CAPÍTULOS 1-10

 CAPÍTULO 1

Su mano tiembla. ¿Cuánto hace que no escribe? Comunicarse con otro ser humano lleva siendo un mero sueño durante años. Ahora, gracias al pedacito de lápiz, es una posibilidad.

<<Mi nombre es Aaron y creo que hoy es mi cumpleaños. Dieciocho. Ni mi edad ni mi nombre importan, pues no he oído a nadie pronunciarlos en un largo tiempo, pero me mantiene vivo la ilusión de que tú existes, de que, seas quien seas, existe alguien que tomará este papel y lo leerá, alguien que delineará mi nombre con sus labios y que quizá al leer mi edad sonríe y piensa un ‘’felicidades’’ que te juro que moriría por oír.

Llevo viviendo este infierno el mismo tiempo que tú: cuatro largos años; me pregunto qué edad tenías cuando todo comenzó, qué edad tienes ahora y si has pasado tus cumpleaños solo y llorando, aterrorizado porque el recuerdo de tu familia y amigos cantándote ‘’cumpleaños feliz’’ se desvanece lentamente cuanto más te alejas de aquella época en que todo era normal. En que ellos aún se mantenían en las sombras y nosotros en la cima. Quiero que sepas que cada día susurro un pequeñísimo ‘’felicidades’’, cada mañana un ‘’buenos días’’ y cada ocaso un ‘’buenas noches’’ y sueño con que el viento le lleve esas palabras a alguien que necesite oírlas tanto como yo. Incluso si no las escuchas, lee esto y créeme: son reales. Cuando te sientas solo, imagíname diciéndolas. Yo te imagino a ti. No te pongo cara, ni voz, ni cuerpo, no puedo saber el color de tus ojos o el de tu piel, mi querido lector… pero sé que eres humano. 

Eso es lo único que necesito para sentirme reconfortado.

Pero no vengo a ofrecerte solo palabras de ánimo, también necesito pedirte algo, aunque suene egoísta: espérame. 

Llevo meses viviendo por esta zona, un antiguo barrio humano, ahora en ruinas. Rara vez las sanguijuelas se alejan tanto de su terreno, así que es ideal para refugiarse y cultivar comida (incluso hermosas flores) sin ser demasiado llamativo. Es un buen lugar para vivir así que, te lo suplico, quédate aquí. Conmigo. 

Sé sobrevivir en soledad, pero no sé cuánto más podré aguantar.

Echo tanto de menos mi vida, tantísimo, pero todo en ella está muerta y no paro de preguntarme si debería estarlo yo también y he luchado tanto por escapar de las malditas garras de la muerte que rendirme ahora se sentiría como pisotear todo ese trabajo duro, pero la idea es tentadora. Demasiado.

Te necesito, seas quien seas. Necesito una voz, unas manos. Un abrazo. Por favor.

Hoy saldré de expedición a la zona vampira. Ojalá encuentres esta nota en mi ausencia. Ojalá la leas. Ojalá yo regrese con vida y te encuentre sosteniéndola. Ojalá el mundo pueda devolverme un pedacito de toda la felicidad que me ha quitado.

¿Le pido demasiado al destino? Tal vez, pero a ti te pido algo pequeñito: por favor, espérame. No me abandones. No me dejes pudriéndome en esta inmunda soledad. Si no he llegado mientras tú lees esto, te lo ruego, espera un par de noches.

No tienes nada que perder y yo, sin embargo, estoy perdiendo la esperanza.>>

Aaron solloza cuando la punta de su lápiz se rompe al repasar una y otra vez las palabras donde sus lágrimas han emborronado la patosa caligrafía. No sabe bien por qué llora y es que los sentimientos se arremolinan violentamente dentro de él: la desesperación, el miedo y la tristeza, todos tintados de la negrura del profundo abismo de la soledad, pero también la ilusión y esa ingenuidad de la que tuvo que haberse deshecho años atrás, cuando se juró ser duro y no llorar más. Pero Aaron no puede evitarlo, tan pronto sus manos forman palabras tentativas, casi tímidas, se imagina alguien más leyéndolas, a alguien más, y su corazón va rápido y estalla de júbilo.

No sabe ni qué cara ponerle: hace años que únicamente ve su cara reflejada en el agua del río. Hace tiempo que la de su madre, su padre y sus abuelos se difuminaron hasta perderse, lo mismo con las de sus amigos. La mañana que se dio cuenta de que no recordaba sus voces fue como si se murieran todos de nuevo.

Además, el sonido terroso y agradable del lápiz contra el papel le trae tantos recuerdos: aulas, exámenes, profesores bromistas y otros serios, alumnos que charlaban y otros que rodaban los ojos y bufaban por una mala nota. Aaron jamás pensó que echaría en falta la escuela, de hecho, estaba deseando terminarla, ser adulto y trabajar, hasta fantaseaba con comprarse una casa y vivir solo.

Oh, solo.

¿Cuántas veces se quejaba de su madre irrumpiendo en su cuarto para contarle un cotilleo, de su padre preguntándole cada día cómo le había ido la escuela, como si fuese a decirle algo emocionante, de sus abuelos explicándole batallitas, de sus profesores sermoneándole o de sus amigos diciendo tonterías sin importancia? Se odia por no haber apreciado esas cosas, pero ¿cómo podía saberlo? ¿Cómo podía esperar que un día todo cambiaría del modo en que lo hizo?

A día de hoy, sigue sin entender qué detonó el fin de su normalidad.

El fin de la humanidad. ¿Por qué atacaron ese día y no cien años más tarde, cuando él ya no tuviese que sufrir las consecuencias?

Hace unas semanas Aaron tuvo un sueño, no, una pesadilla. En ella la soledad lograba dominarlo: la necesidad de ver otro rostro, de ser visto, de escuchar una voz pedirle o preguntarle o decirle algo… lo controlaba, así que, enloquecido, se adentraba en la zona vampira de noche buscando lo más cercano a un humano que sabe localizar: un demonio que lleva la máscara de una persona. En el sueño los vampiros lo veían, le hablaban, le acariciaban los hombros con dulzura, como él tanto quería. Era maravilloso, hasta que lo tomaban fuerte por sus muñecas, sus tobillos, el cuello, los dedos, la cintura, las rodillas, los codos… y estiraban hasta hacerlo pedacitos. 

Despertó cubierto de sudor y sin saber si el sueño lo perturbaba porque en él moría o porque solo en el mundo onírico lograría ser visto y oído por alguien más. 

Piensa en ese sueño hoy, mientras toma su mochila y se prepara para ir a la zona vampira. Debe ser astuto ahora, pues no podrá confiar en su inteligencia más adelante. Desarrollarse en un mundo cruel le ha obligado a ser listo, pero ante la amenaza de los vampiros su cerebro parece congelarse, así que necesita planear por adelantado todo y repasar el plan varias veces. 

Llena su mochila solo lo suficiente para que no lo retrase (agua, comida y un pequeño kit para cazar animales si lo necesita o empezar un fuego si el frío lo acucia hasta no permitirle moverse) y deja un gran espacio vacío, pero cubierto por toallas y telas que pretenden amortiguar los posibles ruidos que hagan las gallinas que planea robar cuando las meta prestamente en su mochila. Es de día y ni el cacareo de mil gallos debería ser capaz de despertar a un vampiro, pero debe ser precavido.

Su plan es sencillo: tomar solo un par de aves de los corrales, para poder criarlas él junto a su huerto.

Inicia su viaje con paso lento, pero seguro y se repite mentalmente una y otra vez que la carta que ha dejado sostenida por una piedra no estará allí cuando llegue. En su lugar, habrá alguien esperándolo, como si por arte de magia un papel y la intensidad de sus deseos fuesen suficiente como para que el destino decida concedérselos.


 

CAPÍTULO 2

Aaron anda con bastante rapidez. En su infancia no fue nunca muy atlético, sino más bien un chico delgado y tranquilo que no tenía problema alguno en correr rápido cuando el profesor de educación física lo exigía, pero se ponía nervioso cuando había que jugar a deportes en equipo y huía de los balones como un ratoncillo asustado. 

Desde que el final de su vida empezó, ha crecido varios centímetros, aunque no tantos como deseaba cuando todavía iba a clase y envidiaba a los chicos que habían madurado rápido. De hecho, Aaron sigue siendo bajito y tiene un cuerpo grácil, casi femenino, con una delgadez delicada y formas bonitas, más que rudas, su piel es tan lampiña como es pálida y su voz, aunque ya no es infantil en absoluto, es tan fina y casi angelical que le hace lucir dulce incluso si está intentando sonar enfadado. Sabe que es hermoso, pero la belleza no le sirve, no en un mundo donde solo la fuerza y la mañana sobreviven.

A pesar de que nunca le gustó su complexión pequeña, ahora la agradece: le permite moverse con rapidez y agilidad, pasando desapercibido como un ratoncito que corretea por el camino. De todos modos, sabe que si un vampiro lo detecta algún día, no será porque lo vea, sino que lo olerá.

De hecho, Aaron sabe que existe el riesgo de que cuando termine su incursión en la zona vampira y vuelva a su alejada guarida, la dulzura de su miedo siga flotando en el aire y los vampiros sepan que ha estado ahí. Solo reza para que el olor se haya desvanecido lo suficiente como para no puedan rastrear su escondrijo.

<<No pasa nada.>> se dice a sí mismo, debiendo parar para respirar hondo y cerrar sus ojos azules, grandes y asustados <<Todo irá bien. Acaba de amanecer, tengo muchas horas para hacer lo que tengo que hacer e irme. Para entonces no podrán advertir mi presencia. No podrán. Estoy seguro. Estoy bien. Estarás bien, Aaron, no te preocupes.>>. A veces, cuando se habla a sí mismo así, finge que la voz no es suya y no está en su cabeza, sino que tiene un acompañante que lo tranquiliza. Se siente patético, pero funciona.

Mira sus manos y comprueba que no han parado de temblar ni un poco, pero se obliga a seguir adelante. Es lo único que puede hacer.

Los vampiros son mucho más escasos de lo que los humanos fueron cuando tenían el control del mundo, así que la mayoría del mundo está desierto.

Los bebedores de sangre se reúnen en contadas zonas, formando pequeños núcleos que funcionan como ciudades. Aaron recorre ahora las lujosas calles de uno de los barrios más ricos y privilegiados de una ciudad vampira. Le eriza los vellos de todo el cuerpo saber que en las enormes mansiones que tiene a los lados de su cuerpo (y detrás de él, sobre todo detrás) reposan criaturas que podrían destruirlo con apenas la fuerza de una de sus manos. <<Es de día. Estoy a salvo.>> se repite, como un mantra.

De todos modos, debe pasar por esa zona sí o sí. Una vez pase por ella, se dirigirá a las zonas de vampiros menos poderosos y, por ende, menos adinerados, aquellos que trabajan para mantener a esa élite que los hizo ganar la guerra contra los humanos en únicamente una noche. 

Así, llegará a las periferias destinadas a los vampiros de menor rango, dedicados a los trabajos relativos con la producción de recursos básicos para humanos, con tal de que los vampiros que hallan presas y quieren mantenerlas con vida puedan hacerlo. Ahí están las granjas.

Al inicio no había granjas y tampoco nadie se dedicaba a producir agua potable o alimento para humanos. Los vampiros cazaban y mataban sin remordimiento, cada presa saboreada de forma corta e intensa. Pero pronto hallar humanos se tornó difícil y es que sucumbir al frenesí de sangre tiene sus consecuencias, sobre todo después de que la guerra contra los humanos significase matar a todos aquellos que se resistieron y tomaron armas en vez de arrodillarse o huir como presas asustadas.

Desde que los humanos son un bien escaso, los vampiros los han ascendido del denigrante estatuto de presas a una posición que Aaron no sabe si es realmente mejor: esclavos de sangre. Algunos los llaman burlonamente “Mascotas”.

Aaron para en seco de nuevo. Ya no piensa en el hecho de que las señoriales casas que lo rodean contienen monstruos sedientos de sangre. No, ahora piensa que esas casas quizá encierran también a sus presas. Humanos, como él.

¿Y qué los separa de ellos? Unos pocos pasos y una puerta de entrada que posiblemente no esté cerrada con llave. La tentación es tan, tan grande que Aaron se echa a llorar.

Quiere ir a buscar a uno de los suyos. Salvarlo. Salvarse.

Y a la vez no puede.

Sería tan sencillo como arriesgado. Le tiemblan las manos con indecisión.

<<No soy capaz>> desiste <<, me da demasiado miedo ser atrapado por uno de ellos.>>

Reanuda el paso, ahora andando más rápido. Queriendo alejarse de la vergüenza de saber que podría hacer algo, ayudar a alguien, pero su cobardía le impide siquiera volver la cabeza a la puerta de esas casas.

Sus ojos se llenan de lágrimas.

Y de oscuridad.

<<¿Qué?>>

Aaron se seca los ojos de lágrimas con las mangas de la camiseta, pero el mundo sigue bañado en sombras. Las calles grises están casi negras, las verdes hojas de los árboles son ahora de un profundo azul marino. Sus ojos no lucen ya como el cielo despejado que los iluminaba minutos atrás, sino como el manto que una noche sin estrellas tiende sobre el mundo.

Aaron cree que se está quedando ciego hasta que mira al cielo y ve al sol traicionarlo, escondiéndose tras la luna.

<<Un eclipse…>>

Su corazón se para un instante. Luego late desbocado, extendiendo el dulce aroma de su terror como una súplica por ser encontrado. Cazado.

<<Solo durará unos minutos. Menos quizá.>>

Pero un vampiro necesita mucho, mucho menos para acabar con su vida. 

O para convertirla en un infierno.


 

 

CAPÍTULO 3

Samuel despierta algo confuso. No es su primer eclipse, pero hace tiempo ya del último y, además, en aquel solo se acostó con los ojos cerrados, esperando a que el cálido abrazo del sol lo volviese a poner a dormir, pero esta vez algo tira de él hasta arrancarlo de la cama.

Algo dulce y suave que se derrite en su lengua como una cremosa cucharada de helado. Un aroma avainillado que le recuerda cuánta hambre tiene, sobre todo desde que tuvo que matar a su última bolsa de sangre. El chico había sido servicial unos largos meses, pero usó la palabra prohibida que jamás debe seguir a una orden: sus labios formaron un maldito ‘’No’’.  Samuel tenía que castigarlo, ¿cómo sino enseñarle que sus insolencias tienen un precio? Solo que el chico era más frágil de lo que pensó y cuando lo jaloneó con fuerza, terminó arrancando su brazo con la misma facilidad con la que un niño ansía sostener una mariposa, pero aplasta sus alas sin pretenderlo.

Lleva un tiempo queriendo otro esclavo mortal y si el humano al que huele es solo una cuarta parte de exquisito de lo que su aroma promete, Samuel está convencido de que será una víctima perfecta.

No tarda más de cinco segundos en encontrarlo.

Cuando lo ve, sonríe como un niño emocionado por Navidad: ha superado sus expectativas. <<Un juguete perfecto>> piensa, relamiéndose mientras lo observa desde las sombras, apreciando su anatomía delicada y frágil, las suaves facciones de su cara lamidas por lacios y revoltosos mechones azabache y, oh… esos ojos grandes, expresivos y tan azules como el cielo diurno que Samuel creía haber olvidado.  

<<Tan azules como los de…>>

Samuel niega y se centra en la presa que tiene delante, no en una que hace años debería haber olvidado.

Ama como esos diminutos hombros se encogen ante el más leve ruido de una ramita crujiendo, como sus pestañas se perlan de lágrimas y los labios finos y sonrosados se juntan en un puchero que quiere mordisquear. Ama como el chico tiene que llevarse la mano al cuello y acariciarse para calmarse, pues los vellos de su nuca se han erizado, quizá anticipando sus colmillos ahí.

Anda hacia él. Despacio. Paso a paso. Pero desapareciendo con presteza cada vez que el chico se voltea hacia su dirección. Samuel podría ser indetectable, pero elige hacer pequeños sonidos al acercarse, solo para disfrutar de ponerlo más y más nervioso aún. Le parece adorable cómo las manos temblorosas del humano buscan en su bolsillo, sacando de él un pedazo de cristal roto envuelto en trapo en su base, como si fuese el mango de un arma rudimentaria. El humano blande su patética navaja con un agarre tan débil y unos dedos tan inseguros que se le cae cuando se voltea bruscamente, alertado por un sonido.

Cuando se agacha a recogerlo, nunca logra poner sus dedos en él: ve en el cristal su reflejo y, tras de sí, el rostro hermoso y maldito de quien se convertirá en su peor pesadilla: Samuel.

Se voltea con horror, deseando que sus ojos le estén engañando e incluso muerde su mejilla por dentro con la esperanza de que todo sea una horrible pesadilla.

