Capítulo 81
Aidan despierta enroscado entre
las sábanas y algo más. Unos pequeños, pálidos dedos rodean su brazo y entre
sus piernas una más fina se enrolla con la suya cual enredadera. Piensa que
nunca se acostumbrará a levantarse en un lecho caliente con el cuerpo lleno del
dulce contacto de un humano, su pecho barrido por su respiración y el aire
impregnado de su aroma maravilloso. Le gusta la idea de no acostumbrarse, de
levantarse cada noche de aquí en adelante sorprendido por lo maravilloso que es
poder ver a su chico dormir, poder abrazarlo y sentir sus latidos tranquilos.
Aidan mira a Jeremy en silencio,
apenas moviéndose en la cama para no despertarlo. Despeja su rostro alargando
la mano para poner algunos de sus desordenados mechones de nieve tras su oído.
Le acaricia el cartílago, luego su morena mejilla, la suave curva de su nariz,
el arco de cupido que la conecta con la boca y, finalmente, sus labios entreabiertos.
Es tan hermoso mientras duerme,
piensa, que parece un muñequito con su nariz de botón, sus pestañas de hielo y
la boca entreabierta mostrando sus dos adorables paletas delanteras.
Se inclina hacia él prensando su
boca contra la del chico, dándole un beso casto, pero largo. Le gusta cuando
sus labios se juntan tanto con los del muchacho que siente su corazón entre
ellos, como si pudiese morderlo tiernamente. Se acelera y es entonces cuando
Aidan se percata de que Jeremy está parpadeando despacio, despertándose.
—Hola —murmura Jeremy con una
sonrisa y la voz soñolienta. Se inclina para devolverle el besito a Aidan. —,
ah… estás frío. —se sorprende, llevándose a la mano al hormigueo de sus labios
y, luego, a la boca del vampiro.
Aidan le coge la mano para
calentar las suyas con la del muchacho y, mientras lo hace, le besa dulcemente
los nudillos.
—Claro, cariño, estoy muerto ¿Qué
esperabas?
Jeremy frunce el ceño y se acerca
más a su amante. Su mano está entre las dos grandes palmas del otro y se siente
como atrapada entre dos paredes de hielo, así que se zafa de su agarre y, acto
seguido, lo abraza con fuerza como queriendo regalarle su calor. Aidan sonríe y
le acaricia los cabellos mientras el chico se acurruca en su pecho, besos
siendo dejados en esa zona mientras sus manos le acarician la espalda musculosa
al vampiro de arriba abajo.
—Pero antes estabas caliente, los
otros días…
—Tenía sangre en mi sistema, pero
el calor es difícil de conservar cuando uno no come muy seguido. Oh, hablando
de comida, tienes que tomar algo. Ayer solo comiste dos veces, necesitas más
que eso.
Jeremy ríe.
—Quizá tendría más tiempo para
comer si alguien no se entretuviese usándome toda la noche —murmura achuchando
con fuerza al vampiro, que ríe por su atrevida broma y lo hace girar en la cama
hasta terminar sobre él, sus poderosas manos atrapando cada una de las muñecas
de Jeremy —, oh, vamos, necesito algún descanso.
—Y yo necesito no dártelo
—responde el otro con voz ronca, inclinándose para morderle los labios al
chico.
Jeremy gimotea mientras el otro
muerde juguetonamente su boca y baja en un pequeño camino de besos hasta su
cuello que se detiene cuando la tripa del humano decide protestar con un rugido
propio de un yeti. El chico enrojece de pronto y quiere taparse la cara de la
vergüenza, pero Aidan sigue sosteniendo sus muñecas mientras rompe en
carcajadas.
—Bien, bien, tú ganas. Tienes un
pequeño descanso para comer ahora.
Aidan lo libera y sale de la cama
vistiendo solo unos holgados pantalones grises a modo de pijama. No lleva
camisa, pues Jeremy la está usando casi a modo de vestido. El chico se permite
unos segundos de quedar inmóvil en la cama para contemplar la belleza de su
demonio. Suspira recorriendo con sus ojos el rostro taimado y diablesco de
Aidan y, luego, su cuerpo musculoso, pero ágil. Cuando Jeremy intenta bajar de
la cama, descubre que su cuerpo no es para nada tan resistente y duradero como
el del vampiro, pues cae de rodillas al suelo jadeando de dolor y con las
piernas temblando como gelatina.
—¡¿Qué ocurre?! —pregunta Aidan
nervioso, arrodillándose a su lado con las manos temblándole como nunca.
Jeremy ríe y hace un ademán
restándole importancia, enternecido por la forma en que el otro se ha
preocupado por él y ha corrido a su rescate.
—Solo estoy agotado y me duele
todo el cuerpo. Fuiste brusco conmigo ayer —comenta el muchacho haciendo un
adorable puchero.
Aidan suspira de alivio y besa la
mejilla de su humano pasando una mano tras su espalda y la otra bajo sus corvas
para luego alzarlo en brazos como si no pesase nada.
—Ven aquí, te ayudaré a bajar
—ofrece amablemente.
Mientras bajan por las escaleras,
Jeremy no puede parar de pensar en lo fuerte que es Aidan, en cómo sus brazos
lo han inmovilizado hace unos segundos, como lo manejaron a su antojo la noche
anterior, en como… cómo de fácil le resultó vencer su resistencia la noche que
se conocieron para secuestrarlo y reducirlo a un mero pedazo de carne. Recuerda
sus dedos clavándole en la piel, la abrumadora fuerza que lo hizo sentir sin
aliento cuando vio el rostro calmado del otro mientras él luchaba con todo lo
que tenía dentro. Y piensa, entonces, en lo cuidadoso que está siendo ahora,
sosteniéndolo con brazos firmes pero amables, bajándolo por las escaleras poco
a poco porque a cada escalón su cuerpo se resiente y no puede evitar quejarse.
Piensa en lo afortunado que es de
tener a su lado a una criatura de tamaño poder, pero también capaz de tal
gentileza. Se aferra a su cuello, entregándole su calor y hundiendo su rostro
en esa zona, inspirando fuerte el aroma varonil y fresco del vampiro. Le
recuerda al helado de limón, de algún modo, y le hace sentir nostalgia de una
felicidad que nunca tuvo.
Cuando lo piensa mejor, no es
nostalgia respecto a un tiempo pasado, no echa en falta algo que perdió. Es la
anticipación del anhelo que sentirá cuando pierda a Aidan porque siente, sabe,
en lo más profundo de sí, que lo perderá.
Que las cosas buenas o bien son
pura ilusión o solo temporales.
Igual que perdió a su ángel, a su
hermana, madre y mejor amiga, a su protectora y su niñita, a la voz que le leía
cuentos antes de que se quedase dormido y la mano firme que sostenía cuchillos
para amenazar a cualquier hombre con manos codiciosas que quisiera ponerlas
encima de su cuerpo débil, algo en su interior le susurra que la historia se
repetirá. Que está destinado a perder su felicidad. Que sonrisa es solo
prestada.
<<Pero él es un
vampiro>> se repite a sí mismo en su
cabeza, intentando calmarse <<¿Quién iba a matarlo como mataron a mi
hermana? Nadie podría. Nadie me lo puede arrebatar. A mi demonio mimoso, a mi
asesino dulce. Quiero estar siempre con él, por favor, solo pido eso. Me da
igual que mate. Me da igual que beba de mí. Me da igual que sus colmillos
duelan y sus acciones pesen en mi conciencia. Si es el precio a pagar, lo
pagaré con gusto.
Él es el único hombre que me ha
visto como algo más que un pedazo de carne. Que me cuida y se preocupa. Que me
llama por mi nombre. Que me ayuda a vestirme y no solo desvestirme. Aunque no
lo entiendo ¿Por qué tomar tantas molestias por mi? Él es un ser especial, yo,
sin embargo, soy una criatura mediocre, sucia. No soy nadie.
Quizá es eso. Quizá nadie me va a
quitar a Aidan, simplemente se irá cuando se de cuenta de que no soy
suficiente. Quizá ya lo sabe y solo está jugando conmigo hasta aburrirse. Si
esto solo es un juego ¿Sería tan malo? Si sus caricias y sus palabras son mentira
¿Sería tan horrible? Se sienten bien de todos modos. Solo quiero que siga, que
siga jugando un poco más a fingir quererme. Que mantenga esta mentira un poco
más, que me deje disfrutar de mi cielo falso antes de hacerme ver que todo esto
es solo un juego y yo, como siempre, el perdedor>>
Aidan se detiene de pronto. No ha
llegado aún a la cocina, está a medio camino, atravesado el comedor, justo al
lado del sofá. Jeremy lo mira extrañado y su corazón se encoge cuando ve la
expresión de Aidan.
Sus ojos ardiendo de rabia. Su
ceño fruncido, la nariz arrugada, la mandíbula tensa y los colmillos tan largos
que asoman incluso a través de su boca cerrada.
—¿Aid-
El vampiro lo arroja con fuerza
al sofá antes de que el muchacho pueda acabar su pregunta. Jadea por el golpe y
la forma en que su cuerpo se resiente dolorido; antes de que pueda recuperar el
aliento, Aidan lo toma con fuerza por el pelo y tira hasta que le endereza la
espalda y le alza el rostro obligándolo a mirarlo mientras se sitúa sobre él
inmisericorde como un verdugo a punto de hacer rodar su cabeza.
—¿Te crees que puedes cuestionar
mis sentimientos de ese modo? —pregunta, aunque por el tono ronco y terrorífico
en que su voz escupe la frase, Jeremy tiene claro que no busca una respuesta.
El chico se encoge y niega con la cabeza hasta que el otro aprieta su puño
agarrándolo con más fiereza del pelo y deteniendo el movimiento. Su corazón da
un vuelco, jamás ha visto a Aidan así, no con él —¿Crees que puedes llamar a
todo esto un juego, Jeremy?
—N-no, no es lo qu¡Ah! —el
vampiro lo jala de pronto, forzándolo a ponerse de pie aunque su cuerpo duele y
sus rodillas están por ceder. Jeremy se queja, incapaz de hablar, y tiene que
ponerse sobre las puntas de sus pies para que el otro no lo alce hasta tenerlo
colgando sobre las baldosas. —A-aidan, duele… —murmura asustado, pequeñas
lágrimas se forman en las comisuras de sus ojos y su corazón da vuelcos al
buscar compasión en la mirada ajena y hallar solo un infierno.
—Si esto te parece un juego —su
otra mano, antes cerrada en un puño al lado de su cuerpo, se envuelve ahora
alrededor de su garganta —¿Qué necesito hacer para que tomes en serio lo mucho
que quiero que seas mío? ¿Tengo que encadenarte, Jeremy? ¿Tengo que ser más
brusco, más posesivo? ¿Debería llenarte de marcas?
Jeremy respira rápido y nervioso
al sentir la mano estrecharse en su cuello, al sentir su pulso contra la fuerte
palma, su aire apenas entrando cuando intenta jadear por oxígeno. No pude
siquiera responder por culpa del pánico y sus lágrimas empiezan a rodar por sus
mejillas.
Una de ellas se desliza rápida
hasta la línea de su mandíbula, lame el contorno y cae sobre la mano de Aidan.
El vampiro parpadea fuerte y
lento, como si le doliese la cabeza. Las cálidas lágrimas de Jeremy siendo el
pequeño empujón que necesitaba para que algo chasquease en su cabeza, para
volver en sí y destronar a la ira. Para tomar el control.
Aidan suelta al chico de pronto
en el sofá, como si sus manos se quemasen al tomarlo, y se aleja con la cara
entre las manos. Jeremy se hace un ovillo en él, respirando agitado, y sigue
con la vista al vampiro mientras anda arriba y abajo de la habitación
murmurando maldiciones.
—Aidan, p-perdona, no quería
ofenderte, l-lo siento, me sentía inseguro y por eso…
—No ha sido tu culpa —lo corta
Aidan levantando una mano para frenarlo.
El vampiro todavía conserva su
distancia con el chico, como temeroso de saltarle encima si su proximidad lo
tienta demasiado
—Lo siento, yo… ah. Mierda. No
estoy acostumbrado a estos sentimientos. No estoy acostumbrado a tratar con
humanos ni a controlar mi ira ni a… sentirme vulnerable. Lo siento.
—Está bien… —Jeremy murmura
sonriendo reconfortantemente mientras con una mano se frota las zonas
enrojecidas y doloridas de su cuello.
Pero no lo está y Aidan lo
advierte tan pronto empieza a andar hacia él y el chico da un repullo en el
sofá como un animal asustado. Aidan lo mira con ojos culpables, profundamente
tristes, y el chico desvía la mirada abrazándose a sí mismo.
—No me gusta cuando te enfadas
—dice con un hilillo de voz <<porque te pareces a ellos. A los hombres
a los que creí que llamaría papá cuando era niño y a los que tuve que acabar
llamando clientes. A los hombres que pensaban que no pasaría nada por dejarme
un ojo morado mientras deslizasen un par de billetes más en el bolsillo de mamá
y, más adelante, en el mío>> —, das miedo.
Aidan se acerca un poco más al chico
con la cautela de quien se aproxima a un animal salvaje que está a un crujido
de ramita de salir corriendo. Se acuclilla delante del sofá para estar a su
altura y extiende su mano para acariciar una de las mejillas del chico de
huidiza mirada azul.
—Lo sé —Aidan se acerca un poco
más cuando el chico empuja su cara contra los dedos que la acarician,
suplicando por su afecto como si hubiese sido privado de él por años. Con
cuidado, el vampiro lo abraza empujándolo hacia su pecho, acariciando con dulzura
sus cabellos albinos —, sé que no puedes controlar lo que piensas, que has
tenido una mala vida y crees que todo saldrá mal. Pero no es así, Jeremy, yo jamás
te abandonaría. Siento haberte asustado, no quiero… jamás querría hacerte daño
de veras.
El corazón de Jeremy se calma
poco a poco, arrullado por las palabras honestas del vampiro, por la manera en
que su voz se quiebra con preocupación, con vergüenza, porque por primera vez
su fuerza no es algo de lo que hacer alarde, sino un animal rabioso al que
necesita ponerle correa y bozal.
Jeremy lo mira a los ojos, las
olas del vasto océano de su iris apagando las ascuas de ira que pudiesen quedar
en el rojo de Aidan. Se acerca, inclinándose para besarlo, y sabe que incluso
si ha elegido estar del lado de un diablo, confía en él. En que no desea
herirlo.
—Gracias —murmura con un hilillo
de voz.
Su cuello aún duele cuando
respira o traga grueso y su cuero cabelludo pulsa, resentido por los jalones
que ha sufrido, pero ¿Acaso no le han hecho males mil veces peores? Males que
le han dicho que se merecía, males por los que solo ha recibido monedas y un
portazo. Aidan, cuya naturaleza es el mal, se ha agachado para verlo
cara a casa, le ha pedido perdición, le ha prometido curar su soledad. Puede
perdonarlo, incluso si sabe que muchos no podrían.
—Espera aquí ¿De acuerdo? Te haré
algo de comer mientras tú descansas.
Jeremy asiente y se permite
relajarse en los cómodos cojines del sofá. Al cabo de un rato escucha el
chisporroteo de algo siendo echado en la satén y el delicioso aroma del aceite
de oliva caliente y la carne sazonada con sal, pimienta y ajo le hace salivar
de hambre.
Cierra los ojos, imaginándose la
comida, y los abre de golpe cuando la puerta principal se abre y cierra. Mira
con nerviosismo en esa dirección y se encoge en el sofá al ver a Alexander
entrando con el rostro serio y los labios rojos de sangre.
El vampiro olisquea el aire,
confundido al percibir el aroma de comida humana, pero todo cobra sentido
cuando ve a la pálida figura en su sofá. Se acerca a él seguido de su pequeña
sombra: el gatito negro que ha decidido acompañarlo a la mitad de los lugares
que va y que sigue arrastrando su torcida colita.
Cuando Xander se sienta en el
sofá, a su lado, Jeremy se encoge un poco más y mira al suelo con nerviosismo.
—Acércate —ordena el rubio con
voz poderosa.
Como si pretendiese demostrar
cómo obedecer a tal demanda, el gato negro salta ágilmente del suelo al regazo
del vampiro, volviéndose luego una pequeña bolita ronroneante sobre su pierna
derecha. Xander rueda los ojos, pero dirige su mano grande a la cabeza del
animal dándole caricias tras las orejas para que deje de molestar.
Jeremy mira la escena extrañado y
traga saliva. Se desliza poco a poco por el sofá, sentándose tan cerca de aquel
ser que casi lo asesina en el pasado que sus pieles están a meros milímetros de
rozarse. Toma las orillas de su camiseta y tira de ella hacia abajo, siendo más
consciente ahora que antes de que su cuerpo está solo cubierto por esa prenda.
Aunque le llegue por las rodillas, es holgada y la tela fina, se siente desnudo
llevando algo que el vampiro podría alzar o romper con tanta facilidad.
Para su sorpresa, el vampiro hace
precisamente lo que él temía: toma uno de los extremos de su camisa blanca y
tira de ella hacia arriba, revelando su desnudez. Lo examina varios segundos
sin decir nada, desde sus clavículas llenas de moretones hasta sus piernas
fuertemente cerradas en un intento de tapar su intimidad, pasando por su
acelerado pecho, su tripa hundida de la impresión y sus brazos rígidos por la
tensión del momento.
Xander vuelve a dejar la prenda
como estaba, tapándolo, y Jeremy se permite respirar.
—Asumo que Aidan no se ha
alimentado de ti estos días —Jeremy niega y enrojece <<¿Estoy
desatendiéndolo? ¿Debería ofrecerme más a menudo incluso si es
doloroso?>> —. Bien, entonces no te importará que te quite a tu
vampiro personal esta noche para ir a cazar ¿Cierto?
—N-no, puede ir a cazar cuando lo
desee.
—Lo sé. Pasaremos la noche fuera
¿Necesitas que te lleve a algún lugar para pasar tú la noche?
—La… —Jeremy traga saliva —la
verdad es que Aidan me… me ha invitado a quedarme. No es… no te importa
¿Cierto?
—En absoluto —murmura con una
sonrisa tenebrosa y perversa en su rostro, luego se inclina y dice en su oído
—, mucho menos mientras, como pago por vivir bajo mi ala, tú y Aidan me deis un
espectáculo tan deleitoso como el del otro día. Cuando te follé no me satisficiste
en absoluto, cosa bonita, pero debo decir que la otra noche lograste ser
realmente entretenido, además, me va bien ver como Aidan juega contigo. Me
ayuda a aprender.
Jeremy arquea una ceja. Mirando
al suelo y apretando sus piernas contra su pecho, pregunta:
—¿A-aprender el qué?
—Cómo ser cuidadoso con un humano
—la sartén deja de chisporrotear a los lejos y Jeremy reza por que Aidan venga
a su lado y lo aleje de Xander, pero su corazón se hunde cuando escucha los
golpecitos del cuchillo sobre la tabla de cortar y el rubio se inclina más
hacia él, rodeándole los hombros con un brazo y tomando uno de sus mechones
entre sus dedos para jugar con él —Aidan te tiene completamente hechizado…
incluso eres tú quien accede a ser mordido ¿Cómo es posible? Conmigo recuerdo
que necesitaste… un poco de motivación.
Jeremy recuerda ese día. El día
en que pensó que moriría a manos de un ser hambriento y frustrado, el día que
terminó dolorido, aterrado y sin dinero como para cenar algo esa noche. Frunce
el ceño y se atreve a levantar la mirada con una chispa de ira en sus ojos.
—Me amenazaste.
Xander lo mira como si pudiese
revolverle el alma y las tripas con los ojos y ríe con soberbia. Él vuelve a
apartar la vista.
—Tan siquiera fui amenazante de
veras —explica tranquilamente, pero no se siente como una conversación casual,
se siente como una advertencia —. Pero dejando rencores pasados ¿Por qué sirves
a Aidan tan obedientemente?
El sonido de la madera y el metal
continúa en la cocina. Aidan pica algo rápidamente, dando pequeños, repetidos
golpecitos que Jeremy podría confundir con los latidos de su corazón a ras de
piel.
—¿Qué quieres de mí? —pregunta
con un hilillo de voz.
Xander se queda pensando unos
segundos y, extrañado por la agresiva reacción del menor, se hunde uno segundos
en su mente hallando al chico acurrucado con temor en su propio interior,
agobiado ante la idea de que Xander se haya encaprichado de él, no porque le
guste, sino porque no le gusta que Aidan tenga algo que él no.
—No pretendo volver a probarte,
si es eso lo que temes. Pretendo saber qué hacer para tener a un humano como
Aidan te tiene a ti.
Jeremy sube la vista,
sorprendido. Xander tan siquiera está mirándolo ahora y hasta desliza el brazo
fuera de sus hombros, como si pretendiese hacerle sentir más cómodo. Se
recuesta contra el sofá dejando que su espalda se deslice un poco por el
respaldo y ahora su mirada roja y sus manos grandes están ambas en el pequeño
gato de su regazo. Xander lo mira con curiosidad mientras que con una mano le
rasca la barriguita y, con la otra, toma una de sus patitas, presionando su
pulgar sobre las almohadillas rosas y mullidas para ver salir las garras
retráctiles. El minino se estira, como desperezándose, por los arrumacos en su
tripa y se deja hacer cuando Xander juega con sus patas distraídamente, como si
el animal fuese más un juguetito curioso que una mascota.
Por alguna razón, Jeremy se
siente más tranquilo al verlo interaccionar así con el gato.
—Aidan me dijo que tenías… uhm,
un humano —tuerce su boca al acabar la frase. Le resulta incómodo, no,
humillante, hablar de tener a alguien de su misma especie, como si los
mortales fuesen no ya los reyes del mundo entero, sino pequeños
entretenimientos que uno puede amaestrar como a sus mascotas personales. Hablar
así le recuerda su lugar frente a Xander y la insalvable distancia que, quiera
o no, hay entre él y su amante. —, aunque no lo he visto ¿No vive aquí?
—Ya no, le he permitido
volver a su casa. —la palabra eriza la piel de Jeremy.
Saber que el muchacho tiene un
hogar le causa una pequeña punzada de envidia, pero saber que volver a él es un
privilegio que ha tenido que ganarse le deja saber lo suficiente de su
relación con Xander como para no desear estar en su piel.
—Se llama Liu, debe tener tu
edad, es un muchacho increíblemente dulce. Tan adorable, la forma en que pone a
hablar por los codos si le das un poco de confianza. Es inteligente, pero
inseguro. Es sensible, y amo que lo sea, porque eso le hace ser profundo y
adorable y compasivo… pero resulta que ser sensible hace que las cosas sean difíciles
conmigo. Me gustaría tu consejo, ya que eres humano, sobre cómo puedo lograr
que se entregue a mi del mismo modo en que tú lo haces con Aidan.
Jeremy frunce el ceño confundido
de golpe por la naturaleza de la relación entre el vampiro y Liu. Segundos
atrás habría jurado que Alexander lo veía solo como una presa, un rehén del que
se ha encaprichado, a lo sumo, pero la forma en que ha hablado de él… Solo ha
visto unos ojos rojo sangre iluminarse de ese modo tan adorable cuando Aidan le
llena la cara de besos pequeños y bonitos. No imaginaba que Xander pudiese ser
dulce, pero, de nuevo, no cree que lo sea, si el chico es capaz de resistirse
lo suficiente a su demonio como para ser calificado de difícil.
—Yo quiero a Aidan —explica
Jeremy, en su tono hay una naturalidad y una honestidad que le antojan tan
puras, casi infantiles, al vampiro, que no puede evitar reír un poco —y Aidan
me quiere a mí. No me entrego a él porque me haya convencido o seducido, no hay
ningún truco que haya usado para manipularme. Solo nos queremos. Si tú quieres
a ese chico quizá deb-
—Creo que no me entiendes —Xander
lo corta, su tono es ronco de repente, tan serio que le eriza los vellos de la
nuca a Jeremy y hace al gato sentarse en su regazo recto y alerta justo antes
de saltar de él y marcharse maullando agudo —y realmente me molesta que creas
que tengo esa… —Xander se muerde la lengua —esa clase de sentimientos por Liu.
Solo quiero su sumisión, no a él.
—No creo que puedas conseguir
algo así de alguien sin confianza, sin afecto, sin intimidad… no a menos que la
consigas haciendo algo horrible. —Jeremy traga saliva cuando reúne el valor
suficiente para alzar la vista y mirar a los ojos del vampiro.
En ellos espera ver remordimiento
o cavilación, cualquier cosa que le indique que el vampiro pretende buscar una
opción mejor o que le horroriza siquiera contemplar esa, pero en sus orbes
rojas y oscuras solo halla un vacío desgarrador.
—Ya está listo todo, ten cuidado
con la carne, quema un poco. Oh, hola, Xander.
El corazón de Jeremy da un brinco
de alegría cuando su amante irrumpe entre ambos inclinándose para dejar un
plato de carne humeante, patatas horneadas de aspecto jugoso y suave y una
guarnición de tomate fresco picado con pimientos rojos.
Aidan se siente a su lado en el
sofá y Jeremy se pega a él de inmediato, encaramándose a su hombro o
abrazándolo hasta que el vampiro lo sube sobre su regazo, alejándolo
definitivamente de Xander.
—Hola, cachorrito —le sonríe
Xander y el apodo suena tan íntimo que Jeremy se queda parado unos segundos,
incapaz de comprender si lo que siente es extrañez o celos —, hablaba con
Jeremy sobre si podré robarte un rato esta noche, para ir a cazar. Estoy… ansioso.
Me apetece hundir mis dientes en algo tierno y bonito.
Aidan ríe seductoramente por su
comentario y, antes de mirarlo, ve a Jeremy fijamente a los ojos y dice,
mirándolo intensamente.
—A mi también.
El muchacho baja la vista con las
mejillas coloradas y ambos vampiros se miran a los ojos y se carcajean por los
latidos desbocados que llenan la sala.
—¿Qué tienes en mente? ¿Un
muchacho, una muchacha? ¿O quizá prefieres a un humano más mayor, uno que vaya
a defenderse y darnos con qué jugar? Quizá podríamos buscar a una tierna
parejita, sería delicioso comérnoslos por separado, írnoslos turnando para
jugar.
