Capítulos 91-100

 

Capítulo 91

 

El vampiro lo empuja y corre a encerrarse en el baño, azotando la puerta con todo su peso y asegurándose así de que Jeremy no podrá abrirla. Escucha, bajo su respiración acelerada, pequeños pasos y luego los nudillos del chico suavemente golpeando la puerta.

—Aidan, escúchame, por favor, estoy preocupado y…

—Beberé tu sangre —asegura el vampiro y Jeremy no sabe que sentir, pues su voz ronca y aletargada suena a la par como una promesa y como una amenaza —, pero no hoy. Hoy me siento extraño, no me siento yo mismo, Jeremy. Mañana beberé de ti, pero ahora es demasiado peligroso. Quiero esperar.

—De acuerdo —murmura el chico a través de la puerta. 

Su voz llena sofocada por la ancha barrera de caoba entre ambos, pero la tentadora esencia que desprende sus heridas es tan fuerte que Aidan puede saborear su muerte en su boca. Traga saliva, deseando que la sensación se vaya, que el aroma de la sangre deje de tentarlo con cómo de bien se sentiría tomar todo el amor que Jeremy tiene en su tierno corazón y bebérselo de un gran sorbo.

Jeremy se sienta en el suelo con la espalda recostada contra la puerta y deja el rato pasar en silencio. Solo se atreve a hablar cuando, al otro lado, los jadeos de Aidan se han vuelto respiraciones profundas, lentas y controladas.

—¿Estás bien?

—¿Lo estás tú?

Jeremy sonríe dulcemente por la pregunta.

—Solo me has hecho un par arañazos y heridas, Aidan, no te lo tengas tan creído, ni me duelen ya —responde con tono burlón y una cálida ola de alivio inunda su corazón cuando escucha la grave risa al otro lado de la puerta —. Lo peor de todo ha sido solo que me he asustado mucho, no esperaba… nunca te había visto perder el control, eso es todo. Pero sé que es algo que pasa, que eres un vampiro y es parte de ti.

Aidan quiere sentirse tranquilizado por las palabras del chico, absuelto de algún modo, pero no lo logra. En ellas hay una tranquila aceptación que más que reparar las cosas, le hace sentir cada vez más rotas. Sus palabras están envueltas de la blandura y la suavidad de la decepción, de la familiaridad para con la idea de que las cosas buenas no duran o no son, en realidad, tan buenas como uno las había creído al inicio. Que Jeremy lo acepte, que lo ame incluso, no es algo que lo alivie, no sabiendo que Jeremy ha aprendido a aceptar una vida llena de miseria y dolor. Él no quiere ser una desgracia, una herida más en su vida, no quiere ser el dolor que acepta porque su piel ya conoce como curarse de las laceraciones, no quiere ser una tortura más que toma con los brazos abiertos porque su alma está ya tan magullada que unos golpes más no harán la diferencia.

Él quiere ser distinto de todo lo que Jeremy ha tenido hasta ahora. Quiere ser una luz que disipa las tinieblas que lo envuelven, quiere enseñarle cuán buenas pueden ser las cosas hasta que el chico sea incapaz de mirar atrás y comprender cómo pudo aceptar una vida así por tanto tiempo. No quiere ser una etapa más de oscuridad que se funde con sus otras noches, todas permeadas de esa decepción, ese cansancio, esa aceptación propia de un guerrero que se ha cansado de luchar porque sus ojos han perdido de vista la victoria.

—Podría haberte matado, Jeremy ¿Cómo puedes aceptar eso?

El tono de Aidan es venenoso, ácido escupido directo de sus labios al corazón de Jeremy. El chico sonríe, dolido <<¿Es mi culpa conformarme con cosas que no están bien cuando jamás he tenido otra opción?>>

—Bueno, si tengo que escoger cómo morir, creo que te escojo a ti —una risa coqueta escapa de sus labios cuando piensa en ello. Hay algo tierno, romántico incluso en la idea de las manos de Aidan aferrándose a él mientras toma su último aliento, reteniendo su cuerpo en este mundo mientras su alma ingrávida se le escurre entre los dedos como arena. Piensa en Aidan dejando su cadáver manchando de rojo y violeta sobre la cama con delicadeza, arropándolo, acariciándolo, adorando su piel antes de que el calor la abandone. Lo imagina cavando un agujero para él en la tierra fresca, depositándolo con sumo cuidado y rodeándolo de las más hermosas flores.

En comparación a eso, morir de hambre o frío en las calles, ser apuñalado, estrangulado o apalizado por un cliente insatisfecho hasta la muerte o contraer alguna enfermedad que le succione las fuerzas lentamente, como un parásito alimentándose de su desgracia, son muertes espantosas.

Y quizá él no puede pedirle al mundo una vida bonita, pero después del infierno que ha vivido, sí puede exigir una muerte hermosa.

—Ah, Jeremy… no… —se escucha un golpecito al otro lado cuando Aidan choca su frente con la puerta —eres tonto ¿Lo sabías? —pregunta entre triste y divertido y, al otro lado, escucha una risa aguda y adorable que no puede imaginar apagándose.

Aidan gira el pomo muy lentamente cuando siente que se ha calmado, que su deseo, todavía ardiente en su interior, es una llama y no incendio. Abre la puerta con las manos cálidas, temblorosas, y luego abraza a Jeremy. Lo abraza muy fuerte, pero también muy despacio, muy delicado en sus gestos, en la forma e que coloca una mano en la parte más delgada de su espalda y la otra en la parte de atrás de su cabeza.

Luego toma al chico en brazos y lo sube a la cama, junto a él, para besar sus mejillas, su naricita enrojecida y sus pequeños labios, recordándose a sí mismo que Jeremy es algo que tiene que disfrutar de poco en poco, gota en gota, con besos pequeños y sorbos apenas lo sacien, porque incluso si consumirlo entero puede darle el éxtasis más grande que pueda imaginar nunca, la soledad que vaya a dejar después es también de una basta profundidad que nada podría igualar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 92

 

Liu duerme bien esa noche, para su sorpresa. No hay pesadillas, ni sudores fríos perlándole la frente y empapándole el colchón, no hay pensamientos extraños en su cabeza que chillen las cosas más horribles que jamás ha pensado ni esa sofocante presencia como humano negro que lo envuelve cada vez que está nervioso y que parece llenarle los pulmones de metal. Solo está él, la suavidad de su cama, la lentitud de quien acaba de despertarse y está todavía amodorrado, el calor ocre del sol que, antes de ponerse, le acaricia el rostro con sus rayos desde el horizonte.

Y también hay, por supuesto, un pesado, gran brazo sobre su cintura manteniéndolo cerca, estrechándolo cuando osa alejarse. Una suave respiración en su nuca y la firmeza de un cuerpo demasiado grande para su cama acurrucado tras él, envolviéndolo con delicadeza.

Nunca pensó que dormir con Xander podría darle semejante paz, pero su presencia ha disipado todos los males que suelen hacer a Liu sentirse mareado y débil, que lo despiertan de madrugada y lo hacen ir dando tumbos al baño, su mano derecha palpando a tientas, saltándose el interruptor y buscando solo su bolsita llena de cuchillas metálicas.

Quizá, piensa, Xander ha repelido los males que acechan en sus pesadillas y que moran en los recovecos de su mente igual que su presencia repele a otros vampiros: porque él es más malo y más fuerte. Porque es peor.

Liu se deja hacer cuando el brazo sobre su cintura se afirma, atrayéndolo más fuerte. Siente la nariz fría del vampiro en su cuello, inhalando. Sabe que cuando el vampiro se despierte, quizá se topa con el Xander amable que lo visitó la noche anterior, ese que llena su soledad de conversaciones, caricias y palabras que atesorará siempre en su corazón a pesar de que vengan de una boca con colmillos. Sin embargo, también sabe que es posible que se encuentre con el otro Xander, con esa bestia cruel y malvada que no tiene interés en empaparse los labios de dulces palabras, solo de sangre, ese monstruo que lo mantiene atado a él y que, aunque a veces se ablanda y se compadece de él, otras es implacable.

Sería demasiada coincidencia, una suerte impensable incluso, que Xander fuese amable hoy también, es por eso por lo que el chico disfruta de ese abrazo, de la tranquilidad que le brinda, pues sabe que es finita y que la cuenta atrás ha empezado tan pronto el sol ha tocado el horizonte.

Ahora solo la mitad del astro se muestra. El cielo es de un color anaranjado que se funde en un rojo otoñal, como el de las hojas caídas. Es un color lleno de melancolía y Liu piensa que quizá es su anhelo por esa parte buena de Xander lo que pinta el cielo de ámbar y escarlata ese atardecer, quien baña el final de ese día con una triste súplica: <<No te acabes aún, por favor>>

Pero el día termina y pronto en el cielo ya no queda rastro alguno de los cálidos colores de hace unos minutos, solo un azul frío y profundo como el fondo del mar. Xander se remueve en la cama. Liu mira las estrellas. Las manos le tiemblan. Xander inhala profundamente en su cuello, recorriéndolo con la nariz y los labios.

Ve la luna llena y brillante como una moneda de plata. El corazón se le acelera. Xander desliza su brazo sobre la cintura del chico, rodeándolo, acercándolo a su cuerpo. Mira a los edificios a lo lejos, las ventanas iluminadas por las luces de dentro. Se le eriza la piel cuando escucha la grave voz de Xander y no es la voz del Xander amable de anoche.

—Relájate —el vampiro acaba de despertar y suena lento y ronco, pero aun así, Liu reconoce la intención tras su palabra: es una orden.

Hasta ahora, Liu no se había dado cuenta de que su cuerpo está terriblemente tenso. Sus extremidades tiesas como si tuviese alambre pues huesos y su espalda completamente envarada. Intenta adoptar una posición más natural, pero tan poco su cuerpo se destensa lo más mínimo, Xander hace con él lo que desea.

Pasa un brazo por debajo de su pequeña anatomía para poder tomarlo del rostro, sus dedos clavándose en las pecosas y blanditas mejillas del chico. Le mueve la cabeza a un lado, revelando su cuello, y lo hace estirar su cuerpo con la espalda arqueada y su trasero contra las caderas del vampiro. La otra mano, la que lo rodea por la cintura, lo mantiene en la posición con firmeza.

La lengua de Xander se desliza por su cuello y el chico se deshace en escalofríos. Su cuerpo, como es ya costumbre, lo traiciona. Xander lo ha entrenado para responder a sus toques y lo ha entrenado bien, así que el chico endurece obedientemente cuando la larga y carnosa humedad se desliza sobre su cuello, recordándole aquella vez que se enroscó sobre su excitación o cuando se hundió en su interior.

Liu no protesta. Incluso si no quiere ser un juguete en manos de Xander esa noche, sabe que ese es mejor destino que ser su víctima. Cuando el vampiro se presentó la noche anterior de la nada, cubierto en sangre y con una mirada inhumana, Liu pensó que ese sería el momento, que no había vuelta atrás. Y ahora lo sabe de nuevo, pero no tiene esperanzas de volver a retardar lo inevitable. No es tan egoísta como para desear otro golpe de suerte cuando sabe que no merecía tan siquiera el primero.

Xander besa y lame su cuello. Lo succiona fuerte. Doloroso. Liu siente el calor de la sangre acumulándose en el espacio entre los labios de Xander, siente su piel latir ahí donde el otro besa con violencia, como si estuviese chupando su sangre directamente de su corazón. Siente los vasos sanguíneos rompiéndose, formando un enorme moretón con la forma de la boca del otro, un anticipo de la unión cercana entre esos belfos y su sangre derramada.

Xander desliza una mano dentro de su camiseta de pijama, aprieta su suave tripa y luego su pecho raso, hiriéndolo pues los dedos se le clavan en las costillas y los dedos de Xander agarran como si tuviesen la intención de arrancar.

Otra mano, más impaciente, más exigente, hace lo mismo, pero bajo su pantalón. Liu jadea de la impresión cuando los grandes dedos cruzan su cadera, acarician su ingle y le abren las piernas sin reparo alguno. Su vientre se hunde y siente el corazón en la garganta.

—Xa-Xander… —murmura muy bajo, muy delicado, porque sabe que incluso su voz suplicante será tomada como una osadía por Xander si su interrupción lo incordia —Xander, tienes sangre en las manos… —no puede evitar lloriquear cuando lo dice.

Intenta mantenerse firme, se dice a sí mismo que cerrará los ojos fuerte, que soportará lo que el otro le haga y cuando se vaya olvidará, pero no puede. Xander no ha empezado aún y él ya está llorando. Llora sabiendo que la sangre seca que hace las yemas de Xander ásperas y sus palmas rojas pertenece a un humano, posiblemente un muchacho como él, cuya vida conoció a la muerte la noche pasada. La idea de ser tomado, sostenido con manos todavía teñidas de muerte lo hace sentirse repugnante, cómplice. No quiere gemir con el cuerpo salpicado de los restos de alguien que tuvo que irse gritando y llorando, no quiere correrse cuando esas manos grandes froten su intimidad con el rojo del crimen, no quiere ver en su cuerpo su semilla blanquecina tiñéndose del rojo de otro.

No podrá soportarlo.

Xander se levanta brusco de la cama. Sus gestos son sin duda los de un hombre irritado, pero no está atormentando a Liu por ello, así que el chico conserva una pequeña esperanza mientras se abraza a sí mismo y ve como el otro se despoja violentamente de su ropa. Tira su chaqueta al suelo, arroja el cinturón, se arranca la camisa tan repentino que casi la rompe.

