CAPÍTULOS 81-90

 CAPÍTULO 81

Tras descubrir, la noche anterior, que Zoa había dejado de alimentarse, la decisión fue prácticamente unánime: la mejor opción era atacarla cuanto antes posible, para que su presencia en los dominios de Braham no levantase sospecha, pues el factor sorpresa era su mejor baza. Eso y el hecho de que un vampiro desnutrido, incluso un original, no es siquiera una sombra del ser que su poder puede llevarles a convertirse.

Zoa es débil, está delirante y tan distraída que no se percatará de una intromisión en su palacio hasta que sea demasiado tarde. Pero tendría que estar ciega para pasar por alto tres, por esa razón Samuel ha decidido que irá solo a por ella. Además, Jason y Charlotte siempre habían sido más débiles que él, pero desde que absorbió el poder de un original, se mueven en mundos totalmente distintos: no le resultan solo débiles, sino también frágiles. Todo cuanto le importa le parece cada vez más frágil y eso le asusta.

Sea como sea, no puede permitirse arriesgarse a perderlos por meterlos en una pelea donde serían poco menos que una distracción, mera carne de cañón, pero tampoco puede permitirse pasar toda la noche protegiéndolos y dejar que Zoa contraataque cuando él esté distraído o, peor aún, que escape y se esconda como la serpiente escurridiza que es.

Así que por eso ahora Samuel está en el castillo de Zoa, solo y buscándola. Ha entrado por una de las ventanas que dan al jardín trasero, la cual estaba entreabierta, prácticamente invitándolo a entrar. Si Zoa fuese más astuta, le habría parecido una trampa, pero la pobre mujer tiene el cerebro hecho puré, una masa de delirios de grandeza con los tropezones de las mentiras de Ivthan flotando por ahí.

Samuel se esmera por disimular su presencia, aunque es difícil puesto que su naturaleza le pide que despliegue sus poderes, que se pavonee de su recién adquirida aura de pura fortaleza. Zoa tiene el problema contrario: ahora que está casi muerta de hambre, encontrarla es como buscar una luz mortecina, una vela a punto de apagarse en medio de un laberinto. Si estuviese sana, hallarla sería como buscar un enorme foco que apunta al cielo, pero no es el caso, así que Samuel se desliza entre las sombras tratando de encontrar a su objetivo.

Hasta que Zoa no se mueva o haga algo que provoque algún sonido (pasos, manos tamborileando sobre una mesa, grafito deslizándose sobre papel), no puede saber dónde está, más que en la segunda planta, pues no puede escuchar sus latidos ni su respiración: no tiene ninguno de ellos.

Lo que sí escucha son los pasos apresurados de su humano y la forma en que su corazoncito late mientras va de una habitación a otra y luego de vuelta a la primera y luego a la segunda. Primera. Segunda. Primera. Segunda. Está trayendo cosas de un lado hacia el otro y Samuel apostaría lo que fuese a que Zoa se halla en uno de los dos lugares.

Ahora solo necesita averiguar cuál.

Se desliza por las retorcidas escaleras hacia el piso de arriba. En esta mansión todo es de oro o está revestido con lujosas y lustrosas telas rojas y moradas, el color de la riqueza, del poder. El color de la realeza. 

Le hace recordar su vida humana. A su padre. A las ropas caras y ostentosas que le hacía llevar cuando se paseaba por el pueblo para lucir como un brillante símbolo de la superioridad de su casta, esas mismas ropas que luego los soldados de su padre ensuciaban de barro y rasgaban con espadas, ropas que le arrancaban del cuerpo con violencia, ropas reducidas a trapos sucios con los que se limpiaba después de…

<<Céntrate>>

La forma en que Samuel se mueve es suave y silenciosa, a pesar de su tamaño, como un pájaro surcando el aire a ras de tierra, sus alas rectas, su cuerpo proyectándose hacia delante mientras planea y el mundo a su alrededor sumido en quietud. Cuando llega a la segunda planta, se funde con las sombras y se queda tan sumamente quieto que verlo le resultaría imposible a un mortal, por eso él puede observar a la perfección al chico que recorre el pasillo incansablemente, pero este es incapaz de atisbarlo.

El chico está yendo de una habitación de almacenaje a lo que parece un cuarto principal y en cada viaje lleva más y más mantas gruesas.

<<Tiene frío>> piensa Samuel, impresionado. Los vampiros son fríos, pero jamás padecen frío a menos que estén más cerca de ser muertos, que vivientes. <<¿Cuánto tiempo lleva sin alimentarse?>>

Samuel cambia de posición en un parpadeo: antes estaba en una esquina del pasillo, agazapado en las sombras como una pantera a punto de atacar; ahora se halla dentro de la habitación de almacenaje, tras la puerta, esperando a que el mortal venga a por más suministros.

Cuando lo hace, puede permitirse observarlo por una fracción de segundo, lo cual le permite distinguir más detalles de los que un humano podría contar en una hora entera: puede ver su cuello largo y estilizado, su nuca delgada, como la de Aaron, su cabello corto y claro, sus manos rojas y amoratadas, llenas de incontables cortes y pinchazos, con las uñas destrozadas de mordérselas y los nudillos al rojo vivo, las puntas de los dedos sin color, como el papel de calcar, sin una gota de sangre en ellas. Cuando intenta tomar una manta, sus dedos entumecidos primero se chocan con ella y luego actúan como una pala para tomarla, no la agarran, pues el chico apenas puede cerrar y abrir sus puños. Tiene un pendiente azul en su oreja, un diamantito pequeño y hermoso y demasiado parecido al brillo en la mirada de Aaron cuando sonreía: <<¿Volverá a sonreír?>>. Tiene un cuerpo delgado y alto y una pose encorvada, como Aaron a veces cuando leía, enfrascado en las páginas de su nuevo libro: <<¿Podrá saber lo que pasa al final?>>. Tiene unos andares cansados, de esos en los que arrastras los pies, porque no quieres volver allí a donde vas: <<¿Volverá?>>.

<<¿Aaron volverá?>>

Samuel actúa rápido: toma al chico por detrás, una mano sobre su boca y su nariz, impidiéndole hacer ningún ruido y otra alrededor de su torso, clavándolo en el lugar e inmovilizando sus brazos para que no forme alboroto. También lo ha alzado sobre el suelo, para que sus pies no pataleen ruidosamente contra este.

Pero es extraño: el chico no se resiste. Ni siquiera respira agitado o… De ningún modo.

No respira.

Samuel mira abajo, confundido, y una punzada de pánico lo atraviesa cuando se da cuenta de lo que ha pasado: no ha abrazado al chico por detrás, lo ha aplastado con sus brazos. La mano sobre su boca está hundida en su rostro, rompiéndole y recediéndole la mandíbula, aplanando su nariz como si fuese de espuma; el brazo alrededor de su torso ha hecho aún más daño: le ha roto los brazos al instante y le ha partido la caja torácica. Todas y cada una de sus costillas destrozadas, su corazón y pulmones perforados, su espina partida.

El chico ha muerto al instante, sin siquiera poder entender qué sucedía.

Samuel lo deposita en el suelo, despacio, mientras todavía trata de procesar lo sucedido. Siente que lo han abofeteado con fuerza. No es la primera vez que mata y mucho menos la primera que lo hace sin querer, pues en varias ocasiones ha querido jugar con sus presas por horas para encontrarse sosteniendo sus cuerpos sin vida porque ha jugado demasiado rudo con ellas, pero esta es la primera vez que verdaderamente no quería matar al chico. La idea era hacerle perder el conocimiento y no dudó ni un instante de que sería capaz de eso, pero se ha distraído pensando en Aaron y…

<<¿Qué pasará cuando sostenga a Aaron?>>

Traga saliva, aterrado al imaginar que todo ese poder que está reuniendo para poder enfrentarse a Ivthan y salvar por fin a su humano vaya a condenarlo a no poder siquiera acariciar a aquel muchacho al que tanto anhela.

<<Aprenderé a controlarlo. Aprenderé. Pero primero tengo que salvar a Aaron>> se dice, empujando sus angustias a un lado y centrándose en la misión de esta noche.

Pero no puede, sus ojos se quedan clavados en el chico muerto del suelo. Su cara desfigurada, su cuerpo hecho trizas como un trapo que alguien ha retorcido con fuerza entre sus manos antes de descartarlo por ahí. Es tan cruel. Y ha sido sin querer. Eso es lo peor: que la crueldad, para él, no requiere de esfuerzo ninguno, sino que le es tan natural que cuanto más relajado está, más fluye entre sus manos como una agradable brisa.

Se pregunta cuál sería el nombre del chico. Sus aspiraciones, su vida antes de este terrible mundo… pero ya nada importa: está muerto. Lo ha matado, ha roto la promesa que le hizo a Aaron y que hace solo una noche estaba totalmente convencido de que cumpliría para siempre.

Samuel empieza a respirar rápido, a notar que las manos le tiemblan, que la vista se le descentra y la mente le gira como una montaña rusa llena de emociones demasiado fuertes y profundas e hirientes y no entiende qué sucede, porque hace miles de años que no siente ansiedad, pero sea lo que sea, está a punto de cagarla, de hacer ruido y revelar su presencia, de caer de rodillas, de agarrarse la cabeza y gritar, de echarse a llorar de…

—¡Date prisa! —grita la vampiresa desde la otra habitación. Suena febril, afónica.

El chillido de la original lo distrae de sus preocupaciones, salvándolo un momento antes del desastre y permitiéndole centrarse en su misión de nuevo.

Y Samuel hace exactamente lo que la mujer pide: apresurarse.

No le toma más que un segundo salir del cuartito de las mantas, cruzar el pasillo y acabar en la habitación de la original, inclinado sobre su cama y hundiendo el brazo en gruesas capas de afelpadas mantas, hasta que llega a rasgar el colchón y el somier.

No puede distinguir en qué momento ha perforado la caja torácica de la vampiresa: su cuerpo se siente tan delgado, seco y maleable como un pedazo de tela vieja y, entre sus garras, su corazón tiene la textura de una uva pasa gigantesca.

La mujer lo mira desde la cama, irritada, cansada, tan estropeada que no hay en ella un solo brillo de perfección de esos que relucen en torno a los vampiros, dándoles la ilusión de ser ángeles bajados a la tierra para adornarla con sus etéreos aspectos.

No, esta mujer no luce así: su cabello es fino y débil, encrespado como una maraña de alambres pequeñísimos, su piel es gris y reposa sobre los huesos de su mandíbula, de sus pómulos y de las cuencas de sus ojos como una manta caería sobre un esqueleto. Sus colmillos están amarillentos, sus ojos apagados, casi castaños.

El hambre le ha quitado sus fuerzas y la ha tornado un casi cadáver. Curiosamente, luce humana, más de lo que seguramente ha lucido en miles de años, y Samuel lo ve entonces: que ningún inmortal ha renacido de las cenizas de su vida humana, extinguida cuando murió, sino que todos sus instintos y su crueldad y su poder y todo lo que le hace ser un vampiro no es una antítesis de lo que le hacía ser humano, sino una capa tras otra capa de piel, coraza, armadura, que recubre un núcleo, un corazón, que siempre estuvo hecho de lo mismo y que nada podrá hacerlo cambiar jamás, ni el hecho de que no lata: un corazón de pura humanidad.

La mujer frunce el ceño, pero luce resignada. No se molesta en hablar siquiera.

En su lugar, es Samuel quien dice: 

—Lo siento.

Justo un instante antes de arrancar su corazón, levantando una ominosa nube de polvo, y devorarlo. No hay nada que beber en él, pues apenas queda sangre en su interior. Lo come despacio, a mordiscos que luchan por arrancar un pedazo de ese duro cuero que se resiste a ceder y lo traga con dificultad.

Cuando termina, no hay nada más en la cama que un montón de cenizas y, en Samuel, la magia se reaviva, le recorre como néctar y por un instante borra su culpa, sus dudas, sus miedos, para susurrarle al oído que él no necesita nada de eso, pues él es ahora un Dios.

<<Pero no quiero ser un dios. Tampoco un demonio. Solo quiero ser un hombre digno del amor de Aaron.>>


 

CAPÍTULO 82

Samuel, Jason, Charlotte y Jay están reunidos en la que solo horas atrás era la mansión de Zoa. La cama de la vampiresa está cubierta de mantas y llena de ceniza, el resto del palacio está vacío, salvo por la sala de almacenaje donde el cadáver del siervo de Zoa pierde poco a poco su calor.

Todos están contentos por el éxito de Samuel, porque significa que pronto podrán salvar a Aaron y no solo a él: a todos ellos. Quién sabe qué hubiera hecho Ivthan si por sus venas fluyese el poder que fluye por las de Samuel ahora. De hecho, incluso el mismo Samuel, que no quería ese poder más que como un medio para un fin, una herramienta desposeída de codicia y sed de grandeza, está cambiando.

Charlotte y Jason lo notan, que el vampiro está distinto.

Algo más grande, más fuerte, más perfecto y hermoso: más inhumano. Y temen que esos cambios sean profundos y hayan penetrado más allá de su piel. ¿Es Samuel más cruel ahora, más calculador, frío y sádico? Si es así, temen que no estén salvando a Aaron, sino solo cambiando su correa de mano, devolviéndolo a su dueño original, pero un dueño vil al fin y al cabo.

Algo, sin duda, perturba al vampiro. Luce pensativo, distraído. Lo único que los alivia es ver que se comporta de una manera sensible y cuidadosa cerca de Jay, como quien limpia con esmero un jarrón frágil, para no romperlo por accidente.

—Es increíble, su piel no parece piel siquiera ya… —susurra Jay y hasta hace el amago de alargar su mano hacia Samuel, como si quisiera tocarlo, sentir su temperatura y su tacto.

Samuel se retira, porque teme dañar al chico. No puede parar de pensar en el humano muerto en una de esas habitaciones y sabe que no es su primera ni su última víctima, pero es la primera vez que tiene un accidente así.

—Jason, quiero hablar un minuto a solas. —susurra Samuel, obviando los comentarios del pequeño y la mirada preocupada y casi infantil de Charlotte. Últimamente parece muy angustiada por algo.

—Jay, sé obediente y ve con Charlotte al salón un rato. Lottie, no me lo toques mucho o te corto las manos. —dice Jason con una enorme y colmilluda sonrisa en sus labios y una mirada que echa chispas.

Ama a su hermana, pero sabe que tiene debilidad por los humanos bonitos y Jay es lo mejor de lo mejor: está seguro de que la pelirroja se muere por pellizcarle las mejillas al chico, estrecharle la cintura, acariciarle las manos, lamer su cuello de cisne y cortar sus muslos levemente para ver la sangre derramándose entre ellos. Y no piensa permitirlo.

—Oh, nunca me dejas divertirme —dice la chica haciendo un dramático puchero y luego extiende su mano hacia Jay, quien la toma con ligero recelo—. Vamos, me apetece hablar un rato con alguien divertido y eres la única persona graciosa de la habitación.

Jay ríe ligeramente, halagado, y ambos se van a la sala contigua, cerrando las puertas tras de sí. Samuel y Jason esperan en silencio unos segundos, totalmente tensos, hasta que el parloteo de ambos les asegura que Jay no escuchará nada.

Charlotte y Jay se llevan bien: Jay es parlanchín, como la chica, y ama hablar de moda y estética con ella, comentar sus vestidos, sus joyas, incluso fantasear con diseñarle unos ropajes preciosos. Resulta que el humano también tiene un gusto exquisito por la literatura, la música, la pintura… las artes en general. Y Charlotte, que odia el hastío de ir a museos o la quietud de leer libros, halla harto entretenido escuchar a otros explicarle esas obras. En la boca de Jay, una canción soporífera se le antoja interesante. El chico también acostumbra a contarle sus teorías sobre el vampirismo, el modo en que funciona, las formas en que podría ser alterado… y ella ama rebatir sus teorías o hacer preguntas quisquillosas.

Aunque Jason no los deja mucho tiempo a solas: Charlotte sabe lo que le gusta y siempre va a por ello, y Jay es un manjar en sus manos. Demasiado tiempo a solas y unas copas de vino encima y la vampiresa siempre lo rodea con sus brazos, se inclina hacia él para oler su dulcísimo aroma o incluso le acaricia los brazos y los muslos desnudos de forma insinuante. Jamás haría nada, no querría tocar lo que le pertenece a su amado hermano, pero no pasa nada por jugar un poco, ¿cierto? 

Jason discrepa respecto a eso.

—¿Qué sucede? —pregunta Jason de pronto, tratando de no pensar en Jay y su hermana, pilla y astuta como un zorro encerrado en una habitación con un pollito—El cambio, la sangre de los originales… Todo esto no está haciéndote nada extraño, ¿verdad?

Samuel niega, aplacando los temores de Jason. 

—Nada fuera de lo esperado: esperaba ser más fuerte y soy más fuerte. Pero… —sus ojos se dirigen a la puerta cerrada en el pasillo. Jason puede oler el cadáver al otro lado, solo un poco dulzón, pues apenas ha empezado a descomponerse —no anticipé que, al ser un cambio tan brusco, no podría habituarme.

—¿Qué quieres decir?

—No controlo mi fuerza, Jason, soy como un neófito, pero mucho, mucho peor.

Jason mira a su alrededor entonces y se percata de algún detalle: las puertas que están abiertas tienen los pomos deformados, aplastados, y las bisagras reventadas. Samuel posiblemente las ha roto al abrirlas.

Traga saliva.

—Cuando recupere a Aaron, ¿y si rompo todos sus huesos al intentar sostenerlo entre mis brazos? ¿Y si pierdo la paciencia por un segundo, solo uno, y en vez de empujarlo o agarrarlo fuerte…? —sus ojos viajan de nuevo a la puerta cerrada, al cuerpo tibio, al olor a podredumbre dulzona, a muerte—. Y no es solo mi fuerza. Mis instintos me preocupan también. Por Aaron he empezado a aprender cómo controlarlos, pero ahora tengo nuevos instintos, peores. A veces, sin querer, fantaseo con cazaros a ti y a Charlotte. Cuando os percibo, me parecéis tan débiles que bien podríais ser una presa más y a ese pobre humano… Lo he aplastado como a un insecto. Tengo miedo, Jason, tengo miedo de que para salvar a Aaron deba convertirme en algo que no es capaz de cuidarlo.

Jason lo mira detenidamente. Una mezcla entre orgullo y preocupación destellea en sus profundos ojos carmesí: él pasó años convirtiéndose en amo y señor de su hambre, en maestro de su fuerza y el estricto carcelero de sus más pecaminosos gustos y, años más tarde, cuando conoció a Samuel, su creador, todas sus suposiciones sobre él se resquebrajaron al ver frente a sus ojos a un hombre con un poder inmensamente superior al suyo, pero una capacidad para controlarlo nula; una bestia siendo movida de aquí para allá al son de sus instintos.

Verlo ahora con esas preocupaciones que él tuvo cuando era apenas un novato le hace tener esperanza: siempre quiso mucho a su creador, pero siempre pensó también que era un caso perdido. Ahora sabe que no, pero… ¿Y si es demasiado tarde? La idea le angustia, pero no puede permitirse flaquear, no cuando su creador busca apoyo en él.

Jason coloca una mano sobre el hombro de Samuel, notándolo distinto, más frío, más firme, como tocar una losa de piedra.

—Samuel, esta es una ecuación sencilla de resolver: o sufre el humano para que tú disfrutes de la libertad de poder descontrolarte, o sufres tú la agonía de encadenarte a ti mismo para que el humano goce de seguridad y delicadeza. Hasta ahora, te has acostumbrado a poner todo el peso del sufrimiento en el otro lado de la ecuación y, como recompensa, se te ha obsequiado con tanto placer como agonía has infligido en tus víctimas. Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado, has cambiado. Y ahora te toca a ti sufrir. Claro que puedes controlarte, claro que sabes cómo… Lo que sucede es que nada viene sin precio en este mundo. ¿Quieres a Aaron feliz? Entonces trágate toda la amargura que tienes dentro en vez de volcarla sobre él.

<<Puedo ayudarte, si lo requieres, pero solo tú mismo puedes llevar tu sufrimiento. Puedo mantener a Aaron lejos de ti un tiempo, mientras te serenas, puedo encadenarte cuando estés hambriento o prestarte a mis trabajadores cuando temas que tus mordiscos van a ser demasiado ansiosos y animales para el cuello de tu amante.

<<Puedo ayudar y lo haré, pero tú tienes que sufrir. Así que debes aceptar eso.>>

Samuel traga saliva y aprieta los labios. 

<<Aguántate y sufre en silencio>>. Las palabras resuenan en su cabeza, no con una voz, sino con miles: la de su padre impera, la de los soldados se entremezclan en un tono jadeante, lúbrico, asqueroso y húmedo.

Pero sabe que esta vez su dolor es merecido: no es penitencia, es castigo. Debe tomarlo, debe dejar que cuanto más crezca el tallo de su poder, más se retuerza este en su interior, las espinas que lo recorren jamás hiriendo las manos templadas que las toman, sino creciendo hacia dentro, llenándolo de laceraciones y arañándolo a él. Debe aprender a morder para dentro, gritar para dentro, arañar para dentro. Sus instintos exigen sangre y dolor y él debe complacerlos, pero esta vez no está dispuesto a sacrificar a Aaron.

Jason tiene razón: si el hambre lo enloquece, debe volverse loco. Si la sed lo tortura, debe dejarse victimizar. Si sus instintos lo fustigan, debe recibir cada azote sin queja.

—Tienes razón, siempre lo haces. Eres sabio a pesar de tu edad, Jason, creo que no te lo digo lo suficiente. Siempre logras conservar la calma cuando a mí las emociones me superan fácilmente. De verdad, te lo agradezco cuando sencillamente te quedas a mi lado y me dices cosas con sentido para que me tranquilice y deje de ser un idiota irracional —le admite, agarrando la cara de su pupilo con una mano, por la barbilla y acariciándola levemente—. Bien, se ha acabado mi tiempo de lamentarme y ser un cobarde, es hora de decidir cuál será nues-

Samuel y Jason enmudecen; en el salón, Charlotte y Jay también son cubiertos por un manto de sepulcral silencio. El tiempo parece detenerse para ellos.

Alguien llama a la puerta.

¿Podría estar Zoa esperando una visita? La idea surge pasajeramente en la mente de los cuatro, pero saben que es una tontería: la vampiresa estaba aislada a causa de sus delirios y, además, ¿qué clase de cruel coincidencia del destino haría que tuviese una visita justo ahora?

Jason y Samuel irrumpen en el salón con prisas. Sin mediar palabra, Jason toma a Jay por la cintura y se lo echa al hombro violentamente, llevándoselo.

—¿Q-qué está…? —alcanza a decir el humano, pero su amo responde cortantemente.

—Es un original.

Jay calla de repente, ahora entiende el porqué de la expresión horrorizada de todos los vampiros: la situación se ha vuelto peligrosa de pronto.

Antes de que Jason pueda salir siquiera de la sala de estar e intentar ocultar a su humano y antes de que Samuel y Charlotte puedan decidir qué hacer, una voz suena desde el otro lado de la puerta. Calmada, monótona, escalofriante:

—Sé que Zoa está muerta, no hay necesidad de que entréis en pánico. Vengo solo para hablar.

Samuel reconoce la voz a la perfección: Samael. Uno de los originales que debía aniquilar. Uno de los más antiguos y poderosos. Uno que le hace temblar la mano cuando la acerca hacia el pomo de la puerta de entrada incluso ahora, cuando se siente intocable y omnipotente.

Samuel abre la puerta poco a poco, recomponiéndose, preparándose para pelear y matar. Charlotte sigue en medio del salón, paralizada pero intentando lucir firme cuando más bien luce como un ciervo ante los faros de un camión. Jason deja a Jay en el suelo y lo escuda con su cuerpo, dando un paso al frente; no existe miedo en él ahora, solo el impulso suicida de proteger al humano a cualquier costo. Cierra los puños, le chispean los ojos y sus colmillos crecen hasta rozar su labio inferior.

Samael se parece muchísimo a Samuel, en todos los sentidos. Es un original con el que este ha hecho negocios en alguna ocasión y siempre se han entendido bien, hasta el punto de que han tenido alguna que otra noche de diversión juntos.

Samuel sabe de lo que Samael es capaz. Lo ha visto matar y hacerlo despacio, con un disfrute del que él ahora se avergüenza y se arrepiente.

El hombre entra en la sala lleno de confianza y sosiego: es alto, más que Samuel mismo, y aunque es de hombros anchos y brazos fuertes, su figura está muy estilizada, con unas caderas estrechas y piernas largas y finas. Tiene un rostro hermoso, angelical prácticamente, y un largo cabello rubio que, visto por detrás, haría que cualquiera los confundiese o los tomase por hermanos.

Samael se pasea tranquilamente por el salón, cada paso destila confianza y parece apropiarse del espacio que ocupa. Samuel se pone frente a él, grande e intimidante, cuando está demasiado cerca de Charlotte, Jason y Jay para su gusto.

—Has venido a hablar, así que habla. —gruñe en su rostro, su tono es imperativo y feroz, un trueno haciendo temblar la tierra.

Charlotte y Jason sienten su piel erizarse al escuchar a su amigo hablar de ese modo tan mordaz, pero Samael solo le responde con una sonrisa dulce y dolida.

—Cálmate, por favor, no estoy aquí para ser una amenaza para ti —le dice muy cuidadosamente y luego mira por encima del hombro de Samuel hacia sus pupilos y el humano que se esconde tras Jason, con su corazón delatando el terror que lo inunda—, tampoco para ellos y mucho menos para el pobre humano al que habéis arrastrado. Podéis tomar asiento y estar tranquilos, no heriré a nadie.

Charlotte y Jason no se mueven. Sabe perfectamente que lo que el original ha hecho no es pedirles u ofrecerles que se sienten, es ordenárselo y no pueden mostrarse complacientes ahora. Si se subyugan a sus deseos, sabrá que son presas fáciles aunque, siendo sinceros, su actitud amable y pausada les confunde: ¿Acaso no ha venido a pelear?

—¿A qué has venido? Esta es la última vez que lo preguntaré tan amablemente.

Samuel insiste y, esta vez, su amabilidad es algo más brusca que antes: habla con firmeza mientras su mano derecha se envuelve alrededor de la garganta de cisne del otro vampiro, las garras clavándolese en la piel, amenazando con cortarla. Los dedos de Samuel apretando viciosamente, haciendo alarde de su nueva velocidad y fuerza.

El vampiro luce sorprendido por las habilidades del rubio, pero no asustado: alza sus manos, mostrando sus palmas en señal de paz.

—Sé lo que estás haciendo, soy un hombre observador o, al menos, lo soy desde hace poco. Los originales son mis iguales e incluso si no acepto sus estilos de vida, los aprecio y velo por ellos, así que no me ha pasado desapercibido el hecho de que ya has matado a dos de nosotros. Y, asumo, yo soy el siguiente en tu lista, pero matas a uno por noche, al fin y al cabo, es una tarea difícil. Si no me equivoco, mi muerte la tenías planeada para la noche siguiente, no esta, así que, puesto que aún no me ha llegado la hora, usemos ese tiempo para hablar.

Samuel retira su mano de pronto. Se siente avergonzado, estúpido, como un niño temperamental que enrojece después de llorar y patalear al ver el rostro calmado de su padre y entender que no hacía falta comportarse así.

—De acuerdo, entonces tomemos asiento. —accede Samuel, a regañadientes y aún algo escéptico.

Samuel se sienta en un gran sillón, frente a otro similar donde Samael se acomoda, tomándose su tiempo para alisar las arrugas de su gabardina y desabrochar dos botones de su camisa.

Charlotte se sienta un poco alejada, tensa como un felino erizado y sin quitarle los ojos de encima. Jason se sitúa junto a ella, entre sus piernas sienta a Jason, a quien rodea posesivamente con sus brazos mientras lanza miradas asesinas al vampiro que ha osado irrumpir en un territorio que ya sentía suyo.

Samuel cruza sus piernas y se reclina hacia atrás, poniéndose cómodo pero sin quitarle el ojo de encima a su extraño invitado. Samael despierta su curiosidad, pero a la vez podría ser la ruina en su plan de salvar a Aaron, así que debe mantenerse atento, dispuesto a matarlo en un solo segundo.

—Si eres suficientemente atento como para saber que he acabado con Braham y Zoa, supongo que también sabrás que planeaban entregarle sus vidas a Ivthan y… tengo entendido que tú querías hacer lo mismo. ¿Por qué permitir eso si, sin embargo, vas a venir a intentar detenerme? Al menos, asumo que ese es el fin de tu visita.

Samael asiente educadamente y luego le responde a Samuel con una voz sosegada y lisa que te atraviesa como la caricia de una agradable brisa otoñal.

—Sí, estoy al tanto y también has acertado en el hecho de que planeo entregarle mi vida a Ivthan. Yo, como los demás originales, no deseo seguir viviendo, aunque nuestras motivaciones son muy diferentes. Braham es un nihilista, Zoa tiene una fe desmedida en sí misma y yo, sencillamente, quiero entregar mi vida, puesto que he dedicado la eternidad a arrebatar las ajenas injustamente. Todos hemos accedido a que sea Ivthan quien recibe este regalo, no tú. Por la forma en que lo has hecho, puedo asumir, y corrígeme si me equivoco, que eres un pupilo rebelde, enfadado con su amo porque crees que has sido creado para ser grandioso y poderoso y por eso estás robando un poder que crees que te pertenece. Eres codicioso y, ya nos conocemos, Samuel, eres cruel y malvado, la clase de persona que quiere el poder para poder corromper su alma más y más aún. No quiero entregarle mi eternidad a alguien así, quiero hacer algo bueno con ella por primera vez. Y tú la usarías para llevar una vida podrida. Así que por eso he venido a hacerte una petición —el hombre junta sus dos manos frente a su rostro, como si rezase, y se inclina levemente hacia Samuel, su mirada en el suelo, su cuerpo perfectamente recto y respetuoso, su cabello cayendo como un velo a los lados de su rostro:—. Por favor, retírate pacíficamente: no me obligues a matarte, de verdad, no quiero arrebatar más vidas.

Jason muestra sus colmillos y sus manos se agarrotan contra los reposabrazos de su asiento, las uñas perforando el suave tejido. Matar es la única palabra que ha necesitado oír para que su cuerpo se tense de pronto, listo para saltar a la acción.

Sabe que, si Samael así lo decide, esta noche será una carnicería, así que debe luchar con furia si pretende ser, al menos, una distracción que permita a su humano huir mientras a él lo destrozan.

Samuel voltea su cabeza muy rápido hacia él y clava su mirada en su discípulo como si de una lanza se tratase.

—Siéntate. —susurra y la orden alcanza a Jason de lleno.

Samuel lo intimida con su voz de tal manera que Jason traga saliva y obedece, incluso si piensa que es mala idea.

—Te equivocas, no quiero el poder por codicia, pero Ivthan sí. Dices que si me entregas tu eternidad, la usaré para… ¿Para qué, para reinar de forma tiránica y satisfacer mis más oscuros deseos? ¿Acaso no es eso lo que Ivthan pretende?

Samael alza una ceja y, por primera vez, luce defensivo esta noche. Interesado en escuchar las palabras de su interlocutor, en vez de sencillamente comunicar un mensaje y hacer lo que sea necesario para que los demás lo acaten.

—Ivthan no tiene ningún objetivo, más que el de aliviarnos quitándonos esta carga. Todos hemos acudido a él por nuestra propia voluntad y él nos ha ofrecido una solución que a todos nos ha complacido. Samuel, sé qué clase de bestia eres, porque yo fui absolutamente igual a ti, lo recuerdo, en nuestras noches sangrientas… Esos recuerdos pesan en mí como losas, lápidas sobre mi espalda. Cada vida que he arrebatado o destrozado, cada madre, padre, hijo, hermana, marido… al que he hecho derramar lágrimas por alguien que era todo su mundo solo porque para mí eran un tentempié con el que me había encaprichado, todos los sueños que he roto, los destinos que he arruinado…

<<No lo sientes aún, quizá, pero toda la diversión y el placer y la sangre en la que te has bañado, se tornarán veneno, culpa. Y la culpa no te dejará dormir, igual que a mí no me deja, no te dejará respirar, no te dejará sentir ni gozar ni llorar siquiera. La culpa te destruirá, Samuel, igual que me destruye a mí…

<<Esos pobres chicos, las cosas horrorosas que les obligué a hacer… las amputaciones, la manera en que infecté sus heridas, en que maté a quienes querían delante suyo, corrompí tanta inocencia, destrocé tanta paz.

<<Samuel, he llevado una vida que ni mil eternidades en el infierno podrían expiar. Y la culpa me está matando, pero cuando aquella noche se lo confesé a Ivthan y él se ofreció, como un ángel, a beberse todo mi dolor, a acabar con esta condena, a no dejarme dañar a una sola alma más… Desaparecer es lo más cercano que puedo hacer a ser perdonado, por eso entrego mi vida a Ivthan.

<<Pero si te la entrego a ti, no habré desaparecido: me habré transformado solo, me convertiré en un arma con la cual otro ser tan ominoso como yo hiere a inocentes. 

Mi conciencia jamás estaría tranquila si decido entregar todo este poder a alguien que es la viva imagen de todo lo que me arrepiento de haber sido.>>

—No quiero tu poder para eso, Samael e Ivthan no está ofreciéndose a cargarlo por ti: está ansioso de quitártelo de las manos. Te ha manipulado, a ti y a los demás, os ha dicho que lo queríais oír para que le deis exactamente lo que quiere. Piénsalo, tú, Braham, Zoa y Elisha sois criaturas tan distintas con ambiciones tan irreconciliables. ¿Por qué todos accederíais a morir en sus manos si no es porque os ha prometido a cada uno algo distinto, algo falaz y diseñado para calmar vuestros deseos, ansiedades y miedos particulares? A ti te ha prometido absolución, pero ¿crees que eso le interesa a Braham, que quería pecar hasta su último minuto en la tierra, o a Zoa, que no entiende de bien o mal porque ella misma se cree una diosa? Si entregas tu esencia vital a Ivthan, puedo jurarte que hasta la última gota de tu sangre, hasta el último chispazo de tu poder, va a ser puesto al servicio de la voluntad más retorcida y sádica que jamás podrás soñar. Estás dándole tu alma a un diablo peor del que fuiste.

Samael traga saliva. Mira a Samuel con dureza, ofendido por sus palabras, porque el otro está llamándolo estúpido e iluso a su cara, pero un atisbo de duda brilla en sus ojos y Samuel sabe que no puede desperdiciar la oportunidad.

—¿Y tú eres un diablo mejor? Si lo que dices es cierto, no debería entregarme a Ivthan, pero ¿por qué entregarme a ti? Sonáis… Parecidos. Maestro y pupilo, dos diablos al servicio de sus infernales placeres. He oído sobre tus matanzas, he visto la forma en que arrasaste pueblos enteros antaño, he contemplado con ojos llenos de admiraciones tus murales hechos de sangre y cuerpos. Eres la clase de mal al que aspiraba cuando creía que el infierno era mi herencia. Y eso significa que eres la clase de destino que quiero evitar ahora.

Samuel frunce el ceño ante tales palabras y ahora es él quien se ofende. Tiempo atrás, incluso se habría sonrojado, halagado por ser llamado una bestia inmunda del peor de los infiernos, pero ahora su maldad ya no le laurea, solo lo avergüenza.

—¡No es así! —interrumpe Charlotte, antes de que el mismo rubio pueda corregir al original—. Samuel no quiere tu poder para lo que Ivthan lo desea, él solo quiere salvar una vida inocente. Por favor, escúchalo.

—Interesante. Explícate, entonces.

Samuel asiente y respira hondo antes de hablar.

—Yo también lo he sentido, el transformarse del placer en culpa. Llevo toda una eternidad dedicada a mi goce a cambio del sufrimiento humano, pero hace poco, cayó en mi poder un muchacho mortal, Aaron, con el aspecto y el alma de un ángel. Lo he torturado y lo he ultrajado de las peores maneras, pero… pero el arrepentimiento me persigue día y noche. La culpa, la vergüenza, el asco. Odio lo que he sido, lo que soy. Solo quiero una oportunidad para repararlo. Aaron, el humano, sigue vivo: no lo he matado, de hecho, empecé a intentar compensar todas las formas en las que lo he roto, pero Ivthan me lo arrebató. Está obsesionado con destruir todo lo que amo, con convertirme en la clase de monstruo que estoy luchando por dejar de ser. Así que quiero ser poderoso, no para ser esa clase de monstruo, sino para matar a Ivthan, para liberarme de ese destino y salvar a Aaron. No sé qué clase de penurias estará sufriendo ahora, pero conozco a Ivthan, mejor que tú, mejor que nadie: él me ha hecho lo que soy. De él aprendí mi odio, mi crueldad, mi maldad. Y sé que Aaron está sufriendo en sus manos. Solo quiero salvarlo.

—Es cierto —dice Jay de pronto y Jason clava sus dedos en la carne del pequeño, instándole a hacer silencio, a pasar desapercibido, pero el humano es más valiente de lo que es obediente y sigue hablando a pesar de que su amo lo estrecha contra él fuerte, como queriendo quedarse incluso con su voz—. Soy un humano, señor, y supongo que soy la clase de humano al que usted hería y asesinaba sin piedad en el pasado, pero, como puede ver, no tengo heridas en mi cuerpo, no tengo miedo tampoco, aunque sé que mi amo no quiere que hable ahora. No tengo miedo a estarle desobedeciendo porque él no es un demonio como lo fue usted, como cree que Samuel es. Si Samuel mintiese, si quisiera su poder para atormentar y subyugar aún más a mi especie, ¿por qué le ayudaría mi amo? ¿Por qué estaría yo aquí, tranquilo y seguro, cuando podría convertirme en su víctima?

Samael abre sus ojos enormemente cuando Jay habla, mirándolo con una intensidad arrolladora, como si hubiese descubierto una nueva especie: le brillan los ojos carmesí y la boca se le estira en una inevitable sonrisa de gozo e incredulidad.

—Ah, qué maravilla más hermosa: un humano hablándome sin suplicar ni llorar. Y tu corazón late rápido, oh, tan rápido… Estás asustado, pero tu latido es regular, sincero. No mientes. Pero, aun así, no puedes conocer las verdaderas intenciones de otro ser, mucho menos de uno de nosotros. ¿Cómo sabes que Samuel no te engaña?

—Con todo el debido respeto —dice Jason de pronto, su voz queda y sosegada —, somos sus pupilos y ningún ser conoce tan bien a otro como un vampiro a su creador. No espero que lo entiendas, pues que los originales no tenéis creador. Sois criaturas terriblemente solitarias, pero puedo asegurarte que conozco a Samuel del derecho y del revés. Sé que quiere recuperar a Aaron. Y él conoce a Ivthan mejor que nadie: sabe que si le entregas tu vida, usará ese poder para el mal.