Xander sonríe por las ideas de su
amigo y se relame, un brillo lascivo recorre sus ojos cuando se imagina los
rostros de sus víctimas, sus vocecillas rotas implorando clemencia.
—Hay un bar cerca, había pensado
¿Qué tal uno de los universitarios que van a emborracharse ahí? Imagínalo todo
confuso y mareado intentando huir. Cayéndose solo, raspándose las rodillas y
sangrando como niño estúpido mientras sorbe sus palabras.
Aidan ríe como si el otro le
estuviese contando la más deliciosa y divertida anécdota y Jeremy, que había
empezado a tomar los primeros pedazos de carne rosada en el centro, siente su
estómago dar un vuelco.
Sabe que Aidan necesita no solo sangre para sobrevivir, sino también
muerte y crueldad, pero jamás lo habría imaginado hablando de ese modo sobre
las vidas que planea segar esa noche. No había pensado nunca en lo insensible,
lo crudo que suena describir a pobres inocentes y sus últimos segundos en la
tierra como quien lista una retahíla de platillos para escoger la cena de esa
noche.
Piensa en su hermana, en si debió
morir luchando o llorando.
En si alguien, al imaginarla en
esos últimos instantes llena de desesperación y miedo, se relame de gusto igual
que Xander y Aidan, su amado Aidan, lo hacen ahora al pensar en matar a la
hermana o la madre o el hijo o el mejor amigo de alguien que bien podría ser
él.
<<Matará esta noche>>
piensa en el chico y la idea, tan obvia como terrible, cala en su
interior con una fuerza que le hace sentir exhausto. Indefenso.
Aidan lo mira y se acerca a su
oído.
—Esta noche y siempre, Jeremy.
Soy un asesino hoy y lo seré todos los días de mi existencia. —su tono se
suaviza y la punta de su lengua recorre el cartílago de su oreja, haciendo al
chico estremecerse en sus brazos —Pero puedo intentar buscar cierto tipo de
víctimas, como te dije, Jeremy, personas cuya muerte sea más motivo de alegría
que de tristeza.
Jeremy musita un pequeño
agradecimiento lleno de alivio y Aidan alza de forma discreta su vista,
queriendo ver el efecto que sus palabras tienen en Xander. El otro vampiro solo
lo mira en silencio, su rostro estoico dispuesto a no revelar nada.
—Te llevaré arriba, para que
puedas descansar mientras me ausento.
Aidan toma a Jeremy entre sus
brazos y lo alza haciendo que este se enrosque en su cuello con sus manos y
alrededor de su cintura con sus piernas. Lo sostiene con una mano mientas, con
la otra, toma la bandeja de comida que había sobre la mesa y conduce a su
humano y su cena escaleras arriba.
Xander los observa mientras se
alejan y en su mente resuenan las inocentes palabras de Jeremy. La forma en que
el humano ha declarado amar a Aidan le sorprende, pero más lo hace aún como el
chico, con la misma confianza, ha declarado que Aidan lo quiere de vuelta.
<<¿No le arrebaté la
capacidad de amar, después de todo? ¿Significa eso que incluso yo la
tengo?>> Sus
pensamientos se ven interrumpidos cuando Aidan baja de nuevo y coloca una mano
sobre su hombro queriendo sacarlo de su ensimismamiento.
—¿Vamos a cazar, entonces?
—ofrece el vampiro con una sonrisa de afilados colmillos y Xander le
corresponde con la misma mueca maquiavélica, tomándolo de la mano para
levantarse.
—Por supuesto, muero de hambre.
Quizá mato a un par hoy, mi apetito está descontrolado. —Aidan le responde
entregándole una sonrisa compasiva.
—Creo que yo me conformaré con
uno. No quiero saciarme del todo, solo lo suficiente para tener más
autocontrol. Quiero la sangre de Jeremy. La quiero pronto.
Xander piensa en Liu
automáticamente. Se pregunta si, cuando lo haga suyo para sacárselo por fin de
la cabeza, debería tomar su sangre también a la fuerza. Y sabe que la respuesta
es no. No debería hacer nada de lo que hace. Pero puede, así que
lo hará.
—¿Quieres ir primero al b-
De pronto el aire parece volverse
cemento. Es tenso, sólido, imposible de respirar lo intenten como lo intenten y
es tan, pero tan pesado... Aidan y Xander quedan inmóviles, como suspendidos en
el interior de una dura roca, incapaces de siquiera mirarse.
Xander conoce ese peso,
esa fuerza. Esa presencia.
Aidan la teme.
Se escucha alguien tocando a la
puerta. Toques lentos. Deliberados. Es alguien que sabe que no van abrir, que
no pueden.
Se preguntan si el ser que está
al otro lado se quedará ahí para siempre, si dejará que ambos se queden
suspendidos en el tiempo y en el espacio, tan vulnerables e inmóviles como
insectos en una piedra de ámbar o si, por el contrario, él mismo la abrirá, se
mostrará ante ellos orgulloso y con andares ligeros y burlescos, tomándose su
dulce tiempo para acercarse a sus cuerpos pétreos y quebrarlos como más se le
antoje. Aidan siente un tirón en sus entrañas cuando piensa en Jeremy ¿Y si el
vampiro lo ha olido? ¿Y si lo toma como una presa?
Ambos vampiros aguardan, pues es
su única opción, y los segundos parecen alargarse hacia el infinito. Cada
momento de agónica espera haciéndoseles eterno.
De un momento a otro, la presión
se eleva y el aire vuelve a ser aire.
Ambos jadean, sabiendo que lo que
han sentido no ha sido causalidad: la misma mano que ha picado a la puerta ha
sido aquella que los ha sofocado, que ha hecho un alarde de poder dejando caer
su aura como un yunque sobre ellos y que, luego, lo ha retirado y ha sido tan
amable como para no reventar su puerta y entrar a por sus cabezas. Dudan de si
ese gesto es consideración o una amenaza.
—¿Qué mierda? —pregunta Aidan
respirando entre jadeos, sus ojos se dirigen con temor a la puerta.
—Se ha ido, pero... Pero quiere
que abramos. —Xander traga saliva —Huelo sangre, Aidan.
—Sangre humana —asiente el
pelinegro, pero pese a la desconfianza en su voz no puede esconder su enorme
alivio. La paz que le da saber que no es la sangre de su humano de piel de
porcelana y cabellos de plata.
Ambos andan con las piernas
tambaleantes hasta la puerta. Se miran entre ellos impacientes, pero
desconfiados hasta que finalmente es Xander quien reúne el valor necesario para
empujar la titánica puerta que los separa del mensaje que el otro vampiro ha
intentado dejarles afuera.
La imagen con la que sus ojos se
topan no es nada nuevo. Nada más sangriento que el resultado de sus juegos
nocturnos, pero saber que otro vampiro lo ha hecho, otro vampiro más poderoso,
uno que quería entregarles un mensaje, les hiela la sangre. Rara vez son
los vampiros conscientes del frío que conservan en su piel, pero en este
momento ambos tienen un escalofrío que les eriza todos los poros del cuerpo.
Ante sus imponentes figuras yace
una muchachita de no más de veinte años. Sus ropas, un top con forma de
mariposa de alas naranjas y una falda roja ceñida, están desgarradas con
crueldad de modo que solo los jirones permanecen en su cuerpo, empapados de sangre,
apartados bruscamente para revelar la desnudez de sus pechos y sus genitales,
ambos amoratados por las rudas manos y el violento deseo de uno de los suyos.
Sus ojos están abiertos con terrible horror, como si incluso tras su muerte su
cuerpo no estuviese lleno ya de un alma, sino de pánico, y toda su carne se
retorciese y se tensarse por el terror, como su boca abierta, el pintalabios
rosa difuminado, sus ojos grandes, el rímel corriéndole por las mejillas, sus
dedos agarrotados, las hermosas uñas largas partidas y astilladas, su espalda
curvada hasta hacerla un ovillo.
Y la peor parte de todas, aquella
de la que no pueden separar sus ojos ambos vampiros con una mezcla entre
admiración y preocupación, es el vientre de la chica, todo abierto y desgarrado
con el mismo desdén con el que sus ropas han sido rotas, pero con los
intestinos delicadamente extraídos para no romperlos, dejándolos formar un
largo hilo sangriento que la chica lleva atado a su cuello, formando,
finalmente, un lacito con sus vísceras.
Xander frunce el ceño y se
arrodilla delante de la chica.
—Tiene pulso aún —dice, ahora sí
sorprendido por el dantesco cuadro frente a él.
Aidan se agacha junto a él con
los ojos bien abiertos y los labios apretados. Tiene que tomar a la chica de la
muñeca y apretar sus dedos contra ella para sentirlo, pero está ahí: un pulso
muy débil.
De pronto, Xander siente algo que
jamás había sentido viendo a un humano moribundo bajo él: pena. Piensa en la
pobre chica, en cómo debía haber pasado largas horas en su casa decidiendo que
bonita ropa ponerse antes de salir.
Piensa en ella emocionada
haciéndose fotos porque su maquillaje era hermoso y la hacía lucir radiante,
piensa en su ingenuidad al decirse a sí misma que solo serían unos minutos en
la calle antes de llegar a su destinación, que nada malo podría pasarle. Piensa
en si tendría sueños o ambiciones, en qué dirán sus amigos, en cómo llorarán
sus padres.
Le gustaría averiguar algo más de
ella, pero cuando intenta leer su mente solo hay gritos.
Su dolor debe ser inimaginable y,
sin siquiera pensarlo dos veces, Xander envuelve su cuello con la mano y
aprieta hasta que escucha un crujido y los latidos desaparecen del aire. Aidan
lo mira sin decir nada, su rostro alberga una expresión consternada.
Los dos vampiros se miran. Sus
ojos son ambos rojos, cómplices, pero dudosos, así que es Xander quién debe
armarse de valor y pronunciar la frase:
—Esta noche tenemos que hacerlo.
Tenemos que buscarlo y si es necesario... —traga saliva, las palabras le hacen
un nudo la lengua.
Aidan ve su miedo y pone una mano
solida en su hombro. Xander ha sido su firmeza por mucho tiempo, ahora le toca
devolverle el favor:
—Cazarlo.
Asienten con la cabeza. Se miran
otro segundo más, como esperando que el otro se eche atrás, quizá deseándolo,
pero ninguno cede y ambos se levantan en silencio para ir al exterior y buscar
por primera vez no una presa, sino un contrincante.
Capítulo
82
La búsqueda es extraña. Xander y
Aidan no son capaces de comprender el mensaje del vampiro, así como no han sido
capaces antes de comprender sus intenciones.
Si busca pelear por el territorio
¿Por qué ocultarse cuando es suficientemente fuerte para acabar con ambos?
¿Prefiere amenazarlos primero dejando a una chica medio muerta en su puerta?
Aun así ¿Qué sentido tendría? Con mostrarse a sí mismo y ordenarles que se
marchen el mensaje sería mucho más esclarecedor, además ¿Por qué morder una
víctima tan cerca de vampiros a los que considera sus adversarios? Un
vampiro alimentándose, incluso uno poderoso como ese, está en una posición
vulnerable ¿Por qué colocarse en ella frente a sus oponentes? ¿Es un alarde?
¿Despreocupada chulería?
O quizá no busca derramar sangre
inmortal. Pero, si es así ¿Por qué tan esquivo, tan misterioso e
intencionalmente obtuso?
Sea como sea, no pueden
arriesgarse a asumir lo mejor, así que ambos toman la presencia del otro como
la de un enemigo esperando a hacer un movimiento. Así mismo, toman a la chica
medio muerta que ha sido dejada en frente de su casa como una amenaza.
Cuando buscan al vampiro cuya
cercanía les ha hecho sentir una opresión en el pecho similar a la del pisotón
de un gigante aplastándolos, Xander y Aidan se sorprenden al darse cuenta de
que no pueden rastrear esa presencia de vuelta. Aidan sabe que algunos vampiros
pueden usar el aura de poder que los envuelve, si esta es suficientemente
grande y ellos suficientemente hábiles, a su antojo, pues Xander sabe un par de
trucos al respecto: sabe ocultar su presencia, así como hacerla vigente
mandando intimidantes oleadas de poder por el aire. Sabe causar temor, respeto
o admiración en otros vampiros más jóvenes o incluso en humanos si se esmera en
ello, pero todavía no domina del todo ese poder y los efectos que logra son
demasiado tenues como para que le merezca la pena invertir sus energías en
cultivar esa habilidad.
Sin embargo, el vampiro que
buscan es un maestro del disfraz. Es capaz de erradicar cualquier huella de su
presencia y, cuando lo desea, de usar su aura para incluso paralizar a una
criatura tan antigua como Xander.
Ambos saben que muy pocos
vampiros tienen la edad suficiente como para ello. Y solo uno de ellos dos
conoce a alguien suficientemente antiguo.
—Xander ¿Tú crees que…?
El rubio traga saliva. Sería
demasiada coincidencia que él hubiese vuelto, pero, de nuevo, sería mucha más
coincidencia que se topasen con un vampiro así de antiguo y fuese un completo
desconocido ¿Por qué podría un extraño tanto esfuerzo en tratar de enviarles un
mensaje?
—Sí —dice el hombre con total
seriedad. Nota su garganta seca, su pecho tenso —, pero no entiendo qué podría
querer.
Aidan no lo presiona más. Xander
no respondería de todos modos.
Ambos vampiros escrutan la ciudad
fijándose en el más mínimo detalle. Ambos recorren las calles como sombras, en
vez de como los dueños de las tierras que pisan, escondiéndose y observando,
tratando de hallar pistas que los conduzcan a su destino. Hallan, en su
búsqueda, cuerpos frescos cuyas vidas no han sido arrebatadas por ellos y
aunque Xander y Aidan tienen un apetito voraz últimamente, la cantidad de
muertos que encuentran logra impresionarlos ¿Es así de feroz ese vampiro
siempre o acaso se trata de su preparación antes de una gran pelea?
Finalmente, ninguno de los dos
logra localizar la presencia del vampiro, la energía poderosa e hipnótica que
radia desde su ser como una advertencia, pero sí logran seguir el aroma de la
sangre derramada. Van de un lado para otro. De víctima en víctima, siguiendo
los cuerpos desperdigados por el camino y esperando que el aroma de la sangre
siga aún pegado a los labios del monstruo. A sus manos. A su cuerpo entero,
haciéndolo localizable.
Todos los cuerpos lucen
distintos. Su dieta es variada: no prefiere a los hombres ni a las mujeres en
especial y así como mata a humanos maduros, muestra que no tiene tampoco
reparos en beber la sangre de ancianos desvalidos o de criaturitas tan jóvenes que
todavía no han empezado siquiera a vivir propiamente.
Algunos de los cadáveres tienen
solo una desgarradora mordida, producto de haber sido un aperitivo rápido y sin
mucho interés, pero otros están apenas reconocibles, sus cuerpos el resultado
de un juego rudo que ha durado por horas con tal de entretener a su asesino.
Aun así, ningún cuerpo luce como el de la chica dejada en su puerta, con los
intestinos extraídos y enlazados en su garganta abierta.
Y eso solo confirma aún más que
ese cadáver estaba ahí para decirles algo.
Tras horas saltando de crimen en
crimen, la sangre de los muertos que han visto los llama hacia un lugar
distinto. Su aroma es tenue, pero inconfundible. Proviene del interior de una
enorme casa que derrocha lujo tanto o más que la de Xander.
Ambos vampiros asumen que el
propietario, bendecido en vida con una gran fortuna que le ha permitido
comprarse semejante hogar, ha llamado con su codicia la atención del vampiro
que posiblemente lo haya enterrado en su jardín y robado su casa para su disfrute.
Ambos se miran, amedrentados,
pero no se atreven a intercambiar palabras, precavidos por si el vampiro es
capaz de escucharlos mientras aguardan fuera de su madriguera. Se preguntan qué
deberían hacer ¿Observarlo y atacar cuando parezca distraído, entrar a
hurtadillas o…
Aidan abre sus ojos como platos
cuando ve a Xander acercándose a la puerta delantera con pasos que resuenan por
las losas de piedra de la entrada y luego, sin vacile, llama a la puerta. Él se
acerca de golpe y le agarra el hombro con fuerza con la intención de
preguntarle si está loco de remate y sabiendo de antemano que la respuesta debe
ser un rotundo sí, pero no puede pronunciar palabra alguna.
No cuando la puerta se abre
lenta, chirriante, y una enorme sala blanca y vacía, iluminada por una lámpara
de araña que cuelga sobre ellos como una amenaza, los invita a entrar. En el
mismísimo centro de ella, los mira el vampiro más intimidante que con el que
jamás han tenido la desdicha de toparse.
Más bien, el vampiro alto como un
dios y de cabellos de color sangre mira solo a Xander. Lo mira y sonríe.
Capítulo 83
Aidan quiere huir, tomar fuerte a
Xander de la muñeca y salir corriendo pero entiende, tan pronto como encara al
vampiro de cabellos de fuego y mirada de infierno, que no es una opción.
Entiende por qué Xander ha picado a la puerta en vez de tramar un plan para
emboscarlo: intentar ser amigables es su mejor opción para sobrevivir.
Cuando están cara a cara con a
quien consideran el diablo mismo, son incapaces de hacer otra cosa más que
admirarlo del mismo modo en que el plebeyo arrodillado lo hace cuando obtiene
un atisbo de su rey. Y es que incluso si siguen pensando que ese ser su
enemigo, hay algo en el aura de grandeza que lo rodea que los fuerza a mirar
embelesados su grandiosidad mientras él aguarda en silencio, sonriendo
diablescamente como si conociese a la perfección qué efecto causa en los demás.
La criatura es enorme, más que
Xander incluso. Su cuerpo rebasa los dos metros de sobras, pero lejos de ser
una figura larguirucha, su envergadura va a la par con su monstruosa altura.
Sus proporciones son bestiales, con brazos más gruesos que el cuerpo entero de
muchos humanos que se le enorgullecen de la fuerza de su cuerpo, manos enormes
de uñas afiladas que parecen hacer los dedos terminar en garras, un pecho
amplio y abultado, visible por la camisa blanca que lleva, abierta de par en
par y remangada, y un abdomen marcado por los surcos de músculos fibrosos y con
venas como cuerdas bajo la piel. Piernas que se dejan intuir a la perfección
bajo la fina capa de tela negra que se abraza a ellas: largas y con el contorno
de sus músculos descollando en un espectáculo de fuertes curvas, pero paradas
con una elegancia que hace que su cuerpo de tamaño titánico no aparente la
naturaleza de una bestia, sino de un caballero revestido de la más poderosa
armadura.
Su rostro, cuando ambos se
atreven a mirarlo a los ojos, es hipnótico e intimidante de modo que te
paraliza manteniéndose en el tenso punto medio entre el deseo de seguir
mirándolo y la necesidad de apartar los ojos hacia el suelo.
Es cuadrado e increíblemente
masculino, con la tez más blanca que ninguno de ellos haya podido observar
jamás en uno de los suyos y una nariz robusta, arqueada en el centro por una
protuberancia surcada por una cicatriz que le hace lucir más peligroso y una
boca grande, de colmillos de igual tamaño.
Sus ojos, como su cabello, son de
color fuego, así pues, mayormente de un rojo brillante y atractivo, pero
también con vetas anaranjadas, granate apagado y algunos hilillos de brillante
color oro. Sus ojos son grandes, pero afilados, bajo robustas cejas pelirrojas
que son lamidas por algunos de los mechones de su cabello desordenado y
ligeramente ondulado. No lo tiene corto en extremo, pero tampoco tan largo como
para que las puntas de su melena rocen sus hombros a menos que incline la
cabeza a un lado u otro, como hace al ver a Xander, intentando mostrar una
expresión acogedora.
—Ya era hora. Llevo un rato
esperándote —murmura con socarronería y hace girar su mano. En ese instante
ambos reparan que sostiene en ella una copa con delicadeza y que, de ella,
manan los aromas de la sangre que han estado siguiendo hasta ahora. El vampiro
da un corto sorbo, como queriendo solo teñirse un poco los labios —, pero debo
admitir que ha sido una espera deliciosa, Alexander.
La forma en que pronuncia su
nombre. En que lo hace como si no fuese la primera vez.
Lo sabe. Lo siente.
Es él.
<<Mi creador>>
Xander se siente nervioso. Un
nerviosismo humillantemente pueril y humano, el mismo que imagina que sienten
los niños cuando sus padres se paran frente a ellos, altos y totémicos, con los
brazos cruzados; el que piensa que deben sentir los adolescentes la primera vez
que se van a confesar a alguien y creen que el rechazo será el fin del mundo.
Siente las rodillas débiles. La
boca seca. los colmillos pequeños.
Ese hombre, no, no él, su
ausencia le ha hecho todo lo que es ahora: la soledad es la primera cosa
que recuerda sentir cuando fue traído al mundo de la oscuridad y la que más
profunda, espinosa e irremediablemente clavada tiene en su corazón. Es por la
soledad que ha hecho todo lo que ha hecho, que tiene todo lo que tiene.
Es por la soledad que busca poder
como si pudiese llenar el enorme hueco que tiene en el pecho, pues el poder es
grande y temible, pero a la vez sabio, como él imagina que un maestro debe ser.
Es por la soledad que Aidan es su
amigo, pues sin ella no se habría compadecido de él, no habría tratado de ser
el maestro que él jamás tuvo; incluso si sus enseñanzas hicieron a Aidan
olvidar y perder algo preciado, él lo hizo por la soledad que quemaba dentro de
él, porque necesitaba alivio y Aidan lucia balsámico.
Es por la soledad que siente lo
que sea que siente por Liu. Esa cosa que teme nombrar pero que sabe que es
delicada, tierna y bonita ¿Acaso no debería agradecer a ese hombre por haberle
dado la capacidad de sentir algo tan suave y hermoso que parece traicionar a su
naturaleza sanguinaria?
Se pregunta si todo sería
diferente de haberlo tenido a su lado desde el inicio. Si habría acogido a
Aidan bajo su ala, si habría sido capaz de ver en Liu más que su sangre dulce y
su carne tierna. Sabe que esas cosas le hacen débil, pero incluso si resiente a
su maestro por haberlo abandonado, no querría perder a las personas que ha
ganado.
Se pregunta si su amo y señor
piensa lo mismo, si lo ve como una criatura débil y desamparada, si reconoce,
por fin, su abandono como un error y viene a resolverlo.
O si, por el contrario, ve su
error no en la soledad de Xander, sino en su existencia. Y viene a erradicarla.
—Este territorio es mío —declara
con firmeza. La voz no le tiembla, sale alta e imponente, proyectándose hacia
delante como una onda que alcanza hasta a Aidan y le hace temblar de respeto y
temor.
Aun así, aprieta su puño cuando
el maldito frente a él sonríe más amplio aún, como si bajo su porte imponente
pudiese ver la debilidad en su interior, como si su cuerpo fuese de cristal y a
través de su claridad viese el alma de Xander, un niño temeroso acurrucándose
en el interior de esa enorme armadura a la que llama cuerpo. Xander niega. No,
no puede ponerse tan nervioso, pero el silencio lo desquicia. Necesita
llenarlo:
—¿Qué es lo que vienes buscando
en él?
—Oh, el territorio será tuyo,
pero tú... Tú eres mío. —dice el otro con una suavidad espeluznante que hace a
Alexander estremecerse.
Conoce bien la palabra "mío".
La ha pronunciado cientos de veces, sus labios se han aprendido el poder de
cada letra y adoran saborear el dulce temor que acompaña al sonido de esa
palabra. Una palabra que suena como el tintineo de cadenas. Ahora, sin embargo,
entiende por qué es tan aterrado estar al otro lado, oírla. Ser declarado de
alguien. La expresión del vampiro de cabellos de fuego se suaviza, avanza un
paso y extiende una mano hacia él como presentándolo ante una audiencia con
orgullo.
—Mi pupilo, sangre de mi sangre.
Mi hermosa creación. Eso es justo lo que ando buscando.
Xander tiembla y odia lo débil
que luce haciéndolo, pero frente a sus ojos se halla el momento con el que ha
soñado miles de años: su maestro reconociéndolo como su creación.
—¿Por qué has venido a buscarme?
—inquiere suspicaz y nervioso. Aidan, tras él, aprieta el puño y lo sigue tan
pronto Xander toma un paso dentro de la prístina sala y anda hacia su creador,
deteniéndose a unos metros de distancia de él.
La sonrisa del pelirrojo se torna
entonces amarga y negando con la cabeza, responde:
—Por el mal que todos los de
nuestra especie padecen: soledad.
Xander aprieta la boca <<¿Tantos
años has tardado en sentirla? ¿Tanto en descubrir lo desgarrador de un
sentimiento que, desde el primer día, a mí me destrozó?>>.
—¿Y por qué no buscar a otra de
tus creaciones? Me hiciste y me abandonaste con descaro, dudo que sea la única
vez.
El pelirrojo alza las cejas con
sorpresa por el vengativo tono de su pupilo. Su voz colmada de una rabia que
lleva años ardiendo dentro de él. El hombre asiente comprensivamente y de
pronto su pose chulesca, su tono jovial y su sonrisa burlona se esfuman para
dar lugar a una energía seria con la que anda hacia él.
Xander siente el deseo de
apartarse cuando el vampiro alza su enorme mano, pero permanece quieto
notándola posarse contra su mejilla con delicadeza, casi dulzura. Está
caliente, pues su cuerpo ha sido alimentado recientemente, y él no puede evitar
suspirar ante ese candor casi hogareño.
—No te culpo por tu enfado. Te
hice y te dejé a tu suerte y eso es imperdonable. En aquel entonces debo decir
que era un joven inmaduro y creía que si hacía suficientes vampiros podría
formar una legión y conquistaríamos el mundo humano. Una idea estúpida se mire
por donde se mire, pues la realidad es que ya lo conquistamos, aunque sea desde
las sombras. De todos modos… por aquel entonces solo pensé en crear a más
de los nuestros y habiendo nacido yo sin un maestro que me enseñase, aprendí a
ser justo como él…
Xander siente un pinchazo de
culpa por su rabia tan pronto escucha a su creador decir eso. Al fin y al cabo,
no lo abandonó por maldad, no estaba en sus intenciones dañarlo, pero la
soledad es lo primero que aprendió y, del mismo modo, lo primero que enseñó a
sus discípulos. Xander se pregunta si él, de haber obtenido el don de la
creación, no habría hecho exactamente lo mismo
—Ausente, inútil para vosotros.
