CAPÍTULOS 31-40

 CAPÍTULO 31

Aaron debería estar contento. Ya van varias noches en que Samuel parece evitarlo como si lo odiase y eso significa que Aaron solo debe preocuparse por ir manteniendo la casa en orden. Nada de alimentar al vampiro, nada de recibir castigos, nada de complacerlo sexualmente y nada de lidiar con su temperamento volátil que le hace estar al borde de un ataque de ansiedad cada vez que sus miradas se cruzan. Incluso los cortes de su espalda se han curado del todo.

Aun así, no está feliz.

Está un poco aliviado, eso es cierto, pero no puede parar de pensar en el hecho de que Samuel le evita como un castigo por algo que él ha hecho y le rompe el corazón sentir que Samuel no lo soporta. Ha intentado hablarle un par de veces: "Amo, ¿está bien? Esta noche ha trabajado mucho’’, ‘’Amo, me gustan mucho las cosas que tiene en su despacho. ¿Podría explicarme algo sobre ellas?’’, ‘’Hola, amo, ¿qué tal su noche?’’; y siempre ha recibido en respuesta una mirada cargada de resentimiento y la amenaza de que si no se calla, será golpeado hasta que pierda la capacidad de hablar.

Aaron intenta pensar en si ha podido pasar algo más esas noches que haya irritado al vampiro, pero no ha habido nada fuera de lo común, salvo que le llegó una carta realmente hermosa decorada con oro y un sello de cera roja junto a elegantes letras cursivas y que tuvieron que venir unos vampiros de rangos inferiores a reparar algunos daños estructurales que Samuel hizo en su arranque de ira hará tres noches. 

El chico está frente al espejo ahora, mirando por millonésima vez su cuello y empujando su pesado collar de metal para tener una mejor vista de su marca. Las partes negruzcas ahora lucen carmesí y las que antes eran de ese color, ahora solo están sonrosadas. La curación está sucediendo tan rápido, incluso si el chico se siente todo el rato cansado y débil y destrozado. Sabe que es inevitable que Samuel lo vincule, pues la herida se cerrará tarde o temprano e incluso si fuese curado por motivos de fuerza mayor, su amo lo mordería de nuevo las veces que fuese necesario hasta lograrlo.

Pero Aaron siente que todo está sucediendo demasiado rápido. Que no ha tenido tiempo de asimilarlo.

No planea huir de su destino, pues en el fondo sabe que no hay forma posible de hacerlo, pero ruega cada día y cada noche para que el mundo se detenga por él y, aunque suena egoísta, lo pide con ímpetu, reza en su interior por, aunque sea, unos minutos en que el tiempo se pare y él tenga unos momentos de paz que le permitan asimilar y aceptar, pero ¿cómo podría aceptar algo así?

—Tienes que ser fuerte, tienes que ser fuerte… —suspira apoyado en el lavamanos como si no le quedasen apenas fuerzas, su cabeza gacha, su cabello negro cayendo húmedo frente a su rostro y sus ojos de un intenso azul mirando a través de los mechones el reflejo roto y agotado del espejo— Las cosas mejorarán, tienen que ir a mejor.

Aaron da un respingo cuando la puerta del baño se abre de pronto. Samuel entra mirándolo con ojos fríos y aterradores y el chico, nervioso por estar recibiendo atención de su amo tras días desesperándose por su indiferencia, baja la cabeza y tiembla sin saber si las próximas palabras que oirá serán amables o dolorosas.

—Ven, vamos a ir a un evento esta noche. Tienes que arreglarte.

Aaron alza la cabeza con suspicacia cuando escucha la palabra evento y un escalofrío lo recorre al recordar la última y única fiesta a la que asistió con el vampiro y cómo las cosas terminaron para él.

—Sí, señor. —dice con una voz hermosa y muy complaciente para luego seguir a su amo con pasitos apresurados y pegándose mucho a él, abriendo su boca silenciosamente cada vez que está tentado con hablarle al vampiro porque por fin este le ha hablado primero.

Samuel lo conduce a sus aposentos y Aaron debe apretar los dientes, cerrar los ojos y mentalizarse para que no le invadan recuerdos desagradables cuando entra y ve las sábanas rojas, la enorme cama y la ropa pulcramente dispuesta sobre la orilla de esta.

Samuel mira al chico unos instantes, confundido por la forma en que se ha tensado y en que parece congelado en el umbral de la puerta. Comprende, unos segundos después, que él es la razón de que el chico reaccione así y Samuel mismo ve también con nitidez el pasado pintado en esa habitación: las manchas de sangre en el suelo, Aaron hecho un ovillo en una esquina, protegiéndose, su piel tiñéndose poco a poco de morado.

El recuerdo le duele, le pincha como si al sostenerlo en las manos de su mente este estuviese hecho de cristal roto o agujas.

Eso le ha estado pasando mucho últimamente, el que los recuerdos le duelan.

Cuando se convirtió en vampiro, lo que más amó de su transformación no fue el poder o la grandeza o la eternidad que su nueva naturaleza le concedió. 

Lo que más amó fue la frialdad.

La capacidad de cubrir todo de hielo y que nada más en su interior ardiese con pasión insoportable, que nada más doliese. Sus recuerdos, como fósiles en la Antártida, fueron meticulosamente cubiertos por capas y capas y capas de duro hielo hasta que Samuel casi hubo olvidado su pasado y en las raras ocasiones en que lo recordaba, este estaba tan cubierto de escarcha que, a lo sumo, le entumecía sostenerlo, pero no le dolía.

Desde que decidió quedarse con Aaron, no, desde que lo vio, el pasado ha estado saliendo más y más a flote en la mente de Samuel y eso no debería ser un problema, pero lo ha sido. Y lo ha sido porque Aaron es cálido, abrasador, peligroso para Samuel, pues su voz y su piel y su maldita cercanía derriten el hielo dentro de él y de pronto siente que está lleno de cristales rotos que lo rasgan por dentro una y otra y otra vez.

Aaron le hace daño y, ¿cómo se atreve él, un insignificante mortal, a herir a un vampiro? Pero Samuel siente que no solo el pasado duele, sino también a veces el presente. Duele alzar la mano para pegarle, duele levantarle la voz, duele disfrutar cuando lo hace sufrir.

Por eso lo lleva evitando ya días, porque necesita hacerlo sufrir, pues su naturaleza lo exige, pero no soporta verlo sufrir, pues su corazón lo suplica.

<<Deja de pensar estupideces. Deja de pensar como un humano. Nada de eso es real, nada de eso es así. Solo estoy pensando de este modo por Ivthan, porque es la única criatura en la tierra que me vio cuando era humano y débil y sigue vivo para recordarlo. Para recordármelo.>>

Pero antes de que logre extender esa crueldad de su mente a su cuerpo, una de sus manos ya se ha posado en la nuca del humano, como un segundo collar, y lo guía dentro de la habitación suavemente mientras el pulgar se mueve arriba y abajo de forma tan imperceptible que Aaron mismo se pregunta si Samuel lo está acariciando o si él está tan desesperado por un poco de cariño que está dispuesto a verlo donde no lo hay.

—Vamos, desnúdate, no puedes ir con esa ropa.

Aaron enrojece un poco por la orden, pero reconoce que el tono de Samuel ha sido sorprendentemente paciente, así que se retira poco a poco su pijama, quedando completamente desnudo, pues su amo no le permite jamás llevar ropa interior.

Cuando el chico se inclina sobre la cama para tomar sus prendas y poder cubrirse tan rápido como pueda, nota dos grandes manos cubriendo sus hombros por completo.

Samuel lo tira hacia atrás, alejándolo de la cama, haciéndolo quedarse de pie, recto y muy quieto mientras lo sostiene. Toda clase de cosas se le pasan a Aaron por la cabeza entonces, su desnudez tornándose peligrosa, una tentación que él jamás pretendió que fuese.

Samuel, sin embargo, no lo mira con ojos lascivos, sino más bien sorprendidos. Hace mucho que no le da ninguna paliza a su frágil humano, entonces, ¿por qué su espalda está llena de moratones, como pétalos violáceos esparcidos sobre la pura nieve?

Una de sus manos se mantiene en el hombro de Aaron con firmeza, sosteniéndolo ahí, la otra roza suavemente la nuca del chico con los nudillos y luego los desliza por toda la espalda del chico, su mano danzando y girando para probar esa magullada, suave piel también con las yemas, la palma, el dorso… como bañándose en la sensación de tocar a Aaron. 

El muchachito se estremece bajo su toque y su espalda se arquea un poco cuando toca los moratones más oscuros y recientes, profundos como una herida punzante. Su espalda está plagada de ellos, la mitad frescos, la otra mitad siendo ya solo sombras amarillentas que empiezan a borrarse. No se había fijado en eso hasta ahora.

—¿Cómo te has hecho esto? —pregunta y su ceño está fruncido, pero no con enfado.

—¿El qué, amo?

—Tu espalda, está llena de hematomas.

<<¿Tan duro lo manejo? Cuando lo sostengo quieto, cuando lo acaricio o lo agarro de la cintura, ¿tan fuerte lo hago? A veces me aferro a él con más intensidad de la que querría, pero nunca pensé…>>

—Oh, es de dormir en el suelo, amo. —explica el muchachito, servicial y cabizbajo.

Samuel puede imaginarlo cada día rodando sobre la fría e inclemente superficie, buscando una comodidad que no le es permitida, sus huesos siempre conectando con la dureza del suelo a pesar de la tierna piel que se interpone, castigándola precisamente por ello.

Samuel no dice nada más sobre sus cardenales, solo lo suelta, despacio, y Aaron suspira decepcionado porque quiere que le siga tocando la espalda y acariciándole, aunque duela un poquito. Se dice que no debe quejarse, pues al menos ahora sabe que el hombre no parece interesado en tocarle indecentemente, no esta noche al menos.

Vuelve a inclinarse sobre la cama y toma sus prendas para vestirse. Hoy la ropa es tan hermosa y elegante que hace quedar al resto de sus prendas como meros trapos. Se pregunta, entonces, a dónde irán y cuán importante debe ser el evento de esta noche y eso logra ponerlo demasiado nervioso.

Aaron se coloca primero una especie de zaragüelles blancos y anchos que se sienten sobre la piel como un pétalo de rosa, tan livianos y agradables. Esos pantaloncitos tienen tres cordeles de color azul marino que destacan hermosamente y que en las puntas llevan brillantes herretes de oro. Uno de los cordeles sirve para ajustar la prenda a la estrecha cintura de Aaron, marcando su hermosa figura, y los otros dos se hallan en la orilla de las dos piernas del pantalón, para hacer que deje de ser holgado en la parte baja y se ajuste justo encima de las rodillas sonrosadas del muchacho.

Luego, se pone una camisa también blanca, fina y de una tela brillante y preciosa que tiene volantes en el cuello, donde un pequeño escote con forma de uve muestra el cuello, las clavículas y una pálida franja del pecho del menor; de ese modo, su collar destaca perfectamente y la mordida ya bastante curada del vampiro se torna el centro de atención de su cuerpo. Las mangas de la camisa son anchas y largas, tanto que tapan las manos del chico y hacen que la tela, que fluye al viento, le dé un aspecto espectral.

Tras eso solo quedan unos calcetines blancos que se ajustan en los tobillos del chico con unos lacitos de seda vainilla y unos zapatos de charol azul marino.

Samuel se voltea a ver cómo ha quedado el chico, que por ahora está moviéndose casi como un niño con su primer disfraz de carnaval, explorando inocentemente cómo se mueve la tela, cómo fluye sobre su piel, y se queda sin aliento por varios segundos.

Samuel debe sentarse en la cama. <<Es tan hermoso.>>

Mira a Aaron de arriba abajo y se dice a sí mismo que es su culpa, pues él ha querido vestirlo tan bonito precisamente porque tener una mascota llamativa en las fiestas es signo de estatus y motivo de envidia, pero maldita sea, de repente Samuel ya no quiere ir al evento, solo encerrarse en su habitación con el muchacho. Toda la noche.

—¿Amo? —pregunta Aaron, confundido, cuando nota que este lleva un largo rato mirándolo con una expresión extraña en su rostro.

Samuel lo toma por la cintura con delicadeza. <<¿Por qué soy delicado? Yo nunca lo he sido.>> Y lo acerca a sí mismo, poniéndolo entre sus piernas y luego pasando sus manos por los hombros del chico, por sus brazos, su pecho, espalda. Aaron supone que el vampiro debe estar alisando las arrugas de su ropa. ¿Qué otro motivo tendría para tocarlo de esa forma tan bonita? Pero aun así se inclina hacia sus manos, se empuja hacia sus caricias como un gatito ronroneante que pide más y más.

Samuel desliza sus dedos por el cabello del muchacho, peinándoselo atractivamente hacia atrás, aunque siempre hay algún mechón rebelde que se le desordena adorablemente y le cae por el rostro. No le importa, en absoluto. Aaron es tan bonito que la perfección no tiene nada que envidiarle.

Después le sostiene el rostro con una mano y le pellizca muy gentil, casi juguetonamente, las mejillas, pues quiere verlas rojas como si llevase colorete. Cuando acaba, la mano que sostiene su rostro baja el pulgar hacia sus labios, entreabriéndoselos. Se pregunta si debería pellizcarlos también para que luciesen rojos como empapados de carmín.

<<O quizá debería morderlos>>

Samuel niega con la cabeza.

<<¿Qué me pasa? ¿Qué me estás haciendo?>>

Empuja al chico con cierta brusquedad lejos de él y se levanta para prepararse él mismo. Aaron casi cae al suelo por el empujón, lo cual solo reafirma más la idea de que esos mimos de los que tanto ha disfrutado no han sido más que el vampiro arreglando su aspecto y sintiéndose irritado porque Aaron sea un estúpido mortal tan necesitado de un afecto que él no piensa darle.

Samuel ya lleva puestos los pantalones y los zapatos que llevará a la fiesta: unos elegantes pantalones de traje negros que ciñen a su figura, resaltando lo musculosas que son sus piernas y lo anchos y bien formados que sus muslos y su trasero juran ser bajo la ropa.

Lleva un cinturón de hebilla dorada, a juego con los detallitos en el atuendo de su mascota, y unos lustrosos zapatos negros terminados en una afilada punta y con remates dorados en los lados.

Samuel se quita su sencilla camisa para vestirse y Aaron se voltea avergonzado y clava sus ojos en las sábanas desordenadas.

Sin querer, atisba al vampiro de reojo un par de veces y su espalda ancha le hace sentirse extraño. Cada movimiento que Samuel hace logra que sus músculos se marquen y se muevan de unas formas hermosas y que rezuman poder.

—¿La fiesta es de su amigo Jason otra vez, amo? —pregunta el chico, curioso, mientras juega con sus manos. 

Sus ojos vagan por la habitación mientras pregunta, pues le avergüenza mirar al vampiro intensamente mientras está con el torso desnudo, pero es que no sabe mirarlo de otro modo cuando muestra su extraordinario cuerpo. Por casualidad, el chico ve en la cama el envoltorio de la carta que le llegó hace unos días.

Tan elegante y ostentoso, con detalles de oro y estirada letra cursiva. Solo que hoy está tan cerca que es capaz de leer lo que esas letras dicen:

<<Para mi Sami>>

—No.

La respuesta de su amo es tan brusca como el gesto que hace para agarrar el sobre tan pronto nota que Aaron lo está mirando. Acto seguido, lo hace pedacitos entre sus manos y lo arroja a la basura con desdén.

Aaron se entristece. Sami es un apodo tan tierno… Está seguro de que, quien quiera que sea que le ha escrito la carta, lo debe haber hecho con un inmenso cariño y ahora ese cariño está destrozado y tirado a la basura. Aaron mataría por que le llamasen de un modo tan tierno y, al pensar en eso, se pone a imaginar los diminutivos que alguien que le quisiera podría llamarlo con su nombre.

<<¿Aaroncito? ¿Aaroncín? ¿Aaroncillo?>> Sonríe como un bobo, pero pronto la expresión se borra de su rostro. 

Sabe que jamás será llamado así.

De pronto, Samuel interrumpe sus pensamientos con su voz grave, pero baja.

—Es… es una especie de evento de bienvenida. Es para mi creador. —confiesa al final, la última palabra, una mezcla entre un suspiro apenado y un susurro avergonzado.

Aaron alza las cejas con sorpresa. Sabe que Samuel no aprecia a su creador, en absoluto, y ahora puede entender por qué su amo está actuando algo extraño: está nervioso.

—Oh… lo siento, sé que no se lleva bien con él. Es injusto que deba verle aunque no quiera, señor.

Aaron se acerca hacia Samuel mientras habla y hace un amago de alzar su mano, quizá para colocarla en el hombro del vampiro en un gesto reconfortante, pero se lo piensa dos veces y decide no tocarlo, solo estar a su lado.

Samuel lo mira unos segundos totalmente impresionado. Y congelado. 

La reacción de Aaron ha sido tan inmediata, tan honesta. Le avergüenza ser tan transparente que incluso Aaron sea capaz de ver su inquietud, pero ahora, lo que más siente no es bochorno, es sorpresa. Aaron es tan agradable sin siquiera proponérselo, es casi ridículo. ¿Quién intentaría consolar de ese modo tan dulce a la cruel bestia que lo mantiene encadenado día y noche a su ser?

Todo sería más fácil si Aaron le odiase y resintiese, como los otros humanos, si hubiese entre ellos un odio que hace sencillo, incluso divertido, dañarlo.

—Sobreviviré. Verle no me va a matar, por desgracia es algo que he tenido que hacer ya varias veces a lo largo de mi vida.

Samuel está hablando desenfadado, casi risueño, pero Aaron capta algo inconmensurablemente triste en su tono. Algo que no puede explicar, pero con lo que puede identificarse.

—¿Por qué, amo? ¿Él le… persigue o algo así?

—Algo así, sí.

—Qué miedo…

—No me asusta, humanito, solo me irrita.

<<Humanito>> piensa Aaron, y la palabra resuena en su cabeza por un rato, su tono burlón ahora transformándose en algo dulce. <<¿Será la forma de Samuel de llamarme ‘’Aaroncito’’? Suena parecido. Suena bonito>>. Aaron se pone algo rojo y luego sacude su cabeza: <<¡Deja de pensar boberías!>>

—La idea de ser perseguido por un vampiro a mí me suena aterradora.

—Humanito, eso es porque tú eres una presa —le responde el otro con un tono sorprendentemente amable, como el que uno usa para señalarle una obviedad a un niño preguntón y curioso y, mientras lo hace, le pica la nariz al chico con su dedo de una forma tan tierna que Aaron se pone rojo como un tomate. Justo después de eso, sin embargo, se inclina sobre su cuello y susurra escalofriantemente—. Te asusta ser cazado porque eres suficientemente astuto como para saber que jamás podrías escapar… especialmente de mí.

Samuel se aleja del chico, satisfecho cuando le provoca un escalofrío, y se coloca su chaqueta negra como el azabache, estilizándola delante del espejo y decidiendo si llevar en su bolsillo derecho un pañuelo carmesí o uno ocre, combinando con el dorado de su cabello. Aaron mira desde la cama, balanceando sus pies y disfrutando de lo suaves que son las sábanas.

Tras un rato, es el humano quien rompe el silencio:

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué? 

—¿Sabe por qué le persigue su creador, amo?

Samuel no le responde de inmediato, sino que piensa bien en esa pregunta.

<<Para vengarse, para torturarme, para divertirse, para… porque todavía no se ha acostumbrado a la soledad>> piensa y, de pronto, algo similar a la lástima atraviesa su corazón como un alfiler antes de desaparecer y volver a dejar que ese hueco se llene con odio y con rencor.

—Es un hombre retorcido —le explica a Aaron y vuelve a moverse frente al espejo, ahora trenzando su larguísimo cabello rubio con manos rápidas, pero torpes, por lo que hace y deshace los mismos movimientos varias veces—, todos los vampiros lo somos y los originales como él, más aún. Y es un hombre retorcido al que herí hace tiempo. No fue la gran cosa, pero la eternidad puede ser muy muy aburrida si no te buscas un pasatiempo. Molestar a sus creaciones parece ser el suyo.

Cuando Samuel lo alimenta con esas pequeñas migajas de información sobre su vida, Aaron se siente de repente hambriento, mil preguntas espumeando en sus labios, preguntas sobre cómo se convirtió Samuel y por qué, sobre cómo era antes, cómo era al inicio, cómo conoció a su creador y por qué lo dañó.

Quiere también que Samuel le pregunte a él, no algo necesariamente íntimo y profundo, como las cosas que él querría saber de su amo, pero cualquier otra cosa: su color favorito, cómo se llamaban sus amigos, qué planeaba estudiar cuando aún pensaba en el futuro como un mundo de posibilidades, no como un oscuro pozo.

Está desesperado por conectar, por conocer mejor a Samuel. Pero debe controlarse, no ser insistente, no arruinar las cosas otra puta vez.

—¿Su pasatiempo es coleccionar arte? Tiene cosas muy hermosas en su despacho, amo.

Samuel se voltea hacia él y Aaron lo mira con cautela. Se siente como si le arrancasen todo el aire de los pulmones cuando ve a su amo hermosamente vestido con una camisa rojo oscuro remangada que deja a la vista sus anchos antebrazos y destaca sus dedos cubiertos por hermosos anillos áureos. Los botones de la camisa son pequeños y también dorados; los primeros están desabrochados y Aaron puede ver el fuerte pecho de su amo a través de ese desenfadado escote, incluso puede distinguir las fibras de sus pectorales cuando el hombre se tensa o toma aire profundamente. Sobre su camisa coloca una chaqueta negra y brillante como una noche estrellada. Parece estar hecha de vinilo y es tan larga que se detiene solo un milímetro antes de estropearse rozando el suelo.

Una trenza holgada recoge los cabellos del vampiro, que llegan a su cintura, y un par de largos mechones enmarcan su mentón fuerte y su rostro tan atractivo como peligroso.

Además, Samuel le está sonriendo y esa es quizá la mejor parte.

—Supongo que sí, que cuando no estoy torturando a una cosa preciosa como tú, estoy leyendo un libro hermoso o admirando un bello cuadro. Creo que el arte es el único lugar donde no desprecio la humanidad. Me permite… verla y examinarla sin tener que lidiar con todos los instintos destructivos que siento cuando estoy en frente de, bueno, de un humano. El arte me permite sentir curiosidad en vez de hambre frente a lo moral.

Samuel se siente estúpido inmediatamente después de hablar. ¿Por qué le ha dicho algo así a Aaron? ¿Por qué se siente tan bien haber sido escuchado y ver en los ojos del chico un brillo de interés?

—¿No le hace sentir nostalgia de cuando usted también era humano?

El ceño de Samuel se frunce.

—No, no echo en falta nada de cuando era débil, imperfecto y limitado. El pasado es algo inútil, jamás lo recordaré con cariño, como hacéis los mortales.

—Entonces, ¿por qué guarda tantas cosas antiguas, amo?

Samuel le asesta al chico una mirada que bien podría haber sido un bofetón y este enmudece de repente, sintiendo que ha vuelto a arruinar la conversación. En ese momento, sin embargo, Samuel ignora su pregunta, se acerca a él torciendo el rostro con una inocente curiosidad y dice:

—¿A ti también te gustaba el arte, humano?

Aaron siente su corazón latir tan rápido. Por él. Samuel está preguntando por él. Sonríe como un tonto y responde.

—Quería estudiar bellas artes. Mi padre, claro, no estaba muy de acuerdo con ello, decía… decía que —Aaron ríe, dolido y niega con la cabeza. Quiere a su padre, no le gustaría agriar su recuerdo manchándolo con los malos momentos—. Da igual.

—¿Qué decía? —exige el vampiro, retocándose ahora frente al espejo, y Aaron sabe que responder al vampiro no es opcional.

—Decía que eso de pintar era de maricones. Él era un poco… —aprieta sus labios, no le gusta cómo "era" suena en sus labios. No le gusta que todo cuanto ama deba existir solo en el pasado. Piensa que su padre habría cambiado de idea, reflexionado, mejorado <<Si solo le hubiesen concedido un poco más de tiempo>> —no sé, aun así le quería. Además, ni siquiera creo que se me hubiese dado bien pintar, al fin y al cabo, soy horrible dibujando.

Samuel ignora el primer comentario y se acerca al chico con interés. Aaron jadea cuando el hombre lo toma por ambas muñecas con una sola mano y teme lo peor, pero entonces se da cuenta de que Samuel, pese a ser brusco, solo lo ha tomado por las muñecas para mirarle las manos.

Aaron tiene manos pequeñas y gráciles, uñas cortitas y brillantes como de porcelana y una piel suave y pálida.

—Tienes manos de pintor. —le dice el vampiro y Aaron tiene que morderse tan fuerte el labio para no llorar ahí mismo que casi nota la sangre en la boca.

No entiende por qué, pero esas palabras de Samuel suenan tan delicadas y preciosas, tan malditamente perfectas. ¿Por qué tiene que hacerle sentir así si Aaron sabe que para él es solo un objeto de usar y tirar?

—Dedos delgados, hábiles y suaves como pinceles. Si tus manos tienen belleza, estoy seguro de que serían también capaces de crearla. He conocido a muchos artistas durante mi eternidad, a muchos de ellos, de hecho, los he hecho mis rehenes solo para que pintasen por y para mí, y tus manos lucen tan cuidadosas que todos ellos podrían envidiarlas, si siguiesen vivos.

Samuel suelta las manos de Aaron y el chico se queda tan boquiabierto que no sabe ni qué decir. Tampoco tiene por qué decir nada, pues alguien toca al timbre y eso logra sacarlos de su pequeña burbuja.

Aaron se siente nervioso y desanimado por ello. Samuel ha estado extrañamente emocional últimamente: tan explosivo y violento a veces, sí, pero otras, como hoy, está incorregiblemente amable y, si Aaron debe soportar su peor faceta para poder acceder a veces a la mejor, lo hará.

De pronto Samuel toma a Aaron por la cintura y lo acerca a él de un tirón brusco y posesivo.

—Escúchame, humanito, y hazlo bien —susurra en su oído y el tono ronco y masculino deja saber a Aaron que Samuel vuelve a comportarse como antes y que ahora hacer cualquier cosa que no sea obedecer es jugar con fuego—. En la fiesta de hoy no tienes permitido hablar con nadie que no sea yo, Charlotte o Jason, especialmente no tienes permitido siquiera mirar a mi creador. ¿Has entendido? Ni siquiera quiero que te acerques o que pongas tus ojos en él. Y esta vez estoy hablando en serio, así que no me hagas castigarte.

Aaron traga saliva cuando Samuel dice eso último. En la anterior fiesta Samuel lo dejó al borde de la muerte. ¿No estaba haciéndolo en serio aquella vez? Un escalofrío lo recorre y responde un débil:

—S-sí, amo. Lo haré bien esta vez, lo prometo.

Samuel no dice nada más al respecto, solo toma algo de su bolsillo y al sacarlo Aaron se siente terriblemente avergonzado. Samuel ancla la correa negra y delgada que acaba de mostrarle a Aaron con la argolla metálica de su collar y da un par de vueltas a su puño con el otro extremo, cogiendo con fuerza la correa de su humano.

Aaron sigue a Samuel tan pronto este anda hacia la puerta de entrada, sería demasiado humillante que el hombre tuviese que jalarlo de la correa para dirigirlo como a un perro torpe y testarudo.

Al abrir la puerta, Aaron se topa con una deslumbrante Charlotte y un elegante y atractivo Jason. Ella lleva un largo y ceñido vestido verde esmeralda que resalta la gracilidad de su figura y, junto a ese hermoso color, su cabello recogido en un pomposo moño, los rubíes de su collar y pendientes y sus brillantes tacones rojos destacan de una forma hermosa. Jason viste unos pantalones color vainilla de similar tejido a los de Samuel y una camisa blanca con sutiles volantes en mangas y cuello que lo hacen lucir como sacado de otros tiempos, un precioso y juguetón caballero dispuesto a acudir a un baile con la idea de tomar la mano de tantas chicas como pueda. Su cabello rojo está peinado hacia atrás de una forma elegante y que deja su rostro de facciones afiladas y diablescas totalmente al descubierto, su mirada luciendo mil veces más penetrante así.

—¡Pero qué guapos! —exclama Charlotte tan pronto ha recorrido de arriba abajo a ambos con la vista. 

Samuel sonríe altanero, Aaron se sonroja y baja la vista.

—Demasiado hermosos vamos todos como para ser a la escoria de Ivthan a quien vamos a recibir —puntualiza Jason con desdén, lanzándole una mirada cómplice a Samuel, luego relaja su rostro y le sonríe a su creador y al pequeño humano que lo acompaña—. Pero qué bonito te has puesto —le dice con amabilidad—, debería ser ilegal que tu amo te presente tan arreglado y luego no quiera oír mis ofertas cuando deseo comprarte para mi colección.

Aaron traga saliva, inseguro sobre si las palabras de Jason son una broma extraña o una realidad de la que debe cuidarse.

—Jason, tu traje es precioso, no me hagas ensuciártelo de tu propia sangre. —Samuel sonríe, mostrando sus colmillos y torciendo la cabeza. Aprieta el puño donde lleva la correa de Aaron.

—¡Indirecta captada! —exclama el otro, alzando sus manos como en son de paz—¿Vamos yendo?

—Sí, deberíamos. Por desgracia. —se queja Samuel y los tres avanzan del umbral de la puerta para salir a la calle.

Aaron respira el aire fresco y está tan emocionado que le tiemblan las piernas, pero también le asusta ese nuevo mundo, así que se pega a Samuel tanto como puede, buscando en él algún tipo de protección.

La chica pelirroja es la primera en hablar durante el camino.

—Ah, me hace ilusión ver el núcleo de la ciudad. Además, nunca he estado entre originales.

—Hay muchos invitados, menos los vampiros de peor categórico, todo el mundo debería asistir para mostrar su respeto al nuevo puro de la ciudad, así que habrá tanta gente que dudo que nos crucemos con ellos o… con él. —explica Jason, dirigiendo esas últimas palabras intencionalmente hacia Samuel.

—Oh, créeme, encontrará la forma de hacer un hueco en su fiesta para venir a incordiarme personalmente. Se alimenta de mi irritación más que de la sangre humana, puedo asegurarlo.

Ambos vampiros jóvenes ríen ante las palabras de Samuel y este solo rueda los ojos. Durante el resto del camino, la conversación se torna más tediosa para Aaron, pues los vampiros hablan sobre temas relativos a sus trabajos y el humano no puede entenderlos del todo, así que se queda un poco atrás y se centra en respirar lento y calmado. 

Nota que Samuel no para de acariciar con el pulgar la correa que lleva en la mano, como si tratase de calmarse a sí mismo. Aunque es una tontería, no necesitaría algo así, no cuando luce tan poderoso y confiado.


