Al
final, preparar la comida de los esbirros no es tan terrible como Kei imaginó.
Pensaba que sería demasiado degollar a los cerdos, ver toda la sangre caer, la
vida escurriéndose fuera de ese cuerpo hasta dejarlo hecho una carcasa que él
debía destrozar con cuchillos como garras y martillos como puños.
Pero
ha sido… extrañamente pacífico. Kei se ha acercado a los cerdos y, al verlo
aproximarse, los animales han sacado energía de donde antes solo había
agotamiento y se han puesto a retorcerse y a chillar, pero Kei ha respirado
hondo.
Ha
tenido mano firme.
Y
ha pensado: «No pasa nada, no es la primera vez que mato cerdos».
Luego
ha llevado su mano a los cuellos de los animales.
Y
los ha acariciado con una ternura que muchos no tienen ni siquiera con otros
humanos. Los ha acariciado con comprensión y con cariño, como él fue acariciado
la noche anterior, cuando creyó que moriría en las garras de un demonio
extrañamente amable.
—Tú
también eres inocente, ¿verdad? Lo haré rápido, no mereces sufrir. —les ha
dicho a cada uno.
Los
cerdos han parecido hechizados por sus manos y sus palabras. No, no hechizados,
pues la magia engaña, han parecido convencidos: como si comprendiesen
que nadie ahí tiene la culpa, que Kei no es un verdugo, sino un amigo que
quiere evitarles más penas.
Así
que cuando ha deslizado el cuchillo por sus gargantas, los animales lo han
mirado con un callado agradecimiento, pues el chico ha hecho el gesto rápido,
limpio y profundo: realmente esmerándose por que el mareo sea instantáneo y el
dolor no llegue a tocar esos animales antes de que lo haga la muerte.
Han
tardado varios minutos en desangrarse y el olor metálico de la sangre ha hecho
a Kei marearse y tener que abrir las puertas de madera, pero pasado un rato ha
tomado las herramientas y ha cortado a los cerdos, pedazo a pedazo, dejando sus
partes desguazadas en unas cubetas de madera que alguien ha dispuesto para él a
un lado de la mesa de trabajo. Patas, cabezas, órganos, costillas… Mientras Kei
ve a los animales transformarse en carne y sangre, se pregunta si él se verá
igual cuando Zane lo mate.
El
demonio le ha dicho que no quiere desperdiciarlo, pero ¿cuál es el plan,
sino? ¿Mantenerlo con vida por siempre? Kei se torna entonces consciente de que
posiblemente el diablo no le haya perdonado la vida, solo haya postergado su
muerte hasta que pueda exprimirle en sus últimos días, semanas o puede que
meses, hasta la última gota de goce que pueda sacar de él. Kei no le culpa: es
un demonio, no debería tener la más mínima compasión por un mortal como él,
solo hambre, y sin embargo, el ser ha sido ciertamente amable.
Agradece
eso, pero aguarda con absoluto terror el momento en que el demonio deje salir
su verdadera naturaleza y sea con él no ya un amo paciente, sino un depredador
sediento de sufrimiento y carne ensangrentada.
Hoy,
piensa, ha visto una lasca de su verdadero ser, un atisbo entre las grietas de
su máscara. Kei se alza la camisa y ve cómo todo su vientre, sus costillas y
posiblemente su espalda también, están totalmente moradas. La cola del demonio
lo ha apretado tan duro de repente que estaba seguro de que iba a romperle los
huesos, de hecho, si el demonio se hubiese descuidado, eso habría sido todo: le
habría partido las costillas y la columna, su estómago y pulmones reventados.
Habría muerto.
Kei
niega con la cabeza y trata de no pensar en ello. «No volveré a ser
desobediente, no volverá a pasar. Y, quizá, si soy muy bueno y agradecido, el
amo sigue siendo amable, sigue retrasando mi muerte una noche más y otra y
otra…».
Sus
pensamientos esperanzados le ayudan a distraerse mientras toma los cubos de
sangre y las bandejas de madera llenas de carne y vísceras y las carga en un
carrito de tres bandejas con ruedas del que empuja para llevar toda esa comida.
Atraviesa
el jardín y mira a su alrededor comprobando que está solo para hacer una
pequeña pausa. Deja el carrito y se agacha en un pequeño parche amarillo del
bosquecito, poblado de unas flores muy similares a las margaritas, pero que no
lo son exactamente: árnicas. Kei se asegura de que son lo que busca y luego
corta unas pocas con cuidado, formando un pequeño ramo que ata con el tallo de
una de ellas, y luego lo pone tras su oreja, sujetado por sus mullidos rizos.
Después
de eso, retoma la marcha y llega al largo comedor empujando su carrito de carne
y sangre de cerdo, aunque ralentiza un poco la marcha: alrededor de la larga
mesa del comedor aguardan los esbirros sentados y hablando a voces, con sus
pieles blancas y pétreas, sus ojos negros y sus dientes de tiburón. Todos se
vuelven hacia él tan pronto aparece en su campo de visión y el chico, más
tranquilo hasta entonces, siente su corazón dar un vuelco.
Los
esbirros se comportan con salvajismo, vitoreando y chillando de la alegría al
ver la comida y, un segundo después, pasando a rugir furiosamente que se dé
prisa y les sirva sus porciones. Kei se acerca con pasos temblorosos y empieza
a poner, con sus propias manos, pedazos de carne sobre los platos impolutos de
los esbirros. No hay cubiertos, pero no se preocupa por ir a buscarlos: tan
pronto como ve a los esbirros partir huesos con sus dientes y hundir
gustosamente sus uñas en la piel dura del animal muerto, sabe que no los
necesitará. Toma los vasos que los esbirros le dan y los hunde en los cubos de
sangre, devolviéndolos bañados en rojo y apartando la vista cuando escucha a
las bestias sorber con ímpetu y ve por el rabillo del ojo cómo la sangre les
chorrea por el torso del ansia con la que beben.
Kei
había limpiado la cocina unas horas atrás, así que supone que mañana tendrá que
empezar la tarea de cero.
Aunque
la forma en que los esbirros comen es desagradable y primitiva, lo que más
mantiene a Kei con la vista baja y la piel de gallina no es eso, sino que
mientras comen, todos los esbirros lo miran a él como fantaseando con
que es su carne la que les queda entre los dientes. Algunos incluso lo miran
como si realmente el chico fuese a ser el postre.
De
pronto, mientras lleva un vaso rebosante de sangre de cerdo hacia la mesa, uno
de los esbirros lo intercepta: su enorme garra rodea el antebrazo de Kei y a
este se le cae el vaso de las manos y da un enorme repullo del susto.
—La
sangre de cerdo no se me hace apetecible con esta tentadora oferta aquí, al
alcance de mis garras. —declara el ser, relamiéndose al ver a Kei abrir los
ojos con horror y tratar de zafarse de su férreo agarre.
De
golpe, alguien toma uno de los pedazos del vaso que ha estallado contra el
suelo y atraviesa el antebrazo del esbirro por completo, clavándolo a la mesa
como si fuese un papel atravesado por una aguja. El esbirro profiere un alarido
de dolor y suelta a Kei, que se aleja lentamente y se frota el antebrazo,
sabiendo que otro hematoma florecerá ahí esta noche. «Debería haber cogido
más flores».
—¡Sácame
esta mierda, hijo de p-
Un
bofetón cruza la cara del esbirro, cortesía de la misma mano que ha empuñado el
cristal que ahora lo clava a la mesa. Kei no puede evitar reprimir un suspiro
de alivio y una sonrisita triunfal.
—Deja
de insultarme, desperdicio de carne sin cerebro, estoy ayudándote, ¿o debería
haberte dejado ponerle las manos encima y esperar pacientemente a que alguien
se lo diga al amo?
Cuando
Kei escucha al esbirro hablar, lo reconoce inmediatamente: es el de las
cicatrices, el esbirro amable.
El
otro esbirro se arranca él mismo el cristal del brazo y masculla algunas
groserías, pero ahora come tranquilo, sin molestar a Kei. El esbirro amable,
sin embargo, se levanta de la mesa y se acerca al humano, que la mira con
cierto nerviosismo: es agradable, pero no deja de ser un monstruo con carne
muerta entre los dientes y sangre oscura empapándole el mentón.
—No
te dejes achantar. Solo intenta asustarte, le gusta. A todos nos gusta el olor
del miedo, solo que algunos controlamos mejor nuestra naturaleza que otros. Es
la primera vez que nuestro amo conserva a un sacrificio con vida, así que todos
están algo alborotados por sentir tu olor por todo el palacio. En unas noches
estarán más sosegados, pero debes mantenerte firme.
Kei
asiente en silencio, demasiado asustado por el reciente estallido de violencia
como para hallar su voz, e intenta agradecerle con la mirada. El esbirro se
limpia la sangre de la boca con el dorso de la mano en un intento de lucir más
presentable y le sonríe a Kei, pero sus dientes serrados y llenos de restos de
su comida no ayudan en absoluto, así que disuelve la mueca tan pronto como ve
al chico encargar sus cejas con preocupación, sus ojitos color bosque fijos en
sus fauces.
—Deberías
comer tú también. El amo Zane no querría a una presa desnutrida.
Los
ojos de Kei viajan a la mesa llena de vísceras y sangre.
—¿Qué…
qué es lo que comeré? —pregunta con voz temblorosa, rezando porque la respuesta
no sea lo que cree que es.
—Oh,
no te asustes. La carne cruda y la sangre es toda para nosotros —responde
riendo un poco—, hay un carro al final de la cocina. El amo ha ordenado que se
te prepare algo cada noche con comida que solemos usar para el ganado, así que
estará bien para ti. Puedes ir a comerlo ya, si lo deseas.
Kei
asiente y exhala un enorme suspiro de alivio. Se marcha de esa sección de la
cocina tan pronto como puede y cuando llega al fondo de esta, donde el suelo no
está salpicado de sangre ni se escucha el estridente sonido de dientes como
cuchillas triturado huesos y desgarrando piel, tiene la sensación de que un
peso ha sido quitado de sus hombros y de que hasta el aire es más limpio en esa
zona.
Ahí,
apoyado contra una diminuta mesita con una única silla, hay un carrito de
madera como el que él empujaba, pero mucho más pequeño, y varias bandejas de
plata en él. Kei se ruboriza un poco. ¿El demonio ha pedido que aparten esa
encantadora mesa privada para él en la cocina, le ha puesto una silla tan
bonita, con figuras talladas, y un mantel bordado y ha hecho a alguien
cocinarle la cena? Es mucha molestia para una mesa presa.
Piensa
en su amado, en cómo lo echa de menos o, al menos, en cómo echa de menos los
momentos bonitos y reconfortantes, pero inevitablemente se le vienen a la mente
las peleas: Kei se recuerda exhausto tras pasar el día limpiando y cocinando y
aún puede sentir en los ojos las lágrimas que retenía cuando el amor de su vida
le gritaba porque no había hecho suficiente comida o porque estaba sosa. Kei
jamás se atrevió a decirle que cocinase él mismo y jamás lo imaginó cocinando,
mucho menos haciéndolo para él.
Cuando
Kei alza las tapas de plata, el humo atrapado con la comida se alza y llega a
su nariz el aroma de las verduras hervidas y el pan recién hecho: hay patata,
zanahoria, calabacín y hasta una mazorca de maíz. Los platos están a rebosar y
hasta tiene un vaso con caldo, una jarra de agua y junto al pan un bol con
frutas silvestres que alguien debe haber recogido en el bosque salvaje que se
extiende en el gran jardín de su amo.
El
estómago de Kei da un rugido que podría provocarle envidia a un león y, por un
momento, el estrés de la noche deja de opacar el resto de sensaciones y Kei se
da cuenta de que no está hambriento, sino famélico. Come con tantas
ganas que hasta parece un esbirro, usando sus manos y metiéndose en la boca
comida que todavía humea y le hace sacar vapor por la nariz como si fuese un
dragón. Bebe a borbotones y no deja en todo el carrito ni una sola miga de pan.
Al
terminar, está lleno y satisfecho. Oh, y también somnoliento.
Kei
se da cuenta de una cosa: la noche dentro de poco llegará a su fin. Todos los
esbirros se han retirado ya de la cocina hacia sus dormitorios, dejándola hecha
un desastre tal que parece una tétrica escena del crimen El gran rey demonio
posiblemente esté también en sus aposentos y, bueno, Kei está ahí de pie, sin
saber a dónde ir.
Se
plantea dormir en el suelo, pero se imagina siendo despertado a patadas y
gritos, recibiendo un regaño ejemplar y un castigo sádico por haberse quedado
dormido por ahí como un animal, haciendo el castillo lucir como un corral
sucio. Piensa entonces que quizá debería dormir entre el heno y los animales en
el corral, de todos modos, sería más cómodo que cuando dormía en la calle y los
animales le gustan, así que le darían compañía. Además, él es ganado
ahora, incluso le dan la misma comida, así que tiene sentido que duerma en el
mismo lugar.
Pero
¿Y si no debería dormir ahí y su amo lo pilla, mientras amanece, cruzando los
jardines camino a los establos? Podría pensar que trata de huir y… Kei siente
la sangre drenándose de su rostro cuando imagina lo que el demonio le
haría. Jadea de la impresión por las imágenes que se forman en su mente y
le duelen las costillas al tomar y expulsar aire.
Toca
su pelo, comprobando que las flores siguen ahí.
Su
amo le ha dicho que no quiere ser molestado, pero Kei está muy nervioso e
indeciso, así que al final piensa que la mejor opción es preguntarle a él mismo
qué debe hacer. Sube las escaleras a la segunda planta, cruza el largo pasillo
y, al llegar frente a los enormes pórticos de los aposentos del amo Zane, Kei
se queda parado unos minutos, mordisqueándose el labio y jugando con sus manos.
Al
hacerlo, no puede evitar ver el corte que se ha hecho limpiando la espada: luce
mucho, muchísimo mejor de lo que debería. La saliva del demonio ha
obrado un milagro. Por alguna razón, ver eso le da a Kei el suficiente
optimismo como para llamar a la puerta con la esperanza de que su amo no vaya a
enfadarse.
Kei
espera unos segundos y luego escucha unos inconfundibles y elegantes pasos
dirigirse a la puerta; se pregunta cómo una bestia de semejante tamaño puede
andar de manera tan liviana y sigilosa. Luego, cuando el pomo gira, su cabeza
queda en blanco y empieza a ponerse nervioso.
Cuando
el demonio abre la puerta hacia el dormitorio, Kei intenta ensayar mentalmente
las palabras que tenía planeadas (una disculpa por la molestia, una educada
pregunta para saber dónde dormiría y un muy efusivo agradecimiento), pero se
queda boquiabierto y de su boca, por desgracia, no sale ni una sola palabra.
El
demonio lo recibe en su atuendo de dormir, que consta de únicamente unos
pantalones blancos y finos que se abrazan a sus piernas gruesas y musculosas.
Su torso está desnudo, esa figura que pareciera tallada en mármol, de piel
suave y contornos duros, músculos marcados cuando el demonio se tensa
levemente, las venas descollando, los tendones como cuerdas tensas bajo la
dermis y relieves redondeados y agradables cuando se relaja. Kei no puede
evitar ver sus brazos gruesísimos, sus hombros anchos, los pectorales abultados
y ese abdomen de generosas proporciones, con algo de grasa, pero músculos tan
grandes debajo que cuando respira se entrever algunas líneas marcándose,
contornos de su fuerza y su poder.
El
demonio, para estar cómodo antes de dormir, se ha quitado también todas sus
joyas: sus anchos brazaletes de oro, la cadena que le rodeaba la cintura
holgadamente, los anillos que revestían sus fuertes dedos, los mil pendientes
en sus largas y afiladas orejas… e incluso la cadenita que llevaba entre sus
dos magnificentes cuernos y que luego destellaba entre mechones de su cabello,
como una constelación brillando en el cielo azabache.
Sin
embargo, el ser luce reluciente de todos modos: su piel nívea como la
porcelana, sus uñas brillantes cristal, sus colmillos robustos y pálidos como
el hueso… y luego, contrastando con semejante blancura, el negro abismal de su
cabello, el rojo que brilla en sus ojos apenas unos segundos cuando se posan
sobre Kei y lo reconocen y el color cereza que adorna sus jugosos labios.
Zane
es una criatura que haría que a cualquiera le temblasen las rodillas y cayese
sobre ellas ante él: o bien para rezarle como a un dios o bien para rogarle
como a un demonio.
Kei
no está seguro de cuál de ambas opciones es la suya, pero sus piernas se
sienten ciertamente de gelatina y nota el aliento retenido en su garganta.
—Llegas
tarde. —le dice el demonio, con voz seria, pero tranquila.
Luego
le sonríe y le da la espalda, andando lentamente hacia la cama. Kei mira la
espalda anchísima del hombre, cómo los cuatro brazos salen de ella, los
omóplatos marcándose con cada gesto que hace, los dorsales anchos como alas,
dando la ilusión de una esbelta y estrecha cintura, incluso si el ser es
enorme. Kei sigue la hondonada de la columna del diablo y repara en que allí
donde está la base de su cola, algunas escamas parecen fundirse con la piel. La
cola del hombre está baja, pero no roza el suelo. Barre de izquierda a derecha,
lentamente, como una serpiente deslizándose sobre el aire en silencio,
dirigiéndose a su madriguera.
—¿T-tarde?
—pregunta Kei, confundido, una vez logra procesar las palabras de su amo.
—Mhm.
—responde este con un pequeño asentimiento.
Sube
a la cama, acomodándose con la espalda contra el cabecero y sus largas piernas
extendidas. Su pecho desnudo sube y baja mientras respira cansado y sosegado y
Kei no puede parar de mirar sus músculos marcándose con cada gesto que hace, su
abdomen formando pequeños rollitos cuando se dobla al recostarse contra el
cabecero.
—Cierra
la puerta.
Kei
obedece con gran dificultad, esa puerta es posiblemente lo más pesado que ha
movido nunca.
De
pronto se da cuenta de que está a solas en el dormitorio del demonio otra
vez y de que no recuerda siquiera a qué había venido. Se queda en el centro
de la habitación como un pasmarote varios segundos, bajo la atenta y curiosa
mirada de su amo, y luego da un pequeño bote, reaccionando por fin.
—O-oh,
amo, perdóneme por estar tan distraído. Di-disculpe que le moleste, sé que el
sol saldrá en breve y que usted quiere descansar, pero necesitaba preguntarle
dónde dormiré, puedo ir al corral si lo de…
Kei
cierra la boca de pronto cuando el diablo lo mira divertido, tuerce la cabeza y
entonces palmea la cama, junto a él, indicándole que suba al lecho.
Por
un instante el chico cree que las piernas le van a fallar, pero cuando quiere
darse cuenta, está obedeciendo a toda prisa, correteando hacia la cama del rey
demonio y trepando por la orilla para arrodillarse en esta. Lo hace justo al
lado de su amo, aunque a una distancia prudencial, con las piernas juntas y las
manos pulcramente tendidas sobre su regazo, la cabeza gacha en una diminuta y
respetuosa reverencia y la espalda muy recta, con los hombros bien encuadrados.
Su
postura es pura sumisión y al demonio se le escapa un pequeño ronroneo (o quizá
es un rugido lento y ronco) de gusto al ver al chico tan servicial.
Kei
está respirando entrecortado, sin entender bien por qué su amo le manda a subir
a la cama con él, no pretenderá que duerman juntos, ¿cierto? Se le pone la cara
roja del bochorno ante tal osado pensamiento y descarta la idea de inmediato,
sintiéndose un niño iluso.
El
demonio se ladea un poco hacia él y pone una de sus manos en su espalda baja,
haciendo que arquee su columna hasta crear una hermosa curva y luego empujando
un poco más hasta acercarse al chico. Lo mira con curiosidad y luego otra mano
suya parece que va a acariciarle el pelo, pero, en su lugar, le quita el ramito
de flores amarillas de él y las examina.
—¿Te
gusta decorarte con flores? —pregunta con un tono suave y, luego, habla un poco
más emocionado, casi expectante— ¿Estabas intentando ponerte bonito para tu
amo?
Kei
estaba rojo antes, pero ahora siente calor incluso en sus orejas. Niega
rápidamente y se apresura a darle a su propietario una explicación:
—E-en
realidad era para aplastarlas y hacerme una crema para los hematomas, no está
mal que las haya cogido de su jardín, ¿verd-
—¿Hematomas?
—su tono se torna serio de repente, Kei puede ver el roble de sus iris
destellar un segundo, como ascuas siendo avivadas por una brisa que amenaza con
tornarse huracán— ¿Quién mierda te ha tocado? —exige saber y su voz no es ya
amable, ni juguetona.
Su
corazón se acelera, su cerebro se vuelve pudin. Cuando Zane ordena, él parece
haber nacido por y para la obediencia, porque ninguna otra opción cruza su
mente.
—Humano
—insiste con un profundo gruñido—, ¿quién ha puesto sus manos sobre ti?
Kei
piensa en la hora de la cena, en el esbirro que le ha rodeado el brazo. Todo
estaba lleno del color de la carnicería que los esbirros han hecho con el
cadáver de los cerdos, pero está seguro, ahora, de que era la misma mano que le
amorató el brazo cuando lo trajo al castillo, la misma voz que apostó sobre
cuánto duraría con vida. Ese esbirro cruel que lo arrancó de su casita, como
una flor, y lo arrojó a su amo como un regalo hermoso para marchitarse poco a
poco.
Kei
podría contarle eso a su amo, obtenerle un castigo ejemplar a ese siervo por
haberle hecho pasar un mal trago. Pero no quiere iniciar conflictos y buscarse
problemas, además, no es por eso por lo que ha cogido las flores.
—N-no,
señor, me refiero a los que me hizo usted.
Zane
reacciona como si le hubiesen echado un vaso de agua fría al rostro y mira a su
humano entre el desconcierto y la ofensa.
—¿De
qué estás hablando?
Kei,
algo tímido pero queriendo ser honesto, levanta un poco su camisa y con ello
revela su hermoso vientre llano, esa cintura pequeña hecha para encajar con
manos grandes, pero cuidadosas y, más arriba… Zane aprieta los dientes, la
furia enrojece su mirada y envenena sus deseos. En esa piel blanca como nata,
enormes flores violáceas manchan la piel que cubre las costillas y que hace que
cada bocanada de aire del humano duela.
Desea
matar, destrozar.
«Defender
a esta criatura tan frágil. Bañarme en la sangre de quienes osen derramar una
sola de sus lágrimas».
Pero
esas terribles marcas que envuelven al chico como una cuerda tienen textura.
Zane se fija: el patrón de sus escamas es discernible tenuemente para un ojo
tan agudo como el suyo y, de pronto, su odio se torna vergüenza.
Arrepentimiento.
—No.
Yo no he…
Niega
con la cabeza, pero no termina de hablar. Su marca está en el chico y el temor
de ser herido de nuevo llena su sincera mirada.
Es
innegable, pero él no le haría eso. No a ese corderito inocente.
—Ha
sido cuando me ha agarrado con su… con su cola. Cu-cuando ha apretado.
El
demonio traga saliva y extiende sus cuatro manos hacia el chico. Al inicio, Kei
hace el amago de apartarse, pero una mano le rodea la cintura con tal suavidad
que se deja hacer de inmediato.
Zane
sube la camisa del chico con una mano, sostiene su espalda recta con otra y,
con la última, traza su estúpido y doloroso error púrpura en la piel del chico,
sus dedos deslizándose poco a poco sobre las marcas, como si no pudiese creerse
que fueran reales. Kei se retuerce bajo su toque y pequeños quejidos emergen de
su boca mientras cierra los ojos con fuerza por el dolor.
Zane
retira sus dedos, como si el contacto quemase, y cubre al chico con la camiseta
de nuevo; mientras se yergue, le da la espalda en la cama, sentándose en el
filo de esta. Pensativo.
«Soy
peligroso para él. Y es peligrosa la intensidad de los sentimientos que él
despierta en mí Los humanos pueden hacerme sentir entretenido, pero ¿apegado?
Estoy jugando con fuego y la calidez es agradable y, oh, tan familiar. ¿Acaso
no es el infierno mi hogar?
Pero
no puedo hacer eso. No puedo rendirme a mis instintos: no soy un perro que se
deja llevar por los tirones que da de él la correa de su naturaleza. Soy un
hombre. Y tomé una decisión hace mucho: mis más oscuros deseos son solo para
las más oscuras almas. Este corderito tiene un alma de nieve, no voy a
acercarme lo suficiente como para mancharla con mis manos ensangrentadas».
El
silencio entre ambos es demasiado desesperante como para que Kei se quede
callado:
—¿Señor…
sigue enfadado? Siento haberle dicho que no. Sé que este es un castigo pequeño
en comparación con lo que otros reciben, siento quejarme. Siento haber cogido
las flores sin pedir permiso, señor, no quiero ser castigado de nuevo. Las
volveré a plantar en su lugar si usted…
El
demonio se gira y toma las flores que había dejado sin querer tiradas por la
cama. En su palma lucen ridículas, tan diminutas… las extiende hacia Kei, que
las toma con cierta vacilación, como una ardillita reluctante tomando nueces de
la palma de un desconocido.
—Está
bien. No estoy enfadado y no pretendía herirte antes. Los humanos sois
inconvenientemente frágiles —«Y yo salivo demasiado ante la idea de notar
esa fragilidad quebrarse entre mis dedos», suspira Zane, su tono es
apacible, tiene la quietud propia de una suave tristeza—. Puedes hacer el
ungüento con las flores, pero deberá ser mañana. Ahora el amanecer despunta,
así que es hora de dormir.
—Oh,
por supuesto, mi señor. Siento haberle entretenido tan largo rato, si solo
pudiese decirme, por favor, dónde debo dormir.
Zane
deja de lucir extrañamente decepcionado por un momento y suelta una pequeña
risa altanera. Su sonrisa crece en sus labios, ladina y juguetona, revelando
sus largos colmillos superiores e inferiores.
—¿No
he sido suficientemente claro? —pregunta, su tono ahora más animado, casi
excitado. Zane sabe que debe dejar de jugar a poner nervioso al pequeño humano.
¡Por Satán! Acaba de decidirlo hace tan solo un par de minutos. ¿Tan débil es
su voluntad? Tiene que alejarse de él y, sin embargo, se halla a sí mismo
inclinándose hacia el oído del chico arrodillado frente a él, sus labios
rozando la venda que oculta su mordisco, su fría, recta nariz delineando el
cartílago del oído del chico. Los vellos de su nuca se erizan. «Mañana
empezaré a alejarme de él, lo juro. Mañana», se promete el demonio y luego
susurra:— ¿O crees acaso que te he invitado a mi cama por otras razones más
emocionantes, chico atrevido?
Kei
entiende al instante la lasciva insinuación del demonio y puede sentir su
sonrisa presumida y cruel ampliarse contra la venda en su cuello, puede oír el
leve y viscoso de su lengua relamiéndose. Su lengua… Su cama… Kei
se recuerda la noche atrás, desnudo, en las mismas sábanas en las que está
ahora.
Y
las palabras del demonio lo empujan a imaginar qué otras cosas las manos, la
lengua y el sexo de esa criatura deseosa podrían haber probado de él. No es
capaz de coordinar sus ideas en su cabeza, solo de ponerse más rojo que los
ojos escarlata del vampiro, temblar como una pequeña hoja en un vendaval y
balbucear:
—Oh,
yo no… no pretendía, ja-jamás osaría insinuar que usted y yo pudiese… Espere,
¿en su… cama?
Kei
alza la mirada ligeramente cuando comprende lo que su amo trata de decirle. Es
cierto que el primer día lo pasó en la cama de Zane, pero no estaba durmiendo
en ella como un cortesano junto a su rey, estaba inconsciente. Jamás se le
hubiese ocurrido que el demonio fuese a reclamarlo de nuevo contra sus sábanas,
que fuese a invitarlo a un lugar tan sagrado como su lecho hecho única y
exclusivamente para que los mortales que en él se tienden se entreguen solo al
sueño eterno.
Zane
asiente, separándose un poco de él y mirándolo a los ojos, los cuales el chico
baja con rapidez y nerviosismo.
—Así
es, mi sacrificio. —le dice dulcemente e inhala profundo y despacio,
impregnándose del delicioso y complejo aroma que llena la estancia.
Una
pizca de miedo en un mar de nerviosismo, espolvoreado con vergüenza y… ¿Qué es
eso? ¿Acaso el humano se siente halagado por compartir lecho con su cruel
diablo? Oh, a Zane le gusta demasiado esa idea. Jamás un humano ha considerado
su cercanía un obsequio, sino siempre una maldición. Así que decide jugar un
poco más con eso: pone una mano sobre el raso pecho del chico y, tratando de
ser gentil, lo empuja suavemente hasta derrumbarlo en la cama, tumbado a su
lado. El chico hace un amago de levantarse, posiblemente alarmado por lo
vulnerable de la posición, pero la mano en su pecho lo clava en el lugar con
firmeza, pero sin ser dolorosa, y de pronto otra empieza a jugar con sus
cabellos desordenados sobre la almohada, relajándolo levemente.
—Tu
lugar es mi cama. —le dice el demonio y el chico hace una mueca adorable,
mareado por sus palabras, incapaz de entender nada. Está tan rojo que Zane
juraría que puede oler el cerebro del chico achicharrándose como un pollito
asado dentro de su cabeza. Ríe un poco mientras le da unos segundos al chico
para que tome la información lentamente y la asimile.
Cuando
su respiración se regulariza un poco y el muchacho, sin voz, asiente
dócilmente, Zane continúa:
—A
partir de ahora, no me harás esperar. Una hora antes de que amanezca vendrás
aquí sin demora y me esperarás obedientemente en la cama. Quiero tener un lecho
caliente e impregnado de tu dulce aroma en el que dormir cada vez que esté
cansado.
Kei
asiente de nuevo, silencioso, con su labio inferior mordisqueado y rojo. Zane
halla el gesto demasiado tentador, pero su boca es enorme y afilada, si
sucumbiese, dejaría la perfecta boquita de su humano toda ensangrentada y al
chico lloroso y aterrado, y él no quiere eso. Le gusta cómo está ahora, tan
manso, pero tan nervioso. Observándolo como a un dios en lugar de a un demonio.
—Pe-pero,
señor, ¿c-cómo voy a dormir con us…
—¿Es
una objeción eso que escucho salir de tu bonita boca? —interrumpe Zane,
sorprendido. Enarca una ceja inquisitivamente y, aunque su tono no es ni
remotamente intimidatorio, es algo más serio que antes y eso basta para activar
las alarmas en el chico y tensarlo de pronto, arrancándole mil disculpas
temerosas:
—E-en
absoluto, señor, es, es un honor, de veras, es solo que… se siente ¿incorrecto?
Zane
piensa en las palabras del chico antes de responder. Tiene razón, es incorrecto
que duerma con un humano: jamás lo ha hecho. ¿Y va a cambiar su rutina estable
y que por ahora lleva funcionando cientos de años por un mortal al que conoce
desde hace menos de dos días? Ese chico lo altera demasiado y, en una criatura
tan volátil como un demonio, el más ligero desequilibrio puede tener
consecuencias catastróficas.
Es
incorrecto que juegue a dormir con un chico al que quiere follar y devorar. Es
incorrecto que juegue con su comida así, pues en cualquier momento el juego se
volverá una cacería y él no quiere que Kei acabe entre sus colmillos, aunque lo
desea.
Es
incorrecto porque es peligroso, pero por eso se ha prometido que mañana
parará. Aún le queda esta noche para ser un poco arriesgado, solo un poco. Lo
suficiente para calmar esa urgencia que siente dentro de sí rogándole que se
acerque al muchacho, pero no demasiado como para que su cercanía signifique
garras y dientes hundidos en su carne tierna y joven, como queriendo probar un
pedacito de esa alma blanca y dulce como el azúcar.
—¿Y
por qué, mi pequeño sacrificio, cuando lo único incorrecto que puedes hacer es
desobedecerme?
Mientras
habla, Zane acaricia distraídamente no solo el cabello del chico, sino también
su pecho por encima de la ropa. Ahora que el chico ha dejado de resistirse y
está plácidamente tendido a su lado, no necesita empujarlo contra la cama, así
que lo recompensa de ese modo y recibe a cambio la hermosa sensación del
muchacho estremeciéndose bajo su toque y de su voz afinándose en lo que parece
ser un gemido entrecortado cada vez que sus caricias son insoportablemente
agradables.
—Porque
usted… es una criatura superior, señor, y yo soy su… alimento o, al menos,
debería haberlo sido. Dormir en su cama es como un ¿insulto hacia usted? Como
si un príncipe dejase dormir en su lecho a los pollos que tiene en el corral.
Zane
ríe alto y lleno de genuina diversión y Kei sonríe un poco, porque al demonio
parece gustarle su personalidad y a él le gusta gustarle, incluso si sabe que
no debería.
—Bueno,
hueles mejor que un pollo. —Zane habla de forma distraída, perezosa, invitando
al silencio, pues está mucho más centrado en acariciar la cabeza y el pecho del
humano.
Le
gusta mucho el tacto de sus suaves ondas y ama sentir, bajo las yemas de sus
dedos, ese corazoncito amable acelerándose por sus caricias. Kei nota que los
ojos del ser no son totalmente marrones, pero tampoco rojos, y esa ambigüedad,
junto a la quietud, le ponen nervioso.
Así
que hace lo que mejor se le da cuando está tenso: parlotear.
—A
mí me gusta cómo huelen los pollos de corral. Huelen a pan y cereales. Cuando
llueve, los pollos huelen fatal, como a perro mojado, peor cuando están secos y
les ha dado el sol. A mí me gusta poner la nariz entre sus plumas y olerlos un
poco porque es muy agradable. A veces huelen un poco tostaditos y me dan hasta
ganas de darles un mordisco, pero acabaría con la boca más llena de plumas que
una almohada. Por cierto, sus almohadas son la cosa más suave y cómoda del
mundo, como una nube. Mu-muchas gracias por dejarme dormir en su cama, me
siento demasiado consentido por ello, qué vergüenza. No entiendo todavía por
qué me concede este honor, pe-pero estoy muy agradecido, de verdad.
Zane
bufa, divertido, mientras escucha al chico. El amanecer avanza lentamente, el
cielo debe estar ya ocre y los párpados le pesan al demonio, pero quiere
permanecer un ratito más despierto, escuchando al chico hablar.
Bosteza
de pronto, abriendo sus enormes fauces, y el humano traga saliva viendo las
hileras de dientes blancos como perlas y fijándose sin poder evitarlo en el
escalofriante tamaño de los caninos inferiores y superiores y de los dientes
circundantes, también afilados, pero no tan prominentes. Siente un pinchazo en
el cuello y se lleva la mano ahí, a la venda, como queriendo protegerse.
Zane
se reacomoda en la cama y se desliza hasta quedar tumbado justo al lado de Kei,
girado hacia él. El humano está boca arriba en la posición exacta en que el
demonio lo ha puesto y, como no le ha ordenado que se mueva, se ha quedado
tieso como un muñequito de alambre todo este rato. Zane ríe, le resulta
adorable.
—Si
quieres comprender por qué tienes el honor de dormir conmigo a pesar de ser
solo mi tentempié, piénsalo así: los humanos soléis dormir con objetos que os
gustan, esto no es muy distinto a cuando un niño quiere a su oso de peluche por
las noches.
Mientras
habla, la voz de Zane se va tornando más suave y baja, también más lenta. Kei
lo mira de reojo y nota sus párpados a medio bajar y su expresión
exquisitamente relajada, su pecho impresionante que se alza cual montaña, sube
y baja despacio. El demonio está adormilado, tanto que ha dejado de tocarle el
pelo y el torso, así que Kei se siente envalentonado a preguntar alguna que
otra cosa que le ronda la cabeza.
—Señor,
entonces es usted un… ¿Un niño bajo estándares demoníacos? ¿Es joven?
Pero
el ser no confirma sus sospechas, al contrario, la destripa con las siguientes
palabras:
—Tengo
setecientos años, soy de los más antiguos de mi especie —comenta con una
sonrisa triunfal tan cansada que más bien parece una sonrisa ebria—, pero soy
un poco infantil a veces —su voz es solo un murmullo, sus palabras son lentas,
sus ojos empiezan a cerrarse—, soy muy posesivo con las cosas que me gustan
mucho mucho.
—Oh…
Kei
no sabe qué le sorprende más, que el demonio tenga cientos de años y que
aun así demuestre una humanidad propia de solo aquellos neófitos cuyos
sentimientos no han sido ahogados por la marea enloquecedora de los instintos
sanguinarios, o que le haya dicho que le gusta. Que le gusta mucho mucho.
Kei
sabe que su amo posiblemente solo está refiriéndose a que le gusta como un
tentempié delicioso, pero la manera en que lo ha dicho le hace sentir su
corazón acelerado y sus mejillas sonrojadas.
—Mm…
tarde… hora de dormir… —comenta con una voz cavernosa y pausada como un
ronquido y luego chasquea los dedos.
Lo
hace tan fuerte y tan rápido que una pequeña ráfaga de aire emana de sus dedos
y, con ella, todas las velas de la habitación se apagan, sumiéndolos a ambos en
la más profunda oscuridad.
El
demonio no está tocando a Kei, además, la cama es grande y el ser generoso, por
lo que le ha dado la mitad del lecho al diminuto humano, lo que significa que
fácilmente podría girarse y rodar hacia un lado y ni siquiera notaría que está
durmiendo en compañía, mucho menos en compañía de uno de los seres más
peligrosos y sádicos del mundo. Pero Kei no se mueve, se queda ahí, congelado,
temiendo despertar al otro con sus movimientos, y extrañamente arrullado por su
respiración pesada y profunda.
Cada
vez que el demonio exhala, el aire cálido y agradable que echa es suficiente
para despeinar al humano. Kei piensa que es así como uno debe sentirse si
despierta en la madriguera de un enorme oso que está hibernando.
De
repente, en medio del día, el demonio se revuelve entre las sábanas un poco y
murmura un gruñido tan imponente que le hiela los huesos a Kei.
«No,
él no». Es lo que dice su voz ronca y amenazante.
Acto
seguido, el demonio se da la vuelta, durmiendo de espaldas al humano. Pero algo
más se mueve entre las sábanas y Kei no atina a adivinar el qué hasta que
siente una serpiente fría y silenciosa reptando sobre sus piernas: la cola del
demonio le envuelve un tobillo, aferrándose a él como si temiese que el chico
fuese a escapar.
Kei
tarda un largo rato en dormirse, pero no está seguro de si es miedo lo único
que siente o si su nerviosismo no le pertenece todo a ese sentimiento. Debe
admitir, aunque no entiende por qué, que hablar con Zane le ha hecho sentir un
poco emocionado.
Han
pasado ya varias noches y todas ellas han sido mucho más sosegadas que la noche
en que Kei fue entregado como sacrificio y aquella en la que fue bendecido con
el honor de ser un siervo del rey demonio. Durante estas noches, el muchacho se
ha dedicado a seguir una rutina que le aporta cierto orden y paz a su vida: se
levanta, se asea y desinfecta el mordisco de su cuello, el cual todavía le
causa escalofríos y mareos cada vez que lo ve, y lo cubre con una venda; tras
eso, limpia durante la mayor parte de la noche, haciendo pequeñas pausas para
picotear algo de su bandeja de pan, fruta y verdura hervida, luego cuida a los
animales de la granja y de vez en cuando debe preparar la carne y sangre de uno
o dos y debe limpiar los ropajes y armas empapadas de sangre de sombras que los
esbirros traen tras una noche de cacería. Después, el chico va a los aposentos
de su amo, se tiende en la cama y espera pacientemente a que este aparezca,
apague las luces con un chasquido de dedos y le rodee el tobillo con su cola una
vez que el demonio ya está dormido.
