Capítulo 5: Rododendro

 

Al final, preparar la comida de los esbirros no es tan terrible como Kei imaginó. Pensaba que sería demasiado degollar a los cerdos, ver toda la sangre caer, la vida escurriéndose fuera de ese cuerpo hasta dejarlo hecho una carcasa que él debía destrozar con cuchillos como garras y martillos como puños.

Pero ha sido… extrañamente pacífico. Kei se ha acercado a los cerdos y, al verlo aproximarse, los animales han sacado energía de donde antes solo había agotamiento y se han puesto a retorcerse y a chillar, pero Kei ha respirado hondo.

Ha tenido mano firme.

Y ha pensado: «No pasa nada, no es la primera vez que mato cerdos».

Luego ha llevado su mano a los cuellos de los animales.

Y los ha acariciado con una ternura que muchos no tienen ni siquiera con otros humanos. Los ha acariciado con comprensión y con cariño, como él fue acariciado la noche anterior, cuando creyó que moriría en las garras de un demonio extrañamente amable.

—Tú también eres inocente, ¿verdad? Lo haré rápido, no mereces sufrir. —les ha dicho a cada uno.

Los cerdos han parecido hechizados por sus manos y sus palabras. No, no hechizados, pues la magia engaña, han parecido convencidos: como si comprendiesen que nadie ahí tiene la culpa, que Kei no es un verdugo, sino un amigo que quiere evitarles más penas.

Así que cuando ha deslizado el cuchillo por sus gargantas, los animales lo han mirado con un callado agradecimiento, pues el chico ha hecho el gesto rápido, limpio y profundo: realmente esmerándose por que el mareo sea instantáneo y el dolor no llegue a tocar esos animales antes de que lo haga la muerte.

Han tardado varios minutos en desangrarse y el olor metálico de la sangre ha hecho a Kei marearse y tener que abrir las puertas de madera, pero pasado un rato ha tomado las herramientas y ha cortado a los cerdos, pedazo a pedazo, dejando sus partes desguazadas en unas cubetas de madera que alguien ha dispuesto para él a un lado de la mesa de trabajo. Patas, cabezas, órganos, costillas… Mientras Kei ve a los animales transformarse en carne y sangre, se pregunta si él se verá igual cuando Zane lo mate.

El demonio le ha dicho que no quiere desperdiciarlo, pero ¿cuál es el plan, sino? ¿Mantenerlo con vida por siempre? Kei se torna entonces consciente de que posiblemente el diablo no le haya perdonado la vida, solo haya postergado su muerte hasta que pueda exprimirle en sus últimos días, semanas o puede que meses, hasta la última gota de goce que pueda sacar de él. Kei no le culpa: es un demonio, no debería tener la más mínima compasión por un mortal como él, solo hambre, y sin embargo, el ser ha sido ciertamente amable.

Agradece eso, pero aguarda con absoluto terror el momento en que el demonio deje salir su verdadera naturaleza y sea con él no ya un amo paciente, sino un depredador sediento de sufrimiento y carne ensangrentada.

Hoy, piensa, ha visto una lasca de su verdadero ser, un atisbo entre las grietas de su máscara. Kei se alza la camisa y ve cómo todo su vientre, sus costillas y posiblemente su espalda también, están totalmente moradas. La cola del demonio lo ha apretado tan duro de repente que estaba seguro de que iba a romperle los huesos, de hecho, si el demonio se hubiese descuidado, eso habría sido todo: le habría partido las costillas y la columna, su estómago y pulmones reventados. Habría muerto.

Kei niega con la cabeza y trata de no pensar en ello. «No volveré a ser desobediente, no volverá a pasar. Y, quizá, si soy muy bueno y agradecido, el amo sigue siendo amable, sigue retrasando mi muerte una noche más y otra y otra…».

Sus pensamientos esperanzados le ayudan a distraerse mientras toma los cubos de sangre y las bandejas de madera llenas de carne y vísceras y las carga en un carrito de tres bandejas con ruedas del que empuja para llevar toda esa comida.

Atraviesa el jardín y mira a su alrededor comprobando que está solo para hacer una pequeña pausa. Deja el carrito y se agacha en un pequeño parche amarillo del bosquecito, poblado de unas flores muy similares a las margaritas, pero que no lo son exactamente: árnicas. Kei se asegura de que son lo que busca y luego corta unas pocas con cuidado, formando un pequeño ramo que ata con el tallo de una de ellas, y luego lo pone tras su oreja, sujetado por sus mullidos rizos.

Después de eso, retoma la marcha y llega al largo comedor empujando su carrito de carne y sangre de cerdo, aunque ralentiza un poco la marcha: alrededor de la larga mesa del comedor aguardan los esbirros sentados y hablando a voces, con sus pieles blancas y pétreas, sus ojos negros y sus dientes de tiburón. Todos se vuelven hacia él tan pronto aparece en su campo de visión y el chico, más tranquilo hasta entonces, siente su corazón dar un vuelco.

Los esbirros se comportan con salvajismo, vitoreando y chillando de la alegría al ver la comida y, un segundo después, pasando a rugir furiosamente que se dé prisa y les sirva sus porciones. Kei se acerca con pasos temblorosos y empieza a poner, con sus propias manos, pedazos de carne sobre los platos impolutos de los esbirros. No hay cubiertos, pero no se preocupa por ir a buscarlos: tan pronto como ve a los esbirros partir huesos con sus dientes y hundir gustosamente sus uñas en la piel dura del animal muerto, sabe que no los necesitará. Toma los vasos que los esbirros le dan y los hunde en los cubos de sangre, devolviéndolos bañados en rojo y apartando la vista cuando escucha a las bestias sorber con ímpetu y ve por el rabillo del ojo cómo la sangre les chorrea por el torso del ansia con la que beben.

