Capítulos 81-90

 

Capítulo 81

 

Aidan despierta enroscado entre las sábanas y algo más. Unos pequeños, pálidos dedos rodean su brazo y entre sus piernas una más fina se enrolla con la suya cual enredadera. Piensa que nunca se acostumbrará a levantarse en un lecho caliente con el cuerpo lleno del dulce contacto de un humano, su pecho barrido por su respiración y el aire impregnado de su aroma maravilloso. Le gusta la idea de no acostumbrarse, de levantarse cada noche de aquí en adelante sorprendido por lo maravilloso que es poder ver a su chico dormir, poder abrazarlo y sentir sus latidos tranquilos.

Aidan mira a Jeremy en silencio, apenas moviéndose en la cama para no despertarlo. Despeja su rostro alargando la mano para poner algunos de sus desordenados mechones de nieve tras su oído. Le acaricia el cartílago, luego su morena mejilla, la suave curva de su nariz, el arco de cupido que la conecta con la boca y, finalmente, sus labios entreabiertos.

Es tan hermoso mientras duerme, piensa, que parece un muñequito con su nariz de botón, sus pestañas de hielo y la boca entreabierta mostrando sus dos adorables paletas delanteras. 

Se inclina hacia él prensando su boca contra la del chico, dándole un beso casto, pero largo. Le gusta cuando sus labios se juntan tanto con los del muchacho que siente su corazón entre ellos, como si pudiese morderlo tiernamente. Se acelera y es entonces cuando Aidan se percata de que Jeremy está parpadeando despacio, despertándose.

—Hola —murmura Jeremy con una sonrisa y la voz soñolienta. Se inclina para devolverle el besito a Aidan. —, ah… estás frío. —se sorprende, llevándose a la mano al hormigueo de sus labios y, luego, a la boca del vampiro.

Aidan le coge la mano para calentar las suyas con la del muchacho y, mientras lo hace, le besa dulcemente los nudillos.

—Claro, cariño, estoy muerto ¿Qué esperabas?

Jeremy frunce el ceño y se acerca más a su amante. Su mano está entre las dos grandes palmas del otro y se siente como atrapada entre dos paredes de hielo, así que se zafa de su agarre y, acto seguido, lo abraza con fuerza como queriendo regalarle su calor. Aidan sonríe y le acaricia los cabellos mientras el chico se acurruca en su pecho, besos siendo dejados en esa zona mientras sus manos le acarician la espalda musculosa al vampiro de arriba abajo.

—Pero antes estabas caliente, los otros días…

—Tenía sangre en mi sistema, pero el calor es difícil de conservar cuando uno no come muy seguido. Oh, hablando de comida, tienes que tomar algo. Ayer solo comiste dos veces, necesitas más que eso.

Jeremy ríe.

—Quizá tendría más tiempo para comer si alguien no se entretuviese usándome toda la noche —murmura achuchando con fuerza al vampiro, que ríe por su atrevida broma y lo hace girar en la cama hasta terminar sobre él, sus poderosas manos atrapando cada una de las muñecas de Jeremy —, oh, vamos, necesito algún descanso.

—Y yo necesito no dártelo —responde el otro con voz ronca, inclinándose para morderle los labios al chico.

Jeremy gimotea mientras el otro muerde juguetonamente su boca y baja en un pequeño camino de besos hasta su cuello que se detiene cuando la tripa del humano decide protestar con un rugido propio de un yeti. El chico enrojece de pronto y quiere taparse la cara de la vergüenza, pero Aidan sigue sosteniendo sus muñecas mientras rompe en carcajadas.

—Bien, bien, tú ganas. Tienes un pequeño descanso para comer ahora.

Aidan lo libera y sale de la cama vistiendo solo unos holgados pantalones grises a modo de pijama. No lleva camisa, pues Jeremy la está usando casi a modo de vestido. El chico se permite unos segundos de quedar inmóvil en la cama para contemplar la belleza de su demonio. Suspira recorriendo con sus ojos el rostro taimado y diablesco de Aidan y, luego, su cuerpo musculoso, pero ágil. Cuando Jeremy intenta bajar de la cama, descubre que su cuerpo no es para nada tan resistente y duradero como el del vampiro, pues cae de rodillas al suelo jadeando de dolor y con las piernas temblando como gelatina.

—¡¿Qué ocurre?! —pregunta Aidan nervioso, arrodillándose a su lado con las manos temblándole como nunca.

Jeremy ríe y hace un ademán restándole importancia, enternecido por la forma en que el otro se ha preocupado por él y ha corrido a su rescate.

—Solo estoy agotado y me duele todo el cuerpo. Fuiste brusco conmigo ayer —comenta el muchacho haciendo un adorable puchero.

Aidan suspira de alivio y besa la mejilla de su humano pasando una mano tras su espalda y la otra bajo sus corvas para luego alzarlo en brazos como si no pesase nada.

—Ven aquí, te ayudaré a bajar —ofrece amablemente.

Mientras bajan por las escaleras, Jeremy no puede parar de pensar en lo fuerte que es Aidan, en cómo sus brazos lo han inmovilizado hace unos segundos, como lo manejaron a su antojo la noche anterior, en como… cómo de fácil le resultó vencer su resistencia la noche que se conocieron para secuestrarlo y reducirlo a un mero pedazo de carne. Recuerda sus dedos clavándole en la piel, la abrumadora fuerza que lo hizo sentir sin aliento cuando vio el rostro calmado del otro mientras él luchaba con todo lo que tenía dentro. Y piensa, entonces, en lo cuidadoso que está siendo ahora, sosteniéndolo con brazos firmes pero amables, bajándolo por las escaleras poco a poco porque a cada escalón su cuerpo se resiente y no puede evitar quejarse.

Piensa en lo afortunado que es de tener a su lado a una criatura de tamaño poder, pero también capaz de tal gentileza. Se aferra a su cuello, entregándole su calor y hundiendo su rostro en esa zona, inspirando fuerte el aroma varonil y fresco del vampiro. Le recuerda al helado de limón, de algún modo, y le hace sentir nostalgia de una felicidad que nunca tuvo.

Cuando lo piensa mejor, no es nostalgia respecto a un tiempo pasado, no echa en falta algo que perdió. Es la anticipación del anhelo que sentirá cuando pierda a Aidan porque siente, sabe, en lo más profundo de sí, que lo perderá.

Que las cosas buenas o bien son pura ilusión o solo temporales.

Igual que perdió a su ángel, a su hermana, madre y mejor amiga, a su protectora y su niñita, a la voz que le leía cuentos antes de que se quedase dormido y la mano firme que sostenía cuchillos para amenazar a cualquier hombre con manos codiciosas que quisiera ponerlas encima de su cuerpo débil, algo en su interior le susurra que la historia se repetirá. Que está destinado a perder su felicidad. Que sonrisa es solo prestada.

<<Pero él es un vampiro>> se repite a sí mismo en su cabeza, intentando calmarse <<¿Quién iba a matarlo como mataron a mi hermana? Nadie podría. Nadie me lo puede arrebatar. A mi demonio mimoso, a mi asesino dulce. Quiero estar siempre con él, por favor, solo pido eso. Me da igual que mate. Me da igual que beba de mí. Me da igual que sus colmillos duelan y sus acciones pesen en mi conciencia. Si es el precio a pagar, lo pagaré con gusto.

Él es el único hombre que me ha visto como algo más que un pedazo de carne. Que me cuida y se preocupa. Que me llama por mi nombre. Que me ayuda a vestirme y no solo desvestirme. Aunque no lo entiendo ¿Por qué tomar tantas molestias por mi? Él es un ser especial, yo, sin embargo, soy una criatura mediocre, sucia. No soy nadie.

Quizá es eso. Quizá nadie me va a quitar a Aidan, simplemente se irá cuando se de cuenta de que no soy suficiente. Quizá ya lo sabe y solo está jugando conmigo hasta aburrirse. Si esto solo es un juego ¿Sería tan malo? Si sus caricias y sus palabras son mentira ¿Sería tan horrible? Se sienten bien de todos modos. Solo quiero que siga, que siga jugando un poco más a fingir quererme. Que mantenga esta mentira un poco más, que me deje disfrutar de mi cielo falso antes de hacerme ver que todo esto es solo un juego y yo, como siempre, el perdedor>>

Aidan se detiene de pronto. No ha llegado aún a la cocina, está a medio camino, atravesado el comedor, justo al lado del sofá. Jeremy lo mira extrañado y su corazón se encoge cuando ve la expresión de Aidan.

Sus ojos ardiendo de rabia. Su ceño fruncido, la nariz arrugada, la mandíbula tensa y los colmillos tan largos que asoman incluso a través de su boca cerrada.

—¿Aid-

El vampiro lo arroja con fuerza al sofá antes de que el muchacho pueda acabar su pregunta. Jadea por el golpe y la forma en que su cuerpo se resiente dolorido; antes de que pueda recuperar el aliento, Aidan lo toma con fuerza por el pelo y tira hasta que le endereza la espalda y le alza el rostro obligándolo a mirarlo mientras se sitúa sobre él inmisericorde como un verdugo a punto de hacer rodar su cabeza.

—¿Te crees que puedes cuestionar mis sentimientos de ese modo? —pregunta, aunque por el tono ronco y terrorífico en que su voz escupe la frase, Jeremy tiene claro que no busca una respuesta. El chico se encoge y niega con la cabeza hasta que el otro aprieta su puño agarrándolo con más fiereza del pelo y deteniendo el movimiento. Su corazón da un vuelco, jamás ha visto a Aidan así, no con él —¿Crees que puedes llamar a todo esto un juego, Jeremy?

—N-no, no es lo qu¡Ah! —el vampiro lo jala de pronto, forzándolo a ponerse de pie aunque su cuerpo duele y sus rodillas están por ceder. Jeremy se queja, incapaz de hablar, y tiene que ponerse sobre las puntas de sus pies para que el otro no lo alce hasta tenerlo colgando sobre las baldosas. —A-aidan, duele… —murmura asustado, pequeñas lágrimas se forman en las comisuras de sus ojos y su corazón da vuelcos al buscar compasión en la mirada ajena y hallar solo un infierno.

—Si esto te parece un juego —su otra mano, antes cerrada en un puño al lado de su cuerpo, se envuelve ahora alrededor de su garganta —¿Qué necesito hacer para que tomes en serio lo mucho que quiero que seas mío? ¿Tengo que encadenarte, Jeremy? ¿Tengo que ser más brusco, más posesivo? ¿Debería llenarte de marcas?

Jeremy respira rápido y nervioso al sentir la mano estrecharse en su cuello, al sentir su pulso contra la fuerte palma, su aire apenas entrando cuando intenta jadear por oxígeno. No pude siquiera responder por culpa del pánico y sus lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas.

Una de ellas se desliza rápida hasta la línea de su mandíbula, lame el contorno y cae sobre la mano de Aidan.

El vampiro parpadea fuerte y lento, como si le doliese la cabeza. Las cálidas lágrimas de Jeremy siendo el pequeño empujón que necesitaba para que algo chasquease en su cabeza, para volver en sí y destronar a la ira. Para tomar el control.

Aidan suelta al chico de pronto en el sofá, como si sus manos se quemasen al tomarlo, y se aleja con la cara entre las manos. Jeremy se hace un ovillo en él, respirando agitado, y sigue con la vista al vampiro mientras anda arriba y abajo de la habitación murmurando maldiciones.

—Aidan, p-perdona, no quería ofenderte, l-lo siento, me sentía inseguro y por eso…

—No ha sido tu culpa —lo corta Aidan levantando una mano para frenarlo.

El vampiro todavía conserva su distancia con el chico, como temeroso de saltarle encima si su proximidad lo tienta demasiado

—Lo siento, yo… ah. Mierda. No estoy acostumbrado a estos sentimientos. No estoy acostumbrado a tratar con humanos ni a controlar mi ira ni a… sentirme vulnerable. Lo siento.

—Está bien… —Jeremy murmura sonriendo reconfortantemente mientras con una mano se frota las zonas enrojecidas y doloridas de su cuello.

Pero no lo está y Aidan lo advierte tan pronto empieza a andar hacia él y el chico da un repullo en el sofá como un animal asustado. Aidan lo mira con ojos culpables, profundamente tristes, y el chico desvía la mirada abrazándose a sí mismo.

—No me gusta cuando te enfadas —dice con un hilillo de voz <<porque te pareces a ellos. A los hombres a los que creí que llamaría papá cuando era niño y a los que tuve que acabar llamando clientes. A los hombres que pensaban que no pasaría nada por dejarme un ojo morado mientras deslizasen un par de billetes más en el bolsillo de mamá y, más adelante, en el mío>> —, das miedo.

Aidan se acerca un poco más al chico con la cautela de quien se aproxima a un animal salvaje que está a un crujido de ramita de salir corriendo. Se acuclilla delante del sofá para estar a su altura y extiende su mano para acariciar una de las mejillas del chico de huidiza mirada azul.

—Lo sé —Aidan se acerca un poco más cuando el chico empuja su cara contra los dedos que la acarician, suplicando por su afecto como si hubiese sido privado de él por años. Con cuidado, el vampiro lo abraza empujándolo hacia su pecho, acariciando con dulzura sus cabellos albinos —, sé que no puedes controlar lo que piensas, que has tenido una mala vida y crees que todo saldrá mal. Pero no es así, Jeremy, yo jamás te abandonaría. Siento haberte asustado, no quiero… jamás querría hacerte daño de veras.

El corazón de Jeremy se calma poco a poco, arrullado por las palabras honestas del vampiro, por la manera en que su voz se quiebra con preocupación, con vergüenza, porque por primera vez su fuerza no es algo de lo que hacer alarde, sino un animal rabioso al que necesita ponerle correa y bozal. 

Jeremy lo mira a los ojos, las olas del vasto océano de su iris apagando las ascuas de ira que pudiesen quedar en el rojo de Aidan. Se acerca, inclinándose para besarlo, y sabe que incluso si ha elegido estar del lado de un diablo, confía en él. En que no desea herirlo.

—Gracias —murmura con un hilillo de voz.

Su cuello aún duele cuando respira o traga grueso y su cuero cabelludo pulsa, resentido por los jalones que ha sufrido, pero ¿Acaso no le han hecho males mil veces peores? Males que le han dicho que se merecía, males por los que solo ha recibido monedas y un portazo. Aidan, cuya naturaleza es el mal, se ha agachado para verlo cara a casa, le ha pedido perdición, le ha prometido curar su soledad. Puede perdonarlo, incluso si sabe que muchos no podrían.

—Espera aquí ¿De acuerdo? Te haré algo de comer mientras tú descansas.

Jeremy asiente y se permite relajarse en los cómodos cojines del sofá. Al cabo de un rato escucha el chisporroteo de algo siendo echado en la satén y el delicioso aroma del aceite de oliva caliente y la carne sazonada con sal, pimienta y ajo le hace salivar de hambre.

Cierra los ojos, imaginándose la comida, y los abre de golpe cuando la puerta principal se abre y cierra. Mira con nerviosismo en esa dirección y se encoge en el sofá al ver a Alexander entrando con el rostro serio y los labios rojos de sangre.

El vampiro olisquea el aire, confundido al percibir el aroma de comida humana, pero todo cobra sentido cuando ve a la pálida figura en su sofá. Se acerca a él seguido de su pequeña sombra: el gatito negro que ha decidido acompañarlo a la mitad de los lugares que va y que sigue arrastrando su torcida colita.

Cuando Xander se sienta en el sofá, a su lado, Jeremy se encoge un poco más y mira al suelo con nerviosismo.

—Acércate —ordena el rubio con voz poderosa.

Como si pretendiese demostrar cómo obedecer a tal demanda, el gato negro salta ágilmente del suelo al regazo del vampiro, volviéndose luego una pequeña bolita ronroneante sobre su pierna derecha. Xander rueda los ojos, pero dirige su mano grande a la cabeza del animal dándole caricias tras las orejas para que deje de molestar.

Jeremy mira la escena extrañado y traga saliva. Se desliza poco a poco por el sofá, sentándose tan cerca de aquel ser que casi lo asesina en el pasado que sus pieles están a meros milímetros de rozarse. Toma las orillas de su camiseta y tira de ella hacia abajo, siendo más consciente ahora que antes de que su cuerpo está solo cubierto por esa prenda. Aunque le llegue por las rodillas, es holgada y la tela fina, se siente desnudo llevando algo que el vampiro podría alzar o romper con tanta facilidad.

Para su sorpresa, el vampiro hace precisamente lo que él temía: toma uno de los extremos de su camisa blanca y tira de ella hacia arriba, revelando su desnudez. Lo examina varios segundos sin decir nada, desde sus clavículas llenas de moretones hasta sus piernas fuertemente cerradas en un intento de tapar su intimidad, pasando por su acelerado pecho, su tripa hundida de la impresión y sus brazos rígidos por la tensión del momento.

Xander vuelve a dejar la prenda como estaba, tapándolo, y Jeremy se permite respirar.

—Asumo que Aidan no se ha alimentado de ti estos días —Jeremy niega y enrojece <<¿Estoy desatendiéndolo? ¿Debería ofrecerme más a menudo incluso si es doloroso?>> —. Bien, entonces no te importará que te quite a tu vampiro personal esta noche para ir a cazar ¿Cierto?

—N-no, puede ir a cazar cuando lo desee.

—Lo sé. Pasaremos la noche fuera ¿Necesitas que te lleve a algún lugar para pasar tú la noche?

—La… —Jeremy traga saliva —la verdad es que Aidan me… me ha invitado a quedarme. No es… no te importa ¿Cierto?

—En absoluto —murmura con una sonrisa tenebrosa y perversa en su rostro, luego se inclina y dice en su oído —, mucho menos mientras, como pago por vivir bajo mi ala, tú y Aidan me deis un espectáculo tan deleitoso como el del otro día. Cuando te follé no me satisficiste en absoluto, cosa bonita, pero debo decir que la otra noche lograste ser realmente entretenido, además, me va bien ver como Aidan juega contigo. Me ayuda a aprender.

Jeremy arquea una ceja. Mirando al suelo y apretando sus piernas contra su pecho, pregunta:

—¿A-aprender el qué?

—Cómo ser cuidadoso con un humano —la sartén deja de chisporrotear a los lejos y Jeremy reza por que Aidan venga a su lado y lo aleje de Xander, pero su corazón se hunde cuando escucha los golpecitos del cuchillo sobre la tabla de cortar y el rubio se inclina más hacia él, rodeándole los hombros con un brazo y tomando uno de sus mechones entre sus dedos para jugar con él —Aidan te tiene completamente hechizado… incluso eres tú quien accede a ser mordido ¿Cómo es posible? Conmigo recuerdo que necesitaste… un poco de motivación.

Jeremy recuerda ese día. El día en que pensó que moriría a manos de un ser hambriento y frustrado, el día que terminó dolorido, aterrado y sin dinero como para cenar algo esa noche. Frunce el ceño y se atreve a levantar la mirada con una chispa de ira en sus ojos.

—Me amenazaste.

Xander lo mira como si pudiese revolverle el alma y las tripas con los ojos y ríe con soberbia. Él vuelve a apartar la vista.

—Tan siquiera fui amenazante de veras —explica tranquilamente, pero no se siente como una conversación casual, se siente como una advertencia —. Pero dejando rencores pasados ¿Por qué sirves a Aidan tan obedientemente?

El sonido de la madera y el metal continúa en la cocina. Aidan pica algo rápidamente, dando pequeños, repetidos golpecitos que Jeremy podría confundir con los latidos de su corazón a ras de piel.

—¿Qué quieres de mí? —pregunta con un hilillo de voz.

Xander se queda pensando unos segundos y, extrañado por la agresiva reacción del menor, se hunde uno segundos en su mente hallando al chico acurrucado con temor en su propio interior, agobiado ante la idea de que Xander se haya encaprichado de él, no porque le guste, sino porque no le gusta que Aidan tenga algo que él no.

—No pretendo volver a probarte, si es eso lo que temes. Pretendo saber qué hacer para tener a un humano como Aidan te tiene a ti.

Jeremy sube la vista, sorprendido. Xander tan siquiera está mirándolo ahora y hasta desliza el brazo fuera de sus hombros, como si pretendiese hacerle sentir más cómodo. Se recuesta contra el sofá dejando que su espalda se deslice un poco por el respaldo y ahora su mirada roja y sus manos grandes están ambas en el pequeño gato de su regazo. Xander lo mira con curiosidad mientras que con una mano le rasca la barriguita y, con la otra, toma una de sus patitas, presionando su pulgar sobre las almohadillas rosas y mullidas para ver salir las garras retráctiles. El minino se estira, como desperezándose, por los arrumacos en su tripa y se deja hacer cuando Xander juega con sus patas distraídamente, como si el animal fuese más un juguetito curioso que una mascota.

Por alguna razón, Jeremy se siente más tranquilo al verlo interaccionar así con el gato.

—Aidan me dijo que tenías… uhm, un humano —tuerce su boca al acabar la frase. Le resulta incómodo, no, humillante, hablar de tener a alguien de su misma especie, como si los mortales fuesen no ya los reyes del mundo entero, sino pequeños entretenimientos que uno puede amaestrar como a sus mascotas personales. Hablar así le recuerda su lugar frente a Xander y la insalvable distancia que, quiera o no, hay entre él y su amante. —, aunque no lo he visto ¿No vive aquí?

—Ya no, le he permitido volver a su casa. —la palabra eriza la piel de Jeremy.

Saber que el muchacho tiene un hogar le causa una pequeña punzada de envidia, pero saber que volver a él es un privilegio que ha tenido que ganarse le deja saber lo suficiente de su relación con Xander como para no desear estar en su piel.

—Se llama Liu, debe tener tu edad, es un muchacho increíblemente dulce. Tan adorable, la forma en que pone a hablar por los codos si le das un poco de confianza. Es inteligente, pero inseguro. Es sensible, y amo que lo sea, porque eso le hace ser profundo y adorable y compasivo… pero resulta que ser sensible hace que las cosas sean difíciles conmigo. Me gustaría tu consejo, ya que eres humano, sobre cómo puedo lograr que se entregue a mi del mismo modo en que tú lo haces con Aidan.

Jeremy frunce el ceño confundido de golpe por la naturaleza de la relación entre el vampiro y Liu. Segundos atrás habría jurado que Alexander lo veía solo como una presa, un rehén del que se ha encaprichado, a lo sumo, pero la forma en que ha hablado de él… Solo ha visto unos ojos rojo sangre iluminarse de ese modo tan adorable cuando Aidan le llena la cara de besos pequeños y bonitos. No imaginaba que Xander pudiese ser dulce, pero, de nuevo, no cree que lo sea, si el chico es capaz de resistirse lo suficiente a su demonio como para ser calificado de difícil.

—Yo quiero a Aidan —explica Jeremy, en su tono hay una naturalidad y una honestidad que le antojan tan puras, casi infantiles, al vampiro, que no puede evitar reír un poco —y Aidan me quiere a mí. No me entrego a él porque me haya convencido o seducido, no hay ningún truco que haya usado para manipularme. Solo nos queremos. Si tú quieres a ese chico quizá deb-

—Creo que no me entiendes —Xander lo corta, su tono es ronco de repente, tan serio que le eriza los vellos de la nuca a Jeremy y hace al gato sentarse en su regazo recto y alerta justo antes de saltar de él y marcharse maullando agudo —y realmente me molesta que creas que tengo esa… —Xander se muerde la lengua —esa clase de sentimientos por Liu. Solo quiero su sumisión, no a él.

—No creo que puedas conseguir algo así de alguien sin confianza, sin afecto, sin intimidad… no a menos que la consigas haciendo algo horrible. —Jeremy traga saliva cuando reúne el valor suficiente para alzar la vista y mirar a los ojos del vampiro.

En ellos espera ver remordimiento o cavilación, cualquier cosa que le indique que el vampiro pretende buscar una opción mejor o que le horroriza siquiera contemplar esa, pero en sus orbes rojas y oscuras solo halla un vacío desgarrador.

—Ya está listo todo, ten cuidado con la carne, quema un poco. Oh, hola, Xander.

El corazón de Jeremy da un brinco de alegría cuando su amante irrumpe entre ambos inclinándose para dejar un plato de carne humeante, patatas horneadas de aspecto jugoso y suave y una guarnición de tomate fresco picado con pimientos rojos.

Aidan se siente a su lado en el sofá y Jeremy se pega a él de inmediato, encaramándose a su hombro o abrazándolo hasta que el vampiro lo sube sobre su regazo, alejándolo definitivamente de Xander.

—Hola, cachorrito —le sonríe Xander y el apodo suena tan íntimo que Jeremy se queda parado unos segundos, incapaz de comprender si lo que siente es extrañez o celos —, hablaba con Jeremy sobre si podré robarte un rato esta noche, para ir a cazar. Estoy… ansioso. Me apetece hundir mis dientes en algo tierno y bonito.

Aidan ríe seductoramente por su comentario y, antes de mirarlo, ve a Jeremy fijamente a los ojos y dice, mirándolo intensamente.

—A mi también.

El muchacho baja la vista con las mejillas coloradas y ambos vampiros se miran a los ojos y se carcajean por los latidos desbocados que llenan la sala.

—¿Qué tienes en mente? ¿Un muchacho, una muchacha? ¿O quizá prefieres a un humano más mayor, uno que vaya a defenderse y darnos con qué jugar? Quizá podríamos buscar a una tierna parejita, sería delicioso comérnoslos por separado, írnoslos turnando para jugar.