Samael reflexiona sobre las palabras de Jason y todos descubren que el original es realmente transparente o, si no, es de una sinceridad casi pueril, pues no oculta en absoluto lo mucho que le afligen las palabras de Jason: una tristeza enorme le inunda los ojos cuando Jason le recuerda que él no tiene creador, que es un ser huérfano y solitario en un mundo hostil.

Samuel pone una mano en su hombro y lo mira, suplicante.

—Has dedicado tu vida entera al mal, no le entregues tu muerte también. Úsala para algo bueno, por favor, para salvar al menos a una persona inocente. Esa es mi única intención, Samael, salvar a mi Aaron.

—Pero no le estoy entregando mi vida a ese pobre muchacho. Te la estoy entregando a ti y, debo decir, veo en tus ojos una oscuridad que llevo viendo en el espejo cientos de años. Dime, si te doy mi vida, ¿sabrás usarla para salvar a ese chico o solo vas a condenarlo a un infierno distinto de aquel en el que ahora está? ¿Sabes lo que le conviene o solo lo que tú quieres de él?

Las palabras de Samael lo sacuden por dentro, no porque sean preguntas nuevas, sino porque son las dudas que llevan rondándole el corazón desde hace demasiado tiempo: sus inseguridades siendo pronunciadas con firmeza fuera de su mente.

Samuel se levanta de golpe y todos los presentes se tensan, menos Samael. El vampiro mira al original pesarosamente y, luego, se deja caer frente a él de rodillas, rezándole como a un dios. Necesita salvar a Aaron y hará lo que sea para ello, ya sea matar o arrastrarse. No le importa parecer poderoso, mantener su orgullo, proteger su imagen.

Solo importa una cosa.

Aaron.

—Haré lo que sea por Aaron. Lo que me pidas, cualquier prueba que quieras ponerme, cualquier suplicio por el que deba pasar. Y si dudas de mí, entonces no me entregues tu vida, lo entenderé, pero tú también debes entender que yo la tomaré por la fuerza. Haría cualquier cosa por mi amor: matarte es solo una de ellas, morir luchando contra ti es otra. Charlotte, Jason, marchaos.

Samael alza una de sus manos, mostrando la palma. Su gesto es tan autoritario que parece haber detenido el tiempo.

Samael toma el rostro del joven vampiro frente a él entre sus manos.

—No será necesario. —dice con voz piadosa, amable, y alza el rostro de Samuel.

Se inclina hacia él, como volcándose en ese vampiro que tanto le hace sentir como si se mirase en un espejo, y se asoma a su mirada.

—Puedo verlo en tu rostro: cómo te avergüenzas de tu propia naturaleza, cómo te odias, pues yo hago lo mismo. Espero que tú sí puedas soportarlo, que puedas transformar toda esa culpa en suficiente fuerza y disciplina para volverte algo mejor de lo que eres, porque yo ya estoy cansado.

Charlotte jadea de la sorpresa y Jason tapa los ojos de Jay cuando Samael, de pronto, hunde su mano en su propio pecho y se arranca el corazón de un rápido movimiento, salpicando de sangre el rostro del vampiro arrodillado a sus pies, como un devoto clamando por una señal divina.

Luego, con una mano, sostiene la mejilla de Samuel y, con la otra, le acerca su corazón a los labios. Lo mira suave y esperanzado, sus ojos dándole una clara orden: cómeme. Y Samuel obedece, tomando la mano de Samael entre las suyas y dando el primer mordisco a su corazón caliente y delicioso.

No se apresura a devorarlo: da cada bocado con respeto, como un hombre tomando la eucaristía, respetuoso y lleno de agradecimiento, de comprensión, de respeto. Samuel come la carne y la sangre de Samael mientras lo mira a los ojos, desde abajo, y ve como al original poco a poco se le apaga la mirada. Pero su rostro no refleja la frialdad de la muerte, en absoluto, luce cálido y pacífico: aguas que se calman tras años de tormenta.

—Se siente bien… Estar en manos de otro… Por primera vez… —susurra, apenas sin fuerza, y acaricia la mejilla de Samuel. El vampiro le recuerda tanto a su antiguo yo, le recuerda tanto todas las oportunidades que tuvo de cambiar, todas esas oportunidades que desechó.

Espera que Samuel no sea tan necio como él.

Cuando Samuel toma de su palma el último bocado de su corazón, sus manos se tornan ceniza.


 

CAPÍTULO 83

Todos se hallan sacudidos: Samuel respira errático, jadeante, mientras el poder lo atraviesa una vez más y el enorme e imponente original frente a él se disuelve en el aire, no quedando de él ni el polvo de sus huesos; Charlotte observa la escena perturbada, con el ceño fruncido, un nudo en la garganta y una pregunta en la mente: <<¿Es eso lo que la eternidad nos hace? ¿Nuestro destino? Desafiamos a la muerte y le impedimos tocarnos. ¿No es acaso una dulce ironía que, tras ser esquivos con ella, el destino de nuestra raza sea acabar rogando por alcanzarla?>>.

Jason es el que más cuerdo parece tras la extraña irrupción y la inesperada rendición de Samael: acaricia los cabellos de Jay y lo toma muy delicadamente de la mano. Jay ha visto morir a otro antes; de hecho, a veces despierta entre gritos y sudores fríos, cuando sus sueños deciden tornarse pesadillas y castigarlo haciéndole creer que su hermana sigue viva, que aún puede salvarla de las garras del monstruo que la destripó ante sus ojos. Ver a Samael morir ha sido mucho más pacífico, pero aun así le ha afectado gravemente: el vampiro parecía tan sensible y amable. Ha hablado con él hace solo minutos y ahora lo ha visto convertirse en polvo y ha visto el polvo disolverse en la nada. La idea de que incluso una criatura tan poderosa pueda desaparecer de un soplido lo hace marearse, lo hace sentir frágil y ridículo y solo quiere aferrarse muy fuerte a Jason, para asegurarse de que su amo está hecho de piel (aunque fría), músculo y sólido hueso, no de polvo y aire.

Ha intentado apartar la vista, pero ha sido como si unas manos invisibles lo asieran muy gentilmente de la barbilla, haciéndolo mirar de tanto en tanto, cayendo víctima de la seducción de la curiosidad. Ahora se arrepiente, siente que ha visto algo que jamás debería haber visto. Se tapa el rostro, sollozando, preguntándose si al menos de su hermana y sus amigas quedaron los huesos y si esos huesos están bajo tierra, obteniendo algo mínimamente similar a la paz de la sepultura.

—Mi amor, siento haberte arrastrado a esto, lo siento, te llevaré de vuelta a cas-

Jay solloza angustiosamente y niega, hundiendo su rostro en el pecho de su amo, buscando en él su aroma, su calor, los latidos que ya sabe que jamás encontrará.

—No, Jason, por favor, contigo, me quiero quedar contigo. Por favor. —el chico habla ansioso, entrecortado, y Jason tiene debilidad por todo lo que su humano le pida, pero…

—Es peligroso. Fui necio al no dejarte solo porque creí que estarías desprotegido sin mí, pero en lugar de eso te he traído a algo que es demasiado para ti. No puedes continuar, mi Jay, mírate… Tan cansado y alterado. Te he exigido demasiado solo porque no quería separarme de ti; no quiero ser egoísta de ese modo. No contigo.

—Mi amo, me aterroriza que algo le suceda, no puedo quedarme en casa esperando. Si me manda de vuelta, me escaparé. Vendré a buscarle, me pondré en verdadero peligro si eso es lo que necesito para que venga a mi lad… ah…

La voz de Jay flaquea y muere en el aire con un pequeño gemido y es que Jason rodea su garganta con una mano firme y castigadora mientras lo mira a los ojos con gran autoridad.

—Nada de amenazarme con eso. La última vez que te castigué llorabas y rogabas. ¿Quieres eso de nuevo?

El humano traga saliva y su amo siente la nuez del chico moverse contra la palma de su mano, así como siente su pulso acelerado bajo las yemas de sus dedos y su pequeña anatomía temblorosa sobre su regazo.

Jay se lame los labios, los nota secos, titubeantes, su boca convertida en arena por los nervios y las palabras sonando tan bobas e inseguras cuando las pronuncia:

—S-sí, amo —admite, bajando la vista dócilmente. Sus mejillas arden y su corazón da un tumbo—, voy a portarme bien mientras me castiga toda la noche si con eso logro que se quede conmigo.

—Pequeño manipulador… —lo regaña Jason, su tono es bajo y ronco y, sí, hay frustración en él, enfado, porque no le gusta que le digan qué hacer y mucho menos que lo engañen, pero su chico es tan astuto y le resulta tan malditamente adorable que ansíe estar a su lado hasta esos extremos, que no puede sino sentir un chispazo de orgullo y de innegable placer.

Lo besa mientras gruñe esas palabras, mordiendo los labios de su chico, tragándose sus suspiros. La boca de Jay sabe a caramelo y nerviosismo: está asustado por haber provocado a su amo y Jason definitivamente va a enseñarle que ha sido una mala idea. Pero también va a darle la razón: ha logrado convencerlo de que se quede con él.

Jason quiere proteger a su humano por encima de todo y sabe que Samuel ahora transita caminos muy peligrosos, pero la idea de separarse de Jay, aunque sea solo por un puñado de noches, le desgarra el corazón y hace que su cuerpo duela, exigiendo el contacto y la calidez de su mortal como si fuese su oxígeno. Además, no puede arriesgarse a que el chico, extrañándolo, haga alguna tontería que lo ponga en peligro cuando él no estará ahí para rescatarlo.

Samuel no puede evitar escuchar esa conversación con melancolía: la forma en que Jason se vuelve loco por ese pequeño humano le recuerda a lo mucho que Aaron era capaz de irritarlo y enternecerlo al mismo tiempo. La manera en que su pupilo besa a su humano, cuidadoso, lento y juguetón, pero procurando no herir al chico con sus colmillos ni su deseo desmedido, le hace pensar en la boca de Aaron, en sus tímidos besos y la forma en que se estremecía en sus manos cuando él recorría su cuello y luego besaba sus comisuras, sus labios. Cuando extendía su larga lengua y probaba el cálido y suave interior de su boca.

Samuel, por un momento, cree que se volverá loco.

Que si Aaron no aparece ahora, aquí mismo, entre sus manos, algo fino y valioso en él se romperá, como un último hilillo de cordura que sostiene todos sus sentimientos amarrados, pero a punto de explotar, y que entonces todo se desmoronará y que él se volverá una bestia salvaje que arrasará todo a su paso hasta encontrar a Aaron.

Pero entonces una mano pequeña y fría se posa en su brazo. Samuel mira a Charlotte y ve dos cosas en su mirada: seriedad y preocupación. Se deja guiar por ella fuera de la sala.

—Creo que es hora de parar.

—¿Qué? —espeta Samuel, confundido. La alta y elegante mujer le mira con contundencia, decidida.

—Tienes el poder de tres originales dentro de ti; puedes acabar con Ivthan ya. No es necesario que sigas matando. —explica ella y, pese a que su voz es monótona y trata de lucir ecuánime, no suena como si estuviese explicándole a Samuel algo, sino más bien como si le diese una orden.

—No quiero arriesgarme a que Ivthan sea un original extraordinariamente fuerte y no pueda con él. Solo me queda Elisha; debería ser fácil: la mataré a ella primero y luego podré acabar con Ivthan.

Charlotte aprieta sus labios serios, dejándolos blancos como el papel, y aprieta más el brazo de Samuel entre sus finos dedos.

—De Elisha no tenemos información alguna, Samu, es muy arriesgado. Además, te he oído hablar con Jason antes: consumir a los originales te está afectando. Cuantos más mates, más peligroso serás para Aaron. No debes excederte.

Samuel frunce el ceño y se zafa del agarre de la joven vampiresa con un brusco tirón. La mira sin paciencia alguna ya y también algo atónito: ella jamás se había comportado así antes.

—No puedo permitirme fallar. La mataré. Y esta no es una decisión tuya, es mía, así que deja de oponerte o desaparece de mi vista. Aprecio tu ayuda, Lottie, pero si te interpones entre mí y la posibilidad de salvar a Aaron… —el vampiro suspira de pronto; hace un instante lucía frío y duro, hecho de hielo, pero algo se derrite en un interior. Avanza un paso hacia la muchacha y acuna su cara redondeada y hermosa entre sus enormes manos. Samuel bate sus pestañas despacio, mirándola con ternura y melancolía— Te haré daño, Charlotte, mucho daño. No me obligues a ello, ¿de acuerdo? Te aprecio demasiado. Pero lo haré.


 

CAPÍTULO 84

La noche anterior fue extraña. Samuel tomó en su cuerpo la sangre y carne de dos corazones originales y, con ello, su sangre se empapó de poder, fuerza, agilidad… Pero su mente se oscureció por los nubarrones de tormentosos deseos y voces, cada vez más insistentes, que le comandan que los complazca sin piedad.

Jason pasó la noche junto a su humano. Palabras suaves, suspiros y gemidos se escuchaban a través de la puerta de la habitación y Samuel se fue a otra planta del palacio, cerrando cientos de puertas tras de él, pero aun así incapaz de acallar esos murmullos de amor, tan tiernos y preciosos que lo torturan, recordándole la clase de conexión que pudo haber tenido con su Aaroncito, pero que arruinó.

Samuel bebe de cuatro humanos esa noche para poder calmarse un poco y que desaparezcan de su mente mil escenarios en los que asesina a Jay, al pobre, amable y tan servicial Jay, solo para que Jason comparta el dolor de tener el corazón roto.

Con cada uno de esos cuatro humanos practica ser cuidadoso, porque estas noches se ha centrado tanto en ser fuerte y capaz de matar, que su cuerpo, su nuevo cuerpo henchido de nuevo poder, ha olvidado cómo proteger.

Al primer humano debe curarlo con su sangre, pues al tratar de sostenerlo, rompe varios de sus huesos y le clava las garras hasta hacerlo sangrar copiosamente. Sus gritos de terror y agonía amedrentan tanto a los demás humanos que cada uno está más asustado que el anterior y eso hace que sean increíblemente dóciles.

Aun así, el segundo humano acaba lleno de mordidas, heridas y rasguños más profundos de los que Samuel pretendía infringir. Solo quería agarrarlo con firmeza, no desgarrar su cuello; quería probar su sangre, no arrancar pedazos de su carne. Quería alimentarse de él como Aaron se merece, no como solía hacerlo con sus víctimas del pasado. A este pobre alma también debe darle una gota de su sangre para curarlo antes de que muera desangrado.

Al tercer humano lo deja herido y amoratado, como si un grupo de maleantes le hubiese dado una paliza de muerte, pero no lo deja tan mal como a los otros. No hay huesos rotos ni heridas tan profundas que dejen a la vista su músculo desgarrado por colmillos largos y sedientos. Aun así, el chico llora, suplica y grita todo el rato, como si ser manejado por Samuel fuese la peor tortura. Lo cura, aunque es innecesario.

Finalmente, el último humano es el que sale mejor parado. Llora y tiembla desde el inicio, porque ha escuchado a sus compañeros rogar al vampiro que se detenga y pedir clemencia entre aullidos de dolor, así que está aterrado, pero se encuentra con una bestia brusca, impaciente y ruda, pero no realmente sádica. Samuel deja su cuerpo algo arañado y amoratado mientras se alimenta de él y lo maneja de aquí para allá, pero nada en él termina roto y el dolor es soportable. El chico se queja a veces, jadeando o emitiendo pequeños gemidos de dolor, pero no necesita gritar.

Samuel piensa que no es ideal, que Aaron merece ser tratado de otro modo, pero eso es todo lo que puede conseguir por ahora.

Mientras Samuel bebía de los cuatro chicos y Jason castigaba lentamente al suyo, Charlotte se encerró por toda la noche en su habitación, andando en círculos en ella, como un animal enjaulado. Las preocupaciones royéndola por dentro.

Pero ahora esa noche ha terminado y el sol se pone: el ocaso anuncia el inicio de otra nueva noche y, con ella, vaticina el fin de otro original. Elisha debe morir hoy.

Samuel ha decidido que es suficientemente poderoso para actuar sin un plan porque, de todos modos, no tienen ni la más mínima información sobre las debilidades o fortalezas de esa vampiresa. Por eso se presentará en su castillo y le dará muerte tan pronto la vea. 

Si ella le da pelea, Samuel peleará más duro. 

Si huye, le dará caza. 

Si se rinde, la obsequiará con una muerte rápida y piadosa.

Jason patrulla el exterior del castillo de Elisha, asegurándose de que nadie viene en su rescate y de que, si sus amigos le necesitan, él puede irrumpir en el lugar y pelear con garras y dientes. Charlotte debería hacer lo mismo, pero se ha negado rotundamente: quiere acompañar a Samuel dentro de los dominios de la original.

Nadie entiende por qué, pero lo permiten, pues no tiene tiempo para discusiones. Además, si las cosas se ponen feas, Samuel ha instruido a Jason que tome a su hermana pequeña y la saque de ahí antes de que sea demasiado tarde.

—No tienes por qué entrar si no quieres. —dice Samuel, compasivo pero insistente.

Están frente a la puerta de entrada del gran castillo y Charlotte, que asegura querer estar ahí, luce nerviosa, jugando con sus dedos, mordiéndose el labio, mirando alrededor.

—Ninguno de nosotros debería, pero si está uno, vamos a estar los demás también. —responde ella con decisión.

Como si sus palabras lo hubiesen invocado, Jason aparece justo detrás de ambos. Ha estado recorriendo el perímetro mientras ellos avanzaban por el denso bosque que asumen que es el jardín delantero de esa titánica morada.

—No hay nadie cerca. Nadie dentro tampoco, solo ella. No percibo más humanos ni más vampiros. —dice y no necesita más argumentos para explicar por qué se les une y abandona su inútil puesto.

Además, Samuel sabe que está preocupado, aunque no sabe qué es exactamente lo que lo angustia: el inusual comportamiento de su hermana o la posibilidad de que su creador se convierta en una bestia tan sedienta de sangre que no discierna entre humanos y vampiros débiles como ellos.

—Será fácil, entonces.

Samuel empuja los enormes pórticos y las bisagras gimen, como advirtiendo a la moradora del lugar de que tiene una visita peligrosa. Samuel se adentra en el gran salón principal, de piedra oscura y fría, pero lleno de antiguallas melancólicas repartidas por doquier, sin ton ni son.

Jason entra junto a él, maravillado por ese palacio convertido en un museo de antigüedades, pese a que muchas están rotas y oxidadas, inservibles. En el salón no hay una mesa o un sofá, pero toda clase de extraños artilugios se amontonan, haciendo que la fina línea entre una hermosa exposición y un vertedero de cosas viejas sea cruzada en algunos puntos.

Charlotte entra detrás de ellos, casi resguardándose tras las espaldas anchas y grandes de los dos hombres a los que acompaña. Parece rezagada, arrepintiéndose de la decisión que está tomando con cada paso que da.

De pronto, una voz atraviesa la sala como un trueno:

—¿Quiénes sois? —no hay miedo en esa voz, tampoco sorpresa, solo autoridad y curiosidad.

Ambos se giran hacia la propietaria de esas férreas palabras y de pronto la tienen ahí delante: Elisha.

La vampiresa es impresionante, imponente. Se alza, tan alta como Samuel, con los brazos cruzados sobre el pecho, mostrando robustos músculos que le darán problemas al rubio si piensa que esa será una pelea sencilla. Un vestido negro, largo y sin mangas cubre su cuerpo y su pelo, liso como la tela y del mismo color azabache, cae tras ella como una capa que se detiene un centímetro antes de rozar el suelo. Tiene un cuerpo esbelto y hermoso, tan atractivo que para cuando te das cuenta de que también es terriblemente fuerte, es demasiado tarde: su espalda está tan marcada que los músculos tensos se ven a través de la fina tela del vestido, sus hombros son redondos y abultados y, pese a la finura de su cintura, sus piernas son gruesas y contundentes.

Su rostro demuestra el mismo equilibrio entre delicadeza y masculinidad: cejas negras, rectas y expresivas, enarcadas en una expresión exigente, ojos gatunos, rasgados y de pestañas largas, una nariz recta, como dibujada al milímetro; y una boca de labios finos y tan serios que el espacio entre ellos luce como un corte trazado quirúrgicamente en su rostro cuadrado y pálido.

—No importa quiénes somos, sino qué hacemos aquí. Vas a entregarme voluntariamente tu vida en lugar de dársela a Ivthan, de lo contrario, te mataré a la fuerza.

La mujer alza sus cejas con genuina sorpresa y luego enarca una de ellas, escéptica. Su reacción hace que Samuel se sienta inseguro, desubicado: este es el momento, en sus largos siglos de vida, en que más poderoso es y, a la par, es el momento en que sus víctimas muestran menos temor.

No está acostumbrado a ser recibido con miradas inquisitivas o irritadas, sino llenas de súplica y pavor. Miradas que lo ven como a un dios.

Pero los originales no tienen nada que temer: ya han elegido morir de todos modos, así que morir a manos de Samuel, en todo caso, es inconveniente, pero no aterrador.

—¿Qué más me da un hijo de puta arrogante que otro? —pregunta con una voz cruel y venenosa, cargada de ironía y sorna, mientras se encoge de hombros y se acerca con pasos decididos hacia el rubio. Lo mira de cerca, apreciando su belleza, su rostro luminoso, sus ojos autoritarios. Le sonríe—. Sois todos la misma basura. ¿Tú pretendes matarme antes que Ivthan? Perfecto, así me ahorras la espera.

Samuel da un paso atrás, como si las palabras de la original, tan honestas y convenientes, tan perfectas, fueran una granada que acaba de explotarle en la cara. Tuvo que engañar a Braham, emboscar a Zoa y convencer a Samael. ¿Y Elisha se le ofrece con los brazos abiertos? Tiene sentido, pues busca la muerte y eso le ofrece él, pero hay algo extraño, antinatural en ello: está acostumbrado a criaturas que luchan con garras y dientes por conservar su vida, de hecho, él mismo está despedazando corazón tras corazón con sus colmillos no por el placer de arrebatar vidas, sino con el ansia de salvar una concreta.

No entiende el desdén que Elisha tiene por la suya. Le parece injusto. ¿Por qué ella tiene derecho a una vida larga y sencilla y Aaron, sin embargo, tiene que estar luchando por la suya, una vida humilde, a lo sumo, miserable en sus peores momentos? Bien, si tanto le parece una carga, se la arrebatará sin pestañear.

Samuel agarrota sus dedos, las uñas creciéndole en forma de peligrosas dagas negras y carmesí. Da un paso hacia la muchacha, que se endereza, como si ese fuese el instante en que va a ser inmortalizada, creando una bella y recta imagen con su cuerpo.

—Eli, por favor, no lo hagas. 

Todos se voltean.

Es ahora Charlotte quien habla. Su voz sale entrecortada, desesperada, apresurada, pero tan inconfundible e inevitable como una daga que surca el aire cortando la tensión entre Samuel y Elisha y clavándosele en el corazón a esta.

Elisha antes se había sorprendido por las palabras de Samuel, una sorpresa plana y simple, solo porque había sido inesperado.

Pero la sorpresa que se refleja ahora en su rostro al ver a Charlotte es muy distinta: una capa de hielo se rompe sobre el rostro de la vampiresa y de pronto su expresión luce cándida y llena de dolor. Le brillan los ojos con sangre, le tiemblan los labios, entreabiertos con palabras sin pronunciar, se le sacuden las manos, que extiende hacia la chica con vacile, como temiendo que sea un mero espejismo que se deshará como castigo por su codicia si intenta tocarla.

—¿Charlotte? —pregunta con la voz deshecha, deshilachada; eso parece la pobre mujer, tan firme y recta como una estatua hace unos segundos y ahora acercándose a la pelirroja con pasos que lucen como tumbos, cada uno de ellos haciéndola lucir como si se le cayese un nuevo pedazo: la piedra se torna arena y la entereza de la mujer se desmorona. Solloza cuando está justo frente a ella, alza sus manos hacia la chica, las palmas casi acunando el rostro de Charlotte, pues no se atreve a tocarla—. ¿Mi Charlotte? ¿Eres de verdad?

Samuel podría matar a Elisha ahora mismo, aprovechar que está tan conmocionada que no se defendería, si es que acaso antes sus palabras eran un farol y pretendía pelear sucio, y hundir su puño en el pecho de la mujer hasta atrapar su corazón sufriente. Samuel podría acabar con ese sufrimiento que le brilla ahora en la mirada.

Pero se queda paralizado.

La vampiresa está llorando lágrimas de sangre. Él nunca ha visto a un original llorar. Y él nunca lloró hasta Aaron.

Charlotte da un paso en frente, empujando la suavidad y la frialdad de sus mejillas contra las manos ahuecadas de la vampiresa, encajando perfectamente en ese lugar que la mujer ha diseñado para ella. Las manos elegantes de Charlotte se mueven con la suavidad y la delicadeza de un pétalo de flor: toman los hombros de la original con afecto y descienden, poco a poco, rodeando su fornida, pero esbelta cintura.

—Estoy viva, Eli. Me gustaría que tú también lo estuvieses, por favor. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué le quieres poner fin a todo?

La mujer la mira a los ojos, hipnotizada, sin responder, cientos de recuerdos reproduciéndose como una película manchada de melancolía frente a sus pupilas: aquella chica de cabellos de fuego y corazón bravo, las incontables visitas nocturnas, el desinterés fingido, los sentimientos que ya no pudo ocultar cuando la salvó de los bandidos, las confesiones que jamás dijo, el arrepentimiento que le perforó el pecho la noche en que se despertó en un mundo donde ya no podía escuchar el latido de esa especial muchacha.

—¿Cómo es posible? —pregunta Elisha, perdida en sus recuerdos, en los años, los siglos de luto. Se siente aliviada, extática, pero traicionada. ¿La lloró mientras ella la evitaba?— ¿Por qué no me habías buscado? ¿Por qué? 

—¿Qué está sucediendo? ¿La conoces? —pregunta de pronto Samuel, avanzando un paso hacia ellas y endureciendo su voz como la roca. Charlotte es importante para él y las cosas que a ella le importan, él las cuida, las respeta y protege, pero Aaron está en peligro y cada segundo que pasa el peligro se torna más y más mortal. Así que rompe la burbuja de sentimentalismo y recuerdos de su pupila, exigiendo explicaciones:—. Charlotte, habla.

Elisha, que antes se había mostrado fría y hastiada, dispuesta a entregarse sin luchar, reacciona ahora combativa ante el tono de Samuel. Cuando este le ordena que desembuche a Charlotte, Elisha cubre a la pelirroja con su cuerpo y mira a Samuel con una declaración de guerra chispeando en sus ojos.

Charlotte pone una mano en el hombro de Elisha, pidiéndole silenciosamente que se calme, y eso parece apaciguarla. La adelanta y mira a Samuel y Jason algo avergonzada.

—Cuando me obligaste a separarme de Jason porque lo habías convertido en vampiro, ¿de verdad pensabas que no lo buscaría? Pasé años yendo de guerra en guerra para ayudar a los más desprotegidos, pero también porque era conveniente para mi propósito: buscar más vampiros. Las guerras son grandes derramamientos de sangre, así que si Jason iba a estar en algún lugar o si uno de los suyos que pudiese ayudarme a encontrarlo estaba cerca, lo encontraría entre los cadáveres. Y, bueno, encontré a alguien.

Charlotte dice esa última frase con cierto encanto, batiendo sus pestañas como una jovencita enamorada y desviando sus ojos discretamente un segundo hacia Elisha.

—No quería… No me gusta guardaros secretos, pero su memoria era muy especial, tanto que la quería solo para mí. No quería contarle a nadie nuestra historia, al fin y al cabo, era solo nuestra. Te lo suplico, Samu, no la mates.

Samuel mira a Charlotte, la vampiresa, delante suyo, y no puede ver más que a Charlotte, la niña humana que conoció cientos de años atrás: una cosa tan pequeña, tan vulnerable, suplicándole por la vida de un ser querido, ofreciendo la suya como soborno o como escudo.

Una pobre muchacha con el corazón roto y vacío, pero el pecho lleno de suficiente fe como para creer que un demonio puede tomar una decisión bondadosa.

Y Samuel quiere volver a ser la clase de hombre que fue cuando conoció a Charlotte y Jason, quiere volver a ser esa gentil muerte que no arranca almas, sino que las guía, ese asesino que guarda su hoja porque necesita sangre, pero la dulzura de la inocente no es suficiente para ahogar la amargura de su culpa.

Quiere volver a consentir a Charlotte, a demostrarle que no es un monstruo. Pero Aaron está en peligro y es cierto que ya es fuerte, muy fuerte, pero ¿Y si es casi tan fuerte como Ivthan en vez de un poco más fuerte que Ivthan? ¿Y si ser bondadoso ahora le cuesta todo lo que quiere, todo lo que tiene? ¿Y si su amabilidad le hace perder a Aaron? Pero su maldad lo condenó, Aaron no querría eso. No querría un amo despiadado que, por salvarlo, hunda más y más su alma en la miseria. Aaron no querría…

<<Pero yo quiero a Aaron. Quiero salvar a Aaron>>.

—O en mis manos o en las de Ivthan, pero morirá, Lottie. ¿Qué es lo que prefieres?

Charlotte aprieta los labios, Samuel ve cómo le tiemblan. La ha traicionado, la ha decepcionado y herido y la chica lo mira con los ojos brillosos de una niña que acaba de descubrir que su adorado padre es capaz de mentirle.

—Samuel… Por favor…

—Charlotte, te lo advertí, voy a salvar a Aaron y pasaré por encima de quien tenga que pasar. No me hagas herirt-

Antes de que Samuel pueda terminar la frase, Elisha se mueve como un relámpago, desapareciendo de al lado de la llorosa neófita para arremeter contra Samuel: sus ojos están prácticamente negros de ira, el rojo de las lágrimas secas derramándose a su alrededor y ese es el rostro que Samuel ve antes de que un zarpazo le cruce el rostro y le destroce los ojos.

Se escuchan gritos y exclamaciones, pero Samuel no puede ver lo que está pasando durante un segundo.

Dos segundos.

Al tercero parpadea y sus ojos se hallan intactos, curados gloriosamente, cortesía de su poder recién adquirido. Lo primero que ve es a Elisha tratando de golpearlo de nuevo, pero ahora el vampiro ya se lo espera, así que le resulta fácil no esquivarla, sino sencillamente rodear su bíceps con una sola mano y tirar tan fuerte y brusco que lanza a Elisha al suelo.

La lanza sobre un charco de sangre, pues él sostiene el brazo arrancado de la vampiresa. Lo lanza a un lado y se acerca poco a poco la mujer, que jadea y gruñe en el suelo, aún mirándolo con ojos desafiantes.

—¡Samuel, por favor, no! —Charlotte intenta pararlo, interponiéndose entre él y su amada, pero el rubio ya ha tomado una decisión.

Samuel suspira, mira a Charlotte con lástima y compasión y un segundo después le envuelve la cintura con un brazo, la tira del cabello con la otra mano y le desgarra la garganta descubierta con los dientes. La chica no grita, no tiene tiempo de hacerlo: solo un gorgoteo lastimero sale de su boca, junto a un oscuro de reguero de sangre, antes de que el vampiro la tire al suelo como una muñeca rota.

Samuel ha bebido casi toda su sangre con un par de poderosos y codiciosos tragos. Eso no la matará, lo sabe perfectamente, pero la dejará débil e inerte durante horas. Incapaz de proteger a su querida original, pero totalmente capaz de verla morir.

—¡¿Qué estás haciendo?! —ahora es Jason quien habla.

Él ama a Samuel, lo adora, pues está eternamente agradecido con él, pero no por haberlo convertido, sino por haber sido piadoso con su hermana. Ella es la única familia que le queda y a veces la ignora o la evita o la hace enfadar, pero la conoce desde que solo era una semillita brotando en la barriguita de su mamá. 

La vio nacer. ¿Cómo podría verla morir? Hará lo que sea por ella, incluso enfrentarse a Samuel.

—Jason, por favor, no quiero destrozarte a ti también, no te resistas a esto. —Samuel ya no ordena, pide, suplica con voz cansada y triste.

No quiere dañar más a sus amigos, pero ¿qué opción le queda? No puede perder a Aaron.

Charlotte gorgotea en el suelo, agonizando, teniendo espasmos por el dolor y por el sobreesfuerzo de tratar de arrastrarse cuando su cabeza apenas está unida a su cuerpo. Jason está paralizado frente a él, incapaz de apoyarlo, incapaz de atacar. Demasiado conmocionado por lo que está sucediendo. Y Elisha…

Samuel se tensa. 

Elisha ya no está en el suelo.

Se voltea de golpe cuando siente una presencia fugaz a su espalda y esquiva el ataque de la mujer, que rasga su camisa y araña su pecho, salpicando más sangre en el suelo. La vampiresa se mueve con dificultad. Ha dejado de sangrar, pero el brazo faltante le hace perder el equilibrio y el mareo la vuelve torpe y predecible.

—No quería hacer esto así. —dice Samuel, apenado.

Y verdaderamente quiere ser compasivo, no prolongar esa pelea que no le da a ninguno de sus tres oponentes ni una sola oportunidad contra él, sino solo más y más sufrimiento, así que avanza rápido hacia Elisha, dispuesto a arrancarle el corazón del pecho.

Un sonido húmedo y ahogado, un gruñido moribundo, reverbera a sus espaldas, en el suelo. No puede soportar lo patética que suena Charlotte por su culpa.

Elisha trata de saltar para escapar de Samuel, pero recibe parte del impacto: Samuel apuñala su carne y penetra hasta sus entrañas con sus afiladas uñas y sus largos dedos. Por suerte, la agilidad de la mujer logra que el vampiro le haya perforado el estómago y esté ahora cerrando el puño sobre sus húmedos y sanguinolentos intentos, no en torno a su corazón.

Samuel retira la mano, bañada en carmesí, y Elisha se tambalea.

—No lo hagas más difícil, por favor. Charlotte sufre cada vez que te hiero. —pide Samuel, desesperado y se prepara para asestar el golpe final.

—¡NO!

Jason agarra a su creador por el cuello desde atrás y, pese a que el hombre es grande y su fuerza es insuficiente, con dos manos logra alzarlo y arrojarlo al otro extremo de la sala. El cuerpo de Samuel impacta con gran estruendo contra una de las paredes de ladrillo, haciendo temblar el edificio y hundiéndose en una nube de polvo.

Jason mira alrededor. Elisha tiene un enorme cráter en su hombro derecho, apenas cerrándose, y su estómago es un boquete negro y brillante por donde sus intestinos cuelgan, escurriéndose húmedamente hasta que caen al suelo con un chapoteo. La vampiresa no puede más y Charlotte está totalmente fuera de combate: jamás tuvo una oportunidad.

Solo queda él.

Se dirige hacia la nube de polvo, allí donde la pared está destrozada y Samuel debe estar incrustado en los escombros.

—Samuel, podemos hablar esto, llegar a un acuerdo. Charlotte está ayudándote a recuperar a Aaron porque es importante para ti, no le quites a alguien importante para ella. No es así como querías ser, no es así como Aaron querría que-

—Primero me ocuparé de hacer lo necesario por tener a Aaron con vida y salvo. Luego me preocuparé de ser quien él quiera que sea.

Jason escucha la voz de Samuel retumbando por la sala, pero especialmente detrás de él. Se voltea a tiempo para ver a su creador y mirarlo a los ojos, los suyos llenos de dolor y sorpresa, los de él llenos de frialdad y arrepentimiento, antes de notar cómo una poderosa patada se hunde en su estómago y lo lanza contra la pared ya destrozada.

Jason siente los ladrillos de piedra rompiéndose contra su espalda, todas las esquinas afiladas rompiendo su piel, clavándose en su músculo y raspando el hueso, pero eso no es nada con la patada de su creador hundiéndosele en el vientre: su piel no se rompe, pero puede sentir todos sus órganos reventando en su interior.

Cuando Jason choca con la pared y se hunde varios metros, el impacto siendo detenido y su cuerpo descansando por fin, abre su boca y de ella brota una enorme cascada de sangre y vísceras.

Samuel lo mira con lástima.

<<Estará bien>>, se dice y luego lleva sus ojos a Charlotte. La chica está intentando curarse desesperadamente lamiendo su propia sangre del suelo, pero no puede apenas moverse. Sus dedos se relajan y se contraen, arañando el suelo, cuando intenta moverse y su cuerpo tiene pequeños espasmos, como un pez a punto de morir en tierra firme, chapoteando sobre un charco. <<Estarán bien. Vivirán. Incluso si me odian después de esto, seguirán vivos. No tengo que matarlos, no tengo que matar a nadie más. Solo a Elisha y se habrá acabado, no más inocentes. Podré dejar de ser un monstruo cuando la haya matado a ella.>>

Sus ojos se clavan en su objetivo y relaja sus músculos de golpe. No tiene que estar a la defensiva, Elisha está en el suelo, jadeando dificultosamente, tratando de recoger con sus manos temblorosas las piezas sanguinolentas, blandas y destrozadas que se deslizan fuera de su interior. La herida en su abdomen sana despacio y, por cada respiración, más de sus vísceras se desparraman por el suelo como si su cuerpo fuese una bolsa de órganos abierta y desgarrada.

No le dará pelea. 

Solo tiene que ir ahí y terminar el trabajo rápido.

Samuel le da la espalda a Jason, pasa por encima del cuerpo de Charlotte, con cuidado de no pisarla, y se acuclilla frente a Elisha, que lo mira con ojos vidriosos, pero lo mira solo brevemente: la mayor parte del tiempo sus ojos están clavados en Charlotte. Está preocupada por ella, por qué le pasará cuando Samuel le dé muerte.

El vampiro más poderoso toma la barbilla empapada en sangre de Elisha y le hace girar el rostro hacia él, la obliga a mirarlo, pero la cansada mujer se topa con una expresión inesperadamente afable que la desarma.

—No le haré daño a Charlotte. Ella está bien, no tienes que angustiarte. —le dice y puede ver como algo en su presa cambia.

Elisha lucía llena de energía y rabia hace un rato, moviéndose veloz, lista para atacar, y ahora parece que su cuerpo se ha rendido. Extenuada, la mujer se deja caer del todo sobre el suelo y solo espera lo inevitable, incluso si sus ojos delatan que querría quedarse aunque fuese un poco más.

Samuel pone su mano sobre el pecho de la mujer, su piel es blanca, suave y agradable. Le dará pena romperla, como desgarrar un lienzo que no ha sido pintado aún. Arruinar algo que podría haber sido tan bello…

<<Es débil>> piensa entonces. Elisha es la original más débil o eso le parece a él. Si la mata y consume su poder, la diferencia será minúscula, sin embargo, su muerte dejará un vacío enorme. 

