Capítulo 4: Flor de loto oscuro

 

Kei despierta sorprendido, no por nada en concreto, sino por el simple hecho de haber despertado.

Está bastante seguro de que no debería estar vivo a estas alturas, a menos que la noche anterior fuese solo una pesadilla realmente extraña.

Pero no lo fue. Eso queda claro tan pronto abre los ojos y comprueba que está en la alcoba gigantesca del demonio, tumbado en su cama manchada de sangre, y esto lo comprueba cuando gira su cabeza para observar a su alrededor, con su cuello tan jodidamente dolorido que no puede ni tragar saliva sin notar profundas punzadas de dolor.

«Pero, entonces, si la noche anterior fue real, ¿cómo sigo con vida?»

Kei no tiene tiempo de alegrarse o de extrañarse siquiera por su extraña situación, solo de preocuparse: de pronto una de las puertas de la habitación se abre y el demonio emerge de ella llevando una túnica negra y holgada que se pega a su enorme cuerpo mojado y peinándose el cabello húmedo con una mano.

Kei da un enorme repullo aterrado y retrocede en la cama hasta darse con el cabecero mientras una sola idea reina en su mente: «Solo estoy vivo porque ha decidido que no valía la pena ser piadoso conmigo. Ha perdido su humanidad. Estaba esperando a que despertase para torturarme y darme una muerte agónica».

El demonio lo mira y sonríe. Una pequeña risa escapa de su garganta al ver su carita sorprendida, con los ojos abiertos como los de un conejito asustado y sus labios en forma de corazón entreabiertos, mostrando sus paletas.

—Estás despierto. —comenta amablemente, mientras se sacude un poco la melena mojada.

Parece que acaba de darse un baño y que ha salido del aseo relajado, pero Kei continúa aterrorizado y sigue cada uno de sus movimientos con la mirada. El demonio cierra la puerta del baño con la cola, haciendo al chico dar un bote, y luego anda, despacio y confiado, hacia la cama.

—No temas —ordena con voz firme, pero amable, cuando al poner una mano en la cama el chico luce como si fuese a salir corriendo incluso si se marea y se cae de cara al suelo al intentarlo. Kei se queda estático, pero todavía mira con horror, aunque sin atreverse a verlo a los ojos. «Buen chico», piensa el demonio mientras gatea sobre la cama y poco a poco se acerca al humano—. ¿No deberías estar contento y agradecerme que te haya dejado conservar tu vida, mi pequeño sacrificio?

Kei alza las cejas con genuina sorpresa y no puede evitar levantar su vista también hacia la del demonio, como buscando en su expresión pistas de si está tomándole el pelo.

—Baja los ojos o te los arrancaré, humano.

Kei lo hace al instante. Siente un nudo enorme trabándose en su garganta y es que lo que más le angustia no es la amenaza del demonio, sino la calma y la frialdad con la que la ha dicho. Como si no fuese la gran cosa, porque para él no lo es.

—Pe-perdón, mi señor, e-estoy muy confundido. ¿No va a… matarme?

La gran sombra del demonio se cierne sobre él. Una mano lo atrapa por su tobillo herido y tira de él suavemente para ponerlo bajo el enorme cuerpo de su captor, y otra mano lo toma por la mejilla y le obliga a voltear el cuello, como anoche. Kei recuerda el mordisco, el dolor, la facilidad de esos enormes dientes para romper su piel y penetrar su músculo como si fuesen nada.

Gime de terror cuando el demonio derrama su aliento sobre la herida de la mordida y dice:

—Anoche tuve tu delicioso cuello en su boca y no lo destrocé. ¿Por qué razón iba a negarme un placer tan jodidamente maravilloso si no es para evitar arrebatarte la vida?

Kei toma aire sorprendido por la intensidad de esas palabras. ¿un demonio conteniéndose por él? ¿Por la vida de algo tan insignificante como una presa humana?

—¿P-por qué me deja conservar la vida, mi señor? —pregunta con apenas un hilillo de voz, incapaz de comprender nada.

Siente la humedad de la lengua ajena deslizándose sobre la herida abierta de su cuello y el dolor es soportable, un mero eco del de la noche anterior, pero le recuerda fácilmente su posición y le hace sentirse dócil y complaciente de pronto.

—Cuando te probé me resultaste tan agradable: tu actitud sumisa, la suavidad de tu piel pálida y pecosa y de tu cabello cobrizo, la dulzura de tu sangre… Me pareció necio desperdiciar algo tan exquisito en un banquete de una sola noche. Créeme, he devorado a hombres enteros de un solo bocado…

Y, como si necesitase hacerle una demostración al chico, el demonio lo toma por sus mejillas de nuevo, clavándole los dedos con garras, y le hace mirarle al rostro mientras lo deforma: desencaja sus mandíbulas hasta abrir la boca más de lo que ningún humano debería poder y Kei observa cómo la piel de sus mejillas se desgarra para darle más movilidad a esas fauces monstruosas. Su lengua larga y ónix cuelga desde su boca mientras esta se abre hasta revelar toda su dentadura y darle al chico un atisbo de su garganta donde protuberan algo que hace a Kei querer gritar de horror: afilados colmillos hechos para desgarrar la carne que traga sin masticar.

El demonio tiene la boca abierta de tal manera que un hombre fornido cabría entero entre sus mandíbulas y su garganta se expandiría para tomarlo cual serpiente.

Kei está paralizado. Jamás había visto algo tan monstruoso y justo cuando está a punto de chillar, su cordura necesitando solo un poquito más de presión para resquebrajarse y hacerse pedazos, el demonio cierra su boca y todo vuelve a la normalidad: su rostro es ahora el de un hombre apuesto con una sonrisa pilla en sus labios y unos afilados colmillos asomando por ellos.

—Y, aun así, unos sorbos de tu sangre me resultaron mucho más deliciosos que la carne y el alma de muchos de los humanos a los que he consumido sin dejar siquiera rastro de ellos.  Tu carne debe ser también una exquisitez, pero no quiero devorarla si podré darte solo un par de bocados y luego me quedaré sin mi preciado manjar para siempre. 

«Eres mi sacrificio, tu vida me pertenece por completo, pero no veo razón para arrebatártela tan pronto. 

«Si eres tan obediente para mí a partir de ahora como lo fuiste anoche, te permitiré conservar tu vida para poder dar un trago de tu hermoso cuello cuando mis deseos me lo sugieran. Sé bueno y yo te demostraré que puedo ser paciente, al fin y al cabo, algunos placeres merecen ser degustados poco a poco. Hm, te veo asustado y confundido aún, mortal, así que te lo diré más resumidamente, para que tu cabecita humana no se haga un lío: a partir de ahora eres mi tentempié personal, ¿has entendido?»

Kei tiembla y asiente, totalmente pálido. No sabe si la idea le gusta o le causa pesadillas, solo sabe que no importa, porque él no decide si acepta o no el trato del demonio. No es un trato. Es una orden.

El demonio le sonríe, complacido, y Kei puede ver que cuando lo hace, algo cambia en él: sus colmillos empequeñecen un poco y sus ojos se apagan, pasando de ser el intenso color rubí que vio anoche todo el rato a un color castaño oscuro sosegado; además, sus garras negras y largas, curvas como el pico de un cuerno, se vuelven ahora uñas pulcramente cortadas y brillantes, como de cristal.

El demonio, cuando está contento y calmado, luce más bien como un caballero hermoso, eso sí, no puede ocultar su naturaleza: sus colmillos son evidentes e incluso si alguien no se fijase en ellos, sus cuernos negros se alzan orgullosos sobre su cabeza como una corona, sus dimensiones sobrehumanas lo harían descollar entre una multitud de miles de humanos enormes y sus cuatro brazos, junto a su cola, solo suman más a su aspecto extraño e inhumano, pero no desagradable.

—Te he hecho una pregunta, respóndeme como es debido. —ordena, acariciando sus cabellos como hizo la noche anterior, como si jugase con su comida o amase ponerlo nervioso al mimarlo de esa forma tan insinuante.

—S-sí, señor, le he entendido. Seré obediente, l-lo juro.

El demonio se inclina hacia su rostro y la pupila de gato en sus ojos se dilata hasta volverlos casi completamente negros mientras lo mira muy, muy de cerca y susurra:

—Buen chico.

«Por Satán, ¿qué se supone que estoy haciendo? ¿Una mascotita humana? Esto es una absoluta locura. No debería estar cerca de humanos inocentes, por eso solo pido sacrificios culpables. ¡Maldita sea! Debería haberlo matado, pero…».

Kei tiene las mejillas rojas como manzanas. Esas dos palabras han logrado que se ruborice y que su corazón revolotee en su pecho con algo más que miedo y, maldición, el chico luce terriblemente adorable bajo su amo, con los ojos bajados dócilmente y sus largas pestañas cobrizas, con la cara arrebolada y mordisqueándose los labios por el nerviosismo. El demonio se intenta convencer de que debería matar al chico, pero es muy difícil cuando luce bonito como un muñeco de porcelana al que solo quiere poner en una vitrina.

De pronto, sale de encima de él, alejándose tan rápido como si la cercanía con el chico le quemase. Kei se siente a la par sorprendido por su velocidad, como aliviado y mira al demonio. Este tiene los ojos clavados en el suelo y están algo rojos, pero poco a poco apagándose hasta volver al calmado color chocolate. Tiene los cuatro brazos a su espalda, en una posición meditabunda.

De pronto, alza el rostro y dice, sin mirar al chico:

—Cúbrete con las sábanas y sígueme un momento. —su voz es marcial y firme. La orden atraviesa a Kei como un rayo y activa su cuerpo antes paralizado como si alguien hubiese pulsado un interruptor.

El chico se enrolla prestamente las sábanas para cubrir su cuerpo o, al menos, la mayoría de este, pues quedan al descubierto uno de sus brazos y la mitad de su pecho, aunque se da por más que satisfecho, y luego sigue al demonio a través de un largo pasillo.

El chico corretea con rápidos pasos descalzos, ya que le cuesta alcanzar el ritmo de su amo incluso cuando anda calmado, y se queda maravillado por el lujo del que está rodeado: atraviesan un largo pasillo lleno de candelabros de oro y paredes revestidas del más excelente arte y, al final, llegan a lo que parece un pequeño balcón interior con el suelo hecho de piedras blancas con mosaicos grabados en oro y una baranda alta de piedra cubierta de detalles que parecerían el encaje de una delicada prenda.

El demonio se asoma a la baranda y mira hacia abajo con superioridad. De pronto, rodea a Kei con su cola por la cintura y lo alza hasta ponerlo a su altura, con sus pies pataleando inútilmente a varios metros alejados del suelo. 

Kei está un poco nervioso por caerse, así que se abraza con fuerza a la cola de reptil de su amo y no le pasa desapercibido cómo este lo mira de reojo con una expresión extraña y los ojos castaños iluminándose en rojo un segundo. ¿Lo habrá enfadado?

Pero sus preocupaciones desaparecen cuando mira hacia abajo y queda impresionado: todos los esbirros del palacio, cientos de ellos, se mueven por el salón principal del piso de abajo como hormiguitas atareadas y sus ojos negros se clavan en él de una forma escalofriante, los cuchicheos y conversaciones animadas volviéndose cada vez más ruidosas, como un oleaje que crece.

Hasta que el demonio levanta una sola de sus manos y chasquea sus dedos. Se hace el silencio al instante y el único ruido que interrumpe la perfecta quietud es el golpe sordo de las rodillas de los esbirros golpeando el suelo cuando corren a postrarse ante su amo.

—Anoche los humanos fallaron en su cometido de entregarme a un criminal como sacrificio. A falta de estos, me ofrecieron un delicioso inocente. Puesto que al parecer las presas que he solicitado expresamente empiezan a escasear, he decidido hacer que este pequeño corderito sacrificial me dure un largo tiempo: a partir de este mismo instante, esta presa humana será mantenida con vida como un siervo más en palacio, pero sigue siendo mi sacrificio.

«Tendrá libertad para pasearse por nuestra morada siempre que yo lo permita y atenderá solo a las tareas que yo le asigne. Yo soy su amo, no vosotros. Yo soy su cazador, no vosotros. No pondréis vuestras manos sobre lo que me pertenece, no si sabéis qué os conviene.»

Kei puede ver la forma en que la voz ronca del demonio afecta incluso a sus esbirros: demonios que, ante su amo, tiemblan como humanos despavoridos.

De pronto, todos se alzan y, al unísono, dicen:

—Sí, gran amo Zane.

—Zane… —susurra Kei tan bajito que está seguro de que nadie podrá oírle.

En el pueblo hablan de la criatura que los protege y domina como un Dios Oscuro o un Dios Hambriento, pero no es hasta ahora que conoce su nombre a ciencia cierta. Juega con él en sus labios, movido por una curiosidad extraña. Paladea su sabor a peligro y grandeza.

Las orejas afiladas de Zane se alzan ante esa vocecita diminuta que está pronunciando su nombre con tal delicadeza. Debería castigar al mortal por atreverse a nombrarlo, pero lo deja pasar, pues le gusta mucho cómo lo ha susurrado, cómo se toca los labios después de hacerlo.

También le gusta cómo el chico abraza su cola, así que mientras lo mantiene alzado, lo acerca un poco más al borde de la barandilla, para que el humano se tenga que aferrar a él de nuevo, asustado ante la idea de caer. No quiere aterrarlo, aunque le agrade el aroma de su miedo, pero le gusta sentir las manos del chico sobre su piel de serpiente y no sabe cómo más conseguirlo.

El chico está tan preocupado porque el demonio lo vaya a soltar o por escurrirse y caer hacia el piso de abajo, que, sin pensarlo, rodea con sus piernas la parte de la cola de Zane que no está agarrándolo, como si montase en el lomo de un dragón.

Los ojos del demonio se iluminan como rubíes y corre a dejarlo en el suelo de nuevo.

El chico suspira de alivio.

—Ahora volverás a mis aposentos. En ellos hay un baño; limpia y desinfecta su herida, vístete y aguarda ahí. No me busques y no me molestes si no quieres ser castigado con más severidad de la que puedes soportar. Cuando tenga órdenes para ti o algo que tomar de tu delicioso cuerpo, te buscaré yo mismo o mandaré a alguien a informarte de ello. Ahora desaparece de mi vista.

—S-sí, señor. —se apresura a responder el chico, antes de marcharse de vuelta hacia el pasillo por el que han venido.

Kei se siente muy preocupado por la actitud repentinamente fría y cruel de su amo, pero se dice que no pasa nada: es un demonio, esa severidad debe ser su calma, así que no está enfadado con él, sencillamente no debe conocer la delicadeza.

Mientras sus ojos no enrojezcan, sus colmillos no crezcan y sus manos no lo hieran, Kei debería darse por satisfecho, así que se dice eso mismo y, cuando llega a la habitación, está de mucho mejor humor, aunque sigue asustado de tal manera que, cuando trata de curar su herida, sus manos temblorosas lo hacen casi imposible.

De todos modos, hace lo mejor posible para evitar que se infecte y afortunadamente ve que el demonio ha dejado dispuestas, para él y frente al tocador, unas vendas limpias y varios ungüentos para ser colocados sobre laceraciones frescas, así como un jabón suave para desinfectarse.

Su herida luce mucho mejor después de que retire la sangre seca, pero aun así es crecientemente aterradora cuanto más la mira. Ocupa casi toda su garganta, pues Zane es un ser enorme y él cabe perfectamente entre sus mandíbulas, y las hendiduras en su carne lucen profundas y sangrientas, no puede evitar ver su piel desgarrada y recordar la espantosa sensación… Cuatro de sus perforaciones corresponden a los colmillos superiores y a los inferiores, esas son las más profundas y le duelen incluso cuando traga saliva, y las demás heridas pertenecen a los dos dientes afilados, pero no demasiado largos, que hay a cada lado de cada canino filoso. Entre todos esos dientes hechos para masacrar a humanos, Kei tiene un gran destrozo en el cuello con la forma de su amo, pero como él es un chico muy pálido, cuando se cubre el cuello entero con la venda, casi parece que su piel está intacta. Daría el pego de no ser porque ahora su garganta es el único lugar de él que es blanco y liso, sin las constelaciones de suaves pecas que recubren el resto de él.

Cuando termina, ve también que bajo las vendas el demonio le ha dejado una prenda para que se vista y, aunque es más pequeña que los ropajes del propio demonio, con los que Kei está seguro de que podría cubrir su antigua cama a modo de colcha e incluso le sobraría tela, no son del todo de su talla. Deben ser prendas para esbirros escuálidos: se trata de un vestido holgado color blanco, con una pequeña tira para ajustarse a la cintura y un cuello redondo que a Kei le va tan grande que no para de deslizársele por un hombro, revelando sus clavículas sin querer.

No le ha dejado zapatos y tampoco ropa interior, pero Kei no se queja. Después de ser ofrecido desnudo la noche anterior, ahora agradecería cualquier harapo. Además, la tela del vestido es muy suave y le hace tener un escalofrío placentero cuando se lo pone.

Se mira en el espejo del tocador y una pequeña risa sale de sus labios: con tanto blanco, parece un fantasma. Él siempre ha sido pálido, pero ahora que ha perdido sangre, su piel parece una cuchara de nata, tan suave y pura, espolvoreada con pecas desvaídas que parecen canela disolviéndose en su cremosidad. También mira sus cabellos rojizos y se riza un mechón con el dedo, recordando la forma en que el demonio parecía extrañamente fijado en jugar con sus mechones como un niño acariciando sin parar a su nueva y suave mascota.

La comparación le hace sentir extraño y por alguna razón le queman las mejillas y le revolotea el estómago.

También le da vueltas la cabeza un poco, pero está claro que eso es porque le falta sangre en el cuerpo y realidad en la cabeza: toda esa situación parece un extraño sueño, ¿o una pesadilla? Sea como sea, está muy aliviado por seguir vivo.

Y agradecido.

«¡Mierda!», Kei se da cuenta de que se ha olvidado agradecerle a Zane por dejarlo vivir y eso que el demonio le ha dicho explícitamente que debería darle las gracias. Zane es un dios para los humanos y un rey para sus esbirros, no es solo un honor que deje vivir a su presa, sino que es una ofensa imperdonable que esta no se arrodille a sus pies y se los bese por su gloriosa misericordia.

Kei se siente avergonzado y, luego, asustado: ¿y si el demonio está enfadado con él? Debe ir a buscarlo y enmendar su error.

Pero tan pronto abre la puerta, se da de bruces con un cuerpo de sólido músculo. Un cuerpo grande y firme, pero menos monstruoso que el de su amo: un esbirro.

El chico cae de culo al suelo y piensa en recular, hasta que el esbirro extiende su mano para ayudarlo a levantarse y, al alzar la vista, el chico reconoce a esa criatura: es el esbirro de cabello cortado a cepillo y cicatrices en el rostro.

—Gracias.

El esbirro da un tirón y lo levanta con tanta fuerza que el chico choca contra él cuando es puesto sobre sus pies de nuevo.

—Perdón —dice riendo suavemente—, los humanos sois muy ligeros. El gran amo Zane me ha puesto a cargo de transmitirte sus órdenes y deseos cuando él esté demasiado ocupado como para hacerlo.

Kei se envara de repente al escuchar el nombre de Zane y se pone serio de pronto. Quiere hacer un buen trabajo para el demonio, quiere ser agradecido con él y un…

«Buen chico», niega con la cabeza, queriendo sacar de ahí esas palabras roncas y mareantes que le erizan la piel.

—¿Qué debo hacer? ¿Za… el amo ha dicho algo?

Asiente.

—Nuestra labor es mantener el pueblo protegido de las sombras, así que pasamos poco tiempo en palacio y apenas podemos centrarnos en mantenerlo ordenado. Cuando lo hacemos, tenemos menos soldados activos patrullando la zona. El amo Zane ha ordenado que cada noche, cuando no tengas tareas más importantes ni necesites descansar, te ocupes de cualquier desorden del palacio que pueda identificar.

Zei se siente gratamente sorprendido por la simpleza de la orden: solo debe limpiar. Tiempo atrás, habría matado porque alguien le diese un trabajo tan ameno como limpiador a cambio de un puñado de monedas de oro para comprarse algo de comida y hospedarse en un hostal de mala muerte en las noches lluviosas. 

Kei alegremente acepta la orden, agradece al esbirro y sale de los aposentos de su amo para buscar en palacio algo que limpiar.

El esbirro le ha indicado dónde están los materiales de limpieza, así que al inicio Kei se dedica a barrer y fregar, aprovechando que la mayoría de los esbirros están fuera cazando. La realidad es que el palacio no está sucio, sencillamente necesita que le saque lustre; por ejemplo, deja los suelos bruñidos hasta que se ve reflejado en ellos y se siente muy orgulloso de eso.

No limpia todo el palacio tampoco, eso sería una tarea demasiado titánica, pero se centra en las estancias principales, como el salón, un enorme comedor con una mesa larga para los esbirros y los pasillos, pues no se atreve a abrir ninguna puerta y entrar, sin pretenderlo, en alguna zona prohibida.

Kei limpia bien, con calma, varios descansos porque se marea con facilidad, y silbando felizmente una canción. Pero durante cada segundo de su noche no puede evitar que los vellos de su nuca se ericen y un terrible escalofrío le recorra la espina una y otra vez.

Se siente observado.

Es como si dos ojos hambrientos y descarados le perforasen la nuca todo el rato y luego, cuando se voltea (y se ha girado, agobiado y asustado, cientos de veces en una sola noche), no ve a nadie y no oye más que su corazón latiendo fuerte.

Ríe, sintiéndose ridículo, y se dice que no es más que una paranoia suya. Tiene sentido, anteayer era un ciudadano más y luego pasó a ser mera carnaza. Tuvo que asimilar que sería devorado vivo por un peligroso depredador, es normal que su cuerpo todavía siga al límite y sintiéndose acechado.

Aun así, la sensación es muy incómoda. Y es tan real que a veces duda de si solo está imaginando cosas.

Unas horas entrada la noche, varios esbirros vuelven de su patrulla nocturna. Vienen muy animados, todavía excitados por el frenesí de la batalla, hablan a voces y se mueven agitados de un lado para otro. Todos traen sus ropas desaliñadas, manchadas de barro y de la sangre negra como el alquitrán de las bestias de la noche. La mayoría parecen haber combatido usando solo sus manos desnudas y no es para menos, sus brazos son puro músculo y sus dedos están coronados por garras más duras que el diamante, así que no necesitan armas, pero algunos de ellos, los que parecen más apartados y Kei asume que son los más jóvenes, llevan consigo armas: lanzas más largas que el cuerpo entero de Kei o espadas con hojas más gruesas que su endeble envergadura. Sus armas también están manchadas de sangre oscura.

Los esbirros lo ven inevitablemente, pues el chico se queda como un pasmarote en medio del salón observándolos mientras se abraza a la fregona, pero ninguno de ellos lo mira por mucho tiempo ni le habla directamente, pues todos saben que está prohibido. Pero hablan entre sí de él, sin tapujo alguno y alzando su voz como si quisieran ser oídos.

—Es bonito, yo también me lo quedaría.

—Cierra la boca, no es para tanto —responde uno de ellos, medio molesto. A Kei le suena la voz, así que mira disimuladamente—, es un quejica y nuestro amo no tiene paciencia para estas tonterías. En dos días se lo comerá.

Kei reconoce a la perfección de quién se trata ahora: uno de los esbirros que lo trajo hasta aquí, el cruel, aquel cuyos dedos tiene aún impresos en su brazo en forma de moratón.

—Como sea, bajemos a dejar las cosas. No aguanto el olor de sangre de sombra.

—Qué sensiblón. Todos los novatos lo sois. Estás de suerte, los neófitos sois los que os encargáis de limpiar la sangre de la ropa y las armas usualmente, pero ahora que el amo tiene un nuevo siervo, supongo que se encargará él.

Kei no se da por aludido hasta que varios de los esbirros lo miran de reojo y ríen. Cuando lo hacen, el chico da un repullo, corre a dejar la fregona a un lado y sigue a los esbirros, aunque dejando varios metros de distancia por precaución. 

Los ve abrir una enorme trampilla circular en el suelo, justo antes del pasillo de la sala principal, donde asume que están los dormitorios de los esbirros. La trampilla es de losa de piedra y tiene unos dibujos exquisitos en ella, de flores que se arremolinan hacia el centro como si fuese un tornado de bellas plantas, así que como es tan bonita, Kei pensó que era decoración, no una puerta a un nivel inferior del castillo.

Cuando los esbirros bajan, dejan la trampilla abierta, como invitando a Kei a que los siga, pero está un poco asustado porque desde ahí puede ver un lugar oscuro, de piedra húmeda y musgosa y apenas iluminado por unas antorchas que están muy al fondo. Le da miedo, así que se espera un rato, sentado junto a esa entrada, mientras escucha a los esbirros hablar ahí abajo y dejar sus armas y su ropa por ahí.

Al cabo de un rato, salen vestidos con mudas nuevas y Kei se espera hasta que todos se han ido para bajar. Se asoma primero y se le pone la piel de gallina porque ese lugar parece una antigua cripta, de esas con grilletes en el techo y aparatos de tortura revistiendo las paredes.

Le tiemblan las piernas cuando baja el primer escalón de piedra y hasta que no alcanza el décimo, donde está la antorcha que ilumina sus alrededores, no es capaz de respirar tranquilo de nuevo. Hace una pequeña pausa y se apoya en la pared.

Le cuesta respirar, el aire está viciado y la sensación de algo observándolo, acechándolo, es demasiado intensa. Puede prácticamente sentir una respiración sobre su cuello. ¿O es solo la brisa?

Kei baja a toda prisa y, al llegar al fondo de las escaleras, se calma un poco: ese lugar es solo una enorme cámara de piedra con varios espacios de almacenaje, un lavarropas amplísimo y una mesa de piedra donde reposan varias armas y un trapo limpio.

Se dedica a lavar la ropa frotándola con fuerza hasta que no se nota los dedos por culpa del agua fría y ya no puede ver ni una sola mancha de sangre negra. Luego tiende la ropa en unas pequeñas cuerdas que hay frente a dos ventanas altas que dan al exterior y permiten que algunos rayos de luz lunar alumbren el tenebroso espacio.

Luego se coloca frente a la enorme mesa de piedra y observa las espadas y alabardas. Limpiarlas será más fácil, solo debe pasarles el trapo, pero aun así está nervioso: no le gusta tener armas en sus manos.

Primero limpia una lanza, frotando el mango de madera y puliendo bien la punta afilada. Tiene que hacer grandes esfuerzos para llevarla hacia una pared donde hay un soporte de madera que permite almacenarla verticalmente.

Kei tiene un escalofrío, ¿ha oído un paso o ha sido solo una gota de humedad cayendo del techo al suelo?

Vuelve a la mesa, solo le queda limpiar una larga espada. Pasa la hoja por el filo y la sensación de ser observado se vuelve tan intensa que quiere acabar e irse ya de ahí, así que trabaja rápido y descuidadamente.

El trapo se le escurre mientras recorre el filo de la espada con la mano y, sin querer, desliza su palma desnuda contra este.

—¡Ah! —grita, sintiendo una laceración ardiente cuando su piel se abre.

Y, de pronto, la sensación de que no está solo no es una mera sensación, es una certeza: un brazo musculoso lo rodea por la cintura, una mano atrapa su muñeca y le hace extender su palma recién cortada y otra mano toma el mango de la enorme espada y la lanza a un lado para que el chico no se corte con ella de nuevo sin querer. La última mano se apoya en la mesa de piedra mientras Kei es atrapado contra esta por un enorme y macizo cuerpo que jamás podrá mover.

Forcejea tras quedarse paralizado un segundo, pero sabe que no hay esperanza: está usando todas sus fuerzas y ni con su corazón bombeando adrenalina a cada rincón de su ser logra siquiera molestar a la criatura entre cuyas garras se resiste.

Cuando el chico está a punto de gritar en un intento desesperado de ser salvado, unas hebras azabache muy suaves rozan su mejilla y una voz ronca y baja se derrama en su oído, haciéndole estremecerse:

—Quieto.

La orden es absoluta y el cuerpo entero de Kei se relaja forzosamente cuando la oye. Queda inerme tan pronto como el primer aliento de su amo le roza el lóbulo de la oreja y le convierte todos los huesos del cuerpo en gelatina, pero también se calma porque, en cierto modo, confía en que no será herido.

Kei ve como el rey demonio toma su muñeca y la atrae hacia su rostro. La herida en la palma de su mano es larga y algo honda, le duele más solo mirarla; la palma de su mano está llena de sangre, como un cáliz rebosante.

El demonio pone su boca enorme y monstruosa contra la almohadilla de la mano del chico, apoyando su labio inferior suavemente en su muñeca, donde las venas transportan un latido acelerado y nervioso. Luego inclina su mano. 

Kei está absorto mientras ve al demonio vampírico bebiendo de su mano como si fuese una copa de vino. Los ojos del demonio refulgen en la noche con un brillo intimidante, rojos como la sangre de la que se alimenta, y su pupila se achica para ver mejor la herida. Sus colmillos crecen junto a su deseo, pero trata de ser cuidadoso y no herir la mano de la que bebe, bastante tiene ya el pobre humano con el enorme tajo que se ha hecho en la palma.

Zane cierra los ojos y frunce el ceño. Debe concentrarse mucho para no perder el control, pues incluso si anoche se hartó de la sangre de su dulce sacrificio, admite que ahora que vuelve a probarla siente que jamás podrá tener suficiente de ella. Dulce con una chispa picante. Adictiva. Tentadora.

Una sangre exquisita en un cuerpo hermoso aderezado con la más azucarada de las personalidades. La perfección de ese humano es demasiado peligrosa para él.

«Yo soy peligroso», piensa el demonio y, cuando termina de vaciar la mano escarlata de su presa, da un largo y lento lametón en su palma. Su lengua negra, carnosa y casi tan larga como el antebrazo mismo del humano, se desliza sobre la herida abierta.

Kei se tensa, anticipando el terrible dolor, pero el contacto húmedo y blando le resulta agradable. Nota un hormigueo muy tenue en su laceración y, cuando el demonio retira su lengua, nota su herida empapada de saliva, pero no de sangre: la hemorragia se ha detenido y la zona se siente… anestesiada.

—La saliva de un demonio puede secretar varias sustancias. Entre ellas, coagulantes y calmantes. —explica el demonio con una voz que busca ser fría, pero que suena demasiado predispuesta, demasiado emocionada por el explicarle a ese chico al que le brillan los ojos de curiosidad todas las maravillas del mundo.

Zane suelta la muñeca de Kei, pero sigue agarrando su cintura, apoyándose en la mesa y, por supuesto, acorralándolo intimidantemente contra esta.

El chico está nervioso, le tiemblan las piernas, su aliento está entrecortado y qué decir de sus latidos, que hasta podrían darle dolor de cabeza a un demonio. Pero además de asustado, está impresionado: se mira la palma de la mano bien de cerca, observando su herida como si se tratase de una piedra preciosa.

—Muchísimas gracias, mi señor… —susurra, como en trance—. Es increíble, jamás había visto algo tan efectivo. Es un ser tan fascinante, señor…

«Si tan solo tuviese mi libretita aquí… Necesito dibujar su lengua y mi mano, necesito dejar constancia de esto. Cúrcuma, camomila, eucalipto… todos mis mejores remedios palidecen», piensa el chico, entre la euforia por su descubrimiento y la más angustiante frustración, porque no está acostumbrado a no tener papel y lápiz para garabatear sus descubrimientos.

Y Zane no está acostumbrado a ser tratado como un descubrimiento, como un… espécimen intrigante y valioso al que meter en un tarro e investigar. Cualquier otro que le hubiese tratado así, tendría su cabeza rodando por el suelo ya, pero las palabras de Kei destilan una inocencia que Zane se siente obligado a perdonar. Kei le ha dicho que es fascinante, no como si fuese un mero sujeto de pruebas, sino como si fuese un milagro. Es halagador.

Y él solo se siente halagado cuando un humano reconoce su poder y autoridad.

Esto es nuevo. Y lo nuevo es tan excitante como peligroso.

Zane decide dejar de pensar en exceso en la situación y sencillamente dejarse llevar un poco, así que toma al chico y, con facilidad, lo alza y lo coloca sobre la mesa de piedra, inclinándose hacia él. Kei queda todavía muy por debajo de su altura, pero tan exquisitamente cerca: con sus piernas colgando a unos metros del suelo, abiertas ahí donde el demonio empuja sus caderas para acercarse a él, y con dos de las enormes manos apoyadas en los bordes de la mesa, justo al lado de sus piernas; las otras dos manos lo toman de la cintura, impidiendo que se aleje.

Kei baja su rostro dócilmente y juega con sus manos sobre su regazo, algo apabullado por la repentina cercanía.

—Debes tener cuidado —le advierte la criatura y su voz tiene un tono oscuro y ominoso que hace pensar a Kei que no está hablando solo de su herida—. Ahora eres mío y yo no quiero que mis cosas reciban ni un solo rasguño. A menos que sea mío, ¿entendido?

Zane hace que sus uñas crezcan en una de sus manos, transformándolas en largas garras negras, y clava la garra de su índice en la barbilla del chico para hacerle subir el rostro hasta que está encarándolo. El chico, como sabe que no debe mirarle a los ojos, lo mira a la boca, esos labios gruesos y sonrientes, aún manchados con su sangre. 

Kei traga saliva y dice:

—S-sí, señor, lo lamento. 

Zane asiente, aceptando su explicación. Su afilada garra sigue punzando la barbilla del muchacho, obligándolo a mantener la vista alta, sus ojos esmeralda siguiendo el movimiento de la lengua de Zane mientras este se lame los colmillos, tan largos y afilados, y finalmente se limpia los labios con ella, tomando la última gotita de su sangre que en ellos quedaba justo antes de exhalar un sonido de placer muy similar a un rugido bajo.

Kei siente un hormigueo en su mordisco y recuerda la noche anterior. Empieza a ponerse nervioso. Demasiado.

Zane retira su garra y el chico baja la cabeza, jadeando ahora que se percata de que lleva varios minutos reteniendo su aliento.

—Hoy ha sido tu primera noche a mi servicio —continúa hablando el demonio—. Aparte de tu pequeño accidente —comenta, sus ojos ahora castaños brillando un poco al recordar la sangre—, creo que las cosas están marchando bien, ¿cierto? Nunca he tenido una mascotita humana antes —admite, riendo ligeramente, pero Kei se sorprende porque no parece una risa burlona, sino más bien… nerviosa—, así que no sé descifrar muy bien tus emociones. Sé bueno y dime qué tal te ha tratado la noche.

Kei se dispone a hablar, pero el demonio vuelve a hacer eso que tan nervioso lo pone: jugar con su pelo. El muchacho empieza a verdaderamente sentirse como una mascota y, aunque el rol le parece humillante, joder, le gusta mucho (mucho más de lo que quiere admitir) cómo se siente cada vez que el demonio parece no poder mantener sus cuatro manos para sí mismo: le toca la cintura con una, las de la mesa se han acercado y le rozan los muslos y la otra está tomando mechones suyos y recorriéndolos distraídamente.

Kei siente un hormigueo maravilloso en la piel y un pensamiento intruso no puede evitar cruzar su mente: «Daren no me tocaba así. No me daba caricias. No quiso siquiera mirarme la noche en que…». Cierra los ojos y aprieta los dientes. No quiere pensar cosas malas del amor de su vida, incluso si su última noche se sintió como una traición.

Lo echa demasiado de menos como para recriminarle nada sin sentirse culpable él. Además, no hay tiempo de pensar en el pasado, debe atender al presente: su amo le ha hecho una pregunta y él no debería abusar de su paciencia tomando tanto tiempo para contestar.

—Todo esto es muy extraño y muy nuevo, mi señor. Estoy tan nervioso que me preocupa que los latidos de mi corazón estén molestando a todo el palacio —comenta y ríe tiernamente. Zane ríe también, porque sus latidos no molestan, le encantan. Oírle debería irritarle, pero ama escucharlo. Ama escuchar su risa. Su pulso acelerándose cuando se acerca de más, sosegándose cuando es suave con él— y estoy un poco asustado. Bueno, más que un poco. Pero estoy muy agradecido de que me haya perdonado la vida, mi señor, siento no habérselo dicho al despertar, estaba aún muy confundido. No quiero ser descortés con usted, está siendo tan amable… Oh, siento también haberme cortado con la espada y haber ensuciado la mesa. Es que me ha alterado tener un arma tan grande entre mis manos, no estoy acostumbrado, se siente como si me fuese a ir a cazar algo peligroso.

El chico adorna su ya suave y dulce voz con una última risa inocente, pero esta vez Zane no ríe, sino que decide ser retador y molestar un poco al humano, no porque quiera asustarlo, sino porque le gusta y sencillamente quiere jugar con él, aunque aún no sabe bien cómo.

—¿Cómo si fueses a cazar algo peligroso, hm? ¿Crees que si te diese una espada tan grande como tú, podrías hacer frente a una criatura de la noche?

Las feromonas temerosas de Kei se expanden por la habitación mientras este palidece y tartamudea y Zane no puede evitar sonreír con grandes colmillos. Su cola de reptil se alza y se mueve de lado a lado, porque se lo pasa extrañamente bien poniendo nervioso al chico.

—¡Oh, no! Pa-para nada, señor. Si tuviese que blandir una espada como esa, lo más posible es que se me cayese encima y me aplastase como a una oruga. No podría alzarla ni aunque tuviese cuatro brazos, como usted, ¿y le preocupa que me dé un antojo de volverme caza demonios e ir a por su cabeza? Eso sería más que imposible, señor.

Kei parlotea acelerado, con su lengua tropezándose en su boca cada dos por tres y gesticulando sin parar con sus temblorosas manos. Espera una reacción de Zane, pero este solo lo mira, analizándolo fríamente, y se acerca mucho a su rostro mientras enarca una ceja y alza otra.

Kei baja su cabeza tanto como puede, en señal de sumisión, y siente el aliento cálido de su amo sobre la venda de su cuello:

—Qué osado, pequeño sacrificio… Yo hablaba de sombras de la noche y tú estás hablando de cazarme a mí. No eras tan valiente anoche, cuando te tenía debajo de mí rogando como un corderito listo para ser degollado, ¿deberíamos repetirlo, para que recuerdes tu lugar?

Kei está tan pálido que incluso Zane tiene más color en las mejillas que él. De hecho, la conversación le resulta tan emocionante y divertida a Zane que uno puede advertir cierta excitación en su rostro: su cara usualmente marmórea goza de algo de rubor, sus ojos brillan levemente con un fugaz destello escarlata y sus labios lucen rojos como cerezas cuando saca su larga lengua y los relame.

Luce expectante, hambriento: un paciente cazador salivando mientras espera al momento exacto para cernir sus mandíbulas sobre una presa que no tiene escapatoria.

—Mi señor, lo siento mucho, e-era solo una broma, ha estado fuera de lugar y no volverá a pasar, l-le juro que no, de verdad, no te-tenía la más mínima intención de ofenderle. Lo siento muchísimo, señor, por favor, yo me haga da-

Zane halla la reacción del chico sumamente divertida, pero también peligrosamente deliciosa: no planeaba hacerle nada, solo bromeaba, pero ahora que el chico lo mira con ojitos grandes, verdes y llorosos y sorbe su nariz como un conejo asustado, ahora que tiembla entre sus poderosas manos, pero se queda quieto y baja su mirada dócilmente como todo un sacrificio entregado a su destino, la cabeza de Zane estalla con mil ideas de cómo podría castigarlo por su osadía. Le arden las encías y le cosquillea la lengua cuando imagina cómo de excitante sería darle al chico la orden de entregarse a él ahora mismo y le saliva la boca solo de pensar en la manera en que Kei le haría caso al instante. 

Quiere su sangre de nuevo.

Quiere su obediencia de nuevo.

«No. Nada de perder el control. No es una presa, es un inocente. Nada de comerme a este corderito sacrificial.» se dice a sí mismo y niega con la cabeza.

El demonio ríe suavemente y con una mano acuna la mejilla del chico, haciéndole alzar el rostro levemente. Kei cierra los ojos y se encoje, pero logra relajarse un poco cuando nota que el demonio solo da toquecitos juguetones en su nariz con un dedo mientras le dice:

—Chico atrevido, creo que prescindiré de castigarte. Pero solo esta vez —Kei murmura un agradecimiento por debajo de su aliento, tan tenue que el demonio habla sobre el sonido fantasmal de su voz— y solo porque tu broma ha sido un poco graciosa —Zane ríe un poco, amable y seductoramente, y eso logra que el chico también lo haga con alivio, pero Kei vuelve a tensarse tan pronto el rostro amable de su amo se torna serio y aterrador, con ojos oscuros como la noche y la mano en su mejilla tomándolo con firmeza—. Pero ten cuidado… —murmura, su tono es ronco y profundo y baja poco a poco su rostro hasta que su frente choca con la del muchacho y puede sentir, contra la suya, las bases de los cuernos del demonio.

Las cadenas de oro que lleva enroscadas en estos tintinean sobre sus cabezas. Kei baja la vista y respira, agitado. Un dedo se desliza por su mejilla y hasta sus labios, recorre el inferior y luego tira hacia abajo. Él sigue el movimiento, abriendo dócilmente su modesta boca. El dedo empuja dentro, Kei jadea.

—Me da la sensación de que tienes una lengua… —su dedo se adentra un par de centímetros, tocando con la yema y la punta de su creciente garra la lengüita rosada y húmeda del chico. Zane respira despacio, disfrutando de cada bocanada llena de los dulces y angustiados jadeos del muchacho humano. Le gusta escuchar su corazón, sentir su respiración, notar su piel ardiente contra sus fríos cuernos de piedra— parlanchina y descarada, y yo soy una criatura de mucho poder, pero poca paciencia. Y no me gustaría perderla contigo, sería una verdadera lástima si te rompiese.

Zane siente un pinchacito de compasión por el agitado humano, así que se aleja un poco de él. Una de sus manos todavía lo sostiene por la cintura, pero otra se aleja poco a poco de su mejilla y el dedo dentro de su boca, que se mueve levemente de izquierda a derecha, tocando sus dientecitos graciosos e inofensivos y acariciando la suavidad de su lengua, se retira con ella. 

También aleja su rostro para que el chico pueda por fin alzar un poco la vista sin toparse con sus ojos carmesí, pero Kei no siente alivio cuando sube su vista. No, en absoluto, siente una tensión extraña y hormigueante aferrándose en su vientre bajo, como si alguien le atase ahí un nudo de nervios. Y lo siente, pues se topa con una imagen impactante: el demonio le sonríe y lo mira con sus pupilas dilatadas mientras se lleva el dedo húmedo de su dulce saliva a la boca y cierra sus labios contra la yema, dándole un lento y sensual beso para probarlo.

Kei baja la vista de inmediato, su corazón enloqueciendo en su pecho, sus dientes mordiendo su labio y su boca, aun así, haciéndole pasar un mal trago, pues empieza a hablar entre balbuceos nerviosos mientras todas sus neuronas, al unísono, gritan “¡Cállate!”.

—Pe-perdón, señor, es que cuando estoy asustado o nervioso y no sé qué hacer siempre me pongo a hablar mucho y la mitad de las palabras que digo, las digo sin pensar y es todo un desastre, pero no puedo evitarlo y realmente sé que debería callarme pero usted es realmente aterrador e intimidante y a-además es hermoso y yo siempre me pongo muy tenso delante de los chicos guapos y usted, eh, sé que no es un chico, es un demonio y co-como es un demonio eso significa que a lo mejor está pensando en comerme o que a lo mejor va a comerme y no puedo parar de pensar en eso y eso significa que cuando está cerca yo soy un enorme bocazas y además usted a veces es súper callado y a mí el silencio me pone nervioso y tengo hablar porque si no pienso ¿Me está mirando con hambre? ¿Se le han puesto los ojos rojos? ¿Me comerá ahora y así, crudo, o me asará como un pollo antes? ¿Qué sería peor? Y me pongo tan nervioso q-

Por suerte para Kei, el demonio empieza a reírse tan fuerte que sus carcajadas lo callan de repente, antes de que diga una sandez (o, mejor dicho, antes de que diga alguna sandez más). De hecho, es tal la diversión de Zane que este termina retrocediendo un par de pasos lejos de Kei mientras se sostiene el estómago con sus cuatro brazos de tanto reír.

Kei no sabe qué es lo que ha dicho exactamente que le ha gustado tanto a su amo, pero debe admitir que se siente un poco orgulloso de haberle causado tan buena impresión. Cuando el demonio vuelve a él, con un par de brazos cruzados bajo su pecho y usando los demás para apoyarse en la mesa donde está subido, sin rozarlo, pero casi, porta en su boca una enorme sonrisa con hoyuelos.

—Asado como un pollo —repite, incrédulo—, eres muy divertido, humano. Pero, a decir verdad, te veo más como un cordero que como un pollito. De todos modos… —flexiona un poco sus impresionantes brazos, sus músculos marcándose levemente, su rostro descendiendo hasta el cuello de Kei. Este, obediente, lo ladea, entregándole al demonio ese lugar donde su venda blanca está sonrosada por la sangre subyacente. Zane desliza su nariz sobre la venda, tan cuidadoso que Kei no siente dolor alguno, solo un leve cosquilleo— qué blasfemia cocinar tu carne cuando cruda se me hace ya perfectamente apetecible. Oh, y hablando de comer —Zane sonríe viendo cómo el cuello de Kei se mueve al tragar saliva— mis esbirros necesitan su cena. A partir de ahora, serás el encargado de alimentarles, así que deberías darte prisa si no quieres escuchar sus quejas y gruñidos.

—¿Q-qué comen?

—Sígueme.

Él le da la espalda a Kei y echa a andar, con su toga blanca y holgada ondeando en la brisa nocturna y de vez en cuando pegándose a sus músculos impresionantes, resaltando su trapecio abultado, así como la envergadura de sus dorsales. Antes de que Kei pueda bajar de la mesa de un saltito, la cola del demonio le rodea la cintura, lo alza sin problema alguno y lo deposita grácilmente en el suelo.

Kei se queda congelado unos segundos después de que el cuerpo escamoso como el de una serpiente se deslice fuera de su torso, incapaz de acostumbrarse a la sensación, y luego sacude todas sus preocupaciones fuera de su cabeza y se pone a seguir a su amo con pasos descalzos y apresurados que repiquetean escaleras arriba.

El demonio lo conduce a través del salón principal y a lo largo del pasillo que hay en el final de este, llevándolo a una puerta que da con el jardín exterior, el cual es tan vasto y hermoso que Kei juraría que es un pedazo de cuento de hadas pegado en la realidad como si se tratase de un collage.

Mira impresionado los altos árboles, la densa vegetación y las hermosas flores que extienden sus pétalos al cielo para que la luz plateada de la luna bañe sus hermosos colores; recita los nombres y propiedades de las plantas que conoce en su cabeza, sintiéndose en un lugar familiar, incluso si nunca ha estado aquí antes. 

Finalmente, llegan a un pequeño establo situado a un lado de los jardines exteriores y, al abrir una de las casetas, Kei se queda parado en el umbral con un nudo en el estómago: dos cerdos adultos cuelgan del techo, atados incómodamente por sus patas traseras. No parecen estar sufriendo, pues no chillas ni se resisten, pero están vivos y en sus ojos hay terror y resignación. Es la mirada de una criatura que ha entendido que va a morir: la misma mirada con la que, hace menos de veinticuatro horas, miró a su amo a los ojos.

Bajo los cerdos hay dos grandes cubos de metal y, al fondo, una larga y robusta mesa de trabajo y una pared forrada de una retahíla de herramientas afiladas que pueden destrozar la carne y el hueso de diversas maneras. 

—Desangrarás a los cerdos cada tres noches y luego los cortarás en pedazos. No retirarás los huesos, ni la piel, ni los órganos. Servirás a los animales crudos y la sangre en copas.

Uno de los cerdos se agita débilmente, mareado, pero se rinde al instante y su cuerpo cuelga penoso, desesperado, del techo.

Kei da un paso atrás.

—A-amo, no sé si podr-

Antes de que acabe la frase, Kei ya está siendo rodeado por la cola de su amo y atraído hacia él de pronto, como si fuese un cachorro que se desvía y cuyo amo tira de la correa de un violento jalón.

Cuando el demonio se voltea para encararlo, tiene las orejas afiladas hacia arriba, las joyas en ellas tintineando por el repentino movimiento, y los ojos rojos como rubíes bajo el sol.

Está enfadado y Kei se encoge, temiendo ser golpeado. Sabe que la ira de un hombre tiene tres formas: los gritos, los puños y una cama que cruje toda la noche. Él jamás pretendió despertar la del diablo y, ahora, teme no poder soportarla.

Tiembla sin entender qué ha hecho mal.

—¿Qué es esa palabra que hay en tu boca, sacrificio? ¿Qué has dicho? Repítelo. —La orden es mordaz, sádica incluso, y aunque Kei quiere mantenerse calladito y obediente a partir de ahora, no puede desobedecer el mandato que su propietario le sisea con aparente veneno en la voz.

«Tan enfadado, suena tan enfadado».

—M-mi señor, he… he dicho que no s-

Kei tartamudea, incapaz siquiera de formar una frase sin trabarse, pero de pronto la serpiente alrededor de su cintura aprieta más, dejándolo sin aire, y Zane lo interrumpe:

—Ah, ahí está: no. —dice al fin el demonio, como si hubiese logrado extirpar del chico algo pequeño e infinitamente molesto, una espina que llevaba dentro de la piel mucho tiempo y que nadie antes había podido observar.

El chico hipea, asustado. Hace mucho tiempo aprendió que esa palabra estaba prohibida, al menos para él, aprendió que si sus labios la formaban, su voz parecía hecha de nada, pues nadie parecía escucharla. Hace ya un tiempo que habría aprendido a conjurarla, a decirla con la misma confianza como la que uno usa cuando domina un idioma que antes le había resultado ajeno.

Que ahora se la arranquen, piensa Kei, no es más que una advertencia, un presagio: algo peor viene. Algo que no podrá detener, pues ni el más suplicante “no” surte efecto en sus labios, incluso si va acompañado de un hermoso “por favor” y conmovedoras lágrimas. Ya lo ha visto suceder antes, sabe cómo funciona.

Kei llora desconsolado por la furia del demonio y este se siente desconcertado por unos segundos: ha sido volátil, sí, pero no ha herido al chico. ¿Por qué llora? «Yo no quería hacerlo llorar, solo quería… Maldición». Chasquea su lengua, afloja su agarre alrededor del torso del muchacho y, cuando este parece relajarse un poco, alzando su mirada a través de sus largas pestañas cobrizas perladas de lágrimas, intenta explicarse en un tono mínimamente paciente, incluso si la lengua de la espera y la amabilidad es una que desconoce:

—Si fueses un humano libre, podrías decir esa palabra, pero eres un sacrificio. Eres mío. Y mis cosas no tienen permitido decirme que no. Las únicas palabras hechas para tu boca son "sí, señor", ¿entiendes?

Kei traga saliva y asiente. Su cabeza está tan baja que sus rizos sonrojados caen sobre esta como una cortina que oculta sus ojos anegados y el puchero de sus labios.

—Usa tus palabras. —ordena el demonio y, aunque su voz es firme y aterradora, suena más suave que antes. Suena… arrepentida.

—S-sí, señor. —logra articular el chico.

El demonio maldice por dentro. No entiende por qué Kei suena tan atormentado y triste ahora, porque su voz expresa una angustia tan profunda. ¿Acaso le ha hecho daño al agarrarlo con su cola? Juraría que no ha oído el chasquido de ninguna costilla. ¿Le ha hablado más rudo de lo usual y lo ha asustado en exceso? Hace apenas minutos el chico estaba agradeciéndole por poder conservar su vida, estaba parloteando como una adorable cotorrita y haciendo bromas y riendo y «por el infierno, qué bonita es su sonrisa. Quiero volver a verla. Quiero que esté tranquilo y agradable como antes. Vamos, joder, quiero…».

—¡Ah!

Zane se queda congelado al escuchar al humano jadear de dolor y, sobre todo, al ver cómo el chico, siempre tan obediente, se atreve a alzar la vista y mirarlo directamente a los ojos. Pero no es desafío lo que ve en ellos: es terror.

Zane retira su cola de inmediato, haciendo al chico caer de rodillas al suelo sin querer, pues se da cuenta de algo: estaba tan ansioso por que Kei volviese a estar cómodo y juguetón con él que ha empezado a estrechar su agarre hasta hacerle daño. Zane frunce el ceño y Kei, en el suelo, se asusta tanto al ver esa mueca que solo se cubre y tiembla como un animalito herido.

«Pero yo no quería herirle», se dice Zane por dentro, aunque eso no importa: su cuerpo es el de una bestia, un cazador diseñado para obtener todo lo que desea a base de terror y violencia. No está acostumbrado a la frustración y no sabe cómo responder.

Odia eso de él. Odia su naturaleza cruel, exigente, malvada «por eso no debería estar cerca de humanos inocentes. Por esto conservarlo ha sido una mala idea». Zane aprieta los puños, Kei aprieta los dientes. Pone sus manos sobre su cabeza, preguntándose si eso siquiera servirá una vez sea golpeado por una máquina de matar como ese demonio; si tiene suerte, se dice, morirá con el primer golpe y no tendrá que experimentar el horror de los huesos rotos y los órganos reventados durante la paliza.

—Joder… —masculla irritado, con la voz ronca como el retumbar de un trueno.

Y Kei lo sabe, que ese es el momento en que su suerte acaba y su infierno empieza. Que ese es el momento en que cae sobre él toda la ira de la que ha logrado escabullirse por años y en que descubre por qué esa bestia frente a él es llamada demonio.

Pero Zane no le hace ningún daño. Pasa de largo, marchándose de ahí con prisa.

Kei se queda en el suelo, temblando y hecho un ovillo, por un largo rato. Su vista está fija en el lugar por donde su amo se ha ido y es que espera que en cualquier momento vuelva con el ceño fruncido y los nudillos pálidos de tanto apretarlos, deseando mancharse del escarlata de su sangre.

Pero Zane no vuelve. Y Kei no es golpeado.

Y es la primera vez en toda su vida que Kei ve a un hombre enfadarse y a nadie teniendo que pagar por ello.

Es la primera vez que su miedo no tiene la razón.

Esa es la cosa más extraña que le ha pasado nunca, porque antes de aprender a hablar, se crió aprendiendo a discernir pasos enfadados de pasos borrachos, voces jubilosas de gritos iracundos, creció perfeccionando el arte de distinguir el momento exacto en que un hombre va a ponerse violento y, de repente, parece que lo han arrojado a un mundo distinto que no se rige por las mismas reglas, incluso si debería, porque él se ha criado entre hombres que parecen diablos y ahora él es un diablo que luce como un hombre. Es tan desconcertante. Pero le gusta, por primera vez, equivocarse.


 

 

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