y,
pese a que sabe que su entereza es mayor, que él es más fuerte que sus instintos,
siempre supo que estos le darían pelea, que su autocontrol, por mucho que
luciese como calma, por fuera, siempre sería una encarnizada batalla que lo
dividiría eternamente por dentro, desgarrando la esencia de su ser.
Pero, ¿salvar a Aaron de
Ivthan?
No importa lo salvajes que
son sus demonios, porque son suyos: sabe qué quieren, cómo apaciguarlos.
Ivthan no es nada de él, más que una horrible pesadilla. No puede imaginar qué
le debe estar haciendo a Aaron; no entiende qué desea ni si logrará salvar al
chico aunque se convierta en un perfecto siervo de todas y cada una de las
peticiones y caprichos de su amo.
Y, sobre todo, no sabe
siquiera si hay una forma posible de vencerlo.
Una mano pequeña y amable
se pone en su hombro. Demasiado fría para ser de Aaron, pero con una gracilidad
y una delicadeza que le recuerda lo suficientemente a él como para calmarle y
hacer que levante la vista con una esperanza demasiado inocente como para que
él la sienta.
Al ver a Charlotte, sus
ojos se apagan un poco, pero intenta sonreírle a la chica, agradeciendo su
presencia.
—¿Qué ha pasado, Samu?
—Ivthan —gruñe Samuel,
pronunciando ese nombre entre dientes con toda la rabia del mundo, como si
quisiera morder y desgarrar cada letra y sonido en él. Como si escupir ese
nombre empapado en bilis y odio fuese explicación suficiente. Luego suspira,
agotado y rendido, y hace su mejor intento por conservar la compostura y
explicarse:—. El otro día vino a casa y habló de… De esa celebración que tiene
preparada para menos de dentro de un mes. Planea ascender como el único líder
de este territorio: los antiguos ya no quieren vivir más y le van a ofrecer sus
vidas y poder en sacrificio. Quería que yo reinase con él y ese mismo día
también quiso que hiciese daño a Aaron, estaba poniéndome a prueba, supongo,
comprobando si soy un compañero digno. Me negué a herir a Aaron y lo rechacé,
así que no le ha sentado bien y ahora lo tiene a él. Lo ha… Hace unas horas se
lo ha llevado. Me ha atacado y no he sido capaz de defenderlo y de protegerlo.
Mierda.
Charlotte se lleva las
manos al pecho, consternada, y le dirige una mirada indescifrable a Jason. En
él no halla más que un reflejo de su propia desesperación. La muchacha se
muerde el labio, frunce el ceño y vuelve a mirar a Samuel, incapaz de aceptarlo.
—Eres casi tan antiguo
como él y tu sangre es muy pura, si te alimentas bien, ¿no podrías ser capaz
de…?
Samuel niega con la
cabeza. Es la primera vez que lo ve admitir una derrota.
—Él es mi creador, Lottie.
Quizá no es mucho más antiguo que yo, pero la pureza de su sangre le hace mucho
más fuerte. Después de que los demás originales se sacrifiquen a él, será
invencible.
Durante unos largos
minutos, un silencio sepulcral flota en el aire y parece aislar a los tres
amigos en las solitarias y frías fortalezas de su mente, allí donde buscan
desesperadamente soluciones y no paran de hallarse, sin embargo, con muros de
piedra que les cortan el paso y poco a poco los encierran más en un callejón
sin salida.
Samuel es el primero en
hablar, con un tono ronco, bajo y lleno de pesar.
—Quizá debería darle lo
que quiere. Lleva años persiguiéndome y atormentándome para que cumpla mi parte
del trato: él me convirtió para que yo fuese su compañero de eternidad. Quizá
debería resignarme y acompañarlo a donde vaya.
Samuel traga grueso
después de pronunciar esas palabras, pero ni aun así logra que se marche el
sabor acre que estas le han dejado en la boca. Ese sabor que conoce demasiado
bien, el sabor a hierro y vómito que se le pegaba en la parte de atrás de la
lengua siempre que pasaba frente a los soldados de su padre y sabía que si
alguno lo miraba por demasiado tiempo eventualmente, alguien chasquearía los
dedos o diría su nombre y él tendría que entrar en el cuartel para no salir
hasta horas después, siendo una persona distinta a la que entró. Siendo menos
persona.
El mismo sabor ácido que
le burbujeaba en la base de la garganta cuando le decía a su primer amor de
ojos azules que lo ama antes de marcharse bajo la luz de la luna hacia aquel
hostal alejado para pasar de largo la puerta de la habitación donde él había
aprendido a amar y entrar a aquella en la que había aprendido a fingir.
A decir “te quiero” con
veneno y mentira en los labios y aun así supiese a miel. A mirar a Ivthan a los
ojos y esmerarse por mirarlo de forma parecida a la que miraba al hombre que,
mientras, dormía solo en sus aposentos. En su cama.
Samuel aprendió a soportar
una vez. Podrá hacerlo otra vez más. Y otra. Y otra. Cada noche y hasta el fin
de los días, si es por Aaron, quizá así logre sufrir una pequeña parte de lo
que ha hecho sufrir al humano, compensar sus pecados, pagar por ellos, pero si
Ivthan le tiene reservado ese tortuoso destino, ¿qué le espera a Aaron?
Incluso si se entrega a su
creador, como este lleva siglos esperando, ¿quién dice que Ivthan no va a
castigarlo quitándole lo que más ama? Ya lo hizo una vez y Samuel está seguro
de que su alma cruel y retorcida no podrá dejar pasar la oportunidad de hacerlo
de nuevo. De reducirlo a un monstruo que prefiere no tener corazón a tenerlo
tan roto de nuevo.
<<No>> piensa Samuel, <<no puedo
someterme a él. No puedo dejar a Aaron en sus manos>>
El vampiro alza la vista
de nuevo, decidido y con una expresión dura y profunda en su rostro.
—Los mataré primero yo.
Charlotte y Jason lo miran
con extrañeza por el cambio de actitud y luego se miran entre ellos preocupados
y confundidos, como si pensasen que se ha vuelto loco.
—A los vampiros
originales. Los mataré yo mismo antes de que se sacrifiquen a Ivthan. No los
erradicaré, haré lo que él tenía planeado: destruir su inmortalidad, pero
consumir su poder. Devoraré sus corazones y así absorberé sus fuerzas. Cuando
haya acabado, seré suficientemente fuerte como para hacer pedazos el de Ivthan.
Por un momento, las
miradas de Charlotte e Ivthan están totalmente en blanco, como si la idea
hubiese sido una enorme bofetada que les desordena la cabeza y les deja
pasmados en el lugar, sin reacción alguna, pero luego fruncen el ceño y sus
ojos brillan.
Ambos se miran y asienten.
—Tendremos que planearlo
bien. Ellos siguen siendo más fuertes que tú y que nosotros, como Ivthan, pero
si es cierto que quieren sacrificarse a él… Entonces no deben estar
completamente en sus cabales. Ni van a protegerse con uñas y dientes. Además,
tenemos el factor sorpresa, no esperarán que nadie intente acabar con ellos
cuando ellos mismos ya han programado sus muertes. Podemos hacerlo. —declara
Charlotte con una voz firme y una mirada fiera refulgiendo en sus ojos.
Jason asiente, dándole la
razón, y es su voz profunda y seria la que toma el relevo ahora.
—Muchos de los originales
del núcleo de la ciudad son clientes míos o suelo hacer negocios con ellos, los
conozco suficientemente bien como para saber qué puntos débiles podemos
explotar. Quizá podemos usar esa información o incluso alguna… Reunión de negocios,
para atraerlos y atacar. Ahora, sin embargo, no podemos empezar a planear nada,
no mientras hayas perdido tanta sangre que te cuesta tenerte en pie. Si tu
cuerpo no funciona, lo más seguro es que tu mente tampoco. Aliméntate y mañana
nos reuniremos aquí de nuevo, ve a cualquiera de mis locales, tendrán humanos
listos para ti. Tantos como desees, pero no los drenes del todo, conoces mis
normas. Pasaré esta noche tratando de reunir toda la información que pueda
sobre todos los puros con los que he tenido trato. Lottie, tú eres buena
destripando rumores falsos y descubriendo perlitas de información entre
habladurías. Ocúpate de eso esta noche.
La muchacha asiente y
Samuel también. Jason no es el más fuerte de los tres, pero ahora mismo es el
más capaz de mantener una mente fría y afilada, astuta. Así que necesita tomar
el mando por un corto tiempo y ninguno de los demás parece molesto por ello:
Lottie está acostumbrada a que su hermano mayor la mande de aquí para allá,
aunque no está tan acostumbrada a obedecer sin protesta, y Samuel, aunque odia
que le digan qué hacer, es capaz de reconocer una buena idea cuando la escucha
y no piensa tratar de poner a Jason en su lugar cuando sus órdenes son tan
acertadas y útiles.
Aun así…
—¿Estáis seguros? Incluso
con la más meticulosa de las planificaciones será peligroso. No es solo un puro
al que nos enfrentamos: vamos a tener que acabar con todos. Incluso si
logramos matar a uno, lo cual ya sería más de lo que ningún vampiro común ha
logrado en mucho tiempo, tendremos más oportunidades y posibilidades de fallar
que de hacerlo exitosamente. Y cuando se trata de matar, un pequeño error
significa la muerte. Yo estoy dispuesto a arriesgar mi inmortalidad, pero
vosotros…
Charlotte da un paso al
frente, su rostro contraído con una mueca de ofensa e ira.
—¿¡Crees que no moriríamos
por ti!? ¿Crees que mi memoria es tan limitada que no puedo recordar ya el día
en que la guerra me lo quitó todo y fuiste tú quien le dio una segunda
oportunidad a mi hermano, quien me dio a mí la opción de escapar que jamás pensé
que tendría? ¿Qué clase de pupilos desagradecidos y olvidadizos crees que
somos? ¿Piensas que mi cobardía es mayor que mi gratitud, que mi honor, que mis
jodidos principios? ¿Acaso no te hemos bañado suficiente en afecto y adoración?
¿Cómo puedes dudar de nuestra devoción? ¿Cómo…
Jason coloca una mano en
el hombro de su hermana pequeña, apaciguándola o al menos logrando calmar la
sagacidad con la que su lengua apuñala a Samuel una y otra vez con duras
acusaciones, aunque su ira se mantiene silenciosa e impresa en su rostro.
Cuando Jason habla, lo
hace en un tono mucho más sosegado y dulce que su querida pelirroja con mal
carácter y un corazón demasiado grande:
—El día que me
convertiste, Samuel, es algo que jamás podría olvidar. Recuerdo cuando me
hirieron de muerte aquellos soldados, recuerdo cómo lloraba Lottie, cómo se
enfriaba la sangre que formaba un charco bajo mi cuerpo. Y recuerdo, cuando me
sostuviste en tus brazos, cómo no entendí qué eras: solo supe que parecías
hermoso y paciente. Que debías ser la muerte. Siempre recordaré cómo me
salvaste en vez de abandonarme o en vez de matarme tú mismo. Yo estaba
destinado a morir ese día, Samuel, y tú cambiaste eso: me diste una vida y,
aunque ahora sea mía, sigue perteneciéndote. Al menos en parte. Sabes que la
pondré a tu servicio siempre que la necesites. Por favor, no dudes de ello, me
rompe el corazón y, oh, a mi hermanita le destroza los nervios.
Samuel traga saliva,
reteniendo lágrimas que amenazan con manchar más sus mejillas. Logra
aguantarlas. <<Ya he perdido demasiada sangre>> se dice y
luego acoge entre sus brazos a los dos muchachos de cabello de fuego,
estrechándolos fuerte y cerca porque la palabra gracias se siente
insuficiente y necesita que ambos puedan tocar su corazón o al menos estar lo
suficientemente cerca como para casi hacerlo, para que así puedan sentir al
menos una pequeña parte de lo mucho que se enorgullece de que formen parte de
su eternidad.
Samuel está tan feliz de
haber cometido aquel alegre error de dejar a dos de sus presas vivir. Igual que
se alegra de haber cometido el error de dejar que Aaron atraviese su coraza y
alcance su corazón.
Ahora, con sus ojos
empañados en lágrimas de sangre y gratitud, el mundo luce mucho más borroso:
las formas intrincadas son sencillas formas geométricas, los matices se funden
en colores primarios… El mundo parece mucho más simple y aquello que llevaba años
pensando que eran errores, no le parecen más que milagros.
CAPÍTULO 75
La palaciega morada de
Jason queda de repente vacía. La presencia de Samuel es intimidante y grande,
capaz de llenar una sala incluso cuando se pasea por ella con andares
silenciosos como los de una pantera acechante y luego está su adorada hermana,
Charlotte, que no rezuma el mismo poder y severidad que Samuel, pero que hace
ruido allá a donde va como un cascabel que llena cada sala de alegría y luz.
Ambos son presencias grandes capaces de hacer un desierto lucir lleno cuando
solo están ellos, así que ahora que han abandonado la casa de Jason, se siente
como si una multitud acabase de pasar por ahí y, tras formar un enorme
barbullo, se hubiesen esfumado.
Además, al ver a Samuel
tan consternado y fuera de control, Jason ha paralizado todo hoy: ha mandado a
sus criados humanos a sus habitaciones o a trabajar fuera de la casa y ha
ordenado a sus demás trabajadores que cancelen cualquier compromiso que tuviese
para la noche de hoy.
Así que Jason está
completamente solo en medio de su gran comedor. O, mejor dicho, debería
estar completamente solo, pero se escucha un latido pequeño y acelerado cerca,
escondido tras una puerta entreabierta, husmeando como un conejito que asoma su
hocico fuera de su madriguera con curiosidad.
El latido se acelera
cuando Jason se voltea de golpe hacia su origen y, aunque el chico cree que ha
sido rápido y discreto, el vampiro ha podido ver perfectamente cómo una
cabecita de desordenados cabellos castaños se oculta tras la puerta, como un
topo huyendo.
El vampiro esboza una
ligera sonrisa.
—¿Creyendo que puedes
ocultarte de mí? Jay, bocadito, sé que eres más listo que eso.
Jason puede escuchar cómo
sus palabras hacen que el corazón del humano dé un vuelco. También lo escucha
tragar saliva. Se relame, ama ver, escuchar, sentir la forma en que
logra provocar semejantes reacciones en el cuerpo de su criado, ya sea
sencillamente alzando la voz, dedicándole una mirada severa o haciendo un sutil
gesto que otros pasarían desapercibido.
Como esperaba, el chico
sale de detrás de la puerta, cabizbajo y rojo de vergüenza como un tomate. Se
mordisquea el labio, nervioso, y luego se arrodilla en el suelo con las palmas
de sus manos sobre sus muslos, mostrándole respeto a su propietario.
—Lo siento mucho, señor,
no quería fisgonear. —confiesa con una voz dulce e inocente que sabe que
es la debilidad de Jason.
Y el vampiro no es inmune
a sus encantos, claro que no, si lo fuese, jamás lo habría deseado, no tanto
como para matar por él. Como para matar a uno de los suyos. Pero está
aprendiendo a no dejarse embelesar por una mirada de corderito y una voz
tierna.
Se acerca al chico andando
despacio, las manos a su espalda con total confianza. Cuando llega delante del
chico, no le dice nada, solo anda a su alrededor en círculos. Lentamente. Como
si estuviese deliberando qué hacer con él.
—¿No querías fisgonear?
—pregunta alzando una ceja con sospecha, su tono lleno de incredulidad y
réplica.
El humano a sus pies traga
saliva y sus hombros se tensan visiblemente. Jason ama la forma en que se le
erizan los vellos de la nuca.
—Es extraño, bocadito,
porque eso es exactamente lo que estabas haciendo. Y lo que estás haciendo
ahora es mentirme. Odio las mentiras, sobre todo cuando vienen de una
boca tan dulce como la tuya.
Jay se estremece. El tono
de Jason es suave y sedoso, deslizándose por su piel con la misma elegancia y
sutileza con que lo haría una serpiente que pretende envolver a su presa sin
que esta pueda sentir la violencia de sus intenciones hasta que sea demasiado
tarde. Jason le habla con frialdad, pero el extraño halago -una boca tan
dulce- le hace sentir cálido y nervioso por dentro.
Gimotea bajito, la voz de
su amo provocándole más sensaciones de las que es capaz de soportar.
Luego, sin embargo, no es
su voz lo que lo abruma y le hace jadear alto y agudo: son sus largos dedos.
Dedos que se aferran a su cabello tomándolo en un puño firme y que tiran hacia
arriba, haciéndole levantarse de un tirón que amenaza con ser doloroso si él
opone la más mínima resistencia. Jay obedece, poniéndose en pie cuando el otro
le jala del pelo hacia arriba y dejando luego que su amo deslice
silenciosamente su mano desde su cabello hasta su cuello.
Jason rodea su garganta
nívea y elegante con una de sus grandes manos y empuja al chico suavemente
contra la pared. Su mano no aprieta, pero una ligera presión le advierte de que
podría hacerlo cuando quisiera.
Jay tiembla, Jason siente
el pulso creciente contra la yema de sus dedos. Puede notar el nerviosismo, la
aceleración, el dulce miedo de su humano favorito.
<<Exquisito>>
—¿Qué voy a hacer contigo,
Jay? —su nombre suena tan bien entre los labios de Jason. Afilado al pasar por
sus colmillos, deleitoso siendo saboreado por su lengua, lentamente besado y
pronunciado por sus labios. Jason juega con su nombre en la boca como si le
perteneciese. Sonríe tras pronunciarlo, una escalofriante sonrisa con
colmillos. Jay alza su vista, nervioso, suplicante, y la baja de nuevo con
vergüenza—¿Debería castigarte, mi amorcito mentiroso? Sabes lo mucho que
disfruto siendo malo contigo. ¿Estás siendo desobediente ahora para regalarme
una deliciosa excusa y que así pueda pasar una noche divertida, hm?
Jay niega, apenas sin voz
y con un ruidito extraño y vergonzoso escapando inevitablemente de su garganta.
No quiere al Jason duro y
castigador, necesita al Jason amoroso que a veces tiene que hacer horas
extra porque ha pasado su horario laboral distraído jugando con su pelo o
contando las pecas de su cuerpo con besos. El Jason cariñoso y tan jodidamente
dulce que cualquiera diría que en lugar de sangre, bebe néctar y miel.
No es que no confíe en el
Jason castigador, pero le eriza la piel y le hace sentir demasiado vulnerable.
Su amo siempre cuida de él, incluso cuando está disciplinándolo, pero también
es sádico y a veces disfruta demasiado de hacer a Jay sentirse abrumado y
pequeño entre sus manos. Jay no lo odia, al contrario, lo disfruta, pero es tan
intenso que le hace sentir asustado.
—Mi señor, preferiría no
ser castigado —dice tan educada y dócilmente como puede, pues sabe que está
siendo pedigüeño—, Jason, por favor —usa ahora un tono más dulce, más cercano.
Su amo le permite llamarle por su nombre, pero el chico solo se atreve a usar
ese privilegio en momentos íntimos y especiales o bien… estratégicos, para
ablandarlo un poco—, no pretendía ser mentiroso. Sé que no te gusta que nadie
espíe lo que haces, pero no podía dormir y oí voces en el salón. Iba solo a
pasar para verte, pero entonces vi a ese vampiro casi puro.
—Samuel. —lo corrige
Jason, su cara y su tono son fríos, sin indicar si la petición del chico está o
no haciendo mella en él.
Mientras el chico habla,
Jason sigue sosteniendo su cuello y con su pulgar acaricia su piel un poco y le
hace voltear la cabeza, mostrar su garganta de una forma que le pone nervioso.
—A Samuel —se corrige Jay,
asintiendo—. L-lo vi ensangrentado y nervioso y me asusté, pero no quería irme,
estaba preocupado por si algo malo sucedía y por eso me quedé detrás de la
puerta, escuchando.
—¿Y por qué no te fuiste
cuando Samuel y Lottie lo hicieron?
—Estaba preocupado por
usted, señor. —susurra Jay y se muerde el labio.
Jason ríe suavemente.
—¿Por mí?
Jay asiente y se humedece
los labios con la lengua. Es algo que hace cuando está nervioso y su amo adora
ese gesto: la forma en que su fina boca de labios color melocotón brilla cuando
la saliva la humedece, la timidez con la que su lengua cortita y sonrojada
asoma entre sus labios, como pidiendo ser mordisqueada… Ama cualquier cosa que
ese chico haga.
—Así es. Cuando hablaba
parecía tranquilo, pero puso las manos detrás de la espalda y vi que estaba
frotando la yema de su pulgar con la de su dedo corazón un poco. Lo hace cuando
está nervioso o agobiado, amo.
Jason alza sus cejas,
sorprendido. Se descubre a sí mismo repitiendo el gesto que Jay le acaba de
describir, solo para notar esa sensación en sus dedos: es ligeramente
reconfortante y, ahora que el chico lo dice, le parece muy posible que lo haya
hecho en varias ocasiones inconscientemente.
Se avergüenza durante un
instante por ser tan evidente, tan fácil de leer, pero luego repara en algo:
nadie más se ha dado cuenta nunca de ese detalle. Ha sido Jay.
Solo Jay.
Una sonrisa enternecida
surca el rostro de Jay. Él siempre observa cada pequeño detalle de su humano
favorito como si quisiera registrar y memorizar cada gesto, cada respiración,
grabar a fuego sus recuerdos en sus retinas. Le emociona saber que el chico
también es así de observador con él.
—Sí, es cierto. La visita
de Samuel hoy me ha trastocado un poco, el tema es delicado. ¿Pero ya lo sabes,
cierto? Has estado escuchando muy atentamente.
—Sí…
Ha oído a la perfección y
con la piel de gallina como ese enorme y poderoso vampiro, que posiblemente es
más aterrador incluso que Jason, se lamentaba como un alma en pena porque otro
le ha arrebatado a su humano.
<<De la misma
forma en que Jason me robó a mí de mi antiguo amo>> piensa Jay y un escalofrío violento
como una arcada lo recorre: <<de la misma forma en que ese otro
vampiro podría robarme de las manos de Jason>>.
Jason nota al chico
afligido, asustado. Relaja su agarre en su garganta y en lugar de eso pone su
mano en la mejilla del muchacho. Los ojos de Jay se inundan de lágrimas.
—¿Pequeñín, qué sucede? No
voy a castigarte, no te angusties. ¿Fui demasiado duro contigo la última vez?
¿Estás asustado? Ven aquí.
Jason avasalla al chico
con sus dulces preguntas colmadas de afecto y preocupación. Si antes había
mostrado una actitud juguetona, ligeramente sádica e intimidante ante la
perspectiva de un delicioso castigo, ahora vuelve a ser el Jason amable y
gentil que tanto necesita el chico cuando se altera o cuando tiene pesadillas
sobre su antiguo amo.
Jason toma a Jay por la
cintura y lo aprieta contra su cuerpo, abrazándolo tan fuerte que sin querer
alza al chico del suelo y sus pies quedan a varios centímetros de este, pero
Jay no patalea, ama esos abrazos tan íntimos y reconfortantes, así que rodea el
cuello de su amo con sus brazos y la cintura fornida de este con sus piernas.
—No es eso, lo siento
—dice con una voz temblorosa y frágil, a punto de romperse en un sollozo—, me
da miedo que me pase eso. Que venga alguien más y me… Solo quiero ser tuyo,
Jason. No quiero más amos, solo te quiero a ti.
Jason sonríe, complacido.
Algo ronronea en su interior, su posesividad hecha bestia se siente tan
satisfecha, tan bien alimentada de la desesperación de esas palabras. El
vampiro vuelve a empujar al chico contra la pared, ahora mientras lo sostiene
en el aire, y Jay jadea cuando su pequeño cuerpo es atrapado entre esta y la
dura, gran figura de su amo. Tan firme. Tan dominante.
Jason lo besa en los
labios cuando el chico solloza y eso parece calmarlo. Los muerde un poco,
cariñosamente, los lame para que Jay abra su boca y el otro pueda besarle más
profundamente. Pero el beso no es salvaje ni exigente, es lento, cálido,
reconfortante. Jay siente que podría derretirse.
Luego Jason se separa de
sus labios necesitados y salados por las lágrimas y susurra sobre ellos
mientras con una mano acaricia la marca del chico, esa mordida en su cuello que
tiene la forma de la boca que ahora pronuncia hermosas palabras, esa cicatriz
hecha de piel delgada y frágil, pero que suelda la férrea unión de su vínculo:
—Serás mío para siempre,
Jay.
El humano siente una
oleada de alivio. Las promesas de Jason tienen ese efecto en él: no es capaz de
dudar de ellas incluso si a veces suenan demasiado buenas para ser verdad, pues
confía en Jason más de lo que un humano debería confiar en un vampiro. Y es que
Jason es su amo y él su siervo, su alimento cuando el vampiro está hambriento,
su juguete cuando se halla deseoso, su mártir cuando se enfada… pero esta
promesa no es la promesa de un maestro para su esclavo, sino la de un hombre
enamorado para otro.
—¿Puedo ayudar de algún
modo? —pregunta Jay ahora que está más tranquilo. Mientras lo hace, hunde su
cabeza en el cuello de su amo, inhalando su aroma, y pasa sus dedos por la nuca
rapada de este, disfrutando de la sensación del pelo naciente contra sus yemas
y regalándole a su vampiro unas muy agradables caricias.
Jason ríe en su oreja.
Bajo, ronco. Y empieza a caminar hacia su dormitorio.
—Oh, estoy seguro de que
se me ocurrirá algo para más adelante, pero, por ahora… Creo que ya sabes cómo
puedes ayudarme.
La respiración de Jay se
acelera y Jason disfruta de ello y de sentir cómo las mejillas del chico se
encienden. Jay sabe de lo que está hablando: <<Quiere comerme>>,
pero ese es un deseo ambiguo: <<¿Quiere mi cuerpo o mi sangre?>>
y la incertidumbre le hace imaginar demasiadas cosas que le avergüenzan y le
ponen nervioso.
Jason lo deposita
suavemente sobre la cama de su dormitorio: una cama enorme como para abarcar
familias enteras, totalmente redonda y en el centro de su habitación, como una
isla de sábanas de seda y cojines suaves de la mejor calidad desperdigados por
ahí.
El chico queda en el
centro del nido de mullidas almohadas y Jason lo observa dando un par de pasos
atrás, maravillado con la imagen y queriendo dejarla bien grabada en su mente:
Jay tiene su cabello clarito desordenado y los mechones avellana caen agradablemente
por su rostro, uno lamiéndole la frente, otro rizándose en su mejilla. La
imagen recuerda a la de una adorable ovejita que necesita ser esquilada. Sus
ojitos esmeralda brillan con anticipación y lo miran expectantes, como
pidiéndole que le dé más órdenes. Tiene las mejillas rojas y redondas, sus
labios hinchados y brillantes del beso y su cuerpo se le ofrece deliciosamente
bajo un adorable atuendo de pijama color crema lleno de dibujos de osos de
peluche. Cada sutil curva es abrazada por la holgada y suave tela, insinuada de
una forma en que lo enloquece.
Jay, sin saber bien qué
hacer, remanga su pijama, mostrando sus muñecas para ofrecerle al vampiro
alimento, pero Jason niega con una sonrisa divertida y maliciosa en el rostro
tras pensárselo unos segundos.
—U-uhm, amo, no sé si
estoy listo para que me muerda en el cuello de nuevo. —susurra el chico,
inseguro, y bajando su mirada mientras lleva ambas manos a su garganta,
tratando de acariciar su piel para erosionar los escalofríos desagradables que
ahí nota. Ecos de las salvajes mordidas que su anterior amo siempre usaba para
castigarlo.
Odia decirle que no a
Jason, pues su boca llevaba años sin probar esa palabra y ahora se le hace
demasiado exótica, un sabor desconocido y que no domina sobre su lengua y,
también, porque Jason es amable con él. Oh, tan amable, y él quiere devolverle
el favor, darle al vampiro todo cuanto pueda desear, pero sus deseos son
crueles, salvajes, peligrosos. Y él es un muchacho demasiado temeroso como para
hacerles frente aún.
Jason gatea sobre la cama,
acercándose a su humano.
—Lo sé, bocadito, no
estaba pensando eso. No aún. Sabes que esperaré a que tú mismo te me ofrezcas
como un buen chico para poder morderte ahí, ¿sí? —Jay asiente, teniendo que
esmerarse por entender sus palabras. El tono de Jay es seductor y sus palabras afiladas
y sensuales, como la hoja de un cuchillo deslizándose por la piel con tanta
suavidad que parece una caricia, incluso si es una peligrosa. Se siente
mareado, hechizado por la forma en que su amo le habla con suavidad y lo
acaricia dulcemente antes de morderle.
Le hace sentir dúctil,
maleable.
—Mhm, sí, amo… —responde
Jay, presa de un delicioso mareo y dejándose hacer mientras las manos de su amo
estrechan su cintura, rodeándola con pasmosa facilidad— ¿Entonces? —pregunta,
confundido.
Si Jason no quiere beber
de sus muñecas, pero tampoco va a morder su cuello, ¿acaso no tiene hambre?
Imposible, el vampiro lo mira con los iris rojos brillando como ascuas
encendidas, la pupila dilatada devorando su mirada con una oscuridad ominosa.
Sus colmillos están largos y afilados, sobresaliendo de su boca y apoyándose en
el tierno labio inferior del vampiro como joyas brillantes sobre mullidos
cojines.
El vampiro no le responde,
en su lugar tira del chico hasta dejarlo bajo su cuerpo y hunde su rostro en su
cuello. Jay gimotea cuando su amante besa y mordisquea su cuello
apasionadamente, sus labios siempre buscando esa marca de propiedad que
fantasea con reabrir una y otra vez.
—Desnúdate. —le ordena a
Jay y el humano siente un escalofrío recorriéndolo como un latigazo.