Samuel se pone de pie de nuevo y abre su boca, muestra sus colmillos como un tigre amenazante, pero la vampiresa no siente miedo, solo pura sorpresa al ver cómo su oponente se muerde a sí mismo, abriéndose la muñeca y luego dejando que su sangre, tan poderosa como una panacea que fluye por sus venas, se derrame frente a ella.

Elisha entiende lo que Samuel le ofrece y usa sus últimas fuerzas para inclinarse hacia la sangre que mana cada vez más despacio. Abre su boca, dejando el goteo rojo manchar sus labios, su lengua, escurrir por sus comisuras, por su barbilla… Su sangre cura a Elisha como si de un mortal se tratase: la mujer se retuerce con dolor, pero después se alza y su cuerpo está intacto, como si el tiempo se hubiese revertido.

Elisha mira a Samuel intensamente a los ojos y el vampiro cree que va a agradecerle, hasta que la original lo aparta de un empujón y corre hacia Charlotte. La pelinegra se arrodilla sobre el charco de sangre, frente a su amada, y hace el amago de morder su muñeca para curar a la chica, pero Samuel la detiene, poniendo su mano sobre el brazo de esta y presionándolo suavemente para que lo baje.

Samuel reabre su herida con los dientes de nuevo y Elisha le sostiene la cabeza a Charlotte con delicadeza, inclinándola para que la sangre de Samuel caiga sobre sus labios. Le acaricia los cabellos y Samuel las mira con ternura, sintiéndose asqueroso por haber estado a punto de romper algo tan delicado, tan precioso.

—Lo siento, Lottie. —le susurra, antes de marcharse hacia donde Jason yace.

El pobre vampiro está tan mareado y dolorido aún por el golpe que cuando ve a Samuel aparecer, se asusta. No ha llegado a ver cómo su creador se arrepentía de sus actos, de hecho, no puede ver bien, todo está borroso y Samuel es solo una figura enorme de color rojo y dorado.

Se intenta levantar cuando escucha sus pasos, pero no puede: tiene la espina dorsal partida. Su cuerpo lo ancla al lugar como una enorme losa, una lápida que lo arrastra al infierno.

La cercanía de Samuel lo aterroriza, pero no por él:

—Samuel, te lo suplico, Jay está vinculado a mí, si me matas, él…

—Shh… —lo calma su creador y lo agarra de la nuca con cuidado, lo recuesta hacia él, con su rostro mirando hacia arriba, mirándolo como si fuese su dios, los labios entreabiertos, el miedo brillando en sus ojos.

Como la noche en que lo convirtió.

Jason nota algo cálido y suave contra sus labios, como beso, y pronto reconoce la torridez de la piel de Samuel y la deliciosa ráfaga de poder recorriendo su cuerpo cuando la sangre se vuelca en su boca y le bebe, ávido sorbo tras ávido sorbo.

Jason puede ver claramente ahora, puede pensar claramente también: <<Samuel me ha curado>> se dice y, al levantarse y andar a su lado, todavía cauteloso e inseguro, mira a su alrededor y ve a Charlotte y Elisha: <<Nos ha curado>>.

El olor de la sangre y el silencio en el aire son pesados como metal, una tensión hecha de algo tan denso que ni la más afilada de las hojas podría cortarla, pero es Samuel quien se atreve a romperla mirando fijamente a Elisha:

—En unas noches, antes de que sea el día en que Ivthan pretende ascender hasta ser un original que devora a originales, iré a su palacio y le daré muerte. Con él no habrá piedad. Y la que te he concedido a ti tiene unos límites: no te interpongas en mi camino, ya has visto que no eres rival para mí. Si deseas morir, adelante, pero no busques la muerte en manos de Ivthan o me aseguraré de arrancarte el corazón y devorarlo yo mismo. ¿Ha quedado claro?

Elisha asiente, firme, silenciosa.

Samuel mira ahora a sus amigos, que lo observan con una vorágine de emociones retorciéndose dentro de ellos: rencor y rabia, dolor y angustia, pero también miedo y, con ello, esperanza.

—Sois mis pupilos, mis creaciones. Sois la única decisión humana que tomé cuando era solo un monstruo y no sabía si era aún capaz de bondad o no… No merecéis mi traición, no merecéis el dolor que os he hecho pasar en mis manos. No quiero ser como él: usaros como títeres a mi antojo y cortaros los hilos cuando vuestro camino sea distinto al mío. No quiero ser Ivthan. Ni con Aaron, ni con vosotros. Lo siento, habéis arriesgado tanto por mí, por ayudarme… Debería haberos protegido en lugar de… No soy capaz de cuidar aquello que me importa, he herido a Aaron, os he herido a vosotros, lo lamento tanto, no entiendo por qué soy así, no…

Samuel aprieta sus dientes, las palabras no fluyen de su interior. Cada una ha tenido que arrancarla de su pecho, como una espina clavada, y pronunciarla tan difícilmente, cada realidad hecha lenguaje pesándole sobre la lengua, amarga contra sus labios. Sin embargo, el dolor se desliza sin esfuerzo alguno por su cuerpo: le duele el pecho al respirar, los ojos al mirar a sus pupilos, tanto que la vergüenza es abrasadora y debe bajarlos al suelo, le duele la sangre recorriéndole las venas, fuego líquido quemándolo por dentro porque sabe que no la merece. No merece esa fuerza, ese poder, esa gloriosa eternidad de posibilidades, porque no es suficiente. No es suficiente para Aaron o para Charlotte o para Jason, no fue suficiente para su padre, para su amor…

No es suficiente para nadie, excepto Ivthan: porque solo un ser tan retorcido amaría un alma oscura, vil y venenosa como la suya. Tan imperfecta y podrida.

Samuel nota algo cálido y firme en su hombro derecho y algo cálido y suave en el izquierdo y alza su vista para hallar algo que siempre obtiene cuando menos merece: perdón.

Jason y Charlotte lo miran con la compasión que él jamás tuvo, sus manos amables tocándolo con una delicadeza que él no ha tenido con ellos y sus ojos, oh, sus ojos… los mismos ojitos que tenían cuando lo encontraron, dos neófitos curiosos, ingenuos y llenos de adoración. ¿Cómo pueden seguir viéndolo con los mismos ojos cuando han retirado el velo y han podido atisbar lo que hay en su interior, su verdadero ser, incapaz de tomar algo sin dejar en ello terribles marcas de garras, incapaz de amar sin traicionar, de desear sin matar, de abrazar sin sofocar?

—Samu, está bien. Quieres salvar a Aaron, estás desesperado, no estás pensando con claridad y…

—¡Debería pensar con claridad! Necesito hacerlo, os he fallado y…

—No lo has hecho, Sam, has tomado la decisión correcta al final. Ha-

Samuel niega con fuerza, zafándose de las manos insoportablemente gentiles de sus pupilos.

—Os he estado a punto de fallar. ¿Y si le fallo a Aaron? Con él no tendré una segunda oportunidad, cualquier error será su fin. No puedo hacer esto, no puedo salvarlo, quizá sí de Ivthan, pero no puedo salvarlo de mí, de lo que soy, de… no, no puedo pensar, no puedo… No puedo más con las pesadillas, no puedo más con ver a Aaron en todos lados, con pensar que lo oigo o que lo huelo cerca y darme cuenta de que es mi imaginación, no puedo más con… Con… Con el puto vínculo. ¿Por qué mierda no puedo sentir el vínculo? ¿Por qué no puedo?

Todos los presentes abren los ojos como platos cuando Samuel estalla, soltando esa terrible pregunta que lleva días clavada en su interior, retorciéndose, torturándolo. Esa pregunta que no quería, no podía expresar en voz alta, porque pronunciar tan terribles palabras las haría reales.

Haría que Aaron…

—Samuel…

Sus creaciones intentan acercarse a él, cautelosas, dolidas. Sus ojos están llenos de piedad, pero Samuel no quiere piedad. No quiere pena. Quiere que le digan que se equivoca, que Aaron…

—¡NO ESTÁ MUERTO!

La voz del vampiro es un rugido que atraviesa la sala entera, dejándola en silencio como un trueno deja en silencio un bosque antes de descargar sobre este una tormenta. Samuel tiene sangre en sus ojos y en sus mejillas y, mientras grita, horrorizado, destroza más y más el lugar a su alrededor, dando pisotones tan duros que el suelo se hunde bajo sus pies y golpeando las paredes con tal fuerza que el edificio se tambalea, amenazando con venirse abajo sobre ellos.

—Sé que no estoy pensando con claridad, que estoy actuando extraño, volviéndome loco, pero ¿cómo voy a hacerlo? ¿Cómo voy a pensar racionalmente, a estar cuerdo, cuando significaría que solo hay una forma de explicar por qué no siento el vínculo? No puede ser. No puede estar muerto. ¿Lo entendéis, verdad? No puede. Le necesito, le amo. No puede estar muerto. No puede, no puede, nopuedenopuedenopuede…

—Me lo llevaré, Charlotte, tengo que hacer algo con él. Tengo que calmarlo.

Charlotte mira angustiada cómo Jason se lleva a su creador de vuelta a algo parecido a un hogar, un lugar seguro donde calmarlo. Samuel siempre ha sido nómada, viajaba de aquí para allá, atraído por la promesa de la sangre y el placer, pero jamás lució como si estuviese huyendo, incluso si lo estaba de Ivthan. Jamás lució perdido.

Ahora, sin embargo, luce como un pequeño niño desorientado.

Es más grande, más viejo y poderoso de lo que jamás ha sido en toda su vida y, aunque pueda asestar miradas asesinas o decir palabras firmes y demandantes que harían a otros vampiros caer sobre sus rodillas como humanos temerosos de Dios, luce también más vulnerable que nunca.

Frágil. No, roto. 

Antes era algo fuerte, ancestral e inderrotable, como una montaña y, ahora, parece haberse vuelto polvo, capaz de deshacerse y desmoronarse al más mínimo soplido.

Charlotte no soporta verlo así y aparta la vista, demasiado dolida, para que sus ojos se topen con otra devastadora realidad: Elisha.

Aquella vampiresa que le robó tantas noches de sueño cuando solía dormir tras la caída del sol, la mujer que le perseguía y acechaba y luego la que la bañaba en afecto, dulzura y un anhelo indecible. Aquella vampiresa a la que abandonó.

—Pensé que habías muerto. Desapareciste de la noche a la mañana y no pude seguir tu rastro, tu aroma se perdió y pensé… —murmura Elisha, sin réplica o rencor alguno, sino mirándola con incredulidad, como si fuese un espejismo.

—Estaba buscando a mi hermano, era lo más importante para mí en ese momento, encontrarlo. Tiempo después, cuando lo hallé, enfermé gravemente y él me salvó dándome la inmortalidad, supongo que por eso…

—Te lloré. Te creí muerta y te lloré, busqué tu tumba por doquier y guardé luto durante centenas por tu muerte. —ahora, la voz de Elisha suena venenosa, el siseo de una serpiente. Aprieta los dientes, pero las palabras encuentran formas de salir de todos modos.

Charlotte baja la cabeza, avergonzada.

—Temía que, una vez convertida en vampiro, yo ya no te gustase igual. Siempre hablabas de lo bello que era lo efímero, de lo mucho que te gustaba mi fragilidad. Cuando me convertí, me sentí como un monstruo al inicio. Hice cosas malas, terribles, cosas que la persona que fui no habría hecho, así que pensé que esa parte de mí había muerto y que, si esa era la parte de mí que te había hechizado, entonces hacía bien en dejarte seguir creyendo que ya no existía.

La pelirroja se voltea de golpe, dándole la espalda a Elisha. No tiene el valor para encararla y, además, sabe que pronto será expulsada de su vida, rechazada, maldita por esa mujer que antes le susurraba dulzuras al oído.

De pronto, unos largos y firmes brazos se envuelven en torno a su cintura. El mentón de Elisha, recto y perfecto como hecho con mármol y cincel, se apoya en su hombro y sus labios rozan su cuello, más frío de lo que jamás estuvo cuando la vampiresa solía besarlo y acariciarlo. Charlotte se siente avergonzada, humillada, y le gustaría poder esconderse, pero la otra la estrecha cerca y fuerte.

—¿Y si la parte de ti que tanto amé está muerta, por qué se siente tan bien abrazarte, olerte…? ¿Por qué me siento tan aliviada y feliz de tenerte cerca, si ya no eres tú?

Charlotte aprieta los labios y nota el calor derramándose en sus mejillas. Ve el suelo mancharse por las gotitas carmesí que caen de sus ojos.

—Pensé que te decepcionaría que yo…

—¿Cómo va a decepcionarme que sigas viva? —pregunta en su oído Elisha y suena tan indignada, tan exasperada.

Charlotte se voltea en su abrazo, correspondiéndolo. Su pecho liso y suave se choca con el de Elisha, tan cálido y tierno, un lecho en el que querría hundirse, y la mira a los ojos, descubriendo que ambas están llorando sangre.

—¿Por qué quieres morir? ¿Por qué querías entregar tu vida a Ivthan? No quiero que lo hagas, por favor.

—Yo tuve que llorar tu muerte, sería justo que tú llorases la mía. —responde la otra, sarcástica, y aunque ambas ríen, risas cortas y secas, jadeantes, Charlotte niega y la abraza más fuerte.

Más cerca.

—En serio, respóndeme.

—Por hastío —dice, simple y llanamente, y Charlotte se queda atónita porque suena como una razón estúpida. ¿Matarse por aburrimiento? ¡Qué locura! Pero cuando imagina la insoportable nada -nada que hacer, nada que querer, nada con que soñar- extendiéndose diez, cien, mil años, puede compadecerse de su pobre y solitaria amada—: todas las criaturas del mundo me han parecido siempre insulsas. Los iguales a mí eran arrogantes incapaces de profundizar en las vicisitudes de la existencia porque estaban demasiado ocupados admirando el superfluo reflejo de sus rostros; los inferiores… Ah, meros insectos, juguetes estúpidos que me temen o me adoran ciegamente y no sirven más que para un entretenimiento pasajero. Tú te me hiciste interesante desde el primer instante y cuando te perdí... Llevo siglos sintiendo en mis carnes el tortuoso peso del aburrimiento, de la jodida nada. Dime, mi pequeña obsesión: ¿Vas a solucionar tú eso? ¿Vas a volver a llenar mis noches con algo más entretenido que el hambre y el silencio? Si no es así, deja que tu amigo me dé paz la próxima vez que me encuentre, deja que consuma mi corazón. Perderte dos veces es demasiada tortura.

Charlotte ríe por las palabras de Elisha, pues ahora su problema le parece bobo de nuevo. La soledad es tan angustiosa, pero ahora mismo tiene su medicina contra tan taladrante enfermedad frente a ella, inclinándose levemente hacia su rostro, depositando un tierno beso en sus labios que habían olvidado qué era sonreír.

—Me quedaré, lo prometo. Pero tú tienes que prometer no morir.

Elisha la mira con ojos brillosos, observando a esa joven tierna y delicada como la primera noche en que se topó con ella, esa noche en que cayó hechizada por su belleza y, al acercarse, al jugar con ella un poco, descubrió que no podría ser jamás algo tan simple como una presa.

—Lo prometo. —le susurra, sonriendo levemente y plasmando su sonrisa en la boca de su pequeña obsesión con un largo beso.


 

CAPÍTULO 85

Samuel está sentado en el suelo, con su rostro lleno de restregones cereza de sangre seca en su rostro, sobre todo alrededor de sus ojos, como un antifaz. Varias gotas han caído sobre su pecho también, donde el color rojo destaca sobre el blanco pulcro de la camisa justo encima de su corazón o del lugar donde este debería estar.

El vampiro luce catatónico, como una estatua de piedra que encierra un alma en pena que uno solo es capaz de atisbar si se asoma a esos profundos pozos: los ojos enloquecidos de la criatura.

Pese a su deplorable estado, Jason está satisfecho. Cuando volvieron a la morada de Zoa, Samuel estaba incontrolable, incontenible. Las lágrimas brotaban de sus ojos como sangre manando de una herida fresca, profunda y letal, y de su boca escurrían mil farfullos incoherentes. Un segundo insultaba a Ivthan y maldecía a la muerte por haberse llevado a su querido Aaron, jurando que iría hasta el mismísimo infierno para recuperarlo si hacía falta, al siguiente, negaba que fuese siquiera una remota posibilidad el hecho de que Aaron no siguiese con vida.

“Es imposible”, le dijo a Jason cuando este no supo cómo consolarlo ante tan desoladora idea. Si Jay muriese, pensó, no habría ninguna palabra en ninguna lengua que pudiese hacerle sentir mejor. “Si Aaron hubiese muerto, el vínculo me habría matado de dolor. Lo sé. Me habría encadenado el corazón tan fuerte y tan estrechamente que me reventaría dentro del pecho. Si Aaron muere, yo moriré".

Jason sabe que el vínculo funciona exactamente al revés, pero no pudo llevarle la contraria a Samuel: necesitaba tranquilizarlo y, además, él tampoco acaba de creerse que Aaron pueda estar muerto.

Así que ha arrullado a Samuel con mentiras piadosas e ilusiones ingenuas sobre que todo saldrá bien. Sobre que Aaron está vivo y, pronto, estará a salvo. No ha logrado que Samuel se serene del todo, pero al menos ahora su angustia se manifiesta de una manera mucho más sosegada.

Teme que su creador se haya vuelto loco o que esté a un paso de la locura. Si logran llegar a Ivthan y en su morada no está el chico de ojos azules y corazón de oro al que espera, sino una pila de huesos, restos de un cuerpo, pero sin rastro de su persona especial… Jason siente escalofríos imaginando lo que le pasaría a Samuel.

Lo que Samuel haría.

Teme por su propia vida si está cerca de él en ese momento.

—¿Samu? 

La voz de Charlotte saca a Jason de sus preocupaciones, pero Samuel no responde. La pelirroja acaba de entrar en la gran sala que recibe a los invitados del castillo Zoa y de su brazo viene agarrada la última original a la que planeaban dar caza y muerte. Elisha mira a Samuel con ojos de hielo y una mueca llena de cautela y escepticismo, pero la expresión de Charlotte se derrite en preocupación.

La joven vampiresa se inclina hacia su maestro, una mano grácilmente colocada en su hombro.

—Déjalo —advierte Jason—, es mejor no perturbarlo más esta noche. Está en un estado delicado, temo que pueda hacer una locura si algo, por pequeño que sea, lo lleva al límite.

—Han pasado tantas cosas últimamente, debe ser difícil para él. Sobre todo considerando que lleva años, siglos, sin necesidad de cambiar, de preocuparse, de sentirse amenazado por nada… —murmura su hermana, acercándose al pelirrojo y tomándolo del brazo—. Samu, mi maestro gruñón, siempre te dije que rezaría por que llegase el día en que te creciese un corazón en el pecho por fin, pero no quería esto… No así… Mi pobre Samu…

Charlotte se lanza a los brazos de su hermano, que la abraza como cuando eran pequeños y veía un animal herido en la calle. La chica sigue siendo igual de sensible y los brazos de su hermano, la acogen con la misma amabilidad.

Elisha la sigue en silencio, examinando la pintoresca escena: dos progenies muertas de preocupación, como si se tratase de dos muchachos humanos debatiendo qué hacer con su padre, demasiado mayor como para que su psique aguante el peso de los años. 

—¿Qué haremos con él? No responde, no habla…

—Lleva días fingiendo que siente el lazo con Aaron, engañándose a sí mismo, es normal, no, no normal, pero es esperable que al reconocer la verdad esté tan afectado. Dale tiempo, Lottie.

Pero Samuel es un vampiro, no un mortal, y debería ser fuerte, pero Elisha también y sabe perfectamente que, pese a que su cuerpo es capaz de resistir los embates de la vida, su mente y su corazón toman golpes de los que jamás se curan, que siempre dejan cicatriz.

—Pero, Jason, ¿cuánto tiempo tenemos? Antes de que Ivthan…

—No lo sé. Pero debemos tener paciencia, ahora que ha absorbido el poder de los originales, no podemos ayudarle de ningún otro modo.

—Ven, mi amor. No te hace bien quedarte aquí y a él no le hace bien verte sufrir. —dice Elisha, tomando a Charlotte por el brazo y alejándola suavemente escaleras arriba.

Le lanza una última mirada a ese vampiro destrozado, sentado sobre un charco de sus propias lágrimas sangrientas.

 ¿De qué vale un alma destrozada en un cuerpo indestructible? Es una aberración, una locura. Algo tan retorcido y enfermizo que debería ser imposible, pero ahí está, ante sus ojos, hecho realidad.

Samuel está sentado en el suelo, mirando a la nada, sus lágrimas carmesí secas en su rostro y pecho como si fuesen los restos de una brutal matanza y su mente, a diferencia de su cuerpo, moviéndose demasiado deprisa, considerando demasiadas opciones, demasiados destinos donde no hay más que oscuridad y muerte.

Cuando se quedan a solas, Jason se acuclilla frente a su creador y le pone una mano en el hombro, aunque antes le ha dicho a Charlotte que no lo haga. Pero Samuel es su creador, ambos son la misma sangre, y a veces siente que comparten algo especial, algo que hace que él pueda tocar las fibras sensibles de su maestro si mueve los dedos con cierta delicadeza, si su voz tiene un tono específico, el tono de la única música capaz de llegarle dentro a Samuel.

—Sam, sé que es difícil, sé que es duro. Aaron te ha hecho desenterrar tantas cosas de un pasado que ni siquiera me has querido contar a mí, cosas que seguro que desearías olvidar… —murmura.

Y Samuel es torturado por su mente: siente que la mano de Dios, enorme e invisible, absoluta e implacable, lo toma como un juguete y lo arroja no a un lugar, sino a un momento, lo empuja de recuerdo en recuerdo, le hace revivir su pasado y reabre sus heridas una a una. Siente los golpes de su padre y, más tarde, cuanto consideró un desperdicio aleccionar él mismo a su hijo con violencia, los golpes de sus soldados. Las lanzas afiladas contra la piel, rasgando ropa, hiriendo su orgullo. Siente manos que dejan su carne morada y otras, más suaves, más sucias, que la dejan del mismo color, pero le hacen sentir como si estuviese manchado con barro por dentro y por fuera.

Ve a su padre gritar a su madre, lanzarla de aquí para allá como un muñeco de trapo, tomándola por el pelo, las paredes salpicadas de sangre, la mujer limpiándolas al día siguiente, sonriéndole, diciéndole con los ojos hinchados y llenos de lágrimas que es torpe y se cayó por las escaleras.

Ve al chico tierno y astuto al que debería haber llevado a su ejecución. Sus ojos azules, su mirada huidiza, su miedo y su vulnerabilidad y todas las cosas que le hicieron querer abrazarlo. Siente su piel, su aroma, sus besos, su cuerpo dejando de temblar bajo sus brazos, sus labios aprendiendo a decir "te amo".

Ve la habitación que rentó para poder darle al chico toda la atención que merecía, volcarse en él hasta que su corazón chorreaba puro sentimiento. Ve a Ivthan, los cadáveres que dejaba atrás, los colmillos, su sonrisa diablesca cuando le ofreció el trato.

Ve las manos de Ivthan sobre él. Más grandes y fuertes que las de los soldados, también más cuidadosas, pero igual de sucias. Igual de incorrectas. 

Ve a su padre enfermar y morir. Ve a su amor toser y doblarse hacia adelante, sus rodillas flaqueando. Ve a su madre morir, a su padre morir, a su amor… ve a su amor matarlo. Intentar matarlo.

Ve a Ivthan sonreír.

Ve a su amor de ojos azules muriendo en sus manos. Ve a su primera víctima. Su primera presa. Su primer amor. Su primera sangre. Su primer error. Su primer cadáver. Muerto. Muerto. Muertomuertomuertomuerto <<Basta>>

<<No él. No Aaron. No lo está>>

—Sé que ha sido difícil —murmura Jason y Samuel quiere pedirle que se detenga, pero está atrapado dentro de sí mismo, un alma indestructible, pero débil, como humo, dentro de una cárcel hecha de todas sus decisiones—, que enamorarte de Aaron te ha obligado a cambiar quién eres, cómo eres. Que da miedo dejar atrás la actitud soberbia y sin corazón y aceptar que hay cosas que sí importan. Sé que debes estar lleno de culpa y de cansancio, porque tienes que luchar contra lo que eres. Sé que es difícil.

Samuel quiere suplicar a la mano de los dioses que pare, pero lo vuelve a tomar como un muñeco y lo empuja, lo obliga a seguir avanzando en su historia. Transitando por cada muerte que ha causado. Toda la sangre, la humillación, la tortura innecesaria. Las masacres, las agonías a las que ha sometido a humanos que jamás hicieron nada más que el terrible pecado de hallarse en su camino. Imagina que son Aaron, hasta que lo son.

La mano invisible lo fuerza a quedarse quieto, un mero espectador de todas las palizas que le dio al chico, todas las palabras hirientes, todas las manipulaciones con las que destrozó su inocente cabecita. Quiere liberarse, intervenir, cambiar el pasado, pero no puede hacer más que mirar. Mira la noche en que casi lo ahoga en la piscina de Jason, la noche en que lo cedió a Ivthan, en que lo mutiló y lo violó. Se ve a sí mismo encontrándoselo, con las muñecas cortadas. Ve su angustia y después su alivio cuando lo salvó.

Solo que ahora no hay alivio. Solo sufrimiento.

—Sé que beber la sangre de los originales te ha cambiado, te ha hecho sentir más inestable y peligroso y que eso te asusta. Sé que tienes tantas cosas encima ahora mismo que sientes que el peso del mundo te aplasta. Pero si hay una mínima oportunidad de que todo esté bien, lo estará. Haré lo que sea. Samuel. Lo que sea.

“Una mínima oportunidad de que todo esté bien”. Samuel cierra los ojos. ¿Cómo podría esa oportunidad existir? ¿Cómo podría Aaron estar vivo y a salvo en un mundo que ya ha demostrado ser injusto arrojándolo a sus garras? Si hay una oportunidad de que Aaron esté bien, él la arruinó la noche en que lo cazó y lo hizo suyo.

Una mínima oportunidad.

La tuvo, hace cientos de años, cuando un chico de ojos azules y corazón de azúcar se enamoró de él. Pudo hacer las cosas bien con él, vivir felices la vida que el destino les había regalado, fuese corta o larga, una vida feliz, llena de amor, una vida humana. Pero él fue ambicioso, retorció el destino, invocó a algo peor que un diablo para mover los hilos de lo que tenía que ser y cometió un error. Su alma, podrida, la de su pequeño primer amor, envenenada por la desesperación hasta tornarlo un traidor.

<<No volveré a cometer el mismo error. Pero lo he hecho. Llevo años ciego y no supe ver mi equivocación y ahora sé que he repetido la historia. Solo he amado dos veces en mi larga vida y dos veces he traicionado a mis amados: a uno le di muerte yo mismo y al otro, le empujé a sus brazos; primero, haciéndolo buscar su propio final él mismo, después, dejando que el diablo mismo me lo arrebatase. Cada destino, peor que el anterior, y es que parece que cuanto más amo a alguien, más lo condeno>>.

CAPÍTULO 86

Jason, Charlotte y Elisha duermen, igual que Jay. El sol solo está empezando a ponerse y el cielo es de un intenso color azufre; no está oscuro todavía.

Aun así, Samuel está despierto. En la calle, avanzando silenciosamente hacia el lugar donde supo que tarde o temprano acabaría: la morada de Ivthan.

Ha salido pronto, pues de todos modos no puede dormir. De hecho, lleva varios días sin hacerlo, aunque no es hasta ahora que se lo reconoce a sí mismo, igual que reconoce que lleva desde el inicio, desde el día en que Ivthan secuestró a Aaron, sin sentir el vínculo con él. Cuando ese horrible ser se lo llevó, Aaron tenía los ojos cerrados y el cuerpo flácido como un muñeco. Samuel supuso que se había desmayado, pero…

Niega con la cabeza.

La verdad se le revelará pronto; hasta entonces, Aaron no ha sido asesinado. Y él aún no se ha vuelto loco.

Ha salido silenciosamente, sin avisar a nadie, porque sabe que es demasiado peligroso como para arrastrar con él a ninguna de esas criaturas débiles, pero tan preciadas a las que no soportaría perder. Serían un estorbo en una pelea y, más allá de eso, sabe que quizá podría protegerlos de Ivthan, pero si Aaron está muerto, ¿quién los protegerá de Samuel mismo? Es una bomba a punto de estallar. Y si algo malo pasa, si su fortuna se torna infortunio, si la suerte no le sonríe esta noche como lleva haciéndolo todas desde que es un vil asesino, si la justicia existe y el universo decide arrebatarle una vida por todas las que él ha segado… Va a explotar. Y se llevará por delante a todo el que haya delante.

Amigos. Enemigos. Humanos. Vampiros. Progenie. Seres queridos. Todos quedarán reducidos a lo mismo: algo con lo que desquitarse del dolor que lleva dentro.

No quiere hacerle eso a Jason ni a Lottie y tampoco quiere destruir a Elisha o al amable Jay, porque sabe que son importantes para sus queridos cachorritos de vampiro, así que ha llegado a la conclusión de que lo mejor es que vaya solo.

Cada paso se siente más pesado que el anterior. Más cargado de una realidad ineludible, inevitable, más apretado alrededor de su garganta. Asfixiante. Cada paso se siente insoportablemente irreversible.

Hasta que llega a su destino.

Los grandes pórticos que dan a la guarida de Ivthan se hallan ante sus ojos. Magnificentes y con forma de arco, cincelados en un material frío, raso y blanco como la inocencia. Parecen las puertas del cielo y Samuel ríe por la ironía mientras toma el pomo dorado en su mano derecha, deformándolo por la fuerza con la que sus dedos se envuelven en torno a él.

No pide permiso para entrar, pues no necesita ser invitado: sabe perfectamente que Ivthan le espera. Lleva esperándolo siglos.

Cuando abre la puerta, lo recibe una espaciosa bóveda de paredes claras y tan prácticamente vacía que da la sensación de ser un espacio sagrado, limpio de cualquier materia que pueda corromper el liso suelo donde un dios debe descender de los cielos. Solo que no hay dioses en las casas de los diablos. Solo están Samuel, en la entrada, con el rostro lleno de cansancio y oscura perdición y al otro lado de la sala, mirándolo desde arriba, un sonriente Ivthan.

El vampiro más antiguo está cómodamente echado sobre un tono elevado de color hueso y reflejos áureos y, en su mano derecha, sostiene una copa de sangre tan obscenamente llena que por el tallo resbalan gotas que manchan el prístino suelo. Ivthan bebe, gustoso, y deja la sangre pintar sus labios y regalimar despacio por su barbilla, su cuello, sus clavículas.

—Has tardado en llegar. —su horrible voz llena la sala, el eco de su risa rebotando por las paredes, alcanzando a Samuel como mil agujas que se le clavan en los poros.

El rubio avanza un paso en silencio y luego otro y otro. No necesita pensar una respuesta, sencillamente va a matarlo. Va a andar tranquilamente hasta Ivthan, llenando su cabeza de la agradable anticipación de sus gritos para así poder ignorar el terrible chirriar de su risa sardónica, y cuando lo tenga delante ya no habrá palabras o miradas o sonrisas, solo garras y dientes. 

<<Me ha quitado todo lo que tengo. Otra. Jodida. Vez>>

Va a hacerle sufrir.

¿Es suficientemente fuerte como para vencerlo? Ni está seguro, ni le importa. Si no logra matar a Ivthan, al menos morirá arrancándole la carne de los huesos y borrándole esa sonrisa repugnante de la cara. Morirá jodidamente contento porque así al menos estará negándole a Ivthan lo que tantísimo quiere: a él.

—S-sa…

La cabeza de Samuel se voltea de inmediato hacia una esquina de la habitación, ignorando completamente a Ivthan, olvidándose siquiera de su existencia como si fuese minúscula.

Su cuerpo se paraliza.

El tiempo parece detenerse.

Esa voz angelical.

Ese dulce aroma.

Ese cuerpo delicado. Ese pelo negro y suave cayéndole justo en frente de su rostro, tapándole los ojos…

<<Los ojos. No veo sus ojos>>, se lamenta, pero ¿para qué lo necesitaría? Reconocería en cualquier rincón del mundo su olor, sus latidos, el color de porcelana de su piel, el tamaño exacto de sus gentiles manos, el lunar en su tobillo, cerca de las cicatrices que él le dejó, el tono rosa pálido bajo sus uñas, el…

<<Pero no puedo sentir el vínculo.>>

Samuel lo mira, al humano que hay en una esquinita en la habitación, sentado en el suelo con las piernas extendidas, el cuerpo curvado hacia delante y cabizbajo como un muñeco usado y descartado por ahí. 

Está seguro de que es Aaron, pero nada en su interior lo reconoce, ningún hilo tira de él, ningún lazo invisible le estrecha el corazón y le pide que se acerque.

Un resoplido se escucha desde el alto trono.

—Oh, por el diablo, ¿tan obsesionado sigues con el juguete humano que incluso después de haber pasado un tiempo sin él es lo primero en lo que te fijas cuando vienes a mi casa? Ni siquiera me has saludado, eres tan descortés… Tendré que volver a enseñarte modales, Sami.

Las palabras de Ivthan son una clara provocación y este analiza a Samuel con la mirada, buscando cualquier signo de que ha dado justo en el clavo -mandíbula apretada, hombros tensos, mirada ardiente-, pero lo único que encuentra en su progenie es un rostro lleno de sorpresa y de una mezcla extrañísima entre esperanza y miedo.

—¿Es…? ¿Él es…? —Samuel apenas puede hablar y su voz sale a trompicones, ahogada, jadeante.

Suena débil, pero no le importa, ya no. ¿De qué otro modo podría sonar, si precisamente está hablando de su debilidad?

Ivthan baja lentamente de su trono, riendo por la desesperación en la voz de su pupilo. Quería enfadarlo, no agobiarlo, pero verlo balbucear como un cachorrillo confundido no está mal, nada mal para su gusto. Sobre todo cuando ha irrumpido en sus dominios de esa forma hace tan solo minutos, rebosando confianza y sin siquiera un plan, solo pura rabia y dispuesto a arriesgarlo todo, incluso su propia inmortalidad, por una venganza que ahora se desmorona poco a poco.

Ivthan ha bajado de la larga montaña de escaleras que elevan su trono.

Porque si Aaron está vivo, debe ser cuidadoso. Si Aaron está vivo, tiene demasiado que perder por un solo paso en falso. ¿Y si no es lo suficientemente poderoso para vencer a Ivthan? ¿Y si ha hecho todo esto solo para volver a ser reducido a nada y forzado a mirar mientras su creador mata a Aaron para enseñarle una lección sobre su soberbia, por creerse más fuerte que él, sobre su codicia, por pensar que podría tener a Aaron y una deliciosa venganza? 

Ivthan anda despacio, confianzudo, cada vez más cerca del humano.

<<Aaron está vivo, quizá no debería hacer una tontería. Quizá matar a Ivthan sea muy arriesgado. Quizá debería pensarlo mejor y someterme a él y…>>

<<Aaron está vivo>>, piensa, maravillado, sus inseguridades volviéndose éxtasis, su gozo tornándose miedo, porque si Aaron está vivo, puede morir. Pero él puede evitarlo, la pregunta es ¿cómo? Quiere tomar las decisiones correctas. Hacerlo todo bien. Pero él jamás ha sabido nada sobre el bien, solo sobre el mal.

Ivthan está a solo unos pasos de Aaron.

Porque ese es Aaron, ¿verdad? Puede sentir su corazón latiendo y todo en él es Aaron: su pelo, sus uñas, su piel, su sangre… Pero, ¿y el vínculo? Teme que Ivthan haya obtenido un humano similar al suyo, aterradoramente similar, y esté aprovechándose de su desesperación para convencer a Samuel de cosas que no son, para que su mente lo engañe porque esa mentira es menos cruel que la realidad.

—Deja de mirarlo así. Claro que es… ¿Cómo se llamaba? No importa, claro que es el humano ese —dice con tono despectivo y entonces se para a un paso del chico, frente a su cuerpo tan diminuto que parece apenas una arruga de los harapos que lo cubren. Ivthan mira a Samuel a los ojos y sonríe, retorcido y enorme, antes de preguntar:—, ¿te cuesta reconocerlo sin un vínculo?

Samuel alza la cabeza de repente, su mirada clavada en Ivthan como un cuchillo que lo atraviesa. El odio destella en sus ojos.

—Qué. Has. Hecho. —demanda saber entre dientes, sus colmillos tan grandes y afilados que cortan las palabras que salen de su boca, su rostro deformado por la ira hasta hacerle lucir como un aterrador monstruo.

Ivthan lo mira con gran satisfacción, el placer es obvio en su cara y eso no hace más que enfurecer y preocupar a Samuel. Ama verlo tan turbado, saber que controla sus reacciones, que sabe perfectamente cómo enfadarlo y cómo apaciguarlo, como tenerlo en la palma de su mano.

Samuel tiene que contenerse mientras ve a su ignominioso creador andar hacia su humano favorito en el mundo, con andares lentos y chulescos, como si supiese de sobra que Samuel no va a interponerse, no va a desafiarlo, porque está demasiado aterrorizado ante la idea de que Aaron pueda salir herido.

Ivthan se acuclilla frente al humano, como queriendo verlo bien de cerca, y Samuel nota que Aaron no se mueve ni un milímetro; no se aparta, no se tensa, ni siquiera tiembla. Solo puede oír su corazón y muy leves sollozos saliendo de su garganta.

Entonces Ivthan toma el cabello de Aaron en su puño, sus hebras azabache siempre lisas, sedosas y agradables, ahora luciendo sucias y descuidadas, y tira hacia arriba, revelando el rostro de Aaron.

Si morir de dolor fuese posible, Samuel caería fulminado en este preciso instante. 

Se le rompe el corazón al ver, en el rostro de Aaron, su cara destrozada por heridas tan profundas, tan viciosas, viles… Sus labios arrancados, sus mejillas perforadas hasta que se le ven las encías y los dientes pese a que tiene la boca cerrada, su nariz seccionada, el cartílago hecho girones irreconocibles que brillan como viscosos pedazos escurriéndose por su rostro y sus ojos…

¿Dónde están sus ojos?

Samuel no distingue ni siquiera dónde deberían estar, solo tiras de carne destrozada, heridas profundas y sanguinolentas y piel tan morada que parece ennegrecida por una quemadura. Sus ojos…

<<¿Dónde están sus bonitos ojos azules?>>

¿Bajo toda la hinchazón que los golpes y las laceraciones han causado, o el bastardo de Ivthan los ha destrozado del mismo modo que su boca o su nariz o sus bonitas mejillas? Todas esas heridas abiertas, todo ese rojo en su rostro, goteando, profundo, deslizándose sobre hueso y cartílago roto…

Entonces Samuel entiende algo que hace que su corazón se encoja aún más: esas heridas son mordiscos. Por eso Samuel no siente el vínculo, porque Ivthan ha mordido a Aaron y no lo ha curado. Ha desfigurado su rostro con sus colmillos y no pretende siquiera darle su sangre: busca que se cure lenta, dolorosamente, que el chico quede irreconocible y suyo.

