CAPÍTULO 31
Aaron debería
estar contento. Ya van varias noches en que Samuel parece evitarlo como si lo
odiase y eso significa que Aaron solo debe preocuparse por ir manteniendo la
casa en orden. Nada de alimentar al vampiro, nada de recibir castigos, nada de
complacerlo sexualmente y nada de lidiar con su temperamento volátil que le
hace estar al borde de un ataque de ansiedad cada vez que sus miradas se
cruzan. Incluso los cortes de su espalda se han curado del todo.
Aun así, no
está feliz.
Está un poco
aliviado, eso es cierto, pero no puede parar de pensar en el hecho de que
Samuel le evita como un castigo por algo que él ha hecho y le
rompe el corazón sentir que Samuel no lo soporta. Ha intentado hablarle un par
de veces: "Amo, ¿está bien? Esta noche ha trabajado mucho’’, ‘’Amo, me
gustan mucho las cosas que tiene en su despacho. ¿Podría explicarme algo sobre
ellas?’’, ‘’Hola, amo, ¿qué tal su noche?’’; y siempre ha recibido en
respuesta una mirada cargada de resentimiento y la amenaza de que si no se
calla, será golpeado hasta que pierda la capacidad de hablar.
Aaron intenta
pensar en si ha podido pasar algo más esas noches que haya irritado al vampiro,
pero no ha habido nada fuera de lo común, salvo que le llegó una carta
realmente hermosa decorada con oro y un sello de cera roja junto a elegantes
letras cursivas y que tuvieron que venir unos vampiros de rangos inferiores a
reparar algunos daños estructurales que Samuel hizo en su arranque de ira hará
tres noches.
El chico está
frente al espejo ahora, mirando por millonésima vez su cuello y empujando su
pesado collar de metal para tener una mejor vista de su marca. Las partes
negruzcas ahora lucen carmesí y las que antes eran de ese color, ahora solo
están sonrosadas. La curación está sucediendo tan rápido, incluso si el chico
se siente todo el rato cansado y débil y destrozado. Sabe que es inevitable que
Samuel lo vincule, pues la herida se cerrará tarde o temprano e incluso si
fuese curado por motivos de fuerza mayor, su amo lo mordería de nuevo las veces
que fuese necesario hasta lograrlo.
Pero Aaron
siente que todo está sucediendo demasiado rápido. Que no ha tenido tiempo de
asimilarlo.
No planea huir
de su destino, pues en el fondo sabe que no hay forma posible de hacerlo, pero
ruega cada día y cada noche para que el mundo se detenga por él y, aunque suena
egoísta, lo pide con ímpetu, reza en su interior por, aunque sea, unos minutos
en que el tiempo se pare y él tenga unos momentos de paz que le permitan
asimilar y aceptar, pero ¿cómo podría aceptar algo así?
—Tienes que
ser fuerte, tienes que ser fuerte… —suspira apoyado en el lavamanos como si no
le quedasen apenas fuerzas, su cabeza gacha, su cabello negro cayendo húmedo
frente a su rostro y sus ojos de un intenso azul mirando a través de los
mechones el reflejo roto y agotado del espejo— Las cosas mejorarán, tienen
que ir a mejor.
Aaron da un
respingo cuando la puerta del baño se abre de pronto. Samuel entra mirándolo
con ojos fríos y aterradores y el chico, nervioso por estar recibiendo atención
de su amo tras días desesperándose por su indiferencia, baja la cabeza y
tiembla sin saber si las próximas palabras que oirá serán amables o dolorosas.
—Ven, vamos a
ir a un evento esta noche. Tienes que arreglarte.
Aaron alza la
cabeza con suspicacia cuando escucha la palabra evento y un escalofrío
lo recorre al recordar la última y única fiesta a la que asistió con el vampiro
y cómo las cosas terminaron para él.
—Sí, señor.
—dice con una voz hermosa y muy complaciente para luego seguir a su amo con
pasitos apresurados y pegándose mucho a él, abriendo su boca silenciosamente
cada vez que está tentado con hablarle al vampiro porque por fin este le
ha hablado primero.
Samuel lo
conduce a sus aposentos y Aaron debe apretar los dientes, cerrar los ojos y
mentalizarse para que no le invadan recuerdos desagradables cuando entra y ve
las sábanas rojas, la enorme cama y la ropa pulcramente dispuesta sobre la
orilla de esta.
Samuel mira al
chico unos instantes, confundido por la forma en que se ha tensado y en que
parece congelado en el umbral de la puerta. Comprende, unos segundos después,
que él es la razón de que el chico reaccione así y Samuel mismo ve
también con nitidez el pasado pintado en esa habitación: las manchas de sangre
en el suelo, Aaron hecho un ovillo en una esquina, protegiéndose, su piel
tiñéndose poco a poco de morado.
El recuerdo le
duele, le pincha como si al sostenerlo en las manos de su mente este estuviese
hecho de cristal roto o agujas.
Eso le ha
estado pasando mucho últimamente, el que los recuerdos le duelan.
Cuando se
convirtió en vampiro, lo que más amó de su transformación no fue el poder o la
grandeza o la eternidad que su nueva naturaleza le concedió.
Lo que más amó
fue la frialdad.
La capacidad
de cubrir todo de hielo y que nada más en su interior ardiese con pasión
insoportable, que nada más doliese. Sus recuerdos, como fósiles en la
Antártida, fueron meticulosamente cubiertos por capas y capas y capas de duro
hielo hasta que Samuel casi hubo olvidado su pasado y en las raras ocasiones en
que lo recordaba, este estaba tan cubierto de escarcha que, a lo sumo, le
entumecía sostenerlo, pero no le dolía.
Desde que
decidió quedarse con Aaron, no, desde que lo vio, el pasado ha estado
saliendo más y más a flote en la mente de Samuel y eso no debería ser un
problema, pero lo ha sido. Y lo ha sido porque Aaron es cálido, abrasador,
peligroso para Samuel, pues su voz y su piel y su maldita cercanía derriten el
hielo dentro de él y de pronto siente que está lleno de cristales rotos que lo
rasgan por dentro una y otra y otra vez.
Aaron le hace
daño y, ¿cómo se atreve él, un insignificante mortal, a herir a un vampiro?
Pero Samuel siente que no solo el pasado duele, sino también a veces el
presente. Duele alzar la mano para pegarle, duele levantarle la voz, duele
disfrutar cuando lo hace sufrir.
Por eso lo
lleva evitando ya días, porque necesita hacerlo sufrir, pues su
naturaleza lo exige, pero no soporta verlo sufrir, pues su corazón lo
suplica.
<<Deja
de pensar estupideces. Deja de pensar como un humano. Nada de eso es real, nada
de eso es así. Solo estoy pensando de este modo por Ivthan, porque es la única
criatura en la tierra que me vio cuando era humano y débil y sigue vivo para
recordarlo. Para recordármelo.>>
Pero antes de
que logre extender esa crueldad de su mente a su cuerpo, una de sus manos ya se
ha posado en la nuca del humano, como un segundo collar, y lo guía dentro de la
habitación suavemente mientras el pulgar se mueve arriba y abajo de forma tan
imperceptible que Aaron mismo se pregunta si Samuel lo está acariciando o si él
está tan desesperado por un poco de cariño que está dispuesto a verlo donde no
lo hay.
—Vamos,
desnúdate, no puedes ir con esa ropa.
Aaron enrojece
un poco por la orden, pero reconoce que el tono de Samuel ha sido
sorprendentemente paciente, así que se retira poco a poco su pijama, quedando
completamente desnudo, pues su amo no le permite jamás llevar ropa interior.
Cuando el
chico se inclina sobre la cama para tomar sus prendas y poder cubrirse tan
rápido como pueda, nota dos grandes manos cubriendo sus hombros por completo.
Samuel lo tira
hacia atrás, alejándolo de la cama, haciéndolo quedarse de pie, recto y muy
quieto mientras lo sostiene. Toda clase de cosas se le pasan a Aaron por la
cabeza entonces, su desnudez tornándose peligrosa, una tentación que él jamás
pretendió que fuese.
Samuel, sin
embargo, no lo mira con ojos lascivos, sino más bien sorprendidos. Hace mucho
que no le da ninguna paliza a su frágil humano, entonces, ¿por qué su espalda
está llena de moratones, como pétalos violáceos esparcidos sobre la pura nieve?
Una de sus
manos se mantiene en el hombro de Aaron con firmeza, sosteniéndolo ahí, la otra
roza suavemente la nuca del chico con los nudillos y luego los desliza por toda
la espalda del chico, su mano danzando y girando para probar esa magullada,
suave piel también con las yemas, la palma, el dorso… como bañándose en la
sensación de tocar a Aaron.
El muchachito
se estremece bajo su toque y su espalda se arquea un poco cuando toca los
moratones más oscuros y recientes, profundos como una herida punzante. Su
espalda está plagada de ellos, la mitad frescos, la otra mitad siendo ya solo
sombras amarillentas que empiezan a borrarse. No se había fijado en eso hasta
ahora.
—¿Cómo te has
hecho esto? —pregunta y su ceño está fruncido, pero no con enfado.
—¿El qué, amo?
—Tu espalda,
está llena de hematomas.
<<¿Tan
duro lo manejo? Cuando lo sostengo quieto, cuando lo acaricio o lo agarro de la
cintura, ¿tan fuerte lo hago? A veces me aferro a él con más intensidad de la
que querría, pero nunca pensé…>>
—Oh, es de
dormir en el suelo, amo. —explica el muchachito, servicial y cabizbajo.
Samuel puede
imaginarlo cada día rodando sobre la fría e inclemente superficie, buscando una
comodidad que no le es permitida, sus huesos siempre conectando con la dureza
del suelo a pesar de la tierna piel que se interpone, castigándola precisamente
por ello.
Samuel no dice
nada más sobre sus cardenales, solo lo suelta, despacio, y Aaron suspira
decepcionado porque quiere que le siga tocando la espalda y acariciándole,
aunque duela un poquito. Se dice que no debe quejarse, pues al menos ahora sabe
que el hombre no parece interesado en tocarle indecentemente, no esta noche al
menos.
Vuelve a
inclinarse sobre la cama y toma sus prendas para vestirse. Hoy la ropa es tan
hermosa y elegante que hace quedar al resto de sus prendas como meros trapos.
Se pregunta, entonces, a dónde irán y cuán importante debe ser el evento de
esta noche y eso logra ponerlo demasiado nervioso.
Aaron se
coloca primero una especie de zaragüelles blancos y anchos que se sienten sobre
la piel como un pétalo de rosa, tan livianos y agradables. Esos pantaloncitos
tienen tres cordeles de color azul marino que destacan hermosamente y que en
las puntas llevan brillantes herretes de oro. Uno de los cordeles sirve para
ajustar la prenda a la estrecha cintura de Aaron, marcando su hermosa figura, y
los otros dos se hallan en la orilla de las dos piernas del pantalón, para
hacer que deje de ser holgado en la parte baja y se ajuste justo encima de las
rodillas sonrosadas del muchacho.
Luego, se pone
una camisa también blanca, fina y de una tela brillante y preciosa que tiene
volantes en el cuello, donde un pequeño escote con forma de uve muestra el
cuello, las clavículas y una pálida franja del pecho del menor; de ese modo, su
collar destaca perfectamente y la mordida ya bastante curada del vampiro se
torna el centro de atención de su cuerpo. Las mangas de la camisa son anchas y
largas, tanto que tapan las manos del chico y hacen que la tela, que fluye al
viento, le dé un aspecto espectral.
Tras eso solo
quedan unos calcetines blancos que se ajustan en los tobillos del chico con
unos lacitos de seda vainilla y unos zapatos de charol azul marino.
Samuel se
voltea a ver cómo ha quedado el chico, que por ahora está moviéndose casi como
un niño con su primer disfraz de carnaval, explorando inocentemente cómo se
mueve la tela, cómo fluye sobre su piel, y se queda sin aliento por varios
segundos.
Samuel debe
sentarse en la cama. <<Es tan hermoso.>>
Mira a Aaron
de arriba abajo y se dice a sí mismo que es su culpa, pues él ha querido
vestirlo tan bonito precisamente porque tener una mascota llamativa en las
fiestas es signo de estatus y motivo de envidia, pero maldita sea, de
repente Samuel ya no quiere ir al evento, solo encerrarse en su habitación con
el muchacho. Toda la noche.
—¿Amo?
—pregunta Aaron, confundido, cuando nota que este lleva un largo rato mirándolo
con una expresión extraña en su rostro.
Samuel lo toma
por la cintura con delicadeza. <<¿Por qué soy delicado? Yo nunca lo he
sido.>> Y lo acerca a sí mismo, poniéndolo entre sus piernas y luego
pasando sus manos por los hombros del chico, por sus brazos, su pecho, espalda.
Aaron supone que el vampiro debe estar alisando las arrugas de su ropa. ¿Qué
otro motivo tendría para tocarlo de esa forma tan bonita? Pero aun así se
inclina hacia sus manos, se empuja hacia sus caricias como un gatito
ronroneante que pide más y más.
Samuel desliza
sus dedos por el cabello del muchacho, peinándoselo atractivamente hacia atrás,
aunque siempre hay algún mechón rebelde que se le desordena adorablemente y le
cae por el rostro. No le importa, en absoluto. Aaron es tan bonito que la
perfección no tiene nada que envidiarle.
Después le
sostiene el rostro con una mano y le pellizca muy gentil, casi juguetonamente,
las mejillas, pues quiere verlas rojas como si llevase colorete. Cuando acaba,
la mano que sostiene su rostro baja el pulgar hacia sus labios,
entreabriéndoselos. Se pregunta si debería pellizcarlos también para que
luciesen rojos como empapados de carmín.
<<O
quizá debería morderlos>>
Samuel niega
con la cabeza.
<<¿Qué
me pasa? ¿Qué me estás haciendo?>>
Empuja al
chico con cierta brusquedad lejos de él y se levanta para prepararse él mismo.
Aaron casi cae al suelo por el empujón, lo cual solo reafirma más la idea de
que esos mimos de los que tanto ha disfrutado no han sido más que el vampiro
arreglando su aspecto y sintiéndose irritado porque Aaron sea un estúpido
mortal tan necesitado de un afecto que él no piensa darle.
Samuel ya
lleva puestos los pantalones y los zapatos que llevará a la fiesta: unos
elegantes pantalones de traje negros que ciñen a su figura, resaltando lo
musculosas que son sus piernas y lo anchos y bien formados que sus muslos y su
trasero juran ser bajo la ropa.
Lleva un
cinturón de hebilla dorada, a juego con los detallitos en el atuendo de su
mascota, y unos lustrosos zapatos negros terminados en una afilada punta y con
remates dorados en los lados.
Samuel se
quita su sencilla camisa para vestirse y Aaron se voltea avergonzado y clava
sus ojos en las sábanas desordenadas.
Sin querer,
atisba al vampiro de reojo un par de veces y su espalda ancha le hace sentirse
extraño. Cada movimiento que Samuel hace logra que sus músculos se marquen y se
muevan de unas formas hermosas y que rezuman poder.
—¿La fiesta es
de su amigo Jason otra vez, amo? —pregunta el chico, curioso, mientras juega
con sus manos.
Sus ojos vagan
por la habitación mientras pregunta, pues le avergüenza mirar al vampiro
intensamente mientras está con el torso desnudo, pero es que no sabe mirarlo de
otro modo cuando muestra su extraordinario cuerpo. Por casualidad, el chico ve
en la cama el envoltorio de la carta que le llegó hace unos días.
Tan elegante y
ostentoso, con detalles de oro y estirada letra cursiva. Solo que hoy está tan
cerca que es capaz de leer lo que esas letras dicen:
<<Para
mi Sami>>
—No.
La respuesta
de su amo es tan brusca como el gesto que hace para agarrar el sobre tan pronto
nota que Aaron lo está mirando. Acto seguido, lo hace pedacitos entre sus manos
y lo arroja a la basura con desdén.
Aaron se
entristece. Sami es un apodo tan tierno… Está seguro de que, quien
quiera que sea que le ha escrito la carta, lo debe haber hecho con un inmenso
cariño y ahora ese cariño está destrozado y tirado a la basura. Aaron mataría
por que le llamasen de un modo tan tierno y, al pensar en eso, se pone a
imaginar los diminutivos que alguien que le quisiera podría llamarlo con su
nombre.
<<¿Aaroncito?
¿Aaroncín? ¿Aaroncillo?>> Sonríe como un bobo, pero pronto la expresión se borra de su
rostro.
Sabe que jamás
será llamado así.
De pronto,
Samuel interrumpe sus pensamientos con su voz grave, pero baja.
—Es… es una
especie de evento de bienvenida. Es para mi creador. —confiesa al final, la
última palabra, una mezcla entre un suspiro apenado y un susurro avergonzado.
Aaron alza las
cejas con sorpresa. Sabe que Samuel no aprecia a su creador, en absoluto, y
ahora puede entender por qué su amo está actuando algo extraño: está nervioso.
—Oh… lo
siento, sé que no se lleva bien con él. Es injusto que deba verle aunque no
quiera, señor.
Aaron se
acerca hacia Samuel mientras habla y hace un amago de alzar su mano, quizá para
colocarla en el hombro del vampiro en un gesto reconfortante, pero se lo piensa
dos veces y decide no tocarlo, solo estar a su lado.
Samuel lo mira
unos segundos totalmente impresionado. Y congelado.
La reacción de
Aaron ha sido tan inmediata, tan honesta. Le avergüenza ser tan transparente
que incluso Aaron sea capaz de ver su inquietud, pero ahora, lo que más siente
no es bochorno, es sorpresa. Aaron es tan agradable sin siquiera proponérselo,
es casi ridículo. ¿Quién intentaría consolar de ese modo tan dulce a la cruel
bestia que lo mantiene encadenado día y noche a su ser?
Todo sería más
fácil si Aaron le odiase y resintiese, como los otros humanos, si hubiese entre
ellos un odio que hace sencillo, incluso divertido, dañarlo.
—Sobreviviré.
Verle no me va a matar, por desgracia es algo que he tenido que hacer ya varias
veces a lo largo de mi vida.
Samuel está
hablando desenfadado, casi risueño, pero Aaron capta algo inconmensurablemente
triste en su tono. Algo que no puede explicar, pero con lo que puede
identificarse.
—¿Por qué,
amo? ¿Él le… persigue o algo así?
—Algo así, sí.
—Qué miedo…
—No me asusta,
humanito, solo me irrita.
<<Humanito>> piensa Aaron, y la
palabra resuena en su cabeza por un rato, su tono burlón ahora transformándose
en algo dulce. <<¿Será la forma de Samuel de llamarme ‘’Aaroncito’’?
Suena parecido. Suena bonito>>. Aaron se pone algo rojo y luego
sacude su cabeza: <<¡Deja de pensar boberías!>>
—La idea de
ser perseguido por un vampiro a mí me suena aterradora.
—Humanito, eso
es porque tú eres una presa —le responde el otro con un tono sorprendentemente
amable, como el que uno usa para señalarle una obviedad a un niño preguntón y
curioso y, mientras lo hace, le pica la nariz al chico con su dedo de una forma
tan tierna que Aaron se pone rojo como un tomate. Justo después de eso, sin
embargo, se inclina sobre su cuello y susurra escalofriantemente—. Te asusta
ser cazado porque eres suficientemente astuto como para saber que jamás podrías
escapar… especialmente de mí.
Samuel se
aleja del chico, satisfecho cuando le provoca un escalofrío, y se coloca su
chaqueta negra como el azabache, estilizándola delante del espejo y decidiendo
si llevar en su bolsillo derecho un pañuelo carmesí o uno ocre, combinando con
el dorado de su cabello. Aaron mira desde la cama, balanceando sus pies y
disfrutando de lo suaves que son las sábanas.
Tras un rato,
es el humano quien rompe el silencio:
—¿Por qué?
—¿Por qué,
qué?
—¿Sabe por qué
le persigue su creador, amo?
Samuel no le
responde de inmediato, sino que piensa bien en esa pregunta.
<<Para
vengarse, para torturarme, para divertirse, para… porque todavía no se ha
acostumbrado a la soledad>> piensa y, de pronto, algo similar a la lástima atraviesa su
corazón como un alfiler antes de desaparecer y volver a dejar que ese hueco se
llene con odio y con rencor.
—Es un hombre
retorcido —le explica a Aaron y vuelve a moverse frente al espejo, ahora
trenzando su larguísimo cabello rubio con manos rápidas, pero torpes, por lo
que hace y deshace los mismos movimientos varias veces—, todos los vampiros lo
somos y los originales como él, más aún. Y es un hombre retorcido al que herí
hace tiempo. No fue la gran cosa, pero la eternidad puede ser muy muy
aburrida si no te buscas un pasatiempo. Molestar a sus creaciones parece ser el
suyo.
Cuando Samuel
lo alimenta con esas pequeñas migajas de información sobre su vida, Aaron se
siente de repente hambriento, mil preguntas espumeando en sus labios, preguntas
sobre cómo se convirtió Samuel y por qué, sobre cómo era antes, cómo era al
inicio, cómo conoció a su creador y por qué lo dañó.
Quiere también
que Samuel le pregunte a él, no algo necesariamente íntimo y profundo, como las
cosas que él querría saber de su amo, pero cualquier otra cosa: su color
favorito, cómo se llamaban sus amigos, qué planeaba estudiar cuando aún pensaba
en el futuro como un mundo de posibilidades, no como un oscuro pozo.
Está
desesperado por conectar, por conocer mejor a Samuel. Pero debe controlarse, no
ser insistente, no arruinar las cosas otra puta vez.
—¿Su
pasatiempo es coleccionar arte? Tiene cosas muy hermosas en su despacho, amo.
Samuel se
voltea hacia él y Aaron lo mira con cautela. Se siente como si le arrancasen
todo el aire de los pulmones cuando ve a su amo hermosamente vestido con una
camisa rojo oscuro remangada que deja a la vista sus anchos antebrazos y
destaca sus dedos cubiertos por hermosos anillos áureos. Los botones de la
camisa son pequeños y también dorados; los primeros están desabrochados y Aaron
puede ver el fuerte pecho de su amo a través de ese desenfadado escote, incluso
puede distinguir las fibras de sus pectorales cuando el hombre se tensa o toma
aire profundamente. Sobre su camisa coloca una chaqueta negra y brillante como
una noche estrellada. Parece estar hecha de vinilo y es tan larga que se
detiene solo un milímetro antes de estropearse rozando el suelo.
Una trenza
holgada recoge los cabellos del vampiro, que llegan a su cintura, y un par de
largos mechones enmarcan su mentón fuerte y su rostro tan atractivo como
peligroso.
Además, Samuel
le está sonriendo y esa es quizá la mejor parte.
—Supongo que
sí, que cuando no estoy torturando a una cosa preciosa como tú, estoy leyendo
un libro hermoso o admirando un bello cuadro. Creo que el arte es el único
lugar donde no desprecio la humanidad. Me permite… verla y examinarla sin tener
que lidiar con todos los instintos destructivos que siento cuando estoy en
frente de, bueno, de un humano. El arte me permite sentir curiosidad en vez de
hambre frente a lo moral.
Samuel se
siente estúpido inmediatamente después de hablar. ¿Por qué le ha dicho algo así
a Aaron? ¿Por qué se siente tan bien haber sido escuchado y ver en los ojos del
chico un brillo de interés?
—¿No le hace
sentir nostalgia de cuando usted también era humano?
El ceño de
Samuel se frunce.
—No, no echo
en falta nada de cuando era débil, imperfecto y limitado. El pasado es algo
inútil, jamás lo recordaré con cariño, como hacéis los mortales.
—Entonces,
¿por qué guarda tantas cosas antiguas, amo?
Samuel le
asesta al chico una mirada que bien podría haber sido un bofetón y este
enmudece de repente, sintiendo que ha vuelto a arruinar la conversación. En ese
momento, sin embargo, Samuel ignora su pregunta, se acerca a él torciendo el
rostro con una inocente curiosidad y dice:
—¿A ti también
te gustaba el arte, humano?
Aaron siente
su corazón latir tan rápido. Por él. Samuel está preguntando por él.
Sonríe como un tonto y responde.
—Quería
estudiar bellas artes. Mi padre, claro, no estaba muy de acuerdo con ello,
decía… decía que —Aaron ríe, dolido y niega con la cabeza. Quiere a su padre,
no le gustaría agriar su recuerdo manchándolo con los malos momentos—. Da
igual.
—¿Qué decía?
—exige el vampiro, retocándose ahora frente al espejo, y Aaron sabe que
responder al vampiro no es opcional.
—Decía que eso
de pintar era de maricones. Él era un poco… —aprieta sus labios, no le gusta
cómo "era" suena en sus labios. No le gusta que todo cuanto
ama deba existir solo en el pasado. Piensa que su padre habría cambiado de
idea, reflexionado, mejorado <<Si solo le hubiesen concedido un poco
más de tiempo>> —no sé, aun así le quería. Además, ni siquiera creo
que se me hubiese dado bien pintar, al fin y al cabo, soy horrible dibujando.
Samuel ignora
el primer comentario y se acerca al chico con interés. Aaron jadea cuando el
hombre lo toma por ambas muñecas con una sola mano y teme lo peor, pero
entonces se da cuenta de que Samuel, pese a ser brusco, solo lo ha tomado por
las muñecas para mirarle las manos.
Aaron tiene
manos pequeñas y gráciles, uñas cortitas y brillantes como de porcelana y una
piel suave y pálida.
—Tienes manos
de pintor. —le dice el vampiro y Aaron tiene que morderse tan fuerte el labio
para no llorar ahí mismo que casi nota la sangre en la boca.
No entiende
por qué, pero esas palabras de Samuel suenan tan delicadas y preciosas, tan
malditamente perfectas. ¿Por qué tiene que hacerle sentir así si Aaron sabe que
para él es solo un objeto de usar y tirar?
—Dedos
delgados, hábiles y suaves como pinceles. Si tus manos tienen belleza, estoy
seguro de que serían también capaces de crearla. He conocido a muchos artistas
durante mi eternidad, a muchos de ellos, de hecho, los he hecho mis rehenes
solo para que pintasen por y para mí, y tus manos lucen tan cuidadosas que
todos ellos podrían envidiarlas, si siguiesen vivos.
Samuel suelta
las manos de Aaron y el chico se queda tan boquiabierto que no sabe ni qué
decir. Tampoco tiene por qué decir nada, pues alguien toca al timbre y eso
logra sacarlos de su pequeña burbuja.
Aaron se
siente nervioso y desanimado por ello. Samuel ha estado extrañamente emocional
últimamente: tan explosivo y violento a veces, sí, pero otras, como hoy, está
incorregiblemente amable y, si Aaron debe soportar su peor faceta para poder
acceder a veces a la mejor, lo hará.
De pronto
Samuel toma a Aaron por la cintura y lo acerca a él de un tirón brusco y
posesivo.
—Escúchame,
humanito, y hazlo bien —susurra en su oído y el tono ronco y masculino deja
saber a Aaron que Samuel vuelve a comportarse como antes y que ahora hacer
cualquier cosa que no sea obedecer es jugar con fuego—. En la fiesta de hoy no
tienes permitido hablar con nadie que no sea yo, Charlotte o Jason, especialmente
no tienes permitido siquiera mirar a mi creador. ¿Has entendido? Ni siquiera
quiero que te acerques o que pongas tus ojos en él. Y esta vez estoy hablando
en serio, así que no me hagas castigarte.
Aaron traga
saliva cuando Samuel dice eso último. En la anterior fiesta Samuel lo dejó al
borde de la muerte. ¿No estaba haciéndolo en serio aquella vez? Un
escalofrío lo recorre y responde un débil:
—S-sí, amo. Lo
haré bien esta vez, lo prometo.
Samuel no dice
nada más al respecto, solo toma algo de su bolsillo y al sacarlo Aaron se
siente terriblemente avergonzado. Samuel ancla la correa negra y delgada que
acaba de mostrarle a Aaron con la argolla metálica de su collar y da un par de
vueltas a su puño con el otro extremo, cogiendo con fuerza la correa de su
humano.
Aaron sigue a
Samuel tan pronto este anda hacia la puerta de entrada, sería demasiado
humillante que el hombre tuviese que jalarlo de la correa para dirigirlo como a
un perro torpe y testarudo.
Al abrir la
puerta, Aaron se topa con una deslumbrante Charlotte y un elegante y atractivo
Jason. Ella lleva un largo y ceñido vestido verde esmeralda que resalta la
gracilidad de su figura y, junto a ese hermoso color, su cabello recogido en un
pomposo moño, los rubíes de su collar y pendientes y sus brillantes tacones
rojos destacan de una forma hermosa. Jason viste unos pantalones color vainilla
de similar tejido a los de Samuel y una camisa blanca con sutiles volantes en
mangas y cuello que lo hacen lucir como sacado de otros tiempos, un precioso y
juguetón caballero dispuesto a acudir a un baile con la idea de tomar la mano
de tantas chicas como pueda. Su cabello rojo está peinado hacia atrás de una
forma elegante y que deja su rostro de facciones afiladas y diablescas
totalmente al descubierto, su mirada luciendo mil veces más penetrante así.
—¡Pero qué
guapos! —exclama Charlotte tan pronto ha recorrido de arriba abajo a ambos con
la vista.
Samuel sonríe
altanero, Aaron se sonroja y baja la vista.
—Demasiado
hermosos vamos todos como para ser a la escoria de Ivthan a quien vamos a
recibir —puntualiza Jason con desdén, lanzándole una mirada cómplice a Samuel,
luego relaja su rostro y le sonríe a su creador y al pequeño humano que lo
acompaña—. Pero qué bonito te has puesto —le dice con amabilidad—, debería ser
ilegal que tu amo te presente tan arreglado y luego no quiera oír mis ofertas
cuando deseo comprarte para mi colección.
Aaron traga
saliva, inseguro sobre si las palabras de Jason son una broma extraña o una
realidad de la que debe cuidarse.
—Jason, tu
traje es precioso, no me hagas ensuciártelo de tu propia sangre. —Samuel
sonríe, mostrando sus colmillos y torciendo la cabeza. Aprieta el puño donde
lleva la correa de Aaron.
—¡Indirecta
captada! —exclama el otro, alzando sus manos como en son de paz—¿Vamos yendo?
—Sí,
deberíamos. Por desgracia. —se queja Samuel y los tres avanzan del umbral de la
puerta para salir a la calle.
Aaron respira
el aire fresco y está tan emocionado que le tiemblan las piernas, pero también
le asusta ese nuevo mundo, así que se pega a Samuel tanto como puede, buscando
en él algún tipo de protección.
La chica
pelirroja es la primera en hablar durante el camino.
—Ah, me hace
ilusión ver el núcleo de la ciudad. Además, nunca he estado entre originales.
—Hay muchos
invitados, menos los vampiros de peor categórico, todo el mundo debería asistir
para mostrar su respeto al nuevo puro de la ciudad, así que habrá tanta gente
que dudo que nos crucemos con ellos o… con él. —explica Jason, dirigiendo esas
últimas palabras intencionalmente hacia Samuel.
—Oh, créeme,
encontrará la forma de hacer un hueco en su fiesta para venir a incordiarme
personalmente. Se alimenta de mi irritación más que de la sangre humana, puedo
asegurarlo.
Ambos vampiros
jóvenes ríen ante las palabras de Samuel y este solo rueda los ojos. Durante el
resto del camino, la conversación se torna más tediosa para Aaron, pues los
vampiros hablan sobre temas relativos a sus trabajos y el humano no puede
entenderlos del todo, así que se queda un poco atrás y se centra en respirar
lento y calmado.
Nota que
Samuel no para de acariciar con el pulgar la correa que lleva en la mano, como
si tratase de calmarse a sí mismo. Aunque es una tontería, no necesitaría algo
así, no cuando luce tan poderoso y confiado.