Liu mira su espalda ancha y fuerte, los músculos marcándose y moviéndose cada vez que el hombre se inclina o se pone recto. Xander lo mira con impaciencia por encima de su hombre y dice, antes de dirigirse hacia el baño:

—Cuando vuelva, te quiero desnudo.

Liu traga saliva y asiente. Quiere agradecerle que vaya a limpiar la sangre de su cuerpo, incluso si el tono escarlata de su alma no podrá irse jamás sin importar cuantas veces intente purificarse, bañarse en buenas acciones, buenos pensamientos. Pero la voz no le sale ¿Cómo podría, cuando Liu sabe que cuando Xander vuelva, va a tomarlo? ¿Cómo agradecer al demonio que pese a conocer sus miedos y sus ilusiones, que pese a hablarle dulce y consolarlo, va a humillarlo de nuevo, a ultrajar su cuerpo y alma de un modo que sabe que romperá a ese chico cuyos pedazos a veces reúne con tanto esmero solo para volverlos a resquebrajar?

No hay forma alguna de que pueda obligarse a agradecer a su verdugo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 93

 

Liu se abraza a sí mismo en el lecho. Puede oír el agua de la ducha corriendo y sabe que mientras ese sonido flote en el aire, él aún está a salvo. Con los pocos minutos que ha tenido, el chico ha cambiado las sábanas, deshaciéndose de las que Xander manchó de sangre la noche anterior y cubriendo su cama de una fresca blancura. Sabe que no tiene sentido, que en unas horas la pureza de estas estará salpicada de sus lágrimas y su sangre, pero, aun así, le gusta conservar la ilusión de que todo está bien, de que estará bien.

Durante el tiempo que Xander ha estado en el baño, Liu también se ha desnudado. Ha deslizado el pijama fuera de su cuerpo con un gesto dolorido como si se quitase la propia piel y lo ha doblado y dejado pulcramente sobre su mesilla de noche ante de alisar todas y cada una de las arrugas de la cama. Siente, en cierto modo, que si ordena el lugar Xander tendrá más reparo en ser salvaje, en romper esa bonita suavidad de una cama bien hecha o de un cuerpo pálido sin demasiados moretones.

El sonido del agua se detiene. Liu sabe que tiene ¿Qué? ¿Diez minutos? Quizá ni eso, mientras el vampiro se seca. Mira su ventana, aún abierta y dejando pasar una suave brisa que eriza cada vello de su cuerpo, y piensa en huir, pero sabe que sus fantasías son tontas y su destino inevitable. 

<<Ayer lucía tan agresivo, tan posesivo… cuando vino estaba tan extraño. Está perdiendo la paciencia y temo que me mate esta noche si yo necesito ir demasiado despacio. Al fin y al cabo, lo único que necesita y deseo es mi cuerpo ¿Verdad? Poco le importa si hay vida dentro de él o no>>

La puerta se abre y Liu se encoge en la cama, abrazándose a sus rodillas y conservando todo lo que puede de su dignidad al ocultar sus genitales y parte de su rostro tras sus piernas. Xander sale del baño. 

Desnudo.

A diferencia de la de Liu, la desnudez de Xander no alberga una sola pizca de vulnerabilidad. Su cuerpo es imponente, de una altura inalcanzable para meros mortales y esculpido con los más perfectos dioses como modelo. Sus músculos son grandes y sus proporciones deslumbrante: las piernas fornidas y el pecho voluminoso, los hombros redondeados y anchos, pero la cintura atractivamente más estrecha, la espalda ancha, las piernas largas, los antebrazos recorridos por venas violáceas y gruesas que a veces también se notan en su cuello, alrededor de los músculos en forma de uve que señalan su sexo, como enredaderas enroscadas a las zonas más atractivas de su cuerpo, en sus manos, en… Liu traga saliva al fijarse, como no, en la entrepierna de Xander, erguida, dura y preparada para tomarlo tras una larga espera que necesita que le de dulcísimos frutos. Su pene tiene un tamaño que hace a Liu avergonzarse del propio y saber que incluso si el hombre lo tomase con gentileza, su cuerpo todavía se tensaría y su boca jadearía por el esfuerzo de tener que tomar una hombría tan grande en la estrechez de su cuerpo. Tiene la punta sonrojada y brillante, con forma de hongo, y el mango de su eje es largo y grueso, su anchura creciendo más y más cuando se aproxima hacia la base de donde una gruesa vena sale, recorriendo casi toda su longitud; sus testículos, como su virilidad, lucen grandes y pesados y Liu puede ver como se tensan cuando el hombre se rodea a sí mismo con la diestra y se masturba despacio, observándolo.

Xander anda hacia él, todavía con su hombría entre sus dedos que se deslizan arriba y abajo y el chico aparta la vista; es incapaz de entender como estando desnudo Xander puede moverse con semejante elegancia y destilando confianza en sí mismo por cada poro. Liu admira a Xander, en cierto sentido, y quizá es ese estupor, ese quedarse maravillado con el que lo observa lo que hace que el vampiro decida acercarse con cuidado al chico, como temiendo asustarlo. Sube a la cama desde el final de esta, gateando hacia la delgada figura desnuda que reposa en el centro e inclinándose hacia ella para posar sus labios sobre los de Liu.

El muchacho intenta corresponder a su beso, su lengua siguiendo a la del vampiro cuando esta se adentra impaciente en su boca y prueba cada rincón de su interior. El chico gimotea en el beso y siente manos grandes agarrarle de las muñecas, apartándole las manos de sobre el pecho, y luego de los tobillos, haciéndole abrir sus piernas para que Xander pueda acoplarse en el espacio entre ellas.

Liu siente la erección de Xander pulsar, caliente, firme y húmeda, contra su muslo mientras se besan. Y es un beso lento y hambriento, uno lleno de mordisquitos en sus labios y de belfos grandes y expertos adiestrando a los suyos con movimientos que lo hacen temblar de placer, pero aun así siente que es demasiado pronto. Que todo está sucediendo demasiado rápido.

Xander tan siquiera ha tallado su cuerpo con dedos grandes y fuertes que se hunden en sus curvas y acarician su piel, tan siquiera lo ha calentado con el aliento de largos besos que le hacen desesperarse o tampoco lo ha desnudado, sus manos desvelando su cuerpo despacio como un regalo. El vampiro solo ha tenido la cortesía de enjuagar de su cuerpo el rastro carmesí de su última cacería y demandar, sin preámbulo, el cuerpo de Liu servido en bandeja de oro.

Y Liu sabe que se trata de eso. De su cuerpo y su sangre, no de besos o caricias cálidas o alientos compartidos. No se trata de tener sexo con él, así como los amantes hacen, fundiéndose en un acto en que cada uno derrama un poco de sí, de su deseo, de su desesperación, de su amor, para crear algo maravilloso, se trata de follarlo, de morderlo, de hacerle algo a uno, pero solo para el disfrute del otro. Se trata de follar igual que uno caza o come, igual que uno consume: con la presencia del otro como un mero instrumento, una cosa que debe soportar ser usada y agradecer no ser desechada.

Liu suspira, triste, mientras siente los besos de Xander bajando por su cuerpo, sus manos abriéndole las piernas, los dedos ignorando su pene flácido que tanto ama ser encerrado en su firme puño solo para deslizarse a la apertura entre sus nalgas y presionar suavemente.

Liu mira hacia la ventana e finge que su cabeza es un ordenador y que puede modificar lo que siente a su gusto: bajar al volumen de los jadeos de Xander, el brillo de su blanco y enorme cuerpo sobre él, el dolor cuando dos dedos lo dilatan de golpe sin lubricante alguno y el muchacho siente que su cuerpo se rompe en mil pedazos otra vez. En lugar de atender a eso, Liu se centra en el cielo negro y las estrella. Trata de contarlas, de proyectarse en ellas hasta que su cuerpo es algo lejano y difuso y él parece ser un pececillo invisible nadando en el vasto océano del cielo.

Quizá, piensa Liu, su alma tiene forma de pez. Eso explicaría porque tan a menudo siente que se ahoga en el aire o porque ahora le resulta posible saltar fuera de su cuerpo y zambullirse en el lejano, lejano cielo.

Xander no es estúpido. No busca en Liu reacciones de placer o invitaciones a que lo tome, sabe que el chico se entrega a él solo porque de entre sus opciones, esa es la menos sangrienta, pero de todos modos nota que el muchacho ha dejado de responder rato atrás, cuando empezó a dilatarlo con sus dedos.

Su cabeza está volteada hacia la derecha, hacia la ventana abierta que deja entrar la brisa, y en esa posición el cabello le tapa el rostro, pero deja su cuello totalmente libre y disponible para él. Xander piensa que no hay motivos para quejarse, al contrario, Liu le está entregando su más absoluta y completa sumisión al yacer inerte como un muñeco creado para ser llenado con sus deseos, pero aun así hay algo que lo molesta en la quietud del chico, en su forma de dejarse hacer, no avergonzado o tímido, sino totalmente ausente. En esa extraña sumisión que luce más como abandono, Xander ve un atisbo de cómo se sentiría sostener a un Liu vacío de vida entre sus manos.

Se detiene de pronto.

Su pecho pesado, sus respiraciones agudas como agujas atravesándole los pulmones.

—¿Liu? —pregunta mientras le retira delicadamente el cabello del rostro.

El muchacho hace un gesto incómodo, pero nimio, cuando retira los dedos de dentro de él. Su boca está cerrada, los labios color melocotón prensados hasta que quedan pálidos, su ceño ligeramente fruncido y, bajo este, los enormes ojos chocolate se encuentran perdidos mirando el cielo, la pupila moviéndose un poco de vez en cuando, saltando de estrella en estrella como buscando en ellas un lugar habitable donde poder huir de las manos de Xander.

El chico no responde, pero traga saliva cuando Xander dice su nombre.

Y el vampiro, al no obtener respuesta, siente el silencio llenarse de tensión y rabia ¿Cómo osa Liu no responder? ¿Pretende quedarse así toda la noche, no hacer ningún ruido, no dirigirle ninguna mirada, no responder a ninguna de sus caricias? ¿Pretende fingir que Xander no es más que… que una molestia que, si ignora el tiempo suficiente, se irá?

<<Oh, cosa arrogante. Voy a arrancar una reacción de ti>>

Xander vuelve a empujar sus dedos en el interior del chico. Sus piernas están abiertas sin mostrar resistencia alguna y sus brazos se hallan tendidos a los lados de su cuerpo, pero nota al chico apretar alrededor de sus dígitos mientras los mueve violentamente adentro y afuera y también puede observar el brillo en sus ojos mientras las lágrimas empiezan a formarse.

Liu vuelve a empezar, porque se ha descontado y ya no sabe cuántas estrellas hay en el cielo, pero no logra contar más de diez o doce cuando el dolor corta el hilo de sus pensamientos como un cuchillo afilado. Puede sentir la red de la desesperación atrapando su alma de pececito, las cuerdas ásperas estrechándose contra su blando espíritu, arrastrándolo de vuelta a ese cuerpo que solo quiere que sea un cascarón, a ese cuerpo roto del que quiere escapar por las grietas, pero que es siempre al final una prisión de barrotes demasiado estrechos como para que quepa por ellos, incluso si a través de los espacios puede ver el mundo, el cielo, la lejanía, la luna, riéndose de él, burlándose de su destino.

No entiende qué ha hecho mal ¿Por qué Xander lo trata tan brusco ahora? ¿Cómo ha podido despertar su ira cuando solo quería evitar el dolor?

<<Quizá merezco el dolor>>

Xander debería estar orgulloso, cuando Liu rompe en hipidos y lloros, en gemidos de dolor y jadeos y esos movimientos tan bonitos cuando su cuerpo se tensa y se arquea bajo su toque, porque por fin ha logrado obtener esa reacción que tanto deseaba de él, pero, en cambio cuando sus ojos chocan contra la suavidad de la mirada del otro, cuando ve su iris usualmente cálido ahora anegado en lágrimas y desprovisto de brillo alguno se siente aturdido. 

Lo golpea la idea de que quizá Liu no vuelva a sonreír nunca más de ese modo tan maravilloso que él no puede quitarse de la cabeza, pues ahora en sus ojos hay una tristeza tan profunda, tan basta, que Xander no puede imaginarlos de otro modo que no sea ese.

El vampiro toma al chico con fuerza de las caderas y lo voltea en la cama, incapaz de mirarlo a los ojos. Liu hunde su rostro en la almohada queriendo hundirse en su blandura y escapar, pero aunque se nota mareado e ido tras un rato sin levantar su cabeza, no logra escapar del todo del duro mundo que lo rodea.

No escapa de las piernas grandes y fuertes de Xander, que se colocan entre las suyas y las abren de un movimiento rápido y seco. No escapa de la mano que le sostiene la cintura y lo obliga a levantar sus caderas, ofreciéndose, de los dedos que se le clavan terriblemente en las costillas cada vez que intenta moverse ni aunque sea un milímetro. No escapa del puño que encierra su cuello desde la nuca y lo empuja contra las sábanas.

No escapa del duro e implacable sexo de Xander empujándose entre sus piernas y abriéndose camino en su interior.