La voz de Jason es ronca,
baja, vibrante. Sabe lo que eso significa.
Jay se apresura a
obedecer, incluso si sus manos tiemblan y su rostro está tan rojo que arde. Se
quita torpemente la camisa del pijama y su amo no pierde el tiempo: desliza sus
manos bajo la prenda y acaricia con parsimonia el vientre plano y hermoso del
chico. Una mano termina apretándole duro la cintura, las garras clavándosele,
dejando cinco rojos arañados mientras se arrastran por su piel lechosa, y la
otra mano subiendo a su pecho y apretando uno de sus delgados y llanos
pectorales, el pulgar sobre el pezón del chico, acariciándolo para hacer a Jay
estremecer. Jason gruñe en su oído, un sonido animal lleno de hambre e
impaciencia.
Una advertencia.
Jay lleva sus manos al
elástico de su pantalón y se queda paralizado, hesitante. Cuando deslice esa
prenda hacia abajo, estará totalmente desnudo y a merced de su amo y no será la
primera vez, pero hace relativamente poco que Jason aceptó su virginidad como
un hermoso regalo y, aunque muchas noches el vampiro lo reclama en su alcoba y
lo folla lento, profundo y apasionado toda la noche, Jay aún no se acostumbra.
Se pone nervioso cuando Jason le toca la cintura o incluso cuando le toma de la
mano.
No se siente capaz de
desnudarse del todo para su propietario y Jason lo sabe. Ama la timidez de su
humano, así que ríe en su oído y su voz se desliza, melosa pero malvada, a
través de sus labios.
—Tan desobediente hoy,
Jay, parece que desees que te folle como si de un castigo se tratase.
Jay arquea su espalda, las
palabras recorriéndolo como una descarga que le tensa todos los músculos y le
hace jadear.
—N-no, señor, no pretendo
ser desobediente —explica y Jason acerca su rostro al del pequeño, mirándolo
entretenido, divirtiéndose con la manera en que el humano trata de hablar sin
tartamudear mientras le araña la cintura con una mano, haciéndole saber cuán
fácilmente podría romperlo, mientras con la otra acaricia su pezón, mandando
suaves oleadas de placer por todo su cuerpo—, yo, ah, es solo… quiero
complacerle, a-ayudarlo a relajarse esta noche, pero usted me pone nervioso.
Demasiado nervioso.
—¿Nervioso? —pregunta el
otro, divertido, y la mano de su cintura desaparece.
Jay cree que tal vez Jason
pretende darle tregua, dejar de hacerlo sentir pequeño y manipulable con su
toque y así permitir que se relaje un poco antes de seguir. Pero entonces la
mano de Jason toma sus pantalones de ositos de pijama y tira hacia abajo con
ansia, tanta que sus garras rompen la ropa con desgaire y Jay puede escuchar la
tela rajándose, puede sentir como el vampiro le arranca la ropa hecha girones y
la lanza por ahí.
—Pero si aún no he
empezado contigo, mi dulce bocadito.
Jason se relame al
descubrir que, pese al nerviosismo de su humano, tan inexperto pero deseoso de
complacerlo, su sexo está erguido y goteando con anticipación. Jason ama cada
parte del cuerpo de su Jay: sus cabellos claritos y suaves, sus ojos esmeralda
llenos de gratitud, brillo y súplica, su nariz de botón, su boca de cereza, sus
hombros estrechos y sus clavículas marcadas, su pecho llano, liso y suave, sus
pezones de un rosa pálido que él adora poner rojos con sus dedos y dientes, sus
manos gráciles, uñas como de cristal, su cintura diminuta, sus piernas delgadas
y, oh, la deliciosa y jugosa fruta entre ellas. Un pene fino, lampiño y
pálido, con la cabeza solo ligeramente rosada y redondeada, con forma de
honguito, y unos testículos blanquecinos también de un tamaño adorable que se
sienten como golosinas cuando juega con ellos en su boca. Cada pedazo de su
cuerpo, una delicia.
—Ah, qué vergüenza,
parezco tan desesperado, amo… —se queja Jay, tapándose la cara, que ahora
parece a punto de encenderse como una maldita luz de Navidad.
El chico se siente
verdaderamente abochornado. Su amo solo pretende comerlo, o eso cree él al
menos, y los besos y caricias que le ha dado solo para tranquilizarlo ya lo han
hecho ponerse demasiado cachondo y receptivo, pidiendo por más.
Jason ríe, enternecido. Su
risa es grave y lenta, ronca y llena la habitación con soberbia mientras el
vampiro toma los muslos del chico y le abre delicadamente las piernas.
—Pareces un ángel, mi Jay
—le responde Jason mirándolo maravillado—. Un ángel desesperado —se burla
puerilmente y él y el chico intercambian cortas risas, pero luego el tono del
vampiro se tiñe de un oscuro deseo—, deliciosamente desesperado.
El vampiro tiene que
morder su lengua hasta que sus colmillos se han hundido en la carne de esta,
atravesándola, para domar todo lo que el humano despierta en su interior. Para
sosegar a todos los diablillos deseosos que gritan en su cabeza y ordenarles que
dejen de fantasear con devorar al chico entero. <<Solo un mordisco.
Uno pequeño>>
—M-mi amo, estoy
confundido. Creí que usted quería morderme, pero me está desnudando y…
Jay traga saliva, incapaz
de describir lo que sus ojos ven, pero el mensaje está claro: la miradita de
Jay está clavada en la entrepierna del vampiro, más concretamente, en la forma
en que la silueta de su enorme polla dura puede distinguirse a través de su
apretada, incómoda ropa.
—Voy a morderte —susurra
el otro, sus ojos rojos y sus pupilas dilatadas recorriendo las esbeltas
piernas del chico y quedándose transfijas en el espacio entre ellas: sus muslos
suaves y tiernos, sus ingles sensibles, su miembro duro. El vampiro acaricia la
cara interna de los muslos del chico y lo siente temblar bajo sus dedos —y
luego voy a follarte toda la noche, ¿está bien eso, Jay?
Jason pronuncia su nombre
de una forma tan sensual que Jay solo deja ir un leve quejido. Siempre, antes
de follarlo, le pregunta si está bien, si está listo, si lo desea, y lo hace
con una voz tan lenta, tan segura y dominante, pero a la vez gentil, que Jay no
puede imaginarse a sí mismo respondiendo que no a esa pregunta nunca.
Así que el chico asiente,
sin voz alguna y tragando grueso, pues aún quedan horas para que la noche acabe
y eso significa que el vampiro va a follarlo por horas. Horas. Su
corazón se acelera y da un maldito vuelco cuando ve al vampiro descender,
lamiéndose los labios, hacia su entrepierna. Jason rodea sus muslos, cada uno
con una sola mano, y los mantiene abiertos.
El vampiro besa su muslo
izquierdo, haciendo con sus labios un camino que se dirige más y más hacia el
lugar donde se peca. Pero su boca no llega a la fruta prohibida, sino que se
para en la ingle del chico y la recorre de un largo y húmedo lametón, sintiendo
bajo la anchura de su lengua los tensos tendones del muchacho y deleitándose al
escucharlo gemir.
—Justo aquí —murmura Jason
y sus labios rozan la cara interna de su muslo, la piel se eriza contra sus
belfos y puede sentir el pulso acelerado a flor de piel, como siendo manipulado
por sus palabras—, se halla la arteria femoral. Las venas transportan la sangre
de vuelta al corazón, sangre corrupta, llena de los desechos de los órganos,
pero las arterias… en ellas se halla la sangre más fresca del cuerpo, recién
oxigenada por una bocanada de aire fresco de los pulmones. Jay, hazme un favor,
sé bueno y respira hondo. Así, muy buen chico. Todo ese oxígeno yendo directo a
tu sangre, purificándola, ah… —Jason muerde su muslo sin usar los colmillos y
lo hace con suavidad, dejando que sus dientes se deslicen sobre la tierna carne
del chico y luego pellizcando un poco de esta entre sus mandíbulas. Lo suelta y
luego no son sus dientes ni sus labios los que recorren su piel, sino su nariz.
Jason recoge el dulce aroma del chico de una lenta inspiración, puede oler la
fragancia de su sangre, sí, pero su piel también huele tan dulce y deliciosa y
el perfume almizclado de su excitación flota en el aire, cerca, tentador,
llamándolo—. La arteria femoral es de las más gruesas que el cuerpo humano
tiene: una pequeña herida en ella puede significar la muerte en cuestión de minutos
para un humano. La sangre brota a borbotones, tanta sangre…
Jay tiembla de miedo. Una
herida inocua en él podría ser mortal, pues él sangra y sangra por horas debido
a su condición, pero ¿una herida como la que Jason describe, amenazante incluso
para un mortal sano? No puede siquiera imaginar cuán fácil le resultaría a una
lesión de ese calibre dejarlo sin vida. Aun así, hay algo peligrosamente
atractivo en la manera en que Jason habla de su fragilidad.
Jay sabe que Jason podría
matarlo cuando y cómo quisiera y cada vez que le da por recordárselo, el chico
se siente tan diminuto, tan vulnerable entre sus manos. Antes esa idea le
horrorizaba, no había pánico peor que el de estar siendo apalizado por su amo y
saber que, si se sobrepasaba un poquito siquiera, podría romper algo vital en
él y acabar con su destino de pronto, pero cuando Jason lo hace… Cuando él le
recuerda que su vida está en sus manos, la reacción que le causa es extraña y
vergonzosa, y Jay está seguro de que es antinatural porque algo que va
tantísimo contra los instintos de supervivencia no puede ser natural.
Jason sonríe al ver el
pene de su pequeño humano estremeciéndose y derramando gota tras gota de
presemen mientras él le habla con una voz oscura y baja de lo sencillo que
sería matarlo. Lo envuelve con una de sus manos y, como esperaba, el cuerpo
entero de Jay tiembla y de su boca brota un agudo gemido de sorpresa y placer.
Jay intenta erguirse de la
cama cuando nota el firme puño de su amo atrapando tan estrechamente su
sensible erección, enviando descargas de placer a todo su cuerpo, nublándole la
mente con los más deliciosos hormigueos y escalofríos, pero la otra mano del
vampiro, grande, pesada y fuerte, se coloca en su pecho y lo empuja hasta que
su espalda choca con el colchón tan fuerte que se siente como ser empujado
contra un muro de hormigón.
—Quieto.
—S-sí, amo. Perdón, amo.
Jason ríe, entretenido.
Jay es tan servil y sumiso, tan perfecto. Le gusta cuando a veces el chico
desobedece, como ahora, levantándose, no porque no quiera ser un buen siervo,
sino porque está nervioso o abrumado de tantas sensaciones, y él se da el lujo
de hablarle con una voz firme y severa, dejándolo hecho un lío de temblores y
de balbuceos tímidos.
Jason mueve un poco la
mano con la que envuelve el pene del chico, pues le sobran un par de dedos, así
que decide darles un mejor uso: envuelve la virilidad de su amor con el índice,
el corazón y, por supuesto, el pulgar y sube y baja despacio, estimulando al
chico para arrancar deliciosos gemidos de su garganta; el dedo anular lo pasa
más abajo de la base del pene de Jay, de hecho, lo pone bajo los testículos del
chico, apretándolos como si su dedo fuese un anillo que pretende mantenerlos
tensos e impidiendo al chico correrse en caso de que se emocione demasiado
antes de hora; el meñique que desliza aún más abajo de los testículos del
chico, apretando la tierna carne entre los genitales del humano y su ano, hasta
que llega a este. Jay gime alto y se tensa entero cuando Jason empuja la punta
de su dedo meñique a través del anillo muscular, empezando a abrir al chico
para él.
Es cierto que ese es el
dedo más delgado del vampiro, pero tiene las manos grandes y gruesas y la
intromisión se siente tan intensa que el chico se altera un poco al sentirse
tan dominado: una mano en su pecho manteniéndolo quieto y dócil y la otra masturbándolo,
apretando sus testículos y empezando a prepararlo mientras la boca colmilluda
de su amo besa la tierna piel que pronto desgarrará.
—J-Jason, despacio, por
favor.
—Estoy yendo despacio
—responde el otro con la voz colmada de deseo y, cuando habla, sus labios se
mueven sobre el muslo del chico y puede sentir tenuemente su lengua y el frío
de sus colmillos—. Ahora, Jay, voy a morderte.
El chico exhala, asustado,
su cuerpo entero tiembla de temor y se tensa alrededor del dedo del vampiro que
empuja dentro suyo. Entonces este lo masturba un poco más rápido, apretando en
la punta húmeda de su miembro, con los dedos pulsando sobre la cabeza
sonrojada, y haciéndolo también en la base de su miembro, distrayendo así al
chico de sus preocupaciones mediante oleadas de placer.
—M-me curará después,
¿verdad, a-amo?
—¿Qué clase de pregunta es
esa, mi amor? ¿Acaso ha habido una sola vez que no te haya curado?
Jay niega, avergonzado, y
tiene lagrimitas en los ojos porque se siente muy sensible, muy desnudo.
Obviamente lo está, las sensaciones más lascivas del mundo se deslizan sobre su
piel, pero cuando está en momentos tan íntimos, también se siente emocionalmente
frágil y expuesto y no puede evitar que algunas veces sus preocupaciones se le
escurran de la boca como hilos de saliva bobos.
—Es solo… A-algunos dicen
que cuando se aburra de mí me matará o me venderá y sé que no es… Sé que… pero
a veces me preocupo… —confiesa, apenas pudiendo formar la frase.
La visita de Samuel le ha
asustado y su historia le ha helado los huesos: un vampiro tan poderoso como
cruel arrancando a un humano de entre las garras de un amo que trata de
aprender a ser gentil y amable. Jay se ha sentido aterrado imaginando que alguien
le hace a Jason lo que Jason le hizo a su antiguo propietario, alguien con más
poder y peores planes para él.
No ha sido difícil que su
cabecita llena de rumores, preocupaciones y rumiaciones conecte lo terrible de
esa pesadilla con el prospecto que otros siervos en la casa tienen sobre él.
<<Está
encaprichado con él porque es bonito y nuevo, pero pronto será solo bonito y
humanos bonitos hay muchos en el mundo como para contentarse solo con uno.
Pobre Jay, cuando Jason se canse, posiblemente lo venderá y, bueno, todos
sabemos lo que le espera a un siervo humano que es más atractivo que
útil.>>
Jason lo masturba más
rápido y relaja la presión de su dedo anular alrededor de sus testículos,
permitiéndole sentir el placer condenándose en la zona, tensándose como la
cuerda de un arco a punto de disparar.
—Dime quién ha dicho eso,
bocadito, dame sus nombres.
—N-no… —susurra el chico y
le cuesta horrores formar esa tan pequeña palabra porque Jason es muy
persuasivo, terriblemente persuasivo: aumenta el ritmo, masturbándolo rápido y
arrancándole gritos y gemidos mientras con una mano lo hace estarse quieto, pues
se retuerce demasiado de placer— L-los… ah, ah, ah… Jason, los m-matarás si te
lo digo, ah… por favor, por favor, m-más despacio, voy a…
El vampiro sonríe, muerde
el muslo de Jay sin colmillos, pero sin compasión, y esa pequeña descarga de
dolor y miedo es lo único que necesita el chico para empujarlo al límite. Jay
chilla agudo y se tensa entero, empuja sus caderas una y otra vez, haciendo su
miembro resbalar por los dedos firmes y enormes del vampiro, y este empuja más
hondo su meñique dentro del muchacho. Pero también afirma su dedo corazón,
apretando sus testículos.
Un jadeo de desesperación,
dolor y confusión le indica que ha hecho exactamente lo que quería: impedirle a
Jay correrse. Castigarlo no dándole un orgasmo porque el chico no le ha dado lo
que quería.
Jason suelta el pene del
chico y, con ello, libera sus testículos y sale de su interior. Su mano está
húmeda y Jay respira errático y agitado, con ojos llorosos.
—Claro que los mataré.
Ahora, dime sus nombres.
Jay niega y aprieta sus
labios fuerte, como sellándolos.
Es cierto que las palabras
desconsideradas de sus compañeros le han herido profundamente, pero no merecen
la muerte por ello: jamás se lo dicen a la cara, jactándose de él o queriendo
asustarle, es algo que todos comentan a sus espaldas, con preocupación.
¿Cómo podría desearles la
muerte por desconfiar de las intenciones de su amo cuando posiblemente todos
esos pobres humanos hayan pasado por decenas de manos de vampiros malvados
antes de llegar a la de Jason? Es normal, es sano, que malpiensen de él.
Jay, por comparación, se siente peligrosamente ingenuo, pero ¿cómo no rendirse
ante las atenciones de Jason, que puede llegar a ser tan dulce y maravilloso
que le hace sentir como si flotase en una nube?
—¿No quieres hablar? Bien,
entonces supongo que al final sí tendré que castigarte esta noche —admite Jason
encogiéndose de hombros, como si no le quedase más opción, pero Jay puede ver
el brillo sádico en su mirada y eso le dice todo cuanto necesita saber. Jason
está jubiloso por tener una excusa para ser malo con él, lo estaba deseando—.
Pero antes, Jay, abre tus piernas. Sé bueno mientras te muerdo y quizá te
castigue más suavemente si me complaces ahora.
CAPÍTULO 76
Jason ama lo dócil que es
el chico cuando lo asusta un poco, como ahora: Jay abre sus piernas tanto como
puede, ladea su cabeza y muerde con fuerza la almohada porque sabe que gritará
cuando los dientes de su amo lo perforen y, aun así, se queda tan quieto: sus
manos hechas puños, su pecho subiendo y bajando rápidamente, su abdomen tenso y
encogido, un agujero en su estómago.
Pero por mucho que a
Jason, o mejor dicho, a las partes más oscuras de Jason, le excite ver al chico
nervioso y sumiso como una presa rendida ante él, él desea relajarlo un poco
antes de probarlo. El vampiro toma a Jay del cuello y le hace girar un poco la
cabeza; con su índice y su corazón, empuja las mandíbulas de Jay, abriéndolas y
haciendo que suelte la almohada.
—Respira hondo, mi amor.
Mhm, así, mucho mejor, mi buen chico.
Jay se siente aliviado al
instante. Los castigos lo asustan, pero cuando Jason es tierno y cuidadoso con
él, se siente tan bien, tan protegido. Y Jason siempre es tierno y
cuidadoso con él cuando va a morderlo, porque sabe que sus colmillos le
recuerdan demasiado a otros colmillos, unos que traían solo dolor y que
ahora traen aún pesadillas.
—No hace falta que abras
tanto las piernas, relájalas un poco, te quiero cómodo, ¿sí?
Jay asiente y Jason
masajea los muslos de su humano con grandes manos hasta que nota los músculos
derritiéndose calmadamente bajo su toque. En su muslo izquierdo, a su mano se
le une su boca, que besa y lame la piel con una ternura infinita.
El humano tiembla y
suspira, su miembro irguiéndose de nuevo, reclamando la atención que antes se
le ha negado.
—Lo estás haciendo muy
bien, bocadito.
—G-gracias… —susurra Jay y
se siente tan tonto cuando lo dice. Es obvio que su amo lo halaga para
calmarlo, pero aun así quería responderle algo y su cabeza está demasiado hecha
un lío como para poder pensar algo mejor.
—Sé que estás nervioso
porque es la primera vez que muerdo aquí, pero todo saldrá bien, ¿de acuerdo?
Voy a curarte cuando termine. Te curaré todas y cada una de las infinitas veces
que vaya a morder tu hermoso cuerpo. Nunca voy a olvidarme de sanar tus heridas,
nunca voy a cansarme de escuchar tu voz o de sentir tu cuerpo contra el mío o
de notar tu aroma pululando cerca de mí cuando deberías estar en otra parte,
haciendo un trabajo del que te estás escaqueando. Nunca voy a permitir que
pienses que existe la más mínima posibilidad de que tengas cualquier otro
destino que no implique ser mío para siempre. ¿Queda claro?
Jay asiente con lágrimas
en los ojos. La reafirmación que Jason le da es tan maravillosa que por un
instante olvida que va a ser mordido y se permite relajarse del todo, sintiendo
como todas sus preocupaciones y esos comentarios tontos que le rondaban la
cabeza se deshacen en palabras ilegibles y emborronadas sobre arena, palabras
lamidas por las olas del mar, poco a poco erosionándose y desapareciendo para
siempre.
Jay cierra los ojos,
sintiéndose tan relajado que podría dormirse. Entonces Jason lo muerde. Hundir
los dientes en su muslo es tan maravilloso. Cuando muerde su muñeca, tiene que
ser muy, muy cuidadoso: sus colmillos son más largos que ancha es la
articulación del chico y esta apenas tiene carne, pero sus huesos son
prominentes y hay ahí tantos tendones… pero el muslo de Jay es carnoso y
agradable y puede hundirse en él sin preocupaciones, la fina capa de grasa y la
gruesa profundidad del músculo abductor abrazando cálidamente sus dientes
afilados, la sangre estallando en su boca, derramándose deliciosamente como
cuando uno muerde una fruta jugosa y el fresco y dulce zumo se le escurre por
el mentón.
Jay suelta un grito
extraño cuando nota los aguijonazos de su amante penetrar la carne de su muslo:
es una mezcla entre un grito sofocado y un gruñido. Tras eso, el chico solo
jadea y gimotea febrilmente, sintiéndose más y más débil a cada segundo. Cuando
Jason bebe de su muñeca, siempre bebe despacio y el chico tiene tiempo para
prepararse ante la mareante sensación de las fuerzas dejándole poco a poco,
pero ahora… ahora sus fuerzas le abandonan como si se las arrancaran de un
zarpazo. Y el dolor le recorre el cuerpo como un arañado profundo y afilado,
uno que le atenaza los músculos y le oprime la garganta, dejando que de ella
solo salgan los más patéticos sonidos.
Jason está maravillado por
el festín de sangre que esa parte de su amante le ofrece, pero sabe que no
puede ser codicioso. Da el quinto trago a ese manantial de pura dulzura y luego
tiene que hacer un esfuerzo titánico para despegarse de la herida del chico, de
su piel cálida y chorreante, de su ternura, su dulzura, sus latidos cada vez
más lentos.
<<Céntrate>> se ordena el vampiro a sí mismo y
luego se abre la muñeca con los dientes y sin cuidado alguno: se la desgarra
clavando los colmillos y arrastrándolos para seccionar la carne y crear una
herida bien grande.
—Abre la boca —ordena
con su voz de mando, pues sabe que a veces el chico está demasiado mareado por
la pérdida de sangre como para comprender sus órdenes, pero necesita que
obedezca esta.
Jay separa sus labios solo
levemente. Ha perdido más sangre de lo usual y está tan agotado y débil… así
que Jason lo toma por las mejillas y clava sus dedos, obligándolo a abrir su
boca aún más y entonces empuja su muñeca contra los labios del pequeño, haciéndole
beber su sangre.
Jay se queja un poco, pero
Jason suspira aliviado al ver la herida del chico cerrándose poco a poco y el
sangrado extinguiéndose por completo. Las sábanas están manchadas de carmesí y
la pierna del muchacho sigue bañada en sangre aún caliente, pero ahora ya está
curado. Curado, pero medio vacío.
Jay se marea muy
fácilmente, pero hoy luce tan maleable debido a la pérdida de sangre que a
Jason se le antoja como un muñequito: todo su cuerpo flácido y débil y sin
poder oponer ni un poco de resistencia.
—¿Estás bien, mi bocadito?
—pregunta el vampiro, descendiendo para besar la mejilla del muchacho. La
siente tibia contra sus labios, eso es buena señal.
—Mhm…
—Usa tus palabras, Jay.
Respóndele bien a tu amo. —el tono es firme, viril, y recorre al humano como un
escalofrío que lo sacude de pies a cabeza.
—S-sí, amo, solo me siento
u-un poco débil.
—¿Tan débil como para no
poder tomar un pequeño castigo? Puedo dejarlo para más adelante, si lo deseas.
Jay se remueve un poco en
la cama. La voz de Jason en su oído, la humedad de la sangre entre sus piernas,
la gran mano en su cintura… Nota que su inquieta entrepierna empieza a ponerse
dura de nuevo, usando parte de la poca sangre que necesita para pensar con
claridad.
—¿C-cuál es el castigo?
—pregunta el chico, batiendo sus pestañas.
Jason sonríe sorprendido.
Su chillo es pillo, astuto, pero él lo es más. Muerde su lóbulo y susurra:
—Chico listo, queriendo
negociar conmigo… No te diré cuál es tu castigo, pero te diré algo: si accedes
a tomarlo, te lo daré mientras te follo.
Jay gime y frota sus
piernas, rogando por un poco de estimulación y creyendo fervientemente que si
Jason sigue hablándole así, tan ronco y masculino, dominante y sucio, quizá con
eso es suficiente como para alcanzar el orgasmo que antes le ha arruinado sádicamente.
Jay quiere ser follado,
necesita sentir esa punzada de nerviosismo y agobio que lo recorre cada vez que
Jason empuja su polla contra su sexo y él puede sentir cuán grande es y, por un
instante, se arrepiente de su deseo y teme no poder tomar algo tan grande para
luego deshacerse en un sumiso placer cuando el otro lo penetra y lo obliga a
tomarlo entero, despacio porque no quiere romperlo. Necesita sentirse como el
pequeño juguete de Jason, el vampiro poniéndolo en todas las posiciones que
desee y él solo dejándose hacer en sus manos, suplicando y murmurando y siendo
mimado mientras su amo le da exactamente lo que necesita.
Pero, ¿Y si el castigo es
demasiado? No sabe cuál será y es arriesgado decir que sí, pero la tentación es
demasiado grande y, además, si luego no puede tomar su castigo, Jason jamás le
obligaría a hacerlo. Él lo sabe.
—P-puedo tomar el castigo,
amo, por favor…
Jason le besa tiernamente
en los labios y luego toma una de las muñecas de Jay, pinzándola entre su
índice y su pulgar. La menea en el aire y esta se mueve como si fuese parte de
un muñequito de trapo.
—No tienes fuerzas para
moverte, pero… —Jason recoge ambas muñecas del humano en uno solo de sus puños.
Con su otra mano, se quita el cinturón. Jay traga saliva cuando el vampiro lo
voltea en la cama, le ata ambas muñecas a la espalda y luego vuelve a girarlo
para que quede bocarriba, ahora cerniéndose sobre él con su boca roja de sangre
cerca de su oreja— Tienes prohibido tocarte, así que voy a quitarte esa
posibilidad. No vas a correrte hasta que me digas lo que quiero saber. Hasta
que me des los nombres de esos desgraciados que han dicho cosas que te han
herido y te han hecho dudar de mí.
Jay traga saliva. No puede
darle esos nombres. No puede condenar a muerte a sus compañeros humanos
que siempre lo tratan bien y con amabilidad solo porque cotilleen a sus
espaldas y hayan hecho comentarios desafortunados que él jamás debería haber
escuchado en primer lugar.
Pero ahora no puede pensar
en eso. Solo puede pensar en Jason, solo puede mirar a Jason.
El vampiro sale de la cama
y se desnuda, ofreciéndole a Jay un festín para sus ojos: sus brazos enormes y
musculosos, su pecho fuerte, su vientre recorrido por abdominales hermosos que
quiere lamer, un suave camino de bellos cobrizos apuntando hacia ese lugar
prohibido que Jay ya ha probado antes. Jason se quita los pantalones. Sus
piernas grandes, fornidas, cada uno de sus muslos mucho más ancho que el torso
de Jay. Gemelos marcados, como el resto de sus músculos, cuádriceps que
descollan, grandes y henchidos, cada vez que el vampiro da un paso, tan
jodidamente impresionantes que Jay desea sentarse en el regazo desnudo de su
amo hasta el punto en que el anhelo es incómodo: su deseo se manifiesta
de forma física, es un tirón molesto en su vientre bajo, un sacudirse de su
miembro desatendido, es frustración que le muerde las carnes desde dentro.
Luego Jay se voltea y los
músculos de su espalda se marcan hermosamente mientras mueve sus brazos,
abriendo, rebuscando y tomando algo de un cajón. Algo pequeño que lleva entre
dos dedos, tan pequeño que Jay ni atina a ver lo que es. Sus ojos dejan de investigar
el objeto misterioso cuando Jason se baja la ropa interior, revelando sus
nalgas fuertes y bien formadas, los músculos en ellas marcándose cuando camina;
Jay imagina la forma en que esos mismos músculos deben descollar cuando el
vampiro mueve su cadera, bombeando dentro y fuera de su pequeño culo.
Jason se voltea y a Jay se
le seca la boca. Su polla es tan jodidamente grande. Cada vez que la ve se
siente como la primera: igual de impresionado, igual de intimidado e igual de
deseoso. Quizá un poco más con cada ocasión, porque ahora sabe que Jason es
cuidadoso cuando él lo requiere, a pesar de que puede ser verdaderamente rudo
si así lo desea.
Su pene es largo y grueso,
perfectamente recto y con jugosas venas violáceas que abultan por todo su
tronco. La punta de su rígida erección es de un rojo pálido que contrasta
hermosamente con su piel desposeída de color. Su tamaño es tal que su cabeza rubicunda
prácticamente roza el ombligo del vampiro.
Jay intenta no ponerse
nervioso cuando piensa en ello, pero sencillamente no puede: sabe que cuando
Jason lo penetre, lo sentirá terriblemente hondo. Tanto como si pudiese
romperlo. El chico jadea, su polla se estremece con la idea, incluso si su
corazón se acelera, un poco angustiado.
Y no es solo la longitud
lo que le acongoja. También el grosor de su amante le deja la boca seca,
haciendo que tragar saliva sea difícil: Jason tiene un miembro
impresionantemente robusto, su anchura es homogénea a lo largo de su
estandarte, lo que significa que durante ningún momento su miembro es piadoso
con los amantes que toma: los abre duro y ancho y cada estocada los estira más
y más para él.