Es
una rutina extraña y muchos la considerarían escabrosa, de pesadilla, pero es
la realidad de Kei y es una realidad mucho más apacible que la que le estaba
destinada, así que está contento por ello, por haber hallado un poco de
estabilidad cuando parecía que su mundo se desmoronaba.
Por
suerte, nadie le interrumpe ni rompe el ritmo de sus noches.
Ni
siquiera su amo.
Kei
tuerce la boca cuando piensa en ello. Siente solo puro alivio cuando los
esbirros pasan de largo al tenerlo al lado, pero cuando el rey demonio lo hace…
mentiría si dijese que la calma que siente cuando Zane lo ignora no tiene en
ella un poco de la tranquilidad propia de la decepción.
Kei
hallaba escalofriante el ansioso interés que el demonio demostró por él en su
primera noche como siervo, pero ahora que esa curiosidad parece haberse
disipado como el humo de una vela apagada, Kei encuentra el comportamiento del
demonio excesivamente frío y distante. Eso significa que sus noches
consisten en limpiar, comer y dormir en vez de en ser torturado para la
diversión de alguien más, pero no puede negar que una pequeña parte de él, muy
distinta a su instinto de supervivencia, suspira dolida cada vez que el demonio
pasa de largo, anhelando sus atenciones.
Teme
que esa misteriosa y poderosa criatura solo vuelva a posar sus ojos en él
cuando desee probar su sangre y su carne de nuevo y que su hambre haya
extinguido cualesquiera que fuesen las pulsiones que llevaban al demonio a
charlar con él relajadamente y a jugar con su pelo de vez en cuando.
Echa
de menos la cercanía de alguien, quien sea. Y esa soledad le recuerda a las
noches en que esperaba, tras limpiar toda la casa, a que Daren llegase del
trabajo y pudiesen pasar un rato juntos. Recuerda cómo él estallaba en mil
preguntas, pero el otro solo lo callaba a besos y, sí, Kei adoraba que alguien
quisiera besarle, pero la boca de Daren se sentía más deseosa de amordazarlo
que de adorarlo.
«¿Por
qué pienso en él ahora?», se pregunta, alicaído como un pajarillo que no
tiene ya energía para levantar el vuelo, y luego niega, tratando de sacudir
esos extraños recuerdos de su cabeza y de quedarse con los buenos. Daren,
cuando lo conoció, era tan encantador: carismático, divertido, atento… Kei está
seguro de que si lo viese de nuevo, se hallaría con ese mismo hombre del que se
enamoró, no con el tipo impaciente y cascarrabias con el que a veces discutía,
como todas las parejas hacen.
«
Ah, si pudiese verlo de nuevo…». De pronto sus ojos se llenan de lágrimas y el
mundo está borroso. Sus manos temblorosas. Su garganta arde de tanto retener
ahí una bola ardiente de nervios, sollozos e hipeos que no quiere vomitar,
porque piensa que si empieza, jamás parará de lamentarse por todas las personas
a las que extraña y a las que no recuperará jamás.
Y
entonces un enorme golpe le hace dar un repullo y parpadear rápido, purgando
sus ojos de las lágrimas y dejándole ver lo que ha pasado: ha cortado mal la
carne sobre la mesa de trabajo y el cuchillo se ha resbalado por un duro hueso,
casi rebanándole un dedo.
Kei
no se ha cortado de milagro.
«Cortarme…».
El
chico mira la cicatriz que ha quedado en su mano derecha, de cuando se dio un
tajo con la hoja de una espada y su Zane lo alivió con su saliva. La marca es
rosada y tan leve que ni se nota a menos que sepas qué buscar. Kei se siente
impresionado cada vez que la mira. Ni el ungüento de flores que se aplica cada
noche en la mordida de su cuello está siendo tan efectivo.
Pero
no piensa en eso ahora, piensa en cuando la herida estaba fresca, recién
abierta.
Zane
acudió de inmediato a él, como invocado por la sangre. Esa noche la cercanía
del demonio no se sentía solo como un peligro inminente erizándole el vello de
todo el cuerpo, sino como algo más. Sabe que ese ser es una bestia sin
escrúpulos, pero ha sido un poco amable con él, a veces, al menos, y le
gustaría ver más ese lado, sobre todo cuando se siente tan solo que lo único
que hace es recordar a las personas que ha perdido.
Ya
sea porque el mundo se las arrebató.
«Mamá…».
O
porque le han abandonado.
«Daren…».
Kei
tiene el corazón acelerado, pues sabe que está coqueteando con ideas
demasiado temerarias, pero se pregunta si no podría obtener un poquito de la
atención del demonio si se hiciese un corte. Uno pequeñito, casi por error,
como cuando uno se pincha con el filo del cuchillo en la yema de un dedo y
brotan apenas un par de gotas de sangre.
Kei
toma el cuchillo, pone el filo sobre la yema del dedo índice, sin apretar, solo
apoyándolo con cuidado, mientras examina la idea en su mente. Siente que se ha
vuelto loco. ¿Apenas lleva una semana en el palacio y ya está dispuesto a
ofrecerse como una presa herida para ser cazada y devorada solo por un poco de
atención? Pero, por otro lado, Zane le causa una curiosidad muy extraña, una
que hormiguea bajo su piel como esa clase de picores que uno no puede dejar sin
rascar. Es casi irresistible.
Gira
el cuchillo a un lado y a otro, como si desatornillase la yema de su dedo, pero
aún sin hacerse daño. Muerde su labio. «¿Qué estoy haciendo? ¿Qué jodido
suicidio es este?», piensa, angustiado.
Pero
no se detiene.
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