Samuel no siente el vínculo porque Ivthan está tratando de reemplazarlo con su vínculo. Pero aun así debería sentir al menos un eco de este, ¿no? Algo extraño pasa.

Matar a Ivthan ya no es una mera posibilidad, un riesgo que no sabe si está dispuesto o no a correr: es necesario. Si Ivthan vive y Aaron se cura, su bonito chico de ojos azules estará vinculado al más temible demonio sobre la faz de la tierra. No puede permitir eso, no puede permitir que su ángel termine en semejante infierno.

—Me rogarás porque te mate. —gruñe Samuel, su voz no suena como una voz siquiera, sino como una maldita fuerza de la naturaleza. Un trueno partiendo esa sala en dos, cargando el aire de una electricidad a punto de estallar.

Ivthan suelta la cabeza del chico, que cae hacia delante como si estuviese verdaderamente muerto, y se pone de pie, limpiándose las manos -las mismas manos con las que ha tocado lo que es de Samuel- en sus pantalones.

—Vamos, vamos. No te enfades. ¿Ya no lo quieres porque lo he dejado desagradable? Perdona por morderle en la cara, sé que te gustaba, pero es que en las demás partes del cuerpo no me servía para causarle dolor y sin dolor no es div…

Una sonrisa deliciosamente vil se forma en el rostro de Ivthan cuando su pupilo frunce el ceño, confundido por lo que acaba de decir. Ivthan luce jubiloso, retorciéndose en éxtasis, como si su presa acabase de caer en una trampa meticulosamente tendida, su sonrisa se alarga tanto en su rostro que resulta grotesca, antinatural.

Pero entonces una máscara cae sobre el rostro de Ivthan: cambia su expresión tan rápido como si fuese todo un experto en ello y ahora luce sorprendido, como un niño al que se le escapa un secreto y se da cuenta demasiado tarde.

—Oh, no te lo he contado, ¿no? —se muerde el labio con anticipación, saboreando las palabras que a continuación saldrán de su boca— Quizá lo notaste, aquella noche, cuando te quité al humano, se escuchó algo, como un crujido, ¿no lo oíste? Eso debió haber entorpecido el vínculo. Lo agarré y estaba siendo algo descuidado, así que sin querer debí romperle una vértebra o algo así. Pensé que se había desmayado, pero luego me di cuenta: está paralizado; no siente ni es capaz de mover nada de cuello para abajo. 

<<Al principio me planteé curarlo, un humano inválido es un engorro, pero luego empecé a encontrar la idea deliciosa. Ahora es como un muñequito: lo dejas guardado en algún sitio sin miedo a que se escape o rompa nada, lo usas, lo limpias un poco y lo vuelves a poner en su sitio. Es genial. Y como no siente nada del cuello para abajo, te ahorrarás todos los gritos y la lucha y esas cosas molestas. Solo puede quedarse quieto y mirando todo lo que le sucede. Aunque no entiendo por qué tanto lío por él, es decir, es hermoso y delicioso, pero bastante aburrido después de tenerlo un par de días o tres, ya sabes, es de usar y tirar.>> 

—¡Voy a m-

La rabia explota dentro de Samuel y justo un segundo antes de que salte de su lugar contra Ivthan, con sus garras desplegadas y sus colmillos sedientos de sangre amarga, su creador ya ha sido más listo, más rápido: Ivthan ha tomado a Aaron por el cabello y lo ha alzado frente a él como un escudo humano.

Su pobre cuello queda a la altura de su boca colmilluda y sonriente.

Sus pies oscilan sobre el suelo, colgando como los de un hombre ahorcado. Samuel no puede siquiera soportar mirar, pues aunque Aaron está vivo, no luce más que como un cadáver cuya alma ha quedado atrapada en su interior como por equivocación.

—Cuidado, Sami —advierte el más viejo de los dos, acercándose con pasos silenciosos y elegantes, gatunos, mientras ostenta frente a su cuerpo su mayor arma: a Aaron—. Mi intención no es matar al mortal, en absoluto, pero si tratas de hacer algo estúpido, tendré que enseñarte una lección y me temo que su cadáver sería una lección que no olvidarías en un largo tiempo. Dime, ¿has olvidado el cadáver del otro? ¿Cómo se sentía en tus manos? ¿En tu lengua? —Ivthan ríe, Samuel siente arcadas. Es la primera vez que Samuel siente arcadas desde que un vampiro, la primera vez que el recuerdo del sabor de la sangre de su amado de antaño le provoca asco—. Sé bueno, Samuel, y sé mío. Entonces te dejaré conservarlo. 

<<Pronto seré obsequiado con el poder y la fuerza de los demás originales de este territorio. Cuando lo haga, no me contentaré con reinar aquí: este es solo el primer paso. Quiero el mundo, pero no para mí, sino para nosotros. Quiero que cumplas tu jodida parte del trato, Samuel, que seas mío. Mi compañero de eternidad, mi amante para siempre. Y, a cambio, dejaré que este mortal sea tuyo. Una vez él y yo estemos vinculados, nuestras vidas serán una: no podrás matarme sin aniquilarlo. Y yo accederé a dejarlo vivir siempre y cuando tú accedas a complacerme.

<<Vamos, mi amor, ¿no suena delicioso? Compartiremos lecho una vez más y por siempre. Tu juguete humano puede dormir a los pies de la cama, como un perro. Soy generoso, ¿no es así? Te permitiré conservar a tu pequeña mascota.>>

Cada palabra que Ivthan pronuncia dulcemente, como una promesa, una irresistible oferta, Samuel la recibe como el más oprobiante escupitajo sobre su rostro: un insulto tras otro, una humillación tras otra, pues Ivthan no solo pretende poner una correa alrededor de su cuello, sino alrededor del de Aaron también.

<<Pero yo fui el primero en hacerlo. En condenarlo a esta vida>>

La ira lo consume. La sangre en sus venas se siente como magma, el ardor en sus encías exige que hunda los colmillos en la carne de quien lo ha creado, en la sangre de su sangre, y la chupe hasta secarlo y dejarlo muerto y en silencio. Por fin en silencio.

—Pero si me desafías… —el tono de Ivthan se oscurece y su mirada cruel y calculadora es suficiente como para que Samuel pueda entender la amenaza sin que la pronuncie de nuevo.

<<Mi sumisión a cambio de la vida de Aaron. Mi rebeldía al precio de su muerte>>

Samuel traga saliva y una sensación húmeda y fría que había olvidado hace siglos le recorre el cuerpo, como un reptil gélido deslizándose por su garganta y asentándose en su estómago para formar un tenso, pesado nudo: miedo.

Samuel tiene miedo de perder a Aaron ahora que está tan cerca de recuperarlo. No sabe seguro si Ivthan es más débil que él o si se ha alimentado más copiosamente las últimas noches. No sabe si puede ganar y lo peor es que ahora, si pierde, no será él quien muera, será Aaron quien pague por su fracaso.

Debería haber esperado, haber planeado todo mejor en lugar de dejarse llevar por sus sentimientos, debería haber matado a Elisha, haber devorado a los humanos de Zoa hasta estar repleto de sangre, debería… Pero ya es demasiado tarde.

Y la duda repta en la piel del vampiro, incómoda como un picor que uno jamás alcanza a rascar. Desesperante. Imposible de olvidar.

<<¿Y si me someto? ¿Y si sencillamente hago todo lo que él desee? No quiero arriesgarme a perder a Aaron, a fallar de nuevo.>>

—No le harás daño. —dice Samuel y, pese a que su voz es firme y su cuerpo se alza, imponente y demandante, Ivthan sabe que eso no es una exigencia, sino una pregunta colmada de preocupación.

—No, mi amor, tú serás el único que pueda tocar al humano y yo jamás pondré un dedo sobre él, no mientras no deba… Disciplinarte.

Samuel aprieta la boca. ¿Acaso obedecer a Ivthan va a salvar a Aaron? Ivthan es un amo cruel, sádico, un amo que buscará el más mínimo error, que cambiará las reglas a mitad del juego, que lo engañará y le tenderá trampas y todo por el mero placer de decirle que ha desobedecido, incluso si ha sido el esclavo más servicial sobre la faz de la tierra, porque cualquier excusa es buena para castigarle, para herir a Aaron y ver como Samuel se retuerce de sufrimiento.

Samuel sabe que eso es lo que sucederá. Lo sabe porque él fue exactamente esa clase de amo y es de su creador de donde aprendió sus artimañas. 

Una vida así… ¿Acaso eso merece la pena para Aaron? Incluso si Ivthan realmente fuese un amo justo y compensase el impecable comportamiento de su súbdito vampiro jamás hiriendo a su dulce Aaron, el chico seguiría siendo lo que es ahora: un pedazo de carne. Algo tan destrozado que no puede moverse, no puede ver, no puede hablar apenas. ¿Puede oír siquiera? 

Una vida así, una eternidad así… No, Samuel jamás podría hacer eso. Debe liberarlo de las garras de Ivthan, como sea.

—Vamos, decide rápido. ¿O a este también lo vas a matar, como al último?

La risa de Ivthan es mareante, una escalera de caracol que desciende al mismísimo averno, un eco que no rebota entre las paredes, sino que nace de ellas, jamás extinguiéndose. Su risa es un humo sofocante que lo marea y lo ahoga y lo encierra.

 Samuel no puede escucharla ni una vez más.

—No los compares. No son lo mismo. —gruñe y se voltea hacia la voz espectral que lo tortura, pues Ivthan anda en círculos a su alrededor, aún sosteniendo al pobre Aaron por el cabello, agitándolo en el aire como un mero muñeco.

Sus brazos y sus piernas están más delgados que antes, los huesos de sus muñecas se marcan tanto, sus rodillas lucen tan nudosas y grandes… ¿Lo ha alimentado siquiera durante estos días?

—¿No? Bueno, tienes razón, este no te ama —se jacta Ivthan y esa pequeña verdad que suelta sin siquiera inmutarse alcanza a Samuel como un dardo envenenado en el corazón. Esta vez, sin embargo, no muestra sus dientes ni aprieta sus puños: baja la mirada, avergonzado, porque sabe que es cierto. Aaron no le ama—. Es curioso, que matases al humano que te quería y ahora estés tan obstinado en salvar a uno que no lo hace.

Samuel arruga la nariz y aparta la mirada, girando su rostro para no mirar a Ivthan ni a Aaron. Sus ojos confunden las imágenes frente a ellos con el pasado y, de pronto, no ve al Ivthan de ahora, sino al barbárico joven vampiro que lo apresó; del mismo modo, no ve a Aaron, sino a su primer amor en el suelo de esa celda, débil, vacío de esperanza.

No quiere acordarse, pero lo hace. Recuerda lo mucho que lo amo, lo terriblemente que dolió cuando ese muchacho tomó una estaca, en lugar de su mano, y trató de darle muerte a cambio de libertad.

—¿Quererme? —pregunta sarcástico, lanzando una risa corta y sin gracia al aire—. Tú destrozaste ese amor. No me amaba, me traicionó.

Samuel espera que Ivthan luzca satisfecho por sus palabras, regodeándose en su corazón roto todavía sangrante y anhelante, pero cuando lo mira, no es disfrute lo que ve en su rostro. Ivthan luce sorprendido de la misma forma en que uno lo está no cuando descubre algo, sino cuando cae en la cuenta de que se le ha olvidado una cosa de suma importancia.

—Oh, otro pedacito de información hilarante que me había olvidado de contarte… —murmura, más para sí que para Samuel, y se relame los labios con gran deleite—¡Cuántas revelaciones! A este humanito de ojos azules, Sami, lo estoy vinculando, pero al primero también lo vinculé.

Samuel se queda en blanco, las palabras de Ivthan lo atraviesan como una lanza y arrancan de su interior toda ira, rencor y melancolía. Se siente vacío. Confundido.

—¿Qué?

No ha entendido bien esas palabras, se dice. Ha oído mal, incluso si su oído nunca falla porque, si no, ¿qué explicación tiene esta horrible broma del destino? Pero resulta que sí tiene una, e Ivthan se la proporciona con palabras lentas, cada una goteando despacio tras la anterior, como si pudiese sentir el estupor de su pupilo de cabellos de oro y deseara más que nada que pudiese asimilar a la perfección cada cosa que le dice:

—¿Recuerdas cuando os encerré a ti y a tu humano de aquel entonces? ¿Recuerdas cuando lo sacaba de la celda y me lo llevaba durante horas? No era para torturarlo, como tú creías, aunque debo admitir que a veces lo hacía por pura diversión. Sin embargo, la finalidad de esas… Sesiones no era alejarlo de ti o sencillamente decorar mi hogar con sus gritos, era morderlo. Y créeme, me esmeré en hacer las marcas diminutas y en lugares… Íntimos. Me esmeré en curar sus heridas cuando lo traía conmigo, en hacer que rápidamente pasasen de meras incisiones a una cicatriz, una marca, un vínculo. Le dije que si te confesaba que yo lo mordía, te mataría y el pobre estaba tan aterrado de perderte que jamás se atrevió ni a intentar insinuarlo. Al cabo de un tiempo ya no hizo falta coaccionarlo con amenazas: estaba vinculado a mí, así que podía usar mi voz de mando para darle órdenes absolutas.

<<La noche en que lo mataste, Sami, la noche en que él te “traicionó” tomando la estaca y tratando de clavártela en el pecho… Lo hizo porque usé mi vínculo para ordenárselo. Horas antes de ofrecerle la estaca, le ordené que cuando llegase el momento la tomase y la enterrase en tu pecho, le ordené que no dijera ni una sola palabra de todo eso, que no te diera ni una disculpa, nada que pudiese indicarte lo que iba a pasar y, oh, lloró tan exquisitamente. “Todo menos eso”, me decía. “Todo menos matarlo”, suplicaba. Tuve que ordenarle que no se suicidase, porque lo intentó. Intentó matarse para salvarte y te amaba tanto que habría preferido destinos peores que la muerte solo para salvarte a ti de ellos. 

<<Y, aun así, tú lo mataste. Lo mataste por algo que ni siquiera tuvo la opción de escoger hacer. 

<<Murió sabiendo solo que la persona más importante de su mundo lo odiaba.>>

Las palabras de Ivthan se arremolinan en su interior como un poderoso huracán que amenaza con arrasar con todo: desordena sus pensamientos, revuelve sus entrañas y, sobre todo, destroza sus recuerdos.

Vuelve a aquella noche en que pasó de amar a odiar, en que conoció la desdicha de la traición y el pecaminoso placer de la venganza. Vuelve a la noche en que cambió su humanidad por esto, por lo que es ahora, y sus recuerdos parecen un acertijo que tras tantos años ha aprendido a descifrar, significados antes ocultos ahora floreciendo a simple vista. Los largos silencios de su amante, la locura en sus ojos cuando intentó clavarle la estaca, no llena de odio hacia él, como Samuel pensó, sino llena de odio hacia sí mismo por tener que hacerle eso, por no poder explicarle, consolarle con la verdad. 

Ahora lo entiende todo. Entiende que mató a la primera persona que lo amó de verdad, no al revés, entiende que está llevando a Aaron por el mismo camino.

Y entiende, tan nítida y claramente que no hay lugar a dudas, cuál es la verdadera extensión de la podrida y retorcida maldad de Ivthan. Mientras su creador viva, Aaron no conocerá la paz, ni la felicidad, ni siquiera el alivio.

Ivthan es un verdadero monstruo. No hay compasión en él, ni amor, ni ternura.

No hay nada que pueda salvarlo. Es demasiado peligroso que siga vivo en el mismo mundo en el que Aaron existe.

<<Debe morir.>> 

Samuel toma una bocanada de aire profunda. Debe calmarse, domar sus sentimientos y apretar la correa a sus instintos, pensar con claridad, no cegado por la nube de ira y tristeza que le embota los pensamientos.

Lo primero que debe hacer es poner a Aaron en un lugar seguro.

—Esta vez el humano no tiene por qué morir —murmura Samuel, haciendo acopio de todo su autocontrol para pronunciar esas palabras en vez de rugirlas—. Si lo hace, no tendrás nada para manipularme y que me quede a tu lado. Así que déjalo tranquilo.

Ivthan deja de andar en círculos alrededor de su presa, como un tiburón recreándose en los segundos antes del inminente ataque, y mira a Samuel con algo parecido al afecto: sus ojos brillan, su cara se ladea ligeramente y sus comisuras se estiran formando una modesta sonrisa que ni revela sus colmillos.

—Sabía que entrarías en razón… —suspira Ivthan, maravillado, su voz de pronto es suave y agradable.

Deja a Aaron en el suelo, a un lado, echado incómodamente sobre su costado. Ivthan se acerca a Samuel con sus brazos enormes y poderosos extendidos, deseando por fin estrecharlo entre ellos sin que el otro se resista y se revuelva, apretarlo contra su cuerpo, sentir su olor, su calor, su peso y su firmeza, como antaño hizo cuando el chico era un mero humano y, aun así, le prometió una eternidad con él.

—Oh, Sami, mi amor. 

Durante un breve instante, el exterior frío y duro de Ivthan parece resquebrajarse como una piedra antigua que guarda en su interior una tierna semilla. Sus palabras suenan tan temblorosas y anhelantes, esa forma de llamar a su pupilo… Sami, no es pronunciada ya como una burla, sino sostenida entre sus labios con la delicadeza con la que un amante llamaría a otro. Y sus ojos… Una pequeña línea roja brota en ellos, perlas de sangre manchando sus pestañas inferiores, lágrimas que lleva siglos reteniendo.

Pero Samuel no tiene tiempo para sentirse fascinado por el hecho de que Ivthan pueda ser frágil, de que él pueda ser su debilidad: es demasiado tarde para eso.

Antes de que los brazos monstruosos de Ivthan puedan envolver a su pupilo, un zarpado veloz cruza el aire y largos salpicones de sangre se extienden sobre el suelo, las paredes y el techo.

Ivthan mira a Samuel con los ojos enormemente abiertos, respirando rápido y jadeando, no por el dolor, sino por la sorpresa: tiene cinco enormes laceraciones que abren desde su abdomen hasta sus clavículas. Si hubiese sido un poco más descuidado, no habría esquivado el golpe tan bien y sus heridas serían tan profundas que lo incapacitarían.

Samuel jamás sería capaz de hacerle eso. No el Samuel patético y débil al que venció hace unas noches sin siquiera esmerarse.

Hay algo distinto en él.

—¿Qué mierda ha-

Pero Samuel no le deja acabar la frase. No tiene tiempo para preguntas e Ivthan tampoco merece explicaciones. El siguiente ataque es más veloz, más arrogante: ahora que Samuel ha visto que Ivthan tiene dificultades esquivándolo, confía en que es suficientemente fuerte para matarlo.

Pero esta vez no toma a Ivthan por sorpresa: Samuel trata de alcanzar su garganta con sus garras, pero Ivthan, en lugar de apartarse, se lanza contra su enemigo. Sus enormes mandíbulas abiertas como las de un lobo a punto de engullir a su presa, sus colmillos rasgando los dedos que pretendían envolverse alrededor de su cuello.

Samuel gruñe de dolor cuando Ivthan aprieta su mordisco y tira, arrancándole tres dedos de cuajo y tragándolos un segundo después, su sangre chorreándole por el mentón y una sonrisa enloquecida en su rostro.

—Oh, Sami, tendré que tenerte por las malas entonces…

Ivthan pasa del estupor a la rabia y de la rabia a la excitación de la pelea en apenas segundos. Ya no esquiva ni se defiende, ahora ataca.

Acorta la distancia con Samuel en un abrir y cerrar de ojos, sus rostros tan cerca que el rubio siente un vuelco en su corazón, pero una brisa gélida roza su nuca: los dedos de Ivthan acariciándolo antes de intentar romper su piel para arrancar su columna de nuevo.

Samuel reacciona rápido y aleja a Ivthan de sí con una poderosa patada, y el vampiro más antiguo surca la habitación como un cometa proyectándose por el aire, colisionando con una de sus pulcras paredes hasta convertirla en escombro y polvo. Samuel ha oído varios huesos rompiéndose en ese impacto, pero los oye volver a su lugar mientras Ivthan se pone de pie, sus ojos rojos brillando a través de la niebla de yeso y polvo.

Pero los ojos rojos no lo miran a él.

<<Aaron>>

Antes de que Ivthan pueda intentar volver a por el pequeño chico que yace en medio de la sala, Samuel aparece a su lado de nuevo y sus nudillos desvían el rostro de Ivthan hacia otro lugar, como si sus ojos no mereciesen posarse sobre el bello humano. Su puñetazo es tan fuerte que desgarra la piel de la mejilla de Ivthan y muele sus dientes hasta sentirlos volverse mero polvo.

Ivthan se levanta y se prepara para devolvérsela a Samuel, pero este es simplemente más rápido. Más fuerte. Y él no se está curando a tiempo. Es la primera vez que le pasa, la primera vez que recibe un golpe en mucho tiempo y la primera vez, desde que es un vampiro, que no puede devolverlo.

Samuel cae sobre él como una tormenta impetuosa. Se desgarra la piel de las manos por la potencia con la que machaca su cuerpo con sus golpes. Primero pisa las rodillas de Ivthan, siente la rótula reventando en pedazos como cerámica bajo sus zapatos, los tendones y los músculos que la unen al resto de la pierna desgarrándose mientras presiona más y más hasta que la suela de su calzado toca el suelo y las piernas de Ivthan quedan brutalmente seccionadas por la mitad.

—No huirás. No hay lugar en el mundo, bastardo, donde puedas escapar de mí. Tantos años persiguiéndome… Ahora tienes toda mi jodida atención. Disfrútala.

Luego se deja caer sobre su cuerpo, aplastándolo con su peso contra el suelo, manteniéndolo quieto y vulnerable como él lo mantenía contra su colchón aquellas noches en que Samuel aún era humano y él lo embelesaba con sus palabras y sus promesas. Luego toma las muñecas del vampiro, cuando este trata de resistirse, de cubrirse de sus golpes, y las retuerce hasta partirlas, sus manos dobladas en un ángulo antinatural, casi cómico. Lucen espantosas, así que Samuel tira con fuerza y las arranca, pero Ivthan sigue tratando de golpearlo, de defenderse y cubrirse y de tocarlo por última vez con sus muñones sanguinolentos, así que Samuel lo toma por los hombros y lo mira a los ojos.

—No mereces tocarme con las mismas manos con las que has herido la cosa que más me importa en el mundo.

Lo mira tan directamente y tan de cerca que sus cabellos rubios rozan el rostro de su maestro y que siente que respira sus gritos mientras le disloca los hombros. Uno a uno. Despacio. Y luego con sus garras corta piel, carne y hueso hasta arrancarle los brazos con la meticulosidad con la que un niño cruel le quita las alas a una mariposa.

Los arroja por doquier como inútiles pedazos de carne e Ivthan abre sus ojos tan grande que parecen a punto de estallar. Sin sus piernas y sus brazos, está a la completa merced de su pupilo, igual que su pupilo lo estuvo a la suya antaño.

Y él no tuvo piedad.

<<Pero Sami no es como yo. Es menos perfecto, más humano. Quizá su gran traba me salvará>> piensa, desesperado, y aunque su boca es solo un agujero de sangre y dientes rotos, gorgotea el inicio de una palabra:

—Sam…

El inicio, pues el vampiro no le deja acabar: Samuel hunde su puño entre los labios rotos de su creador que ahora se cierran grotescamente alrededor de su gruesa muñeca. Sonidos húmedos y carnosos empapan la sala mientras parece rebuscar algo dentro de su boca y garganta y su amo lo mira cada vez con una expresión más enloquecida.

Los ojos inyectados en sangre. Las venas del rostro hinchadas como gusanos.

Ivthan trata de cortar con sus dientes el brazo que se hunde brutalmente en su boca, pero la piel de Samuel es dura como el diamante ahora y los pocos dientes que le quedan se caen a pedazos al chocar con tal obstáculo.

—No pronunciarás mi nombre de nuevo. —le advierte Samuel y su voz no es ya una voz, es algo más grande, más poderoso. Su voz es tormenta, el rugir de las placas tectónicas cuando el suelo tiembla y el mundo parece abrirse en dos. Su voz es gutural, profunda, ronca y, sobre todo, inhumana.

Suena como el gruñido de un dios que habla desde todas partes.

—¿Cuántas veces te ha suplicado mi hermoso humano, escoria? ¿Cuántas lo has ignorado? No mereces siquiera rogar por una vida tan patética como la tuya.

Un grito animal llena la sala cuando Samuel tira de su brazo hacia el cielo, su puño cerrado en torno a un amasijo sanguinolento compuesto por la lengua recién arrancada de cuajo del otro vampiro, su laringe y tráquea y su esófago. Los conductos cartilaginosos y temblorosos brillan, cubiertos de espesa sangre que, en hilillos, aún los une al cráter oscuro y sanguinolento que es la boca desencajada de Ivthan.

Samuel arroja esos pedazos de su antiguo maestro lejos también. Sin ellos, no solo no podrá hablar, sino tampoco respirar. Un vampiro, sin embargo, no puede morir ahogado, pero sí puede sentir la agonía de pulmones que ruegan por un aire que jamás les llega.

Ivthan empieza a sacudirse, su pecho convulsionando con el sofoco que Samuel había anticipado. Lo que le quede de vida, la pasará ahogándose y jadeando.

<<Bien>>

El cuerpo de Ivthan hace esfuerzos desesperados por recomponerse: pequeños y frágiles tejidos se forman en sus hombros y rodillas, como telas de araña sonrosadas tratando de tejer la estructura de unos nuevos brazos, unas nuevas piernas. A Samuel le llega menos de un segundo segarlos con sus garras, sonriendo.

Con lo poco que queda de su rostro, Ivthan lo mira frenético, frunciendo su ceño con rabia e indignación, incapaz de creer que su pupilo podría ser capaz siquiera de hacerle algo así. Entonces Samuel vuelve a acercar su rostro al de Ivthan, le sostiene el rostro quieto con sus manos y lo mira directamente a los ojos, como queriendo derramarse en ellos: todo su veneno cayendo por sus diminutas pupilas y llenándolo hasta rebosar.

—Cuando me engañaste para que matase a mi primer amor, dijiste que lo último que vio fue mi rostro. Mi rostro lleno de odio y rabia —Samuel ríe, la ironía de la situación haciéndolo perder la cordura un poco. Se siente tan bien matar a su creador, tan mal desvelar sus secretos y descubrir que su doloroso pasado es aún peor de lo que imaginó. Lleva años odiando a alguien que lo amó hasta el último instante, un odio tan grande que no cabía solo en el recuerdo de su amado y ha tenido que depositarlo en Aaron. Oh, el pobre Aaron. Samuel aprieta su mandíbula y se centra. Debe acabar rápido, pues, pese a que desea torturar a Ivthan por siglos enteros, Aaron lo necesita—. Debió parecerte una ironía deliciosa, me pregunto, Ivthan, ¿te lo parece que mi cara llena de asco y desprecio vaya a ser también lo último que veas antes de morir?

Los pulgares de Samuel se deslizan despacio por el rostro de Ivthan, primero acariciando su frente, trazando un pequeño arco que surca sus cejas y luego la piel delicada bajo ellas; con delicadeza, Samuel empuja los párpados de Ivthan hasta hacerle cerrar los ojos, como uno haría con un niño pequeño que se rehúsa a dormirse.

Luego espera.

Uno.

Dos.

Tres.

Los segundos pasan y, por cada uno de ellos, el terror dentro de Ivthan crece más y más.

Cuatro.

Cinco.

La espera se le hace eterna. Su cuerpo tiembla exageradamente, la única cosa que lo mantiene en su lugar es el paso de Samuel sobre él, como un tigre sobre una gacela.

Seis.

Entonces Samuel empuja sus pulgares contra los párpados de su creador, hundiéndolos bien hondo y sintiendo como los globos gelatinosos bajo ellos revientan como jugosas uvas maduras, la sangre chorreando por las hundidas cuencas como lágrimas que brotan a borbotones. Ha retraído sus garras de los pulgares, pues no quiere punzar los ojos de Ivthan, eso sería demasiado preciso, clínico, rápido, prefiere aplastarlos despacio.

Ivthan emite un sonido primitivo y animal, bastante bajo para la cantidad de dolor que lo azora, pero con su garganta destrozada, no puede lograr mucho más.

Samuel aparta sus dedos de las cuencas oscuras de quien antaño fue su temido amo y señor y lo mira con media sonrisa en su rostro, la primera sincera que le dedica desde que lo conoció.

Se inclina de nuevo con delicadeza sobre su rostro, como un amante que pretende besar al otro, pero rebasa lo que queda de sus labios y prensa su boca contra uno de los oídos de Ivthan.

—Cuando vayas al infierno, patética criatura, asegúrate de correr la voz: esto es lo que le sucede a los pobres diablos que ponen sus manos sobre mi Aaron.

Eso es lo último que Ivthan escucha, pues un instante después, las largas garras de Samuel aguijonean sus oídos, perforando brutalmente el tímpano y dejando el resto del mundo en un agónico silencio.

Para cuando Samuel termina de remover sus garras manchadas de sangre y asegurarse de que Ivthan se ha quedado sordo, este ya ha dejado de temblar, moverse y tratar de gritar.

Samuel se levanta y contempla su obra unos minutos.

Ivthan no es más que un pedazo de carne inerte tirada en el suelo. <<Como Aaron. Como lo que le ha hecho a Aaron>>, piensa, dolido y sus ojos se dirigen hacia el chico que está en el suelo tumbado, a suficiente distancia para mantenerse seguro y, por desgracia, volteado hacia la escena, sin poder hacer nada más que mirar las atrocidades de las que su amo es capaz, si es que acaso sus ojos, donde quiera que estén en su rostro, siguen funcionando.

<<Atrocidades que solo haré por ti de ahora en adelante, mi amor. No me odies por esto. No me odies.>> suplica en su fuero interno y luego dirige sus ojos de nuevo hacia su víctima.

Ivthan, que lo ha perseguido durante siglos, que arruinó su vida mortal y envenenó su eternidad, ¿y todo por qué? Porque quería hacerlo suyo. Porque tenía miedo a vivir solo.

Una sonrisa surca el rostro de Samuel. Ahora morirá en la más aberrante soledad: incluso si va a ser asesinado, es incapaz de tocar a su asesino, incapaz de verlo, de oírlo, de dirigirle unas palabras, es incluso incapaz de captar su aroma.

Ivthan está encerrado en el más aterrador y solitario infierno: dentro de sí mismo. Es perfecto que muera de esta forma, es, piensa Samuel, hermoso. Y por un momento tiene la sensación de que en el mundo sí que existe algún tipo de justicia y eso lo calma, porque significa que Aaron obtendrá la felicidad que merece, pero lo aterra porque, ¿qué castigo será suficiente para absolver sus pecados?

Samuel niega y se inclina hacia Ivthan. Está soñando despierto, no existe la justicia o el destino, lo sabe, Ivthan no ha muerto como merecía porque así lo ha querido el mundo, sino porque así lo ha querido él. Los poderosos mueven el mundo, le dan la forma que desean y, por ello, si quiere paz para Aaron, la tendrá que construir con sus propias manos.

Usa la derecha para perforar el pecho de Ivthan. Su carne se nota más tierna ahora, sus huesos se parten como ramitas secas, como si todo su ser se rindiese ante él, aceptase la muerte. Samuel toma su corazón en su mano y lo alza, observándolo con curiosidad. Es más pequeño de lo que esperaba, más oscuro y seco. Un fruto podrido y fosilizado que hace años que no funciona.

Lo devora de un solo bocado. Ivthan no merece la consideración de ser saboreado, honrado con bocados agradecidos, no, él merece ser consumido y destruido. Cuando Samuel lo traga, el cuerpo bajo sus pies empieza a desvanecerse, como un papel que se torna ceniza, extinguido por el hambre de una llama invisible.

Un escalofrío lo recorre de pies a cabeza y siente luz en sus venas. Matar a un original y consumir su poder es algo a lo que jamás podrá acostumbrarse, la sensación es tan extraña… algo sacudiéndote desde dentro, quitando pedazos de tu ser y cambiándolos por otro, como si fueras un robot de piezas oxidadas al que desguazan para ponerle nuevos pedazos, brillantes y engrasados, pero que se sienten tan… ajenos.

Samuel se voltea hacia Aaron esta vez. Ya no hay nada ni nadie que se interponga entre él y su precioso humano, así que no gastará ni un segundo más de esa noche en Ivthan ni en nadie más que Aaron.

Cuando empieza a andar hacia él, el chico no reacciona. 

<<No puede ver>> piensa Samuel y su corazón se rompe.

Recuerda los anocheceres que pasó con Aaron, sosteniéndole la cintura, llenándole la cabecita de palabras de ánimo y el cuello de besos mientras aprendía a andar de nuevo para poder tener sus muletas. Recuerda lo feliz que estaba cuando las pudo usar por primera vez, lo hermosamente que sonrió esa noche cuando lo llamó arrocito y los saltos de alegría que dio, como un conejito jubiloso, cuando se curó del todo y pudo por fin andar con normalidad de nuevo.

Y lo mira ahora… Incapaz de andar, de hablar, de ver, de sentir…

Samuel sabe que Aaron odia la sensación de ser curado con su sangre, pero no hay más opción. Incluso si el chico decidiese vivir en ese cuerpo que ya apenas funciona, necesita curar las mordidas de Ivthan con su sangre, pues si cicatrizan solas, el chico estará vinculado a un vampiro muerto y ningún humano sobrevive a ello.

Samuel se arrodilla a su lado, lo toma delicadísimamente entre sus brazos, temiendo que su nueva fuerza y la nueva fragilidad de Aaron no se lleven bien, y se abre la muñeca con los colmillos.

Empuja su sangre caliente contra la boca de Aaron y este no reacciona.

—Mi Aaroncito, mi amorcito… Soy yo. Todo estará bien, lo prometo, solo tienes que beber. Por favor, bebe mi sangre. Por favor, mi amor, cúrate.


 

CAPÍTULO 87

Aaron despierta sintiéndose extraño. Hace tiempo que vive ya en una oscura pesadilla donde los minutos, las horas, los días y las noches han perdido el significado, pero ahora tiene un reloj en la pared opuesta a su cama. Tiene una cama. Y lo más impactante de todo: puede ver el reloj y la cama y las sábanas color crema abultadas y cálidas que caen sobre su cuerpo, el dosel blanco que cubre los flancos del lecho, como haciéndole sentir atrapado en una nube, y también puede ver el tubito que sale de debajo de las mantas y que va conectado a un portasueros de metal al lado de la cama, donde varias bolsitas llenas de un líquido color crema cuelgan. Una de ellas gotea rítmica, pero lentamente en el tubo.

Aaron está confundido. ¿Qué lugar es ese? Las paredes oscuras pero decoradas exquisitamente le suenan y, si voltea su cabeza a los lados, puede ver burós de madera oscura que conoce muy bien. En uno de ellos hay una pila de libros y los ojos de Aaron se humedecen porque sabe dónde está el marcapáginas en cada uno de ellos: en el lugar exacto donde él lo dejó.

<<¿Estoy en casa?>> piensa, olfateando su naricilla rosada como un conejito nervioso y moviendo sus ojos alrededor de la estancia para explorarla, aunque pronto los detalles se emborronan, pues las lágrimas cubren su visión.

Pero no son lágrimas de alegría.

Ya le ha pasado esto antes: ha soñado con estar de vuelta en la cama de Samuel, envuelto en sábanas de satín y arrullado por el aroma del pan tostado y la mantequilla derretida, solo para ser arrancado de ese agradable mundo por los golpes y los gritos de Ivthan. Por sus dientes, arrancándole parte de la cara y escupiéndola en el suelo, sus manos tomándolo por un puñado de su cabello y arrancándoselo a jalones para forzarlo a pararse delante de un espejo y ver, cada noche, cómo su rostro deja de ser, poco a poco, un rostro.

En todos sus sueños está en la cama, esperando a Samuel.

<<Mírate. Horrible, repugnante. ¿Quién vendría a por ti así? ¿Quién te querría? Samuel no te salvará. Tendrás suerte si, cuando vuelva a mí, él se digna a mirarte. Tendrás suerte si decide violarte una que otra vez, por los viejos tiempos>> susurraba Ivthan en su oído y luego el chico era dejado horas frente al espejo, descubriendo que su cabeza era capaz de producir palabras todavía más venenosas que la de aquel vampiro vil.

En ninguno de sus sueños Samuel llega a aparecer.

<<Samuel me amó a mí antes de amarte a ti. Y me amará después de dejar de amarte a ti. Él es mío y tú no eres más que su error.>> Ivthan le decía, no cuando lo forzaba a mirarse en el espejo por horas hasta no reconocerse más, sino cuando lo llevaba al dormitorio, lo dejaba sobre una silla cual muñeca y lo hacía mirar mientras él se deleitaba, humano tras humano. Todos rubios. Todos altos y fuertes. Todos tan parecidos a Samuel y todos temblando bajo el cuerpo de Ivthan mientras lo tomaba con fiereza y luego les arrancaba el cuello, susurrando con la carne de los mortales entre sus fauces, el nombre de Samuel.

Si este es otro de sus engañosos sueños, Aaron sabe cómo acabará: con Samuel no apareciendo e Ivthan trayéndolo de vuelta a la realidad, a una realidad donde quien dijo amarle también le ha abandonado.

Aaron solloza. El sonido es agudo y desgarrador, rompe el silencio abruptamente y, de pronto, el chico oye algo más: pasos apresurados dirigiéndose a su habitación. Es la primera vez que sueña con la idea de que alguien vaya a venirle a rescatar, la primera vez que su imaginación es tan cruel como para darle semejantes esperanzas.

Cuando la puerta se abre y aparece Samuel, quedándose congelado en el marco de la puerta con sus ojos empapados de lágrimas carmesí fijos en él, Aaron se sorprende muchísimo. 

<<Parece tan real…>> piensa, fascinado, pero sabe que la ilusión pronto acabará. Su mente ha sido capaz de conjurar el recuerdo de Samuel de una forma tan detallada que casi lo engaña, pero es imposible.

Aunque también es imposible que Samuel se acerque a su cama. Y lo hace.

Que solloce de alegría al verlo. Y lo hace.

Que se incline sobre su rostro y bese su frente y sus labios se sientan tan cálidos, y suaves y tan jodidamente llenos de amor y delicadeza. Y lo hace.

Es imposible que Samuel hable y que su voz suene exactamente como la recordaba y que lo llame “mi amor” con tantísima ternura. 

Pero lo hace.

Aaron frunce el ceño, mirando a su amo como si se tratase de la cosa más rara del mundo. Samuel lo observa de vuelta, expectante. ¿Aaron está enfadado? La preocupa demasiado. ¿Está herido? Eso lo angustia de veras.