Liu grita contra el cojín, la suavidad de este recogiendo sus sonidos llenos de agonía como si fuesen algo digno de atesorar y el dolor en su interior haciéndose más y más intenso por cada centímetro que el otro logra deslizar en su interior. Siente que sus entrañas arden como si el mismo diablo estuviese escupiendo en ellas su semilla, que su cuerpo pequeño y frágil, que está rompiéndose de un modo irreparable, que sus pulmones queman y sus ojos escuecen, que ni todos los gritos y lágrimas del mundo van a lograr sacar de su cuerpo una millonésima parte del dolor que siente incrustado dentro de él, ese dolor hondo y punzante y ácido como una espina que por cada mal movimiento se empuja más bajo la piel cortando y punzando todo a su paso.

—Por favor… por favor… —el chico murmura, girando su rostro para despegarlo del cojín empapado en lágrimas y saliva, para poder tomar una bocanada de aire que lejos de ser fresco se siente como un aliento cálido y lascivo —haz lo que desees, pero sé rápido y déjame… deja de hacerme daño, por favor.

Alexander quiere atender a las súplicas del pequeño humano bajo él. Quiere ser compasivo y dejarlo en paz, quiere marcharse, hacer lo correcto. Pero toda su existencia es un error ¿Cómo resistir entonces el tirón que siente hacia las decisiones más viles, esa fuerza natural, más grande que él, que le empuja a ser la clase de criatura que Liu no necesita?

Rodea la cintura del chico, no con ambas manos, sino con una. Jadea virilmente ante la visión.

Le hace sentir tan grande, tan poderoso, ser capaz de rodear la estrechez del chico con una sola de sus manos. De realmente quererlo, podría cerrar fuerte sus dedos alrededor y mover al chico arriba y abajo como un juguete sexual al que deslizar sobre su polla a placer.

No lo hace, aunque se tiene que morder el labio hasta que una gota de sangre recorre su mentón. No lo hace, aunque no tiene voluntad suficiente para marcharse tampoco.

No lo hace, porque piensa que incluso si no es capaz de bondad, es capaz de una pizca menos de maldad. Pero sabe que Liu merece algo más que eso, solo que la vida es injusta a veces. 

No lo hace, pero…

<<Hazlo>>

Xander jadea. Una fuerza lo atraviesa como un vendaval que le sacude el alma entera. Manos invisibles tocan cuerdas en su interior, hacen sonar más alto su deseo, más baja su compasión.

<<Hazlo. Toma lo que quieras de él. Mátalo si te apetece>>

Xander intenta negar con la cabeza, pero se siente mareado ¿Cuánto lleva conteniendo la respiración? ¿Desde cuándo su voz interior suena tan alto y con ese tono… ese tono familiar pero que no es exactamente el suyo? De hecho, no está seguro de cómo suena la voz dentro de su cabeza exactamente, pero sabe que hay algo distinto esta vez.

No es una voz que viva ahí, sino una que se le está clavando desde fuera, como un susurro en su oído, una flecha en su cráneo.

<<Hazlo. Toma lo que desees>>

De pronto, las ideas no se sienten como ideas. <<Mancíllalo>>. Los deseos no se sienten como deseos.  <<Muérdelo>>. Sino como órdenes.

<<Mátalo>>

¿Está hablando acaso el monstruo que lleva dentro? ¿La criatura vil que lleva siendo por años y que ahora ha intentado enmascarar unos meses como si con eso pudiese borrarla de su existencia? ¿Es algo más?

Pero Alexander no puede permitirse seguir pensando en ello, no cuando su mente está embotada de deseos y tiene entre sus manos la posibilidad de cumplirlos.

Aprieta las caderas de Liu fuerte con sus dedos hasta escucharlo quejarse porque puede hacerle daño si quieres. Y quiere. Lo desliza hacia abajo lento pero despiadado, ignorando sus súplicas, sus ‘’por favor, espera’’ cortados por jadeos, sus gemidos de dolor hermosos y sus lágrimas, hasta que el chico rodea por completo su virilidad y puede sentir su suave, cálido y húmedo interior apretándose contra él.

<<Hazlo>> le repite la voz de su interior y ahora esa presencia pesada y ese tono que le suena familiar pero no es suyo, se funde con su propia voz. Ahora el <<hazlo>> no es una orden que no sabe de dónde ha salido, sino su propio deseo hablándole.

Así que ¿Por qué contenerse más? Esa es la noche que todo termina, la noche que por fin podrá desprenderse de su estúpida obsesión con Liu, del trato que hizo con él y que le ponía correa y bozal a sus deseos. Es la noche en que mudará de piel y dejará atrás esos lastres extraños que llevan noches haciéndole sentir pena, compasión y empatía y que volverá a renacer y ser el mismo de siempre.

No tiene sentido que se siga conteniendo.

Capítulo 94

 

Se empuja fuera y dentro de Liu con un ritmo desenfrenado, salvaje, ajeno a cualquier cosa que no sea el placer de un cuerpo menudo temblando bajo el suyo, el gusto de su carne húmeda, caliente y virginal apretándose contra su tamaño por la violencia de sus embestidas. Xander se siente perderse en ese delicioso goce, en el ruido húmedo de su piel chocando contra la del chico, de sus sollozos y sus murmullos sin sentido, de sus jadeos ahogados porque no espera a que el chico pueda volver a tomar aire antes de tomarlo él y empujarse tan hondo que cuando toca el vientre pálido de Liu con la palma de su mano puede sentir su sexo mismo empujar su interior.

Xander se deja llevar como si esa fuese su última noche en la tierra. Toma lo que Liu jamás quiso darle como si fuese su derecho hacerlo, despoja al chico de cualquier ilusión de que el Xander amable que a veces lo visita y que le habló anoche tan dulcemente sea más que una mera máscara que Xander pone a veces sobre su rostro de demonio para mantenerlo tranquilo, dócil. Para obtener lo que quiere.

La noche, para Xander, es un corto éxtasis y para Liu un infierno eterno, oscuro y sin siquiera la compañía de las llamas. El chico se aferra a las sábanas y muerde la almohada mientras llora como si quisiera echar sus ojos mismos derretidos en cálidas lágrimas, intenta no hacerlo, no centrarse en ello, pero siente por completo como el otro lo humilla.

Siente su tamaño, su grosor, cada centímetro en él y cada pedazo de su hombría que se desliza fuera de su interior para luego volver a hundirse, nota la henchida vena en la base del eje del otro, su contorno serpenteante fuera y dentro de él, nota los muslos grandes de Xander empujar sus endebles piernas hasta que le duelen, nota las manos, las lamidas, los labios que cierran entorno a la piel de sus omóplatos y succionan hasta dejar su espalda llena de moratones, como si en ella alguien hubiese arrancado con violencia unas angelicales alas.

Lo peor, sin embargo, no son esos posesivos y violentos besos, siquiera es la forma brutal en que el otro le toma de la cintura casi sin dejarle respirar y lo mueve como a un juguete amoratado y roto, lo peor es el pequeño, gentil beso que Xander deja sobre su cuello. Lo peor es saber que no es un acto lleno de afecto y ternura sino su boca buscando un delicioso lugar donde morder.

Aun así, se siente tan delicado que Liu agradece ese contacto y en ese preciso instante se da cuenta de algo que le hace querer volver a enterrar la cara en la almohada y dejar que todo se vuelva negro: se odia a sí mismo mucho más de lo que jamás será capaz de despreciar a Xander. E incluso si se libra del vampiro, Liu siempre tendrá que vivir consigo mismo. La idea le lleva resultando difícil años, pero ahora el peso sobre su espalda se siente como si fuese a pulverizar sus huesos ¿Cómo podrá mirarse al espejo sabiendo que pese a todo lo que Xander le ha hecho, todavía ansía sus besos tiernos? ¿Cómo podrá llorar o cortarse porque lo que el vampiro le ha hecho le duele si sabe que mientras era violado bastó un nimio roce de sus labios para consolarlo? ¿Cómo llamarse a sí mismo víctima y pedir la compasión que a estas se les da cuando en sus peores momentos piensa en las palabras gentiles de Xander para animarse, en sus caricias, para poder dormir, en sus labios besándolo, para cuando deseo y soledad se unen y él necesita llevar sus manos a su excitación para hacerla callar?

<<¿Cómo voy a sentirme mal por mí mismo cuando solo estoy obteniendo las cosas que merezco, las cosas por las que pido, las cosas que deseo?>>

Liu no puede sino agradecer a Xander cuando el vampiro entierra sus dientes profundo en su cuello y su cabeza se queda totalmente en blanco. Como cuando se corta, en su cuerpo no hay espacio ya preocupaciones o dudas o pensamientos que parecen una espiral sin fin, solo para dolor y sangre y ese agradable cosquilleo que uno siente en las puntas de los dedos antes de que el mundo se empiece a volver negro.

A pesar de la piel rota y desgarrada de su garganta y a pesar de que el calor que siente en sus piernas no es la semilla de Xander, que ahora se derrama en su interior, sino la sangre que escurre de su interior roto y maltratado, la última sensación que Liu recuerda antes de desmayarse, no es el dolor.

Es ese estúpido, insignificante y malditamente tierno beso en el cuello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 95

 

Cuando Xander vuelve a casa esa noche no limpia de su cuerpo la sangre de Liu. No la enjuaga con una toalla húmeda antes de que se seque ni se la frota con las manos para arrancársela cuando esta se convierte en una costra seca sobre sus labios, su cuello y su pecho. La deja enfriarse, endurecerse. Convertirse en un armazón, una piel escamosa, tirante e incómoda. La deja en su cuerpo el tiempo suficiente como para que ya no le parezca deliciosa, como para darse asco a sí mismo.

No habla con Aidan esa noche, aunque el pelinegro huele la sangre de Liu en él y lo bombardea a preguntas.

<<¿Estás bien?>> le dice al final, antes de que le cierre la puerta de la habitación en las narices. Xander no quiere ser borde con su mejor amigo, pero no sabe cómo responder, no cree que tenga derecho a hacerlo ¿Por qué debería merecer un hombro sobre el que llorar cuando Liu está totalmente solo en el mundo? El dolor de Liu es algo que él ha decidido infligirle y el suyo propio no es más que la consecuencia de sus acciones, no merece aliviarlo.

Cuando el día pasa y la noche vuelve a caer de nuevo, Xander no se atreve a volver a visitar a Liu. En su lugar, deja que su olfato le guie, buscando como un alma en pena el olor de las sangres que ayer tomó antes de arrebatarle a Liu la suya junto a la poca dignidad que le había permitido conservar hasta el momento.

No halla una coincidencia exacta, pues mató a todos los humanos de los que bebió en aquel piso la noche anterior, pero a través de la familiaridad de sus aromas, Xander es capaz de rastrear a sus padres, a sus hermanos y hermanas, a sus abuelos.

Observa silencioso por la ventana como padres que han sido duros como la roca toda una vida se desmoronan en el suelo llorando porque su hijo no volverá a casa y en el lugar de su ausencia nunca será traída ningún tipo de justicia. Ve a madres gritar como solo ha oído a animales rugir y berrear, un ruido primitivo, crudo, saliéndose de las entrañas como si le arrancasen el alma de las tripas cuando saben que un pedacito de ellas, su niña perfecta o su hijito del alma, no son ahora más que un pedazo de carne sanguinolenta que deben identificar viendo trozos de su pierna o de su brazo e intentando hallar en ellos esa marca de nacimiento que tanto le acariciaban de bebé o esa cicatriz que se hicieron jugando en el parque cuando apenas sabían sostenerse sobre sus piececitos. Ve a hermanos pequeños no comprender y a hermanas mayores entender demasiado, ve en sus ojos un dolor que no es capaz de ser borrado en una vida entera.

Y sabe que esos dolores no son más que un efecto colateral de lo que para él fue un ratito de diversión. Las ruinas que quedan después de romper algo precioso como una vida solo porque es divertido ver los pedazos brillar antes de apagarse por siempre.

Pero no visita a Liu.

No soportaría verlo a él portando esa carga, no sin que el impulso de acercarse a él y ayudarlo y besarlo y sostenerlo entre sus brazos lo dominase y no puede permitirse eso. No porque Liu no fuese a dejar su peso entero en él y confiar ciega, bobamente en que sería sostenido, sino porque Xander sabe que no merece el alivio de Liu mirándolo como a un salvador una vez más. Él no es un héroe. No puede. No debe.

Ha nacido como un monstruo y como eso morirá, incluso si los sentimientos que afloran en su pecho son ahora humanos, incluso si no hay nada más frágil que las raíces de ese dolor que se extienden por su corazón perforándolo como mil agujas.

Cuando retorna a casa esa noche portando aún la sombra de la sangre de Liu en su barbilla y sus comisuras, sabe que tiene que tomar una decisión.

Puede elegir a Liu. Puede quedarse a su lado y aceptar los sentimientos humanos hermosos que empiezan a aflorar en él, como plantados en el campo estéril de su pecho por la bondad de Liu. Pero eso significaría también aceptar una carga enorme: de la mano del amor deben venir, necesariamente, la compasión, la empatía y la dulzura. Y tan cálidos sentimientos desharían la capa gruesa y dura de hielo que Xander lleva años construyendo para que lo proteja del peso de la culpa de sus acciones. Aceptar lo que siente por Liu significaría aceptar el dolor, la vergüenza, la irreparabilidad de sus errores. Significaría ver con ojos humanos el infierno. Sentir con un corazón humano sus monstruosos actos.

Puede, por otro lado, renunciar a ello, endurecerse de una vez por todas y destruir ese punto débil y dulce que se convertirá en su perdición. Puede matar a Liu y, con ello, enterrar cualquier atisbo de humanidad. Puede olvidar lo que el mortal le ha enseñado y rendirse, en cambio, a las lecciones de sangre y crueldad que su maestro ha vuelto para darle. Pero la idea le resulta tan reconfortante como insoportable.