 

CAPÍTULO 32

Samuel, Aaron y sus dos acompañantes vampiros acceden al núcleo de la ciudad después de que dos hombres grandes como montañas y con cara de pocos amigos abran la verja dorada que separa la zona de clase alta donde Samuel y Jason viven del corazón de la ciudad, allí donde solo los más poderosos tienen derecho a residir. 

Los hombres examinan una extensa lista para asegurarse de que Charlotte y Jason tienen permiso para entrar, con Samuel no necesitan tal formalidad.

Cuando se adentran en la pequeña burbuja de lujo, Aaron se siente constantemente deslumbrado e incluso agradece la correa que lleva atada al collar porque a cada instante está mirando a su alrededor como un niño que ve el mundo por primera vez y Samuel debe darle pequeños tirones para que el chico no se desvíe ni se pierda.

Enormes mansiones cuya planta más alta se pierde entre las nubes violáceas que decoran el cielo, estatuas tan detalladas, intrincadas y gigantescas que bien parecen bestias petrificadas, árboles antiguos, gruesos y plagados de tan exóticas flores que sus colores parecen danzar en el aire. Todo ahí luce mágico, hipnótico.

De pronto Samuel toma al chico no por la correa, sino por la cintura, y lo aprieta contra su cuerpo, poniendo a Aaron delante de él, rodeándolo con sus dos manos y hundiendo su nariz en el cuello del muchacho.

—¿Qué te he dicho, bolsa de sangre? Nada de distraerte, no quiero que te separes de mí ni por un maldito instante.

Aaron siente la voz del vampiro retumbando contra su piel, sus labios suaves, sus fríos colmillos.

—Ah… —gimotea, demasiado abrumado por todas las sensaciones, sus piernas fallándole prácticamente— Lo siento, amo, no lo volveré a hacer.

—Bien. —dice el otro y el tema parece zanjado, pero Samuel sigue sosteniéndolo con una mano de la cintura y lo hace tan fuerte que Aaron sabe que mañana tendrá moratones.

—Vamos, no empieces la noche aterrorizando al pobre chico, ya lo pasó suficientemente mal la última vez… —dice Charlotte mientras coge a Samuel por la muñeca e intenta sutilmente alejársela de la cintura de Aaron, aunque es en vano— Y, por cierto, espero que sepas que pienso que eres un completo capullo por aquello. No había tenido oportunidad de decírtelo antes.

—Oh, no, Lottie, la vampirita de menos de mil años, piensa que soy un capullo. ¿Cómo sobreviviré a eso? —se burla Samuel, pero la chica frunce el ceño y le da un puñetazo en el brazo a su amigo.

Aaron se fija en que, pese a que Samuel no se mueve ni hace ninguna mueca, la muchacha le ha pegado realmente fuerte. Él posiblemente estaría en el suelo si hubiese recibido semejante golpe.

—No bromeo, idiota. Te pasaste. Sé que eres de sangre muy pura y siempre has sido duro con tus mascotas, pero eso fue… no se lo merecía.

Esta vez Charlotte baja la voz al terminar su frase y, con ello, baja también la vista para mirar a Aaron a la par que dice eso. El muchacho siente ganas de llorar de repente, aunque no entiende bien por qué. Él sabe que Samuel es innecesariamente cruel. Sabe que su desobediencia no debería casi costarle la vida. Así que, ¿por qué siente alivio porque alguien le diga que no se ganó esas palizas? ¿Por qué siente si ella no le hubiese dicho eso, él dudaría sobre si es cierto o no?

—Lo que importa no es si lo merece o no, es si fue útil o no. Así que hoy veremos si mi castigo hizo que mi pequeño humano sea obediente en esta fiesta o… si necesito ser más duro esta vez. —la voz de Samuel se torna un mero susurro, cavernoso, amenazante y vil que recorre a Aaron como mil serpientes bajo la piel.

—Ya fue obediente en la otra fiesta, Sam. Te lo dije, fue mi culpa, yo le hablé. Lo siento mucho. —Jason también se dirige al chico con esa última frase y lo mira con ojos brillantes y muy humanos.

Por un segundo, el brillo de picardía que en ellos siempre reluce con jovialidad se apaga para mostrar seriedad, reverencia. Y Aaron agradece de todo corazón tal simpatía.

—¿Entonces qué? ¿Quieres tú también un castigo? —propone Samuel y, por un segundo, agarra a Jason por la nuca como si fuese un cachorrillo rebelde.

El vampiro más joven ríe y se escabulle del agarre, sintiendo varios escalofríos que le hacen sacudirse.

—Oh, jamás desearía ponerme en tu lado malo —le dice, risueño, y luego mira al chico de nuevo, examinándolo con esa mirada amable que Aaron agradece. Sus ojos se paran en su cuello—. Hm, veo que lo estás vinculando, ¿no?

—¡A ver la marca! —chilla emocionada la joven pelirroja y, con un giro que hace volar su vestido, se sitúa al lado de Aaron y se inclina peligrosamente hacia su cuello— Me encanta ver cómo quedan las marcas. ¿Puedo mirar, cariño?

—Sí, pero no me lo to-

—Le he preguntado a él. —interrumpe la chica mirando a Samuel con unos ojos que echan chispas.

El vampiro más poderoso rueda los ojos y hace un ademán con su mano, como restándole importancia.

—Ah, puedes hablarles, humano.

Charlotte vuelve sus ojos brillantes de la emoción hacia Aaron, esperando una respuesta.

—M-mh, puedes ver si quieres. Aún me duele un poco, está sin curar del todo. —explica, tímido y avergonzado, mientras aparta delicadamente el collar de metal a un lado y se echa el cabello hacia atrás para mostrarle a la vampiresa la enorme marca que se envuelve alrededor de su cuellito.

La chica abre los ojos como platos, haciéndolos caricaturescamente grandes.

—Joder, Samuel, es enorme, casi le arrancas al cuello. ¿Te dolió mucho, cosita?

Aaron se agobia por la pregunta. No quiere recordar esos momentos, así que responde rápido.

—S-sí, pero está bien.

—Cuando se cure, no te volverá a doler nunca más —ahora es Jason quien interviene y Aaron sonríe tímidamente porque, aunque la conversación le pone los pelos de punta, ambos vampiros pelirrojos están intentando hacerla amena, hacerle sentir seguro y tranquilo. Eso le gusta—. Suelo marcar a la mayoría de los humanos que me quedo como empleados permanentes en vez de venderlos y en un par de semanitas están como nuevos. ¿Te la cuidas y desinfectas adecuadamente?

—Cada día uso agua y jabón y al principio la cubría con gasa.

—Ah, eso está muy bien. Ya la tienes casi curada, dentro de poco ni la notarás. Bueno, no de ese modo, ya me entiendes.

Aaron asiente, quedándose pálido de pronto. No le gusta pensar en el vínculo, no le gusta recordar que es real, que cuando el dolor de la herida y la debilidad de la pérdida de sangre se hayan ido, todavía quedará alrededor de su corazón una pesada cadena que lo unirá a las manos del vampiro, a su voz, sus ojos, sus más impuros deseos.

Algo arranca a Aaron de sus turbios pensamientos: se adentran en una calle más iluminada e increíblemente bulliciosa. A lo lejos se escuchan las voces de cientos de personas que parecen charlar amenamente y reír con ganas. Cuando mira a su alrededor, Aaron ve que se dirigen a una mansión titánica a la cual parecen ir muchos más vampiros que también transitan la misma calle.

Algunos van en grupos y otros solos y únicamente una minoría puede permitirse llevar esclavos humanos, como él; cuando los mira, se le hiela la sangre. Moratones, brazos o piernas rotas, mordiscos cicatrizados por todo el cuerpo y ojos vacíos de alma, mortales desnudos y forzados a gatear por el suelo de duro cemento hasta descarnarse las rodillas, muchachas tan delgadas que Aaron pudría trazar cada hueso de sus esqueletos con un solo dedo y hombres tan mutilados que son más cicatriz que carne.

Aaron se pega más a Samuel y clava la vista en el suelo. No quiere seguir atisbando esa horrorosa visión, no cuando bien podría ser su futuro.

Todos se adentran en la fiesta, los dos vampiros varones con portes fuertes y firmes y Charlotte moviéndose animadamente, como lista para bailar. Aaron se coge a la manga de la chaqueta de cuero de Samuel con sus deditos, no queriendo estorbar mucho, pero aterrado ante la idea de perderse y ser dejado atrás.

Están en el jardín principal, justo enfrente de los pórticos de entrada, abiertos de par en par hasta dejar ver el palaciego interior de una sala de bailes sobre la cual cuelga una lámpara de araña más grande que el comedor mismo de la antigua casa de Aaron. El chico ve a algunos vampiros sentados en elegantes sofás blancos, hablando con normalidad mientras se pasan a un chico inconsciente y cada uno le da un muerdo como si fuese una simple manzana que comparten entre todos.

Se siente enfermo y quiere irse, pero debe ser obediente, se recuerda. Samuel empieza a andar y él se queda clavado en el sitio, pues sus piernas tiemblan tanto que parece que se vaya a caer al suelo, y Aaron le da un tirón a su correa. Aaron reacciona al recibir, además de eso, una mala mirada que sabe que es una advertencia.

<<No puedo dejar mal a Samuel en esta fiesta. Me matará si lo hago.>>

Samuel, Jason y Charlotte avanzan por el lugar saludando a otros vampiros, teniendo cortas charlas e intercambiando a veces formalidad y otras, risas agradables. Aaron no escucha una sola de las palabras que se pronuncian, está tan nervioso y asustado que solo sigue a Samuel, se aprieta contra su cuerpo tan fuerte como puede y sabe que hablan de él cuando nota perforantes miradas rojas sobre su piel (incluso debajo de la ropa) y escucha palabras de bocas colmilludas tales como ‘’apetitoso’’ o "exquisito’’ y luego nota, por el tono de voz de Samuel, que está fardando de él y luego agregando que ‘’aún estoy entrenándolo". Por eso es tímido’’.

A medida que avanza la noche, Aaron logra calmarse un poquitín más y discierne pedazos de conversaciones más grandes, la gran mayoría halagando lo bien que está portándose, pese a que su corazón se escucha extremadamente estresado, o expresando cuánto envidian a Samuel, no solo por poseer a un "pedazo de carne tan suave", sino por además haber tenido el placer de cazarlo él mismo.

—No me dio mucho juego —se burla un poco Samuel—. En serio, ni siquiera una persecución divertida. Se quedó ahí, congelado y tan asustado que hasta había dejado de respirar. Adorable. Es la primera vez que veía a un vampiro de tan cerca.

Todos ríen jocosamente y sus risas no hacen más que intensificarse cuando Aaron se pone rojo como un tomate.

Muchos vampiros también felicitan a Samuel por la evidente vinculación en proceso y comentan que la herida parece estar sanando muy bien y, añade Samuel, muy rápido también.

—¿Para cuándo la segunda? —le preguntan muchos y Samuel siempre ríe cruel y vicioso, mira a Aaron con ojos amenazantes y añade, más para el humano que para sus interlocutores:

—Eso depende de cuán bien se porte y de cuánto me obligue a someterlo a la fuerza.

Con muchos otros vampiros, su amo habla de cosas que parecen relativas al trabajo y muchos de ellos que son, Aaron presupone, vampiros inferiores, le ruegan un poco más de tiempo a Samuel para pagar sus tasas o le agradecen mil y una veces por haberlos castigado por sus incumplimientos con penitencias tan benévolas como arrancarles los colmillos, despedazarlos o matar a su progenie en vez de darles muerte a ellos.

Al cabo de un rato, Samuel, Charlotte y Jason se paran en una zona un poco menos transitada, agobiados ya de tantos encuentros y de gastar tanta saliva, y refrescan sus lenguas con copas de sangre templada que se sirve una pequeña fuente.

—Ah, cuántos invitados. —se queja Samuel frotándose las sienes como si tuviese jaqueca.

—Quizá no tendrías que lidiar con tantos si no fueses tan popular. —se burla Charlotte, pero el otro pelirrojo la corrige.

Temido es la palabra que buscas. Todos esos vampiros inferiores o incluso algunos de los que son más poderosos que yo buscan codearse con Samuel para ganar su aprobación y… quién sabe, su clemencia si algún día el trabajo le hace picar en sus puertas.

—Una lástima, no me queda compasión para nadie —ríe el rubio y da un largo trago a su copa antes de añadir, con tono menos jovial:—. Y, por desgracia, creo que tampoco me queda mucho más tiempo antes de que el innombrable reclame mi presencia esta noche. Creo que iré a saludarlo yo mismo, para que no me dé él una desagradable sorpresa y poder así terminar ya con esta pantomima. Quedaos vosotros con esto, no quiero a Ivthan babeando sobre cosas que son mías.

Y dicho eso, le arroja a Jason la correa de Aaron como si se tratase de una baratija. Tan pronto Samuel les da la espalda y echa a andar, el humanito entiende la situación y entra en pánico, corriendo detrás de su propietario y haciendo que la correa en manos de Jason se tense hasta hacerle daño.

—N-no, no, amo, espere. —jadea el chico, lleno de nervios y suplicando mientras se aferra a la chaqueta de Samuel.

El vampiro se voltea con fuego en la mirada y le coge de las muñecas antes de adquirir una expresión aparentemente serena, agacharse y decir en su oído:

—Nada de montarme un puto numerito o te romperé las muñecas ahora. ¿Has entendido? —el chico asiente, pero al vampiro no le parece suficiente respuesta y aprieta con tanta fuerza que a Aaron se le saltan las lágrimas y está dando casi saltitos en el lugar por el terrible dolor.

—He… he entendido, amo, lo siento. Lo siento mucho, no quiero que me deje. Tengo miedo. Perdón.

Samuel aprieta los labios y trata de seguir enfadado porque enternecido no es un sentimiento que un vampiro puro deba sentir y mucho menos en esa situación.

—¿Acaso importa lo que tú quieras?

—N-no amo, solo lo que usted quiera. —responde Aaron recitando con devoción y vergüenza esas palabras que tendrán que convertirse en enseñanzas.

Samuel sonríe, orgulloso, y suaviza su agarre hasta que Aaron suspira aliviado. Sus manitas tiemblan tanto que lo único que las mantiene estables son los puños de Samuel alrededor de sus muñecas.

—Y yo quiero que dejes de incordiar, te quedes con Jason y Charlotte y obedezcas cada orden que te den. Puedes hablarles por este rato, pero a nadie más. No vuelvas a cagarla, bolsa de sangre, porque dejarte vivir es un error que cometí la última vez, pero no uno que planee cometer de nuevo.

—S-sí, señor.


 

CAPÍTULO 33

—Tú ni caso, es un gruñón. —le dice Charlotte a Aaron cuando el chico vuelve con ellos, ahora terriblemente inquieto porque tanto como la figura de Samuel le aterra, le calma.

Su amo es su pilar firme, la única persona a la que conoce verdaderamente en esa fiesta, y sabe que es el único que lo protegerá si alguien intenta herirle. Es cierto que cree que Jason y Charlotte no le pondrán la mano encima, pero se siente asustado de todos modos y quiere lloriquear como un cachorrito pidiendo protección hasta que su amo vuelva. 

Se muerde los labios.

Debe sosegarse, impedir que sus emociones le obtengan un castigo.

—E-es un gruñón que me matará si le enfado. —responde Aaron, no queriendo ser descortés, pero sabiendo que la chica se toma la situación mucho más a la ligera que él. Al fin y al cabo, ella no se juega con la vida.

—Sí, es cierto —dice Jason, serio y dando un largo trago a su copa de sangre mientras sus ojos recorren a Aaron escalofriantemente—, pero eso no pasará porque no vas a enfadar a Samuel. Ya lo verás, eres muy obediente.

—Uhm, gracias —responde Aaron cabizbajo y de pronto se siente terriblemente mal porque Jason está siendo muy amable con él y él, sin embargo, se siente un fraude, un mentiroso. No merece ser llamado ‘’obediente’’ cuando sabe bien que Samuel es violento con él con frecuencia porque él mismo se lo gana. Aaron no aguanta más sentirse como un mentiroso y balbucea una tímida confesión que toma por sorpresa a ambos vampiros—. No lo sé. Creo que no lo soy, me castiga mucho, creo que hago todo mal. Yo intento… yo quiero que las cosas salgan bien. Solo quiero estar bien.

Jason y Charlotte lo miran en silencio, afligidos y dejando de beber de su copa por unos segundos. Luego se miran entre ellos como si pudiesen hablar uno en la mente del otro. Cuando sus miradas carmesí se separan, la muchacha pone una mano en la mejilla de Aaron y le da unas caricias tan suaves, tan maternales, que tiene que resistir la tentación de cerrar los ojos y dejar que su imaginación le haga creer que su madre y su abuelita siguen vivas.

<<¿Cómo habrán muerto? ¿Habrán sufrido? Mamá, yaya… ¿Les habrán hecho los vampiros cosas tan horribles como Samuel a mí?>> Aaron se muerde la lengua, dejando que el pinchazo de dolor le deje la mente en blanco. No puede pensar en eso si pretende no derrumbarse ahí mismo.

—Ay, pobre cosita. Es solo que estás nervioso. Ven, ¿sabes qué puede ayudarte a calmarte más y que tengas esa confianza que justo necesitas hoy?

El tono de la joven vampiresa suena muy jovial de repente mientras alza sus manos y hace un pequeño y gracioso bailecito, aunque Jason no parece tan animado.

—Lottie, no… —le dice, cruzándose de brazos y enarcando sus cejas.

La chica lo ignora y mira alrededor, como buscando a alguien. 

—¡Tú! —grita hacia uno de los trajeados siervos del palacio, que se acerca de pronto con andares que le hacen parecer como si flotase; el hombre saluda con una reverencia—. Trae algo para el humano —Luego se vuelve hacia Aaron— ¿Has bebido antes, ricura? —el chico niega y Charlotte termina de ordenar al empleado —Algo suave, una cerveza. Que sean dos, por si le pilla el gusto.

El hombre asiente silenciosamente para luego reaparecer ni siquiera tres segundos más tarde, tendiéndole a la vampiresa dos enormes jarras de cerveza espumeante, con el cristal condensado como si fuese hielo y pequeñas y refrescantes gotitas cayendo por este. Aaron jamás ha bebido cerveza, pero se le antoja tan fresquita que de pronto quiere un trago.

Charlotte lo pilla mirando la jarra con ojitos deseosos y le guiña un ojo antes de tendérsela.

—Oh, no sé si… —murmura, echándose un poco para atrás después de oler la bebida. Tiene un aroma extraño y nunca antes ha bebido, así que le da un poco de cosa.

Charlotte chasquea la lengua y hace un gesto despreocupado antes de poner su índice en el culo de la jarra y empujarla hacia los labios de Aaron. El chico puede sentir la suave espuma y la frialdad del cristal contra su boca, las burbujitas estallando agradablemente contra su nariz respingona.

—Samuel no está aquí y te ha dicho que cumplas nuestras órdenes, así que ¡Te ordeno beber!

Tan pronto Aaron escucha el nombre de Samuel y la palabra "orden", su cuerpo reacciona casi por instinto y le da un buen trago a la bebida. El sabor no es de su gusto, pero es muy agradable sentir el frío deslizándose por su garganta y hasta su estómago. Escucha a Charlotte reír y animarlo con un jocoso ‘’Traga, traga, traga’’ mientras inclina más el enorme vaso hacia su boca, pero entonces Jason toma la jarra por el asa y se la quita a Aaron.

Aaron se siente un poco raro porque está nervioso, pero nada está muy fuera de lo normal y eso lo tranquiliza. Se lame el bigotito de espuma que le ha quedado bajo la nariz con un gesto adorable.

—No sé si es buena idea. —dice Jason en tono serio y mira el vaso al que le falta ya la mitad del contenido.

—Un par de cervezas no le harán daño. ¿Y no me dirás acaso que lo que el chico necesita no es desinhibirse un poco? Vamos, está más tieso que un fiambre el pobre, déjalo que se relaje.

Aaron ríe suavemente por la despreocupación en el tono de la muchacha y, tan pronto Jason escucha el adorable y cálido sonido de esa risa, suspira, totalmente vencido, y le devuelve la jarra a Aaron.

—Ah, vale, pero no lo emborraches o Samuel estará demasiado tentado a jugar con una presa tan fácil como él.

—¡Bien! —celebra la chica, alzando el otro enorme vaso de cerveza todavía intacto—Vamos, vamos, dale otro trago, no esperes a que te lo ordene —Aaron lo hace, ahora tomando solo un sorbito—. ¿Cómo está?

—Mmm… sabe un poco a agua de cloaca, pero es agua de cloaca fresquita, así que está bien. —dice el chico antes de encogerse de hombros y darle otro buchito.

Tanto Jason como Charlotte rompen a reír y Aaron se siente bien porque sabe que es él quien ha provocado eso. Desearía que fuese así de sencillo ganarse la simpatía de su amo.

<<¿Dónde está? ¿Cuándo va a volver?>>

—Bueno, bueno, dale tiempo. —le dice Jason, aunque Aaron no entiende muy bien a qué se refiere en ese momento.

Sin embargo, lo entiende al cabo de un rato. No le gusta el sabor de la cerveza, eso es cierto, pero ya no le importa en absoluto porque, por alguna razón, cada pocos minutos quiere darle otro y otro traguito. Esa bebida dorada le hace sentir refrescado, pero a la vez cálido por dentro, lleno de una magia que muy poco a poco le da confianza e inhibe su miedo.

No recuerda cuál fue la última vez que se sintió tan tranquilo y relajado, incluso le cuesta un poco mantenerse de pie porque sus piernas parecen hechas de gelatina.

Aaron tenía muchísimo miedo de emborracharse, pero está tranquilo porque sabe que Jason y Charlotte no lo van a permitir y, además, la cerveza no le está haciendo nada malo. ¡Al contrario! Le hace sentir bien y eso es precisamente lo que necesitaba.

Cuando el chico termina su primera cerveza, la deja a un lado y entonces Charlotte le acerca la segunda jarra, pero Jason se la quita de las manos.

—Baja el ritmo, anda. —le dice el vampiro a su amiga y luego él mismo examina la cerveza como con cierta nostalgia. 

Aaron lo mira con curiosidad.

—Vosotros… ¿Los vampiros no podéis beber? —Algunos vampiros de aquí lucen borrachos. ¿Cómo es posible? —pregunta y su voz suena tan bonita como siempre, pero ahora más alta, más confiada y más… extraña. Quizá un poco adormecida, como si su lengua estuviese perezosa esta noche.

—¿Beber alcohol directamente? No —explica Jason, dejando la cerveza a un lado, como queriendo deshacerse de la tentación—. Pero, ¿emborracharnos a través de sangre ebria? Ese es el truco. Muchos se traen a humanos, los emborrachan y se los beben, son como sus copitas rellenables personales.

Aaron mira alrededor, consternado y sintiendo que esa magia llena de confianza y valentía que danzaba en su interior se achica ahora un poco, cuando recuerda dónde está y de qué clase de seres está rodeado. Vuelve a mirar a los sofás de antes y ahora el chico desmayado del que varios vampiros bebían yace en el suelo, inerte, respirando con mucha dificultad y con la cara hundida en un charquito de su propia sangre. Los vampiros de ese lugar ahora se pasan a una muchacha de no más de veinte años que lloriquea sin parar.

Aaron debe dejar de mirar, solo de imaginarse en su lugar se le hiela la sangre en las venas y todo se pone borroso.

—A Sa… a mi amo no le gusta beber, ¿verdad? —pregunta, angustiado.

Charlotte le pelliza una mejilla mientras suelta una suave risa.

—Míralo, qué mono está preocupado. —Charlotte se ríe un poco y le da la jarra de cerveza, a la que Aaron da algún que otro sorbo.

—Le gusta, pero no temas —lo tranquiliza Jason, poniéndole una mano en el hombro de manera reconfortante y luego acariciando muy suavemente con su índice la orilla de la cicatriz que está formándose en su cuello—. Estás curando su mordida del vínculo, no va a arriesgarse a que vaya más lento, aunque está casi terminada.

—Ah, qué horror… —masculla Aaron y se tapa la herida con su mano como si le avergonzara.

—¿No te gusta cómo luce? —pregunta Charlotte casi con inocencia.

—No es… bueno, no me gusta tener cicatrices, pero no es eso. Me da miedo el vínculo, cómo vaya a sentirse. Samuel ya es muy dominante y duro conmigo, no puedo imaginar que vaya a ser aún más… intenso.

A medida que habla, Aaron siente más y más oscuridad rodeándole. La luz y la magia que tan brillantes eran hace un minuto han dejado ahora en el muchacho una tristeza húmeda y fría que le hace sentir como en una ciénaga.

—No puedo aconsejarte mucho, aún no he vinculado a nadie. Desventajas de ser demasiado joven. —explica la muchacha con un tono tristón.

—Yo sí he vinculado a muchos, muchísimos humanos —dice Jason y, aunque trata de sonar amable y sabio, Aaron no puede evitar sentirse aterrorizado. Mira su boca mientras habla, ve sus colmillos, y lo imagina sometiendo a humano tras humano a su voluntad, marcando con sus colmillos su piel como si fuese hierro ardiente y ellos mero ganado a la espera de ser sacrificado—. Verás, algunos vampiros lo ven como una herramienta de control y mentiría si yo dijese que no es así, es muy útil para mí cuando se trata de controlar a mis siervos humanos, pero es más que eso. Al menos para mí —Aaron alza su vista entonces, temblando un poco menos y atendiendo un poco más a las palabras de Jason, pues suenan algo esperanzadoras—. Es una forma de conexión. Sé cuando mis humanos están agotados o asustados, cuando están nerviosos, tristes… y eso me permite cuidar mejor de ellos. Puedo darles órdenes con mi voz de mando y que las cumplan sin rechistar y, lo sé, suena terrible perder el control de tu cuerpo, pero siendo humano tienes que aceptar cómo es el mundo cuanto antes: si un vampiro quiere algo de ti, lo obtendrá por las buenas o por las malas y créeme, prefieres hacerlo tú mismo, aunque tu cuerpo no se sienta tuyo, en vez de ser obligado a la fuerza. Te hará las cosas más sencillas, ya verás, no temas.

Aaron asiente en silencio, apretando con fuerza sus labios.

De pronto una oleada de sentimientos lo alcanza y siente que lo derrumba: se siente agradecido porque Jason sea tan paciente y amable con él y a la vez el miedo por el vínculo solo se torna más espantoso, pues sabe que Samuel no será tan gentil y ya puede imaginarlo torturándolo con él y de pronto todo es insoportable y Aaron solo quiere llorar y que lo abracen, pero sabe que no puede permitirse ninguna.

Bebe un poco más, tratando de ahogar esos sentimientos.

—Vale, gracias —responde con un hilillo de voz. Se dice que no dirá nada más, que no va a estropearlo, pero entonces las palabras empiezan a brotar de sus labios como si no pudiese controlarlas—. Muchas gracias. Es solo… tengo mucho miedo. Ni siquiera intento huir ni me rebelo contra mi amo, pero aun así esto es muy nuevo para mí e intento complacerlo y quiero… quiero llevarme bien con él, quiero que me diga que soy bueno y ganarme su atención a veces y que me trate bonito y no sé si estoy haciéndolo todo mal y me da mucho miedo que sí y que me mate o que me haga mucho daño o que me vincule una y otra vez hasta que no quede nada de mí y…

Aaron siquiera habla bien ahora, solo balbucea e hipea y está llorando desconsolado, balanceándose hacia los lados cuando intenta gesticular, pero sus piernas tiemblan.

Jason se queda pálido al ver que el chico está mucho peor de lo que parecía. ¿Ha estado esforzándose todo este rato por disimular lo mucho que el alcohol le ha afectado?

—Quítale el alcohol. Ahora. —le ordena Charlotte entre dientes, lanzándole una mirada cargada de reproche.

—Mierda, mierda, mierda —murmura la chica mientras le quita la jarra de cerveza al chico de las manos y luego lo toma por las muñecas y con un pañuelito de seda le limpia el rostro, todo húmedo de lágrimas que no paran de brotar. Aaron se lamenta y sigue llorando ruidosamente, no sabiendo cómo detenerse—. Vamos, chiquitín, no llores. Todo saldrá bien. Mira, si Samu te deja, puedes ir conmigo algunas noches y me cuentas cómo estás y yo le diré a Samuel que no sea tan gruñón, ¿sí? Además, eres el humano más bueno y agradable que ha tenido jamás. No te hará nada verdaderamente malo —el chico hipea y llora ahora un poco más flojito, pero sigue sorbiendo, sollozando, negando con su cabeza—. Eres su favorito. ¿Lo sabías?

—No, no lo soy, me odia, cree que soy inútil, cree… —Aaron vuelve a estallar y ahora oculta su rostro entre sus manos, llorando desesperadamente como si todo estuviese perdido y lo comprendiese por primera vez desde que fue capturado.

—Ve a buscarlo y dile la que has liado, anda —Jason se agacha al lado de Aaron, con su rostro a su altura, y le hace un gesto a Charlotte para que vaya—. Asegúrate de que no se las vaya a cargar el pobre chico luego.

—Vale, vale, le diré que está un poco borrachillo y que por eso se ha puesto emocional.

—Yo lo calmo, ve.

Aaron se desespera de pronto. Acaba de hacer un enorme lío él solito, ha hecho una escena, ha tenido un berrinche. ¡Eso es justamente lo que Samuel le dijo que no hiciera! Y ahora Charlotte ha ido a por él, a decírselo. Samuel se enfadará tanto, oh, tantísimo, que le va a dar otra paliza, como en la fiesta de Jason, no, peor aún, lo va a matar a golpes y Aaron no quiere morir.

—Ven, ven aquí, chico. —Jason lo toma suavemente por la muñeca y lo conduce a una zona algo más apartada, lejos de las miradas de curiosidad y divertidas que su delicioso llanto ha atraído.

Jason se siente sobre un banco de piedra y pone a Aaron sobre una de sus rodillas mientras le quita las manos de la cara con cuidado, pasando él las suyas para secarle las lágrimas y, mientras lo hace, le habla con una voz tranquilizadora y hermosa que logra calmar un poco al chico.

—Te prometo que todo saldrá bien y te aseguro, oh, te lo aseguro… que tú eres el humano más preciado que Samuel ha tenido nunca, se le nota en la mirada. Solo que está más acostumbrado a odiar que a apreciar. Si él me permite, puedo ayudarte a servirle mejor. Suelo entrenar muy bien a mis humanos, así que podría darte alguna que otra lección o podría pedirles a mis humanos que te lo explicasen todo con mucha paciencia. ¿Te gustaría eso? ¿Sí? —Aaron asiente y ahora es él mismo quien se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano, pues ya apenas llora, pese a que sus ojos están algo hinchados y su nariz está toda roja—. Hablaré con él, veré qué puedo hacer. Lo sobornaré un poco si hace falta, ¿vale?

Aaron deja ir una risita pequeña y rota.

—V-Vale, muchas gracias. Perdón por esto.