Pero el dolor de su mejilla es tan real como el vampiro que tiene en frente, observándolo con una maquiavélica sonrisa en sus labios. El hombre no está tratando de retenerlo, pues sabe que está paralizado por el terror, así que con las manos a su espalda anda en círculos a su alrededor, examinándolo como uno haría con un pedazo de carne. 

Aaron examina al vampiro a su vez: el ser es grande, enorme, su altura rebasa fácilmente los dos metros y su cuerpo luce fuerte y trabajado como el de un guerrero que se protege tras el macizo volumen de sus músculos. Su pecho es abultado y sus brazos tan grandes que parecen querer desgarrar la tela negra que los abraza, cada uno más grueso que las propias piernas del humano; su cintura es estrecha, pero los abdominales descollan, irguiéndose y hundiéndose contra la elástica prenda que los rodea, sus piernas son carnosas y fornidas. Su cuello ancho. Sus manos titánicas. Sus antebrazos venosos y pálidos y tan amplios como dos de los brazos de Aaron juntos o quizá aún más. Sus orejas puntiagudas están decoradas de oro y gemas preciosas. Su pose es confianzuda y relajada mientras lo mira de arriba a abajo.

El rostro de la amenaza que se alza sobre él es hermoso y paralizante, como la vista que las pequeñas presas tienen un instante antes de morir, encarando la impresionante imagen de una pantera o los ojos fríos e inteligentes de un lobo.

Sus facciones son así, suficientemente humanas como para que sea un hombre, pero con un toque salvaje y hambriento que no puede pertenecer sino a una bestia. 

Su mandíbula marcada, sus pómulos, sus orejas puntiagudas, sus ojos gatunos… todo en él es afilado, como hecho de cristales rotos o dagas o de… entreabre los labios en una media sonrisa. Los lame. Lame los colmillos que se prolongan poco a poco, rebasando sus labios y sobresaliendo de sus fauces, listos para hundirse en algo tierno y asustado. 

Sus cabellos dorados parecen haberle robado el brillo al sol y coronan al vampiro como bañándolo de un aura que exige que cualquiera frente a él se arrodille. Las hebras finas como cordeles de oro enmarcan la cara del vampiro, caen por sus hombros y le llegan hasta la cintura, el brillo de las ondas de ese cabello tan hermoso se refleja en la piel pálida como un lienzo de este, dándole el aspecto de un ángel, salvo por los ojos que contienen el infierno y por la boca roja y afilada que promete silenciosamente dolor y muerte.

El vampiro luce como si reluciese, henchido de poder. Como si fuese algo tan superior a un humano que la única opción correcta ante él no fuese huir o suplicar, solo arrodillarse y rezarle por misericordia.

Así que Aaron cae de rodillas, pues sus piernas le fallan, igual que le ha fallado la suerte y el destino. El hombre se acerca a él, una de sus enormes y venosas manos de dedos revestidos de anillos se aproxima a él como la guadaña de la parca y nota el calor subir a su rostro, bombear en su cuello. El corazón le late en la boca de la garganta y le da miedo que ese hombre pueda sentirlo, que alcance su mano hacia él y se lo arranque.

Entonces los dedos grandes -demasiado grandes, irrealmente grandes- del vampiro rodean su cuello y el chico puede imaginarlo apretando duro y lento, rompiendo sus huesos y estrujando su frágil cuellito hasta reventar el corazón que siente ahí atorado. Pero el rubio no aprieta, no lo suficiente para romperlo. Lo sostiene con firmeza y de un brusco tirón lo fuerza a levantarse, dirigiéndolo a voluntad como un muñequito.

El vampiro mira arriba, sus ojos llenándose de irritación cuando el cielo lo hace de claridad: el eclipse está cerca de acabar, tan cerca.

Tira del humano de mala gana, dirigiéndolo a una titánica mansión que Aaron asume que es su morada. Trata de resistirse, pero la fuerza del vampiro es tal que lo hace trastabillar y verse obligado a seguirlo sin mucha más opción.

El vampiro abre las puertas de entrada y tan pronto entra por ellas, arroja a Aaron adentro. El chico conoce la frialdad y la dureza del suelo contra su mejilla antes siquiera de ver lo bonitas o limpias que son las losas de mármol contra las que se ha estampado. Se levanta a duras penas, las piernas temblando, la cabeza dándole vueltas, el corazón acelerado. Se voltea hacia su libertad a tiempo para ver cómo el vampiro cierra las puertas de nuevo. Con llave esta vez.

Luego se acerca a él con pasos grandes que parecen hacer temblar el edificio entero y Aaron permanece paralizado en su sitio, como deseando de algún modo no ser visto si simplemente se queda muy quieto y callado.

El vampiro le cruza la cara de un bofetón tan pronto llega a él y la fuerza es tal que Aaron cae al suelo desorientado. Su mejilla arde y late y, por dentro, la tierna carne rosada ha impactado tan duro donde los dientes que un hilillo de sangre escurre por su comisura derecha. Su cerebro parece rebotar en su cráneo y piensa, por un momento, que el vampiro ha roto su cabeza, sus dientes y su tímpano, pero su voz perfora su dolor y el pitido que tiene incrustado en el oído, haciéndolo estar atento de pronto:

—¿Quién te ha dado permiso para levantarte?

—P-por favor, no quiero salir herido, so-solo estab-

Las palabras de Aarón se ven interrumpidas por un grito de sorpresa y dolor cuando el vampiro clava al chiquillo contra el suelo estampando su bota contra su espalda. Sabe que ha usado una fuerza desmedida, que la impronta de la suela de sus zapatos aparecerá en esa pálida piel mañana, de color morado. No le importa, de hecho, dobla su rodilla y se reclina hacia ella, apoyando más de su magno peso, y mira al chico desde arriba mientras lo escucha sollozar y sorber porque duele y porque lo aplasta tan duro contra el suelo que apenas le deja tomar una bocanada de aire.

—Tampoco te he dado permiso para hablar, ¿verdad que no?

Aaron sabe que el vampiro no le pregunta para asegurarse de nada, que él sabe bien que no, no le ha dado ningún permiso, pero de todos modos hace la pregunta solo para ver si el chico responderá complacientemente. Si es una presa sumisa que pueda conservar por un tiempo a cambio de docilidad o un mortal rebelde que vale para poco más que una noche de diversión antes de ser desechado.

Así que Aarón aprieta fuerte sus labios y niega con la cabeza de forma mansa y servicial, lo que parece complacer bastante al vampiro, pues retira la bota de su espalda. 

El chico toma aire como si fuese su primera bocanada, pero se esmera por no jadear mucho, pues no sabe si se le permite ser ruidoso y no quiere más violencia.

—Buen chico.

Aaron cierra fuerte los ojos cuando escucha esas dos palabras tan suaves y lentas como la caricia de un pañuelo de seda. 

Hay burla en la forma en que el vampiro las pronuncia, en que las saborea, regodeándose en tratar a quien minutos antes era una persona como una tonta mascota que necesita ser entrenada. Y Aarón lo odia, odia las implicaciones de ese halago humillante. Odia el sadismo con el que el otro lo rebaja y lo recompensa al mismo tiempo.

Pero sobre todo odia cómo todo su cuerpo se revuelve con tontas e inocentes mariposas en el estómago que creyó que murieron de hambre cuando tuvo que cazar para sobrevivir y dejaba escapar a los primeros conejitos que caían en sus trampas porque le daban demasiada lástima. Odia lo mucho que su cuerpo reacciona con hormigueos, calor y ansia cuando escucha por fin una voz, otra que no es la suya, diciéndole algo, diciéndole que es bueno. Se siente tan avergonzado de que su sed de afecto se conforme incluso con las más escasas, venenosas gotas de él.

—Ahora, humano, vas a mantener tus ojos en el suelo y tu bonita boca cerrada. Eso es. Y vas a levantarte y a seguirme como un buen cachorrito. Vamos.

Cuando el vampiro chasquea los dedos, Aaron se levanta con prisas y hasta tropieza un par de veces por los nervios y el dolor que aún lo recorre, haciendo su espalda y su mejilla resentirse. Necesita mostrarse obediente, pues sabe que es lo único que puede dar a cambio de su supervivencia o, al menos, a cambio de una muerte indolora.

El vampiro le da la espalda sin preocupación alguna y anda con pasos elegantes y silenciosos hacia el salón. Aaron lo sigue, angustiado y encogiéndose mientras mira a su alrededor y se siente engullido por la palaciega estancia.

Todo ahí es enorme: el infinito espacio vacío y bruñido en que consiste la entrada a la mansión, las paredes cubiertas de lienzos pintados con infinito detalle donde se representan escenas sangrientas de guerra, ejecuciones, quemas de brujas o terribles representaciones de canibalismo. Tiene que alejar la vista de los cuadros y clavarla en el suelo claro y brillante, pues las vísceras parecen tan reales que la pintura seca se le antoja húmeda de sangre.

El vampiro entra en un gran salón donde del altísimo techo crema pende una lámpara de araña, alumbrando las paredes de intenso color burdeos y remates dorados. El suelo está cubierto por madera oscura y los muebles son del mismo color o de cristal.

El vampiro se dirige a un enorme sofá color negro frente al fuego todavía crepitante de una chimenea. Aaron lo ve sentarse en el medio del lujoso sofá, con porte imponente y autoritario, como si su presencia sola bastase para cubrir ese espacio. Y quizá es así, pues Aaron se siente de pronto pequeñito, atrapado entre paredes estrechas que lo hacen encogerse y desear desaparecer como una motita de polvo flotando en el aire. 

El vampiro no le da instrucciones al humano, que está parado frente a él, sintiendo por detrás el calor de la hoguera lamiéndole la espalda y por delante el ardor de esa mirada roja que lo examina sin disimulo y con demasiado deseo.

Parece que al vampiro le divierte ver al chico de ese modo, parado incómodamente frente a él, sin saber qué hacer y tirando nerviosamente de las mangas de su camisa mientras trata de rehuirle la mirada. Tanto le gusta ese espectáculo que el hombre saca un cigarro y, sin prisa alguna, empieza a fumarlo mientras sigue examinando ese pequeño manojito de nervios y cabellos mullidos que ha obtenido durante el eclipse. El sol casi ha salido ya, pero Samuel se ha desvelado y tardará todavía un buen rato en sentirse soñoliento de nuevo.

El vampiro da una calada lenta y despreocupada a su cigarro y luego exhala el aire despacio, humo blanco saliendo de su boca afilada, siendo directamente escupido contra el rostro del pobre humano.

Aaron quiere retroceder, pero tiene una mesa de cristal contra su espalda baja y el calor de la hoguera ya le hace sudar demasiado. Además, el vampiro no le ha dado permiso para moverse, así que se queda ahí quieto, respirando el humo, tosiendo tras sus manos.

El vampiro descruza sus piernas, abriéndolas en un gesto lleno de confianza y dominancia. Con el cigarro aún en sus labios y el índice de su derecha señalando el espacio entre sus piernas, dice:

—De rodillas.

Aaron avanza un par de temerosos pasitos hacia el enorme vampiro y se arrodilla en el hueco exacto que ha señalado, teniendo las poderosas piernas del vampiro a sus lados y, frente a su cabeza, la hebilla de su cinturón de cuero. Decide mantener la cabeza agachada, mirando la tela negra del sofá.

—Tu nombre —exige el vampiro y el tono angustia a Aaron tantísimo: no le está preguntando su nombre, sino que habla con la voz ruda de alguien que te exige que devuelvas algo que no te pertenece.

—A-Aaron…

Siente lágrimas empaparle las mejillas, pero le da mucho miedo alzar sus manos de encima de su regazo para secárselas.

El vampiro apoya sus codos en sus rodillas, echándose para delante, engullendo con su cuerpo la pobre figura postrada de Aaron, que puede ver como su entera anatomía está a la sombra de la del vampiro, como sus manos enormes casi tocan sus hombros y la cabeza del hombre, como las fauces de un lobo, está justo encima de la suya, el cabello dorado cayendo por los lados y aislando a Aaron del mundo, como un dosel que los encierra juntos. El vampiro se inclina un poco más, su nariz fría rozando el cuello de Aaron y el chico, por instinto, ladeando la cabeza en señal de sumisión. Mostrándole al vampiro que es un buen chico y que los buenos chicos no merecen dolor <<por favor, por favor, por favor>>.

—Aaron —susurra en su oído. El tono es grave, ronco y bajo, como el retumbar de un trueno.

Saborea las letras despacio, juega con su nombre en sus labios, su lengua, sus colmillos. Lo pronuncia como si lo devorase. Algo que hace al chico soltar un jadeo y lo deja temblando como si sus huesos fuesen de gelatina.

—Un nombre bonito para una presa bonita —susurra en su oído con diversión. Su tono es seductor, pero cruel. Su nariz fría recorre la curva del cuello de Aaron, quien puede sentirlo inhalar su aroma —, pero es una lástima para ti. Ya nadie más va a pronunciar ese nombre, humano, porque ahora solo eres mío. 

El chico siente la garganta seca, pero los ojos anegados. Asiente muy despacio, como si comprendiese, pero la realidad es que no lo hace. Nada en él puede verdaderamente asimilar que ese es su fin, un fin para el que no estaba preparado, un fin que ni siquiera le dará la calma y la quietud de la muerte.

Una mano le toma del pelo, duro, y tira de él hasta dejar su garganta aún más expuesta, como si el vampiro no estuviese satisfecho con la actual sumisión del chico y quisiera más. Aaron siente el aliento del vampiro en su cuello, el humo del cigarro nublándole la vista junto a sus lágrimas, el calor, ya no de la chimenea, sino del infierno, llenando todo su cuerpo.

—Dime tu edad, humano.

El chico balbucea al inicio, dando una respuesta inútil y temerosa. El vampiro, impaciente, afirma su agarre contra su cabello y le obliga a ladear más su cabeza, como amenazándolo con comérselo ahí mismo.

—T-tengo dieciocho, u-unos meses más, quizá… —murmura, demasiado confundido como para pensar con claridad.

El vampiro lo suelta y se aleja, volviendo a reclinarse contra el sofá con el cigarro entre los labios. Lo mira con una sonrisa que se siente como una amenaza y es que las respuestas de Aaron lo han complacido tanto como lo han provocado.

El chico tiene un aspecto frágil, una edad deliciosa y una personalidad tan maleable. No puede resistirse a imaginar, no, planear, cómo empujará sus límites y verá cuán elástico es su cuerpecito y su pobre mente antes de que algo se rompa y, bueno, cuando eso suceda, siempre puede seguir rompiéndolo, pues ya no habrá vuelta atrás, pero sí mucha diversión por delante.

El vampiro señala algo con su cabeza, detrás del chico.

—El cajón de la derecha. Trae. —le escupe la orden del mismo modo en que lo haría con un perro y Aaron se siente profundamente herido.

Aun así, se levanta y va hacia el mueble de al lado de la chimenea, una cómoda elegante y más alta que el propio Aaron, de color chocolate oscuro y tiradores de oro con forma de cabezas de leones rugientes.

El chico abre el primer cajón de la derecha y rebusca dentro con las manos temblorosas, su mente funcionando rápido y escupiendo mil posibles escenarios sobre qué encontrará ahí. Toca algo sólido y frío; al sacarlo del cajón, Aaron nota también que el objeto es pesado.

Aaron lo examina mientras lo trae: un aro de metal macizo con el grabado ‘’Propiedad de Samuel Hass’’ tanto por dentro como por fuera y un cierre aparatoso donde hay ya encajada una llave. Aaron solloza y aparta la mirada cuando comprende que es un collar.

Su collar. 

Se lo entrega al vampiro con las manos temblorosas y este se lo arrebata con presteza antes de unir sus piernas y palmear su regazo.

—Siéntate.

El chico traga saliva y mira la imponente figura frente a él, juguetea con sus dedos y su mirada se desliza desde el amplio regazo de ese vampiro hacia el resto del sofá. <<Hay suficiente espacio libre para que me siente ahí…>>

—Pero…

Aaron no tiene tiempo a rebatir educadamente al vampiro, pues este le rodea el cuello con su mano, pero esta vez sí aprieta, las venas descollando en su pálida piel, los dedos haciendo desaparecer por completo la frágil garganta del humano. Aaron no puede coger aire y sus pulmones arden como llenos de brasas. Mira los calmados ojos rojos con su iris color cielo inundado de lágrimas y pánico.

El vampiro escupe una calada de su cigarro en el rostro del desesperado mortal y luego se adentra en la nube de humo, sus ojos bien fijos en los de Aaron.

—¿Prefieres un collar de hierro en tu cuello o mi jodida mano rompiéndotelo despacio? ¿Quieres morir ahora mismo?