Luego, finalmente, hay una tercera opción que se sostiene sobre el delicado y tenso equilibrio entre ambos extremos. Una opción que le permite a Xander dar la espalda a la abrumadora humanidad que está despertando en él sin la necesidad de mancharse las manos de la sangre del ser al que más ha deseado en el mundo. Puede perdonar la vida a Liu y solo a Liu. Hacer un único e irrepetible acto de bondad: liberarlo de su poder. Desaparecer de su vida mientras él sigue indiferentemente destruyendo la de los demás humanos. Tomar de él lo que desea sin miramientos, como Mörblut le ha enseñado, como hizo pocas noches atrás, pero darle un único regalo: perdonarle la vida, pues Liu le ha enseñado que es valiosa.

Y Xander sabe que opción va a escoger, porque siempre supo que su bondad era limitada, pero ahora descubre que su maldad también lo es y que, a veces, necesita un poco de ambas para seguir existiendo sin que algo se rompa en él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 96

 

Aidan aguza su oído cuando escucha el sonido de la ducha y, después de los pasos húmedos de Xander de vuelta a su habitación. Por varias noches, el vampiro se ha comportado más bien como un zombi cubierto de sangre seca, silencioso y vagando sin rumbo por la ciudad y de vuelta a su madriguera antes del amanecer.

—Para la película —le dice a Jeremy, que está medio dormido y acurrucado entre sus brazos con las mejillas llenas de pedazos de palomitas de maíz. El muchachito cabecea un poco, pero obedece y luego se voltea hacia Aidan cuando lo nota removerse para salir del sofá —, ahora vengo. Tengo la sensación de que Xander está un poco más… comunicativo.

—Intenta averiguar si el humano aquel… si Liu está bien. Sé que no lo conozco, pero sí conozco la sensación de que Alexander siendo cruel conmigo y, no sé, me preocupa.

Aidan sale del sofá asegurándose de envolver a su precioso humano con mantas para mantenerlo caliente y a gusto, y le besa la coronilla.

—De acuerdo, vuelvo en unos minutos. No te quedes dormido ¿Si?

—Haré lo que pueda —dice con una adorable risilla en sus labios. 

Aidan sonríe con dulzura y desaparece escaleras arriba. Una vez se ha marchado, Jeremy se hunde en la crisálida de mantas que el otro le ha formado y suspira largamente. La vida con Aidan es tranquila y pasa despacio, como los días de verano cuando uno es pequeño y pasa el día entero dejándose acariciar por el sol. Aun así, las cosas han estado extrañas últimamente: Aidan sigue sin salir y su actitud, más que pegajosa, es sobreprotectora. Se irrita con facilidad y Jeremy sabe que es el hambre, pero el vampiro se aleja, frío de repente, cuando él se le ofrece. Y el errático comportamiento de Xander no hace más que empeorar la situación. Aidan está preocupado por él y Jeremy asustado de él.

Luego está Mörblut. Es extraño vampiro del que solo conoce el nombre y el pavor que lo inunda siempre que su presencia está cerca.

Esa criatura enorme y misteriosa como el tiempo mismo que aunque rara vez los visita, fue el inicio de lo que Jeremy no sabe cómo llamar, pero que se siente demasiado como el fin de algo. De pronto, Jeremy siente un tirón de puro terror en su pecho.

<<¿Tan fuerte es la influencia de ese vampiro sobre los demás que me causa temor incluso al solo pensar en su presencia?>>

Mientras Jeremy siente su corazón acelerándose, en el piso de arriba Aidan piensa que el suyo lo haría si aun latiese. Xander ha abierto la puerta antes siquiera de que él llegase a rozarla con los nudillos y lo mira con los ojos apagados, el fulgurante rojo que antes se hallaba en su pupila ahora reducido a un mate y muerto tono grosella.

—Xander ¿Qué ha-

—Todo está bien, Aidan —dice con una voz suave e hipnótica. En sus ojos hay una dureza inmensa que contrasta con lo aterciopelado de sus palabras.

—No pareces bien —responde el otro dando un paso al frente y adentrándose en el dormitorio de su amigo.

Extiende sus dos manos con las palmas ahuecadas para tomar con delicadeza el rostro de su amigo, sostenerlo como una flor cuyos pétalos marchitos podrían quebrarse, pero Xander lo agarra con fuerza por las muñecas antes de que pueda rozar su piel. Aidan jades por la brusquedad con la que es apartado.

—No deberías cuestionarme tanto, Aidan —añade el otro con una sonrisa irónica y un tono en su voz que advierte al vampiro más joven del peligro —. Todo está bien. He obtenido lo que deseaba de Liu: lo he poseído. Lo he usado a mi gusto y ahora simplemente no me interesa más. Estoy realmente satisfecho, es solo… la proximidad con un humano me ha pegado manías estúpidas, sentimientos inútiles, y ahora necesito un… un tiempo para ayudarme a curarme esa afección humana, para volver a ser quien era. Eso es todo.

Aidan traga saliva. Conoce esa voz, ese tono, esa forma de moverse, de sonreír, de actuar sutil y seductor y siseante como una serpiente, de sonar fascinante y poderoso, de gesticular hipnótico, lleno de convicción, de pronunciar cada palabra con seguridad.

Conoce esa forma de comportarse de Xander, pues es convincente pero solo él ha pasado suficiente tiempo a su lado para saber que es pura fachada. Es esa máscara de encantadora criatura de la noche que se pone cuando quiere no ser él mismo, cuando quiere solo interpretar el papel del asesino confianzudo o del íncubo lascivo, cuando no quiere tener nombre y ser simplemente un demonio. Es el velo tras el que se oculta cuando algo es tan malo como para hacerlo querer esconderse.

—Entonces ¿Has matado a Liu? —pregunta Aidan sin demostrar que sospecha ya la respuesta.

Entonces lo ve: una grieta en la máscara, un desliz en la actuación. El ceño de Xander se frunce, sus labios se mueven sin que diga nada y juraría que puede sentir desde ahí el terrible nudo en la garganta que le provoca la sola mención de esa idea.

—No me interesaba tomar su vida —dice despreocupadamente el rubio, su media sonrisa confiada todavía en su rostro y sus ojos vacíos inquietando a Aidan —, solo su cuerpo y su sangre.

—Xander —Aidan procede con cautela, llamando su nombre con sensibilidad, hablando despacio y observando las reacciones del vampiro a medida que las certeras palabras salen de su boca y asestan golpes fatales a la máscara de tranquilidad que el otro porta: —nunca has dejado vivir a un humano que has deseado que sea tuyo ¿Pretendes hacerme creer que perdonarle la vida a Liu ha sido algo… casi accidental? No hace falta que finjas conmigo, Xander, lo sabes. Me ofende que pienses que tienes que ocultarme algo, pensé qu-

—No. Estoy. Fingiendo.

Aidan retrocede unos pasos cuando el otro avanza hacia él con grandes y sonoras zancadas y los puños tan apretados que sus nudillos se ponen pálidos. Sin pretenderlo, Aidan empuja la puerta con su espalda hasta cerrarla y Xander termina acorralándolo contra esta, su voz ahora ronca y sin finura y su rostro antes socarrón distorsionado en una mueca de ira que le hace mostrar sus colmillos y fruncir duramente su ceño.

—Aidan, más te vale que dejes de insinuar cosas que no son o-

—¿Entonces puedo matarlo?

Xander deja de ser intimidante de pronto. Su rostro, antes que el de un demonio iracundo, ahora parece el de un niño confundido y asustado, como si las palabras de Aidan lo hubiesen abofeteado de improvisto.

—¿Qué? 

—A Liu. Ya no te interesa y lo has dejado con vida solo porque no te apetecía matarlo, pero a mí sí. Ya no es tuyo así que ¿Puedo?

El rubio aprieta sus labios y traga saliva. Mira a Aidan intensamente, como valorando la situación, calculando cuál sería el costo de dejarse llevar por ese impulso que le dice que le arranque la garganta a Aidan de un zarpazo para que no pueda pronunciar más unas palabras tan llenas de osadía.

Sin embargo, una mano se pone de pronto en su hombro. Es amable y cálida, como la mirada que le arroja ahora Aidan, tan llena de comprensión y casi de pena que el rubio siente ganas de echarse a llorar ahí mismo.

—No lo haré, Xander, solo me basta con ver tu reacción para confirmar lo que quería saber. Liu te importa, te sigue importando. —Xander se muerde el labio y mira a otro lado, maldiciendo internamente. La voz de Aidan es tan reconfortante que quiere ceder, ser débil, convertirse en lágrimas y dejar que el otro lo recoja.

—No debería.

—Pero lo hace.

Xander balbucea. No puede responder, no cuando su garganta es un nudo gigante de sentimientos e instintos que se contradicen, de obligaciones que siempre creyó inclinaciones y de imposibilidades aberrantes que ahora se sienten demasiado sencillas, demasiado correctas.

En lugar de hablar, Xander se inclina contra su amigo y se deja abrazar. Aidan pasa las manos por su espalda con cuidado, acariciando y calmando a su amigo.

—Tengo que alejarme de él, Aidan, tengo que alejarme para siempre. Me está cambiando. Me dan miedo las formas en que me está cambiando.

Su voz es desgarradoramente honesta. Aidan jamás le ha escuchado sorber sus palabras de ese modo, titubear con nerviosismo. Cuando Xander habla su voz es siempre algo melodioso y lleno de deseo, ya sea bajo la imperiosa forma de la orden o la amenaza o bajo el más sutil disfraz de la seducción, de la propuesta o el coqueteo. Ahora suena solo a confesión.

A una súplica por perdón dirigida a un dios demasiado hueco y distante como para obtener jamás respuesta, pues Aidan sabe que esa súplica rebota en el interior de Xander, que es él quien debe perdonarse a sí mismo por traicionar a su naturaleza, pero es él también quien ansía pedir permiso para volverlo hacer.

—¿Pero no te gusta, acaso? —dice el hombre de cabellos negros con un tono suave, casi arrullador. Le acaricia la melena aurea a Xander mientras habla, como un cuidadoso niño peinando a su muñeca favorita —Las noches que has pasado con él has cambiado, sí, pero seguías siendo tú mismo, en cierto modo, un tú más confundido, pero también un mejor tú. Te he visto más feliz, Xander, incluso si no estabas saciado ¿Por qué renunciarías a eso? Yo jamás renunciaría a Jeremy.

—No quiero ser débil.

La forma en que Xander escupe esas palabras es tan inmediata, tan honesta, que Aidan se congela unos segundos. No puede ocultar el dolor en su rostro y en su voz cuando pregunta:

—¿Crees que yo lo soy por sentir lo que siento? —del mismo modo, Xander no puede ocultar su respuesta bajo el silencio que la sustituye.

Aidan ríe al rato, una risa ácida y dolida. Luego habla, suave todavía, pero con el melancólico tono de la decepción flotando en cada palabra:

—Ya veo. Pero incluso si soy débil, no soy tan desdichado como tú ahora ¿No es así? Al final, tú sientes más dolor ¿No es eso un síntoma de debilidad también? No tienes por qué alejarte de él, puedes… yo y Jeremy est-

—¿Te quedarías junto a Jeremy si él pensase en morir por tu culpa? —la respuesta de Xander vuelve a estallarle en la cara y Aidan se muerde el labio solo de escuchar esa espantosa idea. Pese a ello, Xander sigue bombardeándolo con sus despiadadas preguntas —¿Si necesitase hacerse daño para soportar tu presencia? ¿Te gustaría pasar una eternidad a su lado, aunque para él sea un infierno y aunque tú seas un demonio que no merece ese cielo?

Aidan deja pasar unos segundos para que Xander se calme. El vampiro rubio se arranca de su abrazo con un gesto orgulloso, dolido.

—Xander, no tienes por qué hacerle daño. No tienes por qué ser su demonio. —el otro ríe sardónico y niega con la cabeza.

—Pero ya lo he sido. Lo soy desde que tengo memoria, Aidan, no sé ser otra cosa —admite, la sonrisa se ha desdibujado por completo de sus labios y en su rostro solo queda una expresión pensativa y estoica —Por eso pienso que quizá debería dedicarme única y exclusivamente a aquello para lo que he nacido.

Xander se aleja unos pasos y le da la espalda a Aidan mientras pasea de un lado a otro de la habitación distraídamente, cavilando.

—Haz lo que sientas correcto, Xander —responde Aidan finalmente. Su tono suena derrotado —. O no hagas nada, no aún, puedes tomarte un tiempo para pensar y despejarte antes de tomar una decisión.

Xander se voltea hacia él con los ojos iluminados.

—Sí, eso es, necesito dejar mi mente en blanco unas noches. Necesito distraerme, creo que saldré a cazar.

Aidan tuerce la boca y asiente, pone una mano en el hombro de su amigo y le da un apretón amistoso con ella a modo de despedida.

—De acuerdo… —le dice con amabilidad, lanzándole una última mirada compasiva y dejándolo solo en su dormitorio de nuevo.

Cuando Aidan se aleja de la habitación y la presencia de Xander deja de abrumar y opacar sus sentidos, el vampiro escucha un golpeteo rápido y agitado como las alas de un colibrí y baja de pronto las escaleras, reconociendo de inmediato el sonido del corazón aterrado de Jeremy.