Kei había limpiado la cocina unas horas atrás, así que supone que mañana tendrá que empezar la tarea de cero.

Aunque la forma en que los esbirros comen es desagradable y primitiva, lo que más mantiene a Kei con la vista baja y la piel de gallina no es eso, sino que mientras comen, todos los esbirros lo miran a él como fantaseando con que es su carne la que les queda entre los dientes. Algunos incluso lo miran como si realmente el chico fuese a ser el postre.

De pronto, mientras lleva un vaso rebosante de sangre de cerdo hacia la mesa, uno de los esbirros lo intercepta: su enorme garra rodea el antebrazo de Kei y a este se le cae el vaso de las manos y da un enorme repullo del susto.

—La sangre de cerdo no se me hace apetecible con esta tentadora oferta aquí, al alcance de mis garras. —declara el ser, relamiéndose al ver a Kei abrir los ojos con horror y tratar de zafarse de su férreo agarre.

De golpe, alguien toma uno de los pedazos del vaso que ha estallado contra el suelo y atraviesa el antebrazo del esbirro por completo, clavándolo a la mesa como si fuese un papel atravesado por una aguja. El esbirro profiere un alarido de dolor y suelta a Kei, que se aleja lentamente y se frota el antebrazo, sabiendo que otro hematoma florecerá ahí esta noche. «Debería haber cogido más flores».

—¡Sácame esta mierda, hijo de p-

Un bofetón cruza la cara del esbirro, cortesía de la misma mano que ha empuñado el cristal que ahora lo clava a la mesa. Kei no puede evitar reprimir un suspiro de alivio y una sonrisita triunfal.

—Deja de insultarme, desperdicio de carne sin cerebro, estoy ayudándote, ¿o debería haberte dejado ponerle las manos encima y esperar pacientemente a que alguien se lo diga al amo?

Cuando Kei escucha al esbirro hablar, lo reconoce inmediatamente: es el de las cicatrices, el esbirro amable.

El otro esbirro se arranca él mismo el cristal del brazo y masculla algunas groserías, pero ahora come tranquilo, sin molestar a Kei. El esbirro amable, sin embargo, se levanta de la mesa y se acerca al humano, que la mira con cierto nerviosismo: es agradable, pero no deja de ser un monstruo con carne muerta entre los dientes y sangre oscura empapándole el mentón.

—No te dejes achantar. Solo intenta asustarte, le gusta. A todos nos gusta el olor del miedo, solo que algunos controlamos mejor nuestra naturaleza que otros. Es la primera vez que nuestro amo conserva a un sacrificio con vida, así que todos están algo alborotados por sentir tu olor por todo el palacio. En unas noches estarán más sosegados, pero debes mantenerte firme.

Kei asiente en silencio, demasiado asustado por el reciente estallido de violencia como para hallar su voz, e intenta agradecerle con la mirada. El esbirro se limpia la sangre de la boca con el dorso de la mano en un intento de lucir más presentable y le sonríe a Kei, pero sus dientes serrados y llenos de restos de su comida no ayudan en absoluto, así que disuelve la mueca tan pronto como ve al chico encargar sus cejas con preocupación, sus ojitos color bosque fijos en sus fauces.

—Deberías comer tú también. El amo Zane no querría a una presa desnutrida.

Los ojos de Kei viajan a la mesa llena de vísceras y sangre.

—¿Qué… qué es lo que comeré? —pregunta con voz temblorosa, rezando porque la respuesta no sea lo que cree que es.

—Oh, no te asustes. La carne cruda y la sangre es toda para nosotros —responde riendo un poco—, hay un carro al final de la cocina. El amo ha ordenado que se te prepare algo cada noche con comida que solemos usar para el ganado, así que estará bien para ti. Puedes ir a comerlo ya, si lo deseas.

Kei asiente y exhala un enorme suspiro de alivio. Se marcha de esa sección de la cocina tan pronto como puede y cuando llega al fondo de esta, donde el suelo no está salpicado de sangre ni se escucha el estridente sonido de dientes como cuchillas triturado huesos y desgarrando piel, tiene la sensación de que un peso ha sido quitado de sus hombros y de que hasta el aire es más limpio en esa zona.

Ahí, apoyado contra una diminuta mesita con una única silla, hay un carrito de madera como el que él empujaba, pero mucho más pequeño, y varias bandejas de plata en él. Kei se ruboriza un poco. ¿El demonio ha pedido que aparten esa encantadora mesa privada para él en la cocina, le ha puesto una silla tan bonita, con figuras talladas, y un mantel bordado y ha hecho a alguien cocinarle la cena? Es mucha molestia para una mesa presa.

Piensa en su amado, en cómo lo echa de menos o, al menos, en cómo echa de menos los momentos bonitos y reconfortantes, pero inevitablemente se le vienen a la mente las peleas: Kei se recuerda exhausto tras pasar el día limpiando y cocinando y aún puede sentir en los ojos las lágrimas que retenía cuando el amor de su vida le gritaba porque no había hecho suficiente comida o porque estaba sosa. Kei jamás se atrevió a decirle que cocinase él mismo y jamás lo imaginó cocinando, mucho menos haciéndolo para él.

Cuando Kei alza las tapas de plata, el humo atrapado con la comida se alza y llega a su nariz el aroma de las verduras hervidas y el pan recién hecho: hay patata, zanahoria, calabacín y hasta una mazorca de maíz. Los platos están a rebosar y hasta tiene un vaso con caldo, una jarra de agua y junto al pan un bol con frutas silvestres que alguien debe haber recogido en el bosque salvaje que se extiende en el gran jardín de su amo.