Aaron niega despacio y con dificultad y la mirada del vampiro se suaviza, así como su agarre contra su cuello. Cuando lo suelta y vuelve a reclinarse cómodamente en el sofá, aguardando al humano, observa que ha dejado la piel de porcelana de la garganta del chico toda roja con las huellas de sus dedos y su furia.

Aaron obedece sentándose en el regazo del vampiro, de espaldas a este y muy recto, con su trasero apoyado apenas en la punta de las rodillas del hombre, como tratando de minimizar el contacto entre sus pieles, pero aun así siendo servicial. 

Al vampiro no le gusta mucho eso, por lo que lo rodea por la cintura con un brazo y lo atrae hacia él hasta que las piernas del humano están abiertas sobre el grosor de las suyas y su pequeña espalda choca con su pecho.

La cabeza del vampiro está encajada en el lugar entre el hombro y el cuello del humano, hablándole al oído mientras se lleva el cigarro a la boca y exhala una nube de humo sobre la piel del chico enrojecida por la forma en que lo ha ahogado antes.

—Así es como debes hacerlo. ¿Queda claro?

El chico asiente y el vampiro acerca de nuevo el cigarro, solo que esta vez no es a sus labios. Aaron chupa aire en un sonido de angustia reprimido cuando la punta incandescente del cigarro se hunde en su hombro. Un pinchazo de calor y dolor lo atraviesa, haciéndole erguir la espalda y haciendo que sus ojos mismos ardan y lagrimeen como si se llenasen de cenizas.

El vampiro gira el cigarrillo hacia un lado y otro, despacio, apagándolo contra la piel del hombro derecho de Aaron.

—Bien.

Esta vez no hay ningún <<Buen chico>> saliendo de sus labios. Lo ha enfadado y ahora, si quiere salir vivo de esta, tendrá que ser muy cuidadoso.

El vampiro toma su cabello en un puño y le tira la cabeza hacia atrás de forma repentina, violenta y dolorosa. Aaron lo habría hecho si el otro lo hubiese comandado, pero el vampiro no quiere obediencia ahora, pues ya la ha obtenido, quiere hacerle un poco más de daño a Aaron, escuchar esa bonita voz llena de preocupación y temor que se le escapa cuando es brusco con él y le recuerda lo sencillo que le resultaría romperlo.

Aaron nota algo frío y contundente cerrándose en torno a su cuello y por un momento entra en pánico, pensando que la mano del vampiro vuelve a estrangularlo, pero pocos segundos después, cuando el vampiro le suelta el pelo, comprende que se trata del collar de metal. Es frío e incómodo, no muy ancho, dejando su cuello disponible para el vampiro, pero sí lo suficientemente pesado como para que los bordes duros lastimen sus clavículas y para que el frío se sienta como una punzada peligrosa que lo mantiene siempre alerta, no dejándole olvidarse ni por un segundo de la presencia de su amo.

Desliza sus dedos por el collar cuando escucha un chasquido y entiende que el vampiro ha girado y retirado la llave, asegurándolo alrededor de su garganta. <<Propiedad de Samuel Hass>> dicen las letras hundidas en el metal como una marca a fuego. Cuando traga saliva, siente el mismo mensaje en el interior del collar, pegándosele a la piel. Al cuello.

<<Como una soga>>

Samuel le enseña la llave al muchacho, la balancea delante de sus ojos como queriendo hipnotizarlo y luego la arroja al fuego mientras su brazo sigue alrededor de la cintura de Aarón, manteniéndolo quieto y dócil mientras ve cómo su libertad se funde poco a poco entre las llamas.

Sus lágrimas cálidas y llenas de la esperanza que abandona su cuerpo gotean sobre el regazo del vampiro, que sonríe, deleitado, al ver cómo se le rompe el corazón a esa cosa ingenua y bondadosa que acaba de volver suya.

Cómo comprende que ya no es Aaron, sino simplemente propiedad de Samuel Hass.


 

CAPÍTULO 4

Aaron no ha dejado de llorar todavía, aunque el fuego ya ha engullido por completo la llave de su libertad. Samuel, sin embargo, no es paciente y no piensa esperar a que el chico deje de sollozar para mostrarle su lugar.

Lo toma de una pequeña argolla de plata que cuelga del collar, atrapándola con su dedo índice, y estira hasta que el chico vuelve a chocar con su pecho. Los finos omóplatos que se agitan por el llanto, prensados contra la quietud del pecho duro y frío del vampiro. 

El brazo que rodea su cintura aprieta, obligándolo a dejar de resistirse débilmente.

—Ser mío es sencillo, humano, solo debes hacer una única cosa: comprender que soy tu amo y que debes obedecerme y honrarme con cada segundo de vida que te dejo prestado. Seguirás cada una de mis órdenes sin rechistar, sin errores, sin vacilar. Te arrodillarás siempre a mis pies cuando me acompañes, mantendrás tu cabeza gacha y tu boca lista para decir “Sí, amo” y nada más que eso. Solo hablarás cuando se te hable, cuando yo te hable. Comerás cuando yo ordene, dormirás cuando yo ordene, llorarás cuando yo ordene. Jamás sin mi permiso. Nada en tu vida es un derecho ya, todo lo que desees, lo que necesites… deberás ganártelo y yo solo premio a los esclavos más obedientes, así que asegúrate de ganarte bien tu derecho a seguir respirando.

El chico se siente helado por esa dura sentencia. Muerde duro su labio, hasta notar un sabor metálico en la boca, y se esfuerza lo máximo posible para dejar de sollozar, pues no tiene permiso para ello.

—Si me desobedeces, mi bonita presa, no voy a tener problema alguno en castigarte hasta que mueras o desees haberlo hecho. ¿Has entendido?

Aaron asiente con los ojos clavados en el suelo, las palabras del vampiro retumbando en su cabeza con el estremecimiento propio de algo grande e importante que se derrumba: el edificio de sus sueños y esperanzas que ha construido, no, reconstruido cuidadosamente todos estos años; losa a losa, está ahora siendo demolido por solo el sonido de una voz ronca que sale de entre afilados colmillos, sentenciándolo al infierno en la tierra.

—No te oigo.

—Sí —corre el chico a responder y siente la mano del vampiro posándose en su hombro, el pulgar pulsando hondamente la quemadura de cigarro. Aaron se corrige al instante, enderezando su espalda y agregando, pese a la humillación: —, amo.

—Buen chico. Ahora, ve al baño y acicálate un poco. Quiero que mi pequeña bolsa de sangre sea siempre hermosa y apetecible y ahora luces sucio y desgarbado. Preséntate ante mi como es debido.

—¿D-dónde está el va-

—No te he pedido que me incordies con tus palabras, sino que me complazcas con tu aspecto. Ponte presentable y cierra la boca. Cuanto más bonito y callado estés, menos tendré que romper tu boquita.

Samuel se alza de pronto, haciendo que el pequeño y confundido humano en su regazo caiga al suelo con un estruendo. Ya no solo le duele la mejilla abofeteada y la quemadura de su hombro, sino que su espalda entera se resiente cuando su columna conoce de golpe la dureza del suelo. Se cubre cuando Samuel empieza a andar, temiendo ser pisado como un insecto, pero suspira aliviado al ver que el vampiro se aleja del lugar, dejándolo solo, desconcertado y hecho un ovillo a los pies de la hoguera.

Aaron le dedica una mirada rápida y triste al fuego. Ya no puede ni distinguir los restos de la llave, las cenizas de su libertad. Toca su cuello, el gélido y pesado collar hace que sus hombros y clavículas duelan y empieza a temerse que no se va a acostumbrar a llevarlo nunca. 

Pero no tiene tiempo para lamentarse.

Samuel le ha dado una orden y no es un hombre paciente. Puesto que no tiene permiso para preguntar, Aaron debe averiguar dónde está el baño pululando por la inmensa mansión y abriendo puerta tras puerta mientras cruza los dedos por no estar entrando en ninguna zona prohibida.

Siente que han pasado horas cuando logra encontrar lo que estaba buscando, aunque la luz anaranjada que entra por las ventanas le indica que solo habrá pasado una hora, dos a lo sumo, pues empieza a anochecer. Aaron logra hallar, en la segunda planta de esa imperial construcción y al fondo de un largo pasillo, una puerta grande con un elegante pomo dorado con la forma de una cabeza de un león y al girarlo y abrir, suspira de alivio.

Un baño tan enorme como lujoso se extiende delante de él. Todo es blanco y brillante, dando un aspecto de pulcritud que le hace sentir sucio y avergonzado cuando se cruza con su reflejo en el espejo del tocador y puede ver sus ropas raídas, su piel sucia de polvo, tierra y barro y los restregones de sangre seca que le cruzan el rostro y el hombro, mostrando las zonas donde el vampiro ha atormentado su cuerpo.

La idea de darse un baño caliente le resulta atractiva, pero retrasa el momento tanto como puede: desvestirse en ese lugar extraño le hace sentir vulnerable. El magnificente palacio se siente como una extensión más del poder del vampiro y, cuanta más ropa se quita, no puede dejar de pensar en que, de algún modo, las paredes están llenas de ojos rojos que lo escrutan con deseo.

Se mira a sí mismo en el espejo, desnudo, y se encoge de angustia y temor. Luce tan delgado y frágil, el tallo fino de una flor a punto de marchitarse, su cabeza una nubecita negra de enmarañados cabellos, como pétalos llenos de ceniza y muerte. Se mira a sí mismo a los ojos. ¿Su azul ha sido siempre tan apagado, tan gris? Antaño sus ojos relucían como un cielo bañado por la bondad del sol, ahora, sin embargo, parecen solo lúgubres pozos de lágrimas esperando ser vaciados.

Cuando toca su reflejo y nota el frío contra las yemas de los dedos, da un repullo y siente la realidad golpeándole <<No puedo entretenerme compadeciéndome de mí mismo. Si me castiga de nuevo, me matará. No puedo morir así, aún, no después de luchar tanto.>>

Aaron llena la tina de agua tibia y se sumerge en ella, decidido a evitar todos esos sentimientos de miedo, incomodidad y agobio que lo tornan inseguro. Por suerte, el agua cálida contra sus músculos lo relaja como un abrazo y se halla a sí mismo sonriendo débilmente con sus ojos cerrados e inhalando el aroma afrutado de los jabones, sus manos recorriendo su cuerpo con caricias espumosas, permitiéndose a sí mismo olvidar todo por un momento y mimarse como lleva tiempo rogando que alguien más lo mime.

Se siente tan bien tener ese pedacito de su normalidad de vuelta. Darse un baño… ¿Cómo puede algo tan sencillo haberse convertido ahora en un lujo?  Llora mientras aprieta sus párpados e imagina que cuando los abra volverá a estar en casa, en el mundo que existía antes, un lugar donde era alguien, algo más que…

<<Mío>>

La voz del vampiro en su cabeza le hace tener un escalofrío y terminar su baño abruptamente. 

Por suerte, se ha esmerado en limpiar bien cada centímetro de su cuerpo y ahora se siente como nuevo. Al salir, se seca con una toalla y luego la usa para revolverse el cabello hasta que este queda solo ligeramente húmedo, una esponjosa nube ónix que flota sobre su cara redonda y sonrojada de grandes ojos azules y una pequeña boca color fresa. Al mirarse en el espejo, observa que ahora que está limpio luce mucho mejor que antes, más saludable, sí, pero también más… bonito.

No ha tenido tiempo hasta ahora para preocuparse por su atractivo, pero sabe que el vampiro le pone interés en eso, por algo le ha pedido que se muestre presentable ante él. Por primera vez en muchos años, Aaron observa su rostro con preocupación, inseguro ante la idea de no ser suficiente.

Preferiría no ser nada para el vampiro, se dice, algo tan poco interesante que no lo busque si escapa, pero una pequeña parte de él se ruboriza ante la idea de agradarle a Samuel, de recibir halagos. Quiere sentirse un poco querido, incluso si solo es porque luce apetecible.

Observa con preocupación cómo su mejilla derecha tiene un aspecto un poco enfermizo: bajo el sonrojo típico de su timidez, un color violáceo y amarillento aflora. Samuel le ha abofeteado tanto que los moratones empiezan a mostrarse.

Aaron traga saliva.

Busca en unos cajones bajo el tocador prendas con las que vestirse y halla algunas del vampiro, pero le resultaría ridículo ponerse de camisa algo que le arrastra por el suelo como un largo vestido. Por suerte, en otros cajones halla ropa de distintas tallas y se prueba unos cuantos conjuntos hasta hallar uno que le sirve. Piensa en el motivo por el que el vampiro tiene tantas prendas distintas y su piel se eriza al preguntarse cuántos otros humanos habrán llevado la ropa que él viste ahora. Cuántos de ellos deben estar ya bajo tierra, descomponiéndose y nutriendo el verde césped que él ha pisado mientras era arrastrado a la casa que, más que un hogar, promete tornarse su tumba.


CAPÍTULO 5

Aaron sale del baño con una elegante camisa de satín blanco que ensalza su aspecto etéreo y angelical y unos pantalones de traje azul marino ceñidos. Estos remarcan su trasero respingón de una forma que le favorece, así como también hacen destacar la estrechez de su cintura, que siempre se le antojó vergonzosamente femenina. Pese a su bochorno, no puede evitar pensar que la ropa le queda bien y que, quizá, Samuel estará muy contento al verlo tan arreglado y lo tratará mejor.

<<Quizá me habla bonito y me dice que he hecho un buen trabajo o…>>

El chico sacude la cabeza, sintiéndose estúpido por las bobas fantasías que le llenan la cabeza. De pronto alguien sale de una de las puertas de ese pasillo y su corazón se dispara cuando su mirada se encuentra con los ojos rojos y amenazantes de su amo. Baja la vista de pronto, sintiendo el collar metálico pesar en su cuello más aún que antes, y espera quietecito en su sitio mientras poderosos pasos se aproximan hasta él.

—No recuerdo haberte ordenado que te vistieras —reprocha una voz ronca y llena de fastidio.

Todas las alarmas de Aaron empiezan a sonar al escuchar al vampiro hablarle con ese tono tan lleno de enfado.

—¡L-lo siento! Me ordenó que estuviera presentable y pen-

Aaron corre a parlotear educadamente, excusándose para mostrarle a su amo que él jamás pensó en desobedecer, sino más bien todo lo contrario, pero su intento de salvarse se ve interrumpido.

Samuel lo abofetea una vez más.

En esta ocasión, tan fuerte que lo tira al suelo y hace que inmediatamente el muchacho pueda sentir algo húmedo y cálido cayendo en un fino hilillo desde su nariz. Cuando el chico mira abajo, ve que su antes impecable camisa blanca, ahora está moteada de rojo.

Respira aceleradamente, tratando de resistir el dolor y controlar el miedo. No logra retener las lágrimas, aunque sí los sollozos. Se queda quieto, esperando la siguiente acción del vampiro, quien se toma un buen tiempo antes de actuar, recreándose en el miedo de su presa.

Samuel se acuclilla al lado del agitado muchacho y lo toma del cabello con fuerza, alzándole el rostro para evaluar los daños. Le satisface muchísimo que el humano no se resista y baje los ojos con tal de no mirarlo directamente jamás.

—No he preguntado nada, humano. No deberías hablar.

Aaron asiente respetuosamente con la cabeza, temblando y respirando con fuerza por el pánico que le inspira la cercanía del vampiro. Samuel sonríe ampliamente por ello, sus colmillos creciendo, sus instintos excitándose ante la sumisión de esa tan bonita presa.

Se alegra de no haberle roto nada con el golpe: Aaron luce verdaderamente espectacular, mejor que ninguna de sus otras mascotas. Aunque no le dará la satisfacción de dejárselo saber.

Tras un rato examinando su delicioso aspecto, lo suelta.

—Levántate y ponte esto. Iremos a una pequeña fiesta.

El chico logra erguirse, todavía con las piernas débiles por el susto y todo su cuerpo temblando. El vampiro le arroja una corbata y Aaron la mira con confusión, mordisqueándose el labio.

Acto seguido, el vampiro lo toma del brazo y lo arrastra a una de las habitaciones contiguas, donde él mismo estaba arreglándose para el evento. La habitación parece ser de invitados, pues pese a su enormidad y lujo, estos no se comparan al nivel de ostentosidad del baño en el que Aaron ha estado antes. En la habitación hay una enorme cama de sábanas blancas, armarios de madera oscura y altos hasta el techo y un gigantesco espejo de cuerpo entero en el que Samuel se mira mientras él mismo ajusta su corbata.