—¿Es… esto es real? —pregunta con una voz diminuta.

<<¿Solo está confundido?>>

Samuel toma el rostro de Aaron entre sus manos, tan pequeño que sus palmas lo abarcan por completo, y Aaron gimotea, deshaciéndose entre sus dedos y sus palmas cálidas, fregando sus mejillas húmedas de lágrimas contra la suavidad de su tacto. Aun así, nada más en él se mueve, solo su carita llorosa. Samuel traga saliva, preocupado.

—Claro que es real, mi arrocito —lo llama y el chico solloza al escuchar ese tierno mote, pues pensó que nunca más lo oiría—, Ivthan está muerto y nadie más se atreverá a tocarte.

Aaron niega, incrédulo, y gira su rostro para llenar las manos de su amo con pequeños y tiernos besos, pero su cuerpo sigue recto e inmóvil y eso alarma a Samuel demasiado.

—Mi pequeño, ¿puedes moverte?

Aaron deja de besuquearlo y de restregarse contra él como un gatito mimoso para abrir sus ojos bien grande y lanzarle una mirada llena de pánico.

—No… —responde, más bien como una súplica que como una respuesta—, no quiero intentarlo, mi amo, por favor.

La habitación se llena rápidamente del dulce aroma del miedo del muchacho. Una esencia densa y adictiva, como el caramelo, que Samuel inspira profundamente por un momento, disfrutándola, pero sabe que tiene que detenerla. No desea que su humano esté aterrorizado, nada más lejos de la verdad, quiere que se sienta seguro, querido y cuidado.

Samuel exhala un pequeño “Shhhh” para hacer callar al humano y apaciguarlo un poco. Con una de sus manos peina sus cabellos y los riza alrededor de sus dedos, mimándolo de forma tan agradable que el chico no puede resistirse a gimotear y cerrar sus ojitos de gusto. <<Pobre cosa, tan hambrienta de tacto y de cariño>>

Con la otra mano toma su nuca y le hace voltear un poco su cabeza, dejando su garganta al descubierto. Samuel se inclina y roza con sus labios su pálida marca de propiedad. Besa la cicatriz con cuidado, escuchando a Aaron tratar de acallar los ruiditos que salen de su garganta.

—Tranquilízate, no te obligaré a nada —le asegura y luego su lengua se desliza sobre la nuez del chico, que sube y baja cuando este traga saliva —, pero debes intentar moverte, mi niño. Te he curado con mi sangre y, ahora, es mucho más poderosa de lo que era antes. Intenta moverte, mi amor, te lo pido, déjame asegurarme de que mi sangre te ha curado.

—M-me da miedo hacerlo.

Samuel alza su cabeza, separándose del cuello de su humano y mirándolo a los ojos tan directamente que el chico no puede soportarlo y baja su mirada dócilmente.

Samuel lo toma por la barbilla con uno de sus dedos y le hace alzarla, forzándolo a entregarle su hermosa mirada azul.

—¿Por qué? —pregunta con una voz aterciopelada y paciente.

Los ojos de Aaron se empapan de lágrimas y pequeños hipidos lo interrumpen mientras intenta hablar. Samuel lo reconforta acariciando su cabello y su nuca, notando cómo su piel se eriza por los círculos que sus yemas trazan sobre la ternura de su piel. Lame las lágrimas del chico, acariciando sus mejillas con la punta de su lengua, y eso parece agradar a Aaron, que pone su mejor esfuerzo en formar palabras para su amo.

—P-porque… porque… ¿Y si no… si no puedo? ¿Y si intento moverme y… y es como cuando Ivthan me r-rompió o…? ¿O si es c-como cuando usted me desgarró los t-tobillos? Dolía tanto moverse entonces, dolía tanto… No quiero dolor, tengo miedo, e-estoy asustado, mi amo…

Samuel suspira, dolido, y siente el vínculo alrededor de su corazón tirando de él dolorosamente. No puede recriminarle a Aaron que no quiera intentar seguir adelante, no cuando en el pasado ese esfuerzo le ha obtenido solo sufrimiento. E incluso si Aaron no hace nada, está sufriendo ahora, puede sentirlo a través de su vínculo, la manera en que su corazón se tensa y se retuerce, en que el futuro lo llena de ansiedad y sobre todo la manera en que tira de él, fuerte, furioso, demandante.

Aaron no puede hacer esto solo, lo necesita.

—No te preocupes, no te angusties, mi cosita preciosa. Yo te ayudaré, puedes quedarte quieto, mi amor, puedes descansar. —asegura Samuel, logrando aplacar un poco los nervios de Aaron. Su cuerpo entero tiembla todavía, pero ya no se sacude como antes, cuando parecía al borde de una crisis histérica.

Samuel se acomoda en la cama, tumbándose al lado del chico y baja un poco la manta que lo cubre hasta el cuello, dejando al descubierto sus hombros y sus clavículas, pero nada más por ahora.

El vampiro entonces se mueve muy lentamente en la cama y Aaron lo sigue con los ojos, cauteloso, como si temiese por igual que Samuel fuese a alejarse de él, a huir sin dejar rastro como en todos sus sueños angustiosos, o que fuese a acercarse demasiado, a ser brusco y descuidado y a romperlo de una vez por todas.

Samuel se coloca sobre el chico, apoyado en sus rodillas y sus manos, como un depredador irguiéndose sobre una presa herida, recién capturada. Desliza sus ojos rojos y hambrientos por todo su cuerpo, siguiendo los contornos y relieves que las sábanas forman y que dan una pista de la bella anatomía que esconden. Finalmente, su vista se clava en la piel visible y recién descubierta del humano.

Se inclina sobre ella: Samuel respira sobre el cuello de Aaron y luego baja poco a poco, sin tocarlo, su aliento derramándose por sus clavículas, por sus hombros. Primero uno, luego el otro.

Samuel lo recorre así, sin rozarlo, pero embriagándose del dulce aroma que tanto ha extrañado.

—¿Lo sientes? —pregunta el vampiro, lento y cuidadoso—. ¿Sientes mi respiración sobre tu piel, Aaron?

Aaron asiente despacio, apretando sus labios y con sus cejas enarcándose en una expresión piadosa y preocupada. Sus cabellos ónix se derraman sobre la almohada formando suaves y hermosas ondas, sus pestañas sostienen diminutas lágrimas, como perlas brillantes, y su boca forma esa expresión tan pueril y adorable, un puchero que le derrite el corazón a Samuel.

El chico está tenso bajo su cuerpo, pero es tan obediente que siente la necesidad de recompensarlo. Besa el delicioso hueco entre las dos clavículas del chico, esa pequeña hondonada que se deprime aún más cuando prensa sus labios con ternura, pues el chico toma aire, impresionado por la forma en que ese contacto tan leve irradia cosquilleos y calor incluso a la punta de su nariz y de sus dedos.

—¿Sientes mis labios en tu piel?

Aaron asiente de nuevo, esta vez intenta articular un “Sí, amo”, pero sus palabras a medio formar se deshacen en un suspiro placentero y entrecortado cuando Samuel desliza su lengua por una de sus clavículas.

—¿Sientes mi lengua?

Asiente de nuevo, más enérgico ahora.

—¿Mis dientes?

Aaron no asiente ahora, sino que da un leve bote en la cama cuando su amo mordisquea pícaramente su hombro, como un cachorro que solo quiere jugar. Sus labios arden y son tan mullidos como el cojín donde su cabeza se hunde; en contraste, los dientes del vampiro son fríos y duros, afilados como una daga de hielo. Le causa escalofríos cuando Samuel pellizca su piel entre ellos.

—¿Sientes mis manos?

Aaron va a decir que no, pues no las nota aún, pero tan pronto como el vampiro termina de pronunciar la lenta pregunta, sus dos enormes manos toman sus hombros. <<Tan cálidas, tan grandes…>>. Se siente arropado por ellas, atrapado dentro de ellas. Cuando Samuel envuelve sus hombros con los cinco dedos, solo dos son necesarios para abarcar la circunferencia del hombro, los dos otros cubren el resto del espacio entre este y el cuello y los pulgares reposan sobre su garganta, sintiendo su pulso acelerarse.

<<Tan grande>> Aaron siente la tentación de removerse entre las sábanas, pero la combate. Ivthan era grande, más que Samuel, pero su tamaño, sus músculos, su vertiginosa altura, eran cosas que le causaban repulsión, como la imagen de una roca enorme cayéndole de encima, a punto de aplastarlo. La grandeza de Samuel, que Aaron jura que ha aumentado desde la última vez que lo vio, le provoca sensaciones muy distintas: es intimidante, eso jamás lo negaría, pero Aaron piensa que él se siente como deben sentirse los pajarillos que se aventuran a picotear pienso de las manos de un humano, esas criaturas veinte veces más grandes que ellos, pero que poseen el temple de un gentil gigante.

Aaron se siente fascinado por el tacto de esas manos grandes, por la manera en que se sienten duras y callosas, pero se deslizan con una suavidad inolvidable por su piel, haciéndole rogar por más.

—Cada parte de tu cuerpo donde puedas sentirme, Aaron, es una parte del cuerpo que se ha curado, ¿sí? Notarás tu cuerpo dolorido y débil, pero estás curado.

El chico ladea la cabeza, confundido. No ha atendido mucho a las palabras del vampiro, pues simplemente le gusta su voz y se recrea en ella, en su lento, ronco, ronroneante sonido. Ya prestará atención al contenido más tarde, pero por ahora solo quiere disfrutar de estar de vuelta en casa.

—Aaron, escucha, por favor —pide su amo, en lugar de ordenar. ¿Y cómo va Aaron a resistirse a ese tono que suena casi suplicante? Samuel se le antoja tierno, del mismo modo al que a uno le parecen adorables los tigres en el zoológico cuando hacen algo que recuerda a los gatos domésticos—. Cuando Ivthan —el chico se tensa, sus ojos agrandándose, viajando por la habitación para buscarlo, como si el mero hecho de pronunciar su nombre pudiese invocarlo desde el infierno, traerlo de vuelta a la vida. Samuel pone sus manos en las mejillas de su humano, espachurrándolas un poco hasta hacerle poner una divertida boquita de pez—, aquí solo estoy yo, cariño, así que mantén tus hermosos ojos y tu valiosa atención en mí, ¿sí? —Aaron asiente como puede mientras Samuel le apachurra las mejillas y este sonríe y le da un beso en sus labios en forma de trompita antes de soltarlo y seguir hablándole—. Cuando fuiste herido de esa forma, no podías sentir las partes del cuerpo que no podías mover. Si ahora puedes notarlo cuando te toco, significa que están curadas, que las puedes mover. Si mis caricias no son doloras, entonces te has curado correctamente. ¿Recuerdas cuánto te dolía si te masajeaba el tobillo cuando aún estaba mal curado?

Aaron asiente con su respiración entrecortada. Cierra fuerte sus ojos, queriendo alejarse de esos recuerdos.

Samuel le aprieta suavemente los hombros, como queriendo darle un relajante masaje, sus pulgares trazando profundos círculos en su trapecio. Aaron se deshace con un suspiro.

—Esto no duele como entonces, ¿a que no? —Aaron niega y sus ojos se iluminan con ilusión porque entiende lo que el vampiro le está queriendo decir—. Voy a seguir tocándote, mi Aaroncito, y tú vas a decirme si puedes sentirme y si te sientes cómodo con cada cosa que haga. ¿Queda claro?

La piel de Aaron se eriza y nota un escalofrío recorriéndole el cuerpo como un latigazo: a pesar de que Samuel esté siendo amable, esa es su voz dominante. Un tono ronco y bajo que podría helarle los huesos a cualquiera, que denota autoridad y deja al chico tembloroso y obediente sin fallo.

Samuel toma la sábana con la que había tapado el cuerpo del chico y la baja un poco más, ahora descubriendo su pecho. El vampiro suspira y debe cerrar los ojos por un momento mientras traga grueso, pues el cuerpo de su pequeño humano es tan hermoso que teme que, si lo mira por demasiado rato, quede hipnotizado por él y a merced de deseos que ahora el chico no podría saciar sin sufrir.

<<Calma. Calma. Aaron necesita calma, no descontrol>> se dice y, sin que el humano se dé cuenta, se muerde la lengua y traga su sangre amarga. El dolor y el sabor acre en su boca lo ayudan a apagar un poco la llama de deseo que nace en él y eso le permite abrir los ojos de nuevo.

La piel de Aaron es tan perfectamente lisa, tan pálida y apetitosa como una cucharada de crema dulce. Su pequeño mortal siempre luce como un postre y, a veces, teme que al pasar la lengua por su dermis perfecta se dé cuenta de que el chico está hecho de aireada nata y que acaba de robarse un cacho de su adorado humano.

<<No voy a comérmelo, no es un pastelito. Samuel, joder, céntrate>>, se tiene que recriminar mentalmente, aunque el chico realmente sí parece uno. Tierno como un bizcocho, con ese aroma inolvidable a vainilla, azúcar y canela. La boca se le hace agua.

Prensa sus labios contra el centro del pecho de Aaron, sus dos manos tomándolo por los costados, sus dedos largos y hábiles deslizándose entre la cama y la espalda del chico, las yemas y las uñas clavándose solo ligeramente mientras lo atrae hacia sí, hacia su boca que lo besa y su nariz que inhala su perfecto aroma.

Sus pulgares acarician los pectorales firmes, pero pequeños del chico, pasando peligrosamente cerca de los erectos pezones, pequeños como botoncitos y del color de un brillante y afrutado sirope.

—¿Puedes notarme aquí? —pregunta Samuel, su voz un ronroneo que choca con el centro de su pecho, alterando sus latidos.

Aaron no responde, pero Samuel no necesita respuesta: sus pequeños gemidos son suficientemente sinceros.

Samuel separa sus belfos de la aterciopelada piel bajo ellos y apoya su mejilla en el pecho del chico. Puede sentir su calor, notar sus latidos. Samuel desliza su rostro por el pecho de Aaron, como queriendo impregnarse de su esencia y su suavidad.

Aaron ríe sutilmente.

—M-me hace cosquillas, amo. —murmura, cuando dos curiosos ojos rojos se alzan desde su pecho, interrogándolo.

Samuel nota que sus cabellos dorados están también sobre la piel del chico, deslizándose con sus movimientos, causándole al chico bonitos hormigueos.

—Eso es bueno. —le sonríe Samuel y aprieta sus labios contra la piel otra vez más, besándolo sonoramente ahora.

Pinza los extremos de la manta de nuevo con sus dedos y la baja unos centímetros, descubriendo la irrealmente estrecha cintura de su humano. Posa su mano abierta sobre el vientre delgado y lechoso y suspira, entrecortado, hambriento, cuando nota que la zona más delgadita del abdomen del chico mide exactamente la distancia que hay entre su largo dedo meñique y su robusto pulgar.

<<Como hecho a medida para mí…>> piensa Samuel, hipnotizado y entonces aprieta su mano en la barriga del pequeño, clavando solo un poco sus dedos y sintiendo lo tiernamente que la piel se hunde con su tacto.

—No me haga daño, por favor, mi señor… —susurra entonces el chico, temeroso, pues sabe que si Samuel arrastrase sus uñas sobre su piel ahora, la dejarían roja e irritada, sangrante si él así lo quisiera.

Samuel relaja su agarre y le rodea la cintura al muchacho fácilmente con sus dos manos. Se inclina, como en una reverencia, y traza un camino de besos en esa pequeña y marcada línea que divide el abdomen del chico, pasando por su ombligo y apuntando hacia el pecaminoso centro de su cuerpo.

—Jamás —murmura, un beso y otro y otro. Sus labios descienden, Aaron suspira—. Nunca. Más. —dice, una palabra por cada beso, como queriendo dejar grabadas las promesas en su piel, no con golpes o cicatrices, sino con una gentileza tal que la piel del chico nunca la olvide, pues cada noche la pase anhelándola— Nadie. Te. Hará. Daño —Samuel abre sus ojos, sus pestañas largas y rectas rozan la piel de Aaron y su vista precisa puede ver cómo se eriza tras la caricia, los diminutos y casi invisibles vellos de su cuerpo levantándose—. Estás. A salvo. Conmigo.

Esa última palabra viene seguida de un beso que está entre dos mundos: el labio superior de Samuel roza el vientre bajo del chico, pero el inferior se encuentra con el decepcionante tacto de la sábana que lo separa de Aaron.

Samuel vuelve a bajar su boca hacia la sábana, pero ahora, en lugar de besarla, la muerde con cuidado y empieza a bajarla, poco a poco, su nariz fría y suave recorriendo la piel que va desnudando y el corazón de Aaron acelerándose cuando se da cuenta de que bajo la sábana, está desnudo.

La tela se desliza por sus caderas y siente a Samuel inhalar sobre su lampiño pubis, deleitándose del especiado aroma de su excitación. Su nariz roza ese monte de piel sensible y fina, poco a poco, descendiendo hasta que nota el tacto del vampiro en la base de su hombría.

—Es-espere… —susurra con voz entrecortada.

Su amo lo obedece sin rechistar, dejando la sábana justo en el lugar donde él lo ha parado, cubriendo su intimidad a duras penas, con la base de su pene asomando por el suave tejido.

—No seguiré si no lo deseas, Aaron. ¿Quieres que me detenga?

El vampiro le hace esa pregunta mientras sus manos danzan sobre la piel desnuda: las yemas de sus dedos acariciando relajantes círculos sobre sus caderas, su pubis, alrededor de la circunferencia de su miembro, pero sin llegar a tocarlo, solo delineando el deleitoso camino hacia él.

—N-no, es solo… No lo sé. —murmura, rojo del bochorno, porque lo que lo ha alarmado tanto no es ninguna clase de miedo, solo un nerviosismo que se siente demasiado como anticipación.

Algo hormiguea en su bajo vientre, bajo los mimos del vampiro, cuando piensa en este bajando más y más, desnudándolo tan delicadamente que pareciera que desenvuelve un regalo de porcelana. Sus manos grandes, siendo tan lentas y meticulosas, sus labios que esconden colmillos dándole besos esponjosos, su lengua… oh, su maldita lengua…

—S-sigue, por favor.

Samuel desliza la manta lentamente, dejando que una verdad que ya abultaba bajo ella salga a la luz, deliciosamente obvia: Aaron está duro. Tan excitado que sus testículos pequeños y suaves lucen tensos y que la hendidura en la punta de su pene está ya húmeda, salivando de anticipación ante la expectativa de su contacto cálido y dulce.

Samuel se relame y su pecho se desinfla con un enorme suspiro de alivio cuando ve que el chico se ha movido por sí solo, sin siquiera darse cuenta, para tomar uno de sus cojines y ponerlo sobre su rostro para tapar lo muy rojo y avergonzado que está. Sus manos se aferran con fuerza al cojín, arrugándolo, pero Samuel las toma entre las suyas, una por una, y deshace sus puños tirando muy suave de sus dedos.

Luego, le quita el cojín de encima del rostro y se encuentra con una expresión demasiado erótica: sus mejillas ardiendo, sus ojos llorosos de lo mucho que necesita ser tocado y lo desesperado que se siente por que su cuerpo se halla desnudo y desatendido, su naricita también roja y los labios mordisqueados, exhalando jadeos sensuales.

Samuel toma la carita del chico con una sola de sus manos y lo hace mirarlo a la cara, pero Aaron está demasiado abochornado y se rehúsa. Cierra sus ojos con fuerza y envuelve sus endebles manos alrededor de la ancha muñeca de su amo. La nota firme, musculosa, sus venas tan marcadas… Aaron gimotea y da pequeñas pataditas, quitándose la manta del todo, como si realmente fuese a tener un berrinche porque quiere que Samuel lo toque.

Abre los ojos. 

La voz de mando atraviesa a Aaron como un relámpago. Tan dura y dominante, un rugido primitivo que despierta algo igual de primitivo en él, algo que lo fuerza a abrir sus ojos sin hesitación y que hace que su cuerpo entero tiemble y su erección se sacuda, largos hilos cristalinos de presemen derramándose sobre su vientre como miel.

—Aaron, ¿de verdad está bien que te toque ahí, así?

El chico solloza. Samuel está preguntando con tanto tacto que se siente desarmado. Está acostumbrado al vampiro tocando su cuerpo primero, preocupándose por lo que está bien después, si es que siquiera repara en ello. Desde que Samuel lo hizo suyo, aprendió que su cuerpo le pertenecía y que inevitablemente debería entregarse a él, pedazo a pedazo: una noche su boca, otras sus manos, su sexo, su entrada… Así que eso hace cuando necesita ser tocado, entregarse en esos momentos, pues sabe que es mejor entonces que cuando su tacto sea brusco y violento.

Pero ahora Samuel no está tomándolo ni siquiera cuando él está dispuesto a sacrificarse en sus manos a cambio de compañía y placer y eso lo marea. La hace sentir pequeño y con una responsabilidad demasiado grande encima. ¿Desde cuándo él decide?

Hace tan solo horas no podía siquiera decidir moverse, ver o hablar. Ivthan se lo arrebató todo sin gran esfuerzo y ahora que su cuerpo vuelve a ser suyo, por alguna razón, solo quiere sentirlo bajo las manos de Samuel, bajo su boca, bajo su cuerpo.

—N-no lo sé. —susurra, confundido.

Solo sabe lo que quiere, no lo que está bien o mal, pues hace tiempo que esas palabras perdieron ya su significado. En un mundo donde los dioses vienen del mismo infierno, ¿acaso no quedan obsoletos los términos de una civilización caída? Aaron siente que desde que fue tomado contra su voluntad, ningún beso, ninguna caricia de Samuel está bien, pero se sienten bien. Demasiado.

—Pero te he echado de menos… he… he pasado tanto miedo, tanto frío y hambre y tantísimo dolor y ahora solo quiero sentir algo bueno y tú me haces sentir tan bien. Hazme lo que quieras, Samuel, solo, por favor, no te separes de mí. No de nuevo.

Aaron prácticamente grita cuando Samuel se aleja de él, pero el vampiro lo tranquiliza, quedándose de pie a los pies de la cama, sin realmente marcharse. Aaron lo mira ansioso. ¿Acaso sus palabras lo han echado de algún modo? ¿Ha dicho algo mal? Morderá su lengua y la arrancará si es necesario para compensarlo, pero quiere, necesita a su amo cerca.

Aaron exige su presencia, tira del vínculo. Sabe que lo hace, incluso si no sabe cómo lo hace: unas manos invisibles dentro suyo lo buscan a tientas y lo encuentran, cuerdas tensas en el aire, las toman, las enrollan alrededor de sus nudillos, aunque duela, para no dejarlas ir, y tiran y tiran de Samuel hasta que nota, en el rostro de su amo, que su desesperación le hace daño, pues lo reclama demasiado salvajemente.

Samuel jadea por la forma en que su corazón se estremece. Aaron es tan exigente y duro como un amo sin paciencia, pero ríe suavemente, porque le agrada demasiado que su humano esté dispuesto a lo que sea para recuperarlo.

Samuel no se hace mucho de rogar: se desviste rápidamente frente a los ojos de Aaron y eso lo deja tan boquiabierto que el muchacho desiste en su insistente llamado por unos minutos. Primero se quita la camisa, revelando el pecho fuerte, el abdomen fibroso y luego brazos tan anchos que cada uno es más grueso que el torso del diminuto humano sobre la cama. 

Aaron traga saliva.

Luego el cinturón se desliza fuera de sus pantalones, la hebilla tintineando de forma llamativa, luego la cremallera siseando y, al final, la tela rozando sus piernas carnosas y anchas mientras las abandona.

Aaron nota su boca seca.

Samuel retira sus zapatos y calcetines y, luego, sus manos se detienen en la goma de su ropa interior. Aaron observa cada pequeño movimiento de su amo mientras se desnuda por completo y sus ojos se desvían un momento, pero luego vuelven, inevitablemente atraídos por la impresionante imagen de Samuel desnudo y excitado frente a él. Su polla larga y gruesa, tanto que su peso la hace balancearse lentamente, la punta rojiza rozando el ombligo de Samuel, su tronco ensanchándose, recorrido por violáceas y latientes venas y sus testículos grandes y pesados colgando bajo su falo imponente.

Aaron empieza a temblar cuando Samuel gatea sobre la cama, sobre él.

¿Y si ha hablado demasiado rápido, demasiado confiado? ¿Y si ha provocado en su amo deseos que a él le quedan grandes? El nerviosismo se apodera de él, ya es muy tarde para echarse atrás, pero sus manos tiemblan y su mente corre a toda velocidad. No está listo para el sexo. Ni siquiera aunque su mente hubiese sanado de esos recuerdos que se sienten como una cicatriz que se reabre cada vez que los revisita, su cuerpo sería incapaz de tomar al vampiro. Samuel es demasiado grande y él demasiado frágil. No puede ser follado sin ser roto, está seguro.

—A-amo… —lo llama, lleno de inseguridad.

Pero el vampiro ya está encima suyo a cuatro patas, completamente desnudo y deseoso, con su pesado miembro colgando entre sus piernas y prácticamente rozando el vientre llano del chico. Samuel le ofrece una sonrisa confianzuda y chulesca y lo mira a los ojos mientras se tumba poco a poco sobre su cuerpo.

Aaron gime y se retuerce bajo su cuerpo, pero el peso de Samuel lo empuja contra la cama, inmovilizándolo. Las piernas gruesas y musculosas del vampiro sobre las suyas, su pecho abultado empujando el suyo, sus abdominales contra su delgadez y, lo peor de todo, su enorme polla prensada contra su entrepierna, su dura erección aplastando la del muchacho y prensándose sobre su barriguita, donde posiblemente su contorno sobresaldría si lo penetrase.

—Am-amo, ¿qué está…?

Antes de que Aaron pueda preguntar nada, Samuel lo besa en el cuello, lento y deleitoso, deslizando su lengua por la marca que los une y el cuerpo de Aaron responde de inmediato.

Aaron empuja sus caderas hacia arriba débilmente, moliéndose contra el cuerpo macizo de Samuel y deslizando su excitación contra el largo y ancho eje de este.

—Eso es —susurra su amo en su oído, las palabras son tan alentadoras y maravillosas, que el chico sigue con movimientos pequeños, rodando su pelvis, restregándose obscenamente contra su amo y sintiendo como prácticamente se derrite bajo su calor, su peso, su presencia absolutamente abrumadora—, buen chico.

Aaron se deshace en gemidos cuando escucha ese halago y decide ser aún más bueno, moviéndose rápido y desesperado, empujándose contra la dura polla de su amo con la suya latiente y empapada en puro deseo.

Samuel le besa las clavículas, el cuello, las mejillas.

—Muy bien, Aaroncito, tú llevas el ritmo. Puedes parar cuando quieras, puedes usar mi cuerpo para correrte las veces que necesites… No haré nada que pueda cruzar tus límites, mi cosita cariñosa, así que muévete como desees, como necesites y pídeme cualquier cosa que quieras. Te voy a consentir, mi amor.

Las palabras de Samuel parecen tocar los botones correctos en Aaron, pues el chico gime alto y agudo, su cuerpo temblando de placer bajo sus grandes músculos y sus uñas enterrándose de repente en la espalda marcada y fuerte de su amo, buscando estabilidad y el calor de su piel.

Samuel le sonríe, orgulloso porque ama ver cómo el chico reúne la confianza suficiente como para seguir moviéndose, como para mirarle a los ojos y dejar que los suyos se empañen de placer.

Aaron busca su cuerpo desesperado, sus embestidas son torpes y pequeñas, pero con cada una se retuerce de placer y acaricia la polla de su amo con la suya, gozando de sentir su ardiente grosor, sus venas marcadas y el líquido deseoso que vuelve la fricción entre ambos miembros pegajosa, lábil y demasiado buena.

Samuel está entregándole su cuerpo, no al revés, y se siente tan jodidamente bien. Está prohibido que un humano posea a un vampiro, que le mande de aquí para allá, que lo use para saciarse como Aaron está haciendo ahora mismo, restregándose contra el cuerpo caliente y duro de su amo. Pero eso lo hace más delicioso aún, cuán pecaminoso es su placer, cuán incorrecto que, incluso teniendo a una criatura como Samuel a su merced, él aún sea suficientemente codicioso y descarado como para pedirle algo más:

—Beso… un beso… ¡Por favor!

Samuel obedece sin rechistar y su boca se hunde en la del humano. Aaron lo besa sediento de su afecto, con la boca abierta y gimoteante, lista para él, para recibirlo, para adorarlo; Samuel tiembla de placer mientras chupa los labios de su amado y luego los muerde, la lengua larga y húmeda delineando los contornos de su inexperta boca y luego hundiéndose en ella para encontrarse con su húmedo calor. Aaron intenta mover su lengua en torno a la de Samuel, incluso si el vampiro es incansable y mucho más hábil que él, trata de seguirle el ritmo, de chupar su lengua, de mordérsela juguetonamente.

Y Samuel lo adora. Él siempre tiene el control y es él usualmente quien mordisquea y succiona la boca ajena, gozando de las reacciones del tímido chico, pero Aaron está jugando deliciosamente, experimentando de una forma tan adorable… así que no le ve nada de malo a dejar que el muchacho lleve el beso por una vez.

Aaron se mueve cada vez más errático y rápido, con movimientos cortitos, pero apresurados, necesitados, y Samuel sabe que el chico está cerca de su orgasmo.

Aaron empieza a jadear, quedándose sin aire entre beso y beso, sin fuerzas para seguir agarrándose a los brazos rocosos de su amo y sin fuelle para continuar moviéndose al ritmo que necesita. Aaron lloriquea porque su cansancio lo aleja de su necesitada liberación.

Así que Samuel decide ayudarlo.

Lo toma por el cuello con una mano, inclina su rostro y lo besa profundo, lento y salvaje e igual que toma el mando del ósculo, también lo hace de todos sus roces: Samuel empieza a mover sus caderas, marcando un ritmo controlado pero placentero con el que embiste al chico.

Su gran polla estimulando la sensible longitud de Aaron, haciendo que sus piernas tiemblen hasta salirse de debajo de las del vampiro de tanto que se retuerce y, sin que Samuel lo espere, Aaron rodea sus caderas con sus piernas y Samuel puede sentir los talones del chico clavándosele en los hoyuelos de la espalda, justo encima de su trasero, como si Aaron lo empujase a que siguiese simulando embestida tras embestida.

Cuando lo vuelva a follar, piensa Samuel, estarán en la misma posición. Aaron le arañará la espalda como ahora lo hace, dejando hermosas tiras rojas con sus uñas, le rodeará la musculosa cintura con sus delicadas piernas y lo exigirá cerca y profundo, como ahora él estaría dentro de él si su erección estuviese más abajo, solo un poco más abajo.

Samuel debe centrarse, no dejar que el deseo lo domine. Así que su ritmo aminora, Aaron lloriquea un poco, pero luego, cuando vuelve a simular que lo folla, hace que los movimientos sean más profundos, más pesados, que su polla se pegue más a la del chico y lo estimule hasta sentirse casi insoportable, y ya lo tiene gimiendo y temblando justo como antes, sin quejas.

El ritmo de Samuel es fantástico. Lento y controlado, pero firme, sin una sola pausa. Aaron puede imaginar que Samuel lo penetra de ese modo, siendo llenado paulatinamente para darle tiempo a que se acostumbre a cómo semejante tamaño lo abrirá y lo llenará. Imagina a Samuel saliendo y entrando con el mismo rostro serio y dominante que tiene ahora, esas manos fuertes alrededor de su cuello, manteniéndolo quieto y dócil, pero sin ahogarlo, sus embestidas controladas y perfectas para que su cuerpo no se rompa.

Y Samuel está pensando exactamente lo mismo, así que no puede evitar romper el caliente beso un segundo y preguntar, mientras todavía varios hilos de saliva unen sus bocas jadeantes:

—¿Serás así de bueno, Aaron, cuando esté follándote de verdad? ¿Vas a gemir así, Aaron? ¿Vas a correrte mientras me sientes? 

La cabeza de Aaron cae hacia atrás y sus ojos ruedan en sus cuencas cuando Aaron se corre. Samuel puede sentir el pequeño cuerpo quedándose quieto bajo el suyo, pero tan tenso que pareciera que sus músculos se han tornado de piedra de pronto y, justo un instante después, Aaron es recorrido por un poderoso escalofrío y su cuerpo se vuelve blando y suave como un charquito que se derrite bajo su calor y puede sentir como su pene se estremece, escupiendo una tira de blanco placer tras otra.

Samuel continúa con sus embates, ahora moviéndose de forma más superflua y corta, para no abrumar al chico, pero ayudándole a exprimir hasta la última gota de su orgasmo.

—Tan bueno, tan perfecto… —lo halaga Samuel, aún moviéndose.

Aaron pierde la noción del tiempo, pero no le importa. Se siente tan bien, ahí, entre un suave y mullido colchón y el enorme peso caliente de su amo, que si quisiera podría aplastarlo bajo sus músculos, pero sencillamente lo arropa, lo inmoviliza, lo clava bajo su cuerpo mientras su maravilloso miembro estimula sus lugares más sensibles.

Samuel sigue simulando pequeñas embestidas, pues Aaron no le ha pedido que pare, y el chico poco a poco siente que sus dedos clavados otrora en la espalda de Samuel se deslizan poco a poco, sin fuerzas, hasta que queda con sus brazos abiertos y tendidos sobre la cama, a los lados de su cuerpo. Lo mismo sucede con sus piernas, que ya no pueden apretar más la cintura fornida de su amante, y sencillamente cuelgan a los lados de esta, moviéndose y botando ligeramente cada vez que el vampiro lo embiste con cierta fuerza.

Durante el largo rato en que Aaron pierde poco a poco las fuerzas y en que Samuel lo empuja contra el colchón con sus embates, Aaron siente su cuerpo reanimado solo por los escalofríos de electricidad y placer que lo invaden cada nueva vez que se corre y acaba hecho un lío gimoteante de palabras ininteligibles que se le escurren, junto a la saliva, por el mentón, y de ese líquido cálido y pegajoso que cubre su tripa y hace un ruido obsceno y chapoteante cada vez que Samuel se contrae para deslizar su polla sobre la del muchacho y sus abdominales cubiertos por ese glaseado blanco se empapan más del charco que hay sobre el vientre de Aaron.

El muchachito no cuenta sus orgasmos, pero eventualmente se detienen, justo en el punto en el que más placer se convertiría en dolor y en el que sus fuerzas escasean tanto que el mundo empieza a verse oscuro y borroso. Con cada nuevo orgasmo, el vampiro ha bajado el ritmo y, al final, termina siendo piadoso y dejando al chico descansar un poco tras su apasionado reencuentro.

Durante la mayor parte de la noche, Aaron y Samuel se quedan así. Desnudos, uno encima del otro, cubiertos de placer líquido y caricias, sus cuerpos pegados y calientes. Samuel le hace mimos en el pelo a Aaron y, cada vez que este se despierta y luce alterado o confundido, lo besa un poco y le delinea las cejas con la yema del anular o juega con su lóbulo entre el índice y el pulgar y eso relaja tanto al chico que lo tiene emitiendo pequeños ronquidos en un santiamén.


 

CAPÍTULO 88

Aaron ha conocido varios infiernos: el de la soledad, durante años y años, cuando la supervivencia era su prioridad y la vida un privilegio que no podía permitirse; el del dolor y la humillación, cuando Samuel hallaba en ellos un castigo idóneo por los sentimientos que el inocente humano despertaba en él; y el de la pérdida de uno mismo, cuando Ivthan le arrebató su cuerpo, cortando sus hilos hasta tornarlo un alma atrapada dentro de una marioneta demasiado pesada para su voluntad.

Y, aun así, durante el día de hoy tiene dulces sueños. Sueños en los que está flotando en un lago caliente y denso donde el agua le hace cosquillas contra la piel y el viento le sopla en el cuello de forma agradable. Cuando despierta, el chico entiende por qué: el cálido cuerpo de su amo se halla sobre él, totalmente dormido, pero aun así acariciándolo; con su mano derecha toma la izquierda del chico y el pulgar roza sus nudillos una y otra y otra vez; la mano izquierda la tiene hundida en sus cabellos y juega con ellos torpe, distraídamente, rascando su cuero cabelludo de una forma más que disfrutable. Samuel tiene su rostro en el cuello del chico, totalmente hundido contra él y respirando su aroma. Aaron puede sentir el aire que exhala sobre su marca de propiedad y puede notar los labios calientes alrededor de ella. Samuel debe haberse dormido chupando ligeramente su piel.

Ambos siguen desnudos y Aaron se pone rojo al notar contra su muslo un grosor duro y ardiente, como una barra de hierro candente, y comprender que, pese a que él se vino la noche pasada innumerables veces, Samuel no se encargó de su propio placer. Se pone aún más rojo -tanto que teme echar humo por las orejas- cuando se mueve un poco y escucha un sonido húmedo y pegajoso. 

Anoche temía tanto estar en una pesadilla donde Samuel solo le da una probada de su amor para luego desaparecer, que cada vez que el vampiro intentaba separarse de él, él se despertaba, todo quejumbroso y berrinchudo, y lo atraía hacia él clavándole las uñas y rodeándolo con sus piernas. Así que es de esperar que Samuel no haya podido limpiar el charco de placer que se formó entre sus dos cuerpos. Que Aaron formó.

Se siente tan abochornado. ¿Desde cuándo es él tan lujurioso y caprichoso? Ha exigido a su amo que lo complazca una y otra vez, como un amante insaciable, y luego lo ha hecho quedarse toda la noche desnudo y excitado contra su cuerpo, con su semen todavía escurriendo entre ambos.

Aaron no sabe ni dónde esconderse y su corazón late fuerte en su pecho. Pero debe admitir que la noche pasada le sentó más que bien. Necesitaba a Samuel tanto… No solo que le rescatase de las terribles garras de Ivthan, sino que lo sostuviera cerca y fuerte, que le hiciese sentir de nuevo en casa… <<¿En casa?>> ¿Desde cuándo Aaron considera la mansión Hass un hogar? ¿Desde cuándo busca no cualquier calor, no cualquier compañía, sino única y exclusivamente la de Samuel?

Cuando Ivthan lo apresó, no soñaba día y noche con ser rescatado, sino con ser recatado por él. Cuando pensaba en Ivthan desapareciendo una noche de la faz de la tierra, muerto en cualquier disputa estúpida con cualquier otro vampiro podrido de maldad y codicia, cuando pensaba en sí mismo recuperando su cuerpo una vez Ivthan muriese, como si con eso fuese a romperse una maldición puesta sobre él, no se veía volviendo a su antiguo escondrijo o recorriendo el mundo en busca de otros supervivientes solitarios, ni siquiera se veía recurriendo a los humanos de Jason, que sabe que son amigables y que tienen suficientes libertades para hablarle y abrazarle y consolarle como tantos años ha soñado.