La base de su pene es,
quizá, ligeramente más amplia, y está decorada con un pequeño nido de suaves
cabellos color rojizo. Los mismos que decoran dos grandes, pesados testículos
que Jason muchas veces hace a Jay lamer y succionar bajo su escritorio, cuando
sabe que no debería follar al chico tanto como desea porque entonces lo
abrumaría, pero necesita sentir su calidez o su cuerpo la reclamará con una
insistencia instintiva, peligrosa.
Jason se sube a la cama,
el colchón se hunde bajo su peso, pese a que no se inmuta por el del liviano y
diminuto humano. Jason toma las piernas del chico, pues él no puede moverlas,
exhausto por la pérdida de sangre. Jay tiembla y gimotea, sabiendo que su
cuerpo está a total disposición de su amo. Siempre lo está, eso es innegable,
pero hoy no puede siquiera mover sus manos para ponerlas en los hombros de su
amo y llamar su atención si necesita que se tome las cosas con más calma, así
que eso le preocupa.
Sobre todo si va a ser
castigado. Y, hablando de castigo, Jay logra ver por fin lo que Jason llevaba
en su mano derecha: una delgada varita de cristal rosado translúcido, fina como
una pajita para beber refresco y larga, más o menos, como el meñique del vampiro.
En uno de los extremos de la pequeña vara hay una figura de cristal en forma de
corazón, bastante más grande que el palito que la sostiene.
—Respira hondo, Jay.
El chico hace lo que se le
dice, aunque sus exhalaciones acaban siendo algo entrecortadas.
Jason toma la erección de
su chico en una de sus manos y la masajea, haciéndole mucho más difícil la
tarea de respirar hondo. Luego deja caer su enorme polla sobre la del chico,
ambas de la gran palma de su mano, y Jay puede sentir el peso de ese miembro
sobre su sensible virilidad, la forma en que lo ridiculiza en comparación, lo
firme que está.
El chico muerde su labio y
sus ojos giran en sus cuencas con placer. Jason cierra su puño, masturbándolos
a la vez y cuando siente que el chico está cerca, se detiene, sonriendo al
escuchar sus respiraciones aceleradas y los quejiditos dulces que salen de su
boca.
—¿Cuál he dicho que sería
tu castigo? —pregunta con firmeza. Su voz es inflexible, fría, se siente como
una hoja de metal rasgando su frágil deseo, cortándolo de pronto.
Jay se remueve,
insatisfecho pero deseoso, y trata de hablar aunque note su lengua tropezar con
cada palabra en su boca.
—Q-que no me dejaría
correrme…
—¿Y qué estabas a punto de
hacer ahora?
El agarre de Jason en
torno a su virilidad se afirma más, como una serpiente estrechando viciosamente
a su presa. Una punzada de castigador dolor lo recorre y el chico se apresura a
responder, desesperado:
—N-no tengo la culpa, me
está tocando y yo… amo cuando me tocas, Jason… —murmura, su tono tornándose
terriblemente dulce y dócil al final de la frase. El chico bate sus pestañas
perladas en lágrimas mientras mira a su amo y pronuncia su nombre con tal reverencia
que el vampiro siente que podría ponerse rojo ahora mismo.
Sonríe con grandes
colmillos.
—Zalamero y manipulador,
mi diablillo. Pero si no puedes ser bueno y controlarte. Tendré que hacer algo
al respecto.
Jason se lleva la pequeña
vara de cristal rosa a los labios. Su lengua, larga y hábil como una serpiente,
recorre el pequeño palo, empapándolo en saliva ante la desconcertada mirada de
Jay.
—¿Qué va a hacer, amo, qué
es eso? —pregunta el muchachito, demasiado impaciente y nervioso.
La mirada de Jason brilla
de esa forma perversa en que solo lo hace cuando por fin tiene una
excusa para castigar a su pequeño humano y se regocija en el placer de tomar a
su amante entre sus manos y hacerlo quejarse de dolor y temblar de temor.
Jason suelta su propio
pene, dejándolo reposar, pesado, contundente y enorme, sobre el vientre lechoso
de su amante. Con su mano izquierda, rodea la pequeña polla de Jay y la
sostiene firme y quieta, apuntando hacia el techo, con la otra mano, dirige la varita
de cristal húmeda y goteante hacia la entrepierna del chico y este mira con
completa atención.
—Tenía ganas de usar esto
en ti. —ríe Jason, el frío del cristal toca el glande de Jay y lo hace dar un
pequeño repullo por el contraste entre esa gelidez y el calor de su cuerpo.
Mientras habla, Jason
sostiene el palito con el dedo índice y el pulgar, pinzando el extremo en forma
de corazón mientras el otro acaricia trazando suaves círculos la punta
redondeada del sensible humano, que se deshace en gemidos y temblores por el
cosquilleo que siente al notar ese suave y frío metal tocándolo ahí con
semejante precisión.
—Jay, mi amor, eres un
chico tan dulce y tan bueno… Casi siempre. Pero otras veces desobedeces, como
todos, está bien, no te hace menos perfecto, pero aun así: hay que castigarte.
Nunca puedo darte una reprimenda severa, me ablandas demasiado: lloras cuando
apenas he empezado a azotarte, me miras con esos ojitos irresistibles cuando
aprieto un poco tu delicioso cuellito entre mis manos… Me haces sentir incapaz
de hacerte daño, así que he pensado: ¿por qué no usar el placer en lugar del
dolor para enseñarte una lección? Si te castigo con dolor, es aterrador en el
momento, lo sé, lloras mientras marco tu piel, pero ¿después? Después el dolor
desaparece y la lección que se suponía que tenía que enseñarte se atenúa, como
las marcas, como la sensación de los azotes desapareciendo. Pero el placer, la
necesidad… ah, eso es más persistente que un moratón o la piel enrojecida
después de un azote fresco. El placer es mucho más… desesperante. O lo será si
no te doy liberación. No tienes idea de lo sumiso que se puede volver un chico
rebelde cuando debe rogar porque, por favor, por favor le dejes
correrse. Y tú ya eres tan obediente… Oh, este castigo te dejará tan
jodidamente dócil. Esto, Jay, es una sonda uretral. ¿Sabes cómo funciona?
Jay niega poco a poco,
pálido como una hoja y temblando como en el ojo de un huracán. Jason sostiene
su pene erguido con fuerza, asegurándose de que la presión de sus dedos
envolviendo el pene del humano lo mantienen estimulado y erecto, pese al miedo.
Su otra mano deja de
jugar: ya no acaricia pillamente la punta del pene de Jay usando la sonda. De
hecho, ya no se mueve. El extremo delgado de la varita de cristal frío se ha
detenido en el centro de la punta de la erección del chico, justo sobre la pequeña
hendidura de donde brotan pegajosas gotas de presemen.
Jay mira la posición de
ese objeto con los ojos enormemente abiertos, comprendiendo lo que va a pasar,
pero sin ser realmente capaz de creérselo. Jason empuja muy levemente un
milímetro de la delgada y fría vara y esta se empuja dentro del pene de Jay, abriendo
el angosto canal por el que el chico suele escupir sus orgasmos.
—¡Ah, amo, espera, espera!
—chilla el chico, asustado, notando el objeto intruso abrirse paso por su
interior, dilatando una tan delicada zona.
Jason se detiene, como el
humano le ha pedido, pero lo mantiene quieto y obediente y no saca el objeto de
su interior. Le sonríe con una dulzura sádica y le dice:
—Tranquilo, cariño, no te
voy a romper, tú sabes que jamás lo haría —explica y a la vez mueve un poco su
mano, masturbando al chico, ahogando sus preocupaciones en varias oleadas de
preocupación—, pero voy a castigarte. Ahora, respirarás hondo mientras yo
empujo la sonda hasta el fondo y esto de aquí —dice, dando dos toquecitos con
su índice en la punta en forma de corazón de ese terrible aparato de tortura,
dos toquecitos que se sienten como martillazos y hunden la vara fría y firme
dentro del pene del pobre humano un centímetro o dos. El chico se queja y se
retuerce, varios hilillos de saliva escurren por su mentón y las lágrimas le
resbalan por las mejillas. No duele, no exactamente, pero la sensación es tan
extraña y abrumadora: siente el frío clavándosele dentro del ardiente
estandarte de su deseo, esa línea firme y contundente llenándolo en lugares
donde nadie tendría que llenarlo. Siente su cuerpo siendo poseído, ultrajado.
Y, aun así, trata de quedarse quieto y dejarse hacer ante la extraña intrusión—
te impedirá correrte a menos que te lo quite, ¿sí? Respóndeme con palabras, no
con ruidos, chico.
El tono de Jason es firme.
Está enfadado, está castigándolo de veras y eso siempre hace a Jay maleable y
tan, tan obediente.
—S-sí, señor, s-sí, a-amo…
—susurra, temblando entre sus manos, sus ojos clavados en su pene y en la forma
en que las expertas manos del vampiro lo manipulan a placer, insertando el
extraño objeto.
—Bien, ahora mírame a los
ojos. A los ojos, Jay, no me hagas repetirme —ordena con una voz dominante que
logra arrancar la vista del chico de la extraña escena que las manos del
vampiro crean en su sexo. Jay siente que si deja de mirar, perderá el poco control
que tiene sobre la situación, pero Jason se lo ha exigido, así que ¿qué opción
le queda?—. Escúchame bien, estate atento.
Jay no entiende por qué el
vampiro le habla tan duro, no entiende por qué le exige atención cuando él
juraría que ya estaba concentrado en sus palabras. No lo entiende hasta que el
vampiro empieza a hablar, porque mientras lo hace, empuja más y más honda la
varita de frío cristal dentro de su virilidad.
Jay hace su mejor esfuerzo
por mantener sus ojos llorosos en la cara de Jason mientras es penetrado de ese
modo tan aterrador. Trata de aferrarse a sus palabras y de asentir y decir “sí,
sí, sí, mi amo”, aunque de su boca solo salen balbuceos y sus ojitos ven
borroso por las lágrimas. Él se esfuerza por ser un buen chico, pero es un
chico asustado y confundido y no puede parar de frotar sus piernas y
preocuparse mientras siente como el frío se clava más y más profundo en su pene
y como algo extraño y rígido y peligroso abre su angosto canal y lo ocupa de
tal modo que podría explotar ahora mismo.
Aun así, Jason lo mira con
ternura, orgulloso de su esfuerzo y hablándole lento, para que entienda cada
una de sus palabras.
—Cuando te haya puesto
esto y no puedas correrte, te castigaré follándote una hora. Profundo. Cuando
lo hago así, sueles correrte casi con cada embestida porque soy demasiado
grande y grueso para ti y estimulo demasiado tu próstata cada vez que te penetro,
¿no es así? Voy a follarte de ese modo hoy, pero no podrás correrte. Con cada
embestida sentirás que te corres, que necesitas hacerlo. Pero no pasará.
Me va a dar igual cuánto me supliques, cuanto llores. Voy a seguir follándote
hasta que la hora haya terminado y, después, tú decides si el castigo sigue o
no: si me dices los nombres de los que han hecho esos comentarios tan feos que
te han angustiado, te quitaré esto, te dejaré correrte todo lo que quieras. Si
no… voy a seguir torturándote hasta el amanecer.
Jay jadea con fuerza al
escuchar las palabras de su amo. Jadea más alto y agudo y más desesperado que
en toda la noche, lo hace mientras se tensa y tiembla, mientras sus puños se
cierran y sus muñecas se enrojecen luchando contra sus agarres, mientras sus
piernas se cierran tan fuerte que duelen y su pene late y bombea entre los
dedos de Jason y el vampiro sabe exactamente lo que está pasando: sus palabras
han llevado a Jay al límite.
—Oh, mi amor, ¿acabas de
intentar correrte con que te hable un poco sucio? —pregunta, burlón y cruel, y
sus dedos dan toquecitos al corazón de cristal de la sonda, que ahora sobresale
de la punta del pene de Jay como un adorable adorno, pues el resto del largo
instrumento está enterrado en su excitación. Jason ríe en su oído, muerde su
lóbulo y susurra:— Pobrecito, no podrás aguantar la follada que voy a darte
esta noche.
<<Pero lo
harás>> son las
palabras que no pronuncia, pero que ambos saben que son demasiado ciertas.
Jason sonríe con regocijo y sadismo, Jay tiembla de terror y deseo. Podría
parar todo esto si quisiera, suplicarle a su amo que no lo folle, pues teme no
poder soportarlo de veras, pero la excitación y la obediencia le inundan el
cerebro y embotan su sentido común. Quiere ser bueno y quiere ser tomado por su
amo. Quiere intentarlo.
Así que no dice nada.
Solo gime y se retuerce
adorablemente cuando el vampiro toma una de sus piernas y se la echa al hombro,
apoyando ahí el tobillo del chico y alzándola para tener un más sencillo acceso
a su estrechez. Jason coloca un mullido cojín bajo la espalda baja de su
amante, elevando su cadera y dejándolo listo y disponible para él.
Cuando empuja el primer
dedo dentro de la entrada de Jason, se muerde el labio de puro éxtasis al ver
al chico retorcerse de nuevo como antes y gritar: otro orgasmo que su cuerpo ha
protestado por tener. Otro orgasmo que su amo le ha negado. Jay respira tan
acelerado y se queja por cada pequeño toque. Está tan sensible.
Jason ama que su humano
esté así, lo ama tanto que empieza a pensar que tiene que ser más inflexible
con sus normas, buscar nuevas excusas para castigar al chico más a menudo
porque esta noche está siendo tan jodidamente deliciosa que eso le permite distraerse
de sus problemas, olvidarse por varias horas de Samuel y Aaron e Ivthan y todo
ese maldito lío y pensar solo en el lío de gemidos y lloros que tiene ahora
sobre sus sábanas, tan suyo que puede jugar con él hasta el amanecer.
Jason prepara al chico con
uno de sus dedos por un buen rato, simulando profundas estocadas y escuchando a
Jay chillar cada vez que la yema de su dedo se curva ligeramente, pulsando ese
punto suave y dulce en su interior que sabe que lo enloquece. Cuando el chico
está un poco más dilatado, lo folla con dos dedos, despacio, pues Jay es un
humano sorprendentemente menudito y siempre debe prepararlo muy a conciencia,
dilatándolo paulatinamente y asegurándose de que el chico está listo para
recibirlo.
Abre y cierra sus dos
dedos, como si fuesen las hojas metálicas de unas tijeras, viendo el anillo
muscular del chico, sonrosado y ahora ligeramente inflamado y esponjoso por la
intromisión, abriéndose más y más para él. Jay siempre intenta cerrar las piernas
por acto reflejo cuando su amante lo dilata, pero Jason las mantiene abiertas
con facilidad y cada vez que el chico trata de huir de sus toques, lo calma
besando su cuello.
—Buen chico, eso es, iré
despacio, no te preocupes, solo respira para mí. Mhm, yo me ocupo del resto.
Tan bueno, tan obediente, tan perfecto…
Le susurra mientras sus
dedos se empujan dentro y fuera de su entrada, empapados en la saliva de Jason.
De vez en cuando, el chico
lloriquea alto y protestón y se sacude incontrolablemente mientras siente un
orgasmo atravesar todo su cuerpo en busca de una vía de escape que no
encuentra. Nota su clímax tensarse en sus testículos y ser disparado hacia su
polla para luego ser contenido ahí cuando haya el tope frío y violáceo que le
barra el paso; su éxtasis es devuelto a su cuerpo con dolorosa resignación y
siempre hace a Jay patalear y llorar, porque un orgasmo saliendo de su cuerpo
se siente como la más dulce liberación, pero uno volviendo a su cuerpo,
enquistándose dentro suyo, creciendo con cada segundo en que Jason lo estimula
y lo hace acumular más y más tensión y ganas y desesperación dentro suyo, se
siente… insoportable. Como una pesada bola de hierro caliente, ardiendo más
furiosamente cada segundo, más pesada. Se siente lleno y demasiado caliente, su
excitación convirtiéndose en fiebre, sus deseos en delirio.
—No puedo, amo, no puedo…
por favor, lo necesito… por favor —el chico ruega, pero Jason le sonríe y le
acaricia el pelo y no le quita la jodida sonda.
—Ya sabes lo que tienes
que hacer, entonces —le dice con la más vil de sus sonrisas cruzándole el
rostro—, pero, primero, voy a follarte. Y aún no he empezado, así que aguanta
un poco más, ¿o crees que ya estás listo para mi polla?
Jay asiente. No sabe si lo
está o no, pero solo sabe que quiere ser follado. Siempre que Jason lo toma, él
se pone muy nervioso y en alguna ocasión le pide parar, pero siempre, siempre
acaba eyaculando una vez tras otra tras otra tras otra y un mareo delicioso lo
sobreviene mientras su amo lo hace suyo y se entierra profundo en su interior.
Necesita eso, ese jodido paraíso, incluso si lo que queda de racionalidad en su
cerebro le advierte que hoy no lo conseguirá. De que hoy lo que antes era puro
cielo, será el puto infierno.
Pero a Jason no le importa
que el chico esté demasiado borracho de anhelo como para pensar bien en lo que
está pidiendo, le importa que está suplicándole ser tomado y ¿qué clase de
amante egoísta, de novio cruel y amo inflexible sería si no le da a su amorcito
algo por lo que ruega con tanto ímpetu y desesperación? Jay es su dulce
humanito consentido, así que va a darle exactamente lo que le ha pedido.
Retira sus húmedos dedos
de su interior y los mira unos segundos, sorprendido, como siempre, pues se le
han quedado más pálidos de lo común porque Jay es tan estrecho que lo aprieta
con fuerza. Sabe que, si se siente tan prieto solo usando un par de dedos, se
sentirá glorioso cuando note esta estrechez contra su polla.
No puede aguantar más.
Jason rodea la garganta de
su amante con una de sus enormes manos. El chico se tensa y lo mira suplicante,
pero su amo no lo ahoga, solo lo sostiene firmemente, clavándolo contra el
colchón, manteniéndolo quieto y sintiendo contra su mano la forma en que el
pulso de su diminuto amante se acelera cuando usa su otra mano para tomar su
gruesa y larga polla por la base y golpearla contra el húmedo y recién dilatado
agujero del chico.
Jay gimotea, alterado. El
sexo de Jason se siente tan pesado, contundente y grande contra su sensible
intimidad…
Intenta cerrar las piernas
y huir de la demasiado intensa sensación, pero Jason alinea su eje con la
entrada del chico y usa su mano que antes lo sostenía para tomar una de las
piernas del chico, la que no está apoyada en su hombro, y ponerla a un lado de
su musculosa cintura, rodeándola, asegurándose de que ambas quedan abiertas y
perfectamente situadas para dejar al chico disponible ante sus dedos.
Jason acaricia un momento
la cara empapada de lágrimas y saliva de su pequeño humano y le deja respirar
tranquilo antes de empezar su castigo. Ama molestarlo, pero no quiere abrumarlo
en demasía.
—¿Está bien mi precioso
humano? —pregunta, su tono es burlón y humillante. Se ríe de lo destrozado y
agotado que está ya su chico cuando para él la diversión apenas está por
empezar. Aun así, algo en su tono denota preocupación y Jay sabe que debe
responder honestamente a esa pregunta— ¿Estás listo para tomar tu castigo? —su
tono se torna más oscuro y ominoso.
Ronco, sensual y también
amenazante. Jay siente a Jason reposicionarse entre sus piernas, la amplia
cabeza de su miembro apoyándose contra su anillo muscular y ejerciendo una
lenta, suave presión que parece estar probándolo, notando como tensa antes de abrirlo
de una profunda estocada.
Jay traga saliva. Nota su
propio pene estremecerse de temor y anticipación.
Jason, sin embargo, no
empuja dentro suyo: está esperando una respuesta.
—Amo, por favor, q-quiero
que me tome, pero una hora es demasiado. Es demasiado, por favor, no podré con
ese castigo. J-Jason, eres demasiado grande, demasiado duro, demasiado… N-no
puedo, no puedo… —suplica el chico y mientras lo hace Jason siente el corazón
del humano latir desbocado, el calor en su cuerpo tornarse ardor, su pequeño
miembro saltando arriba y abajo, pegajoso, golpeando su vientre cubierto de
abdominales, su entrada tensándose y apretándose más y más, como si lo tentase
a obligarlo a ser bueno y recibir su exagerado tamaño pese a que su cuerpo se
niegue.
Jay está suplicando
clemencia, pero su cuerpo pide otra cosa.
—Deberías haberlo pensado
antes de ser desobediente, cariño. —susurra Jason, casi compasivo, como si se
lamentase por no poder salvar a su pobre chico de su condena.
Y, mientras habla, el
vampiro empuja sus caderas lentamente y observa con los ojos brillando de deseo
y sadismo como la mirada jade de su humano se llena de lágrimas y sus labios se
separan para dejar ir el más dulce de los gemidos mientras lo abre con su
enorme miembro y lo fuerza a tomarlo. Centímetro a centímetro.
Jay tira su cabeza hacia
atrás, desesperado y extasiado al mismo tiempo, ofreciendo su delicada garganta
de cisne al hombre que ahora aprieta entre sus dedos para no hacerlo entre sus
mandíbulas. La sensación es abrumadora: el firme eje de Jason empuja despiadadamente
contra el tenso anillo muscular entre sus nalgas, adentrándose despiadadamente,
pero a la vez delicadamente. Su polla es enorme y cuando más y más lo penetra,
más se le antoja interminable. Puede sentir su calor, su firmeza, la forma en
que su grosor le hace rodar los ojos hacia atrás y sentir como su angosta
entrada y su estrecho interior se dilatan para poder abrazar esa paulatina
intromisión. Jay se siente tan imposiblemente lleno, siendo poseído en lugares
de su anatomía tan recónditos que siempre obvia su existencia hasta que Jason
le recuerda que también son suyos y que son realmente sensibles.
El vampiro empuja y empuja
y cuando ni la mitad de su miembro está dentro, Jay se tensa y se arquea, sus
piernas temblando, sus dedos rizándose. El vampiro sonríe. Ha alcanzado la
próstata del muchacho y su erección, tan irremediablemente grande, va a presionarla
deliciosamente a partir de ahora y hasta que decida dejar de tomar su cuerpo,
lo cual no pasará hasta dentro de horas. Eso significa que, desde este momento,
cada movimiento del vampiro será una agonía de placer para Jay.
El chico llora y niega.
Necesita correrse y la vara fría que atraviesa su pene como una espada
incrustada lo tapona cuando siente que va a explorar. No puede más, dice con su
mirada, pero Jason le sonríe y empuja su cadera hasta que su pubis chica con la
piel del chico y sus testículos chasquean contra su pequeño culo.
Jay es un lío de gemidos y
lloros, piel hormigueante, manos que no sirven para agarrar y piernas que no
podrían caminar ni aunque les fuese la vida en ello: solo pueden temblar.
Temblar mientras la sensación de ser llenado por el gigantesco hombre le manda
al cielo y al infierno al mismo tiempo.
—Buen chico, me tomas tan
bien… —lo halaga Jason con su sedosa voz y luego desliza una mano por su
vientre hasta que llega a la parte baja de este, ahí donde protubera algo
redondeado y familiar: puede sentir la punta de su erección a través de la
endeble anatomía de su presa— Relájate, respira, acostúmbrate a mi tamaño antes
de que empiece a follarte, bebé.
Jay no puede responderle,
solo gemir y sufrir. Cada sensación es tan maravillosa y frustrante, tan
placentera que no puede concebir cómo no va a correrse por cada palabra de esa
voz viril, cada movimiento de las caderas firmes de su amo, cada respiración
sobre su cuello… pero no lo hace. No puede.
Jay puede sentir el
miembro del otro, pesado y firme, endurecer más aún en su interior, puede notar
su abrasador calor, el contorno de cada una de sus gruesas venas, la forma en
que palpitan cuando él se tensa y lo aprieta en su interior. Puede sentir a Jason
tan jodidamente profundo en su cuerpo, llenándolo sin remedio.
—A-amo, un descanso, por
favor…
Jason ríe, enternecido.
—Cariño, aún no he
empezado.
El otro niega, incrédulo,
desesperado. Necesita un descanso de tantas sensaciones, necesita que Jason le
dé un poco de liberación.
Pero el vampiro hace lo
contrario: lo besa profundo y húmedo, muerde su labio con fuerza y contra su
maltratada boca, susurra:
—Ahora, cariño, sé bueno y
toma tu castigo tan bien como estás tomando mi polla.
No le da a Jay tan
siquiera un segundo para procesar su orden antes de empezar a follarlo.
Lo hace de forma
implacable, torturadora: saca su polla hasta que solo la punta permanece
dentro, dándole al chico un pequeño respiro, permitiendo que su interior vuelva
a probar la libertad de estar vacío y que su próstata deje ser golpeada
duramente, pero antes de que Jay pueda siquiera tomar una bocanada de aire y
disfrutar de la sensación, Jason se entierra profundo y despacio, abriendo al
chico de nuevo y forzándolo a acoplarse a su asombroso tamaño, su próstata
siendo acariciada con fuerza por su longitud y mandando, por cada centímetro de
la erección que la roza, una nueva oleada de insoportable placer al cuerpo del
chico, que se agita y tiembla y trata de huir de la sensación, pero es
fácilmente sometido por las expertas del vampiro sobre él.
Jason mira a su humano a
los ojos, disfrutando de la forma en que su expresión pasa del placer a la
súplica, del lamento al éxtasis. Con la primera embestida, el chico grita y le
jura que no podrá aguantar más. A la cuarta, está sollozando, demasiado sobreestimulado,
y promete entregarle a su amo lo que desee:
—Te diré sus nombres…
—jura y su voz sale débil y entrecortada porque Jason no para de embestirlo
para dejarlo hablar, solo se esmera en entenderlo entre jadeos y lloriqueos—.
A-amo, por favor, lo que desees, haré lo que sea.
Cuando apenas lleva un
minuto penetrándolo, Jay ya no puede hablar: sus palabras salen sorbidas,
sollozadas, deshilachadas de su boca. Su voz solo sirve para gemir mientras el
vampiro lo embiste una vez tras otra, tras otra, rítmicamente.
Sigue así un buen rato,
cada embate más poderoso que el anterior, hasta el punto en que sus caderas
chocan con el culo del chico, produciendo un sonido obsceno, carne chasqueando
contra carne, y dejando el trasero del muchacho rojo y amoratado. No se detiene
ni un solo segundo, no vacila, al contrario, disfruta enormemente de castigar a
su chico sin miramientos.
Jay está empapado: lleno
de saliva y lágrimas y su polla goteando, como puede, chorros y chorros de
presemen, intentando lubricar el estrecho conducto para que alguien le quite de
una vez por todas ese instrumento de tortura.
Jay suplica con la mirada.
Jason lo mira con sádico
gozo y continúa poseyéndolo, viendo cuán alto es capaz de hacer gemir a su
amor.
Cuando siente que el chico
está acostumbrándose al ritmo de sus embestidas y a la fuerza con la que lo
clava contra el colchón, decide no hacerle las cosas tan fáciles: empuja su
polla hasta el fondo y, en vez de retirarla del todo y volver a ultrajar la
entrada del humano, ahora se mantiene todo el rato dentro, sacando menos de la
mitad de su longitud y follándolo tan profundo como puede sin romper el
contacto con su sensible próstata.
Cuando empieza a tomarlo
de ese modo, Jay se convierte en un charquito de lágrimas. De no ser por la
sonda, se habría corrido ya varias veces sin tregua, pero por culpa de ella
ahora el placer lo recorre como un latigazo y su amo lo folla más rápido y profundo
que antes, tan salvaje y cruel que cree que se desmayará si su clímax sigue
creciendo y creciendo en su interior.
Jason no flaquea en ningún
punto de la noche: durante la hora entera juega así con su humano, penetrándolo
rápido y duro o lento y profundo, dependiendo de lo que más va a dejar a Jay
demasiado sensible y sumiso. Cambia el ritmo, la fuerza, incluso el ángulo con
el que muele sus caderas, golpeando siempre su suave punto dulce, asegurándose
de que por cada una de sus embestidas Jay siente la promesa de un orgasmo
convirtiéndose en pura desesperación.
Pero el vampiro no es solo
malvado. Sabe que es muy difícil para el pobre humano tomar un castigo tan
grande, de hecho, supo que el pobre posiblemente necesitase horas y horas de
cuidados previos cuando empezó a joderlo tan duro que perdió la capacidad de
formar frases, así que mientras sus caderas lo martillean y su polla lo llena
por dentro, el vampiro lame sus lágrimas agradablemente y juega con su cabello,
mimándolo dulcemente, haciéndole sentir querido y cuidado a la par que
destrozado.
Cuando siente que está a
punto de romper a su pobre presa, de llevarlo más allá de su límite y destrozar
su cabecita hundida en un placer cruel y demencial, aminora un poco el ritmo y
deja que sus estocadas sean más superfluas y benevolentes para que el chico
pueda recuperar su aliento y su cordura. En esos momentos le susurra dulzuras
al oído.
—Un chico tan obediente…
Luego voy a premiarte, voy a ser tan dulce y generoso contigo, mi amor… Pero
ahora, déjame seguir rompiéndote un rato más. —le dice cuando Jay respira tan
agitado en una ocasión que teme que no pueda tomar aire correctamente, así que
lo folla dulcemente por varios minutos hasta que Jay es capaz de enfocar de
nuevo su vista y de tomar bocanadas completas.