Aaron no se había fijado hasta ahora, pero llevan ambos el mismo conjunto, aunque en el vampiro luce realmente distinto, lo suficiente como para hacer enrojecer a Aaron cuando trata de compararse con el enorme hombre frente a él; se fija en la forma en que el vampiro ha remangado las mangas blancas, mostrando sus anchos y venosos antebrazos, o la manera en que los botones de la camisa del más grande están tirantes contra su amplio pecho, la tela también ajustándose de forma tensa en su espalda fuerte y marcando su cintura, algo más delgada, pero igual de fibrosa.

Aaron trata de mirar con disimulo cómo el vampiro se pone la corbata para imitarlo, pero lo hace con tal presteza que en dos segundos ha terminado y, aunque lo hace parecer fácil, cuando Aaron lo intenta, solo logra hacerse un nudo feo en el cuello con la elegante corbata azul marino.

Samuel atrapa su mirada en el espejo y se voltea hacia él, irritado.

—¿A qué mierda esperas? —gruñe en su rostro, acercándose a él y empujándolo hasta que el chico cae sentado sobre la orilla de la cama.

Aaron intenta explicarse, pero sus balbuceos apenas tienen sentido y el vampiro le arrebata la corbata de las manos, impaciente, al cabo de un par de segundos.

El humano se queda paralizado unos segundos, temiendo que en manos de ese ser destructivo, incluso un objeto tan inofensivo como un pedazo de tela se torne un arma. Una gota de sudor cae por su sien cuando cierra los ojos y siente la tela deslizándose por su cuello. Imagina al hombre apretando, ahogándolo. Por suerte, Aaron puede respirar y eso lo alienta a entreabrir sus ojos.

Cuando ve que es Samuel mismo quien está colocándole la corbata con delicadeza, no puede evitar ponerse muy rojo. Se siente como un muñequito siendo vestido por su amo y debe admitir que, por muy bochornoso que sea, la sensación le gusta. Es algo ciertamente cercano al concepto de ser cuidado. Recuerda cuando su madre le peinaba de pequeño o cuando su padre le abotonaba las camisas demasiado elegantes que le hacían llevar el día de la foto escolar.

Sus ojos lagrimean cuando esos recuerdos hormiguean a ras de piel y él trata de empujarlos dentro suyo de nuevo, bien hondo, donde no puedan volver a herirlo.

—No puedo creer que me haya buscado un humano tan jodidamente inútil —se queja Samuel mientras le termina de colocar la corbata, sus dedos grandes esmerándose por estrechar el nudo sin ahogar al pequeño.

Aaron enrojece de nuevo, ahora de ira. ¿Por qué debe sentirse estúpido por no saber ponerse una maldita corbata? Quizá su padre le hubiese enseñado a hacerlo si los vampiros no le hubiesen arrebatado esa vida. Él jamás escogió eso, igual que no escogió cambiar su graduación por funerales o su prometedor futuro por noches de insomnio durmiendo sobre la tierra fría y sucia.

—¿Es que nunca has aprendido a vestirte bien? —sigue reprochándole el vampiro, farfullando mientras le da la espalda a Aaron y se retoca él frente al espejo, alisando las arrugas de su camisa con la mano o ajustándose el cinturón—. Voy a tener que enseñarte hasta lo más básico. ¿De qué me vale que seas bonito si eres tan inservible? —Samuel se coloca una elegante americana oscura sobre su camisa blanca —. Deberías ser ya un hombre y saber cómo vestirte adecuadamente aunque… mírate. De hombre tienes poco, ¿no es así? Pareces más bien una alimaña salvaje. Salvaje e inútil.

Aaron aprieta sus dientes y sus puños mientras el vampiro sigue oprobiándolo de ese modo. Sus palabras, aunque dichas con un tono divertido, son crueles y certeras. Dan justo en todos los lugares donde a Aaron le duele y pronto el chico no puede contener más ni el llanto, ni la rabia.

—No he tenido tiempo de aprender a usar corbata, he estado ocupado intentando huir de monstruos como tú… —susurra entre dientes al mismo tiempo que las lágrimas ruedan por sus mejillas.

Dos cosas suceden un segundo después de que Aaron pronuncie esas atrevidas palabras. La primera, que el vampiro se voltea hacia él, los puños apretados, los ojos clavados en el chico con la intensidad y el odio propios de las llamas del infierno. La segunda, que Aaron se da cuenta de que, por muy bajito que hable, ninguna de sus palabras escapará al oído de un vampiro.

El chico se queda pálido como la nieve y cualquier odio que hubiese sentido antes se disuelve en un vasto mar de horror. Está estático, esperando una reacción de su amo y Samuel actúa despacio, deliberadamente.

Su mirada está llena de rabia, pero se contiene, saboreando el momento, el dulce aroma del miedo que llena la estancia mientras se quita su chaqueta poco a poco, para no mancharla, y se afloja la corbata con sus fuertes dedos. Sus acciones son tan suaves, hábiles y silenciosas que uno podría confundir la quietud de la estancia con tranquilidad.

Pero Aaron lo sabe, sabe que es la calma antes de la tormenta.

Samuel avanza hacia el chico sentado en la orilla de la cama. Paso a paso.

Aaron no se mueve, pero su pecho sube y baja deprisa y sus jadeos llenan la habitación. El miedo lo inunda como un veneno paralizante y solo espera que el vampiro le abofetee en su mejilla buena esta vez.

Samuel aprieta su enorme puño y, tan pronto como Aaron alza la mirada, medio inseguro, medio esperanzado, como queriendo preguntar si está siendo perdonado, el vampiro encaja sus nudillos en el estómago del chico.

El golpe es tan poderoso que Aaron no siente dolor al inicio. ¿Cómo podría su cuerpo soportarlo si lo hiciera? En su lugar, el shock del impacto llega tarde, poco a poco, como para que el pobre muchacho pueda gestionarlo: primero siente la falta de aire, sus pulmones vaciados de repente por una fuerza tan poderosa que ya no está en la cama, sino en el suelo, luego nota la presión sobre su pecho y su estómago, el crujido de las costillas cediendo. Chasqueando.

Primero una.

Luego otra.

Luego una tercera.

Pero su cuerpo no puede retrasarlo más y el dolor lo golpea tan duro que no tiene fuerzas para no gritar. Aaron se hace un ovillo en el suelo, se abraza a sí mismo como si se cayese a cachos y nota su cuerpo tan frágil, las zonas de él que se han roto delineadas por un rojo doloroso tan fuerte que cuando cierra los ojos puede ver sus huesos quebrados en el revés de sus párpados como si brillasen.

Samuel no le da tiempo a recuperarse.

Lo toma del pelo con fuerza, alzándole el rostro empapado de lágrimas y contraído por el dolor.

—Aprende a cerrar la boca o voy a rompértela una y otra vez. —le dice con tono ronco y acto seguido su puño se estrella justo contra el rostro del chico.

Aaron puede sentir todo en él quebrándose. Nota su boca llenarse de sangre cuando las mejillas se desgarran contra sus dientes, nota sus ojos doliendo como si tuviese las cuencas llenas de demasiada sangre, su cerebro golpeándose contra su cráneo, su nariz hundiéndose, sus labios aplastados entre nudillos ensangrentados y dientes que bien podrían habérsele roto también por el impacto.

Samuel lo golpea de nuevo, ahora no en el centro del rostro, sino proyectando su puño contra la mejilla del humano al mismo tiempo que le suelta el pelo. Vuelve a mandarlo al suelo, solo que esta vez cae de cara, su ceja derecha abriéndose cuando se golpea contra las baldosas salpicadas de carmesí.

Aaron no puede respirar siquiera, el dolor es abrumador y su nariz está llena de sangre, su boca de aire con sabor a óxido. No puede ver, tampoco, pues sus ojos están cubiertos por la misma película carmesí y no sabe si la sangre le ha entrado en ellos o si está quedándose ciego de repente.

No tiene tiempo de preocuparse por ello, no cuando Samuel anda hacia él de nuevo y vuelve a patearlo.

Lo golpea donde puede, sin interesarse por proteger las zonas más vulnerables del chico: la punta de su zapato se mancha de sangre mientras le cruza el rostro con ella, mientras le llena los brazos y las piernas de moratones y, cuando estos ya no sirven para proteger al chico y caen inertes, le encaja los puntapiés en el estómago, asegurándose de que las costillas rotas se clavan hondo en el chico y de que sus pulmones no pueden siquiera coger una sola bocanada de aire sin que se sientan como si miles de lanzas los atravesasen. Lo patea también en la espalda, buscando acertar en su marcada columna, pues cuando lo hace el humano chilla deliciosamente y su cuerpo se abre, dejando de ser un ovillo en el suelo, lo cual le da más aperturas para seguir machacándolo.

Aaron grita y llora durante toda la terrible tortura. Al inicio, está suficientemente consciente como para suplicar por su vida e implorar perdón, pero poco a poco el dolor que lo recorre como lava sobre su piel lo enloquece y ya no puede siquiera formar frases, solo berrea como un animal siendo sacrificado. Sus sonidos están llenos de terror e indefensión, su cuerpo está desesperado por escapar de esos golpes sin tregua ni compasión.

Y Samuel no se compadece.

Lo sigue pateando sin demasiado esfuerzo hasta que cree que realmente lo matará. El chico escupe sangre y ahora ya no pierde la consciencia por unos segundos para luego volver a despertar chillando, sino que lleva ya varios minutos inerte, sin responder a sus golpes.

Al final, cree que el castigo es suficiente y, además, ha dejado de ser divertido, así que lo deja estar. Samuel llama rápidamente al anfitrión de la fiesta para lamentarse por no poder ir y disculparse por su falta de cortesía.

—Unos pequeños problemas de obediencia —le explica al hombre—, tengo un nuevo cachorrito humano y no aguanta bien los correctivos. Lo llevaré más adelante, cuando esté listo para obedecer de verdad.

Después de colgar, Samuel sigue su noche con normalidad, apartando al muchacho con el pie cada vez que debe pasar por la zona. Puede oír los latidos de su corazón y, aunque son débiles, sigue vivo, así que no hay mucho de lo que preocuparse.

Por su parte, Aaron pasa inconsciente la mayoría de la noche y del siguiente día, moviéndose solo en su sueño de forma refleja, pues incluso con su mente hecha trizas y sumida en la profunda oscuridad de la inconsciencia, su cuerpo lo obliga a ladearse para que pueda escupir sangre y no se ahogue en ella. Su cuerpo lo fuerza a seguir en ese mundo, a respirar incluso entre sollozos. A sobrevivir incluso si duele.

Aun así, una pequeña parte de él se pregunta si no sería mejor rendirse cuando esa es la única vida que le aguarda.


 

CAPÍTULO 6

Despierta un poco antes del anochecer, tan desorientado y dolorido que antes de abrir sus ojos, abre sus labios rotos y exhala desesperadas súplicas por ayuda. Aaron ha sentido dolor antes, pero jamás se había llevado una paliza y mucho menos como esta, jamás ha tenido que soportar sobre su frágil anatomía la inclemente furia de un ser con el poder suficiente como para matarlo con una sola mano.

Flashes de la rápida y brutal guerra entre humanos y vampiros deslumbran su mente, recordándole cómo incluso los inmortales más débiles, neófitos creados solo para abultar entre las filas de criaturas antiguas, eran capaces de levantar tanques con una sola mano, sus garras hundiéndose en el metal como si fuese de papel, sus manos rompiéndolo con la misma facilidad. Apenas puede pensar en la manera casi accidental en la que los vampiros recién creados mataban a sus rehenes humanos, luciendo aburridos y decepcionados porque querían jugar un poco más y no controlaban suficientemente bien su fuerza como para notar antes de que fuese demasiado tarde que habían partido una columna, arrancado una extremidad o aplastado el cuello de un humano entre sus manos hasta no dejar más que jirones.

Aaron cierra los ojos fuerte, queriendo dejar de ver esas imágenes que parece tener grabadas en el reverso de los párpados. Al rato logra hacer que pierdan intensidad, incluso si jamás lo abandonan del todo.

Intenta moverse, pero solo logra arrastrarse un par de centímetros sobre un charco de su propia sangre con su vista emborronándose por el esfuerzo y las lágrimas. Se siente insignificante, un desdichado insecto que ha sido pisoteado y cuyo sufrimiento es tan nimio que su verdugo no se ha esmerado siquiera en acabar el trabajo. 

<<Verdugo…>> Aaron mira alrededor, alertado al recordar que Samuel podría estar cerca, y cuando ve al hombre durmiendo plácidamente en la cama que tiene al lado el miedo lo enloquece tanto que se fuerza a sí mismo a arrastrarse más y más rápido. Lo que sea por lograr salir de ese lugar.

Pero su esfuerzo no se ve recompensado. 

Aaron termina vomitando por haberle exigido demasiado a su cuerpo y acto seguido su cabeza choca con el suelo con un gran estruendo. Ha vuelto a perder el conocimiento.

Cuando vuelve a despertar, horas más tarde, ya no está en el suelo: Samuel lo agarra por su collar metálico, obligándolo a mantenerse de pie incluso si su cuerpo no resiste más. Aaron llora y niega, incapaz de creer que su pesadilla sea real.

—Abre la boca —exige con tono despiadado.

Aaron no puede siquiera entender la orden, no registra más que el dolor que le recorre el cuerpo y la desesperación por escapar de las garras de la muerte.

Samuel chasquea su lengua al ver al chico moverse inútilmente. Hinca uno de sus colmillos en su dedo índice, logrando que un par de gotas rojas broten de él. Luego lo empuja entre los labios de Aaron, suficientemente hondo como para asegurarse de que tragará su sangre incluso si está tan confundido que no entiende nada.

Cuando su dedo está limpio, lo saca de entre los labios magullados del humano y deja al chico caer al suelo. Lo observa desde arriba, viendo como el muchacho aúlla de dolor y, poco a poco, de confusión. Aaron se siente mareado y su cuerpo cambia rápido, de forma alarmante y desconocida, como si unas manos invisibles lo moldeasen desde dentro, encajándole y desencajándole los huesos, palpando sus órganos expuestos, empujando su piel desde dentro. La sensación es aterradora y el chico grita y grita de horror, sin darse cuenta de que el dolor está poco a poco remitiendo.

Por unos instantes, Aaron olvida su propio nombre, su historia. Se siente solo como un mero pedazo de carne sin identidad, sin deseos o emociones, solo carne y sangre, huesos que son rotos y unidos, piel arrancada y vuelta a coser.

Cuando la horrorosa sensación de que alguien lo revuelve por dentro se disuelve, el chico logra tranquilizarse un poquito y se percata de algo: su cuerpo ya no duele tanto como antes. Los moratones y algunos cortes y heridas siguen ahí, pero cuando respira no nota las costillas rotas y su rostro ya no está inflado, sus labios no están resquebrajados y en la ceja apenas le queda una pequeña cicatriz. 

Se mira las manos, todavía empapadas en sangre seca, y poco a poco comprende que la sangre de Samuel ha logrado curarlo. Un escalofrío lo recorre porque agradece haber escapado de su agonía, pero… <<esto significa que puede destrozarme cuantas veces quiera. Que puede dejarme al borde de la muerte cien veces en una sola noche si lo desea y que yo jamás tendré el alivio de saber que al menos moriré.>>

Samuel chasquea los dedos, sacando a Aaron de su ensimismamiento y haciéndole mirar hacia arriba. El vampiro lo abofetea por subir la mirada demasiado y el golpe altera al chico, haciéndole revivir la paliza de la noche anterior, pero se obliga a sí mismo a serenarse: no ha dolido tanto y, además, no puede permitirse perder los nervios.

—Limpia tu puto desastre —ordena, cuando se asegura de que el humano está atento a sus palabras—, luego te castigaré por ello.

Aaron se queda solo en la habitación, rodeado de sangre y vómito y con los ojos llenándosele de lágrimas.

<<¿Otro castigo?>>


CAPÍTULO 7

Aaron encuentra una habitación de materiales de limpieza y se esfuerza mucho en dejar la habitación impoluta, así que su mente se centra en eso en vez de pensar en el futuro de pesadilla que le espera o en el maravilloso pasado al que no podrá volver. Además, conserva la ilusión de que si limpia bien y con mucho esmero, su amo no le castigue muy duramente.

Tarda casi tres horas en eliminar cualquier rastro de la disputa de la noche anterior. Se esfuerza por limpiar incluso la más pequeña salpicadura de sangre que pueda haber llegado a la pared o hasta a la parte inferior de la cama y, cuando termina y mira con orgullo su trabajo, rompe a llorar.

Ya no tiene ninguna tarea que lo distraiga del castigo que le aguarda.

Como Samuel no lo ha reclamado todavía, Aaron se permite a sí mismo quedarse unos minutos en esa habitación abrazado a sus piernas, llorando y llorando hasta que su dolor se vuelve más soportable. Siente que, pese a que su cuerpo está ahora solo un poco magullado, su corazón está destrozado y jamás podrá recuperarse.