Jason hace un gesto para restarle importancia y se levanta del asiento, ayudando al chico a ponerse de pie para así comprobar, con gran alivio, que está algo ebrio, sí, pero que ya puede tenerse en pie casi perfectamente.

—No es nada, bocadito. Los humanos sois criaturas sensibles y a veces las emociones os ganan. Ahora, dejarás de derramar tus lágrimas y vas a ser muy muy bueno el resto de la noche porque quieres complacer muy bien a tu amo, ¿verdad?

Aaron asiente, devoto y muy en serio, y sorbiendo todas sus lágrimas. 

—Mhm, s-sí, señor.

—Eso es —lo anima el pelirrojo y luego alza la cabeza y mueve su mano, saludando a alguien—. Míralo, ahí viene.


 

CAPÍTULO 34

El corazón de Aaron parece detenerse por un segundo. No quiere tener que enfrentarse a Samuel, no quiere que lo vea con el rostro aún rojo y mojado por las lágrimas, no quiere tener que sentir el bofetón que seguro que le espera por haber sido un humano emocional y estúpido que lo ha dejado mal en una importante fiesta y…

Samuel llega, lo agarra por la barbilla y Aaron hace su mejor esfuerzo por no romper a llorar de nuevo.

—Lo siento, amo… —murmura.

Pero el vampiro no le responde nada, solo le gira el rostro hacia un lado, luego hacia otro, lo examina con ojos ecuánimes bajo los cuales podría arder la más abrasadora ira o simple aburrimiento y luego le pasa la mano por el cabello porque se ha despeinado un poco.

—Lo siento mucho, lo siento tanto, amo…

—Va, cállate —le dice molesto, pero Aaron siente una oleada de alivio al no sentir la ira en su tono—. No está tan mal, algo bebido, pero Charlotte ha exagerado. Ya me imaginaba tener que matarlo aquí mismo porque se había puesto a chillar o resistirse.

Aaron niega, frenético.

—No, no, nada de eso. Le hemos dado un poco más de alcohol del que debíamos y ha llorado un poquito.

—Nada nuevo —Samuel se burla, soltando una risa corta y cruel y luego le acaricia un poco la mejilla a Aaron mientras dice—, es sensible, siempre llora por nada.

Las palabras de Samuel son hirientes, pero su mano en su mejilla, mimándolo como a una buena mascota, le hacen sentir tan bien que Aaron se empuja contra esa enorme mano y parpadea despacio, hechizado. Samuel deja de acariciarlo de pronto y toma de las manos de Jason la correa.

—Ahora que Lottie lo ha mencionado, Ivthan y los demás no dejan de molestarme con que quieren verlo, así que me lo llevaré un rato con ellos, luego me largo. No quería que Ivthan lo viese, pero es tan insistente… Cualquier cosa por que cierre la boca.

Jason asiente, comprensivo.

—Cuando acabes, Lottie y yo nos vamos contigo. Tampoco queremos encontrárnoslo.

Samuel asiente y con ese gesto el amable vampiro pelirrojo se marcha y Aaron vuelve a quedarse a solas con Samuel, que es lo que había querido desde que se marchó, pero por alguna razón ahora está algo nervioso. 

—A-amo, ¿podemos quedarnos solos? Me da miedo ir con más vampiros…

Samuel alza una ceja, sabe que Aaron no está tratando de ser desobediente, que se trata del alcohol hablando o, mejor dicho, haciéndole decir cosas que antes solo se atrevía a imaginar que preguntaba, pero aun así una falta de respeto es una falta de respeto.

Así que abofetea a Aaron.

—Contrólate. Estar bebido no va a hacer que te libres de tus castigos si actúas así de arrogante.

—P-perdón, amo… —murmura el chico, luciendo realmente agotado. Puede que no haya hecho mucho durante la noche, pero emocionalmente ha llegado a su límite y Samuel lo sabe.

Quizá por eso el vampiro pone una mano en la cabeza del chico y le acaricia los cabellos mientras dice:

—Será solo un ratito. Hay unas personas importantes que quieren verte. Les enseñaré lo bueno y educado que eres, ¿Mhm? Y luego podremos irnos.

Aaron quiere llorar. Samuel está siendo tan amable, pero le ha pegado solo hace unos segundos. Está confundido y tiene la sensación de que su amo mismo también lo está.

—G-gracias, amo.

Después de eso, Samuel tira de su correa cerca y se lleva al chico a paso lento hacia el interior de la sala de baile.

Pasan justo al lado del sofá blanco, ahora manchado de sangre, donde un pobre humano que bien podría ser Aaron yace inconsciente (quizá muerto) en el suelo y una chica es pasada de mano en mano, poco a poco siendo drenada y mirando con ojitos cansados y rojos de tanto llorar cuál es el destino que le aguarda: terminar apilada sobre el cadáver del otro tentempié humano, exhalando sus últimos alientos mientras ve cómo los vampiros usan y desechan a otros humanos.

Aaron se aprieta contra Samuel y con solo la punta de sus dedos se agarra a la manga de su chaqueta, pues no quiere molestarlo, pero necesita su cercanía, su afecto, su dulzura.

<<Es lo más cerca de otro humano que he estado en años>> piensa, con el corazón roto, pero forzándose a no sentir esa pena, ese dolor, esa empatía que tanto intenta inundarlo.

Samuel lo conduce a una zona un poco más reservada, un lugar donde él y sus poderosos acompañantes se han resguardado para no verse rodeados todo el rato de un enjambre de vampiros más débiles que no paran de adularlo, pedirle favores, clemencia a veces y siempre intentan hacerse recordar y notar.

Cuando Aaron pasa a la pequeña sala, siente que el ambiente es extraño e irreal. Como el de un sueño, pero oscuro. Quizá el de una pesadilla.

La sala es grande, pero con paredes de madera muy oscura y con luces ámbar muy tenues, lo que hace que parezca que el espacio está siendo achichado y engullido por las sombras constantemente. No hay puerta para esa estancia, sino una tela morada que cuelga del umbral y que Samuel echa a un lado con su brazo para pasar.

En medio de la sala hay un círculo amplio formado por cómodos asientos violeta, carmesí y negro, algunos de cuero marrón muy oscuro, como si entre todos formasen un extraño sofá en forma de círculo, en cuyo medio hay un espacio vacío.

Vacío, salvo por una barra de metal que conecta el suelo y el techo y donde una mujer humana se apoya mientras baila despacio. Sus movimientos no son lentos porque trate de ser seductora, sino porque se halla cansada: su cuerpo está lleno de mordidas frescas y muchos de los vampiros sentados a su alrededor se relamen los labios rojos o secan las comisuras de su boca con pañuelos de seda, dando elegantes toquecitos para borrar los rastros de su voraz violencia.

Aaron siente su corazón ir cada vez más rápido. La chica en la barra… ¿Terminará también ella muerta? Los nervios lo plagan hasta que una voz grave y dominante llama su atención por completo. Habla el vampiro que más destaca de todo ese grupo de poderosos seres.

Habla Ivthan.

—Puedes irte a servir a otros, puta. Tenemos un nuevo espectáculo. —su voz es ronca, cavernosa y árida, como un camino de rocas afiladas.

Le recuerda a la de Samuel, pero aun más fría, más erosionada con el tiempo hasta perder el timbre propio de la humanidad y sonar como algo muy distinto, como el viento o un espíritu, como el sonido de una roca al partirse, de un rayo al caer.

Aaron aprieta los dientes al escucharlo hablar así de la pobre mortal, pero la chica no se indigna en absoluto, solo baja la cabeza y se marcha tan rápido como puede. En su expresión hay un toque agradecido, como si se le hubiese dado una segunda oportunidad en la vida.

Cuando ella se va, todos se vuelven hacia Samuel con expresiones curiosas, deleitadas y luego hambrientas. Sus ojos clavados en el delicioso muchachito que trae al final de su correa, temblando de pies a cabeza.

Samuel deja que lo miren por un rato, orgulloso y con una sonrisa confianzuda en su rostro, mientras avanza hacia el extraño sofá con pasos lentos, haciendo desfilar a Aaron a su lado.

El chico trata de mantener sus ojos en el suelo, pero no puede evitar alzar un poco su mirada y encontrarse con la que más poderosamente lo está examinando. Ivthan lo observa con una intensidad escalofriante y lo peor es que no hay solo deseo en sus ojos, sino reconocimiento y una dulce y misteriosa ironía.

—Qué recuerdos… —susurra Ivthan y sus ojos se desvían hacia Samuel con malicia. Aaron no entiende qué significado tiene lo que le ha dicho.

Samuel lo mira frío, como si le hubiese pasado inadvertida la intención de ese remarque, y responde:

—El buen gusto nunca cambia.

Aaron sigue sin entender nada, pero a juzgar por el silencio a su alrededor, los otros vampiros tampoco comprenden de qué hablan Samuel y su creador.

Tras eso, el vampiro se hace un amplio hueco en el sofá, pues los demás se apartan para dejarlo sentarse con sus piernas cómodamente abiertas y sus brazos extendidos sobre el reposacabezas. Todos se alejan, no con pánico, sino con un profundo respeto y admiración.

Aaron es tomado por la cintura y Samuel lo coloca en el sofá, en el espacio entre sus musculosas piernas, de cara al resto de vampiros y con su temblorosa espaldita apoyada contra la firmeza de su pecho. Ahí, Aaron puede ver mejor a Ivthan, el creador de Samuel, responsable de que el otro día perdiese los estribos como jamás lo ha visto perderlos.

Ivthan tiene el cabello muy corto y de un color azabache como el suyo, el rostro extremadamente masculino, con una mandíbula marcada, un mentón fuerte y una frente amplia y lisa.

Su nariz está ligeramente arqueada y es grande, pero atractiva, le da a su rostro un toque salvaje y peligroso que el resto de rasgos solo confirman. Ojos pequeños y rasgados, en ellos, un brillo rojo amenaza con quemarlo todo. Labios gruesos y colmillos tan desproporcionadamente grandes que, incluso cuando están retraídos, son visibles desde lejos. Luce como un guerrero que es más bestia que hombre y su cuerpo no hace sino honor a lo que su rostro ya apunta. Es grande, enorme. Así sentado, Aaron no puede asegurarlo, pero juraría que el hombre luce más alto que Samuel. Y más corpulento. Samuel es extremadamente musculoso, pero hay cierta armonía en sus proporciones, por ejemplo, en su cintura estrecha, pero Ivthan no tiene esa finura: es simplemente grande como lo son las bestias. Manos grandes, brazos grandes. Tiene un poco más de grasa sobre el músculo que Samuel, pero eso no hace que su cuerpo luzca menos fuerte, al contrario.

La belleza de ese hombre le recuerda a Aaron a la de un tigre o un oso: una demasiado letal como para no sentir pánico en vez de admiración cuando se la tiene en frente.

Aaron baja los ojos de inmediato y puede oír pequeñas risas a su alrededor, porque todos los presentes pueden escuchar cómo se le acelera el corazón.

—Nadie esperaba que nos decepcionases con tu nueva mascota, Samuel —comenta uno de los vampiros, risueño—, pero creo que tampoco esperábamos que fueses a impresionarnos tanto.

A raíz de eso estallan los comentarios: todos se aventuran a elogiar el buen gusto de su amo y el chico, sin embargo, es incapaz de sentirse halagado porque cada cumplido se siente como un mordisco y todos se inclinan y se acercan tantísimo para decirlo que teme que alguien vaya a agarrarlo para tratar de llevárselo.

—Me encanta el pelo oscuro y suave, además lo tiene liso y bien cuidado. Qué buen trabajo.

—Yo no paro de fijarme en lo delgadas que son sus muñecas, sus tobillos y su cuello. Tan agradables de agarrar…

—Oh, ¿Y estáis olvidando esa carita? Qué preciosura.

—Unos labios tan delgaditos y con el color de la inocencia. Qué deleitoso corromperlo.

—Tiene unos ojos preciosos —esta vez Aaron sí reconoce la voz: es Ivthan—. Y parece muy obediente.

Samuel ríe y se echa para atrás en su asiento, acomodándose.

—Estoy trabajando en ello, aún le queda mucho por aprender —explica y el chico solo se queda muy quieto—, pero está esforzándose por ser un buen chico ¿No es así, mi bolsa de sangre?

Aaron jadea y siente un pinchazo en su interior. Cuando su amo le llama "humanito’’, aunque sea un nombre denigrante, él se siente mejor porque suena mejor, pero ahora está hablándole de una manera tan dura que no puede evitar sentir que ha sido malo y está siendo castigado.

Quizá es el alcohol, que antes potenciaba su confianza y ahora parece dar pábulo a sus preocupaciones, pero Aaron se siente repentinamente muy inseguro.

—S-sí, amo, quiero hacer todo bien. ¿E-estoy portándome bien?

Todos ríen, genuinamente entretenidos por su respuesta, y Samuel parece también hallar su desesperación divertida. Tanto, de hecho, que se voltea hacia una vampiresa sentada cerca de él y le dice.

—Tráeme algo de vodka, voy a emborracharlo un poco más. Es divertido.

Aaron se estresa al escuchar eso y quiere decirle a su amo que no le apetece beber más, pero odiaría ser desobediente y, además, ¿qué importa? El alcohol le ha dejado un poco mareado y algo sensible, no parece tan malo.

—Oh, a mí también me gusta hacerlos beber antes de jugar. Es divertido verlos dando tumbos y desesperándose porque están intentando escapar de veras, pero solo logran caerse y llorar. —explica una vampiresa con diversión y una copa de sangre en la mano, antes de dar un sediento y largo trago.

Otros vampiros coinciden con ella y entre todos hablan de las formas en que les gusta hacer a sus humanos estar ebrios para que la confusión los haga más vulnerables o potencie su miedo. Aaron trata de no escuchar, pues eso solo hace que esté más nervioso.

Al cabo de un par de minutos, cuando uno de los vampiros está describiendo con demasiado detalle su última matanza, aparece de nuevo la vampiresa de antes con una botella entera de vodka y ningún vaso.

Se la tiende a Samuel, que la toma sin agradecerle, aunque la chica parece considerarse ya suficientemente afortunada porque Samuel le haya hablado, y Samuel destapa la botella con facilidad.

—Abre la boca —le dice a Aaron con tono duro. El chico accede y entonces Samuel pone su mano en su cuello para mover al chico a su gusto, haciéndolo tirar la cabeza hacia atrás, con sus labios abiertos y sus ojos casi mirándolo directamente. Aaron puede ver su sonrisa ladina y sádica —, saca la lengua.

Aaron obedece del mismo modo, con vergüenza, pero sin hesitación. Todos los vampiros guardan silencio y observan, deleitándose.

—Bien. Ahora, bebe.

Samuel alza la botella y la vuelca sobre la boca abierta del chico. Aaron se prepara para beber tan rápido como pueda, hasta que el líquido frío y cristalino como el agua toca su boca y no se siente para nada como el agua. Ni siquiera se parece a la cerveza.

Es como fuego líquido.

—¡Amo, a-amo, hay algo mal, quema! ¡Me voy a morir!

Aaron grita y llora con desesperación y lo único que recibe como respuesta es una vorágine de risas crueles y colmilludas virando a su alrededor. Tiene miedo, está confundido y solo…<<Quiero volver a casa>>

—Silencio —comanda Samuel y lo toma del cabello para volver a tirar su cabeza hacia atrás, apoyándole la botella de nuevo en los labios—, no vas a morir. Es vodka, claro que quema. Pero vas a aguantarte y tragar. No quiero verte derramar ni una gota. 

La forma en que Samuel le habla y le tira del pelo dura y dolorosamente indica que el vampiro no está enfadado, pero está a punto de enfadarse, así que Aaron asiente dócilmente, con lágrimas ya secas en sus mejillas, y dice:

—S-sí, señor. Perdón, me había asust-

Antes de que pueda terminar de hablar, un largo chorro de esa horrible sustancia lo interrumpe y Aaron tiene que hacer su mejor esfuerzo por no ahogarse y tragar. Siente como si el líquido estuviese siendo derramado directamente en su garganta y, por cada gota que desliza hacia abajo, un abrumador calor lo llena. 

Aaron cierra los ojos fuerte, resiste la tentación de apartarse y, gracias al cielo, Samuel termina quitándole la botella. Le ha hecho beber casi un vaso de una sola sentada.

Aaron termina jadeando y retorciéndose, la sensación de un hierro calentado al fuego marcándole desde sus entrañas, y Samuel solo ríe suavemente mientras el chico agoniza. Los demás comentan lo bien entrenado que lo tiene.

Poco a poco la sensación de calor abrumadora va yéndose, pero Aaron ve todo raro, como si el mundo fuese un cuadro todavía húmedo y alguien lo estuviese meneando violentamente, los bordes desdibujándose, los colores entremezclándose y bailando.

Aaron tiene la camisa manchada de vodka por el primer trago no exitoso que le ha dado, así que el vampiro decide desabotonársela poco a poco y el chico solo se deja hacer entre sus manos, nervioso, removiéndose solo un poco y sintiendo las miradas de los demás sobre su pecho desnudo y empapado de alcohol como alfileres que se le clavan en la piel.

—Has arruinado esto —dice el vampiro, quejándose y lanzando su camisa a un lado. A Aaron le gustaba y ahora, sin ella, se siente mal y lloriquea un poco porque quiere recuperarla. Se abraza un poco a sí mismo, aunque no tiene frío —, pero estás mejor sin ella.

—Pero míralo, qué complaciente. En mi burdel estaría tan solicitado que tendría que hacerlo trabajar día y noche. —espeta uno de los vampiros y todos ríen jocosamente, menos Samuel, que lo mira serio y empieza a jugar distraídamente con el cabello un poco húmedo de Aaron.

—Tu burdel… —comenta Samuel, pensativo, aún peinando al chico para dejarlo con su bonito y lloroso rostro descubierto, poniéndole mechones de suave cabello tras su oído— ¿Aquel cerca de la entrada de la zona baja? —el hombre asiente, emocionado por que Samuel haya reconocido su establecimiento—. Lo heredaste de tu creador, ¿cierto? Porque murió hará un mes, cuando le arranqué el corazón y le vi llorar como un patético humano mientras me bebía su sangre. Espero que tengas neófitos a quienes dejarles el negocio, porque haré lo mismo contigo la próxima vez que unas palabras tan atrevidas vuelvan a salir de tu boca.

Samuel no levanta la voz, no habla con rabia siquiera. Solo deja fluir sus palabras con normalidad, como si charlase sobre cualquier otro asunto cotidiano, pero eso no hace sino reafirmar su seriedad, la gravedad de su amenaza.

El otro vampiro se queda pálido, más aún de lo que ya era, y se levanta con prisas y torpeza.

—Discúlpame —murmura sin siquiera atreverse a mirar a Samuel a los ojos—. Discúlpame, no volverá a pasar.

Acto seguido, el tipo se marcha y la estancia se queda en un extraño y tenso silencio, no por la amenaza de Samuel, sino por la forma reprobatoria en que Ivthan lo está mirando.

—¿Amenazando a uno de los tuyos solo porque estás posesivo con un humano? —pregunta el más poderoso de esa sala, sus ojos mezquinos escrutando a Samuel con severidad y luego a Aaron, con curiosidad.

—No es uno de los míos, es un vampiro de sangre impura, débil y patético como una presa humana —y mientras Samuel dice eso, se asegura de mirar a su alrededor, de comprobar que todas las demás criaturas a su alrededor bajan la vista con respeto y reverencia—. La única diferencia es que al humano al menos sí me divertiría cazándolo y despedazándolo.

Entonces Ivthan le sonríe, asiente con la cabeza como haciéndole una concesión y, con ese pequeño gesto, el silencio se esfuma por arte de magia y se vuelve a escuchar el rumor de varias conversaciones que se reanudan.

Mientras charlan, Samuel va colocándole la botella en los labios a Aaron y volcándola por unos segundos, obligando al chico a tragar todo lo que él desee y, este, se comporta de maravilla y no derrama ni una gota, pese a que cada vez se siente más cansado y extraño.

Una vez tuvieron que sacarle una muela y le pusieron anestesia en la boca. Recuerda babear como un tonto y no ser capaz de formar una sola frase sin sorber cada letra lenta, torpemente. Ahora se siente muy similar, pero no es solo su boca lo que le falla, sino su cuerpo entero.

Está sentado y, aun así, cuando Samuel no lo sujeta por la cintura, el chico se mece en extraños círculos o en eses, cabeceando todo el rato. Cuando Aaron alza una mano para secarse los labios de esa horrible bebida que parece fuego vestido de agua, se restriega toda la palma de la mano por la cara sin limpiar nada de nada, los dedos tan torpes que casi se mete uno en el ojo.

Aaron siente que su cuerpo ya no es su cuerpo, sino un traje demasiado grande y pesado como para que lo controle bien. Incluso su cerebro empieza a sentirse así un poco: pensar es tan difícil. Nota el alcohol ardiéndole en el estómago, pero está seguro de que todo ese líquido le ha ido a la cabeza y le ha inundado el cerebro. 

De hecho, puede imaginar a todas sus neuronas como hombrecitos vestidos de blanco corriendo de aquí para allá en absoluto pánico porque su lugar de trabajo se está inundando de vodka: ¿Todo el papeleo que contiene datos que Aaron se sabe de memoria? Empapado. ¡Incluso los registros con sus recuerdos! ¿Y qué hay de las máquinas de razonar, valorar la situación, tener ideas…? Todas ellas están teniendo un cortocircuito.

Aaron ríe un poco por la boba imagen y luego hipea. Se balancea hacia adelante y Samuel lo toma por su collar de hierro antes de que el chico logre estamparse con el suelo. Lo echa hacia atrás, recostándolo en su pecho y haciéndolo mirar hacia arriba. Su cuello queda expuesto y la marca del muchachito recibe muchas miradas descaradas. Pero Aaron no mira a los demás, solo a su amo, con una adorable mezcla de admiración y agobio: <<Estoy haciendo todo… estoy quieto, estoy siendo bueno, estoy bebiendo la bebida horrible esa, soy bueno. ¿Por qué no me llama buen chico? ¿Por qué no juega con mi pelo? ¿Por qué no me acaricia la mejilla? ¿Por qué no me habla?>>

—Me gusta su marca, el cómo se la has hecho. Grande y profunda… resalta lo frágil que es su cuello. Su piel parece verdaderamente un lienzo. —dice alguien al fondo de la sala y todos asienten.

Ivthan parece mirar la marca con una expresión extraña.

—Oh, espérate a que le haga la segunda y la tercera y la cuarta… —Samuel sigue, bajando el tono de voz por cada nueva marca que menciona, tornándolo más ronco, amenazante, aterrador.

Aaron aprieta sus labios. Samuel le dijo que no le marcaría más si él se portaba bien. ¿Por qué está hablando ahora de hacerlo tantísimo? Quiere interrumpir a su amo y suplicarle que cumpla su promesa, pero luego piensa que eso sería impertinente y que estaría precisamente ganándose esas marcas, así que decide guardar silencio.

—No puedo esperar para ello… —comenta Ivthan en un tono oscuro y tétrico.

—Yo no puedo esperar para la próxima fiesta, muero por verte pasear a ese tentempié para todos nosotros. Quizá con algo menos de ropa.

Aaron no distingue quién dice eso, pero le hace recordar que, pese a lo acalorado que está, Samuel le ha quitado su camisa y ahora tiene el torso desnudo.

De pronto, Aaron se abraza a sí mismo, buscando taparse, pero eso solo logra despertar una oleada de risas y hacer que Samuel lo tome por las muñecas con una sola mano y las obligue a poner en el regazo y dejarlas quietas mientras todo el mundo devora su cuerpo expuesto con la mirada.

—Solo si me apetece daros un pequeño muerdo de lo que es mío. Pero, por ahora, me reservo ese placer para mí solo. —ríe Samuel y con el índice de su mano derecha traza el borde de los pantalones de Aaron. El chico siente su vientre hundirse cuando el vampiro desliza su dedo por ahí.

Y entonces el calor de su rostro va a otro lado y Aaron sabe que el alcohol, de algún modo, está ayudándolo a viajar más rápido desde sus mejillas hacia el lugar de su cuerpo que menos ha explorado. Puede sentir la incomodidad en su entrepierna, la ligera rigidez y la humedad en su cereza que corona su deliciosa intimidad. Aprieta las piernas y las friega entre ellas, queriendo deshacerse de esa sensación.

No sabe si los demás vampiros lo han notado, pero sabe que Samuel sí, pues se inclina sobre su oído y susurra en una voz extremadamente baja:

—Quieto. Si te quitas el anillo de tanto moverte, voy a hacértelo pagar luego.

Aaron chupa aire por la impresión que causan sus palabras y entonces decide no moverse más, aunque note su cuerpo latiendo de anticipación. No lo entiende. ¿Por qué está reaccionando así? ¿Por qué tan necesitado, desesperado? Samuel le asusta y lo daña, debería odiarlo, no desearlo. Pero Samuel posee su cuerpo ahora y con él puede hacer lo que desee, por ejemplo, castigarlo y premiarlo, cuidarlo y atormentarlo hasta haberle enseñado a responder a sus caricias y a su violencia del mismo modo. Enseñarle que su cuerpo solo responde a una voz y a un deseo. Y es la voz y el deseo de un demonio.

—Hablando de eso, he oído que es salvaje y lo estás entrenando tú mismo. ¿Es capaz de darte el mismo placer en la cama que uno bien adiestrado? No están acostumbrados a que los usen y he oído que pueden ser algo… rebeldes.

Aaron emite un pequeño quejido, como el de un animalito herido.

—Estoy trabajando en ello, pero creo que he hecho un buen trabajo en tenerlo dócil para mí. —Aaron suspira y agradece por dentro.

Samuel podría haberle explicado a los demás vampiros con lujo de detalle la forma en que lo fuerza a arrodillarse y cederle su boca y su garganta al vampiro, o podría haberles hablado del oprobiante anillo metálico que lleva no en su cuello, sino en su pene, haciendo que cada uno de sus orgasmos deba ser ganado a base de obediencia, súplicas y rendición. Pero no lo ha hecho.

Aaron se siente protegido, en cierto modo.

—¿Ah, sí? —Ivthan los mira entretenido. Tiene su barbilla apoyada en su puño y alza una ceja con escepticismo y diversión mientras pregunta.

—Parece que dudan de tu obediencia, cachorrito. ¿No sería eso motivo de castigo? Vamos, dulzura, ¿por qué no le dices a los demás lo mucho que quieres complacerme? —lo alienta Samuel, su voz es dulce y sedosa como la caricia de un pétalo, pero en ella hay una diversión venenosa que acecha, lista para cumplir una terrible amenaza.

Aaron se siente aterrado de inmediato y, por primera vez en su vida, el miedo no le hace más difícil hablar, sino que le ayuda a enderezar las palabras que el alcohol parece torcer en su boca: 

—S-su placer es lo más importante, amo, hago todo lo que puedo, lo hago lo mejor que puedo y… y…

—Humano, ¿puedes contar cuántas veces has sido follado por tu amo hasta ahora?

Aaron se voltea hacia el origen de esa voz dura e impertinente que lo interrumpe. Ivthan… No sabe lo que Samuel ha vivido junto a su creador, pero empieza a entender un poco mejor por qué lo desprecia tanto. La pregunta se siente como una trampa: ¿Debe mentir o decir la verdad?

El chico nota la boca completamente seca.

—A-ah, yo… mi amo…

—No lo pongas nervioso —interrumpe Samuel, chasqueando su lengua con fastidio. Su tono suena casual, pero Aaron sabe, por la rapidez de su intervención, que a Samuel le avergüenza no haberlo follado aún.

Eso origina un huracán de sentimientos dentro suyo. El primero de ellos: miedo. Porque significa que está deseando hacerlo y que no solo es algo inevitable, sino algo más próximo de lo que jamás esperó.

Luego una pregunta pequeña, pero intensa como una llamita en medio de esa horrible oscuridad aflora: <<¿Por qué no lo ha hecho aún?>>. Aaron sabe que Samuel podría forzarlo a hacer lo que él desease en cualquier momento, en cualquier lugar. ¿Por qué contenerse entonces?

Una chispa de esperanza se aviva en él cuando piensa que quizá hay compasión en él. Que quizá las veces que ha fingido ser amable solo para obtener su obediencia a cambio no eran tan falsas como el vampiro quería hacerle pensar. Que, si todo eso es cierto, puede que en el futuro pueda suplicar suficiente como para que algo humano y suave en el vampiro se vea tocado por sus palabras, su miedo, su dolor y decida no hacerle ese terrible daño.

<<Aún hay esperanza>>

—Es obediente, pero aún es torpe. Además, está demasiado bebido como para hablar bien. ¿Cierto, bolsa de sangre? —continúa Samuel, excusando el sospechoso silencio de su mascota ante la impertinente pregunta.

—Mhm… —responde el chico en lo que pareciera un ronroneo soñoliento.

Ivthan aprieta los labios y cruza sus piernas, acomodándose en el sillón. Luce aburrido, impaciente.

—Entonces respóndeme tú la pregunta. ¿O acaso no lo has follado? 

Aaron cree que Samuel va a mantener el tono despreocupado, a actuar como si esa pregunta fuese solo fruto de la curiosidad y no un dardo venenoso meticulosamente lanzado para alcanzarle donde sabe que le dolerá, pero reacciona rápido, agresivo. Sus palabras chasqueando en el aire como un mordisco que deja la sala entera en silencio:

—¿Necesitas una respuesta para poder imaginarte estando conmigo en la cama, mi desesperado creador?

Una sonrisa triunfal se desliza brevemente sobre los labios del vampiro original.

—¿Por qué cambias de tema? —la pregunta es suave, pero cruel. Se regodea en su victoria, en el hecho de que ha humillado a Samuel.

Samuel aprieta los labios, su descarado comentario ha levantado susurros, pero pronto han muerto en un respetuoso silencio. Todos los vampiros saben que las relaciones de un inmortal con su creador son complejas, tensas, únicas. Nunca nadie se atrevería a meterse en ellas y hablar de más. 

Pero la relación de un vampiro con su presa humana… sobre esa sí parecen más interesados, más dispuestos a murmurar, conjeturar, a dudar de Samuel como vampiro y sobre todo como vampiro poderoso si no es siquiera capaz de someter a su esclavo humano desde la primera noche.

—No lo has hecho… —susurra Ivthan, más para sí mismo que para que los demás. Hay cierta incredulidad en su voz y, al inicio, parece que rabia, pero Aaron ve algo más brillando en los ojos de ese extraño ser. 

Ve fascinación. Como si de pronto se le hubiese entregado algo extraño y, tras un buen rato revisándolo y justo un momento antes de desecharlo porque le parecía un cachivache inútil, hubiese descubierto, por fin, que se trata de una llave que lo separa de un ansiado tesoro.

—Únicamente porque no quería romperlo. Es salvaje y todos sabemos que son más fieros cuando se trata de obedecer, pero más frágiles cuando es el momento de tomar castigos. Es muy bonito. ¿Acaso sería inteligente desperdiciarlo solo porque me he impacientado para usarlo?