Me disculpo por ello, Alexander, y me gustaría enmendar mi error ahora. Me
gustaría enmendarlo contigo, pues mis otros discípulos o bien han muerto
o bien… no eran dignos de mi tiempo. —la frialdad con la que suelta esa última
frase impacta a ambos vampiros, pero allí donde Aidan ve algo por lo que
alarmarse, Xander es incapaz de levantar el velo y se queda embelesado por el
halago.
Por la consciencia de que no solo
su maestro no lo ha abandonado por siempre, sino que además lo escogería antes
que al resto de sus pupilos
—Tú, sin embargo, oh… puedo
sentirlo. Eres una criatura excepcional. Tan fuerte, más que yo a tu edad, y he
visto la forma en la que matas. Tan deliciosa. Hay… cosas de ti que aún no
comprendo, pero me gustaría tener un largo, largo tiempo para discutirlas, para
ser compañeros el uno del otro. Me gustaría empezar con buen pie, Xander. Antes
que nada —dice llevándose una mano al pecho e inclinándose en una cortés
reverencia —, creo que mereces saber el nombre del ser que te creó tal y como
eres: Mörblut.
Xander se siente listo para
derretirse, para decirle que sí a ese hombre y dejarse llevar por lo mucho que
ama tener de vuelta a alguien a quien perdió desde que tiene consciencia. Pero
debe mantenerse firme. Debe no mostrarse tan vulnerable tan pronto.
—¿Por qué no te habías mostrado
antes? —pregunta lleno de escepticismo. Mira su mano, tentado a tomarla, a
dejar atrás las preguntas y simplemente disfrutar de hallar algo cuya búsqueda
abandonó años atrás, cuando pensó que jamás podría salir exitoso —¿Por qué
dejar esa amenaza frente a la puerta de mi casa?
—No me mostré antes porque no
sabía si me atacarías o no —responde, no defensivo sino más bien afligido, como
si la desconfianza de Xander lo decepcionase —Dejé… entrever mi presencia,
esperando que me reconocieses y me buscases, pero luego vi que no estabas
seguro de si era o no yo así que traté de ser más directo. Y ¿De qué amenaza
hablas? ¿La chica destripada? —el hombre deja ir una carismática, suave risa, y
luego hace un gesto de manos, como restándole importancia —Me disculpo si
malentendiste mis intenciones, era un regalo o eso pretendía. Incluso le puse
un lacito alrededor del cuello.
Xander deja ir una risa
contenida, pero pronto vuelve a mirarlo con ojos serios, calculadores.
—Si acepto… si acepto dejar el
pasado atrás y decido que quiero empezar de nuevo contigo, reconocerte como mi maestro,
así como tú me reconoces como tu pupilo ¿Qué implicaría eso? ¿Qué planes
tienes? Tengo muy claro que no quiero abandonar la vida que tengo ahora. Tengo
claro que este es mi territorio de caza. Que quiero quedarme un largo
tiempo, matar con un poco más de… discreción de la que tú muestras. Matar sin
ti, a veces.
Mörblut lo escucha, asintiendo
respetuosamente con la cabeza por cada elemento que el rubio lista.
—Claro, es tu territorio y yo tu
huésped, así que jugaré bajo tus normas. —Aidan traga saliva al fondo de la
sala, la amabilidad del pelirrojo es ideal incluso para tratarse de un creador
que pretende redimirse ante su neófito abandonado.
Es exagerada. Es… falsa. Xander,
sin embargo, no parece pensar lo mismo
—Mataré menos, si lo requieres, y
no pretendo secuestrarte de tu vida, solo que me dejes compartirla un poco.
Sabes donde vivo, ahora, así que querría recibir tus visitas de vez en cuando,
así como amaría que tú me acogieses cuando yo te visito. Me gustaría pasar
noches juntos. Cazando a veces, otras simplemente hablando o… quien sabe, hay
muchas formas de divertirse bajo la luna. —otra de sus risas roncas y
seductoras.
Aidan observa con precisión como
el hombre deja un silencio tras sus palabras, esperando que la imaginación de
Xander llene el hueco y estudiando sus reacciones mientras vuelve a mojarse los
labios con la copa de sangre.
—Otras veces, Alexander, me
gustaría solo verte matar. Amo la forma en que lo haces. Ah, verdaderamente
maravilloso, eres la más maravillosa de mis creaciones. Tan poderoso. Tan
hermoso. Tan cruel.
Xander sonríe de una forma que
odia y que Aidan empieza también a odiar, lo hace tímidamente. Pero no puede
evitarlo cuando su creador lo mira con ojos brillantes, cuando lo halaga de ese
modo tan zalamero después de que lo único que haya obtenido de él por siglos ha
sido el frío silencio. El rubio siente que podría derretirse en ese mismo
momento y avanza un paso hacia el vampiro, su frente pegada a la del otro, sus
mechones de oro entrelazándose con el fuego de los de Mörblut, sus
respiraciones íntimas, casi un beso hecho de aire y anhelo. Xander sonríe
mirándolo a los ojos con una intensidad que arde como el amanecer sobre sus
níveas pieles.
Sus ojos soles abrasadores, sus
almas posos de infinita oscuridad. Se siente tan… completo.
Cuando Mörblut comprende su
respuesta lo rodea con dos enormes brazos y Xander se siente deslizándose a un
lugar que no es nada más que correcto. Un lugar donde encaja, un lugar que le
hace sentir que lleva toda su vida fuera de casa y que por fin ha hallado el
camino de vuelta.
—Ahora, mi creación favorita,
tengo una duda que amaría que me resolvieses.
—¿Cual? —para cuando hace la
pregunta, Xander la está lanzando al aire, pues el vampiro ya no está parado
frente a él, sino que su voz viene de detrás suyo.
De la entrada.
—¿Quién está sanguijuela
debilucha que osa entrar en nuestro territorio?
Del lugar donde Aidan se hallaba.
El rubio se voltea bruscamente
topándose con la escalofriante imagen de su maestro rodeando el cuello de Aidan
con su enorme mano. Lo alza del suelo con dificultad, alzándolo para
contemplarlo a la luz como si fuese una adquisición que valorar, mientras el
joven vampiro patalea en un intento vano de alcanzar el suelo y hunde sus dedos
en las enormes garras de Mörblut sin éxito alguno.
Xander ha esperado siglos
por Mörblut, pero ha pasado siglos con Aidan.
—Suéltalo. Ahora. —ruge con una
voz temible que Aidan siente reverberándole en el interior, una voz tan
poderosa que siente que podría hacer temblar los cimientos mismos de la ciudad.
Mörblut, que observa la cara contraída de dolor de Aidan con expresión
ecuánime, se gira hacia él sin mucha turbación. Xander aprieta los dientes,
retira sus labios mostrando los colmillos y da un paso adelante—Él es mi
compañero de caza.
—¿Esto? —pregunta el más grande
de los tres zarandeando al vampiro pelinegro con la mano, moviéndolo como a un
muñeco. Xander escucha el cuello de su amigo crujiendo, el agarre de Mörblut
tan duro que rompe sus huesos sin pretenderlo —Oh, Alexander, serías capaz de
cazarlo y devorarlo como si fuese un humano ¿Que tan útil te puede ser en la
caza como ayudante? —se pregunta mirando a su presa de nuevo.
El vampiro clava sus garras
haciendo a Aidan gruñir de dolor mientras regueros de sangre caen por su cuello
y empapan la mano y brazo de la bestia que lo apresa.
—Es mi amigo. Suéltalo.
La voz de Xander suena oscura.
Hecha de sombras y pesadillas. Un rugido bajo, lento, contenido. La inquietante
calma antes de la tormenta.
Aun así, Mörblut lo mira
entretenido y aguantándose una enternecida risa como a la que uno podría
escapársele ante la rabieta de un niño pequeño.
—No comprendo por qué querrías
que perdonase su vida, pero no es tan valiosa como para arriesgarme a enfadarte
y empezar con mal pie, así que no te preocupes. —su mano se abre y Aidan cae al
suelo por fin, jadeando y gruñendo de dolor mientras espera a que su cuello se
recupere y sus huesos vuelven a unirse. Mörblut lo mira desde arriba con
superioridad y lame la sangre de Aidan de uno de sus dedos antes de sonreír y
volverse hacia su creación: —Puedes conservarlo si te gusta.
—No volverás a hacer eso. —le
advierte Xander y aunque es consciente de la hipocresía de sus palabras, habla
en serio.
Él ha estado mucho más cerca de
matar a Aidan, y definitivamente lo ha herido muchísimo más en el pasado, pero
no soporta la idea de las manos de Mörblut ¡De cualquiera! sobre Aidan. Su
pupilo. Su mejor amigo. Su cachorrito desde el día en que lo halló
desesperado entre las calles y decidió acogerlo.
—Claro que no. —responde Mörblut
complaciente, su tono de voz sigue siendo tan suave como cuando ahogaba a Aidan
entre sus manos.
El pelinegro recobra suficientes
fuerzas como para alzarse del suelo y Xander avanza, situándose entre él y el
hombre al que tantos años lleva esperando.
Mörblut sigue mirándolo con
rostro afable y, de pronto, alza su cabeza sobre el hombro de Xander para
dirigirse a Aidan.
—Mis disculpas —habla sin una
sola pizca de burla en su voz, Aidan, aun así, se siente terriblemente
humillado —, pensaba que podrías ser un obstáculo entre mi tesoro de pupilo y
yo, pero ahora que sé que no, me gustaría mantener la paz.
Xander se aparta a regañadientes
cuando su maestro le ofrece a Aidan su mano. El vampiro más joven la mira con
desconfianza, pero la estrecha igualmente. Sabe que no tiene opción, que
Mörblut no le ofrece la paz como una tregua, sino como un regalo.
Sabe el mensaje que se oculta
tras sus educadas palabras: <<No te mataré, por el bien de Alexander.
Así que baja la cabeza como un perro dócil y agradéceme>>
—Ahora ¿Qué os parece si nos
divertimos un poco?
En ese preciso instante Aidan lo
ve. Ve la máscara en el rostro de Mörblut romperse: su sonrisa se estira
demasiado, sus ojos brillan de una forma ya no bella, sino aniquiladora, y la
emoción en su voz no es ofrecimiento, es pura hambre. Su rostro pasa de
ser una elegante, hermosa máscara, a una barbárica mueca propia de una bestia
que abre sus fauces.
Esa noche es la primera que Aidan
verdaderamente no quiere cazar con Xander, así que rechaza la oferta. Solo
quiere volver a casa. Volver con Jeremy y abrazarlo muy fuerte.
Xander, pese a sus ganas, debe
negarse también, pues ya hay suficientes muertos en la ciudad esa noche y
necesitan bajar al ritmo antes de que su hambre arrase con toda la población.
Así pues, Mörblut es invitado por su discípulo a su morada y Xander lo guía
parloteando sin parar, liderando el camino, sí, pero volteándose cada poco como
buscando en el rostro de su creador un asentimiento, una sonrisa o una mirada
de aprobación.
Xander incluso le abre y le
sostiene la puerta a Mörblut y Aidan, tan pronto como puede, se escabulle a su
dormitorio mientras esa nueva y enorme criatura que ha entrado a su vida se
sienta en el sofá, junto a Xander, y le rodea los hombros con un gran brazo en
un gesto no puede describir más que como posesivo.
Capítulo 84
—Ah, una lástima que Aidan no
quiera compartir la noche con nosotros —Xander se lamenta genuinamente mientras
ve la espalda y la melena larga y de un negro brillante de su amigo ascender
por las escaleras —, Aidan me ha acompañado parte de mi eternidad. Es
importante para mí, mucho —precisa mientras le lanza a su creador una
mirada rencorosa y amenazante que pronto se disuelve —. Me gustaría que lo
conocieras de veras, pero lo has ahuyentado, definitivamente, deberás traerle
presas deliciosas un buen tiempo si quieres ganarte su perdón.
—Para ser sinceros, Alexander, no
tengo especial interés en tu amigo, no cuando si estás tu presente.
Xander ríe por la zalamería de su
maestro y niega con la cabeza.
—¿Me adulas de ese modo para
compensar los siglos de ausencia? —inquiere medio bromeando con una ceja
inquisitivamente arqueada.
—Te halago porque soy sincero.
Eres una criatura fuerte, poderosa, sedienta de sangre y de crueldad de un modo
que solo he visto en mí mismo. Alexander —el hombre se voltea hacia él en el
sofá y, de nuevo, se inclina con su gran altura sobre el rostro de su creación,
asiéndole la mejilla con una palma grande y cálida —eres de los pocos vampiros
en este mundo que he visto que merezcan ese nombre. Y, hasta ahora —se inclina
más y más, su cabeza lentamente bajando hasta que sus labios rozan la mejilla
del vampiro más joven y, luego, besan el cartílago de su oído —el único
merecedor de ocupar un lugar a mi lado.
—Entonces —responde el rubio con
voz retadora y juguetona —más te vale compensar todos estos años enseñándome lo
que nunca me enseñaste, revelándome secretos sobre qué somos, sobre que… que fui.
—¿Sobre qué fuiste? —pregunta el
otro desconcertado, retirándose de pronto para volver a sentarse al lado de su
pupilo con un brazo sobre sus hombros y los dedos de esa mano jugando con uno
de sus rulos dorados.
—Antes de ser un vampiro.
Mörblut no puede evitar estallar
en carcajadas por el tono de voz de Xander cuando se lo pregunta, por su cara
toda seria y expectante, como si le hubiese preguntado algo que siquiera
importase.
—Fuiste un humano, Alexander,
como todos nosotros ¿Qué quieres decir? —continúa risueño.
Xander aprieta sus labios. No le
gusta la forma en que el pelirrojo se ríe. No le gusta la respuesta evasiva a
una pregunta que lleva clavada dentro como una espina desde que tiene memoria.
No le gusta haber esperado tanto maldito tiempo para obtener una risa en
respuesta.
—Sabes muy bien qué pregunto.
Quiero saber quién era.
Mörblut frunce el ceño cuando
escucha el tono exigente del otro y alza ambas manos en son de paz.
—¡Por el infierno! Eres fácil de
enfadar, muchacho, y aunque me gusta tu irascibilidad creo que deberé enseñarte
a controlar mejor tus impulsos y emociones. Además ¿Qué es todo este lío por
saber esa pequeñez? ¿Que quién eras? Lo mismo que cualquier humano: nadie.
Comida. Carne. Es ahora cuando eres alguien. Yo te hice alguien.
Xander se queda sin aliento ante
las palabras de Mörblut. De pronto el pelirrojo no ha sonado amable o seductor
como el resto de la noche, sus palabras y la forma de decirlas no han venido
envueltas en una lustrosa capa de elegancia, sino que han sido escupidas,
arrojadas con desdén a su cara.
Xander siente un terrible frío
calar en él cuando esas palabras se le clavan en el pecho como daros. Él
también pensaba del mismo modo sobre los humanos: como meras marionetas de
carne hechas para bailar al compás de sus deseos, recipientes creados para mantener
caliente la sangre que él beberá. Cositas estúpidas e inútiles, demasiado
efímeras para importar. Sin embargo, le duele tanto oír a Mörblut hablar así de
él mismo, de la persona que fue y que murió, de la criatura cuyo cuerpo ocupa
él para siempre y llama su hogar para la eternidad, ese inquilino con alma y
preocupaciones humanas al que jamás pudo agradecer. Al que jamás pudo
conocer.
Del cual se pregunta <<¿Queda
algo de ti en mí? ¿Queda algo de humano?>>
Xander es demasiado inteligente
como para dejar que sus emociones lo dominen hasta hacerle confesar sus
inquietudes a Mörblut. Es algo bochornoso que un vampiro ¡Pero aún! que un
vampiro como él, poderoso y sanguinario, el orgullo de su creador, halle
de su incumbencia su pasada vida como mortal, un estadio inferior, primitivo,
casi despreciable. Si le confesase a alguien que veces pierde el sueño acosado
por preguntas de esa índole sabe que sería mirado por encima del hombro como
una criatura débil.
Así que Xander solo ríe, niega e
intenta poner sobre su rostro la mejor fachada de despreocupación que puede
confeccionar en unos segundos.
—Perdóname, llevo tantos años
queriendo conocerte y preguntarte tantas cosas que me cuesta no mostrarme
impaciente —explica con facilidad, pues hay una gran parte de verdad en sus
palabras —. Es solo curiosidad. Siempre me ha intrigado saber qué clase de
humano era antes de convertirme en algo superior ¿Fui buena persona o un
criminal? ¿Fui un noble? ¿Tenía mujer e hijos? ¿Escribía libros o luchaba? No
me digas que a ti no te gustaría saberlo.
Mörblut se encoge de hombros.
—Nunca me lo he preguntado. Me
parece tan infructífero como un humano preguntándose qué espermatozoide exacto
era antes de ser concebido o cuestionando a su madre para que le diga que si el
óvulo que fue fecundado venía del ovario derecho o izquierdo.
Xander chasquea la lengua,
intentando ocultar la furia que se engendra en su interior cuando Mörblut ríe
sin parar, comparando las preguntas que lo acompañan desde tan pronto como
conoce la soledad con esas tonterías sin sentido.
—Supongo entonces que tenemos
nuestras diferencias. Pero a mí, Mörblut, sí me gustaría conocer mi pasado, por
aburrido que sea. Así que haz el favor de saciar mi curiosidad un poco.
El pelirrojo retira el brazo de
los hombros de Xander y se lleva la mano a la barbilla, rascándosela mientras
piensa. Xander lo observa con fastidio ¿Cuán difícil puede ser recordar algún
detalle sobre la vida de alguien a quien consideraste un buen candidato para
darle tu sangre, tu poder, una lasca de la eternidad? Mörblut se sostiene el
puente de la nariz mientras aprieta fuerte los ojos, como conjurando en su
imaginación algo infinitamente difícil de recuperar.
—Ah, no lo sé, verdaderamente
—admite al final con un encogimiento de hombros y Xander se pregunta si en su
cara se refleja el enorme, infinito vacío que acaba de abrírsele en el pecho y
amenaza con succionar su alma —. Ya te lo he dicho, en aquel entonces convertía
a humanos solo para poder crear, no lo sé, un ejército o algo así. Me
importaban solo los números, crear a muchos neófitos. Lo hacía con prisas y,
obviamente, sin fijarme en quiénes eran. De hecho, te recuerdo porque luchaste
muy fieramente antes de morir para que otros intentasen escapar, pero no sé
nada más de ti.
Un extraño mareo sobreviene al
vampiro de cabellos de oro. Por el resto de la noche Mörblut sigue hablándole,
revelándole secreto tras secreto sobre su raza mientras lo halaga en medio de
ello, le acaricia el cabello, el pecho, las mejillas a veces mientras le dice
cuan bello y fuerte es, un perfecto ejemplar de una raza que, según Mörblut
peca de no hacer las paces con su naturaleza.
Xander sonríe y asiente y
responde, pero no puede escuchar una sola de las palabras que dice, como si
hubiese dejado a alguien más al mando y él se hundiese en un pozo oscuro en el
interior de sí mismo.
Sus oídos se sienten tapados con
algodón y solo fragmentos de la conversación le llegan, como Mörblut
explicándole que matar a otro vampiro te confiere su fuerza y poder o que
antaño, cuando la raza no estaba del todo evolucionada, el sol los hacía arder
en vez de dormir. Pero por muy interesantes que esos secretos sean, Xander no
puede sorprenderse.
Es como si estuviese anestesiado.
Hundido en un lago de éter sin fondo, envuelto de un líquido banal que le
impide ver y oír y pensar y sentir y…
<<Nunca sabré quien
soy>>
Ha sido tan anticlimático cuando
Mörblut le ha confesado que su vida anterior se ha perdido para siempre. Que
nadie queda en este mundo capaz de recordarle.
<<Nunca estaré completo. No
tengo inicio. No tengo fin. Soy solo un espacio entremedio. Una transición que
ha olvidado su forma>>
Algo se le anuda en la garganta.
Quiere llorar y reír al mismo tiempo.
Se repite en su cabeza que es
ridículo, que un humano jamás podrá ser algo importante en el mundo, tan
siquiera si ese humano es él mismo antes de que le fuese regalada la
inmortalidad, pero no puede creerlo del todo. No puede soltar el anhelo al que
tantos años se ha aferrado, ese anhelo de verdad, de saber quién fue, quien es en
el fondo, como si envuelto en esa monstruosa carcasa que porta con orgullo
hubiese un hombrecillo, un humano golpeando las paredes que lo apresan, rogando
por salir.
Ahora se siente vacío. No retumba
nada en su pecho, ni un corazón ni los puños de su antiguo yo. Se siente hueco
y decepcionado por ello, pese a que lleva años asegurando no tener en él ni un
solo ápice de humanidad. En el fondo, siempre creyó equivocarse.
Lo único que sabe de quién fue es
que murió luchando y Xander tiene muy claro que esa fiereza no murió con él.
Sabe, también, que luchó para proteger a otros. Se pregunta si esa bondad a
sobrevivido también.
Su mente se hunde más y más en
esa espiral de preguntas sin respuestas, de desesperación y olvido, de la
consciencia de que algo que Xander lleva pensando que algún día recuperaría
está ahorra irremediablemente perdido, hasta que de pronto escucha una palabra
que logra explorar la burbuja en la que flota lejos y hacerlo caer de nuevo en
la conversación: Liu.
—¿Qué? —pregunta de pronto
alzando su cabeza con alerta y mirando alarmado a Mörblut, que le sonríe
malicioso en respuesta —Me he distraído, perdona —comenta rápido y tratando de
sonar convincente, empujando su dolor al fondo de su mente —¿Qué has dicho?
—Te preguntaba, Alexander, que
por qué conservas con vida por tanto tiempo a una de tus presas. Liu, creo que
se llama ¿Me equivoco? —el rubio asiente, más pálido que de costumbre e incapaz
de responder. Por suerte para él, Mörblut se encarga de llenar el silencio él
solo —Te he visto matar espectacularmente a otros humanos, ah, de formas tan
macabras y deliciosas que se me hacía la boca agua mientras te contemplaba. Con
este otro, sin embargo, pareces… inhibido. Sé que lo has mordido alguna vez,
que lo has tomado y que a veces te alimentas de su temor, pero parece que lo
haces con tanta moderación que no puedo entender cuál es la ventaja de dejarlo
vivo si apenas vas a poder usarlo.
—¿Por qué te interesaría?
—contraataca el otro y aunque pretende que su pregunta suene casual y
desinteresada, su voz suena defensiva, llena de veneno y agresividad —Cada uno
juega con la comida como le apetece ¿Qué interés tienen para ti mis hábitos alimenticios?
—continúa, ahora logrando haberse calmado y más y usando un tono más controlado
que baja la guardia del pelirrojo.
Mörblut alza sus manos en son de
paz.
—No pretendo inmiscuirme. Eres
libre de hacer lo que te plazca, pero debo admitir que tus formas de jugar con
los humanos me dan curiosidad, especialmente si voy a cazar y comer contigo. —Xander
se voltea de golpe.
Su mirada es fría y dura y se le
marcan las venas de los antebrazos mientras aprieta fuerte los puños y
responde, con voz lenta y ronca:
—Liu no es una presa que vaya a
compartir.
Mörblut, lejos de lucir
intimidado, alza sus cejas con sorpresa y luego sus ojos relucen de curiosidad.
Lame sus labios, la lengua roja y larga delineando la punta de uno de sus
colmillos.
—¿Hay algo especial en Liu,
acaso? Porque no entiendo por qué no matarlo cuando te da tan poco juego…
Xander aprieta la mandíbula y
siente los vellos de todo su cuerpo erizándose. No le gusta el tono insinuador
de Mörblut. No le gusta la forma en que pronuncia el nombre de Liu, con su boca
sonriendo de ese modo juguetón, como si el humano fuese un premio que puede
obtener si juega bien sus cartas. Como si ese asunto, su propiedad sobre Liu,
no fuese suficientemente serio.
—Si quiero obtener una vida o
sangre, tengo otras presas para ello. De Liu no obtengo eso, esa es la razón
por la que lo dejo con vida mientras me sea útil. —explica intentando sonar
frío, analítico casi. Xander se ha dado cuenta de que mostrarse posesivo
respecto al humano no ha logrado disuadir al otro, solo encender su interés,
así que piensa que quizá si lo pone como un mero asunto de eficiencia, de Liu
no siendo nada más que un medio para un fin, Mörblut se aburrirá rápido del
tema. —De él obtengo obediencia.
—Sí —dice el otro en un tono
cómico, de hecho pone una mano frente a su boca para no reír mientras agrega:,
—tu obediencia.
—¿Qué insinúas? —Xander frunce el
ceño. Incluso si el otro parece estar solo bromeando y pasando un rato
agradable, él se siente a la defensiva constantemente, tenso ante cada palabra
de Mörblut por temor a que en ella lo ataque a él o aquello que le pertenece.
—Insinúo que te centras más tú en
cumplir sus deseos que él en cumplir los tuyos. Y no debería ser así ¿Por qué
no lo tomas, lo matas y te buscas a uno más servil? Me refiero, si solo buscas
obediencia, te la puede dar cualquier humano. Descártalo y simplemente obtén
otro.
Xander siente las palabras del
otro convertirse en una lanza que lo atraviesa y lo deja clavado en el lugar.
<<No>> es la primera y única respuesta que reverbera en su interior con
la intensidad de un rugido. No quiere buscar a otro humano. Quiere la sumisión
de Liu. Quiere a Liu. Y no le importa no tener razones para ello, no necesita
ser capaz de defenderse, de argumentar su preferencia, no mientras Liu ocupe
sus sueños y pesadillas, mientras ronde por sus pensamientos cada noche y, con
su cercanía, lo haga sentir a la vez salvaje y calmado, con su tacto hambriento
y saciado, con sus besos suave, dulce. Capaz de ser salvado.