CAPÍTULO 32
Samuel, Aaron
y sus dos acompañantes vampiros acceden al núcleo de la ciudad después de que
dos hombres grandes como montañas y con cara de pocos amigos abran la verja
dorada que separa la zona de clase alta donde Samuel y Jason viven del corazón
de la ciudad, allí donde solo los más poderosos tienen derecho a residir.
Los hombres
examinan una extensa lista para asegurarse de que Charlotte y Jason tienen
permiso para entrar, con Samuel no necesitan tal formalidad.
Cuando se
adentran en la pequeña burbuja de lujo, Aaron se siente constantemente
deslumbrado e incluso agradece la correa que lleva atada al collar porque a
cada instante está mirando a su alrededor como un niño que ve el mundo por
primera vez y Samuel debe darle pequeños tirones para que el chico no se desvíe
ni se pierda.
Enormes
mansiones cuya planta más alta se pierde entre las nubes violáceas que decoran
el cielo, estatuas tan detalladas, intrincadas y gigantescas que bien parecen
bestias petrificadas, árboles antiguos, gruesos y plagados de tan exóticas
flores que sus colores parecen danzar en el aire. Todo ahí luce mágico,
hipnótico.
De pronto
Samuel toma al chico no por la correa, sino por la cintura, y lo aprieta contra
su cuerpo, poniendo a Aaron delante de él, rodeándolo con sus dos manos y
hundiendo su nariz en el cuello del muchacho.
—¿Qué te he
dicho, bolsa de sangre? Nada de distraerte, no quiero que te separes de mí ni
por un maldito instante.
Aaron siente
la voz del vampiro retumbando contra su piel, sus labios suaves, sus fríos
colmillos.
—Ah… —gimotea,
demasiado abrumado por todas las sensaciones, sus piernas fallándole
prácticamente— Lo siento, amo, no lo volveré a hacer.
—Bien. —dice
el otro y el tema parece zanjado, pero Samuel sigue sosteniéndolo con una mano
de la cintura y lo hace tan fuerte que Aaron sabe que mañana tendrá moratones.
—Vamos, no
empieces la noche aterrorizando al pobre chico, ya lo pasó suficientemente mal
la última vez… —dice Charlotte mientras coge a Samuel por la muñeca e intenta
sutilmente alejársela de la cintura de Aaron, aunque es en vano— Y, por cierto,
espero que sepas que pienso que eres un completo capullo por aquello. No había
tenido oportunidad de decírtelo antes.
—Oh, no,
Lottie, la vampirita de menos de mil años, piensa que soy un capullo. ¿Cómo
sobreviviré a eso? —se burla Samuel, pero la chica frunce el ceño y le da un
puñetazo en el brazo a su amigo.
Aaron se fija
en que, pese a que Samuel no se mueve ni hace ninguna mueca, la muchacha le ha
pegado realmente fuerte. Él posiblemente estaría en el suelo si hubiese
recibido semejante golpe.
—No bromeo,
idiota. Te pasaste. Sé que eres de sangre muy pura y siempre has sido duro con
tus mascotas, pero eso fue… no se lo merecía.
Esta vez
Charlotte baja la voz al terminar su frase y, con ello, baja también la vista
para mirar a Aaron a la par que dice eso. El muchacho siente ganas de llorar de
repente, aunque no entiende bien por qué. Él sabe que Samuel es
innecesariamente cruel. Sabe que su desobediencia no debería casi costarle la
vida. Así que, ¿por qué siente alivio porque alguien le diga que no se
ganó esas palizas? ¿Por qué siente si ella no le hubiese dicho eso, él dudaría
sobre si es cierto o no?
—Lo que
importa no es si lo merece o no, es si fue útil o no. Así que hoy veremos si mi
castigo hizo que mi pequeño humano sea obediente en esta fiesta o… si necesito
ser más duro esta vez. —la voz de Samuel se torna un mero susurro, cavernoso,
amenazante y vil que recorre a Aaron como mil serpientes bajo la piel.
—Ya fue
obediente en la otra fiesta, Sam. Te lo dije, fue mi culpa, yo le hablé. Lo
siento mucho. —Jason también se dirige al chico con esa última frase y lo mira
con ojos brillantes y muy humanos.
Por un
segundo, el brillo de picardía que en ellos siempre reluce con jovialidad se
apaga para mostrar seriedad, reverencia. Y Aaron agradece de todo corazón tal
simpatía.
—¿Entonces
qué? ¿Quieres tú también un castigo? —propone Samuel y, por un segundo, agarra
a Jason por la nuca como si fuese un cachorrillo rebelde.
El vampiro más
joven ríe y se escabulle del agarre, sintiendo varios escalofríos que le hacen
sacudirse.
—Oh, jamás
desearía ponerme en tu lado malo —le dice, risueño, y luego mira al chico de
nuevo, examinándolo con esa mirada amable que Aaron agradece. Sus ojos se paran
en su cuello—. Hm, veo que lo estás vinculando, ¿no?
—¡A ver la
marca! —chilla emocionada la joven pelirroja y, con un giro que hace volar su
vestido, se sitúa al lado de Aaron y se inclina peligrosamente hacia su cuello—
Me encanta ver cómo quedan las marcas. ¿Puedo mirar, cariño?
—Sí, pero no
me lo to-
—Le he
preguntado a él. —interrumpe la chica mirando a Samuel con unos ojos que echan
chispas.
El vampiro más
poderoso rueda los ojos y hace un ademán con su mano, como restándole
importancia.
—Ah, puedes
hablarles, humano.
Charlotte
vuelve sus ojos brillantes de la emoción hacia Aaron, esperando una respuesta.
—M-mh, puedes
ver si quieres. Aún me duele un poco, está sin curar del todo. —explica, tímido
y avergonzado, mientras aparta delicadamente el collar de metal a un lado y se
echa el cabello hacia atrás para mostrarle a la vampiresa la enorme marca que
se envuelve alrededor de su cuellito.
La chica abre
los ojos como platos, haciéndolos caricaturescamente grandes.
—Joder,
Samuel, es enorme, casi le arrancas al cuello. ¿Te dolió mucho, cosita?
Aaron se
agobia por la pregunta. No quiere recordar esos momentos, así que responde
rápido.
—S-sí, pero
está bien.
—Cuando se
cure, no te volverá a doler nunca más —ahora es Jason quien interviene y Aaron
sonríe tímidamente porque, aunque la conversación le pone los pelos de punta,
ambos vampiros pelirrojos están intentando hacerla amena, hacerle sentir seguro
y tranquilo. Eso le gusta—. Suelo marcar a la mayoría de los humanos que me
quedo como empleados permanentes en vez de venderlos y en un par de semanitas
están como nuevos. ¿Te la cuidas y desinfectas adecuadamente?
—Cada día uso
agua y jabón y al principio la cubría con gasa.
—Ah, eso está
muy bien. Ya la tienes casi curada, dentro de poco ni la notarás. Bueno, no de
ese modo, ya me entiendes.
Aaron asiente,
quedándose pálido de pronto. No le gusta pensar en el vínculo, no le gusta
recordar que es real, que cuando el dolor de la herida y la debilidad de la
pérdida de sangre se hayan ido, todavía quedará alrededor de su corazón una
pesada cadena que lo unirá a las manos del vampiro, a su voz, sus ojos, sus más
impuros deseos.
Algo arranca a
Aaron de sus turbios pensamientos: se adentran en una calle más iluminada e
increíblemente bulliciosa. A lo lejos se escuchan las voces de cientos de
personas que parecen charlar amenamente y reír con ganas. Cuando mira a su
alrededor, Aaron ve que se dirigen a una mansión titánica a la cual parecen ir
muchos más vampiros que también transitan la misma calle.
Algunos van en
grupos y otros solos y únicamente una minoría puede permitirse llevar esclavos
humanos, como él; cuando los mira, se le hiela la sangre. Moratones, brazos o
piernas rotas, mordiscos cicatrizados por todo el cuerpo y ojos vacíos de alma,
mortales desnudos y forzados a gatear por el suelo de duro cemento hasta
descarnarse las rodillas, muchachas tan delgadas que Aaron pudría trazar cada
hueso de sus esqueletos con un solo dedo y hombres tan mutilados que son más
cicatriz que carne.
Aaron se pega
más a Samuel y clava la vista en el suelo. No quiere seguir atisbando esa
horrorosa visión, no cuando bien podría ser su futuro.
Todos se
adentran en la fiesta, los dos vampiros varones con portes fuertes y firmes y
Charlotte moviéndose animadamente, como lista para bailar. Aaron se coge a la
manga de la chaqueta de cuero de Samuel con sus deditos, no queriendo estorbar
mucho, pero aterrado ante la idea de perderse y ser dejado atrás.
Están en el
jardín principal, justo enfrente de los pórticos de entrada, abiertos de par en
par hasta dejar ver el palaciego interior de una sala de bailes sobre la cual
cuelga una lámpara de araña más grande que el comedor mismo de la antigua casa
de Aaron. El chico ve a algunos vampiros sentados en elegantes sofás blancos,
hablando con normalidad mientras se pasan a un chico inconsciente y cada uno le
da un muerdo como si fuese una simple manzana que comparten entre todos.
Se siente
enfermo y quiere irse, pero debe ser obediente, se recuerda. Samuel empieza a
andar y él se queda clavado en el sitio, pues sus piernas tiemblan tanto que
parece que se vaya a caer al suelo, y Aaron le da un tirón a su correa. Aaron
reacciona al recibir, además de eso, una mala mirada que sabe que es una
advertencia.
<<No
puedo dejar mal a Samuel en esta fiesta. Me matará si lo hago.>>
Samuel, Jason
y Charlotte avanzan por el lugar saludando a otros vampiros, teniendo cortas
charlas e intercambiando a veces formalidad y otras, risas agradables. Aaron no
escucha una sola de las palabras que se pronuncian, está tan nervioso y
asustado que solo sigue a Samuel, se aprieta contra su cuerpo tan fuerte como
puede y sabe que hablan de él cuando nota perforantes miradas rojas sobre su
piel (incluso debajo de la ropa) y escucha palabras de bocas colmilludas tales
como ‘’apetitoso’’ o "exquisito’’ y luego nota, por el tono de voz de
Samuel, que está fardando de él y luego agregando que ‘’aún estoy
entrenándolo". Por eso es tímido’’.
A medida que
avanza la noche, Aaron logra calmarse un poquitín más y discierne pedazos de
conversaciones más grandes, la gran mayoría halagando lo bien que está
portándose, pese a que su corazón se escucha extremadamente estresado, o
expresando cuánto envidian a Samuel, no solo por poseer a un "pedazo de
carne tan suave", sino por además haber tenido el placer de cazarlo él
mismo.
—No me dio
mucho juego —se burla un poco Samuel—. En serio, ni siquiera una persecución
divertida. Se quedó ahí, congelado y tan asustado que hasta había dejado de
respirar. Adorable. Es la primera vez que veía a un vampiro de tan cerca.
Todos ríen
jocosamente y sus risas no hacen más que intensificarse cuando Aaron se pone
rojo como un tomate.
Muchos
vampiros también felicitan a Samuel por la evidente vinculación en proceso y
comentan que la herida parece estar sanando muy bien y, añade Samuel, muy
rápido también.
—¿Para cuándo
la segunda? —le preguntan muchos y Samuel siempre ríe cruel y vicioso, mira a
Aaron con ojos amenazantes y añade, más para el humano que para sus
interlocutores:
—Eso depende
de cuán bien se porte y de cuánto me obligue a someterlo a la fuerza.
Con muchos
otros vampiros, su amo habla de cosas que parecen relativas al trabajo y muchos
de ellos que son, Aaron presupone, vampiros inferiores, le ruegan un poco más
de tiempo a Samuel para pagar sus tasas o le agradecen mil y una veces por
haberlos castigado por sus incumplimientos con penitencias tan benévolas como
arrancarles los colmillos, despedazarlos o matar a su progenie en vez de darles
muerte a ellos.
Al cabo de un
rato, Samuel, Charlotte y Jason se paran en una zona un poco menos transitada,
agobiados ya de tantos encuentros y de gastar tanta saliva, y refrescan sus
lenguas con copas de sangre templada que se sirve una pequeña fuente.
—Ah, cuántos
invitados. —se queja Samuel frotándose las sienes como si tuviese jaqueca.
—Quizá no
tendrías que lidiar con tantos si no fueses tan popular. —se burla Charlotte,
pero el otro pelirrojo la corrige.
—Temido
es la palabra que buscas. Todos esos vampiros inferiores o incluso algunos de
los que son más poderosos que yo buscan codearse con Samuel para ganar su
aprobación y… quién sabe, su clemencia si algún día el trabajo le hace picar en
sus puertas.
—Una lástima,
no me queda compasión para nadie —ríe el rubio y da un largo trago a su copa
antes de añadir, con tono menos jovial:—. Y, por desgracia, creo que tampoco me
queda mucho más tiempo antes de que el innombrable reclame mi presencia esta
noche. Creo que iré a saludarlo yo mismo, para que no me dé él una desagradable
sorpresa y poder así terminar ya con esta pantomima. Quedaos vosotros con esto,
no quiero a Ivthan babeando sobre cosas que son mías.
Y dicho eso,
le arroja a Jason la correa de Aaron como si se tratase de una baratija. Tan
pronto Samuel les da la espalda y echa a andar, el humanito entiende la
situación y entra en pánico, corriendo detrás de su propietario y haciendo que
la correa en manos de Jason se tense hasta hacerle daño.
—N-no, no,
amo, espere. —jadea el chico, lleno de nervios y suplicando mientras se aferra
a la chaqueta de Samuel.
El vampiro se
voltea con fuego en la mirada y le coge de las muñecas antes de adquirir una
expresión aparentemente serena, agacharse y decir en su oído:
—Nada de
montarme un puto numerito o te romperé las muñecas ahora. ¿Has entendido? —el
chico asiente, pero al vampiro no le parece suficiente respuesta y aprieta con
tanta fuerza que a Aaron se le saltan las lágrimas y está dando casi saltitos
en el lugar por el terrible dolor.
—He… he
entendido, amo, lo siento. Lo siento mucho, no quiero que me deje. Tengo miedo.
Perdón.
Samuel aprieta
los labios y trata de seguir enfadado porque enternecido no es un
sentimiento que un vampiro puro deba sentir y mucho menos en esa situación.
—¿Acaso
importa lo que tú quieras?
—N-no amo,
solo lo que usted quiera. —responde Aaron recitando con devoción y vergüenza
esas palabras que tendrán que convertirse en enseñanzas.
Samuel sonríe,
orgulloso, y suaviza su agarre hasta que Aaron suspira aliviado. Sus manitas
tiemblan tanto que lo único que las mantiene estables son los puños de Samuel
alrededor de sus muñecas.
—Y yo quiero
que dejes de incordiar, te quedes con Jason y Charlotte y obedezcas cada orden
que te den. Puedes hablarles por este rato, pero a nadie más. No vuelvas a
cagarla, bolsa de sangre, porque dejarte vivir es un error que cometí la última
vez, pero no uno que planee cometer de nuevo.
—S-sí, señor.
CAPÍTULO 33
—Tú ni caso,
es un gruñón. —le dice Charlotte a Aaron cuando el chico vuelve con ellos,
ahora terriblemente inquieto porque tanto como la figura de Samuel le aterra,
le calma.
Su amo es su
pilar firme, la única persona a la que conoce verdaderamente en esa fiesta, y
sabe que es el único que lo protegerá si alguien intenta herirle. Es cierto que
cree que Jason y Charlotte no le pondrán la mano encima, pero se siente
asustado de todos modos y quiere lloriquear como un cachorrito pidiendo
protección hasta que su amo vuelva.
Se muerde los
labios.
Debe
sosegarse, impedir que sus emociones le obtengan un castigo.
—E-es un
gruñón que me matará si le enfado. —responde Aaron, no queriendo ser descortés,
pero sabiendo que la chica se toma la situación mucho más a la ligera que él.
Al fin y al cabo, ella no se juega con la vida.
—Sí, es cierto
—dice Jason, serio y dando un largo trago a su copa de sangre mientras sus ojos
recorren a Aaron escalofriantemente—, pero eso no pasará porque no vas a
enfadar a Samuel. Ya lo verás, eres muy obediente.
—Uhm, gracias
—responde Aaron cabizbajo y de pronto se siente terriblemente mal porque Jason
está siendo muy amable con él y él, sin embargo, se siente un fraude, un
mentiroso. No merece ser llamado ‘’obediente’’ cuando sabe bien que
Samuel es violento con él con frecuencia porque él mismo se lo gana. Aaron no
aguanta más sentirse como un mentiroso y balbucea una tímida confesión que toma
por sorpresa a ambos vampiros—. No lo sé. Creo que no lo soy, me castiga mucho,
creo que hago todo mal. Yo intento… yo quiero que las cosas salgan bien. Solo
quiero estar bien.
Jason y
Charlotte lo miran en silencio, afligidos y dejando de beber de su copa por
unos segundos. Luego se miran entre ellos como si pudiesen hablar uno en la
mente del otro. Cuando sus miradas carmesí se separan, la muchacha pone una
mano en la mejilla de Aaron y le da unas caricias tan suaves, tan maternales,
que tiene que resistir la tentación de cerrar los ojos y dejar que su
imaginación le haga creer que su madre y su abuelita siguen vivas.
<<¿Cómo
habrán muerto? ¿Habrán sufrido? Mamá, yaya… ¿Les habrán hecho los vampiros
cosas tan horribles como Samuel a mí?>> Aaron se muerde la lengua, dejando que el
pinchazo de dolor le deje la mente en blanco. No puede pensar en eso si
pretende no derrumbarse ahí mismo.
—Ay, pobre
cosita. Es solo que estás nervioso. Ven, ¿sabes qué puede ayudarte a calmarte
más y que tengas esa confianza que justo necesitas hoy?
El tono de la
joven vampiresa suena muy jovial de repente mientras alza sus manos y hace un
pequeño y gracioso bailecito, aunque Jason no parece tan animado.
—Lottie, no…
—le dice, cruzándose de brazos y enarcando sus cejas.
La chica lo
ignora y mira alrededor, como buscando a alguien.
—¡Tú! —grita
hacia uno de los trajeados siervos del palacio, que se acerca de pronto con
andares que le hacen parecer como si flotase; el hombre saluda con una
reverencia—. Trae algo para el humano —Luego se vuelve hacia Aaron— ¿Has bebido
antes, ricura? —el chico niega y Charlotte termina de ordenar al empleado —Algo
suave, una cerveza. Que sean dos, por si le pilla el gusto.
El hombre
asiente silenciosamente para luego reaparecer ni siquiera tres segundos más
tarde, tendiéndole a la vampiresa dos enormes jarras de cerveza espumeante, con
el cristal condensado como si fuese hielo y pequeñas y refrescantes gotitas
cayendo por este. Aaron jamás ha bebido cerveza, pero se le antoja tan
fresquita que de pronto quiere un trago.
Charlotte lo
pilla mirando la jarra con ojitos deseosos y le guiña un ojo antes de
tendérsela.
—Oh, no sé si…
—murmura, echándose un poco para atrás después de oler la bebida. Tiene un
aroma extraño y nunca antes ha bebido, así que le da un poco de cosa.
Charlotte
chasquea la lengua y hace un gesto despreocupado antes de poner su índice en el
culo de la jarra y empujarla hacia los labios de Aaron. El chico puede sentir
la suave espuma y la frialdad del cristal contra su boca, las burbujitas
estallando agradablemente contra su nariz respingona.
—Samuel no
está aquí y te ha dicho que cumplas nuestras órdenes, así que ¡Te ordeno beber!
Tan pronto
Aaron escucha el nombre de Samuel y la palabra "orden", su cuerpo
reacciona casi por instinto y le da un buen trago a la bebida. El sabor no es
de su gusto, pero es muy agradable sentir el frío deslizándose por su garganta
y hasta su estómago. Escucha a Charlotte reír y animarlo con un jocoso ‘’Traga,
traga, traga’’ mientras inclina más el enorme vaso hacia su boca, pero entonces
Jason toma la jarra por el asa y se la quita a Aaron.
Aaron se
siente un poco raro porque está nervioso, pero nada está muy fuera de lo normal
y eso lo tranquiliza. Se lame el bigotito de espuma que le ha quedado bajo la
nariz con un gesto adorable.
—No sé si es
buena idea. —dice Jason en tono serio y mira el vaso al que le falta ya la
mitad del contenido.
—Un par de
cervezas no le harán daño. ¿Y no me dirás acaso que lo que el chico necesita no
es desinhibirse un poco? Vamos, está más tieso que un fiambre el pobre, déjalo
que se relaje.
Aaron ríe
suavemente por la despreocupación en el tono de la muchacha y, tan pronto Jason
escucha el adorable y cálido sonido de esa risa, suspira, totalmente vencido, y
le devuelve la jarra a Aaron.
—Ah, vale,
pero no lo emborraches o Samuel estará demasiado tentado a jugar con una presa
tan fácil como él.
—¡Bien!
—celebra la chica, alzando el otro enorme vaso de cerveza todavía
intacto—Vamos, vamos, dale otro trago, no esperes a que te lo ordene —Aaron lo
hace, ahora tomando solo un sorbito—. ¿Cómo está?
—Mmm… sabe un
poco a agua de cloaca, pero es agua de cloaca fresquita, así que está bien.
—dice el chico antes de encogerse de hombros y darle otro buchito.
Tanto Jason
como Charlotte rompen a reír y Aaron se siente bien porque sabe que es él quien
ha provocado eso. Desearía que fuese así de sencillo ganarse la simpatía de su
amo.
<<¿Dónde
está? ¿Cuándo va a volver?>>
—Bueno, bueno,
dale tiempo. —le dice Jason, aunque Aaron no entiende muy bien a qué se refiere
en ese momento.
Sin embargo,
lo entiende al cabo de un rato. No le gusta el sabor de la cerveza, eso es
cierto, pero ya no le importa en absoluto porque, por alguna razón, cada pocos
minutos quiere darle otro y otro traguito. Esa bebida dorada le hace sentir
refrescado, pero a la vez cálido por dentro, lleno de una magia que muy poco a
poco le da confianza e inhibe su miedo.
No recuerda
cuál fue la última vez que se sintió tan tranquilo y relajado, incluso le
cuesta un poco mantenerse de pie porque sus piernas parecen hechas de gelatina.
Aaron tenía
muchísimo miedo de emborracharse, pero está tranquilo porque sabe que Jason y
Charlotte no lo van a permitir y, además, la cerveza no le está haciendo nada
malo. ¡Al contrario! Le hace sentir bien y eso es precisamente lo que
necesitaba.
Cuando el
chico termina su primera cerveza, la deja a un lado y entonces Charlotte le
acerca la segunda jarra, pero Jason se la quita de las manos.
—Baja el
ritmo, anda. —le dice el vampiro a su amiga y luego él mismo examina la cerveza
como con cierta nostalgia.
Aaron lo mira
con curiosidad.
—Vosotros…
¿Los vampiros no podéis beber? —Algunos vampiros de aquí lucen borrachos. ¿Cómo
es posible? —pregunta y su voz suena tan bonita como siempre, pero ahora más
alta, más confiada y más… extraña. Quizá un poco adormecida, como si su lengua
estuviese perezosa esta noche.
—¿Beber
alcohol directamente? No —explica Jason, dejando la cerveza a un lado, como
queriendo deshacerse de la tentación—. Pero, ¿emborracharnos a través de sangre
ebria? Ese es el truco. Muchos se traen a humanos, los emborrachan y se los
beben, son como sus copitas rellenables personales.
Aaron mira
alrededor, consternado y sintiendo que esa magia llena de confianza y valentía
que danzaba en su interior se achica ahora un poco, cuando recuerda dónde está
y de qué clase de seres está rodeado. Vuelve a mirar a los sofás de antes y
ahora el chico desmayado del que varios vampiros bebían yace en el suelo,
inerte, respirando con mucha dificultad y con la cara hundida en un charquito
de su propia sangre. Los vampiros de ese lugar ahora se pasan a una muchacha de
no más de veinte años que lloriquea sin parar.
Aaron debe
dejar de mirar, solo de imaginarse en su lugar se le hiela la sangre en las
venas y todo se pone borroso.
—A Sa… a mi
amo no le gusta beber, ¿verdad? —pregunta, angustiado.
Charlotte le
pelliza una mejilla mientras suelta una suave risa.
—Míralo, qué
mono está preocupado. —Charlotte se ríe un poco y le da la jarra de cerveza, a
la que Aaron da algún que otro sorbo.
—Le gusta,
pero no temas —lo tranquiliza Jason, poniéndole una mano en el hombro de manera
reconfortante y luego acariciando muy suavemente con su índice la orilla de la
cicatriz que está formándose en su cuello—. Estás curando su mordida del
vínculo, no va a arriesgarse a que vaya más lento, aunque está casi terminada.
—Ah, qué
horror… —masculla Aaron y se tapa la herida con su mano como si le avergonzara.
—¿No te gusta
cómo luce? —pregunta Charlotte casi con inocencia.
—No es… bueno,
no me gusta tener cicatrices, pero no es eso. Me da miedo el vínculo, cómo vaya
a sentirse. Samuel ya es muy dominante y duro conmigo, no puedo imaginar que
vaya a ser aún más… intenso.
A medida que
habla, Aaron siente más y más oscuridad rodeándole. La luz y la magia que tan
brillantes eran hace un minuto han dejado ahora en el muchacho una tristeza
húmeda y fría que le hace sentir como en una ciénaga.
—No puedo
aconsejarte mucho, aún no he vinculado a nadie. Desventajas de ser demasiado
joven. —explica la muchacha con un tono tristón.
—Yo sí he
vinculado a muchos, muchísimos humanos —dice Jason y, aunque trata de sonar
amable y sabio, Aaron no puede evitar sentirse aterrorizado. Mira su boca
mientras habla, ve sus colmillos, y lo imagina sometiendo a humano tras humano
a su voluntad, marcando con sus colmillos su piel como si fuese hierro ardiente
y ellos mero ganado a la espera de ser sacrificado—. Verás, algunos vampiros lo
ven como una herramienta de control y mentiría si yo dijese que no es así, es
muy útil para mí cuando se trata de controlar a mis siervos humanos, pero es
más que eso. Al menos para mí —Aaron alza su vista entonces, temblando un poco
menos y atendiendo un poco más a las palabras de Jason, pues suenan algo
esperanzadoras—. Es una forma de conexión. Sé cuando mis humanos están agotados
o asustados, cuando están nerviosos, tristes… y eso me permite cuidar mejor de
ellos. Puedo darles órdenes con mi voz de mando y que las cumplan
sin rechistar y, lo sé, suena terrible perder el control de tu cuerpo, pero
siendo humano tienes que aceptar cómo es el mundo cuanto antes: si un vampiro
quiere algo de ti, lo obtendrá por las buenas o por las malas y créeme,
prefieres hacerlo tú mismo, aunque tu cuerpo no se sienta tuyo, en vez de ser
obligado a la fuerza. Te hará las cosas más sencillas, ya verás, no temas.
Aaron asiente
en silencio, apretando con fuerza sus labios.
De pronto una
oleada de sentimientos lo alcanza y siente que lo derrumba: se siente
agradecido porque Jason sea tan paciente y amable con él y a la vez el miedo
por el vínculo solo se torna más espantoso, pues sabe que Samuel no será tan
gentil y ya puede imaginarlo torturándolo con él y de pronto todo es
insoportable y Aaron solo quiere llorar y que lo abracen, pero sabe que no
puede permitirse ninguna.
Bebe un poco
más, tratando de ahogar esos sentimientos.
—Vale, gracias
—responde con un hilillo de voz. Se dice que no dirá nada más, que no va a
estropearlo, pero entonces las palabras empiezan a brotar de sus labios como si
no pudiese controlarlas—. Muchas gracias. Es solo… tengo mucho miedo. Ni
siquiera intento huir ni me rebelo contra mi amo, pero aun así esto es muy
nuevo para mí e intento complacerlo y quiero… quiero llevarme bien con él,
quiero que me diga que soy bueno y ganarme su atención a veces y que me trate
bonito y no sé si estoy haciéndolo todo mal y me da mucho miedo que sí y que me
mate o que me haga mucho daño o que me vincule una y otra vez hasta que no
quede nada de mí y…
Aaron siquiera
habla bien ahora, solo balbucea e hipea y está llorando desconsolado,
balanceándose hacia los lados cuando intenta gesticular, pero sus piernas
tiemblan.
Jason se queda
pálido al ver que el chico está mucho peor de lo que parecía. ¿Ha estado
esforzándose todo este rato por disimular lo mucho que el alcohol le ha
afectado?
—Quítale el
alcohol. Ahora. —le ordena Charlotte entre dientes, lanzándole una mirada
cargada de reproche.
—Mierda,
mierda, mierda —murmura la chica mientras le quita la jarra de cerveza al chico
de las manos y luego lo toma por las muñecas y con un pañuelito de seda le
limpia el rostro, todo húmedo de lágrimas que no paran de brotar. Aaron se
lamenta y sigue llorando ruidosamente, no sabiendo cómo detenerse—. Vamos,
chiquitín, no llores. Todo saldrá bien. Mira, si Samu te deja, puedes ir
conmigo algunas noches y me cuentas cómo estás y yo le diré a Samuel que no sea
tan gruñón, ¿sí? Además, eres el humano más bueno y agradable que ha tenido
jamás. No te hará nada verdaderamente malo —el chico hipea y llora ahora un
poco más flojito, pero sigue sorbiendo, sollozando, negando con su cabeza—.
Eres su favorito. ¿Lo sabías?
—No, no lo
soy, me odia, cree que soy inútil, cree… —Aaron vuelve a estallar y ahora
oculta su rostro entre sus manos, llorando desesperadamente como si todo
estuviese perdido y lo comprendiese por primera vez desde que fue capturado.
—Ve a buscarlo
y dile la que has liado, anda —Jason se agacha al lado de Aaron, con su rostro
a su altura, y le hace un gesto a Charlotte para que vaya—. Asegúrate de que no
se las vaya a cargar el pobre chico luego.
—Vale, vale,
le diré que está un poco borrachillo y que por eso se ha puesto emocional.
—Yo lo calmo,
ve.
Aaron se
desespera de pronto. Acaba de hacer un enorme lío él solito, ha hecho una
escena, ha tenido un berrinche. ¡Eso es justamente lo que Samuel le dijo que no
hiciera! Y ahora Charlotte ha ido a por él, a decírselo. Samuel se
enfadará tanto, oh, tantísimo, que le va a dar otra paliza, como en la fiesta
de Jason, no, peor aún, lo va a matar a golpes y Aaron no quiere morir.
—Ven, ven
aquí, chico. —Jason lo toma suavemente por la muñeca y lo conduce a una zona
algo más apartada, lejos de las miradas de curiosidad y divertidas que su
delicioso llanto ha atraído.
Jason se
siente sobre un banco de piedra y pone a Aaron sobre una de sus rodillas
mientras le quita las manos de la cara con cuidado, pasando él las suyas para
secarle las lágrimas y, mientras lo hace, le habla con una voz tranquilizadora
y hermosa que logra calmar un poco al chico.
—Te prometo
que todo saldrá bien y te aseguro, oh, te lo aseguro… que tú eres el humano más
preciado que Samuel ha tenido nunca, se le nota en la mirada. Solo que está más
acostumbrado a odiar que a apreciar. Si él me permite, puedo ayudarte a
servirle mejor. Suelo entrenar muy bien a mis humanos, así que podría darte
alguna que otra lección o podría pedirles a mis humanos que te lo explicasen
todo con mucha paciencia. ¿Te gustaría eso? ¿Sí? —Aaron asiente y ahora es él
mismo quien se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano, pues ya apenas
llora, pese a que sus ojos están algo hinchados y su nariz está toda roja—.
Hablaré con él, veré qué puedo hacer. Lo sobornaré un poco si hace falta,
¿vale?
Aaron deja ir
una risita pequeña y rota.
—V-Vale,
muchas gracias. Perdón por esto.