Xander sonríe por las ideas de su amigo y se relame, un brillo lascivo recorre sus ojos cuando se imagina los rostros de sus víctimas, sus vocecillas rotas implorando clemencia.

—Hay un bar cerca, había pensado ¿Qué tal uno de los universitarios que van a emborracharse ahí? Imagínalo todo confuso y mareado intentando huir. Cayéndose solo, raspándose las rodillas y sangrando como niño estúpido mientras sorbe sus palabras.

Aidan ríe como si el otro le estuviese contando la más deliciosa y divertida anécdota y Jeremy, que había empezado a tomar los primeros pedazos de carne rosada en el centro, siente su estómago dar un vuelco.

Sabe que Aidan necesita no solo sangre para sobrevivir, sino también muerte y crueldad, pero jamás lo habría imaginado hablando de ese modo sobre las vidas que planea segar esa noche. No había pensado nunca en lo insensible, lo crudo que suena describir a pobres inocentes y sus últimos segundos en la tierra como quien lista una retahíla de platillos para escoger la cena de esa noche.

Piensa en su hermana, en si debió morir luchando o llorando.

En si alguien, al imaginarla en esos últimos instantes llena de desesperación y miedo, se relame de gusto igual que Xander y Aidan, su amado Aidan, lo hacen ahora al pensar en matar a la hermana o la madre o el hijo o el mejor amigo de alguien que bien podría ser él.

<<Matará esta noche>> piensa en el chico y la idea, tan obvia como terrible, cala en su interior con una fuerza que le hace sentir exhausto. Indefenso.

Aidan lo mira y se acerca a su oído.

—Esta noche y siempre, Jeremy. Soy un asesino hoy y lo seré todos los días de mi existencia. —su tono se suaviza y la punta de su lengua recorre el cartílago de su oreja, haciendo al chico estremecerse en sus brazos —Pero puedo intentar buscar cierto tipo de víctimas, como te dije, Jeremy, personas cuya muerte sea más motivo de alegría que de tristeza.

Jeremy musita un pequeño agradecimiento lleno de alivio y Aidan alza de forma discreta su vista, queriendo ver el efecto que sus palabras tienen en Xander. El otro vampiro solo lo mira en silencio, su rostro estoico dispuesto a no revelar nada.

—Te llevaré arriba, para que puedas descansar mientras me ausento.

Aidan toma a Jeremy entre sus brazos y lo alza haciendo que este se enrosque en su cuello con sus manos y alrededor de su cintura con sus piernas. Lo sostiene con una mano mientas, con la otra, toma la bandeja de comida que había sobre la mesa y conduce a su humano y su cena escaleras arriba.

Xander los observa mientras se alejan y en su mente resuenan las inocentes palabras de Jeremy. La forma en que el humano ha declarado amar a Aidan le sorprende, pero más lo hace aún como el chico, con la misma confianza, ha declarado que Aidan lo quiere de vuelta.

<<¿No le arrebaté la capacidad de amar, después de todo? ¿Significa eso que incluso yo la tengo?>> Sus pensamientos se ven interrumpidos cuando Aidan baja de nuevo y coloca una mano sobre su hombro queriendo sacarlo de su ensimismamiento.

—¿Vamos a cazar, entonces? —ofrece el vampiro con una sonrisa de afilados colmillos y Xander le corresponde con la misma mueca maquiavélica, tomándolo de la mano para levantarse.

—Por supuesto, muero de hambre. Quizá mato a un par hoy, mi apetito está descontrolado. —Aidan le responde entregándole una sonrisa compasiva.

—Creo que yo me conformaré con uno. No quiero saciarme del todo, solo lo suficiente para tener más autocontrol. Quiero la sangre de Jeremy. La quiero pronto.

Xander piensa en Liu automáticamente. Se pregunta si, cuando lo haga suyo para sacárselo por fin de la cabeza, debería tomar su sangre también a la fuerza. Y sabe que la respuesta es no. No debería hacer nada de lo que hace. Pero puede, así que lo hará.

—¿Quieres ir primero al b-

De pronto el aire parece volverse cemento. Es tenso, sólido, imposible de respirar lo intenten como lo intenten y es tan, pero tan pesado... Aidan y Xander quedan inmóviles, como suspendidos en el interior de una dura roca, incapaces de siquiera mirarse.

Xander conoce ese peso, esa fuerza. Esa presencia.

Aidan la teme.

Se escucha alguien tocando a la puerta. Toques lentos. Deliberados. Es alguien que sabe que no van abrir, que no pueden.

Se preguntan si el ser que está al otro lado se quedará ahí para siempre, si dejará que ambos se queden suspendidos en el tiempo y en el espacio, tan vulnerables e inmóviles como insectos en una piedra de ámbar o si, por el contrario, él mismo la abrirá, se mostrará ante ellos orgulloso y con andares ligeros y burlescos, tomándose su dulce tiempo para acercarse a sus cuerpos pétreos y quebrarlos como más se le antoje. Aidan siente un tirón en sus entrañas cuando piensa en Jeremy ¿Y si el vampiro lo ha olido? ¿Y si lo toma como una presa?

Ambos vampiros aguardan, pues es su única opción, y los segundos parecen alargarse hacia el infinito. Cada momento de agónica espera haciéndoseles eterno.

De un momento a otro, la presión se eleva y el aire vuelve a ser aire. 

Ambos jadean, sabiendo que lo que han sentido no ha sido causalidad: la misma mano que ha picado a la puerta ha sido aquella que los ha sofocado, que ha hecho un alarde de poder dejando caer su aura como un yunque sobre ellos y que, luego, lo ha retirado y ha sido tan amable como para no reventar su puerta y entrar a por sus cabezas. Dudan de si ese gesto es consideración o una amenaza.

—¿Qué mierda? —pregunta Aidan respirando entre jadeos, sus ojos se dirigen con temor a la puerta.

—Se ha ido, pero... Pero quiere que abramos. —Xander traga saliva —Huelo sangre, Aidan.

—Sangre humana —asiente el pelinegro, pero pese a la desconfianza en su voz no puede esconder su enorme alivio. La paz que le da saber que no es la sangre de su humano de piel de porcelana y cabellos de plata.

Ambos andan con las piernas tambaleantes hasta la puerta. Se miran entre ellos  impacientes, pero desconfiados hasta que finalmente es Xander quien reúne el valor necesario para empujar la titánica puerta que los separa del mensaje que el otro vampiro ha intentado dejarles afuera.

La imagen con la que sus ojos se topan no es nada nuevo. Nada más sangriento que el resultado de sus juegos nocturnos, pero saber que otro vampiro lo ha hecho, otro vampiro más poderoso, uno que quería entregarles un mensaje, les hiela la sangre. Rara vez son los vampiros conscientes del frío que conservan en su piel, pero en este momento ambos tienen un escalofrío que les eriza todos los poros del cuerpo.

Ante sus imponentes figuras yace una muchachita de no más de veinte años. Sus ropas, un top con forma de mariposa de alas naranjas y una falda roja ceñida, están desgarradas con crueldad de modo que solo los jirones permanecen en su cuerpo, empapados de sangre, apartados bruscamente para revelar la desnudez de sus pechos y sus genitales, ambos amoratados por las rudas manos y el violento deseo de uno de los suyos. Sus ojos están abiertos con terrible horror, como si incluso tras su muerte su cuerpo no estuviese lleno ya de un alma, sino de pánico, y toda su carne se retorciese y se tensarse por el terror, como su boca abierta, el pintalabios rosa difuminado, sus ojos grandes, el rímel corriéndole por las mejillas, sus dedos agarrotados, las hermosas uñas largas partidas y astilladas, su espalda curvada hasta hacerla un ovillo.

Y la peor parte de todas, aquella de la que no pueden separar sus ojos ambos vampiros con una mezcla entre admiración y preocupación, es el vientre de la chica, todo abierto y desgarrado con el mismo desdén con el que sus ropas han sido rotas, pero con los intestinos delicadamente extraídos para no romperlos, dejándolos formar un largo hilo sangriento que la chica lleva atado a su cuello, formando, finalmente, un lacito con sus vísceras.

Xander frunce el ceño y se arrodilla delante de la chica.

—Tiene pulso aún —dice, ahora sí sorprendido por el dantesco cuadro frente a él.

Aidan se agacha junto a él con los ojos bien abiertos y los labios apretados. Tiene que tomar a la chica de la muñeca y apretar sus dedos contra ella para sentirlo, pero está ahí: un pulso muy débil.

De pronto, Xander siente algo que jamás había sentido viendo a un humano moribundo bajo él: pena. Piensa en la pobre chica, en cómo debía haber pasado largas horas en su casa decidiendo que bonita ropa ponerse antes de salir.

Piensa en ella emocionada haciéndose fotos porque su maquillaje era hermoso y la hacía lucir radiante, piensa en su ingenuidad al decirse a sí misma que solo serían unos minutos en la calle antes de llegar a su destinación, que nada malo podría pasarle. Piensa en si tendría sueños o ambiciones, en qué dirán sus amigos, en cómo llorarán sus padres.

Le gustaría averiguar algo más de ella, pero cuando intenta leer su mente solo hay gritos.

Su dolor debe ser inimaginable y, sin siquiera pensarlo dos veces, Xander envuelve su cuello con la mano y aprieta hasta que escucha un crujido y los latidos desaparecen del aire. Aidan lo mira sin decir nada, su rostro alberga una expresión consternada.

Los dos vampiros se miran. Sus ojos son ambos rojos, cómplices, pero dudosos, así que es Xander quién debe armarse de valor y pronunciar la frase:

—Esta noche tenemos que hacerlo. Tenemos que buscarlo y si es necesario... —traga saliva, las palabras le hacen un nudo la lengua.

Aidan ve su miedo y pone una mano solida en su hombro. Xander ha sido su firmeza por mucho tiempo, ahora le toca devolverle el favor:

—Cazarlo.

Asienten con la cabeza. Se miran otro segundo más, como esperando que el otro se eche atrás, quizá deseándolo, pero ninguno cede y ambos se levantan en silencio para ir al exterior y buscar por primera vez no una presa, sino un contrincante.

Capítulo 82

La búsqueda es extraña. Xander y Aidan no son capaces de comprender el mensaje del vampiro, así como no han sido capaces antes de comprender sus intenciones.

Si busca pelear por el territorio ¿Por qué ocultarse cuando es suficientemente fuerte para acabar con ambos? ¿Prefiere amenazarlos primero dejando a una chica medio muerta en su puerta? Aun así ¿Qué sentido tendría? Con mostrarse a sí mismo y ordenarles que se marchen el mensaje sería mucho más esclarecedor, además ¿Por qué morder una víctima tan cerca de vampiros a los que considera sus adversarios?  Un vampiro alimentándose, incluso uno poderoso como ese, está en una posición vulnerable ¿Por qué colocarse en ella frente a sus oponentes? ¿Es un alarde? ¿Despreocupada chulería?

O quizá no busca derramar sangre inmortal. Pero, si es así ¿Por qué tan esquivo, tan misterioso e intencionalmente obtuso?

Sea como sea, no pueden arriesgarse a asumir lo mejor, así que ambos toman la presencia del otro como la de un enemigo esperando a hacer un movimiento. Así mismo, toman a la chica medio muerta que ha sido dejada en frente de su casa como una amenaza.

Cuando buscan al vampiro cuya cercanía les ha hecho sentir una opresión en el pecho similar a la del pisotón de un gigante aplastándolos, Xander y Aidan se sorprenden al darse cuenta de que no pueden rastrear esa presencia de vuelta. Aidan sabe que algunos vampiros pueden usar el aura de poder que los envuelve, si esta es suficientemente grande y ellos suficientemente hábiles, a su antojo, pues Xander sabe un par de trucos al respecto: sabe ocultar su presencia, así como hacerla vigente mandando intimidantes oleadas de poder por el aire. Sabe causar temor, respeto o admiración en otros vampiros más jóvenes o incluso en humanos si se esmera en ello, pero todavía no domina del todo ese poder y los efectos que logra son demasiado tenues como para que le merezca la pena invertir sus energías en cultivar esa habilidad.

Sin embargo, el vampiro que buscan es un maestro del disfraz. Es capaz de erradicar cualquier huella de su presencia y, cuando lo desea, de usar su aura para incluso paralizar a una criatura tan antigua como Xander.

Ambos saben que muy pocos vampiros tienen la edad suficiente como para ello. Y solo uno de ellos dos conoce a alguien suficientemente antiguo.

—Xander ¿Tú crees que…?

El rubio traga saliva. Sería demasiada coincidencia que él hubiese vuelto, pero, de nuevo, sería mucha más coincidencia que se topasen con un vampiro así de antiguo y fuese un completo desconocido ¿Por qué podría un extraño tanto esfuerzo en tratar de enviarles un mensaje?

—Sí —dice el hombre con total seriedad. Nota su garganta seca, su pecho tenso —, pero no entiendo qué podría querer.

Aidan no lo presiona más. Xander no respondería de todos modos.

Ambos vampiros escrutan la ciudad fijándose en el más mínimo detalle. Ambos recorren las calles como sombras, en vez de como los dueños de las tierras que pisan, escondiéndose y observando, tratando de hallar pistas que los conduzcan a su destino. Hallan, en su búsqueda, cuerpos frescos cuyas vidas no han sido arrebatadas por ellos y aunque Xander y Aidan tienen un apetito voraz últimamente, la cantidad de muertos que encuentran logra impresionarlos ¿Es así de feroz ese vampiro siempre o acaso se trata de su preparación antes de una gran pelea?

Finalmente, ninguno de los dos logra localizar la presencia del vampiro, la energía poderosa e hipnótica que radia desde su ser como una advertencia, pero sí logran seguir el aroma de la sangre derramada. Van de un lado para otro. De víctima en víctima, siguiendo los cuerpos desperdigados por el camino y esperando que el aroma de la sangre siga aún pegado a los labios del monstruo. A sus manos. A su cuerpo entero, haciéndolo localizable.

Todos los cuerpos lucen distintos. Su dieta es variada: no prefiere a los hombres ni a las mujeres en especial y así como mata a humanos maduros, muestra que no tiene tampoco reparos en beber la sangre de ancianos desvalidos o de criaturitas tan jóvenes que todavía no han empezado siquiera a vivir propiamente.

Algunos de los cadáveres tienen solo una desgarradora mordida, producto de haber sido un aperitivo rápido y sin mucho interés, pero otros están apenas reconocibles, sus cuerpos el resultado de un juego rudo que ha durado por horas con tal de entretener a su asesino. Aun así, ningún cuerpo luce como el de la chica dejada en su puerta, con los intestinos extraídos y enlazados en su garganta abierta.

Y eso solo confirma aún más que ese cadáver estaba ahí para decirles algo.

Tras horas saltando de crimen en crimen, la sangre de los muertos que han visto los llama hacia un lugar distinto. Su aroma es tenue, pero inconfundible. Proviene del interior de una enorme casa que derrocha lujo tanto o más que la de Xander.

Ambos vampiros asumen que el propietario, bendecido en vida con una gran fortuna que le ha permitido comprarse semejante hogar, ha llamado con su codicia la atención del vampiro que posiblemente lo haya enterrado en su jardín y robado su casa para su disfrute.

Ambos se miran, amedrentados, pero no se atreven a intercambiar palabras, precavidos por si el vampiro es capaz de escucharlos mientras aguardan fuera de su madriguera. Se preguntan qué deberían hacer ¿Observarlo y atacar cuando parezca distraído, entrar a hurtadillas o…

Aidan abre sus ojos como platos cuando ve a Xander acercándose a la puerta delantera con pasos que resuenan por las losas de piedra de la entrada y luego, sin vacile, llama a la puerta. Él se acerca de golpe y le agarra el hombro con fuerza con la intención de preguntarle si está loco de remate y sabiendo de antemano que la respuesta debe ser un rotundo sí, pero no puede pronunciar palabra alguna.

No cuando la puerta se abre lenta, chirriante, y una enorme sala blanca y vacía, iluminada por una lámpara de araña que cuelga sobre ellos como una amenaza, los invita a entrar. En el mismísimo centro de ella, los mira el vampiro más intimidante que con el que jamás han tenido la desdicha de toparse.

Más bien, el vampiro alto como un dios y de cabellos de color sangre mira solo a Xander. Lo mira y sonríe.

Capítulo 83

 

Aidan quiere huir, tomar fuerte a Xander de la muñeca y salir corriendo pero entiende, tan pronto como encara al vampiro de cabellos de fuego y mirada de infierno, que no es una opción. Entiende por qué Xander ha picado a la puerta en vez de tramar un plan para emboscarlo: intentar ser amigables es su mejor opción para sobrevivir.

Cuando están cara a cara con a quien consideran el diablo mismo, son incapaces de hacer otra cosa más que admirarlo del mismo modo en que el plebeyo arrodillado lo hace cuando obtiene un atisbo de su rey. Y es que incluso si siguen pensando que ese ser su enemigo, hay algo en el aura de grandeza que lo rodea que los fuerza a mirar embelesados su grandiosidad mientras él aguarda en silencio, sonriendo diablescamente como si conociese a la perfección qué efecto causa en los demás.

La criatura es enorme, más que Xander incluso. Su cuerpo rebasa los dos metros de sobras, pero lejos de ser una figura larguirucha, su envergadura va a la par con su monstruosa altura. Sus proporciones son bestiales, con brazos más gruesos que el cuerpo entero de muchos humanos que se le enorgullecen de la fuerza de su cuerpo, manos enormes de uñas afiladas que parecen hacer los dedos terminar en garras, un pecho amplio y abultado, visible por la camisa blanca que lleva, abierta de par en par y remangada, y un abdomen marcado por los surcos de músculos fibrosos y con venas como cuerdas bajo la piel. Piernas que se dejan intuir a la perfección bajo la fina capa de tela negra que se abraza a ellas: largas y con el contorno de sus músculos descollando en un espectáculo de fuertes curvas, pero paradas con una elegancia que hace que su cuerpo de tamaño titánico no aparente la naturaleza de una bestia, sino de un caballero revestido de la más poderosa armadura. 

Su rostro, cuando ambos se atreven a mirarlo a los ojos, es hipnótico e intimidante de modo que te paraliza manteniéndose en el tenso punto medio entre el deseo de seguir mirándolo y la necesidad de apartar los ojos hacia el suelo.

Es cuadrado e increíblemente masculino, con la tez más blanca que ninguno de ellos haya podido observar jamás en uno de los suyos y una nariz robusta, arqueada en el centro por una protuberancia surcada por una cicatriz que le hace lucir más peligroso y una boca grande, de colmillos de igual tamaño.

Sus ojos, como su cabello, son de color fuego, así pues, mayormente de un rojo brillante y atractivo, pero también con vetas anaranjadas, granate apagado y algunos hilillos de brillante color oro. Sus ojos son grandes, pero afilados, bajo robustas cejas pelirrojas que son lamidas por algunos de los mechones de su cabello desordenado y ligeramente ondulado. No lo tiene corto en extremo, pero tampoco tan largo como para que las puntas de su melena rocen sus hombros a menos que incline la cabeza a un lado u otro, como hace al ver a Xander, intentando mostrar una expresión acogedora.

—Ya era hora. Llevo un rato esperándote —murmura con socarronería y hace girar su mano. En ese instante ambos reparan que sostiene en ella una copa con delicadeza y que, de ella, manan los aromas de la sangre que han estado siguiendo hasta ahora. El vampiro da un corto sorbo, como queriendo solo teñirse un poco los labios —, pero debo admitir que ha sido una espera deliciosa, Alexander.

La forma en que pronuncia su nombre. En que lo hace como si no fuese la primera vez.

Lo sabe. Lo siente.

Es él.

<<Mi creador>>

Xander se siente nervioso. Un nerviosismo humillantemente pueril y humano, el mismo que imagina que sienten los niños cuando sus padres se paran frente a ellos, altos y totémicos, con los brazos cruzados; el que piensa que deben sentir los adolescentes la primera vez que se van a confesar a alguien y creen que el rechazo será el fin del mundo.

Siente las rodillas débiles. La boca seca. los colmillos pequeños.

Ese hombre, no, no él, su ausencia le ha hecho todo lo que es ahora: la soledad es la primera cosa que recuerda sentir cuando fue traído al mundo de la oscuridad y la que más profunda, espinosa e irremediablemente clavada tiene en su corazón. Es por la soledad que ha hecho todo lo que ha hecho, que tiene todo lo que tiene.

Es por la soledad que busca poder como si pudiese llenar el enorme hueco que tiene en el pecho, pues el poder es grande y temible, pero a la vez sabio, como él imagina que un maestro debe ser.

Es por la soledad que Aidan es su amigo, pues sin ella no se habría compadecido de él, no habría tratado de ser el maestro que él jamás tuvo; incluso si sus enseñanzas hicieron a Aidan olvidar y perder algo preciado, él lo hizo por la soledad que quemaba dentro de él, porque necesitaba alivio y Aidan lucia balsámico.

Es por la soledad que siente lo que sea que siente por Liu. Esa cosa que teme nombrar pero que sabe que es delicada, tierna y bonita ¿Acaso no debería agradecer a ese hombre por haberle dado la capacidad de sentir algo tan suave y hermoso que parece traicionar a su naturaleza sanguinaria?

Se pregunta si todo sería diferente de haberlo tenido a su lado desde el inicio. Si habría acogido a Aidan bajo su ala, si habría sido capaz de ver en Liu más que su sangre dulce y su carne tierna. Sabe que esas cosas le hacen débil, pero incluso si resiente a su maestro por haberlo abandonado, no querría perder a las personas que ha ganado.

Se pregunta si su amo y señor piensa lo mismo, si lo ve como una criatura débil y desamparada, si reconoce, por fin, su abandono como un error y viene a resolverlo.

O si, por el contrario, ve su error no en la soledad de Xander, sino en su existencia. Y viene a erradicarla.

—Este territorio es mío —declara con firmeza. La voz no le tiembla, sale alta e imponente, proyectándose hacia delante como una onda que alcanza hasta a Aidan y le hace temblar de respeto y temor. 

Aun así, aprieta su puño cuando el maldito frente a él sonríe más amplio aún, como si bajo su porte imponente pudiese ver la debilidad en su interior, como si su cuerpo fuese de cristal y a través de su claridad viese el alma de Xander, un niño temeroso acurrucándose en el interior de esa enorme armadura a la que llama cuerpo. Xander niega. No, no puede ponerse tan nervioso, pero el silencio lo desquicia. Necesita llenarlo: 

—¿Qué es lo que vienes buscando en él?

—Oh, el territorio será tuyo, pero tú... Tú eres mío. —dice el otro con una suavidad espeluznante que hace a Alexander estremecerse. 

Conoce bien la palabra "mío". La ha pronunciado cientos de veces, sus labios se han aprendido el poder de cada letra y adoran saborear el dulce temor que acompaña al sonido de esa palabra. Una palabra que suena como el tintineo de cadenas. Ahora, sin embargo, entiende por qué es tan aterrado estar al otro lado, oírla. Ser declarado de alguien. La expresión del vampiro de cabellos de fuego se suaviza, avanza un paso y extiende una mano hacia él como presentándolo ante una audiencia con orgullo.

—Mi pupilo, sangre de mi sangre. Mi hermosa creación. Eso es justo lo que ando buscando.

Xander tiembla y odia lo débil que luce haciéndolo, pero frente a sus ojos se halla el momento con el que ha soñado miles de años: su maestro reconociéndolo como su creación.

—¿Por qué has venido a buscarme? —inquiere suspicaz y nervioso. Aidan, tras él, aprieta el puño y lo sigue tan pronto Xander toma un paso dentro de la prístina sala y anda hacia su creador, deteniéndose a unos metros de distancia de él.

La sonrisa del pelirrojo se torna entonces amarga y negando con la cabeza, responde:

—Por el mal que todos los de nuestra especie padecen: soledad.

Xander aprieta la boca <<¿Tantos años has tardado en sentirla? ¿Tanto en descubrir lo desgarrador de un sentimiento que, desde el primer día, a mí me destrozó?>>.

—¿Y por qué no buscar a otra de tus creaciones? Me hiciste y me abandonaste con descaro, dudo que sea la única vez.

El pelirrojo alza las cejas con sorpresa por el vengativo tono de su pupilo. Su voz colmada de una rabia que lleva años ardiendo dentro de él. El hombre asiente comprensivamente y de pronto su pose chulesca, su tono jovial y su sonrisa burlona se esfuman para dar lugar a una energía seria con la que anda hacia él.

Xander siente el deseo de apartarse cuando el vampiro alza su enorme mano, pero permanece quieto notándola posarse contra su mejilla con delicadeza, casi dulzura. Está caliente, pues su cuerpo ha sido alimentado recientemente, y él no puede evitar suspirar ante ese candor casi hogareño.