Cuando ya no le quedan más lágrimas en su interior, Aaron suspira y piensa en qué debe hacer ahora. Él sigue ensangrentado y sus ropas acabaron destrozadas y manchadas tras la paliza, pero no sabe si tiene permiso para tomar otro baño y la noche anterior pareciera que el vampiro se había molestado por verlo vestido.

Lo único que ha salido indemne ha sido la corbatita azul marino, que está pulcramente estirada sobre uno de los cojines. Aaron la mira con el corazón encogiéndosele, pues sigue sin saber ponérsela y le angustia tanto pensar que volverá a ser castigado cuando deba hacerlo que por un momento no puede respirar y tiene que sentarse en el suelo y llorar una hora más.

El resto de la noche Aaron se arma de valor y recorre los pasillos interminables de ese lugar que bien podría ser un palacio. No halla a Samuel, ni siquiera escucha sus pasos decididos resonando por los pasillos, así que la idea de estar solo lo tranquiliza bastante, pero también hace que dé un bote por cada pequeño ruidito que escucha, imaginándose que el vampiro se halla tras él, acechando.

De pronto, un estruendo inconfundible resuena por toda la casa: la puerta de entrada.

Aaron se encoge en su lugar y cada fibra de su ser le grita que huya, que se esconda en cualquiera de los rincones o recovecos que ha hallado mientras exploraba, pero decide ser cauto y corre de nuevo a la habitación donde Samuel lo dejó antes de irse.

Se arrodilla en el suelo, justo frente a donde la mancha más grande de sangre estaba, como un cachorrito orgulloso queriendo mostrarle a su amo el buen trabajo que ha hecho. Ha abrillantado tanto el suelo que, aunque sus dedos se hayan descarnado un poco y sus uñas estén rotas por las puntas, puede ver el reflejo de su rostro en las baldosas.

<<He hecho un buen trabajo. He sido bueno. No tiene motivos para castigarme. No me castigará>> se repite a sí mismo como un mantra mientras yergue la espalda, baja la vista y mantiene sus piernas juntas y su postura sumisa y bonita para el vampiro. 

Teme demasiado su ira, pero no es solo eso: se halla sediento de su dulzura. Si el vampiro no se enfada, quizá le dice que es un buen chico, quizá incluso acaricia su cabello. Aaron limpiará la casa entera con el mismo esmero si va a obtener una caricia a cambio; ni siquiera eso, con un par de palabras amables le basta.

Cuando escucha a su amo acercarse, su corazón se acelera más y más cada vez e intenta distraerse fijando su vista en su reflejo de la baldosa. Ve sus labios apretados, su nariz roja de tanto aguantarse el llanto y sus ojos grandes, azules e inocentes.

Los ojos de Aaron se desvían a los lustrosos zapatos de Samuel cuando este entra en la habitación y toda su concentración se rompe: solloza, hecho un manojo de nervios, y el vampiro pasea muy despacio y en silencio por la habitación. Las manos a la espalda, la expresión seria y analítica; su humor permanece un misterio.

Aaron siente que la habitación empequeñece y él se ahoga. 

El vampiro se para justo frente a él y permanece unos segundos en silencio. Cada uno lento. Agónico. Un goteo de tiempo que hace mella en el aterrado Aaron.

Sorbe y solloza, tratando de disimular los ruidos de su angustia, hasta que el vampiro abre la boca y él se paraliza, listo para escuchar su sentencia:

—Nada mal… —comenta el vampiro, su voz no suena en exceso satisfecha, pero tampoco enfadada y eso es una victoria para Aaron, que siente un escalofrío de alivio y suspira, casi jadeando por el aire que lleva un rato reteniendo— Ven aquí, ya que se te da bien limpiar, limpia mis zapatos también.

Aaron asiente y se voltea, todavía arrodillado, cuando el vampiro se aleja unos pasos para sentarse en la orilla de la cama. El vampiro alcanza un trapo que el muchachito ha dejado pulcramente doblado sobre el buró y se lo arroja con desgaire, dándole en el rostro.

Aaron lo toma entre sus manos, se inclina y talla con delicadeza los zapatos del vampiro, los cuales ya están lustrosos. Aprovecha esos minutos para asimilar que Samuel no está enfadado, que, de hecho, le ha dicho que no lo ha hecho nada mal. Sabe que eso es lo más cercano a un halago que obtendrá de él y eso enrojece sus mejillas.

Aaron se siente estúpido y suicida por disfrutar del hecho de que su amo esté satisfecho con él, pero no puede evitarlo. Tantos años en el frío de la soledad lo han hecho proclive a buscar cualquier calidez, incluso si eso implica acercarse de más a las llamas del infierno y salir herido en el proceso.

Después de limpiar un buen rato los zapatos del hombre, Aaron pliega el trapo y lo deja sobre su propio regazo, esperando que le sea concedido permiso para marcharse, pero Samuel solo sonríe, se inclina hacia él y dice:

—Bésalos.

Aaron muerde su labio, es tan innecesaria, tan humillante esa orden, que el deseo de escupir sobre los recién limpiados mocasines lo inunda, pero la expresión del vampiro cambia solo un poco (las cejas algo más fruncidas, la boca más seria, los ojos más crueles) y el pánico le hace olvidar su odio.

Aaron se postra a los pies de Samuel, con sus manos en el suelo y su cabeza baja, sus labios besando los zapatos. Samuel no le ordena que se detenga, así que el chico debe besarlos varias veces, por cada una de ellas, sintiéndose patético. <<No recuerdo cuál fue la última persona a la que besé. No recuerdo cómo era la sensación de prensar los labios contra una mejilla sonriente.>>

—Suficiente —su voz corta el silencio como una daga y Aaron jadea al oírla.

Su tono es duro de nuevo, ¿ha hecho algo para enfadar al vampiro? Los nervios vuelven a formar nudos tirantes dentro de él. Le cuesta respirar.

Su amo da un par de palmadas en su regazo, como si ordenarle a Aaron que se sentase ahí no mereciese siquiera el malgasto de saliva que sería pronunciar las palabras. El chico, sin embargo, entiende la orden y se levanta, quedándose frente al vampiro con las mejillas rojas y los puños apretados mientras piensa en la orden que debe cumplir.

Samuel, impaciente pero no aún enfadado, lo toma por la cintura con una de sus enormes manos, que fácilmente la rodean entera, y atrae al chico hacia él con un posesivo tirón. Aaron cae sobre el regazo de su amo en una posición humillante: sus piernas abiertas, su intimidad rozando prácticamente la del vampiro y su rostro tan cerca del de su propietario que puede sentir su aliento frío, su sonrisa cruel.

Aaron tiembla, la posición es tan íntima que no puede evitar sentirse vulnerable; mientras, el hombre le abre más las piernas, exponiendo su cuerpo apenas cubierto por los ropajes rasgados, un recordatorio más de la paliza, y lo atrae hasta que sus torsos chocan y el chico apenas respira, temiendo ofender al vampiro con sus jadeos.

—Chico obediente… —susurra el vampiro, tomando uno de los mechones azabaches de Aaron y recogiéndolo tras su oreja con una leve caricia. La piel del chico se eriza y su cuerpo pide, exige más de esa sensación que tantos recuerdos le trae. Quiere llorar como un niño pequeño, hacer una pataleta rogando por mimos y cariño, pero se contiene— Esta actitud está mucho, mucho mejor que la de ayer. Incluso puede que te deje usar tu bonita voz para hablarme de vez en cuando sin pedir permiso antes, siempre y cuando digas cosas tan complacientes como las que estás haciendo ahora, ¿qué te parece eso?

—M-me gustaría mucho poder hablar, amo —responde el chico con prisas, casi sorprendido por el sonido suave y frágil en el que se convierte su voz cuando se dirige a ese ser. Se siente aliviado, como si su voz fuese un pajarito que lleva mucho tiempo aleteando para salir de entre sus labios y flotar por la estancia. Tras unos segundos, el chico baja más la cabeza y, odiándose por su actitud complaciente, añade:—. Gracias, amo.

Samuel alza las cejas, gratamente sorprendido, y Aaron sabe que ha obtenido lo que quería: ha complacido al vampiro.

<<Otra caricia. Por favor. Otra caricia>>

—Estás siendo jodidamente delicioso hoy, humano —lo halaga y Aaron nota su cuerpo entero tensarse. Quiere halagos y amabilidad, pero delicioso no es la palabra que deseaba oír. Siente un escalofrío en su cuello—, pero supongo que no esperarás que olvide que debo castigarte por haber ensuciado la habitación, ¿no? —el tono de Samuel se torna más bajo y rasgado, sombrío.

Una mano atrapa la cintura del muchacho sobre su regazo y la otra rodea con aterradora facilidad su cuello. Aaron intenta no pensar en cómo Samuel podría apretar solo un poquito y partir sus costillas y su cuello. En cómo podría curarlo en un instante y hacerlo otra vez. Y otra. Y otra.

—N-no volverá a pasar, lo prometo, mi amo, por favor, no l-lo haré de nuevo… —Aaron fuerza las palabras a salir de su boca, incluso si sabe que no puede prometérselo al hombre, pues la culpa no es suya: ¿cómo puede el vampiro ser tan cruel de romperlo y quejarse porque sus pedazos han quedado esparcidos por el suelo?

—Claro que no, porque si eso sucede voy a asegurarme de romper hasta el último de tus huesos y esta vez no te curaré. Te dejaré morir. Despacio. 

Aaron tiembla en su lugar por las palabras del vampiro, pues son ominosas y sabe que también cruelmente sinceras y teme que sean una promesa, más que una amenaza; pero también tiembla porque, a la par que dice algo tan horrible y aterrador, la acaricia la cintura con la palma de su mano, tallando el contorno de sus suaves curvas, como deleitándose con la delgadez y la fragilidad de su cuerpo mientras fantasea con quebrarlo.

Aaron se siente asustado, pero quiere más de esas caricias, ¿no puede Samuel tocarlo con dulzura, sin violencia en sus manos ni veneno entre los labios?

—Por ahora, sin embargo, pareces suficientemente arrepentido como para ganarte un poquito de mi clemencia. Mi castigo será suave, porque hoy me siento generoso; supongo que estoy agradecido con el destino por haberme obsequiado con un juguetito tan hermoso como tú. Tu castigo es el siguiente: nada de comer o beber en tres noches, empezando por hoy.

Aaron jadea al escuchar su sentencia. Por un lado, su cuerpo se relaja instintivamente al saber que no será golpeado, pero Aaron ha tenido que aprender sobre supervivencia lo suficiente como para saber que tres días sin comida son incómodos, más no imposibles, pero tres días sin agua podrían dejarlo al borde de la muerte, si no matarlo. 

Se dice a sí mismo que el vampiro no lo dejará morir, no por compasión, sino porque sería un desperdicio matarlo cuando apenas lo ha obtenido, pero por otro lado Aaron sabe que esas criaturas muchas veces matan a humanos sin querer, ya que no les importan lo suficiente como para esmerarse en que sus descuidos no les cuesten la vida.

Recuerda, en la guerra, ver cómo una vampiresa besaba con violencia a su rehén, recuerda cómo mordía sus labios, su lengua y cómo, tras decirle que iba a ser suyo por la eternidad, la violencia del beso acabó por matarlo en minutos.

Aaron mordisquea su labio y luego su voz sale como un hilillo de su garganta. Samuel deja de acariciarlo de inmediato:

—Uhm, m-mi amo, ¿podría tener más días sin comida a cambio de un día menos sin agua, por favor? Me preocupa, n-no sobrevivir, estoy deshidratado ya y…

Aaron está tan nervioso que no puede resistirse a comprobar qué impresión causa su petición en el vampiro. Así que alza su vista solo un poquito, con la intención de echar un rápido vistazo al rostro de su amo.

Sin embargo, su acto es demasiado osado y cuando sus angelicales ojos se alzan como timidez, chocan con los orbes sangrantes del vampiro, quedándose ahí clavados como si la mirada del vampiro los atrapase con fuertes garras.

Aaron contiene la respiración y un pinchazo de angustia le cruza el pecho cuando ve los ojos carmesí de su amo destellar.

Ira.

Samuel lo mira con ira, sintiéndose apuñalado a traición por las terribles sensaciones que esa mirada azul desentierra. Aaron solo ha subido un poco su vista, le ha hecho ojitos con esas suplicantes pupilas oscuras y grandes y ese iris del color de un cielo al que él jamás podrá llegar. Pero el gesto, a pesar de su inocencia o quizá a causa de ella, se siente como un ataque.

No quiere ver esos hermosos ojos añil nunca más, no si no los llena de lágrimas primero.

No quiere ver esos ojos tan puros, tan tórridos y suplicantes.

No quiere ver esos ojos tan humanos, pues ya cayó hace mucho tiempo en su trampa.

Samuel abofetea al chico tan fuerte que lo manda de su regazo al suelo y puede oler la sangre cuando al muchacho se le abre una ceja contra una de las tachuelas que ha abrillantado hace pocos minutos. No curará esa herida, no le salvará del dolor, ¿cómo iba a merecérselo cuando Aarón le ha herido primero?

—Lárgate de mi vista —ordena con voz estruendosa, poniéndose de pie. Aaron se fija en sus puños apretados a los lados del torso y su corazón martillea fuerte, los recuerdos de anoche inundándolo, el dolor haciéndose eco en el tuétano de sus huesos —y mantén tu jodida cabeza baja cuando te dirijas a mí.

Aaron farfulla una disculpa apenas comprensible y sale corriendo de la habitación, no sabiendo a dónde ir, más que lejos de su amo.

Para su alivio, no escucha pasos algunos persiguiéndolo y, para cuando sus piernas están demasiado temblorosas por el cansancio y sus pulmones arden por el ejercicio, el chico se tiende en el frío suelo de un pasillo y cierra los ojos.

Necesita dormir, no solo porque está cansado, sino porque correr le ha secado la garganta y, mientras siga consciente, la sed lo torturará de una forma inhumana.

Trata de soñar con algo esperanzador, así que mientras se queda dormido, piensa en el pecho de Samuel siendo atravesado por una estaca. No es él quien la blande, pues no sería realista pensar que un humano pudiese lograr algo así, sino que en su fantasía se trata de otro vampiro, tan egoísta, territorial y ambicioso como su amo, que lo mata sediento de poder, tan centrado en la caza que no se da cuenta de cómo Aaron se escabulle fuera de ahí, retomando su libertad.

Cuando se duerme, sin embargo, Aaron no sueña con eso: sueña con caricias. No con las de sus padres o sus amigos, no con el suave pelaje de su perrito o con la mano amable de sus profesores que le daban palmadas en la espalda. Ha olvidado ese tipo de calidez, así que sueña con la única que ahora conoce: la de las caricias del vampiro.

Un calor corrupto, envenenado. Y aun así, Aaron se abraza a sí mismo en sueños, imaginando que el vampiro es quien le envuelve con sus brazos mientras le promete que no hay nada que temer.


 

CAPÍTULO 8

Samuel despierta de mal humor. Pese a que las horas diurnas sumen su cuerpo en un profundo y usualmente plácido sueño, hoy no ha podido descansar como siempre. Lleva más de cien años sin sueños, mucho menos pesadillas, pero los monstruos que lo han acuciado esta noche no son siquiera eso, son algo peor, algo que creyó haber enterrado hace mucho tiempo, algo que empujó en ese lugar frío e infértil que antes tenía por corazón y selló con la promesa de no volver a visitar jamás: son recuerdos.

Los ojos de Aaron lo atraparon desde el primer momento, un flechazo que le hizo sentirse nostálgico, sí, pero también vengativo. Resulta que, pese a haber encadenado y apalizado al humano, su mirada conserva un cierto poder, una chispa de magia que es capaz de colarse entre las nimias brechas de su coraza y romper el sello con el que Samuel ha exiliado a sus memorias.

No le gusta que Aaron haga eso, en absoluto. Él es el único amo de su pasado, de su dolor, nadie debe osar traerlo de vuelta.

Aun así, Samuel no se siente amenazado por el humano, pues sabe que le queda poco para romperlo y robarle cualquier tipo de poder que tenga sobre él. Lo ha decidido: hoy le hará llorar de nuevo, le recordará su lugar y sonreirá deleitado al comprobar, como él ya sabe, que él es superior, que nadie tiene poder sobre su vida, que Aaron no es más que una criatura cuya vida le pertenece y que cada bocanada de aire que toma, es porque Samuel le deja prestado el honor de vivir un segundo más a sus pies, honor que el chico deberá compensar.

Pronto.