Jason hace un
gesto para restarle importancia y se levanta del asiento, ayudando al chico a
ponerse de pie para así comprobar, con gran alivio, que está algo ebrio, sí,
pero que ya puede tenerse en pie casi perfectamente.
—No es nada,
bocadito. Los humanos sois criaturas sensibles y a veces las emociones os
ganan. Ahora, dejarás de derramar tus lágrimas y vas a ser muy muy bueno
el resto de la noche porque quieres complacer muy bien a tu amo, ¿verdad?
Aaron asiente,
devoto y muy en serio, y sorbiendo todas sus lágrimas.
—Mhm, s-sí,
señor.
—Eso es —lo
anima el pelirrojo y luego alza la cabeza y mueve su mano, saludando a
alguien—. Míralo, ahí viene.
CAPÍTULO 34
El corazón de
Aaron parece detenerse por un segundo. No quiere tener que enfrentarse a
Samuel, no quiere que lo vea con el rostro aún rojo y mojado por las lágrimas,
no quiere tener que sentir el bofetón que seguro que le espera por haber sido
un humano emocional y estúpido que lo ha dejado mal en una importante fiesta y…
Samuel llega,
lo agarra por la barbilla y Aaron hace su mejor esfuerzo por no romper a llorar
de nuevo.
—Lo siento,
amo… —murmura.
Pero el
vampiro no le responde nada, solo le gira el rostro hacia un lado, luego hacia
otro, lo examina con ojos ecuánimes bajo los cuales podría arder la más
abrasadora ira o simple aburrimiento y luego le pasa la mano por el cabello
porque se ha despeinado un poco.
—Lo siento
mucho, lo siento tanto, amo…
—Va, cállate
—le dice molesto, pero Aaron siente una oleada de alivio al no sentir la ira en
su tono—. No está tan mal, algo bebido, pero Charlotte ha exagerado. Ya me
imaginaba tener que matarlo aquí mismo porque se había puesto a chillar o
resistirse.
Aaron niega,
frenético.
—No, no, nada
de eso. Le hemos dado un poco más de alcohol del que debíamos y ha llorado un
poquito.
—Nada nuevo
—Samuel se burla, soltando una risa corta y cruel y luego le acaricia un poco
la mejilla a Aaron mientras dice—, es sensible, siempre llora por nada.
Las palabras
de Samuel son hirientes, pero su mano en su mejilla, mimándolo como a una buena
mascota, le hacen sentir tan bien que Aaron se empuja contra esa enorme mano y
parpadea despacio, hechizado. Samuel deja de acariciarlo de pronto y toma de
las manos de Jason la correa.
—Ahora que
Lottie lo ha mencionado, Ivthan y los demás no dejan de molestarme con que
quieren verlo, así que me lo llevaré un rato con ellos, luego me largo. No
quería que Ivthan lo viese, pero es tan insistente… Cualquier cosa por que
cierre la boca.
Jason asiente,
comprensivo.
—Cuando
acabes, Lottie y yo nos vamos contigo. Tampoco queremos encontrárnoslo.
Samuel asiente
y con ese gesto el amable vampiro pelirrojo se marcha y Aaron vuelve a quedarse
a solas con Samuel, que es lo que había querido desde que se marchó, pero por
alguna razón ahora está algo nervioso.
—A-amo,
¿podemos quedarnos solos? Me da miedo ir con más vampiros…
Samuel alza
una ceja, sabe que Aaron no está tratando de ser desobediente, que se trata del
alcohol hablando o, mejor dicho, haciéndole decir cosas que antes solo se
atrevía a imaginar que preguntaba, pero aun así una falta de respeto es una
falta de respeto.
Así que
abofetea a Aaron.
—Contrólate.
Estar bebido no va a hacer que te libres de tus castigos si actúas así de
arrogante.
—P-perdón,
amo… —murmura el chico, luciendo realmente agotado. Puede que no haya hecho
mucho durante la noche, pero emocionalmente ha llegado a su límite y Samuel lo
sabe.
Quizá por eso
el vampiro pone una mano en la cabeza del chico y le acaricia los cabellos
mientras dice:
—Será solo un
ratito. Hay unas personas importantes que quieren verte. Les enseñaré lo bueno
y educado que eres, ¿Mhm? Y luego podremos irnos.
Aaron quiere
llorar. Samuel está siendo tan amable, pero le ha pegado solo hace unos
segundos. Está confundido y tiene la sensación de que su amo mismo también lo
está.
—G-gracias,
amo.
Después de
eso, Samuel tira de su correa cerca y se lleva al chico a paso lento hacia el
interior de la sala de baile.
Pasan justo al
lado del sofá blanco, ahora manchado de sangre, donde un pobre humano que bien
podría ser Aaron yace inconsciente (quizá muerto) en el suelo y una chica es
pasada de mano en mano, poco a poco siendo drenada y mirando con ojitos
cansados y rojos de tanto llorar cuál es el destino que le aguarda: terminar
apilada sobre el cadáver del otro tentempié humano, exhalando sus últimos
alientos mientras ve cómo los vampiros usan y desechan a otros humanos.
Aaron se
aprieta contra Samuel y con solo la punta de sus dedos se agarra a la manga de
su chaqueta, pues no quiere molestarlo, pero necesita su cercanía, su afecto,
su dulzura.
<<Es
lo más cerca de otro humano que he estado en años>> piensa, con el corazón
roto, pero forzándose a no sentir esa pena, ese dolor, esa empatía que tanto
intenta inundarlo.
Samuel lo
conduce a una zona un poco más reservada, un lugar donde él y sus poderosos
acompañantes se han resguardado para no verse rodeados todo el rato de un
enjambre de vampiros más débiles que no paran de adularlo, pedirle favores,
clemencia a veces y siempre intentan hacerse recordar y notar.
Cuando Aaron
pasa a la pequeña sala, siente que el ambiente es extraño e irreal. Como el de
un sueño, pero oscuro. Quizá el de una pesadilla.
La sala es
grande, pero con paredes de madera muy oscura y con luces ámbar muy tenues, lo
que hace que parezca que el espacio está siendo achichado y engullido por las
sombras constantemente. No hay puerta para esa estancia, sino una tela morada
que cuelga del umbral y que Samuel echa a un lado con su brazo para pasar.
En medio de la
sala hay un círculo amplio formado por cómodos asientos violeta, carmesí y
negro, algunos de cuero marrón muy oscuro, como si entre todos formasen un
extraño sofá en forma de círculo, en cuyo medio hay un espacio vacío.
Vacío, salvo
por una barra de metal que conecta el suelo y el techo y donde una mujer humana
se apoya mientras baila despacio. Sus movimientos no son lentos porque trate de
ser seductora, sino porque se halla cansada: su cuerpo está lleno de mordidas
frescas y muchos de los vampiros sentados a su alrededor se relamen los labios
rojos o secan las comisuras de su boca con pañuelos de seda, dando elegantes
toquecitos para borrar los rastros de su voraz violencia.
Aaron siente
su corazón ir cada vez más rápido. La chica en la barra… ¿Terminará también
ella muerta? Los nervios lo plagan hasta que una voz grave y dominante llama su
atención por completo. Habla el vampiro que más destaca de todo ese grupo de
poderosos seres.
Habla Ivthan.
—Puedes irte a
servir a otros, puta. Tenemos un nuevo espectáculo. —su voz es ronca, cavernosa
y árida, como un camino de rocas afiladas.
Le recuerda a
la de Samuel, pero aun más fría, más erosionada con el tiempo hasta perder el
timbre propio de la humanidad y sonar como algo muy distinto, como el viento o
un espíritu, como el sonido de una roca al partirse, de un rayo al caer.
Aaron aprieta
los dientes al escucharlo hablar así de la pobre mortal, pero la chica no se
indigna en absoluto, solo baja la cabeza y se marcha tan rápido como puede. En
su expresión hay un toque agradecido, como si se le hubiese dado una segunda
oportunidad en la vida.
Cuando ella se
va, todos se vuelven hacia Samuel con expresiones curiosas, deleitadas y luego
hambrientas. Sus ojos clavados en el delicioso muchachito que trae al final de
su correa, temblando de pies a cabeza.
Samuel deja
que lo miren por un rato, orgulloso y con una sonrisa confianzuda en su rostro,
mientras avanza hacia el extraño sofá con pasos lentos, haciendo desfilar a
Aaron a su lado.
El chico trata
de mantener sus ojos en el suelo, pero no puede evitar alzar un poco su mirada
y encontrarse con la que más poderosamente lo está examinando. Ivthan lo
observa con una intensidad escalofriante y lo peor es que no hay solo deseo en
sus ojos, sino reconocimiento y una dulce y misteriosa ironía.
—Qué
recuerdos… —susurra Ivthan y sus ojos se desvían hacia Samuel con malicia.
Aaron no entiende qué significado tiene lo que le ha dicho.
Samuel lo mira
frío, como si le hubiese pasado inadvertida la intención de ese remarque, y
responde:
—El buen gusto
nunca cambia.
Aaron sigue
sin entender nada, pero a juzgar por el silencio a su alrededor, los otros
vampiros tampoco comprenden de qué hablan Samuel y su creador.
Tras eso, el
vampiro se hace un amplio hueco en el sofá, pues los demás se apartan para
dejarlo sentarse con sus piernas cómodamente abiertas y sus brazos extendidos
sobre el reposacabezas. Todos se alejan, no con pánico, sino con un profundo
respeto y admiración.
Aaron es
tomado por la cintura y Samuel lo coloca en el sofá, en el espacio entre sus
musculosas piernas, de cara al resto de vampiros y con su temblorosa espaldita
apoyada contra la firmeza de su pecho. Ahí, Aaron puede ver mejor a Ivthan, el
creador de Samuel, responsable de que el otro día perdiese los estribos como
jamás lo ha visto perderlos.
Ivthan tiene
el cabello muy corto y de un color azabache como el suyo, el rostro
extremadamente masculino, con una mandíbula marcada, un mentón fuerte y una
frente amplia y lisa.
Su nariz está
ligeramente arqueada y es grande, pero atractiva, le da a su rostro un toque
salvaje y peligroso que el resto de rasgos solo confirman. Ojos pequeños y
rasgados, en ellos, un brillo rojo amenaza con quemarlo todo. Labios gruesos y
colmillos tan desproporcionadamente grandes que, incluso cuando están
retraídos, son visibles desde lejos. Luce como un guerrero que es más bestia
que hombre y su cuerpo no hace sino honor a lo que su rostro ya apunta. Es
grande, enorme. Así sentado, Aaron no puede asegurarlo, pero juraría que el
hombre luce más alto que Samuel. Y más corpulento. Samuel es extremadamente
musculoso, pero hay cierta armonía en sus proporciones, por ejemplo, en su
cintura estrecha, pero Ivthan no tiene esa finura: es simplemente grande como
lo son las bestias. Manos grandes, brazos grandes. Tiene un poco más de grasa
sobre el músculo que Samuel, pero eso no hace que su cuerpo luzca menos fuerte,
al contrario.
La belleza de
ese hombre le recuerda a Aaron a la de un tigre o un oso: una demasiado letal
como para no sentir pánico en vez de admiración cuando se la tiene en frente.
Aaron baja los
ojos de inmediato y puede oír pequeñas risas a su alrededor, porque todos los
presentes pueden escuchar cómo se le acelera el corazón.
—Nadie
esperaba que nos decepcionases con tu nueva mascota, Samuel —comenta uno de los
vampiros, risueño—, pero creo que tampoco esperábamos que fueses a
impresionarnos tanto.
A raíz de eso
estallan los comentarios: todos se aventuran a elogiar el buen gusto de su amo
y el chico, sin embargo, es incapaz de sentirse halagado porque cada cumplido
se siente como un mordisco y todos se inclinan y se acercan tantísimo para
decirlo que teme que alguien vaya a agarrarlo para tratar de llevárselo.
—Me encanta el
pelo oscuro y suave, además lo tiene liso y bien cuidado. Qué buen trabajo.
—Yo no paro de
fijarme en lo delgadas que son sus muñecas, sus tobillos y su cuello. Tan
agradables de agarrar…
—Oh, ¿Y estáis
olvidando esa carita? Qué preciosura.
—Unos labios
tan delgaditos y con el color de la inocencia. Qué deleitoso corromperlo.
—Tiene unos
ojos preciosos —esta vez Aaron sí reconoce la voz: es Ivthan—. Y parece muy
obediente.
Samuel ríe y
se echa para atrás en su asiento, acomodándose.
—Estoy
trabajando en ello, aún le queda mucho por aprender —explica y el chico solo se
queda muy quieto—, pero está esforzándose por ser un buen chico ¿No es así, mi
bolsa de sangre?
Aaron jadea y
siente un pinchazo en su interior. Cuando su amo le llama "humanito’’,
aunque sea un nombre denigrante, él se siente mejor porque suena mejor, pero
ahora está hablándole de una manera tan dura que no puede evitar sentir que ha
sido malo y está siendo castigado.
Quizá es el
alcohol, que antes potenciaba su confianza y ahora parece dar pábulo a sus
preocupaciones, pero Aaron se siente repentinamente muy inseguro.
—S-sí, amo,
quiero hacer todo bien. ¿E-estoy portándome bien?
Todos ríen,
genuinamente entretenidos por su respuesta, y Samuel parece también hallar su
desesperación divertida. Tanto, de hecho, que se voltea hacia una vampiresa
sentada cerca de él y le dice.
—Tráeme algo
de vodka, voy a emborracharlo un poco más. Es divertido.
Aaron se
estresa al escuchar eso y quiere decirle a su amo que no le apetece beber más,
pero odiaría ser desobediente y, además, ¿qué importa? El alcohol le ha dejado
un poco mareado y algo sensible, no parece tan malo.
—Oh, a mí
también me gusta hacerlos beber antes de jugar. Es divertido verlos dando
tumbos y desesperándose porque están intentando escapar de veras, pero solo
logran caerse y llorar. —explica una vampiresa con diversión y una copa de
sangre en la mano, antes de dar un sediento y largo trago.
Otros vampiros
coinciden con ella y entre todos hablan de las formas en que les gusta hacer a
sus humanos estar ebrios para que la confusión los haga más vulnerables o
potencie su miedo. Aaron trata de no escuchar, pues eso solo hace que esté más
nervioso.
Al cabo de un
par de minutos, cuando uno de los vampiros está describiendo con demasiado
detalle su última matanza, aparece de nuevo la vampiresa de antes con una
botella entera de vodka y ningún vaso.
Se la tiende a
Samuel, que la toma sin agradecerle, aunque la chica parece considerarse ya
suficientemente afortunada porque Samuel le haya hablado, y Samuel destapa la
botella con facilidad.
—Abre la boca
—le dice a Aaron con tono duro. El chico accede y entonces Samuel pone su mano
en su cuello para mover al chico a su gusto, haciéndolo tirar la cabeza hacia
atrás, con sus labios abiertos y sus ojos casi mirándolo directamente. Aaron
puede ver su sonrisa ladina y sádica —, saca la lengua.
Aaron obedece
del mismo modo, con vergüenza, pero sin hesitación. Todos los vampiros guardan
silencio y observan, deleitándose.
—Bien. Ahora,
bebe.
Samuel alza la
botella y la vuelca sobre la boca abierta del chico. Aaron se prepara para
beber tan rápido como pueda, hasta que el líquido frío y cristalino como el
agua toca su boca y no se siente para nada como el agua. Ni siquiera se
parece a la cerveza.
Es como fuego
líquido.
—¡Amo, a-amo,
hay algo mal, quema! ¡Me voy a morir!
Aaron grita y
llora con desesperación y lo único que recibe como respuesta es una vorágine de
risas crueles y colmilludas virando a su alrededor. Tiene miedo, está
confundido y solo…<<Quiero volver a casa>>
—Silencio
—comanda Samuel y lo toma del cabello para volver a tirar su cabeza hacia
atrás, apoyándole la botella de nuevo en los labios—, no vas a morir. Es vodka,
claro que quema. Pero vas a aguantarte y tragar. No quiero verte derramar ni
una gota.
La forma en
que Samuel le habla y le tira del pelo dura y dolorosamente indica que el
vampiro no está enfadado, pero está a punto de enfadarse, así que Aaron asiente
dócilmente, con lágrimas ya secas en sus mejillas, y dice:
—S-sí, señor.
Perdón, me había asust-
Antes de que
pueda terminar de hablar, un largo chorro de esa horrible sustancia lo
interrumpe y Aaron tiene que hacer su mejor esfuerzo por no ahogarse y tragar.
Siente como si el líquido estuviese siendo derramado directamente en su
garganta y, por cada gota que desliza hacia abajo, un abrumador calor lo
llena.
Aaron cierra
los ojos fuerte, resiste la tentación de apartarse y, gracias al cielo, Samuel
termina quitándole la botella. Le ha hecho beber casi un vaso de una sola
sentada.
Aaron termina
jadeando y retorciéndose, la sensación de un hierro calentado al fuego
marcándole desde sus entrañas, y Samuel solo ríe suavemente mientras el chico
agoniza. Los demás comentan lo bien entrenado que lo tiene.
Poco a poco la
sensación de calor abrumadora va yéndose, pero Aaron ve todo raro, como si el
mundo fuese un cuadro todavía húmedo y alguien lo estuviese meneando
violentamente, los bordes desdibujándose, los colores entremezclándose y
bailando.
Aaron tiene la
camisa manchada de vodka por el primer trago no exitoso que le ha dado, así que
el vampiro decide desabotonársela poco a poco y el chico solo se deja hacer
entre sus manos, nervioso, removiéndose solo un poco y sintiendo las miradas de
los demás sobre su pecho desnudo y empapado de alcohol como alfileres que se le
clavan en la piel.
—Has arruinado
esto —dice el vampiro, quejándose y lanzando su camisa a un lado. A Aaron le
gustaba y ahora, sin ella, se siente mal y lloriquea un poco porque quiere
recuperarla. Se abraza un poco a sí mismo, aunque no tiene frío —, pero estás
mejor sin ella.
—Pero míralo,
qué complaciente. En mi burdel estaría tan solicitado que tendría que hacerlo
trabajar día y noche. —espeta uno de los vampiros y todos ríen jocosamente,
menos Samuel, que lo mira serio y empieza a jugar distraídamente con el cabello
un poco húmedo de Aaron.
—Tu burdel…
—comenta Samuel, pensativo, aún peinando al chico para dejarlo con su bonito y
lloroso rostro descubierto, poniéndole mechones de suave cabello tras su oído—
¿Aquel cerca de la entrada de la zona baja? —el hombre asiente, emocionado por
que Samuel haya reconocido su establecimiento—. Lo heredaste de tu creador,
¿cierto? Porque murió hará un mes, cuando le arranqué el corazón y le vi llorar
como un patético humano mientras me bebía su sangre. Espero que tengas neófitos
a quienes dejarles el negocio, porque haré lo mismo contigo la próxima vez que
unas palabras tan atrevidas vuelvan a salir de tu boca.
Samuel no
levanta la voz, no habla con rabia siquiera. Solo deja fluir sus palabras con
normalidad, como si charlase sobre cualquier otro asunto cotidiano, pero eso no
hace sino reafirmar su seriedad, la gravedad de su amenaza.
El otro
vampiro se queda pálido, más aún de lo que ya era, y se levanta con prisas y
torpeza.
—Discúlpame
—murmura sin siquiera atreverse a mirar a Samuel a los ojos—. Discúlpame, no
volverá a pasar.
Acto seguido,
el tipo se marcha y la estancia se queda en un extraño y tenso silencio, no por
la amenaza de Samuel, sino por la forma reprobatoria en que Ivthan lo está
mirando.
—¿Amenazando a
uno de los tuyos solo porque estás posesivo con un humano? —pregunta el más
poderoso de esa sala, sus ojos mezquinos escrutando a Samuel con severidad y
luego a Aaron, con curiosidad.
—No es uno de
los míos, es un vampiro de sangre impura, débil y patético como una presa
humana —y mientras Samuel dice eso, se asegura de mirar a su alrededor, de
comprobar que todas las demás criaturas a su alrededor bajan la vista con
respeto y reverencia—. La única diferencia es que al humano al menos sí me
divertiría cazándolo y despedazándolo.
Entonces
Ivthan le sonríe, asiente con la cabeza como haciéndole una concesión y, con
ese pequeño gesto, el silencio se esfuma por arte de magia y se vuelve a
escuchar el rumor de varias conversaciones que se reanudan.
Mientras
charlan, Samuel va colocándole la botella en los labios a Aaron y volcándola
por unos segundos, obligando al chico a tragar todo lo que él desee y, este, se
comporta de maravilla y no derrama ni una gota, pese a que cada vez se siente
más cansado y extraño.
Una vez
tuvieron que sacarle una muela y le pusieron anestesia en la boca. Recuerda
babear como un tonto y no ser capaz de formar una sola frase sin sorber cada
letra lenta, torpemente. Ahora se siente muy similar, pero no es solo su boca
lo que le falla, sino su cuerpo entero.
Está sentado
y, aun así, cuando Samuel no lo sujeta por la cintura, el chico se mece en
extraños círculos o en eses, cabeceando todo el rato. Cuando Aaron alza una
mano para secarse los labios de esa horrible bebida que parece fuego vestido de
agua, se restriega toda la palma de la mano por la cara sin limpiar nada de
nada, los dedos tan torpes que casi se mete uno en el ojo.
Aaron siente
que su cuerpo ya no es su cuerpo, sino un traje demasiado grande y pesado como
para que lo controle bien. Incluso su cerebro empieza a sentirse así un poco:
pensar es tan difícil. Nota el alcohol ardiéndole en el estómago, pero está
seguro de que todo ese líquido le ha ido a la cabeza y le ha inundado el
cerebro.
De hecho,
puede imaginar a todas sus neuronas como hombrecitos vestidos de blanco
corriendo de aquí para allá en absoluto pánico porque su lugar de trabajo se
está inundando de vodka: ¿Todo el papeleo que contiene datos que Aaron se sabe
de memoria? Empapado. ¡Incluso los registros con sus recuerdos! ¿Y qué hay de
las máquinas de razonar, valorar la situación, tener ideas…? Todas ellas están
teniendo un cortocircuito.
Aaron ríe un
poco por la boba imagen y luego hipea. Se balancea hacia adelante y Samuel lo
toma por su collar de hierro antes de que el chico logre estamparse con el
suelo. Lo echa hacia atrás, recostándolo en su pecho y haciéndolo mirar hacia
arriba. Su cuello queda expuesto y la marca del muchachito recibe muchas
miradas descaradas. Pero Aaron no mira a los demás, solo a su amo, con una
adorable mezcla de admiración y agobio: <<Estoy haciendo todo… estoy
quieto, estoy siendo bueno, estoy bebiendo la bebida horrible esa, soy bueno.
¿Por qué no me llama buen chico? ¿Por qué no juega con mi pelo? ¿Por qué no me
acaricia la mejilla? ¿Por qué no me habla?>>
—Me gusta su
marca, el cómo se la has hecho. Grande y profunda… resalta lo frágil que es su
cuello. Su piel parece verdaderamente un lienzo. —dice alguien al fondo de la
sala y todos asienten.
Ivthan parece
mirar la marca con una expresión extraña.
—Oh, espérate
a que le haga la segunda y la tercera y la cuarta… —Samuel sigue, bajando el
tono de voz por cada nueva marca que menciona, tornándolo más ronco,
amenazante, aterrador.
Aaron aprieta
sus labios. Samuel le dijo que no le marcaría más si él se portaba bien. ¿Por
qué está hablando ahora de hacerlo tantísimo? Quiere interrumpir a su amo y
suplicarle que cumpla su promesa, pero luego piensa que eso sería impertinente
y que estaría precisamente ganándose esas marcas, así que decide guardar
silencio.
—No puedo
esperar para ello… —comenta Ivthan en un tono oscuro y tétrico.
—Yo no puedo
esperar para la próxima fiesta, muero por verte pasear a ese tentempié para
todos nosotros. Quizá con algo menos de ropa.
Aaron no
distingue quién dice eso, pero le hace recordar que, pese a lo acalorado que
está, Samuel le ha quitado su camisa y ahora tiene el torso desnudo.
De pronto,
Aaron se abraza a sí mismo, buscando taparse, pero eso solo logra despertar una
oleada de risas y hacer que Samuel lo tome por las muñecas con una sola mano y
las obligue a poner en el regazo y dejarlas quietas mientras todo el mundo
devora su cuerpo expuesto con la mirada.
—Solo si me
apetece daros un pequeño muerdo de lo que es mío. Pero, por ahora, me reservo
ese placer para mí solo. —ríe Samuel y con el índice de su mano derecha traza
el borde de los pantalones de Aaron. El chico siente su vientre hundirse cuando
el vampiro desliza su dedo por ahí.
Y entonces el
calor de su rostro va a otro lado y Aaron sabe que el alcohol, de algún modo,
está ayudándolo a viajar más rápido desde sus mejillas hacia el lugar de su
cuerpo que menos ha explorado. Puede sentir la incomodidad en su entrepierna,
la ligera rigidez y la humedad en su cereza que corona su deliciosa intimidad.
Aprieta las piernas y las friega entre ellas, queriendo deshacerse de esa
sensación.
No sabe si los
demás vampiros lo han notado, pero sabe que Samuel sí, pues se inclina sobre su
oído y susurra en una voz extremadamente baja:
—Quieto. Si te
quitas el anillo de tanto moverte, voy a hacértelo pagar luego.
Aaron chupa
aire por la impresión que causan sus palabras y entonces decide no moverse más,
aunque note su cuerpo latiendo de anticipación. No lo entiende. ¿Por qué está
reaccionando así? ¿Por qué tan necesitado, desesperado? Samuel le asusta y lo
daña, debería odiarlo, no desearlo. Pero Samuel posee su cuerpo ahora y con él
puede hacer lo que desee, por ejemplo, castigarlo y premiarlo, cuidarlo y
atormentarlo hasta haberle enseñado a responder a sus caricias y a su violencia
del mismo modo. Enseñarle que su cuerpo solo responde a una voz y a un deseo. Y
es la voz y el deseo de un demonio.
—Hablando de
eso, he oído que es salvaje y lo estás entrenando tú mismo. ¿Es capaz de darte
el mismo placer en la cama que uno bien adiestrado? No están acostumbrados a
que los usen y he oído que pueden ser algo… rebeldes.
Aaron emite un
pequeño quejido, como el de un animalito herido.
—Estoy
trabajando en ello, pero creo que he hecho un buen trabajo en tenerlo dócil
para mí. —Aaron suspira y agradece por dentro.
Samuel podría
haberle explicado a los demás vampiros con lujo de detalle la forma en que lo
fuerza a arrodillarse y cederle su boca y su garganta al vampiro, o podría
haberles hablado del oprobiante anillo metálico que lleva no en su cuello, sino
en su pene, haciendo que cada uno de sus orgasmos deba ser ganado a base
de obediencia, súplicas y rendición. Pero no lo ha hecho.
Aaron se
siente protegido, en cierto modo.
—¿Ah, sí?
—Ivthan los mira entretenido. Tiene su barbilla apoyada en su puño y alza una
ceja con escepticismo y diversión mientras pregunta.
—Parece que
dudan de tu obediencia, cachorrito. ¿No sería eso motivo de castigo? Vamos,
dulzura, ¿por qué no le dices a los demás lo mucho que quieres complacerme? —lo
alienta Samuel, su voz es dulce y sedosa como la caricia de un pétalo, pero en
ella hay una diversión venenosa que acecha, lista para cumplir una terrible
amenaza.
Aaron se
siente aterrado de inmediato y, por primera vez en su vida, el miedo no le hace
más difícil hablar, sino que le ayuda a enderezar las palabras que el alcohol
parece torcer en su boca:
—S-su placer
es lo más importante, amo, hago todo lo que puedo, lo hago lo mejor que puedo
y… y…
—Humano,
¿puedes contar cuántas veces has sido follado por tu amo hasta ahora?
Aaron se
voltea hacia el origen de esa voz dura e impertinente que lo interrumpe. Ivthan…
No sabe lo que Samuel ha vivido junto a su creador, pero empieza a entender un
poco mejor por qué lo desprecia tanto. La pregunta se siente como una trampa:
¿Debe mentir o decir la verdad?
El chico nota
la boca completamente seca.
—A-ah, yo… mi
amo…
—No lo pongas
nervioso —interrumpe Samuel, chasqueando su lengua con fastidio. Su tono suena
casual, pero Aaron sabe, por la rapidez de su intervención, que a Samuel le
avergüenza no haberlo follado aún.
Eso origina un
huracán de sentimientos dentro suyo. El primero de ellos: miedo. Porque
significa que está deseando hacerlo y que no solo es algo inevitable,
sino algo más próximo de lo que jamás esperó.
Luego una
pregunta pequeña, pero intensa como una llamita en medio de esa horrible
oscuridad aflora: <<¿Por qué no lo ha hecho aún?>>. Aaron
sabe que Samuel podría forzarlo a hacer lo que él desease en cualquier momento,
en cualquier lugar. ¿Por qué contenerse entonces?
Una chispa de
esperanza se aviva en él cuando piensa que quizá hay compasión en él.
Que quizá las veces que ha fingido ser amable solo para obtener su obediencia a
cambio no eran tan falsas como el vampiro quería hacerle pensar. Que, si todo
eso es cierto, puede que en el futuro pueda suplicar suficiente como para que
algo humano y suave en el vampiro se vea tocado por sus palabras, su miedo, su
dolor y decida no hacerle ese terrible daño.
<<Aún
hay esperanza>>
—Es obediente,
pero aún es torpe. Además, está demasiado bebido como para hablar bien.
¿Cierto, bolsa de sangre? —continúa Samuel, excusando el sospechoso silencio de
su mascota ante la impertinente pregunta.
—Mhm…
—responde el chico en lo que pareciera un ronroneo soñoliento.
Ivthan aprieta
los labios y cruza sus piernas, acomodándose en el sillón. Luce aburrido,
impaciente.
—Entonces
respóndeme tú la pregunta. ¿O acaso no lo has follado?
Aaron cree que
Samuel va a mantener el tono despreocupado, a actuar como si esa pregunta fuese
solo fruto de la curiosidad y no un dardo venenoso meticulosamente lanzado para
alcanzarle donde sabe que le dolerá, pero reacciona rápido, agresivo. Sus palabras
chasqueando en el aire como un mordisco que deja la sala entera en silencio:
—¿Necesitas
una respuesta para poder imaginarte estando conmigo en la cama, mi desesperado
creador?
Una sonrisa
triunfal se desliza brevemente sobre los labios del vampiro original.
—¿Por qué
cambias de tema? —la pregunta es suave, pero cruel. Se regodea en su victoria,
en el hecho de que ha humillado a Samuel.
Samuel aprieta
los labios, su descarado comentario ha levantado susurros, pero pronto han
muerto en un respetuoso silencio. Todos los vampiros saben que las relaciones
de un inmortal con su creador son complejas, tensas, únicas. Nunca nadie se
atrevería a meterse en ellas y hablar de más.
Pero la
relación de un vampiro con su presa humana… sobre esa sí parecen más
interesados, más dispuestos a murmurar, conjeturar, a dudar de Samuel como
vampiro y sobre todo como vampiro poderoso si no es siquiera capaz de
someter a su esclavo humano desde la primera noche.
—No lo has
hecho… —susurra Ivthan, más para sí mismo que para que los demás. Hay cierta
incredulidad en su voz y, al inicio, parece que rabia, pero Aaron ve algo más
brillando en los ojos de ese extraño ser.
Ve
fascinación. Como si de pronto se le hubiese entregado algo extraño y, tras un
buen rato revisándolo y justo un momento antes de desecharlo porque le parecía
un cachivache inútil, hubiese descubierto, por fin, que se trata de una llave
que lo separa de un ansiado tesoro.
—Únicamente
porque no quería romperlo. Es salvaje y todos sabemos que son más fieros cuando
se trata de obedecer, pero más frágiles cuando es el momento de tomar castigos.