—Me gusta la sumisión de Liu. Me
gusta su sangre, su cuerpo —comenta conteniendo sus palabras, temiendo sonar
demasiado apegado, deseoso y desesperado —. Además, es difícil volver a un
humano obediente, no quiero desperdiciar el tiempo que he invertido en este.
Mörblut asiente y lo observa unos
segundos callado y pensativo. Xander se siente bajo intenso escrutinio y desea
más que nada en el mundo poder leer la mente de su creador así como lee la de
los mortales. Quiere saber qué piensa de él. Si ha sido convincente, si
la logrado ocultar que… <<Por el diablo ¿Ocultar qué? He dicho la
verdad. Liu es solo un juguete. Nada más>>
—Veo que esta forma de consumir
humanos no es solo tuya —suelta entonces y una risa perversa escapa de los
labios. Xander ríe también y nota la tensión salir de su cuerpo cuando se
percata del sonido que viene de escaleras arriba: la voz de Jeremy gimiendo una
y otra vez mientras Aidan lo toma con rudeza —, qué decir, no es lo mío, pero
quizá algún día me animo a probar. Por hoy, sin embargo, creo que es suficiente
charla.
Xander siente una oleada de
alivio recorrer su cuerpo cuando Mörblut se levanta y se despide. Tras su
marcha, se siente exhausto, como si el otro vampiro, con su mera presencia
estática y su voz grave y serena, le hubiese chupado todas sus energías y se fuese
radiante y rejuvenecido mientras él queda todo desvaído, desinflado sobre el
sofá.
Pero pese a su cansancio, Xander
se obliga a levantarse. A salir.
Y a pasar horas de pie tras una
ventana viendo a Liu estudiar, cocinar mientras baila y canta, comer y luego,
cuando ya ha pasado un largo rato asustado, mirando a la puerta con
anticipación y manos temblorosas, irse a dormir.
Solo cuando lo ve respirar
tranquilo mientras sueña con algo bonito Xander se tranquiliza. Y solo entonces
puede volver a casa y dormir él también.
Capítulo 85
—A-aidan… Aidan… despacio
—suplica Jeremy, apenas sin voz y con el fino hilillo de la que le queda siendo
opacado por la sinfonía de ruidos obscenos que llenan la estancia: su aliento
pesado y jadeante, la madera de la cama gimiendo y el cabecero martilleando la
pared hasta hacer saltar la pintura, el húmedo sonido de la polla del vampiro
deslizándose dentro y fuera de su agujero empapado de lubricante y de tantos
orgasmos que Jeremy ha perdido la cuenta, el chicloso, carnoso chocar de las
piernas del pelinegro, de su pelvis y sus testículos contra las nalgas
enrojecidas del humano y, finalmente, los roncos gruñidos y gemidos de placer
del vampiro que lo toma por la cintura y lo maneja a su antojo para penetrarlo
una y otra vez hasta que sus ojos ruedan atrás en sus cuentas y siente la
cabeza pesada y llena de aire. —Aidan, por favor…
El vampiro gruñe, molesto por sus
súplicas, y sale de pronto de su interior. Aidan jadea de dolor, su cuerpo de
pronto vacío, pulsante, frío. Pero la incomodidad es reemplazada rápidamente
por más brusquedad: Aidan solo ha salido de su interior para voltearlo en la
cama y empujar su cabeza quejumbrosa y de cabellos mullidos como una nube
contra la almohada, acallándolo. Acto seguido se empuja en su interior de un
solo y poderoso embate y se fuerza a sí mismo a quedarse quieto mientras el
cuerpo bajo él se retuerce y se tensa como si jamás fuese a acostumbrarse a su
tamaño. Aidan lo sostiene quieto: una mano en su cuello, otra en su cintura y
el peso de su magno cuerpo clavando sus piernas en la cama mientras él se
sienta sobre ellas y empuja su pelvis contra su trasero. Jeremy lloriquea
contra las sábanas y el ruido sale ahogado, débil. Para antes de que haya
parado de quejarse, el vampiro no puede aguantar a volver a follarlo como hace
solo minutos.
El cuerpo de su juguete humano es
aplastado entre la suavidad de las sábanas y el colchón y su duro, magro cuerpo
tumbado sobre él y arremetiendo contra su intimidad a cada segundo. Jeremy
siente su pene atrapado entre la suavidad de su vientre y la de las sábanas,
rozándose violentamente contra ambas cada vez que el vampiro lo folla. A los
pocos minutos, Jeremy tiembla y lloriquea, su cuerpo apretando deliciosamente
la hombría de su amante mientras se corre otra vez esa noche, sobreestimulado
por el molerse de su pene al ritmo de las embestidas de otro y por la forma en
que el grosor de Aidan dentro suyo golpea sin piedad su próstata.
El chico no es concedido ni un
solo segundo para que se recupere de su orgasmo, sino que cuando intenta gritar
Aidan aprieta su cabeza más fuerte contra la cama y lo folla al mismo ritmo
brutal y despiadado que antes, derramándose en su interior, pero todavía duro y
excitado, listo para seguir por unas rondas más incluso cuando su humano está
para el arrastre.
Jeremy pensó que se estaba
acostumbrando a Aidan. A su apetito insaciable de perversiones, a su modo
brusco, casi cruel, de tomarlo, a sus manos grandes, su boca afilada y su sexo
venoso y grueso, pero esta noche se siente como una primera vez. Se siente
absolutamente sin control, un muñeco en las manos del otro, una cosita patética
incapaz de tomar lo que se le da y aun así forzada a hacerlo.
Aidan está realmente salvaje y
Jeremy se pregunta por qué continuamente. Solo sabe que antes de venir con él
ha estado con Xander y que, al verlo esa noche, el vampiro estaba extrañamente
necesitado y cariñoso, primero besándolo, oliéndolo como un cachorrito
volviendo por fin a su hogar, acariciándolo y haciéndole arrumacos y, de
pronto, su pasión se ha vuelto agresión. Su cariño deseo.
Se pregunta si el vampiro ha
salido a cazar con Xander. Si ese es el origen de su comportamiento
animalístico esa noche.
Aidan sale de su interior de
nuevo y Jeremy no tiene esperanzas de ser dejado en paz esta vez, pues tiene
claro que Aidan quiere, necesita más. Sus sospechas se confirman cuando
el vampiro baja de la cama y, tomándolo por un tobillo, tira de él hasta
llevarlo a la orilla, con sus piernas colgando de la cama y su torso doblado
sobre ella, su trasero en el eje, mostrándose disponible para el vampiro que
hay de pie tras él y que sin previo aviso se empuja en su interior y esta vez
no espera a que se recupere antes de follarlo tan duro que Jeremy chilla, su
sensible interior siendo destrozado y su pene rojo y sobreestimulado siendo
forzado a endurecer de nuevo incluso si su placer se ha quedado ya seco de
tanto correrse.
La mano de Aidan se cierra dura
contra su garganta y se siente quedarse sin aire. El pánico lo inunda de
pronto.
<<Tengo miedo. Aidan está
tan descontrolado hoy. Tan violento. Antes, cuando se ha enfadado ha sido tan
aterrador… y ahora lo es de nuevo incluso si no he alimentado su ira ¿Es porque
ha salido a cazar? Si es así ¿Por qué tomar vidas no ha logrado aplacar su
ansia, saciar su sed? ¿O es que, en el fondo, la vida que ansía tomar es la mía
y eso le frustra? No, no quiero pensar eso, pero… pero él mata sin reparo ¿Que
me haría diferente, especial? No soy nada distinto y me pregunto ¿Cuánto aguantará
él dándome un trato diferente hasta que se dé cuenta de ello y decida acabar
conmigo como si fuese una víctima más?>>
Tan pronto la oscuridad de esos
pensamientos cruza la mente de Jeremy Aidan se detiene en seco, lo único que
cambia es su mano: la presión de los dedos que rodean la pequeña garganta del
chico aumenta haciéndolo jadear de la sorpresa y verdaderamente temer por su
vida.
Aidan voltea a Jeremy bruscamente
en el colchón pese a seguir en su interior, haciendo sus adentros tirar y doler
antes de tomarlo de nuevo del cuello, ahora no desde la nuca sino desde el
frente, aplastando su garganta entera con su agarre antes de clavarlo contra el
colchón. Jeremy rodea las caderas de Aidan con sus piernas por instinto,
queriendo congelarlo en el lugar, pedirle que no se mueva, y sus manitas torpes
y temblorosas por la intensidad de la noche se adhieren con súplica a los dedos
que lo ahogan.
—¿Cómo te atreves? —pregunta el
vampiro alzando su labio superior, una mueca de asco y desprecio en su boca y
sus ojos ardiendo con odio.
Jeremy no sabe qué ha hecho mal,
pero lloriquea ahogadamente por su perdón cuando ve los colmillos crecer y esos
ojos rojos encenderse, brillando como brasas que lo queman y lo marcan.
—¿Te atreverías a volver a
hacerme enfadar? ¿A volver a cuestionar lo muy en serio que me tomo que seas
mío? —pregunta con voz ronca y demandante y, por cada pregunta, embiste a
Jeremy con fuerza queriendo escuchar su vocecita llena de lamento y arrepentimiento
—¿Crees que te mataría? ¿Qué sería jodidamente capaz d-
De pronto, Aidan se queda sin
habla. Los ojos de Jeremy, lejos de ser los pedacitos de cielo claro y luminoso
que siempre son, con ese bonito color de aguas dulces y cálidas, son ahora
oscuros. Todo pupila. Todo miedo. Como los ojos de un conejito deslumbrado por
los faros de un gran camión.
Y en la oscuridad de los ojos de
Jeremy, en el abismo de la pupila que se abre cuando lo observa, como para
reciprocar el vacío de su alma, Aidan se ve reflejado. Y luce temible. Tan
enfadado. Todo colmillos y ceño fruncido. Todo garras y violencia. Mira su mano
envuelta alrededor del cuello del chico, la forma en que las venas resaltan en
su piel pálida porque está realmente haciendo mucha presión, ahogándolo de
veras, asustándolo.
Aidan afloja su agarre de pronto
y nota al chico suspirar con alivio y luego toser, todo su hermoso y elegante
cuello rojo y morado por la violencia de su agarre. Se agacha hacia él y Jeremy
se tensa, temeroso, bajo él, pero su cuerpo se permite relajarse y mostrarse
agotado y rendido cuando Aidan empieza a besar cada pequeña marca y moratón
dulcemente.
Jeremy gime largamente mientras
el vampiro sale de su interior centímetro a centímetro, no queriendo dañar más
su ya dolorido sexo. Una mano pequeña y cálida se posa sobre la musculosa
espalda de Aidan y lo acaricia.
—N-no sé qué sucede hoy —hipea
Jeremy y en sus pensamientos la culpa lo carcome. Culpa por haber enfadado a la
única persona que lo ha cuidado. Culpa por no ser capaz de complacerlo lo
suficiente para calmarlo. Culpa por no merecer su lado bueno y, aun así, temer
el malo —, lo siento, l-lo siento, no quería… pero no puedo co-controlar lo que
pienso y…
—Está bien —susurra Aidan, su
tono es más que tranquilizador. Es balsámico. Fresco y cálido a la vez, según
el chico necesite, un remedio suave y agradable que se extiende por toda su
alma lacerada y la hace sentirse mejor —, ha sido mi culpa, Jeremy, no la tuya.
Tienes derecho a pensar cosas malas, a ser inseguro. No es tu culpa. Es solo…
estoy nervioso esta noche.
—¿Sucede algo malo? —pregunta el
chico entre respiraciones erráticas y profundas. Su voz suena cansada,
desvaída. Aidan le acaricia los cabellos y le besa las mejillas.
—Hay… otro vampiro en este
territorio —explica y al hacerlo nota su mandíbula doler de la tensión, pero no
puede parar de apretar sus dientes con fuerza.
Piensa en Xander, en la forma en
que ha caído rendido ante su creador. En cómo llevaba siglos deseando
silenciosamente conocerlo, complacerlo. En cómo, si debe elegir entre ambos,
teme que elija a Mörblut antes que a él. Y en cómo eso puede significar más que
una traición: puede significar que Xander voltee la cabeza cuando el otro
vuelva a tomarlo entre sus garras, cuando lo rompa, cuando… cuando le arrebate
la cosa que más le importa.
—Me preocupa que te pueda hacer
daño, Jeremy.
El humano lo mira pensativo unos
segundos, pero no temeroso. Luego sonríe, un gesto tan bonito que logra
eliminar cualquier rastro de preocupación y amargura del corazón de Aidan, por
lo menos por unos segundos, y luego dice:
—Si lo intenta, sé que tú vas a
protegerme. Eres el ser más maravilloso y fuerte que conozco, estoy seguro de
que puedes con él.
Aidan le sonríe de vuelta,
incapaz de decirle la verdad. Lo besa y, cuando el otro tiene los ojos
cerrados, Aidan se lleva una mano a la mejilla para limpiar las lágrimas que
cae por ella antes de que lama también la piel de Jeremy, delatándolo.
Capítulo 86
Liu tiene un buen día, para variar.
Piensa que quizá se debe a que Xander no lo atormentó la noche pasada,
dejándolo por fin descansar y rebajando un poco el tono amoratado de las
enormes bolsas bajo sus ojos. También contribuye a su buen humor el hecho de
que hoy Liu por fin es capaz de quitarse de encima ese examen para el que tanto
hincaba los codos cada tarde y a juzgar por el rostro de su profesora cuando
pasa por su lado atisba sus respuestas, Liu tiene confianza en que tanto
estudio ha dado sus frutos.
Como siempre, pasa la hora del
recreo solo. Los últimos días lo hace encerrado en el baño, donde toma una
barrita energética de frutas y miel mientras saca de su mochila el libro sobre
vampiros que, de vez en cuando, lee un poco. Al inicio ese libro era su única
esperanza para averiguar cómo acabar con Xander y, cuando leyó el
desesperanzador párrafo que le abofeteó en la cara con la dura verdad de que un
mortal jamás podría matar a un inmortal, ese libro se convirtió no tanto en un
arma, sino en un aliado. Le ayudaba a entender un poco mejor a Xander, sus
deseos, sus necesidades y, con ello, a preveer un poquito su comportamiento y
prepararse mejor para soportar.
No obstante, el libro ya no es ni
lo uno ni lo otro. Liu no sabe cuándo pasó, pero se ha convertido en compañía
del mismo modo en que las aterradoras visitas de Xander, sin dejar de ser una
tortura, se han vuelto en algún punto un remedio para la soledad. Liu apenas
puede concentrarse leyendo hoy, pues se pregunta una y otra vez por qué Xander
no vino la noche pasada.
<<Me siento
aliviado>> se dice y lo repite como si
necesitase convencerse de ello pese a que es totalmente cierto <<pero
también solo>> susurra una parte de él que odia. Esa voz siseante, de
reptil, que le susurra las más aberrantes verdades que lleva dentro de su ser.
La misma voz que cuando llora por todos a quienes ha perdido le recuerda que es
su culpa. Que, de poder, ellos lo culparían. Que merece estar muerto.
Que merece desear estarlo.
Es la voz que lo llama egoísta
cada vez que avanza un paso, que llama a su mejora, olvido, traición.
Liu se muerde el labio, cuidado
de no herírselo porque sabe que su demonio estaría descontento con ello. Y esta
vez vuelve a esmerarse en mantener su atención en la lectura.
<<Obtener entrevistas con
supervivientes de ataques de vampiro es raro, no porque es la probabilidad de
que un humano logre escapar de las garras de estos temidos depredadores sea
baja, sino porque es nula. Ninguna víctima logra librarse por sí misma de estos
insistentes bebedores de sangre, sino que son perdonados por sus atacantes. Así
es: los únicos que han sobrevivido a ataques de vampiros, un número bajísimo,
no lo han logrado por sus propios medios, sino porque su muerte no le ha sido,
al final, de tanto interés al vampiro en cuestión que creyeron que sería su
verdugo.
Además, estos escasos
supervivientes son muy reacios a compartir su experiencia ya bien sea por la
dificultad que entraña compartir cualquier tipo de experiencia traumática o por
el temor totalmente justificado de que, si revelan demasiado sobre esta raza
que prefiere permanecer en las sombras, llamen la atención de otros vampiros
que esta vez no vayan a dejarlos vivir, silenciándolos para siempre.
Y, pese a eso, hay un tipo de
entrevista que es más difícil aún de conseguir respecto al mundo de los
críptidos nocturnos. Como debes haber supuesto, querido lector, me refiero aquí
a una entrevista con un vampiro.
Pocos son los casos reales en que
una de esas criaturas se ha acercado a un mortal no solo sin intenciones de
arrebatar algo (vida, sangre, seguridad) sino además con la intención de
compartir. Y, además, de compartir algo tan íntimo o secreto como la experiencia
de ser una criatura de esa índole.
Aun así, ambas cosas se han
logrado para poder escribir este libro: tanto entrevistas con supervivientes
(que desean mantenerse en el anonimato y cuyos deseos serán respetados por
encima de todo) como entrevistas con vampiros (cuya identidad fluctúa con los
años y cuyos nombres cambian cada vez que se trasladan, por lo que sería fútil
tratar de identificarlos). Los resultados de tales entrevistas son el cimiento
de muchas de las aseveraciones que he hecho en páginas anteriores y son, así
mismo, la base de este apartado ‘’Las vivencias emocionales vampíricas’’.
En este apartado la intención es
explorar como los vampiros viven y expresan las emociones y qué emociones viven
y expresan. Para ello, quiero centrarme en unas citas concretas de las
entrevistas que fueron realizadas para este propósito. La primera es de un
superviviente:
‘’Nada. Te lo prometo, puedo
jurarlo por mi vida. Nada. No hay nada ahí. Ni compasión, ni empatía, ni
cariño, ni aprecio. No hay nada. Los miras a los ojos y hay tantos colores y
tanta intensidad y brillo y todo es… todo es un velo para ocultar que están
vacíos. Es obvio, la muerte no les afecta solo en el cuerpo, también pudre la
mente’’
Y la segunda, de una vampiresa:
‘’Siempre es esa pregunta. La
pregunta de si podemos amar o no. Para mi es la misma pregunta que la de si
podemos notar el sabor de las cosas: claro que sí, pero a nuestro modo. Cuando
yo digo que la sangre sabe dulce y cuando un humano dice que un caramelo sabe
dulce nos estamos refiriendo a algo vagamente similar, pero si él prueba la
sangre y yo un caramelo, no encontraremos dulzura en ello, porque los dos la
experimentamos, sí, pero de un modo distinto. Los vampiros podemos sentir
deseo, odio, envidia, rencor, celos… esos son sentimientos muy humanos, pero lo
que es inhumano en ello es la intensidad, el extremo en el que los sentimos.
Del mismo modo, podemos sentir otras cosas. El amor es el que siempre
preguntáis. Muchos vampiros dicen que no podemos sentir amor cuando lo que en
verdad quieren decir es que no podemos sentirlo como los humanos. Claro que
podemos, sino ¿Cómo identificaríamos el odio? Pero igual que la dulzura para
nosotros, el amor no es el mismo que el de un humano. Es algo más… sangriento’’>>
Liu se queda pensativo,
debatiéndose entre si las palabras de la chica son esperanzadoras o
desesperantes ¿Sería mejor pensar que esos seres no pueden sentir amor en
absoluto o descubrir que sí pueden, pero solo desde una visión perversa,
podrida, de un sentimiento que tan fácilmente puede tornarse obsesión,
posesión, agresión?
<<¿Qué más da? No es como
si Xander pudiese sentir aprecio por mi. Solo soy su juguete>>
Esa noche, Liu espera
religiosamente la caída del sol, la llegada de la noche y sus diablos. Y el
sueño vuelve a tumbarlo en la cama antes de que lo haga Xander.
<<¿No volverá?>> se pregunta mientras se queda dormido, presa del agotamiento. Esa
noche, pese a la ausencia de su diablo, no duerme bien. Sus horas oscuras están
plagas de pesadillas e incomodidad, de la necesidad de revolverse en la cama,
de taparse con la manta como un chiquillo asustado y luego patearla porque da
demasiado calor.
Y es que, mientras tiene los ojos
cerrados y el rostro empapado en sudor, Liu no se siente solo, pero tampoco
nota a su alrededor la presencia de Xander. Sus silenciosos pasos, su aroma
masculino y fresco como a champú de limón y hojas secas, su voz grave como un
ronroneo.
Nota otra cosa. Un aura grande.
Ominosa. Como humo ennegrecido que se le mete en los pulmones y no le deja
respirar. Nota una mano grande en el cuello. No, no grande, enorme, más
aún que la de Xander, una mano que le rodea la garganta con aterradora facilidad,
pero se esmera en no apretar, como midiendo la facilidad con la que podría
terminar con su vida.
El chico despierta jadeando entre
sudores, solo en su habitación, pero con la piel de la nuca erizada y una voz
desconocida susurrándole en su cabeza <<Patético>>.
Cuando despierta a la mañana
siguiente siente que sus sueños le han drenado la energía, en vez de ponérsela
y durante todo el día su cabeza se siente un lío incoherente donde su voz
tartamudea y esa voz de siempre, la voz de víbora que le dice que no merece
cosas buenas y se ha ganado todas sus desgracias, suena más fuerte que nunca.
Esa noche Xander no aparece y a
la siguiente tampoco. De hecho, pasa el fin de semana en una silenciosa soledad
que le resulta desquiciante. Duerme toda la noche y gran parte del día,
asustado de estar despierto, porque es entonces cuando su cabeza no se calla y
le dice todo tipo de cosas desagradables, pero también preocupado por la forma
que toman sus sueños, pues por el día son cálidos y agradables y, por la noche,
están invadidos de monstruos sin ojos ni manos ni cuerpo, solo boca. Una boca
grande y afilada que le dice con una voz ronca y terrible cosas peores de las
que ha pensado hasta el momento.
Una noche, la voz de sus sueños,
que es tan malvada como la voz de serpiente de sus mañanas, pero más gruesa,
más profunda, le dice que obviamente Xander no va a volver, no porque
desee liberarlo, sino porque le aburre demasiado, porque es una criatura débil,
patética y llorica incapaz de aceptar las consecuencias de sus actos, una cosa
estúpida que no merece desperdiciar ni segundos, aunque sea para matarla. La
voz le dice que la única cosa buena que podría hacer en su vida, el mejor
regalo para sus difuntos seres queridos y una forma de quitarle a Xander la
carga de tener que hacer él el trabajo sucio, sería ponerle fin a todo.
Siempre pensó que se suicidaría
cortándose profundo y largo en su antebrazo, sintiendo el calor abandonarle
poco a poco. Esa noche, sin embargo, algo retorcido en su cabeza le muestra
vívidas imágenes de él bajando al garaje de sus padres, tomando un bidón de
gasolina, vaciándoselo encima y sosteniendo una cerilla encendida en la mano.
Liu despierta cubierto de vómito
esa noche, cuando el olor a carne quemada de sus sueños se le hace demasiado
familiar. Demasiado insoportable.
Capítulo 87
—¿Estás seguro? —Xander tuerce la
boca cuando Aidan asiente.
El vampiro pelinegro se encuentra
en el sofá de su casa viendo la televisión mientras se aferra a su humano, a
quien tiene entre sus brazos y además rodeado por sus piernas como si tratase
de hacer una crisálida con su cuerpo. Jeremy mira a Aidan también con
preocupación. Ha rechazado a Xander las últimas veces que le ha dicho de salir
a cazar durante esa semana y la anterior y aunque Xander sabe que un par de
semanas sin comer no matarán a un vampiro del talante de Aidan, también sabe
que no acostumbra a ayunar por tan largo tiempo, no si la necesidad no le
impele a obviar las consecuencias.
—Me apetece quedarme con Jeremy
—responde, su tono dulzón, sus palabras lentas. Soñolientas.
Jeremy lo abraza de vuelta y le
besa el mentón.
—Aidan, está bien si vas. Pasamos
todas las noches juntos y tú necesitas… —pero el vampiro lo corta de pronto
rodeando su cuello con su mano y acercándoselo a los labios para besar su nuez
que sube y baja nerviosamente.
—Si necesito sangre, Jeremy, te
tengo aquí mismo.
La forma en que el pelinegro
reclama su cuerpo y su vida como suyas es algo que le hace sentir las piernas
débiles. Hay algo en su tono posesivo y autoritario que debería temer, pero que
adora, algo que lo vuelve suave y maleable a sus deseos.
—Necesitas matar, no solo sangre
—interviene Xander ganándose la mirada aprobatoria de Jeremy justo lo contrario
de su amigo y pupilo —¿No quieres siquiera que te traiga una presa?
—Oh, eso sí sería delicioso —dice
de pronto el vampiro relamiéndose los labios.
Xander accede de buena gana,
sintiéndose increíblemente confundido ¿Por qué Aidan se rehusaría a cazar
cuando es obvio que está pasando hambre? ¿Por qué, si algo le hace no querer
matar, aceptaría hacerlo siempre y cuando Xander le provea de una víctima?
Aidan sabe que su amigo está
preocupado y sabe también que Jeremy empieza a sospechar que algo sucede. Debe
admitir que no es un maestro en el arte de disimular su preocupación ¿Cómo
serlo cuando está acostumbrado a ser poderoso y no tener que temerle a nada?
Pero ahora no solo tiene que temer por él, sino por Jeremy, su frágil y
preciado mortal. Y tiene que temer a Mörblut.
La noche en que se conocieron
tuvo claro que el pelirrojo solo lo dejaba vivir como cortesía hacia Xander
pero que lo deseaba muerto. Y, si no puede matarlo aún, Aidan sabe que Mörblut
intentará destruirlo de otros modos si solo le da la oportunidad. Jeremy solo
en casa es una oportunidad demasiado jugosa, así que no piensa ofrecérsela
incluso si eso significa no dejarlo solo ni para salir a cazar.
—¡Xander! —lo llama antes de que
salga de la casa —¿Sería mucho pedir que me trajeses como cena de hoy alguien
que verdaderamente es escoria?
Xander ríe y niega.
—Lo que tú quieras, Aidan.
Al salir de casa, el rubio piensa
en visitar a Mörblut para que lo acompañe durante su caza de esta noche, ya que
Aidan no está disponible para ello, pero el vampiro ya está en la entrada
esperándolo con una gran sonrisa y colmillos más grandes aún.