El estómago de Kei da un rugido que podría provocarle envidia a un león y, por un momento, el estrés de la noche deja de opacar el resto de sensaciones y Kei se da cuenta de que no está hambriento, sino famélico. Come con tantas ganas que hasta parece un esbirro, usando sus manos y metiéndose en la boca comida que todavía humea y le hace sacar vapor por la nariz como si fuese un dragón. Bebe a borbotones y no deja en todo el carrito ni una sola miga de pan.

Al terminar, está lleno y satisfecho. Oh, y también somnoliento.

Kei se da cuenta de una cosa: la noche dentro de poco llegará a su fin. Todos los esbirros se han retirado ya de la cocina hacia sus dormitorios, dejándola hecha un desastre tal que parece una tétrica escena del crimen El gran rey demonio posiblemente esté también en sus aposentos y, bueno, Kei está ahí de pie, sin saber a dónde ir.

Se plantea dormir en el suelo, pero se imagina siendo despertado a patadas y gritos, recibiendo un regaño ejemplar y un castigo sádico por haberse quedado dormido por ahí como un animal, haciendo el castillo lucir como un corral sucio. Piensa entonces que quizá debería dormir entre el heno y los animales en el corral, de todos modos, sería más cómodo que cuando dormía en la calle y los animales le gustan, así que le darían compañía. Además, él es ganado ahora, incluso le dan la misma comida, así que tiene sentido que duerma en el mismo lugar.

Pero ¿Y si no debería dormir ahí y su amo lo pilla, mientras amanece, cruzando los jardines camino a los establos? Podría pensar que trata de huir y… Kei siente la sangre drenándose de su rostro cuando imagina lo que el demonio le haría.  Jadea de la impresión por las imágenes que se forman en su mente y le duelen las costillas al tomar y expulsar aire.

Toca su pelo, comprobando que las flores siguen ahí.

Su amo le ha dicho que no quiere ser molestado, pero Kei está muy nervioso e indeciso, así que al final piensa que la mejor opción es preguntarle a él mismo qué debe hacer. Sube las escaleras a la segunda planta, cruza el largo pasillo y, al llegar frente a los enormes pórticos de los aposentos del amo Zane, Kei se queda parado unos minutos, mordisqueándose el labio y jugando con sus manos.

Al hacerlo, no puede evitar ver el corte que se ha hecho limpiando la espada: luce mucho, muchísimo mejor de lo que debería. La saliva del demonio ha obrado un milagro. Por alguna razón, ver eso le da a Kei el suficiente optimismo como para llamar a la puerta con la esperanza de que su amo no vaya a enfadarse.

Kei espera unos segundos y luego escucha unos inconfundibles y elegantes pasos dirigirse a la puerta; se pregunta cómo una bestia de semejante tamaño puede andar de manera tan liviana y sigilosa. Luego, cuando el pomo gira, su cabeza queda en blanco y empieza a ponerse nervioso.

Cuando el demonio abre la puerta hacia el dormitorio, Kei intenta ensayar mentalmente las palabras que tenía planeadas (una disculpa por la molestia, una educada pregunta para saber dónde dormiría y un muy efusivo agradecimiento), pero se queda boquiabierto y de su boca, por desgracia, no sale ni una sola palabra.

El demonio lo recibe en su atuendo de dormir, que consta de únicamente unos pantalones blancos y finos que se abrazan a sus piernas gruesas y musculosas. Su torso está desnudo, esa figura que pareciera tallada en mármol, de piel suave y contornos duros, músculos marcados cuando el demonio se tensa levemente, las venas descollando, los tendones como cuerdas tensas bajo la dermis y relieves redondeados y agradables cuando se relaja. Kei no puede evitar ver sus brazos gruesísimos, sus hombros anchos, los pectorales abultados y ese abdomen de generosas proporciones, con algo de grasa, pero músculos tan grandes debajo que cuando respira se entrever algunas líneas marcándose, contornos de su fuerza y su poder.

El demonio, para estar cómodo antes de dormir, se ha quitado también todas sus joyas: sus anchos brazaletes de oro, la cadena que le rodeaba la cintura holgadamente, los anillos que revestían sus fuertes dedos, los mil pendientes en sus largas y afiladas orejas… e incluso la cadenita que llevaba entre sus dos magnificentes cuernos y que luego destellaba entre mechones de su cabello, como una constelación brillando en el cielo azabache.

Sin embargo, el ser luce reluciente de todos modos: su piel nívea como la porcelana, sus uñas brillantes cristal, sus colmillos robustos y pálidos como el hueso… y luego, contrastando con semejante blancura, el negro abismal de su cabello, el rojo que brilla en sus ojos apenas unos segundos cuando se posan sobre Kei y lo reconocen y el color cereza que adorna sus jugosos labios.

Zane es una criatura que haría que a cualquiera le temblasen las rodillas y cayese sobre ellas ante él: o bien para rezarle como a un dios o bien para rogarle como a un demonio.

Kei no está seguro de cuál de ambas opciones es la suya, pero sus piernas se sienten ciertamente de gelatina y nota el aliento retenido en su garganta.

—Llegas tarde. —le dice el demonio, con voz seria, pero tranquila. 

Luego le sonríe y le da la espalda, andando lentamente hacia la cama. Kei mira la espalda anchísima del hombre, cómo los cuatro brazos salen de ella, los omóplatos marcándose con cada gesto que hace, los dorsales anchos como alas, dando la ilusión de una esbelta y estrecha cintura, incluso si el ser es enorme. Kei sigue la hondonada de la columna del diablo y repara en que allí donde está la base de su cola, algunas escamas parecen fundirse con la piel. La cola del hombre está baja, pero no roza el suelo. Barre de izquierda a derecha, lentamente, como una serpiente deslizándose sobre el aire en silencio, dirigiéndose a su madriguera.

—¿T-tarde? —pregunta Kei, confundido, una vez logra procesar las palabras de su amo.

—Mhm. —responde este con un pequeño asentimiento.

Sube a la cama, acomodándose con la espalda contra el cabecero y sus largas piernas extendidas. Su pecho desnudo sube y baja mientras respira cansado y sosegado y Kei no puede parar de mirar sus músculos marcándose con cada gesto que hace, su abdomen formando pequeños rollitos cuando se dobla al recostarse contra el cabecero.

—Cierra la puerta.

Kei obedece con gran dificultad, esa puerta es posiblemente lo más pesado que ha movido nunca.

De pronto se da cuenta de que está a solas en el dormitorio del demonio otra vez y de que no recuerda siquiera a qué había venido. Se queda en el centro de la habitación como un pasmarote varios segundos, bajo la atenta y curiosa mirada de su amo, y luego da un pequeño bote, reaccionando por fin.

—O-oh, amo, perdóneme por estar tan distraído. Di-disculpe que le moleste, sé que el sol saldrá en breve y que usted quiere descansar, pero necesitaba preguntarle dónde dormiré, puedo ir al corral si lo de…

Kei cierra la boca de pronto cuando el diablo lo mira divertido, tuerce la cabeza y entonces palmea la cama, junto a él, indicándole que suba al lecho.

Por un instante el chico cree que las piernas le van a fallar, pero cuando quiere darse cuenta, está obedeciendo a toda prisa, correteando hacia la cama del rey demonio y trepando por la orilla para arrodillarse en esta. Lo hace justo al lado de su amo, aunque a una distancia prudencial, con las piernas juntas y las manos pulcramente tendidas sobre su regazo, la cabeza gacha en una diminuta y respetuosa reverencia y la espalda muy recta, con los hombros bien encuadrados.

Su postura es pura sumisión y al demonio se le escapa un pequeño ronroneo (o quizá es un rugido lento y ronco) de gusto al ver al chico tan servicial.

Kei está respirando entrecortado, sin entender bien por qué su amo le manda a subir a la cama con él, no pretenderá que duerman juntos, ¿cierto? Se le pone la cara roja del bochorno ante tal osado pensamiento y descarta la idea de inmediato, sintiéndose un niño iluso.

El demonio se ladea un poco hacia él y pone una de sus manos en su espalda baja, haciendo que arquee su columna hasta crear una hermosa curva y luego empujando un poco más hasta acercarse al chico. Lo mira con curiosidad y luego otra mano suya parece que va a acariciarle el pelo, pero, en su lugar, le quita el ramito de flores amarillas de él y las examina.

—¿Te gusta decorarte con flores? —pregunta con un tono suave y, luego, habla un poco más emocionado, casi expectante— ¿Estabas intentando ponerte bonito para tu amo?

Kei estaba rojo antes, pero ahora siente calor incluso en sus orejas. Niega rápidamente y se apresura a darle a su propietario una explicación:

—E-en realidad era para aplastarlas y hacerme una crema para los hematomas, no está mal que las haya cogido de su jardín, ¿verd-

—¿Hematomas? —su tono se torna serio de repente, Kei puede ver el roble de sus iris destellar un segundo, como ascuas siendo avivadas por una brisa que amenaza con tornarse huracán— ¿Quién mierda te ha tocado? —exige saber y su voz no es ya amable, ni juguetona.

Su corazón se acelera, su cerebro se vuelve pudin. Cuando Zane ordena, él parece haber nacido por y para la obediencia, porque ninguna otra opción cruza su mente.

—Humano —insiste con un profundo gruñido—, ¿quién ha puesto sus manos sobre ti?

Kei piensa en la hora de la cena, en el esbirro que le ha rodeado el brazo. Todo estaba lleno del color de la carnicería que los esbirros han hecho con el cadáver de los cerdos, pero está seguro, ahora, de que era la misma mano que le amorató el brazo cuando lo trajo al castillo, la misma voz que apostó sobre cuánto duraría con vida. Ese esbirro cruel que lo arrancó de su casita, como una flor, y lo arrojó a su amo como un regalo hermoso para marchitarse poco a poco. 

Kei podría contarle eso a su amo, obtenerle un castigo ejemplar a ese siervo por haberle hecho pasar un mal trago. Pero no quiere iniciar conflictos y buscarse problemas, además, no es por eso por lo que ha cogido las flores.

—N-no, señor, me refiero a los que me hizo usted.

Zane reacciona como si le hubiesen echado un vaso de agua fría al rostro y mira a su humano entre el desconcierto y la ofensa.

—¿De qué estás hablando?

Kei, algo tímido pero queriendo ser honesto, levanta un poco su camisa y con ello revela su hermoso vientre llano, esa cintura pequeña hecha para encajar con manos grandes, pero cuidadosas y, más arriba… Zane aprieta los dientes, la furia enrojece su mirada y envenena sus deseos. En esa piel blanca como nata, enormes flores violáceas manchan la piel que cubre las costillas y que hace que cada bocanada de aire del humano duela.

Desea matar, destrozar.

«Defender a esta criatura tan frágil. Bañarme en la sangre de quienes osen derramar una sola de sus lágrimas».

Pero esas terribles marcas que envuelven al chico como una cuerda tienen textura. Zane se fija: el patrón de sus escamas es discernible tenuemente para un ojo tan agudo como el suyo y, de pronto, su odio se torna vergüenza.