Es muy bonito. ¿Acaso sería inteligente desperdiciarlo solo porque me he
impacientado para usarlo?
Los murmullos
suenan ahora más alto, valorando los argumentos de Samuel, pues es un vampiro
poderoso y sus palabras son convincentes. Pero Ivthan hace un ademán, como
descartando todo lo que Samuel acaba de decir.
—Un vampiro
que resiste y lucha contra sus deseos para asegurar el bienestar de su presa
humana. Un vampiro que le muestra los colmillos a otro para proteger a su
humano. Un vampiro que no comparte su bolsa de sangre, como si fuese especial…
Oh, Sami, quizá tu sangre es pura, pero tu corazón parece corrompido por
la debilidad. ¿Es tu puta o tu noviecito? Porque parece que de los dos, seas tú
quien lleva la correa.
Aaron tiembla
mientras escucha a ese hombre hablar <<¿Cómo es posible? Todo este
infierno, este sufrimiento, los días en vela por las pesadillas, las horas
arrastrándome roto y sangrante por el suelo, la agonía infinita de cada
mordisco, la sucia humillación de ser un juguete que se arrodilla y deja salir
su alma cada vez que abre la boca grande y saca la lengua… ¿Cómo es posible que
todo este dolor le parezca tan suave? ¿Tan insultantemente amable? ¿Está
desquiciado o… es que acaso esto no es más que una pequeña probada de la
crueldad de la que un vampiro como Samuel es capaz? No puedo imaginar cómo nada
podría ser peor aún, pero…>>
Samuel le
aprieta la cintura, no a propósito, pero lo hace duro y doloroso y Aaron se
traga sus quejas mientras nota cómo los dedos fuertes de su amo amoratan su
piel. Está enfadado, oh, tan enfadado. Y reza por no conocer nunca el
castigo que esa ira puede forjar. Después de todo, no ha sido él quien la ha
enfadado. ¿Pero acaso no existe él precisamente para cargar con el aplastante
peso de cosas de las que no tiene ninguna culpa: el deseo de Samuel, su
crueldad, su sed de sangre y, ahora, su furia?
—Hago con él
lo que quiero, Ivthan. ¿Yo llevando una correa? No me hagas reír. Solo lo
imaginas porque ansías ser tú quien tire de ella y porque sabes que solo con
una cadena alrededor de mi cuello lograrías que me quedase a tu lado. Que
alguien lo hiciese, en general. Dime, ¿sigues lamentándote cada noche por tu
soledad, como hacías siglos atrás, mientras me prometías la vida eterna a
cambio de que no te abandonase?
Aaron jadea.
El insulto de Samuel es tan personal e íntimo, siente que el vampiro ha
arrancado del otro su corazón y lo ha expuesto para los demás en bandeja de
plata y, sin embargo, Ivthan no actúa dolido u ofendido.
Solo ríe y
pareciera que está conteniendo las ganas de aplaudir por lo genuinamente
entretenido que se siente.
—¿Por qué tan
hostil, mi pequeño Sami? ¿He tocado una fibra sensible? ¿He dicho una verdad
dolorosa? Puedes mencionar todas mis vergüenzas del pasado todo lo que gustes,
cariño, porque entonces no era más que un neófito confundido y bobo y ahora…
mírame, ahora soy un jodido dios. Ese pequeño Ivthan del pasado está
muerto, no es de mí de quien hablas cuando lo mencionas, porque yo no vivo en
el pasado, no soy la misma criatura débil que cuando fui creado, el tiempo me
ha endurecido. Tú, sin embargo, estás tan nervioso cada vez que menciono lo
inusual que es tu relación con tu pedacito de carne… y eso que aún ni siquiera
he dicho nada sobre cómo se parece a cierta presa… Tiene los mismos ojos que
ese chico… Solo que a ese sí fuiste suficientemente frío para matarlo y con
este… Te has ablandado.
Ivthan se lame
los labios mientras habla, como si pudiese sentir ya sobre ellos, sobre la
punta carmesí de su lengua, el sabor de la humillación y la derrota de Samuel,
más dulce aún que la sangre. Aaron teme lo que vaya a suceder cuando todo esto
acabe, cuando Samuel llegue a casa, la cual está recién reparada porque la
destrozó con sus propias manos la última vez que volvió de hacer una visita a
su creador, y esta vez lo que tenga más cerca para romper no sea la puerta o
las paredes, que son robustas y aguantan con entereza los golpes, sino a Aaron.
La sonrisa en
los labios del vampiro pelinegro es confianzuda, sí, pero también desquiciada.
Tan grande y afilada, los colmillos han crecido, hambrientos, ansiosos.
A Aaron se le
hiela la sangre: <<¿Qué clase de monstruo del infierno podría salivar
por Samuel como si él fuese una presa?>>.
—Oh, te
encantaría que eso fuese verdad, que me hubiese ablandado para que estuvieses
toda la eternidad restregándomelo, aprovechándote de ello para vengarte porque
te tomé un poco el pelo hace unos siglos. Pero, lo siento, simplemente no es
así, Ivthan. No he matado a mi mascota humana, no, y tampoco lo he usado
duramente, es cierto. Pero el motivo es más decepcionante de lo que esperas,
puro pragmatismo. Se trata solo de que ahora sé conservar mejor mis juguetes
para divertirme durante un largo rato.
Samuel habla
con tranquilidad, pero Aaron puede sentir sus dedos clavándosele, sus puños
apretados hasta que las venas y los tendones descollan tanto como los anillos
dorados que cubren sus dedos. Tiene una sonrisa arrogante en su boca y la
mandíbula apretada.
Ivthan toma
esas palabras de Samuel con una mirada recelosa, las analiza en silencio y
luego, sin embargo, su rostro parece suavizarse y una sonrisa amable se forma
en sus labios.
De pronto, su
expresión lo cambia todo: los vampiros alrededor parecen aliviados, como si una
mano invisible hubiese estado ahogándolos y ahora, de golpe, su aplacadora
presencia desapareciese para dejarlos tomar aire por fin.
Samuel se
reclina hacia el sofá, más relajado ahora.
—Ya veo —dice
el pelinegro, asintiendo profundamente.
—Tanta
palabrería me ha secado la boca. ¿Alguien más tiene sed? —pregunta Samuel de
pronto, su tono es sedoso, seductor. La piel de Aaron se eriza y en su interior
algo revolotea extrañamente, como si tratase de advertirle de algo. Aaron se
queja un poco y friega su cabecita contra el pecho del vampiro, como buscando
cobijo. Otros vampiros asienten. De pronto, Samuel se voltea hacia un
trabajador que ha entrado en la sala y dice: —Trae varias copas de sangre y
otra botella de vodka para el mortal.
Aaron abre los
ojos, alarmado, al oír eso. La mitad de la botella está derramada sobre su
camisa húmeda, ahora hecha un guiñapo en el suelo, pero ha bebido gran parte
del alcohol que su amo le ha dado. Demasiado.
Sabe que beber
no es bueno en general y beber en exceso menos aún. Además, se siente tan raro,
no cree poder soportar que la habitación gire más o que las voces se fundan más
o que su pancita se sienta como llena de lava o que…
<<Que me cueste pensar y hablar y
sobre todo pensar en lo que digo. ¿Y si enfado a Samuel? No quiero enfadarlo,
no quiero enfadarle, amo, no quiero enfadarle, no quiero castigos, no me odie,
por favor, ¿No estoy siendo un buen chico? ¿No me estoy ganando halagos y
caricias? Estoy haciéndolo mal, mal, mal tan mal ¿Es culpa del alcohol? No
quiero beber más, no quiero ser torpe y malo e inútil y tonto y mareado
y…>>
—A-amo, no… me
siento muy mareado —susurra el chico encaramándose a su amo, moviéndose
deleitosamente en su regazo para voltearse y encarar a su amo con sus piernas
delgadas y temblorosas abiertas sobre el regazo del gran hombre y su carita
llorosa y sonrojada por el alcohol cayendo en el hueco entre el hombro y el
cuello de su amo, fregando ahí su carita mientras le susurra esas palabras con
torpeza.
Samuel está
tan sorprendido porque el chico cambie de posición él solo para ponerse en una
que tanta vergüenza le había causado en el pasado que apenas oye sus palabras.
Lo toma por la cintura y lo acerca a sí con fuerza, sintiendo el pecho cálido
contra el suyo, la piel erizada y desnuda rozándolo como una caricia, los
latidos como de colibrí retumbando contra su estoica figura. Aaron se aferra a
su camisa con sus puños y apoya su cabeza en el hombro de Samuel, sus suaves
cabellos desordenados rozándolo de forma tan tentadora, su aliento cálido y
ebrio contra su cuello, sus labios tan cerca de su piel fría y muerta, pero,
Samuel descubre, todavía necesitada de candor. Su voz tan bajita y temerosa,
como la de quien cuenta un secreto.
Entonces
entiende sus palabras. Y Ivthan también lo hace, pues lo mira con los ojos
abiertos, el ceño fruncido y la boca entreabierta de la sorpresa.
—¿Te acaba… de
decir que no?
Samuel maldice
por dentro. Quizá antes había logrado una pequeña tregua, convenciendo quizá no
a su creador, pero sí al resto de presentes de que no estaba siendo blando y
permisivo con su humano, de que no es uno de esos patéticos vampiros con alma
humana.
Ahora, una
simple palabra de Aaron ha sido suficiente para sembrar la duda en todos.
Incluso en Samuel.
<<Se
rebela contra mí incluso delante de quienes incluso yo respeto. ¿Y si Ivthan
tiene razón, por una vez en su asquerosa vida? ¿Y si estoy dejando que una
mancha de mi pasado me corrompa, me pudra y extienda su vil influencia en mí?
Estoy dándole demasiada libertad al humano, demasiada compasión, demasiada
paciencia.
Estoy
dándole demasiado poder y perdiéndolo yo. Es hora de volver a inclinar la
balanza>>
—Oh, pronto va
a arrepentirse mucho de eso —Samuel se voltea hacia el hombre que iba a
traerle su comanda y agrega:—. Las copas… tráelas vacías.
Todos fruncen
un poco el ceño, extrañados, pero el macabro tono de Samuel parece chivarles
que pronto entenderán el porqué de sus palabras.
Aaron solloza
en su hombro. Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a arruinarlo todo.
El vampiro lo
toma por el cabello con violencia, tirando de su cabeza hacia atrás hasta que
tiene una clara vista de su rostro angustiado y soñoliento.
Samuel
abofetea al chico. Fuerte.
Las orejas de
Aaron pitan y el mundo, si antes giraba, ahora vira sin control como una peonza
hasta que no es capaz siquiera de distinguir un solo rostro o incluso una sola
forma geométrica. Todo es una amalgama de colores que se funden, de dolor que
palpita por su cuerpo y lágrimas que corren por sus mejillas.
—Llorarás
cuando yo te diga. Deja de lamentarte, tu castigo ni siquiera ha empezado.
Aaron necesita
otro bofetón más, en la misma mejilla, para poder centrarse en las palabras de
Samuel y realmente poder entenderlas. Cuando lo hace, se muerde muy duro el
labio y se clava las uñas en las palmas de las manos hasta que el dolor en su
piel lo distrae del que tiene incrustado en su pecho. Sangra un poco, pero es
un pequeño precio a pagar por dejar de llorar y ser, por fin, obediente.
Los golpes han
desorientado tanto a Aaron que Samuel debe sostenerlo por el cabello ahora para
que no caiga, así que así lo hace hasta que el camarero vuelve, deja una
botella de vodka al lado de Samuel y reparte, para cada invitado, una copa de
cristal vacía.
Todos
sostienen su copa y los cálices vacíos lucen hambrientos, pero no más que los
que los sostienen.
Todos miran a
Samuel, que sonríe con colmillos y resplandecientes ojos rojos, en ellos solo
hay deseo e ira entremezclándose peligrosamente. Con una mano sostiene la
cabeza de Aaron para mantenerlo quieto y dócil, con la otra sostiene su copa.
Se lleva al
humano a los labios, su cabeza ladeada, sus mejillas empapadas en lágrimas, su
cabello en un puño tan apretado y fuerte que se marcan las venas. Su cuellito
delgado sintiendo el aliento frío de su depredador, justo sobre la zona donde
no tiene la mordida, sino piel inmaculada y perfecta.
Samuel roza
con sus labios la piel del chico y este se estremece, pero es forzado a seguir
ofreciéndose, a no moverse ni un pelo si no quiere que el otro lo maneje con
una violencia dolorosa. Samuel niega con la cabeza y, al hacerlo, su boca barre
suavemente contra la piel virgen del chico.
—Diciéndome
que no delante de otros vampiros… —susurra Samuel, tan bajo que los demás
vampiros no deben siquiera oír un bisbiseo, pero la voz sigue siendo poderosa,
intimidante. Tanto que Aaron, por un momento, está convencido de que Samuel
habla desde dentro de su cabeza. Solloza sintiendo la decepción en las palabras
de su amo— Humano, te acabas de ganar tu segunda marca.
Los ojos de
Aaron se abren enormemente. Luego lo hace su boca, sus labios partiéndose en
dos para dejar ir un desgarrador grito que llena la estancia de dulce agonía.
Samuel ha
mordido a Aaron sin escrúpulos, sin miramientos. Sin piedad: sus colmillos
hundidos hasta la empuñadura, sus mandíbulas apretando más y más como si
buscase arrancar la carne desgarrada cual trofeo, robarle a Aaron un pedazo más
de sí y lanzarlo a los demás lobos hambrientos a su alrededor para que cada uno
dé una dentellada y pruebe la exquisitez de un cuerpo conquistado, robado,
dominado hasta ser reducido a mera carne para degustar.
Incluso los
dientes que no están afilados han roto la piel de Aaron por la terrible rabia
con que su amo lo muerde, dejando así una sanguinaria marca que hace a la otra
palidecer en comparación. Aaron se queda quieto de golpe y ya no puede más que
hacer pequeños sollozos, pues el dolor que lo atraviesa es tal que lo siente
como una aguja que lo clava en el lugar, una espada que lo aprisiona en el
suelo, convirtiéndose en su lápida antes siquiera de que el chico haya
intentado luchar por sobrevivir.
Cree que
morirá de dolor. Y, si no lo hace, sabe que morirá de humillación.
Samuel lo está mordiendo tan cruelmente y lo está haciendo delante de otros, de
desconocidos, de vampiros que lo único que saben de Aaron es que es
divertido verlo llorar, que solo lo han conocido patéticamente desnudo, con su
alma en carne viva expuesta ante los demás para que vean cómo de entretenido es
cuando está en su momento más bajo.
Quiere abrazar
a Samuel, buscar refugio en él, que le cubra con grandes alas como un diablo
que lo atormenta, pero que al menos quiere quedarse su tormento para él y solo
para él, como si ser su víctima fuese algo especial, algo que quiere incluso si
su amor tiene espinas y garras y colmillos, en vez de ser solamente un
entretenimiento tan banal y sustituible que poco le importa si los demás ponen
sus ojos en él. <<O sus manos>>
Samuel se
arranca del cuello de su presa con un gruñido. Quiere devorar a Aaron entero
delante de todos, mostrarles que es tan suyo que puede consumirlo sin colmar
una sola gota en sus copas tristes y vacías. Pero no es eso lo que planea, lo
que debe hacer para reparar la situación. Así que toma su copa y la
coloca bajo la herida que mana sangre todavía, chorros carmesí manchando el
antes inmaculado cristal, llenando el cáliz de oscuridad.
—Servíos.
La voz de
Samuel suena inhumana ahora. Ronca y oscura, la voz de las sombras, de la noche
misma. La voz de una criatura que ha trascendido su humanidad, o bien para ser
algo más o algo peor.
Aaron niega y
llora desesperado cuando los vampiros acuden a él como un enjambre hambriento y
lo toman del cabello, del cuello, de los hombros… tantas manos desconocidas y
desconsideradas tirando de él con violencia para acercarlo a su copa y hacerle
derramar sobre ella su sangre y su dolor.
Aaron está más
mareado que antes, más confundido. Siente que lleva horas sangrando,
entregándose a aquellos que no son su amo mientras este mira impasible,
diciéndole con la mirada que no es nada para él, ni siquiera una posesión tan
valiosa como para no querer repartirla.
Siente que no
queda ya nada más en su cuerpo, nada excepto lágrimas.
Así que se las
entrega a Samuel: un último sacrificio a cambio de su compasión, pues Aaron la
necesita tanto como Samuel desea su dolor. ¿Acaso no es un trato justo?
Pero aunque
rompe a llorar desesperado y triste y borracho de dolor y alcohol, Samuel no le
dedica ni una palabra amable, no le acaricia siquiera.
Solo aprieta
los puños con fuerza a los lados de su cuerpo. Porque sabe exactamente qué
quiere Aaron y, por alguna razón, esos ojos azules anegados en lágrimas parecen
hechizarlo, obligarlo con una magia tan suave y sutil que Samuel pensaría que
la idea de consolar al chico ha estado dentro de él siempre y que no es una
especie de enfermedad que el otro le ha inoculado con su maldita mirada.
Pero no, no
puede ser. Esa compasión no le pertenece y, si no la alimenta, pronto
morirá. Así que aprieta sus puños y sus mandíbulas y no hace nada, nada más que
sonreír mientras ve a los demás emborrachándose con la sangre de Aaron.
Por cada gota
que los demás beben, Samuel tiene que sosegarse imaginando que mata a todos y
cada uno de los presentes. Que los degolla y los trocea, que luego devora su
carne, sus huesos y bebe sus sangres inmortales para recuperar así hasta la más
mínima gota de Aaron que pueda haber entrado en sus sistemas, como si ellos
tuviesen alguna especie de derecho a probarlo.
<<Los
mataría a todos y cada uno de ellos, empezando por…>>
—Ivthan, ¿no
bebes? —Samuel siente esas palabras como veneno subiéndole por el esófago,
arrastrándose amago por su lengua y quemándole los labios. Pero debe decirlas,
debe asegurarse de que nadie sospecha que hay debilidad en él, mucho menos su
creador.
Y mucho menos
si su debilidad es algo tan patético como un humano de bonitos ojos azules.
—Prefiero la
sangre directa de la fuente, si no, se enfría.
Samuel sabe lo
que Ivthan está haciendo y lo sabría incluso si no le hubiese visto beber de
copas de sangre templada mil veces antes. Pero no puede echarse atrás ahora,
reconocer que Aaron es algo más que un juguete reemplazable <<porque
no lo es>>.
Además, el
humano merece un castigo y uno severo. Morderlo y repartir su sangre en copas
de vino no es siquiera una represalia, muchos vampiros lo hacen como simple
gesto de generosidad hacia sus coetáneos, haya o no desobedecido su humano
antes. Sin embargo, dejar que otro vampiro ponga sus labios sobre la herida
fresca de un humano vulnerable… eso sí es un castigo, sobre todo para
alguien tan temeroso como Aaron, que se aferra a la ropa de Samuel como un
niñito asustado cuando los demás hacen tan poca cosa como mirarlo unos segundos
con lascivia.
Samuel se
levanta de pronto y todos lo miran preocupados, pensando que quizá la petición
de Ivthan lo ha ofendido lo suficiente como para hacerlo marcharse, pero todos
jadean al unísono por la sorpresa cuando Samuel arranca al chico torpe y
borracho que se aferra a él llorando y lo lanza sobre Ivthan como dándole un
juguete del que ya se ha hartado.
Aaron intenta
alzar su cabeza y mira alrededor con miedo y se pregunta por qué Samuel parece
estar tan lejos cuando él puede sentir sus manos bruscas sobre su cintura, su
regazo amplio y duro bajo sus piernas. Hasta que mira al frente y entonces nota
que esas manos son más grandes que las de Samuel, más violentas con él y que
los ojos rojos que lo observan con hambre son los de Ivthan, no los de su amo.
Aaron chilla
horrorizado y trata de resistirse, pero el vampiro no tiene problema alguno
aguantándole las muñecas con una sola de sus manos y con la otra ahogándolo tan
duro que Aaron pierde el conocimiento un par de segundos. Cuando despierta, su
cuerpo tiembla y se sacude, ya no suyo, ni de Samuel, solo presa del pánico y
la sumisión que el otro causa en él, y le cuesta respirar. Siente un dolor
punzante, como un mordisco en su cuello, pero entonces comprende que, mientras
lo ahoga, Ivthan está clavando dos de sus garras en la herida abierta,
tornándola más profunda, asegurándose de que la sangre que se lleva a los
labios es fresca y de cosecha propia.
—Me gusta ser
un poco brusco, dejar alguna marca, romper algún hueso. ¿No te molesta, verdad?
Mientras no te lo rompa de veras… —La voz de Ivthan suena divertida y, a
diferencia de Samuel, a ese vampiro parece encantarle que Aaron le mire a los
ojos, pues así puede contemplar en primera fila el terror que causa, el dolor
que le inflige y la profunda desesperación en la que esos ojitos llenos de
inocencia se hunden.
Aaron se
voltea hacia Samuel y, con sus labios moviéndose, pero sin hacer ningún ruido,
le suplica: <<Amo, amo… amo, por favor, sálveme, seré bueno>>.
Samuel lee sus labios y puede sentir su corazón rompiéndose en su pecho. <<Ignóralo>>
se dice, y su rostro se mantiene serio y frío mientras dice:
—Haz lo que
plazcas.
CAPÍTULO 35
Aaron nunca
pensó que pudiese desear la boca de su amo contra su cuello y sus colmillos
desgarrándole la carne. Pero lo desea ahora.
Incluso si
Ivthan no le ha mordido y solo está chupando su sangre con avidez, el miedo y
el desasosiego que siente ahora son peores que cualquier dolor al que Samuel le
pueda someter porque al menos el terror y la agonía de un mordisco son de Samuel.
De Samuel. De su amo, que a veces es cruel e imprevisible y lo golpea hasta
romperlo en pedacitos, pero luego siempre lo cura y a veces le habla bonito y
le toca con una gentileza que Aaron recuerda solo en manos humanas.
Sabe que
Samuel es humano incluso si es solo un poco, incluso si esa llamita candorosa
se extingue con el pasar de las noches. Pero no sabe qué son esos otros
monstruos que lo rodean y beben de él en copas manchadas de carmesí. Lo único
que sabe es que el hombre que está dejándolo ahora tan débil que su vista se
pone poco a poco negra, es un monstruo. Un completo monstruo.
Lo siente en
la forma en que le toca, en que lo mueve y en que sorbe su sangre. Hay maldad,
pegajosa, oscura y sucia en cada uno de sus gestos, corrompe todo lo que toca.
Ivthan ha decidido echarle la cabeza tan hacia atrás a Aaron mientras bebe su
sangre que el chico puede ver a Samuel sentado al otro lado del círculo,
observando mientras está cómodamente sentado en su silla y da pequeños sorbos a
su copa llena de Aaron.
El humano sabe
que Ivthan lo ha hecho a posta. Que quería que se mirasen mientras él hacía eso
y hasta piensa que el vampiro obtiene más retorcido placer, no de su sangre,
sino del hecho de beberla mientras el chico busca refugio en el único ser que
conoce ahí y halla nada más que distancia y frialdad.
Además, bebe
su sangre tan despacio que Aaron pierde la noción del tiempo. ¿Es posible
drenar un cuerpo por horas y horas y horas sin que muera? Quizá, piensa, ya ha
muerto y ahora está atrapado en los agónicos instantes en que el alma escapa de
su cuerpo, solo que la suya no puede, pues Samuel ha enterrado tan profundo sus
dientes en él que su alma está clavada en su carne y ahí se quedará siempre,
mientras se pudre y mientras deja de existir.
Ivthan libera
el cuello de Aaron solo cuando sabe que, de seguir, podría matar al chico y
ganarse aún más la animosidad de su creación vampírica. Samuel ha estado
realmente tranquilo mientras bebía de su preciado tesoro humano, así que Ivthan
está realmente sorprendido porque no se haya desesperado ni cuando el humano
empezó a cerrar los ojitos del agotamiento o cuando sus brazos han empezado a
caer inertes a los lados de su cuerpo.
Prueba una
cosa más: cuando ha acabado con Aaron y puesto que ya no lo quiere para nada
más, lo empuja al suelo tan fuerte que el chico se tambalea y se tropieza y
tira varias copas al suelo.
Aaron aterriza
sobre los cristales rotos de estas, rasguñándose las manos y las rodillas y
cuando sus bracitos no dan más de sí, cae de cara y su mejilla, antes empapada
en lágrimas, ahora está también empapada en sangre.
Aaron llora
desesperado, sin entender qué ha hecho mal, sin saber si ese será su fin o no.
Samuel no está siquiera matándolo, está dejando que otros lo maten y
Aaron quiere pedir que, por favor, por favor, sea él quien le arrebate
la vida, pues de sus manos y sus labios conoce la violencia, pero también la
ternura.
Su amo es su
infierno, pero también su único refugio, lo más cercano que tiene a uno, así
que gatea, se tropieza y se arrastra hacia el hombre que está sentado,
mirándolo con ojos duros y los puños tan cerrados que sus nudillos están
blancos.
—Amo… amo… —le
llama con la voz rota y los labios llenos de la sangre que le corre por el
rostro. Apenas puede pronunciar bien, el alcohol haciéndolo torpe e imperfecto
y el chico sintiéndose tan culpable que casi quiere rogar por un castigo y
prometer ser tan bueno tomándolo… solo con una condición: que se lo dé Samuel.
Que no vuelva a permitir que nunca nadie más le dañe.
Que le haga lo
que quiera, siempre que sea él. No le importa ser un juguete, ha decidido, pero
quiere ser de alguien: quiere pertenecer, ser protegido, quiere poder
acurrucarse en sus brazos y que, aunque algún día esa fuerza lo vaya a
destruir, por ahora le brinde protección.
Necesita
sentirse seguro, incluso si va a dar su vida a cambio.
—Amo…
Pero su amo no
le responde y en sus oídos estallan las risas y vitoreos de todos los vampiros
que están ominosamente entretenidos por su patético intento de huir del
infierno al que pertenece.
Algunos lanzan
sus copas vacías al suelo para que cada pasito que dé el chico esté lleno de
más y más cristales que le destrozan la piel y la ropa y lo dejan hecho un
desastre de sangre y lágrimas.
Samuel solo
observa. Silencioso. Impasible.
<<No
le ayudes. No te levantes. No te compadezcas. No seas débil>> se dice, pero su voz
interior apenas es un murmullo comparado con el <<Basta. Dejadle en
paz. No toquéis a mi humano. No toquéis a mi Aaron>> que reverbera en
su garganta, un rugido que no podrá amordazar mucho rato más.
Una imperiosa
orden que quizá habría gritado hasta congelar de miedo a todos los presentes de
no ser porque Aaron habla primero:
—Amo… amo… por
favor, ¿qué estoy haciendo mal? ¿Por qué me trata así? Por favor, solo quiero
que sea todo como cuando e-es humano ¿Qué tengo que hacer? Quiero que sea como
cuando me habla bonito y me acaricia y me consuela, como cuando charlamos y me
hace mimos y se siente bien y me siento querido y… y… y…
Aaron nunca
llega a acabar la frase. Samuel se levanta, su rostro rojo de ira y en sus ojos
ni una pizca de la humanidad que amenazaba con aflorar hace unos segundos. Esa
parte de él, débil, suave, compasiva, a la que tenía que retener con cadenas y
mordazas y aun así se resistía por poseerlo, ahora se ha esfumado y no se la
puede encontrar por ningún lado, porque lo único que hay dentro de Samuel Hass
es rabia.
Rabia, porque
Aaron le ha desobedecido, porque le ha humillado, pero sobre todo porque le ha traicionado.
Ha confiado en
él lo suficiente como para regalarle pequeños atisbos de su debilidad, de una
faceta de él que le avergüenza y que creyó muerta y enterrada, pero que
sus miradas han revivido. Y ahora el chico, ¿qué decide hacer con ese secreto,
esa delicada dádiva? Exponerlo ante los ojos de los demás, desnudar el corazón
de Samuel y dejar que todos se burlen de cómo aún late y lo destripen con sus
afiladas, hambrientas sonrisas.
<<Ha
sido un error>> Samuel se dice a sí mismo. <<Todos esos sentimientos,
esa compasión, ese afecto… todos ellos, un terrible error. Y voy a
enmendarlo>>.
Samuel da un
fuerte pisotón y todos se callan de golpe, sintiendo el impacto hacer temblar
las paredes. Bajo su lustroso zapato, la cara de Aaron se hunde en el suelo y
los mil pedacitos de cristal crujen mientras se parten contra la piel del
chico, dentro de ella.
Todo el mundo
está en silencio, expectante, pero Samuel lo ha oído: los bisbiseos, las risas,
las exclamaciones de sorpresa y deleite cuando Aaron ha hablado de él como si
fuese humano. Todos los presentes saben ahora el vergonzoso secreto de Samuel y
se regodean en la idea de ser mejores que él, más inhumanos, más puros.
Samuel sabe
que el secreto pronto lo será a voces, que se extenderá como la pólvora y, a
partir de ahora, allí donde vaya recibirá miradas extrañas y sonrisas
contenidas.
Y todo por
culpa de Aaron.
El vampiro
levanta el zapato de la cabeza del chico y este la alza a duras penas, sus
labios llenos de sangre y brillantes cristales incrustados en ellos como
piedras preciosas, uno de sus ojos cerrado, llorando sangre y el chico entrando
en pánico cuando se da cuenta de que le duele demasiado abrirlo y de que,
cuando lo hace un poquito, ve todo negro.
Por su cabeza
corre un reguero grueso de sangre que le empapa el pelo. Debe haberle abierto
una brecha cuando lo ha pisado y Samuel sabe que el chico podría morir
fácilmente por ello.
<<No
me importa>>
—Tenías razón
—dice con voz monótona y seria, mirando a Ivthan—, se parece a él: pero
solo porque ambos van a morir en mis manos.
Tan pronto
Aaron escucha su sentencia, un latigazo de puro pánico lo hace tensarse. Cada
fibra de su cuerpo dura y rígida y lista para chasquear. La adrenalina lo
inunda, sustituyendo al alcohol en sus venas, llenando el vacío de toda la
sangre que le ha sido arrebatada y entonces su cerebro se inunda también de
adrenalina y esta transporta un solo, sencillo pensamiento: corre.
CAPÍTULO 36
Aaron sabe que
no tiene ni la más mínima posibilidad de escapar, pero a su instinto de
supervivencia no le importa nada más que mantenerse un segundo más en esa
tierra, habitándola, conquistándola. Cada bocanada de aire es una victoria,
incluso si se siente amarga como la derrota.
Incluso si
Aaron sale de esa sala tambaleándose y cayéndose sobre sus heridas llenas de
pedacitos de cristal una y otra vez y los demás vampiros lo zarandean y lo
empujan una y otra vez porque les estorba hasta que termina en el suelo,
arrastrándose y dejando tras de sí un patético rastro de sangre y lágrimas.
Sabe que quizá
lo mejor sería quedarse quieto, rendirse y pedir por una muerte rápida, pero
aunque perdió las esperanzas en el momento en que Samuel lo marcó como suyo
para siempre, hoy es algo más poderoso que lo mueve, más primitivo, instintivo:
la pura desesperación.
El chico jadea
y gruñe por el esfuerzo, se mueve como puede, revolcándose por el suelo y
andando a cuatro patas cuando no puede más. Escapa como un animal aterrado y
confundido y es que ahora no es más que eso: una pobre criatura que no recuerda
ni su nombre, pero reconoce la muerte acercándose y siente un miedo tan
poderoso que le da fuerzas para seguir incluso cuando debería desplomarse.
Por fin, Aaron
llega a lo que parece ser la apertura en la verja que le permite salir de esa
propiedad hacia la desértica calle del núcleo de la ciudad, pero una vez ahí
cae al suelo y se hace un ovillo, consciente de que no tiene siquiera a dónde
ir.
Escucha un
grito cerca suyo y luego pasos acelerados y se dice que ese es el fin, hasta
que nota una mano pequeña alzarle el rostro con tal delicadeza que su piel no
reconoce la sensación al inicio, como si hubiese olvidado que la dulzura es
posible.
—¿Aaron?
—pregunta Charlotte y a su lado está Jason mirándolo con el rostro tan lleno de
preocupación que parece otro.
No luce como
un diablillo travieso ahora, sino solo como un joven asustado.
—Mierda, ¿qué
ha pasado? —pregunta, recuperando la compostura.
Ambos empiezan
a quitarle con tanta precisión como pueden los cristales que Aaron tiene
clavados profundamente en todos sus cortes y heridas; el chico se queda muy
quieto y no se queja. Pronto su cuerpo se relaja y nota lo agotado que está,
tanto que por primera vez en semanas la idea de dormirse en el suelo de nuevo
no le parece deprimente, sino tentadora.
Sus ojitos
empiezan a cerrarse, hasta que escucha unos pasos que jamás podría confundir
con otros.
Jason se
levanta.
—¿Qué mierda
ha pasado? —pide el pelirrojo y su tono está lleno de reproche y exigencia—
¡¿Qué le has hecho?!
Un estruendo
metálico sobresalta al humano, pero apenas tiene fuerzas para girar la cabeza.
Siente vibraciones en la verja metálica sobre la que está apoyado. Samuel ha
tomado a Jason por el cuello y lo empuja con dureza contra los barrotes. Su
mano no tiembla y su mirada llena de fuego hace a Jason sentirse un pobre
muchacho humano de nuevo, tanto que mira a Samuel con súplica, tal y como las
presas hacen.
Charlotte se
acerca, asustada, pero no dice nada por ahora. No quiere cabrear más a Samuel,
hacer que lo sea, que está logrando que se contenga, se rompa y dé rienda
suelta a sus deseos más oscuros.
—Tú no me
dices qué hacer con mi presa, no cuando la única razón por la que eres mi
creación y no mi víctima es porque decidí compadecerme de ti en un momento de
flaqueza. Ahora, Jason, vas a largarte y a no volver a hacerme querer quitarte
tu inmortalidad, ¿de acuerdo?
Jason asiente
sin un solo sonido. La mano alrededor de su cuello lo aprieta tan fuerte que ha
cerrado por completo su garganta y puede sentir los huesos resquebrajándose
paulatinamente mientras Samuel aumenta la presión.
De pronto, el
vampiro lo deja libre y Charlotte corre a su auxilio, tomándolo del brazo.
—Samu, ¿qué te
pasa? —pregunta ella con una voz rota y llena de pánico, incapaz de reconocer a
la criatura cruel que la mira ahora con más frialdad que cuando ella era humana
y le ofreció su vida en bandeja de plata a cambio de que salvase a su hermano—.
No eres así…
—Así es
exactamente como soy. Ahora, fuera de mi vista.
Los dos
neófitos obedecen y lo hacen tan rápido que Aaron no alcanza a escuchar sus
pasos. Solo descubre que ha sido dejado a solas con su amo cuando este lo
levanta de golpe y lo lanza al suelo con violencia, haciendo que todos los
cristalitos manchados de sangre que los dos jóvenes vampiros le habían extraído
de sus heridas vuelvan a clavarse en su sitio.
—Levanta. —le
ordena con voz irritada, pero tranquila.
Aaron lo
intenta, pero no le quedan ya fuerzas en su cuerpo. Cada vez que trata de
ponerse en pie o de simplemente levantar un poco su cuerpo del asfalto contra
el que ha sido lanzado, siente que la vida lo patea de nuevo, que una gran,
pesada bota marca su espalda y lo mantiene abajo, arrastrándose como un
insecto.
Sus brazos y
piernas tiemblan y se tambalean como si bajo la piel hubiese débiles alarmes,
en vez de hueso, y por cada intento fallido es castigado con latigazo tras
latigazo de dolor. Ya no se sabe ni de dónde viene: del mordisco de su cuello,
de las laceraciones en sus manos, los cortes en su pecho y espalda, de las
magulladuras que empiezan a formarse ahí donde sus huesos descollan y
fácilmente impactan contra el duro suelo cada vez que es lanzado de aquí para
allá como un muñequito para romper.
—¡Levanta!
La voz de
Samuel es como un rayo: la forma en que atraviesa a Aaron, en que lo paraliza y
siente descargas de puro peligro recorriendo su cuerpo.
Esta vez
Samuel no tiene paciencia, alza al chico rodeándole el antebrazo con una mano y
tirando con brusquedad. No es hasta que lo escucha chillar aguda y
lastimeramente que se da cuenta de que su puño está tan apretado alrededor de
su débil antebrazo que posiblemente ha roto algo.
No es lo que
pretendía, pero tampoco le importa. No va a ser cuidadoso con un humano
desobediente, ya no.
—¿Crees que
puedes desobedecerme así delante de mi propia raza? ¿Crees que puedes
humillarme y salir impune? ¿Crees que puedes huir? —Samuel suelta el
brazo del chico y este sabe que no tiene permitido caer al suelo de nuevo, no
si no quiere otro hueso roto. Aun así, el vampiro le hace pregunta tras
pregunta mientras avanza hacia él y lo obliga a recular a golpes.
Lo empuja con
fuerza con la primera pregunta, le araña dolorosamente el pecho con la segunda
hasta que la sangre le salpica el rostro y, con la tercera, hace que sus
enormes nudillos dejen la mejilla del chico inmediatamente morada e hinchada.
Aaron se tambalea y tiembla tanto que Samuel se siente un poco impresionado por
que siga en pie y, entonces, decide ayudarle a mantenerse lejos del suelo: sus
enormes dedos se envuelven alrededor del rojo y sangrante cuellito de Aaron.
El chico
intenta quejarse, pero el agarre de su amo es implacable e inclemente y corta
el paso del aire al instante. La fuerza que aplica es tal que debe moderarse
para no matar al chico ahí y ahora, incluso si esa idea le resulta demasiado
tentadora. Por ahora se conforma con ver cómo su carita se pone roja y el único
ojo que tiene abierto se anega de lágrimas.
Sabe que
cuando retire la mano del cuello del chico, habrá dejado en su piel grabados
los contornos de sus dedos y los pequeños detalles de los anillos que en ellos
lleva. Siente la sangre caliente chorreando por sus dedos.
—Cuando te
hice mío supe que serías inútil, una mera cara bonita para decorar mi lujosa
casa y para partir cuando sintiese que me apetecía arruinar algo bello con el
color de la sangre, pero… no sabía que también serías tan profundamente
estúpido. ¿De verdad has pensado que tenías la más mínima oportunidad de
escapar de mí? Seré lo último que veas antes de morir, humano, seré la única
cosa en la que puedas pensar mientras me aseguro de que tu último aliento es un
grito de dolor. ¿Y de verdad has suplicado porque te volviese a acariciar o
hablar amablemente? ¿De verdad has pensado que esas cosas eran reales? ¿Que
podría sentir algo por ti, más que hambre y desprecio? ¿Qué te aprecio de algún
modo?
Samuel rompe
su tono ronco y su expresión dura, ambos se quiebran cuando deja salir una
pequeña risa y Aaron, que pensaba que el visaje enfadado de su amo era lo más
aterrador que había visto nunca, descubre que hay algo peor: esos ojos
enloquecidos y esa boca afilada y venenosa curvándose en una sonrisa que le
promete un futuro devastador.
El hombre le
habla ahora al oído a Aaron, no agachándose hasta llegar a la altura de este,
sino alzando su mano y haciendo que los pies del chico dejen de tocar al suelo
con tal de poner sus labios en el suave lóbulo del humano, acariciarlo un
instante, mientras lo oye hacer ruiditos desesperados porque está quedándose
sin aire:
—Ni siquiera
me acuerdo de tu nombre, bolsa de sangre. No eres más que un pedazo de carne
para mí. No eres nadie, no eres nada. Y todo lo que te ha parecido tan especial
ha sido solo un divertimento para mí: es entretenido ver cómo una criatura
puede estar tan desesperada y ser tan patética como para creerse que realmente
alguien querría prestarle esa clase de atención. Solo te he mantenido con vida
por tu cuerpo y tu sangre, el resto de tu ser… es inútil, insulso, aburrido,
quizá estaría mejor muerto, ¿no crees?
Samuel
ama la forma en que, después de decirle eso al humano, puede escuchar su
corazón latir una sola vez con una fuerza inesperada, un latido que le retumba
a ras de piel, como si realmente su pobre corazón se hubiese roto.
Afloja un poco
la presión en su agarre, permitiéndole al pobre humano, que tiene ya su ojo
bueno en blanco y la boca entreabierta, escurriendo saliva y sangre, una
pequeña bocanada de aire. El chico tiene un espasmo y luego otro, sus piernas
inertes se sacuden patéticamente y su ojo abierto rueda de vuelta en la cuenca.
Se clava en el suelo al instante tras mirar sin querer la cara de su amo y con
la voz débil y ahogada suplica:
—P-por favor,
amo, no me mate…
Una risa
estruendosa atraviesa el aire y el vampiro avienta a su presa al suelo, donde
el chico tose, jadea y respira tomando enormes bocanadas de aire que le duelen,
como agua gélida en sus pulmones, pero que no puede evitar respirar con
codicia.
Mientras está
en el suelo, Samuel se acerca, tuerce su cabeza y dice:
—¿Matarte? No
voy a ser tan piadoso, humano, primero voy a torturarte hasta que desees estar
muerto. Luego, cuando me aburra de que me supliques que por fin le ponga
fin a tu dolor, te cortaré la lengua para no tener que escuchar más tus
palabras inútiles, seguiré divirtiéndome con tu cuerpo mutilado y, cuando tus
aullidos y lloros de dolor vuelvan a aburrirme, te daré la muerte más lenta que
pueda ocurrírseme. Y te voy a hacer mirarme a los ojos mientras tu corazón se
para, quiero ver el puto brillo en ellos apagarse. Estoy deseando verte morir y
que yo sea la última cosa que tú veas antes de hacerlo, joder. ¡Empecemos!
Samuel no
suena ya enfadado, tampoco divertido como antes. Es algo distinto, una emoción
inhumana, sobrehumana: suena ansioso de una forma tan natural, tan
primitiva, sus palabras, su voz… Todo reverbera con una frecuencia que hace
temblar a Aaron hasta el punto de que siente sus huesos virar al son de esa
melodía, el pánico calándole hasta el tuétano.
No parece que
Samuel esté siquiera hablando, solo rugiendo, aullando como un animal cuyo
deseo y cuya ansia de carne y sangre y sobre todo sufrimiento está más allá del
propio lenguaje. Un hambre tan antigua que solo se habla en el idioma de la
carne tierna desgarrándose y de las cosas débiles chillando y ahogándose en su
propia sangre al hacerlo. Su voz no es la de un hombre, sino la de la locura
hecha bestia, un ser sin cuerpo, solo una maraña de instintos y afilados
dientes.
Algo en ese
tono despierta en Aaron el mismo instinto que antes y le da un último arrebato
de fuerzas y de valentía: el chico se levanta del suelo y echa a correr.
Por un momento
solo existen dos cosas: la sensación de su corazón latiéndole duro y rápido en
el pecho, golpeándolo como un tambor, y la terrible certeza de que el fin está
detrás suyo, pisándole los talones.
Detenerse no
es una opción. Eso es todo lo que sabe.
Lo demás (el
dolor, la desesperación, las ganas de rendirse, la debilidad, el mareo de la
borrachera, la manera pulsátil en su brazo parece alertarle de que necesita
hacer algo con el hueso roto, el miedo a jamás poder ver de nuevo con su ojo
izquierdo…) es solo ruido de fondo. Un lastre que ha dejado atrás porque su
vida está en juego. Y porque el destino que le depara parece ser peor que la
muerte.
Samuel lo deja
correr un rato. Podría haberle detenido en el mismo instante en que vio los
músculos de sus piernas tensándose, preparados para arrancar en una última y
alocada carrera, pero ¿qué más da? Haya corrido un metro o cien, el chico ha
intentado escapar de él otra vez y será castigado con la misma dureza.
Además, quiere
al chico exhausto para cuando lo atrape. Quiere que su cuerpo esté roto de
tanto luchar y escapar y que su espíritu esté quebrado por la noción de que ni
siquiera con sus mejores esfuerzos será capaz de librarse de su demonio.
Aaron le
decepciona un poco, esperaba de él un poco más de energía, pero el chico se ha
derrumbado a los diez minutos corriendo. Su cara contra el pavimento y las
rodillas dejando un rastro rojo al derrapar contra el suelo. Además, el
patético humano debe haber empezado a perder la cordura, pues no ha corrido
lejos de los nidos de los vampiros donde sabe que le espera su fin, sino que ha
seguido el camino exacto hacia la mansión Hass.
Quizá está
siendo un poco obediente en el fondo, ahorrándole a su amo y verdugo el
incordio de tener que arrastrarlo de vuelta al matadero, piensa con ironía.
<<Quizá
sea el único hogar que conoce>>. El pensamiento aflora en la cabeza de Samuel sin gracia alguna,
rodeado de una amarga nube de culpa que disipa rápido, pensando en la ofensa
del chiquillo, en cómo ni mil castigos serían suficientes para compensarla.
Samuel aparece
de pronto frente al aterrado humano, que segundos atrás estaba destrozándose
las uñas intentando arrastrarse por el suelo con ellas, y este profiere un
gemido de desesperación al verle. Niega con la cabeza, lloroso, pensando que su
fin ha llegado.
Imagina la
bota de Samuel alzándose y cayendo de nuevo sobre su cabeza, pesada ahora como
yunque, convirtiendo el lugar donde anidan sus recuerdos, sus esperanzas, sus
miedos… en nada más que otra mancha roja más en el suelo.
Sin embargo,
el vampiro no es tan piadoso como para darle una muerte prematura. No, en lugar
de eso, Samuel lo rodea, andando despacio, observándolo como si estuviese
fascinado con la criaturita que se retuerce y se queja en el suelo.
Aaron lo
escucha detenerse justo detrás de él, donde no puede verle.
—Lo que has
hecho ha estado muy mal, humano… —susurra Samuel y su tono ha vuelto a ser
humano. Es lento y suave, con esa calma propia de la decepción.
Liu siente su
corazón dar un vuelco ante esa inesperada, casi imposible oportunidad que se le
está regalando: parece que su amo se ha calmado, que sigue enfadado, pero
suficientemente razonable como para negociar.
—L-lo sé, amo,
he sido desobediente, lo siento muchísimo, aceptaré mi castigo y no volverá a
suceder. Lo siento, lo siento, no qu-quería decepcionarle, pero el alcohol y el
mareo y la sangre… me cuesta pensar, m-me cuesta mucho pensar…
—Pero aun así
has pensado en huir dos veces. Eso no ha parecido costarte, ¿no es así?
Aaron tiene la
boca seca. Conoce ese tono burlón, esa sonrisa que casi puede oír en los
labios del vampiro: tensa, afilada, llena de un veneno que nada tiene que ver
con la diversión o con la amabilidad que las sonrisas normalmente
sugieren.
Escucha la
gravilla crujir un poco y, la próxima vez que Samuel habla, su voz se oye más
baja, como si se hubiese acuchillado o arrodillado tras él.
—Una lástima,
tu ropa, está toda destrozada… —comenta el vampiro en voz baja, como divagando,
y el cuerpo de Aaron se tensa cada vez que el vampiro lo toca para apartar
pedazos de tela raída y destrozada y lanzarlos al suelo como pétalos marchitos—
Aunque quizá debería decir mi ropa. Al fin y al cabo, nada de lo que
tienes lo posees tú: el techo bajo el que duermes, la ropa que vistes, el
cuerpo a través del cual vives… todo ello es mío. Regalos que te ofrezco y por
los que deberías agradecerme mediante una impecable obediencia, no… mediante adoración.
Debería ser un dios para ti, humano, pues cada noche tengo la consideración de
usar toda la fortaleza de la que dispongo para protegerte de mis peores
apetitos. Debería enseñarte, quizá, lo que sería de ti sin mi protección, sin
mi misericordia. Así no volverías a tomar por garantizada mi amabilidad, no te
atreverías a escupirme a la cara delante de mis congéneres con tus palabras
prohibidas de nuevo. Debo hacer eso, mi rebelde humano ¿Debo darte una probada
de lo que sería de ti si fuese realmente cruel contigo?
—No, no, por
favor, amo, no volveré a tomar todo lo que me da por descontado. Le agradezco
todo, s-soy consciente de lo mucho que le debo, de…
—Veámoslo,
pues —Samuel corta las histéricas palabras del joven—. Hace poco has echado a
correr, has escapado de mí, cuando sabes que no debes hacerlo. Dime, ¿por qué
has podido hacerlo? ¿Qué cosas te he concedido y en vez de agradecérmelas las
has usado en mi contra, para darme la espalda y tratar de abandonarme?
Aaron siente
un pitido horrible perforándole los oídos cuando la pregunta termina. Es el
sonido del silencio, de todos y cada uno de los segundos que desperdicia
pensando una respuesta y nada le viene a la mente. De cada gota de
paciencia de Samuel Hass que desperdicia.
—M-mi sangre,
señor —responde, todavía tenso y lleno de incertidumbre, pero aliviado cuando
el vampiro le deja continuar hablando, pues eso puede querer decir que está
haciendo algo bien—. P-puedo correr porque aún quedaban suficientes fuerzas en
mí, porque aún quedaba sangre. U-usted pudo haberme drenado y no lo hizo y
debería haberle agradecido por ello, debería haberme postrado sobre mis
rodillas y debería…
—Pero no lo
hiciste —lo corta el otro, sagaz y afilado—. Ahora, ¿qué debería hacer? No
apreciaste que te dejase conservar tu dulce sangre en tus venas. ¿Debería
arrebatártela toda? ¿Beber lentamente de ti hasta dejarte seco?
—¡No! N-no, se
lo suplico, mi amo. Quiero… quiero… —el chico piensa con fuerza, siente su
cerebro palpitando dentro de su cabeza, engranajes oxidados por el alcohol
siendo forzados a girar por mucho que chirríen; entonces su cabeza rota,
mareada y dolorida pasa a ser una cabeza también ingeniosa, pues le da una
idea: —Quiero compensar mi error, amo, quiero obedecerle y servirle bien… tan
bien… quiero adorarlo de ahora en adelante y c-cumplir todas sus órdenes a la
perfección pa-para que olvide mi imperfección de hoy. S-si me mata, jamás podré
enmendar lo que he hecho. Por favor, señor, quítame otra cosa, p-pero no la
vida.
Samuel está en
silencio por un largo rato tras escuchar las palabras de Aaron y el chico no
sabe si tomárselo como una buena señal, pues podría imaginar que las delibera,
las sopesa en su mente, o como una mala, pues si debe pensárselo por tan largo
rato, significa que su oferta no es mucho más tentadora que la idea de matarlo,
ambas luchando por hacer que la balanza se incline de su lado cuando más bien
pertenecen a la misma altura.
—Tu palabrería
es casi convincente, humano. Debo halagarte, incluso cuando te desprecio:
tienes una capacidad de lucha admirable, tratando de sobrevivir, si no es con
pelea, con embelesamientos. Voy a divertirme rompiendo ese espíritu —Aaron
jadea. Estos minutos de vida, comprende, no se los está ganando a pulso, no
está siendo más listo que el vampiro, está atrapado en sus redes totalmente.
Está jugando un juego que ya ha perdido. Samuel solo lo deja vivir porque está
saboreando su victoria. Ya se lo ha dicho: su muerte será lenta —. Si no te
quitase la vida, ¿qué debería quitarte entonces?
La pregunta es
lanzada con sorna, un interrogante que no espera respuesta. Por eso,
precisamente, Aaron se esmera en construir una, en pillar al vampiro por
sorpresa y confundirlo, quizá solo una pizca, pero lo suficiente como para que
la idea de perdonarlo se cuele en su mente.
Mientras
habla, el vampiro ya no arranca del muchacho pedacitos de su ropa hechos meros
girones, sino que toma sus tobillos y los alza, uno tras otro, los mueve como
si fuesen parte de un muñeco de trapo, meneándolos para comprobar cómo de
inertes e inútiles están las piernas del chico.
Cómo de
acabado está su cuerpo.
Eso le da una idea a Aaron.
—P-puede
atarme las piernas, mi señor, quitarme mi capacidad de correr y huir de nuevo.
Puede encadenarme por días a una pared para que no pueda alejarme, aprenderé mi
lección así, seré obediente, tomaré el castigo, seré bueno y… y nunca voy a
hacerlo enfadar de esta manera. ¡Lo juro! Por favor, solo deme la op-
—Buena idea.
Aaron hace
silencio de inmediato. Ni siquiera está feliz o aliviado, solo demasiado
sorprendido como para creerse que las palabras que han salido de la boca del
vampiro son ciertas. Por unos segundos, se fuerza a sí mismo a mantener la
guarda alta, esperando alguna burla que le destripe su ilusa fantasía y le
recuerde que no puede jugársela a su oscuro destino, pero nada llega. Quiere no
rendirse tan fácil, pero está agotado: demasiado borracho para pensar bien,
demasiado mareado por la pérdida de sangre como para que su consciencia, en vez
de ser una brillante luz blanca, no se sienta como una bombillita titilando a
punto de apagarse, demasiado dolorido.
No puede
aguantar más, así que decide confiar en que todo es cierto, en que por fin ha
logrado obtener algo de piedad y se echa a llorar. Se deshace en lágrimas de
sangre mientras hipea y solloza y dice:
—Gracias, amo,
g-gracias por perdonarme la vida, gracias por no torturarme, gracias, gracias,
gracias…
Sucede tan de
repente que Aaron ni siquiera grita cuando el vampiro sostiene su tobillo con
una mano gentilmente y con la otra clava sus garras profundo, el filo arañando
el hueso, y le arranca de un solo tirón su tendón de Aquiles, su piel, su
músculo… dejando solo un enorme agujero sangrante.
Cuando Samuel
deja en el suelo el tobillo desgarrado del humano, con cuidado, y toma el otro
con la misma suavidad, Aaron sí grita.
El terror y el
dolor son tales que el chico no sabe si ha hablado o si sus gritos son pura
incoherencia. Trata de suplicarle al vampiro que no lo haga, que no lo rompa
más, pero la sangre empapa el suelo y el sabor de esta le llena la garganta
mientras se la destroza, implorándole clemencia a una parte de Samuel que no
sabe si siquiera existe.
Mientras, el
vampiro repite la operación con la misma calma, la misma frialdad. La misma
precisión.
Mantiene al
chico quieto, toma su tobillo con una mano, firme, pero no excesivamente, y
palpa la frágil articulación con sus dedos ensangrentados para ubicar todo: la
delgada y pálida piel, los huesecillos, los tendones… y entonces hunde sus uñas
como si Aaron fuese un mero juguete que trató de reparar y que le ha frustrado
tanto que ahora solo quiere arrancar sus piezas y toma el tendón de Aquiles con
sus húmedos dedos. Lo toma y lo arranca.
La piel de
Aaron se siente fría de repente, empapada en sudores gélidos y tan pálida como
la nieve que está derritiéndose bajo un ardiente sol. El shock recorre el
cuerpo de Aaron y reduce sus gritos a murmullos enloquecidos sobre cómo está
soñando y nada de esto es real, sobre cómo va a despertar y olvidará todo eso e
irá a la escucha y hablará con sus amigos, estudiará un poco, irá a dormir y
soñará con cosas más bonitas la próxima noche.
Pero todo es
real.
El dolor lo es
demasiado. Latigazo tras latigazo de dolor sube desde sus tobillos, desde las
partes faltantes de estos, y escala por sus piernas, el dolor echa
raíces que se enroscan en sus huesos y trepan por ellos, que le hacen tensarse
entero y abrazan su espina dorsal, que le fuerzan a arquearse y le salen por la
boca cuando vomita de dolor. Vomita bilis y alcohol, fuego líquido pasando por
su garganta otra vez.
—Cállate —dice
la voz de Samuel y Aaron está seguro de que ese tono es la sensación más
tormentosa del mundo—. Me voy a asegurar, bolsa de sangre, de que nunca olvidas
tu error, de que todo lo que te haga, si tienes la suerte de complacerme tanto
que dejo conservar tu vida, sea irreversible. Después de esto, no volverás a
andar bien nunca más. Cuando acabe contigo esta noche, tampoco podrás hablar
nunca más, te arrancaré la lengua, pero por ahora quiero seguir escuchando tus
súplicas un rato más.
Samuel habla
con calma, relatando los hechos como si de una mera descripción desapasionada
se tratase, y Aaron sabe, por ese tono tranquilo y gélido del vampiro, que no
es un farol. Lo que le va a pasar es inevitable y su cuerpo parece entenderlo
por fin, pues su instinto de supervivencia y esas extrañas ráfagas de energía
que le daban la suficiente fuerza como para huir y seguir luchando se apagan de
pronto, dejándolo inerte como un muñeco.
Samuel se
levanta, lo toma por su collar y lo arrastra hacia su mansión de nuevo.
Durante el
camino, Aaron llora en silencio y no mueve ni un solo dedo. Su único ojo capaz
de ver se emborrona cada vez más y más por las lágrimas y parece que en él la
luz es devorada por unas motas negras que lo engullen todo, prometiéndole
llevarlo a la pacífica oscuridad de la inconsciencia. Pero incluso si de vez en
cuando cierra su ojo o simplemente deja de ver a través de él, durmiéndose
incluso sin mover sus párpados, algo más real que las imágenes lo trae de
vuelta a su tormentoso presente: el dolor. Sus rodillas raspadas siguen
rozándose contra el suelo y, cuando Samuel empieza a subir las escaleras hacia
la segunda planta, Aaron se golpea las piernas con el borde de cada escalón.
Aun así, no hace nada, es menos doloroso así.
Cuando entran
en la habitación del vampiro, Aaron reconoce que han llegado a su destinación
final y es entonces cuando se pregunta: <<¿Y ahora qué?>>.
Samuel le ha roto de formas inimaginables, lo ha drenado, lo ha golpeado, lo ha
humillado y mutilado. ¿Qué más castigo podría esperarle?
Su amo lo toma
por el pelo y da un fuerte tirón, arrojándolo a la cama. Aaron chilla de dolor
porque la brusquedad del acto hace que cada parte sangrante y rota de su cuerpo
se resienta, pero cuando aterriza sobre suaves sábanas, en ese colchón tan
mullido y cálido y que huele como cuando su madre limpiaba las sábanas y ambos
la doblaban juntos, Aaron, siendo incapaz de no pegar su nariz para sentir el
aroma del suavizante… el chico llora lleno de melancolía y agradecimiento.
Quizá su
castigo ya ha acabado y el vampiro se ha compadecido de él.
—Es tan suave…
—murmura y cierra su ojo derecho mientras frota la mejilla contra las sábanas
como un animalito en busca de mimos.
—¿Qué mierda
dices, bolsa de sangre? —la voz de Samuel lo devuelve a la realidad de nuevo y
todo su cuerpo se tensa.
—S-su cama,
amo, d-decía que es cómoda, gracias p-
A Samuel no le
interesa la ingenuidad de Aaron, solo castigarlo, así que no le deja siquiera
terminar sus palabras. El vampiro sube a la cama y ve al chico tendido
indefensamente bocabajo; se sienta sobre sus piernas para inmovilizarlas más
aún y arranca de un solo tirón la ropa que le quedaba.
Aaron se
siente más vulnerable aún. Las únicas prendas que separan su cuerpo de la total
desnudez, si así pueden llamársele, son el collar alrededor de su cuello y el
anillo que envuelve su intimidad.
No entiende
por qué su amo lo desnuda, hasta que escucha al hombre quitarse la ropa
también. Al inicio solo se centra en el sonido de la tela rozando la piel, un
sonido agradable, y es que Aaron necesita algo agradable, en momentos tan
horrorosos. Luego comprende las implicaciones, el significado.
Cuando Samuel
vuelve a ponerse sobre sus piernas, Aaron puede sentir su enorme peso
aplastándolo contra el colchón, la carne musculosa de sus muslos manteniéndolo
quieto, con sus delgadas piernas unidas y, segundos después, la dura virilidad
del hombre reposando, grande, pesada y ancha, sobre su trasero.
Aaron siente
que no puede respirar. Jadea. Se ahoga con su propia saliva y gime algo
ininteligible hasta que por fin puede hablar.
—Amo, por
favor, eso no —su voz es un hilillo. Tan frágil, tan asustada, tan bajita. Y
tan ignorada por Samuel, que toma una de las nalgas del muchacho con su mano y
la aprieta mientras que con la otra se masturba despacio, imaginando cómo
tomará al chico por primera vez—, ha-haré lo que sea. Lo que sea, amo, p-por
favor. No quiero esto. Cualquier cosa menos esto.
El tono de
Aaron es desgarrador: no grita ni llora ni suplica, solo habla en susurros,
como si temiese que alzar un poco su voz o usar un tono inadecuado fuese a
arruinar cualquier posibilidad de calmar al vampiro, de hacerle entrar en razón
y detener esa locura que está a punto de suceder. Que no puede suceder
porque Aaron sencillamente no se imagina siendo capaz de soportar algo así.
—¿Amo? A-amo,
por favor, podemos hablar esto, podemos…
Aaron se queda
pálido de golpe: Samuel separa sus nalgas, ignorándolo, y sitúa su miembro
entre ellas, la caliente y ancha punta contra la estrechez de su virginidad,
listo para ultrajarlo sin miramientos. Sin siquiera responder a sus súplicas.
<<Esto
me ha pasado por tratarlo como a una persona cuando es solo un objeto. A los
objetos no se les habla, se los usa.>>
Con su mano
izquierda, Samuel toma la cabeza de Aaron y la empuja contra el colchón,
sofocando sus súplicas que poco a poco se van tornando más altas e histéricas.
Con la derecha sostiene la gruesa base de su erección y se alinea con la
virginidad de su humano.
Empuja sus
caderas. Duro. Despiadado.
Una sola vez.
Con eso es
suficiente como para abrir al chico con violencia, hacerlo tomar la punta de su
polla y tenerlo ya tan sometido que no necesita inmovilizarlo para saber que
solo llorará y suplicará, pero no intentará liberarse. Ahora sabe que no hay
alternativa. Que esto va a pasar, está pasando.
<<Debe
aprender su lugar. Debo recordar el mío.>>
Samuel aparta
la mano del cabello del muchacho y lo toma con esa y la otra por su delgada
cintura, notándolo estremecerse mientras solloza una y otra vez. No sabe bien
por qué, si se había dicho que lo tomaría tan brutalmente como pudiese, pero le
concede unos minutos al chico para que se acostumbre a la intrusión, para que
llore por su dignidad perdida.
En el
transcurso de estos, Aaron hipea y balbucea sin sentido, pidiendo perdón,
llamándose a sí mismo inútil y suplicando por una segunda oportunidad. Le
promete a su amo que será bueno. Que si le perdona ahora, no le defraudará de
nuevo. Que irá él mismo a las casas de los vampiros presentes durante la fiesta
de esta noche y les dirá que sus palabras no eran más que una sarta de
mentiras, delirios de un humano idiota tan desesperado por amor que ha sido
capaz de confundir el calor de un demonio con la calidez de un ángel.
Samuel no le
escucha y se empuja un poco más, despacio. Apenas un par de centímetros pasado
el glande de su virilidad. Aaron grita y se retuerce sin éxito.
Samuel es
grande, más que eso, monstruoso, y su pasión no está hecha para poder ser
tomada por una criatura tan frágil como Aaron sin sufrimiento. Siente como si
el vampiro estuviese de nuevo hundiendo sus garras en su carne tierna,
arrancándole algo entre dedos ensangrentados. El dolor que le atenazó cada
músculo de su cuerpo cuando el vampiro le arrancó su primer tendón de Aquiles
fue quizá un poco mayor que el que el chico siente ahora, como si le partiesen
por la mitad, como si le abriesen con una brutalidad sangrienta que no puede
sino matarlo, pero el dolor de ahora es mucho mucho peor.
Es un dolor
tan íntimo y vulnerable. No está siendo herido en su rostro o sus brazos o su
espalda, está siendo ultrajado en su sexo, en ese lugar que se supone que otro
solo puede tocar por primera vez en un momento especial y hermoso y tan lleno
de confianza y deseo… y Samuel está arrebatándole la posibilidad de entregarse
de ese modo a alguien, le está arrebatando cualquier amor, cualquier deseo,
convirtiéndolo en una pesadilla.
Está siendo
herido no con golpes, sino con sexo. Y hay algo en ello que se siente más
violento incluso que unos nudillos manchados de sangre. Hay mil formas de
hacerle daño a un ser humano, pero esa… esa forma específica atraviesa la piel
y lacera el alma.
Aaron se
siente más sucio de lo que nunca lo ha estado, usado, vuelto un mero pedazo de
carne que solo puede soportar. No quiere seguir viviendo en su cuerpo, pero
Samuel se empuja más y más, hasta que casi la mitad de su impresionante
longitud está dentro, y Aaron es forzado a sentir cada centímetro de su deseo
penetrándolo, el contorno de cada vena pulsante y ancha, la forma en que el
diámetro de su deseo se torna más grueso cuanto más avanza, la agonizante
manera en que virginidad rosada y sin preparar debe dilatarse y su interior se
siente tan lleno que la sensación le marea demasiado.
Samuel no está
del todo en su interior, pero Aaron lo siente tan profundo dentro suyo,
conquistando lugares de su cuerpo que habían sido privados incluso para él, que
realmente piensa que nunca en su vida volverá a mover un solo dedo, a tomar un
solo aliento, si no es Samuel quien lo comanda, pues ahora es innegable que es
totalmente suyo.
Mientras Aaron
sufre, sin embargo, Samuel debe contenerse para ir despacio, para no romper su
juguete nuevo tan pronto y resistir el placer inmenso que esa presa sollozante
le promete bajo él. El cuerpo de Aaron es tan maleable y frágil bajo sus manos,
allí donde toca hay sangre, preciosísimamente roja y tentadora, piel nívea como
una cucharada de nata o la marca violácea de su fuerte agarre. Su cintura es
diminuta y es capaz de rodearla casi con una sola mano, su cabecita de cabellos
azabache revueltos le hace querer agacharse e inspirar su fragancia y su
pequeño culo, <<Por Satán>>, Samuel debe apartar la vista
para no empezar a follarlo como un animal ahora mismo. Sus nalgas son redondas,
suaves y bien formadas, cada una cabe perfectamente en la áspera palma de su
mano y ama la forma en que se abren para tratar de acoger su enorme erección.
La entrada del chico es rosada como el pétalo de una flor, lampiña, virginal,
ha sido todo un placer para el vampiro profanarla con el más mínimo de los
cuidados, viéndola abrirse con dificultades para abarcar y hacer desaparecer
su intimidante tamaño. Puede sentir la estrechez de Aaron acogiéndolo, su
suave, húmedo y ardiente interior adaptándose hasta la más mínima curva de su
falo, como si ese pequeño humano hubiese sido creado por y para él.
Se siente tan
posesivo de repente. Imágenes de los demás vampiros bebiendo su sangre esa
misma noche lo bombardean, Ivthan poniendo su sucia boca sobre las marcas de sus
colmillos en su humano… la arde en su interior, su llama fundiéndose
junto a la del deseo, llevándolo cerca del descontrol.
Samuel se
inclina, lame la mordida fresca en la garganta del chico y este se queja entre
llantos.
<<Sus
lágrimas son mías. Su dolor es mío. Su vergüenza, su cuerpo, su obediencia, su
sangre, su vida y su muerte. Su voz, sus miradas, su estúpida amabilidad e
inocencia con la que me trata a veces. Aaron es mío>>
Aaron gira
levemente su cabeza sobre las sábanas manchadas de sangre y lágrimas y su ojito
derecho, tan empapado de lágrimas como si llorase por los dos, mira al vampiro
directamente, como sabe que está prohibido y susurra:
—¿Qué he
hecho, amo, que he hecho tan mal para merecer esto?
Samuel se
queda paralizado un momento, mirándolo a los ojos, escuchando sin remedio esas
palabras tan llenas de dolor. Quiere responderle con rabia, gritar hasta
desgarrarse la garganta y lanzar reproches como dagas, palabras afiladas como
mordidas, pero todo ese odio… no es para Aaron.
Aaron no ha
hecho nada. Y él lo sabe.
Porque Aaron
no tiene la culpa de tener esa mirada preciosa y amable que le recuerda a su
primer amor. Al chico que le hacía latir el corazón como Aaron a veces lo hace.
Al chico que fue su luz en la oscuridad.
Aaron no tiene
culpa de lucir exactamente como el amor y el desamor lucen para Samuel. Aaron
no lo ha traicionado.
Aaron no es él.
Pero Samuel
tampoco es quien era antes y no puede permitirse volver a esa ingenuidad, a esa
bondad que le costó la vida. No puede permitirse volver a ser quien una vez
fue, ese joven débil y fácil de engañar que entregaba su corazón en una bandeja
de plata y se sorprendía cuando el puñal se le clavaba como la espina de una
rosa demasiado bella como para fijarse en sus defectos.
Samuel no
puede volver a sentir y Aaron lo obliga a ello. Ese humano es un arma demasiado
poderosa y debe pagar por ello. Ser destruido. <<Es él o yo>>
Así que Samuel
escoge romper al chico de veras. Lo toma por la cintura con más fuerza y lo
alza un poco mientras se empuja contra su cuerpo, su penetración ahora más
profunda, despiadada. Aaron grita y una de las manos del vampiro se desliza
hacia su vientre y luego más y más abajo. Teme lo peor al sentir al vampiro
tocar su hombría.
Por primera
vez en la noche, las manos de Samuel se mueven de forma delicada y lenta. Y lo
hacen para retirarle paulatinamente el anillo.
Aaron no
entiende por qué ese acto de crueldad, de humillación absoluta, por qué le
permitiría sentir placer en un momento donde su cuerpo está tan colmado de
dolor y solo dolor que no cabría en él ni una gotita más de sensibilidad.
Entonces,
Samuel se inclina, le roza el oído con los labios, aplasta su frágil cuerpo con
su peso titánico y susurra:
—Córrete.
Aaron lo sabe
en ese instante, lo entiende como jamás ha entendido nunca nada: Samuel ha
usado su voz. La voz del lazo. La voz de mando. Y esta le recorre como
un flechazo que lo atraviesa entero, que domina cada parte de él y le arranca
la carne del cuerpo, tornándolo un mero espectador de sus actos. Su cuerpo son
solo mil partes inertes, todas anudadas por un firme hilo rojo, y la voz es un
tirón que lo mueve de aquí para allá, como si su propia voluntad hubiese sido
desterrada, sustituida para siempre.
La voz,
poderosa, grave y rugiente, es inevitable, imposible de desobedecer, y Aaron
llora alto y agudo por ello mientras su cuerpo tiembla, sabiendo que no puede
resistirse.
No puede
soportar la vergüenza y la profunda humillación cuando nota que su miembro
endurece y, mientras el vampiro se hunde en él con una despiadada, posesiva
estocada, la calidez escurre por sus muslos. Nota el líquido goteando entre sus
piernas y sabe que se trata de su semen y de su sangre con la misma certeza que
sabe que lo que empapa sus mejillas son sus lágrimas.
Siente las
respiraciones pausadas y satisfechas del vampiro en su espalda, su derrota
blanca y roja corriéndole por los muslos, su vientre abultado allí donde el
vampiro se ha clavado bien hondo y duro, como si en su interior no cupiese
siquiera el calibre del deseo de esa bestia. Piensa que nada puede ser peor,
pero entonces Samuel se retira lentamente y le da otra estocada: comprende
entonces que la tortura no ha hecho más que empezar.
El vampiro tan
siquiera lo deja recuperarse ni de la violenta penetración ni del orgasmo que
ha arrancado de él a través de su autoridad y dominio: empieza a follarlo sin
piedad, sus caderas separándose de las del chico, retirando su miembro hasta
que Aaron jadea por sentirse vacío y abierto y entonces se hunde hasta la
empuñadura de nuevo, la sangre lubricando su camino, las entrañas del chico
siendo embestidas por tu deseo demoníaco, sus piernas temblando, su voz
rompiéndose, la mano firme y dolorosa aferrándose a su cintura para mantenerlo
quieto y disponible mientras lo folla como queriendo dejar claro con cada una
de sus embestidas a quién pertenece ese cuerpo delgado y pálido que usa a su
antojo como si no hubiese en él nada más que belleza y sumisión.
—Amo, por
favor, por favor, para… no quiero seguir, no puedo…
Samuel ríe en
respuesta y el corazón del chico se quiebra un poco más, convirtiéndose en un
puñado más de pedacitos de cristal que se le incrustan en la piel.
El vampiro lo
folla despacio ahora, solo para que el chico pueda atender a sus palabras en
vez de tener la cabeza llena de la abrumadora sensación de ser jodido tan
rápido y duro que no tiene tiempo a siquiera tomar aire. Y habla con una voz
llena de veneno y diversión:
—Oh, ¿pero
cómo vas a llorar con esos ojitos? ¿Cómo vas a suplicarme que pare con esos
labios, esa lengua…? Cómo vas a actuar como si lo odiases con este cuerpo que
acaba de correrse por ser violado. Hay lágrimas en tus mejillas y sangre
corriendo entre tus muslos, pero antes de todo eso: hay placer goteando desde
tu polla hasta mis sábanas. No te hagas el inocente, no finjas ser una víctima:
amas ser mío, amas ser usado, amas sentir cómo te lleno y te rompo y te
recuerdo que eres mío. Amas esto, porque sabes que es lo único para lo que
sirves. ¿Acaso hace unas noches no te esforzabas en chupar mi polla a cambio de
unas caricias? Toda una putita necesitada de mi cuerpo… ahora… ahora estás
haciendo lo mismo. No. No llores. No tienes derecho a eso cuando esto es
lo que has estado pidiendo, lo que mereces, lo que has sido creado para hacer.
Tú mismo has rogado por ello, sabías que este sería tu castigo y aun así
has sido desobediente. No mereces mi compasión, incluso dudo que la desees.
Una mano
empuja su cabeza contra la almohada, pues Samuel no quiere oírlo llorar. La
otra alza su cadera y permite que Samuel reanude su ritmo.
Aaron siente
que todo el resto de dolores en su cuerpo se atenúan, pues el dolor de ser
ultrajado les hace sombra. Es tan trágico para el chico saber que lo único que
ha tenido en años -mis manos, mi corazón latiente, mi piel que se
torna cálida bajo el sol, mis piernas que me llevan a donde les pido, mi sexo,
que me hace sentir extraños deseos, pero que al fin y al cabo son… eran mis
deseos- le es ahora arrancado y ¿por qué? Samuel no le está robando la
única cosa que pensó que nadie podría arrebatarle nunca porque la necesite para
vivir, sino solo porque la quiere. Por unas horas de diversión.
Las embestidas
son lentas al inicio: Samuel se retira poco del maltratado interior de su presa
y luego se empuja con deleite, sintiendo como cada centímetro resbala en el
angosto espacio sin dilatar, notando a Aaron temblar entre sus manos,
retorcerse y buscar un escape que jamás conseguirá, el miedo haciéndole apretar
más su delicioso cuerpo y acoger de una forma demasiado tentadora la erección
del hombre que lo toma.
Pero luego
Samuel decide no follarlo de esa manera tan rítmica y controlada, sino dejar
que sus instintos y su deseo tomen el control, pues, al fin y al cabo, ha
dominado ya al chico hasta que este ha aceptado su destino, llorando en
silencio y dejando de rogar por un perdón que ya está demasiado corrupto para
merecer, así que ahora puede dejar de usar el sexo para enseñarle una lección
de obediencia y empezar a usarlo para disfrutar sin restricciones.
Empieza a
moler sus caderas de forma salvaje. Sus embestidas son más cortas que antes,
pero son animales, desenfrenadas, profundas. No le dan al chico un solo segundo
de tregua. El vampiro lo empuja y lo martillea contra el colchón jodiéndolo con
tanto ímpetu que Aaron deja de estar callado y vuelve de nuevo a complacerlo
con sus dulces gritos, incluso aunque no es capaz de formar una sola frase
coherente, ni una palabra que le permita suplicar y tener la más mínima opción
de salvarse.
Samuel se deja
caer sobre el liviano cuerpo del menor mientras lo ultraja y sus músculos, que
son tan grandes y pesados como los de varios hombres, aplastan al chico contra
el colchón, oprimen su pecho hasta que respirar duele como sentir agujas en los
pulmones.
Mientras no le
permite siquiera tomar aire sin su permiso, empuja su polla una y otra vez en
su agujero destrozado, sintiendo el erótico sonido del chapoteo de las dos
pieles húmedas, el sonido carnoso de sus testículos chocando contra el trasero
del chico, la fuerza de la follada es tal que esos impactos dejan también su
piel roja. Samuel apoya un brazo en la cama, con el otro rodea el cuellito de
Aaron.
El muchacho
niega con su cabeza cuando su pobre garganta está entre el antebrazo venoso y
firme del vampiro y su abultado bíceps. Sabe que si el hombre aprieta solo un
poco el músculo, se desmayará al instante. No sabe si volverá a despertar.
La idea le
produce pánico un segundo, pero luego se le hace cada vez más atractiva, solo
que Samuel no le concede tal paz, solo lo folla mientras lo mantiene tenso y
asustado, la consciencia de lo sencillo que sería ahogarlo hasta matarlo
rozándole la piel una y otra vez. Su larga lengua prueba la mordida de nuevo
mientras lo toma, la sangre tan dulce como éxtasis que su cuerpo torturado le
ofrece.
El mareo
empieza a nublarlo todo, pero el dolor le impide desmayarse y Aaron piensa que
no podrá aguantar ni un segundo más de esa tortura.
Pero Samuel le
fuerza a aguantar horas.
El vampiro
pierde el control, lo muerde sobre su herida ya ensangrentada y toma el elixir
de su sangre, solo ve rojo, solo conoce el deseo. La culpa y el pasado lo
abandonan como niebla que se disipa y la sensación de ser grande y poderoso lo
complace tantísimo que no quiere que se acabe.
Folla al
humano con brutalidad, un ritmo atroz marcado por sus caderas y que solo hace
que aumentar y aumentar. La intensidad y la fuerza crecen hasta que el cabecero
de la cama deja una indentación en la pared y la madera se resquebraja, tan
rota como el pobre humano. Y entonces, cuando el placer se torna insoportable,
cuando Samuel sabe que va a culminar, para.
Se hunde
profundo en Aaron hasta que puede notar cómo su polla crea una protuberancia en
el vientre bajo del humano; la roza con los dedos, pues le resulta demasiado
caliente la idea de que el tamaño de su cuerpo esté haciendo que el de Aaron
deba forzar sus límites más y más y más solo para tomarlo. Se empuja con
pequeños movimientos, dejándole sentir a su humano como de hondo está en su
cuerpo, como lo posee y lo llena, como lo domina.
Y entonces lo
folla lento y pausado, como al principio, evitando así correrse. Saca su polla
del joven humano y lo deja tener la corta esperanza de que todo ha acabado a la
par que contempla lo abierta y roja que está la entrada del chico, la forma en
que intenta cerrarse y en que la sensación de vacío se transforma poco a poco
en alivio. Y, entonces, cuando nota a Aaron respirar un poco más despacio, más
tranquilo, cuando sus sollozos empiezan a extinguirse, lo penetra de nuevo y
gruñe en su oído, colmado de placer, su voz varonil haciendo la piel del humano
erizarse y sus dedos rizarse por la impresión que causa en él.
Lo toma así un
largo rato, de forma metódica, enseñándole al cuerpo del humano que no merece
descanso alguno, que puede volver a profanarlo cuando lo desee y que su
oposición no es más que un incentivo. Mantiene las piernas del chico cerradas
usando sus muslos, notando cómo el chico está más estrecho así, como logra que
su tamaño se note todavía más insoportable para él.
Y cuando el
deseo de follarlo crece más que el deseo de reeducar a su cuerpo para que solo
sepa obedecer y complacer, vuelve a empujarlo contra el colchón y a probar su
sangre, a llenar su cuerpo de lamidas, besos violentos y moretones mientras lo
penetra con estocadas animales, intensas.
Samuel pierde
la noción del tiempo mientras alterna ambos estilos, mientras lo toma borracho
de placer hasta casi correrse y luego lo folla lentamente para aplacar su
éxtasis creciente y hacer al humano sentir con lujo de detalles cada centímetro
de su hombría mancillándolo.
Sin embargo,
el vampiro no puede retrasar más su propia liberación y Aaron hace ya rato que
ha quedado afónico de tanto gritar y llorar, follarlo no es tan divertido y
ahora el dolor apenas lo mantiene despierto. Ha perdido tanta sangre y está tan
agotado que pronto va a perder el conocimiento y Samuel no tiene ningún interés
en follar un muñeco inerte si sabe que el chico está escaqueándose de la
deliciosa tortura y de su obligación de ofrecerle sus temblores, sus jadeos y
estremecimientos, sus bonitos sonidos y la forma llena de vergüenza y oprobio
con que el muchacho oculta su cabeza en las sábanas solito cuando es ahora
Samuel quien pretende mirarle a los ojos.
Así que se
deja llevar por las sensaciones y esta vez, cuando su cuerpo se tensa por el
delicioso placer que lo recorre como un rayo, cuando el clímax está tan cerca
que puede sentirlo, dulce y caliente, sobre la punta de su lengua, de sus dedos
y de su sexo, como la sangre de Aaron pintándole de carmesí esos lugares,
Samuel lo jode más duro, más fuerte, más rápido, más profundo.
Sabe que
podría romper la cadera del humano por la forma descuidada y violenta en que lo
folla. Pero le da igual. Sabe que podría matarlo, pues apenas puede respirar
entre estocada y estocada. Pero le da igual. Sabe que cuando todo termine,
Aaron habrá perdido el brillo en su mirada y, si él se equivoca y aún hay algo
humano en su interior, no podrá perdonárselo a sí mismo jamás.
Pero le da
igual.
La única cosa
que importa ahora es el poder y el placer. Ambos se funden deliciosamente
cuando Samuel embiste al chico una última vez y un gemido grave y rasgado
abandona su garganta. Su polla, enterrada hondamente en Aaron, lo llena de
chorros y chorros de éxtasis líquido y, antes siquiera de salir del humano,
puede sentir como su semen cae por los muslos del humano.
Y este parece
poder sentirlo también, pues vuelve a sollozar e hipear, tras haber estado un
rato silenciando sus lloros contra el cojín.
Samuel deja ir
un suspiro de satisfacción, sale del interior de Aaron arrancándose sin cuidado
alguno y se tumba a su lado. La cama es un lío húmedo de sangre, lágrimas y el
producto de dos orgasmos.
Aaron se
enrosca en un pequeño ovillo al sentir al vampiro tumbado a su lado, respirando
con calma, y fantasea con dejar de existir mientras nota el calor de esa
humillación resbalar por sus muslos.
Samuel trata de dormir,
pero los lloros de Aaron lo molestan, así que coloca uno de sus pies en la
espalda del chico y lo empuja de golpe hasta oírlo caer al suelo.
Aaron habría
querido irse de esa habitación, no compartir su sueño con el vil monstruo que
le ha hecho eso, pero sus piernas no funcionan. Además, la inconsciencia por la
que tanto lleva horas rogando le alcanza cuando se da con la cabeza contra el
suelo.
CAPÍTULO 37
Samuel
despierta sintiéndose renovado, como si su cuerpo hubiese pasado todo el día
siendo bañado con aguas cálidas y masajeado por manos expertas que han tallado
fuera de él las tensiones que llevaba incrustadas en sus músculos desde hacía
semanas.
Sabe por qué
es: por fin ha escuchado a sus instintos, que tantas noches ha pasado
negligiendo; por fin ha atendido a su naturaleza en vez de empujarla en una
jaula y amordazarla con un bozal, luego quejándose porque sentía el
entumecimiento propio de una bestia que, en su celda, no tiene espacio para
estirar las patas ni carne fresca donde hundir los salivantes, afilados
dientes.
Ha saciado
apetitos que lleva siglos consintiendo con banquetes enteros cuando piden solo
un bocado y que, por alguna razón, había decidido matar de hambre las últimas
semanas.
<<Por
fin lo he hecho>>.
Sienta bien
entregarse al placer, piensa Samuel, pero en el momento en que deja de
simplemente sentir, de actuar por puro impulso como una bestia movida
por el apetito de sangre y sufrimiento, recuerda.
Eso es lo que
más odia de su naturaleza: que no es pura del todo. Si lo fuese, sería un
monstruo de pies a cabeza, una criatura que solo escucha y obedece a lo que la
oscuridad le pide. Pero hay en él una pequeña impureza, una especie de molesta
isla de recuerdos del pasado y sentimientos obsoletos que no para de salir a
flote e incordiar más de lo que debería a pesar de que se esmera en empujarla
al fondo de su psique con todas sus fuerzas.
Esa pequeña
isla donde habitan los extraños impulsos de acariciar a Aaron y hablarle bonito
y donde el recuerdo de lo que le hizo anoche no se convierte en algo memorable
y deleitoso, sino en una afilada lanza que le alcanza el corazón y le hace
tambalearse cuando sale de la cama y lo ve. Ahí en el suelo.
<<Aaron,
¿qué te he hecho?>>
El chico está
desnudo, todo su cuerpo lleno de hematomas, laceraciones, mordiscos y sangre
seca. Su párpado izquierdo inflamado, sangre rosada cayendo de él como si
llorase la sangre más dulce y pura que nadie ha visto jamás.
Su manita
sosteniendo su antebrazo roto cerca de él, su cuerpo entero temblando,
quejándose en pesadillas, su entrada aún abierta y roja, el semen pegajoso aún
en sus muslos, la sangre manando de su sexo como si hubiese convertido ese
lugar tierno y sensible creado con el único propósito de reverenciar una
intimidad llena de amor y deseo en el altar de un sacrificio a demonios que
nada tienen que ver con tal pureza.
Samuel empieza
a respirar rápido.
Dentro suyo la
satisfacción y la grandeza de anoche, que hoy le han hecho despertarse
radiante, empiezan a desmoronarse y en su lugar un huracán de sentimientos
extraños e incontrolables lo agita entero. Siente los cimientos del armazón de
frialdad que lleva años convenciéndose de que es su verdadero rostro
desmoronándose, siente algo cambiando en su interior, algo echando raíces en su
corazón muerto, las espinas abrazándolo hasta devolverle una puntillita del
dolor que le ha causado al pobre humano.
Entonces el
chico despierta y abre su ojito derecho, pues el izquierdo duele demasiado para
intentarlo, y le mira directo a los ojos.
Tenía razón:
su brillo ha desaparecido. Pero en su pupila resplandece algo distinto, más
duro y frío que antes, como si los rayos de sol que el chico llevaba en su
mirada, tan cálidos y gentiles, fueran sustituidos ahora por la blancura del
destello de una espada.
Samuel se
recompone en un segundo. Toma todas esas abrumadoras emociones humanas y hace
lo que lleva años practicando y perfeccionando: las empuja muy al fondo de su
cerebro, guardadas bajo llave hasta que averigüe cómo destruirlas. Entonces
mira al chico con desdén.
—Baja la
cabeza. Tus ojos en el suelo. ¿O acaso has olvidado cuál es tu lugar?
Porque anoche, mientras llorabas debajo mío, parecías conocerlo muy bien.
—¡Cierra la
boca!
El grito de
Aaron es desgarrador, lleno de dolor y odio, grave, pues anoche se destrozó la
voz tratando de gritar por una piedad que ahora sabe que Samuel no tiene.
El vampiro
alza sus cejas al inicio, demasiado sorprendido, pero luego es evidente que la
ira lo invade cuando su rostro lo refleja y Aaron puede ver los puños
apretados, nudillos blancos como la nieve y venas violáceas descollando
alrededor de su mano y antebrazo.
—¿Qué mierda
has dicho? —el tono de Samuel es siseante, peligroso, y Aaron sabe que está
jugando con fuego.
Lo sabe
perfectamente.
—Me has oído
perfectamente, pedazo de mierda.
Aaron obtiene
la única reacción que sus palabras podrían buscar, pero eso no significa que el
chico esté listo para ella, que no grite cuando el vampiro se alza de golpe
ante él, enorme e intimidante, y que no tiemble de pies a cabeza cuando este lo
toma por el cabello y lo alza hasta tenerlo a su altura.
Entonces
Samuel sí que hace algo inesperado. Aaron cierra los ojos, esperando un golpe
que solo desencadenará más y más y más hasta… el final. Pero Samuel empieza a
reír en su rostro.
Cada carcajada
más humillante que la anterior.
El chico llora
de frustración y no entiende nada, pero su amo pronto le explica el porqué de
sus burlas:
—Eres buen
actor, casi te creo, casi te doy lo que andas buscando —le dice y cuando le
está llamando buen actor, su voz es aterciopelada y suave, como si lo
halagase de verdad. Aaron se remueve incómodo, recordando cómo se aferró a las
palabras bonitas y amables del vampiro en el pasado, cómo creyó en ellas y a
dónde lo ha llevado esa estúpida confianza—. Suenas valiente, pero tu corazón
está nervioso y no puedes dejar de temblar. Sabes cuál es tu lugar, oh, lo
sabes perfectamente y estás tan asustado de lo que eso significa que prefieres
provocarme y ver si te doy una muerte rápida en un momento de ira a esperar a
que vuelva a usarte. Muy astuto, pero aquí no recompenso la inteligencia,
humano, sino la obediencia. Si crees que puedes manipularme así para tus fines,
eres iluso. Aún no has aprendido la lección del todo —Samuel tuerce la cabeza
mientras examina al chico con la mirada y ve en su ojo azul la vergüenza de
haber sido pillado con tanta facilidad. Luego, cuando se inclina sobre su
cuello y habla de forma que sus labios y su frío aliento rocen la herida
fresca, puede ver también su pánico:—. Esta noche volveré a enseñártela. Lo
haré en el suelo esta vez; has perdido el privilegio de ser follado en una
buena cama. Sigue fingiendo ser valiente después de esto y te cortaré la lengua
para quitarte el privilegio de suplicarme mientras te castigo.
Lo suelta de
pronto, dejándolo caer al suelo con un estrépito.
—No, no puedes
hacer esto otra vez. No puedes hacerlo de nuevo —balbucea el chico con pánico.
Ahora que el vampiro conoce sus intenciones y conoce exactamente de qué quiere
huir, Aaron teme que vaya a torturarlo con eso—, es demasiado horrible, me
moriré, amo, m-me…
—No tienes
derecho a reclamar, a sentirte como una víctima: lo disfrutaste. Eres tan
impuro como yo, igual de pecador, si no más, pues lo mío es por naturaleza, lo
tuyo… por elección.
Aaron queda
petrificado con esas palabras. Recuerda la noche anterior como una colección de
detalles y escenas que bombardean su mente, unas más vívidas que otras, más profundas,
como una herida que reclama atención urgente. Recuerda el puro pánico cuando
Samuel le arrancó los tendones de Aquiles y supo que no temía matarlo al
castigarlo, la desesperación al ser arrojado en la cama y saber lo que le
esperaba, el dolor de ser penetrado por primera vez sin gentileza alguna,
siendo follado como si aquello fuese un acto de odio, no de amor.
Pero sobre
todo recuerda cómo se derrumbó por dentro cuando se corrió nada más ser poseído
por el vampiro. Nunca iba a perdonarle al vampiro haberle quitado de ese modo
su cuerpo, pero jamás se perdonaría a sí mismo entregárselo tan completamente.
—¡No! —chilla
tapándose los oídos, porque no puede oír esas palabras. No puede oír esa
sentencia que lo dictamina culpable, pues si lo hace, no existirá solo en su
cabeza, no será solo una locura que su voz interior ha dicho, delirante por el
dolor y la confusión; será real. Y no puede ser verdad— No lo disfruté,
no es verdad. Me obligaste. Me obligaste a… a eso, igual que me obligaste a
entregarte mi cuerpo. Te forzaste en mí, no soy como tú, tú eres un monstruo y
yo… yo…
Rompe a llorar
antes siquiera de poder decir la palabra. Víctima. Su cuerpo está lleno
de sangre y moratones, huesos rotos, arañazos, mordiscos. Luce como una
víctima y el dolor que lo desgarra por dentro es el de una víctima, pero…
la palabra se siente inadecuada en sus labios. Robada de las bocas que sí
merecen ganarse ese nombre y la compasión que les obtienen.
Él ha llorado,
ha suplicado a su amo que se detenga, le ha arañado, golpeado, le ha intentado
patear. Ha hecho todo cuanto estaba en su mano para que se detuviese, pero ¿por
qué entonces se siente como un lobo con piel de cordero, un impostor?
Samuel tiene
razón, piensa el confundido humano. Él se ha corrido. Él ha dejado que el
vampiro use antes su boca a cambio de un poco de cariño. ¿Acaso no era de
esperar que esto pasaría eventualmente? ¿Acaso Aaron no había rezado en su
fuero interno por Samuel tocándolo con esas grandes manos, acercándolo a su
cuerpo?
<<Pero
no así. No así. Yo no quería>> se dice y su cabeza duele porque varias voces se gritan y todas
parecen tener dientes afilados y razón <<Entonces, ¿por qué te
corriste?>>
Samuel puede
ver cómo el chico enloquece, cómo se mordisquea las uñas destrozadas y lleva la
mirada de un lado a otro de la habitación, paranoico mientras escucha el
espiral de pensamientos en su cabeza hacerlo caer más y más hondo. Puede ver
cómo sus palabras han golpeado duro al chico, como aún no se recupera. Y decide
seguir martirizándolo:
—Si querías
ahorrarte el castigo, podrías haber elegido ser obediente. Pero escogiste esto.
Además, puedo obligarte a darme tu cuerpo cuando yo lo desee, pero ¿tu placer?
Te corriste porque tu cuerpo reconoce tu lugar, ese que tu mente todavía se
niega a aceptar.
Aaron siente
arcadas. Samuel le está hablando tan despacio y calmado, como si no tratase de
hundirlo con horribles cosas que ha ideado con ese propósito, sino como si
sencillamente estuviese tendiendo la paciencia de explicarle cómo son las cosas
que él es demasiado estúpido para entender. Pero las cosas no pueden ser así,
se dice, porque si su único lugar en el mundo es bajo Samuel Hass, si su único
destino es obedecer a pesar de lo mucho que cada orden pesa sobre él, no
entiende por qué ha venido al mundo, a un mundo que antes estaba lleno de
felicidad y calidez y solo algunos problemas tontos. ¿Por qué le dejaría el
destino conocer tal júbilo solo para arrancárselo de las manos, para decirle
que las vidas alegres y bonitas existen, solo que no son para él?
La vida no
puede ser tan cruel. <<Pero lo es>>.
Aaron niega,
apenas pudiendo respirar. Se dice que ese no es su lugar <<Pero cuando
tenías que huir, volviste hacia aquí, como si fuese instintivo, como si
quisieras recibir ese castigo porque es lo que mereces y lo sabes>>
Aaron se tapa
los oídos de nuevo, aunque no puede detener la voz de Samuel y mucho menos la
parte de esta que se ha metido en su cerebro y le susurra como una serpiente.
—¡No! No es
verdad. Usaste tu voz, e-el lazo, usaste la voz de mando y no pude
desobedecer y…
—¿Mi voz? —por
un instante Samuel luce realmente confundido, como si realmente no tuviese la
más mínima idea de lo que Aaron le está diciendo y eso lo destroza. Luego lo
mira divertido y añade: —Oh, cosita ignorante, el vínculo no está formado
siquiera, no podría haberla usado.
—No es cierto,
¡sí que puedes usarla! ¡Úsala, úsala de nuevo!
Aaron chilla
enloquecido, necesita que el vampiro lo haga. Incluso si va a ultrajarlo de
nuevo ahora, como castigo, incluso si va a usar su voz de mando para comandarle
que se quede quieto y dócil, que lo tome entero y que luego vuelva a eyacular
cuando se sienta en su peor momento. Necesita la confirmación de que ha sido
obligado, de que es una víctima, de que él no pidió eso.
La necesita o
se odiará más de lo que odia a Samuel.
Aaron respira
rápido y la habitación da vueltas cuando piensa en eso, en la terrible
posibilidad de que el vampiro no esté mintiendo, de que realmente no haya
podido usar su voz y su cuerpo no haya sido manipulado como un títere, sino que
le haya traicionado de ese repugnante modo por voluntad propia.
El chico se
cae al suelo, golpeando su cabeza, y llora desconsolado mientras en su cabeza
solo hay una única, temerosa pregunta: <<¿Me lo merezco? ¿Yo mismo
quería esto?>>
Para cuando
Aaron logra vencer su mareo y alzar la cabeza, Samuel ya se ha marchado,
dejándolo a solas con un cuerpo que ya no se siente suyo y con la espantosa
consciencia de que dentro de unas horas el infierno comenzará de nuevo.
Pero Aaron
finge que no ha escuchado a Samuel jurarle que lo tomará esta noche
también o que el vampiro no cumple sus amenazas o que quizá la noche no llegará
nunca a su fin y que el tiempo se detendrá de modo que no tenga que ser
arrastrado de nuevo a una cama -al suelo- por su amo. Lo finge igual que
lleva semanas fingiendo, cada vez que el vampiro le pegaba, que las veces que
era amable lo compensaban, que la humanidad que veía entonces era más poderosa
que el monstruo que tan usualmente afloraba para pintar la piel de morado y
rojo.
Y lo hace por
el mismo motivo que entonces: porque si se enfrenta a la realidad, no podrá
soportarlo.
Nada puede
sobrevivir a tanto dolor sin resguardarse en la seguridad de la imaginación o
en la decepcionante, pero arrulladora nana de la ilusión, de las esperanzas que
no existen porque vayan a cumplirse, sino porque no lo harán, pero creer en
ellas te mantiene vivo lo suficiente como para llegar a ese momento.
Aaron, pues,
no piensa en el pasado ni en el futuro. Trata de borrar los recuerdos de lo que
anoche sucedió, esos ecos que le susurran exactamente qué le hará su amo hoy.
Se centra en el presente: qué siente, qué necesita.
Siente dolor,
necesita vender sus heridas, entablillar su brazo, desinfectar su ojo y…
<<Sucio>>
Se siente
sucio.
Necesita
bañarse antes siquiera de curarse.
Necesita
sentirse limpio de nuevo, como cuando su piel se sentía como piel y sus
entrañas como entrañas, no como la asquerosa e infecta tela supurante de un
saco lleno de basura y nada más que eso.
El dolor puede
esperar, el asco no.
Así que Aaron
se arrastra como puede hacia el baño, llena la tina de agua caliente y tira al
tuntún chorros de jabón dentro hasta que las fragancias impregnan la habitación
de aromas agradables y el agua está llena de espumas y burbujas hasta que
parece un mullido lecho.
Aaron se
tranquiliza un poco. Siempre que se da un baño las cosas mejoran; frotar su
piel con un buen jabón le ayuda a tallar fuera la sensación de las manos del
vampiro violentándolo o tocándolo de formas que le incomodan. Pasa la esponja
sobre su dermis hasta que la caricia sobrescribe el eco de esos tactos
desagradables y todo vuelve a estar bien, al menos en parte.
Hoy no
funciona.
El agua está
cristalina para cuando se ha dado su quinto baño; no hay en ella más rastros de
sangre o semen que la enturbien, el jabón sale blanco y sonrosado y todo el
aire huele a un campo de rosas. Pero Aaron sigue sintiéndose sucio.
Tierra bajo
las uñas, gusanos bajo su piel, siente las manos del vampiro en todos los
rincones de su cuerpo, su sexo tan profundo que cuando traga saliva su garganta
se siente incómoda y piensa que todo su interior está impregnado, manchado de
la semilla del vampiro, todo pegajoso y sucio y pudriéndose porque, aunque ha
tirado la esponja y ahora se frota con los dedos y escarba con las uñas, nunca
llegará suficientemente profundo como para purificar el veneno que lleva en el
cuerpo. Se arranca las costras con los dedos y tiene ya la parte de debajo de
las uñas llena de piel; el agua vuelve a estar roja y aun así sigue sucio. No
se ha embarrado con algo que pueda sacar frotando un poco; la impureza está
dentro de él, en su estómago, en sus entrañas, en el tuétano de sus huesos.
Aaron sabe que
la única forma de limpiarse de esas horribles sensaciones sería tallar tan
profundo que no quedase nada de él, como quien con un cincel retira capa tras
capa de piedra, lascas inútiles cayendo como pétalos a los lados, y al final,
cuando llega al centro, no crea una figura hermosa, no desvela un ángel, sino
que sigue hasta reducirla a aire y polvo que poco a poco desaparece.
Aaron sale de
la bañera gritando y gruñendo y peleándose con uñas y dientes contra su piel,
porque necesita arrancarse esa sensación, quitarse la carne a pedazos si hace
falta hasta encontrar un pequeño pedacito de él que no haya sido manchado por
ese horror. Se muerde los dedos y los brazos y se araña las piernas y los
genitales. Se revuelve por el suelo como un animal salvaje y termina golpeando
todo a su alrededor en un arranque de ira.
Solo que no
rompe nada, pues su cuerpo está demasiado débil y roto como para que su dolor
logre cambiar algo. Golpea el suelo y la bañera y siguen ahí, inamovibles,
inalterables. Se dobla de dolor porque su antebrazo roto no puede resistir esos
golpes.
<<Tonto>> parece decirle su
cuerpo: <<Niño tonto. No puedes solucionar esto. No puedes sacar de
dentro de ti la violencia que él ha forzado. No puedes hacer daño a nadie, más
que a ti mismo>>
Aaron alza la
cabeza y halla al inicio una figura extraña y patética que no reconoce. Se
asusta, pero al poco se da cuenta de que está frente al espejo.
<<No
puedes culpar a nadie más, tampoco>>
Observa esa
anatomía delgaducha, magullada, encorvada como a punto de hacerse un ovillo y
tratar de desaparecer. En su cuerpo ya no queda nada suyo. ¿Su piel? Un mero
lienzo para las marcas de propiedad de su amo. ¿Sus ojos azules? Uno llora
sangre ahora y el otro lágrimas, ambas producto de un dolor que le pertenece a
su amo, pues él lo ha causado. ¿Su sangre? Se derrama fuera de sus venas, huye
de él, como si estuviese infectado por dentro, un cascarón podrido incapaz de
contener el delicioso elixir que, de todos modos, pertenece a unos labios con
colmillos. ¿Su voz? Rota e inútil, jamás escuchada, una cosa que solo posee
porque Samuel se la ha dejado prestada, pero que anoche podía hacer desaparecer
empujando su cabeza como quien pulsa un interruptor.
¿Su belleza?
Aaron siente
asco cuando advierte que, bajo las heridas, todavía es bonito, pues conserva su
rostro suave y su mirada grande, su cabello mullido, aunque ahora enredado, sus
muñecas y tobillos gráciles, su cintura pequeña, su espalda delgada y con la
curva de la columna arqueándose de una forma que Samuel ha disfrutado, pues ha
pasado sus manos por ahí una y otra y otra vez. Conserva todas las cosas por
las que Samuel le perdonó la vida una vez, cuando él aún era ingenuo y creía
que no había destinos peores que la muerte.
Aaron puede
distinguir cuáles son las zonas favoritas de Samuel de su cuerpo con solo mirar
allí donde su dermis ya no es pálida, del cremoso color de lo puro y lo casto,
sino que está manchada de su corrupción. Su cintura morada con marcas de dos
enormes que la han sostenido sin cuidado alguno, sus muñecas, sus muslos… pero
hay dos lugares todavía más maltratados: su cuello, donde el mordisco deja a la
vista su carne viva, brillante, sensible, y su entrada, destrozada con
brutalidad por un hombre que no quería sostener su flor, sino arrancársela.
Aaron llora
frente al espejo, incapaz siquiera de ponerse en pie. <<Sangre y sexo,
solo soy eso.>> piensa y maldice su rostro hermoso, su cuerpo
elegante y maleable, maldice haber seducido al vampiro con su sumisión para
sobrevivir, pues eso mismo le ha llevado donde está ahora: encadenado y
condenado a una eternidad siendo sexo y sangre, jamás una persona. Y todo solo
porque ese hombre le deseó al verlo, porque aún le desea.
Aaron jadea y
llora, ahogándose de nuevo con sus propios suspiros, sus sollozos e hipeos. <<Cuando
me hablaba amablemente, cuando me hacía caricias… todo era una burla. Él nunca
me ha querido. Solo me desea. Es solo deseo. Y el deseo de un vampiro es tan
cruel, tan insoportable… ¿Por qué no puedo hacer que deje de desearme? ¿Por
qué?>>
Pero la
respuesta está parada frente a sí mismo, ese reflejo frágil y malogrado, pero
atractivo. Él es solo una cosa bonita y lo odia. Odia ese cuerpo que lo
ha condenado, ese cuerpo débil y estúpido que no le vale para luchar o para
huir lejos, ese cuerpo que le ha permitido sobrevivir, pero ¿A cambio de qué?
Ese cuerpo que ha decidido ser objeto de deseo antes de dejarse asesinar
como una persona, ese maldito cuerpo que Samuel ha ansiado y conseguido y que,
mientras era tomado por la fuerza, no ha podido siquiera resistirse como es
debido, sino que ha sido dócil y complaciente con su demonio y se ha corrido solo
porque este lo deseaba.
Ese cuerpo que
es esclavo de un deseo inhumano.
Aaron se lo
arrancaría si pudiese, volaría muy lejos de ahí si solo la piel y los huesos
rotos y el dolor no le pesasen tanto, anclándolo a ese suelo empapado de
lágrimas. Pero, de nuevo, no puede. Siempre inútil.
Se odia tanto.
Su reflejo
llora patéticamente y sabe que así lloró anoche, que esa misma imagen es la que
vio el vampiro y tanto le encendió como para dar pábulo a su deseo por horas,
permitiéndole abusarlo toda la noche. <<¿Por qué no puedo llorar de un
modo que no le guste? ¿Por qué mis súplicas le parecen ardientes y no tristes?
¡¿Por qué soy así?!>>
—¡¿Por qué?!
¿Por qué me haces esto, por qué permites que él me haga esto? —grita el chico y
sus puños solo hallan el frío del cristal, sus gritos el silencio de un reflejo
que no tiene respuesta que darle, porque se hace las mismas preguntas. Se mira
a los ojos, entreabriendo aquel cuyo azul se ha enturbiado por la sangre que lo
recubre, y chilla con todas sus fuerzas— ¡TE ODIO!
Por primera
vez, su ira sí que logra romper algo.
Termina
respirando agitadamente por el esfuerzo y el dolor que vibra a través de su
antebrazo roto, viendo la pared tras el espejo, polvorienta y oscura de
suciedad, con telarañas e insectos huyendo ahora de la luz. Aaron se queda unos
segundos observando la asquerosa imagen y piensa que quizá no ha roto el
espejo, sino que lo ha arreglado, pues refleja ahora no cómo luce, sino qué
es.
<<Algo
sucio. Tan sucio. Tan sucio. Tan sucio, tan sucio,
tansuciotansuciotansucio…>>
A su alrededor
cae una lluvia de pedazos de cristal roto, todos ellos devolviéndole una parte
quebrada de su reflejo: medio rostro, una mano, un tobillo cercenado, un cuello
ensangrentado. Pero no importa, porque Aaron también se siente hecho pedazos y
tampoco sabe cómo armar las piezas del rompecabezas para poder sentirse entero
de nuevo. Duda que pueda; algunas están rotas más allá de cualquier reparación,
otras se las ha llevado Samuel consigo.
Algunos
pedazos de cristal se le clavan en la palma de las manos, como anoche. Piensa
en su voluntad hecha añicos, en su instinto de supervivencia reducido a polvo.
Ya nada le insta a correr lejos de ahí; algo en su interior reconoce que no
puede. Aun así, quiere huir.
Y solo se le
ocurre una manera.
Observa los
pedazos de cristal en el suelo, buscando con su ojito aún sano uno que sea
grande y alargado. Uno que luzca como una daga.
Al mismo
tiempo, busca en su interior algo que pueda sostenerlo junto por un poco más,
un hilo de cordura o de ilusión o incluso de ingenua esperanza que pueda tomar
todos los pedazos rotos de Aaron y amarrarlos para evitar que se desmorone tan
pronto. Pero no encuentra nada.
Su mano sí
encuentra algo: Un cristal roto del suelo, grande, suficientemente como para
que cuando envuelve su mano alrededor este le corte la palma y los dedos, pero
aún sobresalga una punta afilada como la de una lanza.
Suspira, pues
no quiere hacerlo, pero ¿qué más opción le queda? Se aferra al cristal con
fuerza, pues es una oportunidad de huir; dolorosa y terriblemente injusta, pero
es la mejor, no, la única que tiene.
Piensa en las
palabras del vampiro de antes, cómo le ha dicho que no va a matarlo solo porque
él no tenga el valor de quitarse la vida, pero Aaron ya no sabe lo que es el
valor o la cobardía. Lleva temiendo morir mucho tiempo y pensó que ser valiente
era seguir adelante, avanzar a pesar de las piernas temblorosas, pero ¿qué
mérito tiene seguir en una vida que no se siente tal? Ha sobrevivido por miedo
a morir y ese miedo jamás desaparecerá, pero la muerte es incertidumbre y
Samuel… Samuel es la certeza de unos horrores que Aaron ya conoce. No puede
imaginar nada peor, así que le cuesta temer a la muerte del mismo modo en que
teme a su amo.
Aun así, no la
desea realmente. Incluso cuando clava el cristal en su brazo, justo bajo la
palma, él no quiere morir.
Solo volver a
casa.
Pero su hogar
no existe ya y, si él quiere alcanzar algún día la paz que en él vivió, quizá
debería dejar atrás ese mundo también.
No porque no
quiera vivir, sino porque no quiere vivir así y, ¿qué otra vida le
ofrece este podrido mundo?
Por primera
vez en mucho tiempo, no le tiembla el pulso cuando desliza el cristal a través
de su brazo.
Abriéndolo.
CAPÍTULO 38
Aaron nunca
pensó que morir desangrado sería tan lento. Gota tras gota, segundo tras
segundo, el tiempo parece estirarse en la eternidad y cada nuevo instante en
que el mareo lo hace sentirse débil y febril es un instante más en que su mente
sigue aguda, quizá un poco soñolienta, pero demasiado capaz de pensar.
Pensar en lo
que ha hecho. En que va a morir.
Se siente
realmente extraño por ello. Algo malo le ronda la cabeza, le dice que ha sido
un error, que debería volver atrás en el tiempo a solucionarlo.
Pero respirar
es difícil. Mantener los ojos abiertos es difícil. Hacer que después de cada
latido de su corazón haya otro es difícil y si tan sencillas cosas se le hacen
cada vez más imposibles, ¿cómo va Aaron a enmendar un error tan enorme del que
se arrepentirá en sus últimos instantes?
Quizá
arrepentimiento no sea la palabra adecuada para describirlo, pues Aaron supo
desde antes de enterrar el cristal en su brazo que quería vivir.
¿Acaso no es
propio de las criaturas que buscan proteger su vida como si fuese el más santo
tesoro huir de todo aquello que las daña y las hace sentir en peligro?
Aaron sabe que
es contradictorio, pero no quiere morir, no lo ha querido nunca; solo quiere
escapar de este dolor desgarrador que ha inundado sus noches hasta el punto de
hacerle sentirse muerto en vida. No. No muerto: muriendo. Lenta, agónica,
insoportablemente.
Él tomaría una
vida mejor antes que cualquier muerte, pero Samuel le ha arrebatado incluso la
humilde posibilidad de seguir viviendo como una alimaña salvaje que se oculta y
pasa hambre y sed, que bebe solo cuando llueve y come cuando halla frutillas
que apenas le sacian.
Le ha
arrebatado tanto que su vida está vacía de sentido, pero henchida de dolor, de
miedo, de sufrimiento.
Una vida que
se siente como el infierno mismo no puede ser llamada vida, por eso Aaron
quiere algo distinto, algo mejor. No es su culpa que la única paz que tiene al
alcance de la mano sea la de morir.
No es su culpa
tampoco llorar mientras se desangra porque quiere otra oportunidad, quiere una
esperanza, un ángel que se incline sobre él y le devuelva a la vida, le enseñe
un nuevo camino y le diga que las cosas no tienen por qué ser así.
Quiere
desesperadamente la ayuda que lleva años sin obtener.
Pero lo único
que su estúpida decisión le da es mucho sueño, frío en sus manos y sus pies y
un extraño mareo cuando cierra los ojos y escucha, de fondo, el eco de sus
pasos apresurados acercándose.
Samuel ni
siquiera cierra la puerta de casa cuando vuelve. Tan pronto cruza el umbral, el
aroma de la sangre de Aaron inunda todo y lo golpea, dejándolo en trance por
unos segundos. Luego algo más lo llena, algo extraño que le hace sentir
acelerado y torpe y lo lleva a buscar habitación por habitación a Aaron, y que
hace que sus manos tiemblen cuando toma el pomo de cada puerta y que sus
dientes castañeen y que sus pensamientos se pisen unos a otros hasta que ya no
sabe en qué piensa o en qué no.
Pánico.
Una segunda
oleada lo golpea cuando abre la puerta del baño y ve al chico en el suelo,
tendido sobre un charco de sangre y fragmentos de cristal con sus ojos cerrados
y su pecho subiendo y bajando demasiado despacio, demasiado
imperceptiblemente.
En ese momento
Aaron ya no es el chico al que le recuerda. Ya no es su amante del pasado que
le traicionó y del que hoy en día se sigue vengando a través de ese pobre
inocente. Aaron ya no es tampoco un recuerdo de Samuel mismo cuando era humano;
Aaron ya no es una encarnación de su debilidad y su ingenuidad, de esos
defectos que se jura que ya no tiene, pero que el chico despierta en él como
destapando todas sus inseguridades.
Ya no es su
esclavo, pues sabe que nunca fue solo eso. <<Él es…>>
—¿Aaron?
—pregunta y su voz es tan fina y débil que no se reconoce.
<<Es
mi debilidad. Mi cosa más preciada.>>
Samuel se
arrodilla en el charco de sangre ya fría y desgarra su propia muñeca con sus
dientes sin miramiento alguno. Toma con gentileza la cabeza de su humanito y la
empuja contra su brazo, pero Aaron no tiene fuerza para abrir la boca, mucho
menos para tragar, y la herida del vampiro ya está curándose, pues su cuerpo no
está hecho para sangrar por nadie, sino para hacer sangrar.
—No, mierda,
mierda. ¡Joder!
Samuel vuelve
a clavar sus colmillos en su antebrazo y ahora se abre una herida mucho más
grande que la anterior: hace una mueca de dolor mientras arrastra sus colmillos
desde su muñeca hacia su codo, rasgando su piel de forma idéntica a la que el
humano lo ha hecho, y luego abre la boca del chico con sus dedos ensangrentados
y deja que la sangre corra de su brazo a los labios del humano.
Siente la
sangre deslizándose sobre la lengua del pequeño, manchándole los labios,
escurriéndole por las comisuras, derramándose por su barbilla.
Desperdiciándose.
—¡No, tienes
que beber!
Pero Aaron ya
no le escucha. Y tampoco respira.
Samuel empuja
sus dedos dentro de la boca del chico, sosteniéndola quieta sobre su regazo
húmedo de sangre. Toca con las yemas su garganta y entonces con su otra mano se
clava las garras en su herida semicurada, manteniéndola abierta y sangrante
para que se derrame por su brazo, por su mano y sus dedos y tenga que
deslizarse hasta la garganta del chico.
Samuel
sostiene la respiración mientras unos agónicos segundos pasan. Mantiene sus
dedos agarrotados y clavados bien al fondo de su herida, como si no quisiera
que su carne olvidase ese dolor ni tampoco la forma específica del corte, como
si quisiera sanar el de Aaron a cambio de obtener él ese dolor.
Y pareciera
que alguna clase de dios lo oiga o quizá esta noche el azar esté de su lado,
pues pronto nota la garganta de Aaron cerrándose en torno a sus dedos empapados
de sangre, tosiendo levemente mientras recobra la consciencia y no entiende por
qué algo invade su boca o por qué todo le sabe a óxido. Samuel retira su mano
del interior del chico, pues puede ver cómo su rostro y su cuerpo empiezan a
curarse poco a poco y ya no hay necesidad de que beba más, pero aun así
continúa sosteniéndolo en su regazo. Ahora lo toma por la cintura y lo
mueve con el máximo cuidado posible, acercándoselo, acunándolo entre sus
brazos.
Aaron
lloriquea de dolor y se aferra a sus ropas con desesperación mientras la sangre
del vampiro lo cura. Por un momento, eso también se siente como una violación:
el hombre de nuevo dentro de su cuerpo, destrozándolo por dentro, obligándolo a
hacer algo que no quiere. Porque Aaron no quiere seguir viviendo entre sus
garras.
Mientras se
retuerce, los recuerdos vuelven a él: el miedo, el dolor, la humillación y
luego esa extraña paz cuando su corazón empezó a ir tan despacio, cuando
incluso respirar era algo demasiado trabajoso y su cuerpo se dedicó única y
exclusivamente a descansar.
Ya no hay más
de eso.
—No, no…
La herida de
su brazo se cierra y Aaron puede sentir agujas invisibles atravesándole cada
extremo de esta, estirando de su piel hasta casi desgarrarla para unirla de
nuevo.
—No, no, no.
Puede sentir
los fragmentos de su antebrazo roto volviéndose a unir con el hueso, viajando
del tejido profundo y sensible donde se habían incrustado hacia el lugar donde
pertenecen, como pequeñas balas atravesando su cuerpo para hallar su origen.
Puede sentir su ojo expulsando los pedazos de cristal que en él se habían
clavado y es como llorar ácido.
—¡No, no, por
favor, no!
Sus tobillos
son la peor parte, posiblemente. Samuel arrancó sus tendones, así que su cuerpo
toma de donde puede nuevos tejidos para reconstruirlos y primero quedan al
aire, mostrando el hueso y la carne viva y brillante del chico, y luego poco a
poco se cubren de fibras musculares que los abrazan demasiado fuerte y de un
manto de piel que no se siente ni siquiera suya al inicio.
Para cuando la
curación termina, Aaron está tan cansado de luchar contra el dolor que sigue
sin poder abrir los ojos.
Samuel lo
sostiene contra su pecho y nota sus lentas y pausadas respiraciones. Se ha
dormido con sus manos aferrándose a la camisa del vampiro y su cabecita
enterrada en su pecho, buscando cobijo, protección. Samuel nota también la
somnolencia apoderarse de él y sabe instintivamente que pronto amanecerá. La
salida del sol está tan cerca, de hecho, que no tiene siquiera fuerzas para
levantarse con Aaron en brazos y llevarlo a la cama, así que se queda ahí. Con
él.
Lo abraza
durante todo el día mientras duerme. El vampiro en el suelo, sus cabellos
empapados de sangre humana y de su sangre del mismo modo, ambos sobre el charco
de carmesí y cristales y Aaron acurrucado en su pecho, resguardado por dos
protectores brazos que no dejan que una sola gota de sangre vuelva a tocar su
cuerpo.
Samuel es el
primero de ambos en despertar al caer la noche. A su alrededor aún flota el
aroma de la sangre seca, un poco dulce aún, como pétalos mustios, y hace mucho
frío. El vampiro se levanta con Aaron aún en sus brazos, pues su peso ahora es
negligible, como levantar a un ángel hecho solo de brisa y plumas. La idea de
llevarlo a la cama y dejarlo yacer ahí cómodamente le cruza la mente, pues sabe
que es lo correcto, pero él nunca hace lo correcto.
Samuel muerde
su labio, asustado ante la incertidumbre que despliega a partir de esta noche,
pues no sabe qué hacer con el chico entre sus brazos. No puede tratarlo con
delicadeza y dulzura, como merece, pues hace mucho que olvidó cómo hacerlo. No
puede consentir a su humano, pues si Aaron olvida su lugar, ¿dónde deja eso a
Samuel? Necesita la estabilidad que durante tantos siglos ha construido, ese
enorme pilar sobre el que se eleva ante los míseros mortales y los nimios
neófitos. Sin su grandeza, Samuel teme derrumbarse, pero ¿acaso su autoridad y
su mano dura son una opción viable? Sabe que romperá al chico de veras si sigue
siendo como hasta ahora, pues ha aprendido a ser invencible: ha pasado años
curtiéndose, convirtiendo su piel en una espinosa coraza y sus manos en armas
afiladas, su personalidad en una bala a punto de ser disparada, su boca en
pólvora y veneno, creyendo así que no habría nada en el mundo que no fuese
capaz de hacer. Ahora se lamenta, porque jura proteger a ese pequeño humano
para que nadie más le hiera, ni siquiera él, pero nunca antes ha tenido que
aprender a proteger.
Solo de
destruir y eso es lo que hará con Aaron si las cosas siguen como hasta ahora.
Tiene que
cambiar o si no…
<<Pero
incluso si quiero ser amable, no sé cómo. No estoy hecho para ello. He olvidado
cómo cuidar de lo que quiero. No tiene sentido, no puedo querer, no ahora que
no soy humano.>>
Samuel está
hecho un lío y odia que le hagan sentir así. Nunca ha perdido los estribos por
ningún problema, pues todos ellos han tenido rostro y nombre y una vida que
arrebatar y él jamás ha tenido miramientos a la hora de hacerlo.
Tampoco
dificultades. Solo los humanos tienen problemas que no puedan resolver
dejándose llevar por la sed de sangre y Samuel se siente tan débil al no poder
hacer nada más que pensar y andar en círculos ahora que sabe que hará daño a
Aaron si se frustra demasiado, pues así ha aprendido a desquitarse y ese es un
hábito, no, una adicción, que lleva tantos años alimentando que ha olvidado
cómo se sentía antes. Solo Aaron se lo recuerda.
Deja al chico
en el suelo del baño, temiendo dañarlo si sus emociones lo alteran demasiado, y
él sigue en sus brazos y se marcha a otro lado a pensar. No puede tenerlo cerca
ahora o sabe que volverá a hacer algo imperdonable.
CAPÍTULO 39
Aaron se
siente tan confuso al despertar que en él no tiene cabida siquiera el miedo o
la decepción, solo la mareante sensación de preguntarte dónde estás y no poder
responder porque tus ojos no reconocen aquello que ven.
Poco a poco la
luz del baño deja de cegarlo y, a medida que las imágenes del lugar familiar
vienen a él, también lo hacen los recuerdos: Samuel enfadado, cazándolo como a
un pedazo de carne, mutilándolo irreversiblemente como si fuese a desecharlo de
todos modos, golpeándolo, ultrajándolo y abandonándolo con su dolor y el
conocimiento de que sería violado de nuevo la próxima vez que lo viese.
El espejo, la
rabia, el asco, la vergüenza de su reflejo. El cristal hecho pedazos. Su brazo
hecho pedazos.
Mira a su
alrededor, alterado, preguntándose si acaso resulta que el suicidio era un
pecado y que ha sido enviado al peor infierno que se le ocurre: aquel del que
pretendía escapar.
Pero nota el
sabor metálico en su boca y el pánico lo inunda al comprender que ha pasado.
Empieza a
respirar rápido, a sofocarse. El calor lo inunda como una ola de magma cuando
lo entiende por fin: Samuel le ha quitado la posibilidad de decidir del todo;
lo ha curado contra su voluntad. Le ha extirpado la libertad, cortado sus alas
hasta no dejar ni una inocente pluma.
No hay nada
que pueda hacer contra eso.
Ni siquiera
hundiese en la paz de la muerte podrá escapar de sus garras.
De pronto,
Aaron empieza a llorar desconsoladamente y deja calar en él la idea tan
terrible de que escapar no será nunca una opción.
Piensa que al
menos tendrá unas horas para desahogarse, pero de pronto escucha los pasos de
su amo y debe tragar sus lágrimas. No quiere provocarlo con su sufrimiento.
<<Provocarlo…>>
recuerda
de pronto que la última vez que vio al vampiro estando él consciente fue cuando
le desobedeció y retó a propósito, provocándolo para que se aburriese y librase
de él. Obtuvo una respuesta mucho más inesperada y se pregunta ahora si el
vampiro sigue pensando en castigarlo como le dijo.
Quizá, piensa,
como ha intentado suicidarse y huir en vez de ser sumiso y tomar su castigo
como un buen chico, será peor aún. Quizá Samuel no viene solo y están junto a
él aquellos aterradores vampiros que se sirvieron copas con su sangre, aquel
que bebió directo de su cuello, y ahora su amo planea compartirlo de
otra manera para enseñarle la lección.
Los pasos se
acercan. Aaron trata de distinguir si son los de un solo hombre o más, pero su
corazón retumba tan fuerte que no puede siquiera pensar y entonces la puerta
chirría, el pomo gira y para él todo da vueltas.
—¿Cómo te
sientes?
Para alivio de
Aaron, Samuel está solo y, pese a tener una expresión de pocos amigos, le ha
hablado lento y suavemente. El hombre se acerca al no obtener respuesta y Aaron
intenta encontrar su voz, pero no puede; su cuerpo se mueve solo, buscando
sobrevivir, huir, y se arrastra patéticamente por el suelo hasta llegar a una
esquina del baño, donde se abraza a sus piernas y maldice por dentro, porque
está llorando a mares y no sabe si eso va a enfadar o no al vampiro.
Samuel se
acerca con mucha cautela. Trata de no perder su paciencia y le cuesta, pues
jamás ha tenido que ser paciente. Todo lo que ha querido lo ha obtenido al
instante, pero lo que ahora desea no puede obtenerse a la fuerza, así que se
agacha justo frente a Aaron y lo ve dar un bote asustado, acercarse más a la
pared como un animalito enjaulado y arañar con desesperación la pared hasta
arrancar la pintura, como queriendo meterse en ella y desaparecer.
Samuel siente
que su corazón se rompe al ver al chico tan aterrorizado, pero no tiene derecho
a reclamar. Él mismo le ha hecho eso.
—Te he hecho
una pregunta, dulzura, respóndela. —su tono es duro, pues está dándole una
orden, pero habla de una forma distinta a la de siempre. Con menos urgencia,
las palabras no tan afiladas.
Aun así, Aaron
siente un nudo en el estómago al escuchar la orden, pues sabe cuáles son las
consecuencias de desobedecer. Pero sencillamente no puede responder, no tiene
voz, no tiene nada más en su interior que temblor y miedo y náuseas.
Samuel alza su
mano para tocarlo y Aaron chilla horrorizado, todo su cuerpo estalla con
adrenalina y los recuerdos de la noche anterior dándole las fuerzas suficientes
para apartar la mano del vampiro y correr lejos de él.
Solo que a los
dos pasos algo falla: sus piernas no funcionan como antes y, al apoyar el peso
sobre sus pies, los tobillos dan de sí y él cae al suelo, pero no importa
porque el lugar al que intenta llegar no está lejos, puede arrastrarse si hace
falta.
Samuel se
queda tan sorprendido que no reacciona hasta que se voltea y ve al chico de
nuevo en el charco de sangre, con otro pedazo de cristal en la mano y el pulso
temblándole tanto que cuando da la primera puñalada, falla y solo se desgarra
uno de los lados de su brazo.
Cuando Samuel
ve la sangre, siente una punzada de dolor físico atravesándolo y actúa sin
pensar. En un segundo está sosteniendo las muñecas de Aaron, inmovilizándolo a
horcajadas sobre él e impidiendo que se corte de nuevo.
—¡Quieto!
—grita y hasta ahora su voz había salido contenida, pero la posibilidad de
perder a Aaron de nuevo le hace rugir esa orden con una autoridad que enloquece
al chico.
Aaron chilla
como si lo estuviesen matando: alto y agudo hasta que solo escucha un pitido en
sus oídos y Samuel nota algo extraño empapando el suelo. El humano se resiste
inútilmente y patalea bajo él con todas sus fuerzas mientras el charco se
extiende y, cuando pasan varios segundos, Samuel comprende que Aaron se ha
orinado del miedo cuando él le ha alzado la voz.
El vampiro
empieza a sentirse desesperado y frustrado. La última vez que Aaron tuvo la
osadía de ensuciar sus suelos vomitando en ellos como consecuencia de una
paliza que él mismo le propinó, lo castigó por ello con severidad y le hizo
limpiar el destrozo. Ahora afloran los mismos instintos de herir al chico por
estar comportándose de esa forma tan inconveniente y de forzarlo con violencia
y amenazas a calmarse y solucionar todo eso, pero sabe que no puede, que no es
una opción. No solo porque eso solo empeoraría todo, sino porque Aaron no
parece capaz de oírlo siquiera. No parece ni siquiera verlo, tiene unos
ojos enloquecidos que pasan a través de él y miran a todos lados, abiertos de
par en par e inyectados en sangre, como si el pobre humano pudiese ver los
espíritus del pasado sobrevolarlo y arremolinarse en torno a él, recuerdos
oscuros superponiéndose al presente y haciéndole revivir todo una y otra vez.
Samuel
sostiene ahora las muñecas del chico con una sola mano y, con la otra, le
agarra el rostro clavando el dedo en sus mejillas.
—Cálmate. Deja
de gritar. —le dice firme, pero sin gruñir y el chico no le obedece en
absoluto.
Aaron sigue
chillando de una forma tan escalofriante que Samuel se pregunta si su sangre ha
funcionado de verdad o si solo ha cubierto su cuerpo con un velo ilusorio de
perfección y, por dentro, el chico está destrozado, sus órganos licuándose, sus
huesos haciéndose polvo. Además, se revuelve con un ímpetu que asusta al
vampiro, no porque la fuerza del chico sea algo que teme no saber manejar, sino
porque si sigue haciéndolo, al final acabará rompiéndose las muñecas de tanto
forcejear.
De pronto,
Aaron empieza a alzar su cabeza y echarla hacia atrás, dándose fuertes golpes
en la parte de atrás, mareándose tanto que con el tercer golpe su cuerpo está
más débil y confuso y su resistencia es mucho más suave.
—¡Para!
—Samuel lo toma del cuello mientras le da la orden que sabe que va a ser
ignorada.
Quizá rodear
la garganta del pobre chico con sus intimidantes dedos no es la mejor opción,
pero no se le ocurre nada más para mantenerlo quieto y tranquilo contra el
suelo. El chico no ha dejado de resistirse, aún se revuelve y se retuerce bajo
su peso y sus poderosos agarres, y todavía se queja, no con gritos, sino con
jadeos y gruñidos faunescos, pues está demasiado aturdido por los golpes.
No es un gran
avance, pero es suficiente para que Samuel se permita respirar por unos
segundos y pensar fríamente en la situación.
No entiende
nada. Sabía que cuando despertase, Aaron estaría nervioso y seguramente
asustado, pero ¿esto? El chico está actuando como una alimaña salvaje,
jamás lo había visto así. Una parte de él se preocupa por si lo salvó demasiado
tarde con su sangre y las horas que debió pasar sin apenas riego sanguíneo en
el cerebro, el corazón, en cada órgano importante, le han dejado daños
irreversibles y ese comportamiento que ve ahora son las secuelas.
<<Mi
sangre es lo más valioso que tengo, es lo que me da todo mi poder, toda mi
fuerza. Jamás haría un trabajo a medias. Está curado, está bien>> se dice el vampiro,
tratando de calmarse cuando nota que le tiemblan las manos, tanto la que
inmoviliza las muñecas del humano como la que sostiene su cuello.
Mira al chico
con lástima, sus ojitos azules enloquecidos y anegados en lágrimas de puro
pánico y confusión. Necesita que se calme o, si no, se quedará toda la vida
ahí, reteniéndolo para que no se dañe a sí mismo, así que Samuel aprieta la
mano en el cuello del menor y chasquea la lengua con fastidio cuando los ojitos
de Aaron se tornan lúcidos por un momento y lo miran directamente, como si lo
viesen por primera vez en mucho tiempo, con súplica y desesperación.
Samuel aparta
la mirada mientras ahoga a Aaron más fuerte ahora.
Nota al chico
resistirse con más y más fuerza bajo él, pero toda su oposición sigue siendo
inútil en comparación a la fuerza del vampiro, así que los intentos de Aaron
por escapar se van apagando hasta que el chico solo puede hacer ruiditos
ahogados mientras pelea por respirar y, finalmente, pierde el conocimiento.
Un instante
antes de hacerlo, Aaron logra ver a través de los recuerdos que inundan su
presente -Samuel empujándolo contra el colchón, Samuel manteniéndolo bajo el
agua en la piscina, Samuel, Samuel, Samuel- y se pregunta si por eso lo ha
salvado el vampiro: para matarlo él mismo.
Para enseñarle
que su vida no le importa, solo demostrar que es suya y que por eso es él
quien decide cuándo terminarla.
Solo que
Samuel no ha matado a Aaron, pero el chico no conoce la diferencia entre la
muerte y la inconsciencia, pues ambas son una negrura plácida y agradable, como
la de cerrar los ojos en la playa y dejarse llevar a donde sea por las olas.
Samuel toma el
cuerpo inerte y empapado de Aaron del suelo, lo deja en la bañera y la llena de
agua, aunque no tiene suficiente consideración para fijarse en que es agua
prácticamente helada. No importa, solo intenta limpiar un poco a su mascota.
Siente la ira
burbujeando en su interior, pues es la obligación de sus esclavos humanos la de
mantenerse limpios y apetecibles para él todo el rato, así que le resulta
demasiado humillante el tener que arrodillarse él frente a la tina, remangarse
su caro traje y estar frotando el cuerpo sucio de Aaron para que deje de oler a
sangre seca y orines.
Lo único que
puede rebajar el fuego del enfado en su interior es dejarlo salir, llamarada a
llamarada, con un castigo que logre agotar todas esas energías ferociosas, pero
sabe que no puede.
Apenas lleva
unos minutos intentando ser mejor con Aaron y ya se le hace demasiado cuesta
arriba. Quiere rendirse, pero entonces recuerda a Aaron en el charco de sangre
con su brazo abierto y su pecho inmóvil. Nunca se le había antojado tan
horroroso el silencio hasta que descubrió cómo suena cuando uno no tiene el
martilleo del corazón de Aaron de fondo, calmándolo como una nana.
No puede dejar
que suceda de nuevo.
Samuel limpia
a Aaron rápidamente, frotando su cuerpo con desgaire y ahogando al menor cada
vez que nota que tiene espasmos en los dedos o los brazos y que podría volver a
despertar. Es sencillo poner una mano en su cuello, apretar y verlo relajarse
de pronto, como convirtiéndose en un precioso muñequito de porcelana. Piensa
que quizá podría conservar para siempre esa versión de Aaron, pues es la única
en la que el chico luce apacible, pero entonces, ¿dónde quedarían sus miradas
adorables? ¿Sus sutiles caricias? ¿Sus palabras que llenan el silencio como
hermosa música? Incluso si el chico despierta, teme haber perdido a ese Aaron
hace ya tiempo.
Samuel debe
ser cuidadoso mientras lo acicala, pues cuando se despista, el cuerpo de Aaron
se resbala en la ducha y su cabecita queda totalmente cubierta por el agua
jabonosa y él debe pescarlo por la anilla de su collar y tirar de esta con tal
de traerlo de vuelta a la superficie para que no se ahogue.
Al terminar,
lo seca con una toalla grande y, antes de continuar con esa dura noche, lo pone
en su regazo y le acaricia los cabellos por un largo rato. Piensa que eso quizá
calme a Aaron, pues recuerda lo mucho que le gustaba a él dormirse con las
manos de su amante enredadas en su pelo, lo seguro que se sentía, como si las
yemas suaves que le recorrían el cuero cabelludo pudiesen meterse dentro de su
cabeza y confeccionar para él los sueños más hermosos esa noche.
Hacía años que
no recordaba cómo se sentían las caricias humanas. No pensó que las echaría
tantísimo de menos.
CAPÍTULO 40
—Sí, me iría
bien que vinieses. Por ahora está controlado, pero no es una situación ideal.
También Charlotte, si puedes enviarle una invitación para que acceda a nuestra
zona.
Samuel
suspira, cuelga el teléfono y apoya su espalda en la puerta de su dormitorio.
Luego se desliza lentamente hacia abajo, hasta acabar sentado en el suelo con
su cabeza contra la puerta. Cierra los ojos, escuchando la respiración que hay
al otro lado: es profunda y rítmica, una inhalación corta y luego una dulce
exhalación que dura varios segundos. Aaron sigue inconsciente, pues también el
latido de su corazón es estable.
A Samuel le
gustan ambos sonidos, son relajantes y amaría poder escuchar la suave
respiración del chico en su oído, pero la realidad es que siempre que lo tiene
cerca, Aaron es un lío de latidos desbocados y jadeos nerviosos. No puede
culparlo.
Pero sí que
puede culparse.
Piensa en
todas las veces que cayó en la extrañísima tentación de ser tierno con ese
humano y cómo luego, buscando borrar cualquier rastro de esa ternura que se le
hacía tan extraña, tan ajena, tan contradictoria para con su naturaleza cruel y
fuerte, fue un sádico con el pobre chico. No sabe bien si trataba de
demostrarle a Aaron que no le importaba o si trataba de demostrárselo a él.
Ahora que le
ha salvado la vida, lo único que podría negar toda la preocupación, todo el
dolor que sintió, la desesperación que lo llevó a entregarle, si hacía falta,
toda su sangre, sería matarlo. Pero no puede.
Aaron es su
debilidad y, por desgracia, Samuel ha invertido muchos años y muchas vidas en
hacerse de piedra, pero Aaron es de carne y hueso, tan tierno y sensible como
el corazón que Samuel jamás creyó tener en el pecho. No desde que dejó de
latirle.
Cualquiera
podría herir a Aaron, aniquilarlo con la facilidad con la que un mortal pisa a
una hormiga que halla en su camino. Él mismo debe esforzarse de forma
sobrehumana para ignorar su propia naturaleza y no obligar al chico a
soportarla, pues no puede y ya ha visto que, bajo el peso de sus deseos más
oscuros, se quiebra hasta tornarse mero polvo de estrellas.
¿Cómo puede
proteger entonces algo que él mismo no puede sostener entre sus manos porque el
deseo de abrazarlo y el de hacerlo pedazos entran en guerra de una forma
demasiado peligrosa?
Algo en su
interior quiere acabar con el chico, le dice que será como la primera vez que
mató: se sentirá culpable, solo y tan dolido como si alguien le abriese el
pecho y le arrancase el corazón pero luego, sin él, solo se sentirá poderoso.
Matar a Aaron sería extirpar su debilidad, tan agónico mientras dure, pero tan
pacífico y placentero después, cuando sepa que ya no hay nada en el mundo que
lo ata al lastre del sentimentalismo humano.
Otra parte de
él tiembla al escuchar ese monstruoso anhelo y solo quiere mantener a Aaron
sedado y dormido para siempre, para que nunca alerte sus peores deseos, meterlo
en una pequeña cajita donde nadie pueda alcanzarlo jamás, ni siquiera él mismo,
y guardarla bajo su almohada cada día para poder tenerlo cerca y seguro
siempre, para escuchar su respiración y dejar que esta le acune para dormir,
insuflando en él sueños hermosos donde no es una criatura dividida entre lo que
es y lo que fue.
Ambas cosas
suenan como una tortura, al menos para Aaron.
Samuel debe
salir de sus ensoñaciones cuando escucha unos golpes en la puerta y acude a
ella con cara de pocos amigos y el cabello aún desordenado por el forcejeo con
Aaron. Jason alza sus cejas al verlo, Samuel siempre luce elegante, arreglado y
hermoso, pero hoy luce como si no hubiese dormido desde el amanecer y tiene la
ropa rota arrugada y rasguñada.
—¿Qué ha
sucedido? Le he mandado un permiso a Lottie, está de camino. Ambos estamos muy
preocupados, Sam, cuando me dijiste que era por tu humano…
Samuel le
esquiva la mirada a su pupilo y sencillamente lo invita a pasar con un simple
gesto de manos. Jason entra, precavido y mira a todos lados con atención.
—Está en mi
habitación, durmiendo. Está tranquilo por ahora, deja que te explique primero.
Samuel se deja
caer sobre el sofá y Jason se sienta a su lado. Al inicio el rubio ni siquiera
habla, solo suspira pesada y largamente y se frota los ojos con fuerza con el
índice y el pulgar, como si quisiera borrar de sus retinas esas imágenes que el
monstruo dentro suyo ha grabado a fuego, imágenes que le provocan un placer que
no deberían.
Quiere olvidar
la forma en que mutiló a Aaron para que no pudiese huir de él, olvidar su
carita llorosa y sin esperanza mientras él se deslizaba en su interior sin
compasión y le ordenaba correrse solo para humillarlo aún más, para hacerle
sentir culpable e inútil, inmerecedor del consuelo que las lágrimas que lloraba
podrían haberle llegado a dar, es decir, ni una millonésima parte del que
necesita. Quiere olvidar lo mucho que lo disfrutó. O, al menos, olvidar lo mal
que se siente ahora.
¿Por qué no
pueden sus instintos y sus sentimientos ponerse de acuerdo? Él aceptó ser un
monstruo muchos años atrás, lo decidió y abrazó esa decisión regocijándose en
su inmortal e inmoral naturaleza nueva. ¿Por qué ahora tiene que volver su
pasado, ese corazón sensible y suave que no quería ni arrancar las flores
bonitas para no marchitarse? ¿Por qué ahora que ve sus actos y no está ya
borracho de placer y poder, siente náuseas ante lo que es capaz de hacer? No
sabe si odia ser un monstruo, se odia no serlo del todo y tener que
cargar con la culpa.
Intenta
ordenar sus ideas, mira a Jason a los ojos y le dice.
—Intentó
suicidarse.
Jason aprieta
los puños, toma aire y mira a otro lado. Samuel es su creador, más que eso, su
maestro, su amigo, y es consciente de que no es solo más antiguo que él, sino
que su pureza es mayor y, en consecuencia, toda su humanidad está atrofiada,
aplastada bajo el peso de unos apetitos que a él le rompen el corazón y le
revuelven el estómago. Aun así, no puede sentir ahora empatía por los ojos
cansados o los labios temblorosos de Samuel, solo por el humano de ojos azules,
los cuales imagina ya sin brillo.
—Sabías que
esto acabaría así. Estabas siendo irracionalmente duro con él. Inhumano.
—No soy
humano. —le reprende Samuel, pero al instante debe bajar la cabeza y morderse
el labio para callarse, pues eso es lo que lleva siglos diciéndose. Y Aaron le
ha contradicho en meros segundos: hay algo humano en él, si no, no se le habría
roto el corazón de ese modo al ver a su chico de ojos azules prefiriendo la
muerte que a él.
—Si quieres mi
consejo, Samuel, y por eso me has llamado: mátalo. —Samuel alza la vista con
sorpresa.
Jason tiene el
rostro serio, su ceño fruncido y su boca apretada en una línea delgada, toda su
cara llena de profundas y duras líneas de expresión que, de pronto, ya no lo
hacen ver como un juguetón jovencito, sino muy, muy mayor. Le recuerda a cuando
lo halló por primera vez, humano, cansado de vivir y con el peso de una guerra
que ni siquiera entendía a sus espaldas. Samuel se siente desesperanzado de
pronto. No puede ver morir a Aaron, lo necesita. Necesita a Aaron.
—Por el
diablo, Samuel, lo has destrozado tanto que prefiere morirse a servirte una
sola noche más. Si sigues así, lo volverás un cascarón vacío, lo matarás por
dentro. ¿Quieres ayudarlo? Mátalo de una vez, ahórrale este sufrimiento. Le
estarás haciendo un favor y… eres casi puro, seguramente disfrutarás quitándole
la vida. Si la compasión no es suficiente aliciente para que lo asesines, quizá
el placer sí lo sea.
Samuel aprieta
los dientes y los puños y le lanza a su amigo una mirada llena de reproche y
desaprobación. Sus palabras se sienten como un dardo venenoso que lo alcanza de
lleno y, tan pronto las escucha, un flechazo de ira lo atraviesa. Odia escuchar
al otro, a su neófito, hablar de él con tanta bajeza, como si fuese solo
un animal endemoniado que se mueve de aquí para allá tirado por la simpleza de
sus apetitos, incapaz de tomar una sola decisión si tras ella no le espera una
deliciosa recompensa.
Jason le hace
sonar como un vil diablo, pero Samuel se muerde la lengua, porque ha sido y es
un vil diablo.
Quiere
reclamarle a su amigo que él realmente quiere ayudar a Aaron, quiere cuidarlo y
reparar todo lo que ha roto en él, pero ¿cómo podría siquiera explicarle a
alguien, explicarse a sí mismo que Aaron es lo más preciado que tiene si ha
sido él quien lo ha roto de tan horribles maneras en primer lugar?
—No es una
opción —se limita a decir y sabe que continúa siendo un egoísta, porque Aaron
desea morir y él desea que viva y, de nuevo, sus deseos se anteponen a los del
humano, pero sencillamente no puede hacerlo, incluso si ha estado cerca antes,
porque ahora la parte de él que anhela al chico no es la que tiene colmillos y
garras, sino la que tiene manos suaves y listas para acariciar. Solo debe
recordar cómo. —. Haré lo que sea, Jason, pero eso no. Tú te
dedicas a comprar y entrenar a humanos, tienes cientos de ellos y no solo son
perfectamente obedientes contigo, algunos son también animados y risueños… son felices.
Tú sabes cómo hacerlo, cómo tratar a los humanos de un modo que no les hace
desear morir. Necesito que me ayudes. Aaron… él está… Tú has comprado
antes a humanos que veían de amos casi tan puros como yo, humanos que han sido
usados como yo he usado al mío, tú sabes cómo arreglarlos ¿Verdad?
Jason tuerce
su boca y se sostiene el puente de la nariz. Le debe todo a Samuel, no solo
porque le salvó cuando no tenía por qué y le dio el regalo de la vida eterna,
no solo porque perdonó a su hermana cuando pudo haber hecho con ella cosas
peores que las que ahora empujan a Aaron a la muerte, sino también porque tras
años buscándolo, Samuel no rechazó al pupilo al que se arrepintió de haber
creado. Podría haber solucionado su error, haber matado a Jason con la
facilidad con la que antaño Samuel borraba ciudades enteras del mapa cuando se
daba atracones de una sola noche, pero no lo hizo. Porque Samuel tuvo debilidad
por él y lo sabe, y eso mismo es lo que le hace quererle y recordar que Samuel
fue una vez humano y sigue siéndolo en el fondo, muy en el fondo.
Pero lo que ha
hecho ahora y lo que le pide…
—Sam, no sé si
podré. Hay humanos que sufren mucho y que jamás llegan a superarlo, tienes que
entender q-
—Y tú tienes
que arreglar a mi humano. —su voz es una mezcla entre un chillido y un rugido.
Samuel suena preocupado, muerto de nervios, a punto de llorar.
Jason traga
saliva. Teme lo que pueda pasar si falla.
—Puedo
intentarlo.
—Vale, bien
—suspira Samuel y se acomoda un poco en el sofá, luciendo ligeramente más
relajado —. No obedece ninguna orden, no habla siquiera, está comportándose
como un salvaje y si no lo inmovilizo intenta hacerse daño todo el rato. No sé
qué hacer con él.
Jason asiente,
escuchando con atención y luego muerde su dedo índice mientras piensa.
Él siempre se
ha considerado un filántropo, hasta que la guerra le hizo odiar a sus iguales
que, blandiendo armas, se creían dioses capaces de decidir sobre la vida y la
muerte. Cuando se volvió vampiro, su nueva naturaleza le permitió separarse
suficiente de los humanos como para volver a verlos como curiosos objetos de
estudio y hace ya años que se dedica a coleccionarlos, así que su afición por
los humanos le ha vuelto un hombre culto en todo lo que respecta a esos seres.
Cada noche se sienta tranquilamente en su alcoba, cuando ya no queda más
trabajo que hacer, y abre alguno de los libros del viejo mundo que guarda como
reliquias de un pasado fascinante. Siempre lee sobre humanos con atención al
detalle y una pluma en mano, dispuesto a tomar apuntes sobre aquello que no
sabía.
La psicología
y fisiología humana le resultan útiles herramientas para mantener a su ganado
dócil y saludable, pero lo anómalo le fascina: le encanta leer sobre
condiciones tan poco comunes que una presa humana con ellas le resultaría no
anormal ni defectuosa, sino un exótico tesoro que exponer en su palacio
personal. Del mismo modo, le resulta realmente entretenido leer sobre las
diferentes formas en que algo tan frágil como la mente humana puede adaptarse
al horror, sus límites estirándose como si fuesen de goma, la psique
fraccionándose, imaginando mundos mejores, mezclando cordura y demencia con tal
de sobrevivir un poco más.
Aunque Jason
no es tan amante de los humanos mentalmente enfermos como de los físicamente
débiles. Un humano de cuerpo inusual, ya sea por su aspecto o condición, le
resulta una delicia. Un humano psicológicamente roto más allá de la reparación
hace que le duela el pecho pues, al fin y al cabo, puede fingir todo lo que
quiera que los mortales son su mero objeto de estudio, pero la realidad es que
también son objetos de su afecto. No por ello trata a sus propiedades como
mascotas, algunas más consentidas que otras, pero todas algo mimadas. Los adora
y puede mantener a raya cualquier condición médica con su sangre, pero un
humano deprimido, ansioso, traumatizado… su sangre no sirve para esas dolencias
y el odia ver sufrir a todo lo que aprecia.
Así que Samuel
tiene razón al pedirle ayuda a él, pues pocos vampiros tienen suficiente
interés en los humanos como para pensar en aquellos que se quieren quitar la
vida como algo más que sangre desperdiciada o un juguete roto. Aun así, tampoco
tiene experiencia en ello, pues siempre trata de evitar las cosas que tanto lo
entristecen.
Tras un rato
pensando, unos minutos de absoluto silencio en el que Jason quiere gritarle a
Samuel que deje de mover la pierna nerviosamente o de mordisquearse las uñas o
de mirar frenéticamente su reloj de muñeca, alguien más pica a la puerta.
Es Jason quien
se levanta a invitar a entrar a Charlotte y la conduce después a donde se halla
reunido con su creador.
Tal cual lo
ve, la pelirroja se cruza de brazos, se deja caer en el sofá y le espeta a su
superior:
—Tendrías que
habernos hecho caso desde el inicio.
Samuel explota
levantándose de golpe y acercándose amenazadoramente hacia la chica, que aunque
tiembla, le mantiene la mirada.
—No te he
permitido venir para que me reproches nada, sino para que me des soluciones.
Charlotte se
levanta de su asiento y, aunque sigue siendo mucho más baja que Samuel, sus
ojos echan chispas y su porte es intimidante. Mira al rubio como si pensase que
realmente puede vencerle.
—Eres mi amigo
y te quiero, por eso cuando eres un pedazo de mierda tengo que decírtelo. Así
que cierra la boca y escúchame cuando te reproche algo, porque no lo hago por
diversión, lo hago porque es algo que necesitas oír. ¿Quieres a alguien que
limpie tus putos desastres sin decirte que a lo mejor el problema no
necesitaría solución si sencillamente no lo hubieses causado? Búscate un
mayordomo entonces. —la vampiresa habla cada vez con más agitación y energía,
empujando su dedo índice contra el pecho del vampiro como si quisiera clavar
con sus afiladas uñas.
Jason puede
ver cómo Samuel aprieta sus puños hasta cortarse la palma con sus garras y sabe
perfectamente que está desgarrando sus manos para no hacerlo con el cuello de
Charlotte, así que se levanta y pone una mano en el hombro de su hermana, pero
esta lo empuja con desdén y, más que calmarse, el gesto parece haber hecho que
la rabia dentro de la chica arda hasta devorarla entera.
—Pero no me
llames a mí, porque tú me conoces, mejor que nadie, y sabes lo que opino de lo
que has hecho con ese humano y sabes que en el fondo tengo razón. ¿No te gusta
oírlo? Pues, jódete y aguanta un poco. Ese humano prácticamente se moría
por tu aprobación en vez de mirarte con asco, como tus otras mascotas. ¡Cómo te
merecías! ¿Y qué has hecho por él? Empujarlo a rajarse las venas. Creo que si
él ha soportado todo ese sufrimiento solo porque a ti te apetecía, tú mereces
al menos la pequeña incomodidad de tener que oír lo mucho que la has cagado.
Jason se
levanta de golpe y toma el brazo de su hermana con fuerza, tira de él hasta
sentarla en el sofá y se pone frente a Samuel, interponiéndose entre él y la
pelirroja. Los ojos de Samuel brillan con deseos que Jason conoce y teme
demasiado y sus puños están tan apretados que la sangre empieza ya a gotear
hasta el suelo.
—Samuel,
cálmate. Vamos a hablar y…
En instante
los ojos rojo sangre de Samuel abandonan a Charlotte y se clavan en el
obstáculo que tiene delante, tratando inútilmente de apaciguarlo. Lo siguiente
que Jason sabe es que la mano empapada de sangre de Samuel está alrededor de su
cuello, aplastándolo como una tonelada de cemento incluso si el otro vampiro no
ha empezado siquiera a hacer fuerza.
Los ojos de
Samuel resplandecen y sus colmillos han crecido tanto que ya sobrepasan sus
labios, incluso si tiene la boca entreabierta, lista para destrozarlos a ambos
a mordiscos como una fiera salvaje.
Entonces toda
la ira se apaga de pronto, los ojos de Samuel luciendo desvaídos, sus colmillos
empequeñeciendo como dagas enfundadas de las cuales uno solo puede atisbar la
punta y el hombre se lleva la otra mano a su sien, masajeándola. Suelta el
cuello de Jason, no apartando sus dedos de su garganta, pues sigue rodeándola,
sino dejando de apretar. Su mano continúa alrededor de su cuello y con el
pulgar acaricia la piel del otro mientras nota los huesos curándose bajo esta.
También siente a Jason tragar saliva.
—Perdón… Estoy
perdiendo los nervios. Me siento muy extraño y me cuesta controlar mis
emociones —masculla cerrando sus ojos fuerte hasta que sus párpados se arrugan.
Luego vuelve a mirar a Jason, ahora liberándolo del todo de su agarre—.
Charlotte tiene razón —y la mira ahora a ella, desde arriba y con una oscuridad
extraña en sus pupilas—, pero la próxima vez cuida mejor tus palabras. No
quiero haceros daño, pero…
—Lo sé
—responde ella con la voz queda y apartando la mirada. No quiere ser
desafiante, no cuando ha oído el cuello de su hermano mayor rompiéndose delante
de ella por su culpa—, es solo que estoy muy enfadada contigo, Samu. Sé que no
puedo entenderte, que la pureza de mi sangre de vampiro es inferior, pero…
Tienes que aprender a controlarte. Eso o asumir que el pobre chico terminará
encontrando la forma de quitarse la vida si sigues dándole motivos. ¿Quién no
lo haría?
Samuel se
sienta de nuevo, esconde su rostro entre sus manos y dice:
—No permitiré
que pase de nuevo. Fui descuidado y no volverá a pasar. Es mío, no dejaré que
nadie me lo arrebate, ni él mismo. Solo necesito solucionar lo que quiera que
sea que le esté pasando. Le di mi sangre y está curado, pero no deja de gritar,
grita de esa forma… como si algo le doliese terriblemente y se arrastra por el
suelo como si aún tuviese los tobillos heridos y ni siquiera responde…
—¿Los tobillos
heridos? —pregunta Charlotte y en su cara refleja una aflicción tan grande que
cuando se voltea hacia Jason, este no puede resistir el impulso de tomarla de
la mano y acariciársela, como cuando eran niños y encontraban animales muertos
en la calle y ella lloraba por las noches pensando en eso.
—Sam, después
de la fiesta, después de lo golpeado que estaba ¿Le hiciste más daño? —esta vez
de Jason quien habla y Samuel puede ver la decepción en sus ojos, el horror.
—Lo seguí
golpeando. Le rompí el antebrazo. Le arranqué los dos tendones de Aquiles, para
que no pudiese huir. Luego… quería castigarlo, quería hacerle tanto daño y
estaba tan frustrado, me sentía humillado. Así que lo follé contra su voluntad.
Samuel habla
en un tono bajo, tranquilo, pero lleno de vergüenza. Le duele ver la manera en
que Charlotte tiene que esconder la cara entre las manos y la forma en que
Jason lo mira como si no lo reconociese.
—¿Lo
mutilaste? ¿Lo violaste? —pregunta el pelirrojo, más abatido por la
información que queriendo realmente oír la respuesta.
Samuel
asiente. Su tono es duro y alto, pero no orgulloso, está confesándose:
—Durante
varias horas.
—¡Joder,
Samuel! —Ahora es Charlotte quien le reclama y todo su delgado cuerpo tiembla
de la ira y el horror. Se recuerda a ella misma, humana, apenas una niña y
suplicando a Samuel que salvase a su hermano herido. Recuerda cuando se abrió
la camisa y se ofreció a cambio de piedad. Piensa en qué habría pasado si
Samuel hubiese aceptado aquel trato, piensa en Aaron, en ella, en su cuerpo
pequeño destrozado, en cómo quizá estaría muerta ahora, pues Samuel no habría
impedido que se abriese las venas, como ha hecho ahora por el chico de ojos
azules —Cuando te conocí…
—Cuando me
conociste apenas era un recién creado, era estúpido y débil: me aferraba a
emociones humanas que solo me traían sufrimiento. Estoy mejor ahora.
—¿Por eso
estás llorando por un chico humano al que no sabes cómo tratar bien?
Samuel está a
punto de aplastar la garganta de Jason por segunda vez esta noche, hasta que se
lleva la mano primero a las mejillas y las nota empapadas. La vergüenza y la
ira lo recorren, se siente estúpido por ser débil, por serlo delante de otros.
Una parte cruel y fría en su interior le dice que debería matar a sus dos más
íntimos amigos con tal de eliminar a los únicos testigos de su humanidad y,
luego, deshacerse de ella con la facilidad con la que puede acabar con la vida
de Aaron.
Samuel muerde
su lengua hasta que el metálico sabor de su sangre lo distrae de tales
pensamientos.
—Vamos a dejar
esta conversación —ordena y los otros tragan saliva y asienten, porque saben
que no les conviene empujar los límites de su amigo —y vais a ayudarme con
Aaron. Ahora mismo.
Jason se
levanta y dice:
—Vale, iré a
verle. Siempre que compro un humano primero paso unos minutos a solas con él,
veo cómo está, qué clase de adiestramiento le conviene y qué clase de órdenes
puede cumplir. Puedo echarle un vistazo a Aaron, como si estuviese haciendo eso
y quizá logro hacer que se tranquilice un poco, pero no prometo milagros.
—Gracias.
—murmura Samuel y mira a su amigo con una cara seria y ecuánime, pero con ojos
brillantes, verdaderamente vulnerables y llenos de reverencia.
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