Cuando por fin ha llegado al comedor, comprende su pavor.

—Oh, hola —dice una voz en exceso dulce y amable, tanto que a Aidan le resulta burlona.

Pero el vampiro está demasiado petrificado como para responder o moverse. Solo puede mirar, atónito, cómo Mörblut le sonríe y ondea su mano para saludarlo mientras con la otra sostiene delicadamente la garganta de un aterrado Jeremy.

Los ojos aguamarina y anegados del muchacho lo miran de lado suplicando por ayuda y Aidan siente la ira burbujeando en su interior como lava ardiente a punto de estallar.

Siente el calor en sus encías y los filos de sus dientes que crecen afilados, en sus dedos y garras, en los músculos que sabe que necesitará tensar para agarrar a Mörblut por el rostro y hundir sus dedos bajo la piel, para tirar y arrancar despellejarlo de un solo movimiento para que ni una célula de su cuerpo que haya podido tocar a su bonito humano siga pegada a su ser.

—Qué haces —las palabras erupcionan de su boca no como una pregunta sino como un rugido contenido.

Mörblut lo mira extrañado, como si no viese el motivo de su ira, y luego rompe a reír y suelta el cuello de Jeremy para alzar sus manos en señal de paz.

—Perdona que haya tocado tu comida. Estaba esperando ver a Xander y no quería interrumpidos, así que me he tomado la libertad de curiosear tus cosas —explica extendiendo su palma hacia Jeremy, señalándolo de forma despectiva mientras el chico recula poco a poco hasta que sus corvas chocan con el borde del sofá y cae de culo en este, incapaz de volver a ponerse en pie ahora que sus piernas tiemblan como gelatina —, no te importa ¿No? No lo he usado ni nada, solo quería verlo un poco. Es inusual, muy bonito.

—No lo vuelvas a tocar.

El comentario desconcierta visiblemente a Mörblut que alza sus cejas al oír el tono rudo del otro en vez de un agradecimiento por su halago a su bien gusto y luego responde con una voz que ya no destila la falsa amabilidad de antes. Esta, ronca, fría y monstruosa, eriza la piel de Aidan como si aún fuese un mero mortal.

—No me des órdenes —sisea y antes de que Aidan se dé cuenta, es su garganta la que está siendo envuelta por la mano del pelirrojo. El terror los recorre como electricidad, pero aun así prefiere eso a que Jeremy esté en su lugar —. Si no quieres que lo toque —sus dedos se clavan en los lados de la tráquea de Aidan, haciéndole quejarse —, vas a pedirlo, no a exigirlo ¿Estamos? Vamos, dame una puta respuesta.

El pelinegro mira a un lado, humillado. Ama la forma en la que Jeremy lo sigue como un cachorrito, en que se oculta tras su espalda cada vez que oye un ruido que lo hace saltar y en que besa y adora sus manos mientras le halaga diciéndole cuan poderosas y fuertes son, cuan agradecido está de que lo acaricien en vez de romperlo. Ama saber que, para Jeremy, él es la criatura más poderosa que ha conocido. Lo era.

—Sí —dice con voz ronca, hablando con dificultad. La presión en su cuello aminora y él hace su mejor intento por no lucir aliviado por la compasión del otro —. Entonces, te pido que no toques a mi humano. Por favor.

Mörblut sonríe. Quizá Aidan no ha suplicado con sus palabras o con su voz firme y ruda, pero sí con esos ojitos de cachorro que lo mira nervioso, saltando de pupila en pupila, buscando en el hermetismo de sus ojos algún indicio de que no matará a su preciado mortal. El pelirrojo sonríe, satisfecho, y da un par de palmadas en la espalda de Aidan.

—¡Tus deseos son órdenes! —su tono, así como su expresión, es de nuevo jovial y amable y aunque cada palabra está caramelizada en falsedad, Aidan lo prefiere a su faceta más cruda y real. Esa que le recuerda su lugar —Voy a ver a Xander, ahora que has terminado de hablar con él, espero que esté de humor para cazar —sus ojos se deslizan en una suave moción de Aidan al humano acurrucado en el sofá, mirándolo con temor. Sus pupilas conectan con las de Jeremy y, relamiéndose, agrega: —, me muero de hambre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 97

 

—¿Estás bien? —Aidan acoge a Jeremy con fuerza entre sus brazos. Por unos instantes, el muchacho es incapaz de responder siento aplastado contra los fuertes pectorales de su amante, pero luego logra forcejear y zafarse un poco de la tenacidad de su abrazo.

—S-sí, estoy… no pasa nada. No me ha hecho nada —explica intentando calmarlo, pero el pánico todavía se cuelga de su voz haciéndola temblar y debilitarse y cuando Jeremy se da cuenta de lo patético, de lo vulnerable que suena, rompe a llorar y se hunde de nuevo en el pecho de Aidan mientras solloza.

No le importa que Aidan no sea el vampiro más poderoso de ese lugar, no le importa que otros puedan hacerle doblegarse como a él le han hecho doblegarse antes tipos con manos grandes y anillos de oro en los dedos. Pero, aun así, ver a Aidan teniendo que pedir por su vida, porque le dejen conservarlo, como un niño que pide a sus papás que no se deshagan de su juguete favorito, le ha hecho sentir que todo es frágil de nuevo.

Que Aidan, su héroe oscuro que lo ha salvado de una vida de miseria, hambre y frío y que parecía el pilar más sólido donde sostener su vida, nueva y maravillosa, es ahora un cimiento de arena que se deshace poco a poco ante las olas de un mar feroz que lo rodea. Mörblut no le ha recordado solo su lugar, sino algo peor: que en cualquier momento pueden volver a arrebatarse ese huequito cómodo que Aidan le ha procurado alejado de la pesadilla que era su vida.

Y Aidan sabe que poco puede hacer para consolar al chico ¿Acaso sería justo prometerle que va a protegerlo del pelirrojo del mismo modo en que lo protegió de esos hombres que pretendían desguazarlo como a un coche viejo cuando esta vez no es cierto, cuando sabe que no podría siquiera entretener a Mörblut por diez segundos antes de que lo redujese a la nada y fuese a por su presa humana? ¿Acaso puede decirle que, de algún modo, incluso si él no puede protegerlo de las amenazas, todo estará bien? ¿Cómo podría mentirle de un modo tan descarado si precisamente es la incertidumbre lo que lo mantiene siempre cerca de Jeremy, no exactamente para salvarlo, sino casi desesperado por disfrutarlo antes de que el cruel mundo se lo arrebate?

Incapaz de hallar palabras que pueda ofrecerle consuelo, Aidan toma a Jeremy entre sus brazos y lo alza hasta que el chico hunde su rostro húmedo en su cuello y rodea sus caderas con la ternura de sus muslos. Lo estrecha cerca y desliza su mano por la espalda del chico mientras suben las escaleras.

—P-pensaba que iba a matarme —solloza Jeremy y Aidan siente un pinchazo en el corazón porque ¿Acaso no era esa su intención? El pelinegro sabe sin lugar a dudas que ese era su deseo y que alguien como Mörblut no conoce la frustración, solo el dejar la satisfacción para más adelante.

—Está bien, estoy aquí, estoy aquí… —lo consuela Aidan y poco a poco el hombre entra en el dormitorio, cierra la puerta y se sienta en la orilla de la cama con el chico sobre su regazo todavía pegado a él como un koala y restregando su cara llorosa y bonita contra sus ropas como queriendo impregnarse de su aroma masculino y tranquilizador.

—No dejarás que pase nada malo ¿Verdad, Aidan?

El vampiro se tumba poco a poco en la cama, sus cabellos lacios y brillantes derramándose sobre la almohada y la figura de Jeremy sobre él, irguiéndose un poco para hacer esa pregunta y colocándose justo en frente de la lámpara de araña de la habitación.

Mientras Jeremy le pide ser protegido, la luz lo rodea como si emanase de su piel, todos sus contornos bañados por oro líquido, su bonita piel morena besada por un halo angelical y su cabello resplandeciendo como plata. 

<<¿Cómo? ¿Cómo voy a decirle que algo tan horrible a mi ángel?>>

—Claro que no, nada malo te sucederá, Jeremy, ven aquí —susurra con dulzura y la lengua atrapada entre sus colmillos, sangrando como castigo por mentir a la cosa más honesta que conoce, por ser incapaz de reconocer su debilidad, una vez más.

Jeremy suspira de alivio. Incluso si ha visto a Mörblut tornar a su poderoso vampiro en un mero siervo, sus palabras de ahora le traen confort porque sabe que puede confiar en Aidan con todo su ser y si sus sentidos le contradicen, cerrará los ojos, y si lo hacen sus recuerdos, olvidará, y si lo hace su corazón, lo amará fuerte hasta que no quede hueco para las dudas.

—Si vas… si vas a protegerme, necesitas tener fuerzas.

Aidan no entiende a lo que el humano se refiere al inicio, no hasta que el chico desabotona con vergüenza el inicio de su camisa de pijama y tira del cuello de esta, dejando su garganta libre y mostrando todos esos hermosos tendones que resaltan cuando se tensa y que recorren la longitud de su cuello naciendo en el lugar donde el oído y la mandíbula se unen, y terminando bellamente conectados con el hermoso pico de su clavícula. Aidan suspira de deseo y se obliga a apartar la vista, demasiado tentado por el latir nervioso que retumba bajo esa piel como vibraciones de una melodía atrapada que lo llama cual canto de sirena, que le suplica ser liberada, degustada por su experta lengua.

—Jeremy… —susurra Aidan con la cabeza ladeada y los ojos cerrados con fuerza. Su tono es fogoso y lascivo, pero en el tiembla una sombra de advertencia.

—Está bien, Aidan, quiero que lo hagas —asegura el otro con voz tranquilizadora y con sus dos suaves palmas abarcando el rostro grande del vampiro, volviéndolo hacia él.

Aidan abre los ojos y suspira de deseo al ver la forma en que la camisa abierta empieza a resbalar por los delgados hombros de su muchacho, dejando a la vista la curva que conecta su cuello con estos, sus clavículas, su raso pecho por el que tanto le deleita pasear su lengua larga y ansiosa. <<Está bien. Estará bien>> se dice Aidan como un mantra, seguro de que ningún error podría sentirse tan bien como se siente para él el inclinarse hacia delante y posar sus labios sobre el pulso acelerado de su presa <<No le haré daño. Él es mío. Tan mío… jamás lo perdería>>.

Aidan besa con reverencia el punto tierno y cálido donde quiere hundir su hambre y saciar sus deseos. Sus labios se prensan tiernos y lentos y luego se abren, dando paso a la larga lengua que lame la zona como queriendo comprobar que es de una exquisita dulzura.

Jeremy se queda totalmente quieto, esperando tras cada beso y lengüetazo el temido dolor de los colmillos. Para su suerte y su desesperación, Aidan no parece querer comerlo aún, sino que pretende jugar antes un poco.

El muchacho de cabellos plateados jadea cuando nota al otro chupando ávidamente la zona y causándole un millar de pequeñas punzadas de dolor que, por instante, confunde con la presión de unos colmillos al borde de romper su piel. Se relaja al entender que Aidan solo está marcándolo un poco sin hacerlo de veras aún y se relaja un poco, entregándose a la caliente, dolorosa sensación que empieza a despertar su entrepierna. Aidan sonríe contra su cuello cuando lo nota y lo ase de las caderas moviéndolo a su antojo: lo hace deslizarse arriba y abajo de su gran pene, como mostrándole que él también está excitado y que su excitación es larga y gruesa y un deber que él debe atender; luego hace al muchachito rotar sus caderas hacia afuera de modo que su entrepierna queda pegada a la de Aidan y sus firmezas se prensan entre ellas enloquecedoramente.

Aidan se separa de su cuello, pero antes de que Jeremy pueda siquiera emitir un ruidito de alivio, está jadeando de la sorpresa pues el otro invierte sus posiciones de un rápido movimiento.

Ahora es Jeremy quien está bajo su cuerpo y Aidan, aceptando la sangrienta propuesta de su presa, pretende tomar el completo control. La idea abruma al humano, pero al mismo tiempo no puede engañarse: le acalora sobremanera saber que Aidan va a colmarlo con sus deseos, sus exigencias y órdenes y su sed de él, sin que él pueda rechistar o escabullirse.

Aidan lo besa y esta vez es en los labios. Los suyos, grandes y carnosos, se mueven sobre la finura de los belfos de su amante con violencia, chupándolos y mordiéndolos y tirando de ellos como si fuesen un delicioso bocado que ansían arrancar y tragar. Jeremy jadea y se intenta adaptar a la intensidad del beso, a la forma en que el otro abre y cierra su boca rápido y exigente, a la forma en que cuando lo siente respirar parece querer tragar todos sus alientos, ahogarlo con sus besos. Aidan le demuestra a Jeremy que no estaba más que empezando cuando hunde su larga lengua en su cavidad y la explora a placer.

Sus labios marcan un ritmo deseoso pero más lento sobre los del muchacho mientras su húmeda y larga lengua se enrosca alrededor de la del humano, la chupa, la acaricia, la enseña a deslizarse de forma tan deliciosa que ambas parecen fundirse juntas y luego lame sus labios con lascivia, haciendo al muchacho temblar cuando el beso se rompe.