—No te culpo por tu enfado. Te hice y te dejé a tu suerte y eso es imperdonable. En aquel entonces debo decir que era un joven inmaduro y creía que si hacía suficientes vampiros podría formar una legión y conquistaríamos el mundo humano. Una idea estúpida se mire por donde se mire, pues la realidad es que ya lo conquistamos, aunque sea desde las sombras. De todos modos… por aquel entonces solo pensé en crear a más de los nuestros y habiendo nacido yo sin un maestro que me enseñase, aprendí a ser justo como él…

Xander siente un pinchazo de culpa por su rabia tan pronto escucha a su creador decir eso. Al fin y al cabo, no lo abandonó por maldad, no estaba en sus intenciones dañarlo, pero la soledad es lo primero que aprendió y, del mismo modo, lo primero que enseñó a sus discípulos. Xander se pregunta si él, de haber obtenido el don de la creación, no habría hecho exactamente lo mismo

—Ausente, inútil para vosotros. Me disculpo por ello, Alexander, y me gustaría enmendar mi error ahora. Me gustaría enmendarlo contigo, pues mis otros discípulos o bien han muerto o bien… no eran dignos de mi tiempo. —la frialdad con la que suelta esa última frase impacta a ambos vampiros, pero allí donde Aidan ve algo por lo que alarmarse, Xander es incapaz de levantar el velo y se queda embelesado por el halago.

Por la consciencia de que no solo su maestro no lo ha abandonado por siempre, sino que además lo escogería antes que al resto de sus pupilos

—Tú, sin embargo, oh… puedo sentirlo. Eres una criatura excepcional. Tan fuerte, más que yo a tu edad, y he visto la forma en la que matas. Tan deliciosa. Hay… cosas de ti que aún no comprendo, pero me gustaría tener un largo, largo tiempo para discutirlas, para ser compañeros el uno del otro. Me gustaría empezar con buen pie, Xander. Antes que nada —dice llevándose una mano al pecho e inclinándose en una cortés reverencia —, creo que mereces saber el nombre del ser que te creó tal y como eres: Mörblut.

Xander se siente listo para derretirse, para decirle que sí a ese hombre y dejarse llevar por lo mucho que ama tener de vuelta a alguien a quien perdió desde que tiene consciencia. Pero debe mantenerse firme. Debe no mostrarse tan vulnerable tan pronto.

—¿Por qué no te habías mostrado antes? —pregunta lleno de escepticismo. Mira su mano, tentado a tomarla, a dejar atrás las preguntas y simplemente disfrutar de hallar algo cuya búsqueda abandonó años atrás, cuando pensó que jamás podría salir exitoso —¿Por qué dejar esa amenaza frente a la puerta de mi casa?

—No me mostré antes porque no sabía si me atacarías o no —responde, no defensivo sino más bien afligido, como si la desconfianza de Xander lo decepcionase —Dejé… entrever mi presencia, esperando que me reconocieses y me buscases, pero luego vi que no estabas seguro de si era o no yo así que traté de ser más directo. Y ¿De qué amenaza hablas? ¿La chica destripada? —el hombre deja ir una carismática, suave risa, y luego hace un gesto de manos, como restándole importancia —Me disculpo si malentendiste mis intenciones, era un regalo o eso pretendía. Incluso le puse un lacito alrededor del cuello.

Xander deja ir una risa contenida, pero pronto vuelve a mirarlo con ojos serios, calculadores.

—Si acepto… si acepto dejar el pasado atrás y decido que quiero empezar de nuevo contigo, reconocerte como mi maestro, así como tú me reconoces como tu pupilo ¿Qué implicaría eso? ¿Qué planes tienes? Tengo muy claro que no quiero abandonar la vida que tengo ahora. Tengo claro que este es mi territorio de caza. Que quiero quedarme un largo tiempo, matar con un poco más de… discreción de la que tú muestras. Matar sin ti, a veces.

Mörblut lo escucha, asintiendo respetuosamente con la cabeza por cada elemento que el rubio lista.

—Claro, es tu territorio y yo tu huésped, así que jugaré bajo tus normas. —Aidan traga saliva al fondo de la sala, la amabilidad del pelirrojo es ideal incluso para tratarse de un creador que pretende redimirse ante su neófito abandonado.

Es exagerada. Es… falsa. Xander, sin embargo, no parece pensar lo mismo

—Mataré menos, si lo requieres, y no pretendo secuestrarte de tu vida, solo que me dejes compartirla un poco. Sabes donde vivo, ahora, así que querría recibir tus visitas de vez en cuando, así como amaría que tú me acogieses cuando yo te visito. Me gustaría pasar noches juntos. Cazando a veces, otras simplemente hablando o… quien sabe, hay muchas formas de divertirse bajo la luna. —otra de sus risas roncas y seductoras.

Aidan observa con precisión como el hombre deja un silencio tras sus palabras, esperando que la imaginación de Xander llene el hueco y estudiando sus reacciones mientras vuelve a mojarse los labios con la copa de sangre.

—Otras veces, Alexander, me gustaría solo verte matar. Amo la forma en que lo haces. Ah, verdaderamente maravilloso, eres la más maravillosa de mis creaciones. Tan poderoso. Tan hermoso. Tan cruel.

Xander sonríe de una forma que odia y que Aidan empieza también a odiar, lo hace tímidamente. Pero no puede evitarlo cuando su creador lo mira con ojos brillantes, cuando lo halaga de ese modo tan zalamero después de que lo único que haya obtenido de él por siglos ha sido el frío silencio. El rubio siente que podría derretirse en ese mismo momento y avanza un paso hacia el vampiro, su frente pegada a la del otro, sus mechones de oro entrelazándose con el fuego de los de Mörblut, sus respiraciones íntimas, casi un beso hecho de aire y anhelo. Xander sonríe mirándolo a los ojos con una intensidad que arde como el amanecer sobre sus níveas pieles.

Sus ojos soles abrasadores, sus almas posos de infinita oscuridad. Se siente tan… completo. 

Cuando Mörblut comprende su respuesta lo rodea con dos enormes brazos y Xander se siente deslizándose a un lugar que no es nada más que correcto. Un lugar donde encaja, un lugar que le hace sentir que lleva toda su vida fuera de casa y que por fin ha hallado el camino de vuelta.

—Ahora, mi creación favorita, tengo una duda que amaría que me resolvieses. 

—¿Cual? —para cuando hace la pregunta, Xander la está lanzando al aire, pues el vampiro ya no está parado frente a él, sino que su voz viene de detrás suyo.

De la entrada.

—¿Quién está sanguijuela debilucha que osa entrar en nuestro territorio?

Del lugar donde Aidan se hallaba.

El rubio se voltea bruscamente topándose con la escalofriante imagen de su maestro rodeando el cuello de Aidan con su enorme mano. Lo alza del suelo con dificultad, alzándolo para contemplarlo a la luz como si fuese una adquisición que valorar, mientras el joven vampiro patalea en un intento vano de alcanzar el suelo y hunde sus dedos en las enormes garras de Mörblut sin éxito alguno.

Xander ha esperado siglos por Mörblut, pero ha pasado siglos con Aidan.

—Suéltalo. Ahora. —ruge con una voz temible que Aidan siente reverberándole en el interior, una voz tan poderosa que siente que podría hacer temblar los cimientos mismos de la ciudad. Mörblut, que observa la cara contraída de dolor de Aidan con expresión ecuánime, se gira hacia él sin mucha turbación. Xander aprieta los dientes, retira sus labios mostrando los colmillos y da un paso adelante—Él es mi compañero de caza.

—¿Esto? —pregunta el más grande de los tres zarandeando al vampiro pelinegro con la mano, moviéndolo como a un muñeco. Xander escucha el cuello de su amigo crujiendo, el agarre de Mörblut tan duro que rompe sus huesos sin pretenderlo —Oh, Alexander, serías capaz de cazarlo y devorarlo como si fuese un humano ¿Que tan útil te puede ser en la caza como ayudante? —se pregunta mirando a su presa de nuevo.

El vampiro clava sus garras haciendo a Aidan gruñir de dolor mientras regueros de sangre caen por su cuello y empapan la mano y brazo de la bestia que lo apresa.

—Es mi amigo. Suéltalo.

La voz de Xander suena oscura. Hecha de sombras y pesadillas. Un rugido bajo, lento, contenido. La inquietante calma antes de la tormenta.

Aun así, Mörblut lo mira entretenido y aguantándose una enternecida risa como a la que uno podría escapársele ante la rabieta de un niño pequeño.

—No comprendo por qué querrías que perdonase su vida, pero no es tan valiosa como para arriesgarme a enfadarte y empezar con mal pie, así que no te preocupes. —su mano se abre y Aidan cae al suelo por fin, jadeando y gruñendo de dolor mientras espera a que su cuello se recupere y sus huesos vuelven a unirse. Mörblut lo mira desde arriba con superioridad y lame la sangre de Aidan de uno de sus dedos antes de sonreír y volverse hacia su creación: —Puedes conservarlo si te gusta.

—No volverás a hacer eso. —le advierte Xander y aunque es consciente de la hipocresía de sus palabras, habla en serio.

Él ha estado mucho más cerca de matar a Aidan, y definitivamente lo ha herido muchísimo más en el pasado, pero no soporta la idea de las manos de Mörblut ¡De cualquiera! sobre Aidan. Su pupilo. Su mejor amigo. Su cachorrito desde el día en que lo halló desesperado entre las calles y decidió acogerlo.

—Claro que no. —responde Mörblut complaciente, su tono de voz sigue siendo tan suave como cuando ahogaba a Aidan entre sus manos.

El pelinegro recobra suficientes fuerzas como para alzarse del suelo y Xander avanza, situándose entre él y el hombre al que tantos años lleva esperando.

Mörblut sigue mirándolo con rostro afable y, de pronto, alza su cabeza sobre el hombro de Xander para dirigirse a Aidan.

—Mis disculpas —habla sin una sola pizca de burla en su voz, Aidan, aun así, se siente terriblemente humillado —, pensaba que podrías ser un obstáculo entre mi tesoro de pupilo y yo, pero ahora que sé que no, me gustaría mantener la paz.

Xander se aparta a regañadientes cuando su maestro le ofrece a Aidan su mano. El vampiro más joven la mira con desconfianza, pero la estrecha igualmente. Sabe que no tiene opción, que Mörblut no le ofrece la paz como una tregua, sino como un regalo.

Sabe el mensaje que se oculta tras sus educadas palabras: <<No te mataré, por el bien de Alexander. Así que baja la cabeza como un perro dócil y agradéceme>>

—Ahora ¿Qué os parece si nos divertimos un poco?

En ese preciso instante Aidan lo ve. Ve la máscara en el rostro de Mörblut romperse: su sonrisa se estira demasiado, sus ojos brillan de una forma ya no bella, sino aniquiladora, y la emoción en su voz no es ofrecimiento, es pura hambre. Su rostro pasa de ser una elegante, hermosa máscara, a una barbárica mueca propia de una bestia que abre sus fauces.

Esa noche es la primera que Aidan verdaderamente no quiere cazar con Xander, así que rechaza la oferta. Solo quiere volver a casa. Volver con Jeremy y abrazarlo muy fuerte.

Xander, pese a sus ganas, debe negarse también, pues ya hay suficientes muertos en la ciudad esa noche y necesitan bajar al ritmo antes de que su hambre arrase con toda la población. Así pues, Mörblut es invitado por su discípulo a su morada y Xander lo guía parloteando sin parar, liderando el camino, sí, pero volteándose cada poco como buscando en el rostro de su creador un asentimiento, una sonrisa o una mirada de aprobación.

Xander incluso le abre y le sostiene la puerta a Mörblut y Aidan, tan pronto como puede, se escabulle a su dormitorio mientras esa nueva y enorme criatura que ha entrado a su vida se sienta en el sofá, junto a Xander, y le rodea los hombros con un gran brazo en un gesto no puede describir más que como posesivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 84

 

—Ah, una lástima que Aidan no quiera compartir la noche con nosotros —Xander se lamenta genuinamente mientras ve la espalda y la melena larga y de un negro brillante de su amigo ascender por las escaleras —, Aidan me ha acompañado  parte de mi eternidad. Es importante para mí, mucho —precisa mientras le lanza a su creador una mirada rencorosa y amenazante que pronto se disuelve —. Me gustaría que lo conocieras de veras, pero lo has ahuyentado, definitivamente, deberás traerle presas deliciosas un buen tiempo si quieres ganarte su perdón.

—Para ser sinceros, Alexander, no tengo especial interés en tu amigo, no cuando si estás tu presente.

Xander ríe por la zalamería de su maestro y niega con la cabeza.

—¿Me adulas de ese modo para compensar los siglos de ausencia? —inquiere medio bromeando con una ceja inquisitivamente arqueada.

—Te halago porque soy sincero. Eres una criatura fuerte, poderosa, sedienta de sangre y de crueldad de un modo que solo he visto en mí mismo. Alexander —el hombre se voltea hacia él en el sofá y, de nuevo, se inclina con su gran altura sobre el rostro de su creación, asiéndole la mejilla con una palma grande y cálida —eres de los pocos vampiros en este mundo que he visto que merezcan ese nombre. Y, hasta ahora —se inclina más y más, su cabeza lentamente bajando hasta que sus labios rozan la mejilla del vampiro más joven y, luego, besan el cartílago de su oído —el único merecedor de ocupar un lugar a mi lado.

—Entonces —responde el rubio con voz retadora y juguetona —más te vale compensar todos estos años enseñándome lo que nunca me enseñaste, revelándome secretos sobre qué somos, sobre que… que fui.

—¿Sobre qué fuiste? —pregunta el otro desconcertado, retirándose de pronto para volver a sentarse al lado de su pupilo con un brazo sobre sus hombros y los dedos de esa mano jugando con uno de sus rulos dorados.

—Antes de ser un vampiro.

Mörblut no puede evitar estallar en carcajadas por el tono de voz de Xander cuando se lo pregunta, por su cara toda seria y expectante, como si le hubiese preguntado algo que siquiera importase.

—Fuiste un humano, Alexander, como todos nosotros ¿Qué quieres decir? —continúa risueño.

Xander aprieta sus labios. No le gusta la forma en que el pelirrojo se ríe. No le gusta la respuesta evasiva a una pregunta que lleva clavada dentro como una espina desde que tiene memoria. No le gusta haber esperado tanto maldito tiempo para obtener una risa en respuesta.

—Sabes muy bien qué pregunto. Quiero saber quién era.

Mörblut frunce el ceño cuando escucha el tono exigente del otro y alza ambas manos en son de paz.

—¡Por el infierno! Eres fácil de enfadar, muchacho, y aunque me gusta tu irascibilidad creo que deberé enseñarte a controlar mejor tus impulsos y emociones. Además ¿Qué es todo este lío por saber esa pequeñez? ¿Que quién eras? Lo mismo que cualquier humano: nadie. Comida. Carne. Es ahora cuando eres alguien. Yo te hice alguien.

Xander se queda sin aliento ante las palabras de Mörblut. De pronto el pelirrojo no ha sonado amable o seductor como el resto de la noche, sus palabras y la forma de decirlas no han venido envueltas en una lustrosa capa de elegancia, sino que han sido escupidas, arrojadas con desdén a su cara.

Xander siente un terrible frío calar en él cuando esas palabras se le clavan en el pecho como daros. Él también pensaba del mismo modo sobre los humanos: como meras marionetas de carne hechas para bailar al compás de sus deseos, recipientes creados para mantener caliente la sangre que él beberá. Cositas estúpidas e inútiles, demasiado efímeras para importar. Sin embargo, le duele tanto oír a Mörblut hablar así de él mismo, de la persona que fue y que murió, de la criatura cuyo cuerpo ocupa él para siempre y llama su hogar para la eternidad, ese inquilino con alma y preocupaciones humanas al que jamás pudo agradecer. Al que jamás pudo conocer. 

Del cual se pregunta <<¿Queda algo de ti en mí? ¿Queda algo de humano?>>

Xander es demasiado inteligente como para dejar que sus emociones lo dominen hasta hacerle confesar sus inquietudes a Mörblut. Es algo bochornoso que un vampiro ¡Pero aún! que un vampiro como él, poderoso y sanguinario, el orgullo de su creador, halle de su incumbencia su pasada vida como mortal, un estadio inferior, primitivo, casi despreciable. Si le confesase a alguien que veces pierde el sueño acosado por preguntas de esa índole sabe que sería mirado por encima del hombro como una criatura débil.

Así que Xander solo ríe, niega e intenta poner sobre su rostro la mejor fachada de despreocupación que puede confeccionar en unos segundos.

—Perdóname, llevo tantos años queriendo conocerte y preguntarte tantas cosas que me cuesta no mostrarme impaciente —explica con facilidad, pues hay una gran parte de verdad en sus palabras —. Es solo curiosidad. Siempre me ha intrigado saber qué clase de humano era antes de convertirme en algo superior ¿Fui buena persona o un criminal? ¿Fui un noble? ¿Tenía mujer e hijos? ¿Escribía libros o luchaba? No me digas que a ti no te gustaría saberlo.

Mörblut se encoge de hombros.

—Nunca me lo he preguntado. Me parece tan infructífero como un humano preguntándose qué espermatozoide exacto era antes de ser concebido o cuestionando a su madre para que le diga que si el óvulo que fue fecundado venía del ovario derecho o izquierdo.

Xander chasquea la lengua, intentando ocultar la furia que se engendra en su interior cuando Mörblut ríe sin parar, comparando las preguntas que lo acompañan desde tan pronto como conoce la soledad con esas tonterías sin sentido.

—Supongo entonces que tenemos nuestras diferencias. Pero a mí, Mörblut, sí me gustaría conocer mi pasado, por aburrido que sea. Así que haz el favor de saciar mi curiosidad un poco.

El pelirrojo retira el brazo de los hombros de Xander y se lleva la mano a la barbilla, rascándosela mientras piensa. Xander lo observa con fastidio ¿Cuán difícil puede ser recordar algún detalle sobre la vida de alguien a quien consideraste un buen candidato para darle tu sangre, tu poder, una lasca de la eternidad? Mörblut se sostiene el puente de la nariz mientras aprieta fuerte los ojos, como conjurando en su imaginación algo infinitamente difícil de recuperar.

—Ah, no lo sé, verdaderamente —admite al final con un encogimiento de hombros y Xander se pregunta si en su cara se refleja el enorme, infinito vacío que acaba de abrírsele en el pecho y amenaza con succionar su alma —. Ya te lo he dicho, en aquel entonces convertía a humanos solo para poder crear, no lo sé, un ejército o algo así. Me importaban solo los números, crear a muchos neófitos. Lo hacía con prisas y, obviamente, sin fijarme en quiénes eran. De hecho, te recuerdo porque luchaste muy fieramente antes de morir para que otros intentasen escapar, pero no sé nada más de ti.

Un extraño mareo sobreviene al vampiro de cabellos de oro. Por el resto de la noche Mörblut sigue hablándole, revelándole secreto tras secreto sobre su raza mientras lo halaga en medio de ello, le acaricia el cabello, el pecho, las mejillas a veces mientras le dice cuan bello y fuerte es, un perfecto ejemplar de una raza que, según Mörblut peca de no hacer las paces con su naturaleza.

Xander sonríe y asiente y responde, pero no puede escuchar una sola de las palabras que dice, como si hubiese dejado a alguien más al mando y él se hundiese en un pozo oscuro en el interior de sí mismo.

Sus oídos se sienten tapados con algodón y solo fragmentos de la conversación le llegan, como Mörblut explicándole que matar a otro vampiro te confiere su fuerza y poder o que antaño, cuando la raza no estaba del todo evolucionada, el sol los hacía arder en vez de dormir. Pero por muy interesantes que esos secretos sean, Xander no puede sorprenderse.

Es como si estuviese anestesiado. Hundido en un lago de éter sin fondo, envuelto de un líquido banal que le impide ver y oír y pensar y sentir y…

<<Nunca sabré quien soy>>

Ha sido tan anticlimático cuando Mörblut le ha confesado que su vida anterior se ha perdido para siempre. Que nadie queda en este mundo capaz de recordarle.

<<Nunca estaré completo. No tengo inicio. No tengo fin. Soy solo un espacio entremedio. Una transición que ha olvidado su forma>>

Algo se le anuda en la garganta. Quiere llorar y reír al mismo tiempo.

Se repite en su cabeza que es ridículo, que un humano jamás podrá ser algo importante en el mundo, tan siquiera si ese humano es él mismo antes de que le fuese regalada la inmortalidad, pero no puede creerlo del todo. No puede soltar el anhelo al que tantos años se ha aferrado, ese anhelo de verdad, de saber quién fue, quien es en el fondo, como si envuelto en esa monstruosa carcasa que porta con orgullo hubiese un hombrecillo, un humano golpeando las paredes que lo apresan, rogando por salir.

Ahora se siente vacío. No retumba nada en su pecho, ni un corazón ni los puños de su antiguo yo. Se siente hueco y decepcionado por ello, pese a que lleva años asegurando no tener en él ni un solo ápice de humanidad. En el fondo, siempre creyó equivocarse.

Lo único que sabe de quién fue es que murió luchando y Xander tiene muy claro que esa fiereza no murió con él. Sabe, también, que luchó para proteger a otros. Se pregunta si esa bondad a sobrevivido también.

Su mente se hunde más y más en esa espiral de preguntas sin respuestas, de desesperación y olvido, de la consciencia de que algo que Xander lleva pensando que algún día recuperaría está ahorra irremediablemente perdido, hasta que de pronto escucha una palabra que logra explorar la burbuja en la que flota lejos y hacerlo caer de nuevo en la conversación: Liu.

—¿Qué? —pregunta de pronto alzando su cabeza con alerta y mirando alarmado a Mörblut, que le sonríe malicioso en respuesta —Me he distraído, perdona —comenta rápido y tratando de sonar convincente, empujando su dolor al fondo de su mente —¿Qué has dicho?

—Te preguntaba, Alexander, que por qué conservas con vida por tanto tiempo a una de tus presas. Liu, creo que se llama ¿Me equivoco? —el rubio asiente, más pálido que de costumbre e incapaz de responder. Por suerte para él, Mörblut se encarga de llenar el silencio él solo —Te he visto matar espectacularmente a otros humanos, ah, de formas tan macabras y deliciosas que se me hacía la boca agua mientras te contemplaba. Con este otro, sin embargo, pareces… inhibido. Sé que lo has mordido alguna vez, que lo has tomado y que a veces te alimentas de su temor, pero parece que lo haces con tanta moderación que no puedo entender cuál es la ventaja de dejarlo vivo si apenas vas a poder usarlo.

—¿Por qué te interesaría? —contraataca el otro y aunque pretende que su pregunta suene casual y desinteresada, su voz suena defensiva, llena de veneno y agresividad —Cada uno juega con la comida como le apetece ¿Qué interés tienen para ti mis hábitos alimenticios? —continúa, ahora logrando haberse calmado y más y usando un tono más controlado que baja la guardia del pelirrojo.

Mörblut alza sus manos en son de paz.

—No pretendo inmiscuirme. Eres libre de hacer lo que te plazca, pero debo admitir que tus formas de jugar con los humanos me dan curiosidad, especialmente si voy a cazar y comer contigo. —Xander se voltea de golpe.

Su mirada es fría y dura y se le marcan las venas de los antebrazos mientras aprieta fuerte los puños y responde, con voz lenta y ronca:

—Liu no es una presa que vaya a compartir.

Mörblut, lejos de lucir intimidado, alza sus cejas con sorpresa y luego sus ojos relucen de curiosidad. Lame sus labios, la lengua roja y larga delineando la punta de uno de sus colmillos.

—¿Hay algo especial en Liu, acaso? Porque no entiendo por qué no matarlo cuando te da tan poco juego…

Xander aprieta la mandíbula y siente los vellos de todo su cuerpo erizándose. No le gusta el tono insinuador de Mörblut. No le gusta la forma en que pronuncia el nombre de Liu, con su boca sonriendo de ese modo juguetón, como si el humano fuese un premio que puede obtener si juega bien sus cartas. Como si ese asunto, su propiedad sobre Liu, no fuese suficientemente serio.

—Si quiero obtener una vida o sangre, tengo otras presas para ello. De Liu no obtengo eso, esa es la razón por la que lo dejo con vida mientras me sea útil. —explica intentando sonar frío, analítico casi. Xander se ha dado cuenta de que mostrarse posesivo respecto al humano no ha logrado disuadir al otro, solo encender su interés, así que piensa que quizá si lo pone como un mero asunto de eficiencia, de Liu no siendo nada más que un medio para un fin, Mörblut se aburrirá rápido del tema. —De él obtengo obediencia.

—Sí —dice el otro en un tono cómico, de hecho pone una mano frente a su boca para no reír mientras agrega:, —tu obediencia.

—¿Qué insinúas? —Xander frunce el ceño. Incluso si el otro parece estar solo bromeando y pasando un rato agradable, él se siente a la defensiva constantemente, tenso ante cada palabra de Mörblut por temor a que en ella lo ataque a él o aquello que le pertenece.

—Insinúo que te centras más tú en cumplir sus deseos que él en cumplir los tuyos. Y no debería ser así ¿Por qué no lo tomas, lo matas y te buscas a uno más servil? Me refiero, si solo buscas obediencia, te la puede dar cualquier humano. Descártalo y simplemente obtén otro.

Xander siente las palabras del otro convertirse en una lanza que lo atraviesa y lo deja clavado en el lugar.

<<No>> es la primera y única respuesta que reverbera en su interior con la intensidad de un rugido. No quiere buscar a otro humano. Quiere la sumisión de Liu. Quiere a Liu. Y no le importa no tener razones para ello, no necesita ser capaz de defenderse, de argumentar su preferencia, no mientras Liu ocupe sus sueños y pesadillas, mientras ronde por sus pensamientos cada noche y, con su cercanía, lo haga sentir a la vez salvaje y calmado, con su tacto hambriento y saciado, con sus besos suave, dulce. Capaz de ser salvado.

—Me gusta la sumisión de Liu. Me gusta su sangre, su cuerpo —comenta conteniendo sus palabras, temiendo sonar demasiado apegado, deseoso y desesperado —. Además, es difícil volver a un humano obediente, no quiero desperdiciar el tiempo que he invertido en este.

Mörblut asiente y lo observa unos segundos callado y pensativo. Xander se siente bajo intenso escrutinio y desea más que nada en el mundo poder leer la mente de su creador así como lee la de los mortales. Quiere saber qué piensa de él. Si ha sido convincente, si la logrado ocultar que… <<Por el diablo ¿Ocultar qué? He dicho la verdad. Liu es solo un juguete. Nada más>>

—Veo que esta forma de consumir humanos no es solo tuya —suelta entonces y una risa perversa escapa de los labios. Xander ríe también y nota la tensión salir de su cuerpo cuando se percata del sonido que viene de escaleras arriba: la voz de Jeremy gimiendo una y otra vez mientras Aidan lo toma con rudeza —, qué decir, no es lo mío, pero quizá algún día me animo a probar. Por hoy, sin embargo, creo que es suficiente charla.

Xander siente una oleada de alivio recorrer su cuerpo cuando Mörblut se levanta y se despide. Tras su marcha, se siente exhausto, como si el otro vampiro, con su mera presencia estática y su voz grave y serena, le hubiese chupado todas sus energías y se fuese radiante y rejuvenecido mientras él queda todo desvaído, desinflado sobre el sofá.

Pero pese a su cansancio, Xander se obliga a levantarse. A salir.

Y a pasar horas de pie tras una ventana viendo a Liu estudiar, cocinar mientras baila y canta, comer y luego, cuando ya ha pasado un largo rato asustado, mirando a la puerta con anticipación y manos temblorosas, irse a dormir. 

Solo cuando lo ve respirar tranquilo mientras sueña con algo bonito Xander se tranquiliza. Y solo entonces puede volver a casa y dormir él también.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 85

 

—A-aidan… Aidan… despacio —suplica Jeremy, apenas sin voz y con el fino hilillo de la que le queda siendo opacado por la sinfonía de ruidos obscenos que llenan la estancia: su aliento pesado y jadeante, la madera de la cama gimiendo y el cabecero martilleando la pared hasta hacer saltar la pintura, el húmedo sonido de la polla del vampiro deslizándose dentro y fuera de su agujero empapado de lubricante y de tantos orgasmos que Jeremy ha perdido la cuenta, el chicloso, carnoso chocar de las piernas del pelinegro, de su pelvis y sus testículos contra las nalgas enrojecidas del humano y, finalmente, los roncos gruñidos y gemidos de placer del vampiro que lo toma por la cintura y lo maneja a su antojo para penetrarlo una y otra vez hasta que sus ojos ruedan atrás en sus cuentas y siente la cabeza pesada y llena de aire. —Aidan, por favor…

El vampiro gruñe, molesto por sus súplicas, y sale de pronto de su interior. Aidan jadea de dolor, su cuerpo de pronto vacío, pulsante, frío. Pero la incomodidad es reemplazada rápidamente por más brusquedad: Aidan solo ha salido de su interior para voltearlo en la cama y empujar su cabeza quejumbrosa y de cabellos mullidos como una nube contra la almohada, acallándolo. Acto seguido se empuja en su interior de un solo y poderoso embate y se fuerza a sí mismo a quedarse quieto mientras el cuerpo bajo él se retuerce y se tensa como si jamás fuese a acostumbrarse a su tamaño. Aidan lo sostiene quieto: una mano en su cuello, otra en su cintura y el peso de su magno cuerpo clavando sus piernas en la cama mientras él se sienta sobre ellas y empuja su pelvis contra su trasero. Jeremy lloriquea contra las sábanas y el ruido sale ahogado, débil. Para antes de que haya parado de quejarse, el vampiro no puede aguantar a volver a follarlo como hace solo minutos.

El cuerpo de su juguete humano es aplastado entre la suavidad de las sábanas y el colchón y su duro, magro cuerpo tumbado sobre él y arremetiendo contra su intimidad a cada segundo. Jeremy siente su pene atrapado entre la suavidad de su vientre y la de las sábanas, rozándose violentamente contra ambas cada vez que el vampiro lo folla. A los pocos minutos, Jeremy tiembla y lloriquea, su cuerpo apretando deliciosamente la hombría de su amante mientras se corre otra vez esa noche, sobreestimulado por el molerse de su pene al ritmo de las embestidas de otro y por la forma en que el grosor de Aidan dentro suyo golpea sin piedad su próstata.

El chico no es concedido ni un solo segundo para que se recupere de su orgasmo, sino que cuando intenta gritar Aidan aprieta su cabeza más fuerte contra la cama y lo folla al mismo ritmo brutal y despiadado que antes, derramándose en su interior, pero todavía duro y excitado, listo para seguir por unas rondas más incluso cuando su humano está para el arrastre.

Jeremy pensó que se estaba acostumbrando a Aidan. A su apetito insaciable de perversiones, a su modo brusco, casi cruel, de tomarlo, a sus manos grandes, su boca afilada y su sexo venoso y grueso, pero esta noche se siente como una primera vez. Se siente absolutamente sin control, un muñeco en las manos del otro, una cosita patética incapaz de tomar lo que se le da y aun así forzada a hacerlo.

Aidan está realmente salvaje y Jeremy se pregunta por qué continuamente. Solo sabe que antes de venir con él ha estado con Xander y que, al verlo esa noche, el vampiro estaba extrañamente necesitado y cariñoso, primero besándolo, oliéndolo como un cachorrito volviendo por fin a su hogar, acariciándolo y haciéndole arrumacos y, de pronto, su pasión se ha vuelto agresión. Su cariño deseo. 

Se pregunta si el vampiro ha salido a cazar con Xander. Si ese es el origen de su comportamiento animalístico esa noche.

Aidan sale de su interior de nuevo y Jeremy no tiene esperanzas de ser dejado en paz esta vez, pues tiene claro que Aidan quiere, necesita más. Sus sospechas se confirman cuando el vampiro baja de la cama y, tomándolo por un tobillo, tira de él hasta llevarlo a la orilla, con sus piernas colgando de la cama y su torso doblado sobre ella, su trasero en el eje, mostrándose disponible para el vampiro que hay de pie tras él y que sin previo aviso se empuja en su interior y esta vez no espera a que se recupere antes de follarlo tan duro que Jeremy chilla, su sensible interior siendo destrozado y su pene rojo y sobreestimulado siendo forzado a endurecer de nuevo incluso si su placer se ha quedado ya seco de tanto correrse.

La mano de Aidan se cierra dura contra su garganta y se siente quedarse sin aire. El pánico lo inunda de pronto.

<<Tengo miedo. Aidan está tan descontrolado hoy. Tan violento. Antes, cuando se ha enfadado ha sido tan aterrador… y ahora lo es de nuevo incluso si no he alimentado su ira ¿Es porque ha salido a cazar? Si es así ¿Por qué tomar vidas no ha logrado aplacar su ansia, saciar su sed? ¿O es que, en el fondo, la vida que ansía tomar es la mía y eso le frustra? No, no quiero pensar eso, pero… pero él mata sin reparo ¿Que me haría diferente, especial? No soy nada distinto y me pregunto ¿Cuánto aguantará él dándome un trato diferente hasta que se dé cuenta de ello y decida acabar conmigo como si fuese una víctima más?>>

Tan pronto la oscuridad de esos pensamientos cruza la mente de Jeremy Aidan se detiene en seco, lo único que cambia es su mano: la presión de los dedos que rodean la pequeña garganta del chico aumenta haciéndolo jadear de la sorpresa y verdaderamente temer por su vida.

Aidan voltea a Jeremy bruscamente en el colchón pese a seguir en su interior, haciendo sus adentros tirar y doler antes de tomarlo de nuevo del cuello, ahora no desde la nuca sino desde el frente, aplastando su garganta entera con su agarre antes de clavarlo contra el colchón. Jeremy rodea las caderas de Aidan con sus piernas por instinto, queriendo congelarlo en el lugar, pedirle que no se mueva, y sus manitas torpes y temblorosas por la intensidad de la noche se adhieren con súplica a los dedos que lo ahogan.

—¿Cómo te atreves? —pregunta el vampiro alzando su labio superior, una mueca de asco y desprecio en su boca y sus ojos ardiendo con odio.

Jeremy no sabe qué ha hecho mal, pero lloriquea ahogadamente por su perdón cuando ve los colmillos crecer y esos ojos rojos encenderse, brillando como brasas que lo queman y lo marcan.

—¿Te atreverías a volver a hacerme enfadar? ¿A volver a cuestionar lo muy en serio que me tomo que seas mío? —pregunta con voz ronca y demandante y, por cada pregunta, embiste a Jeremy con fuerza queriendo escuchar su vocecita llena de lamento y arrepentimiento —¿Crees que te mataría? ¿Qué sería jodidamente capaz d-

De pronto, Aidan se queda sin habla. Los ojos de Jeremy, lejos de ser los pedacitos de cielo claro y luminoso que siempre son, con ese bonito color de aguas dulces y cálidas, son ahora oscuros. Todo pupila. Todo miedo. Como los ojos de un conejito deslumbrado por los faros de un gran camión.

Y en la oscuridad de los ojos de Jeremy, en el abismo de la pupila que se abre cuando lo observa, como para reciprocar el vacío de su alma, Aidan se ve reflejado. Y luce temible. Tan enfadado. Todo colmillos y ceño fruncido. Todo garras y violencia. Mira su mano envuelta alrededor del cuello del chico, la forma en que las venas resaltan en su piel pálida porque está realmente haciendo mucha presión, ahogándolo de veras, asustándolo.

Aidan afloja su agarre de pronto y nota al chico suspirar con alivio y luego toser, todo su hermoso y elegante cuello rojo y morado por la violencia de su agarre. Se agacha hacia él y Jeremy se tensa, temeroso, bajo él, pero su cuerpo se permite relajarse y mostrarse agotado y rendido cuando Aidan empieza a besar cada pequeña marca y moratón dulcemente.

Jeremy gime largamente mientras el vampiro sale de su interior centímetro a centímetro, no queriendo dañar más su ya dolorido sexo. Una mano pequeña y cálida se posa sobre la musculosa espalda de Aidan y lo acaricia.

—N-no sé qué sucede hoy —hipea Jeremy y en sus pensamientos la culpa lo carcome. Culpa por haber enfadado a la única persona que lo ha cuidado. Culpa por no ser capaz de complacerlo lo suficiente para calmarlo. Culpa por no merecer su lado bueno y, aun así, temer el malo —, lo siento, l-lo siento, no quería… pero no puedo co-controlar lo que pienso y…

—Está bien —susurra Aidan, su tono es más que tranquilizador. Es balsámico. Fresco y cálido a la vez, según el chico necesite, un remedio suave y agradable que se extiende por toda su alma lacerada y la hace sentirse mejor —, ha sido mi culpa, Jeremy, no la tuya. Tienes derecho a pensar cosas malas, a ser inseguro. No es tu culpa. Es solo… estoy nervioso esta noche.

—¿Sucede algo malo? —pregunta el chico entre respiraciones erráticas y profundas. Su voz suena cansada, desvaída. Aidan le acaricia los cabellos y le besa las mejillas.

—Hay… otro vampiro en este territorio —explica y al hacerlo nota su mandíbula doler de la tensión, pero no puede parar de apretar sus dientes con fuerza.

Piensa en Xander, en la forma en que ha caído rendido ante su creador. En cómo llevaba siglos deseando silenciosamente conocerlo, complacerlo. En cómo, si debe elegir entre ambos, teme que elija a Mörblut antes que a él. Y en cómo eso puede significar más que una traición: puede significar que Xander voltee la cabeza cuando el otro vuelva a tomarlo entre sus garras, cuando lo rompa, cuando… cuando le arrebate la cosa que más le importa.

—Me preocupa que te pueda hacer daño, Jeremy.

El humano lo mira pensativo unos segundos, pero no temeroso. Luego sonríe, un gesto tan bonito que logra eliminar cualquier rastro de preocupación y amargura del corazón de Aidan, por lo menos por unos segundos, y luego dice: 

—Si lo intenta, sé que tú vas a protegerme. Eres el ser más maravilloso y fuerte que conozco, estoy seguro de que puedes con él.

Aidan le sonríe de vuelta, incapaz de decirle la verdad. Lo besa y, cuando el otro tiene los ojos cerrados, Aidan se lleva una mano a la mejilla para limpiar las lágrimas que cae por ella antes de que lama también la piel de Jeremy, delatándolo.

Capítulo 86

 

Liu tiene un buen día, para variar. Piensa que quizá se debe a que Xander no lo atormentó la noche pasada, dejándolo por fin descansar y rebajando un poco el tono amoratado de las enormes bolsas bajo sus ojos. También contribuye a su buen humor el hecho de que hoy Liu por fin es capaz de quitarse de encima ese examen para el que tanto hincaba los codos cada tarde y a juzgar por el rostro de su profesora cuando pasa por su lado atisba sus respuestas, Liu tiene confianza en que tanto estudio ha dado sus frutos.

Como siempre, pasa la hora del recreo solo. Los últimos días lo hace encerrado en el baño, donde toma una barrita energética de frutas y miel mientras saca de su mochila el libro sobre vampiros que, de vez en cuando, lee un poco. Al inicio ese libro era su única esperanza para averiguar cómo acabar con Xander y, cuando leyó el desesperanzador párrafo que le abofeteó en la cara con la dura verdad de que un mortal jamás podría matar a un inmortal, ese libro se convirtió no tanto en un arma, sino en un aliado. Le ayudaba a entender un poco mejor a Xander, sus deseos, sus necesidades y, con ello, a preveer un poquito su comportamiento y prepararse mejor para soportar. 

No obstante, el libro ya no es ni lo uno ni lo otro. Liu no sabe cuándo pasó, pero se ha convertido en compañía del mismo modo en que las aterradoras visitas de Xander, sin dejar de ser una tortura, se han vuelto en algún punto un remedio para la soledad. Liu apenas puede concentrarse leyendo hoy, pues se pregunta una y otra vez por qué Xander no vino la noche pasada.

<<Me siento aliviado>> se dice y lo repite como si necesitase convencerse de ello pese a que es totalmente cierto <<pero también solo>> susurra una parte de él que odia. Esa voz siseante, de reptil, que le susurra las más aberrantes verdades que lleva dentro de su ser. La misma voz que cuando llora por todos a quienes ha perdido le recuerda que es su culpa. Que, de poder, ellos lo culparían. Que merece estar muerto. Que merece desear estarlo.

Es la voz que lo llama egoísta cada vez que avanza un paso, que llama a su mejora, olvido, traición.

Liu se muerde el labio, cuidado de no herírselo porque sabe que su demonio estaría descontento con ello. Y esta vez vuelve a esmerarse en mantener su atención en la lectura.

<<Obtener entrevistas con supervivientes de ataques de vampiro es raro, no porque es la probabilidad de que un humano logre escapar de las garras de estos temidos depredadores sea baja, sino porque es nula. Ninguna víctima logra librarse por sí misma de estos insistentes bebedores de sangre, sino que son perdonados por sus atacantes. Así es: los únicos que han sobrevivido a ataques de vampiros, un número bajísimo, no lo han logrado por sus propios medios, sino porque su muerte no le ha sido, al final, de tanto interés al vampiro en cuestión que creyeron que sería su verdugo.

Además, estos escasos supervivientes son muy reacios a compartir su experiencia ya bien sea por la dificultad que entraña compartir cualquier tipo de experiencia traumática o por el temor totalmente justificado de que, si revelan demasiado sobre esta raza que prefiere permanecer en las sombras, llamen la atención de otros vampiros que esta vez no vayan a dejarlos vivir, silenciándolos para siempre.

Y, pese a eso, hay un tipo de entrevista que es más difícil aún de conseguir respecto al mundo de los críptidos nocturnos. Como debes haber supuesto, querido lector, me refiero aquí a una entrevista con un vampiro.

Pocos son los casos reales en que una de esas criaturas se ha acercado a un mortal no solo sin intenciones de arrebatar algo (vida, sangre, seguridad) sino además con la intención de compartir. Y, además, de compartir algo tan íntimo o secreto como la experiencia de ser una criatura de esa índole.

Aun así, ambas cosas se han logrado para poder escribir este libro: tanto entrevistas con supervivientes (que desean mantenerse en el anonimato y cuyos deseos serán respetados por encima de todo) como entrevistas con vampiros (cuya identidad fluctúa con los años y cuyos nombres cambian cada vez que se trasladan, por lo que sería fútil tratar de identificarlos). Los resultados de tales entrevistas son el cimiento de muchas de las aseveraciones que he hecho en páginas anteriores y son, así mismo, la base de este apartado ‘’Las vivencias emocionales vampíricas’’.

En este apartado la intención es explorar como los vampiros viven y expresan las emociones y qué emociones viven y expresan. Para ello, quiero centrarme en unas citas concretas de las entrevistas que fueron realizadas para este propósito. La primera es de un superviviente:

‘’Nada. Te lo prometo, puedo jurarlo por mi vida. Nada. No hay nada ahí. Ni compasión, ni empatía, ni cariño, ni aprecio. No hay nada. Los miras a los ojos y hay tantos colores y tanta intensidad y brillo y todo es… todo es un velo para ocultar que están vacíos. Es obvio, la muerte no les afecta solo en el cuerpo, también pudre la mente’’

Y la segunda, de una vampiresa:

‘’Siempre es esa pregunta. La pregunta de si podemos amar o no. Para mi es la misma pregunta que la de si podemos notar el sabor de las cosas: claro que sí, pero a nuestro modo. Cuando yo digo que la sangre sabe dulce y cuando un humano dice que un caramelo sabe dulce nos estamos refiriendo a algo vagamente similar, pero si él prueba la sangre y yo un caramelo, no encontraremos dulzura en ello, porque los dos la experimentamos, sí, pero de un modo distinto. Los vampiros podemos sentir deseo, odio, envidia, rencor, celos… esos son sentimientos muy humanos, pero lo que es inhumano en ello es la intensidad, el extremo en el que los sentimos. Del mismo modo, podemos sentir otras cosas. El amor es el que siempre preguntáis. Muchos vampiros dicen que no podemos sentir amor cuando lo que en verdad quieren decir es que no podemos sentirlo como los humanos. Claro que podemos, sino ¿Cómo identificaríamos el odio? Pero igual que la dulzura para nosotros, el amor no es el mismo que el de un humano. Es algo más… sangriento’’>>

Liu se queda pensativo, debatiéndose entre si las palabras de la chica son esperanzadoras o desesperantes ¿Sería mejor pensar que esos seres no pueden sentir amor en absoluto o descubrir que sí pueden, pero solo desde una visión perversa, podrida, de un sentimiento que tan fácilmente puede tornarse obsesión, posesión, agresión?

<<¿Qué más da? No es como si Xander pudiese sentir aprecio por mi. Solo soy su juguete>>

Esa noche, Liu espera religiosamente la caída del sol, la llegada de la noche y sus diablos. Y el sueño vuelve a tumbarlo en la cama antes de que lo haga Xander.

<<¿No volverá?>> se pregunta mientras se queda dormido, presa del agotamiento. Esa noche, pese a la ausencia de su diablo, no duerme bien. Sus horas oscuras están plagas de pesadillas e incomodidad, de la necesidad de revolverse en la cama, de taparse con la manta como un chiquillo asustado y luego patearla porque da demasiado calor.

Y es que, mientras tiene los ojos cerrados y el rostro empapado en sudor, Liu no se siente solo, pero tampoco nota a su alrededor la presencia de Xander. Sus silenciosos pasos, su aroma masculino y fresco como a champú de limón y hojas secas, su voz grave como un ronroneo.

Nota otra cosa. Un aura grande. Ominosa. Como humo ennegrecido que se le mete en los pulmones y no le deja respirar. Nota una mano grande en el cuello. No, no grande, enorme, más aún que la de Xander, una mano que le rodea la garganta con aterradora facilidad, pero se esmera en no apretar, como midiendo la facilidad con la que podría terminar con su vida.

El chico despierta jadeando entre sudores, solo en su habitación, pero con la piel de la nuca erizada y una voz desconocida susurrándole en su cabeza <<Patético>>.

Cuando despierta a la mañana siguiente siente que sus sueños le han drenado la energía, en vez de ponérsela y durante todo el día su cabeza se siente un lío incoherente donde su voz tartamudea y esa voz de siempre, la voz de víbora que le dice que no merece cosas buenas y se ha ganado todas sus desgracias, suena más fuerte que nunca.

Esa noche Xander no aparece y a la siguiente tampoco. De hecho, pasa el fin de semana en una silenciosa soledad que le resulta desquiciante. Duerme toda la noche y gran parte del día, asustado de estar despierto, porque es entonces cuando su cabeza no se calla y le dice todo tipo de cosas desagradables, pero también preocupado por la forma que toman sus sueños, pues por el día son cálidos y agradables y, por la noche, están invadidos de monstruos sin ojos ni manos ni cuerpo, solo boca. Una boca grande y afilada que le dice con una voz ronca y terrible cosas peores de las que ha pensado hasta el momento.

Una noche, la voz de sus sueños, que es tan malvada como la voz de serpiente de sus mañanas, pero más gruesa, más profunda, le dice que obviamente Xander no va a volver, no porque desee liberarlo, sino porque le aburre demasiado, porque es una criatura débil, patética y llorica incapaz de aceptar las consecuencias de sus actos, una cosa estúpida que no merece desperdiciar ni segundos, aunque sea para matarla. La voz le dice que la única cosa buena que podría hacer en su vida, el mejor regalo para sus difuntos seres queridos y una forma de quitarle a Xander la carga de tener que hacer él el trabajo sucio, sería ponerle fin a todo.

Siempre pensó que se suicidaría cortándose profundo y largo en su antebrazo, sintiendo el calor abandonarle poco a poco. Esa noche, sin embargo, algo retorcido en su cabeza le muestra vívidas imágenes de él bajando al garaje de sus padres, tomando un bidón de gasolina, vaciándoselo encima y sosteniendo una cerilla encendida en la mano.

Liu despierta cubierto de vómito esa noche, cuando el olor a carne quemada de sus sueños se le hace demasiado familiar. Demasiado insoportable.

 

 

 

Capítulo 87

 

—¿Estás seguro? —Xander tuerce la boca cuando Aidan asiente.

El vampiro pelinegro se encuentra en el sofá de su casa viendo la televisión mientras se aferra a su humano, a quien tiene entre sus brazos y además rodeado por sus piernas como si tratase de hacer una crisálida con su cuerpo. Jeremy mira a Aidan también con preocupación. Ha rechazado a Xander las últimas veces que le ha dicho de salir a cazar durante esa semana y la anterior y aunque Xander sabe que un par de semanas sin comer no matarán a un vampiro del talante de Aidan, también sabe que no acostumbra a ayunar por tan largo tiempo, no si la necesidad no le impele a obviar las consecuencias.

—Me apetece quedarme con Jeremy —responde, su tono dulzón, sus palabras lentas. Soñolientas.

Jeremy lo abraza de vuelta y le besa el mentón.

—Aidan, está bien si vas. Pasamos todas las noches juntos y tú necesitas… —pero el vampiro lo corta de pronto rodeando su cuello con su mano y acercándoselo a los labios para besar su nuez que sube y baja nerviosamente.

—Si necesito sangre, Jeremy, te tengo aquí mismo.

La forma en que el pelinegro reclama su cuerpo y su vida como suyas es algo que le hace sentir las piernas débiles. Hay algo en su tono posesivo y autoritario que debería temer, pero que adora, algo que lo vuelve suave y maleable a sus deseos.

—Necesitas matar, no solo sangre —interviene Xander ganándose la mirada aprobatoria de Jeremy justo lo contrario de su amigo y pupilo —¿No quieres siquiera que te traiga una presa?

—Oh, eso sí sería delicioso —dice de pronto el vampiro relamiéndose los labios.

Xander accede de buena gana, sintiéndose increíblemente confundido ¿Por qué Aidan se rehusaría a cazar cuando es obvio que está pasando hambre? ¿Por qué, si algo le hace no querer matar, aceptaría hacerlo siempre y cuando Xander le provea de una víctima?

Aidan sabe que su amigo está preocupado y sabe también que Jeremy empieza a sospechar que algo sucede. Debe admitir que no es un maestro en el arte de disimular su preocupación ¿Cómo serlo cuando está acostumbrado a ser poderoso y no tener que temerle a nada? Pero ahora no solo tiene que temer por él, sino por Jeremy, su frágil y preciado mortal. Y tiene que temer a Mörblut.

La noche en que se conocieron tuvo claro que el pelirrojo solo lo dejaba vivir como cortesía hacia Xander pero que lo deseaba muerto. Y, si no puede matarlo aún, Aidan sabe que Mörblut intentará destruirlo de otros modos si solo le da la oportunidad. Jeremy solo en casa es una oportunidad demasiado jugosa, así que no piensa ofrecérsela incluso si eso significa no dejarlo solo ni para salir a cazar.

—¡Xander! —lo llama antes de que salga de la casa —¿Sería mucho pedir que me trajeses como cena de hoy alguien que verdaderamente es escoria?

Xander ríe y niega.

—Lo que tú quieras, Aidan.

Al salir de casa, el rubio piensa en visitar a Mörblut para que lo acompañe durante su caza de esta noche, ya que Aidan no está disponible para ello, pero el vampiro ya está en la entrada esperándolo con una gran sonrisa y colmillos más grandes aún.

Las últimas noches que se han visto Mörblut ha acogido a Xander en su espaciosa y lujosa casa y han hablado mientras compartían copas de sangre. Xander ha empujado bien al fondo su profunda decepción por que su maestro no sepa de sus orígenes, pero le ha sido fácil ignorar el dolor ya que Mörblut ha sabido como entretenerlo bien enseñándole infinidad de cosas: le ha explicado sus primeros años como vampiro, la forma en que esa magnificente raza ha evolucionado a través de los siglos hasta volverse cada vez más y más perfecta. Le ha explicado rumores de su vieja época, como que al inicio algunos vampiros morían incluso si un humano destruía su corazón. Le ha enseñado también como usar mejor sus sentidos, aprovechar mejor su velocidad, su fuerza, su agilidad. Han luchado varias veces, entrenamientos que empezaban como una pelea juguetona y terminaban con una dura aceptación de poder con Mörblut inmovilizando a Xander contra el suelo con una mano en sus muñecas, un pie contra su espalda y la boca pegada a su oído, jadeando de cansancio, felicitándolo por haber mejorado <<aunque te queda un camino muy largo que recorrer antes de que tengas la posibilidad de no acabar siempre debajo de mí, muchacho>>

Y hoy, por fin, Mörblut ve la posibilidad no de charlar o jugar, sino de cazar.

—¿Pretendías ir a algún lugar sin mí? —pregunta el más mayor con un tono engreído pero socarrón.

—Prendía ir a ofrecerte una noche de caza, no seas impaciente —le responde Xander del mismo buen humor, aunque en su tono es evidente el ansia. No solo de sangre, sino de llenarse la cabeza con cualquier cosa menos Liu y es que ha estado pensando en él estas noches, deseándolo, añorándolo, pero no se atreve a verlo aún. No con Mörblut cerca, husmeando en su relación, no después de la ira que sitió cuando Mörblut le insinuó que él estaba al servicio del humano o no al revés. Teme hacer una locura de nuevo o que el otro la haga.

—Oh, pero lo soy. Tengo hambre.

—¿Y crees que yo no?

—Empezaré a pensar que sí si sigues de cháchara en vez de ayudarme a buscar una presa.

Xander ríe y rodea a Mörblut por los hombros antes de echarse a andar con él al lado.

—Tienes razón ¿Por dónde quieres buscar?

—He recorrido la ciudad antes de venir aquí —explica el otro con un suspiro en los labios —. Parece que nuestra presencia es cada vez más obvia para los humanos de esta cuidad. Las calles están desiertas, salvo por algunos humanos muy intoxicados y debo decir que la sangre con sustancias extrañas me asquea. La prefiero pura.

—Ah, es realmente raro que haya tres vampiros en un mismo territorio —Xander asiente con profundo movimientos de cabeza, dejando que su vista se pierda en la soledad de las calles con gesto reflexivo —. Tendremos que cazar fuera de la zona algunas veces de aquí en adelante, para no llamar tanto la atención, no es bueno para nosotros que las presas nos adviertan y se escondan.

—¿Qué más da? —se encoge de hombros y luego ríe cínicamente — Podemos sacarlos de donde se oculten a rastras.

Xander ríe.

—Hace siglos que no tengo la necesidad de meterme en la casa de un humano para comérmelo.

—¿No lo echas de menos? —inquiere alzando una ceja y liberándose del brazo de Xander para pararse frente a él y cuestionarlo, su tono lleno de diversión y curiosidad —Hay algo delicioso en irrumpir en el lugar seguro de otro, en su hogar, y pintar sus paredes con su sangre. —a medida que habla, se acerca más y más al vampiro y su tono se torna más bajo, como si compartiesen un secreto solo con aliento, el cual termina susurrando sobre sus labios, a meros centímetros de rozarse.

Los ojos de Xander brillan de deseo, debe admitir que últimamente matar se le hacía menos dulce, como si Liu le hubiese pegado su sensibilidad del mismo modo en que uno pilla un resfriado, pero Mörblut hace las ideas más crueles sonar como una tentación irresistible.

—Suena bien —concede, su tono bajo e íntimo, una de sus manos posada sobre el pecho de Mörblut cuando este le rodea la cintura con una de las suyas y lo atrae ligeramente hacia él —, pero prefiero arrastrarlos a un lugar que conocen, a un lugar que me pertenece, como ellos.

—Prueba algo nuevo, por hoy —le pide. Su rostro está tan cerca, sus palabras suenan tan cariñosas.

—De acuerdo —cede Xander —¿Algún lugar específico donde quieras entrar?

—Hmmm… oigo música por aquí cerca. Y risas. Creo que podríamos sumarnos a la fiesta.

Mörblut y Xander se miran con sonrisas cómplices en sus rostros. En un abrir y cerrar de ojos, la calle vuelve a estar desierta y, a lo lejos, un grupo de muchachos que baila en su salón y celebra haber por fin acabado la época de exámenes de ese año de universidad recibe una visita más que indeseada.

—¡Oye! Pero ¿Por qué apagas los altavoces? Esa canción es mi favorita —chilla una chica de cabello corto y negro que hasta ahora saltaba de un lado para otro, su boca fingiendo saber la letra de las canciones y su cuerpo dejándose poseer por el alegre ritmo.

—¡Pero si yo no he sido! —le responde el compañero al que acusa, un muchacho alto y fornido que descansa sobre el sofá con un cóctel en la mano y el mando de la televisión en la otra.

—Oh, disculpad, he sido yo.

De pronto todo el mundo en la sala, la chica que estaba bailando, el muchacho musculoso del sofá o dos jóvenes más que echaban una partida de cartas sobre la alfombra, se voltea hacia el origen de esa desconocida e intimidante voz. 

Sus bocas se abren enormemente y sus cuerpos se paralizan como convertidos en roca ante la imagen del enorme intruso de cabellos y ojos de sangre que los mira desde la punta de su salón sonriendo. Sonriendo con grandes colmillos.

—Alexander, hazme un favor, echa la llave a la puerta de entrada.

Todos fruncen el ceño en confusión hasta que otra voz viril responde, ahora desde la punta contraria del salón.

—Ya la tenían echada y todas las persianas bajadas, nos han facilitado el trabajo.

Al igual que ha sucedido con Mörblut, todos se alejan de Xander tan pronto se voltean hacia su voz y ven su gran tamaño, sus voraces ojos y esa diabólica, amenazante sonrisa en sus labios, solo que al hacerlo se aproximan más a Mörblut, de modos que todos los chicos terminan hacinados en un pequeño círculo en medio del salón, pegados unos a otros y temblando mientras miran alerta a su alrededor con los ojos bien abiertos e hiperventilando.

—¿Cuál primero? —pregunta el rubio despreocupadamente, señalando con la cabeza al grupo de aterrorizados muchachos.

—P-por favor, si queréis sangre podéis tomarla y no os da-daremos problemas, solo queremos que nos dejéis vivir —suplica la chica, su voz está plagada de temblores e hipidos, pero aun así sus esfuerzos por sonar compuesta y razonable se notan, pues es la única que puede siquiera hablar.

Para su desgracia, los vampiros la ignoran y siguen hablando como si nada.

—Prefiero pensar primero a quien nos dejamos para el final ¿Te gusta más el rubio o el morenito? —pregunta Mörblut señalando con el dedo a los dos muchachos que jugaban a cartas sobre la alfombra, uno con la tez, el cabello y la mirada color café y caoba y un adorable cuerpo delgado y el otro, más regordete y de deliciosos mofletes sonrojados, con la piel pálida, los cabellos áureos y los ojos esmeralda.

Los chicos se tensan cuando la mirada de ambos vampiros los examina con lascivia y se pegan más entre sí deseando desaparecer. En un intento de ser valiente, la chica los intenta tapar con su cuerpo mientras el grandulón sigue pálido y congelado. Sudores fríos empapan su cuerpo cuando los ojos de Mörblut lo recorren sin pudor alguno.

—El del pelo rapado no me gusta, lo comemos el primero ¿No? No quiero entretenerme mucho con ese.

—¡Esperad! N-no hace falta que muera nadie, estamos dispuestos a-

—Sí, ese el primero. Además, está en shock, será el menos divertido, tan siquiera va a moverse —comenta Xander observándolo de arriba abajo.

—N-no, escuchad…

—¿Haces tú los honores? —ofrece el pelirrojo extendiendo su mano hacia la presa que tienen en frente.

—¡Por favor! E-estoy segura de que si hab-

—¡Cállate ya! 

Todo sucede demasiado rápido como para que los humanos se aparten de alrededor de Mörblut durante los tres largos primeros segundos en que sus ojos registran que el vampiro ha pasado de estar en la esquina de la habitación a en el centro del apretado círculo que han formado sobre la alfombra. De hecho, no son capaces de entender qué ha pasado, de sentir miedo o tristeza o asco, hasta varios segundos después de que las gotas de sangre que les han salpicado en la cara se empiecen a deslizar por su piel, despacio, como si todo sucediese en cámara lenta.

Luego, por una fracción de segundo, sus cerebros logran procesar la imagen que tienen delante: al enorme vampiro de sonrisa socarrona y mechones cobrizos con el rostro serio de un demonio, salpicado de sangre y rebosando ira. Su brazo derecho empujado hasta el codo en la boca de su amiga, que ahora ya no está hecha de labios brillantes de gloss y palabras valientes, sino de sangre y una distancia tan grande entre la mandíbula de arriba y la de abajo para acoger el ancho brazo del vampiro que saben que el vampiro se las ha dislocado y que la piel de sus mejillas empieza a desgarrarse como un trapo viejo. El hombre la mira con alivio una vez la chica no puede hacer ningún ruido y por un segundo parece que vaya a retirar su mano despacio, como quitándose elegante y gentilmente un guante, y que todo va a volver a estar bien.

Pero el tiempo no se revierte y el daño ya está hecho.

Además, Mörblut no desliza su brazo fuera, lo arranca del interior de la pobre chica y, en su puño sangriento, sostiene un viscoso, brilloso ramo de largos órganos que recorrían antes el cuello de la chica y, junto a esos, su lengua.

Cuando el vampiro los deja caer al suelo como basura, junto al cuerpo inerte de la chica donde la boca abierta  sangrante destaca como un agujero de bala enorme, y se sacude la sangre del brazo, los humanos reaccionan por fin.

Una avalancha de pánico, náusea y pavor los recorre y cada uno se aleja corriendo y chillando y trastabillando en una dirección distinta.

Mörblut se sostiene el puente de la nariz con la mano sangrienta y suspira mientras Xander sonríe complacido por el dulce cóctel que flota en el aire, el aroma de la sangre de una hermosa joven mezclándose con el azucarado olor del miedo.

—Mierda —masculla el pelirrojo apartando con su pie el cuerpo de la chica como quien juega con una piedrita en el camino —, quería follármela, ah ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente pesada?

—Amordazaré a los otros para que no te pongan de los nervios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 88

 

Mörblut observa complacido como Xander sitúa las dos sillas que ha cogido de la cocina del apartamento frente a él. En ellas se encuentran atados el muchacho pálido y rubio y el otro, el moreno de cuerpo frágil que ha decidido que quiere de postre. Además de atarlos, Xander ha tenido la cortesía de regalarle una hermosa vista a Mörblut, pues ha decidido hacer una mordaza para cada uno desgarrando su camisa salpicada de sangre en dos y empujándola dentro de la boca de los humanos antes de anudarla tras sus cabezas. El vampiro más viejo no puede parar de recorrer con la vista el perfecto torso de Xander y los humanos frente a él tampoco, solo que ellos observan su musculosa figura con temor y él con admiración y quizá deseo. 

Los ojillos nerviosos se alternan constantemente entre el vampiro descamisado que tienen en frente ajustado sus ataduras y el que está en el sofá sentado cómodamente, sus brazos ocupando todo el respaldo, sus piernas abiertas con holgura y, en el centro de ellas, el muchacho musculo, que se mantiene callado, quieto y pálido como la cal sin necesidad de ser atado y amordazado.

Ellos, para permanecer quietos, dóciles y silenciosos, han tenido que aprender a golpes. El rubio tiene un ojo morado y la nariz le sangra copiosamente, su brazo derecho, fuertemente atacado a su espalda, está roto, todo por cortesía de Xander y su impaciencia. El moreno no tiene heridas, no ha tenido el valor de resistirse viendo cómo le ha ido a su amigo al intentarlo.

El cadáver de su amiga está a un lado, apartado en una de las esquinas de la habitación con un rastro de sangre que muestra por donde ha sido arrastrada para que no estorbe.

Mörblut acaricia al muchacho de cabello corto entre sus piernas como si se tratase de una pequeña mascota y luego tira de su rígido torso para hacerlo tumbarse contra su pecho, sus omóplatos tensos sintiendo el pecho amplio y los abdominales marcados del vampiro pegársele a pesar de la ropa.

—Míralo, qué obediente —halaga Mörblut jugando un poco más con su presa, acariciando sus mechones cortos con dulzura mientras disfruta de lo paralizado que se halla el chico al que ha acurrucado contra su torso —. Ven aquí, siéntate. Quiero que lo pruebes tú primero.

Xander se acerca relamiéndose. Puede que a Mörblut ese muchacho no se le antoje apetecible, pero él lo encuentra hermoso y debe admitir que la oferta de su amigo lo tienta demasiado. Se siente a su lado en el sofá ocupando el poco espacio libre que quedaba y el humano de pronto está entre sus dos grandes cuerpos, aplastado entre paredes de músculo duro y manos grandes que lo mueven a su antojo. Termina encarando a Xander, sus rostros demasiado cerca como para que respire algo más que el aliento frío de su asesino, y con Mörblut tras él, una mano rodeándole la cintura para mantenerlo quieto y la otra tirándole de los cabellos para hacerle ladear la cabeza y mostrar su vulnerable garganta.

Xander ama como su nuez se mueve al tragar saliva.

Por alguna razón, el vampiro decide asomarse a la mente del mortal antes de que sus labios se posen sobre su cuello.

<<Debería haberle dicho que me gustaba desde hace años>>

Es ahora el vampiro quien se queda paralizado. Hay algo en ese pensamiento que lo perturba, que lo sacude hasta los cimientos y le hace sentirse de pronto inseguro y culpable. Ese pobre humano va a morir, va a morir por nada más que su diversión, y lo único que puede pensar antes de que su vida se acabe es en la chica que le gusta.

En que lleva años enamorado de una muchacha hasta el punto de tiene grabada en la cabeza la forma en que arruga la nariz al reírse o el hecho de que tiene una peca en su brazo que parece un panda o que una vez se río tan fuerte que se le escapó de la garganta el sonido más horrible del mundo y él siguió recordándoselo por años. Esa misma chica es la que yace a un lado hecho un manojo de piel y sangre, como un montón de basura.

Xander se siente conmovido, no porque el amor de ese chico sea especial, sino porque es una preocupación tan mundana. Tan estúpida, tan tierna.

De pronto el paralizado humano se le deja de antojar como una divertida bolsa de sangre con la que jugar y jugar por horas y solo quiere acabar con eso rápido. Quiere saciarse, marcharse y no pensar más en esta noche, en estos chicos. En sus muertes.

Xander abre su boca sobre el cuello del chico y los labios rodean la tierna piel alrededor de su nuez, que sube y baja nerviosa cuando traga saliva. Una mano grande y cálida se sitúa en su nuca, sosteniéndolo gentilmente mientras lo empuja hacia el cuello del chico y lo mantiene firmemente presionado contra la suavidad de su piel. La mano de Mörblut lo guía hacia su presa como si se tratase de un novicio y aunque Xander ha soñado por años con algo así, con un maestro que marque su camino, que halague cada paso que da, ahora su ayuda se siente como presión. Quiere cerrar los ojos y que todo desaparezca en esa sala.

Pero en vez de eso, cierra sus mandíbulas.

El humano bajo él solo suelta una especie de gañido corto y se tensa en sus brazos mientras la sangre se derrama en la boca del vampiro y este traga un sorbo cada pocos segundos disfrutando del sabor, del calor que baja por su garganta, de la maravillosa sensación de que la sangre es agua bendita y borra en él todo lo malo: las dudas, la culpa, la consciencia de que eso está mal y de que, por alguna razón, hacer el mal ya no es siempre tan divertido como antes.

El éxtasis consume esos sentimientos y Xander se deja llevar mientras nota a su víctima perder fuerzas, inclinarse hacia él mientras Mörblut la sostiene medio erguida para que él pueda seguir bebiendo.

Los sonidos de la estancia son maravillosos: gruñidos bajos y ronroneantes de placer por parte del vampiro y gritos ahogados que, sorprendentemente, no vienen de la víctima, sino de sus dos amigos amordazados y atados frente a él.

Xander se despega del cuello del chico cuando ha bebido suficiente para tranquilizarse un poco y mira a Mörblut con los labios rojos y la barbilla húmeda de sangre. El pelirrojo le devuelve la mirada, pero la suya está llena de brillo y admiración, como si viese en esa sanguinaria imagen el ángel más hermoso que ha imaginado jamás.

Se inclina un poco hacia Alexander dejando que el cuerpo débil e inerte del humano caiga en sus dos regazos, acurrucado en un ovillo, mientras él tira de la nuca de Xander para acercárselo más y sus ojos son incapaz de despegarse del brillo carmesí de sus labios.

—Déjame probar —susurra y Xander se queda estático mientras el otro le roza los labios con los suyos hasta tintarlos de rojos y luego, al relamérselos, su lengua besa superfluamente la boca del vampiro rubio.

El gesto lo deja congelado, hipnotizado. Suele ser él quien toma la sangre de sus víctimas de los labios de otros neófitos como si fuesen una delicada copa de cristal que él puede sostener entre sus dedos y de la que puede sorber a placer, oh, por Drácula ¿Cuantas veces a hecho a Aidan esperar con la boca llena de deliciosa sangre fresca, ordenándola no tragarla, solo para luego inclinar su cabeza y hacerla derramarla sobre sus burlones labios? Ahora, estando al otro lado, Xander puede entender por qué Aidan siempre obedece, por qué no se enfada o se ofende. Porque es jodidamente hipnótico tener a un ser más poderoso que uno mismo, a una criatura que parece un dios, compartiendo el néctar de la vida contigo.

Xander niega con la cabeza y se aleja un poco. No quiere dejarse seducir por los placeres que Mörblut le ofrece, no cuando estaba degustando esa espinosa, nueva sensación que crece dentro de él como hiedra.

Esa… esa culpa.

Xander mira hacia abajo, el chico al que ha mordido, ese humano que se le ha antojado infinitamente tierno y por el que ha sentido una compasión que ha aprendido de Liu, está muerto en su regazo. Le ha partido el cuello sin querer, rodeándoselo con la mano demasiado fuerte cuando se ha apoyado para ofrecerle mejor sus labios a Mörblut.

—Qué desastre —se queja Xander mirando el cadáver, no sabiendo qué hacer con él. Piensa ahora que quizá podría haberlo dejado vivo ¡Ni siquiera lo ha matado para saciarse! De pronto se siente como un desperdicio. Él no tenía por qué morir ¿No? Y la chica tampoco. Ahora sus vidas son nada y todo por puro capricho.

El remolino de sentimientos vira dentro de Xander, agobiándolo hasta que Mörblut empuja el cadáver para quitárselo de encima como basura y cae al suelo con un sonido sordo. El golpe parece sacar a Xander de su extraña espiral y sus ojos suben, clavándose en los chicos atados y amordazados.

El rubio se inclina hacia Mörblut, recordando lo que le ha prometido a Aidan.

—Últimamente —murmura en su oído —yo y Aidan hemos desarrollado un gusto por los criminales. Pelean duro. Son divertidos. Se me han antojado unos ¿Qué tal si dejamos a estos para otro día?

Mörblut se voltea hacia él con una mirada humorística, casi como si fuese a preguntarle si está intentando tomarle el pelo o no, pero en vez de eso se levanta y toma del pelo al chico rubio, alzándole el rostro mientras lo mira directamente a los ojos.

—¿Tu humano ese te está volviendo idiota, Xander? Porque juraría que hace unos meses, cuando te veía cazar, tenías mejor puto gusto.

Por un segundo el tiempo se espera a que alguien reaccione. El aire se vuelve plomo. Las mil respuestas que Xander quiere darle, silencio.

Y luego Mörblut ríe sarcástico y venenoso, girándose hacia su pupilo.

—Vamos, Alex —dice, su tono dulce, gentil incluso, como una caricia. Y Xander se siente tan, tan aliviado de que ya no hable rudo y no luzca enfadado que siente que podría hacer casi cualquier cosa por él ahora —¿Qué te sucede?

Los humanos de las sillas han hecho silencio, ahora solo lloran ahogadamente, buscando con la mirada un lugar de la casa que no esté salpicado de la sangre de sus amigos para poder posar ahí sus pupilas e imaginar que todo estará bien. Xander escruta a los chicos, pensativo.

—No lo sé, quizá contenerme tanto tiempo ha… ha tenido efectos en mí y… no sé. Me siento confundido.

Mörblut asiente, serio, y suspira con pesar.

—No tengo nada que replicarte, Alexander ¿Cómo esperar que no te pierdas cuando has pasado siglos sin un maestro que te muestre el camino? Me sorprende que no hayas acabado confundido y arruinado antes, pero, escucha. No te preocupes. Siéntate y relájate. Ahora estoy aquí. Te voy a enseñar, a mostrar lo que necesitas. Sabes cómo ser un vampiro de veras, solo debo… reconducirte un poco.

Xander no se queja, no se opone. Tiene la mente hecha un lío y honestamente solo quiere paz, como la que tenía hace unos minutos cuando su boca estaba tan llena de sangre y su cabeza de rojo que no había lugar para sentir más que puro éxtasis.

El rubio se acomoda en el sofá, listo para el espectáculo, y Mörblut sonríe con un orgullo que hace a Xander sentirse tan, pero tan bien.

El pelirrojo vuelve su atención hacia el muchachito rubio de la silla y este empieza a chillar y forcejear inútilmente contra las ataduras. Lo hace parar rápido, con un bofetón que le deja los ojos en blanco y la cabeza bamboleándose. Lo desata de la silla, pero mantiene sus manos unidas tras su espalda pues ha escuchado a Xander romperle un brazo así que sabe que son inútiles para él esa noche, y le arranca la mordaza de un tirón tan violento que vuelve a la consciencia de golpe.

El chico mira de un lado para otro, histérico, y Mörblut lo ase de la axila hasta ponerlo en pie. El muchacho tiembla y se tropieza, sus piernas de gelatina siendo incapaz de sostenerlo. Entonces lo suelta.

—Cáete al suelo y voy a romperte las piernas, ya que no sabes cómo darles un puto buen uso.

El chico solloza y balbucea, niega con la cabeza y tiembla. Pero no se cae. Se mantiene recto y bueno para Mörblut, que se marcha hacia la cocina y a quien oye rebuscar algo en los cajones. Cuando vuelve el chico está a punto de tropezarse y caer, pues ve al vampiro sosteniendo un vaso en una mano y un cuchillo en la otra.

—Por favor —murmura el muchacho y Mörblut lo mira como si acabase insultarlo, de escupirle en el rostro.

Deja el vaso y el cuchillo sobre la mesa, toma al chico del pelo y antes de que pueda gritar lo estampa contra la mesa de cristal. Su cara hundida en el centro de mil pedazos puntiagudos y resquebrajados. Su otro amigo chilla contra la mordaza y aparta la vista, Xander huele la sangre desde el sofá y se inclina hacia delante, interesado, deseoso.

El chico está vivo, obviamente, sus piernas no se mueven y sus brazos tampoco, pero su cuerpo tiembla jodidamente tanto y sus sollozos como los de un animalillo se oyen de tal modo por todo el lugar que Xander tan siquiera necesita oír su corazón para confirmarlo.

—¿Eres idiota o no has visto lo que le ha pasado a tu amiguita por hablar sin mi permiso? —pregunta Mörblut y el chico, aunque quisiera, no podría responder, pues el vampiro sostiene sus cabellos fuerte aún y le restriega la cara contra el nido de trozos de cristal contra el que lo ha estampado hace unos segundos.

El chico solloza más fuerte, la sangre empieza a gotear hasta las patas de la mesa.

—No me gusta que los humanos hablen. La comida no habla. Los juguetes no hablan. Y tú eres poco más que eso.

Levanta poco a poco el rostro del chico de la mesa, mostrando su carita redonda y de facciones suaves y angelicales ahora bañada de sangre, cruzada por profundas y largas laceraciones que hacen que su belleza luzca ahora más vulnerable, más frágil. Mörblut lo mira bien, contemplando su obra, luego lleva su mano derecha a los labios del chico, que se remueve en sus brazos, pero no se atreve a apartarse, y se los separa. Sus dedos se hunden en su boca, como buscando algo al fondo.

Xander no entiende el qué hasta que el chico abre enorme los ojos, niega con la cabeza, blanco como la cal, y luego grita como el infierno cuando Mörblut arranca su mano de su boca y entre el índice y el pulgar sostiene una pequeña perlita: una muela.

Molesto por sus gritos, Mörblut empuja la cara del chico de vuelta a la mesa de cristal o hacia los restos puntiagudos y empapados de sangre que quedan en ella y el chico lloriquea y se queda en el lugar incluso cuando el otro ya no lo sostiene, sino que se pone de pie, a su lado, y vuelve a sostener el vaso y el cuchillo.

—Voy a ir quitando partes de ti cada vez que me irrites. Soy amable con las presas bonitas, por eso empiezo con algo tan estúpido como un diente. Jódeme suficiente y arrancaré tu brazo con mis propios dientes. Y me aseguraré de que estés vivo y consciente durante todo el proceso.

Xander observa desde el sofá la escena. Mörblut hablando como un sargento, tan grande e imponente, tan… tan como él siempre se muestra. Y el humano hecho una cosita llorosa y sanguinolenta sobre la mesa, como un juguetito descartado. No quiere amar ver algo tan horrible, pero lo ama. No quiere excitarse. Hallarlo delicioso, deleitoso. No quiere.

Pero lo hace.

—Levántate —ordena Mörblut y, de algún modo, el humano logra obedecer incluso aunque no puede siquiera centrar su vista o dejar de llorar e hipear.

El vampiro apunta el cuchillo hacia él, el filo besando su cuello.

—Antes de dejar que mi amigo juguete contigo, humano, quiero saber si eres digno de él, si eres de calidad, así que ¿Por qué no le das una probada de tu sangre? —Mörblut sostiene el vaso bajo la hoja del cuchillo, incluso si la piel sigue intacta —Si yo te muerdo, voy a desgarrar toda tu piel y tu patético cuello y no queremos eso ¿Cierto? No respondas, me irrita tu voz. Si él te muerde y tu sangre no es de calidad, le harás pasar un mal trago. Así que sé bueno y ofrécete tú. Vamos, acércate más al cuchillo, córtate. Ten cuidado, no queremos que te desangres, no aún.

El tono burlón y vil de Mörblut logra arrancar de ambos chillos sollozos y jadeos sin fin. El chico de la silla ha cerrado sus ojos rato atrás y cuando Mörblut posa los suyos en él para ver su expresión no se halla nada complacido con lo que encuentra.

—Abre los putos ojos —ordena y eso solo le hace cerrarlos más fuerte —, ábrelos y mira bien lo que vamos a hacer con él o lo mataré ahora mismo y empezaré contigo. Bien. Eso es. Buen chico.

Mörblut sonríe cuando el moreno obedece y separa sus hermosas pestañas perladas en lágrimas, develando dos enormes y enrojecidos ojillos tristones. Xander se muerde el labio. Los dos humanos lucen tan exquisitos así de vulnerables, tan deliciosos. Se siente mal por desear tanto su dolor, esa cantidad desmedida de sufrimiento, pero Mörblut le pone más difícil eso de sentirse culpable, pues le emborrona los sentidos con un gustoso espectáculo.

Mörblut ríe de diversión cuando el humano por fin reúne el valor para empujarse contra el cuchillo hasta que este corta su carne. Cuando su tierna, rosada piel se abre para acoger la hoja, el chico hace un repullo hasta atrás instintivamente, pero él lo toma de la nuca, empujándolo más hacia el filo.

—Quieto —susurra en su oído y pone la mano, la que sostiene el frío baso que tiene contra la nuca, bajo su hoja afilada. 

La sangre se desliza por el metal, por sus nudillos y por el mango. Gotea dentro del vaso y cuando está por la mitad, Mörblut separa el cuchillo de la garganta del muchacho y lo ignora, aunque sigue sangrando y haciendo ruidos de dolor, para ofrecerle elegantemente el vaso a Xander.

—¿Es de tu gusto? —pregunta con amabilidad y el vampiro se lleva el cristal a la boca. No bebe un gran trago. Para la desesperación del humano, solo se remoja los labios, de los lame, y responde con una sádica sonrisa.

—La prefiero caliente.

Mörblut ríe con maldad y ama la forma en que Xander también se recrea en la tortura de ese humano. Se voltea hacia el magullado chico de nuevo y, sabiendo que no aguantará mucho más, empieza a jugar verdaderamente rudo con él: Xander tiene que clavar sus garras en el sofá cuando ve a su maestro, con sus manos grandes y su fuerza brutal, arrancar a tiras la ropa del humano, desnudarlo como quien despelleja a un animal, y dejarlo en el suelo vulnerable, mareado por la pérdida de sangre y todavía maniatado.

Luego Mörblut se acerca a Xander y pone una mano en su cinturón. El otro vampiro lo para, inseguro, tomándolo de la muñeca, pero Mörblut lo mira seductor a los ojos y su aliento caliente, sobre su boca, se siente como intoxicante miel.

—Relájate, Alexander —le dice divertido y sin darse cuenta el vampiro obedece: relaja su agarre sobre la muñeca del pelirrojo y, por eso, el vampiro se permite juguetear con la hebilla de su cinturón hasta desarmarlo. Los dedos ágiles y grandes se colocan sobre su bragueta y Xander echa la cabeza hacia atrás mientras suspira de gusto —, deja que lo haga todo yo. Que te enseñe —y ahora se inclina para besar su cuello y subir en un lento camino hacia su oído, donde susurra —como conseguir realmente la sumisión de un humano.

—Mörblut, espera… —dice sintiéndose confundido, como en un sueño. Las cosas pasan demasiado rápido ¿Cuándo ha levantado Mörblut al chico del suelo y lo ha puesto con las piernas abiertas alrededor de su cadera? ¿Cuándo ha desabrochado su bragueta y deslizado la mano hacia su ropa interior? Pero suceden también demasiado despacio. Lentamente, pues la mano del vampiro trazando su pene actúa despacio. Tan experta, los dedos gentiles, pero crueles rodeando la húmeda, necesitaba cabeza para estimularla, tirando de la piel hacia atrás, trazando la gruesa curva de su hombría y recorriendo el contorno de cada jugosa vena hasta llegar a su base. Lento, rodea lento la base de su eje y su mano es firme, caliente y demasiado buena. También lo hace lento cuando baja un poco más y masajea agradablemente sus testículos mientras lame su lóbulo.

—¿Que espere? Oh, Xander, no quieres que espere. llevas demasiado tiempo esperando ¿No es así? Pero olvidas que cuando quieres algo debes obtenerlo cuando lo desees. A la fuerza si es necesario, si es más divertido —ríe en su oído y la mano de Mörblut envuelve su enorme miembro de nuevo, recorriendo su tamaño con adoración y reverencia mientras le ayuda a sacar su miembro de bajo la ropa, liberarlo peligrosamente cerca del cuerpo dócil y golpeado del humano.

—Oh, joder, Mörblut, no sé si debería…

—¿Si deberías qué? —pregunta apretando deliciosamente su miembro, dándole una probada de la sensación que ambos conocen de estar en un cuerpo pequeño, asustado y complaciente —Siempre haces esto con tus víctimas ¿Qué ha cambiado? ¿Quieres serle fiel a Liu? ¿Ahora es tu noviecito en vez de tu puta?

Ambos ríen por la ocurrencia, pero Xander nota un hormigueo extraño dentro. No sabe si es agradable o incómodo, peor no tiene tiempo de saborearlo, no mientras la mano de su maestro lo masturba de ese modo, como queriendo llevarlo al límite.

—Tú —su tono cambia radicalmente cuando se dirige al humano, tanto que hasta el cuerpo de Xander se envara por la dureza de la orden —, vas a ponerte más adelante, vas a tomar tu polla, aunque duela y vas a saltar sobre ella mientras gimes. Si no lo haces, voy a forzarte a tomarnos a ambos a la vez.

Xander quiere decirle que espere un segundo, que antes se sentía culpable, que debería sentirse culpable ahora, que quiere sentirse culpable, pero cuando la tierna, virgen estrechez del humano se desliza sobre su excitación, hundiendo su hombría en el calor de su interior, no puede pensar en nada más. En nada que no sea su deseo. En nada que no sea tomar al chico de las caderas y no dejarlo siquiera saltar sobre su regazo, sino empujarse él una y otra vez, molerse salvajemente y joderlo incluso aunque siente que lo ha roto y la sangre le corre por los muslos.

Mörblut observa el espectáculo totalmente embelesado, amando lo animalístico que Xander se vuelve cuando caza, lo cruel, lo inhumano. Atesora cada gruñido monstruoso, cada moratón que le hace al humano por agarrarlo demasiado duro, cada mordisco que le da sin siquiera beber sangre, solo por el placer de morder algo vulnerable y hacerlo chillar.

 Y, oh, se asegura de que el chico atado en la silla lo vea todo con lujo de detalle, de hecho, desliza la silla más cerca mientras él se apoya en el cabecero, sonriente, y juguetea con sus mechones morenos.

—¿Tienes ganas de que sea tu turno? —le pregunta burlonamente y se levanta cuando Xander se ha corrido en ese pobre chico rubio.

Se pone detrás de él, encarando a Xander, y lo mira a los ojos mientras muerde a su presa y bebe de ella, robándole el calor al cuerpo dentro del cual Xander se derrama en esos mismos momentos. El rubio, gimiendo de placer varonilmente mientras se corre, mira a Mörblut directamente a los ojos, ve el brillo en su mirada al matar al muchacho y siente en su interior algo poderoso encenderse. Algo primitivo que no sabe nada sobre el mal y, desde luego, no sabe nada sobre el bien.

Xander empuja el cuerpo muerto del chico al suelo y queda él de nuevo sentado en el sofá, su pene erguido y palpitante, pidiendo por más, su boca roja, sus colmillos largos y, cuando mira al humano atado en la silla, no hay ya ni un solo atisbo de humanidad en su mirada.

—Te lo había dicho —canturrea Mörblut —: no tienes que esperar, que contenerte, que domarte… para obtener la sumisión de un mortal. Así que toma la de estos chicos a la fuerza esta noche, practica un poco para cuando tomes la de Liu.

Xander le escucha, asiente y se abalanza hacia el chico moreno. Sus deseos sonando más fuerte que sus pensamientos. El nombre de Liu repitiéndose en su cabeza.

Cuando desata al otro muchacho poco le importa que sus ojos sean oscuros o su piel morena y sin el rastro alguna de una constelación de pecas, poco le importa que tenga la voz grave o músculos más definidos que los de él, porque cuando lo mira ve a Liu. 

Y cuando se entrega al placer, cuando olvida todo lo que Liu le ha enseñado, no… no enseñado, cuando olvida toda la mierda humana con la que lo ha intoxicado y deja que tome el control esa parte horrible de su alma que le hace pensar que no tiene una, esa parte primitiva que le dice que no es más que una bestia, que no es un hombre y que jamás debe preocuparse de nuevo por sentir, por pensar, por arrepentirse u hablar, que solo debe correr de una presa a otra, cerrar su mandíbulas y bañarse con su sangre, cuando hace todo lo que antes se habría sentido mal por hacerle a Liu, Xander se siente maravilloso. Renacido.

Y su creador observa la escena con un deleite más que evidente. Mörblut ayuda a sostener al chico cuando Xander no clava sus dedos demasiado fuerte, le tira del pelo para exponer su cuello cuando el vampiro se muerde el labio para evitar hundirse en su deliciosa piel, le sostiene la base de su erección a Xander mientras empuja al muchacho contra ella, lo masturba despacio, tentador, hasta que el vampiro pierde el sentido y toma al humano por las caderas, lo dobla sobre la resquebrajada mesa de cristal y lo toma una y otra vez sin descanso. Mörblut se pone tras Xander, le rodea el abdomen musculoso con enormes brazos e inhala en su cuello, le susurra lo hermoso, poderoso que él. Muele sus caderas contra Xander, ayudándole a empujar las suyas más hondo en su presa.

Cuando terminan, le muerde el lóbulo juguetonamente y mientras Xander bebé la sangre del mortal hasta matarlo, Mörblut le dice:

—Imagina lo bien que se sentirá cuando sea Liu.

Mörblut jadea de la sorpresa cuando Xander tira el cuerpo del mortal lejos y lo toma a él por la cintura con inesperada brusquedad, empujándolo sobre los cristales y tumbándolos sobre estos para abrir su boca y que la sangre de ese chico chorree de su boca a la de su maestro, como queriéndole regalar parte de su placer. Compartir su deseo.

Capítulo 89

 

Liu se da una larga ducha de agua caliente. La necesita, su cuerpo empieza a resentirse por el estrés de la semana anterior, toda dientes apretados y muñecas doloridas de tanto escribir, cuellos y espaldas rígidas de tantas horas frente a libros y hojas de papel y ojos llorosos de tanto trasnochar y buscar sin parar información en pantallas siempre demasiado luminosas. Pero además de todos esos importantes exámenes que tanto aman hacinarse en los mismos días y la misma semana, han sido días duros para Liu fuera de la escuela, más allá de sus largas, lentas, inacabables sesiones de estudio. Pensó que era el estrés y la fatiga, pero ahora que no tiene ni deberes que llevarse a casa, se siente igual.

Taciturno, decaído. Se siente hundiéndose en arenas movedizas, tan agotado que no puede ni gritar, solo retorcerse muy de vez en cuando, incómodo mas no esperanzado a huir, y escuchar. Escucha siempre esa voz monótona, cruel en su cabeza: más parecida a la suya, por la mañana mientras lo atormenta y hace que levantase de la cama sea toda una odisea, no se diga ya lavarse los dientes, desayunar -cuando lo hace- o escoger ropa limpia; más grave, por las noches, cuando las pequeñas decisiones del día lo han minado y se siente tan cerca de romperse, de sucumbir -a veces lo hace, al menos un poquito-.

Le gustaría descansar, dormir una noche entera sin pesadillas, pero no puede por mucho que lo intente, así que busca otras formas de relajarse.

Darse un baño caliente es una de ellas y está malditamente orgulloso porque abrir el grifo, esperar a que caiga el agua, desnudarse, peinarse, tomar el jabón y disponerlo al lado de la bañera y hacer lo mismo con una toalla limpia, una alfombrilla y ropa limpia le ha parecido una tarea drenante. Bien podría haber pasado horas labrando un campo, pues se siente así de agotado.

<<Me lo merezco. Un descansito, solo uno>> se dice mientras se hunde en el agua cálida y su cuerpo al instante se relaja, es obligado a relajarse: el candor que lo rodea hace que sus músculos se sientan como mantequilla fundiéndose, el dolor residual de la tensión que lleva todo el día acumulándose se disuelve dulcemente en esa bañera.

<<No. No me merezco nada bueno>> <<Ah, cállate>> <<Sueno loco, mandándome a callar>> <<La locura no es una excusa para mi inutilidad, de todos modos. Para que siga vivo cuando no debería, para…>> <<Para ya, joder, cabeza estúpida>> <<Debería volarme los sesos si quiero que pare>> <<Debería volarme los sesos>> <<Debería dejar de pensar estas cosas. Hace un mes pensaba que ir la universidad, en seguir con mi vida. Ellos… quizá me perdonarían, quizá querrían que siguiese adelante>> <<Pero están muertos. Así que jamás lo sabré>> <<Muertos. Muertos. Muerto…

Liu se hunde en el agua, abre los ojos bajo ella. Ve su cuerpo borroso, flotando en el cristalino líquido, ve su piel pálida, casi espectral, la luz fluorescente apenas llegando a ella a través del manto marino. Y, por fin, consigue dejar su mente en blanco -solo cosas pálidas en ella, puras, castas, inocentes <<quiero ser feliz. Quiero ser normal>>- eso es hasta que debe volver a la superficie y respirar.

Liu se frota los ojos intentando deshacerse de la incomodidad del agua en ellos, escurriéndose las gotitas que quedan atrapadas en sus pestañas, luego parpadea un par de veces, adaptándose a la luz. 

Y grita.

Liu chilla de puro espanto cuando una enorme figura sangrienta se para frente a la bañera donde él está, como la parca viniendo a buscarlo, a hundir su cabeza bajo el agua unos segundos más, hasta que su mente quede verdaderamente vacía y sus pulmones llenos.

Sale de la bañera de un bote y deja de gritar solo cuando se cae al suelo todavía desnudo y mojado, deslizándose patosamente hasta que su espalda toca las frías tachuelas de la pared.

La figura se acerca un poco más y Liu, todavía hiperventilando y jadeando como si pelease contra un duro oponente, reconoce la enorme estatura, el halo dorado que envuelve su rostro, enmarcándolo en rizos áureos que ahora se le pegan a la cara, húmedos y enrojecidos. Reconoce esa mirada roja como el líquido que le salpica las mejillas y le pinta los labios, el líquido que le gotea por el mentón y cae, poco a poco, por su cuello, por su clavícula, por su amplio pecho desnudo donde las fibras musculares tiemblan con cada respiración, por su abdomen y hasta llegar a la orilla de los pantalones negros de Xander, la primera prenda que el chico ve en su cuerpo esta noche.

—M-me has asustado —tartamudea el muchacho, todavía hecho un ovillo en el suelo, su piel goteante y erizada. Desnuda. Nota como Xander lo recorre con la mirada de arriba abajo mientras espera en silencio, como considerando las posibilidades.

<<Como si pensase tomarme aquí. Ahora>>

El pecho de Liu duele cuando recuerda la otra vez. Cuando recuerda la textura misma de ese suelo, esa pared. La iluminación exacta del baño, la forma en que lo arrastró fuera de él, en que el chico se llevó consigo pedacitos de esa habitación clavados en las rodillas y las palmas de las manos.

Xander sonríe cruel. Sus colmillos tan largos y gruesos esta noche que lucen como los dientes de alguna especie de bestia gigantesca con cabeza de lobo, mandíbulas fuertes hechas para desgarrar carne. Se agacha y se inclina hacia el chico, acorralándolo contra la pared, observándolo, aún en silencio. Sus dientes están rojos. Sus labios están rojos. Sus ojos… oh, brillan de una forma en que nunca lo han hecho.

Quiero tomarte, Liu.

El chico siente que su corazón se para un instante. Sus labios, por lo menos, sí lo hacen de verdad, y es incapaz de decir nada. Por largos minutos, lo único que da respuesta a las crudas palabras del vampiro es el sonido del agua todavía agitada en la bañera y las erráticas respiraciones de Liu.

Pero el silencio no parece perturbar a Xander ¿Por que lo haría? No ha preguntado nada. No es como si hubiese pedido permiso, tampoco. Pero quiere alguna clase de respuesta y, por ello, estudia las reacciones de Liu. Su rostro lleno de miedo, no, de pánico, de algo animal que le hace apretar sus puños hasta clavarse las uñas en las tiernas palmas de las manos con tal de suprimir el instinto de huir porque Liu sabe que no le conviene. Ve en él también humillación, en sus mejillas que enrojecen hasta calentarle las orejas cuando recuerda cada oprobio en el que su demonio ha obtenido placer a costa de su dolor. Ve desesperación en la manera en que Liu se muerde el labio cuando él lleva sus manos a su cuerpo y le separa las piernas muy despacio, revelando su deliciosa intimidad como si desenvolviese un regalo.

—¿Ahora? —pregunta Liu como si le faltase al aire. Sus ojos se llenan de lágrimas, su nariz roja como la de un pequeño animalito que olisquea alrededor —¿e-esta noche?

Liu no desea eso y es obvio, pero ¿Acaso lo deseaban los otros chicos de esa noche? Mörblut lo ha mimado por horas, dándole víctimas deliciosas, rompiéndolas para hacerlas suaves y dóciles, tan obedientes como Liu solo podría soñar con ser. Y se ha sentido bien, tan jodidamente bien. Cada momento de duda, de debilidad, Mörblut lo ha aplacado con su voz, sus manos, su lengua. Pero ahora él no está ahí, Xander jamás podría permitirle acercarse a Liu, a su Liu… y parece que con su ausencia, queda un hueco que la culpa y el malestar ocupan, pues aunque Xander ama ver el rostro de Liu lleno de temor, sus manos temblando, su cuerpo quieto y dúctil para él, también se siente mal. 

Peor de lo que jamás se ha sentido. No hambriento o dolorido, no cansado o humillado. Es algo que descubre ahora y, como cualquier herida fresca, sangra en su consciencia con un ardor insoportable.

Xander sabe que esos sentimientos son una debilidad y que debe erradicarla, quemarla a fuego y que cicatrice, que no sea ya una herida sino costra insensible, pero… pero se dice a sí mismo que si va a hacerlo de todos modos, a extirpar la humanidad en él, no pasa nada por hacerlo un poquito tarde.

<<Solo esta noche>> se dice <<Me permitiré sentirme así solo por lo que queda de noche y mañana seré distinto. Seré yo de nuevo>>

—¿Qué harías, Liu, si te dijese que sí, que pretendo tomarte ahora mismo?

El muchacho traga saliva, un hipido sale de su garganta y se siente tan estúpido que quiere golpearse.

<<¿Para esto llevo esperándolo días, semanas? ¿Fantaseando con no estar solo? ¿Para que cuando venga me haga lo más horrible que sabe hacer? Soy idiota, me he buscado este dolor, lo he pedido…>>

—¿Puedo hacer algo, acaso? —responde en un hilillo.

—No, pero la cuestión es si lo intentarías. Si crees que tienes suficiente poder sobre mí como para intentar pararme. Si me crees tan débil, tu —y el vampiro no puede evitar reír entre burlón y ácido antes de pronunciar las siguientes palabras —demonio doméstico.

Liu niega frenéticamente, alborotando los cabellos chocolate que goteaban hasta ahora sobre su rostro, el agua llevándose las lágrimas como un cómplice silencioso.

—No, y-yo no… Xander, yo no pienso que tenga ningún poder sobre ti. Sé que no. Por favor… —implora, su voz ya rota por el miedo, su espíritu incapaz de luchar.

Xander observa a la presa a la que tan fácilmente ha sometido, a la que podría tomar en ese mismo instante: su lechoso cuerpo recorrido por las gotas de agua fría que ponen sus vellos de punta, su cabello mojado, brillando y formando hermosas ondas cuando se le pega a la frente y a las mejillas, su cara roja, sus piernas abiertas para él obedientemente, sus brazos cruzados sobre su pecho en un vano intento de tranquilizarse a sí mismo.

Xander se levanta de pronto, alejándose del chico.

—Bien. Porque voy a tomarte, no ahora, porque estoy cansado y satisfecho, pero quizá en un rato… quizá mañana al despertar, quizá en una semana. Cuando yo quiera, Liu, tan pronto como lo desee.

Xander camina hasta la puerta mientras habla y termina apoyado en el umbral. Liu tarda unos segundos en reaccionar, lo mira ceñudo, todavía procesando sus palabras, hasta que sus hombros caen junto a un profundo suspiro y el chico reúne suficiente valor para empezar a levantarse del suelo, a caminar con pasos torpes y temblorosos hacia la toalla y secarse con ella. A vestirse después bajo la silenciosa mirada del hombre que lo observa de brazos cruzados desde el umbral, como un guardián.

El silencio es incómodo, una presencia pegajosa y molesta que crece entre ambos y amplifica cada pequeño ruido -el agua goteando, la puerta crujiendo, la toalla y la tela rozando contra la piel de Liu- y lo vuelve algo grande que hace saltar a Liu cada vez. Finalmente, el muchacho intenta decir algo o quizá no puede resistirse a ello, no tras tanto tiempo sin conversar con alguien que no sea su cabeza.

—Pensé que… que ya no querías nada de mí; no has venido en muchos días —Xander ladea su cabeza, curioso ¿Ha percibido acusación en esa última frase? <<Liu no tiene derecho a enfadarse por que haya vuelto y haya roto su ilusión de que lo había dejado en paz, al fin y al cabo, solo un ingenuo me pensaría capaz de dejar huir a una presa>> —creía que te había cansado.

Xander entonces descubre algo que lo hace dudar, sentirse verdaderamente confuso: el tono de Liu suena tan dulce y, mientras dice esa ácida frase, como si acaso fuera algo malo el pronóstico de que harte de él y lo deje a su suerte, el chico vuelve a suspirar, esta vez intentando disimularlo, pero siendo incapaz de ocultar como sus hombros se destensan. Como una sonrisa se empieza a formar en las esquinas de su boca.

—¿Y te alivia descubrir lo contrario? —pregunta entre el asombro y la burla. Luego, con voz seria, agrega: —Ser mi objeto de deseo no es algo bueno, Liu.

El chico niega, como dolido, y termina de envolverse en un cómodo y cálido pijama de suave forro azul por dentro. Acaricia sus mangas, como fascinado.

—Me alivia verte —dice sin mirar al vampiro y el calor en su rostro seca cualquier pequeña gotita de agua que estuviese recorriéndolo —, no que… que sigas viéndome como una presa deseable.

Xander se adentra en el baño de nuevo, sus ojos posados en Liu, que retrocede unos pasos, asustado. Xander coloca una mano en la estrechez de su espalda baja y lo guía gentilmente afuera.

—Si no te viese así, no tendría razones para venir —explica con voz calmada, casi melancólica, mientras acompaña a Liu a la cama. La suavidad de sus actos contrasta con el hecho ahora evidente bajo la luz del cuarto de Liu de que está salpicado de sangre —. Además ¿Por qué te alegraría verme? Sólo te traigo sufrimiento.

El chico se pregunta si está haciéndose ilusiones, si se ha vuelto loco a fin porque <<juraría que suena arrepentido>>. Liu sube a su cama, se tumba en ella, todavía tenso, y Xander se sienta a su lado, una mano acariciándole los cabellos de forma relajante.

Liu suspira. Todo es tan extraño.

—A veces eres agradable —le responde con una voz pequeñita, como si no quisiese ser oído —. Tus manos son suaves y das buenas conversaciones.

Xander ríe. Una risa corta y cálida que hace a Liu sonreír un poco, incluso si no entiende lo que está pasando. El vampiro aparta la vista, sintiéndose ridículamente halagado y atrapado con a guardia baja. Ha visto en los pensamientos de muchos, muchísimos humanos, las cosas zalameras que piensan sobre él, sobre su belleza, su grandiosidad, sobre su estatus casi divino… pero nunca nadie le ha dicho que habla bonito o que acaricia agradablemente. Nunca había oído halagos tan humanos.

—¿Lo hago? —pregunta entre incrédulo y juguetón. Una parte de él quiere oír a Liu decir eso de nuevo.

Se acerca más al chico en la cama, tumbándose junto a él, de lado. Liu se voltea para encarar al vampiro, pero sus ojos no resisten ver su rostro manchado de sangre o sus colmillos y pronto le rehúyen la mirada, acabando en las sábanas que retuerce entre sus manos con nerviosismo.

—Realmente sí —confiesa con un encogimiento de hombros —, supongo que has tenido mucho tiempo para construir una personalidad carismática.

—No he pasado el tiempo conversando, Liu —responde con tono duro y su mano viaja del cabello del chico, todavía húmedo, a su oreja. Traza el cartílago con cuidado y luego sostiene el lóbulo entre el índice y el pulgar, acariciándolo.

—Oh…—los dedos bajan a su cuello, trazando la suave curva que lo conecta con el hombro, ese lugar pequeño y delicado que quiere convertir en una enorme herida roja con sus dientes —y ¿No te gustaría?

—¿El que? —dice distraído.

—Simplemente sentarte y hablar por horas. Disfrutar solo de eso en vez de hacer algo malo; no hacer nada, realmente.

Xander se encoge de hombros, puede ver como Liu tiembla, puede sentir en la yema de sus dedos como su pulso se acelera cuando su mano pasa de su hombro a su torso y ya no lo acaricia con la punta de sus dedos, sino que usa su mano para atrapar su cintura y apretarlo dulcemente.

—No lo sé, no sé qué me gusta —responde repentinamente agobiado. La pregunta es algo tan común. Los humanos se preguntan entre ellos todo el rato qué libros leen o que comidas gustas, que series ven o cuáles son sus colores favoritos. A él, sin embargo, solo le llega al oído una pregunta distinta, pronunciada con desesperación ¿Qué quieres de mi? así que jamás ha tenido que plantearse que le gusta, más que matar y violentar. Tuvo gustos una vez, ambiciones, hobbies, metas, pero desde que las perdió, no las ha recuperado y ahora, hallándose vacío, la pregunta lo atormenta —. No sé qué me interesa, no sé qué me agrada… no más allá de lo que complace mis instintos —se muerde el labio, acerca a Liu a su cuerpo e inhala su aroma. Tan dulce y cálido. El aroma de un amanecer, de una vida tranquila. De las cosas que no puede permitirse y nunca supo que deseaba —Me gustas tú.

—Solo porque complazco tus instintos, no cuenta. —arguye el muchacho riendo para quitarle importancia.

Xander lo agarra más fuerte de la cintura, lo estrecha más cerca, hasta que siente los cabellos de Liu acariciarle el pecho y nota sus respiraciones contra su piel.

—No es solo por eso.

<<¿Por qué he dicho esto? ¿Por qué no puedo parar de decir estupideces esta noche? Mörblut, me has hartado de muerte, me has emborrachado de sangre y ahora… ahora estoy avergonzándome a mí mismo>>

—Antes has dicho que el único motivo que tienes para venir a mí es que satisfago tus deseos —el tono de Liu tiene una pizca de sospecha, otra de acusación. Y mucha, mucha tristeza y decepción.

—Digo cosas —suspira el rubio, su mano ahora migra hacia la espalda del chico y se cuela bajo la afelpada camiseta del pijama para acariciar la suave curva de su columna, que se arquea bajo su contacto —, pero no significa que sean verdad ¿Eres tan ingenuo de confiar en la palabra de un vampiro?

—Soy tonto, supongo —admite Liu encogiéndose de hombros, cediendo a la forma en que el vampiro lo empuja hacia él y hundiéndose en su abrazo. Entierra su cabeza en el pecho sin corazón del vampiro, inhala su aroma, calienta su gelidez y suspira con tristeza al hallar confort en la cuna de su perdición.

<<Verdaderamente estúpido, sí, señor…>>

—No, no creo que lo seas.

Liu alza la vista desde el pecho del vampiro con una mueca divertida. Una ceja arqueada, casi desafiante, y las comisuras rizándosele en una inesperadamente traviesa sonrisa.

—Una vez pensé que el estómago era como un horno, porque se siente cálido después de comer, así que comí harina, huevos, mantequilla… todo crudo. Pensé que haría galletas, pero acabé en el hospital.

Xander rompe a reír en ese preciso instante y la cercanía que tenía para con el chico se rompe cuando el hombre cae de espaldas sobre el lecho, sosteniéndose el abdomen por lo mucho que duele carcajearse tanto. Liu lo mira algo avergonzado, una risa tímida y angelical escapando de sus labios.

—Eso es… —Xander titubea, todavía riendo mientras intenta hablar —es inesperado, Liu, y ridículo. Muy ridículo ¿Cuantos años tenías? Y ¿Cuál era el plan para sacar las galletas de tu estómago si lograbas hornearlas?

Liu ríe y niega.

—No lo sé, no lo pensé mucho. Era pequeño, pero no tanto. Creo que tenía diez años o así —confiesa entre risillas.

Xander vuelve a estallar en carcajadas y cuando estas mueren en sus labios y nota su abdomen acalambrado y las comisuras de su boca dulcemente doloridas, vuelve a voltearse hacia el chico, rodeándolo por la cintura y mirándolo con una sonrisa radiante y hermosa en sus labios que poco tiene que ver con los colmillos que asoman por los lados y todo tiene que ver con algo cálido y bonito que siente en el pecho.

—No sé cómo defender tu inteligencia de aquí en adelante. —bromea mientras aparta un mechón caoba de su rostro y se lo recoge tras la oreja.

Sus ojos oscuros brillan tanto cuando sonríe… y se le forman bonitas arrugas a los lados que quiere besar, para saber qué textura tiene la alegría de un humano bajo sus dedos, pues ya conoce el sabor y el tacto de la desgracia.

—Aunque ¿Quién sabe? Quizá eres un genio y si conseguiste hacer repostería en tu interior. Eso explicaría por qué hueles y sabes así —<<por qué actúas así, por qué me haces sentir así>>—, por qué eres tan dulce.

Liu enrojece y mira a otro lado, titubeando nerviosamente. Xander está acostumbrado a pintar la cara del chico de ese cálido color arrebol, pero rara vez lo logra más que avergonzándolo o humillándolo. Ahora, sin embargo, Liu se siente halagado y avergonzado, sí, pero de una forma agradable y cosquilleante más relacionada con el pudor y los nervios que con sentir que es destripado de su dignidad.

Y Xander se halla fascinado cuando lo ve sonrojarse de ese modo. Cuando lo ve bajar la mirada y lamerse y morderse los labios, retorcerse los dedos con un nerviosismo exquisito que no implica terror, solo una ligera, atractiva intimidación, cuando ve que sus pestañas se baten juguetonamente y su boca falla al ocultar una boba sonrisita.

—¿Q-qué hay de ti? ¿Qué es lo más estúpido que jamás has hecho?

<<Esto. Sentir esto.>>

—Quedarme atrapado en el fondo del mar por meses —Liu alza la cabeza como un topo saliendo de su madriguera y luce tan tierno y desconcertado que Xander ríe y le revuelve los cabellos —. Estaba en un crucero y el mar, por la noche, no era ni de lejos tan hermoso como lo vi en la publicidad, con ese agua azul, el cielo claro y el sol ocre y rojo saliendo… Quise tanto ver el amanecer que decidí intentarlo. Pensé que, si me quedaba dormido, como nos pasa a los vampiros cuando es de día, nadie se daría cuenta o pensarían que estaba borracho y me llevarían a mi camarote, así que fui a la popa, me coloqué en el filo y me dormí. Ah, y me caí al mar como una jodida piedra, es una suerte que no necesite respirar. Cuando desperté no sabía cómo volver. Usé mi velocidad, pero ya sabes, el agua ralentiza las cosas y con cada amanecer me volvía a dormir en medio del mar, la corriente me arrastraba y al despertar no sabía ni en qué dirección ir. Tuve que beber sangre animal. De tortuga. Sabía cómo masticar una lata de atún podrida.

Liu alterna su rostro entre una hermosa mueca de diversión mientras el chico ríe y patela como si le hiciesen cosquillas y otro visaje, este de sorpresa, con sus ojos enormemente abiertos y la mandíbula inferior casi arrastrándose por las sábanas, mientras el vampiro le cuenta la historia.

Xander no sabe por qué esa anécdota particular ha salido a flote en su memoria ahora, pues sabe que ha estado en aprietos más extraños, pero se alegra de haberla contado.

Nunca pensó en esa historia como más que un recuerdo de algo molesto, pero ahora, cayendo en la cuenta de que tiene a alguien a quien contárselo, alguien como Liu, tan maravillado por cada cosa nueva, tan ingenuo y a la par dulce, descubre que su experiencia es divertida para otros. Le gusta descubrirlo. 

—¿Entonces lo viste?  El amanecer, digo. 

Xander niega melancólicamente. Recuerda en ese instante la sensación de impotencia cuando su cuerpo no le obedeció, cuando él, que tiene la fuerza para levantar imperios enteros y hacer de ellos meros escombros, no pudo luchar contra unos párpados que pesaban ni aunque fuese lo que más ansiaba en el mundo en ese momento. Recuerda cómo se sintió nadar contracorriente, luchar contra algo tan antiguo y grande como la naturaleza.

—No pude —suspira —. Siempre me ha dado curiosidad saber cómo es el mundo de día, bañado en luz. Intento recordarlo y jamás puedo y he intentado mil veces permanecer despierto, pero no lo he conseguido.

Liu rueda en la cama, lejos de su agarre, y Xander está tentado por un momento a perseguirlo y devolverlo a la fuerza a su lado, pero no es necesario. Liu solo levanta un poco la cortina, mira por su ventana y vuelve al lado de Xander.

—¿Quieres probar hoy? No quedan muchas horas hasta que amanezca.

—Me quedaría dormido, entonces.

Liu se aclara la garganta y mira a otro lado. Se siente extraño, un remolino en su vientre, un incendio en sus mejillas.

—U-uhm, puedes dormir aquí —ofrece amablemente y, con un hilillo de voz, añade: —. Me gusta la compañía y tu compañía cuando no estás consciente es la mejor.

—¿Eres muy valiente haciendo bromitas de esas, no? —pregunta divertido Xander, alzando una ceja y apretando al chico más cerca de él posesivamente.

—P-perdón. Estoy nervioso.

—Te he desacostumbrado con mi ausencia, tendré que volver a hacer que te acostumbres a mi. A mi voz —murmura mientras se inclina en su oído, habla despacio, ronco, y Liu siente el tono íntimo y ronroneante reverberar en su interior con un escalofrío que jura que puede hacerle temblar el alma —. A mis manos —tan pronto lo dice, estas suben por su cuerpo, lo toman de la cintura mientras Xander gira en la cama, colocándose sobre él. Liu no se resiste, mira a un lado, sumiso, obedientemente exponiendo su cuello mientras Xander alza su camiseta y acaricia su tripa llana —. A mis deseos.

—No es… algo que tengas que recordarme. C-créeme, no lo olvido. —intenta que su voz suene pequeña, asustada, dócil, pues él lo está, pero ante todo respetuosa. Xander está siendo amable esa noche y, tras haber sufrido su silencio y sus gritos, Liu no querría hacer nada que arruinase sus palabras bonitas.

Las manos de Xander exploran su cuerpo libremente. Suben hasta su pecho, hasta su cuello. Una mano rodea su garganta, los dedos firmemente prensados sobre la tierna piel, sintiendo su pulso. Su otra mano acaricia una de las palmas de Liu, la izquierda, el índice recorriendo cada dedo y luego pintando sus líneas de la vida para, al final, bajar poco a poco la manga ancha de su pijama.

Liu se aparta antes de que Xander pueda desnudar su antebrazo, su muñeca, y el vampiro nota el pulso del chico acelerándose.

—Liu. Déjame ver qué tienes ahí. —es dulce, es suave, pero es una orden de todos modos. Xander aprieta un poco su cuello por unos segundos para demostrárselo, para dejarlo más dócil, pero solo logra que el chico se agobie y empiece a respirar agitado y a balbucear.

—¡Nada! N-no es nada, Xander, por favor. —pero la mano de Xander vuelve a su muñeca, vuelve a pinzar su ropa, a bajarla.

Y esta vez, cuando Liu pretende apartarse, Xander aprieta su cuello duro y eso lo paraliza lo suficiente como para que el vampiro revele su muñeca toda llena de trazos. Algunos rojos, otros violáceos, otros amarillos o blancos, mero tejido cicatrizado incapaz ya de sangrar o doler. Aun así, las heridas frescas exceden a las sanadas, lucen tan rojas, tan profundas.

La sangre huele desde ahí, incluso, y Xander siente un peso enorme sobre sus espaldas cuando confirma con sus propios ojos lo que antes, en la ducha, creyó atisbar, pero deseó no creer.

—¡F-fue cocinando, fue cocinado y picando verdura muy rápido y me di cu-cuebta tarde y por eso hay varios po-porque estaba medio dormido y…

<<Pienso en cuando me violaste cuando me corto>>

Liu cada vez jadea más de lo que habla, balbucea más de lo que pronuncia y pronto sus labios solo dejan salir sollozos e hipeos angustiados, aterrados. Recuerda lo que pasó la última vez que lo pilló cortándose, ambos lo recuerdan, lo harán por el resto de su vida. Liu es un lío de lloros, temblores y resistencia, incluso cuando Xander suelta su cuello y le sostiene solo la muñeca intentando no hacer demasiada presión. El chico se vuelve loco intentando liberarse del agarre, arañando, suplicando, incluso nota la forma en que palidece tal y como si su cuerpo estuviese listo para apagarse, para que Liu perdiese la consciencia justo el rato necesario como para no estar presente para lo que anticipa.

Y Xander quiere calmarlo. Quiere acunarlo cerca y suave, decirle que no está enfadado, que no va a herirle, que no necesita hacer excusas. Pero una fría capa de hielo e indiferencia ha sido puesta sobre él hoy, como un manto que su maestro ha usado para cobijarlo, así que las únicas palabras que salen de su boca son:

—Me da igual, Liu. Cálmate.

El chico suspira. El alivio se hunde en su pecho, pero este sigue hundiéndose y hundiéndose y hundiéndose. Liu conoce esa sensación: decepción. Se alegra de no haber obtenido la reacción de Xander que anticipaba, pero no obtener ninguna se siente como un castigo también.

—¿Por qué ha sido? —Liu se calma lo suficiente para ese momento, así que Xander puede liberar su muñeca y simplemente trazarla con los dedos cuidado de no rozar ningún corte abierto. La piel de Liu es sensible en la zona y el chico se arquea y se tensa por cada pequeño centímetro de sus pecados hechos cicatriz que el otro recorre.

—No lo sé —solloza el chico, demasiado roto por el temor de hace unos instantes como para guardárselo todo dentro en vez de explotar en un mar de lágrimas y dejar toda su angustia salir, esa que lleva semanas en su interior enquistada, creciendo, amenazando con anegarlo todo y ahogarlo —, me siento mal últimamente. Pienso en mi familia, en Matheo, en ti, en mi futuro, en lo que pasó con Jack, en que no sé qué estoy haciendo con mi vida, en las pesadillas. No sé qué cosa ha sido, de todas esas. Todas, posiblemente. 

Xander tiene un rostro impasible. Facciones de piedra que protegen bien emociones que se sienten como un nervio expuesto que es retorcido por cada triste palabra del humano.

—Son más profundos que antes —susurra <<Más verticales, también.>>

Liu asiente, pero ninguno dice nada más sobre el tema. Xander pasa un larguísimo rato en esa posición, sobre el chico, con sus ojos clavados en la piel hermosa y nívea llena de laceraciones de precisión clínica y profundidad cínica, acariciando los contornos de esos dolorosos recuerdos y preocupaciones clavadas en su piel. Sus dedos trazan despacio las líneas, como queriendo repararlas, como queriendo derramar sobre ellas su magia y ver cerrarse la piel, volver a reunir los pedazos del corazón roto de Liu.

Y puede hacer lo primero, pero no lo segundo ¿Y de qué serviría curarlo? Su magia no es más que maquillaje, pintura sobre podredumbre, el borrado de las consecuencias, jamás de las acciones ¿Cómo curar a Liu si solo son sus síntomas los que no soporta ver mientras su enfermedad es él, él mismo, como un cáncer que lo quiere poseer entero, que hace metástasis hasta apoderarse de cada rincón de su ser, su cabeza, su corazón, su cuerpo entero, un agente agresivo, destructivo, que intenta atrapar y solo sabe corromper? ¿Cómo puede reconstruir algo cuando sus manos reconocen tan bien la forma de sus profundas grietas porque no saben sostenerlo sin romperlo?

Poco a poco, la respiración de Liu se normaliza. Su corazón late más lento, sus lágrimas se secan. Xander vuelve a tumbarse a su lado, en silencio.

—¿Dónde has estado estos días? —la pregunta de Liu es inesperada, inocente incluso, pero Xander la siente como una acusación, un ataque, así que no responde, se defiende con acidez:

—No me he ido a ninguna parte, de hecho, sabes donde vivo. Podrías haberme ido a buscar si tanto extrañabas mi presencia.

Liu tuerce la boca, herido, y asiente. <<No hago nada para ganarme la compañía que siempre extraño. No fui suficiente para ellos, ya no sé esperarme para hacer amigos, ni siquiera intento ofrecerme apeteciblemente para él y luego lloriqueo porque pienso que le he cansado. Soy patético>>

Xander se siente estúpido por haber saltado tan pronto cuando Liu solo preguntaba con un tono lleno de curiosidad y añoranza. Sabe que es porque se siente culpable, pero no es Liu quien lo culpa, incluso cuando debería, el único dedo incriminador que lo señala está en el dorso de sus párpados cada vez que los cierra.

—¿Dónde has estado hoy? Estas manchando mi cama de sangre.

Xander suelta una risa corta.

—No es la primera vez.

—No será la última tampoco ¿No? —replica el otro con sorna.

—No mientras no te mate.

Liu deja de sonreír, deja de jugar. Traga saliva y responde, con la voz temblorosa:

—¿Eso es un no?

Xander suspira y se sostiene el puente de la nariz.

—Lo es, Liu —reprende, cansado —, sabes que no voy a matarte. 

<<¿Por qué me haces decirlo en alto? ¿Por qué me haces admitirlo? Está mal, Liu, está mal que las cosas sean así.>>

—N-No lo sé —murmura el muchacho y se remueve en la cama, dándole la espalda al vampiro aun cuando este lo abraza por detrás, su pesado antebrazo sobre la estrechez de su cintura, empujándolo cerca —, tú me lo dices y luego me dices que no debería fiarme de la palabra de un vampiro.

—Si pudiese matarte ya lo habría hecho, créeme —susurra en su oído, pero más allá de un escalofrío, Xander no obtiene respuesta —Hoy he estado cazando. Lo he hecho con mi creador, resulta que ha venido a buscarme después de tanto tiempo.

Liu voltea su cabeza hacia atrás, buscando la mirada de Xander. Tiene sus cejas delgadas y oscuras levantadas con genuina sorpresa

—Oh, eso es bueno —le sonríe, pero al ver que el otro no le devuelve el gesto frunce su ceño —¿No estás contento?

—Lo estoy, es solo…todo es confuso. No sé qué sentir, llevo tanto esperándolo y ahora que lo conozco estoy emocionado pero tan enfadado por haber tenido que esperar. Quiero sentir adoración y lo hago, pero el rencor a veces es más fuerte. Me gusta matar con él porque entonces todo es silencioso, mi mente se queda en blanco y no hay lugar para sentimientos complicados.

<<¿Por qué estoy confiándole mis preocupaciones a un humano? Estos sentimientos que no he querido decir en alto tan siquiera frente al espejo, estos sentimientos que atesoro, que sé que son delicados porque me hacen frágil ¿Por qué se los doy a él como si con su efímera existencia pudiese protegerlos?>>

—¿Compartes… uh, p-presas con él? ¿Lo… lo vas a traer aquí?

Xander nota al chico encogerse en su abrazo, los músculos tensándosele, el ritmo cardíaco disparándose. La respuesta es obvia, pero fantasea con lo que le ha dicho el chico y tan pronto imagina las manos del pelirrojo sobre la piel pecosa de Liu, los dedos hundiéndose en su cabello oscuro como el café, sus ojos viendo la miradita oscura y brillosa del chico como un cielo estrellado, sus labios besando sus sangrantes heridas… Xander siente que algo peligroso se agita en su interior. Algo que le advierte que es mejor detenerse.

—No voy a compartirte. —responde y sabe que su tono es demasiado rudo cuando Liu se encoge —Eres una presa, pero no es… no es como con las demás. Eres mío, Liu.

—¿Y porque los demás no? —Xander sabe que la pregunta es inocente, que el chico es solo curioso, que lo ha sumergido en un mundo extraño, oscuro y doloroso y que solo está intentando hallar sentido en él, pero la pregunta lo hace sentir exaltado, casi enfadado <<¿Acaso no es obvio?>>

—Porque no me importan, porque son carne y sangre y puedo encontrar eso cuando quiera, donde quiera. Pero tú no —responde, abrazándolo fuerte, hundiendo su rostro en el suave hueco entre su cuello y su hombro, inhalando su aroma hasta calmarse y luego dejando un nimio beso antes de susurrarle —no puedo encontrar a un chico tan tonto como para intentar hornear galletas en su intestino en cualquier sitio.

Ambos ríen un poco, bajito, a gusto, como la risilla de dos estudiantes que temen ser pillados y regañados, como si compartiesen una broma que es mitad secreto. Algo íntimo.

—No todas las sangres saben a harina cruda, supongo, así que eso me hace especial. —bromea Liu, pero Xander no tiene ganas de reír, solo de abrazarlo fuerte y cerca y de besar su cuello una y otra vez como si fuese a irse por un largo tiempo y temiese olvidarse de su sabor, de su calor, de la ternura de su piel bajo sus labios.

—Quizá es eso.

De nuevo, un largo, extraño silencio flota entre ambos como perfume. Esta vez no es incómodo, en absoluto, en él Liu empieza a hallarse somnoliento, bosteza y se acurruca en el abrazo de Xander, su cuerpo empezando a relajarse como cuando estaba bajo el agua cálida de en la tina, solo que ahora el candor tiene otro origen, pues ahora es bañado en besos y caricias. Xander amasa su cintura, recorre su espalda, traza círculos en su tripa y posa sus labios con amabilidad en su oído, en su cuello, su hombro, en el hueso de su clavícula.

Medio amodorrado, Liu dice:

—En un par de semanas acabará el curso.

Xander sonríe por la tierna voz de Liu cuando está a punto de quedarse dormido.

—¿Y quieres pedirme que vaya a la graduación contigo? Te aseguro que serás el centro de la fiesta.

—No, solo te lo quería decir.

—¿Por qué?

Liu se deja hacer un rato más, virando entre el sueño y la vigilia mientras Xander recorre su cuerpo con manos enormes y demasiado suaves y buenas para ser verdad. Su pecho duro y su abdomen marcado se pegan a su espalda por detrás, haciéndole sentir envuelto como un bichito feliz dentro de su crisálida.

—He aprobado todo, hace poco hicimos los finales.

Xander no puede evitar sonreír, pero Liu no puede verlo, ya que tiene los ojos cerrados, pero puede sentir los labios del vampiro estirarse y curvarse contra su piel.

—De nada por haberte dejado tranquilo para que pudieses estudiar. —bromea, su voz grave y baja, susurrante como si temiese despertarlo.

—No me robes el mérito —se queja Liu y lanza un manotazo inútil y flácido al aire que no hace más que rozar el brazo del vampiro.

—Dame otra vez y te robaré el diploma.

Ambos ríen perezosa, cálidamente. 

Xander acaricia a Liu y lo besa con aún más delicadeza y no puede sino desear que ese momento no termine nunca. Que la noche se congele, que el día nunca llegue y ambos puedan vivir en ese instante. Xander quiere ese momento frágil y etéreo y tan malditamente fugaz, quiere meterlo en una burbuja y quedarse en ella por siempre, quiere volverlo un hilo muy fino y pedirle a alguien con magia en los dedos y una aguja que pueda cambiar la textura del universo que teja su eternidad con de lo que quiera que está hecho ese momento.

Quiere quedarse. No solo en esa cama. No solo junto a Liu. Si no quedarse así, en este estado en que no tiene hambre y sus deseos se han calmado, en que puede ver a Liu como un amante haría y no como un depredador. Quiere poder ser normal un rato más, poder sentir estas cosas que solo sienten los que no comparten su don y su maldición.

Quiere no tener que despedirse de todas las cosas que ese chico ha despertado en él.

<<Pero…>>

—Liu.

—¿Si? —responde medio dormido.

—Estoy feliz de que lo hayas conseguido. Estoy orgulloso.

<<¿Qué estoy haciendo, Liu? ¿Qué me has hecho?>>

Un sollozo interrumpe sus pensamientos. Besa a Liu en su nuca con ternura mientras lo nota enjugarse las lágrimas.

—Gracias… yo… no sé qué hacer ahora. Me da miedo, llevo años estancado aquí e intentando progresar y estoy feliz de haberlo logrado pero me aterra tener que seguir adelante. No sé qué… cómo lo haré. Llevo tanto tiempo hundido en la muerte de… de… de ellos, que no sé cómo vivir ya.

Xander lleva sus manos al frente, con una le sostiene delicadamente las muñecas al chico, retirándole los dedos del rostro, con la otra le limpia él mismo las lágrimas. Despacio, cuidadoso, como si cada gota salada fuese una perla frágil que debe transportar a su destino, como si la piel de Liu fuese papel.

—Puedes quedarte parado un poco más. No hace falta que avances aún. Puedes pensar, ver tus opciones antes de dar un paso. Tomarte un tiempo para descansar, quizá. Cambiar da mucho miedo, Liu, incluso si es para mejor. No hace falta que lo hagas rápido, nadie te obliga.

El chico respira hondo tras escuchar sus consejos y aunque los agradece, se siente impotente. Claro que un vampiro sabe adaptarse al cambio, ha recorrido siglos y milenios, ha visto civilizaciones nacer y morir, ha durado más que cualquier mandato de un rey, que cualquier ejército u forma de gobierno. Xander sabe transitar el cambio porque su propia condición lo empuja a ello, lo arrastra por las áridas tierras de lo fluido y lo diverso, pero él, Liu, es un mortal.

Una criatura hecha para estar en el mundo apenas unos instantes y en ese tiempo pocas cosas deberían cambiar y él, sin embargo, ha sido arrojado de un lado a otro, las manos del destino jugando con él cruelmente ¿Cómo adaptarse a ello en meses cuando siente que necesita esta vida y la siguiente solo para hallar las fuerzas necesarias como para salir de la cama cada mañana?

—No quiero sentirme vago o inútil o como que soy incapaz de hacer las cosas.

—No tiene nada de inútil que cuides de ti. Nadie más lo va a hacer por ti, Liu.

Sus palabras son sinceras, pero duelen como una piedra hundiéndose en su vientre. Liu asiente, dejando las lágrimas caer.

—¿No te has sentido estancado nunca?

—Siempre —Xander ríe, aunque es un sonido cargado de amargura —. No puedo avanzar, no puedo cambiar, no puedo mejorar. La inmortalidad es estar congelado mientras el tiempo pasa, no avanzar junto a él.

Liu frunce el ceño. Xander, para no haber pasado su larga vida conversando tiene una facilidad natural para hacerlo: sus palabras fluyen seductoramente y siempre suenan tan sabias, tan certeras. Liu, por supuesto, sabe que Xander conoce más que él la condición de ser un vampiro, lo que significa en su sentido más profundo, pero no puede dejar de pensar que Xander parece ciego ante sí mismo.

—Yo creo que sí puedes cambiar —reprende el chico suavemente.

Xander suspira en su nuca, exhausto. Tiene que arrastrar las palabras mientras le contesta:

—No es así, Liu, créeme.

—¿Entonces qué es esto?

La pregunta es rápida, afilada, pero Xander la esquiva como un puñal. No quiere pensarla. No quiere responderla de veras.

—No es una mejora, Liu, es una mentira.

—¿Por qué? —pregunta el chico y de repente su voz suena como si fuese a llorar.

—A veces me gusta fingir que soy normal. 

Xander acaricia la curva de la cintura de Liu, sigue el contorno con la yema del índice pensando en cómo todo en él es suave: cada rincón, cada ángulo de su cuerpo, cada curva de su anatomía. Cada centímetro de piel, cada mechón de pelo, cada palabra, cada lágrima.

—Eres un buen actor, entonces —Liu entreabre los ojos sintiendo un cierto calor familiar sobre sus ojos, como un halo —Oh, mira, ya aman…

Pero no necesita voltearse para saber que el vampiro se ha dormido, le basta con sentir el peso de su brazo sobre su costado y la lentitud de sus respiraciones contra su cuello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 90

 

Jeremy tiene que removerse con mucha lentitud y cuidado para escapar de los brazos de Aidan. El vampiro tiene un sueño pesado últimamente, intuye que, debido a su escasa alimentación, pero pese a que duerme como una piedra, se aferra a él en sueños con una fuerza abrumadora. 

En las noches en las que el muchachito de cabellos nacarados se despierta primero, como esta, tiene que seguir un lento y trabajoso ritual para escabullirse del abrazo de Aidan sin que este se percate o, de lo contrario, el vampiro refunfuña dormido, lo agarra con violencia y lo aprieta contra él como si fuese un peluchito lleno de algodón y no de órganos internos frágiles.

Por suerte, Jeremy ha perfeccionado su técnica, que consiste en ir reemplazándose poco a poco por un bulto hecho de almohadas y sábanas que el vampiro abraza con ímpetu mientras él sale a hurtadillas de la habitación para tomar algo de desayuno y preparar de antemano de su comida.

Los primeros días le daba apuro bajar a la cocina solo, puesto que la casa no era suya y encontrarse con Xander le resultaba incómodo, vergonzoso cuando ciertos recuerdos le venían a la mente y el otro, con su sonrisa pilla, le hacía saber que podía leer sus sucios pensamientos. Pero poco a poco fue ganando confianza, pues Xander fue y es sorprendentemente amable con él y, de vez en cuando, le pregunta sobre humanos como un niño curioso tratando de aprender sobre su animal favorito.

Ahora, sin embargo, vuelve a agobiarle de nuevo la idea de bajar solo al primer piso, no ya por Xander, sino por ese otro vampiro que a veces lo acompaña. Un hombre grande como una bestia, pelirrojo, con una cicatriz recorriéndole la nariz y los ojos más fríos que ha visto nunca. El hombre lo saluda a veces, le dice incluso que le dé recuerdos a Aidan o que le diga que se anime a jugar con ellos un día, pero Jeremy siente, bajo las palabras cordiales y la sonrisa afable del tipo, que sus ojos lo miran con la misma expresión con la que mirarían un mero pedazo de carne. 

Siempre le da escalofríos incluso de recordarlo. Es ver sus ojos y un nudo se le forma en la garganta, su cabeza se emborrona como llena de gas y sus ojos, inquietos, no pueden sino bajar al suelo.

Por suerte, hoy se encuentra solo. Xander no volvió anoche, lo cual es raro, pero cada vez más usual desde que es amigo del pelirrojo, así que él y Aidan están solos en la casa.

El muchacho desayuna un yogurt con almendras y un delicioso y refrescante tazón de fresas con miel antes de prepararse un bocadillo para después, envolverlo cuidadosamente y dejarlo en la nevera. Desde que está con Aidan, el vampiro le ha insistido de tal manera en que coma bien -le regaña si no toma suficiente fruta o verdura, le regaña si no toma proteína y si la toma le riñe porque no es de fuentes variadas, le regaña cuando olvida tomar carbohidratos o grasas saludables o fibra o cualquier cosa en realidad- que ahora Jeremy siempre se siente feliz y saciado. Y un poco más blandito, pues sus costillas no protuberan tanto, su vientre todavía delgado empieza a tener zonas suaves de donde agarrar, sus piernas son algo más que piel sobre hueso y sus brazos lucen ligeramente más musculosos.

Cuando termina de comer, el chico se lava los dientes y sube de nuevo a la habitación, donde Aidan sigue dormido como un tronco y abrazando el guiñapo de mantas y cojines que cree que son su amante de cabellos de plata y ojitos de luna llena.

Jeremy se acerca al vampiro, lentamente quitándole las sábanas y almohadas hasta que el hombre frunce el ceño, añorándolo. Se sube a horcajadas al vampiro y lo admira desde ahí. Su rostro apacible y sumiso en la inconsciencia posee una belleza propia de las clases nobles de antaño, una belleza que parece ser el producto del pecado entre un ángel y un demonio: su tez pálida, sus labios gruesos, la nariz recta y las finas y oscuras cejas expresivas, sus pestañas largas, arqueadas. Luce andrógino a veces, increíblemente masculino cuando lo desea y taimado como una muchacha traviesa cuando es necesario. Sus cabellos negros y brillantes como seda lamen su rostro, hermosos mechones sobre sus mejillas, su frente, sus labios. Su cuerpo, el de un gran guerrero, parece plácido y poderoso al mismo tiempo mientras duerme, como lo son los enormes, milenarios árboles que parecen más antiguo que el bosque que habitan o las rocas que se erigen, altas, lisas, como pilares del mundo.

Jeremy se inclina, observando la perfección de sus facciones más de cerca. Sus pestañas de tela de araña rozando las mejillas del inmortal, sus labios suspirando sobre la frialdad de su boca, un muerdo del calor de sus besos.

Aidan abre los ojos despacio, pero sin confusión en su despertar. Lo mira, deseoso y empuja la cabeza del chico con una mano en su nuca hasta hundirlo en un lento beso. Jeremy jadea cuando la otra mano del vampiro lo toma de la cintura y lo obliga a molerse sobre él, deslizándose adelante y atrás sobre las caderas del vampiro. El otro lo muerde en respuesta y tira de su labio con crueldad, hasta que le duele y el chico duda de si el otro pretende quitárselo y masticarlo como una chuchería. Y entonces Aidan lo suelta.

—Que despertar más dulce —lo halaga, acto seguido tomando la mano derecha del muchacho entre las suyas para besar el dorso con adoración.

Jeremy enrojece por lo noble del gesto, por lo romántico e intenso que se siente cuando esos gatunos ojos rojos lo miran mientras unos labios con colmillos besan luego sus nudillos, uno a uno.

—Qué caballeroso —el chico suelta una risilla —¿Así es como seducías a tus amantes hace unos siglos? Es algo anticuado, pero creo que te está funcionando ahora también.

Aidan ladea su cabeza con confusión y una sonrisa ladina se forma en sus labios.

—Jamás he seducido a los humanos de los que he gozado. Tomo lo que me gusta por la fuerza, no necesito ser amable con quienes son realmente mis presas, no mis amantes.

Jeremy jadea, las palabras de Aidan son tan naturales, tan casuales, y pese a ello encierran horrores que no quiere, no puede imaginar. Piensa en Aidan, su Aidan, el mismo que lo achucha por la noche y le besa las manos y los párpados cuando está cansado, su ángel, su salvador… arrastrando a muchachos y muchachas inocentes a su lecho, tomándolos con fuerza y egoísmo y luego vaciando sus venas del mismo modo en que ha vaciado sus almas con sus viles actos.

—¿Yo qué soy, entonces? —pregunta temblando ligeramente, la idea de correr el mismo destino que sus otras víctimas una vez Aidan se canse de él es algo a lo que sabe que no le conviene prestar atención, pero eso no impide que la idea merodee su mente como si se encontrase en su propia casa.

Aidan lo mira con deseo, un deseo que Jeremy ha aprendido a amar pero que desde lo más profundo de su ser algo instintivo, algo demasiado básico, demasiado elemental para equivocarse, le chilla que debería evitar, que debería temer.

Las manos de Aidan lo asen de nuevo por la cintura, dedos fueres y dolorosos clavándose en su piel, obligándolo a inclinarse hacia delante hasta casi estar tumbado sobre la firmeza de su cuerpo musculoso.

Aidan lo mira con una sonrisa taimada en sus labios, la sonrisa de un diablo disfrutando del fuego infernal. Se lame los colmillos y le responde:

—Un poco de ambas, Jeremy. Mi presa, porque estás bajo mi poder, porque tu sangre pertenece a mi boca, pero también mi amante, porque tu cuerpo pertenece a mis manos. Y a tus labios les queda hermoso mi nombre, sobre todo cuando lo gimen.

El muchacho se ruboriza tan pronto escucha esas palabras y titubea sin saber qué responder. Está acostumbrado a escuchar cosas sucias, impactantes incluso, pero Aidan no es un cliente más y sus palabras no son tampoco de ese talante, quizá por eso le hacen sentir pudoroso como a un novicio.

El vampiro gira en la cama, terminando encima del chico y mirándolo intensamente a los ojos mientras desciende hasta que su boca conecta con la de su bonito amante. Jeremy suspira cuando los besos pasan de sus labios a sus comisuras y luego a su mentón, a la línea de su mandíbula, la cual Aidan perfila con su larga lengua.

Un escalofrío lo recorre entero y su imaginación lo hace retorcerse de placer ante las muchas cosas que se le ocurren que esa parte de Aidan puede hacer. Mientras el vampiro lame ahora su cuello, el chico no puede sino fijarse no en su rostro o en su sonrisa, sus labios, sus dientes… sino en su boca entera, en cómo los colmillos le han crecido en segundos y son tan grandes, gruesos y largos como los de un enorme canino. Los colmillos son puntiagudos como alabardas, pero tras ellos también puede ver una hilera de otros dientes quizá no tan prolongada, pero con puntas peligrosas como si se tratasen de una sierra. En la cordillera de dientes de su mandíbula inferior, Jeremy también distingue cambios: sus incisivos son un poco más largos y los colmillos parecen una versión reducida de las largas cuchillas que el hombre porta en la mandíbula superior. Jamás se había fijado en que los vampiros tenían tantos dientes afilados o, quizá, Aidan jamás había sentido la necesidad de mostrar más que sus dos colmillos más prominentes en su presencia.

<<¿Es por el hambre?>>

Nota también que la lengua del vampiro es inhumana. El color rojo y vivaracho coincide con el de sus labios y parece hecho para disimular la sangre una vez se derrama en ella o, quizá, se ha teñido de ese color en consecuencia de ser bañada en él tantas veces. Pero su tono carmesí no es lo que le sorprende de la lengua del vampiro, sino su forma, ligeramente puntiaguda como si se tratase de una cola de serpiente y su longitud. 

Con un solo lametón le recorre el cuello entero y Jeremy se pregunta si su lengua es tan larga como alto es su cuello <<Quizá más>> estima traga saliva cuando nota la punta de su lengua en sus clavículas ahora.

Pero Jeremy no tiene tiempo de fijarse más en la extraña y atractiva anatomía del vampiro, no cuando Aidan le rompe la camisa brutamente y luego le sostiene los brazos rodeando su pequeño bíceps y clavándolo en la cama. Inmovilizado, Jeremy solo puede voltear su cabeza y ofrece su cuello al hombre que tan gustosamente parece saborearlo. Ama la pasión con que Aidan lo besa y lame, pero algo en sus labios, en cómo buscan rápidamente el color de su piel tan pronto se alejan, le resulta desesperado. Hambriento.

El vampiro muerde su cuello.

—Ah… —murmura el muchacho sintiendo las leves punzadas de los filos en la boca de su amante apretar la tierna piel con delicadeza, la suficiente para no romperla, pero también la necesaria como para dejar claro cuan fácilmente podrían.

Aidan chupa la piel mordisqueada hasta que Jeremy siente punzadas en la zona y nota su pulso en la boca del otro, que deja un morado oscuro y, alrededor, un anillo enrojecido con la impronta de sus dientes.

El vampiro sigue besando, chupando y mordisqueando su piel mientras desciende por su cuerpo. Al cabo de solo minutos la piel de Jeremy, antes un campo puro como nieve recién caída sobre la pradera, está minado de moratones en forma de violento beso y rojas hendiduras que llevan en ellas el nombre del hambre de Aidan.

Jeremy respira agitadamente. Aidan no parece querer darle ninguna tregua entre chupón y chupón o entre dentelladas y, cuando lo hace, es solo para lamer sus marcas con la humedad y la carnosidad de su pesada lengua, que aprieta dolorosamente la sensible piel hasta obtener sonidos que Jeremy apenas puede contener.

Esta vez Aidan no se limita a tomar de su presa un bocado pequeño, pues de ese tamaño es el cuerpo de Jeremy y solo en esa medida debe mostrar su apetito para no devorarlo entero, sino que abre grande su boca y cierra las mandíbulas alrededor de la garganta del muchacho dejando la mitad de su cuello fuera, atrapando la otra en su dentellada.

Jeremy traga saliva sintiéndose como una cosa pequeña y vulnerable entre las fauces de un depredador verdaderamente peligroso. Si Aidan aprieta, no solo romperá su piel y beberá su sangre, sino que va a romper el hueso a arrancar su carne.

—A-aidan… —murmura, pero pronto se queda sin voz cuando nota la tensión en las mandíbulas del vampiro, la presión creciendo, su aliento acelerándose, excitado —, espera, m-más suave, Aidan no me muerdas tan…

Jeremy jadea. Por un momento piensa que ese es el fin, que la presión sobre su nuez lo ahogará, que escuchará un crujido dentro suyo, allí donde una bola de nervios se instala ahora, y que ese será el último aliento que exhale, ya que Aidan ha apretado más. 

Jeremy siente como se le clavan los colmillitos, esos que no son tan largos ni peligrosos como los dos grandes caninos, pero aún así son afilados y pueden hacer mucho daño. Le hacen mucho daño ahora mientras se hunden en su piel y Jeremy puede sentir su sangre correr en su cuello y en su nuca y la lengua de Aidan recorre toda su piel en busca de esas preciadas gotas.

Aidan se aleja y Jeremy quiere suspirar aliviado, quiere darle las gracias, hasta que ve sus ojos fríos, vacíos, ausentes, y siente los colmillos de nuevo en su cuello, ahora probando la ternura de otros centímetros de piel intactos, todavía por romper.

—A-Aidan, para, por favor, un momento… —pero el vampiro vuelve a clavar sus pequeños y afilados dientes mordisqueando su cuello como un cachorro probando sus nuevas punzantes herramientas, masticándolo como a un simple juguete.

El chico se retuerce de dolor y lucha, pero las manos de Aidan aprietan sus bíceps tan fuertes que Jeremy piensa que podría romperle los brazos, así que se obliga a relajarse y a mostrar su garganta hasta que nota la presión en sus brazos disminuir y entonces llora de desesperación.

<<¿Es este el momento en que me tengo que enfrentar a las consecuencias de haber elegido a un asesino? ¿No puedo disfrutar de la vida por un poquito más de tiempo?>>

Aida aprieta más y más, sus dientes se arrastran por su piel arañándola y arrancando de ella unas preciosas gotas de sangre nuevas. La lengua las recoge pasando despiadadamente sobre la herida y Jeremy solloza.

—Aidan… por favor, tranquilízate…

Un gruñido reverbera en su garganta. Sea lo que sea que le ha respondido desde la boca de Aidan, no es Aidan. Es algo más peligroso, más grande, más cínico que mora en su interior. Es el parásito de la eternidad que exige como sustento la finitud de los mortales. Es el hambre. Es el motivo por el que Aidan es, ante todo, un monstruo.

Los enormes colmillos del vampiro aprietan ahora contra su garganta, la presión tornándose insoportable, la piel a punto de morderse irremediablemente y de liberar el río de sangre que Aidan puede sentir pulsando, acelerándose contra sus labios.

—¡Mierda!

Jeremy se levanta de pronto de la cama al escuchar la voz de Aidan al otro lado de la habitación y, junto a ella, un estruendo. Tan pronto es consciente de que se ha levantado, siente un profundo alivio al saber que el vampiro ya no está sobre él clavándolo con su peso y su abrumadora fuerza contra el colchón; pero su corazón da un vuelco al ver que Aidan está apretado contra la pared con el pecho subiéndole y bajándole rápidamente. La pintura blanca tras su espalda, así como el muro bajo esta, empezando a agrietarse por la fuerza con la que el vampiro se ha lanzado contra esta para alejarse del lecho antes de convertirlo en el lugar donde su humano muere, en vez de donde es amado.

—Mierda, mierda, Jeremy…. no sé qué ha… ah… lo siento, no sé cómo he podido…

Aidan se aprieta fuerte contra la pared cuando Jeremy se desliza por la cama, hacia la orilla, como haciendo un amago de salir de esta y dirigirse hacia él. Pero sus pies descalzos nunca tocan el suelo, no se atreve a salir de esa islita segura de almohadas y sábanas limpias, no cuando ve la forma en que el vampiro se aleja de él como una alimaña asustada.

El cuello de Jeremy, como su pecho, está teñido de morado e hilos de néctar rojo bajan por él, acariciando la atractiva curva de su garganta, delineando sus hombros, estancándose en el bonito hueco de sus clavículas y luego derramándose por su pecho como dedos que acarician la planicie de su lampiña y morena piel.

Aidan debe apartar la vista si no quiere perderse de nuevo en sus deseos.

La sensación que lo abarca ahora no es nueva para él. Conoce a la perfección el frenesí, esa maravilloso entregarse a sus deseos, dejarse poseer por la parte de él que no piensa, solo siente, y entregarse al placer más absoluto. Pero nunca, hasta ahora, se había dejado llevar tanto con Jeremy. Y nunca, hasta Jeremy, dejarse llevar había significado algo malo.

Aidan se lleva una mano a la cabeza y cierra con fuerza sus ojos. Siente una presión horrible alrededor, una mano fantasmagórica devolviéndole el cráneo y apretándole tan duro que sus pensamientos se desdibujan, se hacen trizas, y no hay en él racionalidad alguna.

Se siente como un animal acorralado por sus deseos, por una fuerza que le impele a seguirlos, a…

<<Hambre. Tanta hambre. Tantísima hambre…>>

Pero mató hace poco. Incluso si ha comido escasamente estas últimas semanas ¿Por qué su hambre se siente como si no hubiese probado bocado en meses? ¿Es la dulzura de Jeremy, que lo atrae con un poder mil veces superior al de cualquier otro derramamiento de cálida sangre? En parte, sabe que sí, pero hay algo más. Hay algo mal.

<<Mörblut>>

Aidan se muerde el labio. Sabe que la presencia de ese vampiro lo está alterando, lo está volviendo paranoico, impulsivo. Peligroso. Pero se pregunta si el pelirrojo tiene ese efecto en él sin quererlo o si, en noches como esa, que se sienten como si él fuese el títere de una criatura más grande y poderosa, el hombre mueve los hilos lenta, deliberadamente.

<<Quizá me estoy volviendo loco. Quizá Mörblut no hace nada y simplemente estoy agobiado porque me está quitando a Xander, porque me podría quitar a Jeremy. Porque me siento impotente, porque antes que dejar que él le ponga la mano encima a mi dulce, dulce Jeremy lo mataría y si no puedo matar a Mörblut entonces… entonces mataría a Je-

—¿Aidan?

La vocecita asustada de su presa lo saca de la oscura vorágine que sus pensamientos forman enroscándose sobre sí mismos, girando y girando, retorciéndose en un torbellino de locura. Como una luz que lo salva cuando está a la deriva y lo guía a tierra firme, los brillantes ojos de Jeremy lo miran con preocupación.

—Aidan, deberías salir y comer algo. Deberías…

—No.

La respuesta de Aidan pretende ser firme, pero el vampiro sabe que su tono ha salido de su garganta más violento de lo que pretendía cuando ve al humano achicarse como si le hubiese alzado la mano. Lo mira a través de sus pestañas, con la cabeza gacha, mechones azabache cayéndole por el rostro como si fuese un salvaje.

—No voy a salir —añade y su voz intenta sonar más dulce, pero solo suena como un rugido atrapado en su garganta —, no necesito cazar. Lo único que necesito eres tú.

Jeremy traga saliva y asiente, su ceño fruncido y su mirada llena de intensidad conectando con su contraria, con un iris rojo lleno de sed capaz de vaciar el mar azul de su mirada.

Aidan abre grande los ojos cuando el chico se decide a bajar de la cama y cuando este empieza a andar hacia él cautelosamente, Aidan se desliza por la pared intentando alejarse hasta que queda en una esquina de la habitación. Su enorme cuerpo apretujado contra un pequeño espacio, su altura mermada por su posición agachada, como la de una cerilla consumida y ennegrecida tras el devastador arder del deseo.

Aidan se desliza poco a poco hacia el suelo a medida que Jeremy se acerca, deseando hacerse un ovillo, cerrarse sobre sí mismo y convertirse en un caparazón firme y fuerte como una cárcel de donde sus deseos no puedan salir, de donde sus garras y colmillos no puedan alcanzas a Jeremy.

Pero Jeremy lo alcanza a él. Se para justo en frente y Aidan ve sus pies descalzos, sus piernas delgadas y suaves, su torso recorrido por finos hilos de sangre.

—Aléjate, Jeremy, necesito…

—Necesitas comer —lo interrumpe el otro, sus puños cerrados a los lados de su cuerpo, su ceño fruncido con decisión —y si no vas a salir… —su tono se suaviza, su cuerpo baja a la altura de Aidan, que está sentado en el suelo, abrazándose a sus piernas. El cuello y el rostro del chico entran en su campo de visión cuando se arrodilla delante de él. Cuando se inclina. Cuando ladea la cabeza ofreciendo su amoratado cuello lleno de punzadas y arañazos rojos, oh, tan rojos. De un rojo líquido, dulce, caliente que se derrama —entonces deja que yo me ocupe de eso.

Aidan se inclina hacia delante, su rostro peligrosamente cerca del de Jeremy, sus ojos fijados en el color escarlata, en cómo brilla bajo la luz y cómo tiembla cuando Jeremy lo hace, en como ese espeso sirope cubre y humecta la bonita piel morena, en cómo de bien debe sentirse pasar la lengua por ese suave manto necesitado de caricias húmedas y llevarse de ella su calor, su sustento, su vida, su sangre.

<<Oh, la sangre, toda la sangre, hasta la última gota, hasta que el corazón duerma, hasta que el azul de sus ojos sea opaco como una noche sin luna ni estrellas ni vida, hasta…>>

Aidan se abalanza sobre Jeremy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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