—Te sientes tan bien, tan
jodidamente caliente, tan estrecho, tan suave y dulce y… oh, joder, Jay, has
sido creado solo para mí, para estar bajo mi cuerpo, tomando mi polla, abriendo
tu boca para recibir mis besos, entregándome tu bonito corazón porque no podría
soportar que fuese de nadie más. Eres tan jodidamente mío. Mío. —gruñe
Jason mordisqueando su cuello y luego besándolo húmedo y descuidado, formando
un lío de marcas y saliva en su cuello, justo antes de besar su boca y
mantenérsela abierta a base de follarlo duro y hondo para que grite y así poder
dejar que su saliva escurra desde sus colmillos y sus labios y el chico la tome
entre los suyos agradecido, bebiéndola como néctar.
—Ya casi estamos —le
miente con sorna cuando apenas llevan un cuarto de hora y el chico ha perdido
la noción del tiempo y casi la voz—, lo estás haciendo tan bien, estás haciendo
a tu amo sentir tan orgulloso. Va a ser adorable ver cómo te corres cuando termine
contigo. ¿Cuántas veces lo harás, mi amor? ¿Dos, tres, cuatro? ¿Crees que
debería averiguar dónde está tu límite hoy? —se burla un poco, llevando su mano
grande y caliente al pene del chico y rodeándolo. Es la primera y la única vez
que lo hace esa noche porque Jay chilla y se retuerce con tanta fuerza que
Jason sabe que es demasiado para el pobre humano. Está tan sensible… Más
adelante lo sobreestimulará de esa forma, no para castigarlo, como hoy, sino
para jugar con él, pero todavía no está listo.
—¿Quiere mi chico bonito
que me corra dentro de él, hm? ¿Quieres sentir cómo te lleno con mi semen?
Justo aquí… —lo tienta, acariciando con su mano la barriguita de su humano,
empujando sus dedos un poco para rozar la punta de su polla desde afuera y hacer
al humano enloquecer por la presión.
A la media hora, el
vampiro le desata las muñecas a Jay mientras lo sigue follando: sus manos y sus
piernas están hechas gelatina y, pese a que lo desea, no es capaz siquiera de
mover un solo dedo, así que jamás podría quitarse la sonda.
Jason se burla de él
tomando la muñeca del chico como si fuese una marioneta y haciendo que su
manita pálida ondee sobre su pene, las yemas de sus dedos tocando el tope de
cristal con forma de corazoncito de la sonda. Si Jay tuviese la suficiente
fuerza para pinzar sus dedos y atrapar el llano corazón, podría tirar y
quitarse ese jodido apartado de una vez por todas, pero no puede. Apenas puede
siquiera respirar o mantener sus ojos abiertos, así que solo gime y lloriquea y
trata de cerrar los ojos para no ver la irónica escena mientras las lágrimas le
escurren por las mejillas.
Cuando la hora termina,
Jason se entierra bien hondo en su humano, pero por fin deja de moler sus
caderas a un ritmo salvaje, irregular e insoportable y le da una pequeña tregua
a Jay. La primera que ha tenido en lo que siente que son siglos.
Jay jadea como si
estuviese a punto de ahogarse y su amo debe palmear su carita un poco para
evitar que se desmaye.
—Vamos, vamos, respira, mi
amor, estoy siendo suave contigo.
Lo que más le hiela la
sangre a Jay es que su voz no es burlona. Habla en serio.
El vampiro coloca una
cálida palma sobre su pecho, abarcándolo entero, y le ayuda a respirar más
calmado.
—¿Puedes hablar, bocadito?
¿Necesitas un rato más?
Jay necesita una vida
entera para recuperarse de una noche que, no debe olvidar, acaba de empezar.
Su corazón galopa en su pecho tan fuerte que lo siente y lo escucha
latiéndole en las orejas, en la base de la garganta, en la punta de los dedos…
y sobre todo en su polla. Su erección color rojo sangre, que está más hinchada
que nunca, necesitada, sacudiéndose sola de forma desvergonzada mientras ruega
atención, sus testículos tensos y sonrosados necesitando vaciarse.
Nunca pensó que podía
estar demasiado cachondo y, aun así, jamás pensó que sería tan doloroso.
No, no es dolor lo que siente, no solo dolor: es agonía mezclada con placer, un
deseo afilado que se le clava en lo más hondo de las entrañas. Es mucho peor
que el dolor, pues tiene una urgencia, un calor, tan complejos y desesperados
que el dolor jamás podría entenderlos. Le nubla la mente, le anuda la lengua,
le oprime el pecho.
—Porfavorporfavoequítameloporfavoramoquítamelopor-
—Habla apropiadamente,
bocadito, no querrás que te castigue de nuevo por farfullarme así, ¿verdad?
Jay se alarma tantísimo
cuando escucha la amenaza, incluso si el tono suave y la expresión risueña de
su amo indican que es una broma. El humano niega frenéticamente y se echa a
temblar. Jason sonríe, orgulloso: tiene al chico justo como deseaba, tan dócil,
tan maleable. Ama dejarlo así, aunque también debe ser extra cuidadoso, no
quiere rebasar ningún límite ni doblar su voluntad demasiado, no quiere
aprovecharse de su pequeño, solo jugar un poco duro con él.
—Ahora, Jay, sé bueno y
dime los nombres de las personas que te dijeron esas cosas feas y te hicieron
sentir mal.
Jay arquea sus cejas
lastimeramente, sus labios tiemblan en un puchero y un quejido realmente triste
escapa de su boca, alarmando a Jay y haciéndole tomar su cara llorosa entre sus
grandes manos.
—Pero… Pero… T-tienes que
prometer…
—¿El qué, cosita dulce y
buena? —pregunta con toda la dulzura del mundo.
—N-no quiero que mueran,
p-por favor.
Jason chasquea la lengua,
molesto, y Jay se encoge bajo su cuerpo.
—Ah, odio que me digan qué
hacer… —advierte con un tono ronco y dominante, pero luego su voz se torna
sedosa como una caricia:— Pero amo consentirte. De acuerdo, tú me dices sus
nombres ahora mismo y a cambio te prometo que sus castigos no serán letales,
¿sí? Buen chico. Empieza a hablar.
Jay escupe su confesión
entre sollozos. Menciona cuatro nombres, de cuatro humanos de Jason, de los más
antiguos y fieles, pero también de los más desconfiados. Son muchachos y
muchachas que pertenecieron antes a otros bebedores de sangre y que de sus experiencias
se llevan profundas cicatrices en el alma. No los culpa del todo por mantenerse
escépticos al ver a un vampiro jurándole amor eterno a uno de sus pedacitos de
carne favorito, pero tiene claro que debe reprenderlos por haber dejado que
esos pensamientos escapen de sus labios y se claven como dardos venenosos en el
puro corazoncito de su amado.
Oh, definitivamente no
será gentil cuando los discipline. Pero ahora sí debe serlo, porque Jay ha sido
un muy buen chico, tan valiente y obediente tomando la polla de su amo y su
tortuoso castigo, así que merece un maravilloso premio y Jason pretende dárselo.
—Bien hecho, mi amorcito,
nunca debes ocultarme nada, nunca debes mentirme —lo alecciona, acariciando sus
mejillas con suavísimos pellizcos que hacen al muchacho fregar su cara contra
las grandes y cálidas manos que lo tocan y prácticamente lo tienen ronroneando—
y yo nunca haré algo que te disguste. No voy a matar a esos… A esos humanos.
Tienes mi palabra. Ahora, ¿quieres que te quite esto?
El índice de Jason roza el
corazón de cristal de una forma tan liviana que su contacto no es más pesado
que la caricia de una pluma, aun así, la presión del toque viaja a través de la
vara de cristal y tiene a Jay retorciéndose y suplicando.
—¡Por favor! Por favor…
—ruega con voz temblorosa, agotada.
Su cuerpo está tan
extenuado que no puede mover ni un solo dedo, su entrada está roja y dolorida
por la violencia e insistencia con que el hombre la embiste y su pene está
chorreando, palpitando, color rubí y tan sensible que no puede siquiera mirarlo
sin temer que el peso de sus pupilas posándose sobre la imagen de su sexo se
sienta insoportable.
Jason toma muy
delicadamente el extremo de la varita de cristal, pinzando entre el índice y el
pulgar el tope con forma de corazón. Jay se queja y trata de cerrar sus
piernas, sin éxito; Jason siente al chico tan tenso que estrecha su miembro de
una forma deliciosa con su culo, tanto que desearía poder ser cruel con él un
ratito más. Pero ya ha sido suficientemente malo hoy.
El vampiro estira muy
levemente y Jay grita de dolor.
—Au, ah… Amo, no puedo.
Está demasiado sensible, algo va a romperse, me da miedo que…
Jason lo calla con un
casto beso en los labios mientras tira un poco más. Jay cierra sus ojos con
fuerza, las lágrimas cayendo por sus brillantes mejillas, sus quejidos siendo
entregados directamente en las fauces de su hambriento amante.
—No pasa nada, pequeño,
confía en mí. Jamás haría algo que pudiese dañarte de veras. Ven, muerde.
Jason amordaza a Jay
suavemente con una de sus manos, dejando que el chico mordisquee la parte
carnosa de su palma para lidiar con la intensidad de las sensaciones. No le
resulta doloroso, sino que de hecho se le antoja adorable notar los dientes del
chico enterrándose en su piel mientras él ahoga sus gemidos.
Poco a poco, Jason retira
la sonda de cristal. Jay hace un buen lío por cada milímetro del tubito que se
desliza fuera de su húmedo sexo y, para cuando han terminado, respira errático
y acelerado y un grueso y viscoso hilo de presemen une la punta de la polla de
Jay con el frío aparato.
El presemen del chico
fluye como néctar de su hendidura y el chico muerde más fuerte la mano de Jason
mientras sus ojos primero se ponen en blanco y luego se cierran, el placentero
alivio de la liberación alcanzándolo mientras chorros y chorros de transparente
y dulce presemen empiezan a cubrir su pene y a formar un lío pegajoso y húmedo
en su tripa y las sábanas.
Jason deja que el chico
procese las sensaciones una a una, aunque debe morder su labio muy fuerte para
distraerse del insistente deseo de follar a Jay rudamente ahora mismo.
El chico gime suavemente
mientras sus fluidos se derraman y, de pronto, Jay empieza a gemir más y más
alto, a tensarse y morder tan duro que casi rompe su piel y Jason sabe
perfectamente lo que está sucediendo: el pobre humano está tan estimulado que
va a correrse solo por notar su polla clavada profundamente en él.
Jason desea tantísimo
joderse al chico con ansia animal mientras lo siente apretar su erección en su
interior mientras le arranca orgasmo tras orgasmo, pero es demasiado para él,
así que se inclina sobre su cuello, lo empieza a follar suave y profundamente y
lo agasaja a halagos.
—Mmm, eso es, buen chico,
córrete para mí.
Jay escucha la orden y
todo su cuerpo es pura electricidad. Sus incontables orgasmos acumulados lo
atraviesan, haciéndolo retorcerse bajo el firme, pesado cuerpo que lo mantiene
quieto y mece sus caderas en su interior, pulsando su punto dulce, regalándole
oleadas de puro éxtasis.
Jay llora mientras se
corre. Es tan delicioso el orgasmo, tan jodidamente maravilloso sentir su piel
tornarse hormigueos, sus huesos charcos de placer, sus músculos suaves telas
escritas con palabras sucias. Pierde el control de su cuerpo, sintiéndolo temblar
y agitarse y tensarse hasta que todo le duele de una forma exquisita.
Nota el calor en su
pelvis, magma derramándose desde su vientre hasta su sexo y luego subiendo por
él y… oh, por fin, explotando.
El chico dispara tira tras
tira de perlado placer, cubriendo su barriguita plana y el abdomen marcado y
fuerte de su amo, sus dos cuerpos haciendo sonidos húmedos y pegajosos mientras
Jason lo penetra bien hondo y goza de la deliciosa estrechez de su agujero. El
vampiro gruñe en su oído, un sonido tan varonil que el orgasmo del muchacho se
alarga, fundiéndose con el siguiente, y siente como su amo lo llena del mismo
calor blanco y placentero que ahora empapa sus torsos.
Jason lo folla un poco
más, dejando que Jay se corra por tercera y cuarta vez con su maravillosa polla
golpeándolo por dentro, empujando su semilla a los rincones más recónditos de
su anatomía y, tras un rato, sus demoledores orgasmos los dejan a ambos jadeando
sobre la cama, empapados en sudor y lágrimas y saliva y todavía el uno dentro
del otro.
Jason acaricia los
cabellos de Jay dulcemente, notando cómo se relaja y cómo su cuerpo entero se
destensa por fin, exento de energía al haberla liberado toda en forma de blanco
placer. Nota su entrada, dilatada por horas de sexo, relajándose, su semen saliendo
poco a poco de su interior, goteando sobre la cama. Nota la respiración
profunda de Jay y sus pequeños quejidos.
—Voy a salir de tu
interior, ¿de acuerdo?
Jay asiente o su cabeza se
bambolea, porque no puede ni controlarla, y Jason se retira muy despacio de su
cuerpo, aunque aun así el chico se queja y nota su cuerpo extraño al quedarse
vacío de nuevo. Se siente como una contradicción andante: suave y líquido, el
agua de un lago o el nenúfar flotando en él o quizá un duende tumbado sobre una
nube y, a la vez, le duele todo, pero su dolor es como un regusto agradable, un
eco escalofriante y placentero de la brutal pasión que Jason le ha demostrado
hoy.
—Ven aquí. —dice el
vampiro, tomando al chico entre sus brazos.
Son tan cómodos y cálidos
que se duerme al instante. Jay no se preocupa por nada más, ni siquiera por su
desnudez, porque mientras se mece entre la conciencia y la inconsciencia, va
abriendo los ojos y comprobando que Jason ya se ha ocupado de bañarlo con agua
caliente y frotar su cuerpo con manos lábiles y esponjosas por la espuma, se ha
ocupado de peinar y secar sus hebras castañas y melosas, de ponerle un pijama
de felpa bien calentito y calcetines abultados a juego para que no pase frío.
También se ocupa, en algún momento, de darle unas cuantas cucharadas de una
sabrosa sopa que se siente como arroparse en una mañana de invierno. Lo
envuelve en mantas y luego en sus brazos, Jason hace de cucharita grande
mientras le susurra a su humano lo divertida que ha sido la noche, lo mucho que
ha disfrutado de su cuerpo y lo mucho que lo ama y lo amará siempre.
Jay escucha a su amo
hablar serio y preocupado mientras parece llamar por teléfono a alguno de sus
clientes, pero cada vez que entreabre sus ojos y bate sus pestañas, confundido,
el vampiro aparta el teléfono, haciendo a la otra persona esperar, y le besa la
frente.
—Duerme un poco, mi amor.
—dice el vampiro, con una voz aterciopelada.
Y Jay, como siempre,
cumple las órdenes que su amo le da, obedece sin cuestionarle. No podría
aguantar otro castigo, aunque, después de esta noche, quizá le apetezca uno de
vez en cuando.
CAPÍTULO 77
Samuel, Charlotte y Jason
están sentados en el salón de este último, deliberando sobre cuál debería ser
su siguiente paso. A los pies del pelirrojo se halla su mascota humana
preferida: Jay está arrodillado, con su cuerpo inclinado hacia las piernas de su
amo y su cabeza ladeada, descansando contra una de sus rodillas. Cierra los
ojos mientras su propietario juega con su cabello y habla con una voz ronca,
baja y seria.
Charlotte luce nerviosa,
los eventos de la noche anterior volviéndose más reales, más peligrosos a
medida que el tiempo avanza. Por contra, Samuel luce algo más sosegado. Pero
estar más tranquilo no significa estar tranquilo, en absoluto: el vampiro más antiguo
no está histérico, vociferando, llorando, gruñendo como la noche anterior,
cuando parecía un animal salvaje, totalmente fuera de sus cabales, pero no para
de mirar alrededor con nerviosismo, mueve su pierna arriba y abajo y cruje sus
dedos en un tic insistente y escalofriante.
La noche anterior se dio
un festín con los empleados de Jason y ahora su piel luce más radiante, sus
ojos más brillantes y agudos y todos sus movimientos más prestos, pero algo en
él sigue luciendo infinitamente cansado. Atormentado.
—Hablé con todos ellos
anoche. Con los cuatro originales de la ciudad. Parece que algunos están
dispuestos a disfrutar al máximo el poco tiempo que les queda en este mundo,
como una… gran fiesta de despedida. Pero otros estaban increíblemente esquivos,
hablando de que no requerían ya de mis servicios y que cualquier negocio que
fuese a ofrecerles les resultaría una carga inútil para el… “viaje” que iban a
emprender. Ninguno confesó nada sobre haber decidido morir y siempre han sido
raros, pero anoche todos y cada uno de ellos sonaban completamente
desquiciados. No sé qué ha hecho Ivthan para convencerles exactamente, pero se
ha metido en sus cabezas y se las ha revuelto hasta dejarlas hechas un lío.
Fue… Me dio escalofríos oírlos hablar así, idos, diciendo cosas sobre encontrar
paz después de una vida entera teniendo la guerra por naturaleza. Hablaban de
pecado y redención, de ser perdonados por Dios, otros decían que habían agotado
la diversión que el mundo tiene para ofrecerles, que habían ganado este
estúpido juego…
<<Ivthan les ha
hecho trizas el cerebro. Ivthan y… y la edad. Siempre he deseado pasar el
umbral de los mil años para sentir como mi cuerpo se vuelve increíblemente
poderoso, pero ahora, escuchando a los originales, me aterra pensar que quizá
nuestro cuerpo se vuelve fuerte con los años porque necesitamos cada vez una
barrera más robusta para proteger lo que hay dentro: una mente tan frágil que
se deshilacha día a día.
<<Joder, Sam, ahora
lo pienso y, aunque hayas sido un puto monstruo con Aaron y jamás vaya a
perdonarte el daño que le has hecho a un ser inocente, puedo… Entender que
hayas tenido que aferrarte a algo para mantenerte cuerdo tantos años. Incluso
si es aferrarte a las partes más terribles de ti, porque también son las más
fieles>>
Samuel lo mira con
intensidad y traga saliva. Las palabras de Jason no son condescendientes, hay
crueldad en ellas, pero también compasión y, por cada segundo de paz o de
amabilidad que recibe, no puede sino recordar que Aaron, quien más lo merece,
no está recibiendo nada de eso. La culpa se lo come vivo cuando recuerda que él
es quien arrastró al chico a ese infierno, a ese mundo de presas y
depredadores, amos y siervos, castigos y órdenes, y él es, también, quien dejó
que el peor diablo que conoce se lo arrebatase de las manos.
—No es momento de
compadecerse de mí, es Aaron quien necesita ayuda —sostiene, firme, pero con
una nota de agradecimiento en la voz—. Dime cuáles eran los originales que han
accedido a seguir haciendo negocios contigo, esos son los más fáciles de
engañar, localizar y… cazar.
—Zoa y Braham. Parecían
los más cuerdos, si se les puede llamar así. Samael y Elisha —Charlotte alza la
cabeza de golpe, sus rizos bailan por el rápido movimiento y sus ojos chispean
un segundo. Aprieta sus labios, como queriendo impedir que un torrente de
palabras la desborde, y se mantiene en silencio con el ceño fruncido—, los más
antiguos, estaban muy reticentes a siquiera hablar más de un minuto conmigo.
Lottie, ¿has podido averiguar algo?
—Soy demasiado joven como
para que haya tenido el honor de ver a cualquiera de esos seres más que de
lejos —dice y luego una media sonrisa sardónica cruza sus labios brevemente—,
pero he podido averiguar alguna cosa. Braham parece estar cediendo a todos sus
caprichos antes de irse. Él siempre estuvo obsesionado con nuestra raza,
investigaba sin descanso, hasta el punto del ascetismo: indagaba sobre el
origen y la cura del vampirismo y olvidaba comer, salir, relacionarse. He oído
que podía pasar años metido en su castillo si nadie le llamaba para algo, pero
ahora todos dicen que está dando un cambio radical: se lo ve en las zonas
periféricas de la ciudad, yendo de local en local y, bueno, precisamente va a
los que han habilitado salas rojas.
Jason tuerce su boca,
haciendo una expresión de desagrado. Tan pronto su hermana menciona esos
horribles lugares, siente a Jay tensarse en sus piernas y acercarse a él,
abrazando discretamente sus piernas mientras las palabras de su antiguo amo le
recorren la piel como terribles escalofríos que podrían helarle hasta el
tuétano de los huesos.
“Tu destino no será
sencillamente un burdel, chico. Ser una puta sería un rol demasiado agraciado
para ti: vas a acabar en las salas rojas. Vas a ser una víctima. Ahí, humano,
no hay límites. Los mortales sois de usar y tirar. ¿Violarte? Eso es lo más amable
que los clientes te harán. Matarte será lo que más desees. Y la tortura, si
aguantas más de una noche, será tu rutina.”
Jason se mantiene
concentrado en la conversación, pero se ocupa de acariciar a Jay
reconfortantemente, de devolverlo al presente y recordarle, con sus caricias
llenas de afecto, que esto es real. Que está a salvo.
—Lo que más se oye de él
es que deja los lugares hechos un destrozo, ni siquiera la pintura roja de las
salas oculta la cantidad de sangre que derrama. Pide siempre humanos lo más
exóticos e inusuales posibles, porque quiere… ¿Cómo lo dijeron? Probar todas
las delicias que el mundo le ha ofrecido durante años y él estaba demasiado
distraído como para apreciarlas.
Samuel sonríe. Una sonrisa
grande y maquiavélica que a Jason no le gusta en absoluto, porque la dibuja en
su rostro mientras sus ojos están clavados en el pequeño Jay.
—Entonces será fácil
atraerlo. Tenemos justo lo que desea.
—No —Jason reacciona
rápido, furioso. Las palabras salen de su boca con la rapidez de un chasquido y
la furia de un mordisco; toma a Jay, que no entiende qué sucede, por la cintura
y lo sube a su regazo, estrechándolo cerca y besando la cicatriz en su cuello—,
él queda fuera de esto. No voy a arriesgarlo, Samuel, ni por ti, ni por nadie.
Te debo mi vida, pero jamás la suya. ¿Entendido?
El rubio alza sus cejas y
abre sus ojos enormemente. El impacto de la sorpresa es demasiado grande como
para que sienta enfado o decepción porque su plan se ha ido al traste: sabía
que Jason favorecía a ese pequeño hemofílico por encima de sus otros humanos,
pero nunca pensó que tuvieran esa clase de relación que él sueña con tener con
Aaron.
Charlotte está
boquiabierta, disfrutando más de lo que debería de esa revelación sobre su
hermanito, siempre tan profesional y frío con sus empleados humanos y ahora
derritiéndose por uno, desafiando a su maestro como un perro que muestra los
dientes ante su amo.
—No te alteres,
cachorrito. Mi idea no implicaba poner en peligro al muchacho, solo usarlo un
poco como cebo —explica Samuel dulcemente, como cuando se le habla a un niño
pequeño, solo que sus ojos no están sobre el gruñón neófito, sino sobre el
humano, que lo mira nervioso y tragando saliva, pero con cierto titubeo en su
mirada—. Solo tendrías que llamar a Ba-
—Lo discutiremos luego
—sisea Jason, apretando más al chico contra su cuerpo, su nariz hundida en su
cuello, inhalando su azucarado aroma porque solo cuando tiene a su humano cerca
y su esencia en su sistema es capaz de calmarse—. Y él tiene derecho a negarse
si no quiere. ¿Entendido? —Samuel asiente y puede ver cómo el chico sobre su
regazo enrojece, sabiendo que es todo un honor, como humano, recibir de su amo
la capacidad de decidir si hacer o no algo tan importante—. Charlotte, ¿qué has
averiguado de los otros?
—Zoa está causando
problemas. Ha matado a varios vampiros, por lo que sé. Dicen que está
convencida de que pronto será un ser superior y los que le han dicho que ya
es superior, que no hay nada más allá de ser un original… bueno, ha acabado
siendo una carnicería eso.
—Cuando habló conmigo por
teléfono —la corta Jason, su mirada sagaz e inteligente, hilando fragmentos del
puzle y comprendiendo más cosas ahora— fue la que más me sorprendió. Se
comportaba como si no fuese a morir dentro de poco, quería hacer más negocios
que nunca conmigo, ganar más dinero y poder, más renombre, más influencia.
Sonaba tan… Soberbia.
Samuel asiente, escuchando
con atención y no puede evitar recordar lo grandilocuente que puede sonar la
voz de Ivthan cuando te embelesa, como teje promesas con la presteza de una
araña y te atrapa en ellas. Cómo no te das cuenta de que lo que te envuelve es
una red de mentiras, hasta que ya es demasiado tarde.
—A los demás les ha
ofrecido la muerte, porque muerte es lo que buscaban. Pero Zoa anhela el poder
más que nada en el mundo, debe haberle convencido de que si le entrega su
corazón, ella no morirá, sino que, de algún modo, la transformará en… ¿Qué
podría ser más poderoso que uno de los nuestros? En una diosa. Una criatura que
tiene la eternidad, pero carece de apetitos y necesidades como nosotros.
Debemos tener cuidado, ella será difícil de matar, pues no quiere morir: quiere
una vida aún más perfecta de la que se le ha concedido.
—Eso puede jugar a nuestro
favor —dice Charlotte de pronto, con voz decidida y una mirada dura clavándose
en Samuel—, las criaturas que se creen las más poderosas son también las que
más bajan sus defensas. Se creen tan inmunes a todo daño que no anticipan que
deban defenderse, están tan llenas de confianza en su perfección que se
distraen, cometen errores y son demasiado vanidosas para darse cuenta. Tú eres
la prueba de ello, Samu, si no, ¿cómo explicas que el terrible y temible Samuel
Hass haya acabado con el corazón atravesado por un simple humano?
La risa de Charlotte es
pueril, pero endiablada: ríe con maldad e ironía, regocijándose, por fin, en
haber hallado una debilidad en ese hombre que una vez creyó intocable.
Samuel la mira sin rencor
alguno y ambos jurarían que es la primera vez que ven humildad en la mirada de
su creador.
—Tienes razón —dice, suave
y tranquilamente—. ¿Qué hay de los otros dos? Elisha y Samael.
—Samael, el torturador.
Así lo llamaban cuando el mundo aún era de los humanos, se ganó su sobrenombre
en la Edad Media, cuando tomó el control de ciudad tras ciudad e hizo a sus
súbditos ofrecerle sacrificios humanos. Supongo que es obvio lo que hacía con
ellos. De él he oído todo lo contrario que de Braham: antes solía salir toda la
noche para dejarse llevar por el placer y ahora apenas se le ve y hasta se dice
que cuando le han ofrecido un trago de algún humano, lo ha rechazado.
Seguramente esté perpetuamente encerrado en su castillo como un alma en pena.
—Luce desinteresado por
todo, entonces, difícil de manipular usando cualquier tipo de incentivo —piensa
Samuel en voz alta—, pero fácil de matar una vez haya acabado con otro o dos
más como él. No se defenderá, no le queda fuerza de voluntad. ¿Qué hay de la
otra original, Elisha?
Charlotte se tensa en su
asiento y, ante el extraño silencio que flota en el aire, Jason decide tomar la
palabra.
—Me colgó en apenas un
minuto. La más esquiva de todos, no tengo nada que nos pueda ser útil. ¿Lottie?
—No he averiguado nada
—responde apresurada, como si le hubiesen arrancado esa confesión a la fuerza.
Los dos vampiros se miran extrañados y ella mira el suelo, pensativa:—, no vale
la pena. No sabemos lo suficiente como para planear ninguna estrategia segura
contra ella. Con que mates a dos originales, serás más que suficientemente
fuerte para acabar con Ivthan, Samu, no necesitamos arriesgarnos con ella.
Dejémosla en paz.
—Tienes razón —reprende
Samuel, aunque no parece listo para acceder a las demandas de Charlotte—, una
vez mate a un original y tome su poder, estaré a la par con Ivthan. Si mato a
dos, seré más poderoso que él sin duda. Si mato a tres, Ivthan no será ni siquiera
un adversario digno para mí. Pero si dejo vivir a uno solo de los originales y,
como sea, la noche en que decido acabar con Ivthan, él acude en su ayuda… Sería
peligroso, muy peligroso. Puedo contra un original en esas condiciones, pero no
contra dos, no si Elisha es realmente antigua y, puesto que no hemos podido
averiguar siquiera su edad, es una posibilidad demasiado arriesgada como para
dejarla pasar. Todos deben morir.
CAPÍTULO 78
Samuel y Charlotte pasaron
la noche y el día anterior en la morada de Jason. Durante el resto de la noche,
Jason trajo varios humanos y los ofreció como tentempiés a sus invitados.
Charlotte bebió de tres bellas jovencitas distintas mientras les acariciaba el
pelo y les alisaba sus finos vestidos; las tres terminaron mareadas, andando
como muchachas borrachas por los pasillos, y agradecidas de haber caído entre
las mandíbulas más gentiles de esa noche.
Samuel, para sentirse
rebosante de poder y saciado, necesitó a diez hombres entre sus fauces. Se
esmeró en ser cuidadoso mordiéndolos, pues teme haber perdido la delicadeza que
parecía robar de Aaron y quiere ser capaz de tratarlo con ella cuando lo recupere,
pero los pobres hombres gritaban y se retorcían entre sus brazos, teniendo que
ser llevados a cuestas de vuelta a sus estancias una vez el vampiro terminaba
con ellos.
Tras alimentarse, Samuel
habló seriamente con Jason. A solas.
Braham podría ser una
presa muy fácil si distraían su sagaz inteligencia con una presa capaz de
embotarle los sentidos. Samuel explicó su plan a Jason durante un buen rato y
lo hablaron largo y tendido, con el joven vampiro haciendo mil cambios y
ajustes para asegurarse de que su pequeño hemofílico no sufría ni un rasguño
más de lo estrictamente necesario y, por primera vez, Samuel vio la ira
ardiendo en los ojos de su pupilo mientras este le amenazaba con cosas muy, muy
oscuras si al final Jay salía dañado de veras. Samuel le aseguró que su plan
iría sobre la seda y que nada le sucedería al chico cuando lo pusieran en
marcha. “Si lo ponemos en marcha”, especificó Jason con autoridad y
luego fue al dormitorio de Jay, donde esa noche el chico leía para distraerse y
calmar sus nervios.