Samuel pasea por su palaciego hogar con calma, rastreando el olor dulzón de su siervo. Lo encuentra acurrucado en una esquina al fondo del pasillo principal, sus ropas todavía rotas y con la sangre seca haciendo que el tejido antes suave esté ahora acartonado, como hojas crujientes de otoño. El vampiro se acuclilla frente al humano, su enorme sombra proyectándose sobre el chico como una bestia sedienta de su calor. Aaron se estremece, su piel se eriza y emite un quejido en sueños que suena adorablemente vulnerable.

Samuel aprovecha para observar al chico un poco sin tener que lidiar con su actitud temerosa.

Su cabello negro y blandito le besa las mejillas y la frente con suaves ondas y su naricita respingona está rosada como la de un conejito; sus ojos están afortunadamente cerrados, sus largas pestañas perladas de lágrimas, sus bolsas tan moradas que Samuel no necesita más pruebas para saber que el muchacho debe haberse despertado varias veces durante el día, producto del frío, el hambre y sobre todo la sed.

<<Bien. Merece sufrir>>

Sus labios están entreabiertos y ya no lucen tan rosados y carnosos como cuando lo halló, sino que están rotos y manchados de sangre, al igual que su ceja partida. Su cuerpo es un pequeño ovillo y sus manos se le antojan tan diminutas a Samuel que por un momento quiere tomar una y acaricia la palma, como comprobando que el muchachito es real y no una frágil imagen creada por recuerdos que se resisten a morir.

No lo hace, sino que se yergue de nuevo y patea al chico suavemente en uno de sus hombros para despertarlo. Aaron abre los ojos agitado y mira a su alrededor como si no entendiese el mundo que lo rodea, alza sus ojos ante la gran figura que tiene enfrente y, cuando reconoce la mirada carmesí, los baja frenéticamente, aterrado por haberse ganado otro castigo.

—Sígueme —ordena el hombre con voz ronca y ecuánime.

Aaron suspira de alivio, cada segundo en que no se gana una paliza se siente como una victoria.

El vampiro baja las escaleras hacia el salón principal y luego tuerce hacia la cocina, no se mueve con prisas, pero sus pasos son grandes y elegantes y a Aaron, cuyas piernas tiemblan, le cuesta un poco seguir al hombre, pero teme ser reprendido si se queda atrás, así que acaba corriendo. Está jadeando para cuando llegan a su destino.

Su garganta se siente tan seca que no hay ya saliva que tragar y su lengua bien podría estar hecha de arena. Su estómago ruge y se siente como un agujero en medio de su cuerpo, pero Aaron puede soportar los pinchazos de hambre, eso no le molesta en absoluto tanto como la sed.

En ese momento, Samuel abre la nevera y saca de ella una botellita de agua fría, pequeñas gotas corren alrededor de las curvas del envase y este luce traslúcido por la condensación. Nunca se le había antojado a Aaron tan deliciosa una simple botella de agua.

Samuel la mueve en sus manos, agitándola innecesariamente para que Aaron pueda escuchar con desesperación el sonido agradable y claro del chapoteo de agua. Le sonríe sádicamente mientras se sienta en una silla y desenrosca el tapón de la botella.

—De rodillas. —ordena y Aaron debe obedecer, incluso si solo ansía arrebatarle de entre sus garras la botella y beber su refrescante contenido de un solo trago.

Con Aaron entre sus piernas, Samuel le rodea el cuello con una mano y usa el pulgar para hacerlo alzar su barbilla. Aaron se deja hacer, pero aunque su cara ahora mira hacia el vampiro, sus ojos de hermoso color cielo rehúyen aquellos tintados por el infierno, y terminan clavados en la botellita de agua.

—Abre la boca —Samuel da un apretón en el cuello de Aaron junto a la orden, enfatizando su seriedad. El chico lo hace de inmediato, separando sus labios color melocotón y dejando entrever su pequeña y rosada lengua y esos dientes adorables que lo hacen lucir como un conejito—, saca la lengua —el chico obedece de nuevo y ahora ya no puede parar de analizar cada pequeño movimiento de la botella con desespero y esperanza.

 <<¿Me ha perdonado? ¿Me va a dar de beber? Me da igual si es en esta posición humillante, lo que sea, solo por un par de gotas>>.

—Ahora, humano, vas a mantenerte quieto y obediente para mí. No vas a tragar ni un poco de agua y si noto su garganta moverse aunque sea un poco… —su mano alrededor de esta se afirma, asfixiando al chico un momento, haciendo que el pánico lo recorra rápido como un rayo que lo paraliza.

Los dedos del vampiro son grandes y poderosos, rodean su cuello con facilidad y aprietan su manzana de Adán, advirtiéndolo que no podrá tan siquiera tragar saliva sin que registren el movimiento.

—Voy a ahogarte hasta que estés a punto de morir una y otra vez, voy a jugar contigo de ese modo hasta que rompa tu patético cuello por error. Puedo pasar horas torturándote, humano, privándote de oxígeno hasta que tu cabeza se sienta como si fuese a reventar y tus pulmones ardan como ascuas. Puedo hacer que te desesperes hasta que me ruegues que te mate y esa desesperación, cosa patética, solo me dará más ganas de alargar tu sufrimiento, de hacer que para cuando mueras hayas sufrido tantísimo, que tu cordura esté destrozada y no puedas ni sentir alivio porque el final se acerca. ¿Has entendido? 

Aaron no se atreve a hablar, tan siquiera a moverse para asentir, pero cierra sus ojitos con horror y un par de lágrimas resbalan por sus mejillas. Samuel está satisfecho con esa respuesta.

Da un repullo cuando nota algo frío y húmedo tocando su frente, pero un segundo después, cuando siente como resbala por su rostro, comprende que el vampiro está inclinando levemente la botella sobre su rostro, dejando que un chorro fino como un hilillo de agua le bese la piel y las gotitas corran lamiendo su brillante y pálida tez. El agua es suave, fresca y agradable, le recorre el puente de la nariz, el arco de cupido, perfilando sus labios, le limpia las lágrimas de las mejillas y termina recorriendo la línea de su mandíbula antes de gotear hasta el suelo, desperdiciándose.

La tentación de voltear su cabeza para poder poner su lengua seca y desesperada bajo el refrescante manantial de agua es grande, pero el miedo es aún mayor, así que Aaron se contiene y mantiene su cuerpo quieto.

Samuel mueve un poco el pequeño río de agua fresca por el rostro del chico, lo sube, mojándole el mullido cabello hasta que Aaron nota las gotitas acumulándose en sus rizos, perlándose en ellos como el rocío que reposa sobre los pétalos de las flores y luego cae como suave lluvia sobre el suelo. Lo vuelve a bajar, ahora hasta que el agua moja los párpados del humano, recordándole la sensación ya olvidada de zambullirse en una piscina fresquita o ser salpicado por el agua marina de una ola rompiendo cerca suyo. Aaron quiere llorar. Quiere olvidar la comodidad del pasado. Quiere ignorar su sed.

Pero no puede y solloza sin poder evitarlo. La mano en su cuello aprieta, amenazante, y piensa que eso es todo, que se ha movido, que Samuel lo matará aquí y ahora y él ni siquiera va a tener el placer de beber un trago de agua antes de morir; pero el vampiro no lo deja sin aire, solo mantiene su mano ahí, firme, pesada, no tan distinta al collar de metal que reposa sobre sus clavículas.

Su castigo es otro: el agua ya no le moja las mejillas o el pelo o la frente, ahora Samuel derrama el chorro de agua, más grueso y caudaloso que antes, directamente sobre su lengua.

Aaron da un repullo y un jadeo ahogado abandona su garganta, el agua fría y placentera besa sus labios, cubre su lengua con la promesa vacía de un saciante y delicioso trago, pero debe contenerse. Su cuerpo entero tiembla por la necesidad de beber algo, de desobedecer a Samuel y hacer caso a sus instintos, pero un pinchazo lo atraviesa, otro eco del dolor de la paliza que Samuel le dio hace pocas noches.

Teme demasiado que vuelva a repetirse, así que espera e intenta respirar profundo, diciéndose que la tortura no puede ser eterna, que la botella debe acabarse en algún momento.

La boca de Aaron se llena de agua y el chico debe esforzarse sobremanera para cerrar su garganta y no tragar mientras siente aquello que más desea en el mundo llenándolo, tentándolo.

<<No. No puedo beber. Mañana es la última noche. Mañana esto se acaba. Debo ser fuerte ahora>>

—Tan, tan obediente… —ronronea el vampiro, su voz ronca y áspera y el sonido del agua suave y musical mientras se derrama. La contraposición hace a Aaron temblar.

Siente las gotitas de agua cayendo por la punta de su extendida lengua, derramándose por su barbilla. Siente el frescor en sus labios, lo nota goteando como divino elixir por sus comisuras.

De pronto, el sonido del agua siendo derramada se detiene y Aaron se atreve a abrir los ojos. Para su alivio y decepción, la botellita de agua reposa, vacía, sobre la mesa: se ha acabado su lenta y cruel tortura, pero también su esperanza de lograr beber aunque sea una gotita de esa deliciosa agua; esta aún le llena la boca y Aaron no sabe cuánto más tendrá que aguantar así. Escupir el agua le rompería el corazón, pero seguir teniendo que probarla sin poder beberla va a terminar quebrando su aguante y si desobedece…

—No voy a dejar que bebas ese agua, humano, así que no es buena idea que desperdicies tan irresponsablemente tus lágrimas —le reprende con diversión.

Hasta ahora, Aaron no se había percatado de que estaba llorando a mares y sabe que eso no ayuda a su causa, pero ¿cómo evitarlo? Quiere dejar de llorar, de sentir. Quiere volverse de piedra y no padecer nunca más, pero Samuel le habla de ese modo, le toca de esa manera… de algún modo, parece volverlo blando y dúctil, algo maleable hecho de fibras sensibles que acaricia ya sea para dañarlo cuando es rudo o para darle un ínfimo placer por el que Aaron haría cualquier cosa, cuando es amable.

—Ahora vas a inclinar tu cabeza y vas a dejar que toda el agua se derrame en el suelo. Despacito.

Aaron asiente y hace lo que se le ha encomendado. El vampiro le ayuda, retirando su mano de su garganta y tomándolo por la argolla de metal de su collar para hacerle inclinarse cada vez más y más mientras su salvación se le escurre de los labios. Aaron sabe que ahora que el vampiro no está rodeando su garganta, podría tragar disimuladamente y beber un poco, pero también sabe que el vampiro está poniéndolo a prueba, comprobando si el chico será obediente incluso si no lo ahoga con su violenta presencia. Y Aaron quiere ganarse esa pequeña libertad, así que solloza mientras el agua abandona su lengua, sus labios, y pronto la suave, lábil caricia del frío líquido no es más que una sensación que apenas puede recordar.

Samuel se agacha un poco hacia él, sonriendo sus siempre puntiagudos colmillos, y se deleita con el hermoso sonido de su llanto.

Coloca una mano en su cabeza y Aaron siente una chispa de ilusión, creyendo que será acariciado dulcemente en recompensa. El vampiro tira de sus cabellos con dureza, haciéndolo alzar un poco el rostro para comprobar cómo la luz abandona esos ojos azules que tanto daño le hicieron anoche.

<<Él no tiene poder sobre mí>> se asegura mientras ve al joven rehuirle la mirada con miedo. <<Yo tengo poder sobre él>>.

Samuel se siente suficientemente confiado como para regalarle al chico dos suaves palabras que ha empezado a notar que le gustan más de lo que deberían.

—Buen chico.

Aaron suspira y su respiración se torna errática, sus sollozos más lastimeros. Hay algo desesperado en su forma de llorar, pero también parece aliviado por su halago, como si buscase ganar su aprobación.

Samuel siempre ha empleado el miedo y el dolor para hacer de sus prisioneros obedientes marionetas, pero Aaron es un poco distinto y decide explorar esa faceta, jugar con él de un modo distinto.

Toma la mejilla del humano, empapada en agua y tristeza, y la acuna en una de sus grandes palmas. Aaron jadea al inicio, asustado ante la expectativa de un golpe, pero cuando el pulgar de Samuel lo acaricia, puede sentir como el chico se derrite contra su caricia, como su cara se pone roja y caliente y su mejilla se frota contra su palma áspera, como su corazón revolotea en su pecho, rogando más por el afecto de lo que rogaba por el agua.

<<Un minuto más así, solo un minuto más así. Por favor, por favor, porfavorporfavorporfavor>>

—¿Es la primera vez que sirves a un vampiro, cosita dulce? —pregunta Samuel, su tono bajo, íntimo, tan cuidadoso como el de quien trata de no alertar a un asustadizo animalito que lo mira con curiosidad y precaución.

—A-así es, señor, y-yo jamás… he pasado todo este tiempo por mi cuenta, no había… e-es la primera vez que veo a un vampiro desde… desde la noche en… —sus palabras se quedan atoradas en su garganta. La angustia de los recuerdos se mezcla con el hecho de que es la primera vez que habla tanto en años.

—¿Desde la noche en que os sometimos como el ganado que realmente sois? —pregunta Samuel con sorna, una sonrisa altiva y ladina adornando su rostro.

Aaron asiente, humillado. 

—Es… es la primera v-vez que veo a un vampiro desde entonces. Por eso no… por eso no sé qué hacer, pero no quiero ser desobediente, no quiero más castigos. No quiero dolor, se lo suplico.

Samuel se siente enternecido por la manera en que ese muchacho le ruega. Usualmente odia cuando los mortales le piden cualquier cosa, ya sea piedad o una muerte rápida, pues se siente demasiado osado: ¿cómo se atreven esas criaturas inferiores, mero alimento y diversión para él, a exigirle que anteponga sus fútiles y estúpidos sentimientos a sus deseos, que deberían ser sagrados como los mandatos de un dios? Pero Aaron tiene una forma tan educada y suave de hablar. Sus palabras reflejan inocencia y algo más, una docilidad deliciosa, fascinante, de la que Samuel no puede tener suficiente.

Por eso le deja seguir hablando y quizá también por eso está siendo más gentil con él de lo que usualmente es con sus otras presas.

—Estoy solo empezando contigo, pero luces bastante obediente, sobre todo para ser la primera vez que te postras ante alguien de mi especie —Samuel acompaña sus palabras con otra pequeña caricia en la mejilla del chico, que gimotea y se estremece entero, su piel erizada, su aliento dulce y meloso. Le encanta que un gesto tan sutil genere esas reacciones en el humano—. Voy a hacerte daño, seas obediente o no, mi naturaleza no solo consiste en la sed de sangre, lo sabes, ¿cierto?

—¿A q-qué se refiere, amo? —pregunta con timidez.

Samuel, que jamás se ha molestado en dirigirse a sus siervos humanos con más que órdenes e insultos, decide responder al chico, obsequiarlo con una explicación, pues la ha pedido adorablemente. Además, sus antiguos humanos no hacían más que gritar, berrear y rebelarse, intentaban huir y luchar y solo cuando los dejaba como un cascarón vacío a base de crueldad lograba de ellos una sumisión apenas comparable a la actitud dócil de Aaron.

En cierto modo, piensa Samuel, pareciera que el mortal en el fondo tiene tantas ganas de huir de él como de quedarse a su lado: hay cierta indecisión en su interior, como si allí afuera hubiese algo que el humano temiese tanto o más que a su crueldad.

—Nuestra naturaleza, dulce humano, es esencialmente diferente. Un vampiro no es un humano con algo más: más fuerza, más longevidad, más hambre. La transformación nos cambia de manera… fundamental; nuestros instintos, nuestros deseos mismos se ven afectados. Ya no pensamos como humanos, ya no sentimos como humanos. La sed de sangre no es un mero apetito, como la sed de agua que tú sientes ahora, es algo más, algo peor. Y junto a ella vienen los deseos. Cada humano halla placer en distintas cosas y cada humano desea cosas diferentes, pero para nosotros, hay deseos que son innegables, deseos constitutivos de nuestra naturaleza: todos los de mi especie nos hallamos sedientos de poder, de dolor, de muerte. La crueldad es parte de mí, humano, y tú, como mi presa, vas a aprender a complacer al demonio que hay en mí. Te haré daño incluso cuando seas obediente, solo porque a mí me provoca placer, pero si sigues obedeciéndome como lo haces, quizá puedo… recompensarte un poco. Y, sin duda, evitarás castigos como el de hoy o como el de anoche, lo recuerdas, ¿cierto? ¿No necesito hacerte sangrar para refrescar tu memoria?

Aaron niega con urgencia.

—L-lo recuerdo, señor, s-sé que usted puede ser cruel, pero… pero t-también puede ser amable, ¿verdad? Como ahora…

Samuel ríe, entretenido por la idea de que el chico piense que realmente conoce su crueldad, cuando ha estado conteniéndose para no romper a su nuevo y frágil juguete. 