Las últimas noches que se han
visto Mörblut ha acogido a Xander en su espaciosa y lujosa casa y han hablado
mientras compartían copas de sangre. Xander ha empujado bien al fondo su
profunda decepción por que su maestro no sepa de sus orígenes, pero le ha sido
fácil ignorar el dolor ya que Mörblut ha sabido como entretenerlo bien
enseñándole infinidad de cosas: le ha explicado sus primeros años como vampiro,
la forma en que esa magnificente raza ha evolucionado a través de los siglos
hasta volverse cada vez más y más perfecta. Le ha explicado rumores de su vieja
época, como que al inicio algunos vampiros morían incluso si un humano destruía
su corazón. Le ha enseñado también como usar mejor sus sentidos, aprovechar
mejor su velocidad, su fuerza, su agilidad. Han luchado varias veces,
entrenamientos que empezaban como una pelea juguetona y terminaban con una dura
aceptación de poder con Mörblut inmovilizando a Xander contra el suelo con una
mano en sus muñecas, un pie contra su espalda y la boca pegada a su oído,
jadeando de cansancio, felicitándolo por haber mejorado <<aunque te
queda un camino muy largo que recorrer antes de que tengas la posibilidad de no
acabar siempre debajo de mí, muchacho>>
Y hoy, por fin, Mörblut ve la
posibilidad no de charlar o jugar, sino de cazar.
—¿Pretendías ir a algún lugar sin
mí? —pregunta el más mayor con un tono engreído pero socarrón.
—Prendía ir a ofrecerte una noche
de caza, no seas impaciente —le responde Xander del mismo buen humor, aunque en
su tono es evidente el ansia. No solo de sangre, sino de llenarse la cabeza con
cualquier cosa menos Liu y es que ha estado pensando en él estas noches,
deseándolo, añorándolo, pero no se atreve a verlo aún. No con Mörblut cerca,
husmeando en su relación, no después de la ira que sitió cuando Mörblut le
insinuó que él estaba al servicio del humano o no al revés. Teme hacer una
locura de nuevo o que el otro la haga.
—Oh, pero lo soy. Tengo hambre.
—¿Y crees que yo no?
—Empezaré a pensar que sí si
sigues de cháchara en vez de ayudarme a buscar una presa.
Xander ríe y rodea a Mörblut por
los hombros antes de echarse a andar con él al lado.
—Tienes razón ¿Por dónde quieres
buscar?
—He recorrido la ciudad antes de
venir aquí —explica el otro con un suspiro en los labios —. Parece que nuestra
presencia es cada vez más obvia para los humanos de esta cuidad. Las calles
están desiertas, salvo por algunos humanos muy intoxicados y debo decir que la
sangre con sustancias extrañas me asquea. La prefiero pura.
—Ah, es realmente raro que haya
tres vampiros en un mismo territorio —Xander asiente con profundo movimientos
de cabeza, dejando que su vista se pierda en la soledad de las calles con gesto
reflexivo —. Tendremos que cazar fuera de la zona algunas veces de aquí en
adelante, para no llamar tanto la atención, no es bueno para nosotros que las
presas nos adviertan y se escondan.
—¿Qué más da? —se encoge de
hombros y luego ríe cínicamente — Podemos sacarlos de donde se oculten a
rastras.
Xander ríe.
—Hace siglos que no tengo la
necesidad de meterme en la casa de un humano para comérmelo.
—¿No lo echas de menos? —inquiere
alzando una ceja y liberándose del brazo de Xander para pararse frente a él y
cuestionarlo, su tono lleno de diversión y curiosidad —Hay algo delicioso en
irrumpir en el lugar seguro de otro, en su hogar, y pintar sus paredes con su
sangre. —a medida que habla, se acerca más y más al vampiro y su tono se torna
más bajo, como si compartiesen un secreto solo con aliento, el cual termina
susurrando sobre sus labios, a meros centímetros de rozarse.
Los ojos de Xander brillan de
deseo, debe admitir que últimamente matar se le hacía menos dulce, como si Liu
le hubiese pegado su sensibilidad del mismo modo en que uno pilla un resfriado,
pero Mörblut hace las ideas más crueles sonar como una tentación irresistible.
—Suena bien —concede, su tono
bajo e íntimo, una de sus manos posada sobre el pecho de Mörblut cuando este le
rodea la cintura con una de las suyas y lo atrae ligeramente hacia él —, pero
prefiero arrastrarlos a un lugar que conocen, a un lugar que me pertenece, como
ellos.
—Prueba algo nuevo, por hoy —le
pide. Su rostro está tan cerca, sus palabras suenan tan cariñosas.
—De acuerdo —cede Xander —¿Algún
lugar específico donde quieras entrar?
—Hmmm… oigo música por aquí
cerca. Y risas. Creo que podríamos sumarnos a la fiesta.
Mörblut y Xander se miran con
sonrisas cómplices en sus rostros. En un abrir y cerrar de ojos, la calle
vuelve a estar desierta y, a lo lejos, un grupo de muchachos que baila en su
salón y celebra haber por fin acabado la época de exámenes de ese año de universidad
recibe una visita más que indeseada.
—¡Oye! Pero ¿Por qué apagas los
altavoces? Esa canción es mi favorita —chilla una chica de cabello corto y
negro que hasta ahora saltaba de un lado para otro, su boca fingiendo saber la
letra de las canciones y su cuerpo dejándose poseer por el alegre ritmo.
—¡Pero si yo no he sido! —le
responde el compañero al que acusa, un muchacho alto y fornido que descansa
sobre el sofá con un cóctel en la mano y el mando de la televisión en la otra.
—Oh, disculpad, he sido yo.
De pronto todo el mundo en la
sala, la chica que estaba bailando, el muchacho musculoso del sofá o dos jóvenes
más que echaban una partida de cartas sobre la alfombra, se voltea hacia el
origen de esa desconocida e intimidante voz.
Sus bocas se abren enormemente y
sus cuerpos se paralizan como convertidos en roca ante la imagen del enorme
intruso de cabellos y ojos de sangre que los mira desde la punta de su salón
sonriendo. Sonriendo con grandes colmillos.
—Alexander, hazme un favor, echa
la llave a la puerta de entrada.
Todos fruncen el ceño en
confusión hasta que otra voz viril responde, ahora desde la punta contraria del
salón.
—Ya la tenían echada y todas las
persianas bajadas, nos han facilitado el trabajo.
Al igual que ha sucedido con
Mörblut, todos se alejan de Xander tan pronto se voltean hacia su voz y ven su
gran tamaño, sus voraces ojos y esa diabólica, amenazante sonrisa en sus
labios, solo que al hacerlo se aproximan más a Mörblut, de modos que todos los
chicos terminan hacinados en un pequeño círculo en medio del salón, pegados
unos a otros y temblando mientras miran alerta a su alrededor con los ojos bien
abiertos e hiperventilando.
—¿Cuál primero? —pregunta el
rubio despreocupadamente, señalando con la cabeza al grupo de aterrorizados
muchachos.
—P-por favor, si queréis sangre
podéis tomarla y no os da-daremos problemas, solo queremos que nos dejéis vivir
—suplica la chica, su voz está plagada de temblores e hipidos, pero aun así sus
esfuerzos por sonar compuesta y razonable se notan, pues es la única que puede
siquiera hablar.
Para su desgracia, los vampiros
la ignoran y siguen hablando como si nada.
—Prefiero pensar primero a quien
nos dejamos para el final ¿Te gusta más el rubio o el morenito? —pregunta
Mörblut señalando con el dedo a los dos muchachos que jugaban a cartas sobre la
alfombra, uno con la tez, el cabello y la mirada color café y caoba y un
adorable cuerpo delgado y el otro, más regordete y de deliciosos mofletes
sonrojados, con la piel pálida, los cabellos áureos y los ojos esmeralda.
Los chicos se tensan cuando la
mirada de ambos vampiros los examina con lascivia y se pegan más entre sí
deseando desaparecer. En un intento de ser valiente, la chica los intenta tapar
con su cuerpo mientras el grandulón sigue pálido y congelado. Sudores fríos
empapan su cuerpo cuando los ojos de Mörblut lo recorren sin pudor alguno.
—El del pelo rapado no me gusta,
lo comemos el primero ¿No? No quiero entretenerme mucho con ese.
—¡Esperad! N-no hace falta que
muera nadie, estamos dispuestos a-
—Sí, ese el primero. Además, está
en shock, será el menos divertido, tan siquiera va a moverse —comenta Xander
observándolo de arriba abajo.
—N-no, escuchad…
—¿Haces tú los honores? —ofrece
el pelirrojo extendiendo su mano hacia la presa que tienen en frente.
—¡Por favor! E-estoy segura de
que si hab-
—¡Cállate ya!
Todo sucede demasiado rápido como
para que los humanos se aparten de alrededor de Mörblut durante los tres largos
primeros segundos en que sus ojos registran que el vampiro ha pasado de estar
en la esquina de la habitación a en el centro del apretado círculo que han
formado sobre la alfombra. De hecho, no son capaces de entender qué ha pasado,
de sentir miedo o tristeza o asco, hasta varios segundos después de que las
gotas de sangre que les han salpicado en la cara se empiecen a deslizar por su
piel, despacio, como si todo sucediese en cámara lenta.
Luego, por una fracción de
segundo, sus cerebros logran procesar la imagen que tienen delante: al enorme
vampiro de sonrisa socarrona y mechones cobrizos con el rostro serio de un
demonio, salpicado de sangre y rebosando ira. Su brazo derecho empujado hasta
el codo en la boca de su amiga, que ahora ya no está hecha de labios brillantes
de gloss y palabras valientes, sino de sangre y una distancia tan grande entre
la mandíbula de arriba y la de abajo para acoger el ancho brazo del vampiro que
saben que el vampiro se las ha dislocado y que la piel de sus mejillas
empieza a desgarrarse como un trapo viejo. El hombre la mira con alivio una vez
la chica no puede hacer ningún ruido y por un segundo parece que vaya a retirar
su mano despacio, como quitándose elegante y gentilmente un guante, y que todo
va a volver a estar bien.
Pero el tiempo no se revierte y
el daño ya está hecho.
Además, Mörblut no desliza su
brazo fuera, lo arranca del interior de la pobre chica y, en su puño
sangriento, sostiene un viscoso, brilloso ramo de largos órganos que recorrían
antes el cuello de la chica y, junto a esos, su lengua.
Cuando el vampiro los deja caer
al suelo como basura, junto al cuerpo inerte de la chica donde la boca
abierta sangrante destaca como un agujero de bala enorme, y se sacude la
sangre del brazo, los humanos reaccionan por fin.
Una avalancha de pánico, náusea y
pavor los recorre y cada uno se aleja corriendo y chillando y trastabillando en
una dirección distinta.
Mörblut se sostiene el puente de
la nariz con la mano sangrienta y suspira mientras Xander sonríe complacido por
el dulce cóctel que flota en el aire, el aroma de la sangre de una hermosa
joven mezclándose con el azucarado olor del miedo.
—Mierda —masculla el pelirrojo
apartando con su pie el cuerpo de la chica como quien juega con una piedrita en
el camino —, quería follármela, ah ¿Por qué tenía que ser tan jodidamente
pesada?
—Amordazaré a los otros para que
no te pongan de los nervios.
Capítulo 88
Mörblut observa complacido como
Xander sitúa las dos sillas que ha cogido de la cocina del apartamento frente a
él. En ellas se encuentran atados el muchacho pálido y rubio y el otro, el
moreno de cuerpo frágil que ha decidido que quiere de postre. Además de
atarlos, Xander ha tenido la cortesía de regalarle una hermosa vista a Mörblut,
pues ha decidido hacer una mordaza para cada uno desgarrando su camisa
salpicada de sangre en dos y empujándola dentro de la boca de los humanos antes
de anudarla tras sus cabezas. El vampiro más viejo no puede parar de recorrer
con la vista el perfecto torso de Xander y los humanos frente a él tampoco,
solo que ellos observan su musculosa figura con temor y él con admiración y
quizá deseo.
Los ojillos nerviosos se alternan
constantemente entre el vampiro descamisado que tienen en frente ajustado sus
ataduras y el que está en el sofá sentado cómodamente, sus brazos ocupando todo
el respaldo, sus piernas abiertas con holgura y, en el centro de ellas, el
muchacho musculo, que se mantiene callado, quieto y pálido como la cal sin
necesidad de ser atado y amordazado.
Ellos, para permanecer quietos,
dóciles y silenciosos, han tenido que aprender a golpes. El rubio tiene un ojo
morado y la nariz le sangra copiosamente, su brazo derecho, fuertemente atacado
a su espalda, está roto, todo por cortesía de Xander y su impaciencia. El
moreno no tiene heridas, no ha tenido el valor de resistirse viendo cómo le ha
ido a su amigo al intentarlo.
El cadáver de su amiga está a un
lado, apartado en una de las esquinas de la habitación con un rastro de sangre
que muestra por donde ha sido arrastrada para que no estorbe.
Mörblut acaricia al muchacho de
cabello corto entre sus piernas como si se tratase de una pequeña mascota y
luego tira de su rígido torso para hacerlo tumbarse contra su pecho, sus
omóplatos tensos sintiendo el pecho amplio y los abdominales marcados del
vampiro pegársele a pesar de la ropa.
—Míralo, qué obediente —halaga
Mörblut jugando un poco más con su presa, acariciando sus mechones cortos con
dulzura mientras disfruta de lo paralizado que se halla el chico al que ha
acurrucado contra su torso —. Ven aquí, siéntate. Quiero que lo pruebes tú
primero.
Xander se acerca relamiéndose.
Puede que a Mörblut ese muchacho no se le antoje apetecible, pero él lo
encuentra hermoso y debe admitir que la oferta de su amigo lo tienta demasiado.
Se siente a su lado en el sofá ocupando el poco espacio libre que quedaba y el
humano de pronto está entre sus dos grandes cuerpos, aplastado entre paredes de
músculo duro y manos grandes que lo mueven a su antojo. Termina encarando a
Xander, sus rostros demasiado cerca como para que respire algo más que el
aliento frío de su asesino, y con Mörblut tras él, una mano rodeándole la
cintura para mantenerlo quieto y la otra tirándole de los cabellos para hacerle
ladear la cabeza y mostrar su vulnerable garganta.
Xander ama como su nuez se mueve
al tragar saliva.
Por alguna razón, el vampiro
decide asomarse a la mente del mortal antes de que sus labios se posen sobre su
cuello.
<<Debería haberle dicho que
me gustaba desde hace años>>
Es ahora el vampiro quien se
queda paralizado. Hay algo en ese pensamiento que lo perturba, que lo sacude
hasta los cimientos y le hace sentirse de pronto inseguro y culpable. Ese pobre
humano va a morir, va a morir por nada más que su diversión, y lo único que
puede pensar antes de que su vida se acabe es en la chica que le gusta.
En que lleva años enamorado de
una muchacha hasta el punto de tiene grabada en la cabeza la forma en que
arruga la nariz al reírse o el hecho de que tiene una peca en su brazo que
parece un panda o que una vez se río tan fuerte que se le escapó de la garganta
el sonido más horrible del mundo y él siguió recordándoselo por años. Esa misma
chica es la que yace a un lado hecho un manojo de piel y sangre, como un montón
de basura.
Xander se siente conmovido, no
porque el amor de ese chico sea especial, sino porque es una preocupación tan
mundana. Tan estúpida, tan tierna.
De pronto el paralizado humano se
le deja de antojar como una divertida bolsa de sangre con la que jugar y jugar
por horas y solo quiere acabar con eso rápido. Quiere saciarse, marcharse y no
pensar más en esta noche, en estos chicos. En sus muertes.
Xander abre su boca sobre el
cuello del chico y los labios rodean la tierna piel alrededor de su nuez, que
sube y baja nerviosa cuando traga saliva. Una mano grande y cálida se sitúa en
su nuca, sosteniéndolo gentilmente mientras lo empuja hacia el cuello del chico
y lo mantiene firmemente presionado contra la suavidad de su piel. La mano de
Mörblut lo guía hacia su presa como si se tratase de un novicio y aunque Xander
ha soñado por años con algo así, con un maestro que marque su camino,
que halague cada paso que da, ahora su ayuda se siente como presión. Quiere
cerrar los ojos y que todo desaparezca en esa sala.
Pero en vez de eso, cierra sus
mandíbulas.
El humano bajo él solo suelta una
especie de gañido corto y se tensa en sus brazos mientras la sangre se derrama
en la boca del vampiro y este traga un sorbo cada pocos segundos disfrutando
del sabor, del calor que baja por su garganta, de la maravillosa sensación de
que la sangre es agua bendita y borra en él todo lo malo: las dudas, la culpa,
la consciencia de que eso está mal y de que, por alguna razón, hacer el
mal ya no es siempre tan divertido como antes.
El éxtasis consume esos
sentimientos y Xander se deja llevar mientras nota a su víctima perder fuerzas,
inclinarse hacia él mientras Mörblut la sostiene medio erguida para que él
pueda seguir bebiendo.
Los sonidos de la estancia son
maravillosos: gruñidos bajos y ronroneantes de placer por parte del vampiro y
gritos ahogados que, sorprendentemente, no vienen de la víctima, sino de sus
dos amigos amordazados y atados frente a él.
Xander se despega del cuello del
chico cuando ha bebido suficiente para tranquilizarse un poco y mira a Mörblut
con los labios rojos y la barbilla húmeda de sangre. El pelirrojo le devuelve
la mirada, pero la suya está llena de brillo y admiración, como si viese en esa
sanguinaria imagen el ángel más hermoso que ha imaginado jamás.
Se inclina un poco hacia
Alexander dejando que el cuerpo débil e inerte del humano caiga en sus dos
regazos, acurrucado en un ovillo, mientras él tira de la nuca de Xander para
acercárselo más y sus ojos son incapaz de despegarse del brillo carmesí de sus
labios.
—Déjame probar —susurra y Xander
se queda estático mientras el otro le roza los labios con los suyos hasta
tintarlos de rojos y luego, al relamérselos, su lengua besa superfluamente la
boca del vampiro rubio.
El gesto lo deja congelado,
hipnotizado. Suele ser él quien toma la sangre de sus víctimas de los labios de
otros neófitos como si fuesen una delicada copa de cristal que él puede
sostener entre sus dedos y de la que puede sorber a placer, oh, por Drácula
¿Cuantas veces a hecho a Aidan esperar con la boca llena de deliciosa sangre
fresca, ordenándola no tragarla, solo para luego inclinar su cabeza y hacerla
derramarla sobre sus burlones labios? Ahora, estando al otro lado, Xander puede
entender por qué Aidan siempre obedece, por qué no se enfada o se ofende.
Porque es jodidamente hipnótico tener a un ser más poderoso que uno mismo, a
una criatura que parece un dios, compartiendo el néctar de la vida contigo.
Xander niega con la cabeza y se
aleja un poco. No quiere dejarse seducir por los placeres que Mörblut le
ofrece, no cuando estaba degustando esa espinosa, nueva sensación que crece
dentro de él como hiedra.
Esa… esa culpa.
Xander mira hacia abajo, el chico
al que ha mordido, ese humano que se le ha antojado infinitamente tierno y por
el que ha sentido una compasión que ha aprendido de Liu, está muerto en su
regazo. Le ha partido el cuello sin querer, rodeándoselo con la mano demasiado
fuerte cuando se ha apoyado para ofrecerle mejor sus labios a Mörblut.
—Qué desastre —se queja Xander
mirando el cadáver, no sabiendo qué hacer con él. Piensa ahora que quizá podría
haberlo dejado vivo ¡Ni siquiera lo ha matado para saciarse! De pronto se
siente como un desperdicio. Él no tenía por qué morir ¿No? Y la chica tampoco.
Ahora sus vidas son nada y todo por puro capricho.
El remolino de sentimientos vira
dentro de Xander, agobiándolo hasta que Mörblut empuja el cadáver para
quitárselo de encima como basura y cae al suelo con un sonido sordo. El golpe
parece sacar a Xander de su extraña espiral y sus ojos suben, clavándose en los
chicos atados y amordazados.
El rubio se inclina hacia
Mörblut, recordando lo que le ha prometido a Aidan.
—Últimamente —murmura en su oído
—yo y Aidan hemos desarrollado un gusto por los criminales. Pelean duro. Son
divertidos. Se me han antojado unos ¿Qué tal si dejamos a estos para otro día?
Mörblut se voltea hacia él con
una mirada humorística, casi como si fuese a preguntarle si está intentando
tomarle el pelo o no, pero en vez de eso se levanta y toma del pelo al chico
rubio, alzándole el rostro mientras lo mira directamente a los ojos.
—¿Tu humano ese te está volviendo
idiota, Xander? Porque juraría que hace unos meses, cuando te veía cazar,
tenías mejor puto gusto.
Por un segundo el tiempo se
espera a que alguien reaccione. El aire se vuelve plomo. Las mil respuestas que
Xander quiere darle, silencio.
Y luego Mörblut ríe sarcástico y
venenoso, girándose hacia su pupilo.
—Vamos, Alex —dice, su tono
dulce, gentil incluso, como una caricia. Y Xander se siente tan, tan aliviado
de que ya no hable rudo y no luzca enfadado que siente que podría hacer casi
cualquier cosa por él ahora —¿Qué te sucede?
Los humanos de las sillas han
hecho silencio, ahora solo lloran ahogadamente, buscando con la mirada un lugar
de la casa que no esté salpicado de la sangre de sus amigos para poder posar
ahí sus pupilas e imaginar que todo estará bien. Xander escruta a los chicos,
pensativo.
—No lo sé, quizá contenerme tanto
tiempo ha… ha tenido efectos en mí y… no sé. Me siento confundido.
Mörblut asiente, serio, y suspira
con pesar.
—No tengo nada que replicarte,
Alexander ¿Cómo esperar que no te pierdas cuando has pasado siglos sin un
maestro que te muestre el camino? Me sorprende que no hayas acabado confundido
y arruinado antes, pero, escucha. No te preocupes. Siéntate y relájate. Ahora
estoy aquí. Te voy a enseñar, a mostrar lo que necesitas. Sabes cómo ser un
vampiro de veras, solo debo… reconducirte un poco.
Xander no se queja, no se opone.
Tiene la mente hecha un lío y honestamente solo quiere paz, como la que tenía
hace unos minutos cuando su boca estaba tan llena de sangre y su cabeza de rojo
que no había lugar para sentir más que puro éxtasis.
El rubio se acomoda en el sofá,
listo para el espectáculo, y Mörblut sonríe con un orgullo que hace a Xander
sentirse tan, pero tan bien.
El pelirrojo vuelve su atención
hacia el muchachito rubio de la silla y este empieza a chillar y forcejear
inútilmente contra las ataduras. Lo hace parar rápido, con un bofetón que le
deja los ojos en blanco y la cabeza bamboleándose. Lo desata de la silla, pero
mantiene sus manos unidas tras su espalda pues ha escuchado a Xander romperle
un brazo así que sabe que son inútiles para él esa noche, y le arranca la
mordaza de un tirón tan violento que vuelve a la consciencia de golpe.
El chico mira de un lado para
otro, histérico, y Mörblut lo ase de la axila hasta ponerlo en pie. El muchacho
tiembla y se tropieza, sus piernas de gelatina siendo incapaz de sostenerlo.
Entonces lo suelta.
—Cáete al suelo y voy a romperte
las piernas, ya que no sabes cómo darles un puto buen uso.
El chico solloza y balbucea,
niega con la cabeza y tiembla. Pero no se cae. Se mantiene recto y bueno para
Mörblut, que se marcha hacia la cocina y a quien oye rebuscar algo en los
cajones. Cuando vuelve el chico está a punto de tropezarse y caer, pues ve al
vampiro sosteniendo un vaso en una mano y un cuchillo en la otra.
—Por favor —murmura el muchacho y
Mörblut lo mira como si acabase insultarlo, de escupirle en el rostro.
Deja el vaso y el cuchillo sobre
la mesa, toma al chico del pelo y antes de que pueda gritar lo estampa contra
la mesa de cristal. Su cara hundida en el centro de mil pedazos puntiagudos y
resquebrajados. Su otro amigo chilla contra la mordaza y aparta la vista,
Xander huele la sangre desde el sofá y se inclina hacia delante, interesado,
deseoso.
El chico está vivo, obviamente,
sus piernas no se mueven y sus brazos tampoco, pero su cuerpo tiembla
jodidamente tanto y sus sollozos como los de un animalillo se oyen de tal modo
por todo el lugar que Xander tan siquiera necesita oír su corazón para
confirmarlo.
—¿Eres idiota o no has visto lo
que le ha pasado a tu amiguita por hablar sin mi permiso? —pregunta Mörblut y
el chico, aunque quisiera, no podría responder, pues el vampiro sostiene sus
cabellos fuerte aún y le restriega la cara contra el nido de trozos de cristal
contra el que lo ha estampado hace unos segundos.
El chico solloza más fuerte, la
sangre empieza a gotear hasta las patas de la mesa.
—No me gusta que los humanos
hablen. La comida no habla. Los juguetes no hablan. Y tú eres poco más que eso.
Levanta poco a poco el rostro del
chico de la mesa, mostrando su carita redonda y de facciones suaves y
angelicales ahora bañada de sangre, cruzada por profundas y largas laceraciones
que hacen que su belleza luzca ahora más vulnerable, más frágil. Mörblut lo
mira bien, contemplando su obra, luego lleva su mano derecha a los labios del
chico, que se remueve en sus brazos, pero no se atreve a apartarse, y se los
separa. Sus dedos se hunden en su boca, como buscando algo al fondo.
Xander no entiende el qué hasta
que el chico abre enorme los ojos, niega con la cabeza, blanco como la cal, y
luego grita como el infierno cuando Mörblut arranca su mano de su boca y entre
el índice y el pulgar sostiene una pequeña perlita: una muela.
Molesto por sus gritos, Mörblut
empuja la cara del chico de vuelta a la mesa de cristal o hacia los restos
puntiagudos y empapados de sangre que quedan en ella y el chico lloriquea y se
queda en el lugar incluso cuando el otro ya no lo sostiene, sino que se pone de
pie, a su lado, y vuelve a sostener el vaso y el cuchillo.