Pasaron horas, demasiadas,
mientras el vampiro le explicaba a su humano favorito la idea de Samuel, sus
riesgos y sus beneficios. Samuel supo que Jason jamás presionaría al chico ni
intentaría convencerle: si el humano decía que no o titubeaba demasiado como
para que su "Sí" pudiese ser considerado firme, el vampiro cerraría
la discusión y le diría a Samuel que buscase otra forma de hacer las cosas. Así
pues, Samuel no entendía qué le estaba tomando tantísimo tiempo a Jason, qué
diantres hacía en esa habitación como para no tener una respuesta clara a estas
alturas.
Desesperado por una
respuesta, Samuel abrió la puerta.
Se quedó en el umbral,
mirando la escena con una mueca divertida y las cejas alzadas por la sorpresa:
Jason empujaba la cara del pequeño Jay contra la almohada para silenciarlo
mientras lo follaba por detrás, sosteniendo su cadera alzada con una mano y abriéndole
las piernas con las suyas propias. “Ha dicho que sí. Ahora cierra y lárgate”,
espetó Jason con desdén, sin interrumpir sus embestidas ni para hablar.
Samuel cerró la puerta,
aliviado por tener por fin noticias sobre el tema, y con un hormigueo extraño
recorriéndolo.
Se imaginó a sí mismo, con
Aaron, en el lugar de Jason y Jay.
La escena era
increíblemente erótica, sin duda, pero no era la primera vez que fantaseaba con
el bonito cuerpo del humano y la gran cantidad de placer que le daría hacer
cosas con él. Sin embargo, ver a Jay retorciéndose de gusto bajo su amo,
suplicando por más, moviendo su endeble cuerpo para sentir a su vampiro más y
más profundo… la idea de Aaron deseándolo así, queriendo ser follado por
él y no solo permitiéndolo o aguantándolo, lo sacudió entero, dejándolo hecho
un lío de arrepentimientos y vergüenza.
Durante la mañana, los
tres vampiros durmieron bajo el inevitable hechizo del sol. Jay, por su parte,
no podía pegar ojo pese a lo agotado que su amo lo había dejado en las horas
previas. Repasaba mentalmente las instrucciones que Samuel y su amo le habían
dado y se repetía que estaría seguro, que nada malo iba a pasar, pero de pronto
una pequeña vocecita en su cabeza le susurraba maliciosamente: “Era tu
destino y te libraste por un tiempo, pero ahora ha vuelto a encontrarte de
nuevo. Vas a acabar justo como siempre temiste que acabarías”. Pero negaba
con su cabeza y se repetía por qué hacía todo eso: “No es por Samuel, ni
siquiera es por Jason, realmente, por mucho que le ame. Es porque hay otro ser
humano en peligro que merece ser salvado. Alguien que no conoce mi nombre ni mi
rostro, pero que seguramente conozca mi sufrimiento. Si es así, yo conozco a la
perfección la forma en que está rezando en su fuero interno por un milagro.
Pero no existen los milagros: Dios no le ayudará. Lo tengo que hacer yo.”
Tras la puesta de sol,
todos despiertan alarmados como si acabasen de salir de una pesadilla cuando
realmente es más bien lo contrario. Cada uno corre a ocupar sus puestos.
Charlotte, rodeando la
propiedad en rápidas pero disimuladas rondas que debe hacer que parezcan un
mero paseo. Jason esperando con paciencia y un semblante afable a que llegue su
visita, ese poderoso hombre al que ayer llamó bajo el pretexto de necesitar una
inversión: Braham. Samuel espera sentado en el sofá de su compañero, fingiendo
un buen humor que ya ni recuerda y un cinismo que espera haber perdido.
Jay, por su lado, está en
la cocina, colocando tres copas de cristal sobre una bandeja y llenándolas con
sangre embotellada a pesar de que el pulso le tiembla demasiado como para
inclinar bien la botella. Jason ha mandado al resto de sus empleados a trabajar
en los locales cercanos y la morada, sin otro latido más que el de Jay, se
siente solitaria y tenebrosa.
De pronto, unos suaves
toques se escuchan en la puerta y Samuel tiene que luchar por no apretar los
dientes ni los puños mientras Jason va a abrir. Fuerza su rostro a relajarse, a
mostrar una expresión libidinosa y tranquila, propia de un vampiro cuyo tiempo
en la tierra está dedicado única y exclusivamente al placer primero y los
negocios después.
Aun así, está nervioso y
un tic extraño lo molesta tres veces: palpa con su mano el bolsillo derecho de
su americana. A la cuarta vez entiende por qué lo está haciendo: busca su
paquete de cigarros. Dejó de fumar meses atrás, tras años haciéndolo; no fue
consciente, pero ahora recuerda lo que desencadenó ese cambio y se siente
profundamente avergonzado por no haber averiguado el motivo de sus actos antes.
<<Dame
uno>> le dijo
aquella noche otro vampiro con el que charlaba en uno de los locales de Jason.
La noche era joven y su conversación jocosa y juguetona, alrededor de la idea
de hacer cosas malas durante un juego de caza de humanos que otro importante
empresario ofrecía a sus más leales inversores.
Samuel le tendió un puro
al otro vampiro y dio una larga y codiciosa calada, como el sorbo de sangre que
da uno tras meses sin probar a una presa. <<Me encantaría fumar
mientras lo hacemos, mientras cazamos, tabaco y sangre en la boca. La putísima
gloria. Pero bueno, el jefe lo ha prohibido, nada de humo cerca de los
humanos>.
Samuel frunció el ceño y
le preguntó por qué, profundamente extrañado: <<Se ve que a algunos
les dio cáncer por el humo, cuando sí dejaba fumar. Y el tipo dijo que cómo no
sabemos cómo funcionan las bases científicas de la vinculación de humanos, lo
mismo fumar cerca de sus vinculados les daba cáncer y que él no pensaba dejar
que un ser en el que ha invertido su propia sangre se muera solo porque los
demás no podemos dejar un vicio por una noche. Un poco exagerado, pero sabe lo
que se hace, así que nunca me quejo>>.
Esa noche, Samuel tiró el
tabaco que llevaba en el bolsillo a una papelera en el camino a casa. A la
noche siguiente, se autoconvenció de que se le había caído por ahí, maldijo,
molesto, y se dijo que compraría más. Nunca lo hizo.
Se alegra de haber tomado
esa decisión, pero hoy, ahora, agradecería demasiado un cigarro para aplacar
sus nervios.
Jason y Braham charlan un
rato en la entrada. Samuel los escucha y trata de captar el ambiente general de
la conversación: Braham ríe y tiene una voz potente y bulliciosa, grave,
profunda… Poderosa, pero no amenazante. El original rezuma poder; del mismo
modo en que su voz firme y asertiva atraviesa las paredes, un halo de fuerza y
virtud lo rodea y llena el perímetro de una extraña tensión.
<<Así deben
sentirse la mayoría de los demás vampiros cuando yo estoy cerca>> piensa Samuel <<Con un
pesado e invisible manto de poder cubriéndolos de forma cómoda, pero amenazando
con aplastarlos>>
Braham y Jason entran en
la sala y Samuel observa en el rostro de su pupilo una perfecta máscara. Jason
realmente parece un joven bebedor de sangre despreocupado, astuto y divertido.
No hay en él indicio alguno de maquinación o preocupación. Siempre ha sido
bueno fingiendo, espectacular. Por eso, piensa Samuel, se dedica a los
negocios: es un cambiaformas capaz de convertirse en la mejor solución para la
mayor necesidad de sus clientes tan pronto los ve.
—El señor Hass ha llegado
hace un rato; estábamos discutiendo los detalles. —explica Jason, su voz
acercándose y sus manos señalando a Samuel, que está cómodamente sentado en el
sofá y que solo saluda al otro con un gesto de cabeza.
Braham lo saluda igual:
moviendo la cabeza de arriba abajo en un ademán chulesco, con una enorme y
colmilluda sonrisa sobre su boca y sus ojos paseándose por la estancia como si
le perteneciese.
El original es
verdaderamente alto, lo suficiente como para alzarse ante Jason y Samuel y
hacerles parecer mediocres en comparación. Tiene un cuerpo delgado y
larguirucho, pero pese a no ser tan voluminoso e imponente como Samuel, no luce
débil en absoluto. Luce más bien sólido, de músculos rocosos, compactos
y rápidos. Manos grandes, uñas perfectamente cortadas y una expresión en su
rostro juguetona y malvada, como la de un gato tras hacer una travesura y
sentir una ligera excitación, pero ninguna clase de remordimiento. Tiene el
cabello negro y corto, peinado hacia atrás de forma elegante, pero no demasiado
exagerada: la gomina mantiene la mayoría de sus hebras azabache en su lugar,
pero algunos mechones rebeldes lamen su frente y le hacen lucir desordenado de
una forma muy atractiva. Tiene ojos pequeños e inteligentes, una nariz ganchuda
que casa hermosamente con su rostro y labios finos que parecen sonreír incluso
cuando reposan calmadamente.
—Sentémonos aquí. —indica
Jason amablemente.
En su salón, dos largos
sofás de tapicería están colocados uno frente al otro con una delicada mesita
de té entre ellos, haciendo las reuniones con sus clientes siempre cómodas y
cercanas sin descuidar la formalidad.
Jason se sienta en el
medio de uno de esos dos sofás, ocupándolo entero, quizá no con su cuerpo, pero
sí con su absorbente presencia. Braham se sienta en el otro, junto a Samuel, y
le echa un vistazo complacido.
—Bien, cuéntame qué tienes
en mente y para qué deseas mi colaboración. Señor Hass, lo veo… Satisfecho, así
que eso habla bien de tu proyecto, Jason; he oído que el señor Hass es un
hombre de gustos exquisitos.
Samuel se relaja por el
comentario. Braham es la clase de vampiro que adoraría su antiguo yo: una
bestia con forma humana, sedienta de crueldad y repleta de maldad, lista para
dedicar cada una de sus noches libres a la matanza. Le alegra saber que los más
escandalosos rumores sobre el cambio que Aaron ha generado en él no han llegado
a los oídos del original.
—Creo que mi idea le
deleitará —asegura Jason con voz tentadora, seguro de sí mismo, y le dedica al
otro una sonrisa pilla que reciproca—. Verá, ahora que ha llegado un nuevo
original a la ciudad y se ha legalizado la existencia de salas rojas en locales
de diversión y alimentación como los míos, había pensado en llevarlo un paso
más adelante: Quiero crear un local única y exclusivamente dedicado a
ese tipo de salas.
Braham alza las cejas
impresionado, pero un poco incrédulo. Y no es para menos: las salas rojas
implican prácticamente siempre la muerte del humano en ellas y pese a lo
divertido que es arrebatar la vida de un mortal, estas son un recurso escaso. Muy
escaso. La mayoría de locales que cuentan con salas rojas solo tienen una y
rara vez está operativa más que una vez al mes, ofreciendo solo un humano
durante esa instancia. Un local lleno de ellas, totalmente operativo durante
horas y constantemente…
—Eso implicaría un volumen
demasiado grande de muertes humanas ¿Cómo pretendes sostener un negocio así?
Tienes muchos humanos a tu disposición, lo sé, pero no tantos. —objeta Braham,
aunque su tono no suena mezquino, sino más bien interesado.
—En todos mis locales
tengo cientos de mortales, pero no todos son útiles: algunos son tan
incompetentes que tengo que retirarlos del mercado, pero incluso el camarero de
sangre más inútil sirve para mi propósito…
—¿Acabar en una sala roja?
No creo que tengas tantos humanos inútiles como para poder llenar un local
entero y renovar la plantilla cada noche.
—Oh, esa no es mi idea. Mi
idea es tomar a los inútiles y forzarlos a procrear. Quizá es una inversión muy
a futuro, pero piénsalo: con suficientes… Granjas humanas, podré
sostener un pequeño local con quizá cinco o seis salas rojas operativas cada
noche. Eso es mucho más de lo que hay en toda esta ciudad y en varias más
combinadas. Imagina la cantidad de riqueza que produciría, suficiente para
sostener las granjas humanas, por no hablar del placer que provocaría un
lugar así. El señor Hass se ha ofrecido a ser un inversor a largo término, con
él ya tendría las granjas humanas totalmente cubiertas.
<<Antes de hacer
esto, sin embargo, queríamos animar a todos los vampiros de la zona a pensar en
este proyecto por años, así que habíamos pensado en abrir el local una sola
noche, con todos los humanos inútiles, pero infértiles que tengo actualmente.
Así me desharía de ellos, le daría al mundo una probada de lo que mi proyecto
puede ser y lograría más inversiones para mi negocio.
<<Pero para hacer
eso, para crear esa noche roja tan deliciosa, necesitaría una pequeña
inversión suya y, especialmente, necesitaría un poco de su sabiduría.>>
Braham alza las cejas de
nuevo, ahora la sorpresa es grata, placentera, y ambos pueden ver en su rostro
como lo han convencido deliciosamente: el proyecto ha tocado una fibra
sensible, la más sensible que esa depravada criatura tiene en el cuerpo, la del
placer; pero Braham sabe que de aquí a años no seguirá en este mundo, de modo
que Jason ha lanzado otro tipo de anzuelo: la idea de la noche de prueba.
Suficientemente cercana como para que la experimente antes de entregar su vida
a Ivthan. Es la guinda del pastel que necesitaban para que su falso proyecto
fuese tan realista como atractivo, para no levantar sospechas por sonar
demasiado idílico, pero hacerle la boca agua a ese original retorcido.
—¿Mi sabiduría? —pregunta
el vampiro con un tono grandilocuente, disfrutando del halago.
—Todos hemos oído que
frecuentas las salas rojas de la zona. Por el diablo, muchas noches me quedo
sin poder acceder a ellas porque ya hay una reserva a tu nombre —le responde
Samuel, riendo con complicidad—. Eres el vampiro que más sabe sobre cómo hacer
la experiencia más deliciosa. Yo tengo el dinero, Jason la idea, tú… Puedes
darnos los detalles jugosos. ¿Qué haría de la noche roja una noche
verdaderamente perfecta y espectacular? ¿Son mejores los humanos bonitos o los
de voluntad débil? ¿Los clientes preferirían mortales que lloran y ruegan nada
más verlos o de esos peleones a los que hay que romper? ¿Qué clase de juguetes
y herramientas deberían ofrecerse a los clientes? ¿Y qué hay de hacer salas
temáticas para las fantasías más perversas de nuestros clientes: cámaras de
torturas, morgues, salas quirúrgicas…?
Samuel sigue hablando o,
más bien, preguntando. Sus labios dejan que las preguntas se deslicen, sedosas
y seductoras, una tras otra. Describe macabros escenarios y sangrientas escenas
y, puede sentirlo, sus cuestiones abruman a Braham, pues cada una de ellas
alimenta su imaginación y da pábulo a deseos que preferiría estar saciando esta
noche en lugar de sencillamente discutirlos como si fuesen meros negocios.
—Caballeros, si seguimos
hablando con tanto vigor, será mejor refrescar la garganta un poco, ¿no es así?
—Oh, perfecto —sisea
Samuel, porque perfecto es la palabra que mejor describe la forma en que
su plan está transcurriendo: todo va como la seda y, ahora, es cuestión de no
cagarla y de que Jay haga su parte—. Tienes 0 negativo embotellada, ¿cierto?
Jason asiente y silva
hacia la cocina, llamando a su criado. Braham arruga la nariz, la charla le ha
abierto el apetito, pero la sangre embotellada solo le provoca asco y náuseas.
Jay escucha el silbido de
Jason y entonces hace lo que se le ha instruido. Respira hondo, se pone la
plaquita blanca sobre la lengua y deja que se disuelva poco a poco. Para cuando
traga, ya no queda nada en su boca, más que un sabor extraño y la sensación del
nerviosismo creciendo. Le late el corazón en la garganta, le tiemblan las manos
y ve borroso: <<¿estoy tan aterrorizado de hacerlo mal o es que ya
está haciendo efecto?>>
Jay aparece entonces en el
salón tal como estaba planeado: con un fino vestido ligeramente transparente
cubriendo su delgado cuerpo y fluyendo por sus sutiles curvas como plata
líquida, una bandeja con una copa de sangre en sus manos, la cabeza baja y los
pies descalzos moviéndose apresurados y temerosos por el suelo, como los
pasitos de un ratón.
—Para él. —indica Jason,
señalando a Samuel y hablándole a su humano como si no fuese nada más que una
mera marioneta.
Jay da un repullo, jamás
había escuchado a Jason tan severo y frío, y se dirige hacia Samuel recordando
cuál debe ser su verdadero objetivo: tirar la copa de sangre sobre la ropa del
rubio. La idea lo aterroriza, pues él siempre se esmera en ser un siervo
perfecto y obediente, y especialmente porque sabe que esta vez debe
obtener un castigo para que las cosas funcionen.
Como Jason había
anticipado, su pequeño humano capta la atención de Braham.
El original clava sus ojos
en él tan pronto lo ve entrar en la sala y lo recorre de arriba abajo varias
veces, fijándose en su expresión afable y temerosa, en sus cabellos claros que
usa para tapar levemente su rostro y no tener que sentir la punzada de los ojos
rojos sobre él; se fija en sus manos diminutas y temblorosas, en el contorno de
sus clavículas que se forma cuando la tela se pega levemente a su pecho, a la
forma en que esta resalta levemente sus pezones y a veces la estrechez de su
cintura.
Jason debe pensar en
flores y cachorritos para mantener su mente serena y no lanzarse contra ese
vampiro, pues ahora mismo, lo que más desea es arrancarle los ojos de las
cuencas y tragárselos, para que así las bellas imágenes de su humanito le
pertenezcan a él y solo a él.
Pero no puede perder el
temple ahora y mucho menos cuando sabe lo que viene.
Jay tropieza y la bandeja
salta por los aires. El humano jadea de la impresión y acaba cayéndose sobre el
duro pecho de Samuel, notando con sus manos la humedad en este: ha derramado la
copa de sangre embotellada sobre el vampiro, empapando su camisa antes blanca.
Ha sido tan real que, por
un segundo, Jason está seguro de que Jay no ha cumplido su parte, sino que
estaba tan nervioso sobre cómo o dónde fingir su tropiezo, que realmente no ha
visto dónde ponía los pies y ha terminado cayéndose de verdad.
Su corazón late desbocado,
lleno de ansiedad. Oh, su pobre chico. Jason quiere abrazarlo y mimarlo,
decirle lo muy bien que está haciendo todo, pero no puede hacerlo. Solo puede
morderse la mejilla por dentro y mirar cómo la expresión de Samuel se deforma
con ira.
—Jodido inútil. —farfulla
Samuel, tomando bruscamente la muñeca de Jay y tirando de él para que salga de
encima suyo. Siente su pulso acelerado bajo sus grandes y fuertes dedos
mientras da otro tirón, ahora hacia abajo, haciéndolo arrodillarse.
Jay gimotea de dolor y
jadea por cada movimiento brusco, sintiéndose mucho más aterrado de lo que
jamás pensó que se sentiría. Él sabe que Samuel y Jason solo están fingiendo,
solo juegan, se repite, todo es mentira, pero aun así son tan fuertes y fríos que
le aterra, pues podrían ser así con él siempre. Ese podría ser su
destino y nadie haría nada para salvarlo.
—Bueno, parece que tenemos
un primer candidato para la noche roja. —se burla Jason un poco, insinuando
algo tan siniestro que a Jay se le eriza la piel de todo el cuerpo. Samuel ríe
con crueldad por la broma y Braham se carcajea lleno de deleite.
No es solo diversión, es
también… anticipación. Se relame imaginando que ese siervo bonito acaba en una
de las salas rojas en la noche de la inauguración. Una sala que se asegurará de
reservar.
—Oh, me divertiré mucho
rompiéndolo esa noche —dice Samuel, zarandeando al chico para asustarlo un poco
más. Jay hace un buen trabajo, empezando a sollozar y a temblar de una forma
tan vulnerable que, incluso si Samuel sabe que es una actuación, logra convencer
a sus instintos de despertar y desperezarse, prepararse para la caza—, eso
compensará que me haya arruinado la camisa. Es más cara que tu vida, humano, y
mucho más valiosa —Jay emite un chillidito cuando Samuel le aprieta un poco el
brazo, dejándoselo rojo y amoratado. Jay balbucea tristes súplicas, pero
pareciera que tiene la lengua adormecida y que apenas puede hablar bien. <<Está
funcionando>>—. Pero me ocuparé de eso más adelante, ahora lo que
quería es una copa de sangre y me vas a dar una puta copa de sangre. ¿Me
permites, Jason? —pregunta Samuel educadamente, haciendo un ademán con su
cabeza para señalar al confundido chico postrado a sus pies.
—Adelante, solo no lo
estropees mucho. —dice Jason sin darle mayor importancia y luego sigue
hablando, añade algo más sobre su idea de negocio, pero ve a Braham con toda su
atención enfocada en Jay y Samuel, sin siquiera escuchar sus palabras.
<<Bien>>
Samuel toma la copa de
vino vacía y tira del brazo de Jay, echándoselo sobre el regazo. El chico no
cae sentado, sino más bien tirado, como un trapo viejo descartado: tiene las
articulaciones flácidas y tiritantes y, cuando trata de agarrarse a su ropa, sus
dedos no tienen suficiente fuerza ni para formar una arruga. No puede, de
hecho, siquiera enderezar su espalda o su cabeza y esta cuelga hacia delante
tímidamente, goteando lágrimas y palabras a medio sorber y medio sollozar.
Samuel lo manipula con sus
hábiles manos, dejándolo sentado sobre una de sus piernas y pasándole un brazo
por detrás de la espalda a modo de respaldo, para que dé la ilusión de que está
dócilmente sentado en su regazo. El chico se lamenta y suplica ininteligiblemente
mientras Samuel le sostiene la muñeca a Jay con una mano y, con la otra coloca
la copa vacía justo debajo de su piel pálida y perfecta.
La mano que le sostiene la
muñeca a Jay cambia: los dedos de Samuel se tornan un poco más largos y
robustos y sus uñas, antes perfectas y pulcras como de cristal, se tornan
negras y afiladas garras que crecen varios centímetros, como dagas
desenvainándose.
Samuel clava sus garras en
la muñeca de Jay. No muy profundo, pero sí rápido y cruel, para hacer al chico
gritar de dolor y retorcerse. Cinco heridas emergen en su hermosa piel de nieve
y cinco pequeños hilos de sangre viajan por su muñeca y se derraman en la copa.
Jay sangra despacio, más
de lo que llora, pero poco a poco su sangre llena la copa hasta arriba y cuando
está a punto de rebosar, Samuel empuja al chico a un lado, dejándolo caer al
suelo como un juguete roto y se lleva la copa hacia la nariz.
—Ah, sangre caliente.
Huele tan deliciosa. —suspira, inhalando profundamente, haciendo que el cáliz
entre sus dedos dé leves vueltas y que la sangre de dentro ondee como las aguas
de un lago que se mece en la palma de su mano.
Braham mira la sangre,
maravillado, consumido por el deseo.
Jason debe esforzarse con
toda la determinación que tiene dentro del cuerpo por mirar la copa de sangre
como si fuese lo más interesante y llamativo de la habitación. Le cuesta
horrores encarrilar sus pupilas, convencerlas de que no se desvían hacia el pobre
chico que se lamenta y sangra en el suelo, dolorido y tan mareado y débil que
no puede ni tenerse de pie.
<<Mi amor, mi
pobre amor>>,
cada segundo sin ayudarlo se siente como una puñalada, pero no puede arruinar
el plan ahora.
—Salud —dice Samuel
alzando su copa y luego llevándosela a los labios. Deja que la sangre le moje
los belfos y finge dar un sorbo, aunque ni una sola gota entra realmente en su
boca, luego se retira la copa con una expresión de amargura y disgusto pintándole
el rostro—, ugh, joder, ¿qué…?
—Oh, disculpa, debí
haberte advertido —interrumpe Jason, ganándose la falsa atención del asqueado
rubio y toda la intensidad de la mirada de Braham—. A ese siervo lo tengo como
parte de mi servicio personal porque es algo peculiar. No a todos les gusta: es
hemofílico, así que esa condición afecta al sabor, consistencia y aroma de su
sangre. Es algo muy único, pero no todos los paladares buscan esa clase de
sabores. Yo lo adoro, sin embargo.
Jason dice eso último
lanzándole una rápida mirada al chico en el suelo. Una mirada que le rompe el
corazón, pues ve como Jay mira a todos lados, sin entender nada, el mundo
transformado en un extraño caleidoscopio de colores y formas, su cuerpo vuelto
barro inerte y su cabeza un ovillo que se anuda y se lía cada vez más, pero que
no logra resolverse en un claro y recto pensamiento.
—¿Me permites? —pregunta
Braham de repente, extendiendo una de sus manos hacia la copa aún totalmente
llena de Samuel. Tiene sus pequeños ojos abiertos de par en par, mostrando una
ilusión casi inocente, como la de un niño en Navidad. Jason y Samuel se miran
brevemente. <<Bingo>>—. Me fascina lo diferente y jamás
había probado algo como esto.
Los ojos de Samuel y de
Jason se clavan en Braham con una tensión que les parece increíble que el otro
vampiro sea capaz de ignorar solo porque está absorto en la sangre. Este,
piensan, es el momento en que todo se decide: si le gusta la sangre de Jay, si
da un buen trago a ese manantial rojo de dulzura aderezado con algo especial,
entonces todo funcionará. Pero si reacciona igual que Samuel ha fingido
reaccionar… no saben siquiera cómo salir de esa situación.
Braham se lleva la copa al
rostro, mira la sangre con atención y los ojos brillándole, como si advirtiese
ya algo especial en ella, la huele con una profunda inhalación y cierra los
ojos mientras inclina el vaso sobre sus labios con la pasión con la que uno
recibiría el beso de un amante.
Lo siguiente que ven es
como Braham da un diminuto trago a la sangre.
Y luego vacía la copa al
segundo siguiente.
Cuando acaba, su rostro
refleja puro asombro y Jason y Samuel suspiran con alivio.
—¿Cuánto por él? —pregunta
de repente, clavando por fin sus ojos en el pobre humano que está en el suelo,
quejándose y resbalándose en su propia sangre y al que todos parecían obviar
hace un minuto. La forma en que el original hace la pregunta forma un rugido
posesivo en el pecho de Jason, pero debe contenerse, lucir calmado y pensativo,
pero sus siguientes palabras parecen poner a prueba su maldita paciencia:—
Joder, quiero destrozarlo. Es genial.
Lo han logrado. Braham ha
bebido la sangre de Jay y Jay está tan jodidamente drogado que no puede
moverse, hablar o siquiera pensar con claridad. El pobre chico es un lío de
gemidos que se arrastra por el suelo y pronto, piensan, Braham debería acabar
igual. Solo que no saben cuánto tardará en hacerle el efecto la sangre
contaminada de Jay y necesitan mantenerlo cómodo y embelesado por sus
palabras hasta entonces, confiado, para que no sospeche nada. Incluso débil por
la droga, sigue siendo un original, tienen que tomarlo desprevenido. Su ataque
no puede ser una temeridad, debe ser una traición.
—¿Cuánto estás dispuesto a
ofrecer? —pregunta Jason.
Jay, en el suelo, no
recuerda qué es real y qué no.
La droga se ha fundido
sobre su lengua con facilidad, como azúcar contra el paladar, y ahora viaja por
su cuerpo deslizándose fácilmente por las venas, nadando en su riego sanguíneo
y llegando a todas partes: a su corazón, el cual estruja y maltrata para que
lata rápido y enloquecido, a sus dedos, los cuales sacude hasta que le tiemblan
tanto que parecen un terremoto bajo la piel, a sus ojos, que parece hacer girar
como peonzas para que el mundo sea solo un huracán de colores y formas
desdibujadas.
Y a su cerebro. La droga
llega a su cabecita y empieza a tomar pedazos de lo que es real y de lo que no
y a unirlos a la fuerza, creando un puzle macabro que hace a Jay llorar
desesperado. ¿Y si solo soñó que su antiguo y horrible amo murió porque necesitaba
creer que existía una salvación imposible para él? ¿Y si eso jamás pasó y
sencillamente fue… vendido a Jason? Escucha a Jason debatir con ese otro
vampiro grande, poderoso y cruel que habla de torturarlo y violarlo, de romper
sus huesos y quebrar su espíritu, de vaciar sus venas y llenar su cuerpo con su
pasión maldita.
Debaten sobre precios.
Jason lo está vendiendo y
no sabe si es parte del juego o si todo eso se ha acabado o si nunca empezó
siquiera. Sus recuerdos están borrosos, deshilachados, y Jay no sabe si Jason
le dijo que fingiese esta noche o si todo ha sido real. ¿Y si Jason jamás ha
sido amable y tierno con él y él sencillamente lo ha imaginado porque no podía
enfrentarse a la realidad? ¿Y si todas las noches de besos y pasión compartida
fueron noches en que el vampiro lo empujaba contra el colchón y lo forzaba
contra su voluntad y él, para huir, creó un mundo de fantasía donde existía esa
anomía que es un vampiro amable y, más aún, un vampiro capaz de amarlo?
Si lo piensa bien, es
demasiado fantasioso pensar que justo cuando su terrible y torturador amo iba a
convertirlo en carne de salas rojas, fue rescatado por un príncipe en brillante
armadura que ahora lo baña en regalos, afecto y privilegios y que hasta renuncia
a morderlo en el cuello, un vampiro lleno de deseos y colmado de poder que, aun
así, esperó a que estuviese listo para su primera vez y que cuando lo castiga,
lo hace con placer en vez de dolor.