El vampiro decide jugar un poco más con los adorables sentimientos del humano y acuna su otra mejilla con su mano libre, ahora acariciando toda su carita con sus dos pulgares. Aaron gimotea de gusto y cálidas lágrimas caen de sus ojos mientras disfruta de esas caricias.

—¿Te refieres a esto, humanito sensible? —pregunta y sus pulgares siguen mimando su piel con ese cuidado y esa delicadeza que Samuel debe forzar, pues se sienten antinaturales en él.

Aaron exhala un relajado y tierno ruidito de asentimiento y el vampiro sonríe pensando en las posibilidades. Aparta sus manos de golpe, dejando al chico solo y desesperado por afecto de nuevo, y lo trae de vuelta a la realidad palmeando una de sus mejillas suavemente, sin abofetearlo en serio, pero asustándolo lo suficiente como para arrancarlo de su trance.

—¿Te gusta que finja que puedo ser tierno y cariñoso contigo? ¿Te gusta que te acaricie incluso si preferiría estar desgarrando tu suave piel? —Aaron baja la vista, dolido y traicionado <<Bien…>> y lloriquea mientras la ilusión se rompe. Sabe que Samuel no le aprecia en absoluto más que como un objeto divertido para usar, pero le gusta imaginar que esas caricias significan algo, que están colmadas de aprecio y preocupación, que logran ablandar al vampiro así como le derriten a él. El humano sonríe, dispuesto a aceptar el afecto del vampiro, incluso si es falso —Entonces, pequeño, vas a tener que ganártelo.

Samuel se levanta de su silla y deja atrás a Aaron. Desde el umbral de la puerta y con su tono duro de siempre, ordena:

—Ahora vas a limpiar toda la casa. Cuando vuelva, quiero que todo esté impoluto y que tú estés fuera de mi vista, ya has malgastado suficiente mi tiempo esta noche.

—S-sí, mi amo… —susurra Aaron, su garganta seca apenas permitiéndole esas pocas palabras.

Cuando Samuel se marcha del lugar, el humano no puede siquiera permitirse el alivio de ser vulnerable y llorar: no puede malgastar agua.

Está agotado, sediento, hambriento y el sueño empieza a cerrarle los ojos, pero se fuerza a sí mismo a permanecer consciente y hacer un buen trabajo, pues no quiere averiguar las consecuencias de dejar algo sucio en ese inmenso lugar. Limpia con esmero, pellizcándose hasta dejarse la piel morada cuando se nota demasiado cansado y se va tambaleando de un lado para otro, tallando los suelos de rodillas en vez de pie cuando piensa que va a desmayarse; se esmera en abrillantar los pomos de las puertas y en no mirar cuando moja trapos con agua, tratando así de resistir la tentación de beberla porque <<¿Y si él se entera? No sé cómo podría, pero sé que podría.>>

Para cuando Samuel vuelve, el humano ha desfallecido en medio del salón. Aaron está en esa tierra transitoria entre el sueño y la vigilia y, ahí, puede escuchar desde lejos los pasos de su amo atravesar la estancia; siente sus botas pesadas pisándole la espalda cuando ni siquiera se esmera en rodearlo y decide pasar por encima de él como si fuese un mero insecto. En el fondo lo agradece: si Samuel está ignorándolo así, significa que va a dejarlo dormir en paz.

Y eso hace el vampiro: no pone sus ojos ni sus manos sobre el muchacho desmayado sobre el suelo reluciente, pero mientras vuelve a su alcoba, no puede apartar al chico de su mente.

Se sienta en el filo de su cama y mira las palmas de sus manos, el lugar donde todavía puede sentir el calor de las mejillas del chico, la suavidad que ha recibido de él mientras lo acariciaba como a un dulce gatito. La gracia de acariciarlo cuando nunca ha hecho eso con sus esclavos era burlarse de la desesperación del chico, jugar con él para obtener grandes reacciones con pequeños gestos mientras que para él esas suaves caricias no significaban nada.

Solo que quizá sí significan algo.

<<Peligro>> piensa Samuel mientras siente sus manos hormiguear, el deseo de acariciar al chico de nuevo está a flor de piel. Se siente extraño y confundido, pues es la primera vez que sus manos arden con un deseo distinto al de romper.

Durante el día, ambos sueñan con caricias. Aaron, con las que ha recibido hoy, volviéndose garras afiladas que le arrancan la piel del hueso y lo traicionan mientras él muere, agradeciendo al menos haber podido sentir algo agradable poco antes de morir.

Samuel sueña con sus primeras caricias también, pero no las que ha dado a un mortal, sino las que él recibió cuando era como Aaron.


 

CAPÍTULO 9

Aaron despierta con el pánico inundando su cuerpo cuando siente un poderoso puño tomarlo por sus cabellos y alzarlo, obligándolo a ponerse de pie.

El chico jadea y lucha, demasiado confundido para comprender qué sucede y demasiado agotado para siquiera gritar. Un bofetón lo aturde hasta dejar su vista borrosa y sus miembros flácidos, su cuerpo sosteniéndose sobre el suelo solo por la mano que tira de su cabello.

Al cabo de un rato, la comprensión cala en él gotita a gotita y comprende que es Samuel quien lo ha despertado, tomándolo como un juguete que uno recoge cuando le apetece usarlo, pero no logra encontrar el valor para preguntarle por qué está siendo tan brusco.

El vampiro se lo echa al hombro sin dificultad y Aaron se centra en intentar no empezar otra noche más llorando. Logra tragarse sus lágrimas, incluso si su mejilla pulsa de dolor, como su estómago vacío y su garganta seca se siente como papel de lija.

De algún lugar que no logra reconocer, Aaron obtiene el valor para hablar entre susurros.

—S-señor, ¿a dónde me lleva? —pregunta con preocupación mientras suben las escaleras. El vampiro enfila el pasillo, hacia la habitación del fondo, y el cuerpo entero de Aaron se tensa cuando entran en la habitación donde recibió su primera paliza. Cuando ve la corbatita que jamás logró ponerse tirada a un lado de la cama, debe cerrar los ojos o gritará de horror— ¿He hecho algo mal? —pregunta con una voz todavía más pequeñita.

Para su suerte, escucha otra puerta abriéndose y se atreve a echar un vistazo, aún con los ojos entrecerrados: está en el baño. La estancia es enorme y luminosa y una enorme bañera circular de piedra se halla en el medio, dando la sensación de ser un lago que ha irrumpido en ese espacio.

Samuel cierra la puerta y lo baja de su hombro, tomándolo por el cuello para dirigirlo y ponerlo en pie frente a un espejo de cuerpo completo. Aaron se aparta la mirada cuando ve su rostro, con los ojos rojos de tanto llorar, los labios cortados, la ceja partida… y todo su cuerpo recubierto por harapos ensangrentados.

—¿Crees que luces apetecible, humano? —pregunta Samuel y Aaron siente su ansiedad formar un nudo en su garganta que no le deja ni respirar.

No entiende por qué Samuel es apacible y hasta dulce en algunos instantes, pero tan frío otras veces. Odia cuando el vampiro es así, cuando su tono es ecuánime y él se siente desesperado, tanto que haría cualquier cosa por conseguir que el vampiro le hablase con más delicadeza.

—N-no, señor. 

—¿Para qué sirves? Vamos, dímelo.

Aaron enrojece violentamente. Él sabe que ya no es un humano, sino un juguete cuya vida no tiene un sentido, solo una utilidad; pero ser forzado a decir esas palabras es tan malditamente humillante que apenas responde en un hilillo.

—P-para que usted me use para su placer… —sorbe su nariz, sintiéndose estúpido porque ha fallado en su intento de no llorar.

—Eso es, buen chico… —lo halaga el vampiro, quien suelta su cuello, pero lo sostiene colocando ambas manos sobre su cintura. Aaron evita de nuevo su reflejo, pues en él podría ver cómo el hombre rodea su torso con pasmosa facilidad, haciendo alarde de cuán sencillo sería romperlo— ¿Y crees que puedo usarte cuando luces sucio y descuidado?

—No, señor —hipea y él sabe cómo luce, pues lleva sintiéndose sucio desde que recibió aquella paliza y su elegante traje acabó hecho girones, apenas tapando una pequeña parte de su cuerpo y salpicado de sangre ahora seca por doquier, pero Samuel no le ha dado permiso para que cambie su ropa y, por mucho que Aaron desee hacerlo, está esforzándose en ser obediente—, e-estaba esperando a que usted me dij-

Las manos en su cintura lo aprietan, haciéndolo callar. Lo aprietan duro. Aaron cierra los ojos y trata de no respirar, temiendo demasiado escuchar el chasquido de una de sus costillas. En su lugar, siente el aliento del vampiro en su oído, junto a su ronca, lenta voz:

—No seas estúpido. No tienes permitido hacer nada que no te ordene, pero hay cosas que harás de todos modos cada noche, porque en eso consiste ser mío. Mantenerte bonito y apetecible para mí es una de ellas, así que ahora harás eso. Vamos, desnúdate.

La orden paraliza a Aaron. Su ropa está rota, pero todavía cubre parte de su cuerpo: su pecho, parte de su espalda, su intimidad, tanto por delante como por detrás, y una de sus piernas casi entera. La idea de despojarse de lo único que lo separa del contacto piel con piel con el vampiro lo hace sentirse pudoroso.

—¿Debo hacerlo delante suyo, señor? M-me da vergüenza… —confiesa en un susurro mientras juguetea nerviosamente con sus manos.

De ser otro mortal negándose a cumplir sus órdenes, Samuel estaría rasgando su ropa violentamente ahora y enseñándole que, si no obedece por las buenas, lo hará por las malas. Pero Aaron ha tenido una forma tan inocente de rechazarlo que no puede evitar echar la cabeza hacia atrás y reír con ganas.

—Te da vergüenza… —repite, incrédulo, mientras no puede evitar sonreír con crueldad y grandes colmillos— Haré cosas mucho más obscenas con tu hermoso cuerpo que verlo desnudo, mi inocente humano, así que empieza a desnudarte. No quieres impacientarme.

Aaron aparta sus ojitos vidriosos del reflejo y Samuel lo permite, por el momento. 

Sus manos, delicadas como las de un muñeco, empiezan a quitar la ropa con una lentitud que el vampiro halla tan tortuosa como insinuante. Saborea cada segundo, cada pequeño gesto de esos gráciles dedos de puntas rosadas y uñas brillantes como hechas de cristal. El chico desabrocha lo que queda de los botones de su camisa, antes blanca y ahora salpicada de sangre oscura y seca. Desliza una de sus mangas fuera, dejando su hombro derecho y su marcada clavícula al descubierto. Luego hace lo mismo con la otra, dejando ver sus brazos delgados y largos, el tono de su piel de una cremosidad y luminosidad deliciosas, blanco como la nata y seguro que igual de dulce. Su pecho también queda a la vista del vampiro cuando el muchachito empieza a bajar la camisa y a despojarse de ella. Es raso y lampiño, como el resto de su cuerpo, los pectorales solo un poquito marcados y decorados por dos sonrosados pezones como frutillas brillosas. Su vientre es una bonita depresión por la que Samuel quiere pasar las manos, su cintura una estrechez hecha para caber entre ellas y estremecerse con su toque.

El cuerpo de Aaron se le antoja delicioso y la forma en que el chico se desviste, como desenvolviendo un delicado regalo que le va a ofrecer, no hace sino aumentar su impaciencia y su deseo.

La espalda del mortal es bonita como un lienzo, tan blanca y suave, atravesada por la curvita de la columna y con dos preciosísimos hoyuelos al final de esta, a ras de la banda del pantalón.

Sus omóplatos se marcan mientras el chico se mueve para acabar de quitarse la prenda del todo. La hace una bola en sus manos y la estruja, nervioso y sin saber bien qué hacer. Samuel decide darle un empujoncito para que no se quede trabado ahí, con las manos temblorosas y las uñas hundidas en la tela.

—Muy bien, mi cosita dulce… —lo halaga ronco y lento en su oído. Su voz es como un ronroneo y hace que Aaron se tense, sus bonitos y delgados músculos marcándosele: en la espalda, en el abdomen, en los brazos… Su piel se eriza y Samuel sigue hablando, solo para volver a ver lo que su voz causa en el mortal— Deja eso en el suelo. Quítate los pantalones ahora.

Es Samuel quien tiene que tomar la camisa hecha un ovillo y quitársela de las manos a Aaron con un pequeño tirón para que el chico se despegue de ella. Samuel la tira a un lado sin demasiada preocupación y Aaron clava sus ojos en ella, sintiéndose desprotegido, como si acaso esos hilillos raídos de tela pudiesen protegerlo. Quizálo han hecho hasta ahora, no de las manos del vampiro, que tan fácilmente lo han quebrado cuando han querido, pero sí de sus ojos. De esos dos infiernos que le queman la piel cuando le miran y que ahora lo observan con una chispa extraña en ellos. No es ira; al contrario, el vampiro luce muy complacido con él, pero sea lo que sea, inquieta a Aaron más que las miradas furibundas que ese hombre le ha lanzado antes.

Conoce el dolor de los golpes, pero no tiene idea de qué clase de sufrimiento vaticina una mirada llena de deseo.

Una mano toma su collar de metal y tira de él hacia atrás, haciéndole arquear su cuello hasta que su cabeza se apoya en el hombro del agachado vampiro y su garganta queda dispuesta para su amo como un banquete. Samuel ve como el humano traga saliva y voltea su rostro, ofreciéndose dócilmente y empezando a llorar de confusión y temor.

Desliza la yema fría de sus dedos por la curva de la garganta del humano, acompañando el movimiento de tragar saliva que este no puede parar de hacer mientras, con la otra mano aferrada al collar, lo mantiene quieto y disponible para él.

—Te he dado una orden, ¿no es así?

—S-sí, señor.

—Debería abrir tu bonito cuello ahora y hacerte desangrarte por el hecho de que no la hayas cumplido, pero quizá te perdono si me entretienes dándome las ridículas razones por las que has pensado que desobedecer era una buena idea.

Aaron traga saliva de nuevo; los dedos de Samuel empujan contra su manzana de Adán, haciendo el movimiento incómodo y difícil, recordándole que no le ha pedido que se calme, sino que hable y que lo haga ya.

—I-Iba a hacerlo, señor, lo haré ahora mism-

Aaron se lleva las manos a la orilla de su pantalón, dispuesto a bajarlo de golpe para contentar al vampiro, pero este suelta su collar y retiene con su muñeca con un agarre firme y aterrador que le recuerda a Aaron que el vampiro bien podría rodear sus dos muñecas con una sola mano y tendría en ella espacio de sobra.

—No te he dicho que obedezcas ahora, te he dicho que me digas por qué no lo has hecho antes. Deja de tentarme, humano, porque tengo muchas ganas de castigarte. La única razón por la que me contengo es porque me apetece ver tu cuerpo desnudo y sin romper aún

Aaron jadea y se siente cada vez más pequeño. Ni siquiera sabe por qué le ha costado moverse cuando tenía que bajar sus pantalones; no ha sido una decisión, sino más bien su cuerpo tomando el control cuando su cabeza se ha quedado bloqueada. Aun así, se esmera por mirar dentro suyo en busca de razones.

—Ha… ha sido porque me siento muy vulnerable, señor. L-lo siento, la última vez que alguien me vio desnudo fue e-en el médico, cuando apenas era un niño… —el chico comenta eso último con cierto humor, recordando vagamente aquella época. Una risa melancólica y nerviosa escapa de sus labios y al instante se alivia porque el vampiro ríe suavemente en su oído también.

Cada vez siente más cómo el enorme y firme cuerpo detrás de él se pega a su pequeña anatomía, esmerándose por llenar los huecos que deja su espalda arqueada y sus piernas entreabiertas, por donde el vampiro empieza a empujar una de sus rodillas. Pareciera que Samuel busca borrar cualquier vacío que pueda haber entre sus cuerpos, sentir la piel del chico, toda ella prensada sobre su frío tacto, buscando absorber su calor.

—Has madurado desde entonces, ¿no es así? Tanto mentalmente como… físicamente. —Aaron asiente, incómodo y con las mejillas tan rojas que incluso él puede sentir su calor abrasador llegándole hasta las orejas. 

Cuando todo empezó, él todavía conservaba una mente y un cuerpo infantiles y, aunque sabía qué era la pubertad, pues lo había aprendido en clase sin prestarle mayor atención, el tiempo que pasó a solas cambió su alma y su carne de formas que el chico apenas podía concebir. A veces, cuando iba al río tras varios días, no reconocía el reflejo y huía como una alimaña asustada. Luego lo inundaba la pena. ¿A dónde había ido esa grasa de sus mejillas que le hacía lucir como una ardilla y le daba un aspecto aniñado? ¿Desde cuándo sus rasgos estaban tan afilados en vez de poseer la típica y suave redondez de la niñez? ¿Por qué su mirada lucía tan dura? ¿Por qué sus brazos y piernas eran tan largos? No es que le desagradase su nuevo aspecto, pero echaba en falta el viejo, pues sentía que era lo único que le quedaba de su viejo mundo y que, cuando hasta esas partes del pasado que llevaba con él se desvaneciesen, no quedaría ya esperanza alguna de volver a ello. Su cuerpo adulto no era algo nuevo, pensaba, sino las ruinas de una dulce infancia que ya no podría recuperar nunca.

Junto a ella estaban todos los seres que había amado. Se preguntó si le reconocerían de verlo ahora, pero siempre lloraba tanto al pensar en ello, pues sabía que posiblemente hubiesen muerto hace tiempo, como murió su sonrisa.

Su cuerpo, además, cambió de otros modos. Se tornó exigente de formas que Aaron no entendía, con demandas que parecían expresadas en una lengua olvidada. Solo podía aplacarlas mientras miraba a otro lado, jamás quitándose la ropa, como si su cuerpo fuese el de un extraño, una criatura desconocida que lo poseía para exigir un sacrificio.

Aaron no desea que Samuel sepa eso. No quiere confesar sus vergonzosos cambios, pero sus preguntas son tan certeras que Aaron teme que, de algún modo, ese ser que ni siquiera es humano conozca mejor todos los lugares de su cuerpo que él mismo.

—¿Has dedicado algún momento de estos años a observar con detenimiento tu cuerpo, humano, a explorar sus cambios?

El chico niega de nuevo; sus palabras tienen un tono taimado que le asusta más que los gritos y los insultos. Una lascivia húmeda que se desliza sobre él como un lametón hambriento.

—No, señor… Me hace, uhm, me hace sentir nervioso esa idea.

Samuel suelta sus manos y Aaron respira tranquilo, pero solo por un instante, pues la palma grande y fría del vampiro se coloca sobre su pecho, acariciándolo muy despacio de arriba abajo, como probando la suavidad de su piel con las yemas de los dedos y luego los nudillos. El vampiro suspira un sonido de gusto en su oído y Aaron tiene un escalofrío. Le gustan las caricias, le gusta sentirse acompañado, cercano a alguien y, aunque el tacto de Samuel es increíblemente agradable, hay algo espeluznante en él.

Aaron se remueve, incómodo.

—Tu piel es tan agradable… —susurra Samuel, su voz suena hechizada.

—Gracias, amo.

—Ser mi propiedad, bonito humano, no significa solo que tu sangre me pertenezca, ¿lo comprendes? —Aaron asiente, aunque no, no acaba de comprender la magnitud de las palabras del vampiro. La mano que lo acaricia, ahora trazando relajantes círculos en su vientre, lo distrae demasiado—. Tu cuerpo es mío y quizá tú no has tenido interés en explorarlo antes, pero yo sí. Así que, si te digo que te desnudes, lo harás al instante. No me importa cuán nervioso o vulnerable te sientas. No me importa si lloras o suplicas. Puedes cumplir mis órdenes gritando por ayuda y sollozando si quieres, pero las cumplirás, ¿has entendido?

El tono de Samuel es susurrante y cavernoso, una advertencia, una amenaza. Aaron puede escuchar su voz contenida, el rugido que el vampiro aplaca para hablarle de una forma sosegada porque, de lo contrario, él no podría escuchar nada, consumido por el temor.

Aaron asiente, pues no logra encontrar su voz.

—Ahora, desnúdate. Es la última vez que lo voy a repetir con tanta jodida amabilidad.

El muchacho jadea cuando el vampiro lo suelta y se aleja unos pasos de su cuerpo, para contemplarlo mejor. Desde su posición, Samuel puede ver al chico de espaldas y, gracias al enorme espejo, puede ver sus expresiones mientras lloriquea y cómo le tiemblan las manos mientras se desabotona el pantalón.

Le resulta delicioso, cuando el humano baja paulatinamente la prenda, descubrir que Aaron no está usando ropa interior.

Tiene unas piernas delgadas y hermosas, unos tobillos finos y muslos que quiere amasar con sus manos y, sobre todo, tiene un trasero pequeño, redondo e increíblemente atractivo.

Mira el espejo, comprobando que Aaron hace un amago de tapar sus genitales, pero desiste tan pronto nota la ardiente mirada en su piel. Su pene tiene ese delicioso toque rosado que otras partes de él también lucen, como sus mejillas o su nariz, sus dedos, sus pezones, las rodillas o sus respingonas nalgas. Ese bonito color de pétalo de flor que le hace lucir delicado y tentador a la par. Aaron es tan lampiño que su entrepierna es suave y blanca, sin más vellos en ella que unos similares a los de la piel de un melocotón.

Sin embargo, el detalle favorito de Samuel no es que su miembro sea adorable o que su trasero sea perfecto, sino el hecho de que Aaron está casi erecto. Su pene no se erige con una firmeza llena de confianza y deseo, pero tampoco está flácido, imperturbable ante sus caricias.

Ha empezado a despertar.

Es la primera vez que logra causar una reacción así en sus humanos, aunque tampoco había intentado provocarles placer antes; la idea se le antojaba ridícula: los humanos existen para colmarlo a él de placeres, no al contrario. Sin embargo, la excitación de Aaron le parece suficientemente entretenida como para no descartar la idea.

Se acerca por detrás, despacio. No pretende ser sigiloso, pues Aaron puede ver perfectamente a través del espejo cada paso que da el dominante vampiro, sino que busca recrearse en esos momentos previos, en la manera en que Aaron empequeñece y se estremece por su cercanía, pero aun así se mantiene dócilmente quieto para él.

Aaron traga saliva cuando Samuel pega su musculoso pecho a su delgada y pálida espalda y una de sus manos lo toma firme por la cintura, amasando la tierna piel, tallando la curvatura en esta y dirigiéndolo como a un muñequito para hacerlo arquearse de manera deliciosa, su trasero desnudo prensado contra la dura entrepierna del vampiro. Aaron jadea y enrojece al sentir algo enorme y firme contra sus nalgas.

Aun así, no entiende qué pretende Samuel. No es como si Aaron fuese una mujer, así que, por lo que a él respecta, nada puede suceder entre dos hombres más que besos y caricias. Le asusta ser besado ahora, pero le encantaría pedirle a su amo unas caricias en su cabello.

Cierra los ojos con fuerza cuando la mano libre del vampiro baja hacia lugares de su cuerpo que siempre ha considerado prohibidos.

Un dolor rápido y punzante le atraviesa la cara, haciéndole gritar de golpe y dejando su mejilla ardiente y palpitante. Samuel lo ha abofeteado.

—Nada de cerrar esos preciosos ojitos, dulzura. —sisea en su oído; el tono es insidioso y malvado, como pronunciado por una lengua que habla solo los idiomas de los demonios. 

Aaron no se atreve a desobedecer, así que abre los ojos y los clava en otro lugar que no sea el espejo, la pila de ropa sucia que hay a un lado, pero Samuel tampoco va a permitir eso. Clava sus garras en las mejillas del chico, sosteniéndole el rostro con tanta fuerza que le dejará piel morada, y lo fuerza a encarar el espejo.

—Quiero que mires mientras toco lo que me pertenece.

Aaron clava sus ojos en ese reflejo que parece devolverle todas sus peores pesadillas. En él ve los ojos de la bestia relucir como hierro al rojo vivo, dispuestos a dejar sobre su piel virgen una marca de propiedad eterna; ve sus colmillos tornándose más largos y afilados de lo que ya siempre son y las uñas del hombre, antes rectas y pulcras, tornándose garras afiladas de puntas negras y rojas como mojadas en sangre y veneno.

Samuel pone la mano en su vientre de nuevo y este se hunde por el frío y amenazante contacto. Aaron se remueve, ahora sí, cediendo ligeramente al instinto de huir, pero la mano en su cintura lo atrapa tan fuerte que cada una de las cinco afiladas garras se hunde en su piel, haciendo que de ella mane un hilillo de sangre que se escurre desde su cintura y hacia sus caderas.

Aaron muerde su labio para no llorar en alto y la otra mano, a medida que baja por su plano vientre, desliza una de sus uñas, haciendo un corte fino y superfluo, pero largo y ardiente, marcando allí donde el vampiro lo ha acariciado violentamente. Al final, sus manos llegan a la entrepierna del chico y este hace un amago por juntar sus piernas y protegerse así de algún modo, pero Samuel empuja una de sus rodillas entre los muslos del humano, separándolos bruscamente, obligándole a ofrecer sus genitales como un fruto jugoso que él quiere probar.

La erección de Aaron ha bajado por el dolor, pero no por ello Samuel halla menos diversión en acariciar y torturar un poco esa parte tan sensible de él.

—¿M-me va a hacer daño ahí, señor? —pregunta el chico, angustiado y es forzado a mirar a través del espejo como el vampiro encierra en su enorme mano la suavidad de su miembro hasta hacerlo desaparecer en su puño cerrado.

No pude parar de pensar en su fuerza o en lo afiladas que son sus garras.

El vampiro ignora su pregunta deliberadamente y mueve su puño arriba y abajo lentamente, moliendo el miembro del indefenso humano hasta que la punta de este asoma por el hueco de su puño como una pequeña cereza que aparece y desaparece según sus movimientos. Lo masturba con tortuosa lentitud y no más de unos segundos, pero es suficiente para tener al chico jadeando, extrañado por las sensaciones hormigueantes y el nerviosismo que recorren su cuerpo, haciéndole sentir sus huesos de gelatina y su sangre de magma.

—Precioso… —murmura Samuel en su oído y Aaron olvida completamente cómo hablar, cómo pensar.

Está tan jodidamente confundido. 

Las manos de Samuel sobre él lo aterrorizan y la que está en su cintura lo hiere, haciéndolo sangrar. La mano en su entrepierna le está arrancando intensas sensaciones que no sabe si puede o no calificar de dolor, pero que le abruman tanto que apenas puede soportarlas.

Aun así, el halago de su amo es tan dulce… Nadie le ha hablado por años y jamás pudo imaginar que una voz tan sensual y varonil le diría cosas bonitas. No puede evitar enrojecer y reír nervioso, pues él jamás ha considerado esa parte de él bonita ni mucho menos, sino algo extraño y pecaminoso, tan humillante que jamás ha querido ver su reflejo desnudo en años.

—Amo, no me haga daño, por favor…

Samuel suspira y debe cerrar los ojos. La voz de Aaron es tan dulce y su cuerpo tan delicado… quiere romperlo ahí mismo, como sus deseos le dictan, pero otra necesidad distinta crece en él, la de deslizar sus manos gentilmente por su cuerpo hasta que se relaje, la de guardar sus garras y sus colmillos y dejar de hacerlo sangrar y llorar.

<<Necesito despejarme>> se dice Samuel, pero la cercanía de Aaron es adictiva, así que tomará un poco más de ella.

La mano con la que encerraba el miembro del chico lo libera, mostrándolo ahora un poco más erecto, y luego acaricia con delicadeza sus testículos, los aprieta muy suavemente en su puño para ver a Aaron dar un repullo nervioso y luego sitúa esa misma mano en su trasero, todavía sosteniéndolo por la cintura con la otra. Amasa una de sus pequeñas nalgas en su palma, deleitándose por lo agradable y carnoso de su tacto y luego empuja sus dedos en la hendidura entre estas, acariciando la zona de manera superflua, rozando de forma insinuante la entrada de Aaron.

El muchacho se remueve, demasiado confundido porque no comprende qué interés podría tener otro hombre en tocarlo en zonas tan privadas. De pronto, la habitación parece hacerse infinitamente más grande cuando Samuel se aleja de él y lo deja respirar por fin. Aaron jadea y se encoge en un amago por tapar su cuerpo y Samuel sencillamente le da la espalda, dirigiéndose hacia la puerta.

—Báñate y asegúrate de que estás bonito para mí, humano. Suelo ser más cuidadoso con los juguetes que se esmeran en lucir agradables para cuando los use.

Cuando Samuel se marcha, Aaron no puede entender de dónde viene ese extraño calor que baña todo su cuerpo y que no se le quita siquiera con agua fría. Tampoco puede entender por qué el calor viene acompañado de una insoportable culpa.


 

CAPÍTULO 10

Aaron se siente más asustado de lo usual por la cercanía de Samuel después de que lo haya tocado de esa extraña manera en el baño. No entiende bien por qué. Si bien es cierto que ha dejado cortes y heridas en su abdomen, eso no es nada comparable a la paliza que le dio unas noches atrás y, aun así, la experiencia ha avivado un pavor primitivo e inexplicable en su interior.

Cuando ve a Samuel, se pone nervioso e inquieto y le cuesta tanto hablar que opta por sencillamente decir "Sí, señor" a todo y marcharse tan pronto como puede. Incluso cuando está internamente rogando porque el vampiro le dirija alguna palabra amable o le dé caricias bonitas, algo en él se remueve, amedrentado ante la idea de que una inocente caricia pueda convertirse en un toque extraño, como los del baño.

Samuel también está extraño. Parece haberse hartado de Aaron tras tenerlo tan cerca y tocarlo con descaro, pues ahora se muestra distante. Instruye a Aaron diciéndole que cada noche, a menos que él le diga lo contrario, debe acicalarse para estar apetecible para él y debe ocuparse de mantener su hogar ordenado y limpio, así como debe correr a recibirlo cada vez que escuche la puerta de entrada. Tras eso, tiene que esperar las órdenes del vampiro, pero, extrañamente, esa noche Samuel no le da más órdenes. 

Se marcha poco después de que salga del baño y cuando vuelve solo le dice al humano que salga de su vista, pues no está de humor y le grita con desdén que mantenga la cabeza baja. Aaron aprovecha para ir a dormir antes de hora y así poder pasar más fácilmente unas horas de hambre y sed más.

A la noche siguiente, el humano sabe que ya se acerca el final de su penitencia, pues cuando salga el sol podrá beber y comer de nuevo. Aun así, cada minuto se le hace eterno. Limpiar la casa le agota y le hace desesperarse por un trago de agua, así como hace que su estómago ruja y duela como si alguien se lo desgarrase desde dentro. Intenta evitar la actividad física dándose un largo baño, pero, como la noche anterior, estar rodeado de tanta agua solo le recuerda su castigo y lo tienta a tomar un sorbo, aunque sea agua sucia y llena de espuma.

Se resiste, pues teme que Samuel se entere de algún modo, pero siente que desfallecerá pronto.

Al terminar su baño, se sienta en el reluciente suelo de la estancia mientras se seca con una toalla de fibras suaves que pasa a conciencia por sus brazos, su pecho, su espalda y sus piernas. Sin embargo, cuando desliza el suave tacto cerca de su intimidad, se pone nervioso y necesita parar un rato y respirar.

Algunas veces, durante los largos años que ha pasado solo, su cuerpo ha parecido su enemigo, una criatura cruel y ajena que, a cambio de darle fuerzas, le exigía sacrificios que solo podían hacerse en la oscuridad de la noche. Esas veces en que su cuerpo se ha sentido como un infierno hambriento, Aaron siempre ha hecho lo mismo: ha introducido una torpe mano bajo su ropa, ha cerrado los ojos y ha pensado en bocas sin rostro y manos sin dueño acariciándolo. No sabe de dónde han venido estas ideas, pero sabe que antes, cuando fantaseaba con esas bocas y manos diciéndole que no estaba solo y dándole abrazos, se sentía cálido, no ardiente. Pero en esas noches prohibidas el calor era abrasador y su mente invocaba esas imágenes, no obscenas, realmente, pues los besos eran cortos y castos y las caricias, meros mimos en su espalda, sus piernas, su pecho y las palmas de sus manos, y eso parecía dar pábulo al demonio en su interior.

Recuerda acabar avergonzado, jadeante y con la mano húmeda de puro pecado.

Aaron siempre ha sido muy bueno en apartar esos recuerdos y no pensar en ellos hasta que volvían a suceder, pero ahora Samuel los ha desenterrado. ¿Cómo ha conocido él los impíos secretos de su cuerpo? Aaron no lo sabe, pero lo ha tocado ahí y de ese modo y ahora se siente humillado de nuevo.

Pese al baño, cree que hay algo manchado en él. Algo sucio.

Se pregunta si, al igual que perdió la inocencia en su aspecto, es ahora su alma a la que se le arrebata esa pureza, esa ignorancia que se siente como una bendición.

No entiende por qué, pero Aaron no puede secar ciertas partes de su cuerpo con la toalla sin recordar ni llorar, por mucho que lo intente.


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