Los murmullos suenan ahora más alto, valorando los argumentos de Samuel, pues es un vampiro poderoso y sus palabras son convincentes. Pero Ivthan hace un ademán, como descartando todo lo que Samuel acaba de decir.

—Un vampiro que resiste y lucha contra sus deseos para asegurar el bienestar de su presa humana. Un vampiro que le muestra los colmillos a otro para proteger a su humano. Un vampiro que no comparte su bolsa de sangre, como si fuese especial… Oh, Sami, quizá tu sangre es pura, pero tu corazón parece corrompido por la debilidad. ¿Es tu puta o tu noviecito? Porque parece que de los dos, seas tú quien lleva la correa.

Aaron tiembla mientras escucha a ese hombre hablar <<¿Cómo es posible? Todo este infierno, este sufrimiento, los días en vela por las pesadillas, las horas arrastrándome roto y sangrante por el suelo, la agonía infinita de cada mordisco, la sucia humillación de ser un juguete que se arrodilla y deja salir su alma cada vez que abre la boca grande y saca la lengua… ¿Cómo es posible que todo este dolor le parezca tan suave? ¿Tan insultantemente amable? ¿Está desquiciado o… es que acaso esto no es más que una pequeña probada de la crueldad de la que un vampiro como Samuel es capaz? No puedo imaginar cómo nada podría ser peor aún, pero…>>

Samuel le aprieta la cintura, no a propósito, pero lo hace duro y doloroso y Aaron se traga sus quejas mientras nota cómo los dedos fuertes de su amo amoratan su piel. Está enfadado, oh, tan enfadado. Y reza por no conocer nunca el castigo que esa ira puede forjar. Después de todo, no ha sido él quien la ha enfadado. ¿Pero acaso no existe él precisamente para cargar con el aplastante peso de cosas de las que no tiene ninguna culpa: el deseo de Samuel, su crueldad, su sed de sangre y, ahora, su furia?

—Hago con él lo que quiero, Ivthan. ¿Yo llevando una correa? No me hagas reír. Solo lo imaginas porque ansías ser tú quien tire de ella y porque sabes que solo con una cadena alrededor de mi cuello lograrías que me quedase a tu lado. Que alguien lo hiciese, en general. Dime, ¿sigues lamentándote cada noche por tu soledad, como hacías siglos atrás, mientras me prometías la vida eterna a cambio de que no te abandonase?

Aaron jadea. El insulto de Samuel es tan personal e íntimo, siente que el vampiro ha arrancado del otro su corazón y lo ha expuesto para los demás en bandeja de plata y, sin embargo, Ivthan no actúa dolido u ofendido.

Solo ríe y pareciera que está conteniendo las ganas de aplaudir por lo genuinamente entretenido que se siente.

—¿Por qué tan hostil, mi pequeño Sami? ¿He tocado una fibra sensible? ¿He dicho una verdad dolorosa? Puedes mencionar todas mis vergüenzas del pasado todo lo que gustes, cariño, porque entonces no era más que un neófito confundido y bobo y ahora… mírame, ahora soy un jodido dios. Ese pequeño Ivthan del pasado está muerto, no es de mí de quien hablas cuando lo mencionas, porque yo no vivo en el pasado, no soy la misma criatura débil que cuando fui creado, el tiempo me ha endurecido. Tú, sin embargo, estás tan nervioso cada vez que menciono lo inusual que es tu relación con tu pedacito de carne… y eso que aún ni siquiera he dicho nada sobre cómo se parece a cierta presa… Tiene los mismos ojos que ese chico… Solo que a ese sí fuiste suficientemente frío para matarlo y con este… Te has ablandado.

Ivthan se lame los labios mientras habla, como si pudiese sentir ya sobre ellos, sobre la punta carmesí de su lengua, el sabor de la humillación y la derrota de Samuel, más dulce aún que la sangre. Aaron teme lo que vaya a suceder cuando todo esto acabe, cuando Samuel llegue a casa, la cual está recién reparada porque la destrozó con sus propias manos la última vez que volvió de hacer una visita a su creador, y esta vez lo que tenga más cerca para romper no sea la puerta o las paredes, que son robustas y aguantan con entereza los golpes, sino a Aaron.

La sonrisa en los labios del vampiro pelinegro es confianzuda, sí, pero también desquiciada. Tan grande y afilada, los colmillos han crecido, hambrientos, ansiosos.

A Aaron se le hiela la sangre: <<¿Qué clase de monstruo del infierno podría salivar por Samuel como si él fuese una presa?>>.

—Oh, te encantaría que eso fuese verdad, que me hubiese ablandado para que estuvieses toda la eternidad restregándomelo, aprovechándote de ello para vengarte porque te tomé un poco el pelo hace unos siglos. Pero, lo siento, simplemente no es así, Ivthan. No he matado a mi mascota humana, no, y tampoco lo he usado duramente, es cierto. Pero el motivo es más decepcionante de lo que esperas, puro pragmatismo. Se trata solo de que ahora sé conservar mejor mis juguetes para divertirme durante un largo rato. 

Samuel habla con tranquilidad, pero Aaron puede sentir sus dedos clavándosele, sus puños apretados hasta que las venas y los tendones descollan tanto como los anillos dorados que cubren sus dedos. Tiene una sonrisa arrogante en su boca y la mandíbula apretada.

Ivthan toma esas palabras de Samuel con una mirada recelosa, las analiza en silencio y luego, sin embargo, su rostro parece suavizarse y una sonrisa amable se forma en sus labios.

De pronto, su expresión lo cambia todo: los vampiros alrededor parecen aliviados, como si una mano invisible hubiese estado ahogándolos y ahora, de golpe, su aplacadora presencia desapareciese para dejarlos tomar aire por fin.

Samuel se reclina hacia el sofá, más relajado ahora.

—Ya veo —dice el pelinegro, asintiendo profundamente.

—Tanta palabrería me ha secado la boca. ¿Alguien más tiene sed? —pregunta Samuel de pronto, su tono es sedoso, seductor. La piel de Aaron se eriza y en su interior algo revolotea extrañamente, como si tratase de advertirle de algo. Aaron se queja un poco y friega su cabecita contra el pecho del vampiro, como buscando cobijo. Otros vampiros asienten. De pronto, Samuel se voltea hacia un trabajador que ha entrado en la sala y dice: —Trae varias copas de sangre y otra botella de vodka para el mortal.

Aaron abre los ojos, alarmado, al oír eso. La mitad de la botella está derramada sobre su camisa húmeda, ahora hecha un guiñapo en el suelo, pero ha bebido gran parte del alcohol que su amo le ha dado. Demasiado

Sabe que beber no es bueno en general y beber en exceso menos aún. Además, se siente tan raro, no cree poder soportar que la habitación gire más o que las voces se fundan más o que su pancita se sienta como llena de lava o que…

 <<Que me cueste pensar y hablar y sobre todo pensar en lo que digo. ¿Y si enfado a Samuel? No quiero enfadarlo, no quiero enfadarle, amo, no quiero enfadarle, no quiero castigos, no me odie, por favor, ¿No estoy siendo un buen chico? ¿No me estoy ganando halagos y caricias? Estoy haciéndolo mal, mal, mal tan mal ¿Es culpa del alcohol? No quiero beber más, no quiero ser torpe y malo e inútil y tonto y mareado y…>>

—A-amo, no… me siento muy mareado —susurra el chico encaramándose a su amo, moviéndose deleitosamente en su regazo para voltearse y encarar a su amo con sus piernas delgadas y temblorosas abiertas sobre el regazo del gran hombre y su carita llorosa y sonrojada por el alcohol cayendo en el hueco entre el hombro y el cuello de su amo, fregando ahí su carita mientras le susurra esas palabras con torpeza.

Samuel está tan sorprendido porque el chico cambie de posición él solo para ponerse en una que tanta vergüenza le había causado en el pasado que apenas oye sus palabras. Lo toma por la cintura y lo acerca a sí con fuerza, sintiendo el pecho cálido contra el suyo, la piel erizada y desnuda rozándolo como una caricia, los latidos como de colibrí retumbando contra su estoica figura. Aaron se aferra a su camisa con sus puños y apoya su cabeza en el hombro de Samuel, sus suaves cabellos desordenados rozándolo de forma tan tentadora, su aliento cálido y ebrio contra su cuello, sus labios tan cerca de su piel fría y muerta, pero, Samuel descubre, todavía necesitada de candor. Su voz tan bajita y temerosa, como la de quien cuenta un secreto.

Entonces entiende sus palabras. Y Ivthan también lo hace, pues lo mira con los ojos abiertos, el ceño fruncido y la boca entreabierta de la sorpresa.

—¿Te acaba… de decir que no? 

Samuel maldice por dentro. Quizá antes había logrado una pequeña tregua, convenciendo quizá no a su creador, pero sí al resto de presentes de que no estaba siendo blando y permisivo con su humano, de que no es uno de esos patéticos vampiros con alma humana.

Ahora, una simple palabra de Aaron ha sido suficiente para sembrar la duda en todos. Incluso en Samuel.

<<Se rebela contra mí incluso delante de quienes incluso yo respeto. ¿Y si Ivthan tiene razón, por una vez en su asquerosa vida? ¿Y si estoy dejando que una mancha de mi pasado me corrompa, me pudra y extienda su vil influencia en mí? Estoy dándole demasiada libertad al humano, demasiada compasión, demasiada paciencia.

Estoy dándole demasiado poder y perdiéndolo yo. Es hora de volver a inclinar la balanza>>

—Oh, pronto va a arrepentirse mucho de eso —Samuel se voltea hacia el hombre que iba a traerle su comanda y agrega:—. Las copas… tráelas vacías.

Todos fruncen un poco el ceño, extrañados, pero el macabro tono de Samuel parece chivarles que pronto entenderán el porqué de sus palabras.

Aaron solloza en su hombro. Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a arruinarlo todo.

El vampiro lo toma por el cabello con violencia, tirando de su cabeza hacia atrás hasta que tiene una clara vista de su rostro angustiado y soñoliento.

Samuel abofetea al chico. Fuerte.

Las orejas de Aaron pitan y el mundo, si antes giraba, ahora vira sin control como una peonza hasta que no es capaz siquiera de distinguir un solo rostro o incluso una sola forma geométrica. Todo es una amalgama de colores que se funden, de dolor que palpita por su cuerpo y lágrimas que corren por sus mejillas.

—Llorarás cuando yo te diga. Deja de lamentarte, tu castigo ni siquiera ha empezado.

Aaron necesita otro bofetón más, en la misma mejilla, para poder centrarse en las palabras de Samuel y realmente poder entenderlas. Cuando lo hace, se muerde muy duro el labio y se clava las uñas en las palmas de las manos hasta que el dolor en su piel lo distrae del que tiene incrustado en su pecho. Sangra un poco, pero es un pequeño precio a pagar por dejar de llorar y ser, por fin, obediente.

Los golpes han desorientado tanto a Aaron que Samuel debe sostenerlo por el cabello ahora para que no caiga, así que así lo hace hasta que el camarero vuelve, deja una botella de vodka al lado de Samuel y reparte, para cada invitado, una copa de cristal vacía.

Todos sostienen su copa y los cálices vacíos lucen hambrientos, pero no más que los que los sostienen.

Todos miran a Samuel, que sonríe con colmillos y resplandecientes ojos rojos, en ellos solo hay deseo e ira entremezclándose peligrosamente. Con una mano sostiene la cabeza de Aaron para mantenerlo quieto y dócil, con la otra sostiene su copa.

Se lleva al humano a los labios, su cabeza ladeada, sus mejillas empapadas en lágrimas, su cabello en un puño tan apretado y fuerte que se marcan las venas. Su cuellito delgado sintiendo el aliento frío de su depredador, justo sobre la zona donde no tiene la mordida, sino piel inmaculada y perfecta.

Samuel roza con sus labios la piel del chico y este se estremece, pero es forzado a seguir ofreciéndose, a no moverse ni un pelo si no quiere que el otro lo maneje con una violencia dolorosa. Samuel niega con la cabeza y, al hacerlo, su boca barre suavemente contra la piel virgen del chico.

—Diciéndome que no delante de otros vampiros… —susurra Samuel, tan bajo que los demás vampiros no deben siquiera oír un bisbiseo, pero la voz sigue siendo poderosa, intimidante. Tanto que Aaron, por un momento, está convencido de que Samuel habla desde dentro de su cabeza. Solloza sintiendo la decepción en las palabras de su amo— Humano, te acabas de ganar tu segunda marca. 

Los ojos de Aaron se abren enormemente. Luego lo hace su boca, sus labios partiéndose en dos para dejar ir un desgarrador grito que llena la estancia de dulce agonía.

Samuel ha mordido a Aaron sin escrúpulos, sin miramientos. Sin piedad: sus colmillos hundidos hasta la empuñadura, sus mandíbulas apretando más y más como si buscase arrancar la carne desgarrada cual trofeo, robarle a Aaron un pedazo más de sí y lanzarlo a los demás lobos hambrientos a su alrededor para que cada uno dé una dentellada y pruebe la exquisitez de un cuerpo conquistado, robado, dominado hasta ser reducido a mera carne para degustar.

Incluso los dientes que no están afilados han roto la piel de Aaron por la terrible rabia con que su amo lo muerde, dejando así una sanguinaria marca que hace a la otra palidecer en comparación. Aaron se queda quieto de golpe y ya no puede más que hacer pequeños sollozos, pues el dolor que lo atraviesa es tal que lo siente como una aguja que lo clava en el lugar, una espada que lo aprisiona en el suelo, convirtiéndose en su lápida antes siquiera de que el chico haya intentado luchar por sobrevivir.

Cree que morirá de dolor. Y, si no lo hace, sabe que morirá de humillación. Samuel lo está mordiendo tan cruelmente y lo está haciendo delante de otros, de desconocidos, de vampiros que lo único que saben de Aaron es que es divertido verlo llorar, que solo lo han conocido patéticamente desnudo, con su alma en carne viva expuesta ante los demás para que vean cómo de entretenido es cuando está en su momento más bajo.

Quiere abrazar a Samuel, buscar refugio en él, que le cubra con grandes alas como un diablo que lo atormenta, pero que al menos quiere quedarse su tormento para él y solo para él, como si ser su víctima fuese algo especial, algo que quiere incluso si su amor tiene espinas y garras y colmillos, en vez de ser solamente un entretenimiento tan banal y sustituible que poco le importa si los demás ponen sus ojos en él. <<O sus manos>>

Samuel se arranca del cuello de su presa con un gruñido. Quiere devorar a Aaron entero delante de todos, mostrarles que es tan suyo que puede consumirlo sin colmar una sola gota en sus copas tristes y vacías. Pero no es eso lo que planea, lo que debe hacer para reparar la situación. Así que toma su copa y la coloca bajo la herida que mana sangre todavía, chorros carmesí manchando el antes inmaculado cristal, llenando el cáliz de oscuridad. 

—Servíos. 

La voz de Samuel suena inhumana ahora. Ronca y oscura, la voz de las sombras, de la noche misma. La voz de una criatura que ha trascendido su humanidad, o bien para ser algo más o algo peor.

Aaron niega y llora desesperado cuando los vampiros acuden a él como un enjambre hambriento y lo toman del cabello, del cuello, de los hombros… tantas manos desconocidas y desconsideradas tirando de él con violencia para acercarlo a su copa y hacerle derramar sobre ella su sangre y su dolor.

Aaron está más mareado que antes, más confundido. Siente que lleva horas sangrando, entregándose a aquellos que no son su amo mientras este mira impasible, diciéndole con la mirada que no es nada para él, ni siquiera una posesión tan valiosa como para no querer repartirla. 

Siente que no queda ya nada más en su cuerpo, nada excepto lágrimas.

Así que se las entrega a Samuel: un último sacrificio a cambio de su compasión, pues Aaron la necesita tanto como Samuel desea su dolor. ¿Acaso no es un trato justo?

Pero aunque rompe a llorar desesperado y triste y borracho de dolor y alcohol, Samuel no le dedica ni una palabra amable, no le acaricia siquiera. 

Solo aprieta los puños con fuerza a los lados de su cuerpo. Porque sabe exactamente qué quiere Aaron y, por alguna razón, esos ojos azules anegados en lágrimas parecen hechizarlo, obligarlo con una magia tan suave y sutil que Samuel pensaría que la idea de consolar al chico ha estado dentro de él siempre y que no es una especie de enfermedad que el otro le ha inoculado con su maldita mirada.

Pero no, no puede ser. Esa compasión no le pertenece y, si no la alimenta, pronto morirá. Así que aprieta sus puños y sus mandíbulas y no hace nada, nada más que sonreír mientras ve a los demás emborrachándose con la sangre de Aaron. 

Por cada gota que los demás beben, Samuel tiene que sosegarse imaginando que mata a todos y cada uno de los presentes. Que los degolla y los trocea, que luego devora su carne, sus huesos y bebe sus sangres inmortales para recuperar así hasta la más mínima gota de Aaron que pueda haber entrado en sus sistemas, como si ellos tuviesen alguna especie de derecho a probarlo.

<<Los mataría a todos y cada uno de ellos, empezando por…>>

—Ivthan, ¿no bebes? —Samuel siente esas palabras como veneno subiéndole por el esófago, arrastrándose amago por su lengua y quemándole los labios. Pero debe decirlas, debe asegurarse de que nadie sospecha que hay debilidad en él, mucho menos su creador.

Y mucho menos si su debilidad es algo tan patético como un humano de bonitos ojos azules.

—Prefiero la sangre directa de la fuente, si no, se enfría.

Samuel sabe lo que Ivthan está haciendo y lo sabría incluso si no le hubiese visto beber de copas de sangre templada mil veces antes. Pero no puede echarse atrás ahora, reconocer que Aaron es algo más que un juguete reemplazable <<porque no lo es>>.

Además, el humano merece un castigo y uno severo. Morderlo y repartir su sangre en copas de vino no es siquiera una represalia, muchos vampiros lo hacen como simple gesto de generosidad hacia sus coetáneos, haya o no desobedecido su humano antes. Sin embargo, dejar que otro vampiro ponga sus labios sobre la herida fresca de un humano vulnerable… eso es un castigo, sobre todo para alguien tan temeroso como Aaron, que se aferra a la ropa de Samuel como un niñito asustado cuando los demás hacen tan poca cosa como mirarlo unos segundos con lascivia.

Samuel se levanta de pronto y todos lo miran preocupados, pensando que quizá la petición de Ivthan lo ha ofendido lo suficiente como para hacerlo marcharse, pero todos jadean al unísono por la sorpresa cuando Samuel arranca al chico torpe y borracho que se aferra a él llorando y lo lanza sobre Ivthan como dándole un juguete del que ya se ha hartado.

Aaron intenta alzar su cabeza y mira alrededor con miedo y se pregunta por qué Samuel parece estar tan lejos cuando él puede sentir sus manos bruscas sobre su cintura, su regazo amplio y duro bajo sus piernas. Hasta que mira al frente y entonces nota que esas manos son más grandes que las de Samuel, más violentas con él y que los ojos rojos que lo observan con hambre son los de Ivthan, no los de su amo.

Aaron chilla horrorizado y trata de resistirse, pero el vampiro no tiene problema alguno aguantándole las muñecas con una sola de sus manos y con la otra ahogándolo tan duro que Aaron pierde el conocimiento un par de segundos. Cuando despierta, su cuerpo tiembla y se sacude, ya no suyo, ni de Samuel, solo presa del pánico y la sumisión que el otro causa en él, y le cuesta respirar. Siente un dolor punzante, como un mordisco en su cuello, pero entonces comprende que, mientras lo ahoga, Ivthan está clavando dos de sus garras en la herida abierta, tornándola más profunda, asegurándose de que la sangre que se lleva a los labios es fresca y de cosecha propia.

—Me gusta ser un poco brusco, dejar alguna marca, romper algún hueso. ¿No te molesta, verdad? Mientras no te lo rompa de veras… —La voz de Ivthan suena divertida y, a diferencia de Samuel, a ese vampiro parece encantarle que Aaron le mire a los ojos, pues así puede contemplar en primera fila el terror que causa, el dolor que le inflige y la profunda desesperación en la que esos ojitos llenos de inocencia se hunden.

Aaron se voltea hacia Samuel y, con sus labios moviéndose, pero sin hacer ningún ruido, le suplica: <<Amo, amo… amo, por favor, sálveme, seré bueno>>. Samuel lee sus labios y puede sentir su corazón rompiéndose en su pecho. <<Ignóralo>> se dice, y su rostro se mantiene serio y frío mientras dice:

—Haz lo que plazcas.


 

CAPÍTULO 35

Aaron nunca pensó que pudiese desear la boca de su amo contra su cuello y sus colmillos desgarrándole la carne. Pero lo desea ahora. 

Incluso si Ivthan no le ha mordido y solo está chupando su sangre con avidez, el miedo y el desasosiego que siente ahora son peores que cualquier dolor al que Samuel le pueda someter porque al menos el terror y la agonía de un mordisco son de Samuel. De Samuel. De su amo, que a veces es cruel e imprevisible y lo golpea hasta romperlo en pedacitos, pero luego siempre lo cura y a veces le habla bonito y le toca con una gentileza que Aaron recuerda solo en manos humanas.

Sabe que Samuel es humano incluso si es solo un poco, incluso si esa llamita candorosa se extingue con el pasar de las noches. Pero no sabe qué son esos otros monstruos que lo rodean y beben de él en copas manchadas de carmesí. Lo único que sabe es que el hombre que está dejándolo ahora tan débil que su vista se pone poco a poco negra, es un monstruo. Un completo monstruo.

Lo siente en la forma en que le toca, en que lo mueve y en que sorbe su sangre. Hay maldad, pegajosa, oscura y sucia en cada uno de sus gestos, corrompe todo lo que toca. Ivthan ha decidido echarle la cabeza tan hacia atrás a Aaron mientras bebe su sangre que el chico puede ver a Samuel sentado al otro lado del círculo, observando mientras está cómodamente sentado en su silla y da pequeños sorbos a su copa llena de Aaron.

El humano sabe que Ivthan lo ha hecho a posta. Que quería que se mirasen mientras él hacía eso y hasta piensa que el vampiro obtiene más retorcido placer, no de su sangre, sino del hecho de beberla mientras el chico busca refugio en el único ser que conoce ahí y halla nada más que distancia y frialdad.

Además, bebe su sangre tan despacio que Aaron pierde la noción del tiempo. ¿Es posible drenar un cuerpo por horas y horas y horas sin que muera? Quizá, piensa, ya ha muerto y ahora está atrapado en los agónicos instantes en que el alma escapa de su cuerpo, solo que la suya no puede, pues Samuel ha enterrado tan profundo sus dientes en él que su alma está clavada en su carne y ahí se quedará siempre, mientras se pudre y mientras deja de existir.

Ivthan libera el cuello de Aaron solo cuando sabe que, de seguir, podría matar al chico y ganarse aún más la animosidad de su creación vampírica. Samuel ha estado realmente tranquilo mientras bebía de su preciado tesoro humano, así que Ivthan está realmente sorprendido porque no se haya desesperado ni cuando el humano empezó a cerrar los ojitos del agotamiento o cuando sus brazos han empezado a caer inertes a los lados de su cuerpo.

Prueba una cosa más: cuando ha acabado con Aaron y puesto que ya no lo quiere para nada más, lo empuja al suelo tan fuerte que el chico se tambalea y se tropieza y tira varias copas al suelo. 

Aaron aterriza sobre los cristales rotos de estas, rasguñándose las manos y las rodillas y cuando sus bracitos no dan más de sí, cae de cara y su mejilla, antes empapada en lágrimas, ahora está también empapada en sangre.

Aaron llora desesperado, sin entender qué ha hecho mal, sin saber si ese será su fin o no. Samuel no está siquiera matándolo, está dejando que otros lo maten y Aaron quiere pedir que, por favor, por favor, sea él quien le arrebate la vida, pues de sus manos y sus labios conoce la violencia, pero también la ternura.

Su amo es su infierno, pero también su único refugio, lo más cercano que tiene a uno, así que gatea, se tropieza y se arrastra hacia el hombre que está sentado, mirándolo con ojos duros y los puños tan cerrados que sus nudillos están blancos.

—Amo… amo… —le llama con la voz rota y los labios llenos de la sangre que le corre por el rostro. Apenas puede pronunciar bien, el alcohol haciéndolo torpe e imperfecto y el chico sintiéndose tan culpable que casi quiere rogar por un castigo y prometer ser tan bueno tomándolo… solo con una condición: que se lo dé Samuel. Que no vuelva a permitir que nunca nadie más le dañe.

Que le haga lo que quiera, siempre que sea él. No le importa ser un juguete, ha decidido, pero quiere ser de alguien: quiere pertenecer, ser protegido, quiere poder acurrucarse en sus brazos y que, aunque algún día esa fuerza lo vaya a destruir, por ahora le brinde protección.

Necesita sentirse seguro, incluso si va a dar su vida a cambio.

—Amo…

Pero su amo no le responde y en sus oídos estallan las risas y vitoreos de todos los vampiros que están ominosamente entretenidos por su patético intento de huir del infierno al que pertenece.

Algunos lanzan sus copas vacías al suelo para que cada pasito que dé el chico esté lleno de más y más cristales que le destrozan la piel y la ropa y lo dejan hecho un desastre de sangre y lágrimas.

Samuel solo observa. Silencioso. Impasible.

<<No le ayudes. No te levantes. No te compadezcas. No seas débil>> se dice, pero su voz interior apenas es un murmullo comparado con el <<Basta. Dejadle en paz. No toquéis a mi humano. No toquéis a mi Aaron>> que reverbera en su garganta, un rugido que no podrá amordazar mucho rato más. 

Una imperiosa orden que quizá habría gritado hasta congelar de miedo a todos los presentes de no ser porque Aaron habla primero:

—Amo… amo… por favor, ¿qué estoy haciendo mal? ¿Por qué me trata así? Por favor, solo quiero que sea todo como cuando e-es humano ¿Qué tengo que hacer? Quiero que sea como cuando me habla bonito y me acaricia y me consuela, como cuando charlamos y me hace mimos y se siente bien y me siento querido y… y… y…

Aaron nunca llega a acabar la frase. Samuel se levanta, su rostro rojo de ira y en sus ojos ni una pizca de la humanidad que amenazaba con aflorar hace unos segundos. Esa parte de él, débil, suave, compasiva, a la que tenía que retener con cadenas y mordazas y aun así se resistía por poseerlo, ahora se ha esfumado y no se la puede encontrar por ningún lado, porque lo único que hay dentro de Samuel Hass es rabia.

Rabia, porque Aaron le ha desobedecido, porque le ha humillado, pero sobre todo porque le ha traicionado.

Ha confiado en él lo suficiente como para regalarle pequeños atisbos de su debilidad, de una faceta de él que le avergüenza y que creyó muerta y enterrada, pero que sus miradas han revivido. Y ahora el chico, ¿qué decide hacer con ese secreto, esa delicada dádiva? Exponerlo ante los ojos de los demás, desnudar el corazón de Samuel y dejar que todos se burlen de cómo aún late y lo destripen con sus afiladas, hambrientas sonrisas.

<<Ha sido un error>> Samuel se dice a sí mismo. <<Todos esos sentimientos, esa compasión, ese afecto… todos ellos, un terrible error. Y voy a enmendarlo>>.

Samuel da un fuerte pisotón y todos se callan de golpe, sintiendo el impacto hacer temblar las paredes. Bajo su lustroso zapato, la cara de Aaron se hunde en el suelo y los mil pedacitos de cristal crujen mientras se parten contra la piel del chico, dentro de ella.

Todo el mundo está en silencio, expectante, pero Samuel lo ha oído: los bisbiseos, las risas, las exclamaciones de sorpresa y deleite cuando Aaron ha hablado de él como si fuese humano. Todos los presentes saben ahora el vergonzoso secreto de Samuel y se regodean en la idea de ser mejores que él, más inhumanos, más puros.

Samuel sabe que el secreto pronto lo será a voces, que se extenderá como la pólvora y, a partir de ahora, allí donde vaya recibirá miradas extrañas y sonrisas contenidas.

Y todo por culpa de Aaron.

El vampiro levanta el zapato de la cabeza del chico y este la alza a duras penas, sus labios llenos de sangre y brillantes cristales incrustados en ellos como piedras preciosas, uno de sus ojos cerrado, llorando sangre y el chico entrando en pánico cuando se da cuenta de que le duele demasiado abrirlo y de que, cuando lo hace un poquito, ve todo negro.

Por su cabeza corre un reguero grueso de sangre que le empapa el pelo. Debe haberle abierto una brecha cuando lo ha pisado y Samuel sabe que el chico podría morir fácilmente por ello.

<<No me importa>>

—Tenías razón —dice con voz monótona y seria, mirando a Ivthan—, se parece a él: pero solo porque ambos van a morir en mis manos.

Tan pronto Aaron escucha su sentencia, un latigazo de puro pánico lo hace tensarse. Cada fibra de su cuerpo dura y rígida y lista para chasquear. La adrenalina lo inunda, sustituyendo al alcohol en sus venas, llenando el vacío de toda la sangre que le ha sido arrebatada y entonces su cerebro se inunda también de adrenalina y esta transporta un solo, sencillo pensamiento: corre.


 

CAPÍTULO 36

Aaron sabe que no tiene ni la más mínima posibilidad de escapar, pero a su instinto de supervivencia no le importa nada más que mantenerse un segundo más en esa tierra, habitándola, conquistándola. Cada bocanada de aire es una victoria, incluso si se siente amarga como la derrota.

Incluso si Aaron sale de esa sala tambaleándose y cayéndose sobre sus heridas llenas de pedacitos de cristal una y otra vez y los demás vampiros lo zarandean y lo empujan una y otra vez porque les estorba hasta que termina en el suelo, arrastrándose y dejando tras de sí un patético rastro de sangre y lágrimas.

Sabe que quizá lo mejor sería quedarse quieto, rendirse y pedir por una muerte rápida, pero aunque perdió las esperanzas en el momento en que Samuel lo marcó como suyo para siempre, hoy es algo más poderoso que lo mueve, más primitivo, instintivo: la pura desesperación.

El chico jadea y gruñe por el esfuerzo, se mueve como puede, revolcándose por el suelo y andando a cuatro patas cuando no puede más. Escapa como un animal aterrado y confundido y es que ahora no es más que eso: una pobre criatura que no recuerda ni su nombre, pero reconoce la muerte acercándose y siente un miedo tan poderoso que le da fuerzas para seguir incluso cuando debería desplomarse.

Por fin, Aaron llega a lo que parece ser la apertura en la verja que le permite salir de esa propiedad hacia la desértica calle del núcleo de la ciudad, pero una vez ahí cae al suelo y se hace un ovillo, consciente de que no tiene siquiera a dónde ir.