Jay se siente ingenuo y
estúpido por haber creído una mentira tan obviamente falsa por tanto tiempo.
Sus ilusiones lo han cegado, sus esperanzas lo han protegido de la verdad, pero
ahora siente que abre los ojos y que ve el mundo tal y como es: su antiguo amo
no está muerto, solo lo vendió y ahora Jason planea o bien usarlo para las
salas rojas o bien vendérselo a alguien mucho peor que el infierno que ya
conoció.
Jay solloza, desesperado,
el luto de un amor que solo existió en su cabeza lo cubre y el terror por su
inminente destino le hace desear la muerte. Solo hay una cosa clara en su
cabeza, una cosa que se repite como un constante martilleo, clavándole en el corazón,
en las entrañas, en el alma: <<Esto es real. Esto es real. Es real.
Real. Real.>>
—Cinco mil es una buena
cifra, considerando que seguramente ya esté usado. —rebate Braham, que lleva
casi un cuarto de hora regateando con Jason sobre el precio de la vida del
pequeño.
Jason se siente enfermo,
más enfermo de lo que Braham luce, y sabe que si la droga no hace efecto
pronto, no podrá aguantar más interpretando su papel. No mientras Jay llora y
jadea de dolor en el suelo, sonando tan destrozado. Le dijo que fingiese estar
aterrado y que necesitaba que fuese realista, pero esto no es solo realista: es
real.
—¿Cinco mil? Eso es apenas
el precio de un humano común. ¿Tan poco te parece que vale? Quizá deba
recordarte lo excepcional que es su sabor. Samuel —ordena, levantando la cabeza
hacia el rubio con un gesto comandante—, ¿te importaría servirle otra copa a mi
invitado?
Samuel lo mira con atisbo
de duda: <<¿Otra?>> parece preguntar con su mirada, lleno de
preocupación <<Jay ha perdido mucha sangre>>. Pero no
hesita, porque sabe que Jason está tomando la mejor decisión: Jay seguirá
sangrando hasta que acabe todo esto y puedan curarlo, así que necesitan
acelerar las cosas. Como sea.
Samuel toma la muñeca del
humano en el suelo y luego le arrebata la copa a Braham de las manos con un
gesto lleno de presteza y elegancia. Aprieta la muñeca pálida y fría de Jay,
exprimiendo unos chorros más sangre y los deja gotear hasta que la copa se llena
de nuevo.
Por fortuna, las heridas
que le ha hecho a Jay son solo varias punzadas: sangran abundantemente cuando
él las aprieta, pero si las deja estar, gotean muy poco a poco. Jay lleva mucho
rato sangrando, pero el charco carmesí bajo su brazo es moderado. Aún tienen
tiempo de sobras, pero Samuel se teme que Jason sea a quien se le agota el
tiempo o, más bien, la paciencia.
—Aquí tienes, disfrútala.
—dice Samuel, jocoso, mientras le ofrece la copa de sangre al original.
Este la toma entre sus
manos con delicadeza y le lanza una mirada deseosa mientras dice:
—Oh, lo haré.
El vampiro hace el mismo
proceso que antes: se acerca la copa al rostro, observa con deleite como las
ondas carmesí dentro del cristal, respira profundamente el aroma dulzón de Jay,
dejando que le llene los pulmones y luego empieza a inclinar el tibio cristal
contra sus labios.
Solo que esta vez, antes
de beber, se detiene y habla con cierto escepticismo.
—Dos copas de sangre…
—murmura, pensativo— Estás generoso hoy. —advierte y su tono es juguetón y
halagador, pero también tiene una pequeña acusación, una pregunta sin
pronunciar: <<¿Por qué?>>
Jason se tensa y Samuel
aprieta los labios. ¿Está Braham empezando a sospechar de ellos o solo está
comportándose un poco excéntrico porque él es así?
Jason trata de poner sobre
su rostro su careta más carismática y se inclina hacia delante, poniendo un
dedo en la base de la copa del otro vampiro y empujándola contra sus labios,
haciendo que la sangre empiece a fluir contra ellos. Braham bebe, incapaz de
desperdiciar una sola gota, mientras Jason habla igual de atrevido que actúa:
—Porque espero que tú seas
igual de generoso cuando toque invertir en mi negocio.
Braham se termina la copa
sin rechistar, convencido por la labia de Jason y atrapado en sus encantos.
Cuando termina, la sangre se relame y mira al humano en el suelo.
—Veinte mil. ¿Quieres más?
Te doy más. Lo que sea, solo quiero a ese jodido humano. Putamente delicioso.
Jason alza las cejas. No
sabe si es impresión suya o no, pero le ha dado la sensación de que ha
pronunciado la palabra delicioso de una forma un tanto extraña, siseando
las ces y las eses, como si su lengua estuviese extenuada.
—Hecho. —dice Jason con
voz prometedora y sombría.
Jay solloza en el suelo,
pero su amo lo ignora. Debe ignorarlo. Y extiende su mano hacia Braham
para cerrar el trato.
Braham le estrecha la
mano, la emoción burbujeando dentro de él y todos sus macabros deseos
dirigiéndose hacia el pobre mortal en el suelo. Cuando Jason toma su mano y la
sacude enérgicamente, puede notarlo: el apretón de Braham es flojo, más de lo
que esperaría en un vampiro puro y, especialmente, en uno original. Sus dedos
se sienten de trapo.
Le lanza una mirada
cómplice a Samuel. <<Solo un poco más>> piensan ambos.
—Bien, ahora que habéis
cerrado esta pequeña transacción, ¿qué tal si hablamos de la noche roja? He
invertido mucho en el local rojo de Jason, pero sin esa primera noche no
tendremos buena publicidad. Necesito saber cuánto estás dispuesto a dar,
Braham.
Jason respira más
tranquilo al ver que es Samuel quien toma el timón de la conversación y cambia
el rumbo en una dirección que no es la de comerse a su tesorito humano. Braham
asiente, reconociendo la importancia de zanjar ese tema, pero parece distraído.
—¿Cuánto, eh… de cuánto
estamos hablando? —pregunta Braham. Su voz sigue sonando ronca y dominante,
pero ha perdido un poco su elocuencia, su firmeza. Suena soñoliento.
—¿Que cuánto he invertido
yo o que cuánto necesitamos de usted? —pregunta Samuel, incisivo, hablando
rápido y notando que cuando lo hace, Braham tarda un segundo más de la cuenta
en responder. Entorna sus ojos mientras lo escucha, como si le costase registrar
sus palabras.
—Uhm, ¿cuánto dinero
esperáis que yo… de mi inversión?
—Oh, bueno, Jason tiene
unos umbrales de ingresos especificados en sus documentos. ¿Jason? —pregunta
Samuel, haciéndole un gesto de cabeza a su amigo.
Este asiente y su mirada
no luce ya amigable, sino oscura, cazadora. Profunda como lo es su sed de
venganza.
—En mi despacho. Síganme,
caballeros.
Jason se levanta del sofá
como si nada, pero cada fibra de su cuerpo está tensa y rígida, como esculpida
en mármol. Todos sus sentidos: alerta. Su corazón: tan nervioso que juraría que
le late por primera vez en miles de años. Su mente: centrada en una sola cosa,
ayudar a Jay. Y ayudar a Jay significa matar de una vez por todas a ese pedazo
de mierda que ha creído que la vida de su amorcito tenía un precio.
Samuel se levanta también.
Braham es el último en
hacerlo, como si anticipase que le iba a ser difícil. Pero cuando lo hace,
parece que no había pensado que fuese a serle tan difícil, pues las
piernas del vampiro parecen gelatina y este se tambalea hacia delante,
precipitándose contra la mesita de té manchada con la copa sangrienta de Jay.
Samuel se apresura a
socorrer a Braham, poniéndole una mano en el pecho para que no caiga,
sosteniendo todo su peso en su palma. La mano, sin embargo, no está justo en el
centro del pecho, sino un poco desviada. Hacia la izquierda.
—¿Se encuentra bien? ¿Ha
bebido antes de venir aquí? —pregunta Samuel fingiendo preocupación, y la
cabeza de Braham parece ser papilla, pues no capta en el tono del otro la
pequeña nota de sádica diversión que no ha podido ocultar.
—Ugh, no, no sé qué…
Samuel le ayuda a
incorporarse un poco, empujando con su mano el pecho del hombre para que
enderece su espalda y se ponga de pie. Braham se deja ayudar, genuinamente
confundido, los engranajes de su cerebro girando demasiado despacio como para
poder entender lo que realmente está pasando.
Todo gira a su alrededor
y, quizá, es eso lo que hace que no sea capaz de percibir ese huracán de
fuerzas que se concentra en la mano sobre su pecho justo antes de que Samuel la
empuje duro y hondo de verdad, atravesándole el cuerpo hasta que su mano ensangrentada
sale por la espalda de Braham, sosteniendo su corazón.
El original no grita. El
dolor le llega unos segundos después, distorsionado, desmontado, y debe unir
las piezas para entender qué pasa: Samuel acaba de perforarle la caja torácica
con el brazo. Acaba de sacar el brazo del cráter en su pecho. Le ha arrancado
el corazón. Él cae sobre el sofá, justo donde estaba sentado.
No tiene fuerzas para
hablar, siquiera, solo para mirar con ojos como platos cómo Samuel sonríe y
sostiene su corazón como si fuese una delicada y deliciosa reliquia. Lo mira
igual que él miró el cáliz de sangre minutos atrás, embelesado, sediento, pero a
la vez queriendo gozar despacio del momento, y luego siente los afilados
colmillos del vampiro clavándosele en un corazón que ni siquiera le pertenece.
Siente a Samuel succionar
sus fuerzas, su poder, su eternidad.
Jason se acerca y Braham,
aún confundido, piensa que quizá va a socorrerlo, pero lo ve arrodillándose en
el suelo, abriéndose la muñeca y haciendo al mortal hemofílico beber hasta
curar su brazo. ¿Inmortales devorando a un original y salvando a un mortal?
Tiene que ser una pesadilla, piensa, pero el dolor es demasiado real.
La desesperación, ese
sentimiento que creyó haber olvidado siglos atrás, se instala en su pecho,
ocupando el lugar de su seco corazón.
Jason lo toma por las
solapas de su abrigo con fiereza.
—Ningún hijo de puta toca
a mi amor y vive para contarlo. —sisea en su oído, sus palabras envenenadas,
rebosantes de bilis.
Y tira a Braham al suelo,
al mismo lugar donde Jay había estado agonizando durante toda la noche, ahora
su charco de sangre humana siendo inundado por el charco de sangre alquitranada
que sale del pecho de Braham mientras este ve cómo Jason toma a Jay entre sus
brazos y lo coloca cómodamente en el sofá, en su sitio, mientras lo acaricia y
lo consuela.
Pero antes de que todo se
apague, su mirada se dirige hacia Samuel Hass.
El rubio sonríe mientras
devora su corazón: no solo bebe su sangre, arranca pedazos de carne con sus
dientes y los traga sin siquiera masticar, el músculo, gomoso, cediendo al
puñal de sus colmillos, desapareciendo en el abismo de una sed más codiciosa que
la de sangre: la de poder.
Samuel ondea su mano
sardónicamente, despidiéndose del original mientras poco a poco lo ve cerrar
sus ojos, la última imagen grabada en ellos siendo los ojos rojos de Samuel
colmados de decisión y maldad y boca roja despedazándole el corazón.
<<Devorador de
Dioses>> piensa
y luego su mente queda vacía y su cuerpo se torna ceniza. Lo que quedaba de su
sangre y de su carne, ahora son la sangre y la carne de Samuel.
Su vida es polvo flotando
en el aire, perdiéndose, su poder fluye en el interior de su asesino,
haciéndole sentir tan vivo que cae de rodillas con una sonrisa en sus labios
carmesí y un brillo enloquecido en sus ojos.
—Cazar humanos es
divertido —dice Samuel y mientras habla su voz parece desapegada de la
realidad, fría: una voz omnipotente que habla desde el cielo y resuena por toda
la estancia, su eco tan poderoso como un rugido—, placentero… Pero cazar algo
más poderoso que tú… —Samuel se mira las manos, las gira delante de sus ojos,
observando la transición entre palma y dorso, abre y cierra sus dedos, como si
probase ese cuerpo por primera vez, como si estrenase su piel.
Es el mismo de antes, pero
todo se siente más hormigueante, mágico. Sus manos se sienten más ligeras,
tanto que su velocidad de antes se le antoja lentitud, tanto que cuando se
apoya en la mesita de té de Jason para levantarse, la quiebra sin querer, aunque
solo recuerda tener semejante desborde de fuerza la noche en que se convirtió.
Y es que es como convertirse de nuevo: antes era un simple vampiro, un puro, si
es que quiere alardear definiéndose, ahora… ahora se siente como un jodido
dios.
—Podría volverme adicto a
esto —ríe y se pone de pie de pronto, notando como su cuerpo responde tan
rápido a sus acciones que ha cambiado de posición en una fracción de segundo,
moviéndose de una forma invisible para el ojo humano. Su cuerpo antiguo, del
que tanto se enorgullecía, le parece ahora una máquina vieja y desfasada,
oxidada—. Jason, es increíble, esto es…
—Tienes que irte.
—masculla su pupilo.
Desde que él ha absorbido
el poder de Braham, es cierto que ha oído la voz de Jason. Lejana, como el
murmullo de las olas de mar, tan insignificante que le ha costado convencerse
para prestarle atención, pero ahora se esmera por escucharla y sus palabras le
sorprenden. ¿Acaso Jason no se alegra de su éxito? Incluso si sintiese envidia
o indiferencia por su plan que ha triunfado, su poder debería hacerlo
impresionarse, arrodillarse.
<<Quizá debería
enseñarle la forma correcta de postrarse ante mí. Debería enseñarle modales,
castigarle por osar echarme cuando el mundo entero me pertenece,
debería…>> Samuel
niega con su cabeza. Reconoce esos pensamientos: son la mano suave y malvada
que lo guió por el mal camino cuando Aaron cayó en su poder.
Son sus instintos
camuflados como elocuencia, vestidos de seducción.
Debe ignorarlos, incluso
si su nuevo poder significa nuevos instintos. Precisamente por eso.
—¿Jason? ¿Qué sucede?
—pregunta el rubio, saliendo de su ensimismamiento y atendiendo al vampiro
pelirrojo.
Este está de rodillas
frente al sofá, sosteniendo a Jay quieto. El humano no para de negar con la
cabeza y revolverse en su lugar. Todo ha acabado (Braham está muerto, él ya no
sangra), pero aun así huele igual de aterrado que antes y su corazón no se sosiega,
las lágrimas siguen bajando por sus mejillas sin tregua.
—Es Jay, la droga parece
haberle confundido demasiado. Está muy nervioso, tienes que irte. Acabas de
matar a alguien delante suyo, le asustas. Le asusto incluso yo. Déjanos solos,
rápido, vete.
Samuel se siente aturdido.
Estaba tan centrado en celebrar su logro que no había percibido la amarga nube
de angustia que se alza entre Jason y su tierno humano. Ahora, apocado y con un
sabor agridulce en su boca, Samuel se retira de la morada de Jason y advierte a
Charlotte, que montaba guardia afuera por si Jay debía huir si las cosas se
torcían, de que no todo ha salido bien.
Charlotte lo entiende y se
retira, pero Samuel se queda pensativo, frente a la mansión de Jason. Están
haciendo todo esto para que él recupere a Aaron, no quiere hacer a su pupilo, a
su cachorrito de vampiro, pasar por un dolor tan grande como el que él pasó
cuando le arrebataron a Aaron de las manos. No quiere hacerle probar la
amargura de perder a un humano, de recordar la fragilidad de sus cuerpos y sus
mentes porque es demasiado tarde y uno de ambos se ha quebrado
irreversiblemente.
Traga saliva y siente un
escozor que últimamente se le hace demasiado familiar en los ojos. Lágrimas de
sangre se acumulan sobre su línea de agua, sin caer, mientras se lamenta en su
fuero interno.
<<¿Por qué ni
cuando tengo la más pura de las intenciones puedo hacer el bien? ¿Por qué rompo
todo lo que toco, por qué causo dolor allí a donde voy? Fui engendrado con odio
y desprecio, quizá es mi destino corromper todo aquello que desearía salvar.>>
CAPÍTULO 79
—Jay, Jay, mi amor. Ya
está, todo ha terminado. Estás a salvo. —asegura Jason con una voz suave y
afable, tan musical y reconfortante como una nana.
Pero las notas en ella no
parecen llegarle al chico, se estampan contra un sólido muro de pánico que no
parece querer ceder. La única cosa que le indica a Jason que Jay entiende sus
palabras es que, después de pronunciarlas, el chico niega frenéticamente y,
entre hipidos, le dice que es mentira, que no está a salvo. Que “A salvo” ya no
es un lugar para él en este mundo.
Jason muerde su labio
hasta sentir el sabor metálico de su propia sangre en la boca, pero el dolor
del pinchazo pasa desapercibido: ver a su pobre humano tan desesperado,
mirándolo como si viese solo a un vampiro, como si no reconociese que es él,
le estruja tan agónicamente el pecho que cualquier herida palidece en
comparación.
—No, mi pequeño, mi cosita
preciosa, ya está, bebé, ya está, estás bien ahora. Nadie te hará daño. —sigue
afirmando Jason, usando todos los motes empalagosos que Jay siempre le pide que
le llame y que él siempre pronuncia poco, pues le hacen sentir como si tuviese
un kilo de miel sobre la lengua.
Ni eso, sin embargo, logra
endulzar la amarga realidad de Jay.
Jason trata de acariciar
al chico, pues quizá su voz no es suficiente, pero está seguro de que Jay no
podrá olvidar la ternura de su toque, la forma en que sus manos lo asen
delicadamente para acercarlo a su pecho y abrazarlo.
Tan pronto lo intenta, Jay
berrea como un animal siendo degollado. Empuja, patea y araña a su amo, cosa
que jamás ha hecho, ni siquiera en la primera noche en que se conocieron,
cuando Jay estaba seguro de que Jason era la muerte encarnada.
Jason se aleja alzando sus
manos, como para demostrar al chico que no lo tocará más. No quiere poner a su
tesoro aún peor.
—Jay, mi amor…
—No, no es real —rebate el
otro cuando por fin logra articular sus sollozos y jadeos en una voz
entrecortada pero comprensible—. N-no es verdad, vas a venderme, v-vas a dejar
que me lleven… a la sala roja, a la sala roja… vas a herirme… vas a… no es real,
no es real…
Jay patalea en el sofá,
justo como un niño pequeño teniendo un berrinche, y a Jason se le rompe el
corazón. Su precioso humano, tan valiente siempre y tan servicial, tan lleno de
alegría y risas que burbujean por su habitación… Ahora luce como un chiquillo
que suplica al destino que su inocencia no sea desgarrada.
<<¿Así lucía
cuando le arrebataron a su hermana y sus amigas? ¿Así lucía cuando su mundo se
cayó a pedazos, cuando él era apenas un chiquillo, pero tuvo que aprender a
despedirse de todo lo que amaba y le hacía sentir seguro?>>
—No, no, no, cariño. La
sala roja, venderte… Eso no era real, ¿recuerdas? Era parte del plan,
por eso te tomaste la pastilla, por eso estás confuso ahora —Jason habla
despacito y poco a poco coloca las manos en el sofá, cerca de las piernas del
chico, pero sin tocarlo aún, solo enseñándole que su cercanía no es una
amenaza. Jay lo escucha todavía lloroso y con un puchero en sus labios, pero
sus palabras parecen resonar un poco en su interior, pues deja de llorar tan
histéricamente como antes y ahora luce triste y miserable, sí, pero también
pensativo—. ¿Recuerdas habértela tomado? —Jay asiente, muy despacio, como si no
estuviese seguro de si el recuerdo es real o si Jason está manipulándolo. Luego
el vampiro toma muy delicadamente la mano del chico y lo siente tensarse, pero
no se aparta—. Esto —susurra Jason, inclinándose para besar el dorso de la mano
del castaño— sí es real. ¿Recuerdas la noche que nos conocimos?
Jay asiente de nuevo, pero
algo parece ir mal: los ojos del chico se abren como platos y su respiración se
acelera.
—Me mordiste —exhala,
sorprendido, traicionado y arranca su pequeña mano de entre las de Jason,
llevándosela al cuello para reseguir con los dedos la cicatriz. Sus ojos se
llenan poco a poco de lágrimas mientras sigue hablando—. Me mordiste en el
cuello, te supliqué, p-pero… Te rogué clemencia, pero…
Jay se deshace en sollozos
de nuevo y Jason lo deja llorar un rato, desahogarse. Fue delicado esa noche,
más que eso, magnánimo, fue un salvador para Jay, pero sabe que aun así todo
debió haber sido tan aterrador para el chico. Traumático. Sobre todo los
primeros minutos, cuando su destino era incierto y las intenciones de Jason aún
no estaban claras.
—Mhm, te mordí, es cierto
—admite Jason, pesaroso. La culpa lo corroe cuando recuerda el momento en que
hundió sus dientes en la frágil garganta del muchacho y la sangre se deslizó
por su lengua, no solo porque lo hizo, sino porque no puede revisitar el recuerdo
sin que una oleada de placer y deseo lo recorra entero —, pero tenía que
hacerlo, tenía que vincularte para robarte de las garras de ese horrible hombre
que era tu amo en ese entonces. Dime, ¿he vuelto a morderte en el cuello? —Jay
lo mira con ojos brillosos, asustados, como los de un ciervo frente a las luces
de un enorme camión— Toca, dime si hay más cicatrices. ¿Recuerdas más mordidas
ahí?
Jay jadea de dolor, como
si pudiese sentir los colmillos espectrales de sus recuerdos en toda su
extensión, su rigidez, su furia perforante, abriéndole ahora la garganta.
—Sí, s-sí, duelen y son
horribles y me hacen querer morir y…
—¿Recuerdas más mordidas mías
en el cuello? —reprende Jason y Jay frunce el ceño, pero para de llorar tan
alto, de clavarse las uñas en la piel, de balancearse en su asiento como si
fuese a enloquecer.
—No lo sé —murmura y luego
Jason le suplica con la mirada que lo intente, que intente recordar. El palacio
de la memoria de Jay es ahora un lugar confuso y laberíntico, cada paso que da
parece al revés, cada recuerdo que toma en sus manos cambia y fluye, como
arenas movedizas de colores trazando una pintura y luego otra y otra y otra.
Pero no puede encontrar ni una sola instancia en que Jason le haya hecho eso—.
No. —afirma, aliviado y suspira muy largamente.
Jay sigue confundido y
asustado, pero ahora está un poquito menos perdido y la figura frente a él no
es solo ojos rojos y colmillos, es una sonrisa y una mirada afable, manos
grandes y cálidas que le limpian las lágrimas y que lo miman de una forma que no
puede ser malvada.
—¿No vas a hacerme daño?
—pregunta el humano tímidamente, como aquella primera noche en que se
conocieron.
Antaño le pareció tierno.
Ahora, trágico. Toda la confianza entre ambos, esa que han construido piedrita
tras piedrita, aquella que creyeron tan sólida… ahora parece aplastada como un
endeble castillo de arena. Jason sabe que cuando los efectos de la droga se
pasen, Jay volverá a ser el de siempre, pero está sufriendo ahora y recordará
siempre este sufrimiento, esta confusión.
No quiere hacerle pasar
por algo así.
—Nunca más… —suspira
Jason, acercándose al chico, inclinándose para tomar sus labios de algodón
entre los suyos y besarlo muy despacio, dándole pequeños piquitos, como si
quisiera picotear sus pucheros hasta quedárselos él y quitárselos. Jay se deja
hacer, aún sollozando, y poco a poco corresponde a sus besos—. Mi amor, nunca
te haré daño.
Jay asiente, reconociendo
que eso es real. Y Jason lo toma entre sus brazos para llevarlo a la
cama y hacerle un cálido té y darle fresas en la boca, una a una, para mantener
al chico distraído mientras la droga pasa por su sistema y poco a poco se
marcha.
Jason decide, entonces,
que nunca más volverá a hacer algo así. Ni por Samuel, ni por nadie.
Quiere ayudar a su creador
y quiere salvar al pobre Aaron de las garras de Ivthan, pero Jay va primero y,
si la única forma de salvar a su tesorito humano fuese desgarrando él mismo la
garganta de Aaron con sus dientes y luego enfrentándose a Samuel como
consecuencia, lo haría en un abrir y cerrar de ojos.
CAPÍTULO 80
—No volverá a
suceder, a partir de ahora Jay se queda fuera de esto. —la voz de Jason es
marcial, inflexible y Samuel jamás trataría de doblegar la firmeza de su pupilo
cuando este está tan seguro de algo.
El rubio
asiente en silencio y luego habla con tranquilidad.
—Tengo
pesadillas por el día, cuando duermo. En todos mis años siendo un vampiro,
pensé que esa era una más de las innumerables diferencias entre nosotros y los
humanos: que somos incapaces de soñar. Pero he descubierto que me equivoco:
cuando conocí a Aaron, empecé a soñar un poco, cosas difusas, cortas, simples…
Que a la mañana siguiente olvidaba. Y, ahora que lo he perdido, tengo
pesadillas tan agónicas que cuando me despierto el dolor sigue ahí. Es el dolor
más real que jamás he experimentado. Lo que quiero decir, Jason, es que
entiendo lo mucho que significa Jay para ti, lo mucho que ayer debió
destrozarte verle así cuando estaba drogado. Jamás te pediría que hicieses algo
así de nuevo, no sabiendo cómo acabaron las cosas ayer.
Jason suspira
de alivio. Lleva intentando lucir frío e indiferente desde que Samuel y su
hermana de cabellos de leona han entrado por la puerta, pero por dentro temía
enfrentarse a Samuel, tener que perderle o, peor aún, luchar para proteger a
Jay. Habría hecho ambas sin dudarlo, pero le alegra demasiado que Samuel haya
aprendido a ser tan comprensivo.
Sabe que el
Samuel de hace unos años le habría hecho daño, mucho daño, si con ello
pudiese obtener algo de beneficio para él.
—¿Cómo está?
—pregunta entonces, afligido.
Jason reconoce
cierta humanidad en su tono. Samuel no solo está preocupado porque Jason se
halle dolido, está preocupado por Jay, de veras. No le conoce apenas, pero el
chico es amable y le recuerda a una luciérnaga que ilumina cualquier estancia
en la que entre y, anteayer, cuando estaban trazando su plan para poder salvar
a Aaron, el chico fue increíblemente amable y gentil, como si pensase que
Samuel podría romperse.
Samuel se
sentía molesto por ello. ¿Un humano subestimándolo? Le ponía de los nervios.
Pero hoy piensa en el momento en que el chico puso su diminuta mano sobre la de
él, a pesar de que temblaba porque tenía miedo, y le dijo “No te preocupes,
todo saldrá bien” y no puede evitar reconocer que le ha cogido cariño al
chico. No quiere dañarlo.
—Está mejor,
descansando.
—¿Podemos
verlo? —pregunta la pobre Lottie, que hasta ahora se había quedado al margen,
pero a la que le carcome la culpa. Ella era la encargada de poner a Jay a salvo
si las cosas se torcían y el chico tenía que salir huyendo y, aunque eso no es exactamente
lo que ha pasado, ha fallado en salvaguardar la seguridad del chico.
Jason asiente,
aunque se siente un poco reacio. Quiere dejar a Jay encerrado en una perfecta y
cómoda burbujita hasta que todo esto haya acabado, pero el humano mismo le ha
pedido esta mañana ver a Samuel y Charlotte porque quería saber si todo había
ido bien al final o no, así que Jason termina cediendo y lleva a ambos vampiros
no a la estancia de Jay, sino a su propia alcoba, donde el chico descansa en
una cama tan grande que él parece una arruguita más en la colcha y está
prácticamente nadando en un mar de cojines mullidos.
Al verlos
entrar, Jay alza su cabeza hacia la puerta y les dedica una gran sonrisa. Tiene
ojeras grandes y marcadas y algunos arañazos en los brazos, así que asumen que
ha pasado una muy mala noche y un muy mal día antes de que la droga decida
rendirse y dejar en paz su pobre cuerpo y mente.
—¡Hola!
—intenta saludar animadamente, pero su voz está algo rota y Jason se sienta a
su lado a toda prisa para hacerle tomar un poco del zumo de naranja recién
exprimido que tiene sobre el buró. Después de darle un par de sorbos, añade:—
Al final, anoche, ¿funcionó? No recuerdo mucho y sigo mareado, así que no sé…
—Todo salió
bien —responde Samuel, su voz es profunda, pero amable—, justo como habías
dicho. —añade divertido, guiñándole un ojo después.
Jay sonríe,
aliviado y luego Charlotte se inclina hacia él para poner su mano sobre su
frente.
—¿Tú cómo
estás? Pareces un poco destemplado. A ver, el pulso bien… Mira aquí —dice la
chica, alzando su dedo índice, pero Jason se lo baja suavemente, colocando su
mano sobre la de la muchacha y riendo un poco.
—Está bien, ya
me ocupo yo de eso. —la tranquiliza y luego se inclina para tocar la
frente de Jay con sus labios, dejando un nimio beso.
Jay sigue
malito y por eso lo va a cuidar muy bien y que tiene a la mitad de sus
empleados preparando caldo de pollo, arroz y zanahorias hervidas, lavando
mantas mullidas y perfumándolas con lavanda y consiguiendo las hiervas de la
más alta calidad para hacerle infusiones a su humano, pero pese al excesivo
nivel de atención que le da, Jason sabe que su pequeño mortal está bien y que
pronto estará curado.
—Uhm, señor
Hass, ¿logró… eliminar al original, entonces? ¿Ahora es usted más poderoso?
—pregunta tímidamente Jay— ¿Cómo se siente?