—Voy a ir quitando partes de ti
cada vez que me irrites. Soy amable con las presas bonitas, por eso empiezo con
algo tan estúpido como un diente. Jódeme suficiente y arrancaré tu brazo con
mis propios dientes. Y me aseguraré de que estés vivo y consciente durante todo
el proceso.
Xander observa desde el sofá la
escena. Mörblut hablando como un sargento, tan grande e imponente, tan… tan
como él siempre se muestra. Y el humano hecho una cosita llorosa y
sanguinolenta sobre la mesa, como un juguetito descartado. No quiere amar ver algo
tan horrible, pero lo ama. No quiere excitarse. Hallarlo delicioso, deleitoso.
No quiere.
Pero lo hace.
—Levántate —ordena Mörblut y, de
algún modo, el humano logra obedecer incluso aunque no puede siquiera centrar
su vista o dejar de llorar e hipear.
El vampiro apunta el cuchillo
hacia él, el filo besando su cuello.
—Antes de dejar que mi amigo
juguete contigo, humano, quiero saber si eres digno de él, si eres de calidad,
así que ¿Por qué no le das una probada de tu sangre? —Mörblut sostiene el vaso
bajo la hoja del cuchillo, incluso si la piel sigue intacta —Si yo te muerdo,
voy a desgarrar toda tu piel y tu patético cuello y no queremos eso ¿Cierto? No
respondas, me irrita tu voz. Si él te muerde y tu sangre no es de calidad, le
harás pasar un mal trago. Así que sé bueno y ofrécete tú. Vamos, acércate más
al cuchillo, córtate. Ten cuidado, no queremos que te desangres, no aún.
El tono burlón y vil de Mörblut
logra arrancar de ambos chillos sollozos y jadeos sin fin. El chico de la silla
ha cerrado sus ojos rato atrás y cuando Mörblut posa los suyos en él para ver
su expresión no se halla nada complacido con lo que encuentra.
—Abre los putos ojos —ordena y
eso solo le hace cerrarlos más fuerte —, ábrelos y mira bien lo que vamos a
hacer con él o lo mataré ahora mismo y empezaré contigo. Bien. Eso es. Buen
chico.
Mörblut sonríe cuando el moreno
obedece y separa sus hermosas pestañas perladas en lágrimas, develando dos
enormes y enrojecidos ojillos tristones. Xander se muerde el labio. Los dos
humanos lucen tan exquisitos así de vulnerables, tan deliciosos. Se siente mal
por desear tanto su dolor, esa cantidad desmedida de sufrimiento, pero Mörblut
le pone más difícil eso de sentirse culpable, pues le emborrona los sentidos
con un gustoso espectáculo.
Mörblut ríe de diversión cuando
el humano por fin reúne el valor para empujarse contra el cuchillo hasta que
este corta su carne. Cuando su tierna, rosada piel se abre para acoger la hoja,
el chico hace un repullo hasta atrás instintivamente, pero él lo toma de la
nuca, empujándolo más hacia el filo.
—Quieto —susurra en su oído y
pone la mano, la que sostiene el frío baso que tiene contra la nuca, bajo su
hoja afilada.
La sangre se desliza por el
metal, por sus nudillos y por el mango. Gotea dentro del vaso y cuando está por
la mitad, Mörblut separa el cuchillo de la garganta del muchacho y lo ignora,
aunque sigue sangrando y haciendo ruidos de dolor, para ofrecerle elegantemente
el vaso a Xander.
—¿Es de tu gusto? —pregunta con
amabilidad y el vampiro se lleva el cristal a la boca. No bebe un gran trago.
Para la desesperación del humano, solo se remoja los labios, de los lame, y
responde con una sádica sonrisa.
—La prefiero caliente.
Mörblut ríe con maldad y ama la
forma en que Xander también se recrea en la tortura de ese humano. Se voltea
hacia el magullado chico de nuevo y, sabiendo que no aguantará mucho más,
empieza a jugar verdaderamente rudo con él: Xander tiene que clavar sus garras
en el sofá cuando ve a su maestro, con sus manos grandes y su fuerza brutal,
arrancar a tiras la ropa del humano, desnudarlo como quien despelleja a un
animal, y dejarlo en el suelo vulnerable, mareado por la pérdida de sangre y
todavía maniatado.
Luego Mörblut se acerca a Xander
y pone una mano en su cinturón. El otro vampiro lo para, inseguro, tomándolo de
la muñeca, pero Mörblut lo mira seductor a los ojos y su aliento caliente,
sobre su boca, se siente como intoxicante miel.
—Relájate, Alexander —le dice
divertido y sin darse cuenta el vampiro obedece: relaja su agarre sobre la
muñeca del pelirrojo y, por eso, el vampiro se permite juguetear con la hebilla
de su cinturón hasta desarmarlo. Los dedos ágiles y grandes se colocan sobre su
bragueta y Xander echa la cabeza hacia atrás mientras suspira de gusto —, deja
que lo haga todo yo. Que te enseñe —y ahora se inclina para besar su cuello y
subir en un lento camino hacia su oído, donde susurra —como conseguir realmente
la sumisión de un humano.
—Mörblut, espera… —dice
sintiéndose confundido, como en un sueño. Las cosas pasan demasiado rápido ¿Cuándo
ha levantado Mörblut al chico del suelo y lo ha puesto con las piernas abiertas
alrededor de su cadera? ¿Cuándo ha desabrochado su bragueta y deslizado la mano
hacia su ropa interior? Pero suceden también demasiado despacio.
Lentamente, pues la mano del vampiro trazando su pene actúa despacio. Tan
experta, los dedos gentiles, pero crueles rodeando la húmeda, necesitaba cabeza
para estimularla, tirando de la piel hacia atrás, trazando la gruesa curva de
su hombría y recorriendo el contorno de cada jugosa vena hasta llegar a su
base. Lento, rodea lento la base de su eje y su mano es firme, caliente y
demasiado buena. También lo hace lento cuando baja un poco más y masajea
agradablemente sus testículos mientras lame su lóbulo.
—¿Que espere? Oh, Xander, no
quieres que espere. Tú llevas demasiado tiempo esperando ¿No es así?
Pero olvidas que cuando quieres algo debes obtenerlo cuando lo desees. A la
fuerza si es necesario, si es más divertido —ríe en su oído y la mano de
Mörblut envuelve su enorme miembro de nuevo, recorriendo su tamaño con
adoración y reverencia mientras le ayuda a sacar su miembro de bajo la ropa,
liberarlo peligrosamente cerca del cuerpo dócil y golpeado del humano.
—Oh, joder, Mörblut, no sé si
debería…
—¿Si deberías qué? —pregunta
apretando deliciosamente su miembro, dándole una probada de la sensación que
ambos conocen de estar en un cuerpo pequeño, asustado y complaciente —Siempre
haces esto con tus víctimas ¿Qué ha cambiado? ¿Quieres serle fiel a Liu? ¿Ahora
es tu noviecito en vez de tu puta?
Ambos ríen por la ocurrencia,
pero Xander nota un hormigueo extraño dentro. No sabe si es agradable o
incómodo, peor no tiene tiempo de saborearlo, no mientras la mano de su maestro
lo masturba de ese modo, como queriendo llevarlo al límite.
—Tú —su tono cambia radicalmente
cuando se dirige al humano, tanto que hasta el cuerpo de Xander se envara por
la dureza de la orden —, vas a ponerte más adelante, vas a tomar tu polla,
aunque duela y vas a saltar sobre ella mientras gimes. Si no lo haces, voy a
forzarte a tomarnos a ambos a la vez.
Xander quiere decirle que espere
un segundo, que antes se sentía culpable, que debería sentirse culpable ahora,
que quiere sentirse culpable, pero cuando la tierna, virgen estrechez del
humano se desliza sobre su excitación, hundiendo su hombría en el calor de su
interior, no puede pensar en nada más. En nada que no sea su deseo. En nada que
no sea tomar al chico de las caderas y no dejarlo siquiera saltar sobre su
regazo, sino empujarse él una y otra vez, molerse salvajemente y joderlo
incluso aunque siente que lo ha roto y la sangre le corre por los muslos.
Mörblut observa el espectáculo
totalmente embelesado, amando lo animalístico que Xander se vuelve cuando caza,
lo cruel, lo inhumano. Atesora cada gruñido monstruoso, cada moratón que le
hace al humano por agarrarlo demasiado duro, cada mordisco que le da sin
siquiera beber sangre, solo por el placer de morder algo vulnerable y hacerlo
chillar.
Y, oh, se asegura de que el chico atado en la
silla lo vea todo con lujo de detalle, de hecho, desliza la silla más cerca
mientras él se apoya en el cabecero, sonriente, y juguetea con sus mechones
morenos.
—¿Tienes ganas de que sea tu
turno? —le pregunta burlonamente y se levanta cuando Xander se ha corrido en
ese pobre chico rubio.
Se pone detrás de él, encarando a
Xander, y lo mira a los ojos mientras muerde a su presa y bebe de ella,
robándole el calor al cuerpo dentro del cual Xander se derrama en esos mismos
momentos. El rubio, gimiendo de placer varonilmente mientras se corre, mira a
Mörblut directamente a los ojos, ve el brillo en su mirada al matar al muchacho
y siente en su interior algo poderoso encenderse. Algo primitivo que no sabe
nada sobre el mal y, desde luego, no sabe nada sobre el bien.
Xander empuja el cuerpo muerto
del chico al suelo y queda él de nuevo sentado en el sofá, su pene erguido y
palpitante, pidiendo por más, su boca roja, sus colmillos largos y, cuando mira
al humano atado en la silla, no hay ya ni un solo atisbo de humanidad en su
mirada.
—Te lo había dicho —canturrea
Mörblut —: no tienes que esperar, que contenerte, que domarte… para obtener la
sumisión de un mortal. Así que toma la de estos chicos a la fuerza esta noche,
practica un poco para cuando tomes la de Liu.
Xander le escucha, asiente y se
abalanza hacia el chico moreno. Sus deseos sonando más fuerte que sus
pensamientos. El nombre de Liu repitiéndose en su cabeza.
Cuando desata al otro muchacho
poco le importa que sus ojos sean oscuros o su piel morena y sin el rastro
alguna de una constelación de pecas, poco le importa que tenga la voz grave o
músculos más definidos que los de él, porque cuando lo mira ve a Liu.
Y cuando se entrega al placer,
cuando olvida todo lo que Liu le ha enseñado, no… no enseñado, cuando olvida
toda la mierda humana con la que lo ha intoxicado y deja que tome el control
esa parte horrible de su alma que le hace pensar que no tiene una, esa parte
primitiva que le dice que no es más que una bestia, que no es un hombre y que
jamás debe preocuparse de nuevo por sentir, por pensar, por arrepentirse u
hablar, que solo debe correr de una presa a otra, cerrar su mandíbulas y
bañarse con su sangre, cuando hace todo lo que antes se habría sentido mal por
hacerle a Liu, Xander se siente maravilloso. Renacido.
Y su creador observa la escena
con un deleite más que evidente. Mörblut ayuda a sostener al chico cuando
Xander no clava sus dedos demasiado fuerte, le tira del pelo para exponer su
cuello cuando el vampiro se muerde el labio para evitar hundirse en su deliciosa
piel, le sostiene la base de su erección a Xander mientras empuja al muchacho
contra ella, lo masturba despacio, tentador, hasta que el vampiro pierde el
sentido y toma al humano por las caderas, lo dobla sobre la resquebrajada mesa
de cristal y lo toma una y otra vez sin descanso. Mörblut se pone tras Xander,
le rodea el abdomen musculoso con enormes brazos e inhala en su cuello, le
susurra lo hermoso, poderoso que él. Muele sus caderas contra Xander,
ayudándole a empujar las suyas más hondo en su presa.
Cuando terminan, le muerde el
lóbulo juguetonamente y mientras Xander bebé la sangre del mortal hasta
matarlo, Mörblut le dice:
—Imagina lo bien que se sentirá
cuando sea Liu.
Mörblut jadea de la sorpresa
cuando Xander tira el cuerpo del mortal lejos y lo toma a él por la cintura con
inesperada brusquedad, empujándolo sobre los cristales y tumbándolos sobre
estos para abrir su boca y que la sangre de ese chico chorree de su boca a la
de su maestro, como queriéndole regalar parte de su placer. Compartir su deseo.
Capítulo 89
Liu se da una larga ducha de agua
caliente. La necesita, su cuerpo empieza a resentirse por el estrés de la
semana anterior, toda dientes apretados y muñecas doloridas de tanto escribir,
cuellos y espaldas rígidas de tantas horas frente a libros y hojas de papel y
ojos llorosos de tanto trasnochar y buscar sin parar información en pantallas
siempre demasiado luminosas. Pero además de todos esos importantes exámenes que
tanto aman hacinarse en los mismos días y la misma semana, han sido días duros
para Liu fuera de la escuela, más allá de sus largas, lentas, inacabables
sesiones de estudio. Pensó que era el estrés y la fatiga, pero ahora que no
tiene ni deberes que llevarse a casa, se siente igual.
Taciturno, decaído. Se siente hundiéndose
en arenas movedizas, tan agotado que no puede ni gritar, solo retorcerse muy de
vez en cuando, incómodo mas no esperanzado a huir, y escuchar. Escucha siempre
esa voz monótona, cruel en su cabeza: más parecida a la suya, por la mañana
mientras lo atormenta y hace que levantase de la cama sea toda una odisea, no
se diga ya lavarse los dientes, desayunar -cuando lo hace- o escoger ropa
limpia; más grave, por las noches, cuando las pequeñas decisiones del día lo
han minado y se siente tan cerca de romperse, de sucumbir -a veces lo hace, al
menos un poquito-.
Le gustaría descansar, dormir una
noche entera sin pesadillas, pero no puede por mucho que lo intente, así que
busca otras formas de relajarse.
Darse un baño caliente es una de
ellas y está malditamente orgulloso porque abrir el grifo, esperar a que caiga
el agua, desnudarse, peinarse, tomar el jabón y disponerlo al lado de la bañera
y hacer lo mismo con una toalla limpia, una alfombrilla y ropa limpia le ha
parecido una tarea drenante. Bien podría haber pasado horas labrando un campo,
pues se siente así de agotado.
<<Me lo merezco. Un
descansito, solo uno>> se dice mientras
se hunde en el agua cálida y su cuerpo al instante se relaja, es obligado a
relajarse: el candor que lo rodea hace que sus músculos se sientan como
mantequilla fundiéndose, el dolor residual de la tensión que lleva todo el día acumulándose
se disuelve dulcemente en esa bañera.
<<No. No me merezco nada
bueno>> <<Ah, cállate>> <<Sueno loco, mandándome a
callar>> <<La locura no es una excusa para mi inutilidad, de todos
modos. Para que siga vivo cuando no debería, para…>> <<Para ya,
joder, cabeza estúpida>> <<Debería volarme los sesos si quiero que
pare>> <<Debería volarme los sesos>> <<Debería dejar de
pensar estas cosas. Hace un mes pensaba que ir la universidad, en seguir con mi
vida. Ellos… quizá me perdonarían, quizá querrían que siguiese adelante>>
<<Pero están muertos. Así que jamás lo sabré>> <<Muertos.
Muertos. Muerto…
Liu se hunde en el agua, abre los
ojos bajo ella. Ve su cuerpo borroso, flotando en el cristalino líquido, ve su
piel pálida, casi espectral, la luz fluorescente apenas llegando a ella a
través del manto marino. Y, por fin, consigue dejar su mente en blanco -solo
cosas pálidas en ella, puras, castas, inocentes <<quiero ser feliz.
Quiero ser normal>>- eso es hasta que debe volver a la superficie y
respirar.
Liu se frota los ojos intentando
deshacerse de la incomodidad del agua en ellos, escurriéndose las gotitas que
quedan atrapadas en sus pestañas, luego parpadea un par de veces, adaptándose a
la luz.
Y grita.
Liu chilla de puro espanto cuando
una enorme figura sangrienta se para frente a la bañera donde él está, como la
parca viniendo a buscarlo, a hundir su cabeza bajo el agua unos segundos más,
hasta que su mente quede verdaderamente vacía y sus pulmones llenos.
Sale de la bañera de un bote y
deja de gritar solo cuando se cae al suelo todavía desnudo y mojado,
deslizándose patosamente hasta que su espalda toca las frías tachuelas de la
pared.
La figura se acerca un poco más y
Liu, todavía hiperventilando y jadeando como si pelease contra un duro
oponente, reconoce la enorme estatura, el halo dorado que envuelve su rostro,
enmarcándolo en rizos áureos que ahora se le pegan a la cara, húmedos y
enrojecidos. Reconoce esa mirada roja como el líquido que le salpica las
mejillas y le pinta los labios, el líquido que le gotea por el mentón y cae,
poco a poco, por su cuello, por su clavícula, por su amplio pecho desnudo donde
las fibras musculares tiemblan con cada respiración, por su abdomen y hasta
llegar a la orilla de los pantalones negros de Xander, la primera prenda que el
chico ve en su cuerpo esta noche.
—M-me has asustado —tartamudea el
muchacho, todavía hecho un ovillo en el suelo, su piel goteante y erizada.
Desnuda. Nota como Xander lo recorre con la mirada de arriba abajo mientras
espera en silencio, como considerando las posibilidades.
<<Como si pensase tomarme
aquí. Ahora>>
El pecho de Liu duele cuando
recuerda la otra vez. Cuando recuerda la textura misma de ese suelo, esa pared.
La iluminación exacta del baño, la forma en que lo arrastró fuera de él, en que
el chico se llevó consigo pedacitos de esa habitación clavados en las rodillas
y las palmas de las manos.
Xander sonríe cruel. Sus
colmillos tan largos y gruesos esta noche que lucen como los dientes de alguna
especie de bestia gigantesca con cabeza de lobo, mandíbulas fuertes hechas para
desgarrar carne. Se agacha y se inclina hacia el chico, acorralándolo contra la
pared, observándolo, aún en silencio. Sus dientes están rojos. Sus labios están
rojos. Sus ojos… oh, brillan de una forma en que nunca lo han hecho.
—Quiero tomarte, Liu.
El chico siente que su corazón se
para un instante. Sus labios, por lo menos, sí lo hacen de verdad, y es incapaz
de decir nada. Por largos minutos, lo único que da respuesta a las crudas
palabras del vampiro es el sonido del agua todavía agitada en la bañera y las
erráticas respiraciones de Liu.
Pero el silencio no parece
perturbar a Xander ¿Por que lo haría? No ha preguntado nada. No es como si
hubiese pedido permiso, tampoco. Pero quiere alguna clase de respuesta y, por
ello, estudia las reacciones de Liu. Su rostro lleno de miedo, no, de pánico,
de algo animal que le hace apretar sus puños hasta clavarse las uñas en las
tiernas palmas de las manos con tal de suprimir el instinto de huir porque Liu
sabe que no le conviene. Ve en él también humillación, en sus mejillas que
enrojecen hasta calentarle las orejas cuando recuerda cada oprobio en el que su
demonio ha obtenido placer a costa de su dolor. Ve desesperación en la manera
en que Liu se muerde el labio cuando él lleva sus manos a su cuerpo y le separa
las piernas muy despacio, revelando su deliciosa intimidad como si
desenvolviese un regalo.
—¿Ahora? —pregunta Liu como si le
faltase al aire. Sus ojos se llenan de lágrimas, su nariz roja como la de un
pequeño animalito que olisquea alrededor —¿e-esta noche?
Liu no desea eso y es obvio, pero
¿Acaso lo deseaban los otros chicos de esa noche? Mörblut lo ha mimado por
horas, dándole víctimas deliciosas, rompiéndolas para hacerlas suaves y
dóciles, tan obedientes como Liu solo podría soñar con ser. Y se ha sentido
bien, tan jodidamente bien. Cada momento de duda, de debilidad, Mörblut lo ha
aplacado con su voz, sus manos, su lengua. Pero ahora él no está ahí, Xander
jamás podría permitirle acercarse a Liu, a su Liu… y parece que con su
ausencia, queda un hueco que la culpa y el malestar ocupan, pues aunque Xander
ama ver el rostro de Liu lleno de temor, sus manos temblando, su cuerpo quieto
y dúctil para él, también se siente mal.
Peor de lo que jamás se ha
sentido. No hambriento o dolorido, no cansado o humillado. Es algo que descubre
ahora y, como cualquier herida fresca, sangra en su consciencia con un ardor
insoportable.
Xander sabe que esos sentimientos
son una debilidad y que debe erradicarla, quemarla a fuego y que cicatrice, que
no sea ya una herida sino costra insensible, pero… pero se dice a sí mismo que
si va a hacerlo de todos modos, a extirpar la humanidad en él, no pasa nada por
hacerlo un poquito tarde.
<<Solo esta noche>> se dice <<Me permitiré sentirme así solo por lo que
queda de noche y mañana seré distinto. Seré yo de nuevo>>
—¿Qué harías, Liu, si te dijese
que sí, que pretendo tomarte ahora mismo?
El muchacho traga saliva, un
hipido sale de su garganta y se siente tan estúpido que quiere golpearse.
<<¿Para esto llevo
esperándolo días, semanas? ¿Fantaseando con no estar solo? ¿Para que cuando
venga me haga lo más horrible que sabe hacer? Soy idiota, me he buscado este
dolor, lo he pedido…>>
—¿Puedo hacer algo, acaso?
—responde en un hilillo.
—No, pero la cuestión es si lo
intentarías. Si crees que tienes suficiente poder sobre mí como para intentar
pararme. Si me crees tan débil, tu —y el vampiro no puede evitar reír entre
burlón y ácido antes de pronunciar las siguientes palabras —demonio doméstico.
Liu niega frenéticamente,
alborotando los cabellos chocolate que goteaban hasta ahora sobre su rostro, el
agua llevándose las lágrimas como un cómplice silencioso.
—No, y-yo no… Xander, yo no
pienso que tenga ningún poder sobre ti. Sé que no. Por favor… —implora, su voz
ya rota por el miedo, su espíritu incapaz de luchar.
Xander observa a la presa a la
que tan fácilmente ha sometido, a la que podría tomar en ese mismo instante: su
lechoso cuerpo recorrido por las gotas de agua fría que ponen sus vellos de
punta, su cabello mojado, brillando y formando hermosas ondas cuando se le pega
a la frente y a las mejillas, su cara roja, sus piernas abiertas para él
obedientemente, sus brazos cruzados sobre su pecho en un vano intento de tranquilizarse
a sí mismo.
Xander se levanta de pronto,
alejándose del chico.
—Bien. Porque voy a tomarte, no
ahora, porque estoy cansado y satisfecho, pero quizá en un rato… quizá mañana
al despertar, quizá en una semana. Cuando yo quiera, Liu, tan pronto como lo
desee.
Xander camina hasta la puerta
mientras habla y termina apoyado en el umbral. Liu tarda unos segundos en reaccionar,
lo mira ceñudo, todavía procesando sus palabras, hasta que sus hombros caen
junto a un profundo suspiro y el chico reúne suficiente valor para empezar a
levantarse del suelo, a caminar con pasos torpes y temblorosos hacia la toalla
y secarse con ella. A vestirse después bajo la silenciosa mirada del hombre que
lo observa de brazos cruzados desde el umbral, como un guardián.
El silencio es incómodo, una
presencia pegajosa y molesta que crece entre ambos y amplifica cada pequeño
ruido -el agua goteando, la puerta crujiendo, la toalla y la tela rozando
contra la piel de Liu- y lo vuelve algo grande que hace saltar a Liu cada vez.
Finalmente, el muchacho intenta decir algo o quizá no puede resistirse a ello,
no tras tanto tiempo sin conversar con alguien que no sea su cabeza.
—Pensé que… que ya no querías
nada de mí; no has venido en muchos días —Xander ladea su cabeza, curioso ¿Ha
percibido acusación en esa última frase? <<Liu no tiene derecho
a enfadarse por que haya vuelto y haya roto su ilusión de que lo había dejado
en paz, al fin y al cabo, solo un ingenuo me pensaría capaz de dejar huir a una
presa>> —creía que te había cansado.
Xander entonces descubre algo que
lo hace dudar, sentirse verdaderamente confuso: el tono de Liu suena tan dulce
y, mientras dice esa ácida frase, como si acaso fuera algo malo el pronóstico
de que harte de él y lo deje a su suerte, el chico vuelve a suspirar, esta vez
intentando disimularlo, pero siendo incapaz de ocultar como sus hombros se
destensan. Como una sonrisa se empieza a formar en las esquinas de su boca.
—¿Y te alivia descubrir lo
contrario? —pregunta entre el asombro y la burla. Luego, con voz seria, agrega:
—Ser mi objeto de deseo no es algo bueno, Liu.
El chico niega, como dolido, y
termina de envolverse en un cómodo y cálido pijama de suave forro azul por
dentro. Acaricia sus mangas, como fascinado.
—Me alivia verte —dice sin mirar
al vampiro y el calor en su rostro seca cualquier pequeña gotita de agua que
estuviese recorriéndolo —, no que… que sigas viéndome como una presa deseable.
Xander se adentra en el baño de
nuevo, sus ojos posados en Liu, que retrocede unos pasos, asustado. Xander
coloca una mano en la estrechez de su espalda baja y lo guía gentilmente
afuera.
—Si no te viese así, no tendría
razones para venir —explica con voz calmada, casi melancólica, mientras
acompaña a Liu a la cama. La suavidad de sus actos contrasta con el hecho ahora
evidente bajo la luz del cuarto de Liu de que está salpicado de sangre —.
Además ¿Por qué te alegraría verme? Sólo te traigo sufrimiento.
El chico se pregunta si está
haciéndose ilusiones, si se ha vuelto loco a fin porque <<juraría que
suena arrepentido>>. Liu sube a su cama, se tumba en ella, todavía
tenso, y Xander se sienta a su lado, una mano acariciándole los cabellos de
forma relajante.
Liu suspira. Todo es tan extraño.
—A veces eres agradable —le
responde con una voz pequeñita, como si no quisiese ser oído —. Tus manos son
suaves y das buenas conversaciones.