Escucha un grito cerca suyo y luego pasos acelerados y se dice que ese es el fin, hasta que nota una mano pequeña alzarle el rostro con tal delicadeza que su piel no reconoce la sensación al inicio, como si hubiese olvidado que la dulzura es posible.

—¿Aaron? —pregunta Charlotte y a su lado está Jason mirándolo con el rostro tan lleno de preocupación que parece otro.

No luce como un diablillo travieso ahora, sino solo como un joven asustado.

—Mierda, ¿qué ha pasado? —pregunta, recuperando la compostura.

Ambos empiezan a quitarle con tanta precisión como pueden los cristales que Aaron tiene clavados profundamente en todos sus cortes y heridas; el chico se queda muy quieto y no se queja. Pronto su cuerpo se relaja y nota lo agotado que está, tanto que por primera vez en semanas la idea de dormirse en el suelo de nuevo no le parece deprimente, sino tentadora.

Sus ojitos empiezan a cerrarse, hasta que escucha unos pasos que jamás podría confundir con otros.

Jason se levanta.

—¿Qué mierda ha pasado? —pide el pelirrojo y su tono está lleno de reproche y exigencia— ¡¿Qué le has hecho?!

Un estruendo metálico sobresalta al humano, pero apenas tiene fuerzas para girar la cabeza. Siente vibraciones en la verja metálica sobre la que está apoyado. Samuel ha tomado a Jason por el cuello y lo empuja con dureza contra los barrotes. Su mano no tiembla y su mirada llena de fuego hace a Jason sentirse un pobre muchacho humano de nuevo, tanto que mira a Samuel con súplica, tal y como las presas hacen.

Charlotte se acerca, asustada, pero no dice nada por ahora. No quiere cabrear más a Samuel, hacer que lo sea, que está logrando que se contenga, se rompa y dé rienda suelta a sus deseos más oscuros.

—Tú no me dices qué hacer con mi presa, no cuando la única razón por la que eres mi creación y no mi víctima es porque decidí compadecerme de ti en un momento de flaqueza. Ahora, Jason, vas a largarte y a no volver a hacerme querer quitarte tu inmortalidad, ¿de acuerdo?

Jason asiente sin un solo sonido. La mano alrededor de su cuello lo aprieta tan fuerte que ha cerrado por completo su garganta y puede sentir los huesos resquebrajándose paulatinamente mientras Samuel aumenta la presión.

De pronto, el vampiro lo deja libre y Charlotte corre a su auxilio, tomándolo del brazo.

—Samu, ¿qué te pasa? —pregunta ella con una voz rota y llena de pánico, incapaz de reconocer a la criatura cruel que la mira ahora con más frialdad que cuando ella era humana y le ofreció su vida en bandeja de plata a cambio de que salvase a su hermano—. No eres así…

Así es exactamente como soy. Ahora, fuera de mi vista.

Los dos neófitos obedecen y lo hacen tan rápido que Aaron no alcanza a escuchar sus pasos. Solo descubre que ha sido dejado a solas con su amo cuando este lo levanta de golpe y lo lanza al suelo con violencia, haciendo que todos los cristalitos manchados de sangre que los dos jóvenes vampiros le habían extraído de sus heridas vuelvan a clavarse en su sitio.

—Levanta. —le ordena con voz irritada, pero tranquila. 

Aaron lo intenta, pero no le quedan ya fuerzas en su cuerpo. Cada vez que trata de ponerse en pie o de simplemente levantar un poco su cuerpo del asfalto contra el que ha sido lanzado, siente que la vida lo patea de nuevo, que una gran, pesada bota marca su espalda y lo mantiene abajo, arrastrándose como un insecto. 

Sus brazos y piernas tiemblan y se tambalean como si bajo la piel hubiese débiles alarmes, en vez de hueso, y por cada intento fallido es castigado con latigazo tras latigazo de dolor. Ya no se sabe ni de dónde viene: del mordisco de su cuello, de las laceraciones en sus manos, los cortes en su pecho y espalda, de las magulladuras que empiezan a formarse ahí donde sus huesos descollan y fácilmente impactan contra el duro suelo cada vez que es lanzado de aquí para allá como un muñequito para romper.

—¡Levanta!

La voz de Samuel es como un rayo: la forma en que atraviesa a Aaron, en que lo paraliza y siente descargas de puro peligro recorriendo su cuerpo.

Esta vez Samuel no tiene paciencia, alza al chico rodeándole el antebrazo con una mano y tirando con brusquedad. No es hasta que lo escucha chillar aguda y lastimeramente que se da cuenta de que su puño está tan apretado alrededor de su débil antebrazo que posiblemente ha roto algo.

No es lo que pretendía, pero tampoco le importa. No va a ser cuidadoso con un humano desobediente, ya no.

—¿Crees que puedes desobedecerme así delante de mi propia raza? ¿Crees que puedes humillarme y salir impune? ¿Crees que puedes huir? —Samuel suelta el brazo del chico y este sabe que no tiene permitido caer al suelo de nuevo, no si no quiere otro hueso roto. Aun así, el vampiro le hace pregunta tras pregunta mientras avanza hacia él y lo obliga a recular a golpes. 

Lo empuja con fuerza con la primera pregunta, le araña dolorosamente el pecho con la segunda hasta que la sangre le salpica el rostro y, con la tercera, hace que sus enormes nudillos dejen la mejilla del chico inmediatamente morada e hinchada. Aaron se tambalea y tiembla tanto que Samuel se siente un poco impresionado por que siga en pie y, entonces, decide ayudarle a mantenerse lejos del suelo: sus enormes dedos se envuelven alrededor del rojo y sangrante cuellito de Aaron.

El chico intenta quejarse, pero el agarre de su amo es implacable e inclemente y corta el paso del aire al instante. La fuerza que aplica es tal que debe moderarse para no matar al chico ahí y ahora, incluso si esa idea le resulta demasiado tentadora. Por ahora se conforma con ver cómo su carita se pone roja y el único ojo que tiene abierto se anega de lágrimas.

Sabe que cuando retire la mano del cuello del chico, habrá dejado en su piel grabados los contornos de sus dedos y los pequeños detalles de los anillos que en ellos lleva. Siente la sangre caliente chorreando por sus dedos.

—Cuando te hice mío supe que serías inútil, una mera cara bonita para decorar mi lujosa casa y para partir cuando sintiese que me apetecía arruinar algo bello con el color de la sangre, pero… no sabía que también serías tan profundamente estúpido. ¿De verdad has pensado que tenías la más mínima oportunidad de escapar de mí? Seré lo último que veas antes de morir, humano, seré la única cosa en la que puedas pensar mientras me aseguro de que tu último aliento es un grito de dolor. ¿Y de verdad has suplicado porque te volviese a acariciar o hablar amablemente? ¿De verdad has pensado que esas cosas eran reales? ¿Que podría sentir algo por ti, más que hambre y desprecio? ¿Qué te aprecio de algún modo?

Samuel rompe su tono ronco y su expresión dura, ambos se quiebran cuando deja salir una pequeña risa y Aaron, que pensaba que el visaje enfadado de su amo era lo más aterrador que había visto nunca, descubre que hay algo peor: esos ojos enloquecidos y esa boca afilada y venenosa curvándose en una sonrisa que le promete un futuro devastador.

El hombre le habla ahora al oído a Aaron, no agachándose hasta llegar a la altura de este, sino alzando su mano y haciendo que los pies del chico dejen de tocar al suelo con tal de poner sus labios en el suave lóbulo del humano, acariciarlo un instante, mientras lo oye hacer ruiditos desesperados porque está quedándose sin aire:

—Ni siquiera me acuerdo de tu nombre, bolsa de sangre. No eres más que un pedazo de carne para mí. No eres nadie, no eres nada. Y todo lo que te ha parecido tan especial ha sido solo un divertimento para mí: es entretenido ver cómo una criatura puede estar tan desesperada y ser tan patética como para creerse que realmente alguien querría prestarle esa clase de atención. Solo te he mantenido con vida por tu cuerpo y tu sangre, el resto de tu ser… es inútil, insulso, aburrido, quizá estaría mejor muerto, ¿no crees?

 Samuel ama la forma en que, después de decirle eso al humano, puede escuchar su corazón latir una sola vez con una fuerza inesperada, un latido que le retumba a ras de piel, como si realmente su pobre corazón se hubiese roto.

Afloja un poco la presión en su agarre, permitiéndole al pobre humano, que tiene ya su ojo bueno en blanco y la boca entreabierta, escurriendo saliva y sangre, una pequeña bocanada de aire. El chico tiene un espasmo y luego otro, sus piernas inertes se sacuden patéticamente y su ojo abierto rueda de vuelta en la cuenca. Se clava en el suelo al instante tras mirar sin querer la cara de su amo y con la voz débil y ahogada suplica:

—P-por favor, amo, no me mate…

Una risa estruendosa atraviesa el aire y el vampiro avienta a su presa al suelo, donde el chico tose, jadea y respira tomando enormes bocanadas de aire que le duelen, como agua gélida en sus pulmones, pero que no puede evitar respirar con codicia.

Mientras está en el suelo, Samuel se acerca, tuerce su cabeza y dice:

—¿Matarte? No voy a ser tan piadoso, humano, primero voy a torturarte hasta que desees estar muerto. Luego, cuando me aburra de que me supliques que por fin le ponga fin a tu dolor, te cortaré la lengua para no tener que escuchar más tus palabras inútiles, seguiré divirtiéndome con tu cuerpo mutilado y, cuando tus aullidos y lloros de dolor vuelvan a aburrirme, te daré la muerte más lenta que pueda ocurrírseme. Y te voy a hacer mirarme a los ojos mientras tu corazón se para, quiero ver el puto brillo en ellos apagarse. Estoy deseando verte morir y que yo sea la última cosa que tú veas antes de hacerlo, joder. ¡Empecemos!

Samuel no suena ya enfadado, tampoco divertido como antes. Es algo distinto, una emoción inhumana, sobrehumana: suena ansioso de una forma tan natural, tan primitiva, sus palabras, su voz… Todo reverbera con una frecuencia que hace temblar a Aaron hasta el punto de que siente sus huesos virar al son de esa melodía, el pánico calándole hasta el tuétano.

No parece que Samuel esté siquiera hablando, solo rugiendo, aullando como un animal cuyo deseo y cuya ansia de carne y sangre y sobre todo sufrimiento está más allá del propio lenguaje. Un hambre tan antigua que solo se habla en el idioma de la carne tierna desgarrándose y de las cosas débiles chillando y ahogándose en su propia sangre al hacerlo. Su voz no es la de un hombre, sino la de la locura hecha bestia, un ser sin cuerpo, solo una maraña de instintos y afilados dientes.

Algo en ese tono despierta en Aaron el mismo instinto que antes y le da un último arrebato de fuerzas y de valentía: el chico se levanta del suelo y echa a correr.

Por un momento solo existen dos cosas: la sensación de su corazón latiéndole duro y rápido en el pecho, golpeándolo como un tambor, y la terrible certeza de que el fin está detrás suyo, pisándole los talones.

Detenerse no es una opción. Eso es todo lo que sabe.

Lo demás (el dolor, la desesperación, las ganas de rendirse, la debilidad, el mareo de la borrachera, la manera pulsátil en su brazo parece alertarle de que necesita hacer algo con el hueso roto, el miedo a jamás poder ver de nuevo con su ojo izquierdo…) es solo ruido de fondo. Un lastre que ha dejado atrás porque su vida está en juego. Y porque el destino que le depara parece ser peor que la muerte.

Samuel lo deja correr un rato. Podría haberle detenido en el mismo instante en que vio los músculos de sus piernas tensándose, preparados para arrancar en una última y alocada carrera, pero ¿qué más da? Haya corrido un metro o cien, el chico ha intentado escapar de él otra vez y será castigado con la misma dureza.

Además, quiere al chico exhausto para cuando lo atrape. Quiere que su cuerpo esté roto de tanto luchar y escapar y que su espíritu esté quebrado por la noción de que ni siquiera con sus mejores esfuerzos será capaz de librarse de su demonio.

Aaron le decepciona un poco, esperaba de él un poco más de energía, pero el chico se ha derrumbado a los diez minutos corriendo. Su cara contra el pavimento y las rodillas dejando un rastro rojo al derrapar contra el suelo. Además, el patético humano debe haber empezado a perder la cordura, pues no ha corrido lejos de los nidos de los vampiros donde sabe que le espera su fin, sino que ha seguido el camino exacto hacia la mansión Hass.

Quizá está siendo un poco obediente en el fondo, ahorrándole a su amo y verdugo el incordio de tener que arrastrarlo de vuelta al matadero, piensa con ironía.

<<Quizá sea el único hogar que conoce>>. El pensamiento aflora en la cabeza de Samuel sin gracia alguna, rodeado de una amarga nube de culpa que disipa rápido, pensando en la ofensa del chiquillo, en cómo ni mil castigos serían suficientes para compensarla.

Samuel aparece de pronto frente al aterrado humano, que segundos atrás estaba destrozándose las uñas intentando arrastrarse por el suelo con ellas, y este profiere un gemido de desesperación al verle. Niega con la cabeza, lloroso, pensando que su fin ha llegado.

Imagina la bota de Samuel alzándose y cayendo de nuevo sobre su cabeza, pesada ahora como yunque, convirtiendo el lugar donde anidan sus recuerdos, sus esperanzas, sus miedos… en nada más que otra mancha roja más en el suelo.

Sin embargo, el vampiro no es tan piadoso como para darle una muerte prematura. No, en lugar de eso, Samuel lo rodea, andando despacio, observándolo como si estuviese fascinado con la criaturita que se retuerce y se queja en el suelo.

Aaron lo escucha detenerse justo detrás de él, donde no puede verle.

—Lo que has hecho ha estado muy mal, humano… —susurra Samuel y su tono ha vuelto a ser humano. Es lento y suave, con esa calma propia de la decepción.

Liu siente su corazón dar un vuelco ante esa inesperada, casi imposible oportunidad que se le está regalando: parece que su amo se ha calmado, que sigue enfadado, pero suficientemente razonable como para negociar.

—L-lo sé, amo, he sido desobediente, lo siento muchísimo, aceptaré mi castigo y no volverá a suceder. Lo siento, lo siento, no qu-quería decepcionarle, pero el alcohol y el mareo y la sangre… me cuesta pensar, m-me cuesta mucho pensar…

—Pero aun así has pensado en huir dos veces. Eso no ha parecido costarte, ¿no es así?

Aaron tiene la boca seca. Conoce ese tono burlón, esa sonrisa que casi puede oír en los labios del vampiro: tensa, afilada, llena de un veneno que nada tiene que ver con la diversión o con la amabilidad que las sonrisas normalmente sugieren. 

Escucha la gravilla crujir un poco y, la próxima vez que Samuel habla, su voz se oye más baja, como si se hubiese acuchillado o arrodillado tras él.

—Una lástima, tu ropa, está toda destrozada… —comenta el vampiro en voz baja, como divagando, y el cuerpo de Aaron se tensa cada vez que el vampiro lo toca para apartar pedazos de tela raída y destrozada y lanzarlos al suelo como pétalos marchitos— Aunque quizá debería decir mi ropa. Al fin y al cabo, nada de lo que tienes lo posees tú: el techo bajo el que duermes, la ropa que vistes, el cuerpo a través del cual vives… todo ello es mío. Regalos que te ofrezco y por los que deberías agradecerme mediante una impecable obediencia, no… mediante adoración. Debería ser un dios para ti, humano, pues cada noche tengo la consideración de usar toda la fortaleza de la que dispongo para protegerte de mis peores apetitos. Debería enseñarte, quizá, lo que sería de ti sin mi protección, sin mi misericordia. Así no volverías a tomar por garantizada mi amabilidad, no te atreverías a escupirme a la cara delante de mis congéneres con tus palabras prohibidas de nuevo. Debo hacer eso, mi rebelde humano ¿Debo darte una probada de lo que sería de ti si fuese realmente cruel contigo?

—No, no, por favor, amo, no volveré a tomar todo lo que me da por descontado. Le agradezco todo, s-soy consciente de lo mucho que le debo, de…

—Veámoslo, pues —Samuel corta las histéricas palabras del joven—. Hace poco has echado a correr, has escapado de mí, cuando sabes que no debes hacerlo. Dime, ¿por qué has podido hacerlo? ¿Qué cosas te he concedido y en vez de agradecérmelas las has usado en mi contra, para darme la espalda y tratar de abandonarme?

Aaron siente un pitido horrible perforándole los oídos cuando la pregunta termina. Es el sonido del silencio, de todos y cada uno de los segundos que desperdicia pensando una respuesta y nada le viene a la mente. De cada gota de paciencia de Samuel Hass que desperdicia.

—M-mi sangre, señor —responde, todavía tenso y lleno de incertidumbre, pero aliviado cuando el vampiro le deja continuar hablando, pues eso puede querer decir que está haciendo algo bien—. P-puedo correr porque aún quedaban suficientes fuerzas en mí, porque aún quedaba sangre. U-usted pudo haberme drenado y no lo hizo y debería haberle agradecido por ello, debería haberme postrado sobre mis rodillas y debería…

—Pero no lo hiciste —lo corta el otro, sagaz y afilado—. Ahora, ¿qué debería hacer? No apreciaste que te dejase conservar tu dulce sangre en tus venas. ¿Debería arrebatártela toda? ¿Beber lentamente de ti hasta dejarte seco?

—¡No! N-no, se lo suplico, mi amo. Quiero… quiero… —el chico piensa con fuerza, siente su cerebro palpitando dentro de su cabeza, engranajes oxidados por el alcohol siendo forzados a girar por mucho que chirríen; entonces su cabeza rota, mareada y dolorida pasa a ser una cabeza también ingeniosa, pues le da una idea: —Quiero compensar mi error, amo, quiero obedecerle y servirle bien… tan bien… quiero adorarlo de ahora en adelante y c-cumplir todas sus órdenes a la perfección pa-para que olvide mi imperfección de hoy. S-si me mata, jamás podré enmendar lo que he hecho. Por favor, señor, quítame otra cosa, p-pero no la vida. 

Samuel está en silencio por un largo rato tras escuchar las palabras de Aaron y el chico no sabe si tomárselo como una buena señal, pues podría imaginar que las delibera, las sopesa en su mente, o como una mala, pues si debe pensárselo por tan largo rato, significa que su oferta no es mucho más tentadora que la idea de matarlo, ambas luchando por hacer que la balanza se incline de su lado cuando más bien pertenecen a la misma altura.

—Tu palabrería es casi convincente, humano. Debo halagarte, incluso cuando te desprecio: tienes una capacidad de lucha admirable, tratando de sobrevivir, si no es con pelea, con embelesamientos. Voy a divertirme rompiendo ese espíritu —Aaron jadea. Estos minutos de vida, comprende, no se los está ganando a pulso, no está siendo más listo que el vampiro, está atrapado en sus redes totalmente. Está jugando un juego que ya ha perdido. Samuel solo lo deja vivir porque está saboreando su victoria. Ya se lo ha dicho: su muerte será lenta —. Si no te quitase la vida, ¿qué debería quitarte entonces? 

La pregunta es lanzada con sorna, un interrogante que no espera respuesta. Por eso, precisamente, Aaron se esmera en construir una, en pillar al vampiro por sorpresa y confundirlo, quizá solo una pizca, pero lo suficiente como para que la idea de perdonarlo se cuele en su mente.

Mientras habla, el vampiro ya no arranca del muchacho pedacitos de su ropa hechos meros girones, sino que toma sus tobillos y los alza, uno tras otro, los mueve como si fuesen parte de un muñeco de trapo, meneándolos para comprobar cómo de inertes e inútiles están las piernas del chico.

Cómo de acabado está su cuerpo.

Eso le da una idea a Aaron.

—P-puede atarme las piernas, mi señor, quitarme mi capacidad de correr y huir de nuevo. Puede encadenarme por días a una pared para que no pueda alejarme, aprenderé mi lección así, seré obediente, tomaré el castigo, seré bueno y… y nunca voy a hacerlo enfadar de esta manera. ¡Lo juro! Por favor, solo deme la op-

—Buena idea.

Aaron hace silencio de inmediato. Ni siquiera está feliz o aliviado, solo demasiado sorprendido como para creerse que las palabras que han salido de la boca del vampiro son ciertas. Por unos segundos, se fuerza a sí mismo a mantener la guarda alta, esperando alguna burla que le destripe su ilusa fantasía y le recuerde que no puede jugársela a su oscuro destino, pero nada llega. Quiere no rendirse tan fácil, pero está agotado: demasiado borracho para pensar bien, demasiado mareado por la pérdida de sangre como para que su consciencia, en vez de ser una brillante luz blanca, no se sienta como una bombillita titilando a punto de apagarse, demasiado dolorido.

No puede aguantar más, así que decide confiar en que todo es cierto, en que por fin ha logrado obtener algo de piedad y se echa a llorar. Se deshace en lágrimas de sangre mientras hipea y solloza y dice:

—Gracias, amo, g-gracias por perdonarme la vida, gracias por no torturarme, gracias, gracias, gracias…

Sucede tan de repente que Aaron ni siquiera grita cuando el vampiro sostiene su tobillo con una mano gentilmente y con la otra clava sus garras profundo, el filo arañando el hueso, y le arranca de un solo tirón su tendón de Aquiles, su piel, su músculo… dejando solo un enorme agujero sangrante.

Cuando Samuel deja en el suelo el tobillo desgarrado del humano, con cuidado, y toma el otro con la misma suavidad, Aaron sí grita.

El terror y el dolor son tales que el chico no sabe si ha hablado o si sus gritos son pura incoherencia. Trata de suplicarle al vampiro que no lo haga, que no lo rompa más, pero la sangre empapa el suelo y el sabor de esta le llena la garganta mientras se la destroza, implorándole clemencia a una parte de Samuel que no sabe si siquiera existe.

Mientras, el vampiro repite la operación con la misma calma, la misma frialdad. La misma precisión.

Mantiene al chico quieto, toma su tobillo con una mano, firme, pero no excesivamente, y palpa la frágil articulación con sus dedos ensangrentados para ubicar todo: la delgada y pálida piel, los huesecillos, los tendones… y entonces hunde sus uñas como si Aaron fuese un mero juguete que trató de reparar y que le ha frustrado tanto que ahora solo quiere arrancar sus piezas y toma el tendón de Aquiles con sus húmedos dedos. Lo toma y lo arranca.

La piel de Aaron se siente fría de repente, empapada en sudores gélidos y tan pálida como la nieve que está derritiéndose bajo un ardiente sol. El shock recorre el cuerpo de Aaron y reduce sus gritos a murmullos enloquecidos sobre cómo está soñando y nada de esto es real, sobre cómo va a despertar y olvidará todo eso e irá a la escucha y hablará con sus amigos, estudiará un poco, irá a dormir y soñará con cosas más bonitas la próxima noche.

Pero todo es real.

El dolor lo es demasiado. Latigazo tras latigazo de dolor sube desde sus tobillos, desde las partes faltantes de estos, y escala por sus piernas, el dolor echa raíces que se enroscan en sus huesos y trepan por ellos, que le hacen tensarse entero y abrazan su espina dorsal, que le fuerzan a arquearse y le salen por la boca cuando vomita de dolor. Vomita bilis y alcohol, fuego líquido pasando por su garganta otra vez.

—Cállate —dice la voz de Samuel y Aaron está seguro de que ese tono es la sensación más tormentosa del mundo—. Me voy a asegurar, bolsa de sangre, de que nunca olvidas tu error, de que todo lo que te haga, si tienes la suerte de complacerme tanto que dejo conservar tu vida, sea irreversible. Después de esto, no volverás a andar bien nunca más. Cuando acabe contigo esta noche, tampoco podrás hablar nunca más, te arrancaré la lengua, pero por ahora quiero seguir escuchando tus súplicas un rato más.

Samuel habla con calma, relatando los hechos como si de una mera descripción desapasionada se tratase, y Aaron sabe, por ese tono tranquilo y gélido del vampiro, que no es un farol. Lo que le va a pasar es inevitable y su cuerpo parece entenderlo por fin, pues su instinto de supervivencia y esas extrañas ráfagas de energía que le daban la suficiente fuerza como para huir y seguir luchando se apagan de pronto, dejándolo inerte como un muñeco.

Samuel se levanta, lo toma por su collar y lo arrastra hacia su mansión de nuevo.

Durante el camino, Aaron llora en silencio y no mueve ni un solo dedo. Su único ojo capaz de ver se emborrona cada vez más y más por las lágrimas y parece que en él la luz es devorada por unas motas negras que lo engullen todo, prometiéndole llevarlo a la pacífica oscuridad de la inconsciencia. Pero incluso si de vez en cuando cierra su ojo o simplemente deja de ver a través de él, durmiéndose incluso sin mover sus párpados, algo más real que las imágenes lo trae de vuelta a su tormentoso presente: el dolor. Sus rodillas raspadas siguen rozándose contra el suelo y, cuando Samuel empieza a subir las escaleras hacia la segunda planta, Aaron se golpea las piernas con el borde de cada escalón. Aun así, no hace nada, es menos doloroso así.

Cuando entran en la habitación del vampiro, Aaron reconoce que han llegado a su destinación final y es entonces cuando se pregunta: <<¿Y ahora qué?>>. Samuel le ha roto de formas inimaginables, lo ha drenado, lo ha golpeado, lo ha humillado y mutilado. ¿Qué más castigo podría esperarle?

Su amo lo toma por el pelo y da un fuerte tirón, arrojándolo a la cama. Aaron chilla de dolor porque la brusquedad del acto hace que cada parte sangrante y rota de su cuerpo se resienta, pero cuando aterriza sobre suaves sábanas, en ese colchón tan mullido y cálido y que huele como cuando su madre limpiaba las sábanas y ambos la doblaban juntos, Aaron, siendo incapaz de no pegar su nariz para sentir el aroma del suavizante… el chico llora lleno de melancolía y agradecimiento.

Quizá su castigo ya ha acabado y el vampiro se ha compadecido de él.

—Es tan suave… —murmura y cierra su ojo derecho mientras frota la mejilla contra las sábanas como un animalito en busca de mimos.

—¿Qué mierda dices, bolsa de sangre? —la voz de Samuel lo devuelve a la realidad de nuevo y todo su cuerpo se tensa.

—S-su cama, amo, d-decía que es cómoda, gracias p-

A Samuel no le interesa la ingenuidad de Aaron, solo castigarlo, así que no le deja siquiera terminar sus palabras. El vampiro sube a la cama y ve al chico tendido indefensamente bocabajo; se sienta sobre sus piernas para inmovilizarlas más aún y arranca de un solo tirón la ropa que le quedaba.

Aaron se siente más vulnerable aún. Las únicas prendas que separan su cuerpo de la total desnudez, si así pueden llamársele, son el collar alrededor de su cuello y el anillo que envuelve su intimidad.

No entiende por qué su amo lo desnuda, hasta que escucha al hombre quitarse la ropa también. Al inicio solo se centra en el sonido de la tela rozando la piel, un sonido agradable, y es que Aaron necesita algo agradable, en momentos tan horrorosos. Luego comprende las implicaciones, el significado.

Cuando Samuel vuelve a ponerse sobre sus piernas, Aaron puede sentir su enorme peso aplastándolo contra el colchón, la carne musculosa de sus muslos manteniéndolo quieto, con sus delgadas piernas unidas y, segundos después, la dura virilidad del hombre reposando, grande, pesada y ancha, sobre su trasero.

Aaron siente que no puede respirar. Jadea. Se ahoga con su propia saliva y gime algo ininteligible hasta que por fin puede hablar.

—Amo, por favor, eso no —su voz es un hilillo. Tan frágil, tan asustada, tan bajita. Y tan ignorada por Samuel, que toma una de las nalgas del muchacho con su mano y la aprieta mientras que con la otra se masturba despacio, imaginando cómo tomará al chico por primera vez—, ha-haré lo que sea. Lo que sea, amo, p-por favor. No quiero esto. Cualquier cosa menos esto.

El tono de Aaron es desgarrador: no grita ni llora ni suplica, solo habla en susurros, como si temiese que alzar un poco su voz o usar un tono inadecuado fuese a arruinar cualquier posibilidad de calmar al vampiro, de hacerle entrar en razón y detener esa locura que está a punto de suceder. Que no puede suceder porque Aaron sencillamente no se imagina siendo capaz de soportar algo así.

—¿Amo? A-amo, por favor, podemos hablar esto, podemos…

Aaron se queda pálido de golpe: Samuel separa sus nalgas, ignorándolo, y sitúa su miembro entre ellas, la caliente y ancha punta contra la estrechez de su virginidad, listo para ultrajarlo sin miramientos. Sin siquiera responder a sus súplicas.

<<Esto me ha pasado por tratarlo como a una persona cuando es solo un objeto. A los objetos no se les habla, se los usa.>>

Con su mano izquierda, Samuel toma la cabeza de Aaron y la empuja contra el colchón, sofocando sus súplicas que poco a poco se van tornando más altas e histéricas. Con la derecha sostiene la gruesa base de su erección y se alinea con la virginidad de su humano.

Empuja sus caderas. Duro. Despiadado. 

Una sola vez.

Con eso es suficiente como para abrir al chico con violencia, hacerlo tomar la punta de su polla y tenerlo ya tan sometido que no necesita inmovilizarlo para saber que solo llorará y suplicará, pero no intentará liberarse. Ahora sabe que no hay alternativa. Que esto va a pasar, está pasando.

<<Debe aprender su lugar. Debo recordar el mío.>>

Samuel aparta la mano del cabello del muchacho y lo toma con esa y la otra por su delgada cintura, notándolo estremecerse mientras solloza una y otra vez. No sabe bien por qué, si se había dicho que lo tomaría tan brutalmente como pudiese, pero le concede unos minutos al chico para que se acostumbre a la intrusión, para que llore por su dignidad perdida.

En el transcurso de estos, Aaron hipea y balbucea sin sentido, pidiendo perdón, llamándose a sí mismo inútil y suplicando por una segunda oportunidad. Le promete a su amo que será bueno. Que si le perdona ahora, no le defraudará de nuevo. Que irá él mismo a las casas de los vampiros presentes durante la fiesta de esta noche y les dirá que sus palabras no eran más que una sarta de mentiras, delirios de un humano idiota tan desesperado por amor que ha sido capaz de confundir el calor de un demonio con la calidez de un ángel.

Samuel no le escucha y se empuja un poco más, despacio. Apenas un par de centímetros pasado el glande de su virilidad. Aaron grita y se retuerce sin éxito.

Samuel es grande, más que eso, monstruoso, y su pasión no está hecha para poder ser tomada por una criatura tan frágil como Aaron sin sufrimiento. Siente como si el vampiro estuviese de nuevo hundiendo sus garras en su carne tierna, arrancándole algo entre dedos ensangrentados. El dolor que le atenazó cada músculo de su cuerpo cuando el vampiro le arrancó su primer tendón de Aquiles fue quizá un poco mayor que el que el chico siente ahora, como si le partiesen por la mitad, como si le abriesen con una brutalidad sangrienta que no puede sino matarlo, pero el dolor de ahora es mucho mucho peor.