Antes de ser
capturado por su antiguo amo, no sabía nada de vampiros más que cómo evitarlos
a toda costa y cuando cayó, por desgracia, entre sus garras, deseó olvidar todo
lo que había aprendido: su soberbia, su lascivia, su desmedido apetito. Deseó
olvidar la forma en que aprendió a distinguir, por el color de la piel de un
inmortal, si se hallaba famélico o saciado, por el grado de dilatación de su
pupila, si lo estaba mirando o sopesando cuándo y cómo herirlo solo por
diversión. Jay se vio forzado a aprender hasta qué punto los tentáculos de la
perversión se retuercen dentro de los vampiros y ahogan su alma humana,
convirtiéndola en una podrida sombra de lo que pudo haber sido.
Pero desde
Jason las cosas han cambiado: ya no necesita esos conocimientos y, aunque aún
se encoge de miedo cuando identifica en Jason un gesto, una mirada o una simple
aura cargada de deseo y hambre, ya no tiene que correr y esconderse, no tiene
que aprender a dejar su cuerpo muerto y huir por los pasillos de su mente para
acurrucarse en un recoveco alejado, muy muy alejado de la realidad.
Jason le hace
sentir seguro y eso significa que su curiosidad puede florecer: ha descubierto,
con su nuevo y amado amo, que tiene muchas preguntas que hacer. Una vez incluso
le pidió a Jason que le dejase cortarle con un escalpelo y verlo por dentro
porque necesita ver, saber, entender cómo su cuerpo funciona. Los
vampiros fueron una pesadilla, pero cuando uno no los mira tras el manto del
pánico, son un milagro: una vida eterna, una fuerza desmedida, sentidos
afilados y precisión aguda… Son criaturas increíbles, pero reales. Y si Jay
puede tocar a una de ellas (besarla, acariciarla, amarla), eso también
significa que puede estudiarla.
Quizá Jason no
es muy fan de ser diseccionado, pero al menos puede ir cortando su manto de
ignorancia con el bisturí de las preguntas precisas. A Samuel no parece
importarle mucho.
—Sí, logré
matar a Braham y me comí su corazón. Fue, joder, fue tan extraño e increíble.
La sangre humana nos resulta deliciosa, tan dulce, pero la sangre de nuestra
propia raza se nos hace amarga, metálica, nos da el mismo asco que supongo que
a un humano le daría beberse un gran sorbo de su propia sangre. Pero comerme el
corazón de Braham fue distinto, no era dulce, en absoluto, era salado y ácido,
pero era un sabor adictivo, cada bocado en el que arrancaba un poco de su
sangre me hacía salivar más la boca y el próximo bocado era aún más grande.
Durante un momento, cuando estaba haciéndolo, me olvidé de por qué lo hacía:
solo seguí porque me resultaba delicioso, porque parecía lo correcto. Tenía un
pedazo de carne fresca delante de mí y mis colmillos querían romperla y
probarla, así que… —Samuel debe hacer una pequeña pausa, está hablando con
demasiada excitación, un brillo enloquecedor empieza a brillar en sus ojos y
debe esmerarse por apagarlo, no dejar que explote delante de todos.
Jason y
Charlotte lo miran asombrados y curiosos, pero también ligeramente incómodos.
Es normal: llevan cientos de años teniendo muy claro que ellos son el cazador y
las demás criaturas del mundo, meras presas, incluso si ellos no gustan de ser
crueles y sanguinarios, hallan confort en reconocer que podrían serlo si quisieran,
en el hecho de que la elección es suya.
Pero Samuel
hablando de ese modo, les recuerda que no están en lo alto de la cadena
alimenticia, ni de lejos. Un vampiro común es como un dios para un humano, pero
¿qué son ellos en comparación a Samuel, al Samuel de ahora? Presas tan
mediocres que no merecen ni la pena.
Se sienten
pequeños, vulnerables. Y eso les eriza la piel de una forma en que solo la piel
de un humano se eriza cuando sabe que tiene cerca algo más grande y poderoso de
lo que puede comprender.
—Justo después
de alimentarme de Braham hasta matarlo, me sentí poderoso, sí, pero no fue como
pensé que sería. Siempre creí que consumir el poder de otro vampiro sería
similar a darse un festín humano después de un tiempo famélico: la sensación de
la sangre fluyendo dentro de ti, llenándote de poder, haciéndote alcanzar ese
potencial que te queda lejos cuando estás demasiado mareado, flojo y débil por
el hambre.
<<Pero
no fue así, no fue como alimentarse, fue como convertirse en vampiro otra
vez. La sangre humana te da tanto poder como tu cuerpo resiste, la sangre
de un original rebasa ese límite, te obliga a volverte algo más. Algo
mejor. Siento que soy una criatura totalmente distinta. Mis apetitos se han
vuelto más insistentes que antes, aunque por suerte he aprendido a controlarme
últimamente, y mi fuerza… Rompo cosas al tocarlas sin querer ahora, como cuando
dejé de ser humano y no podía calibrar bien mis nuevas habilidades. Oigo mejor,
mucho mejor, aunque es tan agobiante: puedo escuchar las briznas de hierba del
césped de tu patio trasero frotarse entre ellas, Jason, puedo escuchar el
aleteo de los insectos afuera.
<<Puedo
escucharte parpadear>>
Le dice a Jay,
formando una sonrisa enorme y llena de sorpresa y asombro.
—Es increíble.
Es abrumador, pero jodidamente increíble.
Jay lo escucha
totalmente embelesado. Le encantaría tener su libreta y su bolígrafo aquí
mismo, esa donde siempre toma apuntes cuando se pone a hacerle preguntas
quisquillosas a Jason porque su vampiro le responde a todo lo que él quiere: Y
qué pasa si comes comida humana? ¿Y si te arrancas un colmillo de raíz, cuesta
más curarse? ¿Qué sucede si te cortan por la mitad? ¿Qué parte de ti se cura?
¿Tus fluidos corporales son creados única y exclusivamente a partir de la
sangre humana que consumes? ¿Tienen un ADN distinto cuando bebes de distintos
humanos? ¿Qué pasaría si te forzases a quedarte despierto durante varios días?
Si se usa tu piel para trasplantársela a un humano, ¿se vuelve piel humana o
ese pedazo sigue conservando propiedades regenerativas propias de los vampiros?
¿Los vampiros sois fértiles? ¿La regeneración de células de los vampiros tiene
alguna similitud con la forma en que las células se reproducen demasiado rápido
en casos de cáncer? ¿Un niño vampiro podría madurar mentalmente hasta la adultez
o su cerebro se quedaría subdesarrollado para siempre?
Pero, por
desgracia, no tiene nada para tomar apuntes, así que solo intenta quedarse con
hasta el último detalle de lo que oye.
Si se fija,
puede notar algo en Samuel, algo distinto: parece haber ganado una cualidad más
etérea que antes. Quizá días atrás lucía como un ángel, pero ahora es
uno. O al menos eso pensaría alguien que lo viese por primera vez. Su piel está
más blanca, no como la de un humano enfermo que va perdiendo su color, sino
como el tono liso, suave e inmaculado de la roca en la que se esculpen las más
hermosas estatuas antiguas. Del mismo modo, su cabello rubio parece ahora
dorado, no metafórica, sino literalmente; incluso da la sensación de desprender
un leve brillo. Y Jay no está seguro, porque Samuel es una criatura colosal, al
igual que Jason, y su tamaño siempre lo abruma aunque lo vea mil veces
seguidas, pero juraría que es un poco más alto. Quizá solo un centímetro o
quizá es solo un aire de grandeza que crea esa ilusión, pero hay algo en él que
hace que la sensación de que debes mirarlo desde abajo sea más notoria aún que
antes.
—Entonces, el
siguiente vampiro original a por el que tenéis que ir ahora es Zoa, ¿cierto?
—pregunta Jay con decisión, como si fuese el cabecilla del grupo— Tenía una
idea al respecto, si no os molesta que yo participe…
Samuel y
Charlotte enarcan una ceja, confundidos, y miran a Jason.
—A mí no me
miréis, yo no he compartido ninguna información, es solo que a él le gusta
husmear demasiado, —bromea Jason, revolviéndole el cabello a su humano, que se
pone algo rojo por cómo su amo lo ha expuesto como un cotilla, lo cual es
básicamente verdad—, pero una cosa es husmear y la otra participar. Y ayer dejé
claro que no quería que te involucraras más. ¿Has entendido?
El tono de
Jason cambia de pronto: de jocoso a serio. En sus ojos chispea una amenaza: <<Ponte
en peligro y voy a castigarte>>, pero Jay traga saliva, se arma de
valor y dice:
—Amo, solo
quería dar una idea, por favor.
Jason frunce
el ceño.
—De acuerdo
—cede, pero su mirada sigue siendo severa—, aunque nada de plantear algo
peligroso. Tu vida me pertenece y he decidido que nadie va a jugar con ella, ni
tú mismo.
Jay asiente
concienzudamente. Samuel se siente terriblemente avergonzado: Jason es
protector y dominante con Jay, deja claras sus normas y el humano respeta tan
bien los límites y, a pesar de ello, jamás lo ha golpeado como él golpeaba a
Aaron. Jamás lo ha… mutilado de ese modo. Jamás lo ha ultrajado.
Ahora, cuando
echa la vista atrás, Samuel no puede comprender por qué fue como fue con Aaron.
¿Por qué le hizo pasar semejante infierno? <<Para luego ser incapaz de
salvarlo de las llamas de otro>>
—La otra noche
dijisteis que Zoa es arrogante y que por eso podéis aprovechar que seguramente
tenga la guardia baja. Pienso que antes de hacer algo así, tenéis que
observarla un tiempo, ver cuáles son sus rutinas antes de atacar. Braham está
muerto, así que podéis ocupar su palacio: nadie se atreverá a cuestionar qué
hacen tres vampiros de afuera en el núcleo, porque aunque es inusual, nadie se
mete en los asuntos de los originales. Si pasáis varias noches en la mansión de
Braham, tendréis a Zoa cerca o al menos más cerca que ahora y creo que eso os
ayudaría mucho a decidir cuál será el siguiente paso.
Samuel alza
las cejas, fomentando cada vez más algo que ya sospechaba:
—Me gusta este
humano.
—¿Por cuánto
me lo vendes? Me he encaprichado. —bromea Charlotte, tirándole al joven chico
de las mejillas mientras este ríe un poco, halagado por la respuesta positiva
de esos dos intimidantes seres.
A Jason la
broma de su hermana no le hace ni la más mínima gracia y la mira como si
pudiese apuñalarla con los ojos.
—Bien,
¿entonces estamos todos de acuerdo con que es buena idea? —pregunta Jason,
cortando a su hermana; todos asienten al unísono— Podríamos ir esta noche
misma. Samuel, a nosotros podrán percibirnos, somos vampiros novicios en
comparación a un original, pero tú… Tu presencia ya no se siente como la de un
puro, se siente como la de un vampiro de la más alta clase, así que mientras
estemos cerca tuyo, dudo que haya sospechas siquiera.
—Saldremos de
inmediato, entonces. Y mañana por la noche Zoe estará muerta —sentencia, Jason
y Charlotte lo miran con preocupación. Con Braham tenían un plan, uno bastante
bueno, pero con Zoe no tienen nada. ¿Y Samuel pretende erradicarla en menos de
una noche? Sienten que todo se mueve muy rápido y le lanzan una mirada insegura
a Samuel, pero este los corta antes siquiera de que puedan replicar—. No pienso
perder un segundo más. Cada minuto que Aaron está bajo el poder de Ivthan es
algo irreparable, algo que jamás podré perdonarme. No voy a dejar que sea suyo
ni un segundo más de lo necesario.
Jay no se equivocó al
asumir que el hogar de Braham era una mansión. El lugar es enorme y todos se
quedan boquiabiertos: los tres vampiros y, sí, el humano, pues Jay ha
convencido a Jason de que lo lleve consigo porque <<¿Y si me pasa algo
por haberme dejado solo? Vamos, amo, por favor, no hay lugar en el mundo donde
me sienta más seguro que a su lado. Además, necesitará alimentarse, ¿no>>.
Esa frase, un puchero, ojos de cachorrito y el chico que pestañea inocentemente
han sido tan convincentes como Jay esperaba, así que Jason se ha rendido a sus
demandas con cara de pocos amigos, un gruñido y un muy escalofriante <<No
vas a salir sin mi permiso cuando lleguemos, pequeño. Ni de la mansión, ni de
la habitación, ni siquiera de la cama. No vas a mover un puto dedo si no es por
orden mía. Voy a ser estricto mientras estemos ahí, verdaderamente estricto,
así que sé obediente o te castigaré una noche entera y no tendré piedad. ¿Ha
quedado claro?”
Así que ahora Jason tiene
que envolver su mano alrededor del cuello de Jay porque la morada de Braham lo
fascina tanto que el chico parece querer correr por todos los pasillos y
escabullirse a los rincones y recovecos del lugar como un ratoncito buscando
refugio, pero su amo no está dispuesto a perderlo de vista ni un instante.
—Qué tenebroso… —comenta
Charlotte y todos los demás le dan la razón en silencio.
El lugar es enorme, pero
el ambiente resulta opresivo: las ventanas han sido tapiadas para que no entre
del exterior ni la más mínima luz lunar y, sin embargo, la iluminación del
interior deja mucho que desear: está diseñada para evocar una mortecina luz
amarillenta que pone de relieve las vastas tinieblas que la rodean, como
tentáculos de oscuridad saliendo de las esquinas de cada habitación y
apropiándose de ellas poco a poco.
Todo el interior de esa
morada es negro o tan oscuro que podría confundirse con este: el granate de las
alfombras es oscuro a rabiar, las paredes de ladrillo apenas absorben luz y los
muebles son de madera tan oscura que bien podrían ser de obsidiana.
Pero eso no es lo peor ni
lo más impactante: todo ese lugar es un altar a la perversión.
Hay algún sofá, algún
sillón, alguna mesa y sillas, sí, pero la mayoría del mobiliario es mucho más
macabro y poco convencional: paredes revestidas de grilletes, altísimas
vitrinas mostrando con orgullo, como pavoneándose, tétricos aparatos de
tortura, sillas revestidas de pinchos, camas de piedra cubiertas de cadenas,
potros de metal afilado, peras de la agonía reposando sobre mesas como si
fuesen meros jarrones sobre un mantel.
Samuel para en seco, afina
su oído y dice:
—Oigo latidos.
Charlotte y Jason se miran
con estupor. Miran a Jay un segundo, centrándose en ignorar el sonido del
corazón del chico y, al cabo de unos segundos, el más mayor alza sus cejas con
sorpresa y responde:
—Es cierto. Bueno, ya
sabíamos que consumía humanos uno tras otro cada noche, no es ninguna sorpresa
que tenga un alijo de presas aquí.
—Huelo a sangre —Charlotte
luce preocupada. Olfatea el aire y busca el origen del aroma. Si le ha costado
escuchar los latidos de los mortales, es mala señal que pueda oler su sangre
sin demasiado problema. No solo hay humanos, sino que están heridos—. Samu,
¿puedes encontrar a los humanos? No acabo de captar bien…
Antes siquiera de que la
muchacha de elegante figura y pomposa cabellera termine su frase, Samuel ya
está dirigiéndose a una de las paredes de piedra del salón y colocando sus
manos con delicadeza sobre los ladrillos, como buscando algo a tientas. Si sus
sentidos no se equivocan (y Samuel sabe que no lo hacen), los humanos se
encuentran tras ese muro y, dada la predisposición de Braham por decorar de
forma obscura, misteriosa y dramática su hogar, deben estar en alguna especie
de habitación secreta.
Uno de los ladrillos cede
levemente a la presión del roce de los dedos de Samuel, así que este lo empuja
y la pared automáticamente empieza a desplazarse: se desliza ligeramente hacia
atrás y luego hacia la derecha, revelando una sala oculta.
Ningún vampiro necesita
una habitación oculta, mucho menos un original, en cuya propiedad a veces temen
entrar incluso los vampiros novicios que han sido invitados bondadosamente, así
que Samuel sospecha acertadamente que Braham solo mandó a construir su extraña
salita para guardar humanos con el fin de aterrorizarlos aún más, de infligir
una tortura no solo física, sino psicológica y hacerles sentir todavía más
encerrados, más atrapados, destripar sus esperanzas de que algún día un ángel
vendría a salvarlos.
Y es cierto, ningún ángel
los está rescatando. Es Samuel Hass quien abre sus puertas ahora.
Una larga línea de más de
diez mortales gimotea como animales quejumbrosos y enfermos y se retuercen cual
larvas cuando la mínima luz que viene del salón entra en la sala. La figura de
Samuel la bloquea, convirtiéndose en una silueta oscura sin más rasgos que su
intimidante tamaño. Los humanos, vestidos con harapos, despeinados, sucios y
todos ellos heridos con profundos cortes y laceraciones, lo miran unos
instantes, quedándose congelados como si alguien hubiese detenido el tiempo en
esa sala, y luego reconocen que esa figura poderosa no es la del monstruo que
les ha hecho eso.
Otro vampiro viene hoy a
por ellos.
Ninguno es capaz de
comprender si eso son buenas o malas noticias, pero la incertidumbre los
abruma: Braham nunca castiga de una misma forma dos veces, siempre hay algo
nuevo, algo inesperado, pues uno no puede prepararse para algo que desconoce. Y
siempre es algo malo.
Así que Samuel debe serlo
también.
Los humanos gritan de
horror al verlo, se lamentan, se abrazan a sus rodillas y se mecen en
posiciones fetales o se pegan tanto a la pared que parecen creer que van a ser
absorbidos por el ladrillo, atrapados en él, pero a la vez protegidos por él.
Pocos intentan levantarse, pues están tan débiles que moverse no es una opción.
Samuel los mira con ojos
fríos, calculadores, examinando la escena como un depredador que ha encontrado
una madriguera desatendida, llena de débiles cachorros que podrían ser un
delicioso banquete. Sin embargo, aunque sus instintos hacen brillar sus ojos y
crecer sus colmillos, su primer pensamiento no es uno de hambre o crueldad.
<<Pobrecitos>> es la palabra que cruza su mente,
incluso cuando se relame al ver sus heridas rojas y vibrantes o incluso si un
escalofrío placentero atraviesa su cuerpo cuando atisba sus desnudeces bajo las
finas ropas que apenas los protegen del frío.
Piensa en Aaron, en cómo
debe estar ahora mismo. ¿Igual de asustado, igual de herido y confundido que
esos humanos? Y se le estruja el corazón. Siente ganas de llorar al pensar en
Aaron siendo tratado como mero ganado cuando realmente es un tesoro de valor
incalculable, una cosita frágil y hermosa que debe ser sostenida solo para
ponerla tras una vitrina que la mantenga segura. Aaron es su amor, su persona
favorita en el mundo. ¿Cómo pudo Ivthan tomarlo como a un mero pedazo de carne?
¿Cómo pudo él hacerle todas esas cosas en el pasado? ¿Estará Ivthan haciéndole
revivirlas?
Los humanos a sus pies no
le causan una gran compasión en sí mismos, no cuando recuerda que no son Aaron
y debe admitir que masacrarlos sanguinariamente ahora mismo le provocará esa
clase de remordimientos que se ahogan fácilmente en sangre, pero a Aaron no le
gustaría eso. Aaron adora que Samuel sea bueno con él, pero no quiere solo eso:
quiere que sea una persona distinta. Una persona.
Y él quiere convertirse en
lo que quiera que sea que lo haga digno de Aaron o, si es que eso es imposible,
que al menos haga a Aaron feliz. Así que se abstiene de tomar una deliciosa
decisión, porque sabe que para ser exquisita para sus sentidos, debe ser
aberrante para cualquier moral, así que se voltea hacia sus pupilos y dice:
—¿Qué hacemos con ellos?
Los humanos acallan un
poco sus quejidos de temor, escuchando atentamente aunque sin hablar siquiera
entre ellos. Braham debió prohibirles usar el lenguaje porque, al fin y al
cabo, ¿por qué debería el ganado hablar?
—Por el diablo, qué
horror. —musita Charlotte, negando con la cabeza mientras se lleva una mano al
pecho.
Jason la estrecha contra
él, queriendo alejarla de la horrible escena. En su otro brazo recoge y protege
a Jay, a quien se le escapan las lágrimas, pero le fallan las palabras; el
muchachito abraza a Jason de vuelta, no queriendo siquiera mirar a esos iguales
suyos a los que apenas puede reconocer como humanos.
Jason tiene una expresión
solemne en el rostro, una llena de desaprobación y dolor.
—Ese hijo de puta…
—murmura y Samuel se siente sucio y avergonzado, porque sus amigos están
reaccionando con sentimientos tan fuertes ante la escena y él solo ha logrado
sentir un chispazo de lástima que no se compara siquiera a las enormes oleadas
de deseo—. Tenemos que ocuparnos de ellos, de las heridas y la mugre que tienen
encima. Parece que llevaban días olvidados ahí. Cuando volvamos, me los llevaré
y trataré de entrenarlos.
Samuel asiente. Sabe que
esa es posiblemente la mejor solución posible: si esos humanos fuesen vendidos
ahora o abandonados a su suerte para merodear por calles infestadas de
bebedores de sangre, no les aguardaría un destino mucho mejor al que tienen ahora.
Morir sería el regalo más piadoso que un cazador podría darles. Pero Jason es
un buen amo, uno justo y tan amable que muchos otros lo desprecian por ello.
Estarán a salvo con él, más que eso, estarán a gusto.
—Bien. Mientras vosotros
os ocupáis de los humanos, yo iré a merodear por el palacio de Zoa, trataré de
averiguar todo lo que pueda sin ser visto.
Todos están de acuerdo con
las indicaciones.
Jason no desperdicia ni un
solo segundo: se acerca a los humanos y les habla con voz firme e imponente,
pero tranquila, explicándoles con conceptos muy claros y palabras sencillas y
lentas que su amo ha muerto y que ahora le pertenecen a él. Les promete una
buena vida a cambio de obediencia absoluta y todos asienten y se postran ante
él, temerosos de cuál será su nuevo destino y conscientes de que no tienen más
opción que acatarlo.
Jay trata de ayudar una
vez Jason le da permiso: como es humano, puede acercarse más a los mortales sin
causar en ellos una reacción tan extrema que los haga incapaces de atender por
culpa del estrés. Les explica muy dulcemente que ahora serán limpiados y
curados y que cuando salgan de ahí serán siervos del palacio de su amo o quizá
tentempiés en los locales de este, pero jamás presas aterradas que no saben si
verán el mañana.
Charlotte es la que luce
más apocada, más distraída. Jason asume que está nerviosa porque tienen muy
poca información respecto a Zoa, así que la consuela apartándola para
prometerle que todo irá bien y que la salvará si las cosas se tuercen, pero eso
no parece despejar las preocupaciones de la mirada de la chica, que asegura que
todo está bien, agradece las palabras de su hermano y se pone manos a la obra.
Cuando Jason fue
convertido en vampiro y ella fue dejada a su suerte por años, se dedicó a una
única y exclusiva cosa, a lo mismo que ese vampiro de cabello rubio y corazón
dividido se dedicaba en esa época: seguir a la guerra como una sombra,
visitando en las noches silenciosas y llenas de sangre pueblos por donde la
guerra había dejado todo arrasado a su paso.
Charlotte buscaba entre
escombros y cuerpos y siempre, siempre encontraba a alguien como ella y
su hermano: personas sin nada ni nadie en el mundo, dadas por muertas y dejadas
para cumplir su destino. Charlotte las tomaba bajo su ala y las llevaba
consigo, limpiaba sus heridas, curaba su soledad y les enseñaba a hacer una
vida por sí solas, daba igual si era trabajando honradamente o robando. Una
segunda oportunidad es una segunda oportunidad.
Así que esta noche siente
una terrible nostalgia mientras, joven tras joven, los humanos pasan por sus
delicadas manos y ella cura sus cuerpos y trata de aliviar sus almas con
palabras de ánimo. No es la guerra por lo que estos pobres mortales han pasado,
pero su dolor es el mismo. Charlotte sabe que hay muchos nombres para hablar
del mismo infierno.
Todos ellos están
traumatizados, desesperados, tristes y perdidos. Muchos no recuerdan su nombre
y ninguno soporta la luz, no después de años acostumbrados a pura oscuridad.
Samuel piensa en esos
humanos mientras sale del castillo, piensa en cómo, de haberlos encontrado
antaño, no habría sido un salvador, sino un sucesor de Braham. La piel
se le eriza cuando recuerda los castigos y torturas a los que en el pasado
sometía a sus mortales. Revisitar esas memorias le revuelve el estómago y le
hace sentir profundamente irreparable, una criatura abyecta, infectada hasta la
médula, que ya no tiene salvación, sobre todo porque no puede permitirse
rememorar muchos detalles sin sentir una ominosa nostalgia: sus instintos
extrañan la época en que eran saciados sin reparos y hacen de esos recuerdos no
un pecado que martiriza a Samuel, sino una tentación que lo invita a
recrearlos.
Samuel niega.
No puede permitirse volver
a ser así. Incluso si Aaron muriese (<<No, no, no. Joder. No va a
morir. No pienses en eso. No lo conviertas en una puta posibilidad. No pasará.
No de nuevo>>) ha decidido que va a darle su eternidad: vivirá solo
por y para ser la clase de criatura que Aaron habría podido aceptar, si es que
amarlo es demasiado pedir (y lo es, Samuel sabe que siempre lo será).
Llega al castillo de Zoa
con más rapidez de la que esperaba y es que el núcleo de cualquier gran nido de
vampiros está prácticamente vacío, así que las grandes casas están
relativamente cerca. Saltar la valla y merodear por su enorme y barroco jardín
es sencillo, sobre todo cuando Zoa no tiene ni un solo guardia a la vista. Y no
es solo eso. Samuel se centra en cerrar sus ojos, tapa sus oídos y se resguarda
de la más mínima brisa de aire para dejar todos sus sentidos mundanos en
segundo plano y percibir el mundo alrededor de él con otro distinto, uno que
obtuvo junto a sus colmillos y su sed: esa extraña capacidad que le
permitiría, aun siendo ciego, saber quién se acerca a él y si se trata de una
presa o un rival. No percibe a ningún otro vampiro cerca, más que a Zoa y, para
su suerte, la muchacha tiene un poder que antes se le habría antojado
aterrador, pero que ahora le parece asumible: Zoa es posiblemente de la misma
edad que Braham era, sino un poco más madura, lo que significa que Samuel podrá
matarla fácilmente siempre y cuando no haga ninguna tontería, sobre todo porque
no tiene ni a un solo vampiro dentro de su enorme mansión.
Solo capta dos presencias:
la de ella y la de un humano, posiblemente su sustento. Rastrear algo dentro de
su palacio se siente similar a gritar un nombre en un enorme lugar desconocido
para ser respondido solo con un eco gigantesco que te devuelve tus mismas
palabras.
Samuel se adentra más en
el boscoso jardín de la original hasta el punto en el que llega a estar tan
cerca de las ventanas de la gran mansión que cualquier otro vampiro lo habría
percibido ya. Si Zoa lo hace, ya tiene pensada la excusa: es un nuevo original
en el núcleo y solo quiere presentarse ante los gobernantes, pero es excéntrico
y prefiere hacerlo testeando cómo de atentos estos están a sus alrededores.
Pero Zoa no lo detecta y eso solo confirma la hipótesis de Samuel: la mujer
está tan borracha de poder y tan ensimismada con sus delirios de grandeza que
posiblemente no sea capaz de fijarse en otro vampiro a menos que este esté
atravesándole el pecho con sus garras y arrebatándole su valioso corazón.
Podría intentarlo ahora, de hecho, pero Jason tiene razón: deben ser
precavidos. Toda la prisa del mundo será inútil si Samuel muere.
De hecho, Aaron moriría
con él: están vinculados. Pero, a pesar de ello, Samuel se siente muy muy extraño
y no para de rondarle por la cabeza la misma pregunta: ¿Por qué no puedo
sentir lo que Aaron siente?
El vínculo es una cuerda
indestructible que los une: tira de él hacia Aaron cuando este lo necesita, le
ata el corazón con dolorosas ataduras cuando el chico está siendo herido y
tiembla y vibra de distintas formas según si Aaron solloza, se estremece o ríe.
Pero Samuel no puede
sentir nada.
Nota la cuerda alrededor
de su corazón aún, pero está floja y muerta, como si alguien le hubiese
cortado. Sabe que eso es imposible, pero hasta ahora sospechaba que la
distancia entre ambos había entorpecido su comunicación. Aaron agita su extremo
de la cuerda con fuerza para mandarle un mensaje, pero el camino que esas
sacudidas deben recorrer es tan grande que, para cuando llegan a Samuel, no son
más que vibraciones imperceptibles.
Pero ahora Samuel está
cerca de Aaron, está en el núcleo de la ciudad, a menos de media hora de la
morada de Ivthan (<<No lo pienses, no lo pienses. Es mala idea. Aún
no>>) y nada ha cambiado.
Samuel percibe algo. No de
Aaron, sino del interior del castillo de Zoa. Eso le hace dirigir toda su
atención a la conversación que puede oír a través de las paredes:
—Pínchate el dedo de nuevo
con la aguja y sigue escribiendo. Vamos, he dejado de consumir tu sangre,
deberías tener suficiente para apuntar hasta mi última palabra.
—Mi ama, tengo las manos
entumecidas y llenas de costras, no creo que vaya a sangrar más. ¿Podemos
seguir mañana? Lo ruego.