Aidan se obliga a detenerse unos segundos para poder observar con orgullo ese pequeño lío de cabellos blancos y desordenados como plumillas, de cara sonrojada y boca color cereza tras tanto succionar y mordisquear sus labios. Jeremy respira agitado mientras Aidan lo observa y decide regalarle un mejor espectáculo: lleva sus manos al resto de botones de su camisa de pijama, empezando a revelar su pecho.

Aidan, impaciente, toma un extremo de la prenda con una mano y la abre de un tirón, los botones repiquetean como canicas en el suelo y su delicioso premio se le revela por completo: el vientre plano y hermoso del chico, su pecho suave con dos hermosos y erectos pezones color melocotón. Aidan se inclina para besar primero las clavículas del chico y, poco a poco, sus besos recorren el hueso entero y empiezan a bajar por su pectoral derecho hasta que se topa con la sensible protuberancia decorada con un piercing doradito. Aidan la rodea con los labios y, con sus manos, toma al chico de la cintura firme y duro para mantenerlo quieto en su lugar y alzarlo un poco, llevándoselo mejor a la boca, donde el calor de la tierna carne contrasta con el frío del firme metal áureo.

Aidan desliza la impresionante longitud de su lengua por la sensibilidad de Jeremy y el chico se retuerce de placer bajo él: su erección fregándose necesitada contra la de él a pesar de las capas de ropa que hacen de ese contacto algo prohibido.

Aidan le da un duro embate con sus caderas, rodándolas lento y autoritario contra la entrepierna del chico para hacerlo quedarse quieto, para marcar él el ritmo de su placer mientras su boca la desespera un poco más.

Jeremy gimotea y su espalda se arquea ofreciéndole al vampiro su pecho todavía más. Pero este se separa de la deliciosa zona que estaba probando, dejándola húmeda y sensible, y su boca viaja al otro pezón en un lento camino de besos. 

Sostiene a Jeremy con una sola mano pues es todo lo que necesita para rodear su cintura y moverlo a placer, y la otra se desliza por su costado y termina en esa zona recién saboreada, atrapando el pezón erecto y húmedo bajo la yema de su pulgar.

Lo presiona un poco, comprobando lo fácil que es romper la línea entre el dolor y el placer, y luego traza suaves círculos alrededor de la oscurecida aureola, mandando descargas de placer e impaciencia por todo su cuerpo al mismo tiempo que su boca, en el otro pezón, succiona deliciosamente y mordisquea el arete.

Ni tan fuerte como para hacerle llorar de dolor, ni tan débil como para darle un compasivo placer: en la justa medida para que sus pestañas se perlen de éxtasis y sensibilidad líquidos y para que un hormigueo peligroso nazca en el pecho del chico y se derrame como acero fundido hacia su pene que late y se estremece reclamando la atención de las manos y la boca del vampiro, ambas demasiado ocupadas tentándolo como para complacerlo.

—A-aidan, no es así como tenías que comerme… —bromea Jeremy, pero su tono revela sin poder evitarlo el temblor de un placer que le adormece hasta la lengua.

El vampiro alza el rostro aún chupando y succionando su pezón con fuerza, haciendo que este se le escape de los labios repentina y dolorosamente. Le sonríe al rostro lloroso de su humano a la par que su índice y su pulgar atrapan el otro pezón y tiran de él hasta que se escurre, lábil y sensible, de entre sus dedos solo para volverlo a tomar y tirar de él de nuevo, repitiendo el proceso sin descanso. Jeremy gimotea por cada vez que el otro aprieta su sensible botón y exhala rápido y afilado por cada vez que este se escurre del agarre.

—Haré contigo lo que desee, Jeremy ¿Queda claro?

El pobre muchacho intenta responder una dócil afirmación, pero Aidan lo interrumpe con un embate de sus caderas profundo y pesado, su excitación clava al chico en la cama y hace que su pequeño pene lata y pulse como si en él se hallase su corazón, torturado por la forma en que el gran tamaño y firmeza del vampiro lo aplastan sin compasión. Los ojos de Jeremy ruedan atrás en sus cuencas cuando nota la deliciosa presión en su más sensible lugar y no puede sino dejar caer su cabeza sobre la cama y temblar en manos del vampiro, que sonríe, complacido por su respuesta.

Aidan vuelve a bajar al pecho del chico y ahora cambia su boca de lugar, así como usa su otra mano para torturar el pezón recién lamido del chico y pasa a sostener su cintura con la mano que antes empleaba para torturar su sensible otro lado. Aidan acaricia el pecho del chico con su pulgar dejando que la yema suave y grande pase una y otra y otra vez sobre la protuberancia de su rosado botón, haciéndolo tensarse por cada contacto que manda un ramalazo de sensaciones agradables pero demasiado intensas disparadas hacia su entrepierna. Al otro lado de su pecho, es su boca quien se ocupa de torturarlo, más concretamente, sus dientes. Si Jeremy pensó que los dedos de Aidan pinzando y estirando su tetilla hasta que se le escapase eran crueles, descubre el verdadero significado de esa palabra cuando el otro atrapa esa sensible frutilla roja no entre sus yemas suaves y gentiles, sino entre la firme dureza de sus dientes. 

Aidan mordisquea gentilmente su pecho y tira de su tetilla derecha, soltándola solo cuando esta se desliza entre su mordisco, rozándose dolorosamente contra la aspereza de sus dientes, tan cerca del filo de los colmillos.

Aidan juega así por un buen rato con Jeremy hasta que su pecho está tan rojo y sensible que obtiene las mismas reacciones respirando cerca de él y dejando que la brisa de su aliento barra contra los húmedos e inflamados pezones que cuando al inicio los apretaba entre sus dedos y dientes. Compadeciéndose del chico que hipea de deseo y dolor y que no puede parar de empujar sus caderas instintivamente contra él por cada sensación agónica que le regala, Aidan decide dejar en paz esa parte suya y lamer su camino del pecho del chico a su hermoso vientre, siguiendo con su lengua la línea qu se marca justo enfrente de este, que se interrumpe con su ombligo y que sigue hasta perderse más allá del irritante borde de los pantalones.

Aidan mete un dedo bajo la gomilla elástica de estos y Jeremy se tensa ante el contacto, derritiéndose por la anticipación.

—Usualmente me gusta follar a los humanos mientras los muerdo —comenta distraídamente, bajando su pantalón poco a poco y dejando que la presión del elástico de estos roce la curvatura de la erección de Jeremy a medida que la descubre.

Su pene le resulta hermoso: pequeño en comparación al suyo, pero perfectamente proporcionado respecto a la menuda figura de Jeremy. Con el tronco de un grosor homogéneo y la cabeza arrebolada y húmeda en forma de honguito. Cuando ha terminado de bajar sus pantalones hasta descubrir toda su entrepierna, los deja a medio muslo y desliza el índice desde la base del pene del chico, que salta ante el contacto graciosamente, hasta el glande.

—Me gusta correrme dentro tuyo mientras pruebo tu sangre y no dejarte a ti terminar hasta entonces, ya lo sabes, Jeremy.

El chico asiente dispuesto a hacer todo lo que el otro le diga y a soportar cualquiera que sean las eróticas torturas que tiene en mente con tal de poder terminar incluso si es después de horas de agotamiento y con sangre corriéndole por el cuerpo.

Aidan sonríe complacido por su sumisión.

—Pero hoy te estás entregando tan obedientemente a mí, estás siendo tan bueno, Jeremy, ofreciéndome tu sangre de este modo… creo que haré una excepción.

Jeremy tiembla de la emoción. La idea del vampiro dejándolo tener placer libremente y sin mantenerlo ansioso y en el límite todo el rato es un alivio. Solo se pensarlo, el orgasmo que lleva largo rato formándose en su interior parece a punto de estallar cálidamente, pero el chico se muerde el labio y lo contiene incluso si solo es para no parecer demasiado desesperado.

—Hoy, mi bonita presa, voy a centrarme en ti, en tu placer. Es tu premio por ser tan servicial. Mas adelante, cuando te hayas recuperado de la pérdida de sangre y pueda jugar verdaderamente duro contigo, ya me lo agradecerás.

Jeremy exhala y tiembla. Incluso en su generosidad, Aidan es cruel, pero su ingle hormiguea y sus testículos se tensan mientras él pronuncia esas palabras, delatando que quizá hay algo en esa crueldad que lo vuelve más loco de lo que querría admitir. Intenta imaginar el día en que Aidan le haga recompensarlo, la forma en que esa noche no tendrá ni un poco de compasión en compensación de la que hoy está teniendo de más.

Pronto, la cabeza de Jeremy no puede seguir flotando lejos, hacia el mundo de la imaginación, sino que se ve forzosamente retornada al mundo real mediante sensaciones tan intensas que el chico no puede sino sentir como lo aplastan.

Jeremy mira con ojos enormes como Aidan abre su boca y saca su lengua larga, hábil y gruesa como una serpiente que desliza por la cara interna de su muslo. El vampiro le baja los pantalones de golpe y los lanza por ahí sin dejar de lamerlo con delicadeza, lo toma por las corvas y le separa las piernas para tener un mejor acceso a su deliciosa hombría. Jeremy gimotea viendo como la lengua pasa de su muslo a su ingle, ocupándola entera con su húmedo grosor, rozando sin querer el lateral de su erección. Cuando el lametón en su ingle ha terminado, Aidan mira directamente su erección y se relame despacio y sensualmente los labios y después los colmillos haciendo al chico gotear presemen de forma vergonzosa. 

Cuando Aidan vuelve a bajar su lengua hacia su entrepierna, Jeremy no puede parar de pensar en cómo ese órgano rosa y carnoso es más largo y ancho que su propia hombría, pero cualquier idea bochornosa desaparece de su mente junto a todo el resto de sus pensamientos cuando la larga lengua de Aidan se envuelve alrededor de su eje cual serpiente.

Aidan tira la cabeza hacia atrás y siente sus dedos rizándose de placer. Las preocupaciones que hace poco tenía, sobre Mörblut, sobre Xander comportándose raro, sobre Aidan pasando hambre… se disipan como la espuma tras las olas de placer. Aidan tiene un impresionante control sobre esa parte de su cuerpo y con ella no solo envuelve el pene del chico, sino que aprieta, su musculosa lengua prensándose en un agarre tan estrecho que el chico no habría podido lograr ni con su puño, y luego se muele arriba y abajo con labilidad gracias a la humedad de su superficie.

Jeremy siente el placer como fuego líquido derramándose desde su entrepierna hasta el resto de su cuerpo. Nota el calor en sus mejillas y orejas, en sus dedos, la electricidad recorriendo todas sus extremidades seguida de intensos escalofríos que lo hacen jadear y que perlan su morena y preciosa piel de sudor. 

Aidan contempla con satisfacción a su presa y decide darle una probada más ambiciosa de lo que su boca puede hacer: lleva ahora sus labios al pene del chico, la lengua aún apretándolo y masturbándolo, y lo hunde en su boca como si devorase una pequeña golosina. Jeremy gimotea y agarra las sábanas, mareado por la imagen que sus ojos aún no pueden creer que estén percibiendo. El gran rostro de Aidan en su entrepierna, su boca alrededor de su excitación y sus labios prensados contra su pubis. Puede sentir la estrechez de la cavidad cuando el otro chupa, el arrollador calor, la humedad que empieza a gotear desde los labios del otro, haciendo de sus partes un lío empapado y erótico. El vampiro desanuda su lengua del eje del otro, dejando que sea el anillo de sus labios lo que ejerce la presión sobre el pene del chico mientras el carnoso y rosado órgano se dedica ahora a deslizarse por el glande de Jeremy haciéndolo retorcerse y llevar las manos al cabello de Aidan.

El vampiro le toma por las muñecas cuando el chico hace el amago de apartarlo, demasiado sensible como para que esa dulce tortura no constituya un placer insoportable, casi doloroso. Aidan empuja las muñecas del humano contra el colchón, a los lados de su cuerpo, y una vez lo tiene quieto y vulnerable, empieza a mover su cabeza arriba y abajo, chupando ávidamente y dejando que su lengua apriete, rodee y acaricie el más sensible extremo del pene que tiene en la boca, la punta de esta pasando repetidamente sobre la hendidura que gotea presemen y empujando ligeramente, haciendo al chico quejarse y gemir ininteligiblemente.

Jeremy es incapaz de disfrutar de las sensaciones por mucho más rato. La presión de las manos de Aidan sobre sus muñecas, la sensación de sus labios gruesos moliendo su polla y su boca succionando como si desease arrancarle el orgasmo a la fuerza, la forma en que la saliva gotea por la barbilla del atractivo rostro de Aidan, cayendo sobre sus testículos y haciéndole sentir húmedo y patético y tan, pero tan en las manos de Aidan que jamás podría hacer nada más que suplicarle que deje de torturarlo con placer, la lengua torturando su punto más sensible sin piedad, la tensión creciendo en sus piernas, en su bajo vientre, en sus brazos, sus dedos, su cuello recto como si los huesos fuesen alambre cuando todo su cuerpo se arquea y tensa como la cuerda de un instrumento a punto de ser tocada, hecha temblar por manos expertas que desean arrancar una deliciosa melodía, sus ojos empapados en lágrimas que ahora ruedan hacia atrás en sus cuencas, el calor que amenaza con inmolar su cuerpo, la forma en la que Aidan va más y más rápido mientras chupa más fuerte y aprieta duro sus labios contra la base de su excitación hasta notar contra ellos el latido de su miembro…

Todo es demasiado y Jeremy no puede aguantar más.

El chico gime alto y agudo, un sonido hermoso entre el grito de placer y el lloriqueo por compasión. Y, junto a esa dulce melodía, Aidan siente el miembro en su boca contraerse y contonearse mientras escupe su cálido orgasmo. El vampiro disfruta de tragar el placer de Jeremy, de inmovilizarlo mientras se tensa y se arquea más y más por cada tira de blanco éxtasis que escupe en su interior, y disfruta más aún de seguir moliendo y chupando su virilidad ahora suave y flácida por unos minutos, haciendo que Jeremy niega con su cabeza, suplique por un descanso y tiemble de pura sensibilidad.

Cuando al cabo de unos minutos Aidan nota que Jeremy lloriquea demasiado alto y se corre otra vez, ahora sin apenas fuerzas para que su pene endurezca, sabe que ha llegado más allá del límite de su amante y decide retirar su cruel boca de su sensibilidad.

Jeremy respira superfluo y rápido en la cama con los ojitos y la nariz rojos de tanto lloriquear de placer, olfatea el aire como un conejito asustado cuando nota el frío del ambiente sobre su miembro totalmente empapado y sin la protección de la calidez de Aidan. El vampiro se inclina para apartarle los mechones plateados que se le han quedado pegados a la frente y coge al chico entre sus brazos, acercándoselo.

Jeremy parece líquido cuando lo ase hacia sí, tan suave y débil, demasiado agotado como para sostener su propia cabeza si no es Aidan quien le pone la mano detrás y la aguanta, tan tembloroso cuando siente sus labios contra su cuello.

—Aún no estoy saciado, Jeremy. Quiero más de ti.

El chico asiente como puede, bamboleando su cabeza, y la voltea un poco para ofrecer su cuello, ahora tan dúctil que Aidan no podría pensar en una sumisión más perfecta que la de su presa ahora mismo.

Cuando siente los colmillos hundirse en su piel sin resistencia, está demasiado cansado para gritar. Exhala un largo, quejumbroso sonidito que hace a Aidan apretarlo y empujarlo contra el colchón. Sus manos agarrándole los bíceps y clavándolos en el colchón con dedos firmes como grilletes. Sus labios suaves contra la maltratada piel. Sus colmillos incapaces de tal gentileza.

Jeremy se revuelve sin apenas fuerzas y se queja por el dolor. Los colmillos de Aidan se sienten especialmente largos esa noche, tanto que cuando traga saliva podría jurar que los filos clavados hondamente en él amenazan con rozar peligrosamente su tráquea así que intenta moverse sus manos, quizá colocar una sobre el hombre de Aidan y darle una señal para que se calme. Pero no puede. Aidan lo sostiene firme. Demasiado.

<<Está bien>> se dice el chico, afortunadamente demasiado mareado como para dejar que el energizante pánico lo inunde <<Estará todo bien>>

Aidan aprieta sus dientes y da largos tragos, dejando que la sangre le inunde la boca, que el rojo pinte las sábanas y le escurra por el mentón y el cuello como una cálida caricia.

Jeremy sabe cálido y agradable, sabe cómo la dulzura de un hogar. Su sabor ha dejado de ser simplemente delicioso, un bocado que ansía probar porque complace su paladar, y ahora se da cuenta de que es también algo reconfortante, de que no es solo su hambre la que se calma cuando su única presa con nombre cede bajo su mordida, sino también su corazón. Jeremy sabe a suyo. 

Sentimientos demasiado intensos como para que pueda controlarlos revolotean dentro de él. Y pronto el aleteo de esos sentimientos se torna brisa y la brisa ventisca. Antes de que se dé cuenta, un huracán de sensaciones remueve todo en su interior en una forma violenta, incontrolable. Sus mandíbulas se aprietan y nota el sabor de la sangre estallando más que antes sobre su lengua. Sus manos se atenazan y siente la carne de Jeremy amoratándose bajo su agarre. No puede pensar o actuar, solo sentir y siente que ansía a Jeremy. 

Que lo ama. 

Que lo quiere solo para él. Que desea protegerlo de todos los males del mundo. Que debe impedir como sea que las manos de Mörblut vuelvan a posarse sobre la deleitosa calidez de su cuerpo que ahora pinta sus labios de carmesí. Siente que no puede permitir que sea de otro, pues ningunas manos lo sostendrán con la delicadeza con que las suyas lo acarician cada noche. No puede permitir que se lo arrebaten, pues él le pertenece, todo entero, incluso la última gota.

Y lo reclamará pedazo a pedazo aunque tenga que volverlo no solo suyo sino parte de él: volverlo alimento, volverlo pecado en su consciencia y culpa en su corazón, volverlo recuerdo, añoro, volverlo el carmín que mancha sus belfos, el rojo que enguanta sus manos. Suyo.

Aidan ve rojo. Su corazón bombeando la sangre de Jeremy, queriendo llenarse de ella hasta que no tenga otro lugar que llamar hogar.

Suyo.

El vampiro intenta apartarse, pero el deseo es poderoso y su resistencia fútil ¿Como alejarse, cómo abandonar a Jeremy ante la posibilidad de que otro ponga su boca en su cuello, sus colmillos en su carne, su lengua en su sangre? Jeremy es lo más importante que tiene y quiere disfrutarlo un poco más, antes de que lo arrebaten ¡No! Debe disfrutarlo hasta que no quede nada de él, hasta que no haya nada que arrebatar.

Jeremy es suyo.

Eterna, irremediablemente suyo.

Es suya su sangre. Son suyos los latidos de su corazón. Su aliento. Su vida. 

Solo desea atesorar a Jeremy, quizá por eso, incluso cuando el chico balbucea y pide y llora, cuando se queda sin fuerzas y sin calor, el vampiro sigue bebiendo de él, dándole a su sangre el cobijo de su boca, de su hambre sin fin, de su cuerpo fuerte donde puede fluir con libertad como paseándose por un seguro palacio.

Quizá por eso cuando Aidan siente en su boca esos pequeños, últimos latidos, solo desea tragarlos: no para destruirlos, sino para llevarlos consigo siempre.

Porque Jeremy le pertenece y no puede soportar la idea de separarse de él, así que ¿Por qué no fundirlo con su ser, consumir su alma, su aliento, llevarlo siempre dentro como un espíritu que encanta su pecho?

En el fondo, Aidan no piensa en matar cuando Jeremy se queda inerte y frío en sus brazos, solo en conservar. Solo que a él nadie le ha enseñado a hacerlo. Nació como vampiro aprendiendo a amar, amando a quien en vida había jurado que ni la muerte los separaría y, hasta ahora, creyó que Xander le enseñó a olvidar. A destruir. Pero una parte retorcida en su interior, una parte donde lo monstruoso y lo humano se entretejen como las raíces indisociables de su ser, se pregunta si acaso Xander no le enseñó a conservar. Al fin al cabo, olvidó como se sentía amar y el único recuerdo que conserva, el único atisbo que tiene de una vez supo cómo, es el dolor de haber matado a quien amaba.

Tiene sentido que su cuerpo quiera conservar el amor por Jeremy del mismo modo. Inmortalizarlo en la cosa más eterna que existe, más que la propia vida ilimitada de un vampiro: el inexorable vacío de la muerte.

Aidan no piensa en matar, no conscientemente, pero su boca conoce el sabor de la muerte. Su dulzura ahora antojándosele amarga. Su satisfacción sabiendo a error.

<<No… ¡No!>>

El hechizo se rompe y el sentido vuelve a Aidan como un golpe en su pecho que lo deja sin aire. Sus sentimientos antes tan henchidos que embotaban su razonar, ahora se desinflan y lo dejan ver la cama llena de sangre, los ojos abiertos y desvaídos de Jeremy, sus manos frías, empapadas en sudor e inertes sobre la cama, abiertas como las grandes y pálidas alas de un ángel que ha caído y no sabe cómo levantarse.

El vampiro es cruzado una rápida descarga de pánico y dolor y se arranca de su lugar con fuerza hasta que su espalda choca contra y agrieta la pared, pero es demasiado tarde como para que su lejanía solucione la situación. Jeremy no se mueve. No respira.

Durante un instante que se siente como la eternidad, Aidan se queda paralizado por el terror. Mira a Jeremy con ojos muy abiertos, como esperando que la imagen se borre y se transforme, que todo sea una broma, una ilusión, que sean una pesadilla y sus párpados se abran quemando la imagen de Jeremy muerto con la luz de un amanecer lunar. Pero nada sucede y la realidad vuelve a golpear tan duro a Aidan que cae de rodillas al suelo.

<<No… no…>>

El vampiro se abre la muñeca de una dentellada que deja su carne colgando y chorros de sangre bajándole por el antebrazo. Se abalanza sobre Jeremy en la cama, ahora prensando su herida contra los labios azulados del pobre humano. Le sostiene la cabeza, le empuja la sangrante carne contra los labios. Lo obliga a tragar. A vivir.

Se dice que es suyo, que tiene que serlo. Que tan fácilmente como le puede quitar la vida, le debería resultar sencillo obligarlo a tenerla de vuelta.

Pero aunque las heridas de Jeremy se cierran, sus ojos siguen medio abiertos y secos, sus labios y la punta de sus dedos y de su nariz pálidas y azuladas como las de un muñequito de nieve y su piel igual que fría. <<No es posible, no lo es, no puede estar pasa-... no puedo haber hecho esto. No de nuevo>>

Un latido.

Aidan retiene la respiración y la noche entera -los grillos, el gentío lejano, la brisa- parece callar como si el mundo entero se hubiese parado, esperando a Jeremy para seguir.

Otro latido.

Débil. Lento. Cerca de apagarse.

Aidan toma al humano entre sus brazos y pronto la habitación está vacía. Las sábanas siguen manchadas de sangre y la noche, antes silenciosa, vuelve a murmurar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 98

 

—Ayúdalo. 

El hombre se tensa en su asiento y siente la necesidad de quitarse sus gafas, limpiarlas y volvérselas a poner para comprobar que sus ojos no le engañan, pero está demasiado paralizado como para mover un solo músculo hasta que la aterradora criatura le acucia con un grito infernal:

—¡Vamos!

El hombre reacciona dando un bote en su silla y atenaza sus brazos fuertemente alrededor del muchacho cubierto de sangre que el vampiro empuja contra su pecho.

Su bata blanca está teñida ya de rojo para cuando lo deja en la camilla reposando, pero no tiene tiempo para cambiarla. Sus manos tiemblan mientras las coloca el índice y el corazón sobre el cuello intacto del chico, notando un muy débil pulso. Necesita parar el sangrado, de eso está seguro, pero pese a que tanto el humano como el vampiro que lo ha traído están cubiertos de una densa capa de sangre, no puede hallar la herida por más que busque.

—Si no lo salvas vas a desear estar muerto ¡Date prisa! 

El pobre hombre apenas puede ver al paciente en su camilla. Los ojos se le llenan de lágrimas y piensa en lo cansado que está y en cómo solo minutos atrás su mayor preocupación era tener que esperar diez minutos para poder tomar el bus de vuelta a casa, su casa, el lugar al que ya no está seguro de si volverá a no. Mientras intenta examinar a Jeremy, todos sus años de arduo estudio, de práctica, ensayo y error parecen borrarse de su mente como alguien echase un gran cubo de agua sobre la tinta con la que los grabó en su memoria. Los nervios se apoderan de él y solloza hasta que el vampiro lo toma por un hombro, lo voltea hacia él y le da un bofetón que le atraviesa la mejilla como si de una bala se tratase.

El dolor es insoportable, pulsa en su cara como hierro fundido y extiende sus tentáculos a cada uno de sus dientes, incluso le pita el oído y la nariz le sangra. Pero el dolor y la sorpresa del impacto logran distraerlo del miedo lo suficiente como para que actúe.

—N-necesito saber qué ha sucedido para saber cómo ayudarle—articula como puede con la mitad de la cara dormida por el golpe.

Aidan aprieta los dientes y arruga la nariz, pero habla.

—He bebido de él. Me he excedido por error, pero he usado mi sangre para curarlo. Debería estar bien. Tiene que estar bien.

El doctor traga saliva y asiente, de pronto la situación se aclara más de lo que habría esperado y corre a la cámara refrigeradora al fondo de la habitación. Aidan la sigue con los puños apretados, demasiado angustiado por tener que dejar atrás a Jeremy.

—Has cerrado su herida, pero lo más posible es que la sangre perdida de su cuerpo no se haya repuesto mediante la curación que le has proporcionado. Necesita una transfusión urgente ¿Qué tipo de sangre es?

Aidan muerde su labio y se siente inútil. Tiene cientos de años y durante todo este tiempo jamás ha tenido más que una vaga idea de qué propiedades tenía su sangre sobre los humanos. Jamás le ha interesado el tema ¿Por qué debería? Él está para herir, no para curar. Ahora, por culpa de su ignorancia, todo su poder y su experiencia no le sirven más que para sentirse impotente.

—Cero negativo —dice en un susurro y es que teme demasiado alzar su voz porque incluso aguzando sus sentidos, cuando habla él o el doctor, el sonido del corazón de Jeremy es tan débil que apenas lo escucha y teme opacarlo con sus palabras solo para descubrir, al terminar su frase, que un irreversible silencio lo espera.

El doctor se apresura a obtener un par de bolsas marcadas especialmente para el tipo de sangre del muchacho y con una presteza que parecía que sus nervios le iban a negar, empieza a preparar el material, a esterilizar todo tan rápido como puede y hundir en el brazo pálido del muchacho vías por donde pronto fluye ese preciado líquido rojo.

Aidan se queda junto a la cama de Jeremy mientras el doctor trata de estabilizarlo agujerándole aún más sus pobres brazos con vías para más sangre, suero y medicamentos y le conecta otras muchas cosas que aunque no comprende pero sabe que son para ayudar a su humano, lo hacen lucir tan frágil, como un muñequito sostenido por finos hilos de titiritero que podrían romperse y dejarlo inservible para siempre de nuevo.

Aidan acaricia la mano de Jeremy, sus venas todavía lucen cetrinas y extrañas, la piel tan pálida que no parece siquiera suya, pero poco a poco puede sentir el calor volviendo a él, los latidos fortaleciéndose. Durante la noche entera, Aidan permanece a su lado suspirando de alivio por cada pequeña buena señal que nota: sus párpados moviéndose un poquito, como si soñase, la piel de debajo de las uñas dejando de lucir violácea, sus labios recuperando el color, su respiración siendo profunda y pausada…

El doctor cae rendido sobre su silla una vez ha logrado estabilizar al paciente y se frota la cara con las manos, llevándose en ellas las pequeñas lágrimas que lleva toda la noche acumulando en sus ojos ante la presión de trabajar con la parca acechándolo, lista para blandir su guadaña sobre él al más mínimo error.

—Se recuperará —asegura, pero su voz tiembla con un atisbo de duda que Aidan, quizá sin pretenderlo, ignora porque ahora necesita esperanza para no perder el juicio y arrasar con todo.

El vampiro asiente, silencioso, y pasa unos largos minutos mirando a la nada y cavilando.

<<Quiero que Jeremy sea mío, pero quiero más aún que tenga una buena vida y a mi lado solo hallará muerte. Quiero darle algo que yo ni siquiera poseo. E incluso si decido dejarlo libre de mí, no es mi decisión ¿Acaso él querría permanecer a mi lado después de lo que le he hecho?>>

Aidan se levanta de la camilla, dirigiéndose de nuevo al doctor, que se encarama a su silla, asustado. <<Le ahorraré a Jeremy el mal trago de tener que volver a verme y a mí la insoportable imagen de sus ojos mirándome con odio, de su boca pronunciando mi nombre sin dulzura, exigiéndome que me vaya>>

El doctor mira con desconcierto como Aidan toma una hoja de su bloc de notas y un bolígrafo de la mesa y apunta rápidamente una fecha y una hora. Sonríe al mirar los números, al recordar como aquel día, en aquel momento, conoció al peliblanco y pensó en enredarlo entre sus redes sin predecir que sería él quien terminaría con el corazón fuertemente amarrado bajo su hechizo.

—No volveré aquí. —explica el vampiro con voz grave, pero serena. —Cuando el chico se despierte, dile que he abierto una cuenta en su nombre, que puede tomar de ella cuánto dinero necesite para tener una buena vida. Esta —el vampiro golpea con el índice el papelito sobre la mesa —es la clave que necesitará en el banco.

El hombre frunce el ceño extrañado y mira el papelito. Lo dobla pulcramente antes de asentir con reverencia y guardárselo en el bolsillo. Cuando el vampiro se marcha vuelve a sacarlo y a mirar con fascinación esa fecha.

Ahora que el miedo ya no es una presencia que llena la habitación y lo ahoga como humo siendo respirado en sus pulmones cada vez que inspira, puede apreciar lo extraña, no, lo impresionante que ha sido la noche. No solo por toparse con un vampiro, pues sabe que no son pocos los desafortunados que se han hallado cara a cara con criaturas de esa naturaleza, sino por haber salido vivo y, especialmente, por las circunstancias de su encuentro.

Sus ojos se deslizan hacia la camilla otra vez y observa al chico tendido en ella. Luce frágil como un muñeco, apenas una arruguita bajo la manta. Se pregunta qué clase de relación puede haber tenido con el vampiro como para que el hombre haya venido corriendo a exigir su salvación y como para que, además, haya dejado esa combinación tras la que se oculta la que imagina debe ser una suculenta cifra. Quizá una que le permita a alguien vivir unos años cómodamente o quizá, si piensa más ambiciosamente y sueña más grande, es la cantidad de dinero que le resolvería la vida a cualquiera.

El chico en la camilla es hermoso y el vampiro lo apretaba contra él como si fuese algo tan, pero tan preciado… aun así, lo ha abandonado. El hombre vuelve a mirar el papelito.

<<¿Por qué abandonar a alguien que le importa tanto como para salvarlo y dejarle dinero? Quizá no le importa el chico, quizá le importa lo que simboliza. Es posible… tiene sentido… Puede que el vampiro fuese un neófito acosado por sus sentimientos humanos, un monstruo con alma humana incapaz de soportar el peso de la culpa por haber matado, sea quien sea la víctima>>

El hombre vuelve a plegar el papel, lo mete en su bolsillo y luego toma él una hoja y el bolígrafo antes de ponerse a escribir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 99

 

—¡Para! Aidan ¡Aidan! 

El pelinegro siente un escalofrío cuando la voz de Xander rompe su caparazón. Esa voz de comando que penetra hondo en su consciencia y le hace sentir maleable. La voz que Xander usaba cuando lo tenía encadenado y sometido a su entrenamiento, que le hacía sentir pequeño y dócil.

Humano.

El impacto de escucharlo hablar de ese modo hace que salga de su trance. Aidan parpadea un par de veces. Su cabeza está llena de voces tan altas que no puede distinguir qué dice cada una, el cielo es anaranjado, indicando que el amanecer despuntará dentro de poco, y la calle está roja; sobre el cemento yacen los cuerpos de más hombres y mujeres de los que puede contar a primera vista. En sus manos puede sentir la sangre aún caliente goteando.

—¿Qué ha…

El vampiro se lleva una mano húmeda a la cabeza, aunque da igual, pues descubre que también su pelo y su rostro están empapados. Le duelen las sienes. Le cuesta pensar.

Su último recuerdo es el hospital. Jeremy. La dulzura de su sangre mezclándose con la amargura de su muerte.

—Aidan ¿Estás bien? Estabas matando sin control, sin siquiera beber sangre.

El vampiro traga saliva y asiente, exhausto de golpe. Se deja caer un poco sobre su amigo cuando nota que uno de sus grandes brazos lo rodea, ofreciéndose a sostenerle, y jadea. Cuando un agudo dolor le atraviesa el corazón, comprende el motivo de tal matanza ¿Quien no se entregaría al consuelo de sus instintos para huir del dolor de su consciencia?

—¿Qué ha sucedido?

Tan pronto el rubio hace esa pregunta, Aidan cede. Sus instintos no pueden tomar el mando, no cuando una oleada de angustia los inunda enteros, no cuando las lágrimas empiezan a caer y Aidan solloza incontrolablemente.

—Casi lo mato… casi… a Jeremy… no entiendo qué ha pasado, no entiendo por qué he…

El rubio abre los ojos enormemente y acerca al otro a su pecho, abrazándolo protectoramente. Mira alrededor, la maraña de cuerpos sanguinolentos en el suelo, los edificios pintados de sangre, brazos y piernas arrojados por ahí como meros juguetes rotos.

—Está bien, Aidan, está bien ¿Dónde está el ahora? Te ayudaré a curarlo —dice con voz suave y Aidan se siente repugnante por estar ganando ese bonito consuelo, esa amabilidad y la dulzura de las manos que empiezan a acariciarle la espalda mientras sabe que Jeremy despertará solo y asustado en una cama que no reconoce.

—No, él ya… él estará bien, pero no me volveré a acercar. No quiero hacerle más daño y dudo que él me quiera en su vida, pero aun así… me da demasiado miedo tener que ver cómo me rechaza, como me teme y me odia… Prefiero irme sin causarle más angustia.

—¿Qué? No, Aidan, no puedes hacer —dice tomándolo por los hombros y alejándolo de su abrazo para mirarlo a la cara. El vampiro más joven niega y, cabizbajo, añade:

—¿Acaso no es lo que tú has hecho con Liu?

Xander traga saliva e intenta controlar la punzada venenosa que siente con esa pregunta. Sus dedos se afirman dolorosamente en los hombros de Aidan y su voz se torna inquietantemente oscura y tranquila.

—Es distinto, Aidan. Yo me he alejado de Liu porque que lo haré daño, porque es lo único que le he hecho. Tú solo has cometido un error. —Aidan ríe sarcásticamente. Su voz ácida y el sonido rebotando en la noche manchada de rojo y muerte como una macabra melodía.

—Y no pienso cometerlo de nuevo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 100

 

Xander y Aidan pensaron que incluso si las primeras semanas y los primeros meses parecían alargarse hasta el infinito, en algún momento se acostumbrarían a estar sin esos preciados mortales a los que habían conocido por solo una mera fracción de su eternidad, pero que habían dejado espinitas duraderas y hondas clavadas en su corazón.

Pensaron que, si no era el tiempo, quizá la sangre curaría su dolor. Quizá la diversión y los placeres. Quizá la adrenalina de pelear dejando salir su rabia cada noche hasta que el sonido de los huesos crujiendo se les hiciese tedioso y repetitivo. Pero pese a los numerosos remedios, ninguno logró ser cura de sus males.

Ninguno fue la panacea del amor infecto de Xander que parecía crecer y expandirse dentro suyo, contaminar cada parte de su monstruosidad con la terrible enfermedad de los sentimientos humanos, ni tampoco ninguna parecía ser la solución para el añoro de Aidan, cuya sed permanecía siempre imposible de saciar pues cada sangre que probaba era insulsa y fría, no por falta de sabor o de calor realmente, sino por la falta de su dulzura y de su candor.

Ambos pensaron que o bien podrían olvidar o bien podrían esperar a que el recuerdo de sus humanos preferidos en el mundo se cerrase, como una herida abierta que aunque deja huella y torna la piel más suave, más sensible y fina, ya no sangra y no es más que un recordatorio de meras aguas pasadas. Pero ambos se hallaban aullando de dolor en las noches en que su corazón sangraba lágrimas, en que su alma parecía desgarrarse por la mitad, el peso de una soledad que hasta ahora habían podido cargar sin problemas ahora tirando de sus mitades hasta hacerlos trizas.

Xander no hallaba en Mörblut ya un maestro tiempo atrás buscado y añorado, ni hallaba en él siquiera la típica emoción de una noche de sangre y sexo, solo una distracción inútil y, a veces, una presencia deleznable. Mörblut solía rodar los ojos por cada uno de sus suspiros e incluso en varias ocasiones se atrevió a mencionar el nombre de Liu.

<<¿Tan bueno fue follarlo y probarlo que no puedes sacártelo de la cabeza ahora? ¡Por Drácula! Tendré que probarlo al final>> Le dijo una noche entre risas mientras hacía a su presa de aquel momento arrodillarse entre sus piernas y servirle mientras lloraba en silencio. Xander jamás se había sentido furioso de una manera tan repentina, tan cegadora. Recuerda escuchar los pasos descalzos del humano huyendo y sentir el cráneo de Mörblut hundirse bajo sus nudillos. De no haber sido más fuerte que él, el pelirrojo habría muerto esa noche. Y no lo hizo, claro, pero algo sí pareció empezar a morir en él, quizá su sentido del humor tan macabro que solía hacer reír a Xander, quizá su confianza para con su antes adorado pupilo.

<<No puedes pasar la eternidad dejando que una presa te afecte de ese modo, Xander. Estás cambiando. Te estás volviendo… aburrido>> Le dijo en otra ocasión cuando ambos vampiros decidieron jugar con un grupo de hombres que había seguido a una chica borracha hasta su casa con la excusa de acompañarla y ni una sola buena intención en ellos. Xander disfrutó matándolos de las peores formas, dando rienda suelta a sus deseos sin tener que preocuparse por la extraña empatía que últimamente le hacía asesinar a sus víctimas rápido, antes de que pudiesen comprender qué iba a pasarles incluso, pero Mörblut lo miró con desdén cuando fue a buscar a la muchacha dentro de su casa, la sacó a rastras tirándole de los cabellos y le rompió el vestido de lentejuelas para obtener de Xander no una sonrisa cómplice sino un simple <<No tengo hambre. Deberíamos dejarla>> que se escuchaba más apenado que saciado.

Ahora Mörblut lo visita menos, pero lo anhela más. Se lamenta por la pérdida del pupilo que pudo haber tenido si hubiese llegado a tiempo y Xander, con desdén, le reprocha que, en ese caso, no debería haberse ido nunca,. La tensión los aleja poco a poco y, aislado, Xander no puede siquiera compartir su dolor con Aidan, pues ambos tienen un corazón roto, pero sus cicatrices llevan distintos nombres y sus sufrimientos están diseñados para ser padecidos en soledad.

Aidan, por su lado, halla problemas para cazar, para salir de la casa, para levantarse de la cama incluso. Y cuando lo hace, se asegura de no disfrutar comiendo: cuando chupa la sangre de sus víctimas se fuerza a sí mismo a parar antes de matarlas una y otra y otra vez hasta que falla, hasta que cada sorbo sabe a frustración. No deja que los instintos le guíen y su autocontrol se ha transformado en el torturador que le fustiga mil y una veces por cada ocasión en sus colmillos prueban la carne tierna. Tan siquiera desea aprender a parar para saber controlarse con Jeremy, pues la idea de verlo de nuevo es tan imposible que no se permite a sí mismo fantasear con ella, sino que solo busca torturarse forzándose a repetir su error una y otra vez. No puede, no merece olvidarlo.

 

 




 

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