Solo se veía buscando a Samuel y encontrándolo y hundiéndose en sus brazos para respirar su aroma.

Aaron pega su rostro al cuello de Samuel y a sus cabellos. Su amo tiene una esencia suave, pero agradable y cálida. Huele a naranjas y a cuero, a especias y chocolate oscuro. Es un aroma profundamente masculino, pero también agradable y arrullador. Le ayuda a calmar sus nervios.

Aaron acaricia los cabellos de Samuel ligeramente y este se remueve un poco sobre él, acurrucándose contra su pequeña anatomía, hundiendo más su rostro en su cuello de cisne e inhalando profundo por varios segundos.

Cuando termina, Samuel abre sus ojos, Aaron lo sabe porque siente sus pestañas barrer contra la delgada piel de su cuello, haciéndole cosquillas.

—Buenas noches, amo. —susurra y, aunque le da algo de vergüenza, sigue acariciando el pelo de Samuel, deslizando sus dedos entre los lacios mechones.

Samuel se empuja contra su mano, anhelando ese contacto maravilloso, y se despereza de forma extraña, tensándose encima de Aaron y luego dejándose caer de nuevo con un largo suspiro que suena como un bufido.

—Aaron, mi Aaron. Estoy tan feliz de despertarme contigo de nuevo, mi amorcito precioso, mi arrocito… 

Las manos de Samuel recorren el cuerpo de su muchachito, desesperadas, ansiosas, como queriendo memorizar cada uno de sus contornos. Aaron jadea cuando el vampiro rodea sus muñecas, cuando aprieta sus hombros y luego sus pectorales, pinzando sus pezones, cuando siente la nariz fría del vampiro inhalar en su pecho, en su vientre, en las palmas de sus manos, cuando los dedos se atenazan en su cintura, en su cadera. 

Samuel lo sostiene contra el colchón un segundo, tan firme y dominante como siempre, y entonces empuja sus caderas contra el chico, su polla ahora deslizándose entre sus pegajosos y delgados muslos, escurriéndose demasiado cerca de su intimidad.

—A-ah, Samuel, espera… —gimotea Aaron, abrumado por la íntima cercanía.

Por lo fácil que sería para Samuel dejarse llevar por su anhelante abrazo y follarlo ahí mismo, lento y todavía medio amodorrado por acabarse de despertar, sintiendo como sus cuerpos se funden nada más empezar la noche.

Samuel gruñe, pero se separa un poco de él, sabiendo que está siendo demasiado necesitado con cosas que Aaron no puede darle aún.

—Lo sé… —responde, entre irritado y avergonzado, y se separa del chico para darle un poco de espacio. 

El cuerpo de Aaron se hace bolita al instante, pues se siente tan frío y desprotegido, y luego Aaron repara en el lío pegajoso sobre su vientre de nuevo.

—Ugh… —dice, poniendo una cara extraña.

—Te limpiaré, ven conmigo.

Samuel no sabe cómo actuar. No quiere asustar a Aaron, pero lo necesita cerca. Acaba de alejarse de él porque sentía que su contacto podría atosigarlo, pero ahora el chico se deja hacer dócilmente mientras lo toma en brazos y ambos entran juntos en una tina llena de agua cálida.

Samuel frota el cuerpo de Aaron en silencio, maravillado por cómo el chico se estremece, por cómo ladea su cuello o levanta sus brazos o abre sus piernas para darle acceso a cualquier parte de su cuerpo que él quiera enjabonar y acariciar con las manos llenas de gel con aroma a avena y miel.

Sabe que el chico está disfrutando de ser mimado tras haber pasado semanas en un infierno que posiblemente quiera olvidar y sabe que no debería mencionarlo, pero…

—Aaron, lo que hicimos ayer…

Samuel no logra terminar la pregunta. Quiere articularla con tacto, pero ¿cómo puede uno tocar cuidadosamente una herida abierta y sangrante?

—¿Hice algo mal, amo?

—No, mi arrocito, pero me preocupa haber hecho algo más de lo que tú querías. Después de todo lo que te he hecho, Aaron, después de… No sé qué cosas has pasado con Ivthan y no sé qué clase de horrores ha metido en tu cabeza, igual que yo metí en ellas ideas verdaderamente horribles, y… No quiero que te sientas forzado a nada. No quiero hacerte más daño.

Durante unos largos minutos, Aaron no responde. Se contenta con el sonido agradable del agua siendo removida y por el eco de las palabras del vampiro en su cabeza. Saborea la preocupación en ellas, la angustia… No es que le divierta hacer a Samuel sufrir, pero mentiría si dijese que no le hace sentir reconfortado saber que la idea de herirle le causa una terrible ansiedad a su amo cuando antes solo le provocaba deseo.

Tras un rato, Aaron se voltea en el agua, girando como si flotase y quedando sentado sobre Samuel, sus piernas abiertas encima de su regazo y su torso delgado pegado al musculoso abdomen de su amo. Descansa con su cara en el pecho húmedo y amplio del vampiro y con las manos traza círculos en este, dibujándolo con la espuma que flota en la superficie y que recoge con las yemas.

—Está bien, Sami. —lo tranquiliza, siguiendo con sus sutiles mimos que hacen al vampiro suspirar y tener que apretar sus puños para que sus manos no agarren al chico demasiado fuerte, poseído de anhelo.

Samuel, cuando se sosiega, acaricia la espalda de Aaron con sus nudillos, recorriendo la curva de su columna. Arriba y abajo.

—Estas horribles noches no he podido parar de pensar en ti. En lo mucho que extrañaba tus besos o tus manos o tus palabras bonitas… Al principio solo te… Te soportaba. Soportaba tus golpes, tus insultos, tus órdenes. Pero luego, no solo cambiaste tú, cambió algo entre nosotros. Me he acostumbrado a ti demasiado y, si no te tengo cerca, me desespero. Quizá es el vínculo o algo más, pero te necesito. Y ayer te necesitaba tanto y me hiciste sentir tan querido y cuidado y tan… Tan como si sencillamente fuésemos novios y todo fuese normal y todo estuviese bien. Y sé que nada es normal, que nada estará bien nunca, pero se sintió tan especial y…

Las palabras de Aaron están cargadas de emoción. Al inicio son tímidas y temblorosas, como una insegura confesión, pero luego su voz se alza más, su lengua se torna avispada y, aunque titubea y sus labios tiritan, habla rápido y desesperado, como buscando enloquecidamente palabras para explicar un sentimiento demasiado grande que nace en él. Hacia el final, el chico se ve sobrecogido por la magnitud de todo lo que se arremolina en su interior: el miedo, el dolor, las ganas de morir, pero el ímpetu de vivir, la esperanza, el alivio de ver a su amo de nuevo, el placer de yacer entre sus brazos, la culpa por haberlo disfrutado… Y solloza, interrumpiendo sus palabras.

Samuel lo estrecha contra sí en un fuerte abrazo y besa su frente.

—Sí estará bien, mi Aaron, ¿por qué dices que no? —pregunta suavemente y, mientras lo hace, derrama un poco de champú afrutado en sus manos y lo frota poco a poco.

Aaron piensa en la respuesta, incluso si es difícil y doloroso, pero el vampiro le ayuda a distraerse de esas feas sensaciones masajeando su cabello con las manos llenas de espuma. 

—Porque no puedo olvidar, porque lo que me ha pasado, lo que me habéis hecho es parte de quien soy ahora —Samuel siente una punzada por las palabras de Aaron, especialmente por ese plural venenoso que los mete a él y a su creador en el mismo saco, pero no objeta nada, pues sabe que, pese a su rivalidad, él e Ivthan son lo que son: cómplices en la destrucción de Aaron—. Y eso jamás estará bien. El pasado no puede deshacerse.

<<El pasado>> Samuel cierra con fuerza sus ojos. No quiere más imágenes de su padre, de sus últimos momentos de su madre, no quiere ver esos ojos azules y hermosos quedándose sin vida, sus manos manchadas de sangre, la sonrisa de Ivthan reluciendo en la noche como la luz al final de un oscuro túnel.

Su pasado lo ha marcado como acero al rojo vivo. Lo llevará siempre consigo, una marca, un estigma. Pero el pasado no es su nombre, no es una correa alrededor de su cuello, no tira de él con una fuerza irresistible. Durante un tiempo, él creyó que sus instintos eran lo único con ese poder, pero sabe que no es así. Ya no.

Y si él puede vencer las fuerzas que tiran de él como queriendo despedazarlo y romperlo irreversiblemente, Aaron también. Porque el chico es más dulce que él, es cierto, más blando y tierno y más fácil de herir. Pero Aaron es también más valiente, pues no le teme a aquello que su corazón le dice y él, sin embargo, ha tenido que detener el suyo por miedo a las verdades que sus latidos susurraban.

—No eres solo eso, mi amor.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Samuel sella su promesa con un beso. Es lento, suave y gentil, tal y como Aaron necesita. Mientras se lo da, le acaricia los cabellos al chico, dejando que las burbujas de jabón crujan bajo sus dedos y haciéndole al muchacho peinados divertidos y adorables. También lo sostiene, con su otra mano, haciéndola reposar en la espalda baja del chico y apretándola levemente para atraerlo contra su cuerpo.

Cuando Aaron siente su erección, tiembla y rompe el beso con un jadeo. Desvía su rostro, totalmente ruborizado, y a Samuel le enternece ver que, tras la lujuria de la noche pasada, su Aaron vuelve a ser un muchacho pudoroso.

Samuel toma agua con su mano, haciendo con la palma la forma de un cuenquito, y la derrama sobre el cabello de Aaron, retirando la espuma poco a poco.

—¿Hay algo de lo que quieras hablar? ¿Algo de lo que Ivthan hizo, mi amor? —pregunta al notar al chico tan relajado y maleable entre sus brazos.

Piensa que se siente seguro ahora, flotando en una burbujita de calidez y protección, así que es un buen momento para hablar de cosas malas.

—No me… Si eso es lo que estás pensando, no me… —Aaron niega, no puede decir esa palabra, no sin conjurar en su cabeza una serie de recuerdos espantosos que no tienen la cara de Ivthan, sino la del amable hombre que ahora le pregunta—. Él solo me destrozaba la cara y me hacía mirarme al espejo y me decía… Me decía que nadie me querría nunca, pero es mentira —exclama entre dientes, apretando tanto su mandíbula que Samuel le acaricia la mejilla, pidiendo silenciosamente que no haya eso, que no se haga daño—, es mentira —repite, como un mantra. Ahora la ira se ha disuelto un poco y puede verse mejor aquello que se oculta debajo: dolor, desesperación. Es miedo lo que reluce en los ojos de Aaron cuando este alza su rostro y mira a Samuel a los ojos por voluntad propia, buscando en ellos algo que necesita desesperadamente encontrar—, ¿verdad? Porque tú me dijiste que me querías y me sigues queriendo, ¿verdad? ¿Me lo puedes decir de nuevo? Por favor.

Samuel suspira sobre los labios de su amado, un aliento cálido, dulce, lleno de una adictiva melancolía. Lo mira como si fuese la primera vez que ve algo tan hermoso en su vida: su boca temblorosa con forma de corazón, su nariz respingona… roza la suya, recta y larga, contra la naricita de su humano, dándole un tierno beso de esquimal, respirando todavía sobre sus labios, regalándole cada uno de sus alientos. Mira sus mejillas tiernas y del color de los pétalos de flor, sus párpados largos y rizados y esos ojos que lo desarman… Una mirada tan inocente y llena de bondad, tan luminosa como el cielo diurno que a él se le vetó cuando vendió su alma a cambio de eternidad. Una mirada tan perfecta y maravillosa, tan hecha para ver desde arriba, desde el reino de los cielos, y que aun así lo mira desde abajo, con súplica en vez de superioridad, con duda en vez de certeza.

¿Cómo puede haber inseguridad en esa mirada? Como si realmente se temiese no ser merecedor de amor, cuando la realidad es que en el mundo entero no hay suficiente como para darle todo el afecto, todo el cariño, todo el mimo y la atención y la reverencia que él realmente merece.

Samuel lo besa una y otra vez, besos pequeños y superfluos como el picoteo de un pajarito. Mientras lo besuquea de ese modo, adorando sus labios, susurra:

—Te amo, mi Aaroncito, te lo diré cuántas veces necesites. Y si las palabras no son suficientes, haré cualquier cosa que me pidas. Soy tuyo, mi Aaron.

Aaron rompe a llorar. Lágrimas que fluyen despacio, pues por fin tiene un espacio para poder desahogarse, dejar fluir toda esa tensión y ese miedo, ese alivio y esa alegría, esa vorágine de sentimientos que hasta ahora se ha tragado y se le ha quedado atascada como un nudo en medio de la garganta.

Aaron corresponde a los besos de Samuel, dándole pequeños piquitos con sus comisuras, en su boca grande, en la punta de su gélida nariz y, cuando el vampiro abre la boca para suspirar, Aaron también besa sus colmillos.

Samuel se queda muy quieto, abriendo la boca para Aaron, mostrándole sus dientes pero sin intención de herirle, dejando que el chico se sienta seguro probando esos filos que han dado muerte a mortales y vampiros por igual.

—Gracias, gracias por quererme —exhala el chico, desesperado, y sus besos se tornan más profundos y voraces: chupa los labios gruesos y carnosos de Samuel, lame su lengua tímidamente y, luego, desliza sus labios y su lengua contra el filo agudo de los colmillos, queriendo cortarse para ofrecerle algo al vampiro a cambio de sus afectos. Si no su amor, entonces su sangre—, siento no poder hacerlo de vuelta.

Samuel lo aparta delicadamente, evitando que el chico logre herirse con su boca, y lo besa en la frente por un largo rato.

—No te doy mi amor para que me devuelvas, tonto. Te lo doy porque quiero que te lo quedes tú.

Aaron rompe a llorar de nuevo, pero no se siente triste. En absoluto. 

Después de la larga ducha de agua caliente y mimos y palabras candorosas, Samuel ayuda a Aaron a salir de la tina, lo seca él mismo con una toalla, pese a que el chico insiste en que puede hacerlo solo (<<Puedes, pero eres mío y quiero consentirte. Así que sé bueno y déjame hacerlo.>> le dice Samuel para convencerlo) y luego lo lleva a comer algo. 

Samuel le explica al chico que Ivthan murió no la noche pasada, sino hace cinco, y que él pasó varias noches y días dormido profundamente mientras su sangre lo curaba poco a poco, reparando las mil cosas que el desgraciado bebedor de sangre había roto en él. En ese tiempo, Jason y Charlotte lo han visitado bastante.

Charlotte se ha dedicado a hablarle y ha traído consigo a Elisha, su amada que pareció quedar en el pasado, pero que por extrañas coincidencias del destino ha vuelto a su vida, ahora una eterna. Ambas lo han agasajado con palabras de ánimo y caricias en el pelo y en las manos, como dos hermanas preocupadas.

Jason, por su lado, ha sacado su faceta más seria, viniendo cada noche a testear su estado: su temperatura, su presión, ritmo cardíaco, respiración… el vampiro ha llevado un control exhaustivo de sus constantes vitales, asegurándose de que todos los números estaban equilibrados y que nada salía mal. Le puso también una bolsa de suero los últimos días, pues a Samuel le preocupaba que el chico llevase tanto tiempo sin comida ni agua y acosó a Jason incesantemente con sus preocupaciones hasta que halló solución al problema.

Aaron dice que quiere agradecerles a ambos, bueno, a los tres, aunque aún ni siquiera conoce a Elisha, pero Samuel le pide que sea paciente, que se centre en recuperarse y atemperarse de nuevo a su vida en el hogar. Cuando sus nervios se hayan templado y los malos recuerdos dejen de perseguirlo como hienas que pueden alcanzarlo y destrozarlo, dejándolo temblando y llorando en una esquina, en cualquier momento, entonces podrá preocuparse por compensar a los demás con su presencia y unas bonitas palabras de agradecimiento.

Por ahora, dice Samuel, Aaron es lo único que importa. Por eso no deja a nadie más entrar en la casa, por eso ha relegado sus tareas a sus inferiores y no piensa pasar un solo minuto trabajando hasta que Aaron esté del todo recuperado, incluso si es el vampiro más poderoso de la ciudad (de todas las ciudades que existen, posiblemente) y todos lo miran desde abajo como a una guía de la raza entera. Samuel está dispuesto a mandar a la mierda a su especie si le incordian, pues mientras el humano aún se sienta débil y extraño, su única labor es ocuparse de él cada segundo de cada minuto de cada noche.

Ahora, Samuel le recoge el cabello a Aaron tras las orejas mientras el chico cocina, mimando su nuca con las suaves yemas de sus dedos de una forma que le causa escalofríos agradables y cuando Aaron toma un cuchillo para picar unas cebollas y unas zanahorias, Samuel retira la mano del chico con delicadeza y sostiene, con la suya, las verduras, por si Aaron tiene un desliz.

Aaron empieza a picar la cebolla en pedacitos muy finos, con cortes firmes. Su reflejo en la hoja del cuchillo le hace recordar la noche que trató de huir de Samuel, de la soledad, del mundo, de todo.

Samuel rodea su diminuta cintura con un brazo, prensándolo contra su cuerpo, atrapándolo contra el mármol frío y duro.

Su mano tiembla, corta la cebolla en trozos más irregulares y torpes. Piensa en cómo se sintió morir, en el arrepentimiento, la culpa, la vergüenza… y el pánico, hasta que Samuel lo sacó de ahí. Al inicio le parecía una condena, ahora no está tan seguro y eso lo confunde.

Samuel pega su nariz a su nuca e inhala profundo, ronroneando contra su piel cuando siente su aroma. Sus labios gruesos y tiernos besan su cuello una vez, dos, tres…

—¡Ah! —la mano de Aaron resbala sobre la piel brillosa de la cebolla y, cuando el chico quiere darse cuenta, el cuchillo está donde no debería y hay sangre sobre la tabla de cortar. Solo que no es suya, así que no es dolor lo que siente: es terror. Ha cortado a Samuel—. Lo siento, amo, lo siento mucho, no quería, debería haber estado más atento, lo siento muchísimo.

Aaron se disculpa apresuradamente, tan alterado que se revuelve en el abrazo del vampiro y, en vez de darle la espalda, ahora lo encara, mirándolo desde abajo con ojos suplicantes y tan asustados que no pueden mantenerle la mirada.

Samuel se da un largo lametón en el dedo, mostrando que bajo la sangre, ya no hay herida alguna, y luego toma al chico por la cintura y lo sube sobre la encimera como si colocase otra verdura más al lado de la tabla de cortar. Se empuja entre sus piernas hasta que le quedan alrededor de la cintura, y se inclina sobre el rostro del chico para besar sus labios que balbucean incesantemente disculpa.

—Está bien, mi amor. —asegura Samuel, tomando la mejilla de Aaron.

Está seguro de que eso calmará al chico, pues debe temer ser castigado y cuando se pone así, sus palabras gentiles y su reafirmación siempre le ayudan a recordar que está en un lugar seguro. Que Samuel es ahora un lugar seguro.

Pero, en lugar de eso, Aaron estalla en llanto y niega con la cabeza.

—No está bien, estás herido, Sami, estás herido… —susurra una y otra vez, como si el vampiro no entendiese a qué se refiere realmente.

—No lo estoy, arrocito, mira.

Samuel intenta mostrarle el dedo a Aaron, pero este lo envuelve con una de sus manos y lo baja, apartándolo de su vista y poniéndolo sobre su regazo. Aaron solloza mientras acaricia el dedo de Samuel con cuidado, como si se tratase de un pequeño animal.

—A veces me hacía mirar, cuando aún no me había destrozado los ojos, como él… como violaba y mataba a sus humanos. —dice el humano abruptamente y algo cambia en el aire de pronto.

Ya no está jugueteando con la cocina, con un pequeño disgusto de por medio. Ahora están hablando de Ivthan y Aaron está en sus recuerdos, tratando de huir de sus poderosas y voraces mandíbulas, así que Samuel debe tener cuidado, darle las palabras y las caricias exactas que necesita para calmar a la bestia hecha de dolor dentro de Aaron y que así lo libere.

—Al principio no podía más que vernos a ti y a mí, que ver esa noche. Pero luego me di cuenta: todos sus humanos… todos altos, todos rubios, todos con la nariz recta y las cejas delgadas y la sonrisa ancha y… todos eran iguales a ti. Pensé en todo lo que me contaste, en las noches que pasaste con él solo para poder salvar a tu amado y en lo que los guardias te hacían. Lo siento tanto.

Un escalofrío recorre a Samuel, como si todos esos jovencitos que Aaron menciona y que él puede imaginar a la perfección fuesen de golpe muñecos vudú que Ivthan ha usado por años y toda la maldad que ha inyectado en ellos, ese deseo enfermizo hecho de obsesión y podredumbre, se disparase ahora en sus venas y le hiciese sentir asqueroso por dentro. 

Samuel niega con la cabeza. No quiere recordar a Ivthan, su autoridad cruel, como la de su padre, sus manos exigentes e hirientes, como las de los guardias, su traición.

Suspira despacio, haciendo con sus recuerdos un fino polvo que puede que imaginar que exhala mientras lo hace, un polvo que manda lejos y que disipa en el aire, porque el pasado es solo eso, polvo.

—Todo eso está bien ahora, Aaroncito. Yo estoy bien. Lo que quiero es que tú lo estés. ¿Lo estás?

Aaron no responde, no parece siquiera oír la pregunta. Sencillamente mira a Samuel con ojos vidriosos y pregunta:

—¿Me prometes que no volverás a abandonarme?

Esa última pregunta es como un puñal clavado en el pecho de Samuel a traición, uno que se retuerce y le desgarra el corazón. Él jamás abandonó a Aaron, el pobre humano le fue arrebatado a la fuerza, pero Samuel no osa corregirlo.

—No vuelvas a dejarme —el tono de Aaron ya no es sollozante y sus palabras no son una pregunta, son una orden—. No vuelvas a tratarme mal. No vuelvas a… A hacerme sentir que no hay en el mundo ni una sola pizquita de amor para mí. Por favor —pide y su voz se rompe en mil pedazos. Samuel sabe que la cabeza del chico es inundada por mil recuerdos horribles cuando sus ojos se oscurecen y se desbordan de nuevo—. Por favor. No hay nada para mí. Ni mi familia. Ni mis amigos. Ni mi cuerpo. Ni mis ojos. No me vuelvas a hacer sentir que no soy nada, por favor…

Samuel lo rodea con sus brazos y lo aprieta en un profundo abrazo. Una mano en su espalda alta, abarcando sus dos omóplatos delgaditos que se sacuden con cada sollozo, otra en su espalda baja, rodeando fácilmente la cintura, empujando su cuerpo delgado contra él porque necesita sentir su calor y su cercanía y, Aaron, necesita de él su solidez, su protección.

El chico hunde su rostro en el pecho del vampiro, frota sus mejillas ahí como un animal tratando de impregnarse del aroma de su amo y poco a poco, su llanto se va calmando.

Los brazos de Samuel se sienten seguros y familiares y su cercanía, su olor, su torridez se sienten como el hogar. Lo necesita así siempre, tan cercano y atento.

—Lo eres todo para mí, mi Aaron —explica el vampiro, apoyando su barbilla en la cabeza del chico y solo quitándola para darle un beso en la coronilla, ahí donde sus cabellos sedosos forman un adorable remolino que le hace recordar las cabecitas de los bebés—. He matado a todos los originales de la ciudad dispuestos a rendirse ante Ivthan, por ti, he asesinado a aquellos a los que tenía que ver como dioses, me he comido sus corazones y he robado sus almas. He asesinado a mi creador, me he convertido, Aaron, en el vampiro posiblemente más poderoso sobre la faz de la tierra. Y todo por ti, para ti: para poder asegurarme de que nadie va a tocarte jamás. Para que ni la misma muerte tenga la osadía de poner sus ojos sobre ti. Y si fuese necesario, arrasaría el mundo por ti. A todos y cada uno de los míos, los llevaría a la tumba, uno por uno, si te hiciese sentir más seguro vivir en un mundo donde los únicos colmillos que existen son los que pertenecen a tu marca.

Las piernas de Aaron se envuelven alrededor de la cadera de Samuel, atrayéndolo. Su cuerpo menudo y frágil tiembla de una manera que recuerda al cristal a punto de romperse y entonces emite un pequeño quejido. Uno tan dulce y vulnerable que el vampiro no puede evitar empujar sus caderas suavemente contra el humano, meciéndose con deseo.

Aaron alza la vista un segundo, mirando a su amo a través de sus largas pestañas, y luego ladea su cabeza, revelando la marca y ofreciendo su cuello.

Samuel se muerde el labio tan fuerte que podría desgarrarlo.

—No hagas eso. —dice, con voz contenida.

—¿Por qué? —pregunta Aaron inocentemente, batiendo sus pestañas de una forma tan jodidamente adorable que tiene que ser premeditada y pasando su mano por la sinuosa curva de su garganta justo antes de que los vellos de su piel se yergan.

Samuel abre la boca sobre la cicatriz nacarada de su vínculo, derramando su aliento cálido sobre esta, recordándole al chico la sensación de su sangre caliente chorreando por su piel. Sus colmillos crecen, ansiosos por la promesa, de la carne tierna, pero solo la roza con sus labios.

—Porque quiero morderte… —susurra el vampiro contra su piel, amenazante— Y si eres tan tentador, resistirme se convierte en una verdadera tortura. 

Aaron ladea aún más el cuello, sumisamente, ofreciéndose como una buena presa y Samuel jadea contra su piel. El chico no querría reconocerlo, pero se siente un poco orgulloso de haberle arrancado un sonido así a su impasible y rudo amo. Quiere más.

—Pero amo… —la boca de Samuel se siente templada, más fría de lo usual. Su piel luce tan pálida como la nieve, sus ojos rojos relucen con intensidad—. Está hambriento, ¿verdad?

—Aaron… —gruñe, tratando de advertirle—. No tengo nada para anestesiarte, no puedo morderte ahora.

El chico se muerde el labio y logra sacar valor de dentro suyo para decir:

—Sin la anestesia, ¿sería muy doloroso, amo?

Samuel cierra sus labios contra su piel y Aaron siente un pinchazo de dolor. El pánico lo inunda un instante, hasta que se da cuenta de que no está siendo mordido, es solo un chupetón.

—¿No podría… hacerlo de forma cuidadosa? Quizá, si lo hace con delicadeza…

Las manos de Samuel lo mantienen quieto, tomándolo por la cintura y amasando la piel tierna ahí mientras él succiona su garganta hasta dejar un gran moratón.

—Aun así, me preocupa que sea demasiado para ti. ¿Y por qué tan insistente al respecto, mi Aaroncito, echas de menos mis colmillos? —Samuel sonríe de forma sensual, mostrando sus rectos dientes y sus prominentes colmillos, lamiendo uno de ellos.

Aaron los imagina en su cuello y traga saliva.

—Odié cómo se sentían los mordiscos de Ivthan —responde, frunciendo el ceño y bajando la vista. Todavía no es capaz de enfrentar sus recuerdos mientras Samuel lo mira a la cara, hay algo en ellos que le hace sentir sucio, inadecuado, incluso si sabe que no tiene culpa de nada—, pero usted, amo, me mordió de aquella forma, aquella vez… Dolía, pero fue… fue…

Aaron gruñe de frustración al poder encontrar una palabra con la que se sienta cómodo y a Samuel se le antoja adorable, como un gatito enfadado bufando por una tontería.

—¿Cuándo te cacé? —pregunta y su tono es tan soberbio y confiado, tan arrogante que el chico se pone rojo al instante, porque ambos recuerdan demasiado bien aquella noche.

Samuel dándole a Aaron tiempo para esconderse, el chico haciendo su mejor esfuerzo por escapar del depredador, su corazón bombeando rápido y cada vez más fuerte con su cercanía, la adrenalina en su sangre cuando fue atrapado y tirado a la cama.

Aaron traga saliva, aprieta sus labios…

Y asiente.

Samuel mordisquea su cuello con cuidado, sus dientes pellizcando su piel y los colmillos rozándola como la fría hoja de un cuchillo.

—¿Te ayuda a evadirte, mi Aaroncito, cuando te cazo y no hay espacio en tu cabeza para preocupaciones bobas ni recuerdos del pasado, solo para el presente, para el aquí y el ahora y el cómo huir de mí? ¿Te ayuda a calmarte cuando te atrapo y te hago sentir pequeño entre mis manos y sabes que no puedes escapar? ¿Te gusta cuando te muerdo, aunque te dé miedo y te duela, porque sientes que puedo beberme todas tus preocupaciones y dejarte maravillosamente mareado y relajado y listo para que te cuide y te mime mucho por el resto de la noche?

Aaron tiembla escuchando esas palabras. Samuel da en el clavo con la primera pregunta y, el resto, martillea en su mente un deseo que no sabía que tenía. Quiere borrar de su cuerpo la sensación de Ivthan y recordar la boca de Samuel, pero sus besos le saben a poco. Necesita más. Quiere ser suyo. Su humano, su amor, su presa.

Quiere sentirse como cuando Samuel mordió al humano de Jason y él le puso extrañamente celoso y Samuel le prometió beber su sangre tan despacio que jamás pudiese olvidar a quién pertenecía. La idea lo aterró en el momento, pero también tiró de hilos en él que no sabía que tenía.

Suyo. Suyo. Suyo.

Ser de Samuel para siempre significa siempre ser su protegido, su humano mimado, su amado. Y él quiere serlo.

—S-sí, señor… —susurra casi sin voz, sin poder comprender cómo aquello que despertaba y sigue despertando pavor en él, ahora también le provoca un extraño hormigueo de nervios y anticipación.

—Hacemos un trato, entonces —susurra Samuel en su oído, la lengua deslizándose por el lóbulo, las piernas de Aaron convirtiéndose en gelatina—: tú comes bien ahora y luego yo prometo comerte entero, ¿hm?

Aaron asiente y, de pronto, Samuel ya no está en su cuello ni él está sentado sobre la encimera, con el vampiro entre sus piernas empujando su deseo contra su pobre cuerpo, haciéndolo llegar a la altura de su llano vientre.

Samuel está detrás de él de nuevo y él en el suelo, con el cuchillo en una mano y la cebolla delante de él, siendo sostenida por el vampiro, que también lo aferra de la cintura porque le flaquean demasiado las piernas.

—¿A qué esperas? Tienes que alimentarte bien, mi amor, o beberé una gotita de ti y estarás tan agotado que te echarás a dormir. —bromea amablemente el vampiro y le ayuda a seguir cortando verdura.

Aaron no entiende cómo puede hacerlo: pasar de ser un tentador diablo que lo tiene temblando y gimoteando contra su cuerpo, a adoptar esa expresión relajada, divertida, en su rostro, y continuar como si nada.


 

CAPÍTULO 89

Samuel le ayuda a preparar su cena, un pollo asado con patatas, zanahorias, cebolla y pimientos que chisporrotean sobre la bandeja de horno, nadando en los deliciosos jugos del pollo. Aaron lo devora como un hombre famélico y Samuel comprende, con tristeza, que posiblemente el chico no haya probado bocado desde la noche antes de que Ivthan lo raptó.

Un rato después, están en el sofá viendo una película de terror que Samuel ha puesto porque ama cuando Aaron se enrolla en mantas y se acurruca contra él como un pollito buscando el calor de un ala grande y protectora. El vampiro ama ver al chico disfrutando de hacer actividades tan cotidianas.

Hace poco ha roto a llorar en la cocina y, en otros momentos del día, se queda en blanco, con la mirada vacía y los ojos clavados en la nada, y con los ojos abiertos y llenos de pánico por algo que ya no está ahí, pero él sigue pudiendo ver, fantasmas del pasado que encantan su presente. Samuel sabe que Aaron siempre tendrá secuelas, siempre verá sombras acechantes por el rabillo del ojo que lo mantengan alerta y le traigan repentinas olas de tristeza o temor, pero hay momentos en que siente que puede darle una vida normal.

Y esos momentos son sus favoritos.

Como ahora.

—¡DETRÁS DE TI, EL ASESINO ESTÁ DETRÁS, DETRÁS, GÍRATE! —chilla el chico hacia la pantalla, realmente indignado, como si el actor de la película estuviese ignorándole a propósito.

Samuel ríe suavemente y cuando el villano de la película alza su cuchillo, listo para dejarlo caer sobre la espalda del desprevenido protagonista, apaga la televisión.

—¡Oye! ¿A qué ha venido es-

Aaron se traga sus reproches cuando ve la mirada del vampiro: roja y brillante. Llena de deseo.

Ver una película de miedo ha hecho que el aroma del temor del chico, tenue y controlado, pero aun así irresistiblemente avainillado, se extienda por la habitación hasta que cada bocanada de aire está impregnada de dulzura.

Y Samuel no puede aguantar más: va a cazarlo ahora.

—Corre. Tienes cinco minutos.

Aaron salta del sofá con el corazón latiéndole tan fuerte en el pecho que es todo lo que puede oír. Corre de un lado para otro del comedor, incapaz de formar un plan hábil e ingenioso como la última vez por culpa de la falta de tiempo y dándose cuenta, cuando toma las escaleras para escabullirse al primer piso, de que Samuel lo mira desde el sofá, sentado cómodamente y con una sonrisilla triunfal en los labios.

—¡Tienes que cerrar los ojos! —le grita, frustrado porque ahora el vampiro ya sabe dónde buscarlo.

Samuel alza una de sus cejas, sus colmillos crecen, sus ojos rojos brillan como acero al rojo vivo y con una voz amenazante e inhumana dice:

—Cuatro minutos.

Aaron corre tan rápido escaleras arriba que casi se cae de boca por ellas.

—¡Cabrón tramposo! —grita, impulsado por la adrenalina del momento y sabe que más tarde, cuando el vampiro inevitablemente lo atrape, le hará arrepentirse de haberle faltado así al respeto.

Aunque ciertamente Samuel está feliz, porque si Aaron bromea así con él, significa que empieza a tener más confianza y eso es todo lo que él desea. 

Además, Aaron tiene razón, es un cabrón tramposo, porque se levanta cuando solo tres minutos han pasado y Aaron todavía tiene derecho a un minuto entero más para poder planear mejor dónde y cómo va a ser encontrado y cazado por su amo, pero Samuel está demasiado impaciente. Aaron ladeando el cuello antes, con sus piernas a su alrededor, tonteando con la idea de ser mordido, insinuando que incluso si duele y es aterrador, se siente bien… Samuel no puede soportarlo más.

Él es quien debe domar sus impulsos y, por ahora, se le está dando bien, pero Aaron acaba de despertar algo dentro suyo, algo de lo que debe hacerse cargo.

Sube lentamente las escaleras, regodeándose en los latidos nerviosos que puede escuchar llenando toda la segunda planta de su mansión, emergiendo de una de las habitaciones. Samuel sabe exactamente dónde debe mirar, pero hay algo sensual en retrasar el momento, en mantener la tensión y sentir como el corazón del chico se calma cuando le escucha abrir una puerta que no es y revolver la habitación, buscándolo falsamente, y cómo su respiración se entrecorta cuando Samuel se acerca cada vez más a su escondrijo. Habitación por habitación.

Cazar una presa, sobre todo una tan deleitosa como Aaron, no se trata jamás de buscar la forma más eficiente de atraparla. Samuel sabe desde el primer momento que Aaron acabará entre sus garras, no puede escapar. ¿Quién podría hacer frente a su abrumador poder, más ahora que nunca? Esa inevitabilidad es lo que le permite tomarse las cosas con calma, tanta como su hambre le permite.

Así pues, cazar a Aaron es, para Samuel, el arte de saborear su tensión, su miedo, su anticipación. Le resulta tan divertido que se siente borracho de sangre cuando aún no ha probado ni una gota mientras pasea por el pasillo despacio, sintiendo el miedo de su humano flotar en el aire junto a unas notitas florales de excitación que están haciéndolo salivar como nunca.

—Cuando te encuentre, Aaron, porque voy a encontrarte… —murmura, hablando en una voz grave y tranquila que atraviesa las paredes mientras abre puerta tras puerta, acercándose cada vez más a la acertada—. Me pregunto cómo debería comerte hoy. He pasado tanto tiempo anhelando tu sabor, tu tacto… Ahora que por fin eres mío de nuevo, quiero disfrutarte por completo.

Samuel se lame los labios. No ve a Aaron, pero puede escuchar la exhalación jadeante que el chico suelta cada vez que se sacude con un escalofrío y puede visualizarlo en su cabeza, estremeciéndose al oír sus prometedoras palabras.

Samuel se acerca deliberadamente a la puerta que ansía abrir, una de sus garras acaricia la pared, creando un ruido cortante y lento que se acerca, como el de un cuchillo contra piedra.

—Quiero clavar mis colmillos tan profundo en ti, quiero sentir como te estremeces bajo mi cuerpo mientras te mantengo quieto y, oh, supongo que hoy lo harás con mucha energía: no tienes nada para anestesiarte, así que vas a sentir cada centímetro de mis dientes penetrando en tu piel. Cada vez que apriete mis mandíbulas alrededor de tu cuello, como un animal salvaje. Cada vez que lama tus heridas. Mm… Me dan ganas de morderte varias veces, dejarte lleno de bonitas marcas de propiedad.

Samuel está seguro de que lo que ha oído es un gemido. Bajo y ahogado y seguido del blandito sonido de Aaron mordiéndose la lengua para que no se le escapen más ruidos raros, pero Samuel está seguro de que cuando ha descrito cómo lo morderá y luego ha sugerido la idea de hacerlo una y otra y otra vez… Aaron ha gemido.

Se para frente a la puerta de la que provienen los latidos acelerados, como el aleteo de un colibrí, e inhala profundo. Aaron huele a un postre recién horneado, pan y semillas y crema fresca, fruta jugosa, siropes pegajosos… No puede esperar más. Acaricia el pomo con sus manos y este se estremece un poco, con un sonido metálico.

Al otro lado de la puerta, una respiración se traba.

Cuando Samuel entra, el escondite de Aaron es tan obvio que le da entre ternura y pena: en la cama hay un bultito, bajo las sábanas, y ahí su aroma es atractivamente fuerte y poderoso.

Se acerca con pasos felinos, como los de una pantera acechante, y con una risa ronca y masculina resonando por la estancia.

—Mi pobre Aaron, será tan fácil que casi me da lástima… —murmura, su voz contra las sábanas, su aliento poniendo al chico seguramente más nervioso—. Voy a pasar la noche marcándote, haciéndote sangrar… pero si me suplicas bonito, quizá tenga compasión contigo. 

Una mano toma la sábana, la otra se apoya en la cama, silenciosa, imperceptible. Samuel se queda en esa posición por un minuto entero, disfrutando del sonido del corazón acelerado y expectante de Aaron, de su adictivo aroma dulce y frágil.

Entonces el vampiro hace un rápido movimiento y de golpe la sábana está en el suelo.