—No, humano estúpido,
¿cuántas veces debo repetírtelo para que tu cerebro inferior lo entienda? Voy a
ascender, voy a convertirme en puro poder y dejar de ser un simple vampiro para
tornarme un dios sin necesidades ni apetitos. ¿Tienes idea de cuán grande es
esto? ¿De cuán importante? ¡No puede esperar! Tu insignificante dolor no
importa. Sigue sangrando y sigue escribiendo, córtate las muñecas con un
cuchillo y pon un tintero debajo si hace falta. Mi voluntad debe quedar escrita
en sangre antes de que sea la hora: cuando sea una diosa y no necesite mi boca
para alimentarme, no sé si seguiré conservándola para hablar.
Lo siguiente que se
escucha son quejidos y lloros y, nuevamente, la voz de Zoa recitando
solemnemente historias, mandamientos y normas para el nuevo mundo. Habla como
una profeta y Samuel lo tiene claro: Ivthan ha vuelto a la chica loca, la ha
convencido de que no morirá, sino que hará una metamorfosis para convertirse en
una criatura superior y ella, al parecer, está tan encantada con esa idea que
ni siquiera ha buscado uno de los muchos fallos en esa lógica.
Escuchar sus desvaríos
durante más rato solo serviría para reafirmar cuán desquiciada la pobre
original está y, además, Samuel ya ha averiguado bastante información útil, así
que vuelve al palacio.
Al abrir las puertas se
halla con una grata bienvenida: Charlotte y Jason no están a la vista, pero un
grupo de cinco humanos lo espera frente a la puerta de entrada; todos son
jóvenes muchachos de piel pálida y complexión delgada, llevando prendas que Jason
y Charlotte deben haber hallado en los armarios de la mansión, pues les quedan
grandes, pero están limpias, como los humanos; tienen varias partes del cuerpo
vendadas y, aunque siguen luciendo desnutridos y débiles, tienen algo de color
en sus mejillas, así que asume que acaban de ser alimentados.
Todos lo esperan
cabizbajos, con sus manos en sus rodillas y temblando de temor, pero quedándose
en dócil posición sin duda alguna. Uno de ellos, el que parece más mayor, un
hombre de treinta años y con una contextura que pareció ser musculosa en el
pasado, se levanta y, sin atreverse a alzar su vista, habla con voz ronca y
temblorosa:
—B-buenas noches, señor
Hass —dice agradablemente, aunque hace una pausa y Samuel asume que el chico
debe estar intentando no llorar. Samuel cierra la puerta tras de sí,
deleitándose cuando todos los mortales dan un repullo por el golpe y llenan el
aire con un delicioso aroma a pánico. El mayor, el que está hablando, aprieta
los puños y se fuerza a seguir con su discurso—, e-el amo Jason nos ha indicado
que le digamos que, uhm, que él y su hermana están ocupados alimentándose ahora
de… —traga saliva— De nuevos compañeros y me ha ordenado que le diga que
nosotros somos los humanos más sanos que ha podido seleccionar para usted, para
que… Para que se alimente esta noche al llegar. El amo Jason me ha pedido que
le recuerde que respete sus normas.
Samuel sonríe, sí, eso
definitivamente suena como Jason, aunque el vampiro sabe perfectamente que
“respetar sus normas” es solo una forma bonita de decirle “No los mates”, pero
no necesita que Jason le recuerde nada: ya se lo prometió a Aaron y, esté presente
o no, él piensa que cumplirá esa promesa hasta el fin de los días.
Samuel puede escuchar
perfectamente a Charlotte en el piso de arriba, la forma en que la muchacha da
un pequeño sorbo de sangre y luego se detiene para decirle dulcemente a la
sollozante humana que todo está bien, que está haciendo un buen trabajo y que ya
casi han acabado.
También puede oír a Jason,
pero él no está alimentándose de ninguno de esos mortales, sino que está con
Jay y ahora entiende perfectamente por qué Jason ha mandado a esos humanos a
decirle que, básicamente, coma y no moleste, en vez de decírselo él mismo: el
piso de arriba está llenándose poco a poco con el agradable sonido de los
gemidos de Jay y la voz ronca y masculina de su amo halagándolo por tomarlo tan
bien, preguntándole si está mareado por la pérdida de sangre y avisándolo de
que ahora lo follará más duro un rato. El chico apenas puede hablar y mucho
menos cuando Jason cubre su boca y le dice que no sea tan ruidoso, incluso si
ama cuando lo es.
Samuel trata de ignorar la
noche de disfrute y placer que sus pupilos están dándose. La merecen
totalmente, pero no puede evitar sentir que su nueva capacidad para percibir
tan bien sus alrededores es una forma más en que el universo le restriega no
solo que ha perdido a Aaron, sino que está sufriendo y él no puede hacer nada
para evitarlo aún.
Lo echa tanto de menos que
su hambre solo lleva un nombre: <<Aaron>>.
Tanto que sus sueños más
hermosos y sus pesadillas más agónicas siempre tienen un mismo protagonista: <<Aaron>>.
Tanto que su lujuria no
pide ultrajar y romper, solo pide besos y abrazos y una cama que no esté fría.
Tanto que sus deseos se funden y son solo deseo de una sola cosa: <<Aaron>>.
De la única cosa que no
puede tener en el mundo. Algo que esos humanos postrados frente a él no pueden
ofrecerle.
Por un instante siente
rabia contra ellos y desearía poder eliminarlos de la faz de la tierra de un
zarpazo. Se lo imagina: desgarrarles la garganta y matarlos por haber osado
ofrecerse en lugar de Aaron, como si fuese una cosa reemplazable. Pero luego su
ira se aplaca, porque el aire huele a miedo y lágrimas saladas y Samuel sabe
que esos pobres humanos no han decidido estar ahí, ofreciéndose a un monstruo
cuyos deseos y anhelos no conocen y cuyas intenciones temen. Solo quieren
sobrevivir y él puede darles al menos eso.
No es mucho, de hecho, no
es nada en comparación a todo lo que ha arrebatado durante su larga
vida, pero es un inicio.
—Poneos de pie. —ordena
Samuel, su voz es firme e impactante.
Antes de devorar el
corazón de Braham, su presencia era intimidante e incluso cuando hablaba en un
tono desenfadado, hacía a los mortales temblar. Ahora una orden suya se siente
como un trueno atravesando a los pobres humanos y estos obedecen, pero lo hacen
sollozando tan pronto lo oyen.
Samuel no puede ocultar
que ama escuchar a esos humanos llorando. Una parte de él se recrea en la
consciencia de que es tan jodidamente imponente y poderoso que ha hecho llorar
a un puñado de humanos con solo una simple orden y él decide que puede permitirse
disfrutar eso porque no es como si les estuviera haciendo daño de verdad, es
solo un poco de miedo.
Samuel pone sus manos a la
espalda y anda de un extremo a otro de la línea recta que los mortales han
formado, observándolos con atención. Todos son diminutos y tan delgados que
podría quebrarlos si es solo un poco descuidado, así que toma nota de eso, pero
no puede ver mucho más: todos tienen sus rostros orientados hacia el suelo,
tapando hasta sus labios con densas cortinas de cabellos largos y desordenados,
pero recién lavados.
Samuel inhala y distingue
el aroma de la vainilla y la miel. A veces él también usaba ese champú para
Aaron.
Toma a un humano por sus
mejillas con una mano y le hace alzar el rostro. El chico jadea de la impresión
al sentir los dedos fríos sobre su piel, moviéndolo como a un muñeco. Cierra
sus ojos con fuerza y muerde su labio cuando Samuel le aparta los cabellos de
la cara, descubriéndosela. Se siente tan malditamente expuesto.
—La cara hacia arriba, los
ojos abiertos. Todos —ordena Samuel y los mortales se mueven al unísono y
obedecen. Todos los humanos miran al frente, tratando de evitar a Samuel, menos
el humano que tiene justo delante, que tiembla como una hoja y no logra abrir
sus ojos porque el terror lo paraliza. Samuel se siente perder la paciencia y
sabe que podría solucionar fácilmente el problema rompiéndole la cara al chico,
pero toma una respiración profunda y trata de sonar paciente mientras dice: —.
Abre los ojos, no me hagas repetirlo una vez más.
El chico obedece poco a
poco, aunque su respiración se traba y sus rodillas flaquean. Abre sus ojos,
revelando un color almendrado hermoso y clavando su vista en el techo, aunque
no haya nada interesante ahí, solo para no mirar al temible ser a la cara.
—Bien. —sisea Samuel,
tratando de sonar amable, como si premiase al chico y supone que ha hecho algo
bien, porque lo nota un poco más aliviado.
Luego vuelve a revisar a
los chicos, uno por uno, solo que esta vez se detiene frente a ellos un rato
más y los mira detenidamente. A veces alza su mano para quitarle algunas hebras
de cabello a los jóvenes del rostro y siempre se inclina sobre este, acortando
la distancia de una forma que hace a los mortales contener la respiración. Le
parece curiosa la forma en que los chicos se intentan quedar lo más quietos
posible cuando él pasa por delante, como si así fuesen a volverse invisibles, y
cómo miran al techo o al suelo o a un lado con tal de rehuir su mirada.
Piensa en la forma en que
los mortales se comportan con él ahora y luego recuerda la manera en que a
veces Aaron charlaba con él, acurrucado cómodamente entre sus piernas mientras
se dejaba acariciar. Siempre pensó que ceder a esos cálidos impulsos lo haría
débil, cobarde e inútil y, ahora que lo ha hecho, los mortales siguen
temiéndolo como si fuese el mismo tirano. ¿Dejarían de obedecer si supiesen, de
algún modo, que es dulce con Aaron y que llora sangre por su ausencia? Samuel
sabe que no y se siente tan estúpido por no haberse dado cuenta antes. Por
haber pasado la eternidad huyendo de cosas que llevaba dentro y creyéndose
valeroso por ello.
—Mírame. —le ordena al
último humano de la fila.
El chico no puede tener
más de veinticinco años y tiene un rostro angelical, con esa misma suavidad en
sus rasgos que Aaron posee en cada centímetro de él. Tiene el cabello marrón,
pero es tan oscuro que bajo la luz mortecina parece casi negro y los ojos de un
color que no parece decidirse entre el verde y el azul.
Al chico de ojos claros le
tiemblan los labios y traga saliva cuando escucha esa orden, pero obedece.
Samuel puede escuchar su corazón acelerándose peligrosamente cuando sus ojitos
brillosos se topan con las puertas del infierno de su iris.
El chico no es Aaron,
pero... <<Se parece suficiente>> piensa, sin siquiera darse
cuenta y, antes de que pueda deliberar si es una buena decisión o no, su boca
dice con tono duro y firme:
—Los demás podéis
marcharos.
El chico se muerde el
labio muy fuerte, casi haciéndose sangre, porque no quiere llorar tan pronto,
pero las lágrimas le resbalan por las mejillas casi instantáneamente. Samuel
las ve caer, cálidas, abundantes, una tras otra. Se pregunta cuántas veces ha
hecho llorar a Aaron y se pregunta también si algo en el mundo ha hecho llorar
a su amor tantas veces como él lo ha hecho. Sabe la respuesta.
Cuando ambos se quedan
solos en la sala, el humano es un lío de lloros y sollozos, pero sigue
firmemente en su posición, aguardando órdenes y rezando por dentro para que su
nuevo amo por esta noche tenga algo de piedad.
Samuel se aleja de él unos
segundos y va hacia los interruptores de la luz. La regula, bajando un poco la
intensidad, haciendo crecer las tinieblas y la incertidumbre. Así, en medio de
más sombras que luces, el cabello del humano es suficientemente oscuro y sus
ojos suficientemente indeterminados para que Samuel decida que lucen azules.
El vampiro le da la
espalda al chico y anda pausadamente.
—Sígueme.
Un segundo después de dar
la orden, escucha pasos descalzos a sus espaldas.
Samuel busca una
habitación y entra en la primera que encuentra: es grande y espaciosa, con una
cama grande de sábanas blancas y las paredes llenas de instrumentos de tortura.
El chico los mira y respira con dificultad y Samuel no se molesta en tranquilizarlo.
Le gusta su miedo y no está haciéndole daño, así que no está haciendo nada malo
o eso se dice.
Samuel se sienta
cómodamente en la cama, con su espalda contra el reposacabezas y sus piernas
extendidas sobre la blancura de las sábanas lisas. Luego palmea su regazo.
El muchacho se sube a la
cama con los ojos bien abiertos, como si fuese la primera vez que toca una en
años, y se monta sobre el regazo de Samuel, sentándose en sus piernas y uniendo
sus manos como si estuviese listo para rezar.
Samuel lo mira con
atención. Así, con la luz casi apagada y el aroma del miedo embriagándolo, con
sus recuerdos medio emborronados por el anhelo y su corazón roto, con la
agradable sensación de un cuerpo caliente y tembloroso sobre el suyo y la sed
de sangre nublándole los sentidos, así… ese chico luce muchísimo como
Aaron.
Así que Samuel trata de
imaginar que es él. Que nada de lo que ha pasado con Ivthan es real y que esta
es solo una noche normal, una en la que obtiene todo lo que desea y en la que
ha aprendido a ser gentil y amable con Aaron, lo suficiente para borrar todas
sus cicatrices y todos sus pecados, para empezar de cero y hacerlo todo bien
esta vez.
—Ven aquí, acércate más.
—le dice con suavidad y acaricia un poco su mejilla.
El chico obedece,
confundido y aterrorizado, y Samuel frunce el ceño. Este humano tiene el pelo
muy largo, demasiado largo para ser Aaron. No puede hundirse en su
fantasía bien, no mientras ese estúpido detalle esté distrayéndolo y sacándolo
de su perfecta burbujita de imaginación cada vez que el chico se mueve un poco
y su pelo ondea más allá de sus hombros.
Samuel empuja al chico,
irritado, y lo quita de encima de su regazo. Este grita por el susto y cuando
alza su cabeza de nuevo, se queda congelado por el miedo al ver al vampiro
tomar una daga que estaba colgada de la pared y volver a la cama. El humano quiere
suplicar por clemencia, pero Braham los castigaba duramente a todos si
un solo humano se atrevía a decir una palabra, así que no quiere
arriesgarse.
Samuel lo toma bruscamente
por la cintura, lo pone sobre su regazo de nuevo y toma su cabello en un puño
con fuerza, tirándolo hacia atrás hasta tensarlo y blandiendo la daga con la
otra mano.
El humano cierra los ojos,
seguro de que ahora notará la hoja deslizándose por su cuello, pero los abre
cuando sencillamente siente el tirón en su pelo aflojándose y ve que el vampiro
lanza la daga a un lado y varios mechones de su cabello a otro. Le cuesta un
buen rato entender que simplemente le ha cortado el pelo.
—Tu nombre será Aaron esta
noche. ¿Queda claro? —el chico asiente, extrañado, y empieza a temer haber
caído en manos de un loco. Braham era un sádico, pero era predecible: sabías
cuándo iba a torturarte por placer y cuándo por castigo. Con Samuel, sin embargo,
el chico no sabe en qué momentos debe mantenerse tenso y en cuáles tiene
permitido relajarse—. Repítelo.
—M-mi nombre es Aaron.
—dice con una voz queda y dócil.
No suena como Aaron, pero
suena agradable y obediente y eso también es suficiente.
Samuel decide sumergirse
en su mentira, lo necesita, al menos por una noche. Toma al humano por la
cintura, ignorando que sus costillas se marcan mucho más que las de Aaron, y lo
acerca a su cuerpo de un tirón desesperado. El chico se asusta y jadea, pero se
deja hacer, como un muñequito sin voluntad. Samuel lo agarra con fuerza,
acariciando su cuerpo bajo la ropa, pasando sus manos por su espalda, aunque
sin hallar los hoyuelos de Aaron en su espalda baja, apretando sus muslos
demasiado delgados, agarrando sus muñecas diminutas. Besa y lame su cuello, sin
hallar el relieve de su marca de propiedad, huele su piel, hunde su nariz en su
cabello, impregnándose de dulzura, pero de una que no le resulta familiar.
El humano está atónito.
Samuel es brusco y está mordiendo y arañando su piel, dejando moretones
definitivamente, pero también lo acaricia y lo besa. ¿Desde cuándo los vampiros
hacen eso con los humanos? ¿Desde cuándo tienen una pasión que pueden transmitir
sin romper ni hacer sangrar? Es casi agradable o quizá lo sería si no estuviese
completamente aterrado.
—Aaron… —murmura Samuel,
abrazándolo y lamiéndolo, buscando en esa piel un sabor que pertenece a otra.
Imaginándose que tiene su dulzura en la lengua, recordándola con tanto realismo
como puede— Aaron, mi Aaron… —musita, pasando las manos por su cabello, que
tiene más enredos que el de Aaron y no está tan suave, pero que se parece un
poco y es igual de largo—. Aaron, ¿me perdonas por lo que hice? Dímelo, dime
que me has perdonado.
El chico no sabe qué está
pasando, pero cuando el tono del vampiro pasa de dulce y desesperado a duro,
entiende muy bien que eso último es una orden. Una que firmará su sentencia de
muerte si decide desobedecerla.
—L-le perdono, amo, claro
que le perdono.
Su voz no es la misma. Su
tono está mal. Esas palabras se sienten tan incorrectas.
Pero Samuel lo ignora, se
fuerza a seguir, a tratar de aliviarse incluso si nada está mejorando.
—¿Me amas, Aaron, eres
capaz de sentir eso por un monstruo como yo? —susurra, sintiéndose estúpido y
loco, pero tan necesitado de que eso funcione. De que pueda escuchar esas
palabras y, por un instante, suenen reales.
—L-le amo, mi señor, estoy
enamorado de usted.
Las palabras del chico
solo generan una terrible ira en su interior. Aaron jamás le hablaría así,
jamás le llamaría amo confesando tan puros sentimientos. ¿Por qué no le llama
Sami? ¿Por qué parece ignorar lo mucho que le gusta cuando le dice ese hermoso
mote? ¿Por qué no puede ser real? ¿Por qué no puede ser Aaron de verdad?
El vampiro gruñe en la
oreja del humano, frustrado, enfadado, hambriento, y lo siguiente que el chico
sabe es que ha hecho algo malo, pues Samuel lo muerde sin previo aviso y sus
colmillos se hunden dolorosamente en su cuello.
Su sangre es insulsa en
comparación con la de Aaron. Sus gritos, aburridos. Su dolor y su miedo,
mediocres.
Pero él no tiene la culpa
de no ser Aaron <<Mierda, mierda, ¿qué estoy haciendo?>>.
Samuel se separa del
cuello del humano y lo sostiene quieto, mirando cómo lo ha dejado: el pobre
está fatal, todo cubierto de sangre, con una herida innecesariamente grande en
su cuello, y gimiendo y gritando de dolor, llorando a más no poder. Está tan asustado
que no puede siquiera pensar.
<<Lo he hecho
mal. Todo mal. Como con Aaron, como con el Aaron de verdad>>
Samuel corta su dedo con
uno de sus colmillos y luego lo empuja dentro de la boca del chico. Este trata
de escupirlo, pero Samuel lo mantiene quieto y obediente hasta que logra
consumir su sangre y, poco a poco, la herida de su cuello desaparece, dejándolo
agitado, pero ahora ya sin gritar ni retorcerse.
—¿Cuál es tu nombre?
—pregunta Samuel, tratando de hacer las cosas bien, usando un tono firme y
curioso, pero no una orden ruda.
—A-Aaron, me llamo Aaron,
amo, y le quiero y le perdono y… y…
Samuel niega con la cabeza
y suspira, frustrado. El pánico relampaguea en los ojos del mortal, que solo
quiere volver a ser encerrado en su habitación oscura, tranquilo y solito.
—No. Tu nombre de verdad.
No me digas lo que te he ordenado que me digas. Solo responde con sinceridad.
—M-Matt.
—Bien, Matt, estoy siendo
un poco extraño contigo y te estoy asustando, ¿no es así? —el nombrado solo lo
mira, muy quieto, mientras traga saliva. No sabe qué debería hacer y tiene
mucho miedo de volver a equivocarse cuando creía estar haciendo algo bien—.
Respóndeme.
Matt asiente con la
cabeza, frenético y nervioso.
—Vale, de acuerdo. Estoy
algo alterado esta noche, he matado a tu amo y su poder me abruma y, además,
todo es por… ah, solo quiero recuperar a mi humano, a Aaron —Matt asiente
mientras el otro habla, porque no quiere enfurecerlo, aunque no entiende por qué
el vampiro le cuenta todo eso, no entiende la historia en general, solo dos
cosas que no significan nada bueno para él: que Samuel es más poderoso de lo
que lo era su antiguo amo y que está usándolo para sustituir a alguien que no
es—. ¿Sabes lo que quiero hacer con mi humano, con Aaron, cuando lo recupere?
Matt niega, lágrimas
corriendo por sus mejillas y los nervios a flor de piel. No quiere escuchar
esas horribles torturas, no quiere saberlo. Lo que más odiaba no eran las
agonías que Braham le hacía sufrir sin previo aviso, porque con esas aún podía
aferrarse a la esperanza de que el siguiente segundo sería mejor, incluso si
era mentira. Lo que más odiaba era cuando Braham lo sentaba y le explicaba,
paso a paso, minuciosamente, cómo iba a atormentarlo esa noche. Como cada cosa
que viniese sería peor que la anterior.
No quiere vivir eso de
nuevo, no puede.
Pero está obligado a
escuchar y aguantar, como siempre.
—Quiero besarlo —Matt abre
sus ojos grandes, tan sorprendido que olvida tener miedo por un instante y
Samuel ríe al ver la reacción del humano—, quiero acariciar todo su cuerpo,
despacio, y decirle lo mucho que lo he extrañado todas estas noches. Quiero ser
amable y paciente con él y darle una vida feliz, ¿sabes? Y quiero que incluso
cuando esté bebiendo su sangre se sienta seguro. Pero para eso tengo que
practicar, porque es difícil ser amable cuando uno es tan poderoso. No he sido
amable contigo, ¿verdad?
El chico se tensa por la
pregunta. Samuel suena dulce y paciente ahora, pero teme que solo esté tratando
de jugar a juegos mentales con él, de hacerle pensar que está en un espacio
seguro como para responder con honestidad lo que no es más que una pregunta
trampa. Si le dice que no ha sido amable con él, ¿Y si el vampiro se enfada y
le muestra lo que realmente significa no ser amable? Pero si le responde
que sí lo ha sido… ¿Y si le tortura toda la noche haciendo lo mismo una y otra
vez, puesto que el chico lo considera gentileza?
Matt muerde sus labios,
afligido y agobiado, y un sollozo escapa de su garganta. No sabe qué responder.
No sabe cómo hacer las cosas bien.
Samuel alarga su mano
hacia la mejilla del chico y este se encoge, esperando un golpe que vaya a
latirle y dolerle por días; en lugar de eso, el vampiro seca sus lágrimas y le
quita de encima el peso de responder a su pregunta:
—No, no he sido amable en
absoluto —dice con un tono oscuro y distante. Puede ver en sus ojos como las
pupilas se dilatan, como sus colmillos crecen: el recuerdo de su crueldad quizá
trae remordimientos consigo, pero sobre todo trae deseos. Matt tiembla,
pero Samuel hace un buen trabajo controlando los impulsos que laten bajo su
piel—, pero aún estoy sediento y quiero beber más de ti. Así que vamos a
intentarlo de nuevo y esta vez, voy a ser más cuidadoso.
Matt asiente mientras lo
escucha, pero ninguna de sus palabras logra aliviar la tensión en su cuerpo,
esa que le agarrota los músculos y le hace sentir como si llevase siempre un
yunque sobre el cuello. Samuel seca sus lágrimas un ratito más, hasta que dejan
de caer tan copiosamente, y entonces toma al muchacho por la cintura y lo
acerca más a su cuerpo, deslizándolo sobre sus anchas y fuertes piernas.
—Bien, Matt, ahora voy a
morderte de nuevo. ¿Entiendes? —el chico asiente, está aterrado y su atención
se halla dispersa, pero sabe a la perfección lo que va a suceder— ¿Dónde
prefieres que lo haga: en tu cuello de nuevo o en su muñeca? —mientras Samuel pregunta,
desliza sus dedos por las zonas que ha indicado, sus yemas trazan la garganta
que hace unos minutos estaba desgarrada y luego con su otra mano encierra la
muñeca del chico y desliza su pulgar sobre las bonitas venas violáceas que ahí
se marcan.
—P-puede alimentarse de mí
como lo desee, amo. —responde el chico, temeroso y bajando la cabeza en señal
de respeto.
Samuel suspira y rueda los
ojos. Se dice a sí mismo que debe ser paciente, no es culpa del pobre mortal
estar roto y, aunque tampoco sea culpa del rubio, sabe que él ahora ostenta
sobre el chico un poder capaz de nublarle la mente y hacerle olvidar sus palabras
y sus órdenes solo porque las de su amo resuenan más fuerte en su cabeza.
Samuel se siente apocado,
pues sabe que a Aaron le pasa lo mismo: incluso cuando le insistía en que podía
hacer cosas (dormir en la cama, sentarse en el sofá, llamarlo por su nombre),
el chico de vez en cuando se hallaba a sí mismo volviendo a viejos hábitos,
pues las palabras de Samuel eran dulces y atractivas, pero las órdenes de su
amo se le habían quedado grabadas a fuego en el alma.
—No estoy preguntándote
qué puedo hacer, sino qué quieres que haga. Respóndeme.
El tono firme de Samuel
parece funcionar: el chico envara la espalda de golpe y acata la orden:
—E-e-en la… mu… en la
m-muñeca…
—De acuerdo, acércate más
a mí. —Matt se empuja sobre las piernas del vampiro, preocupado por lo erótico
de la posición: él, vulnerable, ofreciéndose, manipulable sobre el regazo
amplio del vampiro, con solo una fina capa de ropa separando sus sexos.
Matt sabe demasiado bien
que la cercanía con un vampiro, cuando no comporta sangre, solo pieles
tocándose, significa algo malo. Muy malo.
—R0emángate —le dice y el
chico tiene que negar con la cabeza para abandonar esos pensamientos y subir la
manga de su camiseta, mostrando su antebrazo pálido y surcado por líneas
violetas pálidas, pero tentadoras. Su brazo es tan delgado que luce como una ramita
entre las manos grandes del vampiro, apenas un poco más ancho que dos de los
dedos de esa criatura juntos. Se pregunta si va a acabar con huesos rotos de
nuevo—, cierra los ojos —el chico lo hace y la oscuridad lo acoge. Le gusta la
oscuridad, le relaja, porque Braham suele… solía castigarlos dejándolos solos y
a oscuras y al principio le daba mucho miedo, pero luego aprendió que si no
había ni un poco de luz, tampoco había tortura. Se imagina que está en su sala
de castigo ahora, sin que nadie lo moleste y dejándolo hundirse en un pacífico
sueño—, respira hondo.
No puede engañarse, le
gustan las indicaciones de ese vampiro. Le gusta mucho cómo su voz es firme,
pero amable, como una mano en su espalda guiándolo por el camino correcto,
presionando solo lo justo y necesario.
Siente un beso en su
muñeca y todo su cuerpo se tensa en un espasmo extraño, demasiado intenso para
ser un escalofrío. Es la primera vez que un vampiro le besa, que usa su boca
para algo distinto a hacerle sangrar o llorar. Y le gusta. El chico se permite
llorar calladamente, calmadamente, por primera vez en mucho tiempo, llorar de
algo agridulce, como el primer trago de alegría después de una enorme sequía, y
cuando los colmillos rompen su piel, el dolor no es nada parecido a la agonía a
la que está acostumbrado, así que sigue llorando de esa forma pausada y
taciturna que siente que le alivia el corazón.
Cuando Samuel termina,
nota algo contra sus labios y abre los ojos para ver el dedo índice del vampiro
sosteniendo una diminuta gotita de su sangre inmortal. El vampiro no quiere
arriesgarse a vincularlo, lo que significa que no va a quedárselo y eso lo entristece
un poco, porque no sabe si el otro, Jason, será tan amable como el rubio lo ha
sido. De todos modos, lame obedientemente y nota un pinchazo en el brazo
mientras sus heridas se cierran, dejándolo inmaculado, como si Samuel no le
hubiese siquiera tocado esta noche.
—Puedes retirarte. —ordena
el vampiro y su voz suena monótona, aburrida.
¿Acaso no lo ha hecho lo
suficientemente bien? El chico se siente algo preocupado mientras baja del
regazo de ese vampiro y luego de su cama antes de desaparecer y buscar una de
las habitaciones donde sus compañeros descansan y se recuperan.
Samuel, por su lado, se
queda solo en la habitación, esperando a que Jason y Charlotte acaben de
divertirse esta noche para reunirse con ellos de nuevo y compartir con ellos
sus hallazgos antes de dar el golpe maestro contra Zoa mañana tras el ocaso.
Escucha a Jason suspirar y
reír junto a Jay, ambos explorando sus cuerpos, haciéndose cosquillas… Puede
sentir sus pieles rozándose, la suavidad y la frialdad y el calor
derritiéndola. Puede escuchar a Charlotte jugando con el pelo de la humana que
ha escogido esta noche, llamándola bonita y lamiendo su piel empapada en sangre
mientras una mano se desliza entre sus piernas, buscando otra humedad.
Puede escuchar los gemidos
y los jadeos y luego el silencio agradable que queda cuando hay dos cuerpos en
una cama y no se necesitan palabras para expresar lo contentos que están, solo
cercanía y calor.
Y todo eso le recuerda lo
fría que está su cama ahora. Lo grande que le parece sin Aaron acurrucado a su
lado.
Se siente tan solo y
miserable <<y lo merezco, después de todo lo que he hecho. Pero Aaron
no merece lo que está sucediéndole. Tengo que recuperarlo, protegerlo,
cuidarlo… no porque yo merezca lo bien que me hace sentir, sino porque él
merece algo mejor que el infierno y yo, incluso siendo un demonio, soy lo más
cerca que estará en este mundo podrido de llegar al cielo del que cayó>>
Comentarios
Publicar un comentario
Comenta: