CAPÍTULOS 51-60

 

CAPÍTULO 51

Samuel despierta notando una ligera presión sobre su pecho y luego sonríe enternecido al ver que es Aaron quien reposa sobre su cuerpo, completamente dormido. Se permite observarlo ahora que está tan relajado y, mientras le acaricia los cabellos suaves y azabaches, lucha porque sus recuerdos más corruptos no manchen ese bonito momento. Mira sus largas pestañas, sus mejillas apretables y esos labios color cereza delgados y suaves y, aunque quiere simplemente apreciar su belleza, el anhelo propio de su instinto susurra indignidades en su oído y lo tienta con imágenes de lo erótico que lucía el muchacho ensangrentado.

Empuja todo eso a un lado y logra disfrutar de este sencillo momento. Nota al chico removerse un poco, gruñir en sueños y luego lo ve batiendo sus preciosas pestañas y mirando alrededor aturdido.

Cuando Aaron recuerda cómo ha acabado entre los brazos de su amo, se pone rojo al instante por el bochorno. Su ataque de ansiedad de la noche anterior le hace sentir ridículo y que haya derivado en él abrazando a su amo de forma tan desesperada no hace más que empeorar su vergüenza.

Así que se despega del vampiro tan pronto como se despierta.

Samuel mira su camisa con una ceja alzada, toda húmeda por las lágrimas del chico y porque ha dormido tan a gusto después de un largo tiempo apenas pudiendo pegar ojo, que la ha dejado babeada. Además, ha arrugado la mitad de la tela de tanto aferrarse con fuerza.

—Joder, cómo has puesto mi ropa… —murmura, quejándose, pero sin lucir más que un poco irritado.

Aaron teme enfadarlo, así que responde con rapidez:

—L-lo limpiaré de inmediato, amo.

Samuel está por darle la camisa, cuando unos toques estruendosos se oyen desde la puerta principal. Aaron es incapaz de saber quién es, pero por la cara de Samuel, él sí lo sabe.

Y no son buenas noticias.

Samuel se queda paralizado unos segundos, como sopesando qué hacer, luego se voltea hacia Aaron y lo mira con unos ojos que el chico jamás ha visto en él. Lo más cercano a esta extraña mirada que el vampiro le dedica ahora, es la forma en que lo observaba aquella noche en que lo pilló llorando lágrimas de sangre.

Samuel toma al chico entre sus brazos y Aaron nota que algo no anda bien por la forma en que lo aprieta, haciéndole tanto daño como solía hacerle cuando lo sostenía quieto durante sus castigos.

—A-amo, me hace da-

—Cierra la boca y ni se te ocurra abrirla hasta que dé permiso. —le advierte el hombre con un tono firme y severo que hace que Aaron se despierte de golpe, como si le hubiesen dado un buen bofetón, y tense cada músculo de su cuerpo.

No es el nuevo y amable Samuel Hass quien le habla, sino su amo. Traga saliva y asiente despacio, sin hacer un solo sonido.

Intenta recordar las palabras tan bonitas e inesperadas que brotaron de los labios del vampiro unas noches atrás, cuando le juró amarlo y prometió que su amor era más grande que sus deseos, lo suficiente como para protegerlo un poco del infierno al que su compañía le condenaba. Le tranquiliza pensar en ellas y en que fueron reales, porque eso significa que Samuel solo está siendo un poco duro ahora, pues es su propietario al fin y al cabo y es un vampiro hambriento y cruel, pero no será así siempre y las cosas no volverán a ponerse tan mal como antes <<¿Verdad?>>.

Samuel baja hasta su enorme salón y lo cruza con pasos decididos y apresurados que resuenan por toda la palaciega estancia. Se para de pronto, como si la duda lo hubiese alcanzado sin aviso previo, mira alrededor y finalmente decide dejar a su humano sentado dócilmente sobre el sofá del salón. Se inclina sobre su oído y, con una voz fría como el hielo, le susurra:

—La vista al suelo. No te muevas. No hables. No hagas absolutamente nada sin mi permiso.

Aaron se siente muy asustado por la repentina actitud marcial de su amo y teme que la noche anterior hubiese sido demasiado para Samuel. ¿Y si, al ser tan vulnerable y mimoso con el vampiro, Aaron lo saturó y ahora, empalagado y asqueado, Samuel se ha cansado de su humano y sus tontos sentimientos por él y ha decidido que el amor no es tan divertido como la tortura?

Aaron se golpea mentalmente por haber sido demasiado insistente anoche, por haber parloteado tanto de sus bobos sentimientos, por haberse aferrado con tanta fuerza al vampiro, por haberlo abrumado con una confianza que el vampiro posiblemente halle de mal gusto y prefiera desechar. 

<<Lo he hartado>>

Entonces Samuel abre la puerta y Aaron está a punto de desobedecer a su amo y salir de ahí corriendo como pueda, porque siente que está a punto de vomitar.

Samuel mira a su invitado no deseado, ese hombre alto y fornido, tanto que incluso con Samuel delante, este no logra opacar la musculosa silueta que se apoya contra el marco de la puerta. Lo mira desde arriba con suficiencia y le dedica una sonrisita ladina tan cargada de malas intenciones que pareciera gotear veneno.

—Hola, Sami. —dice con su voz gruesa y ronca, dándole una musicalidad maquiavélica a ese pequeño mote que tanto irrita al rubio.

Samuel lo mira con cara de pocos amigos, haciendo evidente su fastidio.

—Ivthan —declara, saludándolo secamente—. ¿Quieres algo?

Aaron empieza a respirar deprisa y atragantándose con el aire en sus pulmones. Su corazón bombea tan fuerte que lo nota en la garganta, ahogándolo. 

Al parecer, su nerviosismo es tan evidente que el pelinegro, que todavía no ha puesto un solo pie en la casa, lo percibe, pues alza su mirada por encima de Samuel y lo mira directamente a él. En sus ojos hay sorpresa al inicio, luego una leve confusión y, al final, parece incluso satisfecho de un modo retorcido e incomprensible. Lo que no cambia en ningún momento es su maldita sonrisa.

Aaron tiene que bajar la vista de nuevo y rezar porque Samuel no sepa que ha desobedecido. Las manos le sudan y nota la cara fría, drenada de sangre. No puede parar de recordar esa noche, de pensar en cómo ese vampiro lo miraba, en cómo lo agarró sin cuidado, como un juguete tonto que, si rompía, podía reemplazar si luego se disculpaba bien con su amo por no haber sido suficientemente delicado. 

Recuerda cómo chupó su sangre, esforzándose no por saborearlo bien, siquiera, sino por hacerle el máximo daño posible.

También recuerda la vez en que Samuel estaba en este mismo sofá donde él se halla ahora, con las mejillas manchadas de sangre y los ojos húmedos, llorando por culpa de ese mismo hombre.

Aaron sabe que su presencia es peligrosa, si no letal, quizá por eso se pone a temblar incontrolablemente cuando lo ve cruzar el umbral.

—Quiero visitar a mi creación. Han sido muchos años sin vernos. ¿No deberíamos ponernos al día? El otro día te marchaste tan rápido que apenas pudimos hablar.

Lo último lo dice fingiendo un tono apenado, como si realmente se lamentase por la oportunidad desperdiciada de no haber podido saber más de su neófito extraviado, pero Samuel sabe que es mentira. No importa, de todos modos, Ivthan no necesita convencerlo para que Samuel le deje entrar, no necesita convencerlo para que Samuel le deje hacer nada, porque él puede hacer lo que le venga en gana.

Samuel lo sabe, quizá por eso aun así accede a mantenerlo contento y jugar a su juego.

—Pasa, entonces. —dice con los dientes rechinándole, ignorando que el otro ya ha pasado hace un buen rato.

<<Puedes pasar, papá>> Samuel niega y se frota las sienes, intenta olvidar su voz juvenil cuando decía eso, con labios temblorosos, con su padre ya dentro de la puta habitación, con una lámpara de aceite en una mano y las sábanas recién arrancadas de su joven cuerpo en la otra, sus ojos exigentes y fríos, vacíos de toda compasión, examinándolo en minutos porque no buscaba malgastar su tiempo, solo venían a evaluar los daños en su cuerpo, a comprobar que los soldados hubiesen hecho un buen trabajo moldeando un hombre en su inútil hijo a base de golpes, igual que se forjan las armas más letales.

<<Cállate ya, cállate>> se dice Samuel a sí mismo cuando su pasado aúlla demasiado fuerte en su cabeza, los ecos de años que quiere olvidar recordándole que hay cosas que jamás le abandonarán. Mucho menos cuando su personificación andante se presenta en su puerta y se pasea por su casa como si le perteneciese.

Samuel se centra de golpe, se obliga a ello. Cierra la puerta con un estruendo y se apura a seguir a Ivthan, poniéndose frente a él sutilmente para que el vampiro no se acerque demasiado al muchachito que espera pacientemente en el sofá y, si tiene suerte, para que tampoco centre su atención en él.

—Ah, qué hermosa morada —murmura Ivthan, pero Samuel se mantiene alerta, pues su amabilidad jamás viene sola y suelen acompañarla siempre intenciones tan viles como ocultas—, tan espaciosa, me pregunto si te recuerda al palacio. ¿Es así?

—El palacio de mi padre era apenas una décima parte de lo que mi casa es. —responde secamente Samuel y querría añadir que de todos modos él no sabe nada sobre su palacio, pues jamás fue invitado a visitarlo. Ivthan era un secreto que ocultar, uno más sucio aún que aquel al que besaba en las habitaciones de almacenaje o bajo las sábanas, ocultándolo en las sombras, sí, pero en las de palacio. Pues ese chico sí merecía el riesgo.

Pero Samuel no dice nada, pues sabe que eso es lo que Ivthan quiere. Una reacción. Una prueba irrefutable de que desenterrar el pasado sí sirve porque no está tan muerto como Samuel pretende que está. De que la herida no está cerrada y todavía sangra si la tocas un poco.

—Hm, siempre has sido ambicioso.

—Y tú siempre has tenido problemas para discernir cuando tu presencia es o no requerida.

—A diferencia de ti, yo no necesito que mi presencia sea requerida en un lugar para estar en él. No me importa mucho la aprobación de los demás, posiblemente porque solo me rodean seres inferiores. —alza una ceja y sonríe mientras dice eso, no mirando a Aaron, sino mirando a Samuel.

—¿A esto has venido, Ivthan, a alardear un poco porque si lo haces en la soledad de tu morada luces como un pobre loco hablando solo?

Ivthan estalla en carcajadas.

—Tu impertinencia es tan divertida. Pero hoy venía a pasar una velada tranquila, no una entretenida. ¿O prefieres una noche llena de reproches?

—No me apetece hurgar en el pasado para buscar reproches, no hay nada ahí que me sea ni mínimamente útil. —Cuando Samuel dice eso, los ojos de Ivthan lo miran con una divertida duda y luego se deslizan sutilmente hacia Aaron, hacia su mirada azul y melancólica.

Pero no dice nada de Aaron o de su parecido a fantasmas del pasado.

—Entonces estamos en paz.

—Si te comportas. —Samuel se encoge de hombros al decir eso.

—Qué grosero. Bueno, ya que no me ofreces asiento, tendré que tomarlo yo.

Samuel se apresura hacia el sofá sin que la urgencia de sus movimientos luzca demasiado obvia. Se sienta en el centro, tomando al nerviosísimo Aaron y poniéndoselo sobre su regazo con la normalidad de quien recoloca un cojín para acomodarse mejor.

El humano se deja moldear dócilmente por sus manos y abre sus piernas para sentarse sobre las del mayor, de cara a él y de espaldas a esa horrible amenaza cuyos ojos siente agujereándole la nuca.

Aaron quiere pensar que Samuel lo ha puesto así para tranquilizarlo, para recordarle un poco el agradable abrazo de anoche y decirle que no se preocupe por nada.

—Me sorprende verte aún con eso —comenta el vampiro más mayor amenamente y Aaron no entiende de qué habla hasta que cae en la cuenta de que Ivthan se refiere a él—, pensé haberte oído decir la otra noche que ibas a matarlo.

Samuel toma el mentón de Aaron entre sus dedos y le alza la vista para verle a los ojos. El muchacho tiembla y obedece, confundido por el tenso ambiente y la cercanía de ese ser que o bien corrompe a Samuel hasta devolverlo a sus actitudes pasadas o bien lo fuerza a fingir que no ha cambiado y a hacerlo tan bien que Aaron mismo duda de si soñó todas las hermosas declaraciones de su amo.

—Esa era la intención —responde y, mientras mira a Aaron, su rostro se mantiene tan estoico como la piedra. Aaron se muerde el labio y jadea, pues sabe que sus palabras son sinceras —, pero habría sido un desperdicio. Es bonito y su sangre tiene una calidad única.

—Ah, sí, recuerdo su sabor, sobre todo ahora, que tengo la garganta seca.

Samuel aprieta los puños y tensa la mandíbula. Respira hondo y despacio, tratando de aliviar su tensión sin hacerla obvia.

—¿Acaso has perdido todas tus riquezas y no queda ya dinero para comprarte una bolsita de sangre personal? No voy a ofrecerte un trago hoy, Ivthan, ni tu sed ni tu ineptitud son mi problema.

Ivthan suelta una risa corta y sarcástica.

—Posesivo de nuevo… me extraña, dado que ese humano no es la gran cosa. Sí, su sangre era realmente disfrutable, pero ¿ya te vale la pena, con su horrible comportamiento de la otra noche? Incluso yo me sentí avergonzado por ti.

Aaron se tensa sobre Samuel y nota a este tragar saliva y gruñir bajo. Tiembla, temiendo que los argumentos de Ivthan interpelen a la parte más inhumana de su amo y hundan ese lado compasivo y amable que él tan arduamente ha logrado sacar a flote.

—Le castigué proporcionalmente, créeme. Este cachorrito salvaje ya está enderezado y no volverá a desviarse de mis órdenes.

—Me gustaría ver eso. —comenta, divertido pero escéptico, y es evidente que a Samuel le molesta.

—Si quieres un espectáculo, ve al circo, Ivthan.

El vampiro vuelve a reír, pero sus siguientes palabras no contienen más que una seriedad que le hiela la sangre a Aaron y se la hace hervir a Samuel:

—¿Para qué ir al circo si tengo delante de mis narices la cosa más inusual y aberrante que he visto en años? Un inmortal encariñándose de una puta bolsa de sangre. Me da lástima que seas tú, Sami, tenías potencial, ¿sabes? Cuando aún eras capaz de convertir una cara así de bonita en un cadáver bonito.

—Tráeme a un humano que no valga tantos millones como este y verás qué rápido lo convierto en un cadáver hermoso.

—¿Es solo porque es valioso, entonces? ¿No estás siendo blando, solo tacaño?

El corazón de Aaron da un tumbo. Está seguro de que después de que toda esta desagradable conversación acabe, Samuel lo acariciará con gentileza y le asegurará que lo ama, que nada de lo que ha dicho es cierto, pero ¿Y si es justo lo contrario? ¿Y si su amo está siendo sincero con sus iguales y a él, que es un mero humano, lo manipula diciendo exactamente la clase de mentiras que sabe que quiere oír?

—Si fuese blando, Ivthan, no sería tan sumiso como es. ¿O hoy lo estás escuchando ser desobediente y diciendo tonterías vergonzosas como aquella noche, cuando aún no lo tenía ni medio adiestrado?

—Entonces, ¿por qué no veo marcas en su cuerpo? La tortura psicológica también tiene lo suyo, no me malentiendas, pero luce tan bien que no parece que te hayas esmerado mucho en castigarlo. Y créeme, su falta fue grave. Cuando te marchaste, los rumores se estaban volviendo tan insoportables que tuve que defenderte un par de veces incluso. Al fin y al cabo, eres mi creación. ¿Qué clase de creador no defiende ni protege a sus hijos cuando los están agasajando? —Samuel podría romperse los dientes ahora mismo de tanto apretarlos.

Ivthan sonríe con una sorna venenosa cuando hace esa última pregunta, pues sabe que Samuel conoce exactamente la respuesta. Sabe, que ha despertado en el rubio mil y un recuerdos de su padre, el monarca cruel, autoritario y frío, mirándolo con ecuanimidad mientras veía a sus soldados masacrando a su hijo. Ivthan sabe cuáles son las heridas que a su pequeña creación más le duelen:

Las que los soldados de su padre le hicieron, no porque fuesen profundas, sino porque él podría haberlas evitado y sencillamente no quiso.

Y, especialmente, una herida que tiene nombre y rostro y, además, la misma mirada que Aaron.

Pero Samuel no muerde el anzuelo y responde con monotonía:

—Mi neófito, Jason, le dio su sangre para curarlo cuando le ordené que me lo revisase y arreglase.

Aaron suspira de alivio al oír esa mentira. Si Samuel puede decir esa falsedad con tantísima naturalidad que incluso Aaron tiene que rebuscar entre sus recuerdos para asegurarse de que no es así, eso significa que el comportamiento duro y denigrante que su amo lleva teniendo hasta ahora es solo una actuación, una convincente, pero falaz al fin y al cabo. Además, Samuel ha evitado decir que se intentó suicidar.

Aaron sabe que Ivthan elogiaría la crueldad de Samuel y se sentiría totalmente convencido de que le ha dado un castigo severo si Samuel se jactase de que, después de ello, su humano trató de quitarse la vida. Pero ha omitido eso, porque sabe que sería doloroso para Aaron.

Porque quiere protegerlo.

—Y aunque le dio sangre, lo dejé tan jodido que no puede ni andar. Tan jodido que, incluso con sangre de vampiro en su cuerpo, mi mordisco le dejó marca. 

Algo brilla en los ojos de Ivthan. Algo similar a lo que destellea en los ojos de los niños la mañana después de Navidad, cuando ven que tienen regalos bajo el árbol y pisadas polvorientas cerca de la chimenea. Solo que lo que hay en la mirada del vampiro no comparte para nada la inocencia de un niño emocionado, solo su profundísima ilusión, la admiración que hay en ellos cuando uno ve que, por arte de magia, el mundo le ha obsequiado con algo muy, muy codiciado.

—Creo que te he juzgado mal, Samuel. —murmura su creador, luciendo concentrado en las palabras del rubio, ensimismado mientras las disecciona y analiza con gran placer.

Por primera vez en años, su tono se dulcifica de forma sincera y sosegada, sin malas intenciones. Incluso premia al vampiro usando su verdadero nombre, no ese mote que sabe que lo desquicia sobremanera.

—De todos mis pupilos, siempre fuiste mi favorito. ¿Lo sabes, cierto?

Samuel le responde con una sonrisa arrogante y una carcajada corta.

—¿Eso le dices a los demás también cuando te da por acosarlos?

—No, no sigo a mis demás pupilos como hago contigo. A ellos me basta con localizarlos una sola vez. Localizarlos y matarlos. La vida eterna es un regalo muy valioso como para desperdiciarlo, aquellos que no aprovechan bien el don que les he dado tienen que entregarlo de vuelta. Tú eres el único que realmente me ha divertido. Te seguí durante la época de tus masacres en Nueva Orleans. Casi podría decirse que admiraba tu trabajo, cómo hacías de esa carnicería una escena del crimen que lucía… artística en las portadas de los periódicos. Diría que naciste para ser pintor.

Samuel hace una corta mueca de desagrado. No le gusta pensar en la pintura, no le gusta recordar cómo aquel chico de ojos azules admiraba boquiabierto y como un chiquillo emocionado los retratos reales de palacio y le decía que él también soñaba con que alguien lo pintase algún día, para conmemorarlo.

—Asumo que tú matabas más discretamente. Como cuando drenabas a las prostitutas de aquel burdel. Te pillé porque me esforcé mucho y tuve suerte, pero no parecían ni asesinadas por un vampiro, cubrías tu pista de una forma muy meticulosa. —explica Samuel, haciendo un gran esfuerzo por visitar su pasado humano, evitando los recuerdos que más lo destrozan.

—Sí, siempre he pecado de perfeccionista. En mis años de neófito no disfrutaba de la caza porque me pasaba cada sorbo de sangre pensando en cómo encubrirlo después y luego, cuando me solté, no era capaz de controlar mi sed para divertirme por horas, como veía que hacías tú con tus víctimas. Habría sido fascinante cazar juntos. Nos lo habríamos pasado bien.

—¿Volviendo a hacerme la misma propuesta que ya rechacé cuando apenas era un humano? —pregunta Samuel con una sonrisa cruel en sus labios, disfrutando por primera vez de la presencia del otro. Ivthan siempre domina sus conversaciones, siempre sabe qué hacer y decir para dejar a Samuel vulnerable y a la merced de las emociones que sus palabras quieran provocar—. Solo hay dos tipos de personas que no saben aceptar un no por respuesta, Ivthan: los idiotas y los desesperados.

Ahora, sin embargo, Ivthan es el que suena pequeño. Le recuerda al vampiro que conoció tantos años atrás, ese pobre inmortal que desperdiciaba sus noches llorando por su soledad y rezaba al cielo y al infierno porque le mandasen un compañero con el que compartir todo ese tiempo que, de otro modo, se le hacía una carga insoportable. Y le mandaron a un mentiroso. Le mandaron a Samuel.

—Sami, han pasado muchos años desde que te convertí y me he debatido un largo tiempo sobre si matarte o dejarte vivir. He decidido ser indulgente, solo porque sabes que tengo debilidad por los cabrones como tú, tan jodidamente malo que incluso siendo humano lograste engañar al diablo —ríe con melancolía y amargura—. Pero no veo necesario que haya tensiones y rencores entre nosotros, que dos de cada tres palabras que nos dirijamos sean un dardo envenenado. Tú me la jugaste y yo te hice pagar por ello, asunto arreglado. Lo que te propongo ahora es que seas agradecido con tu maestro, pues podría haberte arrancado el corazón hace mucho, y sencillamente me entretengas cuando me apetezca, porque para eso te creé. No me mires así, vamos, ¿tan malo es que te pida salir de caza alguna vez, charlar con una copa de deliciosa sangre en la mano o ir a divertirnos juntos a algunos de los locales de sangre que ha fundado tu amigo? Incluso podríamos divertirnos como cuando eras humano y me seguías tan obedientemente a la cama, si lo echas en falta.

Samuel lo mira serio, su boca una recta línea trazada quirúrgicamente en su rostro y su mirada lo más malditamente frío que puede estar algo que tiene el color del fuego.

—No echo nada de menos fingir que disfruto algo que me aburre. Respecto a salir juntos y divertirnos de vez en cuando: tu presencia me irrita, pero puede acceder si, en compensación, pagas tú toda la diversión. Puedo gastar mi tiempo en ti, para agradecer tu… indulgencia, pero ¿mi tiempo y mi dinero? Ah, eso es pedir demasiado.

—Mierda arrogante —gruñe Ivthan, pero luego suelta una enorme carcajada, como si hallase la rebeldía de Samuel no irrespetuosa, sino más bien… Exquisita—. Hecho. Aunque hoy no te he traído ningún tentempié para brindar por la paz entre nosotros.

La mirada del vampiro se desliza insinuantemente hacia Aaron y este puede sentir esos dos ojos hambrientos en su nuca. Samuel chasquea los dedos, llamando la atención de su creador abruptamente.

—Mantén tus ojos para ti, Ivthan. Él es solo mío.

—Y, por lo que vi la otra noche, te gusta compartir tus cosas.

—Solo muy de vez en cuando y solo para demostrar que son de una calidad envidiable. Una vez que lo he hecho, no veo más razón para que otros pongan sus manos sobre lo que me pertenece.

Ivthan rueda los ojos.

—No te lo voy a romper. Lo entiendo, es muy valioso por ser salvaje y está delicado porque lo has castigado y bla, bla, bla. Pero es solo un mordisco, dudo que sea para tanto.

—He dicho que no. —Samuel tiene que hacer acopio de todo su autocontrol para sonar normal, no posesivo o celoso o protector, a pesar de que ahora mismo se siente exactamente así.

—De acuerdo, de acuerdo —responde el otro, riendo casualmente y alzando sus manos—. Si no es mi sed de sangre, ¿puedo saciar mi curiosidad entonces? Me fascina que ni con sangre de vampiro hayas podido curarlo. Quiero ver la marca.

Samuel asiente lento y un poco a regañadientes. El otro solo está pidiendo echar un vistazo a su presa, lo cual entre vampiros usualmente es halagador, pero Samuel se siente receloso por tener a ese individuo cerca de Aaron, sobre todo sabiendo el gusto que tiene por destruir cosas que le importan.

<<Qué me importaban>>

Aun así, accede. Su nueva paz para con su creador no es más que una farsa, pero una que le resulta cuanto menos conveniente, pues implica que puede librarse de su impertinencia a cambio de soportar tenerlo a su lado una que otra noche que salga por ahí a gozar de fuentes de sangre, así que le conviene mantenerla. Sobre todo ahora que parece que el otro menciona con demasía la idea de matarlo, como saboreándola.

—Ven, te la enseñaré. Es sutil, pero es una marca hermosa. Me recuerda al nácar rosado.

Samuel sostiene al chico por el cuello y lo hace mostrar su marca. Ivthan, que se ha acercado en menos de un segundo, la acaricia con sus dedos y Aaron se estremece. Aaron cierra los ojos, no puede ver al otro hombre cerca, opacándolo con su enorme tamaño, porque entonces gritará y se resistirá y sabe que debe mantener la calma un poco más.

—Es sensible, así que no me lo toques mucho.

—Oh, aquí también veo marcas —comenta Ivthan casualmente y una lágrima de nerviosismo cae por la mejilla de Aaron cuando siente dedos grandes, dedos que no son de su amo, acariciando sus tobillos. Ivthan los acaricia de una forma burda, descuidada, dolorosa y Aaron extraña las caricias de su amo—. Un humano teniendo cicatrices después de ser curado con nuestra sangre… jamás había visto algo así. Ojalá haber podido disfrutar del espectáculo mientras lo castigabas. Ah, tuviste que cortar bien profundo para dejar estas… No, no es solo un corte, es más irregular, desigual en ambos lados…

—Le arranqué los tendones. Con las garras.

<<Solo está fingiendo ser cruel. Él ya no es así. Solo está fingiendo>>, se repite Aaron en su cabeza, porque Samuel suena demasiado orgulloso cuando dice eso. Y sabe, en su interior, que aunque Samuel se arrepienta, una parte de él se relame ante el recuerdo, deseando repetir esa ocasión.

—Mhm, magnífico. ¿Qué más? ¿Sigue conservando su lengua o…

Aaron está hiperventilando. La voz de Ivthan está cerca, tan cerca. Puede sentirla en su oído. ¿Eso que le roza el cartílago es su aliento o sus labios? Puede sentir la frialdad de su enorme sombra devorándolo y, de pronto, puede sentir sus dedos enormes y ásperos en sus labios.

Aaron va a gritar, pero Samuel da una pequeña palmada en el dorso de la mano de Ivthan, como pidiéndole que retire sus manos, y este lo hace sin problemas.

—Sí, está callado porque no le permito hablar a menos que yo le hable primero, pero tiene el resto de sus funciones intactas —Aaron se relaja un poco cuando nota unos dedos largos y gráciles sobre sus labios y sabe que esta vez sí son los de su amo. Samuel le insta a abrir la boca y Aaron obedece, sacando su lengua rosada para mostrar que aún la conserva—. La idea era castigarlo, no dejarlo inservible. 

—Hm, está siendo bastante obediente, entonces, sobre todo para tratarse de un pedacito de carne tan nervioso. Recuerdo cómo se retorcía cuando bebí su sangre, cómo te miraba como si fueses a ayudarle solo porque estaba haciéndole un poquitín de daño. Tan patético que me abre el apetito de solo acordarme. Al respecto, ¿qué son esos comentarios que hizo esa noche? Sobre que le hablabas o le tocabas amablemente.

Aaron tensa y un ruidito patético escapa de su garganta. Está nervioso, muy nervioso. Solo quiere que Ivthan deje de hablar ya, que debe de presionar a su amo con recuerdos de aquella noche, que deje de tentarlo con la idea de volver a castigarlo.

—A veces delira cuando pierde mucha sangre y dice cosas estúpidas —Samuel miente como si nada, haciendo un gesto de manos para restarle importancia y eso alivia a Aaron, que sigue temblando y respirando rápido y superfluo, pero logra controlar sus ganas de llorar y pedirle a Ivthan que por favor se marche—. Ya le había sucedido antes. Confunde sus tontas fantasías y sus sueños esperanzadores con la realidad. 

—Los demás vampiros pensaban que te habías vuelto loco, que tenías un amante humano, más que un esclavo humano.

Aaron siente un pinchazo en su pecho. ¿Tan mal sería? ¿Tan humillante le parecería a Samuel sincerarse con su raza y decir que lo ama?

—Hazles saber a los demás vampiros que ellos gritarán y suplicarán como humanos si sus bocas se atreven a pronunciar algo que no sean halagos hacia mí. Deberían empezar por llamarme generoso y paciente, pues muchos de ellos me deben dinero y yo estoy siendo tan amable de esperar a que lo reúnan en vez de arrancarles el corazón y vender lo que quede de sus propiedades.

Ivthan sonríe. Una sonrisa larga, colmilluda y maquiavélica.

—Oh, sin duda, se lo diré. De hecho, justo voy a ver a algunos de ellos hoy mismo y llegaré tarde si no marcho ya.

—Será un placer, entonces, que te vayas. —responde Samuel, con un tono que trata de ser juguetón, pero es demasiado venenoso.

—Cuida tu lenguaje, Sami. —advierte Ivthan, con una mueca divertida, alejándose por fin de Aaron.

—No lo he hecho nunca. No lo empezaré a hacer ahora.

—Arrogante. —escupe, todavía sonriendo. Amando, de algún modo, la rebeldía de Samuel.

Aaron se pregunta si a Ivthan le gusta la desobediencia de Samuel porque los desafíos le divierten o porque sueña en convertirla en sumisión.

—Llegas tarde.

Ivthan niega con la cabeza, riendo, y se despide con un gesto de manos que Samuel no reciproca.

Tan pronto la puerta de salida se cierra y la intimidante silueta de Ivthan desaparece, empieza una especie de cuenta atrás. Una cuenta que marca el tiempo que queda hasta que Aaron explote.

Aún fuera de la morada, Ivthan puede oír lo que sucede dentro, así que ambos se quedan quietos y callados como si el tiempo se hubiese parado, el aire a su alrededor tan tenso como el de una respiración retenida. Y Aaron, cuando pasa medio minuto, no puede aguantar más y pierde la compostura: se pone a temblar y sollozar en los brazos de Samuel, intentando contener sus hipidos y jadeos más agudos y angustiosos, temiendo que puedan oírse al final de la calle.

Samuel le rodea la cintura con uno de sus anchos brazos y lo atrae hacia él, estrechándolo en un abrazo tan reconfortante y extraño como el de la noche anterior. Con la otra mano mima su espalda, trazando la curva de su columna con las yemas de sus dedos.

—Sé bueno y respira despacio para tu amo, Aaroncito. Lo has hecho muy bien, has sido tan jodidamente bueno.

Aaron alza su cabeza con confusión, pero un gran alivio reflejándose en su rostro y en el hecho de que su llanto es ahora más suave.

—Usted… h-ha hablado como si… como si no sintiese nada por mí y como si r-realmente fuese todo mentira y yo…

—Para los demás vampiros, Aaron, igual que para mí hasta antes de conocerte, un humano es solo una cosa de usar y tirar y un vampiro puro que se encariña de su humano es un vampiro inútil y trastornado, tan merecedor de compasión como de una ejecución pública para dar ejemplo. —le explica y el chico asiente, asimilándolo rápido, pues esa es la cruel realidad en la que lleva viviendo años.

De hecho, la súbita amabilidad de su amo, esa con la que tanto ha soñado y que ahora se le antoja agridulce, pero la cual necesita como uno necesita el oxígeno para vivir, es lo verdaderamente anómalo. Un fenómeno excepcional que se da una vez entre un millón y que, Aaron teme, es tan frágil que un solo paso en falso bastaría para erradicarlo.

—Tratarte con cariño delante de otros, de él, específicamente, es prácticamente rogar por tener problemas. Ivthan está desquiciado, incluso si puede lucir tranquilo, así que no voy a arriesgarme a que haga una locura contigo cerca. Pero no permitiré que te haga daño de nuevo, Aaron. ¿Verdad que hoy no te lo ha hecho?

Aaron niega, más calmado ahora. Quizá las palabras de Samuel delante de otros vampiros sean hirientes y le hagan sentir como un secreto del que se avergüenza, pero es mil veces mejor que ser herido de veras, así que lo tomará sin dudarlo.

Tras un rato en silencio, disfrutando de las lentas caricias de su amo y esmerándose por controlar su respiración, Aaron se siente más sosegado como para analizar la indeseable visita de Ivthan en retrospectiva y preguntar por algo que le ha llamado la atención:

—Se-señor, ¿qué es lo que sucede entre usted y él? Todo es tan extraño. ¿Por qué le busca si le odia tanto? Él ha… Hecho ese comentario, como si ustedes hubiesen sido amantes, es… ¿Él está enamorado o algo así? ¿Le echa de menos?

Samuel hace su mejor esfuerzo por mostrarse imperturbable, incluso si la pregunta del chico se le atraganta. Con Aaron, tiene las defensas bajas y se muestra vulnerable, quizá por eso la pregunta del humano hace lo que las venenosas intervenciones de Ivthan no lograron: lo inunda de recuerdos que deberían estar cerrados a cal y canto en su cabeza.

El vampiro se humedece los labios con la lengua y mira a otro lado con seriedad mientras responde.

—No, para nada. No creo que… —aprieta los labios un segundo, como si las palabras le supiesen raras sobre la lengua, y luego rectifica—. Nunca fuimos amantes de verdad. Teníamos sexo, es cierto, pero… ah, es complicado.

Aaron logra ver algo en el rostro antes estoico del vampiro. Algo muy similar a lo que el chico siente que pasa en su cara cuando habla de familia y sus amigos: el ceño y los labios frunciéndose, primero por la ternura del recuerdo, luego por la tristeza de que sea solo un pedacito del pasado, los ojos tornándose brillantes, primero de ilusión, luego por las lágrimas.

—¿Qué pasó?

Samuel deshace el abrazo un poco y luce pensativo. Luego suelta una breve y fría risa.

—Nunca le he contado a nadie la historia de cómo fui convertido. Lottie y Jason saben solo lo justo y necesario, que es más próximo a nada que a la verdad. 

—¿No le gusta hablar de cosas dolorosas, señor?

—¿A quién sí?

Samuel sorprende a Aaron con la sagacidad de su respuesta y se sorprende a sí mismo con su honestidad. Piensa que tendría que haber dicho que sencillamente no le gusta hablar del pasado porque es inútil, una cosa polvorienta que solo sirve para ocupar espacio en el palacio de su memoria, pero no lo ha hecho, no ha rebatido a Aaron, no ha reído ante la idea de que algo tan antiguo pueda hacerle tanto daño aún.

Se ha olvidado de ponerse la máscara.

—Pero es necesario —reprende Aaron con una voz tersa y agradable—. A mí también me gusta fingir que hay cosas que no han pasado nunca, me gusta pensar que tengo el suficiente poder como para que, si las borro de mi boca o de mi memoria, las habré borrado de la realidad también. Pero no es cierto y uno a veces tiene que hablar de algo, no para que no sea doloroso, porque duele, joder, duele mucho hablar de cosas hirientes, pero luego te sientes mejor. No como que todo está bien de repente, porque la vida real es más difícil que eso y las cosas no se solucionan solo con desahogarte, pero te sientes mejor. Un poco menos jodido o quizá igual de jodido, pero un poco menos solo. Cuando estuve tantos años solo, lo que más extrañaba era poder decir algo y saber que alguien me iba a escuchar. A veces le contaba mis sentimientos al aire, pero no servía: sentía como si las palabras no tuviesen un lugar donde caer y acabasen dentro de mí de nuevo, como piedras, hundiéndome tanto. Por eso, señor, puede contármelo si quiere.

Lo primero y lo único que Samuel puede pensar después de escuchar el ofrecimiento del chico, es que es un ángel. Aaron es un ángel y él ha manchado sus hermosas plumitas blancas con manos llenas de alquitrán. Aaron es un ángel y él ha mordido sus alas hasta arrancarlas. Aaron es un ángel y ha cambiado su aureola por un collar. 

<<Aaron es un ángel y yo soy el infierno>>

Piensa en hacerlo, en contárselo todo, dejar que los recuerdos fluyan por sus labios como vómito mientras se purga del veneno que lleva dentro. Quiere confesarse. Arrodillarse frente a esa criaturita divina que no puede sino tener un pedacito del cielo dentro suyo y entregarle su todo: su vulnerabilidad y su maldad, su pasado, sus deseos, su amor, sus pecados, su dolor.

Quiere deshacerse en lágrimas y ser abrazado, como él abrazó a Aaron. Quiere ser tan débil que le asusta.

—No soy un humano débil, Aaron, yo no necesito ayuda para llevar mis cargas. 

Samuel no le ha hablado mal a Aaron, pero sus palabras han salido tan duras y frías que el chico baja la cabeza como si se la hubiesen golpeado.


 

CAPÍTULO 52

Después de la visita de Ivthan, la noche transcurre de forma tranquila, pero extraña. Samuel puede sentir la tensión en el aire, algo enrarecido flotando alrededor, pero no acaba de descifrar qué es y eso lo enloquece.

Poco después de que su creador se vaya, Samuel y Aaron retoman su importante rutina de cada noche, en la cual el vampiro toma a su humano de la cintura y lo deposita con sumo cuidado de pie en el suelo, dejando que el muchacho cargue con solo una parte pequeña de su peso. 

Aaron avanza a pasos diminutos, literal y figuradamente, y el vampiro puede ver la frustración en su rostro. Hoy es una de sus peores noches: el chico parece distraído y al límite desde su primer paso e, incluso si el vampiro trata de tomar entre sus manos más peso que otras noches, para facilitarle la tarea, Aaron termina llorando y chillando del dolor, sus pasos torpes, sus rodillas temblando y sus labios convirtiéndose en una máquina que produce y escupe insultos cada segundo.

—¡Mierda, mierda, mierda! —chilla el chico cuando, al intentar dar un paso que estaba seguro que sería exitoso, su tobillo se tuerce y una descarga de dolor lo hace rendirse. Si no fuese por las firmes manos que rodean su cintura sin problema, se habría caído al suelo.

—Está bien, Aaron, puedes volver a intentarlo.

El chico niega.

—No quiero, estoy muy cansado y no estoy consiguiendo nada. Quiero parar por hoy, por favor. —murmura en tono suplicante y el vampiro accede sin problemas.

Durante el resto de la noche, Samuel lleva al chico a su despacho, donde lo acaricia distraídamente cada poco, pero el muchacho parece tan alicaído que ni se estremece como siempre por su amable tacto, ni presta atención a las obras de arte que lo rodean y que otrora le habrían fascinado sin límites.

Luego, cuando la hora de comer llega, el vampiro le preparara al chico un plato de pasta bien abundante, pues ha leído que los carbohidratos son importantes. Cuando Aaron no está delante, el vampiro echa mano a un libro de nutrición que Jason ha obtenido para él discretamente. Por eso sabe que con la pasta, debería agregar algo de proteína y grasa, así como verdura, por ello acompaña el plato con una lata de atún, queso rallado y brócoli salteado.

El plato está humeante cuando se lo sirve y desprende un aroma delicioso. Al cabo de una hora, el plato está frío y los ingredientes revueltos, pero no parece que el chico haya tomado más que un bocado o dos. 

Samuel, cruzado de brazos, le pregunta al chico qué sucede y este se asusta terriblemente pensando que será castigado por desperdiciar la comida. Le explica, nervioso y desesperado, que no tiene hambre alguna y Samuel se sostiene el puente de la nariz mientras guarda la comida en la nevera y se aleja para no perder la paciencia y dañar a Aaron.

Lucha por ignorar lo mejor que puede la voz en él que le dice que si el chico no apreciará su comida, debería encadenarlo en una celda oscura y húmeda y retirarle todos esos lujos que parece haber tomado por descontados: debería matarlo de hambre mientras drena su sangre poco a poco cada noche. Debería hacerle ganarse cada sorbo de agua sirviéndole de las formas más humillantes y perversas posibles.

<<Debería tener paciencia>> se dice a sí mismo mentalmente, aunque la ira sigue revoloteando en su interior como una alimaña demasiado escurridiza como para atraparla y encerrarla donde no pueda molestar.

Cuando Samuel deja al chico en el baño para que se asee, juraría haberlo oído sollozar aprovechando el sonido del agua corriendo, pero después, cuando se lo pregunta, Aaron le da largas:

—¿Sucede algo, humanito?

Samuel habla en un tono afable y amistoso. Necesita hacerlo, pues está tomando a Aaron con sus enormes manos que antaño lo rompieron y subiéndolo a la cama y ese es siempre el momento más delicado de la noche, ese en que los recuerdos inundan al chico y le hacen temer a su amo como si aquella fatídica noche pudiese repetirse en cualquier momento.

—No, amo. —responde con una voz recatada y gentil, pero Samuel puede prácticamente sentir la falsedad en ella.

Frunce el ceño.

Ha intentado cocinarle al chico. Ha intentado hablarle. Acariciarle. Ayudarlo a caminar.

Y todos sus esfuerzos se han visto recompensados con una carita malhumorada y una voz monótona que le dice que todo está bien, como si fuese idiota y no supiese ver lo que tiene delante de las narices. Piensa que pareciera que Aaron se burla de él.

Samuel está dispuesto a hacer grandes sacrificios por su humano especial, pero no está dispuesto a que el chico olvide su lugar. Así que respira hondo, deja al chico tumbado en el lecho y gatea hasta terminar sobre él, su cuerpo grande e imponente prensando al humano contra el colchón, sus cabellos dorados cayendo como una cortina que aísla a Aaron del resto del mundo y, entonces, la mano de Samuel asciende por el cuerpo del humano.

Sube por su tripa en una caricia sutil que alza su camiseta y luego se detiene en su cuello. Bordea el collar de metal antes de rodear el cuello del chico. Aaron abre los ojos aterrado cuando nota los dedos del vampiro envolver su garganta con facilidad. Lleva sus manos a la enorme del vampiro y lo mira suplicante, pero él le interrumpe.

—Odio que me mientan, mi pequeño humano, pero tú ya sabías eso, ¿verdad? —el chico asiente, pálido, pues el tono de su amo es ronco y ronroneante. Peligrosamente serio, peligrosamente hambriento—. Estoy esmerándome por ser bueno contigo, por ser bueno para ti, así que quizá tú deberías ser sincero para mí. Algo te sucede hoy y no sé qué es, pero me lo vas a decir, porque si no lo haces, siento que voy a perder la paciencia, a ser un poco malo contigo y no es algo que quiera. ¿Tú quieres eso, humanito?

Samuel acompaña sus dominantes palabras con un ligero apretón en el cuello del chico. No afirma sus dedos duro alrededor de su garganta, solo aumenta la presión un poco y un par de segundos, a modo de advertencia, pero ese gesto es suficiente para que el chico se deshaga en temblores y jadeos de temor, sus ojitos brillando por lágrimas a punto de derramarse y sus nervios, que hasta ahora ha mantenido a raya, totalmente destrozados.

Samuel se siente triste por causar semejante pavor en su muchachito, pero una parte de él no puede sino regodearse en ese pequeño acto de maldad, deleitarse al ver que, pese a estar siendo tan bueno con ese humano que incluso le resulta una humillación para el vampiro, aún puede doblegar al chico con un solo dedo. Causar en él una reacción tan visceral que sea imposible que jamás olvide que él es una presa y su amo un depredador con más paciencia que hambre.

—Se-señor, no me pasa nada, l-lo siento, no sé qué he hecho mal para que uste-

Samuel respira hondo y trata de calmarse. Puede oler la mentira de Aaron, el lazo que los une estrechándose cuando el chico osa engañarlo. Sus ojos relucen y los colmillos crecen en su boca a la par que el deseo hace lo mismo. El vampiro se relame, pero trata de controlarse. Aprieta un poco el cuello del muchacho, aún dejándolo respirar, pero asegurándose de que sus dedos pueden sentir a la perfección el pulso del humano acelerándose.

—Cuéntamelo, Aaron. Sé bueno y dime lo que quiero oír. 

Samuel no ha usado la voz de mando del lazo, pero es prácticamente como si así hubiese sido. Es ronca, baja y cavernosa y Aaron siente que viaja por su cuerpo como electricidad, que lo hace doblarse retorcerse hasta adaptar la forma que su amo desea: la de un obediente siervo dispuesto a confesar lo que él mande.

Pero el chico se resiste, usando el dolor de una espinita que trae clavada en el corazón para distraerse de los sentimientos de docilidad y sumisión que la voz de su amo causa en él.

—¿Por qué? —pregunta y su tono suena ofendido— ¿Para que vea lo débil que soy, porque yo sí necesito ayuda para llevar mis cargas? —escupe el muchacho, imitando las palabras exactas que ha oído de la boca del vampiro horas atrás.

Las palabras de Aaron podrían antojársele retadoras y dar pábulo a su ira, pero en lugar de eso Samuel comprende que ha herido al chico con su comentario de antes. 

Y cómo no hacerlo: Aaron se ha considerado a sí mismo valiente y fuerte por años, pues se ha enfrentado al hambre y la sed, al peligro de una naturaleza que desconoce y que reclama el mundo en ruinas, a la amenaza de dioses sedientos de sangre cazándolo como si fuese mero ganado, se ha enfrentado al dolor, a la enfermedad sin medicina, a la desorientación y la locura, se ha enfrentado al diablo mismo. Y su único orgullo en todos estos años es que, incluso cuando su enemigo lo ha tumbado y lo ha hecho caer lo más bajo posible, él lo ha afrontado, porque es fuerte, ha aprendido a serlo.

Sin embargo, lo peor a lo que se ha enfrentado, sin duda alguna, es la horrible soledad. Ese monstruo invisible, pero colosal, que extiende sus tentáculos por el mundo entero y corrompe todo lo que toca, que le drena las energías, pero lo mantiene despierto por las noches, que le oprime el pecho, pero le hace olvidar cómo se siente la agradable presión de un abrazo.

Ese monstruo que es más aterrador que cualquiera, pues no se le puede matar o ahuyentar, ya que su naturaleza no está hecha de una presencia que pueda ser destruida, sino de pura ausencia. Una ausencia que no puede ser sustituida ni llenada con nada más, que aquello que ya se ha perdido.

Nada podrá ocupar el lugar de sus padres, de sus amigos, de su mascota, de sus abuelos o su prima pequeña, de sus profesores que le decían que estaban orgullosos de él, del vecino que siempre le daba consejos raros, pero útiles, de la panadera que a veces le regalaba una magdalena. Nada podrá llenar los huecos en su corazón que ya tienen nombre, pues esas personas no volverán; no todos tienen la suerte de regresar de la muerte.

Ser dicho que temer a la soledad y enfrentarse a ella no le hace fuerte, sino débil, pues solo los cobardes tiemblan ante ella, ha destrozado a Aaron. Le ha hecho sentir patético, necesitado y ridículo por todas las veces que ha buscado el contacto de Samuel o sus palabras. Le ha hecho sentir que cada vez que han charlado, Samuel solo estaba lanzándole un poco de atención como quien arroja migas a hambrientos animales callejeros. No quiere sus besos en la frente y sus mimos si son limosna. Peor aún: sí los quiere a pesar de que sabe que harán que el otro piense de él que es un debilucho y eso solo le dará la razón.

Samuel suspira y se muerde el labio, comprendiendo su error. Y, además, sintiéndose avergonzado por su mentira: claro que gustaría de alguien que le ayudase a cargar con sus pesares. Claro que él también se siente necesitado de compañía y afecto, tanto, que teme lo muy apegado que está a Aaron, pues cuando el muchacho pasa un ratito en el baño aseándose, él se impacienta y se pone gruñón porque quiere tenerlo en su regazo y sentir su olor y sus cabellos suaves entre sus dedos.

Claro que él necesita a Aaron, su amabilidad, sus miradas hermosas y dolorosas, sus conversaciones agradables y, oh, cómo agradecería ese silencio atento y precioso mientras el chico le escucha y él se desahoga. Pero le da tanto miedo admitirlo, tanto pánico mostrarse vulnerable, que no ha caído, hasta ahora, en que hay fortaleza en un hombre que se muestra inerme ante el ser querido, arriesgándose a ser herido de muerte, pero entregándose a esa posibilidad. Quitarse la armadura frente a Aaron significa mostrar su debilidad, pero precisamente en eso consiste la valentía.

¿Qué mérito tendría un hombre que no teme, si es porque no tiene en todo su cuerpo un solo centímetro al que pueda llamar punto débil, un solo lugar donde una herida podría doblegarlo de dolor?

—Sabes que cuando era humano era hijo de un rey, esa parte ya te la he contado. También te dije que pasaba muchas de mis noches lejos de palacio. Las pasaba en una habitación alquilada de una taberna de mala muerte, a las afueras.

Aaron frunce el ceño por lo rápido que el vampiro ha cambiado su tono y por lo inesperado de sus palabras. Por un momento, teme que a su amo los años le hayan pesado de golpe en el cerebro y esté desvariando de la nada, pero poco después entiende el sentido de lo que el vampiro está haciendo: horas atrás, Samuel le ha dicho que no necesita hablar del pasado por muy doloroso que sea y se ha negado a contar la historia de cómo se convirtió en vampiro; ahora está rindiéndose ante Aaron, removiendo sus recuerdos dolorosos y admitiendo, así, que él también es vulnerable, que también se siente solo y agradecería un hombro sobre el que llorar.

Aaron asiente con atención, escuchándolo emocionado.

—Iba a ese hostal tantas noches, porque era el único lugar donde podía estar con la persona que amaba sin miedo a que mi padre hiciese… algo malo. En ese lugar también conocí a Ivthan. Recuerdo que lo vi varias veces y no me habría llamado la atención, si no hubiese estado siguiéndole la pista antes.

<<Había un asesino en el reino, verás, pero mi padre ignoraba sus crímenes. Dejaba atrás cuerpos de mendigos y prostitutas, personas demasiado desdichadas y solas como para que alguien fuese a reclamar que sus muertes se investigasen; mi padre sabía que eran asesinados, pero no le importaba. Recuerdo bien sus palabras cuando le reclamé: “¿Por qué iba a dar caza a un hombre que ayuda a mantener las calles limpias de escoria?”.

<<Así que traté de ir tras su pista y por casualidad vi a Ivthan varias veces hablando con mujeres hermosas que a las pocas noches aparecían con la garganta desgarrada. Una noche lo espié y me quedé tan aterrado al ver lo que era y tan sorprendido por saber que era posible siquiera, que tuve que sopesar la situación durante semanas antes de tomar acción alguna. Al final, fui egoísta, como mi padre, no traté de exponerle para que se le diese caza como el monstruo que era, porque creí que me sería muy útil.

<<Verás, la persona que… la persona a la que yo amaba enfermó y ninguna medicina en todo el reino iba a poder curarle. Lo supe porque mi padre enfermó de lo mismo y ni los mejores médicos venidos desde la otra punta del mundo lograban hacerle mejorar. Mierda, seguramente mi padre se lo pegó a él, enfermó por culpa de estar a mi lado y yo… No importa. Ya nada de eso importa.

<<Sabía que volverlo vampiro lo curaría, así que una noche me arriesgué. Me presenté ante Ivthan diciendo que sabía lo que era y que lo admiraba, que quería ser como él.

<<Ivthan se divirtió aquella noche cazándome, aterrorizándome, jugando conmigo como los vampiros solemos hacerlo con las presas atrevidas y, al final, me dejó vivir porque le entretenía. Me dijo que lo pensaría, porque él llevaba siglos solo y quería un compañero con el que compartir la eternidad, pero no encontraba a nadie digno.

<<Así que durante meses fingí ser todo lo que él quería que fuese con tal de ganármelo. Si quería que fuese un tipo luchador y sangriento, me peleaba en el bar hasta molerle la cara a otro hombre, si quería que fuese un filósofo, reflexionaba con él a la luz de la luna, si quería un amante dócil, le dejaba usarme en la cama como le apeteciese y si quería un cómplice, me sentaba en una esquina a observar cómo mataba a sus presas, aguantándome las ganas de vomitar, y luego le ayudaba a enterrar los cuerpos. 

<<Al final, lo logré. Me aceptó como su compañero de eternidad y me convirtió, pero… también resultó descubrir que todo era una farsa y que lo hice por salvar a la persona a la que amaba, así que nos encerró en una celda. Un humano y un vampiro recién convertido, el resultado era inevitable>>

Solo que no lo era y Samuel lo sabe, pero se lo calla. No quiere mentirle a Aaron, pero su corazón todavía duele y arde demasiado cuando aborda estos recuerdos y si quiere meter la mano en el fuego y llegar al meollo del asunto necesita aclimatarse, deslizar los dedos despacio entre las llamas hasta que su ardor le resulte reconfortante, seguro, no agónico.

Necesita tiempo para explicarle a Aaron que no mató a su amor por hambre, sino por venganza. Porque lo traicionó cuando él estaba dispuesto a morir por él, a controlar su sed de sangre y su necesidad de muerte, su crueldad, sus instintos animales y retorcidos, esas pulsiones demoníacas que lo azotan con látigos de espinas por dentro si osa ignorarlas. 

Él estaba dispuesto a controlarse hasta el punto de la autodestrucción. A controlarse igual que se controla por Aaron.

<<Él no me traicionaría. Él no lo hará. Yo le he fallado. No al revés.>>

Samuel no se da cuenta de que está llorando hasta que Aaron alza sus manos hacia sus mejillas y le limpia las lágrimas poco a poco, hasta humedecerse las palmas. Samuel no puede llorar nada que no sea la sangre que le ha robado a sus víctimas, así que el humano termina con todas su hermosas manitas enguantas por su sangre, gotas cayendo por sus brazos y hasta sus codos, manchándose más y más, ensuciándose al intentar alcanzar al vampiro y consolarlo. Cuanto más blanca su piel y más puras su intenciones, más brilla el rojo que lo corrompe.

Samuel recuerda el día en que halló al chico así, manchado de su propia sangre, gotas corriéndole por el brazo.

<<Haga lo que haga. Sea como sea. No puedo cambiar mi naturaleza, no puedo ignorar la suya: siempre voy a mancharlo de sangre. Siempre voy a corromperlo. Mi angelito, no quiero hacerte esto, pero no sé cómo parar. Lo siento>>

—Gracias por ser… Por ser vulnerable conmigo, por contarme un pedacito de su historia. Lo siento, amo. —susurra el chico mientras el vampiro falla al intentar contener un sollozo porque esa voz tan dulce y amable jamás debería tener que pronunciar una sola disculpa en un mundo justo—. Siento que fuese así, siento que Ivthan siga vivo y que cada vez que lo vea tenga que recordar lo que le hizo. Siento que tuviese que ser obligado a ser alguien que no era, a hacer cosas que no quería, solo para salvar a una persona y que al final… Dios, es tan cruel. Le obligó a usted a matarlo.

Aaron frunce el ceño, lleno de preocupación y aflicción, y Samuel puede verle a él en esa carita inocente y hermosa. Puede ver al chico al que mató, sus ojos brillantes como un pedacito de cielo, su tez perfecta y sus labios que sabían a cereza.

Puede ver a ese chico y ahora, confesándole a Aaron lo que sucedió, siente que ha invocado a los espíritus, que le ha invocado a él, para confesar su crimen y rogar por ser absuelto. Para disculparse por haberlo mantenido tantos años enterrado como si no pensase cada día en sus ojos, sus manos, sus besos, su traición.

—No fue su culpa, lo sabe, ¿verdad, señor? Usted solo intentaba hacer algo bueno e Ivthan lo retorció todo. Usted no fue un monstruo, lo es ahora o… lo era cuando me hizo las cosas que me hizo, pero no fue un monstruo cuando solo quería darle la vida eterna a alguien con quien deseaba poder pasar un instante más.

Samuel hunde su rostro en el cuello del chico, sus labios ardientes contra la marca, las lágrimas de sangre manchándole, corriendo por el cuello del chico y sus sollozos calmándose contra la suavidad de su piel. Cada palabra del chico, tan amable y preciosa, es un arrullo para su corazón, una mano gentil que le quita las capas y capas de piedra que ha tenido que poner ahí él mismo para protegerse y acaricia su núcleo suave, blando y frágil como un fruto maduro que teme ser tratado con rudeza y caer al suelo para acabar podrido y roto.

Aun así, las palabras de Aaron le arrancan un llanto que es incontenible. Samuel tarda tanto en calmarlo que hasta las sábanas se humedecen de sangre y es que no puede hallar nada más trágico que ese chico perfecto, que es la viva imagen de su primer amor y su primera víctima, perdonándolo y consolándolo tan inocentemente después de que él le haya hecho cosas imperdonables una y otra vez. En todas sus vidas.

No merece el cariño de Aaron, sus brazos abiertos, la manera en que ahora le acaricia la espalda con esas manos tenues como hojas. No merece sentirse tan bien y aun así el vampiro abraza al muchacho con todas su fuerzas.

Maldice el mundo por ser un lugar tan cruel e injusto. Y, a la vez, lo agradece, porque si el mundo fuese un lugar justo, Aaron jamás habría caído en sus manos.

—Está bien, amo —le dice Aaron y el muchachito se tiene que frotar los ojos porque solo de pensar en lo que tuvo que pasar ese hombre que un día se convertiría en el monstruo que conoce como Samuel Hass, se le empaña la vista—. ¿Quiere hablarme de él? ¿Del chico al que amaba y que…

—No —responde de pronto Samuel, alejándose de él como si temiese ser herido por su cercanía—. No puedo. No podría. Aún no. —añade, más tranquilo, pero dando golpes de voz como si se le acabase el aire cada vez que trata de hablar.

Mira a Aaron en la cama, tendido dócilmente bajo su cuerpo, con sus manos y su cuello tintados de carmesí, de una sangre que antaño le perteneció, de un calor que él le ha robado.

Luce tan similar a aquella noche, cuando lo usó y lo dejó sobre la cama ensangrentado y roto. La culpa golpea a Samuel duro en el pecho y este se inclina hacia el chico, toma sus mejillas con una mano y dice:

—No quería contártelo, porque no merezco tu consuelo. Tenías razón, hablar de cosas dolorosas, sobre todo si es con la persona adecuada, hace que me sienta mejor, pero yo no merezco sentirme mejor. No merezco tener algo tan perfecto a mi lado, algo que con su sola presencia hace puro y hermoso todo lo que toca, que hace que las noches sean brillantes como el día y los silencios bonitos como música. Cualquier conversación la vuelves memorable, Aaroncito, cualquier caricia algo por lo que mataría y moriría, cualquier mirada sagrada… No merezco algo como tú y cada vez que eres tú mismo, cada vez que eres tan comprensivo, recuerdo que jamás podré estar a tu altura, que soy un desgraciado diablillo pretendiendo enamorar a un dios. Odio que me recuerdes lo poco que te merezco, porque también me hace recordar lo egoísta que soy al no quererte dejar ir jamás.

Aaron lo mira con ojitos cansados, pero misericordiosos. Extiende sus brazos en la cama, como si estuviese siendo crucificado, aceptando un destino doloroso con gracia y paz, y dice:

—No soy nada perfecto, señor. Me siento sucio y roto e inútil, creo que soy exactamente la clase de basura que merece todo lo que le ha pasado, todo lo que usted me ha hecho… pero si usted ve cosas tan buenas y hermosas en mí, me siento halagado. Me siento incluso lo suficientemente presumido como para pedirle algo: si cree que no me merece, esfuércese en merecerme. Esfuércese en ser bueno. Porque yo también soy egoísta, también siento que no merezco ser tratado bien, pero, oh, lo quiero, quiero tantísimo ser tratado bien y con cariño y sentirme un poco normal, solo un poco y…

Poco a poco, la confianza del chico mientras habla se va haciendo pedazos. Su máscara de seguridad se moja con sus lágrimas y, como si fuese de papel, se deshace, dejando una cosita llorosa, insegura y asustada en la cama, una cosita que no puede parar de sollozar y Samuel no sabe por qué.

—Mi amor ¿Qué sucede? ¿Es esto lo que te pasaba hoy? ¿Sientes que no te trato suficientemente bien? Qué sucede, Aaroncito, vamos, dímelo…

Samuel toma al chico por sus caderas y rueda en la cama. De pronto, es el enorme vampiro quien está tumbado y, como si él fuese su amo y señor, Aaron se eleva sobre él, a horcajadas, apoyándose con una mano en su pecho y con la otra tapando su rostro, pues se avergüenza por ser siempre tan sensible.

—No lo sé, hoy ha sido una noche extraña y he explotado, lo siento, amo, no se enfade. He visto cómo se ha comportado conmigo cuando ha venido Ivthan y luego me ha dicho que consideraba de débiles necesitar ser consolado y me he sentido… me he sentido como si todo el cariño que me da ahora fuese solo una mentira para manipularme y hacerme más obediente la próxima vez que quiera usarme. He pensado que quizá solo me dijo que me amaba porque sabía que yo… que me gustaría, que me haría más dócil para usted porque soy débil de mente y fácil de engañar y…, que… pensaba que todo era un engaño y que he vuelto a ser un niño tonto que cae por todo y que voy a morir sin que nadie me quiera más que como un objeto y que… que…

Aaron se estresa tanto que las palabras no le salen. Sus sollozos lo interrumpen y el dolor en su pecho es tan enorme que necesita tomar aire, llenarse de algo más que esa bilis, ese veneno que se agarra a su interior y lo sofoca.

Samuel toma al chico por la nuca con delicadeza y lo obliga a inclinarse hacia abajo, hasta que sus mejillas empapadas en lágrimas conectan con los labios del vampiro. Estos son cálidos, sedosos y sobre todo parecen ser mágicos, porque el dolor del humano desaparece cuando el vampiro pronuncia las siguientes palabras:

—Si te hace sentir inseguro que te trate como a una bolsa de sangre delante de otros vampiros, mi amorcito, voy a acariciarte y a halagarte delante de ellos hasta que se pongan rojos de la rabia. Si te hace sentir inseguro que guarde secretos sobre mi pasado, te diré todo lo que quieras saber y ni una sola de tus preguntas conocerá el silencio como respuesta. Haré lo que me pidas, quiero hacerte feliz. Luego ya veré cómo lidiar con las consecuencias, porque ningún precio a pagar es demasiado, si es por una sola de tus sonrisas.

El pecho de Aaron da un vuelco y no está seguro de si se trata de su propio corazón alterándose por las hermosas palabras de Samuel o si, quizá, es el lazo que vibra y se sacude, porque está conectado al pecho del vampiro y este también está revoloteando de un lado para otro. Quizá el corazón de Samuel ya no puede latir, pero no importa, las mariposas que siente en su interior hacen el trabajo por él.


 

CAPÍTULO 53

Aaron ha dormido no sobre la cama, sino sobre Samuel. Y ha sido el sueño más plácido, ininterrumpido y reparador que ha tenido en mucho tiempo. Esta noche no le ha visitado ni una sola pesadilla; la única cosa en su cabeza han sido las palabras del vampiro, tanto las que anoche pronunció con tanto convencimiento y reverencia, como si se tratasen de normas sagradas, como aquellas que dijo tiempo atrás, cuando le puso nombre a esa maraña de sentimientos que tenía hacia él y decidió ponerle el más tierno de todos: Amor.

Ha dormido con su cabeza en el pecho del otro y el cabello dorado de Samuel entre sus manos, acariciando y jugando con sus mechones para calmarse mientras una enorme mano le rodeaba la cintura, haciéndole sentir seguro, protegido y mimado, y la otra reposaba en la parte posterior de su cabeza, como protegiendo su mente de cualquier pensamiento malo.

Hoy despierta sintiéndose como si flotase y su vampiro decide hacerlo realidad: lo alza en volandas tan pronto ambos abren los ojos y lo lleva de aquí para allá con la facilidad con la que se levanta una pluma.

Primero, lo lleva al baño para que el chico se limpie la sangre seca con que el vampiro anoche lo manchó, llorando como no lo hacía en siglos. Deja al chico a solas, pues Samuel todavía no está seguro de poder contenerse si lo desnuda. Quizá podría retirarle la ropa e irse, pero el resto de la noche la pasaría con la mente nublada por el deseo y sabe que eso agotaría su paciencia demasiado pronto y demasiado peligrosamente para Aaron.

Al terminar, Samuel toma al chico en brazos de nuevo y, en vez de sacarlo del baño, lo sitúa en el suelo, con sus manos fuertemente apretadas alrededor de su cintura, como si de un corsé se tratasen, y los pies descalzos del humano sobre los fríos azulejos del suelo.

Aaron exhala un aliento tembloroso, pues el poco peso que hay sobre sus tobillos ya hace que se resientan y que note un pinchazo de dolor que empieza en la zona de la lesión y escala hasta su gemelo, su rodilla, sus muslos incluso, como cientos de pequeñas flechas afiladas que se disparan cuando hace un movimiento en falso y se le clavan más honda y dolorosamente cuando intenta liberarse de la sensación.

—N-no sé si podré, ayer me salió tan mal… —murmura el chico, asustado, y siente los labios del vampiro sobre el cartílago de su oído, dejando un minúsculo beso.

—Salió mal porque estabas nervioso, pero ahora acabas de despertarte y darte una ducha. Tu cuerpo debería estar relajado. Aunque… —el vampiro aprieta sus manos en la cintura del chico, haciéndole enderezar su espalda y notar un tirón en su vientre bajo. <<Sus manos son tan grandes, tan grandes. Oh, Dios, tan grandes…>> —te noto tenso. Sosiégate, Aaron, ¿qué sucede?

Aaron se mordisquea los labios y nota una gotita de sudor caer ya por su frente. Su amo tiene razón, él suele acabar de ducharse sintiéndose como si fuese un saquito de carne sin huesos siquiera, así de relajado suele acabar, pues ese es su único momento de la noche para él solo y ahí se desahoga todo lo que quiere, se toma su tiempo y puede permitirse dejar el agua caliente y el jabón de armas deliciosos acariciar su cuerpo tanto rato como desee.

Pero sus últimos baños están resultando incómodos, aunque no está seguro de querer decirle a su amo por qué.

—N-no lo sé.

El vampiro suspira despacio y frustrado, inclinado sobre su oído. El aire cálido que escapa por su boca lame su cuello y hace que su marca cosquillee de manera extraña. Una de las manos del vampiro abandona su cintura, pues el vampiro solo necesita una para sostenerlo de pie como a un muñeco, y asciende por su vientre y su pecho hasta llegar a su cuello. Lo rodea con fuertes dedos, sin hacer presión, pero con firmeza suficiente como para que el chico se tense entre sus dedos y trague saliva.

Samuel hace al chico echar su cabeza hacia delante y sus labios cálidos y grandes se prensan contra la nuca de este, besándola muy delicadamente, pero mandando escalofríos por todo su cuerpo. Puede sentir cómo los suaves vellos del chico se erizan contra su boca.

—¿Qué dijimos ayer sobre mentirme, Aaron? —pregunta en un tono ronco y bajo, sus labios moviéndose sobre la piel del muchacho.

El chico se remueve entre sus manos, los estremecimientos recorriéndolo como si estuviese hecho de piel y hormigueos y no hubiese nada sólido, ni un solo hueso, manteniendo su cuerpo erguido, salvo las manos de su amo.

—No quiero m-mentirle, solo estoy avergonzado. —confiesa y sus manos delatan el ya evidente nerviosismo del chico, pues se ponen a jugar y arrugar los piquitos de la camisa blanca que el humano viste.

—¿Avergonzado? —la voz de Samuel denota dos cosas que preocupan al chico: interés y diversión.

Incluso si el tímido humano entre sus brazos es demasiado inocente como para poner en la boca el pecado que su cuerpo comete una y otra vez, Samuel es astuto y su cuerpo suficientemente lascivo como para reconocer el deseo en otros, incluso si está reprimido, escondido bajo un velo de pudor. Así que rodea la cintura del chico con la mano derecha aún más fuerte que antes y la izquierda baja lentamente, soltando su cuello, pero entrecortándole la respiración mientras toca en otros lugares.

—Mhm. —responde Aaron, un ruidito débil y titubeante, pues no puede siquiera formar una sola palabra, no cuando la mano del vampiro, tan grande, pero tan suave, recorre su cuerpo de la manera en que lo hace.

Acaricia su pecho por encima de la camiseta, las yemas del índice y del corazón trazando el espacio entre sus pectorales y moviéndose lentamente, como queriendo calmar el latir desenfrenado de su corazón. Luego baja hacia su vientre y traza unos pequeños círculos, los dedos sobre ese sitio específico de su estómago donde siente un nudo, dedos tan hábiles que podrían deshacerlo, quitarle la tensión, convertirlo en una cuerdita suelta y relajada que él moldea con sus manos a placer.

Los labios de Samuel siguen en su nuca y, aunque la mano de su amo no le obliga ya a hacerlo, Aaron se mantiene cabizbajo e incluso ladea un poco su cabeza, casi por instinto, ofreciéndole a su amo su cuello pálido y dulce, mostrándole la marca que él mismo le hizo, como admitiendo silenciosamente que es suyo para que haga de él lo que quiera.

La mano del vampiro desciende más, sube la orilla de la camiseta del humano y acaricia ese espacio diminuto y sensible entre la camisa y la goma del pantalón, ese lugar tan bajo que ya no es el vientre del chico, pero todavía no llega a ser la tierra del pecado, un límite que hace a Aaron deshacerse, sentir mil hormigueos bajo su piel, todos disparándose hacia abajo, apuntando al sur de su cuerpo, al núcleo de sus problemas de hoy.

—Oh… —susurra el vampiro en su oído, grave, ronco, colmado de placer de una forma en que lo hace sonar hechizado incluso.

Clava sus garras en la cinturita del chico mientras lo sostiene y da un mordisco a su cicatriz nacarada, los dientes prensando la piel de forma dolorosa, pero no destructiva. No aún.

La otra mano del vampiro ha cruzado el límite. Baja por el suave y lampiño pubis del muchacho, recorriendo cada centímetro de piel sensible como si estuviese descarnada, con la máxima delicadeza, acariciando con las yemas, arañando un poco con las afiladas garras, pues ama sentir como al chico le fallan las piernas y se le entrecorta la respiración.

Aaron gime cuando los dedos de Samuel llegan a su destino y, en vez de tocarlo a él, a su piel necesitada, roja, palpitante… solo acarician el anillo que rodea su erección por la base. Aaron puede sentir la caricia del vampiro, pues cada pequeño toque en ese anillo le hace estremecer, hace que la presencia de este sea más evidente, más condenadamente imposible de ignorar.

No quiere sentir ese jodido anillo, quiere sentir esos dedos, esos dedos fuertes y grandes y tan calientes hace unos minutos cuando se envolvían en su cuello con una firmeza que otras partes de él agradecerían, no, rogarían por ella.

Samuel da un par de toquecitos en el anillo con su afilada garra y este vibra un poco, haciendo a Aaron gemir y encogerse, pero la mano en su cintura lo endereza y el chico debe apoyarse contra el vampiro: su cabeza en su pecho, su espalda contra la dura hilera de abdominales, sus piernas que empiezan a fallar contra las musculosas del vampiro y su pequeño trasero sintiendo como el otro crece en sus pantalones.

—¿Esto empieza a resultar molesto, mi humano? —pregunta Samuel, acariciando más y más el anillo para que los ecos de sus toques lleguen a la parte más necesitada del humano y lo desesperen. Aaron no para de emitir leves ruiditos, de apretar sus piernas y quejarse.

—U-un poco, amo.

—Puedo ayudarte con eso —ofrece, susurrando en su oído, mordiendo ligeramente el lóbulo mientras lo tortura con sus dedos jugueteando con el anillo—, si me lo pides adecuadamente.

El tono de Samuel es ronco, insinuador, juguetón; se relame los labios, deleitado por esa forma lenta y erótica en que ha aprendido a jugar con su humano sin romperlo y el chico parece deshacerse entre sus brazos y sus palabras cavernosas.

—¿P-puedo tener permiso para hacerlo… para quitármelo cuando esté solo, por favor, amo? —pide el chico, sonando dócil y ladeando más su cuello, ofreciéndose tan sumisamente que pocos serían capaces de rechazar al humano.

Pero Aaron siente la boca de Samuel tensándose contra su piel, labios arrugándose en una mueca de molestia, como si fuese a gruñir cual animal posesivo.

—Tu cuerpo me pertenece, Aaron. A , no a ti. 

Aaron siente su cuerpo fallarle cuando el vampiro pronuncia esas palabras. Tan despacio, tan grave y viril suena su voz, tan jodidamente animal, como si no hablase un hombre con el que se puede razonar, sino algo mucho más primitivo, hecho de instintos, colmillos y garras, algo celoso y posesivo que le entierra las garras y lo martillea con una voz que le recorre hasta el tuétano de los huesos.

—Por favor, señor, a-a veces me duele y…

—Puedo hacer muchas cosas por ti, mi pequeño humano. Pero no vas a hacer que cambie mis reglas. Te lo dije anoche, soy egoísta y tú… —Samuel calla un segundo, como admirando la belleza del joven ángel al que tortura con sus palabras colmadas de deseo, posesividad y dominancia. Luego desciende hacia su cuello de nuevo y su larga, ancha lengua se desliza húmeda y caliente sobre la cicatriz de su mordida, de su vínculo— Tú eres mío. No planeo compartir el tacto de tu piel siquiera con tus propias manos, no si no puedo disfrutarlo.

La lengua en su cuello, tan grande que lo cubre con facilidad, tan suave, blanda y agradable que su imaginación vuela a lugares que deberían serle vetados a su inocencia; la mano enorme en su cintura, garras negras y afiladas clavándose en la deleitosa piel y recordándole a quién pertenece, los dedos largos, hábiles, pero cuidadosos sobre su anillo, tentándolo con lo fácil que le sería obtener esa pequeña y pecaminosa liberación… Aaron siente que no puede más, que estallará.

—Por favor… —suplica y nota el vínculo que los une haciendo un nudo tras otro alrededor de su corazón, su estómago, su entrepierna… encogiéndole el pecho, haciéndole sentir un vacío en su vientre, una tensión insoportable en su virilidad.

El lazo los une y hace a cada uno ser consciente del deseo voraz del otro y, Aaron, se siente terriblemente avergonzado, pero su pene se endurece y gotea de puro anhelo al sentir lo mucho que el vampiro desea follarlo ahí mismo y saber que, aun así, está teniendo que controlarse hasta el punto de que sus dedos, a meros milímetros de su sensible sexo, no estén tocándolo.

No sabe si le gusta más la lascivia de su amo o su moderación, tan atenta a sus preocupaciones, tan gentil que le hace sentirse agradecido de formas demasiado sucias.

—Amo que me ruegues, Aaron, pero estás suplicándome por la cosa equivocada —su voz es sedosa ahora, compasiva, se desliza por sus oídos, por su interior, por su maldito cerebro, con la misma lábil caricia con que su larga lengua ha acariciado su cuello, dejándolo mareado y con los ojos brumosos de deseo—. No voy a permitirte tocarte a solas, pero, si me lo pides con esa misma hermosa voz, voy a hacer que te corras hasta olvidar tu propio nombre y solo saber pronunciar el mío.

Aaron no espera unas palabras tan malditamente sucias siendo pronunciadas por una voz tan amable y gentil que parece que esté prometiéndole el cielo, así que se sorprende y la reacción de su cuerpo delata que es una sorpresa grata: sus rodillas tiemblan, frota las piernas en busca de una liberación que jamás obtendrá y su erección está tan húmeda que dulces gotitas de placer caen hasta empapar su anillo y hacer que los dedos de su amo se hallen pegajosos con su deseo. El chico se arquea al oír la voz dominante del otro como si esta lo fustigara, ofrece su cuello pidiendo más besos y lamidas, poniéndose de puntillas a pesar de que duele mucho, porque así puede prensar los labios del vampiro contra su piel y, sobre todo, el chico echa sus caderas hacia atrás, su culo sintiendo de lleno el tamaño y la dureza de la polla de Samuel a través de la ropa.

El vampiro gime en su oído, un gemido ronco y ronroneante, tan masculino que Aaron se siente avergonzado de sus patéticos y agudos sonidos.

—Mírate, respondiendo tan bien a mis palabras. —lo halaga Samuel y decide que ha llegado a su límite. 

Sus dedos se deslizan fuera del anillo y rozan por fin el pene de Aaron, dispuestos a rodearlo con firmeza y darle aquello que tanto pide. 

Sus dedos en su sexo son tan grandes, tan calientes, tan perfectos. Tan… <<Tan peligrosos, tan peligrosos>>. De pronto Aaron recuerda esas manos rompiéndolo, recuerda los bofetones que le llenaban la boca de sangre, los puñetazos en medio de las palizas, los jalones de pelo mientras era hundido y ahogado en aquella piscina, recuerda los arañados, ser sostenido quieto con esas mismas manos, ser violado cruelmente, porque el deseo del vampiro significa peligro y dolor.

—¡No! —chilla asustado y Samuel se detiene con sus yemas todavía sobre la superficie húmeda y suave del pene del muchacho—. Señor, espere, por favor, por favor. Aún me da miedo que me toque de ese modo. ¿No hay otra forma, una que le complazca sin hacerme sentir tan asustado?

Samuel suspira de frustración y suena más bien como un gruñido molesto reverberando en el oído de su presa humana, pues el chico tiembla ahora no solo de deseo y nerviosismo, sino también de miedo. Bajo sus dedos, nota como la excitación del chico pierde firmeza, tornándose suave por culpa de la preocupación, así que Samuel aleja su mano de ese lugar prohibido y pone la mira de su empeño en controlar su deseo y la otra mitad en avivar el del pequeño humano.

—Podría ser realmente complaciente contigo y dejar que te tocases, mi Aaroncito, si tú obedeces todas mis órdenes mientras lo haces.

Aaron está tan mareado, tan confundido y vulnerable, que apenas entiende lo que su amo le dice, más allá de que le va a dar por fin permiso para encontrar esa liberación que su cuerpo lleva tiempo reclamando.

—Gracias, señor. Muchas gracias. —suspira, aliviado, pero poco dura su tranquilidad, pues su amo lo levanta del suelo y lo mueve unos pasos a la derecha, situándolo justo en frente del espejo del tocador, donde el chico puede ver su pantalón húmedo de presemen, su cabello revuelto, el cuello brilloso allí donde se nota su marca, pues Samuel lo ha lamido y mordisqueado como probando su dulce posesividad sobre el chico y, sobre todo, Aaron puede ver la vertiginosa diferencia de tamaño entre él y su propietario. Tan enorme que pareciera que podría comérselo de un solo bocado.

Es un monstruo la criatura que le susurra al oído, que le abraza por las noches y que ahora le sostiene la cintura y logra tener su pene agitándose y endureciéndose solo por su cercanía.

Samuel toma el elástico del pantalón del chico y se lo baja de golpe, dejando su sexo y sus piernas desnudas, la prenda ahora caída alrededor de sus tobillos, los cuales duelen y arden desde el principio, pero Aaron no se atrevería a quejarse, no ahora.

El chico dirige únicamente un solo vistazo a su lascivo reflejo y puede ver en él su pene duro y sonrosado lucir como un juguetito bobo al lado de las manos enormes de su amo. Luego, cruza su mirada con la de este, carmesí, brillante, llena de un hambre que le asusta y le hace sentir, también, otra extraña tensión para nada desagradable.

—Entonces, empieza. —ordena Samuel y Aaron jadea, pues no puede escapar de su reflejo, de sus piernas pálidas y su erección rosada como una flor húmeda de rocío entre ellas, de su cintura desapareciendo en una sola mano de Samuel, de sus ojos rojos y brillantes mirándolo como si hubiese nada más importante en el jodido mundo.

—¿Q-qué?

Samuel ríe en su oído, bajo, ronco y burlón. Su tono es tan tentador y lleno de confianza, que el chico solo se siente como una cosita inexperta entre sus manos, aguardando órdenes porque no entiende nada y no tiene ni idea de qué debería hacer.

—Oh, ¿acaso pensabas que iba a darte permiso para tocarte sin mí? Baste generoso estoy siendo al dejar que seas tú quien toque algo que me pertenece, Aaron, así que sé agradecido con lo magnánimo que está siendo tu amo y empieza ya a darme un bonito espectáculo.

Aaron sabe que está demasiado rojo por esas obscenas palabras, porque le arde incluso la punta de la nariz; para su bochorno, no es esa la única reacción de su cuerpo a la dominante y ronca orden de su amo: el chico gimotea, ladea su cabeza con docilidad y echa sus caderas hacia atrás, como rogándole al vampiro que lo use, que se alimenta de él mientras descarga en su interior toda la frustración que lleva encima desde que supo que no podría follarlo, no sin que el chico se lo pidiese deseosamente.

Samuel es un vampiro fuerte, lo suficiente como para mantenerse a sí mismo a raya y no sobrepasar ningún límite, pero no es de piedra: su firmeza, hasta ahora férrea, empieza a parecerle más bien de hielo. Y Aaron está actuando demasiado caliente como para no derretirlo si sigue así.

Por eso Samuel aprieta su cintura, incapaz de retraer las garras que ahora arañan la suave piel del menor, y lo aleja un poco de su propia erección mientras jadea.

—No quieres provocarme así, créeme. —susurra en su oído y la advertencia hace a Aaron sentir una descarga de miedo atravesándolo, dejándolo vulnerable y lleno de hormigueos que lo debilitan.

 

Pero también le hace sentir un calor impuro e inadecuado en su bajo vientre, un hilillo de tentación que le pide que siga jugando con el autocontrol del vampiro, que descubra hasta dónde es capaz de llegar, qué sucede si rebasa su límite.

—No estás listo para eso, Aaron… —advierte de nuevo, lamiendo su lóbulo después y dándole un pequeño mordisco donde su colmillo derecho punza al chico y lo hace saltar, a modo de pequeño castigo por su travesura.

—L-lo siento, no sé qué estoy haciendo…

—No importa qué estás haciendo —responde el otro, su tono duro sintiéndose como un cuchillo que corta a través de la dulce ternura de las palabras de mantequilla del otro—, importa lo que debes hacer: obedecerme. Así que empieza a tocarte, Aaron, no me impacientes o voy a cambiar de opinión. Te impediré tocarte y voy a provocarte tanto solo con mi voz que te bastarían solo unas palabras más para correrte sin que nadie pusiera una sola mano en ti.

Aaron ya se siente así, pero confesarlo sería tan vergonzoso que es incapaz siquiera de pensar en ello. Piensa solo en la voz de Samuel, en las obscenidades que le dice ahora, incluso si está seguro de que está comportándose recatado para no alterarlo demasiado. Imagina al vampiro relatándole con ese tono lento, tranquilo y confianzudo las cosas que se le pasan por la cabeza cuando esta está dominada por el deseo, la clase de lascivos mundos a los que quiere llevarlo.

Aaron no puede esperar más y sabe que jamás debería gastar ni un solo segundo del tiempo de su amo, así que lleva sus manos a su entrepierna, pero tan pronto los dedos rodean el anillo y están listos para tirar de él, Aaron se queda paralizado como un conejito entre las mandíbulas de un lobo: Samuel tiene sus dientes alrededor de la marca de su cuello, los colmillos punzando la piel delgada y pálida que ya probaron antes, a punto de romperla, de marcarlo otra vez y apretar aún más el lazo que anuda su corazón al del vampiro.

Aaron se queda estático y gimotea de dolor hasta que Samuel lo suelta. La marca está ahora roja y amoratada por la forma en que ha castigado al chico, pero no siente arrepentimiento, solo hambre, así que lame esos bonitos colores en la piel de su presa, sintiéndola estremecerse.

—¿Te he dicho acaso que toques el puto anillo?

—P-pero, señor…

—No. Así que sé bueno y mastúrbate. Si me das un buen espectáculo, quizá considere dejar que te corras.  

La idea de que Samuel todavía no le haya concedido el permiso para liberarse de su tormentoso deseo, de que deba complacerlo antes para ganárselo, sobre todo a sabiendas de lo exigente y cruel que es el hombre, lo hace suspirar temblorosamente de preocupación, pero también lo enciende tantísimo que su polla asiente a las palabras del vampiro como si tuviese voluntad propia, estremeciéndose visiblemente y dejando caer de la punta un largo hilillo transparente de desesperación líquida.

Samuel ríe en su oído y Aaron sabe que es buena señal: aún no se ha empezado a tocar y a su amo ya le gusta lo que ve. Pero es hora de empezar a seguir sus órdenes si no quiere ponerlo de mal humor y ser castigado, así que el chico vuelve a bajar sus manos y esta vez evita el anillo.

Aaron no sabe a dónde mirar mientras rodea su erección con su mano derecha. Antes, cuando se masturbaba en su infinita soledad porque las fantasías de manos que lo acariciaban y bocas que lo besaban se volvían más intensas de lo que podía soportar, algo menos inocente que una mera cura para su tristeza, lo hacía bajo una manta y con los ojos bien cerrados, tratando de acabar deprisa y hacer ojos ciegos a su pecado. No buscaba placer, solo liberarse efectivamente de un incordio biológico que podía distraerlo de su supervivencia.

Ahora, sin embargo, no está tocándose por necesidad, sino por desesperación. Sus deseos son ahora más atrevidos, más caprichosos, como si se hubiesen alimentado de la lujuria desvergonzada de su amo, así que le hacen imaginar cosas tan sucias que le marean: Samuel bajando esa enorme mano y tocándolo, Samuel mordiéndolo de nuevo.

Aaron mueve su mano arriba y abajo, despacio, como si masajease su enrojecido pene para aliviar su quemazón.

Su mente sigue torturándolo: Samuel besándolo con labios rojos y una lengua larga y sedosa que le dice las más dulces mentiras y las más peligrosas verdades.

Aaron aumenta el ritmo; su boca no puede contener ya los jadeos y sus caderas se mueven patéticamente al ritmo de su mano, con pequeños espasmos que le hacen follarla por pura necesidad.

Samuel tendiéndolo despacio en la cama, desnudándolo con la delicadeza con la que uno desenvuelve un regalo.

—A-ah, amo, amo…

Samuel se siente grandioso al escuchar al chico gemir de esa forma, sacudirse entre sus manos, cerrar sus ojos aun sabiendo que las imágenes que tendrá en el revés oscuro de sus párpados serán de él, así que decide premiarlo, ayudarlo un poco a hallar ese placer que tanto busca obsequiándolo con su voz amable, pero ronca:

—Buen chico.

Aaron gime tan alto y agudo que sabe que se avergonzará toda la vida de haber lloriqueado como un cachorrito necesitado, pero ¿qué puede hacer al respecto? Esas dos palabras son tan jodidamente maravillosas. Mágicas, diría. Le hacen sentir un tirón en lo más hondo de sus entrañas, el lazo apretándole el corazón y luego prendiéndole fuego porque, si no, no se explica por qué está tan caliente. La piel reducida a hormigueos, como el eco de una caricia, porque tal es la suavidad de esas palabras. Sus piernas hechas gelatina, sus ingles tensas y sus testículos igual, su polla tan dura que sabe que pronto vendrá el momento del que tanto se ha privado hasta ahora.

Así que Aaron mueve su mano más despacio, muy a su pesar, dejando de masturbarse frenéticamente para hacerlo de forma sosegada, pues sabe que si sigue hasta el orgasmo mientras lleva el anillo, la sensación de frustración será agónica.

Aaron tiene la mano ya empapada de presemen y, a medida que la mueve, un sonido húmedo y obsceno se escucha por toda la habitación, junto a su respiración acelerada que llena el aire de una dulzura exquisita.

—¿Quién te ha dado permiso para que pares?

La voz del vampiro es tan hosca. Aaron está tan sensible y vulnerable, que puede notarla sobre la piel como papel de lija, castigándolo con dureza por su rebeldía.

—P-pero, señor, si sigo mientras llevo el anillo…

Samuel ríe en su oído, enternecido porque el humano haya podido llegar a pensar que él no sabe lo que pasará si continúa, que no es exactamente lo que quiere.

—Vas a seguir y a arruinarte tantos orgasmos como yo desee. Cuando estés desesperado, te dejaré tener uno de verdad.

Aaron alza su vista hacia el espejo y la mirada de Samuel es exactamente como sus palabras: tan cruel como erótica. Tan sacada del infierno, como capaz de arrastrarlo a él a las llamas.

El vampiro lo mira fijamente y luego sonríe, relamiéndose los largos colmillos.

—Amo, e-es tan cruel, es demasiado… —suplica el chico, pero Samuel sabe que Aaron puede hacer tantísimo berrinche como desee: sus órdenes no van a cambiar.

El muchachito de mirada celeste es su mascota humana mimada y por él bajaría hasta las estrellas del cielo, pero sabe ponerse firme cuando es necesario o… placentero. Y ni mil súplicas más de esa vocecilla débil y angelical podrían hacerlo cambiar de opinión. Al contrario, la angustia en los titubeos del menor le parece un motivo más por el que seguir jugando con él de ese modo.

—Estoy siendo dulce contigo, humano —le susurra al oído y acto seguido empieza a acariciarlo con su mano libre de la forma más sutil y amable. Lo sostiene solo con la izquierda, así que con la diestra traza círculos en su tripa; Aaron no puede sino sollozar, porque Samuel le gusta y le confunde por igual—. ¿Quieres parar, dejar esto para otro día, si es demasiado para ti? —ofrece y, tan pronto termina su pregunta, emplea sus labios para dibujar un precioso camino de besos por todo el cuello del chico, hasta llegar a la curva que lo conecta con su hombro, recorrerla con gentileza y volver hacia arriba, sus labios terminando posados en el punto suave y sensible entre la mandíbula y la oreja del chico, allí donde la piel se le eriza con tanta facilidad.

Cuando lo besa, siempre presta una especial atención a su cicatriz, besándola apasionadamente, lamiendo cada surco en la piel, y Aaron no puede sino sentir un calor infernal derramándose como magma hacia su entrepierna.

—N-no, señor, por favor, déjeme seguir. Necesito esto, necesito…

Aaron se interrumpe a sí mismo con un largo, agudo y bochornoso gemido que le deja los ojos rodando atrás en sus cuencas y una gotita de saliva escurriendo por su mentón. Samuel ha pegado su boca a la cicatriz de la mordida y ha chupado ahí con avidez, queriendo hacer aflorar en tan hermosa zona los colores vivos y bonitos de un hematoma.

Y cuando Samuel tortura así su piel, chupando y mordisqueando lo suficientemente fuerte como para causar una pizca de dolor, pero una oleada de placer, el chico se siente como si no hubiese ni una sola cosa sólida en su cuerpo: es solo lágrimas, sudor, saliva que se derrama, sangre que corre rápido por sus venas y placer líquido que gotea de su entrepierna. 

Solo es escalofríos allí donde los besos del otro le recuerdan que su piel existe.

—Entonces sigue masturbándote.

Y Aaron lo hace. La orden es tan firme que parece poseerlo: todo su cuerpo tiembla y flaquea, pero la mano que sostiene su pene se torna férrea como el anillo y empieza a moler su virilidad enérgicamente.

Cuando Aaron está llevándose a sí mismo demasiado cerca del orgasmo, no puede dejar de sacudirse, de gemir, de arquear su preciosa espalda y empujarse contra la boca que baña su cuello en besos y halagos.

“Lo estás haciendo tan bien”, “Eso es, sigue así”, “Luces tan hermoso, tan perfecto, así” son algunas de las cosas que Samuel dice y el chico, mareado y abrumado por el placer, logra entender.

Intenta no estar demasiado sensible, pues cuanto más grande sea el orgasmo que su anillo detiene, más desesperante será la sensación, pero sencillamente no puede detener las oleadas de hormigueos y puro éxtasis que lo golpean una y otra vez. ¿Cómo podría cuando lleva tanto tiempo frustrado? ¿Cómo podría cuando antes fantaseaba con caricias y ahora tiene manos enormes y fuertes dándole todo lo que desea y una boca zalamera repartiendo besos por todo su cuerpo y halagos tan calientes que se sienten como más besos, pero ahora en su alma? ¿Cómo podría, cuando tiene delante un espejo y en él puede ver la manera en que su amo le mira?

Así que Aaron siente la tensión en sus piernas volverse insoportablemente dolorosa, su bajo vientre contrayéndose y un vacío perforándolo, el hormigueo que le recorre el cuerpo y se acumula primero en sus testículos y luego en la base de su pene para, después, salir disparado.

Solo que cuando llega al punto más álgido, el flechazo de éxtasis se topa con un muro de hormigón: el jodido anillo le impide correrse y el chico siente el placer líquido volviendo dentro suyo dolorosamente, todo su cuerpo resintiéndose, los hormigueos volviéndose calambres. La experiencia tiene la intensidad de un orgasmo devastador, pero no su liberación posterior, no la paz ni la calma con la que uno suele dejarte.

Aaron termina jadeando, llorando, retorciéndose en manos del vampiro mientras suplica incoherentemente para que, por favor, se le permita hallar un poco de paz.

—Buen chico, estás siendo tan bueno para mí… —susurra el otro en su oído, besándolo en la mejilla empapada después, y Aaron se siente tan bien por esas palabras que haría lo que fuera por obtener un simple eco de ellas. Samuel lo sabe, así que su tono se ensombrece con un oscuro deseo cuando le dice:— Ahora, hazlo otra vez. Quiero oírte gritar de nuevo.

Aaron pierde la cuenta del tiempo que pasa frente a ese espejo, entre las manos de su amo y manejado por sus roncas y dominantes órdenes como si fuese un títere. Solo sabe que el placer es tan tortuoso que cada instante se siente eterno y que cuanto más ruega, más parece alimentar el sadismo de ese hombre que juega con él suave, pero cruelmente.

Samuel se divierte con su humano por un buen rato, haciendo que el chico llegue hasta la cúspide pero no pueda alcanzar el clímax una y otra vez, deleitándose al ver su pequeño e inexperto cuerpo temblar de frustración y deseo y agotarse tan rápido que pronto queda como un muñequito de trapo en sus manos, con sus brazos sin fuerza como para seguir, la lengüita rosada colgándole de entre los jadeantes labios y goteando brillante saliva en el charquito del suelo, frente a sus pies, los cabellos azabaches pegándosele a la frente por el sudor y formando rizos y espirales que enmarcan su abochornada carita, las lágrimas perlándose en largas pestañas, el sudor cubriendo su cuerpo y haciéndolo lucir brillante, como una valiosa y suave perla entre sus dedos.

Mientras el chico se toca, Samuel susurra obscenidades en su oído (“Tan delicioso que quiero morderte de nuevo, joder, quiero comerte entero”, “La próxima vez que hagamos esto, mi cosita humana, no seré tan amable”, “¿Tiemblas así porque te beso el cuello? No puedes siquiera imaginar las maravillas que mi boca puede hacer en otros lugares de tu cuerpo”), viendo como muchas veces, incluso si Aaron aminora el ritmo, un orgasmo lo alcanza únicamente porque la voz en su oído es grave y demasiado seductora o porque una mano grande y dominante le hace abrir las piernas o lo toma del cuello o lo aprieta de la cintura de una manera demasiado deliciosa que enciende al chico más de lo que puede soportar.

“Si esto es lo que tus manos hacen bajo mis órdenes, Aaron, imagina qué harán las mías cuando me permitas tocarte como te mereces” es una de las frases que catapultan a Aaron hacia un orgasmo arruinado y el chico, tras oírla, se siente terriblemente culpable, porque incluso si siente pánico cuando Samuel pretende tocarlo en sus lugares más sagrados, no puede parar de alimentar su propia libido imaginándose al vampiro follándolo como ahora lo maneja: lento y suave, pero todavía con ese toque de deliciosa crueldad que hace incluso del placer una tortura.

Samuel decide que Aaron ya ha tenido suficiente -por porque para él, jamás será suficiente- cuando el chico tiene dificultades para hablar y ya casi no se entienden sus súplicas, así que besa su mejilla con dulzura y le acaricia sus cabellos revueltos mientras susurra:

—Has sido un chico tan bueno y obediente para mí, Aaroncito. Creo que mereces un premio, ¿no es así?

Aaron asiente moviendo su cabeza con una exageración casi cómica. Samuel ríe en su oído, enternecido y entretenido por su desesperación.

—Dime que quieres.

Aaron mira su anillo y gimotea sin palabras, solo con ruiditos bobos y llamativos. Samuel ríe de nuevo, haciéndole sentir tan pequeño y patético. <<¿Por qué me gusta que me haga sentir así? ¿Por qué me gusta él? ¿Tenía razón, cuando dijo aquello? ¿Esto es mi cuerpo aceptando mi lugar? No quiero que me guste, pero… pero… no quiero dolor. Me merezco un descanso del dolor, uno pequeño. ¿Acaso no puedo permitirme estos momentos? Ya me sentiré culpable y sucio después, ahora solo quiero sentirme bien.>>

—Usa tus palabras.

Aaron traga saliva, empuja los pensamientos tristes y conflictivos a una esquinita de su liosa cabeza y traga saliva antes de hablar.

—Qu-quiero correrme, amo. Quiero p-poder quitarme el anillo, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…

Samuel besa la coronilla del chico con afecto y la mano que hasta ahora acariciaba sus suaves cabellos, baja por su cuerpo con una sutil caricia: el perfil de su rostro lo recorre con la yema, la frente, la naricita respingona, los labios húmedos, arrebolados y entreabiertos, la pequeña barbilla, luego recorre el cuello, el espacio entre las clavículas, su raso pecho y su abdomen y después… 

Baja lentamente por su vientre bajo y hasta su pubis. Aaron jadea por la cercanía de tan expertos dedos, por lo sencillo, casi natural, que le resultaría apartar su manita temblorosa y sustituirla por la habilidad de su gran mano, por su calor envolviendo su pene y llevándolo por fin al orgasmo.

Pero sus dedos no llegan a tocar su pecaminosa erección, sino que se quedan a meros centímetros de ella, apoyados en el anillo metálico que tanto lo está atormentando.

—Respira hondo, buen chico. Tú no tienes permitido tocar tu anillo. ¿Verdad que no? —el muchacho niega con la cabeza y Samuel afirma sus dedos alrededor del aro de metal. No lo saca, pero lo hace girar sobre su eje, torturando más al chico y arrancándole hermosos sonidos—. Entonces, Aaroncito, te lo voy a quitar yo. Lo haré con cuidado, sin tocarte, porque sé que eso te pone nervioso —<<Tócame, tócame, tócame, oh, por favor, amo, tóqueme>>— ¿Está eso bien, Aaron?

El chico cierra los ojos con fuerza, pero no tiene sentido: su cuerpo le traiciona haciéndolo entreabrirlos porque necesita mirar incluso si siente que se correrá con solo esa deliciosa imagen. Traga grueso y se esmera en responder de forma más o menos clara:

—Mhm, sí, s-señor.

—Buen chico —Aaron podría desmayarse cada vez que oye esas palabras, pero sobre todo ahora, pues vienen acompañadas de dedos amables que empiezan a deslizar el anillo fuera. Sin embargo, Samuel lo hace con una lentitud desesperante y Aaron puede sentir, milímetro a milímetro, como la frialdad del metal se desliza por su necesitada erección—. Lo haré despacio, respira hondo. Sé bueno para mí, sigue gimiendo así.

Aaron obedece, pues no le queda otra: las sensaciones recorren su cuerpo como electricidad, forzando sus músculos a tensarse, su cabeza a llenarse de la espesa bruma del deseo y anegando sus ojos en las más deliciosas lágrimas de placer y súplica.

Con su mano libre, Samuel sigue sosteniéndolo y el pulgar mima su tripita cariñosamente, tan cariñosamente que Aaron estaría dispuesto a no correrse nunca si con eso va a lograr que los mimos sigan por toda la eternidad.

Samuel besa su cuello de nuevo. Oh, esos labios gruesos, esponjosos y calientes como el infierno, esa lengua que lo prueba como si fuese una presa entre sus garras y esos colmillos.

Los colmillos afilados, amenazantes, pero tan atractivos, la forma en que se sienten contra su marca, encajando perfectamente ahí como si, de algún modo, Aaron hubiese nacido para pertenecerle a Samuel. Para esto.

—Eres tan hermoso que querría marcarte otra vez, hacerte tan mío que no puedas siquiera pensar sin mi permiso —Aaron gimotea, el vampiro entonces juega con él de forma despiadada: sube y baja su anillo, estimulándolo con ese frío agarre de metal y amenazándolo con volver a restringirlo de ese modo que tanto lo deja a su merced. Pero, al final, Samuel sigue deslizando el anillo fuera de él, ahora llegando a algo más de la mitad del pene del chico, tan malditamente cerca—, pero vas a demostrarme que no es necesario. Vas a ser tan bueno para mí. ¿Sabes cómo?

Aaron niega, mareado, confundido, preocupado y tan embotado por el placer que apenas puede separar sus sensaciones, distinguir entre el temblor propio del nerviosismo y el de la impaciencia por terminar.

Samuel sonríe contra su cuello, lo lame hasta llegar a su oído, haciendo al chico arquearse y gemir, y entonces, mientras desliza el anillo fuera de su pene de una suave y rápida moción, susurra en su oído con la voz más ronca y dominante que puede:

—Vas a correrte para mí.

Esa voz lo atraviesa como un rayo, tal y como si se tratase de la voz de mano estrechando su lazo, tirando de él como de una correa que demanda obediencia: Aaron se corre sin siquiera ser tocado, su polla estremeciéndose en el aire mientras las oleadas de placer lo hacen revolverse en sus brazos, gemir alterado y asustado por el poder de ese intenso orgasmo.

—¡Amo, amo! —grita desesperado, perdiendo el control de su cuerpo, mordiendo su labio tan duro que sangra y temblando como nunca lo había hecho.

El orgasmo lo arrolla devastadoramente, un tsunami de puro éxtasis que pone sus ojos en blanco y le vacía la cabeza de pensamientos, un hormigueo que se torna terremoto y arrolla toda su piel hasta que solo siente hormigueos entumecidos en sus manos y sus pies y luego en sus brazos y sus piernas, como si su cuerpo estuviese desapareciendo y lo único que existiese fuese el núcleo de su pecado, ese órgano que escupe su placer blanco y el corazón que le late tan desbocado en el pecho que puede sentir su propio pulso en su garganta, sus oídos, su sexo.

Por cada vez que el chico clama el nombre de su propietario como si fuese un dios al que llama, una nueva tira de blanco clímax sale disparada de su pene y termina sobre la enorme mano del vampiro, manchando también ese anillo maldito que sabe que volverá a tener puesto en apenas minutos.

Aaron se siente tan avergonzado que, mientras sigue corriéndose, el orgasmo dándole minutos y minutos de exhausto placer al chico, se disculpa entre sollozos de pura sensibilidad:

—L-lo siento, amo, lo siento, lo siento…

Samuel ríe en su oído y el chico se corre más fuerte aún, esa voz cruel y masculina siendo la responsable de la forma en que su cuerpo está volviéndose loco ahora mismo.

—Está bien, estás siendo tan buen chico…

Aaron solloza mientras los últimos restos del orgasmo salpican esa mano pálida y enorme y, cuando su clímax termina, nota todo su cuerpo extenuado y aún sintiendo los ecos de este: tiene los miembros y la lengua adormecidos, la cabeza dándole vueltas y toda su piel hormiguea como hecha de escalofríos y cosquillas.

Samuel besa su cuello, deja al chico sentado sobre el lavamanos, asegurándose de que no se cae, pues no deja de cabecear y deslizarse hacia los lados, y Aaron contempla, a través de ojos entrecerrados, cómo Samuel lame sus dedos hambrientamente, no dejando que se desperdicie ni una sola gota de su chico perfecto.

Aaron se pone tan rojo que su erección baja por fin, pues toda su sangre va ahora a sus mejillas. Samuel le sonríe ladino y juguetón, limpia el anillo metálico y, a pesar de las protestas ininteligibles del humano, vuelve a deslizarlo en su pene. Mientras lo hace, se inclina sobre su oído y musita:

—Cuando estés preparado para ser tocado de veras, te aseguro que esto no serán más que unos meros preliminares.

Aaron está tan jodidamente sobrepasado por sus sensaciones y emociones, que eso es lo último que oye antes de perder el conocimiento. Solo que, en vez de hundirse en un pozo de negrura e inconsciencia, esta vez se siente más bien como elevarse en una nube hacia la blancura inmaculada del cielo.

Cuando Aaron despierta es porque nota algo pesado y cálido en su regazo.

Al abrir los ojos, algo alterado, nota que está en la cama y que sobre sus piernas tiene una bandeja con abundante comida: un plato grande de pasta con salsa de queso y gambas, una ensalada colorida y preciosa con mango y fresas y, al final, un pequeño pastelito lleno de chispas de colores que le hace recordar a los pasteles de cumpleaños.

Aaron toma el bollito entre sus manos como si se tratase de un tesoro. Los ojos se le llenan de lágrimas al ver ese detalle tan tierno y colorido, pues parece una reliquia rescatada de entre los escombros de su pasado, un pedacito de sus recuerdos felices: las tardes que horneaba galletas con sus padres, los días que servían chucherías en la cafetería de la escuela, sus cumpleaños o los de sus amigos, la ocasión en la que horneó un pastel apto para perritos y lo llevó a un parque para que todos los perros le hicieran caso y corriesen a saludar cada vez que lo viesen por la ciudad, etc.

—¿No te gusta? —pregunta Samuel, que está sentado a su lado y observa con preocupación las lágrimas cristalizadas en su mirada.

—No, no, me encanta… es solo que me ha despertado muchos recuerdos —dice suavemente—. Echo de menos cocinar. Mi padre fue panadero y los demás niños se reían de mí porque, en vez de enseñarme a jugar al fútbol o a pelear, me enseñaba a hacer cosas dulces, pero a mí me encantaba. Mis mejores recuerdos de él los tengo cubiertos de azúcar glas. —comenta, más para sí que para el vampiro, y una risita melancólica escapa de sus labios.

—Nunca te has horneado nada así aquí, la cocina está perfectamente equipada para ello. 

Aaron se encoge de hombros, deja el pastelito sobre su bandeja y tamborilea con sus dedos antes de decir:

—Siempre me he hecho comidas simples porque me daba miedo que me castigase por usar demasiado rato la cocina o por ensuciarla mucho, amo.

La expresión de Samuel se ensombrece, pero no puede decir nada: sabe que es cierto que tiempo atrás habría apalizado al chico hasta casi matarlo por dedicarse a él mismo, a sus alimentos, un minuto más de lo necesario en vez de usar todo su tiempo disponible para servirle como es debido.

Samuel se inclina hacia él, sabiendo que las palabras no son suficiente para pedir perdón, y le besa la mejilla.

—Cuando puedas caminar de nuevo, podrás cocinar lo que quieras, ¿de acuerdo?

Samuel se siente frustrado, pues su ofrecimiento logra encender una chispita de ilusión en los ojos del chico, pero esta se extingue rápido y acaba suspirando con pesar.

—No sé si volveré a caminar, amo. No quiero hacerme ilusiones.

Su mano tiembla cuando toma el tenedor y Samuel sabe que el chico está mordiendo las palabras <<por tu culpa. Por tu jodida culpa>> para que no escapen de sus labios. Si lo hiciesen, tendría razón: no importa cuán dulce sea el vampiro ni cuántos besos reparta por su cuerpo, el amor no borra las heridas y, por cada minuto de alegría que le procure a Aaron, antes ya lo ha condenado a una eternidad de sufrimiento, lo ha dejado marcado, en cuerpo y alma. Y puede que no solo no sea capaz de confiar de nuevo, de amar y ser feliz, de ser tocado sin sentir náuseas, sino que también es posible que no pueda volver a hacer algo tan normal como dar un paseo, como levantarse e ir a cocinar algo rico o a tomar un libro de la estantería.

Samuel siente que hundió tanto a Aaron, que ahora ha hecho que sea imposible que se levante de nuevo.

<<No. Voy a solucionar esto. Tengo que solucionarlo>>

—¿Por qué crees que te he puesto el pastelito? Es para celebrar.

—¿Celebrar el qué? —pregunta Aaron desconcertado y frunciendo el ceño. Su cabeza sigue algo nublada aún y le cuesta pensar con claridad, además, está poniendo un gran esfuerzo mental en no recordar lo que acaba de hacer con el vampiro, pues todavía le avergüenza en demasía.

—Quizá no lo hayas notado porque te tenía distraído —susurra el otro seductoramente, acercándose al chico y colocando una mano sobre su pierna para acariciarlo de forma insinuante, haciendo que los recuerdos vuelvan inevitablemente y que la cara del chico esté roja como un tomate—, pero hoy has estado más tiempo que ningún día de pie y has aguantado casi todo tu peso.

Los ojos de Aaron se abren enormemente y mira a Samuel directamente con su mirada de cachorrito, tan brillante y celeste como un pedacito de cielo. Samuel daría lo que fuese por verlo tan esperanzado como ahora.

—¿De verdad?

Samuel asiente.

—Mañana te daré las muletas, ahora come y recupera un poco de fuerzas.


 

CAPÍTULO 54

Aaron está que no cabe en sí de emoción. Samuel le ha dado las muletas y, aunque al inicio no ha sabido usarlas sin las manos de su amo sujetándolo firmemente por la cintura, ahora puede moverse solo con casi tanta soltura como antes. Sus tobillos duelen un poco constantemente y los brazos se le resienten desde el inicio por tener que soportar parte de su peso, pero no podría estar más feliz y agradecido por haber recuperado ese trocito de normalidad. Pasea de un extremo a otro del despacho de Samuel, fascinado y maravillado por el simple acto de caminar, de poder moverse solo, sin la necesidad de que su propietario lo mueva de un lado para otro como a un títere sin voluntad.

Sabe que su libertad es algo que le será vetado para siempre, pero se siente como si hubiera conquistado un pequeño escalón de esa gran montaña.

Samuel está sentado en su escritorio y ha dejado el papeleo del trabajo a un lado, pues observa con una enorme sonrisa el júbilo del chico. No le importaría que no pudiese volver a andar jamás, igual que no le importa que ande con normalidad de pronto, pero sí que le importa que sea feliz y se alegra demasiado ahora al verlo sonreír de ese modo y balancearse con sus muletas, intentando dar saltos o hacer piruetas tontas porque, por primera vez en mucho tiempo, está de suficiente buen humor como para divertirse.

Samuel toma su teléfono móvil discretamente y finge estar leyendo alguna cosa en él mientras, de extranjis, le toma al humano un par de fotografías y hace mucho zoom en su carita luminosa y en esa sonrisa que parece demasiado perfecta como para ser real.

Jugando, Aaron apoya todo su peso en sus brazos y alza sus dos piernas, luciendo como una especie de bolita flotante sostenida por dos muletas.

—¿Qué intentas, levitar? —pregunta risueñamente el vampiro, apoyando su mejilla en una mano y dejando que su mirada recorra cada milímetro de la expresión divertida del menor, queriendo grabarla en sus pupilas, porque tenerla en su teléfono no es suficiente.

—Soy una bola de arroz atrapada entre dos palillos chinos. —dice el chico, muy concentrado en hacer un ovillo realmente pequeño para poder, realmente, lucir como un pequeño onigiri.

—Mi arrocito. —le responde Samuel, cariñosa y bobamente cambiando ese mote que Aaron tanto ama ("mi Aaroncito") por uno que acaba de descubrir que es capaz de amar aún más.

El chico ríe, enternecido por una parte, rojo como un tomate por la otra, y Samuel no puede evitar hacerlo también.

Hasta que Aaron resbala sin querer. Por suerte, no cae al suelo, pero una de sus muletas golpea un objeto y lo arroja por el suelo con violencia, volteándolo: el cuadro que Samuel mantiene siempre en el suelo, cara a la pared, oculto.

Ahora está a plena vista.

—¡P-perdón, señor, no quería tirar nada, lo siento mucho! Lo recogeré, lo siento, no me castigue, p-por favor. —farfulla Aaron nerviosamente, dirigiéndose a toda prisa hasta el cuadro.

Lo que el chico no ha visto es que su amo se ha quedado más pálido que de costumbre y que aprieta los puños con fuerza, hasta que las venas le resaltan.

Cuando Aaron llega justo delante del cuadro, no lo recoge con la misma urgencia con la que ha ido a buscarlo. Se queda paralizado, mirándolo fijamente.

Hasta que Samuel lo agarra con fuerza por el cuello y lo empuja tan fuerte contra la pared que las muletas se le caen al suelo y los tobillos le arden y le laten de dolor, incluso si la presión sobre su garganta es lo que más le asusta ahora.

Samuel lo mira iracundo, tanto como tiempo atrás lo miraba por cada pequeño error, como si acabase de traicionarlo, de darle una terrible puñalada por la espalda. Samuel aprieta su mandíbula hasta que los dientes le rechinan, los ojos le brillan, pues solo ve rojo en un momento como este, y los colmillos le crecen.

Su primer amor está en un lienzo sobre el suelo, yaciendo frío y estático, como un muerto. Y su único amor desde entonces está entre sus manos, ahogándose y suplicando por no acabar como el primero, pataleando inútilmente mientras se queda sin respiración.

—¿Qué mierda te crees que haces, humano? ¿Crees que puedes tocar mis cosas sin cuidado? ¿Crees que porque soy más amable voy a dudar cuando te ganes un jodido castigo? ¿Cuando te merezcas una puta paliza? ¿Crees que no sería capaz de matarte si me jodes lo suficiente, puta bolsa de sangre sin valor?

La voz de Samuel es como un rayo, atraviesa a Aaron llena de una rabia natural, instintiva, primitiva como los dientes o las garras del vampiro, que se tornan largos y afilados, y que hacen que su cuello sangre por la violencia con la que lo está sosteniendo.

Samuel siente su corazón bombeando rápido, si es que aún late. ¿O es acaso un eco de cuando era humano? De la angustia y el pesar que sintió cuando supo que ese cuadro sería lo último que le quedaría de él. Lleva años sin poder soportar mirarlo sin que los recuerdos le arrollen como una ola gigante que lo ahoga en tristeza. Siglos siendo incapaz de deshacerse de él, porque la pequeña parte de su humanidad que sigue viva dentro de él todavía se aferra a su pasado, a lo único bueno que tuvo en él, a lo más dulce y aquello que tan fácilmente se agrió hasta tornarse su recuerdo más oscuro. 

Ver a Aaron subir el telón a la fuerza y obligarlo a confrontar todos esos recuerdos lo inunda de una rabia tan violenta que no puede sino nacer del más profundo miedo. Samuel tiene ahora la reacción de un animal aterrado y arrinconado: desvelar sus garras y dientes, mostrarle a quien le ha herido que es peligroso y, así, rogar por ser dejado en paz. Para que no le hagan más daño.

Pero Aaron no está atacándolo, solo ha sido torpe mientras hacía el tonto. Solo estaba siendo feliz por unos minutos, por fin. Y ahora él lo ha arruinado todo.

Samuel lucha con todas sus fuerzas contra las ganas de estrangular a Aaron, de apretar solo un poquito más duro y quitarle la vida, convertir a su amor en un bonito y frío recuerdo otra vez, para así poder empujarlo a las profundidades de su mente y fingir que jamás ha sentido cosas tan tiernas y vulnerables por nadie. Se muerde la lengua hasta tragar el óxido de su sangre, distrayéndose de su ira a través del dolor y la amargura, y logra que su mano se abra lo suficiente para que Aaron caiga al suelo, jadeando, agarrándose de la garganta y palpando con el terror de que algo se haya roto dentro de él la silueta de los dedos del vampiro alrededor de su cuello, pintada con intenso color rojo.

Entre jadeos, trata de pedir perdón al vampiro, pero este no puede seguir escuchando su voz, no puede seguir dejando que el chico genere en él ese peligroso huracán de sentimientos que ha provocado al tirar el cuadro, al arrancar de forma tan abrupta la costra de una herida que creía cerrada y curada desde hacía tanto.

Ver esa pintura es, para Samuel, demasiado parecido a la primera vez que Aaron, siendo su esclavo humano, lo miró a los ojos y le hizo tantísimo daño que tuvo que casi romperlo para demostrarse a sí mismo que seguía siendo fuerte.

—A-amo, lo siento, no quería…

¡Lárgate! —brama Samuel con la voz de mando, invocando el poder del vínculo entre ambos, y golpea tan fuerte la pared que bajo su puño el cemento se hunde varios centímetros y Aaron puede sentir el techo sobre su cabeza temblar.

Samuel no quiere aterrar más al chico, pero siente la ira picándole en la palma de las manos, exigiendo sangre y lágrimas, y no puede permitirse volver a caer en la tentación de someter al chico a golpes. Debe sacarlo de su vista o lo destrozará.

<<O algo peor. Mucho peor. No puedo permitirme siquiera pensar en ello.>>

Su orden es cumplida de inmediato, Aaron toma sus muletas como puede y se arrastra por el suelo, huyendo despavorido y sollozando.

Es solo cuando Aaron está bien lejos que Samuel es capaz de sosegarse y respirar con calma. El aroma virulento del odio y el rencor todavía flota por la habitación, haciendo que el aire sea denso, pesado, pero poco a poco se disipa y es capaz de pensar con más claridad y pensar en lo que acaba de pasar.

Tan pronto la ira abandona su cuerpo, la culpa ocupa su lugar: todo el progreso que ha construido con Aaron se ha esfumado en el momento en que lo ha azotado con fuerza contra la pared, golpeando su cabeza, rajando su cuello con las uñas y destrozándole aún más sus tobillos a medio curar, obligándolo a permanecer de pie, ahogándose, sin las muletas que acaba de obsequiarle.

Samuel suspira, pesaroso, y se acerca al cuadro que yace en el suelo. Tan inofensivo que nadie habría adivinado que hubiese podido arrancar una reacción así de él.

Lo mira con lágrimas en los ojos y ve, exactamente, lo que Aaron debe haber visto: a él, aún humano, con alguien en su regazo, alguien a quien abraza desde atrás y a quien besa la mejilla con el mayor afecto del mundo. Alguien demasiado parecido a Aaron.

Su misma mirada.

Su mismo destino.

<<Su mismo demonio>>


 

CAPÍTULO 55

Aaron está encerrado en el baño, sollozando sin poder evitarlo. No es la primera vez que Samuel le pega y, de hecho, no es ni remotamente de las peores, pero no puede controlar su llanto, no hoy.

Después de tanto tiempo habiendo tenido por fin a un Samuel dulce, amable y atento que tanto se asemeja a esas personas sin cara ni nombre con las que soñaba despierto en sus días más solitarios, los golpes de hoy no se sienten como simple violencia contra su cuerpo, sino como algo mucho peor: una traición. 

La pequeña voz que ha intentado suprimir desde el principio ahora se alza, orgullosa y altiva, repitiendo un “Te lo dije” que se siente como el pincho de un puñal probando su carne una y otra vez.

Los golpes de hoy no son un mero castigo, son la constatación de algo que Aaron ya temía, ya sabía, pero ha intentado negar de todas las formas posibles porque la esperanza era lo único que lo podía mantener en pie: que Samuel no quiere o quizá no puede, pero que, sea como sea, no va a cambiar. Él es lo que es y su naturaleza no puede borrarse.

Aaron no puede evitar sangrar cuando rompen su piel, ni llorar cuando rompen su corazón. Del mismo modo, el vampiro no puede evitar hallar en esos actos un placer inmenso.

Aaron se siente estúpido por haberse creído las palabras del vampiro. ¿Lo ama de veras? No importa, piensa, porque si lo ama, lo ama como un vampiro, pues eso es lo que es, y significa que no lo ama como a una persona, sino como a una bolsa de sangre, un juguete que podría decirse que es su favorito. No ama sus sonrisas ni ama escucharlo hablar emocionado, no ama apoyarlo en sus sueños o verlo conseguirlos; ama mucho más su llanto y sus gritos aterrados, hundirlo en la miseria y verlo ahogarse en ella como arenas movedizas.

Lleva tantos años refugiándose de la realidad en esa pequeña burbujita segura que es su fantasía de un futuro cálido y en compañía, que ahora siente que se le viene el mundo encima: su deseo humilde de tener a alguien que le sostenga cuando él tiemble y le diga palabras de ánimo cuando esté decaído ha estado tan cerca que ya podía sentirlo en sus dedos, por fin real, tangible, algo a lo que agarrarse y no soltarse nunca. Quizá por eso duele ahora mucho más que se lo arranquen de un cruel tirón.

Antes siempre supo que era un mero mundo de fantasía que no podía perder, pues jamás podría obtener en primer lugar. Ahora ha sido tan crédulo como para hacerse ilusiones y que luego se hagan añicos.

Un par de toques en la puerta del baño lo alteran, haciéndole subir la cabeza de pronto y verse a sí mismo en el espejo: tiene ojitos de ciervo en medio de la autopista, la nariz roja de tanto llorar y su esbelto cuello está morado y rojo, las marcas violáceas mostrando una silueta perfecta de los dedos del vampiro. Su pelo está desordenado, húmedo por atrás, donde se ha golpeado contra la pared y se ha hecho tanto daño que su cerebro aún pulsa como si fuese su corazón.

Aaron no responde nada, pues no encuentra palabras. ¿Es posible siquiera apaciguar a Samuel? Lo ha enfadado tan terriblemente y ahora sabe que no se calmará hasta proporcionarle un castigo.

No lo entiende, solo ha tenido un pequeño desliz. Ha tirado un cuadro al suelo, y ni siquiera se ha roto.

<<Ese cuadro…>>

El miedo y la tristeza lo inundan, pero entre las aguas turbias de esas emociones resplandece la perlita de otra que asoma en la superficie tímidamente: curiosidad.

<<¿Era un cuadro de mí? ¿Por qué? Lucía tan extraño…>>

—¡Aaron!

La voz de su amo lo atraviesa como un trueno. Denota urgencia y autoridad, y Aaron sabe, de inmediato, que el otro está enfadado. El vínculo entre ambos se agita como la vela de un barco en medio de una tormenta mortífera, pues sabe que dentro del vampiro hay un huracán de sentimientos que bien podría engullirlo entero.

<<Me va a castigar. Me va a seguir pegando. Me va a…>>

La mente de Aaron se queda en blanco, un telón que el chico tiende desesperadamente frente a imágenes que pertenecen a un espectáculo que le revuelve las tripas. No puede recordar aquello. 

Samuel le dijo que no volvería a suceder, así que Aaron se sintió seguro empujando esos recuerdos bajo capas y capaz de tierra en su mente, enterrándolos tan profundo que ni él puede encontrarlos de nuevo porque, de todos modos, no los necesitaría nunca más. Pero ahora se alzan, como el brazo de un muerto emergiendo de la tierra húmeda, incapaz de aceptar que su tiempo llegó ya hace mucho.

Se alzan, porque Aaron sabe que quizá los necesita de nuevo. Los necesita para prepararse.

—Aaron, huele a sangre. ¿Qué está pasando? ¡¿Qué mierda has hecho?! ¡Abre ahora mismo!

El chico no se atreve a responder. La voz de Samuel es poderosa y la puerta se sacude en su lugar tan fuerte que las bisagras chirrían y un par de grietas aparecen en la madera maciza.

—¡Respóndeme! —grita, no, gruñe el vampiro y el chico está seguro de que lo que hay al otro lado de esa puerta ya ni siquiera luce humano. Está seguro de que el vampiro está transformándose en algo enorme y monstruoso, un demonio gigantesco con dientes tan altos como él mismo y garras más gruesas que su cuerpo. Solo una bestia así podría gritarle con esa voz salida de las gargantas del infierno:—¡Aaron, Aaron!

La puerta tiembla una vez más, pero no otra. Al tercer golpe, Samuel arranca la puerta de la pared: las bisagras ceden como si fueran hechas de plástico y la madera de la puerta es ahora un montón de astillas y escombros en el suelo. A causa del tirón, varios pedazos de la pared han sido arrancados también, como de un mordisco y, desde él, las grietas de la pared viajan hasta Aaron como tentáculos oscuros o finas patas de araña que amenazan con alcanzarlo.

Aaron intenta escapar, siendo ya demasiado tarde para esconderse, pero tiene las palmas manchadas de rojo y, de todos modos, tiembla demasiado para sostener sus muletas, así que se cae al suelo y trata de gatear y arrastrarse como puede hacia la dirección opuesta a Samuel.

El vampiro no luce enfadado, luce furibundo: con sus ojos inyectados en sangre, la mandíbula tensada y los dientes apretados, los colmillos saliéndosele de esa perfecta hilera de dientes, los puños cerrados con fuerza, venas y tendones descollando en ellos y su posición entera tensa, como la de una pantera antes de abalanzarse hacia su presa.

Cuando Samuel ve a Aaron, corre tan deprisa hacia él que el chico ni lo ve: en un parpadeo el vampiro ha dejado de estar en el destrozado umbral de la puerta. Solo averigua a dónde ha ido cuando dos enormes manos lo sostienen por sus caderas, desde atrás.

Aaron se revuelve y grita, asustado, pero Samuel lo inmoviliza rodeándolo por la cintura con un brazo y tomando sus dos muñecas en una mano grande y segura. Cuando el vampiro se yergue, los pies de Aaron patalean sin hallar el suelo.

Al chico no le queda otro remedio que quedarse quieto, respirando rápido y asustado y sintiendo las respiraciones del vampiro en su cuello. El hombre también respira como él, tan alterado, que parece más aterrado que aterrador.

El humano no entiende qué está sucediendo hasta que el vampiro tira de sus muñecas hacia arriba, mostrando sus brazos, y se lo examina con ojos aterrados. 

—Aaron, ¿de dónde viene la sangre?

El chico se queda anonadado por un momento. Samuel no está enfadado, está preocupado. Por eso gritaba. Por eso ha arrancado la puerta. Por eso lo sostiene ahora.

No está golpeándolo o castigándolo, está comprobando que todo esté bien.

<<O simplemente está esperando antes de joderme de veras, como cuando me violó y antes jugó conmigo, como cuando me dejó huir para capturarme. Quizá él es el mismo monstruo que siempre ha sido y yo el mismo estúpido que se cree que el mundo le debe felicidad, cuando no es así>>

—L-la cabeza… —murmura el chico, sin apenas voz, y deja escapar un suspiro tembloroso— ¿E-está enfadado, amo? ¿Qué m-me va a hacer?

—¿De la cabeza? ¿Qué te has hecho en la cabeza? —pregunta frenético. 

El vampiro suelta sus manos y Aaron decide no luchar ni tratar de zafarse. Al fin y al cabo, no está siendo herido. Samuel usa su mano libre para apartar los cabellos de la parte posterior de la cabecita de Aaron, que están todos pegajosos por la sangre y muy oscuros.

Retiene la respiración cuando ve que el chico tiene ahí algo oscuro y que brota sangre como un maldito manantial.

—Ha s-sido cuando me ha golpeado c-contra la pared, amo. ¿Pue… puedo curarme antes de que me siga pegando, por favor? E-estoy mareado…

Es como si el vampiro no lo escuchara. Lo toma más fuerte de la cintura y lo lleva hacia el lavamanos mientras masculla, en voz baja, un <<mierda, mierda, mierda>> que raya en lo histérico.

El vampiro mueve a Aaron con facilidad, manejándolo como si fuese un muñeco, y el chico se deja, pues su resistencia sería inútil y sabe que la docilidad es lo que más le conviene cuando el otro está alterado.

Samuel hace que Aaron incline la cabeza sobre la pica, donde le empapa la herida con agua fría y frota con sumo cuidado para quitar la sangre acumulada y ver la herida debajo. Samuel suspira tan aliviado que casi le fallan las piernas al ver que Aaron, a pesar de tener una brecha en la cabeza, tiene una muy pequeña.

El vampiro aplica jabón en su mano derecha y lo frota con sus dedos hasta que hace espuma. Luego lo esponja muy cuidadosamente sobre la herida, tanto, que ni siquiera escucha a Aaron quejarse mientras lo limpia. Pone su mano como un cuenco después, dejando que el agua gélida la llene, y la vierte poco a poco sobre la zona, retirando el jabón.

Una vez limpia la herida, Samuel se toma unos segundos solo para respirar, para pasarse la lengua por las encías y el cielo de la boca, porque la notaba toda seca por culpa de los nervios.

—¿Puedes quedarte de pie si te apoyas aquí? —pregunta dulcemente, guiando las manos del humano hacia la cerámica del lavamanos.

El muchachito asiente, mareado y agotado por las extrañas emociones que lo invaden esta noche y que se desafían una a la otra, convirtiendo su cabeza en un campo de batalla.

Aaron se agarra con fuerzas y, cuando Samuel lo libera, el chico mira al espejo para ver lo que el vampiro hace: abre una bolsa de gasas estériles y luego una botellita nueva de yodo. Vierte el yodo en la gasa y, como sabe que puede escocer y hacer que Aaron flaquee, lo abraza fuerte por la cintura con una mano mientras que con la otra aplica la gasa a toquecitos muy suaves. El primero se siente como si le clavaran cien alfileres finísimos sobre una herida en carne viva y los demás, más de lo mismo.

El chico chupa aire por el dolor y se muestra inquieto y nervioso, pero Samuel sigue desinfectando su herida firmemente, aunque se permite parar entre toque y toque de vez en cuando para inclinarse contra el oído del chico y susurrar.

—Lo estás haciendo muy bien. Ya casi estoy. Estás siendo un buen chico. Vamos, mi amor, no pasa nada.

Cuando el vampiro termina, tira la gasa a un lado sin importar qué vaya a ensuciar, y luego toma a Aaron en brazos. 

Es en ese momento en que el humano se da cuenta de que el vampiro está temblando de verdad. No un poco, sino cómo él tiembla cuando está tan aterrorizado que siente que podría desmayarse.

Eso le da el suficiente valor a Aaron para alzar su vista y llevarla a la del vampiro. Es Samuel quien la baja ahora, sintiéndose indigno de la mirada de su querido humano, avergonzado por las lágrimas que no puede parar de derramar.

—Lo siento, Aaron, lo siento tanto. He olido la sangre y he pensado… fue en este baño cuando… dónde intentaste…

Aaron lo mira con el rostro distorsionado por algo que no entiende, por una amargura que no ha conocido nunca y que se prende con el chispazo de la ira, pero no es solo eso: el reproche que surge cuando uno es traicionado profundamente.

—¿No puede siquiera decir que intenté suicidarme y hace un minuto estaba hablando de matarme con sus propias manos, amo? No puedo más con esto, por favor, amo, deje de jugar conmigo. Máteme, pégueme, vióleme de nuevo y muérdame, pero no finja que le importo. Vincúleme a usted hasta que todo este lío que tengo en la cabeza se quede en blanco, por favor, pero no me mienta más. No me haga sentirme ilusionado y después estúpido. No me rompa el corazón, así, por favor. Ya ha roto todo lo demás en mí. ¿No es suficiente? ¿No lo es? ¿Cuánto más sufrimiento quiere de mí? No puedo darle más, no puedo más…

Samuel siente que el mundo entero se le cae a los pies cuando ve a Aaron tan mal, borracho de sufrimiento, sorbiendo sus palabras como si ya no pudiese siquiera pensar bien, como si las lágrimas que lleva tanto tiempo aguantándose le inundasen hasta la cabeza e hiciesen de sus pensamientos un borrón de tinta corrida, oscura y líquida como la sangre que se derramaba por sus muñecas aquel día.

Durante este tiempo, Samuel ha querido pensar que, puesto que él estaba esmerándose mucho en sanar al chico, Aaron tenía que estar sanando de un modo u otro. Lento pero seguro, igual que sus heridas físicas, Samuel ha creído que el corazón destrozado de Aaron ha ido paulatinamente recomponiéndose y que ahora ya puede dar unos pasos sin desmoronarse.

Pero Aaron solloza en sus brazos igual que lo hacía la noche en que se suicidó y entiende, entonces, que su amabilidad no es un elixir capaz de armar al chico de nuevo después de haberlo hecho añicos, así como la sangre de vampiro cierra cualquier herida y borra cualquier cicatriz. Es solo una estúpida tirita sobre un corte largo, profundo y vertical que sangra y sangra cada vez y que, cuando deja de hacerlo, no es porque esté curado, sino porque la muerte se acerca y al chico no le queda ya más agonía dentro.

—No, mi Aaroncito, no, no es así… —murmura despacio, como arrullándolo, mientras lo lleva a la cama y lo tiende en ella para que esté cómodo y calentito.

Su cuerpo entero tiembla sin control y, no importa con cuántas mantas suaves y mullidas lo envuelvan, Aaron no puede parar de temblar, como si la frialdad viniese de su interior y nada pudiese detenerla. Siente que tiene un témpano de hielo atravesándole el corazón.

—No lo entiendo, no entiendo nada. ¿Por qué me mientes así? ¿Por qué me dijiste que me querías si para ti solo soy una bolsa de sangre sin valor? ¿Por qué me salvaste la vida si preferirías verme muerto? ¿Por qué? ¿Por qué tengo que estar vivo si es así? ¿Por qué tienes ese cuadro de mí, ese cuadro, como si fuese feliz contigo, amo, por qué? ¿Es para que me vuelva loco? ¿Es eso, verdad? Quieres… quieres que la próxima vez que me violes y me destroces me muera por dentro de verdad, quieres que me muera desde adentro, eso quieres… No te valía con obligarme a correrme y hacerme sentir avergonzado y asqueado de mí mismo; quieres que la próxima vez que me violes y me humilles no sea solo mi cuerpo, sino mi alma lo que se rinda a ti; quieres que esté enamorado mientras me usas y abusas de mí, para que se me rompa el corazón; quieres que esté tan triste que ni siquiera la muerte me vaya a aliviar, que me convierta en un alma en pena, quieres hacerme tanto daño que matarme no sea suficiente, quieres, quieres-

Aaron habla tan rápido y tan frenético que sus palabras se funden una con la otra, la saliva le escurre de la boca, la lengua le tropieza en ella como si estuviese huyendo de las verdades que, aun así, la alcanzan y la fuerzan a decir tan horribles cosas. La vista de Aaron está nublada, descentrada y cubierta de un mar de lágrimas que se derraman como sangre por una herida abierta.

Samuel no sabe qué hacer, no entiende cómo puede solucionar sus errores. No entiende que, quizá, no tiene solución.

Él siempre ha obtenido todo lo que deseaba. Ahora, el universo ha decidido que lo ha malcriado por suficiente tiempo, que puede quitarle algo y, joder, Samuel podría aceptarlo y resignarse, si no se tratase de la felicidad de Aaron, de su bienestar. No lo quiere porque sea su deseo, lo quiere porque Aaron no merece eso, no merece ser herido solo para castigarle a él, y Samuel quiere ponerse de rodillas y rogarle a Dios o al diablo o a cualquier fuerza más poderosa que él en el universo que se detenga, por favor, que ya ha aprendido la lección. Pero Aaron le pidió a él que detuviera muchas veces, también, y él no paró hasta estar satisfecho.

Él fue cruel. ¿Por qué debería el mundo ser considerado si él lo pide?

La desesperación es tal que el vampiro se queda congelado, escuchando a Aaron escupir todo ese veneno que lleva dentro, que lo emponzoña y lo hace sentir podrido y mohoso incluso bajo su inmaculada piel.

Samuel solo escucha. Y llora.

Y Aaron no puede ver en sus lágrimas nada más que mentiras y manipulación, porque está harto de confiar, harto de creer y equivocarse. La esperanza lo mantenía vivo, pero ahora lo está matando: es solo la expectativa de lo imposible. Prefiere la estabilidad de aceptar que su destino es el infierno, así no se llevará ninguna sorpresa por lo menos.

—Aaroncito, mi arrocito, mírame… —susurra Samuel, asiendo al chico por sus mejillas con la máxima suavidad posible, buscando la mirada del humano, que rehúye la suya como si fuese capaz de matarlo.

Aaron ríe, una risa corta y ácida, llena de ironía, al escuchar el adorable mote que el vampiro ha usado para él. Antes, le ha resultado tan bonito que cualquiera lo habría confundido con un adolescente enamorado siendo saludado por primera vez por el chico que le gusta y que antes ni se había fijado en su existencia: sus mejillas todas coloreadas, sus manos temblorosas -tanto, que le han hecho resbalar en sus muletas-, su corazón latiendo rápido como el aleteo de una mariposa apresurada para buscar el más dulce polen, su boca seca, incapaz de formar ninguna respuesta porque, después de decir esa palabra tan azucarada, no hay nada que pueda rellenar el aire y el silencio con una dulzura equiparable.

Ahora, sin embargo, eso solo le recuerda que el vampiro ha pasado de decirle cosas bonitas y hacerle cariños a pegarle y deleitarse probando entre sus labios la idea de asesinarlo con sus propias manos en apenas un instante. Ha sido tan rápido como pulsar un interruptor y Aaron lo ha visto en esos ojos infernales, la forma en que algo oscuro y animal ha tomado el control y el Samuel gentil que ha conocido hace poco ha sido borrado por completo.

Y si ha sucedido tan rápido una vez, puede suceder en cualquier otro momento.

Aaron nunca estará a salvo, no si es capaz de cometer el más mínimo error y, a veces, el único error que Samuel Hass necesita de excusa para castigar a sus humanos es que están ahí cuando él necesita desahogarse.

—Mi amor, mírame…

—Usa la voz de mando, oblígame, amenázame para que lo haga, pero no me lo pidas. No me trates como si fuese algo más que tu esclavo de sangre, por favor. No me confundas más. No voy a obedecer hasta que me trates como lo que soy. Ya está, amo, he aprendido mi lugar, como usted quería; recuerde usted el suyo.

Samuel quiere tirarse del cabello y chillar, quiere gritarle a Aaron en la cara que nada de lo que dice es verdad, pero ¿no lo es? Él mismo ha pasado semanas esmerándose en romper al chico, en dejarlo dócil y apagado, como ahora está. No puede quejarse de las consecuencias de sus acciones, no cuando pudo parar mucho antes y no lo ha hecho hasta que ha sido demasiado tarde.

Pero aun así, no le importa sufrir las consecuencias a él; le importa que las sufra Aaron. Le importa no poder tomar todo el sufrimiento del chico y absorberlo él, tomar su condena en su lugar. Pero no puede, porque él mismo creó todo ese sufrimiento, ese dolor, esa desazón y ese odio y cuando lo hizo, igual que en el collar que rodea el cuello de Aaron, grabó su propio nombre; en el dolor que él forjó, grabó el de Aaron. Una tortura hecha a medida. Intransferible.

—Aaron, he perdido los nervios porque a veces no soy mejor que un animal salvaje. Soy un hombre débil que se deja dominar por sus impulsos, soy incapaz de controlarme porque jamás lo he intentado, porque he sido demasiado cobarde como para enfrentarme al hecho de que soy un monstruo, pero ahora estoy esforzándome para elegir cuándo y en qué medida serlo; para aprender a controlarlo.

<<Y lo que acabo de hacer, este terrible error, eso solo dice cosas malas de mí, no de ti. No has hecho nada mal, no te veo como una bolsa de sangre, no… no podría matarte. Aaron. Nunca. Solo he mentido, igual que pasé meses mintiéndome a mí mismo sobre que no estaba enamorado de ti, cuando era obvio que sí.

<<Cada vez que te he pegado, cada golpe y cada humillación, cada cosa horrible que te he hecho ha sido porque soy inútil e incapaz de hacer algo bueno con los sentimientos más hermosos que alguien podría regalarme. Soy yo, Aaron, quien no entiende su lugar, quien no sabe lo débil que es. Tú no tienes nada malo en ti, no mereces ser tratado así, no serás tratado así nunca más, lo juro, Aaron, por favor, dame otra oportunidad, yo…>>

Aaron niega con la cabeza. Las palabras del vampiro son sensibles y reconfortantes, exactamente lo que el corazón de Aaron necesita para aplacar sus ansiedades, pero Aaron no puede escucharlas, no debe creerlas, o eso se dice. Intenta zafarse del abrazo del vampiro, pero este no lo deja escapar tan fácilmente. En su lugar, Aaron intenta endurecerse, volverse de piedra y que las hermosas declaraciones de su amo no penetren en su coraza, no sigan embelesando su ingenuo corazón.

—Claro que se la daré. ¿Qué otra opción me queda? Ni siquiera me deja morir, amo.

—Aaron, no te dejaré hacerte eso. Te amo, mi arrocito. Pero no me pidas que te deje ir, no puedo. Te daré todo lo que quieras.

<<Mi arrocito…>> Aaron puede sentir su corazón enterneciéndose y no debe permitir eso. Necesita ser fuerte, ser firme: así que responde a Samuel con palabras crueles e hirientes como un puñal:

—Quiero ser feliz o quiero morirme. Y no me permitirás ninguna de las dos.

—Aar… Joder —farfulla el vampiro, molesto, porque alguien llama a la puerta con insistencia—. ¿Quién mierda es ahora? —su voz es más un gruñido que el dulce gotear de palabras suaves que era hace un rato; deja a Aaron en el suelo, apoyado cómodamente, y da grandes zancadas hacia la entrada con los puños y los dientes apretados—. ¡Hijo de puta! Voy a matarlo. Espérate aquí. Voy a arreglar esto. De acuerdo, tranquilízate. Respira hondo y cálmate, te prometo que no estoy enfadado, que no estás en problemas ni te voy a castigar, así que no hagas ninguna estupidez.

Samuel deja a Aaron solo en la habitación y aunque baja dando enormes pisotones que bien podrían hundir el suelo y echando humo, debe reconocerse a sí mismo que le viene bien tener una visita ahora, la que sea con tal de que lo aleje de Aaron y le dé al chico tiempo para pensar y calmarse, pues sabe que si el humano sigue diciendo cosas tan dolorosas delante de él, acabará frustrándose porque, joder, él realmente está intentando controlarse con el chico, ser amable y atento, cumplir todos sus caprichos mientras él muere de hambre y le pone un más que incómodo bozal a todos sus sádicos apetitos, así que pronto la tristeza de Aaron empezará a sonarle como ingratitud y sus lloros y desesperación, se le antojaron rebeldes, sus súplicas, pura pedigüeñería y sus ganas de aliviar ese dolor que él mismo ha causado mutarán peligrosamente en ganar de enseñarle lo que es el dolor de verdad.

Si se queda con Aaron, le acabará dando la razón y perderá los estribos.

<<Tengo que aprender a controlarme mejor; nunca me había resultado tan difícil mantener la compostura, pero es que nunca he pasado tanto tiempo sin saciar mis deseos. Nunca he pasado tanto tiempo sediento de sangre>>

Cuando Samuel llega, por fin, a la puerta, espera que el vampiro al otro lado se haya preparado un funeral de antemano, porque va a matarlo ahora mismo por picar y picar en ella con sus nudillos con la insistencia de un pájaro carpintero atareado.

—¡¿Qué mierda quieres?! —farfulla, abriéndola de par en par y debatiéndose entre sentirse frustrado o aliviado porque es Jason quien está al otro lado. Aliviado, porque se trata de una presencia amigable; frustrado, porque eso significa que no puede matarlo y así desestresarse un poco.

Aunque Jason no viene totalmente solo, sino que tiene algo detrás o, más bien, alguien: un humano diminuto, de cabellos y ojos color miel y moteado de pecas como un cielo estrellado, se agarra a la manga del vampiro y cuando Samuel sale bramando como un animal endemoniado, el chico aprieta la ropa de su amo entre sus puñitos y se oculta tras él temblando como una hoja.

—Buenas noches a ti también —responde Jason arqueando una ceja y subiendo otra en un gesto enjuiciado, examinando a su amigo, que parece acabado de salir de una pelea. Una que estaba perdiendo—. ¿Se puede saber qué sucede?

—Estaba ha… no sé, he discutido con Aaron.

Jason cambia su semblante muy de repente, su mirada tornándose oscura y su porte luciendo más grande y fuerte mientras avanza un paso, traspasando el umbral sin siquiera ser invitado.

—¿Está bien? —pregunta Jason con seriedad, arrancando de su tono cualquier ápice de diversión.

Samuel suspira, pesaroso pero ahora más relajado, y asiente.

—Sí, pero está muy nervioso y yo… estoy cabreado. Debería aprender a dar menos miedo cuando me enfado. —admite, a lo que Jason le responde un asentimiento silencioso.

—¿Puedo verlo? 

—No —la respuesta de Samuel es rápida y defensiva, como el chasquido de unas mandíbulas cerrándose en el aire, advirtiendo de que lo próximo que morderán es carne. No quiere ser posesivo de ese modo, no contra Jason, pues sabe que puede confiar en él, pero cuando recuerda a Aaron agarrándose a los tobillos del pelirrojo como si fuese su lugar seguro… la sangre le hierve como si fuese magma. Respira hondo y suaviza su tono—, ahora no.  Aunque quizá pueda invitaros a ti y a Charlotte pronto, le haría bien. A propósito, ¿a qué habías venido? Hoy no puedo salir.

—Oh, no. Había venido a hacerte un pequeño regalito. ¡Tachán! —dice con gran emoción, haciéndose a un lado para revelar… absolutamente nada. Samuel lo mira extrañado y entonces ve a Jason voltearse hacia el humano que lo usa a modo de muro protector y susurrarle:—. Vamos, vamos, sal. No pasa nada.

Mientras Jasón está a un lado, el humanito da unos pasos hacia el contrario, mostrándose del todo sin la protección de su amo y en el centro del umbral de la puerta.

—¡Tachán! —repite Jason, ahora señalando adecuadamente al tímido humano que parece demasiado abochornado con tanto espectáculo.

El chico es jovencito y hermoso, como Aaron, pero tiene una piel más fina y pálida, el cabello clarito y los ojos de jade, una nariz respingona que recuerda a la de un cerdito bebé y labios en forma de corazón. Viste una camiseta de tirantes blanca y unos pantalones holgados color crema y Samuel puede ver sus muñecas y tobillos, tan delgados que no puede evitar pensar en lo deliciosamente fácil que sería romperlos.

Samuel aparta la vista del frágil humano y la dirige hacia Jason con confusión.

—¿Un humano? Ya tengo uno, Jason, no necesito otro con el que lidiar.

El joven vampiro parece de pronto espantado ante la idea y abraza al chico por detrás con fuerza, apretándolo contra su cuerpo con una posesividad que hace a Samuel alzar ambas cejas.

—¡No! Nada de regalar a mi tesorito —aclara con urgencia y una voz que empieza sonando dura y siseante, una voz que le advierte de que no vuelva a cruzar la raya, y acaba tan dulce y suave como azúcar sobre la lengua, sobre todo cuando habla de ese humano—. Pero si estás siguiendo mis indicaciones respecto a tu humano, eso significa que debes estar pasando hambre y te aprecio lo suficiente como para traerte algo de beber y además dejarte probar algo tan exótico como él. Tan poco común y especial que no he podido resistirme a quedármelo solo para mí en vez de hacerme de oro vendiendo su deliciosa sangre a cuentagotas.

Tras agasajar a halagos al muchacho humano, Jason le acaricia los brazos sutilmente, ayudándolo a calmarse y luego, al terminar de hablar, se inclina levemente para depositar un tierno beso en su mejilla.

En lugar de tensarse por la cercanía de su amo, que se llena la boca con exquisiteces sobre el sabor de su sangre, el humano parece relajado e incluso halagado al ser tratado de una forma tan especial y Samuel no puede parar de mirarlos, de fijarse en cómo, cuando Jason traza líneas en el tríceps del chico y círculos en sus hombros, el muchacho tiene escalofríos agradables y se acurruca más contra él.

Lo que sea que ellos tienen, Samuel lo quiere para sí mismo y para Aaron.

—Sí —reconoce el vampiro cuando sale de su ensimismamiento; a su vez, se aparta e invita a ambos a pasar. Sigue hablando mientras andan hacia el salón—, he de reconocer que estoy muy hambriento. He intentado ignorarlo e incluso he bebido mucha sangre embotellada, pero aunque me llena, no me sacia y me siento solo más irritable aún. Creo que… creo que el hambre me ha hecho perder los nervios hoy. Me irá bien probar tu pequeño tentempié… parece que te has encaprichado de él de veras. ¿Qué tiene de especial? Reconozco que tiene un aroma distinto, intrigante.

Jason se sienta en el sofá y le lanza a Samuel una sonrisa altiva y orgullosa mientras el muchachito obedientemente se sienta sobre sus piernas sin que siquiera se lo ordene. Jason aparta ligeramente los cabellos caramelo del chico de su cuello y desliza su fina y aristocrática nariz por él, captando esa deliciosa esencia que flota ahora por toda la sala.

—Es hemofílico, solo uno de cada diez mil humanos posee esa… —mira al chico un momento, aún pensando, y antes de hablar deposita un nimio beso en su cuello—Condición.

Al hacerlo, Samuel se fija en el lugar donde Jason ha decidido posar sus labios: sobre la marca del chico. <<Lo ha vinculado>> piensa, fascinado y sorprendido.

—¿La sangre enferma no es de peor calidad? —inquiere, aunque todavía demasiado distraído al ver la forma en que Jason abraza al chico por la cintura con afecto y barre con sus labios la piel erizada y previamente marcada y mordida de su cuello.

—No te preocupes, su condición solo es desventajosa para él, pero como el resto de debilidades humanas, para nosotros es un manjar. 

Samuel observa al chico con interés, pero se sorprende a sí mismo al sentir en su interior no el aliento de una bestia ansiosa por el pedazo de carne tierna que le pone en frente, tentadoramente, sino un suspiro pesaroso. Porque aunque es cierto que el humano se le antoja deleitoso, no es Aaron.

Y él siempre ha creído que tenía solo sed de sangre y que Aaron tenía una única y dulcísima.

Pero quizá no solo tiene sed de sangre, sino también de Aaron.

—Me siento un poco escéptico, pero ya que lo has traído aquí y que mi hambre me está resultando tan inconveniente hoy, lo probaré con mucho gusto. Ah, también estoy algo frustrado porque mis demás… apetitos no han hallado ninguna salida estos días, al igual que mi sed. ¿Podemos divertirnos con él como con las otras presas? Nada muy violento, pero quizá podríamos darle caza por un rato y luego jugar un poco con él, sin excedernos. ¿Qué te parece?

Tan pronto dice eso, Samuel nota al joven humano ponerse visiblemente inquieto, dirigiéndole a su amo miradas suplicantes y alarmadas con sus enormes ojos abiertos y sus manos diminutas jugueteando sobre su regazo para aplacarse de algún modo.

Esa reacción le resulta en extremo deliciosa y le abre aún más el apetito, pero ni toda la sed de sangre del mundo podría serle rival a la envidia que siente Samuel cuando Jason acaricia los cabellos del chico con una mano, para tranquilizarlo, y el chico se torna apacible de pronto. Tan lleno de confianza en su amo, tan malditamente acaramelado con él que bien podría derretírsele bajo la palma de esa mano que no ha hecho más que acariciar su cabeza una vez.

Jason le da una respuesta tan simple como cortante:

—¿Puedo yo cazar a tu Aaron?

Samuel tiene que agarrotar los dedos con fuerza en el sillón y anclarse en él con sus garras para no saltarle encima a su amigo y desgarrarle la boca con la que ha tenido la osadía de pronunciar esa pregunta. Por suerte, el vampiro entiende la indirecta y se calma poco a poco, aunque la mirada que le asesta a Jason le deja muy claro que no debería bromear con el tema si aprecia seguir con vida.

—Solo te dejo probarlo, Samuel, porque asumo que has aprendido a tratar a los humanos con más cuidado, ¿no es así?

Samuel asiente, complaciente con su pupilo.

—Eso he intentado y, no temas, jamás rompería algo que es importante para mí cachorrito de vampiro. Ahora, ¿puedo probarlo?

Jason cambia su expresión a una afable y tranquila y luego le da un par de palmaditas al hombro a su humano para indicarle que haga lo que se le ha ordenado. El chico se levanta del regazo de Jason y da pequeños pasos hacia Samuel, mirando al suelo todo el rato y poniéndose cada vez más nervioso. Samuel acierta al conjeturar que posiblemente sea la primera vez que Jason lo comparte y eso debe estar haciéndole sentir inseguro y asustado.

—Sobre mi regazo. —ordena Samuel al ver al chico parado frente a él y sin saber bien qué hacer, luciendo como un cachorrillo desorientado.

El chico traga saliva y se sienta sobre él con hesitación antes de mandarle a Jason lo que parece ser una mirada de auxilio. Jason se dispone a asentir con su cabeza, para indicarle que todo irá bien, pero entonces ve el pánico en los ojos del chico y un jadeo abandona su garganta por la impresión: Samuel lo ha tomado por el cabello y le ha hecho tirar su cabeza violentamente hacia atrás, forzándolo a ofrecerle su pálida garganta.

—Nada de eso. —dice Jason y su tono es tan firme y cortante que no necesita acercarse para que las palabras alcancen a Samuel como una daga.

El vampiro suelta el cabello del chico, que ahora tiembla y se abraza a sí mismo sobre su regazo, y mira a Jason con toda la paciencia que puede reunir, aún muerto de hambre.

—No vas a morder su cuello, ahí le da miedo, y nada de tirarle del pelo o ser brusco, no le gusta el dolor. Vamos, dulzura, ofrécele tu sangre. Sé bueno —el tono de Jason pasa de firme y marcial a tan suave como una nube de azúcar en un segundo y, tan pronto su adorable orden es pronunciada, el humano asiente y le muestra su muñeca pálida y delgada al vampiro—. Y solo le morderás con los colmillos principales, nada de usar los demás dientes afilados, no es necesario. Tampoco necesitas morderle profundo, solo un pinchacito.

Samuel rueda los ojos por la retahíla de exigencias de Jason. Pero luego piensa en Aaron y toma la muñeca del chico hemofílico con una de sus manos, rodeándole el antebrazo con facilidad y firmeza, pero esmerándose mucho en hacer demasiada presión. El humano jadea por el susto, pero parece tranquilo y aliviado porque Samuel está siendo más cuidadoso con él.

Samuel se voltea hacia Jason, aún sosteniendo el brazo de su humano, y dice en voz baja:

—¿Qué…? —traga saliva, sintiéndose abochornado por pedir consejos a un vampiro mucho más joven que él—. ¿Qué más cosas haces para ser cuidadoso cuando te alimentas de él?

Jason sonríe enternecido y se levanta para sentarse en el sofá donde Samuel se halla, justo a su lado. Toma la mano libre de su mortal entre las suyas y luego da un casto beso en su marca de propiedad.

—Siempre me aseguro de relajarlo con caricias o le preparo un té y le doy un masaje relajante antes. Verás, la carne tensa es más difícil de romper; un humano asustado siempre será más complicado de morder: los colmillos atraviesan la piel, la suave capa de grasa y casi siempre el músculo, que suele estar contraído por el miedo, pero si los relajas… —Jason susurra esto en el oído de su humano.

Sus labios rozando el cartílago de su oreja en una sensual caricia, sus ojos conectando con los de Samuel mientras le enseña, de primera mano, cuán maleable se siente la carne de un mortal cuando este se derrite entre tus manos.

—Es mucho más fácil penetrar su piel. Para ti y para ellos. No hay tanto dolor y no debes rasgar el músculo; basta con deslizar los colmillos solo hasta la deliciosa capa grasa que los humanos suelen tener a ras de piel, tan tierna como mantequilla. Aunque claro, eso asusta a los humanos, siempre hay algo de dolor, al fin y al cabo, pero cuando los bañas de cumplidos durante todo el proceso y les recuerdas que vas a parar cuando lo necesiten, es como magia. Los notas temblar tan agradablemente entre tus manos y quedarse tan relajados que prácticamente parecen dormidos. Ofreciéndose tan suavemente, ¿verdad, Jay?

Mientras habla, Jason sigue acariciando la oreja del chico con sus labios y erizando su piel entera con palabras que la recorren como dedos traviesos. Allá donde el chico, ahora de ojos cerrados, rememora las caricias de su amo, sus vellos se ponen de punta y Samuel comprueba que es cierto lo que su amigo dice: la muñeca que sostiene en su gran mano, que antes se sentía como hecha de alambre y tela, ahora parece puro algodón. Tan tierna y esponjosa.

Así que Samuel se inclina mientras Jason le habla al oído al humano y roza con sus labios su muñeca desnuda, ahí donde sus venas violáceas destacan como hermosos trazos hechos con el más fino de los pinceles. Samuel siente el pulso del mortal contra sus labios, siente como se acelera, la extremidad del chico tensándose en su mano de nuevo y, entonces, Samuel decide practicar un poco: imagina que el humano es Aaron y le acaricia el brazo con el pulgar. Sobre su piel aún virgen, esperando ser profanada por el hambre entre sus labios, susurra:

—Tranquilo, seré cuidadoso.

Jason sonríe, orgulloso y sintiendo su pecho cálido de amor al ver a su creador por fin aceptar de tal forma su lado suave y sensible, y decide alentarlo susurrando en el oído de su humano unas palabras que van tanto para él como para el rubio:

—Muy bien, lo estás haciendo genial.

Jay, el pequeño hemofílico, jadea cuando nota los dientes de Samuel en su muñeca, primero fríos como el hielo y luego dolorosos. Dos pequeñas dagas que se hunden en su piel, incapaz de oponer resistencia, y luego la abandonan.

Los labios de Samuel rodean las minúsculas heridas y sorbe con tanta ansia la sangre que se le derrama en la boca que sabe que está dejándole al pobre humano la piel amoratada, pero no puede evitarlo: cuando la primera gotita de sangre roza sus labios, el hambre que lleva suprimiendo días se desata como si se hubiese roto el sello que la mantenía dormitando.

Y es monstruosa. Samuel no se había dado cuenta de cuán hambriento estaba y ahora que lo sabe, no puede ignorarlo. Bebe del chico con tanta avidez que por unos minutos ni siquiera podría describir si su sabor es dulce o picante, pues está demasiado centrado en la necesidad de beber, más que en el placer que le aporta. Solo quiere sentirse saciado de nuevo.

Dioses, hace mucho que no recuerda cuál fue la última vez que se sintió así. Lleno de placer escarlata, tan complacido como para poder negar un trago más. Siente que cuando conoció a Aaron, el chico lo atravesó con su mirada, abrió en su interior un pozo profundísimo e infinito que lleva desde entonces intentando llenar. Ha despertado en él un hambre voraz, infinita. Enloquecedora.

Había logrado olvidarla, pero ahora… ahora no sabe cómo la controlará.

—Es suficiente. —dice Jason y, aunque es amable, sus palabras son firmes y puede notar que está tenso.

Samuel se obliga a arrancarse del brazo de Jay y, si no fuese porque tiene una reputación que mantener, siente que podría haberse puesto a llorar ahora mismo, desesperado porque quiere, no, necesita más. Necesita tanta sangre como para ahogar todos sus sentimientos en ella y eso es sencillamente imposible, porque Aaron le ha hecho sentir cosas que son tan grandes que jamás podrá enterrarlas.

Samuel se relame los labios y los colmillos con los ojos cerrados, gozando del extraño sabor y tratando de evocar el recuerdo del de Aaron en sus labios. Y no lo ha olvidado. ¿Cómo podría? Pero es tan perfecto que no puede reproducir en la borrosa lente de su memoria los suficientes detalles como para hacerle justicia.

<<¿Cuál fue la última vez que lo probé? Necesito morder a Aaron. Necesito beber de él…>>

—¿Qué te ha parecido?

—¿Eh?

Samuel suena confundido, casi perdido, y Jason lo mira con extrañez mientras se pincha la yema del dedo con uno de sus colmillos para hacer brotar una gotita carmesí que su humano lame con diligencia hasta curar las heridas de su muñeca como si jamás hubiesen existido. Hace una mueca, pues el proceso es doloroso, pero Jason le rodea la cintura con un brazo y lo pone en su regazo para calmarlo y darle caricias en la muñeca.

—Su sangre, ¿qué te ha parecido?

—Bastante buena, a decir verdad, una grata sorpresa —murmura mientras vuelve a relamerse, ahora deslizando la lengua por sus encías y entre sus dientes, buscando más de su roja adicción y hallando solo gotas que no aplacan su deseo, solo lo avivan—. Mucho más salada que la de otros humanos, sin perder su dulzura. Nunca había probado nada así.

Jason sonríe con orgullo. La primera vez que probó a su humano, pensó que sabía a caramelo salado y que le recordaba al aroma de las avellanas tostadas. Desde entonces, siempre le compra al humano golosinas con esos sabores y cuando lo ve disfrutar al comérselas, siente unas irrefrenables ganas de llevárselo a él a la boca, pues él también quiere disfrutar de un bocado dulce y sabroso cada noche.

—Aun así —añade Samuel—, el sabor que anhelo ahora mismo es otro.

—Oh… —Jason suspira suavemente y mira a Samuel con ojos cómplices y electrizantes antes de levantarse con suavidad y añadir— Entonces te dejo, para que puedas complacer a tu paladar exigente.

Samuel le agradece y los despide a ambos con un gesto de cabeza y Jason se marcha con el muchacho de cabellos y sangre de caramelo a su lado, rodeándole los hombros con su pesado brazo y estrechándolo contra él mientras le dice algo sobre lo bien que lo ha hecho y lo valiente que ha sido.

Samuel, tan pronto se queda solo, suspira y dice con voz alta y firme:

—Sé que estás ahí, Aaron.

Samuel puede escuchar al chico tragar saliva y el tamborileo de su corazón acelerado llena la sala, junto al aroma delicioso de su preocupación y nerviosismo, que no hacen más que recordarle que tiene mucha, mucha sed de él.

Aaron asoma su cabecita de esponjosos cabellos azabaches por el pasillo, donde lleva oculto los últimos minutos, viendo con el corazón en un puño como su amo bebe de un humano que no ha visto nunca y tratando de no hacer ningún ruido y no ser pillado.

Aaron va con sus muletas, pero las usa con torpeza, sus manos aún temblando, su respiración errática, acelerada e irregular. Mira a todos lados a su alrededor, como una ratita encerrada en busca de su vía de escape y entonces Samuel se levanta y anda lentamente hacia él.

—¿Qué sucede? ¿Por qué estabas espiando?

Aaron quiere responder que no estaba husmeando, porque sabe que Samuel odia que le observen de ese modo, pero no puede hacer nada. Su boca se queda totalmente seca cuando Samuel lo toma por la cintura y lo empuja suavemente contra la pared. Una de sus enormes piernas separa la del chico con delicadeza y la boca del vampiro se posa unos segundos sobre la marca de propiedad que tiene en el cuello, besándola tan despacio que el chico retiene la respiración mientras lo hace y termina tomando aire en un jadeo desesperado.

—Aaron —ruge Samuel en su oído, pero lo hace tan bajo y ronco que más bien parece estar ronroneando su nombre. El humano siente que sus piernas le fallan, pero sabe que no importa, porque Samuel lo sostiene tan fuerte que ya ni siquiera nota su peso sobre sus piernas—, respóndeme.

—Ha-había oído voces, señor, quería saber quién… 

Samuel ronronea más en su oído, una exhalación de gusto masculina y ronca que deja ir cuando siente que Aaron se ha calmado después de su pequeña pelea, tanto, de hecho, que vuelve a sonar como una cosita dócil que haría cualquier cosa si él lo ordena adecuadamente. Y aunque ama notar al chico así, no le conviene en absoluto. No ahora, que está tan hambriento.

—Podrías haberte caído, te habría dicho que te quedases en la cama, ¿no es así?

—A-amo, por favor, no se enfade de nuevo.

Samuel no está enfadado, no realmente; está frustrado porque piensa en Aaron cayendo por las escaleras, resbalando en el pasillo o, peor aún, no llegando a salir de la habitación y golpeándose la cabeza, sangrando de nuevo en el piso de arriba, donde él no se habría dado cuenta hasta ahora.

Quiere aleccionar al chico por ponerse en peligro de forma tan tonta, por desobedecer sus órdenes, sobre todo cuando son por su bien, por decirle antes que todos sus esfuerzos son un ardid y su amor pura palabrería, sentimientos que jamás conocerá. 

Pero el chispazo de ira que empieza a prender dentro de Samuel se apaga de pronto cuando Aaron le suplica con esa vocecita débil y apocada, tan tristona que haría cualquier cosa por él. Cualquier cosa que le pida, <<solo dímelo, Aaron. Dime qué necesitas, dime cómo puedo solucionar las cosas, cómo puedo curarte y que seas el de antes, cómo puedo devolverte todo lo que te he arrebatado. Te lo suplico. No quiero redimirme, sé que mi alma no tiene salvación, pero la tuya… haría lo que fuese por salvarte a ti de mí>>

—No estoy enfadado, está bien. Siento haberme enfadado antes, he dicho… he hecho cosas horribles.

Aaron no dice nada al respecto, solo traga saliva y sus ojos se humedecen de pronto, los recuerdos golpeándolo tan duro como cuando su cabeza ha rebotado contra la pared y ha sentido la brecha abriéndose. Por un momento ha deseado que Samuel le diese de nuevo, más fuerte esta vez, que rompiese su cráneo del todo y que dejase sus malos recuerdos derramarse fuera de él como si se tratase de un cascarón roto.

—Pero las piensa de verdad, amo, si no, no lo hubiese dicho. Soy solo una bolsa de sangre. Soy inútil. Soy una cosa demasiado estúpida como para que sea cierto que alguien me quiere, que usted me quiere de verdad —hasta ahora, Aaron expresa tan terribles pensamientos con una voz queda, pero suficientemente firme; sin embargo, algo se rompe en su interior al escuchar, de su propia voz, esas verdades flotando en el aire, sonando no ya como extrañas paranoias en su cabeza, sino como realidades que fue demasiado iluso para aceptar cuando tuvo la primera corazonada. Su voz tiembla y las lágrimas se le derraman por las mejillas mientras continúa:—. Ni siquiera es culpa suya que me duela tanto; es mía, por creer algo tan estúpido.

Samuel niega suavemente con la cabeza por cada palabra testaruda y tristona de su pequeño humano y cuando el chico ha terminado a condenarse con esas frases pesadas y duras que caen entre ellos como eslabones de una cadena, como grilletes que le cubren muñecas y tobillos y lo mantienen anclado en un profundo desasosiego, entonces Samuel lo aprieta más fuerte entre la pared y su cuerpo.

Se acerca más a él, extinguiendo cualquier distancia entre ambos. Lo alza hasta que sus pies se separan del suelo y las muletas se le caen con un estruendo y lo clava contra el duro muro a su espalda con su magno cuerpo.

Samuel siente el latido acelerado de Aaron en su pecho, como si le hubiese robado el corazón. Siente el calor del chico contra su anatomía, una pequeña lucecita contra la que se estrecha, queriendo protegerla, pero queriendo también robar hasta la última gotita de ese candor que no ha visto en ninguna otra parte.

Las manos en su cintura lo atrapan con la fuerza de un depredador que jamás soltará a su presa, pero con la intensidad y la desesperación de un amante que siente que su carne no existe hasta que cosquillea en contacto con la del ser amado.

Se inclina sobre su cuello, la frente recta del vampiro reposando contra la pared, su boca rozando la marca que los une y que la transmite a Samuel la lluvia que lleva Aaron dentro, cada gota una triste razón para creer que no volverá a ver el sol de la felicidad. Y ese mismo vínculo le transmite a Aaron el dolor de Samuel. Un dolor inevitable, pues cada palabra del chico se siente para el vampiro como si alguien empujase más y más sus zarpas en una herida abierta que ni el tiempo puede curar.

—No pienso esas cosas, Aaron, no las pienso yo; pero soy un monstruo y la peor parte de mí intenta convencerme de que no te quiero, porque el amor es un sentimiento demasiado bonito, es algo que yo no merezco —susurra, cada aliento derramándose sobre la marca como un beso. Aaron se estremece y sabe, en su interior, que esas palabras son terriblemente honestas, pero se rehúsa a creerlas. No se resiste a las manos o al cuerpo del vampiro, que lo aprisionan con una autoridad que jamás se atrevería a desafiar, pero lucha por zafarse del hechizo que hay en sus palabras, esa magia que parece emborracharlo de cariño y afecto y le hace tan susceptible a creer palabras demasiado bonitas para ser ciertas. No quiere ser engañado de nuevo. No quiere ser decepcionado—. Es algo que tú mereces de otra persona. Pero el mundo no es justo y algunos monstruos son capaces de enamorarse. El mundo no es justo y por eso te amo yo y no alguien mejor, alguien que merezcas, pero quiero aprender a amarte bien, Aaron, quiero hacerlo bien por ti. Por favor, necesito que me creas, que sepas que no te miento.

El muchacho cierra los ojos con fuerza y aprieta sus dientes.

No quiere ver a Samuel, no quiere siquiera respirar el aire dulce y flagrante que hay entre ellos, no quiere más de esa dulce esencia que sus palabras hacen flotar por el aire, ese polvo mágico que inspira cada vez que Samuel le hace jadear de la impresión con promesas bellas y vacías y que luego lo infecta por dentro con una credulidad que le costará todo lo que tiene, si es que aún le queda algo.

Quiere cerrarse herméticamente, que no le llegue de Samuel ni su aroma cálido, masculino y tranquilizador, ni su voz aterciopelada, ni el significado tan prometedor de esas palabras, ni la firmeza con que sus manos lo sostienen en un mundo que tambalea como hecho de puro terremoto.

Nada.

Pero aun así, está el lazo, esa cuerda fina, pero indestructible, que penetra los armazones de ambos y los conecta de una forma demasiado íntima como para que, cuando Samuel habla tan de corazón, toque siempre una fibra sensible que revuelve demasiado dentro de Aaron.

Su pecho y su cabeza son un campo de batalla: sabe que no debe confiar, pero quiere la tranquilidad de alguien en quien creer. En su interior, el tira y afloja es tortuoso, pues sus recuerdos lo bombardean con evidencias de una cosa y otra: puede ver con total nitidez cada gesto bonito que el vampiro ha tenido con él, desde el principio, sí, pero sobre todo estas últimas semanas. Del mismo modo, es obligado a recordar cada pequeño detalle de las palizas y humillaciones que ha vivido, el dolor, la sed, el hambre y el profundo horror de ser violado.

Recuerda también lo que acaba de ver: a Samuel asiendo en sus brazos a un humano que no es él y regalándole la ternura que a Aaron le ha costado el mismísimo infierno y más ganarse.

No entiende por qué esa imagen le afecta tanto, pero lo hace hasta el punto de que contesta con palabras que ni siquiera ha pensado:

—¿Entonces por qué has bebido del humano de Jason?

Samuel parece haber recibido un bofetón, pues se queda totalmente estático, procesando las palabras del chico.

—¿Qué? —pregunta, tan desconcertado que siente que lo han arrancado de la conversación que estaba teniendo y lo han arrojado en medio de otra que desconoce—. Aaron, ¿qué dices? 

Pero el chico se niega a responderle, aparta la mirada con desdén y su expresivo ceño fruncido. Tiene un adorable mohín en su rostro y las mejillas se le colorean de repente, lo cual resulta terriblemente esclarecedor para el vampiro.

Los ojos de Samuel se abren de par en par y, con una mezcla de fascinación e incredulidad, pregunta:

—¿Estás… celoso? 

Aaron no responde y Samuel tampoco necesita que lo haga: la forma en que se le enrojecen hasta las puntas de las orejas y en que el chico se mordisquea el labio inferior para impedir que más palabras vergonzosas salgan de su boca es suficiente respuesta para Samuel. Y es una respuesta que genera en él una necesidad y un deseo desconocidos hasta ahora.

Samuel siempre ha sido posesivo con Aaron; desde que posó sus ojos en él, supo que mataría a cualquiera que intentase robarle a su chico de ojitos de cielo. Pero pensar en Aaron estando celoso, siendo posesivo de él… esa idea jamás se le habría cruzado por la cabeza. La imagen de Aaron no huyendo de sus avances, no zafándose de sus manos, sino al contrario, buscándolo, ofreciéndosele con deseo, como un sacrificio que solo quiere complacer a su dios, ser su súbdito más devoto, el único para el que tiene ojos… es una imagen demasiado perfecta, demasiado ardiente.

Samuel siente sus deseos desplegarse en su interior como un legión de guerreros del infierno haciendo llegar el calor a todas las partes de su cuerpo: nota el rostro rojo, arrebolado como el de Aaron ahora, las manos quemándole mientras en ellas se graban órdenes de tomar al chico y no soltarlo jamás, de quitarle la ropa poco a poco, demostrarle que él, Samuel, es suyo y solo suyo, que sus manos sirven solo para sostenerlo duro y darle placer toda la noche; siente el calor en su pecho, una explosión que se siente como latidos acelerados a ras de piel, en su vientre, derramándose como magma, en lugares prohibidos que sabe que solo sirven para pecar y que, ahora, le exigen que tome a ese pequeño ángel berrinchudo y le quite cualquier inseguridad de encima, que le demuestre lo mucho que él le pertenece, así como el chico le pertenece a él, poniéndose a su servicio cada minuto de la noche y hasta que amanezca.

Samuel pega su boca a la marca de propiedad del chico, desliza su lengua por las hendiduras de sus dientes, reconociendo así su nombre en la piel del muchacho y alimentando el anhelo en su interior. Quiere marcarlo de nuevo. Mordisco sobre mordisco, quiere que toda la piel de Aaron sea suya, cada centímetro portando su nombre; quiere que el chico comprenda que está obsesionado con él.

Lo toma de la cintura con más fuerza y lo levanta, ahora separándolo de la pared, obligando al chico a enrollar sus brazos alrededor de su cuello y sus piernas alrededor de su ancha cadera. Aaron jadea y el jadeo se torna un gemido cuando Samuel chupa su marca con avidez, queriendo resaltarla con el bonito color morado que su boca sabe causar. Succiona, como si la piel del muchacho fuese tan deliciosa como cualquier otra sangre, como si besarla le alimentase tanto como cazar, y lo hace despacio, notando el calor y los latidos contra sus labios, sintiendo el corazón del chico entre sus dientes.

Aaron siente el ardor, el leve pinchacito doloroso, la presión, pero la suavidad de esos labios contrastándolo. Echa la cabeza hacia atrás, sin saber a dónde le lleva Samuel o qué hará con él, solo entregándose a la posesividad deliciosa de ese beso violento y sintiendo como su amo lo marca de nuevo, ahora con más cuidado. Sin dientes ni sangre, todavía.

Aaron es arrojado al salón del sofá, el mismo sitio donde ha visto a su amo beber de otro humano. Beber de ese modo. Se revuelve, incómodo, pero Samuel ya está sobre él, atosigante, ansioso, con los labios brillándole y el cuello de Aaron floreciendo con los hermosos pétalos de un hematoma: su marca nacarada ahora es violeta.

Samuel se inclina y lame el moratón que acaba de hacerle, probando la sangre a ras de piel, jugando a tentar al chico con la idea de que podría perder el control por él y solo por él. Porque ni el estúpido humano de Jason ni cualquier otro logran enloquecerlo como Aaron lo hace.

—Oh, mi dulce humano, vas a tener toda mi atención hasta el fin del mundo, si es lo que deseas. —susurra Samuel, manteniendo al revoltoso chico, que se queja y trata de zafarse bajo él, quieto y disponible para sus deseos.

Samuel sonríe malicioso y altivo, con grandes colmillos y brillantes ojos, cuando Aaron se rinde bajo su agarre, quedando en el sofá tendido como un pequeño lío de respiraciones alteradas y cabellos azabache revueltos.

—No miraré a otro, no hablaré con otro ser, me encerraré contigo aquí, porque no necesito nada más para vivir, además de ti. —Aaron abre sus ojos enormemente y un relampagueo de pánico los cruza, sí, pero también uno lleno de gusto culposo: la locura que él inspira en el vampiro es intimidante, pero saber que solo él inspira esa clase de delirio le hace sentir bien, de algún modo.

Orgulloso.

Importante.

¿Y cómo podría rechazar sentirse especial cuando ha pasado tantos años sintiéndose invisible, inexistente?

—Mis colmillos —susurra de pronto en su oído y los carnosos labios del vampiro vuelven a la herida de su cuello, ahora tan sensible y colorida, y en vez de besarla, Samuel la mordisquea. No rompe su piel, no de veras, pero aprieta la tierna carne entre sus dientes de forma suficientemente alarmante como para que Aaron se altere y arquee su bonita espalda y su cuello, ofreciéndose al ser que lo tiene entre sus fauces como clamando por un poco de misericordia. Los colmillos arañan superfluamente su dermis y, tras su filo, dejan un ardor que parece infectar todo el cuerpo del chico. Aaron no entiende ese calor extraño que tiene, no entiende por qué, sobre él, el gélido miedo son solo escalofríos que lo hacen estremecerse de formas que no debería—, mi hambre, mi deseo… Son solo para ti. Solo tú puedes saciarlos. Solo piden por ti. Lo demás… Todo es insulso a tu lado, todo es insatisfactorio, vacío, aburrido. ¿Te molesta que beba de otros? Entonces, Aaron, pasaré la noche entera mordiéndote y bebiendo de ti tan despacio que me sentirás controlar todo tu cuerpo: tu pulso, tu temperatura; puedo incluso controlar si tu lengua es capaz de hablar o solo balbucear, puedo dejarte en el límite de la inconsciencia, hacer que todo se sienta como un sueño o una pesadilla. Puedo hacerte sentir tan pequeño que voy a ser tu Dios esta noche. Aaron, voy a enseñarte no solo lo mucho que te deseo, sino que eres lo único que deseo.

Aaron se siente mareado. Las palabras del vampiro se sentían como una sutil manipulación antes, halagos y dulzuras diseñadas para adormecerlo y que sea más maleable, que cabecee mientras dice que sí a todas las peticiones de su insaciable amo, pero ahora… ahora sus palabras son droga que flota por el aire, adictiva y electrizante y que extiende sus tentáculos hasta agarrarlo por completo en un instante; son un delirante éxtasis que respira y suspira y que le embriaga en cuestión de segundos.

Cómo no, la idea de ser el juguete personal de Samuel por toda la noche, sostenido por sus manos, probando por sus labios y torturado por sus colmillos, es una idea que lo aterra sobremanera, así que el chico tiembla sin parar, pero la forma en que el vampiro habla de comerlo despacio, de deleitarse con su sangre y morderlo una y otra vez para demostrar lo mucho que le desea a él… Hay algo en su forma de hablar que lo vuelve lento y torpe, que le impide resistirse como querría y le hace sentir tan terriblemente sumiso.

<<Cómeme>> deletrean sus labios cuando quiere decir <<Espera>>; <<Bébeme>> trazan cuando quiere suplicar <<Para>>, pero no importa. De su boca solo salen gemidos cuando Samuel se inclina sobre su cuello y prensa sus labios sobre la marca y, luego, los colmillos. Tan despacio que, antes de ser sufrimiento, el dolor es solo pura sensibilidad. La puñalada, caricia.

—Es… Señor, espere… —logra articular el chico, febril, con la voz hecha un hilillo.

—¿Qué sucede, mi pequeño? Estoy ansioso por empezar a morderte; no me hagas esperar más o tendré que dedicar no solo la noche, sino el amanecer entero a probarte, bocado a bocado, a saborearte despacio.

Aaron gimotea de nuevo. El calor en su cuerpo se siente como fiebre: le hace estar tan débil, le llena la cabeza de bruma, el cuerpo de contradictorios escalofríos. ¿Por qué la idea de Samuel mordiéndole le aterroriza tanto como le llena de una extraña anticipación?

—No estoy… no es eso —dice mientras niega lentamente con la cabeza. Samuel se aleja un poco de él para dejarlo pensar y, sin su opresiva presencia empujando los botones del muchacho, Aaron siente la cabeza más despejada, lo suficiente para retomar la conversación que ha roto cuando ha hecho que Samuel se sienta demasiado deseoso—. No estoy celoso solo porque haya mordido a otro humano. E-estoy celoso —y el chico traga bien grueso después de su vergonzosa confesión, porque no solo traga saliva, sino también su vergüenza, lo que le quedase de su orgullo y todo su sentido común— por cómo lo ha hecho. Lo vi mientras lo hacía, a-amo, le dijo cosas para tranquilizarlo, le mordió solo con sus colmillos y solo un segundo. ¡Incluso lo hizo en la muñeca! Apenas parecía que le doliese… No sabía que la mordida podía ser tan llevadera; usted nunca me lo enseñó. Nunca ha querido tener esa paciencia y esa delicadeza conmigo. ¿Por qué? Me he esmerado tanto en ser bueno. ¿Por qué yo no merezco que sea amable cuando me muerde y él sí? ¿Qué tengo que hacer para ganármelo?

Aaron mira a Samuel con desesperación y anhelo; sus ojos prometen que hará lo que sea con tal de recibir esa delicadeza, ese tacto tan humano y hermoso que lleva mendigando desde el primer día. Un chispazo de deseo recorre el cuerpo del vampiro, un escalofrío sutil y frío, como el susurro siseante del diablo que lleva en su interior, diciéndole que le pida las peores obscenidades a cambio de su compasión.

Aaron es tan maleable ahora, que seguramente se arrodillaría y serviría a su amo con su hermosa boquita por horas, si este a cambio le prometiese el mismo regalo que le ha dado a Jay. Sin embargo, Samuel ya se ha aprovechado bastante del chico así, al menos en el pasado, y no quiere volver a cometer sus errores.

No quiere que su afecto sea transaccional de nuevo.

Él ama a Aaron y jamás guardará su amor para cederlo a cambio de aquellos placeres con los que solo puede soñar. Se lo entregará cuantas veces pida, sin que el chico lo pida, incluso, porque lo único que desea por encima de cualquier otra cosa es poder sencillamente amarlo.

—Aaroncito, ¿de verdad piensas que la próxima vez que pruebe tu sangre lo haré mordiéndote como he hecho en el pasado? Con ese humano solo estaba practicando, porque no quiero dañarte de nuevo. Quiero beber de ti sin que derrames más que sangre, ni una sola lágrima, mi amor.

Aaron suspira, agradecido y aliviado, y conecta sus ojos con los del vampiro. Sabe que tiene prohibido mirarle, pero sabe también que ser la cosa favorita de Samuel en el mundo viene con la ventaja de que puede empujar un poco sus límites, doblar las normas, no romperlas del todo, pero sí probar hasta cuánto el vampiro le deja doblegar su autoridad solo para consentirlo.

Samuel exhala de impresión cuando la mirada del chico lo roza como una suave brisa. Sus iris son como dos calmados lagos, el agua cristalina reflejando la belleza del cielo sobre ella, pequeños nenúfares veteando el espectáculo añil de hermosas hebras esmeralda. Algunos lugares de sus ojos son oscuros y salados, como las profundas aguas de un mar turbulento, y otros son tan claros, blancos como la inocencia de la espuma que cosquillea la arena de una playa cuando las olas rompen en ella con caricias que, poco a poco, cambian el paisaje y tornan la roca en arena.

Samuel se queda sin palabras mirando esos ojos que no es digno de contemplar, así que solo espera, con una docilidad silenciosa, a que Aaron le exija lo que guste.

—¿V-voy a ser mordido hoy, amo, ahora? —la voz de Aaron suena insegura y tentativa, preocupada.

—No, mi arrocito —le responde sonriendo con dulzura y ese mote tan bobo que antes había sido el preludio de una noche horrible, ahora hace a Aaron sonreír y morderse el labio, porque quiere ocultar su tan sincera mueca de ilusión—. Hoy estás nervioso y yo demasiado débil ante mis peores emociones. Pero pronto voy a morderte y tú, mi humano, vas a ofrecerte a mí cuando lo haga.

Aaron asiente con tranquilidad.

—¿Ya no está enfadado, entonces?

—Estoy arrepentido de haber dejado que mis emociones me impidan protegerte de lo que soy.

El chico se siente seguro de nuevo, como si acabase de pasar una horrible tormenta en alta mar, habiéndose caído del barco, y ahora pisase tierra firme por primera vez en años. Sigue mareado por las emociones que hoy lo han trastornado, pero Samuel está respondiendo tan diligentemente todas y cada una de sus preguntas, que no puede evitar ser ingenuo de nuevo, creerle cuando le afirma que le ama y que eso es suficiente para prometerle que no lo romperá de nuevo.

—¿Quién… —cuando intenta hacer la pregunta, la voz de Aaron, fina y elegante, se rompe como lo haría una cuerda de guitarra demasiado tensa, así que el chico tiene que aclararse la temblorosa voz y, para seguir, debe también bajar su mirada dócilmente al suelo— ¿Quién era el chico del cuadro, amo?

Aaron ve la manzana de Adán del vampiro subir y bajar cuando este traga saliva. El aire cambia de pronto, tornándose más tenso, frío y cargado, como cuando una tormenta se aproxima, pero Samuel aprieta sus labios y sus puños y se esmera en mantener todas las emociones que las atrevidas palabras de su humano despiertan bien encerradas dentro suyo.

Si dejase salir esa jauría de lobos, devorarían a Aaron en un instante: rabia, ira y, sobre todo...

<<Arrepentimiento. Me arrepiento de hacer lo que hice, de ser lo que soy. De haber elegido vivir como un monstruo, cuando pude morir como una buena persona. Me arrepiento, pero no lo suficiente como para deshacer mis actos si el tiempo volviese atrás, porque soportaría una eternidad entera de culpa y vergüenza, si gracias a eso he sido puesto en el camino de mi Aaron, si gracias a eso he podido conocerlo.>>


 

CAPÍTULO 56

—El chico del cuadro… Pensé que era yo, al inicio, pero no creo que sea posible. Hay algunas cosas distintas entre él y yo, aunque haya muchas más parecidas. Además, la pintura parece tan antigua… Y —ahora es Aaron quien traga saliva y se muerde los labios, nervioso, antes de pronunciar sus siguientes palabras— usted, en el cuadro, también está diferente. Era humano entonces, ¿verdad?

La forma en que el vampiro cierra sus ojos, dolido, es suficiente respuesta. Samuel recuerda el día que mandó ese cuadro a hacer, la manera en que el artista pasó la noche entera regañándolo porque no podía estarse quieto, ya que a cada rato reía de la ilusión que le hacía tener, por fin, un recuerdo de su amor o, si no eran risas, los besos eran lo que le distraía. Su chico besándole las palmas de las manos, los hombros, el cuello, las mejillas… ¿Cómo iba a no reciprocarlo? Cada tacto de sus labios le recordaba al primer beso que le dio, a la manera en que borró de su cabeza todos esos recuerdos malos en los que las bocas de los soldados le enseñaron que los labios y los dientes y las lenguas sirven solo para causar desagrado, dolor y vergüenza.

—Ya te he hablado del horrible hombre que era mi padre —Aaron asiente, angustiado al recordar las cosas que Samuel le contó, horrores que un ser humano no debería ser capaz de pensar en cometer sin pudrirse de dentro hacia afuera antes—, te he hablado de mi creador también y has tenido la mala suerte de conocerlo —Aaron vuelve a asentir, ahora con un escalofrío al pensar en las titánicas manos de ese hombre sobre él, su boca alrededor de su herida sangrante y sus ojos desvelando que, si tuviese la oportunidad, haría que el sufrimiento que le ha causado Samuel palideciese en comparación con el que él le tiene preparado—. Entre ellos dos, me arrebataron a la persona que más… a la primera persona que amé en mi vida. Uno me lo quitó a él, con la enfermedad; el otro borró todo el amor que sentíamos, con la traición.

Samuel toma a Aaron rodeándolo por la espalda con un brazo y levantándolo de pronto. Aaron pega su cuerpo al porte grueso y fuerte de su amo, sus manitas en su cuello fornido, sus piernas a los lados musculosos de su cuerpo. Mientras Samuel habla, sube las escaleras y Aaron sabe exactamente a dónde se dirigen.

—Mi padre era un hombre cruel y yo, su heredero por derecho de nacimiento. Para su desesperación, no parecíamos estar hechos de la misma madera: él gobernaba con mano firme y yo… Yo era blando y sensible, aunque siempre supe que en el fondo tenía algo de la maldad de mi padre en mi interior. Siempre se avergonzó de mí porque lo que él llamaba autoridad, yo lo llamaba crueldad.

<<Desde pequeño, me mandaba con sus soldados para que me curtiesen. Quería hacerme más hombre o… matarme en el intento, así uno de mis hermanos tomaría mi lugar.

<<Sus soldados eran exactamente como él: lobos viciosos esperando con ansia cualquier pedazo de carne tierna donde se les dejase hincar sus podridos dientes. Aprendí a recibir palizas poco después de lo que aprendí a caminar. Me golpeaban, me vejaban y me humillaban de todas las formas que podían. Me… Jamás lograron convertirme en un hombre de verdad, según sus palabras, aunque ahora que soy un monstruo entiendo que yo, ahí, era el único que verdaderamente era un hombre, un humano. La forma en que disfrutaban destrozándome… Ningún mortal debería poder tener esos apetitos, mucho menos saciarlos.

<<Cuando cumplí la mayoría de edad, mi padre me puso una prueba y no se anduvo con rodeos esa vez: tenía que ejecutar yo mismo, en la plaza pública, a los reos que él había condenado como enemigos de la corona. Si no, me pondría una bolsa negra en la cabeza, para que nadie pudiese ver mi rostro, y me decapitaría él mismo mientras yo solo podía oír los vitoreos del pueblo.

<<La noche antes de la ejecución fui a ver a los condenados. Mi padre ni siquiera se había molestado en juzgarlos justamente; solo le llegó una carta con sus crímenes y dio el visto bueno, ni sabía cuántos había. Eran cinco hombres. Cuatro de ellos habían cometido crímenes de verdad, habían hecho cosas malas o… al menos de eso se les acusaba y yo decidí creer que eran culpables, para no volverme loco.

<<Pero el quinto…>>

Samuel y Aaron han llegado al despacho del vampiro. Ambos se quedan sin aliento al entrar, como quien contempla las secuelas que una gran catástrofe ha dejado en un lugar antaño hermoso. El despacho es un enorme desorden y cada pequeña cosa fuera de lugar cuenta la historia de lo que ha sucedido ahí.

La silla de Samuel, en el suelo tirada, hace a ambos recordar la brusquedad con que el vampiro se ha levantado, dispuesto a ir a por Aaron con toda la rabia del mundo en sus manos. En una zona cercana, la pared está hundida y resquebrajada, justo a la altura a la que Samuel ha tomado a Aaron y lo ha golpeado contra la pared, abriendo su cabeza con violencia. 

Y luego, claro está, el inicio de todo: el cuadro tendido en el suelo, como si esperase que alguien viniese a rescatarlo.

Samuel se acerca con cautela a él, como quien no quiere asustar a un animalito salvaje que ha hallado en medio de la carretera, toma el marco con extrema delicadeza y lo levanta para dejarlo apoyado contra la pared. Solo que ahora no lo oculta: lo expone.

Aaron observa la imagen de nuevo y su corazón se rompe un poco. Samuel, con sus ojos café y su rostro tan lleno de bondad, parece un maldito ángel. Sonríe grande, sin colmillos, y luce más feliz de lo que Aaron jamás ha visto al hombre.

En ese momento, el humano piensa no solo en lo infeliz que es él desde que los vampiros tomaron el mundo y, específicamente, desde que Samuel lo tomó a él para torturarlo, sino en que no ha visto a Samuel genuinamente feliz ni una sola vez desde que lo conoce. Se pregunta si lo ha sido alguna vez, desde que dejó de ser humano.

<<Quizá cambian la felicidad por placer, el amor por deseo. Una vida eterna y eternamente insatisfactoria, porque ni el gozo ni la satisfacción logran hacer la más mínima sombra a lo que se siente cuando es feliz y ama de verdad>>

—Él no había hecho nada; no podía soportar la idea de matar a un inocente.

Aaron mira el cuadro y al muchacho en él. Tan parecido a él, excepto porque está radiante, su sonrisa es como una tarde de verano y sus ojitos brillan de una forma mágica. Se pregunta si alguna vez él lució así de feliz o si ahora podría estar siéndolo, si sencillamente el destino no fuese tan cruel. El muchacho de ojos azules mira a Samuel con un amor infinito, haciéndole mil promesas silenciosas y todas y cada una de ellas acaban en un <<para siempre>>.

Ahora, ese chico ha muerto a manos de Samuel… Samuel es tan distinto a cuando él era humano, que parece que también asesinó a ese joven apuesto y risueño y lleva tanto tiempo vistiendo sus pieles, que ha olvidado quién es realmente. Incluso luce distinto al hombre del cuadro que lleva su nombre: es más grande, más fuerte, más hermoso, pero de una manera peligrosa. Es más monstruoso.

Samuel toma su silla del suelo y la recoloca, ahora mirando directamente al cuadro, no como si le contase la historia a Aaron, sino también como si se la confesase al chico al que tanto se parece. Sienta a su humano en su regazo, igual que en la pintura, y sigue hablando, observando ese momento congelado en el tiempo e impreso en ese lienzo, ese momento que desearía que fuese eterno, antes de que las cosas se torciesen.

—Se llama Harun. Era un chico de las calles, criado entre la necesidad y el hambre y, aun así, era tan dulce. Su crimen… Dios, ni siquiera puede llamársele así. Él solo había tomado frutas de los árboles del jardín real. Mi padre no quería comer nada que no viniese de los más altos y prestigiosos mercados, así que dejaba sus bonitos árboles producir frutas que luego se caían al suelo y se echaban a perder. Nadie tenía derecho a tomarlas, porque eran propiedad del rey, y él solo las mandaba a tirar afuera cuando estaban tan podridas que no podían comerse sin que uno enfermase. El muchacho entró en los jardines una tarde, muy hambriento, y robó tres o cuatro piezas de fruta. Ni siquiera fue avaricioso y tomó más; solo tomó lo que necesitaba para comer ese día y un poco para repartirlas entre los niños sin hogar más pequeños, que no podían valerse por sí mismos.

<<No podía matarlo. No podía ni aunque la vida me fuera en ello, así que lo liberé; mi padre no iba a darse cuenta de todos modos, no conocía su rostro o su nombre, ni siquiera se molestó en preguntar cuántos presos iban a ser ejecutados ese día. Pero algo en él me gustó y quise hacerlo mío: le ofrecí que entrase a palacio, como mi siervo, y que le daría una mejor vida así. No tendría que robar de nuevo ni pasaría hambre.

<<Él estaba tan asustado, pensó que quería aprovecharme de él: tenderle una trampa para torturarlo, como hacía padre a veces con los prisioneros. Pero yo solo quería… Quedármelo. Si no hubiese sido tan egoísta, si simplemente le hubiese dado dinero y la libertad… Pero él aceptó, porque yo me sentía solo en palacio y decidí que lo quería a él, así que lo convencí.

<<Después, decapité a los cuatro criminales restantes. Padre estuvo ahí, me hizo mirarles a los ojos mientras se quedaban sin brillo. Me hizo coger cada una de las cabezas que había cortado y sostenerlas en alto ante la muchedumbre, como un premio. Cuando todo acabó, él me dijo que estaba orgulloso de mí y yo vomité durante horas. Fue el único momento de mi vida en que mi padre sintió respeto por mí.

<<Nadie sospechó nada cuando a la mañana siguiente le dije a mi padre que, si iba a ser su sucesor, quería un criado que me atendiese y que ya me había buscado uno. Lo aceptó sin más y yo estaba tan contento… Luego, esa misma noche me mandó a hablar con él, en sus aposentos, y cuando entré y lo vi yaciendo en su cama, supe que algo no iba bien. Me dijo que me había puesto a prueba con tanta prisa porque él se moría y necesitaba saber que yo sería un buen sucesor para su legado.

<<Me alegré de que se muriese, pero si hubiese sido un poco más listo, me habría dado cuenta. Quizá habría podido salvarlo, ahorrarnos a ambos todo este infierno… Pero ya nada de eso importa, ya da igual.

<<La enfermedad de mi padre tardó años en matarlo, pero lo debilitó poco a poco. Durante esos años, Harun fue más que mi criado en palacio, aunque empezó así, sirviéndome por compromiso lo justo y necesario y huyendo de mi presencia siempre que no la requiriese. Recelaba tanto de mí y es normal: podría haberlo mandado a matar si hubiese querido y eso le asustaba. Así que le confesé que mi padre me mandaría a matar a mí si se enteraba de que había salvado un prisionero y Harun estaba tan sorprendido cuando se lo dije… Le estaba dando el poder de matarme, si él quería, igual que yo tenía el poder de matarle a él. Claro que si uno caía, el otro iría con él, pero eso no importaba, porque ambos sabíamos que nos guardaríamos el secreto.

<<Desde entonces, empezó a confiar más en mí. Y yo aprendí lo que era confiar en alguien. Lloré en su hombro muchas noches, después de años sin haber derramado lágrimas, porque aprendí que a los guardias solo les divertía más cuando podían ver que sufría. Y él lloró en mi hombro también, me contó sobre los horrores de la pobreza y la vida en las calles, lo que se había visto obligado a hacer para ganar dinero, cómo había años enteros en que sentía que su cuerpo se movía solo, como una máquina, y él era solo un espíritu en pena siguiéndolo, incapaz de hacer nada más que ver, pero jamás intervenir.

<<Yo le enseñé a escribir y leer; él me enseñó a pintar. Yo lo cubrí de lujos y él… Aún recuerdo esa noche, la noche en que me pagó con algo que ni toda mi fortuna podría haber comprado. Nunca pensé que los besos pudiesen sentirse tan bien. Que las manos de otro hombre sobre mi cuerpo pudiesen traer algo más que asco o dolor.>>

Samuel guarda silencio un rato y Aaron no lo interrumpe, no lo presiona por más información. Ni siquiera luce desconcertado. Samuel le ha hablado antes de la crueldad de su padre y de las veces que era arrojado a los guardias, como carnaza para los lobos. Ahora que el vampiro habla despacio, tan perdido en el pasado, con los labios rojos de mordérselos y la idea de los besos y las caricias siendo una bendición y no una maldición, Aaron comprende muchas más cosas.

Comprende que seguramente los guardias no solo golpeaban a Samuel, pues hay otras muchas formas de hacer daño. Formas de lacerar profundamente un alma sin dejar una sola marca, de hacer heridas tan irreversibles como invisibles.

<<En algún lugar tuvo que aprender que el sexo era un castigo>> piensa Aaron, sin aliento, recordando aquella noche en que el vampiro lo tomó y sobre sus sábanas solo había sangre y lágrimas. Aaron sabe que lo que esa noche pasó no tiene siquiera derecho a ser llamado sexo, pues no hubo ahí intimidad alguna, solo conquista, dominación.

Nada tuvo que ver con el placer, lo que pasó en esa cama, sino con el poder. Y alguien tuvo que enseñar a Samuel que el deseo es violencia, no amor. Alguien que hubiese venido antes que el amable Harun, que con sus manos y sus labios trató de explicarle que estaba equivocado, que los cuerpos de dos hombres están hechos no para luchar, sino para compartirse, comprenderse y fundirse.

Samuel recuerda esa noche tan nítidamente que solo otro recuerdo se muestra tan claro en su mente: el de la noche en que lo mató.

Recuerda las promesas, los susurros, la forma en que Harun se tumbó en el lecho y lo instruyó despacio, diciéndole cómo prepararle, pidiéndole que fuese más despacio o más deprisa, halagándolo por su tamaño, su habilidad, su pasión. Cómo le decía que él había sido hecho para encajar con su cuerpo, que sus manos eran un regalo y sus jadeos su música favorita.

<<Te amo.>> le dijo la primera noche en que se tocaron así.

<<Te odio tanto, que matarte una sola vez no me parece suficiente>> le dijo la última noche.

Samuel niega con su cabeza, sus recuerdos entremezclándose, ambos nítidos y prístinos, pero uno vertiéndose sobre el otro, superponiéndose: la cara de Harun radiante, hermosa y relajada mientras alcanza el éxtasis, su rostro flácido y brilloso de sudor cuando se le paró el corazón. Sus labios diciéndole claramente que le quería y, luego, su boca rota, seca y ensangrentada tratando de decírselo, pero sin hallar voz suficiente para ello.

El vampiro se aclara la garganta y sale de su ensimismamiento para seguir hablando.

—Nos enamoramos —explica escuetamente, como si no dar detalles le hiciese demasiado daño como para seguir. Su voz antes sonaba descarnada, la piel en ella arrancada por las espinas de ese romance que arrastra por su lengua para sangrarlo ahora en hermosas palabras. Sin embargo, su voz actual suena férrea, un armazón que pone sobre su magullado cuerpo para ocultar lo mucho que sangra— y cuando padre estaba ya muy débil para notar mis idas y venidas de palacio, ambos nos escabullíamos a un tugurio de mala muerte a las afueras del pueblo, alquilábamos una habitación y pasábamos la noche queriéndonos sin tener que hacerlo en susurros. Cantábamos y bailábamos, éramos ruidosos en la cama y nos gritábamos con todo el aire de nuestros pulmones que nos queríamos. Se sentía bien no tener que ocultarlo. Ahí, en ese lugar, conocí a Ivthan. También fue entonces cuando Harun empezó a enfermar y me di cuenta de que papá le había contagiado. Fuese lo que fuese, yo era inmune, pero mi amor… Él no, y si jamás me lo hubiese llevado a palacio conmigo, podría haber llevado una buena vida, pero… 

<<Siempre fue él, todo empezó con él. Con mi padre. Él me quitó a mi madre, me alejó de mis hermanos, me impidió hacer amigos y ¿ahora esto? ¿Cómo puede un hombre ser tan cruel como para usar el propio veneno que está matándolo para quitarme la única cosa buena que me queda en el mundo? La podredumbre de su cadáver debe estar marchitando flores que amo, ahora mismo, porque ni muerto puede soportar una existencia donde no me arrebate algo. Ese hombre horrible, esa bestia con piel humana, ese…

<<Da igual, ya no importa. Ya nada de eso tiene sentido. Harun enfermó y su enfermedad avanzaba rápido; iba a morir en meses, semanas en el peor de los casos, y yo no veía solución posible, así que pensé que quizá hacer un trato con el diablo no sería tan malo, si era por amor. Pedí a Ivthan que me convirtiese en inmortal y fue ahí cuando él me explicó que buscaba a un compañero de eternidad, así que oculté que yo ya tenía un amante y fingí amarlo a él, para que me convirtiese. Cada noche le decía lo que quería oír y hacía lo que él quería que hiciese. Cerraba los ojos, apretaba los dientes y contaba hasta mil, dos mil, tres mil… como con los soldados.>>

<<Engañé a mi niño, mi Harun, pero era por su bien. Cada día estaba más enfermo y cada noche, más preocupado al ver que yo no estaba en la cama con él y que volvía a casa oliendo a alcohol y a otro hombre, pero yo le juré que estaba intentando salvarle. ¿Quién me habría creído?

<<Él. Él me creyó. Lo hizo a pesar de que era estúpido hacerlo, porque me amaba tanto y confiaba tanto en mí que habría considerado sagradas hasta las mentiras más abyectas si era de mi boca de donde salían. No me lo explico, no entiendo cómo después pudo…

<<Da igual, es solo el pasado, es solo el pasado. No importa ya.

<<Ivthan me dijo una noche que me convertiría por fin en vampiro. Mi plan era fugarme lo más rápido posible y luego convertir a Harun para salvarlo de su enfermedad y pasar la eternidad juntos. Qué ingenuo era por aquel entonces. Resulta que Ivthan lo sabía todo; no sé desde cuándo lo sabía, pero en algún punto debió seguirme al castillo después de nuestras veladas nocturnas e hiló los puntos de la historia. Sabía que yo solo estaba utilizándolo y quiso vengarse.

<<Me convirtió, pero cuando desperté siendo un vampiro por fin, no desperté a su lado, en la misma cama donde me drenó toda mi sangre y me llenó con la suya. Me desperté en una mazmorra subterránea, perdido, desorientado y oh… tan, tan hambriento. Y a mi lado estaba Harun. 

<<Un vampiro neófito y hambriento y un humano encerrados en una celda. Estaba claro lo que iba a pasar. Eso es lo que Ivthan quería: que devorase a mi amor y me quedase solo en el mundo, como él.

<<Pero no lo hice. Habría preferido morir de hambre, así que eso fue lo que hice, incluso si Harun me suplicó una y otra vez que lo matase, que me salvase, que por favor, no muriese por él. Un día dejó de suplicármelo, dejamos de hacernos promesas sobre que todo saldría bien o sobre que nos encontraríamos al otro lado o sobre que nos querríamos siempre.

<<Dejamos de hablar. No teníamos energía para ello. Para que un vampiro neófito muera de hambre, Aaron, debe pasar años sin comer. A Harun lo alimentaba Ivthan y, cuando se negó a comer, se lo llevaba fuera de la celda y, no sé cómo, pero lo obligaba a comer y beber, lo suficiente para mantenerlo vivo, pero no bien. No sé cómo lo hizo, pero impidió que enfermara hasta morir; lo curó de su enfermedad solo para poder torturarlo más tiempo. Nos estábamos volviendo locos. Pero aun así yo amaba a Harun: no iba a matarlo, jamás lo haría.

<<Hasta que un día Ivthan vino a vernos y algo se sentía extraño en el aire. No se paró a observarnos en silencio, como siempre hacía, sino que nos habló. Llevábamos semanas, no, meses, sin oír una voz. Me dijo a mí que era una criatura débil y decepcionante, que no valía para ser un vampiro si seguía aferrándome a mis sentimientos humanos hasta el punto de hacerme incapaz de alimentarme. 

<<A Harun le dijo que él era perseverante, que era duro, incluso para ser un humano y que le daría una oportunidad: Si él me mataba, lo convertiría en vampiro. Lo dejaría libre.

<<Ivthan le dio una estaca a Harun y ni siquiera le dio tiempo a darnos la espalda para marcharse: Harun cogió la estaca tan jodidamente rápido, parecía un animal con la rabia. La agarró tan fuerte, como si fuese lo más importante en su vida, y luego se abalanzó encima de mí y me la hundió en el pecho y yo me planteé dejarle hacerlo, dejarme morir por fin, salvarlo a él, acabar con todo ese sufrimiento.

<<Pero él me había traicionado. Me traicionó en el mismo maldito instante en que tuvo la oportunidad, ni siquiera se lo pensó, ni siquiera había un solo atisbo de duda o de arrepentimiento en su rostro, no me pedía perdón con los ojos mientras lo hacía, solo veía determinación en su mirada, como si esa fuese la misión de su vida y yo una puta piedra en su camino.

<<Yo. Que arriesgué mi vida para salvarlo cuando él no era nadie para mí. Yo, que le di un hogar y un trabajo y lujos que jamás habría imaginado, que le di una forma de destruirme, porque confiaba en él, y le entregué todo de mí. Di mi jodido cuerpo y mi alma y sacrifiqué todos mis valores, hice cosas horribles, impensables bajo las órdenes de Ivthan para salvarle a él. Yo, que era entonces un jodido vampiro con suficiente poder para matarlo y no sentir ni un ápice de culpa siempre que pasase las noches en una perpetua cacería, borracho de sangre, y aun así elegir la agonía de morirme lentamente de hambre mientras podía notar su sangre llamándome cada minuto, cada puto segundo ¡Iba a morir por él! Pero no así. No iba a dejarme matar por él ¿Cómo pudo hacerme eso? Me amaba tanto antes, no lo entiendo ¿Era todo mentira? ¿Fue todo una farsa desde el principio? ¿Por qué le fue tan fácil traicionarme? ¿Por qué me hicist-

Samuel sella sus labios de repente, cuando nota que ha dejado de mirar el cuadro y ahora sus ojos están clavados en Aaron, pero su mente, sin embargo, está muy lejos de ahí, anclada aún al momento antes de cambiar, de entregarse al instinto asesino y enterrar su humanidad, ese momento patético y doloroso en el que ni siquiera tenía reproches para su amor, solo un triste por qué en sus labios. Mira a Aaron de nuevo.

<<No es Harun. No es él. No fue su culpa>>

Suspira despacio, viendo en esos ojos como lagunas de sinceridad y bondad, una paciencia infinita. Aaron entiende su dolor, de algún modo, y lo escucha, así como también escucha su silencio, porque sabe que son importantes las palabras del vampiro, tanto como los momentos en que estas no le salen, en que quedan atoradas en su garganta junto a un sollozo o antes, en su pecho, en su corazón, porque son recuerdos tan dolorosos, tan punzantes, que llevan años ahí clavados y nunca había intentado arrancárselos de dentro.

—Lo maté, tal como Ivthan quería —termina, con una voz baja y ronca, cansada, como si relatar esos hechos fuese más que contar una historia, como si los viviese de nuevo y cada agónico instante le drenase todas sus energías—. Antes de hacerlo, le dije que le odiaba, que le odiaba tanto que matarlo una sola vez no me parecía suficiente. Él intentó decir algo, un "te quiero". ¿Se estaba burlando de mí? Jamás lo entenderé. No le dejé hablar, así que jamás voy a obtener explicaciones, por mucho que lleve años pidiéndomelas a mí mismo, porque a él ya no puedo exigirle nada. 

<<Lo maté. Lo único que queda de él y de mí, de lo que fuimos, más allá de mis recuerdos, es este cuadro. Lo mandé a pintar una noche que estábamos en aquella habitación alquilada, antes de que se pusiera enfermo, de que yo conociese a Ivthan y de que todo se torciese. Esa noche le prometí que cuando yo fuese rey, el cuadro sería colgado a la vista de todos y que cuando ambos muriésemos de viejos, juntos en palacio, ese cuadro permanecería y nuestro amor sería inmortal.>>

Aaron queda boquiabierto tras el relato de su amo. Suena tan humano mientras habla, tan frágil: su voz rompiéndose como un hilillo, gruñendo como un animal arrinconado. Suena peligroso, furibundo, pero bajo todo ello, suena vulnerable.

Los ojos de Aaron se llenan de lágrimas de pronto.

—Usted ha guardado el cuadro todos estos años…

—No sé por qué lo he hecho. —Samuel responde rápido, esquivo.

Aaron niega y solloza. Le duele el corazón al darse cuenta:

—Porque le quiere. Aún le quiere.

—Tonterías, le dejé de querer cuando me traicionó —brama el vampiro y sus colmillos crecen, como si se sintiese amenazado por las palabras del chico—. Le maté diciéndole que le odiaba: es lo último que escuchó antes de irse al infierno.

Pero Aaron no pretende herirle, aunque las verdades que le dice sean dolorosas, así que lo toma por el rostro con sus suaves manos, apaciguándolo como uno hace con una bestia salvaje.

—Le mataste porque te hirió y su traición no te habría dolido si no le hubieses amado. Has guardado ese cuadro por el mismo motivo por el que me capturaste en vez de cazarme cuando me viste, ¿verdad? Porque te recuerda a él, te recuerdo a él.

—Me recordaste a él, por eso te torturé —dice de mala gana, zafándose de las caricias de Aaron con un movimiento brusco. Le aparta la mirada también, pero Aaron puede ver que está a punto de llorar sangre—. Porque quería seguir vengándome de ese hijo de puta.

—Llevas años siendo cruel solo para compensar el hecho de que te sientes vulnerable y frágil por seguir queriendo a alguien que te haría tantísimo daño. Y me has torturado y herido y roto a mí, porque te daba miedo quererme y que yo te hiciera daño. Si fuese solo una venganza, ¿por qué había momentos, al inicio, cuando me tratabas tan mal, en que se te escapaba ser tierno conmigo, en que bajabas la guardia y eras amable o conversábamos y se sentía como si por fin estuvieses siendo tú mismo? Si solo fuese una venganza, ¿por qué guardar el cuadro en vez de quemarlo o pintarlo con sangre y arruinar su cara? ¿Por qué no rasgar su sonrisa y colgarlo en tu salón, para que así tu odio por él sea inmortal? Si todo es una venganza, ¿por qué no me dejaste suicidarme y morir sabiendo que nadie en el mundo me quiere, como le hiciste a él?

Samuel se rinde: solloza y su cabeza cuelga baja, avergonzada. Con ella, busca de nuevo las manos de Aaron, suplicando esas caricias que hace segundos ha rechazado y Aaron, conmovido, se las da sin objetar nada, notando sus palmas mancharse de la cálida sangre que corre por las mejillas de su amo. Samuel lo toma por las muñecas y el chico se tensa, pero se calma al darse cuenta de que su amo no está apresándolo, solo buscando su contacto, asegurándose de que sus manos y sus mimos no se van a ningún lado, pues realmente los necesita.

—Tienes razón. He conservado el cuadro por tantos años y te elegí a ti para ser mío, por él, porque cuando vi tus ojos o cuando miro a los míos o a su sonrisa en este lienzo… Me acuerdo de una época donde la vida era más sencilla. No era fácil, pero era posible ser feliz y aún no tenía las manos manchadas de sangre. Recuerdo que hubo un tiempo en que fui capaz de amar sin destruir y lo anhelo tanto. Pero aunque aún quede algo del amor que sentí por Harun, le odio por lo que me hizo. Le odio tanto como le amo, por romperme el corazón, y si estuviese vivo, lo volvería a matar. Tienes razón cuando dices que la primera vez que te vi, te conservé porque quería conservarlo a él de algún modo, recuperarlo, pero te equivocas cuando crees que te salvé de morir, porque quiero salvarle a él.

<<Ese día, no estaba pensando en él. Estaba pensando en ti. Te salvé a ti. Me he enamorado de nuevo, porque lo que siento por ti no es el eco de lo que sentí por él. Me he enamorado de ti. Me recordaste lo suficiente a él para despertar mi humanidad de nuevo, pero eres distinto y por eso no voy a cometer los mismos errores contigo. 

<<No eres Harun, ni siquiera os parecéis tanto, ahora que he aprendido a mirarte de cerca, porque tú ríes más agudo y haces un ruido de cerdito a veces al hacerlo, porque tú tienes pecas en tus muslos y él no tenía, porque tú eres un poco más alto y tus uñas son rosadas y las de él eran color melocotón. Porque tú hablas mucho más que él y hablas más rápido y más nervioso y tu voz suena como la del canto de un pájaro y la suya jamás sonó así. Porque tu cabello es más suave y nunca lo peinas hacia atrás, lo llevas siempre sobre la frente y cuando se humedece forma tirabuzones y espirales y se te pega a la piel de una forma que lo hace lucir como el marco de la obra de arte más bonito del mundo. Porque sus ojos eran azules y oscuros y los tuyos lo son solo cuando estás triste o cuando la noche cae, pero cuando ríes o cuando la luna brilla en medio del cielo, tus ojos lucen no como el mar en tempestad, sino como una hermosa gema azul puesta contra el sol, absorbiendo todo su candor, o como un lago tranquilo de aguas dulces y, a veces, muy pocas veces, tus ojos lucen claros, pero fríos, y me recuerdan a un copo de nieve en el cielo nocturno y los suyos jamás lo hicieron. A ti te encanta hablar de arte y él decía que estaba hecho para contemplarse en silencio, pero yo amo como tú parloteas sobre él porque tienes tantas cosas que decir y cada una de ellas es una lente distinta, un ángulo diferente desde el que mirar el mundo y descubrir más y más belleza. 

<<Sí, al principio me recordaste a él y eso es todo lo que vi en ti, pero no me he enamorado de ti porque me recuerdes a él, no me he enamorado de él de nuevo, jamás lo haría, jamás cometería el mismo error. Aaron, me he enamorado de ti, de la persona que he descubierto que eres y te quiero mucho más de lo que le quise a él, incluso si pensé que eso era imposible.

<<Porque a él lo maté y a ti, mi Aaroncito… te dejaría matarme. Porque sé que lo merezco y que tú mereces una venganza. Si no estuvieses vinculado a mí, Aaron, te daría una estaca y te dejaría decidir sobre dónde acaba mi eternidad.>>

Samuel habla rápido y acelerado. Está tan nervioso, tan preocupado, y Aaron, sin embargo, está tranquilo por primera vez en años, pues es él quien tiene el poder ahora: Samuel está abriendo su pecho, arrancándose el corazón frente a él y entregándoselo para que Aaron decida si quiere desgarrárselo o no.

Y Aaron decide ponerlo a prueba:

—Dámela entonces. Una estaca, amo; me ha oído: démela.

Samuel abre sus ojos enormemente y recuerda aquella noche. Recuerda las manos de Harun alrededor de la estaca; recuerda el odio y la rabia, el calor de su ira mezclándose con el de la sangre de su amado en sus manos. Recuerda su corazón dejando de latir. Dejando de amar.

Samuel toma a Aaron grácilmente y lo sienta en su mesa, quitándolo de encima de su regazo. El chico se estremece en anticipación y espera en silencio.

Entonces Samuel toma ese cuadro que por tantos años ha guardado y lo destroza: desgarra la tela con las uñas, hace añicos el marco de madera antigua que lo rodeaba y, al final, toma un pedazo de madera, uno largo y afilado, y envuelve en la base de esta pedazos del lienzo destrozado, para que Aaron no se clave una sola astilla al sostener la estaca.

Le tiende a Aaron el arma y, mientras sus gráciles dedos la toman, se arrodilla frente a él, su corazón quedando justo a la altura de las manos de su amado. Esas manos que hace solo minutos lo acariciaban y que están manchadas de la sangre que ha llorado.

El chico la camisa de su amo con delicadeza y pone la estaca contra su piel.

Empuja.

Suavemente.

Solo ha raspado la superficie de la piel del vampiro, pero la estaca ha penetrado en su carne, lo ha herido. Aun así, Samuel no intenta defenderse ni huir, solo aguarda a los pies de Aaron con la vista baja y su destino plenamente en las manos de su humano.

Aaron se inclina y acaricia con sus dedos la sangre que acaba de brotar por su culpa. Cálida y brillante, como las lágrimas del vampiro. Lleva sus dedos a sus labios y, con un gesto tan pequeño que es casi imperceptible, besa sus yemas empapadas de la sangre de su amo y esta le pinta los labios. Una ínfima gota entra en su boca y, al tragarla, siente la herida en su cabeza sanar.

Luego, retira poco a poco la estaca.

—No la usaré, amo, lo sabe, ¿verdad?

—¿Por qué?

—Porque esto jamás borrará mi dolor. Porque herirle no me curará y su sangre derramada quizá logre sellar las heridas en mi carne, pero usted sabe que las que más duelen son las que jamás va a poder curar. Porque, ¿qué sentido tiene borrar la violencia con violencia, la muerte con muerte? No quiero nada más de esto, no más odio, no más traiciones, no más dolor. Para ninguno. No quiero arruinar lo que sea que está floreciendo entre nosotros, porque es frágil y es extraño y es incierto, pero es algo bonito y hace mucho tiempo que no siento nada bonito.

Samuel siente las palabras de Aaron bañándolo tan cálidamente como la luz del sol lo hacía cuando era humano y amanecía en un lecho tórrido y luminoso; intenta alzarse, tomar a Aaron entre sus brazos, pero el chico blande la estaca de nuevo, con decisión, y la empuja contra el pecho desnudo del vampiro, reabriendo la herida que antes ha dibujado en su carne y que ahora se había curado.

Aaron lo mira desde arriba, sus ojos chispeantes. Su voz, estremecedora:

—Pero. Pero si alguna vez vuelve a convertir mi vida en un infierno, señor, si vuelve a querer hacerme morir, esta vez no me contentaré con irme solo. Usted lo ha dicho: no me dejará ir. Entonces yo tampoco le dejaré ir. Si algún día usted vuelve a ser un monstruo, entonces tomaré su oferta: le daré muerte y me iré con usted al infierno.

A Aaron le tiemblan las manos mientras sostiene la estaca. Los nervios, el cansancio, la piedad que la historia de Samuel le inspira, el miedo que ha sentido antes, la rabia de verlo ser gentil con otro humano que no es merecedor de su compasión, el deseo extraño y vaporoso que le ha nublado el juicio mientras Samuel prometía morderlo deliciosamente toda la noche… todas las emociones de la noche atrapan a Aaron y lo golpean con su enorme intensidad, haciéndole sentir de pronto frágil y agotado.

Demasiado pequeño para tan grandes cargas.

Antes de que se le caiga de la mano, Samuel toma la estaca con delicadeza. No se la quita, más bien la sostiene por él, aún contra su pecho, y se acerca más al chico, para abrazarlo y besar la marca en su cuello, aunque para eso deba inclinarse más contra el filo de madera, dejarlo hundirse un poco más hondo en su pecho, más cerca de su corazón.

La sangre caliente toca los dedos de Aaron y acaricia su mano y su brazo al mismo tiempo que la tibiez de los labios del vampiro lo besa con ternura en el cuello.

—Nunca más —le dice Samuel a Aaron, antes de besarle el cuello de nuevo, con infinito cuidado—, nunca más voy a hacerte conocer el infierno. Lo prometo.

Poco a poco, el chico deja ir la estaca, sus dedos deslizándose por el rasgado lienzo que el vampiro no ha tenido siquiera la valentía de rozar en tantos años, y Samuel toma el arma con cuidado, dejándola sobre la mesa, a la vista, para que Aaron siempre sepa dónde encontrarla.

Luego, toma al chico en brazos y lo alza. A pesar de que Aaron pueda usar sus muletas y de que ame la autonomía que estas le devuelven, el resto de la noche Aaron se abraza al cuello de Samuel y no quiere otra cosa que no sea ser sostenido por él, llevado al baño, para que ambos se limpien de las manos la sangre del otro, y luego a la cocina, donde el vampiro lo sostiene con una mano y con la otra cocina como puede, explicándole al chico qué corta ahora, qué agrega a la olla, qué condimento echará y en qué medida, para que sienta como si él mismo hubiese podido volver a cocinar. Luego, lo sienta en su regazo y le acaricia la carita con una mano mientras con la otra lo alimenta.

Aaron vive todo el proceso medio adormilado, como flotando en una nube que oscila entre la tierra firme de la realidad y el mundo plagado de estrellas de los sueños y la inconsciencia. Es de esperar, pues Aaron es humano, está herido y es joven, así como sensible, su mente resquebrajada no puede aguantar fácilmente golpes tan intensos sin sufrir en el proceso y hoy Samuel lo ha arrastrado por un muy pedregoso camino. Le ha hecho sentir felicidad, miedo, celos, lástima y luego le ha dado una probada de un poder que ningún mortal debería poseer. 

Aaron no puede más, así que Samuel lo carga de aquí para allá, le habla despacio, le asegura que le quiere varias veces, pues Aaron lo pregunta inseguro y angustiado y palpándose la parte de atrás de la cabeza cuando el golpe le duele y recuerda el momento en que el vampiro se lo ha asestado.

Y, finalmente, Samuel lo mete en la cama y lo arropa, aunque el lecho se siente más pequeño y la habitación más tenuemente iluminada que de costumbre. Deja algo en el buró, le besa la frente y le dice que no luche más por mantenerse despierto, que debe descansar.

Aaron, como siempre, obedece a su amo.


CAPÍTULO 57

Aaron despierta antes que su amo, lo cual es inusual. El chico siente los brazos pesados de Samuel, uno sobre su cintura y el otro bajo el lado opuesto, rodeándolo desde atrás para abrazarlo como si el muchacho no fuese más que un muñequito de peluche.

Aaron trata de zafarse, pues quiere salir de la cama y usar sus muletas un poco. Ayer no pudo usarlas demasiado, pero ahora no quiere pensar en todo lo que pasó, solo quiere poder andar un poco, sentirse como una persona de nuevo. Al intentar moverse, Samuel lo aprieta contra su cuerpo con tal fuerza que empuja el aire fuera de los pulmones de Aaron y le hace temer, por un instante, que siga apretando y sus costillas se rompan. Aaron se dobla de dolor, pero tan pronto deja de resistirse, el vampiro dormido deja de apretarlo con tanta fuerza y solo lo abraza tiernamente.

Aaron suspira y se relaja en sus brazos. Quiere salir de la cama, sí, pero no puede fingir que no ama ser abrazado y que los brazos de Samuel, enormes y protectores, no se sienten infinitamente mejor que los que llevaba años imaginando mientras se abrazaba a sí mismo, cerraba los ojos y fingía que era alguien más.

El vampiro lo recoloca un poco y Aaron lo escucha inhalar profundo, olisqueando el aire como un animal siguiéndole la pista a su presa. Entonces la nariz fría y elegante del vampiro se posa sobre su cuello y recorre la curva en él, deteniéndose sobre la cicatriz de su mordida. Samuel apoya ahí su rostro dormido, dejando que los labios rocen el lugar que sus colmillos profanaron. Su respiración suave y profunda barre la piel, causándole escalofríos al chico.

Cuando Samuel pone su boca tan cerca de la cicatriz, él se estremece entero, como si una cuerdita que lleva amarrada al corazón fuese tirada de repente y un nudo se apretase hasta estrujarlo con fuerza. Siente que el lugar al que pertenece lo reclama, que sus rodillas tiemblan y flaquean porque, quizá, solo debería estar frente al hombre al que pertenece de rodillas, rezándole como a un dios. 

Cuando Samuel pone su boca cerca de su herida, recuerda inevitablemente las veces que el vampiro le ha recordado que no es humano, sino un animal, carne, comida. Recuerda sentirse como una presa a punto de ser devorada, sometido al hambre de mandíbulas que lo ahogan y drenan sus fuerzas.

Pero a veces recuerda más cosas. Sobre todo últimamente: recuerda las veces que ha besado y lamido su cuello. Recuerda la noche anterior, cuando Samuel lo creyó celoso de las atenciones que aquel otro humano recibió, y le prometió morderlo toda la noche, despacio, los colmillos penetrando su piel tan lento que jamás podría olvidar a quién pertenece cada centímetro de él. 

Recuerda cómo el vampiro le prometió beberse el rojo de sus mejillas de una forma tan jodidamente seductora que aquello que sabe que es una amenaza sonó como una tentadora oferta.

<<No, no, no. ¿Por qué su boca manchada de mi sangre luce tan bonita en mi cabeza? ¿Por qué no puedo imaginarme el mordisco sin pensar en un beso? No, esto no está bien…>>

Ahora Aaron sí que necesita salir de la cama, pues un problema empieza a erigirse entre sus piernas y necesita solucionarlo con un baño de agua helada antes de que Samuel lo haga con sus manos <<sus manos grandes y calientes y… ugh, no, no, no>>.

—Buenas noches. —susurra una voz masculina y grave en su oído, un poco rasposa, porque Samuel sigue adormilado.

—Bue… buenas noches, amo. —responde tímidamente y se muerde la lengua y abofetea mentalmente porque su voz sale débil y anhelante.

Samuel desliza sus brazos fuera de su cintura poco a poco. <<Gracias a Dios>> piensa Aaron, pero entonces el vampiro coloca ahí sus manos grandes y lo sostiene firmemente para dar un beso casto, pero largo y cálido a su cuello, ahí donde tiene la marca.

—Mi Aaroncito, ¿por qué tiemblas?

Aaron muerde su labio. ¿Qué puede responder a eso? La ventana está abierta y, al igual que la tenue luz de la luna que se cuela, bañando todo en un halo de luz platinada, también entra una agradable brisa, pero no es suficiente como para mentir diciendo que tiembla de frío. Si dice que tiene miedo, Samuel se confundirá.

Aaron cae en la cuenta de que Samuel lleva muchos años siendo vampiro, así que posiblemente no recuerda bien cómo funciona el cuerpo humano, por lo que el chico se aprovecha y dice:

—D-debe ser el hambre, señor, me he despertado como con un pozo en el estómago.

—Si me das tiempo a hornear algo, voy a llenar tu tripita y el pozo en ella de tarta. ¿Te gusta la tarta?

Aaron siente que no necesita ninguna clase de repostería: la actitud del vampiro es tan dulce que casi puede sentir azúcar deshaciéndose en su lengua y caries formándose en sus dientes. Además, Samuel baja una de sus manos y empieza a mimar su barriga de una manera tan suave y gentil con su palma que cubre todo el vientre del chico. Aaron siente que está mareándose, porque le gusta demasiado cómo es Samuel últimamente y eso es peligroso. Debería odiarlo, por su propio bien.

Aaron niega y dice:

—¿Puedo cocinarme yo mismo, amo, por favor? Quiero usar las muletas más e intentar hacer cosas por mí mismo.

—Podrías caerte —gruñe en respuesta, estrechándolo más contra su cuerpo duro y pesado y poco a poco poniéndose encima del chico; los movimientos del vampiro son suaves: atrapa sus muñecas en una mano y las presiona contra el colchón, empuja el cuerpo del chico con su férreo peso y empieza a besar y morder su nuca suavemente mientras lo tiene clavado contra el colchón, totalmente inmóvil y rendido a sus dedos—, no me gusta que hagas cosas peligrosas. Quédate en la cama y sé bueno y obediente para mí. Ayer te caíste usando las muletas, no quiero que vuelva a pasar.

—Amo, por favor —suplica el chico y el agarre en sus muñecas se afirma por unos segundos, volviéndose tan amenazante que el chico siente un pinchazo de dolor y una pizca de miedo. Samuel relaja su agarre, porque aunque no le guste que le lleven la contraria, Aaron lo está haciendo muy delicadamente; además, no quiere herirlo—. Por favor —repite, ahora en un tono más quedo y sumiso—, le prometo que no me haré daño, pero estoy harto de que me mueva usted de un sitio a otro como un muñeco o de… de tener que gatear sobre el suelo como un animal. Es humillante… Mis tobillos están mejor, puedo usar las muletas y moverme por la casa perfectamente, no me caeré. Lo prometo.

Samuel gruñe contra su piel y luego muerde su nuca otra vez, en esta ocasión más fuerte y dejando que sus colmillos crezcan y puncen levemente la piel del chico, arañándola mientras arrastra su mordisco hasta soltar el endeble cuello entre sus fauces. Aaron emite un pequeño quejido y se siente cazado, pero a la vez extraño y acalorado.

Desde que el vínculo se formó o incluso quizá un poco antes de eso, siente que cuando Samuel está siendo controlador, posesivo o dominante, no es el miedo o la preocupación lo único que le hace estremecerse.

—De acuerdo, pero luego, cuando salgamos, vas a ser realmente obediente y vas a dejar tus muletas ahí. Te llevaré en mis brazos, como la bonita propiedad que eres, y pasarás la noche obedientemente sobre mi regazo. ¿Queda claro?

—Mhm… —susurra Aaron, incapaz de hablar.

La voz ronca, el cuerpo grande y pesado del vampiro sobre él, su tono tan duro y comandante, su nuca todavía hormigueando porque el vampiro lo ha marcado con besos violentos y mordiscos.

Samuel sale poco a poco de encima del humano y, para su sorpresa, Aaron se queda bocabajo, respirando con cierta agitación y llenando la habitación del hermoso sonido de sus latidos acelerados.

<<¿Lo he asustado tan fácilmente? Huele… a miedo, sí, pero también a nerviosismo y ¿qué es esta dulzura extraña?>>

—¿A dónde saldremos, amo?

Samuel se aclara la garganta y le responde sobriamente.

—Quiero ir a uno de los locales de Jason, es donde la mayoría de vampiros se juntan en momentos de ocio. Hace mucho que no me dejo ver y es bueno para la imagen de un vampiro tan puro como yo que muestre que no me he convertido en uno de esos antiguos excéntricos que se recluyen en su mansión y se vuelven locos por el peso del tiempo sobre ellos. Sobre todo ahora que Ivthan posiblemente esté jugando a salpicar mi reputación con la mierda que suele soltar por la boca.

Samuel sale de la cama mientras habla y Aaron, aún en ella y aún algo mareado, asiente.

—¿Por qué tanta obsesión con usted, amo? Entiendo que su creador se enamoró de usted de veras mientras usted solo lo engañaba para obtener lo que quería, pero ¿por qué le sigue interesando cuando obviamente usted no le quiere? Podría obtener amor de cualquier lado, menos de alguien que le desprecia tanto como usted le desprecia a él.

Samuel ríe de pronto, una risa llena de genuino entretenimiento.

—No tiene nada que ver con el amor, Aaron, todo lo contrario: me odia. Esta es su venganza. 

—Pero él ya se vengó. —Aaron aprieta los labios con disgusto después de decir eso, recordando la manera en que Samuel lo contó anoche, como si se sacase el corazón del pecho, tan lleno de dolor y agonía.

Ahora, mientras comentan causal, pero delicadamente, esos recuerdos tan sensibles, el vampiro parece incluso nervioso. Es la primera vez que alguien tiene sus peores recuerdos y más íntimos terrores tan a mano que puede juguetear con ellos, tomar un hilo del enorme ovillo que es esa maraña de recuerdos y tirar y tirar para examinarlo.

Eso lo asusta, porque no le ha entregado nunca a nadie nada tan preciado. Pero le tranquiliza, porque es Aaron quien lo tiene en sus manos y el chico está hablándole de forma calmada y cautelosa, escogiendo las palabras adecuadas.

Le alegra tener a alguien con quien hablar cosas que antes solo se quedaban en su cabeza, rondando como un huracán creciendo y creciendo por días.

—¿Por qué conformarse con una vez, cuando puede vengarse por toda la eternidad? Es un hijo de puta ambicioso. 

—No creo que sea odio, amo, ni siquiera es lo contrario al amor. Amar a alguien y despreciarlo con todas tus fuerzas tienen más cosas en común de lo que parecería: ambas implican pensar en alguien con intensidad, tenerle siempre rondándote la cabeza y gobernando tus pensamientos, implican que esa persona es importante, que tiene poder sobre ti. El amor y el odio comparten la misma pasión; no creo que sean opuestos, ni siquiera incompatibles.

Samuel abre los ojos cuando el chico dice eso. Jamás pensó en Ivthan haciendo algo más que detestarlo y, ahora, las palabras de Aaron tienen tanto sentido: la obsesión puede nacer de cualquiera de esos sentimientos, pero definitivamente no nace de la indiferencia. Y eso es verdaderamente lo único incompatible con el amor, la desconsideración e insignificancia más absoluta: que alguien te dé tan igual que tu escaso interés en él no sea suficiente como para alimentar ninguna clase de sentimiento.

El amor y el odio florecen, como las rosas y sus espinas, pero la indiferencia es el simple marchitarse.

Ahora que lo piensa, de hecho, tiene sentido que el amor y el odio sean cercanos, lo suficiente como para tocarse en algún punto donde el límite no está delimitado y donde nadie sea capaz de señalar dónde empieza uno y dónde acaba el otro.

Esa tierra intermedia y peligrosa, ahí es exactamente donde Samuel sabe que está su corazón: pues un vampiro no puede amar sin una pizca de maldad en él, no puede amar sin querer consumir a su ser amado. ¿Y qué es, sino odio, el deseo de destruir algo por encima de cualquier otra cosa?

—No sé qué sería más espantoso, si su amor o su odio. Al menos, cuando él odia a alguien, le da el descanso de la muerte, pero… Ser amado por un vampiro tan puro, por él, especialmente, es de las peores torturas.

Aaron se queda extrañado, pues Samuel, tras pensar en voz alta, abandona la habitación con una expresión turbada. Una vez a solas, Aaron respira despacio y trata de calmar el galopante corazón que tira de las riendas con fiereza en su pecho, pues no es solo el pecaminoso calor que ha sentido esta mañana lo que lo altera ahora, sino también la intensidad de la conversación que acaban de tener. Las implicaciones.

<<Si el amor de un vampiro tan puro es tortura, ¿qué es entonces el amor que Samuel siente por mí? ¿En qué se convertirá cuando su paciencia se agote y sus deseos crezcan? Estoy experimentando la delicadeza que el amor despierta en él, y me gusta, me gusta mucho, pero ¿qué hay de la pasión? Temo que se sienta como el infierno>>

Aaron no tiene tiempo de cavilar mucho: un tirón incómodo y hormigueante en su ingle lo distrae y es que quizá su mente quiere divagar entre preguntas hipotéticas, pero su cuerpo le recuerda que hay asuntos aquí, en la realidad, que exigen su atención inmediata.

Aaron siente su sexo pulsando de deseo, endureciéndose ante el roce de las sábanas cuando estas le recuerdan la suavidad de las palmas de Samuel. El chico toma sus muletas y llega al baño rápidamente, donde cierra la puerta, se desnuda y contempla la idea de quitarse el anillo y ser desobediente por más segundos de lo que le conviene, hasta que finalmente decide hacer lo más prudente: tomar una ducha relajante y poner el agua fría como el hielo los últimos segundos, para enfriar todas las cosas raras que arden en él últimamente.

Aaron logra amansar su propio cuerpo de esa forma, pero sigue notando la insatisfacción dar vueltas en su interior y es incómoda, como un picor que uno jamás alcanza a rascarse.

Trata de ignorarlo lo mejor que puede y lo logra, pues su felicidad por volver a andar logra opacar casi todo lo demás. Aaron se agarra muy fuerte a las muletas y deja poquito peso sobre sus doloridos tobillos, pero a veces se fuerza un poco más de lo usual y trata de ensanchar sus límites aflojando su agarre y andando de forma en que las muletas solo lo asisten cuando duele demasiado. Los tobillos le laten y le arden, pero logra caminar unos cuantos pasos sosteniendo él solo casi todo su peso y eso le hace sentirse realmente orgulloso.

Para cocinarse un desayuno, necesita sentarse y cortar y saltear los alimentos mientras está en la silla, pero ese avance ya es mucho mejor que nada. Come mirando por la ventana y viendo lo hermoso que es el jardín de la morada de Samuel cuando la luna está llena y lo baña todo con su luz tenue y clara. Suspira, imaginándose andando por ese jardín y más allá de él, sin muletas ni dolor, sencillamente teniendo la libertad de poder levantarse y alejarse hacia el horizonte, respirar aire fresco y divagar sin rumbo.

No echa de menos la soledad de su pasado, pero sí la libertad de poder ir a dónde quisiera. Incluso si el mundo estaba en ruinas, se sentía, en cierto modo, como si todo él fuera suyo para explorar y descubrir. Ahora, incluso si odia la idea de que Samuel lo vuelva a llevar a otra reunión de bebedores de sangre, debe admitir que está un poco emocionado por salir.

El chico sube las escaleras de nuevo, haciéndolo muy despacio y con cuidado de no caerse. A veces, cuando pierde el equilibrio, apoya con fuerza sus pies descalzos contra el suelo y, a pesar del dolor, la sensación de estabilidad le hace sentir tan bien que deja caer un par de lágrimas antes de seguir. Es como recuperar un pedacito de él y le cuesta creer que tenga que estar luchando con garras y dientes para que se le devuelva algo que siempre dio tan por sentado, pero se centra no en la tragedia de haber perdido algo que pensó tan suyo, sino en la victoria de estar recuperándolo.

Cuando llega al piso de arriba, halla algo que le sorprende: el despacho de Samuel, siempre cerrado a cal y canto, ahora tiene la puerta abierta. El vampiro lo mira desde dentro, desde el escritorio, con ojos cálidos, pero inquietantemente rojos y hambrientos, como siempre lo son, y hace un gesto con su dedo para indicarle al chico que se acerque.

Aaron lo hace y, tan pronto entra en el despacho de su amo siente sus manos temblar un poco y su corazón acelerándose. El cuadro grande, pero siempre oculto contra la pared que tanto le llamaba la atención desde el inicio en esa sala, ya no está; ha sido convertido no ya en arte, como una vez fue, no en un recuerdo o un secreto, sino en un arma. Ha visto la estaca hoy mismo, sobre el buró junto a su lado de la cama, pero lo ha ignorado, porque aún siente escalofríos recordando todo; recordando la triste historia de Samuel, pero también ese breve instante en que se cambiaron los papeles y el vampiro se arrodilló ante él, paciente y patético, aguardando su decisión y él, vuelto tirano, gozó de la sensación de tener la vida de otra criatura en sus manos.

El poder le ardía en las venas como sangre volviéndose magma y, por primera vez en mucho tiempo, las manos no le temblaron. Pero ahora lo hacen cuando lo recuerda.

Del mismo modo, la sangre ha sido limpiada de la pared, pero aún hay en ella una brecha ahí donde Samuel lo empujó y casi rompe su cabeza irreversiblemente.

Aaron traga saliva mirando fijamente ese punto, recordando lo indefenso que se sintió y sabiendo que si ahora tiene poder sobre Samuel es porque el vampiro así lo quiere. De desear lo contrario, podría arrebatarle hasta la capacidad de pensar, de soñar, de decidir.

Aaron no se da cuenta de que se ha quedado parado en medio de la sala como un pasmarote hasta que Samuel se levanta y se acerca a él, deslizando una de sus manos por su espalda baja y empujándolo suavemente hasta que sigue avanzando hacia el escritorio de roble oscuro. Mientras el vampiro lo conduce con cuidado, a su lado, Aaron se fija en que este se ha vestido y tiene ahora un aspecto elegante y exquisito.

Samuel viste una camisa blanca ceñida con botones carmesí en los puños doblados de esta y, sobre esa pieza de ropa, un chaleco gótico con un escote en forma de v y dos hileras de botones azabache y una tela roja oscuro que brilla, pero que está bordada con un filo hilo negro mate que traza figuras de flores, enredaderas y tallos espinosos y llenos de delicadas hojas; la prenda es apretada y resalta su espalda ancha y su cintura estrecha, aunque fuerte. La corbata que lleva, sobre la camisa, pero bajo el chaleco, es negra como la noche, el mismo color que los pantalones de traje del vampiro y que sus brillantes zapatos.

—¿Te duelen mucho, mi arrocito?

Aaron se sonroja al oír ese mote. Es tan tierno y especial que no puede pensar ni hablar bien cuando el vampiro se lo dice.

Samuel sienta al chico sobre su escritorio y él vuelve a acomodarse sobre su silla, frente al humano. Toma una de sus piernas con delicadeza entre sus manos y remanga sus pantalones poco a poco, revelando los tobillos pálidos salpicados del color rosado propio de una cicatriz antigua.

—No demasiado, amo, hoy he logrado dar unos pasos sin usar siquiera las muletas.

—¿No estarás forzándote demasiado? —le pregunta con un tono acusatorio y peligroso mientras sostiene uno de sus tobillos en sus grandes manos y lo palpa con firmeza, sintiendo la ternura de la zona que aún está por curar. Aaron salta un poco en su sitio y hace algún que otro ruido de incomodidad. Trata de serenarse, pero no puede evitar recordar cómo esas mismas manos lo sostuvieron mientras arrancaban su carne en ese mismo lugar con la facilidad con la que uno arrancaría unas molestas zarzas en su jardín—. Apenas estoy tocándote y no paras de temblar. ¿Y si lo has empeorado? Te he dicho que no hicieses nada peligroso, humano. ¿Acaso no sabes obedecer?

Aaron traga saliva por el tono severo del vampiro y, con la boca seca como el desierto, trata de responder tan honesta y educadamente como puede.

—E-estoy temblando porque estoy asustado, amo. No me duele tanto, lo prometo.

Samuel aprieta los labios y lo mira con los ojos entornados, sin decir nada. Baja la vista a los tobillos del chico de nuevo y ahora, mientras los sostiene, de uno en uno, con una sola de sus manos y los aprieta para comprobar si la piel, músculo y tendones siguen tiernos o si han logrado ganar algo más de firmeza, también usa su otra mano para acariciar la pierna del chico, relajándolo hasta que sus temblores se suavizan un poco.

—¿Me temes mucho, Aaron? —pregunta Samuel y lo hace en un tono extraño, tranquilo y sensato, pero con una sonrisa tristona en su rostro.

—Claro que sí, señor.

Samuel hace al chico mover su articulación de varias formas: sostiene su pantorrilla de manera horizontal y, tomando el pie del chico por su empeine, hace que lo ponga en punta, como una bailarina, y luego que aplane la suela como si estuviese pisando el suelo. Después lo toma por la suela y hace que Aaron trace pequeños y lentos círculos con su pie. El movimiento es repetitivo, fluido y Samuel es muy suave al manejar esa herida parte del humano; aun así, Aaron nota algún que otro pinchazo y, en las posiciones tensas, como cuando pone su pie en punta o cuando está rotándolo, nota el incómodo tirón de sus músculos advirtiéndole que no está pasando nada aún, pero si el vampiro aplicase solo un poco más de su fuerza y empujase un poquito más lejos, Aaron se rompería de nuevo con un chasquido y esta vez, quizá para siempre.

Una gotita de sudor resbala por la sien del chico cuando dice:

—Usted es una criatura tan poderosa y cruel que durante siglos los humanos no lo creímos posible fuera de nuestras pesadillas e historias de terror y yo… —traga saliva— Soy solo su alimento, ¿cómo podría no tenerle miedo? Sé de lo que es capaz o, bueno, al menos sé una parte de ello; lo siento si eso le ofende, pero no puedo olvidar…

—No me ofende, no te apures —responde Samuel y una risa atractiva y agradable acompaña sus palabras. Suena tan sensible ahora, que Aaron sentiría mariposas en el estómago si en él no tuviese ya un nudo de puro nerviosismo—. Serías un insensato si no me tuvieses miedo, Aaron, y debo admitir que una parte de mí se enorgullece de saber el terror que causo. Es parte de mi naturaleza adorar la sensación de tener poder sobre alguien, adorar el aroma dulce y empalagoso del miedo. Aun así, me gustaría poder hacer que estuvieses más cómodo conmigo, poder invocar en ti una chispa de miedo cuando yo lo desee o cuando me sea… conveniente, pero también poder tenerte cerca en muchas otras ocasiones sin que veas mi presencia como algo solo aterrador.

—Estoy más cómodo que antes con usted, señor —confiesa Aaron y Samuel sube su vista por un momento, como queriendo comprobar que no hay signo alguno de burla en el rostro de su humano. En efecto, no lo hay, pero sí dos grandes manchas de rubor en las mejillas del humano—. Me gusta hablar con usted y me gusta cuando me acaricia o cuando me toca de… ah —Aaron jadea un segundo y luego se tapa la cara con las manos, muerto de vergüenza, mientras una risa torpona escapa de sus labios—. Bueno, eso ha dolido, pero le prometo que me gusta mucho lo suave que es últimamente. ¡Ay! Eso ha d-dolido un poco también, amo.

—Te prometo que luego se sentirá mejor; Jason me dijo que hiciera esto —su voz es tranquilizadora, aunque sus manos continúan moviendo los tobillos del chico. Aaron hace ruiditos de incomodidad, pero Samuel no está haciéndole tanto daño como para que le pida que se detenga—. Así mejorará tu circulación sanguínea en los tobillos y también el tono muscular, la elasticidad de tus tendones y la movilidad de la articulación.

Aaron asiente y se queda todo lo quieto y callado que puede mientras Samuel continúa. 

Debe admitir que hay algo maravilloso en la forma en que Samuel deja sus piernas sobre su regazo con mucho cuidado, luego toma una, sube el pantalón, lo acaricia hasta relajarlo y dejarlo suave y maleable y entonces lo toma por su piececito con su gran mano y lo mueve con precisión, para que la zona arda y duela un poquito, pero sin hacerle sufrir de veras. Hay cierta adoración en la manera en que lo hace.

—¿Cuánto me odias, Aaron?

Samuel hace esa pregunta con una voz tan sedosa y tranquila, en medio de esa silenciosa burbuja de calma y cuidados, que Aaron cree que no ha oído bien las palabras del vampiro hasta que pasan unos segundos y comprende que sí lo ha hecho.

Se atraganta con su propia saliva, tosiendo un poco como si acaso así pudiese sacar de dentro suyo una respuesta correcta, porque ¿qué diablos se supone que tiene que decir a eso? Samuel odia las mentiras, pero también odiará la verdad. Aunque, sinceramente, Aaron tampoco está seguro de cuál es la verdad. No mucho tiempo atrás, lo habría tenido tan claro como tuvo claro aquella fatídica noche que odiaba su vida más de lo que temía a la muerte, pero ahora todo es tan nuevo, extraño y confuso que sus sentimientos se han enmarañado y él no es suficientemente hábil como para desenredar el lío que tiene en la cabeza.

—No voy a enfadarme, mi arrocito, no pasa nada. Te he hecho cosas odiosas, es normal que me detestes.

Aaron respira hondo, pero tembloroso. Sabe que tiene que responder Y sabe que el vampiro está pidiéndole honestidad y diciéndole que no le pasará nada por ella, pero Samuel es volátil e irracional, lo sabe muy bien. ¿Y si despierta sentimientos que el vampiro no había anticipado que fuesen tan fuertes y no los puede controlar? Imagina las manos que ahora sostienen y miman su tobillo tensándose, agarrotándose y rompiéndoselo.

Aun así, traga saliva y se arma de valor:

—Cuando me golpeaba y cuando me hirió de aquellas formas tan horribles, le odié a usted tanto como me odié a mí después. Creo que nunca había odiado tanto en mi vida, pensé que el odio me mataría, me envenenaría por dentro, era una emoción tan clara e innegable. Ahora no sé bien lo que siento y, sea lo que sea, es algo más tranquilo, pero más incierto y eso me da un poco de miedo. Le odio cuando recuerdo lo que pasó y odio, al menos, esa parte de usted que le hace ser tan terriblemente cruel, pero no sé si le odio del todo, no sé si puedo, sobre todo cuando a veces es tan amable que casi me convence de que usted y aquel monstruo que me ultrajó son personas totalmente distintas.

Samuel baja ambas piernas del chico y desdobla las orillas del pantalón, el cual le había remangado. Alza su rostro, mirándolo ahora a los ojos y haciendo al muchacho temeroso bajar los suyos y sentir su valentía, hasta ahora insólita, esfumarse como humo al viento. Toma a Aaron de la cintura, acercándolo un poco a él, rozando con su nariz larga y recta la de él, que es pequeña, respingona y redonda como un botoncito arrebolado en medio de su suave cara. 

Mientras mueve su nariz contra la del chico, como negando con la cabeza, nota al muchacho temblar por algo distinto al pequeño miedo que su cercanía inspira. Lo nota tensarse y ponerse nervioso, removerse porque ese beso de esquimal es demasiado tierno para la dura conversación que están teniendo.

—Incluso odiándome eres tan amable y tierno. Tu odio es mil veces más dulce que el amor de una criatura como yo. Joder, Aaron —suspira, entre frustrado y maravillado por ese pequeño regalo que el cielo debe haberle mandado por error—, eres tan perfecto que quiero ocultarte del mundo y que seas solo para mí. Todo tú. Que nadie pueda siquiera mirarte.

Aaron se siente abrumado por la intensidad de las palabras de su amo y una pequeña risa nerviosa escapa de sus labios. El vampiro ha dejado de mover su cabeza de derecha a izquierda y ahora está quieto, con su rostro tan cerca del del humano que sus narices siguen rozándose y sus alientos se entremezclan como lo harían sus labios en un beso.

—P-pensé que íbamos a salir hoy ¿Cómo planea hacer que nadie pueda mirarme, amo? —bromea un poco y Samuel ríe dulcemente tan cerca de sus labios que casi puede sentir las vibraciones de esa voz ronca contra su boca.

—Quizá debería cancelar el plan y pasar la noche entera comiéndote con la mirada o… quién sabe, quizá pueda probarte con mis propios labios. ¿Qué te parece eso, cosita?

—M-me gustaría salir, llevo tanto tiempo encerrado. Me asusta cuando estoy cerca de otros vampiros, pero me emociona mucho poder volver afuera de nuevo, por favor.

—Hm, tienes razón, te he sacado pocas veces y… con finales desastrosos —se lamenta—. Quizá pueda hacer que hoy sea una buena noche. Venga, ven, deberías vestirte apropiadamente.

—Usted ya está vestido, supongo. Luce muy bien, amo. —murmura el chico, mirando de arriba abajo al nombrado y contemplando con adoración y respeto como las elegantes prendas le quedan como anillo al dedo sobre su cuerpo trabajado y alto.

Samuel finge no haber escuchado ese inocente halago, pues le avergüenza demasiado que con tan simples palabras el humano ya lo tenga lleno de revoloteos y mariposas en su estómago. Está acostumbrado a ser tratado como un dios incluso por sus congéneres. ¿Por qué debería ponerse nervioso solo porque un mero humano le ha hecho un cumplido tan simple? 

Samuel tiene el impulso de tomar al chico en brazos, pero cuando lo ve tomar sus muletas, se detiene a sí mismo y le da al muchacho la libertad de andar con ellas, pese a que realmente preferiría llevar al chico consigo. Durante el corto camino a través del pasillo y hacia su dormitorio, Aaron se desplaza con cierta agilidad, aunque hace alguna que otra mueca con su rostro cuando pisa el suelo con más confianza de la que se puede permitir.

Al llegar a la habitación, el chico se sienta en la cama dócilmente y deja las muletas a un lado mientras espera a que Samuel escoja para él el atuendo que más le guste. Aaron se pregunta si podría elegir él mismo su propia ropa en vez de ser vestido por su amo como un muñequito, pero no llega a decir nada al respecto porque hay algo que le resulta agradable en su amo arreglándolo de ese modo: peinándolo con las manos, alisándole las arrugas de la camiseta, abotonándosela, ajustándole la pajarita… Se siente demasiado cuidado como para echarlo a perder, así que se mantiene silencioso y paciente mientras balancea sus pies en la orilla de la cama.

Samuel revuelve varios cajones y abre y cierra diversas puertas de su larguísimo armario al fondo de la habitación hasta dar con las prendas perfectas. Las deja en la cama, dobladas pulcramente al lado de Aaron y, antes de que este tenga tiempo a tomarlas o a deshacerse él mismo de su ropa, Samuel se agacha, hincando una rodilla en el suelo para estar a la misma altura del humano, y empieza a desabotonar la camisa blanca que lleva.

Aaron juega con sus manos sobre su regazo, ciertamente nervioso. Samuel solo está cambiándolo de ropa, pero eso no significa que no esté desnudándolo primero y, más específicamente, desnudándolo sobre la cama. Aaron se esfuerza en empujar varios recuerdos horribles a un lado y repetirse, como un mantra, que todo estará bien ahora, porque es la misma habitación y la misma cama, pero no el mismo Samuel. Además de miedo, el chico siente otra emoción que lo recorre como electricidad y hace cosquillear su piel a su paso, logrando que los vellos de su nuca se ericen cuando Samuel roza su piel y que él tenga que pasarse la cálida palma de la mano por el lugar para que no le den demasiados escalofríos.

Cuando lo hace, sus dedos siempre chocan torpemente con el collar de hierro que porta en su cuello.

—¿Estás bien?

Aaron casi no puede responder, porque Samuel ha acabado de desabotonar su camisa y ahora la desliza tan despacio por sus hombros… Por cada centímetro de piel que se desnuda, las cálidas palmas de sus manos lo visitan, deslizándose por él, retirándole la ropa y llenándolo de un hormigueo extraño. La caricia baja poco a poco por sus brazos, tan pequeños que Samuel puede rodear sin problema la circunferencia de su bíceps duro, pero no demasiado marcado.

El pecho de Aaron queda totalmente desnudo y Samuel le quita poco a poco la camisa al chico y la deja a un lado. Sus ojos no se separan de su cuello, su pecho, su abdomen. El vampiro se muerde el labio y lo hace duro, porque no tiene otra forma de distraerse de la imperiosa necesidad de hundir sus dientes en esa carne tierna, suave y pálida que parece estar rogando por una marca más.

Se inclina levemente hacia el pecho del chico, sus labios suspirando cálidamente sobre sus notorias clavículas, y puede ver cómo a Aaron se le hunde el estómago, oír cómo se le acelera el corazón en el pecho.

El chico se inclina hacia atrás, como asustado por el inminente contacto, pero Samuel lo toma de la cintura muy suavemente, dedos sedosos y sutiles como una caricia, y lo acerca más a sí mismo. Deja un casto beso en la parte baja de su cuello, ese delicioso hueco donde las clavículas están a punto de tocarse la una a la otra, pero no lo hacen.

Lo nota tragar saliva contra sus labios y, después, da un beso un poco más arriba, justo en su garganta, sobre la temblorosa manzana de Adán en ella. Otro beso, ligeramente más arriba y hacia el lado, hacia la curva deliciosa de su cuello: sobre la marca de propiedad que arde como fuego cada vez que posa sus labios tórridos en ella. Ahí lo besa un par de veces más, todas lentas y agradables, besos tan pequeños y superfluos que nada se oye en esa habitación más que un silencio lleno de tensión, la respiración entrecortada de Aaron y el levísimo sonido blando y húmedo que hacen los labios del vampiro cuando conectan con la piel del humano y luego se separan.

Lo besa en el huequito sensible bajo su oído y, después, en el lóbulo de su oreja, y eso le provoca al chico un escalofrío tan grande que sus manos grandes y firmes deben enderezar al humano para evitar que se derrita entre ellas.

—Si otro vampiro te mira hoy, bajarás tu vista y harás como si no existiese. Si otro vampiro te habla hoy, cerrarás tu boca y guardarás tu voz solo para mí, pues yo responderé por ti. Si otro vampiro te toca hoy, me avisarás y luego cerrarás tus bonitos ojos, porque no quiero que veas lo que haré con él. ¿De acuerdo?

Aaron aprieta sus piernas y sus puños con fuerza porque la voz de Samuel es lenta, ronca y baja y se siente como agua humeante bajando desde su boca de afilados colmillos hasta el más recóndito rincón de su piel, lamiendo todo su cuerpo, dejándolo sensible y maleable.

—S-sí, amo.

Samuel sonríe, lo sabe porque nota sus labios curvándose mientras los tiene contra su piel, porque nota los colmillos fríos contra ella.

—Dime por qué lo harás, Aaroncito.

Las mejillas del humano se colorean, no solo por la orden ni siquiera solo por el tono susurrante y seductor que usa el vampiro para hablarle al oído, sino porque, mientras lo hace, Samuel ha tomado el botón de su pantaloncito color crema y lo desabrocha tortuosamente despacio.

Sus manos hábiles bajando la cremallera de la bragueta también, y Aaron siente al vampiro rugir bajo en su oído, frustrado, porque cuando empieza a bajarle los pantalones, descubre que el chico se ha puesto ropa interior.

Aaron se siente de pronto desobediente y avergonzado, porque sabe que debe hallarse siempre disponible para su amo y dios, le gustaría ahora estarlo, le gustaría que esas manos grandes y cálidas y tan malditamente expertas no estuviesen jugando con el elástico de su ropa interior, sino retirando muy delicadamente el estúpido anillo metálico que le aprieta demasiado.

Pero no lo hacen, no lo desnudan del todo y Aaron comprende que quizá Samuel iba a jugar con él hoy, pero que si no lo hace no es porque no lo desee -el deseo es evidente en su mirada roja, sus colmillos largos, en la forma en que respira en su oído con pequeños gruñidos y esa deleitosa voz grave dándole órdenes-, sino porque ese es su castigo.

—P-porque soy suyo, amo. —responde finalmente el chico y Samuel besa su cuello de nuevo, recompensándolo por reconocer su lugar. Esta vez, sin embargo, el beso no tiene la inocencia y la sutileza de los anteriores: cierra sus labios en torno a la marca del mordisco y la lengua larga y lúbrica lame su piel sensible y dolorida. Aún tiene ahí un chupetón de la noche anterior, cuando Samuel creyó que el chico quería ser mordido, y esa lengua fresca y húmeda se siente tan bien sobre la ardiente zona.

Aaron gimotea y arquea su espalda, levanta un poco sus caderas sin querer, buscando esa mano que solo atiende a su estúpida ropa, pero la mano desaparece y Samuel se aleja poco a poco de su cuello, mirándolo con una sonrisa arrogante que desvela que ha logrado exactamente lo que quería: convertir a Aaron en un lío necesitado y hermoso.

Samuel baja sus ojos sin pudor alguno por el torso desnudo del chico, deteniéndose antes en la húmeda marca de su beso, y luego mira descaradamente la manera en que la ropa interior de Aaron aprieta contra su erección y empieza a humedecerse.

Cuando Aaron ve al vampiro mirándolo con diversión, se siente tan abochornado que quiere llorar, pues sabe que si el vampiro lo ignora ahora se sentirá terriblemente frustrado, pues no puede hallar liberación si no es con su permiso, pero sabe también que si sus pecaminosas y culposas fantasías se tornan realidad y Samuel lo toca, una oleada de miedos, inseguridades y malos recuerdos lo ahogará y se pondrá a llorar e hiperventilar ahí mismo.

Quiere ser tocado. Pero no está listo para ser tocado.

Una mano lo sostiene con fuerza de la cintura, manteniéndolo quieto, dócil y disponible. La otra aprieta su tierno y delgado muslo, abriéndole ligeramente las piernas y dándole a Samuel unas mejores vistas de esa excitación de la que él tanto se enorgullece de haber causado, pero que le provoca al chico semejante pudor como para estar todo ruborizado y alterado.

Su mano sube más y más, peligrosamente cerca de su necesitada intimidad, y Aaron jadea en alto, alterado y rápidamente llevando sus manos a la gruesa muñeca del vampiro. No lo apartan, de hecho, sus manos no hacen la más mínima fuerza contra el vampiro, pues temen desafiarlo, pero sí se posan temblorosas sobre su piel con súplica.

—No voy a tocarte, Aaron, está bien —lo tranquiliza su amo y el muchacho, aun así, mantiene sus manos en ese lugar, no con afán de detenerlo ya, sino porque necesita sostenerse en algún lugar o caerá, tiene que caer, si no, ¿de dónde viene esa vertiginosa sensación en su vientre bajo?—, pero —Samuel sonríe, ahora con una lascivia propia de un travieso diablo y sus ojos relucen como gemas antes de que vuelva a inclinarse sobre el chico, sobre su cuello, sobre su marca. La besa y lame, haciendo a Aaron notar el tirón del vínculo dentro de sí, el deseo volviéndose más fuerte y la necesidad de placer convirtiéndose ahora en algo que solo apunta hacia su amo— si algún día me lo pides, te daré tanto placer que olvidarás tu propio nombre. Con mis manos, con mi boca, con cualquier lugar de mí que te haga suspirar y gemir. Me detendré si lo ruegas, pero, créeme, no querrás que me detenga.

Las palabras de Samuel son intoxicantes, como una droga que no logra salir del sistema de Aaron. Le rondan la cabeza, le cosquillean bajo la piel, le hacen sentir calor en sus entrañas si ahí estuviese el infierno. Y, aunque dejan al chico respirando rápido, sonrojado hasta las orejas -incluso Aaron teme que su cabello haya cambiado de color, de negro azabache a rojo tomate- y con el cuerpo tembloroso, que se siente como si sus huesos fuesen gelatina, Samuel es capaz de decirlas y seguir actuando con total normalidad.

De hecho, el vampiro ahora sonríe con fingida inocencia mientras le coloca a Aaron unos pantalones de satín brillante y delgado, color rosa bebé, que se sienten como la caricia de una pluma sobre sus débiles piernas. Los ata con un cordelito de oro blanco alrededor de sus caderas, anudándolo con cuidado y luego recorriéndolo con el índice, como a punto de tocar la piel del chico, pero sin llegar a hacerlo, insinuando solo una caricia alrededor de la delgadez de su cuerpo.

Luego le pone unos calcetines blancos con hermosos bordados de flores en los extremos y unos zapatos Mary Jane color crema que se anudan en sus finos tobillos, haciendo que sus piernas luzcan deliciosamente elegantes. 

Para cuando Samuel termina de ponerle el calzado, Aaron ya ha logrado tranquilizarse un poco, pues se distrae viendo con fascinación cómo su amo lo mima vistiéndolo de ese modo tan cuidadoso. Aun así, cuando piensa en sus palabras, se le seca la boca y se le llena la cabeza de una extraña bruma.

Aaron se sorprende cuando el vampiro, en lugar de sostener en sus manos una camisa, pinza entre sus índices y sus pulgares un corsé. La prenda es hermosa, pero aún más femenina que el resto de ropa que el chico ha llevado hasta ahora y se siente un poco extraño por ello. Aun así, no puede evitar admirar el detalle de esa pieza: el corsé es de base blanca, con bordados de color rosa y amarillo pastel, lo cual hace que el atuendo recuerde a una deliciosa tartita de fresas y limón; los bordados forman dibujos intrincados y de exquisito detalle, todos ellos flores, ramos o enredaderas hermosas revestidas de hojas que se curvan en la zona más estrecha de la cintura, acentuando la silueta curvilínea de la prenda. En la parte de arriba, la prenda tiene pequeños pompones blancos y suaves, hechos de pluma, y de la parte baja cuelga una fina liga de satín rosado que es la que sirve para anudar el corsé a la espalda y estrecharlo contra la figura de su portador.

Aaron no rechista mientras Samuel se lo coloca, pero siente algo extraño y hormigueante cuando el vampiro, en silencio, se sienta detrás de él en la cama y empieza a tirar del hilo rosa, apretando el corsé a su alrededor. Cada pequeño tirón hace que la firme prenda abrace con más fuerza a Aaron, primero en sus costillas, luego en su estrecha cintura y finalmente en la parte baja de su abdomen, casi en sus caderas.

Samuel podría dar un tirón rápido y violento y ponerle la prenda en un periquete, apretando a Aaron incómodamente en el corsé y arrancándole el aire de sus pulmones de golpe. 

Pero no hace eso.

Samuel se toma su tiempo y el proceso se siente tan íntimo y bonito que Aaron ha decidido que quiere llevar más ropa como esa si, con eso, logrará que Samuel pase un cuarto de hora entero ajustando su ropa, poniendo sus manos en su cintura y su pecho y sus caderas y diciendo todo el rato cosas como “¿Te aprieta demasiado?”, “¿Estás cómodo, Aaroncito?”, “Respira hondo por mí, así es, buen chico. ¿Debería apretarlo más?”, con su voz ronca y tranquila.

Cuando Samuel lo toma por la cintura a través del corsé para mantenerlo quieto o para comprobar si aprieta o no o simplemente porque la pieza de su ropa ha resaltado su figura y ahora luce aún más diminuto en sus manos, el chico da un repullo: no esperó que el contacto se sintiese tan piel con piel incluso cuando no lo es.

—Estás precioso. —susurra en su oído mientras hábilmente anuda un lacito en su espalda para terminar de decorar el atuendo.

El gran espejo de cuerpo entero que Samuel tiene en la habitación le permite a Aaron lanzar una mirada y comprobar que su aspecto es tan irreal que casi parece un adorno de porcelana: los colores suaves y pastel casan con su piel totalmente, resaltando su perfección lampiña y suave y también destacando la marca y el collar en su cuello. El corsé hace casi desaparecer su delgada cintura y la mitad de su pecho, sus clavículas y sus hombros quedan al descubierto de una manera insinuante, que parece invitar a la mirada a querer descubrir más del chico, a tirar del lacito en su espalda y desenvolverlo como un regalo.

—La cosa más bonita que todas las personas que se crucen con nosotros hoy van a tener el placer de contemplar en toda su eternidad. —añade, con una sonrisa enorme en su rostro y sus ojos buscando al chico en el espejo porque no parecen capaces de despegarse de él.

—Gracias por halagarme, amo. —le responde el otro mirando al suelo y balanceando sus pies para distraerse un poco.

Está nervioso y el lazo le permite a Samuel sentir la inseguridad del pobre chico que, cuanto más se acerca la hora de irse, más siente que su ilusión se transforma en miedo. Samuel alarga una de sus manos para alborotar los cabellos de Aaron, acariciándoselos como a él le gustan. El chico hace un ruidito de placer y echa su cabeza hacia atrás, buscando más caricias.

—Y gracias por esto, p-por tranquilizarme así, me hace sentir tan bien… Ah, gracias, estoy muy preocupado y… Ah, digo tonterías, g-gracias, Sami… ¡Amo! Q-quería decir… gracias, amo, no sé qué me ha… Lo siento, lo siento mucho…

Samuel se queda congelado un segundo cuando escucha cómo ese mote tan malditamente adorable escapa de los labios de su Aaroncito. Él está acostumbrado a ser llamado amo o señor por cualquier humano que tenga el privilegio de dirigirle la palabra y, en cuanto a vampiros, “Señor Hass” es la opción más apropiada de aquellos que no gozan de su amistad o cercanía. Es llamado Samuel, de forma sobria y elegante, por sus iguales; Sam, por Jason, en su tono siempre jovial; y Samu, por la voz animada y pueril de Charlotte. Ivthan, con su sucia boca, ha ensuciado esa palabra que hace tantos años que no oía de una boca inocente que había olvidado cómo se sentía.

Sami.

La primera persona en llamárselo está ahora muerta y tuvo los mismos ojos que Aaron, el mismo amor dulce como la miel en sus labios. Y luego Ivthan lo envenenó, corrompió esa palabra y la tornó una burla, una daga que arrojarle cada vez que quisiera alcanzarle el corazón.

Pero ahora los labios de Aaron no están disparando esa palabra como una bala, están regalándosela, pronunciándola con una sinceridad y una ingenuidad tales, que es como si la escuchase por primera vez de nuevo.

Porque nunca unas tontas letras han logrado sentirse tan bonitas.

Samuel casi se asusta, pensando que su corazón ha vuelto a latir y que algo falla en su organismo, pero se da cuenta de que sencillamente todo su interior es un huracán de sentimientos que han despertado por ver al chico así, tan cómodo que se deshace en sus manos y que su lengua ya no cumple sus órdenes, sino que se desata para hablarle dulcemente de una forma en que solo los amantes se comunican entre ellos, tan hermoso, con su pelo alborotado y sus mejillas de fresa, sus labios nerviosos mordisqueados y sus pestañas batiéndose rápido.

—Está bien, arrocito, no pasa nada. —le dice, sonriendo sin poder evitarlo, porque, al fin y al cabo ¿Cómo va a impedirle a Aaron que él le tenga un mote tierno si él mismo llama al chico así día y noche?

Aaron asiente y sella sus labios, entendiendo que el vampiro le ha perdonado ese terrible error solo por ser demasiado adorable. Aun así, sabe que no debería volver a cometerlo, pues su amo es paciente, pero no estúpido, y lo castigará con dureza si él se muestra demasiado laxo alrededor de sus normas.


 

CAPÍTULO 58

Samuel es el centro de todas las miradas, aunque eso no es una novedad. Cada vez que pasea por su zona, puesto que es el vampiro más antiguo, poderoso, puro y cruel, siempre tiene todos los ojos sobre él y cuando devuelve la mirada, los ve caer al suelo con una cantidad de respeto tan grande que roza el miedo. Cuando visita zonas de inferior rango, como aquella donde Jason vive o especialmente donde vive Charlotte, el efecto no hace más que intensificarse: los vampiros más jóvenes y débiles se sienten golpeados por su aura de poder como si alguien les hubiese tomado del hombro para obligarlos a girarse y luego les hubiese volteado la cara de un bofetón, así que es de esperar que se queden boquiabiertos mirando a la criatura que ha causado tal impresión en ellos.

No obstante, lo que sí es nuevo es el hecho de que ahora no lo miran por eso o, al menos, no solo por eso. Su presencia imponente logra atraer las miradas y hacer que muchos se volteen con descaro, pero lo que mantiene tantos ojos en él por más de varios minutos es lo que lleva entre sus brazos: un precioso y perfecto muñequito hecho humano, con la piel pálida y hermosa, los labios y mejillas del color de la mermelada más dulce, los ojitos grandes y brillantes como la luna en el cielo y un atuendo elegante y adorable que no hace sino resaltar su belleza.

Aaron se acurruca en el pecho de Samuel al notar tantos ojos rojos y hambrientos sobre él, recorriéndolo con una lascivia que ni siquiera se molestan en esconder, no hasta que Samuel no les asesta una mirada tan asesina que les hace sentir mortales de nuevo y logra que huyan despavoridos como simples presas humanas.

A pesar de la incomodidad de no poder andar y de ser el centro de atención de criaturas que le ponen los pelos de punta, Aaron logra hallar un poco de satisfacción en el paseo hacia uno de los locales de Jason. Le gusta poder respirar aire fresco y adora la forma en que las ciudades de los vampiros, al ser distintas a las humanas y al ser ellos una raza no demasiado numerosa, están prácticamente vacías: las calles hermosas de losas de piedra, rodeadas por árboles bañados en luz de la luna, son un espectáculo admirable y lucen más mágicas aún en los trechos en los que no se atisba ni un alma.

Aaron sabe que están llegando a su destino, pues se escucha el rumor de una multitud cerca. Cuando Samuel tuerce la esquina, Aaron ve uno de los exitosos locales de sangre de Jason, con su jardín de las maravillas, piscinas fluorescentes con nenúfares gigantes flotando en ellas, dándole el aspecto de un bosque mágico, y luego la entrada a la zona cubierta, donde un hombre trajeado y casi tan grandote como Samuel le pregunta a aquellos que hacen cola si tienen reserva.

Samuel no hace cola y el hombre trajeado tampoco le pregunta si tiene reserva; tan pronto lo ve, le hace una leve reverencia con la cabeza y le abre la puerta, dejándolo pasar frente a todas aquellas otras personas que llevan posiblemente horas esperando su turno. Nadie se queja.

El interior del lugar es enorme y todo está pintado de negro, de modo que pareciera que todos los vampiros en el interior habitan dentro de una sombra. Cuando Aaron alza la cabeza, no puede distinguir dónde está el techo y esa sensación le resulta tan maravillosa como mareante.

Hay mesas en el centro del local y otras más privadas, vampiros charlando, riendo y bebiendo, pero sobre todo, Aaron se fija en los camareros y camareras. Son todos humanos y Aaron siente tantísimas ganas de acercarse a ellos, sentarse en una mesa solo para personas y hablar por horas de cosas que aquellos de ojos rojos no podrían entender jamás.

Pero sabe que no puede hacerlo.

Samuel se sienta en una mesa apartada y solitaria, con Aaron sobre su regazo, pero su intimidad dura aproximadamente diez segundos, que es el tiempo que tardan otros vampiros en acercarse como abejas furiosas al lugar, reclamando atención de un miembro tan distinguido de su raza como Samuel.

—Señor Hass, son usted y su humano un espectáculo para la vista esta noche. —lo halaga un hombre de mediana edad, con un hablar educado, pero nervioso.

Samuel no agradece el halago. ¿Por qué iba a hacerlo, cuando no está siendo regalado nada, sino que más bien el hombre se ha visto en la obligación de decir una innegable verdad?

Samuel sonríe y otros vampiros lo atosigan con más zalamería y peticiones.

—Señor Hass, ¿ha probado usted la nueva colección de humanos del local? Son alimentados con miel y néctar en varias comidas para tener una sangre excepcionalmente empalagosa.

—Estoy servido —responde Samuel y se inclina para dejar un pequeño beso sobre la marca del humano, que se retuerce por la agradable sensación y no puede parar de jugar con sus manos.

—Mi señor, ¿podría hablar con usted? Sé que debo pagar mi deuda hoy, pero…

Los ojos del vampiro se dirigen, afilados, hacia el nuevo interlocutor y de pronto todo el barbullo se acalla de repente.

—¿A qué te dedicabas tú?

—S-soy distribuidor de productos de cuidado y gestión de humanos a negocios de entrenamiento y adiestramiento de mortales.

La mirada de Samuel se suaviza y dice:

—Tienes permitido llamarme hoy, para cuando la noche esté tocando su fin. Hablaremos de tu deuda entonces; ahora, lárgate.

—Muchas gracias, señor Hass. —balbucea apresurado, antes de desaparecer.

Al final, el grupo excesivo de vampiros y vampiresas que rodean la mesa de Samuel como un enjambre de abejas sedientas por su gotita de atención se va disipando a medida que el vampiro responde escuetamente a las peticiones de algunas y luego las manda a dejarlo tranquilo. Al final, quedan solo una vampira y un vampiro que, aunque inferiores a su amo, parecen de suficiente importancia como para no actuar como simples muchachitos emocionados ante su cantante favorito, a diferencia de los demás.

Se sientan frente a Samuel, conversando agradablemente, pero siempre respetuosos con el vampiro rubio.

—Hacía tiempo que no se te veía en público, desde el evento de bienvenida para el nuevo vampiro puro del núcleo de la ciudad —dice la mujer, antes de sostener una copa vacía, chasquear los dedos y tener en menos de un minuto a un humano que se abre la palma de la mano con un cuchillo y deja que la sangre caliente y oscura gotee dentro del recipiente de cristal. La vampira da un sorbo, asiente con la cabeza y el humano es entonces libre de marcharse —, incluso se rumoreaba que eres como los antiguos que, bueno, ya sabes, que han visto sus facultades mentales… Comprometidas por el paso del tiempo.

—El trabajo me ha enloquecido un poco —confiesa entonces, haciendo reír a ambos—, pero nada inusual. He estado algo más ocupado últimamente por eso.

—También para entrenar a tu nueva adquisición, ¿cierto? —pregunta el varón e hinca los codos en la mesa para acercarse un poco más y observar a Aaron de cerca—. Oí que lo luciste durante la fiesta de Ivthan y que se dice que es salvaje. ¿Me equivoco?

—Sí, era salvaje. Pero no ha sido difícil entrenar a alguien de carácter tan obediente, más bien, la dificultad está en domar mis propios instintos cuando le veo. Eso sí que es algo salvaje.

Los comensales ríen y Aaron se remueve un poco en el regazo de Samuel. Le alivia enormemente no tener que hablar ni interaccionar con los demás vampiros, puede simplemente mantener sus labios sellados, sus ojos en el suelo y su espalda pegada al pecho del vampiro mientras este le acaricia la pierna distraídamente con una mano y con la otra rodea su estrechísima cintura. Se siente muy seguro en sus brazos.

Además, le gusta que Samuel le haya llamado obediente, incluso si antaño le habría resultado humillante. La realidad es que está hablando bien de él delante de otros, incluso si bien es un concepto muy extraño cuando se trata de un vampiro describiendo a una presa humana.

—Oh, será obediente ahora, porque oí que en la fiesta pasada hizo un alboroto enorme y tuviste que darle un escarmiento que no se le olvidará jamás. —comenta el vampiro, jocoso y riendo mientras Samuel lo mira con seriedad y la vampira a su lado le da una patadita bajo la mesa.

—Mi dulzura no hizo ningún alboroto y no fue desobediente en absoluto —responde Samuel. Su tono es ronco e intimidante, pero Aaron quiere derretirse por la forma en que lo llama su dulzura, tan firme y a la vez suave, mandando a callar a esos dos vampiros entrometidos por hablar mal de él y, a la par, demostrándoles que, tanto como puede ser duro, también puede ser gentil, pero solo con él—. Lo que sucedió es que calculé mal el aguante de un cuerpo humano: lo llené de alcohol y lo vacié de sangre y, como es normal, el chico estaba torpe y prácticamente delirando.

—Oh, eso tiene más sentido —responde ella de pronto, como queriendo arreglar la situación y suspirando de alivio. Luego, una risa nerviosa escapa de sus labios carmesí y añade—, es que, verá, habíamos oído cosas extrañas e incoherentes respecto a cómo es usted y estábamos extrañados. Habíamos llegado a oír que usted era amable con el humano. ¡Como si fuese su amante!

Ambos vampiros están listos para estallar en risas, pero entonces se quedan pálidos y serios, viendo la mirada de Samuel. El vampiro les observa con desprecio, pero calma, la misma clase de mirada que uno le lanza a un insignificante, pero repugnante insecto antes de aplastarlo bajo su zapato.

Samuel besa un segundo el cuello de Aaron, con una dulzura y delicadeza que esos dos vampiros apenas pueden creer, y luego se inclina sobre la mesa, hacia ellos, y dice:

—¿Algún problema con eso?

Después de hacer la pregunta, Samuel se inclina y besa la mejilla de Aaron con ternura, sonríe también con esa misma calidez con que lo toca y, entonces, mira a los dos vampiros. Sus ojos, sin embargo, no son suaves o adorables, como los gestos que tiene con el mortal: están llenos de desafío.

Ambos vampiros miran la escena anonadados y luego se miran entre ellos como queriendo confirmar que no están locos.

—Mi humano es mío para hacer de él lo que quiera. ¿Acaso no coincidimos todos los vampiros en eso, en que nuestras presas nos pertenecen y nadie debería tratar de dictaminar cómo nosotros debemos decidir gozarlas?

—U-uhm, claro, señor Hass, tiene usted toda la razón. —dice la chica rápidamente, aunque habla atropellada y su lengua parece tropezar en su boca, como si no supiese manejar esas extrañas palabras.

El chico se tensa en su silla y la mira a ella con indignación y sorpresa, luego mira a Samuel, su mirada suavizándose por el respeto y miedo que le tiene, pero sus puños temblando de impotencia cuando dice:

—Pero, señor Hass, aun así hay cosas que son… Extrañas. Inusuales para nuestra raza, ¿usted lo entiende, verdad? Son una perversión de nuestra naturaleza.

Samuel escucha esas palabras con una fingida inocencia que desconcierta a ambos vampiros, incluso ladea su cabeza como un cachorro que escucha una orden desconocida. Luego ríe con su voz ronca y profunda y le sonríe a ese hombre tembloroso e inseguro como si agradeciese su sabiduría.

—Oh, sí, lo entiendo perfectamente. Déjame resolverlo.

Aaron se asusta cuando nota que Samuel lo levanta de su regazo y, por un momento, cree que el empobrecido argumento de ese vampiro ha logrado llegarle a su amo y que ahora mismo lo doblará sobre la mesa y lo golpeará hasta recordarle su lugar, que lo morderá y lo compartirá, como antaño, y que el final de esta noche será uno que ya conoce demasiado bien y que lleva horas repitiéndose que no volverá a pasar.

Suspira con un profundísimo alivio cuando el vampiro sencillamente lo deja sentado sobre el sofá de terciopelo, solo, mientras él se levanta y anda tranquilamente hacia sus dos interlocutores.

Se pone detrás de ellos, con cada una de sus enormes manos abarcando por completo los hombros tensados de los neófitos, que tragan saliva por su cercanía, por la firmeza de su mano y por la extraña sonrisa que el vampiro les regala mientras los mira desde arriba.

—¿Tú también opinas lo mismo, muchacha? —pregunta Samuel sacudiendo un poco el hombro de la joven vampira para llamar su atención.

Su tono es dulce, pero demasiado, empalagoso y venenoso, como el aroma de la fruta podrida. La chica titubea un poco antes de decir:

—Creo que uno d-debería ser capaz de hacer con sus propiedades lo que quiera, sin importar cuán excéntricos sean sus gustos.

Samuel asiente con solemnidad y en silencio y desliza su mano fuera del hombro de la chica en un gesto lento y deliberado, como si estuviese perdonándola, absolviéndola.

Lo siguiente que pasa sucede tan rápido que Aaron primero nota la humedad en su rostro y no es hasta al cabo de unos segundos que entiende que se trata de un salpicón de sangre que le ha cruzado la cara, ha manchado la mesa y hasta ha dejado su marca en la pared.

El humano observa con ojos increíblemente abiertos como su amo sigue parado tras el vampiro que lo ha estado criticando educadamente hace unos minutos. Su mano derecha sigue en su hombro, como queriendo darle apoyo en un gesto amistoso. 

La mano izquierda ha atravesado el respaldo de la silla, la espalda del hombre, sus blandos órganos internos, sus pulmones, sus costillas, su pecho y, finalmente, ha atravesado la camisa del vampiro, de la cual emerge el brazo de su amo, hundido hasta el codo dentro de las vísceras del neófito, alzando su puño enguantado en rojo carmesí y que rodea algo blando, húmedo y brillante.

La sangre ha brotado como un chorro increíblemente potente cuando Samuel ha apuñalado al otro con sus garras y lo ha empalado en su brazo, pero ahora que han pasado unos segundos, el hombre sangra abundantemente, pero sin hacer un estropicio en la mesa o la pared y, sobre todo, sin osar manchar de nuevo la hermosa carita de Aaron, solo derramando su esencia roja sobre el suelo, haciendo que crezca más y más el charco que se forma bajo la mesa, como una alfombra escarlata.

El necio vampiro no ha gritado, no se ha defendido, no ha podido hacer nada más que quedarse paralizado entre las garras de su superior, con el rostro pálido y cubierto de un viscoso y gélido sudor que le hace sentir enfermo, sus músculos atenazados como si fuesen de metal y el dolor recorriéndolo como pura electricidad por todo su cuerpo.

El hombre tiene los ojos enormemente abiertos e inyectados en sangre y la boca cerrada con tal fuerza que su mandíbula se marca exageradamente. Aun así, no se atreve a hacer ni un solo movimiento o sonido.

La vampiresa sentada a su lado, al igual que el resto de vampiros del local que Samuel tiene por seguro que han visto el espectáculo, se mantienen rígidos en su asiento, dejando que un silencio sepulcral lo invada todo y no atreviéndose a interrumpir a la criatura más poderosa del lugar con una estupidez tan grande como levantarse y huir.

Samuel mantiene su sonrisa plácida y amable, ahora con sus colmillos grotescamente grandes y la lengua larga y afilada llegándole a la mejilla para lamer una de las gotitas de sangre de su víctima, probando su dulce cobardía.

—¿Ves como nadie aquí intenta detenerme, como nadie trata de huir y, por supuesto, nadie haría jamás el más mínimo intento de salvar tu patética vida? Eso es lo natural: que los más poderosos hagan aquello que gusten y los débiles sencillamente callen, obedezcan y sean putamente agradecidos cuando tienen delante alguien que podría devorarlos y decide, en lugar de ello, ser magnánimo y dejarlos conservar su vida por un ratito más. Una criatura débil y patética como tú tratando de decirme a mí qué es lo que debería y lo que no debería hacer… Eso sí es algo aberrante, una verdadera perversión de nuestra naturaleza y, como veo que esas cosas te irritan, he decidido hacerte el favor de solucionarlo. ¿No deberías ser agradecido?

El vampiro escucha con atención, pero su rostro pierde cada vez más el color, sus labios quedándose blancos como el marfil, el sudor dándole un aspecto brilloso y sus ojos rodando hacia atrás en sus cuencas como si fuesen a quedársele en blanco y las garras clavándose en los reposabrazos de la silla hasta que se le rompen y astillan, como si luchase por seguir en este mundo.

La sonrisa de Samuel se desdibuja de su rostro y una mueca seria aterradora aparece en él cuando se da cuenta de que su víctima no piensa contestarle, así que aprieta su puño y lo que sea que tiene en él se encoge y sangra a borbotones, llenando torpemente de sangre las copas vacías sobre la mesa.

El hombre, entonces, grita con semejante agonía que la saliva se le escurre de la boca, espuma rosada burbujeando en sus comisuras, su cuerpo contrayéndose por el dolor. Aaron es capaz de ver, a través de la caja torácica abierta, cómo las entrañas del hombre se aprietan contra el antebrazo que las perfora sin piedad, cómo los pulmones rasgados tratan de curarse, pero Samuel retuerce su brazo dentro del tipo, desgarrando los nuevos y sensibles tejidos y dejándolo aún más herido que antes.

—Sé agradecido, pedazo de mierda.

—¡G-gracias, s-señor Hass!

—¿Gracias por qué?

—Gr…acias por ponerme en mi lugar, s-siento hab-

Samuel estruja su puño de nuevo y el hombre jadea de una forma que no suena humana ya, sino como la respiración agitada y moribunda de una bestia.

—No me hagas perder más el tiempo con tus palabras vacías e innecesarias. Mira delante tuyo, vamos, levanta la puta cabeza y mira al humano que tienes en frente.

Aaron da un repullo cuando Samuel habla de él y le dirige la mirada a su amo, suplicante y asustado, queriendo ser invisible. Incluso si su amo lo está defendiendo, Aaron está temblando y luchando por retener sus lágrimas, pues le aterra ver de nuevo de lo que su cruel amo es capaz mientras mantiene la respiración tranquila, su pulso estable y una escalofriante sonrisa en sus labios.

El joven vampiro obedece como puede, alzando un poco su rostro y tratando de centrar sus ojos que se entrecierran en Aaron. Samuel le tira del pelo con la mano que antes tocaba amistosamente su hombro, para asegurarse de que el hombre vea a Aaron bien.

—Míralo bien, ese humano que has dicho que no debería tratar como si fuese un amante. No debes ver más que un pedacito de carne, ¿verdad? Comida, una presa… Porque él es humano y tú un vampiro. Pero olvidas que tú y yo no somos iguales. Tú eres un vampiro de sangre sucia y débil y yo, sin embargo, tengo una sangre pura y poderosa y tengo tras de mí más años de los que tú jamás vivirás. Para mí, cazar y devorar a ese humano que tienes en frente no sería muy distinto de cazarte y devorarte a ti: ambos sois tan débiles, tan fáciles de romper entre mis manos, que la única cosa que me permite distinguirte del resto de mi comida es que tú no sabes tan dulce. Así que deberías tragarte tus palabras hipócritas sobre cómo debería tratar a mi humano, porque si te parece tan aberrante que lo mime como a un amante, debería entonces parecerte igual de ridículo que a ti te hable como a un igual cuando podría aplastarte bajo la suela de mi zapato igual que a un insecto cualquiera. ¿Debería hacer eso para complacerte y que pienses que por fin actúo sin ofender a mi naturaleza de vampiro?

Samuel sonríe aún más grande, sus comisuras curvándose y ensanchándose, su boca luciendo de pronto demasiado grande y monstruosa y los colmillos tan largos que Aaron juraría que son más grandes que uno de sus propios dedos. Se inclina hacia su puño y lo abre, mostrando algo oscuro y viscoso, y luego da un largo y lento lametón que lo limpia de sangre, revelando qué es: el corazón del vampiro.

Aaron jadea. Todo este rato en que Samuel ha estado aleccionando al joven vampiro no solo ha estado manteniéndolo abierto con su brazo como si tuviese una herida de cañón en medio del pecho, sino que lo ha forzado a vivir con su corazón fuera de su cuerpo, siendo estrujado y exprimido en su mano como un simple juguete.

—N-no… por favor… —murmura el vampiro, ya sin fuerzas, por su rostro escurre el sudor frío y ahora también lágrimas de sangre que le empapan y le tiñen las mejillas.

La mujer a su lado está terriblemente tensa y cierra los ojos tan fuerte que Aaron cree que sus párpados podrían romperse y, en todo el local, pese a que nadie presta atención a nada que no sea Samuel, no se escucha ni un solo susurro.

—Podría comerme tu corazón y absorber el poco poder que tengas. Podría hacerte pagarme de ese modo por haberme hecho perder el tiempo y los nervios.

El hombre jadea, desesperado, y empieza a perder las fuerzas: sus brazos cuelgan a los lados de su cuerpo como los de un títere de hilos cortados, su cabeza se bambolea sobre su cuello y su cuerpo empieza a deslizarse por el brazo del vampiro como un pedazo de carne muerta cayendo del cuchillo al suelo.

De repente, Samuel retira su brazo del interior del otro y se escucha un golpe sordo: la cabeza del hombre cayendo inconsciente o quizá ya muerto sobre la mesa. Samuel deja el corazón del tipo a su lado, sobre un plato vacío, y dice:

—Si te dejo vivir, no es porque tu vida merezca la pena, sino por esa indulgencia mía que tanto rechazo te causaba hace unos minutos. Así que no quiero volver a oír una sola queja sobre ella.

El hombre en la mesa deja ir un ruidito, indicando que está vivo y que lo escucha, siendo obediente incluso cuando apenas está vivo. Samuel sacude su brazo, todo enguantado en la sangre del otro vampiro hasta la mitad del bíceps, y hace una mueca de desagrado.

—Iré al baño a limpiar tu puto estropicio, te quiero fuera cuando vuelva.

Aaron siente todas sus alarmas disparándose cuando ve al vampiro dándole la espalda y pretendiendo dejarlo ahí, solo, sin siquiera sus muletas y frente a todo un bar lleno de vampiros que lo ven como una presa y como el motivo de que uno de los suyos casi haya matado a una joven creación de la especie.

—¡Amo, espera! —chilla histérico, apoyándose en sus manos para moverse en el sofá hacia el filo y acercarse lo máximo posible a su propietario.

Samuel se voltea mirándolo con calidez y una sonrisa afable en su rostro. Sus colmillos siguen afilados, pero ahora tienen un aspecto mucho más discreto y eso relaja a Aaron.

—¿Temes que te pase algo en mi ausencia, Aaroncito? Si mientras estoy fuera tú decidieras tomar un cuchillo, hacerte el más pequeño corte en tu dedo y después decirme que ha sido cualquiera en esta sala, los mataría a todos y cada uno de ellos. No temas, nadie va a atreverse a ponerte un solo dedo encima.

Aaron quiere decirle que no está tan seguro de eso, pero es demasiado tarde, Samuel ha desaparecido a una velocidad impresionante y Aaron se ha quedado solo frente a sus peores pesadillas.

Lo extraño es que Samuel sí que tiene razón: la mayoría de vampiros no se atreven siquiera a mirarle y los que sí lo hacen no lo contemplan con su altiva y soberbia mirada típica, sino con ojos bien abiertos y horrorizados, como si Aaron fuese el mismísimo Samuel Hass.

Se siente extraño, pero algo en ello le reconforta: es la primera vez en todos los años que lleva huyendo que siente que puede relajarse y no tener miedo, incluso estando rodeado de criaturas que desearían desgarrar su cuello.

La mujer frente a él luce frenética y apresurada.

—Lo sentimos mucho, de veras, no nos entrometeremos nunca más, nos aseguraremos de que nadie… De que no se digan cosas de… Dile a tu amo que lo lamentamos mucho, que lo lamento enormemente, yo no sabía que él iba a…

Pero la pobre muchacha no logra acabar bien sus frases, está demasiado distraída tomando el corazón de su compañero, ensamblándoselo en el pecho como puede y cargándoselo al hombro mientras intenta salir de ahí sin que el pobre hombre se caiga a piezas: su corazón rodando fuera de su pecho y cayendo al suelo, donde es perforado sin querer por uno de los tacones de la apresurada mucha, sus intestinos colgando por todo el vestido hermoso de ella, haciéndole un estropicio, la sangre dejando un rastro grotesco en el suelo que indica por dónde se han marchado.

Unos segundos después de que la pareja se vaya, Samuel sale del baño, remangado y con sus prendas algo más aseadas, pero aún tintadas de carmesí. Por suerte, las manchas apenas se notan sobre el color negro. También ha lavado su rostro y se ha humedecido el cabello, donde algunas gotitas rojas opacaban el brillo de su melena rubia. Mientras se dirige a Aaron con una cálida y atractiva sonrisa, pasa una de sus manos, aún húmedas de agua, por su cabello, peinándolo hacia atrás de una forma que le favorece tanto, que por un segundo Aaron deja de temblar de temor y tiembla por los nervios que le provoca ese hermoso rostro y esa sonrisa llena de seguridad.

Samuel se inclina sobre el chico, rodea su cintura con un brazo -el mismo que ha destrozado al joven vampiro hace solo minutos, Aaron no puede parar de pensar en ello- y lo atrae hacia él. Pasa la punta de un pañuelo húmedo por la sangre salpicada en la cara del pequeño humano: primero en su frente, en el puente de su respingona nariz, su mejilla y luego da suaves toquecitos a uno de sus párpados, donde se escondía una gota carmesí.

Luego alza al chico con facilidad y lo aprieta contra su cuerpo.

—Creo que es hora de irnos. ¿Te parece?

Aaron asiente, mudo y agradecido, porque realmente necesita un descanso. Durante el camino, no le salen las palabras, pues incluso si Samuel ha sido por fin su protector, su presencia lo agobia y le hace recordar esa violencia sin esfuerzo que el hombre podría ejercer en cualquier momento sobre él.

Además, la sangrienta escena no solo le revolotea en la cabeza una y otra vez para atormentarlo con el terror de ser él el que ocupe algún día el lugar de ese joven y osado vampiro a quien Samuel ha puesto en su lugar, sino que hay algo más en ello. Siente algo distinto, más allá de miedo y conmoción. Más allá de asco por las vísceras o de incluso lástima por el dolor que esa criatura debe haber sentido.

Siente algo enfermizo, un placer culposo que jamás será capaz de admitir en voz alta: se siente orgulloso de haber tenido a Samuel manchándose las manos de sangre por él. Y una parte pequeña, retorcida y malvada en su interior se derrite ante la idea del vampiro no solo haciendo sangrar a alguien por él, sino matando por él. Como un perro fiel, desvelando sus garras y colmillos, volviéndose un animal capaz de desgarrar vidas enteras solo porque alguien ha querido acercarse de más a su humano favorito.


 

CAPÍTULO 59

Samuel pasa todo el camino a casa soltando improperios entre dientes, diciendo sin tapujo alguno y con la voz ronca como un rugido las cosas que le hará al próximo que tenga la temeridad de tratar de decirle qué hacer o qué no hacer con sus cosas. Está tan enfadado que sus ojos brillan como gemas imbuidas en un extraño poder y sus colmillos han crecido hasta causarle a Aaron terribles escalofríos cada vez que los atisba de reojo.

Samuel está tan enfadado que no se da cuenta de que está apretando al mortal entre sus manos demasiado, haciéndolo ahogar quejidos y dejando moratones en su nívea piel. Aaron no se atreve a reclamar nada, al fin y al cabo, todo lo que ha pasado hoy es por su culpa o así lo cree él: Samuel no habría tenido ningún problema si lo hubiese tratado como al mero pedazo de carne que es ante los ojos de todos los demás vampiros; fue él, con su inseguridad, su miedo y su pedigüeña insistencia, quien hizo a su amo decidir que no fingiría más y que su amor no sería un secreto que mantendrían solo de puertas para adentro.

Aaron ya sabía que habría consecuencias, así como Samuel lo sabe y las ha asumido, así que piensa que lo mejor es tragarse sus protestas y aguantar, o Samuel dirigirá toda su ira contra él por ser un pequeño niñato desagradecido que no sabe cuándo parar de pedir cosas que no le pertenecen, cosas que, aunque él sienta que son un derecho, realmente solo son un muy, muy generoso favor que Samuel le concede.

Cuando llegan a casa, Samuel cierra la puerta poniendo a Aaron contra esta y empujándolo con el peso e ímpetu de su cuerpo, que se pega al del chico. Aaron le rodea el cuello con las manos y la cintura con las piernas temblorosas y siente la dura anatomía del otro sofocándolo: su pecho aplastando el del muchacho, su abdomen marcado pegándose al vientre hundido del chico, sus caderas empujando, martilleándolo contra la dura puerta, sus manos, sus labios… Su boca se pone sobre su cuello y Aaron puede sentir el frío filo de los colmillos.

Samuel inhala con fuerza, oliendo la dulzura del chico, sintiéndose embriagado por el aroma floral, suave y balsámico de aquello que le pertenece, y entonces deja que su boca explore su fragante cuello, los labios besando con violencia, chupando hasta escuchar jadeos y sentir hematomas floreciendo en su dermis.

—Eres mío —murmura Samuel entre beso y beso, entre lamidas, mordiscos y ávidos chupetones. El chico se deja hacer, ladeando su cabeza dócilmente y tomando la voracidad de su amo mientras suspira aterrado, pues sabe que Samuel quiere más—, nadie va a decirme qué hacer contigo —Aaron asiente con suaves ruiditos mientras siente que su cuello es torturado por su amo, los labios pegándose a la sensible piel, su boca succionando hasta que arde y luego esa lengua larga, tierna y fresca acariciándole las heridas como si pretendiese curarlo—. Haré lo que quiera contigo. Lo que quiera…

Aaron empieza a asustarse.

Las manos que aprietan fuertemente su cintura empiezan ahora a buscar el tacto de su piel bajo la ropa, deshaciendo la liga del corsé bruscamente y tirando de él como si solo estorbase. Los mordiscos se tornan cada vez más intensos, menos juguetones, como si tratasen de explorar cuán lejos pueden llegar antes de que Aaron pida que se detengan.

—A-amo —susurra, sintiendo que si no hace nada pronto límites que él realmente atesora mucho serán cruzados sin miramientos—, por favor, cálmese, sé que soy suyo, que puede hacer lo que quiera, pero ahora me… Me gustaría mucho que quisiera ser más suave.

Aaron se retuerce entero cuando nota el aliento caliente y electrizante del vampiro sobre su húmedo cuello. Samuel ha suspirado, frustrado, contra su piel y esta en respuesta se ha erizado, mandando descargas de una extraña sensación por todo el cuerpo del muchacho.

Samuel se separa de él, mirándolo con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, pone su frente contra la del chico y sus ojos miran tan directamente a los hermosos iris cielo de Aaron que sus largas pestañas prácticamente rozan sus mejillas frías e inmaculadas. 

Samuel quiere continuar, desquitar sus frustraciones de hoy con ese muchacho que asegura pertenecerle, que ahora se le ofrece con palabras tan tentadoras como las que acaba de pronunciar. Sin embargo, la manera suplicante en que le pide amabilidad es demasiado irresistible como para que Samuel no dome de inmediato sus deseos y los haga postrarse ante los de Aaron.

En un abrir y cerrar de ojos, Aaron pasa de estar en el salón principal, atrapado por el magno cuerpo de su amo contra la puerta de entrada, a estar en el dormitorio de su amo, siendo dejado tiernamente sobre el lecho.

Samuel lo deja ahí y se va de la habitación azotando la puerta. Aaron comprende que el silencio y las prisas de Samuel solo pueden significar algo: está por perder el control.

Por esa razón, aunque el vampiro lo ha dejado en la habitación a oscuras, Aaron no logra pegar ojo. Se queda tumbado en la cama, quieto como un muñeco y tratando de respirar bajito para así poder escuchar hasta el más mínimo sonido que venga del otro lado de la puerta. Necesita saber qué hace Samuel, necesita estar preparado si escucha sus pasos retumbando hacia la habitación.

Para su sorpresa, no oye absolutamente nada en un largo rato y, después, el golpe que da la puerta de entrada al encajar en el marco le hace deducir que el vampiro se había marchado, hasta ahora. Sus pasos no suenan tan firmes como antes, así que Aaron se permite suspirar de alivio, pensando que, sea lo que sea que Samuel ha hecho, le ha logrado calmar.

De pronto, Aaron se tensa, atento, cuando escucha un pitido estridente que le pone los pelos de punta. Unos segundos después entiende que es simplemente el teléfono de Samuel sonando y, puesto que el vampiro está cerca de la habitación, Aaron oye algunos fragmentos del inicio de la conversación.

“… forma de compensar tu deuda, si puedes darme lo que quiero mañana mismo…”

“… artículos que alguien con tu puesto debería poder encontrar para mí…”

“Bueno, para mi humano, para ser más exactos.”

Aaron alza un poco su cabeza, atento, al oír que Samuel lo menciona en la llamada telefónica. Justo después de eso, la voz del vampiro se atenúa poco a poco hasta que apenas puede oírla y entiende que Samuel está alejándose por el pasillo y, posiblemente, también esté bajando su voz. Escucha su tono bajo y lleno de secretismo, un murmullo indescifrable que hace que la curiosidad de Aaron sea tan insoportable como un picor que no puede rascarse.

Así que aunque sabe que es una mala idea, Aaron se levanta de la cama y trata de andar sin sus muletas, para no hacer ruido, hasta poner su oído contra la puerta; logra hacer la mitad del camino él solo, pero el dolor le obliga a gatear durante el resto. Finalmente, llega a la puerta y pega su oreja lo máximo que puede a la madera, esperando poder captar algo que le indique por qué su amo está hablando de él y con quién.

Curiosamente, no se escucha absolutamente nada al otro lado de la puerta.

Aaron aguanta su respiración y trata de filtrar fuera de su cabeza el sonido de su corazón acelerado, pero, aun así, no puede siquiera escuchar el crujir de una puerta o los pasos de Samuel, mucho menos sus palabras.

El primer sonido que rompe el silencio es el grito de sorpresa del humano cuando la puerta se abre de golpe, haciéndole caer de boca al suelo y alzarse tembloroso, observando con preocupación la figura de Samuel cruzado de brazos, con una expresión seria y severa en su rostro.

—¿Quién has creído que eres, humano, espiando mis conversaciones?

El tono ronco y raspado del vampiro no deja lugar a dudas: está enfadado. Enfadado con Aaron.

El chico retrocede como puede a medida que Samuel avanza hacia él, paso a paso, con una calma que le hiela los huesos y que le hace recordar las noches en que él estaba en el suelo, yaciendo lloroso y herido después de una paliza, y podía ver los zapatos lustrosos de su amo andar alrededor de él, como una basura que uno esquiva pues le estorba en su camino.

Lo mira ahora con los mismos ojos llenos de soberbia y cavilación, pensando en su castigo.

—A-amo, lo siento mucho, no volverá a pasar, e-es solo que sentía curios-

Samuel rodea su endeble cuello con una sola de sus manos y lo levanta hasta que sus pies quedan colgando a más de medio metro sobre el suelo, agitándose histéricamente.

Aaron jadea y emite ruidos ahogados mientras se pone completamente rojo en cuestión de segundos. Sus ojos se aguan por el miedo y la presión que siente en la cabeza, como si fuese un globo siendo inflado de más. Lleva sus manos a la del vampiro, sin atreverse a apartarla, pero suplicándolo con una temblorosa caricia.

Samuel lo observa ecuánime y aprieta un poco más su mano alrededor de la garganta del muchacho, sabiendo que si antes iba a dejar la silueta de su agarre impresa en color rojo en esa pálida piel, ahora la dejará en un profundo color morado y durará incluso semanas.

Aaron emite un chillido muy bajo y sus manos se caen a los lados de sus cuerpos, como las de un títere al que le cortan los hilos. 

Samuel respira lento y controlado, porque quiere ahogarlo por más rato, como en la piscina, coquetear con la idea de matarlo y jugar con el límite entre la inconsciencia y el sueño eterno, pero el chico entre sus manos no es cualquier humano. Es Aaron. Su Aaron.

Y necesita controlarse por muy enfadado que esté, incluso si se siente irremediablemente orgulloso de ver el terror que inspira en él con solo apenas un poco de fuerza cuando minutos antes lo estaba consintiendo y mimando. Le alivia saber que no se ha ablandado, no realmente: sigue teniendo dentro lo que hay que tener para ser un monstruo de la peor clase.

Deja caer al humano sobre la cama, que incluso entre toses, jadeos y sollozos sigue disculpándose por su desobediencia, tratando de decir, con palabras temblorosas, entrecortadas y ahogadas, que no volverá a hacerlo.

Samuel muerde su lengua hasta notar el sabor metálico en su boca y entonces lo traga, necesita dolor y amargura, pues el placer de ver a su pequeño humano vulnerable, herido y suplicándole sobre el mismo lecho donde lo ultrajó es demasiado tentador y él no quiere sucumbir a esa oscuridad de nuevo. 

Aaron se frota el cuello y Samuel no puede evitar ver los moratones floreciendo rápidamente y relamerse por ello, por la manera en que el chico lleva su collar, su marca y ahora además la impronta de su mano en la garganta. Quiere dedicar la noche entera a marcarlo con sus manos, sus labios, sus dientes, quiere dejar su interior amoratado con el tamaño de su pasión y que cuando Aaron cierre los ojos tenga su rostro impreso en el reverso de sus párpados.

Quiere que cuando Aaron esté en silencio, su voz grave, ronca y masculina se haga eco dentro de su cuerpo entero hasta el punto de que el chico no pueda ni pensar.

<<Mío>> gruñe y, aunque hoy ha intentado controlar su ataque de posesividad y creía, hasta ahora, que había hecho un buen trabajo, siente que esos sentimientos vibrantes e intensos como el rojo de la sangre fresca vuelven a aflorar en su interior <<Mío>>.

—A-amo, lo siento, de veras, solo quería saber con quién habl-

—Lo sentirás después de ser castigado. —susurra y su voz logra poner hasta el más fino vello del cuerpo de Aaron de punta. 

Suena como en un trance, hipnotizado con la promesa de placeres tan grandes que ni la compasión ni la bondad podrían rivalizar con ellos.

Aaron abre los ojos enormemente, pues había pensado que ser ahogado de esa brutal forma era su castigo. Samuel gatea sobre la cama, acercándose al chico a medida que este recula, evitando su mirada y su cercanía, hasta que su espalda choca con el cabecero y Samuel lo toma por uno de sus tobillos, aún sensibles, tiernos, heridos, y tira suavemente de él para acercarlo, dejándolo bajo él, devorado por la enormidad de su sombra.

—Amo, por favor, no volverá a pasar, no quiero ser castigado. Se lo suplico.

Samuel hace una mueca de disgusto que luce faunesca para Aaron, demasiado similar a la de un león arrugando su morro y mostrando los dientes antes de rugir.

—¿Acaso no has hecho algo que está mal, humano? ¿Acaso no es una falta de respeto espiar mis conversaciones privadas? Te baño en delicadeza cada noche, Aaron, pero eso no significa que no sepa ser duro cuando te lo ganas. ¿No crees que es justo que corrija tu comportamiento cuando haces algo así?

Mientras Samuel habla con su voz ronca y baja, Aaron asiente y se remueve incómodo. Solloza sin poder evitarlo y el otro lleva una de sus manos a sus mejillas. Aaron se achica de golpe, pensando que será herido, pero los grandes dedos, esos mismos que tiene grabados en el cuello, solo secan sus lágrimas.

—S-sí, amo, sé que lo que he hecho está mal, pero ¿no puedo ser reprendido de otra forma? Haré lo que sea, pero no puedo, no puedo soportar un castigo.

Samuel maldice por dentro. Aaron no solo puede, sino que tiene que soportar un castigo si así él lo desea, pues tiene el poder de someterlo y hacerle sufrir cuantos males se le ocurran y, aun así, esas palabras -<<no puedo, no puedo>>- tienen poder sobre él, le hacen detenerse, como si su voz se volviese de pronto piedra y erigiese un muro frente a él que le impide seguir avanzando.

—¿Por qué no? ¿Qué temes tanto, humano?

Aaron gimotea, aterrado y molesto porque su amo no está llamándolo por su nombre o por los dos bonitos motes -Aaroncito, arrocito- que tanto necesita oír ahora.

Cuando el vampiro le pregunta qué es aquello que tanto aviva su zozobra, no puede evitar que su mente le recuerde todas y cada una de las palizas, los golpes y las humillaciones. Hace mucho que Samuel no ejerce una violencia así contra él, pero hoy, en el local de sangre, le ha quedado totalmente claro que aún es capaz de eso y más: no puede parar de ver la imagen del hombre con el pecho perforado y la mano sangrienta de Samuel apretando despiadadamente su corazón.

No puede dejar de imaginarse a sí mismo en su lugar.

Por eso, Aaron es incapaz de responder y solo se echa a llorar.

Pero Samuel no quiere a Aaron así, triste, destrozado, llorando cuando él le hace una simple pregunta porque sencillamente le tiene demasiado miedo como para formar una sola frase.

Se muerde el labio, sintiéndose contradictorio, estúpido y monstruoso, y se inclina sobre el chico hasta que sus labios le rozan la mejilla.

—Puedo… Dejarte escoger.

Aaron lo mira confuso, todavía sorbiendo su naricita roja como una fresa y con los ojos brillantes por el llanto.

—Puedo dejarte escoger el castigo. Voy a castigarte, pero no quiero hacer nada que no puedas soportar.

Aaron alza su vista con un brillo de esperanza destellando en sus empapados ojos. Mira a Samuel a los ojos un breve instante, pero cuando lo hace, no lo mira como hasta ahora, con el mismo terror que le tenía antes, como a un monstruo inhumano, sino que lo mira con el desconcierto y el alivio de cuando empezó a acariciarlo, a hablarle suavemente, a tratarlo bien.

Lo mira como quien se topa con un extraño enmascarado y se siente algo intimidado por él, cauteloso, pero aun así se asoma a los huecos de los ojos de la máscara porque le parece haber reconocido la mirada de un amigo.

—¿Y si… Y si todos los castigos que me ofrece son insoportables?

—Entonces pensaré nuevos castigos.

Aaron esboza una pequeña y efímera sonrisa, porque le enternece un poco ver como Samuel se debate tan contradictoriamente entre querer ser un amo firme y temido, uno que castiga duramente la desobediencia, y a la vez se esmera por ganarse su favor, por no hacerle demasiado daño y que su mano dura enderece siempre, pero no rompa.

—¿Y si escojo un castigo y luego no puedo soportarlo, amo?

Aaron se ha calmado lo suficiente como para dejar de llorar, aunque su voz y sus manos aún tiemblan como hojas. Conoce a Samuel, tanto como este le conoce a él, y ahora que sabe que es su debilidad, lo aprovecha para ablandarlo: le hace la pregunta batiendo sus pestañas adorablemente, apretando sus labios en un tierno puchero y lanzándole una mirada similar a la de un dulce corderito que pide no ser sacrificado.

Incluso si Samuel sabe que Aaron está aprovechándose de sus encantos, funcionan demasiado bien. Samuel suspira largamente y, al igual que el aire lo abandona, también lo hace gran parte de su ira.

—Esto de aquí, Aaroncito… —dice, llevando sus dedos a la marca de su mordisco en su cuello, esa hermosa cicatriz pálida, rosa y ahora también violácea donde sus colmillos han dejado un sello eterno; Aaron se estremece al ser tocado ahí, pues pese a que su herida está curada a más no poder, siempre nota esa zona terriblemente sensible—. Me permite saber perfectamente cuándo estás demasiado asustado, como hace unos segundos, cuando estás triste o feliz o cuando estoy rozando demasiado tu límite. Conozco perfectamente lo que puedes soportar y lo que no y, mientras te castigue, mi pequeño, te prometo que no te daré más dolor del que puedes tomar. Yo nunca rompo mis cosas favoritas.

Aaron sabe que Samuel está hablando de castigarlo. Castigarlo, la misma cosa que le dijo que hacía cuando le rompió los huesos a palizas, cuando lo mutiló, cuando lo redujo a nada y lo ultrajó. Y, aun así, su voz es tan ronca y a la vez melosa, sus promesas suenan tan dulces… Aaron no puede evitar sonrojarse, por algún motivo, y entonces asiente con docilidad, aceptando su destino.

—¿Cuáles son los castigos, amo?

Samuel sonríe cuando es el chico mismo quien hace esa pregunta y algo en su interior se siente demasiado bien. Cálido, porque le conmueve ver que el chico ya no le teme tanto como para rogarle no ser castigado y empieza a confiar en él. Ardiente, porque la manera en que Aaron pide ser castigado es algo con lo que ni siquiera se ha atrevido a soñar.

—Quiero marcarte —susurra Samuel, prácticamente hablando consigo mismo, y hunde sus uñas levemente en las hendiduras de la cicatriz de Aaron, haciendo que el chico gimotee y se retuerza bajo él—. Quiero cazarte. Te daré ventaja: correrás tan lejos como puedas o… —Una sonrisa maquiavélica se pinta en su rostro— Te esconderás donde creas que no voy a encontrarte. Cuando te atrape, porque lo haré, voy a morderte hasta pintar cada centímetro de ti de rojo.

Aaron traga saliva. Las palabras de Samuel son apasionadas, rugientes y ansiosas. Pero son también peligrosas, pues sabe que Samuel está hambriento y que si se alimenta durante un castigo, durante una cacería, las posibilidades de que pierda el control son preocupantemente altas.

Aaron niega.

—A-algo más suave, amo, por favor.

Las súplicas del humano lo debilitan, pero también avivan la sed de sangre en su interior. Jamás podrá olvidar el sabor de su más dulce presa, pero sí que ha olvidado cuál fue la última vez que lo mordió y necesita recordarlo. No se trata ya del simple deseo por el placer que la sangre del otro, caliente, sedosa y ligera, le procura cuando desliza sobre sus labios, contra su lengua, en su interior. Se trata de algo más primitivo, algo menos quisquilloso en cuanto al sabor o la calidez de un chorro de sangre: el hambre atroz que lleva ignorando días.

—Estoy hambriento, Aaron. —presiona el vampiro, porque sabe que Aaron podrá soportar ser cazado, si él no es demasiado brusco, y sabe que podría morderlo al menos tres o cuatro veces antes de romperlo, así que se dice a sí mismo que se controlará, que no cometerá ningún error y, a cambio, su recompensa debe ser probar su pequeño pedacito de cielo personal de nuevo.

—¿Puede morderme cuando no lo haga para castigarme, por favor? Quiero que sea como lo hizo con aquel chico. Yo también quiero eso.

Samuel gruñe, frustrado y hambriento, el abismo en su interior creciendo y creciendo, amenazando con engullir su paciencia, a falta de sangre. Aun así, se controla, pues sabe que la petición de su chico es justa y tiene sentido.

Quiere ser bueno para él, así que cede.

—Quizá, si el dolor te da tanto miedo, pueda torturarte con placer.

El tono del vampiro cambia de pronto: sigue manteniendo una inquietante, intimidante oscuridad, pero ya no es la de una amenaza violenta, la del hambre de un animal, ahora es algo más sutil y seductor. Un tipo distinto de peligro. Las comisuras de Samuel se curvan en una sonrisa ladina, taimada y, como no, con grandes colmillos que no hacen sino crecer, expectantes de placer.

Samuel luce como un diablo, pero como un atractivo capaz de dejarlo en trance unos minutos. Durante ese tiempo, la mano que antes acariciaba su mejilla y luego se ha atenazado en su mordida, baja suavemente por su pecho y su abdomen y empieza a trazar suaves caricias en la piel que conecta con el borde del pantalón del chico.

Aaron tiene un escalofrío agradable y su cuerpo empieza a reaccionar, pero por más que sus vergonzosas reacciones evidencien que su sexo suplica por ser tocado con esa mano grande, firme y cálida, que es la única que puede quitarle el molesto anillo que lleva a todas horas, él no está preparado. 

Cada vez que intenta imaginar una placentera escena, Samuel no luce dulce y seductor como ahora, sino como una enorme bestia que lo presiona contra el colchón y lo toma contra su voluntad y no quiere revivir eso de nuevo, ni siquiera en sus recuerdos.

—No estoy listo, aún no… —confiesa con vergüenza y una gran frustración, quizá una tan grande que podría rivalizar con la del vampiro.

Samuel sabe que solo necesitaría presionar un poco, mirarlo con dureza, apretar fuerte su cintura u ordenarle sencillamente que no moleste ni replique, y el chico cedería, cerraría fuerte sus ojos y se dejaría hacer. Pese a su miedo, Samuel sabe cómo podría tocar bien los botones adecuados, acariciar con la gentileza suficiente e ir despacio mientras susurra palabras bonitas en su oído para que el chico lograse disfrutarlo.

Pero sabe también que eso lo rompería: Aaron gemiría su nombre, gemiría entre sus manos, se desharía de placer entre lágrimas, sí, y sería una escena exquisita, pero la culpa de después le haría volver a odiarse, le haría sentir sucio y extraño y Samuel no quiere eso, por mucho que una parte de él lo desee.

—Entonces seguimos con el dolor. —su voz se le antoja escalofriante y Aaron casi se arrepiente de haber rechazado su anterior oferta.

En lugar de explicar su siguiente castigo, Samuel se inclina sobre el cuello del chico, sus labios rozando la sensible cicatriz, expirando sobre ella un aire caliente y cargado de tensión que hace que la piel se erice. Luego lame las marcas de sus colmillos en la dermis del otro y pone sus labios sobre la piel erizada, como buscando darles calor.

Samuel chupa ávidamente, queriendo dejarle un moretón al chico en ese lugar con su boca, y Aaron arquea su espalda de inmediato, su piel tan sensible cuando el otro chupa que nota un tirón insoportable en su interior, algo tan intenso que ni la palabra placer ni la palabra dolor son suficientes. Gime largamente y, mientras está siendo ruidoso, Samuel le cubre la boca con su enorme mano.

Los gemidos y quejidos ahogados del humano son realmente deleitosos, preciosos producto de una mezcla electrizante entre placer, dolor y una pizca de temor y anticipación, todos ellos siendo exhalados directamente contra la palma húmeda de saliva de Samuel.

Cuando Samuel se separa de Aaron, su cuello tiene un hermoso chupetón que destaca en su piel como pétalos violáceos sobre la nieve. La mano de Samuel sigue contra la boca de Aaron, amordazándolo suavemente, puede sentir cómo el chico respira agitado contra su palma, cómo sus labios húmedos besan su piel cada vez que intenta hablar.

Samuel se inclina sobre el rostro del chico, tan cerca que el rojo de sus iris parece capaz de verterse sobre las lagunas en los ojitos del otro.

Siente los labios de Aaron contra la palma de su mano y entonces Samuel cierra sus ojos despacio, elegantemente, y luego besa el dorso de su propia mano en el lugar exacto donde los labios de Aaron suspiran al otro lado.

El corazón del chico va tan rápido que la habitación está increíblemente ruidosa, incluso si ambos están en silencio.

—¿Te gusta cuando hago eso, Aaroncito, incluso si duele un poco?

Aaron desvía la mirada y asiente, algo abochornado. Friega sus piernas la una contra la otra, tratando de ocultar que lo mucho que le gusta lo ha confesado su cuerpo en el preciso instante en que el vampiro ha posado sus labios en su cuello, y lo ha confesado con una obscena erección.

—Entonces tu castigo será dejar que te marque entero de ese modo. El color morado luce tan bien en tu bonita piel cuando soy yo quien la pinto… Quiero las marcas de mis besos en cada centímetro de ti. ¿Te parece eso bien?

El chico asiente y se siente demasiado atrevido cuando un pensamiento fugaz cruza su mente: <<Eso no es un castigo, amo, siento que estoy siendo premiado>>.

Los ojos de Aaron ruedan hacia atrás en sus cuencas cuando Samuel desciende hasta su cuello de nuevo con una sonrisa lasciva en su rostro. Puede sentir esa sonrisa -los carnosos labios, los fríos colmillos, las intenciones impuras- contra su piel antes de que la boca se abra, tome un pedazo de él y succione como si fuese su sangre lo que prueba.

La sensación es lenta y tortuosa. Aaron siente primero la suavidad y ternura de los labios del vampiro y luego, cuando empieza a chupar su piel, nota el calor que pasa pronto de ser tórrido a ardiente, demasiado, nota el pinchazo de dolor, la sangre acumulándose ahí, la presión que le deja la piel normal y corriente como si estuviese descarnada, tan susceptible ante cualquier pequeño toque… Y mientras Samuel tortura así su piel, la larga, húmeda y agradable lengua lame la piel recién amoratada y le hace retorcerse entre temblores y escalofríos que lo recorren entero y que van a parar a lugares que deberían estar prohibidos.

Samuel es metódico en la forma en que marca a su precioso chico. Lo hace de forma lenta y dedicada, como si realmente Aaron fuese un lienzo y él pusiera toda su atención en cada pincelada: empieza por su cuello, evitando las zonas donde antes ha sido descuidado y ha dejado marcas con su mano al ahogar al chico. 

Aaron tiene un cuello delgado y elegante, además, es terriblemente sensible y, aunque el humano hace su mejor esfuerzo por ocultarlo, Samuel sabe desde hace ya rato que el chico está duro bajo su pantalón de pijama. Mientras lo marca, le tapa la boca para sentir sus gemidos contra su piel y lo clava contra el colchón dejando su enorme peso sobre el chico: sus piernas enormes y musculosas reposando sobre las delicadas piernitas del chico, su cadera empujando a Aaron duro contra la cama, con su virilidad impresionante rozando la del humano y no por casualidad. Aaron gimotea tantísimo cuando Samuel deja su peso sobre el de él, apretando así sus excitaciones juntas, que el vampiro está demasiado cerca de perder el control.

Muerde a Aaron, flojo, para no hacerle sangrar, pero firme, para hacerle chillar un poco. Lo nota respirar rápido y temblar de miedo, pero también siente como las caderas del humano bombean contra las suyas desesperadamente, buscando un placer pecaminoso que Aaron jamás admitiría que quiere.

Excitarle poco a poco mientras finge no darse cuenta será castigo suficiente para el chico, piensa Samuel, y una deliciosa experiencia para él.

Cuando todo su cuello está repleto de besos violentos, el vampiro pasa a los hombros y a esa deliciosa curva que los une con el cuellito. Los mordisquea juguetonamente entre chupetón y chupetón y Aaron se tensa cuando lo hace.

—Relájate, no voy a comerte —le tienta Samuel, sonriendo con crueldad y acariciándole la carita al chico con el pulgar de la mano que usa para amordazarlo—, no aún… —susurra antes de seguir marcándolo.

Cuando termina con sus hombros, le abre la camisa de pijama por el medio. No tiene botones, pero con las garras del vampiro es extremadamente sencillo rajar la ropa por el centro y luego echar los pedazos a un lado, como si sencillamente hubiese bajado una cremallera.

Cuando lame, muerde y chupa sus clavículas, Aaron lloriquea y se preocupa de más, pues en esa zona no hay apenas piel y el dolor es un poco más grande que el placer. Samuel disfruta de asustarlo un poco, así que a veces lo mira con ojos infernales y aprieta un poco sus mandíbulas, como si fuese a morder duro, antes de soltarlo y sonreírle con fingida inocencia.

Marcar su pecho es toda una delicia para Samuel. Aaron es diminuto y la boca de Samuel demasiado grande, así que cuando está trabajando en su cuello, clavículas u hombros, encuentra poco espacio para deleitarse, pero el pecho de Aaron le ofrece bastante carne que llevarse a la boca y marcar.

Traza un pequeño camino de hematomas y lamidas hacia abajo, en el centro, como queriendo llegar a su ombligo, pero antes de llegar a su vientre, Samuel disfruta de un placer lento y divertido que hace a Aaron hablar contra la mano que lo amordaza.

—Con cuidado, por favor, amo… —pide, antes de que el vampiro empiece a marcar su piel alrededor de sus sensibles pezones.

Rodea cada uno de un anillo de moratones y luego lame la piel herida, demasiado cerca de esos botones sonrosados y erectos que parecen pedir una porción de atención.

Cuando Samuel baja y mordisquea la cintura estrecha y suave del chico, se lleva una sorpresa: Aaron se remueve violentamente, escapando de sus mandíbulas y riendo sin poder controlarlo.

<<Tiene cosquillas>> piensa, enternecido, así que lo sostiene quieto con su mano libre, tomándolo firmemente del otro lado de su cintura, y lo mordisquea por un buen rato disfrutando del dulce sonido de su risa ahogada.

Aaron se resiste tanto que Samuel tiene que quitarle la mano de encima de la boca y sostenerlo con ambas. Tan pronto la retira, el chico chilla:

—¡Amo, las cosquillas son una tortura peor que el dolor, pare, pare ya! —pide con los ojos lagrimeándole y la barriga acalambrada de tanto reír, pero su sonrisa es tan bonita que Samuel lo sigue torturando un poquito más. Cuando termina, Aaron apenas puede respirar.

Aaron ya tiene su cinturita llena de pequeños moretones, pues Samuel lo ha mordisqueado suavemente a veces y otras con más fuerza, dejando que sus colmillos amenacen con romper la piel. 

A medida que el chico recupera su aliento, Samuel sigue chupando y amoratando alrededor de su vientre. Desde que le cocina, Aaron ha ganado peso y ahora, cuando se encoge y se ríe, se forman pequeños rollitos en la parte baja de su abdomen, del tamaño perfecto para que Samuel los mordisquee. Son suaves, dulces y hermosos como pedacitos extra de bizcocho, así que ama mucho llevarlos a la boca y notar la carne de Aaron contra sus dientes, tan tierna como mantequilla.

Aaron luce reluciente, ahora que tiene un peso más sano, y a Samuel no le importaría nada que el chico dejase de tener el vientre plano que ahora posee, porque eso solo significaría que hay más Aaron. Más Aaron para besar, más Aaron para morder, más Aaron para acariciar.

<<Más Aaron para querer.>>

—Ouch, a-amo, cuidado, me duele de tanto reír… —susurra el chico cuando Samuel se distrae demasiado imaginando a un Aaron rellenito y muerde con más fuerza de la que pretendía.

—No seas quejica o tendré que amordazarte, arrocito. —amenaza el otro, pero su tono es juguetón y hace a Aaron sentir más tranquilo.

Su castigo está siendo doloroso, pero debe admitir que también es placentero y que ahora se siente tranquilo en manos de Samuel. Sabe que no debería, pero confía en él, porque al parecer a los bobos sentimientos en su corazón les da igual toda la lógica que su cerebro pueda reunir.

Samuel baja un poco los pantalones del chico, pero sin incomodarlo, revelando solo un par de centímetros de su pubis y dejando los huesos de su cadera disponibles para su ansiosa boca. Samuel los marca de uno en uno y con una lentitud desesperante, chupando por tan largo rato que Aaron solloza, pues su piel está tan sensible que no puede más.

Cuando termina, los lame y Aaron tiene que apartar su vista al ver la lengua del otro, tan larga como una de sus enormes manos, desde la base de la palma hasta la punta del dedo anular.

Después Aaron siente el aliento de su amo sobre su pubis y un cosquilleo abrasador lo recorre hasta su entrepierna. Su respiración caliente derramándose sobre saliva tan cerca de un sitio terriblemente sensible… Aaron comprende por qué eso es un castigo ahora.

Lo entiende cuando Samuel agarra sus muslos con fuerza, dejando sus poderosos dedos clavados en ellos, grabados con moratones con la forma de su impronta, y a la vez cierra sus labios alrededor de la eriza piel que roza el borde del pantalón, chupando dolorosamente cuando, si lo hiciese solo meros centímetros más abajo, lo haría placenteramente, oh, tan placenteramente.

Aaron gimotea y, sin querer, empuja sus caderas desesperadamente contra la boca de Samuel, sin resultados, sin liberación, sin nada más que una mano firme soltando su muslo y empujando sus caderas hacia abajo, manteniéndolo bueno, obediente y disponible contra la cama mientras su amo lo marca de forma en que cualquiera que pretendiese tocarle, incluso si Aaron mismo pretende hacerlo contra sus órdenes, vaya a encontrarse en el camino la confirmación de que Aaron ya le pertenece a alguien. A alguien voraz y peligroso, a alguien suficientemente posesivo como para querer dejar su nombre y su hambre en cada centímetro de su más preciado humano.

Al terminar, Aaron es un lío de jadeos, temblores y piel sudorosa y llena de hematomas, así que Samuel besa sus mejillas y acaricia su cabello mientras le susurra muy dulcemente:

—Tan buen chico. Has sido tan bueno para mí…

Luego lo lleva al baño y le da intimidad para que Aaron se quede a solas con sus deseos y la consciencia de que no puede aliviarlos. No sin arriesgarse a un castigo y se teme que ese sería mucho más duro que el que ha recibido hoy.

Aaron se ducha con agua fría, como siempre que siente el infierno en su interior, y sale del baño con un pijama nuevo, de color azul pastel y botones amarillos. Samuel nota que, aunque sigue usando sus muletas, cada vez se mueve con más soltura y menos muecas doloridas en su rostro.

Oh, y también nota que los chupones que ha dejado en todo su cuerpo se transparentan deleitosamente a través del pijama.

Samuel toma al chico por la cintura, ayudándolo a andar, y lo conduce a la habitación, solo que hoy se detienen una puerta antes y Aaron se siente extrañado cuando Samuel la abre: la habitación es preciosa, pequeña y encantadora.

Se siente tan hogareña: con mantas calientes sobre el lecho y, en la mesita de noche, una pequeña pila de libros románticos. Del cajón ve sobresalir esa estaca casera que Samuel hizo para él con jirones de su pasado, astillas de su primer amor, y que le entregó asegurándole que su eternidad era ahora de él.

—Hoy he sido demasiado violento delante de ti, en el restaurante. He sentido lo aterrado que estabas y luego… ah —roza su cuello con lástima, evitando los hematomas que le ha hecho con pasión y tocando aquellos que tienen la forma de su mano, los que ha hecho con rabia—. He sido demasiado duro contigo, he perdido los nervios al ver que me desobedecías, no estoy acostumbrado a no poder desahogarme con un humano. Hacía tiempo que no me tenías tanto miedo e incluso ahora puedo sentir que piensas en ello, que estás asustado y preocupado y joder, sé que no te haré nada, pero sé que tú no lo sabes y que… Da igual, solo quería decirte que te he preparado una habitación, si la quieres. 

Aaron abre su boca por la sorpresa y la deja así, los labios separados en una pueril y adorable mueca, mientras examina la encantadora estancia. Es la primera vez que pone un pie en ella, pero nota que hay en las paredes algunos de los cuadros que antes estaban en el despacho de Samuel, los que mira durante más rato siempre, nota los libros apilados cuidadosamente en la mesilla de noche y un marcapáginas encima del primero, nota la manta color azul, como sus ojos, y entonces le da la sensación de que ese lugar es tan suyo que lo era antes siquiera de saber de su existencia.

Samuel se frota las manos, nervioso, y carraspea porque no es paciente y odia el silencio cuando no es él quien lo llena de tensión.

Aaron sale de su estupor, con una sonrisa en sus labios, y se inclina un poco hacia el vampiro cuando pregunta:

—Muchas gracias, amo, pero ¿podré dormir hoy en su cama?

Samuel no sabe cómo sentirse ante esa petición.

—¿No te gusta? —pregunta, un poco dolido, y Aaron se siente conmocionado, más de lo que debería, porque rara vez su amo suena tan vulnerable, tan humano.

—Me gusta muchísimo, amo, pero me gusta mucho dormir en su cama también. Sus sábanas son suaves y el colchón es tan blandito y —Aaron sonríe, ligeramente nervioso, y sus mejillas se tornan del color de las fresas maduras— me gusta no estar solo cuando duermo.

Escuchar eso complace en demasía a Samuel, que toma al chico por su cintura, rodeándola con un gran brazo y estrechándolo contra su cuerpo mientras la otra mano lo toma por su pequeña carita y le hace mirarlo. Samuel se inclina hacia él, bajando hasta que sus respiraciones se entremezclan y puede ver cada una de las pestañas negras y largas del chico, tan perfectas que querría besarlas una a una.

De hecho, ahora mismo el vampiro se ha abalanzado de ese modo sobre su humano y bien podría parecer que pretende comérselo de un solo bocado o… besarlo.

La idea de besarlo le lleva rondando la cabeza ya un tiempo.

<<Demasiado.>>

Crece en su interior como una picazón que no alcanza a rascarse y cada vez es más difícil de ignorar. Es más que un mero deseo, es un hambre que pareciera capaz de rivalizar con la sed de sangre, una sed no del rojo que corre por las venas del chico, sino del rojo de sus mejillas cuando se avergüenza, del rojo de sus labios, su lengua.

Pero Samuel se contiene, porque ya ha tomado demasiadas cosas de Aaron y no quiere tomar esta también. Ahora se trata de darle: paciencia, una pizca de libertad, muchos regalos y mimos para que se sienta a gusto y consentido. No quiere arrebatarle también el recuerdo del último beso que recibió, posiblemente inocente, adorable, un recuerdo de su anhelado mundo antes de que todo se fuese al infierno.

—¿A-amo? —pregunta Aaron, nervioso y alterado por la manera en que el vampiro lo sostiene cerca y clava sus ojos deseosos en sus labios.

—¿Te gusta dormir con tu amo, arrocito? Tan buen chico. Dilo de nuevo. —Samuel ronronea la orden con una voz grave, pero melosa, y Aaron no puede sino derretirse ante esas palabras.

Siente su marca arder, como si le advirtiese de que lo que esa voz le hace sentir es tan peligroso como dulce.

—Me gusta dormir con usted, amo —admite con un enternecedor suspiro y sus ojos, por un momento, también viajan a la boca del vampiro. Observa, casi traspuesto, sus carnosos labios rojos como pétalos sobre la perfección de la piel blanca, observa los colmillos, tan largos, afilados, siempre tornando su sonrisa en algo amenazante, peligroso, hambriento, pero aún más bello que contemplar. Observa la lengua del vampiro relamiendo sus belfos hasta dejarlos brillantes mientras él dice:—. A veces, mientras duerme, usted pone un brazo alrededor mío. Me gusta eso. Me gusta mucho.

Samuel lo acerca más a su cuerpo, estrechando su brazo alrededor de la cintura del humano. Su anatomía es tan frágil, tan pequeña: puede sentir sus diminutos hombros temblando, su corazoncito latiendo desbocado por el pequeño gesto.

—Oh, pero ¿acaso no estoy haciendo eso mismo ahora y estás nervioso y temblando? Cada vez que pongo mis manos en tu cuerpo, puedo sentir cómo temes.

Aaron traga saliva, la voz de Samuel es cavernosa y lenta y la siente deslizándose dentro de él de una forma que hace que su piel se erice. Siente que su voz es una cuerda alrededor de sus muñecas y tobillos, alrededor de su cuello, su cintura, su corazón: si le ordena algo con el tono adecuado, él no podrá siquiera plantearse desobedecer.

—Es que cuando duerme no da tanto miedo, amo. —confiesa Aaron y ríe un poco, entre nervioso y entretenido, por la obviedad de su afirmación.

Samuel pretende seguirle el juego y alza una ceja, como juzgándolo.

—¿Pretendes decir entonces que, dormido, no impongo respeto alguno? Qué palabras tan insultantes, quizá debería seguir castigándote...

La mano en su mejilla se desliza hacia el cuello de su camisa, tirando de él, revelando la piel cremosa y suave, ahora repleta de marcas. Aun así, Aaron sabe que queda mucho de él por marcar y, por la forma en que Samuel se relame, parece estar haciéndosele la boca agua ante la idea.

—¡No! Quería decir que sé que usted no me hará nada malo mientras duerme y por eso-

—¿Crees, entonces, que soy débil e inútil mientras duermo, incapaz de cazarte y castigarte si eres desobediente? —interrumpe Samuel, su tono duro, pero bastante dramatizado, pues solo está metiéndose un poco con el chico, no intimidándolo de verdad.

—No. ¡Lo siento, lo siento! No quería decir eso, es solo…

Samuel se ablanda al ver a Aaron realmente nervioso. Hoy le ha enseñado al humano que es realmente volátil y que es muy sencillo que alguien encienda una mecha en él y las consecuencias -sangrientas, agónicas- le estallen en la cara, así que decide que no es el mejor momento para asustar al chico así.

—Ya, cálmate —susurra, inclinándose para besar su mejilla. Aaron se encoge, temeroso, pero después de sentir los labios carnosos contra su piel, se pone rojo y no puede ocultar la tenue sonrisa que se dibuja en sus labios—, solo estaba burlándome de ti, bobo.

—Es cruel… —se queja el chico, haciendo un mohín y Samuel le desinfla una de sus mejillas mordisqueándoselas juguetonamente.

—Y tú eres demasiado delicioso cuando lo soy. ¿Qué culpa tengo yo?

<<Toda. Tienes toda la culpa>> susurra algo dentro de él y, aunque el momento es dulce y tierno, nota una espinita de amargura envenenándolo.


 

CAPÍTULO 60

Hoy Aaron se despierta pronto porque Samuel está saliendo de la cama, vistiéndose y diciéndole algo sobre que tiene que ir a buscar una cosa, pero que volverá en nada. Aaron se siente como cuando madrugaba para ir al instituto y le gruñe al vampiro igual que le gruñía a sus padres cuando ellos le gritaban que iba a llegar tarde. Samuel le replica algo sobre que no le hable en ese tono, pero Aaron gruñe todavía más fuerte, sonando como un jabalí, y se cubre entero con una manta para dormirse tan deprisa que ni logra oír la puerta de entrada.

Al salir, Samuel se siente algo irritado por estar paseando solo. Nunca le había molestado la soledad, de hecho, la buscaba activamente, y Charlotte y Jason se han convertido en sus amigos más preciados, no porque adore sus presencias, sino porque las puede tolerar mejor de lo que tolera la presencia de los demás. Ahora, sin embargo, se siente extrañado, como que le falta algo, igual que cuando uno sale de casa sin sus zapatos o su abrigo y no para de notar un vacío extraño pero indefinido, una sensación de que algo no anda bien, hasta que de pronto averigua qué es y parece lo más obvio del mundo.

Solo que Samuel ya sabe lo que le falta: Aaron.

Quiere andar siempre envuelto en su dulce aroma, quiere poder sentir su tacto suave y agradable contra sus manos, quiere su voz o, por lo menos, el ruido de su respiración y el latido de su corazón. Se siente ansioso por volver a casa y verlo de nuevo y esa sensación lo hace sentir vulnerable, porque la última vez que necesitó a alguien con esa misma intensidad, terminó teniendo que acostumbrarse a la soledad.

<<No va a pasar de nuevo. Nunca dejaría a Aaron irse de mi lado. Nunca perdería a lo más importante que tengo>>

De pronto, el latido de un corazón y el sonido de un tarareo bajo lo sacan de ensimismamiento.

—Tú —dice hoscamente, dirigiéndose a un muchacho joven y delgadito, de cabellos rizados color avellana y ojos esmeralda. El chico da un repullo y lo mira con precaución, sin atreverse a seguir caminando mientras el gigante vampiro se aproxima a él con pasos grandes y decididos—. ¿No eres el humano de Jason? ¿El hemofílico?

—Así es, señor. —responde el chico respetuosamente, aunque la voz le tiembla un poco y juguetea con sus dedos porque está visiblemente nervioso.

Samuel se acerca demasiado para su gusto y tiene cara de pocos amigos. Jason le ha hablado mucho de ese vampiro y se dice que puede confiar en él, pero resulta que en la vida real el hombre luce mucho menos amable que en las palabras de Jason.

Sobre todo cuando el rubio alza una de sus enormes manos y le rodea el cuello con ella. Jay jadea, pero no se atreve a moverse ni a emitir sonido alguno. Por suerte, el vampiro no lo está apareando o, si no, lo asfixiaría en cuestión de segundos.

—Jason es amable, pero no es estúpido. Te va a castigar severamente cuando te arrastre de vuelta a él, así que empieza a pensar cómo vas a rogar para obtener un poco de clemencia.

Ahora Samuel sí que aprieta su mano un poco, angustiando al humano y zarandeándolo con rabia por un segundo. La idea de encontrarse a Aaron así, felizmente corriendo por las calles para tratar de escapar lo más lejos de él posible, hace que su sangre hierva y las ganas de destrozar al pequeño humano fugado se hacen tan fuertes que sus ojos brillan y sus colmillos crecen alarmantemente largos.

—U-uhm, señor, por favor, no me agarre así. No estoy escapándome. —dice el otro con una voz muy dulce y su pequeña mano derecha tocando la del vampiro con una delicadeza que envidia.

—Explícate. —gruñe Samuel y puede sentir como el muchacho tiembla por la dureza de su voz.

Apuesta a que Jason no causa en él ni una décima parte de todo ese miedo y, aunque eso le hace sentir un poco orgulloso, le hace sentir sobre todo lleno de celos: él también quiere que Aaron lo vea como Jay ve a Jason.

—Mi amo me ha dado permiso para salir a despejarme, ya he acabado todo mi trabajo hoy y... Por favor, ¿puede soltarme? Ya volvía.

Samuel deja ir al chico a regañadientes y lo ve frotándose el cuello con una mezcla entre alivio y miedo; se siente un poco enfadado de pronto. Ese humano está siendo dramático. ¡Ni siquiera la ha apretado tan fuerte! Fue mucho más duro anoche, con el pobre cuello de Aaron, y, sin embargo, el estúpido mortal lo mira como si fuese el mismísimo diablo.

Se siente avergonzado por haber malinterpretado la situación, pero odia cómo ese chico le hace sentir como una bestia salvaje, sobre todo porque está esforzándose mucho en no ser así.

—Te acompañaré, entonces. Voy en la misma dirección y podría pasarme a visitar a Jason.

Es evidente que la oferta incomoda al humano, pues este hace una mueca disgustada.

—Le prometo que no estoy tratando de escapar, de verdad, tengo una marca, así que Jason podría localiz-

—Cállate y anda.

—S-sí, señor.

Los primeros minutos andan en total silencio y el chico no para de intentar evitar mirar al vampiro. Parece deseoso de llegar de una buena vez y librarse de la presencia de Samuel, pero el vampiro no entiende por qué, ya que, por lo que a él respecta, ha sido amable con el chico: semanas atrás, cuando lo mordió, se esmeró en no dañarlo e incluso lo tranquilizó y hoy cuando lo ha visto y ha pensado que estaba escapando, no lo ha apalizado ni ha roto sus piernas, como otrora habría hecho, sino que ha conservado la calma de una forma impecable. El chico debería agradecer su amabilidad y Samuel se siente tan, tan irritado de que no lo haga.

<<¿Qué mierda hago mal? ¿Cuál es el puto problema?>>

—¿Odias a Jason? 

El chico se sobresalta al escuchar la voz del vampiro tan de repente y se extraña muchísimo por esa pregunta.

—Claro que no, señor. Él me salvó de un destino horrible y, aunque si pudiese, elegiría volver al mundo de antes, donde no tenía que ser propiedad de nadie, aprecio muchísimo a Jason. Es un buen amo, incluso hace que a veces no me parezca mal que alguien más pueda decir que soy suyo.

Se tapa la boca, avergonzado, después de confesar eso último. Después, se da una bofetada mental por ser tan bocazas, pero no puede evitarlo: siempre fue parlanchín y ha tenido que pasar mucho tiempo en silencio por culpa de su anterior amo, así que ahora aprovecha cualquier mínima oportunidad para parlotear como si la vida le fuese en ello.

—¿Y qué es lo que hace para que lo aprecies tanto?

—Bueno, él siempre nos trata, a mí y a sus demás humanos, siempre nos trata con respeto. Somos su propiedad y su comida y todos lo sabemos, pero algunos vampiros nos tratan como solo eso y con Jason se siente distinto, él nos ve como algo más, como todavía humanos. Tenemos que trabajar duro para él, muy duro, pero aun así nunca nos hace hacer nada que no podamos soportar, incluso los trabajadores de sus bares de sangre… Jason los defiende cuando algún cliente se propasa y deja claro que no pueden usarlos como juguetes. Siempre nos recompensa bien, muchos humanos son forzados a dormir en el suelo o en los jardines exteriores, a pesar del frío, los insectos, la incomodidad. Él siempre nos da una cama cómoda y comida caliente, se preocupa por que tengamos ropa abrigada y la barriga llena. A veces, como ahora, nos permite tiempo libre, para nosotros mismos. Nos deja hablar entre nosotros, tener aficiones y algo de privacidad. Es estricto, pero es amable. Nos permite pasar rato con él, a los que queremos, claro, y somos pocos. La mayoría le evitan o le temen demasiado como para querer acercarse más de lo necesario y lo entiendo perfectamente, pero yo disfruto mucho de su compañía. A veces, con él, muchos no sentimos que seamos esclavos, sino que todo eso se siente como un trabajo y ya está. Y Jason se siente como un amigo muchas veces, al menos para mí.

—¿Cómo es posible que sea estricto si os mantiene tan consentidos?

Jay no entiende a qué viene el interrogatorio. Frunce el ceño, algo extrañado, y niega con la cabeza.

—Nadie se atrevería a desobedecerle queriendo. Es amable, pero puedo asegurarle que es estricto.

—¿Os castiga?

—Cuando es necesario, sí. —responde el chico y su rostro se oscurece un poco. Mira hacia otro lado, perdido en sus pensamientos, y un escalofrío le recorre de arriba abajo.

—¿Cómo?

Jay traga saliva, preferiría no responder a la pregunta del rubio, pero sabe que no es buena idea desafiarlo.

—Hace poco una chica se tomó demasiadas libertades con él. La ató en una posición incómoda, no podía moverse siquiera un centímetro, estaba tan contorsionada… Y la dejó así en el centro de la mesa, como si fuese una decoración, nos prohibió dirigirle la palabra esa noche mientras cenábamos y ella sollozaba. No ha vuelto a faltarle al respeto.

—¿Te ha castigado a ti alguna vez?

Jay se encoge de pronto como un cachorrito asustado al que alguien le levanta la mano. Jason no es cruel, pero es duro y cada vez que lo educa con mano firme, incluso el simple hecho de recordar esas veces, pone a Jay tan nervioso que saltaría ante el más mínimo ruido, pues recuerda con angustia la manera en que su antiguo amo lo miraba con ojos cansados y muertos mientras él chillaba y se retorcía en agonía, los huesos rotos, rasgando su piel desde dentro y saltando fuera de esta, visibles, húmedos de sangre, astillados y partidos por completo hasta que se veía incluso el tuétano.

No le gusta pensar en castigos. Jamás.

Pero tampoco se atreve a decirle que no a Samuel.

—Intento ser perfecto. Pero a veces no lo soy o soy olvidadizo. Una noche olvidé preparar el salón para sus invitados y pareció que no le importaba, pero luego me hizo arrodillarme en arroz durante un buen rato, nunca pensé que algo tan inofensivo podría ser tan doloroso. Me arrodillé delante de él y pasó todo el rato mirándome, para asegurarse de que había aprendido la lección.

Jay sacude sus hombros por un violento escalofrío, como expulsando esa memoria fuera de él.

Samuel asiente. Antiguamente, arrodillarse sobre arroz crudo, usualmente mezclado con pequeñas piedritas y llevando pesos sobre los hombros, era usado como un método de tortura si se prolongaba las suficientes horas. Sabe que Jason no habrá hecho al chico sufrir esa penitencia más que unos breves minutos, pues no soportaría torturar verdaderamente a esa cosa inocente y suave como un copo de nieve, pero seguramente debió ser un buen escarmiento.

Se queda el resto del camino pensativo. <<Es un buen castigo. Realmente bien pensado. Es doloroso, pero no tiene el impacto emocional de una paliza. Enderezaría pequeñas desviaciones de la conducta sin hacer a un humano odiarte o temerte de más. Jason es tan bueno midiendo la violencia y el dolor que debe emplear, tan experto en moderarse y pensar las cosas con temple.

¿Puedo yo volverme así? ¿Fui tan amable cuando castigué anoche a Aaron? No parece tan afligido como cuando le pegaba por horas. ¿Lo he hecho bien? ¿Aún tengo que mejorar? Es tan difícil hacer esto. ¿Cómo mierda lo ha hecho Jason sin ayuda alguna? ¿Cómo puede estar seguro de qué está bien y qué es demasiado? Es como si llevase una brújula dentro que apunta al camino adecuado. Yo no tengo eso.>>

Cuando llegan a la morada de Jason es Jay quien pica a la puerta y esta se abre casi al instante. Para sorpresa de Samuel, no es uno de sus criados humanos quien les atiende, sino que es el mismo Jason quien abre la puerta y, además, con una gran sonrisa y los ojos clavados exactamente a la altura de su humano de cabellos color caramelo.

Cuando se da cuenta de que al lado de su chico está también su creador, frunce el ceño extrañado.

—¿Sam? ¿Qué hacéis juntos?

—Había pensado en venir a visitarte y me encontré a tu polluelo por el camino.

La expresión de Jason cambia totalmente, de desconcierto a una enorme sorpresa: sus cejas se alzan, sus ojos parecen a punto de salir disparados de sus cuencas como si fuese un dibujo animado y su boca se abre en una gran O.

—¿Venir a visitarme? ¡¿Quién eres tú y qué has hecho con el Samuel amargado y antisocial que todos conocemos?! Pensándolo bien, no respondas, me gustas más tú que el viejo Samuel. Quédate, pasa, pasa.

Samuel rueda los ojos con desdén y Jason ríe por lo bajo porque ahí, en ese gesto, es donde está el Samuel amargado al que tanto quiere.

Jay entra y parece querer marcharse de la escena, pero Jason coloca una mano en su hombro, invitándolo a quedarse, lo cual el muchachito hace obedientemente. A veces su amo reclama su presencia para nada más que acariciarlo un poco o mirarlo por largo rato o a veces ni eso. En palabras de Jason: “Siempre es agradable tener algo dulce y suave cerca, cariño, para deleitarme pasando mis dedos por tu piel o envolviéndome en tu aroma agradable o… quién sabe, para probarte si tu presencia despierta mi apetito. Así que quédate."

—¿Y a qué se debe la visita? —pregunta Jason cerrando la puerta y avanzando hacia el gran salón, que está a la vuelta de la esquina tras un pasillo larguísimo que le sirve a Jason como recibidor y, a la vez, dota su casa de una mayor privacidad.

El pasillo es amplio, de paredes color crema sostenidas por detalladas columnas, con una alfombra carmesí que se extiende en el suelo y las paredes pobladas de cuadros enormes, cada uno iluminado por su propio foco de luz cálida.

—Necesitaba despejarme.

Al escuchar eso, Jason parece alertado y le lanza una mirada tintada de preocupación a su creador.

—¿Ha sucedido algo?

—No… —responde no muy convencido— Es solo que las cosas con Aaron están siendo difíciles.

Ambos se acercan a un sofá circular enorme que hay en el salón, justo frente a la chimenea. Samuel se siente en frente de Jason y Jay es tomado por la cintura y puesto en el regazo de este último.

—La sed de sangre apenas me deja dormir, es como si mis venas se hubiesen secado, las paredes de estas convirtiéndose en papel de lija y rozándose, y si fuese solo eso, solo el dolor del hambre, podría aguantar mejor, pero… Por Satán, es el deseo lo que me tortura más. El otro día unos neófitos me enfadaron e intenté controlarme, pero tuve que salir mientras Aaron dormía, tuve que salir a sus espaldas a buscarlos y matarlos, a torturarlos. Necesitaba esa violencia, no sabes cuánto, no podrás entenderlo porque mi sangre es más pura y mis deseos más oscuros, pero cuando por fin pude dejar salir todos los deseos que estaba reteniendo dentro de mí, me sentí tan aliviado. Tan aliviado de arrancarle la piel a alguien, tan aliviado de usar mis dientes para hacerlos pedazos, tan aliviado de arrancarles los intestinos, tan aliviado de romper sus huesos, seccionar sus extremidades, tan aliviado de reventar sus ojos, desgarrar sus lenguas… Y ahora quiero más. Siempre he podido hacer las peores atrocidades con mis presas humanas y ahora, con Aaron, puedo contenerme, pero a veces es tan difícil. Me da miedo eso. Me da miedo volver a sentirme tan a punto de explotar otra vez y no tener a nadie más para saciar mis deseos más oscuros, salvo él.

Jason escucha con atención y seriedad, mientras acaricia el pelo de Jay, que tiembla y tiene que llevarse una mano a su boca para no vomitar por la sangrienta explicación que Samuel da sobre las cosas que a él se le antojan deliciosas.

Si antes temía a ese vampiro, ahora le horroriza.

—Dulzura, ve a limpiar las habitaciones.

Jay odia que le den faena extra, pero esta vez lo agradece, así que asiente, pálido y sin voz, y se va corriendo.

Jason tiene que acomodarse en su sitio y respirar hondo, porque él no es tan puro como Samuel, eso es cierto, su sangre es una mezcla entre la esencia vital de un humano y la podrida inmortalidad de un demonio, así que sus dos mitades se equilibran de forma más o menos justa, pero eso no significa que muchas veces, así como gana su sensiblería humana, no sea su crueldad vampírica la que domina y le hace ser un diablo. Deseos tan retorcidos como los de Samuel no nacen nunca de él de forma espontánea, como sí le sucede a su creador, pero cuando le escucha describir esas torturas agónicas, lentas y desquiciantes, no puede evitar notar cómo los colmillos le crecen y le saliva la boca. Su apetito abriéndose de pronto, pero no solo el de sangre, sino su apetito por la violencia, el miedo, el dolor.

Un gusto más refinado que todos los vampiros tienen, pero que solo los más antiguos y poderosos consideran tan exquisito, pues no solo se alimentan de la sangre, de su sabor, calidez y dulzura, sino del miedo y el dolor que causan para obtenerla. Para algunos, los gritos, las lágrimas y la desesperación de sus víctimas son la guinda del pastel.

Para otros, puros, poderosos, condenados a la perdición, la agonía es tan necesaria como la sangre.

—Sam, yo también tengo instintos a veces. No son como los tuyos, jamás podría llegar tan lejos sin que se me girase el estómago de asco y arrepentimiento, pero a veces quiero ser más cruel y codicioso de lo que soy con mis humanos, quiero hundir mis dientes más profundo, asustarlos más cuando me alimento de ellos, quiero oírlos gritar y llorar, especialmente… —Jason muerde su labio y niega con la cabeza, como si se hubiese distraído—. Pero no lo hago, porque yo llevo aprendiendo a controlarme desde que me creaste. Llevo aprendiendo a soportar la presencia de la frustración muchos más años que tú y sé que es difícil, pero no es imposible. 

Samuel lo mira con cierta esperanza, pues si es imposible, sabe que todo estará perdido, que su vida junto a Aaron será corta y su final trágico: lo amará con la más delicada de las dulzuras hasta que, una noche, su sistema se empalague y decida que sus instintos no pueden aguantar más alimentándose de meras migajas; esa noche las bestias que tiene dentro y que llevan tirando de él toda su vida romperán las cadenas, camparán a sus anchas por el mundo y destrozarán a Aaron entre sus mandíbulas.

Los devorará por completo. Su sangre, su carne, sus huesos. Tan suyo que ni en la muerte lo dejará ir.

Y jamás se lo perdonará.

—Lo que tú sientes, Samuel, es una llamada mucho más poderosa que la que yo sentiré jamás. Mis instintos me influencian, me seducen… Pero a ti te ponen una correa y tiran de ella con la fuerza de un amo cruel e impaciente. Lo sé, incluso si no lo he vivido, lo he visto. Quizá por eso tú debas ceder más de lo que yo lo hago, llegar a un trato con el diablo que mueve tus hilos, un acuerdo que os mantenga a ambos contentos: puedes saciar tus instintos un poco, ¿no es así? Tú puedes aguantar un poco de hambre y Aaron un poco de dolor.

—No lo sé, no sé si podrá. Le he hecho soportar tanto, no sé si podría…

Aunque, piensa Samuel, la noche anterior lo logró. Es cierto que sació mayormente sus instintos yendo a dar caza y muerte a aquel vampiro que lo había molestado en el local de sangre y dejó que su sadismo tomase el control durante la matanza, pero incluso al terminar, seguía queriendo más.

Sentía que su cuerpo y su alma le pedían sustento y que él los había tratado de engañar llenándolos de un sucedáneo, como quien muere de hambre y se llena el estómago con agua para tranquilizarse un momento, pero luego, al cabo de meros minutos, siente su cuerpo reclamándole de nuevo, pues el cuerpo no es estúpido y el engaño no puede durar para siempre.

Del mismo modo, la cruel necesidad de Samuel pedía una víctima, sí, un sacrificio, y exigía su sufrimiento, así que Samuel se hartó del sufrimiento de ese pobre diablo que se había cruzado en su camino solo para hallarse, apenas un ratito después, tan insatisfecho como se había sentido al inicio. ¿Qué hizo entonces? ¿Qué es lo que le ha permitido levantarse hoy menos hambriento, más sereno?

Castigó a Aaron.

Lo dominó de forma gentil y lenta y le provocó dolor, pero también suspiros y escalofríos y, quizá, no fue lo que su instinto le exigía, pero fue mejor que nada y ahora la bestia en su interior no ruge con fiereza hasta ensordecer su raciocinio, solo se queja con gruñidos bajos. Insatisfecha, pero más domada que antes.

Quizá puede hacer eso más a menudo, castigar a su humano un poco, probar su dolor y contentarse con esas gotitas de sufrimiento que puede exprimir de él sin dejarlo vacío como un cascarón, así como sucedió en el pasado.

Aun así, la idea es arriesgada y le asusta.

<<¿Y si cruzo un límite otra vez?>>

—Me da miedo perder el control. —suspira, tembloroso.

—Pudiste conservarlo cuando me convertirse a mí, cuando perdonaste a Lottie.

Samuel ríe, como avergonzado por esos cándidos recuerdos, y niega con su cabeza.

—Fue hace mucho tiempo.

—Exacto. Fue cuando eras prácticamente un neófito comparado con ahora y, aun así, pudiste controlarte. No solo eso, pudiste ser generoso, piadoso. Fuiste tan humano… Y siempre he creído que en el fondo sigues siéndolo. Por eso estoy siempre a tu lado, por eso Lottie siempre lo estará también. Que estemos vivos es la prueba irrefutable de que hay bondad en ti, Sam.

Samuel asiente, pensativo, y los recuerdos que usualmente reprime lo invaden, pues hoy no opone resistencia. Antes se avergonzaba de la época en que convirtió a Jason, pues para él era una mancha en su brutal historia, un momento de debilidad que otros podían sacar a relucir para humillarlo. Hoy entiende que hubo una gran fortaleza en ese acto, en arrodillarse entre escombros, bajar la cabeza, escuchar a una mortal… entiende que hay fortaleza en permitirse ser vulnerable, con todos los peligros que eso entraña.

Quiere olvidar esa época incluso ahora, porque es muy doloroso, pero a veces no queda otra que aceptar el dolor.

Recuerda ser, desde el primer instante en que la sangre de vampiro corrió por sus venas, un depredador nato, dado a la caza como si hubiese nacido para ello: puros colmillos y hambre, sin compasión ni trazas de humanidad.

Desde que fue creado y hasta que conoció a Aaron, ha sido un asesino despiadado. Salvo por el pequeño lapso de unos años en que flaqueó. Lo vio, como lo ha visto en Aaron también: esos ojos azules, esa mirada llena de perseverancia y férrea convicción, pero también de la más inocente ternura.

Hace muchísimos años se encontró ya con una criaturita que le recordó a su primer amor y desamor, solo que entonces, en vez de hacerla suya, sencillamente se perdió a sí mismo.

Samuel vagó por años sin rumbo, sin hambre apenas, solo una tristeza interminable que apagaba cualquier llamarada de deseo que amenazase con arder en él. En esa época él ya no era la muerte, sino su mera sombra: solo cazaba en pueblos aniquilados por la guerra, se movía entre cenizas y escombros y daba muerte a aquellos que, sin su ayuda, habrían hallado el mismo destino. Él solo hacía las cosas más rápidas, como si su poder fuese una luz mortecina y no pudiese hacer cambios más grandes en el mundo.

Y un día halló a una chica llorosa junto al cuerpo moribundo de su hermano. Una chica que apenas se llegaba a la cintura, tan joven y frágil, pero que le plantó cara para exigirle que le diese la vida a su hermano. Y no cualquier vida, sino la eterna.

Charlotte fue valiente y Samuel, como muestra de respeto, fue generoso. Le dio a Jason el don oscuro y, años más tarde, este se lo obsequiaría a su queridísima hermana.

—No me lo recuerdes, tonto, me voy a sonrojar. —le responde Samuel, medio juguetón, pero con cierto tono rosado en sus mejillas al pensar en aquella decisión que tomó y de que supo, al instante, que se iba a arrepentir.

Del mismo modo, sabe que se arrepentirá siempre de tratar con dulzura a Aaron, pues controlar su sed es agónico, pero sabe también que ese arrepentimiento no es más que un minúsculo precio a pagar por algo que valora mucho más.

—Hoy estás tierno y todo, ese humano te ha sentado muy bien, Sam, pero que muy bien.

Samuel exhala una pequeña risa y luego niega con la cabeza.

—Menos mal que me dices esto, Jason, porque te juro que podría volverme loco de tanto escuchar susurros llenos de desaprobación o ver cómo otros ponen mala cara cuando trato a Aaron con delicadeza en público. Por no hablar de cómo se pondrá de insistente Ivthan cu…

Jason finge que tiene una arcada cuando escucha ese nombre y Samuel echa a reír, pero luego una mueca pensativa y triste invade su rostro. Recuerda, sin querer, las noches que vomitaba después de dejar las manos y la boca del vampiro explorarlo, sintiéndose sucio y traicionero cuando volvía a la cama con su verdadero amor y lo abrazaba fuerte, tratando de borrar el olor de otro hombre de su cuerpo.

—Si te sirve de consuelo, no creo que te moleste mucho en un tiempo. Está planeando algo grande o eso se dice, lo anuncia con mucho orgullo, pero al parecer mantiene bastante el secretismo respecto a qué es exactamente.

Samuel frunce el ceño. Ha escuchado alguna cosa al respecto y ya desde la primera vez, notó algo pesado en su estómago, un sentimiento contundente como una piedra hundiéndose en él. Trató de ignorarlo, pero se hace cada vez más y más fuerte.

—No creo que sea nada bueno —susurra, más para él que para Jason, y mantiene la vista clavada en el suelo. Luego la alza, se levanta del sofá y mira a su amigo con decisión—. Tengo que marcharme, pero hazme un favor, averigua lo que puedas sobre eso. Tienes muchos contactos gracias a tus locales, así que si puedes sacarles cualquier información…

—Oh, voy a exprimir a mis clientes hasta saber cualquier detalle.

Samuel le sonríe, complacido, y Jason le guiña el ojo cuando se marcha.


 

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