Y, sobre la cama, hay un cojín llevando la camiseta de Aaron, impregnada de su olor.

Samuel se sentiría ofendido si la imagen no le resultase tan jodidamente cómica. Aaron ha vuelto a jugársela de nuevo y eso le hace reír en alto y dar una palma al aire, como limpiando la habitación de cualquier otro sonido y estableciendo un nuevo silencio.

—Tan ingenioso, mi presa, ¿serás así de inventivo cuando estés debajo de mí, suplicando y sangrando y llorando? ¿Qué harás entonces para salvarte? Ah, no puedo esperar a castigar tu pequeña insolencia… No puedo esperar a comerte.

El corazón de Aaron se acelera y él lo siente, está en la habitación. La última vez el chico se ocultó en un sitio tan obvio que él pasó desapercibido al inicio: tras la puerta. Pero hoy no está ahí, aunque Samuel ya ha averiguado dónde se halla. Le ha engañado haciéndole creer que estaba en la cama para que no note que, en realidad, está debajo de esta.

Así que Samuel se hace el distraído y se marcha de la habitación, como si realmente pensase que no está ahí, un truco que usó la última vez y que está seguro de que funcionará.

Solo que Samuel no solo sale de la habitación. Sino que también vuelve a entrar, cierra la puerta en silencio y se sienta discretamente sobre la cama, pero todo eso lo hace tan rápido, a una velocidad sobrehumana, de hecho, que Aaron no lo puede ver; lo último que el chico ve es a su amo abandonando la habitación.

<<Ahora es solo cuestión de esperar>>

La inquietud de Aaron crece a medida que pasan los minutos y Samuel puede sentirlo en el ambiente que, como miel, se torna denso y floral con el aroma de la impaciencia y la anticipación. Al cabo de apenas cinco minutos, la cabeza de Aaron emerge de debajo de la cama como un pequeño honguito negro y reluciente y Samuel debe taparse la boca para no reír, pues le resulta hilarante la ingenuidad de su presa. El muchacho va sin camiseta, pues la ha usado para su pequeño engaño de antes, y la desnudez de su espalda le hace parecer increíblemente apetitoso.

Aaron camina hacia la puerta con una paciencia admirable, con cada paso prensando sus pies contra el suelo centímetro a centímetro para no hacer el más mínimo ruido. Cuando llega a la puerta, varios minutos después, coge el pomo con las dos manos y lo gira con una lentitud exasperante, pero Samuel está totalmente inmerso en la dedicación que le pone el chico a no hacer ruido para no ser descubierto, todo por nada, piensa risueño, relamiéndose por lo dulce que es la indefensión del mortal.

Aaron asoma la cabeza por el hueco de la puerta y mira de un lado a otro en el pasillo varias veces, como preguntándose dónde diantres está el vampiro del que se tiene que esconder. 

Entonces Samuel decide que es momento de actuar. 

Se materializa detrás del chico sin hacer el más mínimo sonido, se inclina hacia su oído, dejando que unos finísimos cabellos suyos rocen la piel del hombro del chico, como meros escalofríos, y susurra:

—Detrás de ti.

Aaron intenta hacer dos cosas: girarse y gritar. 

No logra ninguna.

Samuel envuelve el cuello del muchachito en uno de sus poderosos brazos, más grueso que el torso entero del mortal, y atrapa su delicado cuello de cisne entre su bíceps y su antebrazo venoso, haciendo la presión justa para asustar al chico con un ligero ahogo, pero sin estrangularlo de veras. La cara de Aaron enrojece cuando comprende que está atrapado entre los músculos del vampiro y este ríe porque su chico está tan adorablemente nervioso que no puede esperar a ver cuánto más nervioso puede ponerlo.

Samuel desliza una mano por su pecho desnudo y su abdomen raso y levemente hundido, notándolo retroceder y chocar con su cuerpo.

—Ya no tienes escapatoria —canturrea en su oído, escalofriantemente feliz. Samuel empieza a andar, alejando al chico de la puerta, pues este debe seguirle allí a donde vaya—, así que no intentes huir.

Cuando Samuel retira el brazo del cuello de Aaron, estando ambos de pie frente a la cama desnuda de sábanas, sabe que Aaron podría hacer caso omiso a sus palabras y salir corriendo, intentarlo de nuevo, y sería parte del juego. Pero Aaron no lo hace, se queda quieto, temblando, obedientemente esperando órdenes y Samuel ama saber que su voz ronca tiene ese efecto sobre él.

Aaron está un poco asustado, pero es un miedo controlado, seguro. Ahora, Aaron no tiene por qué pensar en sus terrores del pasado o sus ansiedades del futuro, sus recuerdos no emergen, porque ser cazado es una experiencia tan intensa que no puede permitirse cavilar. El miedo que siente en esta experiencia, en comparación al de sus ataques de pánico violentos como una tormenta, es como el oleaje del mar en una tarde de verano: suave y, aunque le da un poco de vértigo, sabe cómo controlarlo siempre que no ahonde demasiado.

El vampiro toma la cintura de su humano con sus dos manos, rodeándola tan fácilmente que sus dedos pueden entrecruzarse al frente y sus pulgares acarician la línea de su columna.

Lo dobla sobre la cama. 

Se pega a él con ese movimiento, su pecho fuerte empujando la espalda del chico, haciéndola arquearse, sus piernas gruesas empujándose contra las del chico, que se empujan contra el bordo de la cama. Luego Samuel pone una de sus piernas entre las de Aaron, separándoselas.

Toma su pelo en un puño y le hace alzar el rostro mientras desliza sus labios por su cuello.

—¿Odiaste las mordidas de Ivthan?

La pregunta se siente afilada y fría de repente, como un témpano de hielo cayéndole al humano sobre las sienes dolorosamente. Pero Samuel está cerca de él -tan cerca, demasiado cerca- y, aunque lo abruma, también lo tranquiliza.

<<Ivthan ya no está. Solo Samuel. Solo Sami.>>

—T-todas y cada una de ellas, amo. —responde con la voz temblorosa, no queriendo que se quiebre, pues teme que si pasa se desbordará y arruinará la tan divertida cacería para Samuel.

Además, divertida no sería la palabra que él usaría para describir su experiencia de ser cazado por el gran y malo vampiro que ahora lo prensa contra la cama con su peso, pero… pero tampoco es lo contrario a divertida.

Es aterradora, es desquiciante y estresante y…

Y un poco emocionante. Excitante.

—¿Quieres que te ayude a olvidarlas? 

Aaron asiente y el vampiro sonríe, maravillado, cuando el chico no puede resistirse y empuja sus caderas hacia delante, moviéndose necesitado contra el mullido borde de la cama. Samuel hace lo mismo, solo que él empuja su polla dura contra el trasero del chico, dejándole saber lo mucho que le gusta su vergonzosa reacción a su voz ronca y sus promesas obscenas.

—Joder, Aaron —ruge el vampiro, sus manos grandes tomándolo por su diminuta cadera, el rostro del chico hundiéndose de golpe en las suaves sábanas y la boca en su cuello mordiéndolo de repente, sin colmillos, pero con fuerza, tanta que un quejido de dolor escapa de sus labios y, aun así, Aaron no resiste: sus manos se ponen encima de las de Samuel, no deteniéndolo, sabe que no podría, sino queriendo sentirlo cerca, buscando su solidez, su calma. Samuel mordisquea su cuello un poco más, ahora con suavidad, conteniéndose—. ¿Te gusta tanto la idea de ser mordido y sentirlo todo, de notar mis colmillos hundiéndose en tu piel, rompiéndola dolorosamente… te gusta tanto la idea de sufrir por y para tu amo que ya estás desesperado?

Aaron no responde, entierra su rostro en la cama y siente la vergüenza recorrer todo su cuerpo. 

La sed de sangre y el deseo de sexo de Samuel son las cosas que más miedo le dieron de él durante un largo tiempo, no, no miedo, pavor: eran las razones por las cuales le provocaba inimaginables dolores y lo atormentaba con humillaciones de todo tipo.

Y ahora está desesperado por más.

Se siente como un fraude. No una víctima, sino un victimista. ¿Intentó suicidarse por haber sido violado y ahora siente deliciosos escalofríos al sentir la erección de Samuel contra sus muslos? ¿Rogaba por no ser mordido y ahora ha sido él quien ha plantado la idea en la cabeza de su amo?

Aaron rompe a llorar, hecho un lío.

<<¿Por qué lloro tanto? Ni siquiera tengo derecho a llorar tanto…>> piensa, mientras los hipidos escapan de él a borbotones y trata de taparse la boca, pero cuanto más lo intenta, más solloza y berrea y más angustiosos son sus ruiditos.

Samuel se detiene de inmediato. Su hambre protestar y su entrepierna se siente tirante e incómoda, pero ignora las quejas de su estúpido cuerpo y su estúpido deseo porque nada es más importante que el bienestar de Aaron y Aaron ahora no está bien.

Lo toma por la cintura y lo alza para cambiar la posición, sentándolo sobre su regazo una vez él se sienta en la cama.

—Arrocito, ¿qué pasa? Solo estoy jugando, no voy a hacerte nada malo, no estás siendo cazado de veras, mi amor. ¿Ves? Podemos parar cuando quieras, puedo no beber de ti hoy. No beber de ti nunca si eso es lo que necesitas, ¿sí? Puedo comprar un humano de Jason y alimentarme solo de él y no tener que poner mis colmillos sobre ti en toda la et-

—¡No! 

Aaron se siente horrorizado. Primero, por lo ruda que sale su voz sin siquiera permiso. Segundo, por la idea que Samuel ha propuesto.

Y tercero, porque el motivo por el que la idea le indigna tanto es porque está celoso.

Celoso. Lo repite en su mente, con incredulidad.

Ser mordido por Samuel era una agonía antes y, ahora, si le parece una delicia, le hace sentir terriblemente culpable. Pero no puede soportar imaginar a otro, ver a Samuel siendo dulce y cuidadoso y… tampoco querría que su amo fuese sádico con el otro humano y se reservase su ternura para él, no quiere que nadie sufra, así. Pero él sabe lo íntimo que es ser mordido y sentir tu vida en manos de alguien más, no quiere compartir eso con nadie más.

<<Además, ¿Y si le gusta más que yo? ¿Y si me reemplaza?>>

—No, amo, por favor, lo haré bien, no tiene que buscar a alguien más, por favor, a-ahora dejo de llorar, lo prometo, lo-

Samuel toma el rostro de Aaron con sus dos manos, acunándolo tiernamente y cortando sus palabras con una mirada dulce y que se suaviza como si al posarse sobre él, sus ojos pasaran de ser dos orbes de cristal para tornarse algo vivo, algo humano.

—¿No quieres que te muerda? No lo haré. ¿No quieres que muerda a alguien más? No lo haré. Pero cálmate, mi cosita sensible y bonita, no necesitas preocuparte de nada, más que de decirme qué deseas, para que lo haga realidad, y qué te preocupa, para que pueda quitar esas bobas ideas de tu cabecita.

Aaron hace un puchero, las palabras de Samuel son tan cuidadosas y amables, como si el vampiro hubiese redondeado los bordes de cada una a besos, erosionándolas hasta que cualquier tono afilado o gesto duro hubiese acabado hecho polvo.

Y así es con todo, ahora: cada caricia, cada promesa, cada beso… todos y cada uno de ellos son pulsiones violentas que Samuel ha mutilado hasta dejarlas irreconocibles para su propia naturaleza, pero aceptables para la de su chico bonito.

—Me siento culpable —admite Aaron bajando la vista, de repente sintiéndose ridículo por haber arruinado toda la diversión— porque estoy disfrutando de esto, porque antes lo odiaba y ahora me estás… me estás tratando como una presa y no sé por qué mi estúpido cuerpo reacciona así. Siento que está mal que me guste cuando haces esta clase de cosas conmigo, pero me gusta tanto…

Samuel suelta una risa desenfadada. Aaron es tan ingenuo a veces que le gustaría meterlo en una cajita de cristal y quedárselo para sí solo.

Samuel pone su mano en el pecho del chico y lo empuja con cuidado, derrumbándolo sobre la cama y poniéndose sobre él.

—Aaron, has pasado años solo, sin tu familia, sin amigos, sin compañeros… —murmura, deslizando su mano por el pecho del chico, acariciándolo con sus nudillos.

El toque es sutil, pero Aaron no puede evitar las enormes reacciones de su cuerpo hambriento de tacto: sus pezones se endurecen, le tiemblan los labios y sus pantalones se sienten cada vez más apretados.

—Sin amor. Lo único que has conocido tras todo ese horrible tiempo es a mí. Y te golpeé más veces de las que te acaricié, te mordí antes de besarte, te confundí, porque te di compañía y dolor, así que es normal que tu cuerpo haya confundido una cosa por la otra, que pida la única atención que ha recibido tras años reclamando algo, lo que sea.

<<No tuviste la culpa de tu soledad, Aaron, y no tienes la culpa de buscar su cura. Te usé, te manipulé, te confundí cuando estabas tan vulnerable. Te rompí y luego te reconstruí de nuevo, con mis manos. ¿No tiene sentido que tu cuerpo las recuerde y las reclame? No tienes la culpa de haber estado tan solo que preferirías mis golpes a mi ausencia. No tienes la culpa de desear que te muerda solo para poder sentir que beso tu piel antes.

Samuel mira a Aaron con compasión, una mirada tan piadosa que no parece posible en una criatura que alguna vez haya sentido sed de sangre, que la sienta ahora. Se inclina sobre él, acercándose, suspirando sobre sus labios y besándolo con el aire caliente que solo acentúa el espacio entre sus bocas.

Luego se desliza por su cuello de la misma forma, sin tocarlo, pero casi y, por fin, sus labios rozan su piel: besa su pecho. Labios y cariño, no colmillos y dolor.

—Pero quiero que sepas que puedes tener mis besos, sin tener que soportar mis mordiscos. Te besaré toda la noche, por todo el cuerpo y, si me lo permites, solo si me lo permites, te morderé despacio una y otra y otra —sus besos bajan por su pecho, por su abdomen, por su vientre bajo, hasta la goma de su pantalón— y otra vez —promete, alargando la palabra de una forma erótica y demasiado tentadora y luego deshaciendo el camino de besos que ha hecho con un largo lametón; la punta de su lengua se desliza hasta la barbilla del chico y Aaron echa su cabeza hacia atrás, acompañando el movimiento, exponiendo su bonita garganta. Samuel la rodea con su mano—, hasta que no puedas pensar en nada más. Ni en soledad. Ni en culpa.

Los dedos alrededor de su cuello, el peso del vampiro contra su cuerpo, empujándolo contra el colchón, los juguetones mordiscos en su mandíbula, poco a poco llegando hasta su lóbulo.

—¿Qué quieres que haga contigo esta noche, mi preciosa presa?

Aaron se estremece bajo su amo. La pregunta es demasiado sensual y la forma en que el otro aguarda obedientemente una respuesta le gusta. Le gusta mucho. Samuel es dominante y fiero, es una criatura magnífica ante la cual humanos y vampiros se postran temblando y no osan mirarla a los ojos y, aun así, él, un mero humano, tiene el control. Samuel tiene dientes afilados, un hambre voraz y una personalidad pendenciera, como un perro salvaje, pero la correa alrededor de su cuello es suya y sabe que si tira de ella, su vampiro jamás atacará.

Un escalofrío demasiado agradable lo recorre.

—Quiero probar cómo se siente ser mordido sin la anestesia, pero estoy un poco asustado. P-puedo soportar algo de dolor, pero no demasiado.

Samuel le sonríe, Aaron puede sentir los labios curvándose contra su cuello.

—Te relajaré tan bien… Vas a tomar mi mordisco como un buen chico, el dolor quizá te asusta un poco, pero voy a hacer que se sienta bien que rogarás por más. 

Aaron cierra sus puños alrededor de las sábanas, arrugándolas. Las palabras de Samuel lo impacientan de una forma que le avergüenza, tanto que quiere llorar porque necesita esa lengua hábil y sedosa desliéndose sobre su piel, no haciéndole más y más promesas que Aaron quiere que se cumplan ya.

—¿Podrás besarme el cuello y… y acariciarme el pelo, por favor?

—Tan exigente… —ronronea Samuel, risueño; Aaron no está pidiendo nada en comparación a lo que él tiene pensado, pero le encanta escucharlo así, tan desesperado por él—. Vas a tener que ser muy obediente para mí. ¿Lo harás?

Aaron asiente y, aunque debería sentirse humillado por la forma condescendiente en que el vampiro le habla, no puede hacerlo: el calor que debería enrojecer sus mejillas baja todo directamente a su entrepierna y él solo puede taparse la cara.

—Sí, amo.

Samuel muerde su labio. Ama oír esa frase en los labios de Aaron, la forma en que la suspiran con total devoción, la forma en que la gimen, como si hubiesen nacido para dirigirse a un propietario duro y dulce como él, como si su boca llevase toda la vida esperando a alguien a quien poder hablar con tal docilidad. Su sumisión, siendo como un cachorrito abandonado, buscando una mano firme y gentil que lo acaricie y sea su amo.

Samuel retira los cabellos del rostro de Aaron con una mano, peinándolos hacia atrás, acariciándole la cabeza justo como le ha pedido y luego besa su cuello, también como el chico quería.

Aaron se deshace entre dulces suspiros y pequeños gemidos. La suavidad de los labios de Samuel contra su garganta lo relaja tanto… su piel se eriza y los escalofríos lo recorren, dejándole la piel hormigueante y los huesos como de gelatina.

Samuel succiona su cuello. Duro.

El dolor altera a Aaron y sentir los colmillos rozando su piel pulsante y enrojecida lo pone nervioso, así que el chico se remueve un poco bajo su amo. Este se separa de su garganta, toma sus dos delgadas muñecas en una mano y se sienta sobre las piernas de Aaron, inmovilizándolas por completo.

—Quédate quieto —le ordena, el tono es ronco y dominante. La voz que pone cuando lo está cazando y debe esmerarse por contenerse, esa voz que no le deja sobrepensar porque le llena la cabeza de nervios agradables en vez de terrores pasados—, voy a marcar cada lugar de ti que voy a probar hoy.

Aaron jadea cuando Samuel vuelve a succionar su cuello, pues ahora sabe que no se trata de un simple chupetón: ahí es donde enterrará sus colmillos pronto. Es un pequeño adelanto de lo que está por venir y eso le hace intentar moverse de nuevo, agitado, pero sus piernas están prisioneras y sus brazos, más de lo mismo.

Samuel libera el cuerpo del pequeño de sus fauces y Aaron gimotea, le duele incluso el aliento del vampiro derramándose contra su piel violácea, pero el dolor es suave, agradable, extraño. Samuel besa el hematoma, luego su mandíbula, su mejilla, sus labios. El beso es corto y casto, hasta que le muerde un labio y el chico respira rápido y arquea las cejas con preocupación de una forma tan bonita.

Lo muerde de nuevo, ahora con colmillos.

—Ah… —Aaron jadea, entrecortado.

Samuel no ha sido brusco, pero ha cortado su labio un poquito y el pinchazo de dolor lo ha sorprendido. El vampiro lame la sangre que chorrea del tembloroso labio de su presa y, sobre este, susurra:

—Eres tan bueno, tomando un poco de dolor para complacerme… lo harás genial mientras te muerda.

Samuel besa su otra mejilla, su mandíbula…

—¡Amo! —el chico se sorprende al sentir otro chupetón, ahora en el lado opuesto de su cuello—. ¿D-dos mordiscos? —pregunta, preocupado.

La risa de Samuel retumba bajo su piel cuando se ríe, todavía mordisqueando y succionando su carne. Cuando se separa, dejando otra marca morada con la forma grande y voraz de su boca, le dice al chico:

—Voy a comerte entero.

Aaron echa su cabeza hacia atrás. Samuel suelta sus brazos, el chico está temblando tanto que seguramente no pueda usarlos bien de todos modos, así que no tiene sentido que se los sostenga. Justo como había predicho, Aaron deja sus manos tendidas en la almohada, por encima de su cabeza y con sus muñecas cruzadas sumisamente, pues no está atado, pero Samuel le ha ordenado que no se mueva y su voz se siente más firme alrededor de su piel que cualquier cuerda.

Samuel lo toma por la cintura y lo recoloca en la cama, subiéndolo un poco en lugar de bajar él, para así poder besar su pecho y su abdomen en lugar de su rostro y cuello. Aaron se siente tan pequeño en sus manos, siendo movido como un juguete… la idea le causa un vértigo extraño en el vientre y, aunque el peligro le eriza los vellos del cuerpo, puede ver la vergonzosa erección que se marca ya en sus pantalones.

Samuel besa y lame su pecho con una adoración que hace a Aaron abrir sus ojos enormemente y mirarlo atentamente, con estos brillándole. Nadie nunca lo había tratado como un manjar, pero la manera en que el vampiro parece no decidirse en si quiere besarlo, lamer su sabor u oler profundamente su avainillada piel le hace enrojecer y sentir mariposas en su estómago.

Siente otro tipo de nervios cuando Samuel decide chupar su piel. Sobre todo porque lo hace alrededor de su pezón, succionando con suavidad y una presión constante y deslizando su lengua sobre el sensible botón rosa.

Aaron retuerce su espalda y unos ruidos deliciosamente agudos escapan de su garganta, pero el pánico lo inunda cuando recuerda que Samuel marcará cada zona que vaya a morder esta noche y ahí… ahí debe ser inimaginablemente doloroso.

Cuando Samuel se separa de su pequeño y rosado pezón, un hilillo de saliva aún uniéndolos hasta que el vampiro se relame los labios, el chico mira su piel, alarmado, y suelta un enorme suspiro de alivio al ver que Samuel no ha dejado ningún moratón ahí. No va a morderlo en un lugar tan sensible.

Pero sí que jugará un poco con él: Samuel lleva una de sus manos al pezón recién humectado y lo pinza entre su índice y su pulgar, tirando de él hacia arriba sin apretar demasiado, de forma perezosa, como si de una caricia se tratase, y dejando que el pezón ensalivado resbale por sus dedos una y otra vez. Aaron emite un pequeño quejido cada vez que su amo lo estimula así y no puede aguantar más las descargas de sensibilidad que recorren su cuerpo, así que lleva sus manos a la muñeca del vampiro, suplicantes.

Samuel lo mira con ojos duros y divertidos, la clase de mirada de un depredador que juega con su presa.

—Las manos sobre tu cabeza.

Aaron obedece de inmediato, tan servicial y ansioso por complacerlo. Samuel ríe dulcemente y sigue torturando su pezón, viendo cómo el chico trata de escabullirse de sus dedos pícaros y las sensaciones que le traen.

Samuel aprieta su pezón más fuerte, pero esta vez no tira de él hacia arriba. Lo aprieta entre sus dedos, aumentando la presión poco a poco y luego liberándola, alternando entre un agarre suave y uno tortuoso solo para ver la forma en que Aaron relaja su rostro y luego lo contrae. Para sentir cómo sus piernas atrapadas bajo su peso pugnan por moverse, pues quieren frotarse la una contra la otra para calmar ese ardor extraño que le late en la entrepierna.

—Eres tan receptivo —comenta el vampiro, divertido, ahora soltando el pezón del chico, enrojecido como una pequeña cereza, y acariciándolo con su pulgar—, no puedo esperar a ver tus reacciones cuando te muerda en lugares tan, tan sensibles.

Aaron abre sus ojos cuando Samuel abre su boca y entre sus labios desaparece su otro pezón. Esta vez el vampiro succiona con más fuerza y Aaron está seguro de que está dejando marca. Traga saliva.

Cuando Samuel se separa de él, el moratón alrededor de su arrebolada protuberancia es tan suave, casi imperceptible, que no está seguro de si el vampiro planea poner o no sus colmillos en ese lugar y, por su sonrisa maquiavélica, Aaron sabe que su amo no piensa decírselo.

Durante un largo rato, Samuel se dedica a jugar así con Aaron: muerde, lame y chupa su pecho y su hermosa tripita delgada y el humano aparta la mirada, demasiado avergonzado por cómo gime y sus caderas se alzan, para luego mirar de nuevo, comprobando si su amo ha dejado o no una marca. Comprobando cuántas veces va a ser mordido esta noche.

Tiene cuatro marcas: dos en el cuello, una levísima alrededor de su pezón derecho y, ahora, otra en la zona más estrecha de su cintura, donde Samuel ha encajado gustosamente su boca grande con la suave curva del chico, cubriéndola tanto como lo harían las fauces de una gran bestia, como un león.

Aaron nunca ha sido mordido cuatro veces en una misma noche. Nunca ha sido mordido en esos lugares. Pero sus preocupaciones escapan de su cabeza cuando esta se llena de puro nerviosismo y sensibilidad al ver que ahora Samuel muerde algo que no es su piel: entre sus dientes se halla la goma de su pantalón de pijama y sus ojitos azules se entrecierran, perlados de lágrimas de pura desesperación, mientras contempla la imagen emborronada de su amo desnudándolo con la boca.

Baja sus pantalones poco a poco, con la boca, y mientras lo hace lo mira a los ojos y con su nariz recta y fría acaricia su pubis, sus ingles, sus muslos. El rostro de Samuel prácticamente roza su erección, que salta de sus pantalones sin restricción alguna, pues Aaron no lleva ropa interior.

Samuel se ayuda de sus manos para acabar de quitarle la prenda o, más bien, de deshacerse de ella, pues cuando la tiene a la altura de las rodillas, Samuel muestra sus garras y rompe la ropa poco a poco con ellas, sin apenas esfuerzo, descartando a un lado y otro los pedazos de tela que destroza.

Tras apenas minutos, Aaron queda totalmente desnudo, con la piel erizada y la entrepierna pulsante y necesitada.

—¿Vas a morderme ahora?

Samuel toma una de las piernas del chico, sosteniéndola por la corva con cuidado y alzándosela un poco para separarla de la otra. Aaron gira la cabeza, incapaz de mirar las formas en que Samuel contorsiona su cuerpo desnudo para tener más acceso a él.

—Cosita impaciente… —canturrea el vampiro, recreándose en el nerviosismo de su humano.

Luego, peina su largo cabello rubio hacia atrás con una sola mano y el gesto hechiza tanto a Aaron que por un rato se queda distraído, pensando en cuán hermoso es su propietario, hasta que siente su aliento cálido y cercano contra su sensible intimidad.

—Ah… —Aaron gime con la voz entrecortada y trata de separarse, alterado por la cercanía de su amo.

Pero este lo toma por la cadera y lo arrastra en la cama, haciéndolo acercarse de nuevo, así como sostiene al chico con las piernas abiertas, pese a que las ha intentado cerrar por acto reflejo. Su cara grande, pálida y hermosa está situada entre sus delgadas piernas, aún sin rozar ni un centímetro de su piel más que con su respiración.

Aaron imagina la boca de Samuel ahí. Lamiendo. Chupando. <<Dejando marca. Mordiendo. Bebiendo mi sangre.>> 

Su corazón se acelera y eso complace enormemente a Samuel. Ama la forma en que su presa es temerosa, pero confía lo suficiente en él para mantener sus manos quietas, obedeciéndolo porque sabe que va a ser cazado pero no matado, probado pero no devorado. Aaron confía en él, pero teme un poco lo que es y la combinación se le antoja perfecta: la panacea ideal para saciar el sadismo de sus deseos y a la vez no turbar su enamorado y preocupado corazón.

Samuel besa la cara interna del muslo de Aaron. Su piel, ahí, es tan fina como el pétalo de una flor, espectacularmente suave y tan cálida como si estuviese siendo besada por el sol incluso en la más oscura noche. Tiembla cuando sus labios lo tocan y puede ver cómo los testículos del chico se contraen y su pequeño pene se estremece.

La reacción es aún más exagerada cuando, en vez de besarlo caballerosamente, Samuel separa un poco más sus piernas y lame a lo largo de su muslo, su lengua delineando la zona exacta por la que la femoral late bajo la piel, hasta que su lengua llega a su ingle y Aaron se siente tan estimulado que desobedece y pone sus manos sobre el cabello del vampiro. No empujándolo lejos, pero tampoco cerca, solo tocándolo, pidiéndole que atienda a sus súplicas.

—Amo… amo…

Samuel se alza, enfadado porque Aaron no está siendo sumiso, pero suave porque no puede ser demasiado rígido con él. Toma sus manos, besa sus palmas.

—¿Qué he dicho sobre tus manos, Aaroncito?

—No puedo… demasiado… —susurra, su voz indica que ya está ebrio de deseo, con su mirada aguada y descentrada, sus labios mordisqueados.

Aaron está tan vulnerable que Samuel podría romperlo ahora a placer. En lugar de eso, se quita el cinturón con un fluido movimiento, ata las manos del chico mientras le mira dulcemente a los ojos y le susurra al oído:

—Túmbate de nuevo y abre tus piernas para mí, Aaron. No seas desobediente, voy a ser bueno contigo, voy a ser cuidadoso, así que no me hagas querer castigarte, ¿sí?

Aaron asiente, su cabeza llena de esa voz ronca, de preocupaciones y un dulce miedo que lo emboba, de la promesa del placer y de los escalofríos que no lo dejan en paz y le nublan el raciocinio. Y se vuelve a tumbar sobre la cama, con sus manos atadas. Samuel las asegura en el cabecero de la cama, dejando a Aaron verdaderamente indefenso, pero el chico no se queja.

Samuel le acaricia la mejilla con el pulgar y el índice, como dándole suavísimos pellizcos, y con una voz atenta y amable, dice:

—Mi presa revoltosa, ¿sabes lo que va a pasar la próxima vez que no escuches mis órdenes?

Aaron dice que no con su cabeza y frota sus piernas. La voz de Samuel es tan gentil y dura a la vez, no puede soportarlo, quiere su rostro de vuelta entre sus piernas, quiere esa voz vibrando contra su piel, ese aliento cálido rozando sus lugares más sensibles.

—Usa tus palabras, Aaroncito, responde bien a tu amo.

—N-no, señor, no… no lo sé.

Samuel sonríe, como diciéndole “Eso está mejor”, y se inclina para susurrar en su oído:

—La próxima vez que tientes mi paciencia, haré que los mordiscos sean de lo que menos vas a preocuparte esta noche, porque iré de nuevo a por tu anillo —Aaron jadea de la impresión. Hace mucho tiempo ya que no llena ese molesto anillo alrededor del pene y la otra noche lo agradeció tanto, tantísimo. Incluso si no se atreve a tocarse, pues su cuerpo pertenece a Samuel, no quiere volver a llevarlo— y te haré suplicarme por un orgasmo hasta que esté satisfecho. Y sabes que soy difícil de satisfacer, Aaron. Ten cuidado.

El chico no tiene tiempo de negociar: Samuel lo empuja contra la cama de nuevo, abre sus piernas y su boca halla de nuevo esa zona tierna y carnosa, en la cara interior de su muslo. La chupa con avidez y Aaron se retuerce, aunque intenta no hacerlo demasiado. No quiere ganarse un castigo.

Cuando su amo termina, su cuerpo entero está erizado, su espalda arqueada, su frente perlada de sudor. Y Aaron no necesita mirar para saber que tiene, en ese lugar de su pierna, un enorme moratón con la forma de la boca de su amo.

<<Cinco mordidas>> tiembla, incapaz siquiera de imaginar lo que pronto para él será una realidad, pero su amo le quita cualquier preocupación de la cabeza.

Los ojos de Aaron quedan en blanco cuando una larga y pesada lengua lame su sexo. Tan larga, que cubre desde sus testículos hasta la punta rosada de su pene y se desliza por toda su longitud con una lenta y húmeda caricia que lo enloquece.

<<No puedo dejar que me ponga el anillo de nuevo>> piensa, retorciéndose de placer, sabiendo que si su amo le da otro de esos largos lametones, se correrá en un instante. Samuel también lo sabe y precisamente por eso no lo hace, incluso si deja su larga lengua colgando fuera de su boca, derramándose entre los colmillos inferiores mientras la saliva se desliza por ella y gotea poco a poco, como dulce miel, cubriendo el miembro sensible del chico, que se retuerce por cada hilo viscoso de saliva que siente sobre su intimidad.

Samuel se relame después de empapar al chico en su saliva, cubriendo su erección rosada y palpitante por completo y dejando que la lubricación se derrame entre sus muslos también.

—Amo, amo… quiero que me toque, por favor, p-por favor, porfavorporfavor… —suplica el chico, impaciente hasta el punto en que cada suspiro se siente como humo en su boca, cada inhalación como respirar fuego.

Samuel atiende a sus palabras, pero de un modo distinto al que él había pretendido: en vez de envolver sus dedos alrededor de su necesitada hombría, Samuel la acaricia con la yema del índice y del corazón: traza un círculo en la punta, haciendo gemir al chico, y sigue hacia abajo, cruzando su longitud, acariciando sus testículos y después…

—Ah… —Aaron gimotea al sentir los dos grandes dedos deslizándose con labilidad entre el delicado espacio entre sus nalgas.

Samuel pulsa con las suaves yemas de sus dedos contra el anillo muscular del chico y lo siente tensarse bajo su tacto. Samuel mantiene sus dedos en el lugar, acariciando tentativamente, trazando suaves círculos alrededor de la tensa entrada de su amante, y sube en un camino de besos por todo su cuerpo, hasta que su boca está contra el oído del muchacho.

—Relájate, bebé, no voy a hacerte daño.

Aaron asiente, pero le cuesta respirar.

Tiene buenas experiencias de Samuel mimándole la cabeza o la tripita o las manos o el cuello… Sus dedos no suponen una amenaza cuando acaricia su suave piel, de hecho, le resultan demasiado placenteros cuando se envuelven alrededor de su pene. Le gusta cuando Samuel lo toca.

Pero…

Pero Aaron tiene experiencias muy distintas respecto a ser penetrado. Samuel chupándolo y masturbándolo son recuerdos teñidos de un intenso deseo y un vergonzoso éxtasis, pero ¿el vampiro penetrándolo? No puede sino pensar en el dolor y la humillación de ese momento, incluso si no usaba sus dedos. 

Samuel acaricia ahora la virginidad que le arrebató brutalmente, esa parte de su anatomía que odia porque le hizo sentir ultrajado y humillado y que Aaron desearía no haber tenido, pues si no hubiese podido recibir la erección del vampiro, está seguro de que Samuel jamás habría tenido un interés tan enfermizo con él. Lo habría tratado como una bolsa de sangre, sí, pero lo hubiese preferido a ser un juguete sin voz.

No quiere volver a ser eso, pero cada vez que el vampiro lo toca ahí, sus recuerdos lo bombardean con sentimientos de ansiedad y vergüenza. Samuel solo lo ha tocado ahí antes por su propio placer y Aaron sabe que el placer del vampiro es despiadado y agonizante para él.

—No quiero que me hagas daño, Sami, por favor, hoy no. —murmura tímidamente, poniendo una de sus manos sobre la muñeca del vampiro. No lo empuja ni hace fuerza, su gesto es más bien una apelación a su humanidad, un intento de tocarle el corazón y ganarse su piedad.

—¿Daño? —Samuel ríe en su oído y el sonido es cruel pero atractivo y Aaron se odia un poco por la forma en que le fallan las piernas al oírlo—. No voy a herirte, pequeño, voy a darte mucho, mucho placer. Voy a follarte despacio con mis dedos y a tocarte justo donde más sensible eres hasta que te corras solo por la sensación de ser tomado.

Aaron es más débil que esas palabras, que la forma en que lo atraviesan como ícor por sus venas, haciéndole sentir a la vez ebrio y sediento de placer. <<Mi placer>> se dice, logrando sosegarse un poco mientras todavía siente los dedos húmedos y gruesos de su amo deslizándose arriba y abajo en la apertura entre sus nalgas, rozando su sensible sexo <<Está haciendo esto por mi placer esta vez, no por el suyo>>.

El chico se muerde el labio y aparta la vista y Samuel parece sentir la hesitación del muchacho, así que lo besa suavemente en los labios, lo mira a los ojos, los suyos reluciendo con un rojo lascivo, y dice:

—Puedo detenerme si lo deseas, Aaron.

La amenaza de sus manos alejándose es suficiente para que el chico se vea empujado a tomar una decisión. No estaba seguro de querer ser tomado de nuevo, pero está convencido de que quiere a Samuel cerca, dentro… <<Oh, Dios…>>

—N-no, amo, por favor. Te necesito.

Las palabras de Aaron suenan tan desesperadas, tan vulnerables y deseosas y anhelantes y jodidamente perfectas que Samuel tiene que tomar una bocanada de aire muy lenta y tensar todos sus músculos para no sucumbir a los oscuros impulsos que se extienden por todo su cuerpo como veneno corriendo por sus venas.

Y junto a todo ese deseo, siente un leve pinchazo de tristeza. Porque es así como él se siente como Aaron: enloquecido, desesperado, necesitado. Lo ama tanto que la idea de despertar sin su cálido cuerpo a su lado lo hace querer no abrir los ojos nunca más. Pero Aaron no le ama de vuelta, incluso si ahora lo reclama y le dice dulcemente cuánto lo necesita. No es amor lo que el chico siente, lo sabe: le ha quitado todo lo que podría haber tenido y luego le ha dado todo lo que pudiese desear. Aaron lo necesita, pero Samuel piensa que no lo quiere. Tampoco lo merece. Esto es lo más parecido al amor que obtendrá nunca de él, así que lo toma con los brazos abiertos, infinitamente triste y agradecido a partes iguales.

—Tranquilo, mi amor, no me voy a ninguna parte, soy tuyo —le asegura, calmándolo, y luego baja de nuevo en ese precioso camino de besos que le recorre todo el cuerpo.

Le besa el mentón, los dos chupetones en el cuello, el pecho, el abdomen que se hunde al sentir sus labios, besa los huesos protuberantes de sus caderas, luego la punta de su miembro, riendo ronco contra él cuando el chico alza las caderas, buscando más de su boca. Besa la base de su miembro. Besa sus testículos.

Aaron abre enormemente los ojos cuando una mano se sitúa en su corva, alzándole la pierna y dejándolo expuesto, y de pronto los dedos sobre su entrada son sustituidos por una larga lengua.

Gime, se retuerce y tiembla mientras mil escalofríos lo azotan al notar al vampiro lamerle en un lugar tan vergonzoso. Su lengua es suave y esponjosa, tan viscosa que se desliza con una facilidad obscena alrededor de su entrada y, de ese modo, la relaja y la lubrica poco a poco. 

Aaron exhala un larguísimo gemido cuando el vampiro lo penetra con su lengua, el musculoso órgano adaptándose a su estrechez pero a la vez abriéndolo ligeramente, dándole una probada de las sensaciones que pronto lo invadirán. Cuando Aaron tiembla tanto que los dientes le castañean, el vampiro pone una mano en su muslo derecho y lo acaricia con gentileza, ayudándolo a sobrellevar las sensaciones; así, lo penetra por varios minutos con su lengua, no demasiado profundo ni demasiado brusco, solo lo suficiente como para ensanchar su apertura y dejarlo relajado y receptivo para sus dedos.