Xander ríe. Una risa corta y
cálida que hace a Liu sonreír un poco, incluso si no entiende lo que está
pasando. El vampiro aparta la vista, sintiéndose ridículamente halagado y
atrapado con a guardia baja. Ha visto en los pensamientos de muchos, muchísimos
humanos, las cosas zalameras que piensan sobre él, sobre su belleza, su
grandiosidad, sobre su estatus casi divino… pero nunca nadie le ha dicho que
habla bonito o que acaricia agradablemente. Nunca había oído halagos tan
humanos.
—¿Lo hago? —pregunta entre
incrédulo y juguetón. Una parte de él quiere oír a Liu decir eso de nuevo.
Se acerca más al chico en la
cama, tumbándose junto a él, de lado. Liu se voltea para encarar al vampiro,
pero sus ojos no resisten ver su rostro manchado de sangre o sus colmillos y
pronto le rehúyen la mirada, acabando en las sábanas que retuerce entre sus
manos con nerviosismo.
—Realmente sí —confiesa con un
encogimiento de hombros —, supongo que has tenido mucho tiempo para construir
una personalidad carismática.
—No he pasado el tiempo
conversando, Liu —responde con tono duro y su mano viaja del cabello del chico,
todavía húmedo, a su oreja. Traza el cartílago con cuidado y luego sostiene el
lóbulo entre el índice y el pulgar, acariciándolo.
—Oh…—los dedos bajan a su cuello,
trazando la suave curva que lo conecta con el hombro, ese lugar pequeño y
delicado que quiere convertir en una enorme herida roja con sus dientes —y ¿No
te gustaría?
—¿El que? —dice distraído.
—Simplemente sentarte y hablar
por horas. Disfrutar solo de eso en vez de hacer algo malo; no hacer nada,
realmente.
Xander se encoge de hombros,
puede ver como Liu tiembla, puede sentir en la yema de sus dedos como su pulso
se acelera cuando su mano pasa de su hombro a su torso y ya no lo acaricia con
la punta de sus dedos, sino que usa su mano para atrapar su cintura y apretarlo
dulcemente.
—No lo sé, no sé qué me gusta
—responde repentinamente agobiado. La pregunta es algo tan común. Los humanos
se preguntan entre ellos todo el rato qué libros leen o que comidas gustas, que
series ven o cuáles son sus colores favoritos. A él, sin embargo, solo le llega
al oído una pregunta distinta, pronunciada con desesperación ¿Qué quieres de
mi? así que jamás ha tenido que plantearse que le gusta, más que matar y
violentar. Tuvo gustos una vez, ambiciones, hobbies, metas, pero desde que las
perdió, no las ha recuperado y ahora, hallándose vacío, la pregunta lo
atormenta —. No sé qué me interesa, no sé qué me agrada… no más allá de lo que
complace mis instintos —se muerde el labio, acerca a Liu a su cuerpo e inhala
su aroma. Tan dulce y cálido. El aroma de un amanecer, de una vida tranquila.
De las cosas que no puede permitirse y nunca supo que deseaba —Me gustas tú.
—Solo porque complazco tus
instintos, no cuenta. —arguye el muchacho riendo para quitarle importancia.
Xander lo agarra más fuerte de la
cintura, lo estrecha más cerca, hasta que siente los cabellos de Liu
acariciarle el pecho y nota sus respiraciones contra su piel.
—No es solo por eso.
<<¿Por qué he dicho esto?
¿Por qué no puedo parar de decir estupideces esta noche? Mörblut, me has
hartado de muerte, me has emborrachado de sangre y ahora… ahora estoy
avergonzándome a mí mismo>>
—Antes has dicho que el único
motivo que tienes para venir a mí es que satisfago tus deseos —el tono de Liu
tiene una pizca de sospecha, otra de acusación. Y mucha, mucha tristeza y
decepción.
—Digo cosas —suspira el rubio, su
mano ahora migra hacia la espalda del chico y se cuela bajo la afelpada
camiseta del pijama para acariciar la suave curva de su columna, que se arquea
bajo su contacto —, pero no significa que sean verdad ¿Eres tan ingenuo de
confiar en la palabra de un vampiro?
—Soy tonto, supongo —admite Liu
encogiéndose de hombros, cediendo a la forma en que el vampiro lo empuja hacia
él y hundiéndose en su abrazo. Entierra su cabeza en el pecho sin corazón del
vampiro, inhala su aroma, calienta su gelidez y suspira con tristeza al hallar
confort en la cuna de su perdición.
<<Verdaderamente estúpido,
sí, señor…>>
—No, no creo que lo seas.
Liu alza la vista desde el pecho
del vampiro con una mueca divertida. Una ceja arqueada, casi desafiante, y las
comisuras rizándosele en una inesperadamente traviesa sonrisa.
—Una vez pensé que el estómago
era como un horno, porque se siente cálido después de comer, así que comí
harina, huevos, mantequilla… todo crudo. Pensé que haría galletas, pero acabé
en el hospital.
Xander rompe a reír en ese
preciso instante y la cercanía que tenía para con el chico se rompe cuando el
hombre cae de espaldas sobre el lecho, sosteniéndose el abdomen por lo mucho
que duele carcajearse tanto. Liu lo mira algo avergonzado, una risa tímida y
angelical escapando de sus labios.
—Eso es… —Xander titubea, todavía
riendo mientras intenta hablar —es inesperado, Liu, y ridículo. Muy ridículo
¿Cuantos años tenías? Y ¿Cuál era el plan para sacar las galletas de tu
estómago si lograbas hornearlas?
Liu ríe y niega.
—No lo sé, no lo pensé mucho. Era
pequeño, pero no tanto. Creo que tenía diez años o así —confiesa entre
risillas.
Xander vuelve a estallar en
carcajadas y cuando estas mueren en sus labios y nota su abdomen acalambrado y
las comisuras de su boca dulcemente doloridas, vuelve a voltearse hacia el
chico, rodeándolo por la cintura y mirándolo con una sonrisa radiante y hermosa
en sus labios que poco tiene que ver con los colmillos que asoman por los lados
y todo tiene que ver con algo cálido y bonito que siente en el pecho.
—No sé cómo defender tu
inteligencia de aquí en adelante. —bromea mientras aparta un mechón caoba de su
rostro y se lo recoge tras la oreja.
Sus ojos oscuros brillan tanto
cuando sonríe… y se le forman bonitas arrugas a los lados que quiere besar,
para saber qué textura tiene la alegría de un humano bajo sus dedos, pues ya
conoce el sabor y el tacto de la desgracia.
—Aunque ¿Quién sabe? Quizá eres
un genio y si conseguiste hacer repostería en tu interior. Eso explicaría por
qué hueles y sabes así —<<por qué actúas así, por qué me haces sentir
así>>—, por qué eres tan dulce.
Liu enrojece y mira a otro lado,
titubeando nerviosamente. Xander está acostumbrado a pintar la cara del chico
de ese cálido color arrebol, pero rara vez lo logra más que avergonzándolo o
humillándolo. Ahora, sin embargo, Liu se siente halagado y avergonzado, sí,
pero de una forma agradable y cosquilleante más relacionada con el pudor y los
nervios que con sentir que es destripado de su dignidad.
Y Xander se halla fascinado
cuando lo ve sonrojarse de ese modo. Cuando lo ve bajar la mirada y lamerse y
morderse los labios, retorcerse los dedos con un nerviosismo exquisito que no
implica terror, solo una ligera, atractiva intimidación, cuando ve que sus
pestañas se baten juguetonamente y su boca falla al ocultar una boba sonrisita.
—¿Q-qué hay de ti? ¿Qué es lo más
estúpido que jamás has hecho?
<<Esto. Sentir
esto.>>
—Quedarme atrapado en el fondo
del mar por meses —Liu alza la cabeza como un topo saliendo de su madriguera y
luce tan tierno y desconcertado que Xander ríe y le revuelve los cabellos —.
Estaba en un crucero y el mar, por la noche, no era ni de lejos tan hermoso
como lo vi en la publicidad, con ese agua azul, el cielo claro y el sol ocre y
rojo saliendo… Quise tanto ver el amanecer que decidí intentarlo. Pensé que, si
me quedaba dormido, como nos pasa a los vampiros cuando es de día, nadie se
daría cuenta o pensarían que estaba borracho y me llevarían a mi camarote, así
que fui a la popa, me coloqué en el filo y me dormí. Ah, y me caí al mar como
una jodida piedra, es una suerte que no necesite respirar. Cuando desperté no
sabía cómo volver. Usé mi velocidad, pero ya sabes, el agua ralentiza las cosas
y con cada amanecer me volvía a dormir en medio del mar, la corriente me
arrastraba y al despertar no sabía ni en qué dirección ir. Tuve que beber
sangre animal. De tortuga. Sabía cómo masticar una lata de atún podrida.
Liu alterna su rostro entre una
hermosa mueca de diversión mientras el chico ríe y patela como si le hiciesen
cosquillas y otro visaje, este de sorpresa, con sus ojos enormemente abiertos y
la mandíbula inferior casi arrastrándose por las sábanas, mientras el vampiro
le cuenta la historia.
Xander no sabe por qué esa
anécdota particular ha salido a flote en su memoria ahora, pues sabe que ha
estado en aprietos más extraños, pero se alegra de haberla contado.
Nunca pensó en esa historia como
más que un recuerdo de algo molesto, pero ahora, cayendo en la cuenta de que
tiene a alguien a quien contárselo, alguien como Liu, tan maravillado por cada
cosa nueva, tan ingenuo y a la par dulce, descubre que su experiencia es
divertida para otros. Le gusta descubrirlo.
—¿Entonces lo viste? El
amanecer, digo.
Xander niega melancólicamente.
Recuerda en ese instante la sensación de impotencia cuando su cuerpo no le
obedeció, cuando él, que tiene la fuerza para levantar imperios enteros y hacer
de ellos meros escombros, no pudo luchar contra unos párpados que pesaban ni
aunque fuese lo que más ansiaba en el mundo en ese momento. Recuerda cómo se
sintió nadar contracorriente, luchar contra algo tan antiguo y grande como la
naturaleza.
—No pude —suspira —. Siempre me
ha dado curiosidad saber cómo es el mundo de día, bañado en luz. Intento
recordarlo y jamás puedo y he intentado mil veces permanecer despierto, pero no
lo he conseguido.
Liu rueda en la cama, lejos de su
agarre, y Xander está tentado por un momento a perseguirlo y devolverlo a la
fuerza a su lado, pero no es necesario. Liu solo levanta un poco la cortina,
mira por su ventana y vuelve al lado de Xander.
—¿Quieres probar hoy? No quedan
muchas horas hasta que amanezca.
—Me quedaría dormido, entonces.
Liu se aclara la garganta y mira
a otro lado. Se siente extraño, un remolino en su vientre, un incendio en sus
mejillas.
—U-uhm, puedes dormir aquí
—ofrece amablemente y, con un hilillo de voz, añade: —. Me gusta la compañía y
tu compañía cuando no estás consciente es la mejor.
—¿Eres muy valiente haciendo
bromitas de esas, no? —pregunta divertido Xander, alzando una ceja y apretando
al chico más cerca de él posesivamente.
—P-perdón. Estoy nervioso.
—Te he desacostumbrado con mi
ausencia, tendré que volver a hacer que te acostumbres a mi. A mi voz —murmura
mientras se inclina en su oído, habla despacio, ronco, y Liu siente el tono
íntimo y ronroneante reverberar en su interior con un escalofrío que jura que
puede hacerle temblar el alma —. A mis manos —tan pronto lo dice, estas suben
por su cuerpo, lo toman de la cintura mientras Xander gira en la cama,
colocándose sobre él. Liu no se resiste, mira a un lado, sumiso, obedientemente
exponiendo su cuello mientras Xander alza su camiseta y acaricia su tripa llana
—. A mis deseos.
—No es… algo que tengas que
recordarme. C-créeme, no lo olvido. —intenta que su voz suene pequeña,
asustada, dócil, pues él lo está, pero ante todo respetuosa. Xander está siendo
amable esa noche y, tras haber sufrido su silencio y sus gritos, Liu no querría
hacer nada que arruinase sus palabras bonitas.
Las manos de Xander exploran su
cuerpo libremente. Suben hasta su pecho, hasta su cuello. Una mano rodea su
garganta, los dedos firmemente prensados sobre la tierna piel, sintiendo su
pulso. Su otra mano acaricia una de las palmas de Liu, la izquierda, el índice
recorriendo cada dedo y luego pintando sus líneas de la vida para, al final,
bajar poco a poco la manga ancha de su pijama.
Liu se aparta antes de que Xander
pueda desnudar su antebrazo, su muñeca, y el vampiro nota el pulso del chico
acelerándose.
—Liu. Déjame ver qué tienes ahí.
—es dulce, es suave, pero es una orden de todos modos. Xander aprieta un poco
su cuello por unos segundos para demostrárselo, para dejarlo más dócil, pero
solo logra que el chico se agobie y empiece a respirar agitado y a balbucear.
—¡Nada! N-no es nada, Xander, por
favor. —pero la mano de Xander vuelve a su muñeca, vuelve a pinzar su ropa, a
bajarla.
Y esta vez, cuando Liu pretende
apartarse, Xander aprieta su cuello duro y eso lo paraliza lo suficiente como
para que el vampiro revele su muñeca toda llena de trazos. Algunos rojos, otros
violáceos, otros amarillos o blancos, mero tejido cicatrizado incapaz ya de
sangrar o doler. Aun así, las heridas frescas exceden a las sanadas, lucen tan
rojas, tan profundas.
La sangre huele desde ahí,
incluso, y Xander siente un peso enorme sobre sus espaldas cuando confirma con
sus propios ojos lo que antes, en la ducha, creyó atisbar, pero deseó no creer.
—¡F-fue cocinando, fue cocinado y
picando verdura muy rápido y me di cu-cuebta tarde y por eso hay varios
po-porque estaba medio dormido y…
<<Pienso en cuando me
violaste cuando me corto>>
Liu cada vez jadea más de lo que
habla, balbucea más de lo que pronuncia y pronto sus labios solo dejan salir
sollozos e hipeos angustiados, aterrados. Recuerda lo que pasó la última vez
que lo pilló cortándose, ambos lo recuerdan, lo harán por el resto de su vida.
Liu es un lío de lloros, temblores y resistencia, incluso cuando Xander suelta
su cuello y le sostiene solo la muñeca intentando no hacer demasiada presión.
El chico se vuelve loco intentando liberarse del agarre, arañando, suplicando,
incluso nota la forma en que palidece tal y como si su cuerpo estuviese listo
para apagarse, para que Liu perdiese la consciencia justo el rato necesario
como para no estar presente para lo que anticipa.
Y Xander quiere calmarlo. Quiere
acunarlo cerca y suave, decirle que no está enfadado, que no va a herirle, que
no necesita hacer excusas. Pero una fría capa de hielo e indiferencia ha sido
puesta sobre él hoy, como un manto que su maestro ha usado para cobijarlo, así
que las únicas palabras que salen de su boca son:
—Me da igual, Liu. Cálmate.
El chico suspira. El alivio se
hunde en su pecho, pero este sigue hundiéndose y hundiéndose y hundiéndose. Liu
conoce esa sensación: decepción. Se alegra de no haber obtenido la reacción de
Xander que anticipaba, pero no obtener ninguna se siente como un castigo
también.
—¿Por qué ha sido? —Liu se calma
lo suficiente para ese momento, así que Xander puede liberar su muñeca y
simplemente trazarla con los dedos cuidado de no rozar ningún corte abierto. La
piel de Liu es sensible en la zona y el chico se arquea y se tensa por cada
pequeño centímetro de sus pecados hechos cicatriz que el otro recorre.
—No lo sé —solloza el chico,
demasiado roto por el temor de hace unos instantes como para guardárselo todo
dentro en vez de explotar en un mar de lágrimas y dejar toda su angustia salir,
esa que lleva semanas en su interior enquistada, creciendo, amenazando con
anegarlo todo y ahogarlo —, me siento mal últimamente. Pienso en mi familia, en
Matheo, en ti, en mi futuro, en lo que pasó con Jack, en que no sé qué estoy
haciendo con mi vida, en las pesadillas. No sé qué cosa ha sido, de todas esas.
Todas, posiblemente.
Xander tiene un rostro impasible.
Facciones de piedra que protegen bien emociones que se sienten como un nervio
expuesto que es retorcido por cada triste palabra del humano.
—Son más profundos que antes
—susurra <<Más verticales, también.>>
Liu asiente, pero ninguno dice
nada más sobre el tema. Xander pasa un larguísimo rato en esa posición, sobre
el chico, con sus ojos clavados en la piel hermosa y nívea llena de
laceraciones de precisión clínica y profundidad cínica, acariciando los contornos
de esos dolorosos recuerdos y preocupaciones clavadas en su piel. Sus dedos
trazan despacio las líneas, como queriendo repararlas, como queriendo derramar
sobre ellas su magia y ver cerrarse la piel, volver a reunir los pedazos del
corazón roto de Liu.
Y puede hacer lo primero, pero no
lo segundo ¿Y de qué serviría curarlo? Su magia no es más que maquillaje,
pintura sobre podredumbre, el borrado de las consecuencias, jamás de las
acciones ¿Cómo curar a Liu si solo son sus síntomas los que no soporta ver
mientras su enfermedad es él, él mismo, como un cáncer que lo quiere poseer
entero, que hace metástasis hasta apoderarse de cada rincón de su ser, su
cabeza, su corazón, su cuerpo entero, un agente agresivo, destructivo, que
intenta atrapar y solo sabe corromper? ¿Cómo puede reconstruir algo cuando sus
manos reconocen tan bien la forma de sus profundas grietas porque no saben
sostenerlo sin romperlo?
Poco a poco, la respiración de
Liu se normaliza. Su corazón late más lento, sus lágrimas se secan. Xander
vuelve a tumbarse a su lado, en silencio.
—¿Dónde has estado estos días?
—la pregunta de Liu es inesperada, inocente incluso, pero Xander la siente como
una acusación, un ataque, así que no responde, se defiende con acidez:
—No me he ido a ninguna parte, de
hecho, sabes donde vivo. Podrías haberme ido a buscar si tanto extrañabas mi
presencia.
Liu tuerce la boca, herido, y
asiente. <<No hago nada para ganarme la compañía que siempre extraño.
No fui suficiente para ellos, ya no sé esperarme para hacer amigos, ni siquiera
intento ofrecerme apeteciblemente para él y luego lloriqueo porque pienso que
le he cansado. Soy patético>>
Xander se siente estúpido por
haber saltado tan pronto cuando Liu solo preguntaba con un tono lleno de
curiosidad y añoranza. Sabe que es porque se siente culpable, pero no es Liu
quien lo culpa, incluso cuando debería, el único dedo incriminador que lo señala
está en el dorso de sus párpados cada vez que los cierra.
—¿Dónde has estado hoy? Estas
manchando mi cama de sangre.
Xander suelta una risa corta.
—No es la primera vez.
—No será la última tampoco ¿No?
—replica el otro con sorna.
—No mientras no te mate.
Liu deja de sonreír, deja de
jugar. Traga saliva y responde, con la voz temblorosa:
—¿Eso es un no?
Xander suspira y se sostiene el
puente de la nariz.
—Lo es, Liu —reprende, cansado —,
sabes que no voy a matarte.
<<¿Por qué me haces decirlo
en alto? ¿Por qué me haces admitirlo? Está mal, Liu, está mal que las cosas
sean así.>>
—N-No lo sé —murmura el muchacho
y se remueve en la cama, dándole la espalda al vampiro aun cuando este lo
abraza por detrás, su pesado antebrazo sobre la estrechez de su cintura,
empujándolo cerca —, tú me lo dices y luego me dices que no debería fiarme de
la palabra de un vampiro.
—Si pudiese matarte ya lo habría
hecho, créeme —susurra en su oído, pero más allá de un escalofrío, Xander no
obtiene respuesta —Hoy he estado cazando. Lo he hecho con mi creador, resulta
que ha venido a buscarme después de tanto tiempo.
Liu voltea su cabeza hacia atrás,
buscando la mirada de Xander. Tiene sus cejas delgadas y oscuras levantadas con
genuina sorpresa
—Oh, eso es bueno —le sonríe,
pero al ver que el otro no le devuelve el gesto frunce su ceño —¿No estás
contento?
—Lo estoy, es solo…todo es
confuso. No sé qué sentir, llevo tanto esperándolo y ahora que lo conozco estoy
emocionado pero tan enfadado por haber tenido que esperar. Quiero sentir
adoración y lo hago, pero el rencor a veces es más fuerte. Me gusta matar con
él porque entonces todo es silencioso, mi mente se queda en blanco y no hay
lugar para sentimientos complicados.
<<¿Por qué estoy
confiándole mis preocupaciones a un humano? Estos sentimientos que no he
querido decir en alto tan siquiera frente al espejo, estos sentimientos que
atesoro, que sé que son delicados porque me hacen frágil ¿Por qué se los doy a
él como si con su efímera existencia pudiese protegerlos?>>
—¿Compartes… uh, p-presas con él?
¿Lo… lo vas a traer aquí?
Xander nota al chico encogerse en
su abrazo, los músculos tensándosele, el ritmo cardíaco disparándose. La
respuesta es obvia, pero fantasea con lo que le ha dicho el chico y tan pronto
imagina las manos del pelirrojo sobre la piel pecosa de Liu, los dedos
hundiéndose en su cabello oscuro como el café, sus ojos viendo la miradita
oscura y brillosa del chico como un cielo estrellado, sus labios besando sus
sangrantes heridas… Xander siente que algo peligroso se agita en su interior.
Algo que le advierte que es mejor detenerse.
—No voy a compartirte. —responde
y sabe que su tono es demasiado rudo cuando Liu se encoge —Eres una presa, pero
no es… no es como con las demás. Eres mío, Liu.
—¿Y porque los demás no? —Xander
sabe que la pregunta es inocente, que el chico es solo curioso, que lo ha
sumergido en un mundo extraño, oscuro y doloroso y que solo está intentando
hallar sentido en él, pero la pregunta lo hace sentir exaltado, casi enfadado <<¿Acaso
no es obvio?>>
—Porque no me importan, porque
son carne y sangre y puedo encontrar eso cuando quiera, donde quiera. Pero tú
no —responde, abrazándolo fuerte, hundiendo su rostro en el suave hueco entre
su cuello y su hombro, inhalando su aroma hasta calmarse y luego dejando un nimio
beso antes de susurrarle —no puedo encontrar a un chico tan tonto como para
intentar hornear galletas en su intestino en cualquier sitio.
Ambos ríen un poco, bajito, a gusto,
como la risilla de dos estudiantes que temen ser pillados y regañados, como si
compartiesen una broma que es mitad secreto. Algo íntimo.
—No todas las sangres saben a
harina cruda, supongo, así que eso me hace especial. —bromea Liu, pero Xander
no tiene ganas de reír, solo de abrazarlo fuerte y cerca y de besar su cuello
una y otra vez como si fuese a irse por un largo tiempo y temiese olvidarse de
su sabor, de su calor, de la ternura de su piel bajo sus labios.
—Quizá es eso.
De nuevo, un largo, extraño
silencio flota entre ambos como perfume. Esta vez no es incómodo, en absoluto,
en él Liu empieza a hallarse somnoliento, bosteza y se acurruca en el abrazo de
Xander, su cuerpo empezando a relajarse como cuando estaba bajo el agua cálida
de en la tina, solo que ahora el candor tiene otro origen, pues ahora es bañado
en besos y caricias. Xander amasa su cintura, recorre su espalda, traza
círculos en su tripa y posa sus labios con amabilidad en su oído, en su cuello,
su hombro, en el hueso de su clavícula.
Medio amodorrado, Liu dice:
—En un par de semanas acabará el
curso.
Xander sonríe por la tierna voz
de Liu cuando está a punto de quedarse dormido.
—¿Y quieres pedirme que vaya a la
graduación contigo? Te aseguro que serás el centro de la fiesta.
—No, solo te lo quería decir.
—¿Por qué?
Liu se deja hacer un rato más,
virando entre el sueño y la vigilia mientras Xander recorre su cuerpo con manos
enormes y demasiado suaves y buenas para ser verdad. Su pecho duro y su abdomen
marcado se pegan a su espalda por detrás, haciéndole sentir envuelto como un
bichito feliz dentro de su crisálida.
—He aprobado todo, hace poco
hicimos los finales.
Xander no puede evitar sonreír,
pero Liu no puede verlo, ya que tiene los ojos cerrados, pero puede sentir los
labios del vampiro estirarse y curvarse contra su piel.
—De nada por haberte dejado
tranquilo para que pudieses estudiar. —bromea, su voz grave y baja, susurrante
como si temiese despertarlo.
—No me robes el mérito —se queja
Liu y lanza un manotazo inútil y flácido al aire que no hace más que rozar el
brazo del vampiro.
—Dame otra vez y te robaré el
diploma.
Ambos ríen perezosa,
cálidamente.
Xander acaricia a Liu y lo besa
con aún más delicadeza y no puede sino desear que ese momento no termine nunca.
Que la noche se congele, que el día nunca llegue y ambos puedan vivir en ese
instante. Xander quiere ese momento frágil y etéreo y tan malditamente fugaz,
quiere meterlo en una burbuja y quedarse en ella por siempre, quiere volverlo
un hilo muy fino y pedirle a alguien con magia en los dedos y una aguja que
pueda cambiar la textura del universo que teja su eternidad con de lo que
quiera que está hecho ese momento.
Quiere quedarse. No solo en esa
cama. No solo junto a Liu. Si no quedarse así, en este estado en que no
tiene hambre y sus deseos se han calmado, en que puede ver a Liu como un amante
haría y no como un depredador. Quiere poder ser normal un rato más, poder
sentir estas cosas que solo sienten los que no comparten su don y su maldición.
Quiere no tener que despedirse de
todas las cosas que ese chico ha despertado en él.
<<Pero…>>
—Liu.
—¿Si? —responde medio dormido.
—Estoy feliz de que lo hayas
conseguido. Estoy orgulloso.
<<¿Qué estoy haciendo, Liu?
¿Qué me has hecho?>>
Un sollozo interrumpe sus
pensamientos. Besa a Liu en su nuca con ternura mientras lo nota enjugarse las
lágrimas.