Es un dolor tan íntimo y vulnerable. No está siendo herido en su rostro o sus brazos o su espalda, está siendo ultrajado en su sexo, en ese lugar que se supone que otro solo puede tocar por primera vez en un momento especial y hermoso y tan lleno de confianza y deseo… y Samuel está arrebatándole la posibilidad de entregarse de ese modo a alguien, le está arrebatando cualquier amor, cualquier deseo, convirtiéndolo en una pesadilla.

Está siendo herido no con golpes, sino con sexo. Y hay algo en ello que se siente más violento incluso que unos nudillos manchados de sangre. Hay mil formas de hacerle daño a un ser humano, pero esa… esa forma específica atraviesa la piel y lacera el alma. 

Aaron se siente más sucio de lo que nunca lo ha estado, usado, vuelto un mero pedazo de carne que solo puede soportar. No quiere seguir viviendo en su cuerpo, pero Samuel se empuja más y más, hasta que casi la mitad de su impresionante longitud está dentro, y Aaron es forzado a sentir cada centímetro de su deseo penetrándolo, el contorno de cada vena pulsante y ancha, la forma en que el diámetro de su deseo se torna más grueso cuanto más avanza, la agonizante manera en que virginidad rosada y sin preparar debe dilatarse y su interior se siente tan lleno que la sensación le marea demasiado.

Samuel no está del todo en su interior, pero Aaron lo siente tan profundo dentro suyo, conquistando lugares de su cuerpo que habían sido privados incluso para él, que realmente piensa que nunca en su vida volverá a mover un solo dedo, a tomar un solo aliento, si no es Samuel quien lo comanda, pues ahora es innegable que es totalmente suyo.

Mientras Aaron sufre, sin embargo, Samuel debe contenerse para ir despacio, para no romper su juguete nuevo tan pronto y resistir el placer inmenso que esa presa sollozante le promete bajo él. El cuerpo de Aaron es tan maleable y frágil bajo sus manos, allí donde toca hay sangre, preciosísimamente roja y tentadora, piel nívea como una cucharada de nata o la marca violácea de su fuerte agarre. Su cintura es diminuta y es capaz de rodearla casi con una sola mano, su cabecita de cabellos azabache revueltos le hace querer agacharse e inspirar su fragancia y su pequeño culo, <<Por Satán>>, Samuel debe apartar la vista para no empezar a follarlo como un animal ahora mismo. Sus nalgas son redondas, suaves y bien formadas, cada una cabe perfectamente en la áspera palma de su mano y ama la forma en que se abren para tratar de acoger su enorme erección. La entrada del chico es rosada como el pétalo de una flor, lampiña, virginal, ha sido todo un placer para el vampiro profanarla con el más mínimo de los cuidados, viéndola abrirse con dificultades para abarcar y hacer desaparecer su intimidante tamaño. Puede sentir la estrechez de Aaron acogiéndolo, su suave, húmedo y ardiente interior adaptándose hasta la más mínima curva de su falo, como si ese pequeño humano hubiese sido creado por y para él.

Se siente tan posesivo de repente. Imágenes de los demás vampiros bebiendo su sangre esa misma noche lo bombardean, Ivthan poniendo su sucia boca sobre las marcas de sus colmillos en su humano… la arde en su interior, su llama fundiéndose junto a la del deseo, llevándolo cerca del descontrol. 

Samuel se inclina, lame la mordida fresca en la garganta del chico y este se queja entre llantos.

<<Sus lágrimas son mías. Su dolor es mío. Su vergüenza, su cuerpo, su obediencia, su sangre, su vida y su muerte. Su voz, sus miradas, su estúpida amabilidad e inocencia con la que me trata a veces. Aaron es mío>>

Aaron gira levemente su cabeza sobre las sábanas manchadas de sangre y lágrimas y su ojito derecho, tan empapado de lágrimas como si llorase por los dos, mira al vampiro directamente, como sabe que está prohibido y susurra:

—¿Qué he hecho, amo, que he hecho tan mal para merecer esto?

Samuel se queda paralizado un momento, mirándolo a los ojos, escuchando sin remedio esas palabras tan llenas de dolor. Quiere responderle con rabia, gritar hasta desgarrarse la garganta y lanzar reproches como dagas, palabras afiladas como mordidas, pero todo ese odio… no es para Aaron.

Aaron no ha hecho nada. Y él lo sabe.

Porque Aaron no tiene la culpa de tener esa mirada preciosa y amable que le recuerda a su primer amor. Al chico que le hacía latir el corazón como Aaron a veces lo hace. Al chico que fue su luz en la oscuridad. 

Aaron no tiene culpa de lucir exactamente como el amor y el desamor lucen para Samuel. Aaron no lo ha traicionado.

Aaron no es él.

Pero Samuel tampoco es quien era antes y no puede permitirse volver a esa ingenuidad, a esa bondad que le costó la vida. No puede permitirse volver a ser quien una vez fue, ese joven débil y fácil de engañar que entregaba su corazón en una bandeja de plata y se sorprendía cuando el puñal se le clavaba como la espina de una rosa demasiado bella como para fijarse en sus defectos.

Samuel no puede volver a sentir y Aaron lo obliga a ello. Ese humano es un arma demasiado poderosa y debe pagar por ello. Ser destruido. <<Es él o yo>>

Así que Samuel escoge romper al chico de veras. Lo toma por la cintura con más fuerza y lo alza un poco mientras se empuja contra su cuerpo, su penetración ahora más profunda, despiadada. Aaron grita y una de las manos del vampiro se desliza hacia su vientre y luego más y más abajo. Teme lo peor al sentir al vampiro tocar su hombría.

Por primera vez en la noche, las manos de Samuel se mueven de forma delicada y lenta. Y lo hacen para retirarle paulatinamente el anillo.

Aaron no entiende por qué ese acto de crueldad, de humillación absoluta, por qué le permitiría sentir placer en un momento donde su cuerpo está tan colmado de dolor y solo dolor que no cabría en él ni una gotita más de sensibilidad.

Entonces, Samuel se inclina, le roza el oído con los labios, aplasta su frágil cuerpo con su peso titánico y susurra:

Córrete.

Aaron lo sabe en ese instante, lo entiende como jamás ha entendido nunca nada: Samuel ha usado su voz. La voz del lazo. La voz de mando. Y esta le recorre como un flechazo que lo atraviesa entero, que domina cada parte de él y le arranca la carne del cuerpo, tornándolo un mero espectador de sus actos. Su cuerpo son solo mil partes inertes, todas anudadas por un firme hilo rojo, y la voz es un tirón que lo mueve de aquí para allá, como si su propia voluntad hubiese sido desterrada, sustituida para siempre.

La voz, poderosa, grave y rugiente, es inevitable, imposible de desobedecer, y Aaron llora alto y agudo por ello mientras su cuerpo tiembla, sabiendo que no puede resistirse.

No puede soportar la vergüenza y la profunda humillación cuando nota que su miembro endurece y, mientras el vampiro se hunde en él con una despiadada, posesiva estocada, la calidez escurre por sus muslos. Nota el líquido goteando entre sus piernas y sabe que se trata de su semen y de su sangre con la misma certeza que sabe que lo que empapa sus mejillas son sus lágrimas.

Siente las respiraciones pausadas y satisfechas del vampiro en su espalda, su derrota blanca y roja corriéndole por los muslos, su vientre abultado allí donde el vampiro se ha clavado bien hondo y duro, como si en su interior no cupiese siquiera el calibre del deseo de esa bestia. Piensa que nada puede ser peor, pero entonces Samuel se retira lentamente y le da otra estocada: comprende entonces que la tortura no ha hecho más que empezar.

El vampiro tan siquiera lo deja recuperarse ni de la violenta penetración ni del orgasmo que ha arrancado de él a través de su autoridad y dominio: empieza a follarlo sin piedad, sus caderas separándose de las del chico, retirando su miembro hasta que Aaron jadea por sentirse vacío y abierto y entonces se hunde hasta la empuñadura de nuevo, la sangre lubricando su camino, las entrañas del chico siendo embestidas por tu deseo demoníaco, sus piernas temblando, su voz rompiéndose, la mano firme y dolorosa aferrándose a su cintura para mantenerlo quieto y disponible mientras lo folla como queriendo dejar claro con cada una de sus embestidas a quién pertenece ese cuerpo delgado y pálido que usa a su antojo como si no hubiese en él nada más que belleza y sumisión.

—Amo, por favor, por favor, para… no quiero seguir, no puedo…

Samuel ríe en respuesta y el corazón del chico se quiebra un poco más, convirtiéndose en un puñado más de pedacitos de cristal que se le incrustan en la piel. 

El vampiro lo folla despacio ahora, solo para que el chico pueda atender a sus palabras en vez de tener la cabeza llena de la abrumadora sensación de ser jodido tan rápido y duro que no tiene tiempo a siquiera tomar aire. Y habla con una voz llena de veneno y diversión:

—Oh, ¿pero cómo vas a llorar con esos ojitos? ¿Cómo vas a suplicarme que pare con esos labios, esa lengua…? Cómo vas a actuar como si lo odiases con este cuerpo que acaba de correrse por ser violado. Hay lágrimas en tus mejillas y sangre corriendo entre tus muslos, pero antes de todo eso: hay placer goteando desde tu polla hasta mis sábanas. No te hagas el inocente, no finjas ser una víctima: amas ser mío, amas ser usado, amas sentir cómo te lleno y te rompo y te recuerdo que eres mío. Amas esto, porque sabes que es lo único para lo que sirves. ¿Acaso hace unas noches no te esforzabas en chupar mi polla a cambio de unas caricias? Toda una putita necesitada de mi cuerpo… ahora… ahora estás haciendo lo mismo. No. No llores. No tienes derecho a eso cuando esto es lo que has estado pidiendo, lo que mereces, lo que has sido creado para hacer. Tú mismo has rogado por ello, sabías que este sería tu castigo y aun así has sido desobediente. No mereces mi compasión, incluso dudo que la desees.

Una mano empuja su cabeza contra la almohada, pues Samuel no quiere oírlo llorar. La otra alza su cadera y permite que Samuel reanude su ritmo.

Aaron siente que todo el resto de dolores en su cuerpo se atenúan, pues el dolor de ser ultrajado les hace sombra. Es tan trágico para el chico saber que lo único que ha tenido en años -mis manos, mi corazón latiente, mi piel que se torna cálida bajo el sol, mis piernas que me llevan a donde les pido, mi sexo, que me hace sentir extraños deseos, pero que al fin y al cabo son… eran mis deseos- le es ahora arrancado y ¿por qué? Samuel no le está robando la única cosa que pensó que nadie podría arrebatarle nunca porque la necesite para vivir, sino solo porque la quiere. Por unas horas de diversión.

Las embestidas son lentas al inicio: Samuel se retira poco del maltratado interior de su presa y luego se empuja con deleite, sintiendo como cada centímetro resbala en el angosto espacio sin dilatar, notando a Aaron temblar entre sus manos, retorcerse y buscar un escape que jamás conseguirá, el miedo haciéndole apretar más su delicioso cuerpo y acoger de una forma demasiado tentadora la erección del hombre que lo toma. 

Pero luego Samuel decide no follarlo de esa manera tan rítmica y controlada, sino dejar que sus instintos y su deseo tomen el control, pues, al fin y al cabo, ha dominado ya al chico hasta que este ha aceptado su destino, llorando en silencio y dejando de rogar por un perdón que ya está demasiado corrupto para merecer, así que ahora puede dejar de usar el sexo para enseñarle una lección de obediencia y empezar a usarlo para disfrutar sin restricciones.

Empieza a moler sus caderas de forma salvaje. Sus embestidas son más cortas que antes, pero son animales, desenfrenadas, profundas. No le dan al chico un solo segundo de tregua. El vampiro lo empuja y lo martillea contra el colchón jodiéndolo con tanto ímpetu que Aaron deja de estar callado y vuelve de nuevo a complacerlo con sus dulces gritos, incluso aunque no es capaz de formar una sola frase coherente, ni una palabra que le permita suplicar y tener la más mínima opción de salvarse.

Samuel se deja caer sobre el liviano cuerpo del menor mientras lo ultraja y sus músculos, que son tan grandes y pesados como los de varios hombres, aplastan al chico contra el colchón, oprimen su pecho hasta que respirar duele como sentir agujas en los pulmones.

Mientras no le permite siquiera tomar aire sin su permiso, empuja su polla una y otra vez en su agujero destrozado, sintiendo el erótico sonido del chapoteo de las dos pieles húmedas, el sonido carnoso de sus testículos chocando contra el trasero del chico, la fuerza de la follada es tal que esos impactos dejan también su piel roja. Samuel apoya un brazo en la cama, con el otro rodea el cuellito de Aaron.

El muchacho niega con su cabeza cuando su pobre garganta está entre el antebrazo venoso y firme del vampiro y su abultado bíceps. Sabe que si el hombre aprieta solo un poco el músculo, se desmayará al instante. No sabe si volverá a despertar.

La idea le produce pánico un segundo, pero luego se le hace cada vez más atractiva, solo que Samuel no le concede tal paz, solo lo folla mientras lo mantiene tenso y asustado, la consciencia de lo sencillo que sería ahogarlo hasta matarlo rozándole la piel una y otra vez. Su larga lengua prueba la mordida de nuevo mientras lo toma, la sangre tan dulce como éxtasis que su cuerpo torturado le ofrece.

El mareo empieza a nublarlo todo, pero el dolor le impide desmayarse y Aaron piensa que no podrá aguantar ni un segundo más de esa tortura.

Pero Samuel le fuerza a aguantar horas.

El vampiro pierde el control, lo muerde sobre su herida ya ensangrentada y toma el elixir de su sangre, solo ve rojo, solo conoce el deseo. La culpa y el pasado lo abandonan como niebla que se disipa y la sensación de ser grande y poderoso lo complace tantísimo que no quiere que se acabe.

Folla al humano con brutalidad, un ritmo atroz marcado por sus caderas y que solo hace que aumentar y aumentar. La intensidad y la fuerza crecen hasta que el cabecero de la cama deja una indentación en la pared y la madera se resquebraja, tan rota como el pobre humano. Y entonces, cuando el placer se torna insoportable, cuando Samuel sabe que va a culminar, para.

Se hunde profundo en Aaron hasta que puede notar cómo su polla crea una protuberancia en el vientre bajo del humano; la roza con los dedos, pues le resulta demasiado caliente la idea de que el tamaño de su cuerpo esté haciendo que el de Aaron deba forzar sus límites más y más y más solo para tomarlo. Se empuja con pequeños movimientos, dejándole sentir a su humano como de hondo está en su cuerpo, como lo posee y lo llena, como lo domina. 

Y entonces lo folla lento y pausado, como al principio, evitando así correrse. Saca su polla del joven humano y lo deja tener la corta esperanza de que todo ha acabado a la par que contempla lo abierta y roja que está la entrada del chico, la forma en que intenta cerrarse y en que la sensación de vacío se transforma poco a poco en alivio. Y, entonces, cuando nota a Aaron respirar un poco más despacio, más tranquilo, cuando sus sollozos empiezan a extinguirse, lo penetra de nuevo y gruñe en su oído, colmado de placer, su voz varonil haciendo la piel del humano erizarse y sus dedos rizarse por la impresión que causa en él.

Lo toma así un largo rato, de forma metódica, enseñándole al cuerpo del humano que no merece descanso alguno, que puede volver a profanarlo cuando lo desee y que su oposición no es más que un incentivo. Mantiene las piernas del chico cerradas usando sus muslos, notando cómo el chico está más estrecho así, como logra que su tamaño se note todavía más insoportable para él.

Y cuando el deseo de follarlo crece más que el deseo de reeducar a su cuerpo para que solo sepa obedecer y complacer, vuelve a empujarlo contra el colchón y a probar su sangre, a llenar su cuerpo de lamidas, besos violentos y moretones mientras lo penetra con estocadas animales, intensas.

Samuel pierde la noción del tiempo mientras alterna ambos estilos, mientras lo toma borracho de placer hasta casi correrse y luego lo folla lentamente para aplacar su éxtasis creciente y hacer al humano sentir con lujo de detalles cada centímetro de su hombría mancillándolo.

Sin embargo, el vampiro no puede retrasar más su propia liberación y Aaron hace ya rato que ha quedado afónico de tanto gritar y llorar, follarlo no es tan divertido y ahora el dolor apenas lo mantiene despierto. Ha perdido tanta sangre y está tan agotado que pronto va a perder el conocimiento y Samuel no tiene ningún interés en follar un muñeco inerte si sabe que el chico está escaqueándose de la deliciosa tortura y de su obligación de ofrecerle sus temblores, sus jadeos y estremecimientos, sus bonitos sonidos y la forma llena de vergüenza y oprobio con que el muchacho oculta su cabeza en las sábanas solito cuando es ahora Samuel quien pretende mirarle a los ojos.

Así que se deja llevar por las sensaciones y esta vez, cuando su cuerpo se tensa por el delicioso placer que lo recorre como un rayo, cuando el clímax está tan cerca que puede sentirlo, dulce y caliente, sobre la punta de su lengua, de sus dedos y de su sexo, como la sangre de Aaron pintándole de carmesí esos lugares, Samuel lo jode más duro, más fuerte, más rápido, más profundo. 

Sabe que podría romper la cadera del humano por la forma descuidada y violenta en que lo folla. Pero le da igual. Sabe que podría matarlo, pues apenas puede respirar entre estocada y estocada. Pero le da igual. Sabe que cuando todo termine, Aaron habrá perdido el brillo en su mirada y, si él se equivoca y aún hay algo humano en su interior, no podrá perdonárselo a sí mismo jamás.

Pero le da igual.

La única cosa que importa ahora es el poder y el placer. Ambos se funden deliciosamente cuando Samuel embiste al chico una última vez y un gemido grave y rasgado abandona su garganta. Su polla, enterrada hondamente en Aaron, lo llena de chorros y chorros de éxtasis líquido y, antes siquiera de salir del humano, puede sentir como su semen cae por los muslos del humano.

Y este parece poder sentirlo también, pues vuelve a sollozar e hipear, tras haber estado un rato silenciando sus lloros contra el cojín.

Samuel deja ir un suspiro de satisfacción, sale del interior de Aaron arrancándose sin cuidado alguno y se tumba a su lado. La cama es un lío húmedo de sangre, lágrimas y el producto de dos orgasmos.

Aaron se enrosca en un pequeño ovillo al sentir al vampiro tumbado a su lado, respirando con calma, y fantasea con dejar de existir mientras nota el calor de esa humillación resbalar por sus muslos.

 Samuel trata de dormir, pero los lloros de Aaron lo molestan, así que coloca uno de sus pies en la espalda del chico y lo empuja de golpe hasta oírlo caer al suelo.

Aaron habría querido irse de esa habitación, no compartir su sueño con el vil monstruo que le ha hecho eso, pero sus piernas no funcionan. Además, la inconsciencia por la que tanto lleva horas rogando le alcanza cuando se da con la cabeza contra el suelo.

 

 

 

CAPÍTULO 37

Samuel despierta sintiéndose renovado, como si su cuerpo hubiese pasado todo el día siendo bañado con aguas cálidas y masajeado por manos expertas que han tallado fuera de él las tensiones que llevaba incrustadas en sus músculos desde hacía semanas.

Sabe por qué es: por fin ha escuchado a sus instintos, que tantas noches ha pasado negligiendo; por fin ha atendido a su naturaleza en vez de empujarla en una jaula y amordazarla con un bozal, luego quejándose porque sentía el entumecimiento propio de una bestia que, en su celda, no tiene espacio para estirar las patas ni carne fresca donde hundir los salivantes, afilados dientes.

Ha saciado apetitos que lleva siglos consintiendo con banquetes enteros cuando piden solo un bocado y que, por alguna razón, había decidido matar de hambre las últimas semanas.

<<Por fin lo he hecho>>.

Sienta bien entregarse al placer, piensa Samuel, pero en el momento en que deja de simplemente sentir, de actuar por puro impulso como una bestia movida por el apetito de sangre y sufrimiento, recuerda.

Eso es lo que más odia de su naturaleza: que no es pura del todo. Si lo fuese, sería un monstruo de pies a cabeza, una criatura que solo escucha y obedece a lo que la oscuridad le pide. Pero hay en él una pequeña impureza, una especie de molesta isla de recuerdos del pasado y sentimientos obsoletos que no para de salir a flote e incordiar más de lo que debería a pesar de que se esmera en empujarla al fondo de su psique con todas sus fuerzas.

Esa pequeña isla donde habitan los extraños impulsos de acariciar a Aaron y hablarle bonito y donde el recuerdo de lo que le hizo anoche no se convierte en algo memorable y deleitoso, sino en una afilada lanza que le alcanza el corazón y le hace tambalearse cuando sale de la cama y lo ve. Ahí en el suelo.

<<Aaron, ¿qué te he hecho?>>

El chico está desnudo, todo su cuerpo lleno de hematomas, laceraciones, mordiscos y sangre seca. Su párpado izquierdo inflamado, sangre rosada cayendo de él como si llorase la sangre más dulce y pura que nadie ha visto jamás.

Su manita sosteniendo su antebrazo roto cerca de él, su cuerpo entero temblando, quejándose en pesadillas, su entrada aún abierta y roja, el semen pegajoso aún en sus muslos, la sangre manando de su sexo como si hubiese convertido ese lugar tierno y sensible creado con el único propósito de reverenciar una intimidad llena de amor y deseo en el altar de un sacrificio a demonios que nada tienen que ver con tal pureza.

Samuel empieza a respirar rápido.

Dentro suyo la satisfacción y la grandeza de anoche, que hoy le han hecho despertarse radiante, empiezan a desmoronarse y en su lugar un huracán de sentimientos extraños e incontrolables lo agita entero. Siente los cimientos del armazón de frialdad que lleva años convenciéndose de que es su verdadero rostro desmoronándose, siente algo cambiando en su interior, algo echando raíces en su corazón muerto, las espinas abrazándolo hasta devolverle una puntillita del dolor que le ha causado al pobre humano.

Entonces el chico despierta y abre su ojito derecho, pues el izquierdo duele demasiado para intentarlo, y le mira directo a los ojos.

Tenía razón: su brillo ha desaparecido. Pero en su pupila resplandece algo distinto, más duro y frío que antes, como si los rayos de sol que el chico llevaba en su mirada, tan cálidos y gentiles, fueran sustituidos ahora por la blancura del destello de una espada.

Samuel se recompone en un segundo. Toma todas esas abrumadoras emociones humanas y hace lo que lleva años practicando y perfeccionando: las empuja muy al fondo de su cerebro, guardadas bajo llave hasta que averigüe cómo destruirlas. Entonces mira al chico con desdén.

—Baja la cabeza. Tus ojos en el suelo. ¿O acaso has olvidado cuál es tu lugar? Porque anoche, mientras llorabas debajo mío, parecías conocerlo muy bien.

—¡Cierra la boca!

El grito de Aaron es desgarrador, lleno de dolor y odio, grave, pues anoche se destrozó la voz tratando de gritar por una piedad que ahora sabe que Samuel no tiene.

El vampiro alza sus cejas al inicio, demasiado sorprendido, pero luego es evidente que la ira lo invade cuando su rostro lo refleja y Aaron puede ver los puños apretados, nudillos blancos como la nieve y venas violáceas descollando alrededor de su mano y antebrazo.

—¿Qué mierda has dicho? —el tono de Samuel es siseante, peligroso, y Aaron sabe que está jugando con fuego.

Lo sabe perfectamente.

—Me has oído perfectamente, pedazo de mierda.

Aaron obtiene la única reacción que sus palabras podrían buscar, pero eso no significa que el chico esté listo para ella, que no grite cuando el vampiro se alza de golpe ante él, enorme e intimidante, y que no tiemble de pies a cabeza cuando este lo toma por el cabello y lo alza hasta tenerlo a su altura.

Entonces Samuel sí que hace algo inesperado. Aaron cierra los ojos, esperando un golpe que solo desencadenará más y más y más hasta… el final. Pero Samuel empieza a reír en su rostro.

Cada carcajada más humillante que la anterior.

El chico llora de frustración y no entiende nada, pero su amo pronto le explica el porqué de sus burlas:

—Eres buen actor, casi te creo, casi te doy lo que andas buscando —le dice y cuando le está llamando buen actor, su voz es aterciopelada y suave, como si lo halagase de verdad. Aaron se remueve incómodo, recordando cómo se aferró a las palabras bonitas y amables del vampiro en el pasado, cómo creyó en ellas y a dónde lo ha llevado esa estúpida confianza—. Suenas valiente, pero tu corazón está nervioso y no puedes dejar de temblar. Sabes cuál es tu lugar, oh, lo sabes perfectamente y estás tan asustado de lo que eso significa que prefieres provocarme y ver si te doy una muerte rápida en un momento de ira a esperar a que vuelva a usarte. Muy astuto, pero aquí no recompenso la inteligencia, humano, sino la obediencia. Si crees que puedes manipularme así para tus fines, eres iluso. Aún no has aprendido la lección del todo —Samuel tuerce la cabeza mientras examina al chico con la mirada y ve en su ojo azul la vergüenza de haber sido pillado con tanta facilidad. Luego, cuando se inclina sobre su cuello y habla de forma que sus labios y su frío aliento rocen la herida fresca, puede ver también su pánico:—. Esta noche volveré a enseñártela. Lo haré en el suelo esta vez; has perdido el privilegio de ser follado en una buena cama. Sigue fingiendo ser valiente después de esto y te cortaré la lengua para quitarte el privilegio de suplicarme mientras te castigo.

Lo suelta de pronto, dejándolo caer al suelo con un estrépito. 

—No, no puedes hacer esto otra vez. No puedes hacerlo de nuevo —balbucea el chico con pánico. Ahora que el vampiro conoce sus intenciones y conoce exactamente de qué quiere huir, Aaron teme que vaya a torturarlo con eso—, es demasiado horrible, me moriré, amo, m-me…

—No tienes derecho a reclamar, a sentirte como una víctima: lo disfrutaste. Eres tan impuro como yo, igual de pecador, si no más, pues lo mío es por naturaleza, lo tuyo… por elección.

Aaron queda petrificado con esas palabras. Recuerda la noche anterior como una colección de detalles y escenas que bombardean su mente, unas más vívidas que otras, más profundas, como una herida que reclama atención urgente. Recuerda el puro pánico cuando Samuel le arrancó los tendones de Aquiles y supo que no temía matarlo al castigarlo, la desesperación al ser arrojado en la cama y saber lo que le esperaba, el dolor de ser penetrado por primera vez sin gentileza alguna, siendo follado como si aquello fuese un acto de odio, no de amor. 

Pero sobre todo recuerda cómo se derrumbó por dentro cuando se corrió nada más ser poseído por el vampiro. Nunca iba a perdonarle al vampiro haberle quitado de ese modo su cuerpo, pero jamás se perdonaría a sí mismo entregárselo tan completamente.

—¡No! —chilla tapándose los oídos, porque no puede oír esas palabras. No puede oír esa sentencia que lo dictamina culpable, pues si lo hace, no existirá solo en su cabeza, no será solo una locura que su voz interior ha dicho, delirante por el dolor y la confusión; será real. Y no puede ser verdad— No lo disfruté, no es verdad. Me obligaste. Me obligaste a… a eso, igual que me obligaste a entregarte mi cuerpo. Te forzaste en mí, no soy como tú, tú eres un monstruo y yo… yo…

Rompe a llorar antes siquiera de poder decir la palabra. Víctima. Su cuerpo está lleno de sangre y moratones, huesos rotos, arañazos, mordiscos. Luce como una víctima y el dolor que lo desgarra por dentro es el de una víctima, pero… la palabra se siente inadecuada en sus labios. Robada de las bocas que sí merecen ganarse ese nombre y la compasión que les obtienen.

Él ha llorado, ha suplicado a su amo que se detenga, le ha arañado, golpeado, le ha intentado patear. Ha hecho todo cuanto estaba en su mano para que se detuviese, pero ¿por qué entonces se siente como un lobo con piel de cordero, un impostor?

Samuel tiene razón, piensa el confundido humano. Él se ha corrido. Él ha dejado que el vampiro use antes su boca a cambio de un poco de cariño. ¿Acaso no era de esperar que esto pasaría eventualmente? ¿Acaso Aaron no había rezado en su fuero interno por Samuel tocándolo con esas grandes manos, acercándolo a su cuerpo?

<<Pero no así. No así. Yo no quería>> se dice y su cabeza duele porque varias voces se gritan y todas parecen tener dientes afilados y razón <<Entonces, ¿por qué te corriste?>>

Samuel puede ver cómo el chico enloquece, cómo se mordisquea las uñas destrozadas y lleva la mirada de un lado a otro de la habitación, paranoico mientras escucha el espiral de pensamientos en su cabeza hacerlo caer más y más hondo. Puede ver cómo sus palabras han golpeado duro al chico, como aún no se recupera. Y decide seguir martirizándolo:

—Si querías ahorrarte el castigo, podrías haber elegido ser obediente. Pero escogiste esto. Además, puedo obligarte a darme tu cuerpo cuando yo lo desee, pero ¿tu placer? Te corriste porque tu cuerpo reconoce tu lugar, ese que tu mente todavía se niega a aceptar.

Aaron siente arcadas. Samuel le está hablando tan despacio y calmado, como si no tratase de hundirlo con horribles cosas que ha ideado con ese propósito, sino como si sencillamente estuviese tendiendo la paciencia de explicarle cómo son las cosas que él es demasiado estúpido para entender. Pero las cosas no pueden ser así, se dice, porque si su único lugar en el mundo es bajo Samuel Hass, si su único destino es obedecer a pesar de lo mucho que cada orden pesa sobre él, no entiende por qué ha venido al mundo, a un mundo que antes estaba lleno de felicidad y calidez y solo algunos problemas tontos. ¿Por qué le dejaría el destino conocer tal júbilo solo para arrancárselo de las manos, para decirle que las vidas alegres y bonitas existen, solo que no son para él?

La vida no puede ser tan cruel. <<Pero lo es>>.

Aaron niega, apenas pudiendo respirar. Se dice que ese no es su lugar <<Pero cuando tenías que huir, volviste hacia aquí, como si fuese instintivo, como si quisieras recibir ese castigo porque es lo que mereces y lo sabes>>

Aaron se tapa los oídos de nuevo, aunque no puede detener la voz de Samuel y mucho menos la parte de esta que se ha metido en su cerebro y le susurra como una serpiente.

—¡No! No es verdad. Usaste tu voz, e-el lazo, usaste la voz de mando y no pude desobedecer y…

—¿Mi voz? —por un instante Samuel luce realmente confundido, como si realmente no tuviese la más mínima idea de lo que Aaron le está diciendo y eso lo destroza. Luego lo mira divertido y añade: —Oh, cosita ignorante, el vínculo no está formado siquiera, no podría haberla usado. 