Cuando termina, el rostro de Samuel emerge de entre sus piernas y Aaron no puede siquiera mirarlo a los ojos, no cuando los suyos están llenos de lágrimas de placer. Pero aun así el vampiro lo mira, de hecho, le rodea el cuello con una mano y, firmemente, le vuelve el rostro hacia el suyo.

—Sé bueno y mírame mientras te follo con mis dedos, Aaron.

El chico se retuerce por el súbito calor que imbuye su cuerpo al escuchar esa frase, tan erótica y directa, combinada con la manera en que el vampiro pronuncia su nombre, como si la palabra perteneciese a sus labios desde siempre.

Aaron obedece, aunque no puede evitar cerrar sus ojos por la vergüenza, pero el vampiro aprieta su cuello a modo de advertencia, haciéndole abrirlos y obligándole a encarar su mirada colmada de deseo.

Los dedos acarician su entrada de nuevo y el humano se estremece. Samuel está satisfecho, el sexo del chico se siente mucho más tierno y maleable ahora, además de estar empapado en saliva. 

Así que desliza el primer dedo dentro. Lento, pero constante, hasta el fondo.

Samuel disfruta enormemente al ver los labios de su ángel dividiéndose, súplicas sin sentido y palabras medio hipeadas siendo interrumpidas por los más hermosos gemidos, jadeos y suspiros que jamás ha oído. Sus ojitos azules son también todo un espectáculo, entrecerrándose cuando su dedo lo abre por primera vez, rodando hacia atrás al notar la profundidad con que su amo lo toma y finalmente lagrimeando y descentrándose porque no puede apenas soportar la sensación de estar tan lleno.

Y solo está preparándolo con un dedo, no puede siquiera imaginar lo fantástico que será follarlo de verdad.

—¿Cómo se siente, dulzura? —pregunta con voz suave y amable.

Aun así, causa una reacción en el chico, lo siente apretarse alrededor de su dedo, tensándose por el simple efecto que su voz tiene en él. Le encanta causar esas reacciones en su humano.

—G-grande… —murmura el chico y Samuel no puede evitar reír. 

Pero debe darle un poco de crédito al humano. Incluso si solo está siendo penetrado con un dedo, Aaron es un pequeño humano y él una criatura colosal: sus antebrazos son gruesos como uno de los muslos del chico, su bíceps más grande que la diminuta cintura de este y, cuando ambos están de pie, el humano apenas le llega por el pecho. Uno de sus dedos posiblemente sea muy grande para Aaron y está seguro de que dos serían demasiado, de hecho, dos de sus dígitos son ya mucho más anchos que la erección de Aaron.

—¿Duele? —pregunta Samuel, aunque sabe de antemano la respuesta.

Aaron se siente abierto y puede notar cómo su tamaño lo estira y lo llena, pero ha sido cuidadoso: el dolor mínimo, una molestia soportable. Aun así, el chico duda, porque la sensación de ser penetrado y dilatado lo abruma demasiado, pero cuando va a intentar balbucear una respuesta, Samuel curva su dedo dentro de él, como acariciando su interior, y la yema de su dedo toca algo de textura suave y jugosa, una pequeña bolita en su interior, como un botón que pide ser pulsado.

Aaron entonces grita de placer y sus piernas se cierran por acto reflejo alrededor de la muñeca de su amo, pero este solo sonríe y sigue curvando su dedo en el interior del chico, acariciando y pulsando y empujando ese punto dulce que tiene dentro hasta hacerlo enloquecer.

No quiere meter y sacar su dedo, pues la moción es demasiado similar a la del sexo y sabe que al chico le traerían malos recuerdos esas embestidas, así que en su lugar, Samuel masajea su próstata lentamente.

Las piernas de Aaron tiemblan y su voz se rompe, el placer que irradia desde su interior es como magma caliente derritiéndolo y extendiéndose por todo su cuerpo. Le hace sentir fuera de control, pateando sus piernas y apretando sus puños y haciendo que se arquee de una forma exagerada, ofreciéndole su cuello y pecho a su amo y apretando su cabeza de desordenados mechones contra el cojín salpicado de sudor.

Samuel besa su cuello y el largo dedo en el interior de Aaron se queda quieto, permitiéndole al humano una pequeña tregua.

—Buen chico —lo halaga mientras lo escucha respirar rápido y su corazón late tan fuerte contra su pecho que este parece retumbar. Aaron tiene pequeños espasmos, ecos del delicioso placer que el vampiro le ha hecho sentir solo segundos atrás, y este no puede estar más que impaciente por volver a jugar con su sensible chico del mismo modo, pero primero…—, ahora, Aaron, sigue siendo bueno y ladea tu cabeza. Voy a morderte.

—Sí, amo… —responde con un suspiro.

Su voz suena tan obediente, tan dócil… Con uno solo de sus dedos ha logrado dejarlo tan maleable a sus órdenes que Samuel siente un escalofrío de gusto. Si quisiera, podría follarlo ahora, sabe perfectamente Aaron, ebrio de éxtasis y sumisión, solo agacharía la cabeza, sentiría el vínculo alrededor de su cuello como una correa y temblaría, aterrado pero servil, mientras su amo lo usa para su placer.

Pero Samuel no quiere eso. Quiere que cuando llegue el momento, sea el muchacho quien suplique porque se hunda en su interior, quiere que Aaron tiemble de placer y necesidad, no de terror, que se halle obediente porque quiere ganarse su favor, no por temor a ver su lado malo. Quiere que Aaron le desee como le desea ahora.

Aaron voltea su cabeza en la almohada, revelando uno de los lados de su cuello, marcado con un hermoso hematoma de color violeta que florece en su piel como un lirio en medio de la nieve. Samuel pone su boca sobre él, lo besa con reverencia, sintiendo su calor, el pulso bajo la piel, la dulzura llamándolo.

—Mi bonita presa, respira hondo. Relájate. Vas a necesitarlo, voy a hacerte temblar.

Tras decir eso, Aaron trata de tomar una bocanada de aire, pero se le queda atascada en la garganta con la forma de un jadeo cuando siente sus dientes hundiéndose. Samuel es gentil al morderlo, pero eso no significa que el mordisco deje de ser doloroso y aterrador: sus colmillos superiores cortan la piel con una facilidad pasmosa que deja a Aaron sintiéndose frágil en manos de su amo y se entierran en él con lentitud. 

El dolor lo invade poco a poco, los dos filos penetrando en su piel, abriéndose paso con su cortante hoja y haciéndose un hueco en su calor. La sensación, al inicio, es la de una presión incómoda, luego calor, una explosión de calor insoportable, y luego un dolor que le atenaza los músculos de todo el cuerpo.

Aaron emite un quejido y las lágrimas resbalan por sus ojos. Lucha contra las ataduras de sus muñecas y el pánico amenaza con controlarlo cuando piensa en lo que está haciendo, en lo que es: una boba presa en las fauces del lobo, a punto de ser devorada como un pedazo de carne estúpido.

Samuel nota a Aaron tensándose bajo él, el aroma del miedo envolviéndolo mientras la sangre se derrama poco a poco en su boca como éxtasis líquido y la maravillosa estrechez de Aaron aprieta su dedo igual que lo apretará a él la primera vez que lo posea por completo. Entonces, el vampiro da el primer trago de sangre y al mismo tiempo empieza a mover su dedo dentro del chico. Las embestidas son pequeñas, manteniéndose siempre profundo en su interior y obligándolo a acogerlo y abrirse ante sus empujes, y la yema de su dedo continúa haciendo la moción de acariciar, tocando insistentemente ese punto dulce dentro del chico.

Así, Aaron nota algo más poderoso que el dolor llevárselo, una enorme oleada de placer que lo inunda y lo hace retorcerse por razones muy distintas. Samuel chupa su sangre, dejándolo débil y mareado, y lo toca de una forma tan jodidamente deliciosa que los colmillos en su cuello no se sienten ya asesinos, sino posesivos, dominantes, demasiado sensuales.

Aaron gimotea, atrapado entre el placer y el dolor, el deseo y el miedo, y esa extraña mezcla parece ser el cóctel perfecto para llevarlo cerca del límite. Las caderas del muchachito se mueven sin que él lo ordene, empujándose más y más contra el dedo que lo penetra, deseando que su tacto sea más íntimo y demandante, que lo toque más rápido, más duro, más cruel. Su pene saliva sobre su abdomen hasta dejar un largo chorro de transparente presemen y su boca no puede sino ser honesta con lo que siente: 

—Amo, amo, amo, p-por favor, ¿t-tengo permiso para correrme? Amo, por favor, porfavorporfavorporfavor…

El vampiro muerde más duro cuando lo escucha. Aaron ni siquiera está llevando su anillo y aun así necesita que él le permita tener su orgasmo. Tan obediente. Tan suyo. La idea lo enciende tanto que decide usarla para su diversión, así que se despega del cuello del muchacho, dejándolo sangrante y herido, y saca su dedo de su interior poco a poco.

Aaron llora en protesta, porque quiere a su amo dentro de él, en su sexo, en su piel, con sus manos, su lengua, sus dientes, su polla. No puede soportarlo más.

—Amo, no, no, no… ¿Qué he hecho mal? Por favor, por favor…

Samuel se inclina sobre la boca del chico, maravillado, y lo besa con la lengua aún cubierta de rojo, pues no hay nada más dulce que sus besos y su sangre, así que ¿por qué no tenerlos a la vez? Aaron lo besa de vuelta pese al sabor metálico y chupa los labios de Samuel, como queriendo forzarlo a que se acerque más a él, a que le dé su boca, sus colmillos, su mordida.

Samuel está impaciente y el vínculo en su interior se anuda en su garganta, su pecho, en su estómago y en su polla, haciéndole sentir la tensión de todas sus emociones: el dolor, el deseo, el anhelo, la necesidad. 

—Amo, amo, ¿qué tengo que hacer, por favor? —suplica Aaron llorando, el rostro rojo de la vergüenza, pero sus palabras escurriendo entre sus labios como lo hace la saliva que se derrama por su mentón.

Ama eso, dejar al chico tan desesperado por él que no puede siquiera pensar con claridad, recordar su pudor, pronunciar su nombre, pues ahora no es Samuel quien lo toca, sino su amo. Amo de sus deseos y de su cuerpo, amo de su placer, pues por eso no puede hallar la liberación si es que este no decide ser misericordioso y concedérsela.

Samuel le aprieta el cuello para hacerlo callar y eso lo asusta, pero su polla se estremece y gotea oprobiosamente.

—Ladea la cabeza, aún no he acabado contigo —Aaron obedece, mostrándole a su amo la mordida fresca, pero este ríe en su oído. Lento, vibrante, cruel—, hacia el otro lado. Quiero morderte más. Quiero sentir cómo te retuerces cada vez que te marco con mis dientes. Mío. Mi presa.

Samuel usa su voz de mando, pero no da una orden. Solo declara algo que ambos ya saben: que Aaron le pertenece. Aun así, su voz de mando tiene un efecto en el humano, lo recorre como un latigazo y hace que la piel le hormiguee y los músculos se le tensen para luego relajarse, extenuados. Lo deja débil y maleable, disponible para él como un juguete listo para ser usado.

Aaron voltea su cabeza, ofreciéndole al vampiro el lado aún intacto de su cuello, donde apenas tiene un moratón. Samuel lo lame y, sin más dilación, hunde sus colmillos. Ahora lo hace rápido y duro, sin empujarse poco a poco dentro de Aaron, así que el dolor lo atraviesa como una lanza y en esta ocasión el chico chilla y se siente lúcido de golpe: tiene miedo y está dolorido y un vampiro hambriento está bebiéndose su sangre.

La necesidad de huir lo inunda, pero Samuel sabe qué hacer: deja al chico estar asustado unos segundos, mientras lo somete y lo hace estar quieto, demostrándole que no tiene escapatoria, que él es su pequeña comida si así lo desea, y luego lo recompensa por su obediencia empujando su dedo corazón dentro de su culo de nuevo. Lo penetra con brusquedad y el chico se queja al inicio, pero cuando el dedo empuja contra su próstata, el dolor pasa a un segundo plano.

Aaron se muele contra su dedo, pidiendo más, pues el vampiro lo toca de forma perezosa prácticamente, dándole suficiente placer para que tenga una probada del orgasmo, pero suficientemente poco como para que sepa que este le queda muy lejos.

El vampiro toma las caderas de su humano con su gran mano y las empuja contra la cama, impidiéndole moverse exigentemente de nuevo. Se separa de su cuello y lo mira a los ojos con la boca llena de sangre y los colmillos blancos manchados de carmesí, su ceño fruncido y una mirada severa en sus orbes rubí como el infierno. Es hermoso y aterrador.

Aaron traga saliva, pues su amo luce enfadado.

—Quieto —sisea el vampiro y ladea un poco la cabeza cuando su humano le hace un puchero, pues no se atreve a desafiarlo, pero realmente quiere poder moverse y seguir exigiéndolo que lo toque como él desea—. ¿Quieres más? —pregunta burlón y en su mirada se ilumina un destello de malicia. La sangre le brilla en los labios cuando sonríe—. Entonces sé un buen chico y tómalo.

Aaron ya no se siente tan valiente como para exigirle nada al vampiro cuando otro dedo más empieza a deslizarse en su interior. Sus ojos se humedecen y luego se cierran, sus cejas se arquean con preocupación y sus labios se abren para soltar un suspiro entrecortado.

Aaron sabe que está siendo castigado, pero, aun así, Samuel lo hace de manera gentil: empuja suavemente el dedo anular contra su anillo muscular, sintiendo la resistencia de su estrechez y, poco a poco, venciéndola para dilatarlo e invadir el angosto, cálido y húmedo pasaje. 

—Estás tomando tu castigo tan bien, mhm, tan obediente. Respira, iré despacio para ti, mi pequeña y hermosa presa. —lo tranquiliza Samuel, se ha ablandado al ver al muchachito temblar cuando por fin lo ha penetrado con la punta de su dedo, con el otro enterrado en su interior.

Samuel le acaricia el cabello cariñosamente y le va diciendo suaves palabras de ánimo mientras casualmente lo dilata. Empuja su dedo un poco y luego lo vuelve a sacar, acostumbrando al chico a ser penetrado con un par en lugar de con un solo dígito. Aaron está tan apretado con dentro que le resulta difícil habituarlo a sus dos dedos, pero en pocos minutos el dolor y la tirantez se reducen y Aaron es capaz de tomarlos hasta el fondo como un buen chico, gimiendo por la intromisión y por lo lleno que se siente.

Puede notar su entrada ensanchándose alrededor de la base de sus dedos, estirándose para acoplarse a su tamaño, y la idea de que su cuerpo tenga que esmerarse por tomar algo tan grande, incluso si su amo está siendo gentil, le hace temblar bajo su magno cuerpo.

Samuel empuja ahora dos dedos contra su próstata y, aunque Aaron no lo creía posible, su placer se duplica hasta el punto de tornarse insoportable. Gime desesperado, se descarna las muñecas contra sus ataduras y se retuerce bajo Samuel, su ser entero reduciéndose al fuego y los hormigueos que siente correteando bajo su piel, aunque esto no tiene problema manteniéndolo quieto y dócil con una sola mano.

El vampiro lo toca más despacio, para calmarlo, sus dedos deslizándose sobre su próstata con la suavidad de las olas tranquilas, sin empujarla de más, haciendo que Aaron sea recorrido por un placer constante que lo hace sudar y temblar y poner los ojos en blanco, pero que le permite prestar un poquito de atención.

—Aaron, solo estoy empezando, tienes que aguantar un poco más. Es una orden.

El chico se siente febril. Tan débil por el placer y la pérdida de sangre. ¿Aguantar? Piensa que está a punto de desvanecerse, pero quiere ser bueno y obediente y, sobre todo, quiere ser recompensado, así que exhala un dócil:

—Sí, amo.

El vampiro besa su cuello cuatro veces, un pequeño ósculo sobre cada orificio que sus colmillos han abierto en la piel, luego baja por sus clavículas y su pecho. Su boca busca el siguiente chupetón y Aaron tiembla al recordar dónde estaba: tiene una marca muy leve alrededor de su pezón derecho. No sabe si eso cuenta, pero es una zona demasiado sensible como para que Samuel lo muerda, ¿cierto?

Aaron siente el sudor escurrir por su frente cuando el vampiro besa ese pezón suyo, deslizando su lengua arriba y abajo mientras los dedos en su interior se mueven mínimamente, pues Samuel no quiere distraer al chico de sus preocupaciones, le gusta asustarlo un poco y luego aliviarlo con oleadas de placer.

—Amo, ¿va a… va a morderme ahí? —pregunta con una voz pequeñita y asustada y Samuel mordisquea su pezón un poco, haciéndolo tensarse.

Aaron cierra sus piernas, pero la mano entre ellas las mantiene un poco abiertas, forzándolo a tomar sus gruesos dedos.

—Te morderé donde lo desee. —responde el otro con voz ronca.

Aaron se siente pequeño cuando su amo habla de esa forma tan dominante, pero no puede negar que le gusta. Le hace sentir bien saber que alguien más tomará el control de la situación.

Samuel chupa su pezón ávidamente y cuando el chico deja ir un pequeño gemido, sus dos dedos torturan su próstata con crueldad. Descargas de placer lo recorren entero y justo cuando Aaron cree que su amo le permitirá correrse, el vampiro lo muerde.

Los colmillos se entierran en la piel color crema de su pecho, a los lados de su pezón, pero sin rozar la sensible aureola siquiera, y mientras la sangre se le derrama sobre el pecho y su amo la sorbe, el vampiro desliza su lengua ensangrentada sobre su sensible pezón. El dolor y el placer explotan en Aaron, volviéndose ambos pura sensibilidad: el dolor es erótico, en cierto modo, y el placer tan intenso que se le antoja insoportable. Son indistinguibles ya.

Cuando Aaron aprieta los dedos del vampiro con tanta fuerza que estos se quedan pálidos, sabe que debe parar o el chico se correrá antes de que él lo desee, así que se detiene: deja de dedearlo, aunque mantiene sus dígitos en su interior, y se separa de su pecho, mostrando la forma en que sus colmillos han perforado los lados de su rosado pezón, como un enorme piercing. 

Aaron respira tan rápido que Samuel debe tranquilizarlo repartiendo pequeños besos por su pecho con afecto. Besos que, incluso si están colmados de cariño, también están manchados de sangre y dejan un rastro carmesí allí donde su boca pasa.

—No puedo más, amo, no puedo más… —suplica Aaron con sus ojos brillosos. Su cuello lleno de mordidas, su pecho marcado por la boca de su amante y las sábanas bajo su pálido cuerpo tiñéndose poco a poco de rojo. 

La pérdida de sangre le ha hecho también perder sus fuerzas, pero Samuel conoce los límites del humano a la perfección, pues el chico es suyo y el vínculo es sincero: Aaron todavía puede jugar unos minutos más, a pesar de lo que sus súplicas juren. Además, Samuel sabe que el chico desea más.

Le sonríe y pregunta con inocencia:

—¿Quieres que me detenga, Aaron? ¿Que te deje así, sin el placer que tanto necesitas? 

Junto a la segunda pregunta, Samuel le dedica una triste mirada al miembro de Aaron, duro, empapado de saliva y néctar y con la punta de un oscuro rojo que expresa necesidad. Aaron se siente débil, dolorido y un poco asustado, pero imagina no lograr esa ansiada liberación esta noche y esa perspectiva le parece mucho más agónica.

—No, por favor. —murmura, contradictorio y confundido, sin saber bien qué parte de él habla.

—¿Qué quieres entonces, Aaron?

El chico lloriquea y niega. No lo sabe: su instinto le dice que debe escapar, que está siendo cazado y consumido poco a poco, pero su deseo, pulsando entre sus piernas, halla la idea tan peligrosa como deliciosa. Su corazón le dice que se deje hacer en manos de Samuel y sus recuerdos le acosan con inacabables visiones de la crueldad de su amo.

—N-no lo sé, amo… por favor… no lo sé, haz… ocúpate d-de mí, te lo ruego… —pide, desesperado, su cabecita hecha un lío, su cuerpo hirviendo con deseos y pulsiones demasiado calientes para el corazoncito de hielo de su chico de ojos azules.

Samuel le acaricia el rostro con ternura, le limpia las lágrimas.

—¿Quieres que me encargue yo de ti, mi amor? ¿Quieres que tu amo decida y no tener que pensar más esta noche? —Aaron asiente y hace un pequeño ruidito, demasiado agradecido por la idea— Entonces abre tus piernas, mi buen chico, y deja que tu amo se encargue de darte todo lo que necesitas.

Aaron asiente, aturdido, y obedece sin oposición. Sus piernas se abren despacio, como pétalos de una delicada flor que se estira ante el sol, y el muchacho revela sin pudor alguno su rosado y húmedo pene y su entrada penetrada por dos gruesos dedos, de un bonito color rosa que se torna más intenso allí donde el vampiro ha tenido que dilatarlo.

Samuel desliza una mano por la cintura del chico y se detiene en el punto donde esta se estrecha, tomando su costado con firmeza. Aaron se queja bajo, pues ahí tenía otro moratón y Samuel debería morderlo ahí, pero Aaron luce tan cansado ya de entregarle su sangre, tan sobreestimulado y a la vez frustrado por el orgasmo que él se niega a darle, que Samuel decide que no lo morderá ahí hoy, pues duda que el chico pueda soportar tantas mordidas.

Pasa directamente a la última, entonces, en la cara interna de uno de sus tiernos músculos, justo donde la arteria femoral hace que la piel se sienta cálida y agradable, similar a la del cuello, pero más mullida aún, de forma que uno puede morder duro y profundo sin miedo a desgarrar algo importante.

Samuel besa el vientre del chico y su pubis y al llegar al pene de Aaron, sonríe con diversión y decide hacer una pequeña maldad más: encierra la punta entre sus labios gruesos y empuja su cabeza, chupando la polla de Aaron hasta que sus labios sonrientes llegan a la base y dejan, en ella, la marca de un beso de sangre. 

Aaron se retuerce y bombea un poco sus caderas dentro de la boca del vampiro, incluso si sabe que no tendría que hacerlo, que está prohibido. Pero este lo deja pasar, pues sabe que está llevando a su humanito al límite.

Poco a poco, escupe el pene del chico, deslizándolo fuera de su boca con la ayuda de su lengua, que lo pinta de un hermoso rojo sangre que salpica el cuerpo entero de Aaron y las sábanas bajo él. Aaron gruñe de placer, pues nunca pensó que la imagen de su propio miembro cubierto en su sangre y la saliva de un demonio pudiese resultarle tan irresistible y quiere más, pero no tiene derecho a pedir nada, pues sabe que es Samuel quien debe escoger qué darle.

El vampiro besa su muslo con cuidado, una, dos, tres veces. Aaron se pregunta si va a morderle siquiera, pero entonces Samuel sonríe y empieza a follarlo duro y salvaje con sus dedos, las embestidas clavándolo contra el colchón con un ritmo brutal que martiriza su sensible próstata y su cuerpo sostenido quieto por su otra mano.

Samuel lo mira con ojos de depredador, hambre y anhelo son lo único en ellos, y abre sus labios rojos por la sangre antes de decir:

Córrete.

La dominante voz de mando, los placenteros dedos y los dolorosos colmillos de Samuel se hunden al mismo tiempo en el cuerpo del chico.

Aaron se siente romperse bajo las órdenes de su amo, el placer y el dolor mezclándose y llenando su cuerpo, su boca grande y afilada vaciándolo, tomando su sangre y su sentido común, arrebatándole sus fuerzas y sustituyéndolas por un éxtasis que baila bajo su piel como si no tuviese huesos ni músculos bajo esta, nada de solidez, solo un charco de lágrimas y sudor y néctar. 

Aaron se tensa entero, sus músculos arden por el esfuerzo, sus dedos se rizan, su espalda se arquea y sus ojos se cierran a pesar de que ve en el dorso de sus párpados mil colores estallando, y, cuando todas las fibras de su ser están rígidas como la cuerda de un arco, todo se dispara al mismo tiempo y un flechazo de puro deleite lo recorre y estalla en el sud de su cuerpo, el ardiente centro de su deseo que ahora escupe semen caliente como magma, tira tras tira, cayendo sobre su cuerpo y liberándolo de su tensión y su anhelo y su dolorosa necesidad.

Aaron se corre varias veces seguidas o quizá una vez excesivamente abundante. No lo sabe, lo que sabe es que, por cada sorbo que el vampiro da de su sangre, con su rostro enterrado en sus muslos y sus dedos empujando en su interior, su erección eyecta un chorro de lechoso placer y el chico siente sus músculos relajarse, no, fundirse como hielo que se torna un charco. Todo él se queda tan débil que no puede ni abrir sus ojos y solo puede moverse mediante pequeños espasmos y temblores.

Incluso cuando ya no está erecto, Samuel le sigue arrancando más orgasmos y le hace correrse casi dolorosamente, con sus dedos martilleando su próstata y sus colmillos clavándose duro en su sensible muslo.

Samuel libera su carne de su mordida y poco a poco retira sus dedos de su interior, dejando al chico con la sensación de estar expuesto, abierto. Se siente como si estuviese todo él en carne viva: una caricia es suficiente para tenerlo retorciéndose. De hecho, la voz de su amo surte el mismo efecto.

—¿Cómo estás, mi amor? —pregunta, tumbándose a su lado con cuidado de no moverlo.

Pone una mano en su mejilla y nota que Aaron tiene un escalofrío. El chico está templado y cubierto por sudores gélidos.

Aaron responde con un gemido mortecino.

—¿Duele?

—Mhm.

—¿Duele mucho?

—Mhm.

Samuel ríe, porque, pese a que su pregunta está llena de preocupación, el chico le responde amodorrado, como un niño que quiere seguir durmiendo cinco minutos más. Aaron está tan agotado que no parece entender que Samuel realmente necesita saber si está bien, así que hace sus preguntas más… digeribles.

—¿Duele feo o duele bonito, amor?

—...nito… —es la mejor respuesta que el chico puede darle y para Samuel es suficiente.

El vampiro acaricia a su amante en silencio, esperando a que pierda el conocimiento para así darle una gotita de su sangre para que el chico se sane mientras está dormido, sin sentir demasiado la incomodidad que la curación le provoca. Aaron se queja cuando traga la gota de su sangre y frunce el ceño, pero no se despierta, como si se tratase de una mera pesadilla.

Samuel lo deja descansar un largo rato, arropándolo hasta su barbilla y poniéndole varias mantas encima mientras va a prepararle una enorme y nutritiva comida. Después de lo mucho que ha bebido de él, Aaron necesitará un banquete para reponerse.


 

CAPÍTULO 90

Aaron está frente a la gran mesa de la cocina, observando con ojos como platos y la boca hecha agua los apetitosos platos que se despliegan ante su vista: pollo al horno con patatas a las finas hiervas y pimientos rellenos, una cremosa ensaladilla rusa, tostadas con tomate, aceite de olvida, una pizca de sal rosa y caros embutidos y quesos por encima, un plato entero de berenjenas y calabacines salteados hasta estar doraditos y bien cubiertos en pan rallado y especias, tostadas francesas brillantes por la miel que los recubre, con pequeñas frutillas troceadas por encima y azúcar glas espolvoreado en sus superficies jugosas, cruasanes y tartaletas que huelen a crema dulce y hojaldre crujiente, macedonias más coloridas que un arcoíris.

Samuel ha preparado todo para él, pues quiere a su chico bien alimentado y no se fía de nadie más para que prepare los alimentos de su cosita más preciada en el mundo y, no solo eso, sino que ha sentado a Aaron en su regazo y, como el chico está demasiado cansado tras ser mordido cuatro veces hoy, también lo está alimentando él.

Aaron se pone rojo mientras abre la boca para que el vampiro empuje deliciosos bocados entre sus labios y luego tome una cuchara más de esas fantásticas comidas mientras él mastica y traga lentamente, saboreándolas. Se siente como un príncipe, uno muy mimado.

Samuel incluso le recoge mechones de pelo tras las orejas, para que no se le pongan en medio del rostro y le vayan a molestar.

—Entonces, ¿no ha sido demasiado?

A pesar de que Aaron se atraganta con su comida y se muere de vergüenza cada vez que el vampiro le pregunta por lo que han hecho unas horas atrás, este sigue con el tema, insistiendo en saber si Aaron se ha sentido cómodo, si se encuentra bien, si le ha gustado, si quiere repetir.

Aaron ríe un poco, con timidez.

—Siempre eres demasiado —le dice con una sonrisa juguetona y luego señala a la mesa—, Sami, esto es demasiado, que me des de comer tú es demasiado, tu posesividad es demasiado, que quieras pasar cada minuto de la noche dándome mimos o besos o tocándome de cualquier forma es demasiado… Pero me gusta. Me hace sentir bien. Y lo de hoy también me ha gustado. —dice eso último en voz baja, bajando su mirada y ruborizándose un poco.

—Si te gusta mi intensidad, entonces quizá puedo dejar de controlarme un poco y ser… más demasiado. —ríe Samuel, lleno de júbilo.

Aaron abre enormemente la boca y luego la cierra, porque tiene un pedazo de pollo sin masticar aún en ella y no quiere lucir como un maleducado niño. Mastica, traga y luego dice con estupor:

—¿Estás… tú normalmente estás controlándote cuando estás cerca de mí? ¿Lo de hoy ha sido controlarte? ¡Pero si me has mordido hasta dejarme más agujereado que un colador!

Samuel ríe y asiente.

—Oh, vamos, apenas te he dado un par de bocaditos… Ni siquiera me he comido una cucharada de Aaron.

—¿Que no? ¡Te has comido un plato de Aaron entero y luego has repetido!

Ambos estallan en risas y, por un instante, todo se siente tan maravillosamente normal que Aaron olvida los últimos meses. Los últimos años, incluso.

—No es mi culpa, si vas a ser tan delicioso, deberías tener suficiente de ti como para que pueda morderte y agarrarte y tocarte hasta saciarme. —le recrimina el vampiro mordisqueando su cuello alrededor de la marca del vínculo de una forma que le hace cosquillas y apretándole la cintura.

Aaron se estremece por sus toques y trata de zafarse juguetonamente, a lo que el vampiro responde mordiéndole la nuca y gruñendo como un perro cuando su amo tira de su juguete favorito para quitárselo de las fauces.

—¡Oye, auch! Que si me comes, vas a tener que comprarte a otro humano.

—¿Otro humano? —pregunta con un tono oscuro, como si la broma hubiese llegado demasiado lejos y muerde a Aaron duro, notando la piel erizada bajo su lengua y los músculos del chico tensándose entre sus brazos, pero quedándose inmóviles por la docilidad que le sobreviene cuando está entre sus dientes como una presa indefensa—. Si te comiese entero, me abriría las tripas para sacarte de mi interior. Nada de sustituirte, pase lo que pase, si te perdiese, te recuperaría como fuese.

Aaron sabe que sus palabras son ciertas, lo sabe de una forma que jamás podrá olvidar, pues, a veces, cuando es de día y el mundo está en silencio y él trata de dormir, puede escuchar en el fondo de su cabeza los huesos de Ivthan rompiéndose cuando Samuel le dio muerte.

Lo destrozó con una violencia arrasadora y Aaron sabe, de un modo retorcido pero cierto, que esa violencia es la cara más sincera del amor que Samuel siente por él: desgarrador, crudo, cruel.

—Oye, no digas cosas sangrientas, que se me quita el apetito.

—Perdón, perdón, a mí suelen abrírmelo, me olvido de que eres delicado.

Aaron saca la lengua puerilmente, como tratando de hacer un gesto asqueado, y sigue comiendo un buen rato mientras él y Samuel conversan de temas más mundanos. Aaron le dice a Samuel que un día sería genial si pudiesen cocinar juntos y le pregunta dónde ha aprendido a preparar tantos platos y el vampiro, a regañadientes, admite que compró un libro de cocina y lo visita a menudo, aunque lo tiene escondido en su despacho entre volúmenes de obras clásicas porque le avergüenza un poco tenerlo.

Tras un rato, Aaron reúne el suficiente coraje para hacer la siguiente pregunta:

—Si no te hubieses controlado tanto hoy… ¿Qué habrías… qué habría pasado?

Samuel alza las cejas al escuchar la pregunta. Aaron está siendo curioso solamente, pero le resulta un poco provocativo.

—Me habría asegurado de dejar varias marcas más en tu cuerpo. En tu cintura, porque solo yo puedo tocarla, en tus bonitas muñecas, en tu otro muslo, en tus tobillos —cuando dice eso, Aaron se tensa por un segundo, pero Samuel masajea sus hombros—, en tu espalda, seguro que también habría marcado ese bonito culo que tienes.

Aaron se sonroja un poco al recordar la boca del hombre en su trasero hoy, haciendo algo muy distinto a marcarlo.

—Y luego te hubiese hecho servirme. Tus labios alrededor de mi polla y esa preciosa boca aprendiendo a tomarla entera.

Aaron traga saliva y Samuel siente una tensión extraña en su vínculo que no sabe descifrar. Su humano parece demasiado callado, incómodo.

—¿Te gusta la idea, arrocito, o te hace sentir mal?

—A veces pienso en esas cosas, en… En practicarle sexo oral o en que me… Me penetre, ya sabe, de verdad, y en mi cabeza la fantasía es atractiva, pero si me planteo hacerlo en la vida real… —Aaron se mordisquea el labio con sus dientecitos de conejo, nervioso, buscando las palabras adecuadas para sentimientos que no entiende del todo— L-lo que hemos hecho, se sentía bien porque era usted dándome placer y se sentía como que estaba centrado en mí, pero, pero cuando se trata de su placer… De que yo le toque o le chupe o… Me da miedo que me obligue, que sea rudo, como antes. Sé que es egoísta disfrutar del placer que usted me procura, desearlo incluso, pero luego negarme a darle yo lo mismo que pido. Quiero hacerlo, de veras, pero…

—No es egoísta —le reprende suavemente el vampiro, acunando sus mejillas con sus manos y besándolas con delicadeza, sus palabras fluyen entre sus labios como una cascada de seda y Aaron se siente tan relajado y seguro al oírlas que la tensión de su cuerpo se derrite y desaparece poco a poco—, que me entregues el sonido de tu voz, la bendición de tu mirada, el milagro de tu presencia… Esas cosas ya son para mí un regalo de valor incalculable, uno que no merezco, eso está claro. No seré tan descarado de pedir que, además de tu atención y tus palabras, me des placer o sexo, por mucho que lo desee. Mis deseos te han herido antes, así que no volverán a mandar sobre ti. Nunca. Además, tu placer es tan delicioso y delicado… Podría contentarme por toda la eternidad solo escuchándote gemir de la forma en que lo has hecho hoy. Uno de tus suspiros sería para mí más extasiante que cualquier noche entera que pueda pasar con cualquier otro amante. Y si dejases de querer eso también, si dejases de querer que yo te tocase o te mordiese, pararía. Tu cuerpo y tu sangre son tuyos, Aaron, no voy a reclamarlos nunca más si dejas de entregármelos.

<<Pero tú eres mío. No puedes marcharte, no puedes huir>> susurra una voz siseante, como las serpientes, desde el fondo de la mente de Samuel, desde ese lugar frío y primitivo donde habitan los instintos más brutales y las verdades más incómodas.

Él mismo lo sabe, que está siendo contradictorio: Aaron tiene un vínculo alrededor de su corazón, una mordida en su cuello y cadenas invisibles alrededor de sus muñecas y tobillos que le impiden huir, y todas esas cosas le pertenecen a Samuel. A su amo. 

Se siente hipócrita por tratar de decirle que se pertenece a sí mismo, cuando lo dice al mismo tiempo que lo sostiene cerca con sus grandes manos, no queriendo dejarlo ir nunca.

Samuel cree que Aaron le señalará la ironía, que dirá palabras crueles y honestas sobre ellas, pero Aaron solo sonríe dulcemente. Demasiado inocente como para quejarse por el peso de sus cadenas cuando puede agradecer a su amo porque ha aflojado los grilletes.

—Gracias —murmura y bate sus pestañas despacio, como encantado por las palabras del vampiro. Como si fuesen una maravillosa promesa, un regalo, y no un derecho que debió tener desde el maldito principio—, pero no te preocupes… —algo extraño surca el rostro de Aaron, socavando su ingenuidad y sembrando pequeñas semillas de juguetonería.

Lo mira de forma coqueta, casi provocativa, y se inclina hacia él para susurrar algo que hace a Samuel apretar sus dientes y tener que pensar en gatitos y flores para tranquilizarse y no poseerlo ahora mismo sobre la mesa.

—Me he acostumbrado tanto a ti, que a veces sueño o fantaseo con tus manos, tu boca, con tu cuerpo… Quiero tenerlas, todas esas cosas, quiero ser egoísta y tenerte para mí, igual que tú me has tenido hoy para ti. Solo que aún no he pensado cómo puedo hacerlo sin recordar las cosas malas que pueden hacer.

Samuel suspira. Su piel erizada, sus enormes músculos tensos, su polla latiendo, necesitada y erguida bajo la ropa… Aaron puede sentirla, su cuerpo suave sentado sobre ella, subiendo arriba y abajo un par de centímetros cada vez que el sexo del vampiro, bajo sus muslos, se estremece, se contrae y se agita al son de sus palabras cruelmente deliciosas.

Aaron puede sentir la excitación de Samuel y, sobre todo, su frustración. Y hay algo que le gusta demasiado en saber que Samuel podría ahora romperlo, pero no lo hará. Se siente un poco poderoso, no como una bestia, cosa que su amo es, sino como un hombre astuto y mañoso que logra domarla hasta que obedece todas sus órdenes.

Samuel se muerde el labio, tratando de controlar sus instintos, preguntándose si Aaron no nota lo que causa en él o quizá sencillamente no advierte el peligro. Sus mejillas, siempre pálidas como porcelana, ahora están sonrojadas. Él, un vampiro tan poderoso que hasta los de su propia raza se postran al verlo, sonrojado.

<<Patético>> piensa, algo avergonzado, pero luego mira a Aaron y su sonrisa de diablillo. El chico parece estar pasándoselo tan bien que a Samuel no le importa ser patético. Él quiere ser bueno para su humano, quiere hacerlo feliz y luce tan feliz ahora que ha decidido que será patético cuantas veces haga falta si eso pone de buen humor a su tesoro de ojitos azules.

—Puedes tener de mí lo que desees, mi Aaroncito. Sabes que soy tuyo.

Y como si de un amo orgulloso se tratase, Samuel recompensa las palabras de su vampiro con un dulce beso. 

Deja que Samuel le muerda los labios con voracidad, que explore los suaves tejidos de su boca con la larga lengua y que gruña de placer cuando él le lame los largos colmillos y se corta, dejando que unas gotitas carmesí tornen el beso rojo.

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