Arrepentimiento.

—No. Yo no he…

Niega con la cabeza, pero no termina de hablar. Su marca está en el chico y el temor de ser herido de nuevo llena su sincera mirada.

Es innegable, pero él no le haría eso. No a ese corderito inocente.

—Ha sido cuando me ha agarrado con su… con su cola. Cu-cuando ha apretado.

El demonio traga saliva y extiende sus cuatro manos hacia el chico. Al inicio, Kei hace el amago de apartarse, pero una mano le rodea la cintura con tal suavidad que se deja hacer de inmediato.

Zane sube la camisa del chico con una mano, sostiene su espalda recta con otra y, con la última, traza su estúpido y doloroso error púrpura en la piel del chico, sus dedos deslizándose poco a poco sobre las marcas, como si no pudiese creerse que fueran reales. Kei se retuerce bajo su toque y pequeños quejidos emergen de su boca mientras cierra los ojos con fuerza por el dolor.

Zane retira sus dedos, como si el contacto quemase, y cubre al chico con la camiseta de nuevo; mientras se yergue, le da la espalda en la cama, sentándose en el filo de esta. Pensativo.

«Soy peligroso para él. Y es peligrosa la intensidad de los sentimientos que él despierta en mí Los humanos pueden hacerme sentir entretenido, pero ¿apegado? Estoy jugando con fuego y la calidez es agradable y, oh, tan familiar. ¿Acaso no es el infierno mi hogar?

Pero no puedo hacer eso. No puedo rendirme a mis instintos: no soy un perro que se deja llevar por los tirones que da de él la correa de su naturaleza. Soy un hombre. Y tomé una decisión hace mucho: mis más oscuros deseos son solo para las más oscuras almas. Este corderito tiene un alma de nieve, no voy a acercarme lo suficiente como para mancharla con mis manos ensangrentadas».

El silencio entre ambos es demasiado desesperante como para que Kei se quede callado:

—¿Señor… sigue enfadado? Siento haberle dicho que no. Sé que este es un castigo pequeño en comparación con lo que otros reciben, siento quejarme. Siento haber cogido las flores sin pedir permiso, señor, no quiero ser castigado de nuevo. Las volveré a plantar en su lugar si usted…

El demonio se gira y toma las flores que había dejado sin querer tiradas por la cama. En su palma lucen ridículas, tan diminutas… las extiende hacia Kei, que las toma con cierta vacilación, como una ardillita reluctante tomando nueces de la palma de un desconocido.

—Está bien. No estoy enfadado y no pretendía herirte antes. Los humanos sois inconvenientemente frágiles —«Y yo salivo demasiado ante la idea de notar esa fragilidad quebrarse entre mis dedos», suspira Zane, su tono es apacible, tiene la quietud propia de una suave tristeza—. Puedes hacer el ungüento con las flores, pero deberá ser mañana. Ahora el amanecer despunta, así que es hora de dormir.

—Oh, por supuesto, mi señor. Siento haberle entretenido tan largo rato, si solo pudiese decirme, por favor, dónde debo dormir.

Zane deja de lucir extrañamente decepcionado por un momento y suelta una pequeña risa altanera. Su sonrisa crece en sus labios, ladina y juguetona, revelando sus largos colmillos superiores e inferiores.

—¿No he sido suficientemente claro? —pregunta, su tono ahora más animado, casi excitado. Zane sabe que debe dejar de jugar a poner nervioso al pequeño humano. ¡Por Satán! Acaba de decidirlo hace tan solo un par de minutos. ¿Tan débil es su voluntad? Tiene que alejarse de él y, sin embargo, se halla a sí mismo inclinándose hacia el oído del chico arrodillado frente a él, sus labios rozando la venda que oculta su mordisco, su fría, recta nariz delineando el cartílago del oído del chico. Los vellos de su nuca se erizan. «Mañana empezaré a alejarme de él, lo juro. Mañana», se promete el demonio y luego susurra:— ¿O crees acaso que te he invitado a mi cama por otras razones más emocionantes, chico atrevido?

Kei entiende al instante la lasciva insinuación del demonio y puede sentir su sonrisa presumida y cruel ampliarse contra la venda en su cuello, puede oír el leve y viscoso de su lengua relamiéndose. Su lengua… Su cama… Kei se recuerda la noche atrás, desnudo, en las mismas sábanas en las que está ahora.

Y las palabras del demonio lo empujan a imaginar qué otras cosas las manos, la lengua y el sexo de esa criatura deseosa podrían haber probado de él. No es capaz de coordinar sus ideas en su cabeza, solo de ponerse más rojo que los ojos escarlata del vampiro, temblar como una pequeña hoja en un vendaval y balbucear:

—Oh, yo no… no pretendía, ja-jamás osaría insinuar que usted y yo pudiese… Espere, ¿en su… cama?

Kei alza la mirada ligeramente cuando comprende lo que su amo trata de decirle. Es cierto que el primer día lo pasó en la cama de Zane, pero no estaba durmiendo en ella como un cortesano junto a su rey, estaba inconsciente. Jamás se le hubiese ocurrido que el demonio fuese a reclamarlo de nuevo contra sus sábanas, que fuese a invitarlo a un lugar tan sagrado como su lecho hecho única y exclusivamente para que los mortales que en él se tienden se entreguen solo al sueño eterno.

Zane asiente, separándose un poco de él y mirándolo a los ojos, los cuales el chico baja con rapidez y nerviosismo.

—Así es, mi sacrificio. —le dice dulcemente e inhala profundo y despacio, impregnándose del delicioso y complejo aroma que llena la estancia.

Una pizca de miedo en un mar de nerviosismo, espolvoreado con vergüenza y… ¿Qué es eso? ¿Acaso el humano se siente halagado por compartir lecho con su cruel diablo? Oh, a Zane le gusta demasiado esa idea. Jamás un humano ha considerado su cercanía un obsequio, sino siempre una maldición. Así que decide jugar un poco más con eso: pone una mano sobre el raso pecho del chico y, tratando de ser gentil, lo empuja suavemente hasta derrumbarlo en la cama, tumbado a su lado. El chico hace un amago de levantarse, posiblemente alarmado por lo vulnerable de la posición, pero la mano en su pecho lo clava en el lugar con firmeza, pero sin ser dolorosa, y de pronto otra empieza a jugar con sus cabellos desordenados sobre la almohada, relajándolo levemente.

—Tu lugar es mi cama. —le dice el demonio y el chico hace una mueca adorable, mareado por sus palabras, incapaz de entender nada. Está tan rojo que Zane juraría que puede oler el cerebro del chico achicharrándose como un pollito asado dentro de su cabeza. Ríe un poco mientras le da unos segundos al chico para que tome la información lentamente y la asimile.

Cuando su respiración se regulariza un poco y el muchacho, sin voz, asiente dócilmente, Zane continúa:

—A partir de ahora, no me harás esperar. Una hora antes de que amanezca vendrás aquí sin demora y me esperarás obedientemente en la cama. Quiero tener un lecho caliente e impregnado de tu dulce aroma en el que dormir cada vez que esté cansado.

Kei asiente de nuevo, silencioso, con su labio inferior mordisqueado y rojo. Zane halla el gesto demasiado tentador, pero su boca es enorme y afilada, si sucumbiese, dejaría la perfecta boquita de su humano toda ensangrentada y al chico lloroso y aterrado, y él no quiere eso. Le gusta cómo está ahora, tan manso, pero tan nervioso. Observándolo como a un dios en lugar de a un demonio.

—Pe-pero, señor, ¿c-cómo voy a dormir con us…

—¿Es una objeción eso que escucho salir de tu bonita boca? —interrumpe Zane, sorprendido. Enarca una ceja inquisitivamente y, aunque su tono no es ni remotamente intimidatorio, es algo más serio que antes y eso basta para activar las alarmas en el chico y tensarlo de pronto, arrancándole mil disculpas temerosas:

—E-en absoluto, señor, es, es un honor, de veras, es solo que… se siente ¿incorrecto?

Zane piensa en las palabras del chico antes de responder. Tiene razón, es incorrecto que duerma con un humano: jamás lo ha hecho. ¿Y va a cambiar su rutina estable y que por ahora lleva funcionando cientos de años por un mortal al que conoce desde hace menos de dos días? Ese chico lo altera demasiado y, en una criatura tan volátil como un demonio, el más ligero desequilibrio puede tener consecuencias catastróficas.

Es incorrecto que juegue a dormir con un chico al que quiere follar y devorar. Es incorrecto que juegue con su comida así, pues en cualquier momento el juego se volverá una cacería y él no quiere que Kei acabe entre sus colmillos, aunque lo desea.

Es incorrecto porque es peligroso, pero por eso se ha prometido que mañana parará. Aún le queda esta noche para ser un poco arriesgado, solo un poco. Lo suficiente para calmar esa urgencia que siente dentro de sí rogándole que se acerque al muchacho, pero no demasiado como para que su cercanía signifique garras y dientes hundidos en su carne tierna y joven, como queriendo probar un pedacito de esa alma blanca y dulce como el azúcar.

—¿Y por qué, mi pequeño sacrificio, cuando lo único incorrecto que puedes hacer es desobedecerme?

Mientras habla, Zane acaricia distraídamente no solo el cabello del chico, sino también su pecho por encima de la ropa. Ahora que el chico ha dejado de resistirse y está plácidamente tendido a su lado, no necesita empujarlo contra la cama, así que lo recompensa de ese modo y recibe a cambio la hermosa sensación del muchacho estremeciéndose bajo su toque y de su voz afinándose en lo que parece ser un gemido entrecortado cada vez que sus caricias son insoportablemente agradables.

—Porque usted… es una criatura superior, señor, y yo soy su… alimento o, al menos, debería haberlo sido. Dormir en su cama es como un ¿insulto hacia usted? Como si un príncipe dejase dormir en su lecho a los pollos que tiene en el corral.

Zane ríe alto y lleno de genuina diversión y Kei sonríe un poco, porque al demonio parece gustarle su personalidad y a él le gusta gustarle, incluso si sabe que no debería.

—Bueno, hueles mejor que un pollo. —Zane habla de forma distraída, perezosa, invitando al silencio, pues está mucho más centrado en acariciar la cabeza y el pecho del humano.

Le gusta mucho el tacto de sus suaves ondas y ama sentir, bajo las yemas de sus dedos, ese corazoncito amable acelerándose por sus caricias. Kei nota que los ojos del ser no son totalmente marrones, pero tampoco rojos, y esa ambigüedad, junto a la quietud, le ponen nervioso.

Así que hace lo que mejor se le da cuando está tenso: parlotear.

—A mí me gusta cómo huelen los pollos de corral. Huelen a pan y cereales. Cuando llueve, los pollos huelen fatal, como a perro mojado, peor cuando están secos y les ha dado el sol. A mí me gusta poner la nariz entre sus plumas y olerlos un poco porque es muy agradable. A veces huelen un poco tostaditos y me dan hasta ganas de darles un mordisco, pero acabaría con la boca más llena de plumas que una almohada. Por cierto, sus almohadas son la cosa más suave y cómoda del mundo, como una nube. Mu-muchas gracias por dejarme dormir en su cama, me siento demasiado consentido por ello, qué vergüenza. No entiendo todavía por qué me concede este honor, pe-pero estoy muy agradecido, de verdad.

Zane bufa, divertido, mientras escucha al chico. El amanecer avanza lentamente, el cielo debe estar ya ocre y los párpados le pesan al demonio, pero quiere permanecer un ratito más despierto, escuchando al chico hablar.

Bosteza de pronto, abriendo sus enormes fauces, y el humano traga saliva viendo las hileras de dientes blancos como perlas y fijándose sin poder evitarlo en el escalofriante tamaño de los caninos inferiores y superiores y de los dientes circundantes, también afilados, pero no tan prominentes. Siente un pinchazo en el cuello y se lleva la mano ahí, a la venda, como queriendo protegerse.

Zane se reacomoda en la cama y se desliza hasta quedar tumbado justo al lado de Kei, girado hacia él. El humano está boca arriba en la posición exacta en que el demonio lo ha puesto y, como no le ha ordenado que se mueva, se ha quedado tieso como un muñequito de alambre todo este rato. Zane ríe, le resulta adorable.

—Si quieres comprender por qué tienes el honor de dormir conmigo a pesar de ser solo mi tentempié, piénsalo así: los humanos soléis dormir con objetos que os gustan, esto no es muy distinto a cuando un niño quiere a su oso de peluche por las noches.

Mientras habla, la voz de Zane se va tornando más suave y baja, también más lenta. Kei lo mira de reojo y nota sus párpados a medio bajar y su expresión exquisitamente relajada, su pecho impresionante que se alza cual montaña, sube y baja despacio. El demonio está adormilado, tanto que ha dejado de tocarle el pelo y el torso, así que Kei se siente envalentonado a preguntar alguna que otra cosa que le ronda la cabeza.

—Señor, entonces es usted un… ¿Un niño bajo estándares demoníacos? ¿Es joven?

Pero el ser no confirma sus sospechas, al contrario, la destripa con las siguientes palabras: 

—Tengo setecientos años, soy de los más antiguos de mi especie —comenta con una sonrisa triunfal tan cansada que más bien parece una sonrisa ebria—, pero soy un poco infantil a veces —su voz es solo un murmullo, sus palabras son lentas, sus ojos empiezan a cerrarse—, soy muy posesivo con las cosas que me gustan mucho mucho.

—Oh…

Kei no sabe qué le sorprende más, que el demonio tenga cientos de años y que aun así demuestre una humanidad propia de solo aquellos neófitos cuyos sentimientos no han sido ahogados por la marea enloquecedora de los instintos sanguinarios, o que le haya dicho que le gusta. Que le gusta mucho mucho.

Kei sabe que su amo posiblemente solo está refiriéndose a que le gusta como un tentempié delicioso, pero la manera en que lo ha dicho le hace sentir su corazón acelerado y sus mejillas sonrojadas.

—Mm… tarde… hora de dormir… —comenta con una voz cavernosa y pausada como un ronquido y luego chasquea los dedos.

Lo hace tan fuerte y tan rápido que una pequeña ráfaga de aire emana de sus dedos y, con ella, todas las velas de la habitación se apagan, sumiéndolos a ambos en la más profunda oscuridad.

El demonio no está tocando a Kei, además, la cama es grande y el ser generoso, por lo que le ha dado la mitad del lecho al diminuto humano, lo que significa que fácilmente podría girarse y rodar hacia un lado y ni siquiera notaría que está durmiendo en compañía, mucho menos en compañía de uno de los seres más peligrosos y sádicos del mundo. Pero Kei no se mueve, se queda ahí, congelado, temiendo despertar al otro con sus movimientos, y extrañamente arrullado por su respiración pesada y profunda.

Cada vez que el demonio exhala, el aire cálido y agradable que echa es suficiente para despeinar al humano. Kei piensa que es así como uno debe sentirse si despierta en la madriguera de un enorme oso que está hibernando.

De repente, en medio del día, el demonio se revuelve entre las sábanas un poco y murmura un gruñido tan imponente que le hiela los huesos a Kei.

«No, él no». Es lo que dice su voz ronca y amenazante.

Acto seguido, el demonio se da la vuelta, durmiendo de espaldas al humano. Pero algo más se mueve entre las sábanas y Kei no atina a adivinar el qué hasta que siente una serpiente fría y silenciosa reptando sobre sus piernas: la cola del demonio le envuelve un tobillo, aferrándose a él como si temiese que el chico fuese a escapar.

Kei tarda un largo rato en dormirse, pero no está seguro de si es miedo lo único que siente o si su nerviosismo no le pertenece todo a ese sentimiento. Debe admitir, aunque no entiende por qué, que hablar con Zane le ha hecho sentir un poco emocionado.

Han pasado ya varias noches y todas ellas han sido mucho más sosegadas que la noche en que Kei fue entregado como sacrificio y aquella en la que fue bendecido con el honor de ser un siervo del rey demonio. Durante estas noches, el muchacho se ha dedicado a seguir una rutina que le aporta cierto orden y paz a su vida: se levanta, se asea y desinfecta el mordisco de su cuello, el cual todavía le causa escalofríos y mareos cada vez que lo ve, y lo cubre con una venda; tras eso, limpia durante la mayor parte de la noche, haciendo pequeñas pausas para picotear algo de su bandeja de pan, fruta y verdura hervida, luego cuida a los animales de la granja y de vez en cuando debe preparar la carne y sangre de uno o dos y debe limpiar los ropajes y armas empapadas de sangre de sombras que los esbirros traen tras una noche de cacería. Después, el chico va a los aposentos de su amo, se tiende en la cama y espera pacientemente a que este aparezca, apague las luces con un chasquido de dedos y le rodee el tobillo con su cola una vez que el demonio ya está dormido.