—No es cierto, ¡sí que puedes usarla! ¡Úsala, úsala de nuevo!

Aaron chilla enloquecido, necesita que el vampiro lo haga. Incluso si va a ultrajarlo de nuevo ahora, como castigo, incluso si va a usar su voz de mando para comandarle que se quede quieto y dócil, que lo tome entero y que luego vuelva a eyacular cuando se sienta en su peor momento. Necesita la confirmación de que ha sido obligado, de que es una víctima, de que él no pidió eso.

La necesita o se odiará más de lo que odia a Samuel.

Aaron respira rápido y la habitación da vueltas cuando piensa en eso, en la terrible posibilidad de que el vampiro no esté mintiendo, de que realmente no haya podido usar su voz y su cuerpo no haya sido manipulado como un títere, sino que le haya traicionado de ese repugnante modo por voluntad propia.

El chico se cae al suelo, golpeando su cabeza, y llora desconsolado mientras en su cabeza solo hay una única, temerosa pregunta: <<¿Me lo merezco? ¿Yo mismo quería esto?>>

Para cuando Aaron logra vencer su mareo y alzar la cabeza, Samuel ya se ha marchado, dejándolo a solas con un cuerpo que ya no se siente suyo y con la espantosa consciencia de que dentro de unas horas el infierno comenzará de nuevo.

Pero Aaron finge que no ha escuchado a Samuel jurarle que lo tomará esta noche también o que el vampiro no cumple sus amenazas o que quizá la noche no llegará nunca a su fin y que el tiempo se detendrá de modo que no tenga que ser arrastrado de nuevo a una cama -al suelo- por su amo. Lo finge igual que lleva semanas fingiendo, cada vez que el vampiro le pegaba, que las veces que era amable lo compensaban, que la humanidad que veía entonces era más poderosa que el monstruo que tan usualmente afloraba para pintar la piel de morado y rojo. 

Y lo hace por el mismo motivo que entonces: porque si se enfrenta a la realidad, no podrá soportarlo.

Nada puede sobrevivir a tanto dolor sin resguardarse en la seguridad de la imaginación o en la decepcionante, pero arrulladora nana de la ilusión, de las esperanzas que no existen porque vayan a cumplirse, sino porque no lo harán, pero creer en ellas te mantiene vivo lo suficiente como para llegar a ese momento.

Aaron, pues, no piensa en el pasado ni en el futuro. Trata de borrar los recuerdos de lo que anoche sucedió, esos ecos que le susurran exactamente qué le hará su amo hoy. Se centra en el presente: qué siente, qué necesita.

Siente dolor, necesita vender sus heridas, entablillar su brazo, desinfectar su ojo y…

<<Sucio>>

Se siente sucio.

Necesita bañarse antes siquiera de curarse.

Necesita sentirse limpio de nuevo, como cuando su piel se sentía como piel y sus entrañas como entrañas, no como la asquerosa e infecta tela supurante de un saco lleno de basura y nada más que eso.

El dolor puede esperar, el asco no.

Así que Aaron se arrastra como puede hacia el baño, llena la tina de agua caliente y tira al tuntún chorros de jabón dentro hasta que las fragancias impregnan la habitación de aromas agradables y el agua está llena de espumas y burbujas hasta que parece un mullido lecho.

Aaron se tranquiliza un poco. Siempre que se da un baño las cosas mejoran; frotar su piel con un buen jabón le ayuda a tallar fuera la sensación de las manos del vampiro violentándolo o tocándolo de formas que le incomodan. Pasa la esponja sobre su dermis hasta que la caricia sobrescribe el eco de esos tactos desagradables y todo vuelve a estar bien, al menos en parte.

Hoy no funciona.

El agua está cristalina para cuando se ha dado su quinto baño; no hay en ella más rastros de sangre o semen que la enturbien, el jabón sale blanco y sonrosado y todo el aire huele a un campo de rosas. Pero Aaron sigue sintiéndose sucio.

Tierra bajo las uñas, gusanos bajo su piel, siente las manos del vampiro en todos los rincones de su cuerpo, su sexo tan profundo que cuando traga saliva su garganta se siente incómoda y piensa que todo su interior está impregnado, manchado de la semilla del vampiro, todo pegajoso y sucio y pudriéndose porque, aunque ha tirado la esponja y ahora se frota con los dedos y escarba con las uñas, nunca llegará suficientemente profundo como para purificar el veneno que lleva en el cuerpo. Se arranca las costras con los dedos y tiene ya la parte de debajo de las uñas llena de piel; el agua vuelve a estar roja y aun así sigue sucio. No se ha embarrado con algo que pueda sacar frotando un poco; la impureza está dentro de él, en su estómago, en sus entrañas, en el tuétano de sus huesos.

Aaron sabe que la única forma de limpiarse de esas horribles sensaciones sería tallar tan profundo que no quedase nada de él, como quien con un cincel retira capa tras capa de piedra, lascas inútiles cayendo como pétalos a los lados, y al final, cuando llega al centro, no crea una figura hermosa, no desvela un ángel, sino que sigue hasta reducirla a aire y polvo que poco a poco desaparece.

Aaron sale de la bañera gritando y gruñendo y peleándose con uñas y dientes contra su piel, porque necesita arrancarse esa sensación, quitarse la carne a pedazos si hace falta hasta encontrar un pequeño pedacito de él que no haya sido manchado por ese horror. Se muerde los dedos y los brazos y se araña las piernas y los genitales. Se revuelve por el suelo como un animal salvaje y termina golpeando todo a su alrededor en un arranque de ira.

Solo que no rompe nada, pues su cuerpo está demasiado débil y roto como para que su dolor logre cambiar algo. Golpea el suelo y la bañera y siguen ahí, inamovibles, inalterables. Se dobla de dolor porque su antebrazo roto no puede resistir esos golpes.

<<Tonto>> parece decirle su cuerpo: <<Niño tonto. No puedes solucionar esto. No puedes sacar de dentro de ti la violencia que él ha forzado. No puedes hacer daño a nadie, más que a ti mismo>>

Aaron alza la cabeza y halla al inicio una figura extraña y patética que no reconoce. Se asusta, pero al poco se da cuenta de que está frente al espejo.

<<No puedes culpar a nadie más, tampoco>>

Observa esa anatomía delgaducha, magullada, encorvada como a punto de hacerse un ovillo y tratar de desaparecer. En su cuerpo ya no queda nada suyo. ¿Su piel? Un mero lienzo para las marcas de propiedad de su amo. ¿Sus ojos azules? Uno llora sangre ahora y el otro lágrimas, ambas producto de un dolor que le pertenece a su amo, pues él lo ha causado. ¿Su sangre? Se derrama fuera de sus venas, huye de él, como si estuviese infectado por dentro, un cascarón podrido incapaz de contener el delicioso elixir que, de todos modos, pertenece a unos labios con colmillos. ¿Su voz? Rota e inútil, jamás escuchada, una cosa que solo posee porque Samuel se la ha dejado prestada, pero que anoche podía hacer desaparecer empujando su cabeza como quien pulsa un interruptor.

¿Su belleza?

Aaron siente asco cuando advierte que, bajo las heridas, todavía es bonito, pues conserva su rostro suave y su mirada grande, su cabello mullido, aunque ahora enredado, sus muñecas y tobillos gráciles, su cintura pequeña, su espalda delgada y con la curva de la columna arqueándose de una forma que Samuel ha disfrutado, pues ha pasado sus manos por ahí una y otra y otra vez. Conserva todas las cosas por las que Samuel le perdonó la vida una vez, cuando él aún era ingenuo y creía que no había destinos peores que la muerte. 

Aaron puede distinguir cuáles son las zonas favoritas de Samuel de su cuerpo con solo mirar allí donde su dermis ya no es pálida, del cremoso color de lo puro y lo casto, sino que está manchada de su corrupción. Su cintura morada con marcas de dos enormes que la han sostenido sin cuidado alguno, sus muñecas, sus muslos… pero hay dos lugares todavía más maltratados: su cuello, donde el mordisco deja a la vista su carne viva, brillante, sensible, y su entrada, destrozada con brutalidad por un hombre que no quería sostener su flor, sino arrancársela.

Aaron llora frente al espejo, incapaz siquiera de ponerse en pie. <<Sangre y sexo, solo soy eso.>> piensa y maldice su rostro hermoso, su cuerpo elegante y maleable, maldice haber seducido al vampiro con su sumisión para sobrevivir, pues eso mismo le ha llevado donde está ahora: encadenado y condenado a una eternidad siendo sexo y sangre, jamás una persona. Y todo solo porque ese hombre le deseó al verlo, porque aún le desea.

Aaron jadea y llora, ahogándose de nuevo con sus propios suspiros, sus sollozos e hipeos. <<Cuando me hablaba amablemente, cuando me hacía caricias… todo era una burla. Él nunca me ha querido. Solo me desea. Es solo deseo. Y el deseo de un vampiro es tan cruel, tan insoportable… ¿Por qué no puedo hacer que deje de desearme? ¿Por qué?>>

Pero la respuesta está parada frente a sí mismo, ese reflejo frágil y malogrado, pero atractivo. Él es solo una cosa bonita y lo odia. Odia ese cuerpo que lo ha condenado, ese cuerpo débil y estúpido que no le vale para luchar o para huir lejos, ese cuerpo que le ha permitido sobrevivir, pero ¿A cambio de qué? Ese cuerpo que ha decidido ser objeto de deseo antes de dejarse asesinar como una persona, ese maldito cuerpo que Samuel ha ansiado y conseguido y que, mientras era tomado por la fuerza, no ha podido siquiera resistirse como es debido, sino que ha sido dócil y complaciente con su demonio y se ha corrido solo porque este lo deseaba. 

Ese cuerpo que es esclavo de un deseo inhumano.

Aaron se lo arrancaría si pudiese, volaría muy lejos de ahí si solo la piel y los huesos rotos y el dolor no le pesasen tanto, anclándolo a ese suelo empapado de lágrimas. Pero, de nuevo, no puede. Siempre inútil.

Se odia tanto.

Su reflejo llora patéticamente y sabe que así lloró anoche, que esa misma imagen es la que vio el vampiro y tanto le encendió como para dar pábulo a su deseo por horas, permitiéndole abusarlo toda la noche. <<¿Por qué no puedo llorar de un modo que no le guste? ¿Por qué mis súplicas le parecen ardientes y no tristes? ¡¿Por qué soy así?!>>

—¡¿Por qué?! ¿Por qué me haces esto, por qué permites que él me haga esto? —grita el chico y sus puños solo hallan el frío del cristal, sus gritos el silencio de un reflejo que no tiene respuesta que darle, porque se hace las mismas preguntas. Se mira a los ojos, entreabriendo aquel cuyo azul se ha enturbiado por la sangre que lo recubre, y chilla con todas sus fuerzas— ¡TE ODIO!

Por primera vez, su ira sí que logra romper algo.

Termina respirando agitadamente por el esfuerzo y el dolor que vibra a través de su antebrazo roto, viendo la pared tras el espejo, polvorienta y oscura de suciedad, con telarañas e insectos huyendo ahora de la luz. Aaron se queda unos segundos observando la asquerosa imagen y piensa que quizá no ha roto el espejo, sino que lo ha arreglado, pues refleja ahora no cómo luce, sino qué es.

<<Algo sucio. Tan sucio. Tan sucio. Tan sucio, tan sucio, tansuciotansuciotansucio…>>

A su alrededor cae una lluvia de pedazos de cristal roto, todos ellos devolviéndole una parte quebrada de su reflejo: medio rostro, una mano, un tobillo cercenado, un cuello ensangrentado. Pero no importa, porque Aaron también se siente hecho pedazos y tampoco sabe cómo armar las piezas del rompecabezas para poder sentirse entero de nuevo. Duda que pueda; algunas están rotas más allá de cualquier reparación, otras se las ha llevado Samuel consigo.

Algunos pedazos de cristal se le clavan en la palma de las manos, como anoche. Piensa en su voluntad hecha añicos, en su instinto de supervivencia reducido a polvo. Ya nada le insta a correr lejos de ahí; algo en su interior reconoce que no puede. Aun así, quiere huir.

Y solo se le ocurre una manera.

Observa los pedazos de cristal en el suelo, buscando con su ojito aún sano uno que sea grande y alargado. Uno que luzca como una daga.

Al mismo tiempo, busca en su interior algo que pueda sostenerlo junto por un poco más, un hilo de cordura o de ilusión o incluso de ingenua esperanza que pueda tomar todos los pedazos rotos de Aaron y amarrarlos para evitar que se desmorone tan pronto. Pero no encuentra nada.

Su mano sí encuentra algo: Un cristal roto del suelo, grande, suficientemente como para que cuando envuelve su mano alrededor este le corte la palma y los dedos, pero aún sobresalga una punta afilada como la de una lanza.

Suspira, pues no quiere hacerlo, pero ¿qué más opción le queda? Se aferra al cristal con fuerza, pues es una oportunidad de huir; dolorosa y terriblemente injusta, pero es la mejor, no, la única que tiene.

Piensa en las palabras del vampiro de antes, cómo le ha dicho que no va a matarlo solo porque él no tenga el valor de quitarse la vida, pero Aaron ya no sabe lo que es el valor o la cobardía. Lleva temiendo morir mucho tiempo y pensó que ser valiente era seguir adelante, avanzar a pesar de las piernas temblorosas, pero ¿qué mérito tiene seguir en una vida que no se siente tal? Ha sobrevivido por miedo a morir y ese miedo jamás desaparecerá, pero la muerte es incertidumbre y Samuel… Samuel es la certeza de unos horrores que Aaron ya conoce. No puede imaginar nada peor, así que le cuesta temer a la muerte del mismo modo en que teme a su amo.

Aun así, no la desea realmente. Incluso cuando clava el cristal en su brazo, justo bajo la palma, él no quiere morir.

Solo volver a casa. 

Pero su hogar no existe ya y, si él quiere alcanzar algún día la paz que en él vivió, quizá debería dejar atrás ese mundo también.

No porque no quiera vivir, sino porque no quiere vivir así y, ¿qué otra vida le ofrece este podrido mundo?

Por primera vez en mucho tiempo, no le tiembla el pulso cuando desliza el cristal a través de su brazo.

Abriéndolo.


 

CAPÍTULO 38

Aaron nunca pensó que morir desangrado sería tan lento. Gota tras gota, segundo tras segundo, el tiempo parece estirarse en la eternidad y cada nuevo instante en que el mareo lo hace sentirse débil y febril es un instante más en que su mente sigue aguda, quizá un poco soñolienta, pero demasiado capaz de pensar.

Pensar en lo que ha hecho. En que va a morir.

Se siente realmente extraño por ello. Algo malo le ronda la cabeza, le dice que ha sido un error, que debería volver atrás en el tiempo a solucionarlo.

Pero respirar es difícil. Mantener los ojos abiertos es difícil. Hacer que después de cada latido de su corazón haya otro es difícil y si tan sencillas cosas se le hacen cada vez más imposibles, ¿cómo va Aaron a enmendar un error tan enorme del que se arrepentirá en sus últimos instantes?

Quizá arrepentimiento no sea la palabra adecuada para describirlo, pues Aaron supo desde antes de enterrar el cristal en su brazo que quería vivir.

¿Acaso no es propio de las criaturas que buscan proteger su vida como si fuese el más santo tesoro huir de todo aquello que las daña y las hace sentir en peligro?

Aaron sabe que es contradictorio, pero no quiere morir, no lo ha querido nunca; solo quiere escapar de este dolor desgarrador que ha inundado sus noches hasta el punto de hacerle sentirse muerto en vida. No. No muerto: muriendo. Lenta, agónica, insoportablemente.

Él tomaría una vida mejor antes que cualquier muerte, pero Samuel le ha arrebatado incluso la humilde posibilidad de seguir viviendo como una alimaña salvaje que se oculta y pasa hambre y sed, que bebe solo cuando llueve y come cuando halla frutillas que apenas le sacian.

Le ha arrebatado tanto que su vida está vacía de sentido, pero henchida de dolor, de miedo, de sufrimiento. 

Una vida que se siente como el infierno mismo no puede ser llamada vida, por eso Aaron quiere algo distinto, algo mejor. No es su culpa que la única paz que tiene al alcance de la mano sea la de morir.

No es su culpa tampoco llorar mientras se desangra porque quiere otra oportunidad, quiere una esperanza, un ángel que se incline sobre él y le devuelva a la vida, le enseñe un nuevo camino y le diga que las cosas no tienen por qué ser así.

Quiere desesperadamente la ayuda que lleva años sin obtener.

Pero lo único que su estúpida decisión le da es mucho sueño, frío en sus manos y sus pies y un extraño mareo cuando cierra los ojos y escucha, de fondo, el eco de sus pasos apresurados acercándose.

 

Samuel ni siquiera cierra la puerta de casa cuando vuelve. Tan pronto cruza el umbral, el aroma de la sangre de Aaron inunda todo y lo golpea, dejándolo en trance por unos segundos. Luego algo más lo llena, algo extraño que le hace sentir acelerado y torpe y lo lleva a buscar habitación por habitación a Aaron, y que hace que sus manos tiemblen cuando toma el pomo de cada puerta y que sus dientes castañeen y que sus pensamientos se pisen unos a otros hasta que ya no sabe en qué piensa o en qué no.

Pánico.

Una segunda oleada lo golpea cuando abre la puerta del baño y ve al chico en el suelo, tendido sobre un charco de sangre y fragmentos de cristal con sus ojos cerrados y su pecho subiendo y bajando demasiado despacio, demasiado imperceptiblemente. 

En ese momento Aaron ya no es el chico al que le recuerda. Ya no es su amante del pasado que le traicionó y del que hoy en día se sigue vengando a través de ese pobre inocente. Aaron ya no es tampoco un recuerdo de Samuel mismo cuando era humano; Aaron ya no es una encarnación de su debilidad y su ingenuidad, de esos defectos que se jura que ya no tiene, pero que el chico despierta en él como destapando todas sus inseguridades.

Ya no es su esclavo, pues sabe que nunca fue solo eso. <<Él es…>>

—¿Aaron? —pregunta y su voz es tan fina y débil que no se reconoce.

<<Es mi debilidad. Mi cosa más preciada.>>

Samuel se arrodilla en el charco de sangre ya fría y desgarra su propia muñeca con sus dientes sin miramiento alguno. Toma con gentileza la cabeza de su humanito y la empuja contra su brazo, pero Aaron no tiene fuerza para abrir la boca, mucho menos para tragar, y la herida del vampiro ya está curándose, pues su cuerpo no está hecho para sangrar por nadie, sino para hacer sangrar.

—No, mierda, mierda. ¡Joder!

Samuel vuelve a clavar sus colmillos en su antebrazo y ahora se abre una herida mucho más grande que la anterior: hace una mueca de dolor mientras arrastra sus colmillos desde su muñeca hacia su codo, rasgando su piel de forma idéntica a la que el humano lo ha hecho, y luego abre la boca del chico con sus dedos ensangrentados y deja que la sangre corra de su brazo a los labios del humano.

Siente la sangre deslizándose sobre la lengua del pequeño, manchándole los labios, escurriéndole por las comisuras, derramándose por su barbilla.

Desperdiciándose.

—¡No, tienes que beber!

Pero Aaron ya no le escucha. Y tampoco respira.

Samuel empuja sus dedos dentro de la boca del chico, sosteniéndola quieta sobre su regazo húmedo de sangre. Toca con las yemas su garganta y entonces con su otra mano se clava las garras en su herida semicurada, manteniéndola abierta y sangrante para que se derrame por su brazo, por su mano y sus dedos y tenga que deslizarse hasta la garganta del chico.

Samuel sostiene la respiración mientras unos agónicos segundos pasan. Mantiene sus dedos agarrotados y clavados bien al fondo de su herida, como si no quisiera que su carne olvidase ese dolor ni tampoco la forma específica del corte, como si quisiera sanar el de Aaron a cambio de obtener él ese dolor.

Y pareciera que alguna clase de dios lo oiga o quizá esta noche el azar esté de su lado, pues pronto nota la garganta de Aaron cerrándose en torno a sus dedos empapados de sangre, tosiendo levemente mientras recobra la consciencia y no entiende por qué algo invade su boca o por qué todo le sabe a óxido. Samuel retira su mano del interior del chico, pues puede ver cómo su rostro y su cuerpo empiezan a curarse poco a poco y ya no hay necesidad de que beba más, pero aun así continúa sosteniéndolo en su regazo. Ahora lo toma por la cintura y lo mueve con el máximo cuidado posible, acercándoselo, acunándolo entre sus brazos.

Aaron lloriquea de dolor y se aferra a sus ropas con desesperación mientras la sangre del vampiro lo cura. Por un momento, eso también se siente como una violación: el hombre de nuevo dentro de su cuerpo, destrozándolo por dentro, obligándolo a hacer algo que no quiere. Porque Aaron no quiere seguir viviendo entre sus garras.

Mientras se retuerce, los recuerdos vuelven a él: el miedo, el dolor, la humillación y luego esa extraña paz cuando su corazón empezó a ir tan despacio, cuando incluso respirar era algo demasiado trabajoso y su cuerpo se dedicó única y exclusivamente a descansar.

Ya no hay más de eso.

—No, no…

La herida de su brazo se cierra y Aaron puede sentir agujas invisibles atravesándole cada extremo de esta, estirando de su piel hasta casi desgarrarla para unirla de nuevo.

—No, no, no.

Puede sentir los fragmentos de su antebrazo roto volviéndose a unir con el hueso, viajando del tejido profundo y sensible donde se habían incrustado hacia el lugar donde pertenecen, como pequeñas balas atravesando su cuerpo para hallar su origen. Puede sentir su ojo expulsando los pedazos de cristal que en él se habían clavado y es como llorar ácido.

—¡No, no, por favor, no!

Sus tobillos son la peor parte, posiblemente. Samuel arrancó sus tendones, así que su cuerpo toma de donde puede nuevos tejidos para reconstruirlos y primero quedan al aire, mostrando el hueso y la carne viva y brillante del chico, y luego poco a poco se cubren de fibras musculares que los abrazan demasiado fuerte y de un manto de piel que no se siente ni siquiera suya al inicio.

Para cuando la curación termina, Aaron está tan cansado de luchar contra el dolor que sigue sin poder abrir los ojos.

Samuel lo sostiene contra su pecho y nota sus lentas y pausadas respiraciones. Se ha dormido con sus manos aferrándose a la camisa del vampiro y su cabecita enterrada en su pecho, buscando cobijo, protección. Samuel nota también la somnolencia apoderarse de él y sabe instintivamente que pronto amanecerá. La salida del sol está tan cerca, de hecho, que no tiene siquiera fuerzas para levantarse con Aaron en brazos y llevarlo a la cama, así que se queda ahí. Con él.

Lo abraza durante todo el día mientras duerme. El vampiro en el suelo, sus cabellos empapados de sangre humana y de su sangre del mismo modo, ambos sobre el charco de carmesí y cristales y Aaron acurrucado en su pecho, resguardado por dos protectores brazos que no dejan que una sola gota de sangre vuelva a tocar su cuerpo.

Samuel es el primero de ambos en despertar al caer la noche. A su alrededor aún flota el aroma de la sangre seca, un poco dulce aún, como pétalos mustios, y hace mucho frío. El vampiro se levanta con Aaron aún en sus brazos, pues su peso ahora es negligible, como levantar a un ángel hecho solo de brisa y plumas. La idea de llevarlo a la cama y dejarlo yacer ahí cómodamente le cruza la mente, pues sabe que es lo correcto, pero él nunca hace lo correcto.

Samuel muerde su labio, asustado ante la incertidumbre que despliega a partir de esta noche, pues no sabe qué hacer con el chico entre sus brazos. No puede tratarlo con delicadeza y dulzura, como merece, pues hace mucho que olvidó cómo hacerlo. No puede consentir a su humano, pues si Aaron olvida su lugar, ¿dónde deja eso a Samuel? Necesita la estabilidad que durante tantos siglos ha construido, ese enorme pilar sobre el que se eleva ante los míseros mortales y los nimios neófitos. Sin su grandeza, Samuel teme derrumbarse, pero ¿acaso su autoridad y su mano dura son una opción viable? Sabe que romperá al chico de veras si sigue siendo como hasta ahora, pues ha aprendido a ser invencible: ha pasado años curtiéndose, convirtiendo su piel en una espinosa coraza y sus manos en armas afiladas, su personalidad en una bala a punto de ser disparada, su boca en pólvora y veneno, creyendo así que no habría nada en el mundo que no fuese capaz de hacer. Ahora se lamenta, porque jura proteger a ese pequeño humano para que nadie más le hiera, ni siquiera él, pero nunca antes ha tenido que aprender a proteger.

Solo de destruir y eso es lo que hará con Aaron si las cosas siguen como hasta ahora.

Tiene que cambiar o si no…

<<Pero incluso si quiero ser amable, no sé cómo. No estoy hecho para ello. He olvidado cómo cuidar de lo que quiero. No tiene sentido, no puedo querer, no ahora que no soy humano.>>

Samuel está hecho un lío y odia que le hagan sentir así. Nunca ha perdido los estribos por ningún problema, pues todos ellos han tenido rostro y nombre y una vida que arrebatar y él jamás ha tenido miramientos a la hora de hacerlo.

Tampoco dificultades. Solo los humanos tienen problemas que no puedan resolver dejándose llevar por la sed de sangre y Samuel se siente tan débil al no poder hacer nada más que pensar y andar en círculos ahora que sabe que hará daño a Aaron si se frustra demasiado, pues así ha aprendido a desquitarse y ese es un hábito, no, una adicción, que lleva tantos años alimentando que ha olvidado cómo se sentía antes. Solo Aaron se lo recuerda.

Deja al chico en el suelo del baño, temiendo dañarlo si sus emociones lo alteran demasiado, y él sigue en sus brazos y se marcha a otro lado a pensar. No puede tenerlo cerca ahora o sabe que volverá a hacer algo imperdonable.


 

CAPÍTULO 39

Aaron se siente tan confuso al despertar que en él no tiene cabida siquiera el miedo o la decepción, solo la mareante sensación de preguntarte dónde estás y no poder responder porque tus ojos no reconocen aquello que ven.

Poco a poco la luz del baño deja de cegarlo y, a medida que las imágenes del lugar familiar vienen a él, también lo hacen los recuerdos: Samuel enfadado, cazándolo como a un pedazo de carne, mutilándolo irreversiblemente como si fuese a desecharlo de todos modos, golpeándolo, ultrajándolo y abandonándolo con su dolor y el conocimiento de que sería violado de nuevo la próxima vez que lo viese. 

El espejo, la rabia, el asco, la vergüenza de su reflejo. El cristal hecho pedazos. Su brazo hecho pedazos.

Mira a su alrededor, alterado, preguntándose si acaso resulta que el suicidio era un pecado y que ha sido enviado al peor infierno que se le ocurre: aquel del que pretendía escapar.

Pero nota el sabor metálico en su boca y el pánico lo inunda al comprender que ha pasado.

Empieza a respirar rápido, a sofocarse. El calor lo inunda como una ola de magma cuando lo entiende por fin: Samuel le ha quitado la posibilidad de decidir del todo; lo ha curado contra su voluntad. Le ha extirpado la libertad, cortado sus alas hasta no dejar ni una inocente pluma.

No hay nada que pueda hacer contra eso.

Ni siquiera hundiese en la paz de la muerte podrá escapar de sus garras.

De pronto, Aaron empieza a llorar desconsoladamente y deja calar en él la idea tan terrible de que escapar no será nunca una opción.

Piensa que al menos tendrá unas horas para desahogarse, pero de pronto escucha los pasos de su amo y debe tragar sus lágrimas. No quiere provocarlo con su sufrimiento.

<<Provocarlo…>> recuerda de pronto que la última vez que vio al vampiro estando él consciente fue cuando le desobedeció y retó a propósito, provocándolo para que se aburriese y librase de él. Obtuvo una respuesta mucho más inesperada y se pregunta ahora si el vampiro sigue pensando en castigarlo como le dijo.

Quizá, piensa, como ha intentado suicidarse y huir en vez de ser sumiso y tomar su castigo como un buen chico, será peor aún. Quizá Samuel no viene solo y están junto a él aquellos aterradores vampiros que se sirvieron copas con su sangre, aquel que bebió directo de su cuello, y ahora su amo planea compartirlo de otra manera para enseñarle la lección.

Los pasos se acercan. Aaron trata de distinguir si son los de un solo hombre o más, pero su corazón retumba tan fuerte que no puede siquiera pensar y entonces la puerta chirría, el pomo gira y para él todo da vueltas.

—¿Cómo te sientes?

Para alivio de Aaron, Samuel está solo y, pese a tener una expresión de pocos amigos, le ha hablado lento y suavemente. El hombre se acerca al no obtener respuesta y Aaron intenta encontrar su voz, pero no puede; su cuerpo se mueve solo, buscando sobrevivir, huir, y se arrastra patéticamente por el suelo hasta llegar a una esquina del baño, donde se abraza a sus piernas y maldice por dentro, porque está llorando a mares y no sabe si eso va a enfadar o no al vampiro.

Samuel se acerca con mucha cautela. Trata de no perder su paciencia y le cuesta, pues jamás ha tenido que ser paciente. Todo lo que ha querido lo ha obtenido al instante, pero lo que ahora desea no puede obtenerse a la fuerza, así que se agacha justo frente a Aaron y lo ve dar un bote asustado, acercarse más a la pared como un animalito enjaulado y arañar con desesperación la pared hasta arrancar la pintura, como queriendo meterse en ella y desaparecer.

Samuel siente que su corazón se rompe al ver al chico tan aterrorizado, pero no tiene derecho a reclamar. Él mismo le ha hecho eso.

—Te he hecho una pregunta, dulzura, respóndela. —su tono es duro, pues está dándole una orden, pero habla de una forma distinta a la de siempre. Con menos urgencia, las palabras no tan afiladas.

Aun así, Aaron siente un nudo en el estómago al escuchar la orden, pues sabe cuáles son las consecuencias de desobedecer. Pero sencillamente no puede responder, no tiene voz, no tiene nada más en su interior que temblor y miedo y náuseas.

Samuel alza su mano para tocarlo y Aaron chilla horrorizado, todo su cuerpo estalla con adrenalina y los recuerdos de la noche anterior dándole las fuerzas suficientes para apartar la mano del vampiro y correr lejos de él.

Solo que a los dos pasos algo falla: sus piernas no funcionan como antes y, al apoyar el peso sobre sus pies, los tobillos dan de sí y él cae al suelo, pero no importa porque el lugar al que intenta llegar no está lejos, puede arrastrarse si hace falta.

Samuel se queda tan sorprendido que no reacciona hasta que se voltea y ve al chico de nuevo en el charco de sangre, con otro pedazo de cristal en la mano y el pulso temblándole tanto que cuando da la primera puñalada, falla y solo se desgarra uno de los lados de su brazo.