—Gracias… yo… no sé qué hacer
ahora. Me da miedo, llevo años estancado aquí e intentando progresar y estoy
feliz de haberlo logrado pero me aterra tener que seguir adelante. No sé qué…
cómo lo haré. Llevo tanto tiempo hundido en la muerte de… de… de ellos,
que no sé cómo vivir ya.
Xander lleva sus manos al frente,
con una le sostiene delicadamente las muñecas al chico, retirándole los dedos
del rostro, con la otra le limpia él mismo las lágrimas. Despacio, cuidadoso,
como si cada gota salada fuese una perla frágil que debe transportar a su
destino, como si la piel de Liu fuese papel.
—Puedes quedarte parado un poco
más. No hace falta que avances aún. Puedes pensar, ver tus opciones antes de
dar un paso. Tomarte un tiempo para descansar, quizá. Cambiar da mucho miedo,
Liu, incluso si es para mejor. No hace falta que lo hagas rápido, nadie te
obliga.
El chico respira hondo tras
escuchar sus consejos y aunque los agradece, se siente impotente. Claro que
un vampiro sabe adaptarse al cambio, ha recorrido siglos y milenios, ha visto
civilizaciones nacer y morir, ha durado más que cualquier mandato de un rey,
que cualquier ejército u forma de gobierno. Xander sabe transitar el cambio
porque su propia condición lo empuja a ello, lo arrastra por las áridas tierras
de lo fluido y lo diverso, pero él, Liu, es un mortal.
Una criatura hecha para estar en
el mundo apenas unos instantes y en ese tiempo pocas cosas deberían cambiar y
él, sin embargo, ha sido arrojado de un lado a otro, las manos del destino
jugando con él cruelmente ¿Cómo adaptarse a ello en meses cuando siente que
necesita esta vida y la siguiente solo para hallar las fuerzas necesarias como
para salir de la cama cada mañana?
—No quiero sentirme vago o inútil
o como que soy incapaz de hacer las cosas.
—No tiene nada de inútil que
cuides de ti. Nadie más lo va a hacer por ti, Liu.
Sus palabras son sinceras, pero
duelen como una piedra hundiéndose en su vientre. Liu asiente, dejando las
lágrimas caer.
—¿No te has sentido estancado
nunca?
—Siempre —Xander ríe, aunque es
un sonido cargado de amargura —. No puedo avanzar, no puedo cambiar, no puedo
mejorar. La inmortalidad es estar congelado mientras el tiempo pasa, no avanzar
junto a él.
Liu frunce el ceño. Xander, para
no haber pasado su larga vida conversando tiene una facilidad natural para
hacerlo: sus palabras fluyen seductoramente y siempre suenan tan sabias, tan
certeras. Liu, por supuesto, sabe que Xander conoce más que él la condición de
ser un vampiro, lo que significa en su sentido más profundo, pero no puede
dejar de pensar que Xander parece ciego ante sí mismo.
—Yo creo que sí puedes cambiar
—reprende el chico suavemente.
Xander suspira en su nuca,
exhausto. Tiene que arrastrar las palabras mientras le contesta:
—No es así, Liu, créeme.
—¿Entonces qué es esto?
La pregunta es rápida, afilada,
pero Xander la esquiva como un puñal. No quiere pensarla. No quiere responderla
de veras.
—No es una mejora, Liu, es una
mentira.
—¿Por qué? —pregunta el chico y
de repente su voz suena como si fuese a llorar.
—A veces me gusta fingir que soy
normal.
Xander acaricia la curva de la
cintura de Liu, sigue el contorno con la yema del índice pensando en cómo todo
en él es suave: cada rincón, cada ángulo de su cuerpo, cada curva de su
anatomía. Cada centímetro de piel, cada mechón de pelo, cada palabra, cada
lágrima.
—Eres un buen actor, entonces
—Liu entreabre los ojos sintiendo un cierto calor familiar sobre sus ojos, como
un halo —Oh, mira, ya aman…
Pero no necesita voltearse para
saber que el vampiro se ha dormido, le basta con sentir el peso de su brazo
sobre su costado y la lentitud de sus respiraciones contra su cuello.
Capítulo 90
Jeremy tiene que removerse con
mucha lentitud y cuidado para escapar de los brazos de Aidan. El vampiro tiene
un sueño pesado últimamente, intuye que, debido a su escasa alimentación, pero
pese a que duerme como una piedra, se aferra a él en sueños con una fuerza
abrumadora.
En las noches en las que el
muchachito de cabellos nacarados se despierta primero, como esta, tiene que
seguir un lento y trabajoso ritual para escabullirse del abrazo de Aidan sin
que este se percate o, de lo contrario, el vampiro refunfuña dormido, lo agarra
con violencia y lo aprieta contra él como si fuese un peluchito lleno de
algodón y no de órganos internos frágiles.
Por suerte, Jeremy ha
perfeccionado su técnica, que consiste en ir reemplazándose poco a poco por un
bulto hecho de almohadas y sábanas que el vampiro abraza con ímpetu mientras él
sale a hurtadillas de la habitación para tomar algo de desayuno y preparar de
antemano de su comida.
Los primeros días le daba apuro
bajar a la cocina solo, puesto que la casa no era suya y encontrarse con Xander
le resultaba incómodo, vergonzoso cuando ciertos recuerdos le venían a la mente
y el otro, con su sonrisa pilla, le hacía saber que podía leer sus sucios
pensamientos. Pero poco a poco fue ganando confianza, pues Xander fue y es
sorprendentemente amable con él y, de vez en cuando, le pregunta sobre humanos
como un niño curioso tratando de aprender sobre su animal favorito.
Ahora, sin embargo, vuelve a
agobiarle de nuevo la idea de bajar solo al primer piso, no ya por Xander, sino
por ese otro vampiro que a veces lo acompaña. Un hombre grande como una bestia,
pelirrojo, con una cicatriz recorriéndole la nariz y los ojos más fríos que ha
visto nunca. El hombre lo saluda a veces, le dice incluso que le dé recuerdos a
Aidan o que le diga que se anime a jugar con ellos un día, pero Jeremy siente,
bajo las palabras cordiales y la sonrisa afable del tipo, que sus ojos lo miran
con la misma expresión con la que mirarían un mero pedazo de carne.
Siempre le da escalofríos incluso
de recordarlo. Es ver sus ojos y un nudo se le forma en la garganta, su cabeza
se emborrona como llena de gas y sus ojos, inquietos, no pueden sino bajar al
suelo.
Por suerte, hoy se encuentra
solo. Xander no volvió anoche, lo cual es raro, pero cada vez más usual desde
que es amigo del pelirrojo, así que él y Aidan están solos en la casa.
El muchacho desayuna un yogurt
con almendras y un delicioso y refrescante tazón de fresas con miel antes de
prepararse un bocadillo para después, envolverlo cuidadosamente y dejarlo en la
nevera. Desde que está con Aidan, el vampiro le ha insistido de tal manera en
que coma bien -le regaña si no toma suficiente fruta o verdura, le regaña si no
toma proteína y si la toma le riñe porque no es de fuentes variadas, le regaña
cuando olvida tomar carbohidratos o grasas saludables o fibra o cualquier cosa
en realidad- que ahora Jeremy siempre se siente feliz y saciado. Y un poco más
blandito, pues sus costillas no protuberan tanto, su vientre todavía delgado
empieza a tener zonas suaves de donde agarrar, sus piernas son algo más que
piel sobre hueso y sus brazos lucen ligeramente más musculosos.
Cuando termina de comer, el chico
se lava los dientes y sube de nuevo a la habitación, donde Aidan sigue dormido
como un tronco y abrazando el guiñapo de mantas y cojines que cree que son su
amante de cabellos de plata y ojitos de luna llena.
Jeremy se acerca al vampiro,
lentamente quitándole las sábanas y almohadas hasta que el hombre frunce el
ceño, añorándolo. Se sube a horcajadas al vampiro y lo admira desde ahí. Su
rostro apacible y sumiso en la inconsciencia posee una belleza propia de las
clases nobles de antaño, una belleza que parece ser el producto del pecado
entre un ángel y un demonio: su tez pálida, sus labios gruesos, la nariz recta
y las finas y oscuras cejas expresivas, sus pestañas largas, arqueadas. Luce
andrógino a veces, increíblemente masculino cuando lo desea y taimado como una
muchacha traviesa cuando es necesario. Sus cabellos negros y brillantes como
seda lamen su rostro, hermosos mechones sobre sus mejillas, su frente, sus
labios. Su cuerpo, el de un gran guerrero, parece plácido y poderoso al mismo
tiempo mientras duerme, como lo son los enormes, milenarios árboles que parecen
más antiguo que el bosque que habitan o las rocas que se erigen, altas, lisas,
como pilares del mundo.
Jeremy se inclina, observando la
perfección de sus facciones más de cerca. Sus pestañas de tela de araña rozando
las mejillas del inmortal, sus labios suspirando sobre la frialdad de su boca,
un muerdo del calor de sus besos.
Aidan abre los ojos despacio,
pero sin confusión en su despertar. Lo mira, deseoso y empuja la cabeza del
chico con una mano en su nuca hasta hundirlo en un lento beso. Jeremy jadea
cuando la otra mano del vampiro lo toma de la cintura y lo obliga a molerse
sobre él, deslizándose adelante y atrás sobre las caderas del vampiro. El otro
lo muerde en respuesta y tira de su labio con crueldad, hasta que le duele y el
chico duda de si el otro pretende quitárselo y masticarlo como una chuchería. Y
entonces Aidan lo suelta.
—Que despertar más dulce —lo
halaga, acto seguido tomando la mano derecha del muchacho entre las suyas para
besar el dorso con adoración.
Jeremy enrojece por lo noble del
gesto, por lo romántico e intenso que se siente cuando esos gatunos ojos rojos
lo miran mientras unos labios con colmillos besan luego sus nudillos, uno a
uno.
—Qué caballeroso —el chico suelta
una risilla —¿Así es como seducías a tus amantes hace unos siglos? Es algo
anticuado, pero creo que te está funcionando ahora también.
Aidan ladea su cabeza con
confusión y una sonrisa ladina se forma en sus labios.
—Jamás he seducido a los humanos
de los que he gozado. Tomo lo que me gusta por la fuerza, no necesito ser
amable con quienes son realmente mis presas, no mis amantes.
Jeremy jadea, las palabras de
Aidan son tan naturales, tan casuales, y pese a ello encierran horrores que no
quiere, no puede imaginar. Piensa en Aidan, su Aidan, el mismo
que lo achucha por la noche y le besa las manos y los párpados cuando está
cansado, su ángel, su salvador… arrastrando a muchachos y muchachas inocentes a
su lecho, tomándolos con fuerza y egoísmo y luego vaciando sus venas del mismo
modo en que ha vaciado sus almas con sus viles actos.
—¿Yo qué soy, entonces? —pregunta
temblando ligeramente, la idea de correr el mismo destino que sus otras
víctimas una vez Aidan se canse de él es algo a lo que sabe que no le conviene
prestar atención, pero eso no impide que la idea merodee su mente como si se
encontrase en su propia casa.
Aidan lo mira con deseo, un deseo
que Jeremy ha aprendido a amar pero que desde lo más profundo de su ser algo
instintivo, algo demasiado básico, demasiado elemental para equivocarse, le
chilla que debería evitar, que debería temer.
Las manos de Aidan lo asen de
nuevo por la cintura, dedos fueres y dolorosos clavándose en su piel,
obligándolo a inclinarse hacia delante hasta casi estar tumbado sobre la
firmeza de su cuerpo musculoso.
Aidan lo mira con una sonrisa
taimada en sus labios, la sonrisa de un diablo disfrutando del fuego infernal.
Se lame los colmillos y le responde:
—Un poco de ambas, Jeremy. Mi
presa, porque estás bajo mi poder, porque tu sangre pertenece a mi boca, pero
también mi amante, porque tu cuerpo pertenece a mis manos. Y a tus labios les
queda hermoso mi nombre, sobre todo cuando lo gimen.
El muchacho se ruboriza tan
pronto escucha esas palabras y titubea sin saber qué responder. Está
acostumbrado a escuchar cosas sucias, impactantes incluso, pero Aidan no es un
cliente más y sus palabras no son tampoco de ese talante, quizá por eso le hacen
sentir pudoroso como a un novicio.
El vampiro gira en la cama,
terminando encima del chico y mirándolo intensamente a los ojos mientras
desciende hasta que su boca conecta con la de su bonito amante. Jeremy suspira
cuando los besos pasan de sus labios a sus comisuras y luego a su mentón, a la
línea de su mandíbula, la cual Aidan perfila con su larga lengua.
Un escalofrío lo recorre entero y
su imaginación lo hace retorcerse de placer ante las muchas cosas que se le
ocurren que esa parte de Aidan puede hacer. Mientras el vampiro lame ahora su
cuello, el chico no puede sino fijarse no en su rostro o en su sonrisa, sus
labios, sus dientes… sino en su boca entera, en cómo los colmillos le han
crecido en segundos y son tan grandes, gruesos y largos como los de un enorme
canino. Los colmillos son puntiagudos como alabardas, pero tras ellos también
puede ver una hilera de otros dientes quizá no tan prolongada, pero con puntas
peligrosas como si se tratasen de una sierra. En la cordillera de dientes de su
mandíbula inferior, Jeremy también distingue cambios: sus incisivos son un poco
más largos y los colmillos parecen una versión reducida de las largas cuchillas
que el hombre porta en la mandíbula superior. Jamás se había fijado en que los
vampiros tenían tantos dientes afilados o, quizá, Aidan jamás había
sentido la necesidad de mostrar más que sus dos colmillos más prominentes en su
presencia.
<<¿Es por el
hambre?>>
Nota también que la lengua del
vampiro es inhumana. El color rojo y vivaracho coincide con el de sus
labios y parece hecho para disimular la sangre una vez se derrama en ella o,
quizá, se ha teñido de ese color en consecuencia de ser bañada en él tantas
veces. Pero su tono carmesí no es lo que le sorprende de la lengua del vampiro,
sino su forma, ligeramente puntiaguda como si se tratase de una cola de
serpiente y su longitud.
Con un solo lametón le recorre el
cuello entero y Jeremy se pregunta si su lengua es tan larga como alto es su
cuello <<Quizá más>> estima traga saliva cuando nota la
punta de su lengua en sus clavículas ahora.
Pero Jeremy no tiene tiempo de
fijarse más en la extraña y atractiva anatomía del vampiro, no cuando Aidan le
rompe la camisa brutamente y luego le sostiene los brazos rodeando su pequeño
bíceps y clavándolo en la cama. Inmovilizado, Jeremy solo puede voltear su
cabeza y ofrece su cuello al hombre que tan gustosamente parece saborearlo. Ama
la pasión con que Aidan lo besa y lame, pero algo en sus labios, en cómo buscan
rápidamente el color de su piel tan pronto se alejan, le resulta desesperado. Hambriento.
El vampiro muerde su cuello.
—Ah… —murmura el muchacho
sintiendo las leves punzadas de los filos en la boca de su amante apretar la
tierna piel con delicadeza, la suficiente para no romperla, pero también la
necesaria como para dejar claro cuan fácilmente podrían.
Aidan chupa la piel mordisqueada
hasta que Jeremy siente punzadas en la zona y nota su pulso en la boca del
otro, que deja un morado oscuro y, alrededor, un anillo enrojecido con la
impronta de sus dientes.
El vampiro sigue besando,
chupando y mordisqueando su piel mientras desciende por su cuerpo. Al cabo de
solo minutos la piel de Jeremy, antes un campo puro como nieve recién caída
sobre la pradera, está minado de moratones en forma de violento beso y rojas
hendiduras que llevan en ellas el nombre del hambre de Aidan.
Jeremy respira agitadamente.
Aidan no parece querer darle ninguna tregua entre chupón y chupón o entre
dentelladas y, cuando lo hace, es solo para lamer sus marcas con la humedad y
la carnosidad de su pesada lengua, que aprieta dolorosamente la sensible piel
hasta obtener sonidos que Jeremy apenas puede contener.
Esta vez Aidan no se limita a
tomar de su presa un bocado pequeño, pues de ese tamaño es el cuerpo de Jeremy
y solo en esa medida debe mostrar su apetito para no devorarlo entero, sino que
abre grande su boca y cierra las mandíbulas alrededor de la garganta del
muchacho dejando la mitad de su cuello fuera, atrapando la otra en su
dentellada.
Jeremy traga saliva sintiéndose
como una cosa pequeña y vulnerable entre las fauces de un depredador
verdaderamente peligroso. Si Aidan aprieta, no solo romperá su piel y beberá su
sangre, sino que va a romper el hueso a arrancar su carne.
—A-aidan… —murmura, pero pronto
se queda sin voz cuando nota la tensión en las mandíbulas del vampiro, la
presión creciendo, su aliento acelerándose, excitado —, espera, m-más suave,
Aidan no me muerdas tan…
Jeremy jadea. Por un momento
piensa que ese es el fin, que la presión sobre su nuez lo ahogará, que
escuchará un crujido dentro suyo, allí donde una bola de nervios se instala
ahora, y que ese será el último aliento que exhale, ya que Aidan ha apretado
más.
Jeremy siente como se le clavan
los colmillitos, esos que no son tan largos ni peligrosos como los dos grandes
caninos, pero aún así son afilados y pueden hacer mucho daño. Le hacen
mucho daño ahora mientras se hunden en su piel y Jeremy puede sentir su sangre
correr en su cuello y en su nuca y la lengua de Aidan recorre toda su piel en
busca de esas preciadas gotas.
Aidan se aleja y Jeremy quiere
suspirar aliviado, quiere darle las gracias, hasta que ve sus ojos fríos,
vacíos, ausentes, y siente los colmillos de nuevo en su cuello, ahora probando
la ternura de otros centímetros de piel intactos, todavía por romper.
—A-Aidan, para, por favor, un
momento… —pero el vampiro vuelve a clavar sus pequeños y afilados dientes
mordisqueando su cuello como un cachorro probando sus nuevas punzantes
herramientas, masticándolo como a un simple juguete.
El chico se retuerce de dolor y
lucha, pero las manos de Aidan aprietan sus bíceps tan fuertes que Jeremy
piensa que podría romperle los brazos, así que se obliga a relajarse y a
mostrar su garganta hasta que nota la presión en sus brazos disminuir y
entonces llora de desesperación.
<<¿Es este el momento en
que me tengo que enfrentar a las consecuencias de haber elegido a un asesino?
¿No puedo disfrutar de la vida por un poquito más de tiempo?>>
Aida aprieta más y más, sus
dientes se arrastran por su piel arañándola y arrancando de ella unas preciosas
gotas de sangre nuevas. La lengua las recoge pasando despiadadamente sobre la
herida y Jeremy solloza.
—Aidan… por favor, tranquilízate…
Un gruñido reverbera en su
garganta. Sea lo que sea que le ha respondido desde la boca de Aidan, no
es Aidan. Es algo más peligroso, más grande, más cínico que mora en su
interior. Es el parásito de la eternidad que exige como sustento la finitud de
los mortales. Es el hambre. Es el motivo por el que Aidan es, ante todo, un
monstruo.
Los enormes colmillos del vampiro
aprietan ahora contra su garganta, la presión tornándose insoportable, la piel
a punto de morderse irremediablemente y de liberar el río de sangre que Aidan
puede sentir pulsando, acelerándose contra sus labios.
—¡Mierda!
Jeremy se levanta de pronto de la
cama al escuchar la voz de Aidan al otro lado de la habitación y, junto a ella,
un estruendo. Tan pronto es consciente de que se ha levantado, siente un
profundo alivio al saber que el vampiro ya no está sobre él clavándolo con su
peso y su abrumadora fuerza contra el colchón; pero su corazón da un vuelco al
ver que Aidan está apretado contra la pared con el pecho subiéndole y bajándole
rápidamente. La pintura blanca tras su espalda, así como el muro bajo esta,
empezando a agrietarse por la fuerza con la que el vampiro se ha lanzado contra
esta para alejarse del lecho antes de convertirlo en el lugar donde su humano
muere, en vez de donde es amado.
—Mierda, mierda, Jeremy…. no sé qué
ha… ah… lo siento, no sé cómo he podido…
Aidan se aprieta fuerte contra la
pared cuando Jeremy se desliza por la cama, hacia la orilla, como haciendo un
amago de salir de esta y dirigirse hacia él. Pero sus pies descalzos nunca
tocan el suelo, no se atreve a salir de esa islita segura de almohadas y
sábanas limpias, no cuando ve la forma en que el vampiro se aleja de él como
una alimaña asustada.
El cuello de Jeremy, como su
pecho, está teñido de morado e hilos de néctar rojo bajan por él, acariciando
la atractiva curva de su garganta, delineando sus hombros, estancándose en el
bonito hueco de sus clavículas y luego derramándose por su pecho como dedos que
acarician la planicie de su lampiña y morena piel.
Aidan debe apartar la vista si no
quiere perderse de nuevo en sus deseos.
La sensación que lo abarca ahora
no es nueva para él. Conoce a la perfección el frenesí, esa maravilloso
entregarse a sus deseos, dejarse poseer por la parte de él que no piensa, solo
siente, y entregarse al placer más absoluto. Pero nunca, hasta ahora, se había
dejado llevar tanto con Jeremy. Y nunca, hasta Jeremy, dejarse llevar había
significado algo malo.
Aidan se lleva una mano a la
cabeza y cierra con fuerza sus ojos. Siente una presión horrible alrededor, una
mano fantasmagórica devolviéndole el cráneo y apretándole tan duro que sus
pensamientos se desdibujan, se hacen trizas, y no hay en él racionalidad
alguna.
Se siente como un animal
acorralado por sus deseos, por una fuerza que le impele a seguirlos, a…
<<Hambre. Tanta hambre.
Tantísima hambre…>>
Pero mató hace poco. Incluso si
ha comido escasamente estas últimas semanas ¿Por qué su hambre se siente como
si no hubiese probado bocado en meses? ¿Es la dulzura de Jeremy, que lo atrae
con un poder mil veces superior al de cualquier otro derramamiento de cálida
sangre? En parte, sabe que sí, pero hay algo más. Hay algo mal.
<<Mörblut>>
Aidan se muerde el labio. Sabe
que la presencia de ese vampiro lo está alterando, lo está volviendo paranoico,
impulsivo. Peligroso. Pero se pregunta si el pelirrojo tiene ese efecto en él
sin quererlo o si, en noches como esa, que se sienten como si él fuese el
títere de una criatura más grande y poderosa, el hombre mueve los hilos lenta,
deliberadamente.
<<Quizá me estoy volviendo
loco. Quizá Mörblut no hace nada y simplemente estoy agobiado porque me está
quitando a Xander, porque me podría quitar a Jeremy. Porque me siento
impotente, porque antes que dejar que él le ponga la mano encima a mi dulce,
dulce Jeremy lo mataría y si no puedo matar a Mörblut entonces… entonces
mataría a Je-
—¿Aidan?
La vocecita asustada de su presa
lo saca de la oscura vorágine que sus pensamientos forman enroscándose sobre sí
mismos, girando y girando, retorciéndose en un torbellino de locura. Como una
luz que lo salva cuando está a la deriva y lo guía a tierra firme, los
brillantes ojos de Jeremy lo miran con preocupación.
—Aidan, deberías salir y comer
algo. Deberías…
—No.
La respuesta de Aidan pretende
ser firme, pero el vampiro sabe que su tono ha salido de su garganta más
violento de lo que pretendía cuando ve al humano achicarse como si le hubiese
alzado la mano. Lo mira a través de sus pestañas, con la cabeza gacha, mechones
azabache cayéndole por el rostro como si fuese un salvaje.
—No voy a salir —añade y su voz
intenta sonar más dulce, pero solo suena como un rugido atrapado en su garganta
—, no necesito cazar. Lo único que necesito eres tú.
Jeremy traga saliva y asiente, su
ceño fruncido y su mirada llena de intensidad conectando con su contraria, con
un iris rojo lleno de sed capaz de vaciar el mar azul de su mirada.
Aidan abre grande los ojos cuando
el chico se decide a bajar de la cama y cuando este empieza a andar hacia él
cautelosamente, Aidan se desliza por la pared intentando alejarse hasta que
queda en una esquina de la habitación. Su enorme cuerpo apretujado contra un
pequeño espacio, su altura mermada por su posición agachada, como la de una
cerilla consumida y ennegrecida tras el devastador arder del deseo.
Aidan se desliza poco a poco
hacia el suelo a medida que Jeremy se acerca, deseando hacerse un ovillo,
cerrarse sobre sí mismo y convertirse en un caparazón firme y fuerte como una
cárcel de donde sus deseos no puedan salir, de donde sus garras y colmillos no
puedan alcanzas a Jeremy.
Pero Jeremy lo alcanza a él. Se
para justo en frente y Aidan ve sus pies descalzos, sus piernas delgadas y
suaves, su torso recorrido por finos hilos de sangre.
—Aléjate, Jeremy, necesito…
—Necesitas comer —lo interrumpe
el otro, sus puños cerrados a los lados de su cuerpo, su ceño fruncido con
decisión —y si no vas a salir… —su tono se suaviza, su cuerpo baja a la altura
de Aidan, que está sentado en el suelo, abrazándose a sus piernas. El cuello y
el rostro del chico entran en su campo de visión cuando se arrodilla delante de
él. Cuando se inclina. Cuando ladea la cabeza ofreciendo su amoratado cuello
lleno de punzadas y arañazos rojos, oh, tan rojos. De un rojo líquido,
dulce, caliente que se derrama —entonces deja que yo me ocupe de eso.
Aidan se inclina hacia delante,
su rostro peligrosamente cerca del de Jeremy, sus ojos fijados en el color
escarlata, en cómo brilla bajo la luz y cómo tiembla cuando Jeremy lo hace, en
como ese espeso sirope cubre y humecta la bonita piel morena, en cómo de bien
debe sentirse pasar la lengua por ese suave manto necesitado de caricias
húmedas y llevarse de ella su calor, su sustento, su vida, su sangre.
<<Oh, la sangre, toda la
sangre, hasta la última gota, hasta que el corazón duerma, hasta que el azul de
sus ojos sea opaco como una noche sin luna ni estrellas ni vida, hasta…>>
Aidan se abalanza sobre Jeremy.
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