Es una rutina extraña y muchos la considerarían escabrosa, de pesadilla, pero es la realidad de Kei y es una realidad mucho más apacible que la que le estaba destinada, así que está contento por ello, por haber hallado un poco de estabilidad cuando parecía que su mundo se desmoronaba.

Por suerte, nadie le interrumpe ni rompe el ritmo de sus noches.

Ni siquiera su amo.

Kei tuerce la boca cuando piensa en ello. Siente solo puro alivio cuando los esbirros pasan de largo al tenerlo al lado, pero cuando el rey demonio lo hace… mentiría si dijese que la calma que siente cuando Zane lo ignora no tiene en ella un poco de la tranquilidad propia de la decepción.

Kei hallaba escalofriante el ansioso interés que el demonio demostró por él en su primera noche como siervo, pero ahora que esa curiosidad parece haberse disipado como el humo de una vela apagada, Kei encuentra el comportamiento del demonio excesivamente frío y distante. Eso significa que sus noches consisten en limpiar, comer y dormir en vez de en ser torturado para la diversión de alguien más, pero no puede negar que una pequeña parte de él, muy distinta a su instinto de supervivencia, suspira dolida cada vez que el demonio pasa de largo, anhelando sus atenciones.

Teme que esa misteriosa y poderosa criatura solo vuelva a posar sus ojos en él cuando desee probar su sangre y su carne de nuevo y que su hambre haya extinguido cualesquiera que fuesen las pulsiones que llevaban al demonio a charlar con él relajadamente y a jugar con su pelo de vez en cuando.

Echa de menos la cercanía de alguien, quien sea. Y esa soledad le recuerda a las noches en que esperaba, tras limpiar toda la casa, a que Daren llegase del trabajo y pudiesen pasar un rato juntos. Recuerda cómo él estallaba en mil preguntas, pero el otro solo lo callaba a besos y, sí, Kei adoraba que alguien quisiera besarle, pero la boca de Daren se sentía más deseosa de amordazarlo que de adorarlo.

«¿Por qué pienso en él ahora?», se pregunta, alicaído como un pajarillo que no tiene ya energía para levantar el vuelo, y luego niega, tratando de sacudir esos extraños recuerdos de su cabeza y de quedarse con los buenos. Daren, cuando lo conoció, era tan encantador: carismático, divertido, atento… Kei está seguro de que si lo viese de nuevo, se hallaría con ese mismo hombre del que se enamoró, no con el tipo impaciente y cascarrabias con el que a veces discutía, como todas las parejas hacen.

« Ah, si pudiese verlo de nuevo…». De pronto sus ojos se llenan de lágrimas y el mundo está borroso. Sus manos temblorosas. Su garganta arde de tanto retener ahí una bola ardiente de nervios, sollozos e hipeos que no quiere vomitar, porque piensa que si empieza, jamás parará de lamentarse por todas las personas a las que extraña y a las que no recuperará jamás.

Y entonces un enorme golpe le hace dar un repullo y parpadear rápido, purgando sus ojos de las lágrimas y dejándole ver lo que ha pasado: ha cortado mal la carne sobre la mesa de trabajo y el cuchillo se ha resbalado por un duro hueso, casi rebanándole un dedo.

Kei no se ha cortado de milagro.

«Cortarme…».

El chico mira la cicatriz que ha quedado en su mano derecha, de cuando se dio un tajo con la hoja de una espada y su Zane lo alivió con su saliva. La marca es rosada y tan leve que ni se nota a menos que sepas qué buscar. Kei se siente impresionado cada vez que la mira. Ni el ungüento de flores que se aplica cada noche en la mordida de su cuello está siendo tan efectivo.

Pero no piensa en eso ahora, piensa en cuando la herida estaba fresca, recién abierta.

Zane acudió de inmediato a él, como invocado por la sangre. Esa noche la cercanía del demonio no se sentía solo como un peligro inminente erizándole el vello de todo el cuerpo, sino como algo más. Sabe que ese ser es una bestia sin escrúpulos, pero ha sido un poco amable con él, a veces, al menos, y le gustaría ver más ese lado, sobre todo cuando se siente tan solo que lo único que hace es recordar a las personas que ha perdido.

Ya sea porque el mundo se las arrebató.

 «Mamá…».

O porque le han abandonado. 

«Daren…».

Kei tiene el corazón acelerado, pues sabe que está coqueteando con ideas demasiado temerarias, pero se pregunta si no podría obtener un poquito de la atención del demonio si se hiciese un corte. Uno pequeñito, casi por error, como cuando uno se pincha con el filo del cuchillo en la yema de un dedo y brotan apenas un par de gotas de sangre.

Kei toma el cuchillo, pone el filo sobre la yema del dedo índice, sin apretar, solo apoyándolo con cuidado, mientras examina la idea en su mente. Siente que se ha vuelto loco. ¿Apenas lleva una semana en el palacio y ya está dispuesto a ofrecerse como una presa herida para ser cazada y devorada solo por un poco de atención? Pero, por otro lado, Zane le causa una curiosidad muy extraña, una que hormiguea bajo su piel como esa clase de picores que uno no puede dejar sin rascar. Es casi irresistible.

Gira el cuchillo a un lado y a otro, como si desatornillase la yema de su dedo, pero aún sin hacerse daño. Muerde su labio. «¿Qué estoy haciendo? ¿Qué jodido suicidio es este?», piensa, angustiado.

Pero no se detiene.

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