Cuando Samuel ve la sangre, siente una punzada de dolor físico atravesándolo y actúa sin pensar. En un segundo está sosteniendo las muñecas de Aaron, inmovilizándolo a horcajadas sobre él e impidiendo que se corte de nuevo. 

—¡Quieto! —grita y hasta ahora su voz había salido contenida, pero la posibilidad de perder a Aaron de nuevo le hace rugir esa orden con una autoridad que enloquece al chico.

Aaron chilla como si lo estuviesen matando: alto y agudo hasta que solo escucha un pitido en sus oídos y Samuel nota algo extraño empapando el suelo. El humano se resiste inútilmente y patalea bajo él con todas sus fuerzas mientras el charco se extiende y, cuando pasan varios segundos, Samuel comprende que Aaron se ha orinado del miedo cuando él le ha alzado la voz.

El vampiro empieza a sentirse desesperado y frustrado. La última vez que Aaron tuvo la osadía de ensuciar sus suelos vomitando en ellos como consecuencia de una paliza que él mismo le propinó, lo castigó por ello con severidad y le hizo limpiar el destrozo. Ahora afloran los mismos instintos de herir al chico por estar comportándose de esa forma tan inconveniente y de forzarlo con violencia y amenazas a calmarse y solucionar todo eso, pero sabe que no puede, que no es una opción. No solo porque eso solo empeoraría todo, sino porque Aaron no parece capaz de oírlo siquiera. No parece ni siquiera verlo, tiene unos ojos enloquecidos que pasan a través de él y miran a todos lados, abiertos de par en par e inyectados en sangre, como si el pobre humano pudiese ver los espíritus del pasado sobrevolarlo y arremolinarse en torno a él, recuerdos oscuros superponiéndose al presente y haciéndole revivir todo una y otra vez.

Samuel sostiene ahora las muñecas del chico con una sola mano y, con la otra, le agarra el rostro clavando el dedo en sus mejillas.

—Cálmate. Deja de gritar. —le dice firme, pero sin gruñir y el chico no le obedece en absoluto.

Aaron sigue chillando de una forma tan escalofriante que Samuel se pregunta si su sangre ha funcionado de verdad o si solo ha cubierto su cuerpo con un velo ilusorio de perfección y, por dentro, el chico está destrozado, sus órganos licuándose, sus huesos haciéndose polvo. Además, se revuelve con un ímpetu que asusta al vampiro, no porque la fuerza del chico sea algo que teme no saber manejar, sino porque si sigue haciéndolo, al final acabará rompiéndose las muñecas de tanto forcejear.

De pronto, Aaron empieza a alzar su cabeza y echarla hacia atrás, dándose fuertes golpes en la parte de atrás, mareándose tanto que con el tercer golpe su cuerpo está más débil y confuso y su resistencia es mucho más suave.

—¡Para! —Samuel lo toma del cuello mientras le da la orden que sabe que va a ser ignorada.

Quizá rodear la garganta del pobre chico con sus intimidantes dedos no es la mejor opción, pero no se le ocurre nada más para mantenerlo quieto y tranquilo contra el suelo. El chico no ha dejado de resistirse, aún se revuelve y se retuerce bajo su peso y sus poderosos agarres, y todavía se queja, no con gritos, sino con jadeos y gruñidos faunescos, pues está demasiado aturdido por los golpes.

No es un gran avance, pero es suficiente para que Samuel se permita respirar por unos segundos y pensar fríamente en la situación.

No entiende nada. Sabía que cuando despertase, Aaron estaría nervioso y seguramente asustado, pero ¿esto? El chico está actuando como una alimaña salvaje, jamás lo había visto así. Una parte de él se preocupa por si lo salvó demasiado tarde con su sangre y las horas que debió pasar sin apenas riego sanguíneo en el cerebro, el corazón, en cada órgano importante, le han dejado daños irreversibles y ese comportamiento que ve ahora son las secuelas.

<<Mi sangre es lo más valioso que tengo, es lo que me da todo mi poder, toda mi fuerza. Jamás haría un trabajo a medias. Está curado, está bien>> se dice el vampiro, tratando de calmarse cuando nota que le tiemblan las manos, tanto la que inmoviliza las muñecas del humano como la que sostiene su cuello.

Mira al chico con lástima, sus ojitos azules enloquecidos y anegados en lágrimas de puro pánico y confusión. Necesita que se calme o, si no, se quedará toda la vida ahí, reteniéndolo para que no se dañe a sí mismo, así que Samuel aprieta la mano en el cuello del menor y chasquea la lengua con fastidio cuando los ojitos de Aaron se tornan lúcidos por un momento y lo miran directamente, como si lo viesen por primera vez en mucho tiempo, con súplica y desesperación.

Samuel aparta la mirada mientras ahoga a Aaron más fuerte ahora.

Nota al chico resistirse con más y más fuerza bajo él, pero toda su oposición sigue siendo inútil en comparación a la fuerza del vampiro, así que los intentos de Aaron por escapar se van apagando hasta que el chico solo puede hacer ruiditos ahogados mientras pelea por respirar y, finalmente, pierde el conocimiento.

Un instante antes de hacerlo, Aaron logra ver a través de los recuerdos que inundan su presente -Samuel empujándolo contra el colchón, Samuel manteniéndolo bajo el agua en la piscina, Samuel, Samuel, Samuel- y se pregunta si por eso lo ha salvado el vampiro: para matarlo él mismo.

Para enseñarle que su vida no le importa, solo demostrar que es suya y que por eso es él quien decide cuándo terminarla.

Solo que Samuel no ha matado a Aaron, pero el chico no conoce la diferencia entre la muerte y la inconsciencia, pues ambas son una negrura plácida y agradable, como la de cerrar los ojos en la playa y dejarse llevar a donde sea por las olas.

Samuel toma el cuerpo inerte y empapado de Aaron del suelo, lo deja en la bañera y la llena de agua, aunque no tiene suficiente consideración para fijarse en que es agua prácticamente helada. No importa, solo intenta limpiar un poco a su mascota.

Siente la ira burbujeando en su interior, pues es la obligación de sus esclavos humanos la de mantenerse limpios y apetecibles para él todo el rato, así que le resulta demasiado humillante el tener que arrodillarse él frente a la tina, remangarse su caro traje y estar frotando el cuerpo sucio de Aaron para que deje de oler a sangre seca y orines.

Lo único que puede rebajar el fuego del enfado en su interior es dejarlo salir, llamarada a llamarada, con un castigo que logre agotar todas esas energías ferociosas, pero sabe que no puede.

Apenas lleva unos minutos intentando ser mejor con Aaron y ya se le hace demasiado cuesta arriba. Quiere rendirse, pero entonces recuerda a Aaron en el charco de sangre con su brazo abierto y su pecho inmóvil. Nunca se le había antojado tan horroroso el silencio hasta que descubrió cómo suena cuando uno no tiene el martilleo del corazón de Aaron de fondo, calmándolo como una nana.

No puede dejar que suceda de nuevo.

Samuel limpia a Aaron rápidamente, frotando su cuerpo con desgaire y ahogando al menor cada vez que nota que tiene espasmos en los dedos o los brazos y que podría volver a despertar. Es sencillo poner una mano en su cuello, apretar y verlo relajarse de pronto, como convirtiéndose en un precioso muñequito de porcelana. Piensa que quizá podría conservar para siempre esa versión de Aaron, pues es la única en la que el chico luce apacible, pero entonces, ¿dónde quedarían sus miradas adorables? ¿Sus sutiles caricias? ¿Sus palabras que llenan el silencio como hermosa música? Incluso si el chico despierta, teme haber perdido a ese Aaron hace ya tiempo.

Samuel debe ser cuidadoso mientras lo acicala, pues cuando se despista, el cuerpo de Aaron se resbala en la ducha y su cabecita queda totalmente cubierta por el agua jabonosa y él debe pescarlo por la anilla de su collar y tirar de esta con tal de traerlo de vuelta a la superficie para que no se ahogue.

Al terminar, lo seca con una toalla grande y, antes de continuar con esa dura noche, lo pone en su regazo y le acaricia los cabellos por un largo rato. Piensa que eso quizá calme a Aaron, pues recuerda lo mucho que le gustaba a él dormirse con las manos de su amante enredadas en su pelo, lo seguro que se sentía, como si las yemas suaves que le recorrían el cuero cabelludo pudiesen meterse dentro de su cabeza y confeccionar para él los sueños más hermosos esa noche.

Hacía años que no recordaba cómo se sentían las caricias humanas. No pensó que las echaría tantísimo de menos.


CAPÍTULO 40

—Sí, me iría bien que vinieses. Por ahora está controlado, pero no es una situación ideal. También Charlotte, si puedes enviarle una invitación para que acceda a nuestra zona.

Samuel suspira, cuelga el teléfono y apoya su espalda en la puerta de su dormitorio. Luego se desliza lentamente hacia abajo, hasta acabar sentado en el suelo con su cabeza contra la puerta. Cierra los ojos, escuchando la respiración que hay al otro lado: es profunda y rítmica, una inhalación corta y luego una dulce exhalación que dura varios segundos. Aaron sigue inconsciente, pues también el latido de su corazón es estable.

A Samuel le gustan ambos sonidos, son relajantes y amaría poder escuchar la suave respiración del chico en su oído, pero la realidad es que siempre que lo tiene cerca, Aaron es un lío de latidos desbocados y jadeos nerviosos. No puede culparlo.

Pero sí que puede culparse.

Piensa en todas las veces que cayó en la extrañísima tentación de ser tierno con ese humano y cómo luego, buscando borrar cualquier rastro de esa ternura que se le hacía tan extraña, tan ajena, tan contradictoria para con su naturaleza cruel y fuerte, fue un sádico con el pobre chico. No sabe bien si trataba de demostrarle a Aaron que no le importaba o si trataba de demostrárselo a él.

Ahora que le ha salvado la vida, lo único que podría negar toda la preocupación, todo el dolor que sintió, la desesperación que lo llevó a entregarle, si hacía falta, toda su sangre, sería matarlo. Pero no puede.

Aaron es su debilidad y, por desgracia, Samuel ha invertido muchos años y muchas vidas en hacerse de piedra, pero Aaron es de carne y hueso, tan tierno y sensible como el corazón que Samuel jamás creyó tener en el pecho. No desde que dejó de latirle.

Cualquiera podría herir a Aaron, aniquilarlo con la facilidad con la que un mortal pisa a una hormiga que halla en su camino. Él mismo debe esforzarse de forma sobrehumana para ignorar su propia naturaleza y no obligar al chico a soportarla, pues no puede y ya ha visto que, bajo el peso de sus deseos más oscuros, se quiebra hasta tornarse mero polvo de estrellas.

¿Cómo puede proteger entonces algo que él mismo no puede sostener entre sus manos porque el deseo de abrazarlo y el de hacerlo pedazos entran en guerra de una forma demasiado peligrosa? 

Algo en su interior quiere acabar con el chico, le dice que será como la primera vez que mató: se sentirá culpable, solo y tan dolido como si alguien le abriese el pecho y le arrancase el corazón pero luego, sin él, solo se sentirá poderoso. Matar a Aaron sería extirpar su debilidad, tan agónico mientras dure, pero tan pacífico y placentero después, cuando sepa que ya no hay nada en el mundo que lo ata al lastre del sentimentalismo humano.

Otra parte de él tiembla al escuchar ese monstruoso anhelo y solo quiere mantener a Aaron sedado y dormido para siempre, para que nunca alerte sus peores deseos, meterlo en una pequeña cajita donde nadie pueda alcanzarlo jamás, ni siquiera él mismo, y guardarla bajo su almohada cada día para poder tenerlo cerca y seguro siempre, para escuchar su respiración y dejar que esta le acune para dormir, insuflando en él sueños hermosos donde no es una criatura dividida entre lo que es y lo que fue.

Ambas cosas suenan como una tortura, al menos para Aaron.

Samuel debe salir de sus ensoñaciones cuando escucha unos golpes en la puerta y acude a ella con cara de pocos amigos y el cabello aún desordenado por el forcejeo con Aaron. Jason alza sus cejas al verlo, Samuel siempre luce elegante, arreglado y hermoso, pero hoy luce como si no hubiese dormido desde el amanecer y tiene la ropa rota arrugada y rasguñada.

—¿Qué ha sucedido? Le he mandado un permiso a Lottie, está de camino. Ambos estamos muy preocupados, Sam, cuando me dijiste que era por tu humano…

Samuel le esquiva la mirada a su pupilo y sencillamente lo invita a pasar con un simple gesto de manos. Jason entra, precavido y mira a todos lados con atención.

—Está en mi habitación, durmiendo. Está tranquilo por ahora, deja que te explique primero.

Samuel se deja caer sobre el sofá y Jason se sienta a su lado. Al inicio el rubio ni siquiera habla, solo suspira pesada y largamente y se frota los ojos con fuerza con el índice y el pulgar, como si quisiera borrar de sus retinas esas imágenes que el monstruo dentro suyo ha grabado a fuego, imágenes que le provocan un placer que no deberían.

Quiere olvidar la forma en que mutiló a Aaron para que no pudiese huir de él, olvidar su carita llorosa y sin esperanza mientras él se deslizaba en su interior sin compasión y le ordenaba correrse solo para humillarlo aún más, para hacerle sentir culpable e inútil, inmerecedor del consuelo que las lágrimas que lloraba podrían haberle llegado a dar, es decir, ni una millonésima parte del que necesita. Quiere olvidar lo mucho que lo disfrutó. O, al menos, olvidar lo mal que se siente ahora.

¿Por qué no pueden sus instintos y sus sentimientos ponerse de acuerdo? Él aceptó ser un monstruo muchos años atrás, lo decidió y abrazó esa decisión regocijándose en su inmortal e inmoral naturaleza nueva. ¿Por qué ahora tiene que volver su pasado, ese corazón sensible y suave que no quería ni arrancar las flores bonitas para no marchitarse? ¿Por qué ahora que ve sus actos y no está ya borracho de placer y poder, siente náuseas ante lo que es capaz de hacer? No sabe si odia ser un monstruo, se odia no serlo del todo y tener que cargar con la culpa.

Intenta ordenar sus ideas, mira a Jason a los ojos y le dice.

—Intentó suicidarse.

Jason aprieta los puños, toma aire y mira a otro lado. Samuel es su creador, más que eso, su maestro, su amigo, y es consciente de que no es solo más antiguo que él, sino que su pureza es mayor y, en consecuencia, toda su humanidad está atrofiada, aplastada bajo el peso de unos apetitos que a él le rompen el corazón y le revuelven el estómago. Aun así, no puede sentir ahora empatía por los ojos cansados o los labios temblorosos de Samuel, solo por el humano de ojos azules, los cuales imagina ya sin brillo.

—Sabías que esto acabaría así. Estabas siendo irracionalmente duro con él. Inhumano.

—No soy humano. —le reprende Samuel, pero al instante debe bajar la cabeza y morderse el labio para callarse, pues eso es lo que lleva siglos diciéndose. Y Aaron le ha contradicho en meros segundos: hay algo humano en él, si no, no se le habría roto el corazón de ese modo al ver a su chico de ojos azules prefiriendo la muerte que a él.

—Si quieres mi consejo, Samuel, y por eso me has llamado: mátalo. —Samuel alza la vista con sorpresa.

Jason tiene el rostro serio, su ceño fruncido y su boca apretada en una línea delgada, toda su cara llena de profundas y duras líneas de expresión que, de pronto, ya no lo hacen ver como un juguetón jovencito, sino muy, muy mayor. Le recuerda a cuando lo halló por primera vez, humano, cansado de vivir y con el peso de una guerra que ni siquiera entendía a sus espaldas. Samuel se siente desesperanzado de pronto. No puede ver morir a Aaron, lo necesita. Necesita a Aaron.

—Por el diablo, Samuel, lo has destrozado tanto que prefiere morirse a servirte una sola noche más. Si sigues así, lo volverás un cascarón vacío, lo matarás por dentro. ¿Quieres ayudarlo? Mátalo de una vez, ahórrale este sufrimiento. Le estarás haciendo un favor y… eres casi puro, seguramente disfrutarás quitándole la vida. Si la compasión no es suficiente aliciente para que lo asesines, quizá el placer sí lo sea.

Samuel aprieta los dientes y los puños y le lanza a su amigo una mirada llena de reproche y desaprobación. Sus palabras se sienten como un dardo venenoso que lo alcanza de lleno y, tan pronto las escucha, un flechazo de ira lo atraviesa. Odia escuchar al otro, a su neófito, hablar de él con tanta bajeza, como si fuese solo un animal endemoniado que se mueve de aquí para allá tirado por la simpleza de sus apetitos, incapaz de tomar una sola decisión si tras ella no le espera una deliciosa recompensa.

Jason le hace sonar como un vil diablo, pero Samuel se muerde la lengua, porque ha sido y es un vil diablo.

Quiere reclamarle a su amigo que él realmente quiere ayudar a Aaron, quiere cuidarlo y reparar todo lo que ha roto en él, pero ¿cómo podría siquiera explicarle a alguien, explicarse a sí mismo que Aaron es lo más preciado que tiene si ha sido él quien lo ha roto de tan horribles maneras en primer lugar?

—No es una opción —se limita a decir y sabe que continúa siendo un egoísta, porque Aaron desea morir y él desea que viva y, de nuevo, sus deseos se anteponen a los del humano, pero sencillamente no puede hacerlo, incluso si ha estado cerca antes, porque ahora la parte de él que anhela al chico no es la que tiene colmillos y garras, sino la que tiene manos suaves y listas para acariciar. Solo debe recordar cómo. —.  Haré lo que sea, Jason, pero eso no. Tú te dedicas a comprar y entrenar a humanos, tienes cientos de ellos y no solo son perfectamente obedientes contigo, algunos son también animados y risueños… son felices. Tú sabes cómo hacerlo, cómo tratar a los humanos de un modo que no les hace desear morir. Necesito que me ayudes. Aaron… él está… Tú has comprado antes a humanos que veían de amos casi tan puros como yo, humanos que han sido usados como yo he usado al mío, tú sabes cómo arreglarlos ¿Verdad?

Jason tuerce su boca y se sostiene el puente de la nariz. Le debe todo a Samuel, no solo porque le salvó cuando no tenía por qué y le dio el regalo de la vida eterna, no solo porque perdonó a su hermana cuando pudo haber hecho con ella cosas peores que las que ahora empujan a Aaron a la muerte, sino también porque tras años buscándolo, Samuel no rechazó al pupilo al que se arrepintió de haber creado. Podría haber solucionado su error, haber matado a Jason con la facilidad con la que antaño Samuel borraba ciudades enteras del mapa cuando se daba atracones de una sola noche, pero no lo hizo. Porque Samuel tuvo debilidad por él y lo sabe, y eso mismo es lo que le hace quererle y recordar que Samuel fue una vez humano y sigue siéndolo en el fondo, muy en el fondo.

Pero lo que ha hecho ahora y lo que le pide…

—Sam, no sé si podré. Hay humanos que sufren mucho y que jamás llegan a superarlo, tienes que entender q-

—Y tú tienes que arreglar a mi humano. —su voz es una mezcla entre un chillido y un rugido. Samuel suena preocupado, muerto de nervios, a punto de llorar.

Jason traga saliva. Teme lo que pueda pasar si falla.

—Puedo intentarlo.

—Vale, bien —suspira Samuel y se acomoda un poco en el sofá, luciendo ligeramente más relajado —. No obedece ninguna orden, no habla siquiera, está comportándose como un salvaje y si no lo inmovilizo intenta hacerse daño todo el rato. No sé qué hacer con él.

Jason asiente, escuchando con atención y luego muerde su dedo índice mientras piensa.

Él siempre se ha considerado un filántropo, hasta que la guerra le hizo odiar a sus iguales que, blandiendo armas, se creían dioses capaces de decidir sobre la vida y la muerte. Cuando se volvió vampiro, su nueva naturaleza le permitió separarse suficiente de los humanos como para volver a verlos como curiosos objetos de estudio y hace ya años que se dedica a coleccionarlos, así que su afición por los humanos le ha vuelto un hombre culto en todo lo que respecta a esos seres. Cada noche se sienta tranquilamente en su alcoba, cuando ya no queda más trabajo que hacer, y abre alguno de los libros del viejo mundo que guarda como reliquias de un pasado fascinante. Siempre lee sobre humanos con atención al detalle y una pluma en mano, dispuesto a tomar apuntes sobre aquello que no sabía.

La psicología y fisiología humana le resultan útiles herramientas para mantener a su ganado dócil y saludable, pero lo anómalo le fascina: le encanta leer sobre condiciones tan poco comunes que una presa humana con ellas le resultaría no anormal ni defectuosa, sino un exótico tesoro que exponer en su palacio personal. Del mismo modo, le resulta realmente entretenido leer sobre las diferentes formas en que algo tan frágil como la mente humana puede adaptarse al horror, sus límites estirándose como si fuesen de goma, la psique fraccionándose, imaginando mundos mejores, mezclando cordura y demencia con tal de sobrevivir un poco más.

Aunque Jason no es tan amante de los humanos mentalmente enfermos como de los físicamente débiles. Un humano de cuerpo inusual, ya sea por su aspecto o condición, le resulta una delicia. Un humano psicológicamente roto más allá de la reparación hace que le duela el pecho pues, al fin y al cabo, puede fingir todo lo que quiera que los mortales son su mero objeto de estudio, pero la realidad es que también son objetos de su afecto. No por ello trata a sus propiedades como mascotas, algunas más consentidas que otras, pero todas algo mimadas. Los adora y puede mantener a raya cualquier condición médica con su sangre, pero un humano deprimido, ansioso, traumatizado… su sangre no sirve para esas dolencias y el odia ver sufrir a todo lo que aprecia.

Así que Samuel tiene razón al pedirle ayuda a él, pues pocos vampiros tienen suficiente interés en los humanos como para pensar en aquellos que se quieren quitar la vida como algo más que sangre desperdiciada o un juguete roto. Aun así, tampoco tiene experiencia en ello, pues siempre trata de evitar las cosas que tanto lo entristecen.

Tras un rato pensando, unos minutos de absoluto silencio en el que Jason quiere gritarle a Samuel que deje de mover la pierna nerviosamente o de mordisquearse las uñas o de mirar frenéticamente su reloj de muñeca, alguien más pica a la puerta.

Es Jason quien se levanta a invitar a entrar a Charlotte y la conduce después a donde se halla reunido con su creador.

Tal cual lo ve, la pelirroja se cruza de brazos, se deja caer en el sofá y le espeta a su superior:

—Tendrías que habernos hecho caso desde el inicio.

Samuel explota levantándose de golpe y acercándose amenazadoramente hacia la chica, que aunque tiembla, le mantiene la mirada.

—No te he permitido venir para que me reproches nada, sino para que me des soluciones.

Charlotte se levanta de su asiento y, aunque sigue siendo mucho más baja que Samuel, sus ojos echan chispas y su porte es intimidante. Mira al rubio como si pensase que realmente puede vencerle.

—Eres mi amigo y te quiero, por eso cuando eres un pedazo de mierda tengo que decírtelo. Así que cierra la boca y escúchame cuando te reproche algo, porque no lo hago por diversión, lo hago porque es algo que necesitas oír. ¿Quieres a alguien que limpie tus putos desastres sin decirte que a lo mejor el problema no necesitaría solución si sencillamente no lo hubieses causado? Búscate un mayordomo entonces. —la vampiresa habla cada vez con más agitación y energía, empujando su dedo índice contra el pecho del vampiro como si quisiera clavar con sus afiladas uñas.

Jason puede ver cómo Samuel aprieta sus puños hasta cortarse la palma con sus garras y sabe perfectamente que está desgarrando sus manos para no hacerlo con el cuello de Charlotte, así que se levanta y pone una mano en el hombro de su hermana, pero esta lo empuja con desdén y, más que calmarse, el gesto parece haber hecho que la rabia dentro de la chica arda hasta devorarla entera.

—Pero no me llames a mí, porque tú me conoces, mejor que nadie, y sabes lo que opino de lo que has hecho con ese humano y sabes que en el fondo tengo razón. ¿No te gusta oírlo? Pues, jódete y aguanta un poco. Ese humano prácticamente se moría por tu aprobación en vez de mirarte con asco, como tus otras mascotas. ¡Cómo te merecías! ¿Y qué has hecho por él? Empujarlo a rajarse las venas. Creo que si él ha soportado todo ese sufrimiento solo porque a ti te apetecía, tú mereces al menos la pequeña incomodidad de tener que oír lo mucho que la has cagado.

Jason se levanta de golpe y toma el brazo de su hermana con fuerza, tira de él hasta sentarla en el sofá y se pone frente a Samuel, interponiéndose entre él y la pelirroja. Los ojos de Samuel brillan con deseos que Jason conoce y teme demasiado y sus puños están tan apretados que la sangre empieza ya a gotear hasta el suelo.

—Samuel, cálmate. Vamos a hablar y…

En instante los ojos rojo sangre de Samuel abandonan a Charlotte y se clavan en el obstáculo que tiene delante, tratando inútilmente de apaciguarlo. Lo siguiente que Jason sabe es que la mano empapada de sangre de Samuel está alrededor de su cuello, aplastándolo como una tonelada de cemento incluso si el otro vampiro no ha empezado siquiera a hacer fuerza.

Los ojos de Samuel resplandecen y sus colmillos han crecido tanto que ya sobrepasan sus labios, incluso si tiene la boca entreabierta, lista para destrozarlos a ambos a mordiscos como una fiera salvaje.

Entonces toda la ira se apaga de pronto, los ojos de Samuel luciendo desvaídos, sus colmillos empequeñeciendo como dagas enfundadas de las cuales uno solo puede atisbar la punta y el hombre se lleva la otra mano a su sien, masajeándola. Suelta el cuello de Jason, no apartando sus dedos de su garganta, pues sigue rodeándola, sino dejando de apretar. Su mano continúa alrededor de su cuello y con el pulgar acaricia la piel del otro mientras nota los huesos curándose bajo esta. También siente a Jason tragar saliva.

—Perdón… Estoy perdiendo los nervios. Me siento muy extraño y me cuesta controlar mis emociones —masculla cerrando sus ojos fuerte hasta que sus párpados se arrugan. Luego vuelve a mirar a Jason, ahora liberándolo del todo de su agarre—. Charlotte tiene razón —y la mira ahora a ella, desde arriba y con una oscuridad extraña en sus pupilas—, pero la próxima vez cuida mejor tus palabras. No quiero haceros daño, pero…

—Lo sé —responde ella con la voz queda y apartando la mirada. No quiere ser desafiante, no cuando ha oído el cuello de su hermano mayor rompiéndose delante de ella por su culpa—, es solo que estoy muy enfadada contigo, Samu. Sé que no puedo entenderte, que la pureza de mi sangre de vampiro es inferior, pero… Tienes que aprender a controlarte. Eso o asumir que el pobre chico terminará encontrando la forma de quitarse la vida si sigues dándole motivos. ¿Quién no lo haría?

Samuel se sienta de nuevo, esconde su rostro entre sus manos y dice:

—No permitiré que pase de nuevo. Fui descuidado y no volverá a pasar. Es mío, no dejaré que nadie me lo arrebate, ni él mismo. Solo necesito solucionar lo que quiera que sea que le esté pasando. Le di mi sangre y está curado, pero no deja de gritar, grita de esa forma… como si algo le doliese terriblemente y se arrastra por el suelo como si aún tuviese los tobillos heridos y ni siquiera responde…

—¿Los tobillos heridos? —pregunta Charlotte y en su cara refleja una aflicción tan grande que cuando se voltea hacia Jason, este no puede resistir el impulso de tomarla de la mano y acariciársela, como cuando eran niños y encontraban animales muertos en la calle y ella lloraba por las noches pensando en eso.

—Sam, después de la fiesta, después de lo golpeado que estaba ¿Le hiciste más daño? —esta vez de Jason quien habla y Samuel puede ver la decepción en sus ojos, el horror.

—Lo seguí golpeando. Le rompí el antebrazo. Le arranqué los dos tendones de Aquiles, para que no pudiese huir. Luego… quería castigarlo, quería hacerle tanto daño y estaba tan frustrado, me sentía humillado. Así que lo follé contra su voluntad.

Samuel habla en un tono bajo, tranquilo, pero lleno de vergüenza. Le duele ver la manera en que Charlotte tiene que esconder la cara entre las manos y la forma en que Jason lo mira como si no lo reconociese.

—¿Lo mutilaste? ¿Lo violaste? —pregunta el pelirrojo, más abatido por la información que queriendo realmente oír la respuesta.

Samuel asiente. Su tono es duro y alto, pero no orgulloso, está confesándose:

—Durante varias horas.

—¡Joder, Samuel! —Ahora es Charlotte quien le reclama y todo su delgado cuerpo tiembla de la ira y el horror. Se recuerda a ella misma, humana, apenas una niña y suplicando a Samuel que salvase a su hermano herido. Recuerda cuando se abrió la camisa y se ofreció a cambio de piedad. Piensa en qué habría pasado si Samuel hubiese aceptado aquel trato, piensa en Aaron, en ella, en su cuerpo pequeño destrozado, en cómo quizá estaría muerta ahora, pues Samuel no habría impedido que se abriese las venas, como ha hecho ahora por el chico de ojos azules —Cuando te conocí…

—Cuando me conociste apenas era un recién creado, era estúpido y débil: me aferraba a emociones humanas que solo me traían sufrimiento. Estoy mejor ahora.

—¿Por eso estás llorando por un chico humano al que no sabes cómo tratar bien?

Samuel está a punto de aplastar la garganta de Jason por segunda vez esta noche, hasta que se lleva la mano primero a las mejillas y las nota empapadas. La vergüenza y la ira lo recorren, se siente estúpido por ser débil, por serlo delante de otros. Una parte cruel y fría en su interior le dice que debería matar a sus dos más íntimos amigos con tal de eliminar a los únicos testigos de su humanidad y, luego, deshacerse de ella con la facilidad con la que puede acabar con la vida de Aaron. 

Samuel muerde su lengua hasta que el metálico sabor de su sangre lo distrae de tales pensamientos.

—Vamos a dejar esta conversación —ordena y los otros tragan saliva y asienten, porque saben que no les conviene empujar los límites de su amigo —y vais a ayudarme con Aaron. Ahora mismo.

Jason se levanta y dice:

—Vale, iré a verle. Siempre que compro un humano primero paso unos minutos a solas con él, veo cómo está, qué clase de adiestramiento le conviene y qué clase de órdenes puede cumplir. Puedo echarle un vistazo a Aaron, como si estuviese haciendo eso y quizá logro hacer que se tranquilice un poco, pero no prometo milagros.

—Gracias. —murmura Samuel y mira a su amigo con una cara seria y ecuánime, pero con ojos brillantes, verdaderamente vulnerables y llenos de